Supervivencia de la servidumbre

G. Valparaíso

Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.

Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.

Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.

Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer  tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.

La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.

Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.


Naufragio

Daniel Ansón

Era el náufrago de una embarcación enorme, de aquellas que cuesta mantener a flote; tal es su volumen, tanto su peso. Apenas disponen de capacidad para seguir navegando, parásitas de sí mismas. Imposible que se propongan empresas ambiciosas que sobrepasen el gasto necesario para seguir sosteniéndose sobre el agua. Se diría que solo navegan para evitar que las lleven al dique seco.

Antes había servido en otras, y simultaneaba su trabajo en la gran embarcación con viajes menores en barcos de menor calado. Eran empresas a las que no concedía la menor importancia, en ocasiones hasta aventuras algo insensatas que incluso su ocupación más delicada habían puesto en peligro. Mantenía sin embargo de manera estable cierta actividad que con la tierra lo unía siempre, y que le aseguraba la subsistencia. No era aquel ligero deber incompatible con ninguna de sus arrojadas travesías, ni con las más ambiciosas, ni con las más atolondradas.

Tras el naufragio, había navegado en solitario durante años y sin rumbo. Se alimentaba de milagro. De la catástrofe había conseguido salvar por azar algunas reservas de la nave; que no pone la mar embravecida al alcance lo que es de necesidad para seguir existiendo, sino aquello que nada a la vida añade y hasta le resta y la entorpece. Era no obstante su principal aliado en aquellos primeros días de lucha por seguir en la vida su particular reserva alimenticia, que más que algo era nada, y por eso resta de necesidad, gramos de menos para el consumo que al depósito del gasto a cada momento sumaba. Porque hay alguna química ni siquiera imaginada que transforma la voluntad de negarse el alimento en energía y coraje, y ayuda al ingenio y a la búsqueda de medios para seguir procurándose la ración cotidiana. Aprendió así artes de supervivencia altamente económicas y muy productivas.

En la balsa donde sobrevivía una tienda se construyó. Poco más que la tienda con la que los desterrados protegieron su tesoro más preciado cuando se vieron en el trabajo de atravesar el desierto. Apenas los vientos resistía, el agua la mantenía siempre húmeda y por ella pasaba sin que hubiera medio de impedirlo, y el sol más tibio sería solo nube que la envolviera.

Ahora desde allí veía pasar los barcos que cruzan el mar de un lado a otro, las naves aventureras, y sobre que ninguna reparaba en su presencia él las dejaba seguir adelante con una sonrisa en los labios. Le bastaba verlas para que supiera cómo eran por dentro, quiénes sus tripulantes, del aparejo y las provisiones; también del capitán y de sus gentes, y de todo cuanto unos y otros pensaban. Sin querer se había convertido en una gozoso faro errante cuya luz solo para él iluminaba. Bien sabía que aquel era su destino y que en ningún lugar, de ningún modo, encontraría más equilibrio.


Polibio

Redacción

Nació en Megalópolis, de la Arcadia, hacia el 208 según unos o en torno al 200 para otros. Hijo de militar y educado por militares, su juventud estuvo marcada por la dedicación a la política desde muy joven. Su actividad tuvo como escenario la Liga Aquea, y ya en 181 fue enviado como embajador a la corte de Alejandría. En el año 168, concluida la batalla de Pidna con la derrota de los griegos por los romanos, Polibio, con otros vencidos, incurrió en la sospecha de no haber mantenido una actitud favorable hacia los vencedores, comportamiento que parece inapropiado solo entre los derrotados. Aquellos decidieron como represalia que mil aqueos serían objeto de investigación, para que pudieran ser esclarecidas las circunstancias que llevaron a la citada batalla. Con este fin fueron deportados a Roma en calidad de rehenes. Entre ellos llegó Polibio.

Instalados en Roma, contra los pretendidos desafectos no fue formulada acusación precisa ni abierto juicio alguno, y al contrario durante años pudieron disfrutar de absoluta libertad de movimientos. El juicio que a los analistas merece aquel trato es que con aquellos hombres por primera vez se habría experimentado la política de desarraigo que terminó siendo tan característica de la política exterior romana. Pero la sorprendente posición en la que por esta causa quedó Polibio fue el origen del curso de los acontecimientos que decidieron la parte principal de su vida. El vencedor de Pidna, Emilio Paulo, se lo reservó para que actuara como preceptor de sus hijos, entre los que estaba el adoptado Publio Escipión. Así surgió una fructífera amistad que a Polibio le permitió adquirir una privilegiada posición. De Escipión Emiliano procedería el motivo que terminaría justificando su obra, por efecto de la relación con tan selecto núcleo político quedó convertido en utilísimo mediador diplomático entre Grecia y Roma, y, gracias a aquella fortuna, vivió en inmejorable posición entre dieciséis y dieciocho años en la que ya era la capital del Mediterráneo. Pero lo que en el fondo tal vez tuviera consecuencias más prolongadas en su caso, juzgando por la obra que hasta nosotros ha llegado, es que por vivir entre aquellos hombres entró en contacto con el estoicismo, la doctrina defensora del esfuerzo y del dominio sobre los sentidos.

Volvió a Grecia cuando la ficción creada tras la batalla de Pidna ya fue insostenible, y protagonizó al poco su más conocida iniciativa mediadora entre sus compatriotas y Roma, necesaria tras el saqueo de Corinto de 146. Viajó por Galia y por Hispania, y periódicamente retornó a Roma, ya convertida en su segunda patria. Pero el viaje que terminaría teniendo las consecuencias más relevantes para su obra fue el que realizó en compañía de Escipión hasta Cartago entre los años 147 y 146. El militar había recibido el encargo de terminar definitivamente con la oposición púnica y puso sitio a la ciudad. En su compañía Polibio pudo asistir al final de la historia de la única potencia que llegó a competir con Roma por el dominio del Mediterráneo occidental. Es probable que todavía realizara otro viaje de alto contenido político y militar, igualmente acompañando a Escipión al sitio de Numancia en el año 133.

Aunque la fecha más probable de su muerte los analistas la creen comprendida entre el año 125 y el 120, según una leyenda le habría sobrevenido poco después del año 118 a consecuencia de la caída de un caballo. Sea una u otra la causa cierta, de lo que no cabe duda es de que disfrutó de una larga y fecunda existencia, hecho que la leyenda pretende enfatizar explicando que el final de su existencia fue accidental.

Algunos pretenden que llegó a escribir un texto sobre el sitio de Numancia del año 133. Sobre que no ha dejado rastro, en su contra actúa que tal probabilidad está sostenida por la semejanza con el origen de su obra conocida, unas Historias al parecer inspiradas por su asistencia al fin de Cartago. De aquella colosal visión habría recibido el mayor estímulo para escribir en su lengua natal, el griego, un ambicioso texto al que dedicaría los últimos años de su vida. El resultado de cuanto escribió quedó organizado en cuarenta libros con el propósito declarado de contar cómo Roma había llegado a ser la gran potencia del Mediterráneo. Relata la extensión del poder de la ciudad sobre tierras cada vez más alejadas de ella entre 221 y 146, una cronología a la que da unidad la secuencia bélica que va del comienzo de la segunda guerra púnica hasta el final de la tercera, aunque la exposición de los antecedentes incluye el relato de la primera, iniciada el año 265.

Que la línea argumental de su relato estuviera definida con precisión no le impidió detenerse a cada tanto en especulaciones y teorías, entre otras las específicamente dedicadas a problemas de método, muy directas. Es también de interés su relación paralela de todos los pueblos que hasta su tiempo habían entrado en relaciones con Roma, que va presentando según el mismo riguroso orden cronológico que guía el relato. A este propósito hace excursos geográficos y da noticias exóticas de países lejanos. Pero, de ellos, el que con razón ha sido más comentado es el de la evolución cíclica de las formas de gobierno, una teoría de la civilización probable efecto de la influencia que sobre él tuvieron las ideas estoicas.

Dice que las formas de gobierno son tres, monarquía, aristocracia y democracia, las cuales describe y a favor de cuya respectiva solidez argumenta razones. Pero sostiene que se suceden sin remedio porque también inevitablemente se corrompen y degeneran. En su opinión, el origen del gobierno es producto de una catástrofe natural. Porque los hombres viven como animales se agrupan en torno a los más valerosos y fuertes con el fin de crear la primitiva monarquía. Esta se convierte en realeza cuando la adhesión al que ha sido admitido como primero es consecuencia del reconocimiento de su superioridad intelectual. La realeza a su vez degenera a causa de la tiranía, contra la cual ciertos grupos reaccionan para dar origen a la aristocracia, que por su parte se degrada como oligarquía. El enfrentamiento a la oligarquía da origen a la democracia, que finalmente puede descender hasta oclocracia o gobierno de las masas, momento a partir del cual la existencia de las sociedades humanas de nuevo se desliza hacia la vida animal, para así abrir otro ciclo político.

Su decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas para obtener información veraz está inducida por otra previa, más general, aunque quizás las cosas podrían justificarse en el sentido inverso. De sus especulaciones, a pesar de todo frecuentes en su texto, la más valiosa para la teoría historiográfica es la que enuncia las que considera las tres cualidades necesarias para escribir la que denomina historia pragmática, directamente relacionadas con las fuentes que el historiador en su opinión debe manejar. Dice que para escribirla en primer lugar es necesario haber estudiado la obra de otros, después conocer los países de los que se desea tratar y por último tener experiencia en la vida política y militar. Se limita a la historia de la que es contemporáneo, porque de este modo es posible interrogar a los testigos de los hechos sobre los que escribe. A su vez eso podría vincularse con otro de los principios que sostiene: el historiador debe ser un hombre de acción, lo que es tanto como decir político y militar. Esta sería la condición previa que justificaría que alguien se dedicara a escribir historia.

De todo esto se deduce que el texto histórico, también para Polibio, estaría cerca de lo que actualmente entendemos por memorias. El relato debe estar basado en hechos, si no vividos, sí al menos por contemporáneos que para él puedan actuar como testigos oculares que los recuerden. El conocimiento directo de los hombres relacionados con los hechos es necesario. Pero siendo esta la fuente principal o preferente no es la única a la que Polibio recurre. La visita a los lugares que el relato debe presentar tendrá que convertirse en escenario de los hechos, sobre todo los que fueron campos de batallas, que analiza con detenimiento como experto militar. También basa su relato en fuentes narrativas, que ocasionalmente discute y rechaza, así como recurre a la indagación de documentos. De Polibio podría decirse por tanto que usa todos los medios de información a su alcance y que nunca los utiliza sin criticarlos.

El modo de presentar al lector su historia es más abierto que el de sus predecesores en lengua griega. Tiene el propósito de contar los sucesos militares y políticos tal como sucedieron, eludiendo emociones y sentimentalismos. Si llegara a rendirse a alguna pasión, solo podría justificar el historiador su pasión por la verdad. Su método prevé con rigor esa posibilidad. El objetivo que pretende alcanzar es doble, enseñar cómo fueron encadenándose las causas que dieron origen al hecho que estudia y deducir de ahí las reglas convenientes para la acción política y militar. Pretende que la historia sea un medio de formación política. Quiere dar consejo a los políticos y enseñar a los lectores por ejemplos cómo soportar las vicisitudes de la fortuna.  Está poseído por un fuerte sentido moral de la vida, razón por la cual llena su relato de juicios sobre los comportamientos. Se complace en narrar a un tiempo conquistas y virtudes.

Por su obra conservada se le reconoce gran capacidad para comprender los acontecimientos que vivió. Desea aclarar cómo, cuándo y por qué ocurrieron los grandes hechos. Los analiza e indaga sus causas, a las que llega interpretando los antecedentes. Nada, sea probable o improbable, sucede sin una causa, y busca de manera sistemática las responsables de los acontecimientos. Las aísla con buen sentido y las encuentra en los dirigentes, pero sobre todo en la organización política y en las instituciones de gobierno de cada país. Solo cuando no encuentra mediante la investigación antecedentes que permitan explicar las causas, estas son atribuidas a la fortuna, que a veces parece azar y otras providencia. Admirador confeso de Roma, reconoce que la fortuna tuvo una significada responsabilidad en su éxito. Pero por otra parte es un decidido partidario de eliminar de la explicación causal la intervención de los dioses. Pensaba Polibio que cuando un autor recurre a explicar sucesos como consecuencias de factores sobrenaturales solo intenta ocultar su ignorancia.

Fundamentalmente interesado por la veracidad, pospone el valor literario de su obra, lo que es una excepción entre los historiadores de la antigüedad, aunque no puede oponerse de manera radical al principio de composición de la obra según las normas de la correcta expresión escrita. Se esfuerza por ser claro y ordenado, y su narración es sencilla, sin artificios retóricos. No es partidario de la dramatización del relato histórico, pero tampoco del puro encadenamiento de datos. Carece de la estimada elegancia de los prosistas que antes que él se habían expresado en la lengua que a él le sirvió para escribir. Para unos su lectura es agradable por fácil, mientras que para otros resulta finalmente monótono. Ya entre los antiguos tuvo fama de ser incapaz de mantener la atención del lector hasta concluir cada paso del relato. Su obra fue desconocida durante la edad media.


Jeroboam I de Israel

Gedeón Martos

Enfrentados ya Jeroboam I, el primer rey de la Israel secesionista, y el heredero de Salomón, Roboam, temió aquel, casi tanto como que lo mataran que su enemigo volviera a poseer todo el reino, si el pueblo continuaba subiendo a ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. Tomó entonces el titubeante reciente rey consejo sobre qué hacer, y decidió que, para evitar que la parte del pueblo sobre la que proyectaba su dominio se volviera a Roboam, debía hacer dos becerros, que efectivamente por un artífice fueron ejecutados como imágenes de madera chapadas de oro, a imitación del becerro que encontró Moisés tras su ausencia a causa de la epifanía de Yavé que lo sedujo.

Dijo a continuación a su pueblo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. No estaba falto de sentido lo que el rey nuevo decía, aunque puedan parecer sus palabras una condenable caída en la idolatría. En absoluto pretendía su patrocinador que los becerros fueran representaciones de Yavé. Los toros alados, que la escritura llama querubines, eran símbolo legítimo de la presencia del dios único. Al igual que el arca, que constituía el trono de Yavé en el templo de Jerusalén, y más aún los querubines que allí había, que extendían sus alas sobre el arca custodiada en el primer santuario de la monarquía hebrea, estas figuras fueron concebidas no en calidad de dioses, sino como peana o pedestal sobre el que se entronizaría el invisible Yavé en los nuevos templos que Jeroboam había previsto promover, ateniéndose a una antigua tradición que ya hemos aludido.

Si se hubiera pretendido representar a Yavé en los dos becerros, los profetas del norte no habrían dejado de alzar su voz en contra. Pero por aquella primitiva ascendencia no fueron atacados ni por Elías ni por Eliseo, tampoco por Jehú ni por Amós, aunque rindiéndose al argumento de la ambigüedad el profeta Ajías, el contemporáneo de Jeroboam que le había adelantado su poder, los condenó, tanto como el autor del Deuteronomio. No falta tampoco una tradición, a la que es menos fácil identificar porque nos ha llegado anónima por efecto de reserva del nombre que la autoría original decidiera, aunque en apariencia sea asequible sospechar su procedencia, que niega que los becerros pudieran ser interpretados en modo alguno por imágenes de Yavé.

Pero el problema que de esta decisión podría derivar, precisamente a causa de la ambigüedad, era que para aquel momento desgraciadamente el becerro, en ocasiones para las que el tiempo modifica el ser toro, era utilizado ya como la representación y símbolo popular del dios Baal, e iba asociado a los cultos a la fecundidad a los que sus adeptos se entregaban con tanta pasión. De ahí venía el peligro de que aquellas imágenes pudieran inducir a error y hacer que los israelitas más superfluos se deslizaran hacia una grosera confusión de Yavé con el becerro, y por tanto con Baal. Era muy cierto el riesgo de sincretismo rayano con la idolatría que incluía esta decisión. El fenómeno venía haciendo estragos en las tierras de Judá incluso desde tiempos de Salomón, y los hechos posteriores se encargarían de confirmarlo. Las violentas reacciones de los profetas llegaron a Israel, por supuesto en tiempos de Elías, en el siglo IX, pero quizás ya en tiempos del mismo Jeroboam. En términos teológicos, la responsabilidad en la que habría incurrido Jeroboam al hacer los dos becerros, estaría en haber duplicado un culto hasta entonces concentrado en el arca, símbolo legítimo de la presencia divina. El Libro primero de los Reyes expresamente la reconoce en la semejanza entre los dos medios elegidos para expresar un mismo símbolo.

El proyecto de Jeroboam, sin embargo, en modo alguno era rechazar a Yavé y orientarse hacia otros cultos, sino que estaba dictado por motivos políticos. Con una decisión como esta pretendía neutralizar la atracción que el templo de Jerusalén, el centro del que a partir de ahora sería reino de Judá, pudiera seguir ejerciendo sobre su pueblo. Se esforzaba Jeroboam en guardar dentro de su reino las manifestaciones de fidelidad religiosa de los israelitas, a través de las cuales podría dar unidad a las tribus del norte y asegurarse su lealtad, al paso que podría sumar a sus ingresos los beneficios derivados de las peregrinaciones.

Mientras fundaba el reino separado de Israel, Jeroboam promovió centros religiosos propios, para que actuaran como rivales de Jerusalén, aunque aquella iniciativa, más allá de sus intenciones, llevó a los hebreos al borde del cisma religioso, una vez consumada la ruptura política.

Para acometer con éxito su proyecto nacional, se concentró en la recuperación de los santuarios de las tribus. Berseba, Guilgal y otros cuyo nombre desconocemos, fueron  lugares elegidos con aquel fin, y de los hechos del santuario de Lais, a la que sus conquistadores pusieron por nombre Dan, conocemos la historia de sus accidentados orígenes.

Un hombre llamado Miká, que habitaba en la montaña de Efraim, quitó a su madre cierta cantidad de plata que sin embargo más tarde le devolvió, por lo que Yavé lo bendijo. Decidió entonces la madre destinar parte del metal a la fabricación de un ídolo, el mismo que Miká puso luego en un santuario que tenía, junto con un efod y algunos terafim, a los que entonces consideraban, según parte de la exégesis, ídolos domésticos. Completó el hombre su fundación haciendo sacerdote del santuario a un hijo suyo, lo que desde luego convenía a la recta administración del patrimonio de la familia. Pero acertó a pasar por allí un joven levita, y en conciencia Miká, que sabía que el sacerdocio de este origen era más aceptable para Yavé, decidió ofrecer a tan autorizado hombre el puesto santo y diez siclos de plata al año, el vestido y la comida. No está claro que el levita dudara y es seguro que aceptó.

Mientras tanto, cinco hombres de la tribu de Dan, que emigraba hacia el norte, hombres valientes de Sorá y Estaol, se adelantaron para explorar tierras libres donde su gente pudiera establecerse, pues hasta aquel día a Dan no le había tocado heredad entre las tribus hebreas. Llegaron a la montaña de Efraim y pasaron en ella la noche. Como estaban cerca de la casa de Miká, recurrieron al joven levita, al que conocían, para que consultara a Yavé y saber si su exploración llegaría a buen fin. “Id en paz -les dijo el sacerdote-, el viaje que hacéis está bajo la mirada de Yavé”.

Partieron y llegaron a Lais, ciudad situada en el valle que se extiende hacia Bet Rejob, donde vieron que allí las gentes vivían seguras, tranquilas y confiadas, según las costumbres de los sidonios, aunque lejos de ellos quedara Sidón, y que nada les faltaba de cuanto la tierra produce. Volvieron a donde estaban sus hermanos y les comunicaron tan felices noticias, al tiempo que los apuraban para que cuanto antes todos pudieran tomar posesión de aquel país.

Seiscientos danitas bien armados emprendieron la expedición definitiva. En su viaje hacia la que había de ser su tierra de promisión acamparon la primera noche en Quiryat Yearim y luego llegaron hasta la montaña de Efraim. Ya en la casa de Miká, los cinco exploradores informaron a sus compañeros que allí había un efod, unos terafim y un ídolo de metal fundido. Aguardaron los seiscientos con sus armas de guerra en el umbral de la puerta, donde asimismo quedó a la expectativa el levita que allí encontrara empleo, y en la casa entraron los cinco y cogieron el efod, los terafim y el ídolo de fundición. “¿Qué estáis haciendo?”, les reprendió el sacerdote. “Calla -le contestaron-, pon la mano en tu boca y ven con nosotros. Serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Prefieres ser sacerdote de la casa de un particular a ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?”. Se alegró con la invitación el corazón del levita, tomó el efod, los terafim y la imagen y se abrió un hueco en medio de la tropa. Así todos tomaron el camino definitivo a Lais, colocando en la cabeza de la expedición a las mujeres, los niños, los rebaños y los objetos preciosos.

Estaban ya los danitas lejos de la casa de Miká cuando sus vecinos le dieron noticia de cuanto acababa de suceder en ella y salieron todos en persecución de aquellos. Logró Miká alcanzarlos y les apeló: “Me habéis quitado a mi dios, el que yo me había hecho, y a mi sacerdote, al que yo había investido. Vosotros os marcháis y a mí ¿qué me queda?”. Los danitas le respondieron: “Calla de una vez, no sea que irrites a algunos, caigan sobre vosotros y pierdas tu vida y la de tu casa”. Los danitas siguieron su camino y Miká, viendo que eran más fuertes, se volvió a su casa.

Tomaron pues los danitas el dios que Miká había fabricado y al sacerdote que le servía y marcharon contra Lais, pueblo tranquilo y confiado. Pasaron a cuchillo a la población e incendiaron la ciudad. Nadie vino en su ayuda porque estaba lejos de Sidón y no tenía relaciones con los arameos. Reconstruyeron después los danitas la ciudad y se establecieron en ella, y erigieron para sí la imagen que había hecho Miká, y allí permaneció mientras estuvo en Silo la casa de Dios.

Pero los santuarios que recibieron la mayor atención del nuevo reino del norte fueron los localizados en Dan y Betel, centros de culto famosos desde antiguo. Creados, levantados y organizados como santuarios reales, marcaban los límites del nuevo reino, y mientras que el establecido en Dan debía actuar como el centro religioso del norte, el de Betel debía serlo del sur. El acto de consagración de cada uno de los dos santuarios como los principales del nuevo reino estuvo marcado por el destino dado a los dos becerros que Jeroboam mandara hacer, que de este modo adquirieron todo su sentido. Puso Jeroboam uno de los becerros en Betel, y el pueblo fue con el otro hasta Dan. Además, para estimular su respectivo desarrollo, Dan y Betel fueron concebidos como santuarios rivales.

Poco más que el detalle de la erección del becerro en el santuario conocemos sobre el culto practicado en Dan durante la monarquía. Sí es seguro que en el viejo santuario de Lais se consiguió rendir culto a Yavé, pero parece que en un estilo poco ortodoxo, porque los danitas se sirvieron del efod para consultar a Dios y pretendieron que por este procedimiento de él recibían respuesta. Pero sobre lo ocurrido en Betel es más lo que sabemos, gracias a que cumple de manera muy satisfactoria los objetivos políticos que con esta iniciativa se había marcado el nuevo rey. Betel era un lugar idóneo para erigir un santuario por su situación, que podía atraer con facilidad a los peregrinos que marcharan hacia el sur en busca de Jerusalén. Además, podía presentar como credencial a su favor, frente a la capital de Judá, que durante siglos había sido ciudad sagrada, debido a su asociación con los patriarcas, y que por tanto había sido meta de peregrinaciones antes de que Jerusalén fuera una ciudad controlada por los hebreos. Por eso Betel se convirtió en el santuario nacional del reino del norte.

Los cambios patrocinados por el advenido monarca al principio quedaron restringidos al símbolo, porque por lo demás mantuvo que su pueblo debía seguir en la práctica de la religión que ya le era propia. Pero luego fueron tomadas ciertas decisiones en relación con el culto que modificaron aquella decisión inicial. Todo indica que en Betel fueron instituidos los primeros altos a los que rindieron culto los hebreos, porque este tipo de lugar santo por primera vez es mencionado como original del reinado de Jeroboam. Los altos levantados en Betel fueron completados con la construcción de un templo y con al menos un altar con cuernos. A partir de aquí, empezaron las complicaciones para el nuevo monarca de Israel.

Subió Jeroboam con ocasión de sus cambios al altar que había hecho en aquellos altos. Para celebrar la dedicación del nuevo templo iba a ofrecer sacrificios al único becerro que junto a sí había mantenido, y sobre el altar quemar incienso, un día quince del mes octavo. Coincidía la fecha elegida con la fiesta de las Tiendas, que seguro el lector recordará por haber sido la misma en que fue celebrada la dedicación del templo construido por el rey sabio y rijoso. Ensoberbecido Jeroboam, había discurrido por su cuenta instituir aquel mismo día de la dedicación una nueva fiesta para los israelitas, aunque parecida a la fiesta de Judá, lo que de inmediato por algunos fue juzgado como intencionada confusión.

Así las cosas, un hombre de Dios llegó a Betel procedente de Judá por orden de Yavé. Encontró a Jeroboam de pie sobre el altar, dispuesto a quemar el incienso. Siguiendo la orden que de Yavé había recibido, aquel hombre se dirigió al altar en estos peculiares términos: “Altar, altar, Yavé te anuncia que ha nacido en la casa de David un hijo de nombre Josías que sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los altos, a quienes queman incienso sobre ti, y que huesos humanos quemará sobre ti. Esta señal de que así ocurrirá Yavé te adelanta: te romperás y la ceniza que hay sobre ti será derramada”.

Cuando Jeroboam hubo oído lo que el hombre de Dios decía al altar de Betel, desde encima del altar, extendiendo su mano, ordenó prenderle. Mas la mano que había levantado contra el profeta quedó seca y no pudo volverla hacia sí. Al instante el altar se rompió y toda la ceniza que sobre él había quedó esparcida, según la señal pronosticada de orden de Yavé por aquel hombre de Dios.

Le pidió entonces Jeroboam, sobrecogido por su poder, que aplacara el rostro de Yavé para que su mano pudiera volver sobre él. Y eso fue lo que hizo el hombre de Dios. Aplacó el rostro de Yavé y retornó la vida a la mano del rey, quien quedó tan bien como estaba antes de que la maldición le hubiera anticipado la muerte a una parte de su cuerpo, una de las que por más móvil puede parecer de las más vivas.

Invitó el impresionado Jeroboam a aquel misterioso hombre a que entrara en su casa, con el ofrecimiento de que lo reconfortaría y le haría un regalo. Sin embargo, con orgulloso desprecio hacia la modesta hospitalidad generosa -reacción que con frecuencia provoca manejar las palabras divinas, que es algo muy parecido a jugar con las cartas marcadas- le replicó el hombre de Dios: “Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar, porque así me lo ha ordenado la palabra de Yavé: `No comerás pan, ni beberás agua, ni volverás por el camino por el que has ido´”. Y se marchó por un camino distinto al que lo había conducido hasta Betel, dejando a Jeroboam caviloso aunque reconfortado por la íntima satisfacción que produce declarar la sincera generosidad en el extremo de la desolación.

Pero Jeroboam por nada de esto retornó de su desviado camino. A los altos de Betel adscribió sacerdotes a su iniciativa investidos que constituyeron un clero propio también para su templo, sacerdotes del común del pueblo, tales que no habían sido tomados de entre los hijos de Leví. Ellos serían los que encargados de ocuparse del culto al becerro que allí había entronizado. Persistió en esta manera de nombrarlos y a todo el que lo deseaba lo investía, favor que solo la casta sacerdotal debería dispensar. A tanto llegó el desorden en este campo que en Betel hubo profeta que se ocupó del culto, con lo que invadía el terreno de los sacerdotes, una actitud a la que se opuso Amós, el primero de los profetas escritores. Y todavía algún texto añade a modo de acusación, sin duda rayando con sus alegaciones en el exceso, que hizo sátiros para los nuevos cultos. No queda del todo claro por la lectura si fueron hombres que esta particular forma sagrada representaron o solo imágenes. Más probable parece lo segundo, aunque no por eso deba admitirse como más cierto, porque sí es segura la interpretación que lee que para servicio de los sátiros habrían sido adscritos los mismos sacerdotes que innovaban la composición regular del clero por promoción exclusiva del rey.

A decir del texto sagrado también para los altos habrían hecho cipos. Pero este es un rasgo de los cultos promocionados por Jeroboam sobre el que se duda. No hay más pruebas de que Jeroboam introdujera esta versión del culto a la fecundidad en Israel que la que aporta el autor del Libro primero de los Reyes, cuando alude a los cipos en el transcurso de la exposición de los hechos de aquel reinado. Es muy probable que quien esta parte del texto escribiera lo hiciera a mucha distancia, desde el año 560 o más tarde aún.

Toda esta manera de actuar hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam, y esta fue la causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra. Con toda certeza, se cumpliría la palabra que por orden de Yavé aquel hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que había en las ciudades de Samaria. Visitaría Yavé el altar de Betel, sus cuernos serían derribados y caerían por tierra, y castigaría a Jeroboam y su descendencia. Sacudiría la casa de invierno con la casa de verano, se acabarían las casas con mobiliario o paredes adornados con incrustaciones de marfil y muchas más casas desaparecerían.


El arrendamiento de los diezmos

J. García-Lería

Aforado el producto en perspectiva, en el arzobispado superpuesto sobre la región suroccidental los procedimientos para proseguir con la recaudación del diezmo en lo fundamental eran dos, el arrendamiento y la fieldad.

El arrendamiento consistía en transferir temporalmente el derecho a la percepción de una renta a un interesado en su recaudación, ajeno a la administración eclesiástica, mediante subasta pública. No faltaban aspirantes a disponer de la posibilidad, y para los titulares de la prestación tenía la ventaja de que los descargaba de costos y les aseguraba su ingreso. La confluencia de ambos propósitos fue la responsable de que se convirtiera en el procedimiento preferido para la recaudación de los diezmos y de que este rindiera regularmente.

El Libro de casa de cuentas es la fuente más directa para desentrañar cómo se arrendaban las rentas. El recopilador que redactó estas ordenanzas, que fueron el código para la gestión de los diezmos regionales desde fines de la edad media hasta su extinción, se concentró en prever y poner a punto las posibilidades de tal método, tanto que casi todo está dedicado a regularlo, aunque lo fundamental sobre él se encuentra en las cincuenta primeras normas. Basta leer su encabezamiento para reconocerlo: Leyes y condiciones con que se arriendan y cogen las rentas de los diezmos de esta ciudad y su arzobispado.

De este texto hemos localizado cuatro versiones. La más antigua, a juzgar por su escritura, tal vez esté cerca del original no solo por razones de precedencia. La segunda es una copia solemne, iluminada, ya de pleno siglo XVI, aunque con los rasgos de arcaísmo que se pueden esperar de los trabajos con pretensiones. Una nota suelta en su interior lo data en 1572, a la vez que cerca la fecha de redacción del ejemplar más antiguo al afirmar que esta recopilación se hizo por decisión del cabildo en 1495. La tercera es ya una copia del último tercio del siglo XVII. Difiere de los anteriores en que incluye como addenda normas nuevas, de los siglos XVI y XVII. La cuarta, que parece de principios del siglo XIX, es una transcripción del texto más antiguo. No obstante, el valor de esta fuente, aun desde su perspectiva, es limitado. Si hay que juzgar por los ejemplares conocidos, es necesario reconocer que es muy válida como una instantánea del momento en que fue recopilada, fines del siglo XV, aunque solo parcial para la época moderna. Las decisiones que modificaron o ampliaron su contenido, que nada pudo evitar que fueran necesarias, tomadas por el cabildo en uso de su autoridad, aunque se lo propusieran los receptores de las versiones más recientes nunca fueron refundidas con lo que ya se había recopilado.

En plena época moderna, para arrendar un diezmo se partía del nombramiento de un prebendado que se trasladaba a la población sede de la vicaría cuyas rentas se iban a ceder. A partir de aquel momento, era llamado hacedor por la propia administración de las rentas diezmales. Llevaba consigo una carta general que lo acreditaba y le otorgaba poder para dirigir las subastas. El administrador de la vicaría a la que llegaba debía publicarla y fijarla después a la puerta de cada una de sus iglesias.

Antes de partir, al hacedor se le advertía de que el cabildo había decidido que debía seguir al pie de la letra las órdenes que se le daban en el cuaderno que le entregaban. Redactado en la capital, primero recopilaba el valor que hubiera alcanzado el año anterior en el último remate cualquiera de las rentas de la vicaría parroquia a parroquia. La relación del valor que las rentas hubieran alcanzado cuando definitivamente se adjudicaba debía proporcionarle, junto con las tazmías, los criterios con los que tasar las rentas del año en curso cuando salieran al mercado de las subastas.

Además, se le recordaba que, antes de ofrecerlas, debía hacer públicas las instrucciones para actuar, así como las condiciones bajo las cuales se podía aspirar al arrendamiento. Con este fin, se le entregaban por escrito dos pliegos de normas, uno impreso y otro manuscrito. El impreso, en cuyo encabezamiento deán y cabildo de la catedral insistían en declararse administradores únicos y perpetuos de los diezmos del arzobispado, contenía las instrucciones más generales. Actualizaba y resumía las leyes de diezmos recopiladas a fines del siglo XV por lo que se refería al arrendamiento. Debía leerlas para que se supiera lo que preveían, y de haberlas publicado tenía que devolver testimonio, mientras que más adelante el notario de la vicaría dejaría constancia de que las condiciones ordinarias, las nuevamente añadidas y las prevenidas en el cuaderno del hacedor habían sido publicadas en el lugar donde se iban a celebrar las subastas, y que se habían hecho saber por dos veces en los sitios públicos de la población. Las manuscritas eran específicas y tenían un contenido muy práctico. También se le encargaba que cuando los arrendadores plantearan alguna discrepancia no tomara decisión alguna sobre cualquiera de ellas, sino que los remitiera a la contaduría mayor. Terminaba el cuaderno con otra relación, bajo el título de diezmos exceptuados, a la que precedía la última orden. Antes de ofertar las rentas, el hacedor haría publicar que se exceptuaban los diezmos cuya relación seguía, de lo que también debía devolver testimonio.

La concurrencia a las subastas era abierta, tanto que el hacedor publicaba, además de un mandato para que no prendieran a los aspirantes a arrendatarios que aún debieran diezmos, que igualmente podían estar seguros en la capital el día del último remate, un día antes y otro después. Pero había vetos a la concurrencia, derivados de las responsabilidades públicas, fueran civiles o eclesiásticas, y de las que se tuvieran en la gestión de los diezmos. Ningún alcalde mayor, corregidor, alcalde ordinario, alguacil, veinticuatro, jurado, caballero, escribano de concejo o de justicia, notario del consistorio o de rentas, oficial de la mesa arzobispal, capitular o de la fábrica de la catedral podía pujar ni ser admitido a las rentas, ni otros por ellos. Además, el cabildo, por auto capitular del 17 de enero de 1731, había mandado que en ningún caso pudieran arrendar administradores, notarios de rentas diezmales ni tazmeadores, directa ni indirectamente. Si lo hacían, quedaban de inmediato desposeídos de sus respectivos empleos.

El arrendamiento efectivo de cada diezmo empezaba por las ofertas que hicieran los interesados en hacerse con su recaudación. Las leyes de diezmos, para ponérselo fácil a los licitadores, incluían un calendario para la subasta de las rentas que coincidía con el de la maduración previsible de los frutos, cuando el monto de las cosechas y los esquilmos era evidente. Entre el 15 de junio y el 1 de julio para los cereales, según las zonas, entre el 1 y el 8 de septiembre para el vino, el 30 de octubre para el aceite o el 1 de mayo para corderos, queso y lana eran las fechas principales.

Las fases regulares de la subasta eran dos, una de primera adjudicación y otra de último remate. Para evitar equívocos, sus plazos y los lugares donde se desarrollaría cada una, desde las instrucciones que llevaba consigo y hacía públicas el hacedor quedaba claro que en primera adjudicación se rematarían un día en la población sede de la vicaría, y que algunos después, en la capital de la región, se completarían los remates finales. Pero no era necesario que todas las rentas agotaran este circuito. Porque unas podían adquirir un valor satisfactorio sin salir del mercado local, y otras cuando iban a la capital no conocían mejoras. También podía ocurrir que la primera adjudicación ocurriera en la capital, que las pocas que no se adjudicaran en la capital se remitieran a la población, donde se remataban en la primera fase, o que las subastas finales ocurrieran en la población y no fuera necesario ultimarlas en la capital. Pero todas, invariablemente, concluían su circuito administrativo en el marco de los mercados de venta de las rentas diezmales de la población que las generaba, donde siempre se cerraban formalmente.

A la primera fase de la subasta la documentación suele llamarla poner en estrados, en alusión a la formalidad legal del acto. Por mandato del hacedor y orden del administrador, y a consecuencia de otra de los contadores mayores del cabildo, los estrados se publicaban dos veces en los sitios públicos de la población sede de la vicaría, para que llegaran a noticia de los posibles arrendatarios y saber si habría alguien que deseara hacer postura en la renta. Si no aparecía quien hiciese alguna, ni en poca ni en mucha cantidad, el administrador ordenaba diferir los estrados para la mañana del día siguiente. Si tampoco al día siguiente comparecía en ellos quien hiciera alguna postura, ordenaba entonces que los estrados quedaran para la tarde del mismo día, y en caso de que tampoco compareciera nadie, la subasta quedaría desierta, y sería necesario devolverla a la capital y tomar las decisiones que, si se consumara definitivamente la imposibilidad de la cesión, desembocaban en la fieldad.

Calculado el producto con mucha aproximación, gracias al ajuste del calendario de las subastas a la maduración de los frutos, y para lo que le sobraban datos y experiencia, al licitador solo le quedaría ofrecer una cantidad por debajo del diezmo que se esperaba obtener, de manera que pudiera extremar su beneficio. Era dando por segura esta táctica como se incentivaba la puesta en marcha del mecanismo de la subasta. En su desarrollo, al valor tasado, híbrido del último remate del año precedente y la tazmía, a su vez excepcionalmente modificado por cambios de valor de última hora, se le irían deduciendo cantidades, por ejemplo de 5 en 5 o de 10 en 10 unidades, hasta encontrar un postor. A partir del momento que lo encontraba, su postura era ya una renta cierta, la primera cifra que estaba dispuesto a pagar por un diezmo un arrendatario. Reiteradamente, el notario de diezmos de la vicaría, cuando dejaba constancia de que se había puesto estrados una renta de acuerdo con las formalidades exigidas, a aquella adjudicación la llamaba remate a la vara. Así concluía esta primera fase y la cifra de la postura se convertía en la cantidad generatriz del resto del proceso.

El licitador que aspiraba a arrendatario, en caso de que consiguiera hacerse con la renta en primera instancia, se aseguraba pagar al cabildo una cantidad desconectada del producto estimado, en la medida en que a lo largo de la primera fase de la subasta el nivel que se había creído que podía alcanzar la renta iba descendiendo según se demoraba la licitación. Al tiempo, pretendería cobrar a los obligados a la prestación todo lo que le permitiera el tipo que correspondiera. El cabildo, como responsable de los intereses de todos los partícipes, no renunciaría a ingresar el óptimo correspondiente al tipo, y, por su parte, el diezmador siempre aspiraría a pagar por debajo del tipo, un deseo que lo enfrentaría con el licitador y el cabildo. La adjudicación de la postura fijaba pues el momento de máxima divergencia entre los intereses que se enfrentaban en el diezmo arrendado. Como consecuencia de este trance, las fuerzas en pugna contaminaban el procedimiento de subasta con unos intereses que lo cargaban con el mayor grado de complejidad.

Para amortiguar los efectos de la subasta a la baja, gracias a la cual solo se había conseguido captar a un arrendatario potencial, el cabildo catedralicio, que era juez y parte, arrebataba la iniciativa a quienes ya se habían adjudicado la renta. El medio del que se servía era la apertura, en el mismo momento en que quedaba fijada la postura, de una segunda fase de la subasta, durante la que solo se admitían ofertas para modificar al alza el valor ya consolidado, las que el lenguaje de la gestión de los diezmos llamaba pujas o mejoras, una vez que en la vicaría se había hecho público que el último remate de cualquier renta se haría en la capital el día previsto para cada una en las leyes de diezmos, y que quien quisiera mejorar con una puja una renta podía hacerlo incluso el día señalado para el remate hasta media noche.

Cualquier puja debía hacerse ante los hacedores o los administradores de las vicarías, tanto si estaban los hacedores en las poblaciones como si no, y solo era válida y se admitía si se presentaba por escrito ante el escribano o el notario de rentas, quienes mantenían al día sus registros de este proceso, y la relación y memoria de las mejoras que en las rentas se hacían, así como del estado en el que cada una se encontraba, y si alguna vez dos personas pujaban ante el hacedor o el administrador con presencia del escribano o notario, la puja que valía era primera. Pero el gestor de los diezmos, aun actuando con todo su rigor, para asegurarse la mejor opción todavía se reservaba concluir esta fase decisiva con discrecionalidad. Si el cabildo, o los contadores en su nombre, creían conveniente prorrogar el plazo del último remate que se hubiera publicado, siempre que no pasara de ocho días, lo podían hacer, sin que por ello los arrendatarios que hubieran pujado la renta quedaran liberados de las posturas o pujas que hubieran hecho. Asimismo, el cabildo, por alguna causa o solo por su libre voluntad, aunque una renta se hubiera pujado, podía decidir que de ella no se consumara el último remate, lo que equivalía a detener la subasta en el valor que creyera conveniente. En ese caso, como se daba por ninguno lo que en la renta se hubiera hecho, los que hubieran pujado no podían pedir la remuneración de las pujas que hubieran ganado. Gracias a estas excepciones, en la práctica, el cabildo, por último, disponía de todo el poder para adjudicar el arrendamiento de una renta según su criterio.

Para estimular la concurrencia de licitadores a esta fase definitiva, e incentivar sus pujas, se consentían los prometidos, un beneficio de la décima parte del montante de cada mejora que conociera la postura, que sería reconocido como beneficio legal del arrendador al que finalmente se le adjudicara la renta. Era un expediente habitual durante la época moderna, reconocido por las leyes que regulaban el arrendamiento de todas las rentas que se adjudicaban mediante subasta.

Las mejoras de la postura que podían hacer los licitadores habrían de ser siempre 1/3 (tercio), 1/5 (quinto) o 1/10 (diezmo) de su valor y de las sucesivas pujas que se fueran acumulando, siempre que no alcanzaran los 75 cahíces o 900 fanegas en las rentas de los cereales y los 9.500 maravedíes en las que se ingresaban en dinero. En el supuesto de que estas barreras se sobrepasaran, la postura y las pujas agregadas se podrían además mejorar en solo 1/20 (medio diezmo), así como ofertar cantidades de dinero hasta alcanzar un valor redondo, como dos mil reales o tres mil trescientos, que era lo mismo que trescientos ducados de cuenta. Cada uno de los tipos de puja, a excepción del primero, que mejoraba la postura, incrementaba el valor de la mejora antecedente en la cantidad que expresaba su denominación. Así, por ejemplo, se podía ofertar un diezmo o mejora del 10 % del valor de la postura, y a partir de aquí medio diezmo o 5 % del diezmo anterior, mejorar el diezmo y medio antecedente en un quinto y el quinto antecedente en un tercio.

Las pujas terminaban cuando nadie mejoraba la última, lo que automáticamente adjudicaba la recaudación de la renta al último postor y situaba el diezmo a un nivel que, aritméticamente, era el resultado de sumar a la postura el monto de cada una de las pujas que se hubieran ofrecido. Como consecuencia de las circunstancias que en cada caso modificaran las ofertas, los resultados de la acumulación de las pujas podían ser muy diferentes. En una renta poco competida, en el primer remate la postura había sido adjudicada en 44.642 maravedíes, y solo fue mejorada en un tercio, 14.880, de manera que el total quedó fijado en 59.522, un cálculo que tenía en cuenta que la administración de los diezmos siempre redondeaba despreciando los decimales. Pero en otra, muy competida, ocurrió que la postura había quedado rematada en 17.000 reales. La primera mejora fue de un tercio, y las siguientes un diezmo, otro diezmo, otro diezmo, medio diezmo, un diezmo, otro diezmo, medio diezmo, otro diezmo y otro diezmo, de modo que el total ascendió a 48.692 reales. Todos estos hechos, en cada caso, los registraba el notario de los diezmos de la vicaría en un cuaderno de pujas y remates, y finalmente certificaba el valor alcanzado por cada renta en los últimos remates.

Tanto de las posturas comprometidas como de todas las pujas que se hacían, cada concurrente debía otorgar contrato ejecutivo con las condiciones, renuncias y sumisiones que eran regulares en cualquier escritura de obligación. Al suscribirlo se comprometía a someterse expresamente a la jurisdicción de la capital, tanto eclesiástica como seglar, y a renunciar a cualquier fuero al que pudiera acogerse, a la pragmática de sumisiones más reciente y a cualquier privilegio o exención que tuviera. También aceptaba que, si actuara sin tener autorización acreditada para el cobro de la renta, la cobrara como suya y la cogiera, podía ser preso, prendado y ejecutado por la jurisdicción de la capital, fuera eclesiástica o seglar. Y aunque, de acuerdo con el compromiso antecedente, no podía oponerse a la ejecución, si por derecho debía serle admitida su oposición a ella, debía presentar a su costa el contrato original. De lo contrario, su oposición sería ninguna y no podía ser oída.

Pero, sobre todo, para su garantía, quienes pusieran en precio cualquier diezmo debían afianzarlo tal como estaba previsto en las leyes de la casa de cuentas. Ni el administrador ni el notario apostólico de la vicaría en modo alguno podían dar rentas a una persona sin que con ella se obligaran otras, y todas como principales y de mancomún. Tanto si fueran de primera adjudicación como por cada puja de mejora, para que fueran admitidas las fianzas debían ser de al menos dos personas. Luego todos los arrendamientos quedaban encomendados a sociedades.

Las que se constituían podían ser inestables y fluctuantes. Es más probable que estuvieran anudadas por el principio de fidelidad y resultaran estables y cerradas. Pero no era infrecuente que uno de los asociados, cuando subían las pujas, abandonara a su consocio, quizás presa del vértigo, y este tomara a otro que al menos dotara a la sociedad de la solvencia, cuando menos aparente, que necesitara para prosperar. El empeño al que la mayor competencia conducía restringía el número de rentas al que una sociedad podía aspirar, y era menos probable que una sociedad monopolizara todas las locales de un mismo bien, aunque esta siguiera siendo una posibilidad al alcance de una parte de las iniciativas. Sin embargo, para la solidez de las sociedades que los arrendatarios constituían ningún factor parece tan decisivo como el horizonte de rentabilidad que se podía abrir ante ellos si dispusieran de la décima parte del producto.

Si todo ocurría según lo previsto, con la verificación de las fianzas concluía el procedimiento de la cesión de las rentas. El notario de los diezmos de la vicaría las certificaba, y toda la documentación del arrendamiento, por último, quedaba en su poder. Pero todavía la aplicación de una norma podía provocar la repetición de la segunda fase de la subasta.

Cuando las rentas no se afianzaban, los postores y pujadores incurrían en quiebra, instrumento punitivo dirigido a imponer seriedad y rigor a las mejoras ofertadas por quienes pujaran. Tendría la virtud de poner al descubierto lo que hubiera de ficticio en las posturas y las cadenas de pujas, y cuáles eran los arrendatarios transitorios o testaferros que actuaban solo con fines especulativos, fundados en la esperanza de recompensar su intervención al menos con los prometidos. Por la misma razón, sería lo más adecuado para anudar bien, antes de intervenir en una subasta, las alianzas societarias.

Consumadas las quiebras, las rentas eran adjudicadas al licitador antecedente. Así, llegado el momento de afianzar una, un adjudicatario del último remate no la afianzó en el plazo que se le había concedido. Fue publicada la quiebra y la renta recayó en el pujador inmediato anterior, responsable de la mejora más alta precedente, quien tampoco la afianzó. De nuevo fue publicada la quiebra y se actuó, tal como estaba previsto, igual que en la quiebra previa. Tampoco el tercer pujador en orden descendente, que resultó ser asimismo el primer quebrado, pudo afianzar la renta. Otra vez publicada, finalmente fue afianzada por el que seguía en el mismo orden, que resultó ser el primer pujador en la segunda fase de la subasta.

Cada uno de los pretendidos arrendatarios que incurría en quiebra quedaba obligado a pagar a los partícipes la mejora que había ofrecido, en el mismo plazo y en los mismos términos que las rentas principales. Si eran quiebras en la renta del pan, debían pagarlas en grano, como se debía pagar la renta principal, sin que se pudiera alegar que no se había tenido intervención en la renta o que se pagarían a la tasa porque esta era la costumbre. Quienes así argumentaban no eran oídos en juicio ni fuera de él, y podían ser presos, prendados y ejecutados por la cuantía de la quiebra tal como se procedía por la renta principal y en los mismos plazos, tanto por un juez eclesiástico como por uno civil de la capital, de la misma manera que si hubieran suscrito uno de los contratos requeridos.

La secuencia descendiente de las quiebras a veces podía ser tan larga que no solo hiciera caer la renta hasta el primer pujador del último remate. Porque no hubiera mucho margen para retroceder –por no haber ponedor antecedente-, el resultado podía ser que el arrendamiento quedara al descubierto, sin que hubiera posibilidad de adjudicarlo a algún responsable. En ese caso, la renta recaía al torno de la almoneda, es decir, retornaba al mercado de las subastas, y de nuevo en estrados, a partir de un precio inferior, era pujada y adjudicada según estaba reglado.

La vuelta al mercado normalmente debía emprenderla una renta por la falta de fianza, de manera que el retorno a estrados sería un drástico ajuste a su demanda efectiva. Pero también podía estar causada por incumplimiento de la abstención. Si una vez rematada una renta se sospechaba que cualquiera de los que tenían prohibido arrendar había participado en la adjudicación, podía ser nulo el remate, quebrar la renta y quienes hubieran incurrido en aquella irregularidad debían pagar la puja o pujas que hubieran hecho, tras lo cual se consumaría la vuelta al mercado. Así ocurriría, por ejemplo, cuando el administrador de los diezmos de una vicaría consiguió adjudicarse una renta valiéndose de un traspaso como subterfugio.

El retorno también podía ser consecuencia de que alguna renta fuera sospechosa de colusión entre los arrendatarios, y así lo comprobaran los contadores del cabildo. Un excusado, a través de una sociedad formada por vecinos de otra población, participó en la subasta del arrendamiento de su propia renta, y consiguió que se rematara en él, en sociedad con su hijo, aunque finalmente una fuerte pugna por hacerse con ella se la arrebató. En casos así, bastaba la declaración de los contadores del cabildo para que a continuación abrieran de nuevo la renta, la devolvieran al mercado y admitieran las pujas que se hicieran. Podían hacerlo fundados en su propia autoridad, sin citar, llamar ni oír a los arrendatarios, quienes no podrían ir contra ella, ni por habérseles quitado la renta podrían apelar, suplicar ni reclamar por vía alguna, aunque fuera de fuerza. Además, los adjudicados perdían los prometidos y las pujas que hubieran ganado, y debían devolver sin pleito ni debate los frutos que de la renta ya hubieran cobrado.

Pero la vuelta al mercado de una renta no siempre tenía que ajustarse a los planes del cabildo como precursor de los intereses de los partícipes. De ahí que en la respuesta a estos contratiempos también se reservara la última decisión. No solo quedaba sujeta a su voluntad cuando afectara al incumplimiento del veto a participar en el arrendamiento de las rentas, tal como se afirma expresamente. En todos los casos, si una renta que hubiera vuelto al mercado de las subastas era adjudicada a su último nuevo pujador, mientras este o los que hubieran pujado en ella no hubieran sacado el documento que los autorizaba al cobro, quienes en el anterior remate frustrado la hubieran pujado, aunque en su momento no lo hubieran hecho, ahora de nuevo tenían la oportunidad de afianzarla y sacar el documento acreditativo que les permitiera cobrarla si el cabildo lo creía conveniente, sin que los que hubieran pujado en la vuelta al mercado ganaran las pujas que hubieran hecho.

La consecuencia de tanta discreción era que se podían provocar situaciones tan singulares que el cabildo, paradójicamente, actuara contra lo que formalmente estaba cumpliendo la norma. Rentas que se pujaban siguiendo el procedimiento regular y eran afianzadas por los adjudicatarios del último remate, sin embargo eran recogidas en administración a consecuencia de una orden del cabildo. Por las anotaciones de los contadores en algunos casos se deduce que todo había ocurrido de manera tan regular que incluso los pujadores ganaban las mejoras que habían licitado. Debió tratarse de decisiones del último momento, en las que el cabildo se viera en la necesidad de no defraudar ninguna de las expectativas creadas, sin perjuicio de que su actuación resultara contraria a los intereses del adjudicatario del arrendamiento.


Tucídides

Redacción

Nació entre 460 y 455 y murió hacia el 400 antes de la era, aunque algunos hacen ostentación de ser más precisos diciendo que la muerte le llegó poco después del 399. A otros les basta con retrasarla hasta el 395. Aristócrata ateniense por su cuna, la posición económica de su familia cuando su vida empezaba era muy satisfactoria, porque sus miembros al menos participaban en la administración de unas minas de oro en Tracia, la tierra que más resolvería sobre su vida. Su educación estuvo guiada por sofistas, aquellos denostados maestros que anteponían la brillantez al rigor de sus enseñanzas. De lo que aprendiera durante su infancia se ha conservado una forzada leyenda, que siendo aún niño lloró de emoción cuando tuvo la oportunidad de oír a Herodoto recitar pasajes de su obra, manera mítica de responsabilizar de sus actos al prodigio.

Durante el año 431 empezaron las sangrientas hostilidades entre Atenas y Esparta, las principales ciudades griegas entonces, las que decidirían la suerte de las tierras helénicas para lo sucesivo. La guerra que así se iniciaba también marcaría el resto de la vida de Tucídides. En parte por consecuencia natural de su nacimiento, en otra por voluntad, parece que desde muy joven tuvo una decidida vocación política. Desencadenada la guerra, por fin el año 424 alcanzó el deseado nombramiento de estratego en Atenas, poder delegado por vía constitucional que había de ejercerse con medios y fines militares. Pero lamentablemente fracasó en el desempeño del encargo recibido. Aquel mismo año fue derrotado en la siniestra Tracia.

Pero aún habría de sufrir la humillación, porque el desastre que lo había hundido fue acrecentado con el inmisericorde escándalo. El demagogo Cleón lo acusó de traidor. No solo tuvo que dejar la política, sino que por efecto de aquella acusación fue condenado a un severo destierro de Atenas. No podría volver a la ciudad hasta que la guerra en la que tan estrepitosamente había fracasado no hubiera concluido. Veinte años tardaría aún en volver la paz a las tierras griegas, los mismos que Tucídides hubo de permanecer exiliado precisamente en Tracia.

Fue a consecuencia de aquella derrota personal, con el triste ánimo que se le puede suponer, desolado y resentido, que decidió hacerse historiador. El objeto de su relato sería aquella guerra que enfrentaba a Esparta con Atenas. En ella se había visto envuelto y de ella había sido actor, por ella había de sufrir el peso de una cruel ley durante los mejores años de su vida. Como aquel azar adverso lo había convertido en forzado espectador de ella, aprovecharía su excelente punto de vista sobre todo con el fin de rehabilitarse.

Inició este proyecto en la tierra de su ostracismo y a él se dedicó durante algún tiempo, hasta que por fin pudo volver a Atenas. Es muy probable que a ella retornase el mismo 404, cuando terminó el conflicto, cumpliendo así escrupulosamente la pena que se le había impuesto. Pero una parte de los que han estudiado su vida piensan que antes recibió la reparación de la amnistía, y que esta debió corresponderle en un momento que no son capaces de precisar, aunque con seguridad estiman comprendido entre 406 y 403.

Instalado por fin otra vez en su ciudad, el trabajo que se había convertido en el objeto principal de su existencia colmó lo que le quedaba de vida. De nuevo en el centro del conflicto recién concluido, porque este era su asunto, en poco tiempo adelantó mucho su obra, que incluso tuvo ocasión de revisar. Mas no pudo concluirla en los términos que precisamente se había impuesto, aunque por el resultado conocido, como en el caso de Herodoto, se puede decir que la condujo a plena satisfacción hasta el objetivo que se había propuesto al iniciarla, propósito por entero a su alcance. Murió en opinión de algunos asesinado, dudoso testimonio que tal vez solo sea la forma a la que llegó la idea que algunos concibieron, que lo más adecuado era simbolizar en un llamativo acto, al tiempo irreversible y resolutivo, su trágico destino.

El texto que dejó es comúnmente conocido con el nombre de Historia de la guerra del Peloponeso, el mismo que la siempre devota tradición ha conservado junto a su reverenciado nombre. Así se ha aceptado porque es conocido como Guerra del Peloponeso el conflicto que enfrentara a Esparta con Atenas entre 431 y 404, el objeto de sus preocupaciones. Este es el asunto único del que trata.

La organización del texto con relación al tiempo parece desordenada, pero está fundada en razones. Empieza por anunciar las nefastas consecuencias que habría de tener aquella guerra, para de inmediato emprender una evocación de sus antecedentes, que remonta al pasado más lejano del que tiene noticia, la evolución de Grecia desde la prehistoria hasta fines del siglo VI. A continuación estudia la crisis de los años del 435 al 432, lo que le obliga a volver atrás de nuevo para contar la formación de la potencia ateniense entre 479 y 435. Por fin, tras este excurso, comienza el relato de la guerra año por año hasta 411, momento en que el texto quedó interrumpido. En suma, se podría decir que donde acaban las Historias de Herodoto comienzan las de Tucídides.

Por cómo la narración está justificada algunos defienden que la Historia de la guerra del Peloponeso en realidad pertenece al subgénero que hoy se llama de memorias, más apreciado por su condición de testimonio directo o primario que por su valor historiográfico. Siendo acertada la observación, sin embargo no sería correcto reducir esta obra a una exposición de opiniones. Bajo cualquier consideración su alcance ha sido mucho mayor. El rigor del relato de Tucídides, que ha terminado siendo su atributo mejor valorado pasado el tiempo, está fundado sobre la selección de sus fuentes. Su elenco es más restringido que el de Herodoto, con el que sin embargo comparte la admisión de determinados medios, pero del que lo separa en este asunto una actitud más exigente.

Sin duda su observación personal, así como su experiencia, fueron los medios principales por los que obtuvo su información. Así puede ser deducido de la lectura de su texto. Pero en su caso esta personal manera de presentar los hechos puede ser motivo suficiente para sospechar una interesada deformación de los acontecimientos. No es esta su opinión. Por observar las cosas desde la lejana posición de un desterrado, equidistante de los bandos que se enfrentaban en la guerra, Tucídides se consideraba a sí mismo en idóneo puesto de observador del objeto que se propuso. Pero por la causa de aquel lamentable estado es más probable que fuera inspirado por el resentimiento cegador.

Hay que reconocer en su favor que su exposición está sujeta a la ecuanimidad y la serena actitud ante los hechos que relata, e incluso por la fría presentación de hechos en bastantes ocasiones, lo que da crédito al principio de crítica que propugna para depurar la información proporcionada por personas. Dice que como fuente no vale cualquier opinión, ni siquiera la opinión propia, sino el hecho de que el narrador en determinadas situaciones hubiera estado presente, y que para otros haya podido conocer e interrogar a testigos con la mayor exactitud. Obtenida así la principal información, aún sería necesario contrastar las declaraciones obtenidas mediante distintos testimonios.

Hay quien cree que en el fondo de este proceder pudo estar su propio diario. Es probable que en cuanto estallara el conflicto ente Esparta y Atenas empezara a tomar notas, ya con la idea de escribir sobre sus causas, y que incluso acometiera la redacción de algunos episodios. La precisión del relato permite pensar así. La estimación personal de aquellas anotaciones pudo ser una razón más que suficiente para sostener que la información de testigos debe ser la prioritaria para la reconstrucción escrita de hechos políticos y militares. Desde luego puede ser cierto en muchos casos que el interés personal alcance el grado de regla o principio, bajo el cual puede quedar protegido. Pero fuera o no el impulso que recibiera la generalización de Tucídides, debe serle reconocido que así funda la teoría del procedimiento de crítica de las fuentes, conquista suficiente para concederle que en este momento sería improcedente cualquier juicio sobre su sinceridad. Tampoco es posible llegar más allá. Lamentablemente la valoración del texto de Tucídides por este parámetro no puede ser hecha con el rigor que con seguridad a su autor le hubiera complacido. La exactitud de sus testimonios se nos escapa por completo porque sobre la Guerra del Peloponeso no se ha conservado otra narración directa que no sea la suya.

Para presentar las demás fuentes a las que recurre no es necesario extenderse tanto, porque a su relato contribuyen en menor medida que la información que los testigos le proporcionan. Es como Herodoto partidario de la visita a los lugares de la acción, en su caso con preferencia los escenarios de batallas, para situarlos y describirlos, y también como aquel recurre al análisis de algunos monumentos. Consulta también documentación de archivo, que ocasionalmente analiza y cita. Pero lo que en su caso  marca la mayor distancia de Herodoto es que excluye cuanto pueda derivar de mitos o de creencias populares. Como Herodoto, investiga a partir de sus fuentes, pero su esfuerzo por resolver las contradicciones entre los testimonios es mayor. No expone hecho que no esté apoyado en al menos uno.

Es característica peculiar del texto de Tucídides que los personajes protagonistas declamen ocasionalmente extensos discursos, que detienen la narración. Los críticos han contado hasta cuarenta y cuatro piezas de esta clase insertas en su vulgata. No son copia literal de exposiciones o arengas, sino materia apócrifa, textos que el propio autor reconoce ficticios si se toman literalmente, algo sorprendente en un hombre que tan severo se muestra en el uso de las fuentes.

Sin embargo para todo puede componerse una explicación, y quien no lo haga es que ha sido víctima de la pereza, nunca de la inmoralidad. También para estos textos a veces cita Tucídides su procedencia, que suele ser documental, de donde es legítimo deducir que la base de los discursos de Tucídides la habrían proporcionado indirectamente sus autores. Con excelente criterio, para no devaluar la prosa con el expeditivo lenguaje de la administración, una parte de los documentos escritos que estuvieron a su alcance no fueron literalmente recogidos en el texto, sino preferentemente vertidos a la forma del discurso. Por este procedimiento los documentos fueron sometidos a las reglas de la oratoria, lo que equivale a ponerlos a la altura de la mejor prosodia. Por boca de los protagonistas el lector podía conocer ciertos hechos debidamente contados. El lector, beneficiado por este artificio, debe tolerar la invención del procedimiento, y relevar al autor del pecado de ingenuidad. Así la oratoria quedó autorizada como recurso del relato a partir de entonces, hasta el punto que llegó a ser característica de la narración clásica. Ocurriría en consecuencia que los discursos nunca son auténticos, pero sí veraces.

Mas el análisis de las declamaciones intercaladas en el texto de Tucídides permite descubrir que todavía fueron útiles a otros fines. Sirvieron también para que el lector dedujera la personalidad de los protagonistas, y también para que el autor pudiera retratarlos. Muchas veces es notorio que por el discurso el autor tiene la intención de presentar de la manera más viva actitudes que podrían explicar las decisiones tomadas por los responsables de la acción, destacarlas y así extremar la posibilidad de su comprensión. Pero a veces a esto añade, aunque de la forma más sobria, reflexiones mediante las que expone de modo directo sus criterios, sus opiniones y hasta su posición política sobre los hechos que son presentados. Los discursos, que suponen que el lector conoce e interpreta que son un artificio literario, están pues al servicio de la indagación de las causas.

Su concepción de la historia se desvía de la que inspira a Herodoto. Tucídides llama al pasado arqueología, culta manera de conducir el problema hacia el irresoluto nominalismo. Lo que él entiende por historia es una materia que debe ocuparse de narrar acontecimientos vividos por el autor. Busca en los hechos de su tiempo lecciones útiles. Más allá del valor de su testimonio le induce a escribir una convicción pedagógica. Para él, conocer el pasado es útil para tomar decisiones en el futuro. Estaba convencido de que el estudio del pasado proporcionaba las reglas para actuar en el presente. Habla de la ley de los sucesos humanos como garante de la igualdad o semejanza entre lo sucedido y lo que pueda ocurrir. Cree que la historia de la humanidad es un proceso constante, un camino abierto a una mayor perfección y hacia el bienestar; que los actos humanos deben estar inspirados por la fuerza y el espíritu de justicia.

Finalmente, descubre la fuente que inspira el más lúcido cinismo que pueda leerse en la historiografía antigua. Centró su atención en la Guerra del Peloponeso porque creía que era la mejor guerra hasta entonces ocurrida, juicio que solo puede proceder de quien está convencido de la virtud que oculta la pasión militar. Además pensaba que el conocimiento de aquel conflicto podía ser más seguro que el de las guerras antiguas. A partir de ella él se había dedicado a investigar las leyes que hacen que unos estados sean dominantes y a interpretar con la mayor frialdad la política. Así se pudo concentrar en el estudio de  la guerra y la política y excluir todo lo demás, y así consigue admirar por su acertado análisis en ambas materias.

Se le considera el creador de la corriente racionalista en la historiografía y el definidor del primer método para escribir historia, porque además de criticar las fuentes según un procedimiento investiga mediante la razón. Para una parte de la crítica, intuía que la historia era explicable dentro de los límites humanos, sin que para convencer al lector de lo que por la narración se expone fuera necesario recurrir a la intervención de los dioses. Por eso su historia es exclusivamente humana, renuncia a las narraciones legendarias y no toma en consideración las fábulas. Sus interpretaciones se distancian de las creencias religiosas, lo que favorece su enorme proximidad al tema. Declara además que en absoluto no tiene el propósito de agradar. Realmente lo que desea, cuando de este modo habla, es alejar de sí la sospecha de logógrafo o narrador que pudiera seguir el fácil curso de aquel tipo de escritor antiguo. Su criterio es que la belleza de la prosa debe estar subordinada al relato riguroso de la verdad. Sus principales objetivos son relatar con certeza y rigor los hechos que conoce y buscar su explicación. Dejaba constancia con voluntad de ser imparcial de lo que le parecía cierto. A partir de ahí buscaba las causas y sus encadenamientos. Por eso se esfuerza en disponer de documentación exacta.

Separa las causas en inmediatas o pretextos y auténticas, o entre próximas y remotas, y así las identifica en el relato. Propone investigarlas, tratando de las que afectan a la guerra, desde las más inmediatas hasta las más lejanas, lo que en consecuencia significa que no sin cierto atrevimiento es partidario de un método regresivo.

Al servicio de esta estrategia causal está su permanente preocupación por la cronología, lo que a su vez explica que el texto definitivo fuera organizado de la manera que ha quedado expuesta. Su gran precisión cronológica puede reconocerse como otra consecuencia de su proximidad al tema. Pero que delimite con gran precisión el tiempo de su relato también se considera fruto de una obra que apareció al tiempo que él se preparaba para intervenir en la guerra. En el año 425 fue dada a conocer una Cronología de las sacerdotisas de Argos, elaborada por Helánico de Mitilene, fecundo escritor de muy amplio registro del que sin embargo el tiempo no ha perdonado obra alguna, quien vivió entre aproximadamente 479 y 395. Helánico fijó aquella cronología con satisfactoria precisión por referencia a los juegos espartiatas, lo que le permitió después a Tucídides la ajustada medida del tiempo que su relato necesitaba. Pero la investigación de los orígenes de la guerra hace que su relato rebase los límites de la crónica. No obstante, desde Tucídides en adelante, durante toda la antigüedad y toda la edad media, los anales fueron el armazón en el que intercalaron sus noticias la mayor parte de los autores al escribir sus obras históricas. Tucídides puede por tanto ser valorado como el receptor de la analística para la historiografía.

También empleó Tucídides el método analógico, que consiste en conocer por supuesta semejanza. Cerrada la posibilidad de saber sobre asuntos que sin embargo son de interés porque las fuentes directas faltan, conocida una situación que se considera equiparable a la desconocida parece legítimo sospechar de esta determinadas características que de aquella pueden saberse. Su descripción de la Grecia arcaica está apoyada en la situación de las ciudades griegas menos evolucionadas tal como habían alcanzado el siglo V.

Riguroso orden cronológico y razonamiento son las piezas básicas del método de Tucídides. Como evita por completo las digresiones y no presenta las distintas versiones recibidas sobre un mismo hecho, a diferencia de Herodoto, porque considera que una vez depuradas mediante su procedimiento de examen las fuentes no necesitan tal demora, el relato se desarrolla de manera lineal. No se permite desviaciones hacia anécdotas, oráculos o cualquier otra expansión momentánea. Solo se concede graduar el interés del relato por la sucesión de hechos al estilo del drama, intercalando sugestivos cuadros.

El efecto es una indiscutible apariencia de imparcialidad, lo que sin dificultad puede ser identificado con la observación de los hechos narrados como si fueran objetos, sin el menor apasionamiento. Por su lectura puede comprobarse que fue obsesivo con la precisión y el rigor, hasta un límite hasta su tiempo desconocido, actitud solo atribuible a una decisión propia, al margen de cualquier influencia anterior o contemporánea. Semejante disciplina se funda sobre la confianza en poder explicar lo ocurrido dentro de los límites humanos.

A Tucídides se le tiene por el creador de la prosa ática, por lo que también ha despertado siempre interés más allá del campo historiográfico. Su manera de escribir puede resultar a un tiempo brillante y artificiosa, enfática pero útil para la presentación de grandes acontecimientos. Es probable que esto sea consecuencia del interés que tiene por enseñar con su texto qué decisiones deben ser tomadas en la política. Pero también es posible afirmar que Tucídides despliega dos maneras de escribir conscientemente separadas. Durante su lectura se pueden distinguir sin esfuerzo la que le parece correcta para la exposición de hechos y la que juzga más apropiada para los discursos. En la narración directa, la frase, aunque dilatada, es sencilla. Su lenguaje se atiene con eficacia al análisis y a la reflexión, de lo que resulta una forma de expresarse austera y concisa. Eso no significa que se niegue al adorno retórico. Exhibe un ligero sentido poético en la elección de las palabras, aunque inspirado por un criterio arcaizante. Pero por esta vía solo busca una mayor expresividad.

Pero también solo con el medio de la escritura distingue los discursos. Suelen los que declaman emplear de forma muy característica sustantivos abstractos, hasta un grado de invención que hace muy distinto el texto de Tucídides, si se le compara con los de sus contemporáneos, para finalmente concentrar la exposición de sus pensamientos en ciertas palabras estratégicas.


Pérdida funesta

Telmo Dubonet

Habían pasado una de sus jornadas festivas, luego de que cuando amanecía, aún los dos amándose bajo las sábanas, su hija saltara sobre ellos y los interrumpiera cuando ella ya se disponía a cabalgar sobre él. Fueron de compras, comieron en la calle, celebraron que al día siguiente no había que ir a trabajar. Nadie sabe cómo terminaron en una casa de apuestas, las filas de butacas como las de los antros donde los chinos juegan a la bolsa. En la pizarra, un responsable, que tenía todo el aspecto de un profesor de latín al que nunca quiso, exponía los resultados de la quiniela de fútbol, de la que ellos tenían su resguardo. Explicaba que la apuesta que ellos tenían en la mano había sido múltiple y combinada, y sobre la pizarra especulaba con los resultados, e invitaba a los asistentes a que los siguieran cada uno con su resguardo.

No entendían nada de lo que aquel hombre decía, tal como si estuvieran oyendo a un profesor de latín. Pero se confiaron a sus deducciones. Resultó que la apuesta colectiva había ingresado una importante cantidad. El responsable, sobre la misma pizarra donde había presentado los resultados, hizo los cálculos de lo que tocaba a cada uno de los que habían jugado el mismo boleto. Tocaban a poco más de dos euros cada uno. Se levantaron decepcionados y se fueron.

Tampoco se sabe cómo se hicieron con un lote de figuras de un belén, completo, suficiente para montarlo. Perfecto para deleitar a su hija. Lo metieron en una caja y se encaminaron a casa.

Cuando llegaron a la plazoleta que formaban los tres bloques de la urbanización donde vivían, les avisaron que en la parte de atrás había desechos de madera, restos de muebles, que bien podrían servirles para soportar y decorar el belén. Pidió a su mujer que lo aguardara y fue a verlos. Eran listones lo bastante escuadrados y tablas bien conservadas. Eligió una, no demasiado larga, robusta y ancha, que podría servirle como soporte de la escena, aunque tenía un defecto. Aún mantenía una buena porción de puntillas clavadas, unas retorcidas, otras sobresalientes y amenazantes.

Soltó la caja con la figuras y se puso a la tarea de sacar de la tabla las puntillas. Un martillo que había en una caja de herramientas abierta junto a las maderas le facilitó la tarea. Otros dos hombres habían llegado y se ocupaban en lo mismo que él. La tarea era complicada. Unas puntillas se habían mantenido rectas y se podían extraer con facilidad golpeándolas por la punta, en el sentido inverso al de los golpes que las habían embutido en la madera. Pero otras, con el ir y venir de las maderas, su acumulación desordenada, se habían retorcido. Era necesario levantarlas con las orejeras del martillo, enderezarlas y, una vez medianamente recompuestas, golpearlas con cuidado de que no volvieran a torcerse.

Pero todo el tiempo que se tomó en completar aquel trabajo valió la pena. Consiguió dejar limpia la madera, aunque mantuviera algunas de las huellas más hondas que las puntillas habían dejado.

Con el tablón bajo el brazo, fue a recuperar su caja de figuras. Había desaparecido. Preguntó a los otros dos hombres que se movían entre los restos de maderas. “Ah, ¿era de usted la caja?”, preguntó uno de ellos, el del pelo cano, mientras el otro, moreno, los miraba. “Claro”, le respondió. “Pues está en uno de los coches. Venga.”

Reparó entonces que ambos vestían levitas negras y chisteras. Quien le había respondido lo llevó hasta los coches, los dos grises, del tipo ranchera, y abrió la puerta trasera de ambos, mientras el otro los acompañaba expectante.

Cuando Odescalchi volvió su mirada a lo que contenían los dos coches encontró que no tenían asientos traseros, que estaban tapizados en gris y que cada uno contenía un ataúd. “No recuerdo en cuál de los dos lo puse”, le dijo el hombre del pelo cano. “Lo que sí recuerdo es que quedó cerca de la mano. Busque, busque usted mismo.”

Renunció al belén aquel año, y en los sucesivos tampoco los habría en su casa. Bastaría con un árbol de navidad.


Seducciones y espejismos

D. Ansón

I

He aquí que Dante seducía con su palabra. Nadie podría decir que era buen orador. Sus discursos eran improvisados, y cualquier oyente, oyéndolos, podía deducir sin demasiado esfuerzo que carecía de guión u orden alguno para prever cuanto pensaba. Al hilo de la sugerencia del interlocutor, un movimiento observado, la circunstancia más insignificante, hasta un recuerdo llamado por uno de los sentidos podían sugerirlos, y a partir de cualquiera de estos accidentes los creaba. Todo consistía en alumbrar una idea, la idea, como gustaba llamarla para sí, que bien podía ser lo visto simplemente descrito con delectación, o lo sugerido en cualquiera de los infinitos órdenes de la asociación de las ideas, debidamente velada en origen, cercada luego, por fin descubierta con pompa y aparato; o confesada desde un principio, como quien declara un secreto, y luego descompuesta en piezas, y de nuevo montada como una arquitectura que haga que parezca por completo nueva.

II

Si, mirando hacia el este, en alguna ocasión han podido sentarse a contemplar el horizonte en el momento en que empieza a subir la luz anaranjada, mientras sobre la cabeza todavía un último azul permite ver la última estrella, seguro habrán pensado, como yo en algunas ocasiones (que tengo la oportunidad de ver este paisaje con la frecuencia a la que me obliga el trabajo), que el sol es un alto horno. Ninguna propiedad hay en las cosas visibles que permita pensar así, y puede parecer que solo la idea previa sobre la magnitud de la energía que el sol libera justifica la conclusión. Si creen esto, y así se explican lo que está ocurriendo en su cabeza, la repetida experiencia me dicta que están sufriendo un espejismo. Hay algo más que el ojo admirado, si no interpreta, sí recibe y hace bueno, y cómodamente lo lleva instalado sobre una sencilla historia hasta el pensamiento. La luz es tan limpia que permite creer que todo está recién hecho. La arrasadora potencia del sol que avanza como la lava del volcán una vez más ha fundido todo lo que sobrevivió hasta la negra noche, y por su obra renace.

III

¿Ves aquel paisaje? Supón que ante tu mirada despierta, atenta, en la plenitud de tu conciencia, sin artificio alguno desaparece. ¿Admiras el esbelto edificio? Imagina que ante tus ojos, sin que ni siquiera haya un parpadeo de paréntesis, se esfuma. ¿Observas y confirmas con serena ingenuidad que tus pies pisan el suelo? Piensa que de golpe el pavimento de este piso te abandona en el aire a tu peso. Que montes y valles, cauces, árboles, imprescindibles matorrales, poblaciones vistas a lo lejos, el tránsito por las carreteras, el amable ferrocarril, los grandes bloques de viviendas y la arquitectura regia, la obra inferior de la casa común, el aire mismo, hasta aquellas deliciosas criaturas que son el mayor placer que a los ojos toca juzgar, todo de golpe desapareciera, por obra del más catastrófico de los seísmos, el más violento acontecimiento que imaginarse pueda. Eso sería la muerte. Como fácilmente podrás deducir, algo imposible.


El principio de la población

Dante Émerson

Cualquier población es a un tiempo abierta y cerrada, y nunca es por completo una de las dos cosas. Siempre una parte de cualquier población muere en el mismo lugar donde nació, mientras que la otra que muere en ese mismo lugar tiene en común que no ha nacido allí. Esto es así para cada momento, y por tanto adquiere uno de estos dos valores a cada instante para cada uno de sus elementos.

Del modo más resumido lo que acabamos de enunciar podríamos notarlo así:

                                                         Pt  =  pat  +  pct,

donde Pt indicaría toda la población en un instante, pat la parte abierta de esa población en ese mismo momento y pct la parte cerrada para el mismo valor del tiempo.

Pero de lo dicho se deduce que pat y pct son sumandos que tienen distinta descomposición. La parte abierta de una población es la que resulta de los movimientos migratorios, más la acción parcial y selectiva de la mortalidad sobre ciertos efectivos de generaciones dispersas. La cerrada es consecuencia tanto de ese efecto de mortalidad como de las generaciones autóctonas, fruto de la fecundidad local. Serían por tanto cosas muy distintas si se observaran desde el punto de vista de la radicación, el punto de vista adecuado cuando se piensa en las poblaciones agrícolas.

Pero a continuación es necesario reconocer la dificultad de analizar el factor externo, las migraciones, con las fuentes consideradas regulares para conocer la historia de las poblaciones. Conocer la fecundidad, o mitad del factor del crecimiento natural, resulta no menos complicado. Solo nos queda la mortalidad. Para demostrar que en ella puede estar la mejor solución si se quiere saber más de del principio de las antiguas poblaciones agrícolas, hemos ideado unos argumentos que tal vez podamos exponer con más eficacia si nos servimos de un supuesto, porque eso nos permitirá generalizar más fácilmente.

Sean solo dos lugares en el espacio, Y  y Z, y dos momentos, t el primero y otro posterior t+x años. En el momento t solo Y está poblado. El tamaño de su población (Py) solo puede ser consecuencia de un crecimiento ocurrido desde t-x, que equivale a Sy, siendo Sy una función de la suma de las generaciones nacidas en Y menos las defunciones que entre t-x y t hayan afectado a aquellas generaciones. Los supervivientes a cada edad en un momento t (Sat) serán consecuencia de los efectivos iniciales de cada generación (So) menos las defunciones que entre el nacimiento (o) y aquella edad (a) les hayan afectado (Sa = So – d (o, a)).

De aquí resulta que la función Sy es:

                                                          Sy  =  S Sat ,

o

                                                    Sy  =  S  So – d  (o, a).

En su forma más explícita Py sería:

                                                      Py  =  S  So – d  (o, a).

Esto significa que el crecimiento de la población de Y habría sido el de una población cerrada, solo dependiente de su fecundidad y de las defunciones que actúan sobre el producto de ésta.

En el momento t+x el lugar Z se puebla. El tamaño de su población (Pz), considerado como un hecho instantáneo (t+x es el momento de la emigración a Z) solo puede ser consecuencia del crecimiento de Py hasta t+x, que es en todo similar, para Py, al ocurrido entre t-x y t. Luego el tamaño de la población de Z tiene que ser una fracción del de Y. Lo que puede expresarse de dos maneras:

                                                        S So – d (o, a)

                                             Pz  =  ———————– ,

                                                                    n

o bien

                                                                     Py

                                                     Pz  =  ————–.

                                                                      n

De aquí se deduce que en t+x, de forma automática, Py experimenta el siguiente crecimiento:

                                                                  S  So – d  (o , a)

                      Py  =  S So – d  (o, a)  –  —————————–.

                                                                              n

Que es lo mismo que escribir:

                                                   Py  =  (S  So – d  (o, a)) –  Pz.

Recapitulamos. En t+x Z es solo una población abierta, mientras que Y es una población abierta y cerrada, siendo la parte abierta una parte proporcional de la cerrada.

Conviene ahora considerar un momento más reciente, t+2x por ejemplo, y distinguir entre el crecimiento autónomo de Y y el de Z entre t+x y t+2x.

Llamamos Soy a las generaciones de Y y Soz a las generaciones de Z.

El crecimiento máximo posible de Y sería:

                                                                 S Soy – d  (o, a)         S Soz – d  (o, a)

                  Py  =  S Soy – d  (o, a)  –  ————————— + ————————–.

                                                                            n1                                n2

Es decir, S Soy – d  (o, a) sería el crecimiento autónomo de Y, de población cerrada, entre t+x y t+2x, fruto de la fecundidad local y de la acción de la mortalidad sobre esta, independientemente de los sucesos migratorios experimentados.

De ahí que la emigración venga representada por:

                                                             S Soy – d  (o, a)

                                              e  =  –  ————————–,

                                                                       n1

una fracción de la población cerrada.

La única inmigración posible sería la procedente de Z, y por tanto su valor necesariamente tiene que venir representada por

                                                            S  Soz – d  (o, a)

                                              i  =  +  —————————.

                                                                       n2

En cuanto al crecimiento máximo posible de Z hay que escribir:

                                                              S Soz – d (o, a)            S Soy – d (o, a)

                   Pz = S Soz – d (o, a)  –  ————————–  +  ————————-,

                                                                         n2                                    n1

donde los dos últimos sumandos, los que representan la parte abierta de la población, son los mismos que en el caso de Y, solo que con signos inversos.

Como en el caso de Z los Soz tienen su origen en Y, el primer sumando aún se podría descomponer en:

                                                                           S Soy – d (o, a)

                                     S Soz – d (o, a)  +  ——————————-,

                                                                                     no

donde S Soz – d  (o, a) representaría el crecimiento estrictamente autóctono (fecundidad y motalidad locales),  mientras que

                                                            S Soy – d  (o, a)

                                                     +  —————————

                                                                       no

representaría la subpoblación originaria de Y que sin embargo durante el periodo comprendido entre t+x y t+2x solo ha estado sometida a las condiciones de mortalidad de Z.

Cualquiera de las dos experiencias del crecimiento podría sintetizarse en otras más sencillas del tipo Py / n, etc., lo que ayuda a que la generalización del análisis teórico del movimiento se pueda hacer sin mayor complicación.

Si abrimos el número de poblaciones a una cantidad indefinida A, B, C … W, su respectivo crecimiento entre dos momentos cualesquiera vendrá dado por:

                                                               S Soa – d ( o, a )         Pb          Pc                 Pw

A            Pa = S Soa – d ( o, a ) –   —————————— + ——- + ——— + … + ——-

                                                                       na                       nb         nc                  nw

                                                            S Sob – d ( o, a )         Pa         Pc               Pw

B            Pb = S Sob – d ( o, a ) –  —————————— + ——- + ——- + … + ——-

                                                                       nb                      na       nc                nw

                                                             S Sog – d ( o, a )         Pa          Pb               Pw

C             Pc = S Soc – d ( o, a ) –  —————————— + ——– + ——- + … + ——–

                                                                       ng                     na          nb               nw

                                                              S Sow – d ( o, a )          Pa       Pb               Pv

W            Pw = S Sow – d ( o, a ) –  ——————————- + ——- + —— + … + ——-

                                                                        nw                      na       nb               nv

Del mismo modo que en el desarrollo precedente ha recaído toda la responsabilidad del crecimiento sobre los supervivientes, podríamos haberla descargado sobre cualquiera de los otros factores que lo hacen posible. Podríamos haber elegido el que hubiéramos querido, y hacer las sustituciones consecuentes, aprovechando la sencilla ecuación en la que se resumen todos los términos del crecimiento de las poblaciones ( Pt+a = Pt + n (t,t+a) – d (t,t+a) + i (t,t+a) – e (t,t+a) ), donde Pt+a expresa el tamaño de la población final o población de llegada, Pt el tamaño de la inical y n, d, i y e los nacimientos, las defunciones y los movimientos migratorios entre los dos momentos considerados. Sin embargo, optando por la mortalidad, una tabla de mortalidad de la población agrícola puede bastar para resolver problemas relacionados con el principio de la población agrícola.


Rentas de los trabajos derivados de la siega

Andrés Ramón Páez

Aunque no es posible discriminar hasta saber cuántos asalariados participaron en cada actividad, se puede aproximar el número de todos los contratados durante los meses que se emplearon en la siega y sus trabajos derivados con bastante precisión. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio trabajarían unos 32 hombres. Del 16 de junio hasta el 9 de julio, unos 69, un número casi idéntico al de los que trabajarían entre el 10 y el 24 de julio, si bien es probable que en este otro periodo fueran algunos más. Desde el 25 de julio al 14 de agosto los contratados serían unos 47, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre unos 39.

     La remuneración de los asalariados que encadenaron los trabajos comprendidos entre la saca y la labranza de los pajares fue diferente a la de quienes habían hecho la siega. Cuando el 17 de junio los que iban a ejecutar los trabajos derivados de la siega salieron para el cortijo central de la explotación lo hicieron sin ajuste, según costumbre. Habrá que interpretar que cuando eran reclutados aún no estaba acordado el precio de su trabajo. Se puede suponer que estarían sujetos a las decisiones de los labradores canónicos en los que la casa descargaba su responsabilidad sobre estas decisiones, tal como ocurría con la tasa del trabajo para la siega. Sin embargo, la costumbre al menos garantizaba que a los asalariados que ejecutaban los trabajos regulares se los remuneraba no por rendimiento, como a los destajistas que segaban, sino a razón de una comida y una cantidad de dinero, la que comúnmente se conocía como jornal, por cada día de actividad.

     Entre el 3 de junio, momento a partir del cual pudo empezar  la saca de las gavillas, y el 7 de septiembre, fecha en la que como máximo sería posible que aún se estuviera trabajando en techar los pajares, el jornal común se pagó a 3 reales. Solo entre los días 16 de junio y 9 de julio, cuando el trabajo se concentró en la era, subió a 4. Pero además, como era práctica habitual en la casa, se discriminó con suplementos exclusivos algunas dedicaciones. A cada uno de los gavilleros, entre el 3 de junio y el 24 de julio; de los rastrojeros, también entre el 3 de junio y el 24 de julio; y de los trilladores, entre el 16 de junio y el 24 de julio, se les pagó un real más. Si bien al guarda de la era, entre 3 de junio y el 24 de julio, también se le recompensó con un real más, entre el 25 de julio y el 14 de agosto solo recibió como complemento medio real por cada día trabajado.

     También fueron mejorados el carrero del agua, por los 37 días que trabajó entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real más, y por los 18 ½ que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; el guarda de las habas, por los 11 días trabajados entre el 22 de mayo y el 15 de junio, con medio real; el arriero de las burras, o arriero mayor de las burras, por los 4 días que trabajó entre el 3 y el 15 de junio, con un real, aunque entre el 16 de junio y el 24 de julio se hizo acreedor de otros dos reales. A los arrieros de burros, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, se les pagó un real más, y al arreador, por los 22 días que trabajó entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, uno; al zagal de las burras, por cada uno de los 24 días que trabajó entre 16 de junio y el 24 de julio, real y medio; al que ayudó durante 4 días al arriero de los mulos entre el 25 de julio y el 14 de agosto, medio real; y las peonadas de carril hechas entre el 10 de julio y el 7 de septiembre, fueron premiadas con un cuarto o cuartillo de real más.

     Al manijero de carretas, por los 2 días que trabajó entre el 10 y el 24 de julio, se le recompensó con un real más, y por los 17 días que trabajó entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio; a los labradores de paja, entre el 16 de junio y el 24 de julio, con un real, y entre el 25 de julio y el 14 de agosto, con medio real; y a los sabaneros o subidores de paja a los pajares, entre el 10 de julio y el 14 de agosto, con un real.

     Para liquidar la parte monetaria del salario, en el transcurso del periodo, el aperador, en el cortijo, a los asalariados adelantaba o daba por cuenta una cantidad de dinero, sirviéndose del que previamente le había proporcionado la administración de la casa, de la que resultaba acreedor hasta tanto se hacía el balance de las jornadas trabajadas durante cada periodo. Cuando cada uno se cerraba, a los asalariados se les pagaba en el despacho el saldo que resultaba a su favor. Como la administración le adelantaba al aperador más de lo que él pagaba a los asalariados, normalmente quedaba acreedor de la caja de la casa, un remanente estable que le permitiría actuar con cierta libertad a la hora de decidir cuántos y quiénes serían los asalariados a contratar para cada periodo, su mayor responsabilidad.

     De la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, el alimento básico era el pan. Su pago se efectuaba como consumo diario en el lugar de trabajo. Para todos los contratados, durante los días de la siega y sus actividades derivadas, osciló entre un mínimo de 39,6 hogazas al día y un máximo de 90. Tan importantes cambios de valor fueron consecuencia directa de la intensidad de los trabajos. Mientras que entre el 22 de mayo y el 15 de junio solo se consumieron las 39,6 mencionadas, los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, coincidiendo con la mayor actividad de saca y trilla, se consumieron las 90. A partir del 10 de julio el consumo fue descendiendo paulatinamente, tal como iban retrocediendo el ritmo y la diversidad de los trabajos. Así, entre el 10 y el 24 de julio se consumieron 83 1/3 hogazas día, entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 54,05, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 44,38.

     Pero la importancia del consumo no solo era consecuencia de la cantidad de asalariados contratados en cada periodo, a su vez exigida por los trabajos. Era también el resultado de la voluntad de la casa, que precisamente porque la intensidad de los trabajos oscilaba decidía incrementar o disminuir la ración diaria. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio cada día cada asalariado comió pan a razón de 2 libras, 15 onzas y 42 centésimas de otra, o sea, una hogaza menos 58 centésimas de onza. Los días entre el 16 de junio y el 9 de julio el consumo subió a 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas de otra, y durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio descendió algo, a 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Ya entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada asalariado solo comió 2 libras 15 onzas y 29 centésimas, y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas, equivalentes a 1 hogaza menos 2 onzas y 52 centésimas.

     Todo el pan fue suministrado bajo la forma de las consabidas hogazas de a tres libras, que eran llevadas al cortijo desde la población. El encargado de suministrarlo a diario fue alguien que ya conocemos, Acosta, el panadero que trabajaba para la casa. Para hacerse una idea de lo que este negocio supondría para él basta un par de cifras. Entre el 22 de mayo y el 7 de septiembre suministró 6.600 hogazas (990 + 2.160 + 1.250 + 1.135 + 1.065) de a tres libras, equivalentes a 19.800 libras de pan.

     La otra parte de la comida se resolvía con un potaje, a base de garbanzos, aceite, vinagre y sal, que la casa también suministraba a los asalariados día tras día en el cortijo central de la explotación. Pero el 13 de junio los moreros empezaron a comer carne, mejora de la comida diaria a cargo de la casa que justificaba porque se estaban sacando gavillas y trillándolas con los mulos. Con aquel fin mataron dos borregos rezagados de la piara que estaba en el cortijo, con un total de 18 libras, y dos primales cojos, que pesaron 32. Más adelante quedó constancia de que a partir del 13 de junio, y durante los días 13, 14 y 15, se había dado comida de carne a todos por la saca de las gavillas, y que más exactamente se habían matado un primal y tres borregos del rezago de la piara.

     Aquella innovación en la comida persistió durante el siguiente periodo, el comprendido entre el 16 de junio y el 9 de julio, el de mayor actividad de saca y era. En su transcurso se consumieron treinta borregos, con un total de 170 libras de carne, y treinta ovejas, con 343 libras, lo que daba un total de sesenta cabezas y 513 libras, de modo que hasta el 10 de julio se habían consumido sesenta y cuatro cabezas o 563 libras. No obstante, el potaje se comió en sustitución de la carne los viernes 17 y 24, el 28 de junio y los días 1 y 8 de julio.

     En el periodo entre el 10 y el 24 de julio comieron carne durante las gavillas los días 11, 12, 13 y 14. La carne consumida fue 133 libras carniceras. Los animales que se mataron durante este periodo fueron catorce borregos con 88 libras y cuatro ovejas con 45, todos de las ganaderías de la explotación. El resto de los días comieron potaje, y el 15 de julio, concluida la saca de las gavillas, concluyó la comida de carne en el cortijo, de manera que a partir de aquel día, y hasta el 7 de septiembre, solo se comió potaje. Así resultó que las ovejas y los borregos consumidos durante los trabajos de recolección fueron en total, según balance del 25 de julio, treinta y seis ovejas y cuarenta y seis borregos con un total de 696 libras.

     Del análisis de la comida lo que trasciende a la remuneración del trabajo es evaluar en qué proporción la comida pudo incrementarla. Cuando el 8 de septiembre hizo balance del periodo que el día anterior había saldado los trabajos relacionados con la siega, el administrador advirtió que para hacer los cálculos de los costos que para la casa había tenido la comida se habían tenido en cuenta durante todo el año, desde San Miguel del año anterior, cuando se cerraba el ciclo agropecuario, hasta igual día del año en curso, para cuya conclusión aún quedaban veinte días, los precios siguientes: 54 reales la fanega de trigo con 35 hogazas de pan de 3 libras, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre, 6 ¾ reales la de sal y 72 reales la fanega rasa de garbanzos. La rigidez de los precios es algo más que una licencia contable. Todos los suministros, incluido el del trigo que servía para fabricar el pan, cuyos costos estaban tarifados por convenio con el panadero que suministraba a la casa, procedían de los almacenes de ella. No serían precios, ni menos aún tasas. Serían costos.

     Aunque no disponemos de valores similares para evaluar el de la comida cuando el potaje era sustituido por la carne, con los que tenemos es suficiente para hacer una estimación del mínimo que añadía al jornal la comida.

     Por lo que se refiere al costo del pan, si el precio de la fanega de trigo se estimó en 54 reales, y este valor fue el que sirvió para estimar el gasto en este suministro, debió incluir el costo de la elaboración de las 35 hogazas de pan de 3 libras. Como de cada fanega, según el acuerdo con el panadero concertado, se obtenía aquel producto, cada libra de pan  le costaría a la casa 0,514 reales (54 reales/105 libras).

     El costo del trabajo remunerado con pan cambiaría a lo largo del ciclo de la recolección. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, como cada día cada asalariado comió 2 libras, 15 onzas, 42 centésimas, su costo diario sería 1,52 reales. Para los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, como cada asalariado comió 3 libras, 4 onzas y 57 centésimas, el costo diario del pan del salario sería 1,69. Durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio cada asalariado consumió 3 libras, 2 onzas y 36 centésimas. Luego por este concepto costó a la casa 1,62 reales. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto cada uno de los trabajadores comió 2 libras 15 onzas y 29 céntimos de pan, que al costo regular equivalen a un desembolso de 1,52 reales. Y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre cada asalariado comió 2 libras, 13 onzas y 48 centésimas de pan, a razón de 0,514 reales la libra, lo que para la casa significaría un desembolso por cabeza de 1,46 reales.

     En cuanto al costo del potaje, la administración de la casa hizo sus cálculos ateniéndose al mismo procedimiento. Entre el 22 de mayo y el 15 de junio, cada día sumó a la renta percibida en dinero por los asalariados otros 2 reales 24 céntimos de costo; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 2 reales y 37 céntimos, y en el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 2 reales 28 céntimos. Entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 2 reales y casi 13 céntimos, y desde el 15 de agosto hasta el 7 de septiembre, 2 reales 13 céntimos. Por tanto, fue un costo muy estable.

     Si sumamos la renta percibida en dinero a la comida, a su vez compuesta con pan y potaje, los ingresos diarios por asalariado habrían sido: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 6,76 reales; los días entre el 16 de junio y el 9 de julio, 8,06; durante el periodo entre el 10 y el 24 de julio, 6,9; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 6,64; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 6,59; un comportamiento que reitera el cíclico que ya marcaba la percepción de la renta en dinero.

     En todos los momentos, la renta efectiva disponible sin tomar en cuenta la variación de costos que pudo ser consecuencia del cambio transitorio de dieta, es menos de la mitad de la renta total percibida, aunque también en cualquier situación se sitúa muy cerca de esa proporción. Si tuviéramos en cuenta los incentivos particulares, además cada renta personal podía verse incrementada circunstancialmente, en el mejor de los casos, entre 2 y 0,25 reales.

     Por último, un asalariado que en el mejor de los supuestos consiguiera participar en todos aquellos trabajos ininterrumpidamente acumularía las siguientes rentas parciales: entre el 22 de mayo y el 15 de junio, 169 reales; entre el 16 de junio y el 9 de julio, 193,44; entre el 10 y el 24 de julio, 103,5; entre el 25 de julio y el 14 de agosto, 139,44; y entre el 15 de agosto y el 7 de septiembre, 158,16 reales. En total, 763,54 reales.

     Aunque no dispongamos del número de días que trabajó cada cuadrilla de las que durante la siega del trigo se emplearon a destajo, es posible aproximar la comparación entre las rentas percibidas mediante aquel compromiso y el que aceptaron los asalariados regulares si tomamos como referencia el máximo de días posibles trabajados por las cuadrillas de segadores, el supuesto que menos les favorece.

     Para facilitar los cálculos, podemos aceptar que las cuadrillas de segadores trabajaron como máximo 30 días. El segador que más cobró fue 568,31 reales, sin contar incentivos, aún más discrecionales que los que percibían los asalariados. El que menos, 82,55. Luego el segador que más rentabilizó su trabajo diario fue el que consiguió 568,31/30 = 18,94 reales, y el que menos 82,55/30 = 2,75 reales. Frente a esto, el óptimo de trabajo asalariado sumaría 109 días (25 + 24 + 15 + 21 + 24), por los que percibiría en el mejor de los casos 763,54 reales. De donde resultaría una renta media diaria de 763,54/109 = 7 reales.

    Un hombre que se empleara a destajo como segador, si era favorecido con la adjudicación discrecional de tierras a segar, podía más que duplicar las rentas que obtendría si trabajara ininterrumpidamente para la misma casa en las demás actividades de la recolección del trigo y sus especies asociadas como asalariado regular. Si el destajista no contaba con aquel favor, hasta el punto que podía ser descalificado y despedido en plena campaña de la siega, vería que su renta diaria se reducía a menos de la mitad de la que percibiera el asalariado regular de los trabajos derivados de la siega. Sin embargo, su renta líquida disponible de cada día, 2,75 reales, que en su caso era toda la renta, no se alejaría mucho de la que percibiera en dinero el asalariado regular, en torno a los 3 reales.