Cedentes de las tierras para labores
Publicado: abril 4, 2026 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
Aun aceptando que los arrendatarios hubieran ganado una posición dominante, tan incorrecto como dar preferencia a la propiedad sería negar la evidencia. En el origen de la constitución de cada labrador interesado en servirse de un cortijo está su relación con la propiedad. Era el refractor legal del acceso a la tierra.
El análisis que sigue es consecuencia de un estudio basado en el análisis pormenorizado de 53 contratos de cesión y las referencias a 189 unidades de producción de toda clase registradas por las averiguaciones para crear la Única. Hemos tomado como pauta para depurar las de mayores dimensiones las 20 fanegas, frontera que las normas del pósito designaban para separar los créditos a las pequeñas de los concedidos a las grandes explotaciones. Esta manera de proceder acepta como módulo que se siembra unidad de capacidad por unidad de superficie, un patrón avalado por las experiencias conocidas y que en modo alguno violenta la iluminación del fondo de comportamientos que alimentó los hechos que deseamos recuperar, lo que además nos permite medir el alcance de las cesiones de pequeñas unidades en primera instancia.
El mercado estaba en manos de las instituciones inmovilizadoras en una proporción tan abrumadora que lo acercan al monopolio. Acumulaban las nueve décimas partes del total. De las instituciones provenientes de la infeudación a favor de la iglesia romana, las cesiones del cabildo catedralicio eran las más importantes. Ninguna de las unidades que en el marco de nuestra observación cedió, el 8 % del total, estaba por debajo de las 230 fanegas. Entre todas acumulaban 7.117 unidades de superficie, un 12,2 % del total. Por otra parte, en siete de las cesiones de otros tantos cortijos, todos de una misma dotación, administrada perpetuamente por el cabildo catedralicio del episcopado de la iglesia latina, coincidente con la región objeto de nuestro análisis, actuó como cedente porque de ella se había constituido como su patrono. Lo más interesante, para llegar hasta la raíz del valor funcional de las inmovilizaciones, es reconocer que la dotación, tuviera origen civil o no, terminó bajo control de la primera institución regional de la iglesia romana gracias a que consiguió titularse su patrono.
Las corporaciones parroquiales de beneficiados (todas locales, menos una), cedieron el 15 % de las unidades, de tal tamaño que solo la cuarta parte de ellas estaba por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.052,417 fanegas. Por su parte, una universidad de los beneficiados, a través de su abad mayor, también cedió 17 unidades, asimismo cuatro por debajo de las 20 fanegas, que en total sumaban 1.827,125 fanegas. El valor acumulado por todas las tierras del beneficio parroquial (2.879,542 fanegas) equivalía al 4,93 % de las tierras cedidas. Las fábricas parroquiales, de las cuales dos eran exteriores, a través de sus respectivos mayordomos cedieron poco menos de la vigésima parte de las unidades (4%), solo una por debajo de las 20 fanegas. En total sumaban 1.861,75 fanegas o 3,19 % del total. Así pues, todas las instituciones que habían tenido su origen en la infeudación a favor de la iglesia de occidente acaparaban una quinta parte de aquel mercado (el 20,32 %).
Las tierras bajo control de instituciones familiares directas eran las de mayorazgos y vínculos, expresamente destinadas a inmovilizar sus respectivos patrimonios. Las cesiones de las superficies cultivables así protegidas acumulaban más de un tercio (el 34 %) del mercado de las cesiones, lo que equivale a reconocer que por tanto estaba dominado por ellas en absoluto. De la clase de cesiones que hacían da una idea ajustada que, mientras que la razón superficie/unidades es un valor que suele estar por debajo de la unidad, cuando se trata de las tierras de mayorazgos y vínculos ese valor se dispara hasta el 4,25 porque el número de las unidades que ceden solo es el 8 % del total. Invariablemente pues, las unidades cedidas eran de gran extensión. Cuatro quintas partes son de mayorazgos de grandes casas ennoblecidas, y la otra quinta parte, modestamente, tiene como titular un vínculo. Una misma casa nobiliaria cedió cinco cortijos, otra tres, otras dos cada una dos cortijos, cuatro en total, y cada una de otras cuatro cedió un cortijo. A esto hay que sumar que tres familias titulares de mayorazgo sin condición nobiliaria, que son solo una quinta parte de este mercado, cedieron cuatro cortijos. Un vínculo poseído por un presbítero del patriciado local cede cinco unidades, todas por debajo de las veinte fanegas. En total suman 25,5 fanegas, una excepción que en ningún caso tiene capacidad para repercutir en el valor relativo de la cesión de las grandes unidades. Las casas nobiliarias actuaban a través de su administrador, apoderado o mayordomo, y un apoderado a su vez podía enviar orden a un vecino de la población para que actuara como su representante en el contrato. En uno de los casos, la cesión se consumó a través de la viuda, que actuó como madre y curadora de sus hijos y su administradora.
Entre las instituciones señoriales con injerto canónico, una modalidad del cruce de instituciones cuyo efecto también era inmovilizador, las cesiones de tierras de órdenes militares, que por su origen caballeresco hemos convenido en agregar a este grupo en su umbral de transición, se puede distinguir entre las que eran de encomienda y las de los conventos. Una encomienda de orden cedió una unidad de 452 fanegas de extensión, mientras que los conventos, en cuyo nombre actuaban caballeros de su respectivo instituto, cedieron 6 unidades, que sumaban 978 fanegas, de las cuales solo una estaba por debajo de las 20 fanegas. Acumulados ambos valores, representaban el 2,45 % del mercado de las cesiones.
De las instituciones familiares con injerto canónico, las primeras cedentes eran los conventos de las órdenes regulares. Proporcionaban el 22 % de la superficie que salía a este mercado. Ceden 57 unidades, solo 6 por debajo de las 20 fanegas, total 12.885,958 fanegas. Es característico de este polo de las cesiones que buena parte de las tierras cedidas estén localizadas en un lugar distinto a donde tiene su sede el convento. En la dimensión de la muestra que manejamos el fenómeno alcanza a un tercio del total de las unidades cedidas. También lo es que, aunque una parte sea tierra de conventos masculinos, poco más de la décima parte de las unidades (12,3%), la inmensa mayoría sea de conventos femeninos. Así, solo un monasterio de jerónimos, por medio de su prior y cuatro profesos, cedió un cortijo. Es la única cesión de clero regular masculino documentada, lo que indirectamente vendría a avalar que en la rama masculina de las órdenes los conventos actuaban preferentemente como cedidos. El más activo de los conventos femeninos cedentes, en el medio documental del que hemos dispuesto para experimentar con nuestras teorías, era un convento de clarisas, que contrató la cesión de nada menos que siete cortijos. Actuaba a través de su abadesa, dos madres, tres discretas y la vicaria, todas monjas profesas de velo negro y coro y madres de consulta de la institución. En ocasiones pudo bastar con la abadesa y sus dos claveras. Otras veces contrataba por medio de su vicario o a través de un hermano de la orden, que actuaba como apoderado. Al tiempo que las activas y ricas clarisas, un convento de dominicas cedió dos cortijos. También contrataba con el concurso de su abadesa y las madres de su consejo. Otros tres conventos femeninos cedieron otros tres cortijos. Para cerrar el contrato, en uno de ellos firmó en ocasiones la abadesa, con licencia de su superior, y en otros la gestión corrió a cargo de su administrador.
Las capellanías, que sumaban un buen número, todas locales menos cuatro, sin dejar de ser relevantes, son bastante más modestas. La superficie que cedían solo representaba un 3,773 del mercado de las cesiones. Pero ceden 31 parcelas, 13 por debajo de las 20 fanegas, total 2.268,141. La consecuencia es la razón superficie/unidad más baja (0,29), indicativa de que ante este ofertante se presentaba la demanda de tierras más modesta. No obstante, no sería correcto generalizar precipitadamente. De dos capellanías fueron cedidos dos cortijos. La cesión de tierra vinculada a los hospitales solo es poco menos modesta que la de las capellanías por lo que se refiere a la cantidad de tierra puesta en circulación (un 5% del total). Pero ceden menos unidades, 22 (10 de ellas provenientes de instituciones externas), nueve por debajo de las 20 fanegas. Total, 2.789,042 fanegas. Uno de ellos, a través de su administrador, cedió un cortijo. Las obras piadosas, todas locales, tienen muy escasa presencia en este mercado. Solo ceden la centésima parte de la tierra en 8 unidades, cuatro por debajo de las 20 fanegas. Total, 752,25 fanegas. Actuando como administrador de un patronato piadoso un presbítero cedió un cortijo. Y menos relevantes aún son las modestas instituciones societarias, de las que solo una cofradía, local, cede 2 parcelas, las dos menos de media fanega, total 0,249 fanegas.
Frente a todo esto, las cesiones de las personas físicas son el 9 % del total de las tierras ofertadas. Es verdad que cuando se trata de personas físicas eclesiásticas su papel es muy modesto, apenas un 1 % de la superficie cedida y el 2 % de las unidades. Los presbíteros y beneficiados a título personal (todos locales, de los apellidos del patriciado), según los registros de la Única, ceden 3 unidades, dos por debajo de las veinte fanegas, total 247,47 fanegas. Pero cuando se trata de personas físicas civiles la situación cambia. Cuatro de ellas, entre las que se contaba una viuda, que actuó por medio de su apoderado, cedieron cortijos. En el dominio que hubieran impuesto sobre los bienes adquiridos, fruto del ahorro familiar, no habrían pasado del rigor del juro de heredad. Les permitía transmitir los bienes sin cargas, no vinculados, en el más flexible orden de la llamada libre circulación. Aunque sus cesiones fueran pocas, solo un 2 % de las unidades que salían al mercado, disponían de un 8 % de las tierras ofertadas, lo que se traducía en una relación superficie/unidad muy próxima a la primera, la de mayorazgos y vínculos. La vecindad ayudaría a la connivencia entre ambos mundos. Esporádicamente se constituían sociedades para proceder a la cesión. En un caso lo hicieron obligados por la existencia de una institución que las inducía. El marqués del Valle de la Reina y otro vecino de su misma ciudad, por medio de su apoderado, cedieron un cortijo, cuyos dueños lo poseían por mitad vinculado. En rigor deberíamos tomarlo por un caso mixto, de cruce de cesiones marcadas por la vinculación con las de bienes de circulación libre. Pero, en realidad, es que hemos vuelto al dominio de las grandes cesiones, en el que la persistencia de las viejas instituciones inmovilizadoras eran una herencia insoslayable que se podía imputar al transcurso del dominio sobre la tierra desde la plena edad media. Se podrían añadir a este capítulo los bienes procedentes de propios si no fuera porque estaban acogidos al señorío de los municipios. En cualquier caso, eso apenas modificaría el signo de aquel mercado. La cesión de propios es solo el 1 % de las unidades. La ciudad de la población de referencia cedió un cortijo por medio de su procurador mayor y mayordomo de sus propios. Descontada la parte institucional de las cesiones, cabe añadir algunas de las personas cedentes declararon una actividad. Dos eran presbíteros, dos regidores perpetuos del gobierno de la población de referencia, uno alguacil mayor del santo oficio de la capital, otro relator de la audiencia de la capital y otro más teniente coronel del regimiento de milicias de Ronda.
Cualquier análisis deducido de otra muestra, más o menos extensa, siempre dará resultados distintos. Pero estamos convencidos de que los valores relativos no cambiarían sustantivamente.
Estimación del producto. 2
Publicado: marzo 27, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: economía agraria Deja un comentarioRedacción
Para la oferta de las rentas que se iban a arrendar, según continúa explicando el administrador en la misma tazmía, aquella diferencia, sin embargo, no tendría consecuencia alguna, porque, deducidas las 9.000 por tierras adehesadas, excusadas y concordadas, quedan líquidas para la regulación de los diezmos de la renta de pan hasta 27.000 fanegas de cuerda de tierra, y como, según varios informes, se pueden regular unas tierras con otras a 13 fanegas por fanega de cuerda, su cosecha podrá importar hasta 351.000 fanegas, por lo que corresponden al diezmo 35.100 fanegas. Vertidas a su valor monetario las 351.000 fanegas de grano serían 4.563.000 reales, si nos atenemos a los mismos parámetros que hemos tenido en cuenta para los cálculos precedentes; y las 35.100 del diezmo, 456.300 reales, serían lo mismo que la décima parte de los tres cuartos de q.
Explicada la deducción en estos términos, se concluye que el resultado que el autor de la tazmía se había propuesto era el valor estimado para la renta que se obtendría del régimen contributivo común, una vez restados excusados y exceptuados, que se recaudaban como rentas diferentes.
Pero todavía añade que de las 35.100 fanegas del diezmo, para estimar los valores que le parecía adecuado que se ofertaran a los aspirantes a recaudar la renta común del pan, debían deducirse unas 3.500 fanegas, de las cuales: 2.000 se detraerían por los costos, 400 por zarandeo y quiebras y las 1.100 restantes por las ganancias de los recaudadores.
Por lo que dicen las instrucciones del cuaderno del hacedor, documento relacionado con la adjudicación de las recaudaciones, tenemos que aceptar que los costos a los que está haciendo referencia la tazmía, y que es necesario satisfacer, son los del transporte que cubre la distancia entre los lugares donde se recauda el grano y la cilla o almacén donde se guarda, el mayor incremento del valor de los cereales antes de su transformación. Por la forma en que los presenta el administrador en la tazmía hemos de suponer que se pagaba en los productos transportados. El zarandeo o criba del grano también estaba explícitamente regulado por las condiciones previstas para cada cesión del cobro, mientras que las quiebras a las que en este momento haría referencia debían ser las pérdidas causadas por el trasiego del grano, y no los fracasos de cualquier compromiso de pago de una renta neta que las leyes de diezmos garantizaban a las partes como ingreso, que más adelante habrá que analizar. Cualquiera de estos hechos tiene en común que eran obligaciones del recaudador, según estaba previsto en el mismo cuaderno, mientras que el tercer elemento, que la tazmía llama ganancias del recaudador, eran los prometidos, el beneficio reconocido a la compra de una renta, que se pretendía suficiente para atraer a quienes desearan recaudarla como arrendatarios, una fracción de la renta y un procedimiento de los que también tendremos que ocuparnos después.
Por tanto, la suma de los tres valores representa la ganancia bruta que deducen quienes participan en la recaudación de la renta. De los costos con los que carga, el transporte es algo más de la mitad, mientras que los trabajos de limpieza del grano apenas superarían la décima parte. El tercer valor es el beneficio neto. Su cuota de ganancia, o proporción de beneficio sobre el producto, que de parte del cedente recibe el recaudador, es un sustancioso 3,13 %. El cedente de la renta de pan consiente pues como ganancia bruta real de los trabajadores para el diezmo hacia un 10 % de la renta estimada.
Deducidas las 3.500 fanegas de las ganancias a las 35.100 del diezmo, quedarían líquidas como producto presumible de la recaudación de las rentas 31.600 fanegas de pan terciado. Si aceptamos, como todo indica, que el criterio que regularmente utiliza el administrador para deducir costos es una décima parte del valor estimado para la renta en miles, un valor por tanto muy asequible para deducirlo en otros casos, las 31.600 fanegas de pan terciado sería más adecuado ajustarlas a 31.590. Para el método que vamos pretendiendo, esto significa que cualquier valor nominal de una renta tazmiada, para alcanzar hasta la estimación del producto, es necesario incrementarlo con el valor del beneficio bruto que tolera el cedente a favor de quienes participan en la recaudación.
Esta suma, que vamos a llamar r, sería la referencia a partir de la cual aquel año se debía emprender el proceso de recaudación de la renta. Aunque pueda parecer una pérdida de tiempo o un retroceso tenerla en cuenta, toda vez que ya disponemos de una estimación de todo el producto (q, nuestro objetivo), es necesario analizarla porque en las condiciones habituales será necesario partir de ella para llegar hasta el valor de q. Para enunciar formalmente en beneficio de nuestro plan toda la cadena de operaciones que el administrador nos ha descubierto, que llevan desde el producto estimado al diezmo común que se pretende cobrar, basta con recorrer su camino a la inversa. Al diezmo común ofertado (r, 31.590 fanegas o 410.670 reales) le sumamos la novena parte de su valor (r/9, 3.510 fanegas o 45.630 reales) por razones de costos, zarandeo, quiebras y prometidos. De la operación obtenemos una cifra (r+r/9, 456.300 reales) que es tres cuartas partes de q/10 porque se han excluido las tierras que finalmente fueron utilizadas de otra manera (las adehesadas que se habían quedado por sembrar) y las que se atienen a un régimen recaudatorio propio (las de los seis excusados y las de los cortijos y tierras concordados). Si le sumamos otro cuarto ([r+r/9]/3, 152.100 reales), llegamos a todo q/10 (608.400 reales).
Sin embargo, este cálculo aún no ha tenido en cuenta la excepción que modifica inmediatamente el tamaño del producto. Es necesario restarle al diezmo del cuarto que sumaban las excepciones acumuladas por tierras adehesadas que quedaron por sembrar, excusadas y concordadas ([r+r/9]/3, 152.100), el que hubiera correspondido a las tierras de las que positivamente sabemos que no se sembraron, lo que se podría expresar en los siguientes términos:
rx = (r+r/9)/3 – re – rco
donde re es el diezmo de los excusados y rco el estimado para los concordados. Como sabemos que rx es 89.637,6, el valor corregido de q/10 sería 518.762,4. Para pasar de este valor más preciso de q/10 a la estimación definitiva del producto (q), basta con multiplicar por diez la cifra obtenida (5.187.624).
Si nos expresamos en los términos más generales, y ateniéndonos a lo que la tazmía enseña, el cálculo del producto se podría pues resolver de la siguiente manera:
q = [r+r/9 + (r+r/9)/3 – rx] · 10
Parecen demasiadas manipulaciones, y su resultado, un artificio que se aleja de los hechos. Es una falsa impresión. Se trata solo del enunciado formal de unos cálculos previos que eran notablemente ajustados, tal como hemos podido restaurar paso a paso. Hasta qué punto eran precisos, y por tanto sus cifras indicios sólidos a los que fiar la estimación del producto, aún se puede discutir a partir de algunos memoriales de nuestro administrador.
En uno anticipó que los diezmos de aceite de 1744 se podían evaluar en 2.970 tareas de aceituna. La tarea, unidad de trabajo de las prensas de aceite, servía para pasar de la expresión del producto inmediato del olivo, que se medía en unidades de capacidad, a la que correspondía al producto elaborado, el aceite, que se medía en unidades de peso y era el que cargaba con la obligación contributiva. A razón de 9 arrobas por tarea, según su criterio, producirían 26.730, de las que habría que descontar como gastos y ganancias de los recaudadores 3.000. Si para las 26.730 arrobas se aceptaba un precio tipo de 11 reales, la tazmía debía fijarse en 294.030 reales (26.730·11). Pero, según relata, hubo quien aseguró al cabildo que la cosecha alcanzaría las 4.000 tareas, y que su rendimiento sería de 40.000 arrobas, lo que hizo que el cabildo tuviera algunas dudas sobre la capacidad de los tazmeadores y del propio administrador. Ante aquellos hechos, este prefirió no replicar, y permanecer a la espera de la recaudación del diezmo.
Pasados los meses, pudo satisfacer su prudencia presentando un certificado del contador de la casa cilla, o almacén que la administración de cada vicaría ponía al servicio de los recaudadores para que guardaran lo que se iba ingresando por cada diezmo que se cobrara en especie; en el que constaba que las tareas recaudadas habían sido 2.578, 8 fanegas y 5 ½ almudes de aceituna, que el aceite claro que habían producido llegó a las 24.888 arrobas, que de turbios, borras y agua habían resultado 3.245 ½ arrobas y que una y otra partida sumaban 28.133 ½ arrobas de aceite. El que se había adjudicado la recaudación de este diezmo, fiado a la tazmía que al parecer había prevalecido, la que estimaba el producto previsible en algo más de un cuarto que la del administrador, había perdido más de 120.000 reales (309.468,5–440.000 = –130.531,5).
Quien había dado al cabildo aquella noticia tan siniestra, continúa el administrador, debía quedar por caprichoso en lo que aseguró, mientras que creía legítimo que debía quedar constancia de que su tazmía había sido certera, no obstante ser tan difícil abarcar este diezmo por lo extenso que es en la población. No le sorprendía un hecho como este en el sujeto que había dado la noticia fantástica, quien ya había proporcionado otra comparable en los diezmos de pan de aquel mismo año, cuando disminuyó la tazmía del administrador, que luego resultó verídica, tal como lo había acreditado en este caso el correspondiente libro de la fieldad, uno de los dos regímenes de recaudación de los diezmos. No por esto dejaba de reconocer que él era hombre, y como tal sujeto a errores, así como el tazmeador. Terminó pidiendo disculpas por molestar con tanta explicación, hecha para salir al paso de la calumnia que no sin intención había levantado contra el tazmeador y contra él mismo quien había puesto divergentes apreciaciones en los valores de los diezmos para simpatizar con el cabildo a costa de la fama de inocentes.
En el mismo documento donde se extendió en sus explicaciones, para terminar de recuperar posiciones, el administrador no tuvo inconveniente en admitir que su obligación era procurar el incremento de las rentas que proporcionan los diezmos, y que no había situación en la que no se empleara para prever cuáles serían los mejores valores de partida. La deducción a la que conducen estas afirmaciones no puede ser favorable a la veracidad de sus testimonios. Si su moral al administrador le obligaba a estimular al alza el valor inicial de las rentas, estamos legitimados para pensar que sus apreciaciones siempre estarían forzadas a extralimitarse.
Otro testimonio suyo contribuye a relativizar en la dirección opuesta el crédito que merecen las tazmías. Tratando del diezmo del pan de uno de aquellos años, asegura que para formar juicio de la cosecha la estimación previa de estas rentas le había dado bastante que hacer, sobre todo por la mucha desigualdad de los sembrados. Creía prudente fijarla en 21.600 fanegas, aunque estaba convencido de que la cosecha de todo el pan rondaría las 26.500, de las cuales 15.000 serían de trigo y 11.500 de cebada, aunque tal vez esta fuera algo más. Reflexionando de este modo, dejó al descubierto que los valores de las tazmías, cuando se hacían públicos, expresarían una cantidad algo por debajo de lo previsible, muy probablemente con la intención de atraer a quienes se hicieran cargo de la recaudación de la renta.
Es posible que lo habitual fuera actuar así, y que por tanto no sería del todo prudente confiarse sin más a las tazmías, y con fundamento puede discutirse que forzaran más o menos las situaciones. Pero en ninguno de los casos, como los testimonios demuestran, que la información sobre el producto que manejaban, y que circulaba por los capilares de la administración diezmal, fuera lo más completa y explícita posible. Cualquiera de ellos tenía buenos principios porque contaba con la ventaja de que estaban elaborados a la vista de la inmediata cosecha y por expertos en esta clase de operaciones. Todo el crédito que merecen sus cifras proviene siempre de que describen expresamente el producto que está en el origen de cada diezmo, al margen de las circunstancias de cada sujeto a la prestación o de la modalidad de cobro que luego se siga.
Cesión de la tierra para labores
Publicado: febrero 15, 2026 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
Es segura la parcialidad del arrendamiento como forma de cesión de las tierras para labores, incluso admitiendo, sin por ello incurrir en paradoja, que su tamaño puede identificarse con el del universo que cada sucesión de las estaciones contenía toda aquella máquina productiva. Otras formas de la cesión estaban vigentes y regían la fundación de una buena parte de las empresas acometidas cada año. Pero el arrendamiento estaba en la base del orden de las cesiones y es por tanto capaz para contener completo el primer orden de la cesión de la tierra, que también se puede concebir como origen, de la generación de las rentas de la tierra de los cereales. En cada población, las cesiones se ordenaban en constelaciones de valor y alcance descendentes. El círculo primordial lo trazaban quienes se batían por la cesión de las unidades productivas de mayor tamaño. Los proyectos más ambiciosos, para una parte de los casos, podían ser satisfechos por los cortijos, unidades de uso del suelo de la región que parecían inmensas en la época.
Los contratos de arrendamiento de las grandes unidades de producción a mediados del siglo XVIII se refieren a la cesión de los cortijos generalmente sin caracterizarlos, pero en una buena proporción de casos se adjetivan. Entonces casi todos se apellidan temporales, mientras que en bastantes menos el arrendamiento se tipifica como vitalicio, o simplemente como cesión de por vida, y solo se firmó un contrato por los días de la vida del arrendatario. Referirse a la tenencia de por vida es desde luego una forma indefinida de hablar, lo que no es un obstáculo para que ocurra. La posesión de por vida de un bien no excluye la posibilidad de someterla al marco del arrendamiento temporal, aunque la expresión haga pensar en formas más complejas de la cesión del uso del bien. Como por otra parte se podría presentar alguna prueba de afirmación explícita del arrendamiento vitalicio, no sería un exceso adjudicar la indeterminada cesión de por vida al arrendamiento vitalicio.
Creemos, por otra parte, que no debe caber ninguna duda sobre que cuando nuestras fuentes hablan del arrendamiento temporal están haciendo referencia al llamado arrendamiento corto. Los propietarios lo prefieren, y es un hecho sobradamente conocido que para fines de la época moderna se había impuesto como fórmula de cesión de la tierra. Las ventajas que tenía para los cedentes también fueron en su momento suficientemente explicadas. La cesión corta pretendía evitar que adquiriese derechos sobre el bien quien lo tomara. Ciertas clases de propietario, tal como en parte hemos podido comprobar, incluso tenían prohibido arrendar sus fincas por mucho tiempo, darlas a censo y transmitir los efectos de cualquier acuerdo de este tipo a sus sucesores. En el caso de las tierras de mayorazgos, se impuso que el sucesor no heredase la obligación de los arrendamientos. Pero, sobre todo, para el drenaje de la parte de la renta que detrae la propiedad, el arrendamiento corto permitía actualizar permanentemente los precios del suelo, un objetivo al que se oponía el arrendamiento vitalicio, evidente desventaja que lo condenaba a ser la fórmula menos usada. Cuanto más beneficio permita el mercado, tanto más la propiedad podrá participar en él por medio de la renta o precio de la cesión, y tanto más probable será, por tanto, que la empresa de cereal se organice por arrendamiento. A estas ventajas tan parciales se oponía el argumento de que la limitación del arrendamiento de tierras por el propietario era causa de la despoblación.
Es posible, sin embargo, que hacia 1750 todavía se viva una época de transición al arrendamiento corto. Habitualmente se clasifican como arrendamientos cortos los que nunca superan los tres años, y efectivamente se observa como duración de las cesiones de los cortijos que sobre todo fue pactado el trienio. En torno a la mitad de los acuerdos fue suscrita por tres años, tres cosechas alzadas y cogidas en tiempo y sazón. La siguiente duración por orden de frecuencias es cuatro años, para sembrar y levantar cuatro cosechas, con casi un quinto de los casos. La duración regular de los contratos temporales oscila pues entre tres y cuatro años en el caso de los cortijos. Hacia 1750 el arrendamiento corto, sin duda, ha ganado bastante terreno.
Aun así, hay quien cree que es exagerado decir que son raros los contratos de arrendamiento por más de tres años, y que en algunos lugares se habían impuesto los de seis años de duración, una práctica que corroboran los acuerdos del término del que se trata, donde los contratos por seis años tampoco eran excepcionales; eran poco más de la décima parte. La siguiente duración por orden de relevancia, cinco años, cinco cosechas alzadas y cogidas en tiempo y sazón, tampoco era exactamente marginal; afecta a poco menos de una décima parte de los casos. A partir de aquí, sí habría que admitir que cuando un arrendamiento alcanza hasta los seis años ha llegado a un máximo. Son excepcionales los que pasan de este límite y en general los llamados arrendamientos largos. Los de ocho y nueve años solo se dan esporádicamente, así como, en el otro extremo, los de dos. No obstante, por razones que luego convendrá examinar con más detalle, se recurría con cierta frecuencia a los arrendamientos por un año, sin duda los que con más eficacia permitirían actualizar los precios del suelo.
El arrendamiento corto, vista la relación desde el otro polo, tampoco es ajeno a los intereses de los labradores. Para decidir sobre el momento oportuno para acometer la gran empresa de cereal el comportamiento irregular de la producción suministra los indicios. Así como el valor que la cosecha alcance cada año no es previsible con toda la exactitud que se quisiera, que el ciclo inexorablemente se completará se puede tener por seguro. Solo a los menos previsores puede sorprender. La duración total del ciclo tipo de la economía de los cereales, según admite la cultura agronómica del momento, es de cinco años. Cuando los buenos calculadores saben que el mínimo se aproxima, que es lo mismo que el máximo beneficio, porque coincide con los máximos precios, aunque a la vez sean los peores rendimientos y la peor calidad del grano, arriesgan en la gran empresa. Pero ningún buen calculador está dispuesto a comprometerse con un riesgo más allá del imprescindible. Tres años es una excelente duración para tentar la suerte del momento óptimo del ciclo.
Que el arrendamiento fuera tan corto no significaba inestabilidad de la empresa, ni que los tres años obligaran a una determinada organización del cultivo de las parcelas en las que la tierra pudiera ser subdividida. La tierra se puede llevar en manos del mismo arrendatario mucho tiempo y este puede actuar con bastante libertad en la organización de sus labores, aunque normalmente se comprometa a entrar barbechando. Las cesiones cortas son compatibles con las permanencias prolongadas en el uso de una misma unidad de producción. El arrendamiento corto significa simplemente actualización de la renta que percibe la propiedad que conviene a las dos partes.
Sí es cierto que el arrendamiento corto limitaba la inversión en capital constante. Para cubrir la satisfacción de la renta más allá de la renta diferencial, derivada de la propiedad, es necesario el incremento de valor que permite la mayor cantidad de capital circulante. Las cesiones por tiempo muy limitado dificultan la capitalización regular de la empresa por parte del cedido, sobre todo si ha de ir en beneficio de las instalaciones de las que debe servirse.
Los acuerdos de cesión se cerraban con la firma de los correspondientes contratos, que podía concertarse en cualquier mes del año. Ahora bien. Si se observan las frecuencias previa desestacionalización de los valores, es necesario reconocer que había momentos del ciclo preferidos para formalizar los acuerdos. La mayor parte de los contratos se concentraba en los cinco últimos meses del año, una vez que había concluido la recolección del grano correspondiente al ciclo agrícola precedente. Ya en agosto se acumulaba un máximo relativo, mientras que el absoluto se concentraba en octubre, el primer mes del otoño, con la quinta parte de todos los contratos del año. En los otros siete meses la frecuencia descendía ostensiblemente, a excepción del mes de febrero, en pleno invierno, cuando ocurría el otro máximo relativo, incluso superior al de agosto.
A veces concurrían circunstancias especiales que diferían la firma. Una escritura no pudo formalizarse en su momento a causa de las enfermedades padecidas por el arrendatario, quien no obstante había sembrado y cogido en el cortijo dos cosechas, una en el verano precedente y la otra, la que esperaba coger en el que corría. El cedente le había pedido que se obligara a pagar la renta de estos dos años. Como inopinadamente persistían sus achaques, el 31 de marzo anterior, en la población de su residencia, inmediata a las tierras del cortijo, el arrendatario se había obligado ante el cura de la parroquia a falta de escribano. Esta obligación no fue admitida por la contaduría del cedente, que insistió en que el arrendatario otorgara escritura de obligación en forma, la que finalmente otorgó.
Para la reproducción del primer círculo de las cesiones, resultó decisiva la regulación de su prórroga. En el último año de arrendamiento previsto por el contrato vigente tocaba reconsiderarlo. Lo normal era que por octubre los arrendatarios estuvieran obligados a avisar si continuarían o no, bajo la pena de pagar un año más de arrendamiento. A veces se aceptó un plazo más amplio; que lo que decidiera el arrendatario sobre su continuidad lo avisara entre el veinticinco de julio (Santiago) y fin de diciembre. Y solo se reguló una fecha más temprana para el caso de que la decisión fuera negativa. Si el veinticinco de julio del último año de vigencia del contrato el arrendatario había decidido no proseguir bajo las condiciones acordadas, debía despedir las tierras. Cuando los textos se conceden ser más descriptivos, en ocasiones además presentan un marco para la renovación en el que los arrendatarios que estaban labrando los cortijos parecen sumisos a los cedentes. Acudían desde sus poblaciones a la capital para negociar un nuevo arrendamiento con su administrador o su apoderado.
Descender al detalle de los procedimientos que se seguían para la renovación, que queda a nuestro alcance en más de un caso, no creemos que sea un exceso porque permite reconsiderar la actitud de los cedidos. En enero del año que ya corría un arrendatario había cumplido con los últimos barbechos que había comprometido en el contrato que estaba manteniendo. El mayordomo del cedente ordenó a un escribano, porque la escribanía, en estos casos, actuaría como el mercado idóneo para el orden superior de las transacciones, que sacara a pregón las tierras, por si había quien las arrendara por tres años a contar desde el uno de enero. Pero no se presentó ningún postor. El cedido que aún aprovechaba el cortijo trató con el mayordomo la posibilidad de entrar de nuevo en él beneficiando y sembrando por 800 reales cada uno de los tres años pretendidos, pagaderos en los plazos de costumbre, puestos en la capital. Pocos días después, el cedente ordenó a su administrador que admitiera que el arrendatario actual continuara labrando las tierras, por el mismo precio que venía pagando, los 800 reales al año, y con las mismas condiciones del contrato precedente, que se había firmado trece años antes.
De modo similar tuvo que actuar un dueño con un arrendatario que había estado labrando un cortijo cuyo arrendamiento igualmente había sido contratado con el mayordomo del cedente. También en su caso en enero del año en curso había cumplido con los últimos barbechos previstos, y el nuevo mayordomo había dado orden al escribano para que pregonara la cesión del cortijo por seis años, y a continuación admitiera las posturas y pujas que se hicieran. Una vez que el escribano había sacado al pregón el arrendamiento, el arrendatario actual no había tenido inconveniente en ponerlo en las condiciones ofrecidas, lo que fue suficiente para que le fuera rematado bajo ellas. En cualquiera de los dos casos, la posición de los cedentes a lo sumo se habría visto favorecida por la imposición de los plazos por ellos decididos, una vez debidamente recompensados los arrendatarios con la aceptación de las condiciones que ofrecían.
Algunas de las instituciones que ofertaban excelentes unidades de producción, como por ejemplo el cabildo catedralicio de la capital, habían decidido anticiparse a las demoras innecesarias que resultaban de los intentos infructuosos de encontrar nuevos arrendatarios. Preferían dejar en sus manos la iniciativa de la reproducción de las cesiones. Ateniéndose a lo que era habitual, tenían previsto que en octubre del último año de cada arrendamiento los arrendatarios debían pasar por su contaduría mayor para gestionar el futuro del arrendamiento, aunque en un caso se aceptó que fuera por el mes de enero [sic] del último año del arrendamiento. Allí debían avisar si dejarían el cortijo, para que el cabildo buscara un nuevo arrendatario, o si continuarían en él bajo las condiciones de un nuevo arrendamiento. Alguna vez, con un sentido algo más restrictivo, se habla de solicitar un nuevo arrendamiento del cortijo obtenido del cabildo. Cualquiera de ellos había contratado que debía pagar, de no cumplir con cualquiera de estos compromisos, las rentas de los años sucesivos, hasta tanto no cumplieran con el aviso, lo que en la práctica equivaldría a una prórroga automática del contrato, una sencilla fórmula de reproducción de las cesiones a la que también se atuvieron otras instituciones; tal como ocurrió con unos arrendatarios de un cortijo vinculado. En el penúltimo año del arrendamiento debían avisar al cedente si lo continuarían o no, porque de lo contrario, tendrían que pagar un año más de renta, incluidos el tercio de diezmos y la paja. En estos casos el cedente solo se reservaba la iniciativa para el caso de que surgiera una oferta de arrendamiento vitalicio. Así se deduce de una cláusula, que en términos idénticos se lee en más de un caso, por la que se estableció que si mientras estuviera vigente el arrendamiento apareciera alguien que quisiera arrendar el cortijo de por vida, el cedente podría hacerlo si avisaba en tiempo oportuno a los actuales arrendatarios, para que pudieran proveerse de otra tierra de labor.
Probablemente como consecuencia de la autoridad proveniente de estas decisiones, la prórroga de los contratos terminó siendo la mejor solución, como le ocurrió a un arrendatario que había tomado un cortijo por tres años cuya cesión renovó por nueve más en las mismas condiciones del contrato anterior sin más obstáculos ni demoras. En parte, este automatismo pudo ser consecuencia de hechos consumados. Una arrendataria también estaba ya labrando un cortijo gracias a un contrato de arrendamiento precedente. Como ya había completado los barbechos, el nuevo contrato empezaría a regir desde el primero de enero anterior. La fecha del nuevo acuerdo fue once de septiembre. Otro arrendamiento cumplía a fines del año en curso, y el arrendatario había completado los barbechos para sembrar aquel otoño, que ya había comenzado. Acudió al administrador del cedente, para que le permitiera hacer una nueva escritura de la cesión, y le fue concedida. También en el momento de formalizar un contrato el arrendatario ya estaba labrando el cortijo. Las condiciones bajo las cuales había reanudado su ciclo eran las mismas que las que habían sido contratadas entre ambas partes en 1733 ocho años antes, reiteradas otros ocho años después. Solo variaban los plazos y el precio, que había bajado. Así se actuó porque lo había ordenado el cedente a su mayordomo.
En otros casos no habrían decidido los hechos consumados, sino de la voluntad expresa del cedente. Dos hermanos que estaban labrando un cortijo habían tratado la renovación de su arrendamiento con el mayordomo de la cedente. Un par de días antes de la firma del nuevo acuerdo, el mayordomo había reconocido que tenía orden de la dueña, de quince días antes, para que los actuales arrendatarios renovaran con cargo a sus gastos el arrendamiento, con las mismas condiciones que el contrato vigente; y que por tanto no sería necesario sacar a pregón el cortijo. Parece pues que había llegado a ser dominante la posición que en estas relaciones habían ido ganando los arrendatarios.
Estimación del producto. 1
Publicado: febrero 7, 2026 Archivado en: Redacción | Tags: economía agraria Deja un comentarioRedacción
La correspondencia conservada en el archivo catedralicio del arzobispado suroccidental, más los documentos que la acompañan, porque registran procedimientos que cada año se reiteraban, son un buen medio para restaurar, con la exactitud que solo descender hasta la gestión cotidiana permite, la secuencia completa de la recaudación de todos los diezmos. Observarlos desde pleno siglo XVIII permite presumir además que el punto de vista incluye el mayor grado de complejidad que alcanzara aquel sistema.
Con setenta y dos documentos contables y ocho minutas de la misma clase, anexos a la correspondencia coleccionada por la contaduría del cabildo catedralicio, fechados entre 1744 y 1749, hemos compuesto una serie ficticia comprensiva del tiempo transcurrido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre, un año administrativo completo. Legitima el artificio que todos los documentos que forman la colección, de la clase que sean, fueron enviados por los gestores de una vicaría, sobre todo por su responsable, un presbítero llamado Antonio Borrego Villalba, a la administración central de los diezmos de la región, el cabildo catedralicio de la iglesia de occidente con sede en la única capital. La temblorosa y no obstante regular caligrafía del clérigo ha permitido la segura identificación de todos los ejemplares, mientras que a su disciplina informativa debemos agradecer la estimación del producto, la parte sustantiva del proyecto que nos hemos impuesto. Pretendemos que este fondo documental, que el azar de la conservación de las fuentes nos ha designado, actúe como el banco de pruebas a partir del cual aislar y activar de manera controlada los hechos y las decisiones que llevaban desde cada producto a cada renta, para que luego sea posible recorrer ese camino a la inversa. Hemos creído que era la mejor manera de hacer que cada parte del procedimiento volviera al lugar donde había tenido su origen; para observarlo en su orden natural, tan cíclico como cíclica era la economía primaria que por su medio se puede conocer.
Aquella vicaría se limitaba a las parroquias de una población más el fuera parte, y extendía su jurisdicción sobre el término municipal que marcaba uno de los confines orientales del arzobispado, al mismo tiempo uno de los más definidos y consolidados, por entidad y por características, de la economía agraria de la región. Concentrar la observación en una vicaría con una población permite disponer de las condiciones más favorables para experimentar: reduce a un lugar homogéneo el determinante territorial, elimina factores de distorsión derivados del número de lugares poblados y su posible disparidad de jurisdicciones, y aísla los factores del diezmo en las condiciones de menor contaminación posible, sin dejar de ser al mismo tiempo un hecho positivo y no una abstracción.
El documento que estaba en el origen de toda la gestión de los diezmos era la tazmía, nombre con el que eran conocidas, en nuestra colección de documentos, las previsiones sobre el valor que alcanzarían las rentas de cada producto gravado. Estaba elaborada a partir de informes de sujetos con conocimiento de la economía rural, y en particular de los dados por el tazmeador, el especialista en esta clase de operaciones, un grado de especialización del trabajo al que permitirían llegar las sustanciosas rentas de toda clase que se recaudaban. A sus informes se sumaban los proporcionados por los hacedores de campo de la vicaría, empleados con este fin, así como los elaborados por expertos en la producción de la que en cada caso se tratara.
Su finalidad administrativa era proporcionar una base a los aprecios del administrador, cuya regulación era su responsabilidad. A partir de ellos debía estimar las rentas cuya adjudicación a quienes fueran a recaudarla estaba prevista para el mismo mes en el que la tazmía era fechada. El resultado era un expediente con formato contable que estaba dividido en tantas piezas como rentas se había previsto recaudar, al final del cual una cuenta resumen agregaba los valores totales tazmeados. Para el deducir el producto, su contenido más valioso es el aforo que está en su origen, primera colección de los valores presupuestos para cada renta. Es su lectura la que descubre afirmaciones que invitan a ensayar un procedimiento para su cálculo. Pueden valer las que contiene uno para reconocer su utilidad en relación con el fin propuesto.
Las referidas a la producción de cereales de las tierras de la vicaría en 1746 están fechadas el 4 de julio. Para las rentas de pan de esta vicaría en este año, dicen, se deben considerar hasta 36.000 fanegas de tierra de cuerda de tercio empanadas de trigo y cebada en los cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos del término de esta ciudad. Al expresarse en términos tan descriptivos, el administrador estaría advirtiendo que aquella cifra, multiplicada por tres (sistema al tercio), expresaba la superficie de todas las tierras que el trabajo había capitalizado y mantenía en aquel término susceptibles de ser sembradas con cereales: 108.000 fanegas. Ateniéndonos a su vocabulario debemos llamarlas de cuerda o superficie, para evitar la confusión con las de capacidad, una precisión que no es inoportuna en un texto como este, que está obligado a expresarse en las dos unidades. Tantas habrían llegado hasta el mercado de aquella clase de tierras, y de ellas, sin embargo, invariablemente, por imposición del sistema, anualmente solo se explotaba una tercera parte, un dictado tecnológico que era la limitación más severa a la expansión del producto que pesaba sobre la economía de los cereales. La relación de espacios de producción (cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos), por extensa, pretendería aludir a todas las explotaciones que positivamente habían activado la parte puesta a producir aquel año o suma de superficies dedicadas al cultivo de trigo y cebada. Podemos estar seguros de que es así porque la secuencia descriptiva recorre el espectro de las unidades de uso de un mismo suelo, desde el cortijo al manchón.
Según sus informes, se podía admitir que el rendimiento medio previsible de las distintas calidades de tierra sería de 13 fanegas de capacidad por cada fanega de superficie. Las razones para tomar como referencia el rendimiento 13, y no otro, no las argumenta. Es un rendimiento verosímil para el momento y el lugar, si bien se puede suponer aconsejado por llevar al máximo la estimación del producto. Con este factor, toda la cosecha posible, cuando ya era 4 de julio, se podía estimar en 468.000 fanegas de pan terciado.
Todo cálculo que a partir de este valor, que se declara medio, se haga, desde este momento cargará por tanto con el lastre de la estimación. Así debemos aceptarlo para cuanto sigue. Si se quiere llegar hasta una expresión cuantitativa de cada producto para los tiempos medievales y modernos, hay que resignarse a la estimación; de lo contrario, sería mejor abandonar en este momento. De proseguir, nada impide atenerse, también desde el principio, a la disciplina crítica.
Pasar de la expresión en fanegas a la nominal en moneda de cuenta es, más que una transformación aconsejada por las posteriores necesidades de cálculo, una versión insoslayable, porque una misma medida de capacidad para trigo y cebada o pan terciado es cuando menos distorsionadora. La misma tazmía proporciona los valores necesarios. El documento acepta, para deducir la renta de los segundos excusados, que como sabemos se expresaba íntegramente en moneda de cuenta, que el pan no sería terciado sino cuarteado. Aproximadamente ¾ del producto en medidas de capacidad corresponderían al trigo y solo ¼ a la cebada. Como los precios que la propia tazmía estima correctos para hacer en aquel momento sus cálculos son 15 reales para la fanega de trigo y 7 reales para la de cebada, el producto nominal de las 468.000 fanegas de pan terciado que como máximo aquel año se podían esperar de aquellas tierras sería de 6.084.000 reales, también un valor grosero, y a la vez deducido de una manera directa; al que con fundamento le podemos conceder crédito como la expresión más ajustada al límite superior posible del producto al alcance de las fuentes diezmales.
Pero de las 36.000 unidades de superficie de aquel año, prosigue la tazmía, se deben bajar hasta 9.000 fanegas de cuerda de tierra por las que [a] están adehesadas y se han quedado por sembrar y [b] por la tierra de los seis excusados de las seis collaciones y [c] por las de los cortijos y tierras del convento de santa Inés orden de santa Clara y por la de los cortijos de la encomienda de san Juan. Las razones para el descuento, tal como las expone, solo pueden ser adjudicadas, desde el punto de vista de la administración diezmal, a situaciones especiales. La mayor parte de las tierras enumeradas tienen en común que estaban al margen del régimen contributivo regular.
Las tierras de labor de los excusados [b], que ya hemos supuesto que deben ser los excusados menores (los únicos que se seguirían recaudando aparte, porque los mayores habían quedado absorbidos por el régimen administrativo de las rentas de la corona), aunque no estaban sometidas a un tipo contributivo distinto al común, sí se atenían a un procedimiento recaudatorio propio, del que además conocemos el valor de su contribución a la producción de cereales. El mismo documento, poco más adelante, reconoce que aquel año las labores de los excusados sumaban 1.848 fanegas de superficie. Si a estas les aplicamos los mismos criterios de estimación que a las precedentes, se deduce que su producto alcanzaría el valor nominal de 312.312 reales.
El administrador no hace mención expresa de la superficie de los cortijos y tierras del convento de santa Inés, orden de santa Clara, ni de los cortijos de la encomienda de san Juan [c]. Aunque en ambos casos se trate de instituciones más o menos eclesiásticas, lo que tuvieran de singular no tendría ninguna relación con la renta de exceptuados o renta de monjas y frailes, a propósito de la cual sabremos más adelante que aquel año hubo otras instituciones del clero, en la misma vicaría, que fueron parte activa en la producción de cereales. Como con ellas se procedió del modo que en su caso era regular, tenemos que aceptar que las tierras que expusieran a la explotación los otros conventos estarían incluidas en las que no se deducen. Esto permite presumir que las dos que se mencionan expresamente serían tierras concordadas, que bien han ganado para sí la prestación diezmal o han acordado con el cabildo una contribución fija que liquidan sin mediación alguna de recaudador. Cuando el diezmo de unas tierras está concordado, porque cada año se liquida con una cantidad fija que las partes han suscrito, aun en el caso de que conociéramos su expresión de ninguna manera podríamos llegar hasta el producto estimado que lo hubiera generado. Cualquier concordia, como ya hemos explicado, rompía el vínculo entre el diezmo y el producto, el único supuesto en el que la posibilidad de conectarlos está absolutamente negada por los documentos contables del archivo catedralicio.
La tazmía consiente una conjetura razonable para estimar el tamaño de las tierras que aquel año explotaron por sí o por cesión los concordados. Podemos conceder que los cortijos y tierras del convento de santa Inés y de la encomienda de san Juan tuvieran una extensión similar a las labores de los excusados, un supuesto que aparenta tan poca certeza como veracidad. Si para resolver momentáneamente aceptamos la segunda posibilidad por razón de magnitudes, podemos considerar la posibilidad de que el valor del producto acumulado de los contribuyente [b] y [c] pudo ser 624.624 reales.
Del cuarto que sería necesario descontar (9.000/36.000) solo nos quedaría por estimar el tamaño de las tierras adehesadas [a], la referencia más hermética del texto que nos sirve de fuente, de las que el administrador dice que al mismo tiempo que forman parte de las tierras empanadas se han quedado por sembrar aquel año, una oposición de términos literalmente insostenible.
Al reconocerlas como adehesadas, se trataría de una porción de tierras que habían ganado el estatuto de exentas de la obligación de la derrota de mieses, lo que incrementaba sensiblemente su valor. Su explotación regular era a pasto y labor, es decir, sembrándolas con cereales y al tiempo sosteniendo una importante cabaña excluyente. De esta clase existían en todos los términos de mayores dimensiones, donde iban acumulando la mayor reserva de tierras, con más frecuencia de localización periférica.
A pesar de su atractivo, una parte de las tierras adehesadas no habría encontrado quienes la explotaran aquel año. Así podía ocurrir porque quienes eran dueños de las mayores unidades de producción, fueran personas o instituciones, del clero o civiles, para asegurarse sus ganancias pasivas preferían su cesión íntegra a quienes las tomaban para ponerlas en cultivo, los labradores. En caso de no disponer de esta demanda, podían fragmentarlas en hazas, nombre reservado bajo aquellas coordenadas a las unidades de producción de tamaño inmediatamente inferior al cortijo. Estaba de su parte que los trabajadores del campo que no se resignaban a quedar reducidos a la condición de asalariados, siempre dispuestos a sembrar alguna parcela, podían ser el último recurso en caso necesario. Para aquel tipo de tierras podían ser idóneos porque estaban dispuestos a pagar más por unidad de superficie, a la vez que ellos podían preferirlas, puesto que, al no soportar la obligación de la derrota de mieses, podían aprovecharlas con más intensidad. Si finalmente no fueron cedidas, a pesar de que estuvieran en el circuito de la producción, sería porque sus dueños preferían restringir la oferta. Con más probabilidad actuarían así quienes temieran la bajada del precio del cereal que tuvieran almacenado, especialmente los que ingresaban en cantidad de producto las rentas que detraían de las explotaciones cedidas. Al hurtar al mercado las tierras propias, evitaban en la medida de sus posibilidades un incremento inconveniente del siguiente producto, del que recelarían el hundimiento definitivo de los precios.
Deducimos entonces que la explicación de la paradoja en la que incurre el administrador cuando se refiere a las tierras adehesadas estaría en una manera sobreentendida de expresarse. El cálculo inicial (36.000 fanegas) provendría de las que el sistema hubiera decidido que eran las adecuadas aquel año para la siembra. La deducción de las 9.000 sería el ajuste a las que efectivamente, una vez sembradas, correspondieran al régimen contributivo común. Una parte de ellas estaría sujeta a obligaciones contributivas especiales, y otra simplemente no se sembró por último, a pesar de estar en condiciones de ser puesta en producción de acuerdo con el procedimiento. Las tierras que quedaran por sembrar habrían actuado como ajuste límite al tamaño del producto aspirante a llegar al mercado, o encaje comercial, a sumar al tecnológico que imponían los sistemas de cultivos.
Las tierras adehesadas que aquel año quedaron por sembrar también son una fracción que desconocemos. Podemos recurrir, para resolver por ahora una operación que tampoco está inmediatamente a nuestro alcance, a otra simple deducción de su tamaño, tan decisivo para estimar el volumen que el producto alcanzara. Sería suficiente con restarle al cuarto que 9.000 es respecto de 36.000 el valor de las labores de los excusados y las de eclesiásticos o filoeclesiásticos en régimen diezmal concordado. Si a estas 9.000 fanegas les aplicamos los mismos medios de deducción que al total, el valor nominal de lo que habría que quitar al máximo estimado, para ajustarnos al producto efectivo, ascendería a 1.521.000 reales. Y si al valor nominal del cuarto que rebaja el administrador (1.521.000 reales) le deducimos el del producto acumulado que hemos estimado para las otras dos clases de contribuyentes (624.624), obtenemos un resto de 896.376 reales, que expresa el producto que las tierras del cuarto que se dejaron de sembrar habría dado en caso contrario.
De este modo, dispondríamos además de una estimación, aunque sea solo orientativa, muy valiosa para juzgar las oscilaciones el producto de un año para otro. Las tierras que quedaban por sembrar podrían llegar a suponer hasta unos 6/10 del cuarto, o 3/20 de todas las que el sistema estaba en condiciones de explotar cada año para obtener un producto reglado del cultivo de los cereales. Si tenemos en cuenta que nuestra estimación correspondería solo a tierras adehesadas, las únicas que en los términos de la tazmía cargan con la responsabilidad de explicar la causa inmediata de la oscilación del producto de cereales de un año para otro, el valor efectivo de aquella fracción podría ser más alto, y por tanto las aspiraciones a la restricción del producto mayores.
Para obrar en consecuencia de estos cálculos, y aproximarnos con más exactitud al producto efectivo, sería por último necesario descontar al producto máximo el que correspondiera a las tierras que, siendo parte del cupo de las sembradas, quedaron por sembrar. Restados los 896.376 reales al valor máximo del producto según la tazmía (6.084.000), la estimación más ajustada del producto (q) ascendería, también a juzgar por la misma tazmía, a 5.187.624 reales.
El procedimiento del administrador para la estimación del producto se podría resumir en los siguientes términos. A las tierras previstas por el sistema se deducen las que han quedado sin sembrar y al resultado se le aplica como coeficiente un rendimiento tipo. Aunque sea aproximado, no es arbitrario, porque procede de informes cuya veracidad, en el documento, avala la identificación precisa de todas las tierras que puedan ser una excepción, se hayan o no sembrado.
Repartimiento de barbechera
Publicado: noviembre 27, 2025 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
En años regulares, en plena primavera el pósito debía repartir trigo para la barbechera. Si en el tiempo que correspondía necesitaban los labradores algún socorro para beneficiar sus tierras, y el pósito disponía de fondos, se consideraba qué hacer, a tenor de lo que prometiera la cosecha, o si era más útil emplear los fondos en el panadeo, como se hacía en los años de crisis. El resultado era que los pósitos, aunque en menor proporción, también podían abrir un plazo de préstamos, bien en dinero bien en grano, en primavera. Si se decidía repartir grano, se procedía de la misma manera que para la sementera. Para admitir las solicitudes correspondientes, la autoridad municipal también abría un plazo y señalaba ciertos días para que pudieran presentarse.
Aunque según la historiografía la data de barbechera se abría en febrero o marzo, los memoriales enseñan que los límites cronológicos máximos de la data de barbechera estaban comprendidos entre marzo y mayo. De una serie compuesta con 7 años, también de fines del siglo XVIII, se deduce que la data se abría uno o, excepcionalmente, dos días, y que las fechas se distribuyen de una manera bastante homogénea entre marzo (dos), abril (tres) y mayo (dos).
En la descripción del fin para el que el préstamo de barbechera de 1781 es solicitado las maneras de expresarse de los autores de la serie A son distintas de las utilizadas por los demandantes de la serie B. Los primeros describen un fin doble: beneficiar la sementera y hacer los barbechos o escardar la sementera y beneficiar los barbechos. Los otros suscriptores de los memoriales son mucho más directos y restringidos. En 26 de los casos mencionan las escarda o simplemente invocan el verbo escardar, nada más. Casi siempre que habla de esta manera, el aspirante explota una superficie de 10 fanegas o menos; la inmensa mayoría, entre dos y seis. En los otros ocho casos la superficie no es declarada, o, con más frecuencia, se trata de parcelas en el límite superior de la pequeña explotación (6-10 fanegas). Se habla de acabar de beneficiar, escardar y beneficiar o escardar y demás beneficios, escarda y barbechera y escardar la sementera y hacer los barbechos.
A la data de barbechera los demás memoriales empiezan por referirse, con preferencia y de manera abreviada, empleando la palabra escarda y más raramente barbechera. Pero, como hemos explicado, desde el principio se empleaban expresiones más descriptivas como escarda y barbechera, escarda y barbechos, escarda y hacer la barbechera o escarda de su sementera y beneficiar sus tierras. La retórica de las descripciones podría enriquecerse aún con palabras y expresiones como beneficio y beneficiar las tierras, que cuando se utilizan exclusivamente resultan tan abiertas como ambiguas. Pero, según pasan los años, se van imponiendo expresiones como escarda y recolección, escarda y recolección de su sementera, barbechera y recolección o beneficio y recolección, para al mismo tiempo dar paso a palabras y expresiones tan francas como recolección, recolección de su sementera y ayuda a levantar su sementera.
Parece, pues, que las situaciones tipo son tres. Las explotaciones más pequeñas, en su porción más importante, porque con mucha probabilidad carecieran de capacidad para sostener un plan de cultivo que se prolongara más de un ciclo, renunciarían a barbechar, al tiempo que practicarían sistemáticamente la escarda. La dimensión de su parcela y la cantidad de trabajo de la que podían disponer así lo permitirían. Para hacer frente a los gastos de la escarda solicitaban su modesto préstamo. La escarda pura, en su parcela, porque podía practicarse con la intensidad que en un jardín, con seguridad les permitiría impulsar los rendimientos. Es una prueba directa sobre cómo responderían, o compensarían, el límite a la inversión que imponía el pósito (ver después). Queda por demostrar, porque la fuente no lo permite, si una escarda intensiva del cereal, en estos casos, consentía, una vez entresacada la sementera, requerirla con un trigo tremés. En caso de que se probara positivamente, el préstamo solicitado podía tener esa aplicación directa.
Las explotaciones de mayor tamaño, las grandes productoras del cereal, a las que el pósito solo permite asomarse parcialmente, porque necesitan menos de este medio de financiación, en plena primavera con preferencia atendían los barbechos. La continuidad de las labores las obligaba a actuar así. Se puede deducir que la especie solicitada, en esta parte de su aplicación, estaba destinada al pago del trabajo, y no a siembra, puesto que se trata de trigo y no de cualquier otro grano o semilla.
Ahora bien. Al tiempo que se acometía el barbecho, en las grandes explotaciones, con el crédito en trigo, se financiaban otras actividades de primavera, a las que genéricamente llaman beneficios, pero a las que también sus promotores explícitamente se refieren llamándola con el nombre propio de la faena correspondiente a la estación. En caso de que la escarda fuera la regularmente practicada, las posibilidades que hemos deducido para las pequeñas explotaciones son admisibles en este otro tamaño de la actividad, siempre que se considere que la cantidad de trabajo que puede aplicarse a él, si quiere ser fuente para el incremento del producto, exigiría fuertes inversiones; lo que puede ser un propósito, a la vista de las cantidades solicitadas, y una frontera que se aleja, si se observa la cantidad que el pósito procura (ver más adelante).
La tercera posibilidad es la mixta, localizada en la franja de contacto entre las dos modalidades de explotación. En unos casos, aun tratándose de pequeñas parcelas (4 fanegas, por ejemplo), se podrá aspirar al barbecho porque entre en la escala del pegujal; mientras que en otros, aun tratándose de parcelas de cierta entidad (24 fanegas, por ejemplo), que admitirían el recurso al barbecho, precisamente porque se trata de pegujales, no incluyen en su horizonte laboral más que la escarda.
De todo esto se deduce que la data de primavera del pósito, conocida de muchas maneras, consistía, en los términos más generales, en la concesión de créditos en grano para acometer, quienes los necesitaran, el final de la producción de los cereales, marcado por las actividades comprendidas entre la escarda y la recolección, y que incluyen, en su caso, las faenas de barbecho. Son actividades que ocasionan un alto gasto en personal. Se fuera a contratar mucha o poca mano de obra para estos trabajos, una parte de quienes habían emprendido el cultivo aprovechaban para ampliar su crédito en especie de la campaña en caso de que lo necesitaran. Esta deducción permite excluir, con bastante probabilidad de acierto, la posibilidad de que una parte del grano de primavera fuera destinado a la resiembra. Los préstamos en grano de la primavera están destinados, si no de manera exclusiva sí con absoluta preferencia, a pagar gastos de personal, así como los de la data de sementera se invierten como materia prima. La data de barbechera es para mantener a quienes trabajan en ella. En la medida en que el pegujal pueda utilizarse como medio de pago del trabajo fijo, posibilidad restringida pero real, todo el préstamo del pósito, tanto el de otoño como el de primavera, estaría en el fondo destinado a sufragar los gastos de trabajo
En consonancia con la amplia gama de aplicaciones del préstamo de primavera, durante el periodo 1743-1765 se comprueba que la firma de las escrituras de obligación de barbechera ha podido dilatarse durante el periodo comprendido entre enero y junio, y solo algunos años quedar restringida a periodos delimitados por el transcurso de la primavera.
El volumen de los préstamos de barbechera se analiza en los cuadros siguientes, que sintetizan, con el mismo lenguaje que se utiliza en los cuadros que corresponden a la sementera, los datos que lo permiten. Para la data de barbechera de 1781 fueron presentadas 20 solicitudes de la serie A, 651 de la B.
Cantidades de trigo solicitadas para la escarda y barbechera de 1781:
|
Clase de préstamo (en fanegas) [a] |
Número de préstamos [b] |
Volumen de los préstamos [a·b] |
Valor relativo de los préstamos (en %) [% b] |
Valor relativo de las cantidades (en %) [% a·b ] |
|
1 |
1 |
1 |
3 |
0,3 |
|
2 |
8 |
16 |
22 |
5 |
|
3 |
5 |
15 |
14 |
4 |
|
4 |
6 |
24 |
17 |
6,7 |
|
5 |
3 |
15 |
8 |
4 |
|
6 |
5 |
30 |
14 |
8 |
|
8 |
2 |
16 |
5 |
5 |
|
12 |
1 |
12 |
3 |
3 |
|
25 |
1 |
25 |
3 |
7 |
|
34 |
1 |
34 |
3 |
9 |
|
50 |
1 |
50 |
3 |
14 |
|
60 |
2 |
120 |
5 |
34 |
|
Totales |
36 |
358 |
Cantidades de trigo concedidas en la data de escarda y barbechera de 1781:
|
Clase de préstamo (en fanegas) [a] |
Número de préstamos [b] |
Volumen de los préstamos [a·b] |
Valor relativo de los préstamos (en %) [% b] |
Valor relativo de las cantidades (en %) [% a·b] |
|
1 |
4 |
4 |
11 |
3 |
|
2 |
21 |
42 |
58 |
32 |
|
3 |
4 |
12 |
11 |
9 |
|
4 |
1 |
4 |
3 |
3 |
|
6 |
1 |
6 |
3 |
5 |
|
8 |
1 |
8 |
3 |
6 |
|
10 |
1 |
10 |
3 |
8 |
|
12 |
2 |
24 |
5 |
19 |
|
20 |
1 |
20 |
3 |
15 |
|
Total |
36 |
130 |
Relación entre superficie sembrada y cantidad solicitada:
|
Cantidad solicitada por unidad de superficie sembrada |
Número de casos |
Valores acumulados |
|
Solicitaron entre 0,33 y 0,5 fanegas por fanega |
4 |
|
|
0,66 |
8 |
|
|
Entre 0,75 y 0,8 |
3 |
15 |
|
1 |
7 |
|
|
Entre 1,25 y 1,5 |
5 |
|
|
1,66 |
1 |
|
|
2 |
3 |
9 |
Relación entre cantidad solicitada y cantidad recibida:
|
Cantidad recibida |
Número de casos |
|
Recibieron entre el 16,6 y el 20 % |
4 |
|
El 25 % |
2 |
|
El 33,3 % |
3 |
|
Entre el 37,5 y el 40 |
3 |
|
El 50 % |
8 |
|
El 60 |
1 |
|
El 66,6 |
6 |
|
El 80 |
1 |
|
El 100 % |
8 |
Para casi la totalidad de los casos de la serie B de la data de barbechera de 1781 se describe el tipo de empresa que sostiene el solicitante. La precisión de la referencia a esta característica es tanta que se puede afirmar que, cuando no consta, no es del tipo generalmente mencionado, como de la superficie declarada o de la cantidad de grano solicitado se puede deducir.
Las treinta empresas que se denominan por su tipo son pegujales, de los cuales uno se combina con un haza, para componer una explotación de una extensión total de 24 fanegas, mientras que los otros veintinueve son puros. Las condiciones en las que están constituidas estas empresas que necesitan crédito en primavera se define de manera sumaria, a la vez que precisa, indicando que están en un cortijo, del que se menciona bien el nombre de su amo bien su topónimo, generalmente conocido. Así ocurre en veintitrés de los veintinueve casos. En los otros seis o la expresión es de una ambigüedad tan consentida que con facilidad se pueden atribuir al caso general, o extraordinariamente se trata de una suerte.
Las superficies sobre las que están organizados estos veintinueve pegujales están resumidas en este cuadro:
|
Superficie (en fanegas) |
Frecuencia |
|
2 |
6 |
|
3 |
6 |
|
4 |
6 |
|
5 |
2 |
|
6 |
6 |
|
8 |
1 |
|
10 |
2 |
De aquí se deduce un pegujal tipo, de los demandantes del trigo del pósito en primavera, de algo más de 4 fanegas de superficie (128 fanegas / 29 pegujales).
Comparación sementera/barbechera
Analizada cada secuencia continua de escrituras de obligación, se llega a la conclusión, para el periodo 1743-1746, que el alcance cuantitativo de cada una de las datas conocidas fue el que resume el siguiente cuadro:
|
Data |
Número de créditos [a] |
Trigo prestado (en fanegas) [b] |
Préstamos tipo (en fanegas) [b/a] |
|
1743, barbechera |
16 |
146 |
9,125 |
|
1743, sementera |
40 |
510 |
12,75 |
|
1744, barbechera |
10 |
92 |
9,2 |
|
1744, sementera |
73 |
700 |
9,589 |
|
1745, barbechera |
28 |
286 |
10,214 |
|
1745, sementera |
118 |
1.044 |
8,847 |
|
1746, barbechera |
63 |
455 |
7,222 |
Si, de un lado, acumulamos todas las sementeras y de otro todas las barbecheras, obtenemos los valores síntesis:
|
Data |
Número de créditos [a] |
Trigo prestado (en fanegas) [b] |
Préstamos tipo (en fanegas) [b/a] |
|
Sementeras, 3 |
231 |
2.254 |
9,757 |
|
Barbecheras, 4 |
117 |
979 |
8,367 |
Afirmar que una modalidad de data estimula más el crédito que otra no sería correcto. Aunque es cierto que la data de sementera exige más concesiones y que el volumen tipo del crédito concedido es más alto en las mismas circunstancias, los préstamos tipo, porque oscilan ente más de 12 fanegas y algo más de 7, no parecen depender tanto de la época del ciclo cuanto de la cantidad de grano disponible en el pósito. Pero sí es una medida directa de la diferencia entre ambos momentos que el número medio de préstamos por data sea de 77 cuando se trata de sementeras, mientras que solo se conceden 29,25 por término medio cuando se trata de la barbechera. Como estos modestos valores son compatibles con altos préstamos tipo (entre 7 y 12 fanegas), habrá que reconocer que en el tiempo al que precisamente nos referimos, por comparación con lo que en otros periodos ocurre, la demanda de préstamos probablemente sea baja.
Un análisis del volumen de créditos según los años contables del pósito, en vez de segregar sementera de barbechera, tendría que asociarlas según ciclos, o años cosecha, como prefiere llamarlos la historiografía especializada. Si aplicamos este criterio, con la serie de la que disponemos, podemos componer tres ciclos completos (sementera + barbechera), que nos permiten observar el volumen total de los préstamos del pósito por año contable, según impone la economía del cereal, así como su incremento a lo largo del periodo analizable:
|
Ciclo |
Número de créditos [a] |
Trigo prestado (en fanegas) [b] |
Préstamos tipo (en fanegas) [b/a] |
|
1743-1744 |
50 |
602 |
12,04 |
|
1744-1745 |
101 |
986 |
9,762 |
|
1745-1746 |
181 |
1.499 |
8,281 |
Observando de esta forma el comportamiento del pósito, se deducen principios bastante claros. Expande el pósito su mercado concediendo un mayor número de créditos, aunque el volumen de trigo arriesgado no se incremente en la misma proporción. El resultado es una progresiva disminución del tamaño del crédito, lo que equivale a decir del pegujal, la empresa cuya viabilidad depende en el mayor grado del trigo del pósito.
El crecimiento de la demanda del crédito público de granos, porque es al mismo tiempo incremento de los pegujales, puede parecer indicio del estancamiento de la agricultura de los cereales que invierte en la producción para el mercado. Como la posibilidad de ingresar por venta es modesta, el aprovechamiento del espacio se rentabiliza cuanto es posible por cesión, y así se permite que al grano se acceda más por autoabastecimiento.
Pero, si la proporción del pegujal que es forma de pago del trabajo conociera un incremento mayor que el resto de los pegujales, podría esta modalidad ser declarada responsable de la presión sobre la demanda del crédito en grano. La empresa para la producción comercial del grano, habitualmente llamada labor, porque ve posibilidades para su producto y en consecuencia aumenta el espacio cultivado, demanda mayor cantidad de mano de obra, cuyo costo en parte descarga sobre la superficie que domina.
De 1759-1760 en apariencia tenemos el ciclo íntegro, sementera y barbechera, pero nuestra información sobre el tamaño de los préstamos no es comparable con otras. El de sementera, que incluye 75 escrituras y un total de 877 fanegas concedidas, solo registra los créditos por debajo de las 20 fanegas (serie B). Pero las escrituras de la data de barbechera, que mezcla los créditos de la serie A con los de la serie B, acumula 140 préstamos y un volumen cedido de 4.204,5 fanegas. De 1763 solo disponemos de información sobre los créditos de la data de sementera (312 préstamos por un total de 2.854,5 fanegas), mientras que de 1765 solo conocemos los de la data de barbechera (127 préstamos para 965 fanegas), ambas de serie B.
Para el periodo 1781-1799, aparte las datas que son analizadas como tipo (sementera de 1780 y barbechera de 1781), el número de memoriales presentados a cada una fue el que registra el cuadro:
|
Data |
De la serie A |
De la serie B |
De las dos series |
|
Sementera 1781 |
116 |
919 |
– |
|
Escarda 1782 |
9 |
60 |
– |
|
Sementera 1783 |
87 |
287 |
– |
|
Sementera 1784 |
127 |
829 |
– |
|
Sementera 1786 |
82 |
635 |
– |
|
Escarda 1787 |
12 |
26 |
– |
|
Sementera 1787 |
41 |
761 |
– |
|
Escarda 1788 |
22 |
246 |
– |
|
Sementera 1788 |
100 |
967 |
– |
|
Sementera 1796 |
63 |
840 |
– |
|
Escarda 1797 |
– |
– |
173 |
|
Sementera 1797 |
– |
– |
879 |
|
Escarda 1798 |
– |
– |
264 |
|
Sementera 1798 |
– |
– |
654 |
|
Escarda 1799 |
– |
– |
84 |
|
Sementera 1799 |
– |
– |
393 |
Separadas las dos fases de préstamo, se obtienen las dos versiones de la misma tabla.
Para las sementeras:
|
Años |
A |
B |
A+B |
|
1781 |
116 |
919 |
– |
|
1783 |
87 |
287 |
– |
|
1784 |
127 |
829 |
– |
|
1786 |
82 |
635 |
– |
|
1787 |
41 |
761 |
– |
|
1788 |
100 |
967 |
– |
|
1796 |
63 |
840 |
– |
|
1797 |
– |
– |
879 |
|
1798 |
– |
– |
654 |
|
1799 |
– |
– |
393 |
|
Totales |
616 |
5.238 |
1.926 |
Para las escardas:
|
Años |
A |
B |
A+B |
|
1782 |
9 |
60 |
– |
|
1787 |
12 |
26 |
– |
|
1788 |
22 |
246 |
– |
|
1797 |
– |
– |
173 |
|
1798 |
– |
– |
264 |
|
1799 |
– |
– |
84 |
|
Totales |
43 |
332 |
521 |
Lo que hace un total de 7.780 memoriales de sementera y 896 de escarda, y que ambas series sumen 8.676 memoriales.
Que el demandante más frecuente de los créditos fuera pegujalero, y que esta empresa no cuente, por la condición que la origina, con una duración superior al ciclo biológico, explica que la proporción de los préstamos de primavera sea muy inferior a los de otoño, e incluso, salvo pérdida de documentos, que, así como la data se sementera sea inexcusable, la de escarda puede no ser imprescindible. Los préstamos de primavera apenas son la décima parte de todos los préstamos conocidos a través de los memoriales.
Pensando en la empresas que pueden continuar de un año para otro, que son de mayor tamaño y tienen por tanto más gastos de personal a partir de la primavera, habría que aceptar, dado tanto desequilibrio entre una y otra data, que el endeudamiento para adquirir la materia prima es más irrenunciable que el que obligaría a sufragar los gastos de personal de la segunda mitad del ciclo. El precio del crédito de sementera, relativamente barato, la certeza de que es una inversión productiva directa o que los gastos de la segunda parte del ciclo pueden ser inmediatamente absorbidos por el producto, pueden ser factores que retraigan del endeudamiento en la fase final del proceso. Asimismo, se podría considerar la posibilidad de que el ahorro de grano fuera con preferencia invertido en gastos de personal, del mismo modo que por encima de todo es guardado para la alimentación doméstica.
También pueden ser razones que retraigan del segundo préstamo en grano de la campaña el fondo del que disponga el pósito y la marcha de cada empresa. Si el pósito, en el transcurso del ciclo, va consumiendo sus fondos, la oferta que haga en primavera siempre será más restringida que la anterior. Los datos que hemos podido analizar indican, sin embargo, que la demanda de los créditos se retrae antes que su oferta. Y, en el caso de que fuera la evolución de las empresas durante el año la que recomendara renunciar a mayores compromisos de crédito, tendríamos que suponer que para la mayoría las cosas habrían de marchar mal, lo que no puede ser admitido como principio activo todos los años.
Repartimiento de sementera
Publicado: octubre 1, 2025 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
La actividad regular de los pósitos la decide el alcance de sus préstamos, que pueden analizarse a través de los repartimientos o datas. Para analizar los de trigo recurrimos a los dos tipos de documento que nos han demostrado mayor capacidad de informarnos sobre ellos, los memoriales y las escrituras de obligación. Memorial, en los pósitos, se llamaba durante el siglo XVIII a las instancias con las que los demandantes de crédito formalizaban su solicitud. Escritura de obligación era el siguiente en el procedimiento. Por ella, el demandante de cada crédito, al que finalmente se le había concedido al menos una parte de lo que había solicitado, reconocía, con el aval de sus fiadores, su deuda.
En el pósito al que nos hemos atenido la serie completa de los memoriales abarca el periodo 1775-1824. Suma un total de 11.222 documentos. Sabiendo por otras series que la vida de la institución se prolongaba, de manera ininterrumpida, al menos entre 1765 y principios del siglo XIX, aun siendo enorme el tamaño del universo, podíamos tener la certeza de que los memoriales solo se conservaban para algunos de esos años, a pesar de lo cual no podíamos abarcarlos todos. Decidimos explotarlos por muestreo. Nos pareció que una muestra del 5 %, que daba un tamaño de 561 casos, proporcionaba un universo suficiente para ensayar deducciones con criterio estadístico.
Los memoriales se presentaban para cada una de las datas o repartimientos, los nombres con los que la gestión de estas entidades identificaba cada uno de los periodos de cada año durante los que admitían y atendían las solicitudes de crédito. Se ordenaban en dos series independientes, la que decidimos llamar serie A, identificable por su numeración correlativa corta, y la serie B, que se formaba siguiendo una numeración larga. Tal como prescribía la norma, la que habíamos llamado serie A se podía además separar con seguridad a partir de la magnitud de las cantidades de grano solicitadas. Era la colección de las demandas de grandes cantidades, mientras que la B recopilaba las peticiones de poco grano.
Para cada data tomamos el primer y el último documento de sus respectivas series y todos los casos terminados en 0 cuya decena fuera par (números 20, 40, 60, etcétera de cada secuencia). En caso de que faltaran o fueran ilegibles los documentos seleccionados, recurrimos a los anteriores o posteriores alternativamente. Aplicando estos criterios, resultó una muestra final de 626 casos, lo que suponía un valor relativo de 5,56 %, ligeramente superior al que inicialmente nos habíamos propuesto, al tiempo que útil para hacer frente a cualquier imprevisto. Para esta ocasión nos ha parecido conveniente detener el análisis en los memoriales de 1799, entre otras razones porque después de esa fecha solo están disponibles los de 1823 y 1824. No obstante, en caso necesario, no se prescinde de la información que estos últimos puedan proporcionar.
De cada instancia tomamos los siguientes datos: un número de orden atribuido por nosotros, la fecha del documento, el número de la instancia en su serie, nombre y apellidos del solicitante, residencia en calidad de vecino, domicilio, fin para el que se solicitaba el préstamo, cantidad y tipo de grano solicitado, la cantidad de grano concedida, que ya se anotaba en la solicitud, el nombre del fiador, otros datos relativos a la fianza y cualquier observación de interés no prevista. Además, la calidad descriptiva del fin para el que se solicitaba el préstamo permitía conocer para buen número de casos, aparte su argumento, la superficie cultivada por el solicitante, el tipo de explotación o empresa, bajo qué régimen accedía a la tierra, quién era su propietario y dónde estaba. De nuevo el tipo diplomático que se denomina a sí mismo memorial se muestra como uno de los más fecundos de los depósitos municipales.
Para analizar con el mayor detalle las características de las datas, para esta ocasión hemos analizado los memoriales de las más próximas a mediados de siglo que permite la colección. La primera de sementera es la de 1780 y la de 1781 es la primera de escarda y barbechera. La muestra extraída para la de sementera de 1780 suma 80 casos (5,15 %), mientras que la muestra de la barbechera de 1781 alcanza los 36 casos (5,4 %). Así como la primera ha sido la base para deducir las características generales de las demandas de crédito, de la data de barbechera hemos retenido solo la parte del análisis que permite conocer rasgos peculiares de esta segunda fase de los préstamos de cada ciclo.
En el pósito de referencia se conservaban dos colecciones de escrituras de obligación con interés para el periodo por el que se interesa este texto. La primera, con forma de expedientes, reunía documentos del periodo 1743-1765, mientras que la segunda, encuadernada en 27 libros, comprendía los años entre 1765 y 1816. Decidimos explotarlas todas, aunque tomando solo su parte cuantitativa. Como los memoriales nos permitían conocer con mucho detalle las circunstancias de cada crédito, ahora se trataba de reunir la secuencia más completa del tamaño de la actividad del pósito. Las escrituras de obligación eran las únicas que permitían averiguar el volumen total de los créditos de cada año.
Para completar la parte analítica de este texto, hemos decidido estudiar por partes solo la colección de escrituras más antigua. La formaban cinco expedientes o cuadernos, que al principio también a sí mismos se llamaban libros, con desigual contenido cronológico. De un lado, los tres primeros contenían escrituras firmadas entre los años 1743 y 1746; los otros dos, aunque comprendían los años de 1759 a 1765, tenían escrituras de 1759 y 1760 y otras de 1763-1765. Todas las del periodo 1743-1746 comprometían créditos de la serie B, los inferiores a 20 fanegas. Afortunadamente se trataba de una serie continua, aunque corta, muy útil para analizar la actividad regular del pósito, tras su refundación, durante la primera mitad del siglo XVIII. De las escrituras de 1759-1760, 1763 y 1765, de muy limitado valor por su discontinuidad, solo algunas de sus menciones pueden tener interés. El análisis de las escrituras de obligación a partir de 1765 sobrepasa lo que en este momento necesitamos.
Tratar con la información del pósito permite por tanto, a través de la serie B, la observación directa de las empresas menores dedicadas a la explotación del cultivo de los cereales.
Según la ley, podía haber hasta tres repartimientos, el de sementera, el de barbechera y escarda y el de recolección de frutos. En el pósito de referencia solo se documentan los dos que los memoriales prueban con insistencia, porque efectivamente se presentaban solo en dos ocasiones cada año como máximo. Respectivamente son conocidos como data de sementera y data de barbechera. Hasta donde la muestra de los memoriales permite observar el fenómeno, se puede afirmar categóricamente que al pósito el único grano que se le pide es trigo y el pósito el único grano que presta es trigo.
Los préstamos en grano de los pósitos eran solicitados sobre todo para la sementera. La licencia para el repartimiento de sementera, que la concede la autoridad regional a cada población, limita la cantidad de trigo que del fondo del pósito puede repartirse. Normalmente la fracción oscila entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorada. Los solicitantes, dentro del plazo marcado por su autoridad municipal, presentan declaración de la superficie que tienen prevista para la sementera, dónde está y el trigo que necesitan, y hacen constar el nombre de sus fiadores.
Para quienes aspiraban a este crédito, la administración del municipio habilitaba solo un día, o a lo sumo dos, normalmente de la primera mitad del mes de noviembre, para que presentaran su solicitud. Excepcionalmente los retrasan a primeros de diciembre o señalan determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Para estos casos, la explicación probable es el retraso de las lluvias de otoño, aunque también podría atribuirse a que la entidad se demorara en la reposición de su depósito de grano.
Para 11 años de finales del siglo XVIII, habitualmente la fecha para admitir las solicitudes del reparto de sementera osciló entre el 4 y el 17 de noviembre (nueve de los once casos). Solo en uno se pospuso a diciembre, habilitando fechas a principios y a finales del mes, y en otro el periodo se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete fechas (cinco de ellas en noviembre).
La norma no admitía como aspirantes a préstamo a quienes tuvieran trigo bastante para mantener a su familia y para sembrar sus barbechos. Cualquier privilegiado inicialmente tampoco puede aspirar a ellos, salvo que expresamente se someta a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Asimismo, quedan al margen del derecho a postularse quienes deban todo lo que anteriormente hubieran recibido, aunque los deudores parciales pueden recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se endeudaron, y quienes tienen algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, con quienes se procede de manera similar.
La lectura de los memoriales nos sugirió la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no pudimos reunir ningún testimonio que permitiera sospechar su presencia en algún caso. Dedujimos también la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Porque en este caso sí disponíamos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No exploramos más la posibilidad porque no tenía más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no era relevante.
La autoridad municipal, asistida por labradores prácticos e inteligentes de la población, hace el reparto, cumplido el plazo de presentación de las solicitudes. A cada cual se le concede según la tierra preparada y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se haya podido repartir.
Para un tercio de los casos no se menciona tipo de explotación en el que tienen previstas las tierras para las que se solicita el crédito en grano, pero para los otros dos tercios se mencionan cuatro: cortijo, haza, suerte y pegujal. El cortijo se identifica en el 85 % de los casos en los que consta la mención, la suerte en el 9, el haza en el 4 y el pegujal en el 2. Excepcionalmente se menciona también un manchón como parte de un cortijo. El pegujal, que en realidad es una modalidad de explotación, no es incompatible con el cortijo, la unidad de producción tipo. Se menciona como el pegujal que se tiene en un cortijo, con lo que la lectura correcta, dada la extensión dominante, debe ser la inversa: es probable que al menos unas tres cuartas partes de las solicitudes estén destinadas a la siembra de un pegujal organizado en las tierras de un cortijo.
Las superficies que dicen tener preparadas para sembrar los solicitantes de la data de otoño de 1780 así lo demuestran. Se sintetizan, en valores relativos, en la siguiente tabla.
|
Tamaños (en fanegas) |
Frecuencia (en %) |
Frecuencias acumuladas |
|
De 2 a 5 |
38 |
|
|
De 6 a 10 |
35 |
73 |
|
De 11 a 15 |
11 |
84 |
|
De 16 a 20 |
5 |
16 / 89 |
|
De 30 a 100 |
8 |
|
|
Más de 100 |
3 |
Al fin al que pretenden destinar el grano solicitado para la sementera de 1780 los demandantes prefieren referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en un sentido traslaticio que aún conserva. También hablan de hacer la sementera, sembrar su sementera, sembrar, sembrar de trigo o cubrir. De la misma manera, en los demás memoriales prefieren emplear de manera resumida, y en una proporción abrumadora, el verbo empanar. Solo en algún caso lo sustituyen por sembrar, por el sustantivo sementera o por la expresión empanar la sementera. En dos ocasiones los memoriales fueron excepcionalmente explícitos: en un caso el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otro para concluir la sementera.
Desde el principio podíamos sospechar que no todos los solicitantes dependerían del trigo del pósito por completo, si querían hacer una sementera a su satisfacción. La extraordinaria frecuencia de estas menciones (solo dos casos, entre 626), en reciprocidad, autoriza pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito podrían ser la parte más descapitalizada de materia prima de la economía de los cereales.
Hay tres mujeres solicitantes, frente a 77 hombres. De los varones no se especifica el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos se dice que son viudas. Para 75 de los solicitantes no consta la profesión, y de los dos casos colectivos sabemos que se trata de aperadores y temporiles de cortijos, que actúan mancomunadamente. Se mencionan además dos presbíteros y el maestro de molino de pan de cierto amo. La residencia de los solicitantes es la ciudad, aunque hay una excepción, tan irrelevante que tomarla en consideración deformaría inútilmente el análisis. Con frecuencia, los demandantes de la serie A no mencionan su domicilio.
En los otros memoriales, a la identificación del solicitante no suelen acompañar palabras que permitan completar la idea que de ellos pudiéramos hacernos. Apenas se enuncia el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecen a lo sumo acompaña su condición de soltera o viuda. Tienen interés, no obstante, tres identificaciones más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado.
Para la data de sementera de 1780 fueron presentadas 80 solicitudes de la serie A y 1.472 de la serie B. En todos los casos el trigo que se solicita para la sementera de 1780 se corresponde con la superficie preparada, pero no siempre el cálculo del que se necesita se hace en paridad. Al contrario, lo más frecuente es solicitar por encima de la cantidad de superficie preparada. Esto permite deducir que los clientes del pósito proyectaban dos tipos de inversión de simiente por unidad de superficie. En el siguiente cuadro quedan resumidos en términos relativos.
|
Inversión en simiente |
% |
|
Por debajo de la paridad |
3 |
|
En paridad |
6 |
|
1,1 fanegas / fanega |
3 |
|
1,2 |
6 |
|
1,25 |
13 |
|
1,33 |
13 |
|
1,4 |
3 |
|
1,5 |
31 |
|
1,66 |
11 |
|
1,8 |
1 |
|
2 |
8 |
|
2,1 |
1 |
|
2,5 |
1 |
La cantidad de simiente invertida por unidad de superficie, en la explicación habitual, parece consecuencia directa de la calidad del suelo. Los suelos más aptos serían susceptibles de una mayor inversión porque tendrían que responder con una mayor cantidad de producto. Sin que pueda impugnarse este principio con estos datos –y puede esperarse que en parte las oscilaciones de los tipos planeados respondan a una gama quizás amplia de calidades del suelo–, la frecuencia con que la inversión se sitúa por encima de la paridad, que rebasa las 9/10 partes, permite deducir otro factor agente de una decisión de tanta trascendencia como es la que afecta a las cantidades invertidas como materia prima en cada empresa. Cuando se trata de pequeñas cantidades de tierra, el límite de la productividad que imponga la tierra puede ser compensado con la cantidad de trabajo, agente directo de la mayor intensidad. Se desea invertir cantidades relativamente altas porque se da por supuesta la disponibilidad de altas cantidades de trabajo.
También es posible que solo fuera una táctica. En la siguiente tabla se recoge toda la información que los memoriales dan sobre las cantidades por último prestadas por el pósito. La primera columna expresa la clase de préstamo concedido, reducida a su cantidad tipo; la segunda, el número de préstamos de cada tipo que se concedió; la tercera, el producto de la primera por la segunda, de modo que la suma expresa el volumen íntegro de los préstamos concedidos, dentro de los límites de la muestra; la cuarta, el valor relativo de cada clase de préstamo (valores relativos de la columna segunda, b); y la última, el valor relativo de cada cantidad prestada (valores relativos del producto a·b).
|
Clase de préstamo (en fanegas) [a] |
Número de préstamos [b] |
Volumen de los préstamos [a·b] |
Valor relativo de los préstamos (en %) [% b] |
Valor relativo de las cantidades prestadas (en %) [% a·b ] |
|
2 |
18 |
36 |
23 |
6 |
|
3 |
25 |
75 |
31 |
12 |
|
4 |
8 |
32 |
10 |
5 |
|
5 |
4 |
20 |
5 |
3 |
|
6 |
7 |
42 |
9 |
7 |
|
8 |
5 |
40 |
6 |
6 |
|
9 |
1 |
9 |
1 |
1 |
|
10 |
3 |
30 |
4 |
5 |
|
12 |
2 |
24 |
3 |
4 |
|
14 |
1 |
14 |
1 |
2 |
|
18 |
1 |
18 |
1 |
3 |
|
30 |
1 |
30 |
1 |
5 |
|
50 |
3 |
150 |
4 |
24 |
|
110 |
1 |
110 |
1 |
17 |
|
Totales |
80 |
630 |
Las cantidades solicitadas pueden tratarse con el mismo criterio. A continuación se resume, también en forma de tabla, toda la información sobre las cantidades que los demandantes de préstamo inscribieron en sus memoriales como expresión de sus deseos. La primera columna es, también en esta ocasión, para los tipos de préstamo a los que aspiraba; la segunda, para su correspondiente frecuencia; la tercera, para la cantidad que por cada tipo se acumularía (producto de la primera por la segunda columna); la cuarta, para los valores relativos de las frecuencias de los tipos; y la última, para el valor relativo de las cantidades que el pósito hubiera tenido que desembolsar por tipo.
|
Clase de préstamo solicitado (en fanegas) [a] |
Número de préstamos solicitados [b] |
Volumen de los préstamos demandados [a·b] |
Valor relativo de los préstamos solicitados (en %) [% b] |
Valor relativo de las cantidades demandadas (en %) [% a·b] |
|
2 |
1 |
2 |
1 |
0,12 |
|
3 |
2 |
6 |
3 |
0,36 |
|
4 |
4 |
16 |
5 |
0,97 |
|
5 |
3 |
15 |
4 |
0,91 |
|
6 |
15 |
90 |
19 |
5,44 |
|
8 |
9 |
72 |
11 |
4,35 |
|
9 |
1 |
9 |
1 |
0,54 |
|
10 |
11 |
110 |
14 |
6,65 |
|
12 |
9 |
108 |
11 |
6,53 |
|
14 |
1 |
14 |
1 |
0,85 |
|
15 |
4 |
60 |
5 |
3,63 |
|
16 |
2 |
32 |
3 |
1,93 |
|
17 |
1 |
17 |
1 |
1,03 |
|
20 |
5 |
100 |
6 |
6,05 |
|
24 |
2 |
48 |
3 |
2,90 |
|
30 |
2 |
60 |
3 |
3,63 |
|
45 |
1 |
45 |
1 |
2,72 |
|
50 |
1 |
50 |
1 |
3,02 |
|
60 |
2 |
120 |
3 |
7,25 |
|
80 |
1 |
80 |
1 |
4,84 |
|
100 |
1 |
100 |
1 |
6,05 |
|
200 |
1 |
200 |
1 |
12,09 |
|
300 |
1 |
300 |
1 |
18,14 |
|
Totales |
80 |
1.654 |
Podríamos detenernos en el análisis de las diferencias entre este cuadro y el que le precede. Pero creemos que es suficiente un dato que las aísla, a la vez que las resume. Mientras que los peticionarios aspiraban a 1.654 fanegas de trigo, el pósito solo les concedió 630, poco más de la tercera parte de los deseos. Hubo de ser recurso del procedimiento, cuando se solicitaba crédito, una táctica que cualquiera está dispuesto a admitir como justificada, pedir por encima de lo que realmente se necesitara.
Es posible que así fuera, e incluso que la institución de crédito dispusiera de información sobre quienes, aun disponiendo de fondos propios, recurrían a ella, y en qué medida; o, con mucha probabilidad también, sobre el crédito que merecían las solvencias comprobadas, tanto del solicitante como de su valedor. Nada de esto queda a nuestro alcance, porque los memoriales no llegan tan lejos. Pero sí permiten averiguar que el pósito discrimina sin equidad. No limita el crédito de manera homogénea, aunque hemos de admitir que a nadie lo deniega absolutamente, al menos dentro de los límites de la muestra.
El siguiente cuadro describe la distancia entre las cantidades pedidas y las concedidas. La primera columna se refiere a la proporción de la cantidad solicitada que fue correspondida y la segunda a la cantidad de casos que fueron atendidos con cada clase de respuesta. La tercera reduce los valores de la segunda a base 100.
|
Proporción correspondida |
Casos atendidos |
Valor relativo de los casos (%) |
|
Recibieron más del 10 % y menos del 20 % |
6 |
7,5 |
|
El 20 % de lo solicitado |
7 |
9 |
|
El 25 % |
8 |
10 |
|
Entre el 30 y el 39 % |
13 |
16 |
|
Entre el 40 y el 49 % |
10 |
12,5 |
|
El 50 % |
18 |
22,5 |
|
Entre el 55 y el 66 % |
5 |
6 |
|
El 66,6 % |
7 |
9 |
|
Entre el 75 y el 84 % |
3 |
4 |
|
El 100 % |
1 |
1 |
|
Entre el 120 y el 125 % |
2 |
2,5 |
Nadie podría recriminarle al pósito que tuviera sus criterios para discriminar, menos aún si estaba aconsejado por la prudencia, que en las instituciones de crédito es la garantía de su estabilidad. A lo sumo se le podrá objetar tenerla localizada in media res. Es cierto que la equidistancia no garantiza la mayor verdad, aunque sí ganar la posición más segura.
Sí podría ser sometido a juicio en materia de rendimientos. Si un solicitante al pósito no dispusiera de reserva de grano, ni más medio de financiación en especie que este, toda su inversión dependería del crédito que se le concediera. No hay que desautorizarlo porque prefiriera suponer lo contrario, muy probablemente de manera justificada. Pero de su parte no hubo esfuerzo para permitir que los rendimientos se acrecentaran entre todos, porque también actuó con parcialidad cuando se trató de atender la demanda. El pósito disponía de información sobre la cantidad de superficie que cada solicitante había preparado. Esto sí que lo sabemos con seguridad porque consta en los memoriales.
El siguiente cuadro demuestra que para la mayor parte de los casos su posición de partida estuvo en la limitación activa de los rendimientos de las explotaciones de poca superficie. Registra en qué medida fue colmada con grano del pósito la superficie preparada para la sementera. La columna de entrada expresa, en valores proporcionales, cuántas fanegas pudieron sembrarse por fanega de superficie con la cantidad de grano prestado por el pósito. La segunda refiere el número de casos incursos en cada uno de los tipos previstos en la columna anterior, y la tercera, como es ya norma, reproduce los valores de la segunda en términos relativos, con la intención de generalizar lo que esta experiencia enseña.
|
Trigo del pósito sembrado por unidad de superficie |
Número de casos |
Valor relativo de los casos (%) |
|
Sembraron entre 0,14 y 0,18 fanegas de trigo del pósito por fanega |
3 |
4 |
|
Entre 0,20 y 0,26 |
5 |
6 |
|
Entre 0,33 y 0,375 |
11 |
14 |
|
Entre 0,40 y 0,45 |
2 |
2,5 |
|
0,50 |
15 |
19 |
|
Entre 0,54 y 0,64 |
8 |
10 |
|
0,66 |
10 |
13 |
|
0,75 |
9 |
12 |
|
Entre 0,77 y 0,80 |
4 |
5 |
|
1 |
6 |
8 |
|
1,25 |
2 |
2,5 |
|
1,5 |
2 |
2,5 |
|
1,66 |
1 |
1,5 |
Para valorar el alcance de estas decisiones basta comparar estos datos con los que recoge el cuadro sobre la inversión proyectada por los peticionarios. Si los solicitantes se resignaron a sembrar menos superficie de la que habían preparado, el tamaño real de las pequeñas empresas el pósito, por inducción, con sus créditos lo reduciría. Conocido que el pósito actuaría con restricciones, es posible que la táctica de los demandantes de créditos por debajo de veinte fanegas fuese declarar más superficie de la que realmente tenían preparada. Aun aceptando que la reducción fuera proporcional a las superficies declaradas (aunque, como hemos demostrado, en absoluto no es así), el efecto sería el mismo: reducción del tamaño tipo de la empresa organizada como pegujal que depende del crédito del pósito.
Una vez concedido, para formalizar el préstamo, los prestatarios disponían de tiempo. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, las escrituras de obligación de sementera solían firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre de cada año, y solo excepcionalmente su firma se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Es probable que fuera al tiempo de formalizar la obligación cuando los solicitantes retirasen su trigo. En los pósitos hay medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Son de álamo, de nogal o de otra madera que no disminuya. Están barreteados con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que es redondo, lo está con sus chapas correspondientes. Con ellas se reparte y luego se ingresa trigo.
Composición de las rentas del trabajo. 2
Publicado: junio 14, 2025 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Evidentemente no son ni el hambre ni la despoblación los que necesariamente siguen a la composición y magnitud de la renta efectiva de la mayor parte de los trabajadores en los cereales. Si así hubiera sido, no hubiera prosperado durante generaciones en centenares de poblaciones. La iniciativa humana no es en modo alguno resignada. Las rentas suplementarias son también una parte del orden. Cuando declaran su actividad, los que estadísticamente luego son clasificados como jornaleros, se presentan a sí mismos, de la manera más expresiva, como activos a todo tráfico del campo. La renta que con mayor naturalidad se integra en el sistema, como si fuera una rama nacida del tronco, es la que proporciona el transporte. Ya sabemos que disponer de una bestia de labor es, de todos los que exige esta agricultura, el capital más asequible, mucho más si es de ganado menor. Ninguna inversión del excedente tan útil como esta, que se puede verificar razonablemente por pequeña que sea, mucho más imponiéndose una moderada privación. Un rucho se puede comprar con poco más de lo que valen un par de fanegas de trigo, y a evitar que su manutención sea un costo se puede aspirar con fundamento porque todas las poblaciones disponen de pastos públicos. Porque su aplicación al transporte de cereales tuvo que ser su dedicación inmediata, el orden del que se alimentaba esta agricultura cerraba con importantes límites económicos la exportación del cereal, mucho más efectivos que los dictados por el legislador. Pero no corresponde a este lugar continuar en esa dirección.
Los costos relativos del trabajo, como es previsible, se incrementan en razón inversa al tamaño de las explotaciones. Es la consecuencia que se puede esperar de un hecho que no admite modificación, que la unidad trabajador no sea fraccionable. Pero tampoco está en los propósitos de este ensayo fijar los diferentes costos del trabajo según tipo de iniciativa productora. Por el momento, de lo que se trata es de retener un modelo lo más preciso posible de los costos tipo que para cualquier empresa puede tener cada modalidad de trabajo, con el deseo de enunciarlos en la misma unidad métrica que el salario y poder, por tanto, medir con la mayor precisión su alcance económico.
Todo el tiempo de trabajo que acumulaba a lo largo de un año una fanega de tierra destinada al cultivo de los cereales, se ha estimado en solo 72 horas. Tan poco exigentes eran las técnicas aplicadas, tan generosa la naturaleza. Fragmentado el trabajo en unidades diarias, o tiempo mínimo de uso, de seis horas efectivas, en cada fanega sería necesario invertir 12 jornadas (72/6). Si reunimos las actividades que el cultivo requiere en tres series según duración y especialidad, resultaría la siguiente distribución parcial de las 12 jornadas. La gestión, que incluye gobierno y guarda y el cuidado de la ganadería de labor, necesarios durante todo el año para cada unidad de superficie, serían responsables de una cantidad de trabajo equivalente a 1,44 jornadas. Los trabajos de la parte del ciclo comprendida entre el otoño y la primavera, que son sementera, escarda y barbecho, consumen por unidad de superficie un tiempo casi igual, estimado en 1,56 jornadas. Por último, todos los trabajos de recolección (segar, agavillar y trillar) absorben las 9 jornadas restantes.
Para el de todo el año, la cantidad de trabajo que cada explotación demanda está en relación directa con el tamaño de la ganadería de labor que emplea. Este valor, a su vez, viene decidido por el número de arados reveceros que cada iniciativa pone en acción. Pero en el cálculo del tamaño idóneo de la cabaña de labor sus promotores afrontan con más o menos prudencia el problema de su tasa de reposición. Los más previsores, bien por quedar a cubierto de las epizootias bien porque están persuadidos de la continuidad de su empresa, acumulan y mantienen un mayor ahorro de capital ganadero vivo. El resultado es que necesitan disponer de una cantidad de ganaderos mayor, y por tanto incrementar su gasto en esta clase de trabajo. Otros, sean menos prudentes o se vean en la necesidad de sostener su empresa sobre cimientos más frágiles y menos duraderos, pueden salir al paso de la misma inversión con una cabaña menor, lo que también mantendrá su costo del trabajo correspondiente resignado a la moderación.
La documentación permite detectar estas dos tácticas como dos tamaños relativos de la plantilla que permanece trabajando para la explotación durante todo el año. Las vamos a llamar, sin abandonar las relativas posiciones, intensiva y extensiva. La primera se puede aislar con bastante precisión en el intervalo comprendido entre las 20 y las 25 fanegas de superficie puestas en explotación por cada trabajador de esta clase. La táctica extensiva, asimismo, queda definida con satisfactoria nitidez por los valores entre 30 y 35 fanegas por trabajador.
De la aplicación al cálculo de la cantidad de trabajo que demanda cada uno de estos dos comportamientos resultan, respectivamente, dos valores que expresan la cantidad de energía humana necesaria, expresada en unidades de trabajador, por cada fanega de superficie puesta en cultivo: 0,0444 para la modalidad intensiva y 0,0308 para la extensiva. Para el ensayo que en este momento deseamos puede bastar con el valor medio. Por cada fanega tipo puesta en cultivo sería necesario disponer de 0,0376 trabajadores de la clase que hay que mantener en activo durante todo el año.
Para las demás actividades el recorrido de los hechos que las fuentes permiten observar es mayor. Habiendo procedido de manera similar para su tratamiento, evitamos la descripción detallada de cada secuencia de cálculos, que está justificada por razones equiparables, y concentramos el texto en la presentación de los valores que son necesarios para llegar hasta la deducción de los costos unitarios.
El trabajo necesario para la sementera, en la que confluyen como factores inmediatos el tipo de ganado que se emplea y las condiciones físicas del suelo labrado, nuestras fuentes lo calculan entre 1,6667 hombres por fanega y día y 4. La mayor frecuencia de valores en torno a 2 (2,1505 y 2,3810) obliga a fijar el tipo para el cálculo en 2,5496.
La demanda para los barbechos, porque en ambas operan los mismos medios y las mismas condiciones, se valora en casi idénticos términos que la sementera, hasta el punto que buena parte de las explotaciones ni se detiene a separar el esfuerzo empleado en cada una. Como la profundidad de la reja es en alguna de las fases del barbecho mayor que en la sementera, los cálculos más detallados registran una demanda de trabajo algo más elevada para aquellas. El tipo que parece convenirles e 2,9138 hombres por unidad de superficie y día.
No es fácil fijar un valor para la demanda de trabajo de la escarda por las razones que ya han sido expuestas. Operando con sus elementos más regulares, que son los que nos han servido para atribuir un salario al peón que la hace (calificación y duración media de la faena), puede ser un índice orientador de su valor 0,5179 trabajadores por día y fanega.
Por el contrario, para conocer el trabajo que la siega consume la información disponible es la más abundante y la de mayor concordancia. La banda de valores que expresan el invertido en media docena de situaciones está comprendida entre 1,25 y 3,2258 hombres por fanega y día. El tamaño de la cosecha, que oscila con facilidad, sería responsable de las diferencias, mientras que la habitual coordinación de la capacidad productiva dentro de cada cuadrilla podría explicar que las diferencias entre los valores extremos no fuera tan acusada como en otras operaciones. Aunque el valor medio que los casos permiten calcular es 2,1684, los más próximos a la realidad del territorio que analizamos aconsejan preferir 2,8177 segador por fanega y día.
Las estimaciones del trabajo que se espera de los gavilleros durante la recolección de las que disponemos son demasiado groseras. Afirman, en términos que juzgamos simplificadores en exceso, que su rendimiento es la mitad que el de los segadores. Eso nos obligaría a multiplicar por dos el número de hombres que cada día trabajaran al recaudo de los cortadores del cereal de una fanega (5,6354). Tendríamos que aceptar una baja velocidad en la ejecución del trabajo. No contradiría este cálculo que fuera el ganado de labor, en una alta proporción vacuno, el habitualmente utilizado para el transporte que esta actividad incluye.
No faltan tampoco aproximaciones muy generales a la magnitud del trabajo combinado de los gavilleros y la gente de la era, aunque sus conclusiones son bastante más moderadas. Se describen explotaciones en las que por cada segador se calcula que son necesarios 1,1 hombres de era y gavilleros. La estimación concuerda moderadamente con la valoración que se hace del rendimiento de la trilla por otra parte. Es muy probable que la forma más común de ejecutarla fuera conducir a los ejemplares de equino de labor sobre la mies esparcida en la era, para que la pisaran reiteradamente, aunque la calidad del producto fuera inferior a la obtenida con el trillo o con el mayal, mucho menos probable. Por este procedimiento se conseguiría, según los cálculos que la fuente permite hacer, que cada hombre aplicado a trillar obtuviera al día un producto de 11,17 fanegas de capacidad. Este volumen puede aceptarse, con algo de optimismo, como el beneficio bruto proporcionado por cada fanega de superficie. Como la siega de cada una de estas consume el trabajo de 2,8177 hombres en la misma cantidad de tiempo, con una proporción como la indicada (1:1,1) estaríamos admitiendo que para gavillar y trabajar en la era son necesarios, en correspondencia, 3,0995. Si descontamos lo que el procedimiento de trilla consume, solo nos quedarían 2,0995 gavilleros. Habiendo aceptado que el trabajo de estos es lento, aunque no tanto como pretende la estimación más general (5,6354), un cálculo como el que antecede, probablemente más cerca de lo que ocurriera, ahora aparentemente sobrevaloraría el trabajo de los gavilleros.
Pero el procedimiento debemos retenerlo porque nuestras fuentes se muestran más sólidas cuando se refieren al trabajo conjunto de quienes arraciman y transportan los haces de mies y quienes le extraen el grano. Proporcionan para todo el trabajo datos que permiten evaluarlo dentro de una banda que por restringida resulta satisfactoria: entre 2,8571 hombres por unidad de superficie y día y 3,6364. El valor medio, 3,2468, nos permite concluir que para la trilla se emplea al día aproximadamente un hombre por unidad de superficie segada, y que este trabajo consume la actividad intermedia de 2,2468 gavilleros. No obstante, la decisión más acertada, para proceder a posteriores cálculos, creo que será, si los elementos del análisis lo permiten, el tipo conjunto (3,2468) antes que los separados.
Podemos experimentar ya con el cálculo de los costos del trabajo. En el siguiente cuadro, de las denominaciones del costo de cada día de trabajo, nos hemos limitado a verter a esta unidad de tiempo el primero que elaboramos, referido a las denominaciones salariales.
| Trabajador | Pegujal | Alimento | Dinero |
| Aperador o mayordomo | 15 fs / 280 ds | 1 / 30 fs | 4,25 rs |
| Casero o guarda | 15 fs / 365 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Zagal del guarda | – | 1 / 30 fs | 1,75 |
| Conocedor o mayoral | 15 fs / 280 ds | 1 / 30 fs | 3 |
| Boyero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Vaquero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Yegüerizo | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 3 |
| Guarda del ganado | 25 js / 365 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Zagal del guarda del g. | – | 1 / 30 fs | 1,75 |
| Borriquero o arriero | 25 js / 280 ds | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Gañán | 25 js / 160 ds | 1,5 / 30 fs | 2,625 |
| Sembrador | – | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Bracero o peón | – | 1 / 30 fs | 2,625 |
| Capataz | – | 1 / 27,6 fs | 5,25 |
| Segador | – | 1 / 27,6 fs | 5,25 |
| Gavillero | – | 1 / 27,6 fs | 2,625 |
| Gente de era | – | 1 / 27,6 fs | 2,625 |
Nada hay diferente de uno a otro, excepto las reducciones a que obliga el respeto a la unidad métrica común elegida. La decisión la justifica que el día es el tiempo mínimo para el que efectivamente se anudan relaciones laborales.
En el siguiente, del valor nominal y en unidades de salario de cada día de trabajo, hemos reproducido su correspondiente anterior, bien que ateniéndonos a la nueva unidad de tiempo.
| Trabajador | Pegujal | Alimento | Dinero | Total nominal | Total en unidades de salario |
| Aperador o mayordomo | 0,85714 | 0,53333 | 4,25 | 5,64047 | 0,02938 |
| Casero o guarda | 0,65753 | 0,53333 | 2,625 | 3,81586 | 0,01987 |
| Zagal del guarda | – | 0,53333 | 1,75 | 2,28333 | 0,01189 |
| Conocedor o mayoral | 0,85714 | 0,53333 | 3 | 4,39047 | 0,02287 |
| Boyero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Vaquero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Yegüerizo | 0,26786 | 0,53333 | 3 | 3,80119 | 0,01980 |
| Guarda del ganado | 0,17979 | 0,53333 | 2,625 | 3,33812 | 0,01739 |
| Zagal del guarda del g. | – | 0,53333 | 1,75 | 2,28333 | 0,01189 |
| Borriquero o arriero | 0,23438 | 0,53333 | 2,625 | 3,39271 | 0,01767 |
| Gañán | 0,41016 | 0,80000 | 2,625 | 3,83516 | 0,01997 |
| Sembrador | – | 0,53333 | 2,625 | 3,15833 | 0,01645 |
| Bracero o peón | – | 0,53333 | 2,625 | 3,15833 | 0,01645 |
| Capataz | – | 0,57971 | 5,25 | 5,82971 | 0,03036 |
| Segador | – | 0,57971 | 5,25 | 5,82971 | 0,03036 |
| Gavillero | – | 0,57971 | 2,625 | 3,20471 | 0,01669 |
| Gente de era | – | 0,57971 | 2,625 | 3,20471 | 0,01669 |
| 63,95156 | 0,33307 | ||||
| 3,76186 | 0,01959 |
Como en aquel, hemos decidido convertir todas las denominaciones en moneda de cuenta, primero, para por agregación expresar el valor íntegro de cada día de trabajo. Después, cada valor nominal del costo del trabajo lo hemos convertido en unidades de salario. Como para esta experiencia hemos tomado 12 fanegas de trigo como unidad de salario, su valor nominal (12·16 = 192 reales) nos ha permitido la operación.
Así como el ingreso anual amplía las diferencias entre las clases de trabajador, la percepción tipo diaria que cada uno puede conseguir las reduce a una secuencia muy corta; tan reducida que casi podemos afirmar que el desembolso diario en dinero se atiene universalmente a un valor muy próximo a 3 reales. Si al costo diario medio (3,76186) le deducimos los valores del alimento mínimo (0,53333) obtenemos una cifra muy próxima a aquella frontera (3,22853). Legitima la deducción, en relación con los hechos, que el alimento es un costo absorbido por el almacén de la explotación. En condiciones normales, procede de la reserva de grano de la cosecha del año precedente como mínimo. Es capital en forma de mercancía que con esta ocasión encuentra su oportunidad para la venta. Cada trabajador la compra pagándola con su trabajo, del mismo modo que adquiere especie monetaria a cambio de este. El peculio solo se distingue del alimento en que carga, al menos en la forma, sobre el producto presente y no sobre el pasado. Pero igualmente se adquiere comprando la mercancía con trabajo, que necesita de la mediación del capital fijo cuando toma la forma de pegujal. El costo del trabajo efectivamente desembolsado cada día sería por tanto una cantidad muy próxima a 3 reales por trabajador, liquidable en la moneda corriente.
Volvamos sobre el costo en tiempo que el cultivo de cada fanega tiene. Más arriba lo agrupábamos en tres bloques: el de gestión y ganadería, que consumiría un total de 1,44 jornadas; el de sementera, barbecho y escarda, a los que habría que dedicar 1,56, y el de recolección, que necesita el esfuerzo de 9 jornales.
Hemos reducido los salarios nominales de cada especialidad, utilizando una media aritmética simple, a un valor concordante con los tres grupos que la información de la que disponemos nos obliga a mantener. Para obtener el salario medio del primer grupo, el de gestión y ganadería (3,57309), hemos tenido en cuenta los diez primeros de nuestros cuadros (de aperador a arriero). Para el segundo (3,38394), los tres siguientes, y para el tercero (4,51721) los cuatro últimos.
El producto de la cantidad de tiempo que requiere el trabajo de cada bloque por su salario medio nominal nos proporciona el costo del capital variable por cada uno: 5,14525, 5,27895 y 40,65489 reales. La suma de los tres, 51,07909 reales, sería la expresión nominal del costo, en concepto de trabajo, de cada unidad de superficie puesta en cultivo. En unidades de salario el costo sería de 0,26604 (51,07909 / 192).
Puede ser más eficaz expresarse en términos prácticos. Para cubrir el gasto originado por el trabajo serían necesarias 3,19244 fanegas del producto bruto (51,07909 / 16). Con un rendimiento de 8 fanegas por unidad de superficie, como hemos supuesto en otras ocasiones, el costo del trabajo absorbería casi el 40 % de la cosecha obtenida.
El costo del trabajo por unidad de superficie, que nos remite de un salto al costo de toda la campaña, puede ser una medida demasiado grosera. Nos obliga a tantas síntesis que dejamos en el trayecto los pesos específicos de los tipos reales. Como disponemos también de la demanda de tipos de trabajo por unidad de superficie y día, podemos ensayar otro cálculo del gasto que origina este factor. A la vez que puede ser más preciso, nos permitirá, por concordancia, verificar hasta dónde alcanza la precisión del otro procedimiento que las fuentes toleran.
A continuación sintetizamos las piezas que permiten comprobar la utilidad de esta segunda solución. Junto a la relación de las actividades para las que podemos contar con los factores que facultan para el cálculo, en la primera columna de valores figura el número de trabajadores del tipo correspondiente que cada fanega demanda. Para la segunda, tomamos del último de los cuadros anteriores el valor nominal del salario por día que a cada actividad debe adjudicársele.
| Trabajos | Trabajadores /fanega | Salario / día | Producto |
| Trabajos anuales | |||
| Gestión y ganadería | 0,0376 | 3,57309 | 0,13435 |
| Trabajos de temporada | |||
| Sementera | 2,5496 | 3,49675 | 8,91531 |
| Barbecho | 2,9138 | 3,83516 | 11,17489 |
| Escarda | 0,5179 | 3,15833 | 1,63570 |
| Siega | 2,8177 | 5,82971 | 16,42637 |
| Gavillas y era | 3,2468 | 3,20471 | 10,40505 |
| Total | 48,69167 |
También en este caso estamos obligados a algunas síntesis. La que se refiere a los trabajos anuales, que ya antes decidimos, no es la más trascendente. Aunque es la que incluye el mayor número de actividades, el escaso valor relativo de este grupo de costos tiene una incidencia muy limitada en el resultado final. Un cálculo equivalente, trabajo a trabajo, que las fuentes nos permitirían intentar, apenas cambiaría el valor síntesis, al que ahora concedemos prioridad. De los demás, solo para la sementera y los trabajos posteriores a la siega tenemos que aunar valores. En cualquiera de los casos se trata de una media aritmética simple, tal como antes, de solo dos valores específicos.
El resultado es satisfactorio. Según este análisis, sería necesario afrontar, por cada fanega puesta en cultivo, un gasto nominal de 48,69167 reales en concepto de trabajo. Su valor en unidades de salario sería 0,2536, también muy próximo al obtenido con el procedimiento anterior.
Aunque los dos están evidentemente emparentados, porque utilizan los mismos factores, dada la mayor fidelidad al detalle del segundo, estamos en la obligación de concederle más crédito a su resultado. Es cierto que seguir la otra vía de cálculo, más rápida, en modo alguno nos conduciría, no ya a resultados erráticos, sino ni siquiera imprecisos. La comparación entre ambos aísla como principal diferencia la sobrevaloración del tiempo dedicado a los trabajos de gestión y ganadería, en la que se incurre con el primer procedimiento, en relación con el segundo. Ahí parece estar la mayor responsabilidad de la diferencia de los 2,38742 reales (51,07909 – 48,69167) que se observa en el valor nominal de todo el costo.
No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.
Composición de las rentas del trabajo. 1
Publicado: mayo 14, 2025 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
La remuneración que regía para todas las actividades de la agricultura del cereal, a mediados del siglo XVIII, era mixta. Con el salario, la comida y el pegujal, combinados de un modo para cada persona resignada a la venta de su fuerza, se componía su renta por trabajo. Al menos dos de los tres medios de pago se sumaban para proporcionarle la suya.
La combinación en la que insisten una y otra vez las fuentes es la que se llamaba estilo de cortijos, que integraba jornal y alimento, aunque la literatura de la época, por abuso, consagró salario como sinónimo de remuneración. Pero el abuso del lenguaje no debe llevar al error de creer que la remuneración quedó en algunos casos reducida a solo el elemento monetario. Aunque es una posibilidad que no se puede excluir, además de que no ha entrado en nuestro campo de observación, frente a ella se podría presentar un buen número de casos en los que si se incurre en la antonomasia es para a continuación especificar cuáles son las otras fuentes de ingreso que el trabajo añade. Es probable pues que el estilo de cortijos, por muy extendido que estuviera, no resolvía la totalidad de las combinaciones que a partir de ahora, aceptando el lenguaje de las fuentes, llamaremos salariales dado que expresamente es uno de los modos de hablar.
Nos proponemos, en esta ocasión, llegar a una denominación de la renta que proporciona el trabajo en la agricultura de los cereales. Deseamos expresarla en unidades de trigo para obtener la medida del valor que corresponde a la riqueza creada por esta economía y, eventualmente, expresar otras magnitudes en unidades de salario. Si conseguimos este objetivo, su primera aplicación, todavía dentro de los límites de este ensayo, puede ser el cálculo del costo del factor trabajo, en las mismas unidades, para las explotaciones dedicadas a aquella actividad.
Para dotar de la homogeneidad debida al cálculo de los salarios es necesario precisar el tiempo durante el que cada actividad era demandada. No tenemos fundamento para suponer que la duración de la unidad de tiempo de trabajo, la jornada, cambiara en la región durante la época moderna. Era un asunto que había fijado, quizás no resuelto, cada legislación local ya en tiempos medievales, según fuera sucediendo a las estimaciones de la renta con criterios serviles la necesaria ponderación de la especialidad y el producto por cada una obtenido. Lo que de esta clase de normas se conoce garantiza primero que el tiempo que hay que emplear en el traslado a la explotación quede incluido en el tiempo total de trabajo. No se trata tanto de que esta cargue con el costo de desplazamiento, aunque esta sea la consecuencia económica que consiente, cuanto que el trabajador esté ya en el lugar de trabajo a la salida del sol, con el propósito de optimizar el uso de la luz durante la jornada. En algunos casos se ha documentado un sistema de iluminación rural compuesto con una red de torres en cuyas terrazas se encendían hogueras para orientar en el tránsito por los caminos durante las horas precedentes al orto. En la época del año durante la que el calor que el sol descarga es mayor, que coincide con la de máxima actividad laboral de la agricultura de los cereales, el final de la jornada coincide con su cenit o mediodía solar. Esto nos obliga a pensar en una jornada de una duración media aproximada de seis horas para los trabajadores que deben desplazarse a la explotación.
El número de días no laborables del calendario moderno no era muy diferente del actual. Se estima en unos cien. El ajuste a jornadas completas por semana deduce en consecuencia un valor de 5 días de trabajo por cada semana. Pero se admite que durante los tres meses de los agostos, tanto por el vínculo habitual que activa la obligación como por la urgencia con que las faenas se acometen, es necesario sumar un día más a la semana laboral. 40 semanas a 5 jornadas alcanzarían 200 días de trabajo, mientras que las otras 12 a 6 supondrían 72, lo que acumularía un total anual de 272. Por concesión a las variantes locales y a cualquier otra circunstancia no prevista, se admite convencionalmente un máximo, para el calendario de trabajo de la agricultura de los cereales, de 280 días al año.
No todas las actividades que demandan trabajo se ajustan con idéntica precisión a este marco. El ciclo biológico de la actividad productiva se ajusta a los nueve meses que transcurren entre fines del otoño y fines del verano. Seis meses a 5 días por semana y otros tres a 6, acumularían un total máximo para toda la campaña de 192 días. También en este caso habitualmente se admite un ajuste a 180 días, por considerarlo un valor que puede estar más próximo a los límites reales del ciclo.
Las actividades de guarda de la explotación y del ganado, porque por naturaleza son de constante vigilancia, no admiten interrupción. Para ellas siempre será necesaria una dedicación absoluta, de modo que el año laboral de ambos guardas y sus correspondientes zagales tendrá que ser un valor muy próximo al máximo natural de 365 jornadas, con residencia obligada en la explotación.
Algo similar puede afirmarse del resto del personal de servicio, tanto del destinado al gobierno de la explotación como de todos los que atienden a cualquier clase de ganado de labor, que no toleraría bien las interrupciones en su atención. Pero a ninguna de estas dedicaciones está asociada la residencia obligatoria, e incluso de algunas podría decirse que obliga al movimiento continuo. Como las cuentas de mediados del XVIII enseñan que este personal también se mantiene durante los doce meses del año, estamos obligados a atribuirle el máximo laboral posible, 280 jornadas de trabajo.
El trabajo del gañán, que se reparte entre la sementera y el barbecho, puede prolongarse hasta ocho de los nueve meses del ciclo. Así lo corrobora el pan que por término medio hay que suministrarle. Si cobra a razón de 1,5 fanegas por mes, al cabo de ocho obtiene el equivalente al máximo posible, 12 fanegas. Más allá de este límite temporal tampoco tendría justificación sufragar su especialidad, puesto que la última fracción de la campaña laboral es obligado concentrarla en exclusiva en los trabajos de recolección.
Tanto la siembra como la escarda son actividades que hemos adjudicado a braceros. El número de oportunidades para ganar un jornal a lo largo del año biológico que al trabajo agrícola no cualificado concede la historiografía oscila entre un mínimo de 15 y un máximo de 50. Así como su empleo como sembrador puede regularse contando con factores constantes, las posibilidades de trabajo que crea la escarda es, a decir de nuestros informantes, muy variable, porque dependen inmediatamente de los valores acumulados en el suelo por la humedad que aporta la atmósfera. Hay años en los que apenas puede ser necesaria, y otros en los que puede hasta cuadruplicarse la que en un año regular se necesita. Si aceptamos una demanda de trabajo no cualificado antes de la recolección de 32,5 días (15+50/2) probablemente solo estemos cometiendo el error más pequeño posible.
Aunque el tiempo total disponible para el trabajo durante el trimestre de la recolección sea de 72 días (12 semanas de 6 días laborables), los ajustes al máximo disponible en el ciclo aconsejan limitar a unos 69 los efectivos. Esa cifra marcaría la duración máxima del trabajo de los capataces, los segadores, los agavilladores y la gente de era.
Cualquiera de estas deducciones sobre el tiempo que cada trabajo puede ser requerido admite cálculos diferentes e igualmente aceptables. Todos los propuestos, como se habrá observado, aplican un criterio que pretende ser equivalente, el máximo al que cada oferente puede aspirar a lo largo de un año bajo las condiciones de la demanda de la agricultura de los cereales regional. Así conviene al fin que nos hemos propuesto. De esta manera podemos precisar el límite superior de la capacidad de intercambio de bienes originado por su renta salarial. El otro límite, el inferior, no necesita cálculos. El paro lo convierte en un axioma.
En el siguiente cuadro, que reúne las denominaciones por trabajador y medio de pago, están relacionados todos los trabajos personificados que hemos podido aislar.
|
Trabajador |
Pegujal |
Alimento |
Dinero: jornal |
Dinero: destajo |
|
Aperador o mayordomo |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
4.25 rs x 280 |
– |
|
Casero o guarda |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 365 |
– |
|
Zagal del guarda |
– |
1 fs x 12 |
1,75 rs x 365 |
– |
|
Conocedor o mayoral |
45 fs / 3 |
1 fs x 12 |
3 rs x 280 |
– |
|
Boyero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Vaquero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Yegüerizo |
25 js |
1 fs x 12 |
3 rs x 280 |
– |
|
Guarda del ganado |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 365 |
– |
|
Zagal del guarda del ganado |
– |
1 fs x 12 |
1,75 rs x 365 |
– |
|
Borriquero o arriero |
25 js |
1 fs x 12 |
2,625 rs x 280 |
– |
|
Gañán |
25 js |
1,5 fs x 8 |
2,625 rs x 160 |
– |
|
Sembrador |
– |
1/30 fs x 32,5 |
2,625 rs x 32,5 |
– |
|
Bracero o peon |
– |
1/30 fs x 32,5 |
2,625 rs x 32,5 |
– |
|
Capataces |
– |
2,5 fs |
– |
5,25 rs x 69 |
|
Segadores |
– |
2,5 fs |
– |
5,25 rs x 69 |
|
Gavilleros |
– |
2,5 fs |
2,625 rs x 69 |
– |
|
Gente de era |
– |
2,5 fs |
2,625 rs x 69 |
– |
A cada uno le hemos adjudicado los conceptos por los que obtiene renta, de modo que el resultado es lo más próximo que hemos podido conseguir a lo que podríamos llamar una nómina del momento. De su enunciado íntegro es posible deducir que el llamado estilo de cortijos, versión básica del salario mixto, efectivamente es el fundamento de este sistema de rentas. Todas las actividades obtienen al menos alimento y dinero simultáneamente. Pero también tenemos que reconocer que solo la parte más frágil, por más inestable y menos duradera, de los vínculos laborales, es la que dispone solo de estos medios de ingreso. El pegujal enriquece la renta de la otra fracción de trabajadores. Pero así como esta separa las posiciones más sólidas de las que lo son menos, el destajo, consecuencia del esfuerzo de cada trabajador, crea diferencias entre los peor dotados.
En cada intersección están anotados los valores que corresponden, con las mismas denominaciones que las fuentes nos han permitido fijar, para evitar deformaciones tan innecesarias como abusivas. Que un salario sea mixto significa, antes que otra cosa, que se percibe en especies diferentes, dos en nuestro caso, trigo, en un grado u otro de transformación, y los metales con valor monetario corrientes. Cuando ha sido necesario, a la cantidad de especie acompaña su factor temporal, que permite enunciar su valor completo. En todos los casos nos hemos atenido a las deducciones sobre las unidades de tiempo que convienen a la ejecución óptima de cada uno de los trabajos.
El cuadro que satisface, a la vez íntegra y sintéticamente, el primer objetivo que nos hemos propuesto es el de los valores nominal y en trigo.
|
Trabajador |
Pegujal (rs) |
Alimento (rs) |
Jornal (rs) |
Destajo (rs) |
Total nominal (rs) |
Total equivalente en trigo (fs) |
|
Aperador o mayordomo |
240 |
192 |
1.190 |
– |
1.622 |
101,375 |
|
Casero o guarda . |
240 |
192 |
958,125 |
– |
1.390,125 |
86,88 |
|
Zagal del guarda . |
– |
192 |
638,75 |
– |
830,75 |
51,92 |
|
Conocedor o mayoral |
240 |
192 |
840 |
– |
1.272 |
79,5 |
|
Boyero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Vaquero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Yegüerizo |
65,625 |
192 |
840 |
– |
1.097,625 |
68,6 |
|
Guarda del ganado |
65,625 |
192 |
958,125 |
– |
1.215,75 |
75,98 |
|
Zagal del guarda del g. |
– |
192 |
638,75 |
– |
830,75 |
51,92 |
|
Borriquero o arriero |
65,625 |
192 |
735 |
– |
992,625 |
62,04 |
|
Gañán |
65,625 |
192 |
420 |
– |
677,625 |
42,35 |
|
Sembrador |
– |
17,3 |
85,3125 |
– |
102,6125 |
6,41 |
|
Bracero o peón |
– |
17,3 |
85,3125 |
– |
102,6125 |
6,41 |
|
Capataces |
– |
40 |
– |
362,25 |
402,25 |
25,14 |
|
Segadores |
– |
40 |
– |
362,25 |
402,25 |
25,14 |
|
Gavilleros |
– |
40 |
181,125 |
– |
221,125 |
13,82 |
|
Gente de era |
– |
40 |
181,125 |
– |
221,125 |
13,82 |
|
Totales |
1.113,75 |
2.306,6 |
9.946,125 |
– |
13.366,475 |
|
|
8,3 |
17,3 |
74,4 |
Corresponde al precedente, pero ejecutando así las operaciones como las conversiones métricas necesarias para llegar a resultados homologables. Tanto daba, para operar con la obligada unidad común, reducirlo todo a fanegas como a reales de cuenta. El alcance analítico que para este ensayo nos hemos propuesto nos recomendaba, para unificar, primero la reducción a la moneda y, una vez conseguido el valor del salario acumulado, expresar su correspondiente valor en las unidades de capacidad con las que se mide el trigo.
No es necesario sobrecargar el análisis con su expresión complementaria en valores relativos. A mediados del siglo XVIII, si no entramos en detalles por tipo de trabajo, que poco modificarían la idea general, las tres cuartas partes del salario se cobraban en dinero. Salvo que los precios del trigo cambiaran. En este caso, la expresión de su valor en moneda modificaría el valor relativo de cada especie en la composición del salario. Este supuesto, antes que una salvedad, es una norma. Si algo caracteriza, al menos para el lector contemporáneo, la agricultura de los cereales de la época moderna es la permanente oscilación del precio del trigo.
Aunque al trabajo evidentemente sí, al salario, si analizamos su composición, no toca casi responsabilidad como causa de tales cambios. La demanda para el alimento es estable. Ya hemos visto cómo se estimaba de antemano. Nunca actuaría sobre el producto obtenido, definidor directo de los ciclos de los precios en los mercados. Tampoco el peculio percibido en grano, que asimismo no modifica el valor del producto que se pueda obtener en cada cosecha. Solo si es percibido en forma de pegujal el volumen de la producción de cada uno contribuye a la formación de la oferta de grano en cada mercado. Al tratarse de unidades que están deliberadamente en el margen inferior de las unidades de producción, a consecuencia de su escaso tamaño, aun cuando consigan alta productividad y, en cualquiera de los casos, colocar una parte de su producto en el mercado, el valor relativo de su concurrencia reduce a dimensiones ínfimas su posibilidad de incidir en la formación del precio del trigo. Solo si la gran oferta se retrae, porque así se lo recomiende el exceso de producción, su margen de interferencia aumenta. Bajo esas condiciones, que son al mismo tiempo las de sus máximas posibilidades, el ciclo consecuente de los precios será depresivo, lo que hará que el valor del grano en la formación del salario con más probabilidad disminuya.
Podemos, por tanto, aceptar, admitiendo que el precio del trigo que hemos tomado para nuestros cálculos es muy moderado, como estancado se muestra con insistencia durante la primera mitad del siglo XVIII, que la proporción que la parte del salario que se percibe en moneda representa, cuando se estima en tres cuartos, está más cerca del mínimo efectivo que del máximo.
Si el consumo alimenticio de un trabajador adulto la economía del momento lo ha consolidado en una fanega de trigo por mes, los aperadores y los mayordomos de campo, gracias a la renta que su trabajo les proporciona, disponen de unas 7,5 unidades de salario para acceder al disfrute de otros bienes. Su ingreso bruto, en aquella unidad alimenticia, es casi 8,5 (101,375 fanegas de trigo/12 meses). Una de ellas la tiene que consumir en su manutención. Como el consumo alimenticio de cualquier otro adulto, en términos medios, no tiene razón para ser distinto, con las 7,5 posibilidades de alimentar a otros adultos de que dispone puede acceder, mediante intercambio, al equivalente en bienes y servicios generados por las actividades distintas a la producción de cereales. El mayor nivel de riqueza generado por la renta salarial de este sector vendrá dado por esa magnitud.
Con este modo de calcular estamos aceptando, de acuerdo con los atentos observadores contemporáneos que se propusieron generalizaciones teóricas, que el valor que para el cambio adquieren los bienes se origina a partir del excedente sobre la necesidad. Y, en consecuencia, que cualquier incremento del excedente, porque es incremento en calidad o en cantidad del trabajo, expande la capacidad de cambio. Al expresar una renta en unidades de consumo alimenticio universal estamos por tanto separando con exactitud la necesidad del excedente y expresamos la capacidad para el cambio, no solo para el trabajo agrícola, sino para cualquier actividad.
Tomando estos criterios, y vueltos a nuestro cuadro de valores, es posible concluir con algunas consideraciones útiles. Las de mayor interés están al otro extremo, reconociendo que no es necesario detenerse a describir la posición de bienestar que disfruta el resto de los criados o sirvientes, cuyos excedentes oscilan, en números enteros, entre 6 y 3. El trabajo no cualificado que obtiene sus rentas de las faenas anteriores a la recolección está por debajo del umbral de la subsistencia, que solo conseguiría satisfacer a medias, y el de los gavilleros y la gente de era está al límite de lo biológicamente sostenible, y apenas puede disponer de excedente que le permita acceder a bienes distintos a los alimenticios. No es mucho mejor la posición de capataces y segadores, a pesar de emplearse con la mayor intensidad, quienes solo consiguen una unidad de excedente. Solo los gañanes, que cargan con la parte sustancial del trabajo de temporada, consiguen aproximarse al estado material del servicio de labor.
Estas observaciones son tanto más trascendentes cuanto que afectan al menos a las tres cuartas partes de la población que trabaja en los cereales. Quizás parezca exagerada la afirmación, pero enseguida tendremos ocasión para descubrir y analizar con más detalle esa cifra. Los tres cuartos del trabajo que absorbe esta agricultura se concentran en la demanda para la recolección.
Siendo esto así, estamos obligados a añadir un matiz. El trabajo no cualificado de temporada puede retornar al mercado de trabajo con ocasión de los trabajos asociados a la cosecha. Quien consiguiera trabajar en la escarda, por ejemplo, y luego como gavillero, conseguiría al menos un excedente de casi 0,7. El alcance social de la renta disponible sería, por tanto, más atenuado. Se puede suponer que una parte de los que trabajen en la recolección han trabajado también, sin cualificación, entre el otoño y la primavera. Incluso se puede aceptar que todos como mínimo trabajan en la recolección. Es conocido que durante esta fase la demanda de trabajo crece tanto que provoca una fuerte inmigración. El verdadero límite inferior del espectro de la renta del trabajo estaría, por tanto, representado por la que perciben los gavilleros y quienes trabajan en la era.
De todas las consecuencias que el tamaño del excedente disponible pudiera tener, lo más trascendente, para el orden que sostiene la agricultura de los cereales, es la biológica. Convengamos, para reducir a los elementos básicos el análisis, que un adulto de cualquier sexo consume idéntica cantidad de trigo, mientras que un niño solo necesita la mitad. Quienes solo obtuvieran su renta como gavilleros y gente de era tendrían que permanecer solteros, aunque trabajaran como peones otra época del año, porque no tendrían cómo alimentar a la cónyuge, si esta carecía de renta propia. Capataces y segadores sí podrían casarse, pero no podrían tener descendencia, porque no tendrían cómo alimentar ni al primer hijo. Tan solo el gañán, seleccionado por la naturaleza, podría aspirar al menos a mantener una familia con tres descendientes vivos, si al tiempo renunciara a cualquier empleo de su excedente distinto al alimenticio.
Son condiciones demasiado restrictivas, para más de los tres cuartos de la población activa ocupada en los cereales, como para permitir su reproducción. Cualquier población que viviera realmente bajo estas condiciones estaría condenada a la extinción en lo que dura como máximo una vida. A la vuelta de un siglo no dispondría del trabajo que la producción de los cereales necesita.
Patrimonio de los campesinos. 2
Publicado: abril 17, 2025 Archivado en: Jasón Quesada | Tags: economía agraria Deja un comentarioJasón Quesada
Cualquiera de las otras especies, si es que los trabajadores del campo interesados en disponer de una explotación le dedica alguna atención, no pasa de lo circunstancial, y no tiene más significado para cada modesta empresa que la posibilidad de complementar discretamente sus ingresos.
Solo siete hombres de esta clase poseen cincuenta ejemplares de ganado porcino en cantidades diversas, tanto que en algún caso se diría que forman piara. Hay quien tiene hasta veintiocho ejemplares, y otro diez. Pero el resto solo dispone de cinco, tres y dos cerdos, y dos solo uno. Excepto seis, todos los declarados son machos. Si se tiene en cuenta que las seis hembras son de un mismo dueño, que cuatro de ellas están capadas y que solo las otras dos se declaran de vientre, es necesario reconocer que, si la cría de cerdos tiene cierta presencia entre este grupo de trabajadores, no la tiene el interés por su producción. Sus cerdos los adquirirían por compra, para que formaran parte de su despensa viva. Ese sentido debe tener que uno de ellos diga poseer el cerdo que crío todos los años, y que otro mencione los tres que estoy criando.
De los machos se declara la edad con más o menos precisión, lo que habría que tomar como una expresión voluntaria del estado de las crías. Las edades registradas son dos años, año y medio y un mes. De manera menos precisa, de un cerdo simplemente se dice que es pequeño, o se habla excepcionalmente de lechones que aún maman, dependencia en la que se mantenían durante un tiempo variable, aunque habitualmente comprendido dentro de los tres primeros meses de vida.
Seis trabajadores de esta clase peculiar tienen colmenas o pies de colmena, hasta un total de cincuenta y seis, el que más veinte y el que menos cuatro, y tanto los valores diez como seis se repiten. Salvo uno, todos se aplican a declarar el lugar donde las tienen. La colección de los topónimos por sí misma no soluciona gran cosa, salvo cuando es denotativa. El grupo más numeroso está en la dehesa de yeguas del municipio, otras seis en una huerta y otras cuatro en un lugar que se llama El Cerrado. Parece que es condición necesaria, para mantener esta actividad, restringirse a un área acotada, así como que los frutos favorecerían su desarrollo. El poseedor del grupo más numeroso también aclara que sus colmenas están en el colmenar que tiene don José Ignacio Domínguez, lo que podría significar bien la formación de grandes unidades, como se podía hacer con las piaras de ganado para disminuir costos, bien que es una explotación alojada en otra, bien las dos cosas.
Cinco declarantes también poseen caballos de distintas clases. Cada uno tiene solo un ejemplar, a excepción de quien mantiene dos potras. Excepto estas, que indicarían cierta propensión a la cría, y cuya edad declarada –que van a tres años– efectivamente se atiene al tipo, el resto son machos. De uno se dice que es jaca y de otro que es capón, lo que viene a significar lo mismo, que se trata de caballos desbravados para facilitar su manejo. La jaca me sirve para ir al campo y el capón para mi trabajo. De un tercero también se dice que es un caballo de trabajo. Aunque esta última denominación no excluye la aplicación a las tareas de la arada, es más probable que el uso preferido para el equino puro fuera el que declara muy explícitamente el primero. Los caballos solían utilizarse como medio de transporte, de más calidad que el asnal, visiblemente más restringido.
El análisis del patrimonio del que disponían los trabajadores del campo decididos a promover sus propias explotaciones permite perfilar instantáneas de la condición de campesino. Cada una, si se empleara como un estado necesario, podría propugnarse como una etapa del tránsito a su permanencia en ella, habiendo salido desde el piélago de los asalariados dependientes, y con todas componer la secuencia de la promoción personal desde las posiciones inferiores de la actividad rural, tal como defendían los reformadores de la época.
La posibilidad mínima la tendrían quienes solo explotaban un pegujal. Para mantenerlo, probaban valerse solo de la energía que les proporcionaba su trabajo. Nada impediría que una parte de ellos, o en algunas ocasiones, se vieran obligados a contratar cuando menos alguno de los medios para su cultivo. Disponer de la simiente, inversión ineludible o primer capital variable, los conduciría bien al pósito bien al mercado negro del crédito, en su caso una dependencia que no podrían eludir.
En un grado menor de dependencia se encontrarían aquellos cuyo único medio para sostener su pegujal fuera el jornal que ingresaran como trabajadores asalariados episódicos. En parte trabajarían para su explotación, en parte para otros. Su adquisición discontinua de la condición de campesino sería frágil, permanentemente amenazada por el retroceso a la condición de trabajador del campo dependiente, aun disponiendo de pegujal. Su recurso a medios de cultivo que otros pudieran proporcionarles no sería mucho menos obligado que si no tuvieran ocasión de trabajar para otros y al mismo tiempo estuvieran urgidos a mantener su propio pegujal. La matizada ventaja se la proporcionaría el ingreso de pudieran obtener de su trabajo episódico, en la medida en que pudiera ser empleado en la explotación que su hubieran propuesto.
Mejor posición habrían ganado quienes hubieran obtenido algún éxito, o dispusieran de algunos ahorros, y ensayaran la continuidad de la condición campesina con la adquisición de ganado en pequeñas cantidades. Decidirían primero a favor del asnal, cálculo aconsejado por el ahorro del tiempo que era necesario consumir hasta llegar al lugar donde se debía invertir el trabajo, y por la necesidad de portear hasta él los medios de trabajo y desde él el producto obtenido. Sería un recurso con el que dosificar energía y tiempo. Quien poseyera solo asnal, para los trabajos primordiales de la tierra, los de arada, podría aplicarlo también a esta tarea, o de lo contrario dependería de la fuerza que pudiera adquirir a otros. También le podía servir para expandir las actividades complementarias de los que necesitaran completar sus rentas. El asnal sería el mejor suplemento para quienes, porque son trabajadores del campo y emprendedores de un pegujal, y por tanto ya decididos a diversificar sus actividades cuanto fuera necesario, desearan servirse de las oportunidades para el transporte ajeno que se le ofrecieran. Solo con la adquisición de este capital ya habrían dado un paso firme hacia la consolidación de la condición campesina.
El siguiente paso hacia la autonomía campesina, el más serio, lo proporcionaría la adquisición de vacuno, que permitiría disponer de fuerza de labor propia. Cuando se alcanzaba el vacuno la apuesta a favor de la condición de campesino ya se pretendería irreversible. Así lo demuestra que se le preste mucha más atención que a cualquiera de los otros bienes. Los trabajadores del campo con opción para explotar pegujales, cuando disponían de ganado bovino, preferirían las vacas porque tenían la ventaja del máximo aprovechamiento múltiple. Podían asegurar la fuerza de labor necesaria, la renovación de la manada y el suministro de leche, aunque este capital era bastante vulnerable.
Los 48 descendientes vivos entre cero y tres años declarados [18 + 20 + 5 + 5 = 48], que tienen que ser producto de las 87 vacas documentadas, dan una relación inverosímil de 0,5 ternero por vaca. Aun descontando la ocultación, porque los terneros estaban sujetos al pago del diezmo, el resultado quedaría muy lejos de los descendientes finales por vaca que se obtiene de una observación efectiva [1070 partos/216 vacas ~= 5].
Al contrario, si el intervalo tipo entre partos de las vacas es de unos 400 días, teniendo en cuenta que una hembra ya es fecunda a los 2,5 años, a lo largo de los 9,5 máximos de la experiencia de fecundidad, que resultarían de aceptar, de acuerdo con nuestros testimonios, que el límite biológico de las hembras vacunas es 12 años, que son 3.467,5 días, se obtendría un máximo entre 8 y 9 descendientes a lo largo de toda la vida fecunda de cada hembra.
Descontando una mortalidad de los terneros, que se puede aceptar comprendida entre un 5 y un 6 %, en el más desfavorable de los casos la descendencia final sería superior a 7 terneros.
Todavía se podría descontar la vejez, que es tanto como aceptar que el número de las vacas tenido en cuenta sea excesivo, porque en él estén incluidas las que han salido de la edad fecunda, lo que muy probablemente aproximaría los valores a los 5 terneros de descendencia final que demuestra la observación experimental, y aún quedaríamos muy lejos de las cifras que proporciona el análisis.
La baja fecundidad final que resulta de la relación entre vacas y descendencia alcanzada demuestra que el ganado vacuno, para quienes son trabajadores del campo y están interesados en explotar pegujales, al tiempo que un recurso energético muy útil para mantenerse en esa posición, se concebía como una fuente suplementaria de ingresos. Parte de los ejemplares obtenidos por la reproducción serían comercializados, quizás con más frecuencia los ejemplares machos. Y viceversa. Que a los ejemplares vacunos adultos se accedía a través del mercado cuando se tomaba la decisión de arriesgarse a experimentar con una modesta explotación propia.
La inversión en ganado era por tanto perecedera, limitada a la esperanza de vida de cada especie, corta si se sometía al estrés laboral. Era por sí misma expresiva de los horizontes a los que quienes trabajaban en el campo, de antemano, estaban dispuestos a limitar su aventura como campesinos. Si en el plazo de la vida de los animales que proporcionaban trabajo no se consolidara la posición, se retornaría al lugar de partida. Los doce años que se deducen del análisis del vacuno podían ser una duración probable de ese plazo. Las edades máximas observadas oscilan en torno a los dieciséis años.
La frontera de los doce años al mismo tiempo sería indicativa de la rentabilidad y de la masa total de la energía deducible de un ejemplar vacuno. Si el trabajo de 8 unidades de superficie podía ser la expresión del rendimiento anual de un ejemplar vacuno, como acreditan testimonios contemporáneos, admitiendo 8 años de plenitud, el límite superior de la energía que pretendieran extraerle sus dueños lo podría expresar el trabajo necesario de 64 unidades de superficie. Tan bajos serían los rendimientos del pastueño bovino de los trabajadores del campo.
Solo podrían dar un paso más hacia la consolidación los pocos que tuvieran capacidad para endeudarse en el mercado del crédito, y mediante la inversión del capital cedido expandir sus posibilidades. La casa que se hubiera adquirido como propia sería el recurso hipotecario menos frecuente para endeudarse. Sería más fácil servirse de los olivares, adquiridos por prescripción.
Pero, aunque cualquiera de estas instantáneas pudiera admitirse como la conquista de una posición irreversible, no era la consolidación de cualquiera de estos patrimonios como capital agropecuario la que permitiría afianzar el tránsito de forma que la condición de campesino se prolongara en el tiempo. En contra de lo que opinaban los reformistas, ninguna las posiciones que por vía de capital se adquiriera la garantizaba de manera estable. Si el medio para disfrutarla era el pegujal, por su naturaleza solo facilitaba un estado que se alcanzaba cada año, y de la misma manera que uno se adquiría, al siguiente se podía perder. Teniendo ante sí solo la posibilidad de acceder a la tierra a través de la fórmula del pegujal, a lo máximo que se podía aspirar era a estar de campesino, nunca a serlo.
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