Campañas

Antón Fagasta

Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.

Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.

Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.

La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.

El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.

Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.

Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.

El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.

La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.

Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.

El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.

Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.

Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.

Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.

Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.

Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.

Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.

Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:

–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.

–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´

“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.

“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´

“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.

El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.

Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.

A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.

Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.

Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.

Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.

Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?

Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?

Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?

Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.

Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.


Principios de la vida animal

Arpende Rangún,
biólogo urbano

Con inapelable exactitud sostenían los fundadores de la teoría política prevalente en la república de los animales que solo puede haber un gobierno perfecto, el aristocrático. Por sus bocas hablaba la razón. Porque es más razonable lo experimentado que cuanto se pueda razonar. Supongamos que usted enuncia que los dedos tocan el piano y a continuación que los pies tienen dedos. Se vería en la obligación de colegir que los pianos se tocan con los pies, un reto que pocos afrontarían y que aun en un circo daría resultados muy dudosos. Sería preferible que proclamara, aunque pareciera contrario a toda lógica, que ha disfrutado de Errol Garner mientras el virtuoso mantenía sus pies dentro de los zapatos. Proclamaban así el principio de la selección como fundamento de la responsabilidad que algunos libremente deciden cargar.

Podrá ser aceptado que en el estado sin libertad no sería necesaria la responsabilidad, porque no habría dominio. Por desgracia la libertad, propiedad adquirida por el pensamiento que en cuanto hay conciencia espontáneamente existe, fue regulada, y así se convirtió en materia para la formación de los estados. A partir de entonces, solo pudo existir en la medida en que era limitada. Es verdad que no es tanta la regla que los legisladores imponen sobre la libertad, con el fin de formar el estado, que a los animales llegue a impedir ser libres para la mayor parte de sus actos. Pero también es cierto que por crear orden la libertad vino a necesitar de administradores. No diré que no es un bien para la civilización el que así fue adquirido. Pero también debo reconocer que es la proclamación de la libertad política el origen del dominio de unos animales sobre otros, de los que se declaran responsables sobre los que no están dispuestos a serlo.

Aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables para sí, de vida franca, que ante sus semejantes se presentan aseados y con corrección, son los idóneos para el gobierno sobre los otros, porque son ellos el ser en el que todos desean encarnarse. Pero cuanto los hace atractivos para los otros se opone a la delegación de responsabilidad. La vida privada, de la que se nutren, es un excelente paraíso porque en la madriguera, lugar que otros llaman hogar, dulce cadena, el rigor está desterrado. Tan radical exclusión permite que allí la libertad absoluta permanezca refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla. Es por esa falta de rigor que los animales propenden a la vida privada, y por eso los más aptos a ella se entregan. Tal es la fuente de la que mana la felicidad que a los demás atrae, tesoro que jamás podrá ser transferido a la vida pública sin que resulte desnaturalizado.

Pero la vida gregaria existe por encima de las mejores voluntades, por más que sea la consecuencia de un error. Las semejanzas que en su aspecto los animales observan muchos, con evidente precipitación, la consideran base para una idéntica percepción de lo que existe, y, lo que es peor, similar conciencia sobre lo que es y lo que debe ser, lo que autorizaría comunes respuestas a los contratiempos más extendidos.

Ningún error es por el hecho de serlo menos real, por lo que es del todo necesaria la administración de la vida constituida en común, más aún porque los mejores a la vida privada replegados están.

De ser todos igualmente partícipes en su ejecución, mal podría ser ordenada en el tiempo de la vida, a fuerza de lentas decisiones. Y de ser cesión de una supuesta jurisdicción previa y alícuota sobre lo público por parte de cada cual, sería degenerada convivencia, porque ya incluiría el engendro llamado poder y su consecuente apropiación. Solo la aceptación reconocida del gobierno aristocrático es legítima, porque tiene su fundamento en la moral.

Por dos razones, porque está basada en la moral y en la selección. La moral es la razón práctica o experiencia convertida en prejuicio admitido, al menos temporalmente. Es la parte estabilizada del pensamiento y la opinión; todo lo estabilizada que son las vidas, es decir, al menos temporalmente, aunque con la garantía de estabilidad y continuidad que le da el imparable encadenamiento de las existencias. La selección se encarga de ejecutar la parte que la naturaleza por necesidad impone, tratándose siempre de la limitada vida.

Los mejores son pues los idóneos para el gobierno de los otros. Pero aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables, de franca vida y limpia presencia ante sus semejantes, eluden el gobierno. Estos animales no son la virtud, sino la ausencia de su necesidad, así como los antiguos tenían por libres a los que habían escapado a la previsión de la ley. Porque es que los animales propenden a la vida apartada, sin rigores, excelente paraíso donde la libertad sin adjetivos permanece refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla, porque ni aun nombre puede tener. Dulce y perfecta condena la de la madriguera. Solo hay libertad allí donde no hay libertades, donde se puede permanecer al margen de toda regla, y esto solo es posible en el estado de la más absoluta individualidad, en la completa intimidad.

No es que la libertad sea un principio excelente. Es algo que lo supera por distinto y anterior. Es solo el principio, la nada y el origen que puede ser fundamento de cualquier cosa. Es el perfecto estado de la negación. Solo donde no hay algo puede existir todo, comienzo inmejorable porque hace posible hasta lo que ni aún ha sido imaginado. Nada la libertad garantiza. Lo que resulte será consecuencia de los inseparables agentes de la vida, que son la voluntad, el mayor, y el pensamiento, que viene al mundo cuando ya su hermana vive. Es el celo por mantener protegida esta nada de cualquier intromisión lo que aconseja a aquellos animales permanecer fieles al prudente anonimato.

De la entrega exclusiva a la vida privada resultaría un sano desgobierno, quizás mejor la disolución de la vida pública. Al recelar de lo que más allá de lo privado está, porque fuera del control personal de las cosas queda, los animales que son tenidos por los más felices de su especie reducen las libertades regladas a solo representación de la libertad, lo que es a la libertad lo que la proclamación de la inocencia a la certeza del delito, un derecho reconocido a cualquier convicto. El mejor gobierno, por celosa reserva de la vida a la acción del poder, como los que mejor viven con sus actos demuestran, es el que antes de nacer se ha extinguido. Con su elusión del gobierno los animales prudentes instituirían el mejor de los gobiernos posible, que por lo ya dicho bien puede colegirse que es el que no existe.

En un sentido más limitado puede tomarse el axioma que proclama que el gobierno perfecto es el aristocrático. Nadie como cada cual para juzgar sobre la bondad de sus virtudes. Puestos en el deber de elegir a quien represente o explique la opinión ajena, nadie mejor que el elector. Solo tiene un defecto este principio, que en origen, por definición, es cierto nada más que para cada uno, lo que lo hace por completo inútil como medio organizador de la vida colectiva. Sería necesaria la voluntaria renuncia a esta fuente de soberanía autónoma para que la caótica atomización primordial fuera desequilibrada.

Pero la propensión espontánea a la seguridad de la vida privada hace del todo necesaria la administración de una vida constituida en común, aunque probablemente sea solo por consecuencia del miedo a la enormidad que a los ojos enajenados parece lo ajeno, cuando en realidad lo ajeno es exactamente igual a lo propio, aunque repetido hasta cansar. Tal vez también porque esta es una realidad que existe antes de la vida de cada uno, aunque del fondo del que se nutre es del de la enajenación.

¿A quién mejor que a aquellos animales que viven sosegada vida al margen de la libertad podría entregárseles el inevitable gobierno, puesto que es la mejor vida privada la que todos desean que los gobernantes garanticen? Pero lamentablemente no ocurre así.

Aceptar un régimen que administre la vida en común es en consecuencia una desgracia a la que todo animal debe someterse. A todos los animales corresponde sin embargo que sea lo menos oneroso posible, y es su deber esforzarse en que así sea. La magnitud que mejor indica la bondad de un régimen es el tiempo, realidad única e incontestable sobre todas las que a la vida afectan. Porque el tiempo es la vida, vida y tiempo son una y la misma cosa, tiempo intransferible del sujeto a la existencia. Como ese tiempo es por naturaleza limitado, y porque es en el tiempo de la vida en el que todo se realiza, la inversión de tiempo en la vida común es un gasto que solo se justifica por la cantidad de tiempo que la vida privada pueda consumir; porque problema insoslayable es pagar con lo que más estimable resulta, el tiempo de la existencia que es necesario dedicar a lo público. El rendimiento es óptimo cuando el costo está reducido al mínimo imprescindible, sea cual sea la cantidad de inapreciable producto.


Fondos de inversión

Bartolomé Desmoulins

Manejan quienes pescan cerca de esta costa un arte parecido a la nasa, cuya denominación, oscilante a lo largo de todo este litoral, no termina de quedar consolidada. Algunos lo llaman rémora y otros huércano, si bien entre los marineros de los poblados más lejanos rige el excesivo nombre de vampira. Con acierto la duda en la elección es juzgada como prueba de la incertidumbre que su uso engendra, implícita confesión de la conciencia de que con ella se está recurriendo a medios en alguna medida reprobables.

Pero sirve al deseo de asegurar a los que a ella recurren excelentes rendimientos con nulos riesgos, un cálculo que siempre inspirará el trabajo de quienes se adentran en el mar justo hasta donde se está a punto de perder de vista la costa; temerarios aventureros de litoral que puede distinguirlos el curioso con algo de atención y un poco de la perspicacia que deben poseer quienes dotados de aquella condición pasean por la orilla del mar. Suelen llevar barba de varios días, aun recién afeitados, pipa curva y la característica gorra con la que el frívolo revolucionario continental subía a la tribuna de la arenga. Algunos están tan poseídos por estos caracteres que no necesitan mojarse las manos. Les basta con exhibirlos durante todo el día a la puerta de algún establecimiento público. Los demás embarcan a la hora a la que los veraneantes aún tienen la oportunidad de admirar su porte, la nobleza con la que soportan el rigor de la vida que les ha tocado. Su entereza les lleva a tolerar la injusta distancia que los separa de quienes entregados a una vida regalada los miran ignorando absolutamente su presencia.

El arte consiste en una red cónica, reforzada con aros de junco o madera muy flexible. Tejen el largo cono previendo que una vez echado quede sumergido en la posición normal de esta figura geométrica, la base siempre por delante avanzando hacia las profundidades. La longitud que para él juzgan apropiada es la que permita llegar hasta el fondo, siempre próximo en las cotas del litoral.

Calculan el perímetro de la circunferencia principal tan extensa como la combinación de calado y eslora que cada embarcación permite, porque del punto de equilibrio de esas dos dimensiones depende la estabilidad de la nave desde la que se opera cuando se levanta el copo. Su extensión es llevada al límite para abarcar la mayor cantidad de presa posible. El uso correcto del arte consiste en ir soltando los pliegues de la red a trechos, según marcan los aros que la circundan de tramo en tramo.

Las especies que conviven acogidas a los lugares donde se sienten más seguras son primero abarcadas, y según va descendiendo el ingenio acosadas. Los más despiadados manipuladores del arte cuelgan del aro inferior fantoches y caretas, con el fin de sobrecoger a los desvalidos peces. Bajo la convicción de que las especies que deben ser devoradas sobre la mesa temen la presencia de otras que tienen por superiores y abrumadoras, los pescadores deforman con desbordado patetismo medusas y congrios fabulosos, o seres inexistentes que juzgan pavorosos por su tamaño o por su color. No está demostrado que las criaturas que han preferido sobrevivir aun hundidas en el agua sean receptivas a las misma insensateces que desconciertan a las que viven sobre la tierra. Sí ha podido comprobarse sin embargo que una reacción nerviosa de los seres sumergidos sigue a la aparición de aquellas fatalidades. Pero los analistas opinan que el hecho de que los peces, una vez sustraídos al medio marino, invariablemente aparezcan con los ojos exorbitados y aparentando pasmo no se debe adjudicar al estupor que pueda causarles la fealdad de engendros mal concebidos y peor ejecutados, y sí tal vez a que sean conscientes de la inminencia de la muerte.

Lo cierto es que quienes utilizan el arte convencidos de que es el arma más eficaz sostienen, fundados en unos principios que no pueden ser rebatidos, que proporciona sus mejores beneficios cuando consigue que los peces se vean obligados a invertir la dirección que siguen mientras van escapando. Ante el acoso de la red huyen, bien sea por instinto o bien dominados por el pavor que pueda provocarles, hacia las profundidades. Descender más y más en dirección al centro de la tierra es cavar la tumba. Si ya no pueden bajar más porque encuentran el fondo, y al tiempo el aro del arte lo toca, invariablemente todos los ejemplares cercados se convierten en presa, y ya atrapados ascienden en loca carrera por un embudo en el que finalmente quedan inmovilizados.

Cuando los activos pescadores consideran que han embolsado presa bastante, con un cabo que llega hasta la boca del arte lo cierran. Lo arrastran hasta ganar la posición más favorable, protegida del viento y de la marejada, y entonces lo elevan y lo descargan sobre la cubierta. El trabajo de selección y reparto lo completan los servidores de la nave antes de llegar a puerto, acosados por las voraces gaviotas de pico narigudo.

Los viejos y expertos marineros de esta costa enuncian así el principio de eficacia de la despiadada vampira. Quien por su uso desee los mayores beneficios debe localizar el lugar donde el fondo está exactamente a la distancia que la longitud de red prevista es capaz de cubrir. A esto los pescadores más expertos llaman dar con el fondo de inversión correcto.


Cuidado con el perro

Desiderio Iparraguirre

1. Sobre la pólvora, he aquí lo que escribieron los romanos del bajo imperio.

Entre los getas, pueblo de vida precaria, veneran como alma de la tierra lo que llaman arena ardiente. No conocen su origen ni por qué medio obtenerla. Solo saben que si, por imprevisión, su itinerante campamento es instalado en lugares de fino polvo negro, encendido el hogar alienta en ocasiones un estertor que pone en fuga a quienes a él están plácidamente acogidos.

En la Germania puede leerse que entre los pueblos que habitan lado allá del Rhin utilizan con fines terapéuticos una sustancia, negra y brillante, que toman de ciertos lugares del monte. Sobre la herida abierta vierten un fino hilo del mineral, apenas una cadena de granos. Prenden el reguero por un extremo, las chispas trepan sobre la piel y en un instante la llaga cauteriza. Solo el guerrero más íntegro soporta la cura sin perder el sentido. La velocísima llama provoca un intenso dolor que desata los miembros de los sujetos a la cura. Pero el crudo procedimiento bien vale por sus efectos. Al instante los hombres que han sufrido una sola herida son recuperados para el combate, y los más bravos ni aguardar quieren a que la carne se enfríe.

Son los escitas pueblo entre el que rigen leyes aún más ajenas a la constitución de la ciudad. La vida errante, la falta de gobierno en materia civil, tiranizan a tribus innumerables. Entre los dominios del desorden no es el menos perjudicial el del alimento. Ingieren lo nutritivo mezclado con lo que causa mal, no disciernen el alimento que germina en vida del que la drena, y todo en mezcla casual devoran sin concierto. Por efecto del recto sentido natural, que se impone al curso de las cosas, sobreviven. Pero hay ocasiones en las que en masa caen víctimas de su monstruoso apetito.

Gustan sazonar las carnes, que devoran crudas, con cierto polvo que encuentran en áreas minerales, no lejos de donde otras sales se forman. Consumido en pequeñas dosis, no tiene otros efectos que los habituales entre los que sufren desórdenes gástricos. Pero el exceso tiene efectos letales cuando se ingiere acompañado de alcoholes muy vivaces.

No ignoran que este puede ser el desenlace. Así como conocen que otras sustancias en depósito sobre las carnes que cazan las corroen, saben que el polvo brillante, como lo llaman por expresión, arde y explota al calor. El resultado del brutal abuso es un mortal desgarro del estómago.

2. El cuidado de los animales es civilización. Domesticar es ganar para el orden humano lo que en su estado primitivo permanece disperso y sin fin propio; lo que es tanto como decir organizar. Porque no hay más armonía que la que el hombre impone con sus actos. Allí donde la mano del ser humano alcanza toca el dedo de Dios, porque de Dios la obra se realiza en el hombre y este es su agente.

Como la ciudad, la obra más grandiosa del hombre todo, así el beneficio de lo humano se extiende; de forma asimétrica, algo más por allí, un poco menos por acá, con lentitud, a veces con dudas e incluso con dolorosos retrocesos. Pero el bien avanza inexorable, seguro de sí, en la dirección única posible.

El bosque es húmedo y tenebroso. Conserva en estado latente el medio en el que el principio de la vida germinó. Es lo que ha sobrevivido del caos original en tierra firme. Con razón el bosque es refugio de alimañas y seres horribles. El campo cultivado, que es ya obra del hombre, es sin embargo grosera obra; y concesiva. Recrea el medio hostil en cantidad y tamaño que pueda el hombre doblegarlo. Pero así multiplica las especies parásitas que, como la yedra al coloso, sin agresión aparente puedan minarlo.

Con la cría de animales las cosas ocurren de modo muy distinto. La acción es directa. Cada ejemplar de cada especie que es sometido al rigor de la disciplina doméstica es una conquista. Una pesada serpiente de masa asfixiante, que destila gélido veneno por sus colmillos, cae a este lado apenas se aplique una correcta ortodoncia. Nada en exceso violento, nada que desnaturalice la animal virilidad. Los efectos pueden ser benéficos para todos. La serpiente podrá gozar de una vida regalada, que no es el peor producto del mundo conducido por los caminos del hombre. Este, con este eslabón, será, si no más grande, más extenso.

De todos los animales, el más apto para la civilización es el perro. Reproduce como ninguno los hábitos del hombre. Qué decir de su capacidad para expresarse. El rostro del perro puede figurar todos los estados del alma. Así como la voz del hombre presta su timbre a la reproducción más amplia de los sonidos, la cara del perro, como la del histrión, fija el sentimiento de su dueño. Nada causal hay en este sensible registro. Siglos de paciente educación han ido ideando las máscaras que el buen can con satisfacción se pone.

La virtud que lo distingue es, más allá de la fidelidad, la obediencia. Obsérvese la generosa reacción de aquel perro que a un gesto de su dueño indaga el aire, recorre en horizontal el trayecto equivalente al tiro curvo, acude al lugar y retorna a sus pies perplejo y con la boca vacía. ¿Es que hay otro animal capaz de ponerse al servicio de los efectos de un acto que no siquiera empezó? Cuanto más tiempo emplee el hombre en amaestrar perros, menos tendrá que invertir en hacer cosa alguna. El perro, de todos modos, actuará.

3. El aire no aloja los cuerpos como la cera al bronce. Ni la resistencia es tanta ni la impronta tan indeleble. Por fortuna. Viviríamos de lo contrario en una selva peligrosa, próxima a la parálisis. Pero qué duda cabe que el dulce aire acoge de distinto grado lo que debe envolver. Basta con experimentar el efecto que a nuestra vista causan unos y otros cuerpos. Con la vista se mide la rectitud de la presencia de los cuerpos en el espacio, y así como la enfermedad se deja ver solo por los estragos perceptibles en la figura, un lugar inadecuado mancha el aura del objeto. No es visible por sí misma, pero afecta a su reflexión de la luz. El cuerpo mal puesto resulta más opaco, consume más energía, queda relegado a la condición de objeto oscuro.

Es cierto que como hay mujeres que se arreglan para parecer jóvenes, piezas hay que pugnan por salir a la luz. No obstante, el aire las trata con la misma crueldad que la cosmética. Acusan el exceso de maquillaje y el pulso ya es incapaz de conseguir un perfilado exacto.

Porque el aire es, con su gentileza y su amabilidad, con ese no ser capaz de negarse, el sutil indicio de todo. Se adensa osco donde una masa es excesiva, y allí donde el cuerpo es digno de caricias lo rodea ligero, sutil y transparente. De ahí que deba admitirse que hay un lugar correcto para cada cuerpo. El arte de encontrarlo es la poética del espacio.

Amante del orden es quien recibe placer de la justa posición. Está dotado por naturaleza para percibir lo que bien está, y acusa al instante la colocación dislocada o cualquier alteración de la debida armonía. Donde vive se respira calma y luz, y el equilibrio todo lo domina.

Claro que también hay genios desastre del lugar. Bien son torpes radicales, bien convictos conspiradores. También los hay que trabajan en la mesa de al lado.
El primero tiene el sentido local embotado. Poca disposición al nacimiento, la falta de tacto y cultivo, una escandalosa desorientación, escasa frecuentación del espacio urbano, todos estos y más pueden ser agentes responsables y coadyuvantes a la atrofia. No es este el medio donde el demonio crece. Antes bien, la conciencia de la virtud, el recto sentido de la luz, la percepción eficiente del lugar adecuado son aptitudes que inspiran y nutren el mal. Gozar de ellas en grado inferior a otros, alcanzar hasta la conciencia de la inferioridad, son fuente de su tortura y motor de sus malévolos actos.

Quien trabaja en la mesa contigua mezcla con sabiduría fatal ambos tipos, y aún añade algún carácter más. Su tiránico imperio se levanta sobre un negro fondo de licor demoníaco puro, viscoso e inestable. Más sabio que el común de los localizadores, aunque no el que más, alcanza a verter su saber en torpeza, con exactitud tal que el más topo parece. Pero añade alevosía a sus actos. Actúa a hurtadillas, aprovecha cualquier ausencia del compañero de la mesa contigua –por la izquierda– para enfollonarle el escritorio.

Un día es la goma, que debe estar a la derecha, algo por encima del ángulo de la hoja, al auxilio de la mano que escribe y suelta el lápiz cuando quien la manda acusa el error o decide la corrección. La mano actúa automática y encuentra el vacío. Otro día es un clip, el clip del borrador del informe. Quien repasa el proyecto, sentado en la mesa contigua por la izquierda, debe acudir al despacho para confirmar cierto extremo. El fatídico dislocador hurta la fíbula. El compañero de la mesa contigua –por la izquierda–, ya vuelto, cree volverse loco. Correcto localizador, bien conoce la imposibilidad de que un cuerpo se extinga sin un destello de luz.

Así se van acumulando las agresiones al buen orden.

No sabe a lo que se arriesga quien trabaja en la mesa contigua –por la derecha. Los correctos localizadores, gente educada y de genio estable, que prestan atención y hasta cuidado a todo lo que a su alrededor se mueva, reaccionan de forma airada e imprevisible cuando el orden debido se trastoca. En particular, si han de vérselas con un compañero de la mesa contigua, por la derecha.

4. De la alimentación del animal doméstico podría discutirse su papel agente. Hay pruebas positivas sobre la reducción de hipopótamos criados en piscina, por ejemplo. Cierto compuesto de almidón y viruta tiene virtudes menguantes. Administrado en dosis adecuadas, convierte el bulto ingobernable en poco más que una cómoda colchoneta. El producto no se consigue de un día para otro, pero el premio compensa la paciencia.

Más aún la literatura especializada ha descrito la acción del alimento sobre el carácter. Agresivos caimanes, violentos cocodrilos, sanguinarios tigres quedan reducidos a discretos camaleones o gatos falderos cuando tratan con el vecindario. Las recetas específicas en algunos casos son complejas y hasta peligrosas. Algunas incluyen sedas ilegales, pero tienen la ventaja de sus resultados, casi infalibles en plazos brevísimos.

No faltan experiencias negativas y hasta contrarias. También abundan en los textos descripciones tales. Pero parecen interesadas, patrocinio de temerarios promotores de la alimentación espontánea y natural, no siempre aceptables. Aquella defensa a favor de la alimentación instintiva del león, por ejemplo, eludió describir las heridas de su cuidador.

Otra cosa es que se discuta el doble efecto de la comida sobre el animal, empeño complejo que a un tiempo amaestre y modifique la constitución física de cada pieza. Estamos en condiciones de afirmar que esa simbiosis es posible. Está al alcance del hombre el perro bomba inteligente.

Tómese un cachorro de perro salchicha. Es importante la raza por la relación entre volumen y masa útil. A la comida diaria añádasele, desde el primer instante, un condimento de pólvora. Al principio la dosis será suave, para evitar una indigestión prematura. Pero con idéntico mimo, jornada a jornada, se irá graduando la sazón en orden creciente. El animal irá asimilando con la ración el explosivo, y tal como su masa integra metabolizada pongamos por caso la pata de una gallina, está comprobado que hace con la pólvora, con la novedad que nutre sus carnes en estado casi puro. Carbón y azufre no modifican su estado a consecuencia de la ingestión, mientras que el nitrato potásico inicialmente se pierde por efecto de los jugos gástricos caninos. Basta completar la dieta con una dosis rica en sales naturales para que se recupere el nitro. No es defecto el excesivo consumo de agua que resulta, ni las consecuencias que a la larga pueda tener esta parte del consumo para el motor de la circulación. Agua no debe faltarle a un perro jamás y es un insumo barato. En cuanto al corazón, no se arriesga nada. De tener prevista una vida de duración regular es posible que se viera acortada por un accidente cardiaco. Pero estando destinada esta crianza a un fin más próximo, el riesgo queda al margen de cualquier cálculo.

Porque la materia explosiva se forma en apenas unos meses. Se sostiene el tiempo del proceso sobre una correcta gradación de la dosis de pólvora, que ha de ser de incremento constante. La causa estimula la consecuencia y es cada día mayor la proporción asimilada. Ayudan a un acelerado metabolismo unas carreritas después de una breve siesta tras las comidas. Muscula el ejemplar más, y más adquiere la apariencia de un contundente cartucho.

Lo notable del procedimiento es que basta esta dieta para que el animal desarrolle el instinto concordante. Por sí mismo acude a lugares aptos para cualquier modalidad de sabotaje: pedestales de próceres, estratégicos postes de la red de alta tensión, torres de comunicaciones. Eleva a refinamiento la receta que vela su premeditado fin con los gestos de alguna evacuación.

No se inclina sin embargo al trato humano. Si se desea el afectivo contacto con las piernas, de hombre o de mujer, es necesaria una doma aplicada. Admite la fórmula que sea paralela al régimen. Debe elegirse persona conocida, familiar al trato, de modo que clasificarla pueda por su medio común, que es el olfato. Los reiterados encuentros, la repetitiva llamada del conocido y sus invariables caricias conseguirán en un plazo razonable lo que se desea, ver al diminuto y simpático ejemplar diligente, en trazo recto, meneando el rabo, hacia su objetivo.

5. El regalo es el bálsamo de la belicosa convivencia. La diplomacia desde antiguo lo eligió como heraldo. No hay objeto por sí mismo apto. Puede valer cualquiera, siempre que a su acreedor llegue en aquel momento, el único.

Cuando el regalo es tentativo, conviene algún dato sobre las inclinaciones de quien lo recibe.

Un regalo perfecto es una botella de orujo. Mejor aún, alcohol de noventa en una botella de anís. El lugar, la plaza al atardecer, cuando vecinos, conocidos y compañeros de la mesa de al lado –por la derecha–, impenitentes fumadores, conversan y pasean. El gesto adecuado, una entrega torpe, la botella contra el suelo, el licor evaporándose.

“Qué consuelo sería ver que Gurú, diligente, caminara en línea recta hacia donde la botella se hubiera estrellado.”

–Vamos, chuchito. Vamos.

6. El levantamiento de un cuerpo destrozado es una operación delicada. Nos referimos a la parte forense. Deben acopiarse los trozos con mimo de relojero. En cada porción puede haber una prueba para la causa.

Cuando sucede a una explosión siempre hay un centro, el lugar que con más intensidad sufrió la honda. Pueden distinguirse destrozos con o sin diana. Se denomina en el habla legal presa cazada el cuerpo que experimentó el impacto del proyectil. Se distingue así de la pieza alcanzada solo por la honda o por la posible metralla. Es discernible la distancia a la causa por grado de carbonización. Las tablas de Durrell y Loman resuelven en longitud, mediante un escueto análisis al microscopio y la adhesión a un reactivo ácido.

Habiendo sido pólvora la raíz del absoluto desgarro el olor ambiente contribuye. Pero la costra chamuscada es menos gruesa. Si los agentes judiciales demoran, solo por testimonio podrá tomarse el dato. El análisis físico y la degradación corrosiva, al disponer de una masa más limitada, dan resultados imprecisos.

7. Decae de un tiempo a esta parte el feliz hábito de rendir homenaje a la memoria del amigo, bien sea solo conocido, puesto que en la mesa contigua –por la derecha– mantuvo su fugitiva presencia. Deo volente, este hábito habrá de ser recuperado. Por desgracia, la impiedad ha llegado a grados insostenibles.


Pronóstico del tiempo II

C. Baines

-¿Sabe que hemos despertado mi apetito, a poco que unos pasos nos han oxigenado? -dice, ya ante la mesa de la acogedora taberna vecina-. Tomaré algo. Camarero, ¿es usted tan amable, por favor?

La etiqueta que el juez mantiene con David, al que trata por lo menos en un par de ocasiones al día, solo por su apariencia podría interpretarse como un modo de fijar las distancias y levantar barreras. Quien lo conozca tan bien como el propio David, con quien se relaciona desde hace décadas, sabe que es el gesto de mayor respeto hacia su persona que el camarero recibe cada jornada.

-La condición nubosa -prosigue, ya con su plato por delante- cualquier banda la adquiere gracias a la delicuescencia que fluye desde los centros de baja presión. Por muchas borrascas que haya en una misma familia, su condición, temperamental e impulsiva, les impide actuar como encubridoras. Al contrario, es más probable que sean un estímulo para la precipitación. La propiedad nubosa está en el ser de todos los bancos de niebla, invisible por evidente. De ahí que sea el centro de presión el núcleo de la formación de las bandas.

-¿Cree que los bancos pueden estar interesados en la existencia de las bandas? ¿que los centros de presión se atrevan incluso a promoverlas?

-¿Qué haría una caritativa asociación de lucha contra la malaria si la enfermedad, inopinadamente, se extinguiera? Sería catastrófico para ella. El equilibrio espiritual de sus afiliados quedaría deshecho. ¿A dónde dirigirían su tierna conmiseración? Y los hospitales que atienden la enfermedad ¿qué sería de ellos, de sus empleados? ¿Sabe cuántos enfermos por este contagio hay regularmente? Millones. ¿Qué cantidades de trabajo y suministros demandarán? ¿Y qué me dice de la más altruista promoción y reparto de su vacuna? ¡Necesita que la enfermedad exista!

“¿Depositaría usted sus ahorros en un banco, si tuviera la certeza de que en su casa no corren peligro? Salvo que deseara, por su mediación, entrar en negocios, ser el único que puede tomar decisiones sobre la riqueza propia siempre será motivo de mayor confianza. Si se comparte, aunque sea de forma limitada, es porque no se tiene la seguridad de mantenerla a resguardo. Nada como un clima de abundantes precipitaciones para que los bancos sean imprescindibles.

“Confiarlas a bandas permite esperar que estén bien organizadas y sean regulares. “Mañana otra banda nubosa recorrerá el país”, pronostica una y otra vez, sin miedo al error, el parte diario. Incluso faculta para prever sus movimientos. “Por el norte entrará una banda nubosa”, afirma en otras ocasiones la misma fuente. Disponer del orden de la banda amplía los efectos de las precipitaciones, si se alcanza a enviarlas alineadas en sucesivos frentes, como regularmente ocurre en aquellos territorios. Actuar encubiertas, gracias a su condición nubosa, las protege de la vista y la enemistad.

-Eso equivale a la impunidad.

-Hasta tanto consigan imponerse los grandes claros. No es menos transitoria su presencia. Nada hay que no lo sea. Tienen a su favor que devuelven la calma, y el tiempo que transcurre sereno, como la melodía que evita la síncopa, es denso y parece que dura más.

-Solo si los vientos cambian radicalmente de orientación puede esperarse tal consecuencia.

-En otra ocasión me ha oído denostar el carácter tormentoso. No modifico mi convicción. Es amargo, como amarga es la guerra. Jamás me verá celebrar sus gestas, ni aun sus héroes, que merecen reconocimiento solo si lo son a su pesar. Ninguna catástrofe será jamás una bendición para la humanidad.

“La muerte, cataclismo absoluto que arrasa cuanto hay, de la que no se puede ser cómplice ni aliado, para sí todos la desean fulminante, y entonces hasta les parece justa. Cuando el propósito es el fin de las bandas nubosas, porque el tránsito sea más breve, los vientos de carácter tormentoso son deseables.

-¿No sería preferible que evolucionaran de flojos a moderados? Desparecería la amenaza cruenta.

-Los vientos se mueven gracias a los cambios de presión. Hay quien piensa que al paulatino de la que acumulan y emiten los centros, sus responsables finales, conviene una moderación ponderada, primero poco intensa, a lo sumo de mediano embate. Si el carácter tormentoso amenaza con la destrucción, el flojo con la inmovilidad. Puede ser en sí mismo ninguno, al primer obstáculo desiste y este ni su empuje causa. Aún no conozco carácter flojo capaz de hacerse oír en su república doméstica.

“El carácter moderado es condenable sin remisión. Si el tormentoso es destructor y el flojo ridículo, el moderado está marcado por el estigma más denostado, que los más benevolentes llaman hipocresía. No confunda jamás la moderación con la serenidad. Esta la genera una corriente que va del corazón a los actos, y aquella otra alimentada por una energía distinta, que conecta el rostro con el bolsillo. Ambas emplean los mismos gestos, las mismas palabras. Solo las podrá distinguir calibrando sus respectivas consecuencias. La moderación está reñida con el valor.

-Para que soplen vientos tormentosos antes debe enrarecerse el ambiente, la temperatura subir. Conseguir el progreso de estos fenómenos puede resultar peligroso. Sin desearlo, se pueden alentar precipitaciones catastróficas.

-Olvida usted que es necesario, para que así sucedan los fenómenos, que por encima de todo domine la frialdad.

El juez Osborne, cuya formación es compleja, como los filósofos modernos herboriza, preferentemente en la ciudad, de donde casi nunca sale.

-Le sorprendería saber cuántas especies han encontrado un lugar en el medio urbano. Y no tendría por qué. Mírese al espejo. El hombre es una de ellas. En el fondo de mi retina conservo cientos. No son las más numerosas las que radican en cornisas y tejados, sino las más visibles. Tampoco las que encuentran un lugar en las llagas del pavimento. ¿Qué le parecen las que acumulan en las floristerías? Bellísimas todas. Es su obligación, al menos antes de la venta. Cada día exhiben más y más atractivas.

No tiene la menor idea de plantas, pero sí dispone de una buena colección de sus nombres, adquirida por lecturas. La sobremesa, sentados en la terraza del bar, saboreando un café sin azúcar, puede ser un medio adecuado para herborizar.

-Busquemos aristoloquias.

-¿Por alguna razón?

-¿Puede sugerir alguna planta mejor? Sería perfecta para emblema.

-Señor, no sólo ignoro cuanto se refiera a toda aristoloquia que habite en el mundo, sino hasta los rudimentos del herborizador.

-Lo más difícil ya está resuelto, gracias al sobrenatural esfuerzo del más remoto de nuestros antepasados. Acometió el informe universo de los seres, que encontró innombrado, y los discriminó con el propósito de hacerlos tan inconfundibles como su vista. Más tenemos que agradecerle la exhaustividad que el catálogo, en el que se cruzan hasta enredarse lenguas y significados. A partir de aquí solo nos queda actuar como el doctor Frankenstein.

-Corremos el peligro de que el producto sea monstruoso.

-Si algo así ocurriera, solo nosotros seríamos culpables. Procedamos con ánimo jovial y pantocrático. Para tallo tengo reservado uno esbelto, firme, cuyo grosor contraste con el airoso porte de su coronamiento. Dos clases de hojas lo compondrían, un par encrespadas y arrogantes, como los pétalos carnosos de las flores tropicales, y las otras en haz abierto y simétrico, estilizadas, planas, muy largas, feliz servicio que la cima no ignora.

“Sería toda verde, de distintos grados de intensidad, el menor en el tallo, para desposeerlo de una parte de su volumen; a excepción de las hojas más altas. Sin prescindir de él, hacia el centro lo degenerarían hasta extinguirlo. No admitiría flor visible, y su fruto, dentro de una diminuta cápsula, también quedaría oculto.

“¿Qué le parece?

-Inmejorable.

-Como los claros, si aspiran a la condición de grandes. La sabiduría de los antiguos así lo instituyó. A ningún hombre público se le exigía perfección, aunque sí virtudes. De entre todas, la primera generosidad, puesto que había de abandonar lo suyo en beneficio de los demás. Aquí radica toda la gloria de la entrega, si es que los contemporáneos la reconocen. Al contrario, los nuestros la ignoran y tratan la abnegación con desprecio, lo que es fuente de la más grave de las consecuencias constitucionales. Piensan, como en un principio, sin ponerlo en duda ni examinarlo, que la dedicación pública es lucro y vanidad. Con esta premisa ¿habrá alguien capaz que opte por prestarse al juego político? Solo un insensato. Consecuencia: que únicamente los vanidosos y los cegados por la codicia, que dan por descontadas sus pasiones, aventuran fama y vida al azar de la opinión, que la mueven los vientos.

“Nada obsta a que exijan con arrogancia, atrincherados tras su permanente censura -arma con la que agredir-, que el pavimento de las aceras esté limpio, las calles iluminadas, los semáforos coordinados, los hospitales atendidos, los delincuentes a recaudo, los precios asequibles, las rentas aseguradas, los derechos humanos impolutos y la paz, el bien más precioso, en la más inexpugnable cámara acorazada; entre otra pacotilla que cualquiera que se lo proponga, solo con un pequeño esfuerzo, puede encontrar en la tienda de chinos más próxima.

“Nadie puede discutir que los asuntos de interés común son tan reales como imprescindibles. ¿Cuánto tiempo les entregaría cada uno de nuestros contemporáneos? ¿Sería posible acompasarlos todos? Hay que aceptarlo, como admitimos que el dominio de ciertas técnicas, que exige atención completa, es una conquista de la humanidad. Es necesario que unos, de entre todos, se entreguen por completo a la administración de los bienes comunes, de los cuales son más apreciables y delicados los inmateriales, demandan más destreza y exigen más perspicacia. Desengañémonos, Baines. Jamás en una comunidad, aun siendo pequeña, todos sus miembros podrán dedicarse equitativamente a la resolución de lo que es bueno para todos. A cualquiera se le puede habilitar una posibilidad para intervenir, como es un bien de alto valor que a nadie le falte el acceso a la instrucción. ¿Sería prudente, gracias a esta, que todos recibieran los mismos conocimientos? De nada valdría que el dominio absoluto de una profesión fuera universal. Tampoco puede sostenerse la completa y perenne dedicación de todos a la política, tan agotadora. Nunca, población alguna, podrá constituirse de manera más eficaz que asegurando, con sus normas y costumbres, que de entre ella, para entregarse a lo que es del beneficio común, sean decantados sus grandes claros, en modo alguno perfectos, sí inmejorables. Desconfío que esto llegue a ocurrir entre nosotros. Tanto ha decaído la vida pública entre nosotros que ni siquiera literatura genera. ¿Sería usted capaz, tomándose el tiempo que necesite, de mencionar un buen relato, escrito en los últimos años, sobre este asunto? Inapelable prueba de lo bajo que ha caído entre el público la actividad.

-Ignoraba, hasta aquí, que cupiera, en algún lugar de su alma, el desaliento.

-Las nubes se han adueñado de la parte baja de la atmósfera.

-Por ellas las precipitaciones se suceden.

-Aún peor. Sirven como ariete a las borrascas. En el teatro sacro, que tanto alentaron a un lado y otro de la querella religiosa, la nube comparecía regularmente en escena. Era imprescindible para dar referencia de espacio a la irrupción del Dios todopoderoso, que sin empacho, atributos del imperio en sus manos, juzgaba a los humanos, infligía castigos, lanzaba rayos ante los ojos de los espectadores. El varón que la encarnaba, en cada compañía, era aquel joven, por su tez y delicadeza de rostro y miembros, reservado a los papeles del sexo opuesto. Vestía todo de gasas celestes. Una compleja teoría de alambreras, de las tejidas en hexágonos que aún usan para las jaulas de los pavos, evocaba la parte etérea que identificaba al personaje. El intérprete se la ceñía a la cintura y su cuerpo quedaba libre para gestos, de los brazos, y desplazamientos, tan sueltos e imaginativos como deseara, sus piernas libérrimas bajo tan singular tontillo.

“La comparecencia de la nube era tan celebrada, con tan fija certeza como en mi infancia aplaudíamos, en los bancos del cine, la llegada al galope del séptimo de caballería. Eran otros entonces los medios por los que el regocijo elegía expresarse. La chocarrería, cuya oportunidad el actor garantizaba, en modo alguno podía sorprender ni aun la inspirada por las más brutales fiebres. Frutos de temporada -tomates en verano, membrillos en invierno-, huevos de toda ave, infames sustancias, ni del todo líquidas ni por completo sólidas, festejaban con discutible libertad el ridículo tipo.

“Ha descendido mucho la estima pública de las nubes. No está consentida la licencia de género, hasta extremos que rozan el fanatismo, y los eligen, antes que por sus aptitudes, por la cordialidad de una instantánea.

-¿Debo entender, señor, que la condición de nube, a la que se llega por enrarecimiento, solo la adquiere una mitad de quienes se nutren del aire que en la atmósfera encuentran?

-Al contrario. Por desgracia, no hay límite para la caída en la condición de nube. Cualquiera puede llegar a ese estado. Como la muchedumbre ciega arrastra cuanto se le oponga, sin distinguir forma o color, la oportunidad evanescente puede sobrepasar a cualquiera. Recuerde que la multitud de los que a nube llegan, antes que su nación, los elige la arrogancia o el deseo de medrar. No es mucha la degradación que debe transformarlos. La corrupción de los cuerpos la garantiza la materia que los forma.

“La desviación que ha impuesto la barrera del género procede, de ninguna manera de atributo natural, mucho más de un vicio de las costumbres. Los receptores del gobierno, en su condición de ingenuos espectadores, deben satisfacer su regocijo eligiendo a los más felices broncas, que ante ellos se traban en combate. Para atraerlos, los candidatos insisten en aparecer como aparatosas nubes, antes que como claros. Les resulta más eficaz, corriendo entre las gentes aquel criterio, ensombrecerse, pintarse con el gris cristalino, con el amenazador ceniza opaco.

“Así como el siniestro rugido del mar negro, que ha de tragarse las naves, lo personificaron en seductora sirena ¿habrá discurso de nube más atrayente que el encarnado por una naturaleza de este género? Creo que por esta razón, con insistencia, se las ve desfilar con indumentaria ceñida y haciendo generosa ostentación de sus atributos.

-Que el tiempo tarde en devorar.

-Amén, por lo que a esa parte de la naturaleza se refiere. No convendrá su perpetuación, si sobreviven como nubes, a la naturaleza toda, pues tanto más probables serán las precipitaciones.

-¿Cómo detener el ciclo que nos arrastra?

-Solo nos cabe esperar en los pronósticos menos desfavorables, al menos de más nubes que claros, mejor de más claros que nubes. Estoy persuadido de que allí no puede aspirarse a nada más alentador.

-¿Es usted religioso, Baines? No es necesario que me conteste, si le resulto indiscreto.

-De ninguna manera, por toda respuesta. Tuve la fortuna de que llegara hasta mí, pronto y en las circunstancias más favorables, un venerable ejemplar, encuadernado en tela roja, de las Cartas filosóficas, proveniente de la biblioteca de mi abuelo. Aprendí, llevado en volandas por su exquisita prosodia, a observar las religiones desde sus iglesias, su parte visible; gracias a lo cual supe que todo en ellas, comunidades y creencias, es por completo humano. Nada de cuanto las religiones defienden o pretenden explicar me resulta imprescindible.

-Vivo la edad provecta, como puede ver.

-Está, señor, en la mejor edad.

-Para organizar, antes que mis fuerzas se dispersen, una retirada en orden.

-De nuevo lo veo sombrío.

-Consciente, amigo; consciente. A muchos ocurre, llegados a este tránsito, que les urge una creencia trascendente. Estoy convencido que esta reacción, para la práctica totalidad de los neófitos viejos, replica a su fracaso. La vida es un campo de minas, que hay que atravesar con Anquises sobre los hombros, Penélope del brazo y los Dióscuros siguiendo nuestras pisadas. Es difícil que no sucedan desgracias en la travesía. Cada golpe, que acopia con fidelidad el pozo de la memoria, en otro lugar de la conciencia llena una pompa de anhelo. Cuando la masa de burbujas es tan densa que una más no cabe estallan. Los efluvios que liberan inspiran el deseo de una vida tras la muerte, el único espejismo que mantiene vivas las religiones.

“Tampoco me tengo por religioso, y me he propuesto conservarme, en esta materia, incontaminado hasta el final. No porque ignore mis fracasos, que los cuentos por decenas, sino porque no me desalientan. Solo me entristecen. Jamás he podido admitir un juez severo que castiga con crueldad, por sentencia inapelable y mediante penas irredimibles, los errores de los hombres, tan naturalmente humanos.

“Reconozco, a la vez, que el pronóstico del tiempo urge, según pasa. Desalienta mucho saber que es previsible, día tras día, y que nada de su comportamiento, mientras el propio se agota, cambiará. La creencia en que otro mundo es posible se recupera y recibe el más entusiasta impulso cuando, inesperadamente, se oye: “En el transcurso del día se irán aclarando los cielos”, “Ojalá”, se oye retumbar en la bóveda del cráneo, gritado por algún automatismo. “Eso espero -continúo para mí-, porque de lo contrario los mortales seguiremos padeciendo su aturdimiento”, sin ser del todo consciente de cuanto mis pensamientos reflejos están dando por supuesto.

“Es posible, sin que hasta aquí lo haya advertido, que mi esperanza se esté rebelando; que quiera admitir la existencia de poderes excepcionales que todo lo subviertan. Me asusta padecer una tentación de este calibre.
“Si llegara el caso, y tales poderes fueran consentidos, antes cargarán con mi censura. Si tales son los cielos ¿les está permitido ocultarse a los hombres, admitir que sobre ellos discurran nubes y borrascas, frentes dirigidos desde centros de bajas presiones, que difundan las precipitaciones y hasta se desaten devastadoras tormentas? ¿Pueden los cielos desistir de sus responsabilidades, dejar que se emboten sus sentidos e incurrir en falta de claridad? ¡Su obligación es actuar siempre como cielos despejados!

-Los cielos, señor, siempre están presentes. Son las nubes las que se interponen entre ellos y la tierra. Otra cosa es que tengan los poderes que usted teme.

-Un cielo despejado permite que el aire sea sereno y el ambiente apacible. Se adueña de los espíritus, cuando se admira limpio, por su alta profundidad. Claro que es muy poderoso. Si está siempre ahí, lo que merece condena es que no se emplee de manera benefactora para todos. Con demasiada frecuencia tenemos que oír que en el norte los cielos estarán nublados, mientras que en el sur permanecerán despejados.

“Al menos nos queda el consuelo de vivir en el sur.


El forense, el pájaro más civilizado de la creación

J. D. Ansón

Lo vi pasar erguido por el patio de la audiencia. Por eso puedo describirlo. Era exactamente igual que un avestruz, solo que de mayor tamaño, dos o tres veces mayor que el avestruz. Su estatura se podía calibrar con bastante aproximación porque su oscilante cabeza alcanzaba la segunda planta del patio de la audiencia, el claustro de un antiguo monasterio de doble, alta y amplia arcada. Su piel era verde, del verde vivo e intenso que solo los saurios que viven en los trópicos pueden tener; verde desde la cabeza a los pies, verde desde el pico a las garras. Era una piel escamada, de las mismas escamas regulares de algunos tejados orientales. Pero en uno de los costados, el izquierdo, a la altura donde los avestruces tienen sus torpes alas, tenía plumas. Se trataba de las mismas plumas vistosas que los papagayos y los loros tienen en sus alas, en parte rojas, en otra mancha irregular amarillas. Su agraciada cabeza tenía el atractivo de la inocencia, porque conservaba rasgos de pollo de ave superior: redondeada, desnuda, con párpados prominentes y gruesos. El pico, de perfil preciso, ennoblecía su porte.

Mas le sobrevino adversa fortuna. Durante una de sus peritaciones desató la rigidez de su cuello con tan poca gracia que su cabeza cayó sobre la tierna cría de una gallina. La aplastó. Cuando fue consciente del terrible efecto que había tenido su falta de cálculo, antes de separar su cabeza del suelo de sus ojos ya caían lágrimas. El animal examinado efectivamente estaba estampado contra las losas.

No tuvo tiempo para reflexionar. La gallina madre, que por lo demás era gran ponedora y en poco tiempo podría reemplazar su cría con creces, comenzó a cacarear por encima de su dolor. A sus gritos de todas partes acudieron animales que juzgaron sin aguardar juicio alguno, ateniéndose a la sentencia que la gallina madre ya había dictado. El forense, el pájaro más civilizado de la creación, debía ser lapidado.

La verdad es que estuvo a punto de perecer. Pero finalmente lo salvé yo, que lo monté, lo conduje como una caballería y al trote nos pusimos ambos a salvo.

Si vieran pasar al forense, y hubieran juzgado solo por su porte, jamás le concederían virtud alguna. Camina levantando en exceso los pies, oscila su cuerpo adelante y atrás al ritmo de sus pasos, y su largo y serpenteante cuello acusa ese movimiento por reacción, de modo que cuando el buque de su masa se adelanta la cabeza alcanza su extrema elongación posterior, y a la inversa cuando la rígida cola está en su máximo retroceso. Su aspecto es hasta cierto punto severo, y por el aspecto de su piel despierta el espontáneo rechazo de todos los reptiles.

Sin embargo, es uno de los tipos más dotados por la naturaleza. El secreto de sus virtudes deriva de la conservación de la especie. Procede de cuando estaba empezando la vida en el planeta, y gracias a su metódica y escrupulosa segregación, dictada por su radical misanfaunía, ha conseguido sobrevivir a toda clase de adversidades.

Millones de años de existencia obligan a convivir con toda clase de miserias. Si el registro genético del forense pudiera ser leído espantaría. Allí ha quedado constancia de la más sanguinaria lucha por la supervivencia. Ha descendido a lugares más profundos que los abismos sin luz.

Mas el cerebro del forense ha destilado de forma sorprendente toda esta barbarie, porque su cerebro es como las antiguas fábricas de jabón, que de las más sucias borras obtenían el más delicado cosmético.


La libertad de la mentira

José D. Ansón

 Era cierto callejón, que bien recuerdo, mas de cuya descripción relevo.

     Allí estaban ellos, los dos, ambos de buen porte, los dos simpáticos y desde tiempo queridos, aunque por motivos diferentes. Me acerqué a ellos y les revelé el secreto, que atendieron con delectación. Este era: Mariví, la Mariví que ellos bien conocían, era miembro del espionaje. Inaudito, aunque se podía esperar de aquella criatura. Conseguí admirarlos.

     Inesperadamente, sin que hubiera motivo para ello, y sin que nadie pudiera preverlo, después de años de ausencia, Mariví volvió a aparecer entre nosotros. Demoledor. Ninguna falta hacía en aquel momento. El más sorprendido fui yo.

     La invitamos a que se sentara con nosotros en la terraza de un café, alrededor de una mesa de forja con una tapa redonda de piedra, grande, los asientos también de forja. Mariví, la única mujer entre nosotros, cuatro o cinco hombres jóvenes, contó extraordinarias historias y nos mantuvo sin tregua admirados y atentos a ella.

     Cuando hubo terminado uno de sus relatos, uno de los dos del principio, el moreno de rasgos groseros, simpático y espontáneo, sin mediar prólogo ni transición que anunciara lo que tramaba, saltó con la intención de comprobar la veracidad de lo que yo les había contado en el callejón. Pésima recompensa al aprecio que sinceramente le profesaba y que afortunadamente aún hacia él conservo.

     A Mariví solo por un instante pude verla sorprendida, aunque sonriente. Mantenía silencio.

     Antes de que pudiera considerar la posibilidad de hablar, me adelanté y repliqué a quienes cuando menos ya inevitablemente veía como escépticos interlocutores:

     –La mentira es indemostrable, a fortiori –dije.

     El más filósofo de nosotros, que no estuvo en el callejón y actuaba por tanto como juez que podía valorar nuestros argumentos, asintió, admitiendo mi réplica como indiscutible.

     Así quedó zanjado el asunto.


Beneficios de la civilización

D. Ansón

Tienen en la cafetería la desastrosa costumbre de servir en doble fila. Ocurre cuando más gente hay. Los camareros, aleccionados por el dueño, desde el momento en que un posible cliente atraviesa una de las puertas, lo siguen con la vista hasta donde se detiene, para ver si algún espacio libre en la barra queda. En ese instante, mientras recorre con su mirada la larga y quebrada línea, el camarero que tras el mostrador justo enfrente ha tomado posiciones ya ha posado el servicio para el café y le pregunta cómo lo quiere. Solo los más arrogantes rechazan el amable ofrecimiento. La cortesía obliga a responder con el pedido sin más consideraciones.

     A un Señor de Gris le ocurrió cierta mañana esto.

     Vino a quedar detenido tras una Señora de Rojo.

     Cuando tuvo su café servido, solicitó, con cuanta amabilidad su voz era capaz para representar, un poco de espacio, de manera formularia:

     –¿Me permite?

     Ignoraba el Señor de Gris que la Señora de Rojo padeciera enfermedad alguna. Pero al instante pudo deducir que debía padecer una severa lesión de oído, por más que la lesión debía afectarle a un solo oído, justo el que tenía frente a su boca el Señor de Gris, porque, sirviéndose del otro, mantenía con toda naturalidad una regular conversación con quien la acompañaba. “Es algo que le ocurre a bastante gente”, pensó el Señor de Gris.

     El Señor de Gris, a pesar de la dificultad que la proximidad de la Señora de Rojo era para él, consiguió verter el azúcar dentro del café. Pero hubo de hacer tantos equilibrios que se manchó el traje. Aun así, se lo tomó con calma. A cierta distancia, aislado, el único que permanecía en aquella ridícula posición a lo largo de toda la barra, pretendía naturalidad tomando a pequeños sorbos el espléndido café que hasta allí lo llevaba todas las mañanas. Justificó con la calidad de la infusión el insostenible estado de quienes sufren el acceso de espalda tabla de roble.

     Pero todavía le quedaba algo más por padecer. Cuando fue a devolver taza, plato y cucharilla al mostrador, todo adelantado con una sola mano entre dos espaldas, la de la Señora de Rojo y la de un Señor con Camisa Celeste, aquella hizo un movimiento brusco ante el que fuera de control reaccionó el brazo del Señor de Gris. Taza y cucharilla fueron a parar al suelo, con el efecto que se puede prever. Acudió el camarero, miró hosco al Señor de Gris y este le pidió disculpas. Aprovechó para rogarle que le cobrara, y el camarero tuvo la deferencia de tomarle en cuenta solo el café, como corresponde a una cafetería de esta clase. En cuanto tuvo el cambio en su poder, el Señor de Gris salió del local cabizbajo, algo corrido, confundido.

     Ya en la calle, recuperó algo de su calma habitual y recapacitó. Reconstruyó mentalmente los hechos y dedujo las causas de cuanto lo acusaba. Valoró de otro modo la amabilidad del camarero, consideró bajo otras posibilidades el alcance de la sordera de la Señora de Rojo.

Apenas había recorrido unos metros, la Señora de Rojo y su compañera lo adelantaron. Él retuvo el paso. Cuando las dos mujeres hubieron llegado a la altura del semáforo se despidieron. Una se preparó para cruzar al otro lado y la Señora de Rojo siguió adelante por la misma acera. El Señor de Gris se mantuvo tras ella a una distancia discreta, tal que le permitía observarla sin ser visto ni llamar la atención por ello.

     Cuando ve que la Señora de Rojo emprende la subida de las escaleras del banco inmediato, el Señor de Gris acelera sus pasos y entra rápidamente por la puerta de servicio. En el mismo instante en que la Señora de Rojo llegaba ante la ventanilla el Señor de Gris tomaba asiento al otro lado. Cruzan las miradas. Sonríe el hombre tímidamente. No obtiene respuesta. Saluda y la Señora de Rojo responde con indiferencia. Parece que no lo reconoce. Vuelve a sonreír el Señor de Gris y confirma que no es reconocido.

     –¿Qué desea? –le pregunta.

     –Cobrar este cheque.

     –Imposible. No hay modo.

     Primero hay problemas con las líneas, luego bloqueo por sobrecarga de operaciones, más adelante algo extraño. Por último, la cuenta de la Señora de Rojo no tiene fondos.

     El Señor de Gris se ha servido de un truco que utilizan los empleados para especular instantáneamente con las cuentas, algo peligroso, que él jamás se había atrevido a intentar, pero que de sobra conocía y que esta vez se fue deslizando hacia él sin que hubiera separación consciente entre el deseo y el acto.

     La Señora de Rojo monta en cólera. El Señor de Gris ejecuta todas las operaciones que son necesarias para comprobar la veracidad de aquel hecho y efectivamente nuestro hombre le demuestra que en su cuenta no hay nada.

     –Véalo usted misma. Cero.

     A la Señora de Rojo la cabeza le da vueltas. Finalmente se rinde.

     Cuando ya ha desistido y emprende la salida, una sirena sobrepasa todo lo que puede ser oído y paraliza todos los movimientos. Pasa ante el banco una ambulancia a toda prisa.

     –¿Qué ha ocurrido? –pregunta el Señor de Gris.

     –Nada de importancia –le contesta un compañero que entra de la calle–. Un camarero de la cafetería, que ha resbalado y al caer se ha abierto una brecha en la frente. Ha estado conmocionado unos minutos, y la verdad es que manaba sangre en abundancia. Pero no parece que sea grave.


Apeles y Diomedes


 Bartolomé Desmoulins

1. Quedan consagrados por la docencia aquellos a quienes la vocación elige. No entra en el número de los santos todo el ejército que nutre en el día tan abnegada obra, como no todos los marineros, aun leales combatientes, alcanzan la gloria que, por la batalla sobre las olas, solo en el fondo aguarda. No basta el deseo para llegar al grado excelso, y muchos son los que solo por la oportunidad que una satisfactoria pensión justifica buscan en aquella dedicación refugio. Son los hijos impuros de una impura relación, cuya existencia por desgracia es independiente de la repugnancia que inspiran.

     Actúa la alta selectora con la circunspección de las más extraordinarias damas, hembras portentosas siempre. Jamás deja ver sus intenciones. Como el arrebatado amante, que nunca llega a la conciencia de que fue seducido, los elegidos por la vocación solo sienten que su dedo los ha tocado como generosa entrega y fruto de una impulsiva voluntad, por la que se sienten poseídos. Acuden solícitos a su presencia, a ella se rinden, y ella como sobrecogida por el inopinado efecto de su natural existencia solo con un estremecido rubor los recibe.

     No era Apeles de la clase de los elegidos. Sobre la vocación tenía ciertas ideas que he podido rescatar gracias a los relatos de gente con la que convivía, por más que deba declarar mi duda sobre la veracidad literal de algunos de los textos recibidos; como en general mantengo mis dudas sobre todos los datos con los que he podido redactar esta memoria, un asunto sobre el que en este momento no creo oportuno demorarme pero que en alguna ocasión habrá de ser tratado, en ningún lugar mejor que en estas fictivas páginas que tan amablemente me han sido ofrecidas, y ahora con generosidad por primera vez me acogen, con todo el detalle que merece.

     Había llegado hasta aquel empleo por un camino secundario. Ya muy joven se había convencido de que su puesto estaba en la banca, en el lugar más próximo a la caja fuerte. Su padre prefería localizar la felicidad en un lugar más próximo a donde dormían, y su madre, dotada de excelente sentido de la orientación, había decidido localizar la suya no mucho más lejos del lugar elegido por su marido. Por eso fue que para sus ambiciosos proyectos no contó con el aliento de su familia, ni de ella quiso apartarse en la derrota.

     Sin saber bien por qué, se vio envuelto en una alocada carrera que finalmente lo  había llevado hacia un insensato trabajo, al menos en su opinión. ¿O no era una pérdida de tiempo empeñarse en mantener a las criaturas apartadas del mundo a la edad a la que más deseos de mezclarse con él tienen? Era trabajo condenado al fracaso, como demostraba que a la menor aprovecharan para invertir todo el tiempo del que podían disponer en enredarse en una vida vertiginosa. ¿No resultaba trabajo inútil volver cada día a repetir tareas cuya única finalidad era crear las condiciones apropiadas para de nuevo empezarlas, para así indefinidamente poder emprenderlas con el único objetivo de otra vez reiniciarlas? A este sinsentido conducía el fin no declarado de aquella actividad, mantener a los inquietos jóvenes recluidos.

     No es necesario insistir en que su dedicación era muy tibia, que su esfuerzo solo lo justificara por la necesidad. De ahí derivaba que de la vocación pensara que era una estúpida manera de proporcionar gratis trabajo suplementario. De los que se declaraban en público hombres con vocación, personas que por otra parte no le resultaban especialmente confiables, solo había oído que aun después de la jornada laboral seguían preocupados y activos para el trabajo.

     La falta de fe en la que tenía que vivir había derivado a un estado de venganza que sostenía con admirable decoro. Detestaba explicar. Para darse una recompensa por estar obligado a violentarse a diario, de continuo mentía. Enseñaba propagando mentiras.

     Cuando, por ejemplo, le preguntaban por el origen del oráculo fabulaba en términos parecidos a estos: “Hay lugares en donde la piedad, un don natural del que los hombres más virtuosos se benefician, se ve favorecida. Lo achacan algunos a la composición de la roca, pero creo que se alcanza por transferencia de las ideas sobre el magnetismo. Otros sostienen que deriva de las condiciones atmosféricas habituales en el lugar donde este fenómeno se experimenta, lo que por otra parte parece que es pensar con el deseo de bienestar. Pero lo cierto es que hay puntos del planeta en los que se verifica el espontáneo deseo de rezar. Al pasar por ellos, cuando se detienen, los hombres piadosos, una vez desnudos, enuncian con elocuencia altas ideas dirigidas a un anónimo ser, en ocasiones tratado en singular, en otras como ser plural, de entidad indefinida pero al que se interpela dando por supuestas su altura y su nobleza. Tales son los oráculos.”

     Si el asunto sobre el que se le pedía una explicación era el orden dórico afirmaba que aquella forma del despotismo solo podía explicarse como consecuencia del deshonesto proceder de ciertos hombres belicosos, que por su temida arrogancia podían actuar al margen de cualquier control. Habían llegado hasta las tierras civilizadas con las armas en la mano y mediante el terror habían impuesto su desorden.

     Su fortuna era que en la improvisación estaba todo el secreto de su placer, lo que le permitía consumar su perenne fraude con la mayor naturalidad y cierto aire grave que le valía un vago prestigio. Los alumnos oían sus explicaciones boquiabiertos, y esto era bastante para que el demagogo se creciera. Pero reconocía que en aquel estado llevaba toda la ventaja, y que el placer que podía proporcionarse en uso de su preeminencia no pasaba de ser moderado. La calma del placer absoluto la alcanzaba cuando tenía la certeza de que sus acciones eran provocativas y en modo alguno percibidas por los alumnos.

     No obstante, siempre conservó un prudente fondo de duda, porque el descreído radical necesita de una fundamental falta de certeza que dé sentido a su proceder. Hacía memoria y recordaba cómo había llegado a detestar radicalmente a quienes de entre los que le enseñaron durante su juventud había llegado a detestar radicalmente. Estaba seguro de haber descubierto en ellos su maldad, más allá de cuanto aparentaran. ¿Habría ocurrido alguna vez algo parecido en su caso?

 

2. Cierto día le sobrevino la urgencia de cortarse el pelo mientras paseaba. Entró en el primer establecimiento que encontró al paso, un lugar de excelente aspecto en uno de los mejores barrios de la ciudad y con unas tarifas realmente interesantes.

     Apeles era discreto en todo, y la parte pública de su felicidad la cifraba en no ser visto, propósito que conseguía colmar con el éxito solo cuando se cruzaba con los ciegos. Al tratarse con los demás, aceptaba como recompensa suficiente ser educadamente ignorado. Para Apeles era suficiente para espiar el mundo en el que vivía y conspirar contra él con entera libertad. Mas a la vez, convencido del alto valor moral de los buenos modales, detestaba que la correcta frialdad en el trato llegara hasta el ofensivo silencio. Saludó al entrar en el establecimiento y a cambio recibió la bienvenida de al menos sus empleados.

     Antes de que hubiera tomado asiento, uno de ellos, desocupado en aquel momento, acudió solícito junto a él para ofrecerle su atención. Correspondió a la amabilidad de la que le hacía objeto con una cortés aprobación, y tomando el asiento que le presentaba se abandonó a sus actos.

     Había algo en su mirada que le resultaba familiar. Mientras el muchacho lo disponía todo, a través del espejo escrutaba su rostro. La ansiedad que esta certeza provoca lo mantuvo errático durante un buen cuarto de hora. Colocó la cara detrás de algunas ventanillas, aunque lo cierto era que muchas no había frecuentado recientemente. Probó con mostradores, algo más presentes en su vida. Tampoco consiguió radicarlo con certeza. Imaginó entonces distintos uniformes y los fue poniendo sucesivamente bajo aquel rostro, aun teniendo la certeza de que el que actualmente le correspondía era otro.

     Mientras tanto, el muchacho ya cortaba entusiasmado. Exhibía una sonrisa de satisfacción que le llenaba toda la cara, y manejaba con asombrosa rapidez tijera y peine. Los mechones caían como copos a un lado y a otro de su rostro. El peluquero permanecía en silencio y no manifestaba el menor deseo de mantener una conversación con su cliente, en contra de lo habitual. Solo pelaba y pelaba a una velocidad que por momentos se incrementaba.

     Parecía padecer un estado febril. Sí, sobre el labio superior tenía una cadena de diminutas gotitas transparentes. Algo le ocurría. Repetía más de lo habitual, con nerviosos gestos, el velocísimo chasquido de las tijeras al aire, con el que los barberos tonifican la agilidad de sus dedos. Y lo hacía cada vez más cerca del rostro de Apeles.

     Una idea cruzó como fulminante su cabeza. “¿Habrá sido alumno mío?”, temió.

     Aún no había terminado su trabajo cuando aquel muchacho de mirada enfebrecida por fin rompió su silencio. Le ofreció rasurarlo. Ya tenía la navaja preparada y sonreía indicándosela, mientras lo miraba a través del espejo.

     Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para dar una respuesta satisfactoria, Apeles había alcanzado el umbral del establecimiento. Una última torva mirada fue toda la despedida que prodigó por su parte, mientras enojado se arrancaba del cuello el lienzo con el que lo habían preservado de sus propios pelos y lo lanzaba contra el suelo. Liquidó la cuenta a un aprendiz que salió tras sus pasos, sin importarle que tan humillante escena pudiera ser vista por los transeúntes.

 

3. Pasaron los días, tantos que sumaron meses. En el entretanto todos habían completado el periodo del anual descanso, que a quienes a aquella actividad se dedicaban correspondía. El recto Diomedes, rétor capaz a quien Apeles estimaba con sinceridad y de quien recibía en correspondencia una leal amistad, al verlo entrar de nuevo en el despacho que compartían apostrofó:

     -No corresponde a tu edad tu presencia.

     -¿Acaso crees que puede haber alguna presencia ajena a la edad? –replicó Apeles.

     -Al contrario. Una y otra son mitades que encajan y se complementan, como el amo y el esclavo. Y así como la condición de amo se desvanecería al faltar el esclavo, hay  que reconocer que el sostén del esclavo es el amo.

     -De modo entonces que edad sin presencia no podrían existir, porque de no haber edad no habría presencia.

     -Desde luego. Y aún más. Del mismo modo que el amo prevalece sobre el esclavo, porque ese es el orden necesario para la existencia de ambos, la presencia debe quedar sometida a la edad.

     Las clases que Apeles impartió aquel curso resultaron mucho más monótonas de lo habitual, y más todavía las del curso siguiente. Se limitaba a breves explicaciones y solo si era reiteradamente requerido para que las diera. Decididamente había entrado en la decadencia, y como tantos se resistía a aceptar la llegada de la vejez. Motivos había para pensar así. En el colmo de su indignidad, tal vez con la inútil pretensión de parecer joven, había decidido dejarse crecer el pelo.


Sepelio in blue

Nicomedes Delgado

Todos los días, porque cada uno es idéntico a otro, cuando se vuelve al hogar acecha la monotonía. Cada día pueden suceder encuentros inesperados. Porque no son imprevisibles, castigan con una elaboración de la conciencia que nos resignamos a admitir como sorpresa.

Siempre sale al paso un transeúnte que reconocemos, con el que en algún momento mantuvimos relación, luego extinguida. Se cruza con nosotros y nos corta la mirada en el peor momento. El principio del comportamiento gregario, en parte por herencia biológica, en otra a consecuencia de los hábitos consentidos, faculta para prever en esos casos los diálogos. Jamás he podido imaginar un diálogo en el que yo no dispusiera de la palabra y mi interlocutor, inteligente y aprobatorio, oyera atentamente mis argumentos. Ninguno de los diálogos entre él y nosotros que nos habíamos anticipado ocurre cuando se verifica el encuentro inesperado. Corridos, seguimos nuestro camino.

En aquella ocasión se trataba de un hombre que convivía con alguien que su conocido había conocido. Por una vez, se detuvieron y le dio la trágica noticia, como cumpliendo un encargo. La buena mujer padecía una irreversible y trágica pérdida de memoria. Los buenos sentimientos arrastraron al antiguo amante hasta su puerta. Una visita puede ser consoladora y hasta lenitiva. Quizás le ayudara a recuperar algo del pasado.

Se reiteraron las visitas y hasta el visitante se sintió dispuesto a liberar al varón prominente activo, aunque fuera por unas horas, de la pesada carga que había caído sobre sus hombros. Lo invitó a que saliera, mientras él cuidaba de la enferma.

Fue la enferma hasta la cocina, para beber. Al cabo de unos segundos, el visitante sintió en su espalda el trazo frío de la punta de un cuchillo, la hendidura sangrando. Cuando volvió el rostro, reconoció la dulce sonrisa en la que en tantas ocasiones se había deleitado. No fue necesario dar demasiadas explicaciones al médico que practicó las curas de una herida superficial, poco más que un rasguño.

No desistió el visitante de la obligación que se había impuesto. Volvió a la casa de la enferma, reiteró su ofrecimiento liberador y lo extendió a la administración de las dosis de los medicamentos que durante las ausencias de su compañero, ahora más prolongadas, eran necesarias.

La muerte no fue inmediata. Han pasado semanas y nada indica que deban practicarse pruebas forenses para averiguar su causa.

No conozco cementerio en despoblado, como tampoco tengo noticias de sombras en la oscuridad o de los afamados sonidos del silencio. Carezco de cultura doliente, porque me he impuesto la obligación de no concurrir a entierro en el que no sea imprescindible, un acontecimiento único e inexcusable.

Nadie podrá tomar en serio cuanto digo porque carece del valor del auténtico testimonio. Propiamente es una conjetura, que no obstante juzgo bastante fundada.

Incurriría en un injustificable error el cerebro de las operaciones que interpretara -habiendo calculado peso, posición y declive del cuerpo a cuya apropiación aspira-, a sabiendas de los costos de energía inexcusables, que la circunstancia de concurrentes al hecho, por la que un juez no podría encausarlo, es irrelevante. Así los urbanistas, que se encargan de pensar, e imaginar de manera que los sentidos lo perciban, los predios dotados de servicios a la población, viva o funesta. Aunque el más previsor de los planeadores haya pretendido segregar el campo de los bienaventurados, en previsión de que puedan sufrir el contagio de los cuerpos activos, desterrándolo a lugares apartados donde descarnarse en paz, la población, voraz como los insectos que trituran las maderas, lo cerca, hacia él se dirige y por último lo coloniza.

Terminado el sepelio, al jardinero del cementerio le hice un encargo:

-Por favor, que en esa tumba jamás falten las flores.