Redacción

L. Delhore

Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.

El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.

Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.

Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.

Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.

Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.

La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.

De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.

Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.

Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.

Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.

Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.

Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.

Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.

Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.


Cursos de historia de Dante Émerson

Redacción

Mis cursos de historia tienen su origen en una asignatura que estaba dedicada a la historia de España, cuyos alumnos regulares eran jóvenes entre los dieciséis y los dieciocho años. Su programa primitivo abarcaba desde la prehistoria hasta el momento actual, y todavía la época más reciente era ampliada con una geografía, aunque en parte física en la mayor parte humana. Con este motivo aún se extendía hacia el estudio de lo que su autor llamaba los países hispánicos, lo que no fue impedimento para que más adelante la asignatura fuera complementada con la enseñanza de la constitución vigente desde 1978.

Cuando la tuve bajo mi responsabilidad la primera vez, a principios de los ochenta del siglo pasado, ya acumulaba toda esa materia, razón por la que para su docencia la administración había decidido concederle clase diaria. Aun así, de mis compañeros más expertos, con el encargo de la asignatura recibí el aviso de que no era fácil comprimir en el tiempo disponible tanta materia. Por eso ya entonces era práctica consolidada renunciar desde el principio a una parte del programa. En aquellos años, los planes para el curso ni eran muy formales ni tan rígidos como han llegado a ser. Cuando empezaba un ciclo académico todo el mundo tenía los mejores propósitos y declaraba estar dispuesto a afrontar todo lo que le había sobrevenido. Pero más adelante, según el tiempo iba transcurriendo, como el viajero en globo que ve que la canasta va perdiendo altura, cada encargado de la explicación de un programa iba desprendiéndose de cuanto creía prescindible. En el caso de la asignatura a la que me refiero, la constitución solía ser lo primero que era arrojado por la borda, una actitud extremadamente irresponsable. Luego se desprendía el trozo de los países hispánicos, casi todo un continente, y por último, ya en las postrimerías del curso, era reducida al peso mínimo la geografía de la península ibérica, tierra diversa donde las haya, de la que solo los más prudentes, al impartirla como introducción geopolítica al principio del curso, conseguían explicar la parte física.

No recuerdo con exactitud cuáles fueron mis planes para el primer año que la enseñé, aunque estoy dispuesto a reconocer que al principio a mí mismo debí decirme que no veía motivo para de antemano renunciar a nada. Pero sí estoy seguro que al siguiente ya había tomado una decisión drástica. Por mi parte, desde aquel momento solo impartiría un curso de historia de España. Tras la escasa experiencia adquirida me creía con autoridad suficiente para defender esto ante cualquier instancia administrativa, y si fuera necesario argumentarlo con cuantas ideas a su favor quisieran oírse. Aquel mismo año emprendí la redacción de un detallado plan para la enseñanza de la asignatura tal como la había concebido, en el que ordenaba mis motivos y mis argumentos, que entrado el siguiente tuve listo. De inmediato lo cursé a la autoridad académica, decidido a defenderlo hasta donde hiciera falta, invitándola cordialmente a mantener una entrevista con este exclusivo asunto. Tuvo para conmigo la deferencia de no dar respuesta a mi invitación.

Explicar historia de España desde la prehistoria me pareció entonces, además de una estimulante paradoja, la mejor de las ocupaciones posibles. Pero pronto hube de modificar mi opinión. Resultaba enormemente complicado. Las generalizaciones a las que está habituado cualquier lector de obras de este género, a un alumno que vive la segunda mitad de la segunda década de su vida le resultaban inalcanzables, le eran completamente ajenas. Abstracciones como hegemonía, negociación diplomática, crisis o simplemente acción política raramente se habían cruzado en sus vidas, mucho menos por su cabeza. Hacía memoria y tenía que reconocer que nada anormal había en aquello. Para mí mismo no eran nociones adquiridas hacía tanto tiempo, y desde luego eran por completo artificiales. Solo a fuerza de ver repetido una y otra vez su uso había terminado por conocer su sentido preciso y su aplicación más correcta, cosas ambas que por entrar en el terreno de los lenguajes herméticos al principio parecen más allá del alcance de cualquier diccionario.

Deduje entonces que tal vez fuera conveniente explicar la asignatura empezando por estas premisas. Podría resolverse el problema, como tantas veces, con una introducción, gracias a la cual quedaran acordados y definidos de una vez por todas los conceptos comunes a los temas que luego habrían de ser estudiados. Solo ahora reconozco que fue así como empecé a desvelar el secreto que mi paradoja ocultaba. Si por fin decidía actuar así, efectivamente tendría que empezar por explicar historia desde la prehistoria.

Debió ser mientras meditaba sobre la eficacia de esta solución parcial cuando recordé algo con lo que había especulado durante mis últimos años de estudiante. No diré que fue la conclusión más valiosa que pude ganar gracias a aquella experiencia, pero sí es probable que la resuma completa con bastante fidelidad. Si para expresarla solo con una frase dijera que finalmente me sentía defraudado, tal vez juzgarían que no paso de afirmar una vulgaridad. Con toda la razón. Probablemente casi todos los estudiantes, de cualquier época, han observado una enorme distancia entre las ilusiones con las que llegaron a sus estudios y el fruto que les quedaba entre las manos al terminarlos. No me excluyo de estos sentimientos más vulgares, como no me cuesta confesar que puedo llegar a emocionarme con un melodrama, por más que me parezca una detestable manera de simplificar la vida. Recuerdo la alegría que me produjo sentirme por fin estudiante de historia, aunque no recuerdo haber denostado lo que sobre esta materia me enseñaron durante los años que le dediqué a tal actividad. Pero un defecto de esta clase solo se puede adjudicar al sujeto que lo padece, porque es fruto de uno de los muchos excesos en los que incurre la juventud, en cualquiera de los casos una ingenuidad.

Pero no es en ese sentido en el que deduje que algo de fraude podía haber en la formación que había recibido. La mayor parte de los programas que estudié estaban dedicados al conocimiento de hechos y personajes de ciertas épocas, separados a su vez con criterios territoriales. Cuando menciono los acontecimientos que era necesario conocer no me refiero solo a los políticos, diplomáticos y bélicos. Para entonces ya se incluían en las explicaciones académicas los hechos sociales y económicos, y hasta los que fueron llamados de mentalidades, bien que con desigual dominio y éxito. Por el contrario, los conocimientos propios del especialista, como la arqueología o la paleografía, ocupaban menos tiempo y recibían una atención secundaria, tanto que salvo memorables excepciones –la paleografía, en mi caso, probablemente más efecto de la dedicación del profesor de la asignatura que del interés de los autores del plan de capacitación– podían tenerse por formaciones, si no del todo prescindibles, sí al margen. (Me apresuro a puntualizar que mi maestro de paleografía fue uno de los peor encarados que hube de aceptar. Pero por efecto del azar, que todo lo desconcierta, bien que alentado por una definida declaración de sus convicciones políticas en el momento en el que aún la administración pública le era favorable, más una indudable maestría en la materia, disfrutaba de una posición inmejorable, así como disponía de la excepcional cantidad de medios que le permitían convertir a sus alumnos en buenos peritos en la materia, si esta era su voluntad).

Al terminar mis estudios opinaba que las cosas tendrían que haber ocurrido exactamente a la inversa. Precisamente tendría que haberse tratado de formar especialistas. Si no toda la atención –aunque hasta este lugar tan extremo estaba dispuesto a llegar– el principal propósito del plan de estudios tendría que haber sido familiarizar a los alumnos con los archivos, las bibliotecas y los museos, hacerlos asiduos de ellos, introducirlos en sus complicaciones y sus rechazos hasta el punto que conocieran de primera mano los problemas que para el manejo de las fuentes a cada momento hay que resolver, saber cómo de ellas se deduce e interpreta la información que proporcionan. Desafortunadamente, mientras fui alumno nunca vi que esto se hiciera de forma programada y eficaz. Experiencias de esta clase no me habían faltado, pero exactamente del mismo valor que el ejemplo o la más lamentable curiosidad. Lo peor era que indicios suficientes ya me permitían sospechar que todo esto podía ser el asunto principal de la formación de postgrado, un nivel cuyo acceso en aquella época casi escapaba a cualquier regulación, y por tanto a cualquier aspiración legítima. Era en este sentido en el que me sentía defraudado. La formación del especialista que tendría que ser quedaba reservada de manera discrecional a una mínima parte de los historiadores nominales, por efecto de un detestable y anacrónico sentido corporativo. Por desgracia, cuando pasados unos años tuve la oportunidad de acceder a mi formación de postgrado, pude averiguar que ni aun lo que afectado por la fiebre del novel había sospechado ocurría.

Hoy reconozco que no hay asunto más importante, cuando se trata del relato histórico, que el conocimiento paciente y hasta el límite posible de los hechos de que se trate, así como de su exposición, e incluso que ninguno de ellos puede ser mejor objeto de esta clase de preocupaciones que los políticos, porque estos son por sí mismos a la vez todos los que competen a aquel. Pero creo que llegar hasta ahí con seguridad requiere dedicación y aprendizaje, y de esto era de lo que se trataba mientras se estaba reducido a la fugacísima condición de estudiante.

Pero, más allá de mis especulaciones sobre el contenido de la materia, había ido descubriendo que la capacidad analítica es la más desarrollada por los alumnos a la edad a la que yo debía tratarlos. No sabría indicar con certeza alguna razón que explicara por qué las cosas ocurren para la generalidad de los casos así, y solo excepcionalmente algunos pueden además sintetizar o enunciar los principios más generales con dominio de los argumentos que los demuestran, o emplear los sentidos para percibir la variedad de elementos y actividades entre las que cada persona siempre está. Me temo que están más relacionadas con la formación ya recibida que con la aptitud para el aprendizaje que la naturaleza del hombre decida. Sobre el papel que a la condición de ser vivo deba concedérsele en la demostración de las posibilidades de adquirir conocimientos creo que lo justo es limitarlo al hecho de la aptitud, y así debería ser reconocido con carácter universal. El hombre tiene capacidad constante de aprender, una vez alcanzado el dominio de sus sentidos, y en ese estado permanece mientras el accidente de la muerte, o sus adelantadas las enfermedades, no lo interrumpen de modo violento. Si actualmente a los dieciséis años insiste en descargar sobre su capacidad de análisis todo el tráfico de su conocimiento es porque los medios que en nuestras escuelas consideran imprescindibles para alcanzar el de cualquier tipo insisten en dotarlo de esa capacidad. Las matemáticas y las gramáticas son enseñadas primero pieza a pieza, número a número las primeras, nada menos que letra a letra las segundas. Reconocerán que es una manera excepcional de enseñar, no la adquisición de extraordinarios conocimientos. Pocas materias cuentan a su favor con la posibilidad de ser aprendidas a partir de su desintegración atómica ya en la infancia.

Pienso que del éxito de esta manera de enseñar es más responsable la aritmética que la gramática, arrastrada por la fascinación que aquella sigue irradiando sobre las personas más impresionables. Que la enseñanza haya alcanzado a toda la población ha tenido efectos simplificadores, por la misma razón que es necesario derivar a la mediocridad el sabor de los alimentos que aspiran a monopolizar un mercado. A muchos antiguos les impresionaba la sofística, o uso vicioso de un método, y en absoluto no los conmovía el pensamiento, el fin al que aquel estaba destinado. Aún sigue siendo muy popular identificar la inteligencia con la agilidad en el manejo de los números, por lo demás perfectamente inútil mientras solo es abstracción. Creo que es en esta falsa creencia donde está el origen del orden actual de la enseñanza, porque cuando es organizada como un sistema público el promotor de la ley que lo ampara y regula prefiere responder a lo que la opinión de los electores aprueba.

Pero el hecho era que había de vérmelas con alumnos muy capacitados para el análisis, escasamente dotados para los demás medios de adelantar en el conocimiento. Decidí afrontar en su estado original lo que bajo mi responsabilidad había caído, y resolver mis cursos de la manera más directa. Derivé la explicación de la historia de España hacia las fuentes, sobre cuyo análisis descargué todo el programa. Tendría que ser la que me permitiera desarrollarlo una buena selección de documentos, con tanta precisión hecha que ninguno de los temas en él propuesto quedara el margen.
Aunque pueda parecer complicado buscar y combinar de esta manera una colección de fuentes, realmente no lo es, porque cualquier programa es igualmente una selección de asuntos. Para llevar a buen fin el proyecto basta con utilizar para esta a un tiempo los dos elementos. El programa previo indica documentos preferentes, y estos, una vez elegidos, recortan con mucha precisión los contenidos de aquel.

El obstáculo más serio que esta forma de enseñar habría de salvar era el de los conocimientos previos de historia que los alumnos necesitaban para analizar con seguridad e independencia los documentos. Dos maneras de vencerlo había. La primera dedicándole algún tiempo a proporcionárselos antes del estudio de las fuentes, y la segunda remitirlos a algún manual útil a mi propósito.

Nunca me he sentido a gusto si he tenido que explicar un curso ateniéndome con disciplina a un manual. Si alguna consecuencia de mis explicaciones es capaz de abrumarme es el error que por descuido pueda en ellas deslizar. No es la precipitación, ni la improvisación, que tantas veces es necesaria, ni siquiera la mala prosodia, que pesa sobre mí como una maldición. Del error lo que me abruma no es verme en la obligación de corregirlo, sino crear un mal fundamento sobre el que, pasado el tiempo, haya que seguir levantando el conocimiento de la misma materia. Sobre un buen número de detalles, de los más diversos asuntos, con el tiempo he podido ir comprobando que tenía una idea inicial errónea, tan nociva a partir de cierto momento que trastocaba todo cuanto sobre lo mismo hubiera ido acumulando, e impedía su progreso. Solo cuando me he detenido a corroborar mi idea del principio y he deducido que estaba en un error la he corregido y he podido seguir adelante sin mayores dificultades. Pero ni aun así la primitiva noción errónea se ha extinguido del todo, y reaparece con su corrección, como recuerdo imborrable, cada vez que debo recuperar mis conocimientos sobre aquel asunto.

En modo alguno me tranquiliza saber que por descuido puedo ser el origen de escollos de este tipo, tenaces saboteadores del buen saber. Mas si de los errores que por mi palabra puedan recaer sobre mis alumnos yo soy responsable, y a mí me toca remediarlos a la menor oportunidad, no son de mi incumbencia los que se hayan podido deslizar en los manuales. Y ocurre mucho que no es solo que los manuales, por ser obras de hombres, están expuestos exactamente al mismo riesgo que mi explicación, sino que quizás con excesiva frecuencia están plagados de imprecisiones, afirmaciones discutibles, simplificaciones injustificadas, además de simples errores, que caen como un pesado fardo con el que debe cargar durante meses quien ha decidido indicarlo a sus alumnos para que sigan su curso. No sería a mí a quien correspondería responder de estas culpas, ni consumir mi tiempo en resolver los equívocos a los que pueda dar origen. Sin embargo, cuando he tenido aquella debilidad, me he visto con frecuencia en la obligación de recomendar correcciones al manual, ante un escéptico auditorio, que cada vez que propongo una me mira con desconfianza. Concedida por el alumno, al comienzo del curso, toda la autoridad en la materia tanto a su profesor como a su manual, lo que es propio e inevitable a la edad de la que trato, cualquier conflicto entre ambos solo puede ser fuente de dudas e inquietudes, o de retiradas de confianza que se terminan resolviendo del lado que está a su alcance, el de su profesor, que así, sobre carecer de responsabilidad en el origen de la crisis y estar movido por la mejor voluntad, resulta deshonrosamente degradado en la consideración de sus discípulos.

Pero como a cada mal es necesario aplicarle su antídoto, con el tiempo y la mucha práctica he adquirido una útil disciplina a este propósito. Me permito proponerla a quienes se vean en situaciones semejantes. No muevo ni un músculo del rostro cuando una barbaridad procedente de la lectura de un manual cae como una bomba en medio de la clase, por más que se me conmuevan las entrañas. Ya he conseguido pasar en silencio sobre el asunto, e incluso soslayarlo si la explicación no ha de pisar sobre el cráter abierto por el obús. Pero ni aun eso impide que me mantenga en un permanente estado de rebeldía en relación a los manuales, e intente por todos los medios evitar el recurso a ellos.

Creo que el origen de este problema está en que las editoriales de los textos que se emplean en los institutos, que obtienen extraordinarios beneficios con costosas ediciones que venden a precios excedidos, descargan cuanto pueden su gasto en aquella parte del libro, que tal como lo editan, efectivamente, queda muy reducida, la que es responsabilidad del autor literario. Pocos son los promotores que dedican atención y presupuesto a esta parte de la obra y no recurren al trabajo de noveles que liquidan con poco más que una gratificación.

Si ahora me muestro desconfiado ante los manuales, cuando empecé a impartir historia también era radical en esta materia. Excluí de antemano recurrir a alguno, lo que por tanto significó que hube de simultanear las explicaciones de las premisas sobre las que tenía que quedar fundado el análisis con el estudio de las fuentes. El efecto inevitable fue que los programas avanzaban con desesperante lentitud. Pero debo confesar que me instalé con toda comodidad en ella. De un lado, por una razón práctica. Como yo era quien había de pedir cuenta de lo aprendido, examinaría solo de la materia impartida. Pero también a causa de una idea que se iba convirtiendo en una convicción. Lo importante era avanzar en la destreza del análisis de fuentes, la mejor manera de adquirir un buen método para estudiar toda la historia.

Siguieron apacibles cursos recompensados con los mayores deleites. Recuerdo de entonces con satisfacción, por ejemplo, las horas dedicadas a discutir y deducir con los alumnos el valor documental de los planos de fractura de las piezas paleolíticas, o el sentido que podía tener el acabado de algunas de ellas; a desentrañar las palabras del Estrabón editado por García y Bellido, del que tanto había aprendido; a analizar la asombrosa permanencia de los límites de la cora de Rayya en la actual provincia de Málaga; a agotar las posibilidades cartográficas y metrológicas de los libros de repartimiento, entonces renovados con sistema por los medievalistas; o a deducir del análisis comparativo de las curvas de Hamilton comportamientos monetarios. También recuerdo el monstruoso intento de verter el Ibn Jabdún de García Gómez y Levi-Provençal en un sistema de clasificación, organización y varia combinatoria de todos los datos que proporciona, que tanto esfuerzo exigió a mis alumnos, tanto de su tiempo consumió y tan poco fruto les rindió finalmente.

Pero el más memorable de aquellos momentos fue el que protagonizara el singular Mantero, entonces afamado portero de fútbol, bien por su estatura bien porque fumaba en los vestuarios. En aquella ocasión se trataba nada menos que de extraer de una colección de epígrafes tomados del CIL datos útiles para un análisis social y demográfico de la Hispania romana, que al mismo tiempo tenía que estar bien fundado según criterios estadísticos, de modo que sus conclusiones fueran inmejorables dada la fuente disponible. En clase había dado instrucciones sobre el procedimiento y sobre cómo extraer la muestra para que fuera fiable, sin dejar al tiempo de respetar los principios de la obligada crítica de concordancia. También había aleccionado con indicaciones para interpretar la información proporcionada por los epígrafes, y todos habíamos experimentado con algunos casos durante el tiempo de nuestro horario compartido. Pero el resto quedaba bajo la responsabilidad de los alumnos, que a vuelta de clase debían dar cuenta de sus conclusiones.

Fue el alto Mantero el convocado a exponerlas ante sus compañeros. No tenía con qué responder, nada había preparado. Pero no se sintió inerme ni manifestó desconcierto. Sin que yo pudiera percibirlo, como luego celebramos reiteradamente, su incondicional amigo de entonces, nuestro querido Francisco Ramírez, un hombre siempre aconsejado por la bondad, aguerrido e incansable centrocampista, leal compañero en el mismo equipo, junto a él, allá en la última fila, le deslizó su propio trabajo. Con la mayor naturalidad Mantero inició la más mentirosa e improvisada de las exposiciones que haya oído nunca, hermosa como una epopeya y llena de excelentes ideas y buen sentido. A cada hallazgo de su floreada prosa, que yo celebraba, el orador se crecía, y nos regalaba con nuevas depuradas insensateces. Dos días completos al menos agotamos en aquella festiva aventura, que vino a demostrar que puede más un alumno ingenioso que la monótona dedicación del profesor más severo.

Para entonces ya hacía tiempo que le daba vueltas a una idea que por días iba creciendo, y que en el transcurso de algunas noches alcanzaba el tamaño del remordimiento. “A nadie se le ocurriría explicar física relatando la infinidad de casos en los que se puede observar la caída de los cuerpos –me decía–. Sería tan agotador como poco provechoso. Basta reproducir la experiencia un número limitado de veces y a partir de ahí generalizar, apoyándose en la teoría a este propósito enunciada. ¿Por qué en historia habrá que someter a los alumnos a la tortura de volver una y cien veces sobre hechos similares, reinos que se sostienen sobre dinastías, crisis políticas que se resuelven con guerras, golpes de estado que interrumpen el curso de las instituciones?”.

Era fácil encontrar una explicación inmediata a que aquel procedimiento de enseñanza de la historia, que ya me iba pareciendo insensato que se mantuviera. La historia formaba parte de los planes de estudio solo porque contribuía a generar la idea de pertenencia a una nación. Por eso era necesario explicar específicamente historia de España incurriendo en el absurdo de relatar una cadena de hechos que comenzaba en el momento más remoto posible. Pero exactamente no me parecía inútil explicar historia de España, ni siquiera contribuir de esta manera a la estabilidad de las instituciones ciudadanas. Lo que me parecía la confesión de un vacío era que a los promotores de la asignatura no se les hubiera ocurrido nada mejor para rellenarlo que acumular una larga cadena de acontecimientos, que además amenazaba con crecer a consecuencia de la apertura del relato histórico hacia nuevos campos.

Tenía que reconocer que la historia no se beneficiaba de un cuerpo teórico unificado. Porque su naturaleza es literaria, la divergencia de las ideologías la habían cargado de teorías separadas y hasta contradictorias, y habían bloqueado cuanto en orden a la formación de una dogmática propia pudiera haberse hecho desde la época moderna. Era víctima de aquel estancamiento porque no podía recurrir a sistema alguno que viniera en mi auxilio y a la vez me veía en la obligación de enseñar. En su lugar solo había ideologías cuya mera invocación, aunque fuese de paso, sonrojaba. Me faltaban fundamentos que me permitieran actuar con seguridad, en detrimento de la materia que impartía y de mí mismo. Cuando los alumnos al mismo tiempo reciben clases de ciencias que operan con solidez y avanzan con paso decidido, conocimientos con poco cuerpo son recibidos con escepticismo, con frecuencia incluso rechazados, y finalmente relegados a una categoría inferior que solo puede satisfacer a los menos aptos. Por desgracia, esto estaba ocurriendo ante mis ojos.

Debo admitir también que por reacción, y en cierta medida por el contagio que sucede a la falta de defensas, contaminé mis clases de análisis de fuentes con procedimientos tomados de otros campos de conocimiento, en particular los de tipo cuantitativo, por los que entonces sentía especial predilección. Pero en esto no actué desviándome de las enseñanzas de métodos aplicables a la historia entonces en expansión. Quienes conozcan la materia seguro recordarán obras que se extendían en su difusión entre los historiadores y que llegaron a ser muy populares. Pero en buena medida también fue consecuencia de que caí en una tentación, y me dejé arrastrar por la correspondiente pasión. Así como a los demagogos es el aplauso el que los inspira, y no reparan en recursos para obtenerlo, porque había comprobado que la aplicación de los métodos cuantitativos a la historia sorprendía con facilidad a las ingenuas almas juveniles, por razones que antes expliqué y entonces descubrí, insistí en desplegar ante ellos aquellas herramientas, que conseguían mantenerlos activos y despiertos, aunque fuera solo por obra de la novedad.

Admitía sin embargo que el camino que había emprendido no era el correcto, e incluso cierta conciencia de mi inmoralidad me permitía. Pero, al mismo tiempo, observaba un filón de virtud en mi comportamiento que me pareció suficiente justificación para tanto atrevimiento. Situaba la enseñanza de la historia en un dominio distinto, lo cual por sí mismo me parecía bueno, y aún creo que lo era. Entre enseñar historia relatando hechos, lo que equivalía a confundir la función del texto de historia con la que corresponde a la clase de historia, y enseñar historia abusando del análisis cuantitativo de las fuentes, prefería lo segundo sin duda alguna, por más inapropiado que pudiera parecer. En esto podía haber error, pero en aquello solo había lamentable pérdida de tiempo.

Proseguí todavía con aquel plan, extendiéndolo y completándolo cuanto podía. La necesidad de relacionarme con nuevos alumnos ayudó a ampliar y mejorar el cuerpo documental de aquellas prácticas clases de historia. Pero a fines de los ochenta corté aquel curso de mis enseñanzas. Fue entonces cuando descubrí que estaba cometiendo un error. Hacía tiempo que había deducido que la eficacia de mis clases derivaba de la adquisición de unos conocimientos previos. Mi error, tal como entonces pude concluir, había consistido en creer que estos conocimientos tenían que ser de historia de España. Lo que realmente necesitaban mis alumnos para enfrentarse al análisis de las fuentes era instrumentos para su crítica. Así lo había ido comprobando curso tras curso. Los conocimientos previos que debía suministrarles no tenían que ser de historia de España, un asunto que a aquella altura había pasado a convertirse en algo circunstancial, sino de métodos de análisis de las fuentes.

A partir de entonces me concentré en la mejor documentación de los procedimientos cuya explicación juzgaba imprescindible. Mejoré y completé cuanto de ellos sabía y me preocupé porque ninguno de los que en la práctica era obligado aplicar escapara a mi previsión. Tendría que explicar arqueología, al menos en aquella parte experimental relacionada con la fabricación de utensilios a partir de la piedra, y a ser posible también en la que se ocupa de la cerámica. Habría de enseñar a los alumnos de modo reglado, como técnica independiente, el modo de obtener de las fuentes narrativas afirmaciones de veracidad tan acendrada que en ellas pudiera confiar para redactar la propia reconstrucción de los hechos. Sería necesario que conocieran por sí mismos todos los secretos de la elaboración de un mapa histórico, para que ante cualquiera, fuera o no obra propia, pudieran deducir el caudal de información que esta clase de síntesis contiene. Por el modo como había evolucionado la recogida de datos y su presentación durante las últimas décadas, también se hacía preciso dar a conocer el manejo más apropiado de las informaciones cuantificadas.

Todas estas materias particulares, y algunas más, eran estudios imprescindibles si se quería dotar a los alumnos de criterios personales a partir de los cuales tener ideas propias y acertadas sobre los hechos de los que las fuentes informan. Dar este giro a la materia que explicaba venía además a proporcionarme otra respuesta, sobre una satisfacción. De este modo abolía el absurdo de la explicación finita de hechos que se repiten y se repetirán, sin más satisfacción que el placer que pueda proporcionar coleccionar buenos relatos.

Decidí entonces dar el paso definitivo. Hasta aquel momento había mantenido las explicaciones sobre los métodos como un complemento al programa de historia de España, si bien aquellas me ocupaban todo el tiempo que dedicaba a esta actividad. Los alumnos, para cada tema del programa, a vuelta de clase venían con el análisis de las fuentes incluidas en mi antología que les habían sido indicadas. El único vínculo real que conservaba con la asignatura prescrita era que todas las fuentes eran hispánicas. A partir del momento en que opté por reconocer lo que estaba haciendo, el programa de temas de historia de España lo sustituí por otro de métodos para el análisis de fuentes. Mantuve la antología de testimonios relacionados con aquella, pero fue por evitar el salto en el vacío. El objeto había dejado de ser la historia de España. Ahora se trataba de métodos historiográficos. De aquella solo quedaba el nombre.

Por fortuna coincidí entonces con alumnos excepcionales.

No es un contrasentido decir que de esta clase nunca faltan. En cualquier grupo hay alumnos destacados. Lo que hace precisa cada estimación es la cantidad que cada año se conoce y el valor relativo de tal condición. El momento óptimo de esta feliz coincidencia es el que permite conocer y tener trato con una proporción significativa de buenos estudiantes en una clase integrada por buenos alumnos. Tan favorable estado me aconsejó aprovechar la circunstancia para valorar la eficacia real que aquella manera de impartir la asignatura tenía.

No me refiero a cómo era recibida la materia entre los alumnos. A aquellas edades los alumnos están necesitados de conocimientos, y aceptan cualquier cosa que se les explique, a condición de que se les presente de forma clara, con seguridad y con cuanta seriedad se pueda añadir al trabajo regular. Los alumnos abren entonces un comercio de esfuerzos por el que miden de la misma manera que saben que ellos habrán de ser medidos. Como son conscientes de que el juicio ha de recaer finalmente sobre su trabajo, califican la autoridad moral de quien debe emitirlo fundados en el principio de la igualdad. El esfuerzo que les sea pedido ha de venir precedido por el de quien vaya a pedírselo. No es necesario que sea enorme, basta con que sea sincero.

Deseaba saber si mis explicaciones sobre asuntos que yo mismo consideraba muy ajenos a los alumnos, y que ellos mismos con frecuencia declaraban extraños y anómalos para que pudieran ser admitidos como historia, eran recibidos por ellos con la misma facilidad con la que pudieran aceptar las explicaciones sobre, por ejemplo, los verbos deponentes, algo no menos ignorado antes de entrar en la materia por quienes han de estudiarla cuando se les explica por primera vez. Es verdad que con sorpresa había ido aprendiendo en las aulas que los alumnos están dispuestos a admitir enseñanzas con un grado creciente de interés correlativo a su extravagancia. Al principio no acertaba a explicármelo, porque de mis años de estudiante no conservaba memoria de nada parecido. Pero porque también aceptaba que mis recuerdos eran muy parciales (nunca fui ni siquiera un alumno regular, y ahí está para demostrarlo mi expediente) intenté saber algo más sobre las razones de este comportamiento. Con el tiempo fui descubriendo que la formación proporcionada a los alumnos es tanto más aceptada por ellos cuanto más ajena les resulta, porque su mundo se alimenta de radicales contrapuntos. El mundo en el que viven, aun en la clase, es hermético e impenetrable, y siempre permanece al margen de la relación que mantienen con quien les enseña. Si en alguna ocasión este cree haber tendido algún puente hasta aquella otra orilla, a través de algún alumno que parezca más dispuesto a abrir las recias puertas que la guardan, que desconfíe de su conexión. Resultará siempre la menos acertada, el alumno medio será el menos apropiado para introducirlo en la liga secreta. Insistir en avanzar por territorios desconocidos no asegura éxitos, pero coloca en la mejor posición para al menos aspirar a sentirse razonablemente satisfecho.

Disponía de los exámenes para saber inmediatamente qué efectos tenían mis explicaciones. Pero no me resultaba un medio de indagación satisfactorio por dos razones, una de la índole ajena pero otra procedente de una injustificable incapacidad personal. Nunca los exámenes son una circunstancia en la que los alumnos puedan ser observados en estado de naturaleza. La excepcional ocasión, la inseguridad espontánea que desconocer el cuestionario origina, las urgencias a causa del tiempo limitado de que disponen deforman la observación hasta un grado en el que la experiencia deja de ser significativa. Muy pocos son los que consiguen sobreponerse a tantas adversidades, y estos por todos los conceptos resultan extraordinarios y en consecuencia nada representativos.

Además, en aquella época, mi falta de pericia para proponer exámenes adecuados era notable. Yo mismo era consciente de mi debilidad, y mis alumnos una y otra vez, por cuantos civilizados modos tenían a su alcance, se alzaban contra aquella desastrosa tiranía, que tan trágicos efectos personales para ellos, siempre en vísperas de vacaciones, podía tener. Eran excesivos bajo cualquier consideración. Largos, tanto que yo mismo debía emplear en su solución más tiempo del que podían consumir en el acto efectivo los alumnos; farragosos, hasta exigir el manejo de una cantidad de medios de trabajo que lindaba con el absurdo; complicados, porque en muchas ocasiones las soluciones a los problemas planteados podían ser distintas; oscuros, porque no siempre las respuestas estaban solicitadas con un enunciado que fuera inequívoco. De todos aquellos despropósitos, el que se arriesgaba a alcanzar lo cómico era el de los recursos que el alumno debía prever para el examen: calculadora, escuadra y cartabón, compás, colores, y en ocasiones hasta diccionario y atlas. Los alumnos debían acudir a la convocatoria provistos de todo, en previsión de lo que pudieran necesitar. Los más sarcásticos con ostentación desplegaban sobre su mesa todos los medios, y hacían cuanto fuera posible para que la ocuparan por completo, de modo que no quedara sitio para el cuestionario ni para el modesto folio en el que tenían que escribir sus respuestas.

Necesitaba recurrir a otro medio si deseaba averiguar con algún fundamento qué estaba pasando con el curso que explicaba. El adecuado me lo proporcionaron dos de aquellos alumnos excepcionales. Por cómo actuaban diariamente había podido averiguar que eran de una seriedad poco habitual, rara para su edad, sorprendentemente temprana o prematura. Asistían con regularidad a clase, seguían atentamente las explicaciones, tomaban notas de ellas con mucha seguridad y pedían sensatas aclaraciones cuando las necesitaban; resolvían con acierto las prácticas con las fuentes a las que cada tema estaba orientado y, aun así, no eran alumnos que se mostraran satisfechos de su trabajo o presuntuosos ante sus compañeros. No recordaba haber tenido alumnos de aquella sólida, disciplinada y a la vez amable manera de conducirse.

Cierto día, mientras corregía con uno de ellos uno de los ejercicios, la idea surgió como si fuera una consecuencia, con la misma naturalidad con que cualquiera de ellos podía haber deducido la solución a un problema que antes hubiéramos enunciado. No debía dejar que pasara la oportunidad, tenía que conocer los apuntes que aquellos alumnos redactaban. Allí, sin preparación interesada, en aquella parte reservada de su trabajo, estaba retratado con la mayor fidelidad mi curso.

Mantuve mi idea sin declararla hasta que finalizó el año académico. Cuando ya había terminado, incluso cumplido el trámite de las calificaciones finales, decidí pedirles copia de sus apuntes. Afortunadamente accedieron. Hasta mis manos llegaba por primera vez un retrato de mis clases tomado del natural. Examiné aquellos apuntes, corregí mis errores y juzgué que no obstante el resultado era apreciable. Decidí reescribir completa la parte teórica, atento sobre todo a expresar las ideas con la mayor claridad de la que fuera capaz, dejándome llevar por la noción de nitidez que de lo escrito por mis alumnos recibía, y el resultado fue la primera versión escrita de mis cursos.

Así, pues, los nombres de Sara Fernández López y José Enrique Pavón Cumplido, los responsables de aquellas notas, deben constar con la condición de autores de la primitiva versión de los textos de mis cursos, y como tales, en reconocimiento a su trabajo, es mi deseo que prevalezcan.

No modifiqué de inmediato el plan para mis clases a consecuencia de aquella novedad. Seguí por un lado impartiéndolas con los mismos medios de los que hasta entonces había hecho uso, sin innovarlos más de lo que antes, por el curso espontáneo de la experiencia, lo hacía; y por otro fui haciendo crecer y completando el texto del curso impartido del que disponía.

Vino entonces a ocurrir algo que en su momento alcanzó el rango de acontecimiento. El legislador creyó conveniente trastocar todo el plan de estudios que hasta entonces los alumnos de aquellas edades seguían. Mucho fueron discutidas sus ideas y sus decisiones, y de modo adverso ambas solían ser recibidas, aunque en esta consecuencia no había mucha más convicción que vicio de costumbres. Entre quienes vivo, las ideas que todavía no son repetidas como propias por principio son recibidas con recelo. Por mi parte, la pasión por aquellos asuntos, porque la pasión alimenta la intensidad con la que es empleada la voluntad, para entonces había descendido de manera tan ostensible, por comparación con la que durante mi juventud en mí desataban, que ya me juzgaba más paciente espectador de la vida pública que sujeto agente, sujeto no obstante sin pretensiones de agente.

Pero debo confesar que fui arrastrado por la corriente de aquel debate, debilidad que con demasiada frecuencia ha desviado el curso de mi vida. Un accidente administrativo me condujo hasta la obligación de conocer cuanto el legislador había declarado sobre aquella materia, que era mucho, no siempre claro y en ocasiones contradictorio. Por replicar a las reducciones con las que se suelen despachar los asuntos cuando de opiniones se trata, me vi envuelto en polémicas, y conducido por estas volví a encontrarme en medio de violentas discusiones. Maldije una vez más la hora en la que no fui capaz de responder con silencio a la estupidez, me condené otra vez por mi falta de la más preciosa de las contenciones que la conciencia puede dominar, la que cualquiera puede y deber tener en recta moral sobre el uso de la palabra. No detestaba la batalla, ni actitud de combatiente alguno. En la batalla los hombres crecen y la grandeza del enemigo ennoblece al que es derrotado. Lo que no me perdonaba a mí mismo era la falta de previsión que había tenido en el momento en el que el conflicto estalló. Una actitud más prudente al instante me habría permitido ganar posiciones fuera del campo de las hostilidades.

Pero lo peor fue que de allí se siguió otro fatal deslizamiento hacia la más degenerada acción. Quien sobre su voluntad tiene limitado el poder por contumacia se entrega a la irresponsable tiranía de los instintos, y vuelto una vez más a este infierno por perversión da en deleitarse en el abuso en el que incurre. Arrastrado por la corriente de las pasiones, me vi absorbido por ellas, y di en encontrar placer en la polémica. Mas, habiendo excluido que los argumentos con que fuera sostenida, en cualquier circunstancia, pudieran en alguna ocasión ser lo bastante fundados como para alimentar un juicioso debate –tanto era el desconocimiento desde el que solía hablarse, tanto no obstante el atrevimiento de todos–, en vez de activar la polémica para el buen fin al que puede ser conducida, si así se desea, llegué a atizarla con el exclusivo fin de comprobar si las reacciones a las opiniones que podía defender provocaban las reacciones que había previsto. El placer lo alcanzaba cuando comprobaba que las cosas ocurrían como las había podido pronosticar.

Nadie crea que siempre conseguía este efecto, ni menos aún que las opiniones que expresaba fueran regularmente acogidas, por más que debo reconocer que en algún caso casi me sonrojaba ver la facilidad con que las ideas ajenas eran inmediatamente hechas propias y convertidas en arma para la polémica. Tampoco debe pensarse que algo de aquello tuviera fatales consecuencias. Bien juzgado, no pasaba de ser un juego, peligroso en la medida en que era cargado con pasiones, pero inofensivo si aquellas no se hacían estallar. Por fortuna, ninguna explosión rebasó los límites de la mutua acusación de usar malas artes, del abandono airado de una reunión o del aún más inofensivo hacer ostensible el silencio como fórmula de protesta.

El tamaño de aquel mundo era pequeño y la escala a la que podía observar el fenómeno reducida. Pero siempre he sostenido que la magnitud del caso no resta valor normativo a la ley que pueda poner al descubierto. Como en el experimento de laboratorio, para deducir sobre los comportamientos humanos, la observación de las pasiones en medios reducidos tiene la ventaja de que permite desembarazarse de ciertos límites circunstanciales, porque de antemano, aunque al observador genérico le puedan parecer activos, se sabe que son inoperantes. El estado que entonces alcanzó entre nosotros la modesta acción pública me permitió ver en estado original la naturaleza de la ambición, cuyo fruto es el poder. Fue entonces cuando descubrí que se alimenta exclusivamente del placer que proporciona tomar decisiones cuyos efectos se han previsto, y estos están en todo dirigidos a cumplir con un curso de los hechos que satisface íntegramente los deseos de quien activa la acción. Puede complementarse con la satisfacción de deseos, con la vanidad quizás en los casos más elementales. Pero si así ocurre son alianzas circunstanciales. El placer puede sostenerse solo sobre aquella razón, y no si solo dispone de alguna de las otras dos.

Pero, al margen de las contiendas, la lectura de cuanto el legislador había decidido me permitió descubrir una novedad que interesaba a mis propósitos consolidados. Había dictado la libertad de programas más extrema que jamás se haya previsto. Tan excesiva era su idea que se limitaba a indicar un programa de materias a impartir, a su criterio recomendable, pero que en absoluto no era obligado para quienes tuvieran la responsabilidad de explicar. Positivamente se llegaba a declarar que estos podían decidir con autonomía qué programa creían oportuno impartir.

No dejó de llamarme la atención tan extraordinaria manera de entender la libertad de la docencia, que a mi parecer tenía más de inconsciente improvisación que de radicalismo libertario. Pero no me resultaba del todo sorprendente. Años antes había podido vivir una experiencia similar, muy instructiva. La autoridad académica había decidido promover la investigación en la enseñanza media. Cuando tuve la primera noticia no me pareció una iniciativa desacertada. Desde sus limitadas posibilidades, quienes están dedicados a este trabajo tienen demostrado que con algo pueden contribuir a esa parte del patrimonio público. Además, me parecía una excelente fórmula para la promoción profesional, incluso idónea porque es estimulante, comparativamente mucho mejor que la triste y muy limitada carrera docente. Pero no se trataba de eso. Lo que la autoridad académica había decidido era introducir en la investigación a los alumnos. No daba crédito a lo que entendía cuando tuve la certeza de que aquella era la intención de quienes tenían la responsabilidad de administrar el derecho a la enseñanza. ¿Que los alumnos dedicaran una parte de su tiempo a investigar? ¿En serio? ¿Quienes aún carecían de las nociones que permiten entrar en los conocimientos especializados?

Pero más sorprendente aún era que aquel proyecto estaba excelentemente dotado. Cuando medité sobre esta otra parte de la idea, me apresuré a presentar diez planes para experimentar con diez ideas relacionables con los programas que explicaba, suscritos por otros tantos alumnos a los que durante aquel curso enseñaba. Mi propósito era muy práctico: captar fondos para invertirlos en la dotación de mi departamento, entonces poco más que una habitación con el mobiliario imprescindible; una institución que carecía de presupuesto propio y que sobrevivía en ocasiones en medio de la penuria, en otras de la indigencia. Así se lo hice saber a los alumnos a los que comprometí en aquella aventura, que por lo demás se prestaron animosamente a contribuir de aquel modo a sostener y desarrollar uno de gérmenes de los que directamente se nutrían.

Al proponer diez planes de investigación mi propósito fue solicitar mucho para obtener algo. Cifraba mi esperanza en que serían atendidas aproximadamente un tercio de las demandas. Fueron aprobadas y dotadas todas. No era ningún mérito. Vine a saber luego que el departamento que nos trataba tan generosamente disponía de un buen presupuesto a este fin destinado y que no había recibido muchas demandas. Aquello, por más que fuera poco sensato, era razonable en la medida en que podía explicarlo todo.

Por lo demás, los alumnos efectivamente desarrollaron sus programas de trabajo durante el verano siguiente a plena satisfacción, y nuestra fortuna nos permitió dotar el departamento con unos medios entonces del todo inusuales en esta clase de institutos. Lo que terminó de colmar aquel incomprensible ciclo fue que, vencido el plazo que para nuestras actividades nos habíamos propuesto en nuestros planes de trabajo, autoridad alguna mostró jamás el menor interés por sus resultados, que desde entonces, en el mismo departamento donde fueron hechas, permanecieron archivados. Espero que aún hoy quien desee comprobarlo allí los tenga a su disposición.

Aprendida entonces la lección, no había que dejarse sorprender por la radical huida hacia la libertad de enseñanza, sino aprovechar la oportunidad que ofrecía, y eso fue lo que hice. Como podía contar con que la ley me permitía enseñar un programa propio, me apresuré a poner a punto el mío. Solo tenía que redactar el que de mi primera versión de los apuntes de mis alumnos inmediatamente podía deducir.

Me satisfizo poder explicar lo que a mi juicio era el contenido adecuado a un curso sobre la materia, pero sobre todo me tranquilizó legalizar mi posición. Honradamente, creo que me encontró más decidido el deseo de no estar al descubierto que toda la aspiración de originalidad. Durante los últimos años, una vez que había decidido convertir la explicación de las técnicas y procedimientos para la crítica de las fuentes en el objeto de mi curso, había vivido en franca ilegalidad. El nombre que el programa oficial daba a la asignatura lo había mantenido, pero eso era casi lo único que de aquel quedaba. Había dado las clases con un creciente temor a que alguien impugnara mi trabajo, por otra parte asistido por todas las razones que cualquier instancia judicial puede admitir como bastante fundadas. Este temor podía desaparecer a partir de aquel momento.

Había de hacer frente a otra novedad sin embargo, que me obligaba a ciertas modificaciones de mi programa. Con los nuevos planes, la asignatura que le servía de marco había desaparecido, y con ella la excepcional circunstancia que permitía disponer de clase diaria para explicarla. Habría de buscarle un adecuado sustituto, apto sobre todo por la cantidad de tiempo que proporcionara, que efectivamente era extensión del programa, pero también por edad de los alumnos, para que pudiera mantener las explicaciones que tenía elaboradas.

Por razones que no es imprescindible explicar no pude de inmediato elegir la asignatura que para la misma edad de los alumnos había reemplazado a la antigua historia de España. Solo tenía el mínimo defecto de que disponía de una hora menos a la semana. Pero tampoco me pareció del todo desafortunado no contar con aquella suplantadora. Se trataba de una asignatura que solo los alumnos que de antemano habían tomado cierta decisión recibirían, y la experiencia anterior me había permitido deducir por comparación que justo los que tomaban aquella vía, aun pareciendo de antemano los destinados a mostrar más inclinación por esta materia, resultaban los menos entusiasmados por sus contenidos. El origen de la paradoja había que buscarlo en aquella sofística que sobrevive y que más arriba aludí, la que consiste en estimar más la enseñanza de los conocimientos que se adquieren por la aplicación estricta del procedimiento lógico.

Por parecerme el menor de los males, acepté descender un escalón en la edad de los alumnos, que es tanto como decir un año, porque la otra posibilidad, ascenderlo, me llevaba al límite mismo del nivel de la enseñanza en el que trabajaba. No me pareció prudente experimentar con los que por otra parte tal vez podrían ser alumnos más adecuados solo por el hecho de que el examen decisivo que al final de su curso habrían de sufrir escapaba por completo a mi control.

Ninguno de los obstáculos que la vía que había tenido que tomar por exclusión me interponía me pareció sin embargo insuperable, a pesar de que habría de vérmelas, no ya con alumnos más jóvenes, sino con un horario semanal de solo tres clases. Con una inconsciencia que entonces me pareció reconfortante optimismo me apresuré a retocar mi programa. Bastaba con eliminar los asuntos más complejos para conseguir un curso a un tiempo breve y más adecuado para ser recibido a la edad que tendrían los alumnos que habrían de seguirlo. Fue el programa de esta versión modificada el que finalmente presenté como mi compromiso para la explicación de la nueva asignatura durante el curso que empezaba, que a pesar de su imprecisión original se podría llamar historia universal, denominación que por su ambigüedad forzada me parecía la más satisfactoria para mis planes.

Empecé el curso y acometí mis explicaciones según tenía por costumbre. Hasta entonces, de pie ante la pizarra, con una tiza en la mano, desarrollaba de viva voz los epígrafes previstos en el programa, del que los alumnos disponían desde el principio de curso. Ocasionalmente esquematizaba ante su vista, en letras de molde, los pasos de los argumentos más ramificados, anotaba las palabras que suponía desconocidas por los alumnos, alguna vez me concedía la licencia de hacer un dibujo, aprovechando que durante la hora de clase la puerta del aula permanecía cerrada y al final siempre borraba cuanto hubiera quedado en la pizarra. Los alumnos seguían las explicaciones según su criterio y tomaban las notas que les parecían oportunas. Cuando a vuelta de clase tenían que presentar sus ejercicios, eran ellos los que ocupaban el lugar que yo había ocupado antes, y así íbamos avanzando tema a tema. Siguiendo este procedimiento había sido elaborado el material que había servido para redactar la primera versión de mi curso.

No fue necesario que pasara más de una clase para comprobar que aquel procedimiento era inviable. Los alumnos permanecían inmóviles ante las explicaciones, y su parálisis por momentos degeneraba a un hosco rechazo, modalidad de las relaciones entre los hombres que en mi caso produce el efecto contrario al deseable. Cuanto más falta de comprensión observo en mi interlocutor más me deslizo por el vicio de las frases oscuras, y tanto más incomprensible resulta cuanto digo. Salvo casos en los que tenga que hacer frente a una extrema arrogancia o a la desfachatez, que inevitablemente antes o después es necesario cortar con secos, serenos y sorprendentes afloramientos de carácter, mi esforzada moderación consigue con mediano éxito contener los siempre peligrosos motines. Tampoco en este caso la ira acopiada pasó a rebeldía. Pero me obligó a volver a pensarlo todo.

Desde luego no ignoraba cuál era la causa inmediata de aquella situación, por más que me había resistido a concederle el valor que ahora bien podía comprobar que tenía. La capacidad de los alumnos para seguir una clase regular había descendido mucho más de un año. Pero a fuerza de reflexión sobre lo que vivía descubrí que no era un problema de ineptitud. No pueden ser víctimas del mismo mal de idiotez todos los miembros de una generación, por la misma razón que no todos alcanzan los mismos resultados si se esfuerzan en correr a toda velocidad cierta distancia o en lanzar con cuanta potencia sean capaces un peso prefijado. Entre los miembros de cualquier generación los hay más dispuestos al estudio y menos, y no son los de hoy menos aptos ni todos los de ayer eran brillantes. Estas son apreciaciones tan superficiales que no es necesario enjuiciarlas.

Los alumnos que aquel año tenían que seguir la nueva asignatura no eran ni más ni menos capaces que los de cualquiera de los precedentes o de los que luego los han seguido. Pero tampoco era un problema de capacitación, aunque este fuera el efecto visible del mal que les aquejaba. A todos los alumnos les faltaban recursos para seguir con atención explicaciones, tomar notas sobre ellas y, llegado el caso, hacer observaciones adecuadas, confesar dudas razonables, replicar con fundamento. Era la consecuencia de una formación elemental muy descuidada, con seguridad inspirada por ideas erróneas que sin embargo durante algún tiempo tuvieron crédito y fueron aplicadas al menos con un consentimiento muy generalizado. Probablemente todo aquello había ocurrido por obra de la confluencia de la simplificación de teorías en modo alguno desacertadas, la siempre deslumbrante novedad y la pereza en la aplicación de procedimientos, males a los que jamás nadie por completo escapa. No creo necesario detener mis explicaciones en el análisis de estas causas ni menos aún calificarlas. Baste reconocer que los alumnos llegaron por aquellos años con una formación muy limitada.

Pero, con ser grave, este no era el fondo del mal. Lo que complicaba hasta la crisis el problema era que venían poseídos por la insensata convicción de que instalarse en aquel estado de incapacidad era un derecho que les asistía. A mi juicio no sería acertado adjudicar a una predisposición natural de las personas su capacidad para el estudio y su dedicación a él, porque toda la materia con que debe tratar es convencional, aunque sí es aceptable la idea de que hay umbrales biológicos que no se pueden atravesar si se desea permanecer del lado adecuado. Pero cuando las personas se pretenden acreedoras de derechos toda la responsabilidad es de las instituciones, artificio que se propone dotar a ciertas decisiones de estabilidad y duración. De todas las instituciones son responsables los hombres que las crean y las mantienen.

El legislador, del mismo modo que había innovado de manera radical en materia de programas, había decidido fundar sobre nuevos principios el juicio sobre la capacidad del alumno. Así como no habría unos asuntos precisos sobre los que instruir, no habría un modo universal de juzgar sobre el esfuerzo de los estudiantes y los resultados que con él consiguieran; no solo por razón de diversidad de programas, sino porque se aceptaba como principio que las posibilidades para alcanzar los conocimientos eran distintas. Como la vieja máxima política: a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus posibilidades. Los alumnos menos capaces, e incluso víctimas de bajos rendimientos, podrían ser bien valorados a condición de que mostrasen la mejor disposición para el estudio y algún avance, por pequeño que fuera, en sus conocimientos.

Como principio para valorar el trabajo este es tan desconcertante como el que utiliza cierta moral de inspiración religiosa para juzgar los actos humanos. Concede el perdón a cualquier falta a condición de que los pecadores acepten la exclusiva jurisdicción de su iglesia en esta materia y manifiesten arrepentimiento. El efecto de esta inconsecuencia es el imperio universal de la inmoralidad, que en modo alguno hay que confundir con la desvergüenza, patrimonio exclusivo de quienes simultáneamente son cínicos. Si para valorar el esfuerzo podía bastar con declararse entusiasta del trabajo y aportar alguna prueba de rendimiento, la actividad del alumno sería ocasional y caprichosa, y en su mayor parte el trabajo quedaría por hacer.

Otra idea patrocinada por los innovadores que tenía efectos nocivos para mi procedimiento era la que explicaban sobre la propensión al trabajo. Que hubiera, a su parecer, era exclusiva responsabilidad de quien enseñaba, que debía esforzarse en provocarla. La parte de verdad que en aquella idea observaba era algo que ya en mis primeras experiencias había reconocido porque yo mismo me atengo a ella, que la actividad de los alumnos declina a la parsimonia. Pero también sé que, una vez despierto, el deseo de saber es más poderoso. Reconozco que servirse de la provocación o de la curiosidad ayuda a activarlo e incluso a vigorizarlo, pero quienes pensaban que el origen de todas las decisiones correspondía a quien debía tomar las principales olvidaban la parte que toca a la voluntad en todas las acciones de los hombres. Lo que parece inadecuado es excluirla, y en la exclusión se incurre si la inclinación al trabajo es responsabilidad ajena. La falta de solidez de esta idea tiene su origen en que elimina el motor de las decisiones a la vez que espera que las decisiones sean tomadas. Equivale a creer que usted se levantará de la silla porque yo lo piense.

Como los alumnos sabían bien que no se esforzaban porque no querían, la pasividad había degenerado a vicio, complacencia en un comportamiento que se juzga inadecuado y al que en modo alguno se opone quien lo padece.

Tan estúpida situación obró sin embargo a favor de mi curso, y quienes entonces se resistieron a recibirlo a él contribuyeron en una medida que nunca imaginarán, ayudaron a que diera el paso que resultó de mayor trascendencia para que alcanzara el estado definitivo que tuvo. Como los alumnos no se mostraban favorables a tomar nota de las explicaciones, y sobre esa base redactar los temas del programa, decidí ser yo quien pusiera también esa parte del trabajo. Sirviéndome de la versión que ya tenía escrita, fui redactando semana a semana el contenido de los epígrafes del programa previsto. Al principio de cada una entregaba a los alumnos lo que había adelantado, y durante las clases teóricas nos limitábamos a leer lo que había escrito, y a resolver las aclaraciones que me fueran solicitadas. No se me ocurría procedimiento que facilitara más el trabajo del alumno.

Hasta entonces nunca había hecho nada parecido, e incluso pensaba que aquella fórmula degradaba mi trabajo, porque limitaba, si no excluía, el empleo del medio del que la palabra escrita no se puede servir, y que sin embargo la circunstancia de la clase crea espontáneamente. Gracias a aquella decisión descubrí que también la rígida solución de la lectura tiene ventajas y posibilidades: permite ser más ordenado, adecuar con mayor precisión la velocidad de las explicaciones a la capacidad de los alumnos, volver con aprovechamiento y seguridad sobre ideas ya estudiadas que puede ser necesario rescatar, y tantas otras que cada día iba conociendo. Por esas razones decidí que a partir de entonces los temas de mi programa pasarían a ser lecciones.

Pero no fue mejor recibida aquella modalidad de trabajo. Detestaban los alumnos primero tener que servirse de fotocopias, pero sobre todo la oscuridad de mi prosa. Era cierto que a causa de la premura con la que debía trabajar redacté de forma en exceso esquemática ciertos epígrafes, y otros, para los que no disponía de nada redactado, hube de improvisarlos. Y así como el texto que había escrito sobre la base de los buenos apuntes de los buenos alumnos me había parecido correcto, porque reproducía el lenguaje docente que ellos me habían descubierto, para esta nueva versión dirigida a alumnos menores no terminaba de encontrar el tono adecuado. A mí mismo en ocasiones me parecía en exceso contaminado por el académico de procedencia de las informaciones que utilizaba como fuente, y en otras también a mí oscuro, fruto de la misma falta de luz a la que mis herméticos y pasivos alumnos me condenaban.

Bien conocidos por mí estos defectos, bien sabía que en ellos encontraba medio el vicio de la pasividad, y con él creció el más oportunista de los derrotismos. De la oscuridad pasaron a la inopinada novedad del programa, que les impedía servirse de conocimientos que ya tuvieran, y de la necesidad de estudiar a partir de cero a la aridez de los contenidos. A todo intentaba dar respuestas convincentes. La novedad no es en sí misma virtud ni defecto, les decía, y para avanzar en el estudio es obligado agregar nuevos conocimientos siempre. Llegar a un campo nuevo tiene la ventaja de que no necesita conocimientos adquiridos. La materia no es nunca en sí misma árida. La aridez deriva de la falta de entusiasmo o de la indolencia con que son afrontados los esfuerzos que inevitablemente hay que realizar. Por lo demás, estaba convencido de la corrección de mis ideas fundamentales sobre la enseñanza de la historia, y con todo esto no estaba haciendo otra cosa que comportarme con honradez, pues era leal y consecuente con ellas.

Ni que decir tiene que ningún argumento fue bastante para vencer aquella obstinación en la pereza. Durante semanas no encontré vía alguna para salir de tan desalentador estado. Pero por suerte vino en mi auxilio cierto cinismo docente, que entonces me resultó un completo desconocido, pero que desde entonces me acompaña, y a propósito del cual debo reconocer que con el tiempo no ha hecho más que concederme su amistad.

Un buen día me sorprendí reiterando mis argumentos sin la menor pasión por mi parte. Los había repetido, y no solo no había incurrido en la precipitación, el exceso de tono o la sospecha de que no se saben expresar las ideas, que sobreviene cuando una vez más se explican y se han agotado las palabras a las que recurrir para hacerse entender; sino que las había expuesto con serenidad, con toda la claridad de la que era capaz y seguro de lo que decía. Y lo que era aún mejor. Cuando había terminado no estaba de mal humor. Al contrario, me encontraba en la mejor disposición conmigo mismo.

Reflexioné sobre cuál podía ser la razón de tan reconfortante sorpresa y encontré que estaba en la indiferencia. Creía en lo que había dicho, y había expresado con claridad lo que pensaba. Como sabía de antemano que cuanto dijera sería inútil, porque de antemano mis interlocutores habían decretado la inutilidad de cuanto dijera, no me preocupaba la reacción que sucediera a lo que decía. De pronto caí en la cuenta de las enormes posibilidades que aquella actitud tenía para el futuro de mi trabajo diario, aunque por el momento preferí no deleitarme más en el descubrimiento.

Para el resto del curso no dejé de actuar con corrección en mis obligaciones, entre otras cosas porque aparentemente nada había cambiado. Proseguía la lectura de los asuntos previstos en el programa y respondía a las preguntas que a su propósito los alumnos me formulaban. Les asignaba ejercicios y según los iban resolviendo los corregíamos. Si algún indicio de que la gran revolución había sucedido escapaba a mi control a lo sumo era la serenidad con que me conducía habitualmente, siendo que antes había padecido perenne inquietud, y todo lo más algunas ocasionales sonrisas, cuando la feliz idea retornaba a mi conciencia vigorosa y sin que la hubiera llamado.

En las clases me conducía con frialdad. Los alumnos leían en voz alta el texto que les había entregado, mientras paseaba entre ellos con las manos a la espalda. La perplejidad con que mi actitud hubiera por el momento podido detener sus reacciones la percibía por sus desacostumbrados silencios y, cuando esporádicamente hablaban, en la moderación de sus expresiones.

Nada de aquello me pareció una victoria, menos aún una conquista. Por momentos me resultaba indiferente. Mientras andaba entre los alumnos si respondía era solo por cumplir con mi cometido. Mi verdadera ocupación era corregir el texto que oía, mi propio texto. El soporte de otra voz le estaba dando la propiedad de los objetos, algo que de él no había conseguido convirtiéndolo en prosa mecanografiada. Era la primera vez que alcanzaba ese estado tratándose de un curso mío. Fue así como supe tomar la distancia que permite el juicio sereno del texto propio, la que faculta para corregirlo con acierto. Cada vez que una palabra me resultaba innecesaria, o con más frecuencia poco precisa, oía una expresión desordenada o falta de ideas, o un párrafo desviado de su propósito inicial por defecto de concentración en la escritura, o simplemente detectaba una laguna en la cadena de ideas, me acercaba a la mesa, sobre la que mantenía abierta mi copia, marcaba en su lugar la advertencia que debía y volvía a poner mi atención en la delatora voz.

Durante los dos o tres cursos siguientes actué ateniéndome a un patrón en todo prolongación de aquel feliz estado. Seguí recogiendo notas sobre asuntos de los que quería tratar y para los que no tenía información proporcionada, redacté nuevas lecciones e incorporé cuantas correcciones iba atesorando. Llevaba el deseo de ver crecer aquel proyecto hasta el extremo de modificar radicalmente los contenidos de un año para otro. Si juzgaba que cuanto había escrito para explicar las nociones de arqueología ya estaba bastante elaborado, al año siguiente excluía esta materia, y concentraba las lecciones en el análisis de los manuscritos. Hoy tengo que reconocer que aquello debió resultar muy desconcertante, pero también debo decir en mi defensa que las sucesivas ediciones de los apuntes que así fui elaborando hicieron posible que los cursos dieran el paso decisivo. Mis cursos, gracias a ellos, se desplazaron de lugar. De una clase, donde al principio nacían y morían con la mayor naturalidad, habían emigrado a un cuaderno, donde gracias a que estaban quedando escritos se estaban salvando. Así pude mantenerme fiel a los límites de mi capacidad docente.

Sobrevino finalmente lo que siempre había temido. Mis cursos fueron impugnados por la autoridad académica. No llegó la decisión antes de que el año escolar empezara, ni fue la consecuencia del examen por su parte del programa con el que regularmente notificaba a la administración la materia que estaba enseñando. Me sorprendió cuando ya más de la mitad del tiempo que cada año le dedicaba a mi objeto había transcurrido, y llegó como efecto de la censura de la siempre oscura opinión pública. Mis cursos, que habían aprovechado el cauce abierto por la nueva legislación de la enseñanza, y que gracias a él tanto se habían expandido, eran víctimas de su aliado circunstancial. Suele ocurrir que las coaliciones oportunistas sean la fuente directa de las más inmisericordes traiciones. Quien las suscribe de nada debe lamentarse.

El dominio en el que el legislador dispuesto a volver a inventar la enseñanza, propósito tan prudente como el de crear el aire, primero innovó fue el de las instituciones rectoras de los centros destinados a este fin. Mi primer puesto de trabajo, al que me incorporé ya empezado aquel curso, había quedado vacante a consecuencia de la jubilación forzada de un hombre que encarnaba la institución que durante años había dirigido. Presidía cualquier órgano que tomara decisiones, quienes debían ejecutar cualquier clase de gestión recibían de él sus órdenes, hasta hacía poco había contratado personalmente a todos los que en aquel lugar trabajaran. Su caso no era excepcional, aunque en cada uno de los que se le asemejaban, sobre el fondo institucional que les confería toda clase de poderes, precisamente por esta razón, había florecido una frondosa obra única. Con ellos iba desapareciendo una tan personal manera de gestionar los asuntos públicos que con facilidad degeneraba a los abusos autoritarios, lo que no siempre ocurría y además permitía acciones y comportamientos magnánimos. El legislador, avalado por el buen criterio que a su iniciativa proporcionaba la decisión de salir al paso de posibles abusos, decidió poco después acabar con aquella fórmula. Pero la que a cambio alumbró también vino al mundo marcada por su pecado original.

Por aquellos años, el nuevo sistema político, aún débil y tan vulnerable que poco después estuvo a punto de sucumbir, pugnaba por quedar anclado entre la población, el vínculo que a cualquiera le permite sobrevivir y mantenerse indefinidamente. Algún estratega político, tal vez próximo, concibió que abriendo los órganos de gestión de los centros de enseñanza a quienes hacían uso del servicio, entre otros, creaba poderes que por ser originales tendrían que ser fieles a quien los ponía en circulación. Podría discutirse la prudencia de esta manera de pensar. Con acierto se ha repetido que para la enseñanza fue tan arriesgada como si para la medicina se patrocinara conceder capacidad de decisión al enfermo. Que haya sobrevivido la vieja costumbre de llamar a este paciente permite pensar que algo así no es probable que ocurra. Decisiones como aquella confunden el deseo de recta gestión, para cuyo control la ley general siempre proporciona medios suficientes, con el combate político, que debe quedar al margen de este tipo de instituciones. Pero sin duda al principio fue un acierto.

Alguien, en el órgano que regía el centro de enseñanza en el que yo trabajaba, en el que aún sigo y en el que esto escribo, valiéndose del poder que le concedía la paternidad, contradijo la oportunidad de mi plan. La autoridad académica de inmediato me comunicó la novedad, aunque olvidó aclarar de quién procedía, con lo cual, como ocurría a los demandados ante los tribunales que vigilaban la pureza de la fe, jamás dispuse de la oportunidad de interpelar a mi contradictor. Imagino que fundadas razones de prudencia y buen gobierno le recomendaron actuar así. Por mi parte, no habría deseado sino conocer de primera mano las objeciones que se me oponían. Acompañó mi superior su arbitraje con la recomendación de que me plegara al programa general. Así lo hice de inmediato, renunciando al tiempo a cualquier combate que de antemano consideraba perdido y para el que por otra parte tampoco me sentía capaz. Cualquier batalla como esta debe ser librada desde la convicción. Con la experiencia acumulada, ni yo mismo confiaba ya en que mis cursos fueran el mejor contenido que se podía dar a la historia en la enseñanza secundaria. Menos aún estaba dispuesto a convertirme en la ridícula caricatura de hombre a la que degeneran quienes se dejan arrastrar a esa forma de prostitución que se llama escándalo.

Es tan plástica la materia con la que hay que ir formando la vida que ni el más previsor puede evitar que le sorprenda. Mis cursos hacía tiempo que se habían ido a vivir a un cuaderno, y a las clases solo acudían para volver de ellas mejorados. A partir de aquel momento, expulsados de las clases, no languidecieron sin embargo. Para mi sorpresa ganaron en vitalidad, como si la salida de la vida les beneficiara la salud.

Está este centro para el esforzado trabajo al que diariamente acudo en lo alto de un cerro, como en tiempos los castillos o luego algunas prisiones. Su único vecino próximo es un cuartel de la guardia civil, lo que en modo alguno lo protege. Queda expuesto por sus cuatro flancos a todos los vientos, a la inclemente lluvia, a los corrosivos rayos del sol a cualquier hora del día, en cualquier época del año. Si el tiempo es sereno lo agota el calor, y si severo y desapacible, de asfixiante solano o humedad lacerante, es obligado permanecer protegido aun a cubierto.

Adjudico a las inhóspitas condiciones el porte huraño con el que me conduzco mientras aquí permanezco, lo que deriva, en enorme provecho para el fin que aquí me trae, a una rigurosa y disciplinada entrega a la acción.

Ha venido a ocurrir por otra parte, como efecto del afamado plan de renovación de la enseñanza, que ahora permanezco aquí muchas más horas que antes, aunque por la misma razón tengo mucho menos que hacer. Siempre he detestado la negra pereza, aún más negra que la envidia, el peor de los males que al hombre pueda sobrevenir, porque la víctima de la que se nutre es la voluntad. Tengo además experimentado que en ninguna condición me entrego con más provecho a la escritura que en la más radical carencia de medios y en el mayor de los aislamientos. Creo que en mi caso se trata de un hábito que adquirí mientras estuve en el ejército. Desterrado durante meses, sin más medios de evasión a mi alcance que los que bien se pueden imaginar, la mayor parte de mi tiempo libre la empleaba en largas cartas que mis amables corresponsales tuvieron la generosidad de soportarme todo el tiempo sin amonestar, y que en los casos más abnegados hasta me contestaban con impagable regularidad.

Como le ocurre a la palmera, o de modo aún más sorprendente al camello, sobre el que la amable literatura árabe de la feliz decadencia mantiene que necesita adentrarse en el desierto para procrear, la afortunada coincidencia de todas estas anomalías ha venido a beneficiar el texto de los cursos más de lo que jamás hubiera previsto. Durante los últimos años con preferencia he dedicado las muchas horas muertas que aquí paso a redactarlos. Podría seguir actuando todavía de la misma manera indefinidamente, completando y mejorando el texto, como en todos los casos es de mi gusto. Pero debo confesar que esta dedicación no ha conseguido que restaure la primitiva ilusión que por este objeto tuve. A fuerza de prepararlo se ha convertido en un artefacto del que tal vez deba deshacerme, al menos por ahora, si quiero ser honrado. La materia que en ellos se trata por días me resulta ajena. Creo que lo que ha ocurrido ha sido que los cursos por último han pasado a ser solo esa forma de necesidad que circunstancialmente se llama literatura.


Campañas

Antón Fagasta

Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.

Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.

Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.

La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.

El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.

Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.

Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.

El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.

La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.

Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.

El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.

Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.

Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.

Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.

Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.

Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.

Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.

Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:

–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.

–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´

“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.

“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´

“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.

El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.

Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.

A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.

Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.

Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.

Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.

Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?

Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?

Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?

Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.

Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.


Principios de la vida animal

Arpende Rangún,
biólogo urbano

Con inapelable exactitud sostenían los fundadores de la teoría política prevalente en la república de los animales que solo puede haber un gobierno perfecto, el aristocrático. Por sus bocas hablaba la razón. Porque es más razonable lo experimentado que cuanto se pueda razonar. Supongamos que usted enuncia que los dedos tocan el piano y a continuación que los pies tienen dedos. Se vería en la obligación de colegir que los pianos se tocan con los pies, un reto que pocos afrontarían y que aun en un circo daría resultados muy dudosos. Sería preferible que proclamara, aunque pareciera contrario a toda lógica, que ha disfrutado de Errol Garner mientras el virtuoso mantenía sus pies dentro de los zapatos. Proclamaban así el principio de la selección como fundamento de la responsabilidad que algunos libremente deciden cargar.

Podrá ser aceptado que en el estado sin libertad no sería necesaria la responsabilidad, porque no habría dominio. Por desgracia la libertad, propiedad adquirida por el pensamiento que en cuanto hay conciencia espontáneamente existe, fue regulada, y así se convirtió en materia para la formación de los estados. A partir de entonces, solo pudo existir en la medida en que era limitada. Es verdad que no es tanta la regla que los legisladores imponen sobre la libertad, con el fin de formar el estado, que a los animales llegue a impedir ser libres para la mayor parte de sus actos. Pero también es cierto que por crear orden la libertad vino a necesitar de administradores. No diré que no es un bien para la civilización el que así fue adquirido. Pero también debo reconocer que es la proclamación de la libertad política el origen del dominio de unos animales sobre otros, de los que se declaran responsables sobre los que no están dispuestos a serlo.

Aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables para sí, de vida franca, que ante sus semejantes se presentan aseados y con corrección, son los idóneos para el gobierno sobre los otros, porque son ellos el ser en el que todos desean encarnarse. Pero cuanto los hace atractivos para los otros se opone a la delegación de responsabilidad. La vida privada, de la que se nutren, es un excelente paraíso porque en la madriguera, lugar que otros llaman hogar, dulce cadena, el rigor está desterrado. Tan radical exclusión permite que allí la libertad absoluta permanezca refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla. Es por esa falta de rigor que los animales propenden a la vida privada, y por eso los más aptos a ella se entregan. Tal es la fuente de la que mana la felicidad que a los demás atrae, tesoro que jamás podrá ser transferido a la vida pública sin que resulte desnaturalizado.

Pero la vida gregaria existe por encima de las mejores voluntades, por más que sea la consecuencia de un error. Las semejanzas que en su aspecto los animales observan muchos, con evidente precipitación, la consideran base para una idéntica percepción de lo que existe, y, lo que es peor, similar conciencia sobre lo que es y lo que debe ser, lo que autorizaría comunes respuestas a los contratiempos más extendidos.

Ningún error es por el hecho de serlo menos real, por lo que es del todo necesaria la administración de la vida constituida en común, más aún porque los mejores a la vida privada replegados están.

De ser todos igualmente partícipes en su ejecución, mal podría ser ordenada en el tiempo de la vida, a fuerza de lentas decisiones. Y de ser cesión de una supuesta jurisdicción previa y alícuota sobre lo público por parte de cada cual, sería degenerada convivencia, porque ya incluiría el engendro llamado poder y su consecuente apropiación. Solo la aceptación reconocida del gobierno aristocrático es legítima, porque tiene su fundamento en la moral.

Por dos razones, porque está basada en la moral y en la selección. La moral es la razón práctica o experiencia convertida en prejuicio admitido, al menos temporalmente. Es la parte estabilizada del pensamiento y la opinión; todo lo estabilizada que son las vidas, es decir, al menos temporalmente, aunque con la garantía de estabilidad y continuidad que le da el imparable encadenamiento de las existencias. La selección se encarga de ejecutar la parte que la naturaleza por necesidad impone, tratándose siempre de la limitada vida.

Los mejores son pues los idóneos para el gobierno de los otros. Pero aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables, de franca vida y limpia presencia ante sus semejantes, eluden el gobierno. Estos animales no son la virtud, sino la ausencia de su necesidad, así como los antiguos tenían por libres a los que habían escapado a la previsión de la ley. Porque es que los animales propenden a la vida apartada, sin rigores, excelente paraíso donde la libertad sin adjetivos permanece refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla, porque ni aun nombre puede tener. Dulce y perfecta condena la de la madriguera. Solo hay libertad allí donde no hay libertades, donde se puede permanecer al margen de toda regla, y esto solo es posible en el estado de la más absoluta individualidad, en la completa intimidad.

No es que la libertad sea un principio excelente. Es algo que lo supera por distinto y anterior. Es solo el principio, la nada y el origen que puede ser fundamento de cualquier cosa. Es el perfecto estado de la negación. Solo donde no hay algo puede existir todo, comienzo inmejorable porque hace posible hasta lo que ni aún ha sido imaginado. Nada la libertad garantiza. Lo que resulte será consecuencia de los inseparables agentes de la vida, que son la voluntad, el mayor, y el pensamiento, que viene al mundo cuando ya su hermana vive. Es el celo por mantener protegida esta nada de cualquier intromisión lo que aconseja a aquellos animales permanecer fieles al prudente anonimato.

De la entrega exclusiva a la vida privada resultaría un sano desgobierno, quizás mejor la disolución de la vida pública. Al recelar de lo que más allá de lo privado está, porque fuera del control personal de las cosas queda, los animales que son tenidos por los más felices de su especie reducen las libertades regladas a solo representación de la libertad, lo que es a la libertad lo que la proclamación de la inocencia a la certeza del delito, un derecho reconocido a cualquier convicto. El mejor gobierno, por celosa reserva de la vida a la acción del poder, como los que mejor viven con sus actos demuestran, es el que antes de nacer se ha extinguido. Con su elusión del gobierno los animales prudentes instituirían el mejor de los gobiernos posible, que por lo ya dicho bien puede colegirse que es el que no existe.

En un sentido más limitado puede tomarse el axioma que proclama que el gobierno perfecto es el aristocrático. Nadie como cada cual para juzgar sobre la bondad de sus virtudes. Puestos en el deber de elegir a quien represente o explique la opinión ajena, nadie mejor que el elector. Solo tiene un defecto este principio, que en origen, por definición, es cierto nada más que para cada uno, lo que lo hace por completo inútil como medio organizador de la vida colectiva. Sería necesaria la voluntaria renuncia a esta fuente de soberanía autónoma para que la caótica atomización primordial fuera desequilibrada.

Pero la propensión espontánea a la seguridad de la vida privada hace del todo necesaria la administración de una vida constituida en común, aunque probablemente sea solo por consecuencia del miedo a la enormidad que a los ojos enajenados parece lo ajeno, cuando en realidad lo ajeno es exactamente igual a lo propio, aunque repetido hasta cansar. Tal vez también porque esta es una realidad que existe antes de la vida de cada uno, aunque del fondo del que se nutre es del de la enajenación.

¿A quién mejor que a aquellos animales que viven sosegada vida al margen de la libertad podría entregárseles el inevitable gobierno, puesto que es la mejor vida privada la que todos desean que los gobernantes garanticen? Pero lamentablemente no ocurre así.

Aceptar un régimen que administre la vida en común es en consecuencia una desgracia a la que todo animal debe someterse. A todos los animales corresponde sin embargo que sea lo menos oneroso posible, y es su deber esforzarse en que así sea. La magnitud que mejor indica la bondad de un régimen es el tiempo, realidad única e incontestable sobre todas las que a la vida afectan. Porque el tiempo es la vida, vida y tiempo son una y la misma cosa, tiempo intransferible del sujeto a la existencia. Como ese tiempo es por naturaleza limitado, y porque es en el tiempo de la vida en el que todo se realiza, la inversión de tiempo en la vida común es un gasto que solo se justifica por la cantidad de tiempo que la vida privada pueda consumir; porque problema insoslayable es pagar con lo que más estimable resulta, el tiempo de la existencia que es necesario dedicar a lo público. El rendimiento es óptimo cuando el costo está reducido al mínimo imprescindible, sea cual sea la cantidad de inapreciable producto.


Fondos de inversión

Bartolomé Desmoulins

Manejan quienes pescan cerca de esta costa un arte parecido a la nasa, cuya denominación, oscilante a lo largo de todo este litoral, no termina de quedar consolidada. Algunos lo llaman rémora y otros huércano, si bien entre los marineros de los poblados más lejanos rige el excesivo nombre de vampira. Con acierto la duda en la elección es juzgada como prueba de la incertidumbre que su uso engendra, implícita confesión de la conciencia de que con ella se está recurriendo a medios en alguna medida reprobables.

Pero sirve al deseo de asegurar a los que a ella recurren excelentes rendimientos con nulos riesgos, un cálculo que siempre inspirará el trabajo de quienes se adentran en el mar justo hasta donde se está a punto de perder de vista la costa; temerarios aventureros de litoral que puede distinguirlos el curioso con algo de atención y un poco de la perspicacia que deben poseer quienes dotados de aquella condición pasean por la orilla del mar. Suelen llevar barba de varios días, aun recién afeitados, pipa curva y la característica gorra con la que el frívolo revolucionario continental subía a la tribuna de la arenga. Algunos están tan poseídos por estos caracteres que no necesitan mojarse las manos. Les basta con exhibirlos durante todo el día a la puerta de algún establecimiento público. Los demás embarcan a la hora a la que los veraneantes aún tienen la oportunidad de admirar su porte, la nobleza con la que soportan el rigor de la vida que les ha tocado. Su entereza les lleva a tolerar la injusta distancia que los separa de quienes entregados a una vida regalada los miran ignorando absolutamente su presencia.

El arte consiste en una red cónica, reforzada con aros de junco o madera muy flexible. Tejen el largo cono previendo que una vez echado quede sumergido en la posición normal de esta figura geométrica, la base siempre por delante avanzando hacia las profundidades. La longitud que para él juzgan apropiada es la que permita llegar hasta el fondo, siempre próximo en las cotas del litoral.

Calculan el perímetro de la circunferencia principal tan extensa como la combinación de calado y eslora que cada embarcación permite, porque del punto de equilibrio de esas dos dimensiones depende la estabilidad de la nave desde la que se opera cuando se levanta el copo. Su extensión es llevada al límite para abarcar la mayor cantidad de presa posible. El uso correcto del arte consiste en ir soltando los pliegues de la red a trechos, según marcan los aros que la circundan de tramo en tramo.

Las especies que conviven acogidas a los lugares donde se sienten más seguras son primero abarcadas, y según va descendiendo el ingenio acosadas. Los más despiadados manipuladores del arte cuelgan del aro inferior fantoches y caretas, con el fin de sobrecoger a los desvalidos peces. Bajo la convicción de que las especies que deben ser devoradas sobre la mesa temen la presencia de otras que tienen por superiores y abrumadoras, los pescadores deforman con desbordado patetismo medusas y congrios fabulosos, o seres inexistentes que juzgan pavorosos por su tamaño o por su color. No está demostrado que las criaturas que han preferido sobrevivir aun hundidas en el agua sean receptivas a las misma insensateces que desconciertan a las que viven sobre la tierra. Sí ha podido comprobarse sin embargo que una reacción nerviosa de los seres sumergidos sigue a la aparición de aquellas fatalidades. Pero los analistas opinan que el hecho de que los peces, una vez sustraídos al medio marino, invariablemente aparezcan con los ojos exorbitados y aparentando pasmo no se debe adjudicar al estupor que pueda causarles la fealdad de engendros mal concebidos y peor ejecutados, y sí tal vez a que sean conscientes de la inminencia de la muerte.

Lo cierto es que quienes utilizan el arte convencidos de que es el arma más eficaz sostienen, fundados en unos principios que no pueden ser rebatidos, que proporciona sus mejores beneficios cuando consigue que los peces se vean obligados a invertir la dirección que siguen mientras van escapando. Ante el acoso de la red huyen, bien sea por instinto o bien dominados por el pavor que pueda provocarles, hacia las profundidades. Descender más y más en dirección al centro de la tierra es cavar la tumba. Si ya no pueden bajar más porque encuentran el fondo, y al tiempo el aro del arte lo toca, invariablemente todos los ejemplares cercados se convierten en presa, y ya atrapados ascienden en loca carrera por un embudo en el que finalmente quedan inmovilizados.

Cuando los activos pescadores consideran que han embolsado presa bastante, con un cabo que llega hasta la boca del arte lo cierran. Lo arrastran hasta ganar la posición más favorable, protegida del viento y de la marejada, y entonces lo elevan y lo descargan sobre la cubierta. El trabajo de selección y reparto lo completan los servidores de la nave antes de llegar a puerto, acosados por las voraces gaviotas de pico narigudo.

Los viejos y expertos marineros de esta costa enuncian así el principio de eficacia de la despiadada vampira. Quien por su uso desee los mayores beneficios debe localizar el lugar donde el fondo está exactamente a la distancia que la longitud de red prevista es capaz de cubrir. A esto los pescadores más expertos llaman dar con el fondo de inversión correcto.


Cuidado con el perro

Desiderio Iparraguirre

1. Sobre la pólvora, he aquí lo que escribieron los romanos del bajo imperio.

Entre los getas, pueblo de vida precaria, veneran como alma de la tierra lo que llaman arena ardiente. No conocen su origen ni por qué medio obtenerla. Solo saben que si, por imprevisión, su itinerante campamento es instalado en lugares de fino polvo negro, encendido el hogar alienta en ocasiones un estertor que pone en fuga a quienes a él están plácidamente acogidos.

En la Germania puede leerse que entre los pueblos que habitan lado allá del Rhin utilizan con fines terapéuticos una sustancia, negra y brillante, que toman de ciertos lugares del monte. Sobre la herida abierta vierten un fino hilo del mineral, apenas una cadena de granos. Prenden el reguero por un extremo, las chispas trepan sobre la piel y en un instante la llaga cauteriza. Solo el guerrero más íntegro soporta la cura sin perder el sentido. La velocísima llama provoca un intenso dolor que desata los miembros de los sujetos a la cura. Pero el crudo procedimiento bien vale por sus efectos. Al instante los hombres que han sufrido una sola herida son recuperados para el combate, y los más bravos ni aguardar quieren a que la carne se enfríe.

Son los escitas pueblo entre el que rigen leyes aún más ajenas a la constitución de la ciudad. La vida errante, la falta de gobierno en materia civil, tiranizan a tribus innumerables. Entre los dominios del desorden no es el menos perjudicial el del alimento. Ingieren lo nutritivo mezclado con lo que causa mal, no disciernen el alimento que germina en vida del que la drena, y todo en mezcla casual devoran sin concierto. Por efecto del recto sentido natural, que se impone al curso de las cosas, sobreviven. Pero hay ocasiones en las que en masa caen víctimas de su monstruoso apetito.

Gustan sazonar las carnes, que devoran crudas, con cierto polvo que encuentran en áreas minerales, no lejos de donde otras sales se forman. Consumido en pequeñas dosis, no tiene otros efectos que los habituales entre los que sufren desórdenes gástricos. Pero el exceso tiene efectos letales cuando se ingiere acompañado de alcoholes muy vivaces.

No ignoran que este puede ser el desenlace. Así como conocen que otras sustancias en depósito sobre las carnes que cazan las corroen, saben que el polvo brillante, como lo llaman por expresión, arde y explota al calor. El resultado del brutal abuso es un mortal desgarro del estómago.

2. El cuidado de los animales es civilización. Domesticar es ganar para el orden humano lo que en su estado primitivo permanece disperso y sin fin propio; lo que es tanto como decir organizar. Porque no hay más armonía que la que el hombre impone con sus actos. Allí donde la mano del ser humano alcanza toca el dedo de Dios, porque de Dios la obra se realiza en el hombre y este es su agente.

Como la ciudad, la obra más grandiosa del hombre todo, así el beneficio de lo humano se extiende; de forma asimétrica, algo más por allí, un poco menos por acá, con lentitud, a veces con dudas e incluso con dolorosos retrocesos. Pero el bien avanza inexorable, seguro de sí, en la dirección única posible.

El bosque es húmedo y tenebroso. Conserva en estado latente el medio en el que el principio de la vida germinó. Es lo que ha sobrevivido del caos original en tierra firme. Con razón el bosque es refugio de alimañas y seres horribles. El campo cultivado, que es ya obra del hombre, es sin embargo grosera obra; y concesiva. Recrea el medio hostil en cantidad y tamaño que pueda el hombre doblegarlo. Pero así multiplica las especies parásitas que, como la yedra al coloso, sin agresión aparente puedan minarlo.

Con la cría de animales las cosas ocurren de modo muy distinto. La acción es directa. Cada ejemplar de cada especie que es sometido al rigor de la disciplina doméstica es una conquista. Una pesada serpiente de masa asfixiante, que destila gélido veneno por sus colmillos, cae a este lado apenas se aplique una correcta ortodoncia. Nada en exceso violento, nada que desnaturalice la animal virilidad. Los efectos pueden ser benéficos para todos. La serpiente podrá gozar de una vida regalada, que no es el peor producto del mundo conducido por los caminos del hombre. Este, con este eslabón, será, si no más grande, más extenso.

De todos los animales, el más apto para la civilización es el perro. Reproduce como ninguno los hábitos del hombre. Qué decir de su capacidad para expresarse. El rostro del perro puede figurar todos los estados del alma. Así como la voz del hombre presta su timbre a la reproducción más amplia de los sonidos, la cara del perro, como la del histrión, fija el sentimiento de su dueño. Nada causal hay en este sensible registro. Siglos de paciente educación han ido ideando las máscaras que el buen can con satisfacción se pone.

La virtud que lo distingue es, más allá de la fidelidad, la obediencia. Obsérvese la generosa reacción de aquel perro que a un gesto de su dueño indaga el aire, recorre en horizontal el trayecto equivalente al tiro curvo, acude al lugar y retorna a sus pies perplejo y con la boca vacía. ¿Es que hay otro animal capaz de ponerse al servicio de los efectos de un acto que no siquiera empezó? Cuanto más tiempo emplee el hombre en amaestrar perros, menos tendrá que invertir en hacer cosa alguna. El perro, de todos modos, actuará.

3. El aire no aloja los cuerpos como la cera al bronce. Ni la resistencia es tanta ni la impronta tan indeleble. Por fortuna. Viviríamos de lo contrario en una selva peligrosa, próxima a la parálisis. Pero qué duda cabe que el dulce aire acoge de distinto grado lo que debe envolver. Basta con experimentar el efecto que a nuestra vista causan unos y otros cuerpos. Con la vista se mide la rectitud de la presencia de los cuerpos en el espacio, y así como la enfermedad se deja ver solo por los estragos perceptibles en la figura, un lugar inadecuado mancha el aura del objeto. No es visible por sí misma, pero afecta a su reflexión de la luz. El cuerpo mal puesto resulta más opaco, consume más energía, queda relegado a la condición de objeto oscuro.

Es cierto que como hay mujeres que se arreglan para parecer jóvenes, piezas hay que pugnan por salir a la luz. No obstante, el aire las trata con la misma crueldad que la cosmética. Acusan el exceso de maquillaje y el pulso ya es incapaz de conseguir un perfilado exacto.

Porque el aire es, con su gentileza y su amabilidad, con ese no ser capaz de negarse, el sutil indicio de todo. Se adensa osco donde una masa es excesiva, y allí donde el cuerpo es digno de caricias lo rodea ligero, sutil y transparente. De ahí que deba admitirse que hay un lugar correcto para cada cuerpo. El arte de encontrarlo es la poética del espacio.

Amante del orden es quien recibe placer de la justa posición. Está dotado por naturaleza para percibir lo que bien está, y acusa al instante la colocación dislocada o cualquier alteración de la debida armonía. Donde vive se respira calma y luz, y el equilibrio todo lo domina.

Claro que también hay genios desastre del lugar. Bien son torpes radicales, bien convictos conspiradores. También los hay que trabajan en la mesa de al lado.
El primero tiene el sentido local embotado. Poca disposición al nacimiento, la falta de tacto y cultivo, una escandalosa desorientación, escasa frecuentación del espacio urbano, todos estos y más pueden ser agentes responsables y coadyuvantes a la atrofia. No es este el medio donde el demonio crece. Antes bien, la conciencia de la virtud, el recto sentido de la luz, la percepción eficiente del lugar adecuado son aptitudes que inspiran y nutren el mal. Gozar de ellas en grado inferior a otros, alcanzar hasta la conciencia de la inferioridad, son fuente de su tortura y motor de sus malévolos actos.

Quien trabaja en la mesa contigua mezcla con sabiduría fatal ambos tipos, y aún añade algún carácter más. Su tiránico imperio se levanta sobre un negro fondo de licor demoníaco puro, viscoso e inestable. Más sabio que el común de los localizadores, aunque no el que más, alcanza a verter su saber en torpeza, con exactitud tal que el más topo parece. Pero añade alevosía a sus actos. Actúa a hurtadillas, aprovecha cualquier ausencia del compañero de la mesa contigua –por la izquierda– para enfollonarle el escritorio.

Un día es la goma, que debe estar a la derecha, algo por encima del ángulo de la hoja, al auxilio de la mano que escribe y suelta el lápiz cuando quien la manda acusa el error o decide la corrección. La mano actúa automática y encuentra el vacío. Otro día es un clip, el clip del borrador del informe. Quien repasa el proyecto, sentado en la mesa contigua por la izquierda, debe acudir al despacho para confirmar cierto extremo. El fatídico dislocador hurta la fíbula. El compañero de la mesa contigua –por la izquierda–, ya vuelto, cree volverse loco. Correcto localizador, bien conoce la imposibilidad de que un cuerpo se extinga sin un destello de luz.

Así se van acumulando las agresiones al buen orden.

No sabe a lo que se arriesga quien trabaja en la mesa contigua –por la derecha. Los correctos localizadores, gente educada y de genio estable, que prestan atención y hasta cuidado a todo lo que a su alrededor se mueva, reaccionan de forma airada e imprevisible cuando el orden debido se trastoca. En particular, si han de vérselas con un compañero de la mesa contigua, por la derecha.

4. De la alimentación del animal doméstico podría discutirse su papel agente. Hay pruebas positivas sobre la reducción de hipopótamos criados en piscina, por ejemplo. Cierto compuesto de almidón y viruta tiene virtudes menguantes. Administrado en dosis adecuadas, convierte el bulto ingobernable en poco más que una cómoda colchoneta. El producto no se consigue de un día para otro, pero el premio compensa la paciencia.

Más aún la literatura especializada ha descrito la acción del alimento sobre el carácter. Agresivos caimanes, violentos cocodrilos, sanguinarios tigres quedan reducidos a discretos camaleones o gatos falderos cuando tratan con el vecindario. Las recetas específicas en algunos casos son complejas y hasta peligrosas. Algunas incluyen sedas ilegales, pero tienen la ventaja de sus resultados, casi infalibles en plazos brevísimos.

No faltan experiencias negativas y hasta contrarias. También abundan en los textos descripciones tales. Pero parecen interesadas, patrocinio de temerarios promotores de la alimentación espontánea y natural, no siempre aceptables. Aquella defensa a favor de la alimentación instintiva del león, por ejemplo, eludió describir las heridas de su cuidador.

Otra cosa es que se discuta el doble efecto de la comida sobre el animal, empeño complejo que a un tiempo amaestre y modifique la constitución física de cada pieza. Estamos en condiciones de afirmar que esa simbiosis es posible. Está al alcance del hombre el perro bomba inteligente.

Tómese un cachorro de perro salchicha. Es importante la raza por la relación entre volumen y masa útil. A la comida diaria añádasele, desde el primer instante, un condimento de pólvora. Al principio la dosis será suave, para evitar una indigestión prematura. Pero con idéntico mimo, jornada a jornada, se irá graduando la sazón en orden creciente. El animal irá asimilando con la ración el explosivo, y tal como su masa integra metabolizada pongamos por caso la pata de una gallina, está comprobado que hace con la pólvora, con la novedad que nutre sus carnes en estado casi puro. Carbón y azufre no modifican su estado a consecuencia de la ingestión, mientras que el nitrato potásico inicialmente se pierde por efecto de los jugos gástricos caninos. Basta completar la dieta con una dosis rica en sales naturales para que se recupere el nitro. No es defecto el excesivo consumo de agua que resulta, ni las consecuencias que a la larga pueda tener esta parte del consumo para el motor de la circulación. Agua no debe faltarle a un perro jamás y es un insumo barato. En cuanto al corazón, no se arriesga nada. De tener prevista una vida de duración regular es posible que se viera acortada por un accidente cardiaco. Pero estando destinada esta crianza a un fin más próximo, el riesgo queda al margen de cualquier cálculo.

Porque la materia explosiva se forma en apenas unos meses. Se sostiene el tiempo del proceso sobre una correcta gradación de la dosis de pólvora, que ha de ser de incremento constante. La causa estimula la consecuencia y es cada día mayor la proporción asimilada. Ayudan a un acelerado metabolismo unas carreritas después de una breve siesta tras las comidas. Muscula el ejemplar más, y más adquiere la apariencia de un contundente cartucho.

Lo notable del procedimiento es que basta esta dieta para que el animal desarrolle el instinto concordante. Por sí mismo acude a lugares aptos para cualquier modalidad de sabotaje: pedestales de próceres, estratégicos postes de la red de alta tensión, torres de comunicaciones. Eleva a refinamiento la receta que vela su premeditado fin con los gestos de alguna evacuación.

No se inclina sin embargo al trato humano. Si se desea el afectivo contacto con las piernas, de hombre o de mujer, es necesaria una doma aplicada. Admite la fórmula que sea paralela al régimen. Debe elegirse persona conocida, familiar al trato, de modo que clasificarla pueda por su medio común, que es el olfato. Los reiterados encuentros, la repetitiva llamada del conocido y sus invariables caricias conseguirán en un plazo razonable lo que se desea, ver al diminuto y simpático ejemplar diligente, en trazo recto, meneando el rabo, hacia su objetivo.

5. El regalo es el bálsamo de la belicosa convivencia. La diplomacia desde antiguo lo eligió como heraldo. No hay objeto por sí mismo apto. Puede valer cualquiera, siempre que a su acreedor llegue en aquel momento, el único.

Cuando el regalo es tentativo, conviene algún dato sobre las inclinaciones de quien lo recibe.

Un regalo perfecto es una botella de orujo. Mejor aún, alcohol de noventa en una botella de anís. El lugar, la plaza al atardecer, cuando vecinos, conocidos y compañeros de la mesa de al lado –por la derecha–, impenitentes fumadores, conversan y pasean. El gesto adecuado, una entrega torpe, la botella contra el suelo, el licor evaporándose.

“Qué consuelo sería ver que Gurú, diligente, caminara en línea recta hacia donde la botella se hubiera estrellado.”

–Vamos, chuchito. Vamos.

6. El levantamiento de un cuerpo destrozado es una operación delicada. Nos referimos a la parte forense. Deben acopiarse los trozos con mimo de relojero. En cada porción puede haber una prueba para la causa.

Cuando sucede a una explosión siempre hay un centro, el lugar que con más intensidad sufrió la honda. Pueden distinguirse destrozos con o sin diana. Se denomina en el habla legal presa cazada el cuerpo que experimentó el impacto del proyectil. Se distingue así de la pieza alcanzada solo por la honda o por la posible metralla. Es discernible la distancia a la causa por grado de carbonización. Las tablas de Durrell y Loman resuelven en longitud, mediante un escueto análisis al microscopio y la adhesión a un reactivo ácido.

Habiendo sido pólvora la raíz del absoluto desgarro el olor ambiente contribuye. Pero la costra chamuscada es menos gruesa. Si los agentes judiciales demoran, solo por testimonio podrá tomarse el dato. El análisis físico y la degradación corrosiva, al disponer de una masa más limitada, dan resultados imprecisos.

7. Decae de un tiempo a esta parte el feliz hábito de rendir homenaje a la memoria del amigo, bien sea solo conocido, puesto que en la mesa contigua –por la derecha– mantuvo su fugitiva presencia. Deo volente, este hábito habrá de ser recuperado. Por desgracia, la impiedad ha llegado a grados insostenibles.


Pronóstico del tiempo II

C. Baines

-¿Sabe que hemos despertado mi apetito, a poco que unos pasos nos han oxigenado? -dice, ya ante la mesa de la acogedora taberna vecina-. Tomaré algo. Camarero, ¿es usted tan amable, por favor?

La etiqueta que el juez mantiene con David, al que trata por lo menos en un par de ocasiones al día, solo por su apariencia podría interpretarse como un modo de fijar las distancias y levantar barreras. Quien lo conozca tan bien como el propio David, con quien se relaciona desde hace décadas, sabe que es el gesto de mayor respeto hacia su persona que el camarero recibe cada jornada.

-La condición nubosa -prosigue, ya con su plato por delante- cualquier banda la adquiere gracias a la delicuescencia que fluye desde los centros de baja presión. Por muchas borrascas que haya en una misma familia, su condición, temperamental e impulsiva, les impide actuar como encubridoras. Al contrario, es más probable que sean un estímulo para la precipitación. La propiedad nubosa está en el ser de todos los bancos de niebla, invisible por evidente. De ahí que sea el centro de presión el núcleo de la formación de las bandas.

-¿Cree que los bancos pueden estar interesados en la existencia de las bandas? ¿que los centros de presión se atrevan incluso a promoverlas?

-¿Qué haría una caritativa asociación de lucha contra la malaria si la enfermedad, inopinadamente, se extinguiera? Sería catastrófico para ella. El equilibrio espiritual de sus afiliados quedaría deshecho. ¿A dónde dirigirían su tierna conmiseración? Y los hospitales que atienden la enfermedad ¿qué sería de ellos, de sus empleados? ¿Sabe cuántos enfermos por este contagio hay regularmente? Millones. ¿Qué cantidades de trabajo y suministros demandarán? ¿Y qué me dice de la más altruista promoción y reparto de su vacuna? ¡Necesita que la enfermedad exista!

“¿Depositaría usted sus ahorros en un banco, si tuviera la certeza de que en su casa no corren peligro? Salvo que deseara, por su mediación, entrar en negocios, ser el único que puede tomar decisiones sobre la riqueza propia siempre será motivo de mayor confianza. Si se comparte, aunque sea de forma limitada, es porque no se tiene la seguridad de mantenerla a resguardo. Nada como un clima de abundantes precipitaciones para que los bancos sean imprescindibles.

“Confiarlas a bandas permite esperar que estén bien organizadas y sean regulares. “Mañana otra banda nubosa recorrerá el país”, pronostica una y otra vez, sin miedo al error, el parte diario. Incluso faculta para prever sus movimientos. “Por el norte entrará una banda nubosa”, afirma en otras ocasiones la misma fuente. Disponer del orden de la banda amplía los efectos de las precipitaciones, si se alcanza a enviarlas alineadas en sucesivos frentes, como regularmente ocurre en aquellos territorios. Actuar encubiertas, gracias a su condición nubosa, las protege de la vista y la enemistad.

-Eso equivale a la impunidad.

-Hasta tanto consigan imponerse los grandes claros. No es menos transitoria su presencia. Nada hay que no lo sea. Tienen a su favor que devuelven la calma, y el tiempo que transcurre sereno, como la melodía que evita la síncopa, es denso y parece que dura más.

-Solo si los vientos cambian radicalmente de orientación puede esperarse tal consecuencia.

-En otra ocasión me ha oído denostar el carácter tormentoso. No modifico mi convicción. Es amargo, como amarga es la guerra. Jamás me verá celebrar sus gestas, ni aun sus héroes, que merecen reconocimiento solo si lo son a su pesar. Ninguna catástrofe será jamás una bendición para la humanidad.

“La muerte, cataclismo absoluto que arrasa cuanto hay, de la que no se puede ser cómplice ni aliado, para sí todos la desean fulminante, y entonces hasta les parece justa. Cuando el propósito es el fin de las bandas nubosas, porque el tránsito sea más breve, los vientos de carácter tormentoso son deseables.

-¿No sería preferible que evolucionaran de flojos a moderados? Desparecería la amenaza cruenta.

-Los vientos se mueven gracias a los cambios de presión. Hay quien piensa que al paulatino de la que acumulan y emiten los centros, sus responsables finales, conviene una moderación ponderada, primero poco intensa, a lo sumo de mediano embate. Si el carácter tormentoso amenaza con la destrucción, el flojo con la inmovilidad. Puede ser en sí mismo ninguno, al primer obstáculo desiste y este ni su empuje causa. Aún no conozco carácter flojo capaz de hacerse oír en su república doméstica.

“El carácter moderado es condenable sin remisión. Si el tormentoso es destructor y el flojo ridículo, el moderado está marcado por el estigma más denostado, que los más benevolentes llaman hipocresía. No confunda jamás la moderación con la serenidad. Esta la genera una corriente que va del corazón a los actos, y aquella otra alimentada por una energía distinta, que conecta el rostro con el bolsillo. Ambas emplean los mismos gestos, las mismas palabras. Solo las podrá distinguir calibrando sus respectivas consecuencias. La moderación está reñida con el valor.

-Para que soplen vientos tormentosos antes debe enrarecerse el ambiente, la temperatura subir. Conseguir el progreso de estos fenómenos puede resultar peligroso. Sin desearlo, se pueden alentar precipitaciones catastróficas.

-Olvida usted que es necesario, para que así sucedan los fenómenos, que por encima de todo domine la frialdad.

El juez Osborne, cuya formación es compleja, como los filósofos modernos herboriza, preferentemente en la ciudad, de donde casi nunca sale.

-Le sorprendería saber cuántas especies han encontrado un lugar en el medio urbano. Y no tendría por qué. Mírese al espejo. El hombre es una de ellas. En el fondo de mi retina conservo cientos. No son las más numerosas las que radican en cornisas y tejados, sino las más visibles. Tampoco las que encuentran un lugar en las llagas del pavimento. ¿Qué le parecen las que acumulan en las floristerías? Bellísimas todas. Es su obligación, al menos antes de la venta. Cada día exhiben más y más atractivas.

No tiene la menor idea de plantas, pero sí dispone de una buena colección de sus nombres, adquirida por lecturas. La sobremesa, sentados en la terraza del bar, saboreando un café sin azúcar, puede ser un medio adecuado para herborizar.

-Busquemos aristoloquias.

-¿Por alguna razón?

-¿Puede sugerir alguna planta mejor? Sería perfecta para emblema.

-Señor, no sólo ignoro cuanto se refiera a toda aristoloquia que habite en el mundo, sino hasta los rudimentos del herborizador.

-Lo más difícil ya está resuelto, gracias al sobrenatural esfuerzo del más remoto de nuestros antepasados. Acometió el informe universo de los seres, que encontró innombrado, y los discriminó con el propósito de hacerlos tan inconfundibles como su vista. Más tenemos que agradecerle la exhaustividad que el catálogo, en el que se cruzan hasta enredarse lenguas y significados. A partir de aquí solo nos queda actuar como el doctor Frankenstein.

-Corremos el peligro de que el producto sea monstruoso.

-Si algo así ocurriera, solo nosotros seríamos culpables. Procedamos con ánimo jovial y pantocrático. Para tallo tengo reservado uno esbelto, firme, cuyo grosor contraste con el airoso porte de su coronamiento. Dos clases de hojas lo compondrían, un par encrespadas y arrogantes, como los pétalos carnosos de las flores tropicales, y las otras en haz abierto y simétrico, estilizadas, planas, muy largas, feliz servicio que la cima no ignora.

“Sería toda verde, de distintos grados de intensidad, el menor en el tallo, para desposeerlo de una parte de su volumen; a excepción de las hojas más altas. Sin prescindir de él, hacia el centro lo degenerarían hasta extinguirlo. No admitiría flor visible, y su fruto, dentro de una diminuta cápsula, también quedaría oculto.

“¿Qué le parece?

-Inmejorable.

-Como los claros, si aspiran a la condición de grandes. La sabiduría de los antiguos así lo instituyó. A ningún hombre público se le exigía perfección, aunque sí virtudes. De entre todas, la primera generosidad, puesto que había de abandonar lo suyo en beneficio de los demás. Aquí radica toda la gloria de la entrega, si es que los contemporáneos la reconocen. Al contrario, los nuestros la ignoran y tratan la abnegación con desprecio, lo que es fuente de la más grave de las consecuencias constitucionales. Piensan, como en un principio, sin ponerlo en duda ni examinarlo, que la dedicación pública es lucro y vanidad. Con esta premisa ¿habrá alguien capaz que opte por prestarse al juego político? Solo un insensato. Consecuencia: que únicamente los vanidosos y los cegados por la codicia, que dan por descontadas sus pasiones, aventuran fama y vida al azar de la opinión, que la mueven los vientos.

“Nada obsta a que exijan con arrogancia, atrincherados tras su permanente censura -arma con la que agredir-, que el pavimento de las aceras esté limpio, las calles iluminadas, los semáforos coordinados, los hospitales atendidos, los delincuentes a recaudo, los precios asequibles, las rentas aseguradas, los derechos humanos impolutos y la paz, el bien más precioso, en la más inexpugnable cámara acorazada; entre otra pacotilla que cualquiera que se lo proponga, solo con un pequeño esfuerzo, puede encontrar en la tienda de chinos más próxima.

“Nadie puede discutir que los asuntos de interés común son tan reales como imprescindibles. ¿Cuánto tiempo les entregaría cada uno de nuestros contemporáneos? ¿Sería posible acompasarlos todos? Hay que aceptarlo, como admitimos que el dominio de ciertas técnicas, que exige atención completa, es una conquista de la humanidad. Es necesario que unos, de entre todos, se entreguen por completo a la administración de los bienes comunes, de los cuales son más apreciables y delicados los inmateriales, demandan más destreza y exigen más perspicacia. Desengañémonos, Baines. Jamás en una comunidad, aun siendo pequeña, todos sus miembros podrán dedicarse equitativamente a la resolución de lo que es bueno para todos. A cualquiera se le puede habilitar una posibilidad para intervenir, como es un bien de alto valor que a nadie le falte el acceso a la instrucción. ¿Sería prudente, gracias a esta, que todos recibieran los mismos conocimientos? De nada valdría que el dominio absoluto de una profesión fuera universal. Tampoco puede sostenerse la completa y perenne dedicación de todos a la política, tan agotadora. Nunca, población alguna, podrá constituirse de manera más eficaz que asegurando, con sus normas y costumbres, que de entre ella, para entregarse a lo que es del beneficio común, sean decantados sus grandes claros, en modo alguno perfectos, sí inmejorables. Desconfío que esto llegue a ocurrir entre nosotros. Tanto ha decaído la vida pública entre nosotros que ni siquiera literatura genera. ¿Sería usted capaz, tomándose el tiempo que necesite, de mencionar un buen relato, escrito en los últimos años, sobre este asunto? Inapelable prueba de lo bajo que ha caído entre el público la actividad.

-Ignoraba, hasta aquí, que cupiera, en algún lugar de su alma, el desaliento.

-Las nubes se han adueñado de la parte baja de la atmósfera.

-Por ellas las precipitaciones se suceden.

-Aún peor. Sirven como ariete a las borrascas. En el teatro sacro, que tanto alentaron a un lado y otro de la querella religiosa, la nube comparecía regularmente en escena. Era imprescindible para dar referencia de espacio a la irrupción del Dios todopoderoso, que sin empacho, atributos del imperio en sus manos, juzgaba a los humanos, infligía castigos, lanzaba rayos ante los ojos de los espectadores. El varón que la encarnaba, en cada compañía, era aquel joven, por su tez y delicadeza de rostro y miembros, reservado a los papeles del sexo opuesto. Vestía todo de gasas celestes. Una compleja teoría de alambreras, de las tejidas en hexágonos que aún usan para las jaulas de los pavos, evocaba la parte etérea que identificaba al personaje. El intérprete se la ceñía a la cintura y su cuerpo quedaba libre para gestos, de los brazos, y desplazamientos, tan sueltos e imaginativos como deseara, sus piernas libérrimas bajo tan singular tontillo.

“La comparecencia de la nube era tan celebrada, con tan fija certeza como en mi infancia aplaudíamos, en los bancos del cine, la llegada al galope del séptimo de caballería. Eran otros entonces los medios por los que el regocijo elegía expresarse. La chocarrería, cuya oportunidad el actor garantizaba, en modo alguno podía sorprender ni aun la inspirada por las más brutales fiebres. Frutos de temporada -tomates en verano, membrillos en invierno-, huevos de toda ave, infames sustancias, ni del todo líquidas ni por completo sólidas, festejaban con discutible libertad el ridículo tipo.

“Ha descendido mucho la estima pública de las nubes. No está consentida la licencia de género, hasta extremos que rozan el fanatismo, y los eligen, antes que por sus aptitudes, por la cordialidad de una instantánea.

-¿Debo entender, señor, que la condición de nube, a la que se llega por enrarecimiento, solo la adquiere una mitad de quienes se nutren del aire que en la atmósfera encuentran?

-Al contrario. Por desgracia, no hay límite para la caída en la condición de nube. Cualquiera puede llegar a ese estado. Como la muchedumbre ciega arrastra cuanto se le oponga, sin distinguir forma o color, la oportunidad evanescente puede sobrepasar a cualquiera. Recuerde que la multitud de los que a nube llegan, antes que su nación, los elige la arrogancia o el deseo de medrar. No es mucha la degradación que debe transformarlos. La corrupción de los cuerpos la garantiza la materia que los forma.

“La desviación que ha impuesto la barrera del género procede, de ninguna manera de atributo natural, mucho más de un vicio de las costumbres. Los receptores del gobierno, en su condición de ingenuos espectadores, deben satisfacer su regocijo eligiendo a los más felices broncas, que ante ellos se traban en combate. Para atraerlos, los candidatos insisten en aparecer como aparatosas nubes, antes que como claros. Les resulta más eficaz, corriendo entre las gentes aquel criterio, ensombrecerse, pintarse con el gris cristalino, con el amenazador ceniza opaco.

“Así como el siniestro rugido del mar negro, que ha de tragarse las naves, lo personificaron en seductora sirena ¿habrá discurso de nube más atrayente que el encarnado por una naturaleza de este género? Creo que por esta razón, con insistencia, se las ve desfilar con indumentaria ceñida y haciendo generosa ostentación de sus atributos.

-Que el tiempo tarde en devorar.

-Amén, por lo que a esa parte de la naturaleza se refiere. No convendrá su perpetuación, si sobreviven como nubes, a la naturaleza toda, pues tanto más probables serán las precipitaciones.

-¿Cómo detener el ciclo que nos arrastra?

-Solo nos cabe esperar en los pronósticos menos desfavorables, al menos de más nubes que claros, mejor de más claros que nubes. Estoy persuadido de que allí no puede aspirarse a nada más alentador.

-¿Es usted religioso, Baines? No es necesario que me conteste, si le resulto indiscreto.

-De ninguna manera, por toda respuesta. Tuve la fortuna de que llegara hasta mí, pronto y en las circunstancias más favorables, un venerable ejemplar, encuadernado en tela roja, de las Cartas filosóficas, proveniente de la biblioteca de mi abuelo. Aprendí, llevado en volandas por su exquisita prosodia, a observar las religiones desde sus iglesias, su parte visible; gracias a lo cual supe que todo en ellas, comunidades y creencias, es por completo humano. Nada de cuanto las religiones defienden o pretenden explicar me resulta imprescindible.

-Vivo la edad provecta, como puede ver.

-Está, señor, en la mejor edad.

-Para organizar, antes que mis fuerzas se dispersen, una retirada en orden.

-De nuevo lo veo sombrío.

-Consciente, amigo; consciente. A muchos ocurre, llegados a este tránsito, que les urge una creencia trascendente. Estoy convencido que esta reacción, para la práctica totalidad de los neófitos viejos, replica a su fracaso. La vida es un campo de minas, que hay que atravesar con Anquises sobre los hombros, Penélope del brazo y los Dióscuros siguiendo nuestras pisadas. Es difícil que no sucedan desgracias en la travesía. Cada golpe, que acopia con fidelidad el pozo de la memoria, en otro lugar de la conciencia llena una pompa de anhelo. Cuando la masa de burbujas es tan densa que una más no cabe estallan. Los efluvios que liberan inspiran el deseo de una vida tras la muerte, el único espejismo que mantiene vivas las religiones.

“Tampoco me tengo por religioso, y me he propuesto conservarme, en esta materia, incontaminado hasta el final. No porque ignore mis fracasos, que los cuentos por decenas, sino porque no me desalientan. Solo me entristecen. Jamás he podido admitir un juez severo que castiga con crueldad, por sentencia inapelable y mediante penas irredimibles, los errores de los hombres, tan naturalmente humanos.

“Reconozco, a la vez, que el pronóstico del tiempo urge, según pasa. Desalienta mucho saber que es previsible, día tras día, y que nada de su comportamiento, mientras el propio se agota, cambiará. La creencia en que otro mundo es posible se recupera y recibe el más entusiasta impulso cuando, inesperadamente, se oye: “En el transcurso del día se irán aclarando los cielos”, “Ojalá”, se oye retumbar en la bóveda del cráneo, gritado por algún automatismo. “Eso espero -continúo para mí-, porque de lo contrario los mortales seguiremos padeciendo su aturdimiento”, sin ser del todo consciente de cuanto mis pensamientos reflejos están dando por supuesto.

“Es posible, sin que hasta aquí lo haya advertido, que mi esperanza se esté rebelando; que quiera admitir la existencia de poderes excepcionales que todo lo subviertan. Me asusta padecer una tentación de este calibre.
“Si llegara el caso, y tales poderes fueran consentidos, antes cargarán con mi censura. Si tales son los cielos ¿les está permitido ocultarse a los hombres, admitir que sobre ellos discurran nubes y borrascas, frentes dirigidos desde centros de bajas presiones, que difundan las precipitaciones y hasta se desaten devastadoras tormentas? ¿Pueden los cielos desistir de sus responsabilidades, dejar que se emboten sus sentidos e incurrir en falta de claridad? ¡Su obligación es actuar siempre como cielos despejados!

-Los cielos, señor, siempre están presentes. Son las nubes las que se interponen entre ellos y la tierra. Otra cosa es que tengan los poderes que usted teme.

-Un cielo despejado permite que el aire sea sereno y el ambiente apacible. Se adueña de los espíritus, cuando se admira limpio, por su alta profundidad. Claro que es muy poderoso. Si está siempre ahí, lo que merece condena es que no se emplee de manera benefactora para todos. Con demasiada frecuencia tenemos que oír que en el norte los cielos estarán nublados, mientras que en el sur permanecerán despejados.

“Al menos nos queda el consuelo de vivir en el sur.


El forense, el pájaro más civilizado de la creación

J. D. Ansón

Lo vi pasar erguido por el patio de la audiencia. Por eso puedo describirlo. Era exactamente igual que un avestruz, solo que de mayor tamaño, dos o tres veces mayor que el avestruz. Su estatura se podía calibrar con bastante aproximación porque su oscilante cabeza alcanzaba la segunda planta del patio de la audiencia, el claustro de un antiguo monasterio de doble, alta y amplia arcada. Su piel era verde, del verde vivo e intenso que solo los saurios que viven en los trópicos pueden tener; verde desde la cabeza a los pies, verde desde el pico a las garras. Era una piel escamada, de las mismas escamas regulares de algunos tejados orientales. Pero en uno de los costados, el izquierdo, a la altura donde los avestruces tienen sus torpes alas, tenía plumas. Se trataba de las mismas plumas vistosas que los papagayos y los loros tienen en sus alas, en parte rojas, en otra mancha irregular amarillas. Su agraciada cabeza tenía el atractivo de la inocencia, porque conservaba rasgos de pollo de ave superior: redondeada, desnuda, con párpados prominentes y gruesos. El pico, de perfil preciso, ennoblecía su porte.

Mas le sobrevino adversa fortuna. Durante una de sus peritaciones desató la rigidez de su cuello con tan poca gracia que su cabeza cayó sobre la tierna cría de una gallina. La aplastó. Cuando fue consciente del terrible efecto que había tenido su falta de cálculo, antes de separar su cabeza del suelo de sus ojos ya caían lágrimas. El animal examinado efectivamente estaba estampado contra las losas.

No tuvo tiempo para reflexionar. La gallina madre, que por lo demás era gran ponedora y en poco tiempo podría reemplazar su cría con creces, comenzó a cacarear por encima de su dolor. A sus gritos de todas partes acudieron animales que juzgaron sin aguardar juicio alguno, ateniéndose a la sentencia que la gallina madre ya había dictado. El forense, el pájaro más civilizado de la creación, debía ser lapidado.

La verdad es que estuvo a punto de perecer. Pero finalmente lo salvé yo, que lo monté, lo conduje como una caballería y al trote nos pusimos ambos a salvo.

Si vieran pasar al forense, y hubieran juzgado solo por su porte, jamás le concederían virtud alguna. Camina levantando en exceso los pies, oscila su cuerpo adelante y atrás al ritmo de sus pasos, y su largo y serpenteante cuello acusa ese movimiento por reacción, de modo que cuando el buque de su masa se adelanta la cabeza alcanza su extrema elongación posterior, y a la inversa cuando la rígida cola está en su máximo retroceso. Su aspecto es hasta cierto punto severo, y por el aspecto de su piel despierta el espontáneo rechazo de todos los reptiles.

Sin embargo, es uno de los tipos más dotados por la naturaleza. El secreto de sus virtudes deriva de la conservación de la especie. Procede de cuando estaba empezando la vida en el planeta, y gracias a su metódica y escrupulosa segregación, dictada por su radical misanfaunía, ha conseguido sobrevivir a toda clase de adversidades.

Millones de años de existencia obligan a convivir con toda clase de miserias. Si el registro genético del forense pudiera ser leído espantaría. Allí ha quedado constancia de la más sanguinaria lucha por la supervivencia. Ha descendido a lugares más profundos que los abismos sin luz.

Mas el cerebro del forense ha destilado de forma sorprendente toda esta barbarie, porque su cerebro es como las antiguas fábricas de jabón, que de las más sucias borras obtenían el más delicado cosmético.


La libertad de la mentira

José D. Ansón

 Era cierto callejón, que bien recuerdo, mas de cuya descripción relevo.

     Allí estaban ellos, los dos, ambos de buen porte, los dos simpáticos y desde tiempo queridos, aunque por motivos diferentes. Me acerqué a ellos y les revelé el secreto, que atendieron con delectación. Este era: Mariví, la Mariví que ellos bien conocían, era miembro del espionaje. Inaudito, aunque se podía esperar de aquella criatura. Conseguí admirarlos.

     Inesperadamente, sin que hubiera motivo para ello, y sin que nadie pudiera preverlo, después de años de ausencia, Mariví volvió a aparecer entre nosotros. Demoledor. Ninguna falta hacía en aquel momento. El más sorprendido fui yo.

     La invitamos a que se sentara con nosotros en la terraza de un café, alrededor de una mesa de forja con una tapa redonda de piedra, grande, los asientos también de forja. Mariví, la única mujer entre nosotros, cuatro o cinco hombres jóvenes, contó extraordinarias historias y nos mantuvo sin tregua admirados y atentos a ella.

     Cuando hubo terminado uno de sus relatos, uno de los dos del principio, el moreno de rasgos groseros, simpático y espontáneo, sin mediar prólogo ni transición que anunciara lo que tramaba, saltó con la intención de comprobar la veracidad de lo que yo les había contado en el callejón. Pésima recompensa al aprecio que sinceramente le profesaba y que afortunadamente aún hacia él conservo.

     A Mariví solo por un instante pude verla sorprendida, aunque sonriente. Mantenía silencio.

     Antes de que pudiera considerar la posibilidad de hablar, me adelanté y repliqué a quienes cuando menos ya inevitablemente veía como escépticos interlocutores:

     –La mentira es indemostrable, a fortiori –dije.

     El más filósofo de nosotros, que no estuvo en el callejón y actuaba por tanto como juez que podía valorar nuestros argumentos, asintió, admitiendo mi réplica como indiscutible.

     Así quedó zanjado el asunto.


Beneficios de la civilización

D. Ansón

Tienen en la cafetería la desastrosa costumbre de servir en doble fila. Ocurre cuando más gente hay. Los camareros, aleccionados por el dueño, desde el momento en que un posible cliente atraviesa una de las puertas, lo siguen con la vista hasta donde se detiene, para ver si algún espacio libre en la barra queda. En ese instante, mientras recorre con su mirada la larga y quebrada línea, el camarero que tras el mostrador justo enfrente ha tomado posiciones ya ha posado el servicio para el café y le pregunta cómo lo quiere. Solo los más arrogantes rechazan el amable ofrecimiento. La cortesía obliga a responder con el pedido sin más consideraciones.

     A un Señor de Gris le ocurrió cierta mañana esto.

     Vino a quedar detenido tras una Señora de Rojo.

     Cuando tuvo su café servido, solicitó, con cuanta amabilidad su voz era capaz para representar, un poco de espacio, de manera formularia:

     –¿Me permite?

     Ignoraba el Señor de Gris que la Señora de Rojo padeciera enfermedad alguna. Pero al instante pudo deducir que debía padecer una severa lesión de oído, por más que la lesión debía afectarle a un solo oído, justo el que tenía frente a su boca el Señor de Gris, porque, sirviéndose del otro, mantenía con toda naturalidad una regular conversación con quien la acompañaba. “Es algo que le ocurre a bastante gente”, pensó el Señor de Gris.

     El Señor de Gris, a pesar de la dificultad que la proximidad de la Señora de Rojo era para él, consiguió verter el azúcar dentro del café. Pero hubo de hacer tantos equilibrios que se manchó el traje. Aun así, se lo tomó con calma. A cierta distancia, aislado, el único que permanecía en aquella ridícula posición a lo largo de toda la barra, pretendía naturalidad tomando a pequeños sorbos el espléndido café que hasta allí lo llevaba todas las mañanas. Justificó con la calidad de la infusión el insostenible estado de quienes sufren el acceso de espalda tabla de roble.

     Pero todavía le quedaba algo más por padecer. Cuando fue a devolver taza, plato y cucharilla al mostrador, todo adelantado con una sola mano entre dos espaldas, la de la Señora de Rojo y la de un Señor con Camisa Celeste, aquella hizo un movimiento brusco ante el que fuera de control reaccionó el brazo del Señor de Gris. Taza y cucharilla fueron a parar al suelo, con el efecto que se puede prever. Acudió el camarero, miró hosco al Señor de Gris y este le pidió disculpas. Aprovechó para rogarle que le cobrara, y el camarero tuvo la deferencia de tomarle en cuenta solo el café, como corresponde a una cafetería de esta clase. En cuanto tuvo el cambio en su poder, el Señor de Gris salió del local cabizbajo, algo corrido, confundido.

     Ya en la calle, recuperó algo de su calma habitual y recapacitó. Reconstruyó mentalmente los hechos y dedujo las causas de cuanto lo acusaba. Valoró de otro modo la amabilidad del camarero, consideró bajo otras posibilidades el alcance de la sordera de la Señora de Rojo.

Apenas había recorrido unos metros, la Señora de Rojo y su compañera lo adelantaron. Él retuvo el paso. Cuando las dos mujeres hubieron llegado a la altura del semáforo se despidieron. Una se preparó para cruzar al otro lado y la Señora de Rojo siguió adelante por la misma acera. El Señor de Gris se mantuvo tras ella a una distancia discreta, tal que le permitía observarla sin ser visto ni llamar la atención por ello.

     Cuando ve que la Señora de Rojo emprende la subida de las escaleras del banco inmediato, el Señor de Gris acelera sus pasos y entra rápidamente por la puerta de servicio. En el mismo instante en que la Señora de Rojo llegaba ante la ventanilla el Señor de Gris tomaba asiento al otro lado. Cruzan las miradas. Sonríe el hombre tímidamente. No obtiene respuesta. Saluda y la Señora de Rojo responde con indiferencia. Parece que no lo reconoce. Vuelve a sonreír el Señor de Gris y confirma que no es reconocido.

     –¿Qué desea? –le pregunta.

     –Cobrar este cheque.

     –Imposible. No hay modo.

     Primero hay problemas con las líneas, luego bloqueo por sobrecarga de operaciones, más adelante algo extraño. Por último, la cuenta de la Señora de Rojo no tiene fondos.

     El Señor de Gris se ha servido de un truco que utilizan los empleados para especular instantáneamente con las cuentas, algo peligroso, que él jamás se había atrevido a intentar, pero que de sobra conocía y que esta vez se fue deslizando hacia él sin que hubiera separación consciente entre el deseo y el acto.

     La Señora de Rojo monta en cólera. El Señor de Gris ejecuta todas las operaciones que son necesarias para comprobar la veracidad de aquel hecho y efectivamente nuestro hombre le demuestra que en su cuenta no hay nada.

     –Véalo usted misma. Cero.

     A la Señora de Rojo la cabeza le da vueltas. Finalmente se rinde.

     Cuando ya ha desistido y emprende la salida, una sirena sobrepasa todo lo que puede ser oído y paraliza todos los movimientos. Pasa ante el banco una ambulancia a toda prisa.

     –¿Qué ha ocurrido? –pregunta el Señor de Gris.

     –Nada de importancia –le contesta un compañero que entra de la calle–. Un camarero de la cafetería, que ha resbalado y al caer se ha abierto una brecha en la frente. Ha estado conmocionado unos minutos, y la verdad es que manaba sangre en abundancia. Pero no parece que sea grave.