Casas agropecuarias

Seis casas agropecuarias

Instituto de Historia Dante Émerson

La palabra casa expresó el grado más alto de integración de las empresas. Para las dedicadas al negocio financiero, que necesitaba conexiones e intercambios fiduciarios, con el fin de garantizar la circulación que él creaba, hace tiempo que con tal sentido este nombre fue aceptado. Después, también ha sido frecuente utilizarla con idéntico fin para referirse a los flujos de rentas que concentraban los señoríos familiares, los primeros beneficiarios del poder legislativo desde la edad media. La casa agropecuaria, para convertirse en la suma más compleja de las iniciativas de negocio del sector primario, reunía varias empresas, con el propósito de mantenerlas a la vez, e incluso conectadas entre sí. Debían servir como campos de drenaje de renta en beneficio de un solo patrimonio, como si fueran laderas a un lado y otro de un mismo valle, sobre las que se deslizan las lluvias que alimentan solo un cauce, o las pendientes que los proyectistas de las obras públicas calculan para que todas las aguas converjan en un sumidero; o los polos magnéticos, a los que invariablemente los metales son atraídos.

     La casa agropecuaria moderna se sostenía sobre la red biológica que proveía una familia. Los vínculos de sangre, para cualquiera de las ramas de la actividad del grupo, actuaban como los nexos orgánicos amparados por el derecho, que con el tiempo han conferido solidez y continuidad a la concentración de las empresas. En el vértice de la pirámide había un consanguíneo responsable de su dirección, sobre el que recaía un designio biológico tan feliz como trágica era la muerte, que lo despojaba de su fortuna, no es seguro que condenándolo al trabajo directo. Sí se documenta, sin embargo, que al servicio de estos complejos eran empleados mayordomos profesionales, a quienes cada familia designaba para que se ocuparan en la gestión de sus recursos.

La documentación de los excusados diezmales permite reconstruir al menos en parte cierto número de casas agropecuarias, redes primordiales de la antigua iniciativa económica.

     Los excusados tuvieron su origen a principios de la época moderna, cuando la corona rescató para sí, de cada unidad territorial para la recaudación de los diezmos, la casa de   mayor magnitud. Dado que la exigencia del diezmo la iglesia romana la limitó a la actividad agropecuaria, que se extendía hasta la producción agroindustrial más lucrativa, de todos los excusados podemos tener la certeza que al menos eran grandes empresas del sector, el dominante en el medio rural moderno. Como su ventura corrió parejas con las tercias, la otra deducción del diezmo en beneficio de la hacienda real, y estas a su vez fueron absorbidas por las alcabalas, la primera fuente de los ingresos públicos, es muy probable que para mediados del siglo décimo octavo el excusado también lo hubiera disuelto el régimen de administración que se denominó rentas provinciales. La iglesia romana, en un  momento anterior al que analizamos, aprovecharía el vacío dejado por esta forma de gestión y reordenaría a su favor el primitivo instituto del excusado. Tal vez no modificó lo que ya había transigido con la corona, y simplemente recurrió a la designación de una segunda casa mayor dezmera, en cada parroquia, como efectivamente también se hizo durante algún tiempo.

     Para la época a la que me refiero, la documentación que hemos podido conocer demuestra que, al menos en la unidad recaudatoria de referencia, de una casa principal su diezmo lo recibía en exclusiva la fábrica de su catedral diocesana, y de ella sabemos con seguridad que representa un orden económico de la mayor magnitud porque todas las que hemos estudiado debían pagar un alto volumen de diezmos, y por más de una actividad.

     Aquella administración eclesiástica, para sus fines, había dividido el espacio de la población sometida a examen, que el azar de las fuentes nos ha designado, situada en el confín oriental de la región, en seis unidades parroquiales, en cada una de las cuales cada año elegía al contribuyente que correspondía a esta renta. Como las seis eran urbanas, las unidades de administración eclesiástica eran equivalentes a barrios, y como para cada una de ellas se designaba un excusado, en su elección siempre había un efecto de jerarquía social. Para comprobar hasta qué punto es acertada esta manera de hablar, si se consiente lo que tiene de convencional, basta comparar el tamaño de las rentas estimadas de cada casa. Las hay que representan a quienes atesoraban importantes patrimonios, pero otras, sin que por eso dejaran de ser notables, testimonian fortunas bastante más modestas.

     Si cada una era la cima de sectores de la población de distinta riqueza, no es posible afirmar sin dudas que eran en absoluto las mayores casas de la gran ciudad agropecuaria puesta bajo nuestro objetivo, una de las más potentes de la región suroccidental de la península ibérica, porque su elección, para apartarla a la categoría de excusado, está modificada por la localización de cada familia rural en aquellos amplios espacios urbanos. Pero nada de esto impide que, gracias a la documentación hallada, sea posible estudiar seis casas de las que se pueda tener la certeza que son del tamaño mayor, aunque representativas de la primacía de ciertos habitantes en fragmentos de áreas urbanas de distinta potencia económica.

El documento a partir del que hemos acometido el proyecto de restituir la actividad de las  grandes empresas agropecuarias, de julio de 1746, es una tazmía, o evaluación previa del producto bruto de cada una de ellas, elaborada con el objetivo de calcular las rentas que podían proporcionar al diezmo. La redactó quien lo administraba en la vicaría de referencia, restringida a la población aludida, en el confín oriental de la región mencionada.

     Según habían decidido para ella los recaudadores de los diezmos, los excusados debían ser rematados a la vara el 3 de julio, mientras que el último remate se cerraría en la capital del episcopado, que también era la civil, el siguiente día 13; momentos de la adjudicación momentánea y definitiva, respectivamente, de la cesión por arrendamiento de las rentas mencionadas. Se trataba de fechas tan próximas a la maduración de los frutos que consienten admitir sus datos como aprecios de los bienes que se estaban produciendo, una vez su sazón alcanzada.

     Por sus afirmaciones, debe aceptarse además que el documento estuvo basado en los datos proporcionados por un tasmeador, nombre con el que se distinguía a quien evaluaba  los productos objeto de la carga contributiva, y por los hacedores o inspectores de campo que trabajaban bajo sus órdenes, ocasionalmente auxiliados por peritos equiparables, que recompensarían con sus conocimientos a los forzados a informar por razón de su cargo.

     Cualquier tazmía debía apreciar los bienes sujetos al gravamen que ingresaba la iglesia romana. Para estimar el producto que de los seis excusados podía obtener, el administrador informante, trabajando sobre los datos que había recibido, procedió, para cada uno de los bienes gravados, siempre del mismo modo. Enunciaba el producto en perspectiva, deducía su diez por ciento o diezmo, a la cifra resultante le aplicaba un precio tipo y por último calculaba el valor estimado de la renta, puesto que el excusado se cobraba en dinero; el mismo que su administración tomaba como referencia para aceptar las posturas de quienes quisieran arrendar, a la vara o en último remate, el cobro de la renta, según era común en la gestión de tan exclusivos ingresos. Gracias a esta manera de actuar, sus informes son también seis contabilidades implícitas, cada una referida a una de las seis casas por él elegida.

     El análisis de sus cifras descubre que en ningún caso pretendió que fueran exactas. No merecen más crédito que las confesadas por cualquier interesado en un negocio, ninguno de los cuales cree que protege sus intereses si se atiene al principio de veracidad; como tampoco a ninguno le estaría permitido evadirse de los hechos con los que su perspicacia debía hacer los cálculos convenientes, tanto para ellos como para sus partes. Probablemente es en esa arista, tan afilada que es casi invisible, donde se refugia todo el valor de las imposturas que contienen los documentos que impasiblemente firmaban. Nadie puede ser tan ingenuo como para creer las estimaciones de un administrador. Tampoco  habría administrador tan ingenuo como para intentar convencer con números que fueran inverosímiles.

     Aun así, para paliar en lo posible la inagotable capacidad para refractar la certeza que tienen los hombres cuando se sirven de un medio transparente, como por ejemplo la luz que en los escenarios se concentra sobre las manos del prestidigitador, la administración diezmal, para asegurarse los informes más fieles, había creado un procedimiento que llamaba hacimiento, denominación que identificaba los gastos de gestión de cada diezmo, suma que abarcaba desde las dietas que percibiría el prebendado hacedor hasta los de inscripción de las rentas en el libro de repartimiento, más todos los derivados de estos actos principales, pasando desde luego por la retribución de todos los informantes que habían trabajado al servicio del redactor de la tazmía.

     El análisis de la documentación manejada permite creer que en algunos casos el valor de los hacimientos de los excusados pudo ser el 1,31 % de la renta bruta estimada, y que en otros, para facilitar la transacción, a ellos era adjudicada, íntegra o parcialmente, una determinada renta, como por ejemplo el diezmo del aceite de la casa encuestada. Por tanto, la remuneración de los informes dependía directamente del tamaño de la renta diezmal estimada, a cuyo incremento se opondría el declarante. Como tampoco tenemos prueba alguna sobre la corrupción del testimonio de los hacedores por iniciativa de los dueños de las casas -lo que no permite contradecirla ni excluirla- de la tensión que resulta de esta oposición de intereses debe deducirse también una circunstante veracidad aceptable.

     Con seguridad aquellas cifras eran orientadoras, aproximadas, incluso para el propio administrador y para quienes con su testimonio debían lucrarse del cobro de la renta. Tanto mejor, porque eso da mayor libertad para manipularlas y especular con ellas, y por tanto extender a discreción los cálculos referidos a cada una de las casas, y desplegar de manera desenvuelta los hechos que deseamos indagar. Porque el mejor servicio que de ellas esperamos es la observación del valor proporcional de cada actividad integrada en las casas.

Bajo mi dirección, los miembros de esta Sección del Instituto que V. I. tan dignamente preside, no obstante sus ocupaciones, las responsabilidades que el gobierno de la nación ha descargado sobre sus espaldas, el tiempo que durante décadas ha dedicado a la gestión de asuntos de la índole más exigente, el agotamiento al que conducen las horas de ininterrumpido trabajo en su sede, sin abandonarla ni para mejorar el circuito sanguíneo que lo mantiene activo, celoso vigilante de los movimientos a su alrededor, profundo conocedor de las amenazas que sobre cualquier cátedra proyecta el vacío, el limitado horizonte vital que los hombres, aun de la mayor valía, han de aceptar llegado el momento de su irreversible cese laboral, la impertinente urgencia con que las nuevas generaciones aspiran a llegar al centro de las decisiones, alcázar cuya solidez la garantiza más la experiencia que la piedra; han procedido a reconstrucciones parciales del mismo fenómeno, la gran empresa agropecuaria moderna, un asunto para el que no es frecuente disponer de informes fehacientes.

     Por su lectura, V. I. juzgará si el esfuerzo realizado, que es el de todos los contribuyentes, satisface los objetivos que en su momento, para ser gratificado con su aprobación, se propuso el autor del plan, quien en este lugar tiene el honor de dirigirse a V. I. tras jornadas de contraste y discusión en su Departamento, no exentas algunas de tensiones, provocadas no tanto por la incompatibilidad de estrategias como por el efecto negativo de las comidas copiosas.

     La hora que la administración del Instituto nos tiene reservada para nuestras reuniones, con carácter conminativo, inapelables por razón de jerarquía, aun en el estado democrático de derecho, tan garantizado por una magna carta como lo estuvieron las órdenes de Sardanápalo a sus generales, obligados ejecutores de lo que a sus escribas dictaba, no siempre dispuestos a obedecer el mandato de inmolarse en beneficio del superior, hace años entró en conflicto con el régimen alimenticio que los siglos han consolidado en estas latitudes, que una parte de nosotros interpreta meridionales otra inferiores. Interfiere la que en ausencia de convocatoria todos, unos confesándolo otros con justificaciones cuya transcripción hibridaría los segmentos de inconsecuencia que detecta el tac, que a la conciencia llegan para socavarla, dedicamos desde hace años a la siesta, haya la edad deprimido con tiranía moderada o formidable la circulación posterior al almuerzo, tránsito cataléptico que Porfirio Carranza, hombre sabio mexicano, sirviéndose del consejo de Venustiano Díaz, no menos perspicaz, supo dirigir al buen fin de los gobiernos.

     En las actas de estas reuniones están registrados los fatales efectos que tiene negar a la naturaleza, por sistema a las cuatro de la tarde, estación tras estación, su curso. Ha podido dirimirse por su causa, a razón de cinco minutos de reloj por ponente, sobre la caducidad de la conexión telefónica, su alcance, la duración del compromiso contraído con la compañía que la suministra, la dedicación que a la instalación concediera el delegado por ella que, sirviéndose de laboral contrato, nos enviara; la procedencia de la consorte del conserje, mujer de montaña, apta para todo empleo, carente de los recursos que le habrían permitido dirigir sus pasos a Düsseldorf, ciudad expansiva y amplia que la habría acogido en beneficio de toda la humanidad, donde sus padres, tiempo atrás, adquirieron la vivienda que aún habita su hermano contra todo derecho; el efecto que sobre el aire que respiramos tienen las ceras abrillantadoras de mesas y sillas, no así de estantes, que fuera de su alcance custodian el tesoro de impresos vírgenes que no obstante amamos. Y otras materias de la misma índole.

 

La primera casa que la tazmía registra estaba bajo la responsabilidad de don Antonio de Zeisa, marqués de Villaverde, de quien, aun llegados a este momento de la presencia de la humanidad sobre el planeta, lo ignoramos casi todo. Podemos suponer que su cuerpo fue inhumado, que su condición lo condenó a la servidumbre de una fundación piadosa, que tal vez terminó exánime en una cripta hasta que su materia viva degenerara a orgánica. Pero nada de esto podemos defenderlo con certeza. No obstante, sí podemos afirmar que su red empresarial, mientras se mantuvo activo, se extendía a tres actividades: una labor, un sistema para la producción de aceite y una cesión de tierras.

     En la denominación más apropiada, o menos anacrónica, en cada territorio labores eran las empresas de mayor tamaño de las dedicadas a la producción del cereal, y labradores sus responsables. Decidían sobre la organización de toda la actividad del sector, para el que actuaban como fuente o centro, como el plexo solar en la anatomía del hombre, que es el vórtice de sus decisiones. Su orden alcanzaba a toda la producción no solo porque era abrumadoramente dominante por tamaño, sino también porque las reglas de su régimen de gestión, estricto y antiguo, rebasaban los límites de cada una de las explotaciones que a sí mismas se llamaban así.

     Cada labor utilizaba como instalaciones al menos un área de producción del tipo que durante siglos ha sido conocida como cortijo, que la práctica más acendrada había decantado como la más adecuada al fin que se proponían aquellas explotaciones. Esta unidad, porque era un lugar en el espacio, decidía además sobre la organización de los movimientos, razón del gasto energético o trabajo, de toda la casa.

     Don Antonio de Zeisa, aunque haya sido ignorado pasado el tiempo, se había constituido como labrador en un cortijo conocido con el nombre de Casa Luenga. Sus tierras eran el centro de toda su iniciativa empresarial. De ellas había puesto en cultivo aquel año una importante cantidad de superficie, que como tantos de su misma especie dividió en dos partes, la que labraba para sí, de una extensión de 200 unidades, y la que cedió a sus sirvientes bajo la forma de pegujales, la modalidad de la empresa agropecuaria más elemental. Las 200 que cultivaba por cuenta propia, o espacio para su labor privativa, a su vez las repartió en dos fracciones desiguales, una, de 185, para sembrarla con trigo, y otra de solo 15, que destinó al cultivo de la cebada.

     Para completar el plan de su labor, recurrió además al cultivo de las que entonces llamaban semillas, el nombre genérico que aplicaban a las leguminosas. No sabemos en qué especies de esta clase invertía porque la tazmía no lo declara. Sin embargo, aunque el administrador de la vicaría no se preocupara por informar sobre cuáles eran las que fueron sembradas en los cortijos de los excusados, de las que se producían en las tierras de la población donde habían sido seleccionados da una lista, por razones tangenciales, uno de los cuadernos de su hacedor. Eran altramuces, garbanzos, habas, yeros y la especie denominada con el arcaísmo arvejones, quizás propiamente guisantes; todas las cuales, aunque identificadas ahora con ligeras oscilaciones del léxico, han sobrevivido.

      Tampoco sabemos cuánta superficie del cortijo de Casa Luenga fue sembrada con semillas. Pero podemos aproximarnos a la dedicada a ellas en cada unidad de producción si admitimos como factor un rendimiento del tipo 10, que las fuentes designan como regular para estos cultivos. De operar con este número, que no debe violentar la conciencia de quienes se declaran fieles creyentes solo de aquello que los testimonios afirman, no teniendo vedada la mentira su acceso al texto, porque es un valor medio, por tanto centro equidistante de todas las estrellas de una misma constelación, de la que se debe presumir armonía en las separaciones, podemos deducir que de semillas tal vez fuera sembrada determinada cifra de unidades de capacidad, aunque la manipulación no nos permita colegir de inmediato que fuera ocupada con ellas determinada superficie.

     Se ha naturalizado la idea de que solían sembrarse dispersas por toda la parcela cuya aptitud para producir las cosechas preferentes se pretendía recuperar para sucesivos ciclos. Si esta última creencia compartida se admite, si se habían ocupado n unidades de superficie con cereales, tendría que ocurrir que las semillas fueran sembradas en una extensión de otras tantas aproximadamente. Aunque se trate de una forma de estimar muy grosera, imperdonable para el análisis más riguroso, es suficiente para alcanzar un marco de magnitudes al menos verosímil y apto para cálculos ulteriores.

     Podemos por tanto aceptar, como principio a partir del cual hacer estimaciones, que en el cortijo de Casa Luenga aquel año tal vez fue sembrado un volumen de semillas que alcanzó las 20 unidades de capacidad. Si se había extendido a 200 fanegas de tierra el cultivo de los cereales, es muy probable que las semillas fueran sembradas en al menos algunas de las hazas y cuartos de un área de otras 200 fanegas aproximadamente, las mismas que durante la campaña en curso habrían sido objeto preferente del barbecho y a la siguiente tendrían que recibir la semilla del cereal.

La información que la tazmía proporciona cuando se refiere al ganado de labor también tiene propiedades que avalan su solidez.

     El lector debe saber ya que para calcular cada renta en perspectiva, y de ahí deducir el diez por ciento que correspondía al diezmo, quien administraba los que había que cobrar a los excusados estimaba cada producto en especie, y luego a cada uno le aplicaba un precio. Para deducir la rentabilidad del ganado operaba de un modo algo más complejo. Dado el número de nacimientos de una especie correspondiente al transcurso del año gravado, lo dividía entre diez, lo que habitualmente le daba una cifra con al menos un decimal. Las unidades de la parte entera las denominaba con el nombre que correspondía a los descendientes de la especie de la que se tratara, mientras que la parte decimal la expresaba en una unidad que llamaba aprecio. Así, si en una explotación habían nacido 96 becerros en el transcurso del año contable, al diezmo corresponderían 9 becerros y 6 aprecios. A continuación, como para el resto de los productos, aceptaba un valor de mercado para el ejemplar entero y al aprecio le adjudicaba la décima parte de ese mismo valor. Para terminar, solo le quedaba sumar las dos cifras, y así obtenía la expresión en moneda de cuenta de la renta diezmal que correspondiera.

     Sin embargo, en algunas ocasiones aplicó a los aprecios una tarifa discordante con la cifra que había adjudicado a la parte entera, e incluso la hizo cambiar según los casos. Discutimos en el Departamento lo que aparentaba ser una anomalía y, tras la oposición de argumentos –contienda de la que nadie sale ileso, porque ninguna batalla es incruenta, menos aún la que utiliza como armas las palabras, cuyos filos, apenas tangentes a la piel de la conciencia, dejan abiertas heridas que sangran durante mucho tiempo–, tuvimos que admitir que en algún caso estas diferencias podrían ser interpretadas como un error por sustitución (immutatio).

     Pero en otros no se podía sostener esta posibilidad. En una casa, durante el año contable habían nacido 46 becerros. Por tanto, al diezmo le corresponderían 4 becerros y 6 aprecios, según el sistema de cálculo que se solía aplicar a la rentabilidad del ganado. A 80 reales la cabeza, serían 320 para la parte entera y 48 para la fraccionaria. Sin embargo, el valor para la renta que en este caso el administrador anotó fue 324 reales. No era posible atribuir los 44 reales de diferencia a un error de suma o de registro.

     Algo similar se observaba con el valor de las crías de un par de cabañas de equino. Para una de las casas, el administrador valoró en 100 reales el potro, mientras que para otra la misma clase de potro, como se deduce de la comparación entre las dos, la estimó a razón de 90 reales la cabeza. Aun admitiendo que hubiera algo de connivencia con el señor de la segunda casa, que el precio pudiera aceptarse distinto nos pareció una prueba directa de que la evaluación de los potros, porque su calidad efectivamente podía ser distinta, podía ser variable.

     Por tanto, había que interpretar que el aprecio podía ser una cantidad que se ajustaba a cada cabaña según las calidades de los ejemplares poco antes nacidos, aceptada cierta tarifa, y que  por esa causa era un valor susceptible de variación en cada circunstancia. A diferencia de las tarifas que aplicaba el documento al resto de los productos, siempre las mismas, el aprecio del ganado parido durante el año no sería constante porque el crecimiento efectivo de cada ejemplar sujeto al pago, y que positivamente se conocía, no sería siempre el mismo, y en consecuencia permitiría rentabilidades distintas. Podría ser función de la edad de las crías, de sus probabilidades de supervivencia o tal vez incluyera un cálculo de la mortalidad neonatal de las especies, causas con las que negociarían los dezmalistas.

     Para las estimaciones que en lo sucesivo debe presentar este Informe, cuya redacción, en esta parte, ha correspondido al secretario del Departamento, porque el aprecio no es una unidad que alcance hasta la estimación del producto bruto, sino solo al cálculo del diezmo, estas diferencias son intrascendentes. Pero, de ser correctas las deducciones precedentes, son muy valiosas para el analista. Hay que admitir que el documento consolida su crédito cuando proporciona la información sobre las cabañas asociadas a la labor, condición que transmite a todos los cálculos que puedan hacerse a partir de él, incluidos los referidos al movimiento, factor primordial de las economías agropecuarias, dada la enorme cantidad de tiempo que consumía. Sería sensible a las diferencias de calidad que el ganado tuviera al menos durante su primer año de vida.

     El que empleaba la labor de la primera casa para proveerse de la mayor parte de la energía que necesitaba era bovino. Dado que el único dato biológico que la fuente proporciona, para restaurar todo su espectro, es el número de los nacimientos de cada especie ocurrido en cada casa en el transcurso del último año, para estimar la dimensión de las cabañas parece prudente ensayar con un procedimiento que pueda desmontarse con facilidad; para evitar cálculos en exceso prolongados, para que sean más diáfanos los términos de la exposición y porque es aún más valioso obtener cifras orientativas que no hagan ostentación de ser precisas. Como es obligado admitir la existencia simultánea en cada explotación de aproximadamente el mismo número de madres que de nacidos y como mínimo un padre, la dimensión estimativa de toda la cabaña se obtendría por la suma de los tres elementos biológicos: los nacidos, sus respectivas madres y el padre.

     Aun así, no habríamos conseguido aislar el número de animales que efectivamente trabajaran porque todavía nos faltarían los bueyes, la parte sustantiva del capital energético.  Para conseguir una estimación del tamaño de la manada es posible servirse de un recurso asimismo tan simplificado como directo, el que toma como referencia la cantidad de superficie sembrada de cebada. Admitiendo, según otra de las evaluaciones comunes a la época, que cada fanega de tierra sembrada de cebada mantenía una cabeza de labor, es posible proponer un volumen para la cabaña de trabajo de cada explotación sin recurrir a otras manipulaciones de los datos. Cabe por tanto, entre todo lo que fuera posible, que la composición del ganado bovino de la primera casa, para el año de referencia, fuera 15 bueyes, o machos castrados que se habían seleccionado para que se emplearan solo en trabajar, más 1 padre, 11 madres y 11 becerros.

El marqués de Villaverde simultáneamente era dueño de olivares. Ignoramos la superficie que ocupaban. Dado que la fuente limita la información sobre su aprovechamiento al producto en aceite que de ellos se obtenía, si se desea avanzar en la composición del cuadro que reconstruya las casas es obligado especular con la relación entre el producto y la superficie sembrada con los olivos explotados.

     El volumen de aceite previsto la fuente lo expresa en tareas. Aceptemos un rendimiento de 8 arrobas de aceite por cada tarea o unidad de trabajo de las prensas, como el propio documento propone, y que cada arroba pueda tomarse, a efectos de cálculos estimativos, por unos 12 kilos de aceite. Suponiendo que el fruto medio de cada planta fuera de 10 kilos de aceitunas, y que el rendimiento en aceite de la aceituna fuera del 25 % de su peso, cada olivo proporcionaría 2,5 kilos de producto final. Luego para obtener de cada arroba sus 12 kilos de aceite serían necesarios 4,8 olivos. Si en cada aranzada, por término medio, cupieran 50 olivos, se podría expresar en unidades de superficie la ocupada por cada explotación de esta clase a partir de su producto en aceite.

     Admitiendo todos los factores enunciados, la explotación de olivos de la primera casa ocuparía una superficie estimada de 177 aranzadas, un tamaño de la unidad productiva que parece veraz. Aunque también en este caso la cadena de suposiciones es larga, y por tanto el artificio con seguridad es solo un reflejo de los comportamientos de quienes se comprometían en este cultivo, los resultados que se obtienen demuestran que vale la pena hacer la deducción estimativa de superficie cultivada a partir de los datos de producto que proporcionan las tazmías.

El marqués, para completar sus ingresos, cedía explotaciones de las que era dueño, unas sembradas de olivos otras para el cultivo de los cereales. De las dos clases de espacio, en la tazmía la referencia más clara a las condiciones bajo las cuales los transmitía es la mención de los pegujales de los sirvientes.

     Cuando se trataba de quienes eran llamados sirvientes de una labor, pegujal era una parte de la remuneración de su trabajo. En cualquier explotación bastaba una pequeña parcela de tierra apta para el cultivo de los cereales para proporcionar a los sirvientes su pegujal. Así era suplementado el pago de la energía humana que sus dueños ofrecían a quien la contrataba, fin al que tal modalidad de explotación mínima había sido dirigida. Por eso, que el documento mencione los pegujales de los sirvientes roza la paradoja y puede interpretarse como la emergencia de una justificación. La cesión de la superficie destinada al cultivo de los cereales que hizo la primera casa, porque el documento emplea el plural, pudo consistir en una serie de pequeñas unidades de producción, de cuyo número es posible sospechar que sobrepasaría las necesidades de remuneración de los sirvientes, o de cualquier transacción que con ellos se hubiera acordado, a cambio de las cuales quienes las aceptaron pudieron verse sujetos a compromisos propios de siervos.

     De los pegujales del cortijo de Casa Luenga que el señor de la labor cediera, desconocemos tanto su número como la superficie que ocuparan, parcial y total, aunque no sería desacertado admitir que probablemente sumarían una cantidad variable de una campaña a otra. Pero respecto a todos podemos estar seguros que fueron transferidos mediante  arrendamiento, porque la fuente afirma que para cualquiera de las cesiones, tanto para las de tierras de cereales como para las de olivos, tal fue la fórmula utilizada.

 

La segunda casa que el documento menciona era de don Fernando Martil. Para nosotros actualiza otra modalidad de esta forma dominante de las empresas agropecuarias. Concentraba una labor, un rebaño de ganado ovino y un sistema de producción de aceite.

     Su labor estaba localizada en los cortijos que llamaban Isla Redonda y La Aceñuela. Sumando lo que había ocupado en los dos, la parte de sus tierras que había activado para aquella campaña alcanzaba hasta las 390 fanegas de cuerda, de las cuales con trigo había sembrado 344 y de cebada las otras 46. También semillaba su barbecho, y se puede estimar, según la fórmula aplicada, que sembraría unas 50 fanegas de capacidad de las semillas habituales, en la parte de la explotación a la que aplicaba aquella fórmula, cuya superficie asimismo estaría próxima a las 390 fanegas cuadradas.

     Tenía al servicio del trabajo que las faenas de aquella labor consumían dos cabañas, una de bovino y otra de equino. Para estimar el tamaño de cada una, a partir de las premisas admitidas precedentemente, aceptamos en este caso que la mitad de la cebada producida iba destinada a una de ellas y a la otra la otra mitad. Una vez más, tal criterio, sin ser versión segura de lo más cierto, es el menos erróneo de los prejuicios presumibles, y a cambio proporciona cifras aceptables, no solo por sí mismas, siendo sólidas, sino también porque concuerdan con el resto de los testimonios. La cabaña de ganado bovino se puede suponer compuesta por 23 bueyes, 72 madres, un padre y 72 becerros, mientras que la de equino pudo estar compuesta por 23 machos de trabajo, 13 madres, bien yeguas bien jumentas, 2 padres, quizás uno caballo y otro asno, y 13 potros de todas las clases.

     Las informaciones sobre el equino permiten precisar además otras características de aquella fracción del ganado de labor de esta casa. La tazmía declara que en ella se habían criado 13 potros, lo que para el diezmo, según las cuentas del administrador, habrían de suponer 1 potro y 3 aprecios, para los que sin embargo a continuación calcula a razón de 350 reales el potro y 90 reales el aprecio. Además, razonando a partir de estas dos cifras, concluye que por tanto la renta alcanzaría un total de 377 reales.

     Para obtener este número el aprecio tendría que valer 9 y no 90. Probablemente el administrador, por economizar la expresión, enunció el todo del que era deducida la parte sin extenderse en los detalles del cálculo aritmético que había relacionado a uno con la otra. El valor 90, como ya se ha indicado, y todavía habrá ocasión de comprobar reiteradamente, es regular para un potro equino. Luego, en sentido propio, el aprecio correspondiente no sería 90 sino 9. Sería suficiente con aceptar esta interpretación para que el aparente error de suma quedara resuelto, así como justificadas las cifras enunciadas por el documento. Ahora bien. Si 90 es un valor regular para un potro equino, que otro sea valorado en 350 indica que los había de dos calidades, y que la del segundo era muy superior a la del primero.

     Aunque en ningún momento el administrador calcula con potros reales, sino con abstracciones que deben proyectarse con fines contables, sus composiciones mentales estarían sostenidas por hechos observados. Nuestro informador pudo tener conocimiento de una cabaña equina caballar mantenida aparte, de la que habrían nacido aquel año 10 potros, de los que se deduciría para el diezmo 1; y al mismo tiempo de otra equina híbrida, en la que habrían nacido 3 potros mulares, de los que al diezmo tocarían los 3 aprecios que se deducen de la interpretación ortodoxa del documento.

     En él no hay indicio alguno que obligue a pensar que el potro caballar era el más caro y el mular el más barato, salvo que en los demás casos los valores declarados para los potros oscilan entre 90 y 100 reales. Creo por tanto que la exégesis correcta de la fuente, dadas las oscilaciones del precio de las crías, avanzando algo más en el análisis de las características de la cabaña equina, es que en la explotación de cereales de la segunda casa nacieron 10 potros caballares y 3 mulares; lo que, en una primera estimación, supondría al menos la existencia de 10 yeguas madres de caballar y 3 bien yeguas bien jumentas destinadas a proporcionar el correspondiente producto mular.

     A la vez que esta labor, las tierras que tenía la casa, al menos en una parte, atenderían la crianza de un rebaño de ganado ovino. También es posible estimar su dimensión, siguiendo un criterio similar al aplicado a las otras cabañas; aunque, gracias a que los datos que la tazmía registra cuando se refiere a la ovina son más explícitos, se podría optar por una más precisa técnica de cálculo de sus elementos. Si se toma como patrón una vida media de la oveja de 60 meses (5 años), una edad al primer parto de 24 (2 años), un intervalo intergenésico en torno a 12 (1 año) y una fecundidad total de hasta 8 partos; siendo el número medio de corderos por parto 1,5 y el número de nacidos vivos en torno al 90 %, los 4,5 corderos por madre que resultan se traducen, para cada una, en un valor anual de descendiente vivo de 0,50625.

     Aunque de nuevo se trate de estimaciones hechas a partir de datos no del todo exactos, porque no proceden de la época de referencia, son suficientes para obtener magnitudes que concuerden con las informaciones positivas que el documento proporciona. Como la tazmía atribuye a esta casa 1.150 corderos vivos, a partir de esta cifra podría obtenerse inmediatamente un número representativo de sus ovejas de vientre; y hasta el de sus moruecos, si se aceptara que cada carnero padre cubría regularmente a unas cinco ovejas en edad fecunda. Bastaría con aplicar al número de descendientes del registro documental el coeficiente deducido.

     Pero, como ocurre con las otras cabañas, hay medios más directos para obtener cifras indicativas de la dimensión del rebaño. También mencionó el administrador, cuando estaba refiriéndose a las cabañas ovinas, su producto en lana, igualmente sujeto a la obligación diezmal. Basta que supongamos un rendimiento de 3 kilos de lana por animal para que asimismo sea posible deducir de una manera bastante menos complicada un tamaño para la cabaña productora del vellón. Ha sido cruzando la constante 3 kilos con el producto de lana en arrobas que para la segunda casa da la tazmía como hemos estimado finalmente en 1.342 cabezas la dimensión de su rebaño ovino, fuera cada ejemplar de la clase que fuera.

     Todos los olivares que explotaba esta casa eran de su propiedad. Gracias al procedimiento aplicado a la anterior, se puede deducir que la superficie ocupada por su explotación era de casi 47 aranzadas.

 

La tercera casa estaba encabezada por don García Fernández de Bobadilla. Acumulaba una labor, cabañas de caprino y lanar y el consabido sistema de producción de aceite. Tenía su labor repartida entre el cortijo de Cortillos y unas islas, nombre que en el lugar daban a las tierras delimitadas por su primer cauce fluvial, que fragmentaba sus cortijos y sus hazas. Sumando todas las parcelas que había puesto en cultivo, resultaba una sementera de trigo de 370 fanegas de extensión y otra de 80 fanegas de cebada, en total 450 unidades de superficie en pleno rendimiento. Como en las dos anteriores, en esta explotación se recurría a semillar el barbecho. Su valor relativo era importante. Según el procedimiento ensayado, se puede estimar que de semillas fueron sembradas unas 43 fanegas de capacidad sobre una superficie de unas 450 unidades.

     También el ganado al servicio de esta labor era mixto, en parte bovino en parte equino. Podemos admitir, utilizando el criterio de la superficie sembrada de cebada en los términos que ya hemos explicado, que para el trabajo de los cereales se mantenían 40 bueyes. Además, según el número de nacimientos de la especie ocurridos durante el último año, en la explotación habría 46 madres bovinas, 1 padre de la misma especie y 46 becerros. La cabaña de equino pudo estar compuesta por 40 machos de trabajo, 7 madres, bien yeguas bien jumentas, 2 padres, uno caballo y otro asno, y 7 potros. Dado el valor adjudicado por el administrador a estos, se puede afirmar que los 7 eran mulares.

     En cuanto al ganado de crianza, el número de corderos nacidos durante el año fue de 660, y el los ejemplares productores de lana hay que estimarlo en 537 cabezas. También criaban ganado caprino, algo excepcional en las unidades económicas de esta magnitud. Si para la madre caprina, solo con los fines tentativos que tienen todos los cálculos con los que en este texto se experimenta, suponemos un ciclo genésico similar a la ovina, esta cabaña la podemos estimar compuesta por 140 madres, sus correspondientes sementales y 75 chivos.

     La casa Fernández de Bobadilla también competía en la explotación del olivar, en parte sirviéndose de olivares propios y en otra tomándolos en arrendamiento, aunque tampoco en este caso la fuente permite saber qué proporción representa para el todo cada fragmento. Según el medio propuesto para estimar la superficie de las explotaciones de olivar, toda la que esta casa tenía puesta en cultivo alcanzaría las 169 aranzadas.

 

La cuarta casa parece menos compleja de lo que realmente pudo ser porque es la única de la que tenemos una información parcial, consecuencia del régimen que la iglesia próximo occidental prefería para administrar los diezmos de su renta. Su responsable era don Diego de Cárdenas, que se titulaba conde de Vallehermoso. Aunque en realidad la casa era más grande, quizás más complicada, sabemos positivamente que su red productiva la había tejido al menos con una labor, la explotación de una cabaña de ganado ovino y el habitual sistema de obtención de aceite.

     El enunciado que de los elementos de su trama hace la tazmía permite presumir, por comparación con las otras que son el objeto de este análisis, que no es mucho lo que ha podido escapar al limitado punto de vista al que quienes cavamos en un túnel sin luz debemos resignarnos. Labraba y pastaba más tierras con mucho más ganado al este de la jurisdicción del municipio de referencia, probablemente colindantes con las que describe, pero ya bajo la jurisdicción de otras autoridades, así civiles como de la iglesia romana. Según los informes a disposición de la institución eclesiástica desde la que observamos, labraba la mitad del cortijo de Arenales y parte de otro conocido con el nombre de Soto del Moro. De esta manera de expresarse se deduce que tanto uno como otro pudieron continuar en las tierras bajo las jurisdicciones orientales a las que hemos hecho referencia. Como quedaban bajo el control diezmal de otro obispado, en él pagaba el conde la parte de esta imposición que le correspondiera, una fracción en la que nuestro administrador no podía inmiscuirse y de la que por tanto la fuente que nos ha elegido no proporciona dato directo alguno. Mas las extensiones de tierra puestas en cultivo que nuestro administrador registra, tanto de trigo como de cebada, permiten sospechar con fundamento que pudieron ser la totalidad del espacio empleado aquel año en la labor. Las tierras del complejo activas durante el ciclo gravado, según nuestro testimonio, sumaban 440 fanegas de tierra, de las que 385 fueron ocupadas con trigo y 55 habían sido reservadas para sembrar la cebada. Basta comparar estas cifras para admitir que, de las seis labores que el documento permite conocer, era una de las que empleaba mayor cantidad de superficie.

     También esta explotación era semillada. Aplicando el rendimiento tipo que hasta aquí nos ha servido para estimar, si no la superficie sembrada con los cultivos de esta clase sí la inversión en simiente que debía corresponderle, se puede admitir que en esta parte de los cultivos serían invertidas aproximadamente 30 fanegas de capacidad sobre una superficie probable de 440 unidades.

     Para el trabajo en la labor, por lo que declara el administrador parece que esta casa solo usaba equino mular. Tal vez una parte del origen de una decisión tan singular esté en que la unidad de explotación principal de la empresa se llamaba cortijo de los Arenales, si tomamos la denominación específica como atributo. Con unas propiedades del suelo tal como las que alude el nombre, el recurso al mular para los trabajos de arada, que eran con diferencia los que consumían la mayor cantidad de la energía cíclica que el ganado de labor proporcionaba, a los gestores de la casa pudo resultarles el más apropiado. Ateniéndonos además a los criterios hasta aquí aplicados, se puede afirmar también que la cabaña de equino pudo estar compuesta por 55 machos de trabajo, 8 madres, fueran yeguas o jumentas, tal vez 2 padres, uno caballo y otro asno, y 8 potros, que debemos admitir como mulares, dado el valor que a cada descendiente la contabilidad le adjudica.

     Para la crianza, la casa prefería la cabaña de ovino. Sabemos positivamente que los corderos nacidos en ella mientras transcurría el año contable fueron 260. Mas, por lo que se refiere a su producto en vellón, que a nuestro método faculta para extender los cálculos hasta el tamaño de todo el rebaño, explica el administrador que la casa cortó su lana en las tierras que labraba y pastaba en el obispado contiguo, por lo que no había renta que reclamar por este concepto; una poderosa y lamentable circunstancia administrativa que nos bloquearía el ensayo del cálculo directo del tamaño de su cabaña productora. No obstante, si la memoria conservada entre papeles, agente a la retaguardia del colapso de las viejas y queridas neuronas, se resiste a rescatar el tiempo que antecedió, aun esforzándose quien lo evoca en dar color a sus imágenes, mediante los recursos que la lengua pone a su alcance, procede otra vez convocar a la especulación que obra con imágenes, vecina al caos, tan atractivo como un precipicio, para suplir lo que escapó a su registro.

     En el lenguaje diplomático del episcopado a partir de cuya información conjeturamos, originarios fueron los activos en una población que tenían su residencia en otra; quienes, tras esforzarse los titulares del privilegio diezmal en determinadas elaboraciones doctrinarias, finalmente quedaron obligados a pagar la mitad del gravamen sobre cada producto en sus lugar de residencia, para que la otra la devengaran donde tuvieran radicada su actividad agropecuaria. Como los de otras rentas expuestas a los mismos riesgos, que aceptaron transacciones similares, los titulares de los diezmos se habrían resignado a las estrategias urdidas para escapar a esta imposición, y creado un tipo circunstancial para asegurarse al menos el cobro de una mitad de la renta. Es posible que nuestro conde utilizara alguna circunstancia administrativa similar en su favor, y prefiriera trasladar la esquila a tierras del obispado vecino, para de esta manera mitigar el efecto de los compromisos diezmales a los que estaba obligada su lana. Con estos fundamentos, se puede presumir que la parte de la casa de cuya información no podemos disponer probablemente sea solo el producto en lana de la cabaña ovina.

     No obstante, porque el propósito que ha inspirado todo nuestro trabajo, siempre supervisado por nuestro Director, sin cuya autorización en ningún caso hemos tomado decisiones, ha sido experimentar, cruzando y comparando cálculos, formulando posibilidades, contrastando cada idea, podemos aventurar estimaciones de su entidad, gracias a los valores correspondientes a las otras casas que explotaban una cabaña ovina.

     Según estos, la razón entre rebaños lanares y corderos nacidos durante el año no es un valor constante, pero oscila en torno a 1. Si aceptamos el coeficiente 0,99, que es la cifra media que permiten calcular para esa relación los casos precedentes, otra vez estaríamos aceptando la menos errónea que los datos disponibles nos permiten manejar para acercarnos a una estimación sensata de la cabaña lanar de la cuarta casa. Como el número de corderos nacidos en ella durante el año contable fue 260, por este procedimiento se podría concluir que los ejemplares productores de lana pudieron ser 257.

     Por último, la casa del conde de Vallehermoso también disponía de su explotación de olivares. Según la fórmula que venimos utilizando, se puede estimar que la superficie que de este cultivo la casa explotaba, toda propia, alcanzaba las 161 aranzadas.

 

La quinta casa era la de don Antonio Gómez Tortolero; Gómez a causa de alguno de sus ascendientes, Tortolero una consecuencia que tal vez ninguno de ellos consintiera como responsabilidad propia. Era la más sencilla de todas las que nuestro informador nos ha permitido conocer. Por tanto, para nosotros representa el límite inferior de la institución compleja que hemos decidido denominar casa agropecuaria. Solo se sostenía sobre una labor y una cesión de tierras.

     Como labrador directo, Gómez Tortolero trabajaba una parte del cortijo de Matapuercas, donde se limitó a poner en cultivo 48 fanegas de superficie, de las cuales 36 las había destinado a sementera de trigo y las otras 12 a la de cebada. También semillaba su barbecho, cuya superficie hay que suponerla próxima a las 48 fanegas, en las cuales serían sembradas con semillas unas 6 de capacidad. Su ganado de labor era solo bovino, y pudo estar compuesto por 12 bueyes y 2 vacas madres, 1 toro padre y 2 becerros.

     Sobre su plan de cesión de tierras, toda la información de la que disponemos está implícita en otras referencias, que solo indican que pudo aprovechar cierta modalidad de transferencia del uso del suelo agrícola. En el documento ha quedado escrito que los pegujales organizados en el cortijo los explotaban sus sirvientes, y su análisis con criterios contables obliga a creer que efectivamente pudo tratarse de una cesión a cambio de servicios, puesto que no reconoce al titular de la casa ingreso en dinero por este concepto.

     Solo con propósito tentativo, sabiendo que otro miembro del Departamento tendrá que obtener el cálculo más veraz para las rentas de la casa, podemos suponer que la superficie cedida en pegujales pudo ser similar a la invertida en labor, 48 unidades, una cantidad que permitiría organizar un buen número de aquellas explotaciones mínimas. El valor relativo de la superficie puesta en cultivo directamente, el menor de todos, muy por debajo del valor tipo que distingue a las casas, autoriza a suponer que la superficie de la unidad primitiva, el cortijo, deducida la que se reservaba el amo para explotarla directamente, fuera dividida en parcelas de escasa extensión y que estas pudieron ser las cedidas. Está documentado que se podía actuar de este modo cuando se había obtenido por arrendamiento la unidad de explotación. Dividida en porciones, se subarrendaban a quienes estuvieran interesados en aquella forma de empresa marginal. El aval jurídico a esta clase de transferencias procedía de los mismos contratos de arrendamiento, que explícitamente permitían actuar de este modo.

     Por tanto, no hay que excluir que bajo esta forma de hablar se oculten modalidades de cesión basadas en acuerdos tácitos, como todas las inducidas por la sociedad obligada entre quienes acaparaban la tierra y quienes deseaban emprender una pequeña explotación de cereales, incluso careciendo de una parte sustantiva del capital necesario. Aunque pueda parecer anacrónico hablar en estos términos, es muy posible que el concepto sirviente, en el que insiste el documento cuando se refiere a quienes trabajaban estas unidades huéspedes de las labores, conservara o no la obligación de prestar trabajo a cambio de la cesión, mantenía toda su vigencia jurídica cuando se trataba de formalizar ciertos pactos, dado que nuestra premisa enuncia que la relación acordada vincula el estatuto de sirviente a la obtención de la parcela de pequeñas dimensiones que el lenguaje regional, por extensión del precedente orden remunerativo, llamaba pegujal.

 

La sexta casa a la que podemos aproximarnos gracias a los excusados diezmales la encabezaba don Pedro Bermudo. Sumaba una labor, un rebaño de ganado ovino y la explotación de unos olivares hasta obtener aceite. El cortijo de La Nava era la sede de su labor. Allí cultivaba 320 fanegas de cuerda, de las que 280 las había sembrado de trigo, mientras que las 40 restantes las había reservado para el cultivo de la cebada. Semillaba su barbecho, se puede suponer que sobre una extensión de unas 320 fanegas cuadradas, dada la superficie dedicada a cereales durante la campaña de la que informa la fuente. Para beneficiar ese espacio probablemente fueron empleadas 32 fanegas cúbicas de las leguminosas habituales.

     También el ganado de labor de esta explotación era mixto, en parte bovino en parte equino. La cabaña bovina se puede suponer compuesta por 20 bueyes de labor, más 23 vacas madres, 1 toro padre y 23 becerros. La equina sumaría 20 cabezas de labor, muy probablemente mulares, y 7 madres, fueran yeguas o jumentas, tal vez 2 padres, uno caballo y otro garañón, y 7 potros, que a juzgar por su valor estimado hay que reconocer como mulares. El ovino explotado por la casa sumó durante aquel ciclo 680 corderos de hasta un año de vida, mientras que los ejemplares que producían lana se pueden estimar en 959 cabezas de todas las edades. Una parte de los olivares que también explotaba eran propios, y otra arrendados, aunque la proporción del total que cada clase representaba tampoco en este caso es posible calcularla. Pero sí se puede estimar en unas 77 aranzadas la superficie total que aprovechaba.

 

Contando con los datos que deben preceder, es posible deducir al menos una porción importante de la renta anual de cada casa, que si es solo orientativa en cuanto a su expresión nominal es muy valiosa como medio de comparación, si a todas les son aplicados los mismos criterios de cálculo.

     Para la primera, el administrador estimó la cosecha de trigo en 2.600 fanegas de capacidad. Como para este cereal aceptaba un precio de 15 reales la fanega, tan abstracto como específico, las 2.600 unidades de capacidad recolectadas darían un producto probable de 39.000 de los reales que eran registrados en las cuentas de la época. Creyó también que la cosecha de cebada alcanzaría el volumen de 350 fanegas, cada una de las cuales, tomando como referencia el criterio contable al que para todas sus operaciones se atuvo, se podía valorar en 7 reales. Luego el producto previsible de esta inversión, expresado en la misma moneda, tendría que ser de 2.450 de las mismas unidades. Las semillas cultivadas en el cortijo, según el administrador informante, una vez alcanzado el estado de su respectiva sazón darían un producto de 200 fanegas de capacidad. Transformado en su valor monetario por él mismo, utilizando como precio medio para las semillas de todas las especies el de 10 reales la fanega, añadió al producto de la casa otros 2.000 reales.

     Sobre el producto ganadero, aunque eludiera registrarlo, cualquier contabilidad tendría que aceptar los nacimientos de los descendientes de las especies explotadas como ingresos propios, y cada uno de ellos tarifarlos ateniéndose al valor que se les hubiera reconocido. Si suponemos por ejemplo un peso en canal medio de n kilos, para los descendientes de cualquier especie que hubieran cumplido un máximo de doce meses, y que todo el ganado nacido durante un año fuera aplicado al consumo alimenticio, conocido el número de los nacidos de cada clase, que el cobro del diezmo descubre, se podría estimar su valor en unidades de peso, y hasta el valor de estas en sus mercados, y por lo tanto el ingreso que obtendría por este concepto cada casa. Pero, dado que la fuente aceptó un precio tipo para cada una de los descendientes de las especies sometidas al gravamen, el administrador reconoció su respectivo valor íntegro, incluido el de la carne, sin necesidad de pasar por el cálculo de un peso para cada cabeza, lo que le permitió deducir su rentabilidad de manera indiferenciada. En el supuesto de que el señor de una casa decidiera vender un animal en el transcurso de su primer año de vida, el ingreso medio que obtendría sería el que expresa la tarifa con la que calcula el administrador el valor de los animales neonatos. Como en el cortijo de Casa Luenga fueron criados aquel año 11 becerros, los ingresos que a la casa pudieron proporcionar se pueden resumir teniendo en cuenta que el valor de referencia para cada cabeza de vacuno nacido durante el año contable fue 80 reales. Luego por este concepto a la contabilidad de la casa habría que agregar como ingreso 880 rs.

     Sus olivares producirían aquel año, según el administrador de los diezmos, 230 tareas de aceituna. Calculando un rendimiento de 8 arrobas por cada una, darían como producto 1.840 de aceite, que a un precio previsible de 11 reales la unidad elevarían la renta en otros 20.240 reales.

     Y todavía percibía el marqués renta por las tierras y olivares que tenía arrendados, aunque no es posible distinguir la que ingresaba por unas y la que obtenía de los otros. Pero, dado que la carga eclesiástica sobre la renta de la tierra era el rediezmo, y el valor de este, según estima el administrador, fue 300 reales, se deduce un ingreso bruto por arrendamientos para la primera casa de 3.000. Suponer, con propósito tentativo, que la aproximación más grosera al valor que pudieran generar por renta de la tierra los pegujaleros, nombre dado a quienes se entregaban a la empresa de cereales de menor tamaño, fue la mitad de esos 3.000 reales, aun en el afortunado caso de que se aproximara al real, nada resolvería, porque desconocemos la superficie que les fue cedida y cuánta de sembradura pudo ser transferida a otros cultivadores. Tampoco es posible precisar si el señor del cortijo de Casa Luenga lucraba trabajo de sus pegujaleros, a cambio de la cesión de tierra que les hiciera; aunque el testimonio permite admitir otra posibilidad: que la condición de pegujalero, en una parte de los casos al menos, se pudo adquirir a cambio del pago de una renta, incluso en el supuesto de que para alcanzar tal estado simultáneamente fuera necesario mantener la condición de sirviente.

Para la segunda casa fue estimada una cosecha de trigo de 3.300 fanegas de capacidad. A 15 reales la fanega valdría el producto 49.500 reales. La de cebada fue tasmeada en 1.150 fanegas cúbicas. A 7 reales cada una, alcanzaría el valor nominal de 8.050 reales. La de toda clase de semillas se previó de unas 500 fanegas. Aceptando 10 reales como su precio medio, el valor de este producto llegaría a los 5.000 reales. Del ganado bovino habían nacido durante el año en curso al menos los 72 becerros que el labrador criaba. A 80 reales el becerro, sumarían 5.760 reales. El equino había permitido la cría de 13 potros, de los cuales 10 serían caballares y 3 mulares. A 350 reales el potro caballar y 90 el mular, la renta del ganado de labor alcanzaría un total de 3.770 reales.

     El aprovechamiento que se hacía del ovino era múltiple. Primero, la perpetuación de la crianza, de donde pudo derivarse el recurso lácteo y por tanto la fabricación de quesos; segundo, el cárnico; tercero, la lana; y cuarto, como producto póstumo, el aprovechamiento de los cueros de los animales, quiera sacrificados quiera fenecidos. Pero la fuente solo hace cálculos para dos productos, los corderos y la lana. Tendremos que reconocer que las casas de importancia preferían optimizar su inversión en ovino primero con el aprovechamiento cárnico, descontando que de la condición de cordero pudieran derivar todos los demás relacionados con la crianza y sus productos, y después vendiendo la lana que se esquilaba una vez al año.

     Del ganado ovino de esta casa, durante el año en curso, se estimó una cría de 1.150 corderos. Si todo este producto fuera aplicado al consumo cárnico, se puede deducir su valor en kilos, aceptando un peso en canal medio, para los corderos de un máximo de doce meses, de 10 kilos. Tomando esta referencia, el valor en carne acumulado por la nueva generación de corderos sería como máximo 11.500 kilos. Pero, como ya se habrá demostrado, es más directo expresar su valor unitario en el mercado, gracias a que la fuente acepta como estimación comercial de cada cordero 6 reales, cualesquiera que fuesen la edad en meses y el peso de cada ejemplar, lo que da un total a la renta, expresado en la moneda de cuenta común, de 6.900 reales. De lana se esperaba un producto de 350 arrobas. A un precio probable de 26 reales cada una, para la renta única de la casa sería un ingreso de otros 9.100 reales.

     El producto de aceite el administrador lo estimó en 60 tareas de aceituna. A razón de 8 arrobas de aceite por cada tarea, se obtendrían 480. Vendidas al precio regular de 11 reales, darían para la renta un total de 5.280.

     Tal vez descender a estos cálculos parezca innecesario, si ha precedido, de acuerdo con el plan previsto, la descripción de las seis casas. Pero están justificados. La razón de parentesco siempre fue fundamento para la formación. El dueño de un taller, cuando aún regía el orden gremial, previendo tanto la capacitación de sus hijos como la preservación del patrimonio llegado a su responsabilidad, a su vez recibido como un bien atesorado por generaciones de trabajo y ahorro, los incorporaba a su actividad con la certeza de que la transmitirían y cumplirían con la obligación que con la vida habían recibido. Así lo reconoce desde hace tiempo la bibliografía especializada.

     Para quienes ostentaban la condición femenina, por delante o por detrás, esta no era obstáculo para desempeñar responsabilidades laborales, en contra de la opinión que interesadamente se ha creado, menos aún si eran de la índole intelectual. El pensamiento, que es la energía que lo alimenta todo, más aún el trabajo de esta clase, es un fluido que circula por la anatomía. No me refiero a los impulsos que el centro nervioso transmite a cualquier porción del cuerpo para que se traduzcan en actos, principio vital espontáneo, sino a la conciencia de su poder que ciertos atributos conquistan, ganando autonomía y hasta independencia en relación con el centro de las decisiones. Bajo esta consideración, las posibilidades de la anatomía femenina son visiblemente superiores a las del cuerpo masculino, y por tanto las de acceder con éxito al mercado de trabajo. Casos memorables, que se pueden documentar satisfactoriamente incluso para la antigüedad, así lo confirman.

     Pero, cuando la condición femenina se cruzaba con la de hija del jefe del taller, el acceso al trabajo se podía complicar endemoniadamente, aunque pueda parecer que la acumulación de sumandos facilitaría la adquisición del feliz estado laboral. Otro aspirante al puesto, regularmente dotado, de buena presencia, con su fluido fatal podía envenenarlo todo. Porque el licor que por los varones emerge de los ínferos proviene. Casos demostrativos de su gravedad han sido descritos.

     Héctor de la Ferrière, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido, tras sus fracasos políticos, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender un largo viaje que lo llevó a San Petersburgo. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador nato, buena parte de sus esfuerzos intelectuales la concentró en la biblioteca imperial, donde localizó importantes fondos procedentes de Francia.

     Tras su prolongada estancia en el extranjero, y las muchas horas dedicadas a la investigación que se había impuesto, se refugió en su castillo de Ronfeugerai, en el municipio de Flers, departamento del Orne, en la baja Normandía, de cuya sociedad de anticuarios desde mediados del siglo décimo noveno era miembro destacado. Allí, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, durante algún tiempo dedicó especial atención a reconstruir la actividad laboral a comienzos de la época moderna. Como resultado de tales esfuerzos redactó la obra que tituló Una fábrica de loza en Lyon durante el reinado de Enrique II, dada a conocer en 1862.

     Cuenta en ella que un oficial reciente, algo más joven que la hija del jefe del taller, rápido en sus decisiones y ágil en sus actos, que estaba seguro de sus conocimientos, aunque su formación no hubiera sido tan cualificada como la de su competidora, tenía su banco de trabajo en la misma habitación que ella, uno frente al otro. En la dependencia estaban previstos otros dos, uno al fondo, perpendicular a los anteriores, y el cuarto, que en aquel momento estaba vacante, inmediato a la puerta, junto al de la joven mujer trabajadora del taller. Aquella dependencia, orientada al norte, era la del rango inferior de las habilitadas para quienes ya estaban plenamente capacitados para el trabajo de la loza. Sin embargo, alojaba la sección del taller a la que estaban confiados los dibujos, una actividad que entonces exigía más información académica que habilidades en el manejo de los lápices.

     En los espacios comunes precedentes, conectados con el exterior y ordenados en torno a un patio central, solo estaba la zona de la iniciación en el oficio: un habitáculo reservado a la formación, algunas dependencias de servicio, incluidos los aseos, y el amplio salón de consultas, donde se concentraban los aprendices; mientras que, tras la habitación de los dibujantes, se ordenaban con rigurosa simetría los cuartos donde desarrollaban sus respectivos trabajos quienes habían alcanzado en el taller los niveles más altos de responsabilidad. Así, la sección de los dibujos era como el eje de los espacios y la frontera de las jerarquías.

     El compromiso del varón con el taller estaba a punto de expirar, ante lo cual, impulsivo y atolondrado, decidió urdir un noviazgo con la hija del jefe. Sabía que aquella relación sería transitoria, y era consciente de su oportunismo. Su astucia consistió primero en dejarse seducir y luego entregarse a ella con pasión. Pero la hija del jefe del taller, no menos astuta que la serpiente, sabía que aquel noviazgo formaba parte de la competición que los enfrentaba, equivalía a otra manera de medirse y eliminar colegas que fueran un obstáculo en la lucha por escalar en la jerarquía del taller.

     Con el tiempo, cuando la memoria de su estancia en Rusia apareció en París en el año 1867, bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789, pudo saberse que la documentación original para redactar aquel texto procedía de los papeles del canciller Séguier. De la Ferriere había descubierto tan singulares hechos en el legajo 108/I-II, descrito en el inventario como Colección de cartas de negocios, de misivas y otras piezas originales de diferentes parlamentos, capitouls y otros tribunales de Francia, dirigidas al canciller Séguier, para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669. Alguno de sus corresponsales había salvado aquella extraordinaria historia, entre los papeles de la fábrica, ya desaparecida en la época de Luis XIV, y la había comunicado al canciller para satisfacer sus ocios. El conde, con el tiempo, la convirtió en la pieza de su narración que más atrajo la atención de sus fieles lectores. Pero al margen de su éxito, es un ejemplo lo bastante aleccionador como para que me crea autorizada a pensar que alguien tal vez cuestione el alcance de los cálculos sobre los que se sostiene esta parte del Informe.

Para la tercera casa la cosecha de trigo fue estimada en 4.100 fanegas, que a 15 reales cada una proporcionarían 61.500 reales. La cosecha de cebada fue estimada en 1.700 fanegas. A 7 reales cada una, 11.900 reales más. Y para la de toda clase de semillas fueron previstas 430 fanegas, que a 10 reales por cada unidad de capacidad, sumarían 4.300.

    Como en la casa habían nacido 46 becerros, cada uno de los cuales era valorado en 80 reales, a sus ingresos agregarían 3.680. Del ganado equino habían nacido 7 potros mulares, que a 100 reales el potro añadirían otros 700.

     Los 660 corderos descendientes de la cabaña ovina, estimados a 6 reales cada uno, aportarían otros 3.960 reales, mientras que la producción de lana de los aptos para la esquila fue calculada en 140 arrobas, que a razón de 26 reales cada una supondrían otros 3.640 reales. Los 75 chivos nacidos de madres caprinas en el transcurso del año, también valorados en 6 reales cada uno, sumarían 450 reales más, así como para los olivares se estimó un producto de 220 tareas de aceituna. A 8 arrobas de aceite cada tarea, el líquido obtenido llegaría hasta las 1.760 arrobas, que a 11 reales cada una serían 19.360 reales más.

     En la cuarta casa, de la superficie sembrada de trigo se esperaba una cosecha de 3.750 fanegas, que a 15 reales cada una proporcionarían 56.250 reales. La cosecha de cebada podría llegar a las 750 fanegas, que a 7 reales la unidad sumarían 5.250 reales más, mientras que la estimada de semillas alcanzaría las 300 unidades de capacidad. Al precio unitario de 10 reales cada una, añadirían a los ingresos de la casa otros 3.000. Los 8 potros mulares que en ella habían criado aquel año, a razón de 100 reales la cabeza, sumarían 800 reales, y los 260 corderos, a razón de 6 reales cada uno, 1.560.

     Aunque carecemos de información positiva sobre la lana producida por la casa, como la razón entre producto en vellón y cabaña ovina que la fuente reconoce es un valor constante de 0,26 arrobas de lana por cabeza; si multiplicamos este coeficiente por el valor estimado para la cabaña que la genera, 257 cabezas productoras, resultaría un producto de 67 arrobas. A 26 reales cada una, el precio constante que el administrador aplicó para estimar el valor de este bien cuando alcanzaba el mercado, el ingreso obtenido por esta casa a causa de la lana sería de 1.742 reales.

     De su olivar, recolectaría el equivalente a 210 tareas, a cada una de las cuales se le reconoce un rendimiento tipo de 8 arrobas de aceite, lo que le proporcionaría 1.680, que a 11 reales cada una acumularían otros 18.480 reales.

     De la superficie sembrada de trigo por la quinta casa se esperaban 400 fanegas de grano, que vendidas a 15 reales cada una darían un producto en moneda de 6.000 reales, mientras que de la reservada a cebada la cosecha prevista sería de 150 unidades de capacidad, que a 7 reales la unidad sumarían 1.050 reales. La cosecha de semillas se limitaría a 60 fanegas. Sin discriminar especies, aceptando un precio único de 10 reales para cada fanega, la renta bruta de la casa por este concepto acumularía otros 600 reales. Las 2 cabezas de becerro, porque para cada una, de manera equitativa, se admitía como valor contable los 80 reales, solo aportarían 160 más.

     Como para esta casa el administrador no anota rediezmo, que era la carga que los poseedores de la renta eclesiástica hacían recaer sobre la renta proporcionada por la tierra cedida, es obligado admitir que la forma de cesión que utilizara no era concebida como un ingreso; se esté o no ocultando, al actuar de este modo, alguna forma de aparcería, subarriendo o cualesquiera de las otras sociedades derivadas de la dependencia o subordinación entre cedente y cedido. Por tanto, se debe admitir la posibilidad de que los pegujales de los sirvientes, antes que como un ingreso, fueran conceptuados como un gasto al ser una parte del pago del trabajo.

     Nada de esto impide analizarlos como el ingreso que sin embargo con más probabilidad podían ser. La renta del trabajo, según el estilo de cortijos, era siempre mixta. Para la época, sus factores documentados eran la remuneración en moneda corriente, la alimentación diaria y el pegujal o participación en el producto obtenido, que se podían combinar a discreción. Se puede afirmar que los sirvientes pagarían por la tierra cedida la parte de renta a la que renunciaban cuando a cambio recibían una pequeña parcela de tierra en concepto de pegujal.

     Un supuesto bastará para avalar este punto de vista y llegar a conclusiones que pueden ser útiles en lo sucesivo. Aceptemos que el pegujal entonces vigente en aquel lugar fuera 12 fanegas de trigo al año. Muchos testimonios de la época podrían autorizar tal valor común de la remuneración conocida con aquel nombre, así como la forma de hacerlo efectivo. Si cada sirviente recibiera por el mismo concepto, en compensación, el cultivo de 3 fanegas de tierra, para que por sus medios obtuviera aquel ingreso, el número de sirvientes a los que Gómez Tortolero habría  recurrido podríamos cifrarlo en 16. A este valor se llega suponiendo que toda la superficie cedida en pegujales equivalió a la que había dedicado la casa al cultivo de los cereales. Dado que nuestro administrador toma como precio tipo del trigo 15 reales la fanega, cada sirviente por la tierra cedida estaría pagando 180 reales, los que resultan de multiplicar las 12 fanegas del pegujal en especie por el precio tipo del trigo que maneja la tazmía. A cambio, el producto que obtuviera de la pequeña explotación sería suyo.

     Actuando así, el señor de la labor, que para ceder pegujales habría renunciado a una parte de la superficie que hubiera podido cultivar, estaría ingresando porciones de la renta de la tierra que pagara, en el caso de que no fuera de su propiedad y la hubiera obtenido por cesión, y además conseguiría descargar los costos que le originara la compra del trabajo de otros. El resultado sería por tanto el ingreso neto de una parte de la renta de la tierra, equivalente a tal gasto. En el supuesto de que la tierra fuera propia, sus ingresos por cesión serían toda la renta de la tierra, pero no por eso dejarían de equivaler al costo del factor pegujal cuando con este se remuneraba el trabajo ajeno.

     Dadas estas premisas, resultaría finalmente que por transmisión de una parte de sus tierras la quinta casa obtendría un ingreso implícito de 2.880 reales, una cifra tentativa que podemos aceptar por su semejanza con el otro ingreso de esta clase que el documento menciona positivamente.

     Para la sexta casa el administrador previó una cosecha de trigo de 2.830 fanegas, un volumen que a 15 reales cada una permitiría un ingreso de 42.450. Su cosecha de cebada alcanzaría las 700 fanegas, que vendidas a 7 reales cada una sumarían otros 4.900 reales, mientras que la estimada para las semillas, 320 fanegas, ofrecidas en el mercado a 10 reales podrían proporcionar otros 3.200.

     Los becerros criados en la casa fueron 23. Tasada a 80 reales cada cabeza de esta clase, los 23 agregarían un valor contable de 1.840 reales. Los 7 potros mulares nacidos durante el mismo año en ella, apreciado cada uno a 100 reales, supondrían otros 700.

     La cabaña de los corderos alcanzaría las 680 cabezas. Valorada cada una de ellas en 6 reales, aportarían hasta 4.080. El producto en lana del ovino aprovechado con este fin, estimado en 250 arrobas, como en los cálculos del administrador cotiza a 26 reales cada una, ingresaría por este concepto 6.500.

     La cosecha de los olivares explotados daría un producto de 100 tareas de aceitunas. Como el beneficio de cada tarea se calcula a razón de 8 arrobas de aceite, y cada una se aprecia a 11 reales, todavía la casa sumaría otros 8.800.

 

Aunque mis obligaciones con esta Sección están para extinguirse, como en otro tiempo se extinguía la vida de los siervos, quienes, aplastados por el compromiso que de sus mayores habían recibido, adherido a la tierra que el arado separaba, rendían exánimes sus fuerzas aún jóvenes; o la de los esclavos, que, dueños solo de una trágica inclinación, que los conminaba a terminar por su mano sus días, apenas elegían la fecha fatal; o aún más la de  los animales más innobles, que castrados rendían su cerviz, más baja que la línea del horizonte; me ha sido encomendada una parte del Informe que habrá de elevarse a la presidencia del Instituto, de cuyo proceder, quienes en los sombríos despachos nos esforzamos, solo rumor oímos. Lo admito como el reconocimiento a que durante semanas empleé buena parte de mi tiempo en su elaboración.

     Dudo que la consumación de mi estado sea consecuencia de la relación que he mantenido con la otra becaria del Departamento, miembro de la familia del director, segura de su posición, quien la defiende no sin cinismo, consciente de que la ha adquirido por ser quien es. He de reconocer que ha tenido buena formación, la mejor para situarla como primer becario, la mejor para competir con ventaja, tanto que está a punto de consolidar su puesto. Además es joven, aún no llega a los treinta años, es atractiva y posee todos los recursos necesarios para seducir con éxito a un hombre. Como parte de su estrategia de asalto al puesto fijo, incluso es capaz de enamorarse bajo control de su competidor, el otro becario, atraparlo, con su palabra en ocasiones en otras con sus piernas, y de este modo de su voluntad ser dueña y doblegarlo.

     El núcleo de cada casa era una labor, nombre específico de la explotación o empresa restringida al ciclo vegetativo intranual cuyos esfuerzos se concentraban en obtener un producto de cereales. La unidad técnica que en el espacio servía a esta parte principal de  cada proyecto era el cortijo. El documento demuestra que todas las labores de las casas se constituyeron sobre esta modalidad de concentración de las tierras, cuyo origen, para la región de la que se trata, se remonta al menos a la plena edad media. Cualquier cortijo era un vástago proveniente de una población matriz, desde antiguo radicada en el mismo lugar o emigrada de alguna de las próximas. Como si su vida fuera pujante, se concentraba en unas edificaciones reservadas a las funciones reproductivas de hombres y animales. Pero su primordial justificación biológica era concentrar trabajo, para luego propagarlo por sus tierras, depósitos de cantidades ingentes de suelo productivo. A mediados del siglo décimo octavo, aquella manera de acopiar trabajo además ya había dado origen a un canon de su uso, que los textos llaman insistentemente estilo de cortijos.

     Todos los criterios que se fueron empleando para precisar lo máximo posible su identificación, antes y ahora, desde los biológicos a los teoréticos, puede aceptarlos el lector contemporáneo porque todos son puntos de vista así parciales como sensibles a las evidencias. Nadie podría negar, observada la singularidad de unos gestos, los cruces de miradas, el silencio cómplice entre dos personas, que cualquiera de aquellas evidencias expresan un mismo estado, compartido por ambos, exclusivo, a un tiempo colmado y parcial. Así la percepción de los cortijos antiguos, cuyos síntomas por los textos campan, de los cuales el observador actual recibe y registra en cada ocasión solo una emergencia. Por el momento, para el análisis que pretendemos, seleccionamos el criterio que los cálculos necesarios para adelantar en el análisis de las casas demandan, el que retiene su existencia como una cantidad primero de unidades de producción, luego de superficie.

     Para la mitad de los proyectos bastó un cortijo y otro necesitó dos, no sabemos si contiguos o no. Dado que uno de ellos se llamaba Isla Redonda, y que isla era el nombre que en el territorio fuente daban al área rodeada por un cauce fluvial, sería más probable lo segundo. Con seguridad, por la misma razón, fragmentada en el espacio estaba la labor de la casa que había sido repartida entre un cortijo y unas islas. De otra, que según el documento labraba la mitad de un cortijo y parte de otro, de los cuales tampoco podemos tener la certeza de que hubieran creado un área continua en el espacio, sin embargo disponemos de indicios que permiten concluir que probablemente la casa promotora los había tomado completos.

     Hemos coleccionado medios para comparar lo que en cuanto al número de unidades de producción por labor ocurría en un área más extensa, de alcance regional, para las mismas fechas, así como las denominaciones que convienen a los combinados que resultan. Desde este observatorio parece que lo regular era que cada labrador explotara solo un cortijo y cada año, en consecuencia, mantuviera una labor continua en ese espacio.

     Pero en la décima parte de los casos ocurría que los labradores decidían tomar más de una unidad de producción. Entonces, seis de cada diez utilizaban dos cortijos, para explotarlos simultáneamente, mientras que los cuatro restantes acumulaban con el mismo propósito tres unidades, incluso más de tres en algún caso. La asociación característica de las empresas que decidían acaparar tres y cuatro unidades era cortijo con haza, aunque cualquiera de las combinaciones observadas mantuvo un cortijo como lugar central de su sistema productivo. Bien se trató de un cortijo y dos hazas o bien de un cortijo y tres hazas. Si se tiene en cuenta que haza era cada parcela de un cortijo, hasta las asociaciones más complejas serían de cortijo con fracciones de otros. Cualquier otra asociación ocurría excepcionalmente y por tanto debe considerase irrelevante, aunque las hubiera muy pintorescas.

     Normalmente, quienes tomaban a su cargo más de un cortijo lo hacían aconsejados porque las unidades de producción eran colindantes, lo que en la práctica les permitiría organizar el trabajo como si se tratara de uno solo. Pero también había labores repartidas entre dos parcelas distantes, aunque para ellas también regía el principio de proximidad. Para las que se localizaban en tres o más lugares había algunos grados de dispersión probablemente poco tolerables por exceso de distancia, escasamente compatibles con la unidad de la empresa, lo que sin embargo no impedía que también hubiera otras que no carecían de cierta racionalidad.

     De los que tomaban más de un cortijo, la mitad repartía su labor de manera equitativa entre ellos. En la otra mitad de los casos la superficie sembrada simultáneamente era muy dispar, lo que significa que también para el conjunto de cada labor se creaba un orden, como ocurría cuando un solo cortijo, ateniéndose a los rigores de los sistemas de cultivo, se dividía en hojas. Cuando el número de unidades tomadas era tres, en una se sembraba mucha superficie, en otra poca y en la tercera una cantidad intermedia, por lo que cada una también actuaba como si fuese una sola hoja. Es posible que hubiera cortijos que admitieran dos labores en paralelo, pero, si ocurría algo así, era muy excepcional.

     La cantidad de superficie que cada cortijo abarcara es un hecho valioso para observar las características del mercado de la tierra; un asunto que, como no interfiere inmediatamente el producto anual de las empresas agropecuarias, no entra en el horizonte de la tazmía, pero que es adecuado presentar en este lugar para tomar referencias. Entonces los cortijos del área eran espacios de enorme extensión relativa, principio que, aunque pueda parecer contradictorio, no es del todo incompatible con la idea de que el cortijo tipo no era excesivamente extenso. Evidentemente es posible relativizar, ordenar por tamaño, agrupar por clases, y siempre la idea general se podría matizar, con tanta elasticidad, gracias a la diversidad de situaciones que es posible presentar, que sería posible avalar desde posiciones parciales cualquier idea.

     Valga con decir que, para 1750, hemos podido documentar cortijos activos cuya superficie es un valor comprendido entre 100 y 2.800 fanegas, y que el tipo general lo darían los comprendidos entre las 300 y las 600 fanegas. Por los datos de que disponemos nos hemos persuadido que este es el intervalo que mejor define los valores entonces dominantes. Con bastante probabilidad la mayoría de aquellas unidades de producción  entrarían dentro de esta banda, y dentro de ella aún eran más probables los que se ajustaban al intervalo 300-500.

     Más allá de la observación directa, el tamaño óptimo de los cortijos, para una parte de los analistas, vendría dado por sus rendimientos, de modo que siendo estos también óptimos definirían aquel, y precisarían con más exactitud el necesario modelo. Quienes hacen este tipo de afirmaciones ponen a salvo su virginidad teórica, pero dejan huérfanos de respuestas al problema a sus lectores. Los recursos técnicos de las empresas, obligadamente extensivos, más la enorme cantidad de tiempo de que disponía para su desarrollo el ciclo vegetativo de los cereales en régimen de secano, que ramificaba hasta lo imprevisible las posibilidades de uso del trabajo, llevarían el cálculo del óptimo de la superficie a un callejón sin salida, porque deducir para estos factores valores, que habitualmente las fuentes niegan, obligaría a partir de tal cantidad de supuestos que los resultados oscilarían entre límites tan distantes que no permitirían optar por solución alguna.

     Pero, más allá de las controversias, la idea que debe prevalecer sobre todas es que para el momento al que nos referimos los cortijos son un universo que por su tamaño tipo queda a enorme distancia de cualquiera de las otras modalidades de unidad de producción. Solo a partir de este principio se puede hablar de clases cuantitativas de cortijo, aceptando que ya el tamaño de la unidad de producción tipo al servicio de la empresa de cereal no dejaba lugar a dudas sobre que el destino de su producto, en la región, era el mercado.

 

Gracias a que tratamos con excusados, por definición concentraciones de empresas del tamaño máximo, la tazmía que usamos como medio de observación también permite acceder a un tamaño efectivo de la empresa anual, expresado por la cantidad de unidades de superficie que cada una de nuestras casas explotaba. Las dimensiones a las que a mediados del siglo décimo octavo propendían las labores del margen superior, si se tiene en cuenta la superficie activa declarada por cada una de las seis casas, se concentraría en torno a las 300 fanegas, valor que resulta de promediar las extensiones que cada año abarcaran las labores máximas. Pero si se excluye de los cálculos la quinta casa, que es anormalmente pequeña, ese mismo valor ascendería a 360 fs.

     Para poner a prueba este índice, también disponemos de valores, asimismo de alcance regional, que hacen posible la comparación con los precedentes, cuya exhibición en este lugar consideramos imprescindible para satisfacer el objetivo que nos hemos propuesto.

     Para la época se observa una distribución muy abierta y regular de los valores entre más de 40 fanegas y 540, tamaño máximo observado. Aunque hay labores de todas las dimensiones entre 40 y 540 fanegas cuadradas, dispersión indicativa de que cada labrador decidía con plena independencia, hay una ligera concentración en torno a 60, otra, algo menor, alrededor de 120 y otra, todavía menor, en torno a 480. Pero en modo alguno se observa un tamaño que pueda ser aceptado como modélico. A lo sumo, puede afirmarse que las tres cifras indicadas probablemente fueran el fruto de un cálculo basado en los recursos técnicos puestos en juego, o posibilidades de transformar en capital fijo el beneficio. Así puede deducirse de lo que algunas fuentes indirectas sostienen.

     En contra de lo que la observación enseña, afirman que los tamaños regulares de las labores, expresados en unidades de superficie, eran 100, 200, 400 y 1.000 fanegas, expresivos de explotaciones adecuadas a las distintas capacidades de los labradores. Para los dueños, añaden, sería tolerable una labor tipo comprendida entre 200 y 300 fanegas, porque ellos creían que por encima de las 200 fanegas ya resultaba una labor excesiva, lo que no les impedía decir que la de 100 era pequeña. Aun así, había quien creía que el límite suficiente de una labor podía ser este, si las 100 fanegas se explotaban al tercio y se actuaba como arrendatario. Sus argumentos justificativos son igualmente parciales y de una solidez dudosa, pero de paso nos proporcionan la pista que sirve para adentrarnos en los posibles factores inmediatos del tamaño de cada labor anual. Quien hace aquellas afirmaciones, al tiempo que cree que el límite suficiente de una labor es 100 fanegas al tercio, expresa su equivalente energético. Dice que para una labor de estas características son necesarias 6 yuntas reveceras, lo que equivale a un máximo de 24 reses. Tal afirmación permite proyectar, en la dirección a la que en este momento apuntamos, referencias idénticamente valiosas aunque con apariencia hermética.

     Tomando la unidad yunta revecera para expresar el tamaño idóneo de la explotación, otros opinan que una labor suficiente era la que empleaba entre 4 y 6 coyundas de animales de aquella clase. Luego es posible generalizar que precisamente el número de arados disponibles, más su dotación regular de animales de trabajo, cuyo rendimiento medio conocido permitiría estimar unos múltiplos de superficie regulares, es el límite a cada tamaño de las explotaciones. Si es acertada la deducción, el equipo de los arados al servicio de cada labor decidiría inmediatamente sobre su extensión.

     Toda la colección de informes cuantitativos que hemos hecho nos permite además hacer otras dos observaciones generales, lo bastante valiosas como para justificar la pertinencia de este excurso. En la región, a la forma de explotación llamada labor eran dedicadas de manera muy estable entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todo el espacio destinado a sembrar cereales. Exactamente entre un 76 % y un 80 % de la superficie invertida cada año en esta actividad, según nuestros datos. Esta magnitud era compatible con que las labores, al mismo tiempo, fueran la porción mínima de las empresas destinadas a la producción de cereales que cada año se organizaban. Si a las labores emprendidas en cortijos sumamos las que en hazas o suertes también se acometían al estilo de cortijos, nos mantenemos en torno al 10 % del total de las iniciativas cuyo deseo era conseguir cereal. Por tanto, las empresas que acaparaban más de las tres cuartas partes del espacio sembrado de cereal eran solo la décima parte de las que cada año se organizaban.

 

El objetivo de tan prodigioso acaparamiento de espacio activo era producir cuanta cantidad de trigo fuera conveniente a cada casa, porque con su venta se podía obtener el mayor beneficio de las tierras dedicadas a los cultivos herbáceos. Los labradores eran los primeros comerciantes del trigo, y por tanto los que antes podían disfrutar de las ventajas que proporcionaba el comportamiento de sus precios, mucho más irregular, a causa de las presiones que su mercado padecía, que el de los del aceite, su inmediato competidor en las dedicaciones agropecuarias del momento. Entre las ventajas mercantiles del trigo, no era la más insignificante la que permitía obtener beneficios desplazándolo de un lugar a otro, aun contando con las tarifas que para el transporte terrestre se habían impuesto. Tenía a su favor este comercio una posibilidad entonces inigualada, su demanda sostenida, invariable, gracias a la opinión vigente sobre cuáles eran las necesidades alimenticias, que pone al descubierto la composición del gasto de las familias de la época. Eran estos comportamientos los que convertían la demanda del cereal panificable en la de mayor dimensión, y por tanto el tamaño de las poblaciones en la dimensión exacta de su mercado.

     El comportamiento de las casas analizadas avala la preferencia por este objetivo y el acierto relativo de sus planes. Todas las casas obtenían más de la mitad de su renta de la venta del trigo producido por su respectiva labor. Su aportación relativa al conjunto de los ingresos de las mayores concentraciones empresariales del medio rural era, en términos medios, del 58 %, casi dos tercios, y el valor relativo mínimo observado para esta renta del 53 %, más de la mitad.

     Tan alta concentración del riesgo, que era también exceso de exposición y alta vulnerabilidad de la empresa, en parte era combatida con una esforzada economía de las inversiones, que iba desde los límites a la tierra puesta en cultivo cada año, tasada sirviéndose de los medios de la cesión, hasta la desviación del consumo al mercado internacional, a través de los grandes comerciantes trasatlánticos.

     Eran varios los medios de los que disponían los labradores para moderar la superficie cultivada de trigo cada año. Primero, actuaban en su favor las formas de la tenencia. La inmensa mayoría de las tierras que se ponían a producir cereales, sirviéndose de los derechos vigentes en cada área jurisdiccional, llegaban desde el dominio al trabajo a través de un orden piramidal, en cuya cima estaban los arrendamientos de los cortijos. El número de los que accedían a este primer círculo de las cesiones, dado que las cantidades de superficie que se ofertaban eran grandes, tenía que ser en todos los casos restringido. Garantizar el pago anual de altas rentas obligaba a disponer de medios de financiación importantes, algo aún más estrangulado por la ley. Habiendo ganado alguna de las pocas posiciones hábiles en este primer círculo, era fácil diferir la intensidad del cultivo del suelo modulando los subarriendos, universo en el que se iban escalonando en orden descendente los círculos del acceso al bien deseado, gracias a una gama de fórmulas de cesión en cuyo nivel inferior se encontraba el pegujal.

     Más directo aún era el medio que se ha llamado sistema, que dictaba el procedimiento común. Su vigencia se comprueba leyendo los contratos de arrendamiento de la época, que reiteraban unas reglas del uso del espacio en las que confiaban las partes, las dos situadas en el punto generador de las actividades productivas. En los textos el encaje como sistema de las piezas técnicas seleccionadas existía como una armónica representación, obra de una tradición iletrada que acumulaba saberes de siglos sobre el poso de la experiencia y que descargaba toda la confianza, concibiéndolos como autoridades incuestionables, en el comportamiento reiterado y en el inexorable paso del tiempo.

     Con su coactiva colaboración, creaba un orden peculiar para el espacio que cada labor seleccionaba para el cultivo, un hijo natural concebido por tanto en el círculo central. La tierra de la que se disponía debía dividirse en dos unidades primordiales, la sembradura y el eriazo. El tamaño de la primera descendía de la cantidad que se decidiera segregar al segundo. El tránsito de uno a otra quedaba confiado al mediador llamado barbecho, programa de actividades engendrado donde se expedían las escrituras. Como la tierra que al ciclo siguiente sería puesta en cultivo había que someterla a barbecho durante el actual, con al menos un año de antelación podía ser prevista la cantidad de superficie que sería dedicada al cultivo de los cereales cada ciclo.

     Completaba la moderación del espacio dedicado a él el control sobre las tierras marginales, manera de llamarlas en la que hay que reconocer el límite económico que entonces parecía infranqueable. En los territorios a su alcance las había de dos clases, las que habían sido llevadas al extremo por su calidad y las que relegaba a las posiciones de frontera la distancia. La acción combinada de los dos factores era responsable así de las tierras de rendimientos ínfimos como de las que proporcionaban los que ninguna tenía capacidad para superar. Las primeras cargaban con los costos más onerosos y las segundas atraían la codicia de los mayores patrimonios, empeñados por adquirirlas.

     Aunque su demanda las poblaciones, entonces creciendo, la incrementaban también año a año, el acceso a todas lo difería a conveniencia la autoridad judicial de cada municipio. Como sus asambleas de gobierno, que también disponían del poder ejecutivo local, eran patrimonio de quienes tenían acceso a los medios de financiación, porque habían adquirido sus escaños, los mismos que desde el mercado de los arrendamientos moderaban la génesis anual del espacio cultivado, el resultado del incremento de la demanda de tierra no satisfecha, porque convergía con el crecimiento de las poblaciones, era el descenso del precio del trabajo, favorable a quienes deseaban adquirirlo.

     Si los medios de control sobre el espacio cultivado con cereales no eran bastante para satisfacer el proyecto comercial de quienes disponían de la masa del producto, porque el comportamiento de los precios no fuera el que hubieran proyectado, disponían de un circuito de seguridad para salvar tanto los excesos como las caídas de presión que a la circulación comercial trasladara el producto obtenido cada campaña. Quienes participaban en el gran comercio, porque sus principios especulativos no les vetaban ningún trato, puesto que disponían de almacenes capaces, medios de transporte a cualquier distancia y factores que colocaban la mercancía lucrativa en el lugar más conveniente, podían operar con el exceso o con el defecto de trigo o, si las condiciones de la travesía así lo aconsejaban, de harina.

 

Síntesis expresiva de la estabilidad de los recursos técnicos de las grandes labores son los rendimientos del cultivo que es posible calcular. La gama de los que obtenían del trigo era limitada. La pronosticada para las que mantenían las seis casas estaba comprendida entre un mínimo de 9,6 unidades de capacidad por unidad de superficie sembrada y 11,1.  Tampoco para este indicador es difícil contar con términos suficiente de comparación, que a nuestras casas confieran una posición de referencia en la perspectiva de aquel panorama. Por el momento, puede ser suficiente con aceptar que aquellos valores, sin ser extraordinarios, eran moderadamente altos.

     Solo alteraba la armonía de este cuadro la primera casa, cuya labor tenía previsto un rendimiento excepcional, 14,05 fanegas de trigo por cada fanega de tierra sembrada. Es posible que nuestro administrador, el autor efectivo de todos los cálculos contables que nos informan, diera por supuesto que la fórmula del pegujal podía proporcionar mayores rendimientos, a consecuencia de la mayor intensidad del trabajo, porque su cesión a los sirvientes lo incentivara. De ser acertada la observación, podemos estar ante una pista segura sobre las causas que diferenciaban los rendimientos del momento. Su incremento, y por lo tanto la intensificación, con preferencia se obtendría mediante la inversión de una mayor cantidad de trabajo humano. Como el incremento de la producción, considerado como factor estable del sistema de los cultivos que la tradición mantenía, era combatida, porque a las labores, sus acaparadoras, las exponía al riesgo de la caída de los precios, que una de ellas recurriera a la intensidad puede significar que tal vez necesitara incrementar su disponibilidad de producto.

 

El capital de cualquier labor, para una antigua teoría orgánica, estaría compuesto por piezas que conectadas entre sí se propondrían alcanzar el fin productivo que la inspiraba. Hasta ahora no he podido leer la descripción del encaje armónico de las piezas agentes de aquel efecto. Pero sí he podido observar que para la capitalización de las labores, que al menos en parte tenía que ser consecuencia de la tradición que los especialistas llaman sistema, dada la importancia que la cantidad de trabajo invertido tenía para ellas, tanta que podía marcar la diferencia entre las que se proponían la intensidad y las que no, una parte estratégica era su consumo de energía, cuya porción más importante, descontada la gratuita que del sol recibían, se obtenía del ganado de labor.

     Se incluía en esta categoría el que labraba y transportaba al menos dentro de la explotación. Las especies a las que las casas recurrían, para que aportaran la masa de trabajo que empleaban en sus labores, tal como el análisis de la composición de cada casa ha debido demostrar, eran la bovina y la equina mular. La literatura agronómica contemporánea reitera tópicos sobre las ventajas e  inconvenientes de una y otra especie. La evidencia de las casas analizadas enseña que a mediados del siglo décimo octavo las labores de la mayor dimensión, sobrepasando los prejuicios de los textos, prefieren asegurarse la energía que necesitan invirtiendo en ambos recursos.

     La mitad de las casas analizadas mantenían al mismo tiempo bovino y equino mular, aunque es necesario reconocer que manifestaban cierta preferencia por el bovino. Dos explotaciones solo utilizaban ganado de esta clase, de donde resulta que un total de cinco de las seis reconstruidas contaban con el aporte energético de la especie. Para los sistemas, la preferencia por el bovino estaba justificada por su versatilidad. De la madre, además de las crías, se podían obtener los productos lácteos y, en caso necesario, mientras ningún obstáculo biológico lo limitara, también su trabajo. El macho no apto para ser padre, una vez castrado, decisión a partir de la cual quedaba reducido a buey, concentraba toda su potencia en el trabajo, del que era el principal responsable, y una vez agotado todavía era aplicado al engorde, al sacrificio y a la venta en los mercados de la carne, la piel y el hueso.

     Solo una labor se confiaba íntegramente al mular. En su momento ha debido quedar expuesta la posibilidad de que esta excepción fuera la consecuencia de ciertas características del suelo que trabajaba una de las casas. Para los propagadores de la dogmática agronómica, los problemas del mular tenían su origen en las complicaciones que podían derivarse de su condición de artificio. El mulo resultaba de la unión del asno padre con una yegua. Según su sexo, el descendiente se llamaba mulo o mula. También era posible obtener el híbrido cruzando un caballo padre con una jumenta, en cuyo caso el descendiente debía denominarse burdégano, prurito léxico que no afectó a los autores de los documentos del sur que han quedado a mi alcance. Pero en cualquiera de los casos, salvo contadas excepciones, eran estériles.

     Pero si se tienen en cuenta las casas que recurrían a la inversión energética mixta hay que reconocer que dos tercios de ellas también invertían en el recurso mular; y si, en vez de aceptar que la presencia cualitativa del bovino era mayor, se cediera a la tentación de discutir el aporte relativo de cada especie, tomando literalmente las estimaciones del tamaño de las respectivas cabañas, acometidas precedentemente, habría que admitir que en realidad los mulos eran más apreciados por las grandes labores que los bueyes, porque sumados todos los bueyes se obtiene un total de 110, mientras que los mulos deducidos por el mismo procedimiento suman 138.

     Teniendo en cuenta que estos cálculos incluyen supuestos y que la diferencia entre las cifras no es significativa, aparte otras circunstancias modificantes, que son responsabilidad exclusiva del procedimiento, probablemente sería más acertado reconocer que a mediados del siglo décimo octavo ambas fuerzas estaban en plena pugna, en el punto que el pulso aún las mantenía próximas al equilibrio, que en este caso significa lo mismo que equivalencia.

     Pero hay una manera más ponderada de observar la evidente competencia entre las dos fuerzas, operar con el valor de su respectiva productividad.

 

Para hacer cálculos sobre la potencia energética del ganado de labor tanto da tener en cuenta como animales de trabajo solo a los machos, a los machos y a las hembras o a los machos, las hembras y los padres, porque el objetivo que nos proponemos, actuando de este modo, se limita a comparar los volúmenes de trabajo obtenido de las especies laborales. Basta con tomar uno de los tres grupos, y siempre el mismo, para que los resultados sean equiparables. Para simplificar los cálculos, hemos preferido solo las cabezas de trabajo en sentido estricto, bueyes y machos mulares.

     Tomando los casos que utilizan bovino exclusivamente, es posible calcular la productividad del factor buey sin interferencias. En el primero, la superficie trabajada por 15 bueyes sería 200 fanegas, lo que daría un resultado de 13 fanegas por animal; en el otro, 48 fanegas para 12 bueyes, de donde la productividad quedaría reducida a 4 fanegas por buey.

     Muy probablemente la exagerada disparidad de resultados esté interferida por la supervivencia de una forma de servidumbre muy extendida, aún vigente a mediados del siglo décimo octavo. Los dos casos que solo recurren a los bueyes son al mismo tiempo aquellos en los que una parte de las tierras de la unidad de explotación está cedida en pegujales. Es posible que los pactos de cesión incluyeran, además de pequeñas parcelas, la posibilidad de recurrir a la energía que proporcionaba el ganado mantenido por una labor dominante.

     Pudo ocurrir que los sirvientes de la primera, para explotar sus pegujales, recurrieran también a una parte del ganado destinado al trabajo que tenía el cedente, quien por tanto, al transferirla temporalmente con la tierra, pudo disponer de menos del que para su labor necesitara. La segunda, la que revela una productividad muy baja, es al mismo tiempo la que tal vez fue una empresa que incluía un plan de cesión en pequeñas unidades de explotación de las tierras del cortijo. El ganado bovino del que dispusiera el labrador pudo ser una parte de la oferta de lotes integrales de explotación, que sin embargo no se vio satisfecha porque los que se acogieron a la condición de sirvientes, con el fin de acceder a aquellas pequeñas empresas, utilizaron sus propios recursos energéticos. En consecuencia, el amo de la labor finalmente se vería en la necesidad de mantener más cabezas de trabajo de las que realmente necesitaba.

     Pero también es posible que haya interferido en los cálculos un efecto de tamaño, de modo que en alguna medida asimismo estemos observando solo un fenómeno estadístico. Para reconocerlo, basta mencionar que el valor proporcional de cada buey se incrementa en razón inversa a la superficie explotada.

     Por tanto, es más probable que nos situemos en una posición más próxima a los rendimientos regulares del trabajo animal bovino si tomamos los dos casos como un todo. En ese supuesto, para el rendimiento el resultado sería algo más de 9 fanegas cuadradas por buey, más próximo al valor mayor porque mayor es la proporción que aporta el primer caso. El resultado que se obtiene calculando a partir del único en el que se utiliza solo equino mular no difiere mucho. La productividad que se le puede adjudicar sería de 8 fanegas de tierra por macho activo.

     Como podemos también calcular la productividad de los casos mixtos, los que para el trabajo utilizan tanto bueyes como machos mulares, cualquiera de las cuentas posibles, de toda la superficie entre todas las casas, de la mitad de la superficie entre las cabezas de una especie y de la otra mitad entre las cabezas de la otra, sería equivalente, por lo que basta expresar una sola vez los resultados. Para un caso la productividad sería de algo más de 8 fanegas por cabeza, para otro de algo menos de 6 y para el tercero de 8. Sobre estos valores también es posible elaborar un indicador síntesis del agregado de todos los casos que recurrían al combinado de energía, cuya cifra es casi 7 fanegas de superficie por animal de trabajo.

     El último cálculo de productividad que se puede ensayar es el que no discrimina entre especies. Tomando en cuenta todas las tierras activas declaradas, así como todas las cabezas de ganado de labor estimadas, se deduce una productividad de casi 7,5 unidades de superficie por cada animal de trabajo. De donde se infiere que la condición especie apenas era relevante para obtener el trabajo que fuera necesario, mientras que tal vez lo fueran en una proporción muy superior las condiciones contractuales por las que se podía acceder a la utilización del aporte energético de los animales injustamente llamados bestias.

     Sé que esta conclusión, al director del Departamento, a quien me une una relación que dura ya décadas, que ha sido investido hijo predilecto del lugar donde nació, donde bueyes y mulos pasaron siempre por enemigos irreconciliables antes de evaluarlos, no satisfará; que mi insistencia en revelar indicios de la fuerza que conservaba la servidumbre, todavía en tiempos próximos pasados, le parecerá inadecuada por anacrónica.

     No deseo polemizar sobre un asunto que tal vez, conocido el estado al que ha llegado su salud, pueda irritarlo innecesariamente. Estoy seguro que sería improcedente mencionar en este lugar que los testimonios sobre él que tengo coleccionados, unos provenientes de los sistemas de crédito que regularmente financiaban la agricultura de los cereales, fuera en dinero fuera en las especies que se invertían en las sementeras, otros de los contratos de cesión que se acordaban mediante escritura pública, parte emergente de una extensa red de relaciones, son abundantes y persisten en revelar que una porción importante de la masa de trabajo humano que hacía posible el producto del trigo procedía de relaciones sostenidas por el principio de servidumbre.

     Un observador externo podría pensar que mi insistencia en recurrir a él procede de mi forma de percibir las relaciones laborales, marcada por la experiencia de mi ya dilatada vida de trabajo. No voy a ocultar que esto en mi caso ocurre. Pero también creo que el lector de esta parte del Informe no debe juzgar mi declaración como la prueba incontestable de una rémora excepcional.

     La confianza concedida a los métodos ha sido excesiva, y ha degenerado en la presunción constante de imparcialidad. Sorprende oír o leer que tal gestor de los asuntos públicos opina o actúa ahora como responsable administrativo, al margen de sus convicciones, ahora como persona privada, con independencia de sus obligaciones legales. Ni una ni otra presunción tiene fundamento, como no lo tendría quien pretendiera convencernos de que para poder estar en dos lugares al mismo tiempo hay que partir por la mitad el cuerpo. Ni cuando actúa como hombre público se desprende de sus convicciones, sean cualesquiera sus afirmaciones, ni cuando actúa en privado se olvida de sus responsabilidades, declare el que quiera de los riesgos a los que pueda quedar expuesto; como el caminante que elige una dirección no va en la opuesta, como la lluvia solo puede caer. Nadie, cuando expone los resultados de sus indagaciones, las segrega del fondo de sus pensamientos, masa nutrida con toda la gama de las fuentes de las ideas, conocidas o desconocidas, denominadas o por denominar, intuidas y fragmentarias o ya regladas por las leyes de la lógica.

     Tampoco resultaría adecuado extenderse en dirimir sobre las fuentes que alimentaban la servidumbre, sostenidas por el principio de vinculación que todo lo contaminaba, corrientes subterráneas bajo los cimientos, áreas en sombra de las cavernas; las instituciones que contribuían a la supervivencia de esta, fueran canónicas o civiles, menos aún sobre qué fuera servidumbre y las formas de captar el trabajo ajeno para invertirlo en beneficio propio. Desplegar el problema en tantos frentes, porque lo conozco desde hace años, y hemos convivido en muchas circunstancias, gratas en ocasiones, con frecuencia hoscas, toleradas, distantes también, porque nefastas nacen las que concibe la relación laboral; y solo la renuncia al punto de vista propio, la sumisión, el cálculo sobre lo que en cada momento conviene, no solo a quien se ve envuelto en cada controversia, sino a la familia toda que ha creado, confiando en las rentas que le proporciona su trabajo, hacer violencia a la vehemente voluntad, que presiona sobre el esternón con insolentes exigencias, convierte en gratas; tendría tanta fuerza apoplética que podría desencadenar efectos fatales.

     Nada más lejos de mi domeñada voluntad, distante de este desenlace como apartadas del centro de la explotación estaban las tierras cedidas bajo las condiciones más desfavorables, para que los costos de tiempo y movimiento que exigía la obtención del producto, al final percibido a cambio de una inversión constante por el cedente, fueran absorbidos por el trabajo del cedido.

     Provocaría unas consecuencias de ningún modo deseadas por mí. Por lo mismo que quien habiendo contraído compromiso de trabajo en tierra ajena a cambio de una parcela, sobre la que crear la explotación propia, cuya dimensión tendría que ser equivalente a la cantidad de trabajo que pudiera rendir, aceptado un modo de equiparar una y otro, preferiría, para la campaña por la que se hubiera comprometido, un comportamiento de la lluvia, que a todos alcanzaba, en modo alguno desfavorable. No está entre mis aspiraciones actuales, aun siendo el sucesor a la dirección previsto por el régimen administrativo vigente, para el caso que falleciere el titular, hacerme cargo del Departamento.

     El análisis del ganado de labor de las casas además pone al descubierto que todavía podía complementarlo el equino caballar. Pero de lo observado sobre la dimensión que para él reservaban las casas se deduce que era muy secundario, lo que en modo alguno debe interpretarse como inferior. Gracias a los indicios que se obtienen de testimonios paralelos, se puede afirmar que con mucha probabilidad su uso productivo estaba reducido al transporte a lomos de quienes desempeñaban las funciones directivas en una labor, labradores orondos muchos, escuálidos administradores otros.

     Por último, también debe constar que del tercero en discordia, según la literatura agronómica que el interesado por la época se ve condenado a leer, el ganado asnal, en las grandes labores analizadas a través de la tazmía no ha dejado el menor rastro, en ninguna de las seis casas.

 

Para avanzar en el conocimiento del capital que atesoraban las grandes labores, que a las casas agropecuarias permitían perpetuarse, con la misma seguridad que se perpetúan el viento y la lluvia, la noche y el padre sol; contando con las ideas deducidas sobre el tamaño y las aplicaciones reservadas a las cabañas para el trabajo, debe detenerse el análisis en el tipo de arado al que habitualmente recurrían.

     Porque la maquinaria para el cultivo de los cereales no estaba sometida a gravamen, la tazmía no proporciona ningún dato sobre ella. Pero, porque nos conviene explicarla en este lugar, exponemos al juicio del lector toda la documentación coleccionada por este Departamento que permite reconstruir el ingenioso artefacto de manera que satisfaga dos propósitos, averiguar otras características del equipo de trabajo y justificar la pertinencia de la atención que este Informe concede al ganado de labor.

     Habiéndose consumado hechos, en el transcurso de esta investigación, que han alterado la convivencia entre los miembros del Departamento, la misma que hubiera redundado en el mayor trendy de aquella, gracias a la más estrecha colaboración entre los autores de partes, cada uno de los cuales ha debido trabajar con más autonomía de la que parece razonable cuando se juega un proyecto colectivo de esta envergadura; que ya, porque llega a cierto público lector, tendrá que nutrir cada currículum, aun en contra de la voluntad de sus autores; quien escribe carece de la certeza que a los hombres conforta cuando toman sus decisiones analíticas, y mediante los pulsos que el plexo solar registra alcanzan la seguridad de haber acertado. Ofrece el balance de sus esfuerzos convencido de que sus alegaciones, aunque sean juzgadas un desacierto, hasta bajo las condiciones de la niebla, con los ojos vendados y la confesada renuncia a ver, sean observadas, si no por el lector independiente, que la tramitación administrativa de este Informe por ahora excluye, sí por los miembros del Comité como una transición sedante.

     Probablemente una modesta reflexión sobre un mecanismo primitivo, inspirado por las leyes de la palanca, no es bastante para amortiguar las fatales consecuencias que habrán de tener los actos criminales cometidos, sea contra la voluntad de su autor sea que los haya premeditado, haya actuado en solitario o en colaboración con otros que tengan acceso a la dependencia desde la que escribo, que comparto con otros dos compañeros. Pero, salvo un indicio, es cuanto en esta circunstancia está a mi alcance. En esta misma publicación, dedicada a difundir documentos e investigaciones como reconocimiento a Dante Émerson, gracias a una feliz coincidencia he identificado la siguiente colaboración de un miembro de este Departamento, firmada con seudónimo, que considero indiciaria.

     Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea.

     Estaba a un lado de la carretera, poco transitada sin dejar de ser recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido.

     Para desconcierto de sus perseguidores, concluida la obra, dispuso de un café, donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo.

     La secuencia de todas las cámaras formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del intramundo cegado, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza.

     A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que había degenerado por aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección oficial del edificio encontraban refugio.

     Entre sus planchas también había cámaras acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de dinamita expansiva, que al ciego hacían ver, al sordo oír.

     Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier lugar de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos.

     El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en aquellas.

     Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba el crimen de la cerveza, fluido que pasada la medianoche podía costar el juicio, en el cuarto sur de Chicago mientras rigió la Ley Seca. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional.

     Su pasión era Donita Dunes, empleada de La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente.  Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía.

     Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la magna obra clandestina.

     Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna.

     Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad.

     Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna.

     Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó al mafioso apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna.

     Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes.

     Hasta entonces se había considerado invulnerable. Pero en aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas; aunque su vida, mientras la envolvió una nube de incienso, antes que estar en riesgo la presintiera sagrada. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido que antes de acudir al desfile había guardado en él 9.000 dólares.

     –Probablemente era un carterista –respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar.

     El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor único. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial, a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.

 

Aunque en algunos casos no se adjetive, o en otros el tipo que se refiera se apellide romano, es lo más habitual que las fuentes insistan en llamar revecero al arado que habitualmente usaban las grandes labores. La precisión resulta sumamente valiosa porque su significado es muy restringido. Con aquella denominación no se hacía referencia a las características peculiares de un instrumento de la clase de los arados. En la época revezo era lo mismo que repuesto. Arado revecero era pues el que disponía de relevo. Las labores recurrirían a una inversión suplementaria en mecánica, probablemente para mantener la parte primordial del trabajo de la tierra a salvo de cualquier circunstancia que pudiera interrumpirlo.

     Pero si se desciende de la denominación del aparato a los hechos a los que estaba destinado su uso, las descripciones que se han conservado sobre las técnicas que originaba permiten mejorar mucho el conocimiento de esta pieza primordial entre todas las que se agregaban para capitalizar las mayores labores, bien que utilizando el de las cabañas de trabajo que ya ha debido adquirirse.

     No en todos los lugares el revezo tenía el mismo contenido cuantitativo, ni por tanto energético, ni por tanto de esfuerzo inversor. Las diferencias más importantes tenían su origen justo en la cantidad de ganado disponible. La modalidad más común del repuesto corría a cargo del ganado de labor con el que en cada caso se contaba, y no del arado, de modo que en la práctica del revezo era propiamente refresco.

     Un labrador de la época, bajo el peso del testimonio debido a la instancia judicial de la región, insistente así como severa, afirmó que disponía de 20 yuntas, y que esta cantidad de fuerza, según el cálculo regular en donde vivía, o de yuntas reveceras, compondría una cabaña de 80 cabezas. En otro lugar, no muy distante, algunos años después, asimismo a propósito de la misma técnica, se decía expresamente que seis yuntas reveceras eran veinticuatro reses. Gracias a ambos testimonios, se puede sostener que el revezo, al menos en algunos lugares de la región, era una práctica del trabajo con arados que consistía en complementar cada yunta regularmente con otros dos animales de repuesto.

     Es suficiente para imaginar cómo se practicaría el revezo de la forma más sencilla. Una pareja de animales tiraría del arado y haría un surco. Cuando llegara al final, otra, equipada con su arado, situada en el límite de la parcela, haría el surco de retorno, mientras que la yunta anterior, gobernada por el vigoroso rector que los textos llaman gañán, quien también descansaría, se preparaba para tomar el relevo en donde se hubiera detenido. Y así sucesivamente. De ser correcta esta secuencia de movimientos imaginados, los arados de las labores, con su correspondiente equipo de animales y hombre, tendrían que trabajar por parejas, y en las mayores sería más probable el número par de estas unidades de trabajo complejas.

     Pero otras informaciones obligan a pensar en una variante de esta modalidad del revezo. Pudo consistir en que al final de cada surco los animales que hubieran trabajado fueran liberados del arado y, en el lugar donde se hacía el cambio, al yugo se uncieran los de refresco que allí esperaran. Parece poco probable que habitualmente se actuara de este modo, dado el gasto suplementario de trabajo que supondría uncir y desuncir bestias a cada trayecto de ida y vuelta. Sin embargo, porque permitiría bastarse con la mitad de arados que la otra, tendría como ventaja que al menos reduciría a la mitad la inversión en maquinaria.

     Sin embargo, con tales matices aún no queda agotada la exposición de todas las posibilidades que permitían sacar el mejor partido a la fórmula. Todavía la forma común del revezo admitía otras prácticas, sobre las que se han conservado testimonios, bien que más dispersos, uno de ellos procedente de una cuarta población. Alguien, sometido a las mismas condiciones coercitivas, impuestas por la seriedad de los tribunales, precisó que allí todos aran con yuntas reveceras porque las cambian por otras a mitad de la jornada, lo que permitiría una tercera versión del refresco, muy práctica y más compatible con el ahorro de trabajo humano.

     Por tanto, según esta serie de informes de origen documental, parece que fuera lo más común que el revezo estuviera ordenado como un recurso técnico para cuya práctica sería necesario disponer de cuatro animales por cada unidad mecánica de trabajo, se alternaran con su equipo íntegro, se uncieran a solo un arado después de cada giro o se repartieran por mitad toda la jornada.

     Pero el revezo aún admitía otras prácticas, asimismo dependientes de la potencia energética disponible. En una quinta población, en el transcurso de la segunda mitad del siglo décimo octavo, pudo emplearse una modalidad no del todo compatible con las anteriores. De unos labradores reveceros se dijo que tenían cuatro yuntas, lo que en aquel lugar y sus alrededores daba un total de ocho.

     La respuesta a la que en este caso se acogieron los depositores fue lo bastante imprecisa como para admitir primero la posibilidad de que quienes labraban de aquel modo a cada arado uncieran solo dos reses. Pero como, de ser correcta esta interpretación, quedaría precisamente excluido el relevo, y por tanto sería obligado reconocer que no tendría sentido hablar de arados reveceros, habrá que admitir, de acuerdo con la dimensión de la cabaña que indican las interpretaciones precedentes, que ocho serían las yuntas reveceras; una lectura que equivaldría a aceptar que a la composición de este complejo contribuían treinta y dos animales, lo que nos llevaría de vuelta a la primera modalidad: cuatro animales por arado. Sin embargo, simultáneamente, algunos de quienes comparecieron ante el juez en la misma población dijeron que invertían en energía de labor a razón de tres reses por arado, de donde se deduce que solo un animal sería el sustituido cada vez, con más probabilidad dividiendo la jornada en tercios.

     Pero ni aun con todas estas variantes queda descrito por completo el espectro de las posibilidades de combinaciones de los recursos básicos del capital de las explotaciones. Debemos felicitarnos de que subsidiariamente toda la información referida a las relaciones entre tamaño de la cabaña al servicio del trabajo en las labores y su inversión en arados permita trazar los límites del empleo de la energía animal al cultivo de los cereales más allá de la que fuera consumida en las explotaciones del rango más alto. El recurso al adjetivo revecero cuando se habla de labradores obliga a creer primero que en la práctica no todos los labradores, en todas las poblaciones, dispondrían de este recurso. Los habría que no siempre tendrían cabaña suficiente para relevar y refrescar a los animales que se esforzaban en la espiral del trabajo diario.

     Las declaraciones que hemos podido coleccionar asimismo documentan otra voz de alcance limitado, que descubre un escalón energético todavía más bajo. El responsable de una explotación modesta afirma que seis bestias formaban tres cangas, denominación que entonces reservaban para referirse a las yuntas de ganado que no fuera boyal, lo que obliga a pensar en una unidad básica para el trabajo agrícola compuesta bien con una yunta de equino mular o bien con una asnal, cualquiera de ellas equipada con su arado. Y, aparte las interpretaciones a las que se prestan los localismos, el empleo de este concepto permite  admitir que la unidad mínima de energía animal aplicada al trabajo en el cultivo de los cereales, porque es el límite inferior en el que se puede pensar, y porque así también lo expresan los documentos sin ambigüedad, estaba encarnada en un solo ejemplar, que cuando había alcanzado el límite inferior de la cantidad de energía disponible era de la especie asnal.

     El análisis precedente es bastante para concluir que es necesario ser cautos cuando se interpretan los textos que mencionan el revezo. La abstracción en los hechos se descomponía en al menos tres piezas: el arado, la yunta y los labradores, cada uno de los cuales podía adjetivarse revecero; puntos de vista desde los que observar el mismo fenómeno que sin embargo no eran intercambiables. Yunta revecera sería la que refrescara a otra, arado revecero el refrescado, fuera por una yunta o solo por un animal, mientras que el labrador de esta clase sería el que hiciera uso de cualquiera de ambos recursos mediante la combinación de sus posibilidades. Cualquiera de los tres elementos pudo convertirse en el factor a partir del cual considerar las posibilidades energéticas de cada labor.

     En pleno siglo décimo octavo fue el arado el que se impuso. Como eran reveceros los que relevaban, fraccionando a conveniencia la jornada de trabajo, al menos uno de los animales de la yunta; cada uno de los cuales era sustituido por los de refresco que esperaban su turno en el límite de la parcela que se trabajaba; para los cálculos empresariales, el medio mecánico, el instrumento en el que convergía con flexibilidad la cabaña de labor viva, sujeta al ciclo biológico anual, en cuyo transcurso inevitablemente tanto se sumaban como se restaban cabezas, actuaba como una unidad tecnológica compleja que expresaba con la mayor exactitud, superior incluso a la que permitiera el número de cabezas de las cabañas de labor, la potencia y por tanto el tamaño máximo de cada empresa para la producción de cereales. Tanto era así que a mediados del siglo décimo octavo, en la región a la que invariablemente nos referimos, se había consolidado la costumbre  de invocar el número de los arados disponibles en cada explotación para cualificar las labores. Porque en todas estas se suponía siempre el revezo, se convirtió en la forma habitual de expresar de manera sintética la capacidad de invertir en el trabajo que demandaban y la energía potencial que acumulaban sus cabañas. De ahí que, gracias a los cálculos sobre el tamaño de los recursos ganaderos que han precedido a esta parte del Informe, hechos a partir de los datos proporcionados por la única tazmía, estemos en condiciones de acometer la deducción del número de los arados que pudieron estar a disposición de nuestras casas.

 

Es posible ensayar tal estimación a partir de dos procedimientos. El más sencillo sería el que calculara tomando en cuenta el número de bueyes y machos que ya habrá sido admitido para cada labor. Tal como es descrito el revezo, para deducir el número de arados el divisor animal preferente tendría que ser cuatro. Como nada impedía que se practicara la modalidad económica con solo un animal de refresco, la constante de los cálculos también podría ser tres. Pero como también hay indicios que permiten pensar que, aun en el caso de que los arados se declaren reveceros, el número regular de animales por arado de una labor podía ser solo dos, para marcar el límite inferior de las posibilidades mecánicas parece recomendable calcular también a partir de este número. Basta operar sobre los tamaños de las seis cabañas de labor ya obtenidos, utilizando los divisores cuatro, tres y dos, para deducir inmediatamente la cantidad máxima y mínima de arados reveceros de los que podía disponer cada explotación de cereales de las casas analizadas.

     Otro, más complejo, pero cuyos resultados estarían más depurados, podría poner en  relación los datos sobre el revezo con el número de becerros y potros que se cobraban en concepto de diezmo, así como con la esperanza de vida de bóvidos y equinos. Combinando la información reunida para el número de animales por arado revecero, que permite manejar un valor comprendido entre dos y cuatro, con una edad media estimada de cualquier cabaña de labor de 8,2 años, obtenida a partir de una tabla de mortalidad animal específica, para completar los cálculos se podría aceptar una relación de masculinidad al nacer de 100. Por último, incluso se podrían hacer cálculos alternativos tomando en cuenta la posibilidad de que las madres trabajaran.

     Por el momento, a reserva de experimentar con el procedimiento más complejo, nos reducimos a ensayar con la primera fórmula. En nuestro Departamento, para cualquier clase de análisis tentativo, tenemos acordado optar por instrumentos de simulación cuya complejidad no desaliente al lector. El género al que debemos recurrir, para que sean divulgados nuestros esfuerzos, por desgracia se ha bastado a sí mismo para estimular la deserción de los lectores. Algún amigo fiel con el que se intercambian resignadamente textos, tenga o no interés por el tema, el corrector de las pruebas, raramente el editor y la madre del autor, devota incorruptible que sin embargo no puede evitar las cabezadas, es la nómina más extensa de lectores que esta clase de narraciones recluta. Tanto ha descendido en la escala de la literatura el género al que nos debemos que la publicación se ha convertido en su objetivo final, y los autores se dan por satisfechos cuando la consiguen.

       Además, la aplicación de la fórmula más directa admite una corrección sencilla, en beneficio de la segunda, provista por la lectura de los textos, que cuenta en su favor con otra ventaja, que permite flexibilizar los cálculos hasta obtener valores enteros. Era costumbre arraigada en la crianza de las cabañas de labor, según reiteran las fuentes, disponer de alguna cabeza de más, para hacer frente a las adversidades que el ganado sufriera. Si además no discriminamos entre especies, podemos llegar finalmente a las siguientes estimaciones del número de arados que pudo tener cada una de las seis labores analizadas.

     Serían tres los arados reveceros con los que la primera casa se habría equipado, y puesto a disposición de los trabajadores para mantener la actividad en el cortijo, si el revezo fuera muy conservador, de cuatro animales por arado con una reserva de tres. Es posible, sin embargo, que la potencia energética fuese apurada algo más, y al menos se optara por cuatro arados con solo un animal de relevo por cada arado y la misma reserva. Y también cabría, si la inversión de la energía viva fuera la más arriesgada, y se renunciara por completo a la reserva, que los arados fueran cinco, a razón de tres animales por arado, en cuyo caso la explotación del recurso en la escala del ciclo anual sería extrema. Por tanto, la primera labor dispondría de un número de arados reveceros que es posible estimar comprendido entre tres y cinco.

     Ateniéndonos a las mismas pautas de cálculo, se puede por tanto afirmar que la segunda casa tendría entre 11 y 15 arados, la tercera entre 20 y 27, la cuarta entre 13 y 18, la quinta  entre 3 y 4 y la sexta entre 10 y 13. Dado que en este lugar el objetivo que nos hemos propuesto es deducir cuanto podamos sobre esta pieza imprescindible del capital agropecuario, porque confiamos en que las posibilidades que su conocimiento ofrece sean las mayores para avanzar en el conocimiento del orden de las labores modernas, factor de la organización de las casas que efectivamente permite plantear la fuente, creemos que las deducciones precedentes por último consienten afirmar que la inversión en ellos pudo hacer que la tercera casa fuera la más potente, que tuviera la mayor capacidad para concentrar tierras puestas a producir, mientras que las primera y quinta serían las que de antemano habían limitado severamente su capacidad para responsabilizarse de tierras que pudieran crear grano.

     Porque estas deducciones con nitidez aíslan las explotaciones que se servían de pegujales, indican la necesidad de sondear la relación que tal vez hubiera entre el factor tecnológico llamado arado revecero y aquella forma de cesión. Como el pegujal que contiene la servidumbre era también una cantidad de trabajo a favor de la labor, pudo ser intercambiada con el esfuerzo de los animales. La técnica del revezo pudo estar inmediatamente modificada por la existencia del pegujal. Allí donde fuera más abundante, si con la cesión de la tierra bajo esta condición se transfería también energía animal, el revezo se vería en la necesidad de ser más económico. Se podría defender por tanto que cuantos más pegujales tuviera subordinados una labor, menor sería el tamaño de las cabañas de animales destinados al trabajo en la explotación dominante.

 

Para garantizar la alimentación del ganado de labor cualquier explotación de esta clase podía disponer de recursos propios, una parte en forma de pasto y la otra acopiada como forraje y pienso.

     El pasto del que una labor dispusiera era sobre todo responsabilidad directa de la extensión de su eriazo. Con esta palabra, en la época que colma nuestro horizonte, hacían referencia a la superficie de la unidad productiva que los labradores conservaban sin cultivar, porque careciera de aptitudes, pero también porque hubieran hecho cálculos sobre la extensión conveniente a sus reservas, ajustados a las previsiones que les fueran más favorables. La extensión del eriazo mantenía una relación inversa con el barbecho así como con el rastrojo. Mientras que el barbecho era la tierra ahora preparada para ponerla en producción durante el ciclo siguiente, el rastrojo era la aún ocupada por los restos de la cosecha previa, cuyo aprovechamiento se prolongaba al menos paciéndolo el ganado, una vez cerrado a la derrota comunal. A su vez, barbecho y rastrojo eran espacios complementarios, separados por el irreductible eje de la tierra cultivada. Ninguna de las tres unidades tenía que ser un área continua, y la existencia de cualquiera de ellas era consecuencia técnica de una decisión estratégica, la velocidad del sistema, también por último dependiente de la cantidad de tierra tomada en cesión y del tiempo para el que se hubiera acordado.

     Cualquier velocidad, que es la parte más conocida de los sistemas, a mediados del siglo décimo octavo se decidía sobre un fondo bienal constante. De cada unidad de producción explotada por una labor, porque se proponía sacar el máximo partido a la tierra que abarcaba, cada año era sembrada solo una fracción de su superficie. Las modalidades que admitía esta pretensión máxima, aconsejada por el deseo de acumular producto, eran bastantes. Todo consistía en combinar de la manera más ingeniosa, a criterio de cada amo, o de aquellos en quienes hubiera delegado su poder omnímodo, dos piezas. De un lado, las condiciones de cesión que en cada caso se hubieran comprometido. Al dominio sobre el cortijo, unidad productiva tipo de las labores, entonces solía accederse mediante arrendamiento. Los contratos que las partes firmaban preferían una duración corta, con mucha frecuencia trienal, aunque es necesario reconocer que para esta parte de los acuerdos tampoco regía una fórmula que pueda admitirse como única. De otro, dentro de los límites impuestos por el tamaño de toda la tierra bajo dominio de cada labrador, los cuatro elementos de la sintaxis del sistema que se han mencionado: sementera o área cultivada, rastrojos, barbecho y eriazo.

     Para disponer tanto del forraje como del pienso las labores recurrían a cultivar cebada, gramínea preferida como alimento del ganado al menos desde la edad media; y a las llamadas semillas, fundamentalmente leguminosas, cultivo que se consumaba en las tierras en barbecho ya en la época moderna. Así la cebada como las semillas podían ser utilizadas bajo cualquiera de las dos metamorfosis.

     Uno de los estilos de uso de la cebada, naturalizado en las labores, era sembrarla en los rastrojos. Pero en las explotaciones organizadas en las tierras que han entrado en nuestro campo de observación parece que se prefirió recurrir a la posibilidad más común, sembrar la cebada en una parte de las que se habían preparado durante la campaña anterior. Tal vez fue una decisión consecuencia directa del deseo de sacar el máximo provecho a la superficie disponible.

     Los rendimientos de la cebada que permiten calcular los datos de la tazmía indican que tal era el factor que aconsejaba. La primera casa obtuvo de la que sembró nada menos que 23,33 fanegas cúbicas por cada fanega de superficie sembrada, mientras que el de la segunda (1.150 fanegas de capacidad obtenidas de las 46 cuadradas que se habían sembrado con este cereal) fue incluso superior, 25 fanegas por fanega, y todavía el de la tercera fue alto, de 21,25. Los de las otras tres fueron algo más moderados: la cuarta 13,6, la quinta 12,5 y la sexta 17,5. El rendimiento tipo que resulta de la serie de los parciales, 18,86 fanegas de capacidad por fanega de superficie, conserva el sello de los altos rendimientos en los campos de las labores sostenidas por las casas principales.

     Creo sin embargo que las deducciones que puedan hacerse a partir del análisis de los rendimientos de la cebada son más fructíferas si también se tiene en cuenta la proporción entre trigo y cebada sembrados, algo a lo que igualmente es posible aspirar con los excelentes datos que suministra el impar documento que nutre este Informe. No obstante, antes de presentar al lector los resultados de estos cálculos, proporcionados a los criterios circulados por los responsables del proyecto, bajo cuya dirección he trabajado, conviene que justifique la forma elegida para expresarlos y sus circunstancias.

     Estoy urgido por un encargo que no puedo soslayar. Proviene de alguien a quien me es imposible negar mis servicios. Aunque su apariencia sea intrascendente, porque podría reducirse a un traslado, colma mi conciencia con unas ondas tan potentes que su persistente emisión, cargada con mensajes que dictan y reiteran actos perentorios, apenas deja espacio para que por su dimensión, delimitada por impulsos neuronales, pasen cifras, cálculos y palabras esclarecedoras de unas y otros. No podría identificar el lugar de donde procede su peso. No creo que lo haya originado la distancia que debo completar, ni el volumen, ni el tiempo durante el que pueda verme comprometido por el encargo. De nada de esto puedo deducir ni riesgo ni poder de la fuerza de la gravedad alguno.

     De alguna conversación, de algún gesto, en algún lugar del Departamento, sin que llegara a registrarlo mi depósito sensorial, he debido tomar un rastro del que he colegido la profundidad de las decisiones que han recaído sobre el objeto de mi encargo, del que incluso sin responsabilidad ni idea definida, sin que mi voluntad haya dado su consentimiento, me estoy haciendo cómplice. Soy consciente de que la víctima inmediata de tan trágica cadena de circunstancias será la calidad de esta parte del Informe, que sin embargo me veo en la obligación de concluir inmediatamente porque entre los deberes que se me han exigido está que el texto que usted ahora lee, y en consecuencia he escrito antes, sea entregado al Director adelantándose a cualquiera de los que pudieran precederle.

 

Las 200 fanegas de tierra que cultivaba por cuenta propia la primera casa las repartió en dos fracciones desiguales, una de 185 fanegas que había sembrado de trigo y otra de solo 15 que destinó al cultivo de la cebada. Luego sembró con trigo 12,3 fanegas cuadradas por cada una de las que sembró de cebada. En la segunda casa, de la parte productiva de la labor resultaron 7,48 fanegas para el trigo por cada fanega sembrada de cebada, y en la que mantuvo la tercera la proporción obtenida fue de 4,63 fanegas de trigo por cada una de cebada. En las tierras del complejo de labor al servicio de la cuarta fueron sembradas 7 de trigo por cada una de las que a la cebada reservaron. La quinta sembró 3 de trigo por cada una de cebada, y la sexta utilizó 7 de su superficie en cultivo para producir trigo, por cada una de las que dedicó al otro cereal. En síntesis, el desequilibro común se podría expresar con el valor medio de 6,9 fanegas de trigo, casi 7, por cada fanega de superficie sembrada con cebada.

     Es muy posible que una relación tan desigual como la que había entre la superficie sembrada de trigo y la reservada para la cebada tenga inscrita la necesidad que unió la energía animal consumida para la producción y el transporte de las cantidades de trigo deseadas con la alimentación del ganado correspondiente, si permanecía estante; si es que el señor de la labor, cuando hubiera decidido descargar sobre sus sirvientes una parte de los costos de la explotación del cereal, mantuviera el procedimiento durante los años sucesivos. Probablemente sean demasiadas condiciones como para aceptar que al considerarlas constantes aislamos una parte real de la gran empresa dedicada a producir cereales a mediados del siglo décimo octavo. Aun así, creemos que es nuestra obligación argumentarlas, y experimentar con la cadena toda de posibilidades.

     Supongamos, siguiendo a determinados analistas de la época, que una fanega cuadrada era la superficie que aportaba el alimento para una cabeza de ganado de trabajo durante la época en la que no podía pacer en las tierras de la explotación. Bajo esta suposición estamos también admitiendo que nuestras labores disponían de una determinada cantidad de arados reveceros. Así debe haberlo demostrado el informante que me habrá precedido. Si, por ejemplo, eran 15 las fanegas de superficie reservadas para el cultivo de cebada, como ocurrió en la labor de la primera casa, debió ser porque había que poner en acción entre 3 y 5 arados reveceros.

     Si 18 fanegas por unidad de superficie ya era un rendimiento alto para la cebada, que se obtuvieran casi 24, como ocurría en ese mismo caso, permitiría incrementar en una cuarta parte la cabaña ganadera disponible, y por tanto sus posibilidades mecánicas y de acaparar espacio cultivable. Dado el orden que para su labor aquella casa había decidido, es muy probable que el excedente alimenticio, y por tanto energético, se acumulara en favor de los pegujaleros, personificación de la utilidad marginal en el empleo de los factores al servicio del cultivo de los cereales.

     Para admitir que tal fuera el objetivo perseguido, tendríamos que aceptar antes que durante el invierno, la época en la que era utilizada la cebada como alimento del ganado que trabajaba en labores, cada cabeza se nutría con 18 fanegas cúbicas de cebada. En ese supuesto, el excedente conseguido con el alto rendimiento permitiría sostener unas 2,5 cabezas más, si deducimos como único costo el diezmo (35 fanegas de capacidad); un agregado algo por debajo de 2 (1,66), si además restamos las 15 de simiente para la campaña próxima. Tomando por cierto que los pegujaleros regularmente poseyeran ganado propio, masa aportada como capital primitivo a la explotación a la que se asociaban, el valor en torno a 2 deducido podría ser indicativo del suplemento de energía que necesitaran para atender los desplazamientos del cuerpo solidario por ellos constituido.

     Habiendo entre nuestras labores dos en las que con seguridad participaban pegujaleros, las previsiones sobre el consumo energético, que eran las que sumaban las sementeras de cebada y semillas, tendrían que ajustarse al ganado de estos y al boyal estable de cada cortijo, parte del capital agropecuario del señor de cada labor cuya existencia simultánea en el mismo lugar era perfectamente compatible. Como cualquier unidad de explotación podía disponer de reservas tanto de pasto como de forraje y pienso, probablemente la diferencia entre el rendimiento tipo y el obtenido (+¼) exprese la diferencia de tamaño entre una y otra cabaña.

     Por tanto, el valor del rendimiento de la cebada incluiría el interés que para esta modalidad de explotación puede tener el excedente de este recurso energético, lo que tal vez aconsejara apurar aún más la intensidad del trabajo. Actuando de este modo, no harían nada distinto a lo que hacían todas las agriculturas con más carencias de medios, un comportamiento de los simbiontes que excede los límites de la actividad primaria. Valga mi propio ejemplo. En este Departamento he sido el último en pasar de la condición de becario a la de contratado indefinido. Puedo asegurar que el tránsito de un estado a otro es en buena parte consecuencia de la enajenación. Así como las ménades ganaban el estado excelso al que aspiraban con disciplinas brutales que las emancipaban de sus servidumbres carnales, y no obstante castigaban con insistencia su carne, el becario, quien consuma su condición, y gana la crisálida del tránsito, alimentando el curso de su supervivencia con cantidades de trabajo que exceden la resistencia prevista para los cuerpos humanos.

Las deducciones sobre la proporción trigo / cebada sirven también para replicar a la idea común sobre el pan terciado, que emerge tanto en la documentación de la época como en los textos historiográficos de ella derivados; así como la demasiado general que se patrocina cuando otras fuentes, para referirse al mismo asunto, utilizan la expresión orden de las sementeras.

     Pan, para los administradores del diezmo, que en los documentos son los responsables originales del tópico sobre su división en tercios, en su lenguaje contable era el agregado de trigo y cebada que recaudaban. Al elegir el sustantivo, deslizaron la idea de que la cebada se panificaba, lo que, si bien no es posible anatemizar, para las poblaciones de la región no es fácil demostrar, al menos con los documentos de plena época moderna; en las que se había consolidado el consumo de pan de trigo, fuera blanco, bazo o de cualquiera de las calidades cuya mención en los textos es más esporádica.

     Esta manera de hablar, sin embargo, permitió una transacción económica que hizo posible, por una parte, cobrar la renta de los cereales en especie, lo que redundaba en favor de quienes ingresaban el diezmo, y por otra una rebaja efectiva de la renta que por este concepto debían pagar quienes estaban conminados a su devengo, como la tazmía demuestra. La masa de los obligados al pago del diezmo de los cereales, para liquidar su deuda con la iglesia romana, entregaba un volumen de grano, expresado en fanegas de capacidad, equivalente a la décima parte de todo el producto cereal obtenido, pero para cuyo acervo se combinaban dos tercios de trigo y uno de cebada, o tres cuartos de trigo y un cuarto de cebada. Dado que la proporción en la que se obtenía el trigo era mucho mayor, al menos en las grandes labores, que como se habrá demostrado preferían sembrar todo el trigo que les fuera posible, relegando la cebada a posiciones subsidiarias, por razones comerciales sobre las que no es necesario extenderse, y que el valor de la cebada lo expresaba una cifra en torno a la mitad de la que indicaba el del trigo, incrementar la proporción de cebada tenía como efecto cuantitativo una rebaja de la renta debida, no constante pero sí segura.

     Fueron textos concebidos con fines fiscales los que frecuentaron la expresión orden de las sementeras. Tenían como aspiración averiguar con la mayor exactitud posible qué proporción de cada uno de los dos cultivos, el del trigo de un lado y el de la cebada del otro, en cada población sembraban, para definir obligaciones contributivas civiles. En este caso también las generalizaciones condujeron a la simplificación. Aunque los indicios que permiten conocer las declaraciones son bastantes más que los revelados por la otra vía de información, también queda lejos de la representación mucho más matizada que permite la indagación en el producto que de sus respectivas labores obtenían las casas mayores.

 

La dogmática ha sostenido que las llamadas semillas, porque sus condiciones químicas eran complementarias del cereal, tenían como propósito agregar nitrógeno a la parcela que luego sería sembrada con las gramíneas. De esta manera tan sencilla y tan directa, si se conceptuara el recurso como procedimiento de abonado, se pretendía nutrirlos mejor. A favor de esta idea arguye que sería habitual sembrarlas en el barbecho, la parcela distinta a la dedicada a cereales, que se había previsto para que al otoño siguiente fuera ocupada por el producto principal. Según algunos testimonios contemporáneos, las semillas, secas y molidas, en caso necesario también podían ser utilizadas para incrementar el volumen de la harina panificable.

     Aisladas una a una las especies que solían sembrarse bajo la denominación genérica de semillas, tal como ha sido posible documentarlas, y observadas sus propiedades, no siempre parece que el plan nutriente de los cereales pudiera satisfacerse de la manera más favorable. También el recurso a ellas para la alimentación humana, más en guiso que como harina, era meramente circunstancial. Pero todas podían contribuir a suministrar forraje y pienso a la cabaña de labor. Habitualmente tenían como destino el pienso animal, sin menoscabo de que pudieran ser tratadas, en todo o en parte, como cultivo forrajero, para que contribuyeran a la alimentación estabular en caso necesario. Por tanto, tal vez sea más correcto afirmar que las semillas primordialmente completaban la dieta de los esforzados animales injustamente llamados bestias, que consumían sus vidas trabajando en las labores, y solo subsidiariamente contribuirían al plan de abonado que cada labor tuviera o a la alimentación humana.

     No es seguro que este sea el punto de vista más adecuado para observar en toda su complejidad este recurso de la agricultura de los cereales. Pero al menos permite reconocer que sería habitual entre labradores semillar el barbecho, puesto que todas las labores de las casas mayores utilizaban el recurso.

     Aceptando que la cantidad de superficie sembrada con las semillas, porque sería la que se estaba barbechando, era similar a la que se había empleado durante la campaña presente en el cultivo de los cereales, es posible ensayar también con los rendimientos  posibles de la cosecha de semillas por unidad de superficie. Tampoco en este caso los resultados podrán ser admitidos como una demostración, pero tal vez aporten indicios suplementarios al conocimiento del capital de las labores modernas.

     Como en las tierras de la primera casa se habían ocupado 200 fanegas de superficie con cereales y las semillas cultivadas en el cortijo, según nuestro administrador, darían un producto de 200 fanegas cúbicas, el rendimiento debió ser de 1 fanega de capacidad por fanega cuadrada. En la labor de la segunda el rendimiento de las semillas sería 1,28 fanega por fanega, en la que mantenía la tercera 0,96 y las tierras sembradas en el complejo de la cuarta solo consentirían un rendimiento limitado, 0,68. La labor de la quinta daría el de 1,25, mientras que en la sexta casa su cosecha esperada de las semillas habituales también alcanzaría el rendimiento 1. De todo ello se deduce un valor tipo para el producto resultante de 1,03 fanegas de capacidad por fanega de superficie, tan próximo a los casos y a la unidad que no permite detectar matices.

     Pero más importante es reconocer que como productos del trabajo que eran, cebada y semillas podían ser vendidas a cambio de otros esfuerzos dirigidos a obtener bienes útiles a cada renta. Nada indica que esto no ocurriera, y al contrario, porque las evaluaciones del documento suponen en todos los casos un precio de mercado para ambos productos, hay indicios que aconsejan presumirlo.

     Sin embargo, dada la relación que reconocemos entre ambos productos y la generación de la energía animal que consumen las labores, utilizando el mismo indicador, el de los respectivos precios tipo de la tazmía, también es posible observar las rentas estimadas respectivas como inversión en la alimentación del ganado, un supuesto que solo admitiría el autoconsumo como destino para ambos productos. Si no fuera así, y a una labor llegara a faltarle cualquiera de los dos suministros, el costo máximo de cada uno de ellos, consumado en sus respectivos mercados, vendría dado por la misma cifra.

     Es como si el tiempo invertido en ganar una posición, que al final siempre es edad, fuera de todos modos un capital que se hubiera atesorado, fuese o no remunerado el esfuerzo. Soy joven, tengo poco más de treinta años. He consumido un tercio de mi vida en llegar hasta donde estoy. Lo he intentado todo para salir adelante. He debido combatir contra un buen número de becarios, todos los cuales me han jurado su solidaridad, ninguno de los cuales me ha sido sincero, mucho menos leal, a pesar de lo cual, he hecho compatible mi condena y la convivencia.

     De todas las batallas, la que hube de librar en forma de celada ha resultado la más provechosa. Todos los aspirantes con los que he competido, después de asegurarme que iban a intentar acceder a la condición de fijos a través de la enseñanza, invariablemente me han animado a que hiciera lo mismo. Se lamentaban de la inseguridad en la que tenían que desarrollar su trabajo, de su pésima remuneración, que el tiempo pasaba inexorable y que en nada mejoraba su condición laboral.

     Tomé en serio sus recomendaciones y aposté por esa salida. La formación que pude conseguir, durante el tiempo que al margen de las obligaciones del Departamento le dediqué, en modo alguno académica y mucho menos ortodoxa; gracias a que podía decidir sobre ella con plena libertad, creo que finalmente me situó en la mejor posición para consolidar mi puesto, no en la enseñanza, a la que finalmente renuncié, sino en el Departamento.

     Mientras tanto, los que iban fracasado, después de intentar una y otra vez un puesto en la docencia, retornaban a las becas y permanecían en la condición correspondiente. Una vez multiplicada su servidumbre, cuando por último habían acumulado toda clase de renuncias y conseguido consolidar un puesto, declaraban orgullosamente que quienes se dedicaban a la educación estaban incapacitados para dedicarse a nada que tuviera que ver con la ciencia. Ni disponen de tiempo, mucho menos de avales o formación. Aún menos de capacidad intelectual. La vida, cuyas normas son tan certeras como el disparo de un experimentado sargento de tiro, que jamás falla cuando coloca la pistola en la sien de su víctima, los ha colocado en el lugar debido, así como ha promocionado a quienes han sabido interpretar los precisos mensajes que a través de sus superiores, mejor dotados, precisos conocedores de las circunstancias, las obligaciones, los favores adeudados, lo que en cada  momento es adecuado, ha sabido enviarles.

     Sin embargo, en estos departamentos nada es gratis, y a consecuencia del reciente cambio de mi situación laboral tengo que reconocer que debo favores. Si, llegado el caso, todo el tiempo invertido en ganar esta posición fuera inútil, porque no hubiera conseguido de ninguna manera ninguno de los objetivos propuestos, la medida del fracaso no encontraría mejor expresión que la del tiempo transcurrido entre el momento en el que las ilusiones aconsejaron actuar de un modo y el día fijado para el suicidio.

     La manera más ponderada de proceder, en beneficio de todas nuestras digresiones sobre la antigua economía de los cereales, que tal vez ya parezcan demasiadas, de acuerdo con supuestos precedentes, sería no obstante sencilla. Si el producto en cebada de una explotación fuera 350 fanegas de capacidad, podemos afirmar, aceptadas las premisas que anteceden, que el costo de esta parte de la alimentación del ganado de labor sería de 2.100 reales. Llegar a esta conclusión es fácil. A las 350 fanegas de producto bruto sería necesario deducirle las 35 del diezmo y las 15 de simiente que esta labor empleara. Las 300 fanegas netas, a los 7 reales por fanega que calcula la tazmía, serían 2.100 reales.

     Si la cabaña de trabajo se compusiera de 16 2/3 cabezas, como hemos supuesto en el caso que corresponde a aquel volumen de la cosecha de cebada, y aceptando que se consume durante el invierno de la estabulación; tomando en su sentido literal el tiempo que dura la estación del letargo, podríamos afirmar además que el costo anual de la alimentación de esa cabaña podría evaluarse, tentativamente, en 8.400 reales (2.100·4) o 504 reales por cabeza (8.400/16,66).

     Si, al mismo tiempo, el producto de semillas fuera de 200 fanegas, tal como corresponde al mismo supuesto, y a este producto le deducimos 40 unidades de capacidad, 20 por diezmo y 20 por simiente, obtendríamos el valor nominal 1.600 reales, resultado de multiplicar las 160 fanegas del producto neto por los 10 reales del precio que para cada una admite la tazmía. Expresaría la inversión suplementaria en la génesis de la energía de labor durante el mismo trimestre por exigencia de la misma cabaña, que suma 16 2/3 cabezas. El incremento del costo anual en alimentación del ganado por causa de las semillas alcanzaría por tanto los 6.400 reales, y el unitario por cabeza 384.

     Sumando el gasto anual por cabeza en cebada (504 reales) al de semillas (384), obtendríamos el costo anual estimado de la alimentación animal de labor, o inversión en consumo energético para la producción y el transporte de cereales por cabeza: 888 reales.

     Por ahora, para abreviar, ateniéndonos a un juicio sobre la función del texto que quienes me hayan precedido han debido defender, porque es un principio que inspira el trabajo de todo el Departamento, podemos aplicar un procedimiento sintético del costo de la energía animal que es sin embargo equivalente para el fin propuesto, en todas las ocasiones hacer los cotejos que permitan generalizar.

     La primera casa gastaría en cebada 2.450 reales y en semillas 2.000, lo que da un total de 4.450 reales en forraje y pienso. La segunda, 8.050 en cebada y 5.000 en semillas, en total 13.050. La tercera, 11.900 en cebada y 4.300 en semillas; total, 16.200. La cuarta, 5.250 en cebada y 3.000 en semillas; total, 8.250. La quinta, 1.050 en cebada y 600 en semillas; en total, 1.650 reales. Y la sexta, 4.900 en cebada y 3.200 en semillas, en total 8.100. Los gastos medios serían por tanto de 5.600 reales en cebada, 3.016 en semillas y 8.616 en total.

     Para estimar el costo del pasto natural, que era la otra parte de la alimentación del ganado de cada explotación, solo hay un procedimiento, documentarlo mediante el precio de las tierras que se arrendaban para pastos, una inversión de las casas que también quedó al margen de las observaciones del administrador de los diezmos. Pero las referencias paralelas a la renta anual generada por esta forma de cesión de un suelo de las que disponemos son suficientes. Un precio común, para la unidad de superficie arrendada con el propósito de aprovechar sus pastos, era entonces 2 reales. Si tomamos la extensión conocida de cada una de nuestras labores, y aceptamos como supuesto más sencillo el sistema de año y vez, es posible llegar a alguna conclusión sobre la inversión en pastizal de cada una de ellas.

     Como la primera labor se extendía sobre 200 fanegas activas, el valor de sus pastos se podría estimar en 400 reales. La segunda se concentraba en 390 fanegas cuadradas, por lo que el valor estimable de sus pastos sería 780 reales. La tercera, por 450 fanegas, 900 reales; la cuarta, por 440, 880; la quinta, por 48, 96; y la sexta, por 320 fanegas, 640 reales.

     Si agregamos a lo estimado para cebada y semillas lo calculado para pastos, cuyo costo sería independiente de que se consumieran o no, porque era una parte del precio de la tierra, todo el gasto en la alimentación del ganado de labor resultante sería el siguiente. La primera casa invertiría cada año (cebada, 2.450 + semillas, 2.000 + pastos, 400) 4.850 reales, la segunda 13.830, la tercera 17.100, la cuarta 9.130, la quinta 1.746 y la sexta 8.740.

 

Combinado el costo deducido para el pasto natural con el que se le ha estimado a cebada y semillas, y aceptado el número de cabezas de labor actuantes tenidas en cuenta para hacer otros cálculos, se puede llegar a una cifra tentativa del costo total de la alimentación del ganado de labor por cabeza activa.

     Un juicio completo sobre este gasto tendría que admitir que tanto pasto como forraje y pienso serían consumidos no solo por el ganado que trabajaba, sino también por los padres, las madres y sus descendientes vivos. Sin embargo, como el destino de cualquiera de los elementos de cada una de las especies de trabajo era la generación de animales aptos para la labor, el valor per cápita de cada animal adulto reservado para la actividad laboral parece más expresivo del costo real de cada unidad de energía animal.

     Para la primera casa este costo (4.850 reales / 15 bueyes) sería de 323 reales por cabeza. Para la segunda casa, 301 reales. La tercera solo invertiría 214, la cuarta aún menos, 166, y menos todavía la quinta casa, 146. La sexta gastaría en alimentación del ganado de labor cada año 219 reales por cada cabeza.

     Dados los costos de alimentación del ganado de labor estimados, es posible llegar a la siguiente conclusión. Para quien acometiera por primera vez una explotación productora de cereales, con la intención de consumarlos en el mercado, sería preferible comprar sus animales de labor mientras no hubieran cumplido un año de vida, aunque de ellos aún no fuera posible aprovechar su capacidad energética. Cada nuevo año de crianza añadía un valor al animal más de diez veces superior a su precio medio inicial. Tomando aquella decisión se podría cargar este costo sobre el producto de la explotación, lo que permitiría deducirlo del trabajo, antes que liquidarlo en el mercado cuando se adquiriera un animal adulto. De optar por este gasto, sería necesario detraerlo del ahorro o del crédito, y por tanto de la capacidad de inversión. En cuatro años un becerro podía alcanzar la plenitud de sus fuerzas. Mientras tanto, al ganado de labor podía accederse a través del extenso mercado del arrendamiento de la energía, cuyo costo asimismo cargaba sobre el trabajo de cada campaña.

 

Una parte de las casas aprovecharía al menos las tierras de su labor para mantener ganado de crianza, objeto de explotación directa. Cuando el elegido para este fin era el ovino, podía ser una aportación interesante al acervo de las casas. Cuatro de las seis que permiten el presente experimento, una vez analizadas, consienten afirmar que tal vez dos tercios de todas fiaron una parte de sus rentas al beneficio proporcionado por una cabaña de esta especie. Por su explotación, la segunda, primera que recurría a esta actividad subsidiaria, obtenía un 17 % de su renta, la tercera un 7, la cuarta un 4 y la sexta un 15. Si como síntesis se aceptara, a partir de los datos revelados por la experiencia, que el valor de la renta obtenida con el ganado ovino, y en consecuencia el peso relativo de esta renta en los ingresos de las casas, podía oscilar en torno a algo más de la décima parte, se admitiría también enmascarar la gran disparidad de los balances.

     No todas las casas perseguían idénticos objetivos al agregar a su explotación esta actividad. En términos absolutos, que en este caso son los más indicativos de las intenciones de los promotores de las empresas, porque los relativos a su vez estaban modificados por la atención que los proyectos de concentración económica concedían a las otras actividades, las diferencias entre las rentas ingresadas por corderos y las que se obtenían por lana variaban.

     La segunda casa podía ingresar 6.900 reales por sus corderos de cría y 9.100 por sus cabezas productoras de lana. Luego la renta que le proporcionaba la fibra era casi un tercio superior a la que obtendría por el otro aprovechamiento. Sin embargo, la tercera casa por corderos ingresaría 3.960 reales, mientras que por lana conseguiría una cantidad algo inferior, 3.640. La cuarta no alcanzaba unos resultados muy distintos, aunque la mitad de grandes. Por los corderos nacidos en el transcurso del año contable ganaría 1.560 reales, y por la lana que le proporcionaran los ejemplares de la cabaña productora 1.742, un balance que como el precedente puede considerarse equilibrado. La sexta, que asimismo era una de las que obtenía del ganado ovino una de las masas de dinero mayores, como la primera también ganaba un tercio más por lana que por corderos. Por los de hasta un año de vida ingresaba 4.080 reales,  mientras que de todas las cabezas productoras de lana pudo obtener hasta 6.500.

     Se pueden por tanto observar en las casas dos pautas de comportamiento, con relación al aprovechamiento del ganado ovino, las que apostaban por la lana, que eran las que disponían de cabañas más numerosas y efectivamente obtenían un producto más importante de su explotación, y las que optaban por el equilibrio, cuya rentabilidad total era bastante más modesta. Por eso tampoco en este caso los valores medios, expresados por una renta de 4.125 reales por corderos y 5.246 por lana, son suficientes para representar un cuadro a un tiempo sintético y fiel.

     Pero la relación inversa entre la superficie ocupada por una labor y el valor relativo que para una casa tenía la renta del ovino sí era común. Al tiempo que por la explotación de esta especie la segunda casa obtenía un 17 % de su renta, dedicaba a labor 390 fanegas de superficie. La tercera, que obtenía un 7 % de sus ingresos por la misma vía, explotaba más, 450 fanegas, y la cuarta, que conseguía solo un 4 % de su renta por ovino, dedicaba a labor 440 fs. La sexta, gracias a la cría del ovino ganaba un 15 % de su renta, al tiempo que mantenía una explotación de cereales de 320 fanegas.

     No disponemos de criterio que permita afirmar con certeza que los rebaños de cría, unidades de producción ambulantes, de tamaño muy estimable en los casos de mayor rentabilidad, tenían suficiente con el pastizal que podían encontrar en los cortijos. El espacio comunal, aún una proporción importante de toda la tierra disponible, de valor estratégico para la supervivencia de los procedimientos modernos aplicados a la producción de los cereales, podría cargar con la demanda suplementaria. Sin embargo, la relación inversa entre sembradura y cabaña de ovino, que parece tan evidente como justificada, porque cuanta más superficie se dedicara a labor menor sería el valor relativo de la renta agregada del ovino, descubre el papel decisivo que el espacio de la explotación organizada tenía para la propagación de las especies de cría.

     Tomando solo el valor de la cabaña destinada a producir lana, que con seguridad acumulaba al menos la porción mayor de cada unidad productiva de esta clase, si se pone en relación con la superficie conocida de cada labor, se puede obtener un índice de la capacidad respectiva para mantener, en los límites de aquellas tierras, cada rebaño.

     En la segunda casa el tamaño de la cabaña productora de lana hay que estimarlo en 1.342 cabezas. Como el espacio declarado para su labor abarcaba 390 fanegas, resulta un índice de 3,44 cabezas por unidad de superficie. En la tercera la entidad que para la cabaña productora de lana hemos calculado era de 537 cabezas. Dado que su superficie conocida llegaba hasta las 450 fanegas, el mismo índice es 1,19. En la cuarta casa, de la relación entre ambos valores resulta el indicador 0,58 cabezas por unidad de superficie, y en la sexta, utilizando los mismos términos, el índice correspondiente es 3 cabezas.

     Tampoco desde este punto de vista se obtienen resultados que indiquen cierta homogeneidad de los comportamientos. El valor síntesis sería 2,05, un sol cuyos satélites giran en órbitas demasiado separadas entre sí. No obstante, si excluimos el resultado de la cuarta casa, cuyos cálculos se sostienen sobre datos probablemente demasiado parciales, el valor tipo sería 2,23, bastante más próximo a los tres valores que resume. Se podría presumir por tanto que la necesidad de espacio anual de una cabeza productora de lana, estando esa superficie reservada a la producción de pasto, podría estar comprendida entre 2,5 y 3,5 cabezas por fanega, unos valores que estarían próximos a los hechos si el sistema de los cultivos fuera de año y vez y el de explotación de la cabaña estante.

     Pero es muy probable que sostener entre 2,5 y 3,5 cabezas de ovino con el pasto de una fanega fuera complicado, porque quedara muy lejos de las necesidades alimenticias anuales de aquella especie. El índice que proponemos es por tanto solo un cáculo tentativo que permite ensayar con otras posibilidades de alimentación, una vez conocido el consumo anual de pasto, en unidades de superficie, por cada cabeza ovina adulta. Una podría ser la mayor reserva de espacio en la explotación, puesto que el régimen de dos hojas era el que menos reserva permitía, y otra una mayor complejidad del régimen de explotación ganadera, que en la época habitualmente incluía la trashumancia, un movimiento migratorio del ganado de cría que no tenía por qué cubrir largas distancias. La experiencia precedente es tan limitada que cualquier ensayo de deducción, a partir de sus conclusiones, parece demasiado frágil.

     Aun así, los cálculos expuestos al menos resisten la ley de correspondencia entre menor tamaño de la cabaña de ovino y menor disponibilidad de espacio para su alimentación.  Admitiendo que el plan de todas las casas que tomaban la decisión de criar ovejas sería suplementar la renta de la principal, que eran siempre la obtenida del trigo, la oportunidad de criar este ganado probablemente se calculó inicialmente resignándose a la superficie disponible en las respectivas unidades de producción, que marcaría la pauta de las posibilidades, al margen de que se pudiera optar a pastos externos.

     Pero fueran cualesquiera los medios a los que se recurría para mantener la cabaña ovina, bajo ningún concepto los balances de las casas que tomaban esta decisión eran despreciables. La literatura económica de la época dirigía hacia la Mesta, una institución medieval, toda la responsabilidad de un pretendido monopolio de los pastos, y por tanto de la producción de lana. Cualquiera de las empresas analizadas, sostenidas por labores y al mismo tiempo interesadas en el producto ovino, al margen del valor parcial que le aportara la lana a su renta mantenía una cabaña importante. Con empresas ovinas de estos tamaños, acaparando el pastizal disponible en áreas muy desforestadas, no quedaría demasiado espacio para los gremios de pastores que llegaran del norte.

 

Al Departamento, que ocupa una parte del ala sur del edificio principal del Instituto, en la planta baja, se puede acceder desde los pasillos o desde el exterior. Ambas entradas están en el lado norte. La que permite el paso desde el exterior da acceso directo a nuestra biblioteca, por uno de sus lados menores. La superficie que ocupa esta dependencia es aproximadamente la tercera parte de todo el espacio del que dispone el Departamento, y su longitud equivale a la anchura de su cuerpo.

     A lo largo de sus cuatro paredes estanterías que llegan hasta el techo contienen los miles de volúmenes que prestan servicio a sus investigadores, así como a los aspirantes a formar parte de él, para lo que han de seguir primero los cursos formación, luego los académicos de acreditación de la capacidad para investigar y por último contribuir a su actividad bajo la condición de becario. Si esta última se completa satisfactoriamente, se accede a la condición de investigador profesional, la que permite disfrutar de un compromiso laboral indefinido.

     Aunque cuando se es joven, y se compite por alcanzar esa meta, se piense de otro modo, probablemente tener el puesto consolidado no sea el mejor estado profesional posible. Cuando se han superado los cuarenta años y aún quedan muchos para completar la carrera laboral, y se ocupa la cuarta posición en el orden jerárquico de la organización interna, las perspectivas laborales parecen selladas por el estancamiento. Lamentablemente los proyectos se asemejan entre sí más de lo que sería deseable, los métodos apenas se innovan y la prosa especializada que exige la presentación de los resultados, tanto los que se leen en las insufribles publicaciones de la materia como los propios, es monótona, reiterativa, en nada original, en modo alguno atrayente. Nada de eso incentiva la dedicación, menos aún la competencia. En muchas ocasiones se siente la tentación de tomar medidas drásticas para progresar de algún modo en la carrera laboral.

     Tres grandes mesas, dispuestas en batería a lo ancho del espacio de la biblioteca, proporcionan 66 puestos de lectura, atendidos por un conserje y dos auxiliares, que ocupan respectivamente la pequeña mesa que encuentra a su derecha quien entra desde el exterior y las dos del fondo, ante las estanterías del lado sur.

     Al centro de la pared este, el único espacio libre permite el acceso a un pequeño patio interior, cubierto con cristales, en torno al cual se distribuyen las dependencias del segundo tercio del Departamento. Quien accede a él desde los pasillos de la planta baja del Instituto desemboca en este patio, tras dejar a su derecha la pared del depósito, donde se concentran las publicaciones de consulta menos frecuente, y a su izquierda el despacho de los becarios y los fijos recientes. En esta modesta dependencia, por la que todos los que permanecen en el Departamento han de pasar, parte de cuya superficie se ha visto reducida para preservar la planta cuadrangular del patio, a la que se accede por una puerta practicada al final del pasillo que da entrada desde el interior del Instituto, están previstas cuatro mesas, una en el escaso espacio que queda frente a la puerta, que actualmente está vacante, a la espera de otro aspirante a becario, y las otras tres en el cuerpo de la dependencia, una a cada lado y al fondo la tercera. La primera, la inmediata a la vacante, la ocupa la hija del Director; la que tiene enfrente, el becario que está a punto de terminar su compromiso con el Departamento, un muchacho que ha llevado sus relaciones con aquella a lugares ajenos a este; y la tercera, la del fondo, el numerario consolidado más joven.

     Al frente queda el aula, donde se desarrollan todas las actividades docentes propias. A su izquierda, o lado este, hay un modesto almacén, para guardar toda clase de materiales auxiliares, y a su derecha, entre el aula y la pared contigua a la biblioteca, el aseo masculino. El femenino queda justo enfrente de este, entre el depósito y la otra mitad de la pared de la biblioteca.

     El último tercio de la superficie del Departamento, al que solo es posible acceder desde el pasillo del lado este del patio, está reservado a los despachos principales. Los dos primeros, a izquierda y derecha, tras el pasillo de acceso, cuyas únicas puertas están afrontadas en sus respectivos lados menores, los ocupan los numerarios por orden jerárquico. El de la derecha, o lado sur, donde hay tres mesas, una a un lado, otra al otro, y la tercera al fondo, los tres más recientes. El de la izquierda, que solo tiene dos mesas, alineadas con los lados mayores de la habitación, una frente a otra, los de mayor antigüedad.

     Los dos últimos despachos, al fondo, son el del lado sur para el director y el del norte para el subdirector. Las nobles mesas de cualquiera de ellos están al fondo de las respectivas habitaciones, de modo que quien accede a ellas, a través de las dos últimas puertas del pasillo de los despachos, encuentra a sus ocupantes frente a él y a la mayor distancia posible.

     Estaba cierto día en una de las cabinas del aseo femenino cuando casualmente, gracias a un giro inopinado de mi cabeza, descubrí… descubrí… ¡Imposible! Sí, un diminuto agujero desde el cual me observaba semidesnuda un inconfundible ojo verde. Por la posición del agujero, el observador solo podía estar mirándome desde un lugar, el depósito del Departamento. Me apresuré todo lo que pude, salí al pasillo, entré en el depósito y no encontré a nadie. Mi observador, sabiéndose sorprendido, había salido a la mayor velocidad. Ningún indicio tuve de la dirección que había tomado. En el patio, en ninguno de los pasillos que desembocan en él, había nadie. Tampoco en el depósito había rastro alguno del lugar desde el que había sido espiada. Calculé la altura desde la que pudo observarme y fui sacando de las estanterías los mazos de volúmenes que podían ocultar el agujero. Efectivamente allí estaba.

     Dejo constancia escrita de estos hechos en contra de la opinión del Director del Departamento, quien mantiene que las páginas de este Informe no son el medio adecuado para hacerlo. Creo que lo relatado es lo suficientemente grave como para asegurarme con los medios a mi alcance que llega al conocimiento de quien toma las decisiones en última instancia. Si tramitara mi comunicación por medio reservado e interno, no tendría tantas garantías sobre el alcance deseado.

 

Sobre la finalidad económica del caprino, la otra especie reservada para la cría en las casas mayores, la fuente es muy hermética. Solo expresa un precio por cabeza descendiente.

     Esta profesión, maldita por los dioses que condenaron a Prometeo, es más ingrata que los favores. A los mineros del carbón, que emergen de las cavidades contiguas al infierno, con el rictus de quienes han visto el rostro de la muerte, la vida no les paga tan mal. Sus jornadas laborales son más cortas que las del resto de los condenados al trabajo, pueden rescindir sus contratos cuando aún les quedan muchos años de existencia, ganan generosas indemnizaciones a cambio de su renuncia. El trabajo en los archivos es mucho más penoso, y no se sabe que haya recompensado con jornadas livianas, jubilaciones anticipadas o remuneraciones lucrativas.

     El polvo, cuando se ha posado durante siglos sobre los papeles, materia orgánica que yace muda y sin luz, como los topos, es abrasivo. Una vez que ha tiznado las manos, las vuelve tan groseras que el contacto con el cartón que los guarda enciende el nervio de los dientes y eriza los capilares de la epidermis hasta que una descarga, similar a la que provoca el espanto, recorre toda la columna vertebral, desde la nuca hasta el coxis. La corriente es tan brutal que en ocasiones engendra el paroxismo, condena reservada a quienes alguna vez han tenido experiencias relacionadas con la extinción de la materia.

     El vaho de humedad que desprenden los papeles, engrosados por los siglos de sombra y silencio, es repugnante. Al principio corrompida emanación de un vino asentado, al cabo de unos minutos definitivamente huelen como el vinagre más repelente. La aspiración prolongada de este vapor mefítico, durante las interminables mañanas de consulta, provoca una enajenación del sentido del olfato más violenta que la originada por las emanaciones tóxicas de los ácidos que en los laboratorios manipulan. En la literatura de la especialidad a esta causa se le han adjudicado tránsitos catalépticos, tan difíciles de revertir.

     Más dura aún es la monotonía, horas y horas acumuladas de trabajo gris, infructífero como el insomnio, como la ansiedad que provoca la espera. El desbroce de la selva ecuatorial, que debe exterminar toda la vida que se opone a la humana; el anclaje del teleférico al Mont Blanc, cien veces sepultado por aludes; la apertura del canal de Suez, cuyas corrientes fueron abiertas por generaciones, premiaron mejor el esfuerzo humano. Aun después de soportar penalidades, más que ninguna la interpretación de las letras antiguas, no menos ingente que cualquiera de las grandes obras de la humanidad, a lo sumo cada diez jornadas paga con apenas un gramo de wolframio, útil solo para quienes trabajan a favor de la guerra.

     La tensión permanente, la alerta ante el hallazgo, las decepciones constantes, provocan pesadillas. Ante los ojos, cuando la atención sostenida sobre papeles polvorientos y malolientes, plagados de signos herméticos, ha anulado el dominio sobre el centro donde las ideas tienen su origen, en los salones cercados por las tenebrosas estanterías, que apenas dejan espacio libre para respirar, desfilan monstruos. Pigmeos con descomunales carteras y sombreros de palma blanquecina, con cinta negra, y de un tamaño mucho mayor que las minúsculas cabezas plateadas que cubren. Seres con anatomía de orangután y apariencia humana, el pelo crespo, los vellones del pecho alzándose hasta el cuello, trepando por la abertura de la camisa, y voz tan atronadora como un timbal. Y un cuerpo solo cabeza, de tamaño descomunal, redonda como una esfera de piedra, para a un cañón servir, que se mueve con autonomía; en cuyo rostro se extrema la separación de los párpados, hasta que los ojos semejan los de un hipnotizador; que se enmascara tras un bigote tan denso e impenetrable como una lluvia de granizo. En la pesadilla que desencadena fuma, y a su lado aparece una forma diminuta, encarnada por un ser del sexo opuesto, de locuacidad incontenible, desbordada, vertiginosa. Así son las alucinaciones que abruman al condenado a papeles, tras horas de fatigoso desembalaje de documentos.

     Luego para el caprino, porque nuestro tiránico documento no ha querido otra cosa, solo es posible hacer la estimación del producto que permitiría su consumo cárnico. Dado que se hace un aprecio por cabeza similar al que se aplica al cordero, podemos admitir para este ensayo, como cifra expresiva del rendimiento del chivo, la misma que hemos tomado para aquel. Pero su relevancia es muy limitada. Solo una casa se ocupa en esta explotación y el valor relativo de la renta que le proporciona es casi insignificante.

 

Cinco de las seis casas, las de mayor tamaño, completaban su actividad con la explotación de olivares. Al menos en parte siempre eran propiedad de quienes los mantenían produciendo, aunque también había quienes tomaban en arrendamiento una porción de ellos para agregarla a los propios.

     Si bien desconocemos qué extensión sumaba la tenencia directa y cuánta las unidades productivas obtenidas por cesión, es posible afirmar que tres de las casas que explotaban olivar se sostenían solo sobre unidades suyas, y que las otras dos, para completar el complejo productivo de su interés, combinaban el olivar de su patrimonio con el adquirido mediante arrendamiento. Exactamente toda la superficie plantada de olivos que explotaban las casas primera, segunda y cuarta era propia, mientras que las tercera y sexta en parte se servían de olivares que habían consolidado en grado de propiedad y en otra tomándolos de otro. Luego en la promoción de las explotaciones de olivar de las casas, aunque no podamos precisar cantidades, con seguridad dominaba la unidad de producción de patrimonio.

     En comparación con la superficie dedicada a los cereales, la cantidad destinada a olivos resultaba muy inferior, incluso si admitiéramos que las unidades de medida de la tierra dedicada a cada uno de los dos cultivos eran no solo equiparables sino similares. Los tamaños estimados de las explotaciones de olivar dan un tipo de unas 126 aranzadas, razonablemente medio. De las superficies de las explotaciones dedicadas al olivar por las casas de mayor tamaño, de las que también hay que suponer que eran del rango mayor, se puede afirmar por tanto que equivalían aproximadamente a un tercio de la extensión de las dedicadas a labor, si se acepta como extensión regular de la que cada año explotaban las casas la menor de las que han debido calcularse precedentemente, 308 fs. Si para ellas era una cantidad secundaria, o por el contrario de importancia, solo se puede decidir analizando los ingresos que el cultivo del olivar les permitía.

     Tal vez parezca un juicio demasiado prudente, pero cuando se han observado hechos cuya justificación aparente difiere, se impone la duda. Bien está que el boxeador, atento alumno de sus instructores, disciplinado agresor de sus sparrings, devoto de su dietista, siervo del único promotor que corre con sus gastos, estalle pletórico en saltos incontenibles, sus clavas alzadas, ignorando que en su victoria participó el Señor de las Tinieblas. Puede consentirse que el torero, rojos sus miembros bajo el traje, desgarradas las telas de sus trastos, el rostro encendido sudoroso, el vientre perfilado ante las astas de los suyos conocidas, levante los trofeos de su victoria, despojos de la muerte, sin saber que por la plaza pasó Belcebú. Hasta parece razonable que el soldado, obra de los cuarteles, ignorado de los generales, procedente de tierras sin nombre, anónimo combatiente en las trincheras por otros excavadas, alcance los honores de la fama, señuelo del héroe, con la mediación de Mefistófeles.

     No sé cuántas veces habré observado vuelo de firmas, trasladadas por la exclusiva virtud que a los nombres distingue. O su complementario, el vuelo de textos, que viajan de un escritorio a otro por el aire invisible, sobre impulsos electromagnéticos carentes de alma. De los patronímicos se diría que son personas, siendo por su condición genética gametos de la clase de los signos, y de los escritos que son hechos, cuando a lo sumo alcanzan la condición de imágenes plásticas. Con preferencia los nombres de las personas habitan en los despachos, por donde pasa el camino a las imprentas, paraíso a cuyo disfrute todos aspiran, a cuya puerta unos a otros se empujan.

     He desembocando ya en la edad provecta, habiendo consolidado la quinta posición en la jerarquía del Departamento, y he visto lo suficiente como para sentirme desalentado. No puedo admitir que cuanto parece sea, que a las afirmaciones las avale la verdad. Prefiero creer que mis sentidos declinan, que la edad ha vencido mi capacidad de saber, y que ya jamás podré tener seguridad sobre lo que percibo, si no es que antes lo compruebo. Derrotado por el pirronismo, prefiero descomponer los datos proporcionados por la tazmía y describir cada pieza rescatada de manera independiente, y concluir solo cuando haya agotado mis recursos, limitados y discretos, los únicos que sin embargo me pueden dar la satisfacción de alguna certeza.

     La rentabilidad de las explotaciones de olivar el administrador de los diezmos, en todos los casos, la midió tomando como criterio su producto en aceite, fluido que lubrica el intestino, de saludables efectos. Por la manera que eligió para expresarse me veo obligado a deducir que todo el producto del olivar se destinaba a la molturación de la aceituna, aunque nada dice sobre si las casas disponían de los medios que antes permitían a los labradores la transformación del fruto obtenido en los olivares que regentaran, prensadores de pasta agregada con fibra y cuesco.

     Las instalaciones industriales para la producción del aceite, a mediados del siglo décimo octavo, al menos en la zona que documenta la tazmía en beneficio de nuestra propuesta están en plena expansión. Probablemente vivían su mejor época, que por esta causa también sería la más vigorosa de la industria regional; puesto que hasta ahora, en la historiografía de esta materia, no consta nada que pueda comparársele en volumen ni en dispersión. Tratándose de redes con suficiente capacidad para invertir, pudiendo aclimatarse en aquel medio favorable, no estaría fuera del alcance de las casas contar con instalaciones en propiedad para con ellas obtener el aceite. Para quienes no dispusieran de tales medios permanecía regulado el canon por uso de las fábricas ajenas llamado maquila, el mismo que era aplicado a quien molturaba su grano en el molino de otro.

     Sobre las características de los medios mecánicos que pudieran utilizarse en la producción del aceite, el único dato que proporciona la fuente también es demasiado indirecto. Estima en 8 arrobas de aceite el rendimiento de cada tarea. Aunque esta unidad, tomados los rendimientos del trabajo de los medios que los recursos mecánicos permitían, llegó a fijarse convencionalmente en 15 fanegas de aceitunas, o equivalente de producto primitivo expresado en unidades de capacidad, en sentido estricto la tarea era la carga de la pasta producto de la molturación que admitía una de las prensas que en la época extraían el jugo. Luego el producto en arrobas libres sintetizaría todo el poder que para obtener el fluido definitivo concentraban las instalaciones industriales.

     Si se acepta medir la rentabilidad de la empresa de olivar por su producto en aceite, porque es el único medio de cálculo que permite el documento, se observa que para la primera casa era el 30 % de su renta, para la segunda, el 6; para la tercera, el 18; para la cuarta, el 21; y para la sexta, el 12, lo que obliga a reconocer que el valor medio de esta renta, que sería del 17 %, queda bastante lejos de representar un tipo. Sin embargo, es suficiente para decidir que ocupaba en las casas, que comúnmente optaban por servirse de esta otra empresa, la segunda posición en el rango de los ingresos proporcionados por las actividades que concentraban, tras el trigo, aunque a bastante distancia de él.

     Por los términos que emplea el autor de la tazmía, parece muy probable además que fueran los señores de las casas quienes se encargaran de comercializar el aceite que producían. De esta manera conseguirían mantener bajo su control la mayor cantidad posible del valor acumulado por la actividad. Así se asegurarían un ingreso muy estable, complementario al del trigo. Los precios del aceite se comportaban de manera bastante menos irregular que los de su inmediato superior.

     No obstante, mantengo serias reservas tanto sobre esta como sobre buena parte de las afirmaciones precedentes.

     Comenzando el curso, al amanecer, cuando los rayos del sol aún están más allá del horizonte, y expansivos, generosos y galopantes ya pugnan por adelantar sus reflejos sobre el cénit celeste, a veces gris, en ocasiones próximo, otras alto y profundo, pero siempre coronamiento del decorado de la vida insistente, todavía el otoño descendiendo de los astros, solo el conserje puebla los pasillos del Instituto. Con su haz de llaves en una mano, revisa puertas y ventanas, verifica cerraduras, espanta la angustia que puebla la magna soledad de las grandes arquitecturas entrechocando hierros. Va dejando expedito el paso a los Departamentos, a las escaleras que conducen a la planta superior, a la Biblioteca central de la institución, a la que por puertas se accede contiguas dos, dispuestas en ángulo en el rincón sureste del piso bajo. Pero solo el postigo de la puerta principal habilita para que desde el exterior accedan quienes deben capitanear la jornada, él mismo el ariete, las chicas de la secretaria, descendentes a otra edad unas, otras ascendiendo a la cima, aun ceñidas las caderas por la falda, tras su rastro. Porque es su deber, concluida la inspección de todos los pasillos, cubrir la entrada con su mirada vigilante, apostado tras la cristalera de su sede, puesto permanente al fondo, justo al otro lado del edificio, en una posición simétrica a la entrada al Departamento.

     Para las diez el día veinte de septiembre estaba prevista una reunión. Se trataba de aprobar los borradores de los textos parciales que debían componer este Informe. La responsabilidad que se adquiere cuando es necesario presentar ante los compañeros el resultado del trabajo quita el sueño. Había pasado la noche en un estado semiconsciente, a ratos dormido, insistentemente retornando al compartimento donde genero sin control mis imágenes espontáneas el marco de la reunión que tendría que celebrarse, los folios en los que había escrito mi borrador, las caras severas de mis distantes compañeros, la desaprobatoria mirada del Director.

     Insomne, decidí llegar un par de horas antes, coincidiendo con la de apertura del centro, para poner a punto mis materiales. Tal como es mi costumbre, me dirigí a la puerta exterior del Departamento, la que da acceso a nuestra biblioteca directamente desde la calle, y entré. Estaba desierta y aún a oscuras. Apenas le entraba luz desde el patio interior. Lo atravesé. A mi izquierda, libre ya la entrada a los dominios que comunican con el largo pasillo paralelo a la fachada, apenas era visible el postigo entornado de la puerta principal. Aún no llegaba a él, absorbida por el patio principal del edificio, la primera luz del día. Una semipenumbra fluorescente, semejante a las que en las galerías del hospital reciben a las enfermeras del turno de día, y los acompañantes de los enfermos, con el rostro demacrado a causa de la vigilia, vuelven a transitarlos mientras taciturnos se dan los buenos días, me cortaba el paso. Aún no se perfilaba al fondo de aquel largo túnel el contorno del conserje al frente de los mandos de su cabina, lo que en modo alguno significaba que no estuviera en su lugar. En aquel momento, ni yo mismo hubiera podido hacer ninguna afirmación categórica ni siquiera sobre mi localización. Permanecía en el mismo estado casi febril y escasamente consciente en el que me había instalado durante toda la noche.

     Me dirigí a mi despacho. Al mirar a mi izquierda, la puerta que afronta a la que da paso al que ocupo, creí ver luz por debajo. ¿Los había más madrugadores que yo? No me parecía posible. En aquella habitación tiene su mesa el hombre de confianza del Director, y nunca llega antes de la nueve. Sin embargo, pude distinguir las voces de quienes a mi parecer conversaban dentro. Creí que era víctima de alucinaciones. En el extremo de mi desconcierto, incluso imaginé que dos personas estaban enzarzadas en una discusión sobre cierto documento, una la compañera que tiene allí su puesto de trabajo y la otra el último becario en acceder a la condición laboral estable.

     Poco antes de la hora de la reunión, que había de celebrarse en la mesa de reuniones del despacho del Director, fueron llegando los convocados, solos, en pareja o en grupo. Todos procedían de la calle y saludaban los buenos días. Ninguno había llegado antes que yo.

     En tanto comenzaba la reunión, me detuve a meditar sobre la fiabilidad de mi deposición sobre los hechos ocurridos en el Departamento durante las dos primeras horas de la jornada, si fuera requerido mi testimonio sobre ellos. De nada valdría mi declaración. Mis afirmaciones serían la consecuencia de la distorsión de mis sentidos, a pesar de lo cual todos los grandes testimonios de los acontecimientos singulares de la antigüedad que se han convertido en el patrón fundacional del género historiográfico están justificados como experiencias personales. Mi caso me confirmaba la fragilidad de las pruebas basadas en esta vía de conocimiento, si no la de todos los testimonios que todavía se aceptan como mediadores entre los hechos sucedidos y el tiempo que les sucede.

    Lamentablemente sobre nuestro trabajo pesa tal condena. ¿Estábamos capacitados para erigir, sobre los datos de una modesta tazmía, toda una teoría sobre la organización de la empresa rural moderna?

 

Dos casas, la primera y la quinta, completaban su actividad con la cesión de una parte de la tierra bajo su poder, fuera campa fuera sembrada de olivos. De la primera con certeza sabemos que tenía cedidas parcelas de las que su señor era al mismo tiempo dueño, unas en plena producción de aceitunas y otras, por fatal destino que a la tierra extenuaba, condenadas al cultivo cíclico de los seguros cereales. Es probable que entre las segregadas para este fin estuvieran los pegujales, institución primitiva y antigua, que trabajaban los sirvientes de la casa. De la quinta, sin embargo, podemos tener la seguridad de que el único bien que cedía, fuera o no propio, era también los pegujales que constituía, detrayéndolos a la superficie total del cortijo que labraba, cuyos receptores en el documento asimismo son denominados sirvientes de su labor. Pero la fuente no añade nada más sobre las características de tan peculiares cesiones, aunque con mucha probabilidad la porción mayor de las rentas que por cesión ambas casas  obtenían procedían de ellos, explotaciones subsidiarias angulares de las que podemos sospechar con fundamento que se erigían como empresas recurriendo al contrato entonces más común, el arrendamiento. Al menos, es la única que menciona positivamente el texto cuando se refiere a la forma de ejecutar las transferencias transitorias de dominio.

     A favor de la aportación de los pegujales a la renta de las casas aboga además la importancia relativa de los ingresos por cesión, que variaba según cada cual tuviera o no  explotación de olivares. La primera casa, que disponía de un sistema propio para la producción de aceite, por cesión de tierras obtenía algo menos de la vigésima de sus ingresos, mientras que para la quinta, que no tenía explotación de olivos, el valor relativo de su renta por transferencia del uso pudo alcanzar hasta algo más del cuarto. Como estas diferencias en buena parte podrían explicarse como consecuencia del conocido efecto estadístico, más valioso es lo que se descubre comparando las cesiones con la renta del ovino, una rama del procedimiento en modo alguno impertinente, escasamente tenida en cuenta en los análisis que las revistas especializadas –especializadas en reclutar desertores– publican.

     El análisis de la elección a favor de la cría de ovejas, como una parte de las actividades de las casas, revela algo que podría ser más que una consecuencia del lenguaje empleado para presentar una parte de los resultados. Las que ceden pegujales no crían ovino y, de las que crían ovino, no consta que cedieran unidades de esta clase. La incompatibilidad entre ambas actividades es plausible, puesto que cualquiera de las dos puede consumir, de la superficie disponible en los cortijos, una cantidad excluyente de la otra. Si una parte de la reserva de tierra fuera utilizada para criar ganado, no sería posible cederla para pegujales, y viceversa, dado que la reserva de tierra para pastos impediría la sementera, así como la sementera negaría la dedicación de un espacio solo a pastos. Si fueran rentas excluyentes, y a la vez aceptamos que las de ovino y pegujales son intercambiables, los valores que proporciona el cálculo de la rentabilidad de corderos y lana podrían ser una referencia para componer una cifra indicadora de los ingresos que a una casa podía permitirle la cesión de al menos una parte de su tierra para pegujales.

     Para experimentar con la posible correlación, dados los términos propuestos, se puede adoptar el siguiente criterio propedéutico. Cuanto mayor fuera la superficie dedicada por una casa al cultivo de los cereales menor sería la renta que conseguiría mediante la cría del ganado ovino. Si por la explotación agregada de corderos y lana la segunda casa obtenía algo menos del quinto de su renta, dedicando a labor 390 fanegas cuadradas, a la primera casa, en caso de que hubiera decidido criar ovino, en vez de ceder pegujales, dado que el espacio que utilizaba su labor era más reducido, de solo 200 fanegas, y suponiendo que la superficie total de su unidad de explotación hubiera sido la misma que la disponible para la casa segunda, podría haber obtenido un tercio de sus ganancias.

     Procediendo en idénticos términos con los valores conocidos de la tercera casa, que obtenía un 7 % de su renta por ovino, explotando 450 fanegas con el cultivo de los cereales, a la primera tendría que corresponderle el 16. Si los aplicamos a la cuarta, que conseguía un 4 % de su renta por corderos y lana manteniendo una labor de 440 fanegas de superficie, a la primera tendría que tocarle un 9. Y si la sexta ganaba gracias a la cría del ovino un 15 % de su renta, con una explotación de cereales de 320 fanegas cuadradas, a la primera tendría que tocarle un 24.

     Una manera rápida de eliminar una parte de los efectos contaminantes que tienen los excesos que cargan sobre estas suposiciones, aunque sea muy somera, es concentrar los resultados parciales ponderándolos, lo que además permite obtener un esbozo del objetivo buscado. El valor relativo del lucro cesante por ovino correspondiente a la primera casa sería el 20 % de toda su renta.

     Al repetir la experiencia con la quinta casa, los resultados que se obtienen parecen menos sólidos aún. Tomando de nuevo como referencia las rentas de las explotaciones de ovino de la segunda, tercera, cuarta y sexta casas, así como las superficies de sus respectivas labores; y cruzándolas con los valores correspondientes de la quinta, una vez aceptadas las mismas condiciones para la experimentación, habría que reconocer que esta pudo ingresar, de haber optado por criar ovejas, un 137, un 67, un 37 o un 102 % respectivamente, lo que parece desbordar los límites a los que tendría que atenerse el experimento.

     Pero de nuevo se consigue una cierta contención de los resultados resumiéndolos de la misma manera que antes. Gracias a su mediación, valdría afirmar que la renta de corderos y lana que se podría obtener de una unidad productiva del rango superior, cuando se dedicaban al cultivo de los cereales solo 48 fanegas, de una unidad de explotación cuya superficie rondara las 300, podía alcanzar el valor relativo de algo más de las cuatro quintas partes de toda la ingresada cada año.

     Con seguridad todos estos cálculos son muy mejorables. El teorema que los inspira está sobrecargado por el exceso, como la opinión sobre las decisiones del gobierno que enuncia, sin permitir contención al tono de su voz, ni juicio ecuánime a las concesiones, privadas puesto que de ellas se hace ostentación a costa del presupuesto público, bajo cuyo control ha quedado el circuito que lleva del odio inconsciente y primitivo a la moral, que es la misma corriente que fluye sin control por las venas, el fiel que cada día, con religiosa obsequiosidad, asiste a los concejos de la cata interrumpida de la última cosecha en la barra del bar tabernario. Pero si la premisa es válida, y la hemos reconocido como verosímil, son algo más que una orientación. Si aceptamos que los valores de la rentabilidad del ovino sustituían a la renta perceptible de los pegujales, podríamos tomarla como una referencia a partir de la cual observar esta clase de cesión, cuyos ingresos no resuelve satisfactoriamente la tazmía. Una casa cuya labor fuera de 200 fanegas, si al mismo tiempo optaba por ceder pegujales, pudo obtener por este medio el 20 % de sus ingresos, mientras que la que se hubiera limitado a unas 50 pudo conseguir con el mismo recurso hasta un 80 % de todas sus rentas.

     Los resultados a los que por estos cálculos se llega no serán similares a los que en otro lugar de este Informe se hayan presentado, como estos también inspirados por el deseo de medir la renta deducida de la expresada manera de organizar el trabajo están. Tampoco es imprescindible, tratándose de un proyecto experimental. Acéptese la nueva etapa cubierta como otra forma de desentrañar la parte más compleja de la economía rural de plena época moderna, ante la que los documentos, como el oráculo, se muestran obstinadamente herméticos.

     Aunque todos los pegujales estaban en el margen inferior del sistema de producción de cereales, no todos los de un territorio eran subsidiarios en el sentido con el que en estos casos parece conveniente designarlos. A los que es posible observar, porque la actividad de las casas los refleja, hay que llamarlos subsidiarios porque sobrevivían como huéspedes de una labor. No era paradójico que quien dedicara menos superficie a su actividad preferente, o labor que le proporcionaba trigo, pudiera obtener una mayor renta por pegujales. Una forma del subarriendo entonces vigente consistía en fragmentar una gran unidad de producción, adquirida mediante un contrato de arrendamiento, en pequeñas parcelas, que a su vez eran cedidas bajo las condiciones de servidumbre conocidas con el nombre genérico de pegujal.

     En el primer cajón de mi mesa conservo un documento excepcional, con el que el azar de las indagaciones me recompensó hace tiempo, un croquis de la época que representa el espacio de un cortijo, localizado en las mismas tierras documentadas por la tazmía. Me sorprendió desentrañando las cajas de un archivo señorial, depósito que raramente queda al alcance de investigadoras. Las que hemos decidido dedicar nuestra vida a esta actividad trastornamos las decisiones de quienes guían nuestros pasos. No es fácil que nos conduzcan a lugares como este. Creo que en mi caso fue una enajenación transitoria la que a mi jefe le permitió habilitarme el paso a este depósito excepcional, hasta entonces celosamente custodiado bajo la protección de un valle de frondosos enebros. Hasta entonces sus bayas solo habían servido para la fabricación de ginebra, alimento que a sus dueños permitió mantenerse tolerablemente conscientes durante siglos.

     Mi juventud, que creo posible prolongar todavía algunos años, apenas alcanzada la estabilidad, poco antes que el compañero que ocupa la mesa del fondo del primer despacho, joven inestable solo hace meses consolidado, me valió su conocimiento gracias al jefe del Departamento. Según deja ver, el espacio del cortijo fue fragmentando en más de un centenar de pegujales. De cada uno de ellos explica sucintamente el compromiso que el cedido había contraído con el dueño de la tierra.

     Cuando menos, este testimonio podría verter luz sobre una parte de los problemas que suscitan las deducciones precedentes, en ningún caso resueltas de manera satisfactoria. La fórmula convenida para los contratos de cesión, las prestaciones que el cedente podía pedir a cambio de la tierra o los recursos que las partes intercambiaban con el fin de capitalizar la explotación están referidos en él. Probablemente una fracción muy pequeña de aquellos acuerdos llegaba hasta la escribanía, como se colige del cruce de sus afirmaciones con los documentos contables simultáneos, que mencionan cantidades ingentes de esta clase de empresas. El objetivo preferentemente buscado, a juzgar por su manera de calcular, era el trabajo que obtenía el dueño del suelo, y expresa con palabras directas que la mayor parte de las iniciativas contaba a su favor con cierto capital propio del cedido, concentrado habitualmente en el ganado imprescindible para resolver los trabajos principales.

     Contar con el apoyo de otros testimonios, más aún si son contemporáneos, es el recurso que el método tiene admitido como medio para dar salida a cualquier aporía. Sin embargo, teniendo en cuenta su denso contenido, por decisión del Director del departamento, hemos preferido por el momento ignorarlo, más aún después de que lo haya extraviado momentáneamente.

 

Cualquier casa era tanto más rentable cuantas más actividades concentraba. Esta verdad aparente, como ocurre con las protestas de veracidad incluía otra sí fundamental para el antiguo universo agropecuario, aunque no tan visible. El número de actividades en las que pudiera desplegarse cada una estaría en razón directa a su capacidad de inversión, en todo dependiente de las redes financieras rurales, un entramado que en la parte sustantiva permanecía bajo la línea del horizonte, como durante las estaciones de cada año, cuando estas desplegaban sus agentes, unos térmicos otros húmedos, los almacenes atesoraban el bien más preciado. De ellas eran nudos las instituciones de la iglesia occidental, por completo refractarias a las obligaciones diezmales, afluentes de renta ignoradas por las tazmías. A nuestro alcance queda sin embargo describir el rango de las casas analizadas.

     La más rentable era la tercera, que efectivamente también era la que mayor cantidad de actividades productivas concentraba, nueve en total. Gracias a su despliegue, ingresaba cada año una suma que se puede estimar en 109.490 reales, con seguridad por debajo de la efectiva. Las rentas anuales de la segunda, también la siguiente en el orden cuantitativo que se forma aceptando el valor declarado de lo que ingresaban, ya quedarían por debajo de los 100.000 reales. Actuaba en ocho campos y conseguía un ingreso anual estimado de 93.360 reales. La cuarta, interesada en siete productos, obtenía cada ciclo unos 87.082, y la sexta, presente en ocho actividades, sumaba todos los años unos 72.470. Las últimas posiciones correspondían a las casas primera y quinta. Aquella, empleándose en seis frentes distintos, conseguía al año una cantidad estimada de 67.570 reales. La otra, limitada a solo cinco actividades, se resignaba a un ingreso anual de unos 10.690. De nuevo se encuentran, aun observando el fenómeno empresarial desde un punto de vista distinto, ahora en el escalón más bajo de la rentabilidad de las casas, las dos que compartían dos hechos complementarios, la renuncia a explotar ganado de cría y la cesión de una parte de sus tierras en forma de pegujales.

     En el medio rural del extremo suroccidental del continente, el tamaño de las rentas de las casas principales estaría comprendido entre poco más de 100.000 reales y algo más de 50.000. Para aceptar esta afirmación hay que excluir de tal condición a la quinta, cuya renta estimada efectivamente la sitúa muy lejos del segmento que parece común a este nivel.

     La misma síntesis podría enunciarse en términos inversos. Un parámetro que con suficientes garantías puede detectar, para cualquier iniciativa que se interese por esta clase de empresas, las casas de primer orden a mediados del siglo décimo octavo es el tamaño de su renta anual. Si estaba comprendida entre 50.000 y 100.000 reales contables, debe ser aceptada en ese lugar del rango. Si superaba la frontera de los 100.000, alcanzaba la posición de las excepcionales.

     Para evaluar el alcance económico que podía tener que una casa agropecuaria, gracias a su actividad económica acumulada, generara una renta bruta anual superior a los 100.000 reales bastan algunas comparaciones. Si por ejemplo consideramos como operación óptima, para un interesado en el comercio internacional del grano, que entonces movía los mayores volúmenes del negocio mercantil, la que consiguiera contratar el consumo de trigo durante un mes de toda una población regional, estimable en unas 725.000 personas; como obligaría al suministro de unas 420.000 fanegas de capacidad, valorada cada una al precio de 15 reales, según hemos admitido para todos los cálculos hechos a lo largo del presente ensayo, de su venta obtendría 6.300.000 reales.

     Un gran señorío de la misma región, de similares magnitudes a los que poseían otros grandes títulos de ella, gracias a la acumulación de las concesiones que le habían valido su condición, en aquel momento conseguía cada año, procedente de los dominios que tenía reconocidos sobre un espacio de más de 80.000 fanegas de tierra, dispersas en torno a ocho poblaciones, una renta bruta de unos 3.500.000 reales. El cabildo catedralicio, primer terrateniente institucional de la región, por la cesión de unas 20.000 fanegas de tierra ingresaba cada año más de 800.000 reales, mientras que el mayor inversor en el negocio fiscal relacionado con el comercio ultramarino, protegido por las condiciones del monopolio, podía obtener una remuneración anual del 20 %, habiendo arriesgado en aquel negocio unos 450.000 reales.

     Para obtener cifras equiparables con la actividad de las mayores concentraciones de empresas rurales, serían necesarias 63 casas de la primera magnitud, si de lo que se tratara fuera de alcanzar los mismos niveles de renta que el gran comercio; 35, si el objetivo fuera equipararse a los duques, solo 8 para ponerse a la misma altura que el cabildo catedralicio por cesión de tierras y nada más que 4,5 para asemejarse a los mayores inversores en el negocio fiscal. Ninguna de las casas agropecuarias se puede equipar a cualquiera de las potentes casas comerciales, ni a las que administran los mayores complejos señoriales, ni al primer colegio beneficial, ni siquiera a los consorcios financieros que invertían en los servicios públicos. Así de discreta era la actividad empresarial del mundo rural de una región, así de limitada.

     Sin embargo, debía generar la fracción más importante de la renta del mayor grupo humano que vivía en el sudoeste de la península suroccidental del continente. Era el núcleo de empresas más sólido y más activo del medio rural, y dominaba sobre cualquiera de las demás actividades.

     La pujanza de cada casa, la que le permitía ocupar un lugar en su particular orden, muy probablemente dependiera de la actitud del responsable de cada una, que podemos suponer, gracias a las deducciones de los experimentos precedentes, oscilante entre dos polos. La preferencia por obtener trabajo bajo las condiciones de la servidumbre, aunque disminuyera los costos de las producciones asociadas a la labor, redundaba en una caída de las rentas. Frente a esta actitud conservadora, que mantendría viva la opción a favor de unos principios técnicos cuyo origen era como mínimo medieval, las actitudes más  arriesgadas demostraban que incrementando y diversificando la actividad se aumentaban notablemente las rentas, aunque fuera inexcusable extender la inversión y por tanto el riesgo.

      Como dos de los seis señores de las casas que nos han permitido llegar a estas deducciones eran títulos, uno marqués de Villaverde y el otro conde de Vallehermoso, con todo lo analizado además queda al descubierto una activa nobleza rural, cuya actitud no parece interferida por el presumible absentismo aristocrático que patrocinaba la literatura de la época. Demostrarían la distancia que en muchos casos, aparte la condición institucional, habría entre un rentista, al que para obtener su parte del beneficio le bastaba que los patrimonios estuvieran inmovilizados, y un labrador, el empresario de la producción agropecuaria más compleja.

 

Todas las precedentes son conclusiones muy modestas, que tal vez defrauden las esperanzas que en V.I. despertara este proyecto, así como la confianza que nos ha deparado. Sentiríamos que esto le causara incomodidad alguna, a sabiendas de que también V.I. debe dar cuenta de sus gestiones ante instancias más altas. Mucho más sentiríamos que fuera el origen de alguna irritación, por leve que sea, conscientes de su estado de salud, para la que cualquier accidente puede ser origen de una secuencia de acontecimientos que nadie, en este Instituto, desea.

     Esperan los inquietos actores de las generaciones que nos suceden que los políticos actúen en campaña con limpieza, respeten a sus adversarios y atiendan a todos de manera ecuánime, una vez conseguida la magistratura; que garanticen el funcionamiento de todos los servicios, que su gestión sea transparente, que se mantengan incorruptibles y que además todos los miembros de su familia, desde el cónyuge complementario al último de sus descendientes, sean modelo de integridad moral. Tan extensa copia de virtudes ni los dioses más torpes la poseyeron alguna vez. Hasta el dios de los hebreos, el Dios único, en ocasiones se permitió ser víctima de la ira.

     A los jóvenes los incapacita la edad, como a las vides, que no dan el fruto más preciado hasta que han pasado años. A los hombres que se sienten llamados a la vida pública los mueve su sentido del bienestar, lo que conviene a los suyos y cómo habilitarles el mejor tránsito al porvenir. Nada distinto a lo que preocupa a cada cual, cuando organiza la parte reproductiva de su vida; una posición desde la que a todos les parece completamente legítimo, hasta moralmente intachable, atenerse a los criterios más egoístas. Pretender que los hombres públicos se abstraigan de las condiciones en las que deben representar sus habilidades es inconsecuente. Sin embargo, los más jóvenes afirman que actuar ateniéndose a tan justificables principios, teniendo responsabilidades públicas, es aferrarse a un estado primitivo de la naturaleza humana.

     Todavía a quienes las toman los acusan de comportarse de manera intolerante porque se restringen  a los dogmas de una ideología. Otro argumento inconsecuente, fruto de la poca edad. El comportamiento de los hombres públicos, si actuaran movidos por una ideología, quedaría fuera del orden moral. Alcanzarían, en beneficio de todos, el grado áureo de las conquistas de la civilización. Las ideologías, códigos complejos compartidos, deseaban bendecir con unos principios que quedaban más allá de los deseos personales, los mismos que quienes trabajaban en las instituciones relegaban en beneficio de valores considerados naturalmente justos. Tales horizontes hace tiempo quedaron fuera del intercambio de fuerzas entres quienes dirimen en el campo de los asuntos comunes.

     Cuando llegan a la madurez, a los hombres, porque todos salvo algunos permanecen al margen de la vida pública, de esta solo les interesa lo que pueda afectar a su vida privada. Para ellos es suficiente con que los designados para hacerse cargo de las instituciones actúen como cortafuegos, que se batan en vanguardia de la brigada, arriesguen su piel y mantengan a salvo de las llamas los domicilios de todos, la paz de los hogares. Si alcanzar esa meta les obliga a tolerar administradores que no sean dioses, no tienen inconveniente.

     Una experiencia como la que presentamos a la consideración de V. I. es una obra compleja, que debe concitar voluntades dispares en beneficio de una idea común, algo al menos raro porque las ideas, ni aun explicadas con claridad por su autor, alcanzan a ser captadas íntegras, sin distorsiones, por sus receptores; menos aún una idea única y al mismo tiempo de todos. Hemos combatido las oportunidades a la distorsión concediendo a cada participante en el proyecto la condición de autor. V. I. ha podido observar sus ideas en primera persona. Es probable que sin embargo la consecuencia haya sido una acusada impresión de disparidad, a veces de contradicción, y que el resultado haya quedado lejos del orden armónico, propio de seres superiores, que imaginan los redactores de los proyectos.

     Si algún contratiempo sobreviniera a su estado, tras la lectura de este Informe, deseamos dejar constancia que la insistente suposición de hechos, que prevalece sobre su documentación positiva, el exceso de experimentación o la pertinaz referencia a ciertas fórmulas, cuyo reiterada mención puede resultar incómoda a V.I., no ha podido evitarlos el responsable del Departamento. Si al menos este Informe sirve para poner a cubierto su nómina, el bienestar de su familia y el suyo propio, cuya salud deseamos prevalezca sobre cualquier adversidad –nunca más allá de lo biológicamente razonable, porque prolongar la vida con artificios puede ser aún peor que su extinción, una indebida prolongación de la tortura de la existencia– nos damos por satisfechos; para que en lo sucesivo podamos seguir produciendo informes similares al presente, tantas veces cuantas nuestro Instituto pueda y V.I desee.

Es gracia que esperamos obtener.

 

El caudal del conde

Andrés Ramón Páez

Los mayorazgos que convergían en el conde le garantizaban a su casa solidez y continuidad, así como protección al patrimonio acumulado por la familia. La mayor parte del que habían blindado eran tierras: seis cortijos, tres medios cortijos y haza y media en dos parcelas. La superficie de cada propiedad estaba comprendida entre 37,5 y 1.125 fanegas, aunque para la mayor parte se limitaba al intervalo comprendido entre 225 y 562,5. Su respectiva explotación no siempre se resolvía de la misma manera, si bien el dueño en ningún caso se comprometía en ella. Se limitaba a cederla a otros.

     Las menores pudieron sostenerse con los medios de un labrador que contara con el capital necesario para completar empresas del tamaño más modesto. Algunas de las que eran mayores necesitaron sostenerse con una sociedad formada por dos o tres labradores, para así disponer del capital adecuado para sacarlas adelante. Las demás, con seguridad eran grandes explotaciones a cuyo frente un labrador decidía, mientras su ejecutor delegado, el aperador, se encargaría de la dirección de los trabajos. La diferencia entre unas y otras sería que las últimas no podrían prescindir de comprar trabajo para satisfacer cualquiera las actividades necesarias, aunque todas, con seguridad, harían lo mismo para completar al menos la siega.

     De las cesiones de sus tierras el conde obtenía a cambio los ingresos conceptuados como arrendamientos. Los podía demandar porque debían remunerar lo que la propiedad había convertido en un derecho exclusivo. El conde disponía de ese título,  estaba en condiciones legales de exigirlo y los contratos de cesión se lo garantizaban. Estrictamente, según sus principios, liquidaban el aprovechamiento transitorio del suelo.

     La mayor parte los cobraba en fanegas de pan terciado, que ascendieron en diecisiete meses y doce días a 2.280, de las cuales 1.520 eran de trigo y 760 de cebada. Otra parte la ingresaba en dinero, hasta sumar 6.102 reales contables, y de alguna de las cesiones, en un tiempo anterior, debió obtener también un pago en semillas o legumbres, producto del área barbechada de las tierras. Así se deduce del resto de 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 fanegas de habas que figuran como deudas pendientes de meses precedentes.

     La renta de la tierra era una detracción al producto del trabajo y la metamorfosis más reciente de la servidumbre real. Lo que en su origen fueron prestaciones directas de trabajo, para que a cambio quienes aspiraban a disponer de una explotación propia obtuvieran la tierra, se verterían a un bien que podía representarlas, equivalente en el mercado de las cesiones.

     Permitieron la transformación el incremento de los dispuestos a trabajar la tierra y la posibilidad de comercializar el producto. Ambos incentivos, por separado y juntos, abrieron la brecha para que se injertara el labrador, un elemento capaz interpuesto entre el trabajo y la comercialización. Comprando el trabajo de quienes estaban dispuestos a trabajar la tierra, y no habían conseguido acceder a ella, y remunerándolo a la baja, según se incrementaba la recluta de los empeñados en seguir por un camino tan transitado, y vendiendo el producto en las mejores condiciones posibles, podía disponer de los ingresos suficientes para hacer tres lotes y dejar a todos satisfechos con el reparto: para el señor o amo de la tierra su renta equivalente al trabajo que antes captara, para quien trabajaba, su salario, y el remanente para él.

     Fue tan ventajosa intermediación la que consolidó la renta de la tierra, que vinieron después a justificar las teorías de la cesión de la fecundidad del suelo, en su opinión la responsable de los rendimientos, fuera la que fuese la forma en la que se le liquidaba al señor de la tierra. Que la percepción fuera acordada en las especies obtenidas o en dinero no modificaba el origen de la detracción, aunque sí la posición en los mercados de las dos partes, tanto de quien pagaba como de quien percibía la renta. Las apetencias de lucro del señor de la tierra, cuando se decidiera tomarse la molestia, pudieron llevarlo a preferir las cobradas en especie, que a su vez le permitían participar de la comercialización. Más aún cuando, como en este caso, quienes habían evolucionado a amos o señores de tierras bajo las condiciones del juro de heredad antes hubieran disfrutado de las mieles del labrador. A las que nunca estarían dispuestos a renunciar del todo.

     La parte de la renta de la tierra ingresada en dinero quedaba en depósito del administrador de la casa, como parte de su función, sin que ello fuera origen de mayores complicaciones, mientras que los gastos de mantenimiento de las unidades de producción corrían por cuenta de los colonos. Pero los ingresos en especie generaban a la casa del conde un gasto al que no podía renunciar. Los graneros de los que pudiera disponer en propiedad no eran suficientes para almacenar las rentas percibidas en trigo y cebada. Necesitaba alquilar otros donde se pudiera recoger todo lo que ingresaba en estas especies, para lo que fue necesario desembolsar 450 reales.

     De la cesión de las tierras de los mayorazgos el conde deducía también adehalas, resultado de la imposición de un principio de fuerza arraigado y cuya vigencia el contrato de cesión firmado regeneraba. Sin más justificación, actuando el conde como un señor, las cargaba directamente sobre el beneficio que proporcionaban las explotaciones. De las concentradas en la producción de cereales, en las que se obtenía trigo, cebada y legumbres, las restaban al remanente disponible, una vez descontados costos y gastos. Gracias a esta cláusula expeditiva, el conde ingresó en dinero 12.450 reales, y en especie 17 puercos (1 de sesenta libras, 12 de setenta y 4 de ochenta), 23 carneros primales y 120 gallinas, y 18 carretadas de paja. El disfrute de la tierra que otro se había apropiado obligaba a concederle parte del producto obtenido en las explotaciones de quienes las habían emprendido. Al menos en parte, sería trabajo a su vez comprado y transferido al producto por estos.

     La absorción tanto de adehalas como de las rentas de la tierra generaba también los gastos de administración del patrimonio que se cedía. Fueron escasos, casi insignificantes, los que tuvieron su origen en los oficios de cabildo y de don José de Rivero, donde hubo que pagar 26 reales 18 maravedíes por las escrituras y nómina de arrendamientos. Distinto era el gasto que originaba el administrador. Los diecisiete meses y doce días de su trabajo hubo que satisfacerlos con 2.391 ½ reales. Su trabajo cualificado, de gestor financiero, se valoraba por encima del salario común, aunque no mucho más que el que remuneraba el trabajo de los máximos responsables de la labor. El del administrador se puede estimar en unos 4,6 reales diarios, mientras que un aperador podía ingresar a razón de 4 reales.

     Ahora bien. Este gasto no era adjudicable en exclusiva a la gestión de adehalas y rentas, sino a la totalidad del trabajo de administración, sin que sea posible atribuir más responsabilidad a una parte que a otra, ni por tanto ponderar el gasto causado por cada una.

     También era patrimonio de los mayorazgos la cadena de bienes que al conde le permitían obtener una cosecha propia de aceite, para lo que debía comportarse como cosechero, ocasión de bastantes más gastos que los que le causaban los ingresos de las cesiones de las tierras.

     La casa tenía olivares propios, en los que es probable que se reservara una parcela, de menos de diez fanegas de superficie, para sembrar la cebada que sería recolectada como verde o forraje para el alimento de las mulas de la casa.

     En la explotación directa de los olivares, cosecha de 1725, para  arada, poda y cerca fue necesario gastar 1.500 reales. No consta que la casa dispusiera de los medios necesarios para hacer la arada, que podían conseguirse como un todo articulado (hombre, ganado y arado) gracias que no faltaban campesinos que se prestaban a este servicio. Aquel año el contratado fue José Montaño, a quien hubo que pagarle 1.300 reales.

     Los trabajos de poda y cerca se obtuvieron adquiriéndolo de asalariados básicos. Para la poda, que debió ajustarse a destajo, fueron contratados 20 peones, a 5 reales cada uno, lo que a la casa le costó 100 reales, mientras que el trabajo de la cerca fue tarifado en jornales o día trabajado. Un maestro trabajó en ella cinco días, a razón de 6 reales, y cuatro 4 peones cobraron a 3 ½ reales cada uno, lo que sumó otros 100 reales. La cantidad la percibiría el maestro y la distribuiría entre los peones de la cuadrilla, tal como hacían los manijeros responsables de la recluta de hombres para cualquiera de las actividades básicas. Es posible que fuera maestro carpintero porque la cerca se hiciera de madera, aunque no trabajaría con oficiales, sino con trabajadores reclutados para la ocasión.

     La posesión de olivares propios obligaba a disponer de un casero, Antonio Rodríguez, un trabajador estable necesariamente, contratado bajo las condiciones de temporil. Recibió un salario mixto o complejo de alcance anual (de 6 a 6 de octubre de cada año, una vez terminada cada temporada, después de san Miguel), como era regular cuando se trata de las actividades que abarcaban todo el ciclo agropecuario.

     En su caso se compuso con dinero, trigo y aceite. Por su salario en dinero hubo que pagarle 280 reales, y en especie, 12 fanegas de trigo y una arroba de aceite. Luego, tal como pidió, fue necesario recompensarlo con otros 40 reales, equivalentes a dos fanegas de trigo, porque se había vendido todo el que tenía el conde. Así quedó satisfecho todo su salario hasta el 6 de octubre de 1725. Más adelante hubo que liquidarle otros 180 reales, 8 fanegas de trigo y 3 arrobas de aceite por cuenta del año que cumpliría el 6 de octubre siguiente. En total, el trabajo del casero durante los diecisiete meses y doce días originó un desembolso de 500 reales en dinero, 20 fanegas de trigo y 4 arrobas de aceite.

     Para la cogida de la aceituna, por una parte hubo que contratar tareros, que se hicieron responsables de la recolección a mano. Los elegidos para completarla fueron dos, que serían cabeza de sendas cuadrillas. Su remuneración también fue a destajo y  mixta. A cada uno se le entregaron 13 arrobas de aceite, al respecto de tres en cuarta, es decir, una cuartilla de aceite por cada tres tareas, y cada una de las dos cuadrillas consumió coles por valor de 12 ½ reales. El dinero fue concertado a razón de 8,75 reales por cada tarea de quince fanegas. Cuando dieron cuenta de su trabajo, habían completado 147 tareas 4 fanegas, lo que daba un total de 2.209 fanegas recolectadas.

     Pero, porque se atrasaba la cosecha, fue necesario recurrir a otros dos tareros ocasionales. Uno de ellos solo completó 2 tareas y 2 ½ fanegas, que le fueron pagadas a 16 reales, y el otro, que fue el casero, recogió 8 tareas 1 fanega, por las que se le pagaron 14 reales. Así que al final fueron 157 tareas y 7,5 fanegas o 157 ½, o 2.362 ½ fanegas, las recolectadas.

     Además fue necesario contratar el apurado, segunda fase del trabajo que se hacía apaleando los árboles con varas y varejones. Al apurador contratado, un hombre distinto a quienes se habían ocupado de las tareas a mano, se le pagó por jornadas. Consumió 19 ½ días, cada uno de los cuales le fue liquidado a razón de 30 cuartos o 7 ½ maravedíes.

     Para llevar hasta los olivares a quienes completaron todos estos trabajos fue necesario contratar carretas. La casa no dispondría de estos medios, otra consecuencia de su limitada dedicación agropecuaria. Pero tampoco faltaba oferta de hombres, animales de tiro y carros integrados dispuestos a dar portes, un costo más a sumar a la compra del trabajo necesario para hacer la cogida, que en suma ascendió a: en dinero, 1520 reales 5 maravedíes, de los cuales 25 fueron gastados en coles, y en aceite, 13 arrobas.

     Poner en marcha el molino de la casa originó trabajos previos y gastos en equipamiento. Hubo que picar la piedra solera, de cuya rugosidad dependían el triturado para conseguir la pasta apta para la molienda y la conducción de los primeros jugos, así como reparar la caldera que debía calentar el agua que se utilizaría en la prensa. Ambos arreglos costaron 47,5 reales.

     En la espartería hubo que equiparse de espuertas, serones de encierro y, además de sogas, sobre todo, capachos, que se fueron adquiriendo por mudas, unidad que  equivaldría a la carga estimada o más adecuada para la prensa de la que dispusiera el molino de la casa. Las cinco primeras mudas se compraron antes de empezar los trabajos, en la feria, y posteriormente, mientras fueron transcurriendo los cinco meses de la campaña, fue necesario comprar otras dos más. El gasto hecho en espartería añadió otros 135 reales.

     Para que tirase de la palanca del molino, la casa dispondría de un mulo, que no pudo completar los cinco meses de trabajo. En su lugar, durante tres semanas, hubo de trabajar un caballo, al que se decidió contratar a jornal. Además, el molino contaba con una burra, que se utilizaría para portes.

     Equipar el tiro obligó a arreglar dos albardas, de las que ya dispondría el molino, y comprar otras dos nuevas, así como renovarle al mulo la manta de su aparejo con cuatro varas y media de jerga negra. Y para las bestias del encierro también fue necesario comprar unas cinchas, una de las cuales fue reservada para la burra.

     Para la alimentación del ganado de fuerza del molino se empleó cebada y paja. Las 49 fanegas de cebada consumidas procedían del almacén de la casa, ingresadas como renta de sus tierras. Pero las tras carretadas de paja que comieron las bestias fueron adquiridas (paja cosaria), a pesar del suministro que a la casa le proporcionaban las adehalas. En total, el costo del trabajo del ganado fue: en dinero, 157 reales 20 maravedíes; en cebada, 49 fanegas.

     Hubo también que comprar una pala para el molino, dos martillos y dos tablones delanteros para el pesebre (marometas), además de clavos, seis cántaros arrobales y dos jarronas, un mortero, hacer un gato, arreglar un rodillo y amolar unas hachas, todo lo cual ascendió a 37 reales 18 ½ maravedíes.

     La continuidad de los trabajos en el molino necesitó de iluminación artificial. Para los candiles, además de aceite para que suministrara la energía, se hizo acopio de torcidas que mantuvieran la llama. Se compraba por libras, y de la misma manera se adquiría el jabón, cuyo suministro, a pesar de que la materia prima para su fabricación fuera el aceite, sería externo. Para el mismo fin fue necesario comprar una toalla, y todo reportó 5 reales 1 maravedí.

     El trabajo consistió en sacar el producto a 178 moliendas, incluidas las dos de limpieza. Lo ejecutó un grupo compuesto por un maestro de molino y compañeros, que lo cobró a dos reales por cada una de las moliendas, una manera de reconocer la necesidad del trabajo coordinado y solidario e incentivarlo.

     Además, el maestro de molino, Francisco López, por su trabajo de cinco meses y cuatro días, recibió como salario 49 reales por cada mes. Como la cantidad final que por este concepto se le liquidó fue 252 reales, se deduce que el día de su trabajo se le remuneró a razón de 1,75 reales. Se le pagó aparte, con 6 reales, que fuera al molino después de acabada la molienda para entregar un poco de aceite.

     El moledor, Juan Jaro, responsable de la primera fase del proceso, percibió como salario tres ducados o 33 reales cada mes. En su cómputo de trabajo constaron cinco meses menos dos días. De la cantidad total que percibiera (162 reales 3 cuartillos) se deduce que el día se le liquidó a 1,1 reales.

     El husillero, Francisco Antonia, encargado de ajustar el tornillo de la prensa cada vez que se cargaba, su trabajo de cinco meses y cuatro días le fue remunerado a dos ducados o 22 reales por  mes. Como además tuvo que servir como moledor los seis días que faltó Juan Jaro, se le pagaron otros 2 reales 3 cuartillos, y percibió en total 115 reales 3 cuartillos.

     Los otros trabajadores que intervinieran en el proceso, que ejecutarían trabajos no especializados, no han dejado rastro, aunque sí podemos estar seguros de que cuando las cuentas se refieren al maestro y compañeros solo están haciendo referencia al equipo de las tres personas responsables de los trabajos.

     Cualquiera de los tres fue remunerado de un modo que podríamos llamar industrial. No recibieron, a cambio de sus trabajos, más ingreso que dinero, aunque desdoblado en jornal e incentivo por destajo. El vínculo laboral, en el molino del conde, habría progresado a la expresión impuesta por la economía especulativa. A la descarga de la remuneración del trabajo sobre la cantidad de producto obtenido, que ya tarifaba otros trabajos, sumaba el reconocimiento a la capacitación laboral como componente necesario del trabajo comprado. La capacitación podía repercutir en la calidad de un producto con el que había que competir de otro modo, porque su demanda, a diferencia de lo que ocurría con los cereales, no estaba asegurada por el tamaño de las poblaciones.

     El trabajo en el molino originó el costo más importante de la producción del aceite propio, 892,5 reales, casi la quinta parte del gasto total de la cosecha y producción del aceite, que ascendió a: en dinero, 4.795 reales 10 ½ maravedíes; en trigo, 20 fanegas; en cebada, 49; en aceite, 17 arrobas. A cambio del gasto, el producto de la cosecha de 1725 fue 1.459 arrobas de aceite.

 

Una parte las rentas ingresadas por cualquiera de los tres medios (arrendamientos, adehalas y producto) completó pronto su circulación decayendo al autoconsumo. Una porción del trigo (20 fanegas) había sido entregada al casero como parte de su salario, y otra de la cebada (49 fanegas) la consumió el ganado que se empleaba en la producción del aceite. Además, se reservaron otras 13 de cebada para emplearlas como simiente del verde para las mulas.

     Pero el grueso del autoconsumo de trigo y cebada era consecuencia del deber de alimentos que obligaba a las rentas del conde mientras fuera menor. La autoridad judicial, para ejecutarlo, emitía un libramiento anual. Como consecuencia, el administrador entregaba al conde 200 fanegas de trigo y 250 de cebada, destinadas a su manutención y a la de sus caballerías. Aunque la asignación fuera importante, el propio conde, aun en minoría, porque no fuera suficiente para cubrir su gasto, por su iniciativa se encargaría de completarla cuando hiciera falta. Con un mandato que suscribió ingresó a costa de la renta del cortijo de Montecillo otras 6 fanegas de trigo, antes de que pudieran sumarse a las demás que se almacenaran. Si las acumulamos a todo lo demás que tuvo el mismo fin, tenemos que reconocer que fueron derivadas al autoconsumo, de toda la masa disponible de grano, 226 fanegas de trigo y 312 de cebada.

     De una parte del aceite producido también sabemos que tuvo como destino completar el salario del casero (4 arrobas) y el de los tareros regulares (13 arrobas), aunque la mayor parte del autoconsumo de aceite también fue doméstica, solo que en este caso sin que mediaran las decisiones judiciales. Fue suficiente con la voluntad del conde, quien siguiendo el mismo procedimiento que con el uso discrecional del trigo ingresado, iba remitiendo al administrador cédulas para que le proporcionara partidas de aceite (7, 12, 18 ¾, 16, 11 ½ y media cuarta, 20, 40 y 48 arrobas). El total que así se desvió de otros tránsitos ascendió a 173,25 arrobas y media cuarta.

     Las adehalas cobradas en especie también tendrían este destino. Dada su condición, se daría por supuesto que era el señor quien debía disfrutarlas libremente. Las 35 fanegas 7 celemines de yeros, 7 fanegas de arvejones y 7 de habas que ingresara la casa, aun sin ser adehalas, también se aplicarían al pienso de sus animales de tiro.

 

El autoconsumo, por muy insaciable que fuera, nunca podría dar cuenta de los ingresos en especie porque su volumen excedía con mucho las necesidades domésticas, incluso las de las casas que contaran con una tropa de sirvientes. La mayor parte del capital circulante bajo la forma de las especies, procedieran de cualquiera de las rentas o del producto propio, estaba predestinado al comercio. Al progresar hasta los mercados, podía transformar su valor nominal con la medición de la venta.

     De las 1.828 fanegas de trigo ingresadas, entre abril de 1725 y febrero de 1726 fueron vendidas 1.602 (el 87,6 % del total; 350, a 10 reales; 350, a 10 reales y cuartillo; 400, a 10 ½ reales; 194, a 12; 94 ½, a 19; 213 ½, a 20). Su fruto en dinero fueron 19.681 reales. De las 510 fanegas de cebada, entre enero y junio de 1726 se vendieron 448 (el 87,8 %, 400 a 5 reales y 48 a 6), de donde se dedujeron otros 2.288 reales.

     A las 1.459 arrobas de aceite que habían sido el producto neto de la cosecha de 1725 para completar el lote propio se le sumó el remanente de la cosecha anterior, 344, de modo que el aceite disponible alcanzó las 1.803 arrobas. Deducidas las desviadas al autoconsumo por cédulas del conde y las pagadas como salario, entre mayo de 1725 y junio de 1726 las 1.612 restantes fueron vendidas (300 a 9 reales y cuartillo, 200 a 10 reales, 290 a 11 reales menos cuartillo, 656 arrobas a 11 reales y cuartillo y 166 arrobas a 11 ½ reales), ventas que proporcionaron 17.181,5 reales.

     El aceite permitió además ingresos por la comercialización de los turbios de la cosecha de 1724 y del orujo de la siguiente. Por la venta de los fondos que habían quedado estancados en los depósitos donde el aceite se decantaba, que había que eliminar para evitar que contaminaran al nuevo, pero que podían aprovecharse para fabricaciones derivadas, se ingresaron 50 reales, prueba de su escasa calidad, cualquiera que fuese su volumen. El orujo, subproducto que se extraía de las prensas en forma de tortas, podía proporcionar todavía algún aceite poco apreciable. La casa prefirió venderlas por carretadas, a 13 reales cada una de las dos que bastaron para deshacerse de ellas. Sumaron otros escuetos 26 reales. De donde todo el producto del molino que se comercializó habría proporcionado 17.257,5 reales.

     El agregado de todas las ventas todavía originó un gasto menor, el de papel sellado de las peticiones y el de las declaraciones de ventas, que en total sumaron nada más que 6 reales 32 maravedíes. Pero para sacar al mercado todo el grano fue necesario medirlo, un trabajo que hubo que pagar a razón de un ochavo o 2 maravedíes por cada fanega. Como fueron 2.070 las que se midieron (las 2.050 vendidas y las 20 entregadas al casero como parte de su salario), el gasto ascendió a 122 reales menos cuartillo. Para que el aceite llegara a su mercado, también hubo que hacer frente a ochavos y cargas, aunque no todo el aceite vendido pasó este trámite. De las 1.612 arrobas, solo 1.580 completaron aquellos pagos. Como el gasto que originaron ascendió a 129 reales, se puede estimar el costo de su venta en unos 2,75 maravedíes por arroba. De corresponder los ochavos a la medida del aceite, tal como en el caso de los granos, las cargas solas habrían añadido 36 reales al gasto de la venta.

     De un lote de 12 arrobas de lana blanca, vendidas a dos ducados o 22 reales cada una, la casa obtuvo un ingreso de 264 reales. Tan corta cantidad excluye la posibilidad de que fuera producto propio, y no pudo ser adehala, porque de haberlo sido figuraría cuando menos en alguno de los contratos de cesión de las tierras. Tuvo que ser el resultado de una transacción, fuera compraventa o pago de una deuda en especie. Literalmente, fueron entregadas al señor conde y a la señora condesa su madre.

     Los dineros que no procedieron de los mercados la casa los ingresó por el disfrute pasivo de sus derechos adquiridos, legales o no. 12.450 reales provinieron de las adehalas y 6.102 de las cesiones de tierra. En total, 18.552 reales o 32 % de todo el dinero obtenido. Mientras tanto, por la venta del trigo se ingresaron 19.681 reales, por la de cebada 2.288, y por la de aceite, 17.257,5, que sumaron 39.226,5 reales o 68 % de todo el dinero ingresado (57.778,5 reales). El mercado se había impuesto a la economía de la casa. Los dos tercios de sus rentas se realizaban concurriendo cada especie de las que dispusiera al suyo.

     Pero había grandes diferencias entre las gratificaciones que cada mercado le proporcionaba. Mientras que colocar en el mercado trigo y cebada apenas tuvo costos (571,75 reales), disponer de aceite para comercializarlo necesitó un gasto en dinero de 4.795 reales 10 ½ maravedíes. Si le sumamos los valores del gasto en especie necesario para producir el aceite (trigo, 20 fanegas; cebada, 49, y aceite, 17 arrobas) a precios tipo, resultan 5.302 reales 5,4 maravedíes, y si a esa cantidad le sumamos los gastos por su venta, que fueron 129 reales, el costo total de la llegada al mercado del aceite de la casa alcanza los 5.431 reales 5,4 maravedíes. Por cada real ingresado por el aceite fue necesario invertir 0,31 reales. El gasto necesario para ingresar cada real por el grano se redujo a 0,026, además de que el aceite vendido solo le proporcionó el 30 % de los ingresos. Las ventajas que para la casa tenían ejercer el señorío de hecho y la apropiación protegida del suelo eran evidentes.

 

El dinero obtenido por cualquiera de los medios llegaba a manos del conde con la mediación de la autoridad judicial, otra consecuencia de la minoría del conde. El corregidor emitía libramientos para que el administrador circulara cantidades de dinero que el conde recibía.

     El total librado fue 49.453 reales 12 maravedíes, equivalente al ingreso íntegro, 57.778 ½ reales, deducidos los gastos (8.165 reales 1 maravedí) y lo poco que había quedado en poder del administrador (160 reales 4 maravedíes). Tenemos por tanto la certeza de que todo el dinero líquido, salvo este remanente, fue a parar a manos del conde, pero no sabemos nada del empleo que hacía de él.

     A partir del calendario de los libramientos se pueden hacer algunas deducciones discretas. El corregidor emitió 36 libramientos, entre uno y cuatro al mes, excepto en abril de 1726, cuando no firmó ninguno. Las situaciones entre el doble libramiento diario, que se repite hasta tres veces, y los 41 días entre uno y otro, se dispersan a lo largo de los valores del intervalo, sin que ninguna de las frecuencias llegue a destacarse seriamente. Solo los cuatro y nueve días de separación llegan a repetirse, también tres veces, lo que no es nada excepcional en ningún sentido. Tampoco se observa una posible correlación entre mayor frecuencia y mes, con ningún signo.

     No había pues una cadencia regular en el libramiento de las cantidades. La distancia en días entre libramientos no parece que obedeciera a una regla. Sus causas tuvieron que ser distintas al transcurso del calendario. Tal como se presentan las referencias en la contabilidad, solo nos queda la posibilidad de examinar las cantidades libradas.

     Algunas de ellas, cinco, expresan cifras con fracciones denominadas en maravedíes contables. Parecen incluir un pago. Las demás, son enteras, y cualquiera admite ensayo con las unidades monetarias, lo que solo explicaría que responden al dinero efectivo del que dispusiera el administrador. Pero hay una, 1.666 reales, la que más se repite, que se libra siempre en la última década del mes y no es divisible, salvo por la unidad. Podría tratarse de ingresos girados periódicamente en forma de instrumentos financieros, operativos con su valor nominal, quizás descontado con coeficientes múltiplos de tres, cuya forma había que mantener cuando se libraban para que llegaran a manos del conde.

     Si cualquiera de las cantidades libradas salían de manos del administrador, bajo la forma que fuera, y a él no le correspondía ninguna gestión más a partir de ellas, solo se puede suponer que el destino del dinero ingresado, una vez en manos del conde, tendría que ser el consumo o la inversión fuera del ámbito de los cauces regulares de generación de las rentas de la casa. Es más probable lo primero, dado que entre los fondos manejados por el administrador no constan ni juros ni censos, ni participaciones en cualquier otro negocio financiero.

 

La personalidad de los linajes rurales más afortunados pudo ser tan compleja a fines de la época moderna gracias a la acumulación de conquistas. Radicados en las mayores agrociudades, en el origen de su promoción estarían los servicios de armas a la corona cuando terminaba la edad media. A cambio, una parte habría conseguido consolidar el ejercicio de las regidurías hasta hacerlas hereditarias, lo que le valdría competir con ventaja en el acceso a la tierra útil mientras sus miembros ejercieran a la vez como labradores. En sucesivas generaciones el beneficio que le proporcionara el comercio del trigo lo irían invirtiendo en patrimonio territorial. Más adelante, una vez patrimonializadas las regidurías, protegerían los bienes con la fundación de al menos un mayorazgo. Cruzándose con linajes similares, harían posible que más de uno convergiera en un heredero común. La familia del conde consiguió además completar sus conquistas con un título nobiliario a principios del siglo XVIII.

     A lo largo de aquel recorrido, no se desprendería de ninguna de las ventajas que había ido adquiriendo. El poder ganado en el ejercicio del señorío del municipio, la adquisición de la tierra, su blindaje diferenciado, el ejercicio de la labranza eran experiencias compatibles si de lo que se trataba era asegurarse ingresos regulares.

     Así fue posible que hacia 1725, en el conde, para la captación y generación de sus ingresos, convivieran tres identidades, sin que por alguna razón fueran incompatibles: la de señor, la de rentista y la de cosechero, tres frentes en los que podía combatir con solvencia al mismo tiempo. Cada una de las facetas de su personalidad compleja le permitía detraer trabajo ajeno de un modo distinto: imponiendo un poder, deduciéndolo de un derecho de propiedad o comprándolo, a veces con salario mixto y a veces con salario solo en dinero.

     Vistos los resultados, tenemos que reconocer que en el transcurso de la experiencia que le había valido disociarse, la casa prefirió irse desprendiendo primero de las facetas vitales que le exigían trabajo propio, después, en la medida de lo posible, de la adquisición de trabajo ajeno, de tan altos costos, para ir concentrando la captación de sus rentas en la detracción onerosa de las obtenidas por otros, ateniéndose a la fuerza coercitiva del marco legal de los arrendamientos, que permitía una doble deducción, la justificada por la cesión de la fecundidad de la tierra y la impuesta por la voluntad de un señor.

     Las compatibilizaba con toda naturalidad simultaneando los ámbitos donde había decidido actuar, como en el cuerpo los órganos se reparten las funciones para mantener la vida. El aparato motor captaba rentas. Convertidas en sangre, las circulaba para que cada sistema cumpliera con una función. Cuando lo encontraban, las que destinadas al mercado se imponían sobre el autoconsumo.

     De tan evidente opción por la economía especulativa solo se puede dudar porque mediaban las decisiones del administrador. Pero finalmente, en el cerebro financiero, cuando el dinero ingresado se ponía a girar, deducido el necesario para la producción de aceite y los gastos de administración, todo indica que el numerario terminaba en el consumo de la casa, en una proporción tan alta que cuesta no reconocerlo como el denostado gasto suntuario.

 

Administrador bajo sospecha

Carmelo Terrera

El conde, aún menor de edad, vivía en la mayor de las poblaciones en el límite este de la región. El título su familia lo había conseguido de Felipe V poco antes, en 1713, año para la liquidación de las deudas contraídas durante la guerra de sucesión. Su preeminencia había comenzado tiempo atrás, gracias a una regiduría patrimonializada. En aquel transcurso, el beneficio acumulado por el linaje se había ido consolidando gracias a la adquisición de cortijos, los herederos modernos de las totalidades de los señoríos medievales.

     Las rentas que ingresaba combinaban la actualidad con las costumbres. Unas las obtenía de la economía de los cereales, bien como deducción al producto a cambio de la cesión de la fecundidad de la tierra, bien gracias a obligaciones serviles cargadas sobre los colonos de sus posesiones. Las otras procedían de la economía del aceite, organizada como actividad integral, que explotaba directamente. Gracias a esta combinación de recursos, el conde podía ser a un tiempo rentista, señor y cosechero. Desde unas producciones detraía trabajo por vía de deducción de los ingresos que otros obtenían, desde otras, lo compraba por actividad o por unidades de tiempo.

     Don Juan Jiménez de Arjona, vecino y también regidor perpetuo de la ciudad instituida en la misma población, cuando ya había cumplido los cincuenta años, fue nombrado para la administración de las rentas del conde en enero de 1725. La condición legal de don Juan solo estaría separada de su semejante por el título y la edad.

     Es posible que hubiera llegado a la administración de aquellos caudales como consecuencia de las obligaciones derivadas de la paternidad de menores instituida en el municipio, y descargadas sobre él por la autoridad judicial de la instancia local, la que personificaba el corregidor. La aceptó, según este había mandado, con la condición de llevar un libro con las cuentas de su administración. Las que fuera presentando, así como su gestión, debían ser supervisadas y aprobadas por la autoridad que lo había designado. De acuerdo con estas condiciones, ejerció la responsabilidad desde el 8 de febrero de 1725 hasta el 20 de julio del año siguiente.

     Las cuentas presentadas por quien lo había precedido en aquel cargo habían sido aprobadas el 20 de agosto de 1725. El 19 de agosto del año siguiente el administrador presentó las suyas junto con los demás documentos que las avalaban. Aclaró entonces que para su correcta interpretación sería necesario partir de las aprobadas a su antecesor, y además dejó constancia de que, como de las suyas resultaba un déficit de 160 reales 4 maravedíes, estaba dispuesto a satisfacerlo cuando fuera necesario. Aquel mismo día el corregidor ordenó que las cuentas nuevas le fueran remitidas al conde.

     Terminó el verano, y casi había transcurrido todo el otoño cuando un tal Juan Antonio Rodríguez Vello, en representación de la madre del conde, que ejercía como su tutora, compareció ante la instancia judicial de la población. Había obsesionado las cuentas y había observado algunos agravios. Creía oportuno que el administrador y el contador de las rentas provinciales del municipio, don José Francisco de Azofra, declarasen ante el tribunal. Para que el juez, en ejercicio de la tutela pública debida al conde, procediera judicialmente.

     Aquel mismo 12 de diciembre el corregidor requirió la declaración de ambos y así se le notificó de inmediato al administrador, quien compareció ante el tribunal el 26 de enero de 1727. Terminada su declaración, a continuación fue citado el contador de rentas provinciales, quien no se presentó hasta el 8 de febrero.

     A partir de aquel momento no hubo modo de contener el enfrentamiento entre la casa del conde y el administrador. Cada paso del procedimiento judicial abierto fue utilizado como arma con la que agredirse mutuamente. El siguiente 20 de febrero, el representante del conde alegó ante el tribunal que Francisco Martín Colorado, el procurador que actuaba en nombre del administrador, se había llevado la documentación del proceso, después de lo cual había pasado el plazo para que la devolviera y aún no la había devuelto.

     El 1 de marzo seguía sin devolverla. El corregidor no tuvo más que apremiarlo con la prisión en la cárcel de la ciudad. Ante la amenaza, reaccionó diciendo que había necesitado una copia de los autos para responder a las objeciones que la casa del conde le había opuesto al administrador, lo que había sido una prolija dependencia. Además, a causa de algunos viajes que había tenido que hacer, no le había sido posible estudiar la documentación como debía, para lo que aún necesitaba otros quince días de plazo cuando menos.

     No fue necesario que los agotara, si es que le fueron concedidos. El 6 de marzo, en nombre del administrador, respondió a las objeciones que el 12 de diciembre le había opuesto la otra parte. Para él todos los agravios que presumía eran insustanciales, y le parecían inspirados por extraños particulares fines y no por motivos justos. Creía que debían rechazarse, aprobadas las cuentas y condenada en costas la casa oponente.

     El 21 de marzo, pasadas dos semanas, el representante del conde, para consolidar su posición, optó por una réplica dilatoria. Solicitó que el administrador presentara su libro de cuentas, un documento del que no estaba dispuesto a desprenderse. Pretendía que en el plazo de dos días lo pusiera en poder del escribano que seguía el proceso, con las hojas foliadas y rubricadas por este, tal como era preceptivo.

     En aquel estado quedó el proceso hasta que casi mes y medio después. El 2 de mayo el administrador, seguro en su posición, se limitó a devolver el golpe que meses atrás había recibido su procurador. Alegó que ahora había sido Juan Antonio Rodríguez Vello quien había retirado los autos para hacer una copia, el plazo para que los devolviera se había cumplido, y muchos días más, y aún no los había devuelto.

     Aquel mismo día, se le notificó que debía reintegrarlos a la escribanía a cargo del caso. Sin embargo, era 16 de mayo y todavía el administrador tuvo que recordar que al procurador de la otra parte se le había emplazado para que devolviera los documentos, bajo la amenaza de cárcel en caso contrario, y que, aunque había pasado mucho tiempo desde que se le conminó a que lo hiciera, no solo no los había devuelto, sino que no guardaba carcelería para remedio. Con semejantes antecedentes, incluso se debía multar al alcaide de la cárcel, quien debiera tenerlo tras la red y a buen recaudo hasta que devolviera los papeles. El corregidor le hizo saber al alcaide de la cárcel su obligación de tener preso a Juan Antonio Rodríguez Vello hasta que devolviera los autos, bajo la pena de dos ducados.

     Avanzaba ya el verano cuando por fin, el 3 de julio, Juan Antonio Rodríguez Vello se dejó ver. Respondió por extenso a cuanto había argumentado el administrador a través de quien lo representaba, reiteró que las cuentas del administrador contenían los agravios que había expuesto en su momento e insistió en que se le debían denegar la aprobación y condenarlo al pago de las cantidades que desde el principio había demandado. Al administrador se le hicieron llegar estas alegaciones, para que, con lo que dijera el licenciado don Francisco Félix Cortes, abogado, a quien el corregidor había nombrado su asesor, se decidiera lo que correspondía.

     No fue hasta el 1 de septiembre cuando el tribunal recibió la respuesta del administrador, redactada en ausencia de su procurador aunque sin que le hubiera revocado el poder que le había concedido. Reiteraba el administrador que sus cuentas eran legales y ciertas, y que no contenían los agravios que se le habían opuesto, para él insustanciales por las razones que ya había expuesto el 6 de marzo. El juez decidió que la solicitud del administrador se agregara a los autos del caso y que se le hiciera saber a las partes que todo se trasladara al licenciado don Francisco Félix Cortes, el abogado que había designado.

    Al día siguiente, sin que nada lo hiciera prever, el caso dio un giro radical. El procurador del conde, después de revisar las cuentas, así como lo que el administrador había respondido a las adiciones que se le habían opuesto, creía que las adiciones no eran sustanciales, máxime cuando en las partidas de las que no se hacía cargo en las cuentas unas las adeudaban los inquilinos y las otras las había cobrado el conde. No deseaba seguir pleitos en los que no le asistiera justicia muy clara. Para evitar los gastos que le pudiera ocasionar al conde, que sumarían más de lo que ingresaría, en su nombre desistía de continuar el proceso, y en su nombre se avenía a dar su aprobación a las cuentas que el administrador había presentado. A mayor abundamiento, el conde firmaría la petición.

     Solicitó que se suspendiera la remisión del caso a don Francisco Cortes, y que las decisiones tomadas por su parte se hicieran saber al administrador, para que entregara al conde los 160 reales 4 maravedíes del balance de la cuenta.

     El corregidor admitió que se desistiera la continuación del proceso, que se suspendiera su remisión al abogado, dio por hecho el allanamiento y ordenó que se le hiciera saber al administrador, para que entregara a la madre del conde el alcance que resultaba de las cuentas y las aprobara.

 

El conde contra su administrador

Carmelo Terrera

El enfrentamiento entre el conde y su administrador tuvo su primer argumento en el libro de cuentas. El conde quiso saber por qué el administrador no lo había presentado ante la autoridad judicial. Dudaba de que cuando entró a gestionar su caudal hubiera llevado el que se le mandó.

     El administrador aclaró que cuando había recibido su encargo hizo un cuaderno con papel blanco común para anotar las cuentas y todo lo relacionado con su administración. Para el balance que tuvo que presentar había puesto en limpio las notas coleccionadas en el cuaderno. Lo mantenía en su poder, no tenía motivo para ocultarlo y no lo había presentado porque creía que debía retenerlo.

     Cuando ya supo que el libro existía, el representante del conde pidió una copia de él. Lo necesitaba, dijo, para sus réplicas. Una vez examinado, reorientó sus objeciones hacia el método de la administración, cuya mala práctica le parecía incuestionable. El libro, en su opinión, había sido hecho en uno o dos días, como lo evidenciaban por la forma las mismas letra, tinta y pluma. Tendría que haberlo llevado registrando el asiento diario de salida y venta de las partidas, el precio de cada una de ellas, las personas a quienes fueron vendidas, el corredor que intervino en cada operación y la hora que precedentemente la autoridad judicial le hubiera adjudicado. Solo así podrían cotejarse los asientos con el libramiento y la declaración judicial, y llegar al conocimiento de la verdad.

     Al administrador le pareció calumnioso que se supusiera que el libro lo había confeccionado en uno o dos días, con misma una letra, una sola tinta y nada más que una pluma. Bastaba examinar el libro para comprobar que no era así. En cuanto a las objeciones contra su método de administración, le parecían inapreciables. Era el que correspondía al caso si se actuaba de buena fe, tal como se le había reconocido a su antecesor y demostraba el cargo de las cuentas que había presentado. Tampoco creía que fuera su obligación, ni preciso siquiera, que las partidas fueran asentadas en el libro de las cuentas con todo detalle.

     Otro motivo para las diferencias fue que según el conde el administrador precedente había entregado al nuevo 310 fanegas de trigo, mientras que en la primera partida de las cuentas que este había presentado solo se hacía cargo de 308 fanegas. Faltaban dos fanegas. Replicó el administrador que nunca se había justificado, con recibos o cualquier otra prueba, que su predecesor le hubiera entregado más de 308 fanegas de trigo. Solo en el caso de que alguien hiciera constar que las había recibido, se podría admitir el agravio. Aun así, el conde insistió en que las dos fanegas debían cargársele al administrador, porque había sido su responsabilidad alegar que no las había tomado.

     También se enfrentaron por media fanega de habas, que en las cuentas del administrador no se habían cargado. De las del precedente se deducía que doña Josefa de Gálvez, viuda de don Antonio Mantilla, la debía como parte de la renta correspondiente a la cosecha de 1723 del cortijo de los Montimentos. Como no decía que se adeudara, el conde creyó que contra el administrador se volvía su silencio sobre aquel cobro. Si su antecesor, replicó el administrador, había dicho que la media fanega se adeudaba y él no la había entregado, a él se le tendría que cargar. Además, sobre ser una nimiedad a la que el derecho no atendía, le parecía despreciable el reparo de aquella media fanega de habas sabiendo el conde que la debía la inquilina.

     Los distanció asimismo el aceite suministrado a los tareros y al casero de la hacienda. El administrador, en sus cuentas, había hecho constar que había dado 17 arrobas de aceite, de las cuales 13 a los tareros del molino del conde y 4 al casero como parte del pago de su salario. El conde objetó que aquellas entregas no habían sido justificadas con declaración o recibo de ninguno de ellos, a lo que el administrador replicó que eran un gasto tan necesario y tan sabido como imposible de verificar con una carta de pago suscrita por los interesados. Para comprobarlo, era suficiente con repasar las cuentas de la cosecha antecedente, razón que fue suficiente para que la parte del conde no insistiera en sus argumentos sobre este asunto.

     Pero en cuanto a los gastos habidos en los olivares y en el molino para el beneficio de la cosecha de aceite, el conde al administrador le objetó que faltaba su justificación, así como su acreditación en el libro de cuentas, y que tampoco las partidas habían sido especificadas con declaraciones o con recibos de los operarios que los habían ingresado. El administrador también pensaba que era despreciable el reparo, porque tampoco era habitual tomar recibos ni declaraciones para los gastos del molino y demás. El estilo era el opuesto, aun en la misma casa, y a quienes le habían precedido en la administración así se les  había admitido. Y si no que se tuvieran presentes las cuentas de la cosecha anterior, que se aprobaron sin el requisito que ahora se le oponía.

     En cuanto al aceite producido, en su relación el administrador declaró que había pagado la cogida de 157 tareas 7 ½ fanegas de aceituna de los olivares del conde. Cada tarea, tomado en cuenta el trabajo que los recursos mecánicos permitían, llegó a fijarse convencionalmente en quince unidades de capacidad. 157 tareas 7 ½ fanegas eran por tanto lo mismo que 157 ½ tareas. Francisco López, el maestro del molino, por su parte declaró que las tareas que habían quedado líquidas de la molienda fueron 141, una vez desfalcadas las 16 correspondientes al diezmo. De donde resultaría que, según el maestro de molino, las tareas habían sido solo 157 (141+16=157), lo que incluiría un pago del diezmo redondeado al alza.

     Así pues, en la relación del administrador constaría media tarea más que en la declaración del maestro de molino. Pero como en la cuenta del administrador constaban que las tareas molidas habían sido 140 ½, si fueron 16 las pagadas como diezmo, el total de las recolectadas sumaría 156 tareas y media. La diferencia entre una y otra declaración sería por tanto de una tarea. Debía ser del cargo del administrador –alegó el conde– el producto de la tarea de aceite que sale de agravio al respecto de diez arrobas que correspondió a cada una de las que se molieron.

     Al administrador le parecía lo más insustancial de todo que el maestro de molino declarase media tarea de menos, máxime cuando no perjudicaba a la verdad ni a la esencia del asunto. Las arrobas que había declarado eran las que se habían producido. Eran las mismas, hubiese o no media tarea de más, y en esto estaban de acuerdo ambos testimonios. La diferencia solo repercutiría en la productividad (regulación de haber habido más o menos), y no en otra cosa. De cualquier manera, el administrador se hacía cargo de lo que declaraba el maestro que le había entregado, y pensaba que lo demás no era ni debía ser de su cuenta.

     Tampoco a partir de esta diferencia el enfrentamiento podía llegar más lejos. Cualquiera de las productividades que se podían deducir dejaba en evidencia las diez arrobas alegadas por el conde. En la cuenta del administrador constaban como producto de sus 140 ½ tareas de aceituna 1.459 arrobas de aceite. Para llegar a ese producto, la productividad de la tarea tendría que haber sido más alta: 1459 arrobas / 140,5 tareas = 10,38 arrobas. Mientras que si tomamos las 141 molidas del maestro de molino darían como producto: 141·10=1410, según el conde; o 141·10,38=1463,58.

 

Enfrentados por los precios

Carmelo Terrera

Ninguno de los presuntos agravios que argumentaba el conde encubrió lo que realmente le preocupaba, las ventas de trigo, cebada y aceite que la casa había ingresado, consumadas por el administrador, don Juan Jiménez de Arjona, entre el 8 de febrero de 1725 y el 20 de julio de 1726, tiempo durante el que había ejercido su cargo. A propósito de ellas, quiso saber qué cantidad de los productos suyos constaban en el registro público como vendidas por el administrador. También quería saber los precios alcanzados en cualquier venta durante los mismos días por aquellas mercancías, para lo que hubo que apelar al contador de las rentas provinciales, cuyo conocimiento de las operaciones comerciales era preceptivo.

     Una vez revisados los libros correspondientes, el contador certificó los precios para los que se le había solicitado informe, y para completar su respuesta certificó además que, según el registro de su oficina, la única partida que constaba vendida a nombre del conde por el administrador era una de 57 arrobas de aceite a 11 reales, una operación que se había acordado el 24 de febrero de 1725. No había constancia de ninguna otra venta entre el 8 de febrero de 1725 y el 20 de julio de 1726.

      A partir de estas verdades documentales, paso a paso, el conde fue acometiendo contra su administrador.

     Este había declarado la venta entre 5 y 21 de abril de 1725 de 308 fanegas de trigo, de las cuales 94 ½ a 19 reales y las demás a 20. El conde pensaba que aquella venta se le había de cargar al administrador a razón de 22 reales, y no a los 19 y 20 que pretendía, y que al mismo precio se le tendrían que cargar las otras dos fanegas que no habían quedado justificadas, hasta completar las primeras 310 sobre las que se estaba discutiendo. Le parecía lo más justo. El certificado del contador de las rentas provinciales probaba que entre una y otra fecha 19 fue el precio más bajo del grano, y esto solo durante uno o dos días, mientras que el más alto fue 23. No le parecía verosímil, habiendo cotizado el trigo entre 20 y 23 reales, que nunca encontrase el administrador quien lo comprarse a 23, o incluso a 20; aunque lo cierto es que a 20, según las cuentas de este, sí había conseguido liquidar parte del grano.

     La venta de 94 fanegas de trigo a 12 reales, que el administrador había declarado para el 17 de agosto de 1725, en opinión del conde tenía los mismos defectos que las ventas entre 5 y 21 de abril, si bien la certificación del contador de las rentas provinciales no revelaba otro precio. Más adelante, el conde decidiría no mantener su objeción sobre aquella venta. Pero sí la mantuvo sobre la que el administrador había declarado para 400 fanegas de trigo entre el 3 y el 7 de septiembre de 1725, de las cuales 50 las había vendido por 10 ¼ reales y las restantes 350 a 10. De estas 400, según el conde, se le debía hacer cargo al administrador a los 11 ½ reales que probaba la certificación para aquellas fechas. En ella constaba que todos los días hubo ventas a 11 reales, por lo que extrañaba que no se hubieran vendido algunas partidas ni siquiera a ese precio.

     El administrador también había declarado una venta entre 10 de enero y 13 de febrero de 1726 de 400 fanegas de cebada a 5 reales, y entre 10 de enero y 24 de febrero de 700 fanegas de trigo, 300 a 10 ¼ reales y 400 fanegas a 10 ½ reales. El conde argumentó que en la recaudación de las rentas provinciales constaba que el precio que ambos granos habían tenido durante aquellos días fue mayor. No era cierto por lo que se refería a la cebada. En el certificado, el único precio de la cebada que constaba para el periodo comprendido entre 10 enero y 24 febrero 1726 era 5 reales. Pero sí lo era que el trigo, entre las mismas fechas, había oscilado entre 9 ½ y 12 reales. Por último, por lo que a los granos se refería, también había declarado el administrador que había vendido 48 fanegas de cebada desde 1 hasta 7 de junio de 1726. En este caso, el conde no apeló a precios. El certificado no los registraba para la cebada durante esos días.

     En cuanto a las partidas de aceite vendidas, el administrador había declarado la venta en 15 de diciembre de 1725 de 150 arrobas a 9 ¼ reales. Según el certificado de las rentas provinciales, el 15 de diciembre de 1725 se vendió el aceite en el campo a 9 ¼ y 9 ½, así que por esta parte no había mucho que replicar. El administrador también dijo que en 12 de enero de 1726 había vendido 200 arrobas de aceite a 10 reales, en 19 de febrero 150 a 9 ¼ reales y en 23 de marzo, 166 a 11 ½ reales. El 12 de enero de 1726, según el certificado, en el campo, se había vendido aceite a 10, para el 19 de febrero no había precio alguno de aceite y el 23 de marzo en el campo se había vendido a 11 ½. Tampoco para aquellas tres fechas había diferencias objetables.

     El administrador, por último, había declarado la venta desde 1 hasta 7 de junio de 1726 de 656 arrobas de aceite a 11 ¼ reales. Según el certificado, los 1, 2, 3 y 4 de junio, en el campo, se había vendido a 11 ¼, el 4 de junio, en la ciudad, a 11 ¾, el mismo precio que tuvo en el campo el día 6, y para el 7 de julio de 1726 tampoco constaba venta alguna de aceite.

     En resumen, mientras que no se apreciaban diferencias entre los precios declarados por el administrador para sus ventas del aceite y los que constaban en los libros de la recaudación de las rentas provinciales, una parte del trigo comerciado había tenido más valor que el aceptado por el administrador para deshacerse del ingresado por la casa.

 

Para el conde, todas las ventas adolecían de las mismas faltas. Las de trigo y cebada, el administrador las expresó genéricamente, sin especificar los días en los que se efectuaron y sus precios. Tampoco, para el aceite que cada día vendiera. Como no había hecho los asientos que correspondían en el libro diario, se podía sospechar que había simulación en las ventas.

     No siempre las había justificado con la licencia judicial necesaria. La primera para la venta de granos no le había sido concedida hasta más de cinco meses después de comenzadas, el 22 de septiembre de 1725, y en un auto del corregidor contenido en los generales de la tutela del conde. Tampoco constaban licencias judiciales para la venta de aceite, ni las había pedido ni se le habían concedido. Debió pedir licencia especial para vender los aceites. La general que alegaba solo había sido para la venta de granos. A lo sumo se le podía aceptar que en los autos generales del corregidor de 1 de junio de 1726 se le había concedido licencia para la venta de los efectos que en su poder parasen del caudal del conde.

     Para las primeras ventas tampoco constaba declaración alguna de corredor, tal como era preceptivo. Solo muchos días después de las ventas y sin expresión de partidas, declaró un corredor. Aunque luego hubiera partidas de aceite comprendidas en la declaración del corredor Diego Benítez, el agravio no quedaba subsanado con la declaración que este hizo ante el escribano el 28 de marzo de 1726. El tiempo transcurrido entre la venta y la declaración evidenciaba la ninguna formalidad observada. Menos crédito merecía la declaración de las ventas del corredor Alonso del Castillo ante el escribano ya del 17 de agosto de 1726. El administrador pudo actuar en connivencia con cualquiera de los corredores.

     Porque el administrador había referido que había vendido los granos, como lo hizo sin la forma regular, debía ser condenado al pago de su valor ateniéndose al que tuvieron cuando fueron vendidos. Solo declaraba el menor que había tenido en ese tiempo. Era evidente según se podía comprobar sobre la venta del trigo gracias a la certificación de la contaduría. Por sí misma era una demostración suficiente. No era justo venderlo al precio más bajo. El estilo era al precio corriente.

     El conde, como recompensa, pidió que al administrador se le cargara el precio más alto a que pudo vender el grano cuando lo hizo. Se le debía cargar ateniéndose a los precios que había certificado la contaduría, especialmente por ser trigo de renta, limpio y de toda calidad, y tener más valor los granos zarandados y limpios. Por lo que se refería al aceite, debía ser condenado en los mismos términos, conforme a la certificación, aunque como hemos comprobado no había diferencias entre los precios declarados por el administrador y las cotizaciones registradas.

     No le parecía suficiente el argumento de las urgencias. No constaban, ni la casa necesitaba vender. Los libramientos no eran argumento suficiente para demostrarlo, máxime cuando tampoco constaba que el administrador hubiera pagado siempre los libramientos, ni se hallaban en los autos.

     Pero, llegadas a esta encrucijada del enfrentamiento, las razones del conde, tal vez porque era consciente de la debilidad de su posición, flaquearon. Aventuró que incluso suponiendo que hubiera urgencias por vender, era notablemente sospechoso que solo tuviera en cuenta para el trigo el precio menor. Expresándose en estos términos, la réplica retornaba a un argumento ya defendido, que además no tenía relación consecuente con que la casa tuviera o no urgencia por vender lo que estaba ingresando en especie.

     Aun así, incurriendo en el exceso en el que cae quien se siente cercado, se esforzó por volver en contra del administrador la premisa de los libramientos. Si, como según solicitaba al tribunal, el administrador fuera condenado al pago del valor de los granos ateniéndose al que realmente tuvieron cuando fueron vendidos, tendría que obligársele a hacer los pagos correspondientes en virtud de los libramientos judiciales que en su contra se hubieran circulado. El precio más alto que rigiera en el momento inmediato al libramiento judicial tendría que ser el que se le cargara.

     No había pues motivo para la aprobación de sus cuentas que había pedido, excepto que pagara antes las cantidades de su cargo ateniéndose a los términos de la certificación de la contaduría de rentas provinciales. Con tanto más rigor se debía actuar contra él por ser el conde menor, cuyo beneficio atendían más las leyes.

 

El administrador, por su parte, partía de que como se trataba de la venta de bienes muebles, no creía necesaria la licencia, y efectivamente sin solicitarla habría actuado durante 1725. En su favor añadió que no era costumbre que los corredores, aun supuesta su preceptiva mediación, declarasen las ventas por menor, sino por partidas, fueran las cantidades que fuesen. No obstante –prosiguió–, el 8 de enero de 1726, en sus autos generales, el corregidor, a petición suya, le había concedido licencia para la venta de granos del caudal del conde con intervención de corredor, a propósito de lo cual Juan Trujillo, que ejercía como tal, hizo constar la suya el 27 de febrero de 1726 ante el escribano de cabildo. Además, más adelante, en sus autos generales, el corregidor el 1 de junio de 1726 le había concedido la licencia para la venta de los efectos del caudal del conde que tuviera en su poder. A eso podía sumar  que en las ventas de la cebada, de una parte de las partidas de trigo y del aceite, a propósito de las cuales las declaraciones de los corredores eran fidedignas, superabundaron, además de la licencia general, las particulares implícitas en los libramientos. Aunque no tuviera licencia para vender, la creía reiterada en cada uno de los libramientos que se le enviaban, por los que se le ordenaba que de los efectivos disponibles fuera entregando las cantidades libradas al conde. Además, este, por una petición de 13 de agosto de 1725, había solicitado que se le entregase sin dilación dinero de los efectos más inmediatos, lo mismo que los libramientos disponían. Para hacer frente a ellos, no tenía más efectivo que el que ingresaba por las ventas. El desembolso siempre andaba igual, y aun era más excesivo que lo que se iba vendiendo. Era pues contrario a la verdad que no había urgencia para las ventas. La urgencia por ir pagando los libramientos era permanente. Se acreditaba por los autos, y nadie justificaría lo opuesto porque no podría.

     Contando con esta presión, añadió, de nada servían las certificaciones de los precios de la contaduría de rentas provinciales. Pero el administrador sabía que ponían al descubierto su flanco débil, tanto que complicaron los argumentos con los que quiso exculparse. Terminó por quedar en evidencia por los que utilizó para replicar. En las certificaciones, dijo, constaban los mismos precios a los que él había vendido, lo que no era exactamente así. Además, desde el momento que aceptaba las certificaciones como un medio para argumentar en su favor incurría en contradicción. Y cometió todavía el error de añadir que, aunque contuvieran otros precios, no probaban que hubiera vendido a unos y no a otros, esforzándose por completar la diversidad con un cuadro de los mercados cuyo objetivo, demasiado visible, era camuflar sus ventas. Aunque convivieran los mismos y diferentes precios, sostuvo, no probaban que por necesidad las ventas hubiera que hacerlas a los más altos, porque cada uno compra y vende como puede y según la cualidad de la cosa, urgencia y otras circunstancias del tiempo de la venta; porque cada uno compra y vende según la coyuntura, y por esto en un mismo día suele venderse el género a tres o cuatro precios., un argumento que sin embargo no era extemporáneo. Le resultaba por eso injusta la pretensión de que se le cargaran sus ventas a los precios que el conde pretendía fundándose en la certificación presentada, que se refería a ventas ajenas, y creía contrario a la verdad que el conde supusiera que su trigo era el mejor.

     Pero nada más que un argumento sólido pudo presentar en favor de su comportamiento en relación con los precios que había encontrado en los mercados. Cuando se había hecho cargo de la administración, explicó, se estaba vendiendo con licencia de 11 de enero de 1725 el trigo no comercializado por su antecesor, las 308 fanegas que fueron vendidas entre 5 y 21 de abril siguientes. El último que este dejó vendido, según las cuentas que había presentado, le había sido  pagado a 18 reales, mientras que él lo había vendido a 19 y 20.

     La suma de la debilidad de su posición frente a los precios habidos, sumado a que al contador de las rentas provinciales solo le constaba el registro de una de las ventas, era un reconocimiento implícito de que sus ventas se habían hecho al margen del mercado legal. Lo corroboraba que uno de los días que el administrador había vendido aceite ni siquiera se había registrado un precio para su compraventa en el registro de rentas provinciales.

 

El demonio de la especulación

Carmelo Terrera

Para completar su aportación al contencioso, la parte del conde formuló al administrador una pregunta sobre sus ventas de las especies ingresadas por la casa. La enunció en términos directos. ¿Había dado cuenta a la administración de las rentas provinciales de todas las de trigo, cebada y aceite? El administrador respondió que de algunas de ellas sí, pero que de otras, no. Por una razón. Los derechos reales de alcabala y cientos estaban ajustados en un tanto. Se vendiera más o menos, no se perjudicaba la real hacienda.

     Es verdad que por el procedimiento de rentas provinciales las obligaciones fiscales estaban ajustadas en un tanto, el del encabezamiento que se había acordado. En concepto de acabalas, millones y cientos, los tres gravámenes causados por las compraventas, cada municipio se comprometía a ingresar a la hacienda de la corona una cantidad.

     Las contribuciones por trigo, cebada y aceite se pagaban a partir de las superficies que cada cultivador explotaba, no por el producto que obtenía, ni por el que comercializaba. Era un ardid para que las explotaciones de mayor tamaño se descargaran de costos fiscales al adquirir todo o parte del producto de las menores, para sumarlo al suyo y venderlo en mejores condiciones.

     No le faltaba razón al administrador. Las ventas, cuando el procedimiento de gravamen era una cuota por unidad de superficie cultivada, eran indiferentes. Si había alguna diferencia entre lo comprometido como encabezamiento y lo que se hubiera ingresado gracias a aquella manera de gravar, quedaba en manos de los municipios, que ya se ocupaban de que el saldo les fuera favorable.

     El administrador, queriendo acumular argumentos en su favor, añadió que las ventas y sus liquidaciones habían estado ajustadas a las licencias judiciales, los libramientos y las declaraciones de los corredores. A pesar de que, en su opinión, ni siquiera las licencias judiciales las habría necesitado porque se trataba de la compraventa de bienes muebles, y de que, aunque se le hubiera requerido, tampoco era de su cargo que los corredores expresaran por menor las partidas en cuya transmisión hubieran mediado.

     La parte del conde, ante tan poseída actitud, decidió formular abiertamente sus acusaciones. El administrador, según la secuencia de los hechos que se había podido demostrar, había vendido granos y aceites antes de que fueran expedidos los libramientos judiciales, sin intervención ni declaración de corredores ni asiento de los días de venta de cada una de las partidas. Eran defectos suficientes como para que fuera sospechosa la cuenta de pagos que había presentado. Los valores de las mercancías vendidas se le debían recargar según los que tuvieron durante los días que debía hacer las ventas para satisfacer los libramientos judiciales que le llegaban.

     El discreto enfrentamiento entre el conde y su administrador enseña que nadie se resignaba a quedarse al margen de la especulación, ni quienes vivían de sus rentas ni quienes trabajaban para que los parásitos sociales pudieran ingresarlas. Parece que en 1727 las situaciones eran más favorables a la parte activa que a la pasiva.

     Uno de sus medios para adquirir ventaja con los ingresos de las ventas sería eludir las obligaciones fiscales, cualquiera que fuese la manera en que estuvieran organizadas. Sería el camino más accesible para comercializar los productos. La certificación del contador de las rentas provinciales lo demuestra. De todo lo vendido, el administrador solo declaró una partida de 57 arrobas de aceite. Completar el trayecto hasta el mercado negro necesitaría de colusión con los corredores, y obligaría al reparto entre los compañeros de viaje del beneficio que proporcionara el negocio al margen de la ley.

     Por lo que se deduce de las acusaciones del conde, más cerca de las posibilidades de los administradores quedaba especular con cada especie en su mercado. Para ellos, que por razón de su cargo estaban obligados participar en cada uno, todo consistiría en esperar los precios máximos y confiarse a ellos. Sin que nada les asegurase que en cada partida podrían ganar, actuando por cuenta propia podían apostar sin riesgo en cualquiera mano y confiar en sus habilidades para jugar sus cartas.

     Nuestro administrador, según quedaba demostrado por la instrucción del proceso, pudo vender con ventaja por su cuenta, sin contar con la obligada  mediación de la autoridad judicial, responsable civil de los bienes del conde mientras durase su minoría. Luego, cuando el libramiento le llegara, denominado en unidades de capacidad, incluiría la correspondiente orden de venta. Consumada, al conde libraría la cantidad de dinero resultante. Con el certificado de precios de la administración de las rentas provinciales, se podía demostrar que en los días que había recibido la orden de vender el precio del trigo había cotizado por encima de lo liquidado por el administrador, quien recibido el libramiento, giraría una cantidad que se habría atenido a los precios más discretos de esos mismos días.

     Las diferencias tendrían más posibilidades de concentrarse en el precio del trigo y no oscilarían más allá de los dos reales. No era mucho para cualquiera de las partes cuando se trataba de cantidades discretas, como las que habían dado origen a la discordia entre el conde y su administrador. Ninguna de las dos rentas sufriría grandes trastornos por no sumar los mayores ingresos posibles, aunque podía alterarlas. El incremento del precio del trigo era sobrecosto del precio del trabajo, allí donde se mantuviera el pan diario como parte de su remuneración. Cualquier disminución podía facilitar que fuera comprado más trabajo.

     También es cierto que una diferencia de uno o dos reales en el precio de la unidad de trigo no solo alteraba el ingreso de cualquiera los aspirantes a beneficiarse de la espera del momento más tentador. Su incremento, cualquiera que fuera su magnitud, expulsaba del mercado a una parte de quienes se alimentaran de su pan, lo fabricaran ellos o lo compraran en las panaderías y las tahonas, mientras que una caída expandía la demanda en ese mismo universo.

     Poco importa que los números descubran o no que el administrador especuló a su favor con las especies ingresadas o producidas por la casa. Las pruebas reunidas por el proceso no son concluyentes. Sí lo son los argumentos de la querella. Enseñan los márgenes por los que el crecimiento encontraba una oportunidad.

     El dueño de unos bienes que evitara la mediación de un administrador estaría en condiciones de ser él, sin interferencias, quien aprovechara las posibilidades de las tácticas especulativas. Si un señor delegaba la gestión de su patrimonio, y descuidaba supervisarla, a quien lo gestionara le cedía todo el campo de la especulación. La administración de las casas agropecuarias, tanto como la mayordomía de las instituciones públicas o piadosas, medios aptos para el desarrollo de la profesión financiera rural, debió ser uno de los gérmenes de la emancipación del negocio especulativo, antes de madurar y convertirse en un ser adulto apto para dominar las economías.

     Convencionalmente, cuando ha ganado la mayoría de edad se le ha llamado capitalista. Llamarlo así ha contribuido a restringirlo a un fenómeno que corresponde a un tiempo delimitado por su emergencia, su pugna por la preponderancia, su éxito, sus inevitables crisis. Si nos limitamos a observar desde el apriorismo temporal, puede ser útil recurrir a un nombre para una época. Pero sería ir contra las evidencias creer que la especulación mercantil pertenece a un tiempo. No es uno de los periodos de los siglos que incrementaron las desigualdades materiales. Especulación mercantil, competencia por ocupar de su mano las primeras posiciones de los negocios, obtener gracias a ella los balances más satisfactorios, alentadores, o precipitarse a un fracaso, son comportamientos que no parece que se ajusten al límite del tiempo. El negocio especulativo vive y se reproduce como germen parásito del comportamiento mercantil.

     No era menos especulador un señor que su primer empleado. Lo que cualquiera de ellos detestaba era verse privado de la oportunidad de obtener la mejor ganancia. Hay que reconocer que habría épocas que favorecieran una actitud o la otra. Pero sobre todo, situaciones.

     Pudo estancarlas el reparto racional de la renta detraída al trabajo ajeno, que podía equilibrar la balanza y evitar las querellas cuando la masa fuera proporcionada. Una masa generosa, pudo facilitar la tolerancia del reparto de papeles: especulador batiéndose en los mercados de una parte, perceptor de los beneficios netos, de otra, y cualquiera de los dos colmados.

     Sería el bloqueo o la disminución de la masa a repartir la responsable de crear las tensiones críticas. En ese estado no habría bastante para satisfacer a todos con el reparto. Quien estuviera en la mejor posición para acceder por vía directa a la especulación trabajaría solo para él. Los demás, quedarían relegados, y algunos de ellos se hundirían. Otra de las invariantes se habría impuesto. Como se puede observar por lo ocurrido en 1727, en cualquiera de las circunstancias prevalece la primera persona.