El riesgo de ser campesino

G. Valparaíso

No había mujeres que regularmente se comprometieran en actividades agropecuarias. Menos aún parece que su condición fuera una parte de las relaciones que estaban en el origen de las pequeñas explotaciones de cereales, aunque excepcionalmente optaran por ser sus responsables independientes y autónomas. Entonces ocho de cada diez pequeñas explotaciones eran responsabilidad de hombres que al mismo tiempo trabajaban para quienes los empleaban en cualquiera de las actividades rurales. El riesgo de acceder, en pleno siglo décimo octavo, al grupo de quienes disponían de una pequeña explotación a lo largo de su vida se puede evaluar pues a través de las edades de los varones trabajadores del campo, que eran la mitad de quienes conseguían alguna. Hay un documento que permite conocerlas en un número de casos suficiente para satisfacer los rigores de la representatividad.

     En la población de referencia, el responsable de coleccionar las últimas declaraciones para satisfacer el plan de la Única Contribución, el proyecto fiscal al que se opusieron las instituciones garantes de la preeminencia señorial, las presentadas en 1771, recurrió al tópico jornalero para servirse de él con los fines administrativos que le hubieran confiado. Con aquella etiqueta clasificó unas 2.500 de aquellas declaraciones, una proporción muy alta si se tiene en cuenta que la cifra de los habitantes de la ciudad no alcanzaría los 10.000. El tópico tenía la ventaja de ser sintético, y estaba cargado de una sencilla fuerza dramática, que a sus contemporáneos tal vez les pareciera justa. Expresaba con bastante exactitud que había hombres empleados en las actividades agrarias que para ganarse la vida trabajaban por días, sin estabilidad y percibiendo a cambio de su esfuerzo unas cantidades de dinero muy próximas al mínimo de subsistencia. Las denominaciones que a sí mismos se daban quienes la administración unificaba bajo aquella etiqueta variaban. Unos preferían identificarse como trabajadores del campo, ocasionalmente como temporiles y, solo en la menor parte de las veces, como jornaleros. En unos casos contribuían a las actividades que se sucedían en ciclos inexorables, y en otros se empleaban en una casa como ganaderos, de los animales de labor o de los de cría. Y una parte de ellos, a la vez, explotaba una pequeña empresa agropecuaria, de entre dos y cuatro unidades de superficie en la mayoría de los casos.

     Acepté como punto de partida los cuadernos de declaraciones reunidas bajo aquella etiqueta, tal como habían sido coleccionadas por los gestores del proyecto fiscal, una vez comprobado que sus contenidos eran los mencionados, y tomé nota de 1.245 de ellas, todas las comprendidas entre la A y la L según el nombre del concernido, aproximadamente la mitad de las conservadas. Para esta ocasión, me limito a tener en cuenta la edad de quienes cumplían la doble condición, que el declarante fuera clasificado jornalero y tuviera bajo su responsabilidad una pequeña explotación aquel año.

     Las edades declaradas para entrar a, y salir de, la condición de campesino, siendo trabajador del campo, fueron respectivamente 18 y 70 años. Las dos se pueden aceptar como veraces. 18 era una edad concordante con el comienzo de la plenitud de las fuerzas del hombre. Quienes primero consiguieran acceder a una pequeña explotación lo harían una vez cumplido su décimo octavo aniversario. Franqueado aquel paso, en las tierras del sudoeste, para los hombres que hubieran decidido dedicar su vida activa a los trabajos agrarios, se abriría una puerta que daba entrada al mundo de las explotaciones del tamaño menor, condenadas a ser subsidiarias. Los últimos aspirantes a entrar en él tendrían que contratarla antes de cumplir el aniversario septuagésimo de su vida, momento en el que para ellos estaría indicada la salida, o desistimiento de cualquier posibilidad de sostener una. Los 70 serían una frontera infranqueable porque tras ella la decadencia era segura. La permanencia en aquel mercado era dilatada y extendida. Podía prolongarse durante nada menos que 52 años del tiempo de una vida.

     Pero, así como puede merecer crédito la confesión de los límites de la vida activa de los empresarios más modestos de cuantos se comprometían con la producción de cereales, no es tanto el que se le puede conceder a cualquiera de las declaraciones de edad de quienes eran trabajadores del campo y habían tomado posesión de pequeñas explotaciones a cualquier otra edad. A pesar de lo cual es necesario contar con todas las referencias a esta secuencia vital que haga la fuente, si se desea medir las posibilidades biológicas que a quienes aspiraban a ser campesinos alentarían a ofertarse en el mercado de las pequeñas explotaciones, previsiblemente el más importante de todos los rurales relacionados con el trabajo, porque sería el más concurrido, dado el abrumador tamaño que conceden insistentemente a tal clase de hombres las estadísticas de la época.

     Aunque hay declaraciones de edad, para cualquiera de aquellos momentos intermedios, que son explícitas y muy correctas, aparentemente sinceras, como la de quien dijo tener 44 cumplidos, son más las que reconocen haber cedido a un enunciado poco preciso de su edad. Los más relajados dijeron, por ejemplo, que tenían más de 30 años o 50 sobre alguno más o menos. No es algo que deba sorprender. Cuando las personas han de dar cuenta de esta característica, es común que incurran en evasivas, en formas de hablar que enmascaran cuanto pueden la exactitud, o en dudas sobre la conciencia que del tiempo transcurrido desde su nacimiento ha conseguido salvar su memoria.

     Es posible disponer de indicios sobre los momentos en los que el riesgo de la deformación del tiempo vivido pudo verse incrementado por efecto de las condiciones que impuso la fuente, y no tanto por la voluntad de los declarantes. Las edades más jóvenes, que en este caso son las que quedan por debajo de los 25 años, pueden estar representadas en una proporción superior a la real porque una parte de quienes las declararon, porque ya habían entrado en la edad laboral, todavía eran miembros de una familia cuyo titular era el responsable de la modesta empresa que estaba en el origen de las declaraciones, quien, por su parte, dado que su paternidad se había prolongado, era ya de una edad avanzada. Y ambas, como incursas en las premisas de la observación, las hemos debido tener en cuenta.

     Al menos en parte, este efecto puede estar contrapesado por los casos en los efectivamente el responsable declarado de la pequeña empresa era un joven. Uno de ellos pudo llegar a aquel estado a consecuencia de que el padre fuera de edad excesiva, la superior de las observadas, demasiada para tomar a su cargo la parcela, y otro porque su madre era viuda y no estaba comprometida directamente con la explotación.

     La disparidad y el número de tales casos, fuera uno u otro su signo, son suficientes para tener la certeza de que solo son la parte visible del mismo problema.

     Me propuse paliar cualquiera de estas rémoras, las visibles y las que no hubieran podido emerger a la superficie, que con seguridad serían más, con el agrupamiento quinquenal de las edades. Aunque no las absorbería todas, y no podría evitar que una parte de ellas todavía fuera nociva, “quizás pueda valer la pena –pensé– correr el riesgo de cierta desviación si tomo grupos que como los quinquenales permiten a la vez borrar el efecto y salvar la sensibilidad del medio de observación frente al fenómeno, su capacidad para registrar con precisión, al instante, los cambios, las oscilaciones de un ciclo que podía prolongarse durante más de cincuenta años.” La medida que se obtuviera, aunque estaría algo enrarecida, no menoscabaría la percepción de los hechos que deseaba restaurar: cómo evolucionarían a lo largo de la vida de los trabajadores del campo las posibilidades de acceder con éxito al mercado de las pequeñas explotaciones de cereales, a qué edades las incrementarían, a partir de qué momento retrocederían.

     Así pues, con las edades declaradas, sin corrección alguna, con grupos quinquenales compuse sucesivas tablas de entrada al cultivo de las explotaciones menores desde la condición de trabajador del campo. Tomé como efectivos iniciales de ellas, o universo de los expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, todos los trabajadores del campo cuya edad había identificado gracias a la fuente, 456 de los 1.245 cuyas características había podido registrar. Los 456 habían sido supervivientes a los 15 años porque sus edades estaban comprendidas entre 18 y 77 años, límites que por tanto comprendían las de quienes accedían a la condición de campesino. Nada me impedía actuar de este manera, porque nada indicaba que los trabajadores del campo que no entraban a ser campesinos quedaran sujetos a una experiencia biológica distinta a la de quienes conseguían una pequeña explotación.

     Pero para que las tablas fueran acordes con los riesgos vitales que pretendían incorporar, se hacía necesario eliminar de los 456 el efecto que la mortalidad tuviera a partir de los 15 años, un fenómeno paralelo a las aspiraciones a entrar con éxito en aquel mercado, que antes de que aquella posibilidad se consumara deduciría una parte de los efectivos potenciales y aptos para convertirse en responsables de las empresas agropecuarias mínimas. El supuesto me pareció obligado porque los casos positivamente documentados eran los de quienes habían conseguido acceder a una empresa de aquella clase, y por tanto, antes de alcanzar esa meta, habían conseguido vencer el riesgo de morir a cada edad. Así que a los efectivos expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, antes del cálculo de los cocientes, fue necesario restarle las previsibles defunciones correspondientes a cada edad. Para satisfacer con rigor este objetivo, que solo podía fundarse en supuestos, recurrí a las tablas de mortalidad de la población agrícola que años atrás había elaborado en colaboración con Dante Émerson, después de recorrer decenas de lugares en los que sobrevivía la forma de vida que habíamos decidido llamar agrícola, cuya publicación ha iniciado esta misma página.

     Cuando tomé aquella decisión, daba por descontado que no valía la pena esforzarse en un cálculo del efecto de las migraciones, la otra posibilidad de alteración del tamaño de los grupos de quienes eran susceptibles de disponer de una pequeña explotación. No me parecía que negar esta posibilidad quedara demasiado lejos de los hechos, si las condiciones de la supervivencia no estaban amenazadas por una caída de la producción de los cereales, la circunstancia que en pleno siglo décimo octavo ponía a prueba su radicación, una vez atenuadas las grandes epidemias, que asimismo desencadenaban movimientos de las poblaciones fuera de control. Es verdad que todos los años, cuando caía la demanda regular de trabajo en el medio rural, ocurrían salidas, así como en el momento de la máxima necesidad de fuerza humana las entradas se incrementaban. Sin embargo, cualquiera de los dos movimientos, se contrapesaran o no, eran estacionales y de retorno, y no tendrían efecto sobre los comportamientos estables que deseaba conocer. Y ni aun en el caso de que la frecuencia de las caídas de la producción de los cereales fuera muy alta, e ignorar los movimientos migratorios de cualquier tipo añadiera el riesgo de una observación deformada, tendría demasiado sentido persistir en plantear la posibilidad. La parte de cada población sujeta a los riesgos de las migraciones era siempre la menor. Jugar a poblaciones cerradas, cuando se trata de poblaciones agrícolas, es siempre jugar sobre seguro. La mayor parte de aquellas poblaciones era siempre conservadora y no se movía, salvo en las situaciones excepcionales que se han mencionado. Todos los comportamientos de la masa que pudieran observarse estarían siempre decididos, salvo circunstancias excepcionales, por la parte de la población que había decidido inmovilizarse. Podía pues considerar cerrada la población trabajadora del campo que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en promotora de una empresa menor.

     Pero por otra parte, para reconstruir el flujo constante de los migrantes que opera espontáneamente en todas las poblaciones, disponía de un medio capaz de resolver de manera moderadamente satisfactoria el problema para aquella época, el cruce de datos censales con tablas de mortalidad. Como de estas disponía, la clasificación por edades de los 456 trabajadores del campo, equivalente a datos censales específicos, por completo independiente, no interferida por otros fenómenos, no me suponía un trabajo imposible y me permitía avanzar en una tentativa propia. Por tanto, finalmente me opté por ensayar valores expresivos del obstáculo que el movimiento migratorio podía interponer a esta parte selectiva de la población, masculina y aspirante a campesino, antes de satisfacer su acceso a una pequeña parcela según edades.

     El primer resultado de todos aquellos supuestos fue la conversión del primer juego de tablas en otro de triple extinción, primero por muerte, después por migración y por último por acceso a la pequeña explotación.

     Pero, aunque sus resultados eran convincentemente sensibles a las oscilaciones del fenómeno, en los sucesivos ensayos todavía se dejaban ver los efectos de la agrupación quinquenal que había decidido. Lo podía remediar con poco esfuerzo, con el trazado de una curva, definida con rigores algebraicos, tal como habíamos experimentado con éxito durante la elaboración de las tablas de mortalidad. O sintetizando los valores en una tabla decenal, aunque fuera menos descriptiva de las etapas de la evolución del fenómeno. Opté por la segunda solución, porque efectivamente la agrupación en décadas eliminaba todos los efectos deformantes de las declaraciones que había podido detectar, probablemente porque las desviaciones, como es regular, tendían a concentrarse en los aniversarios terminados en cero.

     Bastó con que incorporara a los cálculos las correcciones que los sucesivos ensayos me habían ido indicando para que finalmente aceptara expresar las posibilidades de disponer de una pequeña explotación en un momento, pleno siglo décimo octavo, una vez alcanzada cierta edad, el supuesto que concuerda con las características de la información disponible, con las que proporciona la fuente, naturalmente sincrónica.

     Entonces la posibilidad de disponer de una pequeña explotación a cualquier edad era realmente muy baja. Solo 1 de cada 15 hombres entre 15 y 74 años podría acceder a una de aquellas empresas. Solo él adquiriría transitoriamente la condición de campesino. Las mayores, con un máximo en torno a 1 de cada 10, coincidían con una plenitud, la de los 45-54 años de edad, quizás más determinada por la experiencia y la capacidad para gestionar una explotación que por la fuerza. El camino hacia aquella cima lo iniciaban los que habían cumplido los 25 años, así como todos los que tenían hasta 34, para quienes ya era posible que uno de cada 13 pudiera llegar a ser campesino. Lo nutrían aún más los que habían cumplido los años comprendidos entre los 35 y los 44, para quienes las posibilidades, resumidas en uno de cada 11, eran ya casi las mismas que habían alcanzado quienes habían cumplido los 45 años y siguientes hasta los 54.

     Para quienes hubieran cumplido los 55, y hasta los 64, las posibilidades retrocedían a la mitad. Solo uno de cada 20 podría entrar en aquel grupo. Y se hundían definitivamente en los extremos de la edad activa, que efectivamente coincidían con la juventud y la vejez. Tanto para quienes tuvieran entre 15 y 24 como para los que ya hubieran cumplido los aniversarios comprendidos entre 65 y 74 las posibilidades estaban algo por encima de uno de cada 30. Las limitadas energías disponibles, al principio por inexperiencia, después por agotamiento, serían las responsables efectivas de la caída de las posibilidades.

     Sin duda, las pequeñas explotaciones representaban el límite inferior del orden de las empresas interesadas en la economía de los cereales, y recíprocamente emprender una pequeña explotación era el escalón más alto al que podía acceder, de manera transitoria, aquella reducida parte de la población. Teniendo en cuenta que las demás actividades de quienes al mismo tiempo se dedicaban a mantener una pequeña explotación no eran cuantitativamente relevantes, esa proporción es muy significativa.

     Quienes se esforzaban por disponer de una pequeña explotación, parte de una nutrida masa de trabajadores del campo que competían por alcanzar aquel estado más rentable, lo alcanzarían tarde, no tanto como consecuencia del momento en el que se adquiere la madurez biológica, porque en el hombre, como calcularían quienes reclutaban los ejércitos, se alcanzaba bastante antes, como de, por una parte, la capacidad para adquirir patrimonio que permitía actuar con alguna solidez en aquel estado, y por otra de la enorme concurrencia que debía concentrarse ante aquella posibilidad, que el tamaño del universo demostraba. Técnicamente, las posibilidades las limitaría disponer de ganado de trabajo, tanto del propio y como del ajeno, lo que convertiría a todos los campesinos en intermediarios energéticos necesarios. Bajo cualquier consideración, el de los trabajadores del campo dispuestos a convertirse en campesinos era un auténtico ejército de reserva de la energía creativa de riqueza, tal como argüían los clásicos; o de al menos una parte de la energía que creaba la riqueza, la que era responsabilidad de las empresas subsidiarias del tamaño menor.


Quiénes eran campesinos

G. Valparaíso

La de campesino, cuando se trataba de obtener el producto agropecuario derivado del cultivo de los cereales, siempre en una parcela de pequeñas dimensiones, raramente era una ocupación exclusiva. Quienes a mediados del siglo décimo octavo se comprometían con ella habitualmente trabajaban en otra actividad. El tránsito era tan fluido y reversible que cuantos lo consumaban, y conseguían ganar la doble condición, a juzgar por cómo se expresaban eran conscientes de que por la de campesino solo estaban pasando. Las rentas que proporcionara al menos una de las dos actividades no serían suficientes para garantizar a las economías respectivas todas las que necesitaran.

     Pero sería imprudente seguir hablando en estos términos si no se especificara de inmediato que, entre las otras actividades de quienes se cargaban con aquella responsabilidad, estaba incluida, más que cualquiera de las otras posibles, otro trabajo agrario. Ocho de cada diez de aquellas modestas iniciativas eran responsabilidad de quienes al mismo tiempo trabajaban en alguna de las demás actividades del campo, y casi cinco de aquellos ocho campesinos ocasionales obtenían la parte más estable de su renta gracias al trabajo que otros les compraban.

     Aquella mitad de los empresarios marginales expresaba su condición más duradera recurriendo a denominaciones muy variadas, tantas que he documentado hasta cuarenta y cinco versiones distintas del modo de identificarse; aunque todos preferían, para referirse a sí mismos, el enunciado descriptivo o el de unas condiciones antes que la síntesis de una etiqueta, y hablar en términos que pareciera que ocupaban una posición lo más cerca posible del límite inferior de aquella forma de sobrevivir. Algunos se declaraban simplemente del campo o del campo jornalero, y otros explicaban que eran del campo y al presente trabajaban a jornal. Otros decían de sí que eran jornalero del campo o escuetamente jornalero. También había quienes se presentaban como bracero o bracero del campo, y los demás decían ejercer como trabajador del campo. Por tanto, en lo fundamental a sí mismos se llamaban de alguna de estas cuatro maneras: bracero, del campo, jornalero y trabajador del campo. Algo menos de la cuarta parte incluyó en su descripción la palabra bracero, un poco por debajo de la quinta parte recurría a denominar su actividad del campo, y aún menos de la quinta parte se presentaba como jornalero, mientras que en casi la mitad de los casos se prefería la expresión neutra trabajador del campo. Luego no era jornalero la forma más común de identificarse que elegían aquellos hombres, a pesar de lo cual la administración del momento insistía en reunirlos bajo esta etiqueta.

     Todas aquellas maneras de enunciar una ocupación rural expresaban algo que sin embargo no era en modo alguno complejo. Se trataba de los contratados al azar para contribuir con su trabajo a alguna de las actividades agrícolas que se sucedían en ciclos regulares, según la cantidad de tierra que una labor, o una explotación mantenida al estilo de cortijos, hubiera puesto a producir, para las que se empleaban como gañanes de la siembra y el barbecho, sembradores, escardadores, cortadores de estiércol o segadores.

     Junto a este grupo mayoritario, apenas dos de aquellos ocho activos agropecuarios que al mismo tiempo disponían de una pequeña explotación se identificaban como temporiles. En el trabajo agropecuario, salvo las actividades directivas y de gestión, que en las casas de más envergadura desempeñaban cuatro o cinco personas a la sumo, no se creaba  ningún vínculo laboral indefinido. La condición que más se le aproximaba era la de temporil. Con este nombre se conocían los que comprometían su trabajo para una empresa del sector durante una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, la de invierno, que duraba los siete meses comprendidos entre octubre y abril, y otra de cinco, que iba de mayo a septiembre, que se podría llamar de verano. Unos eran contratados por una de las dos temporadas y otros por las dos, y nada, a ninguna de las partes, obligaba a renovar el compromiso cada vez que se iniciaba cualquiera de ellas.

     Todas las responsabilidades que en las casas tenían los temporiles podían ser recompensadas con el acceso al producto de una pequeña explotación. Pero no eran muchos los que se hacían acreedores a esta posibilidad. De los temporiles con mayores cargos, con más frecuencia lo ganaban quienes desempeñaban las tareas de dirección. En primer lugar el aperador, el máximo responsable de las actividades de las labores sobre el terreno, quien las organizaba a diario y reglaba la contratación y manejo de la tropa de  trabajadores que aquellas demandaban. Como la cuarta parte de las explotaciones menores de los temporiles la tenían aperadores, se puede creer que esta recompensa era consecuencia de que se juzgaba imprescindible su contribución.

     Pero también eran retribuidos con el producto que diera una pequeña explotación los que tenían altas responsabilidades en cualquiera de las otras actividades en las que estaban interesadas las casas, todos piezas valiosas del único sistema de dirección de sus empresas, aunque por su condición unos y otros fueran naturalmente singulares. Así, la de capataz, una clase de la que un par de especialidades serían las preferidas para conferirles el suplemento de la cesión: capataz de olivares y capataz de las viñas; o el responsable de la administración de la casa que todavía se identificaba como mayordomo.

     Pero bajo la condición de temporil sobre todo era contratado el trabajo de quienes bregaban con las ganaderías, capital que permitía a las labores obtener sus mejores beneficios. En una, de los cincuenta y seis trabajadores del campo que contenía la nómina de sus temporiles, solo nueve desempeñaban funciones directivas, de coordinación o de custodia y vigilancia. Los demás, que sumaban más de cuatro quintas partes de todos los temporiles, eran ganaderos. Podían emplearse como tales quienes cuidaban de los animales de labor o de los de cría; estos del ovino, los otros del vacuno, del equino o del asnal. Pero todas las clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo podían ser recompensadas con la posibilidad de disfrutar de una explotación menor.

     A juzgar por este trato peculiar, era más apreciada la responsabilidad sobre el ganado ovino, rentable complemento de las casas. Se hacían acreedores a él los rabadanes o capataces de esta cabaña –de las merinas se les nombra precisamente–, aunque sin llegar ni a la vigésima parte de las cesiones a favor de los temporiles; y también quienes cuidaban específicamente de los carneros, los carnereros, así como el resto del personal al servicio del ovino, compuesto con pastores y zagales. Aunque su importancia fuera menor, quienes trataban con el ganado de cerda, primero que ninguno el capataz de cerdos, pero también cualquiera de los porqueros, asimismo disfrutaban de esta posibilidad.

     Las otras ramas de la ganadería, sin embargo, no quedaban fuera de la previsión del reparto de las pequeñas explotaciones. Eran sus acreedores quienes se dedicaban al cuidado del ganado de labor. A ellos estaba confiada la custodia y la reproducción de las especies que necesitaban las magnas explotaciones concentradas en el cultivo del trigo. Del trabajo de estos ganaderos, que actuaban ininterrumpidamente sobre las cabañas por necesidad biológica, dependía la permanente disponibilidad de la masa de energía que absorbían constantemente las labores, cuyo imprescindible y mayor capital mecánico era. Tal vez por esta causa en aquella condición, y en la consiguiente cesión del producto de una parcela de dimensiones muy modestas, hibernaba mejor la servidumbre.

     Los ganaderos de labor más apreciados por los labradores eran los especializados en el trato con el boyal, la primera clase de este tipo de ganado. A juzgar por la recompensa de sus responsabilidades era reconocido, en primer lugar, el boyero, aunque la fracción de pequeñas explotaciones que lucraban los hombre con esta ocupación solo representa algo menos de una octava parte de las que obtenían los temporiles. Y también gozaron de este aprecio el conocedor y hasta el zagal del boyero.

     Asimismo, era reconocido el trabajo con el ganado equino, que se dedicaba al transporte de calidad de los señores de la casa y de sus empleados más cualificados, y que cada año proporcionaba una renta estimable gracias a la demanda segura de la remonta, que llegaba cada primavera. El acreedor del producto de una pequeña parcela era en este caso el yegüero, yeguarizo o yegüerizo. Los que desempeñaban este trabajo accedían a una quinta parte de las explotaciones secundarias reservadas a los temporiles.

     Había recompensas del mismo orden para otros temporiles igualmente dedicados a trabajar con el ganado de las grandes explotaciones cuya ocupación específica, no obstante, no es posible determinar, como la de quien, a consecuencia de identificarse como bracero del campo ganadero, quedaba en el limbo del tránsito. Pero de otros sí se puede decir que serían recompensados por su dedicación al transporte en una casa, como quien se declaró arriero de tiempo. En alguna ocasión, con sentido explicativo, a determinados agraciados por esta recompensa desde una posición próxima se les llamaba boyeros carreteros. Tal vez se trataba de los encargados del trabajo de transporte que las casas requerían cuando hacían sus desplazamientos en el espacio rural. Los mandaderos, que también podían ser recompensados con esta renta parcial, se pueden adscribir a este mismo grupo si se les respeta su mitad urbana.

     Pieza valiosa de los sistemas de control de las labores era el casero en un cortijo, quien igualmente disponía de esta posibilidad, y a los trabajos de vigilancia que las casas necesitaban también atendían el guarda, el guarda de una hacienda y el que las fuentes llaman mozo de las noches. Salvo la primera, ninguna de estas denominaciones obliga a pensar que sus trabajos estuvieran destinados al buen fin de la empresa de labor, y todas permiten admitir que vigilaban el patrimonio de las actividades en las que estuvieran interesados los grandes inversores en los negocios rurales. Pero cualquiera de ellas también en el espacio reservado a la producción del cereal obtenía una parcela discreta.

     Hubo quien a sí mismo se refirió como temporil en un cortijo, y otro dijo que estaba al presente de temporil. Por el contrario, un tercero se presentó como jornalero de arador, expresión equivalente a gañán. Aunque el trabajo de arada se reiteraba y se prolongaba durante semanas, al parecer no era fácil que quien lo hacía alcanzara el estado de temporil. Y de un bracero del campo ganadero, aunque esta fuera su manera de emplear los términos, se podía presumir que tampoco había conquistado el estado de temporil, no obstante que fuera habitual que los ganaderos de una labor recibieran aquel trato. Pero nada impidió que los cuatro accedieran a lo que entre los temporiles era una remuneración reservada.

     Para referirse a todos los temporiles, además de la reiteración de la voz amo cuando se mencionaba la otra parte de la relación, es muy frecuente que la documentación de la época también utilice la expresión sirvientes de una labor, y que, reconocidos bajo esta denominación, accedan al cultivo de pequeñas explotaciones. Así, un sirviente de temporil, un sirviente que especifica que estaba sirviendo en un cortijo, otro que declaró sirvo en las casas de su morada a mi señora y otro par de sirvientes de otra señora.

     Aunque la posición de una parte de quienes se declaran maestro de molino podía ser por completo independiente, entra en lo posible que su actividad estable estuviera vinculada a una casa. Tanto es así que otros activos de la misma clase aparecen identificados explícitamente como maestro de molino de pan de cierto amo, con una reiteración que no permite dudar de la interpretación que es correcto hacer. También parecen sirvientes otras personas dedicadas a la fabricación de pan en las grandes casas agropecuarias, para las que trabajarían en exclusiva, como amasadores y horneros. Cualquiera de ellos también podía disponer de su recompensa en forma de explotación subordinada,  en cuyo caso el producto de esta tal vez proviniera del pago a su trabajo.

     Los que mantenían otras empresas agrícolas, y a la vez emprendían una pequeña explotación de cereales, eran el que falta para completar el total de ocho que sumaban quienes al tiempo se dedicaban a cualquiera de las actividades agropecuarias, o la décima parte de todos los activos por los que se interesa este texto. Aunque solo representen la parte menor de los campesinos, son quienes descubren las condiciones que podían inducir la doble actividad con la mayor nitidez.

     Cuando eran otros los que se referían a ellos, generalmente los identificaban como labrantines y hortelanos, y los llamaban labradores pelantrines cuando deseaban referirse a campesinos instalados en un cortijo que se había fragmentado en decenas de aquellas porciones menores del espacio dedicado a producir cereales. Aunque en aquella circunstancia la denominación podía oscilar, primero se los aludía como haceros y pelantrines y luego prevalecía llamarlos solo haceros.

     Sin embargo, cuando hablaban de sí mismos elegían términos más estables o descripciones muy explícitas. Gracias a que actuaban así, se puede decir que quienes con más frecuencia preferían añadir la diversidad a su iniciativa económica, mediante el cultivo de una explotación menor de cereales, eran los hortelanos, simultáneamente poseedores de explotaciones hortofrutícolas intensivas. Aunque uno de sí simplemente decía que era hortelano, otro ilustró muy bien su doble dedicación al explicar que su tráfico es en la huerta y sembrar pegujales y arar olivares.

     Fueron también precisos quienes, desde una posición algo más neutra, dijeron que su trabajo era arar olivares y sembrar pegujales con mis reses, o quien confesó que busco la vida arando olivares, sembrar un pegujal y a lo que sale. Y un declarante, igualmente tentado por el deseo de describir, aunque utilizaba una expresión algo presuntuosa, no dejó de esclarecer el estado que permitía aspirar a campesino. Describió su actividad diciendo algo tan displicente como me entretengo en trabajar en mi caudal. Según deduje del análisis del patrimonio que confesaba, con aquella manera de hablar pretendía hacer referencia a que tenía, además de algún ganado de labor, unas pocas tierras; un estado que compartía, como más adelante averigüé, con otros que por su parte tenían algún cortinal, algo de viña o unas cuantas aranzadas de olivar.

     Los que, dedicándose a trabajos del campo, explotaban una parcela menor y tenían ganado eran más de los que describían su situación en aquellos términos tan expresivos. Entre los que preferían limitarse a declaraciones más ceñidas, probablemente porque su patrimonio era de fuerza y no de tierras, había quien explicaba que era trabajador del campo con reses mías propias, o quien era trabajador del campo con mi ganado, clase en la que incluso podía encuadrarse una mujer soltera, la única empresaria de este rango que descubría la documentación. El más expresivo de los que se movían en este límite fue quien dijo ocuparse en sembrar mi pegujal con mi ganado y después jornalero para mantenerme. El análisis de los bienes de todos los que hablaron en estos términos demuestra que quienes ocupaban estas posiciones solo eran una fracción.

     Cualquiera de ellos probablemente era lo que las fuentes de la época, cuando se expresaban del modo más general, insistían en presentar como pegujaleros; incluso tal vez, con más precisión, fueran los que en la documentación administrativa eran los responsables de la modalidad de parcela dedicada al cultivo de los cereales que ella misma llamaba pegujales sueltos. Pero debe constar que cuando hacían sus declaraciones, aunque todos tenían en cuenta que mantenían una empresa menor, nadie se denominaba a sí mismo pegujalero o pegujarero, lo que demuestra que de todas las formas de actividad agropecuaria que el análisis desde este punto de vista permite observar la más efímera era la que entonces se llamaba pegujalero, en extremo transitoria e inestable.

     Por eso probablemente se homologa con más facilidad su papel efectivo si se les llama campesinos, en cuyo caso representarían el que se puede considerar genuino porque tendría más posibilidades de ser estable. El perfil del tipo vendría dado por que poseía ganado, no tenía tierras de sembradura propias y transitoriamente acometía, porque su patrimonio energético se lo permitía, una pequeña explotación de cereales entre otras. Sería la parte de los activos agropecuarios que, viviendo en el territorio de tránsito entre la condición de trabajador del campo y la de pequeño empresario, efectivamente estaba con más frecuencia en la segunda gracias a su modesto patrimonio.

     Además de los habituales activos del campo, que acumulaban unas ocho décimas partes de las iniciativas que se habían propuesto producir cereales en pequeña escala, se pueden estimar en dos de cada diez –el resto de los campesinos– los que se atrevían con una pequeña empresa con aquel fin sin tener como dedicación preferente las actividades agropecuarias. Componían una lista muy extensa. A las proporciones específicas que se obtendrían tomando todas las menciones no vale la pena concederle alcance cuantitativo. Pero su descripción tiene un enorme valor para averiguar hasta dónde llegaba el deseo de ser campesino.

     Una parte de los que tomaban bajo su responsabilidad pequeñas explotaciones se dedicaba a actividades relacionadas con el sistema de comercio. Los había transportistas y comerciantes indiferenciados, pero sobre todo abundaban los que se empleaban en el tráfico de mercancías bajo el nombre específico de arriero, no obstante lo cual alguno de nuestros documentos prefirió reconocerlo como aljamel. También, entre los de esta clase, constan el carretero, cuya mención reiteran, el carguero y hasta una trajinera. Los había también cuya dedicación al transporte se había especializado, como el aguador, cuya emergencia a los testimonios es frecuente, y el pajero. Igualmente había quien se vinculaba a la red de comunicaciones de manera algo más remota, como un ventero, o muy remota, como un tabernero. Cualquiera de ellos podría justificar su deseo de disponer de una pequeña explotación como el propósito de contener los costos a los que su actividad les obligaba, siempre que se suponga que la parcela a la que dedicaban una parte de su atención la sembraban de cebada, el alimento preferido para los animales de carga.

     Profesionales de actividades urbanas, probablemente regladas por sus respectivos gremios, también aparecen como promotores de pequeñas explotaciones. Un maestro carpintero, que tenía a su cargo un aprendiz; un maestro de herrador, que mantenía un oficial y un aprendiz de dieciséis años; y un sargento de inválidos con dispersos en su casa que efectivamente ejercía como maestro zapatero, tanto que mantiene por tiempos un oficial de zapatero, probablemente tenían en común que estaban muy cerca de las actividades subsidiarias de las labores.

     Mayor autonomía parece que disfrutaban los que se declaran suministradores de servicios igualmente urbanos, tales como los relacionados con el calzado, reunidos bajo las denominaciones de maestro de zapatero, zapatero remendón o zapatero; o con la venta de alimentos, como la especiera, el cortador, el  tablajero, el lechero, el confitero y el chocolatero, todos los cuales, sin embargo, asimismo decidían hacerse con su propia explotación menor. Asimismo, tomaban esta decisión albañiles, aserradores, caldereros, herreros, horneros, plateros o zurradores. Ni siquiera escapaban al deseo de actuar en este frente quienes ejercían actividades marginales, como jabonero y cisquero.

     Pero no quedaban mucho más lejos de esta posición quienes confesaron una dedicación más autónoma, libre o liberal, como las de maestro boticario, médico, cirujano, barbero y maestro de escuela, o los empleados de la administración fiscal, como el administrador de rentas provinciales, y los miembros del ejército, como un sargento de milicias. Incluso los había empleados en actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero, ministro y carcelero La independencia real de cualquiera de aquellas ocupaciones liberales puede ser mejor conceptuada si se recapacita sobre que todos los mencionados igualmente mantenían sus propias pequeñas explotaciones.

     De quienes desempeñaban otras actividades y se interesaban por aquella clase de empresas, por último hay que mencionar al clero, cuya condición aparta su posición de partida al lugar más alejado de las agropecuarias. En el orden de la jerarquía local, cuando se trata del clero secular, no hay rango que deje de tomarse este interés. Aunque algunos de los comprometidos simplemente se presentan como presbíteros, el vicario, el cura y el sacristán estaban entre ellos. En ningún caso consta que alguno de los mencionados, incluso el vicario, gozara de beneficio, como por otra parte era previsible. El beneficio colocaba en un campo de rentas que en absoluto no necesitaba atenerse a la disciplina ordinaria de la iglesia romana, y menos aún recurrir a una pequeña explotación para completar las rentas propias.

     También se interesaban por el cultivo de los cereales a pequeña escala individuos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban para sí de él, como un dominico, otro que consta solo como presbítero fraile y una religiosa. Pero el clero regular prefería solventar este expediente con formas algo más indirectas. Bien eran sus priores quienes se hacían responsables de la explotación, bien era la fundación. Tres priores, el de un convento de la orden de predicadores, el de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el de un convento del carmen calzado, y dos corporaciones conventuales, una de mercedarios y otra de jerónimos, también lo tomaban a su cargo.

     Consta asimismo un ermitaño que, no obstante su existencia solitaria, había decidido acompañarla con el trabajo en una parcela de solo tres cuartos de unidad de superficie.


Composición del gasto de las familias

Redacción

Contra la opinión favorable a la composición de un gasto tipo o cesta de la compra, hay analistas que mantienen que las familias con capacidad media de consumo dispersaban su demanda por muchos bienes, y que tampoco los de las familias de quienes obtenían su renta solo con la venta de su trabajo era muy homogénea. Las leyes de la estadística les quitan la razón, porque ponen al descubierto, sin sobrepasar nunca el límite de la descripción, que el comportamiento de las poblaciones es bastante más gregario de lo que pretenden los defensores de la capacidad individual para decidir y actuar. Alimentación, indumentaria, hogar, iluminación y alquiler de la vivienda eran los componentes regulares del gasto de cualquier familia en cualquier población.

     El alimento básico era el pan. Si se toma como referencia el continente, el menos habitual era el que se elaboraba con trigo candeal. Para la mayor parte de la población, incluso el consumo de trigo estaba limitado por su renta disponible hasta el punto que puede afirmarse que el pan blanco era un lujo. El consumo del pan de centeno, el otro cereal panificable, era bastante mayor. También se recurría a la cebada para satisfacer la necesidad más perentoria del alimento imprescindible, en especial cuando escaseaba el trigo, aunque el pan que con ella se elaboraba era pesado e indigesto.

     No era frecuente que los panes fueran puros. Para su elaboración solía recurrirse en primer lugar a mezclar el trigo con otros cereales, y más aún se frecuentaban combinaciones inferiores. Se consumían más, por este orden, panes de centeno con salvado y de centeno y cebada, e incluso familias en buena posición decidían alimentarse con pan de mezcla después de haber renunciado al de centeno solo.

     Pero ninguna de estas excepciones parece un buen medio para explicar lo que ocurría en la región. No hay constancia de que la cebada fuera panificada en ella, menos aún de que los cereales menores llegaran al mismo fin, lo que en modo alguno obliga a excluirlo. Tal vez sea aconsejable, tal vez solo con fines especulativos, considerar la expresión pan terciado, en la que insisten las fuentes para referirse a todo el producto del cultivo de los cereales, en su sentido literal. Si la cebada era una fracción constante del combinado que se recaudaba cada cosecha, pudo ser la consecuencia de que estuviera admitida como posible agregado a la panificación del trigo. Tampoco parece probable que el consumo de pan de centeno fuera importante, entre otras razones porque su cultivo era marginal en la región.

     Alimentos equiparables al pan eran la torta o las gachas de trigo sarraceno, también conocido como alforfón, los mismos preparados de maíz y la sémola de avena. Igualmente era habitual que el pan se consumiera como ingrediente de una sopa más o menos consistente, elaborada con tocino, legumbre, col, rábano, cebolla y huevo. La avena, aunque como la cebada solía ser alimento animal, podía consumirse en forma de papilla, si bien con bastante menos frecuencia que cualquiera de los alimentos derivados de los otros cereales. Las algarrobas, en caso de que faltaran los cereales panificables, podían sustituirlos, aunque solo en años de extraordinaria carencia, cuando se consumían como un sucedáneo del alimento diario.

     Algunos cálculos sostienen que una libra de grano por persona y día era el umbral alimenticio que permitía mantener la vida y la capacidad de trabajo en la agricultura de las zonas de clima templado. Otros estiman que el consumo de cereal por persona y año oscilaba entre 150 y 200 kilos. Teniendo en cuenta que una libra equivale a 0.46 kilos, el consumo anual estimado se situaría entre 326 y 435 libras, lo que da un valor medio de 380 libras, algo superior al precedente.

     En la armada, hacia 1725, el costo de una ración alimenticia diaria se estimaba en 92 maravedíes. Si se toman en cuenta los precios tipo del trigo en la época, el consumo por persona y día todavía daría un valor algo inferior. Ciertas proyecciones, referidas a los ejércitos de la primera época moderna, llevan a concluir que la ración mínima o de subsistencia por soldado era de 700 gramos al día, que proporcionaban 1.875 calorías; pero que, si no se complementaba con otros alimentos, podía conducir a la inanición. Cuando los ejércitos se desplazaban, para que un soldado pudiera caminar entre seis y ocho horas diarias necesitaba entre 3.400 y 3.600 calorías.

     En Francia, para la plenitud del siglo décimo octavo, una familia de seis miembros que se mantenía con una cantidad modesta de trigo necesitaba cuatro kilos al día. También se estima que una familia de entre cinco y seis miembros consumía al año unos 15 quintales de trigo y centeno. Como el quintal son 46 kilos, el consumo de los 15 equivale a 690 kilos, y por tanto la estimación da un resultado que es la mitad que la anterior, porque 4 por 365 es 1.460. Luego habrá que suponer que la familia citada en primer lugar tendría entre 10 y 12  miembros.  En otra familia rural, compuesta por la pareja y tres hijos de seis a nueve años, el varón adulto consumía entre 2 y 3 libras de pan diarias porque de él obtenía regularmente su energía. Puede afirmarse con exactitud esta cantidad porque esta ración es al mismo tiempo el elemento en especie del salario agrícola. El consumo de la mujer adulta era similar, y el de los niños se deduce del consumo total diario para esta familia tipo, que se estima comprendido entre 8 y 10 libras. Otros creen más realista situar el consumo diario de pan de una familia tipo en un valor comprendido entre 6 y 8 libras. Pero probablemente el cálculo correcto es el inverso, al menos para nuestra región. No es tan factible calcular la cantidad de alimento que cada día se necesita para obtener el suministro energético cuanto averiguar la cantidad de energía que efectivamente es suministrada por día a cada trabajador: una fanega por persona y mes.

     Hacia 1750, para una población de 150.000 habitantes, se calcula un consumo diario de unas 2.000 fanegas de trigo. No parece exagerado porque 2.000 fanegas son unos 111.000 kilos o 241.304 libras. De donde resultaría un consumo por persona de 1,6 libras.

     La carne que se consumía era de cerdo salada. En la región la fresca se llamaba tocino y su suministro a los mercados se aseguraba mediante el sistema de abastos. Lentejas, habas y judías eran las legumbres de consumo preferente. Ajo, cebolla, rábano y col también eran habituales, así como la leche y el queso. Sal, grasa, aceite y manteca eran suministros estables de las cocinas. El vino era una parte estimable de la dieta allí donde se producía.

     El déficit de renta inducía a comer alimentos poco saludables. Ocurre ocasionalmente la sustitución prolongada durante días de la comida de pan por exclusivamente frutas, lo que, en opinión de los observadores contemporáneos, puede ser causa del incremento de la morbilidad de crisis en la región. Probablemente se refieren a sus efectos sobre el tracto intestinal y sus coléricas consecuencias. También puede suceder abstenerse de la dieta de carne durante meses y reiterar la de legumbres, hierbas y frutas poco nutritivas y en cantidades escasas, lo que tiene el mismo efecto, según la misma opinión. La carencia de alimentos llevaba al consumo de hierbas silvestres.

     Para la indumentaria común se utilizan paño grueso o telas de lana del país, y para el trabajo tejido de cáñamo mezclado con lino o con algodón, materias estas últimas a las que también se recurre para la lencería. De lino y de lana se hacen los sombreros y las cofias. Como calzado, en el campo se usan los zuecos de madera o galochas. Los zapatos quedan reservados para las ocasiones. La leña sirve para la calefacción y la lumbre, y las velas de sebo son la base del sistema de iluminación artificial. Gasto común imprescindible era el alquiler, medio corriente de acceso a la vivienda.

     Solo el producto del precio medio del pan por el consumo estimado alcanza a superar el 90% de los ingresos que proporcionan los 200 días de trabajo al año que aportaría el varón adulto cuando se alimenta de pan de centeno. Panes de calidad inferior hacen descender la proporción, pero siempre la mantienen por encima del 60%, aunque también hay quien concede al consumo de pan un valor relativo próximo al 50%.

     Algunas estimaciones, al tiempo que conceden un menor valor relativo al consumo del pan, próximo al 50% del gasto, creen que el total del gasto alimenticio alcanza los dos tercios del gasto total, lo que implícitamente otorga un 16% al agregado vino, hortalizas, legumbres, etc.

     Las mismas estimaciones que conceden al gasto en pan el valor relativo del 50%, y al del agregado vino, hortalizas, legumbres, etc. el 16, a la indumentaria conceden un 15, a la energía doméstica un 5 y al alumbrado un 1. Debemos suponer que el resto (13%) habrá que atribuirlo al alquiler de la vivienda. No obstante, en los analistas que leemos, parece más probable que tal resto se esté concediendo implícitamente al pan. Pero, tratándose de la región, tal vez es más acertado tener en cuenta el alquiler de la vivienda como un gasto general.

     Por su parte, para avalar la escasa diferencia entre el comportamiento diacrónico de un índice de precios aritmético y otro ponderado, uno de los más representativos observadores, partidario de la primera forma, optó por los siguientes valores ponderales para la época de nuestro interés. Trigo, 4; vino y aceite de oliva, 3; cebada, queso, garbanzos, carne de vaca, cordero, azúcar, huevos y arroz, 2; el resto de su larga serie de bienes, 1.


El negocio público del trigo ultramarino

Redacción

1.

Un acuerdo de la junta de granos regional, el órgano público para la gestión de las crisis, del 18 de junio de 1750, que daba por consumada la pérdida de la cosecha de aquel año, ofrecía a los gobiernos de las poblaciones la posibilidad de proveerse de trigo hasta el siguiente, a través de ella, bajo su dirección y según sus acuerdos. Desde aquel momento  podrían servirse de las reservas que la junta ya tenía hechas y de las que en el futuro pudiera hacer. En el caso de que así lo decidieran, tendrían que comunicarle el acuerdo en el que explícitamente cada municipio se comprometiera, tanto a pagar el grano recibido como a garantizar su liquidación mediante una escritura formal que obligara a sus gobernantes como particulares. Era una condición necesaria para que pudieran reservar lo que la junta luego les facilitara, tal como estaba previsto en el capítulo once de una instrucción del 14 de mayo, comunicada el 16 siguiente.

     Aquella primera oferta no debió tener la respuesta que sus promotores esperaban, porque en torno al 1 de julio la junta decidió reiterar a las poblaciones bajo su jurisdicción, si tenían urgencia de granos para el abasto público, que debían manifestarlo a través del diputado que cada cabildo nombrara, y que al solicitar el que necesitaran debían remitirle la obligación correspondiente con todas las formalidades que la instrucción prescribía. Quería saber con certeza cuáles eran los pueblos que querían abastecerse, no sólo ateniéndose a la dirección y a las decisiones de la junta, a lo que por supuesto estaban obligados, sino por medio de ella, de sus recursos y los demás auxilios que pudiera proporcionar. El acuerdo expreso de atenerse a la dirección de la junta del reino debían tomarlo, tal como estaba previsto en la instrucción del 14 de mayo, aun en el caso de que los pueblos quisieran abastecerse por sí, a propósito de lo cual se les recordaba que debían dar cuenta de cuanto actuasen en este sentido. Si además quisieran proveerse a través de la junta del reino, tendrían que expresar por cuanto tiempo, a sabiendas de que el plazo que decidieran habría de limitarse al que durase la calamidad y hasta que se pudiera recurrir a la cosecha de 1751. Por eso, en definitiva, esperaba la junta regional que las poblaciones expresaran precisamente si querían proveerse a través de ella o por sí mismas, teniendo presente lo previsto en el acuerdo mencionado.

     Con aquellas decisiones, la junta de granos de la región pretendía que la compra de trigo ultramarino con su mediación fuese la vía que eligieran las poblaciones del sudoeste para asegurarse su abastecimiento mientras sus mercados estuvieran sujetos a las carencias que sucedían a la caída de la producción interior. No es fácil documentar todas las operaciones comerciales que pudieron contribuir a que decisiones como estas fueran posibles. Pero es seguro que la junta de granos del reino, para acudir tanto al abastecimiento de trigo para el consumo como para prever las necesidades de la siembra, por cuenta propia se comprometió con el comercio internacional para que se trajese trigo del extranjero, una vez presentados ante la administración central sus temores de que faltara grano para asegurar el alimento y la sementera siguiente. Como consecuencia de aquellas decisiones, al menos el 30 de octubre, con la cobertura de una orden de la administración central, fueron recibidas en la capital nueve mil fanegas de trigo duro de Sicilia. La junta las puso en los graneros del cabildo y las fue distribuyendo a los labradores bajo determinados precios y obligaciones, que creyó equitativas. Así pretendía que comenzara la recuperación de los mercados locales de los cereales. Pero las respuestas que recibió a todas estas iniciativas estuvieron lejos de sus pretensiones, y más aún de ser favorables a los cálculos de aquel negocio.

2.

En una población inmediata a la capital, el abasto de grano estaba deformado por una circunstancia peculiar. Una parte significativa de quienes en ella trabajaban se dedicaba precisamente a las actividades relacionadas con la elaboración del pan de trigo. La asamblea de gobierno de su municipio el 1 de julio, tras ver el primer acuerdo de la junta regional, decidió recordarle esta circunstancia, que el tráfico y manejo de aquella población en su mayor parte era la panadería. Diariamente sus vecinos dedicados a esta actividad se abastecían del trigo que necesitaban en los almacenes de la capital, a donde llevaban el pan, mientras que los panaderos que limitaban su actividad a la población, que abastecían a los que no eran panaderos, hacían lo mismo. Por el momento, la población decidió dar a la junta solo las debidas gracias, y prometer que si en adelante necesitara del suministro le ofrecía, acudiría a pedírselo con las condiciones que había decidido.

     Los responsables del gobierno de otra población se reunieron el 9 de julio. Les fue presentado el primer acuerdo de la junta de granos regional, el del 18 de junio, para que sus miembros consideraran la posibilidad de proveerse a través de ella. Analizado, así como los capítulos diez y once de la instrucción de mayo, referidos a las condiciones de la compraventa, unánimemente decidieron derivar la respuesta a la junta de granos local. El  órgano de gobierno de la población tenía dadas y cedidas todas sus facultades en aquella materia a una junta local de granos que él mismo había creado, para que dirigiera y administrara de la mejor manera el abasto de pan de su plaza y todo lo relacionado con él. Así pues, el acuerdo de la junta de granos de la región se remitiría a la local, que debía deliberar si, para el abasto de pan de la plaza, el gobierno de la población debía proveerse de las reservas de la junta del reino. Sabiendo lo ardua que sería al ayuntamiento la obligación que se exigía, si se deseaba servirse de las reservas de la junta regional, resolvería lo que más conviniera, y su resolución sería aceptada como acuerdo de la asamblea de gobierno.

     La junta local se reunió el 24 de julio para cumplir con el encargo que había recibido. Sentó que el gobierno de la población contaba con fondos suficientes para mantener el abasto de pan de su plaza, y que ni su volumen ni aquella manera de proceder hubiera dado lugar a la menor inquietud pública. Acordó, en consecuencia, que el suministro de pan a la población prosiguiera por cuenta propia, gestionado por la junta local, bajo las mismas condiciones y del mismo modo que hasta aquel instante, haciendo las compras necesarias en los momentos oportunos. El 30 de julio la asamblea de gobierno celebró la reunión prevista, durante la cual fue presentado el acuerdo de la junta local del día 24, trámite necesario para que adquiriera toda la fuerza legal lo que esta había decidido. Visto, oído y entendido por el ayuntamiento, fue unánimemente aprobado.

     En una tercera población también habían tomado ya sus propias decisiones sobre la compra de trigo para abastecer a quienes en ella vivían, y fue el 25 de junio, durante una de sus reuniones, cuando su junta de granos supo de la orden de la regional que contenía los acuerdos del día 18 anterior. Aquel otro gabinete de crisis, también de alcance local, manifestó que deseaba someterse a la general del reino y aceptaba lo que esta le proponía sobre obtener bajo su dirección el suministro necesario para el abasto cotidiano. Con el fin de estudiar las circunstancias de esta colaboración, y para dar cuenta del estado de sus habitantes, nombró un diputado que se hiciera responsable de las gestiones que  correspondían.

     El 2 de julio siguiente, en la capital, en la junta de granos de la región, su escribano leyó una carta escrita a su presidente por aquella población que incluía tres testimonios. Uno estaba referido al dinero que había recaudado la junta local de granos para el abasto de su población, procedente tanto del tercio de rentas provinciales, cedido temporalmente por la hacienda de la corona, como de otros depósitos, y a su inversión en la compra de trigo ultramarino. Otro, sobre el acuerdo de su junta por el que había decidido someterse a la regional y aceptar sus propuestas, así como sus condiciones para abastecerse de todo lo necesario para el consumo diario, y otro sobre los fondos de los que en aquel momento disponía el pósito de la población.

     La  junta regional, a la vista de la carta y de los testimonios que la acompañaban, decidió responder a través de su secretario. Se daba por enterada de las decisiones que se habían tomado para mantener aquel abasto, de las que personalmente ya había informado a la máxima autoridad de la región el diputado nombrado con este fin. Pero estaba lejos de considerarlas satisfactorias. Reiteró que, por su acuerdo del día 18 de junio, quería saber a ciencia cierta cuáles eran los pueblos que querían abastecerse, no solo ateniéndose a la dirección y a las decisiones de la junta, sino por medio de ella. Sin embargo, la población ni siquiera presentaba el acuerdo expreso de someterse a la dirección de la junta de granos de la región. En cualquier caso, esperaba que aquella asamblea de gobierno expresara claramente si quería proveerse a través de ella o por sí misma.

     El 13 de julio el ayuntamiento decidió dar satisfacciones a la junta regional. Le comunicaría que tenía en su poder 1.000 fanegas de trigo, compradas a iniciativa suya, y que por el momento no necesitaba de contribución a su abasto diario, porque los panaderos se lo aseguraban por cuenta propia en la capital, donde compraban el trigo ultramarino que necesitaban a precios cómodos. Aclararía además que no estaba en condiciones de indicar la cantidad de trigo que le haría falta más adelante, ni menos aún de renunciar a la ayuda que le ofrecía la junta de la región, porque no quería exponerse a que en lo dilatado de la estación algún suceso inopinado pusiera a su común en la necesidad. Prefería reservarse para esa circunstancia declarar cualquier novedad que le ocurriera.

     El día 20 siguiente, en la capital, en la junta general de granos, fue leída la carta que la población había dirigido a su secretario el 18 de julio, en la que, con un lenguaje más directo, le explicaba que estaba abundantemente abastecida para su alimento diario gracias a los panaderos que iban a la capital a vender pan, y que por tanto no necesitaba del contingente de granos ultramarinos del que disponía la junta general.

     Ante aquella respuesta, esta vez la junta reaccionó presionando. Al día siguiente, 21 de julio, a través de su secretario, titulado conde, decidió prevenirle con toda expresión, que la junta de la región no podía estar de acuerdo con lo acordado por los responsables de aquel municipio. La junta regional no debía mantener reservas para las poblaciones que desde aquel momento no empezaran a proveerse recurriendo a ella. Así que bien decidían, expresamente, desde aquel momento, que habían de abastecerse de lo que necesitaran cada mes a través de la junta regional, y calculaban específicamente la cantidad que cada treinta días iban a necesitar, cantidad en la que se tendría en cuenta lo que la población ya tenía reservado por cuenta propia y en su haber, o si querían abastecerse por sí mismos durante todo el año, en cuyo caso quedarían como responsables de las contingencias del tiempo y de los perjuicios que por falta de granos, aumento o disminución de los precios llegara a sufrir su común.

     El 27 de julio el ayuntamiento vio la carta del conde secretario. Se acordó comunicarle que un regidor iría personalmente a explicar las razones que habían motivado las respuestas dadas sobre este asunto hasta aquel momento, las mismas que aún permanecían vigentes. Tomándolas como punto de partida, hablarían sobre cuál podría ser la decisión definitiva sobre, la que, conocida por el gobierno municipal, serviría para que actuara como creyera más conveniente. No hay constancia de que aquella última gestión modificara las posiciones, por lo que tampoco en este caso el balance puede considerarse favorable a los negocios de la junta general.

3.

El gobierno de una cuarta población, interior, próxima al confín occidental del sudoeste, el 28 de junio también discutió la oferta de abasto de trigo que la junta de granos de la región había decidido hacer. Que alguna diferencia había entre la que recibiera y otras anteriores se deduce tanto de la comunicación registrada, fechada el 19 previo, en vez del 18 que consta en otras poblaciones, como de la respuesta dada. Aunque el contenido preciso de la nueva oferta no figura explícitamente, se puede deducir de lo que a continuación actuó.

     La junta de granos le ofrecía ayuda, bien en especie bien en dinero, para garantizar el suministro de trigo a su población. Reconoció que la junta le proporcionaba un beneficio que podía satisfacer la necesidad de su común, al abrirle una posibilidad de abastecerse al menor costo. Se proveería, pues, bajo el auxilio de la junta, del trigo de la mar que necesitara. Organizaría el suministro a través de los dos puertos marítimos, situados al sur de la población, a unos treinta kilómetros, porque eran los más inmediatos a ella. Su asamblea de gobierno habría decidido aceptar esta oferta al tiempo que habría resuelto que un diputado de la corporación fuera a conferir con la junta la forma y el montante de la ayuda que juzgaran necesario hasta que se recogiera la cosecha del año siguiente.

     El acuerdo tomado aquel día debió incluir algunos detalles más, una parte de los cuales asimismo es posible conocer por referencias que se encuentran en la documentación posterior, de mediados del mes siguiente. El más importante, pasadas las semanas, resultó ser que aquellos capitulares también habían decidido beneficiarse de la protección de la junta bajo las condiciones de obligación previstas por la instrucción de mayo. Hasta tanto fueran formalizadas, creyeron que sería suficiente que al agente general, que debía residir en la capital de la región, se le remitiera por correo un testimonio del acuerdo tomado, para que, en nombre de la corporación, lo hiciera presente a la junta.

     Hacia mediados de julio, tal vez algo más tarde, pretendiendo hallar el medio adecuado para obtener el mayor beneficio, la autoridad local acordó sin embargo no precisar la cantidad de fanegas de trigo ultramarino que necesitaría para su abasto hasta la cosecha de 1751. Prefería recibir lo correspondiente mes a mes. También esta población ya tenía prevista una reserva de 1.000 fanegas de trigo ultramarino para garantizar su abasto, no obstante lo cual decidió reiterar que lo que deseaba era el auxilio y la protección de la junta, así como no separarse de ella, tal como había manifestado en acuerdos anteriores. Los capitulares asimismo nombraron al regidor que debía gestionar las decisiones tomadas, a quien se le encargó que actuara según lo que le propusiera la junta, así como adecuándose al tamaño del vecindario de la población, los tráficos a los que se dedicaba y el estado que en aquel momento presentaba la cosecha. Y para que resolviera sobre cuanto necesitara una decisión inmediata se le otorgó poder.

     El regidor designado no viajó a la capital hasta el 4 de agosto, donde primero intentó reunirse con el secretario de la junta al día siguiente. No pudo porque el conde había estado durante toda la jornada fuera de su casa, pero el día 6 por la mañana estuvo con él. Ateniéndose a las cartas que le dirigía el gobierno de la población, al testimonio de sus acuerdos y a lo dicho por el diputado, durante aquella entrevista el conde se comprometió a dar cuenta de los hechos que se ponían en su conocimiento a la junta regional durante la sesión que aquella misma mañana celebraría. De lo que acordara le informaría al día siguiente, como efectivamente hizo. La junta había decidido deliberar sobre el asunto después de oírlo, y una vez que hubiera satisfecho las preguntas que se le harían, para lo que fue citado a comparecer a la sesión del día 8 por la mañana.

     El 8 de agosto, el representante de la población fue recibido por la junta de granos del reino, a la que fue presentado por el conde. Tomó la iniciativa, y antes de explicar las razones que tenía la población para tomar sus decisiones, adelantó que cuando las conocieran comprenderían que no era necesario discutirlas, y que el propósito de las autoridades que representaba era el mayor acierto en todo. A continuación, ante la junta expuso las decisiones que se habían tomado para prevenir su abasto de pan.

     Una vez oídas sus justificaciones, como preámbulo la junta le hizo saber que quedaba satisfecha, y que le ofrecía todos los medios de los que disponía, para que entre ellos eligieran sus representados. Le parecía razonable que no quisieran precisar la cantidad de fanegas de trigo que necesitarían hasta la próxima cosecha, y que prefirieran recibir lo correspondiente mes a mes. Pero debían pensar que, aunque la población tuviera una reserva de 1.000 fanegas de trigo ultramarino para su abasto, durarían pocos días si llegara a haber falta, la que en poco tiempo no se podría cubrir por cuenta propia. Teniendo en cuenta esto, y para atender a aquella población con especialidad, como a ninguna otra, deberían regular las fanegas de trigo que pudiera necesitar para uno, dos o tres meses, y prevenirlo, porque la junta de granos estaba dispuesta a entregarlo siempre que se comprometiera la obligación de satisfacerlo, tal como estaba previsto.

     El diputado debió poner algunas objeciones, de las que podemos juzgar por los argumentos en contra que a continuación, según los documentos, los responsables de la junta acumularon en favor de la venta de trigo ultramarino que patrocinaban. La primera debió referirse a los plazos, porque, en cuanto al tiempo para pagar el trigo que se adquiriera, podían elegir entre dos formas, según se fuera vendiendo o pagándolo cuando llegara el verano del año siguiente, por el día de Santiago, porque hasta entonces la autoridad regional no necesitaba reintegrar a sus depósitos los caudales de los que estaba haciendo uso para hacer frente a sus compras.

     Otra debió considerar la posibilidad de que el mercado del trigo acopiado se estancara, a sabiendas de que el trigo ultramarino no tenía en su favor la mejor fama, lo que le fue replicado con recomendaciones muy prácticas. Si antes de que llegara aquel momento, no obstante beneficiarse el trigo con apaleos, como hacía la junta con el que tenía en la capital, se observara que el trigo tuviera algún perjuicio, lo comunicarían a esta, que daría el permiso necesario para intervenir en el mercado del grano con una corrección que cuando menos necesitaba ser sancionada por la administración regional. Podría el gobierno de la población, llegado el tiempo anterior al de la futura cosecha, obstaculizar la venta de otros trigos, obligando a los panaderos a que aceptaran el público al coste que tuviera, y a los vecinos que no se abastecieran de las plazas repartirles trigo según la familia y las labores que mantuvieran, porque para todos debía tener reservas. El conde, vocal y secretario del gabinete regional, así se lo comunicaría al ayuntamiento por escrito.

     El diputado, antes de volver a la población, para completar sus gestiones reconoció los trigos que tenía almacenados la junta. Los encontró de buena calidad y decidió llevarse una muestra de ellos. Y el 11 de agosto, cuando ya estaba de vuelta, su ayuntamiento se reunió para oír el informe de lo que había tratado. Explicó cómo había expuesto las razones de los acuerdos de pleno mes de julio, y con detalle la respuesta obtenida de la junta, así como sus gestiones en sus almacenes de grano, y entregó a la escribanía de cabildo la muestra de trigo que había traído consigo.

     Recibido este informe, la asamblea reiteró que su deseo era estar siempre bajo el auxilio de la junta, y acordó que aceptaba su disposición. Decidió que el dinero que tenía en las arcas, del que la piedad del rey se había servido librarle, para que pudiera hacer frente a la urgencia de aquel momento, se empleara en la compra del trigo ultramarino que habitualmente se estaba vendiendo en la capital. Según sus cálculos, podría comprar en aquel momento hasta 500 fanegas, que al precio de 40 reales cada una supondrían 20.000. Además, de la junta de granos regional se tomarían otras 1.500 fanegas de trigo, asimismo a 40 reales, cuyo importe se liquidaría en las arcas de la junta el día de Santiago de 1751. Con esta provisión se alcanzarían las 3.000 fanegas de reservas. Así su común quedaría abastecido, aun en el caso de que sucediera alguna carestía, y dispondría de tiempo suficiente para informar a la junta de cualquier novedad que pudiera ocurrir. De los 60.000 reales que importaban las 1.500 fanegas que se habrían de comprar más adelante se otorgaría la correspondiente obligación formal, en los términos previstos. Para lo demás que en lo sucesivo pudiera necesitar la población, para evitar las obligaciones, haría sus compras al contado. Confiaba en que la junta tendría a bien este acuerdo y se serviría socorrerla siempre que la viera amenazada de indigencia.

     Pero el gobierno de la población aún se reservó una iniciativa. Decidió que el acuerdo precedente y la propuesta que lo había originado se hicieran saber a todos los miembros de su asamblea que en aquel momento estaban en uso de sus oficios, tanto regidores como jurados, incluso a los que no habían estado presentes, para que expresaran su conformidad con él o expusieran el dictamen que fuera de su parecer y lo firmaran. Una vez completado este procedimiento, se remitiría testimonio del mismo a la junta, para que con su anuencia se pudiera otorgar la correspondiente obligación. Y añadieron, conocedores de la opinión que ya se hubiera naturalizado entre los miembros del gobierno municipal, que en caso de que todos los capitulares no estuvieran dispuestos a otorgar la obligación, se suplicaría a la junta que diera la providencia oportuna, bien para que la concedieran bien para que se sintieran sujetos a la obligación a la que sus oficios les llevaba, puesto que se trataba de una decisión que se dirigía al beneficio común. El mismo regidor que había desempeñado la diputación ante la junta, tras recibir el agradecimiento de los reunidos por su trabajo y su esmero, quedó otra vez comisionado para ejecutar estas decisiones.

     La consulta a los capitulares, que efectuaron los empleados de la oficina del cabildo, en todos los casos consistió en que el escribano notificó, a todos personalmente, el acuerdo que el gobierno de la población había tomado sobre la obligación de las 1.500 fanegas de trigo que más adelante habría que comprar.

     Comenzó el 13 de agosto. Aquel día fueron consultados seis regidores y dos jurados. Para tres de los regidores no consta el lugar donde se les requirió para que se pronunciaran, pero de los otros tres se sabe que sus votos les fueron tomados en sus respectivas casas, a donde acudieron los empleados públicos. Uno de los regidores declaró que se conformaba con lo acordado y dispuesto en todo, como si para celebrarlo hubiera concurrido al acto, pero otros dos se manifestaron en contra. Uno de estos dijo que no estaba de acuerdo porque perjudicaba al común, puesto que el trigo ultramarino, de la misma calidad que las 1.500 fanegas que se había decidido comprar a 40 reales, en aquel momento se estaba vendiendo en la capital a un precio comprendido entre 28 y 32 reales. El otro, algo más circunspecto, afirmó que por el momento, y mientras se informaba por su abogado, no se pronunciaba en favor del acuerdo, y menos obligándose como particular. En cuanto dispusiera del informe de su abogado, lo comunicaría al gobierno municipal.

     Los otros tres excusaron y eludieron su responsabilidad. Uno dijo que, como por despacho real, estaba exento de la obligación de acudir a los cabildos, por sus muchos achaques y su avanzada edad, se creía libre de la responsabilidad a la que se le quería sujetar. Otro, que también dijo tener despacho real para librarse de la obligación de asistir a los cabildos, asimismo por sus muchos achaques, argumentó en los mismos términos. Y el tercero se limitó a decir que reflexionaría sobre lo acordado por la ciudad y que respondería lo que resolviera.

     De los jurados, uno fue consultado en un lugar que la fuente no precisa y el otro en el oficio de cabildo. El primero dijo que estaba de acuerdo con todo y por todo, pero el segundo declaró que no debía intervenir en la obligación personal por cuanto el oficio de jurado no tenía alguna. Su argumento efectivamente estaba avalado por que los jurados, en origen representantes de los vecinos según barrios, carecían de derecho de voto. Como consecuencia de su oficio, solo les correspondía contradecir lo que les parecía no ser lo más útil al común, como a los primeros tribunos de la antigüedad romana.

     El balance del día no era nada alentador. Solo un regidor se había declarado a favor del acuerdo, otros dos se habían manifestado en contra y tres habían eludido pronunciarse. De los jurados, uno se había declarado de acuerdo y otro había manifestado abiertamente su negativa a intervenir en la decisión. Sin embargo, al final de la jornada, el corregidor, repasadas las diligencias de notificación que se habían hecho, prefirió creer que los capitulares a quienes se había comunicado el acuerdo no habían dado respuesta fija. Dictó un auto para que la dieran puntualmente, y mandó que se hiciera saber a quienes no se habían comprometido con ninguna, así como a los que no se les había hecho saber, para que dijeran si estaban o no en favor del acuerdo a lo largo del día siguiente, 14. Si no lo hicieran, se daría cuenta a la junta de granos regional, para que decidiera lo que creyera conveniente.

     El 14 agosto fueron de nuevo consultados dos de los regidores que el día anterior habían comprometido su voto, pero no se consiguió que modificaran su posición. Uno dijo atenerse a la respuesta que había dado el día precedente. Había sido la propia institución de gobierno local la que le había concedido la licencia que lo liberaba de la asistencia a cabildo y de todos los negocios públicos, a causa de la avanzada edad que tenía y de los males que padecía, y estaba enteramente separado de toda actividad, así de gobierno como particulares. El otro dijo que por el momento no podía decir más que lo que ya tenía respondido. Necesitaba saber y enterarse de las razones que contribuyeron a que fuera tomado el acuerdo, cuyo conocimiento le había sido impedido por la indisposición que entonces estaba padeciendo. Pero que tomaría una decisión en cuanto se encontrara apto y mejorado.

    También votó de nuevo el jurado que el día anterior se había declarado irresponsable. Había decidido comparecer ante el escribano y decir que en la notificación que se le hizo en el día anterior ya había dado cierta respuesta, y que había optado por reformarla declarando que se conformaba con el acuerdo, y que se obligaba a todo cuanto expresaba.

    Además, fueron encuestados otros cinco regidores y dos jurados. De los regidores, cuatro fueron requeridos en lugares que se desconocen, mientras que al quinto lo encontraron en su casa. A favor del acuerdo solo se pronunció uno, quien dijo que aceptaba lo dispuesto sobre la obligación. Los otros cuatro no se pronunciaron. Uno dijo que no podía dar respuesta justificada mientras no se le entregaran los documentos del cabildo del día 11, para que, vistos por su abogado, diera con su parecer la respuesta fija. Otro respondió de manera similar, apelando igualmente a los documentos y a la opinión del abogado que lo asesoraba, y exactamente lo mismo ocurrió con el tercero y con el cuarto. Los dos jurados recibieron la notificación al mismo tiempo y ambos en la oficina de la corporación. Dijeron que como no tenían voto por ser jurados, no podían ni debían votar en pro ni en contra en acuerdo alguno que hiciera la asamblea, por lo que no podían ni debían comprometerse como particulares a cualquier obligación a la que decidiera sujetarse la institución local.

     Así pues, el día 14 solo se obtuvieron dos pronunciamientos a favor del acuerdo, uno de un regidor y el otro del jurado que había decidido modificar su voto del día anterior. Del resto de los que fueron consultados aquel día, los dos regidores que ya habían eludido comprometerse mantuvieron su voto, mientras que otros cuatro prefirieron no pronunciarse. Los dos jurados más se adhirieron a la posición de irresponsabilidad que ya sus colegas habían defendido.

     Las posibilidades abiertas por el recurso al voto individualizado se habían extinguido. A la reunión del día 11 habían acudido, además del corregidor, nueve regidores y dos jurados. Aun aceptando que los doce fueran favorables al acuerdo, con el balance de la encuesta de los días 13 y 14 el resultado no estaba claro, al menos en términos políticos. Solo cuatro votos fueron acumulados a favor del acuerdo, dos de regidores y otros dos de jurados. En contra se habían manifestado dos regidores, mientras que no se pronunciaron siete regidores más dos jurados que mantuvieron la posición de irresponsabilidad.

    La información sobre el estado que se había creado no se recupera hasta pasado un mes, el 14 de septiembre siguiente, y lo que se puede averiguar no deja de sorprender. Ante su asamblea de gobierno, el regidor diputado ante la junta, después comisionado para verificar el voto sobre la obligación de las 1.500 fanegas de trigo, presentó un informe que silenciaba todo lo ocurrido durante los días 13 y 14 de agosto, y que afirmaba que el día 11 anterior se había decidido solicitar a la junta regional aquellas 1.500 fanegas de trigo, a 40 reales, con la obligación de satisfacer su importe el día de Santiago de 1751, y que asimismo el gobierno de la población había decidido que con el dinero del que en aquel momento disponía, procedente del que el rey cedió del valor de sus rentas, se compraran otras 500 fanegas de trigo en la capital.

     Como la ejecución de estas decisiones le había sido cometida al informante, explicó que en el correo inmediato a lo decidido el 11 se había remitido testimonio del acuerdo a la junta, la que sin embargo, a pesar de que había transcurrido más de un mes, aún no había dado respuesta alguna. Por eso el comisionado tampoco había comprado las 500 fanegas que entonces se le habían encargado. Dados la suspensión y el silencio de la junta, y sabiendo que estaba próxima la llegada de un delegado por la administración central, para que se hiciera cargo del socorro a los pueblos, la asamblea decidió que hasta que este no llegara era posible esperar la resolución de la junta. Si para cuando llegara aún la junta no hubiera respondido, el regidor diputado tendría que informar al delegado de todo lo sucedido en este asunto.

     No parece que el gobierno del municipio finalmente recurriera a los medios que le había ofrecido la junta de granos del reino. Ya el 8 de noviembre, una vez constatado que faltaba cosecha y que escaseaban los granos para el socorro y abasto de los vecinos, en atención a tal estado estaba haciendo las mayores y más eficaces diligencias para que no hubiera carencia. La parte de las tercias que en las rentas del diezmo del pan de la población correspondían al señor de ella estaban a cargo de su tesorero recaudador, quien a su vez era el corregidor al frente del gobierno del municipio donde estaba radicado el primero de los puertos al sur de la población. La corporación acordó que su alcalde ordinario, como diputado de la corporación, fuera a la ciudad portuaria para ajustar con aquel corregidor tan versátil aquella parte de los granos. De su importe y contrata haría el instrumento que se le pidiera, por el que se obligaría personalmente, así como a los capitulares, a satisfacer la cantidad acordada en el tiempo y en el plazo que tratara. Recogidos los libramientos de casa de cuentas con el beneplácito de su tesorero recaudador, para poder percibir los granos de los arrendadores, lo que el alcalde ordinario hiciera los capitulares lo aprobaban y se obligaban a cumplirlo. Si fuera necesario, de este acuerdo se daría testimonio, que se le entregaría al alcalde, para que su representación fuera legitimada.


Francesco Guicciardini

Apeles Ernesto

Francesco Guicciardini es un analista inexorable, al estilo clásico, el mismo que heredó y consagró Tito Livio.

     Su punto de vista es siempre el de su patria, la ciudad de Florencia, con la que se identifica mediante la primera persona del plural. Mantener invariable el punto de vista ayuda mucho a la comprensión de su relato, repleto de acontecimientos y personajes, alianzas que constantemente se agotan y renuevan, y enfrentamientos entre los poderes itálicos.

     Sin necesidad de convertirlo en objeto explícito de su narración, a cada paso revela el origen clientelar del poder florentino, y así convierte este asunto en el protagonista de su historia, probablemente lo que la hace más valiosa para el lector contemporáneo por lo que a los contenidos se refiere. Su valor perenne tal vez será revelar con lucidez, sin ambigüedad, cómo se origina y se sostiene el poder en cualquier momento, aunque pase el tiempo inexorable. Como atributos de quienes alcanzan la cima del sistema clientelar reconoce la riqueza de las familias, fundamento de su preeminencia. Luego, la formación y las letras, que asimismo puede ser una vía para la promoción personal. Por último, también acceden a la élite los que adquieren responsabilidades magistrales gracias a su valía. En su forma de indagar y concluir sobre las raíces del gobierno hay que incluir la experiencia democrática, en Florencia desencadenada y sostenida por el iluminado Savonarola, premonitor visionario.

     Cuando es necesario, para que las explicaciones tengan sentido detiene el relato cronológico y recopila antecedentes. Procede de este modo para describir conexiones y filiaciones, además de conmemoraciones de personajes y familias. Al contrario, cuando necesita mencionar algún hecho posterior, porque la secuencia del relato le obligue a mentarlo, la anticipación se limita a adelantar que lo tratará después. Su presentación completa se aplaza, advirtiéndolo, para evitar la interrupción de la prevalente exposición cronológica lineal. También para transitar recurre a breves anticipaciones. Y cuando los hechos son simultáneos, los ordena por separado y los expone sucesivamente. Un excurso, que se inserta en el orden cronológico a propósito del hecho con el que se relaciona, sirve para informar sobre una institución del estado. Y aunque no lo declare, admite la recurrencia de los hechos. Si no estuviera convencido de que actúa, no habría redactado, y revisado sucesivamente, sus Recomendaciones y advertencias, que pretenden dotar a su lector de reglas útiles para la vida. (Aunque cuando recomienda y advierte le interesa sobre todo él.)

     Al principio, parece el receptor de historias una y cien veces contadas en el círculo de los allegados a las instituciones de gobierno y las familias potentadas, bien recopiladas por él, bien procedentes de narradores que le precedieran, en cuyo caso su trabajo habría consistido en ordenarlas y verterlas en su estilo. Pero, avanzado el relato, cita fuentes, quizás porque su idea sobre estas se identifica con el testimonio directo. Tal vez porque así ganaba en aproximación a los hechos, escribió en distintos momentos.

     Su propia experiencia sería su fuente dominante, razón por la que puede protestar la certeza sobre lo que narra alegando que al suceder los acontecimientos no estaba en la ciudad. Entre sus experiencias también pudo estar ser parte de un auditorio que oyera historias alejadas en el tiempo. Pero reiteradamente alude a su memoria como medio de información, aunque a veces sea para confesar que duda de la información de la que dispone. Así, el testimonio sobre la duración de un encuentro, no demasiado creíble, que remite a lo que contaron quienes participaron en él. O para declarar que no recuerda una causa o un lugar, o hasta para admitir abiertamente ignorancia, como por ejemplo cuando debe mencionar cifras de combatientes. O para confesar que renuncia a contar porque desconoce los detalles o sus razones, y que cuando ignora prefiere callar. Pero sobre ciertas disputas políticas admite manejar fuentes propias que no revela, y a propósito de la vida de Lorenzo el Magnífico, dice que los datos que maneja no proceden de su experiencia personal, porque cuando el personaje murió él era un niño. Sus informantes, para este caso, fueron personas y fuentes auténticas, fidedignas.

     Buena parte de su interés se concentra en averiguar las causas de los hechos que narra. Al principio, la causalidad la aísla de manera directa, y la descubre inmediata y por tanto única. Pero para explicar determinados hechos duda entre dos posibilidades en al menos un par de ocasiones: “[…] no se hizo nada, ya sea porque Dios lo haya querido para algún buen fin, ya sea porque la fortuna haya decidido burlarse otra vez de nuestros afanes […]”. Efectivamente se refugia en la intervención divina cuando no encuentra otra explicación causal: “[…] aquel Dios que muchas veces nos ha ayudado en nuestras angustias no quiso que Florencia muriera […]”. O “Pero la justicia divina quiso […]”. Aunque también opta por el azar: “[…] quiso la suerte […]”, “[…] cuando de repente la fortuna […]”. Admite la interferencia de prodigios, como presagios de muerte, al estilo antiguo, en el caso extraordinario, aunque parece más un medio para enfatizar que un procedimiento para encontrar explicaciones.

     Pero se permite la conjetura cuando no está seguro de conocer la causa, y también especula con diversas causas, dos, tres e incluso más, lo que convierte al análisis y la reflexión en fuentes alternativas y punto de partida para que sus amplificaciones brillen, con tanta conciencia de su efecto que evoluciona a proclive a exponer haces de causas, y especular con distintas posibilidades para encontrar explicaciones termina convirtiéndose en un recurso frecuente. Para juzgar sobre el origen de hechos de dudosa explicación, examina circunstancias: para quiénes pudieron ser un perjuicio y a quiénes beneficiar, más allá de cuáles fueran las razones admitidas, antes de optar por una. Y a veces, con cierto aire de recurso de estilo, declara no saber por qué.

     Se decide por la ecuanimidad cuando llega el momento de enjuiciar los hechos más polémicos, y raramente toma una experiencia por modelo y generaliza. Pero cuando lo hace, moraliza, para lo que aplica lo que cree un valor universal: proteger la riqueza es beneficioso para la ciudad. A veces argumenta, en favor del relato, que se trata de hechos que no se deben olvidar, y otras, toma hechos por ejemplo para quienes deben dirigir, con el fin de advertirles que deben ser previsores si desean eludir por completo los peligros que acechan esta responsabilidad. Cuando narra la amenaza de crisis, llega el caso en el que opta por la admonición, aunque concediéndose un margen entre la ironía y el cinismo. “Quise mencionar este episodio para que los que se encuentran gobernando una ciudad tengan siempre presente que si no están en condiciones de poder coaccionar al pueblo, deben actuar con suavidad y paciencia; si se llega a la aspereza, el pueblo empieza a enojarse y resistirse, de modo que ya toda cooperación resulta imposible.” (XIX, [6]). Y no le parece razonable quitar la vida a un militar porque haya prestado sus servicios a quien le pagaba.

     Casi no enfatiza ni se destempla. Expone sin que le altere el asunto y apenas adorna el texto. Ya muy avanzado el relato, en el capítulo XXIII, recurre al símil del piloto del barco para referirse a quien tiene la responsabilidad del gobierno. Poco después, en el XXV, insiste en él, y todavía, ya casi terminando el texto, en el XXVIII, retorna otra vez a lo mismo. En los últimos capítulos se adorna algo más, aunque con sencillez: “[…] ponían oídos de mercader […]”, “[…] tenía en sus manos una carta segura […]”, “[…] fue lo mismo que hablar a sordos […]”.

     Tan solo se traiciona parcialmente cuando retrata a Lorenzo el Magnífico; parcialmente, porque en realidad se atiene al canon del encomio del héroe o varón ilustre. Dejándose llevar por un tópico similar, el retrato del antihéroe lo personifica el papa Alejandro VI. Y duplica el encomio del héroe con la semblanza de Savonarola, el otro protagonista de su relato, cuya semblanza alcanza un tono muy intenso cuando relata su muerte, cumbre de su estilo lineal. Las efemérides de los protagonistas, en particular las defunciones, las aprovecha para insertar sus biografías, también en esos casos a modo de encomio fúnebre.

     Pero, tal como ocurre con todos los clásicos, lo que seduce al lector de la posteridad es casi tan eufónico como conceptual. Los criterios para la correcta elección de los sustantivos, y la elocuencia cuando adjetiva y amplifica las explicaciones, están tan cuidadosamente elaborados que el lector los acepta como una propiedad natural de su discurso, aunque demuestra que es un recurso consciente que explícitamente valore que la elocuencia no sea artificiosa y abstrusa, sino natural y comprensible. El resultado es un relato diáfano que no desfallece, directo y claro cuando plantea cualquier asunto. Lo vertebra con una red de verbos que ejecutan la acción continua, y nunca recurre a grandes complejos sintácticos. Para sus periodos, decide unas duraciones y se impone una melodía. Las longitudes de cada unidad se atienen a medidas previstas y, en una versión al castellano respetuosa con el original, el lector aprecia que resuelve sus cortas cláusulas con ritmo trocaico, aunque las cargue internamente con contrapuntos moderados.


Certamen

Apeles Ernesto y Diomedes del Ponto

–Aún no se habían prolongado las milicias como guerrilla ciega y áptera, y ya su felonía se había consumado. La falta de juicio que precede a la edad adulta, que a los hombres convierte en héroes del suburbano de otra ciudad, ascendentes a las alturas de los andamios, reptadores del proceso administrativo por galerías con luz eléctrica, lo había precipitado, junto con otros de su misma o similar inconsciencia, a combatir contra un ejército experimentado en la guerra colonial, sus mercenarios y algunos civiles uniformados con prendas militares.

     “Habían elegido como alcázar desde el que resistir un edificio alto, que permitía avistar a quienes se acercaban, dispuestos en tres líneas paralelas, por las arterias que hasta él llegaban, los campos del entorno, algunas colinas lejanas horizontales. De reciente construcción, se podía confiar en su fortaleza, que incluso resistiría las agresiones de las armas que los artilleros enemigos manejaban.

     “Durante décadas se ha creído que quienes allí se hicieron fuertes, durante un par de jornadas a lo sumo, cuando fueron conscientes de su incapacidad para rechazar a las fuerzas mercenarias, vanguardia del tridente, aguijoneadas más por un hambre feroz que por el desembarco que hasta tierras que podrían serles promisorias les había traído, se habilitaron una retirada segura que a todos permitió ponerse a salvo.

     “La documentación que he reunido demuestra que al menos durante los meses que siguieron, y probablemente mientras duró la contienda, combatió en la vanguardia de las tropas a las que durante aquellas heroicas horas había hostigado, contra las que había disparado, apostado en una ventana, inexperto e inconsciente francotirador. Puede conjeturarse que no todos los resistentes consiguieron ponerse a salvo saltando por la parte posterior del celebrado edificio, fortaleza improvisada, búnker de la enajenación. Si examinas su planta, puedes observar que es fácil, dado que su centro y principal área tiene forma oval, quedar atrapado en alguno de sus pasillos laterales, curvos, confusamente convergentes, adaptados a aquella elipse soberbia y tiránica, al servicio de sus comunicaciones.

     “Debió ser sorprendido cuando bajaba por una de las escaleras laterales que dan a los pasillos, obligado a depositar su arma en el suelo y, porque ya había sido elegido por la fortuna, en vez de ser ultimado de la manera más expeditiva en aquellos mismos lugar y momento, conminado a levantar los brazos y conducido, exhibiéndolo en tan extenuada  actitud, al centro de las detenciones como reo del peor de los delitos que en la guerra, contraria a la justicia, puedan incriminarse. Concuerda con los hechos posteriores la posibilidad de que sus captores ante él presentaran en papel timbrado una solicitud de combatiente voluntario, cuando fuera requerido en otros frentes, en la primera línea de las tropas que desde su captura lo violentaban; que firmó, ofreciendo a cambio su persona y su familia. Faltaban al menos un par de años para que se completara la segunda década de sus días, y con unos pocos y torcidos signos decidió el rumbo de su vida para el resto de su existencia.

     –Pero es cierto que sufriría prisión. Para la escarda, en una porción de las tierras que entonces fecundaban con monótonos cereales, fue demandada poco más de una docena de hombres. A tal número ascendía el de quienes dedicándose al trabajo agrícola al tiempo conspiraban, una vez derrotados y vueltos a su origen, contra sus vencedores. Eran el germen renovado, una vez desangrados los cuerpos precedentes, del mismo viejo movimiento político, el de los niveladores, antes y después deslumbrado por el principio insensato de la ecuanimidad. Precaución, silencios, distancias, la más devota desconfianza, más en conocidos que en ignorados, habían permitido poner a prueba la única fidelidad que el miedo permite, la cordura cobarde, proteína de la que se nutrió la nueva célula. Sirviéndose de aquellos lazos, previamente anudados entre ellos, se constituyó el grupo compacto y solidario, que respondió a la oferta de aquel trabajo.

      “Armados con sus hierros primordiales, aquellos hombres inestables movilizaron sus medios de subsistencia, incluidas sus mujeres, en actitud de contribuir a sus aspiraciones e incrementar los ingresos de cada familia. Todos se instalaron en un edificio solitario en el centro de las tierras laborales desde antiguo construido, único signo de la presencia del hombre en los parajes semidesérticos generados por la vieja agricultura. Tras sus muros, pasado el umbral de la única puerta, porque no estaba compartimentado, los sexos de quienes trabajaban, cuya naturaleza les impedía reposar cuando llegaba la noche, solo estaban separados por un cordel y un par de mantas de él pendientes que cruzaban la única habitación de lado a lado hacia la mitad de su longitud.

     –Claro, y fue él mismo quien se encargó de propagar, pasado el tiempo, que la delación de la que fueron víctimas a continuación había sido la respuesta de uno de los cónyuges solidarios, que se sintió tan ecuánime como defraudado por su esposa.

     –En el campo, solar donde tuvo su origen el trabajo productivo, a los hombres los celos les crecían con el ocio, como la mala hierba cuando el arado dejaba inmóvil la tierra. Unas lluvias persistentes a mediados de enero habían obligado a parar. Bastaron un par de días, persistiendo aún el tiempo adverso, para que de madrugada, cuando nada hacía prever que la luz volvería a alumbrar las tierras empantanadas, la policía rural detuviera a todos los hombres de la cuadrilla, de los que positivamente había sabido, gracias a la implacable delación, que formaban una célula conspirativa. Otros más fueron encarcelados en la población por ser parte de la misma trama, hasta que en los calabozos, consumado el dispositivo, los encausados sumaron una veintena.

     –Y durante tres largos años arrastró sus huesos por calabozos y celdas, prisiones habilitadas en antiguos conventos cuyos cubículos, armados con muros de piedra, prefería compartir con roedores, insectos y líquenes hijos de la humedad, que por capilaridad filtraba la piedra, no con seres humanos.

     –Recorrió toda la geografía como huésped de penales, los del norte semejantes a los del sur, los del este idénticos a los del centro, todo el movimiento inútil, el paisaje invariable.

     –Entre quienes con él fueron objeto del proceso, los hubo proclives a una opinión que mantuvieron durante toda su vida: que la detención origen de la condena, que a la veintena de hombres había privado de la libertad que la vida cotidiana consiente, fue parte de un trabajo que se le había encomendado, la delación de un responsable político al más alto nivel, quien efectivamente, mientras duró el encarcelamiento sufrió detención y tortura, y que por último fue ejecutado.

     –Así fue. Contra su voluntad, plegándose resignadamente a las decisiones de sus compañeros dirigentes, permanecía al frente de la única organización conspirativa que actuaba dentro del país, declarada fuera de la ley y perseguida. Residía en la capital, en casa de unos correligionarios a quienes la seguridad del estado aún no había clasificado. Para enmascarar las actividades que justificaban sus riesgos se servía como coartada de la representación comercial, lo que le permitía viajar en todas las direcciones, completar todas las distancias en cuantas etapas fueran necesarias, tomarse descansos donde la extenuación lo arrojara, alojarse donde en cada caso conviniera.

     “Uno de los lugares a los que acudía con regularidad era el que con sus conciudadanos habitaba la veintena detenida. Seguro recuerdas al viejo comerciante, de ojo obtuso y mirada incierta, que vendía toda clase de vendibles en el centro de la ciudad.

     –A la vista de una copia de la imagen del dirigente, que antes que la muerte lo condujera a la nada le mostré, repitió con insistencia el nombre con el que ante él se presentaba, hermético e insignificante para cualquiera de nosotros, alarmante para quienes con él tuvieran el trato que a estas tierras lo traía. Incluso evocó el traje que vestía, que llegaba por ferrocarril, los frascos de perfume que en cada visita le suministraba.

      –El día de su detención había mantenido varias reuniones acompañado por otros dos correligionarios. Terminados los encuentros, él y su cómplice más allegado caminaron juntos hasta la calle perpendicular a la de su domicilio. “Nos despedimos como cada día y él se dirigió hacia su casa. Me dijo que luego iba a reunirse con algún contacto que le iba a facilitar papel y una máquina para hacer octavillas.” Como tenía previsto, se dirigió a la entrevista pendiente, para la que se había citado en una plaza céntrica.

     –Nadie ha resuelto si para que se completara el peor desenlace fue necesario más que al dirigente se le viera en aquel lugar en tan singular compañía. Pero de los actos siguientes se deduce que el hombre que tan mal le iba a servir conocía sus hábitos.

     –Quienes se preocupaban por su seguridad, insistían en que se desplazara en taxi. Desoyendo sus consejos, a continuación, tal como solía, subió a un autobús. En él solo viajaba un número indeterminado de pasajeros, que quienes pretenden ser más precisos cifran entre dos y seis, aunque todos coinciden en afirmar que cualquiera de aquellos hombres era un agente de la seguridad del estado.

     –No tuvo que reflexionar para saber que lo habían vendido. Por rabia gritó a favor de sus ideas, el gesto habitual entre quienes acorralan en situaciones extremas, concentrado su ser en el centro donde, como pieza de carbono puro, cortada y contrastada por experto gemólogo, reside la voluntad incontaminada. Por su inexperta reacción dedujo la policía que había cobrado una de las piezas más codiciadas por el aparato que aquel estado creara para la persecución de quienes consideraba sus peores enemigos.

     –Fue conducido a sus dependencias centrales. Durante una de las sesiones del interrogatorio, fue precipitado desde el primer piso a un callejón. Cuando explicó este hecho a su abogado, le contó que mientras lo torturaban, valiéndose de insistentes preguntas sin respuesta, lo arrojaron por la maldita ventana, esposadas las manos por delante. Porque el instinto lo forzó a proponerse amortiguar la caída, de sus extremidades solo se fracturó las dos muñecas, pero no pudo evitar sufrir graves lesiones en el cráneo por la frente. Al trascender a la prensa lo ocurrido, el responsable de las comunicaciones del gobierno declaró que el detenido, mientras estaba siendo interrogado, se subió a una silla, abrió una ventana e inopinadamente se arrojó por ella.

     –Se da por seguro que su delator fue el mismo contacto que le iba a suministrar medios de propaganda rudimentarios, un miembro de la organización que sin embargo desconocía su verdadera identidad. Había sido detenido días antes y había pasado algunas semanas en la cárcel. Todo indica que aquel intermediario compró su libertad, desde aquel momento y para el resto de sus días, a cambio de la delación. “Nunca más supimos de aquel hombre”, dijo quien había compartido con el dirigente detenido sus últimos momentos de libertad.

     “No es probable que el contacto felón fuera vuestro héroe, quien había sido detenido un par de años antes y aún permanecería en la cárcel otro más. Pero teniendo en cuenta que el delator, según los datos de los que disponemos, había abandonado la prisión hacía poco, sí pudo obtener la información que le valió su libertad de él, con quien debió convivir.

     “La panadería suministraba excelentes conspiradores a las actividades clandestinas. Quienes amasaban, incansables manipuladores de las palas durante toda la madrugada, semidesnudos ante los ardientes hornos de rojas bocas vertiginosas, podían actuar con nocturnidad sin incurrir en sospecha.

     “Un panadero, contra todo pronóstico, había sido de la veintena. Cuando completó su infame humillación, antes que volver al lugar donde durante años había conspirado, y por esta causa sufrido persecución y cárcel, decidió instalarse a mil kilómetros de distancia. Satisfizo su libertad recuperada representando de otro modo su vida, porque entre los hombres, si la moneda del tiempo se emplea en longitud, se adquiere la ilusión de poner el cronómetro a cero. De siervo de la noche pasó a dueño del día, aun a costa de todos sus saberes, de todos los medios de los que antes había dispuesto para sobrevivir. No obstante, nunca se resignó a dejar sin saldar sus cuentas pasadas. Periódicamente, al lugar donde por su voluntad la fortuna lo había herido enviaba mensajes anunciando su visita, quizás su retorno, que a vuestro héroe desazonaban. Pasaban los años y no satisfacía su designio, hasta que una muerte inesperada, tal vez no inoportuna, le impidió consumarlo.

     “No voy a pretender que la mano del héroe injustificado llegara tan lejos, tan rigurosa, tan cruel. Solo quiero que sepas que en la cárcel de la capital del estado, donde estaba el centro de todas las operaciones destinadas a las capturas, durante el segundo año de su condena, en una misma celda, pudo darse una triple coincidencia: el panadero, vuestro hombre y el delator del dirigente. Su trabajo en el campo apenas le daba para vivir. Ser recluido en prisión, si allí iba a ser objeto de un trato preferente, era exiliarse por un tiempo a un refugio seguro y muy bien remunerado.

     “La imaginación se ha excedido en las conjeturas, al proponer que el más alto responsable de la organización, que entonces permanecía oculto en el extranjero, y todavía durante años se enrocaría en sus prevenciones, celoso del poder que ganaba en el interior quien se exponía a dirigirla sobre el terreno, se habría servido de vuestro varón para consumar una purga inmisericorde. Tendrás que admitir, sin embargo, que con esta explicación concuerda la insobornable fidelidad que este siempre mantuvo hacia el cerebro supremo.

     “Y en esto, a ti, y a otros tres insensatos, tan víctimas como tú del espejismo de la imposible igualdad, se os ocurrió fundar toda la legitimidad de vuestra iniciativa en su vuelta a la actividad pública, una vez cumplida su condena. El hombre humillado por una sentencia injusta, gracias a vuestro aval, que por vosotros era el de una nueva generación, renació al siglo con una dimensión gigantesca, imperturbable, como si su paso por las cárceles lo hubiera acrisolado en bronce y erigido en un pedestal.

     “Creíste que durante su prisión su familia había sobrevivido gracias a la solidaridad de sus correligionarios, a la que enviaban con cuanta frecuencia podían cantidades que al menos le permitían su manutención. De una vez debes convencerte que este fue otro de los errores a los que te llevó tu inconsciencia, tu precipitación, tu falta de sensatez, poco igualada entre los de tu edad, tan propensa a la estúpida pasión niveladora. También en este caso preferiste la causalidad heroica al examen sereno y frío de los hechos, que nadie más que tú jamás tuvo a su alcance. He reunido tal cantidad de indicios sobre las fuentes de aquellas rentas que es imposible aceptar tan edificante causa. El dinero que recibían sus allegados procedía de los servicios secretos, túnel subterráneo de la seguridad del estado, en pago al trabajo que desde los años treinta prestaba. Vuestro hombre procedía de un mundo de falsos héroes, envuelto en leyendas, dominado por la miseria.

     –A ti y a mí, a los de nuestra generación, que hasta entonces había permanecido ignorante de la cantidad de sangre que consumen los más poderosos, por un día nos fue dado verla llegar hasta la calle, tanto más injusta y violenta porque era excepcional. Un destacamento armado, al mando de un oficial ebrio, irrumpió en medio de una masa informe, que se disolvió como la espuma golpeada por la lluvia, apenas una ráfaga de fusil ametrallador disparada. No el ruido de los disparos, no la sangre vertida, sí la muerte provocada, cuando de ella se supo, desencadenaron el pánico.

     –La gente que tú y yo conocemos, cobarde y retraída, desconfiada hasta de sus allegados, calculadora incluso de las palabras que silenciaba, durante las horas que el cadáver yació sobre la losa, a la espera del juicio que el forense debía emitir, y también expectante y acobardado aguardaba, quedó recluida en sus domicilios. Sin embargo, él, mientras transcurrían, haciendo ostentación de un valor temerario, anduvo todo el tiempo por las calles, levantando la voz cuando los demás apenas murmuraban, condenando con palabras muy explícitas al autor de los disparos mortales. Porque no tenía nada que temer. ¿Necesitas un testimonio más concluyente de su cinismo? ¿A qué más tendré que recurrir para demostrar que vivía blindado por sus crímenes?

     “Si a través de vosotros recuperó el vínculo con la organización del interior, antes tuvo que ocurrir que hubiera quedado roto, no por su voluntad, sino porque fuera condenado al ostracismo, la sentencia más severa que como réplica, en exceso benevolente, a la enciclopedia de maldades que había consumado podían permitirse quienes habiéndolas sufrido carecían de otras armas. Fuisteis vosotros, con vuestra descomunal inconsciencia, quienes consumasteis la injustificable resurrección a la vida pública de quien ya había sufrido la muerte civil.

     “Ni te imaginas lo que pude sufrir durante los días que tú te entregabas a la aventura del héroe juvenil. Tu madre, una vez que supo que estabas enredado en juegos absurdos y peligrosos, como más próximo a ti me encomendó que te cuidara. Padecí en silencio aquel encargo, al tiempo que evité limitar tus actividades. Hasta simulé aproximarme a tus compañeros de aventuras, yo, que nunca quise mezclarme en actividades de esa clase, que he cuidado permanecer equidistante de quienes vulgarizan la vida reduciéndola a opuestos. Pagué demasiado caro mi destino y tu insensatez.

     “Estoy convencido que para mí fue fatal aquella fotografía que nos tomaron, en la que tú y tu novia, y yo y la mía, aparecíamos entusiastas y confiados, orgullosos de su compañía, y él en el centro, dominante y seguro, el cuello abotonado, su cabeza cubierta con la mascota de los días de gala.

     –Entonces ignorábamos que quien la tomó actuaba como delator, amparado en su aparente oficio de fotógrafo. Era un hombre de mediana edad, bien parecido, siempre con su cámara colgada del cuello, sobre el pecho, con el flash conectado, cuya batería cargaba a ratos de un hombro a ratos del otro.

     –Gracias a aquella instantánea, la policía dispuso del señalamiento incriminatorio que con el tiempo nos culpó a todos.

     –Así como aquel funesto sacerdote, heraldo del infierno, que durante el día ante la puerta de su templo aguardaba el paso de quienes había decidido relajar al brazo secular, a quienes detenía con preguntas ociosas y equívocos parabienes, y finalmente abrazaba, señal acordada, ante la discreta mirada de los insaciables captores.

     –No te voy a recriminar que por esta causa fuera conminado a incorporarme al ejército de manera improrrogable, menos aún que durante el tiempo que estuve en filas me viera obligado a portar armas, a hacer de guardián de gente que había desertado, que durante todo aquel tiempo todos mis movimientos fueran estrechamente vigilados, mi correspondencia censurada. Lo que no puedo perdonarte es que por tu causa me viera reducido a la condición de cobarde.

     –Absurdo. Permíteme que te evoque, ser arrogante, antes de que la memoria de sus gestas se extinga, la obra de hombres singulares antepasados nuestros, entre los que la excelentísima miseria de nuestro héroe se vio obligada a contarse, quizás como entre las arenas del litoral, triturados por las incansables olas batientes, los sanguinarios colmillos de los tiburones muertos; tal vez como en las orillas al ocre de las arenas los marineros descompuestos, tributarios del mar, aportan un rojo luminoso. Antes que ellos, hubo quienes cambiaron de lugar montañas, desviaron el curso de ríos, inmensos mares comunicaron entre sí partiendo por la mitad continentes enteros. Ninguno de estos portentos, aun siendo merecedores de la gloria que la humanidad prodiga, se puede comparar a los suyos. Los hombres cuya vida encomiar debo afrontaron la muerte y la vencieron. A ninguna conquista, quienes les sucedimos después, podemos quedar tan obligados por el reconocimiento y la gratitud.

     “Nacieron mortales en el grado más severo, como los insectos, como los seres invertebrados del rango inferior, de vidas tan frágiles que por horas miden. Eran parte de proles excedidas, supervivientes de frecuentes partos de variable fortuna. Si entre ellos el primogénito alguna preeminencia ganaba, era un deber, compartir con los padres la carga de la descendencia. No solo en un cubículo, para toda una familia segregado, hacinados crecieron. También fueron chozas, y hasta cuevas horadadas en rocas calcáreas que destilaban humedad, el refugio extremo de sus hogares. De alimento les sirvió la hierba que al ganado nutría, ente cuyos desechos crecieron las hojas verdes que en sus cocinas después permitían un sustento escueto. Nada había de humillante en aquella manera de nutrirse, al azar de los tiempos confiada. Solo por su fuerza supervivientes, por la misma causa que la del buey sus vidas conservadas, del vigor que ganaban por tan escasos medios se enorgullecían.

     “A ellos su noble dignidad jamás les consintió hacer públicas sus carencias, en secreto por todos compartidas. No deseo que las encomies. Solo quiero que tomes nota precisa del lugar donde estaba marcada su línea de salida, para que estimes el alcance de sus adelantos, los mayores que la civilización hasta ahora haya permitido

     –¿Aun reconociendo el favor que a los hombres hacen las leyes de sus estados y los derechos que las garantizan, la mayor de las bendiciones que haya conquistado la humanidad?

     –El cuadro te parecerá excesivo. Nada hay de patético en él. En nombre de la verdad que los encumbraba solo puedo decir que hablo por lo que me tocó ver, porque con esto conviví primero. Mis recuerdos del principio los pueblan gente mal vestida, niños sin ropa y descalzos, muchedumbres comprando alimentos que no podían pagar, que siempre adeudaban, largas cuentas registradas en papel con lápiz, nunca del todo sufragadas, a pesar de las esforzadas entregas semanales, imborrables. Por aquellas señales supe que me había tocado nacer en el desierto, que un abismo había entre sus gentes y que el estigma del linaje era indeleble. Y detesté mi origen.

     –Es muy probable que en el efecto moral que aquellas escenas tuvieran en tu caso alguna responsabilidad le cupiera al hermético universo en el que nacimos. Solo quienes deben sufrir el fanatismo con el que alguna vez han sido dictados los dogmas, con el propósito de anular las voluntades, pueden imaginar el volcán de rebeldía que la imposición insensata puede desencadenar en los inconformes. No es el menos probable la evasión rigorista.

     –Sé que a oídos sensibles como el tuyo, nacidos para el verso, parecerá inapropiada la mención de la miseria, que a la vista de los hombres debe ser hurtada. Porque los oídos, las manos, los órganos que componen la armonía de la vida deben concentrarse en el patrocinio de un orden equilibrado, el que está negado al caos cotidiano y que sin embargo, aunque sea a su costa, tal vez algún día a sus descendientes, ya no a él, beneficiarle pueda.

     –Distraerlos del oficio excelente los expone a la degeneración.

     –Imagino cómo pueden ser recibidos por ti mis recuerdos de aquellas existencias, tan marginales, tan multitudinarias. A un par de seres de tu misma clase, yo aún víctima de la mejor ingenuidad, le revelé que entre los hombres que padecían aquella condena los había que debían ganarse su renta empujando piedras de molino, cuyas soleras, luego, para el ligero sueño de sus noches, largas como las condenas, les servían de lecho. Cómo ridiculizaron mi relato, a costa de él cuánto rieron sin disimulo. No tengo que convencerte de la veracidad de aquel testimonio. Ante tu sensible oído solo tendré que mencionar la autoridad de mi padre, que tú también distinguías sobre todos, quien de niño, según contaba en ocasiones, pudo ver, entre los muros de su lastimada casa, cómo a quienes en ella trabajaban las exigencias se les imponían de ese modo.

     “El primero de los héroes que conocí apenas sobrepasaba mi edad. Acudía a los encuentros solo, desprovisto de cobertura, a sabiendas de que cualquier error en sus juicios, sus excesos de confianza, corrían a cargo de su libertad. Agotábamos jornadas de iniciación en campo abierto, en lugares donde cualquier aproximación podía ser advertida, aun a cientos de metros de distancia. Unas antiguas canteras, tajadas desde la cima de un inhóspito cerro, la falda de una loma afrontada a llanuras extensas, desprovistas de vegetación, las bardillas de un puente en ruinas, atravesando un cauce seco y sin vegetación eran lugares en los que la seguridad era un cálculo que confiaba en la velocidad de la huida.

     “Por su medio descubrimos que en los subterráneos había sobrevivido una numerosa legión de aquellos hombres singulares. Los había hecho grandes ser héroes a su pesar, valientes a fuerza de arrojo, abnegados y coriáceos. Durante años quedaron expuestos al peligro con la osadía del inconsciente, con la presteza con la que el matador se expone a las peores astas. Cualquiera que no conociera su temple podría juzgarlos estúpidos. Eran sin embargo los hombres más equilibrados, de costumbres moderadas, antes que nada responsables conductores de sus hogares, por la naturaleza que en sí mismos celebraban concebidos. Eran nobles de una sola palabra, almas trabadas con la más sólida e invisible cantería. En vigilia permanente ante la amenaza, un giro de sus rostros, una mirada fulminante, eran bastante para orillar al imprudente, alertar contra el peligro, delatar al desleal. Ningún rasgo de insensatez, nada de temeridad había en ellos. Solo valor, consecuente deglución del arrojo y sus riesgos.

     “Antes que ellos, por idénticas conclusiones, otros hasta la muerte habían arrostrado. Nada había que hiciera sus decisiones superiores. Impuestos en tan brutales exigencias, eran capaces para conmemorar el aislamiento, refugiarse en el más radical silencio, celebrar el decanato entre quienes habían sumado el número mayor de días pasados en la cárcel. Los había cuerpos incorruptos mantenidos por el coraje, seres solo piel y huesos supervivientes más a las carencias que a las torturas. Probablemente nunca se propusieron alcanzar un orden armónico, a cuya posibilidad habrían sobrevivido decepcionados, una vez sufrida la derrota en una guerra. A muchos les bastaba para justificar el reto de la inmortalidad la memoria de un antepasado fatalmente expeditado, la fidelidad que le era debida, explicar la tragedia y el llanto cotidiano de sus mayores. Quienes los admiramos, por nuestra voluntad nos dispusimos a secundarlos y en la matrícula del mismo barco nos enrolamos.

     “Durante un tiempo, él parecía el único superviviente de las travesías precedentes, por mí conocido cuando decidí hacerme a la aventura.

     –Habría sobrepasado los cincuenta y vivía en permanente aislamiento, y un inopinado azar lo había convertido en guarda jurado, ocupación de policías licenciados.

     –Entonces, a esta evidencia no concedimos significado, como para el hijo son invisibles los rasgos que la corrupción traza en el rostro del padre. Nos citaba al atardecer en el lugar donde permanecería en vigilia durante toda la madrugada. Se apartaba de nuestras conversaciones, soslayaba nuestras discusiones. Se negaba a saber más que lo imprescindible.

     –Es posible que la necesidad le obligara a tomar decisiones comprometidas.

     –Tampoco sé si alguna vez pude ser objeto de sus delaciones. En ninguna de sus decisiones vi algo que pudiera parecerme desleal, y jamás percibí nada en mi contra que pudiera juzgar alentado por él. Es cuanto con honradez puedo decir.

     “Mientras tanto, te oía proclamar tu desprecio a la democracia, engendro de mediocres. Nunca antes entre nosotros alguien se había expresado con tanta brutalidad. Reconozco que entonces ignoraba el cinismo de quienes tuvieron responsabilidad en la promoción de la fórmula contemporánea. Pero concédeme que a tan temprana edad deseara aquel analgésico, habiendo sabido del injustificable dolor padecido durante años por la leva precedente.

     “Sin embargo, no era ningún principio moral el que justificaba tu intolerante actitud. Hacías ostentación entonces de un atributo que impedía a quienes por él estuvieran poseídos, por naturaleza seres superiores, descender a las pasiones civiles. Como si quienes habíamos optado por exponernos al riesgo de las procelosas travesías de mares encrespados estuviéramos incapacitados para distinguir los olores, o para apreciar las melodías que las palabras, más allá del verso, las lenguas con generosidad conceden. No diré que fuiste un cobarde. Tampoco que entre tus subterfugios estuvo la ridícula comedia de la grandeza de tu condición. Lo que, aun pasado el tiempo, que difumina los perfiles, te ha hecho definitivamente infame ha sido tu intención de destrozar su memoria, presentándolo como un traidor corrompido y contumaz.

     “Nunca sabré si acerté en mis decisiones, porque ese balance está reservado a quienes juzgan al fallecido. Pero puedo garantizarte que gracias a todos ellos, sin exclusión, encontré mi patria, la gente más noble del lugar donde me había tocado nacer, el que antes había aborrecido. Desde entonces no he conseguido abjurar de mi pasado, que mis contemporáneos, y entre ellos tú, detestan. No puedo ignorar las brutales desigualdades que entre los hombres ha creado la ley contemporánea, que los abandona a su suerte, que no garantiza la igualdad que por naturaleza exigen. Probablemente esta manera de hablar me valga severos calificativos. Tú, sin embargo, ni siquiera un nombre mereces.


Exoftalmía

Daniel Ansón

Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea. Estaba a un lado de la carretera, poco transitada aunque recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido. Para desconcierto de sus perseguidores, concluidas las reparaciones, dispuso de un café donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero su peculiaridad consistía en que fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo. La secuencia de todas las cámaras ocultas formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del inframundo hermético, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza. A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que allí la primitiva había degenerado por la aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección del edificio encontraban refugio. Entre las cámaras, las había acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, revólveres, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de expansiva dinamita, que al ciego hacían ver, al sordo, oír. Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier punto de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos. El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en su interior. Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba en el cuarto sur de Chicago el crimen de la cerveza, fluido que, mientras rigió la Ley Seca, pasada la medianoche podía costar el juicio a los menos prudentes. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional. Su pasión era Donita Dunes, empleada en La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente. Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía. Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la obra clandestina. Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna. Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad. Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna. Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó a Spike apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna. Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes. Hasta entonces se había considerado invulnerable. En aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas, aunque su vida, mientras la envolvió la nube de incienso, estuviera en vías de salvación y nunca en riesgo. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido de que antes de acudir al desfile había guardado en él nueve mil dólares. “Probablemente era un carterista”, respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar. El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor singular. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.


Una digresión

Epaminondas Álvarez

Decide contar Plutarco, en su Vida de Alejandro, una vez completado su relato de las campañas que lo retuvieron en Mesopotamia, que tras derrotar a los persas se constituyó rey de Asia, y que luego decidió bajar hasta Babilonia, cuya fama había sobrevivido aun habiendo transcurrido milenios; donde igualmente impuso el poder de su fuerza.

Aun no había ocupado las llanuras que preceden al golfo, cuando en una región próxima a las fuentes del Tigris a sus exploradores, que decidían las rutas que debía en cada trance seguir el cuerpo expedicionario, les sorprendió una gruta de la que manaba fuego, y desde la que salía una corriente de betún que se adensaba según descendía hasta formar un estanque.

Tan inesperado fenómeno, del que había quedado en las crónicas de las que se estaba sirviendo un relato lo bastante completo y fiel como para recibirlo con el suyo, le pareció a Plutarco, como siglos antes le había ocurrido a Heródoto, justificación suficiente para interrumpir la historia de las hazañas de su héroe.

Observaron que aquel betún reaccionaba tan vivamente ante el fuego que no era necesario que contactara con él para que se incendiara. Era suficiente la luz que irradiaba la llama para que aquella pez negra prendiera. Concluyeron que el sorprendente efecto era favorecido por el aire que circulaba entre fuego y betún. A causa de que este lo contaminaba, irradiaba desde su superficie ya a altas temperaturas y muy volátil.

Llegada la noche, los naturales del país, sabiéndose ya sujetos al poder de los macedonios, conociendo la admiración que aquel fenómeno entre ellos había causado, para ganarse su favor, representaron para la nueva corte un prodigio. A lo largo de la calle que llevaba hasta el lugar que Alejandro había elegido para su residencia trazaron un reguero con el fluido, y desde el extremo opuesto con una antorcha lo encendieron. Un instante fue suficiente para que el destello llegara hasta las puertas del palacio, y que quienes en él estaban quedaran sobresaltados.

Atenófanes, un ateniense empleado por el héroe para que tras el baño ungiera su cuerpo, y que durante el masaje solía complacerlo con actuaciones que contribuyeran a la distensión de su músculo, le propuso para el día siguiente un ingenioso pasatiempo. Estéfano, un esclavo de pocos años, bastante simple, de estampa extravagante, al que mantenían en la corte, a pesar de su escaso valor, porque ejecutaba el canto con gracia, podía ser útil para comprobar si las virtudes del betún deslumbrante, tal como pretendían los exploradores y habían representado los indígenas, eran tan extraordinarias. Al propio Estéfano, deseoso de congraciarse con Alejandro, cuando se la propusieron le entusiasmó la idea, y al héroe, que nunca dejaba de imaginar medios con los que castigar a sus oponentes, le pareció prudente y oportuna.

Fue untado Estéfano con el betún. Le aproximaron una lucerna y se transformó en una tea que inundaba la estancia con su luz. Sobre su cuerpo la llama no se extinguía. Algunos de los presentes, que pasivamente disfrutaban como espectadores privilegiados el esparcimiento del héroe, reaccionaron y recurrieron al agua que estaba cayendo en el estanque para apagar las llamas que consumían al pobre esclavo. No pudieron evitar que su cuerpo quedara en un estado lamentable. Fue necesario reconocer el poder extraordinario de aquel betún.

Nada se sabe sobre lo que le sucediera a Estéfano pasados los días. Plutarco no cree necesario prolongar en esa dirección el relato porque piensa que las digresiones deben ser contenidas, de dimensiones moderadas. En su opinión, han completado su papel si provocan una sonrisa en quienes ofuscados se hubieran entregado a la lectura.


La inversión en la crisis

J. García-Lería

El caso que permite conocer mejor hasta dónde llegaba la política de recurso a los depósitos judiciales, con el objetivo de comprar trigo, tanto para el abasto de las poblaciones como para la siguiente sementera, es el de la capital, que afortunadamente puede reconstruirse con bastante exactitud. Un certificado de 5 de abril de 1756, hecho por su contador del cabildo y regimiento, a cuyo cargo la junta del reino puso la cuenta de los caudales destinados a la compra de granos, relata con detalle la procedencia de los fondos utilizados para subvenir a la calamidad que padeció la región por la falta de cosecha y socorro de los pueblos y sus labradores vecinos en 1750. Para aquella fecha, posterior seis años al momento crítico, todavía se estaban debiendo a los interesados en los depósitos tomados, por orden de la junta regional de granos que entonces se creara, para que actuara como gobierno de crisis, las cantidades respectivas. Habían entrado en poder de un tesorero, igualmente nombrado ex profeso por la misma autoridad regional de excepción, que entonces puso aquellos fondos a disposición de las autoridades locales.

1. El dinero se acopió entre fines de mayo y principios de julio en cuatro fases: del 21 al 29 de mayo la primera, del 9 al 12 de junio la segunda, entre el 19 y el 22 de junio la tercera y el 1 de julio la cuarta. La importancia de cada recaudación decreció según pasaba el tiempo. En la primera ocasión se acumuló la porción mayor, 472.078 reales 9 maravedíes, lo que supone un 84 % del total recaudado. Las dos partidas de junio añadieron a 74.177 reales 8 maravedíes (13 % del total) y 14.976 reales (2,7 %) respectivamente, y a principios de julio solo se agregaron 1.945 reales 17 maravedíes (0,3 %).

El dinero se reunió en plata y en vellón, pero la proporción de la primera fue muy superior: 539.158 reales 11 maravedíes, frente a los 24.018 reales 23 maravedíes en vellón, respectivamente 96 % y 4 % del total. De las partidas de vellón se dice que fueron tomadas a estilo de comercio, y de ellas una de 8.415 reales 25 maravedíes fue ingresada en ochavos, mientras que en los otros casos se habla simplemente de vellón.

La relación detallada de las partidas según inversor directo merece atención. El mayor interesado en la crisis fue la Casa de Misericordia de Sevilla, que aportó 280.618 reales 28 maravedíes, la mitad de todo lo que se invirtió. Utilizó con este propósito dos fondos procedentes de mayorazgos. El primero era renta de uno cuya poseedora era una marquesa con señorío sobre una población regional, al que pertenecían 173.294 reales 4 maravedíes. Un tribunal había mandado que la cantidad fuera depositada en la Casa de Misericordia, que la recibió el 22 de septiembre de 1749. Después la junta de granos mandó que esta obligación de depósito le fuera entregada al tesorero que había designado, quien a su vez recibió la cantidad del tesorero de la Casa de Misericordia.

Un negocio posterior desvió parte de este fondo a otro fin, tal vez porque la inversión en la crisis no fuera todo lo productiva que su alentador hubiera previsto. En 5 de junio de 1751 suscribió una carta de pago por 30.000 reales Francisco Martel, presbítero, que actuaba como apoderado de Diego Ignacio de Muros y Luna, vecino de la capital. Su receptor la impuso y situó sobre sus bienes, y a favor del citado mayorazgo, de donde se deduce que la tomó a crédito con la garantía de su patrimonio. Días después, el 16 de junio de 1751, la junta de granos emitió libramiento por 30.000 reales a favor del presbítero que actuaba como apoderado de Diego Ignacio de Muros y Luna y a cuenta de este depósito. De este modo su valor inicial quedó reducido a 143.294 reales 4 maravedíes de vellón.

La otra cantidad, de 137.324 reales 24 maravedíes, era el principal de un censo perteneciente a un mayorazgo poseído por Ana Dorotea Ordóñez, marquesa de Cardeñosa, viuda del marqués de Algarinejo. El duque de Medina Sidonia lo redimió y la cantidad recuperada la depositaron en la Casa de Misericordia de la capital por autos judiciales. La recibieron los llaveros de la Casa a 9 de octubre de 1749. En la escritura de redención y depósito la junta de granos mandó anotar estos antecedentes para que la suma pasara a poder de su tesorero. Le fue entregada por los diputados y llaveros de la Casa de Misericordia y por el administrador del mayorazgo mencionado.

No debe pasar desapercibido que las mayores cantidades invertidas en la crisis, que acumuladas fueron la mitad de los medios de financiación manejados por la junta del reino, fueron transferidos a la Casa de Misericordia cuando ya se había iniciado el año agrícola que conocería la crisis, respectivamente el 22 de septiembre y el 9 deoctubre de 1749.

Francisco del Río, vecino y del comercio de la capital, fue el siguiente gran inversor en la crisis. Contribuyó al fondo de la junta de granos con 142.151 reales 18 maravedíes, la cuarta parte del total. Se sirvió para ello de cinco fondos que le habían sido confiados en depósito: dos procedentes de rentas de mayorazgos y los otros tres de una disposición testamentaria, una partición de bienes y un embargo respectivamente.

Habiendo muerto sin testar el poseedor de un mayorazgo, se siguieron autos sobre su posesión. Eran renta del mismo 118.092 y medio reales, que quedaron en depósito de Francisco del Río. Como la junta de granos, según era regular, había acordado que al depositario se le recompensara con el medio por ciento del depósito que se le confiara, cuando a su tesorero le fuera transferido, de los 118.092 y medio reales fueron deducidos los 590 y medio que al depositario le correspondían por el medio por ciento del depósito, por lo que de éste quedaron líquidos 117.502 reales.

Valiéndose de las rentas de otro mayorazgo fue concedido un crédito de 3.960 reales. Por autos judiciales la cantidad fue depositada en José Martínez Riscos, cuyo hijo y heredero fue el mismo Francisco del Río, en quien paró la cantidad depositada. De ella se bajaron 19 reales y 3 cuartillos del medio por ciento del depósito. De Francisco del Río la junta recibió líquidos 3.940 reales 8 maravedíes.

Se siguieron autos de partición de los bienes de Juan Antonio de Andrade. En poder en poder del mismo José Martínez Riscos fueron depositados 8.458 reales, correspondientes a los bienes que se dirimían. Francisco del Río, porque era hijo y heredero de José Martínez, los recibió. Cuando se decidió traspasarla, a la cantidad le fueron descontados 42 reales del medio por ciento del depósito, y el tesorero de la junta de granos percibió de Francisco del Río 8.415 reales 25 maravedíes.

Contra los bienes de Francisco Gómez se siguieron autos. Por la venta de 12 reses vacunas y 7 caballares del patrimonio del encausado se obtuvieron 4.700 reales, que en 1745 se depositaron en poder de José Martínez Riscos. Por ser heredero y albacea de este, por último Francisco del Río entregó al tesorero de la junta 1.945 reales 17 maravedíes, resto de los 4.700 reales.

Una disposición testamentaria de Francisco Javier de Valladares pasó a un juzgado. A consecuencia de esta iniciativa 10.400 reales quedaron depositados en nuestro Francisco del Río. De la cantidad quedaron líquidos 10.348 reales 2 maravedíes, porque se bajaron 52 reales del medio por ciento del depósito. Fueron recibidos por la junta del propio Francisco del Río, su depositario.

La Compañía de San Fernando, creada en la capital en 1747 para recuperar alguna iniciativa en el comercio con las colonias, también actuó como inversor directo en la crisis, aunque su participación ya descendió por debajo de la décima parte. De un mayorazgo era poseedor Francisco de Carvajal, menor, vecino de Jaén. Renta del mayorazgo eran 46.323 reales 18 maravedíes, que fueron depositados en los directores de la Real Compañía de San Fernando. Por mano de Nicolás del Campo, tesorero de la compañía, pasaron a poder de la junta de granos.

La quiebra de José Gómez, vecino de la capital y fabricante de sedas, que fue objeto de auto de acreedores, aportó a la crisis una inversión similar a la procedente de la Compañía de San Fernando. La liquidación de sus bienes perecederos fue el origen de una parte de su contribución. Así, un negro [sic], que era patrimonio de la quiebra y que fue vendido. Su importe, 1.505 reales 30 maravedíes, fue depositado en Melchor Manuel de los Cobos, vecino de la capital, de quien fueron transferidos al tesorero nombrado por la junta de granos. Otros bienes pertenecientes a la quiebra también fueron liquidados. Su valor, 2.245 reales, entraron en poder de Francisco Antonio Barredo, escribano del juzgado segundo, quien igualmente los entregó al tesorero de la junta. Además, en poder de Gabriel Cordobés Pintado, fueron depositados otros 35.739 reales 15 maravedíes pertenecientes a la quiebra. El depositario transfirió la cantidad al tesorero de la junta, aunque luego hizo constar que había entregado de más por equivocación 318 reales. Por libramiento de los señores de la junta del 14 de agosto de 1750 se bajaron de la cantidad inicial, por lo que quedó reducido este depósito a 35.421 reales 15 maravedíes de vellón.

Juan Prieto del Campillo también fue intermediario en el negocio de la crisis, transfiriendo a sus fondos poco menos que la Compañía de San Fernando y la quiebra de José Gómez. Aprovechó ingresos de un mayorazgo, un censo y un auto de acreedores. Las rentas vencidas de la vacante de un mayorazgo que poseyó el marqués con señorío sobre una población regional eran 14.139 reales 10 maravedíes. Esta cantidad fue depositada en Juan Prieto del Campillo, a consecuencia de autos formados en virtud de reales provisiones y ejecutorias. Por bajarse el medio por ciento del depósito, a Francisco de Nuevas, el tesorero de la junta de granos, Juan Prieto del Campillo entregó 14.068 reales 24 maravedíes. (Hechos posteriores modificaron este ingreso. El 19 de abril de 1755 fueron embargados en el tesorero de la junta de granos los 14.068 reales 24 maravedíes porque pertenecían a Juan Tello de Guzmán. El tesorero de la junta se obligó a tener en su poder la cantidad que había entrado bajo su responsabilidad.)

Un tributo perteneciente al estado de Medina Sidonia fue redimido por 22.235 reales. Juan Prieto del Campillo otorgó escritura de depósito por esta cantidad. Cuando le fue reclamada por el tesorero de la junta de granos, le entregó 22.124 reales porque descontaba el medio por ciento del depósito.

Por los acreedores de Manuel Muñoz fueron emprendidos autos. En este expediente otorgó depósito Juan Prieto del Campillo por 275 reales. Bajados de ellos el medio por ciento del depósito, quedaron líquidos 273 reales 22 maravedíes, cantidad que el tesorero de la junta de granos recibió del depositario.

El único inversor que aportó menos de una vigésima parte pero más de una centésima fue José de Cotiella, quien debió obtener un censo para la compra de la hacienda que explotaba en un término inmediato a la capital. Quizás por haberla utilizado como garantía hipotecaria fueron promovidos autos. A consecuencia de ellos el propio Cotiella entregó al tesorero de la junta 11.368 reales correspondientes al capital sobre el que se dirimía.

El resto de las inversiones, de escasa relevancia, no pueden presentar a su favor otro hecho que la iniciativa judicial en modestas disensiones, que permitió que Andrés Ruano, un escribano de los tribunales, destacara entre todos los que en este tipo de procedimientos intervenían. Fue el caso de Mariana y Antonio Belloso, que murieron sin testar. El procedimiento judicial consecuencia de este hecho permitió que pasaran en depósito a poder de Andrés Ruano, que en aquella circunstancia actuaba como escribano del juzgado correspondiente, 569 reales, que por él fueron transferidos al tesorero de la junta de granos.

También ocurrió que los acreedores de Bartolomé López emprendieron autos contra él. Quedaron pendientes de resolución ante un tribunal en el que actuó el mismo Andrés Ruano. Por esta razón en su poder fueron depositados 600 reales, que también entregó al tesorero de la junta de granos.

Algo parecido sucedió con Pedro y José de Ostios, vecinos de Teba, quienes fueron embargados a consecuencia de los autos contra ellos emprendidos por Micaela Abet, viuda de Juan de San Miguel. Después, Tomás Redondo, vecino de la capital, también actuó contra los dos vecinos de Teba. Ambos procedimientos, que pasaron ante el mismo Andrés Ruano, permitieron que en su poder quedaran depositados 209 reales, que así mismo entregó al tesorero de la junta de granos.

Las demás transferencias a la junta de granos del reino no pueden verse como inversiones premeditadas, y solo el hecho judicial que las origina las vincula, si bien algunas no consiguen desprenderse por completo del interés financiero que pudo inspirarlas.

Se seguían autos contra Manuela Merino de Arévalo. El juez de los autos dio orden para que se pusiera en poder de Benito de Rojas, como depósito, cierta cantidad relacionada con el procedimiento que se seguía. Por haberse bajado de ella diferentes libramientos judiciales, así como lo correspondiente al medio por ciento de depósito, habían quedado líquidos de la mayor cantidad 1.936 reales, los mismos que entregó Benito de Rojas al tesorero de la junta de granos.

Una disposición testamentaria de Francisco Antonio de Ribas provocó un procedimiento judicial. A consecuencia de ellos una cantidad quedó en depósito. De la cantidad en depósito a poder de Nicolás de Robles pasaron 1.975 reales, de los que se bajaron 50 ducados, pagados de orden del teniente segundo, y 12 reales del medio por ciento del depósito. Quedaron 1.913 reales, que Nicolás de Robles entregó al tesorero de la junta.

En el caudal de la disposición del citado Francisco de Ribas a Gabriela Nieto de Pineda le correspondía una participación. Haciendo uso de ella, mediante disposición testamentaria propia, instituyó una dote de 550 reales a favor de la mujer de Juan de Angulo. Por libramiento de los señores de la junta de 26 de octubre de 1750 se libró a Juan de Angulo la cantidad de la dote a costa de los 1.913 reales que de este fondo restaban. Por esta razón quedó reducido el depósito a 1.363 reales, lo que fue anotado en la carta de pago o recibo que dio el tesorero de la junta el día 22 de junio de 1750 [sic].

A Diego Zuloeta pertenecían 400 reales. Por orden judicial fueron depositados en poder de José de Castro Cardenal, artista platero, quien los traspasó al tesorero de la junta. En relación con Ana de Baena así mismo se seguían autos, por los que se dio orden de que fueran consignados en poder del escribano que los tramitaba 110 reales, los cuales luego fueron transferidos al tesorero de la junta de granos.

Francisco Javier de Valladares, a través de su testamento, instituyó una manda de 1.889 reales 15 maravedíes, de la que nombró como fideicomisario a su padre, Cristóbal de León Gamero. Pero este falleció, por lo que la disposición testamentaria pasó al juzgado. Otro, Cristóbal de León, vecino de la capital, también estaba nombrado en la disposición de Francisco Javier de Valladares como depositario de la cantidad citada y la recibió, y fue él quien la transfirió al tesorero de la junta de granos.

2. Más interés que la procedencia directa de los fondos tiene la mediata o primitiva, la que precede a la mediación judicial. La mayor parte tiene su origen en rentas de cuatro mayorazgos, entre cuyos poseedores destacan los marqueses con señorío sobre una población regional. Acumulan un total de 321.188 reales 12 maravedíes, lo que supone el 57 % de todas las inversiones. También se invierte el principal de tres censos procedentes de rentas de mayorazgos, que se redimen con esta ocasión. Entre los actuantes bajo esta fórmula destaca el estado de Medina Sidonia, que en una ocasión es titular de capital y en otra redentor de censo. Por este medio fueron invertidos 163.388 reales 32 maravedíes, el 29 %. Así resulta que acumuladas las rentas de mayorazgos invertidas en la crisis a los capitales de censos procedentes de la misma fuente se obtiene el 86 % de toda la inversión, lo que reduce a una proporción de escasa significación el resto de orígenes de los fondos. El interés de los mayorazgos por participar en la crisis lo pone en evidencia la intervención del administrador de uno de ellos en la cesión de su capital a la junta de granos, sin que la mediación judicial parezca justificada.

Los demás procedimientos sólo significan el 14 % de las inversiones. Ninguno de ellos aporta una cantidad que supere los 12.000 reales y es muy común que queden por debajo de los 1.000. Se trata de depósitos consecuencia de disensiones provocadas por tres disposiciones testamentarias, tres quiebras y sus autos de acreedores, dos embargos, el empleo fraudulento de la garantía de un censo, un abintestato, una partición de bienes y tres autos indeterminados.

Se concluye, aparte los recursos que pudieran movilizar las poblaciones, que más de 19 millones de maravedíes fueron dispuestos para ser invertidos en el negocio de la crisis.

3. El recurso a los depósitos judiciales parece un procedimiento habitual para captar fondos con destino a las necesidades públicas. El dominio que los contemporáneos tuvieran sobre los procedimientos legales que lo facilitaban, muy superior al que podamos rescatar, crea no obstante sombra sobre el nexo entre el origen de los fondos y el imperativo judicial. ¿Por qué fueron elegidos unos depósitos y no otros?

Pero, aun cuando no se aceptara que quienes conocieran la ley pudieran organizar circuitos judiciales hábiles para el negocio, algo más elemental puede haber quedado inscrito en el que podemos observar. El plan para la captación de fondos desde posiciones judiciales no tuvo por qué ser distinto al de quienes la previeran con fines comerciales. Puede enseñar de dónde tendrían que provenir los capitales aptos para invertirse en operaciones de este tipo. Fuera o no intencionada la inversión, obtuvieran o no beneficio entonces, el caso es que fueron unas instituciones las que invirtieron en la operación comercial organizada para la crisis.

Hay partidas que son tan estrictamente judiciales como insignificantes. En estos casos el depositario regular es el escribano del procedimiento y no consta que deduzca en su favor ni siquiera el medio por ciento del depósito. Probablemente ahí esté la frontera entre el negocio financiero y la intervención judicial estricta. Pero otra parte de las que llegan a dominio judicial tiene unos antecedentes más complejos que en modo alguno son insignificantes. Detrás de estas se descubren secuencias de conexiones que parecen regulares. La conexión entre la administración de justicia y la junta la garantizan las autoridades públicas que la dirigen. Una parte de quienes actúan como jueces al menos en la jurisdicción local al mismo tiempo son miembros de ella. Creo que es bastante indicio, para los modestos límites del trabajo historiográfico, que la mayor parte de la inversión pueda relacionarse con las rentas de mayorazgos. Así lo evidencia el administrador de las rentas de uno que interviene directamente en la cesión de las rentas a la junta.

Aunque estuvieran protegidas por la intervención judicial, estas inversiones estaban expuestas a riesgos, como todas. Dado que su destino era el suministro de grano a los poblaciones, estas inversiones estaban garantizadas por los ingresos de los municipios: los que proporcionara el banco de granos local o pósito, cuyos descubiertos en caso de necesidad los propios compensaban, y en último extremo por el recurso extraordinario a los arbitrios, amparados legalmente por la real facultad. Así el riesgo de la inversión en este negocio quedaba reducido a la demora de su recuperación; con todas las garantías mencionadas, que al menos aseguraban la recuperación de la cantidad arriesgada.

Todo el horizonte de negocio podía quedar reducido a esto. Si las cantidades se prestaban en efectivo, no había posible beneficio, porque no estaba previsto ningún rédito a cambio de la cesión del numerario. Pero si las cantidades cedidas se prestaban en grano sí era posible el beneficio. Invertido el dinero en grano producido por una economía exterior, que por tanto se pagaba a costo de excedente, al entrar en el circuito de la economía regional, el grano adquiría el valor que correspondía a la escasez, el más alto posible. Para que el beneficio pudiera consumarse habría de actuar como realizador el comerciante que hiciera los necesarios trabajos de conexión, transmutador del valor y receptor y distribuidor de beneficios.

Este supuesto admite que los patrimonios que transitan por los tribunales, mientras las partes que por su causa se enfrentan dirimen sus contenciosos, no tienen un origen distinto al que hasta ellos, porque las familias más sosegadas evitan que escapen a su dominio, no llega, y que observados como un sistema todos los que pasan por allí no componen un espectro distinto al que la totalidad compondría.

De ser acertado el prejuicio especulativo, iluminaría el compartimiento subterráneo en el que están acumulados los ahorros; nos permitiría llegar hasta las fuentes del ahorro capaz de convertirse en inversión cuando en las poblaciones modernas sobreviene la oportunidad de crecimiento que la historiografía llama crisis de subsistencia.

Confiere verosimilitud al supuesto la política fiscal concerniente al trigo ultramarino, que estimula que todo el almacenado puede salir al mercado bajo aquella denominación. Las rentas deducidas del ahorro, de mayor magnitud que cualquiera que con ellas pretendiera competir, pueden ser invertidas en la adquisición de trigo y cebada -si no tienen ya esta forma-, para ser comercializados como granos ultramarinos. Subsidiariamente, pueden invertirse en la financiación del transporte del cereal, la otra gran fuente de beneficio durante la crisis.


Deudores rurales

Narrador

Los prestatarios o deudores también eran instituciones y personas, tal como los vendedores de créditos, solo que a este lado de los negocios el valor relativo de cada posición era el inverso. Mientras que el número de instituciones deudoras se limitaba a la quinta parte del universo de los prestatarios, las personas que se habían comprometido con un crédito eran los otros cuatro quintos. Con el tiempo, este reparto de papeles, en el mercado que se fue imponiendo, el de los censos, depuraría aún con más nitidez las posiciones de las partes actuantes. Observadas desde la contabilidad del convento de referencia, parece que el valor relativo de cada una fue incrementándose con su respectivo signo: el comprador de los censos de la primera mitad del siglo décimo octavo, en nueve de cada diez operaciones, era personal. Cuando además es posible observar el volumen de dinero comerciado, como en el caso del consumo de los créditos circulados por memorias, también se observa que la posición de mayor volumen era civil: seis de cada diez unidades monetarias eran cedidas por instituciones eclesiásticas en algún grado y movilizaban renta apta para financiar gastos de personas o grupos familiares útiles. Desde este punto de vista, todavía se deduce otro rasgo que parece característico de la demanda del crédito rural cuya restitución perseguimos. Su grado de concentración era alto: un tercio de la demanda captaría casi tres cuartas partes de la oferta. Del dinero vendido, a las manos de ese tercio habrían ido a parar siete de cada diez unidades monetarias, un fenómeno que afectaba aún más a la fracción institucional de los compradores.

El deudor corporativo en casi todos los casos al mismo tiempo era canónico. Cuatro reales, de cada diez vendidos por vía de memoria, no salían del dominio de las rentas eclesiásticas o asimiladas. La porción más explícita, que sumaba quince de cada cien operaciones de este tipo, era la que absorbían los conventos, cinco de cada seis de los cuales eran femeninos. De todo el dinero que salía a esta fracción del mercado reciclaban, por vía de crédito con memoria, una porción igual, lo que correspondía casi a la quinta parte del capital que por ella circulaba. Los regímenes económicos de una parte de las capellanías, y también de buen número de cofradías y hermandades, muy frágiles, les obligarían a financiarse regularmente con créditos, que podían obtener con preferencia en este circuito de las memorias, más limitado y más asequible. Sobre todo las cofradías, que suscribirían un crédito tipo alto (2.649,9 reales), encontrarían aquí su medio de financiación más favorable. Compradoras preferentes de créditos a través de esta fórmula, adquirían la décima parte del valor nominal de sus principales. Los patronatos, asimismo diversos, también consumían una parte significativa de esta oferta. El crédito medio que sintetizaba su demanda (420,4 reales) indica una baja capacidad para el endeudamiento. De las restantes posiciones canónicas (clérigos regulares y una monja, fábricas parroquiales), solo un hospital destacaba, aunque con una cuota por debajo de la vigésima parte.

La demanda de los tributos aparentaba mayor nitidez de los comportamientos, porque la parte institucional de las operaciones crediticias conceptuadas como tributos era la mayor. Al mismo tiempo, su grado de concentración de la demanda parecía más alto que el de todas las operaciones precedentes. Casi tres cuartas partes de los deudores mantenían más de un tributo anual. Aunque es cierto que la mayoría de estos apenas alcanzaban los cuatro compromisos de pago, había otros que satisfacían un número importante de tributaciones. Capellanías y una treintena de clérigos de todas las clases, por igual, cargaban con algo menos de la mitad de estas operaciones. Otra fracción importante, aunque por debajo de la vigésima parte, las cargaban sobre sí los conventos femeninos, casi los mismos que simultáneamente eran acreedores de cobros comparables. Los hospitales y el colegio de los jesuitas componían una parte de la demanda solo algo menor. Las demás operaciones correspondían a las instituciones habituales (cofradías, fábricas, obras pías y patronatos). La identificación de los deudores por su razón corporativa parece corresponder al hecho de que la carga se hubiera aceptado para financiar el gasto de la institución enunciada. El examen tipológico de la parte de los deudores identificada mediante esta razón, así como el de los instrumentos que utilizaban para endeudarse, nos ha permitido llegar a una conclusión que ya el análisis del tributo como tipo de contrato crediticio nos había adelantado, tan inmediata como valiosa para completar los rasgos del mercado del dinero en el campo. Una parte significativa de este orden tenía que ser cruzada, dado que las mismas instituciones eran acreedoras y deudoras.

Las corporaciones vinculadas al canon eclesiástico que adquirían censos, donde se concentraba en la primera mitad del siglo décimo octavo la masa de los compradores de dinero, también eran capellanías, cofradías, conventos y patronatos, pero ninguna pretendía crédito en una cantidad que fuera significativa, y desde el lado de los censos no era tan visible la parte endógena del crédito rural. A primera vista, parecía que las deudas institucionales fueran cruzadas que a un lado y a otro aparecieran fundaciones de la misma clase. Pero solo excepcionalmente encontrábamos la misma institución en las dos bandas (una hermandad, un convento de carmelitas calzados y un patronato), y aun en esos casos con preferencia se situaban en una y excepcionalmente a la otra. En los demás, las instituciones, aunque fueran de la misma clase, no eran idénticas.

Pero para las memorias y los tributos la ambivalencia sí era un hecho regular. Cada fundación conventual, porque su régimen económico tenía su origen en una adjudicación de bienes privativa, se podía mantener a su modo. Fueran de clero masculino o femenino, unas podían no ser deficitarias y otras sí, y de estas unas más que otras. Al tiempo, ocurría que los establecimientos femeninos podían disponer de un régimen propio de ingresos, sostenido a lo largo del tiempo al margen de las rentas proporcionadas por el patrimonio inmovilizado, que los distinguía de los masculinos, el que le permitían las dotes de las profesas. Comprometer memorias y tributos, sin transferencia previa de capital, podía ser un medio para redistribuir, entre las instituciones afines deficitarias, no necesariamente de la misma orden, sus vigorosas rentas. Por lo que podíamos observar, las fundaciones conventuales masculinas, y sobre todo el beneficio parroquial podían ser sus correspondidos más probables. De clérigos regulares, monjas e incluso de las fábricas parroquiales podía esperarse que sus memorias y tributos, cuando fueran de iniciativa propia, no resultado de una sucesión, podían ser compromisos que utilizaban este procedimiento sin contrapesarlo con una cesión de capital, para transferir renta, fuera de manera estable o para salir al paso de un balance anual que no les favoreciera. En reciprocidad, la participación del consumidor corporativo común en estos mercados, por las modalidades que los documentos registran (cofradía, colegio, convento, fábrica, hermandad y patronato) se explicaría porque para una parte de ellos, en determinadas circunstancias, podían ser imprescindibles, quizás solo con fines contables, los créditos cruzados. Así se sostendría regularmente una circulación fiduciaria o primitivo dinero bancario en el medio rural moderno.

En paralelo a esta trama actuaban las instituciones típicamente deudoras, la primera el municipio. Los propios intervenían en el mercado del crédito exclusivamente como demandantes. Y así como era excepcional en el ambiente del endeudamiento el patrimonio público municipal, porque al mismo tiempo no se detectaba como acreedor, salvo su excepcional mediación fiduciaria, las instituciones estrictamente civiles deudoras eran vínculos, mayorazgos y títulos. Un título, un par de mayorazgos y, sobre todo, diecinueve vínculos, acumulaban la mitad del tráfico de los créditos conducidos a través de la memoria. Sus grandes consumidores, los vínculos, encontraban en ella la demanda adecuada porque concentraban la tercera parte, tanto de las operaciones como del dinero transferido. El cuadro de la demanda civil del crédito conmemorado lo completaban un título y un par de mayorazgos. Sobre todo estos eran excelentes compradores de inmovilizados derivados a principales. El volumen de las iniciativas personales conducidas a través de cualquiera de estas tres instituciones familiares permite pensar que un grupo de la población, ya segregado por iniciativas legales precedentes, pudo abundar en su preeminencia representando el culto a sus antepasados, para con él encubrir al menos una parte de su compra regular de dinero. Dado el limitado valor del crédito tipo que compraba, es posible creer que a esta fórmula recurría para hacer frente a los gastos de menor entidad.

Entre los deudores institucionales y civiles de tributos, que eran pocos, la identificación de las instituciones que los avalaban comprende cinco que pesaban sobre mayorazgos y ocho sobre vínculos. De las instituciones civiles que adeudaban censos la mitad eran vínculos necesitados de financiación. También eran deudores de censos dos mayorazgos, e igualmente había títulos en el lado de los deudores comprometidos por la relación financiera directa. Siendo todas personas demandantes de crédito que se identificaron al mismo tiempo como dueños de bienes inmovilizados, hay que admitir que las rentas que estos les proporcionaran serían insuficientes para sus proyectos económicos; de lo contrario, no comprarían dinero. No sería correcto incluirlas entre quienes sostenían su posición gracias a la renta que, valiéndose de la inmovilización, deducían al trabajo. Eran los deudores institucionales en los que más ha insistido la historiografía. Parece que era frecuente entre quienes debían sostener su iniciativa económica sobre bienes vinculados que utilizaran para extraerles liquidez los recursos habituales. Uno de los más comunes era cargar sobre ellos alguna de las obligaciones crediticias que estamos analizando. Si el titular de un bien con esta sujeción no tenía con qué financiar sus explotaciones o empresas podía recurrir a cargar sobre ellas un crédito; para lo cual, además de su habitual relación con los bienes vinculados o con los destinados a fines piadosos, podía comprometer a los suyos que no estuvieran de antemano limitados. Como la consecuencia era que por esta causa solo adquiría la obligación de pagar cada año una modesta cantidad, que el bien inmovilizado pudiera soportar este peso podía ser un incentivo para que el propietario abandonara la inversión productiva, eludiendo los gastos y el trabajo de la gestión de la empresa y reduciendo el recurso al capital a su papel de bien hipotecado.

Pero la dirección del crédito rural con preferencia iba de las corporaciones, que disponían de ahorro inmovilizado al que debían extraerle renta, a las personas físicas que lo demandaban. Sabiendo ya que cualquier comportamiento que tuviera alguna oportunidad en el mercado rural del dinero estaría acogido a sagrado; que sus prestamistas individuales igualmente sobrevivirían al calor del invernadero canónico, en mayor o menor grado; la amplia relación de los deudores del convento fue la que nos permitió verificar el análisis deducido de las fuentes más generales. Para conocer cuanto fuera posible de los deudores personales el rastro más seguro que los documentos permitían era su identidad, concentrada en la mención de sus nombres, la referencia que más concedían sus redactores. Solo averiguando de aquellos cuanto estos permitieran se podría satisfacer la descripción completa del ciclo crediticio. Deseábamos progresar en el análisis de los deudores sobre todo porque aspirábamos a conocer el empleo que daban a los préstamos, y especialmente si el destino que les aguardaba era productivo o no.

A partir de la identificación nominal ensayamos diversas formas de aproximación a las características de esta vertiente de aquel sistema. La primera con algún resultado consistió en detectar los posibles créditos cruzados, para restaurar la dimensión efectiva del número de los demandantes, antes de avanzar en cualquiera de las otras facetas del análisis. El balance fue satisfactoriamente precario. Solo dos personas eran simultáneamente acreedoras y deudoras. Eran los únicos comportamientos en los que podíamos apreciar un indicio que nos permitiera pensar que en este ámbito pudo actuar el financiero especulador. Creímos que era suficiente para afirmar que este comportamiento, aparentemente al menos, estaba excluido de aquellos mercados.

La dispersión del crédito era alta. Casi cuatro de cada cinco deudores de censos estaban comprometidos solo por una deuda, eran insignificantes los que tenían que responder por tres y nada más que uno mantenía cuatro, valor máximo del acaparamiento. Apenas una décima parte estaba obligada por los réditos de dos préstamos distintos. De esta manera de comportarse, de la que parece más responsable los que vendían el dinero que quienes lo demandaban, porque la entidad que nos permitía estas estimaciones periódicamente ingresaba importantes cantidades en su caja de los préstamos, aptas para ser activadas en el mercado del crédito, se podía deducir que la capitalización sería una posibilidad permanentemente abierta.

De los deudores personales de censos, solo tres vigésimos eran mujeres, y de estas la cuarta parte se declararon viudas. Mujeres, de las que no constaba que pudieran tener alguna relación con institutos eclesiásticos, también tenían presencia significativa en el mercado de los créditos cursados mediante memoria. Aunque eran algo menos del vigésimo de los demandantes, algo menos de la mitad de los capitales adquiridos estaban suscritos por ellas. Parecía que también eran circunstancias biológicas las que decidían sobre tan alta presencia femenina en la compra de esta clase de créditos. Concluidos sus matrimonios a consecuencia de la acción selectiva de la muerte, para cuyo apetito eran precedentes los ejemplares del otro sexo, habrían recibido en exclusiva la responsabilidad de una carga en su momento contraída por dos. Pero también había sido posible que la capacidad de endeudamiento de la familia se expandiera recurriendo a la cónyuge como responsables única del compromiso crediticio. Razones dictadas por la ineludible consanguinidad asimismo alentarían otras variantes del préstamo. Más de una cuarta parte de las deudas censatarias recayó en sus responsables por herencia. El compromiso se perpetuaba constituyéndose en deudores los herederos del prestatario primitivo, lo que en algunos casos aconsejó su transferencia a un solo pagador.

Entre los hombres que adeudaban censos era una porción irrelevante, inferior a la décima, la que decidió identificarse declarando, junto a su nombre, alguna referencia a su formación o a su actividad. Se preocuparon por actuar así, más que cualquiera de los otros, los eclesiásticos, en especial los que solo podían titularse presbítero, pero también frailes y clérigos de órdenes menores. De la población civil, fueron los jurados de la cámara del municipio quienes gustaron más hacer ostentación de su título. Solo un doctor en medicina hizo constar esta formación.

Los indicios sobre la posición relativa de los acreditados, dentro del agregado de las poblaciones, que eran universos porque al mismo tiempo eran lugares discretos, podían completarse con el examen del recurrente tratamiento, cuyo limitado valor provenía de su casi insobornable rigidez. Aunque nunca nos había parecido un recurso del que se pudieran esperar buenos resultados, ahora deseábamos agotar todas las posibilidades a nuestro alcance, dada la importancia de esta parte del problema. El grupo de quienes hacían ostentación, para que les sirviera de cobertura, del tratamiento que públicamente se les concedía era particularmente destacado entre la fracción de los consumidores que prefirieron el mercado específico de los créditos con memorias. Un tercio de sus deudores requirió el común a la distinción básica, don para los hombres y doña para las mujeres. Conducían una parte nada despreciable, del total de sus necesidades financieras, por este camino, como demostraba que el crédito tipo que obtenían estaba por encima del medio. La población civil significada con tratamiento la representaban dos vecinas y nueve vecinos, que acumulaban una décima parte del valor nominal de los créditos vendidos por esta vía. Podríamos haber enfatizado la alta proporción de dinero que acaparó el grupo, con seguridad muy superior a la que correspondía a su valor relativo en cada población. De proceder así, hubiéramos invertido un esfuerzo de documentación cuya rentabilidad no hubiera sido diferente a la que nos permitía la conjetura. Claro que esta manera de proceder es heterodoxa, pero el valor relativo del problema recomendaba correr el riesgo antes que dilapidar energía. La presencia de eclesiásticos entre los deudores de esta fracción del mercado, que avisaba de la importancia que pudo tener el trato preferente en las concesiones de préstamos, no restaba valor al peso civil de esta demanda porque era baja.

Más fecundo aún nos pareció el análisis complementario, que demostró para la oferta común de dinero a través de memorias lo asequible que para una parte de la población pudo ser. De dos terceras partes de los compradores pudimos tener la certeza que pertenecían al común porque no habían sido registrados con tratamiento. El tamaño del común, en las poblaciones modernas, también correspondería a una proporción más alta, que tampoco era necesario cuantificar para dar satisfacción a este axioma. Su valor efectivo, para nuestro análisis, indicaba la amplia difusión de la posibilidad de invertir, a través de la financiación que el crédito modesto facilitaba. Porque, al mismo tiempo, el análisis de los nombres de persona sin tratamiento demostraba que esta parte de la población tenía en el mercado de los créditos con memoria una presencia limitada a menos de la vigésima parte de las operaciones y algo por debajo de la mitad de los capitales adquiridos.

El valor relativo de los compradores sin tratamiento en el mercado de los tributos podía ser una prueba de su mucho más limitada admisión en esta clase de transacciones. Solo dos tributos los debían un par de hombres que no añadieron nada más a su identificación nominativa. Este hecho nos pareció la mejor demostración, de cuantas los documentos nos permitían ahora, a favor de que el mundo de los tributos era naturalmente hermético.