Último deseo
Publicado: junio 16, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Examinó con atención la carta, en presencia del maître, y antes de que hubiera pasado un minuto habló. «De entrada tomaré la ensalada de confit de pato, naranja y granada.´´ «Una atractiva propuesta. La mezcla de las frutas y la carne de pato confitada, sobre un fondo de roquette y aderezado con una suave salsa a base de vinagre de manzana, resulta deliciosa.´´ «También este assorti de paté de perdiz, foie de pato trufado y paté de foie con setas.´´ « Correcto. El foie de pato trufado tiene una entrada potente en paladar y una permanencia suave en boca. Y el paté de foie con setas, un sabor exquisito y puro, sin la menor alteración gustativa ni aromática, algo no menos estimable para un paladar exigente.´´ «¿Tienen pudding de cabracho?´´ «Excelente.´´ «¿Y angulas?´´ «Desde luego.´´ «¿Y percebes?´´ «Traídos esta misma mañana.´´ «De acuerdo. ¿Qué carne me recomienda?´´
Atraído por el movimiento de aquellos labios seductores, mantenía concentrada su mirada en el rostro del que fluían las palabras más colmadas. «Nuestra especialidad es la carne de vacuno. La preferimos tanto por su textura como por su olor.´´ Y el maître, a la vista del efecto que estaba obteniendo su melodía, lo agasajó con su bien sabida lección. «La textura o carnosidad es obra de la configuración de sus fibras musculares. Su calmante aroma, tan característico, se debe a su tejido graso, algo realmente excepcional en los mejores cortes, dando por supuesto que nuestra carne magra solo contiene un tres por ciento de grasas. La confluencia de todas estas condiciones es la que crea la insuperable sensación que convencionalmente llamamos sabor, y un mayor marmoleado, o infiltración de grasa, en los tejidos musculares no es en sentido estricto algo que favorezca una mayor calidad de la carne.´´
Sus ojos, rendidos a las explicaciones, se le salían de las órbitas, mientras que el deferente servidor, crecido, iba desplegando sus saberes. «No obstante, los gustos oscilan. Si se acepta la nomenclatura establecida en 1927, para referirse a los estándares de calidad de la carne de bovino según su infiltración de grasa, por iniciativa del United States Department of Agriculture, las clases más valiosas del vacuno de mesa serían, de mayor a menor calidad, la prime, que es la que contiene entre diez y trece por ciento de grasa, la choice, con una proporción comprendida entre el cuatro y el diez por ciento, y la select, que es la que solo tiene entre el dos y el cuatro. Ninguna de las demás que la misma nomenclatura reconoce (standard, commercial, utility, cutter y canner), porque a lo sumo solo contienen trazas o hilos de grasa, se consideran culinariamente relevantes. Sin embargo, en Japón sorprendentemente prefieren una infiltración de grasas mayor que las comercializadas habitualmente a un lado y otro del Atlántico. Contando a partir de las proporciones, clasifican sus carnes del cinco al uno. La calificación cinco expresa la mayor densidad de las vetas y uno la menor. La mayoría de las carnes que se evalúan con esta escala poseen al menos dos grados más de infiltración que las de más alta graduación de los Estados Unidos, la USDA prime.´´ «El exceso de grasa de las carnes del Japón, edén del minimalismo, donde con un puñado de arroz hacen un almuerzo, con un papel, un tabique, con un nicho, una habitación de hotel, no me convence´´, replicó por primera vez. «Que admitan para sus productos esos valores tiene su explicación. El vacuno selecto japonés proporciona una carne rigurosamente sana porque posee un elevado porcentaje de ácidos grasos insaturados y polinsaturados, tales como el ácido oleico, linoleico o linoleico conjugado, cualquiera de los cuales ayuda a prevenir las enfermedades más perniciosas.´´ «Me hace usted dudar.´´
Recuperada su ventaja, reanudó el maître el despliegue de su artillería, prevista para rendir las posiciones de los más irreductibles. «Disponemos de cualquier rango de vacuno que dese. Podemos servirle ternera blanca o lechal, el producto exquisito de un animal sacrificado antes de cumplir los ocho meses, y que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna. Su carne tiene un atractivo color rosáceo, es fácil de digerir, muy tierna y jugosa, y nuestra cocina la elabora en casi nada de tiempo.´´ «No. Alguien podría pensar que induzco al infanticidio, severamente perseguido por el sanguinario Tiberio.´´ «También tenemos a su disposición ternera, tanto macho como hembra. Cualquiera de los cortes que de este origen guarde nuestra despensa ha vivido entre un mínimo de ocho meses y un máximo de doce. Su carne es de sabor suave, y de características similares a la lechal. Fundamentalmente, tiene poca grasa y menos calorías que las de mayor edad, aunque su contenido en agua, es necesario reconocerlo, es relativamente grande.´´ «Suena muy apetitosa. Pero tal vez parezca que le hinco el diente a criaturas demasiado jóvenes.´´ «Si lo desea, podemos prepararle añojo, asimismo macho o hembra. Es verdad que la carne del añojo tiene un sabor algo más intenso. Su masa contiene algo más de grasa, pero aún resulta tierna porque los ejemplares que nos proporcionan los cortes han vivido nada más que entre doce y veinticuatro meses.´´ «Eso suena a trato con adolescentes. Entre mis compañeros, hay quienes lo consideran detestable, hasta aborrecible.´´ «No crea. En Italia, desde hace siglos, sus más expertos comensales siempre han preferido la carne de animales jóvenes, sacrificados entre dieciséis y dieciocho meses.´´ «Oscuras costumbres italianas.´´ «Bien. Si prefiere una carne de color aún más intenso y más sabrosa, aunque tal vez menos tierna que las anteriores, lo que desde luego obligaría a nuestra cocina a una elaboración algo más prolongada, en el novillo, igualmente tanto macho como hembra, cuya edad está comprendida entre los veinticuatro y los cuarenta y ocho meses, tiene la primera posibilidad. También puede optar por nuestro peculiar cebón, un macho que ha sido castrado sin haber cumplido los cuarenta y ocho meses. Es una oferta poco corriente que sin embargo tiene serias ventajas. En esta clase de animales gusto, grasa y textura están muy equilibrados. El resultado es tan sabroso como atractivo su color intenso.´´ «¿No resultará algo arriesgado?´´ «Al contrario. En Gran Bretaña, y aquí mismo, tradicionalmente se han consumido animales a un tiempo jóvenes y de varios años de edad. Siempre hemos creído que un animal de menos de veinticuatro meses es insípido y que el mejor sabor se obtiene de piezas de más de treinta y seis. La costumbre más extendida en Japón es similar. Allí el mejor vacuno se mata entre los veinticuatro y los treinta meses. Incluso después de la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, un contagio que estuvo a punto de acabar con todos nosotros, la política higiénica de occidente redundó en este segmento de edades. A partir de aquellos tristes hechos se extendió por toda Europa la exigencia de que el vacuno fuera sacrificado antes de los treinta y seis meses.´´ «Por fortuna, aquella epidemia es pasado, y se han recuperado los antiguos hábitos, incluso en un grado que tal vez sea excesivo.´´ «Desde luego.´´
Los esfuerzos del maître por detectar el flanco vulnerable de quien parecía seguro de sus decisiones cargaba con algo de vulgaridad la situación. Pero el buen hombre persistía en el cumplimiento de sus obligaciones. «Si prefiere vacuno mayor, podemos ofrecerle hasta tres posibilidades: el buey, musculado macho castrado que ha vivido más de cuarenta y ocho meses; la vaca, hembra también de más de cuarenta y ocho meses; y sobre todo el potente toro, portento de macho entero con la misma edad. Cualquiera de ellos acumula en sus tejidos una cantidad de grasa mayor que la de todos los ejemplares más jóvenes, pero también más sabor, más color y sobre todo un aroma insuperable. Asimismo, su contenido en proteínas es el más alto. Cualquiera de estas carnes solo tiene el inconveniente de que puede resultar algo más dura que las otras, y que por tanto necesita más tiempo de preparación.´´ «Suena bastante mejor. Sí, definitivamente, buey.´´ «Por supuesto.´´
Tomaba aún nota nuestro sugestivo amigo cuando le propuso: «Estaría bien probar la carne del país.´´ «Nuestra despensa no solo cuenta con carne local. Cualquiera de las tierras que hayan dedicado atención a las razas de mesa ha obtenido carnes de excelente calidad, y ninguna la ignoramos. Desde luego tenemos Charolais y Limousin. Pero también son exquisitas nuestras inglesas Shorthotn y Hereford, de fibra muy compacta y con grasa en la proporción justa, o la Amberdeen Angus escocesa, igualmente incluida en nuestra carta. Y de Italia importamos la Chianina. De Estados Unidos traemos su Hereford, así como su Black Angus. Allí, para obtener de ellas el mejor producto castran los machos cuando aún son terneros, y sacrifican las vaquillas de entre quince y veinticuatro meses que nunca hayan parido. En cuanto a la calidad de la carne de vacuno japonesa, sin que por esto deje de respetar su opinión, creo que es mi deber recordarle que hoy en día cuenta con reconocimiento mundial. Es muy apreciada su Shimofuri, carne muy veteada que tiene todas las ventajosas infiltraciones de grasa de su vacuno. La Tajima Wagyu, acrónimo de wa, Japón, y gyu, ganado, una raza probablemente originaria de la actual Turquía, de donde emigraría en torno al siglo segundo de nuestra era, es la más demandada entre nuestros comensales más exigentes porque es ideal para los tradicionales sukiyaki y shabushabu. Sus mejores ejemplares se crían en la región de Hyogo, cuya capital es Kobe.´´
De nuevo decidió tomarse tiempo. Observando su actitud, tuve que admtir que tal vez su fruición alcanzaba los niveles más altos gracias a la acción combinada y simultánea de oído y gusto. ¿Sería posible que hubiera llegado a ser un comensal solo de oídas? «No es fácil decidirse por una.´´ «Todo depende del corte que prefiera. Nosotros, para la mesa, nos limitamos a los más apreciados, sin que por eso despreciemos ninguno. Cualquiera de ellos puede conservar sus excelentes propiedades, si es tratado de la manera adecuada. Hasta de los menos cualificados, que destinamos a meditadas elaboraciones, a nuestros clientes les proporcionamos sus excelentes efectos. El solomillo es nuestra joya, una pieza de gran ternura, que no tiene nervios y apenas grasa. Lo destinamos a preparaciones simples que no distraigan su calidad. A lo sumo, lo servimos acompañado con salsas sutiles. También resulta excelente en nuestras preparaciones en crudo, como el tartare y los carpaccios, aunque sus mejores cortes, en mi opinión, son el chateaubriand, el tournedó y el filet mignon. Del lomo alto extraemos el entrecôte, la porción carnosa que se aloja entre las costillas, que podemos presentarlo con hueso o no, según guste. También sacamos el roast-beef, al que solemos dejar una capa de grasa para cocinarlo como se merece. Al primero le aplicamos las brasas y al segundo el horno, y a cualquiera de los dos elaboraciones muy controladas para evitar que se sequen. También exige mucha atención la preparación de las piezas que se extraen del lomo, todas de primera calidad, de donde sacamos el entrecôte genuino. De la cadera es nuestro rumpsteak, filete muy recomendable. Asado moderadamente, da un producto muy tierno, aunque su aspecto sea menos lucido que el de otros cortes. Las tranches de babilla, también de excelente calidad por su ternura, son un buen sucedáneo del solomillo, aunque sin alcanzar idéntico nivel, lo que por otra parte las hace más asequibles. En cualquier caso, las preparaciones que con ellas podemos ofrecerles son las mismas que elaboramos con el solomillo. Nuestro beefsteak, extraído de la tapa, aunque puede resultar algo seco, tratado a la milanesa es muy aceptable. Con la contratapa preparamos también filetes a la plancha, buenos asados y guisos del tipo fricandeau, una suculenta olla muy recomendable cuando hay que convivir con las bajas temperaturas. El redondo lo ofrecemos braseado con verduras.´´
El encargado del comedor se movía tras ellos cambiando cubiertos, corrigiendo la posición de los platos, seducido por lo que oía. Apenas daba indicaciones con un giro de ojos a quienes con delantal blanco, que replicaba al del encargado, con el intercambio de sus miradas y su ajetreo complicaban aún más las explicaciones. «Si prefiere descender a las carnes de segunda, podemos servirle espaldilla, aguja o morcillo. El aspecto de la espaldilla no es muy atractivo, pero cortada a dados nos presta buenos servicios en la elaboración de exquisitos ragoûts y guisos, aunque nada impide que recurramos a ella para un razonable beefsteak de mediana calidad. La presencia de la aguja tampoco es la mejor, pero su parte superior la utilizamos tanto para freír como para guisar. En cuanto al codillo, morcillo o jarrete, estamos convencidos de que sería necesario modificar la opinión que sobre él se ha naturalizado. Proporciona una carne muy gelatinosa, muy recomendable para elaborar caldos densos, poderosamente proteínicos, a la vez que sabrosos. Para hacerse una buena idea de su calidad, basta mencionar que nuestro renombrado ossobuco lo obtenemos de esta pieza.´´
De su actitud resignada, algo reflexiva, porque a cada tanto bajaba la mirada y jugaba con los cubiertos y la servilleta, podía deducirse que aquellas recomendaciones no estaban obteniendo de él la mejor respuesta, mientras que el maître, visiblemente, se fatigaba. «Las carnes de tercera, en modo alguno despreciables, también nos prestan excelentes servicios. La falda la destinamos a hacer rollitos y rellenarla o a picarla, pero igualmente podemos preparar con ella hamburguesas y aleta al horno con excelentes rellenos, el más apreciado de los cuales es el de quesos, cuyas variedades podría elegir. El pescuezo, carne entreverada de grasa, nos sirve para picar y elaborar mezclas con otras carnes y obtener nuestras exquisitas albóndigas. El pecho lo empleamos en la elaboración de cocidos y caldos, y el rabo es una pieza de enormes posibilidades, aún no del todo exploradas. Desde luego es insustituible para el guiso que regularmente se conoce como rabo de buey, pero sus resultados son sorprendentes en la elaboración de nuestra famosa oxtail soup y nuestros cocidos. El morro es el aliado perfecto para guisar suculentos callos y toda clase de preparaciones de casquería, y la contribución de la pata es insuperable cuando se trata de preparar fondos de salsa gelatinosos.´´
Agotado su repertorio, el maître se mantuvo expectante, ante lo cual de nuevo se tomó algún tiempo antes de darle alguna indicación. «Es difícil decidirse.´´ «Desde luego, lo fundamental es la preparación por la que se opte.´´ «¿Qué me recomienda?´´ «Sin duda, la mejor manera de saborear el buey es evitar la manipulación excesiva.´´ «¿Brasa?´´ «Perfecto, aunque la elaboración de las carnes a la brasa exige paciencia, distancia y tiempo. La preparación que se atiene con disciplina a estos principios, porque ningún otro procedimiento requiere tanta experiencia ni tanto sentido culinario, es la correcta y marca la diferencia. Para conseguir un resultado que esté a la altura, elegir acertadamente la pieza que se desea disfrutar es lo más importante. Con un corte de segunda o tercera no se pueden pretender ni los mejores sabores ni las mejores texturas. Pero, aun así, perdóneme si insisto en ello, en mi opinión su contenido en grasa es lo primordial. Contribuye de manera decisiva a que el producto quede suave y jugoso. La grasa se derrite en el transcurso de la preparación al calor de las brasas y da como resultado una textura muy suave. Creo que el corte de carne de vacuno ideal para llegar tan lejos, trabajando en la brasa, es sin ninguna duda el entrecôte.´´ «De cuál sea el corte elegido dependen también la temperatura necesaria para preparar la carne y el tiempo que hay que invertir´´, se creció, definitivamente excitado a consecuencia de la batería de estímulos que había recibido, y añadió: «Unos cortes necesitan temperatura alta por poco tiempo, otros exigen temperatura más baja pero durante más tiempo, otros, menos calor, así como no demorarse demasiado cuando se procesan.´´ «También es importante que la pieza tenga un grosor regular, para que se haga de manera uniforme. Creo que nunca debe ser inferior a dos centímetros y medio. Un corte más fino pondría a la carne en el peligro de hacerse de manera imprevista más de lo debido.´´ «No es inexcusable, aunque comprendo su punto de vista. Lo imprescindible es que la fuente de calor sea elegida y preparada con cuidado, porque el poder calorífico de cada combustible varía, y por tanto el tiempo de cada elaboración. He comido en asadores que se deciden por la leña, por ramas sin más cortes que los inevitables, o incluso por sarmientos. Es verdad que cualquiera de ellos da resultados aromáticos a discreción, variables según las preferencias. Pero, además de que, si el combustible elegido desprende un aroma muy poderoso, puede enmascarar el de la carne, que es el primordial, leña y ramas tienen el inconveniente de que exigen su puesta a punto fuera del fogón, un trabajo paralelo que divierte la atención del cocinero, quien debe evitar la vivacidad que estas llamas espontáneamente provocan, lo que podría chamuscar la carne y precipitar su acabado antes de que hubiera alcanzado el punto deseado.´´ «Por eso en nuestra casa hemos decidido que el carbón vegetal, cuyos aromas ha moderado el paso del tiempo, envolviéndolo con otro inconfundible que remite al fuego, es lo más seguro. Permite situar la parrilla a una distancia regular, nunca demasiado cerca de la fuente de calor, y sus brasas duran mucho, y además mantienen una potencia constante. Como, por otra parte, estamos convencidos de que tan importante como el braseado es el ahumado, para completar los aromas que inevitablemente se adhieren a la carne basta con recurrir a un toque evocador del lugar donde pacieron los animales que proporcionan el placer al comensal. En los laterales de la parrilla, mientras se están haciendo las presas, dispersamos ramitas de romero y tomillo.´´ «Ojo que para que pueda ser posada en la parrilla sin riesgo, la carne debe estar expuesta a la temperatura ambiente al menos desde una hora antes de que las brasas sean encendidas; nunca exponerla a su calor recién sacada de la cámara de conservación, en la que ninguna debe permanecer más allá de un par de semanas. Además, una vez encendidas las brasas, mientras van adquiriendo el estado conveniente, y antes de que alcancen toda la potencia prevista, los responsables de manipular las piezas de carne deben mantenerlas cerca de las parrillas durante un tiempo, para que vayan sudando, sin exponerlas aún a la acción directa del fuego. Y todavía, antes de posar la carne frente al carbón, debe ser engrasada la parrilla con aceite de oliva o mantequilla derretida, para evitar que la carne se adhiera al metal y pueda desgarrarse al darle la vuelta o al retirarla, lo que provocaría al menos una pérdida parcial de sus jugos. Debe embadurnarse la parrilla con cuidado, teniendo precaución de que no caiga aceite sobre el carbón, porque este accidente podría incrementar el poder de las brasas hasta ponerlo fuera de control. Para evitar este riesgo puede ser suficiente con engrasar la parrilla con un papel de cocina untado con aceite.´´ «Que el momento de colocar las piezas sobre la parrilla ha llegado lo indica el aspecto de las brasas, aunque reconozco que los juicios sobre cuál es el más adecuado pueden divergir.´´ «Para unos, ha llegado cuando están muy vivas, prácticamente ardientes, mientras que otros creen que lo correcto es aguardar a que estén ya maduras, blanquecinas o grisáceas.´´ «En realidad, la disparidad deriva de la gama de acabados que se ofrezcan al cliente.´´ «Las carnes poco transformadas obviamente no necesitan altas temperaturas, mientras que las más hechas son consecuencia directa de la exposición a más calor.´´ «Para lograr un resultado jugoso, al mismo tiempo que marcado por fuera, el proceso debe desarrollarse completo manteniendo el fuego muy vivo, para que la carne prenda muy rápidamente, tome color y pronto se ponga crujiente por ambos lados. La exposición al calor intenso de las brasas sella la superficie de la carne que lo recibe directamente, no da tiempo a que toda se caliente y mantiene los jugos entre sus fibras. Solo procediendo de esta manera se puede obtener un acabado blue rare.´´ «No, mi paladar prefiere el otro criterio. Permite trabajar con una temperatura no demasiado alta pero durante más tiempo, lo que habilita una moderación del calor más controlada.´´ «Para responder a cualquiera de las posibilidades, basta con esforzarse en mantener dos temperaturas dentro de la parrilla; en un lado, alta y en otro, media. Estamos convencidos que actuar de otro modo, a poco que se incurriera en un error de cálculo, provocaría que la carne se reblandeciera y apareciera la fibra, razones ambas que contribuirían a un producto final muy poco recomendable.´´ «Yo lo veo de otra manera. Como, una vez colocadas las piezas en la parrilla sobre un fogón a cierta temperatura, modifica el resultado que se obtenga el tiempo que se expongan a su calor, la cocina más bien debe esforzarse por controlar el transcurso de los minutos que el proceso consume, que nunca tienen que ser muchos. Todo el que se juzga necesario para poder garantizar un buen resultado puede caber en el que emplee en acabar con los entrantes. Debe ser suficiente para dejar que las piezas se hagan tranquila, lentamente, hasta que alcancen el punto adecuado, que la carne no se queme demasiado por fuera y esté hecha en el centro.´´ «Para un beefsteak delgado puede bastar con un minuto por cada lado, si se quiere muy poco hecho. Si se prefiere hecho, el máximo debe ser tres minutos por una y otra cara, mientras que en dos minutos se obtiene el punto saignat, muy solicitado por nuestros más expertos degustadores del mejor vacuno.´´ «Las piezas de mayor grosor necesitan más tiempo. Para obtener con ellas el mejor resultado, una vez que la carne haya prendido por un lado basta con esforzarse en garantizar que la acción del fuego permanezca estable, para que la carne tome temperatura por dentro. De lo contrario, resultaría un hermoso trozo de carne carbonizada y a la vez casi crudo. A lo largo de todo el proceso, mientras se está haciendo la carne, para regular el orden de la elaboración el cocinero debe permanecer atento a la parrilla, y en las zonas con menos calor, más alejadas de las brasas, ir colocando las piezas siguientes. Las que estén expuestas a su acción no debe tocarlas, ni darles vueltas continuamente. Solamente debe girarlas cuando por la primera cara hayan alcanzado el punto pretendido. Y para manipularlas, en vez de instrumento puntiagudo alguno, porque cualquier orificio en su masa puede provocar pérdidas de sus jugos, tendrá que utilizar pinzas y espátulas. Para que la carne quede jugosa una vez hecha, al retirarla del fuego, por último debe dejarla reposar, como mínimo entre cuatro y cinco minutos. De este modo todos los jugos de nuevo se distribuirán por la pieza y quedará esponjosa y suave. Y no debe cortarla de ninguna manera, porque también en ese caso todo el jugo se saldría.´´ «Correcto, así lo haremos, aunque hay quienes piden que en el transcurso del proceso de preparación la pieza sea salada, una vez que ha prendido por uno de los lados, que le den la vuelta y la salen por encima, y luego procedan de la misma manera por el otro.´´
Aquella réplica puso al descubierto que su interlocutor estaba rendido, y le proporcionó la certeza de que había ganado la partida. Fue suficiente para que a partir de aquel momento se concediera un creciente tono exaltado. «Creo que al poner la carne en la parrilla nunca debe sazonarse con sal. Si no se comete esta imprudencia, se contribuye a que las carnes conserven sus esencias y queden más sabrosas y crujientes, y a que cada comensal ajuste el sabor de su pieza a su gusto, una vez servidas.´´ «En la mesa podrá disponer de escamas de sal de Maldon, pimienta negra, que puede moler en el momento, ajo en polvo y hierbas aromáticas. También le ofrecemos la posibilidad de obtener un sabor extra proporcionándole aceites de oliva con romero, con tomillo o con ajo.´´ «No, de ningún modo. Para disfrutar del sabor de una carne de buena calidad, es suficiente con sazonarla con algo de sal un instante antes de morderla, para potenciar su sabor, y a lo sumo con un poco de pimienta.´´ «No obstante, con el juego de posibilidades que ponemos a su disposición, además de la degustación de la carne en estado puro, si lo desea puede disfrutarla con distintos sabores, incluso en cada bocado.´´ «Riesgos innecesarios. Si se incurre en excesos al sazonarla, el efecto negativo puede alcanzar hasta el olor. Por lo que a los aromas se refiere, porque complementan el gusto, es suficiente el que debe ser protagonista, producto de la combustión de las grasas, y los que añade el carbón durante el braseado.´´ Definitivamente, se sentía dueño de la situación.
«¿Y la plancha?´´ «De ningún modo. La plancha prescinde de las mejores posibilidades solo con el propósito de sacar todo el partido a cualquier corte.´´ «No hay procedimiento que no tenga ventaja. Además, últimamente hemos introducido una tercera modalidad, completar la elaboración con la variante que se llama a la piedra.´´ «Me parece la consecuencia de una dudosa aplicación del principio democrático. Sus autores pretenden fomentar la participación en el proceso de las carnes de quienes las disfrutan, así como conceder un mayor margen de libertad al gusto del cliente. Yo prefiero otorgarle todo el protagonismo al chef, el insustituible experto en toda clase de preparaciones culinarias, concederle toda mi confianza. Definitivamente, entrecot de buey charolais. A la brasa.´´
El silencio que durante unos segundos mantuvo le sirvió para verificar que el maître, a pesar de toda su ciencia culinaria, finalmente estaba a sus órdenes. «¿Alguna guarnición?´´, le preguntó resignado. «Patatas fritas.´´ «¡¿Patatas fritas?!´´ «Sí, por favor, patatas fritas.´´ Encajado el golpe, enseguida recuperó la compostura. «Bien ¿Qué vino tomará?´´ «¿Qué me recomienda?´´ «¿Cuáles son sus preferencias?´´ «¿Burdeos?´´ «Excelente para la carne”, comentó, no sin cierta frialdad. «Inmejorable un Magnum de Petrus. De Pomerol.´´
“Dio cuenta de la ensalada y los patés, que trasegó ayudado por reiteradas cervezas, doradas y enturbiadoras como un aura. Después, le sirvieron una fuente con angulas y percebes. Fueron suficientes para que llegara en su punto el plato estrella, el entrecot de buey charolais, que fue pasando con cortos sorbos de burdeos.
Aún no había terminado su taco de carne cuando de nuevo llamó al maître. «Tomaré para postre brownie al aroma de menta.´´ «Adulto y refrescante. La hojita de menta crece en nuestro huerto de forma espontánea. Una delicia, estos brownies, créame, y aún más deliciosos si se toman acompañados de un té o un café. Si lo prefiere, se los podemos servir como petits-fours.´´ «¿Petits-fours?´´ «Los petits-fours son nuestras especiales preparaciones de repostería. Tienen un tamaño ideal para comerlos de un bocado. Los tenemos frescos, los clásicos, miniaturas de pasteles, creaciones sumamente tentadoras. Nuestra especialidad son los de pasta choux.´´ «¿Pasta choux?´´ «Sí, pasta choux. Es una de las elaboraciones de las que nos enorgullecemos. Tiene muchísimas aplicaciones, sea en postres sencillos o complicados, en recetas dulces o en las saladas. Es muy versátil. Combina agua, harina, mantequilla, huevo, sal y azúcar. El único cuidado que exige su preparación es que la mantequilla, que debe ser de leche de vaca, siempre en nuestro caso vaca local, ordeñada con el tacto que exige el correcto manejo de las ubres con ambas manos a la vez, ha de ser cortada en trozos, y de esa manera, sin fundir, agregarla al resto de los ingredientes.´´ «Admirable.´´ El maître empezaba a recuperar parte de su ánimo. «También tenemos petits-fours blandos glaseados de diferentes formas; con chocolate, fondant, cremas pasteleras, almendras o emborrachados. Pero todos nuestros petits-fours blandos están compuestos con una base de almendra o avellana y bizcocho esponjoso. El más exquisito, a juzgar por las preferencias de nuestros clientes, es el financier.´´ «¿Financier?´´ «Así es. Dicen que hace años se le llamó de este modo porque no mancha las manos.´´ «No me diga…´´ «Tal como lo oye.´´ «Todo un hallazgo.´´ «Si lo prefiere, nuestros petits-fours salados están hechos con masas hojaldradas, y los cubrimos o rellenamos con ingredientes como foie, jamón, queso, semillas de amapola o salmón.´´ «No parece lo más apropiado para postre.´´ «Bueno, también podemos ofrecerle los petits-fours secos. Son galletas pensadas para acompañar cualquier clase de crema, sean heladas o no, y sobre todo los sorbetes.´´ «Ah, sorbetes. Excelente idea. Y en cuanto a lo demás, probaré las especialidades de la casa.´´ «Correcto. Si se opta por agregarle un postre al plato principal, es imprescindible un sorbete. El que voy a sugerirle lo agradecerá.´´ «¿Que es?´´ «Sorbete de limón y champagne. Es un cóctel que ayuda a la digestión y que tiene un sabor extraordinario. Lo servimos en cada copa con un poco de ralladura de limón para darle un buen aroma, más unas hojas de nuestra menta para decorar.´´ Tras comprobar la hora, creí que había llegado el momento de recordarles que para las cinco estaba prevista la ejecución.
El arca de Noé
Publicado: junio 10, 2016 Archivado en: Venancio Gautier | Tags: historias Deja un comentarioVenancio Gautier
Era Noé aficionado a coleccionar pájaros, excéntrico pasatiempo de cuya popularidad aún nadie ha dado una buena explicación. Unos creen que es la rara habilidad para crear sonidos fuera del alcance del hombre, que algunas especies tienen, lo que suscita admiración y seduce a ciertas personas, como el canto de las sirenas. Otros, sin embargo, opinan que es la posibilidad de volar, que siempre ha tentado al hombre y lo ha convertido en víctima de un deseo que nunca ha terminado de satisfacer. Por mi parte, creo que es una melancólica manera de ver el mundo. Los trinos de los pájaros emiten recuerdos, tal como el eco devuelve voces. Aunque a mi criterio, en este caso, no se le debe conceder demasiada atención. Para toda esta historia no soy más que un observador distante que habla a partir de lo que otros hablaron, y que no posee más testimonios sobre los hechos de la vida de Noé que algunas leyendas, aventuradas por personas que en su opinión, que ellas mismas avalan, son merecedoras de crédito.
Tenía Noé una extraña manera de seleccionar sus pájaros. Los elegía por sus nombres. No le importaba que fueran conocidos o raros, que fueran la consecuencia de una onomatopeya o que los hubieran compuesto con poco ingenio. Solo las denominaciones vulgares o malsonantes no entraban en el campo de su interés. Le satisfacía ver palabras de otros significados transformados en pájaros, y pensaba que como todas las maneras de hacer nombres les habían sido aplicadas todo lo que en el mundo puede existir estaba representado por ellos. La modestia y la sencillez eran virtudes de su agrado y en los pájaros que podían considerarse bajo la jurisdicción de alguna de ellas con complacencia las veía inmortalizadas. Filomela, chercán, cañamero eran pájaros que de antemano contaban con su favor, y con la misma complacencia coleccionaba cardelinas, lúganos y copetones, mientras que a través de selectos contactos repartidos por todas las latitudes mantenía abierta la más elocuente correspondencia sobre orioles, turpiales y malvises. Había extendido su afición hasta las aves, porque era de los que pensaba, probablemente con acierto, que en realidad la frontera entre pájaros y aves, tal como la sostenía la ornitología inspirada en Linneo, no se tenía en pie. Suríes, pipos, alciones también merecían atención, así como dardabasíes, esparveles y araniegos. Y hacía años que deseaba hibridar abejas, rama de sus inclinaciones ornitológicas a la que últimamente dedicaba una atención especial. Disponía de una parcela en la que podría sembrar manuka y mandrágora. Sabía que no eran las mismas abejas las que libaban las flores del árbol y las otras. Si consiguiera unificar sus colmenas en una colonia única, antes o después obtendría una miel que entre sus propiedades curativas incluyera unas que al cuerpo humano le proporcionara experiencias singulares con un riesgo moderado. Solo aspiraba a que su ingestión detuviera el tiempo y mostrara la totalidad.
Pero su gran reto habían terminado siendo grifos, arpías y fénices, de los que toda la información de la que disponía aseguraba que eran pájaros fantásticos. Estaba persuadido de que existían, e incluso conservaba en la memoria un rastro de haberlos visto alguna vez, cerca, frente por frente, ante sus ojos, aunque no podía decir dónde ni cuándo. De los de esta clase su pasión absoluta era el basilisco. Se apoderó de él cuando supo que podía petrificar con la mirada. A partir de aquel momento su hallazgo se había convertido en el primer objetivo de su existencia.
Aunque a su colección de pájaros, aves e insectos dedicara todo su tiempo libre, la actividad que lo ocupaba la mayor parte del día era certificar defunciones. No examinaba muertos ni visitaba el depósito de cadáveres, aunque con esto hubiera bastado para tener la certeza de que ciertos cuerpos habían cruzado la negra frontera. Su ocupación era más delicada y más útil a la república. Se preocupaba de que ninguna muerte quedara sin verificar por su correspondiente documento. Veía con bastante escepticismo su trabajo, y en el fondo lo consideraba inútil. Pero jamás expresó opinión alguna sobre una actividad que sus semejantes creían necesaria. De la acción de la muerte nada modificaba aquella preocupación, pero le sobraban razones para pensar que aquel gesto a los vivos con los que convivía los tranquilizaba. Se limitaba a cobrar su nómina a mes vencido y estaba seguro de que con tan discreto pasar contribuía a extender la felicidad entre sus semejantes.
Compartía la existencia con su madre, bajo cuyo gobierno vivía, bien que tiranizado, en opinión de los vecinos. Pensaban que aquella diminuta mujer era la responsable de que ambos llevaran una vida al borde de la miseria, de que la extrema delgadez que los distinguía era la consecuencia de una dieta extenuante, de que si las contraventanas de la casa siempre estaban cerradas era porque ni en visillos había gastado jamás. Con gusto los dos se atenían a aquella opinión, y esto les valía una fortuna que los más observadores calculaban en mucho más de lo que es necesario para vivir varias vidas sin la menor privación. Probablemente ahí estaba el secreto de la costosa inversión que Noé hacía en su colección de pájaros, aves e insectos.
Un día la madre amaneció con síntomas que la alarmaron. Nada especialmente grave, aunque sí un pulso alterado, algo de mareos, sus fuerzas un poco debilitadas. A su edad, tras casi ochenta años de entrega en decenas de batallas, después de mil y un encuentros, ninguno en las condiciones que favorecen el éxito, o al menos en las que ella hubiera podido elegir, tampoco podía creer que aquellos signos eran un síntoma demasiado sorprendente. Por naturaleza era decidida y se movilizaba al primer indicio. Había llegado a creer que su longevidad era su mejor conquista. Desde que se quedara huérfana, siendo aún niña, convencida de que en tan trágica circunstancia era la única que podía preocuparse por su salud, había mantenido una atención tensa y permanente frente a cualquier síntoma de su quebranto. Es verdad que nunca le faltó el apoyo de un tutor. Pero el buen hombre era un bohemio incorregible para el que solo existía su arte. Vivía al día con lo que sus clientes le entregaban a cuenta de encargos que jamás le saldaban del todo. Se aprovechaban de que había confinado su soledad a los dominios del xinomavro, que consumía en locales que más parecían un desván que una cálida casa de honrados y solidarios bebedores.
Pero el síntoma más inofensivo puede ser el comienzo de un desenlace trágico. Aquel día, después de verse en el espejo, no se encontraba apta para la batalla. Una vez más era su obligación enfrentarse a los pirriquios, pigmeos que aturdían más por su insistencia que por su tamaño, y no tenía cuerpo para ningún combate. A un elefante asiático, incluso que fuera tracio, traído por los ejércitos de Darío hasta las fronteras de Europa; al más capaz elefante africano, que desconcertaba a las legiones de la orilla mediterránea del continente, era posible enfrentarse a cuerpo descubierto. Pero cuando los enemigos no son uno, sino cientos, y al mismo tiempo ninguno, porque ni alguno es uno y todos son demasiados, no es posible aprestarse al combate, como no puede el hombre perdido en medio de las aguas estancadas del trópico debatirse con los insectos incansables que lo aturden, ninguno de los cuales es bastante para arredrar, cuyas formaciones en nubes dispersan todos los esfuerzos, defraudan las previsiones y desmoralizan a los ejércitos que han acudido a la contienda convencidos de su preeminencia.
No parecía nada grave, aunque era necesario atenderla. Él sabía que periódicamente lo necesitaba. La llevó adonde prodigaban sus atenciones los médicos sabios de escasos medios, de corazones generosos, resignados a la tragedia que sobre su oficio pesaba, conscientes de que su mayor éxito era aplazar la muerte, de que nada podían hacer para combatirla con alguna posibilidad para la victoria.
Aguardó a la puerta mientras la examinaban. La espera fue tan eterna como todas las que desean ver satisfechas sus esperanzas. Recapituló las horas que le había dedicado, las estancias que en su beneficio había organizado, los años transcurridos junto a ella, y no pudo evitar que su imaginación, como recompensa, se desbordara. Se representó el mayor de los éxitos para su proyecto más apreciado, una y otra vez pospuesto a causa de la atención que le debía dedicar a las ocupaciones de cada día.
Hacía años que había prescrito que su cuerpo fuera reducido a cenizas insensibles, pasada la prueba del fuego, mientras que ella había decidido que el suyo fuera inhumado. Se veía en la funeraria, donde a lo largo de una pasillo interminable tenían expuestos los ataúdes, en posición vertical, sin tapa, para que el interesado pudiera evaluar la calidad de las maderas, su lacado, la clavazón de los herrajes, el acolchado de los rasos inmaculados, si la altura sería capaz para contener el rostro prominente del cuerpo previsto, si la distancia entre los ángulos escapulares, suficiente para encajar todas las espaldas. Ninguno de sus empleados, hermanos entre sí, con los que estaba conversando plácidamente, era adicto a ninguna de las necromancias a las que exponía el oficio, siendo muchos los descendientes del fundador y prolífico cada uno de ellos. Los cuatro varones, entonces responsables solidarios del negocio que satisfacía a innúmeras familias, habían sobrepasado con creces la tasa de reposición, un deber que sin que alguno de ellos lo hubiera declarado pesaba sobre sus conciencias, conscientes todos de que el negocio funerario solo puede ser expansivo si se incrementa el número de los vivos. Solo una de las hembras había optado por la enfermería, aunque la experiencia había demostrado que en su decisión estuvo más el deseo de sostener los brazos lesionados, si a consecuencia de una fractura, porque el contacto con la piel masculina satisfacía sus modestas aspiraciones de intercambio, que el de acompañar a sus pacientes hasta el borde del abismo.
Llegó a satisfacer su encargo, frío y distante, aun así transportado por una atmósfera cargada de buenos augurios, inspirado por un eco de bienestar.
–Desearía reservar un ataúd.
–¿Reservar?
–Reservar.
–No es la costumbre.
–Es que la difunta aún vive. Se ha propuesto sobrepasar todas la barreras, y presiento que la que a mí me impedirá el paso está próxima. Y no me gustaría abandonar este mundo sin hacerme esa concesión, sin atender a mis deberes para con mis allegados.
–En ese caso, será mejor que actúe.
–¿Eso me permitirá decidir cómo sea?
–Precisamente. A ese fin se llega por la vía del encargo.
–El cofre debe estar blindado, para que el cuerpo permanezca intangible hasta que unos arqueólogos venidos de Marte lo rescaten, una vez extinguida la vida en la Tierra.
Cuando salió la madre, una sonrisa llenaba su cara. La había ido ampliando según transcurría la consulta, tanto que para entonces la apertura de los labios, que dejaba a la vista sus dientes, era la prueba evidente de un diagnóstico favorable. El médico había verificado el pulso, las otras constantes. No tenía dada de cuidado.
Al oír el diagnóstico, lo paralizó un ataque, probablemente precipitado por un exceso de sangre en el bulbo del cerebro donde se concentran las ensoñaciones. Fueron transeúntes los primeros en agolparse en torno a su cuerpo, tendido sobre la acera, excitados por la vista de la muerte. Ninguno se explicaba el espasmo, nadie había visto nada anormal.
Afortunadamente no fue fatal. Conjurado el incidente, convenció a su madre para que lo dejara tomarse unos días de descanso. Había decidido ir en busca del basilisco a los Mares del Sur. Desde hacía tiempo le daba vueltas a la posibilidad de aclimatar a la civilización occidental tan práctico animal. Había leído en algún comentarista de los viajes de Cook que de aquel ser extraordinario se habían encontrado indicios suficientes como para pensar que anidaba en el área de las islas Salomón. Gracias a sus especiales contactos, y a unos esfuerzos que si fueran relatados muchos tendrían por poco veraces, halló en ellas un pájaro que juzgó por completo desconocido en el mundo civilizado, no descrito por la literatura ornitológica y que sin embargo se atenía a descripciones de aquel ser extraordinario hasta entonces tenidas por infundadas. Cuando consiguió cazar vivo un ejemplar, sus miradas se cruzaron. Los ojos de ambos las mantuvieron durante algo más que segundos. Se apresuró a enviarlo a su casa en una jaula.
Cuando volvió, encontró a su madre inerte, tendida en su lecho. El cuerpo tenía toda la apariencia de estar sano. Mostraba buen color, la tez carecía de pliegues morbosos, no tenía bolsas lívidas la piel que hay por debajo del párpado. Y, sin embargo, no respiraba.
Con aquellos signos, no era posible decidir sobre la causa de su muerte. Pero tampoco era necesario. Cuando alguien no espira, está muerto, y no tiene demasiado sentido demorarse en más averiguaciones. Tiempo habría de interrogar a los presentes cuando ocurrió el deceso, si es que los hubo, conjeturar sobre las posibles causas del fallecimiento de la finada. Era evidente que había sucedido la muerte y lo que urgía era deshacerse del cadáver. En poco tiempo daría olor. Aquellas son tierras de temperaturas siempre excesivas, hasta extremas, aunque las crean permanentemente gélidas. Es cierto que, cuando bajan, el frío es prodigioso. Pero en verano suben sin moderación. Aunque la defunción había ocurrido en pleno mes de enero, fatal entre los funestos, las alteraciones que la atmósfera estaba padeciendo aquel año, que la prensa juzgaba anómalas, lo estaban haciendo especialmente cálido, incluso tórrido, si no fuera porque las temperaturas, a pesar de todo lo que se esforzaban por desentonar, no conseguían dejar de ser invernales. Pero era seguro que el cadáver pronto empezaría a evaporar los fluidos de la corrosión, porque está en la naturaleza de la materia corromperse cuando se interrumpe la circulación de la sangre. Aun sin especular con lo que estuviera previsto por las leyes circasianas, era preferible no esperar a que alguna autoridad cumpliera con más formalidades que las imprescindibles. Tanta era la premura por deshacerse de su cuerpo, en otro tiempo un obstáculo frente a quienes se proponían objetivos que buena parte de quienes la conocieron preferían mantener en silencio. Porque los propósitos vitales en pocas ocasiones se benefician del sonido que satisface la curiosidad de los oyentes. Por supuesto que las palabras se lo confieren. Las lenguas no pueden prescindir del sonido, como el aire no puede renunciar al oxígeno. Pero los deseos, los útiles e irrenunciables, suelen limitarse a las palabras que pronuncia en un lugar equidistante a la garganta y a los oídos quien reflexiona, sin abrir la boca, sin que el aire salga de ella. Para que su eco suene alto y claro en la bóveda del cráneo.
Ignoro dónde pudo estar la causa del desenlace, pero lo cierto es que durante los días siguientes a la llegada del extraño pájaro la vieron merodear al borde de un precipicio, muy apartado, al que entre los circasianos solo se llegaba por voluntad propia, no porque el lugar invitara al paseo, no porque lo sentenciara el estado. Conjeturo que fuera un maleficio cargado por la mirada del basilisco. Las maldiciones las impulsan las palabras. Pero tienen un alcance limitado, el que tiene el sonido. Los maleficios los dispara mucho mejor la vista, de un alcance muy superior en las distancias cortas, sin que apenas sean percibidos, sin que nadie sea consciente de que han sido activados. Como todas las ideas, que toman su energía de las neuronas, los maleficios permanecen flotando en el aire si nadie los consume, por demanda positiva, haya sido o no prescrita su absorción, o por azar consecuente al agotamiento de las defensas propias; solo que con más fuerza, porque vagan cargados con la proteína que les proporciona el odio, la reserva biológica de la ira. Es muy probable que el maleficio del que aquella buena mujer fuera víctima hubiera sido enunciado en los términos que quitan el sueño, y fuera el insomnio el que pudo llevarla al final.
Del pájaro no quedaba ni rastro. Volaría sin control en un mundo que desconocía. El futuro lo amenazaba con un cataclismo. Tramitó por vía de urgencia su cesantía. Calculando con el tiempo de vida que le quedaría y los ahorros de los que disponía, decidió ponerse a salvo, y de nuevo se lanzó a la mar, solo que esta vez en un arca metió a Pushkin, a Dostoyevski y, sin olvidar a Goncharov, sobre todo a Gogol. Nunca más volvió a interesarse por pájaro alguno.
Certamen
Publicado: abril 1, 2016 Archivado en: Apeles Ernesto, Diomedes del Ponto | Tags: historias Deja un comentarioApeles Ernesto y Diomedes del Ponto
–Aún no se habían prolongado las milicias como guerrilla ciega y áptera, y ya su felonía se había consumado. La falta de juicio que precede a la edad adulta, que a los hombres convierte en héroes del suburbano de otra ciudad, ascendentes a las alturas de los andamios, reptadores del proceso administrativo por galerías con luz eléctrica, lo había precipitado, junto con otros de su misma o similar inconsciencia, a combatir contra un ejército experimentado en la guerra colonial, sus mercenarios y algunos civiles uniformados con prendas militares.
“Habían elegido como alcázar desde el que resistir un edificio alto, que permitía avistar a quienes se acercaban, dispuestos en tres líneas paralelas, por las arterias que hasta él llegaban, los campos del entorno, algunas colinas lejanas horizontales. De reciente construcción, se podía confiar en su fortaleza, que incluso resistiría las agresiones de las armas que los artilleros enemigos manejaban.
“Durante décadas se ha creído que quienes allí se hicieron fuertes, durante un par de jornadas a lo sumo, cuando fueron conscientes de su incapacidad para rechazar a las fuerzas mercenarias, vanguardia del tridente, aguijoneadas más por un hambre feroz que por el desembarco que hasta tierras que podrían serles promisorias les había traído, se habilitaron una retirada segura que a todos permitió ponerse a salvo.
“La documentación que he reunido demuestra que al menos durante los meses que siguieron, y probablemente mientras duró la contienda, combatió en la vanguardia de las tropas a las que durante aquellas heroicas horas había hostigado, contra las que había disparado, apostado en una ventana, inexperto e inconsciente francotirador. Puede conjeturarse que no todos los resistentes consiguieron ponerse a salvo saltando por la parte posterior del celebrado edificio, fortaleza improvisada, búnker de la enajenación. Si examinas su planta, puedes observar que es fácil, dado que su centro y principal área tiene forma oval, quedar atrapado en alguno de sus pasillos laterales, curvos, confusamente convergentes, adaptados a aquella elipse soberbia y tiránica, al servicio de sus comunicaciones.
“Debió ser sorprendido cuando bajaba por una de las escaleras laterales que dan a los pasillos, obligado a depositar su arma en el suelo y, porque ya había sido elegido por la fortuna, en vez de ser ultimado de la manera más expeditiva en aquellos mismos lugar y momento, conminado a levantar los brazos y conducido, exhibiéndolo en tan extenuada actitud, al centro de las detenciones como reo del peor de los delitos que en la guerra, contraria a la justicia, puedan incriminarse. Concuerda con los hechos posteriores la posibilidad de que sus captores ante él presentaran en papel timbrado una solicitud de combatiente voluntario, cuando fuera requerido en otros frentes, en la primera línea de las tropas que desde su captura lo violentaban; que firmó, ofreciendo a cambio su persona y su familia. Faltaban al menos un par de años para que se completara la segunda década de sus días, y con unos pocos y torcidos signos decidió el rumbo de su vida para el resto de su existencia.
–Pero es cierto que sufriría prisión. Para la escarda, en una porción de las tierras que entonces fecundaban con monótonos cereales, fue demandada poco más de una docena de hombres. A tal número ascendía el de quienes dedicándose al trabajo agrícola al tiempo conspiraban, una vez derrotados y vueltos a su origen, contra sus vencedores. Eran el germen renovado, una vez desangrados los cuerpos precedentes, del mismo viejo movimiento político, el de los niveladores, antes y después deslumbrado por el principio insensato de la ecuanimidad. Precaución, silencios, distancias, la más devota desconfianza, más en conocidos que en ignorados, habían permitido poner a prueba la única fidelidad que el miedo permite, la cordura cobarde, proteína de la que se nutrió la nueva célula. Sirviéndose de aquellos lazos, previamente anudados entre ellos, se constituyó el grupo compacto y solidario, que respondió a la oferta de aquel trabajo.
“Armados con sus hierros primordiales, aquellos hombres inestables movilizaron sus medios de subsistencia, incluidas sus mujeres, en actitud de contribuir a sus aspiraciones e incrementar los ingresos de cada familia. Todos se instalaron en un edificio solitario en el centro de las tierras laborales desde antiguo construido, único signo de la presencia del hombre en los parajes semidesérticos generados por la vieja agricultura. Tras sus muros, pasado el umbral de la única puerta, porque no estaba compartimentado, los sexos de quienes trabajaban, cuya naturaleza les impedía reposar cuando llegaba la noche, solo estaban separados por un cordel y un par de mantas de él pendientes que cruzaban la única habitación de lado a lado hacia la mitad de su longitud.
–Claro, y fue él mismo quien se encargó de propagar, pasado el tiempo, que la delación de la que fueron víctimas a continuación había sido la respuesta de uno de los cónyuges solidarios, que se sintió tan ecuánime como defraudado por su esposa.
–En el campo, solar donde tuvo su origen el trabajo productivo, a los hombres los celos les crecían con el ocio, como la mala hierba cuando el arado dejaba inmóvil la tierra. Unas lluvias persistentes a mediados de enero habían obligado a parar. Bastaron un par de días, persistiendo aún el tiempo adverso, para que de madrugada, cuando nada hacía prever que la luz volvería a alumbrar las tierras empantanadas, la policía rural detuviera a todos los hombres de la cuadrilla, de los que positivamente había sabido, gracias a la implacable delación, que formaban una célula conspirativa. Otros más fueron encarcelados en la población por ser parte de la misma trama, hasta que en los calabozos, consumado el dispositivo, los encausados sumaron una veintena.
–Y durante tres largos años arrastró sus huesos por calabozos y celdas, prisiones habilitadas en antiguos conventos cuyos cubículos, armados con muros de piedra, prefería compartir con roedores, insectos y líquenes hijos de la humedad, que por capilaridad filtraba la piedra, no con seres humanos.
–Recorrió toda la geografía como huésped de penales, los del norte semejantes a los del sur, los del este idénticos a los del centro, todo el movimiento inútil, el paisaje invariable.
–Entre quienes con él fueron objeto del proceso, los hubo proclives a una opinión que mantuvieron durante toda su vida: que la detención origen de la condena, que a la veintena de hombres había privado de la libertad que la vida cotidiana consiente, fue parte de un trabajo que se le había encomendado, la delación de un responsable político al más alto nivel, quien efectivamente, mientras duró el encarcelamiento sufrió detención y tortura, y que por último fue ejecutado.
–Así fue. Contra su voluntad, plegándose resignadamente a las decisiones de sus compañeros dirigentes, permanecía al frente de la única organización conspirativa que actuaba dentro del país, declarada fuera de la ley y perseguida. Residía en la capital, en casa de unos correligionarios a quienes la seguridad del estado aún no había clasificado. Para enmascarar las actividades que justificaban sus riesgos se servía como coartada de la representación comercial, lo que le permitía viajar en todas las direcciones, completar todas las distancias en cuantas etapas fueran necesarias, tomarse descansos donde la extenuación lo arrojara, alojarse donde en cada caso conviniera.
“Uno de los lugares a los que acudía con regularidad era el que con sus conciudadanos habitaba la veintena detenida. Seguro recuerdas al viejo comerciante, de ojo obtuso y mirada incierta, que vendía toda clase de vendibles en el centro de la ciudad.
–A la vista de una copia de la imagen del dirigente, que antes que la muerte lo condujera a la nada le mostré, repitió con insistencia el nombre con el que ante él se presentaba, hermético e insignificante para cualquiera de nosotros, alarmante para quienes con él tuvieran el trato que a estas tierras lo traía. Incluso evocó el traje que vestía, que llegaba por ferrocarril, los frascos de perfume que en cada visita le suministraba.
–El día de su detención había mantenido varias reuniones acompañado por otros dos correligionarios. Terminados los encuentros, él y su cómplice más allegado caminaron juntos hasta la calle perpendicular a la de su domicilio. “Nos despedimos como cada día y él se dirigió hacia su casa. Me dijo que luego iba a reunirse con algún contacto que le iba a facilitar papel y una máquina para hacer octavillas.” Como tenía previsto, se dirigió a la entrevista pendiente, para la que se había citado en una plaza céntrica.
–Nadie ha resuelto si para que se completara el peor desenlace fue necesario más que al dirigente se le viera en aquel lugar en tan singular compañía. Pero de los actos siguientes se deduce que el hombre que tan mal le iba a servir conocía sus hábitos.
–Quienes se preocupaban por su seguridad, insistían en que se desplazara en taxi. Desoyendo sus consejos, a continuación, tal como solía, subió a un autobús. En él solo viajaba un número indeterminado de pasajeros, que quienes pretenden ser más precisos cifran entre dos y seis, aunque todos coinciden en afirmar que cualquiera de aquellos hombres era un agente de la seguridad del estado.
–No tuvo que reflexionar para saber que lo habían vendido. Por rabia gritó a favor de sus ideas, el gesto habitual entre quienes acorralan en situaciones extremas, concentrado su ser en el centro donde, como pieza de carbono puro, cortada y contrastada por experto gemólogo, reside la voluntad incontaminada. Por su inexperta reacción dedujo la policía que había cobrado una de las piezas más codiciadas por el aparato que aquel estado creara para la persecución de quienes consideraba sus peores enemigos.
–Fue conducido a sus dependencias centrales. Durante una de las sesiones del interrogatorio, fue precipitado desde el primer piso a un callejón. Cuando explicó este hecho a su abogado, le contó que mientras lo torturaban, valiéndose de insistentes preguntas sin respuesta, lo arrojaron por la maldita ventana, esposadas las manos por delante. Porque el instinto lo forzó a proponerse amortiguar la caída, de sus extremidades solo se fracturó las dos muñecas, pero no pudo evitar sufrir graves lesiones en el cráneo por la frente. Al trascender a la prensa lo ocurrido, el responsable de las comunicaciones del gobierno declaró que el detenido, mientras estaba siendo interrogado, se subió a una silla, abrió una ventana e inopinadamente se arrojó por ella.
–Se da por seguro que su delator fue el mismo contacto que le iba a suministrar medios de propaganda rudimentarios, un miembro de la organización que sin embargo desconocía su verdadera identidad. Había sido detenido días antes y había pasado algunas semanas en la cárcel. Todo indica que aquel intermediario compró su libertad, desde aquel momento y para el resto de sus días, a cambio de la delación. “Nunca más supimos de aquel hombre”, dijo quien había compartido con el dirigente detenido sus últimos momentos de libertad.
“No es probable que el contacto felón fuera vuestro héroe, quien había sido detenido un par de años antes y aún permanecería en la cárcel otro más. Pero teniendo en cuenta que el delator, según los datos de los que disponemos, había abandonado la prisión hacía poco, sí pudo obtener la información que le valió su libertad de él, con quien debió convivir.
“La panadería suministraba excelentes conspiradores a las actividades clandestinas. Quienes amasaban, incansables manipuladores de las palas durante toda la madrugada, semidesnudos ante los ardientes hornos de rojas bocas vertiginosas, podían actuar con nocturnidad sin incurrir en sospecha.
“Un panadero, contra todo pronóstico, había sido de la veintena. Cuando completó su infame humillación, antes que volver al lugar donde durante años había conspirado, y por esta causa sufrido persecución y cárcel, decidió instalarse a mil kilómetros de distancia. Satisfizo su libertad recuperada representando de otro modo su vida, porque entre los hombres, si la moneda del tiempo se emplea en longitud, se adquiere la ilusión de poner el cronómetro a cero. De siervo de la noche pasó a dueño del día, aun a costa de todos sus saberes, de todos los medios de los que antes había dispuesto para sobrevivir. No obstante, nunca se resignó a dejar sin saldar sus cuentas pasadas. Periódicamente, al lugar donde por su voluntad la fortuna lo había herido enviaba mensajes anunciando su visita, quizás su retorno, que a vuestro héroe desazonaban. Pasaban los años y no satisfacía su designio, hasta que una muerte inesperada, tal vez no inoportuna, le impidió consumarlo.
“No voy a pretender que la mano del héroe injustificado llegara tan lejos, tan rigurosa, tan cruel. Solo quiero que sepas que en la cárcel de la capital del estado, donde estaba el centro de todas las operaciones destinadas a las capturas, durante el segundo año de su condena, en una misma celda, pudo darse una triple coincidencia: el panadero, vuestro hombre y el delator del dirigente. Su trabajo en el campo apenas le daba para vivir. Ser recluido en prisión, si allí iba a ser objeto de un trato preferente, era exiliarse por un tiempo a un refugio seguro y muy bien remunerado.
“La imaginación se ha excedido en las conjeturas, al proponer que el más alto responsable de la organización, que entonces permanecía oculto en el extranjero, y todavía durante años se enrocaría en sus prevenciones, celoso del poder que ganaba en el interior quien se exponía a dirigirla sobre el terreno, se habría servido de vuestro varón para consumar una purga inmisericorde. Tendrás que admitir, sin embargo, que con esta explicación concuerda la insobornable fidelidad que este siempre mantuvo hacia el cerebro supremo.
“Y en esto, a ti, y a otros tres insensatos, tan víctimas como tú del espejismo de la imposible igualdad, se os ocurrió fundar toda la legitimidad de vuestra iniciativa en su vuelta a la actividad pública, una vez cumplida su condena. El hombre humillado por una sentencia injusta, gracias a vuestro aval, que por vosotros era el de una nueva generación, renació al siglo con una dimensión gigantesca, imperturbable, como si su paso por las cárceles lo hubiera acrisolado en bronce y erigido en un pedestal.
“Creíste que durante su prisión su familia había sobrevivido gracias a la solidaridad de sus correligionarios, a la que enviaban con cuanta frecuencia podían cantidades que al menos le permitían su manutención. De una vez debes convencerte que este fue otro de los errores a los que te llevó tu inconsciencia, tu precipitación, tu falta de sensatez, poco igualada entre los de tu edad, tan propensa a la estúpida pasión niveladora. También en este caso preferiste la causalidad heroica al examen sereno y frío de los hechos, que nadie más que tú jamás tuvo a su alcance. He reunido tal cantidad de indicios sobre las fuentes de aquellas rentas que es imposible aceptar tan edificante causa. El dinero que recibían sus allegados procedía de los servicios secretos, túnel subterráneo de la seguridad del estado, en pago al trabajo que desde los años treinta prestaba. Vuestro hombre procedía de un mundo de falsos héroes, envuelto en leyendas, dominado por la miseria.
–A ti y a mí, a los de nuestra generación, que hasta entonces había permanecido ignorante de la cantidad de sangre que consumen los más poderosos, por un día nos fue dado verla llegar hasta la calle, tanto más injusta y violenta porque era excepcional. Un destacamento armado, al mando de un oficial ebrio, irrumpió en medio de una masa informe, que se disolvió como la espuma golpeada por la lluvia, apenas una ráfaga de fusil ametrallador disparada. No el ruido de los disparos, no la sangre vertida, sí la muerte provocada, cuando de ella se supo, desencadenaron el pánico.
–La gente que tú y yo conocemos, cobarde y retraída, desconfiada hasta de sus allegados, calculadora incluso de las palabras que silenciaba, durante las horas que el cadáver yació sobre la losa, a la espera del juicio que el forense debía emitir, y también expectante y acobardado aguardaba, quedó recluida en sus domicilios. Sin embargo, él, mientras transcurrían, haciendo ostentación de un valor temerario, anduvo todo el tiempo por las calles, levantando la voz cuando los demás apenas murmuraban, condenando con palabras muy explícitas al autor de los disparos mortales. Porque no tenía nada que temer. ¿Necesitas un testimonio más concluyente de su cinismo? ¿A qué más tendré que recurrir para demostrar que vivía blindado por sus crímenes?
“Si a través de vosotros recuperó el vínculo con la organización del interior, antes tuvo que ocurrir que hubiera quedado roto, no por su voluntad, sino porque fuera condenado al ostracismo, la sentencia más severa que como réplica, en exceso benevolente, a la enciclopedia de maldades que había consumado podían permitirse quienes habiéndolas sufrido carecían de otras armas. Fuisteis vosotros, con vuestra descomunal inconsciencia, quienes consumasteis la injustificable resurrección a la vida pública de quien ya había sufrido la muerte civil.
“Ni te imaginas lo que pude sufrir durante los días que tú te entregabas a la aventura del héroe juvenil. Tu madre, una vez que supo que estabas enredado en juegos absurdos y peligrosos, como más próximo a ti me encomendó que te cuidara. Padecí en silencio aquel encargo, al tiempo que evité limitar tus actividades. Hasta simulé aproximarme a tus compañeros de aventuras, yo, que nunca quise mezclarme en actividades de esa clase, que he cuidado permanecer equidistante de quienes vulgarizan la vida reduciéndola a opuestos. Pagué demasiado caro mi destino y tu insensatez.
“Estoy convencido que para mí fue fatal aquella fotografía que nos tomaron, en la que tú y tu novia, y yo y la mía, aparecíamos entusiastas y confiados, orgullosos de su compañía, y él en el centro, dominante y seguro, el cuello abotonado, su cabeza cubierta con la mascota de los días de gala.
–Entonces ignorábamos que quien la tomó actuaba como delator, amparado en su aparente oficio de fotógrafo. Era un hombre de mediana edad, bien parecido, siempre con su cámara colgada del cuello, sobre el pecho, con el flash conectado, cuya batería cargaba a ratos de un hombro a ratos del otro.
–Gracias a aquella instantánea, la policía dispuso del señalamiento incriminatorio que con el tiempo nos culpó a todos.
–Así como aquel funesto sacerdote, heraldo del infierno, que durante el día ante la puerta de su templo aguardaba el paso de quienes había decidido relajar al brazo secular, a quienes detenía con preguntas ociosas y equívocos parabienes, y finalmente abrazaba, señal acordada, ante la discreta mirada de los insaciables captores.
–No te voy a recriminar que por esta causa fuera conminado a incorporarme al ejército de manera improrrogable, menos aún que durante el tiempo que estuve en filas me viera obligado a portar armas, a hacer de guardián de gente que había desertado, que durante todo aquel tiempo todos mis movimientos fueran estrechamente vigilados, mi correspondencia censurada. Lo que no puedo perdonarte es que por tu causa me viera reducido a la condición de cobarde.
–Absurdo. Permíteme que te evoque, ser arrogante, antes de que la memoria de sus gestas se extinga, la obra de hombres singulares antepasados nuestros, entre los que la excelentísima miseria de nuestro héroe se vio obligada a contarse, quizás como entre las arenas del litoral, triturados por las incansables olas batientes, los sanguinarios colmillos de los tiburones muertos; tal vez como en las orillas al ocre de las arenas los marineros descompuestos, tributarios del mar, aportan un rojo luminoso. Antes que ellos, hubo quienes cambiaron de lugar montañas, desviaron el curso de ríos, inmensos mares comunicaron entre sí partiendo por la mitad continentes enteros. Ninguno de estos portentos, aun siendo merecedores de la gloria que la humanidad prodiga, se puede comparar a los suyos. Los hombres cuya vida encomiar debo afrontaron la muerte y la vencieron. A ninguna conquista, quienes les sucedimos después, podemos quedar tan obligados por el reconocimiento y la gratitud.
“Nacieron mortales en el grado más severo, como los insectos, como los seres invertebrados del rango inferior, de vidas tan frágiles que por horas miden. Eran parte de proles excedidas, supervivientes de frecuentes partos de variable fortuna. Si entre ellos el primogénito alguna preeminencia ganaba, era un deber, compartir con los padres la carga de la descendencia. No solo en un cubículo, para toda una familia segregado, hacinados crecieron. También fueron chozas, y hasta cuevas horadadas en rocas calcáreas que destilaban humedad, el refugio extremo de sus hogares. De alimento les sirvió la hierba que al ganado nutría, ente cuyos desechos crecieron las hojas verdes que en sus cocinas después permitían un sustento escueto. Nada había de humillante en aquella manera de nutrirse, al azar de los tiempos confiada. Solo por su fuerza supervivientes, por la misma causa que la del buey sus vidas conservadas, del vigor que ganaban por tan escasos medios se enorgullecían.
“A ellos su noble dignidad jamás les consintió hacer públicas sus carencias, en secreto por todos compartidas. No deseo que las encomies. Solo quiero que tomes nota precisa del lugar donde estaba marcada su línea de salida, para que estimes el alcance de sus adelantos, los mayores que la civilización hasta ahora haya permitido
–¿Aun reconociendo el favor que a los hombres hacen las leyes de sus estados y los derechos que las garantizan, la mayor de las bendiciones que haya conquistado la humanidad?
–El cuadro te parecerá excesivo. Nada hay de patético en él. En nombre de la verdad que los encumbraba solo puedo decir que hablo por lo que me tocó ver, porque con esto conviví primero. Mis recuerdos del principio los pueblan gente mal vestida, niños sin ropa y descalzos, muchedumbres comprando alimentos que no podían pagar, que siempre adeudaban, largas cuentas registradas en papel con lápiz, nunca del todo sufragadas, a pesar de las esforzadas entregas semanales, imborrables. Por aquellas señales supe que me había tocado nacer en el desierto, que un abismo había entre sus gentes y que el estigma del linaje era indeleble. Y detesté mi origen.
–Es muy probable que en el efecto moral que aquellas escenas tuvieran en tu caso alguna responsabilidad le cupiera al hermético universo en el que nacimos. Solo quienes deben sufrir el fanatismo con el que alguna vez han sido dictados los dogmas, con el propósito de anular las voluntades, pueden imaginar el volcán de rebeldía que la imposición insensata puede desencadenar en los inconformes. No es el menos probable la evasión rigorista.
–Sé que a oídos sensibles como el tuyo, nacidos para el verso, parecerá inapropiada la mención de la miseria, que a la vista de los hombres debe ser hurtada. Porque los oídos, las manos, los órganos que componen la armonía de la vida deben concentrarse en el patrocinio de un orden equilibrado, el que está negado al caos cotidiano y que sin embargo, aunque sea a su costa, tal vez algún día a sus descendientes, ya no a él, beneficiarle pueda.
–Distraerlos del oficio excelente los expone a la degeneración.
–Imagino cómo pueden ser recibidos por ti mis recuerdos de aquellas existencias, tan marginales, tan multitudinarias. A un par de seres de tu misma clase, yo aún víctima de la mejor ingenuidad, le revelé que entre los hombres que padecían aquella condena los había que debían ganarse su renta empujando piedras de molino, cuyas soleras, luego, para el ligero sueño de sus noches, largas como las condenas, les servían de lecho. Cómo ridiculizaron mi relato, a costa de él cuánto rieron sin disimulo. No tengo que convencerte de la veracidad de aquel testimonio. Ante tu sensible oído solo tendré que mencionar la autoridad de mi padre, que tú también distinguías sobre todos, quien de niño, según contaba en ocasiones, pudo ver, entre los muros de su lastimada casa, cómo a quienes en ella trabajaban las exigencias se les imponían de ese modo.
“El primero de los héroes que conocí apenas sobrepasaba mi edad. Acudía a los encuentros solo, desprovisto de cobertura, a sabiendas de que cualquier error en sus juicios, sus excesos de confianza, corrían a cargo de su libertad. Agotábamos jornadas de iniciación en campo abierto, en lugares donde cualquier aproximación podía ser advertida, aun a cientos de metros de distancia. Unas antiguas canteras, tajadas desde la cima de un inhóspito cerro, la falda de una loma afrontada a llanuras extensas, desprovistas de vegetación, las bardillas de un puente en ruinas, atravesando un cauce seco y sin vegetación eran lugares en los que la seguridad era un cálculo que confiaba en la velocidad de la huida.
“Por su medio descubrimos que en los subterráneos había sobrevivido una numerosa legión de aquellos hombres singulares. Los había hecho grandes ser héroes a su pesar, valientes a fuerza de arrojo, abnegados y coriáceos. Durante años quedaron expuestos al peligro con la osadía del inconsciente, con la presteza con la que el matador se expone a las peores astas. Cualquiera que no conociera su temple podría juzgarlos estúpidos. Eran sin embargo los hombres más equilibrados, de costumbres moderadas, antes que nada responsables conductores de sus hogares, por la naturaleza que en sí mismos celebraban concebidos. Eran nobles de una sola palabra, almas trabadas con la más sólida e invisible cantería. En vigilia permanente ante la amenaza, un giro de sus rostros, una mirada fulminante, eran bastante para orillar al imprudente, alertar contra el peligro, delatar al desleal. Ningún rasgo de insensatez, nada de temeridad había en ellos. Solo valor, consecuente deglución del arrojo y sus riesgos.
“Antes que ellos, por idénticas conclusiones, otros hasta la muerte habían arrostrado. Nada había que hiciera sus decisiones superiores. Impuestos en tan brutales exigencias, eran capaces para conmemorar el aislamiento, refugiarse en el más radical silencio, celebrar el decanato entre quienes habían sumado el número mayor de días pasados en la cárcel. Los había cuerpos incorruptos mantenidos por el coraje, seres solo piel y huesos supervivientes más a las carencias que a las torturas. Probablemente nunca se propusieron alcanzar un orden armónico, a cuya posibilidad habrían sobrevivido decepcionados, una vez sufrida la derrota en una guerra. A muchos les bastaba para justificar el reto de la inmortalidad la memoria de un antepasado fatalmente expeditado, la fidelidad que le era debida, explicar la tragedia y el llanto cotidiano de sus mayores. Quienes los admiramos, por nuestra voluntad nos dispusimos a secundarlos y en la matrícula del mismo barco nos enrolamos.
“Durante un tiempo, él parecía el único superviviente de las travesías precedentes, por mí conocido cuando decidí hacerme a la aventura.
–Habría sobrepasado los cincuenta y vivía en permanente aislamiento, y un inopinado azar lo había convertido en guarda jurado, ocupación de policías licenciados.
–Entonces, a esta evidencia no concedimos significado, como para el hijo son invisibles los rasgos que la corrupción traza en el rostro del padre. Nos citaba al atardecer en el lugar donde permanecería en vigilia durante toda la madrugada. Se apartaba de nuestras conversaciones, soslayaba nuestras discusiones. Se negaba a saber más que lo imprescindible.
–Es posible que la necesidad le obligara a tomar decisiones comprometidas.
–Tampoco sé si alguna vez pude ser objeto de sus delaciones. En ninguna de sus decisiones vi algo que pudiera parecerme desleal, y jamás percibí nada en mi contra que pudiera juzgar alentado por él. Es cuanto con honradez puedo decir.
“Mientras tanto, te oía proclamar tu desprecio a la democracia, engendro de mediocres. Nunca antes entre nosotros alguien se había expresado con tanta brutalidad. Reconozco que entonces ignoraba el cinismo de quienes tuvieron responsabilidad en la promoción de la fórmula contemporánea. Pero concédeme que a tan temprana edad deseara aquel analgésico, habiendo sabido del injustificable dolor padecido durante años por la leva precedente.
“Sin embargo, no era ningún principio moral el que justificaba tu intolerante actitud. Hacías ostentación entonces de un atributo que impedía a quienes por él estuvieran poseídos, por naturaleza seres superiores, descender a las pasiones civiles. Como si quienes habíamos optado por exponernos al riesgo de las procelosas travesías de mares encrespados estuviéramos incapacitados para distinguir los olores, o para apreciar las melodías que las palabras, más allá del verso, las lenguas con generosidad conceden. No diré que fuiste un cobarde. Tampoco que entre tus subterfugios estuvo la ridícula comedia de la grandeza de tu condición. Lo que, aun pasado el tiempo, que difumina los perfiles, te ha hecho definitivamente infame ha sido tu intención de destrozar su memoria, presentándolo como un traidor corrompido y contumaz.
“Nunca sabré si acerté en mis decisiones, porque ese balance está reservado a quienes juzgan al fallecido. Pero puedo garantizarte que gracias a todos ellos, sin exclusión, encontré mi patria, la gente más noble del lugar donde me había tocado nacer, el que antes había aborrecido. Desde entonces no he conseguido abjurar de mi pasado, que mis contemporáneos, y entre ellos tú, detestan. No puedo ignorar las brutales desigualdades que entre los hombres ha creado la ley contemporánea, que los abandona a su suerte, que no garantiza la igualdad que por naturaleza exigen. Probablemente esta manera de hablar me valga severos calificativos. Tú, sin embargo, ni siquiera un nombre mereces.
Exoftalmía
Publicado: marzo 21, 2016 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea. Estaba a un lado de la carretera, poco transitada aunque recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido. Para desconcierto de sus perseguidores, concluidas las reparaciones, dispuso de un café donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero su peculiaridad consistía en que fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo. La secuencia de todas las cámaras ocultas formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del inframundo hermético, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza. A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que allí la primitiva había degenerado por la aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección del edificio encontraban refugio. Entre las cámaras, las había acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, revólveres, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de expansiva dinamita, que al ciego hacían ver, al sordo, oír. Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier punto de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos. El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en su interior. Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba en el cuarto sur de Chicago el crimen de la cerveza, fluido que, mientras rigió la Ley Seca, pasada la medianoche podía costar el juicio a los menos prudentes. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional. Su pasión era Donita Dunes, empleada en La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente. Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía. Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la obra clandestina. Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna. Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad. Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna. Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó a Spike apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna. Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes. Hasta entonces se había considerado invulnerable. En aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas, aunque su vida, mientras la envolvió la nube de incienso, estuviera en vías de salvación y nunca en riesgo. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido de que antes de acudir al desfile había guardado en él nueve mil dólares. “Probablemente era un carterista”, respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar. El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor singular. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.
Una digresión
Publicado: marzo 14, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Decide contar Plutarco, en su Vida de Alejandro, una vez completado su relato de las campañas que lo retuvieron en Mesopotamia, que tras derrotar a los persas se constituyó rey de Asia, y que luego decidió bajar hasta Babilonia, cuya fama había sobrevivido aun habiendo transcurrido milenios; donde igualmente impuso el poder de su fuerza.
Aun no había ocupado las llanuras que preceden al golfo, cuando en una región próxima a las fuentes del Tigris a sus exploradores, que decidían las rutas que debía en cada trance seguir el cuerpo expedicionario, les sorprendió una gruta de la que manaba fuego, y desde la que salía una corriente de betún que se adensaba según descendía hasta formar un estanque.
Tan inesperado fenómeno, del que había quedado en las crónicas de las que se estaba sirviendo un relato lo bastante completo y fiel como para recibirlo con el suyo, le pareció a Plutarco, como siglos antes le había ocurrido a Heródoto, justificación suficiente para interrumpir la historia de las hazañas de su héroe.
Observaron que aquel betún reaccionaba tan vivamente ante el fuego que no era necesario que contactara con él para que se incendiara. Era suficiente la luz que irradiaba la llama para que aquella pez negra prendiera. Concluyeron que el sorprendente efecto era favorecido por el aire que circulaba entre fuego y betún. A causa de que este lo contaminaba, irradiaba desde su superficie ya a altas temperaturas y muy volátil.
Llegada la noche, los naturales del país, sabiéndose ya sujetos al poder de los macedonios, conociendo la admiración que aquel fenómeno entre ellos había causado, para ganarse su favor, representaron para la nueva corte un prodigio. A lo largo de la calle que llevaba hasta el lugar que Alejandro había elegido para su residencia trazaron un reguero con el fluido, y desde el extremo opuesto con una antorcha lo encendieron. Un instante fue suficiente para que el destello llegara hasta las puertas del palacio, y que quienes en él estaban quedaran sobresaltados.
Atenófanes, un ateniense empleado por el héroe para que tras el baño ungiera su cuerpo, y que durante el masaje solía complacerlo con actuaciones que contribuyeran a la distensión de su músculo, le propuso para el día siguiente un ingenioso pasatiempo. Estéfano, un esclavo de pocos años, bastante simple, de estampa extravagante, al que mantenían en la corte, a pesar de su escaso valor, porque ejecutaba el canto con gracia, podía ser útil para comprobar si las virtudes del betún deslumbrante, tal como pretendían los exploradores y habían representado los indígenas, eran tan extraordinarias. Al propio Estéfano, deseoso de congraciarse con Alejandro, cuando se la propusieron le entusiasmó la idea, y al héroe, que nunca dejaba de imaginar medios con los que castigar a sus oponentes, le pareció prudente y oportuna.
Fue untado Estéfano con el betún. Le aproximaron una lucerna y se transformó en una tea que inundaba la estancia con su luz. Sobre su cuerpo la llama no se extinguía. Algunos de los presentes, que pasivamente disfrutaban como espectadores privilegiados el esparcimiento del héroe, reaccionaron y recurrieron al agua que estaba cayendo en el estanque para apagar las llamas que consumían al pobre esclavo. No pudieron evitar que su cuerpo quedara en un estado lamentable. Fue necesario reconocer el poder extraordinario de aquel betún.
Nada se sabe sobre lo que le sucediera a Estéfano pasados los días. Plutarco no cree necesario prolongar en esa dirección el relato porque piensa que las digresiones deben ser contenidas, de dimensiones moderadas. En su opinión, han completado su papel si provocan una sonrisa en quienes ofuscados se hubieran entregado a la lectura.
En guardia
Publicado: febrero 15, 2016 Archivado en: Ángela Herodias | Tags: historias Deja un comentarioÁngela Herodias
Cástulo es un hombre discreto, a pesar de su casi metro noventa. Calza sandalias, incluso en invierno, cuando se permite un par de calcetines, bien con estampado de colores, que se extienden sin contornos definidos por el empeine y el talón, bien de punto cruzado, para formar ingeniosas combinaciones romboidales, bien lisos, discretos de tono, probablemente más de fibra que de algodón. Sus únicos pantalones, de los que posee varios pares, ceñidos al tobillo, son piezas supervivientes de un conjunto truncado, adquiridas en mercados marginales los domingos por la mañana. Bajo el puente de las piernas le cuelgan poco menos de un palmo, y ante las rodillas mantienen una bolsa, resistente a los lavados a los que cada semana los somete. El jersey que cubre su torso recuerda a los que suministra el ejército a los soldados, de un verde apto para los camuflajes previsibles, no para las emboscadas, quizás de un tono más pálido que el original, ahora una consecuencia de su persistente exposición al sol. Se le adivina una camiseta debajo, porque algo por encima de los pectorales lleva marcado un arco y sin embargo nada asoma por el cuello, siempre completamente desnudo, tanto que al descubierto le quedan las pelusas del cogote. Tengo la certeza de que se afeita con regularidad, aunque no con frecuencia; he supuesto que los viernes, al estilo de los antepasados nuestros, quienes descubrieron que la madrugada del sábado, víspera del descanso más prolongado de la semana, relajaba las costumbres del modo menos favorable. Como tampoco frecuenta la peluquería, quizás porque ya no lo necesite demasiado, sus vecinos suponen que el momento decisivo de su vida coincidió con la ola pacifista que en los dos continentes, ambos del norte occidental, separados por un océano, suplantó la amenaza de una revolución; que después de los desastres de la peor guerra que haya conocido la humanidad cercaba a los gobiernos, inutilizaba los turnos.
Vive con la modestia que le aconsejan sus convicciones, que cela con el silencio, en poco más que una habitación; con el mayor decoro que sus circunstancias, sujetas a los ingresos de una parca prestación, le permiten. Hay que reconocer que es ahorrativo, que tiene organizados sus gastos con más rigor del que aconseja una sana economía. Compra la fruta por unidades, y la verdura, cuando la examina, ante la impaciente mirada del vendedor, la bondad hecha una estimable porción de carne, que se afeita la cabeza, la selecciona con la severidad de un almacenista, quien rechaza un lote si ve alguna pieza magullada. Y solo después toma una o dos que a lo sumo alcanzan los doscientos gramos, el cuarto de kilo como mucho. Se tiene prácticamente vedado el producto de la pesca, no porque crea nociva su carga de metales, y del vacuno su dieta, que lo restringe a una ocasión al mes, tiene aceptado el pesado hierro que destila disuelto en la sangre. Cuando le apremia la necesidad de proteína, recurre al pollo, aunque esté convencido que nada puede superar, si por las proteínas hay que preocuparse, a las legumbres, las más saludables. Al hombre sano no le tendría que estar consentido ponerles reparo porque sean flatulentas.
Pero no se puede decir que sufra privación alguna. El mobiliario de su hogar es el razonable para un hombre que vive solo. Cama, armario y los equipamientos de la cocina y del cuarto de baño son los mejores que tiene al alcance un hombre con sus ingresos. Es cierto que podría disponer de más confort en la habitación, la primera pieza de la casa que quien entra ve. Todo su mobiliario se limita a una mesa y un sofá; la mesa, para comer, el sofá, para dormir. Pero no necesita más. “Excederse en lo necesario solo conduce a la molicie”, dice.
La lluvia es un don de la naturaleza que solo quienes siembran saben apreciar. Es un milagro que en silencio, fuera de la vista, nutra la bendición de una zanahoria, el beneficio de una patata, excelsa si frita. Pero quienes habitan en las ciudades, antes que agradecerla, suelen enemistarse con ella. No es que la repudien, ni que ignoren el valor profiláctico que el lixiviado de las calles, de los edificios que las llenan y del aire urbano para ellos tiene. Sin embargo, les contraría que a todos, antes o después, les sorprenda inermes. Los que se atienen a los ritmos de la vida en la ciudad viven sometidos a una velocidad que comprime su capacidad para tomar decisiones, como cuando al frenar el autobús los cuerpos se agolpan, restringida por la duración del tiempo, tasada y medida; como en la cola de la ópera, como en las gradas del estadio. Más de la mitad de las veces los sorprende sin paraguas.
Ninguna de las medidas que la economía de esfuerzos civiles ha tomado en la ciudad, con el fin de sobreponerse a ese azar, ha conseguido evitar el peor de sus efectos. Ni escuetos gorros de alas caídas, que encajan a presión en las cabezas porque tienen las dimensiones justas, ni prendas reversibles, ni calzado impermeabilizado son solución alguna. Una y otra vez ensombrecen el paisaje urbano, tan querido, tan hospitalario, los pelos adheridos a los rostros, caídos, los peinados destrozados, los pies chapoteando dentro del calzado, los calcetines empapados, los cuerpos calados hasta los huesos. No es que el paraguas sea la solución completa a los problemas. Pero resuelve el más insoportable de los efectos de la lluvia, la cara batida por las gotas.
Lupe es una joven pariente de Cástulo que convive con una amiga. Para recordar su nombre, que rara vez llega a mencionar, él debe recorrer un camino largo, algo complicado, y no obstante infalible, en pocos instantes. En cierto restaurante, hace años, cuando aún era joven, servían un plato muy apetitoso, sencillo, a base de huevo y tomate y poco más, con el que se deleitaba con toda la frecuencia que sus escasos medios entonces le permitían. Apelar al recuerdo que conserva de aquel plato, que recupera como una imagen, un cuenco de acero inoxidable humeante, rojo, blanco y amarillo, sobre el mostrador de madera mate por efecto de la insistente limpieza, desencadena en él un flujo de las papilas generoso. La disciplina de la ayuna, que es parte del procedimiento que le permite obtener aquel resultado, la recompensa el destello de un rótulo enmarcado, en donde figura el nombre del establecimiento, el mismo que el de aquella chica.
Con Lupe esporádicamente se encuentra, y menos aún se interesa por su estado, más por educación que por interés. Sus saludos se limitan a cuando alguna coincidencia fortuita o de las programadas por la familia los hace converger. Así ocurrió el día al que quiero referirme, cuando coincidieron en un soportal próximo a la casa de él, donde los dos se habían refugiado, inermes, sorprendidos por la lluvia. Tras el intercambio de saludos, satisfecha con toda la compostura de la que era capaz la representación de la sorpresa, le ofreció arriesgarse unos metros, y a cambio alcanzar su modesta vivienda, donde podría disponer de un paraguas. Lupe aceptó. Pero cuando llegó el momento de elegir uno de los que Cástulo mantenía en su paragüero, con una desfachatez que lo encontró con la guardia baja, le afeó que los tres que ponía a su disposición estuvieran tan nuevos. Al contrario, su dueño creía, justo porque estuvieran en tan buen estado, que daban testimonio de su generosidad.
No era la insolencia, a la que en el caso de aquella criatura ya estaba acostumbrado, lo que le había desconcertado. Era su actitud desagradecida. Tal vez ni los hubiera estrenado, le dijo. Incluso sospechaba que no quisiera deteriorarlos con el uso. Para evitar un nuevo gasto, por tan ahorrativo como era. Quizás el propósito del dueño de la casa solo había sido dar algo de color a aquel rincón de la triste entrada, reflexionó en voz alta. En su vida era todo tan superficial y tan innecesario, le sentenció. Porque ni siquiera las posibilidades cromáticas de los paraguas las había aprovechado. O prefería ignorar que también en verano podían ser utilizados, bien como bastón bien como elegantes sombrillas al servicio de discretas damas de tamaños orientales.
Ignoraba Lupe que Cástulo era generoso y versátil en el manejo de cualquier clase de paraguas, que nunca los mantenía ociosos, que nadie como él les daba vida; que cuando caminaba con uno en la mano declaraba con él su pensamiento, oscilante como los ritmos de su corazón, estimulado por las instantáneas vistas al paso, por los encuentros fortuitos, los luminosos, los quioscos, los tristes automóviles que como pesadas vagonetas por el fondo de una galería penosamente circularan. Si tomado por el mango con la mano izquierda, ordenaba la rosa de los vientos, para que en sus direcciones favorables circularan quienes caminaren frente a él. Si en la derecha, mantenido algo por debajo de la cadera, sus decisiones estaban tomadas, sabía a dónde se dirigía. Tanto podía parecer báculo como batuta, sable como fusil. Tan pródigo era en darles aire, tanto sentido podían tener sus tamaños, sus colores y sus formas.
Hablar de aquel modo, tan encubiertamente amable para los oídos menos experimentados, era un hábito con el que Lupe, desde que era niña, cuando se encontraba con él, lo había gratificado. Recordaba el día que lo había sorprendido hojeando un diccionario de alemán que acababa de comprar. “¿Para qué quieres un diccionario de alemán, si tú no sabes alemán?”, le dijo. Cástulo, que siempre ha sido un hombre moderado, entonces evitó responderle con toda la crudeza que su generosa sinceridad merecía. El ponderado rechazo que incluía la pregunta, que se sostenía sobre un mal disimulado prejuicio, porque carecía de certeza sobre lo que daba por seguro, le impidió pasar del sonrojo.
Bien hubiera podido responderle que justo por lo que ella misma pensaba, en el caso de que fuera cierto, lo necesitaba. Prefirió componerse una explicación sobre aquella actitud. Las inocentes criaturas, que todos los días son convocadas a la mesa de los sacrificios y las oblaciones, obedientes a la llamada del padre celebrante, momento único en el que toda la familia se reúne, oyen de la boca de sus progenitores, sagrada como el oráculo, las mejores opiniones sobre los parientes; un modesto e inocente medio de conjurar las adversidades de la familia en la que es inevitable vivir, descargándolas sobre representaciones simplificadas de la parte más próxima, y a la vez ajena, tan conocida por los hijos, quienes con facilidad pueden identificar a sus miembros, ya clasificados, unos con favor, desfavorecidos otros, para que con ellos compongan sus primeros órdenes del mundo. Por experiencia sabía que el principio que prodigaba el trato amable entre los sentados alrededor de la mesa devoradora de víctimas propiciatorias era el de la descalificación. Estaba seguro que él había sido objeto de las más acabadas censuras de aquel género por parte de sus parientes, los padres de la criatura, algo excedidos por la edad ya cuando la concibieron, nunca del todo convencidos del acierto de su generación, durante más de uno y de dos almuerzos. Sospechaba que a causa de su parsimoniosa y retirada vida, que en nada comprometía a las ajenas, por las que en modo alguno deseaba verse concernido.
Cuando llegó a su casa, tan empapada como el día de vientos huracanados consentía a todos los transeúntes, inermes o armados, Lupe arrinconó el paraguas. En su gesto concentró su enemistad eterna con la lluvia, que no había podido vencer, el desprecio a la debilidad propia, por haber cedido a un estúpido ofrecimiento, y la condena a su pariente, tan inútil hasta en sus favores. Pero en un par de días incubó su odio como un incontenible deseo de ultimarlo, como si con aquella oportunidad hubiera ganado una posición única, que la obligaba a ser la ejecutora de una venganza, cuerpo a la vanguardia de una familia justiciera que ya había dictado sentencia contra la injustificable vida de Cástulo.
Es muy religiosa Lupe, más las fiestas de guardar que en los días laborables, y mucho más en los señalados días que en el año están reservados a la manifestación pública de la penitencia. Es seguro que sus descalificaciones de cualquiera interesan el territorio de su moral, compuesta con un buen número de juicios severos y sentencias irrevocables, dictadas por unos poderes divinos inmisericordes, ante los que solo se puede decir amén. Cualquiera de las condenas promulgadas a consecuencia de la aplicación de este código debe ser purgada con un sufrimiento. Descosió con deleite Lupe la tela, separó una por una las varillas, en aplicación del veredicto a su conciencia llegado. Y se recreó en la previsión de los posibles sucesos por venir. Si Cástulo le solicitara la devolución del paraguas, lo que sería otra manifestación de su desviada manera de comportarse, porque un paraguas no es una prenda valiosa, y no debe entrar en el canon de las personas con algo de educación solicitar que sean devueltos, apelaría al viento. Cuando volvía a casa, le diría, las rachas que acompañaban a la lluvia volvieron del revés el paraguas y lo destrozaron.
Durante algunas noches, ella y su amiga se divirtieron sirviéndose del bastón, ya sin rayos ni varillas, imitando con discutible acierto los gestos de Chaplin, los progresos de un desvalido cuponero por la acera. Cuando hubieron agotado estos ingeniosos recursos, decidieron servirse de las varillas para practicar esgrima, con tan magnífico desprecio de la experiencia, con tanta pericia en el giro de la muñeca, así como en el acoso del contrincante y el amago de las estocadas, que su amiga estuvo a punto de exrrostrarle un ojo.
Pasados los días, efectivamente Cástulo fue a recuperar lo que era suyo, y pudo ver ante sí las consecuencias de la derrota que había sufrido. Tras retirarle los restos del paraguas, que encontró desperdigados y retorcidos, a pesar de lo cual él los creía aún recuperables, a poco que les concediera algo de paciencia, y del cariño que hacia aquellos fieles concebía de manera espontánea, de él recibió Lupe generosas recomendaciones. “También en materia de parches para ojos vaciados hay tendencias. La memoria conservada de Aníbal, el más egregio de los tuertos antiguos, describe el suyo como un trozo de cuero, más becerro sin apenas curtir que suave badana, tensado por un par de tiras del mismo material, que se anudaban en vistoso lazo sobre el occipucio, una vez pasadas por encima de las orejas. A esa misma estirpe pertenecen el que lució la mejor casta de los piratas, en la que nunca faltaron héroes monoculares, y el de John Ford, que sometió su naturaleza al objetivo de las cámaras. También el del heroico Publio Horacio, apodado Cocles, hombre de la más gallarda apariencia y del más valeroso espíritu, que salvó Roma en una de sus horas más delicadas. Sin embargo, entre la aristocracia trasatlántica ahora se ha extendido otra modalidad. Consiste en acabar el parche como una concavidad, para conseguir algo de volumen, de modo que, visto el rostro de perfil, el lado en el que el ojo falta también aparente algo de su natural relieve. Para que el efecto que se pretende sea mayor, puede ser necesaria la contribución de un autor de alta costura, dados el tamaño de la pieza y la delicadeza del objeto. Pero no es necesario incurrir en dispendios. En todos los barrios hay gente con buenas manos, capaces para resolver la pieza con una sola costura central, para que recuerde los párpados cerrados. Incluso las puntadas, si se ejecutan con paciencia y a trechos regulares, tal como para el punto de ojal, puede ser una ingeniosa referencia a las pestañas, que lamentablemente, si sobreviven, han de quedar ocultas tras el trozo de cuero. Las cintas, para obtener un posado del parche que se adapte con naturalidad a la cuenca donde el ojo antes se alojaba, según la nueva tendencia deben pasar divergentes, una por arriba, recorriendo la frente, y la otra por debajo del lóbulo de la oreja, y ambas encontrarse sobre el inevitable occipital, donde consiguen una mayor sujeción. Pero, al alcanzar ese término, deben ser hurtadas a las miradas, disimuladas bajo el peinado.”
Las legumbres
Publicado: enero 11, 2016 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
Los antiguos habían fijado fábulas, destinadas a advertir y enseñar a las generaciones siguientes, que las condenaban taxativamente como una parte de la dieta de los hombres. Un relato recibido a través de Hernán García de Bobadilla aceptaba que una divinidad precolombina, a la que los indígenas hacían responsable de los ciclos agrícolas, permisiva del progreso de sus vidas, debía serlo también de haber revelado a los humanos el que consentía obtener las flatulentas habas. Pero como los ritos que reconocían los poderes de aquel ser extraordinario, a consecuencia de los rigores que sus adeptos se habían impuesto, debían celebrarse en recintos cerrados, casi sin ventanas, sin que circulara aire entre ellos, los iniciados en aquellas creencias herméticas, las que se rendían ante su omnímoda presencia, tenían prohibido comer habas.
–Con el tiempo, aquellos creyentes habían completado su excéntrica disciplina con un conjuro de su vulgar excusa, cuyo objeto era descargar a la diosa de cualquier responsabilidad en un principio que por último había resultado tan inoportuno.
El relato humanista que la había recibido en occidente, no el original, que se había perdido, había ideado un epónimo al que llamó Ciámites, el de las habas, a quien le fue adjudicada la desastrosa decisión de sembrar las primeras, las mismas que después tuvieran tan inesperadas y molestas consecuencias.
Leía aquella clase de relatos consciente de que lo entretenían inútilmente. Le desconcertaba no terminar de encontrarles sentido. Conceder algún crédito a tan simples testimonios, que procedían del mundo de las oscuras supersticiones, que tan faltos estaban de autoridad y tan poco rigurosos eran, absurdamente orientados contra el consumo humano de la saludable legumbre, era insensato, tanto más porque con sus insensateces a sí mismos persistían en descalificarse.
–Otro de los que había encontrado en la misma tesis, dedicada a conocer el origen de ciertos cultivos a un lado y otro del Atlántico, contaba que aquellos cofrades de la comunidad que rendía culto a la mítica Tláloc mantenían que en la tumba de un poderoso Tehuáltepec, que a la fabulosa divinidad cierto día acogió y dio hospedaje, cavada en las inmediaciones de su casa, podía leerse este epitafio: Aquí un día el héroe rey Tehuáltepec recibió a la venerable / Tláloc, cuando le mostró por primera vez el fruto del otoño, / que la raza de los mortales llamó sagrado higo. / Desde entonces la familia de Tehuáltepec comenzó a tener honores eternos.
Era absurdo. Para dar crédito al sentido pretendido para este epígrafe, era necesario admitir que Tehuáltepec tendría que haber conocido a Tláloc adelantada la edad de su declive, puesto que su descubrimiento había conducido a la amarga y desastrosa conclusión de identificar higo con otoño. Por otra parte, no parece que la manifestación pública de cualesquiera higo, cuando la naturaleza que lo ha creado ya ha emprendido la decadencia, sea motivo para elevar a quien lo observara a la condición de héroe, menos aún para que toda la estirpe de sus descendientes sea indefinidamente honrada por esta causa. Sin embargo, a consecuencia de tan lamentable giro de las creencias, entre los precolombinos, según aquellas fuentes, se había naturalizado la idea de que la divina Tláloc fue la primera que a los hombres mostró el higo, así como sus insustituibles aplicaciones.
El cenicero
Publicado: octubre 9, 2015 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Mantengo sobre la mesa donde trabajo un singular cenicero, recuerdo de un viaje a Grecia que años atrás hizo un amigo. Es de tan buena condición que hasta allí llegó, cargado de maletas, tras horas de espera y trasbordo, llevado por el deseo de traerse en la memoria lo que su pasión por el extinto mundo antiguo le proporcionaba aquí sin causarle molestias.
Venero la pieza en su sentido recíproco. A mí no puede recordarme el país de Homero porque no lo conozco, y hechos cálculos con mis deseos de saber y la vida que me queda pronostico que raro será que alguna vez lo pise. Tampoco es mi atracción por aquella tierra tanta que mi conciencia sucumba a la vívida reiteración de un deseo insatisfecho. Reconozco en este objeto la afortunada circunstancia de que estando mi amigo afanándose en complacerse, lejos de aquí, mi vida fuese traída a su presente en el instante de generosidad de su viaje, seguro que no por enmascarar la venganza.
Es un cuenco de moderado tamaño, regular para cenicero, de la forma que bien pudiera cualquier acompañante de Isadora Duncan haber aprendido como correcta en un manual universitario antes de partir. Ingenioso hombre y emprendedor, uno de ellos abrió al pie de la Acrópolis una próspera tienda que hoy sus herederos de sangre mixta regentan, inapreciable fruto de la tierra que con su vida Lord Byron quiso rescatar para occidente.
Un pequeño pie, con la forma de un trípode, lo mantiene en alto. Bien podría utilizarlo como recogedor del tabaco calcinado o, recurriendo a mi parte más refinada, como quemaperfumes. Nunca faltan hierbas aromáticas que endulzar puedan el ambiente en el que la vida debe continuar.
Pero no es de una o de la otra forma que lo uso. Lo sostengo siempre ardiendo para verdugo. Una imperceptible llama, azul en ocasiones, incandescente roja cuando aguarda, consume con voraz oxígeno las pastillas de carbón con que lo alimento impasible. No tiene prisa. Allí espera que dicte sentencia. ¿Caerá también este papel bajo su jurisdicción?
El valor del ganado
Publicado: junio 5, 2015 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
1. Un apólogo cuenta que los vecinos de Nauplia, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador.
Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una ciudad, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados, ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse.
La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera ostensible a cualquiera que se acercara a sus tierras. Así conmemoraron que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
2. En un altar dedicado a Zeus Polieo, levantado en Atenas, haciendo ostentación de una radical renuncia, cada año sacrificaban bueyes; nada extraordinario, porque muchos más, en muchos más lugares, antes y después, prescindían de esta parte del patrimonio del campo solemnizando su gravosa pérdida con el énfasis de los ritos. Lo peculiar de aquel sacrificio era que apacentaban y guardaban los bueyes, desde su nacimiento patrimonio público, solo para destinarlos a tan sagrado y trágico fin. Las ventajas civiles que las antiguas liturgias obtenían de la acertada elección de las piezas que por las representaciones las dramatizaban habían recomendado que al presupuesto de las polis fuera cargado tan extraordinario costo.
Para demostrar que nadie tomaba más responsabilidades que las imprescindibles, habiéndose consolidado tan especial manera de liquidar el capital común, consumaba el sacrificio un sacerdote, por el destino elegido para aquella clase de muertes, sirviéndose de una segur. Tanto era el pesar que sobre su conciencia cargaba el terrible acto que, en cuanto había degollado con un tajo al animal, arrojaba el hacha y huía. Sin pérdida de tiempo, los otros sacerdotes del templo, que por afinidad se creían cómplices de la culpa, secuestraban el arma con la que se había consumado el criminal rito.
Para encubrirlo, puesto que había sido objeto de un fatídico designio, como el que ensombrece la conciencia cuando se extingue la voluntad, la existencia de los derrotados, el valor de la memoria transmitida a los herederos, el de los elegidos para que formen el pelotón que ha de fusilar a Daniel Hidalgo, a continuación, no hallando a quien declarar responsable de la versión de la sangre que sobre las losas fluía incontenible del cuello abierto de la res, delegaban sus responsabilidades al juicio del Pritaneo, el tribunal que los atenienses tenían reservado para sustanciar los procedimientos contra las cosas inanimadas, para que juzgara al hacha con la que se había consumado la dolorosa renuncia a la vida útil.
Con el deseo de autorizar tan sorprendente manera de proceder, explicaban los atenienses que, reinando entre ellos Erecteo, príncipe de la Acrópolis, se había creado el precedente, una vez completado el primer sacrificio de este tipo en el mismo altar. Un sacerdote ejecutor, elegido por sorteo, satisfecho el dispendio, acosado por sus remordimientos, había arrojado tras de sí el hacha, y no solo había desaparecido, sino que había decidido humillarse con el exilio más distante. Abandonada el arma fatal, responsable directa del crimen cometido, había sido juzgada y, a la vista de los hechos, relevada de toda culpa y absuelta.
3. En la Hermíone griega todos los veranos celebraban una fiesta en honor de Deméter Ctonia, dispuesta a representar, con su sorprendente despliegue de medios, la falta de vigor del ganado bovino. Formaban una procesión que llegaba hasta su santuario, a cuya cabeza iban los sacerdotes y los magistrados anuales, y tras ellos mujeres y hombres en abundancia tal que podían representar a toda la ciudadanía. También formaban parte de la procesión inocentes impúberes, vestidos de blanco y coronados con ramas de cosmosándalo entretejidas. Cerraban el cortejo varias vacas jóvenes, elegidas aún bravas y silvestres, a las que unos servidores del templo arrastraban sirviéndose de cuerdas a las astas sujetas. Cuando llegaban al templo, cuyas puertas los aguardaban abiertas, desuncían de sus cuernos las coyundas que dominaban a la primera, y la vaca, al sentirse libre, se precipitaba a la naos. Las puertas del templo se cerraban en cuanto los conductores estaban seguros de que el animal ya no saldría.
Allí, posadas en sus sedes, engalanadas y provistas de los medios para el holocausto, la aguardaban cuatro frágiles ancianas, entre las que durante la víspera ellas mismas habían sorteado la que debía sacrificar la vaca que abría el desfile. La elegida por el destino la recibía con una hoz de bruñido bronce en la mano, versión solemne de la misma afilada hoja que todos los años proporcionaba los frutos cuando ponía fin irreversible a las vidas. Con ella debía cortar la garganta del animal que era decisivo para cobrar una cosecha generosa.
Nadie supo jamás a qué artes recurría la anciana para someter a la vaca. Pero lo cierto es que, a continuación, los servidores del templo de nuevo abrían las puertas, y encontraban sangrante y muerto al animal, las venas del cuello expandidas y aún latiendo, y a la anciana impasible, sentada entre sus semejantes, apenas su vestido marcado por un rastro de la sangre vertida.
Después, del mismo modo procedían con una segunda, una tercera y hasta una cuarta vacas, y del lado que hubiera caído la primera debían caer las demás, cada una irrecuperable, cada una a manos de una de las ancianas, que por turno iban consumando su hado.
En tanto estimaban a las abnegadas sacrificantes, sacerdotisas de las debilidades de los bóvidos, que en su favor erigían estatuas conmemorativas que las retrataban, para que ante el templo conservaran la memoria de sus arrestos. Quienes las consagraban, en los epígrafes que celebraban sus virtudes, reconocían que el objeto más venerado, de los cientos que el recinto sagrado conservaba, raíz de sus poderes, solo las ancianas sabían cuál era.
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