Energía agrícola
Los trabajos y el tiempo de un año
Redacción
El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían ala mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía,por si Dios quisiera enviar temprano el agua.
El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien-añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas,tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día,todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.
El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.
El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo,con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara,ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.
El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.
El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras,reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.
El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó.Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.
Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas dela dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.
Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.
El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.
Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días.El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.
Pero el 13 amaneció lloviendo,lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.
El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño.La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.
Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas dela dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario,le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.
El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.
Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada,como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.
El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios.El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.
El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.
El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.
El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos,antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios.No erró.Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.
El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón.Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado,pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo.Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día.Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.
El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.
El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros.El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.
El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía,a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.
El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes.De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3.Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos,ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.
A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse.Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.
En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo.En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento.El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.
El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo ala dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida.Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.
Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador.El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.
El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares.El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas.Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.
El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.
El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.
El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.
El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.
El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior,con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente,por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias.Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.
El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado.En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.
El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.
Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo.El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía.El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.
Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos.Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento.El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas delas tierras del cortijo.Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos.No se sabe qué hacer con las lluvias.Todo será inútil si sigue lloviendo.
El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos.El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.
El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.
El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo.Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador.En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.
El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante aguaacumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.
El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo.El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población.Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.
El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.
El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte,que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.
El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.
El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias.El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios.La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado.Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble.Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.
El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.
El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.
El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados,cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba,aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.
El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente.El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.
Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.
El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares.El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.
Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha.El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.
A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes.El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.
Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día,un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente,lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado.De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.
El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto ala mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.
El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares.El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.
Mecánica y energía
Dámaso Pérez
Para avanzar en el conocimiento del capital que atesoraban las grandes labores, que a las casas agropecuarias permitían perpetuarse, con la misma seguridad que se perpetúan el viento y la lluvia, la noche y el padre sol, debía detenerse nuestro análisis en el tipo de arado al que habitualmente recurrían, maquinaria aplicada al cultivo de los cereales, núcleo de su escueto equipamiento. Para vencer el silencio de los testimonios, herméticos cuando debían referirse a los mecanismos, y no obstante satisfacer nuestros planes, decidimos revelar cuanto supiéramos del ingenioso artefacto de manera que colmara dos propósitos, poner al descubierto el alcance de algunas características del método al que se atenían las antiguas labores y justificar la pertinencia de la atención que el Proyecto que habíamos imaginado concedería al ganado que labraba, la otra parte irrenunciable de su capital fijo. Durante el tiempo que consumió mi dedicación a esta rama del conocimiento de las casas, mis preocupaciones siempre estuvieron concentradas en aquel asunto, que por deferencia la Dirección me había adjudicado. No sé si a los demás esto pudo parecer una falta de compromiso con el plan, o una negación de la ayuda que el trabajo de cualquier compañero pudiera necesitar. Yo, por el contrario, permanezco convencido de que actué de la manera más consecuente, porque siempre he pensado que para alentar cualquiera de las averiguaciones de quienes se entregan a un descubrimiento que los colma de entusiasmo es mejor mantenerse al margen, para que sus ideas emerjan vírgenes, poderosas, presionando desde el centro del vórtice sobre el esternón, hacia fuera, y se mantengan incontaminadas.
Antes de hacer mis primeras indagaciones, ya sabía que, aunque en algunos casos no se adjetivara, o en otros el tipo que se mencionaba para eludir explicaciones convencionalmente se apellidara romano, era lo más habitual que las fuentes insistieran en calificar como revecero el arado que habitualmente usaban los labradores. Aquella manera de expresarse, con la que no se hacía referencia a unas formas peculiares de un instrumento de la clase de los arados, resultaba sumamente valiosa, porque su significado era muy restringido. En la época, revezo era lo mismo que repuesto. Luego arado revecero tenía que ser el que dispusiera de relevo o refresco, para que los animales que trabajaban la tierra se turnaran y repusieran sus fuerzas.
Del material disponible en el Departamento, para que acometiera mi trabajo, nuestro Director, que años antes había hecho avanzar el estudio de los problemas que nacían de lo que aparentaba ser solo un modesto mecanismo, me había proporcionado una colección de referencias, tomadas en uno de los depósitos documentales por nosotros frecuentado, donde se conservaban varios legajos referidos a este asunto. Me pareció un buen punto de partida para que progresara mi primera idea, y al mismo tiempo desarrollar mi parte del plan. Los resultados que inmediatamente obtuve no hicieron más que confirmar el acierto de aquella experta iniciativa. Si descendía de la denominación del artefacto a la descripción de los hechos por los que se veía concernido, las primeras menciones sobre las prácticas a las que daba lugar me permitían mejorar bastante el conocimiento de lo que en realidad era un complejo, no obstante primordial entre los que se componían para capitalizar las mayores empresas de cereales, algo de mucho más interés que el modesto análisis de las variantes de una mecánica sencilla.
Un labrador de la época, bajo el peso del testimonio debido a la máxima instancia judicial de la región, insistente así como severa, distante y al tiempo presente en todas partes, a veces cruel, raramente magnánima, para comparecer ante la cual era necesario sufrir leguas de separación, y días de espera, afirmó que disponía de veinte yuntas, y que esta cantidad de fuerza, según el cálculo regular que los labradores hacían en donde vivía, o de yuntas reveceras, compondría una cabaña de ochenta cabezas. Algunos años después, en un lugar no muy distante, asimismo a propósito de la misma técnica, bajo idénticas circunstancias coercitivas, otro hombre corroboraría expresamente que seis yuntas reveceras eran veinticuatro reses. Y con cualquiera de las dos declaraciones coincidían las que hicieran algunos labradores, algo más excéntricos e inestables, recogidas por un contemporáneo. Convencidos de que una labor suficiente podía ser cien unidades de superficie, si se explotaran al tercio y quien las ponía a producir actuara como arrendatario, sostenían que para mantenerla serían necesarios seis yugos, cada uno servido por dos parejas de animales de fuerza, una medida de la potencia energética que, según explicaban, equivalía a un máximo de veinticuatro reses de trabajo.
Gracias a estos testimonios, podía dar por sentado que el relevo era una práctica que consistía simplemente en complementar cada yunta con otros dos animales de repuesto. Era suficiente para imaginar cómo se practicaría la insobornable arada, la actividad genuina de la agricultura de los cereales mantenida por los patrones de las labores. Una pareja de animales tiraría del arado y haría un surco. Cuando llegara al final, otra, equipada con otro arado, situada en el límite de la parcela, haría el surco de retorno, mientras que la yunta anterior, gobernada por el conductor del artefacto que los textos llamaban gañán, quien también descansaría, se preparaba para tomar el relevo en donde se hubiera detenido. Y así sucesivamente. De ser correcta la secuencia de movimientos que había imaginado, en el futuro podría sostener, como principio a partir del cual elaborar toda mi contribución, que los arados de las labores, con sus correspondientes equipos de animales y hombre, tendrían que trabajar por parejas, como la vieja policía del campo, como los cómplices, como los responsables de la renovación biológica de la humanidad, y que en las mayores sería más probable el número par de estas unidades complejas.
Aquellas conjeturas, gracias a las actas cuantitativas de las que ya disponía, además me permitieron comprometer, en la dirección en la que en aquel momento deseaba concentrar mi trabajo, otras observaciones, lo bastante valiosas como para justificar ante mis compañeros la pertinencia de este análisis. La cabaña de trabajo al servicio de cada empresa sería la que inmediatamente decidiría cada año su máxima extensión, la única que habría que tomar en cuenta para calibrar y comparar con certeza la entidad de las explotaciones llamadas labores, y en particular para decidir cómo se accedería a su rango mayor. La dotación por parejas de bestias condenadas al trabajo más rudo, cuyo rendimiento medio permitiría calcular unos múltiplos, legitimados para estimar las superficies abarcables, podía ser el límite superior que el capital imponía a las empresas dedicadas al cultivo de los cereales. Los tamaños anuales de sus labores serían expresivos de sus oscilantes capacidades para capitalizar sus empresas con ganado de trabajo. Generalizando, incluso podía comprometerme a defender que aquellos tamaños tal vez fueran la consecuencia de un cálculo basado en las posibilidades de transferir a capital de explotación el beneficio conseguido. Para precisar las fronteras hasta las que alcanzaba el mundo de las labores, el número de animales de fuerza no solo me permitiría expresar su entidad, sino también el umbral a partir del cual una empresa agropecuaria entraba en la élite de las explotaciones.
Pero informaciones posteriores, a las que tuve acceso según avanzaba en la consulta de aquellos documentos, me obligaron a modificar mi primera imagen de la técnica del relevo, así como a dejar a un lado mis ambiciosas especulaciones sobre los tamaños máximo, mínimo o idóneo de las mayores empresas. Era evidente que me había precipitado al explicar cómo se practicarían los reemplazos que aseguraban el rendimiento estable de la fuerza necesaria. Por lo que decían en otra población, algo alejada, una variante del revezo pudo consistir en que al final de cada surco los animales que hubieran trabajado fueran liberados del arado y, en el lugar donde se hacía el cambio, al yugo uncieran los dos de refresco que allí esperaban. Al principio, me pareció poco probable que se actuara de este modo, dado el gasto suplementario del trabajo de los hombres, siempre encarecedor de la empresa, que consumiría uncir y desuncir bestias a cada trayecto. Sin embargo, porque permitiría bastarse con la mitad de arados, era posible que tuviera como ventaja que al menos reduciría a la mitad la inversión en maquinaria.
Lamentablemente, días después supe que tampoco con el rescate de aquella variante había reconstruido todas las prácticas que permitían sacar el mejor partido a la fórmula. El relevo admitía otras posibilidades, sobre las que los testimonios que habían sobrevivido en los documentos eran cada vez más divergentes. Alguien, sometido a las mismas condiciones imperiosas que los declarantes que ya me habían servido como informadores, asimismo impuestas por el rigor de los tribunales, que raramente perdonaban, escasamente conmutaban, expeditivamente condenaban, precisó que en su población todos araban con yuntas reveceras porque las cambiaban por otras a mitad de la jornada. Me apresuré a digerir mi nuevo descubrimiento arriesgando en la partida toda mi credulidad. Quien procediera de este modo podría recurrir a una versión del refresco muy práctica, y bastante más compatible con el ahorro de trabajo. Bastaría con que dividiera todo el tiempo útil de cada día en dos mitades y las repartiera equitativamente entre toda su cabaña de labranza.
A la semana siguiente, cuando estaba preparando la exposición que me correspondía presentar a la reunión prevista para dar cuenta del progreso de los trabajos, en vista de las oscilaciones de los testimonios que había coleccionado decidí resignarme a un balance, que tal vez pareciera más encubridor y exculpatorio que una síntesis convincente de mis conclusiones provisionales. Explicaría, sin preámbulos, que, según la serie de pruebas que hasta entonces había reunido, parecía que el relevo más común fuera ordenado como un recurso técnico para cuya ejecución sería necesario disponer de cuatro animales por cada unidad mecánica de trabajo, se alternaran con su equipo íntegro, se uncieran a un mismo arado después de cada giro o se repartieran por mitad toda la jornada. No tuve que terminar mi borrador para convencerme de que mis argumentos serían recibidos con suspicacia, y que en algunos casos incluso podrían ser replicados con cierto desdén. Para que los tomaran en serio, urgentemente necesitaba que mis averiguaciones dieran mejores frutos.
Podía recurrir a más descripciones del mismo método, aliándome a los testimonios documentales que aún no había explotado. Pero la mayor parte de ellas no revelaba una manera de actuar que modificara lo que ya sabía. Días después, entre las que aún no conocía, encontré otra de la que recibí algún aliento. Describía una aplicación flexible del relevo, aunque por desgracia quedaba oculta tras un lenguaje demasiado oscuro. En cierta población, ya transcurriendo la segunda mitad del siglo décimo octavo, de unos labradores se decía que eran reveceros, y que de esta clase eran los que tenían cuatro yuntas, lo que en aquel lugar y sus alrededores daba un total de ocho. La respuesta era lo bastante imprecisa como para que tuviera que admitir la posibilidad de que quienes labraban de aquel modo a cada arado pudieran uncir entre dos y cuatro reses. Como, de ser correcta la primera posibilidad, quedaría excluido el relevo, y sería obligado reconocer que no tendría sentido hablar de labradores reveceros, tenía que admitir, de acuerdo con la dimensión de la cabaña que indicaban las interpretaciones precedentes, que ocho serían las yuntas reveceras; una lectura que equivaldría a aceptar que a la composición de este complejo contribuiría un máximo de treinta y dos animales, o cuatro animales por arado, como en la primera modalidad que había imaginado. Pero la exégesis menos cargada por el prejuicio también permitía pensar que los animales que en aquel lugar componían la manada de trabajo podían ser dieciséis. Al principio quedé desconcertado. Aquello, en contra de lo que necesitaba, enrarecía aún más el conocimiento de los hechos en cuya restauración tanto me había comprometido, y restaba todavía más soporte a mi inestable posición. Un instante bastó para que viera derribarse ante mí todo la arquitectura que había levantado. Definitivamente, parecía como si la fuente que había heredado de mi Director estuviera cargada con un maleficio.
Ya me había impuesto discreción para las sucesivas síntesis cuando un paréntesis de calma, que empleé en repasar la colección de anotaciones que había reunido, una vez agotada la consulta en el archivo, me permitió analizar una versión del revezo que hasta entonces había escapado a mi atención. Algunos de los que habían comparecido ante el juez para satisfacer la misma encuesta, habitantes de lugares no muy distantes de los precedentes, declararon que sus labradores reveceros invertían la energía de su labor a razón de tres reses por arado. Estaba por tanto en la obligación de reconocer que para sus revezos solo un animal sustituirían cada vez, con más probabilidad dividiendo la jornada en tercios.
Cuando recapitulé, y comprobé que en los testimonios el adjetivo revecero no solo se aplicaba a los arados, sino que también se atribuía a labradores y a yuntas, empecé a comprender. Los comportamientos que contenía la palabra revezo eran múltiples. Las abstracciones que permitían los hechos recuperados gracias a los documentos enseñaban que a la disección de cada caso se debía proceder con sumo cuidado. El análisis siempre tendría que mantenerse atento a aislar tres piezas, el arado, la yunta y los labradores, cada una de las cuales, según los testimonios, podía adjetivarse revecero, puntos de vista desde los cuales era idénticamente legítimo observar el fenómeno, pero que sin embargo no eran intercambiables sin más. Si en lo sucesivo actuara sin precipitarme, podría sacarle el mayor partido a lo que averiguara siempre que especulara sin prejuicios, con flexibilidad, al mismo tiempo con todas las variantes documentadas. Yunta revecera sería la que refrescara a otra, arado revecero el refrescado, fuera por una yunta o solo por un animal, mientras que el labrador que se llamara a sí mismo revecero sería el que hiciera uso de ambos recursos mediante la combinación de sus posibilidades. Cualquiera de los tres elementos pudo convertirse en el factor a partir del que emplear del modo más conveniente el capital energético de cada labor, aunque seguramente la posición más sensible al alcance del fenómeno sería la del labrador. Que un labrador fuera revecero podía significar que, para acumular la energía que necesitara cada arado disponía de dos animales, de los cuales, para abrir cada surco, solo uncía uno, mientras que el otro descansaba; de tres por arado, de los que por turno iba sustituyendo a uno de los dos uncidos; o contaba con cabaña suficiente para relevarlos a todos, bien por parejas bien a discreción. Debía, pues, ser mucho más cauto cuando reconstruyera el relevo a partir de los textos que lo mencionaran.
Animales maltratados
Bartolomé Desmoulins
1. El valor que los antiguos concedían al ganado asnal lo demuestra un conocido apólogo, aquel que cuenta que los vecinos de Nauplia, ciudad principal en las tierras de los argivos, a cuyo frente combatió Agamenón, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador. Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una urbe, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse. La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera bien visible a cualquiera que se acercara a sus tierras, y así conmemorar que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
Pero, como tantos nobles legados de la antigüedad, la memoria de tan acertado reconocimiento se extinguió. No diré que fue el descuido la causa única, o incluso la directa, de la pérdida. Pero desde luego contribuyó a que surgieran controversias, enfrentamientos y querellas sobre el valor de tan pacientes animales, unas por intolerancia, otras por menosprecio.
Uno de los más agrios que conozco fue el que tuvo su origen en 1756, cuando el representante y defensor de los algo más de setenta campesinos que trabajaban las tierras de un cortijo, localizado en el extremo sudoeste del continente europeo, pródigo en historias de animales, cuyo señor, para multiplicar sus rentas, había preferido fragmentarlo en al menos otras tantas parcelas, se querelló contra un vecino de la población en la que vivían, donde ejercía como boletero para el embargo de las bestias menores.
Entre las cargas que recaían sobre la población no exenta, estaban las exigidas por razón de servicio militar que habían sobrevivido hasta pleno siglo décimo octavo. El embargo de los animales de fuerza de la especie asnal, a los que solían referirse llamándolos bestias menores, conscientes de que las había de mayor entidad, probablemente era una de sus formas más visibles. El encargado de ejecutarlo era conocido con el nombre de boletero porque hacía y repartía boletas o acreditaciones del alojamiento, otro de los servicios que por razones militares se había reservado, quizás en parte una vez recuperado, el señorío de la corona. Obligaba a los vecinos de cada población a dar cobijo en sus hogares a los soldados que por ella transitaran. El documento, que el boletero repartía entre los miembros de la tropa que llegaban, los acreditaba. Presentándolo, cada soldado era admitido en la casa que le hubiera asignado.
Aunque para pleno siglo décimo octavo el servicio de alojamiento ya se redimía con una contribución, llamada de paja y utensilio, el embargo de las bestias menores sobrevivía como una obligación material. Quienes fueran dueños de este tipo de animales estaban sujetos al deber de ponerlos a disposición de las tropas para facilitarles el transporte de su impedimenta mientras transitaran por los caminos de cada municipio. De la selección y embargo provisorio de los ejemplares que lo efectuarían, y asegurar que se cumpliera, se encargaba también el boletero. El discurrir de estos bagajes, cuyas jornadas estaban reguladas en ocho leguas por día, a causa de las continuas guerras sostenidas por los ejércitos de la corona las poblaciones de la región lo habían padecido continuamente, según algunos contemporáneos, entre 1709 y 1756, casi medio siglo de prestación ininterrumpida del mismo servicio.
2. Muchos trabajadores del campo se arriesgaban a promover modestas explotaciones porque disponían de algunas cabezas de ganado, y así, aunque fuera por un año, se convertían en ilusionados y discretos pequeños empresarios. La mayor parte de los que habían tomado las parcelas de aquel cortijo en 1756, todos de esta clase, poseían una yunta de burras, con la que atendían las necesidades de fuerza de sus respectivos planes. Frágiles y no obstante entregadas, las jumentas les proporcionaban la energía más elemental de cuantas se aplicaban a la producción de los cereales. Mientras que los que habían decidido ser transitoriamente empresarios se limitaban a ellas, las grandes labores solían servirse de poderosos bueyes, que les permitían disponer de las enormes masas de trabajo que consumían, y de mulos, ganado preferido cuando se trataba de invertir cantidades moderadas de esfuerzo.
Las burras de aquellos campesinos nunca estaban paradas, y las aplicaban incesantemente a toda clase de trabajos. Las utilizaban para transportar a las tierras que iban a sembrar sus granos sementales, que guardaban en sus casas. Luego, antes de verter la simiente en los surcos, emparejadas por el yugo, tiraban del arado y consumaban el barbecho que les era posible, limitado a dar a las tierras el hierro necesario para que quedaran abiertas. Y, una vez sembradas, de nuevo las araban, para completar los trabajos que daban principio a cada explotación. Cuando llegaba la hora de recolectar, recogían las gavillas de la mies que cada cual hubiera segado en unas grandes redes trenzadas con tomiza que, sirviéndose del lenguaje de los pescadores, llamaban jábegas, de malla de luz muy abierta. Las cargaban sobre sus burras y los sufridos animales las llevaban hasta la era, junto a la cual las iban dejando. Esparcidas sobre el empedrado, también eran ellas las que pisaban y tiraban del trillo que pasaba sobre las espigas. Y, una vez separado el grano de la espiga, asimismo lo transportaban hasta el lugar donde cada uno deseara conservarlo.
Durante el resto del año, los días que no estaban ocupadas en el cultivo o en la recolección las empleaban en recoger estiércol. Lo iban mendigando por las casas y otros lugares en donde pudieran encontrarlo, como mesones y posadas, y allí donde lo consiguieran lo recogían, una vez más sirviéndose de ellas, para conducirlo hasta las tierras que cultivaban. A juicio de quienes eran expertos en los procedimientos que convenían a aquella manera de cultivar los cereales, era indispensable que quienes la adoptaban aplicaran sus jumentas a llevar el estiércol a sus parcelas paulatinamente, para que sus tierras pudieran alcanzar la sazón que necesitaban si a continuación, en otoño, debían sembrarlas. Las estercoladas eran la principal inversión que las pequeñas empresas podían permitirse en beneficio de sus parcelas. A causa de su incesante preocupación por obtener producto, las sembraban todos los años, y para que pudieran fructificar con tan exigente frecuencia, no había más modo de requerirlas que agregar a la tierra estiércol, sin el cual no podría servir porque se agotaría. Así se garantizaban una productividad que de otro modo sería imposible.
Pero la burra era una especie de ganado de tan endeble naturaleza que, aunque trabajara día tras día, en modo alguno era a propósito para hacer largas jornadas itinerarias. En caso de que con ella se decidiera atender rutas, solo podía aplicarse a cubrir dos, a los sumo tres, leguas cada día, distancia máxima que era capaz de resistir.
3. Desde antiguo existía una legislación que amparaba a los campesinos frente al embargo de bestias. Una de las leyes del reino había establecido que bueyes nin vacas, nin otras bestias de arada, nin los arados, ni las ferramientas, ni las otras cosas, que son menester para labrar las heredades, nin los siervos que son puestos en ellas señaladamente para labrarlas, defendemos que en ninguno no lo tome a peños. Nin otrosí, ningún juzgador, nin otro home no sea osado de las prendar nin facer entrega de ellas, e cualquier que los ficiese sea tenudo de pechar al señor de ellas todo el daño e menoscabo que viniere por esta razón.
Más tarde, a esta explícita decisión le fue añadida otra similar, con el tiempo incorporada a la recopilación novísima: Establecemos y mandamos que no sean tomados, ni prendados, ni embargados por ningún ni alguna manera bueyes ni bestias de arar, ni los aparejos que sean para labrar y coger pan, y si contra esto hicieren mandamos que tornen la prenda que prendaron, tomaron o embargaron en cualquier manera al querelloso con el daño que por ello recibiere, y por este mismo hecho caigan e incurran en pena del cuatro tanto de lo que valiere la cosa que fuere tomada y embargada.
Luego las bestias de arada que sirvieran para el cultivo de las tierras de cereales debían quedar exentas de las obligaciones relacionadas con los tránsitos militares. Aun así, ocasionalmente el rey podía exigir a sus vasallos que le suministraran carros y bagajes, para su real servicio, a un precio tasado y a la vez moderado, aunque era raro que transigiera aplicar esta exigencia extraordinaria a quienes labraban las tierras que producían los bienes alimenticios. No obstante, el boletero de las bestias menores de la población, para destinarlas a los tránsitos de soldados y cargas, decidió embargar las burras que los campesinos de aquel cortijo tenían, incluso cuando las estaban empleando en las actividades a las que regularmente las dedicaban.
Aparte la forzada manera de interpretar el fuero, las consecuencias materiales de aquella manera de obrar se podían prever. Por experiencia se sabía que para que consumieran entera una jornada de ida y vuelta al servicio del ejército, de ocho leguas de dilatadas y violentas marchas, era preciso apalearlas, de lo que resultaba que muchas volvieran lastimadas, totalmente inservibles.
Denunciar estos hechos fue suficiente para que el corregidor, que actuaba como juez de primera instancia, ordenara que ni aquel boletero ni los demás, fueran de bagajes mayores o de menores, en modo alguno embargaran a los campesinos los animales que tuvieran. También les ordenó que para los tránsitos de los soldados por los caminos de la población, a partir de aquel momento, tal como siempre se había hecho, recurrieran a las bestias de arrieros, hortelanos, aguadores y otros traficantes, a quienes el embargo no les causaba perjuicio.
4. Pero, avanzado ya 1757, el corregidor modificó su criterio. Amparándose en que debía aclarar el sentido de la sentencia precedente, de cuya redacción dijo que había causado dudas, tanto a los cedidos en el cortijo como a los boleteros, porque cada uno de ellos la había interpretado de distinta forma, precisó que su propósito había sido garantizar los animales que tuvieran a quienes trabajaban sus tierras durante la siembra y los agostos, pero no durante el resto del año, una decisión ante la que quienes estaban instalados en el cortijo habían reaccionado exigiendo excepción para todo el año. Tanta intransigencia, en opinión del corregidor, estaba ocasionando graves perjuicios a los militares que transitaban por la población, quienes no podían disponer de todos los medios que necesitaban. Había decidido, por tanto, que los boleteros pudieran embargar las bestias menores de quienes las tuvieran cuando fueran necesarias para cualquiera de los tránsitos, si no eran tiempos de siembra o de recolección.
Haciendo uso del margen que le había proporcionado aquel nuevo auto, en la noche del primer o segundo día del mes de septiembre el boletero embargó una burra a uno de los campesinos del cortijo, a pesar de que en aquel momento estaba llevando estiércol a su haza y estaba sembrando su tierra. Necesitaba siete bestias menores y el corregidor le había mandado que recurriera a las de aquellos campesinos. Cuando la jumenta fue embargada era robusta y estaba sana, pero cuando le fue devuelta a su dueño estaba tan lastimada, a causa de lo pesadas que habían sido las cargas que había soportado, que de la agitación que padeciera en el tránsito murió.
5. La reacción del representante de los campesinos no se hizo esperar. Por su iniciativa, el día siete de aquel mismo mes, ante el corregidor tuvo que comparecer el boletero de bagajes menores para someterse al interrogatorio que proponía. En el transcurso de su declaración vinieron a descubrirse nuevas circunstancias del caso, las mismas que luego, en las deposiciones que se sucedieron ante la autoridad judicial, a partir de fines de septiembre, de los testigos aportados por el defensor, fueron corroboradas y en algún caso completadas.
Quedó demostrado que el boletero nunca, en ninguna época del año, había embargado bestias a los magnates del negocio de los cereales, los labradores que explotaban cortijos completos, a pesar de que sus burras solo trabajaban en la conducción de sus granos durante la recolección. Así se había conducido siempre, incluso cuando había la mayor necesidad y faltaban bestias para cumplir con los tránsitos de soldados.
No se pudo precisar cuántos arrieros ejercían en la población, ni cuál era la cantidad de animales que sumaban sus recuas, respecto de lo cual solo quedó constancia de lo que declaró, con una buena dosis de cinismo, el propio boletero: que unos tenían dos bestias, otros tres, otros cuatro, otros cinco, otros seis, otros siete y tal cual ocho. Pero sí se pudo establecer que los arrieros le pagaban cada mes 30 reales para que en los embargos los tratara de la manera que más les favoreciera.
Pero sobre todo se supo que la verdadera ocupación diaria del boletero en cuestión era recabar uno, dos, tres y hasta más reales de cada vecino que tuviera burras. A cambio, si le daban la cantidad que les pedía, les ofrecía que las relevaría de los embargos para los tránsitos de soldados. Muchos, para evitarlos, conservar sus jumentas y evitarles el daño al que podrían quedar expuestas, no se pensaban dos veces pagarle lo que les pedía, y continuamente le daban algunas cantidades. Uno de los campesinos del cortijo, además de un real de a ocho por año, cuando se hallaba apurado de fuerzas recurría a darle uno o dos reales, mientras que otro, que tiempo atrás también había labrado una de las parcelas del cortijo, para que el boletero le eximiera las burras que tenía, también le había pagado dos reales por cada vez que se las libraba.
Aun así, los campesinos, además de darle cantidades de dinero como las mencionadas, se veían forzados a concederle otras compensaciones. Muchas veces había ido a casa de uno de ellos a embargarle las burras, y para que no lo hiciera, aparte las ocasiones en las que le dio dinero, tuvo que darle carne, pan o trigo y, por la pascua de navidad, tortas. Otro día había ido el boletero a casa de uno de ellos y le había pedido a cambio de la exención una cuartilla de harina. Mientras estaba sentado en el patio esperando la dádiva, lo atravesó una polluela. El boletero se la pidió y el campesino no tuvo otro recurso que dejar que se la llevara. Sabía que si no se la daba perdería, además de la harina, que le mirase sin equidad en los embargos con los que le amenazaba.
Como era público y notorio todo aquello, para justificar sus extraordinarios ingresos, el boletero se vio forzado a alegar que se había ocupado, y aún se ocupaba, aparte su mediación en los tránsitos militares, en trabajar en el campo. Pero todos los testigos mantuvieron que en realidad para mantenerse no tenía otra ocupación, ni ejercicio, ni trabajo, ni modo de pasar la vida, y que no se le conocía más oficio que su continuada estafa. Tan frecuentes habían llegado a ser sus abusos que ya eran muchas las ocasiones en las que públicamente se habían quejado por este motivo tanto aguadores y arrieros como algunos de los campesinos, los cuales, por esta causa, además habían elevado continuas quejas al señor del cortijo. Su administrador, actuando en su nombre, había intentado convencer al boletero para que se contuviera, pero no lo había conseguido. Aquella había sido la causa inmediata que había obligado a los campesinos a solicitar en justicia acabar con aquella situación. Al final, el boletero, que hacía dos años que estaba ocupado en aquel ejercicio, a consecuencia de su insaciable abuso, no solo había ido perdiendo de unos y otros las constantes regalías de las que era objeto, sino que estaba poniendo en riesgo su trabajo de mediación en los tránsitos militares.
6. Considerados los testimonios, el defensor creyó conveniente alegar, primero, que los treinta reales que al boletero le daban los arrieros abolían la igualdad y la proporción que correspondían al reparto de las cargas concejiles, lo que en sí mismo era radicalmente injusto. Llamó también la atención sobre un hecho evidente. Sin los carros y bagajes de los vasallos no podrían producirse los frutos de los campos, ni fecundarse ni fertilizarse, porque las tierras cultivadas eran la sustancia del reino. No creía superfluo recordar que sus representados cultivaban y sembraban tierras que fructificaban a Dios, al rey y al común, y sometió a juicio del tribunal la siguiente reflexión. Si el cortijo que sus representados ponían a producir continuamente permaneciera explotado por un solo labrador y estuviera a tres hojas, de las que solamente cada año sembraría una, el diezmo sería al menos un tercio inferior, y muchas menos las contribuciones, porque todas las rentas obligadas recaerían sobre una persona, cifra notablemente más baja de la que sumaban quienes en aquel momento hacían fructificar las tierras del cortijo. Por tanto, si las abandonaran, porque les fuera imposible mantenerlas, perjudicarían al diezmo, al real patrimonio, al señor conde dueño de las tierras y al común, sobre el que recaerían todas las cargas personales, reales y mixtas de las personas que las trabajaban. Y asimismo le pareció adecuado considerar, sin que creyera necesario mencionar el trato de favor del que eran objeto los labradores, que a pesar de las continuas guerras sostenidas por la corona desde 1709, y por efecto de las mismas haber padecido la población los continuos tránsitos de regimientos militares, nunca se había visto echar mano de las burras, estuviesen horras, preñadas o paridas.
Mas, concluyó el alegato del defensor, la mayor dificultad del recurso a las burras para los tránsitos, que efectivamente había puesto al descubierto aquel procedimiento, provenía de un hecho que todos los testimonios habían coincidido en reconocer, y que era necesario aceptar como imponderable. Si las burras hacían las largas jornadas que de ellas requería el ejército, debían parar en posadas. Cuando llegaban a una que no dispusiera de algún albergue separado o de alguna caballeriza exclusiva, no les daban acogida, ni siquiera les permitían que entraran. Así había podido experimentarlo uno de los campesinos en una ocasión, cuando con una burra suya, por no haber querido darle entrada en ninguna posada, le fue preciso hacer noche en el campo, y así ocurría con todos los que llevaban burras lejos. Cuando no las admitían en las posadas, porque habitualmente no tenían albergue particular para ellas, se veían precisados, después de la agitación del camino, a quedarse en despoblado y tenerlas sin reparo ni abrigo, de lo que resultaba volverse incapaces de servir. El rigor de aquel trato no provenía de una actitud de los posaderos especialmente hostil hacia aquellos animales. Las burras eran perjudiciales y dañosas siempre que en las mismas cuadras hubiera otros ganados machos alojados, fueran asnales, caballares o mulares. Por esta razón los trajinantes y arrieros jamás usaban burras.
El representante de los campesinos, en vista de todos los testimonios reunidos, solicitó que al boletero le fuera impuesta una grave multa, liquidara a sus representados los daños que les hubiera causado y se le condenara a las costas del procedimiento. Solicitó además, expresamente, que el valor de la burra embargada que después había muerto le fuera pagado a su dueño.
El 13 de octubre de 1757 el corregidor dictó un auto por el que ordenó al boletero servirse en lo sucesivo solo de las bestias asnales de los arrieros, trajineros, azacanes, hortelanos y los demás que las tuvieran en la población y no acreditaran excepción por fuero o privilegio, sin recurrir al embargo de burras de quienes tenían labranza. En caso de que no hubiera bastantes bagajes, daría cuenta al corregidor, quien decidiría. Sobre todo lo demás que, gracias al procedimiento, había quedado al descubierto, al boletero solo se le apercibió.
El valor del ganado
Dámaso Pérez
1. Un apólogo cuenta que los vecinos de Nauplia, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador.
Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una ciudad, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados, ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse.
La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera ostensible a cualquiera que se acercara a sus tierras. Así conmemoraron que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
2. En un altar dedicado a Zeus Polieo, levantado en Atenas, haciendo ostentación de una radical renuncia, cada año sacrificaban bueyes; nada extraordinario, porque muchos más, en muchos más lugares, antes y después, prescindían de esta parte del patrimonio del campo solemnizando su gravosa pérdida con el énfasis de los ritos. Lo peculiar de aquel sacrificio era que apacentaban y guardaban los bueyes, desde su nacimiento patrimonio público, solo para destinarlos a tan sagrado y trágico fin. Las ventajas civiles que las antiguas liturgias obtenían de la acertada elección de las piezas que por las representaciones las dramatizaban habían recomendado que al presupuesto de las polis fuera cargado tan extraordinario costo.
Para demostrar que nadie tomaba más responsabilidades que las imprescindibles, habiéndose consolidado tan especial manera de liquidar el capital común, consumaba el sacrificio un sacerdote, por el destino elegido para aquella clase de muertes, sirviéndose de una segur. Tanto era el pesar que sobre su conciencia cargaba el terrible acto que, en cuanto había degollado con un tajo al animal, arrojaba el hacha y huía. Sin pérdida de tiempo, los otros sacerdotes del templo, que por afinidad se creían cómplices de la culpa, secuestraban el arma con la que se había consumado el criminal rito.
Para encubrirlo, puesto que había sido objeto de un fatídico designio, como el que ensombrece la conciencia cuando se extingue la voluntad, la existencia de los derrotados, el valor de la memoria transmitida a los herederos, el de los elegidos para que formen el pelotón que ha de fusilar a Daniel Hidalgo, a continuación, no hallando a quien declarar responsable de la versión de la sangre que sobre las losas fluía incontenible del cuello abierto de la res, delegaban sus responsabilidades al juicio del Pritaneo, el tribunal que los atenienses tenían reservado para sustanciar los procedimientos contra las cosas inanimadas, para que juzgara al hacha con la que se había consumado la dolorosa renuncia a la vida útil.
Con el deseo de autorizar tan sorprendente manera de proceder, explicaban los atenienses que, reinando entre ellos Erecteo, príncipe de la Acrópolis, se había creado el precedente, una vez completado el primer sacrificio de este tipo en el mismo altar. Un sacerdote ejecutor, elegido por sorteo, satisfecho el dispendio, acosado por sus remordimientos, había arrojado tras de sí el hacha, y no solo había desaparecido, sino que había decidido humillarse con el exilio más distante. Abandonada el arma fatal, responsable directa del crimen cometido, había sido juzgada y, a la vista de los hechos, relevada de toda culpa y absuelta.
3. En la Hermíone griega todos los veranos celebraban una fiesta en honor de Deméter Ctonia, dispuesta a representar, con su sorprendente despliegue de medios, la falta de vigor del ganado bovino. Formaban una procesión que llegaba hasta su santuario, a cuya cabeza iban los sacerdotes y los magistrados anuales, y tras ellos mujeres y hombres en abundancia tal que podían representar a toda la ciudadanía. También formaban parte de la procesión inocentes impúberes, vestidos de blanco y coronados con ramas de cosmosándalo entretejidas. Cerraban el cortejo varias vacas jóvenes, elegidas aún bravas y silvestres, a las que unos servidores del templo arrastraban sirviéndose de cuerdas a las astas sujetas. Cuando llegaban al templo, cuyas puertas los aguardaban abiertas, desuncían de sus cuernos las coyundas que dominaban a la primera, y la vaca, al sentirse libre, se precipitaba a la naos. Las puertas del templo se cerraban en cuanto los conductores estaban seguros de que el animal ya no saldría.
Allí, posadas en sus sedes, engalanadas y provistas de los medios para el holocausto, la aguardaban cuatro frágiles ancianas, entre las que durante la víspera ellas mismas habían sorteado la que debía sacrificar la vaca que abría el desfile. La elegida por el destino la recibía con una hoz de bruñido bronce en la mano, versión solemne de la misma afilada hoja que todos los años proporcionaba los frutos cuando ponía fin irreversible a las vidas. Con ella debía cortar la garganta del animal que era decisivo para cobrar una cosecha generosa.
Nadie supo jamás a qué artes recurría la anciana para someter a la vaca. Pero lo cierto es que, a continuación, los servidores del templo de nuevo abrían las puertas, y encontraban sangrante y muerto al animal, las venas del cuello expandidas y aún latiendo, y a la anciana impasible, sentada entre sus semejantes, apenas su vestido marcado por un rastro de la sangre vertida.
Después, del mismo modo procedían con una segunda, una tercera y hasta una cuarta vacas, y del lado que hubiera caído la primera debían caer las demás, cada una irrecuperable, cada una a manos de una de las ancianas, que por turno iban consumando su hado.
En tanto estimaban a las abnegadas sacrificantes, sacerdotisas de las debilidades de los bóvidos, que en su favor erigían estatuas conmemorativas que las retrataban, para que ante el templo conservaran la memoria de sus arrestos. Quienes las consagraban, en los epígrafes que celebraban sus virtudes, reconocían que el objeto más venerado, de los cientos que el recinto sagrado conservaba, raíz de sus poderes, solo las ancianas sabían cuál era.
Precaución
Bartolomé Desmoulins
Todo el acopio de ganado era poco. Los contemporáneos que se empleaban en los cálculos más precisos, estimaron que para obtener 150.000 kilos de estiércol durante un año era necesario mantener 500 ovejas en régimen de pastoreo, porque creían que cada cabeza por término medio proporcionaba unos 300 kilos. Si la cabaña era bovina, se podían esperar rendimientos más concentrados. 12 vacas y 6 bueyes, según sus estimaciones, proporcionarían unos 50.000 kilos de estiércol al año, a razón de 2.778 kilos por cabeza.
Para que una hectárea proporcionara 10,6 fanegas de trigo debía consumir los nutrientes que le suministran unos 7.000 kilos de estiércol. Una explotación de 100 fanegas de superficie, si aceptamos que una fanega era aproximadamente media hectárea, para alcanzar ese rendimiento necesitaría unos 350.000 kilos de estiércol. Aspirar a un producto que no dejaba de ser discreto le obligaría al mantenimiento simultáneo de una importante cabaña ganadera, de al menos mil ovejas más el vacuno imprescindible; para la que, con el régimen de pastoreo, necesitaría una enorme cantidad de espacio adicional.
Emeterio decidió acopiar cuantas vacas y ovejas cupieran en sus tierras, más de la mitad de la comarca, heredadas de un padre pertinaz e incansable y mucho menos longevo de lo que había previsto. Se proponía hacerlas tan feraces que atrajeran un número de colonos que le permitiera vivir sin trabajar. Tanto estiércol acumuló en ellas que al cabo de pocos años la acidez que habían acumulado las hizo estériles. Los colonos desistían de contratarlas.
Cuando ya había padecido las consecuencias de su exceso, desesperó tanto que, sobreponiéndose a la pasión que lo ataba al patrimonio que había recibido, contrató a Elejalde y compañía el desestercolado de sus tierras a cambio de la mitad de ellas. Confiaba en que, con el abonado recibido, la otra mitad, una vez desintoxicada, sobraría para proporcionarle los rendimientos ajenos con los que había soñado.
Elejalde, cuya compañía era una potente bomba de agua, procedió a cumplir con su parte del trato. Pasaba por las tierras de Emeterio el río Aguión, generoso y corriente, abundante en percas. Elejalde acopló su bomba a la entrada del río en las tierras de Emeterio. Las sometió a un lavado tan intenso que recuperaron su pureza.
Cuando llegó el momento de saldar las deudas, Emeterio, como Elejalde había empleado en remediar el mal lo que juzgaba un recurso de su hacienda, rehusó pagarle. Domiciano, perspicaz hijo de Elejalde, ya acogido a las tierras de Emeterio como primer colono, lo acusó de injusto, y objetó, como compensación, el pago del canon acordado.
A Emeterio no le sorprendió la respuesta, y se aprestó a conducir parte de su importante reserva de ganado a las tierras de Domiciano, en las que por derecho podía pastar. Elejalde acabó con su asociado, y padre e hijo decidieron emigrar.
Incidente
Desiderio Iparraguirre
Un arriero, al que llamaban Colmillo, en la tarde del ocho de septiembre había dejado los mulos de su recua pastando en un cortinal. Estaba en las inmediaciones de un monasterio, regente de un lugar santo, un manantial de aguas milagrosas, centro para las celebraciones de los días singulares, polo de ocurrentes de toda especie cuando se conmemoraba cualquiera de los ingenios de la astucia religiosa. Aquel día era sagrado para los devotos de la natividad, y a él, devoto radical de la potencia generatriz, porque lo era de la fecundación, se confió Colmillo.
Al otro lado del camino que pasaba ante la puerta de tan rentable lugar estaba el cortijo que labraba la sociedad Moreno y Escribano, uno de los más cotizados de las inmediaciones de la población, de los llamados de ruedo, donde los días comunes el trabajo los condenaba al infierno.
Machos y hembras los había dejado su dueño sujetos con una traba, un ingenio para la custodia pasiva que consistía en una cuerda corta, reforzada con un trenzado, que a los animales inmovilizaba las manos. No les impedía desplazarse a saltos, mientras iban cortando con sus dientes el pasto, pero les agotaba cualquier ansia de recorrer distancias. A Colmillo le parecía suficiente para dormir tranquilo, confiado en que no saldrían de la parcela. No contaba con la brisa nocturna de los últimos días del verano, que saturó el aire con el hipómanes de las yeguas estabuladas en el cortijo. Quienes lo explotaban las mantenían para que las elegidas por la fortuna fueran madres de ejemplares para la remonta, y todas contribuyeran, llegada la estación, a los trabajos de la trilla.
Uno de los machos mulares sin castrar, enardecido por la carga del aire, se deshizo de la traba, se extravió y se fue para las yeguas. Que fuera o no estéril solo los hechos llegarían a demostrarlo, pero desde aquel momento el poderoso mestizo dejó constancia de que la naturaleza no había renunciado a nada cuando fue concebido. No tuvo suficiente con una. Maltrató e hirió a varias, buena parte de las cuales estaban preñadas. Su lujuria llegó a tanto que una de las yeguas, que bien podía haber sido su madre, quedó herida por una mordedura, profunda y sangrante, realmente grave.
Los regentes del cortijo, cuando a la mañana siguiente vieron los estragos que había causado el monstruo, se temieron graves perjuicios para su capital, mientras que Colmillo, avisado por el hermano portero del cenobio, se apresuraba a recoger al macho yacente, exhausto, la boca abierta, sus dientes de bestia a la vista, la lengua colgando, su rostro contraído en una sonrisa sardónica.
Enseguida dispuso que la yegua herida fuera curada por su cuenta, y el día siguiente las partes, de común acuerdo, designaron a un mariscal de ciencia y conciencia, Alceste de nombre, para que evaluara los daños que hubieran sufrido las inocentes ninfas. Sería su certificado el que discerniera si los había causado cualquier desgracia de las que tienen su origen en los accidentes que afectan a los équidos, o en el maltrato y el caldeo padecido a causa de la brega del macho. En el segundo supuesto el arriero tendría que hacer frente al fuego de su ejemplar. Tendría que liquidar a los consocios todos los perjuicios y daños apreciados a las yeguas, más los malos partos que pudieran ocurrir en el transcurso de los dos meses siguientes. Y si durante ese tiempo muriera alguna de ellas, como la que había sufrido la mordedura del mulo, los indemnizaría con su valor. Pero si pasara el plazo convenido sin ningún contratiempo, el arriero quedaría relevado de cualquier obligación.
Alceste, de palabra, ante las partes, y por escrito para el juez de campo, podría congratularse de que nada había trascendido a mayores, en parte gracias a sus cuidados, salvo que tres de las yeguas habían quedado preñadas. El mariscal, Colmillo, Escribano y Moreno celebrarían el prodigio, y el arriero, como recompensa al mal trago que hubiera hecho pasar a todos, decidiría renunciar a cualquier derecho sobre los potros que nacieran.
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