Certamen
Publicado: abril 1, 2016 Archivado en: Apeles Ernesto, Diomedes del Ponto | Tags: historias Deja un comentarioApeles Ernesto y Diomedes del Ponto
–Aún no se habían prolongado las milicias como guerrilla ciega y áptera, y ya su felonía se había consumado. La falta de juicio que precede a la edad adulta, que a los hombres convierte en héroes del suburbano de otra ciudad, ascendentes a las alturas de los andamios, reptadores del proceso administrativo por galerías con luz eléctrica, lo había precipitado, junto con otros de su misma o similar inconsciencia, a combatir contra un ejército experimentado en la guerra colonial, sus mercenarios y algunos civiles uniformados con prendas militares.
“Habían elegido como alcázar desde el que resistir un edificio alto, que permitía avistar a quienes se acercaban, dispuestos en tres líneas paralelas, por las arterias que hasta él llegaban, los campos del entorno, algunas colinas lejanas horizontales. De reciente construcción, se podía confiar en su fortaleza, que incluso resistiría las agresiones de las armas que los artilleros enemigos manejaban.
“Durante décadas se ha creído que quienes allí se hicieron fuertes, durante un par de jornadas a lo sumo, cuando fueron conscientes de su incapacidad para rechazar a las fuerzas mercenarias, vanguardia del tridente, aguijoneadas más por un hambre feroz que por el desembarco que hasta tierras que podrían serles promisorias les había traído, se habilitaron una retirada segura que a todos permitió ponerse a salvo.
“La documentación que he reunido demuestra que al menos durante los meses que siguieron, y probablemente mientras duró la contienda, combatió en la vanguardia de las tropas a las que durante aquellas heroicas horas había hostigado, contra las que había disparado, apostado en una ventana, inexperto e inconsciente francotirador. Puede conjeturarse que no todos los resistentes consiguieron ponerse a salvo saltando por la parte posterior del celebrado edificio, fortaleza improvisada, búnker de la enajenación. Si examinas su planta, puedes observar que es fácil, dado que su centro y principal área tiene forma oval, quedar atrapado en alguno de sus pasillos laterales, curvos, confusamente convergentes, adaptados a aquella elipse soberbia y tiránica, al servicio de sus comunicaciones.
“Debió ser sorprendido cuando bajaba por una de las escaleras laterales que dan a los pasillos, obligado a depositar su arma en el suelo y, porque ya había sido elegido por la fortuna, en vez de ser ultimado de la manera más expeditiva en aquellos mismos lugar y momento, conminado a levantar los brazos y conducido, exhibiéndolo en tan extenuada actitud, al centro de las detenciones como reo del peor de los delitos que en la guerra, contraria a la justicia, puedan incriminarse. Concuerda con los hechos posteriores la posibilidad de que sus captores ante él presentaran en papel timbrado una solicitud de combatiente voluntario, cuando fuera requerido en otros frentes, en la primera línea de las tropas que desde su captura lo violentaban; que firmó, ofreciendo a cambio su persona y su familia. Faltaban al menos un par de años para que se completara la segunda década de sus días, y con unos pocos y torcidos signos decidió el rumbo de su vida para el resto de su existencia.
–Pero es cierto que sufriría prisión. Para la escarda, en una porción de las tierras que entonces fecundaban con monótonos cereales, fue demandada poco más de una docena de hombres. A tal número ascendía el de quienes dedicándose al trabajo agrícola al tiempo conspiraban, una vez derrotados y vueltos a su origen, contra sus vencedores. Eran el germen renovado, una vez desangrados los cuerpos precedentes, del mismo viejo movimiento político, el de los niveladores, antes y después deslumbrado por el principio insensato de la ecuanimidad. Precaución, silencios, distancias, la más devota desconfianza, más en conocidos que en ignorados, habían permitido poner a prueba la única fidelidad que el miedo permite, la cordura cobarde, proteína de la que se nutrió la nueva célula. Sirviéndose de aquellos lazos, previamente anudados entre ellos, se constituyó el grupo compacto y solidario, que respondió a la oferta de aquel trabajo.
“Armados con sus hierros primordiales, aquellos hombres inestables movilizaron sus medios de subsistencia, incluidas sus mujeres, en actitud de contribuir a sus aspiraciones e incrementar los ingresos de cada familia. Todos se instalaron en un edificio solitario en el centro de las tierras laborales desde antiguo construido, único signo de la presencia del hombre en los parajes semidesérticos generados por la vieja agricultura. Tras sus muros, pasado el umbral de la única puerta, porque no estaba compartimentado, los sexos de quienes trabajaban, cuya naturaleza les impedía reposar cuando llegaba la noche, solo estaban separados por un cordel y un par de mantas de él pendientes que cruzaban la única habitación de lado a lado hacia la mitad de su longitud.
–Claro, y fue él mismo quien se encargó de propagar, pasado el tiempo, que la delación de la que fueron víctimas a continuación había sido la respuesta de uno de los cónyuges solidarios, que se sintió tan ecuánime como defraudado por su esposa.
–En el campo, solar donde tuvo su origen el trabajo productivo, a los hombres los celos les crecían con el ocio, como la mala hierba cuando el arado dejaba inmóvil la tierra. Unas lluvias persistentes a mediados de enero habían obligado a parar. Bastaron un par de días, persistiendo aún el tiempo adverso, para que de madrugada, cuando nada hacía prever que la luz volvería a alumbrar las tierras empantanadas, la policía rural detuviera a todos los hombres de la cuadrilla, de los que positivamente había sabido, gracias a la implacable delación, que formaban una célula conspirativa. Otros más fueron encarcelados en la población por ser parte de la misma trama, hasta que en los calabozos, consumado el dispositivo, los encausados sumaron una veintena.
–Y durante tres largos años arrastró sus huesos por calabozos y celdas, prisiones habilitadas en antiguos conventos cuyos cubículos, armados con muros de piedra, prefería compartir con roedores, insectos y líquenes hijos de la humedad, que por capilaridad filtraba la piedra, no con seres humanos.
–Recorrió toda la geografía como huésped de penales, los del norte semejantes a los del sur, los del este idénticos a los del centro, todo el movimiento inútil, el paisaje invariable.
–Entre quienes con él fueron objeto del proceso, los hubo proclives a una opinión que mantuvieron durante toda su vida: que la detención origen de la condena, que a la veintena de hombres había privado de la libertad que la vida cotidiana consiente, fue parte de un trabajo que se le había encomendado, la delación de un responsable político al más alto nivel, quien efectivamente, mientras duró el encarcelamiento sufrió detención y tortura, y que por último fue ejecutado.
–Así fue. Contra su voluntad, plegándose resignadamente a las decisiones de sus compañeros dirigentes, permanecía al frente de la única organización conspirativa que actuaba dentro del país, declarada fuera de la ley y perseguida. Residía en la capital, en casa de unos correligionarios a quienes la seguridad del estado aún no había clasificado. Para enmascarar las actividades que justificaban sus riesgos se servía como coartada de la representación comercial, lo que le permitía viajar en todas las direcciones, completar todas las distancias en cuantas etapas fueran necesarias, tomarse descansos donde la extenuación lo arrojara, alojarse donde en cada caso conviniera.
“Uno de los lugares a los que acudía con regularidad era el que con sus conciudadanos habitaba la veintena detenida. Seguro recuerdas al viejo comerciante, de ojo obtuso y mirada incierta, que vendía toda clase de vendibles en el centro de la ciudad.
–A la vista de una copia de la imagen del dirigente, que antes que la muerte lo condujera a la nada le mostré, repitió con insistencia el nombre con el que ante él se presentaba, hermético e insignificante para cualquiera de nosotros, alarmante para quienes con él tuvieran el trato que a estas tierras lo traía. Incluso evocó el traje que vestía, que llegaba por ferrocarril, los frascos de perfume que en cada visita le suministraba.
–El día de su detención había mantenido varias reuniones acompañado por otros dos correligionarios. Terminados los encuentros, él y su cómplice más allegado caminaron juntos hasta la calle perpendicular a la de su domicilio. “Nos despedimos como cada día y él se dirigió hacia su casa. Me dijo que luego iba a reunirse con algún contacto que le iba a facilitar papel y una máquina para hacer octavillas.” Como tenía previsto, se dirigió a la entrevista pendiente, para la que se había citado en una plaza céntrica.
–Nadie ha resuelto si para que se completara el peor desenlace fue necesario más que al dirigente se le viera en aquel lugar en tan singular compañía. Pero de los actos siguientes se deduce que el hombre que tan mal le iba a servir conocía sus hábitos.
–Quienes se preocupaban por su seguridad, insistían en que se desplazara en taxi. Desoyendo sus consejos, a continuación, tal como solía, subió a un autobús. En él solo viajaba un número indeterminado de pasajeros, que quienes pretenden ser más precisos cifran entre dos y seis, aunque todos coinciden en afirmar que cualquiera de aquellos hombres era un agente de la seguridad del estado.
–No tuvo que reflexionar para saber que lo habían vendido. Por rabia gritó a favor de sus ideas, el gesto habitual entre quienes acorralan en situaciones extremas, concentrado su ser en el centro donde, como pieza de carbono puro, cortada y contrastada por experto gemólogo, reside la voluntad incontaminada. Por su inexperta reacción dedujo la policía que había cobrado una de las piezas más codiciadas por el aparato que aquel estado creara para la persecución de quienes consideraba sus peores enemigos.
–Fue conducido a sus dependencias centrales. Durante una de las sesiones del interrogatorio, fue precipitado desde el primer piso a un callejón. Cuando explicó este hecho a su abogado, le contó que mientras lo torturaban, valiéndose de insistentes preguntas sin respuesta, lo arrojaron por la maldita ventana, esposadas las manos por delante. Porque el instinto lo forzó a proponerse amortiguar la caída, de sus extremidades solo se fracturó las dos muñecas, pero no pudo evitar sufrir graves lesiones en el cráneo por la frente. Al trascender a la prensa lo ocurrido, el responsable de las comunicaciones del gobierno declaró que el detenido, mientras estaba siendo interrogado, se subió a una silla, abrió una ventana e inopinadamente se arrojó por ella.
–Se da por seguro que su delator fue el mismo contacto que le iba a suministrar medios de propaganda rudimentarios, un miembro de la organización que sin embargo desconocía su verdadera identidad. Había sido detenido días antes y había pasado algunas semanas en la cárcel. Todo indica que aquel intermediario compró su libertad, desde aquel momento y para el resto de sus días, a cambio de la delación. “Nunca más supimos de aquel hombre”, dijo quien había compartido con el dirigente detenido sus últimos momentos de libertad.
“No es probable que el contacto felón fuera vuestro héroe, quien había sido detenido un par de años antes y aún permanecería en la cárcel otro más. Pero teniendo en cuenta que el delator, según los datos de los que disponemos, había abandonado la prisión hacía poco, sí pudo obtener la información que le valió su libertad de él, con quien debió convivir.
“La panadería suministraba excelentes conspiradores a las actividades clandestinas. Quienes amasaban, incansables manipuladores de las palas durante toda la madrugada, semidesnudos ante los ardientes hornos de rojas bocas vertiginosas, podían actuar con nocturnidad sin incurrir en sospecha.
“Un panadero, contra todo pronóstico, había sido de la veintena. Cuando completó su infame humillación, antes que volver al lugar donde durante años había conspirado, y por esta causa sufrido persecución y cárcel, decidió instalarse a mil kilómetros de distancia. Satisfizo su libertad recuperada representando de otro modo su vida, porque entre los hombres, si la moneda del tiempo se emplea en longitud, se adquiere la ilusión de poner el cronómetro a cero. De siervo de la noche pasó a dueño del día, aun a costa de todos sus saberes, de todos los medios de los que antes había dispuesto para sobrevivir. No obstante, nunca se resignó a dejar sin saldar sus cuentas pasadas. Periódicamente, al lugar donde por su voluntad la fortuna lo había herido enviaba mensajes anunciando su visita, quizás su retorno, que a vuestro héroe desazonaban. Pasaban los años y no satisfacía su designio, hasta que una muerte inesperada, tal vez no inoportuna, le impidió consumarlo.
“No voy a pretender que la mano del héroe injustificado llegara tan lejos, tan rigurosa, tan cruel. Solo quiero que sepas que en la cárcel de la capital del estado, donde estaba el centro de todas las operaciones destinadas a las capturas, durante el segundo año de su condena, en una misma celda, pudo darse una triple coincidencia: el panadero, vuestro hombre y el delator del dirigente. Su trabajo en el campo apenas le daba para vivir. Ser recluido en prisión, si allí iba a ser objeto de un trato preferente, era exiliarse por un tiempo a un refugio seguro y muy bien remunerado.
“La imaginación se ha excedido en las conjeturas, al proponer que el más alto responsable de la organización, que entonces permanecía oculto en el extranjero, y todavía durante años se enrocaría en sus prevenciones, celoso del poder que ganaba en el interior quien se exponía a dirigirla sobre el terreno, se habría servido de vuestro varón para consumar una purga inmisericorde. Tendrás que admitir, sin embargo, que con esta explicación concuerda la insobornable fidelidad que este siempre mantuvo hacia el cerebro supremo.
“Y en esto, a ti, y a otros tres insensatos, tan víctimas como tú del espejismo de la imposible igualdad, se os ocurrió fundar toda la legitimidad de vuestra iniciativa en su vuelta a la actividad pública, una vez cumplida su condena. El hombre humillado por una sentencia injusta, gracias a vuestro aval, que por vosotros era el de una nueva generación, renació al siglo con una dimensión gigantesca, imperturbable, como si su paso por las cárceles lo hubiera acrisolado en bronce y erigido en un pedestal.
“Creíste que durante su prisión su familia había sobrevivido gracias a la solidaridad de sus correligionarios, a la que enviaban con cuanta frecuencia podían cantidades que al menos le permitían su manutención. De una vez debes convencerte que este fue otro de los errores a los que te llevó tu inconsciencia, tu precipitación, tu falta de sensatez, poco igualada entre los de tu edad, tan propensa a la estúpida pasión niveladora. También en este caso preferiste la causalidad heroica al examen sereno y frío de los hechos, que nadie más que tú jamás tuvo a su alcance. He reunido tal cantidad de indicios sobre las fuentes de aquellas rentas que es imposible aceptar tan edificante causa. El dinero que recibían sus allegados procedía de los servicios secretos, túnel subterráneo de la seguridad del estado, en pago al trabajo que desde los años treinta prestaba. Vuestro hombre procedía de un mundo de falsos héroes, envuelto en leyendas, dominado por la miseria.
–A ti y a mí, a los de nuestra generación, que hasta entonces había permanecido ignorante de la cantidad de sangre que consumen los más poderosos, por un día nos fue dado verla llegar hasta la calle, tanto más injusta y violenta porque era excepcional. Un destacamento armado, al mando de un oficial ebrio, irrumpió en medio de una masa informe, que se disolvió como la espuma golpeada por la lluvia, apenas una ráfaga de fusil ametrallador disparada. No el ruido de los disparos, no la sangre vertida, sí la muerte provocada, cuando de ella se supo, desencadenaron el pánico.
–La gente que tú y yo conocemos, cobarde y retraída, desconfiada hasta de sus allegados, calculadora incluso de las palabras que silenciaba, durante las horas que el cadáver yació sobre la losa, a la espera del juicio que el forense debía emitir, y también expectante y acobardado aguardaba, quedó recluida en sus domicilios. Sin embargo, él, mientras transcurrían, haciendo ostentación de un valor temerario, anduvo todo el tiempo por las calles, levantando la voz cuando los demás apenas murmuraban, condenando con palabras muy explícitas al autor de los disparos mortales. Porque no tenía nada que temer. ¿Necesitas un testimonio más concluyente de su cinismo? ¿A qué más tendré que recurrir para demostrar que vivía blindado por sus crímenes?
“Si a través de vosotros recuperó el vínculo con la organización del interior, antes tuvo que ocurrir que hubiera quedado roto, no por su voluntad, sino porque fuera condenado al ostracismo, la sentencia más severa que como réplica, en exceso benevolente, a la enciclopedia de maldades que había consumado podían permitirse quienes habiéndolas sufrido carecían de otras armas. Fuisteis vosotros, con vuestra descomunal inconsciencia, quienes consumasteis la injustificable resurrección a la vida pública de quien ya había sufrido la muerte civil.
“Ni te imaginas lo que pude sufrir durante los días que tú te entregabas a la aventura del héroe juvenil. Tu madre, una vez que supo que estabas enredado en juegos absurdos y peligrosos, como más próximo a ti me encomendó que te cuidara. Padecí en silencio aquel encargo, al tiempo que evité limitar tus actividades. Hasta simulé aproximarme a tus compañeros de aventuras, yo, que nunca quise mezclarme en actividades de esa clase, que he cuidado permanecer equidistante de quienes vulgarizan la vida reduciéndola a opuestos. Pagué demasiado caro mi destino y tu insensatez.
“Estoy convencido que para mí fue fatal aquella fotografía que nos tomaron, en la que tú y tu novia, y yo y la mía, aparecíamos entusiastas y confiados, orgullosos de su compañía, y él en el centro, dominante y seguro, el cuello abotonado, su cabeza cubierta con la mascota de los días de gala.
–Entonces ignorábamos que quien la tomó actuaba como delator, amparado en su aparente oficio de fotógrafo. Era un hombre de mediana edad, bien parecido, siempre con su cámara colgada del cuello, sobre el pecho, con el flash conectado, cuya batería cargaba a ratos de un hombro a ratos del otro.
–Gracias a aquella instantánea, la policía dispuso del señalamiento incriminatorio que con el tiempo nos culpó a todos.
–Así como aquel funesto sacerdote, heraldo del infierno, que durante el día ante la puerta de su templo aguardaba el paso de quienes había decidido relajar al brazo secular, a quienes detenía con preguntas ociosas y equívocos parabienes, y finalmente abrazaba, señal acordada, ante la discreta mirada de los insaciables captores.
–No te voy a recriminar que por esta causa fuera conminado a incorporarme al ejército de manera improrrogable, menos aún que durante el tiempo que estuve en filas me viera obligado a portar armas, a hacer de guardián de gente que había desertado, que durante todo aquel tiempo todos mis movimientos fueran estrechamente vigilados, mi correspondencia censurada. Lo que no puedo perdonarte es que por tu causa me viera reducido a la condición de cobarde.
–Absurdo. Permíteme que te evoque, ser arrogante, antes de que la memoria de sus gestas se extinga, la obra de hombres singulares antepasados nuestros, entre los que la excelentísima miseria de nuestro héroe se vio obligada a contarse, quizás como entre las arenas del litoral, triturados por las incansables olas batientes, los sanguinarios colmillos de los tiburones muertos; tal vez como en las orillas al ocre de las arenas los marineros descompuestos, tributarios del mar, aportan un rojo luminoso. Antes que ellos, hubo quienes cambiaron de lugar montañas, desviaron el curso de ríos, inmensos mares comunicaron entre sí partiendo por la mitad continentes enteros. Ninguno de estos portentos, aun siendo merecedores de la gloria que la humanidad prodiga, se puede comparar a los suyos. Los hombres cuya vida encomiar debo afrontaron la muerte y la vencieron. A ninguna conquista, quienes les sucedimos después, podemos quedar tan obligados por el reconocimiento y la gratitud.
“Nacieron mortales en el grado más severo, como los insectos, como los seres invertebrados del rango inferior, de vidas tan frágiles que por horas miden. Eran parte de proles excedidas, supervivientes de frecuentes partos de variable fortuna. Si entre ellos el primogénito alguna preeminencia ganaba, era un deber, compartir con los padres la carga de la descendencia. No solo en un cubículo, para toda una familia segregado, hacinados crecieron. También fueron chozas, y hasta cuevas horadadas en rocas calcáreas que destilaban humedad, el refugio extremo de sus hogares. De alimento les sirvió la hierba que al ganado nutría, ente cuyos desechos crecieron las hojas verdes que en sus cocinas después permitían un sustento escueto. Nada había de humillante en aquella manera de nutrirse, al azar de los tiempos confiada. Solo por su fuerza supervivientes, por la misma causa que la del buey sus vidas conservadas, del vigor que ganaban por tan escasos medios se enorgullecían.
“A ellos su noble dignidad jamás les consintió hacer públicas sus carencias, en secreto por todos compartidas. No deseo que las encomies. Solo quiero que tomes nota precisa del lugar donde estaba marcada su línea de salida, para que estimes el alcance de sus adelantos, los mayores que la civilización hasta ahora haya permitido
–¿Aun reconociendo el favor que a los hombres hacen las leyes de sus estados y los derechos que las garantizan, la mayor de las bendiciones que haya conquistado la humanidad?
–El cuadro te parecerá excesivo. Nada hay de patético en él. En nombre de la verdad que los encumbraba solo puedo decir que hablo por lo que me tocó ver, porque con esto conviví primero. Mis recuerdos del principio los pueblan gente mal vestida, niños sin ropa y descalzos, muchedumbres comprando alimentos que no podían pagar, que siempre adeudaban, largas cuentas registradas en papel con lápiz, nunca del todo sufragadas, a pesar de las esforzadas entregas semanales, imborrables. Por aquellas señales supe que me había tocado nacer en el desierto, que un abismo había entre sus gentes y que el estigma del linaje era indeleble. Y detesté mi origen.
–Es muy probable que en el efecto moral que aquellas escenas tuvieran en tu caso alguna responsabilidad le cupiera al hermético universo en el que nacimos. Solo quienes deben sufrir el fanatismo con el que alguna vez han sido dictados los dogmas, con el propósito de anular las voluntades, pueden imaginar el volcán de rebeldía que la imposición insensata puede desencadenar en los inconformes. No es el menos probable la evasión rigorista.
–Sé que a oídos sensibles como el tuyo, nacidos para el verso, parecerá inapropiada la mención de la miseria, que a la vista de los hombres debe ser hurtada. Porque los oídos, las manos, los órganos que componen la armonía de la vida deben concentrarse en el patrocinio de un orden equilibrado, el que está negado al caos cotidiano y que sin embargo, aunque sea a su costa, tal vez algún día a sus descendientes, ya no a él, beneficiarle pueda.
–Distraerlos del oficio excelente los expone a la degeneración.
–Imagino cómo pueden ser recibidos por ti mis recuerdos de aquellas existencias, tan marginales, tan multitudinarias. A un par de seres de tu misma clase, yo aún víctima de la mejor ingenuidad, le revelé que entre los hombres que padecían aquella condena los había que debían ganarse su renta empujando piedras de molino, cuyas soleras, luego, para el ligero sueño de sus noches, largas como las condenas, les servían de lecho. Cómo ridiculizaron mi relato, a costa de él cuánto rieron sin disimulo. No tengo que convencerte de la veracidad de aquel testimonio. Ante tu sensible oído solo tendré que mencionar la autoridad de mi padre, que tú también distinguías sobre todos, quien de niño, según contaba en ocasiones, pudo ver, entre los muros de su lastimada casa, cómo a quienes en ella trabajaban las exigencias se les imponían de ese modo.
“El primero de los héroes que conocí apenas sobrepasaba mi edad. Acudía a los encuentros solo, desprovisto de cobertura, a sabiendas de que cualquier error en sus juicios, sus excesos de confianza, corrían a cargo de su libertad. Agotábamos jornadas de iniciación en campo abierto, en lugares donde cualquier aproximación podía ser advertida, aun a cientos de metros de distancia. Unas antiguas canteras, tajadas desde la cima de un inhóspito cerro, la falda de una loma afrontada a llanuras extensas, desprovistas de vegetación, las bardillas de un puente en ruinas, atravesando un cauce seco y sin vegetación eran lugares en los que la seguridad era un cálculo que confiaba en la velocidad de la huida.
“Por su medio descubrimos que en los subterráneos había sobrevivido una numerosa legión de aquellos hombres singulares. Los había hecho grandes ser héroes a su pesar, valientes a fuerza de arrojo, abnegados y coriáceos. Durante años quedaron expuestos al peligro con la osadía del inconsciente, con la presteza con la que el matador se expone a las peores astas. Cualquiera que no conociera su temple podría juzgarlos estúpidos. Eran sin embargo los hombres más equilibrados, de costumbres moderadas, antes que nada responsables conductores de sus hogares, por la naturaleza que en sí mismos celebraban concebidos. Eran nobles de una sola palabra, almas trabadas con la más sólida e invisible cantería. En vigilia permanente ante la amenaza, un giro de sus rostros, una mirada fulminante, eran bastante para orillar al imprudente, alertar contra el peligro, delatar al desleal. Ningún rasgo de insensatez, nada de temeridad había en ellos. Solo valor, consecuente deglución del arrojo y sus riesgos.
“Antes que ellos, por idénticas conclusiones, otros hasta la muerte habían arrostrado. Nada había que hiciera sus decisiones superiores. Impuestos en tan brutales exigencias, eran capaces para conmemorar el aislamiento, refugiarse en el más radical silencio, celebrar el decanato entre quienes habían sumado el número mayor de días pasados en la cárcel. Los había cuerpos incorruptos mantenidos por el coraje, seres solo piel y huesos supervivientes más a las carencias que a las torturas. Probablemente nunca se propusieron alcanzar un orden armónico, a cuya posibilidad habrían sobrevivido decepcionados, una vez sufrida la derrota en una guerra. A muchos les bastaba para justificar el reto de la inmortalidad la memoria de un antepasado fatalmente expeditado, la fidelidad que le era debida, explicar la tragedia y el llanto cotidiano de sus mayores. Quienes los admiramos, por nuestra voluntad nos dispusimos a secundarlos y en la matrícula del mismo barco nos enrolamos.
“Durante un tiempo, él parecía el único superviviente de las travesías precedentes, por mí conocido cuando decidí hacerme a la aventura.
–Habría sobrepasado los cincuenta y vivía en permanente aislamiento, y un inopinado azar lo había convertido en guarda jurado, ocupación de policías licenciados.
–Entonces, a esta evidencia no concedimos significado, como para el hijo son invisibles los rasgos que la corrupción traza en el rostro del padre. Nos citaba al atardecer en el lugar donde permanecería en vigilia durante toda la madrugada. Se apartaba de nuestras conversaciones, soslayaba nuestras discusiones. Se negaba a saber más que lo imprescindible.
–Es posible que la necesidad le obligara a tomar decisiones comprometidas.
–Tampoco sé si alguna vez pude ser objeto de sus delaciones. En ninguna de sus decisiones vi algo que pudiera parecerme desleal, y jamás percibí nada en mi contra que pudiera juzgar alentado por él. Es cuanto con honradez puedo decir.
“Mientras tanto, te oía proclamar tu desprecio a la democracia, engendro de mediocres. Nunca antes entre nosotros alguien se había expresado con tanta brutalidad. Reconozco que entonces ignoraba el cinismo de quienes tuvieron responsabilidad en la promoción de la fórmula contemporánea. Pero concédeme que a tan temprana edad deseara aquel analgésico, habiendo sabido del injustificable dolor padecido durante años por la leva precedente.
“Sin embargo, no era ningún principio moral el que justificaba tu intolerante actitud. Hacías ostentación entonces de un atributo que impedía a quienes por él estuvieran poseídos, por naturaleza seres superiores, descender a las pasiones civiles. Como si quienes habíamos optado por exponernos al riesgo de las procelosas travesías de mares encrespados estuviéramos incapacitados para distinguir los olores, o para apreciar las melodías que las palabras, más allá del verso, las lenguas con generosidad conceden. No diré que fuiste un cobarde. Tampoco que entre tus subterfugios estuvo la ridícula comedia de la grandeza de tu condición. Lo que, aun pasado el tiempo, que difumina los perfiles, te ha hecho definitivamente infame ha sido tu intención de destrozar su memoria, presentándolo como un traidor corrompido y contumaz.
“Nunca sabré si acerté en mis decisiones, porque ese balance está reservado a quienes juzgan al fallecido. Pero puedo garantizarte que gracias a todos ellos, sin exclusión, encontré mi patria, la gente más noble del lugar donde me había tocado nacer, el que antes había aborrecido. Desde entonces no he conseguido abjurar de mi pasado, que mis contemporáneos, y entre ellos tú, detestan. No puedo ignorar las brutales desigualdades que entre los hombres ha creado la ley contemporánea, que los abandona a su suerte, que no garantiza la igualdad que por naturaleza exigen. Probablemente esta manera de hablar me valga severos calificativos. Tú, sin embargo, ni siquiera un nombre mereces.
Exoftalmía
Publicado: marzo 21, 2016 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Cicero, suburbio al este de Chicago, porque estaba al margen de la jurisdicción de su policía se había convertido en el refugio del hampa que lideraba Alfonso Capone, alias Scarface. Allí había organizado su centro de operaciones mientras estuvo vigente la Ley Seca, allí disfrutaba de su riqueza, en aquel rincón se solazaba con actos inconfesables. Pero llegó a ser tan expuesta su evidencia que la tiranía de los excesos encontró mejor refugio en Stickney, entonces una aldea al sur de Cicero. Entre sus hallazgos en beneficio de la clandestinidad, más favorable a los delincuentes que a él se confiaban, sobresalió La Empalizada, la casa que Capone, cuando se supo demasiado observado en Cicero, mandó habilitar en la aldea. Estaba a un lado de la carretera, poco transitada aunque recta, siempre en parte cubierta con la arena de las cunetas, que comunicaba con el distrito meridional del condado. Su obra primitiva era antigua y la habían erigido sobre un zócalo de mampostería, capaz para sostener hasta tres plantas que aún eran de madera. Necesitaba reparaciones, pero tenía a su favor su tamaño. Para aprovecharlo, su nuevo dueño decidió que su aspecto formidable fuera mantenido. Para desconcierto de sus perseguidores, concluidas las reparaciones, dispuso de un café donde se consumían los licores prohibidos, y de un casino que ocupaba las salas principales de la planta baja. El resto del espacio público estaba ocupado por las habitaciones reservadas al primero de los destinos privados. Pero su peculiaridad consistía en que fuera del alcance de las miradas, gracias a la magnitud del edificio, disponía además de una red de compartimentos secretos entre el muro exterior y el revestimiento de las habitaciones, entre el techo y el cielo raso, entre el pavimento y el suelo. La secuencia de todas las cámaras ocultas formaba un laberinto que solo sus guardianes, habitantes permanentes del inframundo hermético, que ingresaban comida y bebida a través de un torno habilitado en el café, eran capaces para transitar con alguna certeza. A través de puertas camufladas en las falsas paredes, los camareros que dispensaban el destilado clandestino, los crupieres que atendían en las mesas de juego y las mujeres dedicadas a la prostitución especulativa, versión venal de la sagrada, a la que allí la primitiva había degenerado por la aplicación intransigente de los principios del liberalismo, cuando la policía hacía la inspección del edificio encontraban refugio. Entre las cámaras, las había acorazadas con acero, donde la mejor banda guardaba un poderoso arsenal de pistolas, revólveres, escopetas, rifles, ametralladoras de tambor, sus correspondientes municiones y cilíndricos cartuchos de expansiva dinamita, que al ciego hacían ver, al sordo, oír. Entre el techo y el cielo raso del salón principal, en una cámara insonorizada con el corcho de los alcornoques, poco habituales en las riberas de los Grandes Lagos, habían habilitado el centro de las operaciones invisibles. Allí confluía toda la teoría de los tubos, asimismo tendidos a lo largo de los dobles fondos, a través de los cuales los custodios del lugar podían comunicarse entre sí desde cualquier punto de la obra paralela sin ser advertidos. En aquella cámara podían permanecer cuanto tiempo desearan, entregados a sus pasatiempos. El común consistía en mirar. Todos los techos falsos de las habitaciones privadas estaban decorados con atractivas mujeres, a través de cuyas pupilas transparentes, simuladas con vidrio, era posible ver cuanto ocurría en su interior. Frecuentaba el local, cuando aún regía la paz que había acordado con Capone, Edward J. O´Donell, apodado Spike, de origen irlandés, quien usufructuaba en el cuarto sur de Chicago el crimen de la cerveza, fluido que, mientras rigió la Ley Seca, pasada la medianoche podía costar el juicio a los menos prudentes. Era dueño de una personalidad titánica. Habiendo sido objeto de decenas de intentos de acabar con su vida, obra de quienes se atenían con rigor salvaje al principio de la competencia, otras tantas había conseguido sobrevivir, aun habiéndose visto obligado a convalecer víctima de heridas fatales, en hospitales clandestinos, en manos de carniceros que poco podían justificar que de las paredes de sus consultas, apenas ocultas por un papel que la humedad levantaba a cada tanto, colgaran títulos de medicina al parecer expedidos en Heidelberg. Tan favorable le había sido el azar en tales ocasiones que con encomiable sentido del humor llegó a postularse como blanco profesional. Su pasión era Donita Dunes, empleada en La Empalizada. La fascinación de la que era víctima, a causa de sus desproporcionadas mamas, egregios globos oculares que impasibles devolvían la mirada de quien por ellos quedaba subyugado, cuyos iris emitían rayos protáctiles tan rígidos y comprimidos como vástagos de pernos, no le privaba de la conciencia delincuente. Tras el placer, el hábito del cálculo retornaba, capaz para urdir el modo de restituir a la humanidad lo que de la condición humana procedía. Acordó con Capone sacar partido a la parte oculta de la obra clandestina. Llegó el momento en el que, cada tarde, la población del doble fondo duplicaba a la del burdel, a veces más. Los ingresos de La Empalizada se cuadriplicaron. Aun repartiendo en razón de tres a uno, porque Capone era el dueño del local, los beneficios que le franquearon sus hombres, delegados tras la paredes más como supervisores que como vigilantes, relevo compensatorio del trabajo que antes hacían los de Scarface, a O´Donell le proporcionaron una fortuna. Cierto día, con la intención de concederle una recompensa a sus desvelos, Spike decidió llevar a su hijo Patrick, entonces de siete años de edad, a ver una procesión organizada por la comunidad católica activa en Chicago, de la que era miembro benefactor. El cortejo había de discurrir por la avenida Michigan, en las proximidades del lago, en el centro de la ciudad. Pasaba la procesión y la contemplaban el padre de pie, el hijo a horcajadas sobre sus hombros. Ostentaba la presidencia del cortejo George W. Mundelein, arzobispo titulado de la ciudad, a la sazón recién elevado al cardenalato por el papa Pío XI; un hombre de aspecto refinado, origen neoyorquino y buena cuna. Cuando la presidencia del cortejo llegó a la altura de ambos, el prelado saludó a Spike apenas intercambiando miradas. Una nube de incienso envolvía al supremo sacerdote y una multitud de angelicales acólitos, de blanco inmaculado, revoloteaba entre el desfile y los espectadores pidiendo limosna. Una vez transcurrida la procesión, Patsy preguntó a su padre por la identidad de aquel hombre extraño, que sin que pareciera importarle comparecía en público vestido con una túnica roja y frágiles zapatos de tacón. Antes de dar una respuesta a la curiosidad de su hijo, O´Donell, guiado por su sexto sentido, indagó el bolsillo de su pantalón donde solía llevar su pequeña fortuna cotidiana, un rollo de billetes grandes. Hasta entonces se había considerado invulnerable. En aquella ocasión no tuvo la misma suerte que cuando se había expuesto a las balas, aunque su vida, mientras la envolvió la nube de incienso, estuviera en vías de salvación y nunca en riesgo. El bolsillo derecho de su pantalón estaba vacío, no obstante estar persuadido de que antes de acudir al desfile había guardado en él nueve mil dólares. “Probablemente era un carterista”, respondió por fin O´Donell. A continuación, padre e hijo abandonaron el lugar. El cardenal Mundelein, para su comunidad de creyentes, terminó siendo un benefactor singular. Gracias a su munificencia, con el tiempo, fue levantado un gran seminario para la formación del clero católico en una pequeña ciudad residencial a pocos kilómetros al norte de Chicago. Por esta causa, en reconocimiento a su patrocinio, la modesta población decidió a fines de 1924 tomar el nombre de Mundelein, el mismo por el que todavía se la conoce.
Una digresión
Publicado: marzo 14, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Decide contar Plutarco, en su Vida de Alejandro, una vez completado su relato de las campañas que lo retuvieron en Mesopotamia, que tras derrotar a los persas se constituyó rey de Asia, y que luego decidió bajar hasta Babilonia, cuya fama había sobrevivido aun habiendo transcurrido milenios; donde igualmente impuso el poder de su fuerza.
Aun no había ocupado las llanuras que preceden al golfo, cuando en una región próxima a las fuentes del Tigris a sus exploradores, que decidían las rutas que debía en cada trance seguir el cuerpo expedicionario, les sorprendió una gruta de la que manaba fuego, y desde la que salía una corriente de betún que se adensaba según descendía hasta formar un estanque.
Tan inesperado fenómeno, del que había quedado en las crónicas de las que se estaba sirviendo un relato lo bastante completo y fiel como para recibirlo con el suyo, le pareció a Plutarco, como siglos antes le había ocurrido a Heródoto, justificación suficiente para interrumpir la historia de las hazañas de su héroe.
Observaron que aquel betún reaccionaba tan vivamente ante el fuego que no era necesario que contactara con él para que se incendiara. Era suficiente la luz que irradiaba la llama para que aquella pez negra prendiera. Concluyeron que el sorprendente efecto era favorecido por el aire que circulaba entre fuego y betún. A causa de que este lo contaminaba, irradiaba desde su superficie ya a altas temperaturas y muy volátil.
Llegada la noche, los naturales del país, sabiéndose ya sujetos al poder de los macedonios, conociendo la admiración que aquel fenómeno entre ellos había causado, para ganarse su favor, representaron para la nueva corte un prodigio. A lo largo de la calle que llevaba hasta el lugar que Alejandro había elegido para su residencia trazaron un reguero con el fluido, y desde el extremo opuesto con una antorcha lo encendieron. Un instante fue suficiente para que el destello llegara hasta las puertas del palacio, y que quienes en él estaban quedaran sobresaltados.
Atenófanes, un ateniense empleado por el héroe para que tras el baño ungiera su cuerpo, y que durante el masaje solía complacerlo con actuaciones que contribuyeran a la distensión de su músculo, le propuso para el día siguiente un ingenioso pasatiempo. Estéfano, un esclavo de pocos años, bastante simple, de estampa extravagante, al que mantenían en la corte, a pesar de su escaso valor, porque ejecutaba el canto con gracia, podía ser útil para comprobar si las virtudes del betún deslumbrante, tal como pretendían los exploradores y habían representado los indígenas, eran tan extraordinarias. Al propio Estéfano, deseoso de congraciarse con Alejandro, cuando se la propusieron le entusiasmó la idea, y al héroe, que nunca dejaba de imaginar medios con los que castigar a sus oponentes, le pareció prudente y oportuna.
Fue untado Estéfano con el betún. Le aproximaron una lucerna y se transformó en una tea que inundaba la estancia con su luz. Sobre su cuerpo la llama no se extinguía. Algunos de los presentes, que pasivamente disfrutaban como espectadores privilegiados el esparcimiento del héroe, reaccionaron y recurrieron al agua que estaba cayendo en el estanque para apagar las llamas que consumían al pobre esclavo. No pudieron evitar que su cuerpo quedara en un estado lamentable. Fue necesario reconocer el poder extraordinario de aquel betún.
Nada se sabe sobre lo que le sucediera a Estéfano pasados los días. Plutarco no cree necesario prolongar en esa dirección el relato porque piensa que las digresiones deben ser contenidas, de dimensiones moderadas. En su opinión, han completado su papel si provocan una sonrisa en quienes ofuscados se hubieran entregado a la lectura.
En guardia
Publicado: febrero 15, 2016 Archivado en: Ángela Herodias | Tags: historias Deja un comentarioÁngela Herodias
Cástulo es un hombre discreto, a pesar de su casi metro noventa. Calza sandalias, incluso en invierno, cuando se permite un par de calcetines, bien con estampado de colores, que se extienden sin contornos definidos por el empeine y el talón, bien de punto cruzado, para formar ingeniosas combinaciones romboidales, bien lisos, discretos de tono, probablemente más de fibra que de algodón. Sus únicos pantalones, de los que posee varios pares, ceñidos al tobillo, son piezas supervivientes de un conjunto truncado, adquiridas en mercados marginales los domingos por la mañana. Bajo el puente de las piernas le cuelgan poco menos de un palmo, y ante las rodillas mantienen una bolsa, resistente a los lavados a los que cada semana los somete. El jersey que cubre su torso recuerda a los que suministra el ejército a los soldados, de un verde apto para los camuflajes previsibles, no para las emboscadas, quizás de un tono más pálido que el original, ahora una consecuencia de su persistente exposición al sol. Se le adivina una camiseta debajo, porque algo por encima de los pectorales lleva marcado un arco y sin embargo nada asoma por el cuello, siempre completamente desnudo, tanto que al descubierto le quedan las pelusas del cogote. Tengo la certeza de que se afeita con regularidad, aunque no con frecuencia; he supuesto que los viernes, al estilo de los antepasados nuestros, quienes descubrieron que la madrugada del sábado, víspera del descanso más prolongado de la semana, relajaba las costumbres del modo menos favorable. Como tampoco frecuenta la peluquería, quizás porque ya no lo necesite demasiado, sus vecinos suponen que el momento decisivo de su vida coincidió con la ola pacifista que en los dos continentes, ambos del norte occidental, separados por un océano, suplantó la amenaza de una revolución; que después de los desastres de la peor guerra que haya conocido la humanidad cercaba a los gobiernos, inutilizaba los turnos.
Vive con la modestia que le aconsejan sus convicciones, que cela con el silencio, en poco más que una habitación; con el mayor decoro que sus circunstancias, sujetas a los ingresos de una parca prestación, le permiten. Hay que reconocer que es ahorrativo, que tiene organizados sus gastos con más rigor del que aconseja una sana economía. Compra la fruta por unidades, y la verdura, cuando la examina, ante la impaciente mirada del vendedor, la bondad hecha una estimable porción de carne, que se afeita la cabeza, la selecciona con la severidad de un almacenista, quien rechaza un lote si ve alguna pieza magullada. Y solo después toma una o dos que a lo sumo alcanzan los doscientos gramos, el cuarto de kilo como mucho. Se tiene prácticamente vedado el producto de la pesca, no porque crea nociva su carga de metales, y del vacuno su dieta, que lo restringe a una ocasión al mes, tiene aceptado el pesado hierro que destila disuelto en la sangre. Cuando le apremia la necesidad de proteína, recurre al pollo, aunque esté convencido que nada puede superar, si por las proteínas hay que preocuparse, a las legumbres, las más saludables. Al hombre sano no le tendría que estar consentido ponerles reparo porque sean flatulentas.
Pero no se puede decir que sufra privación alguna. El mobiliario de su hogar es el razonable para un hombre que vive solo. Cama, armario y los equipamientos de la cocina y del cuarto de baño son los mejores que tiene al alcance un hombre con sus ingresos. Es cierto que podría disponer de más confort en la habitación, la primera pieza de la casa que quien entra ve. Todo su mobiliario se limita a una mesa y un sofá; la mesa, para comer, el sofá, para dormir. Pero no necesita más. “Excederse en lo necesario solo conduce a la molicie”, dice.
La lluvia es un don de la naturaleza que solo quienes siembran saben apreciar. Es un milagro que en silencio, fuera de la vista, nutra la bendición de una zanahoria, el beneficio de una patata, excelsa si frita. Pero quienes habitan en las ciudades, antes que agradecerla, suelen enemistarse con ella. No es que la repudien, ni que ignoren el valor profiláctico que el lixiviado de las calles, de los edificios que las llenan y del aire urbano para ellos tiene. Sin embargo, les contraría que a todos, antes o después, les sorprenda inermes. Los que se atienen a los ritmos de la vida en la ciudad viven sometidos a una velocidad que comprime su capacidad para tomar decisiones, como cuando al frenar el autobús los cuerpos se agolpan, restringida por la duración del tiempo, tasada y medida; como en la cola de la ópera, como en las gradas del estadio. Más de la mitad de las veces los sorprende sin paraguas.
Ninguna de las medidas que la economía de esfuerzos civiles ha tomado en la ciudad, con el fin de sobreponerse a ese azar, ha conseguido evitar el peor de sus efectos. Ni escuetos gorros de alas caídas, que encajan a presión en las cabezas porque tienen las dimensiones justas, ni prendas reversibles, ni calzado impermeabilizado son solución alguna. Una y otra vez ensombrecen el paisaje urbano, tan querido, tan hospitalario, los pelos adheridos a los rostros, caídos, los peinados destrozados, los pies chapoteando dentro del calzado, los calcetines empapados, los cuerpos calados hasta los huesos. No es que el paraguas sea la solución completa a los problemas. Pero resuelve el más insoportable de los efectos de la lluvia, la cara batida por las gotas.
Lupe es una joven pariente de Cástulo que convive con una amiga. Para recordar su nombre, que rara vez llega a mencionar, él debe recorrer un camino largo, algo complicado, y no obstante infalible, en pocos instantes. En cierto restaurante, hace años, cuando aún era joven, servían un plato muy apetitoso, sencillo, a base de huevo y tomate y poco más, con el que se deleitaba con toda la frecuencia que sus escasos medios entonces le permitían. Apelar al recuerdo que conserva de aquel plato, que recupera como una imagen, un cuenco de acero inoxidable humeante, rojo, blanco y amarillo, sobre el mostrador de madera mate por efecto de la insistente limpieza, desencadena en él un flujo de las papilas generoso. La disciplina de la ayuna, que es parte del procedimiento que le permite obtener aquel resultado, la recompensa el destello de un rótulo enmarcado, en donde figura el nombre del establecimiento, el mismo que el de aquella chica.
Con Lupe esporádicamente se encuentra, y menos aún se interesa por su estado, más por educación que por interés. Sus saludos se limitan a cuando alguna coincidencia fortuita o de las programadas por la familia los hace converger. Así ocurrió el día al que quiero referirme, cuando coincidieron en un soportal próximo a la casa de él, donde los dos se habían refugiado, inermes, sorprendidos por la lluvia. Tras el intercambio de saludos, satisfecha con toda la compostura de la que era capaz la representación de la sorpresa, le ofreció arriesgarse unos metros, y a cambio alcanzar su modesta vivienda, donde podría disponer de un paraguas. Lupe aceptó. Pero cuando llegó el momento de elegir uno de los que Cástulo mantenía en su paragüero, con una desfachatez que lo encontró con la guardia baja, le afeó que los tres que ponía a su disposición estuvieran tan nuevos. Al contrario, su dueño creía, justo porque estuvieran en tan buen estado, que daban testimonio de su generosidad.
No era la insolencia, a la que en el caso de aquella criatura ya estaba acostumbrado, lo que le había desconcertado. Era su actitud desagradecida. Tal vez ni los hubiera estrenado, le dijo. Incluso sospechaba que no quisiera deteriorarlos con el uso. Para evitar un nuevo gasto, por tan ahorrativo como era. Quizás el propósito del dueño de la casa solo había sido dar algo de color a aquel rincón de la triste entrada, reflexionó en voz alta. En su vida era todo tan superficial y tan innecesario, le sentenció. Porque ni siquiera las posibilidades cromáticas de los paraguas las había aprovechado. O prefería ignorar que también en verano podían ser utilizados, bien como bastón bien como elegantes sombrillas al servicio de discretas damas de tamaños orientales.
Ignoraba Lupe que Cástulo era generoso y versátil en el manejo de cualquier clase de paraguas, que nunca los mantenía ociosos, que nadie como él les daba vida; que cuando caminaba con uno en la mano declaraba con él su pensamiento, oscilante como los ritmos de su corazón, estimulado por las instantáneas vistas al paso, por los encuentros fortuitos, los luminosos, los quioscos, los tristes automóviles que como pesadas vagonetas por el fondo de una galería penosamente circularan. Si tomado por el mango con la mano izquierda, ordenaba la rosa de los vientos, para que en sus direcciones favorables circularan quienes caminaren frente a él. Si en la derecha, mantenido algo por debajo de la cadera, sus decisiones estaban tomadas, sabía a dónde se dirigía. Tanto podía parecer báculo como batuta, sable como fusil. Tan pródigo era en darles aire, tanto sentido podían tener sus tamaños, sus colores y sus formas.
Hablar de aquel modo, tan encubiertamente amable para los oídos menos experimentados, era un hábito con el que Lupe, desde que era niña, cuando se encontraba con él, lo había gratificado. Recordaba el día que lo había sorprendido hojeando un diccionario de alemán que acababa de comprar. “¿Para qué quieres un diccionario de alemán, si tú no sabes alemán?”, le dijo. Cástulo, que siempre ha sido un hombre moderado, entonces evitó responderle con toda la crudeza que su generosa sinceridad merecía. El ponderado rechazo que incluía la pregunta, que se sostenía sobre un mal disimulado prejuicio, porque carecía de certeza sobre lo que daba por seguro, le impidió pasar del sonrojo.
Bien hubiera podido responderle que justo por lo que ella misma pensaba, en el caso de que fuera cierto, lo necesitaba. Prefirió componerse una explicación sobre aquella actitud. Las inocentes criaturas, que todos los días son convocadas a la mesa de los sacrificios y las oblaciones, obedientes a la llamada del padre celebrante, momento único en el que toda la familia se reúne, oyen de la boca de sus progenitores, sagrada como el oráculo, las mejores opiniones sobre los parientes; un modesto e inocente medio de conjurar las adversidades de la familia en la que es inevitable vivir, descargándolas sobre representaciones simplificadas de la parte más próxima, y a la vez ajena, tan conocida por los hijos, quienes con facilidad pueden identificar a sus miembros, ya clasificados, unos con favor, desfavorecidos otros, para que con ellos compongan sus primeros órdenes del mundo. Por experiencia sabía que el principio que prodigaba el trato amable entre los sentados alrededor de la mesa devoradora de víctimas propiciatorias era el de la descalificación. Estaba seguro que él había sido objeto de las más acabadas censuras de aquel género por parte de sus parientes, los padres de la criatura, algo excedidos por la edad ya cuando la concibieron, nunca del todo convencidos del acierto de su generación, durante más de uno y de dos almuerzos. Sospechaba que a causa de su parsimoniosa y retirada vida, que en nada comprometía a las ajenas, por las que en modo alguno deseaba verse concernido.
Cuando llegó a su casa, tan empapada como el día de vientos huracanados consentía a todos los transeúntes, inermes o armados, Lupe arrinconó el paraguas. En su gesto concentró su enemistad eterna con la lluvia, que no había podido vencer, el desprecio a la debilidad propia, por haber cedido a un estúpido ofrecimiento, y la condena a su pariente, tan inútil hasta en sus favores. Pero en un par de días incubó su odio como un incontenible deseo de ultimarlo, como si con aquella oportunidad hubiera ganado una posición única, que la obligaba a ser la ejecutora de una venganza, cuerpo a la vanguardia de una familia justiciera que ya había dictado sentencia contra la injustificable vida de Cástulo.
Es muy religiosa Lupe, más las fiestas de guardar que en los días laborables, y mucho más en los señalados días que en el año están reservados a la manifestación pública de la penitencia. Es seguro que sus descalificaciones de cualquiera interesan el territorio de su moral, compuesta con un buen número de juicios severos y sentencias irrevocables, dictadas por unos poderes divinos inmisericordes, ante los que solo se puede decir amén. Cualquiera de las condenas promulgadas a consecuencia de la aplicación de este código debe ser purgada con un sufrimiento. Descosió con deleite Lupe la tela, separó una por una las varillas, en aplicación del veredicto a su conciencia llegado. Y se recreó en la previsión de los posibles sucesos por venir. Si Cástulo le solicitara la devolución del paraguas, lo que sería otra manifestación de su desviada manera de comportarse, porque un paraguas no es una prenda valiosa, y no debe entrar en el canon de las personas con algo de educación solicitar que sean devueltos, apelaría al viento. Cuando volvía a casa, le diría, las rachas que acompañaban a la lluvia volvieron del revés el paraguas y lo destrozaron.
Durante algunas noches, ella y su amiga se divirtieron sirviéndose del bastón, ya sin rayos ni varillas, imitando con discutible acierto los gestos de Chaplin, los progresos de un desvalido cuponero por la acera. Cuando hubieron agotado estos ingeniosos recursos, decidieron servirse de las varillas para practicar esgrima, con tan magnífico desprecio de la experiencia, con tanta pericia en el giro de la muñeca, así como en el acoso del contrincante y el amago de las estocadas, que su amiga estuvo a punto de exrrostrarle un ojo.
Pasados los días, efectivamente Cástulo fue a recuperar lo que era suyo, y pudo ver ante sí las consecuencias de la derrota que había sufrido. Tras retirarle los restos del paraguas, que encontró desperdigados y retorcidos, a pesar de lo cual él los creía aún recuperables, a poco que les concediera algo de paciencia, y del cariño que hacia aquellos fieles concebía de manera espontánea, de él recibió Lupe generosas recomendaciones. “También en materia de parches para ojos vaciados hay tendencias. La memoria conservada de Aníbal, el más egregio de los tuertos antiguos, describe el suyo como un trozo de cuero, más becerro sin apenas curtir que suave badana, tensado por un par de tiras del mismo material, que se anudaban en vistoso lazo sobre el occipucio, una vez pasadas por encima de las orejas. A esa misma estirpe pertenecen el que lució la mejor casta de los piratas, en la que nunca faltaron héroes monoculares, y el de John Ford, que sometió su naturaleza al objetivo de las cámaras. También el del heroico Publio Horacio, apodado Cocles, hombre de la más gallarda apariencia y del más valeroso espíritu, que salvó Roma en una de sus horas más delicadas. Sin embargo, entre la aristocracia trasatlántica ahora se ha extendido otra modalidad. Consiste en acabar el parche como una concavidad, para conseguir algo de volumen, de modo que, visto el rostro de perfil, el lado en el que el ojo falta también aparente algo de su natural relieve. Para que el efecto que se pretende sea mayor, puede ser necesaria la contribución de un autor de alta costura, dados el tamaño de la pieza y la delicadeza del objeto. Pero no es necesario incurrir en dispendios. En todos los barrios hay gente con buenas manos, capaces para resolver la pieza con una sola costura central, para que recuerde los párpados cerrados. Incluso las puntadas, si se ejecutan con paciencia y a trechos regulares, tal como para el punto de ojal, puede ser una ingeniosa referencia a las pestañas, que lamentablemente, si sobreviven, han de quedar ocultas tras el trozo de cuero. Las cintas, para obtener un posado del parche que se adapte con naturalidad a la cuenca donde el ojo antes se alojaba, según la nueva tendencia deben pasar divergentes, una por arriba, recorriendo la frente, y la otra por debajo del lóbulo de la oreja, y ambas encontrarse sobre el inevitable occipital, donde consiguen una mayor sujeción. Pero, al alcanzar ese término, deben ser hurtadas a las miradas, disimuladas bajo el peinado.”
Las legumbres
Publicado: enero 11, 2016 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
Los antiguos habían fijado fábulas, destinadas a advertir y enseñar a las generaciones siguientes, que las condenaban taxativamente como una parte de la dieta de los hombres. Un relato recibido a través de Hernán García de Bobadilla aceptaba que una divinidad precolombina, a la que los indígenas hacían responsable de los ciclos agrícolas, permisiva del progreso de sus vidas, debía serlo también de haber revelado a los humanos el que consentía obtener las flatulentas habas. Pero como los ritos que reconocían los poderes de aquel ser extraordinario, a consecuencia de los rigores que sus adeptos se habían impuesto, debían celebrarse en recintos cerrados, casi sin ventanas, sin que circulara aire entre ellos, los iniciados en aquellas creencias herméticas, las que se rendían ante su omnímoda presencia, tenían prohibido comer habas.
–Con el tiempo, aquellos creyentes habían completado su excéntrica disciplina con un conjuro de su vulgar excusa, cuyo objeto era descargar a la diosa de cualquier responsabilidad en un principio que por último había resultado tan inoportuno.
El relato humanista que la había recibido en occidente, no el original, que se había perdido, había ideado un epónimo al que llamó Ciámites, el de las habas, a quien le fue adjudicada la desastrosa decisión de sembrar las primeras, las mismas que después tuvieran tan inesperadas y molestas consecuencias.
Leía aquella clase de relatos consciente de que lo entretenían inútilmente. Le desconcertaba no terminar de encontrarles sentido. Conceder algún crédito a tan simples testimonios, que procedían del mundo de las oscuras supersticiones, que tan faltos estaban de autoridad y tan poco rigurosos eran, absurdamente orientados contra el consumo humano de la saludable legumbre, era insensato, tanto más porque con sus insensateces a sí mismos persistían en descalificarse.
–Otro de los que había encontrado en la misma tesis, dedicada a conocer el origen de ciertos cultivos a un lado y otro del Atlántico, contaba que aquellos cofrades de la comunidad que rendía culto a la mítica Tláloc mantenían que en la tumba de un poderoso Tehuáltepec, que a la fabulosa divinidad cierto día acogió y dio hospedaje, cavada en las inmediaciones de su casa, podía leerse este epitafio: Aquí un día el héroe rey Tehuáltepec recibió a la venerable / Tláloc, cuando le mostró por primera vez el fruto del otoño, / que la raza de los mortales llamó sagrado higo. / Desde entonces la familia de Tehuáltepec comenzó a tener honores eternos.
Era absurdo. Para dar crédito al sentido pretendido para este epígrafe, era necesario admitir que Tehuáltepec tendría que haber conocido a Tláloc adelantada la edad de su declive, puesto que su descubrimiento había conducido a la amarga y desastrosa conclusión de identificar higo con otoño. Por otra parte, no parece que la manifestación pública de cualesquiera higo, cuando la naturaleza que lo ha creado ya ha emprendido la decadencia, sea motivo para elevar a quien lo observara a la condición de héroe, menos aún para que toda la estirpe de sus descendientes sea indefinidamente honrada por esta causa. Sin embargo, a consecuencia de tan lamentable giro de las creencias, entre los precolombinos, según aquellas fuentes, se había naturalizado la idea de que la divina Tláloc fue la primera que a los hombres mostró el higo, así como sus insustituibles aplicaciones.
El cenicero
Publicado: octubre 9, 2015 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Mantengo sobre la mesa donde trabajo un singular cenicero, recuerdo de un viaje a Grecia que años atrás hizo un amigo. Es de tan buena condición que hasta allí llegó, cargado de maletas, tras horas de espera y trasbordo, llevado por el deseo de traerse en la memoria lo que su pasión por el extinto mundo antiguo le proporcionaba aquí sin causarle molestias.
Venero la pieza en su sentido recíproco. A mí no puede recordarme el país de Homero porque no lo conozco, y hechos cálculos con mis deseos de saber y la vida que me queda pronostico que raro será que alguna vez lo pise. Tampoco es mi atracción por aquella tierra tanta que mi conciencia sucumba a la vívida reiteración de un deseo insatisfecho. Reconozco en este objeto la afortunada circunstancia de que estando mi amigo afanándose en complacerse, lejos de aquí, mi vida fuese traída a su presente en el instante de generosidad de su viaje, seguro que no por enmascarar la venganza.
Es un cuenco de moderado tamaño, regular para cenicero, de la forma que bien pudiera cualquier acompañante de Isadora Duncan haber aprendido como correcta en un manual universitario antes de partir. Ingenioso hombre y emprendedor, uno de ellos abrió al pie de la Acrópolis una próspera tienda que hoy sus herederos de sangre mixta regentan, inapreciable fruto de la tierra que con su vida Lord Byron quiso rescatar para occidente.
Un pequeño pie, con la forma de un trípode, lo mantiene en alto. Bien podría utilizarlo como recogedor del tabaco calcinado o, recurriendo a mi parte más refinada, como quemaperfumes. Nunca faltan hierbas aromáticas que endulzar puedan el ambiente en el que la vida debe continuar.
Pero no es de una o de la otra forma que lo uso. Lo sostengo siempre ardiendo para verdugo. Una imperceptible llama, azul en ocasiones, incandescente roja cuando aguarda, consume con voraz oxígeno las pastillas de carbón con que lo alimento impasible. No tiene prisa. Allí espera que dicte sentencia. ¿Caerá también este papel bajo su jurisdicción?
El valor del ganado
Publicado: junio 5, 2015 Archivado en: Dámaso Pérez | Tags: historias Deja un comentarioDámaso Pérez
1. Un apólogo cuenta que los vecinos de Nauplia, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador.
Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una ciudad, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados, ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse.
La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera ostensible a cualquiera que se acercara a sus tierras. Así conmemoraron que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.
2. En un altar dedicado a Zeus Polieo, levantado en Atenas, haciendo ostentación de una radical renuncia, cada año sacrificaban bueyes; nada extraordinario, porque muchos más, en muchos más lugares, antes y después, prescindían de esta parte del patrimonio del campo solemnizando su gravosa pérdida con el énfasis de los ritos. Lo peculiar de aquel sacrificio era que apacentaban y guardaban los bueyes, desde su nacimiento patrimonio público, solo para destinarlos a tan sagrado y trágico fin. Las ventajas civiles que las antiguas liturgias obtenían de la acertada elección de las piezas que por las representaciones las dramatizaban habían recomendado que al presupuesto de las polis fuera cargado tan extraordinario costo.
Para demostrar que nadie tomaba más responsabilidades que las imprescindibles, habiéndose consolidado tan especial manera de liquidar el capital común, consumaba el sacrificio un sacerdote, por el destino elegido para aquella clase de muertes, sirviéndose de una segur. Tanto era el pesar que sobre su conciencia cargaba el terrible acto que, en cuanto había degollado con un tajo al animal, arrojaba el hacha y huía. Sin pérdida de tiempo, los otros sacerdotes del templo, que por afinidad se creían cómplices de la culpa, secuestraban el arma con la que se había consumado el criminal rito.
Para encubrirlo, puesto que había sido objeto de un fatídico designio, como el que ensombrece la conciencia cuando se extingue la voluntad, la existencia de los derrotados, el valor de la memoria transmitida a los herederos, el de los elegidos para que formen el pelotón que ha de fusilar a Daniel Hidalgo, a continuación, no hallando a quien declarar responsable de la versión de la sangre que sobre las losas fluía incontenible del cuello abierto de la res, delegaban sus responsabilidades al juicio del Pritaneo, el tribunal que los atenienses tenían reservado para sustanciar los procedimientos contra las cosas inanimadas, para que juzgara al hacha con la que se había consumado la dolorosa renuncia a la vida útil.
Con el deseo de autorizar tan sorprendente manera de proceder, explicaban los atenienses que, reinando entre ellos Erecteo, príncipe de la Acrópolis, se había creado el precedente, una vez completado el primer sacrificio de este tipo en el mismo altar. Un sacerdote ejecutor, elegido por sorteo, satisfecho el dispendio, acosado por sus remordimientos, había arrojado tras de sí el hacha, y no solo había desaparecido, sino que había decidido humillarse con el exilio más distante. Abandonada el arma fatal, responsable directa del crimen cometido, había sido juzgada y, a la vista de los hechos, relevada de toda culpa y absuelta.
3. En la Hermíone griega todos los veranos celebraban una fiesta en honor de Deméter Ctonia, dispuesta a representar, con su sorprendente despliegue de medios, la falta de vigor del ganado bovino. Formaban una procesión que llegaba hasta su santuario, a cuya cabeza iban los sacerdotes y los magistrados anuales, y tras ellos mujeres y hombres en abundancia tal que podían representar a toda la ciudadanía. También formaban parte de la procesión inocentes impúberes, vestidos de blanco y coronados con ramas de cosmosándalo entretejidas. Cerraban el cortejo varias vacas jóvenes, elegidas aún bravas y silvestres, a las que unos servidores del templo arrastraban sirviéndose de cuerdas a las astas sujetas. Cuando llegaban al templo, cuyas puertas los aguardaban abiertas, desuncían de sus cuernos las coyundas que dominaban a la primera, y la vaca, al sentirse libre, se precipitaba a la naos. Las puertas del templo se cerraban en cuanto los conductores estaban seguros de que el animal ya no saldría.
Allí, posadas en sus sedes, engalanadas y provistas de los medios para el holocausto, la aguardaban cuatro frágiles ancianas, entre las que durante la víspera ellas mismas habían sorteado la que debía sacrificar la vaca que abría el desfile. La elegida por el destino la recibía con una hoz de bruñido bronce en la mano, versión solemne de la misma afilada hoja que todos los años proporcionaba los frutos cuando ponía fin irreversible a las vidas. Con ella debía cortar la garganta del animal que era decisivo para cobrar una cosecha generosa.
Nadie supo jamás a qué artes recurría la anciana para someter a la vaca. Pero lo cierto es que, a continuación, los servidores del templo de nuevo abrían las puertas, y encontraban sangrante y muerto al animal, las venas del cuello expandidas y aún latiendo, y a la anciana impasible, sentada entre sus semejantes, apenas su vestido marcado por un rastro de la sangre vertida.
Después, del mismo modo procedían con una segunda, una tercera y hasta una cuarta vacas, y del lado que hubiera caído la primera debían caer las demás, cada una irrecuperable, cada una a manos de una de las ancianas, que por turno iban consumando su hado.
En tanto estimaban a las abnegadas sacrificantes, sacerdotisas de las debilidades de los bóvidos, que en su favor erigían estatuas conmemorativas que las retrataban, para que ante el templo conservaran la memoria de sus arrestos. Quienes las consagraban, en los epígrafes que celebraban sus virtudes, reconocían que el objeto más venerado, de los cientos que el recinto sagrado conservaba, raíz de sus poderes, solo las ancianas sabían cuál era.
Redacción
Publicado: mayo 29, 2015 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.
El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.
Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.
Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.
Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.
Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.
La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.
De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.
Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.
Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.
Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.
Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.
Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.
Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.
Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.
Cursos de historia de Dante Émerson
Publicado: abril 29, 2015 Archivado en: Redacción | Tags: historias Deja un comentarioRedacción
Mis cursos de historia tienen su origen en una asignatura que estaba dedicada a la historia de España, cuyos alumnos regulares eran jóvenes entre los dieciséis y los dieciocho años. Su programa primitivo abarcaba desde la prehistoria hasta el momento actual, y todavía la época más reciente era ampliada con una geografía, aunque en parte física en la mayor parte humana. Con este motivo aún se extendía hacia el estudio de lo que su autor llamaba los países hispánicos, lo que no fue impedimento para que más adelante la asignatura fuera complementada con la enseñanza de la constitución vigente desde 1978.
Cuando la tuve bajo mi responsabilidad la primera vez, a principios de los ochenta del siglo pasado, ya acumulaba toda esa materia, razón por la que para su docencia la administración había decidido concederle clase diaria. Aun así, de mis compañeros más expertos, con el encargo de la asignatura recibí el aviso de que no era fácil comprimir en el tiempo disponible tanta materia. Por eso ya entonces era práctica consolidada renunciar desde el principio a una parte del programa. En aquellos años, los planes para el curso ni eran muy formales ni tan rígidos como han llegado a ser. Cuando empezaba un ciclo académico todo el mundo tenía los mejores propósitos y declaraba estar dispuesto a afrontar todo lo que le había sobrevenido. Pero más adelante, según el tiempo iba transcurriendo, como el viajero en globo que ve que la canasta va perdiendo altura, cada encargado de la explicación de un programa iba desprendiéndose de cuanto creía prescindible. En el caso de la asignatura a la que me refiero, la constitución solía ser lo primero que era arrojado por la borda, una actitud extremadamente irresponsable. Luego se desprendía el trozo de los países hispánicos, casi todo un continente, y por último, ya en las postrimerías del curso, era reducida al peso mínimo la geografía de la península ibérica, tierra diversa donde las haya, de la que solo los más prudentes, al impartirla como introducción geopolítica al principio del curso, conseguían explicar la parte física.
No recuerdo con exactitud cuáles fueron mis planes para el primer año que la enseñé, aunque estoy dispuesto a reconocer que al principio a mí mismo debí decirme que no veía motivo para de antemano renunciar a nada. Pero sí estoy seguro que al siguiente ya había tomado una decisión drástica. Por mi parte, desde aquel momento solo impartiría un curso de historia de España. Tras la escasa experiencia adquirida me creía con autoridad suficiente para defender esto ante cualquier instancia administrativa, y si fuera necesario argumentarlo con cuantas ideas a su favor quisieran oírse. Aquel mismo año emprendí la redacción de un detallado plan para la enseñanza de la asignatura tal como la había concebido, en el que ordenaba mis motivos y mis argumentos, que entrado el siguiente tuve listo. De inmediato lo cursé a la autoridad académica, decidido a defenderlo hasta donde hiciera falta, invitándola cordialmente a mantener una entrevista con este exclusivo asunto. Tuvo para conmigo la deferencia de no dar respuesta a mi invitación.
Explicar historia de España desde la prehistoria me pareció entonces, además de una estimulante paradoja, la mejor de las ocupaciones posibles. Pero pronto hube de modificar mi opinión. Resultaba enormemente complicado. Las generalizaciones a las que está habituado cualquier lector de obras de este género, a un alumno que vive la segunda mitad de la segunda década de su vida le resultaban inalcanzables, le eran completamente ajenas. Abstracciones como hegemonía, negociación diplomática, crisis o simplemente acción política raramente se habían cruzado en sus vidas, mucho menos por su cabeza. Hacía memoria y tenía que reconocer que nada anormal había en aquello. Para mí mismo no eran nociones adquiridas hacía tanto tiempo, y desde luego eran por completo artificiales. Solo a fuerza de ver repetido una y otra vez su uso había terminado por conocer su sentido preciso y su aplicación más correcta, cosas ambas que por entrar en el terreno de los lenguajes herméticos al principio parecen más allá del alcance de cualquier diccionario.
Deduje entonces que tal vez fuera conveniente explicar la asignatura empezando por estas premisas. Podría resolverse el problema, como tantas veces, con una introducción, gracias a la cual quedaran acordados y definidos de una vez por todas los conceptos comunes a los temas que luego habrían de ser estudiados. Solo ahora reconozco que fue así como empecé a desvelar el secreto que mi paradoja ocultaba. Si por fin decidía actuar así, efectivamente tendría que empezar por explicar historia desde la prehistoria.
Debió ser mientras meditaba sobre la eficacia de esta solución parcial cuando recordé algo con lo que había especulado durante mis últimos años de estudiante. No diré que fue la conclusión más valiosa que pude ganar gracias a aquella experiencia, pero sí es probable que la resuma completa con bastante fidelidad. Si para expresarla solo con una frase dijera que finalmente me sentía defraudado, tal vez juzgarían que no paso de afirmar una vulgaridad. Con toda la razón. Probablemente casi todos los estudiantes, de cualquier época, han observado una enorme distancia entre las ilusiones con las que llegaron a sus estudios y el fruto que les quedaba entre las manos al terminarlos. No me excluyo de estos sentimientos más vulgares, como no me cuesta confesar que puedo llegar a emocionarme con un melodrama, por más que me parezca una detestable manera de simplificar la vida. Recuerdo la alegría que me produjo sentirme por fin estudiante de historia, aunque no recuerdo haber denostado lo que sobre esta materia me enseñaron durante los años que le dediqué a tal actividad. Pero un defecto de esta clase solo se puede adjudicar al sujeto que lo padece, porque es fruto de uno de los muchos excesos en los que incurre la juventud, en cualquiera de los casos una ingenuidad.
Pero no es en ese sentido en el que deduje que algo de fraude podía haber en la formación que había recibido. La mayor parte de los programas que estudié estaban dedicados al conocimiento de hechos y personajes de ciertas épocas, separados a su vez con criterios territoriales. Cuando menciono los acontecimientos que era necesario conocer no me refiero solo a los políticos, diplomáticos y bélicos. Para entonces ya se incluían en las explicaciones académicas los hechos sociales y económicos, y hasta los que fueron llamados de mentalidades, bien que con desigual dominio y éxito. Por el contrario, los conocimientos propios del especialista, como la arqueología o la paleografía, ocupaban menos tiempo y recibían una atención secundaria, tanto que salvo memorables excepciones –la paleografía, en mi caso, probablemente más efecto de la dedicación del profesor de la asignatura que del interés de los autores del plan de capacitación– podían tenerse por formaciones, si no del todo prescindibles, sí al margen. (Me apresuro a puntualizar que mi maestro de paleografía fue uno de los peor encarados que hube de aceptar. Pero por efecto del azar, que todo lo desconcierta, bien que alentado por una definida declaración de sus convicciones políticas en el momento en el que aún la administración pública le era favorable, más una indudable maestría en la materia, disfrutaba de una posición inmejorable, así como disponía de la excepcional cantidad de medios que le permitían convertir a sus alumnos en buenos peritos en la materia, si esta era su voluntad).
Al terminar mis estudios opinaba que las cosas tendrían que haber ocurrido exactamente a la inversa. Precisamente tendría que haberse tratado de formar especialistas. Si no toda la atención –aunque hasta este lugar tan extremo estaba dispuesto a llegar– el principal propósito del plan de estudios tendría que haber sido familiarizar a los alumnos con los archivos, las bibliotecas y los museos, hacerlos asiduos de ellos, introducirlos en sus complicaciones y sus rechazos hasta el punto que conocieran de primera mano los problemas que para el manejo de las fuentes a cada momento hay que resolver, saber cómo de ellas se deduce e interpreta la información que proporcionan. Desafortunadamente, mientras fui alumno nunca vi que esto se hiciera de forma programada y eficaz. Experiencias de esta clase no me habían faltado, pero exactamente del mismo valor que el ejemplo o la más lamentable curiosidad. Lo peor era que indicios suficientes ya me permitían sospechar que todo esto podía ser el asunto principal de la formación de postgrado, un nivel cuyo acceso en aquella época casi escapaba a cualquier regulación, y por tanto a cualquier aspiración legítima. Era en este sentido en el que me sentía defraudado. La formación del especialista que tendría que ser quedaba reservada de manera discrecional a una mínima parte de los historiadores nominales, por efecto de un detestable y anacrónico sentido corporativo. Por desgracia, cuando pasados unos años tuve la oportunidad de acceder a mi formación de postgrado, pude averiguar que ni aun lo que afectado por la fiebre del novel había sospechado ocurría.
Hoy reconozco que no hay asunto más importante, cuando se trata del relato histórico, que el conocimiento paciente y hasta el límite posible de los hechos de que se trate, así como de su exposición, e incluso que ninguno de ellos puede ser mejor objeto de esta clase de preocupaciones que los políticos, porque estos son por sí mismos a la vez todos los que competen a aquel. Pero creo que llegar hasta ahí con seguridad requiere dedicación y aprendizaje, y de esto era de lo que se trataba mientras se estaba reducido a la fugacísima condición de estudiante.
Pero, más allá de mis especulaciones sobre el contenido de la materia, había ido descubriendo que la capacidad analítica es la más desarrollada por los alumnos a la edad a la que yo debía tratarlos. No sabría indicar con certeza alguna razón que explicara por qué las cosas ocurren para la generalidad de los casos así, y solo excepcionalmente algunos pueden además sintetizar o enunciar los principios más generales con dominio de los argumentos que los demuestran, o emplear los sentidos para percibir la variedad de elementos y actividades entre las que cada persona siempre está. Me temo que están más relacionadas con la formación ya recibida que con la aptitud para el aprendizaje que la naturaleza del hombre decida. Sobre el papel que a la condición de ser vivo deba concedérsele en la demostración de las posibilidades de adquirir conocimientos creo que lo justo es limitarlo al hecho de la aptitud, y así debería ser reconocido con carácter universal. El hombre tiene capacidad constante de aprender, una vez alcanzado el dominio de sus sentidos, y en ese estado permanece mientras el accidente de la muerte, o sus adelantadas las enfermedades, no lo interrumpen de modo violento. Si actualmente a los dieciséis años insiste en descargar sobre su capacidad de análisis todo el tráfico de su conocimiento es porque los medios que en nuestras escuelas consideran imprescindibles para alcanzar el de cualquier tipo insisten en dotarlo de esa capacidad. Las matemáticas y las gramáticas son enseñadas primero pieza a pieza, número a número las primeras, nada menos que letra a letra las segundas. Reconocerán que es una manera excepcional de enseñar, no la adquisición de extraordinarios conocimientos. Pocas materias cuentan a su favor con la posibilidad de ser aprendidas a partir de su desintegración atómica ya en la infancia.
Pienso que del éxito de esta manera de enseñar es más responsable la aritmética que la gramática, arrastrada por la fascinación que aquella sigue irradiando sobre las personas más impresionables. Que la enseñanza haya alcanzado a toda la población ha tenido efectos simplificadores, por la misma razón que es necesario derivar a la mediocridad el sabor de los alimentos que aspiran a monopolizar un mercado. A muchos antiguos les impresionaba la sofística, o uso vicioso de un método, y en absoluto no los conmovía el pensamiento, el fin al que aquel estaba destinado. Aún sigue siendo muy popular identificar la inteligencia con la agilidad en el manejo de los números, por lo demás perfectamente inútil mientras solo es abstracción. Creo que es en esta falsa creencia donde está el origen del orden actual de la enseñanza, porque cuando es organizada como un sistema público el promotor de la ley que lo ampara y regula prefiere responder a lo que la opinión de los electores aprueba.
Pero el hecho era que había de vérmelas con alumnos muy capacitados para el análisis, escasamente dotados para los demás medios de adelantar en el conocimiento. Decidí afrontar en su estado original lo que bajo mi responsabilidad había caído, y resolver mis cursos de la manera más directa. Derivé la explicación de la historia de España hacia las fuentes, sobre cuyo análisis descargué todo el programa. Tendría que ser la que me permitiera desarrollarlo una buena selección de documentos, con tanta precisión hecha que ninguno de los temas en él propuesto quedara el margen.
Aunque pueda parecer complicado buscar y combinar de esta manera una colección de fuentes, realmente no lo es, porque cualquier programa es igualmente una selección de asuntos. Para llevar a buen fin el proyecto basta con utilizar para esta a un tiempo los dos elementos. El programa previo indica documentos preferentes, y estos, una vez elegidos, recortan con mucha precisión los contenidos de aquel.
El obstáculo más serio que esta forma de enseñar habría de salvar era el de los conocimientos previos de historia que los alumnos necesitaban para analizar con seguridad e independencia los documentos. Dos maneras de vencerlo había. La primera dedicándole algún tiempo a proporcionárselos antes del estudio de las fuentes, y la segunda remitirlos a algún manual útil a mi propósito.
Nunca me he sentido a gusto si he tenido que explicar un curso ateniéndome con disciplina a un manual. Si alguna consecuencia de mis explicaciones es capaz de abrumarme es el error que por descuido pueda en ellas deslizar. No es la precipitación, ni la improvisación, que tantas veces es necesaria, ni siquiera la mala prosodia, que pesa sobre mí como una maldición. Del error lo que me abruma no es verme en la obligación de corregirlo, sino crear un mal fundamento sobre el que, pasado el tiempo, haya que seguir levantando el conocimiento de la misma materia. Sobre un buen número de detalles, de los más diversos asuntos, con el tiempo he podido ir comprobando que tenía una idea inicial errónea, tan nociva a partir de cierto momento que trastocaba todo cuanto sobre lo mismo hubiera ido acumulando, e impedía su progreso. Solo cuando me he detenido a corroborar mi idea del principio y he deducido que estaba en un error la he corregido y he podido seguir adelante sin mayores dificultades. Pero ni aun así la primitiva noción errónea se ha extinguido del todo, y reaparece con su corrección, como recuerdo imborrable, cada vez que debo recuperar mis conocimientos sobre aquel asunto.
En modo alguno me tranquiliza saber que por descuido puedo ser el origen de escollos de este tipo, tenaces saboteadores del buen saber. Mas si de los errores que por mi palabra puedan recaer sobre mis alumnos yo soy responsable, y a mí me toca remediarlos a la menor oportunidad, no son de mi incumbencia los que se hayan podido deslizar en los manuales. Y ocurre mucho que no es solo que los manuales, por ser obras de hombres, están expuestos exactamente al mismo riesgo que mi explicación, sino que quizás con excesiva frecuencia están plagados de imprecisiones, afirmaciones discutibles, simplificaciones injustificadas, además de simples errores, que caen como un pesado fardo con el que debe cargar durante meses quien ha decidido indicarlo a sus alumnos para que sigan su curso. No sería a mí a quien correspondería responder de estas culpas, ni consumir mi tiempo en resolver los equívocos a los que pueda dar origen. Sin embargo, cuando he tenido aquella debilidad, me he visto con frecuencia en la obligación de recomendar correcciones al manual, ante un escéptico auditorio, que cada vez que propongo una me mira con desconfianza. Concedida por el alumno, al comienzo del curso, toda la autoridad en la materia tanto a su profesor como a su manual, lo que es propio e inevitable a la edad de la que trato, cualquier conflicto entre ambos solo puede ser fuente de dudas e inquietudes, o de retiradas de confianza que se terminan resolviendo del lado que está a su alcance, el de su profesor, que así, sobre carecer de responsabilidad en el origen de la crisis y estar movido por la mejor voluntad, resulta deshonrosamente degradado en la consideración de sus discípulos.
Pero como a cada mal es necesario aplicarle su antídoto, con el tiempo y la mucha práctica he adquirido una útil disciplina a este propósito. Me permito proponerla a quienes se vean en situaciones semejantes. No muevo ni un músculo del rostro cuando una barbaridad procedente de la lectura de un manual cae como una bomba en medio de la clase, por más que se me conmuevan las entrañas. Ya he conseguido pasar en silencio sobre el asunto, e incluso soslayarlo si la explicación no ha de pisar sobre el cráter abierto por el obús. Pero ni aun eso impide que me mantenga en un permanente estado de rebeldía en relación a los manuales, e intente por todos los medios evitar el recurso a ellos.
Creo que el origen de este problema está en que las editoriales de los textos que se emplean en los institutos, que obtienen extraordinarios beneficios con costosas ediciones que venden a precios excedidos, descargan cuanto pueden su gasto en aquella parte del libro, que tal como lo editan, efectivamente, queda muy reducida, la que es responsabilidad del autor literario. Pocos son los promotores que dedican atención y presupuesto a esta parte de la obra y no recurren al trabajo de noveles que liquidan con poco más que una gratificación.
Si ahora me muestro desconfiado ante los manuales, cuando empecé a impartir historia también era radical en esta materia. Excluí de antemano recurrir a alguno, lo que por tanto significó que hube de simultanear las explicaciones de las premisas sobre las que tenía que quedar fundado el análisis con el estudio de las fuentes. El efecto inevitable fue que los programas avanzaban con desesperante lentitud. Pero debo confesar que me instalé con toda comodidad en ella. De un lado, por una razón práctica. Como yo era quien había de pedir cuenta de lo aprendido, examinaría solo de la materia impartida. Pero también a causa de una idea que se iba convirtiendo en una convicción. Lo importante era avanzar en la destreza del análisis de fuentes, la mejor manera de adquirir un buen método para estudiar toda la historia.
Siguieron apacibles cursos recompensados con los mayores deleites. Recuerdo de entonces con satisfacción, por ejemplo, las horas dedicadas a discutir y deducir con los alumnos el valor documental de los planos de fractura de las piezas paleolíticas, o el sentido que podía tener el acabado de algunas de ellas; a desentrañar las palabras del Estrabón editado por García y Bellido, del que tanto había aprendido; a analizar la asombrosa permanencia de los límites de la cora de Rayya en la actual provincia de Málaga; a agotar las posibilidades cartográficas y metrológicas de los libros de repartimiento, entonces renovados con sistema por los medievalistas; o a deducir del análisis comparativo de las curvas de Hamilton comportamientos monetarios. También recuerdo el monstruoso intento de verter el Ibn Jabdún de García Gómez y Levi-Provençal en un sistema de clasificación, organización y varia combinatoria de todos los datos que proporciona, que tanto esfuerzo exigió a mis alumnos, tanto de su tiempo consumió y tan poco fruto les rindió finalmente.
Pero el más memorable de aquellos momentos fue el que protagonizara el singular Mantero, entonces afamado portero de fútbol, bien por su estatura bien porque fumaba en los vestuarios. En aquella ocasión se trataba nada menos que de extraer de una colección de epígrafes tomados del CIL datos útiles para un análisis social y demográfico de la Hispania romana, que al mismo tiempo tenía que estar bien fundado según criterios estadísticos, de modo que sus conclusiones fueran inmejorables dada la fuente disponible. En clase había dado instrucciones sobre el procedimiento y sobre cómo extraer la muestra para que fuera fiable, sin dejar al tiempo de respetar los principios de la obligada crítica de concordancia. También había aleccionado con indicaciones para interpretar la información proporcionada por los epígrafes, y todos habíamos experimentado con algunos casos durante el tiempo de nuestro horario compartido. Pero el resto quedaba bajo la responsabilidad de los alumnos, que a vuelta de clase debían dar cuenta de sus conclusiones.
Fue el alto Mantero el convocado a exponerlas ante sus compañeros. No tenía con qué responder, nada había preparado. Pero no se sintió inerme ni manifestó desconcierto. Sin que yo pudiera percibirlo, como luego celebramos reiteradamente, su incondicional amigo de entonces, nuestro querido Francisco Ramírez, un hombre siempre aconsejado por la bondad, aguerrido e incansable centrocampista, leal compañero en el mismo equipo, junto a él, allá en la última fila, le deslizó su propio trabajo. Con la mayor naturalidad Mantero inició la más mentirosa e improvisada de las exposiciones que haya oído nunca, hermosa como una epopeya y llena de excelentes ideas y buen sentido. A cada hallazgo de su floreada prosa, que yo celebraba, el orador se crecía, y nos regalaba con nuevas depuradas insensateces. Dos días completos al menos agotamos en aquella festiva aventura, que vino a demostrar que puede más un alumno ingenioso que la monótona dedicación del profesor más severo.
Para entonces ya hacía tiempo que le daba vueltas a una idea que por días iba creciendo, y que en el transcurso de algunas noches alcanzaba el tamaño del remordimiento. “A nadie se le ocurriría explicar física relatando la infinidad de casos en los que se puede observar la caída de los cuerpos –me decía–. Sería tan agotador como poco provechoso. Basta reproducir la experiencia un número limitado de veces y a partir de ahí generalizar, apoyándose en la teoría a este propósito enunciada. ¿Por qué en historia habrá que someter a los alumnos a la tortura de volver una y cien veces sobre hechos similares, reinos que se sostienen sobre dinastías, crisis políticas que se resuelven con guerras, golpes de estado que interrumpen el curso de las instituciones?”.
Era fácil encontrar una explicación inmediata a que aquel procedimiento de enseñanza de la historia, que ya me iba pareciendo insensato que se mantuviera. La historia formaba parte de los planes de estudio solo porque contribuía a generar la idea de pertenencia a una nación. Por eso era necesario explicar específicamente historia de España incurriendo en el absurdo de relatar una cadena de hechos que comenzaba en el momento más remoto posible. Pero exactamente no me parecía inútil explicar historia de España, ni siquiera contribuir de esta manera a la estabilidad de las instituciones ciudadanas. Lo que me parecía la confesión de un vacío era que a los promotores de la asignatura no se les hubiera ocurrido nada mejor para rellenarlo que acumular una larga cadena de acontecimientos, que además amenazaba con crecer a consecuencia de la apertura del relato histórico hacia nuevos campos.
Tenía que reconocer que la historia no se beneficiaba de un cuerpo teórico unificado. Porque su naturaleza es literaria, la divergencia de las ideologías la habían cargado de teorías separadas y hasta contradictorias, y habían bloqueado cuanto en orden a la formación de una dogmática propia pudiera haberse hecho desde la época moderna. Era víctima de aquel estancamiento porque no podía recurrir a sistema alguno que viniera en mi auxilio y a la vez me veía en la obligación de enseñar. En su lugar solo había ideologías cuya mera invocación, aunque fuese de paso, sonrojaba. Me faltaban fundamentos que me permitieran actuar con seguridad, en detrimento de la materia que impartía y de mí mismo. Cuando los alumnos al mismo tiempo reciben clases de ciencias que operan con solidez y avanzan con paso decidido, conocimientos con poco cuerpo son recibidos con escepticismo, con frecuencia incluso rechazados, y finalmente relegados a una categoría inferior que solo puede satisfacer a los menos aptos. Por desgracia, esto estaba ocurriendo ante mis ojos.
Debo admitir también que por reacción, y en cierta medida por el contagio que sucede a la falta de defensas, contaminé mis clases de análisis de fuentes con procedimientos tomados de otros campos de conocimiento, en particular los de tipo cuantitativo, por los que entonces sentía especial predilección. Pero en esto no actué desviándome de las enseñanzas de métodos aplicables a la historia entonces en expansión. Quienes conozcan la materia seguro recordarán obras que se extendían en su difusión entre los historiadores y que llegaron a ser muy populares. Pero en buena medida también fue consecuencia de que caí en una tentación, y me dejé arrastrar por la correspondiente pasión. Así como a los demagogos es el aplauso el que los inspira, y no reparan en recursos para obtenerlo, porque había comprobado que la aplicación de los métodos cuantitativos a la historia sorprendía con facilidad a las ingenuas almas juveniles, por razones que antes expliqué y entonces descubrí, insistí en desplegar ante ellos aquellas herramientas, que conseguían mantenerlos activos y despiertos, aunque fuera solo por obra de la novedad.
Admitía sin embargo que el camino que había emprendido no era el correcto, e incluso cierta conciencia de mi inmoralidad me permitía. Pero, al mismo tiempo, observaba un filón de virtud en mi comportamiento que me pareció suficiente justificación para tanto atrevimiento. Situaba la enseñanza de la historia en un dominio distinto, lo cual por sí mismo me parecía bueno, y aún creo que lo era. Entre enseñar historia relatando hechos, lo que equivalía a confundir la función del texto de historia con la que corresponde a la clase de historia, y enseñar historia abusando del análisis cuantitativo de las fuentes, prefería lo segundo sin duda alguna, por más inapropiado que pudiera parecer. En esto podía haber error, pero en aquello solo había lamentable pérdida de tiempo.
Proseguí todavía con aquel plan, extendiéndolo y completándolo cuanto podía. La necesidad de relacionarme con nuevos alumnos ayudó a ampliar y mejorar el cuerpo documental de aquellas prácticas clases de historia. Pero a fines de los ochenta corté aquel curso de mis enseñanzas. Fue entonces cuando descubrí que estaba cometiendo un error. Hacía tiempo que había deducido que la eficacia de mis clases derivaba de la adquisición de unos conocimientos previos. Mi error, tal como entonces pude concluir, había consistido en creer que estos conocimientos tenían que ser de historia de España. Lo que realmente necesitaban mis alumnos para enfrentarse al análisis de las fuentes era instrumentos para su crítica. Así lo había ido comprobando curso tras curso. Los conocimientos previos que debía suministrarles no tenían que ser de historia de España, un asunto que a aquella altura había pasado a convertirse en algo circunstancial, sino de métodos de análisis de las fuentes.
A partir de entonces me concentré en la mejor documentación de los procedimientos cuya explicación juzgaba imprescindible. Mejoré y completé cuanto de ellos sabía y me preocupé porque ninguno de los que en la práctica era obligado aplicar escapara a mi previsión. Tendría que explicar arqueología, al menos en aquella parte experimental relacionada con la fabricación de utensilios a partir de la piedra, y a ser posible también en la que se ocupa de la cerámica. Habría de enseñar a los alumnos de modo reglado, como técnica independiente, el modo de obtener de las fuentes narrativas afirmaciones de veracidad tan acendrada que en ellas pudiera confiar para redactar la propia reconstrucción de los hechos. Sería necesario que conocieran por sí mismos todos los secretos de la elaboración de un mapa histórico, para que ante cualquiera, fuera o no obra propia, pudieran deducir el caudal de información que esta clase de síntesis contiene. Por el modo como había evolucionado la recogida de datos y su presentación durante las últimas décadas, también se hacía preciso dar a conocer el manejo más apropiado de las informaciones cuantificadas.
Todas estas materias particulares, y algunas más, eran estudios imprescindibles si se quería dotar a los alumnos de criterios personales a partir de los cuales tener ideas propias y acertadas sobre los hechos de los que las fuentes informan. Dar este giro a la materia que explicaba venía además a proporcionarme otra respuesta, sobre una satisfacción. De este modo abolía el absurdo de la explicación finita de hechos que se repiten y se repetirán, sin más satisfacción que el placer que pueda proporcionar coleccionar buenos relatos.
Decidí entonces dar el paso definitivo. Hasta aquel momento había mantenido las explicaciones sobre los métodos como un complemento al programa de historia de España, si bien aquellas me ocupaban todo el tiempo que dedicaba a esta actividad. Los alumnos, para cada tema del programa, a vuelta de clase venían con el análisis de las fuentes incluidas en mi antología que les habían sido indicadas. El único vínculo real que conservaba con la asignatura prescrita era que todas las fuentes eran hispánicas. A partir del momento en que opté por reconocer lo que estaba haciendo, el programa de temas de historia de España lo sustituí por otro de métodos para el análisis de fuentes. Mantuve la antología de testimonios relacionados con aquella, pero fue por evitar el salto en el vacío. El objeto había dejado de ser la historia de España. Ahora se trataba de métodos historiográficos. De aquella solo quedaba el nombre.
Por fortuna coincidí entonces con alumnos excepcionales.
No es un contrasentido decir que de esta clase nunca faltan. En cualquier grupo hay alumnos destacados. Lo que hace precisa cada estimación es la cantidad que cada año se conoce y el valor relativo de tal condición. El momento óptimo de esta feliz coincidencia es el que permite conocer y tener trato con una proporción significativa de buenos estudiantes en una clase integrada por buenos alumnos. Tan favorable estado me aconsejó aprovechar la circunstancia para valorar la eficacia real que aquella manera de impartir la asignatura tenía.
No me refiero a cómo era recibida la materia entre los alumnos. A aquellas edades los alumnos están necesitados de conocimientos, y aceptan cualquier cosa que se les explique, a condición de que se les presente de forma clara, con seguridad y con cuanta seriedad se pueda añadir al trabajo regular. Los alumnos abren entonces un comercio de esfuerzos por el que miden de la misma manera que saben que ellos habrán de ser medidos. Como son conscientes de que el juicio ha de recaer finalmente sobre su trabajo, califican la autoridad moral de quien debe emitirlo fundados en el principio de la igualdad. El esfuerzo que les sea pedido ha de venir precedido por el de quien vaya a pedírselo. No es necesario que sea enorme, basta con que sea sincero.
Deseaba saber si mis explicaciones sobre asuntos que yo mismo consideraba muy ajenos a los alumnos, y que ellos mismos con frecuencia declaraban extraños y anómalos para que pudieran ser admitidos como historia, eran recibidos por ellos con la misma facilidad con la que pudieran aceptar las explicaciones sobre, por ejemplo, los verbos deponentes, algo no menos ignorado antes de entrar en la materia por quienes han de estudiarla cuando se les explica por primera vez. Es verdad que con sorpresa había ido aprendiendo en las aulas que los alumnos están dispuestos a admitir enseñanzas con un grado creciente de interés correlativo a su extravagancia. Al principio no acertaba a explicármelo, porque de mis años de estudiante no conservaba memoria de nada parecido. Pero porque también aceptaba que mis recuerdos eran muy parciales (nunca fui ni siquiera un alumno regular, y ahí está para demostrarlo mi expediente) intenté saber algo más sobre las razones de este comportamiento. Con el tiempo fui descubriendo que la formación proporcionada a los alumnos es tanto más aceptada por ellos cuanto más ajena les resulta, porque su mundo se alimenta de radicales contrapuntos. El mundo en el que viven, aun en la clase, es hermético e impenetrable, y siempre permanece al margen de la relación que mantienen con quien les enseña. Si en alguna ocasión este cree haber tendido algún puente hasta aquella otra orilla, a través de algún alumno que parezca más dispuesto a abrir las recias puertas que la guardan, que desconfíe de su conexión. Resultará siempre la menos acertada, el alumno medio será el menos apropiado para introducirlo en la liga secreta. Insistir en avanzar por territorios desconocidos no asegura éxitos, pero coloca en la mejor posición para al menos aspirar a sentirse razonablemente satisfecho.
Disponía de los exámenes para saber inmediatamente qué efectos tenían mis explicaciones. Pero no me resultaba un medio de indagación satisfactorio por dos razones, una de la índole ajena pero otra procedente de una injustificable incapacidad personal. Nunca los exámenes son una circunstancia en la que los alumnos puedan ser observados en estado de naturaleza. La excepcional ocasión, la inseguridad espontánea que desconocer el cuestionario origina, las urgencias a causa del tiempo limitado de que disponen deforman la observación hasta un grado en el que la experiencia deja de ser significativa. Muy pocos son los que consiguen sobreponerse a tantas adversidades, y estos por todos los conceptos resultan extraordinarios y en consecuencia nada representativos.
Además, en aquella época, mi falta de pericia para proponer exámenes adecuados era notable. Yo mismo era consciente de mi debilidad, y mis alumnos una y otra vez, por cuantos civilizados modos tenían a su alcance, se alzaban contra aquella desastrosa tiranía, que tan trágicos efectos personales para ellos, siempre en vísperas de vacaciones, podía tener. Eran excesivos bajo cualquier consideración. Largos, tanto que yo mismo debía emplear en su solución más tiempo del que podían consumir en el acto efectivo los alumnos; farragosos, hasta exigir el manejo de una cantidad de medios de trabajo que lindaba con el absurdo; complicados, porque en muchas ocasiones las soluciones a los problemas planteados podían ser distintas; oscuros, porque no siempre las respuestas estaban solicitadas con un enunciado que fuera inequívoco. De todos aquellos despropósitos, el que se arriesgaba a alcanzar lo cómico era el de los recursos que el alumno debía prever para el examen: calculadora, escuadra y cartabón, compás, colores, y en ocasiones hasta diccionario y atlas. Los alumnos debían acudir a la convocatoria provistos de todo, en previsión de lo que pudieran necesitar. Los más sarcásticos con ostentación desplegaban sobre su mesa todos los medios, y hacían cuanto fuera posible para que la ocuparan por completo, de modo que no quedara sitio para el cuestionario ni para el modesto folio en el que tenían que escribir sus respuestas.
Necesitaba recurrir a otro medio si deseaba averiguar con algún fundamento qué estaba pasando con el curso que explicaba. El adecuado me lo proporcionaron dos de aquellos alumnos excepcionales. Por cómo actuaban diariamente había podido averiguar que eran de una seriedad poco habitual, rara para su edad, sorprendentemente temprana o prematura. Asistían con regularidad a clase, seguían atentamente las explicaciones, tomaban notas de ellas con mucha seguridad y pedían sensatas aclaraciones cuando las necesitaban; resolvían con acierto las prácticas con las fuentes a las que cada tema estaba orientado y, aun así, no eran alumnos que se mostraran satisfechos de su trabajo o presuntuosos ante sus compañeros. No recordaba haber tenido alumnos de aquella sólida, disciplinada y a la vez amable manera de conducirse.
Cierto día, mientras corregía con uno de ellos uno de los ejercicios, la idea surgió como si fuera una consecuencia, con la misma naturalidad con que cualquiera de ellos podía haber deducido la solución a un problema que antes hubiéramos enunciado. No debía dejar que pasara la oportunidad, tenía que conocer los apuntes que aquellos alumnos redactaban. Allí, sin preparación interesada, en aquella parte reservada de su trabajo, estaba retratado con la mayor fidelidad mi curso.
Mantuve mi idea sin declararla hasta que finalizó el año académico. Cuando ya había terminado, incluso cumplido el trámite de las calificaciones finales, decidí pedirles copia de sus apuntes. Afortunadamente accedieron. Hasta mis manos llegaba por primera vez un retrato de mis clases tomado del natural. Examiné aquellos apuntes, corregí mis errores y juzgué que no obstante el resultado era apreciable. Decidí reescribir completa la parte teórica, atento sobre todo a expresar las ideas con la mayor claridad de la que fuera capaz, dejándome llevar por la noción de nitidez que de lo escrito por mis alumnos recibía, y el resultado fue la primera versión escrita de mis cursos.
Así, pues, los nombres de Sara Fernández López y José Enrique Pavón Cumplido, los responsables de aquellas notas, deben constar con la condición de autores de la primitiva versión de los textos de mis cursos, y como tales, en reconocimiento a su trabajo, es mi deseo que prevalezcan.
No modifiqué de inmediato el plan para mis clases a consecuencia de aquella novedad. Seguí por un lado impartiéndolas con los mismos medios de los que hasta entonces había hecho uso, sin innovarlos más de lo que antes, por el curso espontáneo de la experiencia, lo hacía; y por otro fui haciendo crecer y completando el texto del curso impartido del que disponía.
Vino entonces a ocurrir algo que en su momento alcanzó el rango de acontecimiento. El legislador creyó conveniente trastocar todo el plan de estudios que hasta entonces los alumnos de aquellas edades seguían. Mucho fueron discutidas sus ideas y sus decisiones, y de modo adverso ambas solían ser recibidas, aunque en esta consecuencia no había mucha más convicción que vicio de costumbres. Entre quienes vivo, las ideas que todavía no son repetidas como propias por principio son recibidas con recelo. Por mi parte, la pasión por aquellos asuntos, porque la pasión alimenta la intensidad con la que es empleada la voluntad, para entonces había descendido de manera tan ostensible, por comparación con la que durante mi juventud en mí desataban, que ya me juzgaba más paciente espectador de la vida pública que sujeto agente, sujeto no obstante sin pretensiones de agente.
Pero debo confesar que fui arrastrado por la corriente de aquel debate, debilidad que con demasiada frecuencia ha desviado el curso de mi vida. Un accidente administrativo me condujo hasta la obligación de conocer cuanto el legislador había declarado sobre aquella materia, que era mucho, no siempre claro y en ocasiones contradictorio. Por replicar a las reducciones con las que se suelen despachar los asuntos cuando de opiniones se trata, me vi envuelto en polémicas, y conducido por estas volví a encontrarme en medio de violentas discusiones. Maldije una vez más la hora en la que no fui capaz de responder con silencio a la estupidez, me condené otra vez por mi falta de la más preciosa de las contenciones que la conciencia puede dominar, la que cualquiera puede y deber tener en recta moral sobre el uso de la palabra. No detestaba la batalla, ni actitud de combatiente alguno. En la batalla los hombres crecen y la grandeza del enemigo ennoblece al que es derrotado. Lo que no me perdonaba a mí mismo era la falta de previsión que había tenido en el momento en el que el conflicto estalló. Una actitud más prudente al instante me habría permitido ganar posiciones fuera del campo de las hostilidades.
Pero lo peor fue que de allí se siguió otro fatal deslizamiento hacia la más degenerada acción. Quien sobre su voluntad tiene limitado el poder por contumacia se entrega a la irresponsable tiranía de los instintos, y vuelto una vez más a este infierno por perversión da en deleitarse en el abuso en el que incurre. Arrastrado por la corriente de las pasiones, me vi absorbido por ellas, y di en encontrar placer en la polémica. Mas, habiendo excluido que los argumentos con que fuera sostenida, en cualquier circunstancia, pudieran en alguna ocasión ser lo bastante fundados como para alimentar un juicioso debate –tanto era el desconocimiento desde el que solía hablarse, tanto no obstante el atrevimiento de todos–, en vez de activar la polémica para el buen fin al que puede ser conducida, si así se desea, llegué a atizarla con el exclusivo fin de comprobar si las reacciones a las opiniones que podía defender provocaban las reacciones que había previsto. El placer lo alcanzaba cuando comprobaba que las cosas ocurrían como las había podido pronosticar.
Nadie crea que siempre conseguía este efecto, ni menos aún que las opiniones que expresaba fueran regularmente acogidas, por más que debo reconocer que en algún caso casi me sonrojaba ver la facilidad con que las ideas ajenas eran inmediatamente hechas propias y convertidas en arma para la polémica. Tampoco debe pensarse que algo de aquello tuviera fatales consecuencias. Bien juzgado, no pasaba de ser un juego, peligroso en la medida en que era cargado con pasiones, pero inofensivo si aquellas no se hacían estallar. Por fortuna, ninguna explosión rebasó los límites de la mutua acusación de usar malas artes, del abandono airado de una reunión o del aún más inofensivo hacer ostensible el silencio como fórmula de protesta.
El tamaño de aquel mundo era pequeño y la escala a la que podía observar el fenómeno reducida. Pero siempre he sostenido que la magnitud del caso no resta valor normativo a la ley que pueda poner al descubierto. Como en el experimento de laboratorio, para deducir sobre los comportamientos humanos, la observación de las pasiones en medios reducidos tiene la ventaja de que permite desembarazarse de ciertos límites circunstanciales, porque de antemano, aunque al observador genérico le puedan parecer activos, se sabe que son inoperantes. El estado que entonces alcanzó entre nosotros la modesta acción pública me permitió ver en estado original la naturaleza de la ambición, cuyo fruto es el poder. Fue entonces cuando descubrí que se alimenta exclusivamente del placer que proporciona tomar decisiones cuyos efectos se han previsto, y estos están en todo dirigidos a cumplir con un curso de los hechos que satisface íntegramente los deseos de quien activa la acción. Puede complementarse con la satisfacción de deseos, con la vanidad quizás en los casos más elementales. Pero si así ocurre son alianzas circunstanciales. El placer puede sostenerse solo sobre aquella razón, y no si solo dispone de alguna de las otras dos.
Pero, al margen de las contiendas, la lectura de cuanto el legislador había decidido me permitió descubrir una novedad que interesaba a mis propósitos consolidados. Había dictado la libertad de programas más extrema que jamás se haya previsto. Tan excesiva era su idea que se limitaba a indicar un programa de materias a impartir, a su criterio recomendable, pero que en absoluto no era obligado para quienes tuvieran la responsabilidad de explicar. Positivamente se llegaba a declarar que estos podían decidir con autonomía qué programa creían oportuno impartir.
No dejó de llamarme la atención tan extraordinaria manera de entender la libertad de la docencia, que a mi parecer tenía más de inconsciente improvisación que de radicalismo libertario. Pero no me resultaba del todo sorprendente. Años antes había podido vivir una experiencia similar, muy instructiva. La autoridad académica había decidido promover la investigación en la enseñanza media. Cuando tuve la primera noticia no me pareció una iniciativa desacertada. Desde sus limitadas posibilidades, quienes están dedicados a este trabajo tienen demostrado que con algo pueden contribuir a esa parte del patrimonio público. Además, me parecía una excelente fórmula para la promoción profesional, incluso idónea porque es estimulante, comparativamente mucho mejor que la triste y muy limitada carrera docente. Pero no se trataba de eso. Lo que la autoridad académica había decidido era introducir en la investigación a los alumnos. No daba crédito a lo que entendía cuando tuve la certeza de que aquella era la intención de quienes tenían la responsabilidad de administrar el derecho a la enseñanza. ¿Que los alumnos dedicaran una parte de su tiempo a investigar? ¿En serio? ¿Quienes aún carecían de las nociones que permiten entrar en los conocimientos especializados?
Pero más sorprendente aún era que aquel proyecto estaba excelentemente dotado. Cuando medité sobre esta otra parte de la idea, me apresuré a presentar diez planes para experimentar con diez ideas relacionables con los programas que explicaba, suscritos por otros tantos alumnos a los que durante aquel curso enseñaba. Mi propósito era muy práctico: captar fondos para invertirlos en la dotación de mi departamento, entonces poco más que una habitación con el mobiliario imprescindible; una institución que carecía de presupuesto propio y que sobrevivía en ocasiones en medio de la penuria, en otras de la indigencia. Así se lo hice saber a los alumnos a los que comprometí en aquella aventura, que por lo demás se prestaron animosamente a contribuir de aquel modo a sostener y desarrollar uno de gérmenes de los que directamente se nutrían.
Al proponer diez planes de investigación mi propósito fue solicitar mucho para obtener algo. Cifraba mi esperanza en que serían atendidas aproximadamente un tercio de las demandas. Fueron aprobadas y dotadas todas. No era ningún mérito. Vine a saber luego que el departamento que nos trataba tan generosamente disponía de un buen presupuesto a este fin destinado y que no había recibido muchas demandas. Aquello, por más que fuera poco sensato, era razonable en la medida en que podía explicarlo todo.
Por lo demás, los alumnos efectivamente desarrollaron sus programas de trabajo durante el verano siguiente a plena satisfacción, y nuestra fortuna nos permitió dotar el departamento con unos medios entonces del todo inusuales en esta clase de institutos. Lo que terminó de colmar aquel incomprensible ciclo fue que, vencido el plazo que para nuestras actividades nos habíamos propuesto en nuestros planes de trabajo, autoridad alguna mostró jamás el menor interés por sus resultados, que desde entonces, en el mismo departamento donde fueron hechas, permanecieron archivados. Espero que aún hoy quien desee comprobarlo allí los tenga a su disposición.
Aprendida entonces la lección, no había que dejarse sorprender por la radical huida hacia la libertad de enseñanza, sino aprovechar la oportunidad que ofrecía, y eso fue lo que hice. Como podía contar con que la ley me permitía enseñar un programa propio, me apresuré a poner a punto el mío. Solo tenía que redactar el que de mi primera versión de los apuntes de mis alumnos inmediatamente podía deducir.
Me satisfizo poder explicar lo que a mi juicio era el contenido adecuado a un curso sobre la materia, pero sobre todo me tranquilizó legalizar mi posición. Honradamente, creo que me encontró más decidido el deseo de no estar al descubierto que toda la aspiración de originalidad. Durante los últimos años, una vez que había decidido convertir la explicación de las técnicas y procedimientos para la crítica de las fuentes en el objeto de mi curso, había vivido en franca ilegalidad. El nombre que el programa oficial daba a la asignatura lo había mantenido, pero eso era casi lo único que de aquel quedaba. Había dado las clases con un creciente temor a que alguien impugnara mi trabajo, por otra parte asistido por todas las razones que cualquier instancia judicial puede admitir como bastante fundadas. Este temor podía desaparecer a partir de aquel momento.
Había de hacer frente a otra novedad sin embargo, que me obligaba a ciertas modificaciones de mi programa. Con los nuevos planes, la asignatura que le servía de marco había desaparecido, y con ella la excepcional circunstancia que permitía disponer de clase diaria para explicarla. Habría de buscarle un adecuado sustituto, apto sobre todo por la cantidad de tiempo que proporcionara, que efectivamente era extensión del programa, pero también por edad de los alumnos, para que pudiera mantener las explicaciones que tenía elaboradas.
Por razones que no es imprescindible explicar no pude de inmediato elegir la asignatura que para la misma edad de los alumnos había reemplazado a la antigua historia de España. Solo tenía el mínimo defecto de que disponía de una hora menos a la semana. Pero tampoco me pareció del todo desafortunado no contar con aquella suplantadora. Se trataba de una asignatura que solo los alumnos que de antemano habían tomado cierta decisión recibirían, y la experiencia anterior me había permitido deducir por comparación que justo los que tomaban aquella vía, aun pareciendo de antemano los destinados a mostrar más inclinación por esta materia, resultaban los menos entusiasmados por sus contenidos. El origen de la paradoja había que buscarlo en aquella sofística que sobrevive y que más arriba aludí, la que consiste en estimar más la enseñanza de los conocimientos que se adquieren por la aplicación estricta del procedimiento lógico.
Por parecerme el menor de los males, acepté descender un escalón en la edad de los alumnos, que es tanto como decir un año, porque la otra posibilidad, ascenderlo, me llevaba al límite mismo del nivel de la enseñanza en el que trabajaba. No me pareció prudente experimentar con los que por otra parte tal vez podrían ser alumnos más adecuados solo por el hecho de que el examen decisivo que al final de su curso habrían de sufrir escapaba por completo a mi control.
Ninguno de los obstáculos que la vía que había tenido que tomar por exclusión me interponía me pareció sin embargo insuperable, a pesar de que habría de vérmelas, no ya con alumnos más jóvenes, sino con un horario semanal de solo tres clases. Con una inconsciencia que entonces me pareció reconfortante optimismo me apresuré a retocar mi programa. Bastaba con eliminar los asuntos más complejos para conseguir un curso a un tiempo breve y más adecuado para ser recibido a la edad que tendrían los alumnos que habrían de seguirlo. Fue el programa de esta versión modificada el que finalmente presenté como mi compromiso para la explicación de la nueva asignatura durante el curso que empezaba, que a pesar de su imprecisión original se podría llamar historia universal, denominación que por su ambigüedad forzada me parecía la más satisfactoria para mis planes.
Empecé el curso y acometí mis explicaciones según tenía por costumbre. Hasta entonces, de pie ante la pizarra, con una tiza en la mano, desarrollaba de viva voz los epígrafes previstos en el programa, del que los alumnos disponían desde el principio de curso. Ocasionalmente esquematizaba ante su vista, en letras de molde, los pasos de los argumentos más ramificados, anotaba las palabras que suponía desconocidas por los alumnos, alguna vez me concedía la licencia de hacer un dibujo, aprovechando que durante la hora de clase la puerta del aula permanecía cerrada y al final siempre borraba cuanto hubiera quedado en la pizarra. Los alumnos seguían las explicaciones según su criterio y tomaban las notas que les parecían oportunas. Cuando a vuelta de clase tenían que presentar sus ejercicios, eran ellos los que ocupaban el lugar que yo había ocupado antes, y así íbamos avanzando tema a tema. Siguiendo este procedimiento había sido elaborado el material que había servido para redactar la primera versión de mi curso.
No fue necesario que pasara más de una clase para comprobar que aquel procedimiento era inviable. Los alumnos permanecían inmóviles ante las explicaciones, y su parálisis por momentos degeneraba a un hosco rechazo, modalidad de las relaciones entre los hombres que en mi caso produce el efecto contrario al deseable. Cuanto más falta de comprensión observo en mi interlocutor más me deslizo por el vicio de las frases oscuras, y tanto más incomprensible resulta cuanto digo. Salvo casos en los que tenga que hacer frente a una extrema arrogancia o a la desfachatez, que inevitablemente antes o después es necesario cortar con secos, serenos y sorprendentes afloramientos de carácter, mi esforzada moderación consigue con mediano éxito contener los siempre peligrosos motines. Tampoco en este caso la ira acopiada pasó a rebeldía. Pero me obligó a volver a pensarlo todo.
Desde luego no ignoraba cuál era la causa inmediata de aquella situación, por más que me había resistido a concederle el valor que ahora bien podía comprobar que tenía. La capacidad de los alumnos para seguir una clase regular había descendido mucho más de un año. Pero a fuerza de reflexión sobre lo que vivía descubrí que no era un problema de ineptitud. No pueden ser víctimas del mismo mal de idiotez todos los miembros de una generación, por la misma razón que no todos alcanzan los mismos resultados si se esfuerzan en correr a toda velocidad cierta distancia o en lanzar con cuanta potencia sean capaces un peso prefijado. Entre los miembros de cualquier generación los hay más dispuestos al estudio y menos, y no son los de hoy menos aptos ni todos los de ayer eran brillantes. Estas son apreciaciones tan superficiales que no es necesario enjuiciarlas.
Los alumnos que aquel año tenían que seguir la nueva asignatura no eran ni más ni menos capaces que los de cualquiera de los precedentes o de los que luego los han seguido. Pero tampoco era un problema de capacitación, aunque este fuera el efecto visible del mal que les aquejaba. A todos los alumnos les faltaban recursos para seguir con atención explicaciones, tomar notas sobre ellas y, llegado el caso, hacer observaciones adecuadas, confesar dudas razonables, replicar con fundamento. Era la consecuencia de una formación elemental muy descuidada, con seguridad inspirada por ideas erróneas que sin embargo durante algún tiempo tuvieron crédito y fueron aplicadas al menos con un consentimiento muy generalizado. Probablemente todo aquello había ocurrido por obra de la confluencia de la simplificación de teorías en modo alguno desacertadas, la siempre deslumbrante novedad y la pereza en la aplicación de procedimientos, males a los que jamás nadie por completo escapa. No creo necesario detener mis explicaciones en el análisis de estas causas ni menos aún calificarlas. Baste reconocer que los alumnos llegaron por aquellos años con una formación muy limitada.
Pero, con ser grave, este no era el fondo del mal. Lo que complicaba hasta la crisis el problema era que venían poseídos por la insensata convicción de que instalarse en aquel estado de incapacidad era un derecho que les asistía. A mi juicio no sería acertado adjudicar a una predisposición natural de las personas su capacidad para el estudio y su dedicación a él, porque toda la materia con que debe tratar es convencional, aunque sí es aceptable la idea de que hay umbrales biológicos que no se pueden atravesar si se desea permanecer del lado adecuado. Pero cuando las personas se pretenden acreedoras de derechos toda la responsabilidad es de las instituciones, artificio que se propone dotar a ciertas decisiones de estabilidad y duración. De todas las instituciones son responsables los hombres que las crean y las mantienen.
El legislador, del mismo modo que había innovado de manera radical en materia de programas, había decidido fundar sobre nuevos principios el juicio sobre la capacidad del alumno. Así como no habría unos asuntos precisos sobre los que instruir, no habría un modo universal de juzgar sobre el esfuerzo de los estudiantes y los resultados que con él consiguieran; no solo por razón de diversidad de programas, sino porque se aceptaba como principio que las posibilidades para alcanzar los conocimientos eran distintas. Como la vieja máxima política: a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus posibilidades. Los alumnos menos capaces, e incluso víctimas de bajos rendimientos, podrían ser bien valorados a condición de que mostrasen la mejor disposición para el estudio y algún avance, por pequeño que fuera, en sus conocimientos.
Como principio para valorar el trabajo este es tan desconcertante como el que utiliza cierta moral de inspiración religiosa para juzgar los actos humanos. Concede el perdón a cualquier falta a condición de que los pecadores acepten la exclusiva jurisdicción de su iglesia en esta materia y manifiesten arrepentimiento. El efecto de esta inconsecuencia es el imperio universal de la inmoralidad, que en modo alguno hay que confundir con la desvergüenza, patrimonio exclusivo de quienes simultáneamente son cínicos. Si para valorar el esfuerzo podía bastar con declararse entusiasta del trabajo y aportar alguna prueba de rendimiento, la actividad del alumno sería ocasional y caprichosa, y en su mayor parte el trabajo quedaría por hacer.
Otra idea patrocinada por los innovadores que tenía efectos nocivos para mi procedimiento era la que explicaban sobre la propensión al trabajo. Que hubiera, a su parecer, era exclusiva responsabilidad de quien enseñaba, que debía esforzarse en provocarla. La parte de verdad que en aquella idea observaba era algo que ya en mis primeras experiencias había reconocido porque yo mismo me atengo a ella, que la actividad de los alumnos declina a la parsimonia. Pero también sé que, una vez despierto, el deseo de saber es más poderoso. Reconozco que servirse de la provocación o de la curiosidad ayuda a activarlo e incluso a vigorizarlo, pero quienes pensaban que el origen de todas las decisiones correspondía a quien debía tomar las principales olvidaban la parte que toca a la voluntad en todas las acciones de los hombres. Lo que parece inadecuado es excluirla, y en la exclusión se incurre si la inclinación al trabajo es responsabilidad ajena. La falta de solidez de esta idea tiene su origen en que elimina el motor de las decisiones a la vez que espera que las decisiones sean tomadas. Equivale a creer que usted se levantará de la silla porque yo lo piense.
Como los alumnos sabían bien que no se esforzaban porque no querían, la pasividad había degenerado a vicio, complacencia en un comportamiento que se juzga inadecuado y al que en modo alguno se opone quien lo padece.
Tan estúpida situación obró sin embargo a favor de mi curso, y quienes entonces se resistieron a recibirlo a él contribuyeron en una medida que nunca imaginarán, ayudaron a que diera el paso que resultó de mayor trascendencia para que alcanzara el estado definitivo que tuvo. Como los alumnos no se mostraban favorables a tomar nota de las explicaciones, y sobre esa base redactar los temas del programa, decidí ser yo quien pusiera también esa parte del trabajo. Sirviéndome de la versión que ya tenía escrita, fui redactando semana a semana el contenido de los epígrafes del programa previsto. Al principio de cada una entregaba a los alumnos lo que había adelantado, y durante las clases teóricas nos limitábamos a leer lo que había escrito, y a resolver las aclaraciones que me fueran solicitadas. No se me ocurría procedimiento que facilitara más el trabajo del alumno.
Hasta entonces nunca había hecho nada parecido, e incluso pensaba que aquella fórmula degradaba mi trabajo, porque limitaba, si no excluía, el empleo del medio del que la palabra escrita no se puede servir, y que sin embargo la circunstancia de la clase crea espontáneamente. Gracias a aquella decisión descubrí que también la rígida solución de la lectura tiene ventajas y posibilidades: permite ser más ordenado, adecuar con mayor precisión la velocidad de las explicaciones a la capacidad de los alumnos, volver con aprovechamiento y seguridad sobre ideas ya estudiadas que puede ser necesario rescatar, y tantas otras que cada día iba conociendo. Por esas razones decidí que a partir de entonces los temas de mi programa pasarían a ser lecciones.
Pero no fue mejor recibida aquella modalidad de trabajo. Detestaban los alumnos primero tener que servirse de fotocopias, pero sobre todo la oscuridad de mi prosa. Era cierto que a causa de la premura con la que debía trabajar redacté de forma en exceso esquemática ciertos epígrafes, y otros, para los que no disponía de nada redactado, hube de improvisarlos. Y así como el texto que había escrito sobre la base de los buenos apuntes de los buenos alumnos me había parecido correcto, porque reproducía el lenguaje docente que ellos me habían descubierto, para esta nueva versión dirigida a alumnos menores no terminaba de encontrar el tono adecuado. A mí mismo en ocasiones me parecía en exceso contaminado por el académico de procedencia de las informaciones que utilizaba como fuente, y en otras también a mí oscuro, fruto de la misma falta de luz a la que mis herméticos y pasivos alumnos me condenaban.
Bien conocidos por mí estos defectos, bien sabía que en ellos encontraba medio el vicio de la pasividad, y con él creció el más oportunista de los derrotismos. De la oscuridad pasaron a la inopinada novedad del programa, que les impedía servirse de conocimientos que ya tuvieran, y de la necesidad de estudiar a partir de cero a la aridez de los contenidos. A todo intentaba dar respuestas convincentes. La novedad no es en sí misma virtud ni defecto, les decía, y para avanzar en el estudio es obligado agregar nuevos conocimientos siempre. Llegar a un campo nuevo tiene la ventaja de que no necesita conocimientos adquiridos. La materia no es nunca en sí misma árida. La aridez deriva de la falta de entusiasmo o de la indolencia con que son afrontados los esfuerzos que inevitablemente hay que realizar. Por lo demás, estaba convencido de la corrección de mis ideas fundamentales sobre la enseñanza de la historia, y con todo esto no estaba haciendo otra cosa que comportarme con honradez, pues era leal y consecuente con ellas.
Ni que decir tiene que ningún argumento fue bastante para vencer aquella obstinación en la pereza. Durante semanas no encontré vía alguna para salir de tan desalentador estado. Pero por suerte vino en mi auxilio cierto cinismo docente, que entonces me resultó un completo desconocido, pero que desde entonces me acompaña, y a propósito del cual debo reconocer que con el tiempo no ha hecho más que concederme su amistad.
Un buen día me sorprendí reiterando mis argumentos sin la menor pasión por mi parte. Los había repetido, y no solo no había incurrido en la precipitación, el exceso de tono o la sospecha de que no se saben expresar las ideas, que sobreviene cuando una vez más se explican y se han agotado las palabras a las que recurrir para hacerse entender; sino que las había expuesto con serenidad, con toda la claridad de la que era capaz y seguro de lo que decía. Y lo que era aún mejor. Cuando había terminado no estaba de mal humor. Al contrario, me encontraba en la mejor disposición conmigo mismo.
Reflexioné sobre cuál podía ser la razón de tan reconfortante sorpresa y encontré que estaba en la indiferencia. Creía en lo que había dicho, y había expresado con claridad lo que pensaba. Como sabía de antemano que cuanto dijera sería inútil, porque de antemano mis interlocutores habían decretado la inutilidad de cuanto dijera, no me preocupaba la reacción que sucediera a lo que decía. De pronto caí en la cuenta de las enormes posibilidades que aquella actitud tenía para el futuro de mi trabajo diario, aunque por el momento preferí no deleitarme más en el descubrimiento.
Para el resto del curso no dejé de actuar con corrección en mis obligaciones, entre otras cosas porque aparentemente nada había cambiado. Proseguía la lectura de los asuntos previstos en el programa y respondía a las preguntas que a su propósito los alumnos me formulaban. Les asignaba ejercicios y según los iban resolviendo los corregíamos. Si algún indicio de que la gran revolución había sucedido escapaba a mi control a lo sumo era la serenidad con que me conducía habitualmente, siendo que antes había padecido perenne inquietud, y todo lo más algunas ocasionales sonrisas, cuando la feliz idea retornaba a mi conciencia vigorosa y sin que la hubiera llamado.
En las clases me conducía con frialdad. Los alumnos leían en voz alta el texto que les había entregado, mientras paseaba entre ellos con las manos a la espalda. La perplejidad con que mi actitud hubiera por el momento podido detener sus reacciones la percibía por sus desacostumbrados silencios y, cuando esporádicamente hablaban, en la moderación de sus expresiones.
Nada de aquello me pareció una victoria, menos aún una conquista. Por momentos me resultaba indiferente. Mientras andaba entre los alumnos si respondía era solo por cumplir con mi cometido. Mi verdadera ocupación era corregir el texto que oía, mi propio texto. El soporte de otra voz le estaba dando la propiedad de los objetos, algo que de él no había conseguido convirtiéndolo en prosa mecanografiada. Era la primera vez que alcanzaba ese estado tratándose de un curso mío. Fue así como supe tomar la distancia que permite el juicio sereno del texto propio, la que faculta para corregirlo con acierto. Cada vez que una palabra me resultaba innecesaria, o con más frecuencia poco precisa, oía una expresión desordenada o falta de ideas, o un párrafo desviado de su propósito inicial por defecto de concentración en la escritura, o simplemente detectaba una laguna en la cadena de ideas, me acercaba a la mesa, sobre la que mantenía abierta mi copia, marcaba en su lugar la advertencia que debía y volvía a poner mi atención en la delatora voz.
Durante los dos o tres cursos siguientes actué ateniéndome a un patrón en todo prolongación de aquel feliz estado. Seguí recogiendo notas sobre asuntos de los que quería tratar y para los que no tenía información proporcionada, redacté nuevas lecciones e incorporé cuantas correcciones iba atesorando. Llevaba el deseo de ver crecer aquel proyecto hasta el extremo de modificar radicalmente los contenidos de un año para otro. Si juzgaba que cuanto había escrito para explicar las nociones de arqueología ya estaba bastante elaborado, al año siguiente excluía esta materia, y concentraba las lecciones en el análisis de los manuscritos. Hoy tengo que reconocer que aquello debió resultar muy desconcertante, pero también debo decir en mi defensa que las sucesivas ediciones de los apuntes que así fui elaborando hicieron posible que los cursos dieran el paso decisivo. Mis cursos, gracias a ellos, se desplazaron de lugar. De una clase, donde al principio nacían y morían con la mayor naturalidad, habían emigrado a un cuaderno, donde gracias a que estaban quedando escritos se estaban salvando. Así pude mantenerme fiel a los límites de mi capacidad docente.
Sobrevino finalmente lo que siempre había temido. Mis cursos fueron impugnados por la autoridad académica. No llegó la decisión antes de que el año escolar empezara, ni fue la consecuencia del examen por su parte del programa con el que regularmente notificaba a la administración la materia que estaba enseñando. Me sorprendió cuando ya más de la mitad del tiempo que cada año le dedicaba a mi objeto había transcurrido, y llegó como efecto de la censura de la siempre oscura opinión pública. Mis cursos, que habían aprovechado el cauce abierto por la nueva legislación de la enseñanza, y que gracias a él tanto se habían expandido, eran víctimas de su aliado circunstancial. Suele ocurrir que las coaliciones oportunistas sean la fuente directa de las más inmisericordes traiciones. Quien las suscribe de nada debe lamentarse.
El dominio en el que el legislador dispuesto a volver a inventar la enseñanza, propósito tan prudente como el de crear el aire, primero innovó fue el de las instituciones rectoras de los centros destinados a este fin. Mi primer puesto de trabajo, al que me incorporé ya empezado aquel curso, había quedado vacante a consecuencia de la jubilación forzada de un hombre que encarnaba la institución que durante años había dirigido. Presidía cualquier órgano que tomara decisiones, quienes debían ejecutar cualquier clase de gestión recibían de él sus órdenes, hasta hacía poco había contratado personalmente a todos los que en aquel lugar trabajaran. Su caso no era excepcional, aunque en cada uno de los que se le asemejaban, sobre el fondo institucional que les confería toda clase de poderes, precisamente por esta razón, había florecido una frondosa obra única. Con ellos iba desapareciendo una tan personal manera de gestionar los asuntos públicos que con facilidad degeneraba a los abusos autoritarios, lo que no siempre ocurría y además permitía acciones y comportamientos magnánimos. El legislador, avalado por el buen criterio que a su iniciativa proporcionaba la decisión de salir al paso de posibles abusos, decidió poco después acabar con aquella fórmula. Pero la que a cambio alumbró también vino al mundo marcada por su pecado original.
Por aquellos años, el nuevo sistema político, aún débil y tan vulnerable que poco después estuvo a punto de sucumbir, pugnaba por quedar anclado entre la población, el vínculo que a cualquiera le permite sobrevivir y mantenerse indefinidamente. Algún estratega político, tal vez próximo, concibió que abriendo los órganos de gestión de los centros de enseñanza a quienes hacían uso del servicio, entre otros, creaba poderes que por ser originales tendrían que ser fieles a quien los ponía en circulación. Podría discutirse la prudencia de esta manera de pensar. Con acierto se ha repetido que para la enseñanza fue tan arriesgada como si para la medicina se patrocinara conceder capacidad de decisión al enfermo. Que haya sobrevivido la vieja costumbre de llamar a este paciente permite pensar que algo así no es probable que ocurra. Decisiones como aquella confunden el deseo de recta gestión, para cuyo control la ley general siempre proporciona medios suficientes, con el combate político, que debe quedar al margen de este tipo de instituciones. Pero sin duda al principio fue un acierto.
Alguien, en el órgano que regía el centro de enseñanza en el que yo trabajaba, en el que aún sigo y en el que esto escribo, valiéndose del poder que le concedía la paternidad, contradijo la oportunidad de mi plan. La autoridad académica de inmediato me comunicó la novedad, aunque olvidó aclarar de quién procedía, con lo cual, como ocurría a los demandados ante los tribunales que vigilaban la pureza de la fe, jamás dispuse de la oportunidad de interpelar a mi contradictor. Imagino que fundadas razones de prudencia y buen gobierno le recomendaron actuar así. Por mi parte, no habría deseado sino conocer de primera mano las objeciones que se me oponían. Acompañó mi superior su arbitraje con la recomendación de que me plegara al programa general. Así lo hice de inmediato, renunciando al tiempo a cualquier combate que de antemano consideraba perdido y para el que por otra parte tampoco me sentía capaz. Cualquier batalla como esta debe ser librada desde la convicción. Con la experiencia acumulada, ni yo mismo confiaba ya en que mis cursos fueran el mejor contenido que se podía dar a la historia en la enseñanza secundaria. Menos aún estaba dispuesto a convertirme en la ridícula caricatura de hombre a la que degeneran quienes se dejan arrastrar a esa forma de prostitución que se llama escándalo.
Es tan plástica la materia con la que hay que ir formando la vida que ni el más previsor puede evitar que le sorprenda. Mis cursos hacía tiempo que se habían ido a vivir a un cuaderno, y a las clases solo acudían para volver de ellas mejorados. A partir de aquel momento, expulsados de las clases, no languidecieron sin embargo. Para mi sorpresa ganaron en vitalidad, como si la salida de la vida les beneficiara la salud.
Está este centro para el esforzado trabajo al que diariamente acudo en lo alto de un cerro, como en tiempos los castillos o luego algunas prisiones. Su único vecino próximo es un cuartel de la guardia civil, lo que en modo alguno lo protege. Queda expuesto por sus cuatro flancos a todos los vientos, a la inclemente lluvia, a los corrosivos rayos del sol a cualquier hora del día, en cualquier época del año. Si el tiempo es sereno lo agota el calor, y si severo y desapacible, de asfixiante solano o humedad lacerante, es obligado permanecer protegido aun a cubierto.
Adjudico a las inhóspitas condiciones el porte huraño con el que me conduzco mientras aquí permanezco, lo que deriva, en enorme provecho para el fin que aquí me trae, a una rigurosa y disciplinada entrega a la acción.
Ha venido a ocurrir por otra parte, como efecto del afamado plan de renovación de la enseñanza, que ahora permanezco aquí muchas más horas que antes, aunque por la misma razón tengo mucho menos que hacer. Siempre he detestado la negra pereza, aún más negra que la envidia, el peor de los males que al hombre pueda sobrevenir, porque la víctima de la que se nutre es la voluntad. Tengo además experimentado que en ninguna condición me entrego con más provecho a la escritura que en la más radical carencia de medios y en el mayor de los aislamientos. Creo que en mi caso se trata de un hábito que adquirí mientras estuve en el ejército. Desterrado durante meses, sin más medios de evasión a mi alcance que los que bien se pueden imaginar, la mayor parte de mi tiempo libre la empleaba en largas cartas que mis amables corresponsales tuvieron la generosidad de soportarme todo el tiempo sin amonestar, y que en los casos más abnegados hasta me contestaban con impagable regularidad.
Como le ocurre a la palmera, o de modo aún más sorprendente al camello, sobre el que la amable literatura árabe de la feliz decadencia mantiene que necesita adentrarse en el desierto para procrear, la afortunada coincidencia de todas estas anomalías ha venido a beneficiar el texto de los cursos más de lo que jamás hubiera previsto. Durante los últimos años con preferencia he dedicado las muchas horas muertas que aquí paso a redactarlos. Podría seguir actuando todavía de la misma manera indefinidamente, completando y mejorando el texto, como en todos los casos es de mi gusto. Pero debo confesar que esta dedicación no ha conseguido que restaure la primitiva ilusión que por este objeto tuve. A fuerza de prepararlo se ha convertido en un artefacto del que tal vez deba deshacerme, al menos por ahora, si quiero ser honrado. La materia que en ellos se trata por días me resulta ajena. Creo que lo que ha ocurrido ha sido que los cursos por último han pasado a ser solo esa forma de necesidad que circunstancialmente se llama literatura.
Comentarios recientes