Los campesinos de la periferia

Alain Marinetti

En los términos muy extensos, las tierras periféricas eran las que estaban más allá del límite racional del movimiento. Eran menos accesibles desde el centro y más desde las poblaciones circundantes, que las podían acaparar desde las posiciones exteriores por su ventaja en relación con los desplazamientos.

     El apeo de sementeras de 1771 es poco preciso cuando describe las tierras periféricas. Solo permite distinguir sus clases de pegujal según la residencia de sus tenientes. Menciona con más frecuencia los radicados en el término de la población central en manos de quienes tienen su residencia en una de las poblaciones periféricas. Pero de ellos desconocemos cualquier indicio de la relación que está en su origen, salvo excepciones. No sabemos si están localizados en tierras que han tomado sus convecinos para crear labores, otros de pueblos contiguos o labradores de la población central. Solo queda a nuestro alcance su toponimia, que a lo sumo permite ensayar sobre las distancias.

     Asimismo, identifica los pegujales de quienes viven en la población central y están asociados a labores de quienes viven en alguna de las poblaciones circundantes. Son 20 pegujales que suman 146 fanegas. Tienen un tamaño comprendido entre unas excepcionales 36 fanegas, muy lejos de las siguientes 13, y 2, cualquiera de ellos con una frecuencia muy baja.

     Para ellos, la situación es la inversa a la precedente. Consta la dependencia, que es el nombre de quien tiene la labor pero no la toponimia, salvo alguna excepción. No sería posible la localización precisa de cada uno pero sí ensayar los costos de desplazamiento para todos, si se combina esta información con la localización de las labores de los labradores de las poblaciones periféricas.

     Pero tampoco sabemos nada de las condiciones bajo las cuales se asocian a la labor. En la mayor parte de los casos podrían ser pegujales sin vínculo laboral remunerado con pegujal. Se trata de uno o dos pegujales asociados a distintas labores. En otros sí parece mediar vínculo laboral, especialmente cuando en tierras que cultiva un Sebastián Dana se localizan 7 pegujales de entre 5 y 2 fanegas bastante jerarquizados. Estos 7 podrían ser pegujales por trabajo. Serían compatibles con otros pegujales de 13 y 8 fanegas cedidos a cambio de otros servicios. Luego Sebastián Dana, vecino a saber de cuál de las poblaciones periféricas, tendría un cortijo en el término, en el cual tendría una labor, remuneraría parte del trabajo adquirido con pegujales y todavía cedería otros pegujales.

     Por último, se identifican algunos pegujales de quienes, viviendo en la población, están alojados en cortijos de forasteros que tal vez ni siquiera estén en el término. En el único caso donde consta una descripción algo más completa hay un par de pegujales de 4 fanegas cada uno asociados a una labor media de alguien que vive en la población periférica más próxima a la central. Puede tratarse de un cortijo que está implantado sobre los dos términos, el central y el periférico, al que acuden. De ser así, cualquiera de los pegujales identificados solo con el nombre del cedente podría cumplir esta misma condición, siempre que las distancias fueran racionales, lo cual no se cumpliría con todos los términos colindantes. Claro que siempre cabría la posibilidad del hábitat provisional asociado a la explotación episódica, el que se conoce como chozo.

     El alcance de estas dificultades es limitado. Solo quedaron inscritos 42 pegujales de las agriculturas de las poblaciones periféricas, que acumulaban 400 unidades de superficie y ocupaban 28 áreas de 28 espacios. La desproporción entre pegujales del centro y pegujales de la periferia es inverosímil. Puede ocurrir que los regímenes de explotación de los cereales en las poblaciones periféricas excluyan la cesión de estas parcelas subsidiarias, si bien sería insostenible que en todas las que explotan el término se actuara de la misma manera. Aunque sean escasas, hay pruebas del recurso a la fórmula en ellas, y nada indica que el fenómeno sucediera desde las circundantes de un modo distinto a como se dispersa desde la central. Es más probable que cada una de ellas reprodujera el mismo orden a su escala (cortijos centro, centrifugación, etc.), y más aún que a esta parte de las cesiones no llegaran las averiguaciones desde la administración del centro, cuyas preocupaciones, por otra parte, estaban dirigidas a ingresar la cuota correspondiente a la cantidad de suelo puesta en cultivo. Tal vez la totalidad que formaran labores y pegujales quedara reducida a solo una cifra, sin entrar en matices ni descomposiciones, en las declaraciones de los labradores de la periferia, quienes así facilitarían el trabajo recaudatorio a la administración del término.

     Para formarse un juicio acertado de las características espaciales de las explotaciones subordinadas o subsidiarias puede ser suficiente con que nos restrinjamos a la información procedente del  centro. La cifra que suman es lo bastante representativa. Si tuviéramos en cuenta la exigua cantidad de los pegujales de la periferia además se desequilibraría innecesariamente la percepción de los hechos.


Expansión de un señorío. El frente norte. I

Redacción

Parece que el conde, a partir de 1415, habría desplazado su frente pionero desde el sur, donde la competencia por el espacio, dada la concentración de poblaciones, era muy alta, al norte-noroeste, donde los testimonios insisten en revelar que persiste y domina el aprovechamiento pecuario del espacio, mucho más extensivo y menos expuesto a la competencia. Allí sus proyectos de expansión se concentraron en el Campo de Andévalo, donde a pesar de todo tuvo que vérselas con un señor corporativo, la cámara de los veinticuatros que regía Sevilla, que enseguida reivindicó derechos sobre aquella extensa comarca.

     Según el enfrentamiento fue acumulando argumentos, las partes irían apelando a pruebas demostrativas de sus respectivos derechos. El más remoto, hasta donde los conocemos, sostiene que el lugar de Andévalo, con su castillo y fortaleza era de la corona y de la ciudad de Sevilla, según se podía deducir de un privilegio de Alfonso X, que confirmaba otro de Fernando III, por el que delimitaba su tierra. Mientras la de Niebla no fuera un señorío, aquel derecho no se oponía a las iniciativas que su concejo tuviera para estar presente en el Campo.

     Pero a partir de 1368, cuando el rey la concede en feudo a quien inviste como señor, su posición relativa cambia de signo. La referencia de un procedimiento incoado por la justicia de Zalamea, que tomara testigos para una hidalguía en Calañas el 8 de agosto de 1377, sería utilizada por los señores siguientes, que se titularon condes, como el argumento más remoto a su favor. Con aquella prueba se podía acreditar que entonces decían que Calañas, en el Campo de Andévalo, era aldea de Niebla, lo que demostraría el ejercicio del dominio del conde en la zona pocos años después de que ganara el señorío.

     Uno de los que con el tiempo se interesaron por las causas políticas de la querella fue el letrado Pedro de Peralta, quien se contó entre los que por encargo, a lo largo del siglo XVI, actuaron en los tribunales para defender a uno de los interesados. Redactó su memorial sobre el contencioso a su cargo hacia 1560, y en él la más remota la encuentra en los hechos de 1383-1385, cuando hubo grandes guerras entre el reino de Portugal y el reino de Castilla. Entonces, dice, la ciudad de Sevilla había dado el Campo de Andévalo para el reparo de los muros de la villa de Niebla, ya capital del condado, razón suficiente para que se originasen interpretaciones dispares sobre la ascendencia que unos y otros pudieran tener sobre la comarca.

     Pero el origen del enfrentamiento sin concesiones, según Peralta, estaría en que a comienzos del siglo XV se precipitó la crisis que hizo posible los extraordinarios poderes del conde de Niebla en el reino de Sevilla. A causa de la inestabilidad política, a partir de 1415 el conde ganó poder, y sabría servirse de las circunstancias para ocupar el Campo de Andévalo, tan provechoso, próximo a su señorío y villas de Niebla, Beas, Trigueros, Luçería (sic, por Lucena) y otras de su condado. Con facilidad lo pudo ocupar y ocupó, y con facilidad lo defendió. De la misma opinión es otro de los letrados que se tuvieron que interesar por el enfrentamiento, de apellido Trujillo, quien redactó hacia 1557 el memorial que defendería sus tesis ante el tribunal que entonces enjuiciara las disensiones.

     Aunque los analistas del siglo XVI que seguimos, que defendieron los intereses de los veinticuatros, coinciden en que hacia 1415 habría empezado la expansión del señorío a costa de aquel espacio, no todos lo presentan de la misma manera. Para Peralta, el conde hacia 1415 había mandado ocupar gran parte del Campo, o con más precisión la parte del Campo de Andévalo que poseía Sevilla, lo que en su momento consideraba suficientemente probado. Trujillo, más directo, sostuvo que quien había tomado la iniciativa de entrar y ocupar el Campo de Andévalo había sido el conde don Enrique, activo entre 1396 y 1436, tal como en el discurrir de la querella a lo largo de los años se había comprobado. Hacia 1415, escribe, en la sazón que el conde don Enrique de Guzmán se entró en estos términos, era poderoso en Sevilla y señor de los oficios. Vulgarmente en todo el reino le llamaban duque de Sevilla, y respecto de Sevilla y vecinos de ella se puede decir que fue fuerza de señor a vasallo. De tal manera era poderoso que el regimiento de Sevilla no tenía libertad para poderle pedir cosa alguna. Era el tiempo de las alteraciones, que fue desde el año de 1415 hasta después de echados los infantes de Aragón de Castilla.

     Para un tercero, que firma Santofimia, autor de otro memorial, escrito hacia 1568, el conde de Niebla, a partir de 1415, había tenido y mandado entrar y ocupar injusta y no debidamente muy gran parte del Campo, de lo que solía poseer así como suyo libre y exentamente la ciudad de Sevilla y los vecinos de ella. En el transcurso de los veinte años siguientes, añade, en lugares que no precisa veían a los alguaciles de Niebla cobrar dos, cuatro, doce y veinticuatro maravedíes de los bueyes y vacas, puercos y cochinos de algunos vecinos de la tierra de Sevilla, unos dicen que por el derecho del almojarifazgo, otros por lo verde, otros por la bellota.

     Ni el conde ni ninguno de sus sucesores, hasta donde sabemos, negó en alguna ocasión cualquiera de estos términos; ni el más genérico, el referido a la iniciativa del señor pionero, ni las exigencias de exacciones, en conflicto con los atributos de la corona. Sin embargo, la ocupación a la que apelan los defensores de los intereses de capital no parece que fuera manu militari, sino colonial, aunque apoyada en la presencia de la fuerza del señor.

     Contaba a su favor con el precedente de las iniciativas colonizadoras que el concejo de Niebla, cuando actuaba sin interferencia señorial directa, había tenido. Entre 1290 y 1315, en uso de los poderes entonces instituidos en su favor, había promovido una colonización concentrada en lugares estratégicos del Campo de Andévalo, un proyecto bien concebido territorialmente, que ejecutó en dos fases. Durante la más expansiva promovió en 1290 la colonización de la aldea llamada Castillejo, en 1299 la población del Castillo de Alfayar, junto al río Chanza, frontera portuguesa, y en 1309 la de Cabeza de Andévalo. En 1311, entre la primera y segunda fase, el municipio decidió crear una puebla con el nombre de Villanueva de Alfayar, aneja al Castillo de Alfayar. A la vez que prolongaba y corregía lo actuado antes, pudo ser una razón que aconsejara la segunda fase de la experiencia colonizadora, que se concentró en los años 1314-1315 y fue desarrollada en dos frentes, uno de revisión de todo lo actuado antes y otro que se aplicó al lugar en el que se había puesto más empeño y parecía más inestable, el que tal vez concentrara un mayor grado de fracaso, el Castillo de Alfayar y su Villanueva.

     Trujillo y Pedro de Peralta coinciden en afirmar que el pleito más antiguo sobre la posesión del Campo, según que se menciona en la documentación que manejan, es el de 1427, que conoció el doctor Garci Gómez, juez de comisión; aunque Peralta añade que del año 1427 atrás parece haber venido otro juez a petición de la ciudad de Sevilla. El memorial de Trujillo se limita a reclamar que las pruebas que presentara el conde habrían de referirse a los ciento treinta años precedentes, durante los cuales se habían sucedido los pleitos, lo que de acuerdo con la fecha en la que fue escrito nos remonta al mismo año.

     Es probable que la causa directa del primer pleito, si es que el de 1427 fue el primero, estuviera en la oferta para colonizar Fuentecubierta, hecha por el conde en 1423, en pleno Campo de Andévalo, una de las más completas de las que hicieran los condes mientras mantuvieran esta política entre el siglo XV y el XVI. Tal vez parte de las ventajas que ofrecía a quienes inmigraran al lugar excedieran los atributos de los poderes que tenía reconocidos por la corona.

     En sus indagaciones, Peralta encontró que para concurrir a la actuaciones del doctor Garci Gómez fueron diputados un par de veinticuatros, un jurado y un letrado miembros del municipio sevillano. En agosto, según pudo averiguar gracias a los acuerdos que tomara, se les dio dineros para la ayuda de costa y la despensa de la que tendrían que disponer en un mes que entendemos que estarán allá. Sería uno de los veinticuatros, llamado Fernando de Medina, quien se encargaría de ejecutar la posesión del Campo, trabajo que terminó al menos nueve días después de que concluyera el mes inicialmente previsto.

     El de Peralta es el único testimonio directo, aunque tardío, de la actuación de esta comisión, que no obstante podemos completar con lo que registraron las actuaciones replicantes del conde. Si hemos de creerlas, la comisión representante de los intereses de los veinticuatros se presentaría en Calañas, donde le manifestaron que querían ser vasallos de Sevilla, aunque bajo la amenazaba de que si decían que querían ser del conde los mandarían ahorcar. También estaría en Paimogo, y también los presentes al acto les dirían que eran vecinos de Sevilla bajo coacción. Fernando de Medina, el representante de la cámara de gobierno de la capital, no obstante, los mandó prender, y se llevó a algunos de ellos presos al Cerro, donde los tuvo ocho días. Los amenazó asimismo con que si decían que no eran vasallos de Sevilla los mandaría ahorcar. Además, la gente que había venido con Medina les había tomado por la fuerza, entre otras cosas, gallinas y cebada.

     Cuando se hizo presente en la Alcaría de Juan Pérez nombró un alcalde, tras lo cual los vecinos también dirían que era su deseo ser de Sevilla, aunque igualmente bajo amenaza. Les aseguró que los mandaría ahorcar si decían que eran del conde y que los vendería y les haría atar las manos y llevar a tierra de Sevilla presos. Y aún estaría en el Alosno, donde a tres vecinos el veinticuatro los prendió y les hizo muchas injurias porque manifestaron que eran vasallos del conde y del término de Niebla. La gente que venía con él les tomó muchas cosas contra sus voluntades, entre ellas cabritos, gallinas y cebada, por lo que no les dieron nada. Se quejaron al veinticuatro, quien no solo no hizo algo para impedirlo sino que los llevó presos al Cerro, término de Sevilla.

     El conde no tardó en reaccionar. El concejo de Niebla, el 27 de agosto, declaró como suyos, entre otros localizados en el Campo de Andévalo, los lugares de Calañas, el Alcaría de Juan Pérez, Alosno y Paimogo, dispersos de tal manera en él que abarcaban de norte a sur y sobre todo de este a oeste buena parte de su geografía. Y el día siguiente fue el conde quien afirmó sin más que el Campo de Andévalo era suyo.

     Durante los últimos días del mes, un representante de Niebla y el conde estuvo sucesivamente en Calañas, Paimogo, la Alcaría de Juan Pérez y Alosno. En Calañas presidió la elección de un alcalde y un alguacil, quienes se declararon vasallos del señor, y revocó las autoridades que hubiera nombrado Medina. Añadieron que si alguna vez habían dicho que querían ser de Sevilla lo dijeron con temor de la muerte. Luego tomó  posesión de la dehesa de Calañas, en el Campo de Andévalo, y la deslindó respecto de los términos que eran de Sevilla.

     En Paimogo, tras declarar que era término de Niebla y que estaba en el Campo de Andévalo, tomó posesión del lugar. Los vecinos presentes dijeron que eran vasallos del conde, y que desde hacía mucho tiempo vivían en el lugar algunos que siempre lo fueron. También afirmaron que si alguna vez habían dicho que eran vecinos de Sevilla lo hicieron por temor a la muerte y por miedo al veinticuatro de la capital.

     En la Alcaría de Juan Pérez el representante de los intereses del señor ratificó la posesión del lugar, tras reconocerlo también localizado en el Campo de Andévalo, desposeyó al alcalde que había sido nombrado por el veinticuatro y nombró nuevos alcaldes y alguacil, quienes juraron servicio al conde. Declararon que los vecinos de la alcaría desde hacía mucho tiempo eran del conde, y que si al veinticuatro habían dicho que querían ser de Sevilla, que lo habían hecho por temor.

     Y en el Alosno, del que también se hizo constar que estaba en el Campo de Andévalo y era término de Niebla, su representante preguntó a tres vecinos de quién eran vasallos, y ellos respondieron que desde hacía mucho tiempo lo eran del conde. Uno de ellos, que en aquel momento servía como ballestero, añadió que hacía unos cincuenta años que vivía en aquella tierra, y que nunca había conocido otro señor que los condes. Y todavía contó que un hermano suyo había sido doce años alcaide de la fortaleza de la Peña de Alhaje, una de las del Campo, nombrado para el puesto por el conde, quien le proporcionaba todas las cosas que eran menester para la provisión del castillo.

     No es necesario hacer ninguna concesión al interesado punto de vista de los testimonios de la administración del conde para reconocer que era la captación de vasallos la que estaba interfiriendo aquella confrontación. Gracias a los testimonios, es posible reconstruir el procedimiento que la formalizaba. La declaración expresa de la voluntad de ser vasallo de un señor estaba siendo decisiva para fundar la relación de servidumbre en el Campo, necesaria para que se expandiera el dominio de quienes competían por él. Para cualquiera de los interesados en ella la servidumbre tendría que ser el resultado de un acuerdo entre partes. Era iniciado desde la coacción, quienes se encomendaban lo expresaban verbalmente y quienes los acogían lo ponían por escrito.

     Los que ejercían como representantes del señorío, durante el acto en el que se expresaba aquella voluntad, ejecutaban su preeminencia de inmediato tomando sin consentimiento bienes como cabritos, gallinas o cebada. Eran un compendio con valor simbólico de la renta que se obtendría gracias a la imposición de una fuerza. En su condición estaba ser un abuso, tal como lo corrobora la afirmación de algunas de sus víctimas cuando declaran que no percibían nada a cambio de lo que les era tomado sin su consentimiento.

     El dominio que por el acuerdo verbal se obtenía al instante se instituía como poder jurisdiccional. Para que se ejerciera inmediatamente se nombraban alcaldes, quienes gracias a la designación de la que eran beneficiarios recibían la facultad de administrar justicia por deseo del señor, algo que por su naturaleza parecería legitimador; y alguaciles, sus ejecutores, presencia coactiva del poder impuesto. La fuerza que instituía estas potestades era preeminente, tanto que exponía al dictado de penas expeditivas, que a los encomendados podía llevarlos a padecer desde la cárcel hasta la muerte.

     Quienes vivían en los lugares por los que se competía, que eran la parte pasiva de los acuerdos, de una o de otra manera, o de un día para otro, con el conde o con los veinticuatro, serían vasallos, una condición que los reducía a la posibilidad de ser objeto de transacción entre señores. Aparte la amenaza expresa del veinticuatro, hubo intercambios que la admitieron como algo regular. Aquel mismo 1427 un matrimonio había adquirido la aldea llamada Alcaría la Vaca, entre los ríos Chanza y Malagón, linde con Portugal, también en el Campo de Andévalo, a unos hermanos vecinos de Utrera. El objeto de la compraventa fueron sus tierras y sus vasallos.

     La apelación a la compraventa de aquel lugar, que cambiaría de manos varias veces a lo largo del siglo XV, será un argumento reiterado durante los sucesivos pleitos. Para la verificación de los hechos que estuvieran en el origen del enfrentamiento lo inmediato es reconocer que en el Campo los vasallos, en 1427, eran tanto objeto de fuerza como mercantil. No podemos excluir que la segunda posibilidad fuera parte del acuerdo formal entre señor y siervos.


Incidente

Desiderio Iparraguirre

Un arriero, al que llamaban Colmillo, en la tarde del ocho de septiembre había dejado los mulos de su recua pastando en un cortinal. Estaba en las inmediaciones de un monasterio, regente de un lugar santo, un manantial de aguas milagrosas, centro para las celebraciones de los días singulares, polo de ocurrentes de toda especie cuando se conmemoraba cualquiera de los ingenios de la astucia religiosa. Aquel día era sagrado para los devotos de la natividad, y a él, devoto radical de la potencia generatriz, porque lo era de la fecundación, se confió Colmillo.

     Al otro lado del camino que pasaba ante la puerta de tan rentable lugar estaba el cortijo que labraba la sociedad Moreno y Escribano, uno de los más cotizados de las inmediaciones de la población, de los llamados de ruedo, donde los días comunes el trabajo los condenaba al infierno.

     Machos y hembras los había dejado su dueño sujetos con una traba, un ingenio para la custodia pasiva que consistía en una cuerda corta, reforzada con un trenzado, que a los animales inmovilizaba las manos. No les impedía desplazarse a saltos, mientras iban cortando con sus dientes el pasto, pero les agotaba cualquier ansia de recorrer distancias. A Colmillo le parecía suficiente para dormir tranquilo, confiado en que no saldrían de la parcela. No contaba con la brisa nocturna de los últimos días del verano, que saturó el aire con el hipómanes de las yeguas estabuladas en el cortijo. Quienes lo explotaban las mantenían para que las elegidas por la fortuna fueran madres de ejemplares para la remonta, y todas contribuyeran, llegada la estación, a los trabajos de la trilla.

     Uno de los machos mulares sin castrar, enardecido por la carga del aire, se deshizo de la traba, se extravió y se fue para las yeguas. Que fuera o no estéril solo los hechos llegarían a demostrarlo, pero desde aquel momento el poderoso mestizo dejó constancia de que la naturaleza no había renunciado a nada cuando fue concebido. No tuvo suficiente con una. Maltrató e hirió a varias, buena parte de las cuales estaban preñadas. Su lujuria llegó a tanto que una de las yeguas, que bien podía haber sido su madre, quedó herida por una mordedura, profunda y sangrante, realmente grave.

     Los regentes del cortijo, cuando a la mañana siguiente vieron los estragos que había causado el monstruo, se temieron graves perjuicios para su capital, mientras que Colmillo, avisado por el hermano portero del cenobio, se apresuraba a recoger al macho yacente, exhausto, sus dientes de bestia a la vista, la lengua colgando, su rostro contraído en una sonrisa sardónica.

     Enseguida dispuso que la yegua herida fuera curada por su cuenta, y el día siguiente las partes, de común acuerdo, designaron a un mariscal, Alceste de nombre, para que evaluara los daños que hubieran sufrido las inocentes ninfas. Sería su certificado el que discerniera si los había causado cualquier desgracia de las que tienen su origen en los accidentes que afectan a los équidos, o en el maltrato y el caldeo padecido a causa de la brega del macho. En el segundo supuesto el arriero tendría que hacer frente al fuego de su ejemplar. Tendría que liquidar a los consocios todos los perjuicios y daños apreciados a las yeguas, más los malos partos que pudieran ocurrir en el transcurso de los dos meses siguientes. Y si durante ese tiempo muriera alguna de ellas, como la que había sufrido la mordedura del mulo, los indemnizaría con su valor. Pero si pasara el plazo convenido sin ningún contratiempo, el arriero quedaría relevado de cualquier obligación.

     Alceste, de palabra, ante las partes, y por escrito para el juez de campo, podría congratularse de que nada había trascendido a mayores, en parte gracias a sus cuidados, salvo que tres de las yeguas habían quedado preñadas. El mariscal, Colmillo, Escribano y Moreno celebrarían el prodigio, y el arriero, como recompensa al mal trago que hubiera hecho pasar a todos, decidiría renunciar a cualquier derecho sobre los potros que nacieran.


Expansión de un señorío. El frente sur

Redacción

Hasta donde lo conocemos, la referencia más antigua al enfrentamiento entre los poderes que compiten por el espacio escasamente poblado del confín occidental, marco de un buen número de experiencias de colonización a iniciativa señorial, está fechada el 21 de noviembre de 1399. Aquel año el concejo de Niebla había tomado y adehesado algunas tierras de los términos que colindaban con los dominios del concejo de Sevilla en la zona, de manera que no dejaba comer en ellas a los vecinos y vasallos de los lugares de Sevilla, según siempre se había acostumbrado y tenían por uso desde mucho antes.

     Lo que parece ocupación o usurpación, desde el punto de vista de quien proporciona esta noticia, que es la parte perjudicada, habría utilizado como arma la demarcación de dehesas, y pretendería reservarse en exclusiva el derecho de uso ganadero de ciertos espacios. Así podemos interpretarlo si le concedemos a comer valor metonímico. Desde el principio de la competencia, a una parte de quienes estaban sujetos a sus fuerzas se les identifica como vecinos o residentes de pleno derecho, y a otra como vasallos o sometidos por un deber de fidelidad a una institución superior, razón jurídica y precedente a la servidumbre. Sus derechos sobre el uso del espacio se fundan sobre un uso y costumbre inmemorial.

     Los ocupantes habían tirado y deshecho los mojones antiguos entre ambos términos, y habían consumado otros actos fuera de lugar en perjuicio del término de la ciudad de Sevilla, por lo cual estaban recibiendo allí un notable agravio y una sinrazón. Podemos suponer que al menos una agresión a iniciativa del condado de Niebla, concentrada en derribar las marcas de las lindes entre las tierras bajo dominio de los respectivos concejos, fuera anterior a la ocupación y segregación de las tierras acotadas; y que estas acciones pudieron ser el inicio del conflicto, dado que previamente regían entre las partes, no solo uso y costumbre, sino una hermandad o pacto que daba garantías al aprovechamiento de aquellas tierras y amparaba la buena voluntad que entre las partes hasta entonces había.

     Eran razones suficientes para que la parte perjudicada acordara enviar a Juan Martínez de Monreal, veinticuatro o regidor de Sevilla, a Niebla para que viera todos estos agravios y sinrazones que en contra de sus intereses se habían cometido, pusiera en ellos remedio y partiera con ellos el término por donde siempre se acostumbraba. La iniciativa política parece inspirada por la voluntad de concordia. El concejo de Sevilla habría decidido presentarse en donde daba por supuesto que se habían tomado las decisiones a cuyas consecuencias deseaba hacer frente, y restaurar la situación anterior al litigio. Pero también se puede pensar que prefirió abordarlo por el flanco, o valiéndose de una institución interpuesta y subordinada, la más accesible. Desde 1368 los poderes sobre las tierras de Niebla correspondían a una autoridad por encima de su concejo, un señor, que en 1399 era Enrique de Guzmán o Pérez de Guzmán, un hombre con impulso y cuya fuerza le valdría convertirse a su pesar en el héroe de Gibraltar.

     Los que envían a Juan Martínez de Monreal le ordenan –prosigue la autoridad de la capital–  que […] veáis todas estas cosas cómo están, y partáis el término entre ellos y nosotros […] en manera que Sevilla no pierda cosa alguna de su término que siempre fue, y hagáis hacer muy grandes mojones […] en tal manera que no se deshagan […] porque vos y nuestros vecinos y nuestros vasallos sepan cuál es un término y el otro, y no caigan en yerro.

     No parecen dispuestos a renunciar a la defensa de ninguno de los derechos adquiridos, tanto que si el concejo de Niebla no se igualara a partir el término por donde siempre había ido, y se opusiera a hacerlo, los veinticuatro de Sevilla también ordenaron a todos los concejos de todos sus lugares en aquella comarca que fueran con Juan Martínez de Monreal y lo ayudaran a hacer la partición, de manera que quedara hecha como cumplía tanto al provecho de la ciudad de Sevilla como al de la villa de Niebla. Así mismo les mandaron que creyeran a su representante en todo lo que le dijera de parte de Sevilla sobre este asunto.

     El 23 de febrero de 1400, como respuesta, el concejo de Niebla, al tiempo que negó que hubiera modificado las lindes, designó a Lope Suárez, su alcalde mayor, para que fuera a todas las partidas adonde quiera que sus términos colindaran con los términos de Sevilla, una vez que ambas partes habían decidido reconocer las lindes aceptadas por la hermandad, para lo que el 25 de febrero presentaron a sus respectivos testigos, cuatro de Escacena, Manzanilla, Paterna del Campo e Hinojos, todos lugares de Sevilla, y cinco de Bollullos, lugar del conde.

     Cuando testificaron, todos pretendieron rememorar hechos de entre treinta y cinco y cuarenta y seis años antes, lo que nos retrotraería a un periodo comprendido entre y 1354 y 1365. Nada autoriza a poner en duda que así fuera, excepto que los testigos de los lugares de Sevilla tienden a situar los hechos que rememoran entre cuarenta y cinco y cuarenta y seis años antes, mientras que los del lugar del conde se refieren a un tiempo comprendido entre treinta y cinco y cuarenta años. La intención inicial de cada una de las partes sería autorizar un estado en función de un tiempo distinto. Por eso, probablemente sea lo más correcto entender que los hechos que cualquiera de los testigos refiere al menos estaban vigentes en los tiempos inmediatamente anteriores a la contienda, una fecha sin duda próxima a 1399.

     No todos los topónimos que mencionan en 1400 permiten localizarlos con precisión. Buena parte de ellos no se ha conservado, pero otra es tan inequívoca como la vecindad de los lugares de donde proceden los testigos. Algunos informan de los aprovechamientos previos de las tierras sobre las que se dirime. El de Escacena, por ejemplo, afirma que andaba con vacas de su padre y otros hombres por ellas. Los de Paterna e Hinojos precisan que la cañada del Garrobo, una de las líneas de límite hasta entonces reconocida, era vereda exenta y desembargada para todos los ganados sin pena ni caloña alguna, y que el alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, gracias a la hermandad, se comía exento. Uno de los de Bollullos, por su parte, prefiere reconocer que la pasada de Gelo era cañada y vereda por donde iban los ganados sin caloña.

     Pero los hechos a partir de los cuales se habían originado las diferencias ocurrieron en torno y por iniciativa de los vecinos de Almonte. Según uno de los testigos, Diego Sánchez, su alcalde mayor, y otros hombres de Almonte, habrían desplazado mojones del antiguo deslinde. Además, ahora la vereda y cañada del Garrobo arriba estaba sembrada de pan por hombres de Almonte, que la defendían, y por tanto estaba cerrada a los ganados, lo que después los partidores comprobarían. Había sido allí, en la misma cañada, donde los de Almonte, labrando y sembrando, habían hecho mojones nuevos, algo que nunca había sucedido. En cuanto al alcornocal cerca de Santa María de las Rocinas y el bodegón de Juan Fraile, según el testigo de Hinojos, Almonte lo había hecho acotar y adehesar, y llevaba pena de seis maravedíes por res que tomaba, tanto a los de Sevilla como a los de Niebla o de cualquier parte.

     El día siguiente, 26 de febrero, los partidores tomaron como testigos a uno de Almonte y a otros dos de Escacena. El de Almonte, que resultó ser pastor, además de corroborar lo que el día anterior los deponentes habían afirmado sobre la cañada del Garrobo, sostuvo que Almonte, desde antiguo, usaba y guardaba su dehesa de los bueyes, y que desde hacía poco tiempo los de Almonte habían adehesado el monte de la Rocina, que nunca antes se había adehesado ni guardado. Los dos testigos de Escacena se presentaron como partícipes en un deslinde ente Sevilla y Niebla que se habría hecho hacia 1350, en el que no se hacía mención alguna de Almonte ni de su concejo.

     Sobre la base de estos testimonios, después de comer, los partidores emprendieron la revisión de los límites entre el concejo de Sevilla y Niebla en la parte que se dirimía. Los recorrieron íntegros y reconocieron los mojones antiguos o los renovaron. Se atuvieron a un ritual que reiteraron cada vez que acordaban un lugar en el que marcarlos. Levantaban uno hacia la parte de Sevilla y su partidor, Juan Martínez, se subía en él en señal de posesión; y otro hacia la parte de Niebla, y Lope Suárez hacía lo mismo, y cuando además tomaban como referencia un árbol, marcaban en él una cruz. Después, tanto uno como otro mandaba hacer una horca de palo, la hincaba en su lado y le ponía una soga de esparto también en señal de posesión, dice el documento, como afirmación de dominio jurisdiccional. Cuando tomaban como referencia los límites un arroyo, cada uno de los partidores caminaba por la orilla que correspondía a su lado, y cuando paraban para comer cada uno lo hacía en su parte, también en señal de posesión.

     A lo largo del recorrido otros indicios de los aprovechamientos y la ocupación del espacio fueron registrados, así como de su toponimia. Del bodegón de Juan Fraile, que estaba junto a un camino, se dice que ya estaba derribado, y en su lugar había unas zahurdas. En la pasada de Gelo un camino cruzaba el arroyo. Donde se juntaba La Parrilla con el arroyo del Garrobo comenzaba la cañada del Garrobo, que era de partimiento entre Sevilla y Niebla, y en ella los partidores deshicieron los mojones que habían levantado los de Almonte, mientras que a caballo y a pie pasaron por encima de los panes sembrados, cada uno por su lado. Tras recorrer el arroyo del Garrobo y pasar un monte, en la cumbre de Carruchena reconocieron el fin del término entre Sevilla y Niebla en el partido contra Almonte. Como piezas del paisaje aparecen además higueras, labiérnagos, lentiscos, çumajos, una laguna, retuertas de los arroyos y pasadas.

     Una vez resuelto el contencioso de Almonte, después de haber dormido, el 27 de febrero de 1400 los partidores se presentaron en la torre de Doña Mayor, también llamada la Tabla del Esparragal, a una legua de Villalba, lugar que había sido de Alvar Pérez de Guzmán, muerto en 1394. Los testigos que se habían tomado designaron la torre como linde entre Sevilla y Niebla en aquella otra parte, a una legua poco más o menos al norte de Almonte. Así había sido acordado en su momento en presencia de Juan Alonso Pérez de Guzmán, el primer conde de Niebla, muerto en 1396, y Alvar Pérez de Guzmán.

     Los partidores, desde la torre contra arriba hasta el monte, llegaron al Acebuche, y desde allí, aún contra arriba, a la cañada de La Zarza. Ambos lugares servían de referencia para partir Sevilla con Niebla. Las siguientes estaban en el río Corumbel, el Forcajo de la Corte y el río Tinto arriba hasta colindar con Zalamea. Así quedaron partidas las tierras de Sevilla y Niebla en esta zona.

     Por último, los partidores se interesaron por las lindes en las proximidades de Manzanilla, una población próxima al este de Villalba. Los testigos reconocieron que al menos estaban en Los Aguilones, cerca de Manzanilla. Por eso cerca de la torre de Doña Mayor, para abajo, en una palma que en la sembrada había, levantaron un mojón.

     Luego, en Manzanilla, en casa de un criado del rey, tomaron por testigos a tres vecinos de la población. Los tres, una vez conocidas las declaraciones que los testigos habían hecho en Santa María de las Rocinas, declararon sobre lo que ocurría cuarenta y cinco años antes. Confirmaron las lindes declaradas y que siempre habían visto, desde que se acordaban, que se comían los montes, se pacían las hierbas y se bebían las aguas con los ganados de una y otra parte sin pena alguna, y que se cortaban la leña y la madera hasta las viñas de Almonte, salvo la dehesa del lugar, y que Almonte no tenía otro término que la dehesa de los bueyes.

     A principios del siglo XV cualquiera de los tres deslindes parciales son frentes de litigio entre poderes, parte de la pugna que puede impulsar la población con vasallos. Entonces el conde habría decidido que su frente pionero estaba en el sur, en las tierras más próximas al litoral, con mayor presencia humana y con más posibilidades para la expansión de la actividad agrícola. Esa sería su apuesta, eso lo que diferenciaba la iniciativa de Almonte, que contrastaba con el único aprovechamiento pecuario precedente. La mayor intensidad del uso del suelo, aunque fuera de la mano del cultivo de los cereales, estaba llegando al sur del extremo occidental. Probablemente la densidad de poblaciones ya radicadas en la zona haría desistir de este plan. Ya entre Bollullos, Paterna, Escacena, Hinojos, Manzanilla y Villalba las distancias apenas si alcanzaban, excepcionalmente, en el caso más extremo, la legua. Era una tierra ya densamente ocupada. Almonte, al sur de todas ellas, no quedaba mucho más lejos de cualquiera. El fracaso de este intento sería suficiente para abandonar el frente meridional.


Técnicas primarias

J. García-Lería

En el espacio de los cortijos, el cultivo de las legumbres, más que un innovador, era indirectamente más inversión en ganado, y el abonado, al que se podía aplicar una gama razonablemente amplia de recursos, adquiridos gracias a una dilatada experimentación con las propiedades de un buen número de productos naturales, según todos los indicios en casi todas las explotaciones se limitaba a la materia orgánica que proporcionaba el ganado propio, tanto el de trabajo como el de cría. Para agregarla a la tierra con el menor costo bastaba con que pacieran los rebaños la parcela que luego sería cultivada, lo que tenía el defecto, en el caso del cultivo primordial, de reducir el calendario del posible aprovechamiento. Si se recurría a la que se obtenía del ganado estabulado o del retenido en el aprisco, limitaba su uso el costo de su transporte a la parcela y sobre todo el penoso trabajo de su dispersión por toda su superficie.

     La selección de la simiente no era propiamente una iniciativa inversora, ni por tanto estaba en condiciones de marcar diferencias a los rendimientos. Se había consolidado como el efecto espontáneo de la acción controlada, a largo plazo, de las leyes de la genética. El procedimiento selectivo que a la semilla de trigo se aplicaba, alentado por un principio naturalizado por el sistema, que solo la semilla de la tierra prevalecía, incuestionado en la época, consistía en elegir las mejores espigas cuando el fruto ya había alcanzado su sazón. Para designarlas bastaban las apariencias, que estuvieran bien formadas y que sus tallos fueran fuertes, criterios de los que hacían exhibición  sacralizada en las procesiones públicas que celebraban la obra de la primavera. De las elegidas, se cortaban la punta y la base, que se desechaban, y se conservaba el tercio central, donde se concentraban los mejores granos. Llegado el momento oportuno, las fracciones que se habían guardado se desgranaban y se sembraban en una parcela escogida, donde de nuevo fructificarían. Encadenadamente, del mismo modo se procedía durante unos pocos años, al cabo de los cuales en efecto se conseguían granos sementales altamente adaptados a las características del suelo de la explotación.


Monopolio señorial y comercio del trigo

Felipe Orellana

El sistema sostenido por las rozas, que en compensación era de bajos costos, incluido el primero, el del tiempo total de trabajo durante cada año, no quedaba lejos de la cadencia bienal de las mayores unidades de producción en las tierras centrales, más productivas. A pesar de que parezcan separadas de las rozadas por una montaña de rendimientos, solo se diferenciaban en la cantidad de tiempo que acumulaban los respectivos ciclos.

     El orden temporal corto, en las agriculturas prevalentes, obedecía al control sobre el espacio cultivado, que se limitaba decididamente en la medida que aquella cadencia imponía el barbecho, de tan saludables consecuencias para el reparto de los beneficios entre los dueños del suelo y los labradores que lo obtenían mediante arrendamiento. El barbecho aseguraba la moderación de las cosechas y el sostenimiento de los precios del trigo. Los ciclos largos de recuperación del monte bajo, para luego utilizarlo como fertilizante, una vez carbonizado, en tierras de bastante menos suelo consolidado, no serían más que el barbecho de la mayor duración, lo que también limitaba la capacidad productiva, aunque a cantidades muy inferiores pero con idénticos efectos benéficos para el precio del cereal.

     Una decisión a favor de la exclusiva comarcal de las rozas normalizadas, tan comprometida como la que se pone a prueba en una aldea, no quedaría lejos de este objetivo. En aquel momento contaría a su retaguardia con una sólida base de operaciones sobre la que sostener el ensayo, la ordenación del mercado condal de los cereales, cuyo estado a fines del siglo XV, gracias a sus ordenanzas, podemos reconstruir con razonable precisión. Son ellas las que afirman taxativamente que en sus dominios el señor había decidido prohibir la salida del cereal por ser cosa tan cumplidera al bien de la cosa pública.

     Tan estricta regulación mercantilista no solo sería recomendable porque fuera un bien estratégico, punto de vista para el que no le faltaba razón al conde, sobre todo porque se trataba de la parte fronteriza de sus estados expuesta a las tensiones de la guerra. Prohibir las exportaciones en todo su señorío estaba especialmente justificado, dice, por la mucha necesidad que tiene de pan, antonomasia con la que habitualmente se hacía referencia al cereal mientras la hogaza fue el patrón del costo del trabajo; nada que no se hubiera argumentado antes, ni que se repitiera insistentemente durante los siglos siguientes. Pero las menciones de lugar y tiempo que a continuación contienen las normas condales son lo bastante peculiares como para aconsejar el sondeo de las condiciones en las que circulaba el cereal en aquellas tierras, aun a partir de los lugares comunes sobre el déficit de la balanza comercial de los que tenemos que partir.

     Su mucha necesidad, sostiene el legislador, la acusa especialmente mi condado de Niebla, que la mitad del año compra pan de los recueros que lo traen de la provincia de León y de otras partes. Según tan explícita noticia, el grano que se producía en el condado solo sería capaz para atender a la mitad de su demanda, un déficit crónico que le habría aconsejado encauzar su importación ateniéndose a unos comerciantes y unas rutas cuya observancia el señor conduce y se reserva en la medida que dicta las normas. El conde sostendría unos proveedores consolidados, unos trayectos definidos y unos transportistas especializados, líneas de suministro estable, señal de que igualmente estable sería su organización.

     Los suministradores identificados, probablemente los más regulares, aunque no los únicos, expedirían su producto desde las tierras al norte del Sistema Central. Lo  transportarían los profesionales del tráfico terrestre que hicieran las rutas de herradura que llegaran al condado cruzando la sierra al norte, tal como se puede deducir de que el medio fueran recuas de mulas. Cargarían a lomo cuatro o cinco haldas, cada una del volumen aproximado de una fanega. La parte del grano que transportaran de tierras distintas a las leonesas la obtendrían a lo largo de la ruta, según era regular en este tipo negocio, lo que nos obliga a reconocer que la ocasión para el suplemento tendrían que encontrarla en las tierras extremeñas, donde practicarían un tráfico interpuesto, cuando no abiertamente intérlope, en la medida en que los transportistas disponían de medios para actuar al margen de las previsiones del señor. A mitad de la ruta podrían especular con el grano transportado desde el norte y reemplazarlo por el local.

     Este sistema excluye la vía marítima, la más eficiente, y su efecto sería un encarecimiento notable de la mercancía cuando llegara a manos de quienes importaban, más aún de quienes la consumieran. Los intereses creados por aquel orden de las importaciones se opondrían a otro más fluido. Se puede presumir que las rentas que proporcionara aquella ruta a lo largo de sus múltiples estaciones se dispersarían de forma altamente retributiva. Así hay que reconocerlo porque no debemos olvidar que el volumen del grano importado equivaldría al producto cereal de todo el condado; aún más si aceptáramos como un hecho, tal como quiere el legislador, que de él no saliera nada de su cosecha y que todo el producido tuviera como destino el consumo interno.

     Si la segunda posibilidad es verosímil, la primera no lo es tanto, a pesar de lo dictado por la norma. La causa inmediata del déficit de grano no era solo su limitada producción. Según revelan las mismas ordenanzas, algunos labradores del señorío, justificándose con que necesitaban dinero para financiar sus explotaciones, vendían pan a personas extrañas que lo sacaban fuera de los lugares donde se producía. Del mismo modo que había transportistas que se dedicaban a proveer grano del exterior, los había que lo extraían después de captarlo en las poblaciones que se dispersaban por la geografía del condado. No se puede excluir que fueran los mismos que lo importaban, que aquí compraban y allí vendían, inmejorables expertos en las posibilidades del mercado del grano al por menor a lo largo de las líneas de comunicación terrestre bajo su control. La referencia a la cadena que une producto y medios de transporte para la salida conecta directamente al campesinado productor, que saca de la era con carretas su grano, con los recueros, que lo cargan en bestias.

     Esta exportación del cereal sería la causa inmediata, según precisa el texto más adelante, de que el señorío careciera de pan cuando más lo necesitaba, lo que ocurriría durante los meses a los que reiteradamente se refieren los textos de la época moderna como meses mayores, los inmediatamente anteriores a la cosecha, los de su carestía relativa dentro del ciclo anual, un calendario que facilitaría a los recueros su doble negocio. Con los meses mayores llegarían, cuando ya el buen tiempo permitía el tránsito de las rutas más exigentes, y en ese momento podrían contratar, sobre la base segura de la cosecha a la vista, la compra del grano que se iba a recoger durante las semanas siguientes, que igualmente podrían sacar durante el verano. Encontraría la mejor oportunidad de satisfacerse cuando los precios, para toda clase de productores, cualquiera que fuese el volumen sus cosechas, sedujeran tentadores a causa de la escasez provocada por la contracción del producto. A esto debemos añadir, como causa mediata y declarada de la exportación, la deficiente capacidad para encontrar medios con los que financiar la agricultura de los cereales.

     La pena que el señor imponía por sacar grano del señorío era perderlo, así como las bestias y las carretas con las que lo movilizaban, salvo –he aquí la clave que cierra la bóveda de la política mercantilista del conde– que se extrajera bajo ciertas condiciones. Dictó que en ningún lugar se pudiera vender pan a personas extrañas al lugar sin antes pregonarlo en él durante tres días seguidos en la plaza y ante escribano. El interesado debía hacer constar cuánto pan quería vender y a qué precio, y solo si en el lugar no había quien lo comprase, entonces lo podía comerciar con quien quisiera, libremente. Así se consumaría la versión señorial del derecho de retracto sobre el mercado de los cereales, común en las legislaciones central y de los municipios, que era limitadamente coercitiva.

     La acción punitiva del señor, en consecuencia, no iría tanto dirigida contra la salida del grano del señorío como contra que lo hiciera al margen del control de sus municipios, a los que así hacía partícipes en el negocio especulativo del grano. Bajo aquellas condiciones legales, el trato entre campesinos y recueros podía fluir sin accidentes y prodigar sus bendiciones. En el condado no habría tanto déficit del producto cereal como un intenso y lucrativo tráfico, sobre todo en las latitudes más al norte, donde las poblaciones eran notablemente menores, menos consumidoras y por eso fáciles generadoras de excedente, felices expendedoras de él gracias al tráfico especializado en este comercio que por ellas pasara.

     Habiendo aceptado que las ordenanzas son herederas de normas precedentes, no tendremos ningún inconveniente en reconocer que la posición ganada por el señor en el comercio de los cereales, tan perfilado por prácticas seculares, estuviera activa desde tiempo atrás en sus dominios de frontera conectados con la red de caminos. ¿Qué tal si suponemos que ya la hubiera adquirido veinticinco años antes, y que pudo ser factor principal de la decisión sobre el control comarcal de las rozas en manos de un municipio? Detrás del orden de las rozas organizado a favor del concejo de la aldea, en ese caso, estaría otro de mayor alcance, que afectaría a todo el condado, la relación entre rozas y venta y consumo de su producto, que ocurriría en el marco común de un semimonopolio de su tráfico interior.

     El proyecto de colonización que se ejecutó en el lugar no pudo ser ajeno a las condiciones que alentaban el comercio del cereal en la zona. Las rozas, con su regularidad cíclica, dadas aquellas condiciones comerciales, contribuirían a sostener el precio del cereal en niveles rentables. Pudieron ser las responsables del valor de la renta neta que alimentara cada hogar, de su radicación prolongada, de su estabilidad, de la apertura de perspectivas de crecimiento. Entra dentro de lo posible que los bajos costos de la producción bajo las condiciones de las rozas más el comercio interior de los cereales fueran las razones que aconsejaran el plan particular de avecindamiento de nuestra aldea. Solo faltaba saber si su ejecución por el municipio, al tiempo que incrementara los beneficios, contendría las tensiones heredadas.


Réplica

Sansón Galilei

Desde la infancia, gracias a los programas para la detección precoz de enfermedades y malformaciones ocultas, cargo con la conciencia de un ojo vago, que en nada demora mi percepción de las monstruosidades.

     Con B. Desmoulins he intercambiado, en más de una ocasión, puntos de vista sobre asuntos de interés común. Nunca nuestros encuentros han sido previstos. Por ser fortuitos, han sido más vivos que las polémicas organizadas, que prevén las conclusiones. Hemos discutido sobre metrología, crédito, gobierno de los municipios, límites de los términos, demora en el pago de las rentas por cesión de las tierras. Raras han sido las coincidencias de opiniones.

     El último intercambio de juicios sobre la jornada laboral no me ocupó más que el tiempo que consumió nuestro encuentro. Solo cuando he tenido noticia de su diatriba, de tan escasa autoridad, tan intolerante, lo he recuperado. No deseo prolongar innecesariamente una polémica que me parece de escasa utilidad, pero sí deseo acogerme al derecho de réplica que en esta ocasión, creo, me asiste. La limito a un testimonio que me parece incontestable, sostenido por la potestad legislativa de Pedro I de Castilla, alguien del que nuestro B. Desmoulins, según me ha confesado en más de una ocasión, percibe la atracción que irradia del perdedor.

     En 1351, con ocasión de las Cortes de Valladolid, tomó decisiones sobre los trabajadores manuales que se solían alquilar. La expresión que utiliza para referirse a ellos deja al margen, con la eficacia de la palabra precisa, a los que trabajaran sin la posibilidad de obtener una renta a cambio del esfuerzo hecho en beneficio de otro. Su objeto serían solo los que ceden su trabajo por una duración acordada, de los que ni siquiera reconoce que todo su tiempo lo emplearan con aquel provecho. Solo deja a salvo que en su caso era lo más probable.

     Además de carpinteros y albañiles, menciona, como trabajadores que acceden a esta modalidad de relación, a peones, obreros, obreras y jornaleros, los que de antemano podemos reconocer como activos agrícolas esporádicos. Tampoco los artesanos especializados, como los dos que cita expresamente, serían ajenos al trabajo en el campo cuando trabajaran bajo aquellas condiciones. Es probable que ni los cualificados ni los que carecían de formación específica, gracias a las rentas así obtenidas, accedieran a los bienes patrimoniales que les permitieran avecindarse en el lugar donde vivieran. El rey, de antemano, a todos los considera solo moradores.

     Mandó que a las plazas en las que acostumbraban alquilarse, del lugar donde residieran, cada día salieran con sus herramientas y su vianda en rompiendo el alba. Así se desplegaría el mercado diario en el que ofrecían su trabajo, como por días lo venderían, y así comparecerían ante sus demandantes, como los soldados a los alardes, ya equipados para emprender la faena en cuanto fueran contratados. Se actuaría de aquel modo para que abandonaran la población de partida, con el fin de hacer las labores para las que hubieran sido alquilados, en saliendo el sol. Trabajarían durante todo el día y retornarían de sus labores en el momento que les permitiera llegar de vuelta a la población en poniéndose el sol.

     Hasta aquí podría admitirse parcialmente el punto de vista de B. Desmoulins. Sin duda, quienes tenían que desplazarse al campo, el tiempo que dedicaban al trabajo cada día incluía el de la transacción que terminaba en contrato y el de los trayectos de ida y vuelta.

     Pero, por aquella misma moción de las Cortes, el rey también decidió que quienes trabajasen en la población donde fueran alquilados tendrían que emprender la actividad desde el momento en que es ello el sol, y debían dejarla cuando se pusiera. Creo que es concluyente. Nada dice la norma de intervalos o descansos. Claro que habría un tiempo dedicado a la comida. Pero no hay indicio de que el peculiar Pedro I, que algunos han valorado como anticipador prematuro de las innovaciones, razón que le habría valido la crisis que dio origen a su trágico final, hubiera previsto evitar intemperie alguna.


De sol a sol

Bartolomé Desmoulins

Alguna vez he discutido la expresión de sol a sol, referida a la duración de la jornada de trabajo, si es que se recurre a ella para dramatizar las penosas condiciones en las que se trabajaba en el medio rural antiguo. Seguro que las condiciones de trabajo eran duras, como sigue siendo cualquier dictado de regímenes productivos en los que se impone el tiempo o el rendimiento. Para que carguen con el estigma de la condena, no es necesario recurrir al melodrama que represente el día rural de trabajo como un continuo ininterrumpido mientras haya luz solar, que es lo que se pretende cuando se recurre a aquella expresión.

     Antes que yo, en estas páginas, alguien ha abordado el asunto y lo ha hecho con un criterio que en buena medida comparto. Hablo de memoria, y es posible que sea demasiado esquemático. Pero, en lo fundamental, quien antes que yo ha revisado aquí este problema, ha defendido que a fines de la edad media, para algunos lugares de las vegas interiores del sudoeste, se puede documentar que la jornada laboral se computaba desde antes del amanecer, que el trabajo comenzaba cuando el sol ya había salido y que concluía cuando alcanzaba el cénit; en cuyo caso, si al mismo tiempo se recurriera a la expresión de sol a sol para resumir la duración de la jornada laboral, el primer sol sería el del primer crepúsculo y el segundo el de su mayor altura en el transcurso del día.

     No siempre mi opinión sobre el parecer ajeno ha podido ser tan complaciente. En una ocasión, el ojo vago de mi interlocutor, adaptado a una vida regalada, estuvo a punto de salirse de la órbita y estrellarse contra el cristal de ventana, que no lente, que lo mantiene a resguardo, mientras le explicaba, en términos similares a los que acabo de emplear, lo que había podido saber gracias a tan valioso testimonio. Excuso las palabras a las que recurrí para vencer su cerrazón. El intercambio de puntos de vista solo pudo desembocar en una suspensión de las hostilidades que aún se rige por el armisticio, a la espera de una paz resolutiva.

     Comparto la opinión sobre las dificultades para encontrar informes sobre este asunto lo bastante descriptivos como para formarse un juicio acertado. Es tan obvio para la masa de los condenados a cargar con la cadena perpetua del trabajo que como los hábitos de aseo, o los del descanso, no necesita recurrir a pormenores cuando se pone por escrito. Por eso, en su defecto, permanezco atento a cualquier referencia, sea o no directa, y la sumo a la colección de piezas sueltas que pacientemente voy formando.

     Cuenta Trelawny, en sus Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, un viaje que hizo entre Livorno y Génova a fines de septiembre de 1822, una fecha en la que aún, en la península itálica, el modo de vida rural no había sido alterado por las innovaciones tecnológicas. Viajaba a caballo al paso y en aquellas fechas aún hacía calor. A diario, él y su acompañante recorrían entre treinta y cinco y cuarenta millas. Para completar sus jornadas, se ponían en marcha a las cuatro o las cinco de la mañana, y recorrían los caminos hasta las diez o las once. Paraban entonces en algún lugar habitado, o en despoblado donde hubiera sombra y agua. Daban de comer a los caballos, desayunaban, fumaban una pipa y sesteaban. Así recompensaban el esfuerzo que les había costado la mayor parte del trayecto de cada día. Repuestos, a las cuatro o las cinco de la tarde, reanudaban el camino hasta alcanzar la próxima estación de su plan de viaje. Cada día que pasaba mejoraba el estado físico tanto de los caballos como de los hombres, y concluye: Nunca he disfrutado de un modo de vida más sano y agradable que este.

     El plan de viaje de Trelawny es tan elocuente que no necesita quien lo defienda. Está regido por un principio sencillo. Para completarlo con éxito, se trataba de evitar las horas de más calor de cada jornada. De este modo, no solo se combatía cualquier contratiempo para la salud, sino que se mejoraba su estado.

     En el medio rural antiguo, la misma cordura se impondría de manera espontánea. En las épocas de temperaturas más inclementes, la jornada de trabajo rural se acoplaría al ciclo térmico diario, fraccionando los tiempos de manera que se evitaran sus comportamientos extremos. Sin ninguna duda, el ciclo completo, ya en el lugar de trabajo, se ajustaría a la duración de la luz solar. Un sol, el del crepúsculo del orto, marcaría el comienzo de la jornada, y otro, el del crepúsculo del ocaso, el final. Pero, entre uno y otro, los intervalos a un tiempo se aprovecharían para reponer fuerzas y evitar las horas de exposición de resultaran más perjudiciales para hombres y animales de trabajo. Ni unos ni otros trabajarían ininterrumpidamente de sol a sol.


Microeconomía

Rosendo Abril

Isaías trabaja en la casa desde siempre. Ha sido nuestro chófer desde que el abuelo de Fernando, otro más de la familia, compró el primer Ford, negro como el dedo del diablo; más que negro, fúnebre; de cuatro puertas, estribo, techo alto y motor delantero; un prodigio de la mecánica contemporánea en serie. Lo compró en el puerto, recién descargado de la bodega del trasatlántico que lo había traído hasta Málaga, a donde su abuelo iba a comerciar en pasas. Fue a causa de una novia que tuvo, antes, durante y después de su matrimonio, natural de Ronda pero afincada desde niña en el litoral. El padre, calculador, consintió la relación en beneficio del capital de la empresa envasadora de la uva moscatel que administraba. Su dueño, establecido en las Molucas, había creado una factoría de especias con la esperanza de monopolizarlas en la península. Invertía en oriente lo que drenaba con la venta de las pasas, lo que descapitalizó alarmantemente la casa matriz. El padre de la novia del abuelo vio en él la oportunidad de arruinar definitivamente al empresario de las pasas y hacerse con el negocio. Todo consistía en que el abuelo, bajo nombre falso, hiciera un pedido ciclópeo de pasas, no las pagara y despareciera, tan incorpóreo como su seudónimo. La empresa quebraría y ambos la comprarían de saldo. El abuelo no tenía un duro para intervenir en el negocio. Vender su firma falsa fue toda su inversión. Un sinvergüenza sin paliativos. Su capital fue su extorsión. Sabía demasiado, y lo fue detrayendo al administrador, periódicamente. Era imprescindible que visitara regularmente Málaga y contrató a Isaías, que entonces conducía un taxi. Para retirar sus beneficios y de paso cumplir con el débito conyugal, según creía el padre, quien había asistido a una boda en Antequera, preparada por el astuto abuelo, en la que el sacristán de la iglesia, que siempre vestía sotana, celebró un solemne enlace de valor nulo. Tan falso como el registro que firmó. Con nutrida concurrencia de acólitos, músicos e invitados, todos figurantes que el padre con gusto pagó, convencido de que liquidaba una dádiva y no la obligación de un contrato. Lamentablemente, el matrimonio no procreaba, la esperanza del padre para concentrar el capital. Solo a un aborto tuvo que arriesgarse la novia, en condiciones temerarias, tras el cual las más depuradas técnicas de contención del disparo seminal, importadas de París, se impusieron. Aquel capital al abuelo, además de una doble vida, que sostenía con naturalidad y constantes viajes inexcusables, con Isaías ya al volante del Ford, le permitió dedicarse al préstamo, con tanta fortuna que fue uno de los socios fundadores de la caja de ahorros. Fue creada como patronato benefactor de la clase obrera, para que los operarios de los nuevos tiempos, del campo y de la construcción, pudieran edificar su casa a bajo interés y largo plazo. De la caja su hijo Ramón fue, desde que tuvo edad para ser responsable de sus actos mercantiles, miembro nato de su consejo de administración. Lo presidió regularmente, en alternancia con el hijo del gerente de la olivarera del Tranco, durante décadas. Cuando Ramón accedió a los cargos ilustres, Isaías aún conducía el Ford, ya contratado en exclusiva. Ahora, siempre vestido con su discreta rebeca, que envuelve una moderada panza, ya está jubilado.


Singular señor Odescalchi

Marino Allende

A la mesa de Dante Émerson llegaba toda clase de correspondencia, solo una parte a través del correo. Las cartas que le llevaba el cartero eran la parte que le parecía menos valiosa. Quienes se sujetaban a esta fórmula siempre escribían bajo el peso de la conciencia del texto epistolar. Poco se podía esperar de tanto rigor, de la certeza de que las palabras escritas serían indelebles e irreversibles y hasta publicables por el correspondiente, una vez pasado el trámite de la defunción, que no solo sacraliza las palabras, sino que las cotiza mejor en los mercados a donde los parásitos acuden en busca del sustento. Prefería la nota apresurada, el borrador, la comunicación que de él solo esperaba una cita para discutir ideas inmaduras y dudas delante de una taza de café. Las del señor Odescalchi las coleccionó aparte y, gracias a su diligencia, se han conservado.

     Pensaba Odescalchi que no hay nada tan esclarecedor como escribir historias. Pero ¿qué historias escribir?, le preguntaba. Creía que las más eficaces son las que investigan la estupidez. Basta tomar como fuente el comportamiento espontáneo, al alcance de quien se detiene a observar el cotidiano de sus semejantes. Así se descubre la enajenación.

     Le aseguraba que la fuente imprescindible era la imaginación, y que no había nada como los sueños para proporcionársela en el grado más alto. Los sueños son la construcción literaria íntima. Por eso parecen perfectos. Los sueños no ocultan secretos. Los sueños convierten en algo con el sentido que tiene la asociación espontánea de las ideas lo que es observado de manera dispersa en el mundo que se sufre durante la vigilia.

     ¿Desde qué punto de vista escribir?, le proponía. El relativo, se respondía. Bastaría recurrir como método a la sinceridad, llamada confesión cuando se convierte en género. (¿Me habrá confundido otra vez la apariencia?, reflexionaba en un intervalo. Juzgo ahora que el método, más que la sinceridad, es convertir el relato en un objeto, lo que permite a quien se confiesa aparentar la sinceridad con la misma exactitud que si la confesión fuera cierta, sin que sea inexcusable ser literalmente fiel a la expresión del pensamiento. Es una bendita opción que se explota en silencio.) El secreto para alcanzar la mejor escritura está en desprenderse del texto propio, sostenía, a base de sucesivas lecturas y correcciones, hasta convertirlo en objeto independiente.

     El narrador, según él, nunca debía mezclarse en el relato. Jamás debía hablar de sí mismo o en primera persona. De esta manera tomaría la mayor distancia del hecho narrado, y salvaría el principio más poderoso –el del narrador que todo lo sabe– sin incurrir en él. Qué tiempo más perdido el del narrador que todo lo sabe. ¿Y el del narrador ecuánime, capaz de actuar como un juez? Entonces,  ¿qué narradores? Los desequilibrados. El relato no puede emanciparse del desequilibrio, como nunca dejará de desesperar la espera, la vejación de alimentar el deseo de venganza, la traición de los sentimientos, el odio.

     ¿Con qué técnica? Sin ninguna duda, la historiográfica. Ninguna tiene tanta experiencia como ella, ni es tan inmediata. ¿Y qué prosa? No cabe duda. La sublime. ¿Puede haber alguna mejor? Como técnica, bastaría servirse de la sintaxis y encontrar el lugar más allá de la paradoja: la sintaxis para manipular la presentación de la ideas en su favor y sobrepasar la paradoja para buscarlas. El mejor procedimiento narrativo consistiría en no permitir que quede por escribir cualquiera de las ideas que haya sugerido otra anterior. Todo el milagro del texto lo oculta la alusión, que sin dirigir la lectura espera y satisface la inteligencia del lector.

     ¿Y la moral? ¡Ah, la moral! Nadie podrá invocar jamás un fundamento del discurso tan exigente. El adjetivo cínico no está fijado con precisión, o al menos no ha alcanzado el desarrollo que merece. Se ha quedado pequeño. Dice el diccionario que cinismo es desvergüenza en el mentir, placer insuperable que está en el origen del relato. Pero la savia que da fuerza al cinismo está en la otra proposición que hace. Cinismo también sería sostener ideas vituperables y actuar en consecuencia. Alcanzar la meta de la moral equivale a entrar en el dominio exclusivo de la voluntad. La responsabilidad que tiene la moral en el relato es excesiva. Solo es el marco dentro del que se pueden prever los juicios del lector. El autor que lo maneja con esta conciencia domina el efecto de sus cuadros. En el relato heroico la moral es canónica, los principios, ancestrales, los juicios, sólidos e inapelables. Quienes se muestran rigurosos en materia de moral deberían reconocer que solo la posibilidad de mentir justifica el esforzado acto de la escritura.

     Solo se debe escribir por placer. También en esto estaba equivocado. ¿No ves que escribir es consecuencia de haber sido invitado al banquete?, una celebración sobre la que nadie tiene responsabilidad alguna.