Las relaciones laborales
Publicado: octubre 18, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: trabajo, agrario Deja un comentarioRedacción
Quienes poseían las explotaciones mayores, tanto en extensión como en orden, para adquirir el trabajo que necesitaban sus empresas a lo largo del año comprometían una gama restringida de relaciones, si bien, para referirse a ellas, recurrían a un lenguaje que oscilaba. Había quien discriminaba entre trabajadores fijos, temporeros y jornaleros, mientras que un hombre que explotaba al mismo tiempo un cortijo y una dehesa se servía, por una parte, de los que llamaba los criados mayores de la labor, y por otra, entre otros, de temporiles y pastores. Pero en buena parte de los cortijos, a quienes trabajaban en ellos de manera estable preferían denominarlos sirvientes, al tiempo que otros los llamaban genéricamente temporiles.
Tan distintas maneras de expresarse no ayudan a reconstruir las redes de nexos que tejieran. Sin embargo, no son un obstáculo que impida definir sus modalidades. Todas las formas de adquirir el trabajo ajeno que necesitaban las empresas de cereal, tal como las ponen al descubierto los casos que hemos coleccionado para 1750, es posible reducirlas a tres. En el lado de quienes vendían el trabajo, las personificaban sirvientes, temporiles y jornaleros, denominaciones que en lo fundamental hacen referencia al tiempo durante el que se mantenían los respectivos vínculos con el comprador.
Tomando como referencia el nombre del tipo, se puede conjeturar que en los sirvientes, estuvieran o no sujetos a la servidumbre de derecho, o sus afectados actuaran o no como siervos, sobreviviría de algún modo la forma servil de transferencia del trabajo. Incluiría un compromiso personal con el amo o dueño de la labor que los haría dependientes de él. El vínculo sería anterior a la organización de las labores y se prolongaría más allá del tiempo del que aquellos hombres pudieran disponer de su trabajo con autonomía, o de la relación que con el amo acordaran para cada actividad, tanto que comprometería su capacidad para decidir incluso más allá de las obligaciones laborales.
La palabra criado, empleada esporádicamente para referirse a quienes trabajaban para una explotación de manera estable, podría indicar alguno de los rasgos de la subordinación derivada de aquel vínculo, por lo que contiene todavía de obligación de mantener a quien está sujeto a la autoridad de un señor. De la conciencia que esta situación pudiera crear, más allá de las suposiciones, se pueden leer explícitas declaraciones contemporáneas, como la que decía que servir a un amo era acomodarse a un miserable estado.
A los sirvientes se confiaban las actividades permanentes, permanentes en la medida en que afectaban a todo el ciclo anual. Aunque no todas las de esta clase se resolvían con sirvientes, siempre que se disponía de sirvientes quedaban comprometidos en trabajos de esta duración. Así, por ejemplo, en una labor de mil fanegas al tercio (sementera, barbecho y descanso) se califican como sirvientes los quince hombres que era necesario contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era: un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno que se empleaba en la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, así como diez gañanes, que trabajaban en el arado.
El examen de otros casos descubre otros matices de la relación. En uno, a la vez que se identifican como sirvientes del cortijo el aperador, el mayordomo de campo, el casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo y su zagal, también son reunidos bajo la misma etiqueta algún temporil [sic] y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario. Las dos últimas menciones crean confusión porque uno de los términos que nos proponemos esclarecer, temporil, contamina al de sirviente.
A veces, para distinguir entre el personal estable en la explotación, como sinónimo de radicado en ella, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a todos los cuales también se refieren los contratantes como servicio de labor, lo que también crea confusión, en la que medida que puede interpretarse que ganadero no es sirviente de un cortijo aunque sí servicio de la labor. Además, que los sirvientes sean radicados tampoco significa que su número permanezca inalterable a lo largo del año. En alguna ocasión explícitamente se dice que estos suelen aumentar y disminuir.
A los temporiles de los cortijos nuestras fuentes, cuando se expresan genéricamente, se refieren como trabajadores para las faenas de por tiempos. El ciclo completo de las actividades estacionales, que eran siembra, barbechos, escarda y recolección, solía dividirse en dos temporadas, la primera, desde el uno de octubre hasta el treinta de abril; la segunda, desde primero de mayo hasta terminar septiembre. La mayor parte de las grades explotaciones declaraban su necesidad de temporiles. Para anudar el vínculo era condición necesaria completar una parte o todas las actividades del año, y había temporiles que podían ser demandados para dedicarlos a las agrícolas o al cuidado de la cabaña durante todo el ciclo.
Temporiles a tiempo completo eran el aperador, el casero, el guarda, los pastores, el yegüerizo y el arriero, y también había mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas. Pero a mediados del siglo décimo octavo la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible. Cada compromiso podía abarcar una de las dos temporadas, e incluso una parte de cualquiera de ellas. Así, los trabajadores del campo que poseían patrimonio de labor. A veces se les llama temporeros, expresamente trabajadores a tiempo parcial que tenían su propia yunta y eran empleados por los labradores cuando necesitaban arada para sus tierras. Una duración de esta versión del vínculo en 1750 la pone al descubierto una explotación intermedia. Una viuda que tenía en arrendamiento una haza de tierra calma de setenta y dos fanegas, y que solo poseía cuatro arados reveceros, para labrar estas tierras, según declaró, necesitaba gañanes para la sementera, lo que puede interpretarse como un recurso tanto para la siembra como para los barbechos.
Otras duraciones están más definidas en los testimonios. En un cortijo que se componía de dos hojas de tierra, una de trescientas setenta y dos fanegas y la otra de trescientas sesenta, y para cuyas labores se mantenían diez arados, se contrataban aperador y sembrador solo para los cuatro meses de siembra y barbechos que su dueño tenía calculados. Para otro cortijo que tenía el mismo labrador, con cien fanegas de tierra poco más o menos, y otras sesenta y ocho en diecisiete suertes de tierra, de cuatro aranzadas [sic] cada una, repetía el plan de contratos: diez arados, aperador y sembrador para dos meses de siembra. Así pues, este labrador contrataba a un aperador por cuatro meses para dos faenas y otro por dos meses para otra, cuando aquella responsabilidad, para una empresa con el tamaño que declara, solía ser permanente.
También había quienes contrataban por temporadas que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica. Tal podía ocurrir con los zagales, y en general con todos los trabajadores que ocupaban el último escalón de las dedicaciones ganaderas.
Parece por tanto que en el lenguaje del momento temporil era el trabajo asalariado estable, un recurso de tamaño bastante circunstancial, independientemente de su duración. Con aquella denominación, quienes se atenían a esta relación evocaban que para ellos se trataba de un vínculo derivado del tiempo de su vida que estaban dispuestos a poner en venta. Evaluando el que a cada trabajo dedicaban, deducirían la renta que en casa caso deseaban o podían adquirir. Encarnarían por tanto una modalidad autónoma de prestación de trabajo, sujeta a un vínculo o contrato ajeno a la dependencia personal.
En la denominación regional, a quienes personificaban el trabajo asalariado episódico se les aplicaban denominaciones como bracero o jornalero, aunque cuando se expresaban sus protagonistas preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo. Muchos de ellos especificaban que su dedicación no partía de exigencias previas, que vivían dispuestos a emplearse a todo tráfico.
El trabajo asalariado episódico se contrataba cuando era necesario disponer del trabajo en cantidades masivas, solo para ciertas faenas y por tiempo limitado, tanto que podía reducirse al día, la unidad de tiempo que regía las duraciones de todos los vínculos laborales entonces. Podía emplearse para cualquiera de las faenas marcadas por el calendario de cultivo que imponían el recurso a un aporte en masa de la energía humana. Para la siembra, se identifican los gañanes y los sembradores, y para los barbechos, los primeros. Para la escarda, a la gente que trae arrancando o escardadores, y para la recolección a su tres tipos característicos, los segadores, los gavilleros y la gente de era. Cualquiera de ellos, a decir de los contemporáneos, vivía de los grandes y pequeños labradores, trabajaba bajo la dirección de un capataz y cobraba su jornal el día que lo llamaban.
El trabajo asalariado episódico no plantea dudas. Era complementario de cualquiera de las actividades y bastaba contratarlo por días cuando era necesario. No necesitaba más vínculo que el salario. Distinto es lo que los testimonios informan sobre sirvientes y temporiles, cuyas diferencias no están claras. Es necesario resolverlas.
El tipo de trabajo de cada uno se muestra poco útil a la distinción. Es verdad que las especialidades asociadas a la recolección son patrimonio exclusivo del trabajo asalariado episódico. Pero los trabajos ganaderos tanto pueden ser de sirvientes como de temporiles, y todos los demás pueden sujetarse a cualquiera de las tres fórmulas.
Si tomamos como criterio la duración del vínculo, el tiempo del sirviente, solo por su denominación aparenta ser superior al ciclo agropecuario anual. Aunque es verdad que a los sirvientes se confiaban las actividades que abarcaban todo el ciclo anual. Sirvientes eran los hombres a los que había que contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era. Sin embargo, también los sirvientes solían aumentar y disminuir a lo largo del año. Luego bajo la condición de sirviente también se acogería una modalidad de relación que no sobrevivía en el tiempo más allá del desempeño de las actividades para las que eran tomados los servicios.
Y al mismo tiempo ocurría que no en todos los casos todas las actividades permanentes se resolvían con sirvientes. También con temporiles se podían completar todas a una parte de las actividades del año si eran ordenadas como faenas estacionales. Cada compromiso podía abarcar una o las dos. La diferencia parece que es que también la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible, solo para los cuatro meses de siembra y barbechos o solo para dos meses de siembra. Incluso había quienes contrataban temporiles por tiempos que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica.
Quizás un criterio diferenciador más activo pudo ser la residencia. Como a veces, para distinguir entre el personal radicado en la explotación, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a quienes también se refieren los contratantes como servicio de labor. Estas afirmaciones parecen suponer que el vínculo sirviente es más probable que radicara en el cortijo. Pero como los ganaderos también pueden ser temporiles, no parece que pueda oponerse sirviente radicado a temporil transeúnte.
También muestra que la diferencia entre sirviente y temporil era por razón de residencia no estaba marcada que el personal que reside de manera estable en la explotación sea de dos clases compatibles, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, y que ambos sean reunidos bajo el concepto único de servicio de labor. Aun siendo servicio, el ganadero no sería sirviente. Sería servicio porque reside de manera estable en el cortijo.
Tampoco la categoría laboral es bastante para marcar las diferencias, aunque sus posibilidades son las mayores. Son sirvientes el mayordomo de campo, el capataz o aperador, el pensador, el ayudador o casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo, los zagales, así como los gañanes que trabajaban en el arado. Pero a veces eran temporiles, entre otros, el aperador, el casero, el sembrador, el guarda, los pastores, el yegüerizo, el arriero, los zagales y demás personal ganadero subordinado a rabadanes y pastores, así como los mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas o los que eran referidos simplemente como arados que se contrataban. Además, redunda que en que la línea que separaba a sirvientes de temporiles era franqueable que se identifiquen como sirvientes algún temporil y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario.
Todo parece indicar que las condiciones de sirviente y temporil eran intercambiables. Cualquiera de ellos era trabajador del campo a todo tráfico y se vincula según oportunidades. Los que oscilan entre sirvientes y temporiles probablemente tienen como condición necesaria, para ganar un vínculo más duradero, la posesión de ganado de labor. La situación intermedia, entre el asalariado temporal y el asalariado episódico, que personifica un grupo muy estimable, el de los trabajadores del campo que poseían patrimonio ganadero de labor, puede contener una parte nada despreciable de la explicación. Eran contratados para la sementera en sentido amplio, es decir, siembra y barbechos. Que sean explícitamente gañanes pone en guardia sobre el uso de este término, que se documenta en buen número de casos. Bajo esta denominación podía ocultarse la masa de temporiles que eran contratada para completar las necesidades de energía de las labores. No es irrelevante que una parte de una labor que contrataba diez arados fueran sesenta y ocho fanegas en diecisiete suertes de tierra de cuatro aranzadas cada una. Completa esta posibilidad que los gañanes pudieran ser contratados también como trabajadores asalariados episódicos. Hasta podían ser trabajadores temporales episódicos los gañanes contratados la siembra y los barbechos, los primeros.
Quizás todo pueda reducirse a que en buena parte de los cortijos sus amos, a quienes trabajaran para ellos durante más tiempo prefirieran sujetarlos a la condición de sirviente, que se referiría a las obligaciones del vínculo, servir, y no a la posición en las relaciones ni a su duración, ni siquiera a la remuneración del trabajo. Al mismo tiempo, habría labradores que decidirían obtener el trabajo que necesitaran contratando a temporiles. Mientras que para aquella relación la posición que se impone sería la del amo o señor de la labor, en el caso de los temporiles su relación con el labrador la decidirían las condiciones salariales convenidas.
Lo que va de auténtico a veraz
Publicado: octubre 17, 2022 Archivado en: Marino Allende | Tags: documentos Deja un comentarioMarino Allende
Cuatro documentos, correspondientes a plena segunda mitad del siglo quince, referidos a un lugar llamado Facanías, entonces población de un condado al sudoeste de la península y frontero con Portugal, el condado de Niebla, relatan unos hechos que permiten ensayar, con las mismas invariantes que si dispusiéramos de los compuestos para un ensayo, los reactivos que los más previsores ponían a punto con el fin de adquirir derechos. Te propongo que los tomemos como referentes para averiguar los hilos que se mueven en tales casos.
Quizás pienses que a desentrañar la complejidad del problema nada puede contribuir la insignificancia de una aldea. Estoy convencido de lo contrario. Desde hace tiempo trabajo persuadido de que las dimensiones no alteran la esencia, y que cuando se observan fenómenos a escala es posible neutralizar la interferencia de piezas que en las situaciones más complejas impiden que se concentre la atención en el comportamiento de los factores decisivos. Así procede desde hace siglos, con indudable éxito, la hermana mayor de la narrativa, de la que el relato historiográfico es solo su descendiente más ingenuo. Es muy probable que no podamos más especular con unas y con otras posibilidades. Es inevitable cuando se trata de textos administrativos lejanos, distantes también por su laconismo, que se interponen en nuestros deseos de saber. Pero yo no tengo el menor inconveniente en emplearme de esa manera. Nada más que corremos el riesgo del error, de los errores reiterados, que siempre me han parecido preferibles a permanecer en silencio.
Tan singular concentración de testimonios, tratándose de una población mínima, puede parecer la consecuencia del azar que decide sobre la conservación de los documentos. De sus contenidos, y de las líneas ininterrumpidas de las dos tradiciones que se han esforzado por que sobrevivan, se deduce que los hechos reflejados en ellos es muy probable que ya fueran considerados por sus protagonistas, tanto los de la primera como los de las sucesivas generaciones, si no decisivos desde aquel punto de vista, avisos para navegantes.
A una de las tradiciones la podemos denominar condal porque tiene su origen en la parte del archivo del señor de Facanías que se conserva en Sanlúcar de Barrameda. Culminó en 2006 con un admirable trabajo de Ana María Anasagasti y Laureano Rodríguez, quienes editaron todos los documentos de la baja edad media relacionados con aquel condado de los que tenían referencia. A su esfuerzo tendremos que estar siempre agradecidos, y de ellos todos los que nos interesemos por sus contenidos seremos deudores durante bastante tiempo.
Parte de la copia, hecha en Sanlúcar de Barrameda el 7 de enero de 1570 por un tal Alonso de Cabañas, secretario de la cancillería señorial, de un documento que confirma derechos a favor del municipio de Valverde del Camino, provincia de Huelva; asimismo fechada en Sanlúcar de Barrameda casi cincuenta años antes, el 6 de enero de 1526. Se puede conjeturar, a partir de lo que describen sus editores, que allí tal vez se conserve como un cuaderno en papel, con más de ocho folios, escrito en letra procesal encadenada.
De su contenido, Anasagasti y Rodríguez se limitan a transcribir, ajustándose a los límites cronológicos que impusieron a su trabajo, el documento de 20 de enero de 1493, que a su vez incluye: a) uno de 28 de noviembre de 1480 que contiene el de 10 de febrero de 1479; b) otro de 27 de febrero de 1481 que inserta el de 29 de noviembre de 1480; c) el anterior a 24 de enero de 1492; y d) el de 24 de enero de 1492. Mientras que los dos últimos documentos están referidos a Valverde del Camino, los que alcanzan hasta 1481 son los cuatro que corresponden a Facanías, en los que por su alcance hemos decidido concentrar nuestro interés.
La otra tradición, a la que parece adecuado llamar local, la ha completado rigurosamente en 2022 Juan Carlos Castilla. Tiene su origen en un códice de ocho folios de pergamino, con el íncipit y la primera inicial adornados e iluminados, escrito con una letra anacrónica, que se conserva en el archivo municipal de Valverde. Contiene otra copia del mismo reconocimiento de los derechos que el 6 de enero de 1525 [sic] su señor había confirmado a Valverde y que también certifica Alonso de Cabañas el 27 [sic] de enero de 1570 en Sanlúcar de Barrameda.
La copia inserta primero su solicitud por el concejo de Valverde, sin fecha, aunque anterior y próxima al 27 de enero de 1570, que la justifica porque debe valerse de ella cuando ya su original se ha deteriorado. A continuación, reproduce todo el cuerpo documental solicitado, que es el que se contiene en el documento de 20 de enero de 1493, y que por tanto también incluye: a) el documento de 28 de noviembre de 1480 que a su vez inserta el de 10 febrero 1469 [sic]; b) el de 27 de febrero de 1481 que a su vez incorpora el de 29 de noviembre de 1480; c) el anterior a 24 enero 1492; y d) el de 24 enero 1492. Por último, copia la carta de 6 enero 1525 [sic] que confirma el documento precedente con todos sus insertos.
Como puedes comprobar, las fechas de las copias que dan origen a las dos ramas de la tradición difieren en veintes días, aunque ambas se identifican como efectuadas en Sanlúcar de Barrameda y certificadas por el mismo secretario. Con los datos que proporcionan las ediciones, se puede creer que tal vez ocurriera que la copia condal, formalmente concluida el 7 de enero de 1570, actuara como arquetipo a partir del cual se hizo la solicitada por el concejo de Valverde, al que le sería entregada veinte días después. Sin embargo, nada lo demuestra, y por tanto positivamente solo podemos admitir que se trata de dos copias diferentes, en cuyo caso, dada la alta concordancia entre ellas, el arquetipo sería una tercera pieza de la que no tenemos noticia.
Su autor tendría a la vista los originales, una parte de los cuales está descrita por los documentos posteriores. El primero fue una carta escrita en papel. Recibido por las instituciones que rigieran el lugar de Facanías, pasado algún tiempo le comunicaron a su señor que había empezado a rasgarse. Para contener el peligro que por esta causa amenazaba la verificación de los derechos que regulaba, el municipio le había pedido que la expidiera en pergamino, y ese fue el origen diplomático del segundo acto documental, el consumado el 28 de noviembre de 1480.
La iniciativa tendría la consecuencia deseada. El tercer documento, cuyo original fue fechado el día siguiente, 29 de noviembre de 1480, alude al suscrito el día anterior como un privilegio del señor escrito en pergamino de cuero y firmado de su nombre y sellado con su sello pendiente de cintas de seda a colores y refrendado de Juan de Écija, su secretario. Lo mismo ocurre con el documento de 29 de febrero de 1481, el cuarto de los que concentran nuestra atención. Su continente se refiere a él como un privilegio con sello pendiente en cintas de seda verde y custodiado en una caja de madera.
Caben pues pocas dudas sobre que las dos tradiciones, por lo que se refiere a los cuatro documentos de Facanías, descienden de los mismos originales, aunque a veces ciertas diferencias de lección planteen algunas dudas, nada serio, excepto la fecha del primer documento, que las separa radicalmente; una sorprendente anomalía, mucho más si tenemos en cuenta, no ya la posibilidad del arquetipo, sino la precisión en la que concuerdan las copias cuando describen los originales a los que se remiten. En la copia local se lee que fue suscrito el 10 de febrero de 1469, mientras que los que siguen la del archivo señorial leen siempre 10 de febrero de 1479.
Es indudable que en alguna de las copias, al escribir el año, alguien cometió un error. De no disponer de otro indicio, sería lo bastante explicativo el error por sustitución, uno de los que se suelen clasificar como triviales, convincente por sí mismo. Quien maneja manuscritos que expresan las cifras con palabras seguro que en más de una ocasión incurre en el error de leer sesenta por setenta y viceversa.
Bastaría como explicación. Pero, aunque fuera acertada, no resuelve la disparidad. No inclina la balanza hacia ninguno de los dos lados, y por tanto no podemos tomar ninguna decisión sobre la fecha correcta del documento, ni por tanto disponer de una referencia cierta a partir de la cual hacer los cálculos de tiempo transcurrido entre los hechos retenidos por los documentos.
Tenemos que seguir especulando. Por lo que dicen las copias publicadas, el origen del error, con más probabilidad, pudo ser el traslado del documento de 10 de febrero escrito en papel al primer soporte en pergamino, el efectuado el 28 de noviembre de 1480. Parece una explicación suficiente teniendo en cuenta que la versión original, en papel, a pesar de su deterioro, es muy probable que se conservara en Facanías. Es más. Todo indica, por las respectivas descripciones de 28 de noviembre de 1480, que el original con todas las formalidades debió conservarse allí, porque allí fue donde fundó derecho y desde allí se solicitó su versión a un soporte más duradero. El responsable de su puesta por escrito, Juan de Écija, también secretario del señor, que circunstancialmente la ejecutó en Trigueros, o más probablemente quienes escribieran bajo sus órdenes, pudieron incurrir en el error de lección o de copia al registrar el documento, fuente a partir de la cual tendría que expedir la cancillería del señor las posteriores copias. El error pudo perpetuarse en los sucesivos momentos de la tradición (las copias de 1526 y 1570) que partiera de archivo señorial. Pero no llegaría a contaminar la local, porque Valverde, ya en 1525, y también en 1570, habría concurrido con sus originales a la cancillería del señor para que le certificaran sus derechos, y en ella nadie habría reparado en el error, en ninguno de los dos momentos. En ese caso, la veracidad correspondería a 1469; si bien, aunque tanta suposición estuviera bien argumentada, tendríamos que reconocer que tampoco la convivencia con el original excluye el error, y que por lo tanto, por lo que respecta a la veracidad, los términos deban invertirse; con lo que volveríamos al principio.
Si seguimos recapacitando, y nos limitamos a lo que realmente queda a nuestro alcance, que es el par de ediciones de las copias de 1570, solo estamos legitimados para afirmar que el responsable del error solo pudo ser el autor material de una de ellas. De haber tenido su origen en la local, solemne e iluminada, destinada a preservar derechos, habría que atribuirlo al copista de la conservada en el archivo de Valverde. De lo contrario, habría que atribuírselo al que puso por escrito el ejemplar que se conserva en el archivo señorial.
En cualquier de los dos casos, el azar, el error inadvertido, pudieron ser los responsables de la consecuencia. Pero si, aconsejados por el hecho de que el error se concentra en la fecha, probamos a excluir el azar de nuestras conjeturas, lo más convincente sería aceptar que la diferencia de año pudiera estar relacionada con la fundación de derechos, algo que nunca conviene perder de vista cuando se trabaja a partir de documentos, que son instrumentos y que por tanto, cuando cuentan con todos los requisitos exigidos por la ley, tienen valor probatorio. Los casos de su manipulación eran demasiado frecuentes cuando durante la época moderna las partes los presentaban ante los tribunales como testimonios.
En pleno siglo dieciséis, el municipio que ya entonces era conocido con el topónimo Valverde del Camino, y que a fines del siglo quince heredaría los atributos institucionales de Facanías, decidió utilizar los tribunales para competir por el aprovechamiento de tierras baldías del condado de Niebla en las condiciones más favorables, un derecho cuyo origen pudo estar en lo que concediera el señor aquel 10 de febrero del documento en cuestión. Uno de los pleitos que emprendiera, iniciado en 1553, el primero relevante de los de la larga serie que provocó la competencia por tales tierras, se prolongó hasta 1586.
Durante la época moderna fue un recurso forense habitual presentar como prueba ante los tribunales la posesión inmemorial, una de las más sorprendentes inconsecuencias a las que ahora, quien vuelve sobre ellas, tiene que enfrentarse cuando lee sus expedientes; primero sorprendido, luego escandalizado. (Que fuera una institución proveniente del derecho romano no la hace más convincente; antes, la condena con más razón a la barbarie.)
Para demostrar que un uso permanecía inalterado desde un tiempo anterior indefinido, bastaba presentar ante un tribunal pruebas de que no había memoria en sentido contrario. Aportar pruebas de este tipo mediante testigos, como seguro has pensado ya, era tan fácil como permanecer en silencio y a la vez parecer sabio, según enseña el proverbio. Ningún compareciente, por muy comprometida que fuera la situación, mentía expresamente si afirmaba que carecía de memoria sobre un uso en sentido contrario; en realidad, nada que pueda sorprender cuando se trata de prestar testimonio ante un juez, ante quien tantas veces la memoria de los comparecientes se queda en blanco. El absurdo se alcanzaba cuando en el tribunal podía prevalecer como demostración la falta de demostración positiva.
En los pleitos como el que hemos referido todo valdría en nombre del acceso al dominio sobre los bienes. El premio que a cambio del sofisma se obtenía era suculento, la prescripción adquisitiva. Gracias a las pruebas a favor de la posesión inmemorial, si se demostraba que esta se había mantenido de manera continuada durante cierto tiempo, se podía acceder, por prescripción, a la posesión del bien que se tratara.
Siempre he tenido la impresión, íntegro Damas, que pleitos como aquel, promovidos y sostenidos durante años tan difíciles, por municipios con escasísima capacidad para decidir, de nula representatividad, intervenidos por una autocracia, tuvieron la intención de darle al órgano de gobierno de sus poblaciones la apariencia de algún contenido político. Si llegáramos a saber que en alguna medida lo consiguieron, tendríamos que detener nuestro análisis en este lugar y dedicarle toda nuestra atención, para la que los cuatro documentos no serían más que una pantalla que nos ocultaría el fondo de las intenciones. Estaríamos en la obligación de desentrañar lo que a esta clase de iniciativas puede corresponder como muro de contención de las tensiones públicas que en las comunidades rurales conducían al estado prerrevolucionario.
Si en el pleito al que hemos hecho referencia se tratara de reivindicar la posesión inmemorial de cien años, para que a cambio se obtuviera la prescripción adquisitiva del derecho que se estuviera dirimiendo en 1570, año de nuestras dos copias inmediatas, tan próximas en el tiempo como opuestas judicialmente si fueran instrumentos relacionados con la querella, sería suficiente con partir de 1469 como origen del ejercicio continuado del mismo derecho. Sin embargo, no habría lugar a la inmemorial de cien años si el de la fecha del documento de 10 de febrero fuera 1479. El municipio heredero de aquellas concesiones, que en 1570 era Valverde del Camino, pudo forzar la lección sesenta donde estaba escrito setenta, y el encargo de su copia solemne e iluminada ser su ejecutor moral o material.
Me replicarás, seguro, que también ahora podríamos argumentar en el sentido contrario; que la otra parte no estuviera dispuesta a reconocer ante los tribunales la inmemorial de cien años, y que Alonso de Cabañas, en este caso, fuera el encargado de perpetrar el fraude en la cancillería señorial. Tienes razón. Pero tendrás que reconocer también, puestos a ramificar con dúplicas las posibilidades, que aunque cualquiera de las dos copias pudo ser contaminada justo en este lugar a consecuencia de un tema tan sensible a las disputas forenses, dado que de derivarse alguna consecuencia de la demostración de la inmemorial de cien años sería positiva para Valverde, y nada positivo obtendría a cambio la administración señorial, salvo que las cosas permanecieran como estaban, es más probable la innovación a iniciativa local.
Y aún hay más. Seguro que también has observado ya que los editores de la copia condal a los que seguimos, aunque no se interesan por los documentos de época moderna, sí dejan claro que el último documento que contiene el que presumimos cuaderno que toman como fuente para su edición, que es la confirmación precedente de todo lo anterior, está fechado 6 de enero de 1526, mientras que en la copia local la fecha es 6 enero 1525, justo un año, la misma diferencia que hay en las dataciones del primero documento y con el mismo signo. Esto ya cuesta considerarlo un error inadvertido. Redunda en la posibilidad de se trate de una innovación intencionada.
De campesino a monje y viceversa
Publicado: junio 30, 2022 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Isidoro Martín, atrapado por la fortuna en el mismo lugar donde había nacido, poseía cuatro vacas de vientre, un novillo de cuatro años, otro de dos, dos yugos, tres rejas, dos teleras y un arado aperado, más un pegujal de seis fanegas de superficie sembrado de trigo, otro de solo una sembrado con cebada y otro más, también de una fanega, con habas. De su descripción, tanto como de sus circunstancias, se deduce que era el patrimonio que había conseguido retener después de un número indeterminado de años dedicados a progresar como campesino.
No era mucho. Solo del ganado y de los aperos podía disponer como bienes propios, porque el dominio sobre los pegujales era transitorio, limitado al ciclo anual que llevaba hasta la maduración de cualquiera de los cultivos que hubiera decidido, una vez arrendados a cambio de los costos más altos, unos pagaderos en dinero, otros en servicios. Ninguna posesión actual de tierra bajo aquellas condiciones la aseguraba para el futuro.
El 22 de mayo de 1749 decidió darle un giro definitivo a su vida. Donó al monasterio de San Jerónimo, a las afueras del lugar del que era vecino, todos los bienes que tenía; con ciertas condiciones: que los monjes lo sustentaran, lo vistieran y lo calzaran durante el resto de sus días, le concedieran el hábito de donado del monasterio y lo enterrasen en su templo con el rito que obligaba a que asistieran a las exequias todos los monjes de la casa, para que en su transcurso rezaran los mismos sufragios de los que sería acreedor cualquiera de ellos si falleciera.
Vivir bajo la disciplina monástica no era una gran exigencia, y a la condición de donado, que obligaba a servir a los profesos –los monjes que disfrutaban de la plenitud de los derechos que proporcionaba el voto definitivo–, se podía acceder sin ningún requisito previo, salvo el de sexo. Las exequias que proponía, incluso concediendo que fueran las más solemnes que la regla tuviera previstas, eran, tal como el propio demandante declara, las regulares de la casa.
Los monjes, apenas media docena en aquel momento, estuvieron de acuerdo con todo. El monasterio no vivía sus mejores tiempos, lo que no impidió que se mostraran moderadamente dignos, lo suficiente como para dejar constancia de que ellos eran la otra parte de una transacción. Isidoro Martín les había propuesto también que le dieran, para redondear su donación, cuatro ducados al año para sus necesidades, unos modestos cuarenta y cuatro reales. Los monjes solo se avinieron a darle tres ducados para que los empleara en sus religiosas necesidades, lo que aquel finalmente decidió aceptar.
Desde la segunda mitad del siglo décimo octavo, se lamentaban los primeros liberales, los que luego aprovecharían la debacle del estado desencadenada por la ocupación francesa, de la absurda inflación del clero regular, que ofrecía a los más desvergonzados la oportunidad de una indigna emancipación del trabajo; con la consiguiente lamentable e injustificable pérdida de fuerza laboral, germen del beneficio nutritivo.
No sabemos la edad de Isidoro Martín, pero sí se puede presumir próximo su final, dadas sus preocupaciones funerarias. Tampoco consta que hubiera experimentado algún estado civil distinto al natural, pero sí que era completamente analfabeto. Sin acceso a la tierra garantizado, con un patrimonio exiguo cuyo único destino posible era el trabajo en el campo, su porvenir, como el de quienes llegaran a la última fase de su vida en iguales condiciones, no era muy prometedor. Si su capacidad para el trabajo ya declinaba, no le quedaban muchas posibilidades para sobrevivir en un estado semejante al que en el bajo imperio romano indujo a encomendarse a muchos de los que vivían el declive de sus instituciones.
Los monjes, a consecuencia del pacto, se verían obligados a ser campesinos, al menos hasta que terminara la recolección de los pegujales; o tal vez Isidoro Martín, ya asistido por el monasterio, pudo convertirse en el parsimonioso hermano donado que se ocupaba de los pegujales de la casa, mientras esperaba reconfortado su final. Cualquiera de las dos situaciones, de ninguna de las cuales podríamos decir que fuera deshonesta sin arriesgar un juicio poco compasivo, sería algo bastante alejado del prejuicio de aquellos críticos contemporáneos.
La viuda de Cantor
Publicado: junio 29, 2022 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Cantor, durante años, había preparado a su hijo para la lucha olímpica, en la que antes que naciera habían vencido su abuelo materno y los dos hijos de este, sus tíos. En su casa habilitó todas las dependencias, unas para el descanso, otras para el esfuerzo; aquellas para el aseo, estas como despensa viva al servicio de la dieta adecuada a una complexión atlética, todas ateniéndose a la misma idea. En el corral instaló pesas y tensores, un fardo inerte y compacto pendiente de una cadena, una gruesa cuerda sin nudos que bajaba desde la rama más vigorosa del limonero, y cavó una hoya para que en un estanque, alimentado con el agua del pozo, cupiera un cuerpo tendido.
Antes de que el sol saliera, lo levantaba. Le obligaba a tomar un baño frío aun en invierno y lo sometía a la primera ingestión de zumos, fibra y proteínas. Las comidas de las mañanas eran pródigas en berenjenas y aceitunas negras, las carnes las dosificaba en fracciones a lo largo de la jornada.
En el pupilo el hambre se mezclaba con el deseo de ingerir alimentos prohibidos, con los que soñaba. Sonámbulo llegaba hasta la puerta de la alacena de la matanza, asegurada con llaves y travesaños. Volvía de vacío al lecho y se tendía boca abajo, y en sueños volaba.
Murió el padre. Algunos creyeron que había sido víctima del afán de emulación que había descargado sobre el hijo. Hubo quien pensó que una maldición le había sobrevenido, tal vez un accidente frente al que no pudo reaccionar. Su prestamista fue quien más lo lamentó, a sabiendas de que le había denegado su último requerimiento.
La viuda no soportó que por aquella causa las aspiraciones al matrimonio de su único varón quedaran insatisfechas. Su pundonor la fortalecía. Lo puso a punto para el siguiente certamen gimnástico conmemorativo del primero de los dioses. A él concurrieron completando el trayecto en jornadas que el púgil hacía a pie, la madre a su lado en una caballería de carga.
Ya en la ciudad, supo que los entrenadores debían acompañar a los contendientes antes de que comparecieran en público, durante la pelea y después de que hubieran abandonado la palestra, con el fin de auxiliar al pupilo y darle aliento. Pero la presencia de las mujeres en las competiciones olímpicas estaba severamente castigada, tanto que si eran descubiertas las precipitaban a un desfiladero erizado de rocas.
A sabiendas del peligro al que se exponía, la viuda se vistió como los entrenadores. Camuflando su voz y su anatomía, jadeó al combatiente, desesperó de los ardides del contrincante. Terminado el combate, la recluyeron en el recinto donde los preparadores debían aguardar el veredicto. Los jueces de su arrojo decidieron que otro fuera el vencedor, dictamen que impugnó airadamente. Tanto cargó con su ira los denuestos que la guardia que custodiaba el recinto fue a detenerla. Para evitarlo, saltó la valla del recinto donde había permanecido expectante, con tan mala fortuna que la prenda que la encubría quedó pendiente de la empalizada y su cuerpo desvelado.
Por reconocimiento a sus evidentes méritos, más que a los de sus antepasados, fue indultada. Pero, en lo sucesivo, los entrenadores debieron entrar desnudos al recinto.
Clases de campesino
Publicado: junio 10, 2022 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: economía agraria Deja un comentarioGeneviève Valparaíso
La promoción de una labor, la empresa para la producción de cereales de orden superior, según quienes en 1768 escribieron Informes para el Expediente de la ley agraria, en el sudoeste exigía una inversión alta. Creían que para iniciar una no solo era necesario mucho caudal, sino que además hacía falta otra actividad que la sostuviera, si quien había tomado la iniciativa pretendiera además mantenerse como productor de cereales.
Muy pocos eran los capacitados para hacer la economía que permitiera disponer del fondo con el que iniciar una labor. Cualquiera que trabajara en el campo, si quería prosperar, tenía que seguir un cursus penoso y lleno de dificultades. Adquirir la condición de labrador le obligaba a subir, peldaño a peldaño, desde la condición campesina más modesta. Tenía que empezar como pegujalero; si la fortuna le favorecía, pasaría a pelantrín o ranchero y, por último, si era previsor y actuaba con toda la templanza que sobrevivir en la selva de los negocios exigía, alcanzaría la condición de labrador. A quien lo intentaba desde abajo no le cabía mucho más que resignarse a las normas para la promoción personal que el comportamiento rural había impuesto.
Es probable que todos los que opinaban de aquel modo partieran de prejuicios cargados con la habitual desconfianza hacia quienes aspiraban a destacar sobre sus semejantes. Pero también todos, cuando tomaron casos para demostrar que la escala campesina realmente operaba en los pueblos, ilustraron el penoso curso de la experiencia con la descripción de estados, un principio de método que supone que el análisis transversal puede ser suficiente para dar cuenta de hechos cuya observación necesitaría reunir una secuencia de años.
De un lugar de la región, cuyo patrón era la abundancia de aspirantes a emprender cada año una explotación propia de cereales, para estimar su demanda de tierra uno de aquellos informadores partió de que en ella había un labrador de seis yuntas, dos labriegos de cinco, cuatro de cuatro, seis de tres, ocho de dos, trece de un par de bueyes o mulas, cuatro de dos cangas de jumentos, veintiocho de solo una canga también de jumentos, doce pegujaleros sin yunta y noventa y siete jornaleros, braceros y vecinos asimismo sin ganado de labor. En total, ciento setenta y cinco demandantes de tierra para sembrar cereales.
Los escalones superiores de aquel orden campesino estarían marcados por diferencias que las cifras no siempre sostienen de manera convincente. La que hay entre labrador y labriego la define la posesión de una sola yunta de bueyes, mientras que el recorrido de la escala de los labriegos va desde las cinco yuntas hasta una canga de asnos.
Pero el criterio para segregarlos está claro. Transitar de una clase a otra sería solo una cuestión de clase y cantidad de animales de los que dispusiera cada cual. En los primeros escalones de la jerarquía las diferencias las marcaba la posesión por pares de animales de labor de tres especies de potencia decreciente, lo que a su vez fijaba la jerarquía campesina en tres grupos sustantivos: labrador y labriegos que poseen bueyes, labriegos que poseen mulas y labriegos que solo poseen asnos.
Como quien poseía seis yuntas de bueyes ya estaba capacitado para ser considerado labrador, completar el curso que permitía llegar hasta esa cima en aquella población sería tan fácil como acumular entre una y cuatro yuntas de bueyes. No obstante, según proponen como principio los autores de los Informes, antes habría que empezar por poseer una yunta de asnos, luego dos, y de ahí saltar a la yunta de mulos o bueyes. Sería cuestión de ahorro y paciencia.
La permanencia en el estado intermedio, el de labriego, a juzgar por la nomenclatura a la que se recurre, en aquel lugar haría largo y competido el trayecto ascendente, mientras que perder la condición de labrador sería fácil. Podía ser obra del azar. Bastaría con que a quien ya poseyera cinco yuntas se le muriera un buey.
La inclusión de los pegujaleros entre los campesinos necesita una explicación, dado que carecen de ganado. La fuente añade que son los negociantes los que disponen de dinero bastante para invertirlo como pegujaleros en el cultivo de los cereales. De donde podemos deducir que los pegujaleros de aquel lugar, que no serían solo negociantes, porque la voz era compatible con la que los distinguía, en una parte eran campesinos transitorios provenientes de la actividad comercial. Como carecían de ganado propio, se verían obligados a servirse del ganado de fuerza ajeno para mantener sus explotaciones.
Al margen, aspirarían a campesinos otros que tampoco poseían ganado de labor, y que por tanto también tendrían que actuar como pegujaleros. Una parte de ellos serían activos agrícolas, los jornaleros y braceros, pero también había vecinos que aspiraban a disponer de tierra para sembrar cereales sin ser activos agrícolas, entre los cuales, según sus relaciones, había pastores, artistas y arrieros. En otras ocasiones, los Informes también citan como aspirantes a pequeñas cantidades de tierra un sacristán, un cirujano, sastres, zapateros y otros artesanos. Para ellos sus respectivas actividades no eran una fuente de renta satisfactoria, por lo que aspirarían a la agrícola como complemento. Cualquiera de ellos, si conseguía abrirse un hueco entre las explotaciones de cereales de un año, como también carecía de ganado, ascendería momentáneamente al escalón campesino inferior, el de los pegujaleros, tal como los negociantes.
Entre todos componen los estratos del campesinado de aquella población, que se ordenan, a partir de tres tipos de campesino, en una estrecha franja de labradores, una de tránsito, bastante más dilatada, de labriegos y la más concurrida y heterogénea, la de pegujaleros.
En otra población del sudoeste, de poco más de doscientos habitantes, también elegida como paradigma, el redactor de uno de los Informes, para ponderar el valor relativo de las empresas dedicadas a producir cereales, a todos los campesinos los identifica como labradores, solo que de cuatro clases. De cuatro arados o yuntas hay dos, dice, de tres uno, de dos seis y de uno veinte. En total, veintinueve, mientras que los jornaleros son solo diecinueve.
La condición de jornalero, en este lugar, parece excluyente de quienes forman el campesinado, a diferencia de lo que ocurría en el otro. Pero los criterios para jerarquizar a quienes forman parte de él son los mismos, solo que aplicados de manera sintética. También aquí, para ordenar su jerarquía, era suficiente con tomar como criterio la posesión de una cantidad de parejas de animales de labor, presumiblemente bueyes.
Los tránsitos desde una posición a otra, aunque marcaran de manera muy definida cada estrato, serían muy abiertos y estarían al alcance de cualquiera de los campesinos porque solo dependían de cantidades de fuerza. Lo facilitaría aún más la equivalencia de yuntas y arados que acepta el informante.
Es verdad que la identidad estanca el método. El ganado de labor es más sensible a los cambios porque es perecedero, aunque amenace permanentemente con desestabilizar el criterio yunta como referente de clase. Pero el arado, un elemento obligadamente estable del capital campesino, amplía las posibilidades analíticas. Permite reconocer la adquisición de un lugar en la jerarquía como un hecho consolidado.
Si arado y yunta son intercambiables o se sustituyen mutuamente, como la descripción permite suponer, la jerarquía campesina en este caso incluiría la posibilidad de un flujo de posiciones adquiridas que pasaría por tres estados posibles: el labrador que posee yuntas y arados, el labrador que solo posee yuntas y no ha consolidado un número de arados y el que solo posee arados. No todos los estados parecen igual de probables, pero concebidos sucesivamente podrían ser expresivos de pasos en dirección a la decadencia del estado de labrador que se hubiera adquirido, y que sin embargo permitiría mantenerse aún en posición campesina.
Además de estas dos descripciones integrales, se encuentran dispersas en los Informes afirmaciones ocasionales expresivas de las aptitudes requeridas a los aspirantes a agricultor. Hablando en los términos más generales, hay quien se emplea en precisar un cálculo del número óptimo de labradores a partir del tamaño de la población. Estima que, si una es de trescientos vecinos, la proporción racional correspondiente es que haya en su término entre cuarenta y cincuenta labradores. Puede ser un índice útil para cualquier comparación. Pero al referirse a la totalidad campesina como labradores, tal como en la segunda población que hemos analizado, nada descubre sobre sus clases.
Otro afirma que la multitud de labrantines y pegujaleros no puede incluirse en la clase de los labradores porque los que más, a lo sumo, tendrán entre seis y ocho yuntas. Luego, según su criterio, el intervalo de seis a ocho yuntas marcaría el tránsito entre la condición de labrador, por un lado, y las de labrantín y pegujalero juntas, por otro, lo que sitúa el escalón de acceso al nivel superior del campesinado en un lugar algo más alto que el adjudicado por cualquiera de los dos estados precedentes.
Pero es al otro extremo de la jerarquía donde se concentra el interés por marcar el límite de las aptitudes de los que se esfuerzan por ser agricultores. Unos precisan que pequeño labrador es el que tiene entre dos y cuatro yuntas, y añaden que el número de labradores de entre dos y cuatro yuntas no es significativo en la región. Este intervalo sería el dominio pleno de los que en otro lugar se llamaban labriegos, quienes según este criterio no serían algo muy distinto a los que en otros sitios llaman pelantrines, de los cuales se dice que son los disponen de dos o tres yuntas.
Quienes se aplican a la definición más precisa del límite inferior de esta clase campesina insisten en que las dos yuntas de bueyes marcan el acceso a la condición de pelantrín porque imponen el límite admisible para una labor suficiente. Para quienes poseyeran yuntas, dos, insisten, era el número sobre el que se podía sostener la autonomía económica.
También hay quienes se concentran en llamar la atención sobre lo que aparenta ser paradójico, que haya empresas sin tierra cuyo único capital es el ganado, algo que en realidad, como hemos comprobado, es denominador común para la definición de cualquiera clase campesina antes de tener en cuenta el acceso a la tierra de cultivo.
Es un hecho consolidado en la región, según reiteran en sus textos, que haya campesinos cuyo único patrimonio es una, dos o tres yuntas, y entre ellos la inmensa mayoría solo tiene una y es de ganado menor. Quienes acceden a ese estado se esforzarían para que su capital mínimo fuera un par de cabezas porque así lo exige el arrastre de los arados y el tiro de los carros.
Todavía alguien decidió definir la categoría inferior de los que aspiran a poseer una yunta. La integran, según dice, quienes tienen media yunta, cuya capacidad de cultivo, aun siendo la mitad de quienes disfrutan de yuntas enteras, puntualiza que es superior a la del pegujalero, una consideración que redundaría en la idea de que pegujalero era el campesino que carecía de ganado de labor y aun así se interesaba en la producción de cereales.
Para estimar el número de empresas de cereal y discriminarlas por tamaño, los arbitristas de 1768 recurrían insistentemente a un criterio muy definido, el número de yuntas o su correspondiente arado, que concentraban el valor de los medios o capital mínimo del que disponía cualquier proyecto de explotación. A partir de este método, se concentraron en examinar las condiciones y marcar las etapas del curso campesino en sus orígenes, en los escalones más bajos. Como propuesta para abordar el problema del flujo, es algo bastante más asequible que dirigir el análisis a la capitalización fuerte que argumentaron los que hablaron en los términos más generales. Al método que estos arbitristas aplicaban a la definición de las clases campesinas se le podría objetar, sin embargo, que para ilustrar algo que ellos mismos reconocen como lleno de obstáculos y complejo, simplifican en exceso al recurrir como casos ilustrativos a poblaciones demasiado simples.
Breve historia de la servidumbre
Publicado: junio 2, 2022 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
No había pan en todo el país. En todos los lugares el hambre era gravísima, todos estaban muertos de hambre. En aquel estado, un hombre, el único que poseía grano, tuvo una feliz ocurrencia, cambiar una parte del grano que tenía y que los demás necesitaban, convertido en pan, por toda la plata que en el país hubiera. De esta manera consiguió para su casa toda la plata que había.
Agotada toda la plata del país, en masa acudieron los necesitados ante aquel hombre, diciendo: “Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, ahora que se ha agotado la plata?” Les respondió: “Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que la plata se ha agotado.” Trajeron sus ganados quienes deseaban comer, y aquel hombre les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos. Los abasteció de pan por aquel año a cambio de todos sus ganados.
Cumplido el año, acudieron de nuevo ante él y le dijeron: “No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y tampoco que los ganados le pertenecen. No nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras. ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos, así nosotros como nuestras tierras?” Armados de valor, le propusieron por fin: “Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser tus esclavos. Pero danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.”
De este modo pasó a manos de aquel hombre todo el suelo del país, cada uno vendió su campo porque el hambre le apretaba: toda la tierra vino a ser suya. En cuanto a las personas, las redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras del país. Pero las tierras de los sacerdotes no se las apropió, tan solo el territorio de los sacerdotes no pasó a su jurisdicción. Los elegidos no se vieron en la precisión de vender sus tierras. Tuvieron tal privilegio de su parte y comieron del privilegio que el señor les había concedido.
Dijo aquel hombre al pueblo para terminar: “He aquí que os he adquirido hoy a vosotros y a vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra. Y luego, cuando llegue la cosecha, me daréis el quinto, y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo y para alimento vuestro y de vuestras familias, para alimento de vuestras criaturas.” Contestaron ellos: “Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de nuestro señor y seamos sus siervos.” Y aquel hombre les impuso por norma, vigente hasta la fecha para todo el campo del país, entregar el quinto. El nombre de aquel benefactor era José.
Fuente: Génesis, 47, 13-26.
Los campesinos dispersos. II
Publicado: mayo 21, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.
En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.
La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.
Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.
Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.
Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.
Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.
La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.
Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.
En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.
De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.
Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.
Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.
Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.
En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.
Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.
En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.
Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.
Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.
Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.
Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.
En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.
También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.
Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.
El relato y su sentido
Publicado: mayo 17, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
La conciencia historiográfica es bastante asequible. El relato histórico es una experiencia común. Cualquiera tiene conciencia de su pasado y a sí mismo se lo cuenta. Con sus recuerdos cada cual crea para sí un relato de la parte de su existencia que ya ha transcurrido. Cuando esta conciencia se dirige a sucesos distintos a los de la vida propia, las posibilidades del relato crecen hasta dimensiones colosales, pero a la vez pueden convertirse en un objeto para cuya manipulación quien así actúe podrá sentirse más libre. Lo que en modo alguno podrá soslayarse será el punto de vista particular o personal desde el que los acontecimientos que sean son observados, porque la conciencia no puede existir sin quien la personifique. Por tanto se puede concluir que la historia alcanza la condición de relato en el instante en el que la conciencia adquiere noción de pasado, más aún si esa adquisición se extiende fuera del sujeto que la alcanza. Ganada esa condición discursiva, su existencia solo depende de la voluntad que los hombres puedan aplicar a ese fin, de que los hombres cuenten cosas que han ocurrido.
Después de dos mil quinientos años de existencia del género, más tal vez otros tantos anteriores de ensayo y definición, sería ingenuo pensar que esta clase de relatos se emprenden sin propósito alguno. Desde luego cabe dentro de lo posible que así se haga una vez más, porque la tradición nunca es coactiva, y quizás el enunciado más ambicioso de este principio que pudiera hacerse sería el que defendiera que el relato histórico no debe estar inducido o inspirado por prejuicio alguno. Es más. Entre los clásicos hay quien teoriza a partir de esta premisa, y la lleva lo bastante lejos como para dar la impresión de que por esta vía no es necesario avanzar más. Su posición se podría presentar en términos algo paradójicos diciendo que siente aversión a teorizar con los argumentos del relato. Partiendo de la idea de que las cosas humanas son por naturaleza inestables, piensa que los hechos a los que el relato debe enfrentarse son por naturaleza accidentales. El relato histórico no debe enunciar leyes ni proponerse deducir causa general alguna, porque dada aquella condición es imposible prefigurar en modo alguno la regularidad de las cosas de los hombres, mucho menos, como algunos pretenden, predecir el futuro. Si del relato no pueden ser deducidas causas, reglas ni leyes, quien lo emprenda no podrá disponer de cuerpo teórico alguno que lo marque o induzca con determinados prejuicios, sino que podrá actuar con absoluta libertad de cronista. El relato puede por tanto tener como propósito único contar los hechos con exactitud.
Este punto de vista está aconsejado más por el escepticismo que por demostración alguna, y es de todas maneras un modo de afrontar esta parte del problema historiográfico muy parcial. Desde la antigüedad ha sido mucho más frecuente relatar con la convicción de que en la acción humana puede ser observada cierta regularidad, o al menos que con este rigor puede ser presentada al lector muy satisfactoriamente. Es probable que esto sea un espejismo originado porque el medio en el que el género vive, el de la lengua escrita, confiere a todo lo que da forma la propiedad de lo racional. Pero, al margen de que este sea el origen de la propensión a normalizar la actuación de los hombres, no hay por qué dudar de que desde esta convicción se ha alimentado la parte teórica del trabajo historiográfico, y que ésta a su vez haya sido la que ha estimulado o inspirado la mayor parte de los textos del género. Así pues, para la mayoría de quienes escriben relatos históricos no es suficiente con el puro encadenamiento de los datos obtenidos sobre lo ocurrido antes. El relato permite deducir normas del comportamiento humano. Con ellas puede ser enunciada una teoría sobre este, y tal teoría a su vez orientaría o inspiraría nuevos relatos, que así serían guiados por ese fin al que se dirigen. El principio del que ahora tratamos podría enunciarse en este punto, bajo esta otra consideración previa, a partir de la sumisión al hecho real de la elaboración teórica a base de la observación del pasado. Puesto que semejante teoría existe o puede ser deducida del propio relato y esta impondrá unos límites racionales al desarrollo de la narración, más vale de antemano enunciar el fin o el objetivo que cada relato particular quiere alcanzar, y así trabajar en todo momento a favor de él. Porque por otra parte conviene despertar de un sueño que durante algún tiempo se ha pretendido realizado. La literatura no puede ocurrir con absoluta libertad. Se engañan quienes así piensan. Las palabras son ideas, y estas o gobiernan el texto o no llevan a lugar alguno.
Los marcos de referencia que pueden ser elegidos para situar los propósitos teóricos personales son varios, y aún podrían inventarse muchos más. Tal vez el más clásico sea el que cree inevitable la dirección política del relato histórico, de donde deduce una fecunda definición del objetivo general que esta debe proponerse, la que en su grado más elaborado fue enunciada en los siguientes términos: la historia es un medio de adquirir el arte del buen gobierno. Es cierto que esta forma incluye en germen la idea de soberano único o príncipe. Como aquella fórmula de gobierno es finita, podría ser enunciada de manera más general afirmando que el relato enseña a tomar decisiones y proporciona reglas para actuar a quienes tienen responsabilidades de gobierno, o de forma aún más general diciendo que la historia puede ser una ciencia al servicio de la política. Saber cómo ocurrieron las cosas en el pasado es la mejor escuela para la acción pública.
No pueden creerse homogéneas sin embargo todas las interpretaciones de estos sencillos axiomas, y hay a partir de ellos deducciones realmente ingeniosas. Entre estas hay que recordar especialmente a los que de entre los antiguos con particular sensibilidad entendían lo político como algo matizadamente distinto a la acción pública, y por tanto creían que el relato histórico cumplía sus fines si era encomio para los amigos y denuesto para los enemigos.
También hay quien cree que el relato está justificado si sirve para enseñar cuáles son los comportamientos adecuados y cuáles los incorrectos, cuáles las actitudes nobles y cuáles las degeneradas. El relato tendría que ser un teatro en el que presentar la moral correcta.
Pero la teoría más ambiciosa es la que sostiene que de lo que se trata es de alcanzar una explicación causal de los hechos o esclarecer sus factores. El relato debe estar dirigido a indagar las causas de los hechos que son observados. El lugar más distante al que esta idea se ha conducido es el de las leyes. Algunos han pretendido demostrar que entre los hechos siempre hay relación regular, y que tales reglas en todos los casos deben ser deducidas para explicar la sucesión de los hechos mediante demostraciones. En opinión de ciertos autores, enunciar leyes del comportamiento público de los hombres queda al alcance de la historiografía porque creen que la naturaleza humana es siempre la misma.
No es desacertada esta manera de observar, si bien a este propósito habría que tener en cuenta otra corriente de opinión. Para algunos el principio dogmático del que debe partir el relato es que la existencia de la humanidad está caracterizada por un progreso acumulado constante, aunque ocurran accidentalmente retrocesos. El progreso sería una derivación de las actividades destinadas a garantizar la subsistencia.
Esta manera de concebir el relato parece incompatible con la de quienes en algún momento han elaborado teorías sobre los ciclos que regularmente conoce cualquier sociedad. Habiendo sido observado por algunos que en los grupos humanos se van sucediendo los hechos hasta completar ciclos, y que retornados a determinada situación suceden los hechos otra vez de forma similar, es posible generalizar y por tanto enunciar leyes, bien solo para la sucesión de las instituciones públicas o bien sobre la constitución de la sociedad.
Para hacer compatible la idea sobre el progreso con la idea de la constante regularidad y sus consecuentes ciclos tal vez se podría distinguir entre actividades encaminadas a la obtención de las subsistencias e instituciones o incluso constitución de la sociedad toda. Mientras que a la actividad más inmediata o elemental habría ido afectando el progreso, las más elaboradas formas de la vida civil estarían sometidas al inexorable retorno. Habría entonces que dilucidar si es que a este otro estadio de la actividad humana aún no habría alcanzado el bien del progreso que al orden de la vida material ya ha llegado. Pero este ejercicio sería muy artificioso. No parece muy admisible separar las condiciones en las que los hombres obtienen sus medios de supervivencia de su organización y de las instituciones políticas que de ellas derivan o a su servicio son puestas.
La propiedad más útil que de la posible regularidad de la actuación de los hombres puede derivarse es que a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que pueda ocurrir en circunstancias cuyos factores hayan sido estudiados con este fin. Es necesario reconocer sin embargo que aún queda muy lejos siquiera un cuadro de circunstancias tipificadas. Pero hay quien con excelente juicio insiste en que el trabajo historiográfico debe permitir al menos elaborar un cuerpo doctrinal. La posibilidad de enunciar normas del comportamiento ha sido sometida a un sencillo principio de método. Para extraer lecciones de la historia será necesario antes recopilar analogías. Es necesario terminar en la historia comparada si se pretende llegar a la deducción de normas sobre la actuación de los hombres.
Pero todavía debemos añadir algo sobre este problema, relacionado con afirmaciones precedentes. Son dos cosas distintas el comportamiento humano y las propiedades de la lengua. Del comportamiento humano no cabe esperar que siempre sea racional, y tal vez sea más acertado partir del principio de que lo único regular de que antemano de él se puede esperar, considerados los comportamientos de los grupos, es el comportamiento irracional. De la lengua, que es la materia con la que el relato es compuesto, su propiedad natural es la lógica. Por la correcta construcción del texto podrá ser presentada una cadena racional de hechos o comportamientos, cuando de la materia de la que se trata es la histórica. El relato histórico está condenado, porque es texto, a desembocar en una presentación racional o explicativa de los asuntos de que trata. Cosa distinta es que habiéndose propuesto el relato observar todos los comportamientos se obligue en todos los casos a presentarlos de manera racional. Entre los comportamientos dominan los que no son razonables, y con estos a lo máximo que se puede aspirar es a la descripción.
Así pues, para resolver el problema teórico inicial, o premisa a partir de la cual organizar la materia para el relato, es conveniente plantear antes el objeto que se desea tratar. De ciertos hombres, en particular los admirables, cabe esperar un comportamiento racional, digno de ser conocido. Cuando se siguen las reglas de la explicación causal puede proporcionar un excelente producto escrito exponer su vida ateniéndose a las reglas del género biográfico. De todos los sucesos y comportamientos de la revolución francesa no cabe esperar una cadena razonable, y es tanto más probable la sinrazón cuanto mayor es la cantidad de personas que fueron protagonistas de los asuntos de que se trate. El relato de los hechos como una crónica puede ser el mejor producto escrito que de cuanto entonces sucediera puede ser elaborado.
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