Límite al incremento de tierras cultivables
Publicado: noviembre 3, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
No hay constancia de que ninguna de las iniciativas para poner en cultivo las dehesas arbitradas prosperase, y sí de lo contrario. Del 11 de septiembre es un testimonio en el que se afirma que no había persona que hiciera postura en las tierras concedidas en arbitrio para el mantenimiento de los pobres. El 14 se dice que, aunque se había empezado a intentar el arrendamiento de tierras bajo las formalidades previstas por la junta, había sido inútil porque no había postor para ellas. Y el 17 otros se lamentan de que los mendigos, a causa de no haber fondos que pudieran ayudar ni de donde tomarlos prestados, tendrían que permanecer sin alojarse hasta tanto estuviera arrendada la dehesa elegida.
El 25 de septiembre, ante la reiteración de este tipo de informes, la junta se ve obligada a responder a uno de ellos que, al no haber postor para las dehesas, si el municipio discurriera otros medios o arbitrios que no fueran gravosos al común, los podía proponer. Pero que mientras tanto se siguieran pregonando las tierras, y si pareciera oportuno, que se despachara requisitoria a la capital para que allí también se publicara el pregón.
El 4 de octubre, en donde se había acordado que fuera arrendada la dehesa de La Alcaparrosa, reservada a las yeguas, los dueños de las manadas que la comían solicitaban que sin demora se adehesara la de Almanzor, designada en su lugar. Creían que habría de guardarse desde principios del mes que acababa de comenzar, para que la hierba que iría echando con las lluvias que habían caído se pudiera conservar. Pero La Alcaparrosa ni siquiera se había medido, mucho menos arrendado, porque no había habido postor.
Parte del bloqueo se puede adjudicar a que en todos los lugares de los que tenemos noticia el arrendamiento de tierras se gestionó con indolencia. Por más decididas que fueran las concesiones administrativas, los responsables municipales no pudieron evitar que burocracia, inercia y verano se coaligaran para que la iniciativa degenerase al letargo. Basta seguir el rastro de las decisiones locales tal como las hemos revisado o la lectura de la siguiente cadena de decisiones, extraída de una parte de la documentación, para corroborarlo.
Corresponde a un lugar que el 17 de agosto había redactado un informe a la junta con lo acordado sobre las tierras que se debían arrendar. Lo notificó con un propio y decidió que para resolver se celebrara cabildo el jueves siguiente, día 20. El 21 el propio había vuelto a la población con una orden fechada el día anterior que contenía la resolución de la junta. Para que se viera y se acordara lo conveniente, el corregidor mandó que se convocara a cabildo a todos los capitulares para el día siguiente, sábado 22, a la hora acostumbrada.
Aunque, tal como se había decidido, el cabildo del día 20 había sido convocado, no había tenido lugar por no haber concurrido suficiente número de capitulares. En el llamamiento que se hiciera para el 22 se advertiría de que había llegado la respuesta de la junta. Cinco días después, el 26, otro auto del corregidor dejó constancia de que el cabildo que había convocado para el 22 tampoco pudo celebrarse porque de nuevo no había concurrido número competente de capitulares. Atendiendo a que era necesario resolver el expediente sobre el asunto, y para que no sufriera más demora, mandó que de nuevo se convocara a cabildo para el día siguiente, jueves 27.
Habían pasado diez días y el arrendamiento de las tierras ni siquiera se había abordado, lo que no había impedido que la trama administrativa hubiera sido capaz de sostenerse para sí misma, sin necesidad de tener contacto con los hechos ni más contenido que el burocrático.
A la indolencia se sumó la interesada dogmática del sistema, que cae como una losa sobre las tierras disponibles. Los proponentes de las se pueden arbitrar parten que debe tratarse de dehesas, tierras acotadas, excluyentes del uso indiscriminado, segregadas previa facultad real. Las que se mencionan no son espacios que por primera vez salgan al mercado bajo aquellas condiciones. Desde al menos un par de décadas antes sobreviven en un estado a un tiempo transitorio y permanente, que compatibiliza el aprovechamiento ganadero con el cultivo esporádico. Serían las dehesas de pasto y labor ya hechas, a las que insistentemente se refiere la documentación del momento como otra de las unidades de producción regulares. Harían de reserva y amortiguador del espacio para el cultivo herbáceo consolidado.
Los estados extremos de aquellas tierras, según las descripciones que contienen los argumentos que manejan los responsables de los municipios, podían ser dos. Bien estarían cansadas a causa del cultivo ininterrumpido que hubieran sostenido durante los años precedentes, en cuyo caso, si salieran al mercado con toda seguridad no se encontraría para ellas arrendadores, ni por tiempo limitado ni por menos precio del que hubieran tenido hasta aquel momento. O bien, por haber sido solo pacidas, acumularían exceso de estiércol, un estado que incluso, a causa de la falta de cultivo, que provocaba que sus pastos fueran agrios y áridos, las podía inhabilitar para su uso ganadero. El equilibrio lo recuperarían pues cuando no se demorase su nueva oferta para una puesta en cultivo transitoria.
Podían salir al mercado razonablemente estercadas si las hubieran pacido de manera controlada las especies ganaderas menos agresivas, lo que inmediatamente incrementaba su calidad. Su alta productividad, si se elegían entre las que hubiera frecuentado la ganadería bajo aquellas condiciones, sería el mayor atractivo de la oferta. Tenían aseguradas el abonado espontáneo suficiente para mantener unos rendimientos muy aceptables durante los seis años del plan que había concebido la junta de granos regional. De ellas cotizaría además su descanso relativo, un barbecho no laboral de duración indefinida al que en el estado precedente habían quedado sujetas. El mayor precio y valor que a estas tierras se les consideraba permitiría obtener de ellas una razonable renta.
Los que patrocinaban del plan desde las administraciones central y regional cuidaron desde el principio que la oferta se hiciera bajo condiciones capaces de aprovechar el momento para promover la condición campesina. Evitaron el incentivo de la propiedad, que de existir inevitablemente llevaría a que las poderosas instituciones terratenientes, las únicas capaces de responder a la compra de tierras ofertadas por miles de unidades de superficie, incrementaran el acaparamiento del espacio cultivable. A mediados del siglo XVIII en el sudoeste siempre había gente dispuesta a cultivar algo de tierra para el cultivo de los cereales, incluso bajo las serviles condiciones del pegujal. Las tierras señaladas eran suficientes para incorporar a buena parte de la población campesina al espacio cultivado. A una oferta de este tipo, por más corta que fuera, difícilmente le faltarían concurrentes. Ofertar el espacio fragmentado en hazas de cincuenta fanegas facilitaría en particular el acceso a la condición de pelantrín, campesino intermedio cuya existencia minoritaria se reitera en la documentación recurriendo convencionalmente a esa voz, y a la que se refiere la reflexión agronómica del momento como escalón que hay que pisar para acceder a la clase superior de los labradores.
Pero aquellos principios entraban en pugna con otras consideraciones. En opinión de los municipios, sorprendentemente, las tierras baldías ofertadas en arrendamiento eran de baja estimación, y con dificultad se encontraría quien las arrendara, y las condiciones de la oferta, de las que eran responsables las otras administraciones, condenaban a solo transitar por la condición de campesino intermedio. Contratar la cesión en arrendamiento por un máximo de seis años, o incluso por solo cuatro años, y tener que pagarlo por adelantado, sería un filtro, en el mejor de los casos confiado al endeudamiento.
No solo no se muestran confiados en que aquel medio pudiera reducir la presión sobre la demanda de tierras para cereales. Hay quien indirectamente, ante las que considera evidencias, señala la llave para la descompresión de la demanda de tierras; el mecanismo para accionar la retracción de los modestos aspirantes. Donde más fácilmente se podían arbitrar tierras se había eliminado, no solo la excedentaria, sino casi toda la población campesina por vía de especialización en otra actividad. Por este procedimiento, la presión sobre la tierra había desaparecido, un procedimiento que sin embargo aún no era posible generalizar, como la misma existencia de los mendigos migrantes demostraba. La concentración y el acaparamiento de tierras aún no expulsaba campesinos sino que los subordinaba.
Su deseo que conservar inalteradas las condiciones del cultivo de los cereales lo avalaban apelando a la incuestionable fuerza de la tradición. Al poner en cultivo transitoriamente las dehesas, el objetivo que se persigue con su entrada momentánea al mercado de las tierras cultivables no es agrícola sino ganadero. Las tierras se rompen, labran y cultivan para quitar a sus partes lo agrio y árido que tengan por defecto de cultivo. Si se siembran durante un par de años, sus pastos se dulcifican y vuelven a su tono. Tras la experiencia del cambio de uso quedan mucho más apetecibles y agradables para el ganado. Así se consigue una gran utilidad para los ganaderos que las aprovechan.
Los testimonios tampoco ocultan que tan rigurosos dictados contra el cultivo permanente, sostenidos sobre argumentos de aparente rigor técnico, son obra expresa de quienes poseen el poder local, cuya incapacidad para promover entre las poblaciones aspirantes a poner en cultivo más tierras no era ajena a la descomposición del sistema institucional de los municipios a mediados del siglo XVIII. Durante las semanas que estuvo patrocinada la política de pobres el recurso a formas constitucionales extraordinarias para resolver sobre la materia pone al descubierto la insuficiencia a la que habían degenerado las instituciones municipales.
La del concejo abierto, en 1750 denominado cabildo abierto –puesto que cabildo o capítulo era el nombre genérico que a mediados del siglo XVIII correspondía a cualquier reunión de los órganos de gobierno de la ciudad– estaba normalizada desde la baja edad media. Era un recurso constitucional que había llegado a ser una excepción, a pesar de haber nacido como el órgano de gobierno original de los municipios, de inspiración democrática. Fue siendo marginado mientras lo suplantaba en el ejercicio de las decisiones públicas el concejo restringido, que se confundía con la cámara excluyente de los regidores o regimiento.
El 30 de julio, un ayuntamiento decidió que se reuniera en cabildo un concejo abierto, para el que estaría prevista una forma propia de convocatoria: por cédulas a los capitulares ordinarios, tal como era regular si se trataba de la reunión habitual de la cámara de gobierno, y por pregones públicos dirigidos a los particulares que desearen asistir. Debía conferir sobre la elección de las tierras baldías e incultas que pudieran arrendarse en el término.
Al celebrado el 1 de agosto en otro lugar concurrieron una parte de los miembros regulares de su gobierno: el corregidor, el alcalde ordinario por el estado noble, el alcalde ordinario por el estado general, un teniente fiel ejecutor, un regidor y el síndico procurador general de la causa pública; a los que se sumaron el vicario de las iglesias parroquiales de la población, el padre guardián del convento de San Francisco radicado en ella, cuatro antiguos alcaldes ordinarios y muchos vecinos, de los cuales en la fuente son identificados por sus nombres once.
Para un tercer lugar consta que la convocatoria de su cabildo abierto para el día 5 de agosto. Al tratarse de una materia que afectaba al aprovechamiento de los pastos, fue especialmente dirigida mediante pregones a los criadores y dueños de los ganados que pudieran verse afectados, así como a los demás criadores de cualquier especie de cría. A unos y a otros se les apercibiría que asistieran sin falta.
La fórmula del concejo abierto se prestaba pues a recuperar los fundamentos democráticos de la constitución original de las ciudades. Pero no era mucho el eco que encontraba entre la población. Es probable que para 1750 hubiera agotado todo su prestigio, incapaz de acoger de manera estable algún medio de gobierno del que pudiera servirse el común, apenas representado en el cabildo ordinario por un tribunado.
Los menos ortodoxos recurrieron a una fórmula bastante más irregular en términos constitucionales, el cabildo ampliado, que se resolvía agregando elementos a la cámara de gobierno a criterio de sus miembros regulares, entre los que dominaban los regidores.
El 17 de agosto, en la reunión ordinaria de un ayuntamiento, se decidió dar cuenta a la junta de granos del reino lo que ya había acordado en materia de tierras baldías, al tiempo que tuvo conocimiento de que el vicario y los párrocos de las iglesias de la población habían sido instruidos por su arzobispo para que con sus buenos oficios facilitaran, en la medida que pudieran, el sustento y aseo de los pobres mendigos y la formación de un hospicio. El gobierno de la ciudad acordó que se celebrara un nuevo cabildo el jueves siguiente, día 20, y que a él fueran convocados el vicario y los párrocos, para con ellos conferir qué hacer con las tierras baldías.
La ampliación discrecional del cabildo, más que el concejo abierto, evidencia que el sistema mixto en el que habían desembocado las instituciones municipales, agregado de sucesivos poderes emergentes, aun así resultaba insuficiente justo por las presiones que se originaban en el polo opuesto al común. Ni siquiera la voraz e indebida apropiación de los escaños con mayor capacidad política compartida, que los regidores habían consumado, a un tiempo ejecutiva y legislativa en el ámbito del municipio (los poderes decisivos en las materias judicial, fiscal y militar se los reservaba el corregidor), daba abasto a las aspiraciones de gobierno de todos los grupos urbanos potentados.
Dehesas arbitradas
Publicado: noviembre 1, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
La producción de cereales a mediados del siglo XVIII estaba sobrada de tierras con capacidad para producir, y la mayor parte, que también era la mejor, era convenientemente reservada cada año para mantener el beneficio. La oferta de más tierras para el cultivo no parece la iniciativa más adecuada, a pesar de lo cual era un expediente reiterado en situaciones que requerían un incremento extraordinario del gasto público de los municipios, lo que de paso, entre otras, puede interpretarse como una prueba indirecta de la gran reserva de espacio que mantenía inculto el sistema agrícola y su sociedad. Para calibrar las repercusiones que sobre aquel estado de las tierras cultivables tenían decisiones como aquellas disponemos de información de algunas de las tierras baldías que fueron ofertadas en 1750 al amparo de las órdenes de las administraciones central y regional.
Las de un término estaban en la posición más ventajosa para que el plan prosperase. La principal ocupación de sus vecinos, gracias a la escasa distancia desde su población, era el abastecimiento de pan a la capital, tal como ocurría con otras grandes concentraciones urbanas en todo el continente. La especialización, según quienes lo regían, había dejado el campo vacío. Buena parte de él estaba sin cultivar y en el lugar casi no había quien tuviera ganado, fuera mayor o menor. Solo algún pegujalero tenía las reses precisas para el cuidado de lo poco que sembraba. Para su manutención, sus dueños tenían pasto suficiente en el término sin necesidad de recurrir a dehesa alguna, lo que desde hacía tiempo (desde tiempo inmemorial) habría hecho que el espacio decayera a un aprovechamiento ganadero marginal. Además, en el término había tierras baldías adehesadas de sobra.
Contando con estas circunstancias, para tomar un acuerdo a propósito de la orden de la junta de granos del reino, el gobierno de la población decidió celebrar concejo abierto del domingo 1 de agosto. Tras conferir sobre los medios para obtener fondos con los que hacer frente a la manutención de los pobres, sin que por ello se siguiera gravamen al común, los reunidos llegaron a una conclusión. El medio menos gravoso y que podía asegurar el efecto deseado, contando con las circunstancias y el plazo previsto por las órdenes, era que se arrendaran las dehesas llamadas Matatoros, Sajela [?] y Laguna Larga, Piedra Hincada, La Lapa y Fontanal, Las Canteras, Baldío de Matallana, Cerro Gordo y Turruñuelo y El Verdinal. Todas, en aquel momento, estaban baldías y sus frutos solían aprovecharlos ganados forasteros.
Se resolvió que se publicara el arrendamiento durante ocho días, con la condición de que debía ser anticipada la paga de los seis años por los que las órdenes habían previsto hacer el arrendamiento. Se fijarían edictos en los sitios públicos acostumbrados. Para la admisión de las posturas y sus correspondientes mejoras se comisionaba al corregidor, quien las remataría en el mejor postor. Su producto sería depositado, se deduce que en el arca eclesiástica de los principales, para que pudiera ser distribuido con intervención del vicario en alivio de los pobres necesitados.
Otras dos dehesas eran parte de un término extenso. Su ayuntamiento, el 10 de julio, conocido el acuerdo de la junta del 6 de junio, decidió solicitar la facultad para poder usar en arrendamiento por seis años el pasto y la labor de mil fanegas de tierra en el sitio conocido como la Fuente del Canto, una vez adehesadas y acotadas. Se estimaba que podrían producir en ese tiempo entres dieciocho mil y veinte mil reales de renta. En esa extensión se incluirían las tierras de La Carraola, que en otras urgencias se habían arbitrado cerradas únicamente para pasto de ganados y habían producido mil trescientos reales de vellón al año. La cámara de gobierno del municipio, teniendo en cuenta estos antecedentes, creía que de este recurso se deducían menos perjuicios para los ganados.
Transcurrió todo el mes de julio sin que el expediente se resolviera, y no fue hasta fines de agosto cuando por fin decidieron sacar al mercado las dehesas del Canto y Carraola. El 21 de agosto la junta regional dio su conformidad al arriendo de las mil fanegas de tierra propuestas. Se sacarían al pregón y almoneda durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta del remate a la junta.
El 27 de agosto fue recibida la aprobación de la junta y se acordó que se pregonara su arriendo por seis años, admitiendo las posturas y mejoras que se hicieran. Pasado los ocho días, los autos del hacimiento se llevarían a la cámara de gobierno de la ciudad.
Había otro término en el que la mayor parte de sus tierras baldías eran, como era notorio, de corta estimación porque habían estado arrendadas para el arbitrio de milicianos y cuantiosos, el servicio del que su nutría el ejército regular y que al parecer se había sufragado con una contribución extraordinaria de imposición municipal previa autorización de la corona. Sus autoridades estimaban que poco podían contribuir a los fines que se deseaban. Pero sí se podrían destinar a ellos las dehesas de La Alcaparrosa, reservada para invernadero de yeguas, o la de Los Carreteros. Dado el descanso que sus tierras habían acumulado, estaban suficientemente estercadas desde hacía tiempo.
Las más adecuadas para el arrendamiento serían las tierras de La Alcaparrosa. Además de su descanso, su calidad las hacía más atractivas. Arrendadas podrían proporcionar unos razonables ingresos, quizás no por los seis años previstos, pero sí por cuatro, y aún más por dos, plazos tal vez más convenientes. Tal como estaban las cosas, se dudaba de que los arrendamientos pudieran extenderse hasta los cuatro o los seis años, tanto más porque había de hacerse el desembolso de inmediato, como lo exigían la necesidad y los acuerdos de que se trataba.
El destino regular que tenían las dos dehesas con las que se proponían cumplirlos obligó a contar con los criadores y dueños de ganados, quienes dieron su consentimiento a que fueran La Alcaparrosa y Los Carreteros las que se arrendaran, y a que a cambio se señalaran tierras equivalentes para la manutención de los ganados que las aprovechaban.
Para resolver definitivamente se decidió celebrar un concejo abierto el 5 de agosto. A él serían convocados por cédulas los capitulares, y por pregones los criadores y dueños de los ganados afectados, así como los interesados en las demás clases de ganado. Todos estaban en la obligación de dar su parecer, y a unos y a otros se les advertiría que debían asistir sin falta. Si no se presentaran se les haría cargo, y sin su parecer el cabildo tomaría la decisión que creyera más conveniente, y por cuenta y riesgo de todos los que por su culpable omisión no asistieran. Con lo que se acordara se elevaría la correspondiente consulta a la junta regional.
La asamblea del día 5 no pudo celebrarse. No concurrieron capitulares suficientes, ni los criadores y dueños de los ganados destinados a las dehesas de Alcaparrosa y Carreteros. Se reiteró la convocatoria para el día siguiente y, tal como se había hecho en la del 5, se había avisado a todos los vocales y criadores de ganados que sin su asistencia, y por cuenta y riesgo de los que faltaran, se acordaría y se resolvería lo que pareciera.
Otra vez, aunque el día 6 había suficiente número de capitulares, tampoco habían concurrido los criadores de ganados, si se exceptuaban algunos que al mismo tiempo eran miembros del cabildo ordinario. Pudieron ser revisados los acuerdos tomados los días 31 de julio y 3 de agosto, y como era necesario decidir pronto, para que las tierras que pudieran arrendarse produjeran de inmediato ingresos que contribuyeran a los fines deseados, definitivamente se tomó la resolución de elegir para este fin la dehesa de La Alcaparrosa, de unas mil trescientas fanegas de extensión, que se arrendaría para labor por cuatro o seis años. Aun sin atender a la urgencia del momento, parecía conveniente que se cultivara al menos uno o dos años para dulcificar sus pastos. No obstante, habría de tenerse en cuenta que las tierras baldías dadas en arrendamiento eran de baja estimación y con dificultad se encontraría quien pujara por ellas.
Durante el tiempo que fuera cultivada serviría como dehesa invernadero de yeguas, equivalente a La Alcaparrosa, el acotamiento que se hiciera en las tierras baldías arrendadas para el arbitrio de milicianos durante los años precedentes en la dehesilla de Almanzor, sobre mano derecha del camino que iba de Utrera a Los Palacios, derecho a la venta que llaman de Orán, que era donde menos falta hacía una dehesa al común de los ganados, mientras que allí el yeguar disfrutaría pastos de tierra labrada.
El 17 de agosto el gobierno de la ciudad recapitula cuanto se había decidido. Una orden de la junta regional, fechada el 20 de agosto, daba su conformidad a la proposición sobre La Alcaparrosa. Su arrendamiento debía pregonarse durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta a la junta para que aprobara el remate. El 26, el corregidor informa a la junta del estado de la almoneda de la Alcaparrosa, y el 27, vista la orden del 20, la cámara de gobierno local queda a la espera de lo que últimamente resuelva la junta, para que la diputación creada al efecto pueda pronto valerse del dinero que se destine para sus gastos.
El 31 de agosto, en cabildo ordinario, se ve una nueva comunicación de la junta de granos del reino. Había resuelto, sin embargo de la consulta hecha al rey, y atendiendo a lo amplio de la facultad concedida por su majestad, que se procediera de inmediato a los pregones y remate del arrendamiento de La Alcaparrosa. Convocado cabildo para la tarde del día siguiente, se acordó que se tratara en él sobre el nombramiento de prácticos inteligentes que apreciaran lo que en renta anual debía ganar cada fanega de tierra de La Alcaparrosa, el tiempo fijo por el que se debía proceder al arrendamiento y si era conveniente arrendar algunas fanegas a cahíces.
Durante el cabildo del 1 de septiembre fueron nombrados como prácticos apreciadores de las tierras en renta de La Alcaparrosa cuatro hombres, de los cuales solo a dos se les llamó prácticos inteligentes. Debían medir la dehesa por hazas de cincuenta fanegas, por si de esta manera se conseguía con más facilidad el arrendamiento. Para que actuaran en nombre del cabildo, fueron además nombrados como diputados dos regidores.
El arrendamiento, que de inmediato se sacaría a la almoneda, finalmente se haría por cuatro años y cosechas. Se entraría en las tierras barbechando desde primero de enero del año siguiente, 1751, de manera que la primera cosecha fuera la de 1752, y las otras tres las de los años siguientes. Los arrendatarios debían pagar el valor y renta de los cuatro años en contado una vez que les fueran rematadas las tierras. El acuerdo no menciona la otra condición impuesta por la orden proveniente del Consejo, que el arrendamiento debía además satisfacerse por adelantado. No consta que en sus comunicaciones la autoridad regional hubiera decidido relevar de esta exigencia aquella cesión.
En cuanto a las tierras de la dehesilla de Almanzor y sus agregados, señaladas para dehesas de yeguas en invierno por su equivalencia con las de La Alcaparrosa, se guardarían desde primero de octubre del año en curso, para que sus pastos no fueran desfrutados por otros ganados que las yeguas. Desde el mismo día comenzaría la guardería de la dehesa, para lo que quien la ejercía en La Alcaparrosa pasaría a la de Almanzor. Los mismos prácticos y medidores que estaban nombrados para las anteriores diligencias, una vez que fuera medida y apreciada la Alcaparrosa, irían a medir y amojonar y surcar las tierras de la dehesilla de Almanzor, lo que habría de hacerse previa citación de los comisarios de yeguas y potros.
Tanto la necesidad de mantener una guarda como la del aprecio ponen al descubierto una salvedad, de la que tuvo que hacerse eco el municipio: que las tierras adehesadas de pastos también eran arrendadas. Su deseo era que la dehesilla fuera para aprovechamiento común. Pero si el costo de su explotación superase el precio de la tasación, o del que hubiera alcanzado el de la labor que hasta aquel momento había explotado la dehesa, se aumentaría por los arrendatarios el precio del cerramiento, que sería el concepto por el cual quienes aprovecharan los pastos quedarían obligados a efectuar un pago. Luego, si cualquiera de las tasaciones no era superada, el precio del arrendamiento lo sufragaría el municipio mientras su propósito fuese abrir el espacio acotado al aprovechamiento común.
Todavía, según avanzó el verano, el mundo feliz abrigado por un valle al occidente de la región, a pesar de la armonía que lo blindaba, volvió a la realidad bajo la amenaza de las ondas expansivas de la política de tierras baldías.
El 28 de agosto su cabildo volvió a reunirse. Valiéndose de la orden de la junta de granos del reino, y justificándose en la necesidad de hacer frente a los costos de la política de pobres, el gobierno de un lugar al sur había acordado vender por seis años el fruto de bellotas de las Alcoleas, baldíos del municipio, y arrendar por el mismo tiempo las tierras de las Vegas de Marilázaro, El Hombre Muerto y Vega de Diego Ramírez, más el corral o calleja que iba de Pedranchas al camino que salía en dirección norte.
Pero esos pastos y aprovechamientos, según quienes acababan de volver al mundo real aquel 28 de agosto, eran baldíos comunes a los vecinos de su población, cuyo perjuicio especialísimamente pretendían quienes habían decidido vender la bellota y arrendar aquellas tierras. Sus justicias habían despachado requisitoria para que en el lugar que había decidido enfrentársele se publicara la decisión. Para evitar el perjuicio que a su población le causaría, había optado por negar su cumplimiento con diferentes protestas, y servirse de los recursos que le convinieran para evitarlo.
El gobierno del municipio no debía perder tiempo en su oposición al arbitrio pretendido. Conducía al beneficio de su común y conservación de sus privilegios y reales ejecutorias, que tan porfiadamente venía defendiendo secularmente. Decidió diputar al síndico procurador general del municipio para que se trasladara a la capital, y, ante el intendente general y cuantos jueces y tribunales fuera necesario, por medio del agente general del cabildo, y en virtud del poder general que le tenía conferido, se opusiera al arbitrio que se intentaba hasta que fuera declarado sin vigor, dado el perjuicio que se le hacía al común de la población. Los costos y gastos que se causaran se suplirían de los efectos más prontos del cabildo.
Política de pobres
Publicado: octubre 27, 2026 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: crisis Deja un comentarioFelipe Orellana
Para hacer frente a los desplazamientos de población provocados por la escasez –un problema que la autoridad regional en 1750 caracterizó llamando a quienes los padecían indigentes transeúntes– la junta de granos de la región dictó reiteradas instrucciones.
Las primeras fueron publicadas el 6 de junio teniendo en consideración el estado en el que están los pueblos por la general falta de cosecha que se ha experimentado, la multitud de pobres mendigos que por esa causa habían quedado reducidos a las mayores infelicidad e inopia y los graves inconvenientes y fatales consecuencias que de esto resulta a la tranquilidad pública, la salud espiritual y la corporal. Deseando por todos los medios proceder con la mayor vigilancia y esmero, propuso a los municipios los recursos que la prudencia le dictaba más oportunos.
Tuvo que pasar casi un mes para que las iniciativas de la junta fueran secundadas por la administración central. El consejo de Castilla el 30 de junio promulgó una provisión que la junta de granos del reino, por acuerdo del 15 de julio, insertó en una orden dirigida a las autoridades municipales de la región. Se expresaba en términos similares a los de la orden de 6 de junio, a la que añadía algunas precisiones.
Cumplido casi otro mes, el 28 de julio siguiente, todavía el conde de Mejorada, vocal y secretario de la junta de granos del reino, circuló una carta impresa en la que de nuevo incluía, de orden de la junta de granos del reino, la provisión del consejo de Castilla.
Para que donde se experimentara la fatiga de la falta de granos pudieran hacer frente a la calamidad del momento, ordenaban que se hicieran, en las poblaciones en que por sus vecindarios se pudieran establecer, hospicios para recoger y albergar a los pobres mendigos y necesitados, y para alivio de los vasallos y seguridad de la salud pública.
Con el fin de sostenerlos, el rey había concedido que las poblaciones, previa remisión de testimonio de los arbitrios de que cada una usara, se valieran de la mitad de ellos, bajadas las cargas de justicia. Además, debían solicitar facultad para romper las tierras baldías que hubiera en sus términos, desmontarlas y beneficiar las que permanecieran incultas. Por seis años se podrían arrendar a dinero de contado y anticipado, aunque de ello no se podría inferir perjuicio a los pastos de los ganados del común ni a los de los municipios circunvecinos con los que tuvieran acordada una comunidad. El producto que se obtuviera de estos recursos tendría que invertirse en socorrer y alimentar en los hospicios a los pobres de ambos sexos necesitados, inválidos y que ya no pudieran trabajar acogidos en ellos, y en emplear a la gente jornalera en la composición de caminos, calzadas, puentes y otras obras públicas. Allí donde no se pudieran erigir hospicios, las justicias, con intervención de los párrocos, habrían de solicitar limosnas para socorrer a los pobres y jornaleros.
Buena parte de estas iniciativas no era original. Ya en 1737 habían sido acogidos en hospicios los pobres que había provocado la caída de la producción de cereales, y se habían puesto a la venta tierras baldías.
El estado de las poblaciones, en contra de lo que daban por supuesto las primeras instrucciones, no era homogéneo. Consultando testimonios cuantitativos independientes, referidos al producto de cereales obtenido en 1750, se comprueba que no era general la falta de cosecha, ni podía haberse experimentado ya el 6 de junio, cuando se hace por primera vez aquella afirmación, porque esa fecha cualquier año correspondía al comienzo de la siega.
Unas afirmaciones tan frágiles raramente debieron parecer el mejor aval para dar crédito a que fuera multitud de pobres mendigos la que hubiera quedado reducida a la indigencia, aunque sí es posible que menudearan las voces de quienes temieran de su desplazamiento graves inconvenientes, y hasta fatales consecuencias para la tranquilidad pública y para la salud espiritual y corporal. Aun así, los municipios para los que disponemos de información directa solieron atenerse solícitos a las instrucciones de la junta regional, si bien no todos con idéntica decisión, y ninguno apresurándose.
En los últimos días de julio los hubo que se limitaron a acusar recibo y comprometerse a cumplir las órdenes, mientras otros, investidos de poderes excepcionales, en sesión de su junta de granos acordaban que las instrucciones recibidas se llevaran a su ayuntamiento para que resolviera.
También hubo quienes pocos días después, el 7 de agosto, soslayaron ejecutar orden alguna porque vivían en un mundo feliz. A su cabildo municipal, además de los capitulares, aquel día concurrió el cura más antiguo, vicebeneficiado de la parroquia. Por la divina misericordia, reconocieron con su concurso, en la población, sin embargo de su crecido vecindario, no se padecía la general necesidad prevista por la real orden que se experimentaba en los demás pueblos.
Para el abrigo y recogimiento de los mendigos desde luego disponía de una cuadra con su fogaril, donde se acogían, y para el refugio y alivio de los necesitados enfermos había en la población un hospital asistido de médico y medicinas y alimento, cuyos gastos satisfacía el municipio con sus rentas. La población no usaba arbitrio alguno ni tenía fondos de propios que pudiera emplear en los fines previstos por las instrucciones, y los caminos y las obras públicas se hallaban reparados.
La piedad cristiana de los vecinos de todos los estados con posibilidades sufragaba a los más necesitados. Los socorrían unos con limosnas diarias para la manutención de sus familias y otros con fondos para traficar y comerciar, lo que permite suponer que el acto caritativo, en lugar de con una limosna, en estos casos se consumaba empleándolos en el transporte que regularmente sostenía la economía de la población. A ello se agregaba la buena aplicación de los pobres al trabajo, y de las mujeres a los ejercicios de hilar el lino y la lana de los que se vestían, excusando aun la menor orfandad. No consideraban los capitulares que los que tenían posibles necesitaran de exhortos para hacer limosnas, ni los pobres de amonestación para aplicarse al trabajo, porque a todo concurría el loable celo del cura, sus demás compañeros y todos los eclesiásticos.
Tan detallada glosa del mundo feliz concluía confiándose a la divina piedad, de la que esperaban que no se experimentara en la población la general necesidad de la que otras se lamentaban. En aquel momento se hallaba de sobra por las calles el pan a diez y a once cuartos la hogaza. Y que no faltarían las lluvias a su tiempo. Si ocurriera que se experimentase la necesidad –lo que Dios no permitiera–, determinarían los capitulares el esfuerzo que debían hacer los vecinos de posibilidad para subvenir a los socorros que se necesitaran.
Probablemente la clave de tan singular alabanza de la vida de aldea haya que buscarla en una explicación a propósito de la fuente para financiación de su plan que la junta había decidido. Los rompimientos de tierras, aclara, en su caso eran regulares. Incluían las rozas que se ejecutaban en sus campos baldíos, que en aquel momento ya estaban ejecutadas. En virtud de reales privilegios, cada año se hacían sin pensión o terrazgo. De esta manera replicaban a la pretendida obligación de arrendar a dinero de contado y anticipado las tierras baldías que preveían las instrucciones recibidas.
Fueron más los que, sin dejar de mostrarse disciplinados y sumisos (prestando su rendida observancia y deseando proporcionar tan piadoso proyecto a correspondencia de la recomendación que se merecía, por lo vigente y beneficiosa que era su práctica), pusieron objeciones. Entre pleno mes de julio y principios de agosto adujeron que los medios propuestos y concedidos, en sus casos al menos, de ninguna manera podían tener efecto.
Por sus escasos vecindarios no entraban entre los de capacidad reconocida para formar hospicio en el que recoger a los pobres mendigos, aun cuando para ese fin dispusieran de hospital, uno de los cuales sin embargo no tenía rentas proporcionadas. Y porque no usaban de arbitrio alguno y ni había en sus términos tierras baldías que romper, desmontar y arrendar que pudieran contribuir a la subsistencia y manutención de los pobres.
No todos los objetores se limitaron a la actitud pasiva y los hubo que propusieron medios distintos, sobre los que seriamente habían reflexionado. Consideraban que eran los más útiles para la atención con que el municipio miraba un negocio como de tanta importancia. Los pusieron en conocimiento de la junta de granos del reino, para que a su vez, habiéndolos aprobado, los hicieran presentes al rey para que concediera la facultad necesaria.
Hasta donde puede seguirse el rastro de estas iniciativas, parece que una parte se dirigía a obtener facultad para buscar dinero a censo o bajo cualquier otra forma de crédito, lo que complementaron con iniciativas en materia de arbitrios.
El 10 de julio un ayuntamiento creía que con el producto de los medios propuestos por la junta no bastaba para los gastos previsibles. Sin renunciar al importe que pudieran proporcionar las tierras baldías, creía más oportunos los que serían menos gravosos a su común. Se podría solicitar facultad para usar arbitrios de: medio real en arroba del aceite guiado que saliera de su término, que habría de satisfacer quien lo extrajera, fuera vecino o forastero; dos reales en piel curtida, de las que se curtieran en las tenerías locales; y cuatro reales en pieza de paño y dos reales en pieza de bayeta de las que se fabricaban en la población. Solo se habrían de usar por el tiempo que su importe rindiera lo suficiente para satisfacer los créditos que se contrajeran para socorrer la necesidad del momento, descontando el producto que las tierras arrendadas proporcionaran en los seis años por los que se pretendían usar. Más de un mes después, el 21 de agosto, el conde de Mejorada se limitó a comunicar que la junta no había juzgado conveniente gravar con aquellos arbitrios al común.
Ya el 14 de septiembre otro ayuntamiento propuso a la junta del reino la imposición de arbitrios sobre frutos y otros géneros, así como el arrendamiento de algunas tierras baldías. Pero tampoco fueron admitidos por la junta. Y no solo los arbitrios propuestos no fueron autorizados, sino que los vigentes resultaron incapaces. Tres días después, el 17 de septiembre, en un lugar se reconocía que los cortos fondos disponibles del arbitrio de milicianos, empleados en el socorro de pobres mendigos, durarían muy poco.
Cedidos de las tierras para labores
Publicado: mayo 23, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: economía agraria Deja un comentarioRedacción
Relator.- Al otro lado de las cesiones estaban los cedidos, responsables directos de la constitución de las grandes explotaciones. Son el origen de la masa de las labores, las empresas que dominan en el sector agropecuario. Veamos quiénes eran. Tienen la palabra don Jacinto Liáñez y los miembros de su grupo de trabajo.
J. Liáñez.- Gracias. Para precisar las características de este polo de las relaciones, nos hemos valido de las 157 cesiones que proporcionaban una información más completa, igualmente documentadas en el protocolo notarial y a través de las respuestas para la Única. En total se refieren a 29.785,542 fanegas de superficie.
D. Santero.- La masa de los cedidos estaba enraizada en la comunidad rural. Para aislar sus caracteres, partiendo de que el punto de vista obligado es el territorio en el que se localizan las unidades de producción, puede bastar con distinguir dos clases de cedidos con dos localizaciones posibles. Los arrendamientos del patriciado urbano local acumulan 72 unidades de producción, de las cuales solo cinco estaban por debajo de las veinte fanegas. Suman un total de 18.904,208 fanegas, el 63,467 de toda la superficie cedida. Al patriciado urbano periférico van a parar 19 unidades, de las cuales cuatro quedan por debajo de las veinte fanegas, total 2.595,75 fanegas (8,714). A personas comunes locales, 47 unidades de producción, de las cuales veintidós por debajo de las veinte fanegas, total 5.453,667 fanegas (18,309); y a comunes forasteros, 19 unidades, de las cuales seis están por debajo de las veinte fanegas, total 2.831,917 fanegas (9,507).
J. Liáñez.- El primer círculo de las cesiones sin ninguna duda es el responsable del origen de la gran empresa agropecuaria. Tres cuartas partes de las cesiones son de cesiones de unidades de producción que quedan por encima de las veinte fanegas, y solo 37 de las 157 (23,6) por debajo; aun sin contar con que una parte de las cesiones por debajo de las veinte fanegas pueden ser hazas que se suman a cortijos para crear una labor. La consecuencia es que todos los cedidos se identifican como labradores.
N. Cepeda.- No obstante, además de constituirse todos en labradores, 5 eran presbíteros, 4 regidores perpetuos, 2 clérigos de menores, 2 familiares del santo oficio, 2 mayordomos de la hacienda de sus amos, 1 correo mayor de la ciudad y tesorero de las rentas reales y 1 notario de la vicaría de la ciudad. También actuaron como cedidas 3 viudas.
R. Benítez.- Un tercio de las empresas tuvieron su origen en la iniciativa individual de los cedidos, lo que al mismo tiempo significa que eran bastante más frecuentes las sociedades que se constituían para explotar cortijos, tanto que los dos tercios restantes necesitaron de la asociación para salir adelante. Aunque no siempre podemos saber qué relación estaba en el origen de la sociedad, podemos tipificar un buen número de ellas. La sociedad más sencilla era la mancomunidad, asociación solidaria de individuos. Se constituyeron 5 empresas sobre esta base, de las cuales 4 la formaban dos personas y 1 cuatro. Otra clase de sociedad, muy próxima a la precedente, era la que vinculaba a un principal, el que actuaría como labrador, con su avalista o fiador. 10 labradores optaron por acreditar su iniciativa presentando un fiador. Excepcionalmente, solo en un caso, actúan un principal y dos fiadores. Eran sociedades complejas las que utilizaban en su favor relaciones civiles anteriores. 2 se sostenían sobre el matrimonio, y otras 2 al matrimonio sumaban un fiador. Y otras dos estaban anudadas con la relación fraternal entre sus dos socios, mientras que fraternofilial era la formada por una madre y sus tres hijos. Fueron cuatro las sociedades modificadas por una relación laboral previa. Dos fueron formadas por un hombre, de profesión mayordomo, que actuaba en nombre de quien lo empleaba con esta función. En otra el principal era un arriero, que actuaba en el lugar de su amo. Cuando se formalizó el contrato, aquel declaró que lo había sacado en remate para su amo, por lo que la obligación del pago de la renta recayó sobre este. Finalmente, el amo presentó su propio fiador, quienes ratificaron la escritura de arrendamiento acordada por el arriero. También el rabadán del ganado lanar de un tercero actuó en nombre de este. Igualmente declaró haber tomado las tierras para que las labrara su amo, quien no había podido otorgar el contrato por estar gravemente enfermo. Una vez restablecido de su grave enfermedad, el amo se hizo cargo del contrato. Por último, sociedades complejas sin vínculo previo visible fueron la formada por un hombre que actuaba en representación de una viuda, principal de la mancomunidad, y su fiador; dos hombres y una viuda; y tres hombres, uno de ellos principal, otro fiador y un tercero como abonador. Tal vez la presencia de este tercer elemento fue una consecuencia de que en esta sociedad compleja sin aparente vínculo previo actuaba como principal un menor de 25 años y mayor de 14 que administraba por sí mismo sus bienes, sin sujeción de patria potestad ni curador.
N. Cepeda.- Como la distancia era un factor modificante de gran importancia en la constitución de las empresas, conviene además tener en cuenta la localización del domicilio de los cedidos que dan origen a estas empresas. Fueron cesiones en favor de vecinos 35, algo más un tercio de todas, mientras que de las poblaciones cuyos términos colindaban con el observado fueron 17.
Relator.- Todo eso está muy bien. Pero ¿quiénes eran los cedidos?
J. Liáñez.- Enseguida podremos analizar sus linajes y sus filiaciones. Antes, sin embargo, si queremos medir hasta dónde alcanzaba la fuerza que gracias a las cesiones algunos de ellos adquirían, es necesario cuantificar su potencia. Los arrendatarios excepcionales tomarían más de 1.000 fanegas de una o de dos unidades de producción. Son solo dos, un 5 % del total, cuyos nombres y extensiones de cada una de las que acaparan ofreceremos en apéndice en la edición de las Actas [1]. Entre las 1.000 y las 700 estaría la mayor parte de los grandes arrendatarios, siete, 17 %, en especial en el intervalo ente las 800 y las 700, que para acumular su espacio productivo deben sumar, en bastantes casos, entre tres y cuatro unidades [2]. El intervalo entre 700 y 500 es equiparable por frecuencia, ocho, 20 % casos, aunque ya es menos probable que estos arrendatarios intermedios acumulen más de una unidad de producción [3]. El nivel más nutrido de los arrendatarios medios, once, 26 % en total se compone con los que arriendan entre 450 y poco menos de 200 fanegas de una, dos o tres unidades [4]. El límite inferior lo marca poco más de 100 fanegas y más de 50, cantidades que toman seis, 15 %, labradores modestos, la mitad de ellos mujeres, normalmente de una sola unidad [5]. Los valores por debajo de 50, y hasta 5, siete, 17 %, son la parte marginal del fenómeno [6].
D. Santero.- Cualquiera de estos valores adquiere el relieve empresarial que le corresponde si se toman los apellidos de los arrendatarios uno a uno. Los hay muy poderosos porque acumulan más de 2.500 fanegas [7], o poderosos porque su potencia se sitúa entre las 2.000 y las 1.000 [8]. Podemos suponer que estén en buena posición para prosperar entre la clase de los labradores los que han accedido a lotes de tierra que acumulan entre 1.000 y poco menos de 500 fanegas [9], quizás unos ascendiendo y otros descendiendo. Todos los demás son aspirantes [10], escasamente significativos [11] o insignificantes [12].
J. Liáñez.- Con facilidad, de esta manera, se depuran los linajes que son el fundamento de un patriciado rural que se nutre de la potencia de sus miembros como labradores.
N. Cepeda.- También es seguro que cuando se tome este punto de vista otros análisis ofrecerán valores relativos distintos. Pero estamos convencidos de que tampoco modificarían la idea de la persistencia de un número limitado de apellidos en el lado de los arrendatarios con posibilidades de ganar las posiciones del patriciado en las agrociudades, prueba directa de la concentración empresarial que lo alimenta.
R. Benítez.- Podemos reconocer como una de las invariantes de la agricultura de los cereales la promoción de sus empresas por su patriciado. Por cesión, las casas accedían al enorme tesoro de las tierras inmovilizadas, entre las que estaban incluidas las que además, antes, habían sido infeudadas y absorbidas por el dominio señorial. Llegaban desde el dominio al trabajo a través de una secuencia piramidal, en cuya cima estaban los arrendamientos de las tierras primordiales. El depurado producto al servicio del ahorro y la inversión más conservadores, que era el cortijo, fue decantado y preservado por ellos. Permitía ganar la escala adecuada para satisfacer los objetivos a los que aspiraban las familias promotoras de las casas que competían por hacerse con la tierra capitalizada.
D. Santero.- Además, sus labradores concentraban las propiedades que captaban, en la medida de lo posible, para garantizarse una gran explotación, sobre todo cuando aquellas habían incurrido en un grado excesivo de fragmentación, como ocurría a una parte de los bienes de instituciones eclesiásticas. Las tierras sueltas o hazas salpicadas por el campo se oponían a las unidas e incorporadas a cortijos.
T. Coleman.- Para llegar a estas tierras, acapararlas e incorporarlas al proyecto único de las labores, según se cuenta en la época, algunos obtenían primero la cesión de una parte, al tiempo que la de la otra la conseguían a través del personal a su servicio. Acabamos de ver actuar como cedidos en nombre de sus amos incluso a pastores.
R. Benítez.- Creo, sin embargo, que es preferible que partamos de lo último que han demostrado los análisis aceptándolo como una premisa. Parece evidente que favorecía la formación del cártel local de las empresas agropecuarias la red de conexiones biológicas. Esto, después de la demostración precedente, no admite mucha discusión.
C. Terrera.- También es algo que antes de ahora se ha sostenido, que los labradores encontraban la solidez y la continuidad que sus empresas necesitaban en los lazos familiares de los que eran un nudo, que como una amplia red aspiraba a extenderse por el espacio dedicado al cereal.
T. Presedo.- Un matiz revela las raíces de este principio. En la época se admite que al menos una parte de los arrendatarios de los cortijos eran simultáneamente propietarios de extensiones medianas. Si esto es cierto (que lo es), su solidez no procedería tanto de la red de seguridad tejida por sus relaciones de familia. Ya habrían tomado posesión de una parte del campo. Aunque su presencia en él con la condición de propietarios fuese relativamente moderada (si es que lo era), sobre todo si se la compara con la de las grandes instituciones vinculares, sería suficiente para consolidarlos como empresarios con fuerza y solvencia suficientes.
D. Santero.- Los análisis demuestran, que, aun cuando ocurriera algo así, la masa de las tierras que pusieran a producir la obtenían por la vía de la cesión. El fundamento de la preeminencia de sus empresas no sería su participación en la propiedad del suelo productivo. Ante el cedente, cualquiera que fuese el grado de sus propiedades, los labradores venían a rendirse.
[1] Los editores, para mayor provecho de la lectura, han decidido insertar los respectivos valores en notas. Así, para este primera grupo: don Juan Lasso de la Vega, (632 + 678 = 1.310); don Gonzalo Tamariz Fernández y Montilla (1.269).
[2] Don Diego de Rueda Porres (240 + 4,5 + 497,5 + 245 = 987); don Francisco Roales y Consuegra (819); don Cristóbal Tamariz (784,5); don Juan de Briones Escobedo (775); don José Caro de Briones (70 + 170 + 54 + 480 = 774); don José de Rueda Porres (80 + 200 + 471 = 751); don Juan de Romera Tamariz (126 + 50 + 554,75 = 730,75).
[3] Don Cristóbal Cansino y Auñón (650); don Juan Berrugo Cansino (650); don Diego Pedro de la Milla Fernández de Córdoba (645); don Francisco Gutiérrez Armijo (288 + 288 = 576); don José de Rueda (240 + 70 + 19 + 228 = 557); don Francisco Ventura Caro (549); don Ignacio Jiménez del Hierro (534); don Pedro de Morales (119,25 + 400 = 519,25).
[4] Don Francisco Navarro, presbítero (448); don Juan Berrugo del Villar (313 1/3 + 102 = 415 1/3); don José Caro (80 + 233 + 45 = 358); don Miguel García, clérigo de menores (334); don Juan de Zafra y doña Teresa Reina, su madre (282); don Francisco Berrugo del Villar (44 + 210 = 254); don Pedro de Morales y don José de Rueda (240); don Marcos Roales y Mallén (230); don Cristóbal de Mesa Jinete (106,75 + 108 = 214,75); don Andrés Gascón (210); don Diego Sánchez Mellado (205); don Antonio Berrugo del Villar (190 + 3 = 193); don Francisco Roales, presbítero (60 + 75,5 + 50 = 185,5).
[5] Doña Ana de Arguijo (111); don Francisco de Araoz (93); don Francisco de Rueda Vilches (28 + 62,25 = 90,25); don Diego Bonifaz, presbítero (80,5); don Antonio Álvarez (70); doña María de Cote (60).
[6] Don Alonso Nieto, presbítero (37,5); don Francisco Murillo (29,25); don Francisco de Armijo (26,5); don Juan de Romera (24); don Juan de Luna (8); don Andrés de Ojeda (7,125); don Juan de Sarria, presbítero (6).
[7] Tamariz, 2.784,25; Rueda, 2.625,25.
[8] Fernández, 1.914; Porres, 1.738; Caro, 1.681; Briones, 1.549; Berrugo, 1.512 1/3; Lasso de la Vega, 1.310; Cansino, 1.300; Montilla, 1.269; Roales, 1.234,5.
[9] Del Villar, 862 1/3; Consuegra, 819; Escobedo, 775; Morales, 759,25; Romera, 754,75; Auñón, 650; de Córdoba, 645; Milla, 645; Armijo, 602,5; Ventura, 549; Gutiérrez, 576; Jiménez del Hierro, 534; Navarro, 448.
[10] García, 334; Zafra, 282; Reina, 282; Mallén, 230; Mesa Jinete, 214,75; Gascón, 210; Sánchez Mellado, 205.
[11] Arguijo, 111; Araoz, 93; Vilches, 90,25; Bonifaz, 80,5; Álvarez, 70; Cote, 60.
[12] Nieto, 37,5; Murillo, 29,25; Luna, 8; Ojeda, 7,125; Sarria 6.
Anales egipcios
Publicado: abril 18, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Un momento singular de la formación de este tipo de relato es el de los anales egipcios, muestra al tiempo probablemente la más remota que de él pueda ser observada. El que por ahora puede ser aceptado como documento tipo de esta primera literatura suele aparecer escrito sobre una tablilla rectangular, bien de madera o bien de marfil. El texto que sobre este soporte queda escrito se juzga que estaría destinado a ser archivado precisamente por la resistencia a los efectos del paso del tiempo de los materiales elegidos para escribir sobre ellos.
Uno de los ejemplares más valiosos de estos esquemáticos proyectos de relato, tanto por sus características materiales como por la representatividad de su contenido, es una tablilla de marfil que fue descubierta en Naqadah. Su protagonista es Aha, apellidado El Combatiente en otros textos que a él se refieren, para unos el unificador de Egipto, y por tanto identificable con el que una parte de las fuentes llaman Menes, para otros el hijo de este. Aunque a consecuencia del primitivo estado de la lengua escrita en el momento en que fue grabada, casi coincidente con el momento en que la escritura empezó a ser utilizada, su lectura aún debe considerarse hipotética y muy inestable, se puede afirmar que esta tablilla dice aproximadamente lo siguiente:
Aparición del Horus Aha. Abrir la tierra del canal serpenteante por el Horus Aha. Viaje del halcón en la barca. Fundación del santuario de las dos coronas: permanecen las dos señoras, por el Horus Aha. Ofrenda festiva en la entrega de los impuestos del alto Egipto y los suministros del bajo Egipto.
La manera de expresarse que el autor de este texto prefirió fue la más lacónica, incluso excesivamente escueta, podría decirse, es más consecuencia de un prudente proceder del traductor que algo que esté en el original. La escritura de la lengua en aquel primitivo momento carecía de preocupaciones organizativas, más aún de medios que las expresaran, tales como los elementos que ahora nos sirven para ejecutar eso que en conjunto llamamos sintaxis. Nada seguro se sabe sobre si estas propiedades ya las había adquirido la lengua que por el medio jeroglífico era escrita, aunque es probable que sí. El problema era pues de estado primitivo de la escritura, y no de la lengua, y en aquel principio, habiendo sido elegido el medio jeroglífico para fijar la expresión, las declaraciones eran más genéricas que precisas, y desde luego en absoluto preocupadas por representar nexos o signos de puntuación. Así que la decisión tomada por el traductor, que ha consistido en hacer afirmaciones y yuxtaponerlas, puede apreciarse como correcta manera de evocar o reproducir lo que el lector del original podía interpretar.
El texto refiere casi sin más aspiración que la del registro, sin explicar o justificar, hechos que por alguna razón no declarada debieron considerarse dignos de ser asociados al nombre del rey, para que así de ellos quedara archivada su memoria. Sin embargo, eso no le impide hacer incursiones literarias, o si se prefiere: aun en aquel elemental estado de la escritura no fue posible eludir la propiedad literaria que la lengua tiene por naturaleza. Pero tampoco sería del todo correcto hablar así, otra vez arrastrados a juzgar apresuradamente desde el estado en el que encontramos y utilizamos las lenguas que nos son familiares. La derivación literaria no era una vertiente inevitable de la escritura, sino una propiedad hallada y luego explotada con ingenio por los aristocráticos y escolásticos escribas egipcios, sin duda también los primeros escritores en el sentido más restringido. Como para representar idénticos sonidos, los de la lengua hablada, eran elegibles distintos símbolos, la idea sugerida por la forma representada pudo ser transferida al objeto que contenía aquellos sonidos. Las propiedades de aquel abierto recurso eran enormes y las posibilidades de explotación infinitas. Pero en general podemos decir que puso la lengua escrita sobre la senda del más fecundo de los recursos literarios, el de la metáfora. Podía haber una manera directa u ortográfica de escribir, pero hubiera dado origen a un extensísimo universo de signos, indominable por quienes tuvieran que escribir. Como la posibilidad de la heterográfica estaba abierta por la condición originalmente simbólica del sistema de escritura adoptado, fue la que se extendió probablemente por razones prácticas, y fue esta elección la que abrió la puerta a la posibilidad literaria, cuya eficacia quedaría a discreción de cada autor de texto.
Esta posibilidad debe crear serias dudas a los traductores, que corren el peligro de en ocasiones precipitarse hacia la expresión derivada y en otras detenerse por exceso de prudencia en la inmediata. Aun así, el error de conjunto es poco probable porque finalmente un texto erráticamente interpretado carecería de sentido. Determinadas opciones metafóricas debieron quedar pronto cerradas, a modo de frases hechas, y ser desde entonces patrimonio común de los primeros escritores. Probablemente esto ocurrió antes, y de manera interesada, con las palabras de valor teológico.
A este dominio corresponde el caso más claro de esta consecuencia de la escritura que el texto de Naqadah contiene. Horus es halcón, de modo que Viaje del halcón puede ser interpretado como Viaje del rey, porque previamente Aha, el rey, ha sido en dos ocasiones llamado por otro nombre Horus. Pero Horus es el nombre de un dios. En realidad, si los reyes de sobrenombran al principio Horus (con el tiempo su intitulación irá acumulando más nombres de dioses) es con la explícita intención, como nuestro texto demuestra, de presentarse como idéntico al dios. Lo que ya no está tan claro es por qué la palabra halcón fue inmediatamente utilizada para denominar al dios que debía servir para identificar en origen la monarquía. Hay antiguas teorías a este respecto, ahora seriamente discutidas y ya casi en desuso, pero aún no convincentemente sustituidas. Una de las posibilidades que podían manejarse es, por ejemplo, la poderosa propiedad alegórica del halcón, lo que nos invitaría a suponer hábitos literarios en la lengua hablada, aquélla que la escritura quiere retratar, lo que en absoluto parece despreciable. Pero lo que nuestro texto, en cualquier caso, enseña, si la traducción es inapelable, es que una misma secuencia de sonidos es ambigua, y que esto permite introducir propiedades literaria en el texto con interesantes consecuencias de contenido.
Para juzgar sobre su alcance, conviene aún aclarar otros extremos del lacónico enunciado. Las acciones del rey que el registro celebra son las civilizadoras y justificativas de la monarquía, no una serie de hechos indiferente. La apertura o desobstrucción del canal, fuese un acto litúrgico que el rey ejecutaba, o sea una alegoría del texto, puede asociarse al origen del poder monárquico en Egipto. Su necesidad parece que en su versión más remota pudo estar justificada por la capacidad de controlar la naturaleza que cierta persona demostraba ante sus semejantes de manera convincente. El santuario de las dos coronas, en el que la presencia de las dos señoras es respetada, es simultáneamente referencia a los símbolos del poder unificado y a la fiesta sed. Las dos señoras eran las dos divinidades que personificaban alto y bajo Egipto, las dos regiones en las que administrativamente estuvo dividido el valle del Nilo para facilitar la acción de gobierno de aquella monarquía. En la fiesta sed, rito destinado a renovar los poderes del faraón, aquel santuario pudo estar presente desde el principio, aunque la arqueología por ahora solo lo ha documentado para momentos algo posteriores. La afirmación de este texto podría ser una referencia a que una parte de la fiesta, en su versión más antigua, pudo ser el rito de la fundación de un santuario por el rey. Finalmente, al principio un momento de aquella fiesta también pudo ser que representantes de las dos partes de la monarquía, como reconocimiento al poder unificado, y por corresponder a los beneficios de él obtenidos, entregaran, simbólicamente al menos, sus rentas.
Si, para concluir, recapitulamos, debemos retener que el texto deja constancia de aquellos acontecimientos que certifican los atributos exclusivos del rey, probablemente con el mismo sentido ritual que los hechos registrados tuvieron: abrir o desobstruir el canal, recorrer el Nilo, fundar el santuario de las dos señoras y entregar las rentas. Si lo consideramos un relato, la unidad que hay que suponer a este tipo de composiciones podría proporcionárnosla la fiesta sed misma. En su transcurso, el rey, por el orden expuesto, sería el protagonista de tal serie de actos litúrgicos.
Por esta razón se ha concluido que los primitivos anales egipcios fueron un medio literario al servicio de la formación de la monarquía unificada. La memoria escrita de aquella clase de hechos fue una contribución necesaria a la solidez de la nueva institución, en una época en la que la escritura jeroglífica todavía estaba formándose y el uso de la escritura, hasta donde ha podido ser conocido, sería limitado y escueto.
Cedentes de las tierras para labores
Publicado: abril 4, 2026 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
Aun aceptando que los arrendatarios hubieran ganado una posición dominante, tan incorrecto como dar preferencia a la propiedad sería negar la evidencia. En el origen de la constitución de cada labrador interesado en servirse de un cortijo está su relación con la propiedad. Era el refractor legal del acceso a la tierra.
El análisis que sigue es consecuencia de un estudio basado en el análisis pormenorizado de 53 contratos de cesión y las referencias a 189 unidades de producción de toda clase registradas por las averiguaciones para crear la Única. Hemos tomado como pauta para depurar las de mayores dimensiones las 20 fanegas, frontera que las normas del pósito designaban para separar los créditos a las pequeñas de los concedidos a las grandes explotaciones. Esta manera de proceder acepta como módulo que se siembra unidad de capacidad por unidad de superficie, un patrón avalado por las experiencias conocidas y que en modo alguno violenta la iluminación del fondo de comportamientos que alimentó los hechos que deseamos recuperar, lo que además nos permite medir el alcance de las cesiones de pequeñas unidades en primera instancia.
El mercado estaba en manos de las instituciones inmovilizadoras en una proporción tan abrumadora que lo acercan al monopolio. Acumulaban las nueve décimas partes del total. De las instituciones provenientes de la infeudación a favor de la iglesia romana, las cesiones del cabildo catedralicio eran las más importantes. Ninguna de las unidades que en el marco de nuestra observación cedió, el 8 % del total, estaba por debajo de las 230 fanegas. Entre todas acumulaban 7.117 unidades de superficie, un 12,2 % del total. Por otra parte, en siete de las cesiones de otros tantos cortijos, todos de una misma dotación, administrada perpetuamente por el cabildo catedralicio del episcopado de la iglesia latina, coincidente con la región objeto de nuestro análisis, actuó como cedente porque de ella se había constituido como su patrono. Lo más interesante, para llegar hasta la raíz del valor funcional de las inmovilizaciones, es reconocer que la dotación, tuviera origen civil o no, terminó bajo control de la primera institución regional de la iglesia romana gracias a que consiguió titularse su patrono.
Las corporaciones parroquiales de beneficiados (todas locales, menos una), cedieron el 15 % de las unidades, de tal tamaño que solo la cuarta parte de ellas estaba por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.052,417 fanegas. Por su parte, una universidad de los beneficiados, a través de su abad mayor, también cedió 17 unidades, asimismo cuatro por debajo de las 20 fanegas, que en total sumaban 1.827,125 fanegas. El valor acumulado por todas las tierras del beneficio parroquial (2.879,542 fanegas) equivalía al 4,93 % de las tierras cedidas. Las fábricas parroquiales, de las cuales dos eran exteriores, a través de sus respectivos mayordomos cedieron poco menos de la vigésima parte de las unidades (4%), solo una por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.861,75 fanegas o 3,19 % del total. Así pues, todas las instituciones que habían tenido su origen en la infeudación a favor de la iglesia de occidente acaparaban una quinta parte de aquel mercado (el 20,32 %).
Las tierras bajo control de instituciones familiares directas eran las de mayorazgos y vínculos, expresamente destinadas a inmovilizar sus respectivos patrimonios. Las cesiones de las superficies cultivables así protegidas acumulaban más de un tercio (el 34 %) del mercado de las cesiones, lo que equivale a reconocer que por tanto estaba dominado por ellas en absoluto. De la clase de cesiones que hacían da una idea ajustada que, mientras que la razón superficie/unidades es un valor que suele estar por debajo de la unidad, cuando se trata de las tierras de mayorazgos y vínculos ese valor se dispara hasta el 4,25 porque el número de las unidades que ceden solo es el 8 % del total. Invariablemente pues, las unidades cedidas eran de gran extensión. Cuatro quintas partes son de mayorazgos de grandes casas ennoblecidas, y la otra quinta parte, modestamente, tiene como titular un vínculo. Una misma casa nobiliaria cedió cinco cortijos, otra tres, otras dos cada una dos cortijos, cuatro en total, y cada una de otras cuatro cedió un cortijo. A esto hay que sumar que tres familias titulares de mayorazgo sin condición nobiliaria, que son solo una quinta parte de este mercado, cedieron cuatro cortijos. Un vínculo poseído por un presbítero del patriciado local cede cinco unidades, todas por debajo de las veinte fanegas. En total suman 25,5 fanegas, una excepción que en ningún caso tiene capacidad para repercutir en el valor relativo de la cesión de las grandes unidades. Las casas nobiliarias actuaban a través de su administrador, apoderado o mayordomo, y un apoderado a su vez podía enviar orden a un vecino de la población para que actuara como su representante en el contrato. En uno de los casos, la cesión se consumó a través de la viuda, que actuó como madre y curadora de sus hijos y su administradora.
Entre las instituciones señoriales con injerto canónico, una modalidad del cruce de instituciones cuyo efecto también era inmovilizador, las cesiones de tierras de órdenes militares, que por su origen caballeresco hemos convenido en agregar a este grupo en su umbral de transición, se puede distinguir entre las que eran de encomienda y las de los conventos. Una encomienda de orden cedió una unidad de 452 fanegas de extensión, mientras que los conventos, en cuyo nombre actuaban caballeros de su respectivo instituto, cedieron 6 unidades, que sumaban 978 fanegas, de las cuales solo una estaba por debajo de las 20 fanegas. Acumulados ambos valores, representaban el 2,45 % del mercado de las cesiones.
De las instituciones familiares con injerto canónico, las primeras cedentes eran los conventos de las órdenes regulares. Proporcionaban el 22 % de la superficie que salía a este mercado. Ceden 57 unidades, solo 6 por debajo de las 20 fanegas, total 12.885,958 fanegas. Es característico de este polo de las cesiones que buena parte de las tierras cedidas estén localizadas en un lugar distinto a donde tiene su sede el convento. En la dimensión de la muestra que manejamos el fenómeno alcanza a un tercio del total de las unidades cedidas. También lo es que, aunque una parte sea tierra de conventos masculinos, poco más de la décima parte de las unidades (12,3%), la inmensa mayoría sea de conventos femeninos. Así, solo un monasterio de jerónimos, por medio de su prior y cuatro profesos, cedió un cortijo. Es la única cesión de clero regular masculino documentada, lo que indirectamente vendría a avalar que en la rama masculina de las órdenes los conventos actuaban preferentemente como cedidos. El más activo de los conventos femeninos cedentes, en el medio documental del que hemos dispuesto para experimentar con nuestras teorías, era un convento de clarisas, que contrató la cesión de nada menos que siete cortijos. Actuaba a través de su abadesa, dos madres, tres discretas y la vicaria, todas monjas profesas de velo negro y coro y madres de consulta de la institución. En ocasiones pudo bastar con la abadesa y sus dos claveras. Otras veces contrataba por medio de su vicario o a través de un hermano de la orden, que actuaba como apoderado. Al tiempo que las activas y ricas clarisas, un convento de dominicas cedió dos cortijos. También contrataba con el concurso de su abadesa y las madres de su consejo. Otros tres conventos femeninos cedieron otros tres cortijos. Para cerrar el contrato, en uno de ellos firmó en ocasiones la abadesa, con licencia de su superior, y en otros la gestión corrió a cargo de su administrador.
Las capellanías, que sumaban un buen número, todas locales menos cuatro, sin dejar de ser relevantes, son bastante más modestas. La superficie que cedían solo representaba un 3,773 del mercado de las cesiones. Pero ceden 31 parcelas, 13 por debajo de las 20 fanegas, total 2.268,141. La consecuencia es la razón superficie/unidad más baja (0,29), indicativa de que ante este ofertante se presentaba la demanda de tierras más modesta. No obstante, no sería correcto generalizar precipitadamente. De dos capellanías fueron cedidos dos cortijos. La cesión de tierra vinculada a los hospitales solo es poco menos modesta que la de las capellanías por lo que se refiere a la cantidad de tierra puesta en circulación (un 5% del total). Pero ceden menos unidades, 22 (10 de ellas provenientes de instituciones externas), nueve por debajo de las 20 fanegas. Total, 2.789,042 fanegas. Uno de ellos, a través de su administrador, cedió un cortijo. Las obras piadosas, todas locales, tienen muy escasa presencia en este mercado. Solo ceden la centésima parte de la tierra en 8 unidades, cuatro por debajo de las 20 fanegas. Total, 752,25 fanegas. Actuando como administrador de un patronato piadoso un presbítero cedió un cortijo. Y menos relevantes aún son las modestas instituciones societarias, de las que solo una cofradía, local, cede 2 parcelas, las dos menos de media fanega, total 0,249 fanegas.
Frente a todo esto, las cesiones de las personas físicas son el 9 % del total de las tierras ofertadas. Es verdad que cuando se trata de personas físicas eclesiásticas su papel es muy modesto, apenas un 1 % de la superficie cedida y el 2 % de las unidades. Los presbíteros y beneficiados a título personal (todos locales, de los apellidos del patriciado), según los registros de la Única, ceden 3 unidades, dos por debajo de las veinte fanegas, total 247,47 fanegas. Pero cuando se trata de personas físicas civiles la situación cambia. Cuatro de ellas, entre las que se contaba una viuda, que actuó por medio de su apoderado, cedieron cortijos. En el dominio que hubieran impuesto sobre los bienes adquiridos, fruto del ahorro familiar, no habrían pasado del rigor del juro de heredad. Les permitía transmitir los bienes sin cargas, no vinculados, en el más flexible orden de la llamada libre circulación. Aunque sus cesiones fueran pocas, solo un 2 % de las unidades que salían al mercado, disponían de un 8 % de las tierras ofertadas, lo que se traducía en una relación superficie/unidad muy próxima a la primera, la de mayorazgos y vínculos. La vecindad ayudaría a la connivencia entre ambos mundos. Esporádicamente se constituían sociedades para proceder a la cesión. En un caso lo hicieron obligados por la existencia de una institución que las inducía. El marqués del Valle de la Reina y otro vecino de su misma ciudad, por medio de su apoderado, cedieron un cortijo, cuyos dueños lo poseían por mitad vinculado. En rigor deberíamos tomarlo por un caso mixto, de cruce de cesiones marcadas por la vinculación con las de bienes de circulación libre. Pero, en realidad, es que hemos vuelto al dominio de las grandes cesiones, en el que la persistencia de las viejas instituciones inmovilizadoras eran una herencia insoslayable que se podía imputar al transcurso del dominio sobre la tierra desde la plena edad media. Se podrían añadir a este capítulo los bienes procedentes de propios si no fuera porque estaban acogidos al señorío de los municipios. En cualquier caso, eso apenas modificaría el signo de aquel mercado. La cesión de propios es solo el 1 % de las unidades. La ciudad de la población de referencia cedió un cortijo por medio de su procurador mayor y mayordomo de sus propios. Descontada la parte institucional de las cesiones, cabe añadir algunas de las personas cedentes declararon una actividad. Dos eran presbíteros, dos regidores perpetuos del gobierno de la población de referencia, uno alguacil mayor del santo oficio de la capital, otro relator de la audiencia de la capital y otro más teniente coronel del regimiento de milicias de Ronda.
Cualquier análisis deducido de otra muestra, más o menos extensa, siempre dará resultados distintos. Pero estamos convencidos de que los valores relativos no cambiarían sustantivamente.
Estimación del producto. 2
Publicado: marzo 27, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: economía agraria Deja un comentarioRedacción
Para la oferta de las rentas que se iban a arrendar, según continúa explicando el administrador en la misma tazmía, aquella diferencia, sin embargo, no tendría consecuencia alguna, porque, deducidas las 9.000 por tierras adehesadas, excusadas y concordadas, quedan líquidas para la regulación de los diezmos de la renta de pan hasta 27.000 fanegas de cuerda de tierra, y como, según varios informes, se pueden regular unas tierras con otras a 13 fanegas por fanega de cuerda, su cosecha podrá importar hasta 351.000 fanegas, por lo que corresponden al diezmo 35.100 fanegas. Vertidas a su valor monetario las 351.000 fanegas de grano serían 4.563.000 reales, si nos atenemos a los mismos parámetros que hemos tenido en cuenta para los cálculos precedentes; y las 35.100 del diezmo, 456.300 reales, serían lo mismo que la décima parte de los tres cuartos de q.
Explicada la deducción en estos términos, se concluye que el resultado que el autor de la tazmía se había propuesto era el valor estimado para la renta que se obtendría del régimen contributivo común, una vez restados excusados y exceptuados, que se recaudaban como rentas diferentes.
Pero todavía añade que de las 35.100 fanegas del diezmo, para estimar los valores que le parecía adecuado que se ofertaran a los aspirantes a recaudar la renta común del pan, debían deducirse unas 3.500 fanegas, de las cuales: 2.000 se detraerían por los costos, 400 por zarandeo y quiebras y las 1.100 restantes por las ganancias de los recaudadores.
Por lo que dicen las instrucciones del cuaderno del hacedor, documento relacionado con la adjudicación de las recaudaciones, tenemos que aceptar que los costos a los que está haciendo referencia la tazmía, y que es necesario satisfacer, son los del transporte que cubre la distancia entre los lugares donde se recauda el grano y la cilla o almacén donde se guarda, el mayor incremento del valor de los cereales antes de su transformación. Por la forma en que los presenta el administrador en la tazmía hemos de suponer que se pagaba en los productos transportados. El zarandeo o criba del grano también estaba explícitamente regulado por las condiciones previstas para cada cesión del cobro, mientras que las quiebras a las que en este momento haría referencia debían ser las pérdidas causadas por el trasiego del grano, y no los fracasos de cualquier compromiso de pago de una renta neta que las leyes de diezmos garantizaban a las partes como ingreso, que más adelante habrá que analizar. Cualquiera de estos hechos tiene en común que eran obligaciones del recaudador, según estaba previsto en el mismo cuaderno, mientras que el tercer elemento, que la tazmía llama ganancias del recaudador, eran los prometidos, el beneficio reconocido a la compra de una renta, que se pretendía suficiente para atraer a quienes desearan recaudarla como arrendatarios, una fracción de la renta y un procedimiento de los que también tendremos que ocuparnos después.
Por tanto, la suma de los tres valores representa la ganancia bruta que deducen quienes participan en la recaudación de la renta. De los costos con los que carga, el transporte es algo más de la mitad, mientras que los trabajos de limpieza del grano apenas superarían la décima parte. El tercer valor es el beneficio neto. Su cuota de ganancia, o proporción de beneficio sobre el producto, que de parte del cedente recibe el recaudador, es un sustancioso 3,13 %. El cedente de la renta de pan consiente pues como ganancia bruta real de los trabajadores para el diezmo hacia un 10 % de la renta estimada.
Deducidas las 3.500 fanegas de las ganancias a las 35.100 del diezmo, quedarían líquidas como producto presumible de la recaudación de las rentas 31.600 fanegas de pan terciado. Si aceptamos, como todo indica, que el criterio que regularmente utiliza el administrador para deducir costos es una décima parte del valor estimado para la renta en miles, un valor por tanto muy asequible para deducirlo en otros casos, las 31.600 fanegas de pan terciado sería más adecuado ajustarlas a 31.590. Para el método que vamos pretendiendo, esto significa que cualquier valor nominal de una renta tazmiada, para alcanzar hasta la estimación del producto, es necesario incrementarlo con el valor del beneficio bruto que tolera el cedente a favor de quienes participan en la recaudación.
Esta suma, que vamos a llamar r, sería la referencia a partir de la cual aquel año se debía emprender el proceso de recaudación de la renta. Aunque pueda parecer una pérdida de tiempo o un retroceso tenerla en cuenta, toda vez que ya disponemos de una estimación de todo el producto (q, nuestro objetivo), es necesario analizarla porque en las condiciones habituales será necesario partir de ella para llegar hasta el valor de q. Para enunciar formalmente en beneficio de nuestro plan toda la cadena de operaciones que el administrador nos ha descubierto, que llevan desde el producto estimado al diezmo común que se pretende cobrar, basta con recorrer su camino a la inversa. Al diezmo común ofertado (r, 31.590 fanegas o 410.670 reales) le sumamos la novena parte de su valor (r/9, 3.510 fanegas o 45.630 reales) por razones de costos, zarandeo, quiebras y prometidos. De la operación obtenemos una cifra (r+r/9, 456.300 reales) que es tres cuartas partes de q/10 porque se han excluido las tierras que finalmente fueron utilizadas de otra manera (las adehesadas que se habían quedado por sembrar) y las que se atienen a un régimen recaudatorio propio (las de los seis excusados y las de los cortijos y tierras concordados). Si le sumamos otro cuarto ([r+r/9]/3, 152.100 reales), llegamos a todo q/10 (608.400 reales).
Sin embargo, este cálculo aún no ha tenido en cuenta la excepción que modifica inmediatamente el tamaño del producto. Es necesario restarle al diezmo del cuarto que sumaban las excepciones acumuladas por tierras adehesadas que quedaron por sembrar, excusadas y concordadas ([r+r/9]/3, 152.100), el que hubiera correspondido a las tierras de las que positivamente sabemos que no se sembraron, lo que se podría expresar en los siguientes términos:
rx = (r+r/9)/3 – re – rco
donde re es el diezmo de los excusados y rco el estimado para los concordados. Como sabemos que rx es 89.637,6, el valor corregido de q/10 sería 518.762,4. Para pasar de este valor más preciso de q/10 a la estimación definitiva del producto (q), basta con multiplicar por diez la cifra obtenida (5.187.624).
Si nos expresamos en los términos más generales, y ateniéndonos a lo que la tazmía enseña, el cálculo del producto se podría pues resolver de la siguiente manera:
q = [r+r/9 + (r+r/9)/3 – rx] · 10
Parecen demasiadas manipulaciones, y su resultado, un artificio que se aleja de los hechos. Es una falsa impresión. Se trata solo del enunciado formal de unos cálculos previos que eran notablemente ajustados, tal como hemos podido restaurar paso a paso. Hasta qué punto eran precisos, y por tanto sus cifras indicios sólidos a los que fiar la estimación del producto, aún se puede discutir a partir de algunos memoriales de nuestro administrador.
En uno anticipó que los diezmos de aceite de 1744 se podían evaluar en 2.970 tareas de aceituna. La tarea, unidad de trabajo de las prensas de aceite, servía para pasar de la expresión del producto inmediato del olivo, que se medía en unidades de capacidad, a la que correspondía al producto elaborado, el aceite, que se medía en unidades de peso y era el que cargaba con la obligación contributiva. A razón de 9 arrobas por tarea, según su criterio, producirían 26.730, de las que habría que descontar como gastos y ganancias de los recaudadores 3.000. Si para las 26.730 arrobas se aceptaba un precio tipo de 11 reales, la tazmía debía fijarse en 294.030 reales (26.730·11). Pero, según relata, hubo quien aseguró al cabildo que la cosecha alcanzaría las 4.000 tareas, y que su rendimiento sería de 40.000 arrobas, lo que hizo que el cabildo tuviera algunas dudas sobre la capacidad de los tazmeadores y del propio administrador. Ante aquellos hechos, este prefirió no replicar, y permanecer a la espera de la recaudación del diezmo.
Pasados los meses, pudo satisfacer su prudencia presentando un certificado del contador de la casa cilla, o almacén que la administración de cada vicaría ponía al servicio de los recaudadores para que guardaran lo que se iba ingresando por cada diezmo que se cobrara en especie; en el que constaba que las tareas recaudadas habían sido 2.578, 8 fanegas y 5 ½ almudes de aceituna, que el aceite claro que habían producido llegó a las 24.888 arrobas, que de turbios, borras y agua habían resultado 3.245 ½ arrobas y que una y otra partida sumaban 28.133 ½ arrobas de aceite. El que se había adjudicado la recaudación de este diezmo, fiado a la tazmía que al parecer había prevalecido, la que estimaba el producto previsible en algo más de un cuarto que la del administrador, había perdido más de 120.000 reales (309.468,5–440.000 = –130.531,5).
Quien había dado al cabildo aquella noticia tan siniestra, continúa el administrador, debía quedar por caprichoso en lo que aseguró, mientras que creía legítimo que debía quedar constancia de que su tazmía había sido certera, no obstante ser tan difícil abarcar este diezmo por lo extenso que es en la población. No le sorprendía un hecho como este en el sujeto que había dado la noticia fantástica, quien ya había proporcionado otra comparable en los diezmos de pan de aquel mismo año, cuando disminuyó la tazmía del administrador, que luego resultó verídica, tal como lo había acreditado en este caso el correspondiente libro de la fieldad, uno de los dos regímenes de recaudación de los diezmos. No por esto dejaba de reconocer que él era hombre, y como tal sujeto a errores, así como el tazmeador. Terminó pidiendo disculpas por molestar con tanta explicación, hecha para salir al paso de la calumnia que no sin intención había levantado contra el tazmeador y contra él mismo quien había puesto divergentes apreciaciones en los valores de los diezmos para simpatizar con el cabildo a costa de la fama de inocentes.
En el mismo documento donde se extendió en sus explicaciones, para terminar de recuperar posiciones, el administrador no tuvo inconveniente en admitir que su obligación era procurar el incremento de las rentas que proporcionan los diezmos, y que no había situación en la que no se empleara para prever cuáles serían los mejores valores de partida. La deducción a la que conducen estas afirmaciones no puede ser favorable a la veracidad de sus testimonios. Si su moral al administrador le obligaba a estimular al alza el valor inicial de las rentas, estamos legitimados para pensar que sus apreciaciones siempre estarían forzadas a extralimitarse.
Otro testimonio suyo contribuye a relativizar en la dirección opuesta el crédito que merecen las tazmías. Tratando del diezmo del pan de uno de aquellos años, asegura que para formar juicio de la cosecha la estimación previa de estas rentas le había dado bastante que hacer, sobre todo por la mucha desigualdad de los sembrados. Creía prudente fijarla en 21.600 fanegas, aunque estaba convencido de que la cosecha de todo el pan rondaría las 26.500, de las cuales 15.000 serían de trigo y 11.500 de cebada, aunque tal vez esta fuera algo más. Reflexionando de este modo, dejó al descubierto que los valores de las tazmías, cuando se hacían públicos, expresarían una cantidad algo por debajo de lo previsible, muy probablemente con la intención de atraer a quienes se hicieran cargo de la recaudación de la renta.
Es posible que lo habitual fuera actuar así, y que por tanto no sería del todo prudente confiarse sin más a las tazmías, y con fundamento puede discutirse que forzaran más o menos las situaciones. Pero en ninguno de los casos, como los testimonios demuestran, que la información sobre el producto que manejaban, y que circulaba por los capilares de la administración diezmal, fuera lo más completa y explícita posible. Cualquiera de ellos tenía buenos principios porque contaba con la ventaja de que estaban elaborados a la vista de la inmediata cosecha y por expertos en esta clase de operaciones. Todo el crédito que merecen sus cifras proviene siempre de que describen expresamente el producto que está en el origen de cada diezmo, al margen de las circunstancias de cada sujeto a la prestación o de la modalidad de cobro que luego se siga.
Primera batalla de Hímera
Publicado: marzo 14, 2026 Archivado en: Diodalsas de Agrigento | Tags: historias Deja un comentarioDiodalsas de Agrigento
Avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Melqart, Astarté, Tanit y Baal. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Amílcar, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por la isla. Se desplazó por la línea próxima a la costa y, a través de los pasos naturales, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Hímera, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad del mismo nombre.
Al campamento que momentáneamente había instalado al alcanzar el río llegaron dos soldados equipados como los griegos, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al este, cerca de Mesina. Juzgando por aquella información, decidió entonces Amílcar cruzar el Hímera desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra el tirano de Gela marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí sin demora.
Eligió Trabia como lugar adecuado para desde él abordar el río e idóneo para instalar en sus inmediaciones su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Melqart atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Astarté a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Una vez que hubo pasado el Hímera la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de la ciudad. Estaba el general aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías siracusanos en las proximidades del campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sudeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.
Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera cortaron la llegada de la división Astarté, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.
Observaba Amílcar desde el alto elegido para decidir sobre los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. Astarté estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. De súbito, Amílcar se precipitó a la batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Amílcar mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante todo el tiempo que el combate se prolongó. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción y detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente del noroeste, de un lugar en la costa próximo a Panormo, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó varias horas, durante las que la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados. Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que habían iniciado la batalla, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Gelón estaba contemplando la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros siracusanos que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de aquellos héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Amílcar, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Pero Hímera no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Amílcar prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas, inspirado por la pasión de conseguir de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso, una vez rehabilitado por el descanso, se fue imponiendo implacable el ejército siracusano, acción tras acción, hasta que el general cartaginés decidió detener el derramamiento de sangre y envió a Gelón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo para reordenar el grueso de sus sorprendidos combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente de Panormo, aun cuando la hubiera atravesado sin detenerse, y considerase aquel país excelente retaguardia.
Los generales siracusanos, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad del enemigo. Gelón, al recibir las demandas de Amílcar, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde su campo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los cartagineses, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Gelón con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Mesina.
La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del último encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.
Ocurrió aquella victoria el mismo día que la de los griegos sobre los persas en Salamina, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.
El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada por los vencedores y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, se apresuraron a pedirle la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.
Pero lo más notable fue que en el transcurso de la última jornada, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.
Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Entonces se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.
Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en que nació predestinado. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, por la fuerza de su nombre hubo de suicidarse lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.
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