Las relaciones laborales

Redacción

Quienes poseían las explotaciones mayores, tanto en extensión como en orden, para adquirir el trabajo que necesitaban sus empresas a lo largo del año comprometían una gama restringida de relaciones, si bien, para referirse a ellas, recurrían a un lenguaje que oscilaba. Había quien discriminaba entre trabajadores fijos, temporeros y jornaleros, mientras que un hombre que explotaba al mismo tiempo un cortijo y una dehesa se servía, por una parte, de los que llamaba los criados mayores de la labor, y por otra, entre otros, de temporiles y pastores. Pero en buena parte de los cortijos, a quienes trabajaban en ellos de manera estable preferían denominarlos sirvientes, al tiempo que otros los llamaban genéricamente temporiles.

     Tan distintas maneras de expresarse no ayudan a reconstruir las redes de nexos que tejieran. Sin embargo, no son un obstáculo que impida definir sus modalidades. Todas las formas de adquirir el trabajo ajeno que necesitaban las empresas de cereal, tal como las ponen al descubierto los casos que hemos coleccionado para 1750, es posible reducirlas a tres. En el lado de quienes vendían el trabajo, las personificaban sirvientes, temporiles y jornaleros, denominaciones que en lo fundamental hacen referencia al tiempo durante el que se mantenían los respectivos vínculos con el comprador.

     Tomando como referencia el nombre del tipo, se puede conjeturar que en los sirvientes, estuvieran o no sujetos a la servidumbre de derecho, o sus afectados actuaran o no como siervos, sobreviviría de algún modo la forma servil de transferencia del trabajo. Incluiría un compromiso personal con el amo o dueño de la labor que los haría dependientes de él. El vínculo sería anterior a la organización de las labores y se prolongaría más allá del tiempo del que aquellos hombres pudieran disponer de su trabajo con autonomía, o de la relación que con el amo acordaran para cada actividad, tanto que comprometería su capacidad para decidir incluso más allá de las obligaciones laborales.

     La palabra criado, empleada esporádicamente para referirse a quienes trabajaban para una explotación de manera estable, podría indicar alguno de los rasgos de la subordinación derivada de aquel vínculo, por lo que contiene todavía de obligación de mantener a quien está sujeto a la autoridad de un señor. De la conciencia que esta situación pudiera crear, más allá de las suposiciones, se pueden leer explícitas declaraciones contemporáneas, como la que decía que servir a un amo era acomodarse a un miserable estado.

     A los sirvientes se confiaban las actividades permanentes, permanentes en la medida en que afectaban a todo el ciclo anual. Aunque no todas las de esta clase se resolvían con sirvientes, siempre que se disponía de sirvientes quedaban comprometidos en trabajos de esta duración. Así, por ejemplo, en una labor de mil fanegas al tercio (sementera, barbecho y descanso) se califican como sirvientes los quince hombres que era necesario contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era: un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno que se empleaba en la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, así como diez gañanes, que trabajaban en el arado.

     El examen de otros casos descubre otros matices de la relación. En uno, a la vez que se identifican como sirvientes del cortijo el aperador, el mayordomo de campo, el casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo y su zagal, también son reunidos bajo la misma etiqueta algún temporil [sic] y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario. Las dos últimas menciones crean confusión porque uno de los términos que nos proponemos esclarecer, temporil, contamina al de sirviente.

     A veces, para distinguir entre el personal estable en la explotación, como sinónimo de radicado en ella, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a todos los cuales también se refieren los contratantes como servicio de labor, lo que también crea confusión, en la que medida que puede interpretarse que ganadero no es sirviente de un cortijo aunque sí servicio de la labor. Además, que los sirvientes sean radicados tampoco significa que su número permanezca inalterable a lo largo del año. En alguna ocasión explícitamente se dice que estos suelen aumentar y disminuir.

     A los temporiles de los cortijos nuestras fuentes, cuando se expresan genéricamente, se refieren como trabajadores para las faenas de por tiempos. El ciclo completo de las actividades estacionales, que eran siembra, barbechos, escarda y recolección, solía dividirse en dos temporadas, la primera, desde el uno de octubre hasta el treinta de abril; la segunda, desde primero de mayo hasta terminar septiembre. La mayor parte de las grades explotaciones declaraban su necesidad de temporiles. Para anudar el vínculo era condición necesaria completar una parte o todas las actividades del año, y había temporiles que podían ser demandados para dedicarlos a las agrícolas o al cuidado de la cabaña durante todo el ciclo.

     Temporiles a tiempo completo eran el aperador, el casero, el guarda, los pastores, el yegüerizo y el arriero, y también había mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas. Pero a mediados del siglo décimo octavo la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible. Cada compromiso podía abarcar una de las dos temporadas, e incluso una parte de cualquiera de ellas. Así, los trabajadores del campo que poseían patrimonio de labor. A veces se les llama temporeros, expresamente trabajadores a tiempo parcial que tenían su propia yunta y eran empleados por los labradores cuando necesitaban arada para sus tierras. Una duración de esta versión del vínculo en 1750 la pone al descubierto una explotación intermedia. Una viuda que tenía en arrendamiento una haza de tierra calma de setenta y dos fanegas, y que solo poseía cuatro arados reveceros, para labrar estas tierras, según declaró, necesitaba gañanes para la sementera, lo que puede interpretarse como un recurso tanto para la siembra como para los barbechos.

     Otras duraciones están más definidas en los testimonios. En un cortijo que se componía de dos hojas de tierra, una de trescientas setenta y dos fanegas y la otra de trescientas sesenta, y para cuyas labores se mantenían diez arados, se contrataban aperador y sembrador solo para los cuatro meses de siembra y barbechos que su dueño tenía calculados. Para otro cortijo que tenía el mismo labrador, con cien fanegas de tierra poco más o menos, y otras sesenta y ocho en diecisiete suertes de tierra, de cuatro aranzadas [sic] cada una, repetía el plan de contratos: diez arados, aperador y sembrador para dos meses de siembra. Así pues, este labrador contrataba a un aperador por cuatro meses para dos faenas y otro por dos meses para otra, cuando aquella responsabilidad, para una empresa con el tamaño que declara, solía ser permanente.

     También había quienes contrataban por temporadas que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica. Tal podía ocurrir con los zagales, y en general con todos los trabajadores que ocupaban el último escalón de las dedicaciones ganaderas.

     Parece por tanto que en el lenguaje del momento temporil era el trabajo asalariado estable, un recurso de tamaño bastante circunstancial, independientemente de su duración. Con aquella denominación, quienes se atenían a esta relación evocaban que para ellos se trataba de un vínculo derivado del tiempo de su vida que estaban dispuestos a poner en venta. Evaluando el que a cada trabajo dedicaban, deducirían la renta que en casa caso deseaban o podían adquirir. Encarnarían por tanto una modalidad autónoma de prestación de trabajo, sujeta a un vínculo o contrato ajeno a la dependencia personal.

     En la denominación regional, a quienes personificaban el trabajo asalariado episódico se les aplicaban denominaciones como bracero o jornalero, aunque cuando se expresaban sus protagonistas preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo. Muchos de ellos especificaban que su dedicación no partía de exigencias previas, que vivían dispuestos a emplearse a todo tráfico.

     El trabajo asalariado episódico se contrataba cuando era necesario disponer del trabajo en cantidades masivas, solo para ciertas faenas y por tiempo limitado, tanto que podía reducirse al día, la unidad de tiempo que regía las duraciones de todos los vínculos laborales entonces. Podía emplearse para cualquiera de las faenas marcadas por el calendario de cultivo que imponían el recurso a un aporte en masa de la energía humana. Para la siembra, se identifican los gañanes y los sembradores, y para los barbechos, los primeros. Para la escarda, a la gente que trae arrancando o escardadores, y para la recolección a su tres tipos característicos, los segadores, los gavilleros y la gente de era. Cualquiera de ellos, a decir de los contemporáneos, vivía de los grandes y pequeños labradores, trabajaba bajo la dirección de un capataz y cobraba su jornal el día que lo llamaban.

     El trabajo asalariado episódico no plantea dudas. Era complementario de cualquiera de las actividades y bastaba contratarlo por días cuando era necesario. No necesitaba más vínculo que el salario. Distinto es lo que los testimonios informan sobre sirvientes y temporiles, cuyas diferencias no están claras. Es necesario resolverlas.

     El tipo de trabajo de cada uno se muestra poco útil a la distinción. Es verdad que las especialidades asociadas a la recolección son patrimonio exclusivo del trabajo asalariado episódico. Pero los trabajos ganaderos tanto pueden ser de sirvientes como de temporiles, y todos los demás pueden sujetarse a cualquiera de las tres fórmulas.

     Si tomamos como criterio la duración del vínculo, el tiempo del sirviente, solo por su denominación aparenta ser superior al ciclo agropecuario anual. Aunque es verdad que a los sirvientes se confiaban las actividades que abarcaban todo el ciclo anual. Sirvientes eran los hombres a los que había que contratar cada año desde la sementera hasta la recolección en la era. Sin embargo, también los sirvientes solían aumentar y disminuir a lo largo del año. Luego bajo la condición de sirviente también se acogería una modalidad de relación que no sobrevivía en el tiempo más allá del desempeño de las actividades para las que eran tomados los servicios.

     Y al mismo tiempo ocurría que no en todos los casos todas las actividades permanentes se resolvían con sirvientes. También con temporiles se podían completar todas a una parte de las actividades del año si eran ordenadas como faenas estacionales. Cada compromiso podía abarcar una o las dos. La diferencia parece que es que también la duración de las temporadas por las que se comprometían quienes trabajaban bajo estas condiciones podía ser más flexible, solo para los cuatro meses de siembra y barbechos o solo para dos meses de siembra. Incluso había quienes contrataban temporiles por tiempos que oscilaban entre quince y cincuenta días, lo que aproximaba la relación a la episódica.

     Quizás un criterio diferenciador más activo pudo ser la residencia. Como a veces, para distinguir entre el personal radicado en la explotación, se habla de dos clases, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, a quienes también se refieren los contratantes como servicio de labor. Estas afirmaciones parecen suponer que el vínculo sirviente es más probable que radicara en el cortijo. Pero como los ganaderos también pueden ser temporiles, no parece que pueda oponerse sirviente radicado a temporil transeúnte.

     También muestra que la diferencia entre sirviente y temporil era por razón de residencia no estaba marcada que el personal que reside de manera estable en la explotación sea de dos clases compatibles, los ganaderos y los sirvientes del cortijo, y que ambos sean reunidos bajo el concepto único de servicio de labor. Aun siendo servicio, el ganadero no sería sirviente. Sería servicio porque reside de manera estable en el cortijo.

     Tampoco la categoría laboral es bastante para marcar las diferencias, aunque sus posibilidades son las mayores. Son sirvientes el mayordomo de campo, el capataz o aperador, el pensador, el ayudador o casero, el mozo de casero, el guarda del cortijo, los zagales, así como los gañanes que trabajaban en el arado. Pero a veces eran temporiles, entre otros, el aperador, el casero, el sembrador, el guarda, los pastores, el yegüerizo, el arriero, los zagales y demás personal ganadero subordinado a rabadanes y pastores, así como los mozos de labranza que tenían contrato anual y participaban en todas las faenas o los que eran referidos simplemente como arados que se contrataban. Además, redunda que en que la línea que separaba a sirvientes de temporiles era franqueable que se identifiquen como sirvientes algún temporil y el capataz, hombre mercenario que trabaja a cambio de un salario.

     Todo parece indicar que las condiciones de sirviente y temporil eran intercambiables. Cualquiera de ellos era trabajador del campo a todo tráfico y se vincula según oportunidades. Los que oscilan entre sirvientes y temporiles probablemente tienen como condición necesaria, para ganar un vínculo más duradero, la posesión de ganado de labor. La situación intermedia, entre el asalariado temporal y el asalariado episódico, que personifica un grupo muy estimable, el de los trabajadores del campo que poseían patrimonio ganadero de labor, puede contener una parte nada despreciable de la explicación. Eran contratados para la sementera en sentido amplio, es decir, siembra y barbechos. Que sean explícitamente gañanes pone en guardia sobre el uso de este término, que se documenta en buen número de casos. Bajo esta denominación podía ocultarse la masa de temporiles que eran contratada para completar las necesidades de energía de las labores. No es irrelevante que una parte de una labor que contrataba diez arados fueran sesenta y ocho fanegas en diecisiete suertes de tierra de cuatro aranzadas cada una. Completa esta posibilidad que los gañanes pudieran ser contratados también como trabajadores asalariados episódicos. Hasta podían ser  trabajadores temporales episódicos los gañanes contratados la siembra y los barbechos, los primeros.

     Quizás todo pueda reducirse a que en buena parte de los cortijos sus amos, a quienes trabajaran para ellos durante más tiempo prefirieran sujetarlos a la condición de sirviente, que se referiría a las obligaciones del vínculo, servir, y no a la posición en las relaciones ni a su duración, ni siquiera a la remuneración del trabajo. Al mismo tiempo, habría labradores que decidirían obtener el trabajo que necesitaran contratando a temporiles. Mientras que para aquella relación la posición que se impone sería la del amo o señor de la labor, en el caso de los temporiles su relación con el labrador la decidirían las condiciones salariales convenidas.


Petrarca

Redacción

Desterrado su padre de Florencia en 1302, por discrepancias personales con destacados miembros del partido güelfo negro, fue a establecerse en la cercana Arezzo, donde en el transcurso de 1304 nació Francesco. Pero al poco la familia decidió trasladarse a Pisa, en 1312 a Avignon, ya sede pontificia, y luego a Carpentras, donde el hijo empezó sus estudios. A partir de 1316 emprendió los de leyes, que cursa sucesivamente en Montpellier y en Bolonia. Pero desde aquí hubo de volver a Avignon, reclamado por la muerte de su padre; circunstancia por la que interrumpió unos estudios que jamás reemprendería. Poco después también moriría su madre. Hasta entonces había vestido los hábitos sacerdotales, aunque no había recibido las órdenes. A partir de aquel momento, interrumpió su vínculo personal con la iglesia, y así Petrarca fue emancipado por el destino.

     En 1326 empieza para él una agitada vida, rica en contrastes, pero en lo esencial dedicada a la poesía y la investigación filológica. En 1327, aún en Avignon, conoció a Laura de Noves, que se convertiría en la literaria mujer de su vida. Giacomo Colonna, que había sido su compañero de estudios, ya obispo, consiguió ponerlo al servicio de su hermano Giovanni, ya cardenal. Por encargo de su señor viajó por Inglaterra, Francia, Alemania y Flandes. Habitualmente cambia de residencia cumpliendo misiones diplomáticas para los Colonna. Principales para su manera de pensar fueron las estancias en Londres, París, Gante, Lieja y Aquisgrán. Paró finalmente en Roma, donde residió bastante tiempo, aunque todavía vivió en Milán durante algunos años y después en Venecia. Por último se estableció en Arqua, lugar próximo a Padua, en medio de los montes Euganeos, donde pasó el resto de vida que le quedaba. En la casa que allí se había hecho construir murió en 1374.

     Petrarca es aceptado como el primer gran maestro del humanismo y el más significado precursor del renacimiento. Su obra principal es poética, aunque también compuso textos filosóficos. Pero es además autor de algunos textos historiográficos, entre los que destaca otro volumen De los varones ilustres, biografías de héroes de la historia romana y de personajes del Antiguo Testamento, redactadas sobre retratos individualizados limpios de leyenda. El método que aplica a su redacción se convertirá en el modelo de esta variante historiográfica durante todo el renacimiento, época durante la que será muy cultivada.

     El gran proyecto de su vida fue el poema épico África, concebido como texto latino en hexámetros que debía narrar la segunda guerra púnica reelaborando la narración de Tito Livio. Alcanzó a escribir nueve de los doce libros que se había propuesto, pero la obra quedó inacabada. También son muy estimadas las dos grandes colecciones de cartas que dejó, cuyo contenido va desde los previsibles asuntos personales a la traducción latina de la última novela del Decamerón, pasando por las biografías, forma sobre la que una y otra vez vuelve, ahora para prestar atención a hombres ilustres de la antigüedad. Lo mejor de la producción latina de Petrarca es su enorme amplitud de registros, que son al mismo tiempo poéticos e historiográficos, autobiográficos, didácticos y satíricos.

     Pero no hay que buscar en nada de esto lo que de Petrarca tiene mayor alcance para la historiografía. Durante su estancia en Lieja hizo el descubrimiento de su vida, el texto del Pro Archia de Cicerón, hasta entonces perdido. Esto le obligó a un serio esfuerzo filológico, a partir del cual pudo aventurarse hacia otros textos antiguos y generalizar ideas sobre la necesidad de la crítica. Originalmente su interés por el procedimiento estuvo dirigido a la obtención de un texto fiable, pero terminó defendiendo la necesidad de la crítica de las fuentes cuando se trataba de relatos de sucesos pasados, para que quien los estudie pueda disponer de hechos veraces. Así fue como se declaró partidario del conocimiento directo y riguroso de la antigüedad clásica, mediante la depuración y el análisis comparativo de los testimonios más autorizados, frente a la visión fabulosa que la edad media había aceptado y convertido en norma.


Las juntas de grano locales

Redacción

Las poblaciones cabecera de comarca, del tamaño mayor entre las rurales, se atuvieron con cierta disciplina, o al menos nominalmente, a la política de libertad para el comercio interior de los cereales dictada por la administración central. Intentaron encauzarla a través de una junta local de granos, un órgano de excepción que no era original de la circunstancia que se vivía en 1750, lo que puede dar idea del componente rutinario que había en las soluciones administrativas que se proponían para las situaciones críticas. Los gobiernos de las principales poblaciones organizaron sus juntas adelantándose a cualquier orden recibida desde las autoridades central o regional, bastante antes de que el consejo de Castilla decidiera extender la fórmula; un hecho que, pasados los meses, contribuiría a complicar las relaciones entre las otras autoridades y las locales.

     Los datos de que disponemos permiten deducir que las juntas de granos de los  municipios rurales, en 1750, fueron constituidas durante el mes comprendido entre fines de marzo y fines de abril.

     Cuando fue más temprana su constitución, la conciencia previa de esterilidad, más que la política patrocinada por la administración central, fue aval suficiente para recurrir a la fórmula. A iniciativa de su corregidor, una asamblea de gobierno local, cuando acordó crear su junta, se manifestó compadecida de la miseria en que estaba la población a consecuencia de la esterilidad y de lo exhaustos que estaban sus habitantes, afirmaciones que contaban en su favor con el tono enfático que convenía a los antecedentes ya conocidos y que tan bien resumía el concepto de esterilidad; al mismo tiempo, un modo de hablar lo suficientemente indefinido como para adelantarse a los efectos de la crisis y satisfacer las pretensiones más inmediatas de quienes las patrocinaron. Para ellos se trataba de hacer frente a lo que estaba ocurriendo y evitar en todo lo posible sus efectos negativos.

     En otras poblaciones de rango similar parece que pesó más la inercia burocrática. A fines de abril en una de ellas se reconoció que urgía la constitución de su junta local de granos, que ya era inexcusable constituirla y que no era posible retrasar por más tiempo el recurso a un procedimiento que en otras ocasiones se había mostrado eficaz, lo que aconsejaba actuar de tan autónoma manera sin más dilación. Aunque se hubiera procedido de manera algo más prudente en lo que a esta clase de iniciativas se refiere, también se hizo con el propósito de que la junta local viera qué medidas se debían tomar para aliviar los efectos de la esterilidad. Con una manera tan vaga de expresarse sobre todo se pretendería dejar un margen a la obediencia a las órdenes que llegaban de la administración central.

     Las juntas locales, en todos los casos documentados, se compusieron de manera muy similar. Por designación de sus gobiernos municipales, eran nombrados para que las formaran una parte de sus regidores, miembros de pleno derecho de la cámara soberana que gobernaba las poblaciones, que actuaban como sus diputados, a los que se sumaban eclesiásticos y particulares. En una fueron elegidos como diputados por la cámara de gobierno tres regidores, y para completarla fueron cooptados como sus miembros el vicario del clero local, dos presbíteros y tres vecinos. Otra la compusieron, además de los correspondientes tres regidores, también el vicario de la iglesia de occidente en la población, el abad mayor de la corporación local de sus beneficiados, el procurador mayor del municipio y dos personajes que fueron presentados como caballeros labradores. Así pues, en las juntas locales de granos no solo estaba presente la autoridad pública, sino también los otros poderes reconocidos para el orden rural: las máximas autoridades de la iglesia romana y los promotores habituales de las explotaciones del mayor tamaño dedicadas a producir cereales, regularmente llamados labradores.

     La justificación del poder que recibían estaba inspirada por las únicas convicciones religiosas instituidas. A cualquiera de sus miembros se le suponía, explícitamente, católico celo. La única confesión religiosa estaría en la obligación de ser la fuente de la iniciativa política a cambio del beneficio de ser exclusiva; un presupuesto que parece oportuno, tomando en consideración el impulso que de la caridad recibía su moral, y el aún más trascendente valor que a la confesión del error en el uso privado de la virtud, posible consecuencia del furor religioso, concedía la iglesia romana. Sin embargo, de su actuación se esperaban consecuencias civiles.

     A las tres clases se les pedía que cuidaran del encargo que recibían, dedicando sus mayores atenciones, como igualmente interesadas en el mismo procomunal, para que cuanto en la junta se hiciera y resolviera fuera de la mayor satisfacción de todos.

     Las juntas de granos, que habitualmente se reunieron en las casas capitulares de su municipio, en el orden ejecutivo actuaron como gabinetes de crisis por delegación de los poderes de la cámara de gobierno local. De sus instituciones matrices los recibían en la forma legal común, de facultad amplia, cumplida y facultativa como podían y debían, para que juntos o la mayor parte en forma de junta acordaran e hicieran todo lo que fuera conducente al beneficio común, tal como si lo hiciera el gobierno de la población.

     Aunque el alcance de aquellos poderes era impreciso y disponía en su favor de un alto margen de discreción, los recibían para que vieran monográficamente cualquier asunto relacionado con el tránsito crítico que vivían sus respectivas poblaciones. Sin embargo, tenían un límite en el tiempo. Solo actuarían durante los días que creyera conveniente la cámara local de gobierno origen de sus poderes.

     Al mismo tiempo, fue normativo que cada una estuviera presidida por su corregidor, institución regular en las poblaciones de mayor tamaño, hasta el punto que quedaban subordinadas a él y obligadas a acompañarlo en las providencias que dictara. Así los corregidores quedaban investidos de la plena capacidad soberana para tomar las decisiones y en ellos, donde estaban instituidos al tiempo que la junta de granos, convergerían todos los poderes de esta. Aunque la soberanía de los corregidores nominalmente estuviera limitada, porque a través de ellos intervenía el consejo de Castilla, en la constitución de estos órganos de excepción al menos actuaron con autonomía, puesto que la decisión sobre su formación se adelantó a las decisiones que tomara el consejo.

     No obstante, parece que la legalidad de las actuaciones de las juntas locales al menos aconsejó el reconocimiento expreso de la administración central. Al final de una de las reuniones constitutivas de uno de los organismos de esta clase, sus promotores decidieron solicitar al consejo de Castilla su aprobación. Pero no parece que fuera un requisito imprescindible para actuar. Aquel mismo día todos sus miembros, tal como los había designado la asamblea, aceptaron tanto el nombramiento como los poderes que se les habían otorgado, e inmediatamente entraron en acción. Apenas cuatro días después celebraron su primera reunión. Parece más que probable, conocida la lentitud de las comunicaciones regulares entre la administración central y las locales, que empezaran a ejercer sus magistraturas sin esperar respuesta alguna del consejo.

     Sus funciones económicas efectivas podían reducirse a una. La junta de granos local, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, debían concentrarse en el comercio de los cereales. Cuando declaraban descriptivamente sus fines, se presentaban dirigidas a la más rápida y segura gestión de su suministro a sus respectivas poblaciones durante el tiempo que fuera necesario. Bajo esta premisa, reconocían como su obligación más remota buscar trigo para comprarlo a los precios más cómodos y en la cantidad que creyeran conveniente para sostener el abasto. Para su ajuste y transporte, podrían nombrar a los diputados o comisionados que creyeran convenientes. También pondrían la mayor atención en que se conservara el abasto regular de pan y tomarían todas las decisiones que condujeran a garantizar la manutención del común, cuyo alivio se deseaba.

     Pocos testimonios pueden ofrecerse que muestren con mayor claridad que las juntas de granos, centradas en las cabeceras de comarca, procederían como bolsas o lonjas para la compraventa del grano, destinado al abasto público de cada una de sus poblaciones. Contando a su favor con el poder de que disponían, podían convertirse, por decisión propia, y sin que en modo alguno una decisión como esta fuera discutida, en reguladores absolutos del mercado local de los cereales porque esta prerrogativa procedía del señorío del municipio, que le sería transferida con los poderes transitorios que se les otorgaban. Iniciativas como estas, además de convulsionar la demanda, contribuirían a fragmentar los mercados en tantas unidades territoriales cuantas instituciones de esta clase actuaran.

     A los responsables de las primeras juntas de granos, para hacer frente a los encargos que habían recibido, entre las obligaciones que se les asignaban estaba la de hacer uso de todos los recursos convenientes al mejor logro de sus objetivos. Debían trazar el primer plan para la captación de fondos susceptibles de ser invertidos en la crisis que sobrevendría. Se les llamaba a buscar todos los medios, fondos y caudales que fueran necesarios para la compra de granos, de los que se mencionan expresamente solicitar la entrega de los caudales de los depósitos que hubiera en la población, tanto de eclesiásticos como de seculares, así como la de los caudales que produjera el trigo del pósito, e igualmente de otros caudales cualesquiera, para lo que podrían otorgar en caso necesario las escrituras y cartas de pago correspondientes. De esta manera sus atribuciones se completaban con los poderes financieros que les permitieran actuar con eficacia en el mercado de los cereales.

     Sin embargo, parece que no en todas partes rigió idéntico orden. Al contrario, hubo de transcurrir algún tiempo antes de que las decisiones de las autoridades municipales que hemos podido conocer se ordenaran como un conjunto. Las que se tomaron para hacer frente a la crisis durante la primera parte de la primavera se dispersaron, y dudaron, y hasta retrocedieron, incluidas las que se tomaban en las extraordinarias juntas locales de granos.

     Aunque no se opusieron radicalmente a las decisiones de la administración central, en muchas circunstancias los gobiernos locales, aun igualmente inspirados por el deseo de hacer el bien a sus gobernados, se distanciaron de las ideas e instrucciones de los poderes superiores y tomaron iniciativas que modificaron sustancialmente sus pretensiones. Lo más destacable es que en todas, aunque nominalmente pudieran estar glosadas con profesiones de fe en la libertad de comercio patrocinada por la administración central, reaparecen las mismas viejas convicciones, e incluso reconocen que de su encadenamiento esperaban los mismos efectos. En todos los casos se trata de iniciativas políticas dirigidas a un único objetivo, garantizar el abasto autónomo de pan. Lo que las diferencia es que se tomaron por separado e incluso improvisando.


Voltaire

Redacción

François Marie Arouet, llamado Voltaire (para algunos anagrama de Arouet le Jeune, lo que no es del todo convincente), vivió entre 1694 y 1778, y en París nació y murió, si bien su existencia en absoluto no fue sedentaria. Hijo de un notario, estudió primero con los jesuitas y luego leyes, circunstancias entre las que no ha sido demostrada relación de causalidad. Su agitada juventud estuvo sobre todo marcada por la provocación, en la que se deleitaba, la cárcel y el exilio. Al tiempo fue tocado por la fortuna, en tal grado que pudo vivir durante el resto de sus días dedicado a ocupaciones de salón y de corte, nada frívolas.

     Fue desterrado a Inglaterra ya en 1726 a consecuencia de un texto satírico, aunque pudo volver a París en 1729. Pero de nuevo provocó su procesamiento al publicar unas Cartas inglesas o filosóficas, para escapar del cual hubo de esconderse. En 1731 escribió una Historia de Carlos XII, rey de Suecia, una dura crítica de la guerra que algunos creen compuesta como una novela de aventuras. Diez años después comienza la redacción de un Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, trabajo que sin embargo poco después debió abandonar. En 1744 escribió unas Nuevas consideraciones sobe la historia, reflexión sobre el objeto de la historiografía expuesta con la mayor claridad.

     Su época de mayor fecundidad como escritor de historia coincide con la década central del siglo. Mientras disfruta de un placentero retiro en Lorena, se dedica a reunir materiales para futuros trabajos de esta clase. Incluso inicia un acercamiento a la corona, hasta el punto de que Luis XV llega a nombrarlo historiógrafo real, a pesar de lo cual no consigue ganar por completo su confianza. Ver a Voltaire nombrado historiógrafo real no debe llevar a creer que se dedicó de modo profesional a la narración histórica. Este título debió ser en Francia durante el siglo XVIII más superficial de lo que su aparente seriedad induce a pensar. He aquí la dedicatoria que Rousseau puso al frente de su ópera El adivino de aldea, de 1752. Permite ser más ceñido en la comprensión de aquel título: “A M. Duclos, historiógrafo de Francia, uno de los Cuarenta de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras.” Además, el modo en que Voltaire lo obtuvo ilustra bien la parte más imprevisible de su existencia.

     El invierno que comenzó en 1744 fue pródigo en fiestas en Versalles, entre ellas algunas óperas del tipo de la citada. Una fue la comedia-ballet inicialmente titulada La princesa de Navarra, con música de Rameau y cuya parte dramática había compuesto Voltaire. La obra fue estrenada a fines de febrero de 1745 durante las celebraciones de la boda del Delfín. Fue como premio a este trabajo que Voltaire recibió una pensión de dos mil libras, la promesa de ocupar la primera vacante que hubiera de gentilhombre ordinario de la cámara del rey y una cédula de historiógrafo del rey.

     El valor que Voltaire concedía a todo aquello se puede deducir de sus propias opiniones. En su correspondencia, confiesa que creía que el drama que le valió el título era mediocre y aburrido, y que por orden del duque de Richelieu había redactado “en un abrir y cerrar de ojos un breve y mal bosquejo de algunas escenas insípidas y truncas que debían ajustarse a unos divertimentos que no están hechos para ellas. Obedecí con la mayor exactitud, haciéndolo muy deprisa y mal. Envié ese miserable bosquejo al señor duque de Richelieu, esperando que no serviría […].”

     Cree por tanto que era necesario “rectificar todas las faltas que necesariamente se escaparon en la composición tan rápida de un simple esbozo”, y todavía añade: “Recuerdo que entre otras torpezas, en esas escenas que ligan los divertimentos no se dice cómo pasa de pronto la princesa granadina de una prisión a un jardín o a un palacio. Como no es un mago quien le da las fiestas, sino un caballero español, me parece que no debe hacerse nada mediante encantamiento […]. Sé de sobra que todo esto es muy lamentable, y que está muy por debajo de un ser pensante hacer algo serio con estas bagatelas; pero en fin, pues que se trata de desagradar lo menos posible, hay que hacerlo del modo más razonable que se pueda, incluso en un mal divertimento de ópera.” Todo esto lo declaró Voltaire en una carta que el 15 de diciembre de 1745 remitiera a Rousseau, a quien en ausencia del autor original le fueron encargados por la corte unos retoques que finalmente convirtieron La princesa de Navarra en Las fiestas de Ramiro, y a cambio de los cuales Rousseau cobró setecientas noventa y dos libras.

     A partir de 1750 Voltaire se traslada a la corte de Berlín, invitado por Federico II de Prusia. Fija su residencia en Postdam y allí vive hasta 1753. El fruto de aquel breve periodo de tranquilidad fue su obra maestra, El siglo de Luis XIV, que apareció en Berlín en 1751. Para una parte de la crítica, quedó lejos de sus pretensiones, y efectivamente hay que reconocer que no alcanzó a investigar la sociedad de aquel  tiempo. Pero con ella consiguió cambiar el planteamiento que entonces dominaba en la historiografía. A buena parte de la crítica le parece la obra precursora de la apertura de la narración histórica a nuevos campos temáticos, y solo por eso a algunos la primera de historia moderna.

     Desde luego es una de las más representativas de la historiografía de la época, pero pasados más de doscientos cincuenta años desde que fuera escrita apenas es aprovechable como medio de información sobre los hechos a los que su título se refiere. Para que ahora pudiera servir como fuente debería tener buen número de materiales fiables, como documentos, expedientes, memorias o diarios de aquella época, que sin embargo no tiene. La obra puede leerse con más provecho si el interés se concentra en conocer el pensamiento de la época de la Ilustración.

     De nuevo en París, entre 1753 y 1756 termina de elaborar el Ensayo que iniciara en 1741, una obra que también tiene algún interés desde el punto de vista historiográfico, y que al igual que El siglo de Luis XIV se aprecia como precursora de la apertura del relato histórico a nuevos temas, si bien de ella también se piensa que solo parcialmente, y de manera desigual, alcanza los altos objetivos que en su teoría de la historia Voltaire se propone.

     Tras este breve periodo en París, de nuevo decide cambiar de residencia. Se traslada esta vez a Ginebra, la patria de Rousseau, y allí, en el castillo de Ferney, vive la época de su vida de mayor estabilidad y sosiego, los años comprendidos entre 1758 y 1778, que son en consecuencia los de mayor continuidad en el trabajo. Bajo nuestra manera de observar su actividad, 1765 es el año más significado, porque es entonces cuando difunde el concepto de filosofía de la historia, del que ha de considerarse autor. Pero de ninguna manera aquel relativo reposo fue obstáculo para que protagonizara nuevos escándalos y provocara más procesos judiciales.

     Hombre de ingenio agudo, atrevido hasta ser considerado irreverente en materia de religión y moral, su dedicación preferente fue la literatura. Su obra, inspirada por el sentido crítico y la polémica, es extensa y algo desigual. Es dramaturgo y sobre todo filósofo, algo poeta, libelista y ocasionalmente narrador e historiador. Sin embargo, con el tiempo ha sido particularmente valorado por sus relatos y sus obras históricas, además de sus textos de ideología política.

     Tomando como modelo a su admirado Newton, parte de la convicción de que la historia puede llegar a conocer un radical cambio de sus principios semejante al que conociera la física. Su más valiosa aportación tal vez sea la profundización y el ensanchamiento del campo de investigación de la historia. Quien afronte la historia como ciudadano y como filósofo –dice– tendrá otra clase de curiosidad. Se preguntará por las causas, el modo y los límites del poder de las naciones y su riqueza, y su mayor interés deberá ser dirigido a conocer los cambios en las costumbres y en las leyes. Esta sería una manera de conocer la historia de los hombres, y no solo la de los reyes y sus cortes. Las cronologías y los hechos en ellas inscribibles solo son guía, pero no el objetivo del trabajo histórico. Duda de la utilidad del relato exhaustivo de batallas y tratados porque solo enseñan hechos.

     Definió la historia como el relato de los hechos que se tienen por verdaderos, y defendió que son verdaderos los verosímiles. Opone este concepto de historia al de fábula, cuyo objeto es el relato de los hechos aceptados como falsos. Piensa sin embargo que en todas las naciones la historia está deformada por la fábula, mal a cuyo remedio concurre la filosofía. Por eso la historia debe ser revisada y corregida según los principios de la razón y el sentido común. Para alcanzar la debida calidad del texto histórico, debe partirse de la crítica histórica y de la amplitud de los puntos de vista de quien escribe. En lo fundamental la crítica no es cuestión de método sino de razón, lo que no impide que sea necesario el desarrollo de las técnicas de crítica. Está convencido de que el conocimiento crea conciencia y que de esta manera se alcanza el progreso.

     Cree que la evolución de la humanidad está dividida en cuatro etapas o siglos: Grecia clásica, Roma imperial, Europa del Renacimiento y siglo de Luis XIV. Rechaza la historia antigua y dice que solo le importa la que le permite entender los progresos de la sociedad europea. Entre sus limitaciones también algunos han colocado que concede demasiada importancia al papel de los individuos más sobresalientes en el curso de la historia.


Primer manifiesto de los niveladores liberales

En memoria de John Lilburne

El disfrute de los bienes materiales solo los justifica el trabajo, frontera biológica de la vida humana. Cada uno se hace acreedor a cuanto su esfuerzo pueda justificar. Toda la energía que agote en la adquisición de bienes debe ser remunerada con ellos. Así queda satisfecha la justicia material, la más elemental de las justicias, la premisa que permite emprender cualquiera de los caminos que pueden llevar a la renuncia a toda clase de bienes, la única que por último libera de la servidumbre biológica.

A quien estas premisas parezcan acertadas, igualmente podrá pensar que cualquiera que se apropie de trabajo ajeno incurre en una injusticia, porque menoscaba las posibilidades de otros para emanciparse de la esclavitud de la supervivencia. Si además se sirve de la ley para consumar su apropiación, que mina el consenso que la ley necesita. Porque la más injusta de las leyes será la que asegure el disfrute de bienes sin que sea necesario trabajo para adquirirlos.

Bastaría examinar cada ley a la luz de este principio para saber cuándo y dónde se habría incurrido en la iniquidad. Pero la norma nada descubriría de la responsabilidad en la que incurren  quienes se atienen a ella. Nada permite observar tan bien los límites de la justicia más elemental, dónde los marcan los hombres y cuándo los traspasan, víctimas de apetencias incontenibles, como los testimonios de los que ya no esperan efectos perjudiciales, projudiciales o parajudiciales.

Yo sé que muchos de mis contemporáneos se acogen al anonimato que les garantiza el derecho, o norma universal, para convertirse en cómplices de las injusticias que comparten y les satisfacen. Firman testamentos poseídos por su ambición, tan dueña de su voluntad que se proponen imponerla después de su muerte; compran bienes sin necesidad de ellos, solo por venderlos a un precio superior; contratan a trabajadores en condiciones que para ellos jamás admitirían. Basta oírlos, observar lo que hacen y ver cómo se comportan para tener la certeza de que actúan de este modo. Porque la conjetura, cuando reúne y ajusta las piezas dispersas de la intuición, obtiene resultados más infalibles que el más preciso de los mecanismos lógicos. Pero también sé que jamás me permitirán leer los contratos que firman, ni la declaración de sus últimas voluntades, y que si les pregunto por lo que han decidido sobre el contrato de quienes trabajarán para ellos me mentirán.

Estoy seguro de que lo que decidían bajo la misma cobertura nuestros antepasados de hace trescientos años no estaba aconsejado por nada distinto, y la misma refracción de los hechos que celan sufre el observador de hoy que oye palabras y ve comportamientos, por la insuperable condición de sujeto que se interesa por saber, que el lector de los testimonios escritos hace siglos. La única diferencia entre las palabras y los comportamientos de hoy y los testimonios antiguos conservados es que buena parte de las voluntades que ahora no podemos observar al desnudo, gracias a la mediación de lo que quedó escrito, porque ya nadie cree que puedan tener consecuencias, están disponibles en los archivos, y quedan al descubierto cuando se leen. Podemos servirnos de este medio para saber hasta dónde son capaces de llegar los hombres con los que convivimos con la certeza de que no encontraremos otro mejor.

No tenemos interés especial por lo que ocurrió hace trescientos años, como no podremos tenerlo sobre lo que ocurra dentro de otros trescientos. Solo queremos saber por qué estamos condicionados por las imposiciones de la siempre concupiscente voluntad de quienes pueden decidir. Es posible que las respuestas solo las encontremos revisando nuestro pensamiento, y no tanto lo que los viejos testimonios nos permitan leer. Pero también sabemos que el pensamiento solo deja atrás el lastre de sus apriorismos cuando alcanza al de otros que lo dejaron escrito.

La voluntad, parte decisiva del comportamiento de todos los sujetos a relaciones, en los contratos se representa sometida a la enajenación. Quienes trabajan persisten en tomar decisiones que parecen irreflexivas, tiranizadas por la autoridad de una tradición a la que no son capaces de oponerse. Sea o no así, lo que de ningún modo se sostiene son las explicaciones que llegan al extremo de justificar todos sus comportamientos como el resultado de fuerzas que se imponían a su voluntad, movidas por poderes ocultos que escaparan al control humano. Al contrario, siempre serían resultado de decisiones, tuvieran mayor o menor grado de conciencia, fueran más o menos obra de un pensamiento autónomo o emancipado.

Tal vez no sería necesario recordar algo que parece una obviedad, aunque sus antepasados ya fallecidos descansen en paz. Pero en la mayor parte de las explicaciones sobre sus comportamientos que se encuentran en los textos del género, concluir su lectura con la impresión de que había fuerzas ocultas que se imponían a su voluntad, fuerzas que no emergen al texto nunca, que es imposible discutir porque nunca se hacen explícitas, es casi inevitable. Cuando encuentran algo que escapa al orden de las decisiones impuestas o enajenadas, se les escapan las explicaciones. A sus autores les parece entonces que el azar de ha adueñado de los acontecimientos y que es imposible encontrar argumentos que los justifiquen.

En realidad, están ante las rupturas, las quiebras imprevisibles, sin embargo tan constantes en el curso de los comportamientos que sin ellos no habría movimiento, cambios, retornos a formas de actuar que cuentan con precedentes o conocidas para otras épocas. En estos casos sería suficiente con incluir en las explicaciones de los comportamientos no previstos por su teoría condiciones humanas comprensibles con abstracciones radicales tales como ambición, astucia, felonía o venganza.

En el orden de las decisiones de quienes trabajaban es verdad que hay pautas que se les imponen, que no anulan su voluntad ni su margen de decisiones pero que las limitan severamente. Una parte nada desdeñable de ellas procede de la codicia, que inspiraba la persistente aspiración a la libertad especulativa en el feliz estado del monopolio, que todos desean, al que nadie renuncia. Tomaban forma en el orden contractual, en la economía agropecuaria la fuerza que cargaba con al menos la tradición técnica, que era responsable de buena parte de los comportamientos enajenados, fueran inducidos o no. Por él se fueron descargando determinadas voluntades sobre los comportamientos comunes, sirviéndose en especial de los contratos de uso de la tierra, que lo imponían con un alto grado de coerción.

Redacción (ed.)

 


Edward Gibbon

Redacción

Nació en Londres en 1737 y murió en la misma ciudad en 1794. Por ser de familia con patrimonio suficiente, pudo dedicarse al estudio. Ingresó en Oxford, y allí empezó su formación superior. Pero su momentánea conversión al catolicismo le valió la expulsión de la universidad. De inmediato dio muestras de su peculiar inteligencia. Decidió que a partir de entonces mantendría una actitud crítica ante la religión, y durante el resto de su vida se mantuvo fiel al principio que la necesidad le había dictado.

Decidió su padre enviarlo al continente para que completara su formación, y efectivamente, gracias a sus viajes, a los conocimientos que adquirió, pero sobre todo a su pasión por la lectura, que hizo compatible con su inquietud, consiguió colmar su juventud con una excelente educación. Fue un rendido lector de los clásicos griegos y latinos, de la literatura histórica que se escribía en su tiempo y de modernos como Locke, Montesquieu, Hume y Voltaire. Llegó a establecerse en Lausana, Suiza, donde pudo conocer al Voltaire más estable, sereno y admirado, y posteriormente se introdujo en los círculos ilustrados del continente, que con el tiempo serían los que de manera decisiva marcarían su obra. No obstante, en 1790, ya al final de su vida, se mostró abiertamente enemigo de la revolución francesa. Consideraba a los revolucionarios los nuevos bárbaros, y se opuso a la idea de un gobierno popular y a las “locas ideas sobre los derechos y la igualdad natural del hombre.”

Fruto de sus viajes es el proyecto original de su gran obra, que rememora así: “Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, meditando entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando me vino por primera vez a la imaginación la idea de escribir la decadencia y la caída de la ciudad.”

De vuelta ya en Inglaterra, a partir de 1768 emprende la redacción de aquel proyecto. Pero hasta 1776 no sería publicado su primer volumen, que apareció ya con el título definitivo que mantendría toda la obra, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, denominación que declara el deseo de emulación de la obra de Montesquieu, de quien sobre todo estima la energía de su estilo – es su propia expresión – y la audacia de sus hipótesis, de la que sin embargo por muchas razones debe ser distinguida.

La obra tuvo un gran éxito inmediatamente, y en poco tiempo se vendieron tres ediciones de ella. Admirador de Hume, y reconociéndose discípulo suyo, hizo llegar a este el primer tomo que se publicara. Hume lo leyó, y lo apreció tanto que honró a Gibbon con una visita a su casa de Londres poco antes de morir. Fue el impulso definitivo para el fecundo narrador, quien finalmente entregaría un total de seis volúmenes de la obra, cuya publicación se prolongaría hasta 1788.

La Historia de Gibbon es una enorme historia del imperio romano entre 180 y 641, más una síntesis de la historia bizantina, en relación con toda la historia medieval, que alcanza hasta su final, en 1453. Está basada en un excelente conocimiento de las narraciones antiguas y toda la historiografía sobre el tema aparecida hasta su tiempo, circunstancias ambas que le permiten manejar muchos datos que, aunque no sean de primera mano, pueden ser tan precisos como poco conocidos. Solo por esta virtud su obra debe ser reconocida como una gran investigación y, para algunos, la auténtica primera obra moderna de historia. Considera la decadencia romana independiente de los progresos acumulados hasta entonces por la humanidad, porque mientras el poder de la ciudad desapareció estos no se perdieron. Cree que la causa de la caída del imperio romano fue el cristianismo, que lo habría desnaturalizado y corroído.

Tan ingente obra tuvo enorme valor para el desarrollo de la manera de pensar que puede ser más adecuada para crear un relato histórico. Está sostenida sobre un fondo teórico que procede de los grandes pensadores del siglo XVIII, y es un excelente ejemplo de cómo es posible conseguir un relato completo del pasado, en todas sus manifestaciones, gracias al apoyo de un sólido sistema de ideas. Inspirado por este impulso, enuncia el siguiente juego de palabras que sin embargo puede ser tomado por un principio. Ya que los filósofos no siempre son historiadores, que al menos los historiadores sean filósofos. Por eso su manera de ver el trabajo historiográfico, como en el caso de Montesquieu, ha sido también llamada historia filosófica. En su opinión la historia humana es un proceso de constante progreso acumulativo, aunque puedan ocurrir retrocesos accidentales. Cree que el progreso humano está unido a las actividades que el hombre despliega para garantizarse la subsistencia.

En realidad, lo que ocurre con su procedimiento es que igualmente quiere explicaciones sobre los hechos que, al tiempo que puedan descubrir los factores de los comportamientos, satisfagan la condición de ser racionales. Por eso sigue a Montesquieu y se propone un tema gigantesco, e intenta encontrarle una explicación satisfactoria. Como aquel, ordena con sentido jerárquico las razones en las que debe ser fundada la secuencia explicativa, deduciendo la causa general de las parciales que tras el examen de cada circunstancia hayan sido extraídas.

Pero sobre todo la obra de Gibbon debe ser apreciada por su calidad literaria. Lo que a Gibbon le valió el éxito fue su alta capacidad como escritor. Irónico y racionalista a un tiempo, en el fondo lo mueve que siempre está dispuesto a elaborar una frase brillante, fruto genuino de su admirable e infinita elocuencia. Por eso su obra se estima como una de las cumbres de la lengua inglesa y una de las primeras de cualquier época.


Polibio

Redacción

Nació en Megalópolis, de la Arcadia, hacia el 208 según unos o en torno al 200 para otros. Hijo de militar y educado por militares, su juventud estuvo marcada por la dedicación a la política desde muy joven. Su actividad tuvo como escenario la Liga Aquea, y ya en 181 fue enviado como embajador a la corte de Alejandría. En el año 168, concluida la batalla de Pidna con la derrota de los griegos por los romanos, Polibio, con otros vencidos, incurrió en la sospecha de no haber mantenido una actitud favorable hacia los vencedores, comportamiento que parece inapropiado solo entre los derrotados. Aquellos decidieron como represalia que mil aqueos serían objeto de investigación, para que pudieran ser esclarecidas las circunstancias que llevaron a la citada batalla. Con este fin fueron deportados a Roma en calidad de rehenes. Entre ellos llegó Polibio.

Instalados en Roma, contra los pretendidos desafectos no fue formulada acusación precisa ni abierto juicio alguno, y al contrario durante años pudieron disfrutar de absoluta libertad de movimientos. El juicio que a los analistas merece aquel trato es que con aquellos hombres por primera vez se habría experimentado la política de desarraigo que terminó siendo tan característica de la política exterior romana. Pero la sorprendente posición en la que por esta causa quedó Polibio fue el origen del curso de los acontecimientos que decidieron la parte principal de su vida. El vencedor de Pidna, Emilio Paulo, se lo reservó para que actuara como preceptor de sus hijos, entre los que estaba el adoptado Publio Escipión. Así surgió una fructífera amistad que a Polibio le permitió adquirir una privilegiada posición. De Escipión Emiliano procedería el motivo que terminaría justificando su obra, por efecto de la relación con tan selecto núcleo político quedó convertido en utilísimo mediador diplomático entre Grecia y Roma, y, gracias a aquella fortuna, vivió en inmejorable posición entre dieciséis y dieciocho años en la que ya era la capital del Mediterráneo. Pero lo que en el fondo tal vez tuviera consecuencias más prolongadas en su caso, juzgando por la obra que hasta nosotros ha llegado, es que por vivir entre aquellos hombres entró en contacto con el estoicismo, la doctrina defensora del esfuerzo y del dominio sobre los sentidos.

Volvió a Grecia cuando la ficción creada tras la batalla de Pidna ya fue insostenible, y protagonizó al poco su más conocida iniciativa mediadora entre sus compatriotas y Roma, necesaria tras el saqueo de Corinto de 146. Viajó por Galia y por Hispania, y periódicamente retornó a Roma, ya convertida en su segunda patria. Pero el viaje que terminaría teniendo las consecuencias más relevantes para su obra fue el que realizó en compañía de Escipión hasta Cartago entre los años 147 y 146. El militar había recibido el encargo de terminar definitivamente con la oposición púnica y puso sitio a la ciudad. En su compañía Polibio pudo asistir al final de la historia de la única potencia que llegó a competir con Roma por el dominio del Mediterráneo occidental. Es probable que todavía realizara otro viaje de alto contenido político y militar, igualmente acompañando a Escipión al sitio de Numancia en el año 133.

Aunque la fecha más probable de su muerte los analistas la creen comprendida entre el año 125 y el 120, según una leyenda le habría sobrevenido poco después del año 118 a consecuencia de la caída de un caballo. Sea una u otra la causa cierta, de lo que no cabe duda es de que disfrutó de una larga y fecunda existencia, hecho que la leyenda pretende enfatizar explicando que el final de su existencia fue accidental.

Algunos pretenden que llegó a escribir un texto sobre el sitio de Numancia del año 133. Sobre que no ha dejado rastro, en su contra actúa que tal probabilidad está sostenida por la semejanza con el origen de su obra conocida, unas Historias al parecer inspiradas por su asistencia al fin de Cartago. De aquella colosal visión habría recibido el mayor estímulo para escribir en su lengua natal, el griego, un ambicioso texto al que dedicaría los últimos años de su vida. El resultado de cuanto escribió quedó organizado en cuarenta libros con el propósito declarado de contar cómo Roma había llegado a ser la gran potencia del Mediterráneo. Relata la extensión del poder de la ciudad sobre tierras cada vez más alejadas de ella entre 221 y 146, una cronología a la que da unidad la secuencia bélica que va del comienzo de la segunda guerra púnica hasta el final de la tercera, aunque la exposición de los antecedentes incluye el relato de la primera, iniciada el año 265.

Que la línea argumental de su relato estuviera definida con precisión no le impidió detenerse a cada tanto en especulaciones y teorías, entre otras las específicamente dedicadas a problemas de método, muy directas. Es también de interés su relación paralela de todos los pueblos que hasta su tiempo habían entrado en relaciones con Roma, que va presentando según el mismo riguroso orden cronológico que guía el relato. A este propósito hace excursos geográficos y da noticias exóticas de países lejanos. Pero, de ellos, el que con razón ha sido más comentado es el de la evolución cíclica de las formas de gobierno, una teoría de la civilización probable efecto de la influencia que sobre él tuvieron las ideas estoicas.

Dice que las formas de gobierno son tres, monarquía, aristocracia y democracia, las cuales describe y a favor de cuya respectiva solidez argumenta razones. Pero sostiene que se suceden sin remedio porque también inevitablemente se corrompen y degeneran. En su opinión, el origen del gobierno es producto de una catástrofe natural. Porque los hombres viven como animales se agrupan en torno a los más valerosos y fuertes con el fin de crear la primitiva monarquía. Esta se convierte en realeza cuando la adhesión al que ha sido admitido como primero es consecuencia del reconocimiento de su superioridad intelectual. La realeza a su vez degenera a causa de la tiranía, contra la cual ciertos grupos reaccionan para dar origen a la aristocracia, que por su parte se degrada como oligarquía. El enfrentamiento a la oligarquía da origen a la democracia, que finalmente puede descender hasta oclocracia o gobierno de las masas, momento a partir del cual la existencia de las sociedades humanas de nuevo se desliza hacia la vida animal, para así abrir otro ciclo político.

Su decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas para obtener información veraz está inducida por otra previa, más general, aunque quizás las cosas podrían justificarse en el sentido inverso. De sus especulaciones, a pesar de todo frecuentes en su texto, la más valiosa para la teoría historiográfica es la que enuncia las que considera las tres cualidades necesarias para escribir la que denomina historia pragmática, directamente relacionadas con las fuentes que el historiador en su opinión debe manejar. Dice que para escribirla en primer lugar es necesario haber estudiado la obra de otros, después conocer los países de los que se desea tratar y por último tener experiencia en la vida política y militar. Se limita a la historia de la que es contemporáneo, porque de este modo es posible interrogar a los testigos de los hechos sobre los que escribe. A su vez eso podría vincularse con otro de los principios que sostiene: el historiador debe ser un hombre de acción, lo que es tanto como decir político y militar. Esta sería la condición previa que justificaría que alguien se dedicara a escribir historia.

De todo esto se deduce que el texto histórico, también para Polibio, estaría cerca de lo que actualmente entendemos por memorias. El relato debe estar basado en hechos, si no vividos, sí al menos por contemporáneos que para él puedan actuar como testigos oculares que los recuerden. El conocimiento directo de los hombres relacionados con los hechos es necesario. Pero siendo esta la fuente principal o preferente no es la única a la que Polibio recurre. La visita a los lugares que el relato debe presentar tendrá que convertirse en escenario de los hechos, sobre todo los que fueron campos de batallas, que analiza con detenimiento como experto militar. También basa su relato en fuentes narrativas, que ocasionalmente discute y rechaza, así como recurre a la indagación de documentos. De Polibio podría decirse por tanto que usa todos los medios de información a su alcance y que nunca los utiliza sin criticarlos.

El modo de presentar al lector su historia es más abierto que el de sus predecesores en lengua griega. Tiene el propósito de contar los sucesos militares y políticos tal como sucedieron, eludiendo emociones y sentimentalismos. Si llegara a rendirse a alguna pasión, solo podría justificar el historiador su pasión por la verdad. Su método prevé con rigor esa posibilidad. El objetivo que pretende alcanzar es doble, enseñar cómo fueron encadenándose las causas que dieron origen al hecho que estudia y deducir de ahí las reglas convenientes para la acción política y militar. Pretende que la historia sea un medio de formación política. Quiere dar consejo a los políticos y enseñar a los lectores por ejemplos cómo soportar las vicisitudes de la fortuna.  Está poseído por un fuerte sentido moral de la vida, razón por la cual llena su relato de juicios sobre los comportamientos. Se complace en narrar a un tiempo conquistas y virtudes.

Por su obra conservada se le reconoce gran capacidad para comprender los acontecimientos que vivió. Desea aclarar cómo, cuándo y por qué ocurrieron los grandes hechos. Los analiza e indaga sus causas, a las que llega interpretando los antecedentes. Nada, sea probable o improbable, sucede sin una causa, y busca de manera sistemática las responsables de los acontecimientos. Las aísla con buen sentido y las encuentra en los dirigentes, pero sobre todo en la organización política y en las instituciones de gobierno de cada país. Solo cuando no encuentra mediante la investigación antecedentes que permitan explicar las causas, estas son atribuidas a la fortuna, que a veces parece azar y otras providencia. Admirador confeso de Roma, reconoce que la fortuna tuvo una significada responsabilidad en su éxito. Pero por otra parte es un decidido partidario de eliminar de la explicación causal la intervención de los dioses. Pensaba Polibio que cuando un autor recurre a explicar sucesos como consecuencias de factores sobrenaturales solo intenta ocultar su ignorancia.

Fundamentalmente interesado por la veracidad, pospone el valor literario de su obra, lo que es una excepción entre los historiadores de la antigüedad, aunque no puede oponerse de manera radical al principio de composición de la obra según las normas de la correcta expresión escrita. Se esfuerza por ser claro y ordenado, y su narración es sencilla, sin artificios retóricos. No es partidario de la dramatización del relato histórico, pero tampoco del puro encadenamiento de datos. Carece de la estimada elegancia de los prosistas que antes que él se habían expresado en la lengua que a él le sirvió para escribir. Para unos su lectura es agradable por fácil, mientras que para otros resulta finalmente monótono. Ya entre los antiguos tuvo fama de ser incapaz de mantener la atención del lector hasta concluir cada paso del relato. Su obra fue desconocida durante la edad media.


Tucídides

Redacción

Nació entre 460 y 455 y murió hacia el 400 antes de la era, aunque algunos hacen ostentación de ser más precisos diciendo que la muerte le llegó poco después del 399. A otros les basta con retrasarla hasta el 395. Aristócrata ateniense por su cuna, la posición económica de su familia cuando su vida empezaba era muy satisfactoria, porque sus miembros al menos participaban en la administración de unas minas de oro en Tracia, la tierra que más resolvería sobre su vida. Su educación estuvo guiada por sofistas, aquellos denostados maestros que anteponían la brillantez al rigor de sus enseñanzas. De lo que aprendiera durante su infancia se ha conservado una forzada leyenda, que siendo aún niño lloró de emoción cuando tuvo la oportunidad de oír a Herodoto recitar pasajes de su obra, manera mítica de responsabilizar de sus actos al prodigio.

Durante el año 431 empezaron las sangrientas hostilidades entre Atenas y Esparta, las principales ciudades griegas entonces, las que decidirían la suerte de las tierras helénicas para lo sucesivo. La guerra que así se iniciaba también marcaría el resto de la vida de Tucídides. En parte por consecuencia natural de su nacimiento, en otra por voluntad, parece que desde muy joven tuvo una decidida vocación política. Desencadenada la guerra, por fin el año 424 alcanzó el deseado nombramiento de estratego en Atenas, poder delegado por vía constitucional que había de ejercerse con medios y fines militares. Pero lamentablemente fracasó en el desempeño del encargo recibido. Aquel mismo año fue derrotado en la siniestra Tracia.

Pero aún habría de sufrir la humillación, porque el desastre que lo había hundido fue acrecentado con el inmisericorde escándalo. El demagogo Cleón lo acusó de traidor. No solo tuvo que dejar la política, sino que por efecto de aquella acusación fue condenado a un severo destierro de Atenas. No podría volver a la ciudad hasta que la guerra en la que tan estrepitosamente había fracasado no hubiera concluido. Veinte años tardaría aún en volver la paz a las tierras griegas, los mismos que Tucídides hubo de permanecer exiliado precisamente en Tracia.

Fue a consecuencia de aquella derrota personal, con el triste ánimo que se le puede suponer, desolado y resentido, que decidió hacerse historiador. El objeto de su relato sería aquella guerra que enfrentaba a Esparta con Atenas. En ella se había visto envuelto y de ella había sido actor, por ella había de sufrir el peso de una cruel ley durante los mejores años de su vida. Como aquel azar adverso lo había convertido en forzado espectador de ella, aprovecharía su excelente punto de vista sobre todo con el fin de rehabilitarse.

Inició este proyecto en la tierra de su ostracismo y a él se dedicó durante algún tiempo, hasta que por fin pudo volver a Atenas. Es muy probable que a ella retornase el mismo 404, cuando terminó el conflicto, cumpliendo así escrupulosamente la pena que se le había impuesto. Pero una parte de los que han estudiado su vida piensan que antes recibió la reparación de la amnistía, y que esta debió corresponderle en un momento que no son capaces de precisar, aunque con seguridad estiman comprendido entre 406 y 403.

Instalado por fin otra vez en su ciudad, el trabajo que se había convertido en el objeto principal de su existencia colmó lo que le quedaba de vida. De nuevo en el centro del conflicto recién concluido, porque este era su asunto, en poco tiempo adelantó mucho su obra, que incluso tuvo ocasión de revisar. Mas no pudo concluirla en los términos que precisamente se había impuesto, aunque por el resultado conocido, como en el caso de Herodoto, se puede decir que la condujo a plena satisfacción hasta el objetivo que se había propuesto al iniciarla, propósito por entero a su alcance. Murió en opinión de algunos asesinado, dudoso testimonio que tal vez solo sea la forma a la que llegó la idea que algunos concibieron, que lo más adecuado era simbolizar en un llamativo acto, al tiempo irreversible y resolutivo, su trágico destino.

El texto que dejó es comúnmente conocido con el nombre de Historia de la guerra del Peloponeso, el mismo que la siempre devota tradición ha conservado junto a su reverenciado nombre. Así se ha aceptado porque es conocido como Guerra del Peloponeso el conflicto que enfrentara a Esparta con Atenas entre 431 y 404, el objeto de sus preocupaciones. Este es el asunto único del que trata.

La organización del texto con relación al tiempo parece desordenada, pero está fundada en razones. Empieza por anunciar las nefastas consecuencias que habría de tener aquella guerra, para de inmediato emprender una evocación de sus antecedentes, que remonta al pasado más lejano del que tiene noticia, la evolución de Grecia desde la prehistoria hasta fines del siglo VI. A continuación estudia la crisis de los años del 435 al 432, lo que le obliga a volver atrás de nuevo para contar la formación de la potencia ateniense entre 479 y 435. Por fin, tras este excurso, comienza el relato de la guerra año por año hasta 411, momento en que el texto quedó interrumpido. En suma, se podría decir que donde acaban las Historias de Herodoto comienzan las de Tucídides.

Por cómo la narración está justificada algunos defienden que la Historia de la guerra del Peloponeso en realidad pertenece al subgénero que hoy se llama de memorias, más apreciado por su condición de testimonio directo o primario que por su valor historiográfico. Siendo acertada la observación, sin embargo no sería correcto reducir esta obra a una exposición de opiniones. Bajo cualquier consideración su alcance ha sido mucho mayor. El rigor del relato de Tucídides, que ha terminado siendo su atributo mejor valorado pasado el tiempo, está fundado sobre la selección de sus fuentes. Su elenco es más restringido que el de Herodoto, con el que sin embargo comparte la admisión de determinados medios, pero del que lo separa en este asunto una actitud más exigente.

Sin duda su observación personal, así como su experiencia, fueron los medios principales por los que obtuvo su información. Así puede ser deducido de la lectura de su texto. Pero en su caso esta personal manera de presentar los hechos puede ser motivo suficiente para sospechar una interesada deformación de los acontecimientos. No es esta su opinión. Por observar las cosas desde la lejana posición de un desterrado, equidistante de los bandos que se enfrentaban en la guerra, Tucídides se consideraba a sí mismo en idóneo puesto de observador del objeto que se propuso. Pero por la causa de aquel lamentable estado es más probable que fuera inspirado por el resentimiento cegador.

Hay que reconocer en su favor que su exposición está sujeta a la ecuanimidad y la serena actitud ante los hechos que relata, e incluso por la fría presentación de hechos en bastantes ocasiones, lo que da crédito al principio de crítica que propugna para depurar la información proporcionada por personas. Dice que como fuente no vale cualquier opinión, ni siquiera la opinión propia, sino el hecho de que el narrador en determinadas situaciones hubiera estado presente, y que para otros haya podido conocer e interrogar a testigos con la mayor exactitud. Obtenida así la principal información, aún sería necesario contrastar las declaraciones obtenidas mediante distintos testimonios.

Hay quien cree que en el fondo de este proceder pudo estar su propio diario. Es probable que en cuanto estallara el conflicto ente Esparta y Atenas empezara a tomar notas, ya con la idea de escribir sobre sus causas, y que incluso acometiera la redacción de algunos episodios. La precisión del relato permite pensar así. La estimación personal de aquellas anotaciones pudo ser una razón más que suficiente para sostener que la información de testigos debe ser la prioritaria para la reconstrucción escrita de hechos políticos y militares. Desde luego puede ser cierto en muchos casos que el interés personal alcance el grado de regla o principio, bajo el cual puede quedar protegido. Pero fuera o no el impulso que recibiera la generalización de Tucídides, debe serle reconocido que así funda la teoría del procedimiento de crítica de las fuentes, conquista suficiente para concederle que en este momento sería improcedente cualquier juicio sobre su sinceridad. Tampoco es posible llegar más allá. Lamentablemente la valoración del texto de Tucídides por este parámetro no puede ser hecha con el rigor que con seguridad a su autor le hubiera complacido. La exactitud de sus testimonios se nos escapa por completo porque sobre la Guerra del Peloponeso no se ha conservado otra narración directa que no sea la suya.

Para presentar las demás fuentes a las que recurre no es necesario extenderse tanto, porque a su relato contribuyen en menor medida que la información que los testigos le proporcionan. Es como Herodoto partidario de la visita a los lugares de la acción, en su caso con preferencia los escenarios de batallas, para situarlos y describirlos, y también como aquel recurre al análisis de algunos monumentos. Consulta también documentación de archivo, que ocasionalmente analiza y cita. Pero lo que en su caso  marca la mayor distancia de Herodoto es que excluye cuanto pueda derivar de mitos o de creencias populares. Como Herodoto, investiga a partir de sus fuentes, pero su esfuerzo por resolver las contradicciones entre los testimonios es mayor. No expone hecho que no esté apoyado en al menos uno.

Es característica peculiar del texto de Tucídides que los personajes protagonistas declamen ocasionalmente extensos discursos, que detienen la narración. Los críticos han contado hasta cuarenta y cuatro piezas de esta clase insertas en su vulgata. No son copia literal de exposiciones o arengas, sino materia apócrifa, textos que el propio autor reconoce ficticios si se toman literalmente, algo sorprendente en un hombre que tan severo se muestra en el uso de las fuentes.

Sin embargo para todo puede componerse una explicación, y quien no lo haga es que ha sido víctima de la pereza, nunca de la inmoralidad. También para estos textos a veces cita Tucídides su procedencia, que suele ser documental, de donde es legítimo deducir que la base de los discursos de Tucídides la habrían proporcionado indirectamente sus autores. Con excelente criterio, para no devaluar la prosa con el expeditivo lenguaje de la administración, una parte de los documentos escritos que estuvieron a su alcance no fueron literalmente recogidos en el texto, sino preferentemente vertidos a la forma del discurso. Por este procedimiento los documentos fueron sometidos a las reglas de la oratoria, lo que equivale a ponerlos a la altura de la mejor prosodia. Por boca de los protagonistas el lector podía conocer ciertos hechos debidamente contados. El lector, beneficiado por este artificio, debe tolerar la invención del procedimiento, y relevar al autor del pecado de ingenuidad. Así la oratoria quedó autorizada como recurso del relato a partir de entonces, hasta el punto que llegó a ser característica de la narración clásica. Ocurriría en consecuencia que los discursos nunca son auténticos, pero sí veraces.

Mas el análisis de las declamaciones intercaladas en el texto de Tucídides permite descubrir que todavía fueron útiles a otros fines. Sirvieron también para que el lector dedujera la personalidad de los protagonistas, y también para que el autor pudiera retratarlos. Muchas veces es notorio que por el discurso el autor tiene la intención de presentar de la manera más viva actitudes que podrían explicar las decisiones tomadas por los responsables de la acción, destacarlas y así extremar la posibilidad de su comprensión. Pero a veces a esto añade, aunque de la forma más sobria, reflexiones mediante las que expone de modo directo sus criterios, sus opiniones y hasta su posición política sobre los hechos que son presentados. Los discursos, que suponen que el lector conoce e interpreta que son un artificio literario, están pues al servicio de la indagación de las causas.

Su concepción de la historia se desvía de la que inspira a Herodoto. Tucídides llama al pasado arqueología, culta manera de conducir el problema hacia el irresoluto nominalismo. Lo que él entiende por historia es una materia que debe ocuparse de narrar acontecimientos vividos por el autor. Busca en los hechos de su tiempo lecciones útiles. Más allá del valor de su testimonio le induce a escribir una convicción pedagógica. Para él, conocer el pasado es útil para tomar decisiones en el futuro. Estaba convencido de que el estudio del pasado proporcionaba las reglas para actuar en el presente. Habla de la ley de los sucesos humanos como garante de la igualdad o semejanza entre lo sucedido y lo que pueda ocurrir. Cree que la historia de la humanidad es un proceso constante, un camino abierto a una mayor perfección y hacia el bienestar; que los actos humanos deben estar inspirados por la fuerza y el espíritu de justicia.

Finalmente, descubre la fuente que inspira el más lúcido cinismo que pueda leerse en la historiografía antigua. Centró su atención en la Guerra del Peloponeso porque creía que era la mejor guerra hasta entonces ocurrida, juicio que solo puede proceder de quien está convencido de la virtud que oculta la pasión militar. Además pensaba que el conocimiento de aquel conflicto podía ser más seguro que el de las guerras antiguas. A partir de ella él se había dedicado a investigar las leyes que hacen que unos estados sean dominantes y a interpretar con la mayor frialdad la política. Así se pudo concentrar en el estudio de  la guerra y la política y excluir todo lo demás, y así consigue admirar por su acertado análisis en ambas materias.

Se le considera el creador de la corriente racionalista en la historiografía y el definidor del primer método para escribir historia, porque además de criticar las fuentes según un procedimiento investiga mediante la razón. Para una parte de la crítica, intuía que la historia era explicable dentro de los límites humanos, sin que para convencer al lector de lo que por la narración se expone fuera necesario recurrir a la intervención de los dioses. Por eso su historia es exclusivamente humana, renuncia a las narraciones legendarias y no toma en consideración las fábulas. Sus interpretaciones se distancian de las creencias religiosas, lo que favorece su enorme proximidad al tema. Declara además que en absoluto no tiene el propósito de agradar. Realmente lo que desea, cuando de este modo habla, es alejar de sí la sospecha de logógrafo o narrador que pudiera seguir el fácil curso de aquel tipo de escritor antiguo. Su criterio es que la belleza de la prosa debe estar subordinada al relato riguroso de la verdad. Sus principales objetivos son relatar con certeza y rigor los hechos que conoce y buscar su explicación. Dejaba constancia con voluntad de ser imparcial de lo que le parecía cierto. A partir de ahí buscaba las causas y sus encadenamientos. Por eso se esfuerza en disponer de documentación exacta.

Separa las causas en inmediatas o pretextos y auténticas, o entre próximas y remotas, y así las identifica en el relato. Propone investigarlas, tratando de las que afectan a la guerra, desde las más inmediatas hasta las más lejanas, lo que en consecuencia significa que no sin cierto atrevimiento es partidario de un método regresivo.

Al servicio de esta estrategia causal está su permanente preocupación por la cronología, lo que a su vez explica que el texto definitivo fuera organizado de la manera que ha quedado expuesta. Su gran precisión cronológica puede reconocerse como otra consecuencia de su proximidad al tema. Pero que delimite con gran precisión el tiempo de su relato también se considera fruto de una obra que apareció al tiempo que él se preparaba para intervenir en la guerra. En el año 425 fue dada a conocer una Cronología de las sacerdotisas de Argos, elaborada por Helánico de Mitilene, fecundo escritor de muy amplio registro del que sin embargo el tiempo no ha perdonado obra alguna, quien vivió entre aproximadamente 479 y 395. Helánico fijó aquella cronología con satisfactoria precisión por referencia a los juegos espartiatas, lo que le permitió después a Tucídides la ajustada medida del tiempo que su relato necesitaba. Pero la investigación de los orígenes de la guerra hace que su relato rebase los límites de la crónica. No obstante, desde Tucídides en adelante, durante toda la antigüedad y toda la edad media, los anales fueron el armazón en el que intercalaron sus noticias la mayor parte de los autores al escribir sus obras históricas. Tucídides puede por tanto ser valorado como el receptor de la analística para la historiografía.

También empleó Tucídides el método analógico, que consiste en conocer por supuesta semejanza. Cerrada la posibilidad de saber sobre asuntos que sin embargo son de interés porque las fuentes directas faltan, conocida una situación que se considera equiparable a la desconocida parece legítimo sospechar de esta determinadas características que de aquella pueden saberse. Su descripción de la Grecia arcaica está apoyada en la situación de las ciudades griegas menos evolucionadas tal como habían alcanzado el siglo V.

Riguroso orden cronológico y razonamiento son las piezas básicas del método de Tucídides. Como evita por completo las digresiones y no presenta las distintas versiones recibidas sobre un mismo hecho, a diferencia de Herodoto, porque considera que una vez depuradas mediante su procedimiento de examen las fuentes no necesitan tal demora, el relato se desarrolla de manera lineal. No se permite desviaciones hacia anécdotas, oráculos o cualquier otra expansión momentánea. Solo se concede graduar el interés del relato por la sucesión de hechos al estilo del drama, intercalando sugestivos cuadros.

El efecto es una indiscutible apariencia de imparcialidad, lo que sin dificultad puede ser identificado con la observación de los hechos narrados como si fueran objetos, sin el menor apasionamiento. Por su lectura puede comprobarse que fue obsesivo con la precisión y el rigor, hasta un límite hasta su tiempo desconocido, actitud solo atribuible a una decisión propia, al margen de cualquier influencia anterior o contemporánea. Semejante disciplina se funda sobre la confianza en poder explicar lo ocurrido dentro de los límites humanos.

A Tucídides se le tiene por el creador de la prosa ática, por lo que también ha despertado siempre interés más allá del campo historiográfico. Su manera de escribir puede resultar a un tiempo brillante y artificiosa, enfática pero útil para la presentación de grandes acontecimientos. Es probable que esto sea consecuencia del interés que tiene por enseñar con su texto qué decisiones deben ser tomadas en la política. Pero también es posible afirmar que Tucídides despliega dos maneras de escribir conscientemente separadas. Durante su lectura se pueden distinguir sin esfuerzo la que le parece correcta para la exposición de hechos y la que juzga más apropiada para los discursos. En la narración directa, la frase, aunque dilatada, es sencilla. Su lenguaje se atiene con eficacia al análisis y a la reflexión, de lo que resulta una forma de expresarse austera y concisa. Eso no significa que se niegue al adorno retórico. Exhibe un ligero sentido poético en la elección de las palabras, aunque inspirado por un criterio arcaizante. Pero por esta vía solo busca una mayor expresividad.

Pero también solo con el medio de la escritura distingue los discursos. Suelen los que declaman emplear de forma muy característica sustantivos abstractos, hasta un grado de invención que hace muy distinto el texto de Tucídides, si se le compara con los de sus contemporáneos, para finalmente concentrar la exposición de sus pensamientos en ciertas palabras estratégicas.


Ibn Jaldún

Redacción

Abd al-Rahman Ibn Khaldun, de ascendencia sevillana, nació tunecino en 1332 y vivió como máximo hasta 1406, si bien hay quien pretende que su muerte ocurrió en 1382. Fue uno de los notables viajeros medievales. Su facilidad para el desplazamiento está en parte justificada por la relativa unidad que entonces caracterizaba al mundo islámico.

     Es el autor de dos obras notables, una Historia de los árabes, los persas y los beréberes y una singularísima Introducción a la historia universal, igualmente conocida con el título de Prolegómenos a la historia y de manera abreviada con la voz árabe Mukaddima. La primera, con ser un trabajo de gran valor narrativo, porque su relato lineal es muy rico en información, es sobre todo apreciada por su permanente atención crítica a las fuentes que consulta, lo que ya es suficiente para convertirlo en un escritor singular. Su preocupación por esta parte principal del relato histórico, así como su reflexión sobre los métodos que deben ser utilizados, son permanentes, porque son comunes a todos sus textos conocidos. Llegó a crear un método propio para distinguir lo verdadero de lo falso, si bien relacionable con el pensamiento aristotélico. Empieza por enumerar todas las clases de error y de mentira y sus posibles causas, entre las que identifica, además del particular espíritu de cuerpo o asabiyya, la ignorancia, la presunción o la credulidad. Pero en segundo lugar, muy juicioso, ajusta el principio de verdad que debe inspirar el relato histórico al criterio de verosimilitud. Su conocimiento de las fuentes es amplio y penetrante, su capacidad para criticar la información que maneja, notable.

     Pero su obra más estimada es la Introducción a la historia universal porque sin exageración marca una época. En el prefacio de esta obra elabora algo excepcional para su tiempo, una teoría general de los estados árabes basada en sus respectivas historias aunque de inspiración cíclica, como la de Polibio. Puede ser resumida así. Los pueblos de las estepas y los desiertos conquistan las tierras cultivables de los pueblos sedentarios para fundar extensos imperios. Estos son por su parte destruidos por otras invasiones de pueblos nómadas, que proceden de las mismas tierras de donde procedían los primeros conquistadores; lo que ocurre pasadas unas generaciones, cuando los nuevos reinos ya han perdido su vitalidad.

     A partir de aquí generaliza con atractiva facilidad. La causa geográfica es de notable responsabilidad en los cambios sociales y su análisis debe concentrarse en las diferencias entre pueblos nómadas y sedentarios. Conseguida la prevalencia de unos sobre otros del modo que queda explicado, la grandeza de los estados que resulten dependerá de la reiterada asabiyya de la tribu donde esté la dinastía, mientras que la persistencia en la vida nómada, que origina parasitismo, saqueo y anarquía, da como fruto la decadencia.

     Pero aún se arriesga a abstraer hasta una teoría de la historia. “ Has de saber -dice- que el verdadero objeto de la historia es instruir acerca del estado social del hombre, de la civilización, de las costumbres, de las manifestaciones del espíritu de cuerpo, de las diferencias de poder y de fuerza entre los hombres […], del trabajo, de las riquezas, de las ciencias y de las artes […] ”. Por esto se ha dicho que para Ibn Jaldún la materia histórica era la cultura del mundo, y que el suyo era el más ambicioso o extenso planteamiento del objeto que esta clase de narración debe proponerse hasta que Voltaire lo hiciera en términos similares. En realidad más bien parece que su dictado teórico pretende concentrar la atención en el análisis de los factores que hacen posible los cambios en las sociedades, sin mostrar preferencia por una clase de ellos, para explicar cómo ocurren las grandes transformaciones a lo largo del tiempo; que concibe la historia como una recopilación de datos sobre la organización social.

     Sin embargo, su dictado teórico no suele afectar a su relato, que por lo común no está guiado por la búsqueda de una explicación para los hechos que expone. Con su valiosa manera de teorizar sobre la realidad habría contribuido sobre todo a interpretar la literatura histórica, y en su manera de proceder, más que en la explicación de sus ideas, algunos han advertido una clara distinción entre el relato histórico o descripción de los hechos y el cuerpo de conocimientos que sobre esta base podía ser elaborado, cuyo objeto principal sería el estudio de cómo ocurren los cambios.

     Ibn Jaldún debe ser considerado el historiador más eminente del mundo árabe medieval. Pero es un caso aislado, sin relación con sus predecesores en árabe ni una posterior influencia digna de consideración. Él mismo, impotente pero con plena lucidez, analiza la decadencia de la historiografía árabe con la que convivió. Su método permaneció ignorado y por tanto sus repercusiones historiográficas fueron prácticamente nulas. Aunque su obra sea con acierto considerada el precedente de la que después escribiera Jean Bodin, no está demostrado que este llegara a tener conocimiento de lo que dejara escrito nuestro autor. Su obra pues no influyó sobre la cultura occidental. Lamentablemente sus trabajos solo pueden ser estimados como una anticipación de los motivos que mucho después serían objeto de reflexión teórica. Fue descubierto para la cultura occidental a mediados del siglo XIX y hoy se le considera un precursor admirable de la introducción al método de la historia.


Intervención de los mercados del trigo

Redacción

A principios de marzo, según el capítulo veinticuatro de la instrucción sobre gobierno de los pósitos, cada año debía comenzar la segunda fase de su actividad. Había que repartir la mitad del trigo que hubiera en los graneros para así contribuir a las faenas de escarda y barbecho, siempre que el tiempo estuviera siendo regular y que estuvieran de buena calidad y sazón las sementeras, así como que el trigo no se necesitara para el abasto diario de la población.

     El año anterior, 1749, considerado regular, en uno de los municipios desde los que observamos los hechos de las crisis a principios de marzo habían emprendido las gestiones para repartir la mitad del trigo que había en el pósito, el que había sobrado del reparto hecho durante el otoño para la sementera. Para el 12 de marzo, algunos de los interesados en el reparto ya habían instado a que se ejecutara sin retrasarlo más, tanto más porque el juzgado de los pósitos anexo a la máxima autoridad de la región ya había promulgado el decreto que así lo prescribía. Algunos de los más urgidos incluso habían presentado memoriales demandándolo, y, en respuesta a tan apresurados solicitantes, ya se les había adelantado una cantidad, estimada con prudencia por conjetura, a cuenta tanto del repartimiento que se iba a hacer como del que habría de hacerse en mayo siguiente. El corregidor quiso que todas estas circunstancias se tuvieran presentes cuando posteriormente se hiciera la cuenta del trigo del pósito que habría que completar para que la distribución fuera correcta, y después, aquel mismo día 12, dio su aprobación para que se procediera al reparto. De su ejecución tendrían que ocuparse los mismos dos regidores diputados por el gobierno de la ciudad que habían hecho el de la siembra.

     Sin embargo, el 7 de marzo de 1750, después de invocar una vez más el capítulo veinticuatro de la instrucción sobre el gobierno de los pósitos, la asamblea de una población argumentó que por el momento lo que se constataba era que las sementeras, a causa de la falta de agua que se estaba sufriendo, estaban en peligro, hasta el punto que creían que si no llovía era posible que se perdiera todo lo sembrado. Por esto, y precaviendo las resultas que podían originarse para más adelante, y mientras no lloviera y las sementeras se pusieran en sazón, de modo que hubiera esperanza de cosecha, se suspendía el obligado reparto del trigo del pósito.

     Cuando había problemas para el abasto de pan a las poblaciones se recurría al trigo del pósito para destinarlo al consumo público antes que repartirlo entre las explotaciones para que lo invirtieran en sus trabajos. Garantizar el abasto de pan a cada población era el problema político inmediato al que debía hacer frente cada autoridad local. Antes o sobre cualquier creencia, idea o iniciativa, le preocupaba que la opinión sobre la esterilidad, prejuicio común que las rogativas garantizaban como una verdad, porque provocaba alza de los precios del grano que se utilizaba para la elaboración del pan, provocara también un encarecimiento del suministro primario, lo que sería un justificado motivo de inquietud.

     Algunos días más tarde, el 17, los directores de rentas provinciales, los miembros de la administración central más activos durante aquellos meses críticos, dictaron un amplio programa comercial de inspiración mercantilista con inserciones de librecambio, destinado a hacer frente a la situación que se estaba viviendo. Empezó a ser conocido oficialmente en las poblaciones meridionales una semana después, y en respuesta a él, el 24, en un cabildo municipal, se tomaron las primeras decisiones que afectaban al control de sus mercados alimenticios. Pretendían contener en todo lo posible los efectos negativos de lo que estaba ocurriendo con el producto cereal. Para impedir que faltara la venta del alimento básico, y los daños y perjuicios que de la situación que se vivía se podían derivar para la población común, o por lo menos conseguir que sus pobres habitantes jornaleros encontraran socorro, se propusieron dos cosas: moderar los precios del pan y demás semillas que servían como alimento humano y garantizar que ambos abastecimientos no faltaran diariamente. Aquel mismo día el órgano de gobierno del municipio, por iniciativa del corregidor, comisionó a uno de los regidores que iban a formar parte de la junta de granos local, un órgano, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, cuyas acciones debían abarcar todo el campo del comercio sin dispersarse, para que se ocupara de que el abasto de pan no faltara en la población. Se le encargó que hiciera una lista con los panaderos que diariamente la abastecían de grano y cuidara de que se proveyeran de trigo, para que no hubiera falta alguna al menos hasta el siguiente sábado, que sería santo. También acordó, para el caso de que no se encontrara trigo para el abasto, que se sacara del pósito el que fuera necesario. Así, con el objetivo de garantizar el abasto del pan, la acción se desplegaba en tres frentes: provisión de trigo a los panaderos que abastecían la población, búsqueda de suministros de trigo y previsión de los fondos del pósito para el caso de que fuera necesario recurrir a ellos. La asamblea dio las gracias al corregidor por lo mucho que se había esmerado y esmeraba en el alivio de la población.

     Aquellas decisiones fueron ampliadas con las que se tomaron el 28 siguiente por su junta de granos durante el primer consejo que celebró. Acordó hacer una lista de los panaderos que abastecían de pan a la población, una vertiente del control de la venta de trigo que efectivamente ya se estaba ejecutando. El mismo día, para ajustar y controlar la data de trigo cada día a cada panadero, se decidió que se hiciera registro del pan que cada uno pusiera en venta. También decidió que los lugares de venta del pan se concentraran en dos, la plaza del espacio urbano que tenía la condición de ciudad y la del arrabal. A quienes comisionó para que hicieran la relación se les encargó que vigilaran que los panaderos ofertaran pan en correspondencia a la cantidad de fanegas de trigo que cada uno adquiriese. En caso de que observaran algún defecto, darían cuenta a la junta para que actuara.

     Una pieza de la cultura que estas situaciones hacían posible, que contiene además un dato útil a la reconstrucción de las tácticas de fraude, es la relación entre las fanegas ingresadas por los panaderos y el pan amasado. La intervención del mercado del grano podía llegar hasta ese extremo porque la ley había tarifado el rendimiento de la molienda del trigo y la cantidad de pan que se podía obtener a partir de la harina.

     El 30 de marzo otra asamblea local describió en términos algo más complicados el estado de la concurrencia de grano y de pan en su población. Se estaba padeciendo escasez de trigo por falta de agua y la consecuencia era que había poco abasto de pan. La razón de ambas circunstancias no se le ocultaba. Por su mayor interés, los labradores enviaban el trigo a deshoras de noche y otras horas excusadas y los panaderos despachaban solo a los forasteros por utilizarse un mayor valor del pan, lo que iba en perjuicio del común de la población. Para evitarlo acordó fijar un edicto en la plaza pública haciendo saber que ningún labrador, ni cualquier persona que tuviera trigo, podrían desviarlo de ningún modo vendiéndolo a forasteros. Precisamente lo habrían de vender a los panaderos de la población. Darían cuenta de a quién lo hicieran, para que la justicia vigilara que los panaderos de que se tratase vendieran el pan solo a los vecinos. El trigo que se encontrara sin cumplir estas condiciones se daría por perdido y sería aplicado a lo que correspondiera, y se procedería contra quienes actuaran de un modo distinto al previsto. Con la misma severidad se actuaría con los panaderos que no vendieran el pan a los vecinos de la población.

     Imponer en cada municipio unas condiciones legales a la compraventa del trigo, y a la vez irrumpir en el mercado con la reserva de grano del pósito, eran medidas que llevaban al mismo fin, el control local del mercado de los granos. Los efectos de esta política eran muy directos. En el transcurso del mes de marzo, con las debidas licencias, del caudal del pósito de una población se habían sacado 544 fanegas de trigo para panadear. Concurrir con esta masa de producto almacenado en el pósito, además de  proveer de pan a la población, permitió imponer el precio al que debían comprarlo los panaderos. Las 544 fanegas fueron vendidas a 35 reales.

     Pero las iniciativas de los municipios para asegurarse el control del mercado de los granos, y de esta manera hacer frente a las necesidades y urgencias que sobrevinieran, no fueron todas del mismo signo, y no siempre las autoridades locales actuaron ateniéndose a las instrucciones de los poderes superiores. Así como el legislador central procuraba sobre todo la circulación interior de los granos, para compensar faltas con excesos, la autoridad local se esforzaba por cerrar la exportación para evitar el desabastecimiento. Que la mayor capacidad de reacción a estas actitudes, durante las primeras semanas, correspondiera a la administración central, sin que la autoridad regional cumpliera más que con sus funciones judiciales, fue consecuencia de que los gobiernos locales, a través de los corregidores, se comunicaban directamente con el consejo de Castilla, del que esperaban instrucciones. El 31 de marzo, el mismo día en que el consejo había firmado la libertad de comercio, su presidente tuvo que tomar dos decisiones no del todo correspondientes a esta iniciativa. Una se esforzaba por aproximarse a ella. Debía facilitarse la concurrencia del grano local a su alhóndiga para que allí lo adquiriesen los panaderos que abastecieran la población. Para que esta venta tuviera efecto, decidió que si los vecinos de una población quisieran llevar el trigo a la alhóndiga, se les permitiría que así lo hicieran sin impedimento alguno. Algunas autoridades locales correspondieron organizando un servicio de rondas de vigilancia por barrios. Pero la otra decisión del presidente del consejo, aunque no se empleara en términos coactivos, indicaba que el trigo almacenado por quienes vivieran en una población debía estar en disposición de ser adquirido, con la mediación de los diputados del gobierno municipal, por quienes fabricaran en ella el pan, lo que en la práctica significaba limitar la exportación del grano local.

     De ambas decisiones una junta local de granos fue informada el lunes 6 de abril. Su interpretación las refractó y aprovechó para inducir el monopolio bajo control del municipio. Advirtió que todos los vecinos debían tener sus graneros abiertos y dispuestos a la venta de su trigo a los panaderos para el abasto diario de la población, precisamente a los que nombraran los diputados y no a otros.

     Otros no fueron menos conservadores a la hora de replicar a aquellas decisiones, aunque nominalmente se situaran más cerca de su letra. El 3 de abril su junta de granos decidió que se formara una alhóndiga, que se localizaría en una de las puertas de la ciudad, para que en ella se vendiera de manera reglada el trigo. Cualquier persona que quisiera vender el suyo podría llevarlo a ella, donde se ofertaría a los panaderos que se dedicaran al abasto de la ciudad. Al mismo tiempo, la junta decidió que el trigo que se vendiera fuera de la alhóndiga se daría por perdido, aunque fuera trigo forastero. No obstante, si algún vendedor quisiera venderlo sin llevarlo a la alhóndiga, lo podría hacer, siempre que avisara a su diputado, de modo que este pudiera enviar a su casa a los panaderos. Pensaban sus responsables que, vendido el trigo de cualquiera de estas maneras, la población se abastecería sin necesidad de buscarle a los panaderos otro trigo con el que amasar. Pero si se diera la contingencia de que la alhóndiga no fuera mercado suficiente para encauzar todo el trigo que la satisfacción de la demanda de pan necesitara, el gobierno de la ciudad se convertiría en el abastecedor directo del mercado. El día que faltara trigo en la alhóndiga, el corregidor y el diputado de ella proveerían para que no faltara trigo a los panaderos que abastecían el pan que se vendía en la población.

     En muchos lugares la alhóndiga ya existía, pero cuando la crisis de 1750 ya crecía, en otras poblaciones no estaba instituida, lo que permite pensar que antes de la crisis había mercados locales del trigo que, aun estando intervenidos, hasta entonces disponían de cierto grado de libertad. El efecto de la creación de las alhóndigas bajo aquellas restrictivas condiciones sería el contrario al deseado por la administración central. Al promover la suya como mercado que debía asegurar la compra de la materia prima a quienes fabricaban el pan para la venta pública, el municipio, que actuaba a través de un regidor diputado, concentró su poder en este campo. Aunque no fuera un punto de venta obligado, resultó el instrumento más útil para que ejerciera el control monopolístico del comercio local del grano panificable. Tal vez, más que cualquier otra cosa, la condición de instrumento para las situaciones excepcionales consolidaría este poder de hecho. La decisión promovió un mercado público e intervenido que podía cumplir un papel político en el estado de crisis que se vivía.