Comparación de los sistemas de crédito en dinero

Redacción

1. El gobierno de la primera ciudad del litoral estaba endeudado. Nada extraordinario, excepto que era entonces el centro económico de la región. Allí terminaban rutas y flotas del comercio colonial, desde allí sus siete naciones comerciales giraban sus letras. Solo algunas plazas, por el volumen de su actividad comercial, se le podían comparar en el continente.

Simplificaríamos si dijéramos que los municipios, en aquella época, contaban con medios de financiación e ingresos saneados. El sistema de propios, del que se mantenían, les permitía atender a sus gastos en bastantes casos, a condición de que los bienes sujetos a esta obligación fueran sólidos. Bienes inmuebles, especialmente rurales, en el interior de la región sostenían razonablemente el gasto local de las poblaciones que podían ser grandes porque grandes eran sus dominios o términos. Los que tenían que sobrevivir en espacios más limitados, porque sus posibilidades de enajenar territorio eran menores, descargaban la responsabilidad del ingreso municipal sobre imposiciones específicas, llamadas arbitrios, así como sobre la venta de la función pública de su jurisdicción; y ni aun así se aseguraban siempre el sostén de la limitada carga del gasto municipal que proporcionaba relativos servicios al común, plebe cuyos derechos políticos estuvieron restringidos, cuando menos, a la elección de sus tribunos o jurados.

Es sumaria, tal vez en exceso, esta forma de referirnos a los sistemas de la financiación local, aunque suficiente para encontrar una posición relativa a los datos de los que aquí deseamos servirnos. La gran ciudad comercial, población marítima, carecía de espacio rural. Queda al margen del objetivo de este texto analizar sus propios y hacer el balance correspondiente. Por ahora solo se trata de justificar que la grandeza de la ciudad, como a las familias de cuya virtud solo sobrevive el peso del apellido, precipitaba a su gobierno a una carrera de deudas porque sus medios territoriales eran prácticamente nulos.

La mitad de las que sobre sus ingresos cargaba su gobierno la forzaba la liquidación de pagos pendientes a la hacienda real por distintos conceptos. Había que cubrir atrasos en la transferencia de la tributación nobiliaria, conocida con el nombre de lanzas, obligación de quienes estaban exentos del pago del resto de los servicios fiscales. También había que traspasarle la mitad de los ingresos que anualmente proporcionaban los oficios públicos vacantes (escribanías, por ejemplo), que cubría en su beneficio la ciudad; recompensa conocida en el lenguaje de la hacienda como media anualidad; e igualmente era perentorio liquidar el principal de un crédito. Todo esto apenas era la décima parte del total del endeudamiento. La causa mayor de este capítulo de la carga financiera provenía de sus obligaciones contributivas. El municipio había ajustado con la hacienda real el conjunto de los servicios fiscales comunes -alcabalas, tercias y millones, en lo fundamental- en un tanto alzado, forma para la descarga de estos deberes conocida como encabezamiento, y se había hecho responsable de su recaudación y de su posterior entrega a la titular. Este procedimiento, que ahorraba gastos a todos, ya era conocido con el nombre de rentas provinciales, denominación que procedía de proyectos de encabezamiento más ambiciosos en el espacio. La hacienda real solicitaba su liquidación por cuatrimestres, aunque los documentos aluden a cantidades mensuales pendientes de ingreso en el departamento de las rentas provinciales. Tal vez fueran compatibles las dos unidades de tiempo, una para la contabilidad de los recaudadores, la menor, y otra para las entradas en la caja del titular del derecho. La gestión de aquellos fondos, en una ciudad económicamente compleja, debió sobrepasar las previsiones de su gobierno. Cuando reconoció estas deudas ya había renunciado a la fórmula, pero la consecuencia de la gestión pasada, no del todo sorprendente, había sido la necesidad de endeudarse para satisfacer las cantidades que el municipio había comprometido con la hacienda real. Bien las recaudaciones quedaron por debajo de las previsiones, bien los fondos ingresados fueron entretenidos en gastos productivos cuyo rendimiento defraudó el cálculo previo del beneficio. Es probable que ambas causas compartieran la responsabilidad de la circunstancia.

La otra fracción notable del endeudamiento del municipio, que significaba casi un tercio del total, era la obra pública. Había que pedir prestado para la fábrica de las murallas, las construcciones de una alhóndiga y una pescadería nueva o para reparar la cárcel y unos almacenes de los propios. También era una exigencia edilicia la limpieza de la ciudad, que estaba confiada en régimen de monopolio a un asentista, con quien se mantenía una deuda que solo pudo saldarse en parte con un crédito de 18.000 reales contables. Obligaron a contraer deudas, además, los envíos de dinero a la corte para la gestión de los asuntos de interés para la ciudad ante el Consejo, cargo regular de todos los municipios, confiado a representantes, agentes o mediadores con calificación legal, a los que con frecuencia se les llamaba procuradores; en cuyo caso no es fácil trazar la frontera entre el gasto administrativo, la provisión de fondos, las ayudas de costa y el cohecho, a la vista de los conceptos que los justificaban. Esta parte del regreso podía convertirse en un pozo que no era fácil colmar. Fue necesario obtener crédito para pagar facturas inaplazables, nóminas de empleados y para satisfacer, con urgencia, una deuda personal, que en su origen también pudo ser el principal de un crédito anterior. Además, la inconsecuencia que se cobraba de las obligaciones de grandeza había causado una deuda ridícula. La muerte de la reina Luisa de Orleáns había forzado al municipio a cargar con un préstamo para sufragar los gastos de la publicación de los lutos, a los que el protocolo, en opinión del prestatario con responsabilidad política en aquel momento, obligaba.

Para captar la financiación que necesitaban en la ciudad pudieron recurrir a dos fórmulas. Una, el censo, era compartida con el medio rural. La otra, el premio, eufemismo entonces vigente para referirse a la usura libre, en pleno siglo décimo octavo sobrevivía aclimatada al medio urbano. En sentido propio, premio era la compensación que regía la paridad entre las monedas nobles y de vellón. Estando el negocio financiero justificado en parte por el cambio, de ahí derivaría que el premio terminara siendo el tipo de interés aplicado al crédito que actuaba al descubierto. Por extensión, terminó diciéndose que un préstamo había sido tomado a premio para referirse a los que se obtenían en el mercado más abierto. La fórmula también se denominaba daño, y en la documentación de la época asimismo era llamada estilo de comercio porque se daba por supuesto que estaba limitada al ámbito mercantil.

Cada forma contractual en aquel caso decidida, censo o premio, satisfizo aproximadamente la mitad de la carga crediticia, aunque exactamente las cifras indican una moderada preferencia por los censos. Los redimibles eran más baratos que los créditos comerciales. Cuando se atenían a la norma, aplicaban el 3 % anual al principal transferido. Si nuestro gobierno no descargó toda su capacidad de endeudamiento sobre el censo, además del prestigio que espontáneamente gana en la argumentación el principio de la diversidad, versión para las controversias en una cámara de los intereses que puedan obligar a los representantes en ella reunidos, pudo ser porque su crédito ante las instituciones que lo ofrecían estuviera agotado. Solo dos de los mercantiles fueron comprados al 5, y otros dos al 6. Los demás, otros seis en total, hubo que adquirirlos al 8 %. La relación entre tipo y tamaño del principal, porque incluiría plazos de amortización relacionados directamente con este, era inversa, aunque no con absoluta rigidez.

Que aquel municipio se viera obligado a tomar más créditos en el mercado abierto al mayor precio indica que su solvencia no era la más deseable. Sus avales eran a un tiempo precarios y exclusivos. Nada más que dos operaciones, una de las cuales fue el censo perpetuo y la otra uno de los redimibles de solo 5.500 reales, fueron acordados con garantía hipotecaria común, un par de casas del patrimonio municipal. Nueve operaciones, que sumaron 553.539 reales 14 maravedíes de principal, la proporción más importante de todas las deudas, muy por encima de la mitad, y que incluían los mayores créditos absolutos (129.505 reales 30 maravedíes y 101.647 reales), cinco censos y cuatro a premio, se sostuvieron con facultades reales, requisito normativo para crear los arbitrios, a su vez denominación genérica de todas las fórmulas de financiación de las urgencias que sobrevenían al gasto municipal.

La enajenación de algún bien del patrimonio público, para el derecho dominio exclusivo de la corona, que era uno de los más frecuentes, exigía esta autorización expresa de la administración central. No sabemos bajo qué condiciones fueron concedidas aquellas facultades, pero no parece que fueran de esta clase los arbitrios habilitados en la ciudad. De lo contrario, los ingresos obtenidos por las enajenaciones hubieran hecho innecesarios los créditos. Es más probable que fueran de la otra habitual, que se inspiraba en la antigua fórmula de la sisa, vehículo entonces de los que hoy concebimos como el impuesto indirecto más sencillo. El Consejo facultaba para que el gasto necesario se financiara cargando sobre algún consumo un gravamen, que se sumaría a su precio final. Las dudas sobre la solvencia, que se extenderían por igual en uno y otro mercado, el intervenido o tarifado y el libre o ingenuo, supuesto que el arbitrio fuera de esta clase, estarían justificadas, porque la garantía del crédito, en los hechos, se aplazaría al cobro cotidiano del arbitrio, tan inestable como cualquier ingreso fiscal, tan incierto como todas las innovaciones.

De otros nueve créditos, asimismo tomados tanto en uno como en otro mercado, los documentos no indican más garantía que el correspondiente acuerdo del gobierno de la ciudad. Tanta fragilidad está compensada por una relativa frecuencia de cantidades cortas de principal y, sobre todo, por altos precios. De los seis créditos comprometidos al 8 %, cuatro solo contaban con la dudosa autoridad de esta decisión política con valor administrativo.

De sus acreedores se puede sospechar que se contaran entre los más capaces. Para los concedentes de préstamos mercantiles, la fuente que ahora consultamos solo da nombres y apellidos. Dados los fines que perseguimos, no tiene objeto reproducir sus nombres, sin mayor significado para el texto, muy accesibles a través del documento para quien desee conocerlos. Es probable que entre ellos figuren algunos que les resulten familiares a los interesados en el pasado del comercio colonial. El análisis de las pocas características que permite deducir la onomástica desnuda, como el sexo o el parentesco, en este caso tampoco dejaría de ser superficial y poco aleccionador. Para avanzar en la historia del crédito rural, no encontramos en esa relación valor más alto que el negativo. De este mercado estaban excluidos en absoluto quienes operaban en el otro.

Quienes participaban en el mercado censal compartían su condición canónica. Actuaban amparados por las instituciones sostenidas sobre el derecho de la iglesia romana, buena parte de las cuales, como venimos observando, tenía la raíz de su origen en el ámbito civil. Invirtieron sus rentas en créditos fundaciones de clero regular, como un monasterio cartujo, que por sí concedió el crédito censal más alto, 101.647 reales de principal, equivalente a la cuarta parte de todas las concesiones de esta clase; y dos conventos de la ciudad, uno masculino y otro femenino; e instituciones de clero secular, como el cabildo catedralicio de su obispado, con los ingresos personales que obtenían sus miembros por la asistencia diaria al coro, llamada pitancería, y con las rentas que le proporcionaba una hacienda a él vinculada, así como la fábrica del mismo templo, el primero de la diócesis.

Las otras eran, propiamente, instituciones de derecho civil acogidas a sagrado: patronatos piadosos, capellanías y una cofradía. Salvado el hecho excepcional del crédito concedido por la cartuja, los patronatos eran los principales inversores, suministradores de un tercio de la masa crediticia censal. Las capellanías apenas contribuyeron con una vigésima parte, mientras que la cofradía fue capaz para aportar un significativo 15 %. Si contamos que el cabildo catedralicio, aparte sus ingresos propios y el control de los que obtuviera la fábrica del primer templo, en este caso era responsable de las capellanías y administraba dos de los patronatos, su participación en los créditos censatarios equivalió a la cuarta parte.

Para completar el análisis de los créditos de esta clase, es necesario mencionar por último uno, que se identifica, como los usurarios, solo por el nombre de su vendedor. El laconismo del documento no consiente suponer nada más que dos posibilidades, que la iniciativa usuraria libre tal vez hiciera incursiones en el campo del crédito censal o que el personaje tuviera la condición de eclesiástico.

2. Había vendido la corona dos participaciones en las rentas del tráfico relacionado con el comercio colonial, ambas aseguradas por el orden de monopolio para él organizado. Una se obtenía gravando con el 1 % las mercancías que entraban por la aduana del puerto donde tenía su sede, o importaciones legales. La otra cargaba con 1 y 4 % los mismos bienes cuando eran importados y luego exportados, respectivamente, a través de la misma frontera regular. Cualquiera de las dos estaba proporcionando hacia 1750 una rentabilidad alta. El derecho sobre importaciones exportadas estaba repartiendo cada año algo más de un 16 % sobre el capital invertido; el de las importaciones, un sustancioso 28 %, evaluado a partir de la misma base inicial. En 1753 fue posible dar cuenta fiel de quiénes habían sido los adquirentes de aquellas rentas y de qué cantidad había invertido cada uno en el atractivo negocio. El examen de los datos proporcionados por el documento no solo permite identificarlos sino también evaluar su capacidad inversora.

En la compra del 1 % sobre la importación participaron 24 inversores, que gastaron algo más de 1.600.000 reales contables (1.632.102 reales 32 maravedíes. Las diferencias entre nuestras cifras síntesis y las que expresa la fuente tienen su origen en que concedemos preferencia a las lecciones de los valores parciales.); y en el negocio de los 1 y 4 % sobre la balanza 34, con un total de 3.330.000 aproximadamente (3.330.698 reales 25,5 maravedíes). La participación fue, a un tiempo, más barata y más restringida en la operación de rentabilidad más alta. Para comprar el primer derecho el inversor tipo hubo de emplear algo más de 68.000 reales, mientras que quien pudo acceder al segundo debió elevar su esfuerzo, por término medio, hasta casi 98.000. Se puede pensar en concesiones predeterminadas a una parte de los interesados, y creer que en la segunda oferta se encontrarían inversores más cualificados que la competencia seleccionó.

Nos apartaría ostensiblemente de nuestro plan resolver el primer problema, relevante pero carente de significado para aquel. Los interesados excluidos, en el supuesto de que se hubiera inducido la adjudicación a candidatos preseleccionados, no estarían menos interesados en la alta rentabilidad. De idéntica manera a los admitidos, representarían un orden inversor distante. Aun así, a los desviados de la primera operación podría habérseles aceptado en la segunda, dado el más alto precio, indicativo de una mayor concurrencia. Tampoco ha lugar llevar en esta dirección el análisis. Los tipos de inversor que se identifican, en cualquiera de las dos operaciones, son los mismos, y entre sí solo se diferencian por las cantidades que cada cual interesa, que varían dentro de un amplio espectro y que no descubren relación directa con la diferente rentabilidad.

Se podrían valorar otras circunstancias. La rentabilidad conocida para cada carga es el resultado, obtenido de unas actividades comerciales efectivas, contingentes y variables cada año, y no de una previsión. El primer derecho repartió un 28 %, como beneficio medio, durante un quinquenio, y el segundo un 16 con las mismas constantes; valores que los azares del comercio variarían cada campaña. De antemano, pudo parecer más atractivo este, porque gravaba toda la balanza comercial, y además, en la dirección de salida, con un tipo notablemente más alto que los otros, un 4 %. La mayor concentración de inversores, efecto de este señuelo, pudo estar en el origen de un precio más alto de cada participación, y después de un reparto de beneficios inferior.

Todas estas razones nos han parecido suficientes para analizar la información sobre los inversores, suministrada por la fuente, como un todo, 58 ahorradores interesados en deducir, con el sólido respaldo de la coacción fiscal, una porción del beneficio que originaba el comercio colonial de mediados del siglo décimo octavo, el primero de la península y uno de los más notables de Europa, entonces centro económico del mundo.

Las cantidades invertidas fueron muy diferentes. Desde los modestos 1.332 reales de cuenta sacados de los fondos de una capellanía a los 451.605 reales 17 maravedíes de la misma especie provenientes de las rentas de un vínculo. Es una parte previsible del comportamiento, observado en masa y reducido a cantidades la que concentra la curva que unificaría todo el movimiento descrito. A menor esfuerzo inversor tanto mayor es la posibilidad de invertir, y cuanta más cantidad haya que arriesgar más decrecerán los candidatos al riesgo. Mientras que 25 inversores arriesgaron hasta 49.999 reales y 17 entre 50.000 y 99.999, entre 150.000 y 500.000 solo invirtieron 7; una relación entre valores que permitiría deducir lo que podríamos llamar la función del inversor en aquellas circunstancias. Creemos que es suficiente para demostrar que la transferencia del dinero quedó a criterio de quienes fueran llamados a estas operaciones, y no de quienes las ofertaron.

Las cifras enseñan que una parte de los actuantes se ajustó a la tasación habitual del esfuerzo, que toma la unidad monetaria contable como parámetro. De estos, la mayoría tarifó su inversión en ducados (4.400, 5.500, 7.700, etcétera, hasta 66.000 reales nominales, equivalentes a 400, 500, 700, etcétera, 6.000 ducados de cuenta.) Otros prefirieron atenerse a la unidad de cuenta más fuerte, el peso (16.500, 54.000, 67.815 o 72.885 reales nominales, equivalentes a 1.100, 3.600, 4.521 y 4.859 pesos contables, respectivamente.) Si sumábamos ambos, abarcábamos en torno a la cuarta parte de los inversores. Para esta fracción el vendedor pudo admitir como pago una transferencia nominal, a través de cualquier documento activo en términos financieros.

De otros valores, porque se repitieron dos (21.691 reales 25,5 maravedíes, 31.692 reales 17 maravedíes) y hasta tres veces (80.133 reales 17 maravedíes), se podía sospechar que operaron en origen con unidades monetarias distintas a las vigentes para los sistemas hispánicos. No era una posibilidad rechazable, pero tampoco podíamos demostrarla con argumentos cuantitativos incontestables. Con más facilidad, estos casos podrían presentarse como el reparto equitativo entre partícipes en una cantidad invertida; que tampoco, tomada entera, se ajustaría a ninguna de las formas del dinero ya citadas.

Un vecino de la ciudad pudo compartir con otro de la capital del reino una participación en los negocios de 43.383 reales 17 maravedíes, de modo que repartidos por mitad a cada uno tocara 21.691 reales 25,5 maravedíes. Del mismo modo pudieron concertarse una señora, residente en la mayor de las poblaciones inmediatas a la ciudad, y las profesas de un convento establecido en otra del litoral que actuaba como antepuerto (31.692 reales 17 maravedíes por dos). Parece menos probable un concierto a tres entre los franciscanos de un convento de la ciudad, un conde de Castelo y un particular, pero bastante la acción mancomunada de los citados en último lugar (160.267 reales repartidos entre dos).

Los inversores solidarios pudieron invertir un activo que compartían por el valor nominal que resulta de la suma de sus participaciones, de modo que se puede concluir que esta hubo de ser la forma de pago para las tres cuartas partes de las inversiones, excluido su ajuste a las formas monetarias circulantes y nominales. El vendedor tendría que resignarse a la admisión de toda clase de efectos, financieros y comerciales, para satisfacer las posiciones de la demanda, según indica la alta proporción de esta posibilidad.

En una porción poco significativa -solo dos casos- se pudo operar con una de las monedas corrientes, el real provincial (1.332 y 149.868 reales nominales, equivalentes a 24 2/3 y 2.775 1/3 reales de plata.) De nuevo parecía que la escasa circulación de metal era algo más que un lugar común, incluso en medios económicos conectados con los circuitos comerciales de mayor radio. Por lo tanto, el vendedor poco ingresaría en moneda metálica.

Fueron 14 las formas legales de inversor. A cada una le hemos atribuido las cantidades arriesgadas que se le pueden adjudicar, según la fuente, también ordenadas por rango. Para cada una, pretendiendo completar lo que dedujéramos sobre su papel económico, calculamos, con la misma manera de proceder que antes, la inversión tipo que le correspondía.
Un prebendado de la catedral invirtió una parte de su renta en el negocio fiscal del caso. Su aportación (2.837 reales contables) resultó la inferior por tipo de inversor. El obispado no era de los mayores, aunque la concentración de habitantes en la capital fuera alta. Su casi nula dedicación a la agricultura la hacía poco útil para el diezmo. Las diferencias entre las capellanías que participaron en el negocio fiscal tienen apariencia geográfica. Mientras que la meridional, radicada en la ciudad, invirtió una cantidad significativa (31.236 reales 17 maravedíes), las otras tres, del señorío de Vizcaya, arriesgaron capitales pequeños (1.332, 7.700 y 8.800 reales). No sería correcto pensar, por esta causa, que las capellanías del norte disponían de rentas más bajas, y que esta circunstancia podía ser consecuencia de una alta fragmentación del patrimonio de las familias, efecto a su vez de transmisiones sucesivas. La inversión tipo de las capellanías (12.267), en exceso sintética porque encubre comportamientos bien diferenciados, es útil para situarlas en uno de los niveles más bajos de la capacidad para transferir ahorro.

Pero había una hermandad en la ciudad, la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, establecida en el convento de monjas de Nuestra Señora Santa María, tan saneada como enfática. Una vez satisfechos sus fines inmediatos, pudo emplear en el negocio fiscal 15.894 reales 32 maravedíes de sus fondos. La suma, probablemente alta para cualquier hermandad, sitúa esta clase de instituciones entre las de menos posibilidades inversoras. Una fábrica de un templo de la ciudad, el sobrecogedor de San Antonio, donde pudo materializarse la superstición que el texto sagrado adjudica a los santuarios babilónicos, altamente lucrativa; que actuaba como auxiliar de una parroquia matriz, tuvo capacidad para destinar 16.500 reales al negocio que está sirviendo de marco. La cantidad a la institución le valió un modesto lugar entre los agentes de aquellas operaciones.

Una parte de los ahorradores, en los documentos disponibles, se identifica solo por su nombre, al que a lo sumo añaden alguna circunstancia en apariencia poco relevante. Ninguno de ellos invoca título, relación con institución de alguna clase, pertenencia a determinada comunidad.

Disponer en beneficio propio de privilegio, o legislación ad hoc, era posible a título individual o a través de una corporación. La primera necesitaba, como condición política, contar a su favor con una posición de dominio, naturalmente excepcional. La segunda era muy asequible. Así, por ejemplo, eran decenas de miles, en cada generación, los que ingresaban en fundaciones conventuales, privilegiadas al menos como parte de la iglesia romana. La supervivencia en un mundo urdido sobre el privilegio no podía evitar la contaminación, como la exposición de la piel a los rayos del sol, inevitable cuando se vive a la intemperie, la curte. El procedimiento legislativo vigente había tenido su origen, y durante mucho tiempo había sido el exclusivo, en el privilegio, y aún con dificultad se abría paso la norma de alcance universal. Es posible que nadie pudiera reivindicarse al margen del privilegio, ni el menos agraciado. La obtención de rentas quizás en ninguna circunstancia tuvo la oportunidad de negarse el favor de algún límite. La ingenuidad, o libertad negativa, que nunca reivindicaron los revolucionarios del siglo décimo noveno, una falta de ambición que nunca se les podrá agradecer bastante, por naturaleza no era materia apta para que fuera tratada por la norma. Solo existía en el lugar adonde no alcanzaban las reglas. En las inversiones, porque eran intercambios sometidos a contrato, la libertad tenía que ser relativa.

Tal vez, en el documento, aquellos ahorradores silenciaran cualquiera de estas circunstancias; que tal fuera miembro de cierta hermandad y tal otro, con discreción, se hubiera inscrito en un gremio o universidad formada para actuar en el comercio, clase de corporación que fue objeto del más preciado de los privilegios económicos. Quienes procedían del señorío de Vizcaya se pretendían acreedores absolutos de la exención de servicios pecuniarios, solo por circunstancias de nacimiento y lugar. Desde que puede detectarse la presencia de una comunidad genovesa en la región se comprueba que recibía legislación específica. Y las viudas eran objeto de un paternal trato impositivo, que aligeraba su peso fiscal reduciéndolas a la mitad.

En caso de que cualquiera de estas circunstancias, o cuantas puedan asemejársele, hubieran concurrido, los que hemos agregado en este grupo prefirieron no anteponerlas, aunque las pudieran presentar como acreedoras de derechos que justificaran su participación en aquel negocio. Los ahorradores que solo se identificaron por su nombre, apenas matizado, al menos se distanciaban de los otros en que su recurso al privilegio, en aquella circunstancia, sería más remoto. Los límites a favor del manejo de esta parte de sus rentas eran menores y por eso mayores sus posibilidades de inversión. Nada impedía que el ahorro privado, desnudo, sin acogerse a la cobertura de instituciones que le proporcionaran sosiego a la conciencia, se aventurara en el mercado de los capitales, sin necesidad de que mediaran los instrumentos inmovilizadores a favor de personas, aunque quizás no tanto cuando afectaban a corporaciones. Podemos conjeturar entonces con fundamento que para aquella inversión tal vez emplearan las rentas libres de cualquier servidumbre, obtenidas de actividades y bienes cuyo uso no estuviera limitado por instituciones precedentes.

No habla en favor de la posición privada, entre las que compiten en el mercado de las inversiones, la nitidez de sus perfiles, expresados por las cantidades que emplean y por sus orígenes. Recorren un espectro amplio, como se puede esperar del grupo más nutrido, que suma 17 inversores, al tiempo que forman clases muy definidas. Dos pueden detectarse con más claridad: el de los inversores de apellido vasco y el de los que se pueden relacionar con la colonia italiana establecida en la ciudad. Los primeros comparten que ocupan los puestos inferiores del riesgo entre los de su clase. Los de la nación italiana tienen en común un módulo inversor mucho más alto. Su capacidad de arriesgar la expresa su capital tipo, 36.531 reales, no obstante entre los más bajos de los que nacían de la iniciativa individual.

Tres de los títulos que invirtieron en el negocio de la aduana nada declararon que modificara el mecanismo que les garantizaba sus rentas, a pesar de que uno de ellos se esforzó en relatar méritos acreditativos de su condición. Una marquesa viuda y un marqués se limitaron a enunciar sus apelativos. La inversión tipo del grupo, 46.799 reales, resume con aceptable precisión que se trataba de ahorradores que arriesgaron en torno a 60.000 reales como máximo. Una de las posesiones del mencionado primero era un lugar despoblado, no tenía siervos y por tanto difícilmente proporcionaba rentas de origen señorial. El título ingresaría como señor de otra población y dueño de tierras. Es posible que los tres representaran el orden inferior de la actuación de señores en el mercado financiero.

Se rindieron algunos conventos femeninos, activos inversores de sus capitales, al atractivo negocio gaditano. Los más decididos eran próximos. Arriesgaron en razón inversa a la distancia. Uno de la primera población antepuerto en la bahía invirtió casi 100.000 reales en total; 67.815 en la primera operación, que resultó la más lucrativa, y 31.692 reales 17 maravedíes en la segunda. Otro, de franciscanas descalzas, radicado en la ciudad, dispuso de 80.133 reales y medio, y el de Santa María de la Paz, de la capital de la región, puso 72.885. Solo el convento de las Brígidas, de Lasarte, que empleó nada más que 14.208 reales, a la vez que extremó la regla de la distancia que al parecer rigió la actuación de los conventos, se mostró reticente al negocio, tal como sus coterráneos. Esta es la causa de que la inversión tipo del grupo, 53.347 reales, no sea todo lo evocadora que el cálculo pretende. Si prescindimos del último valor, el tipo se incrementa en 10.000 reales, aproximándose a una frontera probablemente más precisa del papel que a los conventos femeninos tocó en el negocio financiero.

El documento también menciona la universidad de Irún, constitución primitiva del municipio de esta población, bajo cuyo nombre actuó don José Manuel de Zamora Irigoyen, vecino de Hernani. Invirtió una suma de 101.176 reales, cifra muy alejada de la disponible para los vascos que intervinieron en el mismo negocio. Hay que reconocer que se trataba de una institución, también en lo económico, singular y muy sólida. Más valor aún tiene que se tratara de una cantidad absoluta, y no de un tipo, que al mismo tiempo marca un límite, por encima del cual solo se situaban los inversores que aún no hemos analizado. Abre un abismo de casi 50.000 reales entre él y el anterior, que además duplica el valor tipo más alto de todos los precedentes. Esto permite afirmar que cuando franqueamos la barrera de los 100.000 reales estamos entrando en otra escala de la inversión.

La práctica totalidad de los inversores por encima de este límite contaron con la protección de un vínculo, uno de los mecanismos al servicio de la permanente génesis de rentas susceptibles de ser trasladadas al negocio financiero. A excepción de los inversores personales, nadie invirtió tanto como las familias titulares de instituciones de esta clase. Hasta un total de trece operaciones compartieron este denominador común. La combinación de circunstancias era múltiple. Para juzgar sobre el efecto de cada una, conviene aislarlas cuanto la fuente permite.

El número de inversores de las rentas de vínculos fue nueve, que emplearon los ahorros generados por diez instituciones. Una marquesa, domiciliada en la población más importante de las próximas a la gran ciudad comercial, con las rentas de un vínculo fundado en esta realizó cuatro operaciones distintas, que sumaron en total 240.939 reales 17 maravedíes. Un doctor en cánones, prebendado de la catedral, era titular de dos vínculos, uno fundado por Gaudioso de Berovia y el otro por el capitán don Juan de Ochoa Suazo. Con las rentas de cada uno hizo una operación, de 55.000 y 141.174 reales 17 maravedíes respectivamente, lo que para él supuso una inversión total de 196.174 reales 17 maravedíes. Los demás poseedores de vínculos hicieron cada uno una inversión.

Siete de los ochos inversores de rentas vinculares simultáneamente eran títulos. Podemos pensar que al menos las cuatro quintas partes del ahorro que emplearon sus poseedores tuvieron su origen en rentas señoriales, aunque nada impide que también tuvieran origen señorial las rentas de los vínculos del prebendado. El octavo no añadió a la descripción de su atributo institucional especificación alguna.

Los inversores de esta clase cumplen con relativa exactitud la que parece una ley general de la distancia financiera. Cinco procedían de la primera población próxima, con un valor tipo de 61.388 reales, tres de la propia ciudad (92.103), dos de la capital de la región (100.271) y otros dos de la capital del reino (176.642). De una desconocemos su procedencia. Si consideramos que cuatro de las cinco operaciones más próximas fueron decididas por la misma persona, la marquesa mencionada, la posición de los vínculos de aquella población en el mercado del negocio fiscal se vería sensiblemente alterada.

El vínculo confirió una de las posiciones más sólidas para intervenir en el mercado fiscal. Fue el soporte de la mayor inversión en absoluto. El matrimonio que había recibido por la línea de la contrayente el que fundó doña Susana Escón invirtió 451.605 reales 17 maravedíes en el derecho del 1 y 4 % sobre la balanza. Fue decisivo para elevar a otro orden la inversión. El titular de uno de estos derechos que menos invirtió empleó 66.000 reales contables, y la inversión tipo por institución se elevó a 176.520.

La iglesia de San Hipólito, de la ciudad cabecera del valle medio del primer río de la región, era colegial, y prefirió actuar corporativamente, o antes de repartir entre sus canónigos las rentas que ingresaba, para invertir 135.152 reales en los negocios a los que estamos refiriéndonos. Gracias a este esfuerzo mancomunado, se situó en una posición muy destacada entre quienes arriesgaron en aquellas operaciones.

De los tres patronatos que invirtieron en los derechos de la aduana, uno estaba destinado al culto del Santísimo. Lo había fundado Melchor de Cuéllar y su gestión, en 1753, estaba en manos del ayuntamiento de la ciudad. Del segundo solo sabemos que lo fundó don Manuel de Iriberri, y del tercero que su fundadora, doña Luisa Sierra, había actuado en nombre de don Alonso de Sierra, a saber si por minoría o por ausencia. El segundo invirtió una cantidad muy significativa, 332.837 reales, razón por la cual la inversión tipo del grupo se dispara (142.440). De no darse esta circunstancia, los patronatos habrían actuado en aquella ocasión a la altura de las instituciones con una capacidad inversora por debajo de los 60.000 reales.

Los santos lugares de Jerusalén, también obra pía, invirtieron 361.797 reales, y en la ciudad asimismo hicieron valer sus rentas dos de los hospitales más importantes de la región, ambos establecidos en su capital, el de la Misericordia y el de la Santa Caridad, la fundación del venerable Mañara. El primero invirtió 222.992 reales y el segundo 404.117 divididos en tres partidas equiparables. Tan notables cifras dan una apariencia excesiva del tipo. Las diferencias de tamaño de estas fundaciones permiten esperar su presencia en ocasiones de negocio más modestas.

Los mayorazgos, por derecho propio, ocuparon el lugar más alto de la inversión. Tres se interesaron en el negocio de la balanza comercial. El fundado por quien no tuvo inconveniente en presentarse como doña Francisca de la Padilla y Barrionuevo, del que era titular un hombre que tampoco eludió identificarse como don Jerónimo de Espinosa Torres de Navarra, estaba administrado por un marqués, residente en la capital de la región, que actuaba como tutor de aquel. Invirtió 146.198 reales 8,5 maravedíes. El capitán que en vida se dejó llamar don Juan de Saldias y Esturlain y una mujer que se resignó a ser conocida como doña Baltasara Quinert habían fundado en la ciudad asimismo un mayorazgo, que había recaído, por el tiempo al que nos referimos, en una doña habituada a comparecer como María Ana Ponce de León. Sorprendentemente, también carecía de la plenitud civil, y de su administración se encargaba una mujer, sin parentesco aparente con la titular, que vivía en una población del litoral mediterráneo próxima al primer puerto regional en aquel mar. Esta fue quien optó por invertir en aquel negocio 183.110 reales de las rentas que cuidaba. Al mayorazgo fundado por un don Pedro de Villasís le agregó un don Francisco de Villasís, que se hacía titular sin rubor conde de Peñaflor, caballero de la orden de Santiago y consejero de Indias, otra porción de bienes. Había recaído en doña Ana Catalina de Villasís Manrique de Lara (sic), casada con don Sancho Fernández de Miranda Ponce de León (sic), conde de Las Amayuelas y Peñaflor y marqués de Valdecorsena, título este de dudosa veracidad. Fue el marido, gestor de aquel patrimonio por vía consorte, quien de las rentas que generaba el agregado de bienes utilizó 279.811 reales en aquel negocio.

De la mitad de las inversiones en las rentas del tráfico colonial se sabe que llegaron de un lugar distinto a la sede del monopolio. Para el ahorro de la capital de la región aquel riesgo fue atractivo. Más de un tercio del flujo exterior, cursado en siete partidas distintas, llegó desde ella. De la capital del reino, en cinco aportaciones, fue enviada la cuarta parte de la misma masa, y de la primera población próxima procedió, en seis operaciones, tres vigésimos. Desde la población en el litoral mediterráneo llegó la mitad que desde la primera población próxima, y de la ciudad del valle medio del río la vigésima parte del total, en ambos casos por una iniciativa. Dos inversores, desde la población antepuerto, también contribuyeron con un valor en torno a una vigésima parte de la masa externa y una aportación similar llegó desde Guipúzcoa, repartida en cinco contribuciones, de las cuales tres procedían de San Sebastián y las otras dos de Lasarte y Hernani. La última cantidad llegada de fuera provino de Génova, la capital de Liguria, sección consolidada de los negocios de nuestra gran ciudad comercial.

Si calculamos la razón entre todo el capital invertido desde cada lugar y el número de operaciones a que corresponde, el resultado, o capital tipo de cada punto, es un valor equivalente, en términos aproximados, a la distancia entre cada uno de ellos y la ciudad. Los valores más bajos corresponden, como en un mapa, al antepuerto (49.754) y la primera población próxima (62.726), y los siguientes son los de la capital de la región (128.648), la ciudad del valle medio (135.152) y la población del litoral mediterráneo (183.110). La distancia financiera entre la ciudad y la capital del reino (118.168) sería menor que la que se observa en el espacio quizás porque fuera consecuencia de la intensidad en las relaciones que añade la función administrativa central; y aún más baja para las lejanas Génova (60.737) y Guipúzcoa (30.477), gracias a la radicación en la ciudad de colonias con aquellos orígenes, que para el caso pudieron actuar como sucursales o mediadoras que neutralizaban las distancias en el espacio.

De la procedencia de la otra mitad de las inversiones no es mucho lo que se puede decir. Solo sabemos que una tercera parte de ellas no tuvo que salir de la ciudad. Es probable que las restantes tampoco, y que su localización no fuera declarada por evidente. En rigor, no es posible interpretar en términos positivos el silencio. Los diez casos expresamente locales, aun así, corroboran la esquemática aproximación a la escala de los mercados que permite el caso. Su inversión tipo es la inferior (47.569), como nula tendría que ser la distancia a recorrer por el capital.

3. Sobre los mercados del crédito rural, una descripción extensa proporcionaría, para cada intervalo y para cada clase, un mayor número de valores tipo. Pero creemos que los dominios y los límites del sistema no habría que modificarlos en lo fundamental. Para aceptar que están satisfactoriamente representados por las cifras obtenidas parecen suficientes las referencias a las otras inversiones contemporáneas propuestas. Actúan como la cota de referencia en los trabajos geodésicos: son un límite por debajo del cual estaría, desde cualquier criterio, incluso la más compleja de las iniciativas económicas, de las activas en la agricultura de los cereales, que en 1750 se sirviera del mercado del crédito para el campo. Definido con este parámetro el máximo, al análisis de los órdenes financieros del campo permite estimar su alcance real.

Si la referencia son los tipos de inversor no es mucha la distancia que se puede observar entre un medio y otro. Corporaciones de las mismas clases que hemos visto actuar en la población agrícola actúan también en la ciudad. Bajo este criterio, la diferencia solamente la marca la participación abierta de los inversores personales, propios del centro urbano. Son las cantidades que arriesgan las que marcan límites con más nitidez. En la población de referencia, el superior del riesgo tomado por el crédito rural era 60.000 reales contables, cantidad que igualmente marcaba el límite para la mitad inferior de la inversión urbana. En la inversión en el negocio fiscal relacionado con el comercio, el techo estaba mucho más alto, algo por encima de los 450.000, y la mitad de las inversiones en este superó la barrera del crédito rural. No hay duda de que el término de comparación elegido es una referencia precisa para la descripción del orden superior en el empleo del ahorro, así como para trazar con seguridad la escala a la que estaba relegado el crédito en el campo a mediados del siglo décimo octavo.
El tamaño de la inversión parece reservar la relación más directa a las distancias que deben recorrer los ahorros para encontrar su destino. El incremento de la distancia tendía a variar, en razón directa, con el incremento de las inversiones. El movimiento del capital en el espacio generaría un costo que aumentaría con la distancia, a veces en magnitudes que podían ser muy significativas cuando se operaba materialmente, solo recompensadas por el tamaño de la inversión. Es una ley interesante a la parte del objeto cuya restauración perseguimos. En torno a los 60.000 reales contables se sobrepasaría el radio comarcal para entrar en los órdenes regional y superiores. Para el crédito que atendía las demandas rurales, su escala propia, según enseña el mercado de referencia, sería la comarca o negocio entre poblaciones colindantes. Esto limitaría el movimiento, desde las ciudades donde se concentraba el capital financiero, a favor del crédito en las poblaciones rurales.

Pero tan valioso como este marco, para el mismo objeto, es lo que debemos reconocer sobre la mitad de las inversiones en la ciudad: comparten el tamaño del ahorro que se arriesga en el negocio financiero del campo. Que fluyera hacia el negocio que se alimentaba del comercio o al crediticio que actuaba en la economía agrícola lo decidiría la oportunidad. Una parte pudo operar al mismo tiempo en los dos, y por tanto en alguna proporción estar presente en las inversiones que analizamos. En tal caso, estaríamos ante interesados en el negocio financiero absolutos.

El análisis de los ahorros que fluyen hacia la ciudad conduce también hasta el descubrimiento del principio que puede explicar esta divergencia de comportamientos, todavía más útil para la historia del crédito rural. La posición relativa de este, entre todos los mercados activados por el negocio del dinero, era la del margen, tanto más si se amplía el campo de visión y se observa que en aquellos momentos el ahorro podía obtener rentas mucho más altas que las deducidas de las cuotas de beneficios proporcionadas por el crédito. En el origen del doble mercado del dinero de la ciudad, intervenido y libre, significados que hay que atribuir a los eufemismos más frecuentes en el momento, censatario y mercantil respectivamente, en parte estarían las condiciones para operar en el negocio impuestas por la ley.

El racionalista económico, preocupado por el empleo correcto de sus silogismos, en esto vería mejor la fuerza inexorable de las decisiones óptimas, que como hechos humanos también se podrían llamar comportamientos gregarios, los que siempre terminan imponiéndose; sin tener en cuenta que no puede haber razones donde no hay reglas.

El crédito a premio, legal o tolerado, cuya vigencia en el medio rural resulta tan escurridiza; que solo actuaba de manera descubierta en los grandes mercados urbanos, que se reducían a la ciudad sede del monopolio colonial y la capital de la región; en los casos más lucrativos, a mediados del siglo décimo octavo, conseguía vender a un 8 %. Las participaciones en los detrimentos fiscales al tráfico comercial estaban proporcionando, hacia 1750, una rentabilidad comprendida entre un mínimo del 16 % y un máximo del 28. No cabría discutir que la alta rentabilidad del comercio con América sería la responsable de la tensión al alza de los tipos de interés comerciales. Cuando estas operaciones se estaban formalizando, la tarifa del crédito censal, que entonces dominaba en el mercado del crédito de capitales en el medio rural, se había inmovilizado en un modesto 3 % anual. La oportunidad de invertir en los ingresos fiscales, el menos rentable de los cuales duplicaba las ganancias en perspectiva de la mejor usura, por la razón deducida incluiría a los inversores pasivos más capaces, por encima de cualquiera de los actuantes en los otros dos mercados. Su descripción analítica, probablemente demasiado premiosa, que tiene en cuenta su aptitud para arriesgar cierto tamaño de los ahorros, permite mediante esas cifras cuantificar las distancias entre el óptimo relativo de las inversiones de alta rentabilidad, y escaso riesgo, y los pedestres inversores rurales, expuestos a los rigores del tiempo imprevisible.

Admitir flexibilidad en el comportamiento de los inversores de rango inferior daba mayor solidez al hecho aislado, la existencia de un universo con carácter llamado crédito rural. Su oferta estaría determinada por el mayor atractivo del crédito al comercio, polo cuya capacidad para imantar despejaba una parte de la competencia y le dejaba todo el campo. Las instituciones sobre las que se sostuviera serían las que no tuvieran demasiada renta neta, que no podrían aventurarse en operaciones exigentes, las que permitían un reparto de beneficios mayor. Muy probablemente eran las rentas secundarias o incluso marginales, de todas las que eran obtenidas del patrimonio familiar activo, las que circulaban hacia el crédito en el campo, hacia todo el negocio financiero rural. El tamaño máximo del capital de esta clase a disposición de los inversores, indicado en nuestra experiencia por el valor 60.000 reales, marcaría la pauta convencional para decidir sobre la dirección del riesgo. De no existir, todo el capital huiría a donde había más rentabilidad.

Además, la resignada posición del crédito rural sería otra obra de la remuneración común del capital en las poblaciones rurales. Sobre la más baja con diferencia, era escasa; para los observadores clásicos prolongación hasta el mercado financiero de los bajos rendimientos que entonces pesaban sobre las actividades económicas de aquel medio, dominadas por la agricultura de los cereales.

La espiral de la descapitalización que en consecuencia la amenazara la accionaba una circunstancia. Se transferiría poco capital a la producción agrícola porque el beneficio que la demanda de esta proporcionaba, cíclico, se podía obtener con más facilidad mediante la importación del trigo ultramarino; siempre que se acepte que trigo ultramarino significa exactamente no solo lo que parece, el importado de economías exteriores, sino también trigo almacenado, incluso en las bodegas de los barcos, que por su pérdida de calidad bien podía parecer expuesto a la humedad de las travesías marítimas, aunque en realidad procediera de la inversión masiva y oportuna en la producción regional que era almacenada.

Justamente por esto sería más razonable desviar cuanta inversión rural fuera posible al crédito mercantil, expresión en la que debemos incluir, si aceptamos la acotación precedente, el empleo de fondos en la adquisición de las cosechas de la región al por mayor cuando la alta concurrencia deprimía los precios.

Si esto fuera así, tendríamos que admitir que sería muy probable que el discreto crédito rural, modestamente, esperara en la remuneración que pudiera proporcionarle al capital arriesgado la otra parte de los ciclos, la de alza de los precios; una esperanza limitada e incierta pero verificable antes o después; una incertidumbre que permitiría a la demanda ganar la posición de dominio en estas relaciones.


Portes

Bartolomé Desmoulins

A mediados del siglo décimo sexto, para corresponder a la tasa del grano, la administración de la corona tasó el transporte de las fanegas de trigo y cebada. El objetivo declarado de las tarifas públicas era marcar un límite máximo para los precios, algo finalmente tan complicado como descansar los lunes, pedir perdón, sonreír a la madre del cónyuge o envasar el vacío en una botella con el encomiable propósito de ponerlo a la venta. El de los gobernantes que tomaron estas decisiones, según quedó escrito en las declaraciones de los motivos que pretendían justificarlas, era evitar que se incrementara en exceso el costo del bien de consumo básico.

Para el transporte, aquellas decisiones impusieron un modo de calcular los costos del servicio, llamados portes, que en lo sucesivo marcaría la formación de su precio. Simplificaron el procedimiento para que fueran acordados en unidades monetarias por legua y fanega. Por cada saco regular, origen de la persistente unidad de capacidad, variable como todas las antiguas, pero equivalente en cifras groseras a poco más de 50 litros, que contuviera cualquiera de aquellos dos bienes mientras eran desplazados se podrían pedir, a causa del esfuerzo, como máximo 6 maravedíes por cada legua recorrida, medida itineraria también sujeta a cambios de valor según territorios pero cuyo tamaño tipo se aproximaba a los 5,5 kilómetros. Cercano ya el fin de la misma centuria, la misma tasa fue actualizada a 10 maravedíes por legua y fanega, lo que equivaldría a unos 42 maravedíes por tonelada y kilómetro, para conceder reconocimiento legal a la presión al alza que los precios en aquel mercado estaban imponiendo.

La vigencia de esta una manera de acordar lo que había de pagarse al demandante del transporte la demuestran los precios documentados en contratos no sujetos al máximo, suscritos durante la época moderna. Para una parte de ellos rigieron valores comprendidos entre 10 y 20 maravedíes por legua y fanega, aceptados a mediados del siglo décimo octavo. Un acuerdo entre partes, completado en 1769, por los mismos conceptos aceptó como canon 14 maravedíes.

Pero los precios conminatorios, tan exigentes como poco sensibles a los cambios, dejaron de usarse ya en el mismo siglo décimo sexto, y cien años después de acordada la tasa ya no la tenían en cuenta ni arrieros ni comerciantes. No era más respetada que la que regía para los granos, idénticamente inútil. Por la misma razón que causan baja en los ejércitos totalitarios los más incapaces, arguyendo volumen del tórax, déficit de la estatura o pie cavo. León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tanto que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio a causa de la deformidad de su pie. Plasmó en un secante su planta, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la beneficiaria percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza; que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas actividades recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Pero, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura.

No obstante, a mediados del siglo siguiente, décimo séptimo, fue restaurada la tasa del transporte, nunca del todo derogada porque la ficción de la norma entonces era capaz para sostener la percepción de una autoridad cándida. La tasa del transporte había tenido un efecto inverso al buscado, aceptando que fuera el mismo que el declarado paternalmente en los documentos. El encomiable plan para evitar que se disparara el costo de los dos consumos básicos sirvió durante siglos a la justificación para incrementar el precio tasado de los cereales. El procedimiento para el cálculo del precio del movimiento que la tasa habilitó, a quienes traficaban con los portes, si querían obtener un beneficio fácil les permitía manipular la declaración de los trayectos recorridos, aunque fuera escasamente, gracias a que era ponderado a partir de unidades mínimas de volumen y longitud.

Una cuenta de arrieros de fines del siglo décimo séptimo enseña impúdicamente el huevo de los beneficios generados por el transporte durante la época moderna, una vez que se había naturalizado la opinión de que era un costo alto. Para mover 600 arrobas de mercancías entre el prelitoral cantábrico y la capital donde ya había radicado su sede una corona que unificaba los territorios de casi todos los reinos hispánicos, evaluables como la parte mayor de la península occidental del continente clásico, no tanto su contenido, que acumulaba injertos hérulos, tracios, eslavos y hasta arios, fueron empleados 12 arrieros y 50 mulos. Los gastos de los arrieros ascendieron a 300 reales, 400 hubo que emplearlos en la cebada para las bestias y 250 para el resto de necesidades surgidas a lo largo del viaje. Dado que los transportistas cobraron ateniéndose a la fórmula regular, a razón de 34 maravedíes por tonelada y kilómetro, el total de sus ingresos ascendió a 2.400 reales. Deducido el gasto, el ingreso neto resultante fue de 1.450 reales. Gracias a la nota se descubre que la voracidad de quienes arriesgaban moviéndose, petrificado el principio de cálculo por unidades de capacidad e itineraria, conquistó margen para descargar los factores del costo.

Pero, por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades del costo se mostró fecundo, porque la capacidad para inventar carece de límites. Así León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innúmeras heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo.

Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo como Travis Bickle en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda; cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar de domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato; añadía a la servidumbre de los tuertos.

Si se deseaba incrementar aún más el beneficio, ya entonces se podía recurrir a cobrar el transporte por jornadas empleadas en la operación, en vez de por unidades de carga y longitud. Gracias a este precedente, se fue naturalizando la fórmula de los conciertos ponderados, para la que se tomaron como factores formadores del precio del transporte una serie tan dilatada de circunstancias imprevisibles que el precio final difícilmente se podía homologar.

Las características topográficas y materiales de la vía de comunicación podían justificarse como modificantes inmediatos. Eran más baratos los transportes en llano que en cuesta, y a consecuencia de la falta de buenos caminos podía, según un testimonio, recaer sobre el precio del grano el sobrecosto de 10 reales por legua en cada carga, sin contar con que el transporte por vía fluvial era más barato que el terrestre.

Para mediados del siglo décimo octavo, cuanto más largo era un desplazamiento, fuera en tiempo o en distancia, más caro debía resultar. Obtener mayores ingresos por razón de distancia, aceptado el procedimiento común de cálculo de los costos, no presentaba inconvenientes. Pero para incrementar los ingresos en función del tiempo, entre quienes ofertaban el servicio regía una evidencia, que la velocidad era inversamente proporcional a la duración del viaje, de modo que cuanto más durara mejores debían ser las caballerías y mayores los riesgos de cualquier clase, matices que podían ser ocasión de incremento de los gastos.

Movilizado por etapas, el precio del transporte del grano era algo más alto que si se desplazaba sin paradas, aunque los trayectos fueran más largos. Así lo demuestra la comparación de valores referidos a una misma distancia. Mientras que el costo de un transporte continuado era de 15 reales 28 maravedíes por fanega, en dos etapas la primera costaba 9 reales/fanega y la segunda 7 reales 27 maravedíes. Luego la diferencia entre una y otra modalidad era de 1 real menos 1 maravedí. Parte del beneficio que podía originar el incremento más remunerativo derivaba hacia las posadas, donde hacían sus estaciones los transportistas.

El carro era aproximadamente el doble de caro que el animal. Para una distancia entre 70 y 75 kilómetros, un vehículo con una capacidad para 36 arrobas cobraba entre 7,5 y 8 reales, mientras que una bestia que cargaba 7 arrobas cobraba 30 maravedíes. Esto suponía un gasto de más de 7,5 maravedíes por arroba, cuando se optaba por el carro, frente a solo 4,3 si se optaba por el traslado a lomos de animal. Los costos que para los transportistas ocasionaban las diferencias a favor del traslado en carro, a mediados del siglo décimo octavo, eran la manutención del ganado y la de los mozos. Por eso, en su momento, el precio del transporte a lomos de animal, más que alto, a quienes lo pagaban llegó a parecerles excesivo.

Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas.

–De poco te servirá demorarte –le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía; porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar; el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo infantil los agregara en una suma, cuyo resultado cada plexo solar desbordaría.

Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.

Pero existían circunstancias que permitían que el transporte de mercancías en vehículos, por razón de volumen, fuera más asequible que el que se hacía a lomos de animales. El transporte en carro podía ser más barato que el transporte en animal cuando la densidad de la red era alta y las vías muy accesibles por razón de estado del firme. Al menos, esta era una de las convicciones con las que se hacían planes para la innovación de las comunicaciones en la época.

Al contrario, encarecía aún más el transporte que en algunos sitios fuera necesario trasvasar la carga a lomo de animal. En ocasiones, podía parecer conveniente pasarla de carro a bestia, porque lo impusiera el estado de las vías de comunicación. Pero sobre todo era una operación ineludible cuando el producto llegaba a través del mar envasado en barricas. Entonces, para cumplir con el transporte desde los puertos del litoral al interior, debía ser enfardado, envase necesario para adaptar la mercancía al transporte de herradura.

Las precedentes cosechas de forrajes y legumbres, que modificaban tanto el precio de estas como de los pastos con los que se combinaban, concurrían al costo de la alimentación del ganado para el transporte. A mediados del siglo décimo octavo, para hacer frente a este gasto, cuando había que cubrir largas distancias era un recurso habitual vender algunos animales en el trayecto. Y también eran contabilizados como costos, tratándose del desplazamiento a larga distancia, las reparaciones del medio de transporte y la sustitución de los mulos que morían.


Los fundamentos de la literatura

Continúa El banquete funesto

Recopilador

No comparten todos los egiptólogos la misma teoría sobre los fundamentos de la escritura jeroglífica. La que aquí se va a defender, inspirada por el deseo de rebatir que en su momento originó una reyerta sorda, en cuyo transcurso los contrincantes jamás se vieron las caras, pretende desenmascarar a quienes han ocultado, tras sociedades científicas sin ánimo de lucro, intereses bastardos, sirviéndose al tiempo de las posibilidades societarias que derivan del matrimonio.

Parece que la escritura jeroglífica egipcia, hasta donde es conocida, se regía por principios algo inestables, aunque no tan lejanos a los que hoy resultan familiares, puesto que inspiran también las normas de la manera actual de escribir. Los usos vigentes son herederos de otros remotos anteriores, aunque realmente próximos en el tiempo, y la impresión que del aparente empleo universal de pictogramas pueda deducir el observador que empieza a interesarse por la forma jeroglífica de escribir aquella lengua no debe conducir a un error por simplificación. En ocasiones es económica, y casi de inspiración taquigráfica, y en otras es premiosa y reiterativa hasta cansar, e incluso absurda.

Puede adjudicarse esta divergencia a que al analista contemporáneo han llegado inevitablemente prácticas distintas, seleccionadas por el azar certero del hallazgo arqueológico, que tanto puede revelar la aplicación disciplinada de unas normas con claridad aprendidas, si es que alguna vez fueron dictadas, como su uso abierto, flexible y hasta incorrecto, aun ejecutadas de forma precipitada y no deducida de los buenos fundamentos que debieron distinguir a los buenos escribas. Pudiera ser que todas estas posibilidades, paradigmas extremos al servicio de una explicación esquemática, sean prueba de que en aquella antigua escritura el estado normativo asiento de su práctica, si es que fue alguna vez elaborado, no había alcanzado el rigor que la fácil difusión de las reglas contemporáneas termina imponiendo.

En el egipcio medio o clásico, que puede ser identificado sin dificultad por quien vea los textos escritos sobre piedra desde fines del imperio antiguo, los jeroglíficos son ya en lo fundamental fonéticos, por lo que no es impropio llamarlos signos, aunque antes pudiera parecer más correcta otra denominación. Tales representaciones de sonidos, que por deseo de generalizar algunos llaman también fonogramas, como puede esperarse de la escritura estaban destinadas a reproducir los sonidos de las palabras utilizadas por el habla, de los que eran su traslado convencional.

Según una clasificación hoy admitida, tales signos en lo esencial podían ser alfabéticos o silábicos. Los alfabéticos equivalían a una parte de los sonidos que admiten su reducción a solo un signo de los que son usados por lenguas como la que en estos momentos se está usando, y con ellos componer un alfabeto artificial, muy parecido a los vigentes, también denominado pseudoalfabeto egipcio.

Formando juicio por la herencia gráfica recibida, pero también por los documentos que fundan con seguridad la tradición de la equivalencia entre los diversos signos que sin embargo pueden representar idénticos sonidos, no resulta desacertada la valoración alfabética de aquellos trazos, aunque habrá quien piense, con justificado sentido crítico, que es anacrónica. El estado de elaboración gráfica en el que se encuentra la lengua egipcia escrita por los antiguos admite la sospecha. Por aquella razón los signos alfabéticos también son llamados unilíteros o monolíteros.

Los otros signos expresaban sílabas compuestas con dos o tres letras del pseudoalfabeto, de donde los gramáticos conocedores de aquella forma escrita de la vieja lengua los creen especie de abreviaciones, ya que uno solo puede equivaler a dos o tres alfabéticos. A este propósito es adecuado tomar en consideración, aunque no sea relevante para la demostración deseable, para que el lector esta sí en especial considere, que la escritura jeroglífica del egipcio no representaba las vocales intermedias de las palabras, y en ocasiones hasta omitía algunas de las finales, por lo que en conjunto puede tomarse por una escritura predominantemente consonántica, aunque de ningún modo ignorante de las vocales.

Todo signo silábico egipcio se supone que tomaba su valor fonético de la palabra que en aquella antigua lengua servía para designar el objeto que representaba. Recurriendo a la analogía con el castellano, ocurría algo así como si la representación de una mesa sirviera para escribir la secuencia de sonidos mesa, y solo con ese fin podía ser elegida para la escritura. Lógicamente, cuando fuera utilizada la imagen con propósitos fonéticos, tan solo tendría que representar la secuencia de sonidos, sin que forzosamente hubiera de referirse al objeto en cuestión. En el uso regular del jeroglífico, la imagen de la mesa podría ser utilizada para escribir, por ejemplo, una parte de la palabra promesa. De ningún modo quien procediera a leer la frase en la que se encontrara esta imagen, completada por otro signo para que fuera posible escribirla entera, en el supuesto aducido, durante la lectura tendría que tomar en consideración aquel mueble en sentido alguno, ni siquiera acordarse de él; solo tendría que identificar por la imagen la cadena de sonidos adecuada.

Sería, en consecuencia, un uso de los signos que se podría aceptar como perfectamente actual, porque la condición de su correcto empleo es que hace posible, y hasta recomendable, olvidar que el dibujo mesa tenga algo que ver con el objeto que por la pronunciación exclusiva de esos sonidos debe ser identificado.

Lo mismo habría ocurrido en el supuesto de que en el origen de la actual letra a estuviera el dibujo de una cabeza humana, y se hubiera alcanzado el estadio de su uso en el que ya todo el mundo actuara sin necesitar la conciencia de que aquella forma fuera la justificación del rasgo que hay que trazar para escribir el signo, que sin embargo parecería perfectamente abstracto y convencional, directo y limpio capricho que por su singular pureza puede ser colmado con el contenido que se desee, aun sin dejar de ser la representación simplificada de una cabeza humana.

Hasta aquí, aunque se hayan deslizado algunos argumentos discutibles, todas las teorías pueden convivir. Lo que sigue es el centro de la controversia

La propiedad de la lengua escrita en la que es necesario detenerse, porque no es decididamente respetuosa con esta regla del juego de la escritura jeroglífica, deriva del principio de su práctica que ha sido expuesto, razón además justificativa de que se haya demorado el relato de forma tan escolar en la precedente llamada de atención.

Según la finalidad que tenga su uso, procediendo de nuevo a clasificar con el método analógico, los signos silábicos egipcios pueden ser separados en dos grupos, los sonoros y los determinativos. Los primeros, como ocurre que unos pueden representar por sí dos y hasta tres sonidos equivalentes a dos o tres signos alfabéticos, son denominados, cuando quien explica desea ser extremadamente preciso, bilíteros y trilíteros, modo de llamarlos que mantiene el criterio inicialmente elegido para separar los tipos de signo que en el jeroglífico egipcio clásico suelen distinguirse.

Puede sorprender que sean utilizados estos dos tipos de signo existiendo los alfabéticos o monolíteros, que podrían cargar con todo el trabajo, deducción sintética a la que podría haber llegado el escritor antiguo. Sin embargo, este modo de observar el problema no tiene en cuenta el principio de economía de la escritura, un criterio elemental, deducible desde humildes estimaciones paleográficas, de especial valor cuando se trata de esta modalidad de escritura. Dada la lentitud con que cada signo debía ser trazado, porque la formalidad figurativa siempre fue mantenida y respetada, aun en la más cursiva escritura hierática, dibujar uno que representara más de un sonido ahorraría trabajo. La razón de la economía del esfuerzo sería bastante para justificar el uso de la amplia batería complementaria de signos no alfabéticos.

Siendo bilíteros e incluso trilíteros los signos silábicos, también ocurre, para mayor paradoja, que ocasionalmente puedan ser complementados o auxiliados por signos alfabéticos. De la función que tienen reservada en la escritura esto es lo que del modo más sorprendente los caracteriza, que precisamente no solo puedan ser utilizados para representar el sonido inmediato que se les reconoce, sino que también pueden complementar el valor fonético de los signos considerados silábicos. Tal abuso de la regla deducida revela la supervivencia de anomalías, que solo por generosidad pueden ser llamadas excepciones, y sitúa sobre la acertada pista que podría explicar la emergencia de equívocos a consecuencia del recurso a medios expresivos innecesariamente redundantes.

Había razones gramaticales que aconsejaban la composición híbrida de las palabras, aunque estas actuaran desde una posición de dudosa solidez normativa. En la lengua egipcia escrita puede suceder que dos palabras, o distintas secuencias de sonidos, y a veces tres y hasta más, sirvan para designar un mismo objeto. Es una consecuencia derivada de que el origen de los signos silábicos, con toda probabilidad, remonte su valor a un ideograma, y que para dar nombre a una cosa la idea que la sugiriera fuese en unos casos una y en otros otra; como desde distintas ideas, por una asociación en secuencia de pensamientos vertiginosos, para la que no es fácil encontrar una explicación satisfactoria, feliz fuente de toda la imaginería de la palabra, es posible llegar a la explicación justificada de un mismo hecho correcto, más aún de un objeto, distintas palabras, de extracción diversa, distintos caminos señalados por distintos sonidos pueden llevar hasta el mismo lugar. Para evitar esta desviación, y hacer más precisa la lectura del signo silábico, existía la costumbre de escribir, al lado de la mayor parte de los de esta clase una o todas las letras que formaban la sílaba que representaba el signo en cuestión. Parece justificado, pues, que por esta razón fueran usados signos alfabéticos asociados a los signos silábicos, y de este modo asegurar su comprensión y evitar la ambigüedad.

Algo distinto son los determinativos, signos que son en todo idénticos, por apariencia, a los anteriores, aunque su sentido es distinto y no obstante próximo al recién examinado. Su existencia está justificada por una razón igualmente específica. Más que en ninguna otra, en la escritura egipcia es posible que llegue a emplearse con mucha frecuencia una misma forma escrita de una palabra para expresar conceptos diferentes. El procedimiento común en el que está basada la escritura es razón suficiente para explicar la alta frecuencia con la que puede presentarse esta posibilidad. Pero también ocurre, al estar compuestas con dos letras las que se pueden considerar las raíces de la mayor parte de las voces, que no hay muchas posibilidades para multiplicarlas, o que por necesidad los signos elegidos pueden ser pocos.

Para ser rigurosos, hay que añadir que el interesado, aun así, puede documentar un buen número de signos silábicos dispuestos a representar sonidos, y que estos signos efectivamente representan una amplia gama en cantidad significativa de casos, lo que por tanto impide tomar cuanto se está afirmando como una regla cerrada. Pero la práctica se alía también en esta ocasión con la tendencia espontánea o previa de la escritura para conducirla hacia la economía de signos. El sistema de escritura adoptado debió tener medios fundados para llegar hasta una correcta elección de cuáles debían ser los mejores jeroglíficos para representar cada par de sonidos, aunque no están del todo claros los criterios que pudieron ser los decisivos. En la mayor parte de las expresiones, una vez elegidos, a unos signos sí y no a otros los fue convirtiendo en representantes preferentes y reiterados de aquellos determinados sonantes grupos cerrados. Lo definitivo fue que tan solo cerca de un centenar de esos posibles signos, sobre todo bilíteros pero también trilíteros, fueron los comúnmente usados.

Para evitar el riesgo de ambigüedad, el mayor defecto de los usos de la escritura jeroglífica, fue necesario, en consecuencia, recurrir a los determinativos, signos colocados después de la parte fonética de una palabra que el lector debía interpretar aunque de ningún modo pronunciar, porque no estaban destinados a modificar en algo el enunciado sensible de las voces. Su objetivo único era distinguir los diversos sentidos posibles de una misma raíz.

En la composición de las frases, la secuencia de las ideas podía cargar con una parte de la responsabilidad para evitar la ambigüedad, pero el peso de aquel duro trabajo terminó recayendo en la invención paralela y ciertamente ortopédica de los signos adicionales, encargados decisivos de evitar las confusiones cuando se hacía necesario, llamados determinativos.
Llegadas las expresiones de sentido abierto, tales signos auxiliares eran decisivos, si no obligados, para permitir la correcta interpretación de las palabras que habían sido escritas con signos que representaban determinada secuencia consonántica pero cuyos significados no estaban resueltos. Era, por ejemplo, el caso de la solución jeroglífica de los sonidos smn. Si iban acompañados del pictograma de una oca significaban oca del Nilo, pero si iban acompañados de un trazo horizontal con una pequeña muesca en el centro significaban establecer.

Dos son las clases en las que ahora, a partir de este criterio básico, suelen separarse los determinativos, la de los especiales y la de los genéricos. Son especiales los que se aplican solo a un número muy restringido de palabras de la misma naturaleza, mientras que genéricos son los que están destinados a referirse a grupos muy numerosos. Debió bastar su representación, como si de una advertencia paralela se tratara, no del todo explícita, como la que los símbolos contienen, para que el intérprete pudiera encontrar el sentido específico que la palabra en cuestión quería expresar. Indicaba simplemente una categoría o grupo en el que la voz podía ser encuadrada y al que por tanto, por este medio, se consideraba que pertenecía, porque igualmente en esa familia el objeto al que la palabra hacía referencia era con facilidad localizable.

Por esta razón hay quienes apellidan a los determinativos semánticos, porque efectivamente en este orden rinden todo su servicio. Es verdad que el uso de los signos alfabéticos con un sentido fonético puede admitirse también como determinativo, valoración particular del signo que no sería incorrecta, porque tiene en cuenta que, así como el determinativo semántico evita que se extravíe el sentido, aquel matiz evitaría que se errara en la pronunciación. De considerar de este modo el uso de los signos alfabéticos asociados a los bilíteros o a los trilíteros, debería tenerse presente que su consecuencia, para la práctica de la lectura, sería sobre todo gramatical, y que por tanto su efecto primordial sería morfológico, y que tal vez desde alguna de estas maneras de ver también podría apellidarse el legítimo determinativo deducido. De ahí que pueda resultar prudente, aunque parezca redundante, hablar de determinativos semánticos, y así evitar innecesarias confusiones donde ya de por sí la ambigüedad tiene sobradas posibilidades de ensombrecerlo todo.

También justifica esta manera de hablar otro uso del jeroglífico, al que por ahora solo se ha hecho alusión, el último que por el momento hay que examinar, el ideográfico. La correcta comprensión de su valioso papel, y del significado que de este deriva, debe partir de la constatación de que el determinativo semántico, según se ha denominado, para distinguirlo con precisión, por más que parezca inmediato, es el usado con menos frecuencia, y hasta llegó a ser excepcional su presencia en los textos epigráficos.

Hay un uso común de la solución que el determinativo proporciona, más frecuente tal vez por aún más sencilla. En lugar de escribir una palabra entera con su desarrollo fonético más o menos completo, o sus signos sonoros comunes, más su determinativo de una o de otra categoría, toda la compleja serie es con ventaja sustituida por un solo jeroglífico. Semejante tipo de representación figurativa, también llamada ideografo, ideograma o pictograma, está destinada a expresar palabras enteras. Normalmente, aunque no siempre, para ganar en precisión estos jeroglíficos suelen estar seguidos del signo |, que hace de indicador de que la imagen que ha sido representada tendría que interpretarse en su sentido propio. Cualquier nombre de animal o planta, o cualquier objeto, cosas que puedan ser representadas por medio de un jeroglífico claro e inequívoco, son escritos de manera preferente usando solamente este signo.

Pero no solo el determinativo específico puede resolver la escritura de hechos materiales, sino que igualmente puede servir a la representación directa de ideas, aunque bajo ciertas posibilidades que por el momento se dejan abiertas pero que conviene que advertidas queden.

Tales jeroglíficos pueden tomarse en sentido estricto por determinativos específicos, tan exactos que no pueden ser confundidos con otros y que por eso hacen innecesaria cualquier aclaración fonética. En realidad no son nada distinto a los semánticos, con la única y significativa diferencia de que el jeroglífico único absorbe todas las funciones gramaticales que debe representar la serie de imágenes reducidas a signos en el otro caso.

De su existencia podría derivarse con fundamento la teoría de que el camino seguido por el desarrollo de la escritura jeroglífica egipcia pudo ser el inverso al que ha seguido esta explicación. Pero de lo que no hay duda es de que todos los determinativos, sean morfológicos, semánticos o específicos, porque en el fondo comparten la condición de pictograma, en conjunto son la prueba de la convivencia de elementos ideográficos con los fonéticos en la lengua egipcia antigua, aun en tiempos de su plenitud clásica.

No era obligada la indefinición para que estos pictogramas complementarios fueran utilizados. Solo por afán de precisar, en ocasiones, las palabras eran completadas con el determinativo, y de este modo quedaba advertido el lector, al entrar en un texto, cuál era el dominio semántico en el que debía situarse para interpretar correctamente los sonidos consonánticos que habría de ir identificando. Era usual que fuera dibujada una imagen solo para advertir que se estaba escribiendo de dioses, un aspa encerrada en una circunferencia cuando la frase estaba referida a ciudades o una línea quebrada, en posición vertical, cuando el asunto era algún pueblo extranjero.

Desarrollado el sistema jeroglífico de escritura, debió ser posible, para quienes escribieran aquella lengua, utilizar la imagen de cierto objeto para enunciar palabras sin ninguna relación semántica con él, y que conservaran como único vínculo, aunque incluso en el habla fueran expresadas con una pronunciación distinta a la correspondiente a la forma que se dibujaba, una secuencia de consonantes idéntica. Pudo justificarse este procedimiento como el medio más seguro al que se podía llegar para expresar en la escritura los conceptos abstractos, que efectivamente mal podían quedar resueltos por la fórmula descriptiva elegida para expresarse por escrito. Es más que probable que esta necesidad estuviera en el origen de aquella extensión de la regla. Aunque se perdiera precisión en la expresión escrita, a cambio se ganaba la extensión del horizonte, hasta unos límites desconocidos, de lo que era posible presentar a los ojos de quien leyera.

Además, la aparición en fecha bastante temprana del estilo cursivo o hierático, versión de la escritura jeroglífica que recibe un nombre derivado de la palabra griega reservada para distinguir a la casta sacerdotal, estilo impuesto con probabilidad por la necesidad de que el curso de los signos sobre el papiro fuera rápido, e inspirado en principios sintéticos que también tendrían efectos económicos, debió facilitar la evolución esquematizada. Gracias a este recurso, pronto estaría al alcance de quienes escribieran, por ser a un tiempo sintética y sencilla, la solución que de forma más resumida se puede llamar bilítera, según la nomenclatura empleada más arriba.

Pero, a pesar de la extensión del modo hierático de trazar los signos, una característica del estilo que aplicaban los textos oficiales, que probablemente hicieron más por la selección de las formas supervivientes que otros cualesquiera, fue conservar con delicadeza todo el detalle y la forma natural de los símbolos empleados por referencia a sus fuentes materiales. Fue así posible que los fundamentos figurativos del sistema de escritura jamás se perdieran y que se prolongara indefinidamente una tradición gráfica que legítimamente admite ser llamada pura.


Vive oculto

Bartolomé Desmoulins

Entre los antiguos, fue difundida con éxito la siguiente creencia. Habitaban en algunos lugares de África unos hechiceros que secaban árboles, e incluso daban muerte a niños, si los encomiaban. Por esta causa algunos temieron ser elogiados por un hechicero, fuera que las palabras salieran de su boca o de la de otro pero en su presencia, porque a su alabanza cualquiera de ellos podía añadir palabras de hechizo o de encantamiento que pasaran inadvertidas. De la misma creencia provino la superstición de referirse a uno mismo con denuestos y desprecios, porque el elogio pronunciado con vanidad podía hechizar.

Investigada por quienes aceptaban aquella especie, descubrieron que la cualificada capacidad de aquellos antiguos hechiceros no provenía de sus palabras, que en sus sortilegios eran solo un ardid embaucador, sino de un hecho singular. En la visión poseían cierta cualidad emponzoñada y casi corpórea, inductora de la enfermedad o la muerte.

El alma de alguien profundamente inclinado al mal tenía la marca de hacer daño, y el cuerpo, unido al alma mediante los movimientos del corazón, también se veía transformado, y su transformación llegaba hasta los ojos. El mal había sido introducido por la naturaleza para castigo de las mentes embrutecidas. Le pareció bien a la naturaleza, así como engendró en el hombre la costumbre de alimentarse con entrañas humanas, tomada de los animales salvajes, producir en todo el cuerpo y también en los ojos de algunos una especie de veneno, para que no existiera ningún mal que no lo tuviera también el hombre. El cuerpo era empujado por el alma y, afectado por el mal, se convertía en causa o instrumento del daño. El alma o la imaginación dañada empujaban los cuerpos, que parecían desprender venenos después que veían. Desde los ojos se podía emponzoñar algo que estuviera fuera de él, sobre todo si era fácilmente mutable, como el niño, más débil y por eso con más facilidad víctima de aquella señal. Como réplica, dada su especial virulencia contra la infancia, había quienes colgaban del cuello de los niños dijes deformes para alejar hechizos y fascinaciones, que tenían el efecto de apartar los ojos de los que contemplaban a las criaturas fijamente.

Se temió la vileza del que miraba, pero también fue motivo del recelo fascinante solo la exagerada fealdad, porque era concebida como imagen del mal. Presentaron como ironía cruel de esta superstición la que por obra del destino se obró en cierta hembra, nacida en matrimonio legal, a quien su padre decidió poner por nombre Bárbara, mujer buena y de carácter apacible, que con el tiempo resultó de una fealdad extrema. Algo similar que le habría ocurrido a una buena madre, que por incontinencia, y exceso de celo en el cumplimiento de sus compromisos familiares, puso a su hijo por nombre Emiliano Adrián, siendo que el apellido del padre era Cristóbal. Decisión tan desaforada obró a través del metabolismo del muchacho. Resultó de una fealdad triple, fruto de la deformidad que su cuerpo había adquirido a causa de su enorme tamaño. Al mismo orden correspondió lo que ocurriera con el esclavo Esopo, el más feo de todos los hombres que haya descrito la literatura antigua. Su dueño lo regaló a un vecino con la esperanza de que su casa quedara encantada.

Cuando se trataba de mujeres hechiceras, poseían tan gran maldad en su corazón como en su mismo cuerpo, y fácilmente emponzoñaban con la fuerza de su imaginación natural. Tan poderosa era su imaginación que llegaban a dañar a los niños más débiles, igualmente cuando se dirigían hacia ellos con los ojos, mientras los contemplaban fascinadores. Hasta podían matar a quienes eran capaces de concebir en su mente mediante su imaginación penetrante, e incluso a sí mismas.

Un efecto moderado tal fuerza era que los ojos de la mujer en menstruación, el estado en el que la condición femenina acumulaba más poder, eran capaces de emponzoñar el espejo, aunque, por lo que se refiere a los espejos manchados por mujeres en periodo de menstruación, aún no se había dilucidado del todo si se debía a la vista o al aliento.

Fue buscada la razón de tan portentosa manera de manejar así la adulación como la mirada, tanto en hombres como en mujeres, y encontraron que sus causantes genuinos, los primitivos hechiceros africanos, eran híbridos descendientes de dos etnias singulares. Una la de los tribalios, gente tracia que se movía en zonas bajo influencia del cauce inferior del Danubio. La otra la de los ilirios, asentados en la costa oriental del Adriático. Cualquiera de ellos había hechizado con la vista y provocado la muerte, con más facilidad a los muchachos, cuando miraba atentamente durante largo tiempo y con ojos particularmente airados.

Evolucionaron estas creencias a la idea de que a quienes hablan de sí de manera elogiosa les sobreviene la envidia como desgracia, un hallazgo cuya convergencia con los precedentes más remotos registró la cultura griega antigua con una palabra, la que eligió para expresar la acción de fascinar, que indica a la vez envidiar. Por eso a quienes actuaban movidos por la envidia se les tenía por instrumentos de la fascinación.

Por tanto, el daño de la fascinación procedería de los ojos, y no de los labios de quienes elogiaban a personas objeto de sus alabanzas, por fascinar definitivamente se entendió apropiarse por la mirada y se tuvo por fascinado al que quedaba sujeto por lo que veía.


La libertad de la mentira

José D. Ansón

 Era cierto callejón, que bien recuerdo, mas de cuya descripción relevo.

     Allí estaban ellos, los dos, ambos de buen porte, los dos simpáticos y desde tiempo queridos, aunque por motivos diferentes. Me acerqué a ellos y les revelé el secreto, que atendieron con delectación. Este era: Mariví, la Mariví que ellos bien conocían, era miembro del espionaje. Inaudito, aunque se podía esperar de aquella criatura. Conseguí admirarlos.

     Inesperadamente, sin que hubiera motivo para ello, y sin que nadie pudiera preverlo, después de años de ausencia, Mariví volvió a aparecer entre nosotros. Demoledor. Ninguna falta hacía en aquel momento. El más sorprendido fui yo.

     La invitamos a que se sentara con nosotros en la terraza de un café, alrededor de una mesa de forja con una tapa redonda de piedra, grande, los asientos también de forja. Mariví, la única mujer entre nosotros, cuatro o cinco hombres jóvenes, contó extraordinarias historias y nos mantuvo sin tregua admirados y atentos a ella.

     Cuando hubo terminado uno de sus relatos, uno de los dos del principio, el moreno de rasgos groseros, simpático y espontáneo, sin mediar prólogo ni transición que anunciara lo que tramaba, saltó con la intención de comprobar la veracidad de lo que yo les había contado en el callejón. Pésima recompensa al aprecio que sinceramente le profesaba y que afortunadamente aún hacia él conservo.

     A Mariví solo por un instante pude verla sorprendida, aunque sonriente. Mantenía silencio.

     Antes de que pudiera considerar la posibilidad de hablar, me adelanté y repliqué a quienes cuando menos ya inevitablemente veía como escépticos interlocutores:

     –La mentira es indemostrable, a fortiori –dije.

     El más filósofo de nosotros, que no estuvo en el callejón y actuaba por tanto como juez que podía valorar nuestros argumentos, asintió, admitiendo mi réplica como indiscutible.

     Así quedó zanjado el asunto.


La renovación del poder

Recopilador

Pasarán décadas, tal vez siglos, y las antiguas instituciones egipcias, sabiamente constituidas, aún se resistirán a mostrarse vírgenes, víctimas de la timidez a la que las redujo el silencio, que devuelve a la infancia a los ancianos. Sabemos que fueron engrosando sobre una esquelética Monarquía unificada, cuyos principios se remontaban a los comienzos del tercer milenio. Aunque tampoco los indicios más remotos sobre sus articulaciones, una vez recuperada la palabra, son demasiado veraces. Porque para entonces los anales hieráticos ya pudieron presentar continuo el tiempo, puesto que en sus referencias a los siglos primitivos, en las listas levíticas conservadas, unos a otros se sucedían con satisfactoria regularidad los nombres de los faraones de la primera y la segunda dinastías, habría de admitirse la vigencia ininterrumpida de la institución. Su función garante de la continuidad del poder personal único estaría demostrada por tan modestas relaciones de nombres. Es más probable que fueran los autores de las fuentes, al representar por el procedimiento de las listas la continuidad del tiempo, quienes consumaran mucho más tarde su particular aval a una primitiva solidez de la institución monárquica que de otro modo nunca ha sido autorizada.

     Pero, aun admitiendo que desde sus orígenes la Monarquía tuviera bien fundada su continuidad, carecemos de pruebas fehacientes sobre algo tan decisivo, para reconocer la validez de cualquier fórmula política, como las instituciones que permitían la renovación del poder. Es más lo que se sabe sobre su restauración en circunstancias al margen de la ley que lo que se ha recopilado sobre la continuidad pacífica y ordenada, tal como la hubiera previsto su constitución.

     Es cierto que disponemos de informes muy valiosos sobre los medios de renovación del poder, una vez agotadas las virtudes de un monarca, cuando se justificaba único por ser dador de lluvias. Pero aquella fórmula, brutalmente expeditiva cuando las sequías se prolongaban, corresponde a una época preconstitucional que justamente se opone al efecto civilizador que universalmente le es reconocido a las instituciones ideadas en el Egipto antiguo, de tanto ingenio que fueron capaces para mantener durante siglos y siglos un poder monárquico. 

     Los indicios sobre las fórmulas renovadoras civilizadas hasta ahora más fiables son los que se relacionan con una oscura celebración, conocida como fiesta sed; una liturgia que la historiografía, cuando decide ser más descriptiva, cree conveniente llamar fiesta del jubileo del faraón. Casualmente, sus primeras noticias también remiten a los comienzos del tercer milenio, y en las fuentes asimismo coinciden con el origen de la Monarquía unificada. Se sabe positivamente que también durante la tercera dinastía, la que marca el comienzo del imperio antiguo, hacia mediados de la primera mitad del tercer milenio, aquella fiesta quedó justificada con unos fundamentos y regulada con una forma que permaneció en lo esencial invariable durante siglos. Parece que elementos de distinta procedencia, y es posible que hasta autorizados por ideas divergentes, vinieron a encontrarse entonces para fijar las formas que prevalecerían.

     De los documentos de aquellos primeros tiempos monárquicos se deduce que el fin de la fiesta sed era conmemorar la revitalización o renovación física del faraón, un ser vivo que había llegado a tal estado de deterioro material que necesitaba restauración urgente, porque era necesario que siguiera cumpliendo con su cometido. De donde se deduce que ya la constitución política egipcia había aceptado que ni al estropeado faraón solo por esta causa se le podía eliminar, sin más, como se había hecho en tiempos precedentes; ni a la naturaleza se le podía negar su papel como regulador final de las sucesiones. Para que cada uno fuera sustituido antes tenía que morir sin mediación humana de signo alguno. Al contrario, el esfuerzo de la comunidad política debía dirigirse a mantener su vida en el mejor estado posible con los medios a su alcance.

     La primitiva fiesta sed debió ser una gran ceremonia, compuesta con una meditada secuencia de ritos significativos. El momento principal de su liturgia debía representar que la vida del monarca reinante había quedado restaurada, para que se consintiera que sus poderes se habían renovado. Por tanto, en una primera parte de la alegoría moría simbólicamente, para que en la siguiente volviera a nacer. Mas la elaboración ritual de la transición entre uno y otro momento se encargó de envolverla un acto mágico, cuyo mecanismo quedaba oculto, por la misma razón que su efecto solo era alegórico.

     Por lo demás, solo de otra representación, que no es fácil situar en la secuencia de los actos, se sabe que formó parte de la liturgia original de la fiesta sed, que el rey fuera identificado como señor de las tierras que dominaba, por gestos inequívocos y reiteradas alusiones simbólicas. Hasta aquí los testimonios directos sobre los contenidos de la primitiva celebración del jubileo.

     Al principio esta ceremonia se organizaría sin periodicidad regular, aunque también desde muy pronto quedaría instituido que la primera renovación de cada reinado fuera celebrada una vez transcurridos sus primeros treinta años. Por tanto, durante los primeros tiempos de la antigua monarquía regiría el mérito temporal acumulado, o tiempo de servicio, como condición necesaria para que un rey a los beneficios políticos de la fiesta sed accediera. Incluso es posible, dada su indispensable contribución constitucional, que el jubileo, en su estado primigenio, fuera una celebración obligada transcurrido aquel tiempo de un reinado. Dando por supuesto que la sucesión de descendientes, porque pertenecían al linaje del monarca precedente, era ya el otro mecanismo previsto para la renovación constitucional y pacífica del poder, si la primera celebración sed se retrasaba al trigésimo aniversario de un reinado, a la naturaleza, con su comprobada liberalidad, le era concedida amplia capacidad para que cumpliera con tan alto cometido espontáneamente, y así ordenar la sucesión, y por tanto permitir la estabilidad que por su condición la fórmula monárquica necesitaba. Solo en el caso de que se mostrara remisa a reemplazar a un rey por otro, el pertinaz faraón reinante tendría que ser revitalizado recurriendo a la ley de los actos mágicos.

     Tanta era la honra a la que un faraón se hacía acreedor, habiendo sido capaz de mantenerse sin interrupción al frente del reino unificado durante treinta años, que solo un reconocimiento de su sobrehumana aptitud era poco. De ahí que para celebrar las siguientes conmemoraciones, una segunda y hasta una tercera, al parecer  se ganaban méritos sobrados con la celebración de la primera. Se puede demostrar que las sucesivas fiestas sed de un mismo reinado tenían lugar a intervalos más cortos, cuando la oportunidad se presentaba, a elección del superviviente, ya tan cargado de años como de razones para festejar que aún estaba vivo y sentirse urgido por la necesidad de revitalizarse.

     Sorprende sin embargo que por la reiteración fuera alcanzada la aceptación de un hecho tan extraordinario. A los egipcios, aunque antiguos, no les estaba negada la capacidad de razonar, y por muy ritualizada que estuviera la envoltura de la revitalización nadie podría aceptarla seriamente como un hecho veraz. Es posible que la responsabilidad de la alegoría fuera propiamente institucional, porque el papel que le había reservado la constitución de la Monarquía antigua era más delicado.

     Los ritos y liturgias antiguos, así como las teologías y las religiones, que generaban iglesias, comunidades públicas o políticas, cargaban con el mismo deber regulador que los parlamentos. Precedentemente, ha sido fácil colegir, del sentido dado a la fiesta sed, así como del hecho de que se trate de una celebración jubilar, que esta conmemoración debió ser una ventajosa sustitución ritual, y muy civilizada, de la primitiva fórmula constitucional que el lector de estas páginas virtuales ya conoce, la que reguló la sucesión de los reyes productores de lluvias fundándose en la desaparición física del rey, sucedida su pérdida de las virtudes en las que fundaba su extraordinario poder. Como la fiesta sed estuvo destinada a la renovación de los poderes del monarca reinante, buena parte de los egiptólogos, capaces para el análisis más riguroso de las pocas informaciones disponibles, en su origen descubren la persistencia de la constitución política que hubo de sufrir el dador de lluvias. La conmemoración ideada cuando se instituía la Monarquía unitaria sería solo una traslación litúrgica del anterior regicidio ritual. Solo gracias a que la liturgia la hizo incruenta, se habría sido civilizado, excelente justificación del jubileo y de las teorías de la revitalización.

     También en opinión de sus más expertos analistas, otra meta que los promotores de aquellos actos simbólicos deseaban alcanzar, aun cuando tuvieran cuidado en no declararlo, fue que la Monarquía quedara realzada en el sentido político, que no era distinto al religioso. Basta sin embargo con reconocerle méritos como mecanismo constitucional para la renovación de la solución política llamada Monarquía, orden sin embargo por naturaleza efímero, precedente a la infinita República. Porque así como la Monarquía está ligada a una persona, cuya existencia debe tener fin, República es toda la comunidad, universo absoluto del orden político. Si la comunidad se extinguiera, no solo sería absurdo mantener las instituciones, sino que ni siquiera podrían existir, puesto que no habría vida que las sostuviera.

     La fiesta sed sería la primera responsable de la solidez del poder personificado triunfante, un ingrediente constitucional que era necesario para su existencia y para que en lo sucesivo sobreviviera. Indudablemente su contribución al magno fraude que culminó en la Monarquía sería mucho mayor que el de las listas. Se dispone de datos suficientes como para afirmar que los ritos que en ella fueron reunidos con el tiempo serían modificados, y probablemente el sentido que sus promotores pretendían que los gobernados dieran a esta manifestación pública iría evolucionando; y hasta es posible que fuera alterado, por este procedimiento, su efecto constitucional. Pero que en lo fundamental se mantuvo como el original responsable de la renovación civilizada de sus poderes. La intriga que persiste, incluso a pesar de las más brillantes elaboraciones teóricas, es la de sus contenidos rituales, cómo representaba la revitalización del faraón para que fuera posible aceptar tan inverosímil hecho y, lo que resulta más sorprende aún, que por esta causa se pudieran perpetuar los poderes exclusivos del faraón.

 

El famoso complejo de Saqqarah, dominado por la pirámide escalonada, en cuyo interior el cuerpo exánime y eviscerado del faraón debía yacer, fue levantado durante el segundo cuarto del tercer milenio, en plena tercera dinastía. Habiendo atrapado el discurso de la fama el fúnebre edificio, ha pasado casi desapercibida un área descubierta al sur, inmediata a ese lado del monstruo mortal. Las pruebas que ha proporcionado la arqueología demuestran que los arquitectos la reservaron para un inmenso y desolado patio con planta de rectángulo, de poco más de cien metros por casi doscientos, anexa al cual, por su lado este, edificaron una serie de frágiles mamposterías, tal las membranas con las que la naturaleza concedió volar a las mariposas.

     En el patio, la moderación constructiva solo se permitió una plataforma y dos parejas de unas extrañas marcas. Aquella fue levantada en el extremo septentrional de la gran superficie, inmediatamente al pie de la pirámide, como una pequeña meseta cuadrangular, de algo más de cinco metros de lado, a la que se subía por un par de gradas de piedra. Las marcas, que formaban parejas, eran unas pequeñas elevaciones, también construidas con piedra, cada una con la característica forma que los especialistas en su momento certeramente evocaron diciendo que parecían una enorme pezuña de caballo. Ordenadas todas las obras del patio sobre su eje longitudinal, cada pareja de grandes pezuñas quedó centrada en una mitad, una ante la plataforma, a cierta distancia de ella, y la otra, separada de la primera por una distancia similar a la anterior, al otro lado, el más alejado de la pirámide.

     Las obras más visibles fueron concentradas en el lado este. Formaban una batería a lo largo de un estrecho patio secundario, delimitado por un muro que lo separaba del espacio mayor en toda su longitud. Eran obras modestas, de planta y alzado rectangulares, aunque de construcción sólida. De ellas destacaban dos grandes pabellones y otros tres más pequeños. Pero todos eran idénticamente ficticios, solo simbólicos, de ningún modo útiles a celebración alguna o para ser usados como dependencia en la que alojar una imagen determinada o cualquier otra pieza de un mobiliario ritual. Al exterior, sus detalles decorativos y la forma de su cubierta recreaban en mampostería, a escala pero en tres dimensiones, como si los elementos de una gran maqueta fueran, los llamados santuarios temporales, también conocidos como santuarios de campaña, edificios sagrados, originalmente construidos de madera y estera; una arquitectura perecedera, habitual entre los egipcios, a su vez origen del depósito reservado a la guarda y transporte de la imagen divina itinerante, obligada compañía de todas las empresas que aspiraban al éxito.

     Se ha deducido, además, sobre pruebas sólidas, que en uno de los extremos de este patio secundario también hubo otra plataforma o meseta cuadrada, asimismo con dos tramos de escaleras, para que en ella fuera colocado un doble sitial o trono. Originalmente estuvo cubierta con una pequeña construcción de piedra, que sería parte de la arquitectura de un gran dosel, a abarcar toda la superficie de la plataforma destinado, así como a garantizar que el trono quedara acogido bajo su sombra.

     El uso que de toda esta obra se hiciera, y el sentido que tuviera reunirla en aquel lugar, a la fúnebre memoria destinado, han sido discutidos con la pasión que caracteriza a los egiptólogos, gente agreste y emprendedora, inmejorables conyugados si cruzan su estirpe con las descendientes de hidras, seres de rostro angelical y dientes de hiena. Los mejores conocedores de la primera civilización finalmente han deducido, con satisfactoria certeza, partiendo tanto de imágenes anteriores a la construcción de Saqqarah, talladas durante el protodinástico o el dinástico antiguo, los tiempos más remotos de la primera civilización de la alta antigüedad, como de otras posteriores, la posible función de ambos espacios, tanto del enorme patio rectangular como de las edificaciones ficticias levantadas al este de él.

     Por una de las más remotas se averigua que un patio de grandes dimensiones con escasas marcas y una plataforma con escalones era el lugar donde el faraón pasaba revista a los animales que entraban en su patrimonio gracias a una batalla, así como a los prisioneros que tras las victorias capturaba. Otra ilustra, aunque de manera menos explícita, un marco similar pero con una actividad distinta. En esta ocasión el faraón está imaginado en un gran patio corriendo o caminando, pero con seguridad dando zancadas, entre dos pares de las mismas marcas de piedra.

     De estos testimonios se puede concluir que parece probable que una parte del primitivo palacio real, ya desde el dinástico antiguo, fuera un gran patio ceremonial en el que habían construido unas marcas. El objeto de aquella arquitectura sería acoger una ceremonia a la que los arqueólogos han llamado de los grandes pasos, ideada a su vez para proclamar los derechos del faraón sobre el territorio que satisfacía su dominio, cuya duplicidad original quedaba reconocida por las parejas de marcas.

     Se da la afortunada circunstancia, poco frecuente cuando se insiste en explotar los documentos más remotos, que el tema del faraón moviéndose entre marcas también está representado en el propio complejo de Saqqarah. Aquí es Zoser, predestinado a la tumba de escalones de pesadilla, quien corre o camina dando pasos muy amplios entre los dos pares de marcas, dibujados con la característica forma de pezuña de caballo. La feliz coincidencia de esta imagen con un par de jeroglíficos, que aparecen tras el protagonista, los empleados para escribir la palabra egipcia mdnbw, que significa límites, permite aseverar su sentido. Las marcas con forma de pezuña de caballo indicarían límites territoriales, hitos en un lenguaje más frecuente.

     Concuerda esta aclaración con referencias posteriores a estas mismas representaciones públicas, que al tiempo que corroboran el sentido deducido para aquellas marcas, permiten saber que aquel patio ceremonial, solo por tales pares de hitos interrumpido, era llamado el campo, y que al rito de los trancos entre las marcas con forma de pezuña de caballo, que desde tiempo atrás en él era representado, se le llamaba abarcar el campo o presentar el campo.

     Por tanto, así de los precedentes como de los documentos propios se puede colegir con certeza que el gran patio del complejo de Saqqarah, al sur de la pirámide, el que ha sido llamado la plaza eterna de la exhibición real, fue habilitado para que hubiera, junto al lugar del entierro del monarca, un área donde pudiera ser representado el acto ritual que por último ha sido conocido como ceremonia de la reivindicación de los derechos sobre el campo o ceremonia de abarcar el campo tal como hasta entonces era conocida. Sin duda, también aquí, en Saqqarah, el faraón caminó a zancadas entre dos pares de montículos para celebrar que era señor de un extenso territorio.

     También en la primera documentación gráfica que informa sobre aquellos espacios, el rey, vestido con ropas que lo distinguen, aparece sentado en un trono doble que ha sido instalado sobre una plataforma y está cubierto con un dosel. Y en una de las instantáneas del protrodinástico en las que está imaginado en un gran patio, corriendo o caminando dando zancadas entre dos pares de marcas de piedra, asimismo el rey aparece sentado en un trono doble, colocado sobre una plataforma con gradas y a  cubierto de un dosel. El par de asientos suele estar grabado en posiciones opuestas, dándose la espalda uno a otro, una manera de presentarlos que sin duda es un procedimiento convencional de expresión. La crítica lo admite como el recurso habitual de la obra gráfica egipcia que se propone explicar que ambos tronos representan dos mundos distintos e independientes, e incluso opuestos. El trono doble sería otra manera de simbolizar la duplicidad original del territorio dominado por el faraón. De todo esto se puede deducir que también, como parte del primitivo palacio real del dinástico antiguo, donde estuviera el gran patio ceremonial en el que habían construido las reiteradas marcas, en uno de sus extremos levantarían una plataforma para emplazar sobre ella el trono real, al que daría sombra un pabellón de característica forma, para que sirviera como estrado en las grandes ocasiones, como la recepción del tributo o la ceremonia en la que el monarca caminaba dando pasos largos entre marcas rituales.

     Los antecedentes sobre los edificios construidos al este del área sur del complejo de Saqqarah también ayudan a deducir determinadas certezas. Los primitivos testimonios gráficos que se han mencionado tienen, como fondo sobre el que desarrollar los actos de la ceremonia de abarcar el campo, una fila de santuarios, cuando menos dos, idénticos entre sí. El dibujo que los refleja no permite dudar sobre su modelo, que habría sido el santuario de campaña que más arriba se ha descrito.

     Así como los dos tronos indicarían que el faraón lo era del alto y del bajo Egipto, una referencia ya materializada en las dos marcas del patio, los santuarios esquematizados serían otra reiteración simbólica de la misma dualidad original del poder del faraón. Para las construcciones fuente de los dibujos habría dos estilos, uno propio del bajo Egipto y otro del alto, y cada uno de los edificios representaría las respectivas provincias. Su construcción como santuarios temporales, junto al doble trono del monarca, sería una prueba del homenaje que los territorios bajo su poder le rendían.

     La verificación del significado que debe reconocerse a la presencia de los santuarios de campaña en aquella ceremonia de nuevo la proporcionan escenas posteriores y muy explícitas, tanto que el sentido que tenían en el complejo arquitectónico construido alrededor de la pirámide escalonada puede quedar definitivamente aclarado por otra escena contemporánea. En una estela, Zoser, visitante de los santuarios del mismo patio que es el objeto de nuestra atención, hace un alto ante uno de ellos, el que es identificado como el de Horus de Behdet.

     Las arquitecturas que al este del gran patio de Saqqarah imitaban los santuarios también eran representativas de las provincias. Las dos edificaciones de mayor tamaño simbolizarían respectivamente los reinos del sur y del norte, o mínima arquitectura a la vez suficiente para indicar la totalidad del mundo egipcio por medio de una abstracción, mientras que los tres edificios más pequeños podrían ser alusiones a la totalidad de los santuarios de los dioses de los nomos, espacios originales de la monarquía egipcia. En cuanto al otro elemento arquitectónico del patio menor, es difícil no concluir que era la versión en piedra del estrado para el trono doble que era cubierto con un pabellón característico.

 

El examen de la arqueología de Saqqarah, a la luz de los primeros datos sobre la fiesta sed, permite afirmar que la parte meridional de la magna obra fue construida para que en ella Zoser dispusiera de un marco conveniente para las fiestas sed que hubiera de celebrar, fuera mayor o menor la duración de su reinado. El espacio reservado en Saqqarah, un lugar donde amenazaba la muerte, fue pensado para aquella fiesta, que momentáneamente la alejaba. Allí donde finalmente yacería, el faraón Zoser podría celebrar que aún estaba vivo, excelente oportunidad para hacer zapatetas ante la funesta mole que recordaría su inevitable destino.

     Es fácil explicar por qué sería escogido un lugar, acotado como espacio funerario, para dar un sitio a la celebración de la fiesta sed. La síntesis de sus actos simbólicos, donde tenía cobijo la más triste solución a los problemas derivados de la muerte, problemas sobre todo políticos en el caso de la persona del faraón, finalmente resueltos con su elaboración como tránsito, allí parecería prudente, porque la renovación de la vida que el jubileo deseaba representar, o renovación del gobierno en el exacto sentido constitucional de la celebración, debía contar con el previo recuerdo de que la particular reencarnación venía a ser una necesidad, si es que parecía práctico asegurar su dominio único para todas las tierras egipcias.

     Dar así una respuesta al sentido que tendría como parte de aquel complejo la obra anexa crea buenas bases para resolver de manera satisfactoria las dudas más arriba expresadas sobre la veracidad de los contenidos de esta celebración, así como sobre la solidez de su trascendencia constitucional. Están contenidas en la arquitectura del patio principal, para que en él fuera celebrada la ceremonia de reivindicación del campo, pero sobre todo en la levantada en el anexo, donde fueron construidos los escuetos santuarios simbólicos.

     El recorrido del faraón entre los santuarios representativos de los nomos, acto principal de la fiesta una vez meditado su significado, sería un rito de retorno de la supremacía sobre el espacio a sus legítimos dueños, los dominios provinciales representados por sus dioses y estos por sus santuarios. Así debía reconocerlo el faraón y de este modo lo aprobaba por prudente cortesía, siendo que así su autoridad superior de ningún modo resultaba deteriorada.

     Reconocido el origen de su dominio sobre el territorio, la ceremonia de reivindicar los derechos sobre el campo, en origen independiente, y que con toda probabilidad, en los primeros tiempos de la monarquía egipcia, tenía lugar con cierta asiduidad, siempre dirigida a declarar el dominio del faraón sobre todo el valle del Nilo, pareció conveniente que quedara absorbida por la más elaborada pompa de la preeminente fiesta sed porque así se haría evidente la restauración del poder del faraón sobre el alto y el bajo Egipto. Con la gran plaza ante la pirámide escalonada se le proporcionaba al faraón el marco necesario para mostrar su grandeza durante la ceremonia de su revitalización.

     La reencarnación consistiría en devolver ritualmente el poder a sus legítimos dueños, para de ellos poder recibirlo de nuevo, por tanto renovado. Morir sería acudir a los santuarios de los nomos y renacer sería recorrer el campo y, finalmente, sobre el estrado, sentado en el sitial doble, de ellos recibir el reconocimiento, a través de sus representaciones, como a él llegaban los trofeos de las victorias en la guerra o los tributos de los súbditos.

     A partir de estas decisiones cargadas de simbolismo, la imitación de los edificios del lado este de Saqqarah se convertiría en parte obligada del decorado regular de la fiesta sed clásica; como obligado sería levantar marcas separadas en espacio abierto, para que el faraón corriera de unas a otras, o disponer de un estrado con el doble trono, los dos asientos uno al lado del otro durante la celebración viva, cubierto por un dosel especial.

     Solo quedar especular sobre el cerebro de tan perfilada síntesis alegórica de la renovación del poder.

     El área sur del complejo de Saqqarah fue levantada por el responsable de toda la obra, el renombrado arquitecto Imhotep, sabio calculador de las formas adecuadas para que la arquitectura expresara lo que convenía a la Monarquía faraónica. Siendo cierto que la arquitectura del área sur fue inventada como escenario para la celebración de la fiesta sed por Imhotep, tienta la idea de atribuirle todo aquel trabajo de eficaz asimilación de significados de trascendencia constitucional en un adecuado marco arquitectónico. De su análisis hemos deducido las pruebas más sólidas de los hechos probables, lo que demostraría la temprana plenitud de la liturgia de aquella excepcional celebración. Con aquella parte de su magna obra el arquitecto habría cumplido, aparte la visible, otra obligación, ser un político previsor.

     La palabra arquitecto, que en esta lengua ha retenido uno de los más altos y nobles designios de la humanidad, el que al hombre obliga a sobreponerse a la naturaleza que su origen le impuso mejorándola, semeja un mecano. Por esta causa el lector contemporáneo de los textos que en castellano son escritos puede incurrir en el error de pensar que un arquitecto solo un artefacto vivo es. Ya sean formidables seres barbados, vigorosos hirsutos por su hormonas desbordados, ya frágiles criaturas, apenas metro y medio de anatomía de vidrio, en el origen de cualquiera de ellos está su alta responsabilidad política, puesto que a dioses se equiparan.

     Capital en la definición estable de aquella fiesta fue la elaboración de un acto cargado de sentido alegórico. Si la fiesta sed debía contener una liturgia envolvente de un acto mágico de orden superior, llegar a la abstracción política por medio de la ejecución de un símbolo arquitectónico podría pudo resultar la más convincente demostración material de que por la alegoría se podía llegar a un lugar cierto, sin necesidad de recurrir a pases ni extravagancias. La confianza en que la forma de la conmemoración fue, ya entonces, la clásica, así como la certeza de que aquel acto empezó entonces a celebrarse, está fundada en un sólido indicio arqueológico, el famoso complejo de Saqqarah.

     Hasta aquí, en la medida en que han podido ser restituidas a su estado primitivo, las justificaciones de las formas que recogieron aquella ingeniosa representación de los principios de la Monarquía, parte pretérita de la historia política.


Orígenes de la República II

Gastón Barea

 

A Melqart sus devotos también lo llamaron fuego del cielo. De esta manera fijaron la perpetua metamorfosis que en cada lengua debe garantizar la creencia en el poder sobrehumano que al ser que por la palabra existe debe serle reconocido. Así lo llamaron para asimilar a su origen un dios solar y agrícola, protector de los campos, que moría y resucitaba cada año, según los ciclos naturales. De su condición de dios agrícola derivaría que a continuación lo invocaran como dios de la fertilidad. Si Melqart era el origen de los frutos que proporcionaban los campos, los demás bienes naturales también podrían tener en él su principio, especialmente el más apreciado, el humano, el que los hombres imaginan cuando hablan de la fertilidad. Así vendría a ser fuente y base de la vida.

     La primera de las fiestas que a Melqart le fuera ofrecida celebraba este significado. También fue Hiram I, el rey de Tiro, su promotor, para que cada año, como reconocimiento al nombre del que era valedor, fuera conmemorada. Al menos a él distinguen las fuentes con el honor de haber sido el primero en celebrarla, iniciativa que equivale a la responsabilidad de su establecimiento. Con el tiempo, ha sido conocida con el nombre de egersis, y por ella sus devotos se regocijaban cada ciclo de las estaciones con la resurrección o despertar del dios. Tenía lugar a la llegada de cada primavera, durante el mes que en nuestro calendario oscilaría entre los de febrero y marzo; algunos añaden que coincidiendo con el final de las lluvias, observación que no concuerda con las fechas porque estas son anteriores o corresponden a una estación húmeda en el Mediterráneo. Por su posición en el calendario, así como por el significado inicial que le puede ser atribuido, la fiesta de la egersis sería muy semejante a las que en otros lugares del Asia próxima eran dedicadas a divinidades que morían y resucitaban. Los días elegidos pretendían destacar de Melqart su atributo solar, pero sobre todo el agrario, poderes ambos que inevitablemente confluían en aquellas antiguas y eclécticas divinidades.   

     No hay seguridad sobre todos los ritos con los que la liturgia de la egersis era organizada, pero algunos los hemos recibido con certeza satisfactoria. Además de en Tiro, la egersis de Melqart sin duda también fue celebrada en Cádiz, única segunda versión conocida de la fiesta.

     Sobre la forma de la celebración gaditana los testimonios que hasta nuestro tiempo han alcanzado son más parcos, equívocos y oscuros que los referidos a Tiro. Pausanías, sirviéndose de recursos poéticos, quizás forzados por el defecto de sus fuentes, se limita a mencionar la muerte y resurrección de Melqart en Cádiz; alusión indudable, aunque indefinida, a la egersis de nuestro dios. Además, por sus menciones, se puede pensar que el lugar para los actos que la hacían realidad, en sus tiempos, probablemente fuera el templo que a esta divinidad la ciudad tenía dedicado.

     Es posible que el relato más completo de la liturgia de la versión gaditana, aunque tardío, esté contenido en la historia marinera que contaba un Cleón de Magnesia. En Cádiz, pudo ver que echado en la playa había un gigantesco hombre marino, tan grande que ocupaba cinco yugadas, dimensión inverosímil. El monstruoso simulacro ardía a consecuencia de que el rayo que contra él Hércules había lanzado había conseguido alcanzarlo.

     Algunos han interpretado que la monstruosa imagen que Cleón vio pudo estar  inspirada en otra cuyo exacto perfil puede rastrearse por medios numismáticos. En unas conocidas acuñaciones de Tiro, un gran dios de la ciudad aparece cabalgando sobre un fantástico hipocampo o corcel marino. De ser cierta esta interpretación, habría que admitir que la persona del dios fue desdoblada para el relato de Cleón, algo al alcance de cualquier ser sobrenatural. En cierto momento de la celebración se le concebiría, aunque invisible, real y externo a su propia imagen, y sería desde este lugar exterior desde donde lanzaría el rayo que a él mismo en efigie destruyera junto con su corcel.

     Pero también pudo ser una criatura híbrida la que viera Cleón, mitad humana y mitad monstruosa encarnación de las febriles fantasías que los peligros de la navegación hace nacer en los cavilosos marineros, por la lengua común llamadas coñas, propiamente coñas marineras. Sorprende más que parte alguna de su relato que diga que la imagen que tendida sobre la playa viera era de hombre marino. Que la tradición haya conservado un epíteto sorprendente -¿por qué no marinero, o marino simplemente?- es prueba a un tiempo de la contaminación del relato en este punto y de que aquí, en un estado anterior del texto recibido, más próximo al original, probablemente era empleada una voz que nuestro comunicante, o alguna de las fuentes de las que se sirve, no habría interpretado rectamente, bien por desconocimiento de su lengua de origen bien por ser voz fruto del ingenio del autor primitivo, bien por cualquier otra causa. Un transmisor delicado del texto, que también puede ser nuestro comunicante, en el momento decisivo para nosotros tuvo el acierto de colocar en este lugar una rudeza que llamara la atención sobre lo que oculto del todo corría el peligro de quedar. Puede ser acertado entonces que imaginemos que bajo la expresión hombre marino se esconde la imagen de una criatura solo imaginaria. Seres fantásticos híbridos de animal y hombre son frecuente encarnación de la calidad extraordinaria, y hasta divina, de los símbolos que en el próximo oriente fueron usados para presentar ideas religiosas.

     Las afinidades entre esta visión y lo que es conocido de la egersis de Tiro son las que llevan a pensar que en cuanto contaba Cleón sobrevivían los restos de la antigua conmemoración de la vuelta a la vida de Melqart, no obstante inevitables transformaciones, consecuencia de otras influencias, reorganización de los símbolos por obra de una nueva reflexión teológica o simplemente por obra del deseo incontenible de innovar agradando. Que el dios al que los hombres de Cádiz dedicaban la fiesta de la resurrección para la inmortalidad sea llamado Hércules, o que su tamaño sea gigantesco hasta la monstruosidad, son elementos del relato que demuestran los cambios que hubo de conocer la fiesta con el paso del tiempo. Si lo primero indica que sin duda la versión del texto que hemos podido rescatar es romana, el tamaño de la imagen nos lleva con más precisión al bajo imperio.

     En la versión tiria clásica, el rito de la fiesta tendría como objetivo primordial representar de manera alegórica todo el año, si bien entendido con la forma de ciclo agrícola. El acto principal era la cremación de la divinidad. En el momento cumbre de la celebración una efigie de Melqart era puesta probablemente sobre una pira, y luego prendida hasta que el fuego lo consumía todo. Era la inmolación, la necesaria muerte previa a la adquisición de cualquier poder. Aceptada como redentora de la vida, que con la agricultura era identificada, la imagen moría en el fuego, símbolo del verano, año tras año.

     No fue fortuita la elección del fuego como medio de extinción de la materia viva. Al fuego le eran reconocidas propiedades extraordinarias. A un cuerpo que fuera devorado por las llamas le abría la puerta a la resurrección. La capacidad vivificadora de la cremación era una creencia cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta la primitiva cultura de Ugarit, algunos de cuyos mitos ya hacen referencia a ella. En el caso de la resurrección de Melqart, la vía de aquel maravilloso efecto era el olfato. Melqart resucitaba al olor del humo que se desprendía del fuego.

     Sin embargo, lo más extraordinario era que, como si en una suerte de poderosa forja el cuerpo hubiese sido de nuevo fundido y templado, tras ser consumido por las llamas renacía con una condición exclusivamente divina, la inmortalidad. Más allá de la explicación sensible de la creencia, el detalle narrativo ejecutó una sintética alegoría capaz para contener el mito completo. Gracias a aquella cadena de sucesos, podía ser literalmente exacto y adecuado que Melqart fuera llamado fuego del cielo, alusión al sol que consumaba una acertada y precisa descripción del rito de la egersis en el momento insuperable, cuando la condición divina era alcanzada.

     La celebración de la fiesta continuaría con el entierro de los restos de la efigie calcinada, no obstante que el efecto prodigioso ya hubiera tenido lugar. La correcta ordenación litúrgica, que debía dirigirse al claro entendimiento de la creencia, tendría que consumar la representación de ese tránsito. Solo después del piadoso acto del entierro podría sobrevenir la epifanía del dios y su gloriosa vuelta a la vida.

     En la representación de toda aquella calculada teología, el rey de Tiro habría tenido buen cuidado de reservarse un papel protagonista en el momento sustantivo de los actos, que no ha sido con precisión situado en la secuencia litúrgica, pero que es probable que siguiera a la alegoría de la revitalización. Un matrimonio simbólico debía representarse, el de la pareja divina que Melqart y Astarté formaban. El sentido que pretendía tener aquella unión conyugal sería prodigar, desde la dominante condición divina, la fecundidad entre los mortales, un beneficio que cabía esperar del culto a una divinidad agrícola y una parte de la celebración que puede ser identificada como una versión de la habitual hierogamia de las religiones del oriente próximo.

     La pareja divina tenía que estar dignamente personificada a los ojos de los asistentes. El rey encarnaba a la divinidad masculina, la figura principal de la celebración, y Astarté sería bien una sacerdotisa bien la reina. Así, por su condición real, la pareja presente figuraba con ventaja sobre cualesquiera otros actores la alta condición divina, puesto que nadie podría competir en altura con ella.

     Para completar el conocimiento de la egersis tiria con un juicio, no es inoportuno considerar el beneficio que de esta manera de aparentar las cosas ante los súbditos deduciría la Monarquía de los fenicios. El rito del matrimonio divino sería, para los promotores de la fiesta, el que le daría todo su sentido político, y explicaría a plena satisfacción que hubiera sido Hiram I su creador. Con la descripción por medio de símbolos, de la muerte primero y de la resurrección después, que por ser obra del fuego equivalía a la adquisición de la propiedad divina, el reino ingeniaba fundamento para la Monarquía, y hasta podría justificar, si fuera necesario, el principio dinástico. Como simple celebración litúrgica, la invención  nada garantizaba, pero sí podía cobijar a la más alta magistratura que la fiesta fuera instituida, para lo que el rey era poder bastante.

     Contradiría estos planes que la fuente ritual elegida por el rey de Tiro, con el fin de inspirarse sobre las formas que debía dar a su fiesta anual, fuera de origen agrario. Siendo Tiro una ciudad comercial bien establecida, con esa finalidad creada y dirigida a ese destino, población marítima sin remisión, ¿qué tenían que representar allí los ritos agrarios? Pudiera ser que, así como los advenedizos, por carecer de orígenes equiparables en vínculos a proezas a los que, con fundamento, pueden presentarse como herederos de un dilatado patrimonio de linaje acendrado y sostenido con dignidad, son de una radicalidad en la ortodoxia adquirida excesiva y en ocasiones hasta temibles, los nuevos reyes de aquel centro comercial decidieran legitimar con la condición aristocrática la forma de gobierno elegida, aunque fuera monárquica, indicando un vínculo con la divinidad que se remontara a tiempos y poblaciones que por distantes y desconocidas podría resultar en apariencia, como extrahumanas para aquel mundo, superiores, y por inalcanzables bastantemente fundadas.

     Tampoco nada en el caso de Cádiz obliga a indagar fundamentos ni justificación, siendo también la ciudad que vigilaba la salida al Atlántico un centro obligadamente marítimo y comercial. Basta con recordar que Cádiz debía sus orígenes a Tiro para que cualquier explanación para persuadir sea innecesaria y toda responsabilidad sobre la metrópoli quede descargada.

     De esta manera queda al descubierto que la parte más antigua de Melqart estaría inspirada en algún precedente original de alguna religión vecina, de ella tomado y de allí importado a Tiro para la celebrada ocasión fundacional de la Monarquía del siglo décimo. Es muy probable que ente los fenicios su recepción se hubiera iniciado en las tierras libanesas de la vecina Biblos, donde la diosa epónima de la ciudad era objeto de cultos similares.

     Dos detalles más son apreciados como elementos que eran parte de aquella celebración. Durante la fiesta eran cantados himnos y de ella los extranjeros excluidos, hasta el punto que mientras duraba debían ausentarse de la ciudad o, si así no le decidían, correr el riesgo de una expulsión airada.

     El canto siempre ha sido un medio para  crear una comunidad, la asociación de los hombres que, como fundamento, cualquier forma urbana de gobierno necesita para estar justificada. La exclusión de los extranjeros de la ciudad sería la forma por la cual el grupo que por el canto, entre otros medios, era creado, se cerraba inicialmente como grupo nacional. Dice Cleón de Magnesia, refiriéndose a Cádiz, que cierto día, cuando se aproximaba a la ciudad con la intención de visitarla, fue obligado a navegar alejado de la isla donde los naturales residían. Así debía hacerlo porque tenía que obedecer un mandato que de Hércules mismo había emanado. Es justo en la exclusión de los forasteros en lo que las dos celebraciones conocidas más se aproximan, una circunstancia que sin embargo nunca podría admitirse como fundamento seguro de identidad si fuera única coincidencia. Son tantas y tan variadas las formas del hermetismo societario en las religiones antiguas que solo esta similitud obligaría a examinar decenas de prácticas sin más rasgos, sin más fundamento, que puedan aproximarlas a la egersis. Equivaldría a intentar fundar con argumentos razonables vínculos entre hombres tomando como criterio de afinidad que el iris de sus ojos fuera negro.

    

Gracias al análisis precedente de las dos versiones de la egersis, se ha formado además una opinión a favor de la práctica de una versión más antigua de la fiesta, en la que el objeto de la inmolación sería un ser humano. La transferencia del rito con el que era adorado el dios Melqart a seres humanos  simbolizaría la resurrección y el alcance de la inmortalidad a la que estos podrían aspirar por medio del sacrificio. Quienes así observan los antecedentes relacionan esta posibilidad con la alusión al sacrificio humano que puede leerse en el Pro Balbo de Cicerón, la única conocida a esta forma de oblación que pudiera practicarse en Cádiz durante la antigüedad, con la que el jurista romano celebra el recto juicio de César, civilizado juez que tuvo a bien prohibirlo definitivamente. La certeza de que aquellos sacrificios tuvieron un lugar en Cádiz, incluso hasta el siglo primero antes de nuestra era, de las afirmaciones de Cicerón debe ser deducida. Pudo tratarse de un acto recuperado cada año para aquella celebración.

     También contribuye a que esta idea sea alentada otra opinión, esta generalmente tomada en cuenta por la interpretación contemporánea. Fuera o no la primitiva egersis de Melqart el motivo del bárbaro ritual que el Pro Balbo alude, de ningún modo este parece que fuera un sacrificio infantil, aunque sí parece que pudo tratarse de un rito central, que compartía la versión gaditana de esta conmemoración anual con la que en Tiro era celebrada, y que por tanto esta última sería la responsable de que en ambos lugares al principio las cosas así de bárbaras fueran.

     Probablemente no sea posible encontrar mejor conexión entre las creencias religiosas que a Melqart sometían y el sacrificio de niños que posteriormente fue explicado con el mito de El. Inmolar a la descendencia en el fuego sería identificarla con este dios. Sorprendentemente, por lo que al origen de la República se refiere, de aquí derivaría la parte crítica de las invenciones de Melqart.


Anales asirios

Recopilador

Buena parte de la información disponible sobre las iniciativas de los reyes asirios procede de sus renombrados anales, uno de los momentos de la formación de la historiografía de más valor. La reconstrucción de los orígenes de tales textos alecciona hasta tal punto sobre los principios que alientan la creación de esta literatura que puede estar justificada su breve evocación, más aún si deseamos decidir sobre el valor de las informaciones de nuestro interés que proporcionan.

     Se reconocen como sus antecedentes más remotos las primeras inscripciones reales asirias, todavía del siglo décimo cuarto, que no tenían otra misión que celebrar la actividad del soberano como constructor. Aquella justificación original de las inscripciones, si no prevaleció, al menos sobrevivió, hasta el punto que hasta el final del reino de Asiria casi todas las inscripciones siguieron conmemorando al menos una obra de promoción real. Así fue como la iniciativa edilicia quedó autorizada como la razón de ser del texto epigráfico.

     A partir de Adadnirari I, quien reinó entre 1305 y 1274, las inscripciones también habían comenzado a mencionar otra parte relevante de las actividades del soberano, sus campañas militares, bien que asociándolas a aquella función principal de los textos. Desde entonces, tras presentarse, y antes de hacer referencia a sus trabajos, los reyes acostumbraron a relatar sus victorias en primera persona. Los que ya se conocen como anales de Tiglatpileser I, que mantuvo el gobierno asirio entre 1114 y 1076, son un excelente ejemplo, tanto del estado entonces alcanzado por la precedente manera de proceder como del primer vínculo entre las inscripciones y los posteriores textos narrativos. En lo fundamental se sigue tratando de documentos de fundación, idénticos a los que sus predecesores redactaban, y que como ellos hacía depositar en los monumentos que construía o restauraba. A la vez, son los primeros dignos de conocerse con el nombre de anales porque, al suministrar los primeros textos en los que el monarca se extiende en la descripción de sus victorias, hacen el relato de sus numerosas campañas en orden cronológico.

     Dos siglos después, durante el reinado de Asurnasirpal II, entre 883 y 859, las inscripciones reales se habían ramificado en un buen número de modalidades. Una parte era escrita sobre las piedras con las que eran construidos los palacios, a cuya decoración en adelante contribuirían. Se adaptaron a cualquier clase de transformación del material. Unas serían grabadas directamente en los muros y otras figurarían en las estelas que decoraran la gran residencia. También toros monumentales o bajorrelieves sirvieron como soportes circunstanciales de los epígrafes. Incluso en las losas de sus pavimentos, algunas de ellas también esculpidas, se impuso la costumbre de grabar textos. Pero la mayor parte de los relatos del tiempo de Asurnasirpal II fueron escritos sobre arcilla, algunos en tablillas, la mayoría en cilindros y prismas, grupo este dentro del que están casi todos los que hay que llamar propiamente anales. Es muy probable que a partir de entonces valiera parte de su fortuna a la vigorosa tradición surgida de este género el tratamiento que recibieron cilindros y prismas de arcilla fina. Inscritos con cuidado extremo, fueron endurecidos mediante una cocción que les confería una mayor resistencia al paso del tiempo.

     La historiografía que sostenían solo se ocupaba de los acontecimientos recientes. Excepcionalmente, también a partir de entonces, el asunto de las inscripciones se renovó recurriendo a relatos recibidos. Las campañas del remoto Sargón, así como las de sus inmediatos sucesores, fueron relatadas en un gran número de inscripciones, muchas de las cuales nos han llegado. Desde entonces alimentaron parcialmente la analística. Relatos con estos temas se encuentran entre las más atractivas creaciones de los escribas reales de entonces, tan hermosos que algunos fueron conservados para que sirvieran de modelo a los futuros escribas. 

     Más adelante, en tiempos de Senaquerib, que reinó entre 704 y 681, el género de los anales se puede considerar ya tan definitivamente consolidado que se ha convertido en el género literario más común. A su éxito va asociada, como principal característica, cuando se trata de un texto de esta modalidad, aunque sigue estando destinado a depósitos de fundación -como es natural en la casi totalidad de los anales asirios-, que la referencia a la construcción queda relegada al final de los textos, lo que, si no es una novedad, se convierte en una reiterada norma.

     Senaquerib promovió grandes trabajos en Nínive, y excusado es decir que lo haría por razones distintas a las literarias, aunque por la abundancia de sus conmemoraciones el lector puede incurrir en la infundada sospecha de que lo hacía aconsejado por el deseo de crear oportunidades para celebrar cada una de sus acciones. No puede caber duda de que era la construcción, y no la guerra, lo que motivaba la redacción de sus inscripciones. A la conmemoración de construcciones diferentes hubo de ser asociado el relato de una misma campaña, puesto que no serían tantas las acciones bélicas como las construcciones públicas. Por su parte, los textos escritos sobre piedra, que se siguieron haciendo, y que debían ser visibles, daban una versión abreviada de los mismos acontecimientos. La crítica no encuentra razón aparente que explique que el texto de las hazañas del rey presentado a sus contemporáneos hubiera de ser menos extenso. Los principios más elementales de la inscripción epigráfica -escritura sobre un soporte que ofrece enorme resistencia- son bastante para dar cuenta de lo que no tiene que parecer una anomalía. 

     La confluencia de los distintos tipos de expresión escrita con la incontinente actividad constructiva del monarca permitió que los anales de aquel reinado llegaran a ser numerosos, y que como consecuencia haya más de ciento cincuenta inscripciones, completas o fragmentarias, relativas a las guerras de Senaquerib. Dado que era necesario reiterar el relato de idénticas acciones, vino a ocurrir que cada campaña real fue objeto de muchas recensiones, cortas o largas, que contienen numerosas variantes, cuando no contradicciones que los propios textos no permiten resolver.

     En tiempos posteriores, las diferencias que pudieron tener su origen en la distinta función de los mismos textos, corroborada por las técnicas al servicio de sus tipos, se consolida como divergencia de los contenidos. Está demostrado que para la época de Asurbanipal, quien reinó entre 668 y 631, se convirtió en algo regular que de los mismos hechos se redactaran textos diferentes, no ya para atender a las demandas que de ellos hubiera, sino para de antemano hacer frente a las eventuales necesidades que de ellos pudiera haber. Para algunos textos inscritos en bajorrelieves es posible hacer una reconstrucción satisfactoria de la relación que pudiera haber entre todas las formas del relato que se fueron consolidando, gracias a que se han rescatado también sus versiones escritas sobre tablillas. Al parecer, los mismos departamentos de la administración que se encargaban de redactar los anales preparaban numerosos relatos breves de distinta extensión, a los cuales se recurría según aconsejaran las circunstancias, con el fin de ilustrar el mismo bajorrelieve. Anales en sentido propio convivieron con una serie de relatos breves derivada que compusieron sencillas inscripciones enunciativas, dedicatorias y escuetos epígrafes. Para la crítica no hay duda de que los textos más cortos fueron redactados a partir de los anales, porque así permiten deducirlo las lecciones similares que efectivamente entroncan en el arquetipo que el texto sobre arcilla proporciona.

     Esto redundó en la divergencia de los textos que ya en tiempos de Senaquerib había comenzado, un momento desde el que ya no hubo inconveniente en que los contenidos también variaran. Lo peculiar de la nueva fase es que lo distinto llega a ser tan natural que casi parece normativo. Un acontecimiento del reinado del mismo Asurbanipal lo ilustra con discreción y exactitud. Una de las familias de textos recibidos atribuye la decapitación del rey de Elam unas veces al dios Asur, otras al monarca y otras a un soldado. A tanto se atreven quienes se conceden la sorprendente licencia que dos versiones distintas pueden aparecer, no ya ilustrando el mismo bajorrelieve, sino en el mismo texto que lo apoya. La veracidad había quedado subordinada al relato. Según el género, la función del texto y lo que en cada circunstancia pareciera de mayor interés, se podía ofrecer tal o cual protagonista. ¿Sería que algún dogma teológico autorizaba al abuso? No hay respuesta a esta pregunta, pero hay que reconocer que también entre los asirios, desde el rey hasta el último de sus súbditos, pensaban que no eran más que los instrumentos que un dios activaba a su parecer.

    

Habiendo concluido en esta sorprendente desviación de la primera narrativa, faltan los medios para un mejor conocimiento de la naturaleza y la extensión de las fuentes de las que disponían los escribas para que fueran autorizados a proceder de este modo. Carecer de medios directos no ha impedido indagar sobre cómo funcionaban sus oficios y qué técnicas de redacción solían poner en práctica. Los datos que se han reunido, aunque no satisfagan por completo el deseo de precisar el origen de estos relatos, permiten evocar una escena que propone rasgos de provecho.

      Aunque la arqueología no ha documentado ninguno de los medios de información, solo supuestos, que a continuación se mencionan, se acepta que la base del trabajo narrativo sería el testimonio directo. Algunos escribas acompañarían al ejército y llevarían diarios en los que anotarían tanto itinerarios seguidos por las tropas como resultado de las operaciones bélicas, así como el botín conseguido, los tributos impuestos y otras felices circunstancias que de la victoria suelen provenir. Además, las oficinas de los escribas dispondrían también de cartas y de listas, a las que podrían sumar, si necesitaban esclarecer circunstancias políticas, el testimonio directo de quienes pertenecían al palacio. Posibilidad de estar bien informados no les faltaban, y a buen seguro podrían completar sus conocimientos según iban elaborando las sucesivas redacciones.

     Los testimonios directos que fueran recogidos servirían para componer un primer texto, del tipo crónica, del cual, ya con un sentido más literario, algunos pasajes serían tomados para redactar los textos primordiales, los anales. Más adelante, otras versiones podrían recurrir a las demás fuentes, y serían estas las que completarían los textos ya fijados, sin que fuera obstáculo para la derivación la posibilidad de que algún dato nuevo entrara en contradicción con lo que ya estuviera redactado. Esta manera de encadenarse la secuencia de fuentes y relatos sería origen de que no siempre la primera versión de unos hechos se pueda tener por la más acertada, al contrario de lo que a un inmediato juicio sobre la tradición gustaría; y sobre todo de que el lector posterior de la serie, en bastantes ocasiones, sea víctima de la perplejidad y la confusión que causan las contradicciones.

     Apenas sabemos por qué razones un acontecimiento era en ocasiones elegido para el relato y en otras no, y casi no es posible distinguir las versiones que lo seleccionan con intención de las que prescinden de ella, aunque sobre esto se pueda conjeturar con más fundamento. Muchos factores pudieron activarse para decidir finalmente sobre el enunciado del texto. Puede haberlos puramente accidentales, como por ejemplo que el escriba no estuviera informado sobre una parte de los hechos en el momento de redactar  o que fuera defectuosa su interpretación de las fuentes, las que ya de antemano podían ser contradictorias entre sí. También caben algunos que parecen menos inocentes, como que tomara determinada decisión literal fundado en criterios de forma, y que para originar ese efecto considerara más adecuado determinados pasajes recibidos, o que eligiera conscientemente un punto de vista crítico en relación con el hecho que estaba narrando.     

     Aun admitiendo como más probables las razones más espontáneas y menos cargadas de intención, todavía hay que reconocer que los textos divergen con tan excesiva autonomía que no es posible considerarla ajena a la voluntad. Parece prudente entonces pensar que cada versión es en realidad el reflejo de un acercamiento particular a un mismo tema y que todos eran admitidos como válidos. Resulta, por tanto, evidente que los redactores debieron disponer de libertad para fijar su texto, incluso en el caso de que estuvieran reducidos solo a la tarea de hacer copias.

     No es conveniente precipitarse en los juicios e incurrir en excesos, llevados por un entusiasmo poco justificable. Todos los anales exaltaban con la mayor naturalidad la figura del rey. En todos era el representante invencible del dios Asur y cualquiera de sus acciones venía avalada por los autores con protestas de legitimidad. Tan esquemática y reiterativa manera de proceder estaba inspirada por el ingenuo deseo de mostrar a los sucesores del monarca un acabado ejemplo de comportamiento adecuado. Además, en la forma, abundaba en comparaciones, metáforas e hipérboles que los redactores repiten con el fin de evocar la gloria de un soberano que pertenece a una estirpe. No puede caber duda sobre que la representación que de él hacían seguía unas normas y que el relato del acontecimiento histórico se plegaba a ciertas convenciones literarias y de género historiográfico.

     Los anales asirios y las inscripciones con ellos relacionados se pueden admitir como obras literarias que manipulaban los acontecimientos con diverso grado de conciencia, en ocasiones tal vez con fines políticos, en otras deseando efectos de forma, pero desde luego con un evidente margen de libertad. La idea de una versión canónica del relato probablemente fue extraña al trabajo de los escribas asirios y, sobre todo, no parece que entre sus preocupaciones estuviese dejar constancia de verdad alguna.


Beneficios de la civilización

D. Ansón

Tienen en la cafetería la desastrosa costumbre de servir en doble fila. Ocurre cuando más gente hay. Los camareros, aleccionados por el dueño, desde el momento en que un posible cliente atraviesa una de las puertas, lo siguen con la vista hasta donde se detiene, para ver si algún espacio libre en la barra queda. En ese instante, mientras recorre con su mirada la larga y quebrada línea, el camarero que tras el mostrador justo enfrente ha tomado posiciones ya ha posado el servicio para el café y le pregunta cómo lo quiere. Solo los más arrogantes rechazan el amable ofrecimiento. La cortesía obliga a responder con el pedido sin más consideraciones.

     A un Señor de Gris le ocurrió cierta mañana esto.

     Vino a quedar detenido tras una Señora de Rojo.

     Cuando tuvo su café servido, solicitó, con cuanta amabilidad su voz era capaz para representar, un poco de espacio, de manera formularia:

     –¿Me permite?

     Ignoraba el Señor de Gris que la Señora de Rojo padeciera enfermedad alguna. Pero al instante pudo deducir que debía padecer una severa lesión de oído, por más que la lesión debía afectarle a un solo oído, justo el que tenía frente a su boca el Señor de Gris, porque, sirviéndose del otro, mantenía con toda naturalidad una regular conversación con quien la acompañaba. “Es algo que le ocurre a bastante gente”, pensó el Señor de Gris.

     El Señor de Gris, a pesar de la dificultad que la proximidad de la Señora de Rojo era para él, consiguió verter el azúcar dentro del café. Pero hubo de hacer tantos equilibrios que se manchó el traje. Aun así, se lo tomó con calma. A cierta distancia, aislado, el único que permanecía en aquella ridícula posición a lo largo de toda la barra, pretendía naturalidad tomando a pequeños sorbos el espléndido café que hasta allí lo llevaba todas las mañanas. Justificó con la calidad de la infusión el insostenible estado de quienes sufren el acceso de espalda tabla de roble.

     Pero todavía le quedaba algo más por padecer. Cuando fue a devolver taza, plato y cucharilla al mostrador, todo adelantado con una sola mano entre dos espaldas, la de la Señora de Rojo y la de un Señor con Camisa Celeste, aquella hizo un movimiento brusco ante el que fuera de control reaccionó el brazo del Señor de Gris. Taza y cucharilla fueron a parar al suelo, con el efecto que se puede prever. Acudió el camarero, miró hosco al Señor de Gris y este le pidió disculpas. Aprovechó para rogarle que le cobrara, y el camarero tuvo la deferencia de tomarle en cuenta solo el café, como corresponde a una cafetería de esta clase. En cuanto tuvo el cambio en su poder, el Señor de Gris salió del local cabizbajo, algo corrido, confundido.

     Ya en la calle, recuperó algo de su calma habitual y recapacitó. Reconstruyó mentalmente los hechos y dedujo las causas de cuanto lo acusaba. Valoró de otro modo la amabilidad del camarero, consideró bajo otras posibilidades el alcance de la sordera de la Señora de Rojo.

Apenas había recorrido unos metros, la Señora de Rojo y su compañera lo adelantaron. Él retuvo el paso. Cuando las dos mujeres hubieron llegado a la altura del semáforo se despidieron. Una se preparó para cruzar al otro lado y la Señora de Rojo siguió adelante por la misma acera. El Señor de Gris se mantuvo tras ella a una distancia discreta, tal que le permitía observarla sin ser visto ni llamar la atención por ello.

     Cuando ve que la Señora de Rojo emprende la subida de las escaleras del banco inmediato, el Señor de Gris acelera sus pasos y entra rápidamente por la puerta de servicio. En el mismo instante en que la Señora de Rojo llegaba ante la ventanilla el Señor de Gris tomaba asiento al otro lado. Cruzan las miradas. Sonríe el hombre tímidamente. No obtiene respuesta. Saluda y la Señora de Rojo responde con indiferencia. Parece que no lo reconoce. Vuelve a sonreír el Señor de Gris y confirma que no es reconocido.

     –¿Qué desea? –le pregunta.

     –Cobrar este cheque.

     –Imposible. No hay modo.

     Primero hay problemas con las líneas, luego bloqueo por sobrecarga de operaciones, más adelante algo extraño. Por último, la cuenta de la Señora de Rojo no tiene fondos.

     El Señor de Gris se ha servido de un truco que utilizan los empleados para especular instantáneamente con las cuentas, algo peligroso, que él jamás se había atrevido a intentar, pero que de sobra conocía y que esta vez se fue deslizando hacia él sin que hubiera separación consciente entre el deseo y el acto.

     La Señora de Rojo monta en cólera. El Señor de Gris ejecuta todas las operaciones que son necesarias para comprobar la veracidad de aquel hecho y efectivamente nuestro hombre le demuestra que en su cuenta no hay nada.

     –Véalo usted misma. Cero.

     A la Señora de Rojo la cabeza le da vueltas. Finalmente se rinde.

     Cuando ya ha desistido y emprende la salida, una sirena sobrepasa todo lo que puede ser oído y paraliza todos los movimientos. Pasa ante el banco una ambulancia a toda prisa.

     –¿Qué ha ocurrido? –pregunta el Señor de Gris.

     –Nada de importancia –le contesta un compañero que entra de la calle–. Un camarero de la cafetería, que ha resbalado y al caer se ha abierto una brecha en la frente. Ha estado conmocionado unos minutos, y la verdad es que manaba sangre en abundancia. Pero no parece que sea grave.


Cuidado con la velocidad

J. García-Lería

Si se admite que las pequeñas diferencias entre las clases locales de medidas de capacidad las iría aboliendo el comercio del grano, para adelantar en el análisis de los rendimientos es posible soslayar el problema originado por las medidas de superficie. Basta con relacionar el producto con la cantidad de semilla que se invierte en cada cultivo, ambos expresados en las mismas unidades de capacidad, para obtener una versión razonablemente sólida de los rendimientos, no por unidad de superficie, sí por unidad de grano invertido, una forma de expresarlos también utilizada en la época. No sería demostración inmediata del rendimiento del suelo, el objeto que sale al mercado de las cesiones, pero sí de otro factor de costo, tan responsable de los cálculos de la empresa como el precio del suelo; que representa igualmente la capacidad productiva de este, aunque sea a causa de la mediación de otro elemento; y, sobre todo, permite el análisis comparativo necesario. Dados los medios disponibles, parece que es la mejor vía posible para avanzar.

     Pero acometer por este frente la experiencia obliga, antes de iniciar los cálculos, a tomar otra precaución. La cantidad de simiente invertida cada año está, en cada explotación, modificada por su sistema de cultivos, expresión con la cual la literatura de las materias objeto de este texto distingue la estrategia productiva que cada empresa agrícola se trazaba. Combinando los elementos primordiales de su capitalización cíclica, que son suelo, simiente y abonado, con la decisión que se hubiera tomado sobre el cultivo o cultivos que en el transcurso de las estaciones le convenían, concebía un plan para ejecutarla.

     Al ajuste entre las piezas elegidas se le suele reconocer una precisión difícil de alterar. Sin embargo, es posible contradecir esta idea con las decisiones que las empresas productoras del cereal tomaron en el otoño de 1749, de las que hay disponible información suficiente como para desesperar de leerla, reconocer la incapacidad para anotarla y estimular el espíritu de la contradicción. El sistema, para la cadena de los acontecimientos y las decisiones de cada empresa, era solo un fondo de conocimientos, servidos por una tradición iletrada, a pesar de lo cual pretendía sumar todos los saberes tecnológicos aceptados. Sería un error confundir su aplicación, que también era crítica, con el enunciado de los principios de aquel cuerpo de conocimientos, que la encuesta fuente, consultada en esta parte, también permite analizar. Sobre todo consiente que los sistemas de cultivo sean observados según velocidad.

     Esta magnitud, en el orden de las composiciones técnicas reflexivas aplicadas al cultivo de los cereales, puede aislarse como la frecuencia con la que una misma unidad de suelo, objeto con el que se comercia en el mercado de las cesiones, era requerida para que proporcionara una cosecha. Aceptando esta abstracción, solo en el ámbito de la muestra se pueden reconocer hasta dieciséis velocidades distintas.

     La más alta era la que permitía obtener cada año, sin interrupción alguna, cosechas de las dos modalidades regulares de producto, verde o alcacer y maduro. Era un recurso técnico asociado a este efecto, que la fuente al menos alude y que si no en todo en parte contribuía a él, la proximidad a la población de la parcela cultivada, una circunstancia descrita de manera sumaria llamándola genéricamente cortinal o localizándola en el área que insistentemente nombra ruedo. Quizás el valor de la distancia fuese menor en el primer caso que en el segundo, pero se puede dar por seguro que en cualquiera de los dos era despreciable como costo, no actuaba como factor que modificara la decisión a favor de esta velocidad, y que el limitado tamaño de la parcela permitía concentrar en ella trabajo. También se puede reconocer responsabilidad en su sostén al cercado, combinado o no con cualquiera de las dos localizaciones identificadas, que capacitaba para poner el suelo a salvo de las servidumbres ganaderas que limitaban su uso. Tras cualquiera de las dos posiciones en el espacio, o del aislamiento del cultivo, operaría además como causante común la posibilidad de recurrir al abonado con garantías de éxito y sin arriesgar un costo insostenible, porque para suministrar la masa orgánica consumida podía ser suficiente el estiércol que proporcionara el ganado que al mismo tiempo aportaba la energía animal requerida por los trabajos del campo; en cuyo caso el precio del fertilizante, que aparentemente sería ninguno, formaría un todo con el de la alimentación del ganado, justamente mejorable con incrementos pequeños de inversión para conseguir más riqueza nutritiva del horizonte orgánico del suelo.

     Pero a favor de esta velocidad más aún actuaban, por el orden en que son enunciados, medios como el regadío y la cultura promiscua. Para servirse del primero, habitualmente bastaba con incluir el cultivo de los cereales en el espacio reservado al uso del agua como factor productivo, lo que daba origen al complejo que solía conocerse en las poblaciones del área con el nombre de huerta. Era compatible durante el mismo año, cuando estaba al alcance recurrir a este medio, el cultivo del cereal con el de las hortalizas, aunque también había localizaciones y comunidades que decidían una combinación de cultivos, durante el mismo plazo, con leguminosas, lino o cáñamo. Tanto en una posibilidad como en la otra parece incluida una dimensión de la parcela pequeña, dado que para referirse al tamaño de estos espacios se prefiere la medida con aranzadas, la menor de las unidades cuando el sistema métrico superficial es mixto.

     Mayores debían ser las parcelas que daban cabida a los cultivos promiscuos, porque una parte de ellas al menos recurría a la fanega. Un hospedaje regular para los cereales era el espacio vacío entre árboles frutales, a su vez cultivados también en las huertas, lo que por tanto sumaría a la combinación el recurso al agua, entente compleja con la que ni los frutales ni el cereal sufrían menoscabo alguno. Bastante más frecuente era que el cereal ocupara también la parcela ya sembrada con olivos, incluso si estos aún no habían dejado de ser jóvenes estacas y garrotes, momentos del árbol inmaduro tan infructíferos que carecían de valor contable; aunque, si bien no en todas las situaciones, ocurría que esta combinación al producto obtenido del cultivo arbóreo podía causarle detrimento, que algunos cifraban en la cuarta parte de la cosecha anual. El de los cereales, en recompensa, era equiparable al que se deducía de tierras similares en las que se hubiera cultivado solo.

     También era posible, aún más que la convivencia con frutales, allí donde se conservaba bosque autóctono, que el cereal fuera sembrado entre sus árboles. Aunque esta fuente no utiliza la expresión, en alguna parte al menos debió tratarse de lo que otras, contemporáneas suya, llaman con naturalidad dehesas de pasto y labor. El bosque había llegado a un estado de degradación controlada contenido en aquella forma de expresarse justo para permitir, entre otros objetivos, la convivencia de frutos referida cuando fuera necesaria. El documento prefiere siempre evocar estos espacios, de la manera más sucinta, llamándolos encinares. Actúa así porque desea que conste que los frutos que dan las dos especies, la bellota y el grano, compatibles, tampoco conocen degeneración alguna porque compartan la misma parcela, como no degenera el texto porque incluya relatos expansivos, amplificaciones no demasiado justificadas o cierta tendencia a la especulación con los hechos demostrados, aun reconociendo que la historiografía realmente debe huir de estas tentaciones, tan atractivas como estériles, porque, de caer en ellas, la única víctima es el autor, que así ve minado su crédito.

     Mediante análisis comparativo, tal vez se podría añadir que el producto de cereal, por tratarse de tierras fertilizadas regularmente por el ganado, sería excepcionalmente estimable. Si ocurriera también que el aprovechamiento del fruto de la encina, en cada espacio, se hiciera en montanera, la presencia de los cerdos en la parcela contradiría la incompatibilidad entre esta especie y el ganado de labor, imprescindible para el cultivo del cereal, que pretende una parte del arbitrismo hispánico de mediados del siglo décimo octavo, para el que la tierra en la que hubiera hozado el cerdo, aparte los destrozos que alimentar así causaba al suelo, repelía a los demás animales.

     Más de la mitad de las poblaciones de la encuesta, en cierta porción de los espacios que aprovechaban, aplicaban alguna o varias de estas combinaciones de recursos. Para ellas -las poblaciones-, y para los límites y propiedades que contiene la experiencia, era el grado de aprovechamiento del espacio para cereales que hay que admitir intensivo, quizás mejor de intensidad en el grado más alto. Al contrario, porque las combinaciones de recursos, dado que cada uno era un costo, tenían que ocupar los lugares más altos de la escala de los gastos, su valor relativo en el espacio siempre tuvo que ser bajo.

     Eran raras las velocidades altas de transición, del tipo cinco cosechas en seis años o dos en tres. La responsable de ellas que menciona la fuente era la formación del suelo catalogado como vega. Porque era un producto observado como la consecuencia del depósito aluvial en las riberas, expresaba una vez más la creencia en la rara fertilidad natural como causante de las altas posibilidades para el cultivo. No llegaba a la conciencia del momento el papel que correspondía al depósito aluvial o al bosque de las orillas de los ríos, tan espontáneo como en otras áreas el autóctono, en la formación de sus horizontes.

Tres de cada cuatro poblaciones, para la fracción mayor de las tierras que regularmente eran cultivadas con cereales, recurrían a la velocidad media: de una misma superficie cada dos años obtenían una cosecha completa. En muchas de ellas, además, a otra parte de las tierras aplicaban la velocidad inmediata inferior, que proporcionaba la cosecha cada tres años; frecuencia que en algunas era única, aparte el concentrado cultivo ininterrumpido, y que en total era utilizada en algo menos de la mitad del área que la muestra representa. Por tanto, una cosecha cada dos años y una cada tres eran las velocidades intermedias, que a mediados del siglo décimo octavo se aplicaban a la obtención de la parte sustantiva de los cereales del suroeste. Podía ocurrir que en algún caso, para extraer el mayor producto a estas velocidades, se recurriera al riego, pero es un matiz técnico insignificante para el conjunto.

     No es incorrecto afirmar que para conseguir aquellas masas de producto, dado que las gramíneas absorben disueltos sus alimentos, componentes del suelo requeridos con la siembra, decidía el agua acumulada en los horizontes hasta donde alcanzan las raíces de las plantas herbáceas, cuyo suministro remoto correspondía a los sucesos atmosféricos. Como con el ciclo de estos acontecimientos se compone la abstracción del clima, de cuya vigencia, si es que no de esta denominación, existe plena conciencia hacia 1750; y esta es una constante para la experiencia productiva humana, el valor diferencial de las tierras, cuando se tomara como razón el factor humedad, lo decidiría la capacidad para almacenar agua que los suelos tuvieran.

     Cada unidad de explotación atenida a las velocidades dominantes, cuya contribución era decisiva sobre el producto bruto final, solía dividirse en dos partes, que raramente serían dos mitades. Una, la menor, con sentido rotatorio se ponía en cultivo cada año, en la cantidad recomendada por las expectativas que alentaba el ciclo de los precios, como mínimo trienal.

     Sobre el empleo de esta fracción, la encuesta para la Única todavía sorprende, desvelando una vertiente de los sistemas de cultivo a la que llama el orden de las sementeras, algo que a otros observadores contemporáneos pasó desapercibido. Los promotores del cuestionario, sirviéndose de aquella expresión, pretendían obtener de los peritos de cada población una idea sintética de cuánta superficie, de la reservada para el cultivo, se dedicaba a trigo y cuánta a grano de cebada cada año. No la podían deducir de otras respuestas, aunque ya dispusieran de información sobre la velocidad de los sistemas o de la porción del espacio cultivado que se destinaba al cultivo de los cereales, porque los dos que cumplían el ciclo vegetativo completo en la mayor parte de los territorios se cultivaban en el transcurso del mismo año por imposición del canon.

     La respuesta que obtuvieron fue casi siempre la más general, una fracción expresiva del reparto entre ambos cultivos de todo el espacio cultivado en cada municipio. Los informes sobre las empresas, muy descriptivos y precisos, aunque por naturaleza parciales; más el sistema de cobro que para estos cultivos mantuvieron durante siglos los perceptores del diezmo, rígido, esquemático y grosero pero común a todos los lugares, confirman que esta manera de proceder fue estable y estuvo extendida por todo el suroeste: el cultivo del trigo se combinaba con el de la cebada seca, aquel para satisfacer el consumo humano y el otro para mantener al ganado que suministraba la masa mayor de la energía que las actividades económicas vigentes necesitaban.

     La proporción en la que cada cultivo ocupaba el espacio destinado a cereal no era la misma en todas la poblaciones, y en buena parte de ellas en unas tierras era una y en otras otra. La decisión más común, en cada población, era destinar dos terceras partes del espacio cultivado con cereal maduro a trigo y la restante a cebada. En más de la mitad de las tierras esta era la combinación que regulaba tal sementera. En la preeminencia de esta costumbre debió estar el origen de la expresión pan terciado, para referirse a todo el producto que daban estos cultivos, muy habitual en el lenguaje administrativo vigente entre la baja edad media y fines de la moderna. Para una quinta parte, sus promotores optaban por el equilibrio, mitad de trigo mitad de cebada, y para una vigésima preferían apurar las posibilidades del primer producto, bien concediéndole tres cuartos de la superficie bien incluso cuatro quintos. Las demás decisiones -un tercio, cinco sextos y siete octavos de trigo- eran singulares.

     Estos valores pueden quedar algo modificados si se complica la observación con todas las combinaciones que se practicaban en cada pueblo. La innovación más importante procedía de cultivar, en algo menos de la vigésima parte de los casos, solamente trigo. La decisión de ocupar solo con cebada el espacio para el ciclo largo del cereal era esporádica, lo que en consecuencia proporcionaba una mayor presencia relativa a las opciones a favor del tercio y de la mitad de este cultivo.

     Tampoco sería tan poderosa cualquiera de las normas como para imponer su rigor a todos los comportamientos. Hay indicios que permiten suponer que la porción destinada al cultivo de la cebada pudo ser explotada, aun en las empresas en las que se daba preferencia al cereal maduro, para que produjera alcacer. Nada impediría a una parte de las unidades al menos usar el espacio sembrado de cebada como prado, en caso de que lo estimaran necesario para su ganado. Todos los usos, en la agricultura de los cereales, convivían con excentricidades, fueran de abonado, recurso a herramientas, crianza de animales para labrar o inversión en simiente. La forma que eligieron los declarantes para expresarse, cuando se refirieron a las proporciones reguladoras de esta parte del cálculo empresarial, porque en todos los casos generalizaron demuestran sin embargo que el orden de las sementeras era también una pieza angular de los sistemas.

     La otra fracción de las explotaciones permanecía en reserva, también  correspondiendo a las expectativas que estimulaban los precios. Probablemente lo más adecuado sería denominarla eriazo, respetando el vocabulario más exigente que entonces fuera utilizado, nombre rigurosamente propio solo al comienzo del ciclo productivo anual, porque la unidad sin cultivar, que tampoco se trabajaba en aquel momento, se nutría en primer lugar del manchón, o espacio sembrado con los cereales durante la campaña anterior, que podía ser utilizado como pastizal exclusivo de la explotación desde el momento de la nueva siembra, porque a partir de este acto quedaba acotada.

     Una parte del espacio sin sembrar podía permanecer inactiva en términos agrícolas, y así prolongar su existencia como erial puro. Año tras año podría ser el pastizal de la explotación, también exclusivo durante todo el tiempo que la cosecha del cereal empleara en germinar, crecer y madurar. Llegada la ocasión propicia, que el reloj de los precios marcaba inexorablemente, era un banco de tierras de la mayor capacidad productiva, porque el ganado lo había abonado reiteradamente, aunque la calidad de aquella parte del suelo, a la que recurrir para obtener el beneficio óptimo, fuera la peor. Las piezas se irían combinando a criterio de cada labrador, cada cual a partir de la información de la que dispusiera, cada uno interpretando los signos que el comportamiento de sus competidores dejara al descubierto.

     El barbecho en sentido estricto era el área de la reserva acumulada que se había seleccionado para ser puesta en cultivo durante el ciclo siguiente. Es por tanto obligado aceptar que las decisiones tomadas a partir de las expectativas incurrían en el deber de imponerse alcance al menos bienal. Una decisión así exigía, una vez concluida la siembra de la campaña vigente, emprender en esta porción del terreno la secuencia de trabajos preparatorios del suelo, paralelos y subordinados a los que el cultivo en curso iba requiriendo.

     Opcionalmente, ya avanzada la campaña, el barbecho podía ocuparse de una manera sumaria y poco exigente con cultivos subsidiarios. Pero esto ocurría en un número de casos bastante limitado aún. Incluso hay un par de lugares en los que se declara sin ambigüedad que sus barbechos, en cualquier clase de suelo, son exclusivamente laborales, no admiten ningún cultivo transitorio.

     La nómina de las semillas que ocupaban el barbecho, combinándose con el cereal maduro para completar los ciclos del aprovechamiento del suelo, en los límites de la encuesta alcanza casi la veintena de plantas, aunque la diversidad es solo aparente. En las dos terceras partes de las poblaciones se recurría con preferencia solo a dos leguminosas, habas y garbanzos, y en más de un tercio también a otras dos, arvejones (quizás más exactamente guisantes, en la mayor parte de los casos que prefieren utilizar el arcaísmo) y yeros. Del resto de las decisiones solo suman cantidades algo importantes la linácea tipo (lino), dos gramíneas (centeno y zahína) y las dos cucurbitáceas del verano (melón y sandía). Las demás -tres leguminosas (almorta, judía y lenteja), cuatro gramíneas (avena, escaña, heno y maíz) y una canabínea (cáñamo)- solo aparecen ocasionalmente, en uno o dos casos.

     Si se pensara que el producto de estos cultivos estaba decidido por la adscripción de las especies a sus familias se incurriría en un error. Lo sería dar por supuesto, por ejemplo, que un cultivo como el centeno, porque proporciona un fruto gramíneo, estaba condenado a la molturación y a ser tratado como un cereal. Como en casos similares que al hombre bienintencionado atormentan, el prejuicio que incluyen las clasificaciones ensombrecería la observación. El centeno podía ser utilizado como cereal, y con él se fabricó pan en buena parte de Europa, también en la región y durante el tiempo de referencia. Pero, si era un cultivo alternante con los que estaban predestinados a convertirse en los cereales maduros, no es seguro que siempre fuera aplicado a la panificación.

     Los principios técnicos que inspiraban el recurso a estos cultivos menores, a los que se refiere la fuente una y otra vez, eran dos. Ocupaban los barbechos en el transcurso de los años que el sistema concebía como descanso, porque el suelo no estaba ocupado por el cultivo principal. Ahí encontraba su razón que su ciclo vegetativo empezara tarde, en la primavera cuando más temprano, tiempo para el que ya al menos una parte de las vueltas a la tierra vacía se había completado. Su intromisión bajo ningún concepto obstaculizaba la siguiente siembra del cultivo preponderante, lo que aplazaba el fin del ciclo vegetativo de los subsidiarios a pleno otoño como máximo.

     Melones y sandías, capaces para convertirse en contenedores de agua, no tendrían inconveniente para alcanzar el estado de la madurez. Habas y garbanzos, que eran las leguminosas preferidas, y todas las plantas de esta clase, a un tiempo resistirían el déficit hídrico en los suelos arcillosos y, si se deseaba, comparativamente podían tener una vida corta. El ciclo del centeno, que cabía entre el deshielo y las lluvias del prematuro otoño en las tierras más al interior del continente, en el sur no disponía de las condiciones que en buena parte de Europa le permitían su pleno desarrollo en un intervalo limitado. Es probable que tampoco la avena y el maíz en las mismas condiciones de humedad, y del heno se sabe, porque era el tratamiento habitual que debía recibir este cultivo, que regularmente era segado aún verde.

     Seguramente lino y cáñamo suministraban a satisfacción lo que de ellos se esperaba, las fibras de sus tallos, además de las semillas conocidas como linaza y cañamón, de las que hace mención expresa el testimonio cuando se refiere a los rendimientos, útiles respectivamente para fabricar un aceite de uso industrial y proporcionar grano con el que alimentar al ganado avícola; demandadas en la región para fabricar velas y jarcia, el lino para los lienzos, el cáñamo para cabos, cables y maromas, en los tiempos de plenitud de la navegación propulsada por el viento.

     Los límites impuestos por el procedimiento, aunque no los impedían en absoluto,  acortarían los desarrollos de todas estas plantas en beneficio de sus propiedades herbáceas, las más próximas a la germinación, durante la parte del año que las decaídas reservas de humedad también serían un obstáculo para la plenitud del crecimiento.      Las condiciones en las que debían desarrollarse las predestinaban a responsabilidades subsidiarias. Exceptuando las dos mencionadas en último lugar, todas las demás podían converger en utilidades tan sencillas como estimables por el balance de las empresas, sobre todo completar la alimentación del ganado de la explotación que se decidiera por este recurso. Con las gramíneas y las leguminosas, incluso con los tallos de las cucurbitáceas, se podía agenciar forraje, paja y pienso que fueran suministrados a los animales al servicio de la empresa. Para el primero, si se deseaba fresco, cualquiera de los cultivos era apto cumplida su germinación, y había plantas que además, bien almacenadas, permitían disponer del mismo producto seco en la época que el rigor del clima negaba el pasto vivo o la posibilidad de apacentar. Al incremento de la paja disponible, cuyo suministro era responsabilidad directa del cultivo principal, fuera de trigo o de cebada, podía contribuir cualquiera de las plantas cuyos tallos en forma de caña se hubieran secado antes o después de cortarlos, e igualmente hubieran sido almacenados. Con cualquiera de los frutos, si es que a los cultivos se les consentía llegar tan lejos, al margen del grado de madurez que hubieran alcanzado, era posible fabricar pienso, tal como se hubieran obtenido o, en los casos más exigentes, molturándolos y componiendo nutritivas combinaciones. Si además estos cultivos permitían enriquecer la capacidad productiva del horizonte orgánico en beneficio del cultivo del cereal al año siguiente, lo que parece bastante discutible para una parte de ellos si el siguiente iba a ser también gramínea, probablemente era más una consecuencia inopinada que un propósito.

     La contribución de estos mediadores al valor diferencial de los precios de la tierra tratada con velocidades intermedias debió ser casi nula, dada su dimensión en el espacio. Los observadores a través de cuyos ojos, aun cegados por los siglos, es posible ver lo que ocurrió entonces advierten, también con insistencia, que no todos los barbechos admitían este requerimiento, que solo en las tierras de más calidad era posible sostenerlo. Calculada la relación entre toda la dedicada a sembrar cereales para obtener una cosecha con estos plazos y la parte que en ella cada año se ocupaba con los cultivos de transición, se deduce que ni aun en los casos más expansivos consumían la décima parte de aquella. Además, en cuatro de cada cinco poblaciones el valor de aquel índice es inferior al tres por ciento de la superficie agraria utilizada bajo las condiciones referidas. Solo se alcanzaban valores comprendidos entre la vigésima y la décima parte del total cuando todo el espacio disponible era poco.

     La declaración que desciende a precisar la intensidad con que eran solicitados los suelos, cuando les tocaba aceptar la producción subsidiaria, pone al descubierto otro límite que reduce aún más su alcance. Con estos cultivos solo se ocupaba la octava parte de la tierra en la que eran sembrados, opción local que confirman los datos sobre inversión de simiente de la mayor parte de las poblaciones. Las unidades de capacidad que se empleaban en la siembra podían estar tan por debajo de las invertidas en el cultivo regular, aun tratándose de granos con características semejantes, como uno de seis.

     Llegados por voluntad propia a la precisión de cuantificar explícitamente esta forma de actuar, algunos declararon que eran muy pocos los labradores que se esforzaban en estos trabajos, y otros, eligiendo la manera contable de hablar, antes que demorarse en detalles y descripciones, afirmaron que en las poblaciones a cuyos rasgos se estaban refiriendo efectivamente se acometía esta clase de cultivos, pero en tan escasa cantidad y con tan poca trascendencia que su producto no alcanzaba a modificar el que se obtenía con el que daban el trigo y la cebada, una manera taxativa de resolver la aportación de estas especies a la renta. Equivale a declarar que era constante y por tanto irresponsable para las diferencias del precio del suelo. Eran cultivos tan poco serios como inestables, a decir de otro declarante, porque los que un año se decidían por uno en años sucesivos preferían otros. No pueden caber dudas sobre que quienes recurrían a estos cultivos preferían emplearlos de manera marginal.

Así como la altitud se iba incrementando, más aún por el confín norte, y cuanto más periféricos eran los territorios, no solo en el valle sino igualmente por el sudeste, las velocidades, como si acusaran el esfuerzo al que obligaban las pendientes, disminuían ateniéndose a un gradiente definido. Entre una cosecha de cereal maduro cada cuatro años y una cada siete se componía una secuencia de posibilidades que incluía también los valores cinco y seis. Era responsable de una parte de la producción local en un tercio de la región. Tan bajos esfuerzos, más que con la cambiante topografía o con las calidades del suelo, parece que tenía una relación inmediata con la escasez de población. A aquel tercio del espacio solo se puede adscribir la quinta parte de los habitantes. Tal vez la menor cantidad de trabajo humano disponible relajara la presión sobre el suelo hábil, probablemente sin menoscabo sensible de la renta proporcionada por la tierra. Hacen algunos referencia, más indirecta de lo que convendría para una deducción satisfactoria, a la mayor responsabilidad que a los cultivos intermedios corresponde en estos casos, dado que disponen de entre tres y seis años para reiterarse.

     En el margen inferior de las velocidades estaba la roza, recurso técnico al que la fuente lo asimila. El procedimiento consistía en quemar el matorral para desbrozar con la menor inversión y aprovechar la ceniza que resultaba, puesto que permanecía en la parcela como fertilizante, costo incluido en el único gasto. Desde la edad media al menos, la legislación del campo amenazaba con penas severas a quienes descuidaran la incineración controlada del bosque bajo, por lo que no parece incorrecto suponer que la parte sustantiva de la inversión necesaria tuviera la forma y el valor del trabajo. Para rozar, además de la vigilancia jurada y la supervisión judicial, en el área de la región donde una parte de la agricultura se resolvía de forma tan sumaria la técnica incluyó otras condiciones jurídicas y administrativas, parte de cuyos detalles es posible conocer gracias a que algunas poblaciones que la utilizaron estaban subordinadas al centro político de toda el área.

     La tierra tratada con roza era baldía, calificación que en el lenguaje documental moderno no parece una condición biológica. En cada término o espacio bajo la jurisdicción municipal, baldías eran las tierras en las que con su dominio no se había inmovilizado en su grado más complejo la ficción, de cuantas crearon estas convenciones, que consistió en separarlas por estratos, como si fueran lascas del lomo de un pescado emparedadas por grasa de calmante aroma; para repartirlos y servir a obligaciones, servicios y nexos estables entre las personas interesadas en la perpetuación del mismo ser de las instituciones.

     Se presumía separable en eminente, directo y útil. El primero, reservado a la corona, salvaba la unidad de la soberanía, principio doctrinal que cualquier monarquía preservaba como justificación de su existencia. Antes que la capacidad para ejercerlo, o del alcance de su explicación, a este poder le interesaba que fuera universalmente reconocido, y así era aceptado por el sistema de las ideas jurídicas. El directo, admitida la prevalencia legal del eminente, capacitaba para disponer de los bienes, salvado en cada caso aquel límite, con el mayor grado de autonomía permitida por las adquisiciones hechas bajo condición de subordinación o dependencia; que llegado el caso, dada la manera de concebir el primero, ante los tribunales podían ser todas. A mediados del siglo décimo octavo había llegado a equivaler al juro de heredad, o plena capacidad para transmitir los bienes, porque solo excepcionalmente eran interferidas las decisiones que pudieran afectar a su transferencia. El útil, en aplicación del poder reconocido al titular del directo, por decisión de este podía ser traspasado a otro solo para hacer uso del bien sujeto a aquella condición. Aunque había fórmulas que podían enajenarlo, su inclusión en el directo, puesto que la cama ha de estar en el dormitorio para que la habitación se pueda llamar así, siempre fue reconocida por la norma, y por tanto no era fácil que abandonara su refugio y adquiriera independencia.

     Rozar un área era hacer uso de ella con fines productivos. Si su condición jurídica era la de baldío, el dominio directo estaba tan degradado que los antiguos analistas, e incluso buena parte de los letrados que durante siglos con ahínco pleitearon ante los jueces, habían llegado a naturalizar una ficción normativa más, la que pretendía que aquellos espacios eran comunales. Más allá de cuantas sentencias, apelaciones y revistas fueran conseguidas ante la magistratura judicial, medios literarios aptos para acoger y patrocinar la idea en cada caso deseada, parece que al menos en el espacio observado los baldíos, de tan bajas posibilidades de aprovechamiento que habían arrinconado la competencia por su dominio, quedaron bajo la jurisdicción del señorío limitado a cada población o municipio, que así quedaría instituido como titular del dominio directo sobre ellos. Si incluso a mediados del siglo décimo octavo los protagonistas de estos hechos los admitieron como comunes, sería más consecuencia de una decisión política acendrada, el uso colectivo de estas áreas, que de un título fundado. Los informes del momento demuestran que era preceptiva la licencia expresa de la autoridad del municipio para que se procediera a rozar.

     En la región, incendiar el matorral con aspiraciones productivas creaba circuitos en el espacio semejantes a las posiciones que en el reloj tienen las marcas que indican las horas, la dimensión de cuya circunferencia, enunciada en unidades de equivalencia al tiempo de magnitud mayor, la expresaba un valor comprendido entre los 10 y los 20 años. Por eso la agricultura de las rozas también ha sido llamada itinerante. El tiempo transcurrido entre el momento que una parcela era sembrada y de nuevo conocía esa experiencia, porque ocurría lo segundo estaba justificado sobre todo por el que la misma tierra debía emplear para recuperar la vegetación que otra vez debía ser quemada. Las clases de especies espontáneas que en cada lugar restauraban el monte podían ser responsables de las variaciones en la amplitud de los ciclos.

     Pero los valores particulares de aquel transcurso no siempre se resignan a una explicación tan directa. Con más frecuencia habían calculado el tiempo de la recuperación en 10 años, para al décimo cultivar, módulo que a la vez no puede ocultar su condición estimativa ni la interferencia de factores más convencionales. También era habitual, aunque no tanto, que hubieran aceptado el transcurso de hasta 15 años para completar todo el circuito, incluido el que destinaban al producto. Además, todavía en otras poblaciones podían durar los ciclos completos 12, 14 y 16 años.

     Otra parte de la responsabilidad sobre la variable amplitud de los retornos, aunque sea menor que la aparentada por la regeneración del matorral, hay que atribuírsela a la clase de los cultivos que cada canon patrocinaba. Aunque era común que en las rozas el año lleno fuese dedicado al cultivo de los cereales maduros que sostenían la economía agrícola, en algunas poblaciones al de la plenitud podía seguir al menos otro más de cultivo, aprovechando que la capacidad productiva ganada por la tierra con tan amplios periodos de recuperación no siempre sería agotada por la sementera principal durante los meses que la ocupaba. En esos casos los cultivos añadidos primero fueron los mismos que actuaban como intermedios en las áreas dominantes de la región, donde se habían impuesto las velocidades tipo de la agricultura moderna. Quizás a consecuencia de las dificultades que pudieran añadir las rozas, o porque donde las practicaban hubieran ajustado sus cálculos a un número restringido de producciones, los cultivos agregados a ellas que se mencionan son pocos.

     Esa no era razón para que habas y guisantes también impusieran sus valores, con idéntica justificación que en los otros paisajes. Pero la relación no podría extenderse mucho más allá del lino, que en estos espacios, más próximos y mejor comunicados que otros con el litoral, parece haber ganado una posición que entonces poco se le discute. Solo se le podrían añadir la avena y el centeno, cuyos desarrollos ahora no estaban limitados por los rigores del barbecho. Como en las tierras que antes o después de nuevo iban a ser rozadas nada les impedía que alcanzaran la madurez, allí irían emancipándose de la condición de cultivo subordinado, tanto que: pudieron sumarse a los otros dos cereales que consumaban su ciclo vegetativo hasta ese grado con idéntica responsabilidad; alguno o los dos tuviera a su alcance sustituir con ventaja, en el mismo orden, a la cebada; el centeno pudiera decantar en su favor la competencia con los dos principales, como demuestra que en las rozas de una población efectivamente se había convertido en el cultivo único. Si en las áreas de velocidad alta relativa no tuvo la oportunidad de ganar la posición que había adquirido en latitudes más al norte y longitudes más al este, en los territorios de las rozas del suroeste hispánico, concentrados en su noroeste, el centeno pudo alcanzar la condición de cereal panificable.

     Como el argumento del tamaño de las poblaciones servía para justificar las velocidades de transición, igualmente debe admitirse para razonar sobre las causas que pudieron converger para que un estado tan peculiar como el de las rozas se mantuviera. Un tercio de las poblaciones de la muestra, que eran sus practicantes, buena parte de las cuales ya recurría simultáneamente a los ritmos descendentes, acogía algo menos de un cuarto de la población que acumula la misma escala de la experiencia. Podría recordarse otra vez, a este propósito, la regla general que habitualmente se enuncia para admitir la relación entre el espacio y la población que lo emplea. Pero hay rasgos del fenómeno que permiten depurar con más claridad esta conexión. Todas las poblaciones que en la muestra representan el área serrana septentrional recurrían a este procedimiento, y las otras tres que hacían lo mismo, más al sur, se mantenían con predios litorales y próximos a la frontera oeste, de valor estatal; factores que añadirían inestabilidad y riesgos mayores a los que bajo las mismas apreciaciones pudieran afectar a las localizadas más al interior y más al este.