Divino aflante espíritu
Problemas de hermenéutica
Inspirado por el deseo de obtener cuanta información pudiera, siempre pensando en los hechos relacionables con el origen de la República, que era mi preocupación, había aceptado que el Antiguo Testamento era la fuente que podía decidir sobre la veracidad y el alcance de lo que me habían revelado los textos clásicos. El legado recibido en forma de libros venerables resultaba extremadamente valioso por su capacidad para comunicar sin mediación con tiempos muy alejados porque nadie puede dudar que el Antiguo Testamento es una fuente principal para el conocimiento de Levante entre la crisis del hierro y mediados del primer milenio, el tiempo durante el que la República se gesta y nace. Los textos sagrados, gracias al gran cuidado puesto en su conservación, y a la manipulación de siglos que sobre ellos se ha acumulado, son un excepcional corpus literario. Es verdad que están muy modificados por la tradición. Pero, por más objeciones que a ellos pudieran oponerse, siempre habrá que admitir que, entre los textos antiguos, no hay ninguno de veracidad tan acendrada ni de estimación comparable. Su valor es inapreciable para conocer la historia religiosa del pueblo elegido, así como su historia política e institucional; desde luego, también su historia literaria. Pero, sobre todo, es un lugar en el que han quedado retenidas de manera excepcional muchas creencias y prácticas religiosas de la zona palestina durante la primera mitad del primer milenio, para las que no hay un medio de conocimiento más directo, e incluso, para muchas, otro medio de información en absoluto. Si por proximidad cultural y cronológica a los primitivos ritos del tofet ninguna fuente estaba en condiciones de mejorar lo que ella sobre tales hechos permita conocer, me bastaría con volver sobre el Antiguo Testamento y su exégesis para deducir de sus narraciones pruebas para documentar hasta el límite de lo posible el tema que a mi texto interesaba, para luego exponerlas del modo que me pareciera más útil a tal fin. Buscar entre las antigüedades religiosas contenidas en las escrituras sagradas, pensé, me podría proporcionar la documentación más importante para conocer los ritos del tofet, y cómo evolucionaron, así como sobre los temas con ellos relacionados. Su juicio, bajo estas premisas, tendría que considerarlo inapelable. Decidí, pues, recurrir a su arbitraje.
Esta idea hacía tiempo que la poseía, adquirida, como tantas, no por la vía de la reflexión, sino por el común medio escolástico. Hasta que no tuve contacto literal con la magna colección no llegué a descubrir que la causa de su conservación no había sido el valor que pudiera tener como documento. Quienes se habían esforzado en su transmisión habían reconocido en ella algo excepcional. Fue en aquel momento cuando por primera vez tuve la conciencia de que debía tratar con una escritura sagrada, forma histórica de lo que vanamente habían soñado quienes habían aspirado al texto excelente, y que sin embargo no habían alcanzado a reconocer. Concluí entonces que los escritores, antes que proponerse una forma personal de la más alta escritura, ¿no hubieran sido más sensatos si se hubieran rendido a beber de la fuente sagrada? Siendo escritura alimentada de tal forma, ¿cabía dudar de ella? En cuanto a mis proyectos, ¿se podía aspirar a un juez tan decisivo e inapelable? Aquellas reflexiones fueron acicate para que mi atención se concentrara en su consulta y la investigara sistemáticamente.
El único obstáculo que entorpecía aquella vía era que el examen de la escritura sagrada me obligaría a tomarme para su estudio tal vez más tiempo del que juzgara deseable quien pretendiera encontrar un juicio tranquilizador. Pocos textos han dado origen a tanto trabajo, a tanta literatura derivada, a tanto análisis. También me parecía un serio inconveniente preliminar que además fuera necesario imponerse en su lenguaje y en su especialísimo valor documental. Pero, al mismo tiempo, estaba seguro de que todo este esfuerzo quedaría recompensado con el producto que la escritura sagrada proporcionaría, que sería de alto valor y de la mayor fiabilidad. Lo que obtuve creo que demuestra de manera suficiente que, al menos para un primer momento, las expectativas que la escritura sagrada en mi caso habían despertado no se vieron en modo alguno defraudadas.
Para hacer una valoración correcta de la información que proporcionara, al tiempo que la recogía, me pareció lo más conveniente recopilar, además de la información directa sobre el asunto de mi interés, el rico caudal de datos que también suministra sobre la historia antigua del pueblo elegido. Al poco de empezar mi recopilación, deduje que así facilitaría la interpretación de la secuencia de los argumentos que de ella podía extraer, sobre todo porque entre historia y teología del pueblo elegido había mucha menos distancia de la que de antemano podía imaginar. No solo porque fueron operaciones simultáneas, me pareció más esclarecedor manejar a un tiempo los elementos de historia del pueblo elegido y la información recogida a propósito de las antigüedades religiosas durante la primera mitad del primer milenio en Palestina que el texto sagrado suministra.
Una correcta interpretación de la historia del pueblo elegido, antes de iniciar su exposición, necesita aceptar de buen grado la siempre molesta tiranía de los detalles. Las discrepancias de fecha entre la historia bíblica y otras historias antiguas son en parte debidas a la diferencia de lección de las fuentes, pero sobre todo a algo tan sencillo como la necesaria transformación de años lunisolares, los bíblicos, en solares, los de nuestro sistema cronológico. Esto realmente no debería originar problema alguno, pero es un hecho que resulta imposible evitarlos. Advertido queda el lector que la coincidencia de estas dos dificultades puede hacer que los cálculos sean en ocasiones discordantes y que, por tanto, las fechas que en la exégesis puedan leerse no siempre coincidan con las que puedan ser leídas en otros textos para los mismos hechos o los mismos personajes. Pero, en el peor de los casos, las discordancias sin embargo serán, a lo sumo, solo de un año nominal. Como es conocido, para tomar una decisión correcta en materia cronológica, cuando se manejan fuentes de distinto origen, siempre debe tenerse en cuenta el problema que para la precisión de las fechas deriva de los sistemas cronológicos que conviven en el próximo oriente durante el primer milenio antes de nuestra era. Las fechas que en el texto sagrado están expresadas, como es usual en la cronología antigua, en términos relativos de los reinados, según la práctica babilónica, en lo esencial similar, sin embargo se enuncian sin tener en cuenta el año de la subida al trono del monarca al que están referidas. El año octavo de un reinado, según el sistema común, que es el hebreo, sería según el babilónico el séptimo.
La inestabilidad que aún afecta al texto bíblico, a pesar de siglos de recensión y exégesis; la incomunicación entre las dos ramas principales de la hermenéutica, la judía y la cristiana; y hasta la independiente evolución de las patrocinadas por las distintas iglesias desde el siglo décimo sexto, hacen obligada alguna referencia a los testimonios de donde la descripción haya sido tomada. Para no estorbar la atención más allá de donde parece prudente distraerla con estas precisiones, decidí reducirlas a las imprescindibles.
El texto bíblico es aún inestable a consecuencia de su condición de texto sagrado. Paradójico balance tras tantos siglos de trabajo. Pero cualquier paradoja es solo una explicación en estado embrionario. Basta con desplegarla para avanzar un poco más. Cuando la escritura es declarada sagrada la pretensión de quien así obra es hacerla intangible. Está en la condición misma de la escritura la estabilidad, y hasta podría decirse que tal era su inevitable destino, porque para inmovilizar la palabra fue ideada. Hasta un exceso vería en su invención quien juzgara sobre sus orígenes, conociendo el lugar donde fue creada, la aplicación que entonces tuvo y quiénes fueron los responsables del ingenio. Otra vez una calculada alteración del orden de los hechos para ponerla al servicio de una rotunda demostración, porque la evocación deductiva tiene más poder sobre la conciencia que cualquier certeza vivida, pudo ser el origen de una verdad. La necesidad del registro el clero pudo exponerla como tarea encomendada a su alto ministerio, que la palabra fuera hurtada a la acción del tiempo. El signo que la arcilla fresca dócil recibiera permanecía, porque obediente al fin de duración que le estaba impuesto el barro a su alrededor pronto endurecía sin alterar la vacía huella. Necesario pudo ser deducir de aquel hecho, si es que así alguna vez fue dicho por quienes primero la usaban, que entre ellos la escritura se había hecho presente para ser la imagen de las cosas santas. Inútil esfuerzo, más aún si la palabra ha de usarse como dogma. El empleo de la palabra, aunque solo sea por efecto del error, a ella misma modifica.
Pero los esfuerzos para que permanezca inalterada son enormes, y hasta encomiables en ocasiones. Cuando son gigantescos, pueden producir el efecto de parar el movimiento de la palabra, como si un ser dotado de fuerza extraordinaria sostuviera con sus poderosos brazos un alud. Se diría en tales ocasiones que el acto de la sacralización ha conseguido el efecto deseado, y por el texto la palabra se hace por un tiempo inalterable. Los antiguos promotores de tan esforzadas empresas nada distinto hicieron a cuanto justifica la dedicación a su trabajo de los modernos editores, por cuyo medio también la palabra es consagrada en el acto del texto. Difiere la varia tradición del texto bíblico de la que somos herederos en que la consagración separó interpretaciones distintas, sin que ninguna de ellas admitiera la lección de las otras, de modo que cada una excluía todas las demás. Sobran razones no textuales para explicar tan exagerada actitud, y no hay quien no pueda traer a su pensamiento algunas que no es necesario nombrar. Hoy cada exclusión es parte constitutiva de una iglesia, pero el resultado para el lector que no se adscribe a ninguna es que aún no dispone de un texto bíblico satisfactorio, a pesar de siglos y siglos de la más esforzada filología.
Para la selección de los indicios que de mi interés fueran solo apliqué una leve restricción cronológica. Deduciría las antigüedades religiosas que eran mi objeto siempre que estuvieran comprendidas entre dos límites anteriores a nuestra era, la segunda mitad del segundo milenio y la vuelta de los hebreos de su destierro en Mesopotamia, año 538. Solo dentro de ellos se podría aceptar como posible la relación entre los hechos relatados por la fuente sagrada y las costumbres mantenidas por los promotores de la República. Realmente resultó una reducción de muy limitado alcance, casi imperceptible. Muy poca ha debido ser la información de la clase que me interesa que pueda haber escapado a mi observación. Más aún, no soy consciente de que alguna haya quedado fuera. Con todo, para corregir posibles distorsiones y ayudar a la más completa comprensión de cuanto debía ser tratado en esta parte, las fechas abiertas de origen debían ser presentadas con sus antecedentes, así como la final acompañada con las explicaciones necesarias para dar por concluidas sus ramificaciones.
Para la lectura hube de aplicar principios de método, porque, obra de tal magnitud, sin método consciente, puede imponer su poder y, abrumándonos, conducirnos en una dirección que no sea la deseada. El principal tendría que ser esforzarme por depurar los testimonios sobre las creencias y las liturgias que pudieran descubrirme cualquier indicio de los hábitos que eran origen de mi interés. Los hebreos, en la región y durante el tiempo en el que crean su orden político, aseguran su ser peculiar porque concentran toda la divinidad en un solo dios. Los rasgos de su religión, la del dios único, son suficientemente conocidos. Pero, una vez radicados en las tierras que ocupan, no permanecen sin comunicación con otras religiones, en primer lugar las que estuvieran activas en aquel lugar cuando llegaron, pero también otras con las que a lo largo del periodo indicado inevitablemente tuvieron contacto; en unos casos como consecuencia de relación pacífica, en otros por efecto de las sucesivas expansiones imperiales sobre el territorio que ocuparan, que en las situaciones más extremas tuvo por resultado la transferencia de población hacia lugares en los que la imaginación religiosa era diferente.
El texto sagrado, que registra también la vida religiosa de los hebreos, tampoco permanece incontaminado por estas relaciones. Entre la abundante información sobre la religión de Yavé en sus primeros tiempos también ha transmitido una buena serie de alusiones a otros ritos, que tanto sus autores como los comentaristas posteriores consideran bien consecuencia de la intromisión de cultos ajenos a las prácticas consideradas regulares entre los hebreos, bien productos de la fusión de estas con cualquiera de las costumbres religiosas exteriores que hasta estos pudieron llegar, bien simple registro de extravagancias ante las que el observador literario no es capaz de permanecer indiferente. Se trata de un conjunto heterogéneo de menciones, de testimonios parciales, además de indirectos en buena proporción, pero suficientes como para partir del principio de que por esas pruebas podemos conocer distintas liturgias, que es tanto como decir la manifestación externa de creencias igualmente independientes, con orígenes distintos, procedentes de distintas épocas o culturas diversas, aunque, por convivir o coincidir en el tiempo en algún grado, se comunicarían entre sí.
Durante la lectura del texto sagrado el entusiasta intérprete de sus códigos debe cargar sin embargo con la valoración negativa que hace de todos los actos que puedan ser de nuestro interés, lo que no es más que la manifestación del deseo de marcar diferencias con unas prácticas que en absoluto no resultan ajenas a la ortodoxia del dios único. La mayor parte de los cultos que el texto sagrado registra para condenarlos proceden de las culturas distintas a la pretendida original hebrea que hubiera llegado hasta Canaán en el periodo expresado. Pero, incluso más allá de la valoración que a nuestros autores los hechos rastreados les merezcan, aunque en parte como consecuencia de que su actitud ante ellos habitualmente es condenatoria, saber a qué se están refiriendo cuando emplean las expresiones que contienen la información de nuestro interés había de superar un obstáculo hermenéutico. Es frecuente que las encontremos en un estadio derivado, posterior al etimológico. Sistemáticamente para aludirlos recurren a eufemismos que terminan siendo formularios. A este procedimiento acuden cuando desean caracterizar con eficacia uno de los hábitos rituales contrarios a la ortodoxa práctica de la religión de Yavé. En ocasiones, además, la necesidad del recurso estaría justificada porque el autor del texto sagrado quiere ocultar que se trata de un elemento asociado a una práctica que también llegó a ser habitual en la religión de Yavé. Así, del modo más general, condena una situación, una época o un personaje.
En modo alguno en la mayor parte de las ocasiones quien invoca las que considera manifestaciones nefastas se detiene a utilizar en sentido propio los términos que la representan, de modo que las palabras empleadas para referirse a los hechos no tendrían una finalidad descriptiva, alusiva o asimilada a una lengua de llegada desde otra de procedencia con la que hubiera equivalencia o traducción posible. Basta con su mención para conseguir en el lector el efecto deseado, una vez que este ha visto repetida la experiencia. Como una y otra vez se reproduce la mención formularia de ciertos ritos y objetos de culto, en particular en los textos históricos, a la tercera o cuarta repetición el lector ya sabe que basta con que piense que el autor está hablando en términos condenatorios para que su interpretación sea acertada. De haber sido utilizadas voces con características descriptivas podría haber sido identificada la práctica a la que se refieren. Al contrario, al elegir las palabras que finalmente fueron tantas veces reiteradas se habría pretendido ocultar, razón que bastaría para justificar tanto su oscuridad como su éxito. Para el autor, con tal efecto es suficiente, y por tanto no se cuida de ser más preciso o propio en el uso de estos términos. Sin embargo, en ocasiones las referencias a estas manifestaciones de la heterodoxia son algo más descriptivas. La crítica las ha sabido aprovechar y afortunadamente, gracias a la combinación de su trabajo con la letra de la escritura, es posible, si no contar con una descripción todo lo precisa que sería deseable, porque no siempre es fácil deslindar de modo satisfactorio la idea que se persigue, sí disponer de conceptos lo bastante acertados como para saber de lo que está hablando el texto sagrado cuando emplea estas palabras, y de ese modo descubrir que se trata de un objeto de nuestro interés.
El texto sagrado con frecuencia suele presentar todas estas prácticas confundidas, como si de una sola influencia extraña se tratara, aunque la crítica, como en seguida se verá, se basta para deslindar cada una de ellas. En estos cultos confluye una serie de prácticas que están bien caracterizadas por él. Su mención es bajo cualquier condición prueba directa de su convivencia en las tierras de Canaán con las que con el tiempo han sido tenidas por prácticas hebreas ortodoxas. La acumulación de estos testimonios negativos permite por sí misma, más adelante, una vez que se ha aprendido a identificar cada elemento, la decantación que finalmente es necesaria. Pero en ocasiones es conveniente seguir la línea expositiva que marca la religión del dios único para hallar con claridad lo que de ella es distinto. Es posible también que ocurriera que en aquellos momentos finales en la corriente dominante fuesen vertidos todos los elementos anteriores o laterales. Pero, como la misma indagación me enseñó que no siempre era conveniente aplicar el principio de segregación con absoluto rigor, hube de hacer compatible la primera norma de método, aun siendo prevalente, con su excepción. En muchas ocasiones es tan alto el grado de sincretismo que cualquier disección daña la materia que es digna de ser extraída. Mantener entonces el elemento religioso sin separar es bueno para observar mejor el hecho buscado.
Pero que la escritura haya salvado estos testimonios tiene otras consecuencias. La crítica cree que toda la serie de oposiciones entre prácticas consideradas ortodoxas y otras que presentan como inapropiadas los autores sagrados prueban que entre los hebreos, durante la primera mitad del primer milenio, quienes practicaban los cultos tenidos por ortodoxos también frecuentarían los que se tienen por heterodoxos, y que de esta manera los autores de los textos sagrados condenan el sincretismo. No hay base documental suficiente para hacer tan temeraria afirmación, ni en nuestra opinión es necesario llevar las cosas a ese extremo. Para nuestro fin es suficiente con reconocer que las prácticas condenadas convivían en Canaán con las admitidas como apropiadas para identificar la religión del dios único, una conclusión que sí se ajusta a los términos de la información proporcionada por la sagrada fuente. Lo que las afirmaciones del texto permiten deducir es que aquellos autores pudieron tener contacto y conocer las prácticas para ellos fuera de lugar.
No era asunto por el que debiera desviarme deslindar los elementos de cada religión. Esforzarme por separar lo que correspondiera a la religión del dios único de lo que pudiera proceder de otras religiones no era de mi competencia. Nuestro objetivo no era separar lo que procedía de una religión y unas creencias de lo que pudo proceder de otras. A nuestro tema lo que interesaba era la precisa documentación de prácticas que pudieron estar relacionadas con el sacrificio infantil. Nuestro intento estaba dirigido a saber todo cuanto fuera posible sobre él. Eran los rastros dejados en el texto por la contaminación nuestro objeto, y no la contaminación que pudieran sufrir los hebreos, asunto que ni observo ni discuto. Mi propósito ha sido averiguar con certeza lo que en esta fuente privilegiada fuera posible encontrar sobre la bárbara práctica ritual que hasta los cartagineses llegó y naturalizada quedó entre ellos.
Nuestras expectativas no se han visto defraudadas. Ninguna fuente puede ofrecer mejor información sobre esta práctica antigua que el texto sagrado. Es así porque sus autores lo conocieron con mayor cercanía que cualquiera de los autores de textos antiguos que hasta nosotros hayan llegado. Que esta práctica fuera ortodoxa o no para una parte de las creencias, si en algún momento fue una parte de esta religión o de otra, no es problema que vaya a discutir ni que en modo alguno me preocupe.
En este medio de creencias distintas con distintos significados, cada uno de las cuales tiene objetivos particulares, aunque todos dirigidos a facilitar a los creyentes el contacto con la divinidad, es en el que conviene situar los datos que sobre el sacrificio infantil registra el texto sagrado. Porque más allá de la opinión que merezcan los testimonios proporcionados por nuestra fuente, la finalidad que a esta clase de actos pueda serle reconocida, las razones que los aconsejaran o la procedencia que se les pueda atribuir, lo cierto es que suministra evidencias suficientes sobre que el sacrificio infantil en Palestina, al menos en los tiempos de la monarquía hebrea, estaba vigente. Una afirmación tan comprometida como esta ha debido admitir antes que un propósito como el que mantenemos, servirnos de los textos bíblicos como medio preferente para documentar aquella bárbara ceremonia, ha de afrontar otro problema. Sobre la actividad religiosa que era parte principal de la vida de los antiguos hebreos la fuente sagrada proporciona un caudal mucho más abundante que el manante de cualquier otra. Pero aunque nos permita coleccionar buen número de hechos santos de todo tipo, también hay que reconocer que, para nuestro asunto, su punto de vista es muy limitado, lo que se debe en gran parte precisamente a la forma en que fue concebida la fuente sagrada. En la materia que es objeto de nuestra indagación los autores sagrados adoptan puntos de vista demasiado particulares, siempre inspirados por el principio de que el sacrificio infantil era extremadamente negativo. Una parte significativa de las afirmaciones que lo condenan puede leerse, por ejemplo, en el Levítico, un texto procedente de los sacerdotes del dios único. Es comprensible que se sintieran indignados ante lo que consideraban abominable. Para un sacerdote nada es tan digno de condena como lo que aleja a los fieles de la ortodoxia que defiende. Pero no se trata de una actitud sólo plasmada en la obra directa de la escuela sacerdotal. Se mantiene en la generalidad de los libros, y en particular en los textos de los profetas, porque la inspiración de la casta levítica, junto con el permanente revisionismo de los hechos del pasado, inspiraron toda la literatura bíblica.
Aquella actitud de condena absoluta del sacrificio infantil los llevó a veces a deformaciones inverosímiles de los hechos que narraban. Así, llegó a inspirar referencias a su práctica tan oscuras e inquietantes como esta: Un grupo de devotos sigue a un sacerdote o a una sacerdotisa hasta dentro de un bosquecillo sagrado para realizar algún rito idolátrico secreto, en el que se incluye la comida de algún manjar prohibido. Por si no bastara la espesa sombra de la insinuación, nuestros autores no se privaron de hacer escalofriantes afirmaciones explícitas. A estos despiadados asesinos de sus hijos, devoradores de entrañas en banquetes de carne humana y de sangre; a estos iniciados en bacanales, padres asesinos de seres indefensos, habías querido destruirlos a manos de nuestros padres, para que la tierra que te era la más apreciada de todas recibiera una digna colonia de hijos de Dios. El autor de estas últimas frases, que han sido extraídas del tardío libro de la Sabiduría, alude a un canibalismo que en absoluto no está demostrado que alguien practicara alguna vez en Palestina. Para proporcionarle entidad toma elementos de los cultos que requerían la iniciación, tan frecuentes en la cultura helenística, a algunos de cuyos ritos alude. El mar de fondo que agita estas posiciones radicales, que afortunadamente son algo infrecuente, podría descalificar la fuente a los ojos de un analista que tuviera prisas por conseguir información positiva.
Precisamente gracias a que esta actitud inspira todo el texto disponemos de una buena cantidad de información sobre la modalidad del sacrificio infantil que fue practicada en Palestina entonces. Las líneas que hemos copiado, aunque descubren que su autor incurre en la imperdonable deformación del anacronismo, demuestran una manera ordenada de proceder en la concepción del discurso. Quien lo redactó, para ganar en verosimilitud, recurrió a una composición con piezas de los hechos de probada realidad, solo que en este caso tomadas de un tiempo inadecuado. Así actúan los autores sagrados en la generalidad de los casos, con la diferencia, respecto de la cita tomada del libro de la Sabiduría, de que parten de referencias directas al sacrificio infantil que conocen. De que estaba vigente cuando escribían suministran la prueba más general las alusiones regulares al mismo, que a lo largo del texto son tan abundantes como incontestables. Basta citar una. Sucedió incluso que tomaron a sus hijos y a sus hijas que habían dado a luz y se los sacrificaron a las imágenes como alimento. ¿Acaso no era suficiente tu prostitución, que inmolaste también a mis hijos y los entregaste haciéndoles pasar por el fuego en su honor?
Los principios de composición de este otro cuadro son los mismos que hemos deducido del análisis del anterior. El autor, para dar fuerza a sus argumentos, otra vez recurre a hechos conocidos. Se reitera tanto su mención, con tanto detalle en buen número de ocasiones se sostiene la exposición, que se concluye que la actitud de rechazo radical es la que habitualmente sostienen quienes conocen bien los actos que condenan. Se podría decir que el efecto del deseo de desprenderse de ellos estimula una extraordinaria locuacidad. El resultado es que las exposiciones que contra el sacrificio infantil elaboraron los autores sagrados cuando lo afrontan de manera directa son otras tantas descripciones de aspectos del rito. Basta con deshacerse de sus valoraciones para disponer de información neta de primera mano. Gracias a esto, los datos sobre este tipo de sacrificio dispersos por los textos sagrados son tan copiosos que puede considerarse sin la menor duda la fuente más completa y con diferencia más exhaustiva sobre esta práctica, incluso contando con que una pequeña parte de la información sobre el sacrificio infantil en algunas ocasiones esté mezclada con la más general sobre el sacrificio humano.
Pero cuando se trata del sacrificio infantil vigente en Palestina durante la primera mitad del milenio anterior a nuestra era el interesado debe contar, además de con el caudal que los textos sagrados derraman, con las opiniones que aquella liturgia inspira precisamente porque ocurre entonces y en aquel lugar. La necesidad no deriva tanto de que la exposición de estos hechos en el texto sagrado sea por sí misma oscura o complicada, sino de los caminos que al tema le ha hecho recorrer la parte de la crítica que no ha podido desprenderse de las valoraciones. La lectura comparada de los testimonios directos que sobre el sacrificio infantil han permanecido conservados en los textos sagrados con las interpretaciones que de ellos han derivado proporciona una de las más ricas experiencias sobre la enorme distancia que en ocasiones puede mediar entre la letra y la idea.
Los intérpretes, desde las posiciones más divergentes, se esfuerzan por acopiar una cantidad tan grande de argumentos para la que juzgan mejor erudición que quien los lee no puede sustraerse a deducir lo que de valor contienen. Por eso es recomendable que, además, este problema sea investigado tomando también la información que deriva de la exégesis. El principio que a este propósito se debe seguir para la completa exposición de cuanto es posible averiguar sobre este asunto es el repaso de todas las opiniones sobre las instituciones que por la escritura sagrada pueden relacionarse con el sacrificio infantil, ateniéndose a sus rasgos más generales, tal como los ha ido elaborando y admite la propia hermenéutica de los textos bíblicos, sin pararse a distinguir si se trata de una opinión defendida por el canon judío, por cualquiera de los cristianos o por el católico. A cuanto los textos proporcionan incluso es posible añadir con provecho la abundante escoliástica adherida por los exegetas de todas las tradiciones, aunque sea de muy desigual calidad. Manejada con la prudencia que solo el estudio comparativo permite, también ella contribuye a componer un patrimonio documental de enorme valor, el mismo que conduce a la demostración más satisfactoria. Porque de esto también depende que a la información de los textos sagrados se le confiera el valor de testimonio directo sobre el asunto al que aún permanecemos atentos.
Contribución del Texto Sagrado
De los estados que compartían frontera con los hebreos ya instalados en Palestina, en primer lugar es posible identificar en el Texto Sagrado el rastro directo de la más característica de las divinidades de Fenicia, fracción de la costa Palestina al norte de la ocupada por los hebreos. Su aparición literaria es digna de la mayor atención, tratándose de la búsqueda de los orígenes de la República. Es una clara referencia al culto al dios que la escritura llama Mélek –literalmente el rey–, un título por el que eran distinguidas bastantes divinidades semíticas, pero que ocasionalmente al menos en el Texto Sagrado parece una referencia a Melqart de Tiro. De Ammón, al este del Jordán, es mencionado Milkom, dios cuyos atributos con facilidad pueden esconder asimilación a Yavé, aunque también se interpreta como una simple variante de Nergal, el dios mesopotámico de la muerte y del mundo inferior. De Moab, la tierra al este del mar Muerto, de cuyos pueblos se sabe que eran politeístas, es mencionado el principal, Kemós, que aparece en la estela de Mesá y que asimismo puede ser una variante del Nergal de Ammón de origen mesopotámico. Testimonia su popularidad que la palabra Kemós está documentada como parte de muchos apelativos moabitas.
Aunque a veces son simples conjeturas, por el Libro segundo de las Crónicas se obtienen pruebas de que en el país de Edom, al sur del mar Muerto, daban culto a varias divinidades. La existencia de distintos nombres que incorporan los de dioses confirma las noticias de su autor. Así, Qos, que quizás esté representado en Qos-Yahu, o en las enumeraciones asirias Qausmalake y Qausgabri. También es posible que hubiera un dios llamado Malik, y otro que llevaría un nombre parecido a Ay. Asimismo, cerca de Borsa se han encontrado figuritas de arcilla, que los arqueólogos han fechado en algún momento de los siglos noveno y octavo, que representan una diosa de la vegetación.
De Filistea, la actual franja palestina en la costa suroeste, todos los dioses de los que hay noticias llevan nombres semíticos. Había templos de Dagón en Gaza y Asdod, otro dedicado a Astoret en Ascalón y otro a Baalzebub en Ecrón. Pero en países más distantes reciben culto divinidades de cuyas liturgias y creencias también se puede esperar testimonio contemporáneo escrito porque el Texto Sagrado también las registra. Keván es el nombre acádico del planeta Saturno, Sikkut es un dios asirio-babilónico, y con la expresión hueste de los cielos son designadas en él las divinidades astrales de Mesopotamia. También hay referencias a los dioses egipcios.
Pero sobre todo constan en el texto los cultos y las divinidades de las tierras donde los hebreos terminaron radicados, el país que la Escritura Sagrada identifica reiteradamente de modo genérico como Canaán. Gracias a estas referencias sabemos con notable satisfacción cuáles eran los dioses que allí recibían culto, de dónde procedían y qué representaban, y cuando van más allá de sencillas menciones es posible deducir el estado hasta el que habían evolucionado en el primero milenio.
Los dioses que recibían culto en aquel espacio, o al menos aquellos a los que la escritura dedica más atención, eran Baal, Astarté y Aserá, divinidades que sin ninguna duda proceden de la cultura de Ugarit, aunque es posible que para entonces hubieran pasado por una reinterpretación fenicia.
Naturalmente el Baal de los Textos Sagrados es Baalu, la divinidad principal de la cultura de Ugarit. A menudo es presentado como el amo del suelo o dueño de la tierra, lo que resulta una abstracción de una idea más elemental. Con preferencia, y sobre todo, entonces representaba el principio masculino divinizado, gracias a lo cual se constituía en un dios de la potencia fecundante, al que los varones debían rendir culto para que los favoreciera.
Seguro se recuerda que baal es una palabra que literalmente significa señor, un sentido muy preciso que esta palabra parece haber adquirido en el momento al que ahora nos referimos. El nombre baal, en el sentido de señor o dueño, que entraba en la composición de muchos nombres de persona, con preferencia se daba al marido. Por eso Baal en aquellas tierras formaba con Astarté o Astarot, la diosa madre, una pareja divina constituida en matrimonio para que diera satisfacción a los cultos de la fecundidad.
Habitualmente el Texto Sagrado se refiere a esta divinidad en plural, los Baales, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, y así como Baal puede ser plural, la pareja que forman Baal y Astarté también en ocasiones es plural, también hay Baales y Astartés. Pero con el recurso al plural el Texto está indicando que en las tierras donde los hebreos se instalaron Baal tenía múltiples títulos, los cuales derivaban a su vez de la multitud de santuarios que a lo largo de aquel país tenía dedicados. Para expresar el grado más alto de dispersión de este culto se podría decir que había tantos Baales como santuarios. El mismo Texto Sagrado precisa que cada ciudad tenía sus dioses, y añade que en Jerusalén llegó a haber tantos altares a Baal como calles había. Aunque sea una deformación hiperbólica, obra de alguno de sus apasionados autores, el indicio al menos puede ser admitido como prueba de las múltiples formas del culto al principal dios de la región, máxime cuando no faltan otras aún más explícitas y más sólidas de la profusión y la diversidad de los baales. Una la proporciona la Sagrada Escritura cuando se refiere al Baal de Siquem, lo que es unánimemente interpretado como que en Siquem hubo un santuario dedicado a Baal. Mambré fue otro lugar que probablemente contó con un santuario de Baal de características similares al de Siquem, e igualmente es probable que en Betel hubiera otro dedicado al mismo dios. El santuario de Lakis, ciudad que estaba al suroeste de Jerusalén y que corresponde al actual Tell al-Duwayr, que fue destruido por el fuego hacia 1200, a la llegada de los hebreos, también es posible que fuera otro de los enclaves del culto de un Baal.
A conocer las causas de la diversidad de estos señores divinos ayuda el testimonio que proporciona el caso de los yebuseos, una peculiaridad que de cualquier forma merece toda nuestra atención. Es uno de los más valiosos sobre las creencias vivas en lo que de manera apresurada se llama religión de Canaán, porque permite entrever que bajo esa denominación genérica en realidad se oculta una mayor diversidad, y en consecuencia rechazar la simplificación en la que se incurre cuando se habla de aquella manera.
Aunque Yebús aparece varias veces en el Texto Sagrado, la crítica se inclina por la posibilidad de que pueda tratarse de una palabra artificiosa o inventada. Es muy probable que el topónimo Yebús sea un simple derivado del gentilicio yebuseo. Pero precisar qué parte es esta gente, entre las demás que habitaran a principios del primer milenio en las tierras entre el Jordán y el Mediterráneo, ya no es tan fácil. En el capítulo 10 del Génesis son citados entre otros supuestos clanes cananeos, en el 15 son colocados junto a los amorreos, los cananeos y los guirgaseos y en el libro de Josué su rey es considerado a un tiempo yebuseo y amorreo. Con seguridad, cuando el Texto Sagrado incluye a su rey entre los amorreos lo hace con el sentido de occidentales que a la palabra amorreos le dan las fuentes acadias, que de esta manera desean identificar de manera genérica a los habitantes de Canaán anteriores a la llegada de los hebreos. Sin embargo, puede que los yebuseos fuesen realmente amorreos, porque esta denominación al mismo tiempo tiene un sentido etnológico muy amplio. De ser esto cierto, yebuseo sería por tanto una designación reservada a los habitantes de cierta área cuya extensión sin embargo no es posible precisar.
De los yebuseos, no obstante, sabemos algo más, que todavía permite llegar algo más lejos. El rey de los yebuseos que el Texto Sagrado menciona tiene por nombre Adoni-Sédeq y Yebús es el nombre que se le adjudica a su principal ciudad fortificada. Esta habría sido adjudicada a la tribu de Benjamín, aunque el límite entre Judá y Benjamín corría paralelo al valle de Ben-Hinnón, justo al sur de un lugar que es llamado hombro yebuseo. Por la falta de precisión con la que es denominado, la localización exacta de este lugar es difícil, y de ahí deriva que no sea posible aventurar la posición que ocupara el grupo yebuseo.
Pero la mención explícita del valle de Ben-Hinnón asociada al topónimo permite deducir sin duda al menos el emplazamiento exacto de la antigua ciudad que fuera su cabecera. Yebús es Jerusalén. Como el nombre Jerusalén, o Urusalim, es un nombre que se remonta por lo menos a la época del Amarna, se puede además tener la seguridad de que el grupo yebuseo, justo porque da origen a una denominación artificiosa del lugar, era una realidad impuesta en aquel lugar cuando los hebreos llegaron allí, la misma que siguió vigente al menos hasta los comienzos de la historia hebrea del lugar. Es de suponer que los yebuseos, o al menos una parte del grupo, siguieran viviendo en la región de Jerusalén, y fuesen absorbidos poco a poco por los hebreos.
La ciudad habría sido un enclave no dominado por estos hasta tiempos de David, quien finalmente la tomaría y haría de ella su capital. No obstante, el rey hebreo hubo de comprar la era de Arauná para construir allí un albergue adecuado donde depositar el arca de la alianza. Los yebuseos son pues un interesante ejemplo de que hubo clanes que fueron capaces, al menos en Yebús, de resistir a la presión de los hebreos durante doscientos años. Y todo esto permite concluir que la diversidad de Baales fue una realidad cuyo origen pudo estar en las fracciones étnicas de la comunidad que genéricamente, e incurriendo en un exceso de simplificación, se llama cananea. Es evidente que cuando los Textos se refieren a la religión cananea están simplificando.
Astarté, que en hebreo es Astarot o Astoret, diosa muy venerada en el antiguo mundo semítico y que con facilidad también entronca con los dioses de Ugarit, entonces, porque había sido asimilada a la tradicional Ishtar, ejercía como diosa de la fecundidad de las plantas, de los animales y de los seres humanos, y por tanto había sido elevada a la condición de diosa del amor. Además, como consorte de Baal, actuaba como diosa madre.
Así como el Texto Sagrado se refiere a Baal en plural, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, en muchos pasajes el texto sagrado se refiere a las Astarotes o Astartés, también para nombrar en general las diosas de los denominados cananeos. Pero, tal como ocurría en el caso de su consorte, de nuevo el plural es interpretado como indicio de que muchos lugares tenían su propia Astarté. Prueba moderadamente tales extensión y diversidad que las excavaciones hayan exhumado numerosas variantes de amuletos e imágenes de la diosa desnuda.
Aserá era también una divinidad femenina, que igualmente puede ser relacionada con un antecedente directo entre los dioses de Ugarit. Pero la versión que de ella nos presenta el Texto Sagrado es la de una divinidad de similares características a las de Astarté. Como esta, es diosa de la vegetación y de la fecundidad, así como esposa de Baal, y también su culto parece muy difundido por toda Palestina. Tanta es la asimilación que a veces el nombre de Aserá simplemente sustituye al de Astarté. Es probable que en realidad estemos ante una suplantación. Parece que para los autores del Texto Sagrado nunca estuvo claro que Astarté y Aserá fueran divinidades distintas. Como consecuencia, no dispondríamos de un perfil preciso de la Aserá de la primera mitad del milenio anterior a nuestra era que recibiera culto en las tierras de Palestina. Porque, por lo demás, hay pruebas suficientes de que Aserá fue algo más que lo que alcanzaron a retener los autores sagrados. Sus amuletos y estatuitas se han encontrado también en gran cantidad en los yacimientos de la región, no solo en los niveles correspondientes a los tiempos anteriores a la inmigración hebrea, sino también en los posteriores a esta.
Pero más allá del sentido recto, conocido con mayor o menor fortuna por quienes los utilizan, los nombres de Baal, Astarté y Aserá son empleados en el Texto Sagrado de manera tópica. En él estos nombres en muchas ocasiones también cumplen con el trabajo de representar cualquier manifestación de religiones distintas a las instituidas para dar culto al dios único. Su exégesis acepta que estos nombres, aunque aluden a divinidades con significados precisos en sus culturas, en el Texto Sagrado, independientemente del tiempo en que sean situados por el narrador, representan de manera genérica a los dioses de las demás religiones con las que tuvieron que convivir. Los nombres son utilizados como en la magia el objeto sobre el que se pretende descargar el maleficio. Los ejemplos sobre este uso degradado del panteón ajeno podrían multiplicarse. Así, a Baal se le llama la Vergüenza, y en la época más reciente se llegó a considerar impía la mención de la palabra baal. Y lo que ocurre con los nombres de los dioses de aquella tierra ocurre con sus ritos, no exactamente con su descripción, sino con su exclusiva mención. Quienes emplean estos recursos actúan así con la finalidad de condenar genéricamente todo lo que creen un obstáculo para la nueva religión.
Esta manera de recurrir a los nombres de las divinidades vigentes en Palestina y sus cultos no tiene el menor interés para nuestro objeto, y no tendría por qué ocuparnos una vez registrada la reacción. Sin embargo, sí es relevante el deseo de combatir la contaminación que cuando se expresan de este modo descubren los autores sagrados, porque con sus protestas deslizan argumentos que ponen al descubierto un fondo de sincretismo en el que pudieron quedar retenidas algunas manifestaciones de las divinidades que pueden ser muy valiosas para satisfacer los objetivos que nos hemos propuesto. Con sus nombres podemos abrir la puerta al conocimiento de todavía más cultos que a ellas pudieran estar asociados, activos durante la primera mitad del milenio anterior a nuestra era en las tierras de las monarquías hebreas.
Disponemos ya de suficientes testimonios como para aceptar que en el espacio ocupado por esta comunidad étnica convivían diversas creencias. En la constituida sobre él, además de los hebreos, se integraron residentes que no lo eran, los cuales sin embargo debieron formar parte del nuevo estado, al menos desde el punto de vista legal, el cual, en aquel momento de la organización de la convivencia, era el mismo que el religioso. Todos debieron estar obligados por las mismas normas, o al menos eso pretendería el legislador hebreo, el elemento étnico dominador. Las viejas leyes del Levítico, según los analistas, fueron sobre todo motivadas precisamente porque el legislador hebreo era consciente de los peligros que para la religión del dios único procedían de las prácticas de culto vigentes entre sus convecinos.
Cosa distinta sería su fuerza para imponer a todos esas leyes, incluso a los propios hebreos, especialmente en el campo de la religión. Es opinión común que la mayoría de estos, durante el tiempo que es objeto de nuestra observación, practicaban también de forma discrecional la religión o religiones que estuvieran vigentes en las tierras por ellos ocupadas, sin que fuera posible contener con eficacia estas iniciativas autónomas. No debe caber ninguna duda sobre el parentesco directo que hay entre los elementos de aquellas religiones, una parte de los cuales conocemos a través de los textos de Ugarit, y la religión de los hebreos, tal como puede ser analizada en los Textos Sagrados. Menos aún debe mantenerse reserva alguna hacia el uso de esta evidencia. Basta con afirmar las cosas tal como quedaron escritas con la Letra Sagrada para reconocer además que la religión cananea y la religión hebrea que podemos leer gracias a ella son evidentemente dos hechos distintos. Pero es que además ocurrió que la influencia de la demás religiones activas en las tierras de Canaán fue enorme en la del dios único, hasta el punto que muchos de sus elementos pasaron a la religión de los hebreos.
El primer grado de esta contaminación se manifestaría en la aceptación por los hebreos, según el Texto Sagrado, del culto a Baal, la forma divina sin duda más popular en las tierras ocupadas. A decir de la Fuente Sagrada, los hebreos fueron en pos de los Baales, y aludiendo a la atención que se les concedía se dice de manera imaginativa que Baal se comió la lacería de sus padres desde la juventud de sus descendientes, queriendo referir que cuanto esfuerzo por erradicar estos cultos habían hecho generaciones enteras no bastaron para que desapareciera de sus vidas. De la extensión que llegara a alcanzar esta creencia da idea además una secuencia de afirmaciones condenatorias que el Texto Sagrado hace pronunciar a Yavé. La que expresa que quitará de boca de los hebreos los nombres de los Baales y que estos no serán en lo sucesivo por ellos mentados habla de la frecuencia de su invocación, y la que lo hace afirmar que extenderá su mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén, y que extirpará de este lugar lo que queda de Baal, indica el arraigo del culto en la primera ciudad de los hebreos.
Sobre las razones de los diversos grados de intercambio e influencia mutua que florecieran, los propios Autores Sagrados creen que en una parte derivan del intento de atraer la atención de las comunidades con las que tenían que convivir. De esto modo, en su opinión, no solo habrían incumplido uno de los compromisos que con el dios que hasta allí los había guiado habían contraído, exterminar a los pueblos que Yavé les había señalado, sino que se mezclaron con sus gentes y aprendieron sus prácticas. El Texto Sagrado dramatiza esta explicación poniendo en boca del propio Yavé la afirmación de que él los había conducido a la tierra que mano en alto había jurado darles, pero que para su desgracia en ella habían visto toda clase de cultos. Protesta también Yavé de que al conducirse así el pueblo que ha elegido ha actuado doblemente mal, y enfatiza su decepción en los siguientes términos figurados. A él, manantial de aguas vivas, lo habían dejado para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen.
Que la influencia de otras religiones en la del dios único fuera consecuencia de un deseo de atraerse a las comunidades que profesaban aquellas no deja de parecer discutible. Los analistas contemporáneos más bien creen que, en sentido inverso, los hebreos derivaron hacia la síntesis religiosa porque derivaron hacia nuevas actividades materiales, a través de las cuales fueron incurriendo en sus correspondientes prácticas rituales, para ellos en origen extrañas. Así, cuando estaban viviendo la experiencia de la sedentarización, del cambio a nuevas formas de vida, especialmente el cambio a la agricultura, se vieron arrastrados a los cultos a la fecundidad que en las tierras a las que llegaban se celebraban desde tiempo atrás. Ahora el problema práctico para ellos era asegurar la fecundidad y su forma más práctica, la abundancia de las cosechas. Y ocurría que a los métodos de cultivo que habían encontrado en aquellas tierras iba asociado un ritual religioso, que fue imitado.
Iniciarían así una asimilación de la cultura y las formas de vida de Canaán que comprenderían también los baales y las astartés venerados en los numerosos santuarios a ellos dedicados a lo largo de todo el país. Baal, el dueño de la tierra y dios de la fecundidad, asimismo debía ser propiciado por los hebreos. Para estos podría seguir siendo útil hacer alguna que otra vez una peregrinación al santuario de Silo, el principal centro del primtivo culto a Yavé entre los hebreos sedentarizados. Pero los lugares de culto ya consolidados en aquella tierra eran múltiples, estaban más cerca y sus ritos resultaban tan atrayentes como justificados. De este modo los cultos a las fuerzas de la naturaleza, la parte de las religiones de la región que más atrajo la capacidad de escandalizarse de los Autores Sagrados, terminaron contaminando a los hebreos anteriores al exilio.
Buena parte de estos males, en opinión del propio Texto, procedería de la incontinencia, que provocaba alocadas decisiones en los hombres, que preferían vivir ignorando las virtudes de la vida célibe. Casarse con una mujer de otra religión, aparte los deberes descargados por el nuevo estado, inducía a ligarse a sus dioses. El efecto de la influencia religiosa que por vía matrimonial los hebreos recibieron el Texto lo expresa mediante una acusación. Literalmente les recrimina haber profanado el santuario querido de Yavé al casarse con la hija de un dios extranjero.
Pero también fue vía de transmisión de la conducta desviada el vínculo de sangre derivado del conyugado. En otro lugar la Escritura Sagrada afirma que, hasta el momento en que el Autor escribe, los hebreos se contaminan con todas estas basuras suyas porque se conducen como sus padres. Y sobre el efecto de las vías de la consanguinidad es seguro que también se acumuló el de las institucionales. Tales maldades, a decir del Texto, no solo fueron cometidas por los padres, sino también por los reyes de Judá y sus caudillos, por ellos y por sus mujeres.
Pero otras expresiones, al tiempo que reiteran posibles vías por las que los hebreos pudieron recibir las influencias de religiones diversas, aventuran un orden de sucesión de estas influencias. Los Baales que sus padres les enseñaron, expresión que igualmente registra el Texto Sagrado para referirse al origen de las influencias de creencias semitas ajenas a la hebrea, es de un tenor que permite suponer no solo la transmisión por vía familiar de las creencias y los ritos relacionados con la fecundidad, sino que esta es anterior en el tiempo a otras que pudieran haber emergido entre las mismas gentes.
La insistencia en estos hábitos, la frecuencia de la contaminación, vino a parar en la inevitable asimilación, y Yavé adoptó rasgos de Baal, y en la práctica, en muchas ocasiones y en bastantes lugares, terminaron confundidos o identificados. Tan alto pudo ser el grado de confusión que algunos piensan que los elementos del culto a Baal que poco más arriba hemos sintetizado, los mismos que pueden ser rastreados en el Texto Sagrado, en realidad exponen los rasgos más sobresalientes de un culto que igualmente era concedido a Yavé, practicado por los hebreos en los santuarios del culto a la fecundidad que ya estaban consolidados.
Los indicios en favor de esta idea no faltan. Muchos creen que Baal-Berit es una denominación que combina el dios de la alianza o dios único con el Baal de Siquem al que hace poco nos referíamos. El templo de este Baal-Berit se encontraría en Bet-Miló, lugar cuyo otro nombre probablemente sea el de Migdal-Siquem. Ambos designarían la parte fortificada de Siquem, donde además del citado templo estaría el palacio del rey y los edificios públicos más importantes. Además, de Baal de Peor, cuyos antecedentes tal vez puedan rastrearse en Moab, se sabe, sobre que era celebrado con ritos sexuales, que muchos hebreos se sintieron atraídos por ellos.
Por otra parte, parece prueba directa de la conexión entre creencias que Baal sea parte de nombres hebreos registrados en el Texto. Así Isbaal, hijo de Saúl, o Meribaal, hijo de Jonatán, y es bastante probable que Gedeón se llamara originalmente Yerubbaal, denominación compuesta que literalmente quiere decir que el Señor actuará, se sobreentiende que a favor del portador del nombre. Sospechan los analistas que en todas estas denominaciones se está haciendo referencia a un Yavé-baal, no al Baal originario de Ugarit, lo que significaría que los nombres israelitas que terminaban en baal expresaban la convicción de que Yavé era el dueño o Señor.
No obstante, hay quien cree que esta manera de señalar al dios único raramente se aplica a Yavé. El autor del Texto dice que Yavé se niega a que en lo sucesivo sus fieles lo llamen Baal mío. Pero más bien se podría pensar que cuantas veces a Yavé se le denomina Señor en el fondo se está haciendo uso de la palabra Baal y que esto es una prueba tan explícita como frecuente del sincretismo. Que además el texto sagrado hable contra esta confusión puede ser presentado igualmente como demostración de que la identificación entre ambos dioses existió.
Baal es la divinidad que más veces es mencionada en el Texto, evidentemente a excepción de Yavé. Con su uso escrito parece que lo que realmente ocurrió fue que los que escribieron en los tiempos posteriores a los hechos a los que se refieren, cuando Baal pasó a ser sinónimo de idolatría, vieron con malos ojos el uso de la palabra baal en los nombres, y en consecuencia incluso tales nombres fueron cambiados o reinterpretados. Aplicando aquel criterio condenatorio, en sus escritos prefirieron cambiar baal por boset, la palabra que en hebreo significa vergüenza. Así, en el segundo libro de Samuel Isbaal es llamado Isboset y Meribaal Mefiboset, mientras que el otro caso mencionado corrió mejor suerte. El nombre de quien se llamara originalmente Yerubbaal fue cambiado por el de Gedeón, después de su vocación o por la tradición posterior. El recurso a esta modificación es por tanto una buena pista de cómo evolucionaron las actitudes religiosas.
La confusión no solo alcanzó a las formas de la divinidad unívoca, sino que también llegó hasta sus metamorfosis derivadas. Al igual que el Baal autóctono, Yavé adquirió títulos diferentes, inspirados por los lugares en los que se le rendía culto. En las inscripciones de Kuntillet Ajrud se puede leer Yavé de Teman y Yavé de Samaria, evidencias de las que en el Texto Sagrado también se han conservado restos. Las expresiones Yavé en Hebrón y Yavé en Sión, que en Él pueden leerse, con facilidad se pueden interpretar como equivalentes a Yavé de Hebrón y Yavé de Sión.
Durante siglos los hebreos rendirían culto a Yavé en numerosos santuarios, la mayor parte de los cuales, ya consolidados como lugares de afluencia de fieles, los habrían heredado de sus predecesores en Canaán. Este hubo de ser el caso del templo de Arad y seguro el de las ciudades de Siquén, Bethel y Dan, que poseían santuarios dedicados a Yavé, y sin duda también del templo de Jerusalén tuvo su origen en cultos anteriores. La diferencia que tuvo a su favor fue que contó con radicales defensores del culto exclusivo a Yavé en el templo que debía ser único y que finalmente estos consiguieron imponer su criterio. Pero incluso quienes se comportaban con aquel rigor excluyente, cuando se manifiestan como Autores, reconocen que el propósito del culto centralizado se satisfizo en muy pocas ocasiones. Algunos de los santuarios mencionados eran más venerables que el de la propia Jerusalén, ciudad con rasgos culturales propios, especialmente resistentes a la penetración hebrea y conquistada relativamente tarde. Hay por tanto que concluir que los hebreos fueron contaminados por el hecho de que cada ciudad tuviera sus dioses. También entre ellos llegó a haber, si no tantos dioses como ciudades, sí buen número de identidades locales del dios único consecuencia directa de una costumbre consolidada en la región antes de que sus nuevos dominadores a ella llegaran.
Aceptadas todas estas evidencias de intercambio y sincretismo, se ha admitido como muy probable que también pueden estar contenidos dioses anteriores al único, pero vigentes en las tierras palestinas cuando su religión emerge, en los epítetos que la divinidad hebrea terminó polarizando. En tales denominaciones se habrían refugiado nombres de diversa procedencia que podrían corresponder a divinidades precedentes, lo que por sí mismo facilitaría que cada sincretismo se infiltrara a través de la palabra como si por capilaridad hubiera ascendido. Para la mayoría de estas formas nominales no es fácil decidir si pueden estar relacionadas con las identificaciones de santuarios de Baal que ya hemos hecho, aunque algunas coincidencias en el espacio permiten aventurar que es muy probable que así fuera. Sin embargo, más allá de que la superposición pueda ocurrir o no, observar la posible supervivencia de la diversidad en el Texto Sagrado desde esta otra atalaya permite acceder de modo directo a significados divinos vigentes en el tiempo por el que nos interesamos, que de no ser así habrían quedado ocultos.
Para tomar la posición relativa que ahora puede ser más fecunda tal vez lo más pertinente sea partir del nombre de la divinidad hebrea. Aunque Ugarit proporciona testimonios que permiten sostener la idea de que ya en aquel lugar Yavé había alcanzado el grado de dios, una teoría defiende que probablemente fue entre los quenitas donde la palabra Yavé alcanzó la categoría divina que sería regular en la región. Quenitas habrían sido los primeros que tuvieron a Yavé por dios y gracias a su iniciativa habría resultado que el Yavé que prevaleció fuera una divinidad originaria de este pueblo.
La comunidad que se conoce con este nombre, hasta donde su existencia puede ser restaurada, parece una tribu de herreros que normalmente vivía en las pendientes occidentales de la Arabá, territorio rico en minerales. Dueños de tan alta tecnología, como sin embargo aún su demanda era baja y dispersa en nuestra zona de referencia, se veían en la obligación de llevar un régimen de vida nómada o seminómada. Mas, para ser rigurosos, quenita parece que era originariamente la palabra que designaba un oficio y no una etnia. Eso significaría que en realidad la comunidad quenita pudo estar formada por cualquiera de los pueblos de aquella región. Buscados en ella los posibles candidatos que encarnen a la comunidad de herreros, la posibilidad que ha sido presentada con más éxito es la que pretende que los quenitas eran al mismo tiempo madianitas, habitantes de la misma zona que los quenitas ya consolidados tendrían como centro, quizás un poco más al este, en los límites del desierto arábigo que llega hasta Siria, al noroeste de Arabia, el este del golfo de Aqaba. No obstante, su régimen de vida sería efectivamente nómada y pastoril, así como familiar a las rutas de las caravanas del desierto, porque se les documenta en el Sinaí, en Moab, en Ammón, al este del Jordán y en Canaán.
Para decidir sobre el significado de esta forma primitiva de la que terminaría siendo divinidad característica de los hebreos la crítica señala precisos indicios que el Texto ofrece. El único fenómeno natural con el que Yavé aparece asociado frecuentemente es la tempestad, de donde se dedujo que Yavé pudo ser originalmente un dios de las tormentas, como Adad o Hadad. Lo que más solidez dio a esta idea fue que los pasajes poéticos del Texto Sagrado en los que es representado como señor de la tempestad contienen evidentes afinidades con la literatura y el arte de otros pueblos del Próximo Oriente antiguo, los cuales pudieron servir de fuente teogónica del dios de los quenitas. La abundancia y el vivo colorido de estas alusiones a Yavé en relación con la tempestad persuadieron a numerosos investigadores de que efectivamente Yavé era en un principio un dios de las tormentas.
Aunque esta opinión haya sido rechazada después, las conexiones entre Yavé y la tempestad son tan abundantes que no pueden responder a mera coincidencia. Incluso podría tomarse como una confirmación indirecta de esta posibilidad que las creencias en las divinidades relacionadas con los ritos de la fecundidad, de cuya vigencia en la misma región donde Yavé terminará naturalizándose no cabe ninguna duda, sean anteriores entre las mismas gentes.
Pero lo que permite descubrir dimensiones del mismo dios que alcanzan a profundidades que de otro modo no es posible ver es una incursión en la etimología de la palabra Yavé, sobre cuyos significado y origen, como se puede suponer, se han elaborado muchas teorías.
Para una de ellas Yavé es una parte de un título litúrgico aplicado a El, nombre personal del dios principal del panteón ugarítico, a su vez el primitivo acreedor del sacrificio de primogénitos entre los fenicios.
Del uso simultáneo de las palabras El y Yavé, que confirmaría esta opinión, se pueden aportar las pruebas directas que suministra el Texto Sagrado. Probablemente la expresión más ilustrativa de esta manera de enunciar la posible identidad es la conocida `el aser yahweh seba`ôt, que los gramáticos traducen por El, que hace existir las huestes. En el Texto esta fórmula fue quedando reducida a un título aplicado al dios único, Yavé Sebaot o Yavé de las huestes, manera de identificar que no aparece desde el Génesis hasta el libro de los Jueces pero que es utilizada con frecuencia por los profetas. Con más probabilidad se asocia al santuario construido para el arca en Silo, desde donde era llevada a las batallas. La adscripción preferente de un título a un lugar abogaría en favor de la idea de que cada centro de culto superviviente fuera en su origen un lugar dedicado a una divinidad específica. Con todos estos limitados elementos, aunque el fruto sea una especulación, se puede admitir sin embargo que yahweh podría traducirse por algo así como quien hace existir o ser, lo que por lo demás tiene a su favor que ya se aproxima bastante a lo que acepta la mayor parte de quienes se proponen explicar el nombre del dios hebreo.
Pero, de no haber dificultad en aceptar que este es el sentido primero de la palabra Yavé, habría que admitir también la posibilidad de que Yavé fuera el resultado de una forma de El, puesto que la abstacción quien hace existir o ser deriva de una propiedad inicialmente reconocida a quien la aplica a la presencia de las huestes.
En sentido directo El es una transliteración del nombre común que para designar a la divinidad tienen las lenguas semíticas. El es la voz que se aplica a un miembro de la especie divina, lo mismo que hombre es la palabra que se aplica a cada individuo de la especie humana. Es posible que el uso de El como nombre personal divino en Ugarit sea el único resto que sobrevivió de una teología anterior, probablemente extendida por la región, en la que el nombre El era propio de cierto dios, el mismo que por representar la divinidad en su grado más alto o principal en una cultura preponderante posteriormente se convertiría en nombre común.
Afortunadamente, la palabra El llegó en buen estado al Texto Sagrado, donde sin embargo ya se empleó con el significado de Dios en sentido genérico y siempre referido a Yavé, a cuya personalidad de dios único se ajusta a la perfección. Pero al mismo tiempo el Texto Sagrado, siempre ávido de erudición, sirviéndose de ella como nombre propio, dejó registrado que en Canaán sus habitantes adoraban a este dios supremo en diferentes santuarios y con distintos títulos. Así, menciona a El Berit, que puede traducirse por dios de la alianza, que recibía culto en Siquem; a El Elyón, o dios altísimo, que recibía culto en Jerusalén; y a El Olam, o dios eterno, que recibía culto en Berseba.
El significado de El Sadday, a quien también menciona y que sólo en esta fuente aparece, es oscuro. Este es el que los LXX traducen por pantokrator, el que todo lo puede, aunque en ocasiones prefieren leer Dios del cielo, al tiempo que en el Génesis pone el Dios de tu Padre en paralelismo con El Sadday. Muchos aceptan hoy la sugerencia de que este nombre significa el de la Montaña. Así interpretado, este nombre reflejaría la creencia común entre los antiguos semitas de que la morada de los dioses se sitúa en la montaña norte, mencionada en varios pasajes del Texto Sagrado. En cualquier caso, tampoco está claro cuál pudo ser la residencia de El Sadday.
Esta ruta del culto a El, aunque sea muy parcial, pone de nuevo al descubierto de manera explícita la relación que hay entre la diversidad de las denominaciones y la geografía de los santuarios. En la forma en que el Texto Sagrado tiene de presentar los epítetos de El pudieron quedar retenidas, aparte una porción de la red de los santuarios del área, ideas sobre la justificación del hecho divino que no se habrían extinguido del todo en Palestina cuando aquél fue escrito.
Aún más lejos se puede llegar a través del análisis del epíteto Elohim, el que más fortuna tiene en el Texto de todos los que aplica a Yavé. Aunque `elohîm no tiene términos correlativos en las demás lenguas semíticas, se identifica con seguridad como un plural hebreo y se acepta como plural de El.
En la Escritura Sagrada elohim se aplica unas veces al dios al que dan culto los hebreos y otras a los dioses de los otros pueblos. Cuando se aplica a éstos es tan plural por el significado como lo es ya por la forma. Pero cuando se aplica al dios de los hebreos, a pesar de su forma plural, es singular por el significado, lo que corroboran las concordancias gramaticales. Aplicándole el epíteto Elohim a Yavé los autores sagrados pretenderían expresar frente a sus vecinos, que se atienen a culturas religiosas politeístas que conocen qué idea de la divinidad se expresa con la palabra El, que el dios único es dios de dioses y por tanto abarca la totalidad del hecho divino.
Pero también rastreando el empleo de la palabra elohim la crítica detecta en la Escritura unos pocos pasajes que dejarían ver los restos de politeísmo del relato en el que pudo inspirarse. Hay quien supone que en ellos están reflejadas las creencias en un panteón múltiple que entre los hebreos pudiera haber antes de que entre ellos fuera aceptada la cultura del dios único. Los exégetas señalan precisamente pruebas textuales que las demostrarían, no todas del mismo valor. Así, puede parecer forzado subrayar que en el primer capítulo del Génesis, cuando dice Dios Hagamos, está hablando una forma múltiple de la divinidad. Sin embargo, resulta mucho más explícita la expresión a imagen de Dios los creó macho y hembra, una referencia que puede ser admitida como el resto de un panteón celeste de elohim masculinos y femeninos.
Además es posible rastrear la evolución de elohim en el propio texto. Un momento intermedio de las transformaciones que conociera la palabra en manos de los Autores Sagrados es el que queda reflejado en los LXX, donde `elohîm se suele traducir por ángeles. Para los observadores más atentos, que la palabra alcanzara tal estado es consecuencia de la búsqueda del siempre difícil equilibrio diplomático. No debió resultar fácil de formular el verdadero estatuto de cualquier otro El cuando se estaba en relaciones con alguna de las potencias vecinas, cada una de las cuales rendía culto a su propio El; más aún cuando el devoto hebreo pensaba que cualquier otro El estaba reducido a la condición de escabel de los pies de Yavé. Para salir al paso, en la medida en que eran más o menos seres supraterrestres o celestes, su condición se pudo asimilar gradualmente a la de los ángeles.
No hay una explicación etimológica universalmente aceptada de las formas sustantivas El y Elohim, aunque muchos investigadores las relacionan con una palabra que significa poder. No es inverosímil que la idea de poder suministrara la esencia de la divinidad en la cultura semítica antigua. El mundo de El-Elohim sería el del ser y del poder superiores a todo lo humano. Si bien el dios de los hebreos es fundamentalmente espíritu, es cierto que la cualidad que más resalta en este espíritu es su abrumadora potencia. Cuando en la Biblia Yavé es llamado El o Elohim se lo eleva incluso por encima del mundo sobrehumano hasta otro nivel que sólo a él le pertenece.
Dos denominaciones aplicadas a Yavé que corroboran la posible justificación de sus relaciones con El son las de Adonai y Mélek, ambas muy próximas a la idea de Baal. Adonai o `adonay significa mi señor, y hasta en su forma es similar al `adonî que se emplea para referirse al rey. En el Texto Sagrado Adonay solo se usa para aludir a Yavé, mientras que Mélek, que como ya sabemos significa rey, también se aplica frecuentemente al dios único. Para encontrar sentido al recurso a ambos epítetos habría que aceptar que los hebreos reconocieron en su dios condiciones de rey. De sobra sabemos que la Monarquía es una fuente común a muchos de los dioses de los antiguos pueblos semitas. La condición real en la antigüedad estaba justificada sobre todo porque la dirección del ejército debía ser responsabilidad personal y porque la autoridad de la ley era sostenida por idéntica fuerza. Yavé ejerce ambas funciones entre los hebreos. Es el salvador que pelea en las batallas del pueblo elegido y el legislador que impone un código de conducta, al tiempo que el juez que sanciona el incumplimiento del código que ha impuesto. No obstante, hay que reconocer que en este caso, como en tantos otros, la idea de los hebreos siguió unos caminos de evolución peculiares.
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