Cedidos de las tierras para labores

Redacción

Relator.- Al otro lado de las cesiones estaban los cedidos, responsables directos de la constitución de las grandes explotaciones. Son el origen de la masa de las labores, las empresas que dominan en el sector agropecuario. Veamos quiénes eran. Tienen la palabra don Jacinto Liáñez y los miembros de su grupo de trabajo.

     J. Liáñez.- Gracias. Para precisar las características de este polo de las relaciones, nos hemos valido de las 157 cesiones que proporcionaban una información más completa, igualmente documentadas en el protocolo notarial y a través de las respuestas para la Única. En total se refieren a 29.785,542 fanegas de superficie.

     D. Santero.- La masa de los cedidos estaba enraizada en la comunidad rural. Para aislar sus caracteres, partiendo de que el punto de vista obligado es el territorio en el que se localizan las unidades de producción, puede bastar con distinguir dos clases de cedidos con dos localizaciones posibles. Los arrendamientos del patriciado urbano local acumulan 72 unidades de producción, de las cuales solo cinco estaban por debajo de las veinte fanegas. Suman un total de 18.904,208 fanegas, el 63,467 de toda la superficie cedida. Al patriciado urbano periférico van a parar 19 unidades, de las cuales cuatro quedan por debajo de las veinte fanegas, total 2.595,75 fanegas (8,714). A personas comunes locales, 47 unidades de producción, de las cuales veintidós por debajo de las veinte fanegas, total 5.453,667 fanegas (18,309); y a comunes forasteros, 19 unidades, de las cuales seis están por debajo de las veinte fanegas, total 2.831,917 fanegas (9,507).

     J. Liáñez.- El primer círculo de las cesiones sin ninguna duda es el responsable del origen de la gran empresa agropecuaria. Tres cuartas partes de las cesiones son de cesiones de unidades de producción que quedan por encima de las veinte fanegas, y solo 37 de las 157 (23,6) por debajo; aun sin contar con que una parte de las cesiones por debajo de las veinte fanegas pueden ser hazas que se suman a cortijos para crear una labor. La consecuencia es que todos los cedidos se identifican como labradores.

     N. Cepeda.- No obstante, además de constituirse todos en labradores, 5 eran presbíteros, 4 regidores perpetuos, 2 clérigos de menores, 2 familiares del santo oficio, 2 mayordomos de la hacienda de sus amos, 1 correo mayor de la ciudad y tesorero de las rentas reales y 1 notario de la vicaría de la ciudad. También actuaron como cedidas 3 viudas.

     R. Benítez.- Un tercio de las empresas tuvieron su origen en la iniciativa individual de los cedidos, lo que al mismo tiempo significa que eran bastante más frecuentes las sociedades que se constituían para explotar cortijos, tanto que los dos tercios restantes necesitaron de la asociación para salir adelante. Aunque no siempre podemos saber qué relación estaba en el origen de la sociedad, podemos tipificar un buen número de ellas. La sociedad más sencilla era la mancomunidad, asociación solidaria de individuos. Se constituyeron 5 empresas sobre esta base, de las cuales 4 la formaban dos personas y 1 cuatro. Otra clase de sociedad, muy próxima a la precedente, era la que vinculaba a un principal, el que actuaría como labrador, con su avalista o fiador. 10 labradores optaron por acreditar su iniciativa presentando un fiador. Excepcionalmente, solo en un caso, actúan un principal y dos fiadores. Eran sociedades complejas las que utilizaban en su favor relaciones civiles anteriores. 2 se sostenían sobre el matrimonio, y otras 2 al matrimonio sumaban un fiador. Y otras dos estaban anudadas con la relación fraternal entre sus dos socios, mientras que fraternofilial era la formada por una madre y sus tres hijos. Fueron cuatro las sociedades modificadas por una relación laboral previa. Dos fueron formadas por un hombre, de profesión mayordomo, que actuaba en nombre de quien lo empleaba con esta función. En otra el principal era un arriero, que actuaba en el lugar de su amo. Cuando se formalizó el contrato, aquel declaró que lo había sacado en remate para su amo, por lo que la obligación del pago de la renta recayó sobre este. Finalmente, el amo presentó su propio fiador, quienes ratificaron la escritura de arrendamiento acordada por el arriero. También el rabadán del ganado lanar de un tercero actuó en nombre de este. Igualmente declaró haber tomado las tierras para que las labrara su amo, quien no había podido otorgar el contrato por estar gravemente enfermo. Una vez restablecido de su grave enfermedad, el amo se hizo cargo del contrato. Por último, sociedades complejas sin vínculo previo visible fueron la formada por un hombre que actuaba en representación de una viuda, principal de la mancomunidad, y su fiador; dos hombres y una viuda; y tres hombres, uno de ellos principal, otro fiador y un tercero como abonador. Tal vez la presencia de este tercer elemento fue una consecuencia de que en esta sociedad compleja sin aparente vínculo previo actuaba como principal un menor de 25 años y mayor de 14 que administraba por sí mismo sus bienes, sin sujeción de patria potestad ni curador.

     N. Cepeda.- Como la distancia era un factor modificante de gran importancia en la constitución de las empresas, conviene además tener en cuenta la localización del domicilio de los cedidos que dan origen a estas empresas. Fueron cesiones en favor de vecinos 35, algo más un tercio de todas, mientras que de las poblaciones cuyos términos colindaban con el observado fueron 17.

     Relator.- Todo eso está muy bien. Pero ¿quiénes eran los cedidos?

     J. Liáñez.- Enseguida podremos analizar sus linajes y sus filiaciones. Antes, sin embargo, si queremos medir hasta dónde alcanzaba la fuerza que gracias a las cesiones algunos de ellos adquirían, es necesario cuantificar su potencia. Los arrendatarios excepcionales tomarían más de 1.000 fanegas de una o de dos unidades de producción. Son solo dos, un 5 % del total, cuyos nombres y extensiones de cada una de las que acaparan ofreceremos en apéndice en la edición de las Actas [1]. Entre las 1.000 y las 700 estaría la mayor parte de los grandes arrendatarios, siete, 17 %, en especial en el intervalo ente las 800 y las 700, que para acumular su espacio productivo deben sumar, en bastantes casos, entre tres y cuatro unidades [2]. El intervalo entre 700 y 500 es equiparable por frecuencia, ocho, 20 % casos, aunque ya es menos probable que estos arrendatarios intermedios acumulen más de una unidad de producción [3]. El nivel más nutrido de los arrendatarios medios, once, 26 % en total se compone con los que arriendan entre 450 y poco menos de 200 fanegas de una, dos o tres unidades [4]. El límite inferior lo marca poco más de 100 fanegas y más de 50, cantidades que toman seis, 15 %, labradores modestos, la mitad de ellos mujeres, normalmente de una sola unidad [5]. Los valores por debajo de 50, y hasta 5, siete, 17 %, son la parte marginal del fenómeno [6].

     D. Santero.- Cualquiera de estos valores adquiere el relieve empresarial que le corresponde si se toman los apellidos de los arrendatarios uno a uno. Los hay muy poderosos porque acumulan más de 2.500 fanegas [7], o poderosos porque su potencia se sitúa entre las 2.000 y las 1.000 [8]. Podemos suponer que estén en buena posición para prosperar entre la clase de los labradores los que han accedido a lotes de tierra que acumulan entre 1.000 y poco menos de 500 fanegas [9], quizás unos ascendiendo y otros descendiendo. Todos los demás son aspirantes [10], escasamente significativos [11] o insignificantes [12].

     J. Liáñez.- Con facilidad, de esta manera, se depuran los linajes que son el fundamento de un patriciado rural que se nutre de la potencia de sus miembros como labradores.

     N. Cepeda.- También es seguro que cuando se tome este punto de vista otros análisis ofrecerán valores relativos distintos. Pero estamos convencidos de que tampoco modificarían la idea de la persistencia de un número limitado de apellidos en el lado de los arrendatarios con posibilidades de ganar las posiciones del patriciado en las agrociudades, prueba directa de la concentración empresarial que lo alimenta.

     R. Benítez.- Podemos reconocer como una de las invariantes de la agricultura de los cereales la promoción de sus empresas por su patriciado. Por cesión, las casas accedían al enorme tesoro de las tierras inmovilizadas, entre las que estaban incluidas las que además, antes, habían sido infeudadas y absorbidas por el dominio señorial. Llegaban desde el dominio al trabajo a través de una secuencia piramidal, en cuya cima estaban los arrendamientos de las tierras primordiales. El depurado producto al servicio del ahorro y la inversión más conservadores, que era el cortijo, fue decantado y preservado por ellos. Permitía ganar la escala adecuada para satisfacer los objetivos a los que aspiraban las familias promotoras de las casas que competían por hacerse con la tierra capitalizada.

     D. Santero.- Además, sus labradores concentraban las propiedades que captaban, en la medida de lo posible, para garantizarse una gran explotación, sobre todo cuando aquellas habían incurrido en un grado excesivo de fragmentación, como ocurría a una parte de los bienes de instituciones eclesiásticas. Las tierras sueltas o hazas salpicadas por el campo se oponían a las unidas e incorporadas a cortijos.

     T. Coleman.- Para llegar a estas tierras, acapararlas e incorporarlas al proyecto único de las labores, según se cuenta en la época, algunos obtenían primero la cesión de una parte, al tiempo que la de la otra la conseguían a través del personal a su servicio. Acabamos de ver actuar como cedidos en nombre de sus amos incluso a pastores.

     R. Benítez.- Creo, sin embargo, que es preferible que partamos de lo último que han demostrado los análisis aceptándolo como una premisa. Parece evidente que favorecía la formación del cártel local de las empresas agropecuarias la red de conexiones biológicas. Esto, después de la demostración precedente, no admite mucha discusión.

     C. Terrera.- También es algo que antes de ahora se ha sostenido, que los labradores encontraban la solidez y la continuidad que sus empresas necesitaban en los lazos familiares de los que eran un nudo, que como una amplia red aspiraba a extenderse por el espacio dedicado al cereal.

     T. Presedo.- Un matiz revela las raíces de este principio. En la época se admite que al menos una parte de los arrendatarios de los cortijos eran simultáneamente propietarios de extensiones medianas. Si esto es cierto (que lo es), su solidez no procedería tanto de la red de seguridad tejida por sus relaciones de familia. Ya habrían tomado posesión de una parte del campo. Aunque su presencia en él con la condición de propietarios fuese relativamente moderada (si es que lo era), sobre todo si se la compara con la de las grandes instituciones vinculares, sería suficiente para consolidarlos como empresarios con fuerza y solvencia suficientes.

D. Santero.- Los análisis demuestran, que, aun cuando ocurriera algo así, la masa de las tierras que pusieran a producir la obtenían por la vía de la cesión. El fundamento de la preeminencia de sus empresas no sería su participación en la propiedad del suelo productivo. Ante el cedente, cualquiera que fuese el grado de sus propiedades, los labradores venían a rendirse.


[1] Los editores, para mayor provecho de la lectura, han decidido insertar los respectivos valores en notas. Así, para este primera grupo: don Juan Lasso de la Vega, (632 + 678 = 1.310); don Gonzalo Tamariz Fernández y Montilla (1.269).

[2] Don Diego de Rueda Porres (240 + 4,5 + 497,5 + 245 = 987); don Francisco Roales y Consuegra (819); don Cristóbal Tamariz (784,5); don Juan de Briones Escobedo (775); don José Caro de Briones (70 + 170 + 54 + 480 = 774); don José de Rueda Porres (80 + 200 + 471 = 751); don Juan de Romera Tamariz (126 + 50 + 554,75 = 730,75).

[3] Don Cristóbal Cansino y Auñón (650); don Juan Berrugo Cansino (650); don Diego Pedro de la Milla Fernández de Córdoba (645); don Francisco Gutiérrez Armijo (288 + 288 = 576); don José de Rueda (240 + 70 + 19 + 228 = 557); don Francisco Ventura Caro (549); don Ignacio Jiménez del Hierro (534); don Pedro de Morales (119,25 + 400 = 519,25).

[4] Don Francisco Navarro, presbítero (448); don Juan Berrugo del Villar (313 1/3 + 102 = 415 1/3); don José Caro (80 + 233 + 45 = 358); don Miguel García, clérigo de menores (334); don Juan de Zafra y doña Teresa Reina, su madre (282); don Francisco Berrugo del Villar (44 + 210 = 254); don Pedro de Morales y don José de Rueda (240); don Marcos Roales y Mallén (230); don Cristóbal de Mesa Jinete (106,75 + 108 = 214,75); don Andrés Gascón (210); don Diego Sánchez Mellado (205); don Antonio Berrugo del Villar (190 + 3 = 193); don Francisco Roales, presbítero (60 + 75,5 + 50 = 185,5).

[5] Doña Ana de Arguijo (111); don Francisco de Araoz (93); don Francisco de Rueda Vilches (28 + 62,25 = 90,25); don Diego Bonifaz, presbítero (80,5); don Antonio Álvarez (70); doña María de Cote (60).

[6] Don Alonso Nieto, presbítero (37,5); don Francisco Murillo (29,25); don Francisco de Armijo (26,5); don Juan de Romera (24); don Juan de Luna (8); don Andrés de Ojeda (7,125); don Juan de Sarria, presbítero (6).

[7] Tamariz, 2.784,25; Rueda, 2.625,25.

[8] Fernández, 1.914; Porres, 1.738; Caro, 1.681; Briones, 1.549; Berrugo, 1.512 1/3; Lasso de la Vega, 1.310; Cansino, 1.300; Montilla, 1.269; Roales, 1.234,5.

[9] Del Villar, 862 1/3; Consuegra, 819; Escobedo, 775; Morales, 759,25; Romera, 754,75; Auñón, 650; de Córdoba, 645; Milla, 645; Armijo, 602,5; Ventura, 549; Gutiérrez, 576; Jiménez del Hierro, 534; Navarro, 448.

[10] García, 334; Zafra, 282; Reina, 282; Mallén, 230; Mesa Jinete, 214,75; Gascón, 210; Sánchez Mellado, 205.

[11] Arguijo, 111; Araoz, 93; Vilches, 90,25; Bonifaz, 80,5; Álvarez, 70; Cote, 60.

[12] Nieto, 37,5; Murillo, 29,25; Luna, 8; Ojeda, 7,125; Sarria 6.