Estimación del producto. 2

Redacción 

Para la oferta de las rentas que se iban a arrendar, según continúa explicando el administrador en la misma tazmía, aquella diferencia, sin embargo, no tendría consecuencia alguna, porque, deducidas las 9.000 por tierras adehesadas, excusadas y concordadas, quedan líquidas para la regulación de los diezmos de la renta de pan hasta 27.000 fanegas de cuerda de tierra, y como, según varios informes, se pueden regular unas tierras con otras a 13 fanegas por fanega de cuerda, su cosecha podrá importar hasta 351.000 fanegas, por lo que corresponden al diezmo 35.100 fanegas. Vertidas a su valor monetario las 351.000 fanegas de grano serían 4.563.000 reales, si nos atenemos a los mismos parámetros que hemos tenido en cuenta para los cálculos precedentes; y las 35.100 del diezmo, 456.300 reales, serían lo mismo que la décima parte de los tres cuartos de q.

     Explicada la deducción en estos términos, se concluye que el resultado que el autor de la tazmía se había propuesto era el valor estimado para la renta que se obtendría del régimen contributivo común, una vez restados excusados y exceptuados, que se recaudaban como rentas diferentes.

     Pero todavía añade que de las 35.100 fanegas del diezmo, para estimar los valores que le parecía adecuado que se ofertaran a los aspirantes a recaudar la renta común del pan, debían deducirse unas 3.500 fanegas, de las cuales: 2.000 se detraerían por los costos, 400 por zarandeo y quiebras y las 1.100 restantes por las ganancias de los recaudadores.

     Por lo que dicen las instrucciones del cuaderno del hacedor, documento relacionado con la adjudicación de las recaudaciones, tenemos que aceptar que los costos a los que está haciendo referencia la tazmía, y que es necesario satisfacer, son los del transporte que cubre la distancia entre los lugares donde se recauda el grano y la cilla o almacén donde se guarda, el mayor incremento del valor de los cereales antes de su transformación. Por la forma en que los presenta el administrador en la tazmía hemos de suponer que se pagaba en los productos transportados. El zarandeo o criba del grano también estaba explícitamente regulado por las condiciones previstas para cada cesión del cobro, mientras que las quiebras a las que en este momento haría referencia debían ser las pérdidas causadas por el trasiego del grano, y no los fracasos de cualquier compromiso de pago de una renta neta que las leyes de diezmos garantizaban a las partes como ingreso, que más adelante habrá que analizar. Cualquiera de estos hechos tiene en común que eran obligaciones del recaudador, según estaba previsto en el mismo cuaderno, mientras que el tercer elemento, que la tazmía llama ganancias del recaudador, eran los prometidos, el beneficio reconocido a la compra de una renta, que se pretendía suficiente para atraer a quienes desearan recaudarla como arrendatarios, una fracción de la renta y un procedimiento de los que también tendremos que ocuparnos después.

     Por tanto, la suma de los tres valores representa la ganancia bruta que deducen quienes participan en la recaudación de la renta. De los costos con los que carga, el transporte es algo más de la mitad, mientras que los trabajos de limpieza del grano apenas superarían la décima parte. El tercer valor es el beneficio neto. Su cuota de ganancia, o proporción de beneficio sobre el producto, que de parte del cedente recibe el recaudador, es un sustancioso 3,13 %. El cedente de la renta de pan consiente pues como ganancia bruta real de los trabajadores para el diezmo hacia un 10 % de la renta estimada.

     Deducidas las 3.500 fanegas de las ganancias a las 35.100 del diezmo, quedarían líquidas como producto presumible de la recaudación de las rentas 31.600 fanegas de pan terciado. Si aceptamos, como todo indica, que el criterio que regularmente utiliza el administrador para deducir costos es una décima parte del valor estimado para la renta en miles, un valor por tanto muy asequible para deducirlo en otros casos, las 31.600 fanegas de pan terciado sería más adecuado ajustarlas a 31.590. Para el método que vamos pretendiendo, esto significa que cualquier valor nominal de una renta tazmiada, para alcanzar hasta la estimación del producto, es necesario incrementarlo con el valor del beneficio bruto que tolera el cedente a favor de quienes participan en la recaudación.

Esta suma, que vamos a llamar r, sería la referencia a partir de la cual aquel año se debía emprender el proceso de recaudación de la renta. Aunque pueda parecer una pérdida de tiempo o un retroceso tenerla en cuenta, toda vez que ya disponemos de una estimación de todo el producto (q, nuestro objetivo), es necesario analizarla porque en las condiciones habituales será necesario partir de ella para llegar hasta el valor de q. Para enunciar formalmente en beneficio de nuestro plan toda la cadena de operaciones que el administrador nos ha descubierto, que llevan desde el producto estimado al diezmo común que se pretende cobrar, basta con recorrer su camino a la inversa. Al diezmo común ofertado (r, 31.590 fanegas o 410.670 reales) le sumamos la novena parte de su valor (r/9, 3.510 fanegas o 45.630 reales) por razones de costos, zarandeo, quiebras y prometidos. De la operación obtenemos una cifra (r+r/9, 456.300 reales) que es tres cuartas partes de q/10 porque se han excluido las tierras que finalmente fueron utilizadas de otra manera (las adehesadas que se habían quedado por sembrar) y las que se atienen a un régimen recaudatorio propio (las de los seis excusados y las de los cortijos y tierras concordados). Si le sumamos otro cuarto ([r+r/9]/3, 152.100 reales), llegamos a todo q/10 (608.400 reales).

     Sin embargo, este cálculo aún no ha tenido en cuenta la excepción que modifica inmediatamente el tamaño del producto. Es necesario restarle al diezmo del cuarto que sumaban las excepciones acumuladas por tierras adehesadas que quedaron por sembrar, excusadas y concordadas ([r+r/9]/3, 152.100), el que hubiera correspondido a las tierras de las que positivamente sabemos que no se sembraron, lo que se podría expresar en los siguientes términos:

rx = (r+r/9)/3 – re – rco

donde re es el diezmo de los excusados y rco el estimado para los concordados. Como sabemos que rx es 89.637,6, el valor corregido de q/10 sería 518.762,4. Para pasar de este valor más preciso de q/10 a la estimación definitiva del producto (q), basta con multiplicar por diez la cifra obtenida (5.187.624).

     Si nos expresamos en los términos más generales, y ateniéndonos a lo que la tazmía enseña, el cálculo del producto se podría pues resolver de la siguiente manera:

q = [r+r/9 + (r+r/9)/3 – rx] · 10

Parecen demasiadas manipulaciones, y su resultado, un artificio que se aleja de los hechos. Es una falsa impresión. Se trata solo del enunciado formal de unos cálculos previos que eran notablemente ajustados, tal como hemos podido restaurar paso a paso. Hasta qué punto eran precisos, y por tanto sus cifras indicios sólidos a los que fiar la estimación del producto, aún se puede discutir a partir de algunos memoriales de nuestro administrador.

     En uno anticipó que los diezmos de aceite de 1744 se podían evaluar en 2.970 tareas de aceituna. La tarea, unidad de trabajo de las prensas de aceite, servía para pasar de la expresión del producto inmediato del olivo, que se medía en unidades de capacidad, a la que correspondía al producto elaborado, el aceite, que se medía en unidades de peso y era el que cargaba con la obligación contributiva. A razón de 9 arrobas por tarea, según su criterio, producirían 26.730, de las que habría que descontar como gastos y ganancias de los recaudadores 3.000. Si para las 26.730 arrobas se aceptaba un precio tipo de 11 reales, la tazmía debía fijarse en 294.030 reales (26.730·11). Pero, según relata, hubo quien aseguró al cabildo que la cosecha alcanzaría las 4.000 tareas, y que su rendimiento sería de 40.000 arrobas, lo que hizo que el cabildo tuviera algunas dudas sobre la capacidad de los tazmeadores y del propio administrador. Ante aquellos hechos, este prefirió no replicar, y permanecer a la espera de la recaudación del diezmo.

     Pasados los meses, pudo satisfacer su prudencia presentando un certificado del contador de la casa cilla, o almacén que la administración de cada vicaría ponía al servicio de los recaudadores para que guardaran lo que se iba ingresando por cada diezmo que se cobrara en especie; en el que constaba que las tareas recaudadas habían sido 2.578, 8 fanegas y 5 ½ almudes de aceituna, que el aceite claro que habían producido llegó a las 24.888 arrobas, que de turbios, borras y agua habían resultado 3.245 ½ arrobas y que una y otra partida sumaban 28.133 ½ arrobas de aceite. El que se había adjudicado la recaudación de este diezmo, fiado a la tazmía que al parecer había prevalecido, la que estimaba el producto previsible en algo más de un cuarto que la del administrador, había perdido más de 120.000 reales (309.468,5–440.000 = –130.531,5).

     Quien había dado al cabildo aquella noticia tan siniestra, continúa el administrador, debía quedar por caprichoso en lo que aseguró, mientras que creía legítimo que debía quedar constancia de que su tazmía había sido certera, no obstante ser tan difícil abarcar este diezmo por lo extenso que es en la población. No le sorprendía un hecho como este en el sujeto que había dado la noticia fantástica, quien ya había proporcionado otra comparable en los diezmos de pan de aquel mismo año, cuando disminuyó la tazmía del administrador, que luego resultó verídica, tal como lo había acreditado en este caso el correspondiente libro de la fieldad, uno de los dos regímenes de recaudación de los diezmos. No por esto dejaba de reconocer que él era hombre, y como tal sujeto a errores, así como el tazmeador. Terminó pidiendo disculpas por molestar con tanta explicación, hecha para salir al paso de la calumnia que no sin intención había levantado contra el tazmeador y contra él mismo quien había puesto divergentes apreciaciones en los valores de los diezmos para simpatizar con el cabildo a costa de la fama de inocentes.

En el mismo documento donde se extendió en sus explicaciones, para terminar de recuperar posiciones, el administrador no tuvo inconveniente en admitir que su obligación era procurar el incremento de las rentas que proporcionan los diezmos, y que no había situación en la que no se empleara para prever cuáles serían los mejores valores de partida. La deducción a la que conducen estas afirmaciones no puede ser favorable a la veracidad de sus testimonios. Si su moral al administrador le obligaba a estimular al alza el valor inicial de las rentas, estamos legitimados para pensar que sus apreciaciones siempre estarían forzadas a extralimitarse.

     Otro testimonio suyo contribuye a relativizar en la dirección opuesta el crédito que merecen las tazmías. Tratando del diezmo del pan de uno de aquellos años, asegura que para formar juicio de la cosecha la estimación previa de estas rentas le había dado bastante que hacer, sobre todo por la mucha desigualdad de los sembrados. Creía prudente fijarla en 21.600 fanegas, aunque estaba convencido de que la cosecha de todo el pan rondaría las 26.500, de las cuales 15.000 serían de trigo y 11.500 de cebada, aunque tal vez esta fuera algo más. Reflexionando de este modo, dejó al descubierto que los valores de las tazmías, cuando se hacían públicos, expresarían una cantidad algo por debajo de lo previsible, muy probablemente con la intención de atraer a quienes se hicieran cargo de la recaudación de la renta.

     Es posible que lo habitual fuera actuar así, y que por tanto no sería del todo prudente confiarse sin más a las tazmías, y con fundamento puede discutirse que forzaran más o menos las situaciones. Pero en ninguno de los casos, como los testimonios demuestran, que la información sobre el producto que manejaban, y que circulaba por los capilares de la administración diezmal, fuera lo más completa y explícita posible. Cualquiera de ellos tenía buenos principios porque contaba con la ventaja de que estaban elaborados a la vista de la inmediata cosecha y por expertos en esta clase de operaciones. Todo el crédito que merecen sus cifras proviene siempre de que describen expresamente el producto que está en el origen de cada diezmo, al margen de las circunstancias de cada sujeto a la prestación o de la modalidad de cobro que luego se siga.


Primera batalla de Hímera

Diodalsas de Agrigento

Avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Melqart, Astarté, Tanit y Baal. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Amílcar, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por la isla. Se desplazó por la línea próxima a la costa y, a través de los pasos naturales, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Hímera, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad del mismo nombre.

     Al campamento que momentáneamente había instalado al alcanzar el río llegaron dos soldados equipados como los griegos, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al este, cerca de Mesina. Juzgando por aquella información, decidió entonces Amílcar cruzar el Hímera desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra el tirano de Gela marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí sin demora.

     Eligió Trabia como lugar adecuado para desde él abordar el río e idóneo para instalar en sus inmediaciones su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Melqart atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Astarté a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda próxima recomendaba fue sin embargo preterida.

     Una vez que hubo pasado el Hímera la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de la ciudad. Estaba el general aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías siracusanos en las proximidades del campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sudeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.

     Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.

     Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera cortaron la llegada de la división Astarté, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.

     Observaba Amílcar desde el alto elegido para decidir sobre los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. Astarté estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. De súbito, Amílcar se precipitó a la batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Amílcar mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante todo el tiempo que el combate se prolongó. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.

     Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción y detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente del noroeste, de un lugar en la costa próximo a Panormo, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.

     La lucha abierta en la llanura se prolongó varias horas, durante las que la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados. Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que habían iniciado la batalla, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.

     Gelón estaba contemplando la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros siracusanos que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de aquellos héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Amílcar, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.

     Pero Hímera no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Amílcar prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas, inspirado por la pasión de conseguir de su enemigo la derrota completa.

     A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso, una vez rehabilitado por el descanso, se fue imponiendo implacable el ejército siracusano, acción tras acción, hasta que el general cartaginés decidió detener el derramamiento de sangre y envió a Gelón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.

     Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo para reordenar el grueso de sus sorprendidos combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente de Panormo, aun cuando la hubiera atravesado sin detenerse, y considerase aquel país excelente retaguardia.

     Los generales siracusanos, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad del enemigo. Gelón, al recibir las demandas de Amílcar, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde su campo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los cartagineses, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Gelón con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Mesina.

     La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del último encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.

     Ocurrió aquella victoria el mismo día que la de los griegos sobre los persas en Salamina, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.

     El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada por los vencedores y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, se apresuraron a pedirle la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.

     Pero lo más notable fue que en el transcurso de la última jornada, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.

     Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Entonces se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.

     Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en que nació predestinado. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, por la fuerza de su nombre hubo de suicidarse lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.