Anales egipcios

Redacción

Un momento singular de la formación de este tipo de relato es el de los anales egipcios, muestra al tiempo probablemente la más remota que de él pueda ser observada. El que por ahora puede ser aceptado como documento tipo de esta primera literatura suele aparecer escrito sobre una tablilla rectangular, bien de madera o bien de marfil. El texto que sobre este soporte queda escrito se juzga que estaría destinado a ser archivado precisamente por la resistencia a los efectos del paso del tiempo de los materiales elegidos para escribir sobre ellos.

     Uno de los ejemplares más valiosos de estos esquemáticos proyectos de relato, tanto por sus características materiales como por la representatividad de su contenido, es una tablilla de marfil que fue descubierta en Naqadah. Su protagonista es Aha, apellidado El Combatiente en otros textos que a él se refieren, para unos el unificador de Egipto, y por tanto identificable con el que una parte de las fuentes llaman Menes, para otros el hijo de este. Aunque a consecuencia del primitivo estado de la lengua escrita en el momento en que fue grabada, casi coincidente con el momento en que la escritura empezó a ser utilizada, su lectura aún debe considerarse hipotética y muy inestable, se puede afirmar que esta tablilla dice aproximadamente  lo siguiente:

     Aparición del Horus Aha. Abrir la tierra del canal serpenteante por el Horus Aha. Viaje del halcón en la barca. Fundación del santuario de las dos coronas: permanecen las dos señoras, por el Horus Aha. Ofrenda festiva en la entrega de los impuestos del alto Egipto y los suministros del bajo Egipto.

     La manera de expresarse que el autor de este texto prefirió fue la más lacónica, incluso excesivamente escueta, podría decirse, es más consecuencia de un prudente proceder del traductor que algo que esté en el original. La escritura de la lengua en aquel primitivo momento carecía de preocupaciones organizativas, más aún de medios que las expresaran, tales como los elementos que ahora nos sirven para ejecutar eso que en conjunto llamamos sintaxis. Nada seguro se sabe sobre si estas propiedades ya las había adquirido la lengua que por el medio jeroglífico era escrita, aunque es probable que sí. El problema era pues de estado primitivo de la escritura, y no de la lengua, y en aquel principio, habiendo sido elegido el medio jeroglífico para fijar la expresión, las declaraciones eran más genéricas que precisas, y desde luego en absoluto preocupadas por representar nexos o signos de puntuación. Así que la decisión tomada por el traductor, que ha consistido en hacer afirmaciones y yuxtaponerlas, puede apreciarse como correcta manera de evocar o reproducir lo que el lector del original podía interpretar.

     El texto refiere casi sin más aspiración que la del registro, sin explicar o justificar, hechos que por alguna razón no declarada debieron considerarse dignos de ser asociados al nombre del rey, para que así de ellos quedara archivada su memoria. Sin embargo, eso no le impide hacer incursiones literarias, o si se prefiere: aun en aquel elemental estado de la escritura no fue posible eludir la propiedad literaria que la lengua tiene por naturaleza. Pero tampoco sería del todo correcto hablar así, otra vez arrastrados a juzgar apresuradamente desde el estado en el que encontramos y utilizamos las lenguas que nos son familiares. La derivación literaria no era una vertiente inevitable de la escritura, sino una propiedad hallada y luego explotada con ingenio por los aristocráticos y escolásticos escribas egipcios, sin duda también los primeros escritores en el sentido más restringido. Como para representar idénticos sonidos, los de la lengua hablada, eran elegibles distintos símbolos, la idea sugerida por la forma representada pudo ser transferida al objeto que contenía aquellos sonidos. Las propiedades de aquel abierto recurso eran enormes y las posibilidades de explotación infinitas. Pero en general podemos decir que puso la lengua escrita sobre la senda del más fecundo de los recursos literarios, el de la metáfora. Podía haber una manera directa u ortográfica de escribir, pero hubiera dado origen a un extensísimo universo de signos, indominable por quienes tuvieran que escribir. Como la posibilidad de la heterográfica estaba abierta por la condición originalmente simbólica del sistema de escritura adoptado, fue la que se extendió probablemente por razones prácticas, y fue esta elección la que abrió la puerta a la posibilidad literaria, cuya eficacia quedaría a discreción de cada autor de texto.

     Esta posibilidad debe crear serias dudas a los traductores, que corren el peligro de en ocasiones precipitarse hacia la expresión derivada y en otras detenerse por exceso de prudencia en la inmediata. Aun así, el error de conjunto es poco probable porque finalmente un texto erráticamente interpretado carecería de sentido. Determinadas opciones metafóricas debieron quedar pronto cerradas, a modo de frases hechas, y ser desde entonces patrimonio común de los primeros escritores. Probablemente esto ocurrió antes, y de manera interesada, con las palabras de valor teológico.

     A este dominio corresponde el caso más claro de esta consecuencia de la escritura que el texto de Naqadah contiene. Horus es halcón, de modo que Viaje del halcón puede ser interpretado como Viaje del rey, porque previamente Aha, el rey, ha sido en dos ocasiones llamado por otro nombre Horus. Pero Horus es el nombre de un dios. En realidad, si los reyes de sobrenombran al principio Horus (con el tiempo su intitulación irá acumulando más nombres de dioses) es con la explícita intención, como nuestro texto demuestra, de presentarse como idéntico al dios. Lo que ya no está tan claro es por qué la palabra halcón fue inmediatamente utilizada para denominar al dios que debía servir para identificar en origen la monarquía. Hay antiguas teorías a este respecto, ahora seriamente discutidas y ya casi en desuso, pero aún no convincentemente sustituidas. Una de las posibilidades que podían manejarse es, por ejemplo, la poderosa propiedad alegórica del halcón, lo que nos invitaría a suponer hábitos literarios en la lengua hablada, aquélla que la escritura quiere retratar, lo que en absoluto parece despreciable. Pero lo que nuestro texto, en cualquier caso, enseña, si la traducción es inapelable, es que una misma secuencia de sonidos es ambigua, y que esto permite introducir propiedades literaria en el texto con interesantes consecuencias de contenido.

     Para juzgar sobre su alcance, conviene aún aclarar otros extremos del lacónico enunciado. Las acciones del rey que el registro celebra son las civilizadoras y justificativas de la monarquía, no una serie de hechos indiferente. La apertura o desobstrucción del canal, fuese un acto litúrgico que el rey ejecutaba, o sea una alegoría del texto, puede asociarse al origen del poder monárquico en Egipto. Su necesidad parece que en su versión más remota pudo estar justificada por la capacidad de controlar la naturaleza que cierta persona demostraba ante sus semejantes de manera convincente. El santuario de las dos coronas, en el que la presencia de las dos señoras es respetada, es simultáneamente referencia a los símbolos del poder unificado y a la fiesta sed. Las dos señoras eran las dos divinidades que personificaban alto y bajo Egipto, las dos regiones en las que administrativamente estuvo dividido el valle del Nilo para facilitar la acción de gobierno de aquella monarquía. En la fiesta sed, rito destinado a renovar los poderes del faraón, aquel santuario pudo estar presente desde el principio, aunque la arqueología por ahora solo lo ha documentado para momentos algo posteriores. La afirmación de este texto podría ser una referencia a que una parte de la fiesta, en su versión más antigua, pudo ser el rito de la fundación de un santuario por el rey. Finalmente, al principio un momento de aquella fiesta también pudo ser que representantes de las dos partes de la monarquía, como reconocimiento al poder unificado, y por corresponder a los beneficios de él obtenidos, entregaran, simbólicamente al menos, sus rentas.

     Si, para concluir, recapitulamos, debemos retener que el texto deja constancia de aquellos acontecimientos que certifican los atributos exclusivos del rey, probablemente con el mismo sentido ritual que los hechos registrados tuvieron: abrir o desobstruir el canal, recorrer el Nilo, fundar el santuario de las dos señoras y entregar las rentas. Si lo consideramos un relato, la unidad que hay que suponer a este tipo de composiciones podría proporcionárnosla la fiesta sed misma. En su transcurso, el rey, por el orden expuesto, sería el protagonista de tal serie de actos litúrgicos.

     Por esta razón se ha concluido que los primitivos anales egipcios fueron un medio literario al servicio de la formación de la monarquía unificada. La memoria escrita de aquella clase de hechos fue una contribución necesaria a la solidez de la nueva institución, en una época en la que la escritura jeroglífica todavía estaba formándose y el uso de la escritura, hasta donde ha podido ser conocido, sería limitado y escueto.



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