Ibn Jaldún

Redacción

Abd al-Rahman Ibn Khaldun, de ascendencia sevillana, nació tunecino en 1332 y vivió como máximo hasta 1406, si bien hay quien pretende que su muerte ocurrió en 1382. Fue uno de los notables viajeros medievales. Su facilidad para el desplazamiento está en parte justificada por la relativa unidad que entonces caracterizaba al mundo islámico.

     Es el autor de dos obras notables, una Historia de los árabes, los persas y los beréberes y una singularísima Introducción a la historia universal, igualmente conocida con el título de Prolegómenos a la historia y de manera abreviada con la voz árabe Mukaddima. La primera, con ser un trabajo de gran valor narrativo, porque su relato lineal es muy rico en información, es sobre todo apreciada por su permanente atención crítica a las fuentes que consulta, lo que ya es suficiente para convertirlo en un escritor singular. Su preocupación por esta parte principal del relato histórico, así como su reflexión sobre los métodos que deben ser utilizados, son permanentes, porque son comunes a todos sus textos conocidos. Llegó a crear un método propio para distinguir lo verdadero de lo falso, si bien relacionable con el pensamiento aristotélico. Empieza por enumerar todas las clases de error y de mentira y sus posibles causas, entre las que identifica, además del particular espíritu de cuerpo o asabiyya, la ignorancia, la presunción o la credulidad. Pero en segundo lugar, muy juicioso, ajusta el principio de verdad que debe inspirar el relato histórico al criterio de verosimilitud. Su conocimiento de las fuentes es amplio y penetrante, su capacidad para criticar la información que maneja, notable.

     Pero su obra más estimada es la Introducción a la historia universal porque sin exageración marca una época. En el prefacio de esta obra elabora algo excepcional para su tiempo, una teoría general de los estados árabes basada en sus respectivas historias aunque de inspiración cíclica, como la de Polibio. Puede ser resumida así. Los pueblos de las estepas y los desiertos conquistan las tierras cultivables de los pueblos sedentarios para fundar extensos imperios. Estos son por su parte destruidos por otras invasiones de pueblos nómadas, que proceden de las mismas tierras de donde procedían los primeros conquistadores; lo que ocurre pasadas unas generaciones, cuando los nuevos reinos ya han perdido su vitalidad.

     A partir de aquí generaliza con atractiva facilidad. La causa geográfica es de notable responsabilidad en los cambios sociales y su análisis debe concentrarse en las diferencias entre pueblos nómadas y sedentarios. Conseguida la prevalencia de unos sobre otros del modo que queda explicado, la grandeza de los estados que resulten dependerá de la reiterada asabiyya de la tribu donde esté la dinastía, mientras que la persistencia en la vida nómada, que origina parasitismo, saqueo y anarquía, da como fruto la decadencia.

     Pero aún se arriesga a abstraer hasta una teoría de la historia. “ Has de saber -dice- que el verdadero objeto de la historia es instruir acerca del estado social del hombre, de la civilización, de las costumbres, de las manifestaciones del espíritu de cuerpo, de las diferencias de poder y de fuerza entre los hombres […], del trabajo, de las riquezas, de las ciencias y de las artes […] ”. Por esto se ha dicho que para Ibn Jaldún la materia histórica era la cultura del mundo, y que el suyo era el más ambicioso o extenso planteamiento del objeto que esta clase de narración debe proponerse hasta que Voltaire lo hiciera en términos similares. En realidad más bien parece que su dictado teórico pretende concentrar la atención en el análisis de los factores que hacen posible los cambios en las sociedades, sin mostrar preferencia por una clase de ellos, para explicar cómo ocurren las grandes transformaciones a lo largo del tiempo; que concibe la historia como una recopilación de datos sobre la organización social.

     Sin embargo, su dictado teórico no suele afectar a su relato, que por lo común no está guiado por la búsqueda de una explicación para los hechos que expone. Con su valiosa manera de teorizar sobre la realidad habría contribuido sobre todo a interpretar la literatura histórica, y en su manera de proceder, más que en la explicación de sus ideas, algunos han advertido una clara distinción entre el relato histórico o descripción de los hechos y el cuerpo de conocimientos que sobre esta base podía ser elaborado, cuyo objeto principal sería el estudio de cómo ocurren los cambios.

     Ibn Jaldún debe ser considerado el historiador más eminente del mundo árabe medieval. Pero es un caso aislado, sin relación con sus predecesores en árabe ni una posterior influencia digna de consideración. Él mismo, impotente pero con plena lucidez, analiza la decadencia de la historiografía árabe con la que convivió. Su método permaneció ignorado y por tanto sus repercusiones historiográficas fueron prácticamente nulas. Aunque su obra sea con acierto considerada el precedente de la que después escribiera Jean Bodin, no está demostrado que este llegara a tener conocimiento de lo que dejara escrito nuestro autor. Su obra pues no influyó sobre la cultura occidental. Lamentablemente sus trabajos solo pueden ser estimados como una anticipación de los motivos que mucho después serían objeto de reflexión teórica. Fue descubierto para la cultura occidental a mediados del siglo XIX y hoy se le considera un precursor admirable de la introducción al método de la historia.


Intervención de los mercados del trigo

Redacción

A principios de marzo, según el capítulo veinticuatro de la instrucción sobre gobierno de los pósitos, cada año debía comenzar la segunda fase de su actividad. Había que repartir la mitad del trigo que hubiera en los graneros para así contribuir a las faenas de escarda y barbecho, siempre que el tiempo estuviera siendo regular y que estuvieran de buena calidad y sazón las sementeras, así como que el trigo no se necesitara para el abasto diario de la población.

     El año anterior, 1749, considerado regular, en uno de los municipios desde los que observamos los hechos de las crisis a principios de marzo habían emprendido las gestiones para repartir la mitad del trigo que había en el pósito, el que había sobrado del reparto hecho durante el otoño para la sementera. Para el 12 de marzo, algunos de los interesados en el reparto ya habían instado a que se ejecutara sin retrasarlo más, tanto más porque el juzgado de los pósitos anexo a la máxima autoridad de la región ya había promulgado el decreto que así lo prescribía. Algunos de los más urgidos incluso habían presentado memoriales demandándolo, y, en respuesta a tan apresurados solicitantes, ya se les había adelantado una cantidad, estimada con prudencia por conjetura, a cuenta tanto del repartimiento que se iba a hacer como del que habría de hacerse en mayo siguiente. El corregidor quiso que todas estas circunstancias se tuvieran presentes cuando posteriormente se hiciera la cuenta del trigo del pósito que habría que completar para que la distribución fuera correcta, y después, aquel mismo día 12, dio su aprobación para que se procediera al reparto. De su ejecución tendrían que ocuparse los mismos dos regidores diputados por el gobierno de la ciudad que habían hecho el de la siembra.

     Sin embargo, el 7 de marzo de 1750, después de invocar una vez más el capítulo veinticuatro de la instrucción sobre el gobierno de los pósitos, la asamblea de una población argumentó que por el momento lo que se constataba era que las sementeras, a causa de la falta de agua que se estaba sufriendo, estaban en peligro, hasta el punto que creían que si no llovía era posible que se perdiera todo lo sembrado. Por esto, y precaviendo las resultas que podían originarse para más adelante, y mientras no lloviera y las sementeras se pusieran en sazón, de modo que hubiera esperanza de cosecha, se suspendía el obligado reparto del trigo del pósito.

     Cuando había problemas para el abasto de pan a las poblaciones se recurría al trigo del pósito para destinarlo al consumo público antes que repartirlo entre las explotaciones para que lo invirtieran en sus trabajos. Garantizar el abasto de pan a cada población era el problema político inmediato al que debía hacer frente cada autoridad local. Antes o sobre cualquier creencia, idea o iniciativa, le preocupaba que la opinión sobre la esterilidad, prejuicio común que las rogativas garantizaban como una verdad, porque provocaba alza de los precios del grano que se utilizaba para la elaboración del pan, provocara también un encarecimiento del suministro primario, lo que sería un justificado motivo de inquietud.

     Algunos días más tarde, el 17, los directores de rentas provinciales, los miembros de la administración central más activos durante aquellos meses críticos, dictaron un amplio programa comercial de inspiración mercantilista con inserciones de librecambio, destinado a hacer frente a la situación que se estaba viviendo. Empezó a ser conocido oficialmente en las poblaciones meridionales una semana después, y en respuesta a él, el 24, en un cabildo municipal, se tomaron las primeras decisiones que afectaban al control de sus mercados alimenticios. Pretendían contener en todo lo posible los efectos negativos de lo que estaba ocurriendo con el producto cereal. Para impedir que faltara la venta del alimento básico, y los daños y perjuicios que de la situación que se vivía se podían derivar para la población común, o por lo menos conseguir que sus pobres habitantes jornaleros encontraran socorro, se propusieron dos cosas: moderar los precios del pan y demás semillas que servían como alimento humano y garantizar que ambos abastecimientos no faltaran diariamente. Aquel mismo día el órgano de gobierno del municipio, por iniciativa del corregidor, comisionó a uno de los regidores que iban a formar parte de la junta de granos local, un órgano, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, cuyas acciones debían abarcar todo el campo del comercio sin dispersarse, para que se ocupara de que el abasto de pan no faltara en la población. Se le encargó que hiciera una lista con los panaderos que diariamente la abastecían de grano y cuidara de que se proveyeran de trigo, para que no hubiera falta alguna al menos hasta el siguiente sábado, que sería santo. También acordó, para el caso de que no se encontrara trigo para el abasto, que se sacara del pósito el que fuera necesario. Así, con el objetivo de garantizar el abasto del pan, la acción se desplegaba en tres frentes: provisión de trigo a los panaderos que abastecían la población, búsqueda de suministros de trigo y previsión de los fondos del pósito para el caso de que fuera necesario recurrir a ellos. La asamblea dio las gracias al corregidor por lo mucho que se había esmerado y esmeraba en el alivio de la población.

     Aquellas decisiones fueron ampliadas con las que se tomaron el 28 siguiente por su junta de granos durante el primer consejo que celebró. Acordó hacer una lista de los panaderos que abastecían de pan a la población, una vertiente del control de la venta de trigo que efectivamente ya se estaba ejecutando. El mismo día, para ajustar y controlar la data de trigo cada día a cada panadero, se decidió que se hiciera registro del pan que cada uno pusiera en venta. También decidió que los lugares de venta del pan se concentraran en dos, la plaza del espacio urbano que tenía la condición de ciudad y la del arrabal. A quienes comisionó para que hicieran la relación se les encargó que vigilaran que los panaderos ofertaran pan en correspondencia a la cantidad de fanegas de trigo que cada uno adquiriese. En caso de que observaran algún defecto, darían cuenta a la junta para que actuara.

     Una pieza de la cultura que estas situaciones hacían posible, que contiene además un dato útil a la reconstrucción de las tácticas de fraude, es la relación entre las fanegas ingresadas por los panaderos y el pan amasado. La intervención del mercado del grano podía llegar hasta ese extremo porque la ley había tarifado el rendimiento de la molienda del trigo y la cantidad de pan que se podía obtener a partir de la harina.

     El 30 de marzo otra asamblea local describió en términos algo más complicados el estado de la concurrencia de grano y de pan en su población. Se estaba padeciendo escasez de trigo por falta de agua y la consecuencia era que había poco abasto de pan. La razón de ambas circunstancias no se le ocultaba. Por su mayor interés, los labradores enviaban el trigo a deshoras de noche y otras horas excusadas y los panaderos despachaban solo a los forasteros por utilizarse un mayor valor del pan, lo que iba en perjuicio del común de la población. Para evitarlo acordó fijar un edicto en la plaza pública haciendo saber que ningún labrador, ni cualquier persona que tuviera trigo, podrían desviarlo de ningún modo vendiéndolo a forasteros. Precisamente lo habrían de vender a los panaderos de la población. Darían cuenta de a quién lo hicieran, para que la justicia vigilara que los panaderos de que se tratase vendieran el pan solo a los vecinos. El trigo que se encontrara sin cumplir estas condiciones se daría por perdido y sería aplicado a lo que correspondiera, y se procedería contra quienes actuaran de un modo distinto al previsto. Con la misma severidad se actuaría con los panaderos que no vendieran el pan a los vecinos de la población.

     Imponer en cada municipio unas condiciones legales a la compraventa del trigo, y a la vez irrumpir en el mercado con la reserva de grano del pósito, eran medidas que llevaban al mismo fin, el control local del mercado de los granos. Los efectos de esta política eran muy directos. En el transcurso del mes de marzo, con las debidas licencias, del caudal del pósito de una población se habían sacado 544 fanegas de trigo para panadear. Concurrir con esta masa de producto almacenado en el pósito, además de  proveer de pan a la población, permitió imponer el precio al que debían comprarlo los panaderos. Las 544 fanegas fueron vendidas a 35 reales.

     Pero las iniciativas de los municipios para asegurarse el control del mercado de los granos, y de esta manera hacer frente a las necesidades y urgencias que sobrevinieran, no fueron todas del mismo signo, y no siempre las autoridades locales actuaron ateniéndose a las instrucciones de los poderes superiores. Así como el legislador central procuraba sobre todo la circulación interior de los granos, para compensar faltas con excesos, la autoridad local se esforzaba por cerrar la exportación para evitar el desabastecimiento. Que la mayor capacidad de reacción a estas actitudes, durante las primeras semanas, correspondiera a la administración central, sin que la autoridad regional cumpliera más que con sus funciones judiciales, fue consecuencia de que los gobiernos locales, a través de los corregidores, se comunicaban directamente con el consejo de Castilla, del que esperaban instrucciones. El 31 de marzo, el mismo día en que el consejo había firmado la libertad de comercio, su presidente tuvo que tomar dos decisiones no del todo correspondientes a esta iniciativa. Una se esforzaba por aproximarse a ella. Debía facilitarse la concurrencia del grano local a su alhóndiga para que allí lo adquiriesen los panaderos que abastecieran la población. Para que esta venta tuviera efecto, decidió que si los vecinos de una población quisieran llevar el trigo a la alhóndiga, se les permitiría que así lo hicieran sin impedimento alguno. Algunas autoridades locales correspondieron organizando un servicio de rondas de vigilancia por barrios. Pero la otra decisión del presidente del consejo, aunque no se empleara en términos coactivos, indicaba que el trigo almacenado por quienes vivieran en una población debía estar en disposición de ser adquirido, con la mediación de los diputados del gobierno municipal, por quienes fabricaran en ella el pan, lo que en la práctica significaba limitar la exportación del grano local.

     De ambas decisiones una junta local de granos fue informada el lunes 6 de abril. Su interpretación las refractó y aprovechó para inducir el monopolio bajo control del municipio. Advirtió que todos los vecinos debían tener sus graneros abiertos y dispuestos a la venta de su trigo a los panaderos para el abasto diario de la población, precisamente a los que nombraran los diputados y no a otros.

     Otros no fueron menos conservadores a la hora de replicar a aquellas decisiones, aunque nominalmente se situaran más cerca de su letra. El 3 de abril su junta de granos decidió que se formara una alhóndiga, que se localizaría en una de las puertas de la ciudad, para que en ella se vendiera de manera reglada el trigo. Cualquier persona que quisiera vender el suyo podría llevarlo a ella, donde se ofertaría a los panaderos que se dedicaran al abasto de la ciudad. Al mismo tiempo, la junta decidió que el trigo que se vendiera fuera de la alhóndiga se daría por perdido, aunque fuera trigo forastero. No obstante, si algún vendedor quisiera venderlo sin llevarlo a la alhóndiga, lo podría hacer, siempre que avisara a su diputado, de modo que este pudiera enviar a su casa a los panaderos. Pensaban sus responsables que, vendido el trigo de cualquiera de estas maneras, la población se abastecería sin necesidad de buscarle a los panaderos otro trigo con el que amasar. Pero si se diera la contingencia de que la alhóndiga no fuera mercado suficiente para encauzar todo el trigo que la satisfacción de la demanda de pan necesitara, el gobierno de la ciudad se convertiría en el abastecedor directo del mercado. El día que faltara trigo en la alhóndiga, el corregidor y el diputado de ella proveerían para que no faltara trigo a los panaderos que abastecían el pan que se vendía en la población.

     En muchos lugares la alhóndiga ya existía, pero cuando la crisis de 1750 ya crecía, en otras poblaciones no estaba instituida, lo que permite pensar que antes de la crisis había mercados locales del trigo que, aun estando intervenidos, hasta entonces disponían de cierto grado de libertad. El efecto de la creación de las alhóndigas bajo aquellas restrictivas condiciones sería el contrario al deseado por la administración central. Al promover la suya como mercado que debía asegurar la compra de la materia prima a quienes fabricaban el pan para la venta pública, el municipio, que actuaba a través de un regidor diputado, concentró su poder en este campo. Aunque no fuera un punto de venta obligado, resultó el instrumento más útil para que ejerciera el control monopolístico del comercio local del grano panificable. Tal vez, más que cualquier otra cosa, la condición de instrumento para las situaciones excepcionales consolidaría este poder de hecho. La decisión promovió un mercado público e intervenido que podía cumplir un papel político en el estado de crisis que se vivía.

 


La lógica del beneficio

Redacción

El beneficio bajomedieval y moderno quedó restringido al derecho a percibir y gozar las rentas y los bienes de la iglesia occidental. Fue beneficio durante todo ese tiempo porque se trataba de una concesión discrecional, a veces del papa, primera autoridad de la iglesia de occidente, habitualmente del obispo, su vicario en la región creada para los fines de aquella iglesia. Ejerciendo como soberanos en la plenitud de sus poderes teocráticos, en esa jurisdicción concedían aquel bien a cambio de una prestación de servicios, la obligación y cura de almas, en la práctica administrar los sacramentos y explicar la doctrina cristiana a los fieles que vivieran bajo la primera instancia de su fuero interno llamada parroquia. Para alcanzarlo era condición obligada ser presbítero, el sacerdote ordenado del último grado por la iglesia católica, el que permitía la celebración de los misterios. Se convertía así en lo que comúnmente se llamaba párroco o cura, aunque con más precisión quien lo disfrutaba por concesión del obispo o colación, o porque hubiera obtenido bulas pontificias, se llamaba cura propio.

     Ninguno de los bienes acumulados por la región eclesiástica, ni todas las rentas que proporcionaran, sin dejar de ser tan importantes que solo a la corporación establecida en la catedral, primera de las parroquias, le valdrían ganar la primera posición como cedente de tierras, es ni son comparables al diezmo. Fue su ingreso anual, a partir del siglo décimo tercero, y no las rentas que produjeran los demás bienes eclesiásticos, el garante del sostén ininterrumpido de la extensa red tendida por el único beneficio que permanecería reglado en el sudoeste hasta el siglo décimo octavo.

     Sin embargo, el diezmo a su vez fue una concesión que en julio de 1255 hizo la corona de Castilla al obispo y al cabildo catedralicio de la diócesis que la iglesia romana había instituido en esa poción de la península; algo que igualmente podríamos denominar beneficio. A partir de aquel momento, obispo y cabildo ejercerían siempre como cotitulares del bien diezmo, y nunca cualquiera de ellos renunció a sus derechos, aunque se repartieran las responsabilidades derivadas de su lucro. El cabildo ganó el derecho a ejercer como su gestor perpetuo, lo que incluía su recaudación y la formación de los lotes a repartir, y el obispo sería el responsable de concederlos.

     Si sus titulares fueron determinadas instituciones de la iglesia romana tal vez fuera la consecuencia de una renuncia de esta, de una recompensa que la corona creyó parte de las obligaciones que con aquella había contraído. No es probable que se tratara de una remuneración de servicios prestados, materiales o espirituales. Aunque quizás no fuera demasiado descabellado imaginar a la iglesia de occidente en posición de vasallaje, aquella fabulosa recompensa más bien parece un medio de emancipación del vasallo rey del señor iglesia, tal como el siervo recompensaba al señor cuando aquel transmitía su patrimonio a sus herederos.

     Pero no entra en el campo de nuestros objetivos averiguar cuál fuera la renuncia de la iglesia romana que aconsejó aquella recompensa, si la secularización del imperio, en beneficio de las aspiraciones del rey de Castilla, si la resolución de una competencia de jurisdicciones, o cualquier otra. Baste reconocer que la iglesia de Roma tuvo fuerza suficiente para obtener de una corona más la concesión de un poder del que, si por ella era transferido, tenía que ser porque era soberana en aquella materia. Porque fue el rey del momento quien mandó que los cristianos, primera fracción política de las poblaciones meridionales, dezmaran al obispo y cabildo.

     La obligación de dezmar recaería sobre todo lo que ya dezmaba más al norte, en las tierras que se habían ocupado en el valle del Tajo a fines del siglo décimo primero. Pero no se imponía de manera indiferenciada. La descripción de los bienes sobre los que cargaba no deja lugar a dudas sobre qué productos tendrían que cargar con el deber. Quedaron sujetos al pago, en primer lugar, el pan, el vino y el aceite, los primeros productos de la economía agropecuaria del momento. La preferencia por una voz genérica para identificar el primer producto, en vez de recurrir a la mención de las especies destinadas a cereal, antes que deslizar un elemento de ambigüedad, prevendría las oscilaciones de estos cultivos que de un año a otro, y sobre todo de un lugar a otro, pudieran decidir sobre el producto idóneo para fabricar el pan, el bien alimenticio con el que se tarifaba la capacidad de trabajo humano, que era la primordial. El diezmo del pan se pagaba una vez que el cereal, depurado o neto, aún estuviera en la era. Sin embargo, vino y aceite sí eran productos finales. Cargados como bienes que resultaban de procesamientos que encabalgaban ciclos naturales, permitían deducir de ellos cada año el mayor valor posible.

     También debía dezmar cualquier clase de ganado, un diezmo que pronto sería conocido como diezmo de la crianza. Dado que se conceptuaba producto de la actividad ganadera los ejemplares nacidos en el transcurso del año, se mencionan expresamente como obligadas a dezmar yeguas y vacas, como si por ser las madres fueran ellas las que tuvieran que renunciar a sus potros y becerros. Al detraer de este modo, la carga del equino y del bovino caía sobre la renovación de la energía que se invertía en la tierra, porque cualquiera de las dos especies se empleaba en los trabajos del campo.

     Las obligaciones dezmales del ganado lanar se desplegaron en tres frentes: montazgo, queso y lana, prueba de la alta rentabilidad que de este ganado se obtenía en aquel momento. Para el montazgo, o derecho detraído por el pastar trashumante, se precisa que quien lo cobrara, allí donde se exigiera, era quien debía contribuir. Pero por los productos directos, cualquiera que fuera su grado de transformación, tendría que ser el dueño de la cabaña quien quedara sujeto a la obligación. Y todavía en el capítulo de los ganados que debían dezmar se señalaban expresamente las colmenas, de las que se obtenían miel y cera contando con las ventajas que proporcionaba la gran cantidad de espacio no roturado.

     También estaba obligado a dezmar el producto de las huertas, las explotaciones intensivas consolidadas, en cualquiera de las dos vertientes productivas que las caracterizaban, las hortalizas de cultivo ininterrumpido y las frutas que se obtenían de las especies arbóreas.

     Asimismo debían dezmar las casas. De lo que especifican los documentos que mencionan esta obligación, se induce que la carga recaía sobre la renta que se obtenía por su cesión. Era el dueño que las poseía como bien de libre disposición quien si ingresaba aquella renta estaba en la obligación de contribuir.

     En ningún momento de este principio se dijo que para cumplir con cualquiera de estas obligaciones había que pagar de cada diez uno. Parece que se da por sentado que este coeficiente está implícito en el concepto diezmo. La clave de la naturalidad con que se impondría puede estar en que existía previamente, no solo entre moros, judíos y gentiles, como el legislador civil reconoce más adelante, sino en los otros obispados erigidos en las tierras de la corona al norte de Sierra Morena.

     Quedaron explícitamente al margen de la obligación de dezmar al obispo y al cabildo los bienes que por este concepto ya contribuían a los ingresos de la corona, que no se mencionaron, pero que tal vez fueran los sujetos a monopolios que en cualquier caso se reservaba, como la fabricación de moneda o la explotación de las minas. Sería el rey quien de estos ingresos dezmaría directamente a la iglesia de occidente.

     Pero también judíos y moros, las otras dos fracciones políticas de cada población, porque habían sido instituidas con estatuto propio, estaban sujetos a la obligación de dezmar bajo ciertas condiciones. En el caso de que compraran explotaciones y viviendas a cristianos, contribuirían, por cualquiera de ellas, de la clase que fuera, ateniéndose a las mismas obligaciones que recaían sobre aquellos bienes cuando los poseían sus dueños anteriores. El propósito sería que no decreciera el patrimonio sujeto a la obligación de dezmar. Pero ni moros ni judíos tendrían obligación derivada del uso de las explotaciones y viviendas que tomaran en cesión de los cristianos. Tendrían que ser estos los que dedujeran el diezmo de lo que por esta causa ingresaran.

     Solo después de concedido, aunque aquel mismo 1255, en noviembre, vendría la justificación doctrinal del diezmo, quizás porque apenas transcurridos unos meses ya había resistencia al pago. Quienes pedían el diezmo, al parecer, eran amenazados, perseguidos y hasta heridos, y muchos de los obligados, cuando llegaba el momento de pagar, defraudaban. Se mencionan en particular las desviaciones en la liquidación de los cereales. Una de ellas debió ser recolectar el pan de noche o a escondidas. Para evitarlo, la autoridad civil ordenó que fuera cogido abiertamente y a la vista de todos. Pero sobre todo ocurriría que el montón del pan que ya estuviera limpio en la era se medía y guardaba antes de que acudieran quienes debían recaudarlo, una actividad para cuyo desempeño se mencionan los terceros, quienes es posible que ya obtuvieran el cobro de cualquiera de los diezmos por cesión de sus titulares, y que por estos fueran encargados de guardarlo hasta que se repartiera entre todos los partícipes. También en aquel caso la autoridad real interpuso su autoridad, y ordenó que nadie cogiera ni midiera el montón del pan que tuviera limpio en la era sin que antes fuera tañida la campana tres veces, una señal que se implantaría como aviso de que la recaudación había terminado. Hasta que no fuera oída, el pan limpio tendría que permanecer en la era, a la espera de que acudieran quienes debían recaudarlo.

     Para cargarse de argumentos, el autor de la justificación doctrinal presupone que Jesucristo, el protagonista de las biografías reunidas con el título colectivo de evangelios, es nuestro señor. Al recurrir al pronombre de aquel modo crea una comunidad universal, y al reconocer el señorío que ejerce sobre ella convierte a todos sus miembros en sus siervos. Tan extenso dominio es, en su opinión, la raíz de una  soberanía tal que le vale la condición de rey supremo. Es rey sobre todos los reyes, dice, de manera que así se convertiría en la fuente de cualquiera de las otras soberanías existentes. Por él los reyes reinan y de él toman el nombre.

     Al partir de aquel principio, su propósito inmediato es servirse de un apólogo que por su claridad pueda tener la fuerza de una autoridad incuestionable. Según cuentan aquellas biografías -recuerda a continuación-, Jesucristo, cuando los judíos quisieron tentarlo y le preguntaron si pagaría al césar su tributo, mandó que se respetaran los derechos de los reyes. Si hubiera respondido que no, argumenta, le habrían podido replicar que lesionaba el derecho de los reyes. Adivinó sus malos pensamientos y les replicó que había que reconocer al césar los derechos que le correspondían.

     Autorizado así el núcleo de su argumento, a partir de él despliega su cadena de silogismos. Un señor tan absoluto, continúa, puede hacer lo que quiera, y como todas las honras y bienes proceden de él, los reyes, de tal señor, y de él cada uno recibe el poder de hacer justicia en la tierra, y él mandó respetar los derechos de los reyes sobre todos; por el amor que demuestra al respetar los derechos de los reyes, es razón y derecho que los estos le amen y le teman y respeten su honra y sus derechos, más aún el diezmo que él en especial reservó para sí, para demostrar que es el señor de todo y de él proceden todos los bienes.

     Si se rastrean los hechos de los hebreos, en particular en el Éxodo (22, 28-30; 32; 34, 30), el Levítico (27) y el libro de los Números (3, 5-49), y se admite que en el siglo décimo tercero la lección de estos compendios bíblicos era al menos equivalente a la que con el tiempo su crítica ha cerrado, en la prescripción divina del sacerdocio, responsabilidad del siempre equívoco Yavé, que en tantos aprietos pone a la exégesis teológica de tradición cristiana, efectivamente se puede reconocer el rastro de una promoción divina del diezmo.

     Emplazó Yavé a Faraón y le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario -amenazó- mataré al tuyo.” El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Yavé, quien cumplió su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo; hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Pero, porque también Yavé había decidido esto, todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo.

     A consecuencia de tan severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. No dudó en dejar a Israel libre. Pero he aquí que Yavé, el autor de la libertad de todo un pueblo, exigió una compensación a los liberados. Si había amparado a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, había sido porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los del ganado. Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres que vegetaban gracias a la generosidad del Nilo, ahora, vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Yavé todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.

     Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y de la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo porque pertenecía a Yavé y debía entregársele.

     Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé le tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad. Inspiró a los hijos de Leví para que fueran conscientes del sacrilegio que se había cometido. De inmediato se pusieron a sus órdenes, cada uno su espada se ciñó al costado. De Él recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento donde estaba el pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente. Con sumisa obediencia cumplieron tan duro encargo. En un día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

     El escarmiento había sido suficiente, el pueblo quedó arrepentido de su pecado y Yavé decidió recompensarlo, aunque fuera a costa de los sacrificados hijos de Leví, que una vez más dieron muestra de su generosa entrega y de su resignación al sufrimiento. Para gloria de Israel, también aquel día, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se los entregarían más a Yavé. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví. Así lo había decidido su dios y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos de quienes había liberado. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.

     Pero Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia de su pueblo. A partir de aquel momento deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.

     Quiso Moisés, entonces responsable de los emigrantes que volvían de Egipto, completar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo su dirección. El registro, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba. Pero entonces los levitas solo sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era equitativo.

     Como a los hombres en la tierra les corresponde ajustar las cifras, porque hasta ahí llega su idea de la justicia, porque los grandes números son de un orden que los excede, entre unos y otros vieron que la siguiente composición podía resultar buena. El resto, 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cada uno al santuario, abono al que estarían sujetos los que estaban obligados a entregar sus primogénitos. Para entonces, los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había recaído, y ellos mismos, entre sus prudentes decisiones de gobierno del templo, habían previsto que el siclo del santuario fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. Su previsión resultó feliz. Quienes estaban obligados al rescate entregaron 1.365 siclos de plata, siclos del santuario, que recibieron los sacerdotes, sus cuidadores.

     Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por la cadencia biológica de su estirpe, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día, a cada parto. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, por los levitas fue instituido como un deber. Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos, cuyo usufructo pertenecía a los sacerdotes. Fue la única tarifa del principio, y permaneció invariable indefinidamente, aunque ningún humano consagrado como anatema, porque se consagraba de modo absoluto al dios, podría ser rescatado y debía morir. No así el primer nacido de un asno, que también a partir de entonces se pudo rescatar, en cuyo caso habría que cambiar asno por cordero. De lo contrario, debía desnucarse.

     Así pues, según nuestro doctrinario, el diezmo sería el resultado de una decisión divina. Por las condiciones en las que se había originado, tal como las argumenta el antiguo testamento, el diezmo -si se acepta la tradición bíblica como supervivencia histórica de una misma divinidad- sería deuda debida a nuestro señor, y nadie podría justificar no darlo. Si los moros, los judíos y los gentiles, que son de creencias distintas a la fe verdadera, pagan los diezmos por derecho, tal como lo mandan sus leyes, concluye, mucho más y sin engaño deben pagarlo los que son los verdaderos hijos de la iglesia santa. Corresponde al rey reconocer y autorizar que esto sea así. Es quien debe respetar que es un derecho privativo de nuestro señor, y por esta causa está en la obligación de concederlo, lo que da por supuesto que es necesaria la mediación del poder coactivo del que en exclusiva dispone.

     Solo queda argumentar su justificación práctica con una cadena de causalidades que no admite réplica. Los diezmos, dice, los quiso nuestro señor para templos, para cruces, para cálices, para vestimentas, libros y campanas, y para que se sustentaran los obispos, para predicar la fe y para los demás clérigos que imparten los sacramentos, y para los pobres en tiempos de hambre, para servicio de los reyes y provecho de ellos, y de su territorio cuando lo necesiten. Como de este modo se extiende en tan buenas obras, de tantos modos y tan en su provecho todos tienen parte, cada cual lo debe dar por su voluntad y sin más coacción. Si no, que lo haga pensando en el incremento temporal del bien que le provee nuestro señor. Porque el diezmo es provecho y salud del alma de cada uno y abundancia de frutos y de los bienes del mundo; lo que se prueba y ve cada día, afirma categóricamente, porque a quienes pagan sus diezmos Dios les incrementa sus bienes.

     Obrando en consecuencia, el rey no quiere que en aquel momento, porque disminuya su justicia disminuyan o se pierdan los derechos de Dios, que son también los de su iglesia inviolable. Al rey no le parece que deba consentir que se lesionen aquellos derechos. Al contrario, cree que debe actuar en servicio de Dios y honra de la iglesia que considera digna de ser sagrada.

     Hasta aquí la argumentación dogmática ha reconocido el nexo que une la soberanía de nuestro señor con la real, pero no el que pudiera haber entre él y la iglesia santa. La suplantación la justificaría su condición divina y la institución del sacerdocio tal como la cuenta el antiguo testamento, a lo que se pueden sumar argumentos extraídos de los evangelios que quien argumenta no cree necesario mencionar. Pero probablemente también contribuyeron a aquella identidad los términos más concretos del acuerdo entre las partes efectivamente existentes a mediados del siglo décimo tercero, la corona y la iglesia de occidente.

     Parece que es desde esa posición desde la que se considera que el rey debe ordenar que todos los hombres de la región den su diezmo a nuestro señor Dios, y que señale como expresamente sujetos a esta obligación a los ricos hombres, a los caballeros y a los otros pueblos, pero que también crea que incurre en este deber todo el clero, incluido los obispos, quienes deben pagar el diezmo de todos los bienes que tengan y no sean de sus respectivas iglesias. Y que precise que debe cumplirse con él según manda la iglesia, alusión que presupone una reglamentación específica del pago del diezmo elaborada por esta y encaminada a garantizarse el ingreso. Provendría, tal como la propia experiencia real en esta materia, de lo previsto y experimentado en los tiempos precedentes en los territorios más al norte.

     Si la iglesia ya tenía dictadas normas en materia de diezmo, su fuerza coactiva no sería suficiente para asegurárselo. Sería necesario el concurso de la autoridad real para que se respetara y se impusiera, lo que apunta al núcleo de una institución que justo por esto pudo ser conocida como beneficio.

     Los siguientes indicios de resistencia al pago de los diezmos son de comienzos del verano de 1260, y se detectan al este de la región. Allí había algunos cristianos que no querían dezmar. Por esta causa, cayendo en gran yerro de las almas, permanecían sentenciados de excomunión. Pero más grave parece que no se ingresara el diezmo de los bienes producidos por los moros que labraban tierras de cristianos. Pretendían estos que eran ellos quienes debían ingresarlos, y que solo debían dar el diezmo de lo que ganaban por unidad de superficie gracias a la cesión de los derechos de uso de la tierra. El rey ordenó que los cristianos dezmaran correctamente, porque era un derecho de la iglesia inviolable, que los cristianos no retuvieran el diezmo que debían dar los moros y que los moros que explotaran tierras de cristianos dezmaran de ellas tal como los cristianos de las que tenían.

     Al año siguiente, cuando aún no habían pasado seis desde que se instituyeran los diezmos, quizás porque se incrementaran aún más los problemas de recaudación, fue necesario regular específicamente el del ganado que se conocería como extremeño, el que trashumaba y se movía a un lado y a otro de las jurisdicciones, una manera de sostenerlo que comprometía el diezmo de la crianza.

     La iniciativa tuvo su origen en una reunión de las Cortes de Castilla en la primera ciudad de la región. La representación de los concejos expuso que tanto los obispos como los maestres de las órdenes militares, responsables de los señoríos que se conocían como encomiendas, amparándose en que tenían que transitar los ganados por sus territorios, exigían el pago del diezmo tanto a los pastores como a los dueños de los rebaños, a veces pidiéndoles carneros en vez de corderos y vacas en lugar de becerros, y que cuando se resistían a los pagos que pretendían les tomaban en prenda ejemplares de sus cabañas como represalia. Unos justificaban la coacción por los pastos que habían aprovechado en su territorio, y otros porque creían que los dueños de los ganados estaban sujetos a las respectivas jurisdicciones eclesiásticas por razón de vecindad, y por tanto a la obligación de pagarles el diezmo. Pero cualquiera que fuese la razón, para los dueños de los ganados de todo aquello podía resultar que tuvieran que dar dos diezmos.

     Lo que en las Cortes se había hecho visible como un problema de los criadores de ganado quedó al descubierto como un conflicto entre obispos. Sus exigencias eran parte del enfrentamiento entre los del norte de Sierra Morena y los del sur. Aunque el rey los  conminó a que buscaran una solución, no se pusieron de acuerdo. Para encontrar una salida duradera, se apeló a la autoridad del papa. Pero hasta que no se pronunciara sobre el asunto, para que no se perdiera el diezmo y los obispos quedaran en paz, y tanto los dueños de los ganados como los pastores que los cuidaban no fueran perjudicados, el rey tuvo que decidir.

     Si los ganados pacían todo el año en el obispado donde vivieran sus dueños, darían el diezmo en su parroquia; si iban a otro obispado y se quedaban allí todo el año, sería allí donde darían todo el diezmo; si la mitad de un año pacieran en el obispado donde residieran sus dueños y la otra mitad en otro, dividirían el diezmo entre los dos obispados. Si el ganado se desplazara por varios obispados, de modo que no se pudiera saber con certeza dónde estuvo más tiempo, liquidaría la mitad del diezmo en el obispado donde las hembras parieran y la otra mitad en la parroquia donde vivieran los dueños. Si las hembras parieran de paso en algún lugar, no pagarían diezmo alguno, salvo que la cabaña a la que pertenecieran estuviera en el lugar al menos un mes. Si el ganado paciera la mitad del año en el obispado donde viviera el dueño y la otra mitad se moviera entre dos obispados, de manera que de día comiera el pasto en un obispado y se guardara de noche en el otro, la mitad del diezmo se repartiría entre tales dos obispados, una por pasturaje y la otra por guarecerla.

     Además, los pastores evitarían complicar más la situación con engaños, como mover el ganado de un obispado a otro, y los obispos pondrían a cargo de la recaudación del diezmo del ganado transeúnte a hombres que no lo tomaran hasta que las ovejas y las vacas hubieran parido, ni eligieran carneros por corderos ni vacas por becerros, sino lo que conviniera a los dueños del ganado.

     También en 1261 la corona reguló el excusado eclesiástico. Con la denominación de excusado, para entonces, ya existiría el que podemos calificar como excusado regio, el mayor contribuyente de cada parroquia, cuyo diezmo se reservaba la corona, en ejercicio de su soberanía, íntegramente. El rey, como réplica, concedió al obispo y al cabildo que otro de los pagadores del diezmo de cada parroquia, el que ellos eligieran una vez que se hubiera segregado el mayor contribuyente, lo pudieran recaudar también íntegramente para sí. La ley de las compensaciones otra vez resolvería las diferencias entre los dos poderes.

     Mientras tanto, en el obispado limítrofe en dirección este la resistencia al pago de los diezmos habría ido extendiéndose. Para agosto de 1268 de nuevo hay indicios de que el contagio se propagaba. En aquel momento había en sus tierras quienes no querían pagar el de cierto séptimo que venían percibiendo obispo y cabildo ni el de algunas grandes explotaciones, y otros que los pagaban mal o simplemente no querían pagarlos. A finales del mismo año persistían en idéntica actitud quienes, a pesar de que se lo pedían obispo y cabildo, no liquidaban sus diezmos o no dezmaban debidamente.

     El rey interpuso de nuevo su autoridad y mandó que cada uno se atuviera a lo que en esta materia mandaba el derecho de la iglesia. Lo que debe dar por derecho ninguno debe retenerlo, sentenció. Al hablar así, con una ambigüedad que le permitía abarcar tanto lo que él mismo ya había decidido como lo que la norma canónica tuviera prescrito, tal vez le preocupara, más que los ingresos de la iglesia, los suyos. Creyó que su mediación estaba más justificada porque él perdería los ingresos que debía sumar por razón de tercias, la deducción a los diezmos de todas las parroquias que iban a parar a las arcas reales. El temor a que el contagio pudiera alcanzarle permitiría que las conminaciones disuasivas cedieran ante penas civiles serias. Decidió que a quienes no dieran o retuvieran los diezmos, por cuenta del rey se les podría prendar y obligar a pagar el doble.

     En junio de 1276 persistía el problema del ganado extremeño. A pesar de que ya se había ordenado que los rebaños que pastaran en el obispado dieran la mitad del diezmo de la crianza en el obispado de la región y la otra mitad donde lo debieran dar, había quien aún no lo hacía así. No sería suficiente con que nuevo la autoridad de la corona interviniera y ordenara que quienes estuvieran al cuidado de los ganados tenían la obligación de dezmar tal como estaba acordado. Había causas que excedían lo que en esta materia se había legislado. A fines de 1278 el rey tuvo que reconocer que parte de la persistencia del problema pudo tener su origen en que había concedido que algunos ganados no pagaran derechos de tránsito, derechos de pasturaje o el diezmo que les correspondiera. De ahí pudo provenir que cuando sus ganados pasaran de la jurisdicción de un obispado a la de otro no quisieran pagar diezmo al segundo. Su intención, según declaró, nunca había sido quitarle a la iglesia su diezmo. Para redimir las responsabilidades en las que sin embargo pudiera haber incurrido ordenó de nuevo que para pagarlo todos debían atenerse a lo que ya estaba acordado.

     La ola de la resistencia al pago del diezmo alcanzó al obispado que entonces correspondía a la mayor parte de la región en la primavera de 1274. También aquí había quienes no dezmaban como era debido, y ni siquiera pagaban las primicias, modesta contribución voluntaria parásita del diezmo. Su responsable había optado por sentenciar a los rebeldes, quienes, aunque permanecían mucho tiempo excomulgados, ni se enmendaban ni obedecían a la iglesia. Sin embargo, esta vez la mediación del rey se limitó a conminarlos a que obedecieran.

     Previa, simultáneamente o después, el rey concedería al episcopado del sudoeste bienes inmuebles a partir de los cuales obtener rentas, fuera con el desarrollo de señoríos, con la cesión de aquellos bienes o por cualquiera de las fórmulas distintas al diezmo que permitían entonces detraer trabajo.

     Mientras que las rentas detraídas por el ejercicio del dominio directo o por cesión de las tierras obligarían a compromisos y contratos personales, para así captar el trabajo del que deducir renta, el diezmo, por ser una renta de pretensiones universales, aseguraría una detracción masiva. Obtenerla sirviéndose de la prestación personal tendría sentido cuando la población escaseara. En esa circunstancia sería la manera más eficaz de asegurarse la renta. El incremento de las poblaciones durante la plena edad media reorientaría las estrategias de deducción del trabajo ajeno. De la prestación personal quienes tuvieran poder para exigirlo pasarían al pago de rentas que pudieran proporcionar una masa indiscriminada de ingresos y mucho mayor.

     El diezmo sería una de las modalidades de deducción de trabajo que respondería al crecimiento de la población, tal vez la más rentable de todo el continente. Así todo el instituido en el siglo décimo tercero, por ser una renta de su tiempo, aunque pueda haber quien opine lo contrario, se convertiría en un signo de modernidad. De la innovación, el rey concedente, a quien no le faltaría conciencia de aquellos cambios, sería corresponsable.

 


Población estacionaria con inmigrantes

Redacción

Durante el siglo XVIII el crecimiento de la población regional parece estancado. Las tasas que lo expresan coinciden en este punto: oscilan entre 0,15 y -0,19 %. Su composición por edades, observada a partir de los mejores censos de aquel siglo, no cambia de manera significativa. Si aceptamos literalmente lo que expresan estos dos parámetros, su mortalidad sería constante, tal como lo es su composición por edades, y dado que la mortalidad es constante, para avanzar en el análisis de los factores del crecimiento de aquella población es legítimo recurrir a una tabla de mortalidad que complete con sus descripciones lo que permiten los indicadores sintéticos.

Hemos preferido una de elaboración propia, basada en unos veinte mil registros de las defunciones ocurridas en el mismo universo, complementados por la necesaria observación directa de los nacimientos; casi cuarenta mil asientos, fondo suficiente para llegar a conclusiones fiables. Proceden del primer registro civil, que empezó a funcionar de manera regular en este extremo de occidente a partir de 1841. Aceptarla, a pesar de su desplazamiento cronológico, incluye reconocer que entonces la población regional no había conocido aún la primera fase de la transición demográfica. Para admitir esta premisa basta comparar sus valores con los cálculos típicos de la mortalidad, ya clásicos, de Naciones Unidas y Princeton, desarrollados a partir del procedimiento de estabilidad. Los que más se aproximan a la mortalidad observada son los niveles 4 y 5, masculinos y femeninos, con tasa de crecimiento 0, del modelo sur de Princeton. Con estos medios, más algunos cálculos parciales, es suficiente para ensayar una descripción de los límites a la población del sudoeste en pleno siglo XVIII.

De todos los sucesos vitales, el matrimonio era el más próximo a la voluntad humana antes de la transición demográfica. Como entonces la concepción de hijos fuera del matrimonio carecía de relevancia, la descendencia final de las mujeres de cualquier población dependía de si contraían nupcias, y en caso de que así fuera de la edad a la que lo hicieran; de la medida en que sintonizara con la fertilidad femenina. La población regional, antes de la transición demográfica, estaría alimentada por un matrimonio temprano e intenso. La edad media de acceso al matrimonio de las mujeres adquiere un valor entre los 21,5 y los 22 años, lo que significa que las que se casaban invertían en el matrimonio entre el 77 y el 79 % de su fertilidad. El nivel de la soltería definitiva femenina (solteras de 50 años y más, edad que asimismo se acepta como límite superior de la fertilidad) estaba comprendido entre el 20 y el 30 %, lo que en términos positivos o intensidad del matrimonio se traduce en valores entre el 73 y el 82 %. Combinando ambos indicadores, resultaría en resumen que en realidad aquella población solo ponía en juego entre el 60 y el 64 % de su capacidad reproductiva.

Claro que no toda la potencia procreadora invertida en el matrimonio se traduciría en nacimientos. El número de los de cada año, que se puede estimar comprendido entre unos 26.500 y poco más de 29.000, permite suponer que las tasas de natalidad se situaban entre el 36 y el 39 por mil. Si se acepta que el 95 % de los nacidos eran legítimos, de la anterior estimación se deduce una colección de valores de la fecundidad matrimonial en torno a 0,750, levemente por encima de los calculados para todo el país, situados entre 0,745 y 0,735. Indica que las mujeres casadas de la región procreaban al 75 % de como lo harían las mujeres de máxima fecundidad matrimonial observada, las hutteritas de 1921-1930. En el supuesto de que la fecundidad matrimonial hutterita fuese el techo biológico de la fecundidad femenina -y por el momento sí que es el máximo observado para cualquier lugar y para cualquier momento-, del valor del índice se deduce que el conjunto de los recursos reproductivos de toda la población regional funcionarían a poco más del 45 % de su capacidad. (Si en vez de aplicar la tabla modelo de mortalidad aceptamos que el registro de población en los censos es perfecto al menos para la población infantil masculina (varones de 0-6 años), tendríamos que hacer dos cálculos alternativos mediante ajuste a relación de masculinidad tolerable de acuerdo con el tamaño de población. Es decir, el valor real de la población infantil femenina quedaría comprendido entre un máximo y un mínimo. Si a las dos nuevas sumas resultantes se les aplica el mismo índice, resultaría otra fecundidad, no tan exagerada como en el primer supuesto, aunque aún seguiría siendo muy alta.)

Si se casan en torno al 80 % de las mujeres a una edad media temprana y realizan las tres cuartas partes de su fertilidad, el aporte de sumandos al crecimiento es sin duda alto, aunque parezca que la población funciona a medio gas porque solo aprovecha algo menos de la mitad de sus potencialidades reproductivas. Se estaría cerca de un supuesto máximo biológico posible que sin embargo no se agotaba.

Un lugar común de la historiografía demográfica es que durante el siglo XVIII las poblaciones peninsulares no estuvieron sometidas a los rigores de la mortalidad catastrófica, a excepción quizás del paludismo de fines de los ochenta. En el caso de la región al menos, no hay indicios de que se produjeran crisis de mortalidad graves. En cuanto a la mortalidad ordinaria, que sería por tanto la reguladora del crecimiento, las fuentes y sus estimaciones asociadas proporcionan datos precisos. Las evaluaciones posibles de la mortalidad adulta (de 20 a 55 años) son suficientes para marcar un límite por debajo del cual es difícil que se situara la mortalidad ordinaria. Con la más optimista se pueden calcular unas tasas anuales en torno al 40 por mil, lo que implicaría una esperanza de vida al nacer próxima a los 35 años. Es un nivel bajo de mortalidad regular a juzgar por los cálculos más autorizados referidos al conjunto del país (esperanza de vida al nacer 26,8 años), y que tampoco concuerda con la mortalidad implícitamente aceptada en los niveles 4 y 5 del modelo sur de Princeton, que corresponde a una esperanza de vida al nacer entre 27 y 30 años.

Pero, al tiempo que la mortalidad catastrófica ha desaparecido, al menos por el momento, y la adulta se muestra relativamente moderada, es alta la mortalidad infantil. Nuestra estimación de natalidad obliga a aceptar que su nivel estaba comprendido entre un 230 y un 270 por mil, lo que encaja más con los modelos de mortalidad de referencia; más aún si se tienen en cuenta las experiencias de las mortalidades infantil y postinfantil acumuladas, que se aproximarían al 50 % de los nacimientos. Así pues, sobre todo la muerte de los recién nacidos vendría a corregir severamente el comportamiento de la fecundidad: del orden de la mitad de los nacimientos acabarían en muerte antes de terminar la lactancia.

Con unas tasas de natalidad que como máximo alcanzarían el 39 por mil, y con una mortalidad que desde luego no bajaría del 40 por mil en los años en los que no hubiera repunte de la mortalidad, se deduce que el crecimiento ordinario, al menos el crecimiento natural, tendería a ser negativo. Los analistas más reconocidos, resistiéndose a admitir que en el saludable siglo XVIII hubiera alguna población que no se incrementara, optan por defender un débil crecimiento positivo, estimado en un 0,1 % anual. Si se aceptan con lealtad los valores de natalidad y mortalidad demostrados, parece más correcto admitir que el crecimiento se situaría como mínimo bastante más cerca de cero. Corroboran la sospecha de tan ajustado margen de crecimiento las tasas de reproducción que pueden deducirse de los censos, que son en este sentido claras: a una tasa bruta algo por encima de 2, con las condiciones de mortalidad estimadas y el perfil del matrimonio femenino deducido corresponde una tasa neta en torno a 1, lo que significa que cada mujer fecunda era sustituida por otra con las mismas posibilidades de realizar su fecundidad.

La selección de los hechos demográficos que pueden ser más pertinentes para una explicación del crecimiento en el pasado, combinados de una de las múltiples formas posibles, da como resultado lo que los especialistas llaman un sistema de la población, tan simplificador y tópico como útil para aislar algunas de las razones no demográficas del comportamiento biológico de una población a fines de la época moderna. En el  caso de la regional, nos encontraríamos ante lo que clasifican como sistema de alta presión. La imagen que evoca esta expresión es coherente con lo que por el momento parecen hechos demostrados. El crecimiento regional estaría regulado por dos mecanismos de signo opuesto, un matrimonio femenino precoz e intenso, responsable de una fecundidad alta, contrapesado por el riguroso freno positivo de la mortalidad, especialmente descargada sobre la rigurosa mortalidad anterior al quinto aniversario.

La explicación de unos comportamientos aparentemente tan conservadores en el terreno de la reproducción habría que buscarla en el poder de la mortalidad, un factor que puede considerarse exógeno porque escapa a cualquier control. Con la reserva de fecundidad se pretendería hacer frente a los imponderables de la mortalidad catastrófica, en cuyo caso sería oportuno recurrir a ella para reequilibrar el sistema. Es probable que no fuera del todo así, entre otras razones porque la conciencia de la contención de la mortalidad extraordinaria solo puede existir cuando ha pasado una cantidad de tiempo que trasciende los comportamientos biológicos de cada año, los que miden las tasas. Tal vez sea necesario plantear en otros términos el problema.

Concebir la población como un todo homogéneo, cuando se trata de comportamientos biológicos, por más gregarios que sean, es un error que contagian al análisis histórico los procedimientos estadísticos. Si aceptamos que el matrimonio es el origen remoto de los factores del crecimiento natural al alcance de las voluntades, tenemos que aceptar también que las posibilidades de concertar un matrimonio, y en mayor grado sus consecuencias para la localización del hogar y la formación de la familia, tienen que ser dispares. No todo el mundo puede dotar del mismo modo a su descendencia femenina, ni con el mismo alcance, si la dote es una parte del curso consuetudinario que lleva al matrimonio; ni tiene la misma capacidad para transferir un capital al varón que desea contraer matrimonio para que haga frente a la creación de su hogar, cuando esta forma de resolverla sea la regular. Con los medios estadísticos solo es posible detectar lo más grosero, el comportamiento en masa.

Por suerte -solo bajo esta condición tan restringida- legitima tan sintética manera de proceder que las formas de obtener la renta las familias del siglo XVIII estuvieran muy polarizadas en el medio rural, el que por cantidad de actividades imponía sus pautas a las poblaciones. Bien un grupo restringido obtiene sus rentas detrayéndolas del trabajo ajeno, bien otro grupo, el mayoritario, las consigue concediendo que una parte del suyo tiene que venderlo a aquel. Las posibilidades de que el comportamiento biológico de los segundos deje rastro en las cantidades que registran los censos y los registros son casi todas, mientras que las que tendría el de los otros serían casi nulas, dada la magnitud de las diferencias.

La manifestación más visible de esta doble circunstancia, cuyas piezas no solo no se oponen sino que se complementan, es que la mayor parte de la población regional, bajo criterio laboral, en las estadísticas del momento se clasifica bajo la condición de jornalero, aunque en unas proporciones tan abrumadoras que resultan demasiado groseras. Es cierto que en la región el jornalero agrícola parece un hecho permanente, y que probablemente es parte de la población regional al menos desde la plena edad media. Con seguridad, su presencia ininterrumpida en la región se documenta desde el siglo XV. De estos testimonios habitualmente se deduce una proletarización progresiva y lineal del mercado de trabajo agropecuario. Cuesta creer en la presencia inalterable de una población jornalera cuyo tamaño crece inexorablemente. Si las casas agropecuarias, a las que sirven quienes trabajan en el campo, presentan como rasgo más estable su alta capacidad de adaptación a la coyuntura comercial, así interior como exterior, es poco probable que en la población jornalera, en su tamaño, y en su función económica, no se reproduzcan, previamente o como consecuencia, las oscilaciones de la coyuntura mercantil.

Aquella manera expeditiva de clasificar las profesiones sería una traslación del fenómeno de fondo al punto de vista; una consecuencia estadística, obra del procedimiento de las administraciones, de la que no obstante podemos congratularnos, porque abre una posibilidad de encontrar explicaciones. Bajo la voz jornalero de las estadísticas se esconde no tanto la diversidad como una situación compleja. Sus protagonistas, aunque no rechazaban aquella denominación, o la de bracero, preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo, una forma de identificarse que los unificaba y los arraigaba al fondo campesino del que provenían. En pleno siglo XVIII la mayor parte de la población rural aún no había renunciado a permanecer sujeta a ese fondo.

La demanda de trabajo, para a cambio detraer la renta a la que por este medio se aspiraba, se personificaba de cuatro formas: pegujalero, temporil, asalariado episódico y destajero. Temporil era el que se empleaba por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola en las grandes explotaciones, las que dominaban e imponían sus principios al sector, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Era lo más próximo al trabajo asalariado estable. Quienes ocuparan puestos de responsabilidad y guardia o quienes tuvieran a su cargo el complejo ganadero de aquellas empresas, tanto el de trabajo como el de cría, tendrían las mayores posibilidades para ser contratados como temporiles.

Asalariado episódico o jornalero en sentido propio era el que se empleaba para faenas determinadas, llamado por los aperadores, en las mismas explotaciones. Puede trabajar durante secuencias que va imponiendo el comportamiento del tiempo, habitualmente menores al mes pero superiores a la semana, en los trabajos sucesivos del cultivo del trigo, o de los que le están sometidos, incluido entre estos los del olivo y la vid. Iban desde la siembra hasta la recolección del cereal y sus legumbres asociadas, pasando por la escarda o el abonado.

Bajo las condiciones del destajo solo eran contratados los trabajos de siega del cereal y sus legumbres, así como la vendimia y la recolección  de la aceituna. Son tan intensos como concentrados en el tiempo, y por eso los mejor remunerados, aunque ni mucho menos los más rentables.

El pegujal era una pequeña explotación campesina, de ciclo anual, que no solo no se oponía a las dominantes sino que se desarrollaba dentro de sus unidades de explotación, de dimensiones tales que podían acoger un buen número de quienes estaban dispuestos a hacerse cargo de uno. Su convivencia en el espacio con las tierras destinadas a cumplir con los objetivos dominantes está justificada por los posibles intercambios de servicios entre las dos células del sistema, la gran empresa y el pegujal. A quien lo trabajara le permitía sobrepasar la renta que se obtuviera como asalariado de cualquier tipo (temporil, jornalero o destajero), no tanto por la cantidad líquida que ingresara como porque lo capacitaba para disponer con independencia sobre todo de trigo, aunque también de cebada o legumbres, y así escapar a la tiranía de los precios del suministro alimenticio básico, o subsidiariamente del que necesitara el ganado de trabajo que había que poseer para aspirar a ejercer como campesino.

El mecanismo que regulara la oscilación entre tener y no tener un pegujal se originaría por tanto desde el mercado del trigo. Tan inestable como eran los precios del cereal básico sería la condición anual de campesino, y serían las violentas oscilaciones de aquellos las que convertirían el recurso al pegujal en un mecanismo regulador del mercado de trabajo rural. La consecuencia era que la posibilidad de acceder a pequeñas explotaciones anuales contribuiría a tensarlo constantemente. Y, paradójicamente, la posibilidad de convertirse en pequeño cultivador anual contendría el germen de la proletarización.

Para que el suministro de mano de obra contara con una importante reserva sería suficiente con que el número de los trabajadores del campo dispuestos a explotar aquellas unidades mínimas superara la oferta de parcelas aptas para convertirse en aquella forma de actividad campesina, lo que empujaría a los trabajadores del campo a emplearse en toda faena a cambio de un salario. Su proletarización tendría todas las posibilidades para progresar (=> aumento de la oferta de trabajo => estancamiento de los salarios) porque ya estaban abiertos tres frentes secundarios para la obtención de renta, los que cada año encarnaban los temporiles, los asalariados episódicos y los destajeros.

Esta dirección de los acontecimientos no era irreversible. Bastaría con que los precios del trigo invirtieran su comportamiento, y abrieran de nuevo oportunidades a la promoción de pegujales, para que otra vez se incentivara el riesgo a tener una pequeña empresa autónoma. Aunque las expectativas para acceder a una explotación de esta clase eran razonablemente cortas, inferiores siempre a cinco años, si se toman como pauta las oscilaciones de la producción de trigo hasta ahora conocidas, eran las que alentaban la vacilante condición campesina de los trabajadores del campo.

La representatividad de estas afirmaciones es aún muy limitada, hasta tanto no se pueda calibrar su extensión y su valor relativo. Pero obliga a recuperar, profundizar y completar el análisis del papel que a las explotaciones subsidiarias tocaba en aquel orden biológico.

Sobre la formación del hogar asociada al matrimonio, lo que de momento se deduce del análisis de los padrones es que rige el principio de neolocalidad, o erección del hogar en un lugar distinto al de procedencia de cualquiera de los contrayentes. En cuanto a la formación de la familia, parece que se impone la disciplina de la nuclear, la que se limita a los vínculos que unen a padres con hijos. Aquellas costumbres quizás fueran más consecuencia que causa, y su responsable podría ser la expectativa, constante, renovable año tras año, de adquirir una renta autónoma gracias al acceso a una pequeña parcela.

Si las expectativas de independencia familiar vía matrimonio, la parte del comportamiento biológico emancipada o autónoma, dependían de la disponibilidad de renta de los candidatos, en poblaciones donde para la mayoría el acceso a la renta no estaba subordinada a la transmisión del patrimonio agrario territorial dentro de la familia, como ocurría en zonas con predominio de población campesina propietaria, las aspiraciones y las prisas por contraer matrimonio serían mayores. No tanto porque los contrayentes se apuraran en ahorrar para casarse, simultaneando el trabajo agrícola autónomo con el servicio a una casa, independientemente del sexo, sino más bien porque una temprana salida a la fecundidad posibilitaría un mayor éxito en la obtención de hijos vivos y por tanto aptos para el trabajo en poco tiempo -contando con una edad de concurrencia al mercado de trabajo muy temprana-, de forma que pudieran acaparar con la pareja la cuota óptima de trabajo; tanto el dependiente, cuando fuera ofertado en masa en forma de trabajo estable en las explotaciones (temporiles, jornaleros, destajeros), como el independiente, el que permitía el pegujal, para sumar una renta total de la unidad familiar suficiente para vivir todo el año, objetivo que probablemente costaría alcanzar. Así, serían las expectativas de acceso al matrimonio las que dependerían inmediatamente de la coyuntura triguera.

Las consecuencias biológicas de estas pautas podrían ser las responsables de la alta presión. En la medida en que la renta de las familias que trabajaban de manera estable como asalariados y en las explotaciones subsidiarias creciera menos que los precios del trigo, las prisas por obtener el mayor número de hijos en poco tiempo, además de invitar a casarse y pronto, una vez constituida la familia trabajadora daría origen a una loca carrera de concepciones que inevitablemente se traduciría en un alto nivel de fracasos. La muerte de los recién nacidos durante el periodo de lactancia, más frecuente en los meses de verano a causa de la incorporación de la familia completa al trabajo (lo que alteraba la alimentación infantil y facilitaba las infecciones gastrointestinales, de efectos fatales), vendría a corregir severamente el crecimiento; lo que aún estimularía más la búsqueda de nuevos hijos. La experiencia tenía demostrado que arriesgar más fecundidad significaba alimentar más la presión de la mortalidad, inevitablemente.

La alta mortalidad durante los primeros cinco años de vida enfrentaría de nuevo al riesgo de estimular aún más la búsqueda de nuevos hijos, así como el previo acceso al matrimonio. Por este medio, dadas las pautas de la mortalidad ordinaria, por desgracia lo que se conseguiría sería, antes que acelerar el crecimiento positivo, alimentar la alta presión de la mortalidad. Al mismo tiempo, este incremento de la mortalidad -en particular, los altos niveles de mortalidad infantil- reduciría la mediata capacidad reproductiva en reserva, lo que en realidad limitaría las posibilidades de reequilibrio del sistema.

La alta presión sería pues la aportación biológica a la búsqueda de un equilibrio: disponer del máximo posible de descendientes vivos adultos para poder sostener una empresa familiar autónoma, y al tiempo, en caso necesario, optar a los otros mercados de trabajo, para así complementar las rentas. El crecimiento de la población cerrada, la que solo creciera por vía vegetativa, sería limitado porque limitado era el acceso a las parcelas que cada año permitían ser campesino.

Pero que la severidad de la mortalidad ordinaria probable corrigiera el sistema induciendo una importante contención de la fertilidad para mantener el difícil equilibrio de la familia campesina, al tiempo que invitaría a no recurrir a su reserva de capacidad reproductiva y extremar el control sobre las posibilidades biológicas, y aun así condujera hacia la máxima presión posible, en otra parte quizás fuera la reacción a un aporte inmigratorio constante.

El débil crecimiento positivo por el que opta una parte de los observadores quizás no esté del todo forzado. Los niveles de crecimiento próximos a cero o negativos de la población cerrada podrían estar compensados por un saldo migratorio oscilante y modesto. Cruzando las clasificaciones por sexo y edad que proporcionan los censos con las tablas de mortalidad de referencia, se deducen invariablemente saldos migratorios positivos para la población masculina adulta. El corrector inmigratorio, concentrado en la oferta de trabajo bajo las condiciones del destajo, sería el encargado de anular definitivamente las tentaciones y los excesos del crecimiento natural positivo. El aporte inmigratorio regular era necesario para mantener un sistema laboral colapsado por una demanda de trabajo superior a la oferta en muy poco tiempo (siega, vendimia, recolección de la aceituna), desde luego por encima de la capacidad de trabajo de la población autóctona.

De ocurrir así el movimiento, el comportamiento biológico juicioso partiría de que acelerar el crecimiento, equivaldría a incentivar la proletarización, puesto que el excedente sobre el número de parcelas posibles tendría la necesidad de competir en los otros mercados de trabajo, donde se enfrentaría a la cotización a la baja a la que necesariamente conduciría la concurrencia de la oferta de temporiles, episódicos y sobre todo destajeros. Contener el crecimiento no sería tanto una estrategia de reserva para caso de mortalidad catastrófica como un medio para evitar la proletarización acelerada.

Los intentos por ajustarse a la oscilante supervivencia bajo estas condiciones se traducirían en una alta presión probablemente límite. Pero el severo crecimiento biológico no satisfaría las modalidades de demanda de trabajo de cada año, y el aporte inmigratorio resultaría inevitable para satisfacerla, específicamente la del asalariado episódico en el grado más alto, el destajero. Así la demanda de trabajo actuaría como factor exógeno del crecimiento de la población.

Así pues, el sistema realmente sería dual, y las razones que obligaran a un crecimiento bicéfalo habría que buscarlas en las características del mercado regional de trabajo, a su vez dependiente del mercado del trigo. La población autóctona se esforzaría en mantenerse campesina, para escapar de la proletarización, gracias al pegujal. El proceso llamado proletarización estaría pautado, al ritmo que impusiera la economía mercantil del trigo, por un incremento de quienes se vieran excluidos de las posibilidades de actuar como campesino independiente cada año o como asalariado de una gran empresa, y quedaran a los pies del mercado estacional del trabajo, especialmente el relacionado con las recolecciones, sobre todo la del trigo, pero con el tiempo también de la aceituna, y algo menos de la uva.

Los elementos descritos serían los responsables del régimen demográfico regional, que en términos relativos está en buena posición para tipificar la imagen de alta presión demográfica. Pudo tratarse de un sistema de alta presión bien ajustado a la demanda de población del mercado ordinario de trabajo por un mecanismo incontrolado, la mortalidad, y dos complementarios y dependientes, la fecundidad matrimonial y la inmigración.

De ser correcta, esta deducción permitiría por último concluir además sobre el alcance del procedimiento. El sistema al que asimilar la población regional no solo puede concordarse con fundamento con una población estable, cuyas propiedades analíticas hemos aceptado implícitamente desde el principio. Con los hechos deducidos sería posible argumentar a favor de su variante más sencilla, la estacionaria, la estable que  además cumple una condición restringida, que la tasa de crecimiento tiende a ser cero. Nada nos impediría admitir que la poblaciones estacionarias, a fines de la época moderna, eran un fenómeno común, y que su vigencia estuviera garantizada por las correcciones cíclicas a las que las sometían los movimientos migratorios estacionales.

Puede que atenerse al modelo estacionario sea arriesgado, precipitado, incluso improcedente. Pero, aparte que los síntomas sean suficientes como para pensar que la regional fueran una población estancada, y no siempre por síntomas cuantitativos, es el más consecuente con lo que se sabe. Dada su simplicidad, también es el más económico, el que antes puede llevar a unas propuestas; y el más fácilmente criticable y corregible por cualquiera en caso necesario.


El costo del trabajo

Redacción

El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.

El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.

En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.

Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.

Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.

La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.

Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.

Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.

Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.

Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.

Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.

De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.

En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 =  4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.

El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.

El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las los horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.

Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.

Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.

Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.

La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.

En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.

Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.

La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.


La cantidad de trabajo

Redacción

La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.

     Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.

     Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.

     Las cantidades de trabajo humano que comparaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.

     La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor emisión de calor. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada pero no para referir la unidad de renta percibida.

     El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.

     Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos  casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que tenía quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.

     Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas, para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.

     Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán. De temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores temporales episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.

     Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.

     Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto  grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.

     Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor suyo propio mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.

     En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve  de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.

     Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.

     Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos -los padres del convento de San Jerónimo- cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.

     Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.

     El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre estas, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.

     Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato de la caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediría que fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.

     Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado. Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.

     Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que estas las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.

     Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.

     Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.

     El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.

     No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año, con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos  estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.

     La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.

     Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas; que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.

     La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.

     De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte -y probablemente no la mayor- del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.


El tiempo de un año

Redacción

El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían a la mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía, por si Dios quisiera enviar temprano el agua.

     El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien -añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas, tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día, todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.

     El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.

     El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo, con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara, ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.

     El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.

     El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras, reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.

     El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó. Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.

     Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas de la dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.

     Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.

     El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.

     Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días. El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.

     Pero el 13 amaneció lloviendo, lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.

     El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño. La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.

     Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas de la dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario, le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.

     El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.

     Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada, como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.

     El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios. El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.

     El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.

     El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.

     El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos, antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios. No erró. Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.

     El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón. Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado, pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo. Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día. Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.

     El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.

     El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros. El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.

     El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía, a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.

     El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes. De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3. Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos, ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.

     A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse. Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.

     En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo. En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento. El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.

     El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo a la dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida. Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.

     Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador. El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.

     El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares. El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas. Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.

     El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.

     El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.

     El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.

     El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.

     El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior, con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente, por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias. Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.

     El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado. En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.

     El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.

     Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo. El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía. El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.

     Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos. Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento. El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas de las tierras del cortijo. Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos. No se sabe qué hacer con las lluvias. Todo será inútil si sigue lloviendo.

     El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos. El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.

      El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.

     El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo. Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador. En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.

     El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante agua acumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.

     El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo. El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población. Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.

     El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.

     El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte, que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.

     El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.

     El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias. El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios. La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado. Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble. Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.

     El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.

     El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.

     El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados, cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba, aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.

     El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente. El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.

     Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.

     El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares. El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.

     Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha. El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.

     A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes. El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.

     Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día, un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente, lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado. De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.

     El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto a la mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.

     El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares. El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que  descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.


Los responsables de los trabajos

Redacción

Aunque la sucesión de los trabajos agrícolas limitaba la especialización y, en consecuencia, su productividad, el trabajo humano que necesitaba acumular el producto de los cereales, a consecuencia tanto del orden decidido como de su calendario daba origen a cierta división.

     Quien personificaba la labor, y hasta le daba su nombre, se reservaba la parte estratégica del trabajo, que era la capacidad para decidir. Se le llamaba comúnmente labrador, si bien asimismo era frecuente que se le conociera como amo y como señor. Al optar por un orden para los cultivos, además de iniciar con su decisión el ciclo de los trabajos, inducía y dirigía todos los demás, aunque quizás su responsabilidad directa no fuera mucha. Según un observador contemporáneo, era habitual que los labradores solo fueran al cortijo para andar detrás de los aperos por diversión.

     Tal vez por eso era necesario que hubiera quien tomara como ocupación permanente el gobierno económico de los trabajos y los supervisara. Su responsable fue conocido como administrador, con quien se relacionaba el encargado de dirigir la explotación sobre el terreno, primero de los empleados de una casa en su parte estrictamente rural que al mismo tiempo podía ser el responsable de contratar la mano de obra necesaria. Con esta función las fuentes citan el mayordomo de campo, el aperador y los capataces. Una de ellas, con una intención que no puede ocultar, afirma, refiriéndose a estos empleados, que la labor estaba delegada en hombres mercenarios. Lo cierto es que el aperador, la figura más común de todas las mencionadas, asistía continuamente a los trabajos en el campo.

     Las responsabilidades estables del cortijo no eran muchas. La función básica era la guarda de la casería, núcleo de la anémica población rural que originaba esta agricultura, para la que podía ser necesaria ayuda, más aún porque podía hacerse extensiva a toda la explotación de manera indiferenciada. De esta clase se citan el casero o ayudador, el mozo de casero y el guarda del cortijo y su zagal, todos los cuales, tal como estaba organizado el trabajo de los ciclos, eran residentes episódicos,  transeúntes en el grado más bajo. Sirva como ejemplo de la escasa necesidad de personal residente en aquellas poblaciones que el 31 de marzo de 1750 un casero era la única persona que había en un cortijo. Tal estado de aquellas mínimas poblaciones no era extraordinario. Como este, se podrían citar otros casos.

     Aparte quienes cargaban con la custodia de las labores, los inmigrantes que residían durante más tiempo en los cortijos eran sus ganaderos. Mucho trabajo continuo requería cualquier clase de ganado que se mantuviera en ellos. El más importante era la atención al vacuno de labor, algo común a la mayoría. Durante todo el año necesitaba, por un lado, la conservación, guarda y guía de los bueyes, y por otro apacentarlos, lo que requería a su vez ayuda. A todo esto había que sumar la dirección de todos los que participaban en el cuidado de ganado tan estratégico. Pero como el equino también podía hacer estos trabajos, en este apartado asimismo entraba el cuidado de las yeguas, y si además el cortijo tenía dehesa para mantener todo el ganado de labor, también necesitaba quien la vigilara.

     Los ganaderos que se citan como responsables de todas estas actividades son el conocedor o mayoral, el boyero, que alguna vez puede cumplir con el trabajo mixto de boyero y vaquero, el vaquero y su zagal, el guarda del ganado de labor y su zagal, el pensador o mozo que le daba los piensos y el yegüerizo, que en parte al menos también se justificaría por la necesidad de mantener la sección hembra del equino de fuerza. El trabajo de los zagales, tal vez porque fuera el más barato, podía llegar a ser muy especializado cuando se trataba de emplearlo en el cuidado del ganado de labor. De este tipo de adolescentes se citan los destinados a la guarda de los ejemplares cerriles: becerros, caballos y mulos sin domar. Finalmente, otra función relacionada con el ganado de trabajo era el manejo de las bestias de carga ocupadas en cualquier clase de tráfico que necesitara la gran explotación. Los bueyes, además de en la labranza, se utilizaban como medio de transporte, al menos dentro de ella, lo que hacía necesario guiarlos uncidos al carro. El arriero, que se ocuparía de la conducción del ganado mular, también se limitaría a las necesidades de transporte interior. Aunque a veces se contrataba a un borriquero, de edad indeterminada, los zagales igualmente eran preferidos para la atención al ganado asnal. Los empleaban en su cuidado y en la conducción de las provisiones de víveres y lo demás que hiciera falta al cortijo.

     Pero, si además del ganado de labor en la gran explotación se mantenía otro ganado, era necesario guardar, guiar y apacentar cualquiera que fuese. Los documentos de 1750 citan a este propósito, en un extremo del trabajo ganadero especializado, el cuidado de las yeguas destinadas a la cría caballar selecta; en el otro, el de los puercos, a cuyo frente estaban el porquero o el ganadero de ganado de cerda. Igualmente podían necesitar atenciones las cabras, cuyo responsable era el cabrero, aunque un zagal, que tenía entre catorce y quince años, era suficiente para conducir una piara de cabras. Pero, sobre todo, las ovejas, que necesitaban un buen número de pastores que trabajaban bajo la autoridad del rabadán. El guarda del ganado en general y el guarda de la dehesa se limitarían a la vigilancia de toda la cabaña y del área de pastos reservada de la explotación.

     Las tareas de temporada no originaban muchos trabajos especializados. En los casos para los que disponemos de información directa, parece que el sembrador era único por explotación. Como empleados para la siembra, además se mencionan los gañanes,  trabajadores que manejaban el arado. Sin embargo, sería durante los barbechos cuando  serían empleados en masa, aunque no deja de ser sorprendente que las faenas específicas de aquella prolongada fase de la actividad en los cortijos en las fuentes no sean identificadas con trabajador alguno. Algo similar ocurre cuando mencionan los empleados en la escarda. A lo sumo, en alguna ocasión, a los escardadores se los identifica como gente que trae arrancando.

     Solo en los agostos se emplean tres especialistas distintos: los segadores, que manejan la hoz, los gavilleros y la gente de era, que bien usa el mayal bien recurre a que el ganado pise la mies, como es habitual en las grandes explotaciones. Es una costumbre documentada que entonces además se recurra, porque es necesario disponer de grandes cantidades de trabajo, a los llamados manijeros, ocupación exclusivamente ligada a esa circunstancia. Durante los trabajos de los agostos encarnarían el grado más alto de especialización y el más transitorio de los estados. Su actividad consistía en organizar cuadrillas de trabajadores, con el propósito de contabilizar su tiempo de trabajo y evaluar, con la toda la exactitud que les fuera posible, el gasto que originaban, que ellos mismos liquidaban a tan esforzados acreedores. Los aguadores, que también  contribuían con su trabajo a los agostos, solían ser niños.

     El resto de funciones que pudieran ser precisas carecía de especialización. Para referirse a ellas las fuentes, una vez más personificando, emplean las voces de jornalero, bracero y peón del campo. Los reducidos a esta condición serían los responsables de suministrar las masas de trabajo que se necesitaran para las tareas temporales indiferenciadas.

     En las explotaciones de menor tamaño la división del trabajo apenas tuvo oportunidades. Algunas necesitaban servirse de ayuda durante todo el año, y otras, tratándose de los trabajos temporales, contratan por separado los de siega y los de era. Solo tenemos constancia de una en la que fuera necesario mantener personificadas, y durante todo el año, las funciones relacionadas con la atención al ganado de labor. Se trataba de guardar los bueyes y demás ganado de fuerza propio de quien la promovía. Para mantener otra, en este caso dispersa, que también se aproximaba a la economía de los campesinos, se enuncian como necesarias las funciones de cuidado de la casa en la que está centrada la explotación, la ayuda a esta función y sobre todo el trabajo de labranza, que no se discrimina del temporal.

     En el caso de las del tamaño inferior es aún más común la afirmación en el sentido contrario a la división de las tareas. Un maestro herrador, que tenía preparadas para sembrar seis fanegas de tierra, mantenía su explotación sin dividir o compartir trabajo alguno, y un maestro cirujano, con plaza de sangrador en el hospital de la Sangre -afortunadamente- cuando en 1748 sembró una pequeña parcela con trigo y cebada lo hizo también sin dividir o compartir tarea alguna.

     Pero no es mucho más lo que a este respecto se puede decir. Aunque sí se puede afirmar con seguridad, porque en ello insisten las fuentes, que los responsables de las explotaciones menores en ningún caso se hacían ayudar por sus mujeres e hijos.


El calendario de los trabajos

Redacción

Las actividades que el sistema para el cultivo de los cereales tenía previstas eran sembrar, barbechar, escardar y recolectar. Para cualquiera de ellas, a mediados del siglo décimo octavo se actuaba con una conciencia cuya versión escrita es posible rescatar en parte. Como a todas las describían ateniéndose al calendario, las llamaban faenas de por tiempos o faenas del año. La duración de cada una era variable, aunque las ordenanzas de los municipios, vigentes en sus términos, por cualquiera de los medios señoriales podían obligar a que cada trabajo agrícola se realizara por cantidades de tiempo limitadas.

     En algunos lugares los trabajos del año agrícola empezaban dando con el arado dos labores abiertas y superficiales, que con sentido proverbial también llamaban rejas; en otros, más, tres o cuatro, para desmenuzar la tierra antes de sembrarla. A veces las confundían con lo que abiertamente llamaban cohecho, un nombre demasiado comprometido que cedía ante una justa expresión sinónima, alzar los barbechos, modo de hablar que recordaba que en el origen de la aptitud de las tierras para recibir la semilla estaba la roturación de las segadas al final de la campaña precedente. Cualquiera de los cohechos, quedara o no al descubierto, consistía en pasar sobre el espacio barbechado, llegado el otoño, la última reja, justo antes de proceder a la siembra.

     Esta se hacía dentro de unos límites cronológicos a los que sin embargo se ajustaban con flexibilidad los trabajos imprescindibles. El trimestre comprendido entre octubre y diciembre era el adecuado para que prevalecieran, además del trigo, la cebada, el centeno y las habas. En cuanto a su comienzo, invocando la experiencia, unos pensaban que sembrar cuanto antes, una vez llegado el otoño, proporcionaría una cosecha mayor; otros, más rigurosos, prescribían que el mes de noviembre era el más a propósito, tanto para completar la siembra como para hacer las labores que necesitara, mientras que también había quienes creían que a primeros de diciembre aún se estaba a tiempo de consumar la siembra.

     Además, todavía circulaba con naturalidad la idea de que era preferible sembrar en luna nueva, bajo la certeza de que así la simiente germinaría antes. Para cumplir con este precepto, el tiempo de la ejecución tenía que ser el comprendido entre la luna nueva de septiembre y la de noviembre, un ajuste tan exigente que a él solo podrían restringirse quienes sembraran una cantidad de tierra modesta.

     Más allá de viejas creencias, asociadas a cualquiera de los calendarios, solar o lunar, que se remontaban a más de dos milenios, el mejor tiempo para las faenas de la siembra, según dictaban los guardianes de la ortodoxia del sistema, era cuando el suelo estaba seco o, mejor aún, ligeramente húmedo. El idóneo quedaba al alcance en cuanto cayera la primera agua del otoño, momento a partir del cual ya no sería posible retrasarla; de lo contrario, el arado no se deslizaría bien y el gasto en fuerza se multiplicaría innecesariamente.

     En las grandes explotaciones, que dominaban el sector e impondrían el pensamiento  que se codificaba como sistema, no se sembraba todo lo que se preparaba o se preveía. En una, de más de mil unidades de superficie, para el año que empezaría en el otoño de 1750, finalmente se sembraría toda la tierra que el tiempo permitiera. A la vez, había cortijos en los que se había previsto, para la mitad que se sembraba cada año, que cuando llegara la sementera, por lo vicioso de las tierras, sería necesario hacer dos siembras porque su calidad las hacía especialmente aptas para dar fruto. Entre uno y otro límite, cuando las lluvias postergaban las decisiones, las posibilidades tampoco eran tantas.

     La campaña de siembra, en las grandes explotaciones, podía prolongarse durante un par de meses, una estimación de su duración más real que la que se hiciera a partir de cualquier especulación sobre lo que cada día se pudiera trabajar; aunque, una vez concluida, en la tierra sembrada en todos los casos sería necesario abrir surcos para desalojar el exceso de agua que pudiera sobrevenir durante la estación posterior al depósito de  la simiente y anterior a la germinación.

     Al barbecho, que consistía en arar el espacio vacío que cada labrador hubiera seleccionado con el deseo de ponerlo en cultivo durante la campaña siguiente, los labradores solían referirse en plural porque el número de rejas, tanto las necesarias como las posibles, podía ser variable. El número de rejas sobre las tierras barbechadas siempre era discreto y oscilaba de una explotación a otra a causa de los medios de los que cada cual dispusiera. Cada una se iba distinguiendo, a partir de la primera, con una denominación que simplemente indicaba orden. La operación completa, por tanto, al menos comprendería dos labores, alzar y binar, nombres que tradicionalmente recibían los primeros pases de reja sobre la elegida parte de las tierras de cada explotación. Más probable era que el barbecho, tal como algunos lo describen, comprendiera tres de aquellas operaciones, en cuyo caso las denominarían alzar, binar y terciar. A veces, la última, al margen de cuantas le hubieran precedido, porque no siempre tendría que ser la tercera, o incluso la posterior, se asociaba a la siembra del grano, lo que en la práctica la convertiría en cohecho.

     Los barbechos podían tomarse todo el tiempo de los seis primeros meses del año, aunque su duración dependía del que se empleaba en la sementera. Pero cualquiera que fuese su duración, cada jornada destinada a arar, a quienes tenían que completarla, les parecía larga porque las labores había que darlas en sazón. Esta manera de identificar la oportunidad incluía un cálculo sobre el peso de las tierras. Una vez que se había terminado la siembra, si las aguas y el frío lo permitían, se alzaban los rastrojos, primera vuelta con las rejas a los restos de la cosecha precedente. Lluvia y frío eran necesarios para que la tierra expuesta a la intemperie se pudriera y el sol, en los meses siguientes, la cociera y penetrara. Las otras dos, tres o más vueltas del barbecho se daban durante el tiempo restante de los primeros seis meses del año, siempre que la tierra no estuviera demasiado húmeda y por tanto con una carga añadida innecesaria.

     Especulaban sus involucrados con los límites naturales que marcaban el tiempo idóneo del barbecho. Aunque durante enero en algunos lugares se araban bien las tierras designadas para dar el producto siguiente, en las zonas más templadas era posible removerlas entre febrero y marzo. Desde luego, no todos se decidirían por el mismo calendario, pero con seguridad había poblaciones que preferían que una de las fases del barbecho al menos fuera completada ya durante el último mes del primer trimestre del año.

     Además de la insistente arada, durante el primer semestre, al tiempo que  pasaban una y otra vez las rejas por la tierra huera, que solo con el tiempo, cuando fuera favorable, sería fecundada, se sembraban las semillas tremesinas, entre las que podía estar el trigo de ciclo corto, si las circunstancias lo impusieran, los yeros, los alcaceles o cebada que era segada mientras aún estuviera verde, la cebada que se dejaba crecer hasta que estuviera madura y los garbanzos.

     La escarda era una faena imprescindible, tanto más cuanto más coincidían ciertas condiciones atmosféricas. En lugares o tiempos húmedos y fríos, espontáneamente nacían plantas, tales como cardos y otras especies silvestres, juzgadas tan nocivas que sobre todas caía el anatema de malas hierbas. Aquella amenaza debía eliminarse absolutamente. En torno al cereal naciente toda la vegetación que pudiera competir con él, si se deseaba que prosperase, porque podía mermarlo y hasta asfixiar su crecimiento debía desaparecer.

     Regularmente la escarda se hacía al menos durante el mes de marzo. Por tanto, en condiciones normales, también podía acometerse a la vez que alguna de las fases del barbecho. Pero sobre su duración no se podía prever nada fijo. Unas veces había más y otras menos, y en unos años había mucha escarda, y en otros, poca. Donde concurrían las condiciones más adversas de humedad y frío, había años en los que las escardas necesarias podían ser hasta cuatro, un retorno que las convertía en las faenas más costosas y decisivas de todo el año.

     El estercolado, que no era universal, también podía compatibilizarse con las faenas que se hicieran entre el invierno y principios de la primavera. Consistía en cortar el estiércol que en la explotación se había acumulado, para después esparcirlo sobre la parcela que se hubiera decidido abonar, siempre una fracción de toda la que se fuera a cultivar, aquella en la que se juzgara que sería más útil invertir un recurso limitado no tanto por la cantidad de excremento de la que se pudiera disponer como por la extensión de las explotaciones. Del resto del abonado se encargaba el ganado estante en la explotación cuando aprovechaba los pastos espontáneos que crecieran en los lugares que luego serían elegidos para el barbecho y la siembra.

     La recolección era una faena que en algunos lugares llamaban agostos, mientras que para otros era la cogida. Su entidad era la recompensa al esfuerzo acumulado durante los dos años que consumían todos los trabajos que, según estos cánones, necesitaba cada  espacio cultivado. Cuanto más eficaces hubieran sido barbecho y siembra, tanto más se podían complicar los agostos, porque tanto mayor sería el volumen del producto.

     Se descomponía en cuatro tareas sucesivas, de las cuales la primera era la siega, que se ejecutaba durante el mes de junio. Consistía en cortar por la caña el cereal ya maduro. Para su ejecución, confiada a los mejores manipuladores de la hoz, se imponía la rapidez, urgidas las explotaciones por los vertiginosos cambios del clima que se sucedían entre fines de la primavera y comienzos del verano. Por eso era necesario disponer al mismo tiempo de importantes masas de trabajo, las más mayores del año.

     Según iba progresando la siega, debían hacerse las gavillas o racimos atados de las plantas de cereal ya segadas, con las que se formaban las unidades para el transporte del producto desde la besana, o parcela donde se hubiera cortado, hasta la era, un área de trabajo que tendría que formarse en un trozo de tierra accesible a la explotación y que  antes se habría limpiado y comprimido bien, incluso empedrado en algunos casos.

     Nada se puede afirmar de modo categórico sobre su localización, si cerca de los caseríos de las unidades de producción o de las poblaciones, aunque por razones de seguridad en la custodia del producto parezca lo regular lo segundo. No obstante, en 1750 había quien confesaba que en el cortijo que llevaba, cuando llegara el momento de segar, le sería necesario poner era. Porque también era costumbre hacer las eras, llegado el verano, en el ejido, un espacio comunal inmediato a las poblaciones; una manera de actuar que no excluía la posibilidad de que se actuara de manera similar en el ejido del cortijo, zona próxima a su caserío, residencia tanto de hombres como de animales, acotada como un corral.

     Cualquiera que fuese su localización, allí comenzaban las actividades paralelas a la siega conocidas entonces como trabajos de la era. De ellos el inmediato debía ser trillar. Consistía en extender sobre la superficie preparada el cereal maduro, el producto del trabajo de los segadores, para a continuación fracturar la espiga con el objetivo de que se desprendiera el grano. La separación la aseguraban las pisadas de los animales que en la era trabajaran, el trillo y, en las explotaciones más modestas, el mayal; porque, si el trillo era un instrumento elemental a propósito, aún más lo era el mayal. Junto a la era, por último, el producto de la trilla se aventaba, para separar el grano de los restos de paja que todavía se mezclaran con él.

     Los trabajos de la era ocupaban una buena cantidad de tiempo. En condiciones regulares, se prolongaban durante tres meses poco más o menos. En las grandes explotaciones, que aspiraban a determinar el comportamiento de los precios en el mercado de los cereales, se esforzaban por disponer del producto pronto, lo que no impedía que debieran prolongarlos, después de concluida la siega, durante los largos días del verano. La pequeña empresa no tenía inconveniente en acometer los trabajos posteriores a la siega en invierno, en los intervalos de trabajo impuestos por el calendario, siempre que dispusiera de almacenes para su mies.

     Los días que no se ocupaban en trabajos directos sobre el cultivo, bien porque fueran intercalares o porque el tiempo lo impidiera, se podían emplear en actividades paralelas; más aún en las casas agropecuarias, empresas complejas que, aunque daban preferencia al cultivo del trigo, acumulaban el de otras especies y el cuidado de los ganados de labor y de cría. Así, arreglar los arados, reparar la vivienda, restaurar y limpiar los establos, levantar cercas, hacer setos de zarzas, cañas o cambrones, valladares, zanjas, desviar arroyos, limpiar el cereal y las semillas, acarrear el grano al molino, acopiar leña, limpiar tinajas, trasegar vino, etcétera. Nada de esto era perentorio y todo podía ser útil.


La crisis del ganado

Redacción

En 1750 la parálisis agraria no solo tuvo efectos negativos para los granos y las semillas. Las fuentes señalan como otra de sus víctimas al ganado. Su pérdida fue un temor presente al menos desde diciembre, y en él se seguía insistiendo, en términos similares, tres meses después.

     Los que prefirieron hablar sobrecogidos, y no con templanza analítica, tendieron a exagerar los efectos de la sequía para las cabañas. Cuando se hacía balance de la crisis, los más proclives al drama afirmaron que todos los ejemplares de cualquier cabaña, por falta de pasto, habían enflaquecido mucho, y que cabezas de todas las especies habían muerto en una proporción considerable. Un corregidor sostuvo que quienes habían sembrado cereales habían perdido totalmente sus ganados, lo que no le impidió añadir que en el momento en el que hablaba, todavía marzo, seguían pereciendo a causa del hambre y la sed.

     La hipérbole, y tan enfáticas y ambiguas alusiones a los efectos que para el ganado tuvo la sequía, son demasiado desmedidas como para concederles algún crédito. Los hechos que dejaron por escrito los testigos directos son bastante más moderados. A juzgar por los documentos que redactaron a partir del segundo trimestre del año, cuando se vivió la fase más aguda de la crisis, nunca amenazaron con tan extraordinarias consecuencias.

     Cuando llegó la primavera, los dueños de animales de toda clase competían por el aprovechamiento de los pastos disponibles, aunque no parece que su escasez fuera demasiada. Quienes tenían cercadas las tierras que explotaban disponían de pastos en exclusiva, y todos los que emprendían el cultivo de los cereales podían disponer de espacios públicos para mantener su ganado de labor, bien bajo la misma modalidad de dehesa reservada, en este caso separada según el tipo y la dedicación del ganado, bien como tierras abiertas no cultivadas o baldías, que se disfrutaban como espacios comunales.

     Aun así, ya entonces pugnaban por cualquier pasto hábil.

     A fines de marzo, una vez reconocida una dehesa de yeguas, se llegó a la conclusión de que el pasto que había en ella no servía para alimentarlas.

     Mantener una reserva de pastos para las yeguas era doblemente provechoso para los interesados en las actividades del campo. En ellas tenían reservado un par de responsabilidades. Eran el medio de fuerza regular para la trilla, una operación dilatada y laboriosa, no demasiado esforzada pero que demandaba energía durante un buen número de jornadas. Las yeguas también garantizaban una de las inversiones más rentables de las casas agropecuarias, la cría del equino de calidad, porque contaban con el arma de caballería como cliente seguro. Una vez al año, los responsables de la remonta visitaban las cabañas de la región y adquirían los caballos que juzgaban aptos para el servicio.

     Dado que el pasto que había en aquella dehesa de yeguas era inútil para criarlas, un cabildo abierto decidió tolerar su aprovechamiento al ganado vacuno local.

     El cabildo abierto era una forma extraordinaria de la asamblea de gobierno de las poblaciones, a la que solo se recurría en ocasiones singulares. En tiempos, tal vez fuera la expresión soberana de todos los avecindados de manera regular en una población. Para fines de la época moderna, había evolucionado a una reunión de próceres que buscaba más consenso que objeciones.

     Un regidor, miembro de la asamblea ordinaria con plenitud de derechos, después seguido por otros capitulares, decidió oponerse a aquella decisión, que suponía contraria a lo que le parecía justo.

     Para resolver el enfrentamiento, recurrieron a la máxima autoridad ejecutiva de la región, quien el 3 de abril tomó una decisión que pretendía ser equitativa. Mientras no lloviera, no se impediría que las vacas de los vecinos comieran la palma de la dehesa de yeguas. Si alguien se opusiera a esta decisión, desde aquel momento quedaba condenado a las costas del recurso interpuesto.

     El colegio de los regidores acordó no poner impedimento a que las vacas pastaran en el palmar de la dehesa de yeguas mientras que no lloviera, pero reiteró que en cuanto lloviera las vacas debían ser desalojadas de ella. A los comisarios de la cría y raza de yeguas quedó encomendada la ejecución de aquel acuerdo, que muy pronto requirió las decisiones más comprometidas. Durante la madrugada del 15 de abril llovió.

     Los comisarios de las yeguas recordaron al gobierno del municipio que la licencia concedida por el asistente había sido concedida con la condición de que en el momento que lloviera el vacuno saliera. Requirieron de la autoridad que las vacas fueran desalojadas, y la asamblea ordinaria de gobierno de seguida tomó la decisión que le demandaban, e hizo responsables de la ejecución de su acuerdo al alguacil mayor y a cualquiera de los comisarios de las yeguas.

     La paja, en la otra vertiente de la alimentación del ganado, para la que desempeñaba un papel secundario, también empezó a escasear en primavera, hasta el punto que ya en mayo se competía por la que hubiera almacenada, aunque en unos términos igualmente desprovistos de dramatismo. El incremento de su importancia relativa lo había decidido la drástica restricción de los pastizales provocada por la sequía y, desde algún tiempo antes, el creciente recurso al ganado mular, consumidor de mayores cantidades de este suplemento.

     La paja de la que dispusieran las poblaciones también estaba comprometida en sus obligaciones fiscales. Con la contribución llamada de paja y utensilio, relevaban las cargas y molestias que antes soportaban a causa del deber de alojamiento de las tropas que transitaran por ellas; una obligación que incluía el mantenimiento, durante los días que durara del tránsito, de toda la caballería que desplazara el ejército.

     Del suministro de la paja al ejército se hacía cargo un asentista, quien lo contrataba en régimen de monopolio con la superintendencia de los ejércitos regionales. El medio que el intermediario tenía para adquirir sus ingresos podía variar de una población a otra, según permitieran los procedimientos fiscales del momento, si administración directa, si encabezamiento, si rentas provinciales, modalidades de gestión del ingreso  público cuya descripción en este lugar carece de interés. Para ejecutar al menos la recogida de los suministros, el asentista contrataba a factores. En su nombre actuaban y de él recibían los poderes.

     El 4 de mayo un factor de víveres y provisiones para el ejército estaba ocupado en comprar paja en una población. Por lo que se deduce de las palabras de nuestros informantes, allí la contrata del asiento debía gestionarse de la siguiente manera. Al suministro de la paja su responsable accedía en el mercado local, según fuera transitando la tropa. Cuando esta recibiera la que demandara, sus jefes emitirían el correspondiente recibo en favor de quienes hubieran entregado la provisión. El asentista recogía de manos de los suministradores los recibos que tuvieran y los pagaría al precio que con ellos hubieran acordado.

     El factor tenía calculado que para el 12 siguiente la paja que había podido acopiar para subsistencia de la tropa se le habría acabado, y que solo encontraba quien le vendiera más a unos precios que, esforzándose en ser moderado, calificaba de irregulares. El aumento del precio de la paja en los ciclos críticos era previsible, y se tomaba como precedente al inevitable encarecimiento de los cereales destinados a la alimentación humana. Solo un labrador, que decía poseer alguna que podía vender, le pedía diez pesos por la chalupada de treinta a cuarenta arrobas; ciento cincuenta reales de cuenta, lo que elevaba el valor medio de la arroba a más de cuatro reales. Le parecía tanto más irregular cuanto que le constaba que allí había paja más que suficiente.

     Sostenía el factor que el suministro de la necesaria debía garantizarlo cada población, como consecuencia de su obligación de paja y utensilio. El asentista, en su opinión, solo tenía que recoger y pagar los recibos al precio que fuera regular o al que mandara el intendente, responsable administrativo del suministro de las tropas, autoridad que recaía también en el asistente.

     En la población, apenas pasada una semana, la situación a la que se había llegado se observaba con más calma. Las dos o tres últimas cosechas habían sido escasas de paja y durante el año en curso su gasto había sido excesivo. Por la falta de hierbas y pastos, había sido necesario recurrir a ella para el consumo suplementario del ganado de labor, y su demanda se había incrementado aún más porque, para mitigar su mayor exposición a la mortalidad, había sido inexcusable que la consumieran vacas, yeguas y potros jóvenes. A todo esto había que sumar el mayor consumo que durante los meses precedentes habían hecho los ganados que daban servicio dentro del pueblo, para los cuales la paja había suplido asimismo la falta de las hierbas y forrajes con los que habitualmente se mantenían en primavera. Enumerar aquellos hechos era suficiente para reconocer que en modo alguno había paja de sobra, ni había previsión de que pudiera almacenarse mucha más.

     Al contrario, eran bastantes los labradores que no tenían la que necesitaban para mantener sus labores, y muchos, ninguna, y cualquiera de ellos encaraba el porvenir con desazón porque aceptaba que no se cogería ninguna durante la próxima cosecha; un nuevo motivo de inquietud, a sumar a la carestía de granos que ya se vivía. Si la poca paja que pudiera sobrarle a algunos, en el más favorable de los supuestos, se aplicara a usos ajenos a su consumo en el campo aumentaría la preocupación de los labradores. Se les impediría el auxilio al que podrían recurrir, por poco o por mucho precio, según el tiempo fuera decidiendo, cuando se vieran necesitados.

     Ciertamente era una situación poco favorable a la provisión, como el mismo factor reconocía. Si, como aseguraba, en aquel momento había labrador dispuesto a venderle alguna, estaba claro que lo hacía urgido por su necesidad y porque no disponía de otro recurso con que hacer frente a ella. Nadie podría cuestionar que se atuviera al precio más favorable que encontrara en la comarca, porque de otro modo no podría conseguir la venta deseada ni por tanto el socorro que necesitaba. Lo mejor que podría hacer el factor era surtirse a través del labrador que mencionaba sin demorarse demasiado, porque de no hacerlo era muy posible que se le hiciera más difícil la compra que le urgía; antes de que muchos de los que necesitaban paja, en cuanto supieran que tenía alguna para vender, acudieran a aquel labrador. El factor habría podido surtirse de sobra de la cosecha anterior a veinte reales, y aun después de pasado el tiempo de la cosecha, e incluso llegado el tiempo de la sementera siguiente pudo hacer lo mismo a veinticinco reales la carretada corsaria, lo que sin embargo en cualquiera de aquellas ocasiones despreció.

     Le recomendaban que cuando fuera tanta su indigencia que no pudiera comprar la paja que necesitara al precio que corriera en la población, podría proveerse de la que en abundancia tenía un personaje que seguro conocía, el propio asentista que lo había contratado, quien la guardaba en el cortijo de Gallegos, que este labraba, distante de la población solo legua y media.

     Por lo demás, al cabildo civil no le constaba su obligación de suministrar paja a la tropa acuartelada, una precisión nada insignificante. Cuando la tropa no estaba de tránsito, tal como ocurría durante el invierno, satisfacer sus necesidades no entraba dentro de las obligaciones a las que atendía la contribución de paja y utensilio, por cuyo concepto, recordaba, la población pagaba anualmente por los tercios que se le repartían. Por eso estaría bien que el proveedor hiciera constar los términos de la contrata de paja que el asentista había firmado y aprobado el rey.

     Su réplica el factor la concibió en términos evasivos. La contrata de paja aprobada por el rey en aquel momento no estaba en su poder, aunque sí la tenía la superintendencia del sur, por lo que avisaría al asentista para que el intendente se comunicara con el corregidor.

     Cuando llegó el verano, y ya se había consumado la caída de la producción, los problemas para el abastecimiento del ejército no hicieron más que incrementarse. El superintendente, entre los días 4 y 6 de julio, solicitó a otra población nada menos que 24.500 arrobas de paja para la tropa, las que desde la administración central se le habían repartido para atenderla.

     Es posible que en este lugar la gestión de la renta de paja y utensilio fuera directa, porque su gobierno el 10 de julio, acordó remitir a la administración central, además de la petición del superintendente, un certificado de cuánto se pagaba por los repartimientos de paja al asentista. El valor de la contribución de paja y utensilio la repartiría entre los vecinos obligados el municipio y el asentista se encargaría de su recaudación, la que lo remuneraría directamente. En la diferencia que hubiera entre lo que recaudara y el costo que tuviera la adquisición del suministro cifraría sus esperanzas del beneficio que le consentía la administración de los ejércitos al suscribir el asiento con él. Por tanto, sería de cuenta del asentista proveer la caballería.

     Sin embargo, la paja que había en la población, que se había ahorrado gracias a que se habían sacado los ganados para Extremadura y otros lugares, se había reservado para hacer la media sementera del comienzo del otoño, para la que ni siquiera era suficiente. Si la paja que había en reserva saliera de la población, sería imposible emprender aquel trabajo.

     El 21 de julio el gobernador del Consejo adelantó a la población que había escrito al asistente comunicándole que, teniendo en cuenta la escasez de paja que padecían sus labradores, había decidido que la autoridad regional buscara una solución que al tiempo que evitara la ruina de estos atendiera las necesidades inmediatas de la caballería. Como respuesta, el 27 de julio el gobierno de la población designó a un regidor para que en la capital negociara con el asistente un repartimiento de paja equitativo, y un par de días después una clemente resolución de la administración central la dispensaba del repartimiento de las 24.500 arrobas. A cambio autorizó un cargo corto de esta especie, cuyo valor, sin embargo, nuestra fuente no especifica, y ordenó que a los vecinos se les pagara pronto la que suministraran.

     No obstante, hasta el 11 de agosto los responsables de la política local no dieron su autorización para que quienes hubieran suministrado paja conocieran las decisiones de fines de julio y supieran el modo en el que percibirían su importe. En lo que se refería a la reserva que se debía tener a disposición de la tropa durante el tiempo que permaneciera en la población, y de la que transitara por ella, los diputados de guerra cuidarían de que fuera suficiente. Ellos serían los encargados de recoger los recibos y vistos buenos que fueran necesarios para su abono y hacer la justificación de los precios a que corriera cuando se tomara.

     Probablemente aquella decisión se demoró porque no fue hasta el 4 de agosto cuando el intendente comunicó a los gobiernos locales que se había decidido suspender el repartimiento de paja que previamente se había ordenado. Optar por esta solución había sido posible porque se había encontrado un remedio paliativo. Los responsables del ejército habían resuelto que salieran de las provincias de la región para las de Murcia y Extremadura dos regimientos de Caballería, así como dar la vuelta a las tensiones que  las compraventas de la paja para el suministro de la tropa habían provocado. La que ya hubiera ingresado la caballería a consecuencia del reparto, la pagaría el asentista al precio al que valiera. A los recibos emitidos por los responsables de la tropa cuando la tuvieran en su poder debía acompañar la justificación de su valor intervenida por la respectiva máxima autoridad municipal.

     A partir del día 1 de aquel mes de agosto, también se acreditaría a los municipios todo el suministro hecho durante un año, cuyo balance estos completarían descontando el importe de lo que debían satisfacer las poblaciones por concepto de paja y utensilios. Además, debían tomar las medidas que fueran convenientes para que no hubiera falta alguna en la asistencia a la caballería.

     El 6 de agosto un municipio confirió sobre el alcance que pare él tenía esta decisión. El factor del asentista se había retirado cautelosamente de la población a principios del mes de junio, después de haber sacado de ella con el mismo sigilo la paja, la cebada que ya tenía comprada y las camas y lo demás que correspondía al suministro al que estaba obligado. Por eso, desde hacía dos meses el gobierno de la población había atendido al suministro de lo necesario para la subsistencia de la tropa, tanto estante como transeúnte.

     Para que a partir de aquel momento tampoco sufriera el real servicio las faltas a las que le dejara expuesto el factor, el municipio, por el momento, seguiría haciéndose cargo del suministro, del mismo modo que lo había hecho durante los dos meses precedentes. Pero, al mismo tiempo, hizo observar que los perjuicios sufridos podrían provenir de haberle quitado a la población la factoría que siempre había tenido, hubiera sido la provisión de víveres por asiento o por administración. Así se había creído conveniente hasta entonces porque la población era grande y de mucho tránsito. Allí la provisión no podía gestionarse con acierto si no se mantenían un factor y un dependiente que le ayudara. Solicitaron a la administración central que ordenara al asentista que cumpliera las obligaciones de su asiento sin perjuicio de las poblaciones ni de sus gobiernos.

     La escasez de pastos en los espacios abiertos, ya en pleno verano, derivó en problemas para otros cultivos. Varios cosecheros, dueños de viñas, olivares, pinares, garrotales y estacadas se quejaron de los daños que padecían sus explotaciones a consecuencia de la continua entrada en ellas de ganados de todas las especies, y en especial el vacuno, el cabrío y el de cerda. En pleno mes de agosto aquellos abusos, tanto por parte de los ganados como de los ganaderos, parecían más excesivos. Querían que en el plazo de dos días salieran de las heredades todas las especies de ganados, con el apercibimiento que de no hacerlo se daría por decomiso el que en ellas fuera encontrado.

     El 17 de agosto fue discutida aquella queja en la correspondiente asamblea de gobierno, a la que le constaban los hechos que denunciaba. Por las ordenanzas estaba previsto que las viñas, olivares y demás explotaciones permanecieran cerradas a toda clase de ganado en los tiempos de fruto pendiente, que empezaban a contarse el 15 de agosto de cada año, hasta que las cosechas se hubieran alzado por completo. El correspondiente auto de buen gobierno, aprobado y confirmado por la real audiencia, así lo había dispuesto ya para aquel año.

     Probablemente mantener abiertas las explotaciones hasta tan tarde por sí mismo causaba grave daño porque los ganados ya se comían el esquilmo. Pero el año en curso, a causa de la falta de pastos, a pesar de que no había en ninguna de las explotaciones, había sido y seguía siendo muy reiterada la entrada de todo tipo de ganados, que recurrían tanto al esquilmo como a los ramones y los pimpollos de los árboles. A los olivares les restaba fruto, a la cría de pinares, plantones, y a las cercas y vallados, pitas, a consecuencia de la desmedida corta que de ellas se hacía para que sirvieran de pasto a los cerdos.

     El último recurso, para hacer frente a la necesidad de hierbas para el ganado, fue invocar las mancomunidades de pastos, un viejo recurso cuya vigencia, no sin dificultades, había conseguido sobrevivir hasta fines de la época moderna. Ya hemos mencionado que para primeros de julio, una población, queriendo asegurarse su manutención, había organizado por su cuenta la emigración en masa de sus ganados para Extremadura y otros lugares.

     Por una reunión celebrada el 3 de julio sabemos que muchos vecinos de otro lugar habían llevado los suyos a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, tierras hasta las que extendía su jurisdicción la capital, sirviéndose de la mancomunidad de pastos que el municipio mantenía con ella. Pero había ocurrido que las autoridades de aquellas poblaciones a unos les habían entorpecido el uso de los pastos y a otros se lo querían impedir.

      Buena parte de aquellos acuerdos tenían su origen en la plena edad media, cuando contribuyeron a tejer una red de intereses comunes entre poblaciones frágiles que ayudó a consolidar el control y la gestión del territorio conquistado. Como la memoria de aquel origen no se había extinguido, y la oposición al cumplimiento de los acuerdos se había mostrado especialmente intolerante, cuando terminaba el verano en la población se desató un furor anticuario inusual.

     A partir del acuerdo que el municipio había tomado el 3 de julio, un regidor, procurador mayor y alcalde de los hijosdalgo, y un presbítero, abogado del municipio, reconocieron papeles e instrumentos antiguos sobre la mancomunidad de pastos entre el municipio y la capital y la tierra de su jurisdicción. El 14 de septiembre el ayuntamiento vio su informe sobre los documentos y ejecutorias que habían encontrado. Eran favorables a los intereses de la población y acreditaban la mancomunidad, en virtud de la concordia celebrada en uno de sus templos parroquiales, a la que habían concurrido diputados de ella y del cabildo de la capital. Luego, la mancomunidad había sido aprobada por el regente y los oidores de la capital y ejecutoriada por el rey y presidente y oidores de la chancillería del sur. El gobierno de la población acordó que el original se encuadernara en el libro capitular y que se sacaran copias de la concordia y las ejecutorias, las cuales también se encuadernarían a continuación del cabildo, y que los originales fueran diligenciados. Además, fueron cometidos el regidor antes mencionado y otro más para el seguimiento de los pleitos y autos correspondientes.

     Otro problema creado por la crisis, de los derivados de la particular que padeciera aquel año toda clase de ganado, fue el desabastecimiento de carne a los mercados y los problemas que podrían seguirse de su consumo. El analista de la capital dejó escrito que en ella la consecuencia de la escasez de ganado que provocar la crisis había sido que ya durante el mes de noviembre empezó a venderse en las carnicerías carne de macho, cuando antes esto jamás había ocurrido. La ambigüedad del sustantivo no permite resolver si la especie a la que se refiere era mular o cabrío. Hubiera sido mucho más anómalo el consumo del primero. Probablemente en esta manera de expresarse, más que propósito de informar, había deseo de escandalizar a sus lectores.

     Al contrario, el término más grave al que llegara aquella vertiente de la crisis tal vez fuera la duda sobre la calidad de las carnes y las prudentes reservas sobre las consecuencias que pudiera tener para la salud. La exhibición de estas inquietudes al menos inspiró una parte de los argumentos que se utilizaron durante aquellos meses. Pero el único indicio directo de las complicaciones que pudieran derivarse del mal estado de las carnes, asociado a la posible mortalidad catastrófica que el ganado padeciera en aquel momento, es muy tenue. El 13 de abril, en una población, sus diputados para el abasto permanecían vigilantes para que no se pesara en el rastrillo carne alguna de res de la que no se hubiera verificado que había muerto con salud. Querían evitar los perjuicios que, actuando de otro modo, podían derivarse para quienes la consumieran. Nada más.

     Que esta sea toda la información sobre este asunto permite pensar que la mortalidad del ganado no parece que llegara a ser catastrófica, y mucho menos resultado de epizootias, y que la calidad de las carnes que se consumían en ningún momento alcanzaría el rango de amenaza para la salud pública. El testimonio más bien es índice de que nada evitaría que las prevenciones, cuando se trataba del consumo de carnes, fueran las mayores.

     Tal vez el problema práctico fuera que aquellas reticencias se lo crearan al abasto. Aunque el consumo de carnes tenía un alcance muy limitado en la dieta común. Su demanda era tan elástica que con facilidad soportaría las carencias que sufrieran los suministros. En primavera, se trató solo de no bajar la guardia para que no dejara de llegar carne a los mercados.

     El 25 de mayo un ayuntamiento acordó que los diputados del matadero estuvieran muy atentos para que no faltara provisión de carnes, y le bastó con salir al paso dando al corregidor con antelación suficiente los avisos que correspondieran. Pero al llegar el verano mantener el control sobre el ganado disponible empezó ser complicado, como consecuencia de su movilidad. El 20 de julio, en el ayuntamiento de la población en la que muchos de sus vecinos habían llevado sus ganados a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, un regidor explicó que no había carneros para el abasto de las carnicerías, y que solo se encontraba a propósito una partida de 150 cabezas, por las que, dada su calidad, querían 64 maravedíes por libra. La asamblea acordó que el regidor solicitara el abasto de manera más equitativa, sin por eso dejar de plegarse al precio que corriera en el momento.

     Una semana después, 27 de julio, al ayuntamiento el corregidor informó que se estaban pesando en las carnicerías públicas borregos lechales, una carne que, en su opinión, más que salud a los enfermos, que eran quienes la consumían, causaba un daño notable. Para redimir a la población de un tan próximo mal, él había procurado con los mayores desvelos, en caso de proseguirse con este consumo, solicitar entre varias personas alguna cantidad de carneros ya hechos. Entre ellas, había una que había ofrecido para este abasto una cantidad bastante para por el momento relevar a la población de un abasto tan perjudicial. Como estos carneros eran de buena y salutífera calidad, se habrían de pagar a 68 maravedíes la libra, y no a los 60 a los que en aquel momento se vendía la de borrego lechal. En cumplimiento de la obligación aneja a su cargo, y por persistir en los buenos deseos que a él le asistían, lo hacía presente a la asamblea de gobierno, para que deliberase lo que creyera  conveniente. La asamblea, advertida de las justas y celosas expresiones del corregidor, acordó darle las gracias por lo mucho que se había esmerado y aún se esmeraba en beneficio del común, y que en observancia de su cristiano, puro y fiel deseo se pesaran los carneros en la forma que había contratado, con preferencia a cualquier carne que no excediera en calidad a la que tenían tales carneros.

     Aquella amenazante causa, que tan fatales consecuencias podía tener, en realidad podía ser crónica. En otro lugar, todos los años se padecía escasez y falta en las carnicerías públicas del abasto de carne de carnero para el consumo de su vecindario. La razón era justificable. Sus dueños sacaban los que se criaban en su término para venderlos en la feria de Villamartín y otras similares. En el año en curso, tanto por la poca cría que había habido de esta especie como por el buen deseo y necesidad que tendrían sus dueños de vender sus ejemplares, se podía prever que este abasto allí faltaría durante buena parte del año, si no se tomara una decisión que bastara para reparar y precaver los inconvenientes que por su falta se podían ocasionar.

     Así fue como al problema se le terminó aplicando la política más conservadora. El 25 de agosto el gobierno de la población acordó prohibir absolutamente la salida de los carneros que se criaban en su término para venderlos fuera, y suplicar al corregidor que contribuyera con la autoridad de sus providencias para que la prohibición se hiciera efectiva y la observaran todos los criadores y dueños de aquel ganado.

     El 31 de agosto cinco criadores de ganados, entre los que se encontraba uno que además acumulaba la condición de presbítero, presentaron al cabildo de su ayuntamiento un memorial por el que se daban por enterados, por sí y en nombre de los demás, de que no se podían sacar los carneros que pastaban en aquel término para venderlos en una feria ni en otra parte, sino que debían reservarlos para el abasto de las carnicerías. Exponían, sin embargo, que de actuar de aquel modo resultarían perjuicios. La hacienda de la corona no percibiría los derechos que por estas ventas le correspondieran, porque los criadores no podrían valerse de los carneros en los mercados exteriores. Además, como no había dehesa ni dónde poderlos mantener, perecerían muchos. Según su criterio, en vez de la decisión tomada debía guardarse el siguiente estilo: que los criadores dejaran la cuarta parte de los ganados que llevaran a una feria con la obligación de entregarlos para el abasto de las carnicerías locales.

     Se acordó que el fiel del matadero y de las carnicerías públicas redactara un certificado de las cabezas de carnero que se habían sacrificado para el abasto público desde el 1 de septiembre de 1749 hasta el día de la fecha, 31 de agosto de 1750. Y que los criadores de ganado de esta especie presentaran relación jurada, en el plazo de cuatro días, de todos los carneros que tuvieran existentes de la cría del año en curso. Pasado este plazo, se procedería a hacer registro a costa de quien incurriera en la omisión.

     El 7 de septiembre, en la reunión del ayuntamiento, un escribano informó de que solo cuatro criadores de carneros habían presentado en su oficina las relaciones juradas de los que tenían, a pesar de que se había cumplido el plazo fijado. La morosidad de los criadores más bien se reconocía en los mismos que encabezaron el memorial que había dado origen a estas providencias. En ello se conocía el dolo con que procedían, en perjuicio del beneficio común. Se acordó comisionar a los diputados del matadero para que pidieran al alcalde mayor lo que conviniera a este asunto, para que se hiciera registro íntegro de todas las crías de carnero, y asegurar el abasto de la especie.

     Ya en el último trimestre, las discusiones quedaron circunscritas a la calidad de la carne a la venta. El 9 de octubre el informe de un regidor, diputado del matadero, descubría la mala calidad de las reses vacunas que en aquel momento se estaban sacrificando en un matadero local para destinarlas al abasto. A falta de un registro de esta especie, porque se trataba de que no faltara un abasto tan preciso, se había visto en la necesidad de hacer un repartimiento que no excluyera a ninguno de los criadores de este ganado. Eran pocas las reses asignadas, para que sus dueños las entregaran obligadamente al sacrificio, y de muy mala calidad. Por eso se acordó que se publicara que toda persona que quisiera hacer aquel tipo de registro, u obligarse a abastecer de cualquier especie de ganado a la población, lo hiciera, para lo que se le admitirían las posturas que hicieran a los precios que propusieran.

     Aquel mismo 9 de octubre el ayuntamiento recibió un informe del regidor diputado de las carnicerías. Ateniéndose a un acuerdo del gobierno de la población, había optado finalmente por abastecer con cerdo las carnicerías. Pero también había faltado la especie y no había encontrado quien pudiera abastecerla. Tras repetidas diligencias, había encontrado una persona que le facilitara hoja de tocino, mitad de la canal del cerdo partida en el sentido de su longitud. Su condición era que se vendiese en las carnicerías al precio que había tenido el cerdo que se había rematado, que había sido 40 cuartos la libra, y que estos fueran los que hubiera de obtener en cada libra el dueño de la hoja. Se acordó comprar la partida de cerdo para el abasto de las carnicerías y que se vendiera al precio correspondiente, cargándose a los 40 cuartos la libra, que ingresaba el dueño de la hoja, los reales derechos. Los fieles ejecutores celarían que los carniceros no vendieran fuera de la forma que había estado en estilo, arreglándose al gasto diario de cada individuo.