La esquila del ovino
Publicado: mayo 23, 2018 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Cuando una casa explotaba en sus tierras una cabaña de ovino, al llegar el mes de mayo, comienzo de la segunda temporada de las dos en las que los labradores habían dividido el año agrario, organizaba la esquila que le permitiera obtener su lana, una parte del producto pretendido si optaba por aquella empresa. Quizás para algunas de ellas no fuera el beneficio más esperado. Aunque con la obtención de leche y queso sería difícil que se pudieran alcanzar metas tan altas, la desviación regulada de una parte de la cabaña al mercado, de acuerdo con un meditado plan para su renovación, podía permitir cada año ingresos muy interesantes, y aconsejar a una parte de estos ganaderos que tal vez fuera preferible, para extraer el mejor rendimiento a su actividad, la comercialización de sus cabezas de ovino a distintas edades, y no la obtención de la lana. Pero, cualquiera que fuese la orientación preferente de la empresa, llegada la primavera era necesario descargar a toda la cabaña del pelo que le hubiera crecido en el transcurso de un año, fibra muy apreciada en los mercados del continente cuando provenía de la especie merina, en la que persistían las casas del sudoeste. Y tan inevitable como era proceder al alivio de su carga a los animales era que el producto obtenido de aquella operación proporcionara unos ingresos, si no preferentes, nada insignificantes.
Hasta donde llega nuestra información, las casas, de la misma manera que contrataban a cuadrillas especializadas para la siega del trigo y sus cultivos asociados, para cortar la lana a su ovino recurrían a equipos de esquiladores que asimismo se pueden suponer itinerantes. Pero a diferencia de las cuadrillas de segadores, que eran pequeñas y apenas tenían marcada la función de mando, las de la esquila eran verdaderas compañías con una jerarquía tan cerrada que el responsable de todo el equipo, único contratante del grupo reconocido por quienes les daban empleo, se hacía llamar a sí mismo capitán de esquila. Solo excepcionalmente, si ocurría que mientras fuera necesario tomar una decisión que comprometiera a todos estuviera trabajando en otro lugar, delegaba sus poderes de concertación en un subordinado inmediato, es probable que muchas veces emparentado con él, que se hacía identificar como contracapitán o segundo en la línea de mando; quien, no obstante, cuando actuaba bajo estas premisas, hacía constar que había sido encargado para una ocasión tan excepcional por el único capitán de esquila.
Las decisiones que cualquiera de los dos tomara comprometían a todos los hombres sujetos a su disciplina, los esquiladores, quienes identificados con esta denominación eran quienes debían ejecutar el trabajo. Sumaban cada día que actuaban una cantidad proporcionada al número de cabezas que fuera necesario esquilar en el transcurso de la jornada. Como las cabañas de las casas eran numerosas, y sus promotores decidían concentrar el trabajo en pocos días, el número de los esquiladores de cada jornada solía ser alto, siempre por encima de las dos decenas en las condiciones que podemos creer habituales, muy superior al tamaño de las cuadrillas que se esforzaban en la siega, equipos de tamaño variable entre cuatro y siete hombres.
No parece que alcanzado el grado de esquilador hubiera diferencias por razones funcionales entre quienes lo tuvieran. Pero los textos, a veces, hablan, con una carga expresiva que no es necesario discutir, de esquiladores mandones, etiqueta específica y distintiva dentro del mismo tipo. La denominación, más que con alguna responsabilidad, que como capataces cargaría sobre ellos cuando actuaran los equipos complejos que se entregaran al combate cuerpo a cuerpo con los animales, tomaba nota de una categoría laboral que efectivamente era reconocida con su correspondiente remuneración.
La casa contribuía a la recluta de aquel ejército con las tropas auxiliares, en parte al menos quintadas entre sus empleados estables. La mayor parte de sus temporiles, o trabajadores contratados por una o las dos temporadas, era la que en las casas solían llamar ganaderos, muy discriminados según especie. Los que se ocupaban del cuidado permanente del ovino estaban bajo el mando supremo del rabadán, uno de los cuatro o cinco empleados de más cualificación de cualquier casa de entidad. A su autoridad estaban sometidos todos los pastores, cada uno de ellos responsable de una piara, la unidad de población ovina definida por un atributo común relacionado con su crecimiento natural. La menos distinguida, y que abarcaba la mayor parte de la cabaña, era la de ovejas. Pero, pensando en la salida al mercado de los animales más estimados, tanto como en la reproducción controlada de toda la manada, se podían segregar piaras de borregas, hembras de hasta dos años; de primales, ovino de entre un año y dos; y de la categoría que llamaban chicada, que separaba a los corderos nacidos en los tiempos más expuestos a los agentes patógenos, para que fuera objeto de cuidados especiales. También podían separarse para que fueran criados aparte los borregos, machos del mismo segmento de edad que sus correspondientes hembras, y, sobre todo, los carneros, los machos de la especie en la plenitud de sus atributos. En cada piara, bajo las órdenes directas de su pastor, trabajaban además los correspondientes zagales, que alcanzaban un número que doblaba al de pastores. Mientras que en la separada por sexo y edad podía bastar con uno, en la menos discriminada el número de zagales debía ser mayor, en la proporción correspondiente hasta alcanzar aquel total.
Completaba la nómina de los empleados permanentes para el cuidado del ovino el guarda del coto de las ovejas, encargado de preservar los espacios por los que fuera migrando aquella población en busca de pastos. Para la inevitable trashumancia del ovino, aunque fuera de corto radio, podían ser un recurso suficiente las tierras de cualquier clase que explotara la casa durante la parte del año en la que el ganado no obstaculizara los cultivos y los aprovechamientos elegidos para ocuparlas. Todo dependería de la entidad de cada cabaña. Tampoco era infrecuente, en caso de que esta fuera importante, que la casa se viera en la necesidad de arrendar pastos externos, ahora en un lugar, luego en otro, durante algún tiempo. Pero tanto en uno como en otro caso, además, como la pieza imprescindible de cualquiera de las casas era su labor, una vez que se levantaba la cosecha de trigo y sus cultivos complementarios, sus piaras, durante la segunda temporada, aprovechaban como pasto los rastrojos que en la tierra más trabajada hubieran dejado aquellos cultivos. Invariablemente, el guarda iría custodiando todos los cambios de lugar para garantizar su reserva. Es difícil sin embargo que su responsabilidad alcanzara hasta las piaras que se desplazaran a las ferias, en plena primavera, cuando hacía falta buscarle pastos a lo largo del trayecto hasta el lugar donde se celebrara.
Cada equipo de pastores y zagales iba contribuyendo a la esquila de su piara como personal auxiliar, y al mismo tiempo presente a lo largo de todo el trabajo, junto al cual actuarían en idéntica posición a otros que citan las fuentes, como atadores, escoberos, perreros, moreneros y alguien que presume de titularse escribano, todos los cuales llegarían integrados en las cuadrillas de esquiladores. De la función que tuviera cada uno de los tres primeros no es difícil hacerse una idea, y ninguna representa una gran responsabilidad, ni siquiera un trabajo que en todos los casos fuera necesario. La del morenero, sin embargo, sí era específica y a la vez imprescindible. La esquila, inevitablemente, provocaba cortes en la piel de los animales. Para cauterizarlas se elaboraba una solución de carbón y vinagre que se conocía con el nombre de morenillo. El morenero estaba encargado de mantenerla a punto y en el lugar donde fuera necesario aplicarla al instante. Además, es muy probable que quien se hacía llamar escribano fuera el encargado de llevar un registro puntual del trabajo de cada día y su producto.
La esquila, donde hemos podido observarla más de cerca, se ejecutaba en pocos días, unos diez para una cabaña de poco más de tres mil cabezas, lo que no impedía que se dividiera en dos fases. La primera o anticipación estaba reservada al ganado que había sido seleccionado para ir a las ferias, donde la casa se deshacía de los ejemplares que ya no necesitaba o que podían proporcionarle buenos ingresos. Habiéndose reservado el valor de su lana, además de obtener una parte de su renta, al deshacerse de él en las ferias contribuía al plan de renovación permanente de la cabaña, un recurso de la cría del ovino necesario si al mismo tiempo se deseaba obtener de él el mejor producto lanar, tanto más estimado cuanto más jóvenes fueran los ejemplares. Para apurar los ciclos de renovación los buenos criadores necesitaban encontrar el equilibrio entre la edad de los ejemplares y la productividad lanera a cada una de ellas. Parece que se inclinaban a deshacerse de los ejemplares en torno a los dos años de edad, en una proporción de dos hembras por cada macho, más algunos carneros, una parte de los cuales explícitamente habrían sido clasificados antes como mansos.
En la segunda parte se completaba la esquila de toda la cabaña, aunque el feliz cumplimiento de cualquiera de las dos estaba sujeto a los contratiempos que podían retrasar los planes. El más recelado, tal como ocurría con cualquiera de las otras actividades agrarias, era la lluvia, que para el ovino inesperadamente podía hacerse presente con toda su carga negativa. En una casa estaba todo preparado para esquilar las borregas cuando llegó el aviso de que se habían mojado la tarde anterior con una tormenta que había caído en el coto donde aguardaban su traslado. Pareció necesario demorar el trabajo veinticuatro horas, tiempo que se juzgaría suficiente para que el vellón recuperase el estado que pareciera adecuado para la esquila, aunque la responsabilidad que tocaba a la humedad acumulada por la lana en el momento del corte resulta equívoca. A la vez que se repudiaba el efecto de la lluvia, la regla había establecido que el mismo día en que los ejemplares eran esquilados, inmediatamente antes fueran encerrados en un área reservada para este fin que se conocía con el nombre de bache, para que allí, hacinados, sudaran. Tan primitivo recurso se justificaba por la necesidad de lubricar la piel y el pelo de los animales, y así facilitar el corte de las tijeras; lo que al mismo tiempo no dejaría de incrementar el peso del vellón. Parece pues que la carga de humedad que añadiera la lluvia, pudiendo cumplir con idéntico propósito, sobrepasaría lo tolerable.
Cada casa agraria sostenía en la población que había elegido como lugar donde concentrar sus actividades un edificio principal, para que alojara el hogar de sus titulares y fuera sede de la proclamación pública de su bienestar. La casa de campo era el lugar separado dentro de aquel edificio principal para que se dedicara exclusivamente a todas las actividades productivas, fuese la que se quiera su complejidad, que convenía centralizar o mantener bajo control inmediato de sus máximos responsables. Cuando llegaba el día previsto para su esquila, cada piara era trasladada desde su coto hasta su correspondiente casa de campo, para que allí los esquiladores hicieran su trabajo. La víspera, de acuerdo con el capitán o con el contracapitán, se elegía los ejemplares que debían ser esquilados y se estimaba cuántos esquiladores sería necesario tener dispuestos para aquella cantidad. El número previsible lo decidía primero la cantidad de cabezas ovinas señaladas y después su clase. Todo indica que regía un patrón según el cual cada esquilador debía consumar por jornada el corte del vellón de diez ejemplares: si estaba previsto esquilar doscientas ovejas, el capitán o su contracapitán debían concurrir a la casa de campo con veinte de los esquiladores bajo su mando. A partir de esta proporción se harían las previsiones, aunque luego, cada día, mientras se trabajaba, siempre se consiguiera, valiéndose de la emulación entre los trabajadores, extraerle a una parte de ellos una productividad algo mayor, tal vez compensatoria de los cálculos previos, que favorecerían a los contratados. Cuando se observan los casos, la razón entre ejemplares despachados cada día y número de hombres que actuaron siempre da un valor algo por encima de diez.
Sin embargo, en los días en los que el trabajo se descargaba sobre cierto tipo de animales, el rendimiento podía verse incrementado en márgenes, aunque restringidos, nada despreciables. La ley que rigiera los cambios de valor dentro de esta banda, si se pretende deducir de los valores concedidos al trabajo que han quedado registrados parece sencilla. Señala a una relación inversa entre la edad de los ejemplares y el rendimiento del trabajo. Los días en los que la proporción de carneros y borregos esquilados era más alta, el rendimiento era más moderado, más próximo a diez, mientras que cuando era mayor el número de primales y añinos, los ejemplares en torno a un año, la productividad podía incrementarse hasta alcanzar un valor cercano a trece en los momentos en que aquella proporción era mayor, justo al final de la segunda fase.
Pero una productividad que de uno o de otro modo nunca conseguía separarse mucho de diez parece baja. Aceptar que algo así estaba consolidado puede ser la mejor disposición para concluir que, tal como ocurriera con la siega, las jornadas de esquila tal vez eran cortas, quizás porque fuera aconsejable evitar las temperaturas más altas de las horas centrales del día, cuando las sangrías accidentales podían tener peores consecuencias. Parecería más razonable concentrar el trabajo en el tiempo imprescindible para un aprovechamiento juicioso del trabajo y cuanto más cerca de las horas extremas del día mejor. La duración prevista para la jornada también decidiría sobre el número de esquiladores a convocar cada día así como sobre la proporción de trabajadores auxiliares adecuada a ese número: dos moreneros cuando la cantidad de cabezas a esquilar en una jornada oscilara entre doscientas y trescientas, y cuatro entre pastores y zagales de la casa.
Los esquiladores, tal como los segadores, vendían su trabajo diario solo por una cantidad de dinero. Tal compromiso lo contraían, con un par de días de antelación a lo sumo, a través del capitán, quien antes los habría reclutado para su cuadrilla. El acuerdo que hacía acreedores de aquella renta no estaba cumplido en el momento que se presentaban en el lugar de trabajo. Si la tarea no podía realizarse inmediatamente, aunque fuera por una causa de la que no podía hacérseles responsables, la incertidumbre se cernía sobre la posibilidad de ingresar la renta de aquel día. Así ocurrió en cierta ocasión, cuando fue necesario aplazar la esquila porque el ganado que para ello se había apartado fue víctima de una tormenta. El aviso del contratiempo no llegó a la casa de campo hasta la mañana siguiente, cuando los esquiladores ya estaban allí consentidos en ganar la peonada. Al cabo, no pudieron ingresar la cantidad que esperaban. Se imponía el principio según el cual el trabajo solo se debía liquidar después de completado.
Los trabajadores auxiliares, si eran parte de los empleados estables de la casa, como los pastores, los zagales y el guarda, tal como se actuaba con los demás de esta categoría, además del dinero que por cada día de trabajo ingresaban ganaban la comida. La habitual, en su caso, se les entregaba de antemano, en previsión de sus desplazamientos constantes, como un lote de provisiones que ellos mismos debían elaborar luego. Pero los días que contribuían a la esquila disfrutaban de una comida que se elaboraba en donde se estaba desarrollando el trabajo. Conocemos al menos sus ingredientes, incluso las proporciones en las que cada uno de ellos era empleado, aunque no su combinación. No obstante, valiéndonos de los dos criterios disponibles, se puede conjeturar que uno de los platos más elaborados podía ser de bacalao, y que se complementaría con una ensalada, y que para cualquiera de las dos elaboraciones se recurría a cebollas y ajos y especias, aceite, vinagre y sal suministrados por la despensa de la casa. A todo esto se sumaba el indispensable pan, que en forma de hogazas se repartía entre los comensales a razón de una libra por persona y día.
Aun siendo común esta composición de la comida, no era invariable. El plato principal también podía elaborarse con carnero, habas y guisantes, era posible que a la ensalada se le agregara tocino y entre los suministros provenientes de la despensa de la casa, para completar la dieta, también podía llegar queso. Pero asimismo podía cocinarse una borrega que hubiera muerto, que podía ser comida suficiente, junto con el pan y los demás condimentos que necesitara aquel guiso, para dos días. Que padeciera alguna enfermedad, como la modorra, que afectaba al cerebro del animal, podía ser un incentivo para sacrificarla y consumirla, aunque siempre después de que se hubiera esquilado. Y también podía ocurrir que algunos días no se elaborase comida alguna por haber empezado tarde a esquilar. En ese caso, como aun así era obligado satisfacer la comida diaria de los empleados estables de la casa, podía bastar con los suministros regulares de pan, aceite y vinagre, más el queso y las aceitunas provenientes de la despensa de la casa.
La otra parte de los trabajadores auxiliares, que eran un apéndice de los esquiladores, y por tanto tan extraordinarios como ellos, solo ganaba la comida, cualquiera que fuese su extracción o su origen. Ahora bien, el que fuera de ellos la percibía en dinero efectivo, lo que no dejaba de ser una salida convencional al pago del trabajo diario no exenta de paradojas. Así como para el acceso a la comida que cada día se elaboraba no se discriminaban las cantidades que cada pastor, zagal o guarda pudiera consumir, la comida de los auxiliares integrada en la tropa de los esquiladores estaba tarifada según funciones, de manera que los atadores ingresaban más por su comida diaria que perreros, escoberos o escribanos, o que los moreneros, que ingresaban por debajo de todos los demás. Aunque no es seguro que estas funciones se desdoblaran en personas distintas a los esquiladores, con cuyo trabajo principal podían ser compatibles, sí lo es que, de hacerlo, quienes las desempeñaran trabajarían solo por la comida, cuyo valor nominal mínimo se aproximaba al del jornal de un peón sin cualificar, si bien ninguno de ellos alcanzaba hasta el valor de la remuneración que se obtenía con el trabajo directo como esquilador. Procediendo de este modo, el resultado era una clara jerarquía de la renta diaria de quienes eran contratados expresamente para este trabajo, toda reducida a dinero, según los grados de su ejecución.
Más equívoca era la posición de los capitanes, y más todavía la de los esquiladores distinguidos con la expresiva calificación de mandones. Si capitán y contracapitán, al mismo tiempo que se mantenían en su posición suprema, actuaban como esquiladores, ganaban, además de la remuneración correspondiente a este trabajo, el dinero correspondiente a su comida, tal como los auxiliares eventuales, que también se tarifaba la más alta de todas las que se resolvían de este modo, aunque siempre por debajo de la renta obtenida por el trabajo directo de esquila. Pero los días que su actividad se redujera a ejercer su trabajo de dirección, su ingreso se reducía al valor de la comida, recibido en efectivo. Sin embargo, además participaban de los platos que a diario se preparaban para los trabajadores estables de la casa. Unos días se arrimaban ellos, otros se convidaban y, en definitiva, quien cargaba con aquellos costos, cuando hacía balance, reiteradamente tenía que lamentarse de que los capitanes persistieran en ser invitados según malas costumbres.
De la misma manera, los esquiladores distinguidos con el mencionado título de preeminencia, percibían un suplemento por comida si al mismo tiempo ejecutaban la esquila, o solo aquella cantidad en caso de que su papel se redujera al asociado a su posición en la jerarquía de la cuadrilla. Sin embargo, para una fase de los trabajos podían ajustarse expresamente solo por el dinero que remuneraba el trabajo directo. Pero los términos que utiliza la fuente, llegada esta ocasión, son lo suficientemente ambiguos como para que se pueda suponer, de una parte, que ocasionalmente actuaban como capitanes, quizás en ausencia de estos, y tal como ellos se sumaban a disfrutar de los platos elaborados cada día; o que simplemente se resignaban a renunciar al suplemento por comida que podrían ingresar. Como después del ajuste aludido siguieron cobrándolo, es más probable que ocurriera lo primero, aunque no hay constancia expresa de que sucediera.
Las prisas por disponer del vellón actuaban a favor del valor nominal del trabajo, y no solo porque una parte de quienes lo ejecutaban pudieran duplicar los conceptos por los que era remunerado. Quienes más se beneficiaban de aquella tensión eran los esquiladores efectivos, la masa de quienes componían las cuadrillas, que solo ingresaban la cantidad en la que hubiera sido tasado el trabajo del día que lo vendieran. Así, una casa acordaría con un contracapitán, porque el capitán de la cuadrilla estaba esquilando en otro lugar, empezar al día siguiente la esquila de los ejemplares que iban a ir a las ferias. Un par de días después, una vez resueltos todos los contratiempos, veintisiete hombres completaron el trabajo que se había previsto para aquella jornada. Tal como habían contratado, cada uno recibió por su día de trabajo siete reales, tras lo cual se previó que al día siguiente continuaran el trabajo veinticinco de aquellos hombres. Pero, en contra de lo que estaba planeado, aquella jornada no se trabajó, y solo un par de días después se pudo negociar de nuevo la esquila de los carneros y los borregos que estaban en uno de los cortijos de la casa a la espera de ir a las ferias, cuyas fechas se aproximaban inexorables. El propio capitán que negociara no estaba en condiciones de comprometerse en un jornal porque permanecía a la expectativa de lo que decidieran los esquiladores con los que solía contar. Desde hacía unos días estaban sin trabajar por cuestión de precio. Con otro labrador ya se habían ajustado a nueve reales al día, un jornal que pretendían extender a todas las cuadrillas. La casa, urgida por el calendario, no tuvo otra opción que plegarse a las pretensiones de los esquiladores. A partir del día siguiente, cuando se reanudaron los trabajos, y para todos los días durante los que aún se prolongaron, hubo de liquidarlos a nueve reales por persona y día, como los demás labradores; a pesar de lo cual todavía opinó, al recapitular los trabajos contratados, que los jornales no habían sido muy altos.
Cuando se había completado la esquila, se hacía balance. Según el suyo, durante los ocho días de mayo trabajados una casa había conseguido esquilar 3.149 ejemplares de ovino, de los cuales 115 eran carneros, 1.769 ovejas y primales y 1.265 borregos añinos. Pero el balance sustantivo, para cualquiera de las casas que se hubiera empleado en la crianza de esta especie, era el referido a la lana que hubieran proporcionado los animales, mucho más minucioso, en cuyas propiedades se concentraban las aspiraciones de esta rama de su actividad.
El peso de los vellones esquilados era naturalmente desigual, no solo de una clase de animal a otra, sino entre los ejemplares del mismo tipo. Aunque comúnmente se pesaban todos los vellones y de todos los tamaños según se iban cortando, los pastores que asistían a la esquila de sus piaras tenían la costumbre de no pesar por separado los más pequeños, a consecuencia de lo cual ni siquiera se ataban. La consecuencia de esta manera de proceder era que, cuando se completaba el registro del producto obtenido cada día, para anotar el peso de todos los vellones que se habían cortado se procedía según un método muy grosero. Se tomaban en cuenta los valores máximo y mínimo de los pesos verificados según tipo de animal, y a continuación se designaba como referencia el valor medio de cada intervalo, corregido según criterios no siempre rigurosos ni constantes, y se multiplicaba por el número de cabezas de cada clase que aquel día habían entrado en el bache. Concluido el trabajo, para deducir un balance de la campaña bastaba con sumar los parciales diarios según tipos de animal. Así, la casa que en total había esquilado 115 carneros, y que aceptó como peso tipo para sus vellones las 10 libras, estimó el producto obtenido de esta parte de su ovino en 46 arrobas, una operación que tenía en cuenta su premisa métrica, según la cual una arroba equivalía a veinticinco libras. Procediendo de manera con las ovejas, por una parte, y con los borregos, por otra, por último sumó un total de 714 arrobas de lana.
El juicio sobre la calidad de la lana por el momento también era muy difuso. Se reducía a deslizar ocasionalmente alguna opinión del tipo “la lana tiene una calidad regular para lo que se esperaba este año, tan miserable para el ganado”, una manera de hablar en la que la palabra elegida para enjuiciar es lo suficientemente ambigua como para no comprometer. Las casas daban por descontado que todas estas valoraciones eran muy débiles porque habían delegado el cálculo de todos los pesos que fueran precisos al momento de venta de la lana. Según se fueran consumando las transacciones, tal como llegaran, asimismo se irían verificando las calidades elegidas por el comprador y a partir de ellas el precio de las cantidades por él solicitadas.
Por el momento, para terminar con los trabajos de plena primavera, bastaba con almacenar todo el producto obtenido en su correspondiente cuarto lanero. En las vísperas de la esquila, al comienzo de mayo, se habilitaba en la misma casa de campo donde se desarrollarían los trabajos. En la explotación cuyo proceder seguimos de cerca fue necesario habilitarlo en otro que llamaban del esparto, que fue desplazado a una de las salas del piso bajo de la vivienda porque el que estaba reservado para que fuera el lanero estaba aún ocupado con al menos una parte de la lana que se había esquilado el año precedente. Para que estuviera convenientemente equipado para recibir la lana nueva, los cuartos laneros primero se blanqueaban, luego se entarimaban y sobre las tarimas, por último, se tendían esteras.
Las explotaciones
Publicado: febrero 23, 2018 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAlain Marinetti
En la región, para referirse a las explotaciones dedicadas al cultivo de los cereales, los textos de mediados del siglo décimo octavo manejan un vocabulario relativamente extenso. Además de cortijos, mencionan hazas y manchones, así como pegujales, suertes y rozas, y ocasionalmente otras instalaciones, como las huertas. Ninguna de las denominaciones es inflexible, y todas estaban modificadas por la manera de verse a sí mismos que tenían sus responsables. Aunque el repertorio parezca amplio, recoge solo las palabras más habituales, y si descendiéramos a las variantes locales, se podría prolongar extraordinariamente la lista. Pero es muy probable que detrás de cada nombre a lo sumo encontráramos sinónimos de las siete voces enunciadas. Creo pues que se puede estar seguro, tratando de la producción de cereales, que en aquel momento todo lo distinto a estas siete clases, si conseguía existir, sería muy secundario. Pero si las acepta sin más, el lector contemporáneo tal vez confunda hechos que parece necesario discriminar cuando se trata de aislar los tipos de explotación que se organizaban cada año. Su análisis, para lo que bastará que se acepten sendas definiciones, aunque pueda ser parcial puede ser suficiente para desentrañar la diversidad que encubren, separar lo que no debe estar junto y demostrar la oportunidad de respetar las distinciones hasta el punto que permita una idea precisa de quiénes eran los que cultivaban cada año los cereales.
Cortijo es la unidad de producción que en 1750 tenía los recursos suficientes para emprender la gama más amplia de actividades agropecuarias. Su contenido primordial era la tierra, normalmente de calidades diversas, aptas para garantizar extensos cultivos y la manutención de manadas de ganado. Su mejor porción eran los suelos de pan sembrar, de la calidad más alta, reservados para producir los cereales, que se subdividían en parcelas o unidades territoriales habitualmente llamadas hazas. Otra parte era el área de pastos propia, quizás la más importante de su fracción no cultivada. Aunque aquella reserva la justificara una limitada calidad del suelo, esporádicamente, valiéndose de la alta fertilización que le añadía el ganado que la apacentara, era utilizada como área productiva. También como zona de uso pecuario, contaba con un ejido próximo al centro de la unidad productiva, reservado para localizar en él cualquiera de los cuidados que requirieran los ganados de la casa, y la fracción de superficie que pudiera restar eran los baldíos del cortijo, zona sin trabajar a la que se podía recurrir para satisfacer cualquiera de las necesidades de la explotación. Ni siquiera se aprovecharían de manera reglada, salvo para actividades marginales, porque su tierra sería la de calidad inferior.
Era asimismo equipamiento necesario de cualquier unidad de esta clase el agua, una parte de la cual circularía por sus tierras. Es muy probable que en muchos casos se estancara con una presa, para regular su uso, y su manipulación más útil, para la brega diaria con el ganado, era el abrevadero, un estanque en el que los animales de la explotación tenían aseguradas sus raciones de esta parte de su alimentación.
Buena parte de los cortijos, a la tierra y el agua imprescindibles sumaban un recurso proveniente de su forma genuina, unas edificaciones reservadas a las funciones reproductivas de hombres y animales. Aunque inequívocamente biológica, estaban destinadas a concentrar trabajo, para luego propagarlo por sus tierras, depósitos de cantidades ingentes de la energía que había hecho posible que su suelo fuera el más productivo. Por último, también era una parte necesaria de la instalación, reguladora de su economía, la red de vías con la que sus caminos interiores conectaban. Del entramado de los caminos que a él llegaban y se prolongaban por su espacio se deducía una parte sustantiva del costo efectivo de buena parte de los otros factores, a través de la razón del gasto energético, que no era solo el de su labor, sino el de la casa toda.
Pero de ninguna manera sería correcto decir que un cortijo era una explotación, empresa o iniciativa personal que aspiraba al cultivo de los cereales. El nombre más apropiado, o menos anacrónico, para identificar la plenitud de las empresas que se restringían cada año a obtener un producto de cereales es labor. Alcanzaba el estado óptimo gracias a que su dimensión, la mayor entre las explotaciones de cada territorio, le garantizaba la posición dominante. Parece que lo regular era que cada una explotara un cortijo, siempre fragmentado en las áreas aptas para la siembra con cereales que imponía el sistema, y que año tras año mantuviera su cultivo continuo sobre una suma discreta de esa clase de partes. Pero también sabemos que una parte de las labores utilizaban más de un cortijo, completo o en parte, sin que por ello sufriera su integridad como agente económico independiente. Era una proporción en modo alguno insignificante, que podía aproximarse a la décima parte de los casos. Cuando una parte de las labores actuaba así, seis de cada diez sumaba a todas las parcelas disponibles de un cortijo las que hubiera en al menos una parte de otro para explotarlas simultáneamente. Luego la asociación más característica de las empresas que decidían acaparar más de un módulo de uso del suelo alcanzaba a dos cortijos. Las cuatro restantes acumulaban con el mismo propósito como mínimo tres unidades de la misma clase.
Sin embargo, el orden para la labor no derivaba inmediatamente de la cantidad de unidades tomadas sino de su localización. En torno a la mitad de quienes tomaban más de un cortijo repartía su labor de manera equitativa entre los distintos lugares elegidos, lo que significaba que también para el conjunto de cada labor se creaba una jerarquía, como ocurría cuando un solo cortijo, ateniéndose a los rigores de los sistemas, se dividía con el fin de aprovechar cada campaña solo una parte de su superficie. En la otra mitad de los casos la superficie acumulada era utilizada simultáneamente de manera muy dispar.
Los matices podían ser consecuencia de la dispersión. Normalmente, quienes tomaban a su cargo más de un cortijo lo hacían aconsejados porque todas las unidades de producción, completas o parciales, eran colindantes, lo que en la práctica les permitiría organizar su trabajo como si se tratara de una sola. Pero también había labores repartidas en dos lugares separados, aunque entre las razones que las unían también rigiera el principio de proximidad.
No obstante, es posible que hubiera dos cortijos explotados por un mismo amo y que sin embargo admitieran dos labores en paralelo. Si esto era excepcional, cuando la iniciativa de la empresa se dispersaba en tres o más lugares, aunque en cada uno se ocupara una cantidad de superficie distinta, en la práctica cada una actuaba como si fuese una explotación autónoma. Había grados de dispersión probablemente poco tolerables, a causa del exceso de distancia, escasamente compatibles con el gasto energético de la empresa, lo que la abocaba a ganar cierta racionalidad constituyendo cada parte como una labor independiente.
Pero cualquiera de las combinaciones siempre mantenía una unidad de la clase principal como centro de todo su sistema técnico. Cualquier labor siempre tenía su centro en un cortijo, añadiera o no dos o tres parcelas de otro. Se podía por tanto decir que hasta las asociaciones más complejas serían en el fondo de cortijo, fueran completos o parciales. Es suficiente para reconocer, dada su compleja composición, que cualquiera de las empresas que se acometían sobre esta base, como todas utilizaban al menos una unidad de este tipo, tendría previsto utilizar su labor como centro en el que integrar otras actividades agropecuarias.
Sería un error, consecuencia de la acumulación de ejemplos de diversidad, presentar la labor como una explotación que quiere batirse en distintos frentes productivos. La labor es la parte de los proyectos empresariales reservada a la producción de cereales. Su producto protagonista es el trigo, preferente sobre los demás. Incluso en un buen número de labores la producción de trigo es lo único que se documenta positivamente, y en algunas además se averigua con seguridad que toda la explotación está íntegramente dedicada a la producción de trigo. Los cortijos tienen pues como principal objetivo producir trigo y a ello se dedican, no solo de manera preferente, sino en buena parte de los casos de manera íntegra.
A las hazas afecta la indefinición. Es la palabra que se usa con menos rigor para denominar explotaciones. De sus significados, los que resultan más relevantes son los que se deducen de la lectura comparada de los documentos. En sentido estricto, haza es una parcela continua de cultivo de cereal. Como el orden cíclico de este induce la división del espacio de las unidades de producción en otras menores, sobre las que va cargando alternativamente la responsabilidad del producto anual, un cortijo, según decíamos más arriba, regularmente estará dividido en hazas, que es lo mismo que decir que está dividido en piezas o parcelas independientes. Por tanto, haza puede definirse también como la parte de una unidad de producción de un tamaño mayor. El fenómeno espacial en este caso toma su identidad de que tiene lindes propias aun dentro de las del cortijo porque la fragmentación responsabilidad del sistema se haya consolidado. Por estas razones la parte puede segregarse con facilidad y existir con independencia, y que así llegue a ser la base a partir de la cual organizar explotaciones que puedan conocerse con el mismo nombre. Es probable que en este caso fueran los cortijos sin instalaciones los más expuestos al riesgo de degenerar a la cesión en fragmentos. Pero también la palabra haza, en los mismos testimonios, se utiliza para distinguir una unidad menor que el cortijo. Con las mismas características en el espacio, puede haberse generado al margen de una gran unidad como otra intermedia, e incluso puede referirse a una propiedad concentrada con el propósito de ser explotada como un cortijo.
Porque la explotación organizada sobre un haza puede ser una labor, dado que la superficie del haza, cultivada completa, puede equivaler a la fracción de un cortijo que simultáneamente se ponga a producir. Los medios que cualquiera de las dos necesitaría movilizar serían similares, lo cual sería suficiente para que ambas fueran orgánica o técnicamente labores. Pero no todas las hazas tienen que dar origen a una labor. Es posible que también se dividan, sujetándose al rigor de la alternancia, en fracciones, para cultivarlas sucesivamente. Su dimensión para el cultivo quedaría reducida al menos a la mitad y por tanto la necesidad y combinación de medios se contraerían hasta el punto que no sería correcto llamar al orden resultante labor.
En cuanto al número de estas unidades que se usan para organizar sobre ellas una empresa, el mundo de las hazas es bastante homogéneo. Como unidad origen de una labor también la modalidad más sencilla de explotación resulta de que alguien haya tomado a su cargo la producción de cereales sirviéndose de solo un haza. Las tres cuartas partes de las labores constituidas sobre hazas cuentan con una sola unidad: una labor, un haza. Al tomarla en solitario para constituir con ella una explotación autónoma, tiene que ser la responsable de las explotaciones de tamaño intermedio. Pero el haza es una parcela que puede convivir con el cortijo. Un haza puede sumarse a uno y con él crear una de las explotaciones que acumulan tierras, que es tanto como contribuir a la creación de las del tamaño mayor o labores del primer rango, tal como hemos visto más arriba. Sin embargo, solo excepcionalmente hay labores que sumen más de un haza cuando la acumulada no es un cortijo. Estas situaciones parecen proporcionar a sus promotores, más que un ascenso, un descenso en su posición. Bien el número de explotaciones que acumulan son del tipo pegujal, bien son tan pequeñas que, aunque sean un número relativamente alto, aún aproximan más a la condición del pegujal. Así pues, la acumulación de hazas da origen a una modalidad de explotación de la menor importancia relativa.
Define muy bien la empresa sostenida sobre más de un haza la dispersión, y en esto hay grados. Las hay en dos lugares, aunque en todos los casos conocidos en el mismo paraje. También las hay en más de dos, alcanzando grados de extrema dispersión por exceso de parcelas, incluso hasta seis. La discontinuidad en el espacio, en este caso, parece una decisión estratégica relacionada con los costos de desplazamiento. El propósito parece combinar unidades que suministren energía para el desplazamiento con otras dedicadas a los cultivos de mayor rentabilidad. A la dispersión alguna vez se añade la condición de casa agropecuaria, como cuando se mantienen al mismo tiempo una hacienda y tres hazas.
El manchón es una parte de la reserva de tierra de una gran unidad de producción o cortijo, se mantenga íntegra o segregada en haza; la que permanece sin cultivar ni trabajar, razón por la que también se le denomina erial o eriazo. En sentido propio es por tanto solo un recurso técnico de los sistemas de cultivo del cereal. Si se incluye entre sus explotaciones, tendrá que significar que se trata de una que se acomete directamente sobre una tierra sin antes haberla preparado para este cultivo, es decir, sin barbechar, y que al mismo tiempo, como labor inicial, debe incluir la roza o desbroce de la vegetación espontánea que haya nacido en la parcela. Que la densidad de las especies que hayan crecido sea mayor o menor dependerá del tiempo que el área haya permanecido sin cultivo ni trabajo, pero que pueda constituirse como explotación tiene que entenderse naturalmente dependiente de la actividad organizada por una de tamaño mayor. Luego sería en todo equivalente a la que pudiera organizarse a partir de un haza, bajo cualquiera de sus condiciones. La diferencia entre una y otra se reduciría a la inversión inicial de energía, que tiene que ser mayor cuando las labores deben ser profundas.
El pegujal es uno de los hechos más característicos de la economía de los cereales en 1750. Un pegujal es un patrimonio modesto e inseguro, doble condición inscrita en su génesis, asociada a la servidumbre entendida en su sentido primitivo de esclavitud. En 1750 todavía se acumulaba gracias a la remuneración del trabajo con una cantidad de bienes, con más probabilidad los mismos que se hubieran producido trabajando, o el disfrute transitorio de un modesto trozo de tierra que permitiera obtenerlos. Esta segunda posibilidad había dado alas a las parcelas más pequeñas. El modesto trozo de tierra se había abierto un hueco como objeto de cesión, también transitoria, sin necesidad de que mediara la prestación de trabajo; simplemente, sirviéndose de las reglas del arrendamiento. Por eso en 1750 se había generalizado para esta arqueológica palabra el significado de explotación de pequeñas dimensiones; con seguridad, la forma más modesta de explotación. Sobre la transmisión precaria de una parcela limitada, se podría poner en marcha una empresa o iniciativa muy discreta para producir cereales, cuya diversidad en parte permite deducir la documentación de referencia. Nada impide que un pegujal de mediados del siglo décimo octavo esté localizado en el interior de un cortijo. Cualquiera de sus modalidades lo permite y la experiencia enseña que la mayoría tienen esa localización. Estarían también, por tanto, subordinados a él. Pero asimismo es posible que los pegujales se localicen en hazas, estén o no reducidas a manchones, o en tierras que de antemano son pequeñas parcelas segregadas por la condición de propiedad.
La modalidad mayoritaria y que define inicialmente con más precisión esta forma de explotación es la parcela única. De todos los pegujales organizados, las tres cuartas partes se sostienen exclusivamente sobre una unidad de producción: una parcela, un pegujal. Lo que queda al margen de esto tampoco es algo extraordinario. Del cuarto de pegujales con más de una parcela, mitad por mitad son pegujales sobre dos o sobre tres parcelas. Luego nada impide que también haya algunas empresas del tipo pegujal que estén sometidas a la tensión de las parcelas dispersas. Hasta tal punto es así que hay pegujales localizados en tres lugares distintos, aunque en todos los casos que se atienen a esta variedad ocurre que la dispersión es muy limitada. Porque tratándose del pegujal, la dispersión es compatible con los escasos costos de desplazamiento, a la vez que con la inmediata accesibilidad desde las poblaciones. El número tres, referido al de parcelas, parece ser también un valor asociado a esta posible norma. Hay, no obstante, algún caso de excepcional dispersión. Se documenta un pegujal en más de seis sitios. Aún así, restringido al espacio de un mismo término se atiene a la regla de concentración relativa.
Suerte es una forma de acceder a la cesión cuando la demanda de los bienes de los que se pretende disfrutar es superior a la oferta. El cedente, bajo esas condiciones, para adjudicar el bien puede recurrir, entre otras posibilidades, al azar. Por antonomasia, el procedimiento se aplica a las tierras que están bajo dominio de los municipios. En las tierras públicas y comunales que se aprovechaban para el cultivo, previa licencia real, se delimitaban las unidades homogéneas que recibían aquel nombre, siempre de dimensiones reducidas. Los municipios recurrían habitualmente al sorteo como medio de adjudicación aconsejados por representar la equidad, cautela de los gobiernos que se proponen perseverar.
Pero entender el término en este sentido tan restringido dejaría fuera a tierras privadas, como ocurría con las situadas en los ruedos. Sus dueños también podían recurrir a esta manera de llamar a las parcelas pequeñas que cedían para que fueran explotadas. Es cierto que el procedimiento de adjudicación, en este caso, es más probable que estuviera mediatizado por la subasta, que garantizaba las rentas más altas posibles. Por tanto, el sorteo en sentido estricto no sería el encargado del reparto, lo que no impedía a los dueños encubrir con la palabra suerte cada parcela que cedieran.
No obstante, es posible que a las pequeñas unidades de producción ocasionalmente se las denomine suertes simplemente para significar que en origen fueron constituidas dentro de límites legales y definidos. Porque en algunos casos no consta que las que se han reunido para organizar una explotación procedan de adjudicación alguna de tierras mediante sorteo o subasta. El hecho de que puedan acumularse en una cantidad muy alta en una sola mano, para dar como producto una extensión media compatible con los medios de gestión de las labores, hace sospechar que en estos casos pudo haber acaparamiento de predios colindantes procedentes de un reparto por sorteo anterior.
Hemos precisado antes que roza es una técnica al servicio del sistema de cultivo, la destinada a deshacerse de la vegetación espontánea crecida en la parcela que se va a preparar para la siembra, sea por labores profundas o por ignición. Sin embargo, con el nombre de roza también se puede denominar una unidad de producción que hasta el momento en que reunimos la documentación había caído fuera del campo de observación del estudio de la economía regional del cereal. La escasa literatura sobre esta modalidad de agricultura que ha prosperado ha adoptado esta denominación. Para nosotros no hay más autoridad ni más tradición que la justifiquen. A ella nos remitimos con la seguridad de que los avances que para esta vertiente del tema habrán de venir conquistarán un vocabulario más preciso.
El nombre no es el más adecuado porque efectivamente se refiere a un procedimiento de cultivo, y no a un lugar en el espacio o a una iniciativa. Pero la extensión del nombre hasta identificar una explotación podría quedar más que justificada porque aquel procedimiento es, en este caso, el que decide sobre todo lo demás. Allí donde la ocupación del suelo con fines productivos es menos intensa, el origen de las explotaciones de quienes deciden cultivar cereales, en una proporción muy alta, debe partir cada año del desbroce de un espacio en el que durante años la vegetación espontánea ha crecido libremente. Se deslindan en espacios de estatuto equívoco, también consecuencia de la poco intensa apropiación del suelo por defecto de la competencia entre quienes pueden aspirar a ella, resultas de la confluencia de la baja calidad del suelo y la escasez de población, lo que suele enmascararse -o, si se quiere, resolver de manera sumaria- considerando el espacio comunal, en la práctica terrenos bajo dominio de los municipios, y a ellas se puede acceder por sorteo en caso necesario. Cualquier vecino de aquellas poblaciones dispuesto a emprender una explotación de esta clase dispone de todos los reconocimientos y ayudas públicas, o en sentido contrario no encuentra más impedimento que el personal que pueda oponerse a tomar la responsabilidad de este trabajo. Que estas parcelas sean localizadas, habitualmente y del modo más general, en el monte es, finalmente, una manera de indicar con comodidad y eficacia la calidad de las tierras que se siembran, lo que no impide que estas prácticas, como se podría esperar, tiendan a desplazarse y radicarse en las tierras de mejor calidad de las zonas donde es practicada, en una progresiva declinación hacia la estabilidad que contradice su fundamento.
La información que nos permite asomarnos al mundo de las rozas, que las aproxima mucho a los pegujales, evoca un orden sencillo. La explotación de las rozas se asienta sobre una parcela. Los limitados medios energéticos disponibles y contar con un rendimiento satisfactorio de antemano, gracias al abonado incluido en la técnica, son opuestos suficientes para que el tamaño de las explotaciones pueda ser en todos los casos discreto.
A las huertas las fuentes siempre se refieren manteniendo su sentido regular, y no hace falta explicar que la huerta es la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras, que siempre ha sido un espacio proclive al cultivo promiscuo, ni que cuenta a su favor con el regadío y la intensidad del trabajo en dimensiones en las que el suministro de la energía humana es el que impone la pauta. Lo que ocurre es que la explotación de la agricultura intensiva llega a serlo tanto que incluso en ocasiones incluye el cultivo del cereal, o que el deseo de poseer cereal invade el territorio de otros cultivos. Ningún obstáculo entorpece que en explotaciones tan especializadas, y con un carácter tan definido, suceda esto. En la parte de las huertas que se siembra de cereal el comportamiento es de haza. La parte dedicada a cereal también es una parcela dentro de ellas. Pero solo hemos encontrado dos en las que una parte de su superficie se dedicara a sembrar cereales. Luego este hecho por necesidad sería, además de excepcional, restringido.
Así pues, un cortijo es una unidad integral de producción, una haza es una parte de las tierras de un cortijo, el manchón un espacio definido por un recurso técnico, el pegujal una posesión modesta y pasajera que mejor se materializa en una parcela, la suerte una forma de acceder a la cesión de la tierra, la roza otra parcela definida por otra técnica al servicio del sistema y una huerta la explotación especializada en la producción ininterrumpida de frutas y verduras que esporádicamente acoge el cultivo de los cereales. Hay que reconocer que los textos contemporáneos no son rigurosos a la hora de elegir un criterio a partir del cual decidirse por las palabras que deben distinguir las explotaciones que actuaban en la producción de los cereales. Ni para evitar que en el uso de este vocabulario se interfieran entre sí los factores para la definición, como el tamaño de la parcela, las formas de la tenencia o las técnicas que se emplean. Todo lo cual pone en el riesgo de que las conceptos se solapen y que por tanto todo se confunda.
Pero afortunadamente, porque al mismo tiempo con su gama de vocablos los autores se proponen trazar el cuadro de las explotaciones con las que conviven, los términos más habituales alcanzan ese orden cuando se emplean por antonomasia, lo que como hemos demostrado permite depurar y aislar en cada uno de ellos el componente explotación, el asunto que nos hemos propuesto aclarar. Bastan las definiciones para que en todos los casos se descubra el contenido relacionado con este criterio. Cuando en la documentación de la época se utiliza la palabra cortijo por antonomasia es sinónimo de empresa de cereal del tamaño mayor. Haza, cuando designa una unidad independiente, es una empresa de tamaño intermedio, lo mismo que manchón. El sentido en el que utilizan el concepto pegujal los documentos de mediados del siglo décimo octavo es empresa o iniciativa de pequeñas dimensiones para producir cereales, y cuando las fuentes eligen la palabra suerte para aplicarla al campo de las explotaciones se entiende también que se trata de explotaciones constituidas sobre parcelas de dimensiones modestas. En el caso de las rozas la trascendencia de la técnica, su responsabilidad decisiva, se identifica tanto con la explotación misma, una explotación de tamaño discreto, que termina denominándola. En la explotación llamada huerta el cultivo de los cereales es excepcional y restringido y no creo que sea necesario tenerlas en cuenta en lo sucesivo.
Luego las clases de explotación, si nos atenemos al criterio del tamaño, factor común de todas las definiciones, se pueden reducir a tres: la que representa el cortijo, la que se identifica en hazas y manchones y la que se materializa en pegujales, suertes y rozas. La responsabilidad que en la constitución de cualquiera de ellas tiene la configuración previa de las unidades de producción, que en todos los casos es decisiva más allá de la aparente obviedad, reduce aún más las posibilidades. Haza y manchón pueden estar acogidos a cortijos, y el pegujal, a cortijos y hazas, aunque también puede ser independiente. La suerte puede acogerse a cortijos, pero también a las tierras de dominio municipal, que es el espacio regular de las rozas. Así las cosas, el orden del espacio para ser explotado con cereales podría reducirse al siguiente principio. El cortijo sería la matriz del orden, así íntegro como por sus secreciones mediana y pequeña, y las tierras de dominio municipal un amortiguador elástico del uso de aquel, que es el prevalente.
El acierto de al menos una parte de este análisis se puede poner a prueba sometiéndolo al contraste cuantitativo. Una información contemporánea sostiene que cada año, a mediados del siglo décimo octavo, si nos limitamos a los términos más generales, el espacio regional dedicado a cereales quedaba repartido de la siguiente manera: un tercio de las explotaciones activas eran cortijos, casi una cuarta parte hazas y casi otro cuarto pegujales, proporción que aumentaría si a estos les fueran sumadas las suertes. Los demás tipos serían cuantitativamente muy poco significativos. Son cifras que solo aproximan y además ya podemos afirmar con certeza que en su manera de calcular está interfiriendo la falta de rigor que hemos detectado. La consecuencia es que las cifras, como los conceptos, se solapan y no se pueden dar por buenas.
Hemos reunido otras pruebas cuantitativas, también de alcance regional, que son más consecuentes con los tipos de unidades de producción depurados. El lugar común que la agotadora literatura sobre este tema ha sabido difundir con más éxito ha sido el de la extraordinaria dimensión de los cortijos. Durante un tiempo, y desde determinada posición, esta idea se ha combatido, seguro que con sobrado fundamento. Pero se puede afirmar que la idea más común, para mediados del siglo décimo octavo, es la más exacta. Entonces los cortijos de la región eran áreas de enorme extensión relativa, un principio que, aunque pueda parecer contradictorio, no es del todo incompatible con la idea de que el cortijo común entonces no era excesivamente grande. Evidentemente es posible relativizar, ordenar por tamaño, agrupar por clases, y siempre la idea general se podría matizar; tanto y con tanta elasticidad, gracias a la diversidad de situaciones que es posible presentar, que está al alcance de cualquiera defender desde posiciones parciales, sin el menor asomo de cinismo, la idea que se proponga. Valga con decir que, para 1750, hemos podido documentar cortijos activos cuya superficie es un valor comprendido entre 100 y 2.800 unidades. Pero el tipo general lo darían los comprendidos entre las 300 y las 600. Por los datos de que disponemos, nos persuadimos de que este es el intervalo que mejor define el tipo dominante entonces. Con bastante probabilidad la mayoría de los cortijos activos entrarían dentro de esta banda, y dentro de ella aún serían más probables los que se ajustaran al intervalo 300-500, cifras todavía más ceñidas a los valores documentados. Pero, más allá de los detalles, la idea que debe prevalecer sobre todas es que para el momento al que nos referimos los cortijos eran un universo que por su tamaño quedaba a enorme distancia de cualquiera de las otras modalidades de integración del espacio al servicio del producto agrario. Solo hablar de cortijos traslada el análisis de los hechos a un rango del espacio explotado que incluye la magnitud exagerada, muy lejos y muy por encima de cualquier otra clase de complejos territoriales. Solo a partir de este principio se puede hablar de clases cuantitativas de cortijo. Para dar una idea aproximada de la magnitud de estas superficies agrarias, se suele decir que una hectárea corresponde aproximadamente a la extensión del estadio convencional. Basta saber que las medidas de superficie con las que estamos trabajando equivalen a una media hectárea para que inmediatamente haya que reconocer que un cortijo que tuviera solo doscientas de aquellas unidades, equivalentes a unos cien estadios, era una enormidad, y nos rindamos a la evidencia.
Las unidades de producción a las que quienes declaran llaman haza ocupan una superficie cuyo valor está comprendido entre 1 y 72 unidades de superficie, máxima elongación de nuestra experiencia que resulta equívoca. Cuando se pasa por debajo de la barrera de las 25 se entra en el terreno de transición hacia el pegujal entendido como parcela. El grupo de las hazas propiamente dichas, en el que sin embargo se podrían incluir los manchones, queda por completo comprendido en las 50 unidades de diferencia que hay entre los umbrales 25 y 75. Todas las que pudieran considerarse tales están dentro de esos límites.
Aunque también se declaran parcelas destinadas a ser explotadas como pegujal cuyas extensiones es necesario enmarcar entre 2 y 34 unidades de superficie para considerarlas todas, lo que realmente define el tipo es que el dominio reservado al pegujal es el de tamaño ínfimo. Entre la mínima superficie útil para el cultivo y las 10 unidades se concentra la masa de este hecho. Los valores más frecuentes están entre 6 y 7, y cruzar el umbral de las 25 unidades de superficie es salir de este dominio, aunque algunos casos, que nunca llegan al valor 35, caigan en el campo marcado por aquella cifra.
La superficie de las suertes de iniciativa municipal viene inducida por la ley. Un valor común para ellas es las 8 unidades. Tal vez por eso a algunos contemporáneos la extensión tipo de las suertes comprendida entre 2 y 4 unidades de superficie les parece reducida, por insuficiente para atender las necesidades de ingreso de una unidad familiar que solo dispusiera de este medio. Sin embargo, una suerte de 2 unidades, a media legua del lugar poblado, los cálculos más exigentes la estiman suficiente para que un bracero, que es el trabajador del campo que no posee ganado de labor, trabaje durante un año. Habrá que entender que estos argumentos no se utilizan referidos a suertes de promoción pública.
Las parcelas para rozas son de pequeñas dimensiones, desde este punto de vista más próximas a las de pegujal que a cualquiera de las otras dos extensiones tipo, mientras que el tamaño de las parcelas interiores dedicadas al cultivo de los cereales en las huertas está comprendido entre las 30 y las 50 unidades superficie, lo que definitivamente las asimila a las hazas.
Pero si queremos disponer de cifras lo más precisas posible y derivadas de conceptos rigurosos hay que descender a la observación de las explotaciones de un territorio, como si se escrutara un mapa. Con los apeos y registros de sementeras y el cuadro de rentas provinciales referidos al espacio administrado por un municipio, que antes de ahora he manejado, se puede estudiar con más precisión y sin interferencias la frecuencia del tamaño de las explotaciones y la superficie que acumulan. Al tratarse de registros para detraer una renta pública, en ellos constan las cantidades de superficie por las que debe contribuir cada empresario. Esto es lo que asegura que la cantidad de tierra que cada declarante registró expresaba directamente el tamaño de su empresa, al margen de cómo la denominara, y que cada una de ellas se opone a todas las demás y es por tanto exclusiva.
A la vista de la frecuencia de los casos anotados en la tabla que los recoge íntegramente, se pueden decidir con nitidez los siguientes intervalos. Hay un primer dominio de las frecuencias del número de explotaciones cuyo rango llega hasta las 12 unidades de superficie. El número de casos, para cada unidad del rango, está aproximadamente marcado por el valor 50, y los valores modales se sitúan por encima de esta frecuencia. El segundo rango lo separan con claridad los valores entre 13 y 40 unidades porque las frecuencias más representativas de este dominio descienden bruscamente, hasta quedar comprendidas entre los 10 y 20 casos por cada unidad declarada. El tercer dominio, que comienza a partir de la superficie por encima de 40 unidades, es con toda claridad el de las frecuencias por debajo de 10, modales y no modales.
El siguiente cuadro, referido a un año tipo, ilustra esta definición independiente de los rangos.
| Intervalos de superficie | Frecuencia de los casos | Frecuencia de los casos | Superficie acumulada | Superficie acumulada |
| En valores absolutos | En % | En valores absolutos | En % | |
| Hasta 12 unidades | 1.424 | 85 | 5.822,50 | 18 |
| De 13 a 40 | 127 | 7 | 3.116,00 | 9 |
| De 41 en adelante | 128 | 8 | 24.062,25 | 73 |
| Totales | 1.679 | 33.000,75 |
Cualquier clasificación, porque siempre es rígida, corre el peligro de enmascarar o deformar los fenómenos. Pero creo que la claridad que reconoce el criterio de segregación de los grupos permite concluir que el cuadro precedente deja observar una realidad y no una elaboración estadística. Es probable que el mayor grado de fidelidad a los hechos se concentre en los extremos. Según resuelven los documentos, había dos clases de explotaciones, labores y pegujales. Probablemente, esta manera de proceder sus autores simplificó los hechos. Pero tuvo la virtud de poner de relieve con solo una instantánea algo más que lo más llamativo. Por debajo del valor 12 unidades de superficie queda sin ninguna duda el hecho de los pegujales absolutamente. Por encima de las 40 también es seguro que lo único que existe son labores, por definición. El dominio intermedio es sin embargo de transición. Ahí deben estar la parte sustantiva de quienes toman hazas y manchones para explotarlos íntegros. Pero también otros cuyos comportamientos redundan en los dominantes: los que toman grandes extensiones y sin embargo emprenden una labor discreta, para ceder en pegujales la otra porción de la superficie que tienen; y viceversa: es posible que estén declaradas como parcelas continuas las tomadas por un grupo de trabajadores para hacer de ellas el uso regular del tipo pegujal, que por otra parte en absoluto no excluye el aprovechamiento comunal. Aunque normalmente el pegujal se promovía por una persona, y se accediera a él por remuneración, arrendamiento, sorteo o teniendo que rozarlo, sobrevivía el pegujal como parcela comunal cultivada por un grupo de semejantes, una forma de explotación que aunque entronque con la senara igualmente se denomina pegujal.
Así pues, nada hay que añadir a lo observado sobre los valores que lo resumen. Casi el 80 % de la superficie puesta en cultivo lo concentraba menos del 10 % de las explotaciones, y más del 80 % de las explotaciones no acumulaban ni el 20 % de la superficie. Lo que quedaba en medio tenía escaso peso específico. Contando con estos valores se puede afirmar que en el centro de la región suroccidental de la península ibérica, a mediados del siglo décimo octavo, a la forma de empresa llamada labor eran dedicadas nada menos que entre tres cuartas y cuatro quintas partes de todo el espacio invertido cada año en la siembra de los cereales, un fenómeno que era compatible con que las labores de un territorio, al mismo tiempo, fueran la porción mínima de las empresas destinadas a aquel fin. Incluso si a las labores en sentido propio se les sumaban las que se acometían según sus mismos procedimientos, aunque en espacios distintos a los genuinos, se mantenían en torno a la décima parte de las iniciativas cuyo deseo era conseguir aquel producto. Tan desequilibradas relaciones dan suficiente idea del grado de concentración que se había impuesto en esta decisiva rama de actividad, así como de la preponderancia de este tipo de empresa. El cuerpo de las labores de un territorio creaba un orden en el espacio tan poderoso que alcanzaba a toda la actividad, cuyo régimen de gestión rebasaba los límites de cada una de las explotaciones que a sí mismas se llamaban de aquel modo. Además, decidía sobre la organización de todo el complejo de empresas primordiales al que debemos llamar casa, para el que actuaba como núcleo.
Las expectativas podían llevar a la promoción de un buen número de empresas. El criterio que prevalecía para constituirlas era el personal. Como norma general, juzgando a partir de las mismas fuentes, puede defenderse sin correr demasiados riesgos que el principio de organización de la economía del cereal era la iniciativa individual o personal, esporádicamente femenina, y que acceder al uso de la tierra mientras aún se permanecía bajo la patria potestad se cita como algo muy excepcional. De donde se deduce que la existencia de las explotaciones de cereal estaba sostenida por la vida adulta de los varones. De ahí que tenga el más preciso de los sentidos que la documentación de la época, para referirse a las clases de explotación de la manera más explícita, en muchas ocasiones simplemente personifique. Las clases de empresario que reitera son cuatro: labradores, pelantrines, manchoneros y pegujaleros. Labrador es el promotor de labores. Con toda la consecuencia, algunas mujeres justamente se presentaban a sí mismas como labradoras. Pelantrines y manchoneros serían los intermedios. Buena parte de los casos que se identifican a sí mismos con estas denominaciones al mismo tiempo están incluidos en el dominio de las hazas. A la masa reiteradamente se refiere la documentación con el regionalismo pegujaleros. Descrito el origen y el lugar que ocupan en el rango de las empresas, probablemente es más correcto, cuando es necesario generalizar y comparar, llamarlos campesinos, la forma más extendida de identificarlos en occidente. Por tanto, concordando los nombres habituales de los promotores de explotaciones con las inducciones cuantitativas precedentes, las dos clases de empresario decisivas para sostener el orden creado para el cultivo de los cereales serían labradores y campesinos.
Una parte del análisis historiográfico ve que en la organización de las empresas decidirían tres factores, a su vez entre sí relacionados: el tamaño de la superficie sobre la que se organizaba, los medios de los que disponía quien la decidía y el destino previsto para el producto. Del alcance decisivo del tamaño de las parcelas tenemos pruebas suficientes, mas del valor relativo que tenían los medios no es posible formarse un juicio en los límites de este ensayo. Pero incluso suponiendo que todos dispusieran de los mejores medios para la promoción de una empresa, las posibilidades de combinación con los otros dos factores que la harían realidad enseñan de antemano que no habría solución técnica que pudiera imponerse como la más racional, sobre todo contando como constante con la rígida bipolarización de los tamaños. De cualquier manera, es al tercer factor al que la mayoría le concede la responsabilidad. Suelen explicar que las clases de empresa se pueden discriminar, de la manera más sencilla, tomando solo como criterio el destino previsto para el producto. Según este, básicamente habría dos tipos de explotación, la que producía solo para autoabastecerse y la que además producía para el mercado. La frontera entre la iniciativa de los labradores y la de otros que quisieran disponer del mismo vendría dada por el diferente destino de su producto. Mientras que el labrador, en sentido propio, sería el que, además de la reserva, pretendiera una cosecha que le permitiera obtener rentas en el mercado, el campesino, que ni siquiera había de estar vinculado de manera preferente a la actividad agrícola, tendría como único propósito, cuando cultivaba un trozo de tierra para obtener cereal, conseguir su modesta despensa.
Creo que es precipitado aceptar tal oposición de términos. Efectivamente había explotaciones cuyo fin era abastecer los mercados, mientras que otras se situarían al margen de este propósito. Pero no sería exacto afirmar que las menores daban preferencia al suministro al hogar, porque nada impedía que su producto también concurriera al mercado, aunque a una parte de los gobiernos domésticos no conviniera desviar en aquella dirección el producto que obtenían. Los campesinos también buscaban renta, todos buscaban renta. La renta era la riqueza. La separación entre unos y otros la originaban las condiciones en las que cada cual podía acceder a su realización. Los mercados, el del grano, pero antes el de las cesiones de suelo, eran las encrucijadas en las que la lid, que el lenguaje del análisis económico ha atenuado llamándola competencia, otorgaba posiciones y posibilidades, victorias y derrotas, ganancias y pérdidas. Todos podrían depositar una parte de sus esperanzas en el golpe de suerte de una venta favorable del producto. Sobre todo porque no era una aspiración remota. El mercado en el que las respectivas explotaciones esperaban era el que proporcionaban sus propias poblaciones, cualquiera de ellas experta, así activa como pasiva, en las fuertes oscilaciones del precio del grano.
De acuerdo con los análisis acumulados en los límites de este texto, creo es posible replicar con otra teoría del origen de las explotaciones. Si aceptamos que la presión de las poblaciones circundantes sobre las tierras más alejadas del centro de un término se suma al incremento interior de los pegujales, tal como antes de ahora se ha demostrado, tendríamos que reconocer que la oscilación del tamaño de la superficie cultivada cada año se alimenta del recurso a las tierras periféricas en el sentido más extenso; de las periféricas porque la distancia las hiciera más útiles a quienes vivieran en la población vecina, de las periféricas porque su rendimiento pronosticable pudo hacerlas preferibles para su aprovechamiento como pegujales, al margen de donde estuvieran localizadas.
Argumentar con el rendimiento en el momento crítico de las explicaciones puede parecer apelar a un factor que no ha sido tenido en cuenta en el análisis precedente, un argumento que se deja sobre la mesa como los tramposos enseñan el as decisivo. No sería riguroso decidirse por este juicio en este momento. Aunque solo en apariencia. El concepto de presión de la demanda de tierras para organizar explotaciones, central en todas argumentaciones, lo contiene.
Para la modificación del valor de la superficie puesta en cultivo, parece decisivo el número de las parcelas que salen al mercado cada año, a partir de las cuales satisfacer la creación de una explotación autónoma. De su responsabilidad específica sobre el resultado final no pueden caber dudas. A los pegujales, creo que en todos los casos, se accede por cesión. Si la presión sobre su mercado se incrementa, crecen las expectativas de obtener renta por ellos. No sería por tanto rendimiento de la tierra lo que se esperara, sino de las cesiones, un hecho en modo alguno exógeno a nuestro análisis, al contrario, incluido desde el principio en el análisis, dado el modo de acceder a la promoción de un pegujal que parece común. Así pues, buena parte de la responsabilidad sobre la creación de las explotaciones habría que hacerla recaer sobre las rentas detraídas al trabajo invertido en la producción del cereal, fuera por iniciativa de los demandantes de las tierras o por decisiones de sus cedentes.
Espacio cultivado
Publicado: octubre 15, 2017 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agraria, economía Deja un comentarioAlain Marinetti
La tierra cultivada de la región se dedicaba preferentemente al trigo y sus especies subsidiarias. Según estimaciones contemporáneas muy sintéticas, absorbía como mínimo dos tercios de ese espacio. Tan alto consumo de tierra para un fin tan restringido sería permanente como consecuencia de la presión que originaba sobre ella el tamaño de la población, factor constante de cuyo signo había convencido ya la literatura económica que circulaba a mediados del siglo décimo octavo. Aparte la presunción de causalidad que contiene esta propuesta, el análisis de los valores del tamaño de la población no lleva a la misma conclusión. La preferencia por el cultivo del trigo parece más relacionada con la peculiar integración de los trabajadores en la empresa agrícola. Estos, según otros contemporáneos, siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, para así resolver la parte de sus ingresos destinada a la subsistencia, una posición económica que no siempre coincidiría con el autoconsumo.
Para comprobar en favor de qué afirmaciones está la veracidad que permiten los testimonios escritos, cuando se desciende a la escala de las poblaciones hay medios suficientes, los que consienten analizar el espacio cultivado con el trigo, que no obstante necesitan un examen atento.
Un auto de fines de agosto de 1741, que abre un expediente, descubre los propósitos y los límites del documento llamado registro de sementeras. Dicta que todos los vecinos de una población que hayan sembrado durante aquel año, sea en poco o en mucha cantidad, registren ante el escribano de cabildo de su municipio la superficie que hayan cultivado, para lo que disponen de un plazo de tres días. Cada labrador y cada campesino, sin excepción de secular que sea vecino, habrá de proceder con toda claridad y justificación, porque se trata de repartir la décima en función de lo que cada cual haya sembrado.
La fecha en la que se publica el auto no deja dudas sobre el momento en el que se exige el registro. Estaría justificado porque la contribución que se pretende recaería sobre el producto obtenido. Al tratarse de un repartimiento, es seguro que el pago que se espera es uno de los conceptos del sistema de administración de las obligaciones fiscales que en su tiempo se conoció como rentas provinciales. Excluyo que haya que interpretar décima en el sentido de diezmo, la primera renta de la iglesia romana. En modo alguno esta renunciaría entonces a otra parte del ingreso que le proporcionaba, menos aún al de toda una población y a favor de los ayuntamientos. Rechazada esta posibilidad, puede tratarse bien de un ingreso de la corona relacionado con el comercio interior, bien de un derecho deducido por el municipio para hacer frente a los pagos a los que obligue el encabezamiento. En el primer caso sería el equivalente al almojarifazgo; en el segundo, podría ser la décima parte de cada real de vellón del producto. Ninguna de las dos posibilidades me parece del todo convincente, pero estoy más inclinado a pensar que se trata de una contribución municipal que grava ligeramente las sementeras, dado el régimen administrativo de las rentas provinciales.
Es necesario reconocer que la fecha en la que se exige la contribución, posterior a la cosecha, actúa contra la veracidad del testimonio. Una cosecha deficiente llevaría a ocultar parte de la superficie sembrada. Además, en estos registros la ocultación debía ser endémica, puesto que son los propios interesados quienes tienen la iniciativa de su redacción. Que el plazo concedido para declarar sea solo tres días va en contra de su alcance. Una parte de los concernidos, por ser tan perentorio, ha de quedar fuera, y que los eclesiásticos estén excluidos del procedimiento fiscal, que no es una excepción, desde luego altera el punto de vista, que queda limitado a la población secular.
Pero no todos estos obstáculos parecen insuperables por los hechos que retienen los textos. Concordado el auto que lo inicia con el registro efectivamente completado, se comprueba que en realidad las declaraciones fueron presentadas entre el 23 de agosto y el 1 de septiembre. Como es habitual en estos casos, los límites que al principio se decidieron luego fueron ampliados. En cuanto a que no incluya a los eclesiásticos, probablemente no sea un defecto que modifique en lo fundamental la idea que sobre el fenómeno que me propongo observar, el que expresa el título, permite obtener el documento. Sin acumular un error significativo, creo que la parte secular se puede aceptar como representación de la totalidad de los casos. No hay indicios positivos que hagan suponer que, de organizar empresas de cereal, los eclesiásticos las acometerían de una manera distinta a como lo hace el común de quienes participan en el sector, a excepción quizás de los procedimientos que aplicaran los jesuitas. La población eclesiástica que emprendiera directamente sementeras sería escasa, salvada la regular. Pero sobre todo el número de situaciones que el registro de las sementeras permite conocer, que se mide por centenares, es suficiente para obtener una descripción fiable de la diversidad de casos y de sus tamaños relativos. Frente a todos los previsibles límites del documento, hay que aceptar que el hecho de que los declarantes sean vecinos es concordante con el punto de vista que deseo, y en especial carga favorablemente su capacidad para retener características significativas de la agricultura del cereal del momento que los dos tipos humanos a los que el auto se refiera sean solo labrador y campesino.
Con una información similar a la del registro de sementeras de 1741, es posible disponer de apeos de sementeras y asientos de pegujales. Mientras que los primeros son en todo similares al registro, los otros eran documentos complementarios que anotaban el cobro de los pegujales sueltos, tanto de vecinos como de forasteros. Y aún se puede completar la información de registros, apeos y asientos con la colección de los papeles destinados a elaborar una estadística de las rentas provinciales ingresadas por aranzada de olivar y fanega de sementera, cuya información referida a los cereales sin duda procedía de sus primitivos apeos. Por lo tanto, a todos podemos conceder las mismas carencias y propiedades que le hemos reconocido al registro de 1741.
He conseguido disponer de dieciséis apeos para el periodo comprendido entre 1766 y 1781. Su cronología permite pensar en la crisis conocida como motín de Esquilache como la razón inmediata de las fidelidades en la redacción y la custodia del tipo. De la serie paralela de los asientos de pequeñas explotaciones estaban disponibles los ejemplares correspondientes a los años 1763-1781, y los papeles de rentas provinciales estaban referidos a los quince años comprendidos entre 1764 y 1778.
En el examen de toda la colección he empleado algún tiempo. Exploté primero el documento de 1741 de manera sintética, y redacté las correspondientes notas de los registros de sementeras de todos los vecinos de aquel año. Luego, elaboré copia íntegra de los apeos de sementeras correspondientes a 1766, 1767 y 1768 con relativo provecho. La transcripción del documento correspondiente al año 1767, porque cuando se transcribe es cuando se lee mejor, me sugirió las primeras ideas propias sobre este problema, que fijé en forma de notas entre el 21 y el 22 de enero de 1993 con el título Arqueología del apeo de sementeras, las que han dado origen a este texto. También hice copia del apeo de 1771, y por último elaboré con la estadística para las rentas provinciales de 1764-1778 un cuadro que expresaba en fanegas la superficie sembrada de cereal cada año.
Una vez comparados someramente los contenidos de todos los informes seleccionados, aun a riesgo de equivocarme decidí trabajar bajo la convicción de que lo que observara para un año, porque mi atención se dirigía a la parte estable de los comportamientos, podría ser equivalente a lo que ocurría otros años de la misma época. De acuerdo con esa premisa, de todos los apeos de sementeras que estaban a mi disposición preferí el de 1771 porque me permitía cruzar sus datos con unas relaciones juradas del mismo año relacionadas con el proyecto de única contribución. Cualquiera que las conozca podrá reconocer las ventajas que para operaciones derivadas tiene esta manera de proceder. Su elaboración estadística, a partir de otro impreso de la información contenida en soporte electrónico, ya producto de una elaboración intermedia, me permitió hacer cálculos y admitir sus resultados como la referencia de lo que era regular, aunque sobre las posibilidades de su explotación estadística no me engañé.
No usé los datos de 1741 con la misma intensidad que los de 1771 porque, a pesar de que eran los más próximos en el tiempo a 1750, no me parecieron tan ricos como los de 1771, aunque no puedo negar que las notas del registro de 1741 también adelantaban algunas conclusiones válidas. El documento de 1768 permitía completar algunas ideas y avanzar en otras antes no descritas, especialmente en tres: los cultivos a los que eran dedicadas las pequeñas explotaciones, las otras actividades de quienes las emprendían y qué era mozo de posada. Aunque su autor se propone averiguar idénticas cosas sobre todas las personas de su objeto, carece de la disciplina necesaria para obtener de cada una información sobre las mismas características. Reconoce en unas que es sugerente registrarlas, aparte los datos básicos de la identificación, y en otras le parece más útil una precisa descripción particular. Puede actuar así porque los tamaños de la población encuestada no son tan grandes que le impidan reconocer individualmente a cada una de las personas que somete a observación. Con tal flexibilidad de su sistema de registro se asegura ese resultado. Pero su rigor actúa por circunstancias. Aun siendo frecuente la información que sobre cada uno de ellos da, para la mayoría de los asientos la información que correspondiera no consta. La consecuencia es que cualquiera de los tres hechos aparece esporádicamente y no admite análisis cuantitativo. El análisis solo permite descubrir que existen. Además, la revisión detenida de la copia del documento de 1768 me autorizó a sostener con seguridad que las deducciones que el documento de 1771 me había permitido, de ser analizado el de 1768 de la misma forma, llevaría a otras similares. Hecha compulsa entre los asientos de pequeñas parcelas y el apeo de sementeras, sus contenidos permitían saber que eran similares a los de 1771. Por tanto, podía estar seguro de que la idea que me había proporcionado el apeo de este año no sería modificada en ninguno de sus sentidos fundamentales. Lo podía tomar como referencia y nada impedía generalizar las conclusiones a las que se llegara con él.
Sobre la superficie sembrada, el balance del registro de 1741 no es bueno. Mientras que inscribe algo menos de 1.500 parcelas, una cifra que por comparación con los otros asientos puede ser admitida como veraz, toda la superficie declarada por los tenientes de esas tierras no alcanza las 11.000 unidades de superficie. Por su parte, la dedicada a este cultivo en 1771 fue 32.600,75 de las mismas unidades. Basta comparar esta cifra con las correspondientes a los otros años incluidos en el cuadro que aparece más adelante para aceptarla como la más veraz de las dos. En la población a la que están referidos estos documentos la superficie registrada como apta para el cultivo del cereal era poco más de 93.000 unidades según las informaciones de la Única. Las 11.000 de 1741 apenas superarían la décima parte del espacio apto para ser cultivado con cereales. Ni aun teniendo en cuenta que en este registro la superficie sembrada por forasteros no queda inscrita y que esta, según los datos de 1771, es poco más del tercio de la totalidad de la superficie sembrada, se alcanzaría una cifra convincente de toda la superficie que en 1741 fuera sembrada para obtener cereal. Siendo el número de parcelas declaradas muy aceptable, solo cabe concluir que quienes hicieron los registros expresaron menos superficie de la que habían sembrado. Como se observa un número anormalmente bajo de grandes parcelas, las unidades de producción de las empresas de más envergadura, y estas unidades suman una cantidad pequeña, de escaso valor relativo para el total de parcelas, a la vez que acaparan las mayores cantidades de superficie, puede sospecharse una ocultación concentrada en la declaración de las unidades productivas de mayor tamaño.
Podemos aceptar pues como cánones básicos del espacio cultivado, para aquella población, que cada año se decidían por sembrar cereal unas 1.500 explotaciones y que solo empleaban para este fin algo más de unas 30.000 unidades de superficie, la tercera parte de las posibilidades del espacio apto para producirlo. Así se demuestra que la capacidad para la producción de trigo y cebada era restringida de manera severa regularmente. Los propósitos de esta restricción, que tiene toda la apariencia del imperio de lo que se viene llamando sistema trienal, podrían ser monopolísticos. Pequeños cambios proporcionales de las explotaciones, en espacios de la magnitud de los que tratamos, pueden tener como consecuencia notables aumentos de la producción. El efecto que el crecimiento de la oferta de grano puede tener para su precio pude ser adverso para el deseado orden de monopolio, aspiración común a cualquier posición de dominio en el mercado. El aumento de la superficie cultivada, por otra parte, no conduciría inevitablemente a la caída de los rendimientos. La reserva de suelo de alta productividad es con seguridad más que suficiente para mantener en el nivel consolidado los rendimientos, y por tanto que los beneficios quedan a salvo.
Pero, más allá de las cifras sintéticas, si se recurre a los datos del cuadro de rentas provinciales de 1764-1778 es posible encontrar ideas más próximas a la resolución de las dudas planteadas al comienzo. He preferido anotarlos en valores relativos para cada caso porque son los más expresivos y los que permiten generalizar con más facilidad. Se pueden reproducir divididos en dos series básicas, la referida a los vecinos y la correspondiente a los forasteros, un orden de la información que estaría justificado por el plan de cobro del derecho que gravaba la actividad que es objeto de nuestro interés. La serie de vecinos se abre por su parte en otras dos, la de labores y la de pequeñas explotaciones, de la primera de las cuales se puede presentar a su vez una subdivisión en seculares y eclesiásticos. Aunque las pequeñas explotaciones son denominadas específicamente pegujales sueltos, no cabe duda sobre que bajo esta entrada están agrupadas todas las pequeñas empresas de vecinos. La comparación con los datos de los años estudiados con detalle, en particular 1771, así permite afirmarlo. Tratándose en el origen de un documento redactado por quien pretende recaudar a cada contribuyente lo que le corresponde, no sería probable que cuando las pequeñas explotaciones se hubieran alojado en otras de mayor tamaño el señor de esta incluyera, en el espacio cuyo costo final él debe liquidar, el que hubiera cedido de cualquier modo a otros. De aquí podemos deducir que las series separan en lo fundamental los hechos que pretendemos conocer. Las entradas vecinos y eclesiásticos contendrían labores, al tiempo que en la columna pegujales estarían todas las explotaciones de esta modalidad. No obstante, mantengo reservas sobre que la entrada eclesiásticos se refiera realmente a labores, aunque en absoluto no hay que excluirlo. Sabemos positivamente que eclesiásticos también emprendían pequeñas explotaciones. Pero es tan escasa la intervención de los eclesiásticos en la producción de cereales que un error de interpretación, en cualquier sentido, no tendría la menor repercusión sobre los resultados de cualquiera de los análisis que interpretaciones divergentes indujeran. Aun así, es necesario reconocer que en 1741 en el apeo de sementeras solo constaban los pegujales de vecinos seculares. Que aparezcan elementos del clero disfrutándolos ya en el registro de 1768 permite deducir que los registros posteriores a 1741 también inscribirían eclesiásticos, y efectivamente, tal como desde el principio conjeturamos, son pocos los que finalmente pueden identificarse.
En el caso de los forasteros, es posible desplegar otras dos series, una de labores y la segunda de pequeñas empresas. Para la primera mitad, solo el valor global de la primera se consigna. Mediada la secuencia, aparece además el dato de pequeñas explotaciones. Esto abre varias posibilidades de interpretación, que en lo fundamental ya hemos adelantado en los análisis de los documentos precedentes, por lo que especular con ellas tampoco tiene mucho sentido. Los pegujales de forasteros son aún más insignificantes que las empresas de cereal de eclesiásticos. Nada que defendiéramos tendría consecuencia alguna para el hecho observado en toda su dimensión. Son tan erráticos los valores que la fuente nos proporciona a este propósito que es preferible ignorarlos. Suponemos que, así como la cesión de tierras a forasteros, mediante contratos regulares, se puede controlar con relativa facilidad, tener noticia de quienes toman pequeñas parcelas en todas las poblaciones circundantes sería bastante más complicado. Los pegujales de forasteros registrados tendrían tan poca entidad porque serían externos a las unidades de explotación de los labradores. Afortunadamente, el punto de vista adecuado para analizar esta parte del fenómeno, que como enseguida se verá es observar la parte de tierras periféricas que es segregada al uso de una población, en modo alguno se ve interferido por este defecto del medio informativo.
Completan el cuadro, al principio, la columna del tiempo y al final las de totales. Solo la que expresa toda la superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se ocupa va expresada en valores absolutos, en las unidades de superficie más comunes. A su lado, una columna de cierre expresa ese mismo valor en términos relativos. Recuérdese que el valor absoluto de la superficie disponible que admitiría el cultivo de cereales se estima en poco más de 93.000 [93.287,78] unidades de superficie.
| Años | Vecinos | Vecinos | Vecinos | Forasteros | Forasteros | Total | Total |
| Labores | Labores | Pegujales | Labores | Pegujales | En fanegas | % | |
| Seculares | Eclesiasts. | ||||||
| 1764 | 46 | 5 | 14 | 34 | Nc | 31.962,50 | 34 |
| 1765 | 49 | 5 | 15 | 31 | Nc | 32.013,83 | 34 |
| 1766 | 49 | 5 | 16 | 31 | Nc | 34.084,33 | 37 |
| 1767 | 46 | 4 | 18 | 32 | Nc | 29.681,00 | 32 |
| 1768 | 45 | 3 | 19 | 33 | Nc | 31.036,25 | 33 |
| 1769 | 46 | 2 | 17 | 34 | Nc | 32.345,25 | 35 |
| 1770 | 45 | 3 | 17 | 35 | Nc | 31.666,50 | 34 |
| 1771 | 41 | 3 | 19 | 35 | 1 | 30.685,25 | 33 |
| 1772 | 42 | 3 | 16 | 38 | 1 | 31.497,67 | 34 |
| 1773 | 39 | 3 | 17 | 40 | 0,4 | 31.155,83 | 33 |
| 1774 | 40 | 3 | 16 | 39 | 2 | 31.955,50 | 34 |
| 1775 | Nc | Nc | Nc | 42 | Nc | 36.015,50 | 39 |
| 1776 | 36 | 2 | 21 | 43 | 0,1 | 35.943,75 | 39 |
| 1777 | 34 | 2 | 20 | 42 | 2 | 38.086,75 | 41 |
| 1778 | 34 | 2 | 18 | 45 | 1 | 36.707,83 | 39 |
La serie demuestra la enorme estabilidad de la composición del fenómeno, tal como puede observarse a través de las características que el documento registra. Comparado con los demás años de la serie, el de 1771, si se observa desde la columna de los valores proporcionales, definitivamente parece representativo de los comportamientos estables. La fracción de superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se invierte se mantiene en torno al tercio, algo por encima si se quiere ser algo más preciso. Pero aunque la estabilidad del fenómeno es lo más notable, y por tanto lo que debe ser retenido por encima de todo, para cualquiera de sus componentes es posible observar matizadas evoluciones.
En la cantidad de tierra cada año sembrada se reconocen dos fases, la primera, con valores en torno al 34 % de la superficie disponible, y la segunda claramente por encima del 38. La primera abarca de 1764 a 1774 y la segunda corresponde al periodo 1775-1778. No sería exacto decir que la cantidad de tierra cultivable tiende a crecer. Más exacto sería afirmar que acontecimientos comprendidos entre 1774 y 1775 darían como resultado un perceptible crecimiento positivo de la cantidad de tierra que cada año se dedicaba al cultivo de los cereales. Dando por supuesto que tales factores debieron actuar, lo que obliga a una demostración positiva, podríamos decir, utilizando un vocabulario evasivo que es frecuente cuando se observan cambios como el descrito, que el mercado de la tierra cultivable, entendido como mercado anual de las cesiones, ha conocido una presión ante la que no ha podido resistir y ha decidido aumentar la oferta. Siendo los resultados los que recoge la tabla, habría ocurrido que la demanda de tierras para la sementera presionara sobre la oferta.
Los efectos de esta dirección de las actitudes podían ser adversos. Cualquier incremento de la cesión podría redundar en un no deseado crecimiento positivo del producto de cereales, según hemos reconocido más arriba. La sucesión de las cantidades de superficie sembrada, observada año a año, que demuestra una cadencia cíclica muy regular y muy corta, confirma el poder de la contención. A cada pequeña expansión anual relativa, bianual como máximo, sucede una contracción. No es imprudente pensar que el orden creado reaccionaría con sensibilidad, y solo necesitaría pequeños ajustes para mantener el rumbo del producto. Cada año pretendería satisfacer el óptimo que el deseado monopolio promete y cualquier exceso que se cometiera era inmediatamente corregido.
Pero si la presión sobre el mercado de las cesiones se resolviera con ese movimiento oscilatorio constante, las causas del fenómeno quedarían encerradas en un círculo que agotaría las posibilidades sin encontrar explicaciones para los problemas que nos hemos propuesto; quedarían descargadas sobre el precio del producto, un factor que en este momento queda fuera de nuestro campo de observación, y no resolvería nada sobre el papel que corresponde a las poblaciones. Afortunadamente, todos los valores de la estadística precedente no se resignan a esa razón. El valor mínimo para toda la superficie cultivada suma 29.681 unidades de superficie y el máximo 38.086,75. La diferencia entre uno y otro es casi 10.000, equivalente a una cantidad comprendida entre un cuarto y un tercio de toda la superficie cultivable. La oscilación, de año a año, también podía ser tan flexible y amplia como para decidir, en una fracción nada despreciable, sobre el monto del producto total obtenido. Es necesario especular con calma sobre las razones de tanto margen y sus consecuencias. Aunque el documento obliga a restringir las aspiraciones, su manera de interesarse por los hechos deja al descubierto factores del mercado de las cesiones de tierra comprendidos en nuestras hipótesis.
Las oscilaciones de mayor envergadura en parte pueden ser consecuencia de las presiones periféricas sobre el espacio cultivable. Los desplazamientos desde una población a la parcela cultivada, y por tanto los costos en tiempo de trabajo, decidirían sobre el espacio que se podía cultivar. Se puede precisar con bastante exactitud el radio máximo del que se ocupaba para el cultivo desde ella a partir de la información sobre arrendamientos de la Única. Incluso se podrían trazar las sucesivas coronas del movimiento por frecuencia de lugares según distancia. Pero su explotación con este propósito, porque los valores que aquellos proporcionan se refieren a una población, llevaría a conclusiones poco relevantes, y tampoco lo son las diferencias en las distancias a recorrer. Averiguar cuál es el límite racional de los desplazamientos es un ejercicio que con más facilidad se resuelve desde otro principio axiomático: las tierras periféricas de un término pueden quedar más próximas a poblaciones limítrofes, y por tanto ser explotadas con menos costo de tiempo por ellas. Aunque la presión de estas poblaciones sobre el espacio agrario disponible al otro lado del término esté modificada por las clases de límite que compartan.
En la estadística la superficie dedicada a labor por los vecinos declina inexorablemente a lo largo del periodo, mientras que la que ponen en cultivo bajo la misma modalidad los forasteros se comporta exactamente en el sentido inverso. (Las iniciativas de los eclesiásticos, poco relevantes, se atienen al comportamiento de los vecinos seculares, y lo siguen con absoluta fidelidad.) Si además se observa cada par de valores de cada año, el de los vecinos y el de los forasteros, es necesario reconocer el intercambio que hay entre ambos. Casi con todo rigor se cumple la regla de que cuando uno crece el otro disminuye. Es necesario reconocer la actuación consciente de ambas partes en la creación de este orden. Los labradores de la población y los de las poblaciones periféricas actúan coordinadamente para hacer uso del espacio dedicado a cereal.
Cualquiera de las situaciones tendría que admitir un factor constante. Vecinos y forasteros son cualidades que se refieren precisamente a la condición de residencia. Describen con precisión, aunque en términos relativos, el lugar donde se radica. Si las cosas ocurren así, es necesario afirmar, limitados como estamos a los términos de la propia estadística, que una de las presiones que conoce el mercado de la tierra, en el mismo sentido en el que antes hablábamos, es efectivamente la de las poblaciones. Si entre poblaciones de distinta radicación hay intercambio de tierra para sembrar el factor población es responsable directo, o inmediato, de la cantidad de tierra sembrada cada año; más exactamente, de la cantidad de tierra cultivada bajo la condición de labor.
Pero la presión no proviene de una población ni de su crecimiento, sino de varias y por su posición respecto de la tierra cultivable. Por la forma en que nos viene suministrado el dato aparenta ser la presión de todas las periféricas sobre una central, aunque el sentido de la evolución observable no debe engañarnos sobre el comportamiento del factor. Pudieron ser unas las que presionaran y otras no, y si decimos que las periféricas presionan sobe la central es porque al final del periodo la superficie acaparada por los vecinos cede en beneficio de los forasteros. Si trasladamos en el tiempo el punto de vista, al principio ocurriría que la presión desde fuera sería baja. En realidad, por tanto, estaríamos ante una especie de ley de la ósmosis inversa que aprovecha que los límites entre términos son membranas semipermeables. Cuando la presión crece de un lado, se incrementa el espacio acaparado por un lado y disminuye el que abarca el otro, y viceversa.
Si la masa de tierra sobre la que se ejerce la presión fuera constante, esta explicación podría bastar. Pero no es así. Hemos reconocido dos masas tipo diferentes, una anterior, menor, y otra posterior. A la variación de la masa corresponde, siempre en los términos de la estadística proporcionada por el archivo, además del intercambio de responsabilidades entre vecinos y forasteros, o factor población radicada, el trasvase entre formas de explotación, entre labores y pegujales. Si a partir de la tabla se deducen los valores de este trasvase correspondientes a las dos masas tipo, en el primero tramo, el de 1764 a 1774, el valor de la superficie puesta en cultivo por los pegujales oscila entre unas 4.500 unidades de superficie y 6.000, mientras que en el siguiente, el más breve, de 1775 a 1778, se sitúa entre unas 7.000 y casi 8.500.
Sería pues la presión de las pequeñas explotaciones de vecinos, la presión de quienes están dispuestos a arriesgar una en el interior del término, sin tener que completar largas distancias ni por tanto consumir tiempo de trabajo en los desplazamientos, la que incrementaría la cantidad de espacio puesto a producir. El aumento de la presión interna sobre el mercado de las cesiones de tierra permitiría simultáneamente liberar el especio periférico e incrementar el espacio cultivado, relevando de parte de sus responsabilidades a los vecinos labradores. A la vez que las labores locales descargaran el peso de la producción sobre las periféricas, otra parte se trasladaría a las explotaciones de menor tamaño. Si aceptamos que los pegujales de forasteros que aparecen registrados en la estadística serían externos a las unidades de explotación de los labradores radicados en las poblaciones circundantes, la liberación de espacio periférico pudo ser invertida de la misma manera en él. Al contrario, cuando esa presión disminuye, la superficie cultivada disminuye, el papel de las cesiones periféricas sería menor y también menor el de las pequeñas explotaciones interiores. Luego los labradores vecinos cargarían con una mayor responsabilidad sobre el tamaño del producto, incluidos sus riesgos. Sobre los forasteros, en la medida en que restringieran la presencia de pegujales, recaería una carga similar.
En el consumo de espacio para el cultivo de los cereales a fines de la época moderna la actividad agropecuaria se ajustaría por tanto al menos a dos patrones. Uno de contención del espacio cultivado y otro de expansión. La diferencia entre uno y otro la marcaría la iniciativa campesina, que desde dentro de las poblaciones haría oscilar el producto, cuya masa dominante y más estable no obstante permanecería bajo control de los labradores de cada una de ellas.
Así que la responsabilidad inmediata o causal directa sobre el espacio puesto a producir cargaría sobre el tamaño de las parcelas y la superficie que acumularan. Luego la presión cuyo resultado sería el incremento de la superficie puesta en cultivo cada año provendría, al menos en idéntica medida, de aquellos que siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, fueran o no trabajadores para otros. Si esta iniciativa tenía la intención de favorecer el autoconsumo o descargar los costos del producto sobre las pequeñas explotaciones es algo que no es posible resolver con los datos que suministran las fuentes tenidas en cuenta para esta ocasión. Pero sí es posible concluir que los comportamientos que inducen hablan en contra de una progresiva proletarización del campesinado, efecto a su vez de un crecimiento absoluto del tamaño de las poblaciones. Al contrario, exige utilizar en su favor la razón del incremento periódico del campesinado. Los hechos registrados, que no demuestran el aumento de su número, sí avalan la expansión de las posibilidades de sobrevivir bajo tan asequible y consolidada condición.
Tres contratos de trabajo
Publicado: diciembre 9, 2016 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioAlain Marinetti, becario
No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.
Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar uno de los manijeros. De los que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.
La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.
El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.
Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.
En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.
La fecha de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.
Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas -unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos- que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.
La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.
El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.
La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra. Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.
En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.
El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedíes y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.
En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz -cada cahíz segado, según nuestra interpretación- cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.
Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.
Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.
Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.
La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.
La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.
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