Anales egipcios
Publicado: abril 18, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Un momento singular de la formación de este tipo de relato es el de los anales egipcios, muestra al tiempo probablemente la más remota que de él pueda ser observada. El que por ahora puede ser aceptado como documento tipo de esta primera literatura suele aparecer escrito sobre una tablilla rectangular, bien de madera o bien de marfil. El texto que sobre este soporte queda escrito se juzga que estaría destinado a ser archivado precisamente por la resistencia a los efectos del paso del tiempo de los materiales elegidos para escribir sobre ellos.
Uno de los ejemplares más valiosos de estos esquemáticos proyectos de relato, tanto por sus características materiales como por la representatividad de su contenido, es una tablilla de marfil que fue descubierta en Naqadah. Su protagonista es Aha, apellidado El Combatiente en otros textos que a él se refieren, para unos el unificador de Egipto, y por tanto identificable con el que una parte de las fuentes llaman Menes, para otros el hijo de este. Aunque a consecuencia del primitivo estado de la lengua escrita en el momento en que fue grabada, casi coincidente con el momento en que la escritura empezó a ser utilizada, su lectura aún debe considerarse hipotética y muy inestable, se puede afirmar que esta tablilla dice aproximadamente lo siguiente:
Aparición del Horus Aha. Abrir la tierra del canal serpenteante por el Horus Aha. Viaje del halcón en la barca. Fundación del santuario de las dos coronas: permanecen las dos señoras, por el Horus Aha. Ofrenda festiva en la entrega de los impuestos del alto Egipto y los suministros del bajo Egipto.
La manera de expresarse que el autor de este texto prefirió fue la más lacónica, incluso excesivamente escueta, podría decirse, es más consecuencia de un prudente proceder del traductor que algo que esté en el original. La escritura de la lengua en aquel primitivo momento carecía de preocupaciones organizativas, más aún de medios que las expresaran, tales como los elementos que ahora nos sirven para ejecutar eso que en conjunto llamamos sintaxis. Nada seguro se sabe sobre si estas propiedades ya las había adquirido la lengua que por el medio jeroglífico era escrita, aunque es probable que sí. El problema era pues de estado primitivo de la escritura, y no de la lengua, y en aquel principio, habiendo sido elegido el medio jeroglífico para fijar la expresión, las declaraciones eran más genéricas que precisas, y desde luego en absoluto preocupadas por representar nexos o signos de puntuación. Así que la decisión tomada por el traductor, que ha consistido en hacer afirmaciones y yuxtaponerlas, puede apreciarse como correcta manera de evocar o reproducir lo que el lector del original podía interpretar.
El texto refiere casi sin más aspiración que la del registro, sin explicar o justificar, hechos que por alguna razón no declarada debieron considerarse dignos de ser asociados al nombre del rey, para que así de ellos quedara archivada su memoria. Sin embargo, eso no le impide hacer incursiones literarias, o si se prefiere: aun en aquel elemental estado de la escritura no fue posible eludir la propiedad literaria que la lengua tiene por naturaleza. Pero tampoco sería del todo correcto hablar así, otra vez arrastrados a juzgar apresuradamente desde el estado en el que encontramos y utilizamos las lenguas que nos son familiares. La derivación literaria no era una vertiente inevitable de la escritura, sino una propiedad hallada y luego explotada con ingenio por los aristocráticos y escolásticos escribas egipcios, sin duda también los primeros escritores en el sentido más restringido. Como para representar idénticos sonidos, los de la lengua hablada, eran elegibles distintos símbolos, la idea sugerida por la forma representada pudo ser transferida al objeto que contenía aquellos sonidos. Las propiedades de aquel abierto recurso eran enormes y las posibilidades de explotación infinitas. Pero en general podemos decir que puso la lengua escrita sobre la senda del más fecundo de los recursos literarios, el de la metáfora. Podía haber una manera directa u ortográfica de escribir, pero hubiera dado origen a un extensísimo universo de signos, indominable por quienes tuvieran que escribir. Como la posibilidad de la heterográfica estaba abierta por la condición originalmente simbólica del sistema de escritura adoptado, fue la que se extendió probablemente por razones prácticas, y fue esta elección la que abrió la puerta a la posibilidad literaria, cuya eficacia quedaría a discreción de cada autor de texto.
Esta posibilidad debe crear serias dudas a los traductores, que corren el peligro de en ocasiones precipitarse hacia la expresión derivada y en otras detenerse por exceso de prudencia en la inmediata. Aun así, el error de conjunto es poco probable porque finalmente un texto erráticamente interpretado carecería de sentido. Determinadas opciones metafóricas debieron quedar pronto cerradas, a modo de frases hechas, y ser desde entonces patrimonio común de los primeros escritores. Probablemente esto ocurrió antes, y de manera interesada, con las palabras de valor teológico.
A este dominio corresponde el caso más claro de esta consecuencia de la escritura que el texto de Naqadah contiene. Horus es halcón, de modo que Viaje del halcón puede ser interpretado como Viaje del rey, porque previamente Aha, el rey, ha sido en dos ocasiones llamado por otro nombre Horus. Pero Horus es el nombre de un dios. En realidad, si los reyes de sobrenombran al principio Horus (con el tiempo su intitulación irá acumulando más nombres de dioses) es con la explícita intención, como nuestro texto demuestra, de presentarse como idéntico al dios. Lo que ya no está tan claro es por qué la palabra halcón fue inmediatamente utilizada para denominar al dios que debía servir para identificar en origen la monarquía. Hay antiguas teorías a este respecto, ahora seriamente discutidas y ya casi en desuso, pero aún no convincentemente sustituidas. Una de las posibilidades que podían manejarse es, por ejemplo, la poderosa propiedad alegórica del halcón, lo que nos invitaría a suponer hábitos literarios en la lengua hablada, aquélla que la escritura quiere retratar, lo que en absoluto parece despreciable. Pero lo que nuestro texto, en cualquier caso, enseña, si la traducción es inapelable, es que una misma secuencia de sonidos es ambigua, y que esto permite introducir propiedades literaria en el texto con interesantes consecuencias de contenido.
Para juzgar sobre su alcance, conviene aún aclarar otros extremos del lacónico enunciado. Las acciones del rey que el registro celebra son las civilizadoras y justificativas de la monarquía, no una serie de hechos indiferente. La apertura o desobstrucción del canal, fuese un acto litúrgico que el rey ejecutaba, o sea una alegoría del texto, puede asociarse al origen del poder monárquico en Egipto. Su necesidad parece que en su versión más remota pudo estar justificada por la capacidad de controlar la naturaleza que cierta persona demostraba ante sus semejantes de manera convincente. El santuario de las dos coronas, en el que la presencia de las dos señoras es respetada, es simultáneamente referencia a los símbolos del poder unificado y a la fiesta sed. Las dos señoras eran las dos divinidades que personificaban alto y bajo Egipto, las dos regiones en las que administrativamente estuvo dividido el valle del Nilo para facilitar la acción de gobierno de aquella monarquía. En la fiesta sed, rito destinado a renovar los poderes del faraón, aquel santuario pudo estar presente desde el principio, aunque la arqueología por ahora solo lo ha documentado para momentos algo posteriores. La afirmación de este texto podría ser una referencia a que una parte de la fiesta, en su versión más antigua, pudo ser el rito de la fundación de un santuario por el rey. Finalmente, al principio un momento de aquella fiesta también pudo ser que representantes de las dos partes de la monarquía, como reconocimiento al poder unificado, y por corresponder a los beneficios de él obtenidos, entregaran, simbólicamente al menos, sus rentas.
Si, para concluir, recapitulamos, debemos retener que el texto deja constancia de aquellos acontecimientos que certifican los atributos exclusivos del rey, probablemente con el mismo sentido ritual que los hechos registrados tuvieron: abrir o desobstruir el canal, recorrer el Nilo, fundar el santuario de las dos señoras y entregar las rentas. Si lo consideramos un relato, la unidad que hay que suponer a este tipo de composiciones podría proporcionárnosla la fiesta sed misma. En su transcurso, el rey, por el orden expuesto, sería el protagonista de tal serie de actos litúrgicos.
Por esta razón se ha concluido que los primitivos anales egipcios fueron un medio literario al servicio de la formación de la monarquía unificada. La memoria escrita de aquella clase de hechos fue una contribución necesaria a la solidez de la nueva institución, en una época en la que la escritura jeroglífica todavía estaba formándose y el uso de la escritura, hasta donde ha podido ser conocido, sería limitado y escueto.
Cedentes de las tierras para labores
Publicado: abril 4, 2026 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
Aun aceptando que los arrendatarios hubieran ganado una posición dominante, tan incorrecto como dar preferencia a la propiedad sería negar la evidencia. En el origen de la constitución de cada labrador interesado en servirse de un cortijo está su relación con la propiedad. Era el refractor legal del acceso a la tierra.
El análisis que sigue es consecuencia de un estudio basado en el análisis pormenorizado de 53 contratos de cesión y las referencias a 189 unidades de producción de toda clase registradas por las averiguaciones para crear la Única. Hemos tomado como pauta para depurar las de mayores dimensiones las 20 fanegas, frontera que las normas del pósito designaban para separar los créditos a las pequeñas de los concedidos a las grandes explotaciones. Esta manera de proceder acepta como módulo que se siembra unidad de capacidad por unidad de superficie, un patrón avalado por las experiencias conocidas y que en modo alguno violenta la iluminación del fondo de comportamientos que alimentó los hechos que deseamos recuperar, lo que además nos permite medir el alcance de las cesiones de pequeñas unidades en primera instancia.
El mercado estaba en manos de las instituciones inmovilizadoras en una proporción tan abrumadora que lo acercan al monopolio. Acumulaban las nueve décimas partes del total. De las instituciones provenientes de la infeudación a favor de la iglesia romana, las cesiones del cabildo catedralicio eran las más importantes. Ninguna de las unidades que en el marco de nuestra observación cedió, el 8 % del total, estaba por debajo de las 230 fanegas. Entre todas acumulaban 7.117 unidades de superficie, un 12,2 % del total. Por otra parte, en siete de las cesiones de otros tantos cortijos, todos de una misma dotación, administrada perpetuamente por el cabildo catedralicio del episcopado de la iglesia latina, coincidente con la región objeto de nuestro análisis, actuó como cedente porque de ella se había constituido como su patrono. Lo más interesante, para llegar hasta la raíz del valor funcional de las inmovilizaciones, es reconocer que la dotación, tuviera origen civil o no, terminó bajo control de la primera institución regional de la iglesia romana gracias a que consiguió titularse su patrono.
Las corporaciones parroquiales de beneficiados (todas locales, menos una), cedieron el 15 % de las unidades, de tal tamaño que solo la cuarta parte de ellas estaba por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.052,417 fanegas. Por su parte, una universidad de los beneficiados, a través de su abad mayor, también cedió 17 unidades, asimismo cuatro por debajo de las 20 fanegas, que en total sumaban 1.827,125 fanegas. El valor acumulado por todas las tierras del beneficio parroquial (2.879,542 fanegas) equivalía al 4,93 % de las tierras cedidas. Las fábricas parroquiales, de las cuales dos eran exteriores, a través de sus respectivos mayordomos cedieron poco menos de la vigésima parte de las unidades (4%), solo una por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.861,75 fanegas o 3,19 % del total. Así pues, todas las instituciones que habían tenido su origen en la infeudación a favor de la iglesia de occidente acaparaban una quinta parte de aquel mercado (el 20,32 %).
Las tierras bajo control de instituciones familiares directas eran las de mayorazgos y vínculos, expresamente destinadas a inmovilizar sus respectivos patrimonios. Las cesiones de las superficies cultivables así protegidas acumulaban más de un tercio (el 34 %) del mercado de las cesiones, lo que equivale a reconocer que por tanto estaba dominado por ellas en absoluto. De la clase de cesiones que hacían da una idea ajustada que, mientras que la razón superficie/unidades es un valor que suele estar por debajo de la unidad, cuando se trata de las tierras de mayorazgos y vínculos ese valor se dispara hasta el 4,25 porque el número de las unidades que ceden solo es el 8 % del total. Invariablemente pues, las unidades cedidas eran de gran extensión. Cuatro quintas partes son de mayorazgos de grandes casas ennoblecidas, y la otra quinta parte, modestamente, tiene como titular un vínculo. Una misma casa nobiliaria cedió cinco cortijos, otra tres, otras dos cada una dos cortijos, cuatro en total, y cada una de otras cuatro cedió un cortijo. A esto hay que sumar que tres familias titulares de mayorazgo sin condición nobiliaria, que son solo una quinta parte de este mercado, cedieron cuatro cortijos. Un vínculo poseído por un presbítero del patriciado local cede cinco unidades, todas por debajo de las veinte fanegas. En total suman 25,5 fanegas, una excepción que en ningún caso tiene capacidad para repercutir en el valor relativo de la cesión de las grandes unidades. Las casas nobiliarias actuaban a través de su administrador, apoderado o mayordomo, y un apoderado a su vez podía enviar orden a un vecino de la población para que actuara como su representante en el contrato. En uno de los casos, la cesión se consumó a través de la viuda, que actuó como madre y curadora de sus hijos y su administradora.
Entre las instituciones señoriales con injerto canónico, una modalidad del cruce de instituciones cuyo efecto también era inmovilizador, las cesiones de tierras de órdenes militares, que por su origen caballeresco hemos convenido en agregar a este grupo en su umbral de transición, se puede distinguir entre las que eran de encomienda y las de los conventos. Una encomienda de orden cedió una unidad de 452 fanegas de extensión, mientras que los conventos, en cuyo nombre actuaban caballeros de su respectivo instituto, cedieron 6 unidades, que sumaban 978 fanegas, de las cuales solo una estaba por debajo de las 20 fanegas. Acumulados ambos valores, representaban el 2,45 % del mercado de las cesiones.
De las instituciones familiares con injerto canónico, las primeras cedentes eran los conventos de las órdenes regulares. Proporcionaban el 22 % de la superficie que salía a este mercado. Ceden 57 unidades, solo 6 por debajo de las 20 fanegas, total 12.885,958 fanegas. Es característico de este polo de las cesiones que buena parte de las tierras cedidas estén localizadas en un lugar distinto a donde tiene su sede el convento. En la dimensión de la muestra que manejamos el fenómeno alcanza a un tercio del total de las unidades cedidas. También lo es que, aunque una parte sea tierra de conventos masculinos, poco más de la décima parte de las unidades (12,3%), la inmensa mayoría sea de conventos femeninos. Así, solo un monasterio de jerónimos, por medio de su prior y cuatro profesos, cedió un cortijo. Es la única cesión de clero regular masculino documentada, lo que indirectamente vendría a avalar que en la rama masculina de las órdenes los conventos actuaban preferentemente como cedidos. El más activo de los conventos femeninos cedentes, en el medio documental del que hemos dispuesto para experimentar con nuestras teorías, era un convento de clarisas, que contrató la cesión de nada menos que siete cortijos. Actuaba a través de su abadesa, dos madres, tres discretas y la vicaria, todas monjas profesas de velo negro y coro y madres de consulta de la institución. En ocasiones pudo bastar con la abadesa y sus dos claveras. Otras veces contrataba por medio de su vicario o a través de un hermano de la orden, que actuaba como apoderado. Al tiempo que las activas y ricas clarisas, un convento de dominicas cedió dos cortijos. También contrataba con el concurso de su abadesa y las madres de su consejo. Otros tres conventos femeninos cedieron otros tres cortijos. Para cerrar el contrato, en uno de ellos firmó en ocasiones la abadesa, con licencia de su superior, y en otros la gestión corrió a cargo de su administrador.
Las capellanías, que sumaban un buen número, todas locales menos cuatro, sin dejar de ser relevantes, son bastante más modestas. La superficie que cedían solo representaba un 3,773 del mercado de las cesiones. Pero ceden 31 parcelas, 13 por debajo de las 20 fanegas, total 2.268,141. La consecuencia es la razón superficie/unidad más baja (0,29), indicativa de que ante este ofertante se presentaba la demanda de tierras más modesta. No obstante, no sería correcto generalizar precipitadamente. De dos capellanías fueron cedidos dos cortijos. La cesión de tierra vinculada a los hospitales solo es poco menos modesta que la de las capellanías por lo que se refiere a la cantidad de tierra puesta en circulación (un 5% del total). Pero ceden menos unidades, 22 (10 de ellas provenientes de instituciones externas), nueve por debajo de las 20 fanegas. Total, 2.789,042 fanegas. Uno de ellos, a través de su administrador, cedió un cortijo. Las obras piadosas, todas locales, tienen muy escasa presencia en este mercado. Solo ceden la centésima parte de la tierra en 8 unidades, cuatro por debajo de las 20 fanegas. Total, 752,25 fanegas. Actuando como administrador de un patronato piadoso un presbítero cedió un cortijo. Y menos relevantes aún son las modestas instituciones societarias, de las que solo una cofradía, local, cede 2 parcelas, las dos menos de media fanega, total 0,249 fanegas.
Frente a todo esto, las cesiones de las personas físicas son el 9 % del total de las tierras ofertadas. Es verdad que cuando se trata de personas físicas eclesiásticas su papel es muy modesto, apenas un 1 % de la superficie cedida y el 2 % de las unidades. Los presbíteros y beneficiados a título personal (todos locales, de los apellidos del patriciado), según los registros de la Única, ceden 3 unidades, dos por debajo de las veinte fanegas, total 247,47 fanegas. Pero cuando se trata de personas físicas civiles la situación cambia. Cuatro de ellas, entre las que se contaba una viuda, que actuó por medio de su apoderado, cedieron cortijos. En el dominio que hubieran impuesto sobre los bienes adquiridos, fruto del ahorro familiar, no habrían pasado del rigor del juro de heredad. Les permitía transmitir los bienes sin cargas, no vinculados, en el más flexible orden de la llamada libre circulación. Aunque sus cesiones fueran pocas, solo un 2 % de las unidades que salían al mercado, disponían de un 8 % de las tierras ofertadas, lo que se traducía en una relación superficie/unidad muy próxima a la primera, la de mayorazgos y vínculos. La vecindad ayudaría a la connivencia entre ambos mundos. Esporádicamente se constituían sociedades para proceder a la cesión. En un caso lo hicieron obligados por la existencia de una institución que las inducía. El marqués del Valle de la Reina y otro vecino de su misma ciudad, por medio de su apoderado, cedieron un cortijo, cuyos dueños lo poseían por mitad vinculado. En rigor deberíamos tomarlo por un caso mixto, de cruce de cesiones marcadas por la vinculación con las de bienes de circulación libre. Pero, en realidad, es que hemos vuelto al dominio de las grandes cesiones, en el que la persistencia de las viejas instituciones inmovilizadoras eran una herencia insoslayable que se podía imputar al transcurso del dominio sobre la tierra desde la plena edad media. Se podrían añadir a este capítulo los bienes procedentes de propios si no fuera porque estaban acogidos al señorío de los municipios. En cualquier caso, eso apenas modificaría el signo de aquel mercado. La cesión de propios es solo el 1 % de las unidades. La ciudad de la población de referencia cedió un cortijo por medio de su procurador mayor y mayordomo de sus propios. Descontada la parte institucional de las cesiones, cabe añadir algunas de las personas cedentes declararon una actividad. Dos eran presbíteros, dos regidores perpetuos del gobierno de la población de referencia, uno alguacil mayor del santo oficio de la capital, otro relator de la audiencia de la capital y otro más teniente coronel del regimiento de milicias de Ronda.
Cualquier análisis deducido de otra muestra, más o menos extensa, siempre dará resultados distintos. Pero estamos convencidos de que los valores relativos no cambiarían sustantivamente.
Comentarios recientes