Clases de campesino
Publicado: junio 10, 2022 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: economía agraria Deja un comentarioGeneviève Valparaíso
La promoción de una labor, la empresa para la producción de cereales de orden superior, según quienes en 1768 escribieron Informes para el Expediente de la ley agraria, en el sudoeste exigía una inversión alta. Creían que para iniciar una no solo era necesario mucho caudal, sino que además hacía falta otra actividad que la sostuviera, si quien había tomado la iniciativa pretendiera además mantenerse como productor de cereales.
Muy pocos eran los capacitados para hacer la economía que permitiera disponer del fondo con el que iniciar una labor. Cualquiera que trabajara en el campo, si quería prosperar, tenía que seguir un cursus penoso y lleno de dificultades. Adquirir la condición de labrador le obligaba a subir, peldaño a peldaño, desde la condición campesina más modesta. Tenía que empezar como pegujalero; si la fortuna le favorecía, pasaría a pelantrín o ranchero y, por último, si era previsor y actuaba con toda la templanza que sobrevivir en la selva de los negocios exigía, alcanzaría la condición de labrador. A quien lo intentaba desde abajo no le cabía mucho más que resignarse a las normas para la promoción personal que el comportamiento rural había impuesto.
Es probable que todos los que opinaban de aquel modo partieran de prejuicios cargados con la habitual desconfianza hacia quienes aspiraban a destacar sobre sus semejantes. Pero también todos, cuando tomaron casos para demostrar que la escala campesina realmente operaba en los pueblos, ilustraron el penoso curso de la experiencia con la descripción de estados, un principio de método que supone que el análisis transversal puede ser suficiente para dar cuenta de hechos cuya observación necesitaría reunir una secuencia de años.
De un lugar de la región, cuyo patrón era la abundancia de aspirantes a emprender cada año una explotación propia de cereales, para estimar su demanda de tierra uno de aquellos informadores partió de que en ella había un labrador de seis yuntas, dos labriegos de cinco, cuatro de cuatro, seis de tres, ocho de dos, trece de un par de bueyes o mulas, cuatro de dos cangas de jumentos, veintiocho de solo una canga también de jumentos, doce pegujaleros sin yunta y noventa y siete jornaleros, braceros y vecinos asimismo sin ganado de labor. En total, ciento setenta y cinco demandantes de tierra para sembrar cereales.
Los escalones superiores de aquel orden campesino estarían marcados por diferencias que las cifras no siempre sostienen de manera convincente. La que hay entre labrador y labriego la define la posesión de una sola yunta de bueyes, mientras que el recorrido de la escala de los labriegos va desde las cinco yuntas hasta una canga de asnos.
Pero el criterio para segregarlos está claro. Transitar de una clase a otra sería solo una cuestión de clase y cantidad de animales de los que dispusiera cada cual. En los primeros escalones de la jerarquía las diferencias las marcaba la posesión por pares de animales de labor de tres especies de potencia decreciente, lo que a su vez fijaba la jerarquía campesina en tres grupos sustantivos: labrador y labriegos que poseen bueyes, labriegos que poseen mulas y labriegos que solo poseen asnos.
Como quien poseía seis yuntas de bueyes ya estaba capacitado para ser considerado labrador, completar el curso que permitía llegar hasta esa cima en aquella población sería tan fácil como acumular entre una y cuatro yuntas de bueyes. No obstante, según proponen como principio los autores de los Informes, antes habría que empezar por poseer una yunta de asnos, luego dos, y de ahí saltar a la yunta de mulos o bueyes. Sería cuestión de ahorro y paciencia.
La permanencia en el estado intermedio, el de labriego, a juzgar por la nomenclatura a la que se recurre, en aquel lugar haría largo y competido el trayecto ascendente, mientras que perder la condición de labrador sería fácil. Podía ser obra del azar. Bastaría con que a quien ya poseyera cinco yuntas se le muriera un buey.
La inclusión de los pegujaleros entre los campesinos necesita una explicación, dado que carecen de ganado. La fuente añade que son los negociantes los que disponen de dinero bastante para invertirlo como pegujaleros en el cultivo de los cereales. De donde podemos deducir que los pegujaleros de aquel lugar, que no serían solo negociantes, porque la voz era compatible con la que los distinguía, en una parte eran campesinos transitorios provenientes de la actividad comercial. Como carecían de ganado propio, se verían obligados a servirse del ganado de fuerza ajeno para mantener sus explotaciones.
Al margen, aspirarían a campesinos otros que tampoco poseían ganado de labor, y que por tanto también tendrían que actuar como pegujaleros. Una parte de ellos serían activos agrícolas, los jornaleros y braceros, pero también había vecinos que aspiraban a disponer de tierra para sembrar cereales sin ser activos agrícolas, entre los cuales, según sus relaciones, había pastores, artistas y arrieros. En otras ocasiones, los Informes también citan como aspirantes a pequeñas cantidades de tierra un sacristán, un cirujano, sastres, zapateros y otros artesanos. Para ellos sus respectivas actividades no eran una fuente de renta satisfactoria, por lo que aspirarían a la agrícola como complemento. Cualquiera de ellos, si conseguía abrirse un hueco entre las explotaciones de cereales de un año, como también carecía de ganado, ascendería momentáneamente al escalón campesino inferior, el de los pegujaleros, tal como los negociantes.
Entre todos componen los estratos del campesinado de aquella población, que se ordenan, a partir de tres tipos de campesino, en una estrecha franja de labradores, una de tránsito, bastante más dilatada, de labriegos y la más concurrida y heterogénea, la de pegujaleros.
En otra población del sudoeste, de poco más de doscientos habitantes, también elegida como paradigma, el redactor de uno de los Informes, para ponderar el valor relativo de las empresas dedicadas a producir cereales, a todos los campesinos los identifica como labradores, solo que de cuatro clases. De cuatro arados o yuntas hay dos, dice, de tres uno, de dos seis y de uno veinte. En total, veintinueve, mientras que los jornaleros son solo diecinueve.
La condición de jornalero, en este lugar, parece excluyente de quienes forman el campesinado, a diferencia de lo que ocurría en el otro. Pero los criterios para jerarquizar a quienes forman parte de él son los mismos, solo que aplicados de manera sintética. También aquí, para ordenar su jerarquía, era suficiente con tomar como criterio la posesión de una cantidad de parejas de animales de labor, presumiblemente bueyes.
Los tránsitos desde una posición a otra, aunque marcaran de manera muy definida cada estrato, serían muy abiertos y estarían al alcance de cualquiera de los campesinos porque solo dependían de cantidades de fuerza. Lo facilitaría aún más la equivalencia de yuntas y arados que acepta el informante.
Es verdad que la identidad estanca el método. El ganado de labor es más sensible a los cambios porque es perecedero, aunque amenace permanentemente con desestabilizar el criterio yunta como referente de clase. Pero el arado, un elemento obligadamente estable del capital campesino, amplía las posibilidades analíticas. Permite reconocer la adquisición de un lugar en la jerarquía como un hecho consolidado.
Si arado y yunta son intercambiables o se sustituyen mutuamente, como la descripción permite suponer, la jerarquía campesina en este caso incluiría la posibilidad de un flujo de posiciones adquiridas que pasaría por tres estados posibles: el labrador que posee yuntas y arados, el labrador que solo posee yuntas y no ha consolidado un número de arados y el que solo posee arados. No todos los estados parecen igual de probables, pero concebidos sucesivamente podrían ser expresivos de pasos en dirección a la decadencia del estado de labrador que se hubiera adquirido, y que sin embargo permitiría mantenerse aún en posición campesina.
Además de estas dos descripciones integrales, se encuentran dispersas en los Informes afirmaciones ocasionales expresivas de las aptitudes requeridas a los aspirantes a agricultor. Hablando en los términos más generales, hay quien se emplea en precisar un cálculo del número óptimo de labradores a partir del tamaño de la población. Estima que, si una es de trescientos vecinos, la proporción racional correspondiente es que haya en su término entre cuarenta y cincuenta labradores. Puede ser un índice útil para cualquier comparación. Pero al referirse a la totalidad campesina como labradores, tal como en la segunda población que hemos analizado, nada descubre sobre sus clases.
Otro afirma que la multitud de labrantines y pegujaleros no puede incluirse en la clase de los labradores porque los que más, a lo sumo, tendrán entre seis y ocho yuntas. Luego, según su criterio, el intervalo de seis a ocho yuntas marcaría el tránsito entre la condición de labrador, por un lado, y las de labrantín y pegujalero juntas, por otro, lo que sitúa el escalón de acceso al nivel superior del campesinado en un lugar algo más alto que el adjudicado por cualquiera de los dos estados precedentes.
Pero es al otro extremo de la jerarquía donde se concentra el interés por marcar el límite de las aptitudes de los que se esfuerzan por ser agricultores. Unos precisan que pequeño labrador es el que tiene entre dos y cuatro yuntas, y añaden que el número de labradores de entre dos y cuatro yuntas no es significativo en la región. Este intervalo sería el dominio pleno de los que en otro lugar se llamaban labriegos, quienes según este criterio no serían algo muy distinto a los que en otros sitios llaman pelantrines, de los cuales se dice que son los disponen de dos o tres yuntas.
Quienes se aplican a la definición más precisa del límite inferior de esta clase campesina insisten en que las dos yuntas de bueyes marcan el acceso a la condición de pelantrín porque imponen el límite admisible para una labor suficiente. Para quienes poseyeran yuntas, dos, insisten, era el número sobre el que se podía sostener la autonomía económica.
También hay quienes se concentran en llamar la atención sobre lo que aparenta ser paradójico, que haya empresas sin tierra cuyo único capital es el ganado, algo que en realidad, como hemos comprobado, es denominador común para la definición de cualquiera clase campesina antes de tener en cuenta el acceso a la tierra de cultivo.
Es un hecho consolidado en la región, según reiteran en sus textos, que haya campesinos cuyo único patrimonio es una, dos o tres yuntas, y entre ellos la inmensa mayoría solo tiene una y es de ganado menor. Quienes acceden a ese estado se esforzarían para que su capital mínimo fuera un par de cabezas porque así lo exige el arrastre de los arados y el tiro de los carros.
Todavía alguien decidió definir la categoría inferior de los que aspiran a poseer una yunta. La integran, según dice, quienes tienen media yunta, cuya capacidad de cultivo, aun siendo la mitad de quienes disfrutan de yuntas enteras, puntualiza que es superior a la del pegujalero, una consideración que redundaría en la idea de que pegujalero era el campesino que carecía de ganado de labor y aun así se interesaba en la producción de cereales.
Para estimar el número de empresas de cereal y discriminarlas por tamaño, los arbitristas de 1768 recurrían insistentemente a un criterio muy definido, el número de yuntas o su correspondiente arado, que concentraban el valor de los medios o capital mínimo del que disponía cualquier proyecto de explotación. A partir de este método, se concentraron en examinar las condiciones y marcar las etapas del curso campesino en sus orígenes, en los escalones más bajos. Como propuesta para abordar el problema del flujo, es algo bastante más asequible que dirigir el análisis a la capitalización fuerte que argumentaron los que hablaron en los términos más generales. Al método que estos arbitristas aplicaban a la definición de las clases campesinas se le podría objetar, sin embargo, que para ilustrar algo que ellos mismos reconocen como lleno de obstáculos y complejo, simplifican en exceso al recurrir como casos ilustrativos a poblaciones demasiado simples.
Breve historia de la servidumbre
Publicado: junio 2, 2022 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
No había pan en todo el país. En todos los lugares el hambre era gravísima, todos estaban muertos de hambre. En aquel estado, un hombre, el único que poseía grano, tuvo una feliz ocurrencia, cambiar una parte del grano que tenía y que los demás necesitaban, convertido en pan, por toda la plata que en el país hubiera. De esta manera consiguió para su casa toda la plata que había.
Agotada toda la plata del país, en masa acudieron los necesitados ante aquel hombre, diciendo: “Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, ahora que se ha agotado la plata?” Les respondió: “Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que la plata se ha agotado.” Trajeron sus ganados quienes deseaban comer, y aquel hombre les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos. Los abasteció de pan por aquel año a cambio de todos sus ganados.
Cumplido el año, acudieron de nuevo ante él y le dijeron: “No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y tampoco que los ganados le pertenecen. No nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras. ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos, así nosotros como nuestras tierras?” Armados de valor, le propusieron por fin: “Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser tus esclavos. Pero danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.”
De este modo pasó a manos de aquel hombre todo el suelo del país, cada uno vendió su campo porque el hambre le apretaba: toda la tierra vino a ser suya. En cuanto a las personas, las redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras del país. Pero las tierras de los sacerdotes no se las apropió, tan solo el territorio de los sacerdotes no pasó a su jurisdicción. Los elegidos no se vieron en la precisión de vender sus tierras. Tuvieron tal privilegio de su parte y comieron del privilegio que el señor les había concedido.
Dijo aquel hombre al pueblo para terminar: “He aquí que os he adquirido hoy a vosotros y a vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra. Y luego, cuando llegue la cosecha, me daréis el quinto, y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo y para alimento vuestro y de vuestras familias, para alimento de vuestras criaturas.” Contestaron ellos: “Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de nuestro señor y seamos sus siervos.” Y aquel hombre les impuso por norma, vigente hasta la fecha para todo el campo del país, entregar el quinto. El nombre de aquel benefactor era José.
Fuente: Génesis, 47, 13-26.
Los campesinos dispersos. II
Publicado: mayo 21, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.
En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.
La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.
Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.
Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.
Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.
Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.
La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.
Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.
En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.
De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.
Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.
Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.
Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.
En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.
Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.
En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.
Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.
Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.
Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.
Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.
En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.
También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.
Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.
El relato y su sentido
Publicado: mayo 17, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
La conciencia historiográfica es bastante asequible. El relato histórico es una experiencia común. Cualquiera tiene conciencia de su pasado y a sí mismo se lo cuenta. Con sus recuerdos cada cual crea para sí un relato de la parte de su existencia que ya ha transcurrido. Cuando esta conciencia se dirige a sucesos distintos a los de la vida propia, las posibilidades del relato crecen hasta dimensiones colosales, pero a la vez pueden convertirse en un objeto para cuya manipulación quien así actúe podrá sentirse más libre. Lo que en modo alguno podrá soslayarse será el punto de vista particular o personal desde el que los acontecimientos que sean son observados, porque la conciencia no puede existir sin quien la personifique. Por tanto se puede concluir que la historia alcanza la condición de relato en el instante en el que la conciencia adquiere noción de pasado, más aún si esa adquisición se extiende fuera del sujeto que la alcanza. Ganada esa condición discursiva, su existencia solo depende de la voluntad que los hombres puedan aplicar a ese fin, de que los hombres cuenten cosas que han ocurrido.
Después de dos mil quinientos años de existencia del género, más tal vez otros tantos anteriores de ensayo y definición, sería ingenuo pensar que esta clase de relatos se emprenden sin propósito alguno. Desde luego cabe dentro de lo posible que así se haga una vez más, porque la tradición nunca es coactiva, y quizás el enunciado más ambicioso de este principio que pudiera hacerse sería el que defendiera que el relato histórico no debe estar inducido o inspirado por prejuicio alguno. Es más. Entre los clásicos hay quien teoriza a partir de esta premisa, y la lleva lo bastante lejos como para dar la impresión de que por esta vía no es necesario avanzar más. Su posición se podría presentar en términos algo paradójicos diciendo que siente aversión a teorizar con los argumentos del relato. Partiendo de la idea de que las cosas humanas son por naturaleza inestables, piensa que los hechos a los que el relato debe enfrentarse son por naturaleza accidentales. El relato histórico no debe enunciar leyes ni proponerse deducir causa general alguna, porque dada aquella condición es imposible prefigurar en modo alguno la regularidad de las cosas de los hombres, mucho menos, como algunos pretenden, predecir el futuro. Si del relato no pueden ser deducidas causas, reglas ni leyes, quien lo emprenda no podrá disponer de cuerpo teórico alguno que lo marque o induzca con determinados prejuicios, sino que podrá actuar con absoluta libertad de cronista. El relato puede por tanto tener como propósito único contar los hechos con exactitud.
Este punto de vista está aconsejado más por el escepticismo que por demostración alguna, y es de todas maneras un modo de afrontar esta parte del problema historiográfico muy parcial. Desde la antigüedad ha sido mucho más frecuente relatar con la convicción de que en la acción humana puede ser observada cierta regularidad, o al menos que con este rigor puede ser presentada al lector muy satisfactoriamente. Es probable que esto sea un espejismo originado porque el medio en el que el género vive, el de la lengua escrita, confiere a todo lo que da forma la propiedad de lo racional. Pero, al margen de que este sea el origen de la propensión a normalizar la actuación de los hombres, no hay por qué dudar de que desde esta convicción se ha alimentado la parte teórica del trabajo historiográfico, y que ésta a su vez haya sido la que ha estimulado o inspirado la mayor parte de los textos del género. Así pues, para la mayoría de quienes escriben relatos históricos no es suficiente con el puro encadenamiento de los datos obtenidos sobre lo ocurrido antes. El relato permite deducir normas del comportamiento humano. Con ellas puede ser enunciada una teoría sobre este, y tal teoría a su vez orientaría o inspiraría nuevos relatos, que así serían guiados por ese fin al que se dirigen. El principio del que ahora tratamos podría enunciarse en este punto, bajo esta otra consideración previa, a partir de la sumisión al hecho real de la elaboración teórica a base de la observación del pasado. Puesto que semejante teoría existe o puede ser deducida del propio relato y esta impondrá unos límites racionales al desarrollo de la narración, más vale de antemano enunciar el fin o el objetivo que cada relato particular quiere alcanzar, y así trabajar en todo momento a favor de él. Porque por otra parte conviene despertar de un sueño que durante algún tiempo se ha pretendido realizado. La literatura no puede ocurrir con absoluta libertad. Se engañan quienes así piensan. Las palabras son ideas, y estas o gobiernan el texto o no llevan a lugar alguno.
Los marcos de referencia que pueden ser elegidos para situar los propósitos teóricos personales son varios, y aún podrían inventarse muchos más. Tal vez el más clásico sea el que cree inevitable la dirección política del relato histórico, de donde deduce una fecunda definición del objetivo general que esta debe proponerse, la que en su grado más elaborado fue enunciada en los siguientes términos: la historia es un medio de adquirir el arte del buen gobierno. Es cierto que esta forma incluye en germen la idea de soberano único o príncipe. Como aquella fórmula de gobierno es finita, podría ser enunciada de manera más general afirmando que el relato enseña a tomar decisiones y proporciona reglas para actuar a quienes tienen responsabilidades de gobierno, o de forma aún más general diciendo que la historia puede ser una ciencia al servicio de la política. Saber cómo ocurrieron las cosas en el pasado es la mejor escuela para la acción pública.
No pueden creerse homogéneas sin embargo todas las interpretaciones de estos sencillos axiomas, y hay a partir de ellos deducciones realmente ingeniosas. Entre estas hay que recordar especialmente a los que de entre los antiguos con particular sensibilidad entendían lo político como algo matizadamente distinto a la acción pública, y por tanto creían que el relato histórico cumplía sus fines si era encomio para los amigos y denuesto para los enemigos.
También hay quien cree que el relato está justificado si sirve para enseñar cuáles son los comportamientos adecuados y cuáles los incorrectos, cuáles las actitudes nobles y cuáles las degeneradas. El relato tendría que ser un teatro en el que presentar la moral correcta.
Pero la teoría más ambiciosa es la que sostiene que de lo que se trata es de alcanzar una explicación causal de los hechos o esclarecer sus factores. El relato debe estar dirigido a indagar las causas de los hechos que son observados. El lugar más distante al que esta idea se ha conducido es el de las leyes. Algunos han pretendido demostrar que entre los hechos siempre hay relación regular, y que tales reglas en todos los casos deben ser deducidas para explicar la sucesión de los hechos mediante demostraciones. En opinión de ciertos autores, enunciar leyes del comportamiento público de los hombres queda al alcance de la historiografía porque creen que la naturaleza humana es siempre la misma.
No es desacertada esta manera de observar, si bien a este propósito habría que tener en cuenta otra corriente de opinión. Para algunos el principio dogmático del que debe partir el relato es que la existencia de la humanidad está caracterizada por un progreso acumulado constante, aunque ocurran accidentalmente retrocesos. El progreso sería una derivación de las actividades destinadas a garantizar la subsistencia.
Esta manera de concebir el relato parece incompatible con la de quienes en algún momento han elaborado teorías sobre los ciclos que regularmente conoce cualquier sociedad. Habiendo sido observado por algunos que en los grupos humanos se van sucediendo los hechos hasta completar ciclos, y que retornados a determinada situación suceden los hechos otra vez de forma similar, es posible generalizar y por tanto enunciar leyes, bien solo para la sucesión de las instituciones públicas o bien sobre la constitución de la sociedad.
Para hacer compatible la idea sobre el progreso con la idea de la constante regularidad y sus consecuentes ciclos tal vez se podría distinguir entre actividades encaminadas a la obtención de las subsistencias e instituciones o incluso constitución de la sociedad toda. Mientras que a la actividad más inmediata o elemental habría ido afectando el progreso, las más elaboradas formas de la vida civil estarían sometidas al inexorable retorno. Habría entonces que dilucidar si es que a este otro estadio de la actividad humana aún no habría alcanzado el bien del progreso que al orden de la vida material ya ha llegado. Pero este ejercicio sería muy artificioso. No parece muy admisible separar las condiciones en las que los hombres obtienen sus medios de supervivencia de su organización y de las instituciones políticas que de ellas derivan o a su servicio son puestas.
La propiedad más útil que de la posible regularidad de la actuación de los hombres puede derivarse es que a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que pueda ocurrir en circunstancias cuyos factores hayan sido estudiados con este fin. Es necesario reconocer sin embargo que aún queda muy lejos siquiera un cuadro de circunstancias tipificadas. Pero hay quien con excelente juicio insiste en que el trabajo historiográfico debe permitir al menos elaborar un cuerpo doctrinal. La posibilidad de enunciar normas del comportamiento ha sido sometida a un sencillo principio de método. Para extraer lecciones de la historia será necesario antes recopilar analogías. Es necesario terminar en la historia comparada si se pretende llegar a la deducción de normas sobre la actuación de los hombres.
Pero todavía debemos añadir algo sobre este problema, relacionado con afirmaciones precedentes. Son dos cosas distintas el comportamiento humano y las propiedades de la lengua. Del comportamiento humano no cabe esperar que siempre sea racional, y tal vez sea más acertado partir del principio de que lo único regular de que antemano de él se puede esperar, considerados los comportamientos de los grupos, es el comportamiento irracional. De la lengua, que es la materia con la que el relato es compuesto, su propiedad natural es la lógica. Por la correcta construcción del texto podrá ser presentada una cadena racional de hechos o comportamientos, cuando de la materia de la que se trata es la histórica. El relato histórico está condenado, porque es texto, a desembocar en una presentación racional o explicativa de los asuntos de que trata. Cosa distinta es que habiéndose propuesto el relato observar todos los comportamientos se obligue en todos los casos a presentarlos de manera racional. Entre los comportamientos dominan los que no son razonables, y con estos a lo máximo que se puede aspirar es a la descripción.
Así pues, para resolver el problema teórico inicial, o premisa a partir de la cual organizar la materia para el relato, es conveniente plantear antes el objeto que se desea tratar. De ciertos hombres, en particular los admirables, cabe esperar un comportamiento racional, digno de ser conocido. Cuando se siguen las reglas de la explicación causal puede proporcionar un excelente producto escrito exponer su vida ateniéndose a las reglas del género biográfico. De todos los sucesos y comportamientos de la revolución francesa no cabe esperar una cadena razonable, y es tanto más probable la sinrazón cuanto mayor es la cantidad de personas que fueron protagonistas de los asuntos de que se trate. El relato de los hechos como una crónica puede ser el mejor producto escrito que de cuanto entonces sucediera puede ser elaborado.
La historia solo existe como texto
Publicado: mayo 9, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
Sobre qué sea la historia los clásicos no están de acuerdo, hasta el punto que algunas maneras de concebir esta materia parecen incompatibles con otras. Reduciendo todas las posiciones a sus rasgos generales, se podría decir que todas parecen inspirarse en al menos una de dos premisas. Para unos la historia es una materia artificial que quienes la escriben van creando justo por el hecho de poner por escrito determinados sucesos. Por razones que ahora no es necesario considerar, ciertas personas deciden dedicarse a crear estos objetos. Para ellas la historia por su origen no sería distinta a una escultura o una máquina. Otros creen que la historia existe más allá de la voluntad de quienes la escriben, como si fuese un arcano que poco a poco se va revelando a los hombres que dedican su esfuerzo a su descubrimiento, quienes con la investigación le van arrancando sus secretos. También hay quienes creen que esa materia es un cuerpo de conocimientos que trasciende el esfuerzo y la capacidad de cada hombre que con él se las ve, y quienes parten de que es un orden de los hechos humanos ya previsto hacia el que los comportamientos invariablemente deben dirigirse
Cualquiera de ellos olvida que al exponer sus principios solo enuncia como pensamiento sus propósitos, lo que es tan legítimo como humano. El pensamiento es aquella faceta del comportamiento que pretende justificar cuanto los hombres son y hacen recurriendo a los medios que proporcionan las lenguas; propiedad que porque deriva de la existencia de estas, que son en cualquier caso invención humana, puede tenerse por expansión previsible de la vida de esta clase de seres. Puede discutirse sobre la dirección regular de la corriente que desemboca en pensamiento, aunque resulta casi una evidencia que son las palabras la fuente que alimenta las ideas. Pero de lo que no cabe dudar es de que el pensamiento se vierte en la conciencia, el medio natural que le permite existir, en forma de palabras.
Como la forma de expresar el pensamiento por escrito es el texto, y como la historia alcanza el idóneo estado de materia cuando se pone por escrito, se puede afirmar que cualquiera que sea la idea que se tenga sobre lo que es historia necesita ser vertida a la forma de texto. Se podría expresar esta idea con mayor rotundidad y de forma lapidaria: la historia solo puede existir como texto, en modo alguno podría ser algo distinto a un texto.
De aquí se debe deducir que la creación de historia es algo al alcance de cualquiera. La única condición previa que exige es que se conozca un sistema de escritura que permita expresar el pensamiento.
Aprender de los clásicos
Publicado: abril 30, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
He elegido los autores cuya actividad he estudiado por una razón. Según iba sabiendo de ellos, en mi opinión en todos había algo que aprender. Esa es la condición que define y separa a los clásicos, conservar pasado el tiempo la capacidad para proporcionar enseñanzas; ese es su destino cuando alcanzan semejante categoría, aunque tal vez eso mismo estaría mejor enunciado en sentido inverso: porque pueden proporcionar enseñanzas deben ser apartados al selecto lugar de los clásicos. Con este criterio podría elegir un buen número, quizás no muchos con verdadero interés historiográfico, hablando siempre dentro de los límites de la capacidad personal de conocer y valorar los autores. Pero como cualquiera que tenga alguna experiencia sabe, una severa selección de la materia siempre se impone, porque el tiempo actúa con inexorable rigor sobre la existencia de tan marginal realidad.
Puede quedar justificada una antología solo por el placer de conocer y recuperar la palabra de quienes siendo poseedores de las virtudes historiográficas ya no viven. A ese fin puede contribuir. Pero suele ocurrir con incontenible frecuencia que la lectura provoca el sano deseo de la emulación. En previsión de que esto ocurra, a sabiendas también de que quien lo defienda puede encontrarse ante la feliz coincidencia de que quienes hasta aquí lo hayan seguido muestren ellos mismos deseos de convertirse en autores de relatos de la clase que ha sido objeto de su discurso, llega el momento en que parece conveniente enunciar principios de procedimiento que pueden contribuir a la elaboración de un relato histórico propio.
En modo alguno el juicio debe precipitarse a deducir del enunciado de los principios consecuencias para la calidad del relato que pueda crearse. La calidad de los textos es responsabilidad exclusiva de quien se compromete en generarlos y es por fortuna una propiedad intransferible. Pero habiendo tratado con los clásicos, después de haberlos conocido por separado, este momento puede ser aprovechado para deducir de sus ideas enseñanzas que inspiren tales principios. Las enseñanzas extraídas pueden ser enunciadas como una colección de reglas en las que confiar si se desea conseguir el beneficio de un buen relato.
Puede ser enunciado uno previo, muy general y hasta algo impreciso, solo en apariencia reiterativo. Quien aspire a crear sus propios relatos históricos deberá volver permanentemente a los clásicos. Con una vez que se hayan estudiado no es suficiente para extraer de ellos las enseñanzas que pueden proporcionar. Las limitadas lecciones de una antología, y otras similares que puedan hacerse, siempre presentarán solo una parte del pensamiento de cada autor. Aunque la intención de quien ha tenido que seleccionar haya sido la mejor (y no hay que dudar que no haya deseo de acertar en cualquier elección del material presentado, incluido el caso en que la idea que se obtenga parezca excesiva o deformada), con seguridad a lo máximo que podrá aspirar quien utilice este medio para conocer a los clásicos es a tener un conocimiento parcial de ellos. El conocimiento directo de los autores a través de sus textos, sin más mediaciones que las ineludibles, sobre todo las relacionadas con su transmisión hasta el presente, no puede ser sustituido por nada. Por la observación directa, cuantas veces se recurra a ella, incluso cuando una y otra vez se vuelve sobre los mismos pasajes, es posible deducir multitud de características. Cualquier autor puede ser todo lo diverso que cualquier otro pueda ser porque todos los textos, solo por tener esta forma, admiten múltiples interpretaciones. Cuanta mayor elaboración tengan las obras escritas, incluida la que añaden y acumulan sobre los anteriores los sucesivos transmisores que generación tras generación se agregan a la cadena; cuanto más alto sea el cuidado puesto en ellas, cuanto mayor sea su calidad, tanto mayor juego de interpretación admiten. Los clásicos siempre son el más alto grado de calidad de los textos de su modalidad. Son por tanto una escuela permanente, a la que se puede retornar cuantas veces se desee con la seguridad de encontrar enseñanzas. Tal escuela tiene además la enorme ventaja de que está siempre abierta. Basta con tener al alcance una biblioteca de clásicos.
Los campesinos dispersos. I
Publicado: abril 27, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Tampoco el acaparamiento de toda la unidad de producción, para fragmentarla en parcelas asequibles, colmaba las aspiraciones de todos los que en una población habían decidido tener su propia explotación de cereales sin salir de su término, por más modesta que fuera. Los campesinos que no se podían acoger a labores o a grandes unidades productivas eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos o sus hazas.
A las parcelas donde paraban la documentación suele llamarlas pegujales sueltos. Las posibilidades de que la tenencia directa sea una parte de los atributos de sus explotaciones, no especificada al inscribirlos, son las mayores. En caso de que se hubieran consumado, el registro les habría aplicado la denominación pegujal por extensión, si bien al clasificarlo como suelto, a pesar de la aparente paradoja, esta manera de proceder ganaría sentido. Campesino suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era el mismo que la ponía en explotación. Habrá que admitir además que quienes los constituyeran, porque se reducían a las condiciones del pegujal, no se quedarían al margen de la prestación de servicios, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formal, sino solo como predisposición hacia quien estuviera interesado en ella.
Esta quinta clase de campesinos es la más extensa y diversa, y expresa en el orden marginal la presión sobre la tierra de los términos de sus poblaciones laborales. A veces se concentran en manchas discontinuas localizadas en áreas con tierras ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Otras veces están aislados, tal vez porque no tienen opción a encontrar un espacio regular, o porque en una casa se ocupan de un trabajo distinto a la labor, a pesar de lo cual el señor de la casa cree conveniente recompensarlo con un pegujal en una de sus explotaciones, aun estando dedicadas a otros cultivos.
Son huéspedes sobre todo de olivares, con diferencia el primer cultivo alternativo al cereal en las vegas interiores. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas. Buena parte de ellos se localizan en haciendas descarriadas, una clase de las explotaciones de olivar que de nuevo debemos interpretar alejadas, menos accesibles. De otros se dice, sin dejar de advertir que están en tierras dedicadas al cultivo de los olivos, que se sitúan en un cortijuelo, en cuyo caso una mancha de tierra de labor estaría localizada en un territorio anómalo para esta clase de uso.
Para 16 localizaciones en tierras de olivar, a veces contiguas, en las que se constituyen 45 pegujales que acumulan 245,25 fanegas, predomina la dispersión sobre las concentraciones. Solo en un lugar hay 19 de aquellos pegujales, y en otro 7, mientras que en los demás solo hay entre 3 y sobre todo 1. El espectro de los tamaños de las parcelas se extiende en términos relativos, y hasta se extrema con algo de paradoja: la mayor tiene 30 fanegas y la mínima 0,75.
Aunque se siguen imponiendo los valores más bajos que se esfuerzan por aproximarse al tipo común, el pegujal de 30 fanegas es uno de los localizados en las haciendas descarriadas. De quien tiene un pegujal de 24 fanegas, equiparable, se dice además que está en su hacienda, un pronombre que eliminaría la cesión, salvo que se hubiera accedido a él por trabajo. Para otro de 4 fanegas tampoco habría cesión más allá de las relaciones laborales. El primero de los del área con 7 pegujales abarca 18 fanegas.
Esta confluencia de rasgos, que separa estos casos de los demás, permite pensar en explotaciones a cargo de los que en la documentación del momento se llaman pelantrines, el tipo de transición entre el labrador y el pegujalero, uno de cuyos rasgos pudo ser la promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro estable. El aprovechamiento intensivo con un cultivo intercalar de una tierra secundaria o subordinada lo facilitaría que el campesino hubiera conseguido garantizarse con la propiedad la posesión de las tierras que hubiera destinado a olivares, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales.
Los pegujales sueltos también podían ser huéspedes de una viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. De ahí su escasa presencia, su casi nula significación. En las tierras de las haciendas descarriadas también hay una viña en la que se ha abierto sitio un pegujal de 1,5 fanegas. Aunque sea un caso aislado, vale sin embargo como testimonio de que los pegujales se buscaban un lugar donde sobrevivir en cualquier parte.
En las huertas, que por naturaleza eran explotaciones consolidadas y estables, debieron ser un fenómeno no solo ceñido a la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. Su valor relativo parece más consecuencia de la alta productividad del cultivo más intensivo que de la presión de los pegujales. No dejarían de presionar en estos lugares, pero las huertas los tolerarían mal.
Solo en dos zonas de huertas se abren paso 11 pegujales que ocupan 38 fanegas. Las localizaciones en la primera se remiten a una zona donde se han impuesto las huertas. Es posible que sus pegujales estén dentro de huertas, sobre todo en el caso de los más pequeños. Están comprendidos entre 4 y 1, con presencia de tipos fraccionarios, lo que debe significar intensidad del aprovechamiento del suelo. No es frecuente que tengan un tamaño tan exiguo. Pero no hay que dar por supuesto que sean una parte de los cultivos de las huertas.
Los otros 7 pegujales se concentran en un lugar que se identifica como ruedo de la Huerta de la Reina. Es posible que el topónimo rector no aluda a un aprovechamiento presente, sino a otro anterior que quedó fijado al lugar. El mayor de los pegujales, de 12 fanegas, está en el ruedo de la huerta en sus olivares. El pronombre de la localización derivada puede ser un buen corrector del uso prevalente del espacio; el posesivo, de las relaciones a partir de las cuales se crea el orden de las cesiones. Los demás son muy regulares, de entre 2 y 3,5 fanegas.
Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían así la trayectoria del defecto como la del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. El horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.
Porque en 7 lugares de dehesas, de muy desigual implantación, conviven dos mundos, el de los pegujales públicos homogéneos, sorteados probablemente, y el de los habituales, que se distinguen por la disparidad de los valores de las series. El espectro de los tamaños de los 66 pegujales, que ocupan un total de 285 fanegas, es limitado y bajo, siempre por debajo de 10.
Un tercio se localiza en una dehesilla del monte, unos concentrados (23 pegujales) y el resto (3) dispersos. El topónimo dehesilla del monte puede ser expresivo de dos cosas: tierra acotada y sin roturar o de monte recuperado. Hasta donde el registro permite deducirlo, se trata de tierras accesibles desde la población, una parte de ellas quizás también conectadas con zonas dedicadas a labor.
Los otros dos tercios están en una dehesilla localizada en el área de las tierras de labor. Salvo un par de casos, todos son parcelas de 4 fanegas, por probables razones de concesión pública. Debe ser indicativo de la parcela que el municipio considera suficiente para que se mantenga durante un año un campesino común. Puede tratarse de un espacio público, además de acotado, que al menos transitoriamente se utiliza para el cultivo. El rigor del módulo indica equidad, sorteo e intervención pública en el mercado de los pegujales. La dimensión del caso es lo bastante elocuente respecto al alcance y las intenciones de la autoridad. Los casos singulares harían referencia: el menor, que la dehesilla está ocupada de manera similar a la de los cortijos, porque incluye huerta; y los dos, la posible remuneración de servicios públicos.
El siguiente valor en importancia, aunque muy alejando, es el 8. Expresaría el siguiente grado, en orden ascendente, de las posibilidades del campesinado común acogido a la oferta pública. Estos pegujales de mayor tamaño, localizados en lugares que no están uno junto a otro, en parte están en tierras campas, inmediatamente debajo del escarpe, en un lugar muy accesible desde la población. Otra parte es posible que esté en la zona de terrazas. Pero también comparte su condición de suelos de dominio público porque todos están reunidos bajo el epígrafe de suertes. Por eso, encuadrarlos en la categoría dehesa no sería desorientado del todo. La condición de suertes de las parcelas se hace visible en la homogeneidad de los módulos.
Los padrones de cuantías. II
Publicado: marzo 27, 2022 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
Siempre tras la relación de los vecinos y moradores, los padrones, en caso de que existan en el lugar, registran los menores y huérfanos, con sus cuantías y el nombre de sus tutores. No siempre se procede con idéntico rigor, pero se comprueba en la mayoría de los casos que se trata de menores cuya posesión de bienes conduce a la tutela impuesta por la ley. Habrían incurrido en la orfandad al menos de padre, y el régimen de transmisión de los bienes de la familia obligaría a esa mediación. Serían por tanto lo que podríamos llamar vecinos aún no emancipados.
Pero los padrones son aún más sensibles al registro de los menores que suman a la condición de edad o de sujeción a la patria potestad otras circunstancias que las modifican. En un lugar los casados que viven en casa de sus padres son francos por un año y un día, y ocurre que dos de los tres oficios paternos especificados están relacionados con la ganadería: cabrero y ovejero. Persistiría en los no emancipados, incluso habiendo ganado el estado del matrimonio, la dependencia de o la vinculación a un senior consanguíneo derivada de una dedicación ganadera común. En otro lugar, en el cuerpo de las inscripciones, se reiteran los inscritos con su correspondiente cuantía a los que se identifica como hijos, o hijo y ovejero de profesión, también con su cuantía; y de alguno además se dice que es mozo.
Según se deduce de las ordenanzas del año siguiente, los seniores de los hatos de ovejas ni al rabadán ni a cualquiera de los pastores, como pago de su trabajo, les concedían cabezas horras, es decir, para sí (347). Solo se podían contratar a soldada. Esta premisa creó tensiones y resistencia. Hubo pastores que no quisieron entrar a soldada a menos que les ahorrasen ganado (347). El legislador, como reacción, insistió en que un pastor no podía apartar ganado para sí ganado (348), y la réplica de los pastores pudo llegar hasta abandonar el servicio antes de que se completara el tiempo por el que se habían comprometido (348). La autoridad del señor impuso que al pastor, si algo así ocurriera, se le podría hacer servir y cumplir el tiempo de servicio acordado, pagar los daños y menoscabos e incluso, si no estuviera ya comprometido con otro dueño de ganado, obligarlo a servir por el precio de otro año aunque no quisiera (348).
En las ordenanzas hay indicios suficientes (393) para pensar que la soldada de estos pastores preferentemente se satisfaría en especie. Ninguna remuneración habría estado en mejores condiciones de convertirse en el valor de cambio idóneo que las cabezas de ganado que cuidaban. Las de ahorro hubieran podido ser el origen de un patrimonio que se podría consolidar como propio del pastor, y luego integrarse en los hatos con esta condición. Si, en los dos lugares aludidos, además el senior del hato de ovejas era al mismo tiempo el padre del pastor, cualquier clase de emancipación sería imposible. El conde, señor preeminente, dado tal régimen de rentas, como recompensa moderaría sus exigencias contributivas.
Otro padrón termina con los bienes de los mozos de soldada y huérfanos que tienen bienes sobre sí, que solo deben pagar por la mitad de sus cuantías. Si se trata de huérfanos, queda excluida la posibilidad de que se trate de no emancipados, pastores y dependientes de un senior consanguíneo. Serían pastores sin vínculo de hogar, y cuya manera de prestar servicios con el ganado, en aquel lugar, se atendría estrictamente a las condiciones de la soldada.
Su estado no se confundiría con el de los albarranes, en algún lugar específicamente mozos albarranes que no tienen tutor, a propósito de los cuales las cláusulas al final de los padrones también insisten en que están registrados aparte. En el condado serían los pastores que migraban cuidando ganado, y que por tanto no creaban hogar, condición que les obligaba a permanecer mozos o solteros y a la vez emancipados (242).
El medio habitual de remuneración de los albarranes, a diferencia de lo acordado para los mozos de soldada, era una porción del ganado que cuidaban (15). Al menos una parte de su renta era ganar en el mismo lugar donde estaban cuidando el ganado ajeno una parte de ese ganado (242). Es posible que la remuneración fuera uno de cada diez (242), aunque también podían comprar cerdos (242) para criarlos en la manada de la que se hacían cargo, para así incrementar sus rentas mientras estaban dedicados al trabajo para otro, y sus cabezas asimismo podían integrarse en el hato en régimen de aparcería (385). La condición de albarrán permitiría por tanto que se expandieran las posibilidades del patrimonio ganadero propio del pastor.
No era necesario que estos transeúntes ordinarios de unas tierras donde la explotación de los rebaños obligaba a una migración permanente llegaran de fuera del condado. Según las mismas ordenanzas, si eran naturales del señorío y poseían bienes, como parece regular a consecuencia de su emancipación al menos parcial, debían pagar (15). Los que fueran forasteros y adquiriesen bienes en él, también debían pagar por ellos (15). Para trabajar en otro término, a cualquiera de ellos su concejo debía concederles licencia para entrar en los montes en el tiempo de la bellota (241).
Hagamos balance. En los padrones de cuantías de 1503 están inscritos los varones que han alcanzado la condición de vecino. También los varones que aún no habían alcanzado ese grado, cualquiera que fuera su situación. Constan en ellos toda clase de viudas, y no hay que excluir que algunas de las que solo se identifican por su nombre y están cuantificadas fueran solteras, e incluso una mujer se identifica como monja.
Los padrones además son muy sensibles al intercambio migratorio, sobre todo interno, tal como refleja la especial atención a las franquicias y sus clases. Las normas que prevén las debidas a esta causa son un reconocimiento tan ponderado a la movilidad que el número de francos que inscriben los registradores, siempre fieles al legislador, podría tomarse como el indicio más sólido del estado de una población, admitida la razón de que un mayor volumen de francos indicaría crecimiento, y su escasa mención, población estancada. Parece que en 1503 se estaba viviendo un momento de redistribución de los pobladores del señorío, y en parte esta pudo ser la causa de una encuesta tan completa.
Si juzgamos por las referencias expresas a la procedencia de otro lugar, a los antropónimos que se completan con una caracterización toponímica, a los gentilicios que actúan como apellido o a los apellidos que expresamente son gentilicios, a los apelativos que son topónimos o al topónimo que complementa el nombre de las personas, las poblaciones cedentes se identifican con certeza desde las receptoras. Con estas referencias es posible un análisis pormenorizado de las migraciones, que no es imprescindible para concluir que su frecuencia es proporcionalmente alta.
También están registrados los forasteros relacionados con la movilidad ganadera, cuya estancia en los lugares del señorío era obligadamente transitoria, atendiendo a la diversidad de situaciones que sin embargo se interesan por mantener bajo control a los migrantes. Y además, dada la alta movilidad interna, están inscritos los que se han estancado como moradores en cualquier circunstancia.
Son razones como para pensar que los padrones están muy cerca del registro universal. Los tamaños de las poblaciones lo permitirían. La variedad de formas de identificar a los inscritos indica que en las menores, que son la mayoría, era fácil conocerlos a todos los que vivían en ellas.
Pero el registro en ningún momento se interesa expresamente por las mujeres casadas, y de los menores que no son huérfanos, no hay el menor rastro; y se puede dar por supuesto que quienes carecieran de riqueza cuantificable quedarían excluidos del padrón. Desde luego, de los grupos ajenos a la constitución de los municipios, los no ciudadanos, que eran los nobles y el clero, es inútil esperar registro. Solo se mencionan la moja referida, un sacristán y un hidalgo. Cualquiera que fuera el tamaño de cualquiera de los grupos excluidos, más todas las otras razones que tantas veces se han reiterado, parecen suficientes para tener la certeza de que nunca, por la mediación de los padrones de cuantías, tendremos una instantánea del tamaño de población alguna.
Más sensato que lamentarnos de la información que nos niegan parece reconocer lo que puede deducirse a partir de la que nos proporcionan, para lo que basta con adoptar el punto de vista complementario. Con la lectura de las cuantías adquirimos la certeza de que la masa de los inscritos, los vecinos, quedaban expuestos a cargar con el peso de las obligaciones debidas al señor. Los que aún no habían alcanzado ese grado, los moradores inmigrantes, simplemente tenían aplazada la carga. Ni siquiera los moradores estancados, aunque los autores de las listas nominativas los presenten desde el lado de sus carencias, dejaban de ser susceptibles de incurrir en las mismas obligaciones en cualquier momento. Las viudas, y por supuesto los menores con patrimonio, e incluso los pobres, a propósito de los cuales se tiene la precaución de cuantificarlos cuando es pertinente, estaban bajo el punto de mira de los indagadores de las capacidades contributivas. Además de transitar a la utilidad rentable en cualquier momento, viudas y pobres podían ser útiles como responsables de un hogar en los márgenes. Tampoco los forasteros, aunque estuvieran de paso, escapaban a ellos. Quizás la instantánea más expresiva a este propósito sea la que ofrecen los que discrecionalmente el señor decidía redimir de las obligaciones parcial o temporalmente. Un montero, o un bacinador, o un curandero, pueden ser útiles por razones distintas al pago de rentas.
Todos los registrados estaban inscritos en la medida en que podían ser útiles para cualquiera clase de pago y servicio. Cualquiera de ellos, en cualquier momento, podía generar las rentas, ya fueran ingresos o actividades, que permitieran a los gestores del dominio cuantificarlo, y por tanto exigirle las obligaciones derivadas de la categoría material que hubiera adquirido. En el condado la inscripción en los padrones de cuantías estaban dictadas por las condiciones del avecindamiento impuestas por el señor. Las relaciones que comprometía a discreción tomaban como referencia las capacidades materiales de quienes aspiraban a subordinarse a su dictado. A partir de ellas decidía si era o no pertinente otorgarle la plenitud de la sumisión como vecino.
Es muy probable que los padrones de cuantías de 1503 proporcionen una instantánea exhaustiva de las clases de vínculos que se podían crear entre un señor y sus vasallos. Además, permiten deducir con precisión cómo podían deteriorarse las relaciones sostenidas sobre el control de los sujetos a obligaciones serviles, si se reconstruye la ruta que llevaba desde la aspiración al avecindamiento hasta la caída en cualquiera de los márgenes de la jerarquía material creada por las normas señoriales.
Por la reiterada mención de los pagos, que los padrones prefieren a las referencias a los servicios cuando deben recurrir a una mención sumaria a las obligaciones de los cuantificados, se presume que el régimen de cargas a principios del siglo XVI había optado por las rentas deducibles de las que a su vez ingresaban siervos y vasallos. Para ingresarlas, la expresión nominal del valor de sus bienes pudo ser un referente inmediato al que aplicar tipos impositivos.
Al señor, autor político de los padrones, lo que le interesa es mantener bajo observación a todos los susceptibles de ser requeridos por unas obligaciones idénticas a las impuestas desde el principio en otras latitudes, o a las que persistieron bajo las más severas condiciones de la servidumbre. Más de trescientos años después, según I. Turguénev, al otro extremo del continente, entre siervos sobrevivía la misma dualidad de obligaciones, la prestación personal directa (bárschina) o, en su lugar, su reducción a dinero o especie (obrok).
Los padrones de cuantías. I
Publicado: marzo 18, 2022 Archivado en: Eloy Ramírez | Tags: población Deja un comentarioEloy Ramírez
A los padrones medievales se les demandan utilidades demográficas, aun reconociendo que su objetivo común suele ser el registro de vecinos. Si son de cuantías, como es el caso de los redactados en 1503 en el condado, su propósito nunca será averiguar cuánta gente vive en sus lugares, sino la riqueza de toda la que tiene alguna, bajo las condiciones previstas por quien aspira a servirse de las inscripciones para demandar pagos y servicios.
Pero también parece razonable aceptar que para el señor tendría un bajo rendimiento administrativo que solo los vecinos en la plenitud ciudadana fueran inscritos. Si se trataba de mantener bajo control las obligaciones de pagos y servicios de quienes vivieran bajo su dominio, tendrían que interesarse además por todos los que hubieran incurrido en ellas desde el momento en que vivieran en él, aun sin alcanzar la condición de vecino.
No todos los de 1503 se atienen al mismo tenor, y el rigor es suplantado por el empirismo, sensible a las dimensiones de las comunidades radicadas. Pero podemos presumir que los vecinos son la masa de los inscritos, salvo ocultación o fraude, porque junto a la mayoría de los identificados por su nombre aparece registrada su correspondiente cuantía.
Entre ellos están con seguridad los vecinos que por reconocimiento discrecional o transitorio de su municipio, o sobre todo del señor, no estaban obligados a los pagos y servicios debidos. Los hay francos por hidalgo, y también por el ejercicio de una actividad considerada digna de ese reconocimiento. Se mencionan insistentemente entre los exentos monteros del conde, algunos de los cuales son además ballesteros. Como también había monteros que no disfrutaban de franquicia, padecerían la consecuencia de no disfrutar a la vez la condición de ballestero.
Son también francos habituales los bacinadores, hombres que vivían gracias a las limosnas que recaudaban. Dos advocaciones les daban cobertura: San Antón y, sobre todo, San Lázaro. Al que pidiera limosna para el culto a San Antón le estaría justificada su franquicia por su contribución a la salud del ganado, y al bacinador por San Lázaro, por lo que se esforzaba en favorecer la de los hombres. Cualquiera de las dos exenciones reconocería la fuerza que ambas creencias habían adquirido entre los que vivían en el condado.
Además, pueden ser francos un mayordomo de una iglesia, un oficial de barbero o quien se emplea en la obra de una fortaleza. Hay un franco perpetuo porque sana piernas y brazos de balde, y en un lugar una mujer es franca a iniciativa del señor porque su marido fue ciego.
Por otra parte, hay vecinos que ven reducidas a la mitad sus obligaciones serviles por ser alcaldes, responsables de la administración de justicia delegada por el conde, y por las ordenanzas consta (78) que el jurado de los lugares del señorío, vecino de la cuantía menor, que tiene la responsabilidad de atender la recaudación de los pagos y servicios en los pueblos, es franco de todas las obligaciones durante el año que ejerce el oficio.
Están también registrados todos los que se mantenían en el tránsito entre la residencia y el avecindamiento cuando se procedía a la redacción de los padrones, moradores que no debían pagar servicios hasta tanto hubiera transcurrido cierto tiempo desde que se instalaron. Su inscripción no aparenta problemas. No solo están registrados con pulcritud, sino que sus circunstancias las describen los padrones con más detalle que las de quienes ya han consolidado el avecindamiento.
En el lugar con mayor número de inscripciones, el estado de transición se reconoce distinguiendo entre vecinos viejos y vecinos nuevos, cualquiera de los cuales tiene adjudicada su cuantía. A los nuevos se les declara expresamente francos, o junto a su nombre se hace constar que su franquicia está asociada a la inmigración. Serían por tanto moradores que habrían alcanzado ya el estado de madurez. Habrían inmigrado con patrimonio o demostrado, antes de agotar el plazo previsto para el avecindamiento, las condiciones patrimoniales que en su momento les permitirían aspirar a la condición de vecino de pleno derecho. Pero aún no habrían sido inscritos como tal justo porque de esta manera podrían disfrutar hasta el final la franquicia prevista.
Son más frecuentes los moradores que aún no hubieran alcanzado ese grado. Se identifican mediante la referencia a las exenciones asociadas a la inmigración reciente. Normalmente, las otorgaba el municipio correspondiente, aunque también había moradores francos por el señor. Cualquiera de ellas podía tener vigencia por cinco o por diez años, tal como estaba previsto por las ordenanzas.
Eran cinco años cuando el inmigrante era un varón que, venido de fuera, contraía matrimonio con mujer natural. El legislador, que también era el conde, había decidido servirse de las franquicias como estímulo a la inmigración, mediando el señuelo de las nativas del señorío, por su iniciativa ofertadas en el mercado matrimonial con el propósito de incrementar por vía vegetativa sus vasallos y sirvientes. Era un modo indirecto de ejercer la secular prevalencia de los señores sobre el matrimonio de las núbiles radicadas en sus dominios, que con el tiempo daría origen a una renta que la redimiera o penalizara el matrimonio acordado al margen de sus autoridades. Sobre la vigencia de cualquiera de las dos modalidades de pago en el condado a principios del siglo XVI, aun así, no hay constancia.
Una parte de quienes obtienen franquicia por cinco años ha llegado de poblaciones próximas, aunque no exteriores al señorío. Es más frecuente que los francos por cinco años inmigren desde poblaciones colindantes o próximas a sus tierras. En más de una ocasión, la fecha a partir de la cual empieza a contarse el tiempo durante el que debe regir la franquicia es común a todos los inmigrantes. Parece la consecuencia de un acto administrativo, sea una concesión o el registro de los inmigrantes. Pero cualquiera de las dos posibilidades puede contener una tercera, de mayor alcance para la población del condado, que en tales casos se tratara de una inmigración en grupo.
También según las ordenanzas, las franquicias eran de diez años cuando el inmigrante era ya un matrimonio y llegaba de tierras externas al señorío. En este caso, aunque el matrimonio ya no fuera estimulante inmediato de la migración, sí era la condición para disfrutar de la franquicia. Incrementar su vigencia pretendería estimular el movimiento de un grupo familiar ya formado, arraigado en un lugar y menos propenso a trasladarse.
Estas migraciones, aunque de frecuencia inferior a las de quienes gozan de los cinco años de franquicias, partirían de poblaciones de las mismas comarcas pero localizadas algo más lejos, de la primera ciudad de la región o de Portugal. Así era estimulado y quedaba reglado el segundo radio de las migraciones condales.
Excepcionalmente, entre los que llegaban de la primera ciudad del sudoeste, los había francos vitalicios, en un lugar la franquicia por concesión señorial es perpetua o por quince años, y todavía se detectan franquicias por doce años. Al contrario, puede ocurrir que los inmigrados de la tierra de centro de la región sean francos por tres años, o que se conceda franquicia por un año y un día. Ninguna de estas parece modificada por su radio y sí por circunstancias particulares.
A veces, el registro es tan sensible al movimiento migratorio que ofrece la instantánea de su origen. Al de un hombre se añade que es franco porque llegó desde una población colindante con las tierras condales aquel mismo año. Pero en otras ocasiones la redacción del padrón da lugar a interpretaciones inseguras. Así, por ejemplo, de un hombre se dice que vino por diez años desde esa misma población. Por la manera de expresarse quien lo redactó, se podría pensar que los plazos de las franquicias, en ocasiones, dependieran de condiciones acordadas entre el municipio y el inmigrante, entre las que se podría incluir la inmigración tentativa.
Pero sean francos por cinco años o por diez, por plazos anómalos, o incluso, si es correcta la interpretación, por un periodo pactado, en todos los casos, en previsión de sus obligaciones futuras, cualquiera de los moradores en trance de convertirse en vecinos tiene adjudicada una cuantía.
También están registrados los moradores que se hubieran estancado como residentes sin capacidad para adquirir la condición de vecino porque no hubieran conseguido acopiar el patrimonio que permitía acceder a ella. Cada padrón se impone dejar constancia de que en él han quedado inscritos los pobres, las viudas o los menores, según conviene a las circunstancias averiguadas en el lugar. Habrá que aceptar que cada padrón es leal a cualquiera de estas realidades, y que por tanto se preocupa por mantener bajo control administrativo a los moradores del señorío que sobreviven en las posiciones periféricas, los que más riesgos correrían de quedar excluidos de la encuesta.
Se comprueba, efectivamente, en la mayoría de los padrones, por una parte, que se inscriben expresamente varones calificados de pobres, sin que a esta condición se añada alguna más. Suelen figurar en el cuerpo del padrón, aunque hay redactores que prefieren enumerar en relación aparte los pobres que no pagan ni han pagado porque no tienen ninguna cuantía. El registro de la pobreza parece más certero cuando junto a un nombre, al que se le añade la calificación de pobre, el lugar que debería ocupar la cuantía que le correspondiera aparece en blanco, lo que ocurre con la frecuencia suficiente como para creer que es una decisión adecuada a las normas a las que se atenían los redactores de los padrones.
En algunos casos, anotaciones especificativas permiten además avanzar sobre las causas que en los lugares del condado pudieron ser responsables de la pobreza. A veces aparecen nombres de varón a los que a la condición de pobre, a continuación de los cuales la cuantía está blanco, se les añade la de doliente. Padecer o haber padecido alguna enfermedad dificultaría la adquisición de bienes.
Otras veces, en varios lugares, el registrador se refiere a pobres hospitaleros, de uno de los cuales además se explica que es hospitalero de la Misericordia. No hay que excluir que el concepto se utilice en el sentido de hospitalizado, pero tampoco hay razón para no interpretarlo en el que ha prevalecido, de persona dedicada al cuidado de los pobres y transeúntes acogidos como huéspedes en instituciones caritativas. En ese caso, para justificar su dedicación a la hospitalidad ellos mismos tendrían que ser dignos de hospedaje, puesto que están declarados como pobres.
Otro es apodado El Cativo. Haber sufrido cautividad pudo estar en el origen de la vida errabunda que no permite adquirir bienes raíces, y aunque sin la calificación expresa de pobre, un hombre se identifica como viejo y ermitaño. La dedicación a la vida eremítica pudo ser una consecuencia de la acción concertada de pobreza y edad.
Por tanto, es posible que los nombres de varón tras los cuales el espacio que debería ocupar la cuantía estimada aparece en blanco, incluso aunque no sean calificados como pobres, ni al caso le acompañen más explicaciones, tal vez sea la pista más segura para detectar toda la pobreza, algo que también es frecuente. Así se haría referencia a quienes carecieran de los bienes necesarios para ser contabilizados. Como figuran en el padrón, solo puede tratarse de gente que ha degradado su condición, bien porque siendo vecino ha caído hasta este abismo, o más probablemente porque habiéndose establecido como morador no ha conseguido cumplir con las condiciones necesarias para alcanzar la plenitud del vasallaje.
Pero también es posible, cuando solo se cumple la condición de que el espacio de la cuantía está en blanco, que se trate de ausentes, simplemente, o no concurrentes a la declaración, y de los que no ha sido posible averiguar sus bienes, ni siquiera con la ayuda de los vecinos de la comisión encargada de redactar los padrones.
Aun aceptando que cualquiera de las posibilidades reconocería un hecho verificado, todavía hay situaciones algo desconcertantes, en las que está justificado desconfiar de las afirmaciones con las que concluyen los padrones.
En más de uno nadie está calificado expresamente como pobre, y sin embargo al final se afirma que el padrón los contiene, y en un lugar con pocos inscritos, cuyo escatocolo afirma que el padrón inscribe viudas y pobres, en su relación nominativa, si bien es posible que haya viudas, porque registra un par de mujeres, no se identifica ningún. Se puede pensar que al menos a veces la cláusula final es un formalismo, sobre todo en los lugares menores, que pudieron actuar con menor rigor administrativo. No parece veraz que un lugar haya perdido a todos sus moradores marginales, salvo emigración selectiva, que aun así no sería sorprendente tratándose de pobres. Las poblaciones en situaciones de escasez los excluían, y la existencia de hospitaleros indica además que los moradores empobrecidos migrarían.
Más sorprendente es que a veces hombres calificados pobres, entre ellos un hospitalero, sean inscritos con cuantía de 1.000 maravedíes, la cuantía mínima. Se podría interpretar que, aun estando en la frontera de los marginados absolutos, puesto que disponen de alguna renta propia no consiguen escapar a las indagaciones de la administración del conde.
Si aun así la condición de pobre prevalecía y era motivo de franquicia, podemos deducir que tener adjudicada una cuantía en los padrones no significaría que se dispusiera de bienes, y que por tanto se hubiera adquirido la condición de vecino. La masa que inicialmente hemos aceptado como vecinos no necesariamente cumpliría con esta condición. Solo una parte se habría elevado a la categoría de vecino en el sentido estricto del concepto. La mayoría de los inscritos, convenientemente cuantificados a partir de las rentas de sus actividades, serían los moradores, la masa del común, la que alimenta el orden inferior, no ciudadano o plebeyo en cada lugar, que sería fluida porque las rentas y los bienes lo mismo que se adquieren se pierden, una circulación constante que obliga a la administración condal a permanecer alerta.
En el registro de las viudas, se dan situaciones semejantes, en parte porque son prolongación del estado de pobreza. Se inscriben expresamente mujeres pobres y mujeres pobres con la cuantía en blanco sin más explicación. Hay alguna mujer que solo se identifica por el nombre de su marido, aunque sin que conste expresamente que es viuda, y de la que se dice que no tiene bienes ningunos. De bastantes más se dice expresamente que son pobres viudas y a la vez su cuantía aparece en blanco.
También las viudas suelen estar inscritas en el cuerpo del padrón, y también en otras ocasiones, después de este, se añade la lista de las que no pagan ni han pagado porque no tienen ninguna cuantía. Casi todas son viudas y pobres, y algunas además viejas o solo viejas y pobres. Todo converge en que las viudas de las que no se hace constar cuantía efectivamente eran las pobres.
Pero también aparece en alguna ocasión la viuda y pobre con 1.000 maravedíes de cuantía, y son más las mujeres cuantificadas de las que no consta que sean viudas y que se identifican por el nombre de su marido. Cuando los padrones son más específicos, a la identificación de la mujer cuantificada solo por el nombre del marido se le añade la aclaración de que son viudas, o simplemente se declara de algún modo que su marido ha fallecido. También hay mujeres cuantificadas que solo se identifican por su nombre o por su apelativo. Debe tratarse de mujeres de las que tampoco se aclaró que fueran viudas porque en su caso, cuando se especifica más, otra vez se aclara que su estado es el de viudas.
Hay que dar por supuesto que todas son viudas de vecinos y moradores. Una parte de ellas mantendría el estado de vecina adquirido durante o sostenido por su matrimonio, tal como su cuantía reconocida demuestra. Otras sobrevivirían como moradoras marginales, a consecuencia de la viudedad, en casos extremos agravada por la vejez, de las que derivaría la pobreza.
Petrarca
Publicado: marzo 8, 2022 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Desterrado su padre de Florencia en 1302, por discrepancias personales con destacados miembros del partido güelfo negro, fue a establecerse en la cercana Arezzo, donde en el transcurso de 1304 nació Francesco. Pero al poco la familia decidió trasladarse a Pisa, en 1312 a Avignon, ya sede pontificia, y luego a Carpentras, donde el hijo empezó sus estudios. A partir de 1316 emprendió los de leyes, que cursa sucesivamente en Montpellier y en Bolonia. Pero desde aquí hubo de volver a Avignon, reclamado por la muerte de su padre; circunstancia por la que interrumpió unos estudios que jamás reemprendería. Poco después también moriría su madre. Hasta entonces había vestido los hábitos sacerdotales, aunque no había recibido las órdenes. A partir de aquel momento, interrumpió su vínculo personal con la iglesia, y así Petrarca fue emancipado por el destino.
En 1326 empieza para él una agitada vida, rica en contrastes, pero en lo esencial dedicada a la poesía y la investigación filológica. En 1327, aún en Avignon, conoció a Laura de Noves, que se convertiría en la literaria mujer de su vida. Giacomo Colonna, que había sido su compañero de estudios, ya obispo, consiguió ponerlo al servicio de su hermano Giovanni, ya cardenal. Por encargo de su señor viajó por Inglaterra, Francia, Alemania y Flandes. Habitualmente cambia de residencia cumpliendo misiones diplomáticas para los Colonna. Principales para su manera de pensar fueron las estancias en Londres, París, Gante, Lieja y Aquisgrán. Paró finalmente en Roma, donde residió bastante tiempo, aunque todavía vivió en Milán durante algunos años y después en Venecia. Por último se estableció en Arqua, lugar próximo a Padua, en medio de los montes Euganeos, donde pasó el resto de vida que le quedaba. En la casa que allí se había hecho construir murió en 1374.
Petrarca es aceptado como el primer gran maestro del humanismo y el más significado precursor del renacimiento. Su obra principal es poética, aunque también compuso textos filosóficos. Pero es además autor de algunos textos historiográficos, entre los que destaca otro volumen De los varones ilustres, biografías de héroes de la historia romana y de personajes del Antiguo Testamento, redactadas sobre retratos individualizados limpios de leyenda. El método que aplica a su redacción se convertirá en el modelo de esta variante historiográfica durante todo el renacimiento, época durante la que será muy cultivada.
El gran proyecto de su vida fue el poema épico África, concebido como texto latino en hexámetros que debía narrar la segunda guerra púnica reelaborando la narración de Tito Livio. Alcanzó a escribir nueve de los doce libros que se había propuesto, pero la obra quedó inacabada. También son muy estimadas las dos grandes colecciones de cartas que dejó, cuyo contenido va desde los previsibles asuntos personales a la traducción latina de la última novela del Decamerón, pasando por las biografías, forma sobre la que una y otra vez vuelve, ahora para prestar atención a hombres ilustres de la antigüedad. Lo mejor de la producción latina de Petrarca es su enorme amplitud de registros, que son al mismo tiempo poéticos e historiográficos, autobiográficos, didácticos y satíricos.
Pero no hay que buscar en nada de esto lo que de Petrarca tiene mayor alcance para la historiografía. Durante su estancia en Lieja hizo el descubrimiento de su vida, el texto del Pro Archia de Cicerón, hasta entonces perdido. Esto le obligó a un serio esfuerzo filológico, a partir del cual pudo aventurarse hacia otros textos antiguos y generalizar ideas sobre la necesidad de la crítica. Originalmente su interés por el procedimiento estuvo dirigido a la obtención de un texto fiable, pero terminó defendiendo la necesidad de la crítica de las fuentes cuando se trataba de relatos de sucesos pasados, para que quien los estudie pueda disponer de hechos veraces. Así fue como se declaró partidario del conocimiento directo y riguroso de la antigüedad clásica, mediante la depuración y el análisis comparativo de los testimonios más autorizados, frente a la visión fabulosa que la edad media había aceptado y convertido en norma.
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