Límite al incremento de tierras cultivables
Publicado: noviembre 3, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
No hay constancia de que ninguna de las iniciativas para poner en cultivo las dehesas arbitradas prosperase, y sí de lo contrario. Del 11 de septiembre es un testimonio en el que se afirma que no había persona que hiciera postura en las tierras concedidas en arbitrio para el mantenimiento de los pobres. El 14 se dice que, aunque se había empezado a intentar el arrendamiento de tierras bajo las formalidades previstas por la junta, había sido inútil porque no había postor para ellas. Y el 17 otros se lamentan de que los mendigos, a causa de no haber fondos que pudieran ayudar ni de donde tomarlos prestados, tendrían que permanecer sin alojarse hasta tanto estuviera arrendada la dehesa elegida.
El 25 de septiembre, ante la reiteración de este tipo de informes, la junta se ve obligada a responder a uno de ellos que, al no haber postor para las dehesas, si el municipio discurriera otros medios o arbitrios que no fueran gravosos al común, los podía proponer. Pero que mientras tanto se siguieran pregonando las tierras, y si pareciera oportuno, que se despachara requisitoria a la capital para que allí también se publicara el pregón.
El 4 de octubre, en donde se había acordado que fuera arrendada la dehesa de La Alcaparrosa, reservada a las yeguas, los dueños de las manadas que la comían solicitaban que sin demora se adehesara la de Almanzor, designada en su lugar. Creían que habría de guardarse desde principios del mes que acababa de comenzar, para que la hierba que iría echando con las lluvias que habían caído se pudiera conservar. Pero La Alcaparrosa ni siquiera se había medido, mucho menos arrendado, porque no había habido postor.
Parte del bloqueo se puede adjudicar a que en todos los lugares de los que tenemos noticia el arrendamiento de tierras se gestionó con indolencia. Por más decididas que fueran las concesiones administrativas, los responsables municipales no pudieron evitar que burocracia, inercia y verano se coaligaran para que la iniciativa degenerase al letargo. Basta seguir el rastro de las decisiones locales tal como las hemos revisado o la lectura de la siguiente cadena de decisiones, extraída de una parte de la documentación, para corroborarlo.
Corresponde a un lugar que el 17 de agosto había redactado un informe a la junta con lo acordado sobre las tierras que se debían arrendar. Lo notificó con un propio y decidió que para resolver se celebrara cabildo el jueves siguiente, día 20. El 21 el propio había vuelto a la población con una orden fechada el día anterior que contenía la resolución de la junta. Para que se viera y se acordara lo conveniente, el corregidor mandó que se convocara a cabildo a todos los capitulares para el día siguiente, sábado 22, a la hora acostumbrada.
Aunque, tal como se había decidido, el cabildo del día 20 había sido convocado, no había tenido lugar por no haber concurrido suficiente número de capitulares. En el llamamiento que se hiciera para el 22 se advertiría de que había llegado la respuesta de la junta. Cinco días después, el 26, otro auto del corregidor dejó constancia de que el cabildo que había convocado para el 22 tampoco pudo celebrarse porque de nuevo no había concurrido número competente de capitulares. Atendiendo a que era necesario resolver el expediente sobre el asunto, y para que no sufriera más demora, mandó que de nuevo se convocara a cabildo para el día siguiente, jueves 27.
Habían pasado diez días y el arrendamiento de las tierras ni siquiera se había abordado, lo que no había impedido que la trama administrativa hubiera sido capaz de sostenerse para sí misma, sin necesidad de tener contacto con los hechos ni más contenido que el burocrático.
A la indolencia se sumó la interesada dogmática del sistema, que cae como una losa sobre las tierras disponibles. Los proponentes de las se pueden arbitrar parten que debe tratarse de dehesas, tierras acotadas, excluyentes del uso indiscriminado, segregadas previa facultad real. Las que se mencionan no son espacios que por primera vez salgan al mercado bajo aquellas condiciones. Desde al menos un par de décadas antes sobreviven en un estado a un tiempo transitorio y permanente, que compatibiliza el aprovechamiento ganadero con el cultivo esporádico. Serían las dehesas de pasto y labor ya hechas, a las que insistentemente se refiere la documentación del momento como otra de las unidades de producción regulares. Harían de reserva y amortiguador del espacio para el cultivo herbáceo consolidado.
Los estados extremos de aquellas tierras, según las descripciones que contienen los argumentos que manejan los responsables de los municipios, podían ser dos. Bien estarían cansadas a causa del cultivo ininterrumpido que hubieran sostenido durante los años precedentes, en cuyo caso, si salieran al mercado con toda seguridad no se encontraría para ellas arrendadores, ni por tiempo limitado ni por menos precio del que hubieran tenido hasta aquel momento. O bien, por haber sido solo pacidas, acumularían exceso de estiércol, un estado que incluso, a causa de la falta de cultivo, que provocaba que sus pastos fueran agrios y áridos, las podía inhabilitar para su uso ganadero. El equilibrio lo recuperarían pues cuando no se demorase su nueva oferta para una puesta en cultivo transitoria.
Podían salir al mercado razonablemente estercadas si las hubieran pacido de manera controlada las especies ganaderas menos agresivas, lo que inmediatamente incrementaba su calidad. Su alta productividad, si se elegían entre las que hubiera frecuentado la ganadería bajo aquellas condiciones, sería el mayor atractivo de la oferta. Tenían aseguradas el abonado espontáneo suficiente para mantener unos rendimientos muy aceptables durante los seis años del plan que había concebido la junta de granos regional. De ellas cotizaría además su descanso relativo, un barbecho no laboral de duración indefinida al que en el estado precedente habían quedado sujetas. El mayor precio y valor que a estas tierras se les consideraba permitiría obtener de ellas una razonable renta.
Los que patrocinaban del plan desde las administraciones central y regional cuidaron desde el principio que la oferta se hiciera bajo condiciones capaces de aprovechar el momento para promover la condición campesina. Evitaron el incentivo de la propiedad, que de existir inevitablemente llevaría a que las poderosas instituciones terratenientes, las únicas capaces de responder a la compra de tierras ofertadas por miles de unidades de superficie, incrementaran el acaparamiento del espacio cultivable. A mediados del siglo XVIII en el sudoeste siempre había gente dispuesta a cultivar algo de tierra para el cultivo de los cereales, incluso bajo las serviles condiciones del pegujal. Las tierras señaladas eran suficientes para incorporar a buena parte de la población campesina al espacio cultivado. A una oferta de este tipo, por más corta que fuera, difícilmente le faltarían concurrentes. Ofertar el espacio fragmentado en hazas de cincuenta fanegas facilitaría en particular el acceso a la condición de pelantrín, campesino intermedio cuya existencia minoritaria se reitera en la documentación recurriendo convencionalmente a esa voz, y a la que se refiere la reflexión agronómica del momento como escalón que hay que pisar para acceder a la clase superior de los labradores.
Pero aquellos principios entraban en pugna con otras consideraciones. En opinión de los municipios, sorprendentemente, las tierras baldías ofertadas en arrendamiento eran de baja estimación, y con dificultad se encontraría quien las arrendara, y las condiciones de la oferta, de las que eran responsables las otras administraciones, condenaban a solo transitar por la condición de campesino intermedio. Contratar la cesión en arrendamiento por un máximo de seis años, o incluso por solo cuatro años, y tener que pagarlo por adelantado, sería un filtro, en el mejor de los casos confiado al endeudamiento.
No solo no se muestran confiados en que aquel medio pudiera reducir la presión sobre la demanda de tierras para cereales. Hay quien indirectamente, ante las que considera evidencias, señala la llave para la descompresión de la demanda de tierras; el mecanismo para accionar la retracción de los modestos aspirantes. Donde más fácilmente se podían arbitrar tierras se había eliminado, no solo la excedentaria, sino casi toda la población campesina por vía de especialización en otra actividad. Por este procedimiento, la presión sobre la tierra había desaparecido, un procedimiento que sin embargo aún no era posible generalizar, como la misma existencia de los mendigos migrantes demostraba. La concentración y el acaparamiento de tierras aún no expulsaba campesinos sino que los subordinaba.
Su deseo que conservar inalteradas las condiciones del cultivo de los cereales lo avalaban apelando a la incuestionable fuerza de la tradición. Al poner en cultivo transitoriamente las dehesas, el objetivo que se persigue con su entrada momentánea al mercado de las tierras cultivables no es agrícola sino ganadero. Las tierras se rompen, labran y cultivan para quitar a sus partes lo agrio y árido que tengan por defecto de cultivo. Si se siembran durante un par de años, sus pastos se dulcifican y vuelven a su tono. Tras la experiencia del cambio de uso quedan mucho más apetecibles y agradables para el ganado. Así se consigue una gran utilidad para los ganaderos que las aprovechan.
Los testimonios tampoco ocultan que tan rigurosos dictados contra el cultivo permanente, sostenidos sobre argumentos de aparente rigor técnico, son obra expresa de quienes poseen el poder local, cuya incapacidad para promover entre las poblaciones aspirantes a poner en cultivo más tierras no era ajena a la descomposición del sistema institucional de los municipios a mediados del siglo XVIII. Durante las semanas que estuvo patrocinada la política de pobres el recurso a formas constitucionales extraordinarias para resolver sobre la materia pone al descubierto la insuficiencia a la que habían degenerado las instituciones municipales.
La del concejo abierto, en 1750 denominado cabildo abierto –puesto que cabildo o capítulo era el nombre genérico que a mediados del siglo XVIII correspondía a cualquier reunión de los órganos de gobierno de la ciudad– estaba normalizada desde la baja edad media. Era un recurso constitucional que había llegado a ser una excepción, a pesar de haber nacido como el órgano de gobierno original de los municipios, de inspiración democrática. Fue siendo marginado mientras lo suplantaba en el ejercicio de las decisiones públicas el concejo restringido, que se confundía con la cámara excluyente de los regidores o regimiento.
El 30 de julio, un ayuntamiento decidió que se reuniera en cabildo un concejo abierto, para el que estaría prevista una forma propia de convocatoria: por cédulas a los capitulares ordinarios, tal como era regular si se trataba de la reunión habitual de la cámara de gobierno, y por pregones públicos dirigidos a los particulares que desearen asistir. Debía conferir sobre la elección de las tierras baldías e incultas que pudieran arrendarse en el término.
Al celebrado el 1 de agosto en otro lugar concurrieron una parte de los miembros regulares de su gobierno: el corregidor, el alcalde ordinario por el estado noble, el alcalde ordinario por el estado general, un teniente fiel ejecutor, un regidor y el síndico procurador general de la causa pública; a los que se sumaron el vicario de las iglesias parroquiales de la población, el padre guardián del convento de San Francisco radicado en ella, cuatro antiguos alcaldes ordinarios y muchos vecinos, de los cuales en la fuente son identificados por sus nombres once.
Para un tercer lugar consta que la convocatoria de su cabildo abierto para el día 5 de agosto. Al tratarse de una materia que afectaba al aprovechamiento de los pastos, fue especialmente dirigida mediante pregones a los criadores y dueños de los ganados que pudieran verse afectados, así como a los demás criadores de cualquier especie de cría. A unos y a otros se les apercibiría que asistieran sin falta.
La fórmula del concejo abierto se prestaba pues a recuperar los fundamentos democráticos de la constitución original de las ciudades. Pero no era mucho el eco que encontraba entre la población. Es probable que para 1750 hubiera agotado todo su prestigio, incapaz de acoger de manera estable algún medio de gobierno del que pudiera servirse el común, apenas representado en el cabildo ordinario por un tribunado.
Los menos ortodoxos recurrieron a una fórmula bastante más irregular en términos constitucionales, el cabildo ampliado, que se resolvía agregando elementos a la cámara de gobierno a criterio de sus miembros regulares, entre los que dominaban los regidores.
El 17 de agosto, en la reunión ordinaria de un ayuntamiento, se decidió dar cuenta a la junta de granos del reino lo que ya había acordado en materia de tierras baldías, al tiempo que tuvo conocimiento de que el vicario y los párrocos de las iglesias de la población habían sido instruidos por su arzobispo para que con sus buenos oficios facilitaran, en la medida que pudieran, el sustento y aseo de los pobres mendigos y la formación de un hospicio. El gobierno de la ciudad acordó que se celebrara un nuevo cabildo el jueves siguiente, día 20, y que a él fueran convocados el vicario y los párrocos, para con ellos conferir qué hacer con las tierras baldías.
La ampliación discrecional del cabildo, más que el concejo abierto, evidencia que el sistema mixto en el que habían desembocado las instituciones municipales, agregado de sucesivos poderes emergentes, aun así resultaba insuficiente justo por las presiones que se originaban en el polo opuesto al común. Ni siquiera la voraz e indebida apropiación de los escaños con mayor capacidad política compartida, que los regidores habían consumado, a un tiempo ejecutiva y legislativa en el ámbito del municipio (los poderes decisivos en las materias judicial, fiscal y militar se los reservaba el corregidor), daba abasto a las aspiraciones de gobierno de todos los grupos urbanos potentados.
Dehesas arbitradas
Publicado: noviembre 1, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
La producción de cereales a mediados del siglo XVIII estaba sobrada de tierras con capacidad para producir, y la mayor parte, que también era la mejor, era convenientemente reservada cada año para mantener el beneficio. La oferta de más tierras para el cultivo no parece la iniciativa más adecuada, a pesar de lo cual era un expediente reiterado en situaciones que requerían un incremento extraordinario del gasto público de los municipios, lo que de paso, entre otras, puede interpretarse como una prueba indirecta de la gran reserva de espacio que mantenía inculto el sistema agrícola y su sociedad. Para calibrar las repercusiones que sobre aquel estado de las tierras cultivables tenían decisiones como aquellas disponemos de información de algunas de las tierras baldías que fueron ofertadas en 1750 al amparo de las órdenes de las administraciones central y regional.
Las de un término estaban en la posición más ventajosa para que el plan prosperase. La principal ocupación de sus vecinos, gracias a la escasa distancia desde su población, era el abastecimiento de pan a la capital, tal como ocurría con otras grandes concentraciones urbanas en todo el continente. La especialización, según quienes lo regían, había dejado el campo vacío. Buena parte de él estaba sin cultivar y en el lugar casi no había quien tuviera ganado, fuera mayor o menor. Solo algún pegujalero tenía las reses precisas para el cuidado de lo poco que sembraba. Para su manutención, sus dueños tenían pasto suficiente en el término sin necesidad de recurrir a dehesa alguna, lo que desde hacía tiempo (desde tiempo inmemorial) habría hecho que el espacio decayera a un aprovechamiento ganadero marginal. Además, en el término había tierras baldías adehesadas de sobra.
Contando con estas circunstancias, para tomar un acuerdo a propósito de la orden de la junta de granos del reino, el gobierno de la población decidió celebrar concejo abierto del domingo 1 de agosto. Tras conferir sobre los medios para obtener fondos con los que hacer frente a la manutención de los pobres, sin que por ello se siguiera gravamen al común, los reunidos llegaron a una conclusión. El medio menos gravoso y que podía asegurar el efecto deseado, contando con las circunstancias y el plazo previsto por las órdenes, era que se arrendaran las dehesas llamadas Matatoros, Sajela [?] y Laguna Larga, Piedra Hincada, La Lapa y Fontanal, Las Canteras, Baldío de Matallana, Cerro Gordo y Turruñuelo y El Verdinal. Todas, en aquel momento, estaban baldías y sus frutos solían aprovecharlos ganados forasteros.
Se resolvió que se publicara el arrendamiento durante ocho días, con la condición de que debía ser anticipada la paga de los seis años por los que las órdenes habían previsto hacer el arrendamiento. Se fijarían edictos en los sitios públicos acostumbrados. Para la admisión de las posturas y sus correspondientes mejoras se comisionaba al corregidor, quien las remataría en el mejor postor. Su producto sería depositado, se deduce que en el arca eclesiástica de los principales, para que pudiera ser distribuido con intervención del vicario en alivio de los pobres necesitados.
Otras dos dehesas eran parte de un término extenso. Su ayuntamiento, el 10 de julio, conocido el acuerdo de la junta del 6 de junio, decidió solicitar la facultad para poder usar en arrendamiento por seis años el pasto y la labor de mil fanegas de tierra en el sitio conocido como la Fuente del Canto, una vez adehesadas y acotadas. Se estimaba que podrían producir en ese tiempo entres dieciocho mil y veinte mil reales de renta. En esa extensión se incluirían las tierras de La Carraola, que en otras urgencias se habían arbitrado cerradas únicamente para pasto de ganados y habían producido mil trescientos reales de vellón al año. La cámara de gobierno del municipio, teniendo en cuenta estos antecedentes, creía que de este recurso se deducían menos perjuicios para los ganados.
Transcurrió todo el mes de julio sin que el expediente se resolviera, y no fue hasta fines de agosto cuando por fin decidieron sacar al mercado las dehesas del Canto y Carraola. El 21 de agosto la junta regional dio su conformidad al arriendo de las mil fanegas de tierra propuestas. Se sacarían al pregón y almoneda durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta del remate a la junta.
El 27 de agosto fue recibida la aprobación de la junta y se acordó que se pregonara su arriendo por seis años, admitiendo las posturas y mejoras que se hicieran. Pasado los ocho días, los autos del hacimiento se llevarían a la cámara de gobierno de la ciudad.
Había otro término en el que la mayor parte de sus tierras baldías eran, como era notorio, de corta estimación porque habían estado arrendadas para el arbitrio de milicianos y cuantiosos, el servicio del que su nutría el ejército regular y que al parecer se había sufragado con una contribución extraordinaria de imposición municipal previa autorización de la corona. Sus autoridades estimaban que poco podían contribuir a los fines que se deseaban. Pero sí se podrían destinar a ellos las dehesas de La Alcaparrosa, reservada para invernadero de yeguas, o la de Los Carreteros. Dado el descanso que sus tierras habían acumulado, estaban suficientemente estercadas desde hacía tiempo.
Las más adecuadas para el arrendamiento serían las tierras de La Alcaparrosa. Además de su descanso, su calidad las hacía más atractivas. Arrendadas podrían proporcionar unos razonables ingresos, quizás no por los seis años previstos, pero sí por cuatro, y aún más por dos, plazos tal vez más convenientes. Tal como estaban las cosas, se dudaba de que los arrendamientos pudieran extenderse hasta los cuatro o los seis años, tanto más porque había de hacerse el desembolso de inmediato, como lo exigían la necesidad y los acuerdos de que se trataba.
El destino regular que tenían las dos dehesas con las que se proponían cumplirlos obligó a contar con los criadores y dueños de ganados, quienes dieron su consentimiento a que fueran La Alcaparrosa y Los Carreteros las que se arrendaran, y a que a cambio se señalaran tierras equivalentes para la manutención de los ganados que las aprovechaban.
Para resolver definitivamente se decidió celebrar un concejo abierto el 5 de agosto. A él serían convocados por cédulas los capitulares, y por pregones los criadores y dueños de los ganados afectados, así como los interesados en las demás clases de ganado. Todos estaban en la obligación de dar su parecer, y a unos y a otros se les advertiría que debían asistir sin falta. Si no se presentaran se les haría cargo, y sin su parecer el cabildo tomaría la decisión que creyera más conveniente, y por cuenta y riesgo de todos los que por su culpable omisión no asistieran. Con lo que se acordara se elevaría la correspondiente consulta a la junta regional.
La asamblea del día 5 no pudo celebrarse. No concurrieron capitulares suficientes, ni los criadores y dueños de los ganados destinados a las dehesas de Alcaparrosa y Carreteros. Se reiteró la convocatoria para el día siguiente y, tal como se había hecho en la del 5, se había avisado a todos los vocales y criadores de ganados que sin su asistencia, y por cuenta y riesgo de los que faltaran, se acordaría y se resolvería lo que pareciera.
Otra vez, aunque el día 6 había suficiente número de capitulares, tampoco habían concurrido los criadores de ganados, si se exceptuaban algunos que al mismo tiempo eran miembros del cabildo ordinario. Pudieron ser revisados los acuerdos tomados los días 31 de julio y 3 de agosto, y como era necesario decidir pronto, para que las tierras que pudieran arrendarse produjeran de inmediato ingresos que contribuyeran a los fines deseados, definitivamente se tomó la resolución de elegir para este fin la dehesa de La Alcaparrosa, de unas mil trescientas fanegas de extensión, que se arrendaría para labor por cuatro o seis años. Aun sin atender a la urgencia del momento, parecía conveniente que se cultivara al menos uno o dos años para dulcificar sus pastos. No obstante, habría de tenerse en cuenta que las tierras baldías dadas en arrendamiento eran de baja estimación y con dificultad se encontraría quien pujara por ellas.
Durante el tiempo que fuera cultivada serviría como dehesa invernadero de yeguas, equivalente a La Alcaparrosa, el acotamiento que se hiciera en las tierras baldías arrendadas para el arbitrio de milicianos durante los años precedentes en la dehesilla de Almanzor, sobre mano derecha del camino que iba de Utrera a Los Palacios, derecho a la venta que llaman de Orán, que era donde menos falta hacía una dehesa al común de los ganados, mientras que allí el yeguar disfrutaría pastos de tierra labrada.
El 17 de agosto el gobierno de la ciudad recapitula cuanto se había decidido. Una orden de la junta regional, fechada el 20 de agosto, daba su conformidad a la proposición sobre La Alcaparrosa. Su arrendamiento debía pregonarse durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta a la junta para que aprobara el remate. El 26, el corregidor informa a la junta del estado de la almoneda de la Alcaparrosa, y el 27, vista la orden del 20, la cámara de gobierno local queda a la espera de lo que últimamente resuelva la junta, para que la diputación creada al efecto pueda pronto valerse del dinero que se destine para sus gastos.
El 31 de agosto, en cabildo ordinario, se ve una nueva comunicación de la junta de granos del reino. Había resuelto, sin embargo de la consulta hecha al rey, y atendiendo a lo amplio de la facultad concedida por su majestad, que se procediera de inmediato a los pregones y remate del arrendamiento de La Alcaparrosa. Convocado cabildo para la tarde del día siguiente, se acordó que se tratara en él sobre el nombramiento de prácticos inteligentes que apreciaran lo que en renta anual debía ganar cada fanega de tierra de La Alcaparrosa, el tiempo fijo por el que se debía proceder al arrendamiento y si era conveniente arrendar algunas fanegas a cahíces.
Durante el cabildo del 1 de septiembre fueron nombrados como prácticos apreciadores de las tierras en renta de La Alcaparrosa cuatro hombres, de los cuales solo a dos se les llamó prácticos inteligentes. Debían medir la dehesa por hazas de cincuenta fanegas, por si de esta manera se conseguía con más facilidad el arrendamiento. Para que actuaran en nombre del cabildo, fueron además nombrados como diputados dos regidores.
El arrendamiento, que de inmediato se sacaría a la almoneda, finalmente se haría por cuatro años y cosechas. Se entraría en las tierras barbechando desde primero de enero del año siguiente, 1751, de manera que la primera cosecha fuera la de 1752, y las otras tres las de los años siguientes. Los arrendatarios debían pagar el valor y renta de los cuatro años en contado una vez que les fueran rematadas las tierras. El acuerdo no menciona la otra condición impuesta por la orden proveniente del Consejo, que el arrendamiento debía además satisfacerse por adelantado. No consta que en sus comunicaciones la autoridad regional hubiera decidido relevar de esta exigencia aquella cesión.
En cuanto a las tierras de la dehesilla de Almanzor y sus agregados, señaladas para dehesas de yeguas en invierno por su equivalencia con las de La Alcaparrosa, se guardarían desde primero de octubre del año en curso, para que sus pastos no fueran desfrutados por otros ganados que las yeguas. Desde el mismo día comenzaría la guardería de la dehesa, para lo que quien la ejercía en La Alcaparrosa pasaría a la de Almanzor. Los mismos prácticos y medidores que estaban nombrados para las anteriores diligencias, una vez que fuera medida y apreciada la Alcaparrosa, irían a medir y amojonar y surcar las tierras de la dehesilla de Almanzor, lo que habría de hacerse previa citación de los comisarios de yeguas y potros.
Tanto la necesidad de mantener una guarda como la del aprecio ponen al descubierto una salvedad, de la que tuvo que hacerse eco el municipio: que las tierras adehesadas de pastos también eran arrendadas. Su deseo era que la dehesilla fuera para aprovechamiento común. Pero si el costo de su explotación superase el precio de la tasación, o del que hubiera alcanzado el de la labor que hasta aquel momento había explotado la dehesa, se aumentaría por los arrendatarios el precio del cerramiento, que sería el concepto por el cual quienes aprovecharan los pastos quedarían obligados a efectuar un pago. Luego, si cualquiera de las tasaciones no era superada, el precio del arrendamiento lo sufragaría el municipio mientras su propósito fuese abrir el espacio acotado al aprovechamiento común.
Todavía, según avanzó el verano, el mundo feliz abrigado por un valle al occidente de la región, a pesar de la armonía que lo blindaba, volvió a la realidad bajo la amenaza de las ondas expansivas de la política de tierras baldías.
El 28 de agosto su cabildo volvió a reunirse. Valiéndose de la orden de la junta de granos del reino, y justificándose en la necesidad de hacer frente a los costos de la política de pobres, el gobierno de un lugar al sur había acordado vender por seis años el fruto de bellotas de las Alcoleas, baldíos del municipio, y arrendar por el mismo tiempo las tierras de las Vegas de Marilázaro, El Hombre Muerto y Vega de Diego Ramírez, más el corral o calleja que iba de Pedranchas al camino que salía en dirección norte.
Pero esos pastos y aprovechamientos, según quienes acababan de volver al mundo real aquel 28 de agosto, eran baldíos comunes a los vecinos de su población, cuyo perjuicio especialísimamente pretendían quienes habían decidido vender la bellota y arrendar aquellas tierras. Sus justicias habían despachado requisitoria para que en el lugar que había decidido enfrentársele se publicara la decisión. Para evitar el perjuicio que a su población le causaría, había optado por negar su cumplimiento con diferentes protestas, y servirse de los recursos que le convinieran para evitarlo.
El gobierno del municipio no debía perder tiempo en su oposición al arbitrio pretendido. Conducía al beneficio de su común y conservación de sus privilegios y reales ejecutorias, que tan porfiadamente venía defendiendo secularmente. Decidió diputar al síndico procurador general del municipio para que se trasladara a la capital, y, ante el intendente general y cuantos jueces y tribunales fuera necesario, por medio del agente general del cabildo, y en virtud del poder general que le tenía conferido, se opusiera al arbitrio que se intentaba hasta que fuera declarado sin vigor, dado el perjuicio que se le hacía al común de la población. Los costos y gastos que se causaran se suplirían de los efectos más prontos del cabildo.
Los campesinos de la periferia
Publicado: junio 3, 2023 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
En los términos muy extensos, las tierras periféricas eran las que estaban más allá del límite racional del movimiento. Eran menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las podían acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con los desplazamientos.
El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.
Asimismo, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Son 20 pegujales que suman 146 fanegas. Tienen un tamaño comprendido entre unas excepcionales 36 fanegas, muy lejos de las siguientes 13, y 2, cualquiera de ellos con una frecuencia muy baja.
Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas.
Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor. En la mayor parte de los casos podrían ser pegujales sin vínculo laboral remunerado con pegujal. Se trata de uno o dos pegujales asociados a distintas labores. En otros sí parece mediar vínculo laboral, especialmente cuando en tierras que cultiva un Sebastián Dana se localizan 7 pegujales de entre 5 y 2 fanegas bastante jerarquizados. Estos 7 podrían ser pegujales por trabajo. Serían compatibles con otros pegujales de 13 y 8 fanegas cedidos a cambio de otros servicios. Luego Sebastián Dana, vecino a saber de cuál de las poblaciones periféricas, tendría un cortijo en el término, en el cual tendría una labor, remuneraría parte del trabajo adquirido con pegujales y todavía cedería otros pegujales.
Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. En el único caso donde consta una descripción algo más completa hay un par de pegujales de 4 fanegas cada uno asociados a una labor media de alguien que vive en la población periférica más próxima a la central. Puede tratarse de un cortijo que está implantado sobre los dos términos, el central y el periférico, al que acuden. De ser así, cualquiera de los pegujales identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes. Claro que siempre cabría la posibilidad del hábitat provisional asociado a la explotación episódica, el que se conoce como chozo.
El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.
Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.
Los campesinos dispersos. II
Publicado: mayo 21, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.
En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.
La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.
Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.
Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.
Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.
Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.
La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.
Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.
En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.
De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.
Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.
Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.
Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.
En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.
Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.
En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.
Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.
Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.
Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.
Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.
En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.
También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.
Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.
Los campesinos dispersos. I
Publicado: abril 27, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Tampoco el acaparamiento de toda la unidad de producción, para fragmentarla en parcelas asequibles, colmaba las aspiraciones de todos los que en una población habían decidido tener su propia explotación de cereales sin salir de su término, por más modesta que fuera. Los campesinos que no se podían acoger a labores o a grandes unidades productivas eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos o sus hazas.
A las parcelas donde paraban la documentación suele llamarlas pegujales sueltos. Las posibilidades de que la tenencia directa sea una parte de los atributos de sus explotaciones, no especificada al inscribirlos, son las mayores. En caso de que se hubieran consumado, el registro les habría aplicado la denominación pegujal por extensión, si bien al clasificarlo como suelto, a pesar de la aparente paradoja, esta manera de proceder ganaría sentido. Campesino suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era el mismo que la ponía en explotación. Habrá que admitir además que quienes los constituyeran, porque se reducían a las condiciones del pegujal, no se quedarían al margen de la prestación de servicios, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formal, sino solo como predisposición hacia quien estuviera interesado en ella.
Esta quinta clase de campesinos es la más extensa y diversa, y expresa en el orden marginal la presión sobre la tierra de los términos de sus poblaciones laborales. A veces se concentran en manchas discontinuas localizadas en áreas con tierras ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Otras veces están aislados, tal vez porque no tienen opción a encontrar un espacio regular, o porque en una casa se ocupan de un trabajo distinto a la labor, a pesar de lo cual el señor de la casa cree conveniente recompensarlo con un pegujal en una de sus explotaciones, aun estando dedicadas a otros cultivos.
Son huéspedes sobre todo de olivares, con diferencia el primer cultivo alternativo al cereal en las vegas interiores. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas. Buena parte de ellos se localizan en haciendas descarriadas, una clase de las explotaciones de olivar que de nuevo debemos interpretar alejadas, menos accesibles. De otros se dice, sin dejar de advertir que están en tierras dedicadas al cultivo de los olivos, que se sitúan en un cortijuelo, en cuyo caso una mancha de tierra de labor estaría localizada en un territorio anómalo para esta clase de uso.
Para 16 localizaciones en tierras de olivar, a veces contiguas, en las que se constituyen 45 pegujales que acumulan 245,25 fanegas, predomina la dispersión sobre las concentraciones. Solo en un lugar hay 19 de aquellos pegujales, y en otro 7, mientras que en los demás solo hay entre 3 y sobre todo 1. El espectro de los tamaños de las parcelas se extiende en términos relativos, y hasta se extrema con algo de paradoja: la mayor tiene 30 fanegas y la mínima 0,75.
Aunque se siguen imponiendo los valores más bajos que se esfuerzan por aproximarse al tipo común, el pegujal de 30 fanegas es uno de los localizados en las haciendas descarriadas. De quien tiene un pegujal de 24 fanegas, equiparable, se dice además que está en su hacienda, un pronombre que eliminaría la cesión, salvo que se hubiera accedido a él por trabajo. Para otro de 4 fanegas tampoco habría cesión más allá de las relaciones laborales. El primero de los del área con 7 pegujales abarca 18 fanegas.
Esta confluencia de rasgos, que separa estos casos de los demás, permite pensar en explotaciones a cargo de los que en la documentación del momento se llaman pelantrines, el tipo de transición entre el labrador y el pegujalero, uno de cuyos rasgos pudo ser la promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro estable. El aprovechamiento intensivo con un cultivo intercalar de una tierra secundaria o subordinada lo facilitaría que el campesino hubiera conseguido garantizarse con la propiedad la posesión de las tierras que hubiera destinado a olivares, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales.
Los pegujales sueltos también podían ser huéspedes de una viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. De ahí su escasa presencia, su casi nula significación. En las tierras de las haciendas descarriadas también hay una viña en la que se ha abierto sitio un pegujal de 1,5 fanegas. Aunque sea un caso aislado, vale sin embargo como testimonio de que los pegujales se buscaban un lugar donde sobrevivir en cualquier parte.
En las huertas, que por naturaleza eran explotaciones consolidadas y estables, debieron ser un fenómeno no solo ceñido a la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. Su valor relativo parece más consecuencia de la alta productividad del cultivo más intensivo que de la presión de los pegujales. No dejarían de presionar en estos lugares, pero las huertas los tolerarían mal.
Solo en dos zonas de huertas se abren paso 11 pegujales que ocupan 38 fanegas. Las localizaciones en la primera se remiten a una zona donde se han impuesto las huertas. Es posible que sus pegujales estén dentro de huertas, sobre todo en el caso de los más pequeños. Están comprendidos entre 4 y 1, con presencia de tipos fraccionarios, lo que debe significar intensidad del aprovechamiento del suelo. No es frecuente que tengan un tamaño tan exiguo. Pero no hay que dar por supuesto que sean una parte de los cultivos de las huertas.
Los otros 7 pegujales se concentran en un lugar que se identifica como ruedo de la Huerta de la Reina. Es posible que el topónimo rector no aluda a un aprovechamiento presente, sino a otro anterior que quedó fijado al lugar. El mayor de los pegujales, de 12 fanegas, está en el ruedo de la huerta en sus olivares. El pronombre de la localización derivada puede ser un buen corrector del uso prevalente del espacio; el posesivo, de las relaciones a partir de las cuales se crea el orden de las cesiones. Los demás son muy regulares, de entre 2 y 3,5 fanegas.
Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían así la trayectoria del defecto como la del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. El horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.
Porque en 7 lugares de dehesas, de muy desigual implantación, conviven dos mundos, el de los pegujales públicos homogéneos, sorteados probablemente, y el de los habituales, que se distinguen por la disparidad de los valores de las series. El espectro de los tamaños de los 66 pegujales, que ocupan un total de 285 fanegas, es limitado y bajo, siempre por debajo de 10.
Un tercio se localiza en una dehesilla del monte, unos concentrados (23 pegujales) y el resto (3) dispersos. El topónimo dehesilla del monte puede ser expresivo de dos cosas: tierra acotada y sin roturar o de monte recuperado. Hasta donde el registro permite deducirlo, se trata de tierras accesibles desde la población, una parte de ellas quizás también conectadas con zonas dedicadas a labor.
Los otros dos tercios están en una dehesilla localizada en el área de las tierras de labor. Salvo un par de casos, todos son parcelas de 4 fanegas, por probables razones de concesión pública. Debe ser indicativo de la parcela que el municipio considera suficiente para que se mantenga durante un año un campesino común. Puede tratarse de un espacio público, además de acotado, que al menos transitoriamente se utiliza para el cultivo. El rigor del módulo indica equidad, sorteo e intervención pública en el mercado de los pegujales. La dimensión del caso es lo bastante elocuente respecto al alcance y las intenciones de la autoridad. Los casos singulares harían referencia: el menor, que la dehesilla está ocupada de manera similar a la de los cortijos, porque incluye huerta; y los dos, la posible remuneración de servicios públicos.
El siguiente valor en importancia, aunque muy alejando, es el 8. Expresaría el siguiente grado, en orden ascendente, de las posibilidades del campesinado común acogido a la oferta pública. Estos pegujales de mayor tamaño, localizados en lugares que no están uno junto a otro, en parte están en tierras campas, inmediatamente debajo del escarpe, en un lugar muy accesible desde la población. Otra parte es posible que esté en la zona de terrazas. Pero también comparte su condición de suelos de dominio público porque todos están reunidos bajo el epígrafe de suertes. Por eso, encuadrarlos en la categoría dehesa no sería desorientado del todo. La condición de suertes de las parcelas se hace visible en la homogeneidad de los módulos.
Toda la tierra para campesinos
Publicado: febrero 10, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Dado que solo una parte de los trabajadores del campo conseguía acceder a una cesión de tierras asociándose a una labor, siempre se generaba un excedente de los dispuestos a tomar una parcela, por lo que el fenómeno campesino se desbordaba en el espacio, y daba origen a un estado de transición, tanto desde el punto de vista de la tenencia como desde el punto de vista del uso del suelo agrícola. Los más atentos a captar este exceso accedían a la unidad de producción a la que pudieran optar, fuera cortijo o haza, renunciaban a organizar una labor en ella y fragmentaban su superficie en parcelas hábiles para cederlas a cambio de las prestaciones que en cada caso se acordaran. Aunque los campesinos cedentes sostuvieran su explotación con sus propios medios, eso no excluiría la prestación de los huéspedes en beneficio del espacio que se hubiera reservado quien por aquel procedimiento se había constituido en señor o amo.
Parece un fenómeno bastante marginal. Solo afecta expresamente a 5 cortijos, 1 cortijuelo –único en su género– y 8 hazas. Aunque carecemos de datos sobre su orden interno, al grupo podemos adscribir por conjetura otras 4 hazas, de las cuales solo conocemos su extensión total, que las acerca al tipo. Serían en total 18 unidades de producción que acumulaban 766,5 fanegas.
A pesar de que una parte de ellas se presente como cortijo, las 18 debieron ser fragmentos, de hecho o de derecho, de otras mayores. Es muy posible que en la mayor parte de los casos se trate de unidades en estado de transición, por descanso de una parte de su espacio o en trance de agotar sus posibilidades para un tiempo. En el registro expresaría la dominante condición transitoria de cada una de las situaciones que se suelan identificar antes por el nombre de sus poseedores que por algún topónimo.
Se dispersan en un rango de amplio recorrido. Las de mayores dimensiones, por encima de las cien unidades de superficie útiles, solo son dos, un cortijo y el cortijuelo. Otro par de cortijos y un haza recuren a extensiones comprendidas entre 40 y 70 unidades de superficie, diez, la mayoría, usan entre 20 y 40, y solo dos entre 14 y 20, y la que resta se reduce a 9 unidades de superficie.
Las parcelas descritas son 108, que acumulan 660,5 fanegas, lo que daría una explotación tipo relativamente grande, 6,12 fanegas. Es la consecuencia de que haya parcelas anormalmente extensas para no tratarse de labores. El cortijo de mayor extensión utilizada reservó una de nada menos que 48 unidades de superficie, que la fuente clasifica expresamente como pegujal. Su tamaño es anómalo para este hecho, pero nada impide aceptar su clasificación. El pegujal es una relación, cualquiera que sea su tamaño.
También hay parcelas cuyo tamaño está comprendido entre 13 y 20 unidades de superficie. La alta frecuencia de los tamaños pares entre 6 y 12, relativamente altos para estas situaciones, más los casos singulares de los impares intercalados, da como resultado la concentración en este grupo de 33 casos, un tercio del total. Sin embargo, como es regular en el tipo, la mayoría de las parcelas, 57, la mitad, como es habitual se agota con los tamaños 2, 3 y 4, con una frecuencia de casos casi idéntica. Tanta diversidad y tan alta frecuencia relativa de tamaños altos son señal de adaptación a la demanda y prueban la proximidad material entre cedente y cedido
La relación entre número de parcelas en las que se fragmenta el espacio de cada unidad de producción y su extensión es directa. Por eso son más frecuentes las unidades divididas entre 4 y 6 parcelas, y solo hay un par de casos de relativa importancia, las dos unidades mayores, que dan origen a 18 y 17.
Como poseedores de estas unidades de producción aparecen tres apellidos relacionables con el patriciado, que por tanto en aquel momento no serían labradores. Es posible que lo fueran en año de espera, que nunca lo hubieran sido o que hubieran retrocedido a la posición campesina.
El caso de don Diego Martínez parece el más expresivo del labrador en transición. Posee un cortijo, identificado por su topónimo, a partir del cual compone once parcelas de entre 15 y 2 unidades de superficie, hasta sumar un total de 58. La mayor, a cierta distancia de las demás, pudo ser la que se reservara para sí, y el resto las que cediera. Que no se jerarquice el enunciado de las parcelas y que el número de las que tendrían otros sea alto excluye la posibilidad de que se trate de parcelas remuneradoras de trabajadores en su posible explotación.
Los otros dos pudieron ser patricios en un estado distinto al de labrador. De las dos hazas que poseen, ninguna de las cuales llega a las 40 unidades de superficie, solo constan parcelas de tamaños por debajo de 10. No parece que alguno se hubiera reservado una extensión por encima de las otras, si es que se reservara alguna. Los dos habrían preferido la cesión de toda la tierra disponible a cambio de prestaciones. Si hubieran explotado alguna de aquellas parcelas, serían campesinos, a pesar de las relaciones familiares que le hubieran valido el acceso a lo que parecen dos desprendimientos de cortijo; y si no, se habrían instalado en la condición de rentistas.
Directamente relacionado con la plenitud del patriciado está el cortiujelo, un bien patrimonio del municipio, del tipo que se solía llamar de propios. Parcelado, daba origen a otra forma de acceder a las mismas relaciones. Su espacio era repartido entre los aspirantes al suelo agrícola municipal valiéndose del sorteo. Así se representaba la ecuanimidad de quienes se reservaban el poder público más inmediato. Pero en 1771 este ejercicio de justicia distributiva tuvo un alcance muy limitado. Nada más que en 17 parcelas se dividió su espacio, y en módulos en desiguales: de 18, 10, 9 (en dos pedazos), 8 (3 parcelas), 6, 5 (2), 4 (6), 3 y 2.5 unidades de superficie. El municipio, antes que ser rigurosamente igualitario, ofertando las 106,5 unidades de superficie del cortijuelo en parcelas de extensión única, habría preferido adaptarse a una demanda dependiente de la capacidad de sus medios para cultivar la tierra.
Quienes permanecían en la condición de campesinos del común y se decidieron por aprovechar el suelo útil parcelándolo ingeniaron otras relaciones. En el cortijo que se aprovechan 161 unidades de superficie, el extraordinario tamaño de la parcela que alcanza las 48 unidades convivía con otras 17, buena parte de ellas (5) de 12 unidades de superficie, pero otras de 10, 8, 7, 4 o 2. El cortijo además tenía su propia huerta, y en ella un fenómeno que no es singular: otra de las parcelas dedicadas a cereal, de solo una unidad de superficie de extensión.
Diversas situaciones podrían haber convergido en aquel estado complejo. La existencia de la huerta nos pone sobre la pista de al menos una cesión prolongada en el tiempo, algo ya infrecuente en la segunda mitad del siglo XVIII. Tendríamos que admitir por tanto como más probable que la posesión de todo el espacio útil aquel año pudiera estar sostenida por la tenencia directa, a partir de la cual el cedente de las parcelas contaría con la garantía de reservarse una explotación propia, que en este caso sería la parcela de 48 unidades de superficie. Su convivencia con una oferta de fragmentos de espacio adaptada a una demanda diversa es una invitación a tomar las combinaciones que en otro lugar hemos llamado labor secundaria más pegujales autónomos como un hecho muy próximo a este, si no idéntico.
En el cortijo que poseen los que suponemos hermanos Juan y José Ortiz, el espacio útil es de 66 fanegas y está fragmentado en diez parcelas. La mayor, de 20 unidades de superficie, de casi el doble que la siguiente de mayor tamaño, puede interpretarse como la que explotan los Ortiz, en el límite entre pegujal y labor modesta. La oscilación del tamaño de los otros y que no se atengan a jerarquía es indicio de mercado abierto que apela al espectro completo de los campesinos, desde los que en la documentación se llaman pelantrines y haceros (parcelas de 11 y 12 unidades) hasta los pegujaleros en sentido estricto (parcelas de 2, 3, 4 y 6).
El haza de San Bartolomé en La Palmilla parece el desprendimiento de un cortijo que también tiene su origen en la propiedad, no en la cesión transitoria. Pero la situación aparenta ser más compleja. Cinco de las seis parcelas están en el haza, en tierras que tenía Alonso Alcalá, quien se habría quedado para sí con una de 10 unidades de superficie y habría cedido las otras cuatro, de entre 2 y 4. La otra, de 12, está en el cuartillo de La Palmilla, que sería una fracción del haza. Alcalá pudo tener dividida su pequeña labor en dos parcelas, o una de las de mayor tamaño dio origen a un pelantrín.
El haza de Francisco Esteban, de la que se utilizan 33 unidades de superficie, divide su espacio en 7 parcelas de una manera muy equilibrada: cuatro de 6 unidades de superficie, una de 5 y dos de 2. Tal vez no sea desacertado pensar que pudo tratarse de una iniciativa solidaria o cooperativa. Francisco Esteban sería la cabeza legalmente comprometida de un grupo de campesinos que hacen frente en común a los costos y las posibilidades de una cesión de tierras.
Las parcelas que son denominadas en conjunto como hazas descarriadas son cuatro que suman poco más de 30 unidades de superficie, dos del tamaño que tentativamente hemos tomado como propio de pelantrín (15, 10) y otras dos del característico de los pegujales (de 4 unidades). Por la manera de identificar el conjunto se puede pensar que fueran parcelas dispersas. Pero, en ese caso, no tendría sentido reunirlos en esta parte del registro. Es más probable que se trate de un topónimo que alude a un grupo de hazas alejadas.
En el haza de los Abades se ocuparon 31 unidades de superficie útil para dar origen a 5 parcelas, dos de 8 y tres de 5. Es posible que se trate de un haza identificada por el nombre de su propietario institucional, y no por su topónimo. Se puede pensar que el dueño hubiera decidido ceder en parcelas regulares al mejor postor una tierra que no había encontrado acomodo entre los que la pudieran necesitar para completar una labor. Las parcelas son de un tamaño algo superior al común. Sus ocupantes pudieron ser campesinos de los más capaces, dotados de los medios que les permitieran pagar más renta.
En el cortijo de Rojas, con 27 unidades de superficie útil dividida en 4 parcelas, la primera (de 19 unidades) mucho mayor que las otras, podría tomarse también por una labor modesta, sobre todo por su relación cuantitativa con las otras tres, que son pequeñas (3 y 2). También en un haza de Juan Mozo, con 4 parcelas que aprovechan 24 unidades de superficie, la primera de 14, cuyo tamaño más que duplica al siguiente, puede interpretarse como la discreta labor de quien le da nombre, y las demás como cesiones de entre 6 y 2 unidades condicionadas por renta o por trabajo. Y es similar el cortijo de Conejo (4 parcelas, la mayor de 13, y las demás pequeñas, de 4, 3 y 2). La suma da un tamaño de superficie utilizada (22 fanegas) que no contradice el aprovechamiento parcial del cortijo.
El caso de Antonio Salgado, que posee el haza de Los Borriqueros, parece algo distinto. Se puede pensar que Salgado, que la tiene por cesión (el haza está en Antonio Salgado, dice la inscripción), ha decidido explotarla fragmentando las 19 unidades de superficie útil de las que dispone, que tal vez no han podido sumarse a una labor o que se ha decidido no barbechar, en 5 parcelas de 1, 3 (2) y 6 (2) unidades, estas de un tamaño algo superior al común cuando se trata de pegujales. Si el haza está identificada primero por el nombre de su poseedor presente, y no por su topónimo, Los Borriqueros identificaría a un grupo dedicado a otra actividad que recurre a la tierra para disponer de un suministro de energía.
El haza de José Villarín solo recurre a 9 unidades de superficie útil, que se fragmentan en cuatro parcelas de entre 1 y 3 unidades. El poseedor identificado puede ser uno de los que tiene una de las cuatro parcelas y el responsable de la adquisición del haza. De la de Quebrantavigas y Las Lagunillas solo podemos decir que en 1771 se pusieron en cultivo 40 unidades de su espacio, y de la que se conoce como haza de la Gallega, de 24 fanegas, la personificación permite identificar a un personaje cuyas tácticas son lo bastante conocidas como para que la administración de la décima no se vea en la necesidad de especificar nada más. Ofrecía alojamiento a inmigrantes de temporada, incluyendo la cesión de parcelas bajo las condiciones de los pegujales.
En el paraje conocido como Cortes, donde se concentraban unidades de producción de distinto tipo, todas probablemente provenientes de un primitivo donadío, cuya propiedad se habría ido dividiendo, se aprovechan en dos hazas 14 unidades de superficie, que dieron origen a dos parcelas, una de 9 unidades de superficie, y la otra en el cercado de la Fuente del Álamo, de solo 5. El cercado obliga a pensar en un área donde la presencia del ganado era regular. Pudo tratarse de tierras con esta dedicación preferente, si bien asociadas a una explotación agropecuaria compleja.
Pegujales autónomos asociados a labores
Publicado: enero 7, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
También había labores de todos los tamaños, emprendidas sobre cortijos y hazas, cuyos pegujales huéspedes se constituían exclusivamente como explotaciones autónomas. En el registro se deducen porque el número de los adscritos a cada labor suele superar la decena, son de un tamaño superior al característico de otras condiciones y nunca se enuncian jerarquizados.
Se atienen a este tipo 3 labores dominantes. Los 75 pegujales que ceden probablemente estén localizados en 4 áreas de sus 6 unidades de producción. Suman 418,5 fanegas, menos de la mitad del espacio que entre todas dedican a sus labores.
Según nos adentramos en el campo de los pegujales autónomos, el valor relativo de los tamaños mayores se va incrementando hasta alcanzar el límite de la rentabilidad óptima. También se amplía el espectro de los tamaños de las explotaciones menores, de donde se deduce que los cedentes se adaptan a la demanda, pero nada vence a las más características, sobre todo a las de 3 fanegas.
No hay duda de que un pegujal de 30 fanegas corresponde a la iniciativa de uno de estos tres labradores. Podría parecer inadecuado considerarlo un pegujal, y que tal vez tendría que pasar a la categoría de las labores menores. Cuando se trata de pegujales el problema no es de tamaño, sino de relación. Si la tierra se toma de quien a su vez la ha conseguido por arrendamiento, el cedido está incurriendo en una condición subordinada que si por escrúpulos parece inadecuado llamarlo pegujalero, por consideración al tamaño de su explotación podría tomarse por pelantrín o, circunstancialmente, porque la parcela se localice en el eriazo, por la de manchonero. Pero cualquiera de estas otras dos posibilidades contaminaría la relación que da origen a la pequeña explotación con factores modificantes ajenos a ella, como la tenencia directa en el caso del pelantrín, que de existir negaría la condición que está en el origen del pegujal, o una excepción al sistema, la que toleraba que al manchón se le requiriera una cosecha. Solo se podría tomar por labor del último rango en caso de que el labrador origen de la relación hubiera constituido su explotación por tenencia directa. Pero ni aun así se extinguiría del todo el rastro de las relaciones que origina el pegujal. La explotación menor estaría incluida en un espacio en el que domina una labor, a la que de alguna manera quedaría subordinada, aunque solo sea porque la explotación menor debe alojarse en las tierras que haya decidido quien tiene la unidad de explotación.
Solo una de estas tres labores está regentada por un patricio, don Juan de Briones Saavedra, cuyo cortijo mantenía una labor de 480 fanegas. Es, entre los de esta clase, quien menos pegujales cede, 17, y quien concede un mayor peso relativo a la labor. Su comportamiento es anómalo. De acuerdo con el estilo patricio, tendría que haberse servido de la cesión de pegujales por trabajo. Pero la secuencia de los valores que se refieren a los que cede no deja lugar a dudas: su descripción no se atiene a la jerarquía regular de los pegujales por trabajo.
Pudo recurrir a la fórmula más servil, ceder pegujales y obtener al menos parte del trabajo estable que necesitara su labor, el que habitualmente proporcionaban los temporiles cualificados, a cambio de la cesión de pegujales. Quienes los trabajaran mantendrían su explotación y prestarían los servicios que les demandara el señor de la labor cuando juzgara oportuno. Aunque se situara al margen del buen estilo de cortijos, se esforzaría por mantener la apariencia patricia.
Las otras dos labores de este grupo, probablemente, más que en manos de campesinos en expansión, que en parte tendrían que serlo, son iniciativa de dos negociantes de fortuna o aventureros.
La Miñana mantiene una labor de 270 fanegas en una unidad de producción, y cede 19 pegujales que suman justo 99 fanegas. Tal vez tenga sentido especulativo que La Miñana ceda exactamente esa cantidad de superficie, aunque también se puede pensar que ceder en torno a 100 fanegas sea un patrón cuando se trata de grandes unidades de producción en las que se emprenden grandes labores. Ya hemos visto otros casos que detienen su declaración de superficie justo en las inmediaciones de esa cifra.
La posición de La Miñana en el mercado de los pegujales es probable que esté cerca de la que personifica La Gallega y su haza, una mujer que captaba tierras para cederlas asociadas al alojamiento de los inmigrantes que procedían del norte de la península. Del vínculo que pudiera haber entre ambas tal vez haya quedado retenido algo en sus respectivos epítetos. En Corominas, voz meñique, miñona tiene como antecedente inmediato el menino del portugués, en el que ha conservado el sentido de persona pequeña.
Juan Rodríguez Colmillo parece aún más entregado a la manera hábil de emprender el negocio. El registro inscribe como suyos cuatro cortijos, de los cuales quizás solo uno lo tomó íntegramente, mientras que de los otros tres solo tendría hazas. Su labor más racional sería la que sumara las cuatro unidades porque estuvieran contiguas, una posibilidad a la que se opone el número de las tomadas, excepcionalmente alto.
Del mismo modo que localizaría en distintas áreas su labor, también separa en por lo menos dos zonas los pegujales, a propósito de los cuales también es desmesurado. Cede casi 40. De ahí que se pueda pensar que su acaparamiento expansivo de tierras quede fiado a la ventura de su complejo empresarial, que tendría que contar tanto con el producto de una labor grande, de 359 fanegas, como con el beneficio que pudiera proporcionarle la fragmentación del espacio disponible para ceder casi 40 pegujales.
Indica el triunfo de la captación de renta a través de los pegujales que la suma de su labor dé una cifra que no es redonda, en contra de lo habitual. Es más, se podía esperar de Colmillo que descargara el peso de sus proyectos sobre la cesión de pegujales. Si no admitió más, tal vez fuera porque no hubiera más candidatos a tomarlos.
Como simultáneamente mantenía una labor de gran tamaño, su rentabilidad pudo obtenerla ateniéndose al espectro más amplio de posibilidades, dada la magnitud de las cesiones de pegujales. El dador de parcelas pudo ingresar por trabajo a cambio de tierra, por intercambio de servicios entre labor dominante y pegujal, por prestación de servicios a los pegujales y por el pago de una renta en el caso de la relación más expeditiva. En cualquiera de los casos, es seguro que el de Juan Rodríguez Colmillo es uno de los casos más definidos del comportamiento especulativo en el mercado de los pegujales.
4 labores secundarias que se atienen a este patrón. Nos falta el nombre de uno de sus labradores, y el apellido de otro (Caro) podría tomarse como propio del patriciado. Pero como carece de tratamiento parece que se trata del miembro de una rama familiar sin conexión con la patricia. Como solo uno de los cuatro ostenta esta condición, parece que definitivamente vamos abandonando escalas y dominios en los que el patriciado prefiere comprometer sus relaciones mediante la tierra.
Dos se sirven de tres unidades de producción distintas repartiéndolas de manera bastante equilibrada, y todos ceden 10 o más pegujales, hasta sumar 81 y 454 fanegas, y parece que no están tan dispersos como en las tres situaciones precedentes, sino que ocupan de manera continua sus respectivas áreas en cada cortijo.
El tamaño 3 fanegas pierde posiciones y continúan incrementándose los valores algo superiores, sobre todo el inmediato superior, el 4, y el 6, que lo duplica. Los campesinos autónomos, según se descendía en la escala de la relación, cada vez arriesgarían más confiados a sus medios, y de esa manera empezarían a destacar los aspirantes a ocupar las posiciones superiores en el orden del campesinado.
A tanto llega su concentración en esta escala que por primera vez los términos están invertidos. Hay complejos en los que el tamaño de las labores queda por debajo del acumulado por los pegujales subsidiarios. El promovido por Francisco Díaz, aun siendo notable, es un buen ejemplo de este comportamiento. Mantiene 120 fanegas de labor y cede 241 para 44 pegujales. Está claro que prefirió ampliar todo lo posible el horizonte de la renta que se podía extraer a los campesinos más activos.
Por la forma en la que se presentan los valores del complejo de Francisco Caro se puede pensar que mantenía una labor con pegujales por trabajo. Pero son muchos los que cede y de tamaños oscilantes, algo que no es habitual cuando se trata de los reservados a los temporiles. Más bien parece que de antemano optó por el equilibrio. La cantidad de tierra reservada para labor está prácticamente en paridad con la cedida para pegujales.
Además hay 16 promotores de labores autónomas que toman la decisión de asociar a sus explotaciones pegujales que deben mantenerse con independencia, una cifra que más que duplica a la acumulada de labradores dominantes y secundarios de este orden, prueba directa de que en esta escala se concentra el tipo. Es verdad que la relativa abundancia de casos se beneficia de la separación convencional entre el grupo medio y el inferior a partir de la frontera 100 fanegas. Pero, aun así, la diferencia de frecuencias entre este nivel y los dos anteriores es manifiesta.
Aunque el patriciado, con una fuerza desigual, recupera algunas posiciones con tres de sus miembros, es la iniciativa de gentes del común que actúan como labradores, también con desigual compromiso, la que se impone según vamos descendiendo en la escala del acceso a las tierras. Conocemos por su nombre a once de los mínimos labradores del común que asocian pegujales a su labor: Francisco Blanco, Cristóbal Buiza, Juan Caballos, Juan Carvajales, Francisco de Castro, Juan García Matahambres, Pedro González Palmares, Juan Peña, José Pulido, José Rodríguez y Antonio Rojas.
Las 16 labores están comprendidas entre 90 y 21 fanegas, y las reiteraciones de un mismo tamaño para una parte de ellas puede ser indicio de un módulo (36, 30 = 6·6, 6·5). Según declaran sus responsables, ponen a producir 14 cortijos y 2 hazas, aunque por la extensión total que de ellos llega hasta el cultivo (labor + pegujales) una parte de las unidades no parece que entren dentro de lo que convencionalmente se llama cortijo.
El autor del registro suele utilizar esta palabra por antonomasia, aunque su sentido sea el de labor. También pudo ocurrir que fueran los propios declarantes quienes en busca de prestigio recurrieran al énfasis que espontáneamente se obtiene de la palabra cortijo. Es por tanto posible que en bastantes casos se trate solo de fracciones de ellos o hazas. No cabe duda de que era sí en el caso del haza de La Sancha, en su cortijo de La Mata de Uceda. También es seguro que José Rodríguez promovió su labor en una parte del cortijo de Los Sacristanes, y resulta aún más expresivo que una de las unidades que tuvo Juan García Matahambres se localizara en un cuartillo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que se tratase de unidades de producción que, sin dejar de ser cortijos, se hubieran plegado al principio de las hojas de cultivo con disciplina, y que las sembradas el año en curso fueran las de menores dimensiones, lo que a su vez redundaría en beneficio de la tierra disponible para pegujales.
Quienes llevan las labores más modestas ceden 206 parcelas que acumulan 827 fanegas. Aunque todos busquen lucrarse cuanto puedan de las cesiones, no todos actúan de la misma manera. Pero cualquiera de ellos tiene que encontrar su lugar en un campo de fuerzas marcado por dos polos, uno que podríamos llamar estilo de cortijos moderado, en la medida en que no ha lugar a pegujales por trabajo, y el que ya hemos llamado estilo especulativo. Ninguno atrae en exclusiva a patricios frente a campesinos ascendidos a labradores o viceversa, y entre ambos extremos las posiciones que se ocupan difieren.
Los más próximos al polo moderado apenas se proponen intervenir en este mercado y prefieren confiarse a sus labores. Solo ceden uno o dos pegujales. Una labor de 40 fanegas con solo un pegujal de 16 en realidad podría componer una labor en dos parcelas separadas, aunque en el mismo cortijo. Y como una labor de 32 convive con otra de 20 más dos pegujales pequeños, es probable que el titular cediera una parte del espacio a un semejante, y además, por otro lado, los dos pegujales.
Juan Caballos era un labrador de una población contigua que aquel año emprendió una labor de 80 fanegas y cedió 10 pegujales. Además, otros vecinos de la misma población, quizás manchoneros, tomaron tierras en un cortijo que también había labrado el año precedente Juan Caballos, quien aún lo tenía y que para el año en curso al menos en parte lo cedió para dar origen a dos pequeñas labores y un pegujal.
Juan Carvajales actuó con una moderación tan modélica que cabría pensar que, aun siendo modesto labrador, cedió pegujales por trabajo, y la mención de unas tierras que solo son identificadas por su topónimo quizás sean una prueba de que se acometían proyectos circunstanciales, en una parte de un cortijo, que no encontraban la demanda de pegujales esperada.
La mayor parte estos labradores del último nivel se instala en una cómoda zona templada. La registran bien los valores en torno a 1,5 fanegas de labor por cada una de las de pegujal, donde igualmente se mezclan campesinos y patricios, estos algo más tendentes a la especulación. Como don Fernando Barba, quien tenía, por una parte, un cortijo, La Mata de Uceda, y por otra El Mármol, que eran lugares contiguos.
Por alguna razón prefirió organizar la explotación del cortijo del Mármol y La Mata de Uceda como empresas independientes; quizás, de nuevo, por no acumular las 100 unidades de superficie expresivas de un tipo. No las alcanzaría toda su labor junta. En el cortijo emprendió una labor modesta, de 28 fanegas, y en la mata otra de 58. Pero las sobrepasaría si a ambas le sumara la superficie cedida en pegujales, otras 86 fanegas.
También los 13 pegujales que cediera los dividió en dos series, una de 7 y otra de 6, todos en el haza de La Sancha, que estaba en su cortijo de La Mata de Uceda. La denominación del producto, Haza de La Sancha, y la identificación por separado de las dos áreas de pegujales, resultan equívocas. Si el hecho integrador fuera una persona, ni siquiera la unidad tendría que ser un lugar continuo en el espacio. Sería una unidad ficticia a la que le daba sentido que una mujer tuviera el control de todas las parcelas. En ese caso, estaríamos ante un caso semejante al de La Gallega.
Pero además de que sería concederle un papel efímero a la toponimia, que no suele tener, en el registro está bien identificada como una parte de un cortijo que poseía don Fernando, quien no trataría de evitar el límite de las 100 fanegas, sino de repartir el riesgo. Cuando organizara su empresa se atendría a un cálculo riguroso en paridad: mitad de la tierra disponible para labor, la otra mitad para pegujales.
Si su cálculo hubiera sido este, se puede conjeturar que la relación con los campesinos estaría sostenida por la prestación de servicios que no tuvieran relación directa con el producto obtenido, sino con el trabajo que a cambio de la tierra pudiera demandarles o con la renta que debieran pagarle, en todos los casos calculada a partir de un precio de la unidad de superficie. De ese modo, si la cosecha de la labor defraudaba, se aseguraba la rentabilidad de la mitad de sus posesiones.
Tampoco en un cortijo con labor de 21 fanegas tendría sentido que sus 6 pegujales, que no aparecen jerarquizados, fueran pegujales por trabajo siendo la labor tan corta, salvo que el trabajo de los cedidos se invirtiera en la labor. En un haza con labor de la misma extensión y 4 pegujales la distribución es compatible con que el titular tomara, además de la parcela que hemos clasificado como labor, alguna de las que interpretamos como pegujales. Juan García Matahambres, además de su labor de 36 fanegas en un cortijo en el que cede 7 pegujales, en un cuartillo pudo organizar una ampliación de su labor valiéndose de un espacio limítrofe con el del cortijo.
Hay casos que si no podemos tomarlos como labor más pegujales por trabajo, aun cumpliendo el principio de jerarquía, es porque la razón entre el tamaño de la labor (46 fanegas) y el número de pegujales (10) lo niega. Puede tratarse de otra versión del vínculo en el que el intercambio de trabajo por parcela se realiza como prestación en la labor del cedente.
Los que ceden más pegujales son de una generosidad en la oferta que no es nueva. El responsable de un cortijo con una labor de 30 fanegas y 13 pegujales, el de otro con labor de 36 fanegas y 15 pegujales y el de un tercero con labor de 30 fanegas y 16 pegujales, en cualquiera de los cuales se impone con mucho éxito el módulo 3 fanegas, para tomar sus decisiones parece que se atienen a una ley directa: cuanto más limitada la labor más posibilidades de alojar pegujales. Cualquiera de ellos se esfuerza por captar cuantos campesinos del rango menor sea posible. Quizás, en el orden de los hechos, primero sería la oferta del espacio para ser aprovechado en pegujales y luego, con el resto no adjudicado, decidir la labor propia, lo que la relegaría a las tierras marginales del cortijo.
Y aún quedan algunos campesinos con ambiciones de labrador que se rinden con menos resistencia a la fuerza del polo especulativo. En un cortijo del Señor Vicario, con labor de 60 fanegas, se ceden hasta 25 pegujales. Mientras que la mayor parte de ellos tiene entre 2 y 6 fanegas, uno es de 24 y otro de 14. El afán por captar tenientes a su poseedor le recomendaría plegarse a la demanda ampliando la oferta con enorme flexibilidad.
Pero es Pedro González Palmares quien pone al descubierto el comportamiento especulativo en su grado extremo. Con casi la misma superficie que el poseedor de las tierras del Señor Vicario cede para pegujales, duplica su número. Poseedor de un cortijo en el que promovió una labor de solo 36 fanegas, cedió 51 de entre 6 y 1 fanega, que segregaron de la unidad de producción un total de 127 explotaciones distintas. Es decir, que solo dedicó a su labor 0,28 fanegas por cada una de las cedidas.
Las de dimensiones comprendidas entre 4 y 6 fanegas apenas son la quinta parte de las que cede. Las otras cuatro quintas partes las abarcan las que tienen entre 1 y 3, y son sobre todo las de 2, la mitad de las de esta fracción, las que más cede. Ninguno de los otros labradores del grupo desciende tan bajo. Es suficiente para reconocer que la oferta de este módulo se impuso en el negocio que emprendió Palmares, y que al otro lado encontró a campesinos dispuestos a aceptarla.
La oferta de parcelas de poca extensión haría muy asequible el acceso a ellas, porque con cantidades relativamente pequeñas (de dinero, de producto o de trabajo) sería fácil pagarlas. Al mismo tiempo, al cedente le permitiría extremar el precio de cada unidad de superficie. Cuanto más pequeñas las parcelas, tanto mayor valor relativo podría tener la renta que de ellas pudiera deducir. La preferencia por aquel módulo sería por tanto una expresión directa del deseo de obtener la máxima rentabilidad de las cesiones. Así como había usureros del dinero, los había de la tierra. Este Pedro González Palmares, en su tiempo, pudo ser el que más.
Pero aunque lo suyo fuera el exceso, lo obscenamente especulativo, lo desaforado y mayúsculo, no tenía nada de singular. Tomando el tamaño de todas las parcelas cedidas por los labradores autónomos para alumbrar pegujales subsidiarios, desde luego el empuje de las 2 fanegas es previsible por el peso relativo de la oferta de Palmares. Pero si lo descontamos, tenemos que reconocer, aun así, la recuperación de los valores menores cuando se llega a este orden inferior, seguramente por las mismas razones que hacen triunfar al 2 en manos de Palmares.
En resumen. No había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estuviera reservada a labor.
Pegujales por trabajo y pegujales autónomos
Publicado: noviembre 13, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Otras labores diversificaban sus relaciones con los campesinos. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado.
Cualquiera que fuese el destino de los pegujales, es probable que todos se segregaran de una vez en áreas definidas de las unidades de producción en activo. Primero se apartarían los que se aplicaban a la remuneración del trabajo y lo que sobrara se ofertaría para alojar los otros pegujales. En la fuente, la convivencia de las dos modalidades en una misma explotación se deduce primero porque el número de pegujales que segregan los labradores es ostensiblemente superior a los que son creados cuando solo se destinan a remunerar, y sobre todo porque en una mitad se enuncian jerarquizados por tamaño y en la otra no.
A este modelo mixto recurren en primer lugar algunos labradores dominantes (8), que también pertenecen al círculo de las familias patricias, cuyas labores no alcanzan el tamaño de las de su mismo rango que solo ceden pegujales por trabajo. Algunos de ellos podrían pasar por cedentes solo por trabajo si no fuera por algunos matices. Los pegujales cedidos por un marqués, tal como son enunciados, podrían ser pago del trabajo, salvo que por alguna razón, además de remunerar a sus trabajadores con pegujales, decidió ceder otro sin justificación laboral. También la jerarquía de los tamaños de los cedidos por otro labrador podría indicar una extraordinaria aplicación del pago del trabajo por este medio, pero cedió tal número que excedió el destinado a satisfacer el trabajo. Otro caso podría ser ejemplar de labor con pegujales por trabajo si no fuera porque tomó un haza solo para cederlos.
Pero la mayoría de los labradores que tomaran esta decisión dual fueron ortodoxos partidarios de la simbiosis, buenos ejemplos de la mezcla moderada de los dos tipos. La consecuencia inmediata de su comportamiento fue que tal como tuvo que ser mayor cantidad de pegujales que necesitaron la superficie dedicada a pegujales debieron incrementarla. De ahí que se extiendiera el espectro de sus tamaños. Aunque se imponen los de 3 fanegas, que son casi la mitad (55), seguidos a mucha distancia por los de 2 (17), los hay de hasta 22 y 14 fanegas, si bien son singulares. Los dos menores son de 1,5.
Aunque la cesión de pegujales no aparenta ser un motivo para acumular unidades de producción, lo cierto es que sus explotaciones acumularon dos o tres unidades de producción. Incrementar pegujales pudo ser una razón para agregar unidades de producción. Si ocurría algo parecido cuando solo se cedían pegujales por trabajo, su incremento no se conseguía por captación de más unidades de producción, sino por negociación con otro labrador.
Como el índice que relaciona superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales va expresado en unidades de labor por unidad de pegujal, y no disponemos de la superficie de las unidades de producción, no podemos observar las retracciones o las expansiones absolutas. Pero sí es posible distinguir las dos actitudes básicas de los que ceden; distinguir a los que confían más en su labor de los que prefieren cargar su empresa sobre la cesión de pegujales; para lo que habría que admitir que el tamaño de la unidad de producción, aunque no sea visible, está operando.
Las explotaciones tenderían a agotar en labor el espacio disponible –que es el permitido por el sistema– de las unidades de producción. Cuanta más superficie se dedique a labor, menos habrá disponible para pegujales, y viceversa. Cuanto menor es el tamaño de la labor, menor es el índice de la relación entre superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales. Y es evidente que las labores mayores disponen de más superficie a la que recurrir, tal como lo expresa fielmente su índice, que es mayor; dado que hay un patrón de cantidad que rige la cesión de tierra para pegujales, todavía, en este caso, quizás marcado por la necesidad de remunerar el trabajo ajeno.
Sin embargo, cualquiera que fuera la opción, raramente agotaría la superficie disponible en las unidades de producción. Todas las grandes explotaciones suelen tener superficie disponible para alentar cualquiera de las dos posibilidades. Cargar sobre una o sobre la otra posibilidad, sin renunciar a ninguna, es cuestión de estrategia. Aquel prefiere pocos pegujales, este, muchos. Este año conviene menos labor y más pegujales, más labor y menos pegujales, poca labor y pocos pegujales, o mucha labor y muchos pegujales. Uno o el otro polo solo eran dos formas de beneficio que no se oponen, aunque sí están conectadas por vasos comunicantes: el que proporciona el trabajo ajeno y el que se obtiene de la cesión de tierra a cambio de determinados servicios.
Cuando se trata de estas explotaciones, cualquiera de las tendencias sería matizada. No hay quien renuncie a una de las dos posibilidades de beneficio. Pero si utilizamos el criterio que permite segregar las dos clases de pegujal (primero enunciado jerarquizado; después, relación que no se ordena por tamaño de los pegujales), podemos marcar las distancias de este comportamiento lineal indicativas de las tendencias empresariales dominantes en este grupo de labradores.
Se observa que ceden por trabajo un tercio de los pegujales, mientras que los otros dos son de quienes los explotan por su cuenta. La proporción se mantiene si tenemos en cuenta la cantidad de tierra que acumula cada modalidad: un tercio de la tierra dedicada a pegujales es para la remuneración del trabajo y los otros dos para los pegujales autónomos. Luego se prefiere captar en las unidades de producción dedicadas a la labor propia a quienes en paralelo trabajen en su explotación autónoma, antes que emplear el recurso tierra disponible en la compra de trabajo cualificado por temporadas. El deseo de captar a los campesinos autónomos lo sintetiza que el tamaño del pegujal medio es el más alto, 4,09 fanegas.
También hay algunas labores secundarias que segregan las mismas dos clases de pegujal. En esta fracción dominan los elementos del patriciado consolidado (Briones, Caro, Costiel, Curado, Rospillosi) sobre los campesinos en fase de expansión (Galantero, González), que son los que emprenden las labores menores.
Para los 72 pegujales que ceden, localizados en 8 áreas de 5 cortijos, fueron necesarias 327,25 fanegas, algo más de una tercera parte de la superficie consumida por las labores. Se impuso el tamaño 3 fanegas para cada parcela, cualquiera que fuese la modalidad de disfrute de la tierra cedida.
Al descender el tamaño de las labores, descienden los índices que relacionan superficie de la labor y superficie de los pegujales. Pero la diferencia de comportamientos no solo es mucho más relativa sino que empieza a ramificarse. Hay labradores que representan con limpieza la combinación: solo dos parcelas cedidas al margen de las que remuneran el trabajo. En otros casos cabe dentro de lo posible que la primera parte de la serie enunciada corresponda a pegujales por trabajo, aunque la frecuencia del valor 3 es tan alta que parece más próxima a una oferta de cesiones abiertas, a iniciativa del titular, ateniéndose a un módulo. Más llamativo es el comportamiento de quien tiene más labor; al mismo tiempo es el que cede más tierra para pegujales. En este caso, la estrategia del labrador está clara: se confía a Dios y al diablo.
Pero además, en esta escala se descubren indicios de cadenas de relaciones. Una inscripción en tres series separadas de pegujales parece la expresión de que se han separado tres áreas de un cortijo. Primero, con fidelidad al modelo, seguro que se cederían pegujales por trabajo. El señor habría pagado con este concepto a sus temporiles cualificados. Después, segregó dos áreas de pegujales. Serían cesiones para crear explotaciones con algún grado de autonomía por lo menos.
En cada una se emprendieron explotaciones sobre pegujales de un tamaño relativo grande, uno de 27 fanegas y el otro de 13. El tamaño 27 no está expresamente reconocido como pegujal. Tal vez sería más prudente identificarlo como una labor menor. De cualquier manera, está muy cerca de la frontera, y además cualquier consideración que hagamos de un valor de este rango de magnitudes se prestará siempre a la ambigüedad.
A su vez, cualquiera de los dos cedidos cedería pegujales a terceros. El primero, el que había iniciado una explotación de 27 fanegas, parcelas de tamaños muy variables, como si se plegara a una demanda diversa; el otro, el que mantendría 13 fanegas por cuenta propia, de tamaños muy discretos. Cualquiera de los dos sería pues un cedido que a su vez cede.
Algo semejante podría decirse de unos pegujales en un cortijo que están separados en dos series y donde primero se ceden por trabajo. Después, el mismo labrador registra otras tres parcelas, de 99,75 fanegas, 10,25 y 12, que tal vez fueran otras tres cesiones del mismo espacio. La inscripción de una de 99,75 parece una declaración de superficie que no quiere llegar a la barrera 100, una reserva que no tendría sentido fiscal, porque cuando se cobraba la décima por millones, alcabala y cientos se pagaba por unidad de superficie. Lo más probable es que la mayor (99,75) fuera un subarriendo capaz de dar origen a una labor a la que se asociaron dos pegujales autónomos de cierto tamaño (10,25 y 12).
Pegujales por trabajo para labores
Publicado: octubre 8, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
En 1771 hay quienes emprenden labores dominantes y segregan una parte del espacio de sus tierras para ceder pegujales con los que remunerar el trabajo que consumen. Siempre que declaran su localización, las parcelas están dentro del cortijo que labra el señor. Si su labor acumula más de uno, las concentra en la reserva de cada cortijo activo, que mantiene en provecho de su labor durante la campaña en curso.
En el apeo de sementeras aparecen ordenados de mayor a menor extensión. De su cantidad y de su enumeración jerarquizada se deduce que son parte de la renta debida a los temporiles de primer nivel, los trabajadores más cualificados que se contratan para las dos temporadas del ciclo anual del cultivo del trigo. Cualquiera que sea la cantidad de tierra que cada señor de labores considere adecuado ceder por este concepto, la cantidad de pegujales de una labor, cuando su cesión es debida al trabajo, por definición está en relación directa con la cantidad de energía humana demandada para la explotación, de la que los temporiles son su síntesis.
Cada trabajador remunerado con este concepto recibe una cantidad de tierra adecuada a su responsabilidad, y el tamaño descendiente de los pegujales expresa la jerarquía laboral. Su explotación o disfrute sería individual, porque cada uno de los pegujales descritos por el registro aparece asociado a un nombre. Durante las dos temporadas de su contrato tendría que simultanear la condición de temporil con la de campesino.
Por comparación con los otros modos de ceder pegujales, en estos casos se impone una manera peculiar de atenerse al estilo de cortijos, que con sentido técnico podríamos llamar el estilo de cortijos genuino o forma ortodoxa de concertar las relaciones con los primeros temporiles de una labor. También podríamos llamarla estilo de caballeros o aristocrático, por lo que de sus labradores puede averiguarse. Llamarlo de caballeros solo sería correcto si se evitara aplicar la palabra sin perder de vista por completo su sentido primitivo. Mejora cualquiera de las denominaciones posibles llamarla estilo patricio, porque quienes promueven labores ateniéndose a esa condición corresponden a este grupo, en el que confluyen preeminencia y posibilidades exclusivas para su capitalización.
Los pegujales cedidos por las labores dominantes para remunerar trabajo fueron en 1771 pocos y de poca extensión, 127 parcelas que consumieron una superficie de 436,5 fanegas. La correlación entre número de pegujales creados y superficie total segregada en pegujales es casi completamente lineal: más pegujales, más superficie apartada para ellos, lo que expresa con bastante precisión que para la clase patricia rigen módulos para la remuneración del trabajo con tierra. Como máximo, se cedieron 14 y como mínimo, 5, y entre uno y otro límite todos los valores se repitieron una vez, menos los extremos y 10, aunque nadie cedió 11.
Las parcelas cedidas como mínimo tenían 1 fanega, y como máximo 8,5. Los tamaños más característicos, y por tanto más expresivos de la jerarquía remuneradora, fueron 7 fanegas (8 pegujales), 4 (26), 3 (62) y 2 (19). Los demás tamaños bien fueron singulares (8,5; 2,5; 1,5), bien rebaja [6 (3), 1 (2)] o incremento [5 (4)] de los tipos comunes.
Por cada unidad de superficie que destinaron a pegujal los labradores dominantes dedicaron a labor 12,27 (5.356/436,5). Tomando esta pauta, se pueden deducir clases de comportamiento patricio cuando se trata de ceder pegujales.
Resultan cicateros los que sobrepasan ostensiblemente ese índice (don Luis Quintanilla, 770 fanega de labor / 27,5 fanegas de pegujales = 28; don José Rueda, 480 / 21 = 22,86). Parecen remisos a ceder tierra a cambio de trabajo según el patrón de la época. Por comparación, se pueden considerar generosos aquellos cuyo índice queda un tercio por debajo del valor tipo (don José Caro, 370 / 45 = 8,22; don Martín Nieto, 360 / 44 = 8,18; don Bartolomé Nieto, 300 / 35 = 8,57; don Cristóbal del Águila, 210 / 27 = 7,78), labradores semejantes en su comportamiento incluso por el número de pegujales que ceden.
La mayoría, como era previsible, se pliega al tipo, aunque en distinto grado. Dos mujeres (doña Antonia González, 440 / 28 = 15,71; doña Francisca Araoz, 456 / 32 = 14,25), con labores semejantes, se inclinan a restringir la cesión de espacio, para lo que recurren a módulos propios, mientras que un hombre (don Luis Cansino, 280 / 20 = 14), que también se separa por exceso del tipo, segrega un número y un tamaño de los pegujales que son compatibles con el modo más regular de pagar el trabajo.
Los más próximos al valor central (don Bartolomé de Quintanilla, 600 / 49 = 12,24; don Juan de Romera, 242 / 20 = 12,1) consiguen el resultado por distinta causa: mientras el primero porque incrementa el número de pegujales hasta el máximo, el segundo, gracias al tamaño no excedido de su labor. Los que se distancian algo por abajo (don José de Briones, 438 / 41 = 10,68; don Ignacio Laso, 480 / 47 = 10,21) alcanzan su particular equilibrio llevando cerca del límite superior el número de los pegujales que se cedían para remunerar el trabajo y jerarquizándolos con rigor, aunque su número es compatible con lo que parece el estilo más generoso.
Ninguno de los comportamientos se atiene a una correlación definida entre tamaño de la labor y superficie reservada a pegujales. No hay que excluir que se trate de distintos patrones de considerar la cantidad de trabajo demandada por cada labor. En los casos que hemos clasificado como generosos, el número de pegujales, de distribución regular, es compatible con el pago del trabajo en labores no exageradamente grandes. De ser correcto este supuesto, los del tipo apurarían las posibilidades del trabajo mientras que los cicateros las extremarían.
También entres quienes mantienen labores secundarias hay quienes crean pegujales con una parte de sus unidades de producción para pagar el trabajo que emplean. En su enunciado la fuente sigue el mismo procedimiento que en la descripción de los correspondientes a las labores dominantes, su enumeración ordenada de mayor a menor tamaño.
Ceden en total 46 pegujales que acumulan un total de 149,25 fanegas. Cuando descendemos en la escala de las labores, la correspondencia entre tamaño de la labor y cantidad de tierra segregada para pegujales se comporta de otro modo. Quien mayor cantidad de tierra segrega para pegujales (28 fanegas) es justo el responsable de la labor menor del grupo (100 fanegas), y al contrario la segunda labor de la secuencia según tamaño (144 fanegas) es la que menos tierra aparta para pegujales (13 fanegas). Además, los valores se desvían poco del valor medio de la superficie cedida (21,32 fanegas), lo que expresaría de manera aún más directa que la concesión de los pegujales se atiene a tarifas a las que recomienda atenerse el estilo propio de esta escala, definida por la relativamente corta distancia entre la labor más grande (152 fanegas) y la menor (100).
La parcela más grande que ceden es de 6 fanegas y la menor de 1, si bien la mayor parte tienen 4 (8 pegujales), 2 (11) y 3 fanegas (17). Parece que desde la remuneración del nivel superior se ha descendido un escalón: de las 7 fanegas de las labores dominantes a las 6 de las secundarias. Tendrá que relacionarse con la menor cantidad de trabajo que consume una labor de un tamaño inferior. En la alta frecuencia de los valores 3, 2 y 4 fanegas está inscrito que los responsables de estas labores aplicaron una tarifa propia para remunerar con tierra el trabajo.
Si el número de pegujales no guarda relación con el tamaño de las labores, dependería de la cantidad de personas con las que esta remuneración se haya comprometido. Quizás también con la predisposición de cada labrador a optar por esta posibilidad. Por cada unidad de superficie que se destina a pegujal se dedican a labor 6,04 (902 / 149,25), la mitad del valor correspondiente a las labores dominantes, lo que también evidencia la escala.
Los más generosos están por debajo de 5 (don Fernando Villar 100 / 28 = 3,57; Manuel Dana 130 / 29 = 4,48), que se mantienen fieles a la fórmula en cantidad y jerarquía de pegujales. De los intermedios, identificables por los índices comprendidos entre más de 5 y menos de 8, alguna labor está al límite de las grandes labores, pero las demás se ajustan a la regla, si bien alguna relación entre tamaño de la labor (125 fanegas, discreto) y número de pegujales (6, alto) puede descubrir una mayor demanda o una mayor prestación de trabajo en la labor que se remunera con tierra.
La menos desprendida (doña María Priego 144 / 13 = 11,08), en este caso está muy separada de los demás, por encima de 10. No obstante, si se tienen en cuenta las tres mujeres que actúan como labradoras secundarias, se puede pensar que pagan el trabajo en su labor con la disciplina que merece la preservación del estilo de cortijos. Son ortodoxas hasta en la escala que relaciona labor con pegujales remuneradores. La invariante femenina incluso se revela como ponderación. Deciden unos tamaños de los pegujales que parecen muy ajustados.
De los seis pegujales que cede una de ellas, doña Isabel Villar, uno, de 4 fanegas, está registrado con la advertencia de que está en lo de Colmillo. Colmillo es Juan Rodríguez, quien tiene más de un cortijo, bastante labor y muchos pegujales cedidos por razón distinta al pago del trabajo regular. Es posible que Colmillo accediera a que uno de los trabajadores para doña Isabel Villar tuviera su pegujal en lo suyo porque sus explotaciones fueran contiguas. Doña Isabel, de ser así, evitaría restar espacio a su labor (120, la penúltima del grupo por tamaño), y Colmillo, experto cedente de pegujales, en cuyas manos estaba un complejo de tierras importante, encontraría la manera de llegar a un acuerdo con doña Isabel, a quien le tocaría cargar con el costo del pegujal, cualquiera que fuera la forma de conceptuarlo.
Entre las labores autónomas igualmente las había que separaban en pequeñas parcelas una parte de sus unidades de producción para utilizarlas como medio de pago del trabajo. Cuando la superficie destinada a labor es la menor, la cesión de pegujales por trabajo se comporta de manera más errática. Justo por razón de tamaño, el tipo tiende a abrirse y dispersarse, en la misma medida que parece que nos vamos distanciando del estilo patricio.
No se descubre causalidad entre tamaño de la labor y número de pegujales cedidos. Basta recorrer el tamaño de las labores de quienes ceden 6 pegujales, el valor más reiterado, que va desde la labor mayor (76: 36 + 40) hasta una que tiene la mitad de tamaño (30) para comprobarlo. Pero la correlación entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin es bastante directa mientras el tamaño de las parcelas cedidas es el común. Los labradores autónomos ceden 113 pegujales que suman 403,5 fanegas, y el tamaño de los pegujales que ceden está comprendido entre 16 fanegas y 1.
Parece que la remuneración regular del trabajo esté en las que tienen entre 4 y 3 fanegas, que son 54 parcelas, y que tampoco quedaría muy lejos del tamaño más común, que es 2, del que se ceden 36 parcelas. Los valores 5 y 6 se referirían a remuneraciones que sin dejar de atenerse al comportamiento reglado serían algo más generosas, y el 1 es marginal.
Mientras se cumple la relación directa entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin, podemos reconocerla como la vigencia de una fórmula remuneradora común. La cesión de dos o tres pegujales parece el patrón para el pago del trabajo remunerado imprescindible cuando alcanzamos la escala de las labores autónomas. Pero los valores más altos (de 16 a 8 fanegas), que son solo cinco, ponen sobre la pista de otra posibilidad. Aunque sean compatibles con la remuneración del trabajo, como su tamaño se separa ostensiblemente del que tiene el resto de los pegujales de una misma labor parecen consecuencia del injerto circunstancial de otras modalidades de cesión de los pegujales.
La relación entre el tamaño de la labor y la superficie cedida en pegujales es 2,65 fanegas de labor por cada una de las cedidas en pegujal (1.069,5 / 403,5), lo que expresa bien que las posibilidades de ceder pegujales está de antemano modificada por el tamaño de las unidades de producción disponibles para desarrollar de manera satisfactoria una labor. Lo paradójico es que si los hay extremadamente tacaños (Francisco Morales 56: 32 + 24 / 6 = 9,33; don Sebastián del Villar 50 / 5,5 = 9,09) o muy tacaños (Juana Pérez 38 / 6 = 6,33; doña María Parrilla 72 / 14 = 5,14) es probable que sea porque se atienen al comportamiento regular, que ceden parcelas solo a cambio de trabajo. Los que ceden en paridad, o incluso por debajo de ella, que son la mayoría, es más probable que sean los que no excluyen ceder por razones distintas al trabajo.
Entre ellos, hay casos de una disciplina en exceso rigurosa: mitad de la tierra para la labor propia y la otra mitad para pegujales. Tan equitativo reparto de la tierra autoriza a pensar que la decisión obligaría a una estimación anormalmente precisa de la cantidad de trabajo necesaria. Pero no se opondría al comportamiento ortodoxo.
Con uno de los pegujales de José Álvarez Miserias ocurre algo similar a lo que hemos visto en el caso de doña Isabel Villar. De los seis que cede, uno está en lo del Campero. Aunque esto pudo dar origen a una relación peculiar entre labradores, tampoco modificaría la finalidad remuneradora del pegujal.
Otros casos, que simultanean un número relativamente alto de pegujales (cinco jerarquizados) con una labor corta (40 fanegas), se podrían explicar como cesiones por trabajo, a pesar del tamaño de su labor, si se toma en consideración que el demandado para la labor pudiera realizarse como tiempo y como prestación.
Del cortijo de Sebastián el Miñano (labor 50 fanegas, parcelas regulares), que podría estar relacionado con el cortijo de la Miñana (ver después), se podría pensar que los pegujales podrían estar cedidos a cambio de trabajo en la labor que podía alternar con el trabajo en el pegujal.
A veces el pegujal mayor (16 fanegas, muy por encima de los demás) puede parecer una ampliación de la labor propia, si fuera concertada con un socio parcial; o que se trabaja a cambio de actividad según el modelo anterior, mientras el resto son pegujales comunes remuneradores de trabajo.
Hay situaciones –labor de 56 fanegas, 3 pegujales de 2 fanegas cada uno– que permiten sospechar relaciones biunívocas, intercambio de trabajo entre la labor y los pegujales. Los pegujales se recibirían a cambio de trabajo en la labor, y la labor, a su vez, puede prestar algunos servicios en los pegujales. En una situación semejante (labor de 38 fanegas, dos pegujales de 3 fanegas cada uno), dentro de la modalidad en las dimensiones más modestas, pudo ser el factor femenino, tal como corresponde al caso, el refractor o mediador favorable al intercambio mutuo. Algo parecido se podría decir de las islas de Azanaque (labor 24; pegujales [2], 4/4), que están en un sitio muy peculiar.
Aunque de una labor de 30 fanegas con 6 pegujales, de 10, 4, 3, 6, 4 y 6 fanegas, se puede pensar, a causa del tamaño de la labor, bajo, y el de los pegujales, algunos altos, que se trata de remuneración del trabajo (siempre que se acepte que la prestación de trabajo consistiera en compartir el tiempo laboral de quienes reciben el pegujal entre su parcela y la labor), se recae en la sospecha de cesión de otro tipo por ruptura de la jerarquía. En la sospecha de asociación de labores con pegujales cedidos por causa distinta al trabajo se puede persistir solo por el enunciado de las parcelas, a un tiempo de dimensiones parecidas y no jerarquizadas (labor 36; 6 pegujales de 3/2/3/3/4/3). Y hay casos sobre los que definitivamente se puede pensar que quizás incluyan alguna cesión de otra clase solo por cómo se enuncian los pegujales, que no se atienen a jerarquía.
La tendencia a la hibridación permitiría clasificar algunos de estos casos en otras modalidades de cesión. Si finalmente hemos decidido mantenerlos en este lugar ha sido porque en casi todos parece prevalente la cesión por trabajo. El espectro de labradores autónomos según su propensión a ceder tierra para pegujales es de todas maneras más abierto. Marcar las distancias debió quedar en manos de las posibilidades de simultanear las cesiones de parcelas por trabajo con las aconsejadas por otras relaciones.
Todos los pegujales
Publicado: junio 6, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Mi amo o mi señor me da dos o tres fanegas de pegujal. Estas expresiones, y otras semejantes, salvo variaciones de cantidad, son frecuentes en la documentación administrativa de pleno siglo XVIII.
Según esta manera de enunciarlo, pegujal es una gracia que hace un amo o un señor. Referirse al concedente como amo parece un anacronismo. Es verdad que a fines de la época moderna aún había esclavos, y por tanto amos. Pero no parece que pueda aplicarse a la relación con labradores, los acaparadores del espacio productivo de cereales, quienes partían de las mejores condiciones para proporcionar los pegujales. Aun así, la voz sobrevive para referirse al dador de aquel bien. Contando con que es el tomador quien se refiere a la otra parte recurriendo a la palabra amo, parece el resultado de una actitud, decidida a representar hasta ese punto la sumisión que facilite el bien deseado.
La palabra señor referida a quien daba el pegujal no podía tener el sentido de hombre que había recibido del rey poderes instituidos, que a su vez le valían imposiciones tan onerosas como la administración de justicia, la capacidad para legislar o la percepción de rentas, aunque limitadas a un área o dominio. Este señorío integral, en pleno siglo XVIII, desde luego no tiene nada de anacrónico, ni siquiera de superviviente de un pasado glorioso. Al contrario, se mantiene pleno de fuerza y vitalidad.
Pero no todos los labradores son señores instituidos, mi mucho menos. Puede haberlos, pero son insignificantes como agentes directos. Para la economía, la condición de labrador ha sobrepasado a la de señor y ha modernizado el circuito de la renta agraria, gracias a su interposición entre el dueño de la tierra y quien la trabaja. Ha sido el responsable de la expansión de las relaciones a las que daba origen la primera de las agriculturas. Para toda clase de señores instituidos, totales o parciales, civiles o eclesiásticos, el labrador deduce del producto de su labor las rentas que por su medio ingresan, mientras el trabajo ajeno que contribuye a la creación del producto, al otro lado, recibe de sus manos las acordadas.
Si hay quienes afirman que de un señor reciben un pegujal lo harían porque mantienen viva la noción de señorío de hecho, que nada tiene que ver ni con la institución de un poder ni con la propiedad de la tierra. El señor que puede dar un pegujal es quien ocupa el lugar más alto en la jerarquía de los que acaparan el espacio útil, cualquiera que sea la forma en que lo posean al presente. Ese es su dominio efectivo. En sus manos están los cortijos, concentración del espacio en la que sobrevive la totalidad de la vida agropecuaria que antes pudo existir como espacio dominical. Tal como lo concibe el tomador del pegujal, el señor con el que se relaciona tiene que ser el poseedor de un bien de cuyo disfrute puede participar.
La fanega a la que normalmente se hace referencia es la medida de superficie, y no la de capacidad. Pegujal, desde este punto de vista, tiene que ser por tanto, además, una cantidad de tierra, siempre pequeña, un rasgo de su identidad que, dada la condición previa, termina por darle pleno sentido a la relación con el amo o señor. Quien lo recibe de cualquiera de estos es un pigmeo que convive con un gigante.
El perceptor de la gracia, también en la documentación del momento, prefiere identificarse como trabajador del campo, una condición que transita, temporada a temporada, entre la actividad en aquella concesión y el trabajo esporádico o parcial para la de otro. Para homologarlo, y evitar voces que han deteriorado su contenido con el paso del tiempo, tal vez lo más correcto sea llamarlo campesino si nos decidimos por la denominación más neutra, porque, recibido el pegujal, a continuación lo explota con una sementera para beneficio propio, una salida para el aprovechamiento de la tierra que parece inevitable.
Tal es la relación que se deduce de aquel enunciado tan descriptivo y tan habitual. En 1771, en el término que describe tan detalladamente el apeo de sementeras de aquel año, esta parte subordinada o subsidiaria del orden de la actividad agropecuaria se materializa en 1.485 explotaciones de cereal, que acumulan 6.971 unidades de superficie, localizadas en 184 áreas de 172 espacios rurales.
La frecuencia del fenómeno según tamaño deja poco margen a los matices. Si sumamos las explotaciones cuya entidad está comprendida entre la media fanega, dimensión mínima de este orden inferior, y las cuatro, superamos la mitad del hecho, y si a estas añadimos las que llegan hasta cinco fanegas y media, alcanzamos los tres cuartos. Las explotaciones que se constituyen sobre parcelas de tres unidades de superficie son las más frecuentes (379), a las que siguen, aunque a distancia, las que ocupan dos (294) y cuatro (258). Solo ellas son casi la mitad. Con mucha diferencia, se ceden en cantidades enteras (tres, dos, cuatro) antes que en cualquiera de las fraccionarias intermedias (dos y media o dos y tres cuartos), que nunca llegan a sumar porciones por debajo del cuarto de fanega.
Si tenemos en cuenta las que tienen ente seis y trece, todavía podemos segregar una significativa quinta parte, con lo que prácticamente se agota el hecho. Acumuladas a las menores, sobrepasamos el 95 % de estas explotaciones mínimas. De todo lo demás, que es cuantitativamente intrascendente, solo tiene algún significado lo excesivo. Se consigna un pegujal de hasta 48 fanegas, y otro de 36. En parte cualquiera de ellos puede ser consecuencia de que el objeto de la cesión puede estar disperso por más de una parcela, lo que permite una posición relativamente aventajada. Pero cualquiera de los que tienen más de 15 fanegas representa menos de centésima parte de los casos, y menos de la ducentésima a partir de las 20.
La curva que entre coordenadas representara todos los valores, tal como si fuera un hecho continuo, tendría un sorprendente parecido con la que representa la fecundidad natural. Desde valores muy bajos, inmediatamente alcanza los máximos y a partir de ellos va descendiendo lenta pero inexorablemente hasta extinguirse.
Sin salir de tan claros límites cuantitativos, el fenómeno de los pegujales no se resigna a la simplificación. Las posibles causas que los localicen, que se entrecruzan, en el espacio lo representan múltiple y diverso. Los de quienes viven en la población central del término, que son 1.465 (98,6 % de los registrados), ocupan 6.725 unidades de la superficie dedicada a estas explotaciones, también más de las nueve décimas partes del total de la superficie a la que se le da este destino (96,5). Están dispersos por 168 áreas de 156 espacios.
Cuando los acogían cortijos, el centro del orden del espacio cultivado, los integraban con grados decrecientes de dependencia y localización. De los subordinadas a labores de todos los tamaños los había exclusivamente cedidos para a cambio recibir el trabajo más cualificado que necesitaban. El trabajo sería la prestación a cambio de la cual se recibía el pegujal. Otras labores, tanto grandes como medias, diversificaban sus relaciones en este frente. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado. Y también había labores de todos los tamaños cuyos pegujales huéspedes se activaban exclusivamente acogidos a esta segunda posibilidad.
Por tanto, no había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estaba reservada a labor.
Dado que como consecuencia solo una parte de los trabajadores del campo conseguiría consumar este vínculo, siempre se generaría un excedente de los dispuestos a prestaciones a cambio de tierra, por lo que el fenómeno pegujal se desbordaba en el espacio. Los más atentos a captar este exceso tomaban una unidad de producción del tipo cortijo y ofertaban toda su superficie hábil como pegujales autónomos, a cambio de los servicios o prestaciones que en caso se acordaran. Era un estado de transición tanto desde el punto de vista de las cesiones como desde el punto de vista del uso de la unidad de producción, que podía estar sostenida, en algunos casos, por la tenencia directa, que en ocasiones permitía al cedente de los pegujales reservarse una explotación similar a las cedidas para crear la propia. Aunque sostuviera su explotación con sus propios medios, eso no excluiría la prestación de los huéspedes del espacio del que por aquel procedimiento se había constituido como señor o amo.
Pero tampoco esto colmaba las aspiraciones de quienes en una población central habían decidido tener durante un año su propia explotación de cereales, por más modesta que fuera. Los pegujales que no se podían acoger a labores o a grandes unidades de producción eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos. A estos la documentación suele llamarlos pegujales sueltos, condición en la que las posibilidades de la tenencia directa serían las mayores. Cuando se consumaran, se les aplicaría la denominación pegujal por extensión, si bien la clasificación como pegujal suelto ganaría sentido, a pesar de ser aparentemente paradójica. Suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era quien la ponía en explotación. Aunque, si aun así, se las incluía en la clase de pegujal habrá que admitir que quienes constituyeran estos pegujales no se quedarían al margen de la prestación de servicios a otros, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formalizado, sino solo como oferta a partir de la cual quien estuviera interesado en la prestación podría acceder a ella.
Los pegujales sueltos se agrupan en manchas discontinuas de áreas con tierras secundarias ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Cuando se impone el otro aprovechamiento, son huéspedes sobre todo de olivares, el primer cultivo alternativo al cereal. También pueden serlo de la viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. La promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro cultivo estable, que aprovecharía el espacio intercalar, la facilitaría la posesión de las tierras con aquellas dedicaciones, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales. En las huertas, que eran un cultivo consolidado y estable, debieron ser un fenómeno común en la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas.
Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían tanto el camino del defecto como del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. Además, el horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.
Para el municipio las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Si era el factor distancia el que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales, o por las que trazaba el desplazamiento humano. De estas, eran preferidas las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraer pegujales su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. Podemos sospechar que algo así ocurre no solo cuando se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle su lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
En los términos muy extensos, las tierras periféricas son las que están más allá del límite racional del movimiento. Son menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las pueden acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con el movimiento. El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.
En segundo lugar, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas. Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor.
Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. De ser así, cualquiera de los identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes.
El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.
Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias, puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia, además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.
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