Servidumbre

 

Captación de trabajo

G. Valparaíso

Las sernas

El producto bruto de los cereales, al menos en pleno siglo décimo octavo, era consecuencia del tamaño de las poblaciones no solo porque modificara su demanda, sino sobre todo porque las oscilaciones de este alteraban la cantidad de trabajo que se podía invertir en su cultivo. Mas la historia de la humanidad se levanta sobre la corrección de los intransigentes dictados de la naturaleza. Alimentación, indumentaria, edificaciones, la lucha contra la enfermedad, y sobre todo las lenguas, son felices correctivos a las limitaciones que la naturaleza dictó contra los hombres, mucho más aún pruebas de su capacidad para rebelase y encontrar salidas. Los límites al crecimiento de las poblaciones fueron estímulos a la generación de formas de relacionarse que sobrepasaran la carga de las herencias, seductoras provocaciones a la astucia que se propusiera evitarlas. Este ensayo, que irá apareciendo en sucesivas entregas, solo pretende, a partir de algunos indicios, detectar recursos ingeniados para acumular la masa de trabajo necesaria para hacer productiva la tierra en situaciones distintas y en distintos momentos, nunca del todo favorables en un sentido, tampoco del todo adversas indiscriminadamente. Todos los casos que lo ilustran están tomados del área castellana, origen del marco jurídico que normalizó las relaciones a partir de la plena edad media en el sudoeste de la península, área extrema del continente que la autora ha tomado reiteradamente como campo para su experimentación.

     El modo más conocido de captar trabajo ajeno para el cultivo de la tierra, bajo las condiciones del señorío, afectaba a la condición de vasallo. Estaba fundado en la obligación conocida con el galicismo corvea, en castellano propiamente serna. Según el modelo clásico, previa distinción entre tierra del señor y tierras de los vasallos, se consumaba en la fracción del dominio señorial, que en esa parte era una explotación, llamada reserva, aprovechada bajo la responsabilidad directa del señor. Con la percepción de trabajo directo este conseguiría extraer la mayor cantidad de producto al esfuerzo ajeno.

     El fenómeno fue estable, y se puede saber de casos que demuestran su persistencia sin demasiado esfuerzo. Así, en un señorío, en pleno siglo décimo sexto, las tierras directamente cultivadas por el señor eran mantenidas parcialmente gracias a las prestaciones de los vasallos, mientras que en otro simultáneo, también estos estaban cargados con obligaciones tan directas como contribuir al cultivo de las tierras de la reserva. A mediados del siglo décimo séptimo cada vasallo de un tercer señorío estaba obligado a trabajar un día en la hacienda de su titular sin recibir jornal a cambio, y de la  supervivencia de las sernas hay rastro documental en el siglo décimo octavo.

     Pero sujetarse a este esquema clásico, limitado a la prestación de trabajo en la reserva señorial, es demasiado parcial cuando se desea detectar la frecuencia y la capacidad que las obligaciones de trabajo en beneficio de otro tuvieron para adaptarse a distintas situaciones. Salvo indicación expresa, los casos que a continuación se describen corresponden a la región y están tomados de los siglos décimo quinto y décimo sexto, los de la plenitud del señorío, cuando las sernas de vasallos pudieron ser más habituales.

     De tiempos anteriores al segundo milenio, en el norte de la península se encuentran testimonios de que la prestación podía ser exigida más allá de la reserva señorial, aunque de su capacidad para transformarse de acuerdo con las circunstancias habla con más claridad el posible origen de las sernas en tierras cantábricas. Algunos han creído que lo tuvieron, más que en las prerrogativas señoriales, en la comunidad campesina que explotaba solidariamente una demarcación, justamente conocida con el nombre de serna, y que solo con posterioridad, recurriendo a las posibilidades de la behetría o señorío electivo entroncarían con este.

     Pero sobre todo habrían sido ciertos cambios de circunstancias los que permitirían que las sernas se acogieran a otras formas. Para una parte de los observadores, la circunstancia de mayor alcance fue que al sudoeste las instituciones asociadas al señorío fueron importadas ya en pleno siglo décimo tercero. Por ser tardía, según su criterio, llegarían desprovistas del trabajo servil. Para entonces, explican, pagos en especie o en metálico ya habían sustituido a las prestaciones personales, fórmulas que los analistas que trabajan desde estos presupuestos generalmente clasifican como redentoras. Cambiar prestaciones por rentas, y de esta manera garantizar que las tierras fueran trabajadas, habría sido el recurso más fácil para adaptarse a la despoblación crónica de las tierras ocupadas por las fuerzas procedentes del norte.

     Efectivamente, en muchas de las rentas de las que era acreedor un señor meridional, por lo que tenían de coactivas, podían estar implícitas obligaciones de trabajo evolucionadas a un pago. Así, la entrega de una fracción del producto en su beneficio o la sujeción a un monopolio industrial que estuviera bajo su control. En aquellas circunstancias, además, la versión a renta de la obligación de trabajar para el señor debió ser aceptada a cambio del acceso a la tierra, situación que favorecería la posición de los vasallos, mejor allí y cuando su número fuera más escaso. El uso de un suelo con reconocimiento de señorío, consecuencia inmediata del vasallaje, se documenta entre los vecinos de una población. Para beneficiarse de la tierra repartida a cada uno, debían pagar perpetuamente una fanega de trigo y otra de cebada. En otro lugar, se acordaban transferencias de parcelas de unas dos aranzadas para plantar viña a cambio únicamente de un par de gallinas por aranzada. Las gallinas, sin embargo, en los acuerdos suscritos mantenían su condición de adehalas, supervivencia del reconocimiento explícito de señorío. Y en otro más, bloqueado el acceso al cultivo de las tierras dedicadas a cereal, tierras públicas, sometidas al dominio del municipio que regía la población, eran cedidas temporalmente con este fin a cambio del pago de un terrazgo.

     En otros casos, que según este criterio podríamos considerar intermedios, por lo que tienen de híbridos, se combinó la prestación directa con su liquidación en forma de renta. La versión más flexible de estas transformaciones sería la que permitía optar entre esta y aquella, como demuestran los lugares donde los obligados a los servicios personales los prestaban con carros o podían satisfacerlos con leña y forraje. Otra acumulaba las dos posibilidades. En un señorío los vasallos debían contribuir a la vendimia, al servicio doméstico del señor o a pisar la uva, pero también tenían que liquidar cierta cantidad de cebada. En otro, además de las obligaciones relacionadas con el cultivo directo de la tierra del señor, asimismo los vasallos tenían la obligación de vendimiar en las viñas del señor, un miembro de cada familia debía cazar para el señor cuando este decidiera, y al tiempo debían igualmente facilitarle leña y asistirle con el deber del yantar. Todas estas obligaciones estaban tarifadas por vecino y hogar, y a veces, con este fin, se tenía en cuenta el patrimonio del vasallo, estimado por el número de yuntas de trabajo que poseyera.

     Ninguna de aquellas manifestaciones explícitas de la versatilidad de las obligaciones, de la gama de posibilidades que abrían para las dos partes que se relacionaban bajo las respectivas condiciones de señor y vasallo, sin embargo se habría desprendido de su carga original. Que el trabajo fuera sustituido por renta, en todo o en parte, porque la renta era trabajo condensado, no lo haría menos servil, y al contrario ampliaría la gama de medios de captar trabajo ajeno en beneficio de la tierra propia. Las rentas, al contrario multiplicarían las posibilidades de captar producto justificado por la obligación de trabajar para otro. El trabajo de diez vasallos tal vez fuera técnicamente factible en la reserva señorial, mientras que el trabajo de cien, tal vez no. Aunque la renta redujera la proporción de trabajo ajeno que se captaba por cada vasallo, extendería el horizonte de la captación e incrementaría la masa de los ingresos. Cualquiera de las transferencias a renta sería más probable cuando las poblaciones se incrementaran.

     Pero probablemente la más valiosa de las transformaciones de la obligación de trabajar para un señor, por la trascendencia que pudo tener, fue satisfacer las prestaciones delegándolas en asalariados. Aunque también es valorado como un medio para la redención de las prestaciones, el trabajo asalariado ejecutado a cambio de estas, a la vez que supondría incremento del producto en manos del vasallo, significaba perpetuación de la prestación directa. En un señorío, el trabajo de los vasallos avecindados en sus tierras era compatible con el de los asalariados que llegaban con ocasión de ciertas actividades, a los que pagándoles podían recurrir los propios vasallos para cumplir con sus obligaciones. Para el mismo tiempo, en otro ya se había hecho frecuente que estas fueran satisfechas por unos asalariados cuyo jornal efectivamente estaba a cargo del vasallo que en ellos delegaba.

     Al abrir esta vía de captación del trabajo ajeno, porque más que redimir las prestaciones se las relevaba, es posible que se incentivara la condición de jornalero a costa de quienes persistían en permanecer vasallos. Si al mismo tiempo existiera la posibilidad de que estos pudieran ofrecerse como asalariados, y para mejorar su estado, sin dejar de prestar el servicio que les correspondiera, aceptaran la renta conocida como jornal que completaba el de otro, su acumulación incrementaría sus posibilidades de neutralizar, al menos en términos de esfuerzo, su condición de vasallo. Para que la espiral se fuera ampliando bastaría con que una parte de la renta que dedujeran de la venta de su trabajo a otros la invirtieran a su vez en la compra del trabajo de terceros.

     Esta rama para el desarrollo de los cambios encontró una manera de crecer combinando prestación en forma de renta con prestación en forma de trabajo asalariado. Entre los derechos de un señorío, se menciona el cuarto y noveno del aceite obtenido en él. Quien explotara este derecho, que se arrendaba, además del cobro de esta renta, como parte del señorío disponía de la preeminencia de coger la aceituna, actividad que estaba reservada a las viudas y las solteras. Sirviéndose de él, las obligaba a hacer este trabajo a cambio de un jornal. Un híbrido como este, que combinaba captación de rentas con prestaciones directas, más aún si se resolvían recurriendo al jornal, sería evidentemente favorable a los ingresos señoriales.

     Y todavía las obligaciones se mostraron más versátiles incluyendo un factor más, la energía que se extraía al ganado de labor, la mayor masa de trabajo con la que contaba aquella agricultura. Podían transferirse al ganado de labor o, a su vez, ser trasladadas a su versión en renta. Cuando se trasladara a ganado de labor la iniciativa buscaría acumular masa de energía para transformarla en producto. Entre los bienes de un señorío constaban los tributos de bueyes que debían liquidar vecinos de las tierras que con preferencia se dedicaban a labor en poblaciones del sudoeste. La expresión no es lo bastante ambigua como para excluir que el tributo de bueyes fuera una prestación directa liquidada con el trabajo de los animales, fuesen los del señor o los propios de quien estaba obligado a este servicio.

     Pero también podría ser una renta a la que hubiera sido vertida esa obligación, como demuestran otros casos, en los que la satisfacción del ingreso, que se calculaba a partir de la cantidad de ganado de labor poseída por los vasallos, se liquidaba en especie. Así, era renta de un señorío el pan que dicen de la serna, que pagaban los vecinos de una población sujetos a aquel. La obligación se describe en estos términos. Quien labraba con dos mulas o bueyes, pagaba veinte cuartos de pan por mitad de trigo y cebada y una gallina. Quien labraba con una mula o un buey, diez cuartos de pan por mitad de trigo y cebada y una gallina. Y quien no tenía labor de mula o buey, seis cuartos y cuatro celemines de pan por mitad y una gallina.

     Cuando fuera transferida a renta la obligación de trabajo, vertida a su vez a fuerza de los animales, buscaría extender el frente de los vasallos a los que fuera posible deducirle producto. La versión a renta en cualquier caso multiplicaba las posibilidades de la captación de fuerza, en la porción más grosera trabajo animal, pero que era efectivo mediante el trabajo humano, aunque en las cantidades que permitiera el trabajo de las bestias.

     Una secuencia completa de un ciclo de transformaciones que en muchos casos parecen instantáneas parciales, más el curso legal que pudo seguir, la retuvo el siguiente caso. A mediados del siglo décimo sexto todos los vecinos de una población, vasallos de un señor eclesiástico, cada año debían contribuir a sus demandas de trabajo con una mujer recolectora mientras la cosecha de la aceituna estuviera pendiente. El señor pagaba a las recolectoras con un jornal moderado, con ocho, diez o doce maravedíes por cada canasta de a fanega que recogieran o previo acuerdo tomando en cuenta las circunstancias de cada momento. En cualquiera de los casos, que podrían servir para ilustrar formas distintas del tránsito entre la prestación directa y el trabajo asalariado, era un trabajo remunerado, aunque determinado por la obligación.

     También debían contribuir con dos peones a las labores de las viñas, cuando se abrieran, cuando se cerrasen o cuando el señor lo demandara. Los dos peones por cada vecino, en el momento en el que fueran satisfechos, se traducían en dos días de trabajo al año. A cambio, el señor no pagaba jornal alguno, aunque durante aquellas dos jornadas a cada peón le daba vino, como a los demás trabajadores. Para que las prestaciones se cumplieran, el escribano de la población, bajo la autoridad del señor, redactaba anualmente un padrón de vecinos, sobre el cual el propio amo controlaba quiénes cumplían con ellas.

     La primera prueba de metamorfosis de aquellos deberes se encuentra en la segunda mitad del siglo décimo sexto. Un testimonio, correspondientes al punto de vista del señor, afirma que para 1570 las mencionadas prestaciones se cobran algunas veces en dineros y a moderado precio para cobrarlas como menos pesadumbre. Es probable por tanto que para entonces se hubiera decidido facilitar la recaudación, no el pago, admitiendo la posibilidad de que ocasionalmente fueran satisfechas a cambio de cierta cantidad.

     Quienes han analizado aquel estado de tal obligación de los vasallos lo aceptan como una concesión y un indicio de que hacia 1570 estaría a punto de extinguirse. Tal vez fuera así. Pero es más seguro aún que, entonces, había llegado a ser motivo de enfrentamiento entre señor y vasallos, y que aquella lid estuvo en el origen del cambio más visible que las obligaciones demandadas estuvieran conociendo.

     Como fundamento de sus derechos, el señor afirmó que los reyes pasados de buena memoria dieron a esta casa los vasallos para que le labrasen su hacienda, e invocó para corroborarlo una provisión que guardaba. Pero más adelante reconoció que no había provisión real que dijera que aquellas prestaciones se cobraran. De manera algo más difusa, mencionó luego un privilegio que solo daba licencia al señor para que tuviera vasallos. Incluso llegó a reconocer explícitamente que no hay escritura vieja por donde se pueda dar a ejecutar lo de las recolectoras y los peones. Por tanto, la escritura que guardara, privilegio o provisión, que era una concesión genérica del señorío, durante algún tiempo le había bastado para ocupar la posición preeminente que le había permitido imponer los que visiblemente eran  malos usos.

     Conocida la fragilidad de la posición del señor, estalló el conflicto. Algunos vasallos, es probable que poco después de 1570, se rebelaron diciendo que no eran obligados a pagar los peones. Tan radical oposición a los hechos consumados no dejó de ser una oportunidad favorable a los intereses del señor porque el conflicto derivó a contencioso. En torno a 1574 el señor obtuvo de los tribunales una ejecutoria contraria a la posición de los vasallos. Era la base legal que necesitaba, más segura que cualquiera de las apelaciones a los antiguos documentos, fueran privilegios o provisiones.

     Por esta, reflexionó en consecuencia, se podrá compeler a los demás. A la vez, a partir de aquel momento se propuso que nunca en escritura alguna se nombre este título de vasallaje, porque es odioso en chancillería y peligroso en pleitos. Ateniéndose a estas coordenadas, para cobrar anualmente los peones como mejor pudiera, urdió el siguiente plan. Tomar en sí todas las casas y solares que vacaren por cualquier vía, para que esto de peones y cogederas y gallinas se asiente por obligación, para que pueda cobrar por justicia; hasta que poco a poco los hagan ir obligando por obligaciones particulares como se hace en las escrituras nuevas de solares y casas. Según fueran aceptados los nuevos contratos, que el paso del tiempo se encargaría de imponer a las siguientes generaciones, los peones se pagarían por respecto de los solares y casa, como las gallinas, que se dan por vía de renta, y de esto no podrán reclamar. Para el futuro, nunca en escritura de venta de casa se ponga por condición particular, sino incorporados con el arrendamiento del dinero y gallinas, diciendo que se da tal casa o solar por tantos maravedíes cada año y tantas gallinas y dos peones.

     En cuanto a las recolectoras, que habían quedado al margen del conflicto, lo que podría interpretarse como beneplácito a la transacción que admitía que las prestaciones fueran recompensadas con un jornal, fue suficiente con declarar que era costumbre de tiempo inmemorial, lo que desembocaba en la habitual prescripción adquisitiva, una inconsecuencia insostenible sin embargo consolidada y durante siglos admitida por los tribunales.

Sociedades

La captación del trabajo de otros encontró un medio para su desarrollo en el orden horizontal, al margen de la preeminencia del señorío, estuviera o no inspirado en ella; una dimensión del antiguo mercado laboral que se ha solido conocer con el nombre de medianería, algo que en la forma podría clasificarse como mera sociedad civil. También todos los casos que se mencionan a continuación, que ilustran su vigencia y prueban su diversidad, han sido tomados de relatos referidos a los siglos décimo quinto y décimo sexto.

     La forma más directa de la captación entre iguales que he detectado consistió en que el sirviente aportara el trabajo necesario para accionar la energía animal, los bueyes que ponía a su disposición el servido. Lo que la hacía singular era que quien proporcionaba el trabajo era a su vez responsable de una modesta explotación agropecuaria que mantenía por sí mismo. El compromiso, que habitualmente consistía solo en arar, se contraía por toda una fase del ciclo agrario. Su exposición al riesgo del trabajo para otro sería la consecuencia de su déficit de rentas, y la consumación del riesgo, la identidad del servicio con la prestación de trabajo directo. En aquellas condiciones, porque entregaba trabajo a cambio de una remuneración, el sirviente no sería distinto al jornalero, condición que pudo crecer también a consecuencia de estos compromisos.

     Otros, para conseguir trabajos completos de quienes ya mantenían sus propias empresas, prefirieron el arrendamiento. La fórmula se concentró en los de recogida de la cosecha en cierto tipo de explotaciones. A principios de otoño, cuando ya era posible evaluar el volumen de producto que se obtendría, una parte de las instituciones que inmovilizaban sus tierras optaban por ceder en arrendamiento la cosecha de sus olivares. Cualquiera de estas iniciativas pretendería facilitar el acceso a la renta suprimiendo costos, régimen de gestión del patrimonio productivo al que recurrían quienes fundaban sus ingresos en la inmovilización. En la medida en que previamente hubiera sido invertido en la obtención del producto, su trabajo, o el costo que este hubiera tenido para ellos, era convertido en renta. Como automáticamente esto era cesión del producto, el cedido obtendría la suya de su comercialización íntegra. El cedente, con la percepción del precio del arrendamiento, se resignaría a participar en él con una cantidad estimada.

     La captación de trabajo mediante el intercambio se desarrolló también gracias al patrimonio ganadero acumulado por una de las partes que entraban en sociedad. El ahorro emancipado de su gasto muchos decidían retenerlo como animales de labor que compraban en los mercados, tanto en los cotidianos como sobre todo en las ferias, ocasiones de comercio francas, convocadas una vez cada año, que prodigaron las jurisdicciones del suroeste en beneficio de la actividad económica que quedara bajo su control. Un buen número de activos agropecuarios conseguiría así ser dueño de una modesta cabaña de ganado para el trabajo; dos, tres o incluso más bueyes. Aquellos animales los dedicarían primero a la actividad que ellos mismos mantuvieran. Su adquisición, que los capacitaba para convertirse en promotores de una explotación, cuyo tamaño debía adecuarse a la potencia energética conseguida, valdría el mayor grado de autonomía a quienes ya estaban comprometidos con el trabajo agropecuario.

     Pero la posesión de ganado de labor, en cualquier cantidad, cargaba con una rémora, el alto costo corriente de su manutención. A soportar el de las modestas cabañas boyales, que podía limitar el número de los aspirantes a estos benéficos medios, contribuían las dehesas públicas reservadas para que las pacieran todos los ganados de labor, a las que era posible apelar como un derecho en los municipios. Un campesino, que mantenía con sus medios una explotación de cereales, solicitó a la autoridad del suyo que le señalara una dehesa para sus bueyes, que habían alcanzado la estimable cifra de veinte yuntas. Su petición venía justificada porque allí regía el derecho a disponer de este espacio según el número de bueyes necesario para trabajar la explotación del demandante, a razón de tres aranzadas por yunta. Desde aquel momento, las tierras elegidas para reservarlas a este destino quedaban acotadas. En otro lugar, en aplicación del correspondiente código, fue la cuarta parte de una gran explotación la que hubo de ser separada con el mismo propósito.

     Nada impedía que una parte de estos pequeños inversores, contando con aquella subvención indirecta, acumulara una cabaña de labor más allá de sus necesidades. Con tan modestas cifras, quizás no sea demasiado aceptable llamar excedente a esta fracción. Probablemente sería más acertado concebirla como una calculada inversión del ahorro porque se previera extraerle renta poniendo el capital adquirido al servicio de otros.

     En favor de esta opción actuaba que también había quienes se arriesgaban a sostener una explotación sin poseer suficientes medios energéticos para atenderla. A causa de esta carencia, se veían en la necesidad de dirigirse a los activos con algún capital ganadero en demanda de servicios de fuerza para los que la energía animal era imprescindible. Eran contratados solos o en grupo, para trabajos que se concertaban por un precio determinado, y no solo para actividades relacionadas con las cosechas de aceitunas o de uvas, sino para todas las faenas del cereal comprendidas entre la siembra y la recolección.

     Al menos una parte de quienes podían atenderlas se movían a un lado y a otro de la  frontera que marcaba los límites entre la condición de jornalero y la de campesino. Gracias a que habían invertido una parte de sus ingresos en poseer ganado de labor, podían simultanear ser jornalero con ser campesino apto para trabajar para sí o para quienes los requirieran. Incluso muchos de quienes transitaban de un lado a otro de aquella frontera, para completar las posibilidades de sus vaivenes, y así acumular renta, además de una pequeña cabaña boyal, todavía tenían algunos asnos para dedicarlos al transporte cuando no los dedicaban al trabajo de la tierra. La acumulación de patrimonio energético por quienes estaban dispuestos a dejar que su trabajo, y el de su ganado, fuera captado sería por tanto compatible y más probable cuando al mismo tiempo dominara la demanda del trabajo de jornaleros, para determinados trabajos o por días, y permitiría ganar la posición más favorable en tiempos o lugares deficientes de población.

     Una forma de dar el trabajo desde esta posición era el contrato de arada, muy frecuente. El dueño del ganado era contratado con la obligación de aportar bueyes y arados, además de su trabajo, para actividades como la siembra o el barbecho. Si no satisfacía el que fuera de estos compromisos, quien lo hubiera comprometido, por su propia iniciativa, podía acordar su ejecución con un tercero, un costo que correría a cargo de quien inicialmente había dicho que lo realizaría y no lo había satisfecho.

     Más fácil era consumar el trabajo solo como cesión de la energía animal, sin que fuera necesario el concurso de la acción directa de su dueño, para lo cual de nuevo podía bastar el arrendamiento. Era muy frecuente que una parte de los campesinos con carencias de ganado de labor tomara de este modo bueyes y novillos para arar y hacer la sementera entre octubre, el momento en el que se llegaba formalmente a los acuerdos, y el primero de enero. También desde fines de mayo, y durante el mes de junio, eran habituales los arrendamientos de yeguas para proceder a la trilla.

     No solo cedían animales de trabajo propio los pequeños inversores. También era parte de las iniciativas empresariales de los mayores complejos agropecuarios, que se empleaban en obtener producto en cuantos frentes quedaran a su alcance. Entre las de un convento, que actuaba en aquel orden y disponía de una importante cabaña de labor, estaba la de alquilar yuntas de bueyes de su patrimonio a los campesinos inmediatos a la explotación que promovía la casa. La proximidad pudo facilitar en estos casos un acuerdo que sería ventajoso para los dos partes.

     Disponer de una cabaña de ganado, fuera grande o pequeña, a cualquiera que la cediera le permitiría deducir en beneficio propio una parte del trabajo de los cedidos convertido en renta. Como en estos casos el de los animales siempre se pagaba en grano, el dueño del capital detraía en su favor renta en especie, con mayor capacidad de acumular trabajo ajeno, y con la consiguiente ventaja del posible incremento de su masa de producto, lo que a su vez lo capacitaría para adquirir posiciones a su favor en el mercado correspondiente. Además, como el trabajo proporcionado a otro tenía la forma de una cesión del patrimonio propio, lo podríamos llamar relevo en el sentido de que liberaba del trabajo al dueño de los medios.

     Pero las sociedades más fecundas fueron las que complicaron el trabajo y los acuerdos que lo garantizaban con el acceso a la tierra, un tercer vértice que dotó de equilibrio a las sociedades. A alcanzarlo contribuyó de manera decisiva que la tierra dedicada a cereales por lo común no la cultivaran sus dueños, sino quienes la tomaban en arrendamiento, gracias al cual la asociación llegó a ser útil para que el trabajo accediera en grupo a la tierra. Fueron cedidas en arrendamiento grandes unidades de producción de cereal a sociedades de campesinos, lo que al dueño le permitía mantener íntegra aquella y a los cedidos  acceder a una explotación que de otro modo no quedaría a su alcance. Aunque llegaron a formarse sociedades de hasta seis arrendatarios, eran  más frecuentes las de dos o tres.

     En cualquiera de estas sociedades una de las partes aportaba al menos la tierra, al margen de como la hubiera obtenido, y otra al menos el trabajo. La distancia entre ambos polos era suficiente para que entre ellos cupieran y pudieran desarrollarse diferentes modalidades de aportación del capital y del reparto del producto.

     Las había muy equilibradas. Tierra y simiente, determinantes del origen de la explotación, eran aportaciones a la sociedad que se complementaban, así como el ciclo completo de los trabajos. Dos vecinos de un mismo lugar llegaron al siguiente acuerdo. Uno aportaría la tierra y el trabajo de la siembra y el otro, diez fanegas de trigo y seis de cebada para simiente. Escarda, siega y trilla sería responsabilidad de ambos. El producto se repartiría por mitad, una vez deducida la décima parte en concepto de remuneración de la simiente invertida, implícita aceptación de un rendimiento y por tanto resignado beneplácito al estancamiento del sistema.

     Aunque sin ser tan equitativa, la sociedad podía ser favorable al trabajo, incluso cuando en los acuerdos entraba el pago de la renta de la tierra obtenida por cesión. En una formada por dos, uno ponía la simiente y el otro debía hacer cohecho y siembra. A partir de ese momento, los gastos eran compartidos, mitad por mitad, al igual que la cosecha. En cuanto a la renta, quien aportaba el trabajo personal solo era responsable de un tercio, mientras que el inversor de la simiente debía pagar los otros dos. La aportación de trabajo, con más probabilidad en un medio o un tiempo marcado por la despoblación, estaría en este caso recompensada con una descarga de renta.

     Otras modalidades no eran tan equilibradas. En una de ellas, que es la que se documenta con más facilidad, la tierra y toda la inversión quedaba de un lado, mientras que del otro solo estaba el trabajo. Así, tres vecinos de una misma población que se asociaron. Uno aportó la tierra, la simiente, nueve bueyes, dos novillos, tres arados, una yegua para la trilla y un jumento. Los otros dos se comprometieron a realizar todos los trabajos comprendidos entre la siembra y la recolección. El reparto del producto, que incluía la paja, se haría a partes iguales, una vez deducida la cantidad invertida en simiente, que recuperaba quien la puso.

     Acuerdos similares, asimismo referidos al cultivo de los cereales, al servirse del contrato cargaban toda la iniciativa de la asociación sobre una de las partes. El contratante aportaba el arado, los bueyes, las yeguas, el trillo, las carretas para sacar el grano y la paja e incluso, en algunos casos, la semilla que había que sembrar. El contratado solo aportaba el trabajo. Aunque la forma del acuerdo lo dotaba de la apariencia de una estricta prestación de trabajo, se diferenciaría de esta en que el usufructo efectivo de la tierra era compartido, así como el reparto del producto, que se dividiría mitad por mitad solo en los casos en los que las respetivas inversiones fueran juzgadas equivalentes.

     Porque más frecuente era la variante en la que el contratante se quedaba con dos tercios de la cosecha más un terrazgo que ascendía a una fanega de trigo o cebada por cada doce. La porción restante, una vez hechas fracciones y descuentos, quedaba para el contratado. Aunque todo el trabajo permanecía descargado sobre una de las dos partes, el acceso a la tierra gracias a su mediación costaba una detracción en forma de renta que aproximaba el resultado al relevo de las prestaciones bajo las subordinadas condiciones que imponía el señorío.

     Las sociedades que, sostenidas sobre el mismo reparto de papeles, todavía complicaron el pago de la renta, consecuencia del arrendamiento, con el crédito de la simiente para emprender la explotación de los cereales, porque careciera de ella quien había tomado la tierra, incentivaron aún más la desigualdad. Se documentan cesiones de tierra en arrendamiento para el cultivo de cereal en las que el cedente además prestaba al cedido la simiente, lo que permitió que la prestación directa de trabajo a cambio de la tierra cedida en arrendamiento existiera al margen de la subordinación que obligaba al vasallo. Había cesiones de tierra en arrendamiento para el cultivo de cereal en las que el préstamo al cedido de la simiente por parte del cedente debía ser recompensado con una prestación directa de trabajo. El cedido debía trabajar para el cedente una pequeña parcela, de entre una y una y media fanegas, donde este le señalaba, de un cultivo suplementario, cuya materia prima a su vez le proporcionaba al cedido que se obligaba. Aquella prestación, por otra parte, no eximía del pago de la renta debida por la tierra que se le hubiera cedido.

Carta puebla y enfiteusis

Las cartas puebla, contratos colectivos entre un señor y quienes estaban dispuestos a establecerse en su dominio, que fueron un instrumento de promoción de señoríos desde la baja edad media hasta la época moderna, se admiten como una prueba directa de que la despoblación sesgaba las obligaciones personales allí donde ocurría. Aparte lo que tendría que resolver, al menos en términos teóricos, el supuesto de contrato colectivo, por lo que incluye de migración en grupo, probablemente sea más acertado entenderlas de un modo más modesto, solo como plan, oferta y deseo de captar y radicar vasallos donde no los había o donde su número, a criterio del señor, resultara insuficiente, sea la que fuere la clase de señorío que tuviera la iniciativa; un proyecto que no incluye necesariamente la despoblación.

     Pero en cualquiera de los supuestos, es cierto, se puede presumir flexibilidad y tolerancia de las condiciones ofertadas por el señor a cambio de adquirir la radicación. Así sería cuando la iniciativa correspondiera a este, urgido por sus aspiraciones, y también es probable que fuera así si la carta puebla era la respuesta a una demanda de radicación, acordada por un grupo de aspirantes a campesino, en tierras de un señorío. Las condiciones destinadas a movilizarlos tendrían que ser para ellos comparativamente atractivas.

     Todas, sin embargo, incluyeron el compromiso de poner en cultivo tierras que no lo estaban, bien porque no hubieran sido roturadas bien porque hubieran sido recuperadas por la vegetación espontánea, tras haber conocido el cultivo. Fuera de un modo o de otro, si el compromiso era poner en cultivo tierras, la vigencia del contrato radicaba en la inversión del trabajo directo del inmigrante, o prestación en beneficio de tierras en las que prevalecía el dominio.

     Tan hábil captación de trabajo directo en tierras ajenas, en algunos casos, pudo girar en una dirección tan favorable a los inmigrantes que casi adquirieron la plena propiedad, límite tras el cual la carga de vasallaje que tenía la prestación de trabajo podía quedar automáticamente extinta. En el siglo décimo quinto, hubo conventos que estuvieron a punto de consumar tan abnegada renuncia. Recurrieron a contratos por los que quienes los aceptaban se obligaban a sembrar cepas de viñas, en las tierras que el convento les cedía, y a trabajarlas. El acuerdo incluía la expectativa de que el cedido, transcurrido un plazo convenido entre las partes, durante el que pudiera completar satisfactoriamente su parte del acuerdo, accedería a la propiedad de la tierra que había trabajado. Sin embargo, los conventos se reservaron el derecho de retracto en caso de venta de la parcela.

     Pero la generalidad de los vasallos captados bajo las condiciones de las cartas puebla, además de obligarse al cultivo individual de la tierra, se comprometían a reconocer derechos al señor sobre el suelo donde construían su casa y a determinadas condiciones de uso de los prados, del bosque y de las instalaciones que monopolizaba. Y, como parte del señorío al que quedaban sujetos, aceptaban la vigencia del correspondiente concejo en la población que prevaleciera, al que eran transferidos algunos de los poderes del señor. Según la valoración que habitualmente se hace de las cartas puebla, los vasallos, porque tendrían en su favor la despoblación, con aquellas concesiones habrían conseguido redimir las prestaciones personales convirtiéndolas en rentas. Efectivamente, cada uno de los reconocimientos del señorío enunciados, desde el cultivo de la tierra hasta los derechos del concejo, podía ser un compromiso de renta. Pero ya he argumentado que la conversión de las prestaciones en renta no creo que sea propiamente una redención, sino un relevo que además permite multiplicar las detracciones de trabajo sirviéndose de su transferencia a especies o a efectivo. De aquí resultaría que la captación en masa de vasallos, tal como se proponían las cartas puebla, abriera una puerta a la expansión de las prestaciones personales, en la medida en que se pudieran transformar en rentas personales, tantas como pobladores atrajera y radicara cada proyecto.

     La refracción de las prestaciones que especular con grupos migrantes permitiera, si suficientes si insuficientes, si atraídos si en movimiento por iniciativa propia, pudo expandirse gracias a la enfiteusis, a la que igualmente se le reconocen propiedades favorables a quienes aspiraban a trabajar tierras. En lo fundamental, la enfiteusis era el acceso al usufructo del bien inmobiliario por tiempo indefinido o, en el menos favorable de los casos, por un plazo secular. A cambio, el cedido debía pagar con prestaciones. Cuando estas eran resueltas con una renta, se recurría al mediador legal conocido como censo, nombre convencional de la pensión en favor del cedente. Porque esta fórmula terminó imponiéndose sobre las demás, la alianza se perpetuó bajo la etiqueta censo enfitéutico, una denominación y un nexo entre personas que tuvo enorme éxito.

     En tierras señoriales, los derechos de uso del suelo asociados a la enfiteusis se pudieron  adquirir a cambio de obligaciones de trabajo directo. A fines del siglo décimo cuarto, bajo la forma contractual de la enfiteusis, un cedido comprometía su obligación de plantar viñas en la parcela que tuviera en el plazo de tres años, así como replantar los sarmientos al cuarto. Uno de cada dos de aquellos cuatro además debía podarlas, cavarlas y binarlas, y al otro, podar, cavar y excavar. A cambio, durante los seis primeros de vigencia del acuerdo, que eran los que las cepas consumían en su maduración, el producto sería para el censatario. Como era regular en los regímenes dominicales, nada impedía que al mismo tiempo comprometiera obligaciones con otros señores. La relación causada por la explotación de las viñas era compatible con la que simultáneamente debía mantener con la iglesia católica, cuyo señorío, que solo era comparable al de la corona, le valía el cobro del diezmo. La obligación de pagarlo, cesión de trabajo bajo la forma de renta, quedaba a cargo del cedido.

     La enfiteusis bajo control de los señoríos también se pudo reproducir gracias a la transferencia a renta, completa o parcial, de las obligaciones debidas por el vasallo que accedía a una parcela. En una parte pudo ser la consecuencia del contagio del difundido relevo del trabajo directo, tal como podía suceder en otros casos. Reconocida la posibilidad de que las obligaciones de trabajo pudieran reproducirse bajo su  metamorfosis a renta, las parcelas en las que constituir una enfiteusis pudieron obtenerse bajo condiciones similares, en cuyo caso pasarían a acordarse propiamente bajo las exigencias del censo enfitéutico. Pero si, en un lugar de un acuerdo promotor, una parcela ya poseída bajo otras condiciones cambiara a censo enfitéutico, como efectivamente ocurría, podría interpretarse que la correspondiente contraprestación previa había sido relegada. Los mismos enfiteutas que a fines del siglo décimo cuarto debían plantar y replantar viñas en determinados plazos, así como ejecutar los trabajos que necesitaran con una frecuencia igualmente obligada, a partir del séptimo año, concluido el periodo de maduración de la planta, solo debían pagar al señor el noveno de la producción; aunque esto no los relevaba de su otro compromiso, pagar el diezmo de las cosechas a la única iglesia.

     En los señoríos, durante el siglo décimo quinto, también se recurrió a la enfiteusis para ceder en masa de pequeñas parcelas. Fue utilizada para radicar grupos de inmigrantes en una parte de sus grandes explotaciones. Se podría por tanto decir que aquellas iniciativas se atuvieron al patrón de las cartas puebla, y que además tomaron de la serna lo que tuviera de comunidad campesina, porque el grupo de los aspirantes a disponer de tierra podía constituirse como contratante único y así ser solidario en el pago de la única renta. Cuando a mediados del siglo décimo quinto un señor promovió la concesión en enfiteusis de dos donadíos íntegros, situados en plena campiña, se acordó como precio único del lote treinta y seis cahizadas de cereal al año. Y en otro lugar, próximo al anterior, algo después, aunque todavía en el mismo siglo, la fórmula se repitió. Una única parcela de sembradura, de setenta y cinco fanegas, a un grupo solidario le fue cedida bajo enfiteusis a cambio de ochenta y cinco fanegas de pan terciado cada año. De las condiciones pactadas en los dos casos también se podría decir que simplificaron el patrón de las cartas puebla al reducir las relaciones a la renta, el vínculo imprescindible, y que esta reducción de los compromisos aproximaba la condición de aquellos campesinos a la de jornaleros, porque la limitada extensión de las parcelas a las que accedían los obligaba a suplementar sus ingresos con el trabajo para otros.

     Al atractivo colonizador de la concesión de parcelas sujetas a enfiteusis a grupos de migrantes también recurrieron los señoríos para sacarle partido a sus tierras marginales. Igualmente en el siglo décimo quinto, los mismos conventos que recurrían a contratos para la plantación de viñas se deshacían de las tierras cuya conservación era más compleja y estaban más alejadas sirviéndose de cesiones enfitéuticas.

     Pero no fue preciso que la enfiteusis se restringiera a los regímenes señoriales para que se expandiera. Tal vez fueron modificaciones en la aplicación de estos, en algunos momentos, en ciertos lugares, las que al menos en parte pudieron favorecer que existiera al margen. Un señor de parcelas y solares, también en pleno siglo décimo quinto, para construir casas pedía a cambio ciertos tributos. Quienes los satisfacían dijeron que los liquidaban como enfiteutas, no como vasallos. Parece que en tierras señoriales la transferencia a renta de las prestaciones tal vez se viera favorecida por la enfiteusis, lo que a su vez habría dado origen a que esta fuera percibida de manera favorable entre los obligados por prestaciones precedentes. Aunque aquella forma de expresarse no los liberase de vivir bajo dominio señorial, la enfiteusis para ellos pudo actuar como intermediario que abría expectativas de emancipación a las obligaciones de los vasallos. Esto ayudaría a que fuera percibida como fórmula liberadora incluso más allá de los límites señoriales.

     Una vez vigente en toda clase de territorios, la enfiteusis fue igualmente utilizada para captar cantidades crecientes de trabajo. Tanta fue su aceptación que incluso se pudo utilizar para reclamarlo como prestación directa. Cuando en el siglo décimo quinto fue cedida en enfiteusis una tierra que estaba en eriazo, el contrato obligaba a su cultivo ateniéndose a determinados plazos, y si la tierra estaba ya cultivada, la obligación podía consistir en satisfacer determinados trabajos en ella. Sin embargo, su expansión, la que permitió la captación de cantidades importantes del trabajo de otros, fue consecuencia de su alianza con el censo. En el siglo décimo sexto llegó a ser frecuente contratar en masa pequeñas parcelas, con decenas de campesinos, bajo las condiciones del censo enfitéutico con el fin de garantizar el cultivo de grandes explotaciones. Inducía la eficacia de la fórmula las dimensiones tipo de estas parcelas, comprendidas entre dos y cuatro unidades de superficie, lo que las hacía asequibles. El atractivo que así tuvieron convirtió a la enfiteusis en complementaria de las actividades prevalentes en las grandes explotaciones. Radicaba al menos una parte del trabajo que necesitaban, cuyo consumo por aquellas lo facilitaba que el producto de la pequeña explotación cedida no proporcionara renta suficiente.

     El efecto favorable de la experiencia facilitaría que la enfiteusis masiva fuera recibida y envuelta por el arrendamiento, o cesión mediante una renta del uso del suelo agrícola. En algunos casos, la acogida se consumó recurriendo a la subrogación. En plena edad media, y hasta fines del siglo décimo quinto, la cesión en arrendamiento de grandes unidades era compatible con la cesión previa, dentro de ellas, de parcelas en enfiteusis. El estatuto de la nueva cesión en modo alguno abolía las obligadas prestaciones a cambio de las pequeñas parcelas recibidas, y por tanto no era un agente de emancipación de aquel deber.

     Lo que acabaría de consumar la recepción de un tipo por otro sería el cambio de las cesiones en enfiteusis por contratos de arrendamiento. Se documenta que se actuó de este modo para la parte de la gran explotación que no era cultivada de manera directa por su teniente, una fórmula que se experimentó por primera vez en la baja edad media y a la que se recurrió mucho después, durante la época moderna. Se aplicó a las parcelas que ya habían sido elegidas para la enfiteusis porque tenían poca extensión, y apareció por todas partes, en múltiples lugares y en todo tipo de cultivos. Se comprometieron con aquellas transformaciones sobre todo gente de campo, pero también de otras profesiones.

     La cesión de pequeñas parcelas evolucionada a arrendamiento, al tiempo que reduciría toda la relación a renta, acabaría con las garantías de estabilidad que previamente diera la enfiteusis. Como único resto de su origen, a la renta anual en dinero se sumaban adehalas, prestación que pretendería representar, aunque de manera casi simbólica, también bajo la forma de renta, la supervivencia de otras imposiciones a las que no se quería renunciar o cuya extinción, por lo que pudieran representar para la preeminencia, se pretendía evitar.

     Para el acceso a estas parcelas a veces se recurrió a la subasta previa. En pleno siglo décimo séptimo, las pequeñas parcelas de tierra de un patronato, que sumaban una buena cifra, la mayor parte de sembradura, se subastaban por dos años. Cuando el recurso para la selección de los agraciados fuera este, porque la demanda de acceso a la posición que se ganaba a través del arrendamiento creciera, se estimulaba indefinidamente la detracción de trabajo al permitir el incremento sin tarifa de la renta. La corta duración de las cesiones aumentaría las expectativas de adecuación a la demanda de la captación de trabajo convertido en renta.

     A principios del décimo octavo, una parte de los arrendamientos en masa de pequeñas parcelas seguía siendo objeto de subastas. Con aquel procedimiento entonces, como máximo, eran cedidas por dos años y una cosecha, aunque sus extensiones y precios oscilaban algo más que un siglo antes, prueba de que efectivamente su capacidad de adaptarse a distintos momentos y circunstancias se habían incrementado. La presión sobre aquel mercado debió ser la responsable de que, también en el siglo décimo octavo, mientras se generalizaba la cesión mediante arrendamiento de la gran explotación, apareciera un importante mercado secundario, especulativo y derivado, para la cesión de las pequeñas parcelas, que recurría al subarriendo, lo que confería al titular de la cesión original todo el poder y al fenómeno le permitía expandirse en ondas concéntricas.

La palabra pegujal

La palabra pegujal, tal como nos ha llegado, es muy probable que parezca el resultado de una pobre manera de hablar. Desde luego, no se puede contar entre las más escogidas. Pero está cargada de injertos valiosos. La operación que los analice no garantiza el rescate de sus piezas con alcance documental, porque no a todas las puede avalar la precisión cronológica. Pero su examen ayuda a tomar las decisiones más correctas, llegado el momento de la interpretación de los testimonios que sí la tengan.

     Probablemente, lo más acertado sea abordarla a través de su personificación, que es su intermediario más próximo, la palabra pegujalero. El registro reglado de la lengua, que mantiene la Academia; el más conocido de los léxicos de su uso, de María Moliner; un afamado vocabulario regional, el de Alcalá Venceslada; y un completo glosario local, obra de Celestino Méndez proporcionan un punto de partida adecuado.

     Según ellos, pegujalero puede ser el labrador que tiene poca siembra o labor, aunque también el propietario de una hacienda pequeña. Si bien cualquiera de las dos explicaciones coincide en el criterio de cantidad, por escaso que sea el rigor que se le pida  a la definición de las posiciones que en el mundo agrario ocupan sus protagonistas, no parece correcto confundir el papel de labrador de una tierra con el de propietario de una hacienda. Ambas condiciones pueden convivir y sin embargo no confundirse. Por eso la simbiosis de labrador con propietario de una hacienda de poca importancia, que una de las fuentes hace, parece una decisión salomónica apresurada y poco reflexiva. Más acertado parece optar por una de las dos posibilidades, la de propietario que posee un predio de menor superficie, y añadirle que la cultiva directa y personalmente, una salida que sin embargo excluye otras también vigentes en el mundo agrario, como la cesión a otros del uso de lo que es propio. Pero todavía ocurre que también es posible que pegujalero, para nuestros informantes, sea el ganadero que tiene poco ganado o el ganadero que tiene un ganado pequeño, una expresión esta poco afortunada.

     Quien acepte como punto de partida cualquiera de estas definiciones queda incapacitado para tomar una decisión. No sabría decir si está ante un agricultor o un ganadero, si quien sea es propietario o no de la tierra que tiene, o si la trabaja por sí mismo o no. Demasiadas duda para que obtenga una respuesta útil a los interrogantes que plantea la agricultura moderna, para la que cualquiera de ellas complica a sus funciones y tiene consecuencias dispares.

     Seguro que sería posible encontrar más contenidos para la misma palabra rastreando más definiciones. Pero, si las sumáramos a las que ya tenemos, es muy probable que no consiguiéramos más que aumentar el tamaño de la muestra sin ganar en claridad. Las que hemos recopilado, si las admitimos como referencias autorizadas de su estado actual, pueden ser suficientes para reconocer que los estratos que ha ido acumulando la palabra pegujalero nos han llegado confundidos y entremezclados.

     Un indicio con valor cronológico se obtiene del Diccionario de Autoridades, que en esta parte es de 1737. Tomándolo como referencia, se podría decir que en plena primera mitad del siglo décimo octavo, tiempo inmediato al que centra nuestro interés, pegujalero podía ser el labrador que tuviera poca siembra o labor o el ganadero que tuviera poco ganado. Esperanza defraudada. Autoridades no resuelve la primera de las ambigüedades, si labrador, si ganadero, ni si la siembra o labor, en el primer caso, sería en tierra propia o en tierra cedida. Al contrario, al primer diccionario se le podría hacer responsable inmediato de la estéril remoción de los estratos y su mezcla.

     Tampoco ayuda demasiado el esfuerzo filológico de una parte de la historiografía actual, que se limita a incrementar el espectro de las variantes. Equipara el nombre pegujalero a los de hacero, manchonero, mayeto, medianero, ranchero y yuntero, en su opinión versiones locales de un mismo fenómeno. Yo no he conseguido llegar tan lejos. De todas esas denominaciones, para pleno siglo décimo octavo, solo he documentado tres de ellas, hacero, manchonero y yuntero, la mitad, y no siempre con la carga de sinonimia de la que presume. Si tuviera que elegir la más genuina de las siete palabras, desde luego optaría por pegujalero, porque la documentación de pleno siglo décimo octavo, cuando se refiere a los hombres de la agricultura de los cereales con el propósito de distinguirlos del labrador, la prefiere sobre todas las demás que pudieran referirse a su campesino característico.

     Para quienes se expresan desde la posición historiográfica, todas las voces que documentan además comparten que quienes las personifican son en todos los casos jornaleros y braceros que han conseguido acceder a parcelas de la calidad más baja, lo que añade otro contaminante, el trabajador asalariado episódico, no del todo compatible con la idea vigente durante la primera mitad del siglo décimo octavo que explica Autoridades.

     Pero en algo coinciden todas estas propuestas léxicas. Reconocen que pegujalero es un sustantivo derivado de pegujal, y no a la inversa. Luego para avanzar habrá que atenerse al sustantivo pegujal, que designa el objeto, antes que a su personificación. Hay además una razón no filológica que aconseja actuar así. Es raro que los protagonistas de las relaciones a las que el pegujal daba lugar se identifiquen a sí mismos recurriendo a la palabra pegujalero. En su mayoría, quienes se comprometen en ellas desde la posición receptora, antes se reconocen como trabajadores del campo, aunque de cualquier clase, o como personas ocupadas en actividades ajenas a la agricultura y que circunstancialmente acceden al bien que en su tiempo recibía aquel nombre.

     Su estado actual, ateniéndonos a los mismos medios, parece menos disperso. Pero aunque la dispersión sea menor, de nuevo el balance es confuso. Pegujal puede ser pequeña porción de siembra o pequeña porción de ganado, sin que con los repertorios en la mano sea posible tomar una decisión en alguno de los dos sentidos. Aunque cuando es la pequeña porción de suelo puesta en cultivo, la opinión se desliza hacia la pequeña hacienda, una voz cargada de sentido patrimonial, y hacia la pequeña fortuna, que con la mejor voluntad al sentido precedente le confiere algo de adquisición por vía de acumulación de beneficios. Hasta desde la pequeña porción de ganado se salta al ganado pequeño, una manera de reconocerle sentido a la voz con cuya desconcertante magnitud, otra vez, no parece oportuno especular.

     La innovación más descriptiva proviene de la acepción más cerrada, tal vez como resultado de una sintaxis más compleja. A quienes hayan seguido la tradición textual creada a partir de la definición de la palabra, tal vez les haya hecho más difícil descomponer el enunciado y el manejo por separado de sus partes. Lo identifica como la pequeña porción de terreno que el dueño de una finca agrícola cede al guarda o al encargado para que la cultive por su cuenta, como parte de su remuneración anual. No sería pues un predio que se utilizara a consecuencia de disponer de la propiedad, el cedente sería su propietario, el cedido tendría que poner los medios para cultivarlo y la cesión estaría justificada por el trabajo que el cedido realiza para el cedente. Son muchas condiciones como para separarlas, pero ninguna de ellas concuerda con las que previamente han definido la voz.

     La tradición posterior solo ha desprendido de esta cadena de condiciones los conceptos de encargado, pequeña y anual, por lo que debe admitirse que solo el guarda se beneficie de ella, que puede no ser pequeña y que se perciba con una periodicidad distinta al año. La intervención de las transmisiones más atrevida es la que ha decidido optar por interpretar el pegujal como un terreno de poca extensión dedicado al cultivo, lo que una vez más abre la gama de posibilidades a la interpretación.

     Con valor cronológico de nuevo el único testimonio es el de Autoridades, responsable de fijar que pegujal se llama la corta porción de siembra, ganado o caudal. Abre el frente a tres significados distintos, que otra vez parecen en el principio de la ambigüedad vigente. Reconocido por todos que el concepto de pegujal es la fuente, la indefinición de Autoridades descubriría que también es el antecedente inmediato de la ambigüedad que contamina todas las ideas que sugiere.

     También, por último, la palabra se hace sinónimo de peculio, e incluso una parte de los analistas decide sin rodeos que pegujal es lo mismo que peculio. Autoridades, que también creyó en la existencia de este vínculo, con más precisión, decidió que su sentido se había originado por extensión aquel concepto. De una o de otra manera, esto una vez más nos obliga a ampliar los horizontes de la interpretación.

    De un lado queda el estado actual que para peculio fijan los léxicos generales. Por su parte, la fuente con valor cronológico explícito, el Diccionario de Autoridades, hace buen número de precisiones. Sobre el sentido actual no caben ambigüedades. Es el dinero y/o bienes propios/particulares de una persona. Pero gracias a las precisiones de Autoridades es posible reconstruir cuando menos una parte del curso seguido por la tradición hasta llegar a estas ideas. En la primera mitad del siglo décimo octavo era la hacienda o caudal que el padre o señor permitía al hijo o al siervo para su uso y comercio, aunque al mismo tiempo podía ser el dinero que particularmente tuviera cada uno, fuera hijo de linaje reconocido o no. Así se habría consolidado una idea sobre lo que era en otro tiempo y así habría llegado hasta la actualidad.

     Pero, mientras tanto, habría ido solventando situaciones distintas. En la primera mitad del siglo décimo octavo, precisamente, cuando se trataba del hijo, peculio se refería a lo que el padre permitía tener al no emancipado. Sin embargo, cuando se trataba del señor, identificaba al criado o al esclavo. Consentimientos de esta clase eran sembrar para que cualquiera de ellos aprovechara algún fragmento de tierra o tener algún ganado junto con el del padre o con el del señor. Para nuestro objeto, no tiene la menor trascendencia que entonces el peculio se dividiera en cuatro clases, como explica Autoridades; como no lo tiene para las propiedades previas del objeto quien lo compre, dónde lo haya adquirido o cómo se haya hecho con él. Pero sí que un par de siglos antes, a mediados del siglo décimo sexto, aquella clase de disfrutes, que tanto podía afectar a bienes como a peculios o a pegujales, fueran posesiones que tenían los hijos en vida de sus padres.

     Tanto la Academia como María Moliner, e incluso, aunque con alguna reticencia, C. Méndez, están de acuerdo en que pegujal deriva del latino peculiaris, un adjetivo. Concuerda con esta opinión Corominas, el autor del Diccionario etimológico que está más cerca de un diccionario histórico del castellano. Y un guía seguro para rastrear esta senda, y reconstruir en lo posible la cadena de los precedentes, es el diccionario latino de Agustín Blánquez.

     Entre fines siglo tercero y principios del segundo anteriores a la era tenía el sentido de poseer como propias algunas ovejas, idea a partir de la cual había quienes afirmaban que incluso el pastor que apacentaba ovejas ajenas, tenía alguna suya o propia. Unos cien años después, en la primera mitad siglo primero anterior a la era, ya se utilizaba para expresar propiedad personal, y todavía otros doscientos más tarde, en la primera mitad del siglo segundo de la era, conservaba el valor de propio, que pertenece como propio o personal. Por último, entre fines del siglo segundo y principios del siglo tercero se aplicaba a lo que adquiría el esclavo con su peculio.

     Tres habrían sido las primitivas vías latinas que pudieron terminar en la voz pegujal. Para la Academia, a través de peculio, habría entroncado con el latín peculium, una secuencia que comparte María Moliner, para la que peculium y peculio son sinónimos; opinión a la que se suma Corominas, quien a peculio también lo reconoce tomado del latín peculium. Autoridades, en plena primera mitad del siglo décimo octavo, prefirió admitir dos vías, esta misma, la que a través peculio lleva hasta peculium, y la que admite que la voz pegujal en latín es peculium; lo que probablemente no es lo más acertado. Por último, Blánquez prefiere recorrer el camino admitiendo una etapa o estación intermedia. Cree que peculiaris deriva de peculium.

     Pero, sea la que se quiera de las vías, por un camino o por otro, terminamos en el latino peculium, una encrucijada en la que de nuevo, sin embargo, corresponde dejarse llevar por Blánquez. Entre fines del siglo tercero y pleno siglo primero anteriores a la era mantuvo el sentido de peculio entendido como el caudal reunido por un esclavo, fuese valiéndose de regalos, de dádivas o del ahorro, entre otros medios. Al final de aquella fase, aún en pleno siglo primero, este sentido de la palabra tenía una relación específica con el ganado. Grados crecientes de apropiación injustificada eran quitar al esclavo su peculio y al dueño, ganado. Poco después, en la segunda mitad del mismo siglo, era dinero, caudal adquirido con economía, céntimo a céntimo.

     Ya entre fines del siglo primero antes de la era y principios del primero siguiente ganó el sentido de patrimonio particular de los hijos de familia, y algunos años más tarde, durante la primera mitad del nuevo siglo primero, el de presente o regalo de poca importancia. Entre fines del siglo segundo y principios del tercero de la era, decir peculio equivalía a decir caudal o patrimonio corto, aunque, al mismo tiempo, se utilizó la voz para referirse a los bienes parafernales, los que la mujer casada poseía al margen de los del matrimonio.

     En la primera mitad siglo sexto, allí donde Justiniano consiguió perpetuar los poderes del imperio, se tomaba por lo que se reservaba o apartaba para poder utilizarlo en las ocasiones difíciles, y fue entonces, y con la misma presencia, cuando se naturalizó el concepto de peculium castrense para referirse a los ahorros o economía del soldado. Y ya a fines del siglo décimo quinto, en Nebrija, citado por Corominas, peculium había llegado a ser pegujal.

     Pero a todo esto añade Blánquez una evidencia, que sin embargo ninguno de los elementos de la tradición había reconocido. Que peculium procede de pecus, que es ganado o rebaño. Justo en ese lugar le toma el relevo Corominas, en cuya opinión toda la secuencia de voces que llevan a pegujal procede de pecuario, a través de la cadena formada por el latino pecuarius, derivado de pecus.

     Tomada la tradición en este lugar, despliega un plan documental con el que compone el eslabón perdido, la vía para conectar el reconocimiento antiguo de ciertos hechos con otros hispánicos más recientes, para lo que se sirve de varias secuencias de derivados. Las que toman como puntos de partida las palabras pegujalejo y pegujalero, para ninguna de las cuales reconoce significado distinto a cualquiera de los conocidos ni evolución propia, no tienen trascendencia. Otra parte de que pecunia también deriva de pecuario. Sería una trasposición directa de la palabra latina. Para el derivado peculio, a través del latino peculium, aísla que habría pasado al galo del sur de Francia a fines del siglo segundo de la era con el sentido de patrimonio de la esposa. Además, los contenidos de adquiriera peculio, que para él también son los de ahorros y pequeña fortuna personal, a causa del étimo del que parte los justifica porque el ganado constituía el principal de los bienes de fortuna en la sociedad primitiva, una incursión en la reconstrucción de tiempos remotos que no parece justificada por mucho más que algunas ideas previas sobre lo que ocurría en el pasado. Pero, sobre todo, también reconoce como derivado peculiar, tomado de peculiaris, y sostiene que de ahí, por vía popular, llegó al castellano y dio origen a la forma antigua pegujar.

     Tomada la que sea de las voces que hayan confluido en el hecho pegujal, contando solo con el alcance cronológico de las palabras definidas, se puede llegar a las siguientes conclusiones arriesgando en interpretación.

     La cultura latina habría dado origen a formas originales de disponer de un rebaño de ganado o, incluso, de todo un universo de ganado. Entre fines del siglo tercero y principios del segundo antes de la era se concentrarían en la posesión de algunas ovejas tal como las tenían los pastores que apacentaban las de otros. Lo específico de aquella manera de disfrutar un bien sería que los pastores aprovechaban la circunstancia para que sus ovejas pacieran entre las demás.

     Al mismo tiempo, y hasta llegar a pleno siglo primero anterior a la era, los esclavos, a pesar de los impedimentos legales, habrían ido reuniendo un caudal propio, valiéndose para ello de medios como el regalo o el ahorro. A imitación del caudal propio que pudieran acumular los esclavos, también en la primera mitad del siglo primero anterior a la era, se iría definiendo una modalidad específica de propiedad estrictamente personal para cuya disposición no era una condición previa ser de determinada condición legal. Todavía en la primera mitad del siglo segundo de la era seguiría existiendo esta forma de propiedad estrictamente personal. Y cualquiera de aquellas formas de poseer bienes, por los mismos años, se nutriría en particular del ganado, porque entonces se pensaba, en relación con ellos, que no era correcto quitarle al esclavo su caudal y al dueño, su ganado. Pero mientras tanto, también se habrían ido naturalizado formas de trasladar a dinero los ahorros modestos que se consiguieran poco a poco.

     Entre fines del siglo primero antes de la era y principios del primero siguiente fue posible que tuvieran su patrimonio particular los hijos no emancipados, y durante la primera mitad del nuevo siglo primero algunas de aquellas formas de adquirir bienes, o todas, se nutrieron de regalos de poca importancia. Más adelante, a fines del siglo segundo  la posibilidad de poseer bienes con independencia también alcanzaría al patrimonio de la esposa, una fórmula que entre aquellos tiempos y principios del siglo tercero aún se aplicaba a los bienes que la mujer casada poseía por sí misma.

     También entre fines del siglo segundo y principios del tercero, coincidiendo con un tiempo en el que la existencia de la servidumbre empezó a verse amenazada, el esclavo con su caudal pudo adquirir otros bienes, y se generalizarían aquellas modalidades de poseer poco dinero y pocos bienes propios. Ya en la primera mitad del siglo sexto, tan discretos bienes se guardarían para emplearlos en momentos de dificultad, y también entonces se permitió el ahorro modesto a los soldados.

     Al menos alguna de aquellas formas de poseer bienes estaría vigente en la península ibérica entre gente mozárabe durante el siglo décimo primero, y entre ellos permanecería activa hasta el final de su posible existencia. Durante todo aquel tiempo, entre quienes siendo parte de aquella comunidad vivieran en el sur, se concentraría en el rebaño o hato pequeño.

     A partir de aquí, estas formas de poseer bienes tuvieron una existencia propia en la península ibérica. A principios del siglo décimo tercero, aquellos modestos bienes tendrían reconocimiento como tierras propias de un heredero, y más adelante, aunque en el mismo siglo décimo tercero, aquellos pocos bienes se tendrían en ganado y dinero, y así sobrevivirían a fines de la primera mitad del siglo décimo cuarto. Cualquiera de aquellas fórmulas se identificaría con el ganado mismo entre judeocatalanes.

     A fines del siglo décimo quinto habrían llegado a ser poco ganado y poco dinero, tanto  del siervo como del hijo, y en el sur de Portugal, mientras tanto, se desarrollaría una fórmula que permitiría la reaparición de la más vieja modalidad de estas instituciones. El ganado del pastor, previo ajuste, podía andar a con el del dueño de la manada que lo empleaba.

     A mediados del siglo décimo sexto, el padre habría permitido tener al hijo no emancipado bienes de aquella entidad mientras aquel aún viviera. Todavía en la primera mitad del siglo décimo octavo, el padre permitía al hijo no emancipado y el señor al criado, al siervo o al esclavo, para su uso y comercio, disponer de una hacienda o caudal. Consentimientos de esta clase eran sembrar en beneficio de cualquiera de ellos algún fragmento de tierra o tener algún ganado junto con el del padre o con el del señor. Al mismo tiempo, habría llegado a ser el dinero que particularmente tuviera cada uno de ellos, fuera hijo de linaje reconocido o no.

     Ya en plena primera mitad del siglo décimo octavo, quizás nutriéndose de todo esto, se habría naturalizado un labrador que tenía poca siembra o labor y un ganadero que tenía poco ganado; más precisamente, una corta porción de siembra, ganado o caudal. Y en un tiempo próximo, cerca ya del siglo décimo noveno, quienes personificaban estos comportamientos eran en todos los casos jornaleros y braceros que, cuando se trataba de siembra, conseguían acceder a las parcelas de la calidad más baja.

     Aún hoy es posible que haya ganaderos que tienen poco ganado y un labrador que tiene poca siembra o labor, una pequeña porción de suelo puesta en cultivo; propietarios de una hacienda pequeña o de un predio de menor superficie, y labradores que al mismo tiempo son propietarios de una hacienda de poca importancia que la cultivan directa y personalmente.

     También es posible que una pequeña porción de terreno el dueño de una finca agrícola la ceda al guarda o al encargado para que la cultive por su cuenta, y que tal cesión sea una parte de su remuneración anual. En esas circunstancias, el cedente es su propietario, el cedido tiene que poner los medios para cultivarlo y la cesión está justificada por el trabajo que el cedido realiza para el cedente, aunque puede que solo el guarda sea quien se beneficie de la pequeña porción de terreno, que tal vez no sea pequeña y que la perciba con una periodicidad distinta a la anual.

     Asimismo, hay gente que tiene una pequeña fortuna que tal vez la haya adquirido  acumulando beneficios por cualquiera de esos medios, que en unos casos mantenga como dinero propio, en otros como bienes personales.

Otra etimología

Julio González, en su Repartimiento, propone una secuencia de palabras que interesa al conocimiento de las pequeñas explotaciones, así como al papel que pudo corresponderles en la captación de trabajo para las grandes.

     Al ocupar las tropas de Castilla las tierras de la región suroccidental, a mediados del siglo décimo tercero, para designar uno de los objetos de reparto en al menos una veintena de lugares se empleó la palabra machar. Los conquistadores la admitieron como una palabra propia del árabe, y al usarla fueron conscientes de que en esta lengua tenía un significado preciso. Designaba una `tierra en la que podía haber, además de ganado, criados y siervos´. Tal cual fue incorporada al castellano, y dando muestras de que su naturalización se había consumado del modo más satisfactorio, en aquel mismo momento, pleno siglo décimo tercero, también se utilizó el plural machares.

     La forma maysar, su precedente, entre los musulmanes de la península ya se utilizaba en el siglo décimo para referirse a una donación, y en el décimo segundo la misma palabra árabe aún sobrevivía bajo la misma forma. Pero maysar, o su variante masyar, únicamente fueron utilizadas en la región suroccidental de la península, de donde colige Julio González que aquí pudo estar su origen. El territorio habría enseñado a quienes empleaban la lengua árabe tanto la voz como su sentido, y dado que en el siglo décimo ya era normal entre ellos, los mozárabes pudieron ser sus transmisores. Para él, por tanto, el problema etimológico se concentraría en averiguar cuál pudo ser la palabra entre mozárabes, su origen y el sentido que para ellos tuviera.

     Cree, en primer lugar, que el semantema -ys- probablemente partiera del latino -ns-, una vez convertido en -ss- por el latín mozárabe. En cuanto a la terminación -ar, opta por que su origen fuese -are, que ya en pleno siglo décimo tercero tiene el sentido de `edificación en ruinas´. Con ese valor se habría incorporado a las palabras casar, molinar o villar, voces que para aquellas fechas, con esta carga, se documentan con frecuencia.

     Dando por satisfactoria esta fusión de las piezas, deduce que maysar con la mayor probabilidad sería la evolución de mansare, y que su forma primitiva pudo ser bien mansa bien massaria. Si fuera mansa su significado sería `conglomerado de fincas´. La unidad a partir de la cual se compondría la totalidad mansa sería el manso, un fenómeno territorial rústico cuya característica básica sería la pequeña dimensión del predio. Claro que si su origen inmediato hubiera sido la palabra bajolatina massaria su sentido material no cambiaría demasiado. Igualmente su significado sería `conjunto de posesiones y fincas´. Probarían la evolución que en Italia está autorizado que tanto el propietario de una finca como el colono, el guarda o el villicus fueran llamados en época latina baja massarius, y en Cataluña, ya en el siglo décimo, massariolum fuera sinónimo de praediolum.

     En resumen, se puede pues aceptar la posibilidad de que maysar derive de mansare y que la palabra árabe se cargara con el sentido de `conjunto de fincas´; y que por tanto a principios del siglo octavo, cuando tuvo su origen la cultura mozárabe, persistiera en el sudoeste cierta clase de unidad territorial, proveniente de los tiempos del bajo imperio romano, precursor de buen número de las instituciones que luego prevalecieron. En aquel momento más remoto el mansare, más adelante maysar, pudo ser una extensa unidad territorial sujeta a determinadas condiciones. Buena parte de aquellas unidades serían tierras tomadas del extenso patrimonio imperial que se arrendaban a intermediarios. Pero existiera o no tal mediación, para llegar a ser mansare la unidad territorial primitiva habría sido fragmentada en parcelas, cada una de las cuales dispondría de sus propias edificaciones, que se habrían constituido como mansos al ser cedidas a un campesino con la condición de cultivar la tierra. Si se aceptan los términos del análisis, la persistencia del maysar sería una prueba de que algunos musulmanes, poseedores de importantes extensiones de tierra, pudieron servirse de esta forma de explotarla y mantenerla hasta la plena edad media.

     Ninguno de estos argumentos demuestra que, al tomar posesión del área suroccidental las tropas castellanas, los machares mantuvieran su orden original. Tampoco son una prueba en favor de su supervivencia, una vez completada la ocupación, con más o menos éxito, durante más o menos tiempo. Es indudable además que las instituciones precedentes a la conquista, las musulmanas, fueron desplazadas por las castellanas.

     Sin embargo, el propio Julio González llama la atención sobre el siguiente hecho. La palabra machar no prosperó en castellano. Solo quedó retenida en algunos topónimos, aunque ya sin su significado propio. No duda de que esto fue consecuencia de su inutilidad. En castellano ya existirían palabras que habrían fijado el mismo contenido.

     No es necesario detenerse a discutir sobre si la palabra castellana que recogió aquel hecho fue donadío, cortijo o cualquier otra. Tampoco es necesario demorarse en el análisis de la evolución del manso en las tierras castellanas del norte y del centro, al tiempo que el maysar existía en el sur. A las características que hubiera heredado del bajo imperio romano, a partir del siglo noveno, iría sumando sobre todo las derivadas de su integración en los dominios señoriales.

     Más importante es reconocer que las instituciones del bajo imperio, y el manso en particular, habrían llegado hasta el sistema normativo castellano por circunstancias similares a las que habían permitido que persistieran entre los mozárabes. Esto sí que aseguraría la continuidad en el espacio de hechos que con el tiempo pudieron encontrarla en el fenómeno que sería conocido como pegujal. Para ello ni siquiera sería necesaria la supervivencia de cualquiera de las instituciones mencionadas. Sería suficiente con que en el uso del territorio se mantuvieran ciertos comportamientos, para los que tan útil pudo ser mantener antiguas relaciones como normalizar otras semejantes.

El pegujal moderno

Para completar el rescate de los hechos retenidos por la palabra pegujal, solo nos queda seguirle el rastro en los testimonios que descubren su vigencia durante la época moderna.

     Por ahora, el primer registro en documentos de la voz pegujal que conozco, para el rincón sudoeste, corresponde a principios del siglo décimo sexto. Su carga es pecuaria. Sirviéndose de sus ordenanzas, tal como cualquier señorío, un municipio reguló los pegujales de bueyes en la dehesa del concejo, espacio reservado al pasturaje de los animales de trabajo de los vecinos. Como antecedente que justificaba la norma, expuso que había momentos, en particular cuando llovía, en los que no era posible arar, circunstancia que los labradores, responsables de las explotaciones de cereales con mayor autonomía, aprovechaban para llevar su ganado de labor a la dehesa pública. Pero preferían no ponerlo bajo el control del encargado de su gestión, quien la tomaba por cesión mediante arrendamiento. La ordenanza autorizaba a que los labradores pudieran actuar al margen de aquel control siempre que en la dehesa solo acumularan de dos a tres pegujales de bueyes cada uno.

     Tal vez esto signifique que en el sur, en aquellos tiempos contemporáneos de Nebrija, el pegujal se mantenía reducido a su ámbito primitivo, el ganadero, aunque también es posible que no se trate más que de un retorno casual. Pero, ocurriera o no tan oportuno renacimiento, es seguro que por aquellos días pegujal era al menos una cantidad de ganado de labor y que esa cantidad era pequeña.

     Unos cincuenta años después, mediados del siglo décimo sexto, las mismas ordenanzas se extendieron en la regulación de un pegujal que ahora tenía un contenido explícitamente agrícola. En esta ocasión la norma del municipio utilizó el término gañán como sinónimo de trabajador del campo, aunque es probable que no ignorase del todo que su sentido primitivo era el de trabajador que ejecutaba las aradas. Al dictar las normas sobre las rentas mensuales que debían percibir a cambio de su trabajo los gañanes de sementera, los de invierno y los de agosto, que obligaban tanto a trabajadores como a amos, aludió a ciertas condiciones del disfrute de los pegujales. Excluyó que los gañanes de invierno pudieran demandar a cambio de su trabajo, además de su soldada, pegujal, linar o garbanzal, ni tampoco adehalas. Los amos no podían concedérselos por vía de gracia ni los mozos que actuaban como gañanes pedirlos, salvo que de la soldada se les descontara el costo de la siembra de los pegujales, los linares o los garbanzales. En cuanto a los gañanes de agosto, si fuera el caso que tuvieran pegujales, y quienes los cogieran los tuvieran que alzar, su costo también debía descontársele de sus soldadas.

     Tal como es enunciada, la norma daba por supuesto que cualquiera de los dos gastos originalmente corría por cuenta del amo. Por tanto, aquel pegujal, el de pleno siglo décimo sexto, cuyo significado parece llevar inscrito un cultivo distinto al del lino o al de los garbanzos -con mucha probabilidad cereales-, pudo ser un medio opcional de acceso a la tierra cultivada, complementario de la renta del trabajo, que podía ser acordado entre las partes (el amo de la labor y el trabajador del campo) bajo la condición del pago de los costos de su explotación, desde la siembra hasta la recolección, siempre que al trabajador se le descontaran de las rentas que obtenía a cambio de su trabajo. La vigencia de este pegujal incluye por tanto la preexistencia de la obligación de trabajo del gañán, tanto más probable cuanto que el amo de la labor podía adquirirlo mediante soldada. Aquella existencia, que indicaría que el pegujal había colonizado el territorio, también indica que la expansión de su vigencia coincidiría en el tiempo con la plenitud del señorío en la región.

     Durante la época moderna, los pegujales encontraron un buen medio para sobrevivir y desarrollarse en el arrendamiento, con el que eran compatibles. En parte, su cesión a cambio de una renta se expandió como fórmula subsidiaria o subordinada a la cesión de las grandes unidades de producción, para las que sus dueños preferían encontrar un arrendatario único. Cuando no era posible, recurrían a fragmentarlas en unidades menores y arrendarlas así. A principios del siglo décimo octavo se reconocía que la cesión a pegujales de un cortijo había sido la consecuencia de no haber podido disponer de un arrendatario que lo tomara íntegro, mientras que unos cincuenta años después otros admitieron que las grandes unidades de producción solo eran cedidas en parcelas pequeñas cuando, porque no se encontraran arrendatarios para la unidad íntegra, se temiera la pérdida de la renta. Del alcance de estas iniciativas pueden dar idea dos lotes de tierra, uno de seiscientas y otro de cuatrocientas fanegas, propiedad de sendos conventos, cuyas parcelas cedidas finalmente tuvieron una extensión media de seis y menos de tres fanegas respectivamente, y cuyas cifras de cedidos casi coincidían con el número de parcelas.

     El pegujal por arrendamiento también fue un medio para extraer el máximo valor posible al suelo poseído. Así se actuaba con las unidades de producción localizadas en los ruedos, espacios inmediatos a las poblaciones, muy demandados para organizar pequeñas explotaciones como consecuencia de sus bajos costos de desplazamiento. En pleno siglo décimo octavo, la cesión de unidades de producción extensas situadas en el ruedo al menos en parte, se hacía a iniciativa de la propiedad en parcelas tan modestas que buena parte de las contratadas tenían menos de una fanega, a pesar de lo cual podían ser viables como espacio de pequeñas empresas, a la vez que caras y por tanto muy rentables para los cedentes. A fines del mismo siglo, un convento, que con unas veinte fanegas creó cuarenta parcelas de una superficie media de unos cinco celemines las cedió a treinta y ocho personas. De este modo, consiguió que la renta que percibía por aquella tierra fuera de nada menos que unos doscientos reales por fanega.

     Por cualquiera de estos medios, los pegujales cedidos en arrendamiento, en pleno siglo décimo octavo, llegaron a convertirse en un fenómeno muy generalizado, y se consolidaron como las unidades de explotación de tamaño reducido de la agricultura de los cereales. Está documentado que cierto número de cedidos, que no es posible precisar, pero que en cualquier caso tomaron pequeñas parcelas, contrataban de esta forma más de mil quinientas unidades de superficie del primer cabildo catedralicio de la región, y algo menos de ciento cincuenta de una capellanía. Simultáneamente, como justa expresión del papel subsidiario que la economía de los cereales les tenía reservado, se multiplicó con una frecuencia superior la creación de pequeñas explotaciones dentro de grandes propiedades, hasta el punto que incluso las tierras marginales contribuyeron a su creación. Sus dueños las cedían fragmentándolas en parcelas pequeñas y dispersas, la mayor parte de ellas por debajo de las diez fanegas y muy raramente por encima de las veinte.

     A la expansión del fenómeno también tuvo que contribuir, alentando idéntica posición subsidiaria, la iniciativa pública, en particular el poder instalado en los municipios. Los repartos de tierra arrendada que patrocinaran a costa de su patrimonio, cuya demanda depuraba un sorteo, permitían la expansión episódica del número de cedidos al frente de pequeñas unidades de producción. Iniciativas similares contribuyeron a que los pegujales existieran al margen de las cesiones. La administración regional promovió una forma del pegujal en cuyo favor recurrió al principio de las sernas. Cuando en pleno siglo décimo octavo reguló la actividad agropecuaria de las nuevas poblaciones, las que se propusieron combatir el desierto al este de la región, se indicó la posibilidad de reservar en ellas espacio para una senara o pegujal concejil, en el que los vecinos trabajarían en sus días libres, para con su producto hacer frente a gastos comunes y obras públicas.

     Del valor relativo que las pequeñas explotaciones llegaron a alcanzar he aquí un caso, ya correspondiente a pleno siglo décimo noveno, referido al suelo agrario tomado en arrendamiento en el término de un municipio. Mientras que casi la mitad de los cedidos solo poseía un corto dos por ciento de la tierra, en unidades por debajo de las diez fanegas, algo menos del quince por ciento, en unidades por encima de las cien, acaparaban el ochenta y cinco por ciento de la tierra.

     La evidencia de tal magnitud del fenómeno ha dado origen al concepto de minifundismo de explotación, no del todo afortunado por distorsionante y paradójico. El concepto minifundio en rigor se refiere a la propiedad. Quienes patrocinan esta forma de expresar el hecho, más allá de la impresión que pueda causar la etiqueta, al mismo tiempo lo tipifican caracterizado por la carga de la renta, la caducidad de la cesión y la limitada autonomía de gestión de la modesta empresa a que daba lugar, todo lo cual le niega al componente propiedad valor decisivo en su existencia. Concluyen que sería esporádico y tendría escasa estabilidad porque su ser estaría subordinado a las oscilaciones de los ciclos económicos. Esporádica e inestable sería, efectivamente, cada empresa, no el fenómeno mismo. Como indican las cifras precedentes, que ellos mismos reconocen, sería regular y persistente.

     Dejando a un lado la vía o la justificación para llegar a los pegujales a través del arrendamiento, para quienes los tuvieran sería emancipación de su trabajo. Su poseedor quedaría liberado, gracias a semejante forma de acceder a la explotación, de la necesidad de comprometer antes las relaciones laborales entre amo y trabajador del campo, y reduciría toda la relación a la renta que sería necesario satisfacer a cambio de la cesión de la tierra. Al pugnar por los ruedos, si el costo de los desplazamientos era el factor que decidía esta demanda de tierra, habría que admitir además que al menos algunos costos, tal como los retrataba el pegujal agrícola en el siglo décimo sexto, también se habrían desprendido de su dependencia del trabajo y correrían por cuenta de quien tomara la parcela.

     Pero en muchos casos, dada las dimensiones de las empresas mínimas, la emancipación del trabajo pudo quedar incompleta. Muchos de los cedidos que obtenían estas tierras, especialmente cuando se trataba de parcelas cedidas en los ruedos, eran jornaleros. Durante toda la época moderna los prefirieron las casas para obtener la renta por cesión de las pequeñas parcelas integradas en sus grandes explotaciones. La garantía común del pago de la renta que al tomarlas comprometían eran sus jornales, lo que por tanto los conduciría a obligarse antes con una venta de su trabajo al amo.

     Además de la condición de jornalero, moderarían la expansión del fenómeno, según algunos analistas, la limitada oferta de pequeñas parcelas, la cadena de los subarriendos y los altos precios que se pedían por ellas. La oferta a la que podían concurrir quienes aspiraban a tomar aquellas parcelas sería pequeña y estaría fragmentada, tanto que no les sería fácil componer una explotación continua. La causa estaría en los subarriendos. Para la creación de explotaciones mínimas dentro de grandes propiedades, efectivamente, no siempre es posible demostrar que el medio de cesión fuera el arrendamiento, y en muchos casos es muy visible la mediación del subarriendo. Bajo sus condiciones, para muchos aspirantes resultaban inalcanzables los precios del suelo que, interviniendo así la cadena de las cesiones, creaban los cedentes, quienes antes aspirarían a multiplicar sus rentas que a obtener colonos.

     Sin embargo, sobreponiéndose a la tensión creada por las fuerzas que distorsionaran aquel mercado, una parte de quienes aspirasen con insistencia al pegujal pudo consolidar como estado su acceso a él, en cuyo caso se legitimaría la denominación pegujalero, tipo que en algunos lugares se equipara al hortelano. Prueba la consolidación de este papel que hubiera, en pleno siglo décimo octavo, donde toda la población laboral agropecuaria se podía resumir de la siguiente manera: diez labradores de entre una y tres yuntas, quince pegujaleros y el resto, hasta ochenta y nueve, jornaleros. Parece que en este caso quienes se hubieran consolidado como poseedores de pegujal tal vez carecieran de ganado propio, aunque el silencio de la fuente no es demostrativo. Al contrario, porque son más los testimonios que indican que disponían de él, es mucho más probable que el mayor grado de emancipación y permanencia en aquel estado se consiguiera gracias a la conversión del ahorro personal en patrimonio ganadero de labor.

     Entonces, habiendo ya inspirado explicaciones ideológicas, desde la administración regional se dice que los pegujaleros disponían de medios de fuerza suficiente como para tomar cedidas algunas decenas de fanegas de tierra; que la capacidad que un hombre tenía para trabajar la tierra con su yunta de bueyes o mulos le permitía obtener el producto que necesitaba para mantener a su familia; y que esta podía colaborar, fuera con el hombre que era su responsable o trabajando para otro, en el cuidado de la casa de labor, la vigilancia del ganado, el abonado, la escarda, la recolección y la trilla. Incluso indican que la cantidad de trabajo a su disposición hacía más competitiva la oferta de hacerse cargo de un pegujal. Sería un modo de vincular otra vez el pegujal al trabajo, solo que ahora no como condición paralela o de aval. La perspectiva de incrementar la intensidad pudo ser una razón suficiente para estimular la oferta y un medio para satisfacerla.

     Tan visible era la distancia de que la intensidad del trabajo de los pegujaleros abría que además se reconocía que si todo el trabajo del que eran capaces hubiera de hacerse recurriendo a jornaleros los costos superarían lo ingresado gracias al producto bruto. Semejante virtud los haría especialmente útiles cuando se abrieran un espacio en las grandes unidades de explotación, en beneficio de las cuales podrían emplear una parte de su desbordante energía.

     El resultado de tal intensidad del trabajo sería un interesante producto diferencial a su favor. El valor del producto que se obtenía por unidad de superficie en las pequeñas parcelas era muy superior al de las extensas. En reciprocidad, la remuneración del capital invertido sería inferior si se tuviera en cuenta el valor, según precios regulares, del trabajo consumido. De donde resultaría que la remuneración efectiva del trabajo propio, en estos casos, no solo sería baja, sino que tendería al mínimo de subsistencia, límite inferior sostenible.

Final

En pleno siglo décimo octavo, si se persistía en el empleo de trabajador del campo era posible ahorrar. Las condiciones favorables al salario, consecuencia inmediata de la despoblación crónica, lo permitían. Los salarios de la agricultura de los cereales tenían, como mínimo, dos componentes: una comida diaria y la remuneración en moneda corriente del tiempo trabajado, cuya unidad también era la jornada. Aquel estilo de cortijos, como a sí misma se llamaba la fórmula, se bastaba para asegurarse que quienes trabajaran en las grandes explotaciones siempre fueran capaces de generar la energía que de ellos se esperaba, y a los trabajadores, que obtendrían un superávit sobre el mínimo de subsistencia.

     Claro que no todos tenían las mismas posibilidades de acceder al trabajo en los cereales en las condiciones más favorables al ahorro. Su organización en cuatro fases -la siembra, los barbechos, la escarda y la recolección- autónomas y en buena parte sucesivas en el calendario, fragmentaba el trabajo y difería su consumo. Para quienes aspirasen a obtener su renta vendiendo su energía para cualquiera o para todas las actividades, las posibilidades de ser contratado, como se renovaban cuatro veces al año otras tantas podían verse satisfechas o defraudadas, y no con todas se podrían cubrir todas las necesidades de renta.

     Se ha estimado que era necesario sumar 200 días de trabajo al año para garantizar el nivel de consumo básico de una familia de trabajadores del campo. La barrera convencional es tan frágil como todas las que aspiran a generalizar, más aún en una materia tan diversa por naturaleza. Pero hay que reconocer que es útil para disponer de un valor, deducido sobre la base de la observación directa, que actúe como referencia a partir de la cual enjuiciar las relaciones laborales. Si se trabajaba bajo la condición de asalariado episódico, que personificaba el jornalero o bracero, las posibilidades de disponer de renta suficiente eran muy desiguales y estaban sujetas a demasiados azares. El mercado de los asalariados episódicos oscilaba incluso dentro de los límites de cada una de las cuatro fases del trabajo anual en fracciones que los documentos llaman domia o dómeda, periodo que siempre sumaba semanas y raramente meses, y durante el que el asalariado de esta clase fijaba su residencia transitoria en el cortijo. Para cada una ellas, los aperadores tomaban o dejaban los que iba recomendando el curso de los trabajos, sobre todo modificado por la lluvia. Solo el trabajo concentrado y exigente de la recolección, que los amos contrataban por destajos y por adelantado, a los asalariados episódicos permitía unos ingresos en efectivo algo más previsibles. Es seguro que eran superiores a los habituales, pero es difícil evaluarlos. Los trabajadores en la siega se organizaban en cuadrillas itinerantes, urgidas por las prisas de quienes querían disponer pronto del fruto, con el objeto de comprimir la mayor cantidad de trabajo posible por unidad de tiempo. Los balances de cada trabajador a destajo podían ser muy desiguales.

     Pero, si se trabajaba bajo la condición de temporil, se podía mantener el compromiso laboral durante una o las dos temporadas en las que se dividía el calendario de las actividades anuales. Una iba de octubre hasta abril y la otra de mayo a septiembre. La primera comprendía 212 días y la segunda 153. Solo la primera permitiría alcanzar los 200 días del mínimo de gasto familiar de un año, pero permanecer durante todo el ciclo como temporil permitiría sobrepasarlo holgadamente. A quienes alcanzaban la élite de los temporiles, trabajadores con cargos directivos parciales, que eran remunerados con un pegujal previo descuento de sus costos, las posibilidades de ahorrar se les incrementarían aún más. Por tanto, adquirir la condición de temporil en una labor era ganar posiciones en favor del tránsito a la emancipación gracias al margen de ahorro que abría.

     Las invariantes del mundo rural aconsejaban consolidarlas empleándolo en los medios que capacitaban para arriesgarse como campesino, primer escalón de la promoción en el medio dominado por la agricultura de los cereales. De todos los recursos que se necesitaban para ganar esa condición, el que los modestos ahorradores juzgaban la inversión irrenunciable era la compra de ganado de trabajo. Con un  patrimonio como aquel se podía aspirar a sostener una explotación, cuyas duraciones y tamaños eran siempre función directa del número de cabezas de las que pudiera disponer cada aspirante.

     Sin embargo, la iniciativa de los que cada año deseaban convertirse en campesinos se resolvía bajo otras condiciones, las que favorecían a quienes pudieran aceptarlos. Acceder a campesino año tras año chocaba contra el muro del mercado del suelo útil. El acaparamiento de las tierras por arrendamiento, gracias a la prevalencia de la modalidad de empresa llamada labor, abría a dueños y amos la puerta para deducir a un tiempo renta de la tierra y beneficio. Estaba a su alcance, para contribuir a ambas cosas, valerse también de la enorme reserva que a su retaguardia sumaban quienes insistían en invertir el ahorro del modo más castizo. Aquella suma de intereses concentraría el ingenio aplicado a la captación de trabajo ajeno, que conseguía una y otra vez sobrevivir como una de las constantes de la vida rural y la generación del beneficio.

     Cuesta, sin embargo, creer que la historia de la captación del trabajo campesino fuera lineal. Hubo de conocer oscilaciones. Para encontrarle una filiación, a la vista de las experiencias examinadas a lo largo de los ensayos precedentes, tal vez valdría emplear como método la retroproyección, retroceder desde los contratos de arrendamiento a los de enfiteusis, y de las enfiteusis a las sernas. En el arrendamiento quedaban retenidos elementos del vasallaje que antes fueron contenidos por la enfiteusis, y antes, por las sernas. Pero sería simplificar demasiado las cosas, dada la capacidad para transformarse y adaptarse a situaciones distintas que tiene cualquiera de estas fórmulas. No sería necesario que hubiera vínculos formales entre las sernas, la enfiteusis y el pegujal para que las astucias que se deslizaban en las relaciones laborales encontraran el resquicio que permitía, mediante cualquier de ellas, captar el trabajo ajeno y emplearlo en la génesis del beneficio que no se comparte. En ocasiones las tácticas cambiarían de formas, en otras, solo de nombre. Cualquiera de aquellas instituciones no solo podía ser perfectamente independiente, gracias a que había ganado la categoría de institución, sino que efectivamente lo fue. Las dos primeras, sin embargo, pudieron crear formas, precedentes en el tiempo, si se observa el pegujal desde pleno siglo décimo octavo, que se le asemejaban, que por tanto recurrirían a medios próximos para alcanzar objetivos similares. La fuerte carga de servidumbre que entonces tuvo pudo adquirirla en el siglo décimo sexto, el que hay que reconocer como de mayor expansión del fenómeno señorial en el sudoeste.

     Tampoco resulta convincente, para explicar la misma versatilidad, trabajar con el esquema de las épocas propensas a la despoblación y las promotoras del crecimiento de las poblaciones. Probablemente es más acertado pensar que había territorios de ocupación deficiente y otros colmados de habitantes. Para cualquiera de las situaciones, sería además mejor partir de que cualquiera de los dos extremos se desenvolvía en un marco de crecimiento muy limitado, siempre próximo a cero, solo alterado por migraciones muy inestables, la mayoría de un radio muy corto.

     La raíz de las decisiones de quienes optaban por captar el trabajo ajeno para invertirlo en la tierra, que es lo que sernas, enfiteusis y pegujal tuvieron en común, alcanzaba hasta la fuente de la masa de energía que el trabajo de los cereales necesitaba, que solo una revolución en este campo podría modificar. Toda la que consumían las labores, con toda seguridad, con mucha diferencia, la aportaban los bueyes, no los trabajadores del campo.

     Quizás las posibilidades de generarla con autonomía y satisfacer su demanda para la mayor parte de ellas fueran suficientes. Para comprobarlo, basta un cálculo sencillo. En un territorio, cada año se destinaban al cultivo de los cereales unas 30.000 fanegas, las mismas que el ganado boyal, el que aportaba la masa de energía a aquella agricultura, durante la campaña precedente tendría que haber preparado. La encuesta de la Única, para ese mismo espacio, registró el tamaño de todas sus respectivas cabañas boyales que declararon los 300 propietarios de cabezas de este ganado, quienes seguro ocultaron una parte de ellas, pero que en contrapartida debían tener en cuenta la totalidad del bovino del que dispusieran, para lo que sumaban hasta becerros y novillos. Dándoles por buenos los valores con los que cuando se les preguntó se comprometieron, queda al descubierto una masa de 3.600 bueyes, para una cabaña total de unas 6.000 cabezas.

     El número de cabañas personales que permitirían organizar labores era bastante restringido. De los propietarios de ganado vacuno, solo uno superaba las 300 cabezas, siete las 200, cuatro las 100, diez las 50, diecinueve las 25 y treintainueve las 10. Total, 80 propietarios. Si nos valemos de la proporción estimada de bueyes (3.600 / 6.000 = 0.6) y aceptamos un rendimiento por cabeza de unas ocho unidades de superficie, el que tuviera entre 300 y 400 cabezas como máximo tendría 240 bueyes y podría arar 1.920 fanegas. Sumando los demás -los siete que tendrían como máximo 180 bueyes, los cuatro con 120, los diez con 60, los diecinueve con 30  y los treintainueve con 15-, y tomando en cuenta el mismo parámetro, en total podrían arar 29.800 unidades de superficie.

     El margen de diferencia entre el especio anualmente cultivado y su capacidad para cargarlo de energía apenas existe (30.000 – 29.800 = 200). Entraría dentro de lo posible que con sus fuerzas acometieran la cantidad de labores que las estadísticas de la época registran. El tamaño de la cabaña de bueyes de las mayores explotaciones, aun no alcanzado el centenar, sería suficiente para satisfacer la demanda de energía de sus extensiones regulares. Cien bueyes serían más que suficientes para cubrir las necesidades de la mayor de las explotaciones con la técnica del revezo, la habitual entonces. Teóricamente podrían satisfacer el trabajo de nada menos que ochocientas fanegas con la actividad de veinticinco arados, si se recurría al revezo regular.

     El resto de los propietarios de vacuno, hasta los 300, que eran 260, como máximo tenían 10 cabezas. Si los 260 poseían unos 6 bueyes como máximo, cada uno de los cuales podría con 48 fanegas según la misma pauta, alcanzarían a satisfacer el trabajo necesario en  12.480 fanegas (260·48), casi la mitad de las que se explotan cada año, una potencia energética que superaría en unas 10.000 unidades de superficie la dimensión del espacio cultivado que las grandes empresas se esforzaban por limitar para evitar el excedente productivo que podría hundir los precios. Luego ¿qué sentido tendría que los trabajadores del campo invirtieran sus ahorros en animales de trabajo? Si apenas quedaba margen para competir, si toda la energía que atesoraban amenazaba con ser excedentaria.

     La contribución de las pequeñas cabañas podría satisfacer el objetivo necesario para alcanzar los fines productivos que se proponían las labores en otro sentido. Mantener cien cabezas de ganado de labor tenía unos costos desmesurados. Trasladar tanto su adquisición como su crianza, al menos en parte, a otros, que podían completarlas ateniéndose a una escala asequible, las descargaba de costos y les permitía adquirir la energía suplementaria que necesitaran a cambio de comprometer el trabajo de los dueños de modestas cabañas de trabajo y de sus animales con pequeñas parcelas de tierra, cuya cesión no les resultaba onerosa.

     Es muy probable que el impulso público a los pósitos, justo en torno a 1750, terminara de hacer viable aquella transacción. Alentaría la formación de pequeñas explotaciones subsidiarias de las grandes labores cargando con los riesgos del crédito para la inversión en la materia prima. Así descargaba, de todos los que estaban obligados a cargar sobre sí los que se atenían al contrato de pegujales, el costo inicial, estimable en una décima parte del producto bruto. Confieso sin embargo una duda, la misma que me ha perseguido a lo largo de todo este ensayo. Tengo la impresión de haber forzado la interpretación de mis fuentes, y de que tal vez haya llevado a quien me lea a un lugar que nunca existió, lo peor que puede ocurrirle a quien se esfuerza por reconstruir con veracidad tiempos anteriores.

 

Supervivencia de la servidumbre

Heresias Canteriades

1.

El pegujal era una institución primitiva y antigua, insistentemente mencionada por las fuentes pero escasamente conocida. Lo más explícito de cuanto sabíamos sobre sus fundamentos era su parentesco con las sernas, similares a las corveas, cualquiera de ellas impuestas por vía de servidumbre, a consecuencia de las cuales quien estuviera sometido a una autoridad dominical debía prestar servicios en las tierras del señor. La última versión castellana que de esta institución habíamos podido conocer, ya de la época moderna, era la empresa procomunal llamada senara, una parcela cultivada por un grupo, una parte del cual aportaba yuntas y arados y otra su trabajo en sucesivos momentos del ciclo vegetativo, para que con el fruto obtenido pudiera hacerse frente a un gasto público, del que todos podían beneficiarse. Pero también teníamos la certeza de que en la región, para mediados del siglo décimo octavo, el pegujal se había consolidado como sinónimo de pequeña empresa agrícola, justificada por el autoconsumo, y que además aquel nombre se había utilizado para denominar la participación en el producto que recompensaba el trabajo de algunos de los que habían contribuido a crearlo. Sin que tuviéramos certeza sobre si se había desprendido o no de alguna de las funciones con las que antes cargara, porque cualquiera de ellas, una vez ideada, podía reproducirse indefinidamente, inquietante amenaza del anacronismo, alargada sombra que se resiste a entrar en el círculo que traza el tiempo, se había naturalizado como componente de la renta del trabajo según el estilo de cortijos, una remuneración en la que se podían combinar a discreción el pago del tiempo empleado, que se liquidaba en moneda corriente, la alimentación de cada día trabajado y el pegujal.

     Una de las maneras de satisfacer esta tercera pieza, a la que efectivamente se solía recurrir para completar el pago del trabajo de la clase laboral llamada sirvientes, entonces y en el lugar que la tazmía nos había revelado, podía ser tan directo y sencillo como entregar a cada trabajador 18 unidades cúbicas de trigo cada año. Un buen número de testimonios de la época podían autorizar este valor para la parte del costo del trabajo conocida con aquel nombre, así como la forma de hacerlo efectivo del modo más directo, que era entregar de una vez la cantidad acordada a quien hubiera aceptado aquella forma de pago. Pero como en los casos que pretendía dilucidar tenía la certeza de que el pegujal se había satisfecho con una cesión de suelo útil para el cultivo, en el texto dela documentación que manejaba era pequeña empresa agrícola, aunque en estos casos justificada por la necesidad de satisfacer aquella parte de la renta debida al trabajo de los sirvientes de sendas labores. Por tanto, cada uno de ellos pudo recibir en concepto de pegujal, en vez de las 18 unidades de capacidad supuestas, la cesión de por ejemplo 3 unidades de superficie, para que cultivadas por sus medios obtuviera esta parte de la remuneración que le correspondía. También sobraban los testimonios que podían avalar la sustitución y el valor que le estaba atribuyendo. Ninguna casa agropecuaria tendría la menor dificultad para disponer de tan pequeñas cantidades de superficie en sus respectivos cortijos, los hubieran adquirido plenamente o dispusieran de ellos por cesión, dadas las dimensiones regulares de aquellas grandes unidades.

     Si se hubiera optado por ese tamaño de la parcela remuneradora, y el total de la superficie cedida por este concepto fuera por ejemplo 48 unidades de superficie, el número de sirvientes a los que se habría cedido tierra pudo ser 16. Como el producto que obtuviera cada una de aquellas pequeñas explotaciones sería de cada trabajador, porque era una parte de lo que se le debía por haber vendido su trabajo, suponiendo un rendimiento de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, aquellos 16 hombres obtendrían 30 de cada parcela. De donde cada uno deduciría a su favor, sobre las 18 en las que pudiera estar regulado en aquella población el valor del pegujal parte del salario, un superávit de 12. Y como el autor de nuestro documento tomaba como precio tipo del trigo 15 reales la unidad de capacidad, todo aquel producto podía significar un ingreso de 450 reales a favor de cada sirviente; una cantidad que cualquiera, si lo deseaba, convertiría en efectivo, si llevaba su producto al concurrido mercado de los cereales, la posibilidad más estimable en un mundo más necesitado de liquidez que de especies. La fórmula, pues, podía ser ventajosa para todos. El amo de la labor sufragaría una parte del costo del trabajo con porciones mínimas de tierra, una cantidad irrelevante para los tamaños de las grandes unidades de producción, y los sirvientes obtendrían un ingreso que incluso les permitiría sobrepasar sus necesidades de autoconsumo.

     Faltó tiempo para que me fuera objetado que aquella manera de explicar la remuneración del trabajo de los sirvientes era insostenible. Cualquier amo que consintiera el beneficio estimado, el superávit que había deducido, contribuiría a encarecer irresponsablemente el trabajo. “De ninguna manera encarecía el trabajo”, repliqué, “e incluso contribuía a todo lo contrario”, insistí.

     Si aceptábamos como valor del trigo los mismos 15 reales precio de la unidad de capacidad, que nuestro informador tomaba siempre como referencia, teníamos que admitir que cada cedido conceptuado como sirviente, por la tierra obtenida, estaría pagando 270 reales, los que resultaban de multiplicar las 18 unidades de capacidad del pegujal que se satisfacía en especie por el precio del trigo. Desde luego que ningún sirviente, si los términos del acuerdo entre las partes eran los expuestos, tendría que liquidar cantidad alguna al señor de la labor. Pero este no tendría que desprenderse de las 18 unidades de trigo por cada uno, las mismas que le permitirían incrementar sus ingresos del producto en aquella cantidad.

     Es verdad que actuando de aquel modo el señor de la labor, que para ceder pequeñas parcelas habría renunciado a una parte de la superficie del cortijo, estaría invirtiendo porciones de la renta de la tierra que pagara, en el caso de que no fuera de su propiedad y la hubiera obtenido por cesión. Suponiendo, en el más desfavorable de los supuestos, que 8 reales fuera el precio que en el mercado de los arrendamientos de los cortijos alcanzaba, entonces y en aquel lugar, la unidad de superficie destinada a la producción de trigo, aquella parte del valor de la cesión alcanzaría los 24 reales en el caso del pegujal tipo considerado. En el supuesto de que la tierra fuera propia, ni que decir tendría que sus pagos por cesión serían muy inferiores, próximos a cero, los de mantenimiento de sus derechos consolidados sobre toda la renta de la tierra. Por tanto, como mínimo, por cesión de la tierra el amo de la labor estaría ingresando 246 reales, diferencia entre el costo de este factor para el sirviente y el que tenía para él.

     Pero lo más importante era que, en contrapartida, su contribución directa a la liquidación del trabajo ajeno quedaba reducida a las 12 unidades de capacidad que alcanzaba el superávit deducido. Calculada a los mismos 15 reales de todas las operaciones, el señor de la labor pagaría por el trabajo de cada sirviente, con tan generosa concesión, solo 180 reales. De donde se deducía que el precio final del trabajo quedaría reducido en nada menos que 90 reales, diferencia entre los 270 reales de la tarifa del pegujal, cuando se pagaba en especie, y los 180 del beneficio neto del campesino. La cantidad asimismo era expresiva del balance negativo que para el sirviente resultara de renunciar al pago del pegujal en especie, que había conceptuado como costo del suelo cedido, y aceptar a cambio la fórmula de la pequeña parcela.

2.

Pero admitir este balance me obligaba a reconocer que era el resultado del trabajo que cada sirviente hubiera invertido en la tierra cedida, puesto que el deudor del ajeno había recurrido al ardid de pagarlo requiriéndolo, lo que no dejaba de resultarme paradójico. Necesitaba modificar, al menos parcialmente, mi punto de vista. Debía encontrar uno que me permitiera explorar explicaciones que evitaran aquella clase de salidas, cuando menos aparentemente irresolutas.

     Concentré mis indagaciones en algo que al principio me resultara inconsistente, pero que después había dejado al margen, la poco satisfactoria invocación de los pegujales de los sirvientes en el testimonio del que me estaba sirviendo. Cuando en una labor se trataba de quienes eran llamados sirvientes, como el pegujal, sin dejar de ser una empresa del orden inferior, era una parte de la remuneración de su trabajo, en cualquier explotación bastaba una pequeña parcela de tierra, apta para el cultivo de los cereales, para proporcionar a todos el ingreso que suplementara el pago de la energía que sus dueños ofrecían a quien la hubiera contratado, fin al que tal modalidad de explotación mínima, localizada en las grandes unidades, estaba dirigida. Para sufragar el pegujal, si se limitaba su tarifa a las 18 unidades de capacidad que había supuesto para desarrollar mis cálculos, con una parcela de 3.6 unidades de superficie que experimentara un rendimiento como el  generalmente previsto, de 10 unidades de capacidad por cada unidad de superficie sembrada, sería posible satisfacer el doble de sirvientes que en el supuesto precedente. Es decir, que con solo la quinta parte más de superficie por parcela sería posible comprar el doble de trabajo, si el objetivo era solo pagarlo a la tarifa en vigor. Si, por tanto, con algo menos de 10 pegujales, de haber procedido de esta manera, se hubiera satisfecho el trabajo de los mismos 16 sirvientes, con que aumentara el tamaño de la superficie cedida se hubiera podido liquidar el pago de la misma cantidad de trabajo. Aceptando el mismo rendimiento, hubiera bastado una sola parcela de algo menos de 30 unidades de superficie. Pero, si se redujera este exagerado tamaño a una tercera parte, una sola parcela de 10 unidades de superficie sería suficiente para satisfacer, con los mismos rendimientos, el trabajo de casi 6 sirvientes, cifra que estaba más cerca del número real de los trabajadores de esta clase que habitualmente era remunerado con pegujal en las labores. Que el documento mencionara los pegujales de los sirvientes rozaba, en consecuencia, el contrasentido, y hasta podía interpretarse como la emergencia de una justificación encubridora.

     Me bastó recapacitar en estos términos, que anulaban la veracidad del plural, para ensayar una explicación concordante con los fundamentos conocidos de la institución conocida con el nombre de pegujal. En las labores, la cesión de la superficie destinada al cultivo de los cereales bajo esta condición, porque el documento empleaba el plural, pudo también consistir en la cesión de una serie de pequeñas unidades de producción cuyo número podía exceder las necesidades de remuneración de los sirvientes que mantuviera cada labor, o de cualquier transacción que con ellos se hubiera acordado. Estaba documentado que se podía actuar de este modo al menos cuando se había obtenido por arrendamiento la unidad de explotación. Porciones de ella se subarrendaban a quienes estuvieran interesados en aquella forma de empresa marginal. El aval jurídico a esta clase de transferencias procedía de los contratos que ponían al alcance de las empresas con más ambición, cuando se relacionaban directamente con los titulares del dominio efectivo, las grandes unidades productivas, que explícitamente permitían actuar así.

     Por tanto, era posible que en los pegujales de las labores hubiera más de constitución de pequeñas empresas subsidiarias que de remuneración del trabajo. No se podía excluir que bajo aquella forma compleja de hablar se ocultaran modalidades de cesión basadas en determinados acuerdos bilaterales, como todas las inducidas por la sociedad obligada entre quienes acaparaban la tierra y quienes deseaban emprender una pequeña explotación de cereales, incluso careciendo estos de una parte sustantiva del capital necesario para acometerla con perspectivas de éxito, se estuviera o no ocultando, al actuar de este modo, alguna forma de aparcería o cualquiera de las otras oscuras sociedades derivadas de la dependencia o subordinación entre cedente y cedido. Tales serían aquellos pegujales, explotaciones subsidiarias avaladas por los siglos, de las que podía sospechar, sin que me faltara base, que también tendrían que erigirse como empresas recurriendo a formas de cesión distintas a la más extendida, el arrendamiento que los escribanos comerciaban, o al menos la única que mencionaba positivamente el documento cuando se refería a la forma reglada de ejecutar las transferencias transitorias de uso. Aunque pudiera parecer anacrónico, era muy posible que el concepto sirviente, en el que insistía el documento cuando se refería a quienes trabajaban estas unidades huéspedes de las dos labores analizadas, hubiera preservado o no la obligación de prestar servicios a cambio de la cesión, mantuviera toda su vigencia jurídica cuando se trataba de formalizar ciertos pactos, dado que enunciaba que la relación acordada vinculaba el estatuto de sirviente a la obtención de la parcela de pequeñas dimensiones que el lenguaje regional llamaba pegujal.

 

Así sobrevivió la servidumbre

Carmelo Terrera

Quien necesitaba recurrir al trabajo ajeno para completar todo el que demandara su explotación tenía dos posibilidades, contratar asalariados o comprar servicios. Así como cualquiera de ellas las tenía a su alcance, ninguna era incompatible con la otra, y podían sucederse o acumularse a conveniencia de quien las consumiera. Por razón del procedimiento, destinado a identificar con la mayor claridad posible lo que el costo de cada una de ellas tuvo de singular, las trataremos como si existieran en exclusiva, lo que tampoco era imposible, y seguramente, tomados territorios y momentos por separado, bastante más probable.

Al recurrir a asalariados se podía comprar trabajo por determinada cantidad de tiempo o para una actividad. Se optaba por adquirir el tiempo de trabajo de otros por temporadas o por fracciones menores. El año agrícola, que iba de octubre a septiembre, se dividía en dos temporadas, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Para los puestos de mayor responsabilidad se contrataban asalariados que los cubrían todo el año, mientras que con sus subordinados, que asimismo debían desempeñar trabajos que se podían prolongar meses, se podía actuar de manera algo más flexible. Pero así como podía ocurrir que entre quienes cargaban con las funciones más importantes los hubiera que se comprometían solo por una de las dos temporadas, era frecuente que la mayor parte de sus subordinados trabajaran bajo sus órdenes durante todo el año. A todos, como consecuencia de esta manera de tasar el tiempo que se les compraba, se les llamaba genéricamente temporiles.

     Pero cada ciclo temporal, con fines laborales, se subdividía en unidades de tiempo inferiores a la temporada. Su duración se aproximaba a la del mes, y a esta pauta, mientras nada lo impidiera, se atenían, aunque un factor independiente, fuera del control de quienes planificaban los trabajos, podía acortar su duración, y hasta suspender toda actividad. Cuando la lluvia persistía no era posible trabajar la tierra, y a veces, dependiendo de la clase de suelo, incluso era necesario aguardar a que desapareciera de la superficie el agua acumulada.

     Concurriera o no aquel factor independiente, la unidad de las fracciones de tiempo inferiores a la temporada venía dada por la relación entre el responsable de todos los trabajos sobre el terreno, el que regularmente era conocido con el nombre de aperador, quien a su vez solía ser un temporil, y los hombres a los que había contratado para realizar los trabajos que fueran necesarios en esa fracción de tiempo, según progresaran los cultivos, los que solían ser conocidos con los nombres genéricos de braceros o jornaleros, a quienes también los distinguían denominaciones específicas a partir de los trabajos que de ellos en cada fase se esperaban, como gañán o mozo de arada, sembrador o escardadora.

     Se optaba por la otra posibilidad, comprar trabajo solo para una actividad, cuando era necesario completarla en una cantidad de tiempo de antemano limitada por los procedimientos de cultivo. A diferencia de las actividades que podían someterse a la cadencia aproximadamente mensual, para la siega, en el caso del trigo y sus cultivos asociados, y las tareas, cuando se trataba de la recolección de las aceitunas maduras, se habían impuesto las prisas. Decidir cuál era la razón que en cualquiera de los dos casos dictaba el apresuramiento no es fácil. Se puede adjudicar, también esta vez, a los dictados del ingobernable clima, que podrían provocar el temor a unas aguas inoportunas que malograran la calidad del grano maduro. Es posible que esto ocurriera en junio, cuando se recolectaba el trigo, y que por tanto se meditara la conveniencia de apresurar la exposición de las mieses a un riesgo tan severo. Pero que ocurriera en otoño, cuando eran más probables las lluvias, y que afectara a la aceituna madura, no sería una inconveniencia. Al contrario, contribuiría a incrementar su volumen, su peso, su rendimiento y su rentabilidad.

     Es más probable que fuera la urgencia por ganar una posición definida, tan definitiva como el volumen real de la cosecha que finalmente se hubiera conseguido, la que aconsejara acopiar el producto anticipándose a los competidores, y la causa inmediata de que, para sujetar la carrera a una regla, quienes estaban en condiciones de competir firmaran un pacto entre caballeros, según el cual el valor del trabajo que para aquellas dos actividades se compraba quedaba pospuesto a lo que entre todos los de una zona decidieran que había sido el rendimiento capaz de absorber los costos del trabajo así contratado. Al proceder con prisas, concentraban tanta demanda de trabajo en tan poco tiempo que la población activa autóctona era insuficiente. Solo la inmigración podía satisfacer la demanda.

     Los costos del trabajo por una actividad, fuera siega o recolección de aceitunas, podían ser nominalmente más altos, aun contando con el osmótico pacto entre caballeros, que el de los trabajos por temporadas o por sus fracciones aproximadamente mensuales, si se toma como criterio la parte del salario que se liquidaba en dinero. Pero la composición del salario del momento podía variar. Todos los asalariados contratados por tiempo, independientemente de su responsabilidad o de la duración de sus compromisos, accedieran al trabajo por temporadas o por sus fracciones, ingresaban renta al menos de dos maneras, una, el dinero, la otra, los bienes alimenticios. La primera remuneraba la cantidad de tiempo de trabajo descargado cada día ateniéndose a una tarifa predeterminada. La otra se sustanciaba como una comida diaria, que quien contrataba proporcionaba a sus asalariados cada jornada en el lugar de trabajo. El menú, invariablemente, además de un potaje que admitía distintas combinaciones, incluía pan, en una cantidad próxima a una libra por persona y día, que los procedimientos del trabajo agropecuario habían evaluado imprescindible para garantizar el acopio de los hidratos de carbono que debían regenerar la energía o trabajo que cada día era necesario transformar en actividad. Mientras tanto, el salario de cualquiera de los destajistas, fueran los de la siega o los de la recolección, se acordaba sin comida, a seco, según el lenguaje que había ido depurando el mismo procedimiento o estilo de cortijos.

     No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.

Ante esta amenaza, no sería una insensatez comprar los servicios que fueran necesarios. Al mercado de trabajo concurrían insistentemente limpiar de vegetación espontánea la parcela que se iba a poner en cultivo, ararla el número de veces que deseara el demandante antes de la siembra, sembrarla de trigo o completar su recolección desde la siega hasta el encamarado. Podían contratarse por separado o íntegramente. Pero en cualquiera de los casos lo que a quienes prestaban los servicios les permitía competir en aquel mercado era su ganado de labor. Quien dispusiera de una cabaña capaz para responder a cualquiera de estos compromisos estaba en condiciones de obtener renta a cambio de aquellos trabajos. Al otro lado de la relación laboral encontraría al promotor de una explotación que carecía de aquella energía, total o parcialmente. Cualquiera de los servicios que vendiera la consumía en cantidades importantes, aunque cuando se contrataban no se adquiría en exclusiva la fuerza del trabajo animal, sino el combinado energético integral que componían animal, apero y hombre que los empleaba racionalmente.

     La capacidad de ofertar este trabajo, tomada como una posibilidad, sería función directa del tamaño de la cabaña de labor de cada dueño de esta clase de patrimonio. Los poseedores de mandas de trabajo cuyas dimensiones se expresaran en cientos de cabezas, que siempre eran una fracción dominante en los términos más extensos, estarían en las mejores condiciones de emplear su capital ganadero en este mercado.

     Sin que nada impidiera que hubiera labradores del rango más alto que actuaran de este modo, y así extendieran los horizontes de su negocio, era más probable que los grandes reservaran su cabaña de labor para emplearla exclusivamente en su explotación. Y al contrario, era mucho más probable que campesinos con un modesto capital ganadero de trabajo, mucho más si el número de sus cabezas estaba por debajo de diez, recurrieran a emplearlo en las explotaciones de otros, íntegro o en parte, para todas las actividades del ciclo o solo para algunas de ellas. La posibilidad la modificaría el grado de su uso en una hipotética explotación propia. De haberla emprendido, el ganado propio solo parcialmente estaría disponible para el trabajo en otra. Si no hubiera sido posible acometerla, el patrimonio ganadero de labor propio estaría ocioso, y ofertar todos o cualquiera de los servicios demandados sería el mejor medio de ingresar una renta propia.

     Los precios de estos servicios se tarifaban por unidad de superficie trabajada. Comprar solo los trabajos de barbechera era dos veces y media más barato que adquirir los que incluyeran todos los comprendidos entre la siembra y la recolección. Nominalmente, el valor de cualquiera de ellos podía ser alto, aunque no muy diferente al que alcanzaba la unidad de capacidad de trigo en los mercados. Pero para quien adquiría el trabajo la ventaja de esta forma de acceder a él era que estaba exenta del costo de la alimentación, y por tanto al menos diferida de las oscilaciones de los precios de los cereales. Bastaba tomar esta distancia para descargar este costo sobre quien ofrecía el servicio, para que el valor efectivo que en el mercado alcanzara la cartera de servicios no dependiera inmediatamente del precio del trigo, aunque este, el de la cebada, y hasta el de las legumbres y la paja, contribuyeran a su formación. Su factor inmediato sería la masa de ganado de labor en manos de quienes estuvieran en condiciones de contratarlo para los servicios demandados. Al decidir sus tarifas, quien los ofertara estaría sujeto a la presión de sus competidores antes que al costo de su alimentación y la de su ganado.

     Se puede tener la certeza de que quienes estaban en aquellas condiciones, en cualquier población, eran al menos la mitad de quienes estaban dispuestos a participar en los trabajos agrarios, una invariante que era una consecuencia espontánea de las inveteradas aspiraciones a la promoción personal de quienes estaban sujetos al trabajo en el campo, las mismas que se habían saldado una y otra vez con el éxito de unos pocos y el fracaso de la mayoría. Invertir el ahorro en ganado de labor, para a partir de su empleo en explotaciones propias ir incrementando las rentas personales era un plan ampliamente compartido, e insistentemente reiterado por los comportamientos y las opiniones que han dejado testimonios.

     Una oferta tan amplia contendría el precio de los servicios, y en cualquier caso evitaría que oscilaran tan fuera de control como en ocasiones podía hacerlo el del trigo, y por tanto el del trabajo asalariado. Pudieron llegar momentos, situaciones, en los que contratar los servicios integrales fuera preferible a comprar el trabajo de asalariados. En cualquiera de los dos casos, se conseguía el producto sirviéndose del trabajo ajeno. Pero, mientras en uno se obtendría cargando con la responsabilidad de su reproducción, en el otro quien lo compraba se desentendería de esta necesidad. Que la segunda modalidad progresara podía tener a su favor, además de esta ventaja, que el ahorro de la población agraria se dirigiera a adquirir y consolidar la condición campesina y reducir las posibilidades de la oscilación desaforada de los precios del trigo.

     El ajuste más favorable de estos engranajes podía conseguirse sin grandes dificultades. La mejor manera de escapar a los constantes cambios de humor de los precios del trigo era obtenerlos por cuenta propia. Para eso bastaba valerse del ganado propio y con él emprender la explotación que lo permitiera. La mayor parte de estas explotaciones no podía ser muy grande, porque la mayor parte de los patrimonios ganaderos era modesta. Pero para conseguir el trigo de subsistencia, el necesario para alimentarse diariamente con pan fabricado con su harina, tampoco hacía falta disponer de una parcela extensa. Estaba tasado, por quienes compraban el trabajo cargando con este costo, que un hombre podía sostenerse con una unidad de capacidad al mes. Para obtener el producto anual de doce de estas unidades podía ser suficiente con una parcela de poco más de una unidad de superficie. Si damos por descontado que quien se constituía como campesino aceptaba atenerse al estado biológico regular y que este incluía una familia nuclear de cuatro miembros, formada por los dos progenitores y dos descendientes, aunque la necesidad de grano pudiera hasta triplicarse en el más exigente de los casos, ni siquiera sería necesario que la parcela cultivada tuviera cuatro unidades de superficie, o dos hectáreas aproximadamente. De la energía que proporcionara una pareja de bueyes trabajando durante todo el año para aquel proyecto sobraría como mínimo la mitad.

     El proyecto era viable y el excedente de energía estaba asegurado. Quienes quisieran disponer de su propio trigo y al mismo tiempo servirse de una parte de su patrimonio energético para obtener sus rentas podrían hacerlo. La competencia que de su producto pudiera sobrevenirle a las labores, productoras de las masas de trigo que sostenían los mercados, era imposible. La producción de las explotaciones menores estaba condenada a ser marginal porque estaba inspirada por la atención al consumo alimenticio familiar.

     La mayor dificultad a la que podía enfrentarse un curso de los comportamientos como este era la inversión inicial en tan modestas explotaciones. Las caídas absolutas de la producción, inevitable para los sistemas del cultivo que se habían impuesto, podía incapacitarlas absolutamente para disponer de la simiente que cada año diera origen al ciclo productivo.

     Si el crédito del pósito, mercado público del grano, resolviera esta permanente amenaza de bloqueo, el costo del trabajo podría ir liberándose de la rémora de las oscilaciones del precio del trigo. Cuanto mayores fueran las explotaciones, como mayores eran las cantidades de trabajo ajeno que debían comprar, tanto más podrían aspirar a reducir sus costos si se ensanchara aquella senda. Pero quienes contrataban en masa el trabajo ajeno, sin dejar de aspirar a este objetivo, corrigieron el rumbo de esta fuerza en una dirección que no fue la recta.

     Una parte de quienes tomaran la iniciativa de emprender una modesta explotación incompetente solo aspiraría a escapar a la espiral endiablada de los precios del trigo. En su mayoría era gente que ni siquiera, por su dedicación habitual, tenía relación directa con la actividad agropecuaria. Aprovechando que el pósito ofrecía crédito en grano a un interés razonable, aunque algo por encima del que se había consolidado en el mercado rural del crédito en dinero, al que buena parte de la población no podía concurrir a falta de patrimonio que actuara como garantía hipotecaria, se arriesgaba a promover su propia modesta empresa y garantizarse la despensa de pan del año. Como carecía de medios para dedicarse a la actividad agropecuaria, recurriría, para atenderla, a los campesinos, que vendían sus servicios.

     Aunque no eran la parte más significativa del orden a la que podía dársele alas, es muy probable que muchos de los activos en otras ramas, de las más diversas dedicaciones, sumaran al menos la décima parte de las explotaciones que cada año se emprendieran. Su inexperiencia, quizás aún más sus débiles conexiones con aquel mundo, los obligaría a cargar con las tierras de peor calidad, las propiamente marginales, cuyos bajos rendimientos, aun siendo los inferiores, apenas repercutirían en los mercados de la tierra o del trabajo. Para sus promotores serían una renta en especie suplementaria.

     Pero la masa de quienes dispusieran de ganado de labor, si decidieran promover su propia empresa valiéndose del crédito en simiente, competiría por las tierras de costos más bajos. El ruedo, espacio inmediato a las poblaciones, era el área de cultivo más codiciada por las empresas menores. La escasa distancia que era necesario recorrer cada día de trabajo incrementaba el valor relativo del tiempo neto disponible y reducía todos los costos en los que mediara el movimiento. El efecto sobre el precio del suelo era el contrario al deseado. Las tierras de ruedo, fragmentadas en parcelas de pequeñas dimensiones, eran las que en cesión alcanzaban los precios más altos por unidad de superficie.

     A partir de los ruedos, en coronas sucesivas, cuyo centro eran las poblaciones arraigadas, las explotaciones menores se iban dispersando hasta un radio máximo de cuatro leguas, límite en parte consecuencia de la cantidad de tiempo que sería necesario invertir en los desplazamientos desde el centro donde se tuviera radicado el hogar; fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que convencionalmente una legua se recorría en una hora; en otra proporción resultado de la competencia con las poblaciones circundantes por el espacio cultivable. El primer obstáculo podía ser parcialmente sobrepasado con la erección de un hábitat unitario provisional, hábil al menos para hombres, con muro de tapia y cubierta vegetal, similar al cottage que describen los textos franceses y anglosajones, radicado en la parcela de trabajo. El segundo lo amortiguaban las enormes distancias y las amplias bandas de espacio desierto y sin roturar entre términos.

     Esta masa de aspirantes a explotación propia, campesinos genuinos gracias a su capital ganadero, podía acceder cada año a la parcela que la permitiera valiéndose de las cesiones. De todas la modalidades de acceso a esa clase de tierra, la más asequible era la que aprovechaba la fragmentación de una gran unidad de producción, a su vez obtenida mediante arrendamiento en buena parte de los casos, para a su vez subarrendarla a quienes tenían estas aspiraciones. La competencia por obtenerlas podía llegar a ser tanta que la adjudicación debía recurrir al sorteo, procedimiento regular cuando se trataba de tierras públicas, cuyos gestores se veían obligados a representar de este modo la ecuanimidad. Es fácil colegir que de estas tensiones igualmente resultarían interesantes incrementos de los precios del suelo.

     La obra posibilidad era alojarse como huésped, también por vía de subarriendo, en una gran explotación, a su vez nutrida por una o varias de las grandes unidades de producción, fuera cortijo o dehesa, que en su favor había ido decantando el dominio sobre la tierra. Era frecuente que los mayores labradores, los responsables de las explotaciones de grandes dimensiones que imponían su orden o sistema a la producción del trigo, reservaran una parte del espacio de las magnas unidades bajo su control para que fuera explotada en pequeñas parcelas por campesinos. Probablemente, en estos casos siempre habría algún grado de intercambio simbiótico. Al cedente o labrador podría interesarle, según su criterio, por ejemplo roturar una parte del espacio de sus tierras sin cultivar, porque hubiera permanecido en ese estado varios años por cualquiera de las causas que aconsejaran dejarlo al margen, sin hacer frente a los costos directos de una operación que requería el gasto de energía más alto. El ganado del campesino sin tierra, en ese caso, podía ser un recurso idóneo. Bastaba alojarlo en la explotación y disponer de él indirectamente. El producto que el campesino obtuviera de la puesta en cultivo de aquel espacio sería la remuneración de su trabajo y el labrador, al final de la campaña, obtendría una tierra de rastrojos apta para a partir de ese momento ser reciclada con regularidad en el ciclo de los barbechos de la explotación principal.

     Se pueden imaginar decenas de intercambios energéticos entre labor y pequeña explotación conviviendo en un mismo espacio y útiles a las dos, aunque todas, inmediatamente, sugieren instantáneas que alguna vez se han descrito como propias de las relaciones de servidumbre. En pleno siglo décimo octavo, en cualquiera de los intercambios, mediaba su evaluación como renta propia, y en muchos casos hasta la respectiva denominación en unidades monetarias, lo que permite concluir que en todos los casos se trataba de un calculado flujo de intereses económicos entre las dos partes. Tampoco hay que excluir que esto hubiera ocurrido desde la baja antigüedad, cuando las relaciones que se llaman de servidumbre, cuyas raíces en la esclavitud no puede hurtar la palabra que para denominarlas ha prevalecido, habrían tenido su origen. Pero cualquiera de aquellos intercambios tampoco podría ignorar que la relación se anudaba desde posiciones desiguales, una subordinada y la otra supraordinada, decididas por la enorme diferencia entre los capitales con los que cada uno de ellos partía. El resultado invariable, en cualquiera de los casos, era que quien disponía de la masa preponderante del capital, el labrador, deducía del que fuera de los intercambios una renta a bajos, si no nulos, costos. Para que sucediera así el campesino tenía que renunciar obligadamente a una parte de su trabajo, independientemente de la forma a la que debiera atenerse para cederla.

     Este lucrativo filón fue explotado por los labradores más avezados pervirtiendo los términos de la relación. En las grandes explotaciones se había consolidado la costumbre de completar la remuneración de los máximos responsables de los trabajos sobre el terreno, cuatro o cinco trabajadores cualificados que eran contratados por todo el año, con una pequeña explotación similar a las que acabamos de analizar, como ella alojada y huésped de la principal; un concepto de la remuneración de sus respectivos trabajos que se sumaba a los comunes, que eran, como sabemos, el dinero y la comida diarios.

     Como aquellos trabajadores dedicaban todo su tiempo a la explotación para la que habían sido contratados, o labor, por la que eran convenientemente remunerados con sus ingresos regulares, el trabajo que necesitaran las respectivas pequeñas parcelas que suplementaban sus rentas, aunque lo ejecutaran ellos mismos en alguna parte, puesto que ya había sido comprado mediante contrato, era conceptuado como servicio que prestaba el labrador a tan selectos trabajadores, tal como los servicios que normalmente se prestaban en aquel extenso mercado agropecuario, y como tales debían pagarlos quienes se beneficiaban de él; a lo que era necesario sumar el precio de la cesión de la tierra cultivada en su beneficio, que como cualquier otra cesión alojada tenía su precio en su mercado. Ambas cantidades el trabajador agraciado con aquel generoso suplemento las abonaba con el ingreso en dinero de su remuneración regular. Antes de liquidarla se le deducían, y a cambio, además del neto en dinero resultante, recibía la cantidad de trigo correspondiente al rendimiento medio por unidad de superficie de toda la explotación aplicado a la extensión de la parcela que hubiera recibido como recompensa. De esta manera, en realidad una venta forzada del producto de la explotación donde había trabajado, conseguía su propio almacén de trigo.

     Tan viciada manera de proceder solo se sostendría por el valor que se concediera a disponer de una reserva de trigo personal. Si el objetivo de los labradores que alentaban esta práctica hubiera sido liberar del precio del trigo al costo del trabajo, habrían prescindido de la comida como concepto de las remuneraciones de sus trabajadores más cualificados. Pero no fue así. Todos los trabajadores, incluidos los que eran remunerados con una pequeña explotación bajos aquellas condiciones, siguieron recibiendo su comida diaria como parte de su paga. Habrá pues que reconocer que si se mantuvo la explotación mínima de cualquier clase tuvo que ser porque para todos, para los trabajadores de primer orden, pero también para los campesinos, alojados en grandes explotaciones o promotores de sus pequeñas explotaciones autónomas, e incluso para los activos de otros sectores que aun careciendo de medios se afanaban por disponer de su propio almacén de trigo, garantizarse este ahorro en especie debió convertirse en algo más que una decisión racional. Quizás estuviera más cerca de un conjuro, a cambio del cual se alejaban del hogar las amenazas de las carencias de un alimento que las costumbres seculares habían sacralizado. Es verdad que los más conocidos cambios de humor de los precios del trigo podían convertir aquellas sombras amenazantes en algo más que un fruto de la imaginación. Pero también es cierto que los procedimientos comerciales que se habían ingeniado al calor de las tensiones de aquel mercado, para mediados del siglo décimo octavo, reducían las amenazas al desabastecimiento del trigo a sus justos términos lucrativos. Cuando la caída de la producción era una evidencia y los precios del trigo efectivamente se disparaban, las importaciones de choque, convenientemente subvencionadas con los ingresos públicos, ya de la corona ya de los municipios, recuperaban el abastecimiento y de paso aseguraban el negocio a los acaparadores de grano, expertos en estos movimientos de la mercancía en masa, a la distancia que fuera y con las mediaciones comerciales convenientes.

     La expansión del mercado del trigo, desde que en 1750 se ensayaran en el sur las primeras medidas que poco después consolidaron su comercio abierto, ensancharía el horizonte de la comercialización de su producto a las grandes explotaciones, hasta el punto que las relevaría de la sujeción a sus limitados mercados locales. La oportunidad que así quedara desvalida pudo ser rentabilizada por los modestos productores de trigo, los que se afanaban cada año en disponer de sus pequeñas explotaciones. Es posible que el volumen de todo su producto tuviera capacidad para llenar ese vacío, y también es posible que esa sea una parte de la explicación del fenómeno más llamativo de los que suceden a la viciada situación crítica vivida en 1750, la expansión de los pósitos meridionales en un grado hasta entonces desconocido.

     Sostenidos por los municipios, bajo la supervisión de la autoridad regional, alentaron la inversión imprescindible, la que era necesario arriesgar en el trigo que se sembraba. La administración, que consideraría las ventajas públicas de tomar una iniciativa así, decidió cargar con la obligación de colmar este hiato y cargar a sus ingresos el gasto. A partir de 1750 el pósito municipal garantizaría a los interesados en promover su propia explotación el trigo que necesitaran para sembrarlo, y las explotaciones más modestas correspondieron convirtiéndose en sus clientes preferentes y casi exclusivos. Cualquiera de los más discretos proyectos estuvo en condiciones de prosperar. La subvención pública, quizás mejor señorial, en la medida que los municipios eran señores para el área de su dominio o término, implícita en la titularidad enajenada de aquellos institutos, evidencia un interés directo en que las empresas de los campesinos persistieran. ¿Por qué, si su fuerza siempre fue excedentaria, y hasta prescindible; si su capacidad productiva amenazaba con saturar los mercados y provocar el hundimiento de los precios que aseguraban excelentes beneficios a poco que el producto tasado, y convenientemente almacenado, se moviera por los circuitos que la especulación creía correctos?

     Si se insistió en la promoción del campesinado, poseído por sus aspiraciones al enriquecimiento personal y sus obsesiones por el almacén propio, debió ser porque fuera útil al orden en el que los labradores, bajo cuyo control habían quedado los municipios, tenían asegurada la posición de dominio. Una masa de campesinos, que permanentemente demandaba, para explotarla en cantidades discretas, más tierra de la que estaban dispuestos a sacar al mercado quienes la acaparaban, porque la habían tomado en arrendamiento en cantidades solo al alcance de unos pocos inversores; que disponía de medios de trabajo que sobrepasaban los que pudieran necesitar los predios que se pusieran a producir; era una oferta de trabajo condenada a cotizar a la baja mientras se mantuvieran aquellos parámetros. Su trabajo no era cada vez más barato porque se hubieran emancipado de una forma de remuneración, y por sus medios hubieran decidido asegurarse el mínimo de subsistencia. Lo que hundía su valor era su magnitud, excesiva, que los precipitaba a trabajar por debajo de los costos y a la extinción. Para sobrevivir, en un mercado que fácilmente se saturaría del producto, tendrían que optar por vender sus servicios, si querían completar sus rentas, puesto que los ingresos posibles que les proporcionara el trigo, una vez satisfecha sus aspiración a la despensa propia, o porque sucumbieran a la tentación del mercado y la agotaran, tenderían a insuficientes. Si esta posibilidad les faltara y les urgiera disponer de renta, para ellos solo quedaría liquidar su ganado de labor, el capital que les aseguraba su condición y que, una vez perdido, los reducía a la condición de asalariados. A partir de aquel momento, estarían más cerca de trabajar por un ingreso cercano al costo de la comida, al que el estilo de cortijos, calculador y eficiente, no había querido renunciar; si el valor nominal de la parte de los jornales liquidada en dinero se estancara.

     En la medida en que quienes tuvieran capacidad para prolongar indefinidamente aquel estado, sosteniendo año tras año el mercado de los créditos en especie, al mismo tiempo tuvieran intereses en las grandes explotaciones del monocultivo, se podría estabilizar aquel progresivo y seguro declive del precio del trabajo que tanto podía descargar sus costos. Su éxito sería tanto mayor cuanta mayor capacidad tuvieran para moderar la cantidad de espacio que cada año se pusiera en cultivo. Limitarlo equivaldría a garantizar la reserva de trabajo que cotizaba a la baja, incluso si su costo, por masificación de la oferta, retornara a quedar mayoritariamente expuesto a las oscilaciones de los precios del trigo. En esos casos el mismo pósito sería suficiente  actuar como amortiguador de los excesos.

 

Formas recientes de la servidumbre

Bartolomé Desmoulins

Contaban quienes mejor conocían la vida agraria del suroeste que ya en nuestro siglo vigésimo, para aprovechar la mitad de los cortijos que por convención aún se llamaba de barbecho, puesto que ahora las grandes unidades al servicio de las labores eran cultivadas en toda su extensión, gracias a la decisiva contribución del abonado químico, fue introducida una serie de cultivos alternantes. Entre principios de siglo y los años setenta, la fórmula fue sucesivamente aplicada con éxito a los cultivos de maíz, algodón y girasol, según el mercado fue aconsejando.

    Lo más relevante de aquella manera de actuar, para nuestro punto de vista, era que la primera mitad del cortijo, que seguía reservándose al cultivo del trigo, era explotada directamente por el dueño, mientras que la destinada al cultivo alternante era cedida en lotes a campesinos que aún eran llamados pegujaleros, para que se hicieran cargo de él. La forma de la cesión no era ni un arrendamiento ni una aparcería, sino un híbrido muy extraño que llegó a denominarse reparto. El tiempo de la cesión se limitaba a un total de siete meses, y los pegujaleros, por ella, debían pagar una cantidad, liquidable en dinero o en especie, que habían de entregar por adelantado. ¿Podía encontrarse mejor ejemplo de la supervivencia, o tal vez regeneración, aprovechando un medio político favorable, de lo que entonces la dogmática llamaba renta feudal, puesto que era detraída a partir de condiciones no inmediatamente económicas? El cedido pagaba una cantidad sin relación directa con el producto obtenido, como demostraba el hecho de que fuera liquidada por adelantado, y además al dueño de la tierra el pegujalero le prestaba el servicio de trabajar el barbecho del suelo que al año siguiente sería sembrado por aquel con cereales.

 

Supervivientes de la servidumbre

G. Valparaíso

Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.

     Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.

     Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.

     Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer  tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.

     La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.

     Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.