Anales egipcios

Redacción

Un momento singular de la formación de este tipo de relato es el de los anales egipcios, muestra al tiempo probablemente la más remota que de él pueda ser observada. El que por ahora puede ser aceptado como documento tipo de esta primera literatura suele aparecer escrito sobre una tablilla rectangular, bien de madera o bien de marfil. El texto que sobre este soporte queda escrito se juzga que estaría destinado a ser archivado precisamente por la resistencia a los efectos del paso del tiempo de los materiales elegidos para escribir sobre ellos.

     Uno de los ejemplares más valiosos de estos esquemáticos proyectos de relato, tanto por sus características materiales como por la representatividad de su contenido, es una tablilla de marfil que fue descubierta en Naqadah. Su protagonista es Aha, apellidado El Combatiente en otros textos que a él se refieren, para unos el unificador de Egipto, y por tanto identificable con el que una parte de las fuentes llaman Menes, para otros el hijo de este. Aunque a consecuencia del primitivo estado de la lengua escrita en el momento en que fue grabada, casi coincidente con el momento en que la escritura empezó a ser utilizada, su lectura aún debe considerarse hipotética y muy inestable, se puede afirmar que esta tablilla dice aproximadamente  lo siguiente:

     Aparición del Horus Aha. Abrir la tierra del canal serpenteante por el Horus Aha. Viaje del halcón en la barca. Fundación del santuario de las dos coronas: permanecen las dos señoras, por el Horus Aha. Ofrenda festiva en la entrega de los impuestos del alto Egipto y los suministros del bajo Egipto.

     La manera de expresarse que el autor de este texto prefirió fue la más lacónica, incluso excesivamente escueta, podría decirse, es más consecuencia de un prudente proceder del traductor que algo que esté en el original. La escritura de la lengua en aquel primitivo momento carecía de preocupaciones organizativas, más aún de medios que las expresaran, tales como los elementos que ahora nos sirven para ejecutar eso que en conjunto llamamos sintaxis. Nada seguro se sabe sobre si estas propiedades ya las había adquirido la lengua que por el medio jeroglífico era escrita, aunque es probable que sí. El problema era pues de estado primitivo de la escritura, y no de la lengua, y en aquel principio, habiendo sido elegido el medio jeroglífico para fijar la expresión, las declaraciones eran más genéricas que precisas, y desde luego en absoluto preocupadas por representar nexos o signos de puntuación. Así que la decisión tomada por el traductor, que ha consistido en hacer afirmaciones y yuxtaponerlas, puede apreciarse como correcta manera de evocar o reproducir lo que el lector del original podía interpretar.

     El texto refiere casi sin más aspiración que la del registro, sin explicar o justificar, hechos que por alguna razón no declarada debieron considerarse dignos de ser asociados al nombre del rey, para que así de ellos quedara archivada su memoria. Sin embargo, eso no le impide hacer incursiones literarias, o si se prefiere: aun en aquel elemental estado de la escritura no fue posible eludir la propiedad literaria que la lengua tiene por naturaleza. Pero tampoco sería del todo correcto hablar así, otra vez arrastrados a juzgar apresuradamente desde el estado en el que encontramos y utilizamos las lenguas que nos son familiares. La derivación literaria no era una vertiente inevitable de la escritura, sino una propiedad hallada y luego explotada con ingenio por los aristocráticos y escolásticos escribas egipcios, sin duda también los primeros escritores en el sentido más restringido. Como para representar idénticos sonidos, los de la lengua hablada, eran elegibles distintos símbolos, la idea sugerida por la forma representada pudo ser transferida al objeto que contenía aquellos sonidos. Las propiedades de aquel abierto recurso eran enormes y las posibilidades de explotación infinitas. Pero en general podemos decir que puso la lengua escrita sobre la senda del más fecundo de los recursos literarios, el de la metáfora. Podía haber una manera directa u ortográfica de escribir, pero hubiera dado origen a un extensísimo universo de signos, indominable por quienes tuvieran que escribir. Como la posibilidad de la heterográfica estaba abierta por la condición originalmente simbólica del sistema de escritura adoptado, fue la que se extendió probablemente por razones prácticas, y fue esta elección la que abrió la puerta a la posibilidad literaria, cuya eficacia quedaría a discreción de cada autor de texto.

     Esta posibilidad debe crear serias dudas a los traductores, que corren el peligro de en ocasiones precipitarse hacia la expresión derivada y en otras detenerse por exceso de prudencia en la inmediata. Aun así, el error de conjunto es poco probable porque finalmente un texto erráticamente interpretado carecería de sentido. Determinadas opciones metafóricas debieron quedar pronto cerradas, a modo de frases hechas, y ser desde entonces patrimonio común de los primeros escritores. Probablemente esto ocurrió antes, y de manera interesada, con las palabras de valor teológico.

     A este dominio corresponde el caso más claro de esta consecuencia de la escritura que el texto de Naqadah contiene. Horus es halcón, de modo que Viaje del halcón puede ser interpretado como Viaje del rey, porque previamente Aha, el rey, ha sido en dos ocasiones llamado por otro nombre Horus. Pero Horus es el nombre de un dios. En realidad, si los reyes de sobrenombran al principio Horus (con el tiempo su intitulación irá acumulando más nombres de dioses) es con la explícita intención, como nuestro texto demuestra, de presentarse como idéntico al dios. Lo que ya no está tan claro es por qué la palabra halcón fue inmediatamente utilizada para denominar al dios que debía servir para identificar en origen la monarquía. Hay antiguas teorías a este respecto, ahora seriamente discutidas y ya casi en desuso, pero aún no convincentemente sustituidas. Una de las posibilidades que podían manejarse es, por ejemplo, la poderosa propiedad alegórica del halcón, lo que nos invitaría a suponer hábitos literarios en la lengua hablada, aquélla que la escritura quiere retratar, lo que en absoluto parece despreciable. Pero lo que nuestro texto, en cualquier caso, enseña, si la traducción es inapelable, es que una misma secuencia de sonidos es ambigua, y que esto permite introducir propiedades literaria en el texto con interesantes consecuencias de contenido.

     Para juzgar sobre su alcance, conviene aún aclarar otros extremos del lacónico enunciado. Las acciones del rey que el registro celebra son las civilizadoras y justificativas de la monarquía, no una serie de hechos indiferente. La apertura o desobstrucción del canal, fuese un acto litúrgico que el rey ejecutaba, o sea una alegoría del texto, puede asociarse al origen del poder monárquico en Egipto. Su necesidad parece que en su versión más remota pudo estar justificada por la capacidad de controlar la naturaleza que cierta persona demostraba ante sus semejantes de manera convincente. El santuario de las dos coronas, en el que la presencia de las dos señoras es respetada, es simultáneamente referencia a los símbolos del poder unificado y a la fiesta sed. Las dos señoras eran las dos divinidades que personificaban alto y bajo Egipto, las dos regiones en las que administrativamente estuvo dividido el valle del Nilo para facilitar la acción de gobierno de aquella monarquía. En la fiesta sed, rito destinado a renovar los poderes del faraón, aquel santuario pudo estar presente desde el principio, aunque la arqueología por ahora solo lo ha documentado para momentos algo posteriores. La afirmación de este texto podría ser una referencia a que una parte de la fiesta, en su versión más antigua, pudo ser el rito de la fundación de un santuario por el rey. Finalmente, al principio un momento de aquella fiesta también pudo ser que representantes de las dos partes de la monarquía, como reconocimiento al poder unificado, y por corresponder a los beneficios de él obtenidos, entregaran, simbólicamente al menos, sus rentas.

     Si, para concluir, recapitulamos, debemos retener que el texto deja constancia de aquellos acontecimientos que certifican los atributos exclusivos del rey, probablemente con el mismo sentido ritual que los hechos registrados tuvieron: abrir o desobstruir el canal, recorrer el Nilo, fundar el santuario de las dos señoras y entregar las rentas. Si lo consideramos un relato, la unidad que hay que suponer a este tipo de composiciones podría proporcionárnosla la fiesta sed misma. En su transcurso, el rey, por el orden expuesto, sería el protagonista de tal serie de actos litúrgicos.

     Por esta razón se ha concluido que los primitivos anales egipcios fueron un medio literario al servicio de la formación de la monarquía unificada. La memoria escrita de aquella clase de hechos fue una contribución necesaria a la solidez de la nueva institución, en una época en la que la escritura jeroglífica todavía estaba formándose y el uso de la escritura, hasta donde ha podido ser conocido, sería limitado y escueto.


Alfonso X

Redacción

Este rey de Castilla y León, que había nacido en Toledo en 1221, estuvo en posesión de la corona entre 1252 y el año de su muerte, ocurrida en 1284. Durante ese tiempo, aparte un ambicioso plan de gobierno, promovió una innovadora política cultural. El proyecto que probablemente resultó decisivo para sus actuaciones en este campo fue el que ha terminado siendo conocido como escuela de traductores de Toledo. Ya estaba activa en esta ciudad en pleno siglo XII, por lo que un siglo después estaba a punto para ser el medio adecuado con el que ejecutar trabajos filológicos de gran complejidad. El objetivo de aquella institución fue verter clásicos árabes y griegos al latín, entonces la lengua franca del saber en Europa, para lo cual con frecuencia fue utilizada como mediadora la lengua castellana, entonces ya un habla en uso entre los habitantes de la península. Mientras unos vertían del griego o del árabe al castellano, otros luego trasladaban el texto romance al latín. Este trabajo proporcionó una cultura literaria al castellano en el siglo XIII, la misma que dio origen a las literaturas temáticas, el programa literario de nuestro rey, entre las que conocieron un desarrollo satisfactorio la astronómica, la geológica o la jurídica, pero entre las que también hay que contar la historiográfica. Gracias a ellas fue creado un lenguaje culto y especializado en castellano, rico en concepto y matices.

     Autor de poesía fundamentalmente en gallego, la iniciativa literaria de Alfonso X es sin duda fruto de su personal dedicación al estudio, incluso durante años enteros a decir de algunos de sus biógrafos, durante los cuales, imitando el método que Plinio el Viejo declara, se aprovechaba de entrevistas con los mejores sabios de un tema para avanzar en su conocimiento. Su corte, centrada en Toledo, fue lugar de encuentro de gente de muy diversa formación y muy distante procedencia: poetas y trovadores, preceptores, sabios y maestros; provenzales y galaicoportugueses, italianos y franceses, árabes y judíos. Todos contribuyeron a la ambiciosa empresa de convertir la escritura castellana en el soporte de una literatura, propósito concebido por un rey siempre dispuesto a satisfacer grandes aspiraciones.

     La participación del rey en la redacción de las obras que invariablemente se atribuye no se puede delimitar con facilidad, y por tanto es un asunto en permanente discusión. Sin embargo, en el caso de sus obras de historia su responsabilidad ha sido averiguada y descrita hasta límites satisfactorios. Trabajaba el rey al frente de un equipo de especialistas de variada procedencia. A él correspondería la iniciativa literaria o decisión sobre el asunto sobre el que se debía trabajar, tras lo cual ordenaba la composición del texto a sus colaboradores, a los que proporcionaba un guión del relato que había de ser escrito. Cumplida esta tarea, el resultado era personalmente revisado por el rey, con el fin de evitar repeticiones y palabras inútiles, así como para conseguir un castellano de la mayor calidad posible, para lo que concentraba su interés en que el uso del lenguaje hubiera sido correcto. Todas estas modificaciones eran la única parte del trabajo que el rey escribía de su propia mano, mientras que del resto del ciclo de producción del texto no ejecutaba materialmente nada más, lo que en absoluto impedía que se atribuyera el resultado final como autor único. De esta manera tan política fue abierta la primera corriente castellana de la literatura histórica, ella misma una parte del nacimiento de las literaturas vernáculas.

     Los textos de historia que Alfonso X promovió fueron dos, una historia universal y otra de España. La universal fue titulada General estoria. Fue concebida con tanta ambición que el proyecto no llegó a completarse, habiendo sido no obstante mucho lo que de ella se alcanzó a escribir. Pretendía ser un relato de la existencia de la humanidad desde la creación del mundo hasta su reinado, pero solo pudo quedar escrito hasta poco antes del nacimiento de Cristo.

     Su idea de la historia universal se inspira en Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, aunque para presentarla recurre a un nuevo tipo historiográfico, la crónica. En el momento en que fue redactada, crónica, aparte su sentido inmediato, había llegado a tener un doble significado, uno que podríamos considerar derivado de una antigua idea sobre la función del relato histórico y otro relacionado con la organización contemporánea de las coronas. Según el primero, crónica es una relación de acontecimientos en los que ha participado el autor, pero según el otro era el texto que debía ser elaborado como síntesis de los documentos que refrendan la acción de los estados de mayor tamaño que por entonces están apareciendo en Europa o se están consolidando. Pero, como consecuencia del método impuesto por la autoridad de Eusebio de Cesarea, la cronografía universal, muy apreciada durante la edad media, fue la materia que se impuso en la redacción de la General estoria. Utilizando la sucesión del tiempo como el elemento naturalmente organizador del relato, combina los datos de la Biblia con los proporcionados por algunos mitógrafos y por los historiadores clásicos que son conocidos por quienes trabajan en su redacción. Así la obra resultó una crónica universal en el sentido más directo.

     La narración mezcla historia sagrada con una mitología muy especializada, y autores latinos con la adaptación de la escritura de los Testamentos, lo que todavía es compatible con que aparezcan intercalados excursos eruditos o versiones al castellano de las primeras romans francesas. Los cambios de tono y de estilo de todas estas fuentes no siempre fueron borrados con éxito, y el resultado está lejos de cumplir el requisito de veracidad que debe ser exigido al texto historiográfico. Resulta así un relato más valioso como lectura de entretenimiento que como documento, y en cuyo origen sin duda prevaleció la inspiración y el deseo de contar historias. La narración es variada y de interés creciente, fluida y hasta emocionante, pero muy cercana a la novela.

     La Estoria de España también es conocida con los títulos Crónica general, Primera crónica general y Crónica general de España. Acometió su redacción el rey al poco de su coronación, y en 1270 estaba ya muy adelantada. Comienza con una historia de los antiguos pueblos de España y otra de Roma, y continúa con los acontecimientos relacionados con la monarquía goda y la invasión islámica. La segunda parte está referida al reinado de los monarcas que se fueron sucediendo en la corona de Castilla, aunque dedica algunos capítulos a los reinos de Aragón, Navarra y Portugal. El texto termina con la muerte de Fernando III.

     Se alimenta el relato con obras históricas latinas de calidad desigual aunque entonces muy reconocidas, más una historia hispánica también escrita en latín, la de don Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, un trabajo terminado en 1243. Nada de esto impidió sin embargo que para documentar ciertos pasos de la manera que se juzgaba más autorizada, en la primera parte los colaboradores del rey recurrieran a literatura latina de creación, y sin más vertieran versos originalmente escritos en aquella lengua a la prosa castellana. Con la misma facilidad con que traducían los versos latinos a la prosa escrita con la lengua nueva, para completar el relato de la historia medieval los recopiladores con mucha frecuencia y bastante extensión prosificaron cantares de gesta castellanos. Pero así como la primera parte de la historia no resulta muy dañada por la transferencia de una clase de literatura a la otra, la segunda parte está llena de relatos legendarios o poéticos en los que lo fabuloso se impone sobre la preocupación por restaurar hechos ocurridos. Aun así, la Estoria no carece de virtudes, entre las que le es más reconocida su enorme capacidad de economizar lenguaje con el objetivo de hacerla asequible y precisa.

     Pronto la Primera crónica general se convirtió en un libro canónico tomado como referencia que constantemente se reelaboraba con el fin de actualizarlo. La consecuencia fue que con el paso del tiempo derivó a objeto manipulado en exceso. Autores posteriores alteraron mucho su contenido original, y sufrió una cantidad tal de adiciones que hasta mediados del siglo XVI de la intervención del primer texto resultaron una Segunda, una Tercera y hasta una Cuarta crónica general, más el producto derivado que se conoce con el nombre de Crónica de veinte reyes.


Singular señor Odescalchi

Marino Allende

A la mesa de Dante Émerson llegaba toda clase de correspondencia, solo una parte a través del correo. Las cartas que le llevaba el cartero eran la parte que le parecía menos valiosa. Quienes se sujetaban a esta fórmula siempre escribían bajo el peso de la conciencia del texto epistolar. Poco se podía esperar de tanto rigor, de la certeza de que las palabras escritas serían indelebles e irreversibles y hasta publicables por el correspondiente, una vez pasado el trámite de la defunción, que no solo sacraliza las palabras, sino que las cotiza mejor en los mercados a donde los parásitos acuden en busca del sustento. Prefería la nota apresurada, el borrador, la comunicación que de él solo esperaba una cita para discutir ideas inmaduras y dudas delante de una taza de café. Las del señor Odescalchi las coleccionó aparte y, gracias a su diligencia, se han conservado.

     Pensaba Odescalchi que no hay nada tan esclarecedor como escribir historias. Pero ¿qué historias escribir?, le preguntaba. Creía que las más eficaces son las que investigan la estupidez. Basta tomar como fuente el comportamiento espontáneo, al alcance de quien se detiene a observar el cotidiano de sus semejantes. Así se descubre la enajenación.

     Le aseguraba que la fuente imprescindible era la imaginación, y que no había nada como los sueños para proporcionársela en el grado más alto. Los sueños son la construcción literaria íntima. Por eso parecen perfectos. Los sueños no ocultan secretos. Los sueños convierten en algo con el sentido que tiene la asociación espontánea de las ideas lo que es observado de manera dispersa en el mundo que se sufre durante la vigilia.

     ¿Desde qué punto de vista escribir?, le proponía. El relativo, se respondía. Bastaría recurrir como método a la sinceridad, llamada confesión cuando se convierte en género. (¿Me habrá confundido otra vez la apariencia?, reflexionaba en un intervalo. Juzgo ahora que el método, más que la sinceridad, es convertir el relato en un objeto, lo que permite a quien se confiesa aparentar la sinceridad con la misma exactitud que si la confesión fuera cierta, sin que sea inexcusable ser literalmente fiel a la expresión del pensamiento. Es una bendita opción que se explota en silencio.) El secreto para alcanzar la mejor escritura está en desprenderse del texto propio, sostenía, a base de sucesivas lecturas y correcciones, hasta convertirlo en objeto independiente.

     El narrador, según él, nunca debía mezclarse en el relato. Jamás debía hablar de sí mismo o en primera persona. De esta manera tomaría la mayor distancia del hecho narrado, y salvaría el principio más poderoso –el del narrador que todo lo sabe– sin incurrir en él. Qué tiempo más perdido el del narrador que todo lo sabe. ¿Y el del narrador ecuánime, capaz de actuar como un juez? Entonces,  ¿qué narradores? Los desequilibrados. El relato no puede emanciparse del desequilibrio, como nunca dejará de desesperar la espera, la vejación de alimentar el deseo de venganza, la traición de los sentimientos, el odio.

     ¿Con qué técnica? Sin ninguna duda, la historiográfica. Ninguna tiene tanta experiencia como ella, ni es tan inmediata. ¿Y qué prosa? No cabe duda. La sublime. ¿Puede haber alguna mejor? Como técnica, bastaría servirse de la sintaxis y encontrar el lugar más allá de la paradoja: la sintaxis para manipular la presentación de la ideas en su favor y sobrepasar la paradoja para buscarlas. El mejor procedimiento narrativo consistiría en no permitir que quede por escribir cualquiera de las ideas que haya sugerido otra anterior. Todo el milagro del texto lo oculta la alusión, que sin dirigir la lectura espera y satisface la inteligencia del lector.

     ¿Y la moral? ¡Ah, la moral! Nadie podrá invocar jamás un fundamento del discurso tan exigente. El adjetivo cínico no está fijado con precisión, o al menos no ha alcanzado el desarrollo que merece. Se ha quedado pequeño. Dice el diccionario que cinismo es desvergüenza en el mentir, placer insuperable que está en el origen del relato. Pero la savia que da fuerza al cinismo está en la otra proposición que hace. Cinismo también sería sostener ideas vituperables y actuar en consecuencia. Alcanzar la meta de la moral equivale a entrar en el dominio exclusivo de la voluntad. La responsabilidad que tiene la moral en el relato es excesiva. Solo es el marco dentro del que se pueden prever los juicios del lector. El autor que lo maneja con esta conciencia domina el efecto de sus cuadros. En el relato heroico la moral es canónica, los principios, ancestrales, los juicios, sólidos e inapelables. Quienes se muestran rigurosos en materia de moral deberían reconocer que solo la posibilidad de mentir justifica el esforzado acto de la escritura.

     Solo se debe escribir por placer. También en esto estaba equivocado. ¿No ves que escribir es consecuencia de haber sido invitado al banquete?, una celebración sobre la que nadie tiene responsabilidad alguna.

 


El relato y su sentido

Dante Émerson

La conciencia historiográfica es bastante asequible. El relato histórico es una experiencia común. Cualquiera tiene conciencia de su pasado y a sí mismo se lo cuenta. Con sus recuerdos cada cual crea para sí un relato de la parte de su existencia que ya ha transcurrido. Cuando esta conciencia se dirige a sucesos distintos a los de la vida propia, las posibilidades del relato crecen hasta dimensiones colosales, pero a la vez pueden convertirse en un objeto para cuya manipulación quien así actúe podrá sentirse más libre. Lo que en modo alguno podrá soslayarse será el punto de vista particular o personal desde el que los acontecimientos que sean son observados, porque la conciencia no puede existir sin quien la personifique. Por tanto se puede concluir que la historia alcanza la condición de relato en el instante en el que la conciencia adquiere noción de pasado, más aún si esa adquisición se extiende fuera del sujeto que la alcanza. Ganada esa condición discursiva, su existencia solo depende de la voluntad que los hombres puedan aplicar a ese fin, de que los hombres cuenten cosas que han ocurrido.

     Después de dos mil quinientos años de existencia del género, más tal vez otros tantos anteriores de ensayo y definición, sería ingenuo pensar que esta clase de relatos se emprenden sin propósito alguno. Desde luego cabe dentro de lo posible que así se haga una vez más, porque la tradición nunca es coactiva, y quizás el enunciado más ambicioso de este principio que pudiera hacerse sería el que defendiera que el relato histórico no debe estar inducido o inspirado por prejuicio alguno. Es más. Entre los clásicos hay quien teoriza a partir de esta premisa, y la lleva lo bastante lejos como para dar la impresión de que por esta vía no es necesario avanzar más. Su posición se podría presentar en términos algo paradójicos diciendo que siente aversión a teorizar con los argumentos del relato. Partiendo de la idea de que las cosas humanas son por naturaleza inestables, piensa que los hechos a los que el relato debe enfrentarse son por naturaleza accidentales. El relato histórico no debe enunciar leyes ni proponerse deducir causa general alguna, porque dada aquella condición es imposible prefigurar en modo alguno la regularidad de las cosas de los hombres, mucho menos, como algunos pretenden, predecir el futuro. Si del relato no pueden ser deducidas causas, reglas ni leyes, quien lo emprenda no podrá disponer de cuerpo teórico alguno que lo marque o induzca con determinados prejuicios, sino que podrá actuar con absoluta libertad de cronista. El relato puede por tanto tener como propósito único contar los hechos con exactitud.

     Este punto de vista está aconsejado más por el escepticismo que por demostración alguna, y es de todas maneras un modo de afrontar esta parte del problema historiográfico muy parcial. Desde la antigüedad ha sido mucho más frecuente relatar con la convicción de que en la acción humana puede ser observada cierta regularidad, o al menos que con este rigor puede ser presentada al lector muy satisfactoriamente. Es probable que esto sea un espejismo originado porque el medio en el que el género vive, el de la lengua escrita, confiere a todo lo que da forma la propiedad de lo racional. Pero, al margen de que este sea el origen de la propensión a normalizar la actuación de los hombres, no hay por qué dudar de que desde esta convicción se ha alimentado la parte teórica del trabajo historiográfico, y que ésta a su vez haya sido la que ha estimulado o inspirado la mayor parte de los textos del género. Así pues, para la mayoría de quienes escriben relatos históricos no es suficiente con el puro encadenamiento de los datos obtenidos sobre lo ocurrido antes. El relato permite deducir normas del comportamiento humano. Con ellas puede ser enunciada una teoría sobre este, y tal teoría a su vez orientaría o inspiraría nuevos relatos, que así serían guiados por ese fin al que se dirigen. El principio del que ahora tratamos podría enunciarse en este punto, bajo esta otra consideración previa, a partir de la sumisión al hecho real de la elaboración teórica a base de la observación del pasado. Puesto que semejante teoría existe o puede ser deducida del propio relato y esta impondrá unos límites racionales al desarrollo de la narración, más vale de antemano enunciar el fin o el objetivo que cada relato particular quiere alcanzar, y así trabajar en todo momento a favor de él. Porque por otra parte conviene despertar de un sueño que durante algún tiempo se ha pretendido realizado. La literatura no puede ocurrir con absoluta libertad. Se engañan quienes así piensan. Las palabras son ideas, y estas o gobiernan el texto o no llevan a lugar alguno.

     Los marcos de referencia que pueden ser elegidos para situar los propósitos teóricos personales son varios, y aún podrían inventarse muchos más. Tal vez el más clásico sea el que cree inevitable la dirección política del relato histórico, de donde deduce una fecunda definición del objetivo general que esta debe proponerse, la que en su grado más elaborado fue enunciada en los siguientes términos: la historia es un medio de adquirir el arte del buen gobierno. Es cierto que esta forma incluye en germen la idea de soberano único o príncipe. Como aquella fórmula de gobierno es finita, podría ser enunciada de manera más general afirmando que el relato enseña a tomar decisiones y proporciona reglas para actuar a quienes tienen responsabilidades de gobierno, o de forma aún más general diciendo que la historia puede ser una ciencia al servicio de la política. Saber cómo ocurrieron las cosas en el pasado es la mejor escuela para la acción pública.

     No pueden creerse homogéneas sin embargo todas las interpretaciones de estos sencillos axiomas, y hay a partir de ellos deducciones realmente ingeniosas. Entre estas hay que recordar especialmente a los que de entre los antiguos con particular sensibilidad entendían lo político como algo matizadamente distinto a la acción pública, y por tanto creían que el relato histórico cumplía sus fines si era encomio para los amigos y denuesto para los enemigos.

     También hay quien cree que el relato está justificado si sirve para enseñar cuáles son los comportamientos adecuados y cuáles los incorrectos, cuáles las actitudes nobles y cuáles las degeneradas. El relato tendría que ser un teatro en el que presentar la moral correcta.

     Pero la teoría más ambiciosa es la que sostiene que de lo que se trata es de alcanzar una explicación causal de los hechos o esclarecer sus factores. El relato debe estar dirigido a indagar las causas de los hechos que son observados. El lugar más distante al que esta idea se ha conducido es el de las leyes. Algunos han pretendido demostrar que entre los hechos siempre hay relación regular, y que tales reglas en todos los casos deben ser deducidas para explicar la sucesión de los hechos mediante demostraciones. En opinión de ciertos autores, enunciar leyes del comportamiento público de los hombres queda al alcance de la historiografía porque creen que la naturaleza humana es siempre la misma.

     No es desacertada esta manera de observar, si bien a este propósito habría que tener en cuenta otra corriente de opinión. Para algunos el principio dogmático del que debe partir el relato es que la existencia de la humanidad está caracterizada por un progreso acumulado constante, aunque ocurran accidentalmente retrocesos. El progreso sería una derivación de las actividades destinadas a garantizar la subsistencia.

     Esta manera de concebir el relato parece incompatible con la de quienes en algún momento han elaborado teorías sobre los ciclos que regularmente conoce cualquier sociedad. Habiendo sido observado por algunos que en los grupos humanos se van sucediendo los hechos hasta completar ciclos, y que retornados a determinada situación suceden los hechos otra vez de forma similar, es posible generalizar y por tanto enunciar leyes, bien solo para la sucesión de las instituciones públicas o bien sobre la constitución de la sociedad.

     Para hacer compatible la idea sobre el progreso con la idea de la constante regularidad y sus consecuentes ciclos tal vez se podría distinguir entre actividades encaminadas a la obtención de las subsistencias e instituciones o incluso constitución de la sociedad toda. Mientras que a la actividad más inmediata o elemental habría ido afectando el progreso, las más elaboradas formas de la vida civil estarían sometidas al inexorable retorno. Habría entonces que dilucidar si es que a este otro estadio de la actividad humana aún no habría alcanzado el bien del progreso que al orden de la vida material ya ha llegado. Pero este ejercicio sería muy artificioso. No parece muy admisible separar las condiciones en las que los hombres obtienen sus medios de supervivencia de su organización y de las instituciones políticas que de ellas derivan o a su servicio son puestas.

     La propiedad más útil que de la posible regularidad de la actuación de los hombres puede derivarse es que a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que pueda ocurrir en circunstancias cuyos factores hayan sido estudiados con este fin. Es necesario reconocer sin embargo que aún queda muy lejos siquiera un cuadro de circunstancias tipificadas. Pero hay quien con excelente juicio insiste en que el trabajo historiográfico debe permitir al menos elaborar un cuerpo doctrinal. La posibilidad de enunciar normas del comportamiento ha sido sometida a un sencillo principio de método. Para extraer lecciones de la historia será necesario antes recopilar analogías. Es necesario terminar en la historia comparada si se pretende llegar a la deducción de normas sobre la actuación de los hombres.

     Pero todavía debemos añadir algo sobre este problema, relacionado con afirmaciones precedentes. Son dos cosas distintas el comportamiento humano y las propiedades de la lengua. Del comportamiento humano no cabe esperar que siempre sea racional, y tal vez sea más acertado partir del principio de que lo único regular de que antemano de él se puede esperar, considerados los comportamientos de los grupos, es el comportamiento irracional. De la lengua, que es la materia con la que el relato es compuesto, su propiedad natural es la lógica. Por la correcta construcción del texto podrá ser presentada una cadena racional de hechos o comportamientos, cuando de la materia de la que se trata es la histórica. El relato histórico está condenado, porque es texto, a desembocar en una presentación racional o explicativa de los asuntos de que trata. Cosa distinta es que habiéndose propuesto el relato observar todos los comportamientos se obligue en todos los casos a presentarlos de manera racional. Entre los comportamientos dominan los que no son razonables, y con estos a lo máximo que se puede aspirar es a la descripción.

     Así pues, para resolver el problema teórico inicial, o premisa a partir de la cual organizar la materia para el relato, es conveniente plantear antes el objeto que se desea tratar. De ciertos hombres, en particular los admirables, cabe esperar un comportamiento racional, digno de ser conocido. Cuando se siguen las reglas de la explicación causal puede proporcionar un excelente producto escrito exponer su vida ateniéndose a las reglas del género biográfico. De todos los sucesos y comportamientos de la revolución francesa no cabe esperar una cadena razonable, y es tanto más probable la sinrazón cuanto mayor es la cantidad de personas que fueron protagonistas de los asuntos de que se trate. El relato de los hechos como una crónica puede ser el mejor producto escrito que de cuanto entonces sucediera puede ser elaborado.


La historia solo existe como texto

Dante Émerson

Sobre qué sea la historia los clásicos no están de acuerdo, hasta el punto que algunas maneras de concebir esta materia parecen incompatibles con otras. Reduciendo todas las posiciones a sus rasgos generales, se podría decir que todas parecen inspirarse en al menos una de dos premisas. Para unos la historia es una materia artificial que quienes la escriben van creando justo por el hecho de poner por escrito determinados sucesos. Por razones que ahora no es necesario considerar, ciertas personas deciden dedicarse a crear estos objetos. Para ellas la historia por su origen no sería distinta a una escultura o una máquina. Otros creen que la historia existe más allá de la voluntad de quienes la escriben, como si fuese un arcano que poco a poco se va revelando a los hombres que dedican su esfuerzo a su descubrimiento, quienes con la investigación le van arrancando sus secretos. También hay quienes creen que esa materia es un cuerpo de conocimientos que trasciende el esfuerzo y la capacidad de cada hombre que con él se las ve, y quienes parten de que es un orden de los hechos humanos ya previsto hacia el que los comportamientos invariablemente deben dirigirse

     Cualquiera de ellos olvida que al exponer sus principios solo enuncia como pensamiento sus propósitos, lo que es tan legítimo como humano. El pensamiento es aquella faceta del comportamiento que pretende justificar cuanto los hombres son y hacen recurriendo a los medios que proporcionan las lenguas; propiedad que porque deriva de la existencia de estas, que son en cualquier caso invención humana, puede tenerse por expansión previsible de la vida de esta clase de seres. Puede discutirse sobre la dirección regular de la corriente que desemboca en pensamiento, aunque resulta casi una evidencia que son las palabras la fuente que alimenta las ideas. Pero de lo que no cabe dudar es de que el pensamiento se vierte en la conciencia, el medio natural que le permite existir, en forma de palabras.

     Como la forma de expresar el pensamiento por escrito es el texto, y como la historia alcanza el idóneo estado de materia cuando se pone por escrito, se puede afirmar que cualquiera que sea la idea que se tenga sobre lo que es historia necesita ser vertida a la forma de texto. Se podría expresar esta idea con mayor rotundidad y de forma lapidaria: la historia solo puede existir como texto, en modo alguno podría ser algo distinto a un texto.

     De aquí se debe deducir que la creación de historia es algo al alcance de cualquiera. La única condición previa que exige es que se conozca un sistema de escritura que permita expresar el pensamiento.

 


Aprender de los clásicos

Dante Émerson

He elegido los autores cuya actividad he estudiado por una razón. Según iba sabiendo de ellos, en mi opinión en todos había algo que aprender. Esa es la condición que define y separa a los clásicos, conservar pasado el tiempo la capacidad para proporcionar enseñanzas; ese es su destino cuando alcanzan semejante categoría, aunque tal vez eso mismo estaría mejor enunciado en sentido inverso: porque pueden proporcionar enseñanzas deben ser apartados al selecto lugar de los clásicos. Con este criterio podría elegir un buen número, quizás no muchos con verdadero interés historiográfico, hablando siempre dentro de los límites de la capacidad personal de conocer y valorar los autores. Pero como cualquiera que tenga alguna experiencia sabe, una severa selección de la materia siempre se impone, porque el tiempo actúa con inexorable rigor sobre la existencia de tan marginal realidad.

     Puede quedar justificada una antología solo por el placer de conocer y recuperar la palabra de quienes siendo poseedores de las virtudes historiográficas ya no viven. A ese fin puede contribuir. Pero suele ocurrir con incontenible frecuencia que la lectura provoca el sano deseo de la emulación. En previsión de que esto ocurra, a sabiendas también de que quien lo defienda puede encontrarse ante la feliz coincidencia de que quienes hasta aquí lo hayan seguido muestren ellos mismos deseos de convertirse en autores de relatos de la clase que ha sido objeto de su discurso, llega el momento en que parece conveniente enunciar principios de procedimiento que pueden contribuir a la elaboración de un relato histórico propio.

     En modo alguno el juicio debe precipitarse a deducir del enunciado de los principios consecuencias para la calidad del relato que pueda crearse. La calidad de los textos es responsabilidad exclusiva de quien se compromete en generarlos y es por fortuna una propiedad intransferible. Pero habiendo tratado con los clásicos, después de haberlos conocido por separado, este momento puede ser aprovechado para deducir de sus ideas enseñanzas que inspiren tales principios. Las enseñanzas extraídas pueden ser enunciadas como una colección de reglas en las que confiar si se desea conseguir el beneficio de un buen relato.

     Puede ser enunciado uno previo, muy general y hasta algo impreciso, solo en apariencia reiterativo. Quien aspire a crear sus propios relatos históricos deberá volver permanentemente a los clásicos. Con una vez que se hayan estudiado no es suficiente para extraer de ellos las enseñanzas que pueden proporcionar. Las limitadas lecciones de una antología, y otras similares que puedan hacerse, siempre presentarán solo una parte del pensamiento de cada autor. Aunque la intención de quien ha tenido que seleccionar haya sido la mejor (y no hay que dudar que no haya deseo de acertar en cualquier elección del material presentado, incluido el caso en que la idea que se obtenga parezca excesiva o deformada), con seguridad a lo máximo que podrá aspirar quien utilice este medio para conocer a los clásicos es a tener un conocimiento parcial de ellos. El conocimiento directo de los autores a través de sus textos, sin más mediaciones que las ineludibles, sobre todo las relacionadas con su transmisión hasta el presente, no puede ser sustituido por nada. Por la observación directa, cuantas veces se recurra a ella, incluso cuando una y otra vez se vuelve sobre los mismos pasajes, es posible deducir multitud de características. Cualquier autor puede ser todo lo diverso que cualquier otro pueda ser porque todos los textos, solo por tener esta forma, admiten múltiples interpretaciones. Cuanta mayor elaboración tengan las obras escritas, incluida la que añaden y acumulan sobre los anteriores los sucesivos transmisores que generación tras generación se agregan a la cadena; cuanto más alto sea el cuidado puesto en ellas, cuanto mayor sea su calidad, tanto mayor juego de interpretación admiten. Los clásicos siempre son el más alto grado de calidad de los textos de su modalidad. Son por tanto una escuela permanente, a la que se puede retornar cuantas veces se desee con la seguridad de encontrar enseñanzas. Tal escuela tiene además la enorme ventaja de que está siempre abierta. Basta con tener al alcance una biblioteca de clásicos.


Petrarca

Redacción

Desterrado su padre de Florencia en 1302, por discrepancias personales con destacados miembros del partido güelfo negro, fue a establecerse en la cercana Arezzo, donde en el transcurso de 1304 nació Francesco. Pero al poco la familia decidió trasladarse a Pisa, en 1312 a Avignon, ya sede pontificia, y luego a Carpentras, donde el hijo empezó sus estudios. A partir de 1316 emprendió los de leyes, que cursa sucesivamente en Montpellier y en Bolonia. Pero desde aquí hubo de volver a Avignon, reclamado por la muerte de su padre; circunstancia por la que interrumpió unos estudios que jamás reemprendería. Poco después también moriría su madre. Hasta entonces había vestido los hábitos sacerdotales, aunque no había recibido las órdenes. A partir de aquel momento, interrumpió su vínculo personal con la iglesia, y así Petrarca fue emancipado por el destino.

     En 1326 empieza para él una agitada vida, rica en contrastes, pero en lo esencial dedicada a la poesía y la investigación filológica. En 1327, aún en Avignon, conoció a Laura de Noves, que se convertiría en la literaria mujer de su vida. Giacomo Colonna, que había sido su compañero de estudios, ya obispo, consiguió ponerlo al servicio de su hermano Giovanni, ya cardenal. Por encargo de su señor viajó por Inglaterra, Francia, Alemania y Flandes. Habitualmente cambia de residencia cumpliendo misiones diplomáticas para los Colonna. Principales para su manera de pensar fueron las estancias en Londres, París, Gante, Lieja y Aquisgrán. Paró finalmente en Roma, donde residió bastante tiempo, aunque todavía vivió en Milán durante algunos años y después en Venecia. Por último se estableció en Arqua, lugar próximo a Padua, en medio de los montes Euganeos, donde pasó el resto de vida que le quedaba. En la casa que allí se había hecho construir murió en 1374.

     Petrarca es aceptado como el primer gran maestro del humanismo y el más significado precursor del renacimiento. Su obra principal es poética, aunque también compuso textos filosóficos. Pero es además autor de algunos textos historiográficos, entre los que destaca otro volumen De los varones ilustres, biografías de héroes de la historia romana y de personajes del Antiguo Testamento, redactadas sobre retratos individualizados limpios de leyenda. El método que aplica a su redacción se convertirá en el modelo de esta variante historiográfica durante todo el renacimiento, época durante la que será muy cultivada.

     El gran proyecto de su vida fue el poema épico África, concebido como texto latino en hexámetros que debía narrar la segunda guerra púnica reelaborando la narración de Tito Livio. Alcanzó a escribir nueve de los doce libros que se había propuesto, pero la obra quedó inacabada. También son muy estimadas las dos grandes colecciones de cartas que dejó, cuyo contenido va desde los previsibles asuntos personales a la traducción latina de la última novela del Decamerón, pasando por las biografías, forma sobre la que una y otra vez vuelve, ahora para prestar atención a hombres ilustres de la antigüedad. Lo mejor de la producción latina de Petrarca es su enorme amplitud de registros, que son al mismo tiempo poéticos e historiográficos, autobiográficos, didácticos y satíricos.

     Pero no hay que buscar en nada de esto lo que de Petrarca tiene mayor alcance para la historiografía. Durante su estancia en Lieja hizo el descubrimiento de su vida, el texto del Pro Archia de Cicerón, hasta entonces perdido. Esto le obligó a un serio esfuerzo filológico, a partir del cual pudo aventurarse hacia otros textos antiguos y generalizar ideas sobre la necesidad de la crítica. Originalmente su interés por el procedimiento estuvo dirigido a la obtención de un texto fiable, pero terminó defendiendo la necesidad de la crítica de las fuentes cuando se trataba de relatos de sucesos pasados, para que quien los estudie pueda disponer de hechos veraces. Así fue como se declaró partidario del conocimiento directo y riguroso de la antigüedad clásica, mediante la depuración y el análisis comparativo de los testimonios más autorizados, frente a la visión fabulosa que la edad media había aceptado y convertido en norma.


La segunda intempestiva de Nietzsche

P. Martín Vázquez

En 1874 Nietzsche publicó la segunda entrega de su plan de trabajo, concebido con propósitos intemporales. Su título principal era De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida.

     Cree que la historiografía adquiere tres formas, todas ellas al servicio de la vida, ese poder oscuro e impulsor que con insaciable afán se desea a sí mismo: monumental, anticuaria y crítica. La primera, que también podría llamarse memorable, corresponde al interés del hombre activo y poderoso, capaz para intervenir en los acontecimientos y modificarlos, algo reservado a muy pocos. Se interesa por la historia porque de ella puede aprender cómo actuar, cómo corregir errores y evitar que hechos indeseables se reiteren.

     La historiografía anticuaria es la que ocupa a quien se interesa por conservar su mundo, con el que se identifica. Rescata y preserva piadosamente cualquier pieza de los tiempos precedentes, por insignificante que sea, para asegurar que llegue a las generaciones siguientes. Con la pasión de un devoto, colecciona y guarda las reliquias que le dan sentido a su vida.

     Se decide por la historiografía crítica quien sufre la herencia recibida por su tiempo y necesita liberarse del sufrimiento. Investiga minuciosamente el pasado para enjuiciarlo, e inevitablemente condenarlo, porque en las cosas humanas siempre han privado la violencia y la debilidad humanas.

     La pretensión científica para la historia convierte a quienes se interesan por ella en meros observadores de la vida, cuyo objetivo se limita a acumular conocimiento. El resultado es una saturación de informes que es peligrosa para la vida. El exceso puede debilitar la personalidad, que se arriesga a disolverse en el piélago de los acontecimientos conocidos, de sentidos diferentes, entre los cuales finalmente no atrae más que lo extraordinario, que no deja percibir lo sublime. Así triunfa la objetividad, que puede inspirar el espejismo de la equidad, lo que a quien actúa bajo su inspiración le hace creerse capacitado para juzgar los hechos, cuando en realidad valora los vaivenes del pasado a partir de las opiniones más elementales de su tiempo.

     A quienes incurren en el exceso, saturarse de conocimientos históricos también puede crearles dificultades para la maduración. En ellos fomenta personalidades que se dejan llevar al trabajo acumulativo y a sumarse cuanto antes a la fábrica de las utilidades, cuyo producto satisface los fines prácticos de su tiempo.

     La convicción de que por la vía de la ciencia se puede llegar a conocer el objeto de la vida puede abolir el horizonte del futuro, que ya no ocultaría nada que valiera la pena conocer, lo que puede hacer creer que se ocupa la posición del epígono. Una consecuencia desconcertante puede ser una especie de conciencia irónica del conocimiento histórico que es posible alcanzar. Quizás sea menos útil de lo previsto, e incluso un error promover su difusión entre los jóvenes como parte de su formación, mucho más alentarlo masivamente. Desembocar en el cinismo, y concluir que todo siempre ha ocurrido tal como ahora y que es inútil oponerse a su curso inexorable, es posible desde esta posición.

     Para operar contra estos excesos propone dos antídotos: lo ahistórico y lo suprahistórico. Lo ahistórico capacitaría para poseer el arte y la fuerza que permitan olvidar lo que no es parte de la vida y encerrarse en un horizonte limitado. Suprahistóricos son los poderes que desvían la mirada del devenir y la dirigen hacia aquello que confiere a la existencia el carácter de lo eterno e inalterable. Recapacitar sobre las genuinas necesidades de la vida y desechar las aparentes permite practicar el estudio de la historia de los modos monumental, anticuario o crítico.


Voltaire

Redacción

François Marie Arouet, llamado Voltaire (para algunos anagrama de Arouet le Jeune, lo que no es del todo convincente), vivió entre 1694 y 1778, y en París nació y murió, si bien su existencia en absoluto no fue sedentaria. Hijo de un notario, estudió primero con los jesuitas y luego leyes, circunstancias entre las que no ha sido demostrada relación de causalidad. Su agitada juventud estuvo sobre todo marcada por la provocación, en la que se deleitaba, la cárcel y el exilio. Al tiempo fue tocado por la fortuna, en tal grado que pudo vivir durante el resto de sus días dedicado a ocupaciones de salón y de corte, nada frívolas.

     Fue desterrado a Inglaterra ya en 1726 a consecuencia de un texto satírico, aunque pudo volver a París en 1729. Pero de nuevo provocó su procesamiento al publicar unas Cartas inglesas o filosóficas, para escapar del cual hubo de esconderse. En 1731 escribió una Historia de Carlos XII, rey de Suecia, una dura crítica de la guerra que algunos creen compuesta como una novela de aventuras. Diez años después comienza la redacción de un Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, trabajo que sin embargo poco después debió abandonar. En 1744 escribió unas Nuevas consideraciones sobe la historia, reflexión sobre el objeto de la historiografía expuesta con la mayor claridad.

     Su época de mayor fecundidad como escritor de historia coincide con la década central del siglo. Mientras disfruta de un placentero retiro en Lorena, se dedica a reunir materiales para futuros trabajos de esta clase. Incluso inicia un acercamiento a la corona, hasta el punto de que Luis XV llega a nombrarlo historiógrafo real, a pesar de lo cual no consigue ganar por completo su confianza. Ver a Voltaire nombrado historiógrafo real no debe llevar a creer que se dedicó de modo profesional a la narración histórica. Este título debió ser en Francia durante el siglo XVIII más superficial de lo que su aparente seriedad induce a pensar. He aquí la dedicatoria que Rousseau puso al frente de su ópera El adivino de aldea, de 1752. Permite ser más ceñido en la comprensión de aquel título: “A M. Duclos, historiógrafo de Francia, uno de los Cuarenta de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras.” Además, el modo en que Voltaire lo obtuvo ilustra bien la parte más imprevisible de su existencia.

     El invierno que comenzó en 1744 fue pródigo en fiestas en Versalles, entre ellas algunas óperas del tipo de la citada. Una fue la comedia-ballet inicialmente titulada La princesa de Navarra, con música de Rameau y cuya parte dramática había compuesto Voltaire. La obra fue estrenada a fines de febrero de 1745 durante las celebraciones de la boda del Delfín. Fue como premio a este trabajo que Voltaire recibió una pensión de dos mil libras, la promesa de ocupar la primera vacante que hubiera de gentilhombre ordinario de la cámara del rey y una cédula de historiógrafo del rey.

     El valor que Voltaire concedía a todo aquello se puede deducir de sus propias opiniones. En su correspondencia, confiesa que creía que el drama que le valió el título era mediocre y aburrido, y que por orden del duque de Richelieu había redactado “en un abrir y cerrar de ojos un breve y mal bosquejo de algunas escenas insípidas y truncas que debían ajustarse a unos divertimentos que no están hechos para ellas. Obedecí con la mayor exactitud, haciéndolo muy deprisa y mal. Envié ese miserable bosquejo al señor duque de Richelieu, esperando que no serviría […].”

     Cree por tanto que era necesario “rectificar todas las faltas que necesariamente se escaparon en la composición tan rápida de un simple esbozo”, y todavía añade: “Recuerdo que entre otras torpezas, en esas escenas que ligan los divertimentos no se dice cómo pasa de pronto la princesa granadina de una prisión a un jardín o a un palacio. Como no es un mago quien le da las fiestas, sino un caballero español, me parece que no debe hacerse nada mediante encantamiento […]. Sé de sobra que todo esto es muy lamentable, y que está muy por debajo de un ser pensante hacer algo serio con estas bagatelas; pero en fin, pues que se trata de desagradar lo menos posible, hay que hacerlo del modo más razonable que se pueda, incluso en un mal divertimento de ópera.” Todo esto lo declaró Voltaire en una carta que el 15 de diciembre de 1745 remitiera a Rousseau, a quien en ausencia del autor original le fueron encargados por la corte unos retoques que finalmente convirtieron La princesa de Navarra en Las fiestas de Ramiro, y a cambio de los cuales Rousseau cobró setecientas noventa y dos libras.

     A partir de 1750 Voltaire se traslada a la corte de Berlín, invitado por Federico II de Prusia. Fija su residencia en Postdam y allí vive hasta 1753. El fruto de aquel breve periodo de tranquilidad fue su obra maestra, El siglo de Luis XIV, que apareció en Berlín en 1751. Para una parte de la crítica, quedó lejos de sus pretensiones, y efectivamente hay que reconocer que no alcanzó a investigar la sociedad de aquel  tiempo. Pero con ella consiguió cambiar el planteamiento que entonces dominaba en la historiografía. A buena parte de la crítica le parece la obra precursora de la apertura de la narración histórica a nuevos campos temáticos, y solo por eso a algunos la primera de historia moderna.

     Desde luego es una de las más representativas de la historiografía de la época, pero pasados más de doscientos cincuenta años desde que fuera escrita apenas es aprovechable como medio de información sobre los hechos a los que su título se refiere. Para que ahora pudiera servir como fuente debería tener buen número de materiales fiables, como documentos, expedientes, memorias o diarios de aquella época, que sin embargo no tiene. La obra puede leerse con más provecho si el interés se concentra en conocer el pensamiento de la época de la Ilustración.

     De nuevo en París, entre 1753 y 1756 termina de elaborar el Ensayo que iniciara en 1741, una obra que también tiene algún interés desde el punto de vista historiográfico, y que al igual que El siglo de Luis XIV se aprecia como precursora de la apertura del relato histórico a nuevos temas, si bien de ella también se piensa que solo parcialmente, y de manera desigual, alcanza los altos objetivos que en su teoría de la historia Voltaire se propone.

     Tras este breve periodo en París, de nuevo decide cambiar de residencia. Se traslada esta vez a Ginebra, la patria de Rousseau, y allí, en el castillo de Ferney, vive la época de su vida de mayor estabilidad y sosiego, los años comprendidos entre 1758 y 1778, que son en consecuencia los de mayor continuidad en el trabajo. Bajo nuestra manera de observar su actividad, 1765 es el año más significado, porque es entonces cuando difunde el concepto de filosofía de la historia, del que ha de considerarse autor. Pero de ninguna manera aquel relativo reposo fue obstáculo para que protagonizara nuevos escándalos y provocara más procesos judiciales.

     Hombre de ingenio agudo, atrevido hasta ser considerado irreverente en materia de religión y moral, su dedicación preferente fue la literatura. Su obra, inspirada por el sentido crítico y la polémica, es extensa y algo desigual. Es dramaturgo y sobre todo filósofo, algo poeta, libelista y ocasionalmente narrador e historiador. Sin embargo, con el tiempo ha sido particularmente valorado por sus relatos y sus obras históricas, además de sus textos de ideología política.

     Tomando como modelo a su admirado Newton, parte de la convicción de que la historia puede llegar a conocer un radical cambio de sus principios semejante al que conociera la física. Su más valiosa aportación tal vez sea la profundización y el ensanchamiento del campo de investigación de la historia. Quien afronte la historia como ciudadano y como filósofo –dice– tendrá otra clase de curiosidad. Se preguntará por las causas, el modo y los límites del poder de las naciones y su riqueza, y su mayor interés deberá ser dirigido a conocer los cambios en las costumbres y en las leyes. Esta sería una manera de conocer la historia de los hombres, y no solo la de los reyes y sus cortes. Las cronologías y los hechos en ellas inscribibles solo son guía, pero no el objetivo del trabajo histórico. Duda de la utilidad del relato exhaustivo de batallas y tratados porque solo enseñan hechos.

     Definió la historia como el relato de los hechos que se tienen por verdaderos, y defendió que son verdaderos los verosímiles. Opone este concepto de historia al de fábula, cuyo objeto es el relato de los hechos aceptados como falsos. Piensa sin embargo que en todas las naciones la historia está deformada por la fábula, mal a cuyo remedio concurre la filosofía. Por eso la historia debe ser revisada y corregida según los principios de la razón y el sentido común. Para alcanzar la debida calidad del texto histórico, debe partirse de la crítica histórica y de la amplitud de los puntos de vista de quien escribe. En lo fundamental la crítica no es cuestión de método sino de razón, lo que no impide que sea necesario el desarrollo de las técnicas de crítica. Está convencido de que el conocimiento crea conciencia y que de esta manera se alcanza el progreso.

     Cree que la evolución de la humanidad está dividida en cuatro etapas o siglos: Grecia clásica, Roma imperial, Europa del Renacimiento y siglo de Luis XIV. Rechaza la historia antigua y dice que solo le importa la que le permite entender los progresos de la sociedad europea. Entre sus limitaciones también algunos han colocado que concede demasiada importancia al papel de los individuos más sobresalientes en el curso de la historia.


Edward Gibbon

Redacción

Nació en Londres en 1737 y murió en la misma ciudad en 1794. Por ser de familia con patrimonio suficiente, pudo dedicarse al estudio. Ingresó en Oxford, y allí empezó su formación superior. Pero su momentánea conversión al catolicismo le valió la expulsión de la universidad. De inmediato dio muestras de su peculiar inteligencia. Decidió que a partir de entonces mantendría una actitud crítica ante la religión, y durante el resto de su vida se mantuvo fiel al principio que la necesidad le había dictado.

Decidió su padre enviarlo al continente para que completara su formación, y efectivamente, gracias a sus viajes, a los conocimientos que adquirió, pero sobre todo a su pasión por la lectura, que hizo compatible con su inquietud, consiguió colmar su juventud con una excelente educación. Fue un rendido lector de los clásicos griegos y latinos, de la literatura histórica que se escribía en su tiempo y de modernos como Locke, Montesquieu, Hume y Voltaire. Llegó a establecerse en Lausana, Suiza, donde pudo conocer al Voltaire más estable, sereno y admirado, y posteriormente se introdujo en los círculos ilustrados del continente, que con el tiempo serían los que de manera decisiva marcarían su obra. No obstante, en 1790, ya al final de su vida, se mostró abiertamente enemigo de la revolución francesa. Consideraba a los revolucionarios los nuevos bárbaros, y se opuso a la idea de un gobierno popular y a las “locas ideas sobre los derechos y la igualdad natural del hombre.”

Fruto de sus viajes es el proyecto original de su gran obra, que rememora así: “Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, meditando entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando me vino por primera vez a la imaginación la idea de escribir la decadencia y la caída de la ciudad.”

De vuelta ya en Inglaterra, a partir de 1768 emprende la redacción de aquel proyecto. Pero hasta 1776 no sería publicado su primer volumen, que apareció ya con el título definitivo que mantendría toda la obra, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, denominación que declara el deseo de emulación de la obra de Montesquieu, de quien sobre todo estima la energía de su estilo – es su propia expresión – y la audacia de sus hipótesis, de la que sin embargo por muchas razones debe ser distinguida.

La obra tuvo un gran éxito inmediatamente, y en poco tiempo se vendieron tres ediciones de ella. Admirador de Hume, y reconociéndose discípulo suyo, hizo llegar a este el primer tomo que se publicara. Hume lo leyó, y lo apreció tanto que honró a Gibbon con una visita a su casa de Londres poco antes de morir. Fue el impulso definitivo para el fecundo narrador, quien finalmente entregaría un total de seis volúmenes de la obra, cuya publicación se prolongaría hasta 1788.

La Historia de Gibbon es una enorme historia del imperio romano entre 180 y 641, más una síntesis de la historia bizantina, en relación con toda la historia medieval, que alcanza hasta su final, en 1453. Está basada en un excelente conocimiento de las narraciones antiguas y toda la historiografía sobre el tema aparecida hasta su tiempo, circunstancias ambas que le permiten manejar muchos datos que, aunque no sean de primera mano, pueden ser tan precisos como poco conocidos. Solo por esta virtud su obra debe ser reconocida como una gran investigación y, para algunos, la auténtica primera obra moderna de historia. Considera la decadencia romana independiente de los progresos acumulados hasta entonces por la humanidad, porque mientras el poder de la ciudad desapareció estos no se perdieron. Cree que la causa de la caída del imperio romano fue el cristianismo, que lo habría desnaturalizado y corroído.

Tan ingente obra tuvo enorme valor para el desarrollo de la manera de pensar que puede ser más adecuada para crear un relato histórico. Está sostenida sobre un fondo teórico que procede de los grandes pensadores del siglo XVIII, y es un excelente ejemplo de cómo es posible conseguir un relato completo del pasado, en todas sus manifestaciones, gracias al apoyo de un sólido sistema de ideas. Inspirado por este impulso, enuncia el siguiente juego de palabras que sin embargo puede ser tomado por un principio. Ya que los filósofos no siempre son historiadores, que al menos los historiadores sean filósofos. Por eso su manera de ver el trabajo historiográfico, como en el caso de Montesquieu, ha sido también llamada historia filosófica. En su opinión la historia humana es un proceso de constante progreso acumulativo, aunque puedan ocurrir retrocesos accidentales. Cree que el progreso humano está unido a las actividades que el hombre despliega para garantizarse la subsistencia.

En realidad, lo que ocurre con su procedimiento es que igualmente quiere explicaciones sobre los hechos que, al tiempo que puedan descubrir los factores de los comportamientos, satisfagan la condición de ser racionales. Por eso sigue a Montesquieu y se propone un tema gigantesco, e intenta encontrarle una explicación satisfactoria. Como aquel, ordena con sentido jerárquico las razones en las que debe ser fundada la secuencia explicativa, deduciendo la causa general de las parciales que tras el examen de cada circunstancia hayan sido extraídas.

Pero sobre todo la obra de Gibbon debe ser apreciada por su calidad literaria. Lo que a Gibbon le valió el éxito fue su alta capacidad como escritor. Irónico y racionalista a un tiempo, en el fondo lo mueve que siempre está dispuesto a elaborar una frase brillante, fruto genuino de su admirable e infinita elocuencia. Por eso su obra se estima como una de las cumbres de la lengua inglesa y una de las primeras de cualquier época.