Límite al incremento de tierras cultivables
Publicado: noviembre 3, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
No hay constancia de que ninguna de las iniciativas para poner en cultivo las dehesas arbitradas prosperase, y sí de lo contrario. Del 11 de septiembre es un testimonio en el que se afirma que no había persona que hiciera postura en las tierras concedidas en arbitrio para el mantenimiento de los pobres. El 14 se dice que, aunque se había empezado a intentar el arrendamiento de tierras bajo las formalidades previstas por la junta, había sido inútil porque no había postor para ellas. Y el 17 otros se lamentan de que los mendigos, a causa de no haber fondos que pudieran ayudar ni de donde tomarlos prestados, tendrían que permanecer sin alojarse hasta tanto estuviera arrendada la dehesa elegida.
El 25 de septiembre, ante la reiteración de este tipo de informes, la junta se ve obligada a responder a uno de ellos que, al no haber postor para las dehesas, si el municipio discurriera otros medios o arbitrios que no fueran gravosos al común, los podía proponer. Pero que mientras tanto se siguieran pregonando las tierras, y si pareciera oportuno, que se despachara requisitoria a la capital para que allí también se publicara el pregón.
El 4 de octubre, en donde se había acordado que fuera arrendada la dehesa de La Alcaparrosa, reservada a las yeguas, los dueños de las manadas que la comían solicitaban que sin demora se adehesara la de Almanzor, designada en su lugar. Creían que habría de guardarse desde principios del mes que acababa de comenzar, para que la hierba que iría echando con las lluvias que habían caído se pudiera conservar. Pero La Alcaparrosa ni siquiera se había medido, mucho menos arrendado, porque no había habido postor.
Parte del bloqueo se puede adjudicar a que en todos los lugares de los que tenemos noticia el arrendamiento de tierras se gestionó con indolencia. Por más decididas que fueran las concesiones administrativas, los responsables municipales no pudieron evitar que burocracia, inercia y verano se coaligaran para que la iniciativa degenerase al letargo. Basta seguir el rastro de las decisiones locales tal como las hemos revisado o la lectura de la siguiente cadena de decisiones, extraída de una parte de la documentación, para corroborarlo.
Corresponde a un lugar que el 17 de agosto había redactado un informe a la junta con lo acordado sobre las tierras que se debían arrendar. Lo notificó con un propio y decidió que para resolver se celebrara cabildo el jueves siguiente, día 20. El 21 el propio había vuelto a la población con una orden fechada el día anterior que contenía la resolución de la junta. Para que se viera y se acordara lo conveniente, el corregidor mandó que se convocara a cabildo a todos los capitulares para el día siguiente, sábado 22, a la hora acostumbrada.
Aunque, tal como se había decidido, el cabildo del día 20 había sido convocado, no había tenido lugar por no haber concurrido suficiente número de capitulares. En el llamamiento que se hiciera para el 22 se advertiría de que había llegado la respuesta de la junta. Cinco días después, el 26, otro auto del corregidor dejó constancia de que el cabildo que había convocado para el 22 tampoco pudo celebrarse porque de nuevo no había concurrido número competente de capitulares. Atendiendo a que era necesario resolver el expediente sobre el asunto, y para que no sufriera más demora, mandó que de nuevo se convocara a cabildo para el día siguiente, jueves 27.
Habían pasado diez días y el arrendamiento de las tierras ni siquiera se había abordado, lo que no había impedido que la trama administrativa hubiera sido capaz de sostenerse para sí misma, sin necesidad de tener contacto con los hechos ni más contenido que el burocrático.
A la indolencia se sumó la interesada dogmática del sistema, que cae como una losa sobre las tierras disponibles. Los proponentes de las se pueden arbitrar parten que debe tratarse de dehesas, tierras acotadas, excluyentes del uso indiscriminado, segregadas previa facultad real. Las que se mencionan no son espacios que por primera vez salgan al mercado bajo aquellas condiciones. Desde al menos un par de décadas antes sobreviven en un estado a un tiempo transitorio y permanente, que compatibiliza el aprovechamiento ganadero con el cultivo esporádico. Serían las dehesas de pasto y labor ya hechas, a las que insistentemente se refiere la documentación del momento como otra de las unidades de producción regulares. Harían de reserva y amortiguador del espacio para el cultivo herbáceo consolidado.
Los estados extremos de aquellas tierras, según las descripciones que contienen los argumentos que manejan los responsables de los municipios, podían ser dos. Bien estarían cansadas a causa del cultivo ininterrumpido que hubieran sostenido durante los años precedentes, en cuyo caso, si salieran al mercado con toda seguridad no se encontraría para ellas arrendadores, ni por tiempo limitado ni por menos precio del que hubieran tenido hasta aquel momento. O bien, por haber sido solo pacidas, acumularían exceso de estiércol, un estado que incluso, a causa de la falta de cultivo, que provocaba que sus pastos fueran agrios y áridos, las podía inhabilitar para su uso ganadero. El equilibrio lo recuperarían pues cuando no se demorase su nueva oferta para una puesta en cultivo transitoria.
Podían salir al mercado razonablemente estercadas si las hubieran pacido de manera controlada las especies ganaderas menos agresivas, lo que inmediatamente incrementaba su calidad. Su alta productividad, si se elegían entre las que hubiera frecuentado la ganadería bajo aquellas condiciones, sería el mayor atractivo de la oferta. Tenían aseguradas el abonado espontáneo suficiente para mantener unos rendimientos muy aceptables durante los seis años del plan que había concebido la junta de granos regional. De ellas cotizaría además su descanso relativo, un barbecho no laboral de duración indefinida al que en el estado precedente habían quedado sujetas. El mayor precio y valor que a estas tierras se les consideraba permitiría obtener de ellas una razonable renta.
Los que patrocinaban del plan desde las administraciones central y regional cuidaron desde el principio que la oferta se hiciera bajo condiciones capaces de aprovechar el momento para promover la condición campesina. Evitaron el incentivo de la propiedad, que de existir inevitablemente llevaría a que las poderosas instituciones terratenientes, las únicas capaces de responder a la compra de tierras ofertadas por miles de unidades de superficie, incrementaran el acaparamiento del espacio cultivable. A mediados del siglo XVIII en el sudoeste siempre había gente dispuesta a cultivar algo de tierra para el cultivo de los cereales, incluso bajo las serviles condiciones del pegujal. Las tierras señaladas eran suficientes para incorporar a buena parte de la población campesina al espacio cultivado. A una oferta de este tipo, por más corta que fuera, difícilmente le faltarían concurrentes. Ofertar el espacio fragmentado en hazas de cincuenta fanegas facilitaría en particular el acceso a la condición de pelantrín, campesino intermedio cuya existencia minoritaria se reitera en la documentación recurriendo convencionalmente a esa voz, y a la que se refiere la reflexión agronómica del momento como escalón que hay que pisar para acceder a la clase superior de los labradores.
Pero aquellos principios entraban en pugna con otras consideraciones. En opinión de los municipios, sorprendentemente, las tierras baldías ofertadas en arrendamiento eran de baja estimación, y con dificultad se encontraría quien las arrendara, y las condiciones de la oferta, de las que eran responsables las otras administraciones, condenaban a solo transitar por la condición de campesino intermedio. Contratar la cesión en arrendamiento por un máximo de seis años, o incluso por solo cuatro años, y tener que pagarlo por adelantado, sería un filtro, en el mejor de los casos confiado al endeudamiento.
No solo no se muestran confiados en que aquel medio pudiera reducir la presión sobre la demanda de tierras para cereales. Hay quien indirectamente, ante las que considera evidencias, señala la llave para la descompresión de la demanda de tierras; el mecanismo para accionar la retracción de los modestos aspirantes. Donde más fácilmente se podían arbitrar tierras se había eliminado, no solo la excedentaria, sino casi toda la población campesina por vía de especialización en otra actividad. Por este procedimiento, la presión sobre la tierra había desaparecido, un procedimiento que sin embargo aún no era posible generalizar, como la misma existencia de los mendigos migrantes demostraba. La concentración y el acaparamiento de tierras aún no expulsaba campesinos sino que los subordinaba.
Su deseo que conservar inalteradas las condiciones del cultivo de los cereales lo avalaban apelando a la incuestionable fuerza de la tradición. Al poner en cultivo transitoriamente las dehesas, el objetivo que se persigue con su entrada momentánea al mercado de las tierras cultivables no es agrícola sino ganadero. Las tierras se rompen, labran y cultivan para quitar a sus partes lo agrio y árido que tengan por defecto de cultivo. Si se siembran durante un par de años, sus pastos se dulcifican y vuelven a su tono. Tras la experiencia del cambio de uso quedan mucho más apetecibles y agradables para el ganado. Así se consigue una gran utilidad para los ganaderos que las aprovechan.
Los testimonios tampoco ocultan que tan rigurosos dictados contra el cultivo permanente, sostenidos sobre argumentos de aparente rigor técnico, son obra expresa de quienes poseen el poder local, cuya incapacidad para promover entre las poblaciones aspirantes a poner en cultivo más tierras no era ajena a la descomposición del sistema institucional de los municipios a mediados del siglo XVIII. Durante las semanas que estuvo patrocinada la política de pobres el recurso a formas constitucionales extraordinarias para resolver sobre la materia pone al descubierto la insuficiencia a la que habían degenerado las instituciones municipales.
La del concejo abierto, en 1750 denominado cabildo abierto –puesto que cabildo o capítulo era el nombre genérico que a mediados del siglo XVIII correspondía a cualquier reunión de los órganos de gobierno de la ciudad– estaba normalizada desde la baja edad media. Era un recurso constitucional que había llegado a ser una excepción, a pesar de haber nacido como el órgano de gobierno original de los municipios, de inspiración democrática. Fue siendo marginado mientras lo suplantaba en el ejercicio de las decisiones públicas el concejo restringido, que se confundía con la cámara excluyente de los regidores o regimiento.
El 30 de julio, un ayuntamiento decidió que se reuniera en cabildo un concejo abierto, para el que estaría prevista una forma propia de convocatoria: por cédulas a los capitulares ordinarios, tal como era regular si se trataba de la reunión habitual de la cámara de gobierno, y por pregones públicos dirigidos a los particulares que desearen asistir. Debía conferir sobre la elección de las tierras baldías e incultas que pudieran arrendarse en el término.
Al celebrado el 1 de agosto en otro lugar concurrieron una parte de los miembros regulares de su gobierno: el corregidor, el alcalde ordinario por el estado noble, el alcalde ordinario por el estado general, un teniente fiel ejecutor, un regidor y el síndico procurador general de la causa pública; a los que se sumaron el vicario de las iglesias parroquiales de la población, el padre guardián del convento de San Francisco radicado en ella, cuatro antiguos alcaldes ordinarios y muchos vecinos, de los cuales en la fuente son identificados por sus nombres once.
Para un tercer lugar consta que la convocatoria de su cabildo abierto para el día 5 de agosto. Al tratarse de una materia que afectaba al aprovechamiento de los pastos, fue especialmente dirigida mediante pregones a los criadores y dueños de los ganados que pudieran verse afectados, así como a los demás criadores de cualquier especie de cría. A unos y a otros se les apercibiría que asistieran sin falta.
La fórmula del concejo abierto se prestaba pues a recuperar los fundamentos democráticos de la constitución original de las ciudades. Pero no era mucho el eco que encontraba entre la población. Es probable que para 1750 hubiera agotado todo su prestigio, incapaz de acoger de manera estable algún medio de gobierno del que pudiera servirse el común, apenas representado en el cabildo ordinario por un tribunado.
Los menos ortodoxos recurrieron a una fórmula bastante más irregular en términos constitucionales, el cabildo ampliado, que se resolvía agregando elementos a la cámara de gobierno a criterio de sus miembros regulares, entre los que dominaban los regidores.
El 17 de agosto, en la reunión ordinaria de un ayuntamiento, se decidió dar cuenta a la junta de granos del reino lo que ya había acordado en materia de tierras baldías, al tiempo que tuvo conocimiento de que el vicario y los párrocos de las iglesias de la población habían sido instruidos por su arzobispo para que con sus buenos oficios facilitaran, en la medida que pudieran, el sustento y aseo de los pobres mendigos y la formación de un hospicio. El gobierno de la ciudad acordó que se celebrara un nuevo cabildo el jueves siguiente, día 20, y que a él fueran convocados el vicario y los párrocos, para con ellos conferir qué hacer con las tierras baldías.
La ampliación discrecional del cabildo, más que el concejo abierto, evidencia que el sistema mixto en el que habían desembocado las instituciones municipales, agregado de sucesivos poderes emergentes, aun así resultaba insuficiente justo por las presiones que se originaban en el polo opuesto al común. Ni siquiera la voraz e indebida apropiación de los escaños con mayor capacidad política compartida, que los regidores habían consumado, a un tiempo ejecutiva y legislativa en el ámbito del municipio (los poderes decisivos en las materias judicial, fiscal y militar se los reservaba el corregidor), daba abasto a las aspiraciones de gobierno de todos los grupos urbanos potentados.
Dehesas arbitradas
Publicado: noviembre 1, 2026 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: crisis, economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
La producción de cereales a mediados del siglo XVIII estaba sobrada de tierras con capacidad para producir, y la mayor parte, que también era la mejor, era convenientemente reservada cada año para mantener el beneficio. La oferta de más tierras para el cultivo no parece la iniciativa más adecuada, a pesar de lo cual era un expediente reiterado en situaciones que requerían un incremento extraordinario del gasto público de los municipios, lo que de paso, entre otras, puede interpretarse como una prueba indirecta de la gran reserva de espacio que mantenía inculto el sistema agrícola y su sociedad. Para calibrar las repercusiones que sobre aquel estado de las tierras cultivables tenían decisiones como aquellas disponemos de información de algunas de las tierras baldías que fueron ofertadas en 1750 al amparo de las órdenes de las administraciones central y regional.
Las de un término estaban en la posición más ventajosa para que el plan prosperase. La principal ocupación de sus vecinos, gracias a la escasa distancia desde su población, era el abastecimiento de pan a la capital, tal como ocurría con otras grandes concentraciones urbanas en todo el continente. La especialización, según quienes lo regían, había dejado el campo vacío. Buena parte de él estaba sin cultivar y en el lugar casi no había quien tuviera ganado, fuera mayor o menor. Solo algún pegujalero tenía las reses precisas para el cuidado de lo poco que sembraba. Para su manutención, sus dueños tenían pasto suficiente en el término sin necesidad de recurrir a dehesa alguna, lo que desde hacía tiempo (desde tiempo inmemorial) habría hecho que el espacio decayera a un aprovechamiento ganadero marginal. Además, en el término había tierras baldías adehesadas de sobra.
Contando con estas circunstancias, para tomar un acuerdo a propósito de la orden de la junta de granos del reino, el gobierno de la población decidió celebrar concejo abierto del domingo 1 de agosto. Tras conferir sobre los medios para obtener fondos con los que hacer frente a la manutención de los pobres, sin que por ello se siguiera gravamen al común, los reunidos llegaron a una conclusión. El medio menos gravoso y que podía asegurar el efecto deseado, contando con las circunstancias y el plazo previsto por las órdenes, era que se arrendaran las dehesas llamadas Matatoros, Sajela [?] y Laguna Larga, Piedra Hincada, La Lapa y Fontanal, Las Canteras, Baldío de Matallana, Cerro Gordo y Turruñuelo y El Verdinal. Todas, en aquel momento, estaban baldías y sus frutos solían aprovecharlos ganados forasteros.
Se resolvió que se publicara el arrendamiento durante ocho días, con la condición de que debía ser anticipada la paga de los seis años por los que las órdenes habían previsto hacer el arrendamiento. Se fijarían edictos en los sitios públicos acostumbrados. Para la admisión de las posturas y sus correspondientes mejoras se comisionaba al corregidor, quien las remataría en el mejor postor. Su producto sería depositado, se deduce que en el arca eclesiástica de los principales, para que pudiera ser distribuido con intervención del vicario en alivio de los pobres necesitados.
Otras dos dehesas eran parte de un término extenso. Su ayuntamiento, el 10 de julio, conocido el acuerdo de la junta del 6 de junio, decidió solicitar la facultad para poder usar en arrendamiento por seis años el pasto y la labor de mil fanegas de tierra en el sitio conocido como la Fuente del Canto, una vez adehesadas y acotadas. Se estimaba que podrían producir en ese tiempo entres dieciocho mil y veinte mil reales de renta. En esa extensión se incluirían las tierras de La Carraola, que en otras urgencias se habían arbitrado cerradas únicamente para pasto de ganados y habían producido mil trescientos reales de vellón al año. La cámara de gobierno del municipio, teniendo en cuenta estos antecedentes, creía que de este recurso se deducían menos perjuicios para los ganados.
Transcurrió todo el mes de julio sin que el expediente se resolviera, y no fue hasta fines de agosto cuando por fin decidieron sacar al mercado las dehesas del Canto y Carraola. El 21 de agosto la junta regional dio su conformidad al arriendo de las mil fanegas de tierra propuestas. Se sacarían al pregón y almoneda durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta del remate a la junta.
El 27 de agosto fue recibida la aprobación de la junta y se acordó que se pregonara su arriendo por seis años, admitiendo las posturas y mejoras que se hicieran. Pasado los ocho días, los autos del hacimiento se llevarían a la cámara de gobierno de la ciudad.
Había otro término en el que la mayor parte de sus tierras baldías eran, como era notorio, de corta estimación porque habían estado arrendadas para el arbitrio de milicianos y cuantiosos, el servicio del que su nutría el ejército regular y que al parecer se había sufragado con una contribución extraordinaria de imposición municipal previa autorización de la corona. Sus autoridades estimaban que poco podían contribuir a los fines que se deseaban. Pero sí se podrían destinar a ellos las dehesas de La Alcaparrosa, reservada para invernadero de yeguas, o la de Los Carreteros. Dado el descanso que sus tierras habían acumulado, estaban suficientemente estercadas desde hacía tiempo.
Las más adecuadas para el arrendamiento serían las tierras de La Alcaparrosa. Además de su descanso, su calidad las hacía más atractivas. Arrendadas podrían proporcionar unos razonables ingresos, quizás no por los seis años previstos, pero sí por cuatro, y aún más por dos, plazos tal vez más convenientes. Tal como estaban las cosas, se dudaba de que los arrendamientos pudieran extenderse hasta los cuatro o los seis años, tanto más porque había de hacerse el desembolso de inmediato, como lo exigían la necesidad y los acuerdos de que se trataba.
El destino regular que tenían las dos dehesas con las que se proponían cumplirlos obligó a contar con los criadores y dueños de ganados, quienes dieron su consentimiento a que fueran La Alcaparrosa y Los Carreteros las que se arrendaran, y a que a cambio se señalaran tierras equivalentes para la manutención de los ganados que las aprovechaban.
Para resolver definitivamente se decidió celebrar un concejo abierto el 5 de agosto. A él serían convocados por cédulas los capitulares, y por pregones los criadores y dueños de los ganados afectados, así como los interesados en las demás clases de ganado. Todos estaban en la obligación de dar su parecer, y a unos y a otros se les advertiría que debían asistir sin falta. Si no se presentaran se les haría cargo, y sin su parecer el cabildo tomaría la decisión que creyera más conveniente, y por cuenta y riesgo de todos los que por su culpable omisión no asistieran. Con lo que se acordara se elevaría la correspondiente consulta a la junta regional.
La asamblea del día 5 no pudo celebrarse. No concurrieron capitulares suficientes, ni los criadores y dueños de los ganados destinados a las dehesas de Alcaparrosa y Carreteros. Se reiteró la convocatoria para el día siguiente y, tal como se había hecho en la del 5, se había avisado a todos los vocales y criadores de ganados que sin su asistencia, y por cuenta y riesgo de los que faltaran, se acordaría y se resolvería lo que pareciera.
Otra vez, aunque el día 6 había suficiente número de capitulares, tampoco habían concurrido los criadores de ganados, si se exceptuaban algunos que al mismo tiempo eran miembros del cabildo ordinario. Pudieron ser revisados los acuerdos tomados los días 31 de julio y 3 de agosto, y como era necesario decidir pronto, para que las tierras que pudieran arrendarse produjeran de inmediato ingresos que contribuyeran a los fines deseados, definitivamente se tomó la resolución de elegir para este fin la dehesa de La Alcaparrosa, de unas mil trescientas fanegas de extensión, que se arrendaría para labor por cuatro o seis años. Aun sin atender a la urgencia del momento, parecía conveniente que se cultivara al menos uno o dos años para dulcificar sus pastos. No obstante, habría de tenerse en cuenta que las tierras baldías dadas en arrendamiento eran de baja estimación y con dificultad se encontraría quien pujara por ellas.
Durante el tiempo que fuera cultivada serviría como dehesa invernadero de yeguas, equivalente a La Alcaparrosa, el acotamiento que se hiciera en las tierras baldías arrendadas para el arbitrio de milicianos durante los años precedentes en la dehesilla de Almanzor, sobre mano derecha del camino que iba de Utrera a Los Palacios, derecho a la venta que llaman de Orán, que era donde menos falta hacía una dehesa al común de los ganados, mientras que allí el yeguar disfrutaría pastos de tierra labrada.
El 17 de agosto el gobierno de la ciudad recapitula cuanto se había decidido. Una orden de la junta regional, fechada el 20 de agosto, daba su conformidad a la proposición sobre La Alcaparrosa. Su arrendamiento debía pregonarse durante ocho días, pasados los cuales se daría cuenta a la junta para que aprobara el remate. El 26, el corregidor informa a la junta del estado de la almoneda de la Alcaparrosa, y el 27, vista la orden del 20, la cámara de gobierno local queda a la espera de lo que últimamente resuelva la junta, para que la diputación creada al efecto pueda pronto valerse del dinero que se destine para sus gastos.
El 31 de agosto, en cabildo ordinario, se ve una nueva comunicación de la junta de granos del reino. Había resuelto, sin embargo de la consulta hecha al rey, y atendiendo a lo amplio de la facultad concedida por su majestad, que se procediera de inmediato a los pregones y remate del arrendamiento de La Alcaparrosa. Convocado cabildo para la tarde del día siguiente, se acordó que se tratara en él sobre el nombramiento de prácticos inteligentes que apreciaran lo que en renta anual debía ganar cada fanega de tierra de La Alcaparrosa, el tiempo fijo por el que se debía proceder al arrendamiento y si era conveniente arrendar algunas fanegas a cahíces.
Durante el cabildo del 1 de septiembre fueron nombrados como prácticos apreciadores de las tierras en renta de La Alcaparrosa cuatro hombres, de los cuales solo a dos se les llamó prácticos inteligentes. Debían medir la dehesa por hazas de cincuenta fanegas, por si de esta manera se conseguía con más facilidad el arrendamiento. Para que actuaran en nombre del cabildo, fueron además nombrados como diputados dos regidores.
El arrendamiento, que de inmediato se sacaría a la almoneda, finalmente se haría por cuatro años y cosechas. Se entraría en las tierras barbechando desde primero de enero del año siguiente, 1751, de manera que la primera cosecha fuera la de 1752, y las otras tres las de los años siguientes. Los arrendatarios debían pagar el valor y renta de los cuatro años en contado una vez que les fueran rematadas las tierras. El acuerdo no menciona la otra condición impuesta por la orden proveniente del Consejo, que el arrendamiento debía además satisfacerse por adelantado. No consta que en sus comunicaciones la autoridad regional hubiera decidido relevar de esta exigencia aquella cesión.
En cuanto a las tierras de la dehesilla de Almanzor y sus agregados, señaladas para dehesas de yeguas en invierno por su equivalencia con las de La Alcaparrosa, se guardarían desde primero de octubre del año en curso, para que sus pastos no fueran desfrutados por otros ganados que las yeguas. Desde el mismo día comenzaría la guardería de la dehesa, para lo que quien la ejercía en La Alcaparrosa pasaría a la de Almanzor. Los mismos prácticos y medidores que estaban nombrados para las anteriores diligencias, una vez que fuera medida y apreciada la Alcaparrosa, irían a medir y amojonar y surcar las tierras de la dehesilla de Almanzor, lo que habría de hacerse previa citación de los comisarios de yeguas y potros.
Tanto la necesidad de mantener una guarda como la del aprecio ponen al descubierto una salvedad, de la que tuvo que hacerse eco el municipio: que las tierras adehesadas de pastos también eran arrendadas. Su deseo era que la dehesilla fuera para aprovechamiento común. Pero si el costo de su explotación superase el precio de la tasación, o del que hubiera alcanzado el de la labor que hasta aquel momento había explotado la dehesa, se aumentaría por los arrendatarios el precio del cerramiento, que sería el concepto por el cual quienes aprovecharan los pastos quedarían obligados a efectuar un pago. Luego, si cualquiera de las tasaciones no era superada, el precio del arrendamiento lo sufragaría el municipio mientras su propósito fuese abrir el espacio acotado al aprovechamiento común.
Todavía, según avanzó el verano, el mundo feliz abrigado por un valle al occidente de la región, a pesar de la armonía que lo blindaba, volvió a la realidad bajo la amenaza de las ondas expansivas de la política de tierras baldías.
El 28 de agosto su cabildo volvió a reunirse. Valiéndose de la orden de la junta de granos del reino, y justificándose en la necesidad de hacer frente a los costos de la política de pobres, el gobierno de un lugar al sur había acordado vender por seis años el fruto de bellotas de las Alcoleas, baldíos del municipio, y arrendar por el mismo tiempo las tierras de las Vegas de Marilázaro, El Hombre Muerto y Vega de Diego Ramírez, más el corral o calleja que iba de Pedranchas al camino que salía en dirección norte.
Pero esos pastos y aprovechamientos, según quienes acababan de volver al mundo real aquel 28 de agosto, eran baldíos comunes a los vecinos de su población, cuyo perjuicio especialísimamente pretendían quienes habían decidido vender la bellota y arrendar aquellas tierras. Sus justicias habían despachado requisitoria para que en el lugar que había decidido enfrentársele se publicara la decisión. Para evitar el perjuicio que a su población le causaría, había optado por negar su cumplimiento con diferentes protestas, y servirse de los recursos que le convinieran para evitarlo.
El gobierno del municipio no debía perder tiempo en su oposición al arbitrio pretendido. Conducía al beneficio de su común y conservación de sus privilegios y reales ejecutorias, que tan porfiadamente venía defendiendo secularmente. Decidió diputar al síndico procurador general del municipio para que se trasladara a la capital, y, ante el intendente general y cuantos jueces y tribunales fuera necesario, por medio del agente general del cabildo, y en virtud del poder general que le tenía conferido, se opusiera al arbitrio que se intentaba hasta que fuera declarado sin vigor, dado el perjuicio que se le hacía al común de la población. Los costos y gastos que se causaran se suplirían de los efectos más prontos del cabildo.
Política de pobres
Publicado: octubre 27, 2026 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: crisis Deja un comentarioFelipe Orellana
Para hacer frente a los desplazamientos de población provocados por la escasez –un problema que la autoridad regional en 1750 caracterizó llamando a quienes los padecían indigentes transeúntes– la junta de granos de la región dictó reiteradas instrucciones.
Las primeras fueron publicadas el 6 de junio teniendo en consideración el estado en el que están los pueblos por la general falta de cosecha que se ha experimentado, la multitud de pobres mendigos que por esa causa habían quedado reducidos a las mayores infelicidad e inopia y los graves inconvenientes y fatales consecuencias que de esto resulta a la tranquilidad pública, la salud espiritual y la corporal. Deseando por todos los medios proceder con la mayor vigilancia y esmero, propuso a los municipios los recursos que la prudencia le dictaba más oportunos.
Tuvo que pasar casi un mes para que las iniciativas de la junta fueran secundadas por la administración central. El consejo de Castilla el 30 de junio promulgó una provisión que la junta de granos del reino, por acuerdo del 15 de julio, insertó en una orden dirigida a las autoridades municipales de la región. Se expresaba en términos similares a los de la orden de 6 de junio, a la que añadía algunas precisiones.
Cumplido casi otro mes, el 28 de julio siguiente, todavía el conde de Mejorada, vocal y secretario de la junta de granos del reino, circuló una carta impresa en la que de nuevo incluía, de orden de la junta de granos del reino, la provisión del consejo de Castilla.
Para que donde se experimentara la fatiga de la falta de granos pudieran hacer frente a la calamidad del momento, ordenaban que se hicieran, en las poblaciones en que por sus vecindarios se pudieran establecer, hospicios para recoger y albergar a los pobres mendigos y necesitados, y para alivio de los vasallos y seguridad de la salud pública.
Con el fin de sostenerlos, el rey había concedido que las poblaciones, previa remisión de testimonio de los arbitrios de que cada una usara, se valieran de la mitad de ellos, bajadas las cargas de justicia. Además, debían solicitar facultad para romper las tierras baldías que hubiera en sus términos, desmontarlas y beneficiar las que permanecieran incultas. Por seis años se podrían arrendar a dinero de contado y anticipado, aunque de ello no se podría inferir perjuicio a los pastos de los ganados del común ni a los de los municipios circunvecinos con los que tuvieran acordada una comunidad. El producto que se obtuviera de estos recursos tendría que invertirse en socorrer y alimentar en los hospicios a los pobres de ambos sexos necesitados, inválidos y que ya no pudieran trabajar acogidos en ellos, y en emplear a la gente jornalera en la composición de caminos, calzadas, puentes y otras obras públicas. Allí donde no se pudieran erigir hospicios, las justicias, con intervención de los párrocos, habrían de solicitar limosnas para socorrer a los pobres y jornaleros.
Buena parte de estas iniciativas no era original. Ya en 1737 habían sido acogidos en hospicios los pobres que había provocado la caída de la producción de cereales, y se habían puesto a la venta tierras baldías.
El estado de las poblaciones, en contra de lo que daban por supuesto las primeras instrucciones, no era homogéneo. Consultando testimonios cuantitativos independientes, referidos al producto de cereales obtenido en 1750, se comprueba que no era general la falta de cosecha, ni podía haberse experimentado ya el 6 de junio, cuando se hace por primera vez aquella afirmación, porque esa fecha cualquier año correspondía al comienzo de la siega.
Unas afirmaciones tan frágiles raramente debieron parecer el mejor aval para dar crédito a que fuera multitud de pobres mendigos la que hubiera quedado reducida a la indigencia, aunque sí es posible que menudearan las voces de quienes temieran de su desplazamiento graves inconvenientes, y hasta fatales consecuencias para la tranquilidad pública y para la salud espiritual y corporal. Aun así, los municipios para los que disponemos de información directa solieron atenerse solícitos a las instrucciones de la junta regional, si bien no todos con idéntica decisión, y ninguno apresurándose.
En los últimos días de julio los hubo que se limitaron a acusar recibo y comprometerse a cumplir las órdenes, mientras otros, investidos de poderes excepcionales, en sesión de su junta de granos acordaban que las instrucciones recibidas se llevaran a su ayuntamiento para que resolviera.
También hubo quienes pocos días después, el 7 de agosto, soslayaron ejecutar orden alguna porque vivían en un mundo feliz. A su cabildo municipal, además de los capitulares, aquel día concurrió el cura más antiguo, vicebeneficiado de la parroquia. Por la divina misericordia, reconocieron con su concurso, en la población, sin embargo de su crecido vecindario, no se padecía la general necesidad prevista por la real orden que se experimentaba en los demás pueblos.
Para el abrigo y recogimiento de los mendigos desde luego disponía de una cuadra con su fogaril, donde se acogían, y para el refugio y alivio de los necesitados enfermos había en la población un hospital asistido de médico y medicinas y alimento, cuyos gastos satisfacía el municipio con sus rentas. La población no usaba arbitrio alguno ni tenía fondos de propios que pudiera emplear en los fines previstos por las instrucciones, y los caminos y las obras públicas se hallaban reparados.
La piedad cristiana de los vecinos de todos los estados con posibilidades sufragaba a los más necesitados. Los socorrían unos con limosnas diarias para la manutención de sus familias y otros con fondos para traficar y comerciar, lo que permite suponer que el acto caritativo, en lugar de con una limosna, en estos casos se consumaba empleándolos en el transporte que regularmente sostenía la economía de la población. A ello se agregaba la buena aplicación de los pobres al trabajo, y de las mujeres a los ejercicios de hilar el lino y la lana de los que se vestían, excusando aun la menor orfandad. No consideraban los capitulares que los que tenían posibles necesitaran de exhortos para hacer limosnas, ni los pobres de amonestación para aplicarse al trabajo, porque a todo concurría el loable celo del cura, sus demás compañeros y todos los eclesiásticos.
Tan detallada glosa del mundo feliz concluía confiándose a la divina piedad, de la que esperaban que no se experimentara en la población la general necesidad de la que otras se lamentaban. En aquel momento se hallaba de sobra por las calles el pan a diez y a once cuartos la hogaza. Y que no faltarían las lluvias a su tiempo. Si ocurriera que se experimentase la necesidad –lo que Dios no permitiera–, determinarían los capitulares el esfuerzo que debían hacer los vecinos de posibilidad para subvenir a los socorros que se necesitaran.
Probablemente la clave de tan singular alabanza de la vida de aldea haya que buscarla en una explicación a propósito de la fuente para financiación de su plan que la junta había decidido. Los rompimientos de tierras, aclara, en su caso eran regulares. Incluían las rozas que se ejecutaban en sus campos baldíos, que en aquel momento ya estaban ejecutadas. En virtud de reales privilegios, cada año se hacían sin pensión o terrazgo. De esta manera replicaban a la pretendida obligación de arrendar a dinero de contado y anticipado las tierras baldías que preveían las instrucciones recibidas.
Fueron más los que, sin dejar de mostrarse disciplinados y sumisos (prestando su rendida observancia y deseando proporcionar tan piadoso proyecto a correspondencia de la recomendación que se merecía, por lo vigente y beneficiosa que era su práctica), pusieron objeciones. Entre pleno mes de julio y principios de agosto adujeron que los medios propuestos y concedidos, en sus casos al menos, de ninguna manera podían tener efecto.
Por sus escasos vecindarios no entraban entre los de capacidad reconocida para formar hospicio en el que recoger a los pobres mendigos, aun cuando para ese fin dispusieran de hospital, uno de los cuales sin embargo no tenía rentas proporcionadas. Y porque no usaban de arbitrio alguno y ni había en sus términos tierras baldías que romper, desmontar y arrendar que pudieran contribuir a la subsistencia y manutención de los pobres.
No todos los objetores se limitaron a la actitud pasiva y los hubo que propusieron medios distintos, sobre los que seriamente habían reflexionado. Consideraban que eran los más útiles para la atención con que el municipio miraba un negocio como de tanta importancia. Los pusieron en conocimiento de la junta de granos del reino, para que a su vez, habiéndolos aprobado, los hicieran presentes al rey para que concediera la facultad necesaria.
Hasta donde puede seguirse el rastro de estas iniciativas, parece que una parte se dirigía a obtener facultad para buscar dinero a censo o bajo cualquier otra forma de crédito, lo que complementaron con iniciativas en materia de arbitrios.
El 10 de julio un ayuntamiento creía que con el producto de los medios propuestos por la junta no bastaba para los gastos previsibles. Sin renunciar al importe que pudieran proporcionar las tierras baldías, creía más oportunos los que serían menos gravosos a su común. Se podría solicitar facultad para usar arbitrios de: medio real en arroba del aceite guiado que saliera de su término, que habría de satisfacer quien lo extrajera, fuera vecino o forastero; dos reales en piel curtida, de las que se curtieran en las tenerías locales; y cuatro reales en pieza de paño y dos reales en pieza de bayeta de las que se fabricaban en la población. Solo se habrían de usar por el tiempo que su importe rindiera lo suficiente para satisfacer los créditos que se contrajeran para socorrer la necesidad del momento, descontando el producto que las tierras arrendadas proporcionaran en los seis años por los que se pretendían usar. Más de un mes después, el 21 de agosto, el conde de Mejorada se limitó a comunicar que la junta no había juzgado conveniente gravar con aquellos arbitrios al común.
Ya el 14 de septiembre otro ayuntamiento propuso a la junta del reino la imposición de arbitrios sobre frutos y otros géneros, así como el arrendamiento de algunas tierras baldías. Pero tampoco fueron admitidos por la junta. Y no solo los arbitrios propuestos no fueron autorizados, sino que los vigentes resultaron incapaces. Tres días después, el 17 de septiembre, en un lugar se reconocía que los cortos fondos disponibles del arbitrio de milicianos, empleados en el socorro de pobres mendigos, durarían muy poco.
Beneficios de la mediación mariana
Publicado: noviembre 12, 2025 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
En 1750 algunos se vieron obligados a dar las gracias por los beneficios que de la mediación mariana en primavera recibieran. A comienzos de septiembre, cuando ya todo se había consumado, los miembros de la cámara de gobierno de una población de entidad, que en marzo habían designado como su compatrona una imagen de santa María, en reconocimiento decidieron hacerle cada año en la iglesia del convento en donde se le daba culto una fiesta, con su misa mayor y su sermón. La oportunidad para que todos los devotos institucionales se unieran a ella quedaba al alcance. El día ocho del mes que estaba transcurriendo se celebraba la natividad de la Virgen, y parecía la ocasión más oportuna para satisfacer tan justificado propósito.
Una semana después el gobierno de la población, una vez meditado lo que había decidido, vio que ese día no era el más adecuado para cumplir con la ceremonia apropiada. Mañana y tarde iban al convento demasiadas cofradías y hermandades de los devotos de la imagen. Asistían primero a la función en su honor y luego a la procesión que la sacaba en andas, haciéndola tan larga que terminaba a las cuatro de la tarde, o incluso a las seis. Teniendo en cuenta lo difícil que siempre era contar con la asistencia de toda la corporación, tanto por lo largo de la estación, que debía cubrir varios kilómetros, como por la grave incomodidad que en los días de la octava aún ocasionaban los calores, concluyeron que era preferible que el voto se cumpliera otra semana más tarde, cuando se conmemoraba el octavo de la natividad. No era necesario que a la fiesta de ese día acudiera íntegra la cámara. Estaría dignamente representada por la diputación que designara, lo que era suficiente para satisfacer el agradecimiento al que se sentía obligada. Fueron elegidos para cuidar de la liturgia que convenía al caso un regidor y el alférez mayor, que al tiempo también era regidor. Como colofón al cargo que se les delegaba, debían estar presentes en el acto, y al padre principal de la provincia de la orden que había elegido el santuario para erigir su convento, a su padre corrector y a toda la comunidad que residía en él comunicarían el acuerdo que se había votado, para que les constara la piadosa decisión de la cámara de gobierno y por ellos fuera aceptado.
Pasado el día quince, tal como los capitulares habían previsto, los dos diputados para el acto, cuando presentaron las cuentas de los gastos que la fiesta les había ocasionado, que por el momento habían tenido que sufragar de su bolsillo, no quisieron dejar de mencionar que durante la mañana en la que se celebró, acompañados por el escribano del municipio, hubieron de servirse de un coche, y menos lo penosas que habían sido para ellos las temperaturas que padecieran a lo largo de la estación, a pesar del cuidado que el municipio había tenido al elegir la fecha adecuada para la celebración. Se creían autorizados para recomendar que mientras fuera imprescindible mantener el voto, en lo sucesivo, por no contradecir lo que ya estaba acordado, que como mal menor se reservara el día octavo de la natividad de Nuestra Señora cada año para que con la asistencia de la corporación se celebrara la fiesta votada. La templanza de los días de septiembre cuando el mes ya hubiera avanzado, aunque las altas temperaturas aún pudieran ser molestas, podía ser aceptable en tanto se quisiera cumplir con un trámite que en cualquier imprevisible marzo de nuevo podía dar sus frutos.
Reserva de trabajo y migraciones. 2
Publicado: noviembre 24, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
En un año de crisis, a consecuencia de la falta de las migraciones estacionales, el déficit de riqueza que se produjera se incrementaría de manera vertiginosa. En 1750 el consumo de trabajo agropecuario tuvo que hundirse, un fenómeno en absoluto desconocido. Como la manutención y alimento de los trabajadores, en una población, en 1737, asimismo año crítico, consistía principalmente en las faenas que demandaban los labradores, dicen las fuentes, a partir de abril los más abandonaron el pueblo. Fue tan crecido el número de los emigrantes que disminuyó el vecindario en más de una mitad. Los que en 1737 a partir de abril abandonaban el pueblo se mudaron a la capital con sus familias, donde por esta causa se originó el problema de mayor magnitud. En 1750 el excedente de trabajadores de nuevo provocó cambios en los previsibles movimientos de población, y de nuevo en la capital tuvieron que hacer frente al alud. Como allí se encontraba mayores amparo y hospitalidad, el número de los que acudían a la capital a pedir beneficio en 1750 resultó excesivo.
En cuanto a los inmigrantes que cargaban con la recolección, aquel año no habría lugar ni siquiera a los desplazamientos previos del invierno para cerrar sus contratos. Otra parte de los movimientos tal vez tuviera su origen en una decisión política. A partir del momento en el que las autoridades públicas decidían racionar el consumo del pan en las poblaciones, para excluir bocas que creían excedentes por inútiles, provocarían una forma de emigración exclusiva de aquellas situaciones.
La evaluación del alcance económico de este cambio en las pautas de los desplazamientos también podría presentarse como costo de la migración, tanto para las poblaciones que prescindían temporalmente de una parte de su trabajo, y por tanto de las rentas que genera, como para las poblaciones receptoras, que recibían masas extraordinarias de inmigrantes que, al tiempo que generaban más costos, tenían más limitadas sus expectativas de obtener ingresos. Era difícil calcular, según nuestras fuentes, las necesidades que se creaban en la capital, porque a ella se acogían todos los necesitados de los demás reinos del sur, a consecuencia de la inmigración extraordinaria.
Pero, dado el comportamiento regular de los mercados de trabajo, cuando faltó una buena parte de las tareas de la invernada el problema se concentró en la parte cerrada de las poblaciones, la que en cualquier caso eludía la emigración. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña la preocupación se concentraba en que para entonces los trabajadores habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos. A consecuencia de la seca, que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo, que impedía toda clase de actividades, ya hacía muchos días que estaban sin el jornal diario los braceros de estos lugares. El déficit de trabajo, que a principios de la primavera afectaba sobre todo a quienes eran ocupados en la escarda, se convirtió en un problema público. En algunos mercados locales, la caída de la actividad degeneraría en tumultos, precursores de formas de protesta laboral más características de poblaciones cuyas economías terminaron acomodadas a la expansión de los mercados, grado de la civilización que solo se generalizó en tiempos más recientes.
Al día 2 de abril corresponden los primeros hechos inquietantes en la población donde estas protestas pueden conocerse con cierto detalle. Era por la mañana cuando a la casa donde vivía su síndico procurador general, el responsable de la defensa de los intereses públicos en el gobierno de la población, se arrojó gran tumulto de gente trabajadora. Demandaba de él que en ejercicio de su condición de síndico y padre de pobres solicitase para ella, porque perecía, limosna, pan o en qué trabajar. Otros informes, menos comprometidos con una parte del conflicto, identifican como protagonistas de estos hechos a algunos trabajadores a los que acompañaban muchos más.
El procurador fue desde la casa donde vivía a las capitulares con la intención de tratar el problema con los regidores que allí hubiera. Pero cuando llegó encontró a las puertas de la casa del municipio el mismo tumulto. Subió a la sala y en ella solo había algunos regidores, con los que efectivamente trató el asunto. Pero, como no eran suficientes para celebrar cabildo, decidieron que se convocase a todos para el día siguiente, viernes, con el fin de analizar la situación y decidir lo que fuera más conveniente.
Sobre las diez de la mañana le fueron notificados los tumultos al corregidor, la primera autoridad judicial y ejecutiva de la población. También supo que había algunos capitulares en el ayuntamiento con quienes podría reflexionar sobre lo que para aquel momento pareciera más conveniente. Cuando subía a la sede del municipio, encontró muchos hombres del campo congregados en la plaza. Estos, al verle, se fueron acercando a las casas capitulares. Uno de ellos se adelantó y dijo en voz un poco alta: “Solo un cuarto hemos juntado hoy”. El corregidor le hizo entender que subía a la sala a tratar de remediar su situación. Pero cuando entró, y encontró pocos capitulares, también decidió diferir la conferencia y las decisiones para el día siguiente, y procedió a la convocatoria formal correspondiente.
Al día siguiente, 3 de abril, el corregidor, ante los reunidos en el capítulo civil, reconoció que la necesidad era mucha, habían faltado en parte los socorros necesarios y algunos trabajadores habían encontrado un argumento en esta carencia. Invitó a los reunidos a que resolvieran lo que les pareciera conforme a su obligación, piedad y atención a lo que habían expresado los trabajadores. Los reunidos decidieron aplazar sus conclusiones a cuando hubieran terminado los registros de trigo que se estaban haciendo, una iniciativa combatida por la administración central en la que sin embargo persistían las autoridades locales. Se trataba de averiguar cuánto trigo había guardado en todos los almacenes de cualquier clase que hubiera en la población con el objetivo de incautar el que fuera necesario para garantizar la subsistencia. Sería entonces cuando se podrían dar con pleno conocimiento las providencias que a la institución correspondían.
Por el momento, no obstante, creyeron conveniente contener la osadía que comenzaba a manifestar la gente trabajadora, sin más justificación que el propósito de mantenerse a expensas de las limosnas muchos que no las necesitan, y quienes, aunque hubiese que trabajar, no solían hacerlo. Aquel mismo día aquella asamblea de gobierno había sido informada de que había bastantes hombres que se habían excusado de trabajar en las viñas con un jornal de trece cuartos y todo el vino que pudiesen beber. Para contener este atrevimiento, acordaron solicitar al coronel del regimiento de Santiago que pusiera dos piquetes, uno en las casas capitulares, de doce hombres y un cabo, y otro en la plaza del Altozano de otros doce hombres y otro cabo, para que estuvieran día y noche a disposición de las justicias, con el fin de contener cualquier desorden y para que siempre a las justicias se les guardara el respeto debido.
No consta que estos hechos conocieran mayores complicaciones. Parece que en aquel momento tuvo más capacidad movilizadora la amenaza a la subsistencia que la pudiera hacer peligrar el empleo.
Reserva de trabajo y migraciones. 1
Publicado: noviembre 15, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
El excedente de trabajo era regular, el volumen de quienes aspiraban a trabajar parecía excesivo. Se personificaba en la alta cantidad de hombres que la literatura administrativa del momento llamaba jornaleros. Según cálculos contemporáneos, en el sudoeste la proporción de jornaleros por labrador solía estar por encima de cinco, aunque quedaba lejos de llegar a diez en los casos de mayor diferencia entre una y otra cifra.
Que la proporción de hombres que ejercían como jornaleros fuese excesiva se adjudicaba, según una teoría extendida en la época, a la acción simultánea de: las normas aplicadas a la transmisión por vía de herencia del patrimonio familiar, que empobrecían a los herederos porque facilitaban la subdivisión de las tierras libres; el nivel de los precios, que a los observadores de mediados del siglo décimo octavo parece bajo y por tanto poco remunerador; y la supuesta falta de instituciones de crédito. No convence que estos factores operando a la vez tengan necesariamente aquel efecto, ni todos los supuestos son ciertos.
Otra teoría, más ajustada a factores causales inmediatos, partía de que la masa de jornaleros era consecuencia de la concentración de las labores, que reducía a quienes no eran labradores a la condición de jornalero. La restringida oferta de tierra que esto provocaba era causa de que muchos responsables de las pequeñas explotaciones tuvieran que ser simultáneamente jornaleros, probablemente en mayor proporción si se tiene en cuenta la procedencia de sus ingresos. Por eso buena parte de quienes se declaraban jornaleros poseían la clase de patrimonio que les permitía alcanzar ese estado, en especial el ganadero de labor.
De una o de otra manera, de la reducción de la población laboral agraria a la clase de los jornaleros resultaba, si hemos de creer a algunos analistas del momento, que estos no se casaban, el mayor perjuicio para el estado. Para ellos, la reducción a jornalero impedía el matrimonio, aunque al mismo tiempo afirmaban que las mujeres y los hijos de los jornaleros eran inútiles. Si las mujeres trabajaran como asalariadas, añaden, permitirían incrementar la renta de la familia cuyos ingresos dependían del trabajo. Pero las mujeres ni hilaban, ni iban a trabajar al campo. Que ni la mujer ni los niños ayudaban en las faenas del campo se podría explicar porque diariamente había que desplazarse hasta la explotación.
Una indagación más precisa del exceso de cada momento y sus consecuencias, observación adecuada para el análisis de la crisis, tendría que poner en relación la masa de trabajo a la que se podía aspirar con la población en edad laboral. Si el comportamiento regular del crecimiento de la población, en ausencia de mortalidad catastrófica, fuera positivo, habría que admitir que la proporción de población en edad laboral aumentaría constantemente. La desaparición de la mortalidad catastrófica permitiría el crecimiento positivo de la población y por tanto del tamaño de la oferta de mano de obra. Mientras la demanda de trabajo se mantuviera constante, habría exceso de población laboral.
No parece que la pauta biológica fuera tan definida durante la primera mitad del siglo décimo octavo, aunque tal vez la impresión puede ser más efecto de las dificultades para informarse que de lo que al crecimiento de la población le ocurriera entonces. Las fuentes más fiables son de la segunda mitad del siglo, y efectivamente permiten obtener un cuadro próximo al descrito. Pero quedan a mucha distancia del momento que observamos. Una solución transaccional podría ser poner en relación las cifras de jornaleros que registran los censos de fin de siglo con el tamaño de la población regional hacia 1750. Así se podría estimar el tamaño de la población amenazada por el déficit de trabajo para toda la región, e incluso sería posible observar el alcance del déficit por zonas, que sería función de las cantidades de jornaleros de cada grupo de poblaciones.
Cualquiera de estas estimaciones groseras de la reserva de trabajo no podría llevar a ningún resultado concluyente para adelantar en el análisis del déficit de trabajo desencadenado por una crisis. Parece que las relaciones que regían en el mercado de trabajo de la economía de los cereales, más que las pautas biológicas que acompasaban el crecimiento de las poblaciones, provocaba el fenómeno que marcaba el comportamiento del mercado de trabajo agropecuario, que era la permanente migración laboral. Las migraciones masivas por causa de trabajo eran una parte del orden regular de las poblaciones suroccidentales especializadas en el cultivo de los cereales. Es cierto que en la época el desplazamiento humano aún podía estar limitado por las condiciones señoriales que ordenaban, en mayor o menor medida, las poblaciones del momento. Pero la última palabra sobre el movimiento efectivo puede concedérsele a las posibilidades de que ocurriera.
El radio de acción de la búsqueda de trabajo se regía por el principio de la inmovilidad del hogar, lo que espontáneamente generaba los dos mercados que para la mano de obra distinguía la historiografía clásica, ambos locales, el domicilio y la feria anual. Aquel comportamiento actuaba en contra de la cotización de la fuerza de trabajo que se ofrecía. La mano de obra se convertía en la mercancía más estática, más estancada. La concurrencia actuaba en cada mercado en un grado muy bajo y era poco probable que los precios entre mercados locales tendieran a unificarse.
No obstante, según algunas explicaciones, un sencillo mecanismo podía provocar la expansión del mercado de trabajo y modificar el comportamiento regular de las migraciones. Lo desencadenaba la ampliación del espacio cultivado. La roturación de tierras en un municipio provocaría inmediatamente déficit del trabajo asalariado porque este sería transferido en masa, y bajo unas posibilidades distintas, al nuevo espacio cultivado. Inmediatamente estimularía al alza el precio del trabajo y, a continuación, incluso podía atraer población durante algún tiempo. La situación se prolongaría un máximo de tres o cuatro años, el tiempo que tardaban en agotar su fecundidad las tierras de menor calidad cuando se ponían en cultivo.
No parece una teoría desinteresada. Pero, dando por bueno que la causalidad entre factores que acepta esta explicación siempre actuara en las circunstancias regulares, sería posible evaluar el tamaño de las migraciones en cualquier caso, y por tanto su alcance. Bastaría poner en relación la superficie sembrada con la cantidad de hombres que esta tendría que demandar, según las cifras que precedentemente hemos ensayado. Restado a esta demanda el tamaño de la población jornalera que los censos precisan, se obtendría el tamaño estimado de la migración con su correspondiente signo.
Tal reconstrucción de las migraciones debería permitir además una conclusión, que también la renta que se obtuviera a cambio del trabajo de la superficie sembrada, en el caso de déficit o signo negativo, se perdería. No se trata tanto de la renta que se obtuviera a cambio del trabajo, que podría ser recompensada por la del trabajo que en otro lugar el migrante consiguiera; sino la renta que se obtuviera de la adquisición de trabajo ajeno para invertirlo en la tierra del lugar que perdiera al menos una parte de su energía humana. Cuando la mano de obra desapareciera de su mercado laboral, los rendimientos que de ella se obtuvieran dejarían de conseguirse, y el producto que de esta primordial aportación de energía pudiera obtenerse no llegaría a consumarse.
Esta posibilidad amenazaba cada ciclo a consecuencia de la caída del consumo de trabajo. Una parte del déficit era a un tiempo estacional y regular. Cuando cada año llegaba el denominado tiempo muerto, y la lluvia o el frío se imponían, no se podían hacer las faenas y se anulaba la posibilidad de trabajo. Era muy común que durante los meses de invierno las poblaciones se llenaran de hombres del campo que a causa del tiempo adverso retornaban a la población al día siguiente de haber trabajado.
A raíz de esta caída de la actividad se originaban migraciones regulares de corto radio, no obstante lo que más arriba se afirma sobre los movimientos de los trabajadores. Tan significativo desplazamiento de población desocupada ocurría en beneficio de los lugares donde las oportunidades de sobrevivir eran mayores. Los que ofrecían más posibilidades para atraer a los emigrantes eran evidentemente los de mayor tamaño, hacia los que con preferencia fluían los que se ausentaban provisionalmente del campo. Cada invierno, iban a la capital de la región por millares.
La amenaza de la pérdida de renta de las explotaciones por falta de quien trabajara alcanzaría un grado alarmante cuando afectara al extraordinario consumo de trabajo en tiempos de siega. Cuando ocurría la gigantesca demanda de la recolección, y la mayor cantidad de mano de obra era necesaria, en primer lugar se recurría a la ayuda del vecindario. Pero la población laboral radicada solía ser insuficiente. Era regular que en las poblaciones la oferta de actividad sobrepasara la cantidad de población apta para emplearse en este trabajo. Déficit de población y expansión del mercado de trabajo estacional eran el origen de los grandes movimientos anuales de población.
Como los grandes movimientos migratorios eran estacionales, que es tanto como decir que no modificaban la radicación del hogar, seguían corrientes estables, que también se atenían a la rigidez que ha sido descrita. La subida del precio de aquel trabajo era tan regular como el retorno de los ciclos, y de esta forma se garantizaba la rentabilidad de las explotaciones. No era la modificación de la demanda de mano de obra la que conducía los desplazamientos de la mercancía y su acceso a los mercados, sino las mencionadas corrientes. En invierno acudían en busca de este trabajo hombres del centro y del norte de la península y acordaban sus contratos para cuando finalizara la primavera.
Los gallegos que acudían a la demanda de trabajo para la siega de la región, parte más estable y más conocida de estos movimientos pendulares, tenían trazada una ruta que pasaba avanzada la primavera por Zamora, donde solían aprovisionarse al menos para una parte de su viaje. Otra parte de estos inmigrantes estacionales procedía de Santander, para cuyos habitantes era un destino preferente. Según un análisis correspondiente a mediados del siglo décimo octavo, que informa tanto de los desplazamientos definitivos como de los estacionales, algo más del 15 % de todos sus emigrantes elegía como destino la región, preferencia solo superada por las Indias.
Al menos una parte de los inmigrantes laborales que llegaban al suroeste hacían su camino a pie. Viajaban en grupo, porque de lo contrario no eran alojados en el trayecto, y era frecuente que se añadieran al viaje de alguna recua o vehículo. Cuando emprendían el viaje de retorno a sus lugares de residencia, quienes habían llegado hasta la región para trabajar en la siega formaban grupos, a cuyo frente un experto en las rutas del norte actuaba como guía, para evitar que los salteadores les robaran sus ganancias. Si concluían con éxito el peor tránsito, en un santuario próximo a Ponferrada dejaban como exvotos sus hoces.
Las juntas de grano locales
Publicado: octubre 10, 2021 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
Las poblaciones cabecera de comarca, del tamaño mayor entre las rurales, se atuvieron con cierta disciplina, o al menos nominalmente, a la política de libertad para el comercio interior de los cereales dictada por la administración central. Intentaron encauzarla a través de una junta local de granos, un órgano de excepción que no era original de la circunstancia que se vivía en 1750, lo que puede dar idea del componente rutinario que había en las soluciones administrativas que se proponían para las situaciones críticas. Los gobiernos de las principales poblaciones organizaron sus juntas adelantándose a cualquier orden recibida desde las autoridades central o regional, bastante antes de que el consejo de Castilla decidiera extender la fórmula; un hecho que, pasados los meses, contribuiría a complicar las relaciones entre las otras autoridades y las locales.
Los datos de que disponemos permiten deducir que las juntas de granos de los municipios rurales, en 1750, fueron constituidas durante el mes comprendido entre fines de marzo y fines de abril.
Cuando fue más temprana su constitución, la conciencia previa de esterilidad, más que la política patrocinada por la administración central, fue aval suficiente para recurrir a la fórmula. A iniciativa de su corregidor, una asamblea de gobierno local, cuando acordó crear su junta, se manifestó compadecida de la miseria en que estaba la población a consecuencia de la esterilidad y de lo exhaustos que estaban sus habitantes, afirmaciones que contaban en su favor con el tono enfático que convenía a los antecedentes ya conocidos y que tan bien resumía el concepto de esterilidad; al mismo tiempo, un modo de hablar lo suficientemente indefinido como para adelantarse a los efectos de la crisis y satisfacer las pretensiones más inmediatas de quienes las patrocinaron. Para ellos se trataba de hacer frente a lo que estaba ocurriendo y evitar en todo lo posible sus efectos negativos.
En otras poblaciones de rango similar parece que pesó más la inercia burocrática. A fines de abril en una de ellas se reconoció que urgía la constitución de su junta local de granos, que ya era inexcusable constituirla y que no era posible retrasar por más tiempo el recurso a un procedimiento que en otras ocasiones se había mostrado eficaz, lo que aconsejaba actuar de tan autónoma manera sin más dilación. Aunque se hubiera procedido de manera algo más prudente en lo que a esta clase de iniciativas se refiere, también se hizo con el propósito de que la junta local viera qué medidas se debían tomar para aliviar los efectos de la esterilidad. Con una manera tan vaga de expresarse sobre todo se pretendería dejar un margen a la obediencia a las órdenes que llegaban de la administración central.
Las juntas locales, en todos los casos documentados, se compusieron de manera muy similar. Por designación de sus gobiernos municipales, eran nombrados para que las formaran una parte de sus regidores, miembros de pleno derecho de la cámara soberana que gobernaba las poblaciones, que actuaban como sus diputados, a los que se sumaban eclesiásticos y particulares. En una fueron elegidos como diputados por la cámara de gobierno tres regidores, y para completarla fueron cooptados como sus miembros el vicario del clero local, dos presbíteros y tres vecinos. Otra la compusieron, además de los correspondientes tres regidores, también el vicario de la iglesia de occidente en la población, el abad mayor de la corporación local de sus beneficiados, el procurador mayor del municipio y dos personajes que fueron presentados como caballeros labradores. Así pues, en las juntas locales de granos no solo estaba presente la autoridad pública, sino también los otros poderes reconocidos para el orden rural: las máximas autoridades de la iglesia romana y los promotores habituales de las explotaciones del mayor tamaño dedicadas a producir cereales, regularmente llamados labradores.
La justificación del poder que recibían estaba inspirada por las únicas convicciones religiosas instituidas. A cualquiera de sus miembros se le suponía, explícitamente, católico celo. La única confesión religiosa estaría en la obligación de ser la fuente de la iniciativa política a cambio del beneficio de ser exclusiva; un presupuesto que parece oportuno, tomando en consideración el impulso que de la caridad recibía su moral, y el aún más trascendente valor que a la confesión del error en el uso privado de la virtud, posible consecuencia del furor religioso, concedía la iglesia romana. Sin embargo, de su actuación se esperaban consecuencias civiles.
A las tres clases se les pedía que cuidaran del encargo que recibían, dedicando sus mayores atenciones, como igualmente interesadas en el mismo procomunal, para que cuanto en la junta se hiciera y resolviera fuera de la mayor satisfacción de todos.
Las juntas de granos, que habitualmente se reunieron en las casas capitulares de su municipio, en el orden ejecutivo actuaron como gabinetes de crisis por delegación de los poderes de la cámara de gobierno local. De sus instituciones matrices los recibían en la forma legal común, de facultad amplia, cumplida y facultativa como podían y debían, para que juntos o la mayor parte en forma de junta acordaran e hicieran todo lo que fuera conducente al beneficio común, tal como si lo hiciera el gobierno de la población.
Aunque el alcance de aquellos poderes era impreciso y disponía en su favor de un alto margen de discreción, los recibían para que vieran monográficamente cualquier asunto relacionado con el tránsito crítico que vivían sus respectivas poblaciones. Sin embargo, tenían un límite en el tiempo. Solo actuarían durante los días que creyera conveniente la cámara local de gobierno origen de sus poderes.
Al mismo tiempo, fue normativo que cada una estuviera presidida por su corregidor, institución regular en las poblaciones de mayor tamaño, hasta el punto que quedaban subordinadas a él y obligadas a acompañarlo en las providencias que dictara. Así los corregidores quedaban investidos de la plena capacidad soberana para tomar las decisiones y en ellos, donde estaban instituidos al tiempo que la junta de granos, convergerían todos los poderes de esta. Aunque la soberanía de los corregidores nominalmente estuviera limitada, porque a través de ellos intervenía el consejo de Castilla, en la constitución de estos órganos de excepción al menos actuaron con autonomía, puesto que la decisión sobre su formación se adelantó a las decisiones que tomara el consejo.
No obstante, parece que la legalidad de las actuaciones de las juntas locales al menos aconsejó el reconocimiento expreso de la administración central. Al final de una de las reuniones constitutivas de uno de los organismos de esta clase, sus promotores decidieron solicitar al consejo de Castilla su aprobación. Pero no parece que fuera un requisito imprescindible para actuar. Aquel mismo día todos sus miembros, tal como los había designado la asamblea, aceptaron tanto el nombramiento como los poderes que se les habían otorgado, e inmediatamente entraron en acción. Apenas cuatro días después celebraron su primera reunión. Parece más que probable, conocida la lentitud de las comunicaciones regulares entre la administración central y las locales, que empezaran a ejercer sus magistraturas sin esperar respuesta alguna del consejo.
Sus funciones económicas efectivas podían reducirse a una. La junta de granos local, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, debían concentrarse en el comercio de los cereales. Cuando declaraban descriptivamente sus fines, se presentaban dirigidas a la más rápida y segura gestión de su suministro a sus respectivas poblaciones durante el tiempo que fuera necesario. Bajo esta premisa, reconocían como su obligación más remota buscar trigo para comprarlo a los precios más cómodos y en la cantidad que creyeran conveniente para sostener el abasto. Para su ajuste y transporte, podrían nombrar a los diputados o comisionados que creyeran convenientes. También pondrían la mayor atención en que se conservara el abasto regular de pan y tomarían todas las decisiones que condujeran a garantizar la manutención del común, cuyo alivio se deseaba.
Pocos testimonios pueden ofrecerse que muestren con mayor claridad que las juntas de granos, centradas en las cabeceras de comarca, procederían como bolsas o lonjas para la compraventa del grano, destinado al abasto público de cada una de sus poblaciones. Contando a su favor con el poder de que disponían, podían convertirse, por decisión propia, y sin que en modo alguno una decisión como esta fuera discutida, en reguladores absolutos del mercado local de los cereales porque esta prerrogativa procedía del señorío del municipio, que le sería transferida con los poderes transitorios que se les otorgaban. Iniciativas como estas, además de convulsionar la demanda, contribuirían a fragmentar los mercados en tantas unidades territoriales cuantas instituciones de esta clase actuaran.
A los responsables de las primeras juntas de granos, para hacer frente a los encargos que habían recibido, entre las obligaciones que se les asignaban estaba la de hacer uso de todos los recursos convenientes al mejor logro de sus objetivos. Debían trazar el primer plan para la captación de fondos susceptibles de ser invertidos en la crisis que sobrevendría. Se les llamaba a buscar todos los medios, fondos y caudales que fueran necesarios para la compra de granos, de los que se mencionan expresamente solicitar la entrega de los caudales de los depósitos que hubiera en la población, tanto de eclesiásticos como de seculares, así como la de los caudales que produjera el trigo del pósito, e igualmente de otros caudales cualesquiera, para lo que podrían otorgar en caso necesario las escrituras y cartas de pago correspondientes. De esta manera sus atribuciones se completaban con los poderes financieros que les permitieran actuar con eficacia en el mercado de los cereales.
Sin embargo, parece que no en todas partes rigió idéntico orden. Al contrario, hubo de transcurrir algún tiempo antes de que las decisiones de las autoridades municipales que hemos podido conocer se ordenaran como un conjunto. Las que se tomaron para hacer frente a la crisis durante la primera parte de la primavera se dispersaron, y dudaron, y hasta retrocedieron, incluidas las que se tomaban en las extraordinarias juntas locales de granos.
Aunque no se opusieron radicalmente a las decisiones de la administración central, en muchas circunstancias los gobiernos locales, aun igualmente inspirados por el deseo de hacer el bien a sus gobernados, se distanciaron de las ideas e instrucciones de los poderes superiores y tomaron iniciativas que modificaron sustancialmente sus pretensiones. Lo más destacable es que en todas, aunque nominalmente pudieran estar glosadas con profesiones de fe en la libertad de comercio patrocinada por la administración central, reaparecen las mismas viejas convicciones, e incluso reconocen que de su encadenamiento esperaban los mismos efectos. En todos los casos se trata de iniciativas políticas dirigidas a un único objetivo, garantizar el abasto autónomo de pan. Lo que las diferencia es que se tomaron por separado e incluso improvisando.
Una teoría de las crisis de subsistencias
Publicado: febrero 10, 2017 Archivado en: J. García-Lería | Tags: crisis, económica Deja un comentarioJ. García-Lería
A mediados del siglo décimo octavo nadie descubriría nada si reconociera que los precios del grano cada año conocían oscilaciones regulares, tan previsibles como al alcance de quienes pudieran inducirlos. Según cada ciclo avanzaba, y las reservas de grano se agotaban, sus precios crecían en sentido positivo. El valor del incremento lo decidirían, actuando de manera combinada, el volumen de la cosecha precedente, la cantidad de grano almacenado y su capacidad de resistencia a las adversas condiciones que la tesaurización de la especie debía soportar. Si alguien ignoraba este curso cíclico de los hechos económicos, aún no habría sido iniciado en la cultura en la que vivía.
También formaba parte de ella el postulado que ahora se conoce como ley de King-Davenant. Había sido enunciada a fines del siglo décimo séptimo por Gregory King (1648 o 1650-1710 o 1712) y luego difundida y mejorada por Charles Davenant (1656-1714). Solo pretendía explicar la relación empírica entre una mala cosecha y el precio inmediato de los cereales, cuya vigencia sería activada por el miedo a no disponer de alimento durante las semanas siguientes a tal secuencia de hechos. Aunque cualquier contracción del producto lanzaba al incremento los precios, y viceversa, cuando se trataba de los cereales, según habían observado King y Davenant la covariación no era automáticamente inversa. Una pequeña caída de la producción podía estimular mucho el crecimiento positivo de los precios, así como un limitado exceso de la producción podía hundirlos de manera significativa. Las cosas ocurrían de aquel modo porque, mientras que la oferta del grano podía oscilar, su demanda siempre se comportaba con rigidez.
Una vez completados los ensayos que a partir de estos hechos hicieron, estimaron más precisamente que cualquier caída de la producción provocaba incrementos de sus precios por encima de sus correspondientes valores proporcionales. A unas caídas del 10, 20, 30, 40 y 50 % de la cosecha corresponderían unos incrementos del 30, 80, 160, 280 y 450 % de los precios respectivamente. Más adelante, quienes revisaron sus propuestas calcularon que cuando las subidas del producto eran del 20, 40, 60, 80 y 100 %, sus precios respectivos perderían aproximadamente 30, 50, 65, 75 y 80 %. De esta manera se pudo cerrar una primera formulación completa de esta particular teoría del comportamiento cíclico del precio del cereal.
Partiendo de estas ideas, Wilhem Abel, en su ensayo sobre la historia agraria de occidente, propuso el siguiente ejercicio. Sean tres explotaciones (A, B y C) de tamaño creciente. Con una cosecha media tipo y un precio de 20 unidades monetarias por quintal, el producto de cada una de ellas se compondría de la siguiente forma:
| A | B | C | |
| Cosecha | 250 | 500 | 1.000 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | 50 | 200 | 600 |
| Ingresos | 1.000 | 4.000 | 12.000 |
Con una mala cosecha, estimada en una caída del 20 %, según la ley de King-Davenant los precios subirían un 80 %, de 20 a 36. Luego los balances de las explotaciones A, B y C serían:
| A | B | C | |
| Cosecha | 200 | 400 | 800 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | – | 100 | 400 |
| Ingresos | – | 3.600 | 14.000 |
Con una buena cosecha, que aportara un incremento del 20 % por encima del valor tipo medio, según los mismos principios, en opinión de Abel los precios bajarían un 40 %, de 20 a 12. Para las explotaciones A, B y C los balances respectivos serían:
| A | B | C | |
| Cosecha | 300 | 600 | 1.200 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | 100 | 300 | 800 |
| Ingresos | 1.200 | 3.600 | 9.600 |
De donde deduce que una buena cosecha era menos rentable para la explotación de mayor tamaño que una mala. El óptimo de su posición en el mercado sucedería cuando la caída de la producción obligara a sus competidores a consumir todo el producto que obtuvieran en su propio consumo, sin que quedara a su alcance la posibilidad de competir. Fue una lúcida demostración del papel decisivo que en la agricultura de los cereales podía tocarles a las grandes empresas.
Las correcciones que W. S. Jevons (1835-1882) hizo a los valores calculados por King y Davenant, gracias a las ventajosas posiciones que ganó, fueron doblemente fructíferas. Para la historiografía, sus observaciones sobre el comportamiento de los precios del trigo en condiciones extremas tal vez sean más valiosas que las de T. R. Malthus (1766-1834), aun reconociendo que es difícil mejorar muchas de las opiniones de este referidas a la agricultura de la época moderna, gracias a que aún pudo sufrirla. Jevons observaba desde la segunda mitad del siglo décimo noveno, cuando el ciclo de la economía moderna podía darse por concluido. Pero sobre todo trabajó animado por su infatigable atención a la tesis de la utilidad marginal. Bajo esta inspiración, retornó a la teoría que ya en el siglo décimo séptimo había enunciado una ley sobre el comportamiento de los precios del trigo en respuesta al producto obtenido. Matizó sus resultados y mejoró los principios que se habían enunciado para referirse a los estados de sobreproducción.
Jevons, tras recordar que el autor original de aquella ley había sido Gregory King, cuyo nombre debería honrarse como uno de los padres de la ciencia estadística en Inglaterra, y repasar sus trabajos y aportaciones al asunto, centró su atención en Charles Davenant. El análisis de sus conclusiones, más el contraste con las opiniones de otros autores, como Thornton o Tooke, a quien cree la máxima autoridad en este tema, le llevaron a ensayar un enunciado de la ley con la forma de una función, de acuerdo con su habitual manera de proceder, sujeta la racionalismo que imponía sus principios al trabajo intelectual en la época en la que escribía. Para expresar con fidelidad las precisas observaciones de quienes habían convivido con la agricultura de los cereales moderna, referidas a la relación que hubiera entre la cosecha de grano y sus precios, finalmente decidió formular p = 0,824 / (q – 0,12)2, donde p es el precio del grano y q la cosecha obtenida. La propuesta conserva en las constantes el inevitable sello empírico de todos los ensayos, los del siglo décimo séptimo y los del décimo noveno. Pero para quien aspira a reconstruir situaciones distantes en el tiempo el lastre empírico no es una desventaja. Al contrario, es el rastro de hechos no del todo identificados pero que de otra manera se habrían perdido. Para la manera historiográfica de observar, tiene el valor de un documento, aunque sus coordenadas no se puedan precisar con el rigor debido. Sin embargo, Jevons, quizás no demasiado preocupado por los problemas del pasado, pero sí aconsejado por su permanente deseo de generalizar, encuadró el resultado al que había llegado en las relaciones del tipo y = a / (x – b)n, y así consiguió legalizar la evidente relación inversa entre las dos variables y la mediación del comportamiento exponencial de la segunda. Un buen hallazgo, porque permitía prescindir de conjeturas sobre lo que era bueno y lo que era malo, sobre si una cosecha era adecuada o no, sobre si los precios se comportaban de manera satisfactoria o adversa.
Al legalizar las relaciones entre producto y precio, las correcciones de Jevons amplían el horizonte y recomiendan modificar el punto de vista. Permiten suponer que el valor de la producción podía ser un efecto inmediato de la planificación del espacio cultivado, que una norma del sistema de los cultivos pudo ser la posibilidad de regularlo, y en consecuencia el producto posible, y por tanto los precios que se podrían esperar. Porque ponen en evidencia el incentivo a la contracción del espacio cultivado en las zonas donde estuviera bajo control de las grandes explotaciones.
Para poner a prueba el acierto de tan reveladoras modificaciones, basta con que supongamos un rendimiento que facilite los cálculos, 10 por 1; que por cada unidad de capacidad sembrada se obtuviera un producto diez veces mayor. Aceptando que por cada unidad de superficie se sembrara una de capacidad, si fueran puestas en cultivo 10.000 unidades cuadradas la cosecha sería de 100.000 unidades cúbicas. Si el precio del grano fuera 10 reales por cada una de estas, el producto bruto nominal que obtendrían aquellas tierras sería de 1.000.000 de reales. De acuerdo con las observaciones de King-Davenant, si se decidiera, por ejemplo, disminuir un 10 % la superficie sembrada el producto descendería a 90.000 unidades cúbicas. A esta caída de la cosecha correspondería un incremento del 30 % del precio, hasta 13 reales. Total, 117.00 reales de producto bruto. Según la formulación de Jevons, si se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, el precio se incrementaría hasta 13,6 reales, y por tanto el producto bruto inmediatamente ascendería a 1.224.000 reales.
La conciencia de la relación entre producto y precios de los cereales, durante la época moderna pudo actuar en favor de los planes de quienes aspirasen al mayor beneficio. La planificación restrictiva del espacio cultivado, al alcance de quienes conseguían en sus territorios acercar el mercado de las cesiones al orden del monopolio, permitiría mantener el conocido saludable efecto inflacionario, lo que ya sería suficientemente satisfactorio para los planificadores. Pero sobre todo contribuiría a desviar las masas de producto más importantes al almacén, a la espera de la oportunidad óptima, que llegaba de la mano de las crisis de las condiciones productivas, años en los que la pérdida completa de la simiente haría que los precios se dispararan. Como Jevons puntualiza, antes que alcanzaran infinito, valor posible en el marco de su ley, ocurriría que el desabastecimiento del mercado de la primera subsistencia evitaría que el producto disponible dispuesto a concurrir a él alcanzara el valor cero. Almacenistas e importadores, incluso si se propusieran evitar el efecto desastroso de la carencia de alimento, nunca dejarían pasar la circunstancia excepcional del beneficio óptimo posible. Está demostrado, por otra parte, que el efecto más catastrófico de la caída de la producción, consecuencia de la acción de factores que escapaban al control del orden tecnológico, tal como ocurría con las peores epidemias quedaba muy concentrado en unos pocos lugares de una región. Las ondas de las caídas del producto siempre serían concéntricas, y en todos los casos, incluso en los peores, habría grados de sus efectos dentro de un territorio, cuya extensión nunca sería un obstáculo que impidiera cargar con los costos de transporte de la mercancía, si estaban cubiertos por los precios previsibles.
Mientras tanto, en los ciclos durante los que el control del sistema de los cultivos era eficaz, el peso de la producción que debía llegar regularmente al mercado recaería sobre las empresas de menor tamaño, e incluso marginales, productoras a mayor costo relativo. Serían tanto más útiles: a) si se constituían sobre las tierras secundarias de las explotaciones de mayor rango, cuyo consumo de energía humana al menos parcialmente así podían satisfacer y convertir en un costo absorbido por la renta de la tierra tomada en cesión; y b) porque cargaban con el riesgo de incremento de la producción por efecto de un comportamiento en exceso generoso de los factores fuera del control de los sistemas de cultivos, que inevitablemente provocaría, según la regla formalizada por Jevons, una caída del precio del producto y por tanto de la renta de las empresas comprometidas en el cultivo de los cereales.
Probablemente la ley de King-Davenant es demasiado grosera, tal vez hasta sus correcciones mejor intencionadas lo son. No han faltado quienes la han descalificado, seguramente con buenos fundamentos. Que se cumpla exige demasiadas constantes. Además de que toma por invariable el tamaño de la población, solo regiría a condición de que no hubiera importación de granos, se careciera de excedentes de cosechas anteriores y no existiera posibilidad de sustituir el déficit de grano por otros bienes alimenticios; que la cosecha y la oferta de un año fueran iguales. En cuanto a las correcciones de Jevons, incluyen que se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, algo quizás más al alcance.
Pero probablemente todas son condiciones demasiado exigentes. La rigidez de todas las propuestas pudo ser la consecuencia de la falta de avales cuantitativos más sólidos. Los elementos de los sistemas eran algo más complejos, aunque no parte de un mundo cerrado y de condiciones demasiado excepcionales.
Pongámonos en el menos probable de los supuestos, que las conclusiones que van de King-Davenant a Jevons sean todas erróneas, aunque no podría decirse lo mismo de las evidencias a partir de las que trabajaban. Sin embargo, nadie podrá negarles poder sobre la opinión, como puede tenerlo la creencia en los fantasmas. Si desde el siglo décimo séptimo pudo existir la conciencia de que la parte más resistente de las empresas obtenía mayor beneficio durante los años en los que la producción caía, ¿a qué evitar adelantarlos? En la medida en que fuera posible, aquellos a cuyo alcance estuviera el beneficio que habilitaba la diferencia de tamaño no se resignarían a contribuir a que la mejor de las situaciones económicas posibles llegara cuantos antes.
Al margen del acierto de sus teorías, de sus formulaciones lo que más interés tiene es que depura una idea vigente en la agricultura europea moderna, que pudo inducir al menos una parte de las decisiones sobre la conveniencia o no de acometer, cada ciclo, una empresa dedicada a la producción de cereales. Limitar el número de empresas pudo ser una parte de la disciplina impuesta al uso del espacio en cada término, con el propósito de inducir el comportamiento de los precios más favorable para ellas. A una parte de las empresas podría convenirle la creencia en una caída de la producción.
Aparte otros indicios, su vigencia en la región suroccidental de la península ibérica podría demostrarse sobre todo por el control sobre el mercado de las cesiones. Diez mil unidades de superficie, las que hemos supuesto en el ejercicio que pretendía poner a prueba la formulación de Jevons, es una escala del espacio para la que el orden de monopolio del mercado de las cesiones era factible. Asociado a las técnicas consagradas por los sistemas de cultivos, el control sobre el espacio tenía como efecto la planificación de la superficie que cada año se ponía a producir, el modo más directo de decidir sobre el tamaño de la cosecha siguiente, entre todos los que estuvieran al alcance de las empresas que controlaban el sector.
Los medios técnicos que desplegaban las grandes explotaciones se esforzaban por permanecer invariables y efectivamente, en buena medida, estaban destinados a moderar el uso del espacio productivo. El sistema no era infalible ni exacto. Pero dadas las dimensiones y la concentración de las grandes explotaciones conseguía aproximarse de manera suficientemente satisfactoria al objetivo. Es bastante para reconocer que la producción podía ser regulada a conveniencia de los grandes productores de grano que eran al mismo tiempo quienes dominaban su mercado, y por tanto disponían de un buen margen para conseguir niveles del precio que les convinieran.
No sé que se haya demostrado que la ley de King-Davenant fuera conocida en el sudoeste de la península más occidental del Mediterráneo a mediados del siglo décimo octavo. La experiencia pudo ser suficiente para que en ella existiera, si no un cálculo preciso de los efectos sobre los precios de cada cosecha, conciencia de la relación que podía unir ambos hechos, las ventajas y desventajas de su comportamiento opuesto para las mayores ofertas y la regularidad con que se sucedían los ciclos. La teoría de King-Davenant ilumina el análisis de la tradición empresarial y desde luego invita a concebir de otro modo el número de explotaciones activas cada año y el efecto que podían tener sobre el mercado de las subsistencias y sus bloqueos cíclicos.
La crisis del ganado
Publicado: noviembre 19, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica Deja un comentarioRedacción
En 1750 la parálisis agraria no solo tuvo efectos negativos para los granos y las semillas. Las fuentes señalan como otra de sus víctimas al ganado. Su pérdida fue un temor presente al menos desde diciembre, y en él se seguía insistiendo, en términos similares, tres meses después.
Los que prefirieron hablar sobrecogidos, y no con templanza analítica, tendieron a exagerar los efectos de la sequía para las cabañas. Cuando se hacía balance de la crisis, los más proclives al drama afirmaron que todos los ejemplares de cualquier cabaña, por falta de pasto, habían enflaquecido mucho, y que cabezas de todas las especies habían muerto en una proporción considerable. Un corregidor sostuvo que quienes habían sembrado cereales habían perdido totalmente sus ganados, lo que no le impidió añadir que en el momento en el que hablaba, todavía marzo, seguían pereciendo a causa del hambre y la sed.
La hipérbole, y tan enfáticas y ambiguas alusiones a los efectos que para el ganado tuvo la sequía, son demasiado desmedidas como para concederles algún crédito. Los hechos que dejaron por escrito los testigos directos son bastante más moderados. A juzgar por los documentos que redactaron a partir del segundo trimestre del año, cuando se vivió la fase más aguda de la crisis, nunca amenazaron con tan extraordinarias consecuencias.
Cuando llegó la primavera, los dueños de animales de toda clase competían por el aprovechamiento de los pastos disponibles, aunque no parece que su escasez fuera demasiada. Quienes tenían cercadas las tierras que explotaban disponían de pastos en exclusiva, y todos los que emprendían el cultivo de los cereales podían disponer de espacios públicos para mantener su ganado de labor, bien bajo la misma modalidad de dehesa reservada, en este caso separada según el tipo y la dedicación del ganado, bien como tierras abiertas no cultivadas o baldías, que se disfrutaban como espacios comunales.
Aun así, ya entonces pugnaban por cualquier pasto hábil.
A fines de marzo, una vez reconocida una dehesa de yeguas, se llegó a la conclusión de que el pasto que había en ella no servía para alimentarlas.
Mantener una reserva de pastos para las yeguas era doblemente provechoso para los interesados en las actividades del campo. En ellas tenían reservado un par de responsabilidades. Eran el medio de fuerza regular para la trilla, una operación dilatada y laboriosa, no demasiado esforzada pero que demandaba energía durante un buen número de jornadas. Las yeguas también garantizaban una de las inversiones más rentables de las casas agropecuarias, la cría del equino de calidad, porque contaban con el arma de caballería como cliente seguro. Una vez al año, los responsables de la remonta visitaban las cabañas de la región y adquirían los caballos que juzgaban aptos para el servicio.
Dado que el pasto que había en aquella dehesa de yeguas era inútil para criarlas, un cabildo abierto decidió tolerar su aprovechamiento al ganado vacuno local.
El cabildo abierto era una forma extraordinaria de la asamblea de gobierno de las poblaciones, a la que solo se recurría en ocasiones singulares. En tiempos, tal vez fuera la expresión soberana de todos los avecindados de manera regular en una población. Para fines de la época moderna, había evolucionado a una reunión de próceres que buscaba más consenso que objeciones.
Un regidor, miembro de la asamblea ordinaria con plenitud de derechos, después seguido por otros capitulares, decidió oponerse a aquella decisión, que suponía contraria a lo que le parecía justo.
Para resolver el enfrentamiento, recurrieron a la máxima autoridad ejecutiva de la región, quien el 3 de abril tomó una decisión que pretendía ser equitativa. Mientras no lloviera, no se impediría que las vacas de los vecinos comieran la palma de la dehesa de yeguas. Si alguien se opusiera a esta decisión, desde aquel momento quedaba condenado a las costas del recurso interpuesto.
El colegio de los regidores acordó no poner impedimento a que las vacas pastaran en el palmar de la dehesa de yeguas mientras que no lloviera, pero reiteró que en cuanto lloviera las vacas debían ser desalojadas de ella. A los comisarios de la cría y raza de yeguas quedó encomendada la ejecución de aquel acuerdo, que muy pronto requirió las decisiones más comprometidas. Durante la madrugada del 15 de abril llovió.
Los comisarios de las yeguas recordaron al gobierno del municipio que la licencia concedida por el asistente había sido concedida con la condición de que en el momento que lloviera el vacuno saliera. Requirieron de la autoridad que las vacas fueran desalojadas, y la asamblea ordinaria de gobierno de seguida tomó la decisión que le demandaban, e hizo responsables de la ejecución de su acuerdo al alguacil mayor y a cualquiera de los comisarios de las yeguas.
La paja, en la otra vertiente de la alimentación del ganado, para la que desempeñaba un papel secundario, también empezó a escasear en primavera, hasta el punto que ya en mayo se competía por la que hubiera almacenada, aunque en unos términos igualmente desprovistos de dramatismo. El incremento de su importancia relativa lo había decidido la drástica restricción de los pastizales provocada por la sequía y, desde algún tiempo antes, el creciente recurso al ganado mular, consumidor de mayores cantidades de este suplemento.
La paja de la que dispusieran las poblaciones también estaba comprometida en sus obligaciones fiscales. Con la contribución llamada de paja y utensilio, relevaban las cargas y molestias que antes soportaban a causa del deber de alojamiento de las tropas que transitaran por ellas; una obligación que incluía el mantenimiento, durante los días que durara del tránsito, de toda la caballería que desplazara el ejército.
Del suministro de la paja al ejército se hacía cargo un asentista, quien lo contrataba en régimen de monopolio con la superintendencia de los ejércitos regionales. El medio que el intermediario tenía para adquirir sus ingresos podía variar de una población a otra, según permitieran los procedimientos fiscales del momento, si administración directa, si encabezamiento, si rentas provinciales, modalidades de gestión del ingreso público cuya descripción en este lugar carece de interés. Para ejecutar al menos la recogida de los suministros, el asentista contrataba a factores. En su nombre actuaban y de él recibían los poderes.
El 4 de mayo un factor de víveres y provisiones para el ejército estaba ocupado en comprar paja en una población. Por lo que se deduce de las palabras de nuestros informantes, allí la contrata del asiento debía gestionarse de la siguiente manera. Al suministro de la paja su responsable accedía en el mercado local, según fuera transitando la tropa. Cuando esta recibiera la que demandara, sus jefes emitirían el correspondiente recibo en favor de quienes hubieran entregado la provisión. El asentista recogía de manos de los suministradores los recibos que tuvieran y los pagaría al precio que con ellos hubieran acordado.
El factor tenía calculado que para el 12 siguiente la paja que había podido acopiar para subsistencia de la tropa se le habría acabado, y que solo encontraba quien le vendiera más a unos precios que, esforzándose en ser moderado, calificaba de irregulares. El aumento del precio de la paja en los ciclos críticos era previsible, y se tomaba como precedente al inevitable encarecimiento de los cereales destinados a la alimentación humana. Solo un labrador, que decía poseer alguna que podía vender, le pedía diez pesos por la chalupada de treinta a cuarenta arrobas; ciento cincuenta reales de cuenta, lo que elevaba el valor medio de la arroba a más de cuatro reales. Le parecía tanto más irregular cuanto que le constaba que allí había paja más que suficiente.
Sostenía el factor que el suministro de la necesaria debía garantizarlo cada población, como consecuencia de su obligación de paja y utensilio. El asentista, en su opinión, solo tenía que recoger y pagar los recibos al precio que fuera regular o al que mandara el intendente, responsable administrativo del suministro de las tropas, autoridad que recaía también en el asistente.
En la población, apenas pasada una semana, la situación a la que se había llegado se observaba con más calma. Las dos o tres últimas cosechas habían sido escasas de paja y durante el año en curso su gasto había sido excesivo. Por la falta de hierbas y pastos, había sido necesario recurrir a ella para el consumo suplementario del ganado de labor, y su demanda se había incrementado aún más porque, para mitigar su mayor exposición a la mortalidad, había sido inexcusable que la consumieran vacas, yeguas y potros jóvenes. A todo esto había que sumar el mayor consumo que durante los meses precedentes habían hecho los ganados que daban servicio dentro del pueblo, para los cuales la paja había suplido asimismo la falta de las hierbas y forrajes con los que habitualmente se mantenían en primavera. Enumerar aquellos hechos era suficiente para reconocer que en modo alguno había paja de sobra, ni había previsión de que pudiera almacenarse mucha más.
Al contrario, eran bastantes los labradores que no tenían la que necesitaban para mantener sus labores, y muchos, ninguna, y cualquiera de ellos encaraba el porvenir con desazón porque aceptaba que no se cogería ninguna durante la próxima cosecha; un nuevo motivo de inquietud, a sumar a la carestía de granos que ya se vivía. Si la poca paja que pudiera sobrarle a algunos, en el más favorable de los supuestos, se aplicara a usos ajenos a su consumo en el campo aumentaría la preocupación de los labradores. Se les impediría el auxilio al que podrían recurrir, por poco o por mucho precio, según el tiempo fuera decidiendo, cuando se vieran necesitados.
Ciertamente era una situación poco favorable a la provisión, como el mismo factor reconocía. Si, como aseguraba, en aquel momento había labrador dispuesto a venderle alguna, estaba claro que lo hacía urgido por su necesidad y porque no disponía de otro recurso con que hacer frente a ella. Nadie podría cuestionar que se atuviera al precio más favorable que encontrara en la comarca, porque de otro modo no podría conseguir la venta deseada ni por tanto el socorro que necesitaba. Lo mejor que podría hacer el factor era surtirse a través del labrador que mencionaba sin demorarse demasiado, porque de no hacerlo era muy posible que se le hiciera más difícil la compra que le urgía; antes de que muchos de los que necesitaban paja, en cuanto supieran que tenía alguna para vender, acudieran a aquel labrador. El factor habría podido surtirse de sobra de la cosecha anterior a veinte reales, y aun después de pasado el tiempo de la cosecha, e incluso llegado el tiempo de la sementera siguiente pudo hacer lo mismo a veinticinco reales la carretada corsaria, lo que sin embargo en cualquiera de aquellas ocasiones despreció.
Le recomendaban que cuando fuera tanta su indigencia que no pudiera comprar la paja que necesitara al precio que corriera en la población, podría proveerse de la que en abundancia tenía un personaje que seguro conocía, el propio asentista que lo había contratado, quien la guardaba en el cortijo de Gallegos, que este labraba, distante de la población solo legua y media.
Por lo demás, al cabildo civil no le constaba su obligación de suministrar paja a la tropa acuartelada, una precisión nada insignificante. Cuando la tropa no estaba de tránsito, tal como ocurría durante el invierno, satisfacer sus necesidades no entraba dentro de las obligaciones a las que atendía la contribución de paja y utensilio, por cuyo concepto, recordaba, la población pagaba anualmente por los tercios que se le repartían. Por eso estaría bien que el proveedor hiciera constar los términos de la contrata de paja que el asentista había firmado y aprobado el rey.
Su réplica el factor la concibió en términos evasivos. La contrata de paja aprobada por el rey en aquel momento no estaba en su poder, aunque sí la tenía la superintendencia del sur, por lo que avisaría al asentista para que el intendente se comunicara con el corregidor.
Cuando llegó el verano, y ya se había consumado la caída de la producción, los problemas para el abastecimiento del ejército no hicieron más que incrementarse. El superintendente, entre los días 4 y 6 de julio, solicitó a otra población nada menos que 24.500 arrobas de paja para la tropa, las que desde la administración central se le habían repartido para atenderla.
Es posible que en este lugar la gestión de la renta de paja y utensilio fuera directa, porque su gobierno el 10 de julio, acordó remitir a la administración central, además de la petición del superintendente, un certificado de cuánto se pagaba por los repartimientos de paja al asentista. El valor de la contribución de paja y utensilio la repartiría entre los vecinos obligados el municipio y el asentista se encargaría de su recaudación, la que lo remuneraría directamente. En la diferencia que hubiera entre lo que recaudara y el costo que tuviera la adquisición del suministro cifraría sus esperanzas del beneficio que le consentía la administración de los ejércitos al suscribir el asiento con él. Por tanto, sería de cuenta del asentista proveer la caballería.
Sin embargo, la paja que había en la población, que se había ahorrado gracias a que se habían sacado los ganados para Extremadura y otros lugares, se había reservado para hacer la media sementera del comienzo del otoño, para la que ni siquiera era suficiente. Si la paja que había en reserva saliera de la población, sería imposible emprender aquel trabajo.
El 21 de julio el gobernador del Consejo adelantó a la población que había escrito al asistente comunicándole que, teniendo en cuenta la escasez de paja que padecían sus labradores, había decidido que la autoridad regional buscara una solución que al tiempo que evitara la ruina de estos atendiera las necesidades inmediatas de la caballería. Como respuesta, el 27 de julio el gobierno de la población designó a un regidor para que en la capital negociara con el asistente un repartimiento de paja equitativo, y un par de días después una clemente resolución de la administración central la dispensaba del repartimiento de las 24.500 arrobas. A cambio autorizó un cargo corto de esta especie, cuyo valor, sin embargo, nuestra fuente no especifica, y ordenó que a los vecinos se les pagara pronto la que suministraran.
No obstante, hasta el 11 de agosto los responsables de la política local no dieron su autorización para que quienes hubieran suministrado paja conocieran las decisiones de fines de julio y supieran el modo en el que percibirían su importe. En lo que se refería a la reserva que se debía tener a disposición de la tropa durante el tiempo que permaneciera en la población, y de la que transitara por ella, los diputados de guerra cuidarían de que fuera suficiente. Ellos serían los encargados de recoger los recibos y vistos buenos que fueran necesarios para su abono y hacer la justificación de los precios a que corriera cuando se tomara.
Probablemente aquella decisión se demoró porque no fue hasta el 4 de agosto cuando el intendente comunicó a los gobiernos locales que se había decidido suspender el repartimiento de paja que previamente se había ordenado. Optar por esta solución había sido posible porque se había encontrado un remedio paliativo. Los responsables del ejército habían resuelto que salieran de las provincias de la región para las de Murcia y Extremadura dos regimientos de Caballería, así como dar la vuelta a las tensiones que las compraventas de la paja para el suministro de la tropa habían provocado. La que ya hubiera ingresado la caballería a consecuencia del reparto, la pagaría el asentista al precio al que valiera. A los recibos emitidos por los responsables de la tropa cuando la tuvieran en su poder debía acompañar la justificación de su valor intervenida por la respectiva máxima autoridad municipal.
A partir del día 1 de aquel mes de agosto, también se acreditaría a los municipios todo el suministro hecho durante un año, cuyo balance estos completarían descontando el importe de lo que debían satisfacer las poblaciones por concepto de paja y utensilios. Además, debían tomar las medidas que fueran convenientes para que no hubiera falta alguna en la asistencia a la caballería.
El 6 de agosto un municipio confirió sobre el alcance que pare él tenía esta decisión. El factor del asentista se había retirado cautelosamente de la población a principios del mes de junio, después de haber sacado de ella con el mismo sigilo la paja, la cebada que ya tenía comprada y las camas y lo demás que correspondía al suministro al que estaba obligado. Por eso, desde hacía dos meses el gobierno de la población había atendido al suministro de lo necesario para la subsistencia de la tropa, tanto estante como transeúnte.
Para que a partir de aquel momento tampoco sufriera el real servicio las faltas a las que le dejara expuesto el factor, el municipio, por el momento, seguiría haciéndose cargo del suministro, del mismo modo que lo había hecho durante los dos meses precedentes. Pero, al mismo tiempo, hizo observar que los perjuicios sufridos podrían provenir de haberle quitado a la población la factoría que siempre había tenido, hubiera sido la provisión de víveres por asiento o por administración. Así se había creído conveniente hasta entonces porque la población era grande y de mucho tránsito. Allí la provisión no podía gestionarse con acierto si no se mantenían un factor y un dependiente que le ayudara. Solicitaron a la administración central que ordenara al asentista que cumpliera las obligaciones de su asiento sin perjuicio de las poblaciones ni de sus gobiernos.
La escasez de pastos en los espacios abiertos, ya en pleno verano, derivó en problemas para otros cultivos. Varios cosecheros, dueños de viñas, olivares, pinares, garrotales y estacadas se quejaron de los daños que padecían sus explotaciones a consecuencia de la continua entrada en ellas de ganados de todas las especies, y en especial el vacuno, el cabrío y el de cerda. En pleno mes de agosto aquellos abusos, tanto por parte de los ganados como de los ganaderos, parecían más excesivos. Querían que en el plazo de dos días salieran de las heredades todas las especies de ganados, con el apercibimiento que de no hacerlo se daría por decomiso el que en ellas fuera encontrado.
El 17 de agosto fue discutida aquella queja en la correspondiente asamblea de gobierno, a la que le constaban los hechos que denunciaba. Por las ordenanzas estaba previsto que las viñas, olivares y demás explotaciones permanecieran cerradas a toda clase de ganado en los tiempos de fruto pendiente, que empezaban a contarse el 15 de agosto de cada año, hasta que las cosechas se hubieran alzado por completo. El correspondiente auto de buen gobierno, aprobado y confirmado por la real audiencia, así lo había dispuesto ya para aquel año.
Probablemente mantener abiertas las explotaciones hasta tan tarde por sí mismo causaba grave daño porque los ganados ya se comían el esquilmo. Pero el año en curso, a causa de la falta de pastos, a pesar de que no había en ninguna de las explotaciones, había sido y seguía siendo muy reiterada la entrada de todo tipo de ganados, que recurrían tanto al esquilmo como a los ramones y los pimpollos de los árboles. A los olivares les restaba fruto, a la cría de pinares, plantones, y a las cercas y vallados, pitas, a consecuencia de la desmedida corta que de ellas se hacía para que sirvieran de pasto a los cerdos.
El último recurso, para hacer frente a la necesidad de hierbas para el ganado, fue invocar las mancomunidades de pastos, un viejo recurso cuya vigencia, no sin dificultades, había conseguido sobrevivir hasta fines de la época moderna. Ya hemos mencionado que para primeros de julio, una población, queriendo asegurarse su manutención, había organizado por su cuenta la emigración en masa de sus ganados para Extremadura y otros lugares.
Por una reunión celebrada el 3 de julio sabemos que muchos vecinos de otro lugar habían llevado los suyos a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, tierras hasta las que extendía su jurisdicción la capital, sirviéndose de la mancomunidad de pastos que el municipio mantenía con ella. Pero había ocurrido que las autoridades de aquellas poblaciones a unos les habían entorpecido el uso de los pastos y a otros se lo querían impedir.
Buena parte de aquellos acuerdos tenían su origen en la plena edad media, cuando contribuyeron a tejer una red de intereses comunes entre poblaciones frágiles que ayudó a consolidar el control y la gestión del territorio conquistado. Como la memoria de aquel origen no se había extinguido, y la oposición al cumplimiento de los acuerdos se había mostrado especialmente intolerante, cuando terminaba el verano en la población se desató un furor anticuario inusual.
A partir del acuerdo que el municipio había tomado el 3 de julio, un regidor, procurador mayor y alcalde de los hijosdalgo, y un presbítero, abogado del municipio, reconocieron papeles e instrumentos antiguos sobre la mancomunidad de pastos entre el municipio y la capital y la tierra de su jurisdicción. El 14 de septiembre el ayuntamiento vio su informe sobre los documentos y ejecutorias que habían encontrado. Eran favorables a los intereses de la población y acreditaban la mancomunidad, en virtud de la concordia celebrada en uno de sus templos parroquiales, a la que habían concurrido diputados de ella y del cabildo de la capital. Luego, la mancomunidad había sido aprobada por el regente y los oidores de la capital y ejecutoriada por el rey y presidente y oidores de la chancillería del sur. El gobierno de la población acordó que el original se encuadernara en el libro capitular y que se sacaran copias de la concordia y las ejecutorias, las cuales también se encuadernarían a continuación del cabildo, y que los originales fueran diligenciados. Además, fueron cometidos el regidor antes mencionado y otro más para el seguimiento de los pleitos y autos correspondientes.
Otro problema creado por la crisis, de los derivados de la particular que padeciera aquel año toda clase de ganado, fue el desabastecimiento de carne a los mercados y los problemas que podrían seguirse de su consumo. El analista de la capital dejó escrito que en ella la consecuencia de la escasez de ganado que provocar la crisis había sido que ya durante el mes de noviembre empezó a venderse en las carnicerías carne de macho, cuando antes esto jamás había ocurrido. La ambigüedad del sustantivo no permite resolver si la especie a la que se refiere era mular o cabrío. Hubiera sido mucho más anómalo el consumo del primero. Probablemente en esta manera de expresarse, más que propósito de informar, había deseo de escandalizar a sus lectores.
Al contrario, el término más grave al que llegara aquella vertiente de la crisis tal vez fuera la duda sobre la calidad de las carnes y las prudentes reservas sobre las consecuencias que pudiera tener para la salud. La exhibición de estas inquietudes al menos inspiró una parte de los argumentos que se utilizaron durante aquellos meses. Pero el único indicio directo de las complicaciones que pudieran derivarse del mal estado de las carnes, asociado a la posible mortalidad catastrófica que el ganado padeciera en aquel momento, es muy tenue. El 13 de abril, en una población, sus diputados para el abasto permanecían vigilantes para que no se pesara en el rastrillo carne alguna de res de la que no se hubiera verificado que había muerto con salud. Querían evitar los perjuicios que, actuando de otro modo, podían derivarse para quienes la consumieran. Nada más.
Que esta sea toda la información sobre este asunto permite pensar que la mortalidad del ganado no parece que llegara a ser catastrófica, y mucho menos resultado de epizootias, y que la calidad de las carnes que se consumían en ningún momento alcanzaría el rango de amenaza para la salud pública. El testimonio más bien es índice de que nada evitaría que las prevenciones, cuando se trataba del consumo de carnes, fueran las mayores.
Tal vez el problema práctico fuera que aquellas reticencias se lo crearan al abasto. Aunque el consumo de carnes tenía un alcance muy limitado en la dieta común. Su demanda era tan elástica que con facilidad soportaría las carencias que sufrieran los suministros. En primavera, se trató solo de no bajar la guardia para que no dejara de llegar carne a los mercados.
El 25 de mayo un ayuntamiento acordó que los diputados del matadero estuvieran muy atentos para que no faltara provisión de carnes, y le bastó con salir al paso dando al corregidor con antelación suficiente los avisos que correspondieran. Pero al llegar el verano mantener el control sobre el ganado disponible empezó ser complicado, como consecuencia de su movilidad. El 20 de julio, en el ayuntamiento de la población en la que muchos de sus vecinos habían llevado sus ganados a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, un regidor explicó que no había carneros para el abasto de las carnicerías, y que solo se encontraba a propósito una partida de 150 cabezas, por las que, dada su calidad, querían 64 maravedíes por libra. La asamblea acordó que el regidor solicitara el abasto de manera más equitativa, sin por eso dejar de plegarse al precio que corriera en el momento.
Una semana después, 27 de julio, al ayuntamiento el corregidor informó que se estaban pesando en las carnicerías públicas borregos lechales, una carne que, en su opinión, más que salud a los enfermos, que eran quienes la consumían, causaba un daño notable. Para redimir a la población de un tan próximo mal, él había procurado con los mayores desvelos, en caso de proseguirse con este consumo, solicitar entre varias personas alguna cantidad de carneros ya hechos. Entre ellas, había una que había ofrecido para este abasto una cantidad bastante para por el momento relevar a la población de un abasto tan perjudicial. Como estos carneros eran de buena y salutífera calidad, se habrían de pagar a 68 maravedíes la libra, y no a los 60 a los que en aquel momento se vendía la de borrego lechal. En cumplimiento de la obligación aneja a su cargo, y por persistir en los buenos deseos que a él le asistían, lo hacía presente a la asamblea de gobierno, para que deliberase lo que creyera conveniente. La asamblea, advertida de las justas y celosas expresiones del corregidor, acordó darle las gracias por lo mucho que se había esmerado y aún se esmeraba en beneficio del común, y que en observancia de su cristiano, puro y fiel deseo se pesaran los carneros en la forma que había contratado, con preferencia a cualquier carne que no excediera en calidad a la que tenían tales carneros.
Aquella amenazante causa, que tan fatales consecuencias podía tener, en realidad podía ser crónica. En otro lugar, todos los años se padecía escasez y falta en las carnicerías públicas del abasto de carne de carnero para el consumo de su vecindario. La razón era justificable. Sus dueños sacaban los que se criaban en su término para venderlos en la feria de Villamartín y otras similares. En el año en curso, tanto por la poca cría que había habido de esta especie como por el buen deseo y necesidad que tendrían sus dueños de vender sus ejemplares, se podía prever que este abasto allí faltaría durante buena parte del año, si no se tomara una decisión que bastara para reparar y precaver los inconvenientes que por su falta se podían ocasionar.
Así fue como al problema se le terminó aplicando la política más conservadora. El 25 de agosto el gobierno de la población acordó prohibir absolutamente la salida de los carneros que se criaban en su término para venderlos fuera, y suplicar al corregidor que contribuyera con la autoridad de sus providencias para que la prohibición se hiciera efectiva y la observaran todos los criadores y dueños de aquel ganado.
El 31 de agosto cinco criadores de ganados, entre los que se encontraba uno que además acumulaba la condición de presbítero, presentaron al cabildo de su ayuntamiento un memorial por el que se daban por enterados, por sí y en nombre de los demás, de que no se podían sacar los carneros que pastaban en aquel término para venderlos en una feria ni en otra parte, sino que debían reservarlos para el abasto de las carnicerías. Exponían, sin embargo, que de actuar de aquel modo resultarían perjuicios. La hacienda de la corona no percibiría los derechos que por estas ventas le correspondieran, porque los criadores no podrían valerse de los carneros en los mercados exteriores. Además, como no había dehesa ni dónde poderlos mantener, perecerían muchos. Según su criterio, en vez de la decisión tomada debía guardarse el siguiente estilo: que los criadores dejaran la cuarta parte de los ganados que llevaran a una feria con la obligación de entregarlos para el abasto de las carnicerías locales.
Se acordó que el fiel del matadero y de las carnicerías públicas redactara un certificado de las cabezas de carnero que se habían sacrificado para el abasto público desde el 1 de septiembre de 1749 hasta el día de la fecha, 31 de agosto de 1750. Y que los criadores de ganado de esta especie presentaran relación jurada, en el plazo de cuatro días, de todos los carneros que tuvieran existentes de la cría del año en curso. Pasado este plazo, se procedería a hacer registro a costa de quien incurriera en la omisión.
El 7 de septiembre, en la reunión del ayuntamiento, un escribano informó de que solo cuatro criadores de carneros habían presentado en su oficina las relaciones juradas de los que tenían, a pesar de que se había cumplido el plazo fijado. La morosidad de los criadores más bien se reconocía en los mismos que encabezaron el memorial que había dado origen a estas providencias. En ello se conocía el dolo con que procedían, en perjuicio del beneficio común. Se acordó comisionar a los diputados del matadero para que pidieran al alcalde mayor lo que conviniera a este asunto, para que se hiciera registro íntegro de todas las crías de carnero, y asegurar el abasto de la especie.
Ya en el último trimestre, las discusiones quedaron circunscritas a la calidad de la carne a la venta. El 9 de octubre el informe de un regidor, diputado del matadero, descubría la mala calidad de las reses vacunas que en aquel momento se estaban sacrificando en un matadero local para destinarlas al abasto. A falta de un registro de esta especie, porque se trataba de que no faltara un abasto tan preciso, se había visto en la necesidad de hacer un repartimiento que no excluyera a ninguno de los criadores de este ganado. Eran pocas las reses asignadas, para que sus dueños las entregaran obligadamente al sacrificio, y de muy mala calidad. Por eso se acordó que se publicara que toda persona que quisiera hacer aquel tipo de registro, u obligarse a abastecer de cualquier especie de ganado a la población, lo hiciera, para lo que se le admitirían las posturas que hicieran a los precios que propusieran.
Aquel mismo 9 de octubre el ayuntamiento recibió un informe del regidor diputado de las carnicerías. Ateniéndose a un acuerdo del gobierno de la población, había optado finalmente por abastecer con cerdo las carnicerías. Pero también había faltado la especie y no había encontrado quien pudiera abastecerla. Tras repetidas diligencias, había encontrado una persona que le facilitara hoja de tocino, mitad de la canal del cerdo partida en el sentido de su longitud. Su condición era que se vendiese en las carnicerías al precio que había tenido el cerdo que se había rematado, que había sido 40 cuartos la libra, y que estos fueran los que hubiera de obtener en cada libra el dueño de la hoja. Se acordó comprar la partida de cerdo para el abasto de las carnicerías y que se vendiera al precio correspondiente, cargándose a los 40 cuartos la libra, que ingresaba el dueño de la hoja, los reales derechos. Los fieles ejecutores celarían que los carniceros no vendieran fuera de la forma que había estado en estilo, arreglándose al gasto diario de cada individuo.
Oportunamente viuda
Publicado: octubre 1, 2016 Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: crisis, económica Deja un comentarioCarmelo Terrera, becario
La marquesa consorte, no sabemos por qué causa, enviudó el 21 de diciembre de 1749. Quedaba como albacea del difunto, tutora y administradora de los hijos habidos por el matrimonio, y lo que era peor, responsable de una pesada carga. El marqués había dejado deudas que ascendían a la monstruosa cifra de 83.686 reales 21 maravedíes, pendientes de pago a un total de sesenta y dos acreedores.
Como consecuencia de los gastos de indumentaria en los que había incurrido debía diferentes cantidades a tres sastres y a un zapatero. A causa de sus últimos gastos de representación debía dinero a un maestro de coches, a un frenero y al guarnicionero, y es posible que la deuda pendiente con un vidriero también tuviera relación con el mantenimiento de la flota de coches de la casa. Por si la carga originada por tantos lujos no hubiera sido suficiente, debía dinero por un caballo herido que le había prestado la maestranza de caballería, y también había aceptado un gasto que probablemente creyó insoslayable, el que le había ocasionado la entrada como hermano en una hermandad del santísimo.
Gastos pendientes de pago, de los causados por el servicio doméstico, eran los salarios de diciembre debidos a una sirviente, al despensero, a la Tía Juana, que era la cocinera, a una familiar y a un clérigo de menores que la casa criaba, y de la atención a la salud de la familia estaba por pagar la cuenta de un boticario. De los gastos ocasionados por el servicio a la labor, el núcleo de los ingresos de la familia, quedaban por liquidar los pagos al yegüerizo y a su zagal, quienes probablemente trabajaban para ella por temporadas, así como los salarios de diciembre al casero de la hacienda de olivar y al mozo de las mulas. De los pagos a los arrieros, se debían tanto el correspondiente a la hija del antiguo como el de quien luego había ocupado su lugar. También debieron ser gastos asociados a la labor los que tenían que satisfacer servicios subsidiarios habituales, como los suministrados por un herrero, un herrador y el cantero que había compuesto las piedras de los molinos de aceite. Un suministro de madera, aún no liquidado, asimismo estaría relacionado con los consumos de la labor.
Pesaban sobre las rentas de la familia cargas civiles y canónicas. De las primeras estaban pendientes de pago dos repartimientos del vestuario de las milicias, solicitados con apremio militar, y de las segundas, los diezmos, de los que se debían el de menudos de los últimos tres años y el de lana. Hasta un total de dieciocho cantidades pendientes, que solo se identificaban por el nombre del acreedor, se pueden interpretar como deudas personales, y dos por liquidar a sendos mercaderes también pudieron estar relacionados con préstamos, del mismo modo que incluirían operaciones de crédito las rentas debidas por tres tributos. Pudo ser una transferencia financiera destinada a cuadrar cuentas el ingreso a un patronato de la familia que tampoco se había satisfecho. Para mantener activa la defensa legal de los intereses de la casa, asimismo era necesario satisfacer la cuenta presentada por un procurador. La defunción había originado sus propios gastos. Además del funeral, las misas y los lutos, estaban pendientes de liquidación los siete legados que el difunto había dictado a través de su testamento, ineludibles, que ascendían a 2.060 reales.
El capítulo de gastos originados por el suministro al hogar y no satisfechos era el más importante. Aparte la cuenta que no se había pagado a un refino y algún gasto más, 10.542 reales del total adeudado, más de su décima parte, correspondían a pagos debidos a diferentes personas por la propia marquesa, quienes le habían hecho préstamos para atender la manutención de la casa, una responsabilidad que estaba íntegramente a su cargo y que corría de su cuenta, y que satisfacía con algunas regalías que consideraba justas.
Tomando en cuenta esta situación, se impuso, a partir del momento en que fue responsable de ella, administrar del mejor modo todos los bienes que habían quedado tras el fallecimiento de su marido. Su objetivo era liquidar los débitos pendientes y sanear las cuentas.
Para empezar, disponía de impagados en trance de convertirse en efectivo. Los más importantes eran las cantidades por cobrar de una venta de ovejas, que regularmente cada año se hacía para renovar la cabaña, y una cuenta, con fecha de 23 de junio de 1750, que no había satisfecho la casa de la marquesa de la Motilla. Además, hasta cuatro vecinos de poblaciones de los alrededores de la capital debían cantidades. Mientras que uno era deudor de una que probablemente fuera un préstamo privado, a otros se les había obligado a firmar vales por las cifras adelantadas, los mismos que conservaba la caja. Uno de estos había firmado dos, otro, asimismo comprometido por un documento de esta clase, había dado origen a autos ejecutivos para su cobro, y otro más en realidad había liquidado la cuenta que tenía con el difunto después de su fallecimiento. Los impagados pendientes, en total, alcanzaban los 27.550 reales 29 maravedíes. Además, la caja tenía en dinero efectivo 7.635 reales.
Aquellas cantidades, en el supuesto de que todas fueran ingresadas, no eran suficientes para hacer frente a las deudas. Se veía, pues, obligada a vender bienes de la casa. Lo justificó por lo calamitoso del año. Al invocar así la razón de sus decisiones, sin dejar de aludir con decoro al estado en que había quedado, desvió la atención hacia la situación que se estaba viviendo en el suroeste. Incluso para neutralizar cualquier malentendido, a continuación, en la relación jurada que a este propósito redactó, afirmaba positivamente que la muerte de su marido sucedió el esterilísimo 1750, como lamenta la memoria.
Para el día de la defunción, 21 de diciembre de 1749, punto de partida de aquel trance, ya era seguro que el año agrícola sería adverso. El otoño había sido seco y al menos una parte de las tierras previstas para sembrar cereales quedaron vacías. Valiéndome de individuos de notoria inteligencia, y mi mayor confianza, me instruí de los legítimos valores que aquella estación les permitía, y con reflexionado examen procedí a vender, dice, exigiendo de cada efecto ciertas cantidades.
Se resignó primero a descapitalizar la casa deshaciéndose de una parte de los ganados. Reconoce que la situación que vivían conducía al desprecio, y que decidió vender por no perderlo todo, a causa de no tener arbitrio para libertarlos de la próxima mortandad que empezaron a padecer aun antes de formarse inventarios.
En una de las ferias que cada año se celebraban en la región vendió veintitrés reses yegunas, un potro capón, siete potricos y un burranco. En otra vendió tres burras: la blanca Platera, la negra y la rucia. En una sola operación vendió a un vecino de una población inmediata a la capital una recua de nueve burros, un caballo y un mulo, y a otro del mismo lugar la mulita llamada Churumbela. Además, en diferentes momentos se deshizo de otras cuatro burras, la grande del riego de estacones, la que utilizaba el yegüerizo, la negra de la hacienda y una de la dehesa, así como de un burro que servía la hortaliza, y de los siguientes ejemplares de equino: tres caballos capones, de los cuales uno era careto y dos alazanes, y otros tres enteros, el caballo rucio que utilizaba Andrés Muñoz, el negro Batallón y uno castaño argelino.
Del ganado bovino, el más valioso como capital, vendió dos novillos e ingresó a favor de la casa el valor de veinte cabezas de vacuno más la sexta parte de otra, cargándoselas en su ha de haber por el mismo precio en que se estaban estimando aquel 1750, seguramente a la baja por la debilidad que padecían a consecuencia de la seca, a pesar del riesgo de pérdidas que de esta manera corría, como efectivamente experimentó en parte.
Hecho balance, ni la descapitalización había sido tanta ni la venta de ganado fue en absoluto arriesgada. El vendido era solo una parte del que estaba en el inventario, una versión del cual, próxima en el tiempo, cifra la parte estratégica de la cabaña de labor de la casa en setenta y siete bueyes, veintitrés yeguas de vientre y dos mil doscientas ochenta cabezas de ganado lanar. Aunque el patrimonio equino pudo resentirse de las ventas, la parte de vacuno ficticiamente enajenada no habría alcanzado al tercio del total de la cabaña, y el ganado merino, después de que el marqués lo hubiera negociado antes de su muerte, ni se tocó.
Además, el patrimonio ganadero del que se desprendió no era el mejor, ni parece que su venta fuera desaconsejable. Las veintitrés reses yegunas estaban llenas de sarna y muermo. La primera era una enfermedad que se contagiaba con facilidad entre los animales, a los que se les enrojecía e hinchaba la piel, lo que les provocaba un picor intenso que los hacía inestables y de difícil manejo. La segunda, causada por un virus que les atacaba la mucosa nasal, donde provocaba úlceras y secreciones, se contagiaba con facilidad, incluso al hombre. La primera burra negra vendida tenía galápago, una dolencia del casco de las patas, agente de un crecimiento excesivo de la capa dura que lo recubre, que podía afectar también a caballos y mulos. La burra rucia estaba matada en la cruz, es decir, tenía llagas donde se encontraban los brazos con la columna vertebral, provocadas por el rozamiento de los arneses que se le colocaban para que hiciera cualquiera de sus trabajos, y tanto la burra negra de la hacienda como la burra de la dehesa eran viejas.
Pero todas las operaciones de venta del ganado solo le proporcionaron un ingreso de 14.791 reales 7 maravedíes, una cantidad muy alejada del montante de las deudas.
Más arriesgado tal vez fuera deshacerse aquel año de una parte de los recursos para la alimentación del ganado, y más aún en los términos tan extremos en que lo hizo, todo lo inventariado por tres conceptos. De cebada vendió, a precios comprendidos entre catorce y quince reales, trescientas fanegas; de semillas, 72 fanegas de yeros a veinte reales y medio; y de paja, dos almiares; operaciones que le permitieron sumar otros 20.601 reales. Mas, aunque el riesgo se viera recompensado por los interesantes precios conseguidos, ni aun acumuladas todas estas ventas era suficiente para hacer frente a las deudas. Sumando los impagados al efectivo y a la venta de ganado, los 20.601 reales de la cebada, la semilla y los pajares acumulaban la cifra de 70.578 reales 2 maravedíes, que todavía no alcanzaba a cubrir los 83.686 con 21 pendientes de pago.
Decidió comerciar todo el aceite del que disponía la casa. La táctica que eligió fue concentrar las ventas y optar por la demanda al por mayor. Solo veinte arrobas fueron vendidas a un arriero. Entonces era frecuente que quienes se dedicaban a esta actividad, empresarios regulares del transporte, beneficiaran sus trayectos comprando mercancías que podían vender con ventaja en algún punto de sus rutas habituales. Por aquellas veinte la marquesa obtuvo el mejor precio, veintiún reales por cada una. Otras trescientas cuarenta y nueve fueron vendidas el 14 de julio de 1750 a veinte reales y medio. El comprador fue el Extremeño, un personaje al que no es posible identificar más pero cuya ocupación probablemente no se alejaba mucho de la arriería.
La gran operación fue la venta el 14 de marzo de 1750 de tres mil seiscientas ochenta y dos arrobas, también a veinte reales y medio, a don Pedro Doye, del comercio, quien debió tomarlas al menos en dos fracciones porque de casi la mitad de ellas consta que fueron medidas aparte. Las dos operaciones se hicieron a través de intermediarios, que obligaron a liquidar corretaje, a razón de un cinco por mil sobre el ingreso bruto. Por la segunda, además, hubo que pagar 100 reales por la medida específica de las 1.700 arrobas y 8 reales al que agenció el despacho de Francos. La magnitud de la operación permite pronosticar, para cualquiera de las dos fracciones, un destino distante, muy probablemente trasatlántico. Gracias a esta iniciativa, el ingreso por el aceite vendido alcanzó los 82.484 reales 11 maravedíes, una cifra que por sí sola era casi suficiente para hacer frente a las necesidades que a su muerte el marqués había dejado al descubierto.
La operación decisiva, sin embargo, resultó la venta del trigo, también todo el que tenía la casa, hasta un total de dos mil treinta y tres fanegas. Tan notable masa en poder de un solo ofertante era posible porque los labradores de la mayor escala promovían labores extensas. En este caso podemos estimar, sin demasiado riesgo de error, que el año agrícola precedente, durante el que se habría producido el grano y formado este almacén, al menos unas 200 unidades cuadradas habrían sido destinadas a producir trigo. La labor era la empresa central de todas las casas agropecuarias. Sus estrategias giraban en torno a ese producto, que efectivamente, como enseguida se verá, era capaz para proporcionar, llegado el momento, unos ingresos insuperables.
Probablemente el número de operaciones que lo pusieron en circulación fue muy superior al que había resuelto la venta del aceite, muy concentrada. La información disponible permite discernirlas por precios, lo que es bastante para valorar el alcance que tuvo esta parte de las transacciones. Solo quince fanegas fueron vendidas a treinta y nueve reales, un precio muy interesante para mediados del siglo décimo octavo, cuando la tasa o tarifa legal vigente era de veintiocho reales. Es cierto que para entonces la tasa tenía escasa autoridad, pero no dejó de estar operativa aquel año. A precios comprendidos entre cuarenta y cinco y cuarenta y nueve reales se vendieron otras cuatrocientas setenta y dos fanegas, poco más de la quinta parte de las ventas, y otras quinientas noventa y ocho, poco menos de un tercio del total, a cincuenta y a cincuentaiún reales. Las novecientas cuarenta y ocho restantes, a cincuenta y dos, lo que significa que casi la mitad de las operaciones se concertaron al precio máximo. La marquesa creía justificado y legítimo actuar de modo tan exigente en aquel momento. Deliberé enajenar algunos efectos por conseguir el mayor valor que les proporcionaba la injuria del citado año, declaró. Fue, por tanto, el resultado de una decisión consciente.
Mientras estas operaciones se consumaban, el comportamiento de los precios del trigo en la región, tal como lo revelan las fuentes administrativas, no debió permitir a todos los vendedores tantas ventajas. El 2 de abril, en un mercado local secundario, todavía se impuso la venta del que había en el pósito al precio de la tasa, los mencionados veintiocho reales. Como era común a los pósitos, establecimientos para la comercialización del grano sujetos a la intervención de los poderes de cada municipio, probablemente llevaba tiempo almacenado, razón que redundaba en la caída de su calidad. Dos días después, en otro mercado similar, localizado en una población de pequeño tamaño, próxima a la capital de la región y comunicada con esta tanto por vía terrestre como fluvial, la fanega de trigo que se había sacado del pósito para el abasto de la población aún se vendía a los mismos veintiocho reales. Sin embargo, aquel mismo día, en el mismo lugar, ya se empezó a comerciar trigo, que se puede suponer más reciente o de mayor calidad, a treinta y cinco reales, el precio que en aquel momento empezaba a pagarse en el mercado libre.
Un par de días más tarde, 6 de abril, en un núcleo de población no muy grande, localizado en el centro oeste de la región y a gran distancia de la capital, con la que solo se comunicaba por vía terrestre, aunque a una distancia relativamente próxima a la frontera exterior occidental, y con fácil acceso inmediato a los puertos de la costa meridional atlántica, también estaba todavía vigente la tasa, a decir de los responsables de su gobierno, lo que significa que igualmente se pagaba la fanega de trigo a veintiocho reales.
Algo más de diez días después, el 17 de abril, a algunas leguas al este del centro de la región, en un lugar de población significativa con rango de centro de una comarca, bien comunicado con la capital por vía terrestre, la fanega de trigo todavía se cotizaba a treinta y un reales, mientras que otros diez días después, 27 de abril, en otra población que compartía con la anterior todas las características que la tipificaban como mercado, a excepción de su posición relativa, que declinaba al sureste pero quedaba muy distante de los puertos mediterráneos, la fanega de trigo ya se vendía a treinta y cuatro reales. Pero al día siguiente, 28, en el mismo lugar, empezaron a manifestarse los que resultarían los cambios más significativos del nivel de los precios del trigo admitidos por los registros públicos. La fanega, aun declarándose del pósito, era vendida nada menos que a cuarenta y dos reales. Y el mismo día, en un mercado de menor tamaño, próximo a la capital y bien comunicado con ella, la fanega de trigo, también del pósito se había empezado a vender a treinta y cinco reales, cuando hasta entonces se había estado vendiendo a la tasa. Para la misma fecha y la misma población, hay noticias sobre el precio que allí tenía el trigo libre, que había llegado hasta los cuarenta reales la fanega.
Dos días después, 30 de abril, en la población de rango comarcal al sureste de la capital, la fanega de trigo del pósito se seguía vendiendo a cuarenta y dos reales. Por contra, en la población de pequeño tamaño próxima a la capital y bien comunicada por las vías terrestre y fluvial, gracias a esta circunstancia el trigo del pósito para el panadeo se mantenía a unos razonables treinta y cinco reales la fanega. Tanto poder para decidir tendría esta posición relativa que casi a mediados del mes siguiente, el día 11 de mayo, en aquel mismo lugar el precio seguía manteniéndose en los treinta y cinco reales, lo que prueba a un tiempo la facilidad del suministro y la estabilidad de la demanda. También en el centro comarcal al este de la capital, quizás asimismo gracias a sus buenas conexiones, se mantenía a treintaiún reales, el mismo precio que casi un mes antes. Pero noticias del día siguiente, 12 de mayo, referidas al mismo lugar, precisan que era la fanega de trigo del vecindario la que aún se vendía a los mencionados treintaiún reales, si bien con portes y otros gastos era preciso, para sacar su coste, venderla a treinta y tres reales y cuartillo. En la misma fecha y en el mismo lugar aquel día el trigo pudo llegar a venderse a treinta y cuatro reales la fanega.
Las tensiones de su mercado debieron alcanzar su nivel extremo algunos días después, el 18 de mayo. Su junta de granos, órgano gestor de la crisis, aunque el trigo de su pósito se estaba cotizando a poco más de treinta y tres reales, decidió fijar el precio de la fanega de trigo nada menos que en cuarenta y ocho reales, teniendo en cuenta que en la alhóndiga de la capital, el mayor de los mercados intervenidos, se estaba vendiendo a cuarenta. Por tanto, allí, en menos de una semana, el trigo incrementó su precio dos quintos.
A partir de entonces las tensiones al alza debieron empezar a ceder. Datos referidos a pocos días más tarde, en torno al 23 de mayo, permiten saber que en la capital se estaba vendiendo la fanega de trigo a treinta y nueve reales, leve tendencia a la baja del mercado de la capital que se confirma a comienzos del mes siguiente. Para el día 8 de junio, allí se podía comprar el trigo a treinta y ocho reales la fanega. Tres días después, el 11, en el centro comarcal al este de la capital, cuyos precios mantenían regularmente diferencias con los de aquella, la fanega de trigo se estaba comprando ya a cuarenta y dos reales, seis menos que a mediados de mayo.
Las últimas noticias de las que disponemos, referidas al mes de agosto, a pesar de su distancia permiten reconstruir con bastante precisión los tramos recorridos por los precios del trigo entre la prolongada crisis de la primavera y el pleno verano. Mientras que el día 8 en la capital todavía se vendía a cuarenta reales la fanega, lo que parece indicar que durante los dos últimos meses habían permanecido estancados a un nivel importante, pocos días después, el 13, también en la capital había irrumpido el llamado trigo ultramarino, que se vendía a precios comprendidos entre veintiocho y treinta y dos reales. No obstante, trigo declarado bajo la misma condición, que habría que suponer de calidad comparable, destinado al abasto del centro comarcal al este de la capital, sorprendentemente se estaba comprando con dinero público a cuarenta reales, un precio que permite suponer que a la condición de trigo ultramarino, subvencionado por las instituciones de gobierno de la región, debió acogerse al menos una parte del de la tierra.
En resumen, el trigo, según la documentación administrativa, se movió entre los veintiocho reales de la tasa, a comienzos de abril, y los cuarenta y ocho de los mercados libres, máximo que se habría alcanzado en el interior rural de la región, en sus centros comarcales, en pleno mes de mayo, un estado óptimo que se prolongó hasta mediados del verano, cuando por fin se dio vía libre a las importaciones de choque. Basta esta síntesis de las noticias mercuriales de aquel año para comprobar que los comportamientos no eran uniformes ni estables, que las posibilidades de los mercados oscilaban a la vez por razón de tiempo y de lugar, y que las estrategias de comercio se dirigirían a detectar dónde y cuándo ocurriría el máximo posible durante la circunstancia crítica, un instante capaz para absorber los costos del movimiento y reportar beneficios. El comportamiento de los principales comerciantes de grano, que eran los labradores, que vaciarían sus almacenes durante las crisis, como la marquesa viuda reconoce, estaría explícitamente orientado a alcanzar esa meta.
Uno de sus medios consolidados al servicio de ese objetivo era el almacenamiento, que se consumaba siempre en lugares muy próximos, cuando no exclusivamente en la misma casa en la que se dormía a diario. Sin embargo, las grandes labores ganarían en su favor las mejores posiciones gracias a una red de corresponsales o de factores, más que gracias a su afán por atesorar. Además de la información sobre sus precios, del trigo vendido por la afortunada viuda solo es posible precisar que casi nueve décimas partes fueron llevadas a la capital, distante del lugar donde era guardado unas cinco leguas. Allí las mil ochocientas nueve fanegas, para cuyo desplazamiento la casa no tuvo inconveniente en cargar con el precio de los portes, a razón de real y medio por cada fanega, encontrarían las mejores oportunidades para el negocio. Sus correspondientes del centro de la región les permitirían detectar los precios máximos, que como las cotizaciones del trigo vendido por la marquesa viuda demuestran estaban por encima de los niveles que la documentación administrativa estuvo dispuesta a reconocer. Para la venta del trigo se preferiría concentrar el riesgo en el mayor mercado, que a su vez actuaría de redistribuidor de la mercancía a través de sus almacenistas y expertos en el gran comercio, los mismos que después operarían con toda la masa atesorada.
La suma de impagados, efectivo y ventas de ganado, cebada, semilla y pajares había alcanzado los 70.578 reales 2 maravedíes. La venta del aceite le supuso un ingreso de 82.484 reales 11 maravedíes. Solo las operaciones con el trigo a la agraciada marquesa le habían permitido ganar, una vez descontados los portes, 99.237 reales 17 maravedíes. Si las primeras ventas no eran suficientes para cubrir los 83.686 reales 21 maravedíes de las deudas, y la de aceite no conseguía satisfacerlas del todo, la venta del trigo bastaba para enjugarlas y además reportar ingresos netos. Para completar tan felices decisiones, que habían permitido a la casa salir del trance, finalmente decidió vender, por no ser de moda, un reloj de faltriquera, antiguo, con caja de carey, que todavía le valieron otros 270 reales.
Llamaba A. Coleman beneficio de oportunidad al que se obtenía cuando la mercancía se precipitaba al mercado en el que podía obtener el mejor precio, al tiempo que confesaba que se había visto impulsado a emplearse en el enunciado de esta teoría por reacción al éxito de la que explicaba el llamado coste de oportunidad, mucho más triste y resignada. Harmodius J. Livingstone, del Kenia King College, con menos énfasis, para referirse a la misma encrucijada del comportamiento económico, prefirió hablar de good opportunity. Iacint L. Stanley, de Chicago, trabajando tras su rastro, probablemente más por concesiones a su público que por replicar, prefirió hablar de golden opportunity, sin por ello cambiar la esencia de la propuesta de su predecesor. Y por oposición, la actitud pasiva frente a las oportunidades más favorables han sido condenadas como miss an opportunity, desaprovechar la oportunidad, o lose the opportunity, perder la ocasión.
Una casa que en un año regular, como consecuencia de la comercialización de todo su producto agropecuario, ingresara 100.000 reales en bruto ya ocupaba un puesto entre las del primer nivel. La suma total que había conseguido la marquesa viuda, gracias a su audaz gestión, alcanzó la muy estimable cifra de 252.569 reales 30 maravedíes. Al margen de las circunstancias que urgieron a la marquesa oportunamente viuda, que le valieron una fortuna, de la feliz ocasión que el paso a su nuevo estado le había proporcionado, su experiencia demuestra que un año de crisis, para las casas de la mayor magnitud, que actuaban de manera coordinada en la mayor cantidad posible de frentes agropecuarios, era una bendición, un año benefactor que según las cifras reveladas les permitiría al menos duplicar las ganancias.
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