Estimación del producto. 1

Redacción

La correspondencia conservada en el archivo catedralicio del arzobispado suroccidental, más los documentos que la acompañan, porque registran procedimientos que cada año se reiteraban, son un buen medio para restaurar, con la exactitud que solo descender hasta la gestión cotidiana permite, la secuencia completa de la recaudación de todos los diezmos. Observarlos desde pleno siglo XVIII permite presumir además que el punto de vista incluye el mayor grado de complejidad que alcanzara aquel sistema.

     Con setenta y dos documentos contables y ocho minutas de la misma clase, anexos a la correspondencia coleccionada por la contaduría del cabildo catedralicio, fechados entre 1744 y 1749, hemos compuesto una serie ficticia comprensiva del tiempo transcurrido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre, un año administrativo completo. Legitima el artificio que todos los documentos que forman la colección, de la clase que sean, fueron enviados por los gestores de una vicaría, sobre todo por su responsable, un presbítero llamado Antonio Borrego Villalba, a la administración central de los diezmos de la región, el cabildo catedralicio de la iglesia de occidente con sede en la única capital. La temblorosa y no obstante regular caligrafía del clérigo ha permitido la segura identificación de todos los ejemplares, mientras que a su disciplina informativa debemos agradecer la estimación del producto, la parte sustantiva del proyecto que nos hemos impuesto. Pretendemos que este fondo documental, que el azar de la conservación de las fuentes nos ha designado, actúe como el banco de pruebas a partir del cual aislar y activar de manera controlada los hechos y las decisiones que llevaban desde cada producto a cada renta, para que luego sea posible recorrer ese camino a la inversa. Hemos creído que era la mejor manera de hacer que cada parte del procedimiento volviera al lugar donde había tenido su origen; para observarlo en su orden natural, tan cíclico como cíclica era la economía primaria que por su medio se puede conocer.

     Aquella vicaría se limitaba a las parroquias de una población más el fuera parte, y extendía su jurisdicción sobre el término municipal que marcaba uno de los confines orientales del arzobispado, al mismo tiempo uno de los más definidos y consolidados, por entidad y por características, de la economía agraria de la región. Concentrar la observación en una vicaría con una población permite disponer de las condiciones más favorables para experimentar: reduce a un lugar homogéneo el determinante territorial, elimina factores de distorsión derivados del número de lugares poblados y su posible disparidad de jurisdicciones, y aísla los factores del diezmo en las condiciones de menor contaminación posible, sin dejar de ser al mismo tiempo un hecho positivo y no una abstracción.

El documento que estaba en el origen de toda la gestión de los diezmos era la tazmía, nombre con el que eran conocidas, en nuestra colección de documentos, las previsiones sobre el valor que alcanzarían las rentas de cada producto gravado. Estaba elaborada a partir de informes de sujetos con conocimiento de la economía rural, y en particular de los dados por el tazmeador, el especialista en esta clase de operaciones, un grado de especialización del trabajo al que permitirían llegar las sustanciosas rentas de toda clase que se recaudaban. A sus informes se sumaban los proporcionados por los hacedores de campo de la vicaría, empleados con este fin, así como los elaborados por expertos en la producción de la que en cada caso se tratara.

     Su finalidad administrativa era proporcionar una base a los aprecios del administrador, cuya regulación era su responsabilidad. A partir de ellos debía estimar las rentas cuya adjudicación a quienes fueran a recaudarla estaba prevista para el mismo mes en el que la tazmía era fechada. El resultado era un expediente con formato contable que estaba dividido en tantas piezas como rentas se había previsto recaudar, al final del cual una cuenta resumen agregaba los valores totales tazmeados. Para el deducir el producto, su contenido más valioso es el aforo que está en su origen, primera colección de los valores presupuestos para cada renta. Es su lectura la que descubre afirmaciones que invitan a ensayar un procedimiento para su cálculo. Pueden valer las que contiene uno para reconocer su utilidad en relación con el fin propuesto.

     Las referidas a la producción de cereales de las tierras de la vicaría en 1746 están fechadas el 4 de julio. Para las rentas de pan de esta vicaría en este año, dicen, se deben considerar hasta 36.000 fanegas de tierra de cuerda de tercio empanadas de trigo y cebada en los cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos del término de esta ciudad. Al expresarse en términos tan descriptivos, el administrador estaría advirtiendo que aquella cifra, multiplicada por tres (sistema al tercio), expresaba la superficie de todas las tierras que el trabajo había capitalizado y mantenía en aquel término susceptibles de ser sembradas con cereales: 108.000 fanegas. Ateniéndonos a su vocabulario debemos llamarlas de cuerda o superficie, para evitar la confusión con las de capacidad, una precisión que no es inoportuna en un texto como este, que está obligado a expresarse en las dos unidades. Tantas habrían llegado hasta el mercado de aquella clase de tierras, y de ellas, sin embargo, invariablemente, por imposición del sistema, anualmente solo se explotaba una tercera parte, un dictado tecnológico que era la limitación más severa a la expansión del producto que pesaba sobre la economía de los cereales. La relación de espacios de producción (cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos), por extensa, pretendería aludir a todas las explotaciones que positivamente habían activado la parte puesta a producir aquel año o suma de superficies dedicadas al cultivo de trigo y cebada. Podemos estar seguros de que es así porque la secuencia descriptiva recorre el espectro de las unidades de uso de un mismo suelo, desde el cortijo al manchón.

     Según sus informes, se podía admitir que el rendimiento medio previsible de las distintas calidades de tierra sería de 13 fanegas de capacidad por cada fanega de superficie. Las razones para tomar como referencia el rendimiento 13, y no otro, no las argumenta. Es un rendimiento verosímil para el momento y el lugar, si bien se puede suponer aconsejado por llevar al máximo la estimación del producto. Con este factor, toda la cosecha posible, cuando ya era 4 de julio, se podía estimar en 468.000 fanegas de pan terciado.

     Todo cálculo que a partir de este valor, que se declara medio, se haga, desde este momento cargará por tanto con el lastre de la estimación. Así debemos aceptarlo para cuanto sigue. Si se quiere llegar hasta una expresión cuantitativa de cada producto para los tiempos medievales y modernos, hay que resignarse a la estimación; de lo contrario, sería mejor abandonar en este momento. De proseguir, nada impide atenerse, también desde el principio, a la disciplina crítica.

     Pasar de la expresión en fanegas a la nominal en moneda de cuenta es, más que una transformación aconsejada por las posteriores necesidades de cálculo, una versión insoslayable, porque una misma medida de capacidad para trigo y cebada o pan terciado es cuando menos distorsionadora. La misma tazmía proporciona los valores necesarios. El documento acepta, para deducir la renta de los segundos excusados, que como sabemos se expresaba íntegramente en moneda de cuenta, que el pan no sería terciado sino cuarteado. Aproximadamente ¾ del producto en medidas de capacidad corresponderían al trigo y solo ¼ a la cebada. Como los precios que la propia tazmía estima correctos para hacer en aquel momento sus cálculos son 15 reales para la fanega de trigo y 7 reales para la de cebada, el producto nominal de las 468.000 fanegas de pan terciado que como máximo aquel año se podían esperar de aquellas tierras sería de 6.084.000 reales, también un valor grosero, y a la vez deducido de una manera directa; al que con fundamento le podemos conceder crédito como la expresión más ajustada al límite superior posible del producto al alcance de las fuentes diezmales.

Pero de las 36.000 unidades de superficie de aquel año, prosigue la tazmía, se deben bajar hasta 9.000 fanegas de cuerda de tierra por las que [a] están adehesadas y se han quedado por sembrar y [b] por la tierra de los seis excusados de las seis collaciones y [c] por las de los cortijos y tierras del convento de santa Inés orden de santa Clara y por la de los cortijos de la encomienda de san Juan. Las razones para el descuento, tal como las expone, solo pueden ser adjudicadas, desde el punto de vista de la administración diezmal, a situaciones especiales. La mayor parte de las tierras enumeradas tienen en común que estaban al margen del régimen contributivo regular.

     Las tierras de labor de los excusados [b], que ya hemos supuesto que deben ser los excusados menores (los únicos que se seguirían recaudando aparte, porque los mayores habían quedado absorbidos por el régimen administrativo de las rentas de la corona), aunque no estaban sometidas a un tipo contributivo distinto al común, sí se atenían a un procedimiento recaudatorio propio, del que además conocemos el valor de su contribución a la producción de cereales. El mismo documento, poco más adelante, reconoce que aquel año las labores de los excusados sumaban 1.848 fanegas de superficie. Si a estas les aplicamos los mismos criterios de estimación que a las precedentes, se deduce que su producto alcanzaría el valor nominal de 312.312 reales.

     El administrador no hace mención expresa de la superficie de los cortijos y tierras del convento de santa Inés, orden de santa Clara, ni de los cortijos de la encomienda de san Juan [c]. Aunque en ambos casos se trate de instituciones más o menos eclesiásticas, lo que tuvieran de singular no tendría ninguna relación con la renta de exceptuados o renta de monjas y frailes, a propósito de la cual sabremos más adelante que aquel año hubo otras instituciones del clero, en la misma vicaría, que fueron parte activa en la producción de cereales. Como con ellas se procedió del modo que en su caso era regular, tenemos que aceptar que las tierras que expusieran a la explotación los otros conventos estarían incluidas en las que no se deducen. Esto permite presumir que las dos que se mencionan expresamente serían tierras concordadas, que bien han ganado para sí la prestación diezmal o han acordado con el cabildo una contribución fija que liquidan sin mediación alguna de recaudador. Cuando el diezmo de unas tierras está concordado, porque cada año se liquida con una cantidad fija que las partes han suscrito, aun en el caso de que conociéramos su expresión de ninguna manera podríamos llegar hasta el producto estimado que lo hubiera generado. Cualquier concordia, como ya hemos explicado, rompía el vínculo entre el diezmo y el producto, el único supuesto en el que la posibilidad de conectarlos está absolutamente negada por los documentos contables del archivo catedralicio.

     La tazmía consiente una conjetura razonable para estimar el tamaño de las tierras que aquel año explotaron por sí o por cesión los concordados. Podemos conceder que los cortijos y tierras del convento de santa Inés y de la encomienda de san Juan tuvieran una extensión similar a las labores de los excusados, un supuesto que aparenta tan poca certeza como veracidad. Si para resolver momentáneamente aceptamos la segunda posibilidad por razón de magnitudes, podemos considerar la posibilidad de que el valor del producto acumulado de los contribuyente [b] y [c] pudo ser 624.624 reales.

     Del cuarto que sería necesario descontar (9.000/36.000) solo nos quedaría por estimar el tamaño de las tierras adehesadas [a], la referencia más hermética del texto que nos sirve de fuente, de las que el administrador dice que al mismo tiempo que forman parte de las tierras empanadas se han quedado por sembrar aquel año, una oposición de términos literalmente insostenible.

     Al reconocerlas como adehesadas, se trataría de una porción de tierras que habían ganado el estatuto de exentas de la obligación de la derrota de mieses, lo que incrementaba sensiblemente su valor. Su explotación regular era a pasto y labor, es decir, sembrándolas con cereales y al tiempo sosteniendo una importante cabaña excluyente. De esta clase existían en todos los términos de mayores dimensiones, donde iban acumulando la mayor reserva de tierras, con más frecuencia de localización periférica.

     A pesar de su atractivo, una parte de las tierras adehesadas no habría encontrado quienes la explotaran aquel año. Así podía ocurrir porque quienes eran dueños de las mayores unidades de producción, fueran personas o instituciones, del clero o civiles, para asegurarse sus ganancias pasivas preferían su cesión íntegra a quienes las tomaban para ponerlas en cultivo, los labradores. En caso de no disponer de esta demanda, podían fragmentarlas en hazas, nombre reservado bajo aquellas coordenadas a las unidades de producción de tamaño inmediatamente inferior al cortijo. Estaba de su parte que los trabajadores del campo que no se resignaban a quedar reducidos a la condición de asalariados, siempre dispuestos a sembrar alguna parcela, podían ser el último recurso en caso necesario. Para aquel tipo de tierras podían ser idóneos porque estaban dispuestos a pagar más por unidad de superficie, a la vez que ellos podían preferirlas, puesto que, al no soportar la obligación de la derrota de mieses, podían aprovecharlas con más intensidad. Si finalmente no fueron cedidas, a pesar de que estuvieran en el circuito de la producción, sería porque sus dueños preferían restringir la oferta. Con más probabilidad actuarían así quienes temieran la bajada del precio del cereal que tuvieran almacenado, especialmente los que ingresaban en cantidad de producto las rentas que detraían de las explotaciones cedidas. Al hurtar al mercado las tierras propias, evitaban en la medida de sus posibilidades un incremento inconveniente del siguiente producto, del que recelarían el hundimiento definitivo de los precios.

     Deducimos entonces que la explicación de la paradoja en la que incurre el administrador cuando se refiere a las tierras adehesadas estaría en una manera sobreentendida de expresarse. El cálculo inicial (36.000 fanegas) provendría de las que el sistema hubiera decidido que eran las adecuadas aquel año para la siembra. La deducción de las 9.000 sería el ajuste a las que efectivamente, una vez sembradas, correspondieran al régimen contributivo común. Una parte de ellas estaría sujeta a obligaciones contributivas especiales, y otra simplemente no se sembró por último, a pesar de estar en condiciones de ser puesta en producción de acuerdo con el procedimiento. Las tierras que quedaran por sembrar habrían actuado como ajuste límite al tamaño del producto aspirante a llegar al mercado, o encaje comercial, a sumar al tecnológico que imponían los sistemas de cultivos.

     Las tierras adehesadas que aquel año quedaron por sembrar también son una fracción que desconocemos. Podemos recurrir, para resolver por ahora una operación que tampoco está inmediatamente a nuestro alcance, a otra simple deducción de su tamaño, tan decisivo para estimar el volumen que el producto alcanzara. Sería suficiente con restarle al cuarto que 9.000 es respecto de 36.000 el valor de las labores de los excusados y las de eclesiásticos o filoeclesiásticos en régimen diezmal concordado. Si a estas 9.000 fanegas les aplicamos los mismos medios de deducción que al total, el valor nominal de lo que habría que quitar al máximo estimado, para ajustarnos al producto efectivo, ascendería a 1.521.000 reales. Y si al valor nominal del cuarto que rebaja el administrador (1.521.000 reales) le deducimos el del producto acumulado que hemos estimado para las otras dos clases de contribuyentes (624.624), obtenemos un resto de 896.376 reales, que expresa el producto que las tierras del cuarto que se dejaron de sembrar habría dado en caso contrario.

     De este modo, dispondríamos además de una estimación, aunque sea solo orientativa, muy valiosa para juzgar las oscilaciones el producto de un año para otro. Las tierras que quedaban por sembrar podrían llegar a suponer hasta unos 6/10 del cuarto, o 3/20 de todas las que el sistema estaba en condiciones de explotar cada año para obtener un producto reglado del cultivo de los cereales. Si tenemos en cuenta que nuestra estimación correspondería solo a tierras adehesadas, las únicas que en los términos de la tazmía cargan con la responsabilidad de explicar la causa inmediata de la oscilación del producto de cereales de un año para otro, el valor efectivo de aquella fracción podría ser más alto, y por tanto las aspiraciones a la restricción del producto mayores.

     Para obrar en consecuencia de estos cálculos, y aproximarnos con más exactitud al producto efectivo, sería por último necesario descontar al producto máximo el que correspondiera a las tierras que, siendo parte del cupo de las sembradas, quedaron por sembrar. Restados los 896.376 reales al valor máximo del producto según la tazmía (6.084.000), la estimación más ajustada del producto (q) ascendería, también a juzgar por la misma tazmía, a 5.187.624 reales.

     El procedimiento del administrador para la estimación del producto se podría resumir en los siguientes términos. A las tierras previstas por el sistema se deducen las que han quedado sin sembrar y al resultado se le aplica como coeficiente un rendimiento tipo. Aunque sea aproximado, no es arbitrario, porque procede de informes cuya veracidad, en el documento, avala la identificación precisa de todas las tierras que puedan ser una excepción, se hayan o no sembrado.


Formas recientes de la servidumbre

Bartolomé Desmoulins

Contaban quienes mejor conocían la vida agraria del suroeste que ya en nuestro siglo vigésimo, para aprovechar la mitad de los cortijos que por convención aún se llamaba de barbecho, puesto que ahora las grandes unidades al servicio de las labores eran cultivadas en toda su extensión, gracias a la decisiva contribución del abonado químico, fue introducida una serie de cultivos alternantes. Entre principios de siglo y los años setenta, la fórmula fue sucesivamente aplicada con éxito a los cultivos de maíz, algodón y girasol, según el mercado fue aconsejando.

    Lo más relevante de aquella manera de actuar, para nuestro punto de vista, era que la primera mitad del cortijo, que seguía reservándose al cultivo del trigo, era explotada directamente por el dueño, mientras que la destinada al cultivo alternante era cedida en lotes a campesinos que aún eran llamados pegujaleros, para que se hicieran cargo de él. La forma de la cesión no era ni un arrendamiento ni una aparcería, sino un híbrido muy extraño que llegó a denominarse reparto. El tiempo de la cesión se limitaba a un total de siete meses, y los pegujaleros, por ella, debían pagar una cantidad, liquidable en dinero o en especie, que habían de entregar por adelantado. ¿Podía encontrarse mejor ejemplo de la supervivencia, o tal vez regeneración, aprovechando un medio político favorable, de lo que entonces la dogmática llamaba renta feudal, puesto que era detraída a partir de condiciones no inmediatamente económicas? El cedido pagaba una cantidad sin relación directa con el producto obtenido, como demostraba el hecho de que fuera liquidada por adelantado, y además al dueño de la tierra el pegujalero le prestaba el servicio de trabajar el barbecho del suelo que al año siguiente sería sembrado por aquel con cereales.


Los Talleres Sebastopol

Eladio Conradi

1. Los servicios de seguridad del estado, para enmascarar sus actividades, deben recurrir a los medios más desconcertantes. Los Talleres Sebastopol son algo más que un camuflaje. Si quienes trabajamos en ellos debemos comprometernos en actividades como la redacción de un Atlas es porque la empresa, sobre satisfacer los encargos más delicados y lucrativos, en aplicación de las técnicas más recientes de captación de clientes en la sombra, tanto como en beneficio de la calidad de sus servicios, del bienestar de quienes los realizan y de las buenas relaciones que deben imperar entre sus operarios, ha decidido que empleen en toda clase de experiencias intelectuales parte del tiempo que su contrato laboral les demanda. Los clientes son cada día más exigentes. Ya no se conforman con que se les deslice con insinuaciones que el líquido de frenos no se congela en enero gracias a nuestro tratamiento, o que la presión que descomponen las válvulas del compresor está evaluada a partir de las tablas de Daimler. Es necesario que quien los atienda departa abiertamente con ellos sobre temas que pueden ser de su interés, a propósito de la parte de sus deseos que ni siquiera sea necesario mencionar. Se da además la feliz circunstancia de que el personal del ministerio, nuestro primer cliente, en modo alguno desinteresado, que actúa como el más eficiente propagador de nuestras excelencias, es el de más alta cualificación de la administración pública. Su selección ha sido extraordinariamente severa a causa de sus responsabilidades en materia exterior. Sus cuadros han recibido en el extranjero cursos de los conocimientos más exigentes. Hasta los ordenanzas, por imposición de las instituciones continentales, deben conocer los pormenores del renacimiento carolingio, así como el plano del palacio de Aquisgrán tal como se haya restituido, a partir de los restos de la construcción rescatados, sea por el procedimiento arqueológico o a través de trasposiciones gráficas, hasta el día del examen de su oposición.

     A los operarios de los Talleres Sebastopol, por otra parte, los estimula no solo estar capacitados para tratar con propiedad con los expertos en la licuefacción de los gases, el cálculo diferencial avanzado o el arte minimalista. Llegar tras la jornada de trabajo al edificio donde viven, y poder departir relajadamente con sus vecinos en el portal o en el descansillo de la escalera sobre asuntos tan graves como los que he mencionado, les vale un reconocimiento que los capacita para convertirse en la autoridad que rija con solvencia su comunidad, para actuar como hombres imparciales ante cualquier controversia que se suscite en ella, decidir sobre las reparaciones que necesiten la que sea de las acometidas o los enlosados de cualquiera de las zonas comunes, azoteas incluidas, en especial el de las entreplantas, de más gasto por frecuencia de tránsito, o incluso el de toda la manzana.

2. En el Gran Salón, que antecede a las naves que ocupan los Talleres, la empresa ha concentrado la zona noble de la obra única. Lo reserva a las ocasiones que deben representar sus actividades, celebrar sus éxitos o conmemorar que se sucedan sin contratiempos los aniversarios de su fundación. En uno de sus lados mayores, majestuosos ventanales, dispuestos desde el suelo hasta la cornisa sobre la que descansa la bóveda, se abren a los jardines del complejo. Preceden a la fachada del primero de los edificios, obra del arquitecto Samper, Alfaro Samper, astur y ya angloparlante, designado por voluntad expresa del padre fundador de la primera de las sociedades del grupo, don Antonio Otamendi y Figueroa, abuelo de nuestro actual Director.

     Los jardines son el emblema de la corporación, y sirven de tránsito entre la cancela y la puerta que marca su eje. Están trazados a base de perpendiculares. Quien los planeó estaba convencido de que delegaba en ellos un orden portador de la certeza y la seguridad que a los inversores que los cruzaran, una vez recibidos a la entrada por los responsables de la compañía, estimularía a confiar en quienes debían gestionar el riesgo al que quedaban expuestos sus capitales. Las especies elegidas para árboles y setos, siempre verdes, les evocarían el equilibrio inspirador de las decisiones comprometidas.

     La luz que entra al Salón por los ventanales la reflejan, frente a ellos, a lo largo del otro lado mayor, espejos de sus mismas dimensiones, posición y trazado. Durante el día, su espacio, gracias a la colaboración de la providente naturaleza, es la imagen viva del ingenio y la fuerza creadora, y durante la noche, de la excelencia. Entonces son las lámparas de cristal de roca que cuelgan de la bóveda las encargadas de iluminar su orden unitario. Samper, cuando así reguló la irrupción de los rayos, cumplía un doble designio. El salón, por el día, sería el centro donde se aprobaran los planes fecundantes de la empresa matriz, y de noche el marco adecuado para la celebración de sus benéficas consecuencias. Cuando fuera necesario tomar decisiones, una gran mesa articulada ocuparía la mayor parte del espacio, y si era el momento de festejar, todo él quedaría libre. Permanentemente, para que contribuyeran a ennoblecer cualquiera de las ocasiones, los intervalos entre ventanas y espejos permanecerían decorados con estatuas de bronce dorado, alusivas al comercio y el trabajo, la meditación y la iniciativa, replicantes de los frescos alegóricos que con los mismos temas, desarrollados con toda la retórica del mito, pintarían en la bóveda.

3. Con ocasión del quincuagésimo aniversario de la empresa, en el Gran Salón fueron organizadas las celebraciones que hasta la fecha, tras haber reiterado bailes y banquetes conmemorativos, no solo de cumpleaños, sino incluso de contratos célebres, no han tenido par. De la clase de los singulares que se sucedieron durante aquel año fueron los patrocinados por los omaníes, cuyo encargo reportó a la casa beneficios muy por encima de cuanto la más entusiasta de las Gerencias hubiera imaginado.

     Los jeques necesitaban eludir el acoso al que la prensa occidental los estaba sometiendo; sus negocios a este lado del planeta se estaban resintiendo, durante unos meses incluso más que las empresas en las que empleaban sus brutales beneficios y gracias a las cuales podían volver a reflotar su crudo, ardua tarea de la que nunca han dejado de envanecerse haciendo ostentación de túnicas inmaculadas. Para desviar los golpes, a nuestro servicio de documentación, a través del ministerio, le encargaron indagar sobre el siglo de oro de Córdoba con el objetivo de encomiar su excelencia. Le propusimos patrocinar que la cultura clásica se había salvado en occidente gracias a la mediación del averroísmo latino. Como aval, elaboramos un informe en el que demostrábamos que por iniciativa del pensamiento cordobés el corpus de la creación aristotélica había llegado a Santo Tomás.

     Los omaníes quedaron muy satisfechos, y corrieron con los gastos de una representación festiva que reconociera nuestro trabajo. Ideamos para la ocasión el más memorable despliegue dramático que haya conocido el Gran Salón, inspirado en las tácticas bélicas que habían heredado de sus mayores, vigentes ya en la época precedente a la del Profeta. En parte habían sido responsables del acoso que dio origen a la Hégira, y con veneración las conservaban solo con fines recreativos. Cuatro grupos de figurantes, ataviados como los combatientes del desierto, representaban cuatro divisiones prestas para enfrentarse al infiel, que por su parte avanzaba con sus leales decidido a imponer la tiranía de su dogma. Al llegar la primera división a la altura de un río, representado por el agua que fluía de una fuente, dispuesta en el lado opuesto a los ventanales, y que con algo de sesgo cruzaba el salón en su sentido transversal, el sahib que las dirigía ya estaba apostado al otro lado, desde donde debía observar sus movimientos. Permanecía impasible mientras contemplaba la evolución de las tropas, hasta que de improviso, cuando la segunda división cruzaba el río, el ejército de los infieles aparecía en la otra orilla, en una posición próxima a las ventanas que dan al jardín. El sahib se lanza en defensa de los suyos, sin más protección que su cimitarra, en vista de que la tercera división aún estaba lejos y el movimiento táctico que había emprendido podía quedar deshecho. Una odalisca, que salió del espejo contiguo a la fuente, dotado con un artificio que lo convirtió en una puerta abierta al Paraíso, vestida con indumentaria a base de velos, intenta seducirlo. El sahib al principio queda fascinado, mientras las divisiones figurantes evolucionan de la peor forma para sus intereses. Reflexiona un instante y monta en su carro a la odalisca, en reserva para acciones posteriores.

     Con su arrojo, desencadena el combate, y él solo al principio, luego con el auxilio de las dos divisiones que ya están cerca de él, consigue imponerse sobre los infieles, cuya sangre, representada por el vino tinto que a partir de aquel momento fluyó de la fuente, de la que hasta entonces solo agua había manado, tiñe la que se remansa en el río. Suya fue la victoria. Un canto compuesto por Adrián Conde la celebró. Muchos habían sido los héroes de la jornada, pero solo su nombre fue el elegido para que conservara la memoria del encuentro. Todos, menos los omaníes, que brindaron con néctar disuelto en aguamiel, bebieron de las aguas tintas que fluían, y celebraron la victoria de la ortodoxia genuina.


Empeño

Narrador

Calixta Damián, de la estirpe de los Santajuana, despliega el recurso al empeño con la mayor naturalidad, aprovechando que simultáneamente negocia ditas de lencería delicada: ajuares de alcoba, canastillas, tiras bordadas al por menor. Con quienes demandan cualquiera de estos géneros acuerda una cuota periódica para que liquiden su valor. Después, protegida por su apariencia de mujer complaciente, va de casa en casa para poner al día los pagos acordados, el bolso pendiente del brazo, la libreta con los apuntes contables confiada a su hermetismo. Nunca exige nada, jamás protesta un impago. Al contrario, le complace renovar el crédito tantas veces como sus clientes deseen. Cuanto más actualiza su confianza en ellos, tanto más prorroga los plazos en los que deben satisfacer las asequibles cantidades comprometidas, íntegras o en fracciones tan pequeñas como estimen que les convienen. Gracias a ellas, a quienes lo necesitan para hacer frente a tanta generosidad, puede concederles préstamos cuando llega la ocasión, esta vez indefinidos, para cuyo cobro emplea el mismo procedimiento que aplica a las ditas de lencería. El interés es bajo, aunque hay que pagarlo cuando se devuelva el dinero prestado, tal como está acordado entre quienes se emplean en tan moderado agio.

     Lo que dota de tanta confianza a tan discreto negocio es que los tomadores deben garantizarlo con joyas, a las que invariablemente apela Calixta porque a un tiempo son los bienes más muebles y los de más precio. Hacen las veces de hipoteca, con la diferencia de que para satisfacer el aval, por aunar ambas condiciones, quedan bajo poder de ella; una seria ventaja sobre los raíces que han de gravarse, que pueden esfumarse en el transcurso que va desde la deuda hasta su liquidación; sin más mediación, tal como ocurren los tratos espontáneamente, sin ninguna necesidad de comprometerse con papeles ni obligaciones, solo dando la palabra.

     El saneado negocio tuvo su origen familiar en Juan Díez, conocido como el Maestro Díez, tío político de Calixta.

     Un potentado cuyo nombre ha permanecido a cubierto hace años recurrió al eficiente Maestro, entonces un sencillo capitán de zapatería al frente de un próspero taller, para obtener crédito de él, quien le facilitó una cantidad modesta, algo menos de quinientos reales, y a muy corto plazo, apenas por un par de meses. Como garantía, el Maestro Díez retuvo los dos anillos que el aristócrata le ofreció a cambio, uno con siete esmeraldas y otro con dos diamantes. Se mostró dispuesto a devolvérselos en cuanto recuperase el dinero que le había prestado, por el que mientras fuera pasando tiempo debía pagar un modesto interés. Las dos partes sabían de antemano que de la cantidad adeudada, en caso de que no se cumplieran los plazos acordados, se deduciría el valor de los dos anillos. Por supuesto, la cantidad jamás se devolvió, y entonces el Maestro Díez supo lo fácil que era adquirir joyas a un precio muy por debajo de su valor.

     Falleció el afortunado zapatero sin descendencia, y su esposa, Luisa por su abuela paterna, que había tomado a su cargo a Calixta, hija de su hermano Jacinto, se hizo cargo del patrimonio conyugal, así del taller, que ya solo lo encubría, como de los empeños, el negocio en expansión, y de manos de ella los recibió Calixta, una vez que a la tía su edad le recomendara deshacerse de la zapatería y desentenderse de cualquier actividad.

     Con tan sencillo procedimiento Calixta ha conseguido lotes estimables, la mayor parte de ellos procedentes de patrimonios familiares primitivos, nada extraordinarios, reliquia de la cultura de pueblos nómadas cuyos dueños aún viven convencidos de que la mejor manera de preservar el ahorro es convertirlo en metales nobles y gemas que puedan llevar consigo. Los más preciados los confían como donaciones a las imágenes que más devoción atraen, convencidos sus dueños de la invulnerabilidad y de la existencia perpetua que ganan, de las que a cambio del sacrificio esperan mediaciones que los salven. Suelen ser preseas a base de piedras preciosas engastadas en oro que se prodiga en arabescos de filigranas, abigarradas y tan deslumbrantes que con sus destellos las realcen. Muchas imágenes sagradas apenas disponen de más patrimonio que este, y sus devotos se ven en el trance de empeñarlo si quieren seguir asegurándose las intervenciones que de ellas esperan, para lo que deben exhibirlas en manifestaciones públicas de su desbordante fervor. Calixta lo mantiene en su poder, y como no desea privar del lustre debido los desfiles de las imágenes objeto de tanto reconocimiento, de acuerdo con los colegios de penitentes que las exhiben ejerce como camarera de ellas, tal como hiciera su tía, lo que le garantiza que solo estarán fuera de su alcance, si bien bajo sus ojos vigilantes, irreconocibles entre el número de las devotes que desfilab tras las andas que transporta la imagen, el tiempo que transiten por las calles las filas de sus siervos.

     La parte más saneada de los negocios que ha heredado es la que regenta Jacinto, la joyería Santajuana, que tiempo atrás creara la familia una vez consolidado el trasvase de las ditas al préstamo. Raramente quienes comprometen los empeños tienen medios para devolver el dinero cedido, una vez agotados los plazos que acordaran para satisfacer el pago de los intereses y todas sus prórrogas. Entonces Calixta, sin más concesiones, se alza dueña de las preseas que finalmente salen al mercado a través del establecimiento de Jacinto.


Repartimiento de barbechera

Tadeo Coleman

En años regulares, en plena primavera el pósito debía repartir trigo para la barbechera. Si en el tiempo que correspondía necesitaban los labradores algún socorro para beneficiar sus tierras, y el pósito disponía de fondos, se consideraba qué hacer, a tenor de lo que prometiera la cosecha, o si era más útil emplear los fondos en el panadeo, como se hacía en los años de crisis. El resultado era que los pósitos, aunque en menor proporción, también podían abrir un plazo de préstamos, bien en dinero bien en grano, en primavera. Si se decidía repartir grano, se procedía de la misma manera que para la sementera. Para admitir las solicitudes correspondientes, la autoridad municipal también abría un plazo y señalaba ciertos días para que pudieran presentarse.

     Aunque según la historiografía la data de barbechera se abría en febrero o marzo, los memoriales enseñan que los límites cronológicos máximos de la data de barbechera estaban comprendidos entre marzo y mayo. De una serie compuesta con 7 años, también de fines del siglo XVIII, se deduce que la data se abría uno o, excepcionalmente, dos días, y que las fechas se distribuyen de una manera bastante homogénea entre marzo (dos), abril (tres) y mayo (dos).

     En la descripción del fin para el que el préstamo de barbechera de 1781 es solicitado las maneras de expresarse de los autores de la serie A son distintas de las utilizadas por los demandantes de la serie B. Los primeros describen un fin doble: beneficiar la sementera y hacer los barbechos o escardar la sementera y beneficiar los barbechos. Los otros suscriptores de los memoriales son mucho más directos y restringidos. En 26 de los casos mencionan las escarda o simplemente invocan el verbo escardar, nada más. Casi siempre que habla de esta manera, el aspirante explota una superficie de 10 fanegas o menos; la inmensa mayoría, entre dos y seis. En los otros ocho casos la superficie no es declarada, o, con más frecuencia, se trata de parcelas en el límite superior de la pequeña explotación (6-10 fanegas). Se habla de acabar de beneficiar, escardar y beneficiar o escardar y demás beneficios, escarda y barbechera y escardar la sementera y hacer los barbechos.

     A la data de barbechera los demás memoriales empiezan por referirse, con preferencia y de manera abreviada, empleando la palabra escarda y más raramente barbechera. Pero, como hemos explicado, desde el principio se empleaban expresiones más descriptivas como escarda y barbechera, escarda y barbechos, escarda y hacer la barbechera o escarda de su sementera y beneficiar sus tierras. La retórica de las descripciones podría enriquecerse aún con palabras y expresiones como beneficio y beneficiar las tierras, que cuando se utilizan exclusivamente resultan tan abiertas como ambiguas. Pero, según pasan los años, se van imponiendo expresiones como escarda y recolección, escarda y recolección de su sementera, barbechera y recolección o beneficio y recolección, para al mismo tiempo dar paso a palabras y expresiones tan francas como recolección, recolección de su sementera y ayuda a levantar su sementera.

     Parece, pues, que las situaciones tipo son tres. Las explotaciones más pequeñas, en su porción más importante, porque con mucha probabilidad carecieran de capacidad para sostener un plan de cultivo que se prolongara más de un ciclo, renunciarían a barbechar, al tiempo que practicarían sistemáticamente la escarda. La dimensión de su parcela y la cantidad de trabajo de la que podían disponer así lo permitirían. Para hacer frente a los gastos de la escarda solicitaban su modesto préstamo. La escarda pura, en su parcela, porque podía practicarse con la intensidad que en un jardín, con seguridad les permitiría impulsar los rendimientos. Es una prueba directa sobre cómo responderían, o compensarían, el límite a la inversión que imponía el pósito (ver después). Queda por demostrar, porque la fuente no lo permite, si una escarda intensiva del cereal, en estos casos, consentía, una vez entresacada la sementera, requerirla con un trigo tremés. En caso de que se probara positivamente, el préstamo solicitado podía tener esa aplicación directa.

     Las explotaciones de mayor tamaño, las grandes productoras del cereal, a las que el pósito solo permite asomarse parcialmente, porque necesitan menos de este medio de financiación, en plena primavera con preferencia atendían los barbechos. La continuidad de las labores las obligaba a actuar así. Se puede deducir que la especie solicitada, en esta parte de su aplicación, estaba destinada al pago del trabajo, y no a siembra, puesto que se trata de trigo y no de cualquier otro grano o semilla.

     Ahora bien. Al tiempo que se acometía el barbecho, en las grandes explotaciones, con el crédito en trigo, se financiaban otras actividades de primavera, a las que genéricamente llaman beneficios, pero a las que también sus promotores explícitamente se refieren llamándola con el nombre propio de la faena correspondiente a la estación. En caso de que la escarda fuera la regularmente practicada, las posibilidades que hemos deducido para las pequeñas explotaciones son admisibles en este otro tamaño de la actividad, siempre que se considere que la cantidad de trabajo que puede aplicarse a él, si quiere ser fuente para el incremento del producto, exigiría fuertes inversiones; lo que puede ser un propósito, a la vista de las cantidades solicitadas, y una frontera que se aleja, si se observa la cantidad que el pósito procura (ver más adelante).

     La tercera posibilidad es la mixta, localizada en la franja de contacto entre las dos modalidades de explotación. En unos casos, aun tratándose de pequeñas parcelas (4 fanegas, por ejemplo), se podrá aspirar al barbecho porque entre en la escala del pegujal; mientras que en otros, aun tratándose de parcelas de cierta entidad (24 fanegas, por ejemplo), que admitirían el recurso al barbecho, precisamente porque se trata de pegujales, no incluyen en su horizonte laboral más que la escarda.

     De todo esto se deduce que la data de primavera del pósito, conocida de muchas maneras, consistía, en los términos más generales, en la concesión de créditos en grano para acometer, quienes los necesitaran, el final de la producción de los cereales, marcado por las actividades comprendidas entre la escarda y la recolección, y que incluyen, en su caso, las faenas de barbecho. Son actividades que ocasionan un alto gasto en personal. Se fuera a contratar mucha o poca mano de obra para estos trabajos, una parte de quienes habían emprendido el cultivo aprovechaban para ampliar su crédito en especie de la campaña en caso de que lo necesitaran. Esta deducción permite excluir, con bastante probabilidad de acierto, la posibilidad de que una parte del grano de primavera fuera destinado a la resiembra. Los préstamos en grano de la primavera están destinados, si no de manera exclusiva sí con absoluta preferencia, a pagar gastos de personal, así como los de la data de sementera se invierten como materia prima. La data de barbechera es para mantener a quienes trabajan en ella. En la medida en que el pegujal pueda utilizarse como medio de pago del trabajo fijo, posibilidad restringida pero real, todo el préstamo del pósito, tanto el de otoño como el de primavera, estaría en el fondo destinado a sufragar los gastos de trabajo

     En consonancia con la amplia gama de aplicaciones del préstamo de primavera, durante el periodo 1743-1765 se comprueba que la firma de las escrituras de obligación de barbechera ha podido dilatarse durante el periodo comprendido entre enero y junio, y solo algunos años quedar restringida a periodos delimitados por el transcurso de la primavera.

     El volumen de los préstamos de barbechera se analiza en los cuadros siguientes, que sintetizan, con el mismo lenguaje que se utiliza en los cuadros que corresponden a la sementera, los datos que lo permiten. Para la data de barbechera de 1781 fueron presentadas 20 solicitudes de la serie A, 651 de la B.

     Cantidades de trigo solicitadas para la escarda y barbechera de 1781:

Clase de préstamo  (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades  (en %) [% a·b ]

1

1

1

3

0,3

2

8

16

22

5

3

5

15

14

4

4

6

24

17

6,7

5

3

15

8

4

6

5

30

14

8

8

2

16

5

5

12

1

12

3

3

25

1

25

3

7

34

1

34

3

9

50

1

50

3

14

60

2

120

5

34

Totales

36

358

   

     Cantidades de trigo concedidas en la data de escarda y barbechera de 1781:

Clase de préstamo (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades

(en %)

[% a·b]

1

4

4

11

3

2

21

42

58

32

3

4

12

11

9

4

1

4

3

3

6

1

6

3

5

8

1

8

3

6

10

1

10

3

8

12

2

24

5

19

20

1

20

3

15

Total

36

130

   

     Relación entre superficie sembrada y cantidad solicitada:

Cantidad solicitada por unidad de superficie sembrada

Número de casos

Valores acumulados

Solicitaron entre 0,33 y 0,5 fanegas por fanega

4

 

0,66

8

 

Entre 0,75 y 0,8

3

15

1

7

 

Entre 1,25 y 1,5

5

 

1,66

1

 

2

3

9

     Relación entre cantidad solicitada y cantidad recibida:

Cantidad recibida

Número de casos

Recibieron entre el 16,6 y el 20 %

4

El 25 %

2

El 33,3 %

3

Entre el 37,5  y el 40

3

El 50 %

8

El 60

1

El 66,6

6

El 80

1

El 100 %

8

     Para casi la totalidad de los casos de la serie B de la data de barbechera de 1781 se describe el tipo de empresa que sostiene el solicitante. La precisión de la referencia a esta característica es tanta que se puede afirmar que, cuando no consta, no es del tipo generalmente mencionado, como de la superficie declarada o de la cantidad de grano solicitado se puede deducir.

     Las treinta empresas que se denominan por su tipo son pegujales, de los cuales uno se combina con un haza, para componer una explotación de una extensión total de 24 fanegas, mientras que los otros veintinueve son puros. Las condiciones en las que están constituidas estas empresas que necesitan crédito en primavera se define de manera sumaria, a la vez que precisa, indicando que están en un cortijo, del que se menciona bien el nombre de su amo bien su topónimo, generalmente conocido. Así ocurre en veintitrés de los veintinueve casos. En los otros seis o la expresión es de una ambigüedad tan consentida que con facilidad se pueden atribuir al caso general, o extraordinariamente se trata de una suerte.

     Las superficies sobre las que están organizados estos veintinueve pegujales están resumidas en este cuadro:

Superficie

(en fanegas)

Frecuencia

2

6

3

6

4

6

5

2

6

6

8

1

10

2

     De aquí se deduce un pegujal tipo, de los demandantes del trigo del pósito en primavera, de algo más de 4 fanegas de superficie (128 fanegas / 29 pegujales).

Comparación sementera/barbechera

Analizada cada secuencia continua de escrituras de obligación, se llega a la conclusión, para el periodo 1743-1746, que el alcance cuantitativo de cada una de las datas conocidas fue el que resume el siguiente cuadro:

Data

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

1743, barbechera

16

146

9,125

1743, sementera

40

510

12,75

1744, barbechera

10

92

9,2

1744, sementera

73

700

9,589

1745, barbechera

28

286

10,214

1745, sementera

118

1.044

8,847

1746, barbechera

63

455

7,222

     Si, de un lado, acumulamos todas las sementeras y de otro todas las barbecheras, obtenemos los valores síntesis:

Data

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

Sementeras, 3

231

2.254

9,757

Barbecheras, 4

117

979

8,367

     Afirmar que una modalidad de data estimula más el crédito que otra no sería correcto. Aunque es cierto que la data de sementera exige más concesiones y que el volumen tipo del crédito concedido es más alto en las mismas circunstancias, los préstamos tipo, porque oscilan ente más de 12 fanegas y algo más de 7, no parecen depender tanto de la época del ciclo cuanto de la cantidad de grano disponible en el pósito. Pero sí es una medida directa de la diferencia entre ambos momentos que el número medio de préstamos por data sea de 77 cuando se trata de sementeras, mientras que solo se conceden 29,25 por término medio cuando se trata de la barbechera. Como estos modestos valores son compatibles con altos préstamos tipo (entre 7 y 12 fanegas), habrá que reconocer que en el tiempo al que precisamente nos referimos, por comparación con lo que en otros periodos ocurre, la demanda de préstamos probablemente sea baja.

     Un análisis del volumen de créditos según los años contables del pósito, en vez de segregar sementera de barbechera, tendría que asociarlas según ciclos, o años cosecha, como prefiere llamarlos la historiografía especializada. Si aplicamos este criterio, con la serie de la que disponemos, podemos componer tres ciclos completos (sementera + barbechera), que nos permiten observar el volumen total de los préstamos del pósito por año contable, según impone la economía del cereal, así como su incremento a lo largo del periodo analizable:

Ciclo

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

1743-1744

50

602

12,04

1744-1745

101

986

9,762

1745-1746

181

1.499

8,281

     Observando de esta forma el comportamiento del pósito, se deducen principios bastante claros. Expande el pósito su mercado concediendo un mayor número de créditos, aunque el volumen de trigo arriesgado no se incremente en la misma proporción. El resultado es una progresiva disminución del tamaño del crédito, lo que equivale a decir del pegujal, la empresa cuya viabilidad depende en el mayor grado del trigo del pósito.

     El crecimiento de la demanda del crédito público de granos, porque es al mismo tiempo incremento de los pegujales, puede parecer indicio del estancamiento de la agricultura de los cereales que invierte en la producción para el mercado. Como la posibilidad de ingresar por venta es modesta, el aprovechamiento del espacio se rentabiliza cuanto es posible por cesión, y así se permite que al grano se acceda más por autoabastecimiento.

     Pero, si la proporción del pegujal que es forma de pago del trabajo conociera un incremento mayor que el resto de los pegujales, podría esta modalidad ser declarada responsable de la presión sobre la demanda del crédito en grano. La empresa para la producción comercial del grano, habitualmente llamada labor, porque ve posibilidades para su producto y en consecuencia aumenta el espacio cultivado, demanda mayor cantidad de mano de obra, cuyo costo en parte descarga sobre la superficie que domina.

     De 1759-1760 en apariencia tenemos el ciclo íntegro, sementera y barbechera, pero nuestra información sobre el tamaño de los préstamos no es comparable con otras. El de sementera, que incluye 75 escrituras y un total de 877 fanegas concedidas, solo registra los créditos por debajo de las 20 fanegas (serie B). Pero las escrituras de la data de barbechera, que mezcla los créditos de la serie A con los de la serie B, acumula 140 préstamos y un volumen cedido de 4.204,5 fanegas. De 1763 solo disponemos de información sobre los créditos de la data de sementera (312 préstamos por un total de 2.854,5 fanegas), mientras que de 1765 solo conocemos los de la data de barbechera (127 préstamos para 965 fanegas), ambas de serie B.

     Para el periodo 1781-1799, aparte las datas que son analizadas como tipo (sementera de 1780 y barbechera de 1781), el número de memoriales presentados a cada una fue el que registra el cuadro:

Data

De la serie A

De la serie B

De las dos series

Sementera 1781

116

919

Escarda 1782

9

60

Sementera 1783

87

287

Sementera 1784

127

829

Sementera 1786

82

635

Escarda 1787

12

26

Sementera 1787

41

761

Escarda 1788

22

246

Sementera 1788

100

967

Sementera 1796

63

840

Escarda 1797

173

Sementera 1797

879

Escarda 1798

264

Sementera 1798

654

Escarda 1799

84

Sementera 1799

393

     Separadas las dos fases de préstamo, se obtienen las dos versiones de la misma tabla.

     Para las sementeras:

Años

A

B

A+B

1781

116

919

1783

87

287

1784

127

829

1786

82

635

1787

41

761

1788

100

967

1796

63

840

1797

879

1798

654

1799

393

Totales

616

5.238

1.926

     Para las escardas:

Años

A

B

A+B

1782

9

60

1787

12

26

1788

22

246

1797

173

1798

264

1799

84

Totales

43

332

521

     Lo que hace un total de 7.780 memoriales de sementera y 896 de escarda, y que ambas series sumen 8.676 memoriales.

     Que el demandante más frecuente de los créditos fuera pegujalero, y que esta empresa no cuente, por la condición que la origina, con una duración superior al ciclo biológico, explica que la proporción de los préstamos de primavera sea muy inferior a los de otoño, e incluso, salvo pérdida de documentos, que, así como la data se sementera sea inexcusable, la de escarda puede no ser imprescindible. Los préstamos de primavera apenas son la décima parte de todos los préstamos conocidos a través de los memoriales.

     Pensando en la empresas que pueden continuar de un año para otro, que son de mayor tamaño y tienen por tanto más gastos de personal a partir de la primavera, habría que aceptar, dado tanto desequilibrio entre una y otra data, que el endeudamiento para adquirir la materia prima es más irrenunciable que el que obligaría a sufragar los gastos de personal de la segunda mitad del ciclo. El precio del crédito de sementera, relativamente barato, la certeza de que es una inversión productiva directa o que los gastos de la segunda parte del ciclo pueden ser inmediatamente absorbidos por el producto, pueden ser factores que retraigan del endeudamiento en la fase final del proceso. Asimismo, se podría considerar la posibilidad de que el ahorro de grano fuera con preferencia invertido en gastos de personal, del mismo modo que por encima de todo es guardado para la alimentación doméstica.

     También pueden ser razones que retraigan del segundo préstamo en grano de la campaña el fondo del que disponga el pósito y la marcha de cada empresa. Si el pósito, en el transcurso del ciclo, va consumiendo sus fondos, la oferta que haga en primavera siempre será más restringida que la anterior. Los datos que hemos podido analizar indican, sin embargo, que la demanda de los créditos se retrae antes que su oferta. Y, en el caso de que fuera la evolución de las empresas durante el año la que recomendara renunciar a mayores compromisos de crédito, tendríamos que suponer que para la mayoría las cosas habrían de marchar mal, lo que no puede ser admitido como principio activo todos los años.


Beneficios de la mediación mariana

Redacción

En 1750 algunos se vieron obligados a dar las gracias por los beneficios que de la mediación mariana en primavera recibieran. A comienzos de septiembre, cuando ya todo se había consumado, los miembros de la cámara de gobierno de una población de entidad, que en marzo habían designado como su compatrona una imagen de santa María, en reconocimiento decidieron hacerle cada año en la iglesia del convento en donde se le daba culto una fiesta, con su misa mayor y su sermón. La oportunidad para que todos los devotos institucionales se unieran a ella quedaba al alcance. El día ocho del mes que estaba transcurriendo se celebraba la natividad de la Virgen, y parecía la ocasión más oportuna para satisfacer tan justificado propósito.

     Una semana después el gobierno de la población, una vez meditado lo que había decidido, vio que ese día no era el más adecuado para cumplir con la ceremonia apropiada. Mañana y tarde iban al convento demasiadas cofradías y hermandades de los devotos de la imagen. Asistían primero a la función en su honor y luego a la procesión que la sacaba en andas, haciéndola tan larga que terminaba a las cuatro de la tarde, o incluso a las seis. Teniendo en cuenta lo difícil que siempre era contar con la asistencia de toda la corporación, tanto por lo largo de la estación, que debía cubrir varios kilómetros, como por la grave incomodidad que en los días de la octava aún ocasionaban los calores, concluyeron que era preferible que el voto se cumpliera otra semana más tarde, cuando se conmemoraba el octavo de la natividad. No era necesario que a la fiesta de ese día acudiera íntegra la cámara. Estaría dignamente representada por la diputación que designara, lo que era suficiente para satisfacer el agradecimiento al que se sentía obligada. Fueron elegidos para cuidar de la liturgia que convenía al caso un regidor y el alférez mayor, que al tiempo también era regidor. Como colofón al cargo que se les delegaba, debían estar presentes en el acto, y al padre principal de la provincia de la orden que había elegido el santuario para erigir su convento, a su padre corrector y a toda la comunidad que residía en él comunicarían el acuerdo que se había votado, para que les constara la piadosa decisión de la cámara de gobierno y por ellos fuera aceptado.

    Pasado el día quince, tal como los capitulares habían previsto, los dos diputados para el acto, cuando presentaron las cuentas de los gastos que la fiesta les había ocasionado, que por el momento habían tenido que sufragar de su bolsillo, no quisieron dejar de mencionar que durante la mañana en la que se celebró, acompañados por el escribano del municipio, hubieron de servirse de un coche, y menos lo penosas que habían sido para ellos las temperaturas que padecieran a lo largo de la estación, a pesar del cuidado que el municipio había tenido al elegir la fecha adecuada para la celebración. Se creían autorizados para recomendar que mientras fuera imprescindible mantener el voto, en lo sucesivo, por no contradecir lo que ya estaba acordado, que como mal menor se reservara el día octavo de la natividad de Nuestra Señora cada año para que con la asistencia de la corporación se celebrara la fiesta votada. La templanza de los días de septiembre cuando el mes ya hubiera avanzado, aunque las altas temperaturas aún pudieran ser molestas, podía ser aceptable en tanto se quisiera cumplir con un trámite que en cualquier imprevisible marzo de nuevo podía dar sus frutos.


Préstamos en dinero del pósito

Tadeo Coleman

El fondo en metálico del que disponían los pósitos solía aplicarse a la compra de grano. Pero circunstancialmente podía ser necesario prestarlo a quienes emprendían el cultivo del cereal. Así ocurrió en el pósito de referencia en 1737, cuando se prestaron 188.950 reales para la sementera. Como de esta cantidad solo le fueron devueltos 92.900 en 1738, quedaron por devolver 96.050, los mismos que en 1740 aún estaban pendientes.

     Hay relación de los deudores de los 96.050 reales. Aunque lo que cada cual mantenía como deuda desde 1738 era una fracción de lo que en su momento recibiera, la lista es útil para conocer algunas características de los préstamos en metálico que podían hacer los pósitos. La relación suma 88 casos. La mitad de las deudas pendientes están comprendidas entre 300 y 75 reales, mientras que la otra mitad oscila entre 400 y 14.000. Una vez que se superan los 1.500 reales, aunque los casos representan una gama amplia de valores (1.750, 2.000, 2.450, 2.525, 2.750, 3.000, 3.500, 4.000, 4.500, 7.500, 14.000), su frecuencia es igual o inferior a tres. La cantidad que de los 96.050 reales representa cada tipo de deuda es muy homogénea (19 deudas de valores entre 100 y 175 reales acumulan un total adeudado de 2.350 reales, por ejemplo), a excepción de las deudas acumuladas de 75 reales (450 reales en total, porque son 6), las de ciertos valores tipo (1.500, 2.000 y 3.000, que acumulan 7.500, 6.000 y 9.000 reales respectivamente) y las que quedan por encima de 4.000, que es preciso que representen cantidades relevantes aunque se trate de muy pocos casos.

     Mucho más interés tiene el análisis de las asociaciones solidarias que en su momento fueron acordadas para acceder al crédito, cuya descripción la lista que nos sirve de fuente conserva con satisfactoria precisión. Nada más que seis hombres y tres mujeres acudieron a solicitar su préstamo en solitario, así como otro hombre, que solo lo avaló con sus casas, mientras que a otro más le sirvió como cobertura presentarse como administrador de un hospital. En otros veintitrés casos se crearon sociedades para acceder al crédito, aunque el vínculo en que se basaran no siempre se averigua. En algo más de la mitad de ellos se asocian dos hombres, de los que por descripciones se puede deducir que su relación era la que unía al principal con su abonador o avalista. También se asociaron dos mujeres, un presbítero y otro hombre, el colegio de la compañía de Jesús con otro hombre y un convento con un hombre. Pero igualmente hubo sociedades de tres hombres, de un presbítero con otros dos y de cuatro hombres.

     El vínculo que con más frecuencia anuda las sociedades para el crédito es el matrimonio, que es suficiente en dieciocho casos. Se apoyan mutuamente un matrimonio y un hombre y un matrimonio y una mujer, pero también el matrimonio contribuye a que salga adelante el crédito de un presbítero. El matrimonio y sus hijos o hijastros crean sociedad financiera en tres casos, y un matrimonio se sirve de sus cuñadas para salir adelante con el mismo fin. Y todavía dos hombres anudaron su sociedad comprometiendo a sus esposas para crear un tipo asociativo que podríamos llamar dúplice.

     Sobre vínculos filiales se mantienen la mujer que recurre a su hijo para acreditarse ante el prestamista, los padres que se avalan con sus respectivos hijos, las viudas que actúan de la misma manera y la mujer que extiende su asociación a su hijo y a sus hijas. La identidad fraternal transmite su fuerza a un par de asociaciones para el crédito, y a otras dos en las que un hombre presenta a sus hermanos como avalistas. Con doble vínculo, el filial y el fraternal, anudan sus sociedades el hombre que se apoya en su madre y sus hermanos, la mujer que recurre a su hijo y a una hermana casada así como los dos hermanos que actúan como principales y presentan a su madre como abonada.

     Y en trece casos la sociedad convenida para acreditarse ante el financiador se proyecta sobre los horizontes de la sucesión. En tres ocasiones hay quienes se presentan solo como los herederos de un hombre. Otro se asocia con quienes se identifican por su condición de herederos, y otro con los herederos de dos hombres. Los herederos de un matrimonio se unen a una mujer, y porque son herederos de dos hombres y sus respectivas mujeres otros también pueden acreditarse. Un matrimonio actúa por sí pero se afianza como heredero de la mujer de un tercero y de este, cuatro hermanos (tres hombres y una mujer) completan su sociedad porque uno de ellos es heredero de su mujer, y otros cuatro hermanos (dos hombres y dos mujeres) actúan de la misma manera porque son los herederos de una mujer. Sociedad compleja, pero con el mismo fondo, fue la que crearon un hombre, su hermano como heredero de su madre y la mujer de este. Un hombre se presenta con sus hermanos porque estos se acreditan como herederos y otros dos se fundan en que son herederos de dos hermanos.

     Más allá de la aparente complejidad de buena parte de estas sociedades para el crédito, tal vez lo más acertado sea pensar que la fuente, en muchas ocasiones, describe los mismos vínculos con distintas calidades. Probablemente sean caras de un mismo prisma, la familia.


Repartimiento de sementera

Tadeo Coleman

La actividad regular de los pósitos la decide el alcance de sus préstamos, que pueden analizarse a través de los repartimientos o datas. Para analizar los de trigo recurrimos a los dos tipos de documento que nos han demostrado mayor capacidad de informarnos sobre ellos, los memoriales y las escrituras de obligación. Memorial, en los pósitos, se llamaba durante el siglo XVIII a las instancias con las que los demandantes de crédito formalizaban su solicitud. Escritura de obligación era el siguiente en el procedimiento. Por ella, el demandante de cada crédito, al que finalmente se le había concedido al menos una parte de lo que había solicitado, reconocía, con el aval de sus fiadores, su deuda. 

En el pósito al que nos hemos atenido la serie completa de los memoriales abarca el periodo 1775-1824. Suma un total de 11.222 documentos. Sabiendo por otras series que la vida de la institución se prolongaba, de manera ininterrumpida, al menos entre 1765 y principios del siglo XIX, aun siendo enorme el tamaño del universo, podíamos tener la certeza de que los memoriales solo se conservaban para algunos de esos años, a pesar de lo cual no podíamos abarcarlos todos. Decidimos explotarlos por muestreo. Nos pareció que una muestra del 5 %, que daba un tamaño de 561 casos, proporcionaba un universo suficiente para ensayar deducciones con criterio estadístico.

     Los memoriales se presentaban para cada una de las datas o repartimientos, los nombres con los que la gestión de estas entidades identificaba cada uno de los periodos de cada año durante los que admitían y atendían las solicitudes de crédito. Se ordenaban en dos series independientes, la que decidimos llamar serie A, identificable por su numeración correlativa corta, y la serie B, que se formaba siguiendo una numeración larga. Tal como prescribía la norma, la que habíamos llamado serie A se podía además separar con seguridad a partir de la magnitud de las cantidades de grano solicitadas. Era la colección de las demandas de grandes cantidades, mientras que la B recopilaba las peticiones de poco grano.

     Para cada data tomamos el primer y el último documento de sus respectivas series y todos los casos terminados en 0 cuya decena fuera par (números 20, 40, 60, etcétera de cada secuencia). En caso de que faltaran o fueran ilegibles los documentos seleccionados, recurrimos a los anteriores o posteriores alternativamente. Aplicando estos criterios, resultó una muestra final de 626 casos, lo que suponía un valor relativo de 5,56 %, ligeramente superior al que inicialmente nos habíamos propuesto, al tiempo que útil para hacer frente a cualquier imprevisto. Para esta ocasión nos ha parecido conveniente detener el análisis en los memoriales de 1799, entre otras razones porque después de esa fecha solo están disponibles los de 1823 y 1824. No obstante, en caso necesario, no se prescinde de la información que estos últimos puedan proporcionar.

     De cada instancia tomamos los siguientes datos: un número de orden atribuido por nosotros, la fecha del documento, el número de la instancia en su serie, nombre y apellidos del solicitante, residencia en calidad de vecino, domicilio, fin para el que se solicitaba el préstamo, cantidad y tipo de grano solicitado, la cantidad de grano concedida, que ya se anotaba en la solicitud, el nombre del fiador, otros datos relativos a la fianza y cualquier observación de interés no prevista. Además, la calidad descriptiva del fin para el que se solicitaba el préstamo permitía conocer para buen número de casos, aparte su argumento, la superficie cultivada por el solicitante, el tipo de explotación o empresa, bajo qué régimen accedía a la tierra, quién era su propietario y dónde estaba. De nuevo el tipo diplomático que se denomina a sí mismo memorial se muestra como uno de los más fecundos de los depósitos municipales.

     Para analizar con el mayor detalle las características de las datas, para esta ocasión hemos analizado los memoriales de las más próximas a mediados de siglo que permite la colección. La primera de sementera es la de 1780 y la de 1781 es la primera de escarda y barbechera. La muestra extraída para la de sementera de 1780 suma 80 casos (5,15 %), mientras que la muestra de la barbechera de 1781 alcanza los 36 casos (5,4 %). Así como la primera ha sido la base para deducir las características generales de las demandas de crédito, de la data de barbechera hemos retenido solo la parte del análisis que permite conocer rasgos peculiares de esta segunda fase de los préstamos de cada ciclo.

En el pósito de referencia se conservaban dos colecciones de escrituras de obligación con interés para el periodo por el que se interesa este texto. La primera, con forma de expedientes, reunía documentos del periodo 1743-1765, mientras que la segunda, encuadernada en 27 libros, comprendía los años entre 1765 y 1816. Decidimos explotarlas todas, aunque tomando solo su parte cuantitativa. Como los memoriales nos permitían conocer con mucho detalle las circunstancias de cada crédito, ahora se trataba de reunir la secuencia más completa del tamaño de la actividad del pósito. Las escrituras de obligación eran las únicas que permitían averiguar el volumen total de los créditos de cada año.

     Para completar la parte analítica de este texto, hemos decidido estudiar por partes solo la colección de escrituras más antigua. La formaban cinco expedientes o cuadernos, que al principio también a sí mismos se llamaban libros, con desigual contenido cronológico. De un lado, los tres primeros contenían escrituras firmadas entre los años 1743 y 1746; los otros dos, aunque comprendían los años de 1759 a 1765, tenían escrituras de 1759 y 1760 y otras de 1763-1765. Todas las del periodo 1743-1746 comprometían créditos de la serie B, los inferiores a 20 fanegas. Afortunadamente se trataba de una serie continua, aunque corta, muy útil para analizar la actividad regular del pósito, tras su refundación, durante la primera mitad del siglo XVIII. De las escrituras de 1759-1760, 1763 y 1765, de muy limitado valor por su discontinuidad, solo algunas de sus menciones pueden tener interés. El análisis de las escrituras de obligación a partir de 1765 sobrepasa lo que en este momento necesitamos.

     Tratar con la información del pósito permite por tanto, a través de la serie B, la observación directa de las empresas menores dedicadas a la explotación del cultivo de los cereales.

Según la ley, podía haber hasta tres repartimientos, el de sementera, el de barbechera y escarda y el de recolección de frutos. En el pósito de referencia solo se documentan los dos que los memoriales prueban con insistencia, porque efectivamente se presentaban solo en dos ocasiones cada año como máximo. Respectivamente son conocidos como data de sementera y data de barbechera. Hasta donde la muestra de los memoriales permite observar el fenómeno, se puede afirmar categóricamente que al pósito el único grano que se le pide es trigo y el pósito el único grano que presta es trigo.

     Los préstamos en grano de los pósitos eran solicitados sobre todo para la sementera.  La licencia para el repartimiento de sementera, que la concede la autoridad regional a cada población, limita la cantidad de trigo que del fondo del pósito puede repartirse. Normalmente la fracción oscila entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorada. Los solicitantes, dentro del plazo marcado por su autoridad municipal, presentan declaración de la superficie que tienen prevista para la sementera, dónde está y el trigo que necesitan, y hacen constar el nombre de sus fiadores.

     Para quienes aspiraban a este crédito, la administración del municipio habilitaba solo un día, o a lo sumo dos, normalmente de la primera mitad del mes de noviembre, para que presentaran su solicitud. Excepcionalmente los retrasan a primeros de diciembre o señalan determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Para estos casos, la explicación probable es el retraso de las lluvias de otoño, aunque también podría atribuirse a que la entidad se demorara en la reposición de su depósito de grano.

     Para 11 años de finales del siglo XVIII, habitualmente la fecha para admitir las solicitudes del reparto de sementera osciló entre el 4 y el 17 de noviembre (nueve de los once casos). Solo en uno se pospuso a diciembre, habilitando fechas a principios y a finales del mes, y en otro el periodo se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete fechas (cinco de ellas en noviembre).

     La norma no admitía como aspirantes a préstamo a quienes tuvieran trigo bastante para mantener a su familia y para sembrar sus barbechos. Cualquier privilegiado inicialmente tampoco puede aspirar a ellos, salvo que expresamente se someta a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Asimismo, quedan al margen del derecho a postularse quienes deban todo lo que anteriormente hubieran recibido, aunque los deudores parciales pueden recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se endeudaron, y quienes tienen algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, con quienes se procede de manera similar.

     La lectura de los memoriales nos sugirió la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no pudimos reunir ningún testimonio que permitiera sospechar su presencia en algún caso. Dedujimos también la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Porque en este caso sí disponíamos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No exploramos más la posibilidad porque no tenía más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no era relevante.

     La autoridad municipal, asistida por labradores prácticos e inteligentes de la población, hace el reparto, cumplido el plazo de presentación de las solicitudes. A cada cual se le concede según la tierra preparada y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se haya podido repartir.

     Para un tercio de los casos no se menciona tipo de explotación en el que tienen previstas las tierras para las que se solicita el crédito en grano, pero para los otros dos tercios se mencionan cuatro: cortijo, haza, suerte y pegujal. El cortijo se identifica en el 85 % de los casos en los que consta la mención, la suerte en el 9, el haza en el 4 y el pegujal en el 2. Excepcionalmente se menciona también un manchón como parte de un cortijo. El pegujal, que en realidad es una modalidad de explotación, no es incompatible con el cortijo, la unidad de producción tipo. Se menciona como el pegujal que se tiene en un cortijo, con lo que la lectura correcta, dada la extensión dominante, debe ser la inversa: es probable que al menos unas tres cuartas partes de las solicitudes estén destinadas a la siembra de un pegujal organizado en las tierras de un cortijo.

     Las superficies que dicen tener preparadas para sembrar los solicitantes de la data de otoño de 1780 así lo demuestran. Se sintetizan, en valores relativos, en la siguiente tabla.

Tamaños

(en fanegas)

Frecuencia

(en %)

Frecuencias acumuladas

De 2 a 5

38

 

De 6 a 10

35

73

De 11 a  15

11

84

De 16 a  20

5

16 / 89

De 30 a 100

8

 

Más de 100

3

 

     Al fin al que pretenden destinar el grano solicitado para la sementera de 1780 los demandantes prefieren referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en un sentido traslaticio que aún conserva. También hablan de hacer la sementera, sembrar su sementera, sembrar, sembrar de trigo o cubrir. De la misma manera, en los demás memoriales prefieren emplear de manera resumida, y en una proporción abrumadora, el verbo empanar. Solo en algún caso lo sustituyen por sembrar, por el sustantivo sementera o por la expresión empanar la sementera. En dos ocasiones los memoriales fueron excepcionalmente explícitos: en un caso el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otro para concluir la sementera.

     Desde el principio podíamos sospechar que no todos los solicitantes dependerían del trigo del pósito por completo, si querían hacer una sementera a su satisfacción. La extraordinaria frecuencia de estas menciones (solo dos casos, entre 626), en reciprocidad, autoriza pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito podrían ser la parte más descapitalizada de materia prima de la economía de los cereales.

     Hay tres mujeres solicitantes, frente a 77 hombres. De los varones no se especifica el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos se dice que son viudas. Para 75 de los solicitantes no consta la profesión, y de los dos casos colectivos sabemos que se trata de aperadores y temporiles de cortijos, que actúan mancomunadamente. Se mencionan además dos presbíteros y el maestro de molino de pan de cierto amo. La residencia de los solicitantes es la ciudad, aunque hay una excepción, tan irrelevante que tomarla en consideración deformaría inútilmente el análisis. Con frecuencia, los demandantes de la serie A no mencionan su domicilio.

     En los otros memoriales, a la identificación del solicitante no suelen acompañar palabras que permitan completar la idea que de ellos pudiéramos hacernos. Apenas se enuncia el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecen a lo sumo acompaña su condición de soltera o viuda. Tienen interés, no obstante, tres identificaciones más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado.

     Para la data de sementera de 1780 fueron presentadas 80 solicitudes de la serie A y 1.472 de la serie B. En todos los casos el trigo que se solicita para la sementera de 1780 se corresponde con la superficie preparada, pero no siempre el cálculo del que se necesita se hace en paridad. Al contrario, lo más frecuente es solicitar por encima de la cantidad de superficie preparada. Esto permite deducir que los clientes del pósito proyectaban dos tipos de inversión de simiente por unidad de superficie. En el siguiente cuadro quedan resumidos en términos relativos.

Inversión

en simiente

%

Por debajo de la paridad

3

En paridad

6

1,1 fanegas / fanega

3

1,2

6

1,25

13

1,33

13

1,4

3

1,5

31

1,66

11

1,8

1

2

8

2,1

1

2,5

1

     La cantidad de simiente invertida por unidad de superficie, en la explicación habitual, parece consecuencia directa de la calidad del suelo. Los suelos más aptos serían susceptibles de una mayor inversión porque tendrían que responder con una mayor cantidad de producto. Sin que pueda impugnarse este principio con estos datos –y puede esperarse que en parte las oscilaciones de los tipos planeados respondan a una gama quizás amplia de calidades del suelo–, la frecuencia con que la inversión se sitúa por encima de la paridad, que rebasa las 9/10 partes, permite deducir otro factor agente de una decisión de tanta trascendencia como es la que afecta a las cantidades invertidas como materia prima en cada empresa. Cuando se trata de pequeñas cantidades de tierra, el límite de la productividad que imponga la tierra puede ser compensado con la cantidad de trabajo, agente directo de la mayor intensidad. Se desea invertir cantidades relativamente altas porque se da por supuesta la disponibilidad de altas cantidades de trabajo.

     También es posible que solo fuera una táctica. En la siguiente tabla se recoge toda la información que los memoriales dan sobre las cantidades por último prestadas por el pósito. La primera columna expresa la clase de préstamo concedido, reducida a su cantidad tipo; la segunda, el número de préstamos de cada tipo que se concedió; la tercera, el producto de la primera por la segunda, de modo que la suma expresa el volumen íntegro de los préstamos concedidos, dentro de los límites de la muestra; la cuarta, el valor relativo de cada clase de préstamo (valores relativos de la columna segunda, b); y la última, el valor relativo de cada cantidad prestada (valores relativos del producto a·b).

Clase de préstamo (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades prestadas

(en %) [% a·b ]

2

18

36

23

6

3

25

75

31

12

4

8

32

10

5

5

4

20

5

3

6

7

42

9

7

8

5

40

6

6

9

1

9

1

1

10

3

30

4

5

12

2

24

3

4

14

1

14

1

2

18

1

18

1

3

30

1

30

1

5

50

3

150

4

24

110

1

110

1

17

Totales

80

630

   

     Las cantidades solicitadas pueden tratarse con el mismo criterio. A continuación se resume, también en forma de tabla, toda la información sobre las cantidades que los demandantes de préstamo inscribieron en sus memoriales como expresión de sus deseos. La primera columna es, también en esta ocasión, para los tipos de préstamo a los que aspiraba; la segunda, para su correspondiente frecuencia; la tercera, para la cantidad que por cada tipo se acumularía (producto de la primera por la segunda columna); la cuarta, para los valores relativos de las frecuencias de los tipos; y la última, para el valor relativo de las cantidades que el pósito hubiera tenido que desembolsar por tipo.

Clase de préstamo solicitado (en fanegas) [a]

Número de préstamos solicitados [b]

Volumen de los préstamos demandados [a·b]

Valor relativo de los préstamos  solicitados (en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades demandadas (en %) [% a·b]

2

1

2

1

0,12

3

2

6

3

0,36

4

4

16

5

0,97

5

3

15

4

0,91

6

15

90

19

5,44

8

9

72

11

4,35

9

1

9

1

0,54

10

11

110

14

6,65

12

9

108

11

6,53

14

1

14

1

0,85

15

4

60

5

3,63

16

2

32

3

1,93

17

1

17

1

1,03

20

5

100

6

6,05

24

2

48

3

2,90

30

2

60

3

3,63

45

1

45

1

2,72

50

1

50

1

3,02

60

2

120

3

7,25

80

1

80

1

4,84

100

1

100

1

6,05

200

1

200

1

12,09

300

1

300

1

18,14

Totales

80

1.654

   

     Podríamos detenernos en el análisis de las diferencias entre este cuadro y el que le precede. Pero creemos que es suficiente un dato que las aísla, a la vez que las resume. Mientras que los peticionarios aspiraban a 1.654 fanegas de trigo, el pósito solo les concedió 630, poco más de la tercera parte de los deseos. Hubo de ser recurso del procedimiento, cuando se solicitaba crédito, una táctica que cualquiera está dispuesto a admitir como justificada, pedir por encima de lo que realmente se necesitara.

     Es posible que así fuera, e incluso que la institución de crédito dispusiera de información sobre quienes, aun disponiendo de fondos propios, recurrían a ella, y en qué medida; o, con mucha probabilidad también, sobre el crédito que merecían las solvencias comprobadas, tanto del solicitante como de su valedor. Nada de esto queda a nuestro alcance, porque los memoriales no llegan tan lejos. Pero sí permiten averiguar que el pósito discrimina sin equidad. No limita el crédito de manera homogénea, aunque hemos de admitir que a nadie lo deniega absolutamente, al menos dentro de los límites de la muestra.

     El siguiente cuadro describe la distancia entre las cantidades pedidas y las concedidas. La primera columna se refiere a la proporción de la cantidad solicitada que fue correspondida y la segunda a la cantidad de casos que fueron atendidos con cada clase de respuesta. La tercera reduce los valores de la segunda a base 100.

Proporción correspondida

Casos atendidos

Valor relativo de los casos (%)

Recibieron más del 10 % y menos del 20 %

6

7,5

El 20 % de lo solicitado

7

9

El 25 %

8

10

Entre el 30 y el 39 %

13

16

Entre el 40 y el 49 %

10

12,5

El 50 %

18

22,5

Entre el 55 y el 66 %

5

6

El 66,6 %

7

9

Entre el 75 y el 84 %

3

4

El 100 %

1

1

Entre el 120 y el 125 %

2

2,5

     Nadie podría recriminarle al pósito que tuviera sus criterios para discriminar, menos aún si estaba aconsejado por la prudencia, que en las instituciones de crédito es la garantía de su estabilidad. A lo sumo se le podrá objetar tenerla localizada in media res. Es cierto que la equidistancia no garantiza la mayor verdad, aunque sí ganar la posición más segura.

     Sí podría ser sometido a juicio en materia de rendimientos. Si un solicitante al pósito no dispusiera de reserva de grano, ni más medio de financiación en especie que este, toda su inversión dependería del crédito que se le concediera. No hay que desautorizarlo porque prefiriera suponer lo contrario, muy probablemente de manera justificada. Pero de su parte no hubo esfuerzo para permitir que los rendimientos se acrecentaran entre todos, porque también actuó con parcialidad cuando se trató de atender la demanda. El pósito disponía de información sobre la cantidad de superficie que cada solicitante había preparado. Esto sí que lo sabemos con seguridad porque consta en los memoriales.

     El siguiente cuadro demuestra que para la mayor parte de los casos su posición de partida estuvo en la limitación activa de los rendimientos de las explotaciones de poca superficie. Registra en qué medida fue colmada con grano del pósito la superficie preparada para la sementera. La columna de entrada expresa, en valores proporcionales, cuántas fanegas pudieron sembrarse por fanega de superficie con la cantidad de grano prestado por el pósito. La segunda refiere el número de casos incursos en cada uno de los tipos previstos en la columna anterior, y la tercera, como es ya norma, reproduce los valores de la segunda en términos relativos, con la intención de generalizar lo que esta experiencia enseña.

Trigo del pósito sembrado por unidad de superficie

Número de casos

Valor relativo de los casos (%)

Sembraron entre 0,14 y 0,18 fanegas de trigo del pósito por fanega

3

4

Entre 0,20 y 0,26

5

6

Entre 0,33 y 0,375

11

14

Entre 0,40 y 0,45

2

2,5

0,50

15

19

Entre 0,54 y 0,64

8

10

0,66

10

13

0,75

9

12

Entre 0,77 y 0,80

4

5

1

6

8

1,25

2

2,5

1,5

2

2,5

1,66

1

1,5

     Para valorar el alcance de estas decisiones basta comparar estos datos con los que recoge el cuadro sobre la inversión proyectada por los peticionarios. Si los solicitantes se resignaron a sembrar menos superficie de la que habían preparado, el tamaño real de las pequeñas empresas el pósito, por inducción, con sus créditos lo reduciría. Conocido que el pósito actuaría con restricciones, es posible que la táctica de los demandantes de créditos por debajo de veinte fanegas fuese declarar más superficie de la que realmente tenían preparada. Aun aceptando que la reducción fuera proporcional a las superficies declaradas (aunque, como hemos demostrado, en absoluto no es así), el efecto sería el mismo: reducción del tamaño tipo de la empresa organizada como pegujal que depende del crédito del pósito.

     Una vez concedido, para formalizar el préstamo, los prestatarios disponían de tiempo. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, las escrituras de obligación de sementera solían firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre de cada año, y solo excepcionalmente su firma se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Es probable que fuera al tiempo de formalizar la obligación cuando los solicitantes retirasen su trigo. En los pósitos hay medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Son de álamo, de nogal o de otra madera que no disminuya. Están barreteados con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que es redondo, lo está con sus chapas correspondientes. Con ellas se reparte y luego se ingresa trigo.


Composición de las rentas del trabajo. 2

Andrés Ramón Páez

Evidentemente no son ni el hambre ni la despoblación los que necesariamente siguen a la composición y magnitud de la renta efectiva de la mayor parte de los trabajadores en los cereales. Si así hubiera sido, no hubiera prosperado durante generaciones en centenares de poblaciones. La iniciativa humana no es en modo alguno resignada. Las rentas suplementarias son también una parte del orden. Cuando declaran su actividad, los que estadísticamente luego son clasificados como jornaleros, se presentan a sí mismos, de la manera más expresiva, como activos a todo tráfico del campo. La renta que con mayor naturalidad se integra en el sistema, como si fuera una rama nacida del tronco, es la que proporciona el transporte. Ya sabemos que disponer de una bestia de labor es, de todos los que exige esta agricultura, el capital más asequible, mucho más si es de ganado menor. Ninguna inversión del excedente tan útil como esta, que se puede verificar razonablemente por pequeña que sea, mucho más imponiéndose una moderada privación. Un rucho se puede comprar con poco más de lo que valen un par de fanegas de trigo, y a evitar que su manutención sea un costo se puede aspirar con fundamento porque todas las poblaciones disponen de pastos públicos. Porque su aplicación al transporte de cereales tuvo que ser su dedicación inmediata, el orden del que se alimentaba esta agricultura cerraba con importantes límites económicos la exportación del cereal, mucho más efectivos que los dictados por el legislador. Pero no corresponde a este lugar continuar en esa dirección.

     Los costos relativos del trabajo, como es previsible, se incrementan en razón inversa al tamaño de las explotaciones. Es la consecuencia que se puede esperar de un hecho que no admite modificación, que la unidad trabajador no sea fraccionable. Pero tampoco está en los propósitos de este ensayo fijar los diferentes costos del trabajo según tipo de iniciativa productora. Por el momento, de lo que se trata es de retener un modelo lo más preciso posible de los costos tipo que para cualquier empresa puede tener cada modalidad de trabajo, con el deseo de enunciarlos en la misma unidad métrica que el salario y poder, por tanto, medir con la mayor precisión su alcance económico.

     Todo el tiempo de trabajo que acumulaba a lo largo de un año una fanega de tierra destinada al cultivo de los cereales, se ha estimado en solo 72 horas. Tan poco exigentes eran las técnicas aplicadas, tan generosa la naturaleza. Fragmentado el trabajo en unidades diarias, o tiempo mínimo de uso, de seis horas efectivas, en cada fanega sería necesario invertir 12 jornadas (72/6). Si reunimos las actividades que el cultivo requiere en tres series según duración y especialidad, resultaría la siguiente distribución parcial de las 12 jornadas. La gestión, que incluye gobierno y guarda y el cuidado de la ganadería de labor, necesarios durante todo el año para cada unidad de superficie, serían responsables de una cantidad de trabajo equivalente a 1,44 jornadas. Los trabajos de la parte del ciclo comprendida entre el otoño y la primavera, que son sementera, escarda y barbecho, consumen por unidad de superficie un tiempo casi igual, estimado en 1,56 jornadas. Por último, todos los trabajos de recolección (segar, agavillar y trillar) absorben las 9 jornadas restantes.

     Para el de todo el año, la cantidad de trabajo que cada explotación demanda está en relación directa con el tamaño de la ganadería de labor que emplea. Este valor, a su vez, viene decidido por el número de arados reveceros que cada iniciativa pone en acción. Pero en el cálculo del tamaño idóneo de la cabaña de labor sus promotores afrontan con más o menos prudencia el problema de su tasa de reposición. Los más previsores, bien por quedar a cubierto de las epizootias bien porque están persuadidos de la continuidad de su empresa, acumulan y mantienen un mayor ahorro de capital ganadero vivo. El resultado es que necesitan disponer de una cantidad de ganaderos mayor, y por tanto incrementar su gasto en esta clase de trabajo. Otros, sean menos prudentes o se vean en la necesidad de sostener su empresa sobre cimientos más frágiles y menos duraderos, pueden salir al paso de la misma inversión con una cabaña menor, lo que también mantendrá su costo del trabajo correspondiente resignado a la moderación.

     La documentación permite detectar estas dos tácticas como dos tamaños relativos de la plantilla que permanece trabajando para la explotación durante todo el año. Las vamos a llamar, sin abandonar las relativas posiciones, intensiva y extensiva. La primera se puede aislar con bastante precisión en el intervalo comprendido entre las 20 y las 25 fanegas de superficie puestas en explotación por cada trabajador de esta clase. La táctica extensiva, asimismo, queda definida con satisfactoria nitidez por los valores entre 30 y 35 fanegas por trabajador.

     De la aplicación al cálculo de la cantidad de trabajo que demanda cada uno de estos dos comportamientos resultan, respectivamente, dos valores que expresan la cantidad de energía humana necesaria, expresada en unidades de trabajador, por cada fanega de superficie puesta en cultivo: 0,0444 para la modalidad intensiva y 0,0308 para la extensiva. Para el ensayo que en este momento deseamos puede bastar con el valor medio. Por cada fanega tipo puesta en cultivo sería necesario disponer de 0,0376 trabajadores de la clase que hay que mantener en activo durante todo el año.

     Para las demás actividades el recorrido de los hechos que las fuentes permiten observar es mayor. Habiendo procedido de manera similar para su tratamiento, evitamos la descripción detallada de cada secuencia de cálculos, que está justificada por razones equiparables, y concentramos el texto en la presentación de los valores que son necesarios para llegar hasta la deducción de los costos unitarios.

     El trabajo necesario para la sementera, en la que confluyen como factores inmediatos el tipo de ganado que se emplea y las condiciones físicas del suelo labrado, nuestras fuentes lo calculan entre 1,6667 hombres por fanega y día y 4. La mayor frecuencia de valores en torno a 2 (2,1505 y 2,3810) obliga a fijar el tipo para el cálculo en 2,5496.

     La demanda para los barbechos, porque en ambas operan los mismos medios y las mismas condiciones, se valora en casi idénticos términos que la sementera, hasta el punto que buena parte de las explotaciones ni se detiene a separar el esfuerzo empleado en cada una. Como la profundidad de la reja es en alguna de las fases del barbecho mayor que en la sementera, los cálculos más detallados registran una demanda de trabajo algo más elevada para aquellas. El tipo que parece convenirles e 2,9138 hombres por unidad de superficie y día.

     No es fácil fijar un valor para la demanda de trabajo de la escarda por las razones que ya han sido expuestas. Operando con sus elementos más regulares, que son los que nos han servido para atribuir un salario al peón que la hace (calificación y duración media de la faena), puede ser un índice orientador de su valor 0,5179 trabajadores por día y fanega.

     Por el contrario, para conocer el trabajo que la siega consume la información disponible es la más abundante y la de mayor concordancia. La banda de valores que expresan el invertido en media docena de situaciones está comprendida entre 1,25 y 3,2258 hombres por fanega y día. El tamaño de la cosecha, que oscila con facilidad, sería responsable de las diferencias, mientras que la habitual coordinación de la capacidad productiva dentro de cada cuadrilla podría explicar que las diferencias entre los valores extremos no fuera tan acusada como en otras operaciones. Aunque el valor medio que los casos permiten calcular es 2,1684, los más próximos a la realidad del territorio que analizamos aconsejan preferir 2,8177 segador por fanega y día.

     Las estimaciones del trabajo que se espera de los gavilleros durante la recolección de las que disponemos son demasiado groseras. Afirman, en términos que juzgamos simplificadores en exceso, que su rendimiento es la mitad que el de los segadores. Eso nos obligaría a multiplicar por dos el número de hombres que cada día trabajaran al recaudo de los cortadores del cereal de una fanega (5,6354). Tendríamos que aceptar una baja velocidad en la ejecución del trabajo. No contradiría este cálculo que fuera el ganado de labor, en una alta proporción vacuno, el habitualmente utilizado para el transporte que esta actividad incluye.

     No faltan tampoco aproximaciones muy generales a la magnitud del trabajo combinado de los gavilleros y la gente de la era, aunque sus conclusiones son bastante más moderadas. Se describen explotaciones en las que por cada segador se calcula que son necesarios 1,1 hombres de era y gavilleros. La estimación concuerda moderadamente con la valoración que se hace del rendimiento de la trilla por otra parte. Es muy probable que la forma más común de ejecutarla fuera conducir a los ejemplares de equino de labor sobre la mies esparcida en la era, para que la pisaran reiteradamente, aunque la calidad del producto fuera inferior a la obtenida con el trillo o con el mayal, mucho menos probable. Por este procedimiento se conseguiría, según los cálculos que la fuente permite hacer, que cada hombre aplicado a trillar obtuviera al día un producto de 11,17 fanegas de capacidad. Este volumen puede aceptarse, con algo de optimismo, como el beneficio bruto proporcionado por cada fanega de superficie. Como la siega de cada una de estas consume el trabajo de 2,8177 hombres en la misma cantidad de tiempo, con una proporción como la indicada (1:1,1) estaríamos admitiendo que para gavillar y trabajar en la era son necesarios, en correspondencia, 3,0995. Si descontamos lo que el procedimiento de trilla consume, solo nos quedarían 2,0995 gavilleros. Habiendo aceptado que el trabajo de estos es lento, aunque no tanto como pretende la estimación más general (5,6354), un cálculo como el que antecede, probablemente más cerca de lo que ocurriera, ahora aparentemente sobrevaloraría el trabajo de los gavilleros.

     Pero el procedimiento debemos retenerlo porque nuestras fuentes se muestran más sólidas cuando se refieren al trabajo conjunto de quienes arraciman y transportan los haces de mies y quienes le extraen el grano. Proporcionan para todo el trabajo datos que permiten evaluarlo dentro de una banda que por restringida resulta satisfactoria: entre 2,8571 hombres por unidad de superficie y día y 3,6364. El valor medio, 3,2468, nos permite concluir que para la trilla se emplea al día aproximadamente un hombre por unidad de superficie segada, y que este trabajo consume la actividad intermedia de 2,2468 gavilleros. No obstante, la decisión más acertada, para proceder a posteriores cálculos, creo que será, si los elementos del análisis lo permiten, el tipo conjunto (3,2468) antes que los separados.

     Podemos experimentar ya con el cálculo de los costos del trabajo. En el siguiente cuadro, de las denominaciones del costo de cada día de trabajo, nos hemos limitado a verter a esta unidad de tiempo el primero que elaboramos, referido a las denominaciones salariales.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero
Aperador o mayordomo 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 4,25 rs
Casero o guarda 15 fs / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda 1 / 30 fs 1,75
Conocedor o mayoral 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 3
Boyero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Vaquero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Yegüerizo 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 3
Guarda del ganado 25 js / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda del g. 1 / 30 fs 1,75
Borriquero o arriero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Gañán 25 js / 160 ds 1,5 / 30 fs 2,625
Sembrador 1 / 30 fs 2,625
Bracero o peón 1 / 30 fs 2,625
Capataz 1 / 27,6 fs 5,25
Segador 1 / 27,6 fs 5,25
Gavillero 1 / 27,6 fs 2,625
Gente de era 1 / 27,6 fs 2,625

     Nada hay diferente de uno a otro, excepto las reducciones a que obliga el respeto a la unidad métrica común elegida. La decisión la justifica que el día es el tiempo mínimo para el que efectivamente se anudan relaciones laborales.

     En el siguiente, del valor nominal y en unidades de salario de cada día de trabajo, hemos reproducido su correspondiente anterior, bien que ateniéndonos a la nueva unidad de tiempo.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero Total nominal Total en unidades de salario
Aperador o mayordomo 0,85714 0,53333 4,25 5,64047 0,02938
Casero o guarda 0,65753 0,53333 2,625 3,81586 0,01987
Zagal del guarda 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Conocedor o mayoral 0,85714 0,53333 3 4,39047 0,02287
Boyero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Vaquero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Yegüerizo 0,26786 0,53333 3 3,80119 0,01980
Guarda del ganado 0,17979 0,53333 2,625 3,33812 0,01739
Zagal del guarda del g. 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Borriquero o arriero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Gañán 0,41016 0,80000 2,625 3,83516 0,01997
Sembrador 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Bracero o peón 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Capataz 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Segador 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Gavillero 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
Gente de era 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
63,95156 0,33307
3,76186 0,01959

     Como en aquel, hemos decidido convertir todas las denominaciones en moneda de cuenta, primero, para por agregación expresar el valor íntegro de cada día de trabajo. Después, cada valor nominal del costo del trabajo lo hemos convertido en unidades de salario. Como para esta experiencia hemos tomado 12 fanegas de trigo como unidad de salario, su valor nominal (12·16 = 192 reales) nos ha permitido la operación.

     Así como el ingreso anual amplía las diferencias entre las clases de trabajador, la percepción tipo diaria que cada uno puede conseguir las reduce a una secuencia muy corta; tan reducida que casi podemos afirmar que el desembolso diario en dinero se atiene universalmente a un valor muy próximo a 3 reales. Si al costo diario medio (3,76186) le deducimos los valores del alimento mínimo (0,53333) obtenemos una cifra muy próxima a aquella frontera (3,22853). Legitima la deducción, en relación con los hechos, que el alimento es un costo absorbido por el almacén de la explotación. En condiciones normales, procede de la reserva de grano de la cosecha del año precedente como mínimo. Es capital en forma de mercancía que con esta ocasión encuentra su oportunidad para la venta. Cada trabajador la compra pagándola con su trabajo, del mismo modo que adquiere especie monetaria a cambio de este. El peculio solo se distingue del alimento en que carga, al menos en la forma, sobre el producto presente y no sobre el pasado. Pero igualmente se adquiere comprando la mercancía con trabajo, que necesita de la mediación del capital fijo cuando toma la forma de pegujal. El costo del trabajo efectivamente desembolsado cada día sería por tanto una cantidad muy próxima a 3 reales por trabajador, liquidable en la moneda corriente.

Volvamos sobre el costo en tiempo que el cultivo de cada fanega tiene. Más arriba lo agrupábamos en tres bloques: el de gestión y ganadería, que consumiría un total de 1,44 jornadas; el de sementera, barbecho y escarda, a los que habría que dedicar 1,56, y el de recolección, que necesita el esfuerzo de 9 jornales.

     Hemos reducido los salarios nominales de cada especialidad, utilizando una media aritmética simple, a un valor concordante con los tres grupos que la información de la que disponemos nos obliga a mantener. Para obtener el salario medio del primer grupo, el de gestión y ganadería (3,57309), hemos tenido en cuenta los diez primeros de nuestros cuadros (de aperador a arriero). Para el segundo (3,38394), los tres siguientes, y para el tercero (4,51721) los cuatro últimos.

     El producto de la cantidad de tiempo que requiere el trabajo de cada bloque por su salario medio nominal nos proporciona el costo del capital variable por cada uno: 5,14525, 5,27895 y 40,65489 reales. La suma de los tres, 51,07909 reales, sería la expresión nominal del costo, en concepto de trabajo, de cada unidad de superficie puesta en cultivo. En unidades de salario el costo sería de 0,26604 (51,07909 / 192).

     Puede ser más eficaz expresarse en términos prácticos. Para cubrir el gasto originado por el trabajo serían necesarias 3,19244 fanegas del producto bruto (51,07909 / 16). Con un rendimiento de 8 fanegas por unidad de superficie, como hemos supuesto en otras ocasiones, el costo del trabajo absorbería casi el 40 % de la cosecha obtenida.

     El costo del trabajo por unidad de superficie, que nos remite de un salto al costo de toda la campaña, puede ser una medida demasiado grosera. Nos obliga a tantas síntesis que dejamos en el trayecto los pesos específicos de los tipos reales. Como disponemos también de la demanda de tipos de trabajo por unidad de superficie y día, podemos ensayar otro cálculo del gasto que origina este factor. A la vez que puede ser más preciso, nos permitirá, por concordancia, verificar hasta dónde alcanza la precisión del otro procedimiento que las fuentes toleran.

     A continuación sintetizamos las piezas que permiten comprobar la utilidad de esta segunda solución. Junto a la relación de las actividades para las que podemos contar con los factores que facultan para el cálculo, en la primera columna de valores figura el número de trabajadores del tipo correspondiente que cada fanega demanda. Para la segunda, tomamos del último de los cuadros anteriores el valor nominal del salario por día que a cada actividad debe adjudicársele.

Trabajos Trabajadores /fanega Salario / día Producto
Trabajos anuales
Gestión y ganadería 0,0376 3,57309 0,13435
Trabajos de temporada
Sementera 2,5496 3,49675 8,91531
Barbecho 2,9138 3,83516 11,17489
Escarda 0,5179 3,15833 1,63570
Siega 2,8177 5,82971 16,42637
Gavillas y era 3,2468 3,20471 10,40505
Total 48,69167

     También en este caso estamos obligados a algunas síntesis. La que se refiere a los trabajos anuales, que ya antes decidimos, no es la más trascendente. Aunque es la que incluye el mayor número de actividades, el escaso valor relativo de este grupo de costos tiene una incidencia muy limitada en el resultado final. Un cálculo equivalente, trabajo a trabajo, que las fuentes nos permitirían intentar, apenas cambiaría el valor síntesis, al que ahora concedemos prioridad. De los demás, solo para la sementera y los trabajos posteriores a la siega tenemos que aunar valores. En cualquiera de los casos se trata de una media aritmética simple, tal como antes, de solo dos valores específicos.

     El resultado es satisfactorio. Según este análisis, sería necesario afrontar, por cada fanega puesta en cultivo, un gasto nominal de 48,69167 reales en concepto de trabajo. Su valor en unidades de salario sería 0,2536, también muy próximo al obtenido con el procedimiento anterior.

     Aunque los dos están evidentemente emparentados, porque utilizan los mismos factores, dada la mayor fidelidad al detalle del segundo, estamos en la obligación de concederle más crédito a su resultado. Es cierto que seguir la otra vía de cálculo, más rápida, en modo alguno nos conduciría, no ya a resultados erráticos, sino ni siquiera imprecisos. La comparación entre ambos aísla como principal diferencia la sobrevaloración del tiempo dedicado a los trabajos de gestión y ganadería, en la que se incurre con el primer procedimiento, en relación con el segundo. Ahí parece estar la mayor responsabilidad de la diferencia de los 2,38742 reales (51,07909 – 48,69167) que se observa en el valor nominal de todo el costo.

No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.


Composición de las rentas del trabajo. 1

                       Andrés Ramón Páez

La remuneración que regía para todas las actividades de la agricultura del cereal, a mediados del siglo XVIII, era mixta. Con el salario, la comida y el pegujal, combinados de un modo para cada persona resignada a la venta de su fuerza, se componía su renta por trabajo. Al menos dos de los tres medios de pago se sumaban para proporcionarle la suya.

     La combinación en la que insisten una y otra vez las fuentes es la que se llamaba estilo de cortijos, que integraba jornal y alimento, aunque la literatura de la época, por abuso, consagró salario como sinónimo de remuneración. Pero el abuso del lenguaje no debe llevar al error de creer que la remuneración quedó en algunos casos reducida a solo el elemento monetario. Aunque es una posibilidad que no se puede excluir, además de que no ha entrado en nuestro campo de observación, frente a ella se podría presentar un buen número de casos en los que si se incurre en la antonomasia es para a continuación especificar cuáles son las otras fuentes de ingreso que el trabajo añade. Es probable pues que el estilo de cortijos, por muy extendido que estuviera, no resolvía la totalidad de las combinaciones que a partir de ahora, aceptando el lenguaje de las fuentes, llamaremos salariales dado que expresamente es uno de los modos de hablar.

     Nos proponemos, en esta ocasión, llegar a una denominación de la renta que proporciona el trabajo en la agricultura de los cereales. Deseamos expresarla en unidades de trigo para obtener la medida del valor que corresponde a la riqueza creada por esta economía y, eventualmente, expresar otras magnitudes en unidades de salario. Si conseguimos este objetivo, su primera aplicación, todavía dentro de los límites de este ensayo, puede ser el cálculo del costo del factor trabajo, en las mismas unidades, para las explotaciones dedicadas a aquella actividad.

     Para dotar de la homogeneidad debida al cálculo de los salarios es necesario precisar el tiempo durante el que cada actividad era demandada. No tenemos fundamento para suponer que la duración de la unidad de tiempo de trabajo, la jornada, cambiara en la región durante la época moderna. Era un asunto que había fijado, quizás no resuelto, cada legislación local ya en tiempos medievales, según fuera sucediendo a las estimaciones de la renta con criterios serviles la necesaria ponderación de la especialidad y el producto por cada una obtenido. Lo que de esta clase de normas se conoce garantiza primero que el tiempo que hay que emplear en el traslado a la explotación quede incluido en el tiempo total de trabajo. No se trata tanto de que esta cargue con el costo de desplazamiento, aunque esta sea la consecuencia económica que consiente, cuanto que el trabajador esté ya en el lugar de trabajo a la salida del sol, con el propósito de optimizar el uso de la luz durante la jornada. En algunos casos se ha documentado un sistema de iluminación rural compuesto con una red de torres en cuyas terrazas se encendían hogueras para orientar en el tránsito por los caminos durante las horas precedentes al orto. En la época del año durante la que el calor que el sol descarga es mayor, que coincide con la de máxima actividad laboral de la agricultura de los cereales, el final de la jornada coincide con su cenit o mediodía solar. Esto nos obliga a pensar en una jornada de una duración media aproximada de seis horas para los trabajadores que deben desplazarse a la explotación.

     El número de días no laborables del calendario moderno no era muy diferente del actual. Se estima en unos cien. El ajuste a jornadas completas por semana deduce en consecuencia un valor de 5 días de trabajo por cada semana. Pero se admite que durante los tres meses de los agostos, tanto por el vínculo habitual que activa la obligación como por la urgencia con que las faenas se acometen, es necesario sumar un día más a la semana laboral. 40 semanas a 5 jornadas alcanzarían 200 días de trabajo, mientras que las otras 12 a 6 supondrían 72, lo que acumularía un total anual de 272. Por concesión a las variantes locales y a cualquier otra circunstancia no prevista, se admite convencionalmente un máximo, para el calendario de trabajo de la agricultura de los cereales, de 280 días al año.

     No todas las actividades que demandan trabajo se ajustan con idéntica precisión a este marco. El ciclo biológico de la actividad productiva se ajusta a los nueve meses que transcurren entre fines del otoño y fines del verano. Seis meses a 5 días por semana y otros tres a 6, acumularían un total máximo para toda la campaña de 192 días. También en este caso habitualmente se admite un ajuste a 180 días, por considerarlo un valor que puede estar más próximo a los límites reales del ciclo.

     Las actividades de guarda de la explotación y del ganado, porque por naturaleza son de constante vigilancia, no admiten interrupción. Para ellas siempre será necesaria una dedicación absoluta, de modo que el año laboral de ambos guardas y sus correspondientes zagales tendrá que ser un valor muy próximo al máximo natural de 365 jornadas, con residencia obligada en la explotación.

     Algo similar puede afirmarse del resto del personal de servicio, tanto del destinado al gobierno de la explotación como de todos los que atienden a cualquier clase de ganado de labor, que no toleraría bien las interrupciones en su atención. Pero a ninguna de estas dedicaciones está asociada la residencia obligatoria, e incluso de algunas podría decirse que obliga al movimiento continuo. Como las cuentas de mediados del XVIII enseñan que este personal también se mantiene durante los doce meses del año, estamos obligados a atribuirle el máximo laboral posible, 280 jornadas de trabajo.

     El trabajo del gañán, que se reparte entre la sementera y el barbecho, puede prolongarse hasta ocho de los nueve meses del ciclo. Así lo corrobora el pan que por término medio hay que suministrarle. Si cobra a razón de 1,5 fanegas por mes, al cabo de ocho obtiene el equivalente al máximo posible, 12 fanegas. Más allá de este límite temporal tampoco tendría justificación sufragar su especialidad, puesto que la última fracción de la campaña laboral es obligado concentrarla en exclusiva en los trabajos de recolección.

     Tanto la siembra como la escarda son actividades que hemos adjudicado a braceros. El número de oportunidades para ganar un jornal a lo largo del año biológico que al trabajo agrícola no cualificado concede la historiografía oscila entre un mínimo de 15 y un máximo de 50. Así como su empleo como sembrador puede regularse contando con factores constantes, las posibilidades de trabajo que crea la escarda es, a decir de nuestros informantes, muy variable, porque dependen inmediatamente de los valores acumulados en el suelo por la humedad que aporta la atmósfera. Hay años en los que apenas puede ser necesaria, y otros en los que puede hasta cuadruplicarse la que en un año regular se necesita. Si aceptamos una demanda de trabajo no cualificado antes de la recolección de 32,5 días (15+50/2) probablemente solo estemos cometiendo el error más pequeño posible.

     Aunque el tiempo total disponible para el trabajo durante el trimestre de la recolección sea de 72 días (12 semanas de 6 días laborables), los ajustes al máximo disponible en el ciclo aconsejan limitar a unos 69 los efectivos. Esa cifra marcaría la duración máxima del trabajo de los capataces, los segadores, los agavilladores y la gente de era.

     Cualquiera de estas deducciones sobre el tiempo que cada trabajo puede ser requerido admite cálculos diferentes e igualmente aceptables. Todos los propuestos, como se habrá observado, aplican un criterio que pretende ser equivalente, el máximo al que cada oferente puede aspirar a lo largo de un año bajo las condiciones de la demanda de la agricultura de los cereales regional. Así conviene al fin que nos hemos propuesto. De esta manera podemos precisar el límite superior de la capacidad de intercambio de bienes originado por su renta salarial. El otro límite, el inferior, no necesita cálculos. El paro lo convierte en un axioma.

     En el siguiente cuadro, que reúne las denominaciones por trabajador y medio de pago, están relacionados todos los trabajos personificados que hemos podido aislar.

Trabajador

Pegujal

Alimento

Dinero: jornal

Dinero: destajo

Aperador o mayordomo

45 fs / 3

1 fs x 12

4.25 rs x 280

Casero o guarda 

45 fs / 3

1 fs x 12

2,625 rs x 365

Zagal del guarda

1 fs x 12

1,75 rs x 365

         

Conocedor o mayoral

45 fs / 3

1 fs x 12

3 rs x 280

Boyero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

Vaquero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

Yegüerizo

25 js

1 fs x 12

3 rs x 280

Guarda del ganado

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 365

Zagal del guarda del ganado

1 fs x 12

1,75 rs x 365

Borriquero o arriero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

         

Gañán

25 js

1,5 fs x 8

2,625 rs x 160

Sembrador

1/30 fs x 32,5

2,625 rs x 32,5

Bracero o peon

1/30 fs x 32,5

2,625 rs x 32,5

         

Capataces

2,5 fs

5,25 rs x 69

Segadores

2,5 fs

5,25 rs x 69

Gavilleros

2,5 fs

2,625 rs x 69

Gente de era

2,5 fs

2,625 rs x 69

     A cada uno le hemos adjudicado los conceptos por los que obtiene renta, de modo que el resultado es lo más próximo que hemos podido conseguir a lo que podríamos llamar una nómina del momento. De su enunciado íntegro es posible deducir que el llamado estilo de cortijos, versión básica del salario mixto, efectivamente es el fundamento de este sistema de rentas. Todas las actividades obtienen al menos alimento y dinero simultáneamente. Pero también tenemos que reconocer que solo la parte más frágil, por más inestable y menos duradera, de los vínculos laborales, es la que dispone solo de estos medios de ingreso. El pegujal enriquece la renta de la otra fracción de trabajadores. Pero así como esta separa las posiciones más sólidas de las que lo son menos, el destajo, consecuencia del esfuerzo de cada trabajador, crea diferencias entre los peor dotados.

     En cada intersección están anotados los valores que corresponden, con las mismas denominaciones que las fuentes nos han permitido fijar, para evitar deformaciones tan innecesarias como abusivas. Que un salario sea mixto significa, antes que otra cosa, que se percibe en especies diferentes, dos en nuestro caso, trigo, en un grado u otro de transformación, y los metales con valor monetario corrientes. Cuando ha sido necesario, a la cantidad de especie acompaña su factor temporal, que permite enunciar su valor completo. En todos los casos nos hemos atenido a las deducciones sobre las unidades de tiempo que convienen a la ejecución óptima de cada uno de los trabajos.

     El cuadro que satisface, a la vez íntegra y sintéticamente, el primer objetivo que nos hemos propuesto es el de los valores nominal y en trigo.

Trabajador

Pegujal (rs)

Alimento (rs)

Jornal (rs)

Destajo (rs)

Total nominal (rs)

Total equivalente en trigo (fs)

Aperador o mayordomo

240

192

1.190

1.622

101,375

Casero o guarda .

240

192

958,125

1.390,125

86,88

Zagal del guarda .

192

638,75

830,75

51,92

             

Conocedor o mayoral

240

192

840

1.272

79,5

Boyero

65,625

192

735

992,625

62,04

Vaquero

65,625

192

735

992,625

62,04

Yegüerizo

65,625

192

840

1.097,625

68,6

Guarda del ganado

65,625

192

958,125

1.215,75

75,98

Zagal del guarda del g.

192

638,75

830,75

51,92

Borriquero o arriero

65,625

192

735

992,625

62,04

             

Gañán

65,625

192

420

677,625

42,35

Sembrador

17,3

85,3125

102,6125

6,41

Bracero o peón

17,3

85,3125

102,6125

6,41

             

Capataces

40

362,25

402,25

25,14

Segadores

40

362,25

402,25

25,14

Gavilleros

40

181,125

221,125

13,82

Gente de era

40

181,125

221,125

13,82

             

Totales

1.113,75

2.306,6

9.946,125

13.366,475

 
 

8,3

17,3

74,4

     

     Corresponde al precedente, pero ejecutando así las operaciones como las conversiones métricas necesarias para llegar a resultados homologables. Tanto daba, para operar con la obligada unidad común, reducirlo todo a fanegas como a reales de cuenta. El alcance analítico que para este ensayo nos hemos propuesto nos recomendaba, para unificar, primero la reducción a la moneda y, una vez conseguido el valor del salario acumulado, expresar su correspondiente valor en las unidades de capacidad con las que se mide el trigo.

     No es necesario sobrecargar el análisis con su expresión complementaria en valores relativos. A mediados del siglo XVIII, si no entramos en detalles por tipo de trabajo, que poco modificarían la idea general, las tres cuartas partes del salario se cobraban en dinero. Salvo que los precios del trigo cambiaran. En este caso, la expresión de su valor en moneda modificaría el valor relativo de cada especie en la composición del salario. Este supuesto, antes que una salvedad, es una norma. Si algo caracteriza, al menos para el lector contemporáneo, la agricultura de los cereales de la época moderna es la permanente oscilación del precio del trigo.

     Aunque al trabajo evidentemente sí, al salario, si analizamos su composición, no toca casi responsabilidad como causa de tales cambios. La demanda para el alimento es estable. Ya hemos visto cómo se estimaba de antemano. Nunca actuaría sobre el producto obtenido, definidor directo de los ciclos de los precios en los mercados. Tampoco el peculio percibido en grano, que asimismo no modifica el valor del producto que se pueda obtener en cada cosecha. Solo si es percibido en forma de pegujal el volumen de la producción de cada uno contribuye a la formación de la oferta de grano en cada mercado. Al tratarse de unidades que están deliberadamente en el margen inferior de las unidades de producción, a consecuencia de su escaso tamaño, aun cuando consigan alta productividad y, en cualquiera de los casos, colocar una parte de su producto en el mercado, el valor relativo de su concurrencia reduce a dimensiones ínfimas su posibilidad de incidir en la formación del precio del trigo. Solo si la gran oferta se retrae, porque así se lo recomiende el exceso de producción, su margen de interferencia aumenta. Bajo esas condiciones, que son al mismo tiempo las de sus máximas posibilidades, el ciclo consecuente de los precios será depresivo, lo que hará que el valor del grano en la formación del salario con más probabilidad disminuya.

     Podemos, por tanto, aceptar, admitiendo que el precio del trigo que hemos tomado para nuestros cálculos es muy moderado, como estancado se muestra con insistencia durante la primera mitad del siglo XVIII, que la proporción que la parte del salario que se percibe en moneda representa, cuando se estima en tres cuartos, está más cerca del mínimo efectivo que del máximo.

     Si el consumo alimenticio de un trabajador adulto la economía del momento lo ha consolidado en una fanega de trigo por mes, los aperadores y los mayordomos de campo, gracias a la renta que su trabajo les proporciona, disponen de unas 7,5 unidades de salario para acceder al disfrute de otros bienes. Su ingreso bruto, en aquella unidad alimenticia, es casi 8,5 (101,375 fanegas de trigo/12 meses). Una de ellas la tiene que consumir en su manutención. Como el consumo alimenticio de cualquier otro adulto, en términos medios, no tiene razón para ser distinto, con las 7,5 posibilidades de alimentar a otros adultos de que dispone puede acceder, mediante intercambio, al equivalente en bienes y servicios generados por las actividades distintas a la producción de cereales. El mayor nivel de riqueza generado por la renta salarial de este sector vendrá dado por esa magnitud.

     Con este modo de calcular estamos aceptando, de acuerdo con los atentos observadores contemporáneos que se propusieron generalizaciones teóricas, que el valor que para el cambio adquieren los bienes se origina a partir del excedente sobre la necesidad. Y, en consecuencia, que cualquier incremento del excedente, porque es incremento en calidad o en cantidad del trabajo, expande la capacidad de cambio. Al expresar una renta en unidades de consumo alimenticio universal estamos por tanto separando con exactitud la necesidad del excedente y expresamos la capacidad para el cambio, no solo para el trabajo agrícola, sino para cualquier actividad.

     Tomando estos criterios, y vueltos a nuestro cuadro de valores, es posible concluir con algunas consideraciones útiles. Las de mayor interés están al otro extremo, reconociendo que no es necesario detenerse a describir la posición de bienestar que disfruta el resto de los criados o sirvientes, cuyos excedentes oscilan, en números enteros, entre 6 y 3. El trabajo no cualificado que obtiene sus rentas de las faenas anteriores a la recolección está por debajo del umbral de la subsistencia, que solo conseguiría satisfacer a medias, y el de los gavilleros y la gente de era está al límite de lo biológicamente sostenible, y apenas puede disponer de excedente que le permita acceder a bienes distintos a los alimenticios. No es mucho mejor la posición de capataces y segadores, a pesar de emplearse con la mayor intensidad, quienes solo consiguen una unidad de excedente. Solo los gañanes, que cargan con la parte sustancial del trabajo de temporada, consiguen aproximarse al estado material del servicio de labor.

     Estas observaciones son tanto más trascendentes cuanto que afectan al menos a las tres cuartas partes de la población que trabaja en los cereales. Quizás parezca exagerada la afirmación, pero enseguida tendremos ocasión para descubrir y analizar con más detalle esa cifra. Los tres cuartos del trabajo que absorbe esta agricultura se concentran en la demanda para la recolección.

     Siendo esto así, estamos obligados a añadir un matiz. El trabajo no cualificado de temporada puede retornar al mercado de trabajo con ocasión de los trabajos asociados a la cosecha. Quien consiguiera trabajar en la escarda, por ejemplo, y luego como gavillero, conseguiría al menos un excedente de casi 0,7. El alcance social de la renta disponible sería, por tanto, más atenuado. Se puede suponer que una parte de los que trabajen en la recolección han trabajado también, sin cualificación, entre el otoño y la primavera. Incluso se puede aceptar que todos como mínimo trabajan en la recolección. Es conocido que durante esta fase la demanda de trabajo crece tanto que provoca una fuerte inmigración. El verdadero límite inferior del espectro de la renta del trabajo estaría, por tanto, representado por la que perciben los gavilleros y quienes trabajan en la era.

     De todas las consecuencias que el tamaño del excedente disponible pudiera tener, lo más trascendente, para el orden que sostiene la agricultura de los cereales, es la biológica. Convengamos, para reducir a los elementos básicos el análisis, que un adulto de cualquier sexo consume idéntica cantidad de trigo, mientras que un niño solo necesita la mitad. Quienes solo obtuvieran su renta como gavilleros y gente de era tendrían que permanecer solteros, aunque trabajaran como peones otra época del año, porque no tendrían cómo alimentar a la cónyuge, si esta carecía de renta propia. Capataces y segadores sí podrían casarse, pero no podrían tener descendencia, porque no tendrían cómo alimentar ni al primer hijo. Tan solo el gañán, seleccionado por la naturaleza, podría aspirar al menos a mantener una familia con tres descendientes vivos, si al tiempo renunciara a cualquier empleo de su excedente distinto al alimenticio.

     Son condiciones demasiado restrictivas, para más de los tres cuartos de la población activa ocupada en los cereales, como para permitir su reproducción. Cualquier población que viviera realmente bajo estas condiciones estaría condenada a la extinción en lo que dura como máximo una vida. A la vuelta de un siglo no dispondría del trabajo que la producción de los cereales necesita.