La siega del trigo

Andrés Ramón Páez

Durante el día 3 de junio la administración de la casa a partir de la cual observamos estos fenómenos hizo frente a una actividad desacostumbrada, tanta que resultaría la jornada más intensa de aquel año. En la población donde tenía radicado el centro de sus actividades rentables fueron contratadas veintiuna cuadrillas de segadores. Un par de días después fue contratada la última, la vigésimo segunda. Todas debían salir para el cortijo central de su labor para emprender la siega del trigo y sus cultivos asociados desde la misma jornada en la que habían sido contratadas.

     Sus tamaños no eran idénticos. Cualquiera de las mayores, de nueve o trece hombres, era excepcionalmente grande, mientras que las menores solo reunían entre dos y cuatro. Las que tenían entre cinco y siete sumaban más de la mitad de los casos. Aunque es posible precisar las especies cuya siega le fue encargada a cada una, no se puede hacer lo mismo con la cantidad de espacio a segar que le fuera adjudicado, tal vez porque antes de empezar quedara abierta en previsión de su dedicación y su velocidad comprobadas. Pero si se comparan los espacios atribuidos en el momento del contrato con las superficies positivamente segadas que luego se liquidaron se puede asegurar que las diferencias entre las previsiones y el trabajo realizado debieron ser pocas. Los tamaños de las cuadrillas se pueden tomar por tanto como una consecuencia forzosa, aunque diferida, de los encargos recibidos.

     Tres de las veintidós fueron nutridas exclusivamente por miembros de una misma familia, sin que sepamos ni sus sexos, ni sus edades, ni el grado de parentesco que los identificaba. Todas las demás se reclutaron de manera abierta solo entre hombres. Pero fuese su extracción inducida por la consanguinidad o no, todos sus integrantes eran vecinos del municipio en cuyo término iban a trabajar. El aperador los conocía y él mismo los había buscado, y en su presencia recibieron el primer dinero por cuenta en el despacho de la administración de la casa, una vez que cualquiera de ellas para su remuneración explícitamente se atuviera al precio medio que resulte de los [precios] que paguen por sus fanegas de cuerda don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira en sus cortijos. Se trataba de las habituales tres labores del mismo término que se tomarían como referencia para evaluar el trabajo de la siega del trigo dentro de los límites del municipio. Proceder de aquella manera era una costumbre avalada por una práctica secular.

     No sabemos cómo se comprometían con sus cuadrillas de segadores aquellas tres labores. Se puede temer que lo hicieran recurriendo a una expresión recíproca respecto de la casa cuyas formas de proceder conocemos. De actuar así, nadie tendría responsabilidad directa sobre una decisión de tanta trascendencia, y para todos equivaldría una evasión, puesto que para todos la decisión sería ajena. Pero también es posible que los responsables de aquellas tres labores estuvieran dispuestos a militar en la vanguardia de las decisiones más comprometidas, sin importarles que pudieran ser conocidos como causantes de un desenlace que no a todos contentaría, estuvieran a un lado o al otro de la única relación. En cualquiera de los casos, procediendo de aquel modo, unos, otros o todos los labradores, cerraban el consorcio que tarifaba en su favor la remuneración del trabajo consumido en aquellas condiciones.

     La siega del trigo y sus cultivos asociados se desarrolló bajo la supervisión del administrador de la casa, quien periódicamente estuvo controlándola sobre el terreno. Durante la tarde del 14 de junio, pasados diez días del comienzo de los trabajos, fue al cortijo central de la casa y como un comandante revistó sus segadores y los de los otros dos integrados en la explotación. Encontró las siegas regulares y el trigo mal granado, aunque observó que el trabajo iba adelantado, tanto que se podía prever que acabaría pronto.

     Solo cinco días más tarde, el 19 de junio, de nuevo fue hasta las tierras de la explotación para hacer pronósticos. Otra vez estuvo revistando a los segadores, pero también los trabajos de la era, hacia la cual empezaba a girar su atención y donde aquel día se estaba trillando el trigo sacado con carretas de las tierras de uno de los dos cortijos anexos. Vio que las pajas se trillaban con facilidad, ayudadas por la sequedad que habían provocado los solanos más recientes.

     Ya el 29 volvió al cortijo central persuadido de que se estaba cerrando el capítulo del ciclo que había comenzado el día 3. Comprobó que la siega que quedaba pendiente era poca, y reconoció que los trabajos de la era apenas empezaban.

     En el transcurso del mes durante el que se prolongó la siega el tamaño de las cuadrillas permaneció invariable en once de las veintidós, la mayor parte de las que tenemos información positiva. Casi todas eran del tamaño tipo, y algunas eran de los tamaños superiores. De las que no es posible deducir con exactitud si sus dimensiones oscilaron, otras nueve, sabemos que tres eran las familiares y las demás las de tamaños menores. Solo de dos se tienen noticias de la variación de su tamaño. Tanto el capataz de la primera como el de la segunda habían comprometido siete hombres, pero cuando se hizo el cómputo de la actividad de cada una solo constaron seis.

     Las informaciones más explícitas sobre el cambio de tamaño de las cuadrillas, justamente referidas a la primera, son sin embargo contradictorias. El 18 de junio su capataz, aprovechando uno de los viajes para cobrar uno de los adelantos, llevó razón de que iba a aumentarla para aligerar la siega. Su intención permite suponer cierta flexibilidad del número de los que trabajaban cada día, sobre todo a favor del incremento. Quienes se comprometieran para la siega del trigo sabrían a qué se prestaban y permanecerían fieles a su compromiso.

     La flexibilidad de los tamaños pudo estar relacionada con los desplazamientos periódicos desde los cortijos a la población. Si recurrimos de nuevo a los adelantos como indicador de estas migraciones, es posible aproximarlos. Aunque solo tengamos la certeza de que quien retornaba a la población era el capataz, porque acudía personalmente a la administración de la casa para recibir los adelantos, podemos suponer que si él se movía también podrían moverse los demás miembros de su cuadrilla, aunque los desplazamientos quedaran a la discreción de cada uno.

     Todas, menos la vigésimo segunda, que fue contratada el 5, recibieron dinero a cuenta el día 3. Para cualquiera esas fechas serían las de su partida. Desde ese momento se sucedieron los adelantos según un calendario que conocemos. Para que podamos recurrir a él como indicador de la frecuencia de los retornos a la población de las cuadrillas, y a la vez evitar deformaciones, antes es necesario descontar las dos que abandonaron. El 11 de junio dejó su trabajo y se volvió a la población la décimo novena, cuya cuenta quedó cortada. Argumentó que el trigo que segaba estaba espeso. En las anotaciones del diario del administrador la referencia a tan singular comportamiento aparece bajo el epígrafe segadores malos. La misma consideración le merecería la cuadrilla décimo cuarta, que también aquel día abandonó la siega, una coincidencia de fecha que permite pensar en un abandono forzado; aunque días más tarde, el 16 de junio, el administrador también precisa que los de la décimo cuarta se habían vuelto a la población porque hacían mala siega.

     Según el calendario de los adelantos, solo dos días, el 8 y el 16, habrían retornado simultáneamente siete cuadrillas, y en siete días (7, 11, 12, 14, 20, 23 y 30), cinco. El resto de los días durante los que se mantuvo la siega del trigo y sus especies asociadas solo volverían a la población simultáneamente tres o menos cuadrillas: en seis días (9, 17, 21, 24, 26 y 28), tres, en cinco (10, 13, 15, 22 y 25), dos, y en seis (6, 18, 19, 27, 29 y 4 de julio), una. Serían por tanto extraordinarios los retornos en masa, y mucho más probables los escalonados. Sin embargo, no hay asomo de distribución regular. A días de escasos retornos suceden al azar otros de valores máximos. A lo sumo, se podría admitir que la intensidad de los retornos sería mayor al principio, cuando en dos fechas consecutivas (7 y 8) se suceden retornos de los mayores tamaños, de cinco y siete cuadrillas respectivamente, y que iría disminuyendo algo según se aproximaba el final, lo que tiene más relación con la progresiva finalización de los trabajos y la vuelta definitiva de cada una.

     Todo esto corrobora la autonomía de los movimientos, para la que sí se puede deducir cierta regularidad. Basta observar el fenómeno desde las decisiones tomadas por cada cuadrilla. Así, por ejemplo, la primera recibió a cuenta con intervalos de siete, seis, dos y cinco días, lo que indica un comportamiento que prefiere un valor en torno a cinco. Se podría pues decir que la primera cuadrilla solía retornar a la población cada cinco días aproximadamente, periodo que marcaría la frecuencia de actividades vitales que solo se podían satisfacer en la población, la primera de todas proveerse de los medios de subsistencia para mantenerse activa.

     Este fue el comportamiento regular. Para trece de las veinte cuadrillas que cumplieron con sus compromisos hasta el final se observa un valor tipo de sus retornos dentro del intervalo entre poco más de cuatro días y seis, es decir, en torno a cinco. Los comportamientos extremos, menos uno, se concentran en el intervalo entre ocho y diez días. Tan prolongadas estancias continuadas en el campo se pueden relacionar con más claridad con la modestia del encargo (siempre por debajo de las veinte unidades de superficie de trigo), el pequeño tamaño de la cuadrilla y que la recluta de sus miembros se hizo entre los miembros de una misma familia. Aunque nunca hay una correlación inmediata entre los tres, sí es frecuente, por necesaria, que la haya entre los dos primeros factores. A la explicación de la estancia en el campo relativamente prolongada de familias completas, puede ayudar, aunque ahora valiéndonos de su signo complementario, el mismo factor que explicaría la mayor frecuencia de los retornos de los varones. Así como estos se verían forzados a volver a la población para garantizarse los medios básicos de subsistencia, la familia íntegra podría prever la permanencia y hasta improvisar un hogar en el campo. No obstante, en el otro extremo, el único valor excepcionalmente bajo, poco más de tres, corresponde también a una cuadrilla familiar, la única, de las tres que tienen este mismo origen, que contó con nueve miembros, un tamaño también excepcionalmente alto.

     Una precisión sobre el comportamiento de la décimo cuarta, una de las dos cuadrillas que desistieron, es incidentalmente valiosa para conocer el horario de los desplazamientos de las cuadrillas. Registra el administrador que abandonó la siega a última hora del día 11 y llegó a la población el 12 temprano, lo que significa que sus hombres hicieron de madrugada el trayecto de vuelta.

     Teniendo en cuenta los escasos cambios de tamaño documentados, podemos en conclusión aceptar unos tamaños, si no constantes sí duraderos, de las cuadrillas: primera, 8; segunda, 7; tercera, 13; cuarta, 7; quinta, 7; sexta, 7; séptima, 9; octava, 7; novena, 7; décima, 4; décimo primera, 5; décimo segunda, 5; décimo tercera, 2; décimo cuarta, 5; décimo quinta, 7; décimo sexta, 4; décimo séptima, 4; décimo octava, 5; décimo novena, 5; vigésima, 3; vigésimo primera, 2; vigésimo segunda, 9.

     El administrador el 19 de junio, mientras supervisaba los trabajos sobre el terreno, constató que muchas cuadrillas de segadores estaban ya concluyendo los suyos, al tiempo que los recargaban en los sitios donde había más trigo por segar, un fenómeno doble que, aunque solo lo podamos conocer parcialmente, se puede rastrear.

     Como era previsible, dada la diferencia de los encargos, la conclusión del trabajo de las cuadrillas ocurrió de manera escalonada y, tal como el administrador había previsto, a partir del 20 de junio. Con seguridad sabemos que entre el 23 y el 29 terminaron con el trigo que se les había encomendado la tercera, la décima, la décimo segunda, la décimo séptima, la vigésima y la vigésimo segunda.

     Pero una parte de ellas continuó sus trabajos con la siega de parcelas en las que había otros cultivos. La tercera, que hasta el 21 también había segado garbanzos, terminada la del trigo emprendió la de la escaña, en la que todavía estaba trabajando el 29. Y la vigésimo segunda, el 23, una vez terminada su siega del trigo, empezó a segar la escaña, en la que persistía el 28. También sabemos que la cuarta y la quinta, que habían trabajado en las siegas del trigo y los yeros y del trigo y el centeno respectivamente, concluyeron todos sus trabajos el 30 y el 28, y que el 30 la vigésimo segunda había terminado todos sus trabajos. A todo esto podemos añadir, con idéntica precisión, algo que ya sabemos, que el 11 de junio abruptamente la décimo cuarta y la décimo novena habían terminado.

     Son equívocas sin embargo las informaciones sobre la finalización de los trabajos de la séptima. Mientras que por una parte se afirma que el 20 de junio concluyó todos sus trabajos, consta a continuación que el 24 había terminado su siega del trigo y salió a segar los garbanzos. Interpretando la primera afirmación como referida solo al trigo sería compatible con la segunda. Pero todavía quedó registrado que el 28 había hecho la siega del trigo y salió a hacer la de los garbanzos, y aún se añade que el 30 había terminado la siega del trigo y hacía las de los yeros y los garbanzos. Al mismo tiempo, sobre el final de la siega de los yeros, se hace constar que la recolección de las semillas, es decir, de habas y yeros, se dio por concluida el 16 de junio. Si tenemos en cuenta que la siega de las habas había terminado el 17 de mayo, según esta información tendríamos que aceptar que en fechas próximas y anteriores al 16 de junio tuvo que concluir la de los yeros.

     Es muy probable, aun así, que el trabajo de todas las cuadrillas menos la segunda, que todavía estaba trabajando el 4 de julio, terminara como máximo el 30 de junio. Podemos además conjeturar, con todas las posibilidades a nuestro favor, que, a excepción de la segunda, todas las que se mantuvieron activas hasta el final habrían concluido sus trabajos entre el 20 y el 30 de junio, aunque en realidad nada sabemos positivamente sobre cuándo terminaron diez cuadrillas (primera, sexta, octava, novena, décimo primera, décimo tercera, décimo quinta, décimo sexta, décimo octava y vigésimo primera). Por tanto, no podemos ensayar cálculos sobre tiempos de trabajo.

     Sin embargo, sí los podemos hacer de rendimientos por unidad de superficie, porque conocemos con mucha precisión la cantidad de tierra que cada cuadrilla segó, incluso su localización dentro de cada uno de los tres cortijos de la explotación.

     Cualquiera de las superficies segadas también en este caso la medía un agrimensor. Hasta cuatro profesionales de aquella categoría se responsabilizaron de estos trabajos en esta parte del ciclo. Calculaban las tierras segadas sobre los rastrojos, para que no cupieran dudas sobre cuánta superficie cada cuadrilla había segado efectivamente. A continuación daban fe de la extensión de cada área segada y este arbitraje las partes lo admitirían como independiente. A la casa aquel testimonio le garantizaba la justeza del cálculo de los costos directos que le ocasionaba la siega, los mismos que para la otra parte eran sus rentas. Habiendo sido acordada la prestación de trabajo bajo las condiciones del destajo, su remuneración se deducía inmediatamente de la cantidad de superficie trabajada. Por esa razón los derechos de medida que percibían los agrimensores los pagaban mitad la casa, mitad la cuadrilla.

     No por eso la medición quedaba a salvo de disensos, cuya resolución repercutía no solo en el cálculo de los costos y las remuneraciones debidas, sino también, cuando menos, en un retraso de la percepción de estas. Así ocurrió con la evaluación de la siega del trigo de la quinta, la sexta y la octava cuadrillas. Hubo dudas sobre la extensión de los rastrojos que habían quedado sobre la parte de uno de los cortijos anexos en la que las tres habían trabajado. En los tres casos la liquidación se suspendió hasta resolver las dudas. Al fin se deshicieron sin necesidad de remedir, y, satisfechas en lo posible, se les pagó a todos; para evitar los escándalos y perjuicios que causan las remedidas, la sospecha de colusión entre la casa y los medidores, el desprestigio para ambos, que no se evitaría con una gratificación sino con el reconocimiento por ambas partes de una cantidad de superficie que demostrara que la ecuanimidad había sido el camino para encontrar la salida.

     Por la trascendencia que para el fenómeno tiene este factor, valdría la pena detenerse en precisar cuando menos la cantidad de superficie segada por cada cuadrilla. Pero la relación podría resultar demasiado enojosa. Para el fin que perseguimos, basta decir que de trigo la extensión máxima segada fue 81 unidades de superficie y la mínima, 6; que un grupo de ocho cuadrillas logró segar entre 40 y 66,5; y que la mayor parte de ellas, diez, segaron entre 10 unidades y poco más de 20.

     A las seis que segaron yeros, sin embargo, les fueron adjudicadas superficies similares, entre 4 y 6,75 unidades, a excepción de la que solo segó poco más de 2 unidades. Garbanzos solo segaron dos, de manera que una (22,75 unidades de superficie) casi duplicó a la otra (14). También fueron dos las que segaron la escaña, solo que esta vez en cantidades muy parecidas, en torno a las 22 unidades de superficie. Y centeno solo segó una cuadrilla, sobre una superficie de escasa extensión (1,33 unidades).

     Teniendo en cuenta estos valores, y los que hemos aceptado como estables para el tamaño de las cuadrillas, los rendimientos por unidad de superficie de la siega de las tierras sembradas de trigo, que es la primordial, sobresalen primero por su amplio recorrido, entre un máximo de 11,57 unidades de superficie por hombre, que consigue la segunda, y un mínimo de 1,02, que alcanza la séptima. Además, entre uno y otro límite toma valores para 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 unidades enteras, aparte sus correspondientes fracciones, es decir, para todos los números naturales dentro del intervalo.

     Ninguno de los factores inmediatos que permite observar la documentación conduce a identificar causalidad directa que explique absolutamente una oscilación tan extrema. La participación en más de una siega no parece que tenga responsabilidad alguna en los rendimientos. De las siete que cumplen con esta condición, tres se sitúan entre los cuatro primeros puestos de los rendimientos en la siega del trigo, mientras que otras dos están en el otro extremo, los dos peores rendimientos. Las otras dos ocupan discretas posiciones centrales. Y de las siete, cinco ya hicieron la siega de la cebada, sin que esta condición modifique sus rendimientos en la siguiente, que pueden ser superiores, medios o ínfimos. Ocurre además que las dos que ocupan los puestos inferiores son las que reciben una mayor cantidad de encargos distintos, entre los que se incluyen todos los de la siega de los garbanzos.

     La extracción de las cuadrillas parece tener algo más de responsabilidad. Las familiares obtienen unos rendimientos muy discretos, en torno a los valores centrales, y solo consiguen elevarlos algo cuando su tamaño es drásticamente reducido. Una de ellas es la que ocupa el último puesto, en el que se acumulan tres siegas distintas, entre las que se cuenta una de las dos de garbanzos. Pero las cuadrillas familiares son un fenómeno marginal y nunca se hacen responsables de grandes cantidades de superficie.

     El tamaño de las cuadrillas parece corresponder en mayor medida a los rendimientos. En diez de los veintidós casos, a menor tamaño de la cuadrilla, menor rendimiento, lo que indicaría que el cálculo previo la cantidad de trabajo necesaria se excedió. Por su parte, la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla es la que se muestra más favorable a una correspondencia entre términos. En catorce de los veintidós casos, a más tierra adjudicada, mayores rendimientos. La consecuencia más visible de la responsabilidad que pudo tocar a este factor es que las dos cuadrillas malas efectivamente ocupan puestos entre los seis rendimientos más bajos. Al interrumpir sus trabajos el día 11, naturalmente dispusieron de menos superficie que segar.

     A la cantidad de tierra adjudicada a cada cuadrilla desde el principio le hemos reconocido relación causal con su tamaño. La mutua determinación entre estos dos factores, al tiempo que la responsabilidad dominante sobre la cantidad de tierra adjudicada, queda en evidencia cuando a una cuadrilla se le adjudica poca superficie y puede obtener un rendimiento algo más discreto, sin salir de los inferiores, reduciendo mucho su tamaño.

     Cualquier correlación queda pues muy lejos de una explicación satisfactoria para todos los casos. Pero todo indica que tuvo un poder decisivo sobre los rendimientos un ponderado proceder discriminatorio por parte de la casa. De su voluntad dependía el factor visible de más peso, la cantidad de tierra que se adjudicó a cada cuadrilla, y de la misma el encargo de más trabajos o de los trabajos en siegas que pudieran contrapesar unos pésimos rendimientos en la del trigo.

     La siega de los yeros tal vez fue la más dura. El propio documento, para referirse a ella, habla de segar o arrancar los yeros, que se habían cultivado en los llanos frente al edificio del cortijo central de la casa. Es posible que con la segunda opción esté relacionado que todos los que se plantaron aquel año fueron yeros menudos. La dureza del trabajo, en cualquier caso, la pone en evidencia que todos los rendimientos están por debajo de la unidad de superficie por segador (primera, 0,74; segunda, 0,69; tercera, 0,38; cuarta, 0,57; séptima, 0,75; vigésimo segunda, 0,23). La diferencia de rendimientos en este caso, más que de la cantidad de tierra asignada, fue consecuencia del tamaño de las cuadrillas, que cuando queda por debajo de diez los favorece, pero que cuando supera esa cifra, por exceso, podía actuar como factor negativo.

     Si partimos de la discrecionalidad con que actuaba la administración de la casa, debemos reconocer que el reparto del trabajo, concentrado en las cuadrillas selectas,  esta vez fue generalmente equitativo, aunque la vigésimo segunda fue discriminada. Cinco de las cuadrillas que participaron en esta actividad segaron una cantidad de superficie similar. Tan solo la vigésimo segunda quedó lejos de unos valores tan concentrados. Pero a todas favorecería haber sido elegidas para este trabajo. Fue el mejor remunerado con diferencia.

     En la siega de los garbanzos las dos cuadrillas que en ella intervinieron justificaron sus tamaños. Sus rendimientos fueron similares y nada esforzados (tercera, 1,75; séptima, 1,56), pero los tamaños respectivos (13 y 9 hombres) les permitieron abarcar importantes áreas. Al mismo tiempo que este trabajo los liberaría parcialmente de la siega del trigo, de cuyos rendimientos inferiores fueron responsables, les permitiría compensar ingresos. Todo indica que gracias a estas decisiones recíprocas las cuadrillas tercera y séptima se vieron favorecidas.

     Para la siega de la escaña también fueron elegidas solo dos cuadrillas, la vigésimo segunda y de nuevo la tercera. A cualquiera de ellas se le asignó una superficie casi idéntica. Para la vigésimo segunda aquella cantidad fue parte de su trato diferenciado. Las diferencias de rendimiento (vigésimo segunda, 2,48; tercera, 1,63) fueron consecuencia directa de los respectivos tamaños.

     La siega del centeno le fue encomendada a una cuadrilla, la quinta, que había obtenido uno de los mejores rendimientos en la siega del trigo, de características muy similares. En esta ocasión su rendimiento fue el más bajo de todos, 0,19 unidades de superficie por hombre, consecuencia directa de que la cantidad de superficie sembrada de centeno se había reducido a 1,33 unidades de superficie.

     Aunque cualquiera de los rendimientos de la siega de los cultivos asociados queda muy lejos de los rendimientos de las cuadrillas que trabajaron en el trigo, no cabe adjudicar estas diferencias a una dispersión de las cuadrillas en más de una siega a la vez. La documentación insiste en que acometían una cuando terminaban la otra, lo que no siempre excluye la posibilidad de alguna jornada de transición durante la cual la cuadrilla fuera repartida en dos áreas diferentes.

     Los muy bajos rendimientos de la siega de las especies asociadas, si se los compara con los del trigo, sería la mejor demostración de que atribuirla discrecionalmente era una forma directa de decidir a favor de determinadas cuadrillas. Una tabla con el balance de toda la tierra segada por cada cuadrilla apenas modificaría lo que se observa a través de la siega del trigo, que impone su ley por abrumador dominio cuantitativo. De las 927,99 unidades de superficie segadas en esta fase definitiva, en la que se incluye la siega de la cebada, que fue su avanzada, 752,75 fueron de trigo, de las cuales 143,25 correspondieron a uno de los cortijos anexos, 174,92 al otro y 434,58 al cortijo central de la explotación. Las de cebada fueron 65, las de escaña, 43,58; las de yeros menudos, 28,58; las de garbanzos, 36,75; y las de centeno, 1,33. De donde se deduce que las de trigo fueron más de las cuatro quintas partes de la tierra puesta en explotación.

Era el 4 de julio y la cuadrilla segunda aún no había concluido sus trabajos, pero formalmente, entre el 28 y el 30 de junio fueron liquidados los de las veintidós contratadas para la fase definitiva de la siega, si bien hay indicios suficientes para pensar que las liquidaciones en realidad pudieron prolongarse hasta el 11 de julio.

     Estaban pendientes de los precios que se decidieran para cada uno de los trabajos. En el transcurso del mes de junio, después del 3 pero antes del 30, don Ramón y don Miguel Sanjuán, don Antonio Ríos Cuestas y don José Gavira, los labradores de referencia a partir de los cuales se evaluaría el trabajo de la siega del trigo y sus especies asociadas, si debemos aceptar lo que literalmente sostienen nuestras fuentes, se habrían decidido a pagar determinadas cantidades por sus unidades de superficie segadas. La casa las habría conocido y, calculado el precio medio resultante de aquellas cotizaciones, tal como estaba acordado con todas las cuadrillas, decidió pagar por la unidad de superficie de trigo o centeno segada 39 reales, por la de yeros menudos, 55; por la de cebada, 40; por la de escaña, 25; y por la de garbanzos, 30. No obstante, hubo una excepción. A la séptima la siega de los garbanzos se le pagó a solo 15 reales la unidad de superficie, la mitad de lo acordado. La razón para la rebaja que expuso el administrador fue que habían estado muy endebles. Como a la otra cuadrilla que participó en la siega de los garbanzos la unidad de superficie sí se le pagó a los 30 reales estipulados, se puede interpretar que quienes estuvieron endebles fueron los miembros de la cuadrilla séptima durante las jornadas que emplearan en aquella parte de su trabajo. No obstante, no es posible excluir por completo la posibilidad de que la apelación a la endeblez sea una referencia a la calidad de la cosecha que había crecido en el área que le fue asignada a la cuadrilla peor pagada.

     La combinación de cantidad de tierra adjudicada a las cuadrillas con su tamaño, la acumulación de trabajos y los precios que para ellos finalmente acordó la casa hizo posible que las diferencias de renta percibida por los segadores pudieran ser muy acusadas; tanto como la que hay entre 3.978,17 reales, que fue la cantidad percibida por la segunda cuadrilla, la que más ganó, y 234, la ingresada por la décimo tercera; una diferencia que se expresa mejor si se tiene en cuenta que la mayor contiene a la menor algo más de diecisiete veces. Luego entraba dentro de lo posible que un grupo restringido de asalariados, sujetándose a los dictados del destajo, pudiera ganar hasta diecisiete veces más que otro.

     Entre uno y otro extremo el recorrido de la renta, sin embargo, se agrupa con relativa claridad, a diferencia de lo que ocurría con los rendimientos, de modo que la diferencia de rendimientos por unidad de superficie sería parcialmente neutralizada por el dinero ganado por el grupo. Aunque el caso que roza los 4.000 reales es excepcional, tan singular como el siguiente en el orden de los tamaños de las rentas, que alcanza los 3.400, la serie de las que quedan comprendidas en el intervalo entre 2.000 y 3.000 está nutrida por ocho cuadrillas. El rango de la élite que forman las cuadrillas por razón de renta, que comprende poco menos de la mitad de ellas, estaría delimitado pues por el mínimo 2.000 reales.

     A partir de ahí se abre un abismo. Entre el valor 2.000 y el 1.000 solo hay un caso, por debajo de 1.500. Así que el segundo rango al que podían aspirar las cuadrillas estaría claramente marcado por el intervalo 500-1.000 reales, en el que se encuadran otras nueve, casi la otra mitad. Las dos inferiores no solo quedan por debajo de 500 sino que además la menor es casi la mitad de la antecedente.

     El alcance personal de aquellas diferencias era aún menos acusado, gracias a que el tamaño de las cuadrillas habría sido previsto como el atenuante de las diferencias entre los encargos y por tanto entre las rentas totales obtenidas. Esta vez la diferencia entre lo ingresado tras el reparto equitativo por el que más cobró (568,31 reales, cada uno de los hombres de la segunda) y el que menos (82,55, cualquiera de quienes trabajaran en la denostada décimo novena) es solo de algo menos de siete veces el valor más bajo, casi la tercera parte de la diferencia que separaba entre sí los ingresos totales de las cuadrillas; lo que no obsta para que sea necesario reconocer que un segador destajista podía ganar hasta unas siete veces más que otro, primero por razón de trabajo asignado por los responsables de la labor donde trabajara y en segundo lugar por el tamaño de la cuadrilla en la que se integrara, inversamente proporcional al rendimiento que de él se podía esperar.

     Aunque los casos se pueden también agrupar por rangos, las distancias que separan unos de otros no son tan amplias, si exceptuamos un grupo de cabeza, muy destacado de los demás. Ingresa por encima de los 400 reales y abre una brecha con el siguiente de unos 50. Pero a  partir de ahí las diferencias quedan bastante atenuadas. Entre 350 y 250 aproximadamente se encuadran los miembros de nueve cuadrillas, casi la mitad, y entre unos 220 y 100 quedan otros nueve. El último valor, 82,55, es bajo todos los conceptos una excepción, a pesar de lo cual es necesario reconocer que, trabajando a destajo, cualquier segador con seguridad podía conseguir durante el tiempo que se empleara en esta actividad unos ingresos en efectivo superiores a los que obtuviera si se empleara como asalariado regular para trabajar en otras tareas. Mientras que si se empleara bajo esta condición, durante un periodo de 25 días, similar al que puede estimarse para cualquiera de las cuadrillas de la siega, ingresaría en concepto de jornal 87,5 reales, si completara el trabajo que se le asignara como segador podía aspirar a ingresar como mínimo algo más de 100 reales.

     Nada de esto impedía que la casa, aun repartidas las rentas directamente relacionadas con la productividad del trabajo, todavía se esforzara en completar la discriminación sirviéndose de gratificaciones. Las recibía íntegramente el capataz, quien luego las repartía entre quienes hubieran sido distinguidos con ellas. Para la casa, sería la manera más directa de declarar sus preferencias, beneplácitos y condenas, y estimular las diferencias y la competencia entre trabajadores.

     Los primeros y más agraciados eran los propios capataces, ya distinguidos con los poderes del cabo sobre sus escuadras. Los hubo que consiguieron sumar hasta 40 reales a los ingresos que obtenían como miembro activo de la cuadrilla que dirigían, lo que se pudo traducir en pasar de 315,73 reales a 355,73, que sería tanto como incrementar sus rentas en más de una décima parte. También hubo quien sumó 35, y una buena porción, hasta siete capataces, añadió 30, en la mayor parte valiéndose solo del premio a su trabajo en la siega del trigo, en otra sumando la dirección de los trabajos en el trigo, la cebada, los garbanzos y la escaña. Porque las gratificaciones del trabajo en el trigo siempre eran notablemente más altas que las más modestas que se percibían por cualquiera de las otras siegas. Y también hubo quienes se quedaron en una discreta zona intermedia, no demasiado concurrida, entre los 25 y los 10 reales de premio.

     Aunque hay una alta correspondencia entre el volumen de trabajo desarrollado y las gratificaciones de los capataces, se detectan casos de visible preferencia, como el del capataz de la cuadrilla vigésimo segunda, que encabeza la tabla de las gratificaciones, cuando el valor del trabajo de su cuadrilla, aunque alto, estaba a más de mil reales de distancia de la cabeza. Algo similar, aunque no en un grado tan alto, ocurre con las sexta, octava y novena. Pero donde la discriminación se concentra es en ignorar la gratificación. Hay siete capataces que no reciben ninguna.

     Contra todo pronóstico, el capataz de la décimo novena, Manuel Díaz Román, también estuvo entre los mejor gratificados por su trabajo en la siega del trigo, los que fueron discrecionalmente agraciados con 30 reales y más. El administrador justificó tan inopinada generosidad, puesto que se trataba del capataz de una de las cuadrillas de segadores malos, aclarando que se vino enfermo, muriéndose. A 30 reales -un tercio de la renta menor que se podía percibir por un mes de trabajo a destajo- ascendería en aquel momento lo más parecido a una indemnización compensatoria de muerte relacionada con el trabajo.

     La interrupción del trabajo de la décimo novena el 11 de junio pudo estar relacionada con este desenlace, y cabe la posibilidad de que la décimo cuarta, que abandonó el mismo día, se viera arrastrada por una reacción solidaria contra la misma circunstancia. Eso daría un giro a la calificación del trabajo desarrollado por aquellas cuadrillas, a las que a pesar de todo el administrador no dejó de calificar como malas, una valoración que puede incluir tanto las exigencias de los contratantes como la dureza del trabajo. Tanto el tamaño de la recompensa como la persistencia en la opinión adversa, a pesar de la evidencia fatal, deben tomarse como testimonios directos de la responsabilidad que el contratante estaba dispuesto a reconocerse en hechos de aquella naturaleza.

     Atadores, para la siega del trigo, eran los miembros de la cuadrilla que hacían las gavillas, quienes también eran objeto de gratificación. El espectro de sus premios es más reducido. Nunca pudo proporcionar un ingreso que incrementara de manera sensible el que se obtenía como miembro regular de la cuadrilla. Todas las gratificaciones repartidas entre ellos están comprendidas entre 10 y 20 reales, y de nuevo premian con criterios muy selectivos a los que trabajan en cuadrillas que ya han sido distinguidas con los demás recursos discriminatorios al alcance de la administración. Pero igualmente el anatema cae sobre una parte de quienes desempeñaban aquel trabajo. Ahora incluso con más severidad. Son 12, más de la mitad, los atadores que no recibieron aquel reconocimiento.

     El último recurso para marcar las diferencias entre las cuadrillas era darles una gratificación para que la gastaran en vino para todos los miembros de la que hubiera sido agraciada con tan alta distinción; más otra declaración de los contratantes, y de su manera de concebir las relaciones con quienes les proporcionaban el trabajo que convertía sus gastos en renta, que una forma de la gratificación. Cargar con los costos de una pretendida celebración por el final de los trabajos sería su manera de representar que la armonía entre las partes quedaba consagrada por una libación. Nada en los testimonios asegura que aquella cantidad fuera invertida en aquel consumo, y nada impide pensar que podría ser repartida entre los miembros de la cuadrilla como un complemento más de su nómina.

     Tampoco está claro que no fuera un recurso marginal para levantar una última barrera para marcar las diferencias entre destajistas. Facilita que sea un último medio de discriminación la participación en más de una siega. Aunque siempre sería exiguo, todavía fue capaz para discriminar con el arma de las recompensas valiéndose de una estrecha banda, la comprendida entre los 20 y los 8 reales. La serie de todos los casos, si exceptuamos el de la quinta cuadrilla, es capaz de tomar siete valores distintos, y servirse de la intervención en distintas siegas para llevar a los lugares más altos el más disperso de los reconocimientos. Aunque la serie redunda en las jerarquías ya consolidadas por otros conceptos, la cantidad dada para vino añade un matiz de cualificación de los trabajos que hace que se consoliden en la preeminencia cuadrillas ya favorecidas por otros medios, y demuestra que hubo ocho cuadrillas, todas a partir de la décima, que no tuvieran oportunidad de probar el vino, aunque se lo propusieran, a costa del reconocimiento de la casa.

     Los 40 reales para vino que recibió la quinta son evidentemente una excepción, que sin embargo se explica con facilidad. Fue la comunión con la casa bajo esta especie la que salió al paso de la reclamación por parte de la cuadrilla de más precio del acordado para la siega del centeno. Argumentó que lo habían segado bajo. Pero se convinieron por fin dándoles 20 reales para vino, a sumar a los 20 que ya habían percibido por el mismo concepto como gratificación de su trabajo en la siega del trigo.

     La última manera de gratificar consistió en que la casa condonara a las cuadrillas el pago de la mitad de los derechos de medida que les tocaba. Fue el trato común, probablemente porque los gastos ya los hubiera adelantado la casa, que a su vez sería quien previamente contratara a los agrimensores que hacían las mediciones. Dieciséis de las veintidós cuadrillas que segaron el trigo se vieron recompensadas de esta forma, cuatro de las cinco que ejecutaron la siega de la cebada, las seis que participaron en la de los yeros, una de las dos que segaron garbanzos y las dos que segaron la escaña.

     Excepcionalmente, se habían avenido a no medir sus tierras dos de las cuadrillas que hicieron la siega del trigo y una de las que hicieron la de los garbanzos. El compromiso lo adquirieron con el aperador, a cuyo cargo quedaba la estimación de la superficie segada. De la manera de expresarse los textos se deduce que se calculaba de antemano, como parte del compromiso inicial. Esto, además de que eximiría a las cuadrillas de cargar con aquel costo, todavía podía permitir algún trato de favor. La décimo quinta, que fue una de las dos que se atuvo a esta posibilidad, por la siega del trigo cobró dos fanegas dos celemines de más por equivocación del aperador.

     Valiéndose de este recurso, resultarían indirectamente penalizadas las que tuvieran que cargar con la obligación de pagar su mitad. Así sucedería a cuatro de las cuadrillas que participaron en la siega del trigo (décimo primera, décimo octava, décimo novena y vigésimo primera), una de las que participaron en la de cebada (la primera) y la que hizo la siega del centeno (la quinta). Así puede deducirse de que los testimonios, para estos casos, silencian que la mitad de los derechos de medida les fueran condonados.


Primeras siegas

Andrés Ramón Páez

Una casa agropecuaria podía estar interesada en la producción de aceite, en la de vino, en la cría de ganado de cualquier especie. Ninguna de estas actividades sería suficiente para satisfacer por completo su plan. Una labor, la explotación destinada a la producción de trigo y sus cultivos asociados, era la pieza imprescindible para las que aspiraban a las primeras posiciones, un rango para el que nunca faltaban competidores. Les proporcionaba al menos la mitad de los ingresos que obtuvieran cada año. Tan importante renta, cuyo tamaño la justificaría, se la jugaban a la siega, el trabajo decisivo de la recolección.

     En una labor de primer orden, mantenida por una casa que estaba interesada al mismo tiempo en todas las producciones que se han mencionado, este trabajo empezó con la siega de las habas, un cultivo al servicio del barbecho que se ha solido llamar semillado, a su vez tributario del cultivo determinante, el del trigo. Para ella fueron contratadas tres cuadrillas de trabajadores del campo, que la casa identificaba por el nombre de su capataz, quien antes había reclutado a los que en cada una trabajarían con él. La de Manuel Caballero Martos sumó quince jornaleros o trabajadores esporádicos, Cristóbal García López, Tobalo para los amigos, compuso la suya con trece y Francisco Blanco González con diecisiete o dieciocho mujeres también de la clase de los asalariados. Mientras que las de hombres se ajustaron a siete reales secos, es decir, sin comida o solo por una cantidad de dinero por cada día trabajado, la de mujeres lo hizo por la mitad, tres reales y medio. No obstante, porque era una costumbre aceptada en todas partes, a todos se les permitió mientras segaran recurrir a las habas que recolectaran para que se hicieran un guiso diario.

     A los capataces de las cuadrillas de hombres el administrador de la casa les adelantó cantidades a cuenta de la remuneración del trabajo que iban a hacer, mientras que para la de mujeres dio al aperador, responsable directo de las actividades de la explotación, el dinero que debía servir al mismo fin, para que les pagara diariamente en el cortijo donde debían actuar. Los adelantos a costa del trabajo que se iba a realizar, que era una práctica regular en estos casos, serían tanto una apuesta a favor de quienes iban a hacerlo como una satisfacción al apremio de quienes dependían de la renta diaria para hacer frente a sus necesidades de consumo.

     La cuadrilla de mujeres empezó a trabajar el 7 de mayo y a partir del 9, cuando todos salieron temprano para el campo, trabajaron simultáneamente las tres. En el primer cortijo de la explotación, el que hacía de centro de sus actividades, las encontró aquel mismo 9 de mayo el administrador, quien fue a inspeccionar cómo marchaba la siega que les había encargado. Las hay medio verdes, escribió, refiriéndose a las habas, aunque otras están maduras, en vista de lo cual a los segadores les encargó que fueran dejando atrás las verdes, para evitar el agracejo o mal sabor que tal vez tuvieran, consecuencia de que les faltaba maduración.

     La siega de las habas se prolongó hasta el 17, el mismo día que fue pagada a jornal, y por tanto sin medir ni separarse los costos de la siega. Habían sido once días en total para la cuadrilla de mujeres y nueve para las dos de hombres, aunque a estas en realidad solo les había ocupado siete, porque los dos últimos, el 16 y el 17, los habían empleado en atar las habas que habían recolectado. La cuadrilla de Cristóbal García López había acumulado ciento treinta y ocho peonadas, de las cuales ciento nueve habían sido de siega, mientras que las otras veintinueve las había empleado en atar las habas. El capataz, como reconocimiento a su responsabilidad, recibió un plus de un real, sobre los siete acordados, por sus nueve peonadas, además de una gratificación de otros cinco, aunque no es costumbre, para redondear los cuatro adelantos y la liquidación. La de Manuel Caballero Martos sumó ciento treinta y siete peonadas, de las cuales ciento dieciséis fueron de siega y veinte de atar o engavillar, a lo que se le sumaron las nueve de una mujer que durante aquellos días trabajó con los hombres de la cuadrilla. El capataz recibió el mismo plus y la misma gratificación que el de la otra. Por último, la de Francisco Blanco González acumuló ciento sesenta y una peonadas, hechas por entre once y dieciocho mujeres entre el 7 y el 17. De siega fueron ciento treinta y cinco y veintiséis de atar las gavillas. Al capataz se le reconocieron las once peonadas a ocho reales, cantidad en la que iba incluido el real de plus.

     Terminada la siega de las habas, se emprendió la de cebada, un cultivo al que las casas invariablemente dedicaban atención por la responsabilidad que le tocaba en la alimentación de su ganado. El 19 de mayo fueron contratadas cuatro de las cinco cuadrillas que debían realizarla. De nuevo Cristóbal García López organizó una con siete hombres. Francisco Blanco González, que para las habas había preferido mujeres, esta vez reunió diez hombres. Las otras dos las reclutaron capataces que antes no habían actuado. Manuel García, alias Piña, creó la suya con siete destajeros, y Francisco Escamilla Lora reunió solo seis. Debían salir a trabajar al día siguiente, el mismo durante el que el administrador completó la contratación de los hombres que había creído necesarios. Otra vez Manuel Caballero Martos se comprometió con siete destajeros, bajo las mismas condiciones y con los mismos medios.

     Todas las cuadrillas se ajustaron exponiéndose a las tensiones que conociera el mercado de trabajo durante aquellos días, a lo largo de los cuales su demanda se incrementaba, tal como era habitual. Las partes se limitaron a remitir el jornal al precio medio que paguen sus fanegas de cuerda don Ramón Sanjuán, don José Gavira y don Antonio Quintanilla, labradores que también cultivaban cebada, quienes por causas que no conocemos servirían de referencia a las explotaciones de aquel término. Para contribuir a su trabajo, cada cuadrilla recibió del almacén de la casa unas aguaderas, cuatro cántaros pequeños y un lebrillo, medios que creerían necesarios para sostener el trabajo en la besana cuando ya el verano estaba próximo. Las aguaderas, que se hacían con madera o con esparto, estaban pensadas para cargarlas sobre bestias. Las dividirían en cuatro compartimentos, dos a cada lado de la bestia, para colocar los cuatro cántaros, vasijas de barro de las que regularmente beberían. El lebrillo, más ancho por el borde que por el fondo, de barro vidriado, lo utilizarían para asearse.

     El 24 de mayo, mediada la siega de la cebada, el administrador fue al cortijo para ver el rastrojo que estaba dejando. En su opinión, las cuadrillas lo llevaban regular, una expresión, más que imprecisa, moderadamente descalificadora. Pero para aquel momento su interés estaba ya concentrado en la inspección de los trigos. A su juicio estaban casi para segarlos, con el grano regular, principalmente en uno de los tres cortijos integrados en la labor de la casa; aunque las espigas, al menos las que aquel día vio, eran cortas y generalmente con pocas órdenes; de donde dedujo que proporcionarían poco en simientes, si la granazón no acababa muy perfectamente. Tampoco de esto percibía las mejores señales en aquel momento. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día, se lamentó.

     Parece que las cuadrillas contratadas regularon con autonomía sus ciclos de trabajo. A los dos días de haber empezado el suyo, la de Cristóbal García López se volvió a la población para holgar por primera vez, y aquel mismo 24 de mayo hicieron su primera huelga las cuadrillas de Manuel García alias Piña, Francisco Escamilla Lora, Francisco Blanco González y Manuel Caballero Martos.

     La frecuencia con la que se movieron se puede aproximar. Todas, a la espera de que su trabajo tomara precio, también para esta ocasión fueron recibiendo dinero a cuenta, las cuatro primeras los días 19, 23 o 24 y 29, y la quinta, el 20 y el 24. Dada la regularidad con la que los capataces acudían a las dependencias de la administración de la casa para tomar estos adelantos, se puede suponer que del mismo modo podrían regular su retorno a la población las cuadrillas de segadores. Bajo este supuesto, el calendario de sus movimientos, contando con que la primera fecha es la de partida, sería 23 o 24 de mayo para todas, es decir, entre cuatro y cinco días después de la partida, y entre cinco y seis para el siguiente y definitivo retorno. Probablemente, las cuadrillas fijaban su residencia en el cortijo de un modo muy inestable, y la frecuencia de sus desplazamientos iría en detrimento de la duración efectiva de la jornada de trabajo. Parte de la responsabilidad de tan segmentado empleo de la energía pudo corresponder a que su ajuste tampoco incluía la comida.

     El 26 el administrador fue de nuevo a la explotación. Esta vez estuvo viendo la sementera de trigo en las otras dos unidades integradas en ella, donde, según observó, ya iba granando medianamente. También supervisó a los segadores de la cebada, a la que, en su opinión, le había faltado la primavera. Aunque continuaban cortándola, estaba espesa como un linar, todo lo mala que cabe, lo mismo de paja que de grano.

     El 29 los asalariados que habían sido destinados a sacar las gavillas de habas, porque habían quedado en la besana una vez segadas, una parte de los que habitualmente contrataba el aperador para cualquiera de los trabajos que fueran necesarios, habían terminado este trabajo. En la unidad central de la explotación, desde días antes, otra parte de ellos estaba ya trabajando en su trilla con los mulos de la casa. Las gordas ya las tenían limpias y de las menudas estaban aventando la primera parva. Dieciséis de ellos todavía debieron seguir en la era del cortijo trillando habas menudas con los mulos los días 30 y 31 de mayo y 1 de junio.

     Mientras tanto, el 27 había empezado, en el nombre de Dios, el acarreo del grano de la cosecha de aquel año, que se concentraba íntegramente en las dependencias de la casa en la población. Aquel día las burras de la casa habían llevado tres viajes de habas, y los mulos, solo uno. En total, ciento sesenta y una fanegas, de las cuales ciento quince eran de habas gordas y cuarenta y seis de menudas. Las dejaron en uno de los graneros de la casa. A partir de aquel día continuaron porteándolas al mismo lugar los días 30, 31 y 1 de junio, y era ya el 3 cuando los mulos todavía estaban llevando habas menudas, lo que seguirían haciendo hasta concluir su almacenamiento.

     Aunque el 28 de mayo terminara la siega de la cebada, no se liquidaron cuentas, a la espera de que el consorcio de labradores tarifara todo el trabajo de quienes segaban. No obstante, el 29, cuando cuatro de las cinco cuadrillas estaban percibiendo sus últimos adelantos a cuenta, dos de los capataces, Tobalo y Piña, le entregaron al administrador sus fes de medida del terreno segado, hechas por un agrimensor, don Pedro Calvo, para que cuando hubiera precio pudieran liquidarse sus cuentas. De aquellas certificaciones, que fijaban con precisión e independencia arbitrales toda la superficie segada por cada cuadrilla, dependían sus ingresos, porque tal como se acordaba en todos los casos se tarifaba la remuneración del trabajo por unidad de superficie.

     En aquella ocasión la cebada segada estuvo concentrada en uno de los tres cortijos de la explotación, la mayor parte de ella en áreas indiscriminadas de él, otra en el llano del pozo y el resto en el haza de la laguna. El balance de la superficie de cebada que se había segado fue de sesenta y cinco unidades de superficie. Cada una de las cinco cuadrillas había segado en torno a una quinta parte de aquel total. La diferencia entre la que más había segado y la que menos no llegaba a las tres unidades de superficie.


La invención de la historiografía

Recopilador

La historiografía quedó fijada como género literario en la Grecia clásica. Las propiedades que entonces le fueron adjudicadas decidieron los límites dentro de los que estuvo durante toda la antigüedad. Uno de ellos impondría las exigencias de forma y el otro decidiría sobre su finalidad. Ni uno ni otro eran consecuencias que debieran derivarse del hecho de que fuera recibida como género, aunque en los dos casos hubo de ser inevitable que los hábitos antes adquiridos para organizar y justificar el relato del pasado transfirieran al menos una parte de la autoridad que espontáneamente la tradición confiere. Fueron decisiones propias de hombres que vivieron en aquella cultura, que aunque heredera y respetuosa con las de Egipto y Próximo Oriente que le habían precedido prefirió crear en el tiempo de su mayor independencia bajo los principios de razón y orden.

     A partir de entonces el relato histórico estuvo regido por la condición de la calidad literaria. Tanto las narraciones escritas en griego como las que luego fueron redactadas en latín se atuvieron a esta norma. Si bien es cierto que ninguno de los dos precedentes del género de los que podemos tener certeza fue ajeno al interés literario, sería no reconocer los hechos ignorar que mientras en los anales el interés literario es circunstancial, en las narraciones inspiradas por mitos aquel interés es permanente y estimula todo el trabajo. De aquí habría que deducir que la historiografía clásica, en su origen, estuvo preferentemente influida -hablando solo de las tradiciones que en ella pudieron converger- por la mitografía. Eso significaría que pudo ser más poderosa como fuente la evocación de ideas ejemplares que la veracidad o la fidelidad a los hechos de referencia que el relato expone. Aunque entre los antiguos la aspiración fundamental a la verdad nunca fue discutida, sin embargo se exigió que la obra histórica fuera literaria. Todo quedó subordinado a la eficacia artística. Nunca se emprendería el análisis adecuado de las obras de historia escritas durante la última antigüedad si no se las tomara como obras literarias. La idea la resumió un contemporáneo, Quintiliano, en una máxima muy expresiva: la historia es casi poesía y en cierta manera canto libre.

     Pero otra característica definió formalmente este tipo de creaciones en la antigüedad, y facilitó la recepción de la analística. En todos los casos, la obra antigua de historia debía tener un fino sentido político, aunque no exactamente público. Debía ayudar a que en la ciudad hubiera un adecuado clima de convivencia, así como a que quienes en ella habitaran se sintieran identificados entre sí como parte necesaria de la vida en comunidad a la que inevitablemente pertenecían por nacimiento. También en este caso las ideas fueron depuradas hasta transformarlas en un aforismo: la historia debe ser encomio para los amigos y denuesto para los enemigos. Aunque expresadas en estos términos las ideas deban ser declaradas originales de la fijación de la historiografía, es inevitable reconocer en su fondo la responsabilidad que los anales tuvieron en la definición y sostén de las instituciones políticas egipcias. La diferencia entre una y otra iniciativa está en que la versión más tardía o desarrollada es declaradamente política.

 


Honras fúnebres

Eusebio Queralt

El estado de enajenación, en ocasiones al menos, puede exponer a riesgos fuera de control para quien le corresponde ser el otro en la convivencia, como a menudo le ocurría al profesor Duhamel a causa de Dorita Lorenzo, madre de siete hijos que tenía que compartir su vida con un desequilibrado, a veces presente, a rachas ausente, y siempre desentendido de las obligaciones del hogar, aun siendo corresponsable de tanta criatura superviviente, de tanto parto por su plétora desencadenado. De jóvenes, habían desistido del matrimonio por razones divergentes, él por su falta de talla y ella por el exceso de longitud de una de sus piernas. Alcanzada la edad de la desidia, que a los humanos embosca tras cualquiera de los cumpleaños, ambos habían derivado al consumo de alcohol, lo que les pareció coincidencia angular para cimentar su sociedad. Partían de que tampoco las mercantiles tienen mejores fundamentos.

     En la casa que a ella su madre le dejara abrieron una droguería, en la que pasaban los días y las horas atendiendo esporádicos clientes, la botella bajo el mostrador. Cuando los lazos de la nueva mancomunidad estaban más anudados, sus orgías completaban el sueño de sus vecinos con tal complacencia mutua que tanto unos como otros, presas del mismo entusiasmo, hubieran preferido que los metros fueran kilómetros. Liquidaban con tal desenfreno su patrimonio que un caritativo pariente de ella, aconsejado por su esposa, una mujer con todo su cuerpo cubierto de vello, versión degenerada de la hembra de los orangutanes, que se esforzaba en pasar por humana, decidió permutarles el que les quedaba por la reparación de su modesta vivienda.

     La convivencia del matrimonio, levantada sobre los desórdenes del alcohol, impulsada por la caridad conquistó su siguiente dominio en las disputas sobre el mal empleo de sus bienes menguantes. Si se felicitaban por anudar estos nuevos lazos nunca fue sabido, porque preferían materializar el estado de sus respectivos ánimos con el recíproco lanzamiento de improperios. La intensidad que alcanzaron permite aventurar que probablemente su bienestar creciera con la combinación de engaño y ruina en la que habían incurrido. Extremaron tanto la explotación de esta fuente de su felicidad que depuraban la satisfacción de sus deseos como odio radical, humor que solo los sentimientos más intensos destilan en las inteligencias más despiertas.

     Llegaron a no soportarse, razón por la que él se ausentaba. Cuando llegaban los días de la soledad, el copartícipe en fuga, porque la asociaba con la persistente falta de lluvias, Dorita imaginaba un desierto tan inagotable que prefería concederse la muerte moderada, previo anuncio reiterado, con suficiente antelación, del fin a sus días por obra de su voluntad. Aprovechando que las corrientes subterráneas se habían interrumpido, se bajaba al pozo de la casa sirviéndose de los mechinales previstos para trepar sus muros, y se sentaba en la piedra que había en el fondo, los pies enjutos, la cabeza baja, en una sobrecogedora penumbra que dramatizaba la luz cenital, como la que alumbra El sueño de Constantino; con la esperanza de despertar compasión y atraer los corazones solidarios.

     Sus hijos la llamaban asomados al brocal, mientras los vecinos le rogaban que depusiera su desasosiego. Todos la reclamaban, nadie arriesgaba su vida. Había que esperar a que el profesor Duhamel, su vecino de al lado, regresara de su trabajo, concluida su jornada. Le bastaba ver la expectación a la entrada de la casa, según se aproximaba a la puerta, para saber que de nuevo tendría que arriesgarse en un rescate. La abnegación de Duhamel, la angustia que le cerraba las vías respiratorias cuando debía descender por la boca de entrada a los infiernos, jamás mereció otro reconocimiento que el silencio, dándose por descontado que la digna de conmiseración era la prudente y calculadora enferma mental. Cuando llegaban los bomberos, Dorita ya había vuelto a la superficie. Sentada, envuelta en una manta, con la mirada fija en el pavimento, contaba las losas de la habitación; una cifra que, terminada su absorta meditación, verificaba una vez más, y con precisión infalible reiteraba a todos los presentes, innumerables, entre familia, vecinos y transeúntes.

     Llegó a tanto la desazón del profesor Duhamel que los fantasmas que cercaban la entrada al inframundo lo asediaban durante la noche. Despertaba sobresaltado y consumía en insomnio horas enteras. En una de las encrucijadas entre el sueño y la vigilia concibió un proyecto liberador, presentar un plan de reforma del edificio donde trabajaba, de cuya gestión era responsable. Acordó con el contratista presupuestarlo. La mansión que mientras tanto se construyó, lejos de Dorita Lorenzo, y en la que refugió a su familia, nació maldita, aislada y oscura, amenazada por desprendimientos y garrapatas. Pero para él fue la primera etapa de su liberación. Deshacerse de ella fue el siguiente paso, y gracias a su venta, por una cantidad inferior a unos costos con los que nunca tuvo nada que ver, pudo buscar refugio en el lugar donde había nacido, algo que para él fue como volver a la paz del seno materno.

     Vino la enfermedad a proveer un nuevo lugar de encuentro para Dorita y su  cónyuge, quienes ya recelaban del porvenir de su convivencia. No era el estado del varón tan distinto al que trajera adquirido a la sociedad por ambos con tanto acierto creada. Invitó sin embargo la mujer al hombre a la consulta de cierto médico, con quien en común habían iniciado una fluida relación en la barra de un bar, mientras se castigaban con un paréntesis a sus gratas desavenencias. Desprovisto de fonendoscopio, de cualquier medio de diagnóstico, solo observando a distancia a su paciente, sentenció que para que la salud del marido fuera preservada era perentorio su ingreso en una institución de graves especialistas. Aquel ensalmo no solo permitió mayor intensidad al vínculo, sino que tuvo el inesperado y feliz desenlace del fallecimiento del hombre.

     Había oído Dorita que la desaparición de quien ha sido el compañero de los días y las noches lo santifica, que todos los errores que cometiera en vida se esfuman en el mismo instante que la muerte lo bendice, que la pérdida irreparable lo convierte en un ser insustituible. Durante los días de convivencia que habían compartido jamás había tenido la oportunidad de reconocerlo como alguien con el que valiera la pena convivir. No por su estatura, por su torpeza en la gestión del negocio o por su falta de templanza, sino porque no es fácil que alguien vuele tan alto teniendo que hacer frente a las impertinencias de los clientes, a las miserias de los recibos, a los avisos del banco. Cómo desaprovechar aquella oportunidad única en la vida. Era la primera vez que estaba a su alcance amar intensamente a un hombre, aunque fuera solo con el pensamiento, nada menos que solo con el pensamiento.

     Dorita deseó intensamente experimentar con la bendición de la muerte, y la buscó con deleite. Muchas veces había imaginado la defunción de su difunto, sobre todo en las ocasiones en las que más la añoraba. Verse a sí misma viuda la complacía, condolida por todos, objeto de sus atenciones. Si la muerte ajena imaginada la enaltecía, ¿conseguiría por el mismo medio reivindicar a su marido? Pronosticaba que su ausencia efectiva seguro que lo dignificaría. Quería averiguar si así como a ella la muerte lo engrandecería. Daba por seguro que, habiendo desaparecido, las miserias de la convivencia también se habrían evaporado, y ya no lo afearían. Jugaba en su favor con la ventaja que por duración de la vida le había ganado.

     A las pocas semanas de la defunción todavía quiso complacerse en el mal de ausencia. Se sentó tras la ventana, mientras miraba el trasiego de la calle. Recordaba que en una ocasión, tras la tercera o cuarta copas, allí los dos se habían emocionado imaginando las vidas de quienes circulaban, filtradas por los visillos blancos. El hombre del cuello del gabán levantado detestaría su trabajo, a pesar de lo cual volvía a su casa con la mirada alta, seguro de que al día siguiente haría la misma ruta, repetiría los mismos lamentos. La anciana que se servía de un bastón viviría sola, huiría de su casa mientras hubiera alguien circulando por las calles, la única compañía que le quedaba al alcance. Las ramas del árbol se agitaban a causa del viento. ¿Se rompería alguna? ¿Caería sobre algún transeúnte? Podría ser mortal. Evocar la ambulancia la apartaba de su objetivo. No conseguía concentrarse en el placer de la melancolía.

     Probó a viajar en tren a un lugar no demasiado alejado, lo suficiente para que durante el trayecto su imaginación colocara en los mejores lugares del paisaje al difunto, calculara qué podría haber sido de su vida de haber vivido en cualquiera, lo distinta que podría haber sido su vida en cada uno. Cada uno habría sido una oportunidad de vida distinta que había quedado inédita y que sin embargo podría haber sucedido, porque todos aquellos lugares quedaban a su alcance.

     Se esforzó en imaginarlo en cien situaciones distintas y siempre se le aparecía distante, más cerca del horizonte que de donde ella estaba, imposible de alcanzar. Hubiera preferido tenerlo más cerca. No para tocarlo, sino solo por conversar. Pero se resistía a aproximarse. Se empeñaba en aparecer angélico, envuelto en auras, levitando, aquel diablo inquieto e ingobernable que ni un solo día de su vida estuvo sobrio. Para conjurarlo, probó a organizarle un día de campo, a sabiendas que una buena comida fría acompañada con tercios de cerveza sería de su agrado. Los filetes empanados eran otra de sus debilidades, la morcilla de arroz, incluso los huevos duros. Nadie podrá imaginar lo que ella imaginó para sentarlo a su lado junto a un mantel tendido sobre la hierba. Tampoco resultó. Al cabo de una hora estuvo convencida de que un viaje juntos, a alguna ciudad con buenas bodegas, tendría mejores efectos. Menos aún. Quizás un día de compras, con mezcla de copas y tiendas. Nada. Una y otra vez se empeñaba en alejarse, mantenerse en silencio y mirar al vacío. Tuvo que resignarse. Nada de lo que se representaba permitía que lo viera sin cojera, sobrio o amable.

     Derrotada, en poco más de veinticuatro horas volvió al orden ganancial y juzgó que las circunstancias en las que había desaparecido su marido eran oscuras y habían sido insatisfactoriamente explicadas. Decidió prolongar su amor ordenando la autopsia del cadáver, por si al consorte aún le quedara aliento alguno. Verificado que nada desconocido había provocado la ya irreversible muerte, todavía se negó a resignarse. Dispuso que el cadáver fuera carbonizado. Cuando le entregaron las cenizas, aún tibias, presa de intensa emoción, las tomó, y en estado de oscura conciencia se dirigió a la calle más transitada de la ciudad. Allí a su alma le proporcionó la paz definitiva esparciéndolas bajo los pies de los transeúntes.


La esquila del ovino

Alain Marinetti

Cuando una casa explotaba en sus tierras una cabaña de ovino, al llegar el mes de mayo, comienzo de la segunda temporada de las dos en las que los labradores habían dividido el año agrario, organizaba la esquila que le permitiera obtener su lana, una parte del producto pretendido si optaba por aquella empresa. Quizás para algunas de ellas no fuera el beneficio más esperado. Aunque con la obtención de leche y queso sería difícil que se pudieran alcanzar metas tan altas, la desviación regulada de una parte de la cabaña al mercado, de acuerdo con un meditado plan para su renovación, podía permitir cada año ingresos muy interesantes, y aconsejar a una parte de estos ganaderos que tal vez fuera preferible, para extraer el mejor rendimiento a su actividad, la comercialización de sus cabezas de ovino a distintas edades, y no la obtención de la lana. Pero, cualquiera que fuese la orientación preferente de la empresa, llegada la primavera era necesario descargar a toda la cabaña del pelo que le hubiera crecido en el transcurso de un año, fibra muy apreciada en los mercados del continente cuando provenía de la especie merina, en la que persistían las casas del sudoeste. Y tan inevitable como era proceder al alivio de su carga a los animales era que el producto obtenido de aquella operación proporcionara unos ingresos, si no preferentes, nada insignificantes.

     Hasta donde llega nuestra información, las casas, de la misma manera que contrataban a cuadrillas especializadas para la siega del trigo y sus cultivos asociados, para cortar la lana a su ovino recurrían a equipos de esquiladores que asimismo se pueden suponer itinerantes. Pero a diferencia de las cuadrillas de segadores, que eran pequeñas y apenas tenían marcada la función de mando, las de la esquila eran verdaderas compañías con una jerarquía tan cerrada que el responsable de todo el equipo, único contratante del grupo reconocido por quienes les daban empleo, se hacía llamar a sí mismo capitán de esquila. Solo excepcionalmente, si ocurría que mientras fuera necesario tomar una decisión que comprometiera a todos estuviera trabajando en otro lugar, delegaba sus poderes de concertación en un subordinado inmediato, es probable que muchas veces emparentado con él, que se hacía identificar como contracapitán o segundo en la línea de mando; quien, no obstante, cuando actuaba bajo estas premisas, hacía constar que había sido encargado para una ocasión tan excepcional por el único capitán de esquila.

     Las decisiones que cualquiera de los dos tomara comprometían a todos los hombres sujetos a su disciplina, los esquiladores, quienes identificados con esta denominación eran quienes debían ejecutar el trabajo. Sumaban cada día que actuaban una cantidad proporcionada al número de cabezas que fuera necesario esquilar en el transcurso de la jornada. Como las cabañas de las casas eran numerosas, y sus promotores decidían concentrar el trabajo en pocos días, el número de los esquiladores de cada jornada solía ser alto, siempre por encima de las dos decenas en las condiciones que podemos creer habituales, muy superior al tamaño de las cuadrillas que se esforzaban en la siega, equipos de tamaño variable entre cuatro y siete hombres.

     No parece que alcanzado el grado de esquilador hubiera diferencias por razones funcionales entre quienes lo tuvieran. Pero los textos, a veces, hablan, con una carga expresiva que no es necesario discutir, de esquiladores mandones, etiqueta específica y distintiva dentro del mismo tipo. La denominación, más que con alguna responsabilidad, que como capataces cargaría sobre ellos cuando actuaran los equipos complejos que se entregaran al combate cuerpo a cuerpo con los animales, tomaba nota de una categoría laboral que efectivamente era reconocida con su correspondiente remuneración.

     La casa contribuía a la recluta de aquel ejército con las tropas auxiliares, en parte al menos quintadas entre sus empleados estables. La mayor parte de sus temporiles, o trabajadores contratados por una o las dos temporadas, era la que en las casas solían llamar ganaderos, muy discriminados según especie. Los que se ocupaban del cuidado permanente del ovino estaban bajo el mando supremo del rabadán, uno de los cuatro o cinco empleados de más cualificación de cualquier casa de entidad. A su autoridad  estaban sometidos todos los pastores, cada uno de ellos responsable de una piara, la unidad de población ovina definida por un atributo común relacionado con su crecimiento natural. La menos distinguida, y que abarcaba la mayor parte de la cabaña, era la de ovejas. Pero, pensando en la salida al mercado de los animales más estimados, tanto como en la reproducción controlada de toda la manada, se podían segregar piaras de borregas, hembras de hasta dos años; de primales, ovino de entre un año y dos; y de la categoría que llamaban chicada, que separaba a los corderos nacidos en los tiempos más expuestos a los agentes patógenos, para que fuera objeto de cuidados especiales. También podían separarse para que fueran criados aparte los borregos, machos del mismo segmento de edad que sus correspondientes hembras, y, sobre todo, los carneros, los machos de la especie en la plenitud de sus atributos. En cada piara, bajo las órdenes directas de su pastor, trabajaban además los correspondientes zagales, que  alcanzaban un número que doblaba al de pastores. Mientras que en la separada por sexo y edad podía bastar con uno, en la menos discriminada el número de zagales debía ser mayor, en la proporción correspondiente hasta alcanzar aquel total.

     Completaba la nómina de los empleados permanentes para el cuidado del ovino el guarda del coto de las ovejas, encargado de preservar los espacios por los que fuera migrando aquella población en busca de pastos. Para la inevitable trashumancia del ovino, aunque fuera de corto radio, podían ser un recurso suficiente las tierras de cualquier clase que explotara la casa durante la parte del año en la que el ganado no obstaculizara los cultivos y los aprovechamientos elegidos para ocuparlas. Todo dependería de la entidad de cada cabaña. Tampoco era infrecuente, en caso de que esta fuera importante, que la casa se viera en la necesidad de arrendar pastos externos, ahora en un lugar, luego en otro, durante algún tiempo. Pero tanto en uno como en otro caso, además, como la pieza imprescindible de cualquiera de las casas era su labor, una vez que se levantaba la cosecha de trigo y sus cultivos complementarios, sus piaras, durante la segunda temporada, aprovechaban como pasto los rastrojos que en la tierra más trabajada hubieran dejado aquellos cultivos. Invariablemente, el guarda iría custodiando todos los cambios de lugar para garantizar su reserva. Es difícil sin embargo que su responsabilidad alcanzara hasta las piaras que se desplazaran a las ferias, en plena primavera, cuando hacía falta buscarle pastos a lo largo del trayecto hasta el lugar donde se celebrara.

     Cada equipo de pastores y zagales iba contribuyendo a la esquila de su piara como personal auxiliar, y al mismo tiempo presente a lo largo de todo el trabajo, junto al cual actuarían en idéntica posición a otros que citan las fuentes, como atadores, escoberos, perreros, moreneros y alguien que presume de titularse escribano, todos los cuales llegarían integrados en las cuadrillas de esquiladores. De la función que tuviera cada uno de los tres primeros no es difícil hacerse una idea, y ninguna representa una gran responsabilidad, ni siquiera un trabajo que en todos los casos fuera necesario. La del morenero, sin embargo, sí era específica y a la vez imprescindible. La esquila, inevitablemente, provocaba cortes en la piel de los animales. Para cauterizarlas se elaboraba una solución de carbón y vinagre que se conocía con el nombre de morenillo. El morenero estaba encargado de mantenerla a punto y en el lugar donde fuera necesario aplicarla al instante. Además, es muy probable que quien se hacía llamar escribano fuera el encargado de llevar un registro puntual del trabajo de cada día y su producto.

     La esquila, donde hemos podido observarla más de cerca, se ejecutaba en pocos días, unos diez para una cabaña de poco más de tres mil cabezas, lo que no impedía que se dividiera en dos fases. La primera o anticipación estaba reservada al ganado que había sido seleccionado para ir a las ferias, donde la casa se deshacía de los ejemplares que ya no necesitaba o que podían proporcionarle buenos ingresos. Habiéndose reservado el valor de su lana, además de obtener una parte de su renta, al deshacerse de él en las ferias contribuía al plan de renovación permanente de la cabaña, un recurso de la cría del ovino necesario si al mismo tiempo se deseaba obtener de él el mejor producto lanar, tanto más estimado cuanto más jóvenes fueran los ejemplares. Para apurar los ciclos de renovación los buenos criadores necesitaban encontrar el equilibrio entre la edad de los ejemplares y la productividad lanera a cada una de ellas. Parece que se inclinaban a deshacerse de los ejemplares en torno a los dos años de edad, en una proporción de dos hembras por cada macho, más algunos carneros, una parte de los cuales explícitamente habrían sido clasificados antes como mansos.

     En la segunda parte se completaba la esquila de toda la cabaña, aunque el feliz cumplimiento de cualquiera de las dos estaba sujeto a los contratiempos que podían retrasar los planes. El más recelado, tal como ocurría con cualquiera de las otras actividades agrarias, era la lluvia, que para el ovino inesperadamente podía hacerse presente con toda su carga negativa. En una casa estaba todo preparado para esquilar las borregas cuando llegó el aviso de que se habían mojado la tarde anterior con una tormenta que había caído en el coto donde aguardaban su traslado. Pareció necesario demorar el trabajo veinticuatro horas, tiempo que se juzgaría suficiente para que el vellón recuperase el estado que pareciera adecuado para la esquila, aunque la responsabilidad que tocaba a la humedad acumulada por la lana en el momento del corte resulta equívoca. A la vez que se repudiaba el efecto de la lluvia, la regla había establecido que el mismo día en que los ejemplares eran esquilados, inmediatamente antes fueran encerrados en un área reservada para este fin que se conocía con el nombre de bache, para que allí, hacinados, sudaran. Tan primitivo recurso se justificaba por la necesidad de lubricar la piel y el pelo de los animales, y así facilitar el corte de las tijeras; lo que al mismo tiempo no dejaría de incrementar el peso del vellón. Parece pues que la carga de humedad que añadiera la lluvia, pudiendo cumplir con idéntico propósito, sobrepasaría lo tolerable.

     Cada casa agraria sostenía en la población que había elegido como lugar donde concentrar sus actividades un edificio principal, para que alojara el hogar de sus titulares y fuera sede de la proclamación pública de su bienestar. La casa de campo era el lugar separado dentro de aquel edificio principal para que se dedicara exclusivamente a todas las actividades productivas, fuese la que se quiera su complejidad, que convenía centralizar o mantener bajo control inmediato de sus máximos responsables. Cuando llegaba el día previsto para su esquila, cada piara era trasladada desde su coto hasta su correspondiente casa de campo, para que allí los esquiladores hicieran su trabajo. La víspera, de acuerdo con el capitán o con el contracapitán, se elegía los ejemplares que debían ser esquilados y se estimaba cuántos esquiladores sería necesario tener dispuestos para aquella cantidad. El número previsible lo decidía primero la cantidad de cabezas ovinas señaladas y después su clase. Todo indica que regía un patrón según el cual cada esquilador debía consumar por jornada el corte del vellón de diez ejemplares: si estaba previsto esquilar doscientas ovejas, el capitán o su contracapitán debían concurrir a la casa de campo con veinte de los esquiladores bajo su mando. A partir de esta proporción se harían las previsiones, aunque luego, cada día, mientras se trabajaba, siempre se consiguiera, valiéndose de la emulación entre los trabajadores, extraerle a una parte de ellos una productividad algo mayor, tal vez compensatoria de los cálculos previos, que favorecerían a los contratados. Cuando se observan los casos, la razón entre ejemplares despachados cada día y número de hombres que actuaron siempre da un valor algo por encima de diez.

     Sin embargo, en los días en los que el trabajo se descargaba sobre cierto tipo de animales, el rendimiento podía verse incrementado en márgenes, aunque restringidos, nada despreciables. La ley que rigiera los cambios de valor dentro de esta banda, si se pretende deducir de los valores concedidos al trabajo que han quedado registrados parece sencilla. Señala a una relación inversa entre la edad de los ejemplares y el rendimiento del trabajo. Los días en los que la proporción de carneros y borregos esquilados era más alta, el rendimiento era más moderado, más próximo a diez, mientras que cuando era mayor el número de primales y añinos, los ejemplares en torno a un año, la productividad podía incrementarse hasta alcanzar un valor cercano a trece en los momentos en que aquella proporción era mayor, justo al final de la segunda fase.

     Pero una productividad que de uno o de otro modo nunca conseguía separarse mucho de diez parece baja. Aceptar que algo así estaba consolidado puede ser la mejor disposición para concluir que, tal como ocurriera con la siega, las jornadas de esquila tal vez eran cortas, quizás porque fuera aconsejable evitar las temperaturas más altas de las horas centrales del día, cuando las sangrías accidentales podían tener peores consecuencias. Parecería más razonable concentrar el trabajo en el tiempo imprescindible para un aprovechamiento juicioso del trabajo y cuanto más cerca de las horas extremas del día mejor. La duración prevista para la jornada también decidiría sobre el número de esquiladores a convocar cada día así como sobre la proporción de trabajadores auxiliares adecuada a ese número: dos moreneros cuando la cantidad de cabezas a esquilar en una jornada oscilara entre doscientas y trescientas, y cuatro entre pastores y zagales de la casa.

     Los esquiladores, tal como los segadores, vendían su trabajo diario solo por una cantidad de dinero. Tal compromiso lo contraían, con un par de días de antelación a lo sumo, a través del capitán, quien antes los habría reclutado para su cuadrilla. El acuerdo que hacía acreedores de aquella renta no estaba cumplido en el momento que se presentaban en el lugar de trabajo. Si la tarea no podía realizarse inmediatamente, aunque fuera por una causa de la que no podía hacérseles responsables, la incertidumbre se cernía sobre la posibilidad de ingresar la renta de aquel día. Así ocurrió en cierta ocasión, cuando fue necesario aplazar la esquila porque el ganado que para ello se había apartado fue víctima de una tormenta. El aviso del contratiempo no llegó a la casa de campo hasta la mañana siguiente, cuando los esquiladores ya estaban allí consentidos en ganar la peonada. Al cabo, no pudieron ingresar la cantidad que esperaban. Se imponía el principio según el cual el trabajo solo se debía liquidar después de completado.

     Los trabajadores auxiliares, si eran parte de los empleados estables de la casa, como los pastores, los zagales y el guarda, tal como se actuaba con los demás de esta categoría, además del dinero que por cada día de trabajo ingresaban ganaban la comida. La habitual, en su caso, se les entregaba de antemano, en previsión de sus desplazamientos constantes, como un lote de provisiones que ellos mismos debían elaborar luego. Pero los días que contribuían a la esquila disfrutaban de una comida que se elaboraba en donde se estaba desarrollando el trabajo. Conocemos al menos sus ingredientes, incluso las proporciones en las que cada uno de ellos era empleado, aunque no su combinación. No obstante, valiéndonos de los dos criterios disponibles, se puede conjeturar que uno de los platos más elaborados podía ser de bacalao, y que se complementaría con una ensalada, y que para cualquiera de las dos elaboraciones se recurría a cebollas y ajos y especias, aceite, vinagre y sal suministrados por la despensa de la casa. A todo esto se sumaba el indispensable pan, que en forma de hogazas se repartía entre los comensales a razón de una libra por persona y día.

     Aun siendo común esta composición de la comida, no era invariable. El plato principal también podía elaborarse con carnero, habas y guisantes, era posible que a la ensalada se le agregara tocino y entre los suministros provenientes de la despensa de la casa, para completar la dieta, también podía llegar queso. Pero asimismo podía cocinarse una borrega que hubiera muerto, que podía ser comida suficiente, junto con el pan y los demás condimentos que necesitara aquel guiso, para dos días. Que padeciera alguna enfermedad, como la modorra, que afectaba al cerebro del animal, podía ser un incentivo para sacrificarla y consumirla, aunque siempre después de que se hubiera esquilado. Y también podía ocurrir que algunos días no se elaborase comida alguna por haber empezado tarde a esquilar.  En ese caso, como aun así era obligado satisfacer la comida diaria de los empleados estables de la casa, podía bastar con los suministros regulares de pan, aceite y vinagre, más el queso y las aceitunas provenientes de la despensa de la casa.

     La otra parte de los trabajadores auxiliares, que eran un apéndice de los esquiladores, y por tanto tan extraordinarios como ellos, solo ganaba la comida, cualquiera que fuese su extracción o su origen. Ahora bien, el que fuera de ellos la percibía en dinero efectivo, lo que no dejaba de ser una salida convencional al pago del trabajo diario no exenta de paradojas. Así como para el acceso a la comida que cada día se elaboraba no se discriminaban las cantidades que cada pastor, zagal o guarda pudiera consumir, la comida de los auxiliares integrada en la tropa de los esquiladores estaba tarifada según funciones, de manera que los atadores ingresaban más por su comida diaria que perreros, escoberos o escribanos, o que los moreneros, que ingresaban por debajo de todos los demás. Aunque no es seguro que estas funciones se desdoblaran en personas distintas a los esquiladores, con cuyo trabajo principal podían ser compatibles, sí lo es que, de hacerlo, quienes las desempeñaran trabajarían solo por la comida, cuyo valor nominal mínimo se aproximaba al del jornal de un peón sin cualificar, si bien ninguno de ellos alcanzaba hasta el valor de la remuneración que se obtenía con el trabajo directo como esquilador. Procediendo de este modo, el resultado era una clara jerarquía de la renta diaria de quienes eran contratados expresamente para este trabajo, toda reducida a dinero, según los grados de su ejecución.

     Más equívoca era la posición de los capitanes, y más todavía la de los esquiladores distinguidos con la expresiva calificación de mandones. Si capitán y contracapitán, al mismo tiempo que se mantenían en su posición suprema, actuaban como esquiladores, ganaban, además de la remuneración correspondiente a este trabajo, el dinero correspondiente a su comida, tal como los auxiliares eventuales, que también se tarifaba la más alta de todas las que se resolvían de este modo, aunque siempre por debajo de la renta obtenida por el trabajo directo de esquila. Pero los días que su actividad se redujera a ejercer su trabajo de dirección, su ingreso se reducía al valor de la comida, recibido en efectivo. Sin embargo, además participaban de los platos que a diario se preparaban para los trabajadores estables de la casa. Unos días se arrimaban ellos, otros se convidaban y, en definitiva, quien cargaba con aquellos costos, cuando hacía balance, reiteradamente tenía que lamentarse de que los capitanes persistieran en ser invitados según malas costumbres.

     De la misma manera, los esquiladores distinguidos con el mencionado título de preeminencia, percibían un suplemento por comida si al mismo tiempo ejecutaban la esquila, o solo aquella cantidad en caso de que su papel se redujera al asociado a su posición en la jerarquía de la cuadrilla. Sin embargo, para una fase de los trabajos podían ajustarse expresamente solo por el dinero que remuneraba el trabajo directo. Pero los términos que utiliza la fuente, llegada esta ocasión, son lo suficientemente ambiguos como para que se pueda suponer, de una parte, que ocasionalmente actuaban como capitanes, quizás en ausencia de estos, y tal como ellos se sumaban a disfrutar de los platos elaborados cada día; o que simplemente se resignaban a renunciar al suplemento por comida que podrían ingresar. Como después del ajuste aludido siguieron cobrándolo, es más probable que ocurriera lo primero, aunque no hay constancia expresa de que sucediera.

     Las prisas por disponer del vellón actuaban a favor del valor nominal del trabajo, y no solo porque una parte de quienes lo ejecutaban pudieran duplicar los conceptos por los que era remunerado. Quienes más se beneficiaban de aquella tensión eran los esquiladores efectivos, la masa de quienes componían las cuadrillas, que solo ingresaban la cantidad en la que hubiera sido tasado el trabajo del día que lo vendieran. Así, una casa acordaría con un contracapitán, porque el capitán de la cuadrilla estaba esquilando en otro lugar, empezar al día siguiente la esquila de los ejemplares que iban a ir a las ferias. Un par de días después, una vez resueltos todos los contratiempos, veintisiete hombres completaron el trabajo que se había previsto para aquella jornada. Tal como habían contratado, cada uno recibió por su día de trabajo siete reales, tras lo cual se previó que al día siguiente continuaran el trabajo veinticinco de aquellos hombres. Pero, en contra de lo que estaba planeado, aquella jornada no se trabajó, y solo un par de días después se pudo negociar de nuevo la esquila de los carneros y los borregos que estaban en uno de los cortijos de la casa a la espera de ir a las ferias, cuyas fechas se aproximaban inexorables. El propio capitán que negociara no estaba en condiciones de comprometerse en un jornal porque permanecía a la expectativa de lo que decidieran los esquiladores con los que solía contar. Desde hacía unos días estaban sin trabajar por cuestión de precio. Con otro labrador ya se habían ajustado a nueve reales al día, un jornal que pretendían extender a todas las cuadrillas. La casa, urgida por el calendario, no tuvo otra opción que plegarse a las pretensiones de los esquiladores. A partir del día siguiente, cuando se reanudaron los trabajos, y para todos los días durante los que aún se prolongaron, hubo de liquidarlos a nueve reales por persona y día, como los demás labradores; a pesar de lo cual todavía opinó, al recapitular los trabajos contratados, que los jornales no habían sido muy altos.

     Cuando se había completado la esquila, se hacía balance. Según el suyo, durante los ocho días de mayo trabajados una casa había conseguido esquilar 3.149 ejemplares de ovino, de los cuales 115 eran carneros, 1.769 ovejas y primales y 1.265 borregos añinos. Pero el balance sustantivo, para cualquiera de las casas que se hubiera empleado en la crianza de esta especie, era el referido a la lana que hubieran proporcionado los animales, mucho más minucioso, en cuyas propiedades se concentraban las aspiraciones de esta rama de su actividad.

     El peso de los vellones esquilados era naturalmente desigual, no solo de una clase de animal a otra, sino entre los ejemplares del mismo tipo. Aunque comúnmente se pesaban todos los vellones y de todos los tamaños según se iban cortando, los pastores que asistían a la esquila de sus piaras tenían la costumbre de no pesar por separado los más pequeños, a consecuencia de lo cual ni siquiera se ataban. La consecuencia de esta manera de proceder era que, cuando se completaba el registro del producto obtenido cada día, para anotar el peso de todos los vellones que se habían cortado se procedía según un método muy grosero. Se tomaban en cuenta los valores máximo y mínimo de los pesos verificados según tipo de animal, y a continuación se designaba como referencia el valor medio de cada intervalo, corregido según criterios no siempre rigurosos ni constantes, y se multiplicaba por el número de cabezas de cada clase que aquel día habían entrado en el bache. Concluido el trabajo, para deducir un balance de la campaña bastaba con sumar los parciales diarios según tipos de animal. Así, la casa que en total había esquilado 115 carneros, y que aceptó como peso tipo para sus vellones las 10 libras, estimó el producto obtenido de esta parte de su ovino en 46 arrobas, una operación que tenía en cuenta su premisa métrica, según la cual una arroba equivalía a veinticinco libras. Procediendo de manera con las ovejas, por una parte, y con los borregos, por otra, por último sumó un total de 714 arrobas de lana.

     El juicio sobre la calidad de la lana por el momento también era muy difuso. Se reducía a deslizar ocasionalmente alguna opinión del tipo “la lana tiene una calidad regular para lo que se esperaba este año, tan miserable para el ganado”, una manera de hablar en la que la palabra elegida para enjuiciar es lo suficientemente ambigua como para no comprometer. Las casas daban por descontado que todas estas valoraciones eran muy débiles porque habían delegado el cálculo de todos los pesos que fueran precisos al momento de venta de la lana. Según se fueran consumando las transacciones, tal como llegaran, asimismo se irían verificando las calidades elegidas por el comprador y a partir de ellas el precio de las cantidades por él solicitadas.

     Por el momento, para terminar con los trabajos de plena primavera, bastaba con almacenar todo el producto obtenido en su correspondiente cuarto lanero. En las vísperas de la esquila, al comienzo de mayo, se habilitaba en la misma casa de campo donde se desarrollarían los trabajos. En la explotación cuyo proceder seguimos de cerca fue necesario habilitarlo en otro que llamaban del esparto, que fue desplazado a una de las salas del piso bajo de la vivienda porque el que estaba reservado para que fuera el lanero estaba aún ocupado con al menos una parte de la lana que se había esquilado el año precedente. Para que estuviera convenientemente equipado para recibir la lana nueva, los cuartos laneros primero se blanqueaban, luego se entarimaban y sobre las tarimas, por último, se tendían esteras.

 


Los anales

Recopilador

Es frecuente que el principio de cualquier género literario sea llevado a los comienzos de la escritura, técnica para el registro de la lengua que ya estaba desarrollada hacia el 3000 antes de la era. Con los relatos sobre el pasado que son el objeto específico de la historiografía también ha ocurrido esto. Hasta tal punto han llegado a ser identificados principio de la escritura con principio de la historiografía que alguna vez se ha dicho, con indudable exceso, que una de las razones que pudieron aconsejar el recurso a la escritura de la lengua pudo ser dejar constancia de la clase de hechos extraordinarios que terminaría prefiriendo el relato histórico.

     No es probable que las cosas ocurrieran así. Quienes defienden esta posibilidad una vez más juzgan sobre las causas a la vista de las consecuencias, que a menudo llevan a seleccionar de modo discrecional los antecedentes. Son tan lejanos los hechos a los que nos referimos, y tan escasas las pruebas que sobre ellos pueden ser presentadas, que cualquier explicación sobre el origen es temeraria.

     Como ocurre por otra parte que el género lo encontramos completamente elaborado pronto, por obra de un autor conocido, no parece que el problema del origen haya de ser motivo de especial preocupación, ni resuelto invocando antecedentes. Hay cosas que necesitan de larga gestación, y otras que no, y que tengan uno u otro principio ni les quita ni les añade mérito.

     Cosa distinta es que una parte de los procedimientos narrativos que terminaron siendo comunes entre quienes eligieron expresarse por este medio procede de los anales, que en rigor son solo un sistema cronológico. Mas de que esta manera de retener la memoria tenga principios similares en buen número de casos antiguos, entre ellos los más remotos, se ha inferido una fuente humana común al deseo de consignar hechos pasados por escrito.

     El proceso de formación de los anales puede ser reconstruido con bastante certeza. Al principio la importancia de los cargos que ciertos hombres desempeñaban en sus sociedades, que eran periódicamente renovables, hizo que sus nombres propios fueran utilizados para denominar con precisión los periodos durante los que habían tenido aquella responsabilidad. Por extensión a este tipo de personajes se le ha terminado llamando magistrado epónimo. Sus nombres, coleccionados por el orden en el que hubieran ejercido el cargo, dieron origen a unas relaciones ahora conocidas como listas epónimas. Aquellos nombres de persona, como eran utilizados para denominar los años que se sucedían sirvieron para crear una forma primitiva de cronología.

     En Asiria los personajes sobre los que recayó esta tarea añadida fueron los llamados limu, en Atenas y en Delfos fueron los arcontes y en la Roma republicana los cónsules. En Egipto y en Babilonia para formar sus series cronológicas prefirieron tomar el nombre de los reyes que iban sucediéndose.

     Pero en una segunda fase los nombres de estos personajes sirvieron además para retener los acontecimientos dignos de memoria. En las listas epónimas, entre los nombres de los magistrados, iban siendo intercalados los hechos ocurridos durante el tiempo de cada mandato que eran juzgados relevantes. La consecuencia de esto fue que con facilidad, a partir de estas fuentes, pudieron ser redactados sencillos relatos históricos, los que justamente han sido llamados anales.

     Un ejemplo bien conocido de cómo a partir de las listas epónimas se pudo llegar al relato es el de los annales maximi romanos. Cada año el pontifex maximus ordenaba que fuesen expuestas las regia o tablas de calendario, recubiertas de yeso, para que sobre ellas fuesen escritos los nombres de todos los magistrados en ejercicio. En aquellas tablas también fueron quedando registrados per singulos dies los acontecimientos importantes. Los singulos dies probablemente venían de antemano señalados con motivo de los sacrificios y otros actos religiosos que fuera obligado celebrar. Siguiendo su pauta fueron consignados declaraciones de guerra, eclipses de luna, pestes, carestías, y con el tiempo las victorias, así como otros acontecimientos relevantes por razones particulares. Transcurrido su año, aquellas tablas eran llevadas al archivo público, donde después podían ser consultadas, copiadas y hasta editadas en colecciones por orden cronológico. Así pudo tener su origen una de las más completas analísticas de la antigüedad, la romana, caso ya muy desarrollado de esta forma de relato.

     Pero el tipo de narración que terminó siendo conocido como anal todavía fue enriquecido por otra costumbre surgida algo más tarde. Los reyes del antiguo oriente solían tener secretarios que ponían por escrito sus gestas y actos de buen gobierno, una debilidad humana que no debe ser motivo de sorpresa. A partir de estas anotaciones fueron redactados en el imperio persa libros memoriales. En ellos quedaron registrados los acontecimientos más sobresalientes y las decisiones importantes de sus reyes.

     A imitación de los grandes reyes que les habían precedido, aquellos que ambicionaban dominar imperios también encargaron que sus gestas quedaran escritas. Alejandro Magno se hacía acompañar por un hombre cuya única misión era registrar en los basilikaì éphemerides los fastos de la corte y de la guerra que aquel rey promovía. Y a semejanza de lo que había hecho Alejandro Magno actuaron los Ptolomeo, últimos reyes del Egipto antiguo, quienes ordenaron que en su corte fuera llevado un registro diario de hechos.

     Esta otra forma de relato, organizado como un diario, con facilidad pudo confluir con los anales. Pero probablemente la mayor antigüedad, y también la mayor frecuencia, le otorgaron mayor autoridad, de modo que el producto único que finalmente surgió, aunque todavía en la antigüedad, fue conocido con la denominación genérica de anales.

     Habían sido creados para servir a una sencilla enumeración correlativa de hechos, y así creados fueron utilizados y sostenidos por los poderes públicos, y difundidos a otros campos del conocimiento. Tan arraigado quedó este procedimiento narrativo que a partir del siglo IV antes de la era, durante toda la antigüedad y toda la edad media, sirvió como armazón para que insertaran sus informaciones, sus excursos y sus relatos la mayor parte de los autores de obras de historia. Pero así como los anales facilitaron la exposición narrativa, con el tiempo dificultaron el avance de la historiografía que pretendió la explicación causal de los hechos y demostrar la relación regular entre estos.

 


Así sobrevivió la servidumbre

Carmelo Terrera

Quien necesitaba recurrir al trabajo ajeno para completar todo el que demandara su explotación tenía dos posibilidades, contratar asalariados o comprar servicios. Así como cualquiera de ellas las tenía a su alcance, ninguna era incompatible con la otra, y podían sucederse o acumularse a conveniencia de quien las consumiera. Por razón del procedimiento, destinado a identificar con la mayor claridad posible lo que el costo de cada una de ellas tuvo de singular, las trataremos como si existieran en exclusiva, lo que tampoco era imposible, y seguramente, tomados territorios y momentos por separado, bastante más probable.

     Al recurrir a asalariados se podía comprar trabajo por determinada cantidad de tiempo o para una actividad. Se optaba por adquirir el tiempo de trabajo de otros por temporadas o por fracciones menores. El año agrícola, que iba de octubre a septiembre, se dividía en dos temporadas, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Para los puestos de mayor responsabilidad se contrataban asalariados que los cubrían todo el año, mientras que con sus subordinados, que asimismo debían desempeñar trabajos que se podían prolongar meses, se podía actuar de manera algo más flexible. Pero así como podía ocurrir que entre quienes cargaban con las funciones más importantes los hubiera que se comprometían solo por una de las dos temporadas, era frecuente que la mayor parte de sus subordinados trabajaran bajo sus órdenes durante todo el año. A todos, como consecuencia de esta manera de tasar el tiempo que se les compraba, se les llamaba genéricamente temporiles.

     Pero cada ciclo temporal, con fines laborales, se subdividía en unidades de tiempo inferiores a la temporada. Su duración se aproximaba a la del mes, y a esta pauta, mientras nada lo impidiera, se atenían, aunque un factor independiente, fuera del control de quienes planificaban los trabajos, podía acortar su duración, y hasta suspender toda actividad. Cuando la lluvia persistía no era posible trabajar la tierra, y a veces, dependiendo de la clase de suelo, incluso era necesario aguardar a que desapareciera de la superficie el agua acumulada.

     Concurriera o no aquel factor independiente, la unidad de las fracciones de tiempo inferiores a la temporada venía dada por la relación entre el responsable de todos los trabajos sobre el terreno, el que regularmente era conocido con el nombre de aperador, quien a su vez solía ser un temporil, y los hombres a los que había contratado para realizar los trabajos que fueran necesarios en esa fracción de tiempo, según progresaran los cultivos, los que solían ser conocidos con los nombres genéricos de braceros o jornaleros, a quienes también los distinguían denominaciones específicas a partir de los trabajos que de ellos en cada fase se esperaban, como gañán o mozo de arada, sembrador o escardadora.

     Se optaba por la otra posibilidad, comprar trabajo solo para una actividad, cuando era necesario completarla en una cantidad de tiempo de antemano limitada por los procedimientos de cultivo. A diferencia de las actividades que podían someterse a la cadencia aproximadamente mensual, para la siega, en el caso del trigo y sus cultivos asociados, y las tareas, cuando se trataba de la recolección de las aceitunas maduras, se habían impuesto las prisas. Decidir cuál era la razón que en cualquiera de los dos casos dictaba el apresuramiento no es fácil. Se puede adjudicar, también esta vez, a los dictados del ingobernable clima, que podrían provocar el temor a unas aguas inoportunas que malograran la calidad del grano maduro. Es posible que esto ocurriera en junio, cuando se recolectaba el trigo, y que por tanto se meditara la conveniencia de apresurar la exposición de las mieses a un riesgo tan severo. Pero que ocurriera en otoño, cuando eran más probables las lluvias, y que afectara a la aceituna madura, no sería una inconveniencia. Al contrario, contribuiría a incrementar su volumen, su peso, su rendimiento y su rentabilidad.

     Es más probable que fuera la urgencia por ganar una posición definida, tan definitiva como el volumen real de la cosecha que finalmente se hubiera conseguido, la que aconsejara acopiar el producto anticipándose a los competidores, y la causa inmediata de que, para sujetar la carrera a una regla, quienes estaban en condiciones de competir firmaran un pacto entre caballeros, según el cual el valor del trabajo que para aquellas dos actividades se compraba quedaba pospuesto a lo que entre todos los de una zona decidieran que había sido el rendimiento capaz de absorber los costos del trabajo así contratado. Al proceder con prisas, concentraban tanta demanda de trabajo en tan poco tiempo que la población activa autóctona era insuficiente. Solo la inmigración podía satisfacer la demanda.

     Los costos del trabajo por una actividad, fuera siega o recolección de aceitunas, podían ser nominalmente más altos, aun contando con el osmótico pacto entre caballeros, que el de los trabajos por temporadas o por sus fracciones aproximadamente mensuales, si se toma como criterio la parte del salario que se liquidaba en dinero. Pero la composición del salario del momento podía variar. Todos los asalariados contratados por tiempo, independientemente de su responsabilidad o de la duración de sus compromisos, accedieran al trabajo por temporadas o por sus fracciones, ingresaban renta al menos de dos maneras, una, el dinero, la otra, los bienes alimenticios. La primera remuneraba la cantidad de tiempo de trabajo descargado cada día ateniéndose a una tarifa predeterminada. La otra se sustanciaba como una comida diaria, que quien contrataba proporcionaba a sus asalariados cada jornada en el lugar de trabajo. El menú, invariablemente, además de un potaje que admitía distintas combinaciones, incluía pan, en una cantidad próxima a una libra por persona y día, que los procedimientos del trabajo agropecuario habían evaluado imprescindible para garantizar el acopio de los hidratos de carbono que debían regenerar la energía o trabajo que cada día era necesario transformar en actividad. Mientras tanto, el salario de cualquiera de los destajistas, fueran los de la siega o los de la recolección, se acordaba sin comida, a seco, según el lenguaje que había ido depurando el mismo procedimiento o estilo de cortijos.

     No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.

     Ante esta amenaza, no sería una insensatez comprar los servicios que fueran necesarios. Al mercado de trabajo concurrían insistentemente limpiar de vegetación espontánea la parcela que se iba a poner en cultivo, ararla el número de veces que deseara el demandante antes de la siembra, sembrarla de trigo o completar su recolección desde la siega hasta el encamarado. Podían contratarse por separado o íntegramente. Pero en cualquiera de los casos lo que a quienes prestaban los servicios les permitía competir en aquel mercado era su ganado de labor. Quien dispusiera de una cabaña capaz para responder a cualquiera de estos compromisos estaba en condiciones de obtener renta a cambio de aquellos trabajos. Al otro lado de la relación laboral encontraría al promotor de una explotación que carecía de aquella energía, total o parcialmente. Cualquiera de los servicios que vendiera la consumía en cantidades importantes, aunque cuando se contrataban no se adquiría en exclusiva la fuerza del trabajo animal, sino el combinado energético integral que componían animal, apero y hombre que los empleaba racionalmente.

     La capacidad de ofertar este trabajo, tomada como una posibilidad, sería función directa del tamaño de la cabaña de labor de cada dueño de esta clase de patrimonio. Los poseedores de mandas de trabajo cuyas dimensiones se expresaran en cientos de cabezas, que siempre eran una fracción dominante en los términos más extensos, estarían en las mejores condiciones de emplear su capital ganadero en este mercado.

     Sin que nada impidiera que hubiera labradores del rango más alto que actuaran de este modo, y así extendieran los horizontes de su negocio, era más probable que los grandes reservaran su cabaña de labor para emplearla exclusivamente en su explotación. Y al contrario, era mucho más probable que campesinos con un modesto capital ganadero de trabajo, mucho más si el número de sus cabezas estaba por debajo de diez, recurrieran a emplearlo en las explotaciones de otros, íntegro o en parte, para todas las actividades del ciclo o solo para algunas de ellas. La posibilidad la modificaría el grado de su uso en una hipotética explotación propia. De haberla emprendido, el ganado propio solo parcialmente estaría disponible para el trabajo en otra. Si no hubiera sido posible acometerla, el patrimonio ganadero de labor propio estaría ocioso, y ofertar todos o cualquiera de los servicios demandados sería el mejor medio de ingresar una renta propia.

     Los precios de estos servicios se tarifaban por unidad de superficie trabajada. Comprar solo los trabajos de barbechera era dos veces y media más barato que adquirir los que incluyeran todos los comprendidos entre la siembra y la recolección. Nominalmente, el valor de cualquiera de ellos podía ser alto, aunque no muy diferente al que alcanzaba la unidad de capacidad de trigo en los mercados. Pero para quien adquiría el trabajo la ventaja de esta forma de acceder a él era que estaba exenta del costo de la alimentación, y por tanto al menos diferida de las oscilaciones de los precios de los cereales. Bastaba tomar esta distancia para descargar este costo sobre quien ofrecía el servicio, para que el valor efectivo que en el mercado alcanzara la cartera de servicios no dependiera inmediatamente del precio del trigo, aunque este, el de la cebada, y hasta el de las legumbres y la paja, contribuyeran a su formación. Su factor inmediato sería la masa de ganado de labor en manos de quienes estuvieran en condiciones de contratarlo para los servicios demandados. Al decidir sus tarifas, quien los ofertara estaría sujeto a la presión de sus competidores antes que al costo de su alimentación y la de su ganado.

     Se puede tener la certeza de que quienes estaban en aquellas condiciones, en cualquier población, eran al menos la mitad de quienes estaban dispuestos a participar en los trabajos agrarios, una invariante que era una consecuencia espontánea de las inveteradas aspiraciones a la promoción personal de quienes estaban sujetos al trabajo en el campo, las mismas que se habían saldado una y otra vez con el éxito de unos pocos y el fracaso de la mayoría. Invertir el ahorro en ganado de labor, para a partir de su empleo en explotaciones propias ir incrementando las rentas personales era un plan ampliamente compartido, e insistentemente reiterado por los comportamientos y las opiniones que han dejado testimonios.

     Una oferta tan amplia contendría el precio de los servicios, y en cualquier caso evitaría que oscilaran tan fuera de control como en ocasiones podía hacerlo el del trigo, y por tanto el del trabajo asalariado. Pudieron llegar momentos, situaciones, en los que contratar los servicios integrales fuera preferible a comprar el trabajo de asalariados. En cualquiera de los dos casos, se conseguía el producto sirviéndose del trabajo ajeno. Pero, mientras en uno se obtendría cargando con la responsabilidad de su reproducción, en el otro quien lo compraba se desentendería de esta necesidad. Que la segunda modalidad progresara podía tener a su favor, además de esta ventaja, que el ahorro de la población agraria se dirigiera a adquirir y consolidar la condición campesina y reducir las posibilidades de la oscilación desaforada de los precios del trigo.

     El ajuste más favorable de estos engranajes podía conseguirse sin grandes dificultades. La mejor manera de escapar a los constantes cambios de humor de los precios del trigo era obtenerlos por cuenta propia. Para eso bastaba valerse del ganado propio y con él emprender la explotación que lo permitiera. La mayor parte de estas explotaciones no podía ser muy grande, porque la mayor parte de los patrimonios ganaderos era modesta. Pero para conseguir el trigo de subsistencia, el necesario para alimentarse diariamente con pan fabricado con su harina, tampoco hacía falta disponer de una parcela extensa. Estaba tasado, por quienes compraban el trabajo cargando con este costo, que un hombre podía sostenerse con una unidad de capacidad al mes. Para obtener el producto anual de doce de estas unidades podía ser suficiente con una parcela de poco más de una unidad de superficie. Si damos por descontado que quien se constituía como campesino aceptaba atenerse al estado biológico regular y que este incluía una familia nuclear de cuatro miembros, formada por los dos progenitores y dos descendientes, aunque la necesidad de grano pudiera hasta triplicarse en el más exigente de los casos, ni siquiera sería necesario que la parcela cultivada tuviera cuatro unidades de superficie, o dos hectáreas aproximadamente. De la energía que proporcionara una pareja de bueyes trabajando durante todo el año para aquel proyecto sobraría como mínimo la mitad.

     El proyecto era viable y el excedente de energía estaba asegurado. Quienes quisieran disponer de su propio trigo y al mismo tiempo servirse de una parte de su patrimonio energético para obtener sus rentas podrían hacerlo. La competencia que de su producto pudiera sobrevenirle a las labores, productoras de las masas de trigo que sostenían los mercados, era imposible. La producción de las explotaciones menores estaba condenada a ser marginal porque estaba inspirada por la atención al consumo alimenticio familiar.

     La mayor dificultad a la que podía enfrentarse un curso de los comportamientos como este era la inversión inicial en tan modestas explotaciones. Las caídas absolutas de la producción, inevitable para los sistemas del cultivo que se habían impuesto, podía incapacitarlas absolutamente para disponer de la simiente que cada año diera origen al ciclo productivo.

     Si el crédito del pósito, mercado público del grano, resolviera esta permanente amenaza de bloqueo, el costo del trabajo podría ir liberándose de la rémora de las oscilaciones del precio del trigo. Cuanto mayores fueran las explotaciones, como mayores eran las cantidades de trabajo ajeno que debían comprar, tanto más podrían aspirar a reducir sus costos si se ensanchara aquella senda. Pero quienes contrataban en masa el trabajo ajeno, sin dejar de aspirar a este objetivo, corrigieron el rumbo de esta fuerza en una dirección que no fue la recta.

     Una parte de quienes tomaran la iniciativa de emprender una modesta explotación incompetente solo aspiraría a escapar a la espiral endiablada de los precios del trigo. En su mayoría era gente que ni siquiera, por su dedicación habitual, tenía relación directa con la actividad agropecuaria. Aprovechando que el pósito ofrecía crédito en grano a un interés razonable, aunque algo por encima del que se había consolidado en el mercado rural del crédito en dinero, al que buena parte de la población no podía concurrir a falta de patrimonio que actuara como garantía hipotecaria, se arriesgaba a promover su propia modesta empresa y garantizarse la despensa de pan del año. Como carecía de medios para dedicarse a la actividad agropecuaria, recurriría, para atenderla, a los campesinos, que vendían sus servicios.

     Aunque no eran la parte más significativa del orden a la que podía dársele alas, es muy probable que muchos de los activos en otras ramas, de las más diversas dedicaciones, sumaran al menos la décima parte de las explotaciones que cada año se emprendieran. Su inexperiencia, quizás aún más sus débiles conexiones con aquel mundo, los obligaría a cargar con las tierras de peor calidad, las propiamente marginales, cuyos bajos rendimientos, aun siendo los inferiores, apenas repercutirían en los mercados de la tierra o del trabajo. Para sus promotores serían una renta en especie suplementaria.

     Pero la masa de quienes dispusieran de ganado de labor, si decidieran promover su propia empresa valiéndose del crédito en simiente, competiría por las tierras de costos más bajos. El ruedo, espacio inmediato a las poblaciones, era el área de cultivo más codiciada por las empresas menores. La escasa distancia que era necesario recorrer cada día de trabajo incrementaba el valor relativo del tiempo neto disponible y reducía todos los costos en los que mediara el movimiento. El efecto sobre el precio del suelo era el contrario al deseado. Las tierras de ruedo, fragmentadas en parcelas de pequeñas dimensiones, eran las que en cesión alcanzaban los precios más altos por unidad de superficie.

     A partir de los ruedos, en coronas sucesivas, cuyo centro eran las poblaciones arraigadas, las explotaciones menores se iban dispersando hasta un radio máximo de cuatro leguas, límite en parte consecuencia de la cantidad de tiempo que sería necesario invertir en los desplazamientos desde el centro donde se tuviera radicado el hogar; fácilmente comprensible si se tiene en cuenta que convencionalmente una legua se recorría en una hora; en otra proporción resultado de la competencia con las poblaciones circundantes por el espacio cultivable. El primer obstáculo podía ser parcialmente sobrepasado con la erección de un hábitat unitario provisional, hábil al menos para hombres, con muro de tapia y cubierta vegetal, similar al cottage que describen los textos franceses y anglosajones, radicado en la parcela de trabajo. El segundo lo amortiguaban las enormes distancias y las amplias bandas de espacio desierto y sin roturar entre términos.

     Esta masa de aspirantes a explotación propia, campesinos genuinos gracias a su capital ganadero, podía acceder cada año a la parcela que la permitiera valiéndose de las cesiones. De todas la modalidades de acceso a esa clase de tierra, la más asequible era la que aprovechaba la fragmentación de una gran unidad de producción, a su vez obtenida mediante arrendamiento en buena parte de los casos, para a su vez subarrendarla a quienes tenían estas aspiraciones. La competencia por obtenerlas podía llegar a ser tanta que la adjudicación debía recurrir al sorteo, procedimiento regular cuando se trataba de tierras públicas, cuyos gestores se veían obligados a representar de este modo la ecuanimidad. Es fácil colegir que de estas tensiones igualmente resultarían interesantes incrementos de los precios del suelo.

     La obra posibilidad era alojarse como huésped, también por vía de subarriendo, en una gran explotación, a su vez nutrida por una o varias de las grandes unidades de producción, fuera cortijo o dehesa, que en su favor había ido decantando el dominio sobre la tierra. Era frecuente que los mayores labradores, los responsables de las explotaciones de grandes dimensiones que imponían su orden o sistema a la producción del trigo, reservaran una parte del espacio de las magnas unidades bajo su control para que fuera explotada en pequeñas parcelas por campesinos. Probablemente, en estos casos siempre habría algún grado de intercambio simbiótico. Al cedente o labrador podría interesarle, según su criterio, por ejemplo roturar una parte del espacio de sus tierras sin cultivar, porque hubiera permanecido en ese estado varios años por cualquiera de las causas que aconsejaran dejarlo al margen, sin hacer frente a los costos directos de una operación que requería el gasto de energía más alto. El ganado del campesino sin tierra, en ese caso, podía ser un recurso idóneo. Bastaba alojarlo en la explotación y disponer de él indirectamente. El producto que el campesino obtuviera de la puesta en cultivo de aquel espacio sería la remuneración de su trabajo y el labrador, al final de la campaña, obtendría una tierra de rastrojos apta para a partir de ese momento ser reciclada con regularidad en el ciclo de los barbechos de la explotación principal.

     Se pueden imaginar decenas de intercambios energéticos entre labor y pequeña explotación conviviendo en un mismo espacio y útiles a las dos, aunque todas, inmediatamente, sugieren instantáneas que alguna vez se han descrito como propias de las relaciones de servidumbre. En pleno siglo décimo octavo, en cualquiera de los intercambios, mediaba su evaluación como renta propia, y en muchos casos hasta la respectiva denominación en unidades monetarias, lo que permite concluir que en todos los casos se trataba de un calculado flujo de intereses económicos entre las dos partes. Tampoco hay que excluir que esto hubiera ocurrido desde la baja antigüedad, cuando las relaciones que se llaman de servidumbre, cuyas raíces en la esclavitud no puede hurtar la palabra que para denominarlas ha prevalecido, habrían tenido su origen. Pero cualquiera de aquellos intercambios tampoco podría ignorar que la relación se anudaba desde posiciones desiguales, una subordinada y la otra supraordinada, decididas por la enorme diferencia entre los capitales con los que cada uno de ellos partía. El resultado invariable, en cualquiera de los casos, era que quien disponía de la masa preponderante del capital, el labrador, deducía del que fuera de los intercambios una renta a bajos, si no nulos, costos. Para que sucediera así el campesino tenía que renunciar obligadamente a una parte de su trabajo, independientemente de la forma a la que debiera atenerse para cederla.

     Este lucrativo filón fue explotado por los labradores más avezados pervirtiendo los términos de la relación. En las grandes explotaciones se había consolidado la costumbre de completar la remuneración de los máximos responsables de los trabajos sobre el terreno, cuatro o cinco trabajadores cualificados que eran contratados por todo el año, con una pequeña explotación similar a las que acabamos de analizar, como ella alojada y huésped de la principal; un concepto de la remuneración de sus respectivos trabajos que se sumaba a los comunes, que eran, como sabemos, el dinero y la comida diarios.

     Como aquellos trabajadores dedicaban todo su tiempo a la explotación para la que habían sido contratados, o labor, por la que eran convenientemente remunerados con sus ingresos regulares, el trabajo que necesitaran las respectivas pequeñas parcelas que suplementaban sus rentas, aunque lo ejecutaran ellos mismos en alguna parte, puesto que ya había sido comprado mediante contrato, era conceptuado como servicio que prestaba el labrador a tan selectos trabajadores, tal como los servicios que normalmente se prestaban en aquel extenso mercado agropecuario, y como tales debían pagarlos quienes se beneficiaban de él; a lo que era necesario sumar el precio de la cesión de la tierra cultivada en su beneficio, que como cualquier otra cesión alojada tenía su precio en su mercado. Ambas cantidades el trabajador agraciado con aquel generoso suplemento las abonaba con el ingreso en dinero de su remuneración regular. Antes de liquidarla se le deducían, y a cambio, además del neto en dinero resultante, recibía la cantidad de trigo correspondiente al rendimiento medio por unidad de superficie de toda la explotación aplicado a la extensión de la parcela que hubiera recibido como recompensa. De esta manera, en realidad una venta forzada del producto de la explotación donde había trabajado, conseguía su propio almacén de trigo.

     Tan viciada manera de proceder solo se sostendría por el valor que se concediera a disponer de una reserva de trigo personal. Si el objetivo de los labradores que alentaban esta práctica hubiera sido liberar del precio del trigo al costo del trabajo, habrían prescindido de la comida como concepto de las remuneraciones de sus trabajadores más cualificados. Pero no fue así. Todos los trabajadores, incluidos los que eran remunerados con una pequeña explotación bajos aquellas condiciones, siguieron recibiendo su comida diaria como parte de su paga. Habrá pues que reconocer que si se mantuvo la explotación mínima de cualquier clase tuvo que ser porque para todos, para los trabajadores de primer orden, pero también para los campesinos, alojados en grandes explotaciones o promotores de sus pequeñas explotaciones autónomas, e incluso para los activos de otros sectores que aun careciendo de medios se afanaban por disponer de su propio almacén de trigo, garantizarse este ahorro en especie debió convertirse en algo más que una decisión racional. Quizás estuviera más cerca de un conjuro, a cambio del cual se alejaban del hogar las amenazas de las carencias de un alimento que las costumbres seculares habían sacralizado. Es verdad que los más conocidos cambios de humor de los precios del trigo podían convertir aquellas sombras amenazantes en algo más que un fruto de la imaginación. Pero también es cierto que los procedimientos comerciales que se habían ingeniado al calor de las tensiones de aquel mercado, para mediados del siglo décimo octavo, reducían las amenazas al desabastecimiento del trigo a sus justos términos lucrativos. Cuando la caída de la producción era una evidencia y los precios del trigo efectivamente se disparaban, las importaciones de choque, convenientemente subvencionadas con los ingresos públicos, ya de la corona ya de los municipios, recuperaban el abastecimiento y de paso aseguraban el negocio a los acaparadores de grano, expertos en estos movimientos de la mercancía en masa, a la distancia que fuera y con las mediaciones comerciales convenientes.

     La expansión del mercado del trigo, desde que en 1750 se ensayaran en el sur las primeras medidas que poco después consolidaron su comercio abierto, ensancharía el horizonte de la comercialización de su producto a las grandes explotaciones, hasta el punto que las relevaría de la sujeción a sus limitados mercados locales. La oportunidad que así quedara desvalida pudo ser rentabilizada por los modestos productores de trigo, los que se afanaban cada año en disponer de sus pequeñas explotaciones. Es posible que el volumen de todo su producto tuviera capacidad para llenar ese vacío, y también es posible que esa sea una parte de la explicación del fenómeno más llamativo de los que suceden a la viciada situación crítica vivida en 1750, la expansión de los pósitos meridionales en un grado hasta entonces desconocido.

     Sostenidos por los municipios, bajo la supervisión de la autoridad regional, alentaron la inversión imprescindible, la que era necesario arriesgar en el trigo que se sembraba. La administración, que consideraría las ventajas públicas de tomar una iniciativa así, decidió cargar con la obligación de colmar este hiato y cargar a sus ingresos el gasto. A partir de 1750 el pósito municipal garantizaría a los interesados en promover su propia explotación el trigo que necesitaran para sembrarlo, y las explotaciones más modestas correspondieron convirtiéndose en sus clientes preferentes y casi exclusivos. Cualquiera de los más discretos proyectos estuvo en condiciones de prosperar. La subvención pública, quizás mejor señorial, en la medida que los municipios eran señores para el área de su dominio o término, implícita en la titularidad enajenada de aquellos institutos, evidencia un interés directo en que las empresas de los campesinos persistieran. ¿Por qué, si su fuerza siempre fue excedentaria, y hasta prescindible; si su capacidad productiva amenazaba con saturar los mercados y provocar el hundimiento de los precios que aseguraban excelentes beneficios a poco que el producto tasado, y convenientemente almacenado, se moviera por los circuitos que la especulación creía correctos?

     Si se insistió en la promoción del campesinado, poseído por sus aspiraciones al enriquecimiento personal y sus obsesiones por el almacén propio, debió ser porque fuera útil al orden en el que los labradores, bajo cuyo control habían quedado los municipios, tenían asegurada la posición de dominio. Una masa de campesinos, que permanentemente demandaba, para explotarla en cantidades discretas, más tierra de la que estaban dispuestos a sacar al mercado quienes la acaparaban, porque la habían tomado en arrendamiento en cantidades solo al alcance de unos pocos inversores; que disponía de medios de trabajo que sobrepasaban los que pudieran necesitar los predios que se pusieran a producir; era una oferta de trabajo condenada a cotizar a la baja mientras se mantuvieran aquellos parámetros. Su trabajo no era cada vez más barato porque se hubieran emancipado de una forma de remuneración, y por sus medios hubieran decidido asegurarse el mínimo de subsistencia. Lo que hundía su valor era su magnitud, excesiva, que los precipitaba a trabajar por debajo de los costos y a la extinción. Para sobrevivir, en un mercado que fácilmente se saturaría del producto, tendrían que optar por vender sus servicios, si querían completar sus rentas, puesto que los ingresos posibles que les proporcionara el trigo, una vez satisfecha sus aspiración a la despensa propia, o porque sucumbieran a la tentación del mercado y la agotaran, tenderían a insuficientes. Si esta posibilidad les faltara y les urgiera disponer de renta, para ellos solo quedaría liquidar su ganado de labor, el capital que les aseguraba su condición y que, una vez perdido, los reducía a la condición de asalariados. A partir de aquel momento, estarían más cerca de trabajar por un ingreso cercano al costo de la comida, al que el estilo de cortijos, calculador y eficiente, no había querido renunciar; si el valor nominal de la parte de los jornales liquidada en dinero se estancara.

     En la medida en que quienes tuvieran capacidad para prolongar indefinidamente aquel estado, sosteniendo año tras año el mercado de los créditos en especie, al mismo tiempo tuvieran intereses en las grandes explotaciones del monocultivo, se podría estabilizar aquel progresivo y seguro declive del precio del trabajo que tanto podía descargar sus costos. Su éxito sería tanto mayor cuanta mayor capacidad tuvieran para moderar la cantidad de espacio que cada año se pusiera en cultivo. Limitarlo equivaldría a garantizar la reserva de trabajo que cotizaba a la baja, incluso si su costo, por masificación de la oferta, retornara a quedar mayoritariamente expuesto a las oscilaciones de los precios del trigo. En esos casos el mismo pósito sería suficiente  actuar como amortiguador de los excesos.


La boca del dragón

Daniel Ansón

Las fiestas del Nacimiento han sobrevivido porque satisfacen la convivencia. El atractivo de su conmemoración, entrañable recuerdo para sus melancólicos promotores, algunos lo han justificado porque acogió celebraciones que están en trance de extinguirse. En algunos pueblos, con ocasión de ellas, con la candidez que caracteriza la vida del campo se recurre a diversiones domésticas que fomentan la convivencia entre familiares, una vez terminada la cena, motivo de encuentro y aprecio mutuo. La señora Llamas ideó una a la que llamó Boca del dragón.

En un plato la anfitriona vertió un licor añejo, decantado a partir de las mejores soleras que se conservaban en su casa, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración singular. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido había sumergido pasas, otra de las obras de la vida en el campo cuya espera del momento de disfrutarlas en familia las convierte en joyas de un valor incalculable. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de su única mesa fraternal, en cuyo centro dispuso el plato con las pasas, prendió el licor.

Bajo la amenaza de las llamas culminó el banquete que había ofrecido a sus invitados; como en el transcurso de la celebración precedente la espada de los parientes había pendido sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos.

Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, fue celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaron, fuera en el lenguaje directo que se emplea en los mercados o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.

 


Un tipo me tiene desconcertado

Segismundo Raya

Volví a verlo ayer después de no sé cuánto tiempo. Cruzaba la avenida a la ventura, acompañado por su padre, o tal vez un tío, quizás algún vecino, o simplemente un conocido que lo acompañaba por casualidad, porque se hubieran encontrado, o porque fueran compañeros de trabajo e hicieran juntos una parte del trayecto. Puede que fuera su día de descanso, o que viva una fase de incapacidad laboral, impuesta por una enfermedad, si bien leve, al menos en apariencia, o por una cesantía, espero que transitoria, a la vista de como está el mercado laboral, que devora a sus hijos con la crueldad de un dios antiguo. Vestía una cazadora negra y los inevitables vaqueros, se había dejado algo de barba y ocultaba los ojos bajo unas gafas oscuras. Nada que sirviera para identificarlo.

     Lo he colocado en el autobús, en la parada haciendo cola, en los últimos asientos, asido a una barra; como cualquier condenado a la cadena perpetua del trabajo, una pena que jamás redimen quienes, como él, tienen que utilizar el transporte público. Si tuviera dinero, quizás se consintiera la frivolidad de viajar algún día en el autobús urbano. Pero su indumentaria lo denunciaría. No, no; no es un potentado. Viste ropa corriente, de la que se compra en rebajas en las tiendas o incluso en los puestos de ocasión que montan los domingos en las afueras. Además, soy yo el que no frecuento el autobús. Solo lo uso cuando tengo que ir a la imprenta o al hospital. No tengo justificación para imaginarlo en ese lugar, rico o pobre, comprimido entre cuerpos sacudidos por los vaivenes.

     Tal vez sea alguien que frecuenta las calles del barrio, una de las caras transeúntes que cada día se cruzan sin que la atención encuentre nada digno de elección. Las de esa clase se van sedimentando en el fondo de la memoria indistintamente, transportadas por las corrientes del trasiego de cuerpos. No, no, desde luego que no. No puede ser un vecino. De ser un vecino, lo tendría identificado, aunque solo fuera por frecuencia, la más probable cuando se trata de los encuentros fortuitos. En el barrio hasta las caras indigestas terminan entrando en la conciencia, donde vegetan en reserva.

     En el ambulatorio. Es posible, últimamente lo frecuento mucho, demasiado quizás. Cosas de la edad de piedra. Para rescatarlo tendría que imaginarlo con una bata blanca, con un fonendoscopio al cuello; algo envarado, distante, frío en el saludo, si se digna saludar, insensible para la enfermedad, ante la que actúa como si no hubiera más medicina que la forense. Pero, no; no tiene pinta de médico. Ni siquiera de enfermero. Para ser médico le falta algo de altura, y para ser enfermero, corpulencia. Los médicos son todos altos, independientemente de su talla, y la bonhomía y tacto de los enfermeros se expande como se expande su cuerpo. No es que no tenga cara de buena persona. Pero casi todos los enfermeros son enfermeras.

     ¿Será empleado del banco? Puede ser. Es inevitable que lo visite. La frecuencia con que ahora lo piso va creciendo tanto como disminuyen sus atenciones. Ya casi todo lo que tramito en el banco lo hago yo mismo, no obstante lo cual tiene la deferencia de cobrarme por ello; a pesar de lo cual retiene codiciosamente todo mi dinero y lo emplea como le parece conveniente, sin contar con mi voluntad, en los negocios que cree más lucrativos, sin pagarme réditos dignos de este nombre. No, no. Este hombre no tiene cara de cínico. Además, solo raramente paso más allá del cajero automático, y ahora en los bancos solo atienden chicas con las faldas ceñidas y tacones muy altos.

     En un bar. Sí, es más probable. Los establecimientos de esta clase los frecuento más que los ambulatorios y los bancos. Por mi causa, no por la suya. Ahí lo veo más claro, vestido de negro, bien afeitado, correcto sin excederse. Como hombre sencillo, bien educado, que ha nacido en un barrio de la periferia, que ha tenido que ganarse la vida desde muy joven, al que nunca le han asustado los trabajos por difíciles y duros que sean. Antes que consentir la miseria de su familia, de su madre especialmente, que desde muy joven tuvo que hacer frente a la vida, con él a cuestas, sin padre. Todo lo reivindica como un buen hijo circunstancialmente camarero. Hasta las bolsas bajo los ojos que oculta tras las gafas oscuras. Debe trasnochar. Tal vez por algo más que las exigencias de su trabajo. ¿Qué hará la madre, mientras lo espera? ¿Contará las horas, supondrá toda clase de contratiempos? Durante un rato, él pretenderá que no hace caso a nada de esto. Mediada la madrugada, detestará su comportamiento.

     Renuncio. No consigo darme la satisfacción de la certeza del recuerdo, la que hace que al superponer dos imágenes, la que está a la vista y la que guarda la memoria, encajen como una evidencia y ganen la gloria de la tercera dimensión, la de la profundidad, como si se contemplaran a través de un estereoscopio. Nadie como él hasta ahora me había torturado la memoria, y creo que por primera vez la he llevado al límite del fracaso. Ya puedo estar seguro de que más allá, aunque me esfuerce, no hay nada más que pensamiento y especulación.


Gloria al conde de Tendilla

Sergei Granville

El punto de vista inmóvil lo modifica todo. Lo tengo comprobado. Si alguien se deja arrastrar por las oleadas de transeúntes, las que desbordan la línea de espera de los semáforos por ejemplo, porque lleve prisa, ve muy reducida su perspectiva. Yo diría que queda sujeto a una visión miope, incluso que el vértigo del movimiento caótico lo ciega. En cambio, si consigue escapar a la corriente, se aparta a un lado, se acoda en una ventana o sobre un zócalo, y se entrega a contemplar el tránsito de los viandantes, su imaginación se dispara, y es capaz de conocer causas eficientes capaces para accionar la palanca que puede cambiar cualquier noción, algo que de ningún modo podría alcanzar si se mantuviera en movimiento.

     Hay todavía bares con ventanas que tienen la ventaja de su cierre de guillotina. Permiten tomar una mesa en su interior, correr hacia arriba el cristal que separa al cliente de la calle y contemplar en vivo el tránsito sin dejar de estar en reposo. Puede desde allí observarse que en la calle peatonal, donde el desorden de las corrientes humanas ha conquistado todo el espacio, el movimiento incesante no es solo de personas apresuradas. Las hay que se detienen. Unos conversan con un conocido, por el que se interesan demorándose en detalles, de su salud, de la que conservan sus ascendientes, no obstante su avanzada edad, de sus acertadas adquisiciones inmobiliarias. Otros contemplan la oferta de los establecimientos, protegida por el cristal de los escaparates que refleja el rostro absorto de aspirantes a poseer bienes inalcanzables. También circulan reposadamente quienes llevan animales de compañía, cuyos hábitos y comportamientos no están por completo bajo control de quienes los pasean. Ni la disciplina adquirida por los perros es tanta que obedezcan siempre a las severas reconvenciones de sus dueños cuando actúan contraviniendo toda norma cívica, por ellos deseada, defendida y cien veces encomiada, ni las suelas de quienes se detienen a conversar o mirar invariablemente permanecen limpias.

     La observación reposada puede llevar al transporte cuando depara visiones singulares, únicas en ocasiones por su elevado valor nominal. “Gloria eterna al conde de Tendilla -canta entonces la conciencia-, feliz precursor del papel moneda. Bendito sea que en 1483 los Reyes Católicos le responsabilizaran de la defensa de Alhama, donde cercado por los enemigos le faltó el oro y la plata amonedados. Por esta causa cesaba entre ellos el trato necesario a la vida, dijo el cronista, y careció de medios para pagar a las tropas el sueldo que les debía.

     “Para salir al paso, mandó escribir en papeles monedas de distintos precios y los reprodujo en la cantidad que creyó necesaria, al tiempo que se cuidó de poner en juego sus poderes. Ordenó que entre quienes estaban en la ciudad aquellas palabras escritas valiesen tanto como decían y no fueran rehusadas. Para darle crédito todo el crédito que necesitaban además aseguró que cuando salieran de aquella situación, así como cada uno le devolviera los papeles en moneda escrita que tuviera, le daría su correspondiente valor en moneda de oro o de plata. Conociendo la fidelidad del conde, todos confiaron en su palabra y aceptaron que se les pagara de aquella manera. Así pudo satisfacer a los combatientes el sueldo que les debía.

     “A partir de aquel momento, la moneda de papel, sin que nadie la rechazara, circuló para contratar los mantenimientos y fue un buen remedio para la necesidad en la que estaban, y cuando el conde fue relevado de sus responsabilidades en la ciudad, antes de irse, pagó a cuantos le presentaban los papeles amonedados su correspondiente valor en oro o plata, tal como estaba autorizado por su propia firma en cada uno.” De no haber sido por aquel hallazgo, la circulación de bienes se habría bloqueado. Lamentablemente, tardarían más de dos siglos en reconocer las ventajas de su hallazgo.

     A cambio, el ingenio de los medios de control del papel moneda contemporáneo es admirable. La celulosa seleccionada para fabricar la pasta de papel, las tintas elegidas, el tema de la ilustración, los hologramas y las marcas de agua, todo converge a hacerlos únicos, insustituibles como medio de satisfacción. Hasta una impronta electrónica invisible que detecta la autenticidad contribuye a colmar las aspiraciones de los compradores.

     Pero lavar un billete de cien euros tiene sus riesgos. La resistencia de la celulosa elegida para prensarla como papel moneda puede esponjarse, las tintas, decolorarse, las líneas que delimitan el torso de los atlantes que sostienen la fabulosa cornisa, desdibujarse, el holograma perder brillo, la marca de agua disolverse. ¡De la carga eléctrica del billete pueden saltar chispas al contacto con el agua¡ Los medios de control de los billetes que imprime el banco central europeo son un riesgo para quien encuentre un billete sucio. Pueden no ser suficientes para asegurarle el crédito, a diferencia de la palabra del conde de Tendilla, que fue capaz para resistir cualquier cantidad de tiempo, toda clase de agentes adversos.

     Sin embargo, quien lo limpie someramente, pongamos con un pañuelo de papel, tiene a su favor el mercado de frutas y verduras, pescados y carnes, colmado de olores. Allí los billetes circulan sin que nadie pregunte por su procedencia, sin que haya quien  impugne su origen inmediato, se recurra al que sea de los medios organolépticos.