Parea
Publicado: diciembre 17, 2021 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
En el promontorio Ténaro, en el extremo meridional de Laconia, cerca de la entrada al Hades había una fuente con propiedades únicas. Al asomarse a sus aguas, a pocas brazas de la superficie, se podían ver los puertos y las naves ancladas; todos los de Fenicia, de norte a sur, Alejandría, aún sin faro, los de Libia y las Sirtes, las radas de las Gadeira, el puerto de Menesteo con trirremes, pentecónteras y barcos de comercio y de pesca y gabarras de fondo plano, y sobre las dársenas más tranquilas, barcas con pescadores solitarios que empuñaban su arte mínima.
Camellos, elefantes, onagros nacidos en el desierto, gente de color semidesnuda, pálidos semitas solitarios, que con sus astucias alentaban la prosperidad de los negocios, estibadores cargados con ánforas y fardos, sus dueños, armadores y comerciantes, capitanes de fortuna, pilotos sin empleo les daban vida.
Nunca faltaron en el promontorio peregrinos dispuestos a experimentar el prodigio. Concurrían desde todas las latitudes, y nadie resultaba defraudado. Cuando antes sus ojos se repetía, fascinados bebían de las aguas de la fuente con la unción de un elegido, como los devotos de un lugar santo. Llevados por el transporte fuera del lugar y de su tiempo, pretendían que por sus venas fluyera el genio de la representación, para que, vueltos a sus patrias, quedara a su alcance lo que en silencio celaban sus vecinos.
Demetrio el remero calculó las posibilidades que para los habitantes del lugar tendría que algo tan inusual siguiera ocurriendo. Epámenes el piloto se asoció con Licurgo el comisionista, Lisias y Baquílides, y Adrasteo el tornero, con sus cuñados, prósperos ceramistas de vasos decorados, todos forzados al servicio por sus carencias.
En las casas de Leónidas, próximas al puerto, los que llegaban dispuestos a rendirse al misterio encontraban alojamiento. Los mesones de Epámenes y sus asociados les daban de comer, y las tiendas de Adrasteo les proporcionaban reproducciones de la fuente. Parea la hieródula se empleó como lavandera. Iba de una casa a otra, de las pilas a los mesones, de los mesones a las tiendas. Toda la población trabajaba para excitar la fiebre fabulosa, todos encontraron cómo sacarle partido.
Una madrugada, sobrecargada Parea de ropa para lavar, tuvo que recurrir a la fuente. Por la mañana, el prodigio había terminado. Ahora solo pescadores de aguas someras sobreviven en el lugar. Tristes sardinas, boquerones escuálidos, algunas pingües caballas, de ojos planos y lomos hinchados, los deleitan.
Un patricio
Publicado: diciembre 10, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Don Juan Berrugo de Morales en 1750 era dueño de nueve casas enteras y otra en común con un pariente, don Antonio Luis Berrugo. La primera que declaró fue la que habitaba, que tenía una cochera. La sexta estaba equipada con una tahona, la instalación industrial autónoma para la fabricación del pan, y la séptima era solo una accesoria. Las casas estaban dispersas por la población donde vivía. La primera encuesta de la Única, de acuerdo con sus tablas, evaluó la renta anual de este patrimonio en 4.307 reales.
También tenía 46 parcelas de olivar que la misma encuesta clasifica con mucho discernimiento. Casi todas, hasta 42, se reconocen en plena producción (olivar hecho), pero las segrega en tres categorías (primera, segunda y tercera). La consecuencia es que la masa del cultivo queda cobijada por la mediocridad. Más de la mitad de las parcelas (23) son de segunda, mientras que el resto se lo reparten casi por mitad las otras dos categorías (11 de primera, 8 de tercera).
Las extensiones acumuladas por cada clase no pueden ocultar la preponderancia de la producción de calidad. Aunque la concentración de parcelas en la segunda da como resultado inevitable la proporción mayor de las extensiones (148 1/6 aranzadas), la de primera gana en alcance proporcional (74 2/3 aranzadas) a la vez que la de tercera queda reducida a poco (18 ¾ aranzadas). De las 4 parcelas restantes, una, con 11 ½ aranzadas, se declara de segunda y de olivar nuevo que por tanto solo produce a un tercio de su capacidad. Las otras tres son de olivar tan nuevo que ni siquiera producen, y por tanto no es necesario adjudicarlas a categoría alguna. Ocurre sin embargo que ocupan hasta 61 5/6 aranzadas.
Tanta discriminación solo tiene sentido contributivo. La denominación de las clases de parcela es una expresión inmediata del efecto de utilidad fiscal que de cada una se espera. Esforzarse por desplazar el patrimonio a las categorías menos gravables es conseguir un balance impositivo más bajo.
Los olivares, cuya renta fue evaluada en 19.804 reales, suman una extensión de 315 aranzadas. Pero parecen muy dispersos. Se mencionan hasta 26 pagos o parajes distintos para localizarlos (Adavaque, Albercón, Bañuelos, Bentanás, Doña María, El Alamillo, El Arrecife, El Cigüeñal, El Retamoso, El Romeral, El Saltillo, El Tesorillo, Fuente del Álamo, La Alamedilla, La Carvajala, La Florida, La Ladrillera, Las Zorreras, Matallana, Palmagallarda, Pantorrilla, Ronqueruela, Santiche, Senda de Blas, Usagre, Valsequillo). Es tanta la fragmentación de este patrimonio que ni la parcela tipo, de algo menos de 7 aranzadas (315/46 = 6,85), es capaz de reflejar la alta frecuencia de las que tienen menos de 5 aranzadas. Son habituales las 1, 2 o 3, e incluso las hay de menos de 1, y son extraordinarios valores como 14, 22 o 36, cualquiera de ellos singulares. Representa bien este paradójico estado la gama de extensiones de las tres parcelas de olivar nuevo improductivo: 0,5, 11 y 50 1/3 aranzadas, a su vez los valores extremos de toda la secuencia.
Sus rasgos como dueño de olivares, sin embargo, no tienen nada de extraordinario. Del análisis de cualquier otro propietario de unidades territoriales de este mismo tipo obtendríamos el mismo resultado. Las parcelas se localizaban en los parajes de radicación regular del cultivo, una zona relativamente concentrada, en parte próxima a la población y toda con buenas comunicaciones. Se competía por ellos desde antiguo, cuando debieron ser dedicados preferentemente a la vid, que aún se conservaba allí como cultivo endémico. El acceso a la posesión de estas parcelas estaba regulado por el municipio, y el derecho a demandarlas afectaba a cada vecino. La fragmentación del espacio útil era su consecuencia inevitable.
En una de las parcelas localizadas en La Florida había un molino de aceite. Su almacén tenía una capacidad de 2.500 arrobas, y su renta anual fue estimada en 1.200 reales. Por bajo que fuera el precio del aceite almacenado –supongamos 8 reales la arroba, que no estaría muy lejos de una cotización a la baja– el ingreso obtenido por las 2.500 arrobas que podía almacenar, 20.000 reales, quedaría muy por encima de la utilidad de aquella industria que aceptaban los tasadores de la Única, independientemente de cuál fuera su idea de utilidad; lo que da una buena medida del alcance que le sería consentido al proyecto de reforma contributiva, de antemano condenado al fracaso.
Un negocio de aquel volumen, aunque en parte saliera al paso del importante consumo de aceite de cualquier casa, solo tendría sentido con el horizonte de la comercialización, en su mayor parte de alcance colonial. Gracias a esa posibilidad, la inversión en el orden integral de la producción de aceite, desde el cultivo de la especie hasta su producción y decantación, se había convertido en una excelente inversión complementaria de las casas que dedicaban sus esfuerzos preferentes a la producción de cereales. La rentabilidad del negocio era segura y estable.
Como propiedad inmobiliaria, todavía declara unos pinares concentrados en dos parcelas de primera con una extensión de 5 aranzadas, cuya renta fue evaluada en 135 reales 11 maravedíes. Irrelevante para el patrimonio familiar, el cultivo estaba relacionado con la fabricación y mantenimiento de aperos y envases y la carpintería de ribera.
Su patrimonio ganadero es importante, tanto que solo disponiendo de tierras donde explotarlo podría mantenerlo. De ovino posee 1.500 cabezas que se clasifican solo como ovejas, sin más, una cifra sin duda estimativa, y 330 carneros. Para sus proyectos económicos sería el ganado que en aquel momento se llama de cría, el que es objeto directo de explotación para rentabilizar el producto que se le pueda extraer. Mientras que el de las ovejas se calcula a razón de 9 reales por cabeza, para los carneros no se calcula ninguno. Habrá que suponer que el destino de los machos era exclusivamente la reproducción de la manada, a diferencia de las hembras, que proporcionarían crías, leche y lana, los mismos bienes que la administración del diezmo, siempre atenta a cualquier producto agropecuario, recauda bajo el concepto genérico de corderos, queso y lana.
Los corderos, en las cabañas de cría, estaban destinados a la constante reposición de la manada. Del beneficio extraído al queso no tenemos muchas más noticias que las deducidas de la recaudación diezmal, que gravaría una actividad limitada al autoconsumo. La lana, más aún si era merina, bien cotizada en los mercados y producto de una especie que por otra parte no es la más rentable cuando se dedica al aprovechamiento lácteo, era el producto preferente al que aspiraba toda actividad concentrada en la cría de ovino.
Su ganado vacuno consiste en 100 vacas y 185 bueyes y becerros. También solo las vacas se estiman rentables, en este caso a razón de 30 reales cada una, mientras que bueyes y becerros carecen de utilidad para el registro. A las vacas se las consideraría útiles por su capacidad reproductiva, mientras que los machos castrados, presentes o futuros, destinados al trabajo, no se reconocerían rentables por sí mismos. La masa de energía que proporcionan solo sería una intermediara de un producto final. Incluso si no tuviéramos otro indicio, este sería suficiente para sostener que nuestro hombre tendría que emplearse en la explotación de la tierra para la producción de cereales.
El equino caballar suma 52 yeguas y solo 7 caballos, una proporción que puede valer como referencia del empleo de cada clase de ejemplares. Las yeguas se reservan para la maternidad y la trilla. Lo primero las hace también útiles desde el punto de vista contributivo. La encuesta cifra su rentabilidad en 2.600 reales al año. Lo otro redunda en la dedicación de nuestro patricio a la agricultura de los cereales. Los caballos, también inútiles bajo la consideración fiscal, serían padres o jacas para el transporte individual selecto y de recreo.
De equino mular solo tiene 5 ejemplares, clasificados indiferentemente como mulos, inútiles también para la estimación de las rentas. Mulos y mulas, híbridos estériles, solo pueden tener como destino complementar la fuerza de la que dispone para los trabajos agropecuarios.
El ganado asnal suma 20 jumentas y 11 jumentos, y solo las primeras rentan 400 reales según la encuesta. La alta proporción de hembras, que se destinan preferentemente a procrear, y los pocos machos, cuya dedicación regular es el transporte para distancias cortas, indican que aquellas pudieran tener responsabilidades en la natalidad de los mulos.
El porcino se estima en 90 hembras, cuyo producto se evalúa en 3.600 reales, y 200 puercos inútiles. En la declaración del producto de las hembras debe estar incluido todo el aprovechamiento cárnico de la descendencia, desde que disfruta de la primera crianza hasta el engorde definitivo.
El balance de la cabaña es 2.500 cabezas de todas las especies y 23.100 reales de utilidad total estimada. Enunciarlo es suficiente para reconocer que la fuente se limita a poner a nuestra disposición unas cifras que permitan hacerse una idea de las proporciones. Pueden tomarse como representativas del patrimonio ganadero de un labrador. Se interesa simultáneamente por el ganado de cría y el de trabajo y en las cantidades adecuadas a cada dedicación regular de cada especie.
Don Juan disponía también de buenos recursos financieros. Declara, por una parte, 8 censos, con los que su casa habría obtenido capitales por un total comprendido entre 49.600 y 58.675 reales. Por el que menos, paga 16 reales, que podrían corresponder a un préstamo de 320 reales de principal al 5 % o a 400 al 4. Está garantizado por todo su patrimonio y los réditos los percibe un convento de dominicos. Puede provenir de un tiempo anterior, previo a 1705, cuando los intereses fueron tasados al 3 %. También cabe la posibilidad de que fuera tomado después de aquella fecha y hubiera sido acordado a un interés por encima del legal, que sería tolerado, lo que es menos probable, dada la saturación de la oferta en los mercados del crédito censal.
Las mismas reservas podemos tener sobre un rédito de 20 reales anuales que gravan todo su patrimonio. Podrían corresponder a 400 al 5 % o a 500 al 4. Como acreedores constan unos herederos de otro patricio local. Los tipos de interés posibles también nos pondrían sobre la pista de un préstamo que tiene cierta edad, y la identidad de los perceptores de los réditos, que el préstamo entre iguales, sin ocultarse, circulaba. Una incursión como esta sería excepcional, dada la alta concurrencia a este mercado de las múltiples instituciones piadosas, dominantes en él, que compiten entre sí por la captación de acreditados.
Paga también como intereses anuales 29 y 3 reales que cargan simultáneamente dos de sus casas. Los 29 se ajustan a un principal de 580 o 725 que se hubieran tomado al 5 o al 4 %. Los 3, a otro de 100 comprado al 3. Los 29 se pagan a un hospital y los 3 a una corporación de beneficiados parroquiales. Podría tratarse de dos créditos acumulados, uno antiguo y otro reciente; el antiguo, también tomado antes de 1705, aunque igualmente puede ser posterior a 1705 y contratado a un interés por encima de la tasa.
Los 33 reales que cargan sobre una parcela de olivar en plena producción, de primera y con 3 aranzadas, y otra de segunda, de 6 1/6 aranzadas, cuyo acreedor es una cofradía, se corresponden con un capital de 1.100 reales o 100 ducados tomados al 3 % vigente a mediados del siglo XVIII. Lo mismo puede decirse de los 36 reales que cargan sobre todo el patrimonio y que percibe un patronato cuya finalidad no se hizo constar. Por este, según nuestra interpretación, le habrían sido prestados 1.200 reales a un 3 %.
Otros 66 reales, que gravaban todo el patrimonio, corresponderían a 2.200 reales o 200 ducados al mismo interés, y el titular del capital cedido habría sido un convento de clarisas, que en aquel momento percibe los intereses anuales. También 264 reales, de los que son acreedoras dos hermanas profesas en el mismo convento, y que gravan una parcela de olivar hecho de segunda, de 7 ¼ aranzadas, se atienen al nominal de 8.800 reales, equivalentes a 800 ducados, adquirido al precio tasado para los censos entonces.
Los 1.750 reales que gravan todo el patrimonio son la consecuencia de la operación financiera con más aspiraciones. Se deducirían de un principal de 35.000 reales si hubiera sido vendido al 5 %, o a 43.750 si el tipo hubiera sido el 4. Aun siendo, en cualquiera de los casos, una cantidad muy por encima de todas las demás (supone entre un 70 y un 75 % de todo el crédito), lo que realmente hace singular el caso es que el acreedor es una capellanía cuyo titular es don Fernando Berrugo Barba, hijo de nuestro patricio.
No es frecuente que quede al descubierto con tanta nitidez un plan financiero familiar. Si, como indican los tipos tentativos, pudiera tratarse de un crédito heredado, o vigente desde décadas atrás, la clave del plan habría sido colocar al hijo como titular de la capellanía. Pero en este caso resulta más convincente pensar que el crédito es reciente, se ha contratado a un precio superior al que rige en el mercado y que de esta manera se le aseguraba al hijo capellán la transferencia anual de 1.750 reales de la renta familiar. Mientras tanto, si la fundación fuera una obra de la familia, como era regular en las capellanías de iniciativa civil o gentilicias, la casa habría reciclado buena parte de las rentas de la institución para invertirlas en sus actividades.
También reconoce que paga 7 memorias, nominalmente oficios litúrgicos en conmemoración de los antepasados de una familia que habitualmente se resolvían con unas misas periódicas. Si tomamos como referencia, a partir de la cual analizarlas a título experimental, la posibilidad de que tan modestas transferencias de dinero puedan ocultar otra clase de créditos, se puede deducir cuáles podrían ser memorias en sentido recto y cuáles posibles memorias impropias.
Una limosna de 4 reales al año, cuyo pago debe garantizar la renta que proporcione otra de las casas, la percibe una corporación de beneficiados de una parroquia. Ateniéndonos al principio del que hemos decidido partir, podemos tomarla como un 5 %. En ese caso, la limosna se percibiría como los réditos de un capital de 80 reales. Si aceptamos que el tiempo es un 4 %, el capital sería 100. Lo mismo tendríamos que decir de otros 4 reales, que en este caso cargan sobre una parcela de olivar hecho de tercera que tiene solo ¾ de aranzada. Remuneran una memoria que está a cargo de otra corporación de beneficiados, los de la primera parroquia de la ciudad.
Los 5 reales que pesan sobre una parcela de olivar hecho, de segunda, con 6 1/3 aranzadas y pagaderos anualmente a un convento de franciscanos, corresponderían a 100 reales al 5 % o a 125 al 4. Sobre otra de las casas recae una memoria de 11 reales, equivalentes a 220 reales o 20 ducados al 5 % o 275 al 4, que cada año percibe una hermandad con sede en una parroquia. Los 13 ½ reales que recaen sobre una parcela de olivar hecho de tercera con 4 1/3 aranzadas, y que se pagan a un convento de carmelitas calzados, aunque podrían ser la consecuencia de haber prestado 270 reales al 5 %, se pueden admitir como el resultado de 450 reales cedidos al 3 % regular.
Ingresaba la corporación de los beneficiados de otra de las parroquias 16 reales por atender la memoria que cargaba sobre una parcela de olivar hecho de primera, de 3 1/3 aranzadas. De ser acertado lo que suponemos, corresponderían a 320 reales al 5 % o a 400 al 4. De 29 reales, de tratarse de réditos, ya hemos deducido que serían el 5 o el 4 % de 580 o 725 reales. Cargan sobre todo el patrimonio de la casa y los paga a la corporación de los beneficiados del primer templo parroquial de la población.
Todos los cálculos proporcionan cifras verosímiles como nominales de créditos, y en el más desfavorable de los casos, solo una limosna no se ajustaría a préstamos a un interés por encima de la tasa. Con estos resultados, se podría afirmar que la memoria impropia, en esta casa, tal vez estuviera encubriendo créditos cortos, los que circulan las cantidades menores de dinero, a un interés relativamente alto, tal como suele ocurrir cuando la necesidad de financiación es urgente. Los financieros idóneos en este caso serían los beneficiados parroquiales erigidos en corporación, insustituibles como proveedores de los oficios que pueden justificar el encargo de la memoria que les da cobertura legal. Cuando no se recurre a ellos, tampoco se sale del amparo del canon eclesiástico, capaz de proveer los presbíteros que avalen la conmemoración.
Cualquiera de los dos recursos financieros habla del pasado tanto como del presente. Los capitales tomados, tal como se deducen de los réditos que se registran, la encuesta elude identificarlos nominalmente. Pero se pueden deducir, con razonable precisión, a partir de los réditos que por cada uno paga. Todos serían invertidos en capitalizar cualquiera de las actividades de la casa, incluidas las no productivas, en el momento en el que fueron tomados.
Mientras no devolviera los principales, se trataría simplemente de seguir disfrutando el efecto económico del capital recibido en su momento. En la práctica, todos los créditos que habían sobrevivido hasta mediados del siglo XVIII eran indefinidos y redimibles. La inversión consumada bajo estas condiciones podemos estimarla comprendida entre 51.250 y 60.850 reales, a cambio de un costo anual de solo 2.299,5 reales al año, de los cuales al menos 1.750 revierten a la familia a través de la capellanía.
Por otra parte, gracias a que dispone de bienes suficientes que hipotecar, siempre se dirige a puertas de las que puede estar seguro que encontrará abiertas, entre bastantes más. Hospitales, corporaciones de beneficiados, capellanías, cofradías y hermandades, conventos, monjas profesas, siempre los había dispuestos a prestar con garantías hipotecarias a intereses bajos las rentas que ingresaban. Mientras no dedicasen una parte de sus esfuerzos piadosos a actividades productivas, las que por otra parte solían negarse con escrúpulos de disciplina eclesiástica, solo prestándolas podrían lucrarlas.
De los 9 capitales que no gravan todo el patrimonio, 6 los sostienen parcelas de olivar. Es cierto que el gravamen recaería sobre unos bienes o sobre todo el patrimonio por imposición del prestamista. Pero cuando quedara algún margen de discrecionalidad al deudor, la preferencia por un tipo de bienes está lo suficientemente definida. Así el papel reservado a los olivares gana profundidad. Las diminutas parcelas de olivar pudieron ser acaparadas, más que como un recurso destinado a la producción de aceite, como un medio fácil para ganar la posibilidad de endeudarse.
Por último, don Juan posee un oficio de regidor. No sabemos si fue usurpado por sus antepasados, si ganado a cambio de servicios a la corona, si comprado con posterioridad a quien antes lo hubiera obtenido. Pero desde que el régimen de los regidores se impusiera en el gobierno de los municipios, solo quienes disponen de este título tienen la plenitud de los derechos que antes había correspondido a todos los vecinos cuando se constituían en concejo.
Como ninguna de las instituciones de gobierno precedentes fue abolida, y a los atributos que la administración de justicia que tuviera el municipio se añadieron otros, el regimiento nunca fue el dueño de todos los poderes municipales donde se impuso. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII es la cámara de gobierno de las poblaciones. En él se toman todas las decisiones ejecutivas y sus miembros natos, con voz y voto, son los regidores. Poseída como parte del patrimonio, la regiduría es la pieza institucional imprescindible para ganar la condición patricia.
La fortuna de nuestro patricio en su mayor parte está fundada sobre la riqueza que se obtiene al margen de señoríos y vinculaciones, los blindajes institucionales de las aristocracias engendradas por la corona, tanto civiles como eclesiásticas. Los sobrepasaba con la iniciativa y la innovación paralegal. Así la tahona, emancipada de la servidumbre al monopolio de los molinos harineros del municipio, uno de los atributos de su señorío.
Sobre todo, utiliza con ventaja los recursos que ponen a su alcance la inmovilización de las tierras y el modo en el que obtenían sus rentas los aristócratas que las poseían. A él le permiten la que con seguridad fue la mayor de sus fuentes de riqueza, la explotación agropecuaria centrada en el cultivo de los cereales con la magnitud de las labores, tal como lo evidencia su cabaña ganadera. Aunque no se identifica como cedido que las tome con ese fin. Sin embargo, la nómina de los Berrugo y los Morales que arriendan tierras en las extensiones adecuadas para emprender labores es lo bastante directa como para reconocerle ese destino a tan importante masa ganadera. Todo indica que en la casa dividieron la declaración de las iniciativas económicas para repartir responsabilidades contributivas. Nuestro hombre solo se habría hecho cargo de las obligaciones derivadas de la explotación del olivar y de la ganadería, tanto la de cría como la de labor.
Sería ya mayor y aun vivía con su esposa, y de los descendientes de la familia solo convive con el matrimonio una nieta. Parecen razones para reconocer que muy probablemente hubiera alcanzado el estado que aconseja ir delegando funciones, no tantas que incurriera en el exceso de ceder su condición de patriarca del linaje. Seguía ejerciendo la regiduría que le permitía tener en sus manos las riendas de la obra familiar.
Pero con el mismo sentido de la oportunidad que conquista posiciones innovadoras que lo convierten en una pieza imprescindible para que las aristocracias ingresen sus rentas, aprovecha las posibilidades periféricas de la vinculación y del señorío. La investidura como capellán del hijo pone en evidencia el recurso sin prejuicios a la vinculación, responsable de la médula de sus flujos financieros. En cuanto a su disperso y fragmentario olivar la familia lo ha obtenido durante las últimas décadas por presura, la forma de adquisición del dominio sobre la tierra por uso, regulada desde el órgano de gobierno del municipio que ejerce el señorío sobre su término.
La patrimonialización de la regiduría lo colocaba en la ventajosa y singular posición de juez y parte en esta materia. Lo sorprendente, tratándose de esta modalidad de acceso a la tierra, no es que su patrimonio esté fragmentado y disperso, sino que recientemente haya conseguido del municipio parcelas de más de 11 o nada menos que 50 aranzadas. Es evidente su interés por el aceite. No solo por las parcelas de olivar que tiene consolidadas y en plena producción. También lo revela que está invirtiendo en la puesta en cultivo de otras.
La encuesta terminó clasificándolo como una persona de estado noble, aunque no ostentaba ningún título. Para que quienes trabajaron para las averiguaciones de la Única considerasen adquirida esa condición debió ser suficiente el de regidor. Pero es posible que a su alcance quedara además verificar otras razones. Averiguaron que en su casa para su servicio mantenía a cuatro criadas, y sobre todo que además tenía un número indeterminado de sirvientes, sobre cuya condición y relaciones con don Juan la fuente solo especifica que vivían en hogares separados.
El servicio de armas
Publicado: noviembre 28, 2021 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
El señor pretendía, al menos nominalmente, que el servicio prevalente fuera el de armas. Estaba en el origen de su poder y de todas las obligaciones que se le debían. De ahí que no le faltara rigor cuando, en el orden legal, prefiriera referirse a quienes vivían en el condado como vasallos.
Así como manejaba las demás prestaciones con el deseo de incrementar el número de sus siervos, el servicio de armas lo utilizaba para disponer de fuerzas propias que le permitieran hacerlo valer en las estrategias bélicas de la corona, que en 1504 pasaban de nuevo por un momento de tensión. Pero también lo aplicaba a dominar por la fuerza el territorio de su condado. Hasta aquel momento, su poder territorial se habría sostenido sobre sus fortalezas, y todavía aspiraba a prolongarlo manteniéndolas. Aunque no es seguro que las ordenanzas las mencionen todas, las que estaban bajo su control en aquellas tierras eran siete, algo realmente notable para un espacio relativamente restringido (4).
Cada una estaba bajo la responsabilidad de un alcaide y un portero, y sus guarniciones se mantenían como tropas permanentes gracias a un sistema de asientos o contratas, por el que en cada fortaleza debía haber una cantidad de hombres. Todos debían residir permanentemente en ellas (1) y tener sus armas en una sala ordenadas y a punto (2).
Se puede imaginar a los alcaides como capitanes mercenarios que encabezaban un grupo de hombres, también de fortuna, que prestarían su servicio militar bajo la misma condición. Cualquiera de ellos era acreedor a una soldada, origen de un costo regular notable, al que debía hacer frente cada año la casa señorial, máxime cuando en los asientos los alcaides se comprometían a mantener las fortalezas abastecidas de pan, vino y lo demás (3), sin cuyos almacenamientos carecerían de valor estratégico.
El poder territorial del señor, tan frágil y dependiente, lo haría aún más frágil que mantener la obra de las fortalezas no fuera parte de las obligaciones del asiento, sino un gasto al que debe hacer frente el señor. Para financiarlo, había decidido imponer el servicio específico del diezmo de cal y ladrillo, cuya recaudación se justificaba porque cal y ladrillo debían aplicarse precisamente a mantener las fortalezas (4).
Los asientos, y en el mejor de los casos el diezmo de cal y ladrillo, solo garantizarían la defensa pasiva del territorio. Para que el señor pudiera disponer de tropas activas debía nutrirlas valiéndose del servicio de armas que debían prestarle sus vasallos, que era universal. Con ellos el señor compondría su ejército. Tanto la recluta como su encuadre según armas derivaban inmediatamente de las riquezas de cada uno, un parámetro que obtenía regularmente a partir de las encuestas patrimoniales conocidas como cuantías.
Según indicaran, los vasallos debían actuar como caballeros, espingarderos, ballesteros o lanceros (25). La obligación de estar siempre pertrechado como correspondiera a cada uno corría por cuenta de cada uno de ellos (25), algo que debemos considerar un servicio previo al de armas en sentido estricto, que solo se prestaría cuando el señor lo demandara, lo que se afirma expresamente de los espingarderos, de los que se dice que prestan su servicio quando yo [el conde] me quiera servir de ellos (19). No se trataría de un ejército profesional como el de las fortalezas, sino reclutado entre civiles, aunque asimismo permanente pero no siempre movilizado.
Para verificar que caballeros, espingarderos, ballesteros y lanceros estaban pertrechados, había un visitador (25), ante quien pasaban revista en dos alardes cada año, uno por la Pascua de Reyes y otro en San Juan (26). Verificaba su orden ateniéndose a un Libro de la gente de armas, del que no consta más (26). Pero los encargados de tomar los alardes, de los que dejaban constancia escrita (26), eran los alcaides de las fortalezas, donde las había, o los alcaldes de los municipios.
Estaban destinados a ser caballeros quienes alcanzaran una cuantía comprendida entre cincuenta mil y cien mil maravedíes (16). Debían mantener las armas y prendas que por ella les correspondía, tal como estaba previsto en el Libro de los alardes (9), la primera de las cuales era el caballo (26), que se clasificaba de silla o de montar para distinguirlo del padre y del que pudiera utilizarse para el trabajo. Aunque tampoco consta que estos estén sujetos a carga contributiva, como expresamente el de silla no se acontía (11), la exención de la cría de caballos sería una forma de contribuir a que se los mantuviera aptos para prestar el servicio de armas.
Una viuda cuya cuantía estuviera comprendida entre cincuenta mil maravedíes y cien mil no estaba en la obligación de mantener caballo ni de tener armas (16). Pero si la viuda tuviera un hijo mancebo soltero [sic] que pudiera cabalgar, sí debía mantener caballo y armas, y si se daba la circunstancia de que la viuda tuviera más de cien mil maravedíes de cuantía, aunque no tuviera hijo también debía tener caballo y armas (16).
Pero la caballería que reclutaba el señor por vía de servicio no era suficiente. La complementaba con gente de acostamiento (27). Solo habría caballería mercenaria en los lugares (27) donde, por efecto reflejo, lo decidieran las cuantías, además de cualquier otra condición del servicio que las ordenanzas no desvelan. En una parte de los lugares del condado las cuantías no alcanzarían la cuota que obligaba a mantener caballo miliciano. En ese caso, si el señor quisiera disponer de caballería en todos sus lugares, no tendría otra opción que hacerse cargo de una parte del costo de ser caballero, porque en cualquier caso los caballos debían ser propiedad de quienes se prestaban a esta modalidad del servicio (27). Invertir en ellos pudo ser una manera de aspirar al acostamiento, aparte lo que supusiera para la promoción personal; incluso el ingreso que de este modo se pudiera obtener, pudo ser la fuente que a los aspirantes les permitiera tener y mantener un caballo (27).
Para verificar que esta gente de acostamiento mantenía caballos, armas y buenos equipos, el conde, en cada lugar donde la había, designaba a quien tomara su alarde en las dos ocasiones previstas, a quien también acompañaba un veedor enviado por el señor (27), quien redactaba el libro de estos alardes (28). Verificaba que los caballos eran propiedad de quienes servían con ellos y no se los habían prestado ni alquilado, y que desde tres meses antes del alarde los habían mantenido (27).
Era el escudero, caballero en ciernes, también de acostamiento, quien debía demostrar que se había actuado así (27). Es probable que cuando la ordenanza habla de escudero se esté refiriendo a gente que cumple con las condiciones para ser clasificada bajo aquel concepto, y que partiendo de ellas aspirase a ser caballero de acostamiento. Una de ellas pudo ser que escudero fuese el hijo de caballero, y por tanto aspirante a esta categoría por estar llamado a suceder por línea de varón en el patrimonio que otorga la condición bélica superior. El par combatiente que se adquiriese por vía de acostamiento sería, de cualquier modo, el formado por caballero más escudero.
Los espingarderos, combatientes armados con una escopeta de cañón largo, serían la mayor novedad estratégica del ejército del señor a principios del siglo décimo sexto. En 1503 el conde decidió dar un impulso a este cuerpo sirviéndose de los vasallos de menor cuantía (18).
Cualquiera de los que cumplieran esta condición y quisiera ser espingardero recibiría la espingarda, pólvora, pelotas, bolsas y mechas, y lo demás que necesitara (18) para actuar como combatiente. Además, percibiría de sueldo cinco maravedíes más que los ballesteros quando me ovieren de servir (19). Si compatibilizaban la cuantía, y el deber derivado de servir con armas, con la percepción de una renta, serían por tanto también gente de acostamiento. Que el señor se hiciera cargo además del costo del equipo de combate era una franquicia a favor de quienes quisieran incorporarse a este cuerpo, porque los demás vasallos, para prestar el servicio de armas, estaban obligados a mantener su equipo por cuenta propia, una diferencia que demuestra el interés del señor por el crecimiento de este cuerpo de su ejército.
Desde el momento que alguien decidiera aprovechar esta oportunidad, quedaba obligado [sic] a servir como espingardero por un tiempo (19), durante el cual aprovecharía la exención de servicios más amplia. Quedaba exento de todos los servicios personales (pago de gallinas, pollos, perdices, leña y paja, de cualquier arreglo de caminos, fuentes y puentes, de velas y rondas, de señalamientos de cartas y caminos, y de cualquier otro servicio de esta clase). Tampoco le eran echados huéspedes ni sacada ropa, ni sus bestias eran tomadas para ningún servicio de la condición que fuera en que los otros mis vasallos me ovieren de servir (19).
Además, a los espingarderos vecinos de la población central se les hacía una concesión en precario, media cahizada de tierra en los hardales de la villa, en las tierras desmontadas, que podrían arrendar y desfrutar mientras sirvieran con la espingarda (20). A los que estuvieran avecindados en otra a pocos kilómetros al noroeste de este centro también se les daría tierra en un carrascal colindante con la dehesa del lugar (21). Ambas franquicias añadidas estarían dirigidas a concentrar combatientes de esta clase en el nudo bélico del territorio.
Los espingarderos reclutados en cualquier lugar del señorío quedarían encuadrillados en grupos de a diez, uno de los cuales actuaría como cuadrillero (22). Se exhibirían tirando con las espingardas todos los días de fiesta (23), y no podrían vender ni empeñar la espingarda ni su aparejo (24).
De la infantería equipada con lanza, las ordenanzas no dan más noticia que una mención a los lanceros (25), y de la que combate con ballesta dice que igualmente debía mantener las armas y prendas que le correspondía (9), y que los ballesteros percibirían de sueldo cinco maravedíes menos que los espingarderos (19). Así que los ballesteros también eran, al menos en parte, gente de acostamiento que compatibilizaba la cuantía que les obliga al servicio de costo de las armas con la percepción de una renta.
Aunque el origen de la prestación militar estuviera en un deber de servicio derivado del vasallaje, igualmente, tanto como los asientos de las fortalezas, generaría un gasto para la casa señorial. Es muy probable que toda la gente que el conde tenía con caballos, armas y buenos equipos, es decir, todo su ejército, fuera, cuando menos en alguna medida, de acostamiento (27). Sería una consecuencia de la progresiva profesionalización del servicio de armas, que generaría inestabilidad periódicamente a causa de quienes habían optado por esta forma de vida y no encontraban ocupación; que lo haría difícilmente sostenible, a consecuencia de sus costos crecientes; con escasas posibilidades de competir con el ejército que reclutaba la corona, no menos costoso pero sí mucho más capaz; que definitivamente iría desaconsejando a los señores hacer valer sus fuerzas armadas como medio para ganar poder y de él deducir rentas.
Pegujales por trabajo y pegujales autónomos
Publicado: noviembre 13, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Otras labores diversificaban sus relaciones con los campesinos. En el espacio del que dispusieran convivían pegujales de dos clases, los que remuneraban el trabajo en ellas, y que por tanto daban origen a la misma relación que en el caso anterior, y los que se constituían como explotaciones autónomas. Esta otra manera de organizar la relación, por tratarse de pegujales, obligaría, para obtener a cambio la tierra, a prestaciones al amo o señor distintas al trabajo cualificado.
Cualquiera que fuese el destino de los pegujales, es probable que todos se segregaran de una vez en áreas definidas de las unidades de producción en activo. Primero se apartarían los que se aplicaban a la remuneración del trabajo y lo que sobrara se ofertaría para alojar los otros pegujales. En la fuente, la convivencia de las dos modalidades en una misma explotación se deduce primero porque el número de pegujales que segregan los labradores es ostensiblemente superior a los que son creados cuando solo se destinan a remunerar, y sobre todo porque en una mitad se enuncian jerarquizados por tamaño y en la otra no.
A este modelo mixto recurren en primer lugar algunos labradores dominantes (8), que también pertenecen al círculo de las familias patricias, cuyas labores no alcanzan el tamaño de las de su mismo rango que solo ceden pegujales por trabajo. Algunos de ellos podrían pasar por cedentes solo por trabajo si no fuera por algunos matices. Los pegujales cedidos por un marqués, tal como son enunciados, podrían ser pago del trabajo, salvo que por alguna razón, además de remunerar a sus trabajadores con pegujales, decidió ceder otro sin justificación laboral. También la jerarquía de los tamaños de los cedidos por otro labrador podría indicar una extraordinaria aplicación del pago del trabajo por este medio, pero cedió tal número que excedió el destinado a satisfacer el trabajo. Otro caso podría ser ejemplar de labor con pegujales por trabajo si no fuera porque tomó un haza solo para cederlos.
Pero la mayoría de los labradores que tomaran esta decisión dual fueron ortodoxos partidarios de la simbiosis, buenos ejemplos de la mezcla moderada de los dos tipos. La consecuencia inmediata de su comportamiento fue que tal como tuvo que ser mayor cantidad de pegujales que necesitaron la superficie dedicada a pegujales debieron incrementarla. De ahí que se extiendiera el espectro de sus tamaños. Aunque se imponen los de 3 fanegas, que son casi la mitad (55), seguidos a mucha distancia por los de 2 (17), los hay de hasta 22 y 14 fanegas, si bien son singulares. Los dos menores son de 1,5.
Aunque la cesión de pegujales no aparenta ser un motivo para acumular unidades de producción, lo cierto es que sus explotaciones acumularon dos o tres unidades de producción. Incrementar pegujales pudo ser una razón para agregar unidades de producción. Si ocurría algo parecido cuando solo se cedían pegujales por trabajo, su incremento no se conseguía por captación de más unidades de producción, sino por negociación con otro labrador.
Como el índice que relaciona superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales va expresado en unidades de labor por unidad de pegujal, y no disponemos de la superficie de las unidades de producción, no podemos observar las retracciones o las expansiones absolutas. Pero sí es posible distinguir las dos actitudes básicas de los que ceden; distinguir a los que confían más en su labor de los que prefieren cargar su empresa sobre la cesión de pegujales; para lo que habría que admitir que el tamaño de la unidad de producción, aunque no sea visible, está operando.
Las explotaciones tenderían a agotar en labor el espacio disponible –que es el permitido por el sistema– de las unidades de producción. Cuanta más superficie se dedique a labor, menos habrá disponible para pegujales, y viceversa. Cuanto menor es el tamaño de la labor, menor es el índice de la relación entre superficie dedicada a labor y superficie dedicada a pegujales. Y es evidente que las labores mayores disponen de más superficie a la que recurrir, tal como lo expresa fielmente su índice, que es mayor; dado que hay un patrón de cantidad que rige la cesión de tierra para pegujales, todavía, en este caso, quizás marcado por la necesidad de remunerar el trabajo ajeno.
Sin embargo, cualquiera que fuera la opción, raramente agotaría la superficie disponible en las unidades de producción. Todas las grandes explotaciones suelen tener superficie disponible para alentar cualquiera de las dos posibilidades. Cargar sobre una o sobre la otra posibilidad, sin renunciar a ninguna, es cuestión de estrategia. Aquel prefiere pocos pegujales, este, muchos. Este año conviene menos labor y más pegujales, más labor y menos pegujales, poca labor y pocos pegujales, o mucha labor y muchos pegujales. Uno o el otro polo solo eran dos formas de beneficio que no se oponen, aunque sí están conectadas por vasos comunicantes: el que proporciona el trabajo ajeno y el que se obtiene de la cesión de tierra a cambio de determinados servicios.
Cuando se trata de estas explotaciones, cualquiera de las tendencias sería matizada. No hay quien renuncie a una de las dos posibilidades de beneficio. Pero si utilizamos el criterio que permite segregar las dos clases de pegujal (primero enunciado jerarquizado; después, relación que no se ordena por tamaño de los pegujales), podemos marcar las distancias de este comportamiento lineal indicativas de las tendencias empresariales dominantes en este grupo de labradores.
Se observa que ceden por trabajo un tercio de los pegujales, mientras que los otros dos son de quienes los explotan por su cuenta. La proporción se mantiene si tenemos en cuenta la cantidad de tierra que acumula cada modalidad: un tercio de la tierra dedicada a pegujales es para la remuneración del trabajo y los otros dos para los pegujales autónomos. Luego se prefiere captar en las unidades de producción dedicadas a la labor propia a quienes en paralelo trabajen en su explotación autónoma, antes que emplear el recurso tierra disponible en la compra de trabajo cualificado por temporadas. El deseo de captar a los campesinos autónomos lo sintetiza que el tamaño del pegujal medio es el más alto, 4,09 fanegas.
También hay algunas labores secundarias que segregan las mismas dos clases de pegujal. En esta fracción dominan los elementos del patriciado consolidado (Briones, Caro, Costiel, Curado, Rospillosi) sobre los campesinos en fase de expansión (Galantero, González), que son los que emprenden las labores menores.
Para los 72 pegujales que ceden, localizados en 8 áreas de 5 cortijos, fueron necesarias 327,25 fanegas, algo más de una tercera parte de la superficie consumida por las labores. Se impuso el tamaño 3 fanegas para cada parcela, cualquiera que fuese la modalidad de disfrute de la tierra cedida.
Al descender el tamaño de las labores, descienden los índices que relacionan superficie de la labor y superficie de los pegujales. Pero la diferencia de comportamientos no solo es mucho más relativa sino que empieza a ramificarse. Hay labradores que representan con limpieza la combinación: solo dos parcelas cedidas al margen de las que remuneran el trabajo. En otros casos cabe dentro de lo posible que la primera parte de la serie enunciada corresponda a pegujales por trabajo, aunque la frecuencia del valor 3 es tan alta que parece más próxima a una oferta de cesiones abiertas, a iniciativa del titular, ateniéndose a un módulo. Más llamativo es el comportamiento de quien tiene más labor; al mismo tiempo es el que cede más tierra para pegujales. En este caso, la estrategia del labrador está clara: se confía a Dios y al diablo.
Pero además, en esta escala se descubren indicios de cadenas de relaciones. Una inscripción en tres series separadas de pegujales parece la expresión de que se han separado tres áreas de un cortijo. Primero, con fidelidad al modelo, seguro que se cederían pegujales por trabajo. El señor habría pagado con este concepto a sus temporiles cualificados. Después, segregó dos áreas de pegujales. Serían cesiones para crear explotaciones con algún grado de autonomía por lo menos.
En cada una se emprendieron explotaciones sobre pegujales de un tamaño relativo grande, uno de 27 fanegas y el otro de 13. El tamaño 27 no está expresamente reconocido como pegujal. Tal vez sería más prudente identificarlo como una labor menor. De cualquier manera, está muy cerca de la frontera, y además cualquier consideración que hagamos de un valor de este rango de magnitudes se prestará siempre a la ambigüedad.
A su vez, cualquiera de los dos cedidos cedería pegujales a terceros. El primero, el que había iniciado una explotación de 27 fanegas, parcelas de tamaños muy variables, como si se plegara a una demanda diversa; el otro, el que mantendría 13 fanegas por cuenta propia, de tamaños muy discretos. Cualquiera de los dos sería pues un cedido que a su vez cede.
Algo semejante podría decirse de unos pegujales en un cortijo que están separados en dos series y donde primero se ceden por trabajo. Después, el mismo labrador registra otras tres parcelas, de 99,75 fanegas, 10,25 y 12, que tal vez fueran otras tres cesiones del mismo espacio. La inscripción de una de 99,75 parece una declaración de superficie que no quiere llegar a la barrera 100, una reserva que no tendría sentido fiscal, porque cuando se cobraba la décima por millones, alcabala y cientos se pagaba por unidad de superficie. Lo más probable es que la mayor (99,75) fuera un subarriendo capaz de dar origen a una labor a la que se asociaron dos pegujales autónomos de cierto tamaño (10,25 y 12).
La segunda intempestiva de Nietzsche
Publicado: noviembre 4, 2021 Archivado en: P. Martín Vázquez | Tags: historiografía Deja un comentarioP. Martín Vázquez
En 1874 Nietzsche publicó la segunda entrega de su plan de trabajo, concebido con propósitos intemporales. Su título principal era De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida.
Cree que la historiografía adquiere tres formas, todas ellas al servicio de la vida, ese poder oscuro e impulsor que con insaciable afán se desea a sí mismo: monumental, anticuaria y crítica. La primera, que también podría llamarse memorable, corresponde al interés del hombre activo y poderoso, capaz para intervenir en los acontecimientos y modificarlos, algo reservado a muy pocos. Se interesa por la historia porque de ella puede aprender cómo actuar, cómo corregir errores y evitar que hechos indeseables se reiteren.
La historiografía anticuaria es la que ocupa a quien se interesa por conservar su mundo, con el que se identifica. Rescata y preserva piadosamente cualquier pieza de los tiempos precedentes, por insignificante que sea, para asegurar que llegue a las generaciones siguientes. Con la pasión de un devoto, colecciona y guarda las reliquias que le dan sentido a su vida.
Se decide por la historiografía crítica quien sufre la herencia recibida por su tiempo y necesita liberarse del sufrimiento. Investiga minuciosamente el pasado para enjuiciarlo, e inevitablemente condenarlo, porque en las cosas humanas siempre han privado la violencia y la debilidad humanas.
La pretensión científica para la historia convierte a quienes se interesan por ella en meros observadores de la vida, cuyo objetivo se limita a acumular conocimiento. El resultado es una saturación de informes que es peligrosa para la vida. El exceso puede debilitar la personalidad, que se arriesga a disolverse en el piélago de los acontecimientos conocidos, de sentidos diferentes, entre los cuales finalmente no atrae más que lo extraordinario, que no deja percibir lo sublime. Así triunfa la objetividad, que puede inspirar el espejismo de la equidad, lo que a quien actúa bajo su inspiración le hace creerse capacitado para juzgar los hechos, cuando en realidad valora los vaivenes del pasado a partir de las opiniones más elementales de su tiempo.
A quienes incurren en el exceso, saturarse de conocimientos históricos también puede crearles dificultades para la maduración. En ellos fomenta personalidades que se dejan llevar al trabajo acumulativo y a sumarse cuanto antes a la fábrica de las utilidades, cuyo producto satisface los fines prácticos de su tiempo.
La convicción de que por la vía de la ciencia se puede llegar a conocer el objeto de la vida puede abolir el horizonte del futuro, que ya no ocultaría nada que valiera la pena conocer, lo que puede hacer creer que se ocupa la posición del epígono. Una consecuencia desconcertante puede ser una especie de conciencia irónica del conocimiento histórico que es posible alcanzar. Quizás sea menos útil de lo previsto, e incluso un error promover su difusión entre los jóvenes como parte de su formación, mucho más alentarlo masivamente. Desembocar en el cinismo, y concluir que todo siempre ha ocurrido tal como ahora y que es inútil oponerse a su curso inexorable, es posible desde esta posición.
Para operar contra estos excesos propone dos antídotos: lo ahistórico y lo suprahistórico. Lo ahistórico capacitaría para poseer el arte y la fuerza que permitan olvidar lo que no es parte de la vida y encerrarse en un horizonte limitado. Suprahistóricos son los poderes que desvían la mirada del devenir y la dirigen hacia aquello que confiere a la existencia el carácter de lo eterno e inalterable. Recapacitar sobre las genuinas necesidades de la vida y desechar las aparentes permite practicar el estudio de la historia de los modos monumental, anticuario o crítico.
El vasallaje y los servicios
Publicado: noviembre 3, 2021 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
En aquel señorío nadie creía que hubiera cumplido sus obligaciones de radicación por sí mismo. Cada aspirante tenía que probar que las había satisfecho ante la justicia señorial, que el señor había delegado en los municipios. A cambio, el municipio donde hubiera decidido radicarse le daba una carta en la que constaba que había adquirido su condición de vecino (55). Convertirse en vecino era por tano la premisa para la radicación estable, bajo una autoridad delegada que en algún grado era municipal, cuya mediación para verificarla haría posible la sumisión al vasallaje personal y familiar y permitiría encomendarse al señor. En el señorío, adquirir la condición de vecino era adquirir la plenitud del vasallaje.
La vecindad, así como convertía en vasallo, obligaba a servicios, de donde se deduce que las dos posibilidades del estatuto personal, la de vasallo y la de sirviente, no eran excluyentes, aunque el señor, cuando legislaba prefiriera identificar a quienes estaban acogidos a su patrocinio como vasallos. La totalidad que agrega ambas la reconoce el señor porque espera prestaciones a cambio de su amparo al trabajo en las tierras que concedía como beneficio y peculio.
Para referirse a ellas, las ordenanzas mencionan genéricamente pechos y servicios (78), una manera de abarcarlas tan sintética como precisa desde el punto de vista material. Servicios, en el lenguaje de las ordenanzas, serían las prestaciones que se ejecutaban como actos personales, en forma de trabajo o productos derivados de este, mientras que pechos serían las que se habían transferido a rentas, provinieran de una sumisión vasallática o de la demanda de lo que precedentemente hubiera sido un servicio. El texto proporciona una relación bastante detallada de servicios y pechos, aunque no podemos estar seguros de que sea una descripción de todas las obligaciones que vasallos y sirvientes avecindados tuvieran que satisfacer.
Servicios personales (19) eran las adehalas, resultado de la imposición de un principio de fuerza arraigado. Tendrían tan escaso fundamento como cualquiera de los malos usos. Se satisfacían como gallinas, pollos, perdices, leña y paja que el sirviente debía darle al señor. Para liquidar su parte común, el jurado municipal de cada lugar del condado debía coger de cada casa gallinas y pollos, según que de tiempo antiguo estaban obligados a darle al señor sus sirvientes. Los vecinos cuya casa tuviera menos de cuatro mil maravedíes de cuantía, darían un pollo; los que tenían casa suya que llegaba a cuatro mil maravedíes de cuantía, una gallina; y los que llegaban a veinte mil, una gallina y un pollo. Los que pasaban de veinte hasta treinta mil, dos gallinas; y los que pasaban de treinta mil, dos gallinas y un pollo (79).
También debían satisfacer como servicios personales la fazendera, que les obligaba a contribuir al arreglo de caminos, fuentes y puentes (19), la anubda, o participación en las velas y rondas (19), y la mandadería, con la que se contribuía al mantenimiento de cartas y caminos (19). Asimismo se les podía sacar ropa y echar huéspedes (19), obligaciones que materializaban en el condado el hospedaje o alojamiento y el yantar.
Para hospedar, en cada lugar un regidor y el aposentador del conde examinaban el memorial de quiénes lo acompañaban y hacían el aposentamiento, dando a cada persona la posada que le correspondía, lo que no estaba exento de complicaciones. Si el señor llevaba consigo toda su casa, podía faltar ropa para el alojamiento. De la que se sacaba para hacer frente a esta situación el regidor y el aposentador hacían memoria y la entregaban a una persona de la casa del señor, quien debía devolverla para que retornara a sus dueños. Lo mismo se hacía con todas las alhajas que se tomaban para el servicio del señor (30). Si no fuera suficiente con una posada, designaban dos, tres o más, siempre que no sacaran ropa de una casa para otra (29), y si el señor no iba en persona, solo se daba posada a quien tenía mandato expreso (31). Además, a los vecinos se les podían tomar sus bestias para cualquier servicio en que mis vasallos me ovieren de servir (19).
Pero la prestación del alojamiento no era equitativa. Aunque si fuera necesario, puntualiza el legislador, todos recibirían huéspedes (32), previendo la aplicación selectiva de la obligación, alcaldes, regidores y jurados, mientras estuvieran en sus oficios, no los tendrían, ni tampoco los que hubieran ganado esta franquicia, una diferencia que daría lugar a tensiones. Cuando yo voy por la dicha mi tierra en el aposentar hay algunas diferencias (29).
El señor recaudaba también un diezmo de cal, teja y ladrillo, que habría sucedido a la castellaria, obligación personal de trabajar para el mantenimiento de las fortalezas y que aún se justificaba porque era necesario para ese mismo fin (4). En cada una de ellas había un mayordomo de las obras, que cobraba el diezmo, así como la abastecía de los mantenimientos y bastimentos, que entregaba al alcaide (6). Los obligados al pago del diezmo, una vez cocidas las labores de teja y ladrillo, antes de abrir los hornos debían avisar al mayordomo de las obras para que lo cobrase, y en su defecto al alcalde o al escribano del lugar (7). Para comprobar que se hacía efectivo, el señor, valiéndose de sus visitadores, se reservaba la inspección de lo que necesitaran las fortificaciones, sus muros, torres y todos sus edificios (323).
El ejercicio de la jurisdicción proporcionaría al señor calumnias o caloñas, las penas pecuniarias, un ingreso nada despreciable. Para la mayoría de las previsiones penales de las ordenanzas al menos una parte debía ir a parar a las obras del señorío, una denominación de la caja del señor que no es lo bastante ambigua como para poner en duda su interpretación (passim).
El señor no habría renunciado a nada que le pudiera ser reconocido como un bien del que debía ser acreedor. La relación de prestaciones prevista por las ordenanzas, además de todo lo detallada que sea necesario para evitar confusiones, es bastante completa y regular, según el orden señorial común. Al margen los servicios y pechos quedarían las rentas que hubiera obtenido por concesión vía beneficio o por compra de la corona, como las tercias reales.
Babilonia. 2
Publicado: octubre 28, 2021 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: historias Deja un comentarioCosme Pettigrew
Las dos zonas en las que estaba repartida la parte monumental de la ciudad interior, una áulica y otra religiosa, quedaron unidas por la vía procesional, el gran eje norte sur de la zona más protegida de Babilonia. También rehecha infinidad de veces, los trabajos arqueológicos han rescatado unos novecientos metros de toda su longitud, lo que es suficiente para saber que su trazado tuvo como fin unir la puerta de Ishtar con el complejo dedicado a Marduk que Esagila y la Etemenanki formaban, por donde pasaba la fracción en la que sus constructores pusieron más atención. Cuando llegaba al zigurat –el primero de los dos recintos sacros– giraba al oeste para terminar en el único puente que cruzaba el Éufrates, situado hacia la mitad de su trayecto incluido dentro del espacio urbano y que unía la parte oriental de la ciudad interior con la occidental.
Si bien la vía procesional en sentido estricto quedaba comprendida dentro del espacio de la ciudad interior, en realidad es la parte más solemne de una línea cuyo trazado está decidido por los principales cultos que en la ciudad se celebraban, el más importante de los cuales era la fiesta del año nuevo, también conocida como fiesta del Akitu o Bib-akitu, una conmemoración anual que tenía lugar durante el equinoccio de primavera. Era la más concurrida de las fiestas que en Babilonia celebraran en honor de Marduk, y duraba del 1 al 11 de nisan, el primer mes del año babilónico. En su transcurso nadie podía sustraerse a la tiranía del culto a Marduk. El bullicio que provocaba arrastraba a toda la población.
La fiesta cumplía un papel tan relevante en la vida de la ciudad que la autoridad pública, durante décadas, mantuvo la redacción de una crónica dedicada a consignar su celebración. Explicaba las razones por la cuales ciertos años “Nabu no vino para la salida de Baal [y] Baal no salió”. Nabu, encarnación babilonia de la escritura y del saber, a quien aquella mitología presentaba como hijo de Marduk, era el dios propio de Borsippa, ciudad próxima a Babilonia, desde la que cada año se trasladaba a la capital para allí participar en la fiesta. Razones de seguridad aconsejarían que los años en los que la monarquía estaba empeñada en una guerra la fiesta fuera cancelada.
Conocemos parte de sus ceremonias gracias a una serie de tabletas que describen elementos de su ritual, aunque con importantes lagunas. Recurriendo a secuencias rituales análogas que han llegado hasta nosotros, así como a las múltiples alusiones que contienen otros textos, se puede reconstruir satisfactoriamente al menos una parte de su desarrollo. La fiesta comenzaba con una oración del sacerdote a Marduk, en la que por antonomasia era apelado como Baal, terminada la cual se abrían los actos rituales con la peregrinación de Nabu desde Borsippa. De lo que ocurría durante los días segundo y tercero no sabemos nada con seguridad, porque el texto que sirve para organizar su calendario, conocido como texto del Louvre, comienza con los actos del cuarto día.
El momento a partir del cual la relación de los actos festivos es recuperable está señalado con otra oración a Marduk, probablemente recitada tres horas antes del final de la madrugada de aquel cuarto día, en la que se le nombra “Señor del mundo, rey de los dioses, Marduk que determinas los destinos […], que ostentas la realeza, posees la soberanía”. En ella además se le pide por Babilonia, su ciudad, que sea indulgente y que tenga piedad de Esagila, su templo.
Después, aquel mismo cuarto día por la tarde, el gran sacerdote recitaba de principio a fin la Epopeya de la creación o Poema de la creación babilónico, que narraba los orígenes del mundo, cuando aún no existían ni el cielo ni la tierra, únicamente el abismo primordial. De esta manera se pretendía evocar que la celebración del nuevo año significaba el comienzo del mundo, del que era la renovación. Durante esta declamación las tiaras de Anu y Enlil se cubrían con un velo, como si se quisiera evitar que los que antiguamente eran los grandes dioses del panteón mesopotámico se inquietaran con la promoción conseguida por el pequeño Marduk.
Al día siguiente, el quinto de la celebración, tenía lugar la ceremonia de purificación del templo, liturgia que exigía que el dios lo abandonara. En el transcurso de esta jornada no solo era necesario el concurso del cuerpo levítico, sino que en la parte del ritual que durante ella se representaba también era indispensable la presencia del rey. El monarca era el encargado de coger la mano del dios para hacerle abandonar provisionalmente su templo. Cada fase de la ceremonia estaba marcada por ritos que ejecutaba bien el gran sacerdote bien el rey, y en ocasiones era necesario que ambos actuaran a la vez. Pero en el momento de mayor significado de la jornada, ante la multitud asistente, el gran sacerdote despojaba al rey de las insignias de su poder, le abofeteaba y le obligaba a arrodillarse delante del dios. El rey tenía que implorar el favor de Marduk para ser reinvestido de su poder. Tan desconcertante rito concentraba su enorme poder liberador en los minutos durante los cuales los babilonios, atentos espectadores del escarnio, se esforzaban por captar los signos que en su transcurso pudieran revelarse, para interpretarlos y así predecir el porvenir. El código que los súbditos aplicaban a la exégesis de la ceremonia estaba inspirado por el valor político que a la representación se le concedía. Si, como consecuencia de la bofetada, el rey dejaba caer unas lágrimas, había que interpretar que había recibido el favor divino. Por el contrario, si no derramaba lágrimas, no podía caber duda sobre que estaba próxima su caída.
La fiesta, una vez que era ofrecido un banquete a Marduk, terminaba con los actos comprendidos entre el octavo y el décimo primer día. El octavo se emprendía la procesión hacia el Akitu o Bit-akitu, templo del que sabemos que estaba al norte de la ciudad, con mucha probabilidad en pleno campo, todavía no localizado. En aquel recinto, en los tiempos antiguos, se celebraba uno de los actos más trascendentes de todo el ciclo festivo, el matrimonio sagrado entre el rey, que representaba al dios, y una sacerdotisa, destinado a garantizar la fecundidad del país para el año que empezaba.
En la época a la que nos referimos la procesión, formada por sacerdotes, tenía como objeto llevar al Akitu las imágenes de los dioses, entre las que el papel protagonista correspondía a la de Marduk, que así emprendía una pequeña excursión por fuera de los muros de la ciudad. La procesión dejaba atrás la Etemenanki, tras una breve parada ante la colina santa y otra en el estrado de los destinos. Después, tomaba la vía procesional para salir por la puerta de Ishtar, y a continuación el dios se embarcaba para llegar por el agua, a través del Éufrates, al Akitu. Llegado a su templo del campo, Marduk pasaba tres días en él y el décimo recibía a los dioses, que le hacían una visita solemne. Al día siguiente, el undécimo, todos juntos regresaban a la ciudad.
De esta manera, las procesiones, que solo podían celebrarse con plenas garantías cuando se daban todas las condiciones de seguridad, a causa de las multitudes que solo ellas satisfacían, terminaban siendo el elemento ritual que daba unidad narrativa a las fiestas. En el espacio, el medio unificador era la vía a su servicio, la vía procesional, y la puerta de Ishtar su nudo. Marcaba el punto en el que el camino que seguían las procesiones, después de rodear el recinto del zigurat y el palacio, dejaba el interior de la ciudad, o permitía que a través suya se retornara a la vía procesional. Era una marca destinada a representar permanentemente la solemnidad de las celebraciones del año nuevo.
La importancia del culto a Marduk no ensombrece, en la plenitud del primer milenio antes de la era, las muchas más celebraciones religiosas públicas que en Babilonia había, menos oficiales pero probablemente con mayor audiencia, algunas de las cuales, por su espontaneidad, parecen poco compatibles con las solemnes y un tanto envaradas fiestas del año nuevo. De entre todos esos rituales es interesante detenerse en los de la ancestral Ishtar, ahora revitalizada, muy presentes en Babilonia en los tiempos del nuevo imperio.
Por desgracia, también en este caso solo nos quedan algunos fragmentos de sus celebraciones. Proceden igualmente de tabletas que proporcionan textos relacionados con los ritos, así como otras que permiten conocer indicios simbólicos interesados. Los textos más explícitos, que por suerte pueden ser concordados con otros registrados en otras tabletas, hacen alusión a los recitativos que se repetían durante las ceremonias. De los documentos astrológicos de época neobabilónica que se conservan en el Louvre, un calendario proporciona la imagen del símbolo de Virgo sosteniendo una espiga. Otros elementos rituales supervivientes y dispersos completan la colección de indicios veraces de sus partes. Combinándolos se puede conseguir una idea, si no completa, sí bastante coherente de las fiestas que celebraban la existencia de la generosa Ishtar.
En los relatos, que permiten conocer de la manera más directa sus contenidos, está descrito lo que sucede durante el cuarto día de la conmemoración, por la tarde y por la noche, en las calles de Eturkalama y del río. Se trataba de un episodio elaborado de una forma que podía satisfacer el gusto de los creyentes. Probablemente de forma muy exagerada y en ocasiones cómica, se escenificaba una escena de celos, inspirada en la vida privada. La representación tenía lugar en el templo que a la diosa estaba consagrado en la ciudad, durante al menos unos días del mes de tammuz, parte del verano que llevaba el nombre del amante de Ishtar, el pastor Dumuzi o Tammuz. Durante aquel periodo los actos dedicados a la diosa concentraban la atención de los habitantes de Babilonia
Mientras Zarpanitu, la esposa de Marduk, duerme en su habitación, su esposo se encuentra en el terrado, el lugar que en verano los babilonios preferían para pasar la noche. Están los cónyuges a aquella distancia cuando aparece Ishtar, celebrada por los textos como “la pequeña madre, […] la guapa, la reina de los babilonios”, quien se comporta como rival de Zarpanitu. Su presencia tiene como resultado que Marduk engañe a Zarpanitu. A consecuencia del desaire, esta, furiosa, emprende un largo viaje hacia Kuta, la ciudad del dios de los muertos, a donde con bastante probabilidad llega inspirada por la intención de deshacerse de Ishtar. Lamentablemente, la escena se interrumpe algo después, cuando Zarpanitu, celosa, sube a un zigurat. Subraya la carga histriónica de las actitudes de los personajes que un sacerdote kurgarru, un hombre invertido o de sexo dudoso, se abandone entonces a una demostración escatológica en la que parodia los textos líricos.
Algunos de los elementos de la antigua historia que Ishtar heredó permanecen en su nueva versión literaria, como las relaciones con el submundo de los muertos. Pero lo más relevante del episodio procede de los gruesos trazos que en el texto dejan algunas de las muy crudas palabras que Zarpanitu le dirige a Ishtar. Tanto la situación como el lenguaje a su servicio permiten concluir que las celebraciones en honor de la diosa, al menos cuando se observan leídas, contenían unos ritos muy sorprendentes, llenos de obscenidades, con un contenido de significado erótico tan explícito y tan frecuente que pasa al lado de la procacidad.
Babilonia. 1
Publicado: octubre 18, 2021 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: historias Deja un comentarioCosme Pettigrew
La ciudad de principios del siglo VI es conocida gracias a las excavaciones que patrocinaron los alemanes en el lugar que la capital había ocupado. Su espacio arqueológico estaba regido por la línea del Éufrates. Al norte, el que era llamado, cuando llegaron los excavadores, tell del Qasr (El castillo) cubría las ruinas de los palacios y los sistemas defensivos, a un lado y a otro de la muralla. Más al sur, una vasta llanura denominada el-Sahn (La sartén) señalaba el emplazamiento de la extensa zona religiosa que el zigurat y el templo del dios Marduk dominaban.
Los trabajos de los alemanes se concentraron en el palacio de Nabucodonosor y en el templo de Ishtar, pero eso no impidió que en el centro de la ciudad desenterraran un extenso barrio residencial, de red viaria regular, prueba que permitió conocer algunas peculiaridades de las casas de la Babilonia de entonces. Pudieron concluir quienes las recuperaron que el uso de sus habitaciones no estaba decidido para siempre, sino que casi todas eran utilizadas con fines distintos, dependiendo de circunstancias como la sombra y la luz en ellas proyectadas o el calor o el frío del aire que contuvieran, tal como aún ocurre en las casas rurales de los orientes próximo y medio. Únicamente las escasas actividades que requerían unas instalaciones fijas, como los sistemas de evacuación de aguas, estaban inmovilizadas en una parte de la edificación. Desde finales de la primavera hasta la llegada del otoño en aquellas casas la vida transcurriría en los patios y en las habitaciones bien aireadas, y es muy probable que los techos planos que las cubrían, de tierra batida, fueran lugares cuyo uso igualmente fuera variable y continuo. Además que los cubrieran cuando la atmósfera lo imponía, en verano, porque a la vez eran terrazas, podían ser utilizados como dormitorio, para secado del grano y quizás para ciertas preparaciones culinarias.
Pero la excavación de las zonas que en su momento concentraron la arquitectura de mayor entidad permitió concluir que en los pocos más de setenta años de la nueva hegemonía babilónica, por iniciativa de sus reyes, en las tierras que fueron el centro de sus dominios fue emprendida una gran cantidad de construcciones. No se trató de importantes obras en piedra, material ajeno a esta época, conocida, por referencia a las precedentes de hegemonía de la ciudad, como neobabilónica. Entonces se prefirió promover edificaciones que respetaran la tradición arquitectónica del sur de Mesopotamia, que durante milenios había preferido el ladrillo. Que el curso de la tradición fuera restaurado se explica porque la iniciativa arquitectónica, en muchas de las ciudades del país, se concentró en la reconstrucción de edificios anteriores, sobre todo templos.
Desde Nabopalasar, origen de la dinastía, hasta Nabónido, el último rey neobabilónico, las actividades edilicias fueron signo del tiempo de preeminencia que la región vivía. El gran constructor fue Nabucodonosor II, el hijo de Nabopalasar, príncipe de una época de numerosos trabajos. No dejó de intervenir y mejorar ciudades hasta las que alcanzó su poder, como Borsippa, Dilbat, Larsa, Marad, Sippar y las milenarias Ur y Uruk. La expansión del esfuerzo no le impidió destinar la mejor parte de sus medios al embellecimiento de Babilonia, la capital.
No sería justo adjudicarle en exclusiva su renacimiento arquitectónico. Babilonia, durante la nueva era, fue una gigantesca obra en la que estuvieron interesados todos sus reyes. La época de su mayor esplendor coincide con los celebrados tiempos de Nabucodonosor. Cuando accede al trono, la ciudad, que había sido devastada por las guerras del imperio asirio, aún estaba marcada por las destrucciones. Nabucodonosor la reconstruyó y la hizo más maravillosa que nunca. Quería que la santa Babilonia fuera una rica y gran metrópoli, expresión del poder que había concentrado, y efectivamente durante su reinado volvió a ser la ciudad que desde hacía siglos no había podido ser.
Los rasgos de la nueva Babilonia se pueden esquematizar. Se extendía por las dos orillas del Éufrates, que marcaba su natural eje norte-sur. Todo su espacio urbano estaba delimitado por largos muros y se calcula que dentro de ellos vivirían, en los momentos de plenitud del imperio, unas ochenta mil personas. Al suroeste de aquel área, a un lado y otro del Éufrates, se encontraba el núcleo de la ciudad o ciudad interior, un rectángulo de unos mil quinientos metros de norte a sur y unos dos mil quinientos de este a oeste, delimitado por muralla propia. Contenía el palacio, los grandes templos y los barrios residenciales con sus santuarios propios. El nexo de esta parte central del espacio urbano interior, que garantizaba su participación en la misma unidad, era la vía procesional, que llevaba desde la puerta de Ishtar, en la cara norte de la muralla, hasta el zigurat, hacia el centro de la extensa área rectangular.
Al este y al norte de la ciudad interior se extendía un vasto suburbio o ciudad exterior. También delimitado por murallas, las líneas que trazaban y la vertical del río formaban un enorme triángulo, cada uno de cuyos lados medían al menos unos tres mil metros, en el que por el oeste –el lado del Éufrates– quedaba injertado el rectángulo de la ciudad interior. La gran expansión del suburbio o ciudad exterior la había decidido una edificación que marcaba su vértice norte, el palacio de verano de Nabucodonosor, el actual Tell Babil, el lugar que hasta nuestros días ha conservado el nombre de la ciudad.
Los reyes de esta dinastía levantaron para sí mismos en Babilonia un inmenso palacio al norte de la ciudad interior, cuyos antecedentes se remontan a los orígenes de la dinastía. Sobre el antiguo cauce del río, Nabopalasar había hecho construir un pequeño palacio. Nabucodonosor decidió engrandecerlo, como correspondía a la magnitud de su poder, y todavía lo completó Nabónido. Fue el escenario de todos los actos públicos que los monarcas se reservaban como protagonistas, entre los que destacaban las grandes procesiones celebradas con motivo de las más solemnes conmemoraciones religiosas, y sin duda fue aquí donde murió Alejandro Magno en junio del 323.
En el momento de su mayor extensión ocupó una enorme parcela, con forma de trapecio, de algo más de trescientos veinte metros de latitud por unos ciento noventa de longitud, situada aproximadamente en medio del lado norte de la muralla de la ciudad interior y comprendida entre el Éufrates, al oeste, y la puerta de Ishtar y su vía procesional, al este. Era una fortificación maciza la que lo cerraba por el oeste sobre el cauce del Éufrates, y al norte lo protegía la muralla interior de la ciudad. En los otros dos lados, espesos muros lo aislaban de la vida urbana.
Desde la obra de Nabucodonosor lo antecedía una puerta monumental, a la que se llegaba por la vía procesional, tras la cual un total de cinco unidades se sucedían: las salas de guardia, los servicios de la cancillería, las salas de recepción, los apartamentos reales y el harén. Todas tenían idéntica factura. Un gran patio, rodeado al norte por un sector de servicios y al sur por apartamentos oficiales, hacía de centro distribuidor al servicio de cada una de ellas. Por el tercer patio se llegaba al núcleo de las salas de recepción, la gran sala del trono, de poco más de cincuenta metros de longitud y cuya fachada fue decorada con ladrillos esmaltados y animales en marcha, iguales a los de la puerta de Ishtar. Durante mucho tiempo se creyó que las habitaciones que ocupan el ángulo noreste eran la base de los célebres jardines colgantes de la reina Semíramis, que fueron celebrados como una de las siete maravillas del mundo. Pero hoy parece más probable que se trate de almacenes bien guarnecidos.
Pero el perfil de Babilonia estaba dominado por sus templos, entre los que destacaba el de Marduk, llamado Esagila, palabra compuesta que significa templo que alza la cabeza, emplazado en la misma avenida donde estaba el palacio, más al sur, también en la ciudad interior. Era el principal de la ciudad y su corazón religioso porque albergaba a Marduk, su dios tutelar, al que ritualmente servía como palacio en la tierra, su residencia de techumbre elevada. Marduk era en origen un dios secundario y de principios poco precisos, pero terminó convirtiéndose en un dios importante, hasta el punto que llegó a ser conocido simplemente como Baal, el Señor, o más exactamente Bal, la transcripción usual en acadio; porque Baal es la transliteración de este título al hebreo bíblico y al semítico noroccidental. Como cualquier dios que se preciara, Marduk tenía adjudicada una esposa, Zarpanitu o Beltiya, Señora, cuyos orígenes son aún más oscuros que los de su esposo.
De las características del templo de Marduk en Babilonia se sabe por una tableta de arcilla, comúnmente conocida como tableta de Esagila, que describe el edificio, así como por cuanto los arqueólogos alemanes pudieron rescatar, que lamentablemente solo permitió trazar sus principales rasgos. La considerable profundidad del nivel arqueológico bajo la superficie actual, que alcanza nada menos que los veintiún metros, ha dificultado el trabajo y ha impedido que haya sido excavado en extensión. Pero, complementándose mutuamente ambos medios, se pueda afirmar con seguridad que el Esagila es el mayor de los santuarios de Babilonia. Ocupó unos seis mil quinientos metros cuadrados de superficie, magnitud que Nabucodonosor nunca dejó de mencionar en los textos que celebran sus trabajos, aunque su intervención en el edificio probablemente no llegara mucho más allá de la restauración de varias capillas del gran templo. La parte del edificio que ha salido a la luz, con muros en muy buen estado de conservación, por comparación con los templos contemporáneos que sí se han excavado completos, permite reconocer que el Esagila se atuvo al plano tipo del templo neobabilónico.
Al norte de Esagila, en un recinto independiente, se hallaba la Etemenanki (que significa casa o templo de los cimientos o piedra angular del cielo y la tierra), la que ha sido comúnmente conocida como Torre de Babel, que se comunicaba con el templo principal de Marduk a través de doce puertas que conectaban entre sí los respectivos recintos. La finalidad reconocida de la Etemenanki, que también estaba dedicada a Marduk, era alcanzar el cielo, de donde viene su nombre de ziqurat o zigurat, palabra derivada del verbo zaqaru, que significa construir en altura. Era la más monumental y la más alta de estas edificaciones, aunque también la última de su género.
En realidad la Etemenanki es la versión más reciente del gran zigurat de Ur, originalmente obra de Urnammu, de la tercera dinastía de Ur, dedicado al dios luna. Llegada la recuperación de Babilonia, sus directores creyeron adecuado acometer su réplica. Los trabajos con este fin fueron iniciados durante el reinado de Nabopalasar, pero quedaron inconclusos. Nabucodonosor los reemprendió y pudo ver cómo terminaban. Al cabo de un par de cientos de años debieron sufrir un deterioro notable, porque Alejandro Magno, ya en el siglo IV antes de la era, de nuevo tuvo el propósito de reconstruirlo. Para satisfacer su deseo se vio obligado a desescombrar íntegramente lo que los textos identifican como ruinas. Pero los accidentes de su vida en oriente impidieron que fuera completado un proyecto de restauración que por el momento ha sido el último.
Para documentarse sobre el resultado de la obra de la época neobabilónica es posible recurrir a un buen conjunto de fuentes directas. En primer lugar está disponible la clásica descripción de Herodoto, quien visitó Babilonia hacia mediados del siglo V y pudo verla todavía intacta. También Estrabón menciona la torre de Babilonia, aunque con toda probabilidad su información es indirecta. Sin embargo, los datos de primera mano obtenidos por otros medios superan cuanto de los textos se obtiene. La misma tableta de arcilla que describe Esagila proporciona detalles muy precisos sobre la Etemenanki, un documento de enorme valor al que además se pueden sumar todos los restos de la edificación que la arqueología ha rescatado y que aún se conservan en su emplazamiento.
Por desgracia no es mucho lo que de la obra neobabilónica se ha recuperado, tan poco que incluso podría decirse que del zigurat no queda casi nada. Solo sigue en pie el primer piso y los restos de las tres escaleras que llevaban hasta él. Para hacerse una idea más completa de su aspecto es necesario recurrir a los otros documentos, sobre cuya base, sin embargo, los numerosos intentos que se han hecho para representar una reconstrucción admisible permanecen todos en el aire. Ninguno de ellos tiene apoyo material suficiente. Ni por separado ni combinando las fuentes disponibles se resuelven las ambigüedades e incertidumbres que inevitablemente se mantienen.
Tal vez sea de las dimensiones del edificio de lo que es posible hacerse una idea más exacta. Las excavaciones alemanas, que permitieron al menos conocer directamente sus cimientos, dieron certeza sobre las longitudes de su base cuadrada, algo más de 91 metros de lado. Esta parte de los datos proporcionados por la exhumación afortunadamente está registrada en la tableta de Esagila, porque también da las dimensiones de la base del zigurat. “Medidas de la base de la Etemenanki –dice–. Estas son la longitud y la anchura a considerar, 3 x 60 es la anchura, medida en codos estándar [un codo equivale a 50 cm aproximadamente]. Sus dimensiones son por lo tanto 3 x 3 = 9, 9 x 2 = 18. Si no conoces el valor de 18, este es: 3 medidas de semilla, superficie medida con el codo pequeño. Base de la Etemenanki: la altura es igual a la longitud y la anchura. Que el sabio iniciado enseñe esto al iniciado. Que el no iniciado no lo vea”.
El texto de la tableta, cuya interpretación está lejos de ser unánime, porque su lectura aún resulta ambigua, sin embargo ilustra de manera satisfactoria los métodos de cálculo que empleaban los babilonios y cómo procedían a proyectarlo en sus obras. En ocasiones al menos seguían un sistema de cálculo basado en los múltiplos de tres. Cuando nuestra fuente declara que las dimensiones patrón del edificio son tres por tres y nueve por dos está indicando los módulos a partir de los cuales los constructores calculan. Mas la preferencia por el tres, como ella misma enseña, simplemente está decidida porque de antemano tal número ha sido provisto de un valor no numérico, bien místico bien trascendente. Que se proceda así permite pensar que la sencilla identificación de la medida regular con el principio armónico, que nuestra tradición atribuye a las altas culturas de la antigüedad, así como que sea considerada superior la reserva de este saber a los iniciados, por razón de las técnicas que es necesario manipular, eran ideas ya vivas entre los babilonios, de donde la tomarían los posteriores sistemas de pensamiento de la plenitud mediterránea. El plano de un zigurat conservado en el British Museum, que por su parte utiliza como canon la cifra siete, demuestra la regular vigencia de la misma sobrevaloración de los números para los planes arquitectónicos.
El texto de la tableta también demuestra, sobre la base del procedimiento de cálculo que los caldeos usaran, que el conjunto había sido cuidadosamente planificado. Su manera de explicar las dimensiones permite proyectar para todo el orden vertical del edificio lo que inicialmente solo es información horizontal. Una parte de los lectores de la tableta, cuando analiza cómo el texto expone los valores para la base de la Etemenanki, deduce que los constructores neobabilónicos mantenían un sistema de proporciones muy rígido, consistente, cuando de la obra del zigurat se trataba, en ir superponiendo cubos regulares. Para calcular la dimensión de cada volumen que hubiera que sobreponer, su altura habría de ser una dimensión idéntica a la del lado de la base.
Si además de los datos proporcionados, tanto por la excavación como por la tableta, se toma la información de los textos, es posible llevar más lejos lo que se ha deducido de los cálculos. La obra estaba erigida sobre un terraplén apisonado, y al contrario que los zigurates de épocas anteriores, construidos superponiendo volúmenes de perfil en talud, parece que nuestra torre estaba contenida por muros verticales en toda su altura. Siguiendo estos principios, como Herodoto cuenta que vio una torre de siete pisos comunicados entre sí por escalinatas, se deduce que en la Etemenanki se superponían siete niveles o cubos de volumen decreciente, hasta alcanzar una altura igual a la longitud del lado de su piso inferior, los poco más de 90 metros que ya han sido calculados. También de Herodoto procede la información de que cada piso se hacía más visible porque tenía un color diferente, uno de los cuales llamó en especial su atención porque era un luminoso azul. Se deduce que los artífices de la reconstrucción de la época de Nabucodonosor, como hicieran en otras obras de la capital, para el revestimiento decidirían emplear ladrillos esmaltados.
El orden de los siete niveles estaba coronado en su cima por un pequeño templo, cuya planta, en obediencia al principio supersticioso que inspira todos los cálculos de proporciones del edificio, no estaba delimitada por un cuadrado perfecto, como ocurría en las plantas de los sucesivos niveles, sino que había sido recortada para que correspondiera a la raíz cuadrada de la superficie del primer piso. En aquel templo cumbre habían sido habilitados seis santuarios, una habitación con una gran cama y un trono, un patio descubierto con otra cama y una estancia con una escalera para acceder al tejado. Según Herodoto, los caldeos de su tiempo aseguraban que en aquel lugar solo yacía una mujer, escogida de entre todas sus compañeras por el dios, que iba a visitarla por la noche, para de este modo significar que aquí el cielo se encontraba con la tierra.
El enorme conjunto religioso de Esagila no fue el único templo de la gran Babilonia, donde los lugares de culto eran numerosos. Los textos mencionan hasta cuarenta y tres santuarios urbanos, y nada impide tomar como veraz la cifra, dadas las dimensiones de la ciudad. Algunos de los diseminados por el recinto urbano han sido identificados y excavados, como el templo de Ninmah, al este de la vía procesional, cerca de la puerta de Ishtar de Akad, o los templos de Ninurta o de Nabu-sha-hare. También es necesario mencionar entre los más destacados el templo de Ishtar, llamado Eturkalama, que en sumerio significa la casa que es la majada del país. Los reyes del nuevo imperio babilónico igualmente emprendieron edificaciones de esta clase en las otras ciudades de su inmediato dominio, en las que también construyeron grandes templos.
Analizando de manera comparada las plantas de todos los edificios rescatados se llega a la conclusión de que todas aquellas obras se atuvieron a un mismo modelo, que en su mejor estado lo representa de manera excelente el mencionado templo de la diosa madre Ninmah. Se trata de un edificio de planta aproximadamente rectangular, de unos treinta metros de ancho por unos cincuenta de longitud. El eje del edificio está dispuesto en el sentido de la profundidad, y a lo largo de él, desde el lado sudoeste al noreste, se suceden sus piezas principales, cuyos vanos de entrada no obstante no están alineados en común.
Tras la única puerta, jalonada por dos torreones, sigue un vestíbulo de tránsito al gran patio (de unos quince metros por veinte), la pieza que actúa como centro de toda la planta. En los templos neobabilónicos el patio desempeña igual papel que el mismo espacio en las casas comunes: distribuye la circulación, proporciona luz y aire a las habitaciones repartidas a su alrededor y es el paso obligado hacia la zona más apartada del edificio.
Cruzado el patio en su longitud, se llega al sanctasanctórum, área localizada al extremo opuesto de la entrada. Comprende dos habitaciones que se encuentran aisladas del patio y del resto del edificio mediante una puerta de una sola hoja. La primera en la que se desemboca es la antecella, de idéntica anchura a la del patio; una habitación rectangular, abierta por su lado largo. A través suya se llega a otra habitación del mismo tipo, la cella (que no deja de recordar la habitación principal de las casas), similar en todo a la pieza que le precede, excepto en que el espacio está concentrado en una plataforma. Esta tiene como finalidad señalar la zona reservada a la estatua de la divinidad. En el muro del fondo o testero había un nicho, con un podio de ladrillo cocido, sobre el que se encontraba la estatua de culto. Los ladrillos utilizados en esta parte de las instalaciones tienen gran valor arqueológico. Eran grabados con el nombre del constructor y con el de las divinidades a las que estaba dedicado el templo, para que de esta manera quedara perpetuo recuerdo de la piedad de los soberanos. Completa la obra una red de dependencias anexas adosadas al muro, que aíslan las piezas principales y llenan la planta rectangular por dentro.
A pesar de las afinidades que la crítica encuentra entre el templo y la edificación doméstica, las respectivas formas de la cella y de la antecella, así como la baja plataforma de aquella, son elementos formales que permiten decidir que estas obras seguían sistemas de ordenación del espacio sagrado que habían sido heredados, y por tanto obligan a aceptar la continuidad de cierta tradición arquitectónica en la región. La planta tipo descrita es más afín a la se siguió para levantar los templos de Tell-Asmar, Eshnunna e Ishchali que a la que rigió los templos asirios.
Gracias a los relatos contemporáneos de las construcciones sabemos también que los santuarios estaban ricamente acondicionados. Nabucodonosor, que además de Esagila reconstruyó varios templos, a decir de los textos prodigó en todas partes oro, plata, piedras preciosas y maderas exóticas. Por otros informes está atestiguado que para cortar las vigas se hacían llegar desde muy lejos las maderas más preciosas, las que una vez colocadas en su lugar eran recubiertas de oro.
La falta de excavaciones completas alrededor de estas construcciones impide hacerse una idea precisa de su entorno, en donde, si hemos de creer lo que cuentan los textos, también tenían lugar celebraciones. Así mismo parece que los templos no formaban unidades aisladas del resto de la ciudad, sino que se conectaban con ella a través de las actividades seculares a las que estaban obligados, la más importante de las cuales estaba justificada como sustento de la divinidad, que se hacía presente a sus devotos en la figura de la estatua que en la cella recibía culto. Gracias a este deber, los templos se comportaban como verdaderas unidades de producción, y no solo como lugares de celebraciones rituales. El material encontrado en el espacio donde fueron construidos habla directamente de sus actos más humanos. Con el nombre de erib biti eran conocidas todas las personas que estaban autorizadas a entrar en el templo, un grupo compuesto no solo por los sacerdotes sino también por toda una serie de artesanos filosacerdotales, como canteros, artesanos del cuero y orfebres, más gente dedicada a actividades culinarias, como panaderos, cerveceros, carniceros y prensadores de aceituna, encargados de vestir y alimentar a la divinidad según cada rito.
En el punto en el que la ciudad interior conectaba con la exterior por el lado norte, junto al palacio, se erigió una puerta singular, llamada de Ishtar, la obra mejor conocida de la época neobabilónica. En lo fundamental se trataba de un arco flanqueado por dos torres, cuya obra inicial ya había sido ejecutada con ladrillos decorados con relieves. Posteriormente, de nuevo en tiempos de Nabucodonosor, el trabajo que hasta entonces había llegado fue enriquecido explotando el valor decorativo que el autor primitivo ya había reservado a los ladrillos. Fueron preparados dos moldes representando animales pasantes, uno de ellos con un toro y el otro con un dragón cornudo. Cocidos y sacados de sus moldes los ladrillos, los animales, que aparecían en relieve, fueron en cada caso tratados con esmaltes de colores vivos muy contrastados. Sobre el brillante fondo azul, los toros fueron vidriados con pasta amarilla, al tiempo que se les hacía ostentar un llamativo pelaje azul, concebido más para crear efecto decorativo que para servir a la descripción naturalista. Por su parte, los dragones, animales consagrados a Marduk, en todo su volumen fueron destacados con esmalte blanco, a la vez que los detalles más significados de su anatomía eran marcados con el amarillo. Expuestos a la luz, los intensos y saturados colores contrapuestos de los esmaltes empleados brillaban, y conseguían que la enorme construcción ganara en grandeza. Así fue completada la intervención de efectos más llamativos en aquella obra, la misma que ya en tiempos de la arqueología occidental fue reconstruida en el museo de Berlín, mientras que en el yacimiento solo permanecería su parte inferior, cuya altura está comprendida entre los siete y los ocho metros.
Las juntas de grano locales
Publicado: octubre 10, 2021 Archivado en: Redacción | Tags: crisis Deja un comentarioRedacción
Las poblaciones cabecera de comarca, del tamaño mayor entre las rurales, se atuvieron con cierta disciplina, o al menos nominalmente, a la política de libertad para el comercio interior de los cereales dictada por la administración central. Intentaron encauzarla a través de una junta local de granos, un órgano de excepción que no era original de la circunstancia que se vivía en 1750, lo que puede dar idea del componente rutinario que había en las soluciones administrativas que se proponían para las situaciones críticas. Los gobiernos de las principales poblaciones organizaron sus juntas adelantándose a cualquier orden recibida desde las autoridades central o regional, bastante antes de que el consejo de Castilla decidiera extender la fórmula; un hecho que, pasados los meses, contribuiría a complicar las relaciones entre las otras autoridades y las locales.
Los datos de que disponemos permiten deducir que las juntas de granos de los municipios rurales, en 1750, fueron constituidas durante el mes comprendido entre fines de marzo y fines de abril.
Cuando fue más temprana su constitución, la conciencia previa de esterilidad, más que la política patrocinada por la administración central, fue aval suficiente para recurrir a la fórmula. A iniciativa de su corregidor, una asamblea de gobierno local, cuando acordó crear su junta, se manifestó compadecida de la miseria en que estaba la población a consecuencia de la esterilidad y de lo exhaustos que estaban sus habitantes, afirmaciones que contaban en su favor con el tono enfático que convenía a los antecedentes ya conocidos y que tan bien resumía el concepto de esterilidad; al mismo tiempo, un modo de hablar lo suficientemente indefinido como para adelantarse a los efectos de la crisis y satisfacer las pretensiones más inmediatas de quienes las patrocinaron. Para ellos se trataba de hacer frente a lo que estaba ocurriendo y evitar en todo lo posible sus efectos negativos.
En otras poblaciones de rango similar parece que pesó más la inercia burocrática. A fines de abril en una de ellas se reconoció que urgía la constitución de su junta local de granos, que ya era inexcusable constituirla y que no era posible retrasar por más tiempo el recurso a un procedimiento que en otras ocasiones se había mostrado eficaz, lo que aconsejaba actuar de tan autónoma manera sin más dilación. Aunque se hubiera procedido de manera algo más prudente en lo que a esta clase de iniciativas se refiere, también se hizo con el propósito de que la junta local viera qué medidas se debían tomar para aliviar los efectos de la esterilidad. Con una manera tan vaga de expresarse sobre todo se pretendería dejar un margen a la obediencia a las órdenes que llegaban de la administración central.
Las juntas locales, en todos los casos documentados, se compusieron de manera muy similar. Por designación de sus gobiernos municipales, eran nombrados para que las formaran una parte de sus regidores, miembros de pleno derecho de la cámara soberana que gobernaba las poblaciones, que actuaban como sus diputados, a los que se sumaban eclesiásticos y particulares. En una fueron elegidos como diputados por la cámara de gobierno tres regidores, y para completarla fueron cooptados como sus miembros el vicario del clero local, dos presbíteros y tres vecinos. Otra la compusieron, además de los correspondientes tres regidores, también el vicario de la iglesia de occidente en la población, el abad mayor de la corporación local de sus beneficiados, el procurador mayor del municipio y dos personajes que fueron presentados como caballeros labradores. Así pues, en las juntas locales de granos no solo estaba presente la autoridad pública, sino también los otros poderes reconocidos para el orden rural: las máximas autoridades de la iglesia romana y los promotores habituales de las explotaciones del mayor tamaño dedicadas a producir cereales, regularmente llamados labradores.
La justificación del poder que recibían estaba inspirada por las únicas convicciones religiosas instituidas. A cualquiera de sus miembros se le suponía, explícitamente, católico celo. La única confesión religiosa estaría en la obligación de ser la fuente de la iniciativa política a cambio del beneficio de ser exclusiva; un presupuesto que parece oportuno, tomando en consideración el impulso que de la caridad recibía su moral, y el aún más trascendente valor que a la confesión del error en el uso privado de la virtud, posible consecuencia del furor religioso, concedía la iglesia romana. Sin embargo, de su actuación se esperaban consecuencias civiles.
A las tres clases se les pedía que cuidaran del encargo que recibían, dedicando sus mayores atenciones, como igualmente interesadas en el mismo procomunal, para que cuanto en la junta se hiciera y resolviera fuera de la mayor satisfacción de todos.
Las juntas de granos, que habitualmente se reunieron en las casas capitulares de su municipio, en el orden ejecutivo actuaron como gabinetes de crisis por delegación de los poderes de la cámara de gobierno local. De sus instituciones matrices los recibían en la forma legal común, de facultad amplia, cumplida y facultativa como podían y debían, para que juntos o la mayor parte en forma de junta acordaran e hicieran todo lo que fuera conducente al beneficio común, tal como si lo hiciera el gobierno de la población.
Aunque el alcance de aquellos poderes era impreciso y disponía en su favor de un alto margen de discreción, los recibían para que vieran monográficamente cualquier asunto relacionado con el tránsito crítico que vivían sus respectivas poblaciones. Sin embargo, tenían un límite en el tiempo. Solo actuarían durante los días que creyera conveniente la cámara local de gobierno origen de sus poderes.
Al mismo tiempo, fue normativo que cada una estuviera presidida por su corregidor, institución regular en las poblaciones de mayor tamaño, hasta el punto que quedaban subordinadas a él y obligadas a acompañarlo en las providencias que dictara. Así los corregidores quedaban investidos de la plena capacidad soberana para tomar las decisiones y en ellos, donde estaban instituidos al tiempo que la junta de granos, convergerían todos los poderes de esta. Aunque la soberanía de los corregidores nominalmente estuviera limitada, porque a través de ellos intervenía el consejo de Castilla, en la constitución de estos órganos de excepción al menos actuaron con autonomía, puesto que la decisión sobre su formación se adelantó a las decisiones que tomara el consejo.
No obstante, parece que la legalidad de las actuaciones de las juntas locales al menos aconsejó el reconocimiento expreso de la administración central. Al final de una de las reuniones constitutivas de uno de los organismos de esta clase, sus promotores decidieron solicitar al consejo de Castilla su aprobación. Pero no parece que fuera un requisito imprescindible para actuar. Aquel mismo día todos sus miembros, tal como los había designado la asamblea, aceptaron tanto el nombramiento como los poderes que se les habían otorgado, e inmediatamente entraron en acción. Apenas cuatro días después celebraron su primera reunión. Parece más que probable, conocida la lentitud de las comunicaciones regulares entre la administración central y las locales, que empezaran a ejercer sus magistraturas sin esperar respuesta alguna del consejo.
Sus funciones económicas efectivas podían reducirse a una. La junta de granos local, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, debían concentrarse en el comercio de los cereales. Cuando declaraban descriptivamente sus fines, se presentaban dirigidas a la más rápida y segura gestión de su suministro a sus respectivas poblaciones durante el tiempo que fuera necesario. Bajo esta premisa, reconocían como su obligación más remota buscar trigo para comprarlo a los precios más cómodos y en la cantidad que creyeran conveniente para sostener el abasto. Para su ajuste y transporte, podrían nombrar a los diputados o comisionados que creyeran convenientes. También pondrían la mayor atención en que se conservara el abasto regular de pan y tomarían todas las decisiones que condujeran a garantizar la manutención del común, cuyo alivio se deseaba.
Pocos testimonios pueden ofrecerse que muestren con mayor claridad que las juntas de granos, centradas en las cabeceras de comarca, procederían como bolsas o lonjas para la compraventa del grano, destinado al abasto público de cada una de sus poblaciones. Contando a su favor con el poder de que disponían, podían convertirse, por decisión propia, y sin que en modo alguno una decisión como esta fuera discutida, en reguladores absolutos del mercado local de los cereales porque esta prerrogativa procedía del señorío del municipio, que le sería transferida con los poderes transitorios que se les otorgaban. Iniciativas como estas, además de convulsionar la demanda, contribuirían a fragmentar los mercados en tantas unidades territoriales cuantas instituciones de esta clase actuaran.
A los responsables de las primeras juntas de granos, para hacer frente a los encargos que habían recibido, entre las obligaciones que se les asignaban estaba la de hacer uso de todos los recursos convenientes al mejor logro de sus objetivos. Debían trazar el primer plan para la captación de fondos susceptibles de ser invertidos en la crisis que sobrevendría. Se les llamaba a buscar todos los medios, fondos y caudales que fueran necesarios para la compra de granos, de los que se mencionan expresamente solicitar la entrega de los caudales de los depósitos que hubiera en la población, tanto de eclesiásticos como de seculares, así como la de los caudales que produjera el trigo del pósito, e igualmente de otros caudales cualesquiera, para lo que podrían otorgar en caso necesario las escrituras y cartas de pago correspondientes. De esta manera sus atribuciones se completaban con los poderes financieros que les permitieran actuar con eficacia en el mercado de los cereales.
Sin embargo, parece que no en todas partes rigió idéntico orden. Al contrario, hubo de transcurrir algún tiempo antes de que las decisiones de las autoridades municipales que hemos podido conocer se ordenaran como un conjunto. Las que se tomaron para hacer frente a la crisis durante la primera parte de la primavera se dispersaron, y dudaron, y hasta retrocedieron, incluidas las que se tomaban en las extraordinarias juntas locales de granos.
Aunque no se opusieron radicalmente a las decisiones de la administración central, en muchas circunstancias los gobiernos locales, aun igualmente inspirados por el deseo de hacer el bien a sus gobernados, se distanciaron de las ideas e instrucciones de los poderes superiores y tomaron iniciativas que modificaron sustancialmente sus pretensiones. Lo más destacable es que en todas, aunque nominalmente pudieran estar glosadas con profesiones de fe en la libertad de comercio patrocinada por la administración central, reaparecen las mismas viejas convicciones, e incluso reconocen que de su encadenamiento esperaban los mismos efectos. En todos los casos se trata de iniciativas políticas dirigidas a un único objetivo, garantizar el abasto autónomo de pan. Lo que las diferencia es que se tomaron por separado e incluso improvisando.
Pegujales por trabajo para labores
Publicado: octubre 8, 2021 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
En 1771 hay quienes emprenden labores dominantes y segregan una parte del espacio de sus tierras para ceder pegujales con los que remunerar el trabajo que consumen. Siempre que declaran su localización, las parcelas están dentro del cortijo que labra el señor. Si su labor acumula más de uno, las concentra en la reserva de cada cortijo activo, que mantiene en provecho de su labor durante la campaña en curso.
En el apeo de sementeras aparecen ordenados de mayor a menor extensión. De su cantidad y de su enumeración jerarquizada se deduce que son parte de la renta debida a los temporiles de primer nivel, los trabajadores más cualificados que se contratan para las dos temporadas del ciclo anual del cultivo del trigo. Cualquiera que sea la cantidad de tierra que cada señor de labores considere adecuado ceder por este concepto, la cantidad de pegujales de una labor, cuando su cesión es debida al trabajo, por definición está en relación directa con la cantidad de energía humana demandada para la explotación, de la que los temporiles son su síntesis.
Cada trabajador remunerado con este concepto recibe una cantidad de tierra adecuada a su responsabilidad, y el tamaño descendiente de los pegujales expresa la jerarquía laboral. Su explotación o disfrute sería individual, porque cada uno de los pegujales descritos por el registro aparece asociado a un nombre. Durante las dos temporadas de su contrato tendría que simultanear la condición de temporil con la de campesino.
Por comparación con los otros modos de ceder pegujales, en estos casos se impone una manera peculiar de atenerse al estilo de cortijos, que con sentido técnico podríamos llamar el estilo de cortijos genuino o forma ortodoxa de concertar las relaciones con los primeros temporiles de una labor. También podríamos llamarla estilo de caballeros o aristocrático, por lo que de sus labradores puede averiguarse. Llamarlo de caballeros solo sería correcto si se evitara aplicar la palabra sin perder de vista por completo su sentido primitivo. Mejora cualquiera de las denominaciones posibles llamarla estilo patricio, porque quienes promueven labores ateniéndose a esa condición corresponden a este grupo, en el que confluyen preeminencia y posibilidades exclusivas para su capitalización.
Los pegujales cedidos por las labores dominantes para remunerar trabajo fueron en 1771 pocos y de poca extensión, 127 parcelas que consumieron una superficie de 436,5 fanegas. La correlación entre número de pegujales creados y superficie total segregada en pegujales es casi completamente lineal: más pegujales, más superficie apartada para ellos, lo que expresa con bastante precisión que para la clase patricia rigen módulos para la remuneración del trabajo con tierra. Como máximo, se cedieron 14 y como mínimo, 5, y entre uno y otro límite todos los valores se repitieron una vez, menos los extremos y 10, aunque nadie cedió 11.
Las parcelas cedidas como mínimo tenían 1 fanega, y como máximo 8,5. Los tamaños más característicos, y por tanto más expresivos de la jerarquía remuneradora, fueron 7 fanegas (8 pegujales), 4 (26), 3 (62) y 2 (19). Los demás tamaños bien fueron singulares (8,5; 2,5; 1,5), bien rebaja [6 (3), 1 (2)] o incremento [5 (4)] de los tipos comunes.
Por cada unidad de superficie que destinaron a pegujal los labradores dominantes dedicaron a labor 12,27 (5.356/436,5). Tomando esta pauta, se pueden deducir clases de comportamiento patricio cuando se trata de ceder pegujales.
Resultan cicateros los que sobrepasan ostensiblemente ese índice (don Luis Quintanilla, 770 fanega de labor / 27,5 fanegas de pegujales = 28; don José Rueda, 480 / 21 = 22,86). Parecen remisos a ceder tierra a cambio de trabajo según el patrón de la época. Por comparación, se pueden considerar generosos aquellos cuyo índice queda un tercio por debajo del valor tipo (don José Caro, 370 / 45 = 8,22; don Martín Nieto, 360 / 44 = 8,18; don Bartolomé Nieto, 300 / 35 = 8,57; don Cristóbal del Águila, 210 / 27 = 7,78), labradores semejantes en su comportamiento incluso por el número de pegujales que ceden.
La mayoría, como era previsible, se pliega al tipo, aunque en distinto grado. Dos mujeres (doña Antonia González, 440 / 28 = 15,71; doña Francisca Araoz, 456 / 32 = 14,25), con labores semejantes, se inclinan a restringir la cesión de espacio, para lo que recurren a módulos propios, mientras que un hombre (don Luis Cansino, 280 / 20 = 14), que también se separa por exceso del tipo, segrega un número y un tamaño de los pegujales que son compatibles con el modo más regular de pagar el trabajo.
Los más próximos al valor central (don Bartolomé de Quintanilla, 600 / 49 = 12,24; don Juan de Romera, 242 / 20 = 12,1) consiguen el resultado por distinta causa: mientras el primero porque incrementa el número de pegujales hasta el máximo, el segundo, gracias al tamaño no excedido de su labor. Los que se distancian algo por abajo (don José de Briones, 438 / 41 = 10,68; don Ignacio Laso, 480 / 47 = 10,21) alcanzan su particular equilibrio llevando cerca del límite superior el número de los pegujales que se cedían para remunerar el trabajo y jerarquizándolos con rigor, aunque su número es compatible con lo que parece el estilo más generoso.
Ninguno de los comportamientos se atiene a una correlación definida entre tamaño de la labor y superficie reservada a pegujales. No hay que excluir que se trate de distintos patrones de considerar la cantidad de trabajo demandada por cada labor. En los casos que hemos clasificado como generosos, el número de pegujales, de distribución regular, es compatible con el pago del trabajo en labores no exageradamente grandes. De ser correcto este supuesto, los del tipo apurarían las posibilidades del trabajo mientras que los cicateros las extremarían.
También entres quienes mantienen labores secundarias hay quienes crean pegujales con una parte de sus unidades de producción para pagar el trabajo que emplean. En su enunciado la fuente sigue el mismo procedimiento que en la descripción de los correspondientes a las labores dominantes, su enumeración ordenada de mayor a menor tamaño.
Ceden en total 46 pegujales que acumulan un total de 149,25 fanegas. Cuando descendemos en la escala de las labores, la correspondencia entre tamaño de la labor y cantidad de tierra segregada para pegujales se comporta de otro modo. Quien mayor cantidad de tierra segrega para pegujales (28 fanegas) es justo el responsable de la labor menor del grupo (100 fanegas), y al contrario la segunda labor de la secuencia según tamaño (144 fanegas) es la que menos tierra aparta para pegujales (13 fanegas). Además, los valores se desvían poco del valor medio de la superficie cedida (21,32 fanegas), lo que expresaría de manera aún más directa que la concesión de los pegujales se atiene a tarifas a las que recomienda atenerse el estilo propio de esta escala, definida por la relativamente corta distancia entre la labor más grande (152 fanegas) y la menor (100).
La parcela más grande que ceden es de 6 fanegas y la menor de 1, si bien la mayor parte tienen 4 (8 pegujales), 2 (11) y 3 fanegas (17). Parece que desde la remuneración del nivel superior se ha descendido un escalón: de las 7 fanegas de las labores dominantes a las 6 de las secundarias. Tendrá que relacionarse con la menor cantidad de trabajo que consume una labor de un tamaño inferior. En la alta frecuencia de los valores 3, 2 y 4 fanegas está inscrito que los responsables de estas labores aplicaron una tarifa propia para remunerar con tierra el trabajo.
Si el número de pegujales no guarda relación con el tamaño de las labores, dependería de la cantidad de personas con las que esta remuneración se haya comprometido. Quizás también con la predisposición de cada labrador a optar por esta posibilidad. Por cada unidad de superficie que se destina a pegujal se dedican a labor 6,04 (902 / 149,25), la mitad del valor correspondiente a las labores dominantes, lo que también evidencia la escala.
Los más generosos están por debajo de 5 (don Fernando Villar 100 / 28 = 3,57; Manuel Dana 130 / 29 = 4,48), que se mantienen fieles a la fórmula en cantidad y jerarquía de pegujales. De los intermedios, identificables por los índices comprendidos entre más de 5 y menos de 8, alguna labor está al límite de las grandes labores, pero las demás se ajustan a la regla, si bien alguna relación entre tamaño de la labor (125 fanegas, discreto) y número de pegujales (6, alto) puede descubrir una mayor demanda o una mayor prestación de trabajo en la labor que se remunera con tierra.
La menos desprendida (doña María Priego 144 / 13 = 11,08), en este caso está muy separada de los demás, por encima de 10. No obstante, si se tienen en cuenta las tres mujeres que actúan como labradoras secundarias, se puede pensar que pagan el trabajo en su labor con la disciplina que merece la preservación del estilo de cortijos. Son ortodoxas hasta en la escala que relaciona labor con pegujales remuneradores. La invariante femenina incluso se revela como ponderación. Deciden unos tamaños de los pegujales que parecen muy ajustados.
De los seis pegujales que cede una de ellas, doña Isabel Villar, uno, de 4 fanegas, está registrado con la advertencia de que está en lo de Colmillo. Colmillo es Juan Rodríguez, quien tiene más de un cortijo, bastante labor y muchos pegujales cedidos por razón distinta al pago del trabajo regular. Es posible que Colmillo accediera a que uno de los trabajadores para doña Isabel Villar tuviera su pegujal en lo suyo porque sus explotaciones fueran contiguas. Doña Isabel, de ser así, evitaría restar espacio a su labor (120, la penúltima del grupo por tamaño), y Colmillo, experto cedente de pegujales, en cuyas manos estaba un complejo de tierras importante, encontraría la manera de llegar a un acuerdo con doña Isabel, a quien le tocaría cargar con el costo del pegujal, cualquiera que fuera la forma de conceptuarlo.
Entre las labores autónomas igualmente las había que separaban en pequeñas parcelas una parte de sus unidades de producción para utilizarlas como medio de pago del trabajo. Cuando la superficie destinada a labor es la menor, la cesión de pegujales por trabajo se comporta de manera más errática. Justo por razón de tamaño, el tipo tiende a abrirse y dispersarse, en la misma medida que parece que nos vamos distanciando del estilo patricio.
No se descubre causalidad entre tamaño de la labor y número de pegujales cedidos. Basta recorrer el tamaño de las labores de quienes ceden 6 pegujales, el valor más reiterado, que va desde la labor mayor (76: 36 + 40) hasta una que tiene la mitad de tamaño (30) para comprobarlo. Pero la correlación entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin es bastante directa mientras el tamaño de las parcelas cedidas es el común. Los labradores autónomos ceden 113 pegujales que suman 403,5 fanegas, y el tamaño de los pegujales que ceden está comprendido entre 16 fanegas y 1.
Parece que la remuneración regular del trabajo esté en las que tienen entre 4 y 3 fanegas, que son 54 parcelas, y que tampoco quedaría muy lejos del tamaño más común, que es 2, del que se ceden 36 parcelas. Los valores 5 y 6 se referirían a remuneraciones que sin dejar de atenerse al comportamiento reglado serían algo más generosas, y el 1 es marginal.
Mientras se cumple la relación directa entre número de pegujales y cantidad de tierra cedida con este fin, podemos reconocerla como la vigencia de una fórmula remuneradora común. La cesión de dos o tres pegujales parece el patrón para el pago del trabajo remunerado imprescindible cuando alcanzamos la escala de las labores autónomas. Pero los valores más altos (de 16 a 8 fanegas), que son solo cinco, ponen sobre la pista de otra posibilidad. Aunque sean compatibles con la remuneración del trabajo, como su tamaño se separa ostensiblemente del que tiene el resto de los pegujales de una misma labor parecen consecuencia del injerto circunstancial de otras modalidades de cesión de los pegujales.
La relación entre el tamaño de la labor y la superficie cedida en pegujales es 2,65 fanegas de labor por cada una de las cedidas en pegujal (1.069,5 / 403,5), lo que expresa bien que las posibilidades de ceder pegujales está de antemano modificada por el tamaño de las unidades de producción disponibles para desarrollar de manera satisfactoria una labor. Lo paradójico es que si los hay extremadamente tacaños (Francisco Morales 56: 32 + 24 / 6 = 9,33; don Sebastián del Villar 50 / 5,5 = 9,09) o muy tacaños (Juana Pérez 38 / 6 = 6,33; doña María Parrilla 72 / 14 = 5,14) es probable que sea porque se atienen al comportamiento regular, que ceden parcelas solo a cambio de trabajo. Los que ceden en paridad, o incluso por debajo de ella, que son la mayoría, es más probable que sean los que no excluyen ceder por razones distintas al trabajo.
Entre ellos, hay casos de una disciplina en exceso rigurosa: mitad de la tierra para la labor propia y la otra mitad para pegujales. Tan equitativo reparto de la tierra autoriza a pensar que la decisión obligaría a una estimación anormalmente precisa de la cantidad de trabajo necesaria. Pero no se opondría al comportamiento ortodoxo.
Con uno de los pegujales de José Álvarez Miserias ocurre algo similar a lo que hemos visto en el caso de doña Isabel Villar. De los seis que cede, uno está en lo del Campero. Aunque esto pudo dar origen a una relación peculiar entre labradores, tampoco modificaría la finalidad remuneradora del pegujal.
Otros casos, que simultanean un número relativamente alto de pegujales (cinco jerarquizados) con una labor corta (40 fanegas), se podrían explicar como cesiones por trabajo, a pesar del tamaño de su labor, si se toma en consideración que el demandado para la labor pudiera realizarse como tiempo y como prestación.
Del cortijo de Sebastián el Miñano (labor 50 fanegas, parcelas regulares), que podría estar relacionado con el cortijo de la Miñana (ver después), se podría pensar que los pegujales podrían estar cedidos a cambio de trabajo en la labor que podía alternar con el trabajo en el pegujal.
A veces el pegujal mayor (16 fanegas, muy por encima de los demás) puede parecer una ampliación de la labor propia, si fuera concertada con un socio parcial; o que se trabaja a cambio de actividad según el modelo anterior, mientras el resto son pegujales comunes remuneradores de trabajo.
Hay situaciones –labor de 56 fanegas, 3 pegujales de 2 fanegas cada uno– que permiten sospechar relaciones biunívocas, intercambio de trabajo entre la labor y los pegujales. Los pegujales se recibirían a cambio de trabajo en la labor, y la labor, a su vez, puede prestar algunos servicios en los pegujales. En una situación semejante (labor de 38 fanegas, dos pegujales de 3 fanegas cada uno), dentro de la modalidad en las dimensiones más modestas, pudo ser el factor femenino, tal como corresponde al caso, el refractor o mediador favorable al intercambio mutuo. Algo parecido se podría decir de las islas de Azanaque (labor 24; pegujales [2], 4/4), que están en un sitio muy peculiar.
Aunque de una labor de 30 fanegas con 6 pegujales, de 10, 4, 3, 6, 4 y 6 fanegas, se puede pensar, a causa del tamaño de la labor, bajo, y el de los pegujales, algunos altos, que se trata de remuneración del trabajo (siempre que se acepte que la prestación de trabajo consistiera en compartir el tiempo laboral de quienes reciben el pegujal entre su parcela y la labor), se recae en la sospecha de cesión de otro tipo por ruptura de la jerarquía. En la sospecha de asociación de labores con pegujales cedidos por causa distinta al trabajo se puede persistir solo por el enunciado de las parcelas, a un tiempo de dimensiones parecidas y no jerarquizadas (labor 36; 6 pegujales de 3/2/3/3/4/3). Y hay casos sobre los que definitivamente se puede pensar que quizás incluyan alguna cesión de otra clase solo por cómo se enuncian los pegujales, que no se atienen a jerarquía.
La tendencia a la hibridación permitiría clasificar algunos de estos casos en otras modalidades de cesión. Si finalmente hemos decidido mantenerlos en este lugar ha sido porque en casi todos parece prevalente la cesión por trabajo. El espectro de labradores autónomos según su propensión a ceder tierra para pegujales es de todas maneras más abierto. Marcar las distancias debió quedar en manos de las posibilidades de simultanear las cesiones de parcelas por trabajo con las aconsejadas por otras relaciones.
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