Época de David
Publicado: junio 30, 2026 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: historias |Deja un comentarioGastón Barea
En la época de David entre los hebreos se difundió la religión fenicia, y los siguientes hechos, que han de situarse en los tiempos de aquel rey decisivo, por más que no sean del todo evidentes, deben tomarse por una prueba que así lo demuestra, según pretenden ciertas interpretaciones.
Hubo hambre por tres años consecutivos en aquellos tiempos. Entonces David consultó el rostro de Yavé y Yavé respondió: “Es que hay sangre sobre Saúl y su casa por haber matado a los gabaonitas”. No eran los gabaonitas gente integrada en la nueva comunidad hebrea, sino uno de los restos amorreos, a quienes antes los hebreos habían hecho juramento. Saúl intentó exterminarlos, aconsejado por un exceso de celo en la conservación de la identidad de su pueblo.
Llamó David a los gabaonitas y les dijo: “¿Qué debo hacer por vosotros, cómo puedo aplacaros para que, tras vuestra maldición fundada en la ofensa que recibierais, bendigáis la heredad de Yavé?”. Le respondieron los gabaonitas: “No es para nosotros cuestión de oro ni plata con Saúl y su casa, ni se trata de hacer morir a nadie en Israel”. Insistió David: “Haré por vosotros lo que me digáis”. Entonces los gabaonitas dijeron al rey: “Aquel hombre proyectó aniquilarnos para hacernos desaparecer de todos los términos de Israel. Que se nos entreguen siete de entre sus hijos y los despeñaremos ante Yavé en Gabaón, en el monte de Yavé”. David no tuvo más que comprometerse a entregárselos.
Tomó el rey a los dos hijos que Rispá, hija de Ayyá, había dado a Saúl, Armoní y Meribbaal, y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había dado a Adriel, hijo de Barzil·lay de Mejolá. El rey había perdonado al otro Meribbaal, el hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a causa del juramento de Yavé que había entre David y Jonatán. Puso a los siete elegidos en manos de los gabaonitas, que los despeñaron en el monte ante Yavé. Cayeron los siete a la vez. Fueron muertos en los primeros días de la cosecha, al comienzo de la siega de la cebada.
Rispá, hija de Ayyá, ya doliente, tomó uno de sus vestidos de duelo y lo tendió sobre los cadáveres que estaban entre las rocas. Sobre ellos estuvo desde el comienzo de la siega hasta que cayeron del cielo las primeras lluvias. No dejaba que junto a ellos pararan las aves que ensombrecen el cielo durante el día ni las fieras que acechan por las noches.
Avisaron a David de lo que había hecho Rispá, hija de Ayyá y concubina querida de Saúl. Entonces David fue por los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán, que estaban entre los vecinos de Yabés de Galaad, quienes los habían hurtado de la explanada de Betsán, donde los filisteos los habían colgado el día que mataron a Saúl en Gelboé. Subió desde allí los huesos de Saúl y los de su hijo y los juntó con los restos de los despeñados. Finalmente los sepultaron todos juntos, los de Saúl, los de sus tres hijos y los de sus cinco nietos, en Selá, tierra de Benjamín, dentro del sepulcro de Quis, el padre de Saúl, y ejecutaron cuanto había ordenado el rey. Terminado el entierro, Dios quedó aplacado.
Algunos interpretan que la muerte de los parientes de Saúl que este relato recoge fue solo un ajuste de cuentas por un crimen de sangre, al margen de que los gabaonitas dieran al acto la apariencia de un rito. En esta historia, sea o no acertado este juicio, hay un buen número de rasgos litúrgicos que permiten pensar en el sacrificio infantil consolidado que conocemos, al tiempo que descubre otros de la modalidad que pudiera ser propia del tiempo de David.
Aunque se celebra en el monte, como en los tiempos primitivos, el acto de la consumación consiste en despeñar todos los cuerpos a un tiempo, algo que lo aproxima al ritual que se aplicó en circunstancias bélicas. El momento elegido para su ejecución está vinculado por el autor sagrado al comienzo de la cosecha. En el orden narrativo hay que interpretarlo como que el hambre ha concluido y que por tanto la divinidad responde de manera satisfactoria al sacrificio. Si se suma a que los cuerpos, una vez muertos, quedan expuestos hasta que comienza el nuevo ciclo vegetativo, toda la secuencia temporal del relato puede interpretarse como demostración directa de la relación del sacrificio con la fecundidad de la naturaleza. Pasado el plazo que marca este ciclo, los sacrificados son sepultados, lo que por su parte habría que interpretar como que en este momento no rige el holocausto. Lo que más acerca este sacrificio a los fundamentos del infantil que terminó siendo regular es que se trata de víctimas elegidas entre los descendientes directos de quien había dado origen a la monarquía entre los hebreos.
Si bien en el nombre de los inmolados, así como en el del homónimo que se salva, hay claras referencias a Baal, no hay pruebas concluyentes de que se trate de la consecuencia de un rito de origen fenicio, como algunos exegetas quieren. Otros, tras el análisis de los argumentos del texto, concluyen que nada de esto demostraría costumbre alguna vigente entre los hebreos. Desde luego los que ejecutan la inmolación son los gabaonitas, resto de los amorreos, gente no integrada en la nueva comunidad hebrea, quienes sin embargo ofrecen el sacrificio a Yavé, por inspiración de este y con la intención expresa de integrarse en la comunidad de sus devotos.
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