La Señora Llamas

Daniel Ansón

1. Preocupaba a los estados la alimentación de sus habitantes. De ella dependía su vigor. Ninguno podría aspirar a constituirse en potencia si careciera de la masa que en las guerras, ocasión para que los pueblos sean grandes, porta los artefactos, sostiene las posiciones, se camufla entre las líneas, ocupa los territorios que serán moneda con la que comprar la paz del día siguiente a los sucesos luctuosos, nutre las conmemoraciones solemnes que después perpetran los vivos en presencia de los muertos. La fuerza frente a los competidores se mide por el número de brazos capaces para la acción, recurso detractor si la energía no los sostiene. Como al amanecer, cuando una lámina de luz rasante secciona los somnolientos cuerpos que han arraigado en la tierra y los recupera para la vida, una benefactora hoja de bisturí que estimula la piel al contacto con la arista, saturando de sangre el músculo en beneficio de su dueño enfermo, el alimento agresivo y poderoso, capaz para separar las células dispuestas de las insanas, apelante a las fuentes de las decisiones para que alineados queden en posición de combate los hombres. En los días de bruma, cuando cada paso es incierto, solo quienes se arriesgan a caer en el vacío encuentran tierra en la que posar sus cuerpos. Si la abstinencia, que nutrió a quienes justificaban por la pasividad contemplativa sus vidas, fue admitida como causa de fuerza fue porque de su valor hicieron juicio jueces inhumanos, seres ingratos poseídos por la barbarie religiosa. En el vacío no hay fuerza ni luz; en la carencia, beneficio ni gloria. La olla colmada, que no es garantía para ningún efecto premeditado, patrocina cualquier función que se proponga que en el escenario, ante el espectador que permanezca atento, expande los cuerpos, satura de alegría, ensancha el horizonte.

Sin política de alimentación ningún gobierno obtendría consenso. Los botes que en el litoral aguardan la llegada del crepúsculo, como a la convocatoria del alba se mantienen atentos los danzantes de ritos más cargados de agradecimiento que de superstición; la siesta que del umbral de las prospecciones en la conciencia cuelga, para que avance por alegorías; el membrillo que ya sin piel, a una compota destinado, del tesón del cocinero pretende su gloria; tienen cifrada su esperanza en los proyectos de los hombres elegidos para que arriesguen en el transcurso de sus vidas la responsabilidad que barcos, sueños y frutos prefieren eludir. Confían en que sus magistrados hayan cooperado con los poderes inmanentes que la naturaleza despliega, garantes de que las hembras submarinas aoven, la temperatura de la tarde deprima la circulación de la sangre y los cinco pétalos de la flor se entreguen abiertos, para que la fuerza de los hombres quede restaurada.

Contó entre las más felices iniciativas de Porfirio Carranza, afamado patrón de sicarios mientras tuvo la responsabilidad de un ejecutivo, su promoción de la siesta. Actuó guiado por convicciones personales, medida infalible de las decisiones públicas. Porque no era tan aplicado gobernante como excelso comensal, entre sus aportaciones a la cultura de occidente, que será la que prevalezca aun bajo los escombros de innumerables edificios, obra y víctima de la barbarie arrasadora del negocio sin orden, deben contarse los almuerzos ejecutivos, nunca degradados por la cantidad, bendecidos por la duración. A su ingenio se debe una fórmula combinada de actos elementales, que con el tiempo se ha recuperado y enaltecido, nexo que unió el buen comer al buen dormir. Contiguo al comedor en el que reunía a quienes con él habían de tomar las decisiones, para eludir las actitudes atrabiliarias mantenía dispuestos dormitorios individuales tras puertas herméticas, donde los agasajados podían recuperar el tono de su reflexión si antes relajaban el músculo. Al buen criterio de su conciencia podían regresar, tras que un mole poblano hubiera sustraído todo el bombeo de su corazón, con autonomía o con solidaridad cómplice. Está probado que la parte más optimista de la generación humana procede de las horas posteriores a la comida principal del día y anteriores a la decadencia de la tarde, cuando el abandono de los códigos expande, más que el vigor, la libertad de los actos, el entusiasmo por el pubis. Los anfitriados de Carranza, si admitían acompañante en la intimidad de sus siestas, calibraban sus proyectos, despedían en silencio las poco calculadas palabras de los verbosos, se mostraban complacientes con las observaciones gubernamentales; entregada su evocación al pasado reciente, para el olfato sostenido por las emanaciones de los cuerpos que aún flotaban en el aire.

Hay cálculos que prefieren ver en las políticas de nutrición el esfuerzo público en beneficio de quienes se lucran con el trabajo, dador de rentas. Tal vez alguno haya decidido dedicar una parte de su esfuerzo a restringir el que los inversores deben hacer para detraer sus beneficios. Porque su iniciativa es caución y purga para todos, reconstituyente público de las acciones de un torneo que nunca concluye, de quienes tienen la responsabilidad de mantener el tono muscular de todo un pueblo ha de esperarse su colaboración subsidiaria.

Si un promotor ha de invertir en banquetes para jueces, árbitro, camilleros, montadores, responsables de propaganda y promoción, estando también obligado a cuidar de la dieta del púgil, quien metaboliza por decenas las libras de carne que ha de registrar la báscula, la bolsa se verá mermada, el incentivo para la contienda decaerá y la sangre que ha de verterse sobre la lona convocará adictos febles. No se formarán largas filas ante las taquillas, los espectadores domésticos optarán por otro plan, y quienes cargan con una parte del gasto que causa la emisión de la señal invisible, que se transmite a través de las ondas por unos impulsos que el hombre no percibe a cambio de la expansión sin control de sus ingresos, desistirán del esfuerzo.

Nadie gana con que se detraiga gasto privado en alimentación, y todos pueden sacar partido de que un costo tan imprescindible quede cargado sobre la deuda pública, elástica y primordial como la materia que dio origen a la vida. La salud ha sido aceptada como un gasto que se debe consentir entre quienes prevén el incremento del tamaño de la actividad que la humanidad necesita. Hasta crean cargas, sostenidas por los contribuyentes, que deben proporcionar al erario una parte de sus satisfacciones.

2. Había en la Bonaerense un manuscrito que el catálogo, a pesar de los escrúpulos de su director, admitió como un diálogo. Realmente es un tratado que se sirvió de los recursos del drama, como Hesiodo prefirió la reconvención para exponer sus conocimientos agropecuarios. Hay sistemas penales que para curar la enfermedad cortan el miembro, padres que educan a sus hijos azotándolos. Menos inapropiado debe parecer que un maestro cocinero instruya con admoniciones sobre las consecuencias nocivas de las cargas de nutrientes saludables.

El lector atento descubre en él muchas maneras de cocinar espárragos, calabacines, pepinos y nabos, sabia y no obstante impostada manera de aludir a las adversas propiedades afrodisíacas de los nutrientes, para una parte de los sexos, de su respectiva frecuentación.

Si está prescrito que deba morderse el espárrago por la punta -dice-, se está limitando el placer que su degustación proporciona. Porque los incisivos, porción del dispositivo dental a cuya merced queda la vanguardia del cilindro cuando alcanza la cavidad bucal, se muestran incapaces para contener la segmentación, dolorosa para el objeto mismo, aun insensible e inanimado, parcial para el paladar. Si con los labios se rodeara, a semejanza de los círculos de cuyo tracto es posible esperar una progresiva penetración hasta el muro que limita el placer, la ingestión completa del vástago aseguraría toda clase de recompensas, fueran o no conseguidas. Para la crítica, la evocación de que pudiera ser fascinante una mordedura en el glande, retenida en la propuesta de sección con los dientes de la punta del espárrago, porque por grosor y resistencia, ya que es la porción más blanda, parece la parte más sabrosa, procede de una época en la que el horror de las torturas se apoderó de la humanidad. En la composición del espárrago, acuoso y flácido, nada seductor hay. Cuando, una vez ingerido, el riñón lo haya destilado, al desalojar el detrito, nadie podrá decir que su efecto haya sido saludable, puesto que huele de manera detestable. Pero en el artificio de sus elaboraciones todas las satisfacciones que se puedan imaginar caben. Sobre el calabacín, el texto es más neutro. Su carencia de sabores no lo patrocina, y hasta lo relega a un orden alejado de cualquier exaltación.

En las subastas que las casas que captan objetos extraordinarios celebran, a las que concurren dispendiosos coleccionistas víctimas de su estupidez, también presentan libros. La Señora Llamas, llevada por su ambición de saberes culinarios, pujó por una copia de aquel venerable texto y lo consiguió.

Al atardecer, cuando los días sin nubes el sol se despide de su monótona jornada, los cuerpos convexos se convierten en focos que iluminan el paisaje. Su aptitud para la reflexión la incrementa la grasa. Ningún instituto capilar, hasta hoy, ha conseguido una explicación que satisfaga el alcance de los comportamientos en materia de calvicie. Estas fundaciones son las que más arriesgan, entre los que arriesgan mucho, invierten sumas que nadie reconoce. Es posible que la higiene pueda resolver más sobre la calvicie del marido de la Señora Llamas.

El cruce de la calvicie con el cabello rubio, sea su pigmentación obra de la naturaleza o responsabilidad de una experimentada obra humana, puede dar frutos muy estimables. Están descritos casos en los que por esta afortunada convergencia fueron deducidos descendientes de cabellera encrespada, crines abundantes, melenas tan procelosas como las que cuelgan entre las ancas de las yeguas.

3. Cierto día el abad de Saint-Germain-des-Prés descubrió que uno de sus tonsurados, hasta aquel momento encargado del archivo, tenía un comportamiento extraño. Otro de los clérigos evadía obligaciones con su connivencia. Indagaron la causa de sus comportamientos y descubrieron que era la frecuentación de la carne pilopitrópica, recurso culinario de cenobios y otras sociedades herméticas. El hermano boyero proveía a la castración de los animales para el tiro del lagar, fuente de los placeres que proporcionaba el sacrificio, con el concurso de los legos que cargaban con los cantorales, engendros de tamaño monstruoso al combate de la presbicia de los profesos al coro asistentes dirigidos.

El varón que aspira al trofeo de sus atributos debe luchar contra los toros. No es importante que sean encastados, ni que respondan con empuje contra el peto del caballo cuando la puya, adelantada de la saña contra las fieras, los desangra. Basta con que sucumban al flujo del acero, que los penetra cuando mortal como el cuchillo en la tarta. El estofado de carne pilopitrópica también es muy apreciado entre gimnastas.

Ha descendido tanto la clase de los artistas en la consideración pública a causa de su conversión en profesionales. De haberse mantenido hombres libres, exentos de cualquier deber aún serían admirados. Así la cocina, que es una arte, según la teoría que defiende la Señora Llamas. Ningún recetario ha colmado las posibilidades de combinación de los elementos nutritivos, como no hay laboratorio que haya podido satisfacer toda la combinatoria de los principios químicos elementales. Sobre las maneras de confitar nadie podrá decir jamás la última palabra. El verbo expresa una idea que está en permanente movimiento. Para descubrir sus arcanos, la Señora Llamas incurre en combinaciones arriesgadas y creativas. Entre ellas, en su opinión, tiene que haberlas de espárragos, calabacines, nabos y pepinos con carne pilopitrópica. Las celebraciones familiares son una ocasión inigualable para exhibir los resultados de la investigación culinaria propia.

En las embarcaciones la demora de las campañas, el tiempo que consumían sus singladuras, causaban escorbuto en los tripulantes. Está demostrado que el escorbuto, causa fatal, entre los indonesios procede de la persistencia en el consumo de la carne pilopitrópica. Su fanatismo, que para ellos veda el consumo de carnes que podrían ser magras y saludables, los mantiene consumiendo aquella casquería, oval y elástica, tarada con la superstición de la potencia, saturada con las toxinas que acumula la excitación. Caen exhaustos de la materia vitamínica que conecta a la salud.

¿Han considerado alguna vez las reacciones que en el mundo occidental, saturado de cámaras para la seguridad, pueden provocar las importaciones de alimentos? Pongamos los langostinos, que llegan de Madagascar o de Ecuador. He adquirido el hábito, desde que me intereso por las cuestiones culinarias, de su disección. El intestino que traen es innombrable, longaniza de heces, sentina de los metales pesados.

Si un langostino, no privado de su colon, entrara en combinación con carne pilopitrópica, el resultado sería fatal. Cuando el antimonio entra en reacción con la testosterona, actuando el vinagre de Jerez como precipitante ácido, quienes ingieran la ensalada pueden darse por obitados.

4. La difusión de las noticias sobre muertes por envenenamiento es una buena oportunidad para sondear la moral. No es fácil encontrar alguien que deponga a favor del placer que la muerte le proporciona. La lectura de un buen texto necrológico es un excelente sucedáneo.

Aunque lo pretendan, los médicos forenses no podrán reunir argumentos suficientes a su favor para arrogarse la última palabra sobre las causas de una muerte. Menos aún un narrador omnisciente. Podríamos considerar la responsabilidad que a la Providencia toca en el acto más decisivo de la vida, siendo muerte. Muchos autores confiesan que gracias a los mundos que ingenian consiguen ser como Dios. Probablemente Dios sea uno de los mayores errores de la humanidad. La perspicacia de los teólogos solo alcanzó a trazar el mapa de su parte inhumana.

No se averigua la causa de la muerte de los comensales que acudieron a la mesa de la Señora Llamas, ni ha sido posible descubrir la responsabilidad de la Señora Llamas en la causa de la muerte de los comensales invitados a su mesa. ¿Actuó la Señora Llamas consciente de sus decisiones sobre el menú de navidad? ¿Descubrió en el tratado de la Bonaerense la receta fatal? Tampoco se deduce con certeza el placer que a la Señora Llamas haya causado la muerte de sus parientes, entre los que se han contado sus descendientes directos, aunque haya sido la consecuencia de su estupidez y no de su deseo. Hay homicidas que han calculado el placer que les proporcionará reducir su mundo a las dimensiones de una celda.


Pronóstico del tiempo I

C. Baines

Al principio transitoriamente, luego con la garantía de estabilidad llamada indefinida, fui empleado en el juzgado del distrito. Apenas empezaba mi juventud y ya disponía de un medio para ganarme el resto de mi vida. Me ocuparon en recibir las denuncias y redactar las declaraciones de quienes pretendían amparo del tribunal. El señor juez me tomó a su cargo y fue instruyéndome en la ciencia del oficio, perfectamente descrita en los manuales, incomprensible para quien jamás haya vivido entre campesinos. Ahora, pasados nueve años, sigo bajo sus órdenes, y aún aprendiendo cada día de él. Es tanta la formación que le debo, tanto lo que tengo que agradecerle, y temo tanto que sus ideas, tan estimadas por mí, a causa de mi olvido pasen sin dejar rastro, porque él jamás se ocupará en perpetuarlas, que me he impuesto como obligación registrar cuantas sea capaz.

-Por naturaleza, el futuro es incertidumbre. Es tan común la ansiedad que despierta que las previsiones de toda clase, porque hacen presente y definido lo que no está en el tiempo ni tiene cuerpo, son informaciones cotidianas que satisfacen y tranquilizan a millones de personas.

“Algo tan elemental como el pronóstico del tiempo, cuando lo sirve -reiteradamente, a lo largo del día- por ejemplo la información de la radio o de la televisión, suspende la conversación, concentra las miradas y, sobre todo, induce decisiones. Los espectadores atentos pretenden adelantarse al futuro, afrontarlo convenientemente provistos. Enorme satisfacción causa volver del trabajo, aun con los pies empapados, la gabardina calada y el paraguas chorreando porque el pronóstico nos permitió adelantarnos a los hechos y equiparnos convenientemente para sufrir una derrota. Nada más perjudicial para la confianza que el previsor necesita que un error en su pronóstico. ¿Usted atiende las previsiones del parte meteorológico?

-Raramente. No es que lo haya desacreditado. Mi horario y el de los informativos no coinciden, ni en la circunstancia de tiempo ni en la de lugar.

-Hace mal. No es solo que se expone a una pulmonía, o al mucho más terrible golpe de calor. Es que desatiende un comportamiento que debe convertirse en hábito.

-Los riesgos que pretende, señor, son extremos, incluso se podría decir que sujetos al azar, y por tanto imprevisibles hasta para el más perspicaz anticipador. Las oscilaciones del tiempo son moderadas y, con pocas alteraciones, se ajustan al calendario.

-Creo, Baines, que descuida lo superfluo en detrimento de lo trascendente. Se deja seducir por las apariencias y les entrega rendida su voluntad. El hábito al que me refiero no tiene nada que ver con su ropero, menos aún con la temperatura o la humedad. Debe saber anticiparse, en beneficio de su salud política. Atender al pronóstico del tiempo es un buen campo para dar tono al músculo de la convivencia.

-He deducido antes, gracias a sus palabras, corríjame si me equivoco, que la ansiedad por representarse el porvenir satisface con poco más que un fantasma de apariencia amable.

-Al principio, a personas poco reflexivas, a quienes interpretan a la letra los pronósticos. Prestarles atención sostenida y continua permite descubrir, en poco tiempo, que se reiteran; con ritmos variables, en secuencias melódicas, cambiantes, en periodos de duración flexible.

-Lo que lleva a concluir que el trabajo de los pronosticadores, salvadas las excepciones que honrarán el oficio, es obra de embaucadores. Solo los incautos quedarán atrapados por su fraude. Siempre ha sido así, para cualquier forma de la previsión.

-Es posible, incluso que ni siquiera se puedan encontrar saludables excepciones.

“Bien. Ya tenemos a todos los arúspices, astrólogos y brujos condenados a la hoguera. ¿Qué hacemos con la enseñanza que puede deducirse de la reiteración? ¿No hay en la reiteración actos? ¿No serían los más trascendentes, puesto que se reproducen obstinadamente? Con sus palabras: para que un fantasma sea admitido entre los vivos, más aún si su apariencia es amable, al menos debe representar con veracidad. ¿No será que bajo la repetición de imágenes actúa la parte de la existencia que más interesa conocer?

“De ser afirmativa la respuesta que merece la última pregunta, deducidas todas las versiones de los pronósticos gracias a la observación paciente, anticiparse equivaldría a desentrañar las causas de la apariencia que el fantasma haya tomado. Estoy persuadido de que este hábito puede ser sumamente útil, al menos a la parte pública de la vida.

“Vengo observando -continuó el señor juez- que el espacio en el que transcurre la vida, porque hemos aprendido a observarlo en un mapa, nos hace sujetos de una obra de la naturaleza que nos abruma, excesiva para nuestra supervivencia; lo que no impide que nos comprometa. En modo alguno por nuestra voluntad, trágicamente por nuestro nacimiento.

“Voy conociéndolo y sé de usted lo bastante para encomiarle, entre otras virtudes, su serenidad, su aplomo en cualquier situación, y que prefiera juzgar a los demás del modo más generoso.

-Gracias, señor.

-No las merece. El dueño de ellas es usted, y no hago más, cuando hablo de este modo, que ser justo. Sé positivamente que perdonaría errores de todo tipo.

“Dígame ¿qué piensa de la precipitación?

-Que las personas atolondradas jamás obran con mala intención. Un comportamiento precipitado es sólo consecuencia de hábitos irreflexivos.

-Póngame un ejemplo de precipitación débil.

-La taza de café sobre la solapa. Lo he visto esta mañana. En la cafetería, cuando todos salen a desayunar, la gente se agolpa en la barra. El camarero va llenando tazas que pasan de mano en mano, hasta la segunda o tercera filas de clientes presos de la impaciencia. Uno, que creía ocupar la última, se ha vuelto apresuradamente, taza en mano, con la intención de ocupar una mesa, y se ha encontrado con alguien que no esperaba.

-¿Usted juzga débil esa precipitación? No sé a qué tintorería manda sus trajes. Todas las que conozco son caras porque limpiar es tan barato como antipático. Supongamos que la mancha de café se ha limitado a la solapa, que no hay salpicaduras en la manga ni en las perneras del pantalón. Aceptemos también que el sujeto alcanzado dispone de más de un traje -cosa poco habitual entre los empleados de banca, carne de cafetería-, y que por tanto no debe pagar un suplemento por servicio exprés. Aun así, el trastorno le habrá resultado algo más que débil.

-No crea. Todo se ha solucionado con una disculpa. El autor de la mancha ha ofrecido a su víctima, anticipándose a cualquier demanda, correr con los gastos de limpieza del traje. Con una sonrisa, quizás algo forzada -es necesario reconocerlo- el afectado prefirió declinar el ofrecimiento y ha dado por supuesto que todo pertenece a los hechos puramente accidentales.

-Bien. Ha sido una suerte que todo haya quedado así. Que se hubieran enredado en una disputa tal vez habría añadido trabajo al que ya tenemos. Pero es evidente que la precipitación no deja de serlo, aun grave, porque su víctima haya preferido resignarse. De esa precipitación, vistos los hechos, lo único débil es su carácter.

“Podría ocurrir que nuestro hombre, eficaz gestor, a juzgar por sus muestras de condescendencia, llevara un expediente de un departamento de la administración a otro; se cruzara con un transeúnte que saliera precipitadamente, sin poner atención a que algo o alguien pudiera cruzarse en su camino, de esa misma cafetería de la que usted habla; que el encuentro tuviera como consecuencia la pérdida del expediente y que nuestro gestor no la advirtiera. En ese caso la precipitación podría suponer que una importante inversión se esfumara, al menos por un tiempo, en detrimento de quienes viven en un lugar. Por débil que hubiera sido la precipitación, hay que admitir que sus efectos serían graves.

“Aún más. Si la precipitación no saliera del departamento administrativo, si tuviera como resultado la omisión de un deber por nuestro funcionario, siendo el mismo el efecto, habría que calificarla de manera todavía más grave.

“Desengáñese, no hay precipitaciones débiles. Una precipitación que alguien califique así, que perfectamente los premonitores del tiempo pronosticarían para el norte, donde son más frecuentes de cuanto fuera deseable, sería interesada; tendrá siempre efectos en todas las direcciones de la rosa de los vientos, dadas las dimensiones de nuestro mapa, el mismo sobre el que se hace el pronóstico y en el que estamos incluidos, aun a costa de nuestra voluntad.

La convivencia con el juez me obliga a reconocer en él, sobre un hombre ecuánime y sereno, lúcido, aunque en ocasiones pueda parecer obtuso. Solo quien no lo conoce, que tuviera alguna referencia de sus ideas, se atrevería a tanto. A una opinión así, todo lo más, se le podría conceder que a veces resulta hermético, tal vez que otras algo oscuro, nunca desviado.

Confieso que esta impresión tuve cuando recapacité sobre su teoría de la precipitación pronosticada, que en días sucesivos, en el transcurso de nuestras muchas horas de convivencia, fue completando.

-¿Qué me diría usted de una precipitación de carácter débil? -vino a decirme-. ¡Ah, las precipitaciones de carácter débil! De un padre se podría admitir que fuera blando, que evitara, cuanto estuviera en su mano, reprender a su hijo, para evitar humillarlo. Nada deja huella tan profunda en la infancia como la severidad de quien se espera cariño. Cualquier reprensión, cuando el carácter aún no ha creado sus medios para la defensa, puede impresionar hasta el extremo de invertir su efecto. Pero nada más inmoral que un padre débil. El padre que desiste de sus deberes es el origen de todas las flaquezas del hijo.

“Con cuánta frecuencia se pronostican, para el norte del país, precipitaciones de carácter débil. No son necesarios mucho criterio, masas de información cualificada, análisis que se demoren en cada circunstancia, para cada momento. Se puede tener la seguridad, con antelación sobrada, que acertarán. La fragilidad del carácter de quienes han de tomar las decisiones, partícipes en sus consecuencias, abre a sus pies un abismo si reflexionan. Se pararían a considerar sus parentescos, sus múltiples y largos vínculos, el peligro al que las ancianitas, de frágiles canillas, podrían verse expuestas por una bajada a toda prisa del autobús, y quedarían incapacitados para tomar una decisión. Prefieren, antes que una acción serena y consecuente, salir del paso. El efecto es que jamás nada se soluciona. Este es el fruto de cualquier precipitación de carácter débil.

– ¿Preferiría que las precipitaciones fueran de carácter tormentoso?

– En modo alguno. Los antiguos encontraban la causa de la ira en la hiel, a la que asemejaban aquella pasión no por sus colores, que pueden resultar atractivos, sino por su sabor. La actuación de los atormentados es siempre causa de amargura, tanto más si se emplean de manera precipitada. También la experiencia desautoriza a quien así procede. ¡Cuántas veces, para aquella misma zona, la del norte, se habrá pronosticado esta reacción, que el ambiente hosco y estancado carga! Las mismas que la previsión ha resultado acertada. Y otra vez, aunque sean otros los heraldos, será anticipada y otra vez ocurrirá, bien que tome cuerpo por otros nombres. El pronóstico tiene asegurado el acierto y los acontecimientos que le corresponden, que el tiempo reproduce; el fracaso, porque igualmente al orden de las precipitaciones pertenece.

-Puesto que los pronósticos son como el conjuro, a juzgar por sus efectos inexorables sería conveniente excluir toda precipitación de las previsiones referidas a aquellas tierras.

-Las precipitaciones son inevitables y hasta imprescindibles, y callar un hecho no lo anula. De sobra lo sabe. Cuando el ambiente se carga de los humores que transpiran los cuerpos de un lugar, si al mismo tiempo su temperatura conoce cierto grado, no hay barrera que las contenga. Por fortuna, en su mayor parte ocurren al azar, con interrupciones, con cierta moderación, en lugares separados entre sí. Mientras así se emplean sus efectos son limitados, y para nuestros tiempo y lugar hasta podría admitirse de consecuencias moderadamente saludables. Así como la lluvia obstaculiza el movimiento en la ciudad, y en el campo la reciben como la corriente que transporta la fortuna, aunque a todos moja, las precipitaciones, idénticamente molestas por igual, que en donde se concentra la población puede tener efectos adversos multiplicados, para ciertos elementos puede ser un arma útil a la descarga del ambiente. Solo bajo esta manera de observar los hechos públicos podría tomarse por imprescindible. ¿Seremos igualmente tolerantes con ellas cuando se generalicen, descarguen en cantidades abrumadoras y se desplacen en tromba? Arrasan todo a su paso. Nadie puede permanecer impasible ante ellas. Cualquiera ve en peligro la vida de los suyos y la propia, su patrimonio amenazado; es la peste, es la guerra.

-Si estamos condenados a vivir con ellas, tendremos que desear las precipitaciones débiles y aisladas. Por la primera condición, aunque en ocasiones adquirida a causa de una injustificable falta de carácter, resultarán las menos violentas. La segunda garantiza el mayor grado de dispersión, que la fuerza que por la suma se adquiere quede excluida.

-Lo deseable es acometer su origen.

-¿Que es?

-Las bajas presiones. Tal es, expresada del modo más directo y resumido, la fuente regular de las inevitables precipitaciones. Quizás le resulte en exceso expeditiva una afirmación como esta, demasiado rotunda, en sí misma condenatoria, apasionada. Creo estar enunciando, antes que un juicio, la parte expositiva del problema, con la misma frialdad que el forense actúa sobre el cadáver, sea deforme, apolíneo, con aromas de almizcle o de vapores deletéreos.

-Cualquier presión es el resultado del acopio de fuerzas sobre un punto. No avanzamos mucho seleccionando de ellas la clase de las bajas, porque el plural aún encubre orígenes y responsables.

-Por su origen, el efecto baja presión es un producto de los que en propiedad debemos llamar centros de bajas presiones.

-¿Cree usted que las bajas presiones son obra de maquinadores, de gente que conspira en la sombra?

-Demasiado novelesco. Los centros de baja presión son visibles para todos, se pueden localizar en el mapa, actúan sin ocultarse. Una baja presión no es un hecho delictivo, no tiene por qué enmascararse. Puede provocar la condena de buena parte de la población, cuya anuencia moral, cargada con este signo, otorga admitiéndola como baja. Nadie podrá declararla responsable de acto alguno. La baja presión puede pasar por inmaterial. El hecho es la precipitación, autora directa de las consecuencias, sean leves, graves o incluso fatales.

-Pero está prevista la responsabilidad que se llama inducción…

-…cuya existencia, para el procedimiento más ecuánime, obliga a demostrar la relación que vincule al inductor con el agente, que el primero puede ser responsable de los actos del segundo y que la causalidad, en determinadas circunstancias, unió una afirmación y un acto. Algo tan complicado como estéril, habitualmente. Si el esfuerzo se saldara con éxito, a lo sumo el inductor sería objeto de una reconvención.

-Permítame que le diga que la responsabilidad del inductor, hasta donde alcanza lo que sé, suele liquidarse con algo más que la reprimenda del tribunal.

-No cuando es una simple presión. Un hombre ha cometido un robo, en circunstancias que añaden gravedad a sus actos. Se enmascaró, portó un arma -de la que no hizo uso, por suerte para él-, rompió cristales, forzó cerraduras, trepó. Apenas hubo premeditación, se movió a un impulso. La noche anterior, entre lágrimas, su mujer dramatizó el estado de sus existencias, amenazó con abandonarlo. El precedente, sin dejar de ser una presión, para el delito puede ser admitido como atenuante, y nadie lo consideraría una razón para inculpar a la mujer.

“¿No recuerda usted, para algún momento de su vida, que fuera arrastrado por la tentación de un comportamiento similar?

-No sé. En mi conciencia no hay rastro de vínculo con ladrón alguno.

-Estoy seguro. ¿Nunca presionó con llanto a su madre?

-La infancia es irresponsable. De nada puede ser culpable un niño.

-Ante la ley.

“La infancia es el reino de la inmoralidad. El desconocimiento de los principios que armonizan, en cuanto pueden, las relaciones, en contra de lo que parece razonable, es justificación de comportamientos desastrosos, hasta brutales. Es altamente cotidiano, mucho más, que las criaturas aprovechen la inconsecuencia de las costumbres (de la que adquieren, gracias a la experiencia, conciencia perfecta) para la permanente extorsión de sus progenitores. ¿O no?

-Son muchas las formas de presión a las que recurren los niños, y no solo en el trato con sus padres. El llanto que les sirve de soporte tal vez no las degrada hasta el orden de bajas.

-Recuerde usted que la infancia toda transcurre en el limbo de la falta de moral.

-La presión, por sí misma, no es causa de las precipitaciones, el nexo que pueda unirlas no es fácil documentarlo, es posible que incluso sea por completo irresponsable. Tanto más necesario es, y hasta urgente, desenmascarar los centros de baja presión.

-No se deje llevar por sus convicciones. Es mucho más útil atenerse a la realidad. Ya le he dicho que los centros de baja presión, antes que invisibles, son manifiestos. No hay nada que poner al descubierto. Al contrario, son tan ostensibles que ellos mismos se proclaman.

-Debe ocurrirme que los tengo tan cerca que no alcanzo a verlos.

-Es posible, y que su tamaño los camufle. Ante la puerta de un rascacielos, en la acera, de su volumen sobrecogedor no tendría una noción distinta de la siguiente, también armónica con la estatura regular del hombre, que da entrada a un edificio de una planta.

“¿Tiene novia, o esposa, Baines?

– Convivo, desde que este trabajo me lo permite, con la mujer a la que amo.

-Bendita condena; la del trabajo, claro está, porque siendo detestable le habilita su secreta felicidad.

-Gracias, señor.

-¿Viste toca su cónyuge?

-¿Toca? ¿En estos tiempos? Déjeme que haga memoria… Sí. Debieron ser las puritanas que se instalaron en Norteamérica, huyendo de la restauración, las últimas que mantuvieron su uso. Como mucho hasta el siglo XIX.

-Creo que confunde usted toca y cofia. No tiene la menor importancia. El error censurable, en su caso, es el anacronismo. La toca convive con nosotros, tras siglos, nunca interrumpidos, de existencia. Es aquella prenda que solo deja al descubierto el rostro. ¿Aún no rescata la imagen de quienes la usan combinada con un velo?

-Y se cubren con vestido talar.

-Exacto, todavía algunas. Está tan consentida su presencia, en cualquier lugar, que apenas reparamos en ella. ¿Le resulta coactiva?

-¿Cómo podría serlo, tratándose de vestales ingenuas y desinteresadas?

-Al menos mientras son jóvenes. Solo que persistir en una indumentaria que las segrega, a iniciativa de la institución que representan, las convierte, sean los que quieran su voluntad y deseo, en un ostensible medio de presión.

-¿Usted cree?

-¿No le parece que lo es el pordiosero desarrapado, pestoso, que lo acosa hasta que consigue arrancarle una moneda?

-Sin duda.

-¿Piensa que está justificada la supervivencia de la vida contemplativa, y aun la levítica, que igualmente se esfuerza, esta vez con alzacuello al menos, por hacerse visible, sin ser más activa? A su juicio dejo si estas formas de presión, cotidianas, ostensibles y sin apariencia causal, son de la clase baja o no.

-Dudo que haya inmoralidad alguna en el origen de estas formas de vida.

-Tal vez en ningún caso. A pesar de lo cual la institución, sobrepasada por las costumbres, pugna, con aquellos y otros medios materiales, por la supervivencia.

-Comprendo.

-¿Es usted lector de prensa?

– De al menos un diario.

-¿Cuál?

-El me resulta más afín.

-Permítame que le diga que su error, a mi parecer, es doble. ¿No le resultaría más provechoso enfrentarse, cada día por la mañana, a opiniones diferentes a la suya?

-Antes necesito disponer de la mía.

-¿Y se la proporciona un periódico? Hasta ahora he creído que el juicio, en cada hombre, se nutre de un filón, no diré que imperecedero, aunque sí persistente. ¿Debo recibir una opinión autorizada, una vez lanzada una bomba nuclear, antes que enjuicie al autor de la orden? No es necesario que responda. La evidente contestación pone al descubierto el segundo error.

“Mi padre, celebrado entre nosotros por sus virtudes, encarnaba entre otras la del excelente catador, condición tan alejada de la ebriedad como el valor del comportamiento temerario. La adquirió ateniéndose a un principio elemental.

“Habiendo vinos buenos -repetía- ¿a qué beber los malos?”. ¿Cuánto tiempo le ocupa la lectura de la prensa?

-No todos los días el mismo, ni todos merece la misma atención.

-Unos con otros.

-Pongamos una hora.

-Sé que es usted un lector regular y con criterio. ¿Compromete la lectura de la prensa la atención que le merecen los clásicos?

-He conseguido garantizarme, sin desatender mi trabajo, entre dos y tres horas diarias íntegramente dedicadas a la lectura, a toda clase de lectura.

-Ahí lo tiene. Cuanto más tiempo dedique a la prensa menos tendrá para consagrar a los sabios. ¡Y qué diferencia! La informativa es literatura de urgencia, concebida y elaborada como el pan, para que sea útil solo un día. Ni los diarios con mayor disciplina de estilo resisten la comparación con cualquiera de las otras lecturas.

-Completamente de acuerdo.

-Y aún nos queda lo sustantivo. En cada información va incluida una parte, solo una parte. Usted y yo bien lo sabemos. Nada habría que objetar a la evidencia, puesto que la escritura es tan limitada como cualquier obra humana. Está en la condición de los enunciados tener principio y fin. Cualquiera que se exprese, por escrito o de palabra, selecciona un escenario, unos personajes, una acción, y nadie toma o desprecia elementos de manera desinteresada. No me cabe la menor duda, en el caso de la prensa, sobre los principios de su natural selección. Son lucrativos. ¿Los clasificaría usted en el orden de los altos o en el de los bajos?

-Nunca la codicia me ha parecido una virtud, ni aun la ambición.

-¿Diría usted que los periódicos no se cuentan entre las presiones obvias, y tan sobrehumanas, por su tamaño, que pueden pasar desapercibidas?

-Tengo que reconocer que a su demostración sobre esta clase de presencias, gracias a los dos ejemplos que ha elegido, nada puedo replicar.

-Baines, debería reflexionar con más tiempo sobre los ejemplos elegidos, tratándose de los centros de baja presión. No creo que puedan mencionarse muchos más. Me consentiré ser más explícito.

“¿Confiaría su dinero a un banco de niebla?

-¿Un banco de niebla? De ningún modo.

-Con enorme frecuencia, el parte meteorológico, para las tierras septentrionales, los pronostica. Hay razones de sobra para que actúe así. La parte más sólida del negocio financiero de nuestra economía, que por volumen y solidez ocupa, en el orden internacional, puestos irrisorios, tiene su origen en aquella región. Estoy persuadido de que la niebla es la clave de su descrédito, de la nutritiva reproducción que el pronóstico del tiempo adelanta, hace presente y avala.

“¿En alguna ocasión se ha perdido en la niebla?

“Afortundamente no conozco la guerra, y no dispongo del término de comparación, avalado por crónicas y memorias, que me permitiría calibrar el tamaño de la angustia. Solo puedo afirmar que la noción, confirmada por un instante pasajero de vértigo e inseguridad, en mí se hizo realidad cierto día, al volante, solo. Era la nada, una cápsula vacía en ninguna parte. En aquel limbo flotaba mi coche y yo dentro de él. Donde solo el vacío es visible caben todos los temores. Tuve la certeza de que mis días terminarían allí, por obra del primer coche en dirección opuesta.

“Nuestros contemporáneos una impresión semejante, no sé si en un grado inferior, la han sentido, al menos una vez, al ver el extracto de su cuenta, bien en estado de conciencia bien por revelación onírica. Una cifra por debajo de la esperada causa un vértigo abismal. Sea consecuencia de un gasto inesperado o de un error, hasta tanto la explicación llega, la angustia se apodera del imponente.
-El banco, incluso, podría hacer y deshacer, aunque fuera por unos segundos, según le resultara oportuno. Un instante de sustracción de una cifra ínfima de miles de cuentas, porque puede sumar una cantidad importante, tal vez sirva para completar una operación que solo al operador beneficia. Al siguiente, las cantidades pueden ser repuestas y quedar justificadas como un error pasajero, sin la menor consecuencia para los depósitos, cometida por un empleado negligente.

-Así puede ser porque el dinero con el que operan los bancos, su dinero, el mío, el de todos los que estamos en la obligación de confiárselo, es ficticio. No la moneda, asimismo convencional pero monopolizada por la autoridad pública, que de este modo adquiere el derecho a perseguir la falsificación, en otro tiempo castigada con las penas más severas. Su dinero, el mío, el de todos, es solo un registro, del que nada más que una porción, que sus gestores compran en la especie de moneda a la autoridad, ponemos en circulación. El resto, que igualmente representa nuestro preciado trabajo, por obra de su alquimia, para nosotros, es solo una pompa de jabón, mientras que para ellos es trabajo ajeno con el que operar a lo grande en donde la luz no llega.

-Luego… ¡todos los bancos son de niebla!

-Veo que he provocado, sin que fuera mi voluntad, el fin de una etapa de su vida. No se preocupe. El dinero no es más convencional que tantas cosas. La civilización toda, conquista tan inapreciable como frágil, también es un enorme globo en equilibrio sobre la punta de una aguja.

“Por esta vez me he propuesto hablar con la mayor claridad. He aquí mi afirmación. El mayor de los centros de bajas presiones; si hay una cima para ellos, tal lugar lo ocupan los bancos de niebla, los máximos responsables, en consecuencia, de todo tipo de precipitación, de uno o de otro carácter.

-Nadie lo diría. Su actitud, al contrario, parece el paradigma del sosiego. Insisten en que el horizonte diáfano, sin asomo de nubes, es el medio conveniente para que crezcan, sobre la abundancia, la paz y la concordia.

-Tendría que analizar más, sin el prejuicio moral, el discurso que reincide en él. A menudo es el más explícitamente adverso. No necesita que rescate, para que sirva como comparación, el proverbial fluido del discurso que usa, para justificar su necesidad, cualquier casta sacerdotal. Condenan el mal como quien formula un conjuro, para desprenderse de él.

“Ha de saber, Baines, que el negocio bancario es el más portentosamente cínico que jamás haya inventado el hombre. Sale de aquí. Se ha hecho tarde. Decide tomar un taxi, auxilio de los urgidos. Monta, el conductor le demanda su destino, que queda en sus manos, y hasta él le traslada, si la fortuna, criatura imprevisible, os favorece. El contador marca la cantidad que hay que cobrar. Antes de bajarse, se la solicita al taxista y espera que se la liquide. ¡El mundo al revés! ¿Cómo cree que reaccionaría el hombre? Gritaría, no le dejaría bajar, demandaría la presencia de un agente de la autoridad, si es templado. Todo hasta conseguir que se resigne, devuelto al juicio, a cumplir con su parte del intercambio.

“El banco no solo maneja el dinero de los depositantes a su antojo, tomando riesgos que a cualquier mortal causarían escalofríos, manipulando asientos contables, entrando en negocios que no siempre el beneficio absuelve. Les concede además del favor de cobrarles por ello, justificándolo, sin que se le mueva un músculo de su verde rostro, como servicio prestado. Claro que sus empleados atienden con obsequiosidad, a cambio de lo cual reciben, tal como está estipulado, el sueldo que les corresponde; obligación contraída por quienes los han contratado. Las ganancias que con nuestro dinero consiguen, en las que no nos dejan participar equitativamente, satisfacen sobradamente, entre otros gastos, este.
-Resulta escandaloso, verdaderamente. Pasa desapercibido, tanto como que puedan estar en el centro de la génesis, por bajas presiones, de toda precipitación.

-Los centros de baja presión no actúan a rostro descubierto. Se sirven de familias de borrascas. Con una eficacia alarmante. ¿No ha observado usted que el deseo es la fuente de toda la norma civil?

-¿El deseo carnal?

-El mismo.

-Francamente, no.

-El derecho de propiedad, que al presente es su columna vertebral, defiende la acumulación de bienes en beneficio de la progenie. ¿Dónde tuvo esta su principio? La supervivencia de la sociedad matrimonial, las garantías a sus partícipes si se disolviera, la acumulación de patrimonio, ¡su transmisión más allá de la vida de quien lo acopió (por increíble que parezca)! ¿tienen una fuente distinta?

-Es un punto de vista.

-Más bien, creo honradamente, la única posición que permite una correcta perspectiva. Tal vez convenga entregarnos más, con el arma de la reflexión, a esta incruenta y saludable batalla. Puedo aceptar que alguien, como recompensa a su esfuerzo, acumule bienes. Si aceptamos que los transmita a su descendencia, le estamos negando a este acto la legitimidad que le conviene, supuesto que es el esfuerzo personal la razón de la reserva personal de los bienes. Quizás en otro momento podamos analizar mejor estas ideas. Ahora, estoy seguro, nos desviaría en exceso del objetivo al que hemos concedido, aun sin decirlo, la precedencia. Olvidémonos, pues, por el momento, del deseo, que vence a la voluntad. Concentremos nuestra atención.

“Sabe usted que la norma civil, exageradamente nutrida por ese magma anterior a la civilización que por costumbre llamamos fuero, por esta causa, no solo varía de lugar a lugar, sino que puede llegar a ser extraordinariamente injusta, lo que es más grave. Supongo que bastará con recordar los derechos acumulados, en la sucesión de los bienes, por razón de primogenitura. Hay territorios donde el factor orden de nacimiento deformaba brutalmente la equidad para con los descendientes, más razonable si no es posible evitar la transmisión de los bienes de la familia a lo largo de la cadena de las generaciones.

“¿Resultado? En algunas regiones las familias, que en cualquiera siguen nutriendo la raíz de todas las instituciones, disponen de una fuerza extraordinaria. Son las mismas que han abastecido, entre otras, las financieras a las que vamos refiriéndonos. Estoy seguro que en este momento a su memoria han retornado viejos casos de identidad entre ambos hechos -denominación de la familia y del banco- como una localización muy precisa.

-Así es.

-Y dígame ¿qué familia está libre de borrascas?

-La mía, al menos, no. Remitía mi padre al hijo de una hermana, en el que se reconocía tan poco que jamás pudo tenerlo por sobrino. Resultó demoledor. Lo adjudicaron a su carácter. Es posible que la educación impartida en su beneficio desde posiciones pragmáticas, por entusiastas profesores de convicciones conservadoras, además lo condujera a menospreciar la vida reglada y el bienestar.

-Exagerada trascendencia conceden las familias a la formación de sus hijos, en descargo de sus conciencias. Una mamá chimpancé que decidiera, por efecto de un trastorno o inusitada desviación de conducta, consentir que su cría fuera secuestrada por un domador, hábil y delicado, de elegida escuela, la veríamos como una criatura desnaturalizada.

-Fueran cualesquiera las infaustas circunstancias, primero fue un significado genio destructor de la paz del hogar. Su expansiva juventud condujo a sus padres a una vejez prematura. Bolchevizó su capital, estalinizó a sus semejantes.

-Comprendo.

-Ignoramos si sus días han terminado. Todo permitía pronosticar que su vida sería breve. Nadie ha arriesgado aún, cuando se refiere a la estela de su existencia, una última palabra. El mundo conoce un rastro, semejante al que el olfato detecta cuando en suspensión el azufre carga el aire, que denuncia su presencia sucesiva, ya en lugares próximos ya en rincones ocultos del planeta.

-No es necesario entonces que haga énfasis, insistiendo en detalles, de cuánto puede esperarse cuando borrascas imprevisibles se concentran por familias. Porque ocurre, por efecto de la peculiar constitución civil de aquellas gentes, que entre ellas sea más alta la frecuencia de borrascas, como usted mismo, a través del pronóstico, puede verificar. Una suerte de matriarcado se ha instalado allí. Borrascas nutren las familias, por ellas se perpetúan, en ellas descansa su identidad y el sustento, el empuje, la iniciativa, el coraje irreducible que blinda aquel estado civil.

-Portentosas hembras.

-Magníficas, amazonas. Linajes enteros hay que solo borrascas, generación a generación, han conocido.

-No es fácil ponerles rostro.

-No combaten en vanguardia, como los más curtidos infantes romanos. Su responsabilidad es alentar bandas nubosas, las inmediatamente responsables de las precipitaciones.

-¿Desea comer algo, señor? Llevamos aquí toda la mañana, apenas nos hemos dado un momento de respiro. Según ha ido creciendo mi atención, los signos de agotamiento se han ido apoderando de mi estómago.

-Aún no tengo hambre. Vaya usted.

-¿No le gustaría acompañarme? Al menos estiraría las piernas.

-Lo que me convendrá. Vayamos.

Sería indiscreto si describiera cómo anda el juez Osborne. Debo, aun así, porque deseo que sus palabras sean rectamente entendidas, hacer determinadas salvedades. Desde antiguo está reconocida una suerte de nexo secreto entre la motilidad y el pensamiento. Siendo esbelto, y hasta flaco, no es todo lo pausado que se podía esperar. Las personas de esta complexión, porque sus proporciones nos inducen, al menos aparentan largos miembros y trancos amplios. El juez más bien camina a la oriental, con impulsos fragmentados en cadenas de pasos de duración desigual. Resulta difícil acompañarlo.

La vida de sus ojos no es más serena. Usa gafas, tal vez más de las recomendables. Cuando lee tantea con un viejo juego las que le convienen a los tipos y las letras. Parpadea, cierra alternativamente uno y otro ojo, a veces los deja en blanco, antes de que por fin tome una decisión y aun después. Mientras habla, alzada la mirada, si no olvida cambiar de par sus ojos se agitan detrás de unos cristales que los realzan. Apenas ven lo que miran sin fijeza. Están examinando ideas. Entonces, dicho sea con todo el respeto, el juez bizquea.

Nada es comparable, siendo todo tan revelador, a la agitación de sus manos. Dividen el espacio, como si bendijeran, cuando acomete el discurso. A un lado desplaza los invisibles argumentos favorables, al otro los adversos, y de uno y otro, más adelante, los va extrayendo, según convenga, a puñadas. Las secuencias lógicas ruedan ante él, sobre la mesa, impulsadas por el índice de su mano derecha. Cuando la idea amenaza con evaporarse la atrapa, por encima de su cabeza, con un gesto decidido y certero, similar al de quien atrapa una mosca.

Nadie crea que alguno de estos hábitos del juez los valoro como falta. Si he decidido mencionarlos es porque los considero la emergencia, cuando menos visible, de un espíritu generoso, que se entrega sin medida. La fuerza de sus ideas, el acierto de sus criterios, las valiosas enseñanzas de sus reflexiones sobrepasan cualquier artificio y neutralizan la materia. En compañía del juez se ingresa en el orden metafísico.


Pasto de las llamas

Nicomedes Delgado

Gracias al esfuerzo de los cronistas modernos, aún podemos recordar que en las alturas que las llamas eligen para vivir crecía una planta tan desconocida en Europa como las llamas mismas, antes de que ambas llegaran a noticia del mundo. No despertó la especie vegetal por su valor botánico mayor interés durante los primeros años de la relación colonial con América, ni por tanto fue mucha la literatura que engendró. Tampoco fue descrito uso útil de la planta, razón por la que algunos juzgan que su memoria degeneró al olvido en poco tiempo. Pero el afortunado Hernán Díaz de Bobadilla, en su Descripción de las excelencias del Perú, alcanzó a registrar uno. Dejó escrito que con ella los indígenas fabricaban una pasta que legítimamente quien observaba los hechos se creía obligado a llamar papel, aunque la composición del producto difiriera de la que ya prevalecía en Occidente.

Cuando se conoció la novedad en la parte del mundo que habitamos los europeos, como otras de su clase provocó la natural polémica sobre si debía aceptarse que oriente había sido el origen de la fórmula que tanto éxito ha tenido, o si por el contrario el mérito de la invención tendría que corresponder a los habitantes de las montañas medias de la América meridional.

La polémica siguiente ya dio origen a una estimable copia de escritos, y el eco que despertó ganó cierta audiencia más allá de los textos. Pero lo que resulta a nuestro propósito más relevante es que de ella se valió un naturalista del siglo décimo octavo para llevar los datos hasta entonces disponibles a un lugar insospechado. Gracias a que rescató lo que se había escrito durante el siglo décimo sexto, todavía alcanzó a observar el sorprendente efecto que aquel producto provocaba en las llamas. Sus extraordinarias observaciones pueden ser resumidas en la más exacta de sus frases. “Cuando la recibían como alimento, las encendía”. Para que el lector pondere el tamaño de su trabajo y el alcance de sus descubrimientos es necesario que conozca el relato de sus esfuerzos.

Siguiendo la pista que le trazaban los citados escritos, el naturalista ilustrado subió hasta las alturas donde habitaban las llamas, donde lamentablemente pudo comprobar que la planta descrita por quienes le habían precedido se había extinguido. El efecto visible de la pérdida era que las llamas languidecían. No se podía decir que la supervivencia de los animales estuviera amenazada, ni que en la complexión de los ejemplares vivos algún indicio hubiera de carencia de algún compuesto vital. Pero la falta de energía de sus movimientos era indudable. Bastaba ver cómo evolucionaban en el prado, cómo cortejaban, con qué espíritu acometían el apareamiento tanto machos como hembras.

Había llegado su experiencia al estado de estancamiento cuando recordó la noticia sobre la pasta de papel que se fabricaba con la hierba que mencionaban sus predecesores. Para su proyecto, tal como lo había concebido a este lado del Atlántico, la discutida pasta no habría de ser uno de los objetos de su exploración. Pero la vía muerta por la que venía avanzando le aconsejaba tantear otras. Indagó entre los indígenas para confirmar las noticias que poseía, y para su satisfacción pudo saber que las cosas eran tal como las había leído. Con la hierba referida se había fabricado entre ellos la pasta de su papel.

La respuesta afirmativa animó su trabajo, siguió investigando en la misma dirección y todavía pudo averiguar más. Si la hierba había desaparecido había sido a causa de una encomiable pasión, la que los jesuitas habían puesto en la infinita tarea de la propaganda de la fe. Aconsejados por su espíritu misionero, habían elaborado unos alfabetos que permitían convertir los toscos signos con los que era transcrita la lengua indígena al latín. Pretendían de este modo tender el puente que les facilitaría el acceso al mejor conocimiento de cuanto trascendente puede saberse.

Llevados por su afán divulgador, los buenos padres de la compañía habían impreso miles de cartillas de alfabetización. Mas la iniciativa editorial de los misioneros había sobrepasado las necesidades. De este modo había agotado los recursos que el monte ofrecía para disponer del soporte de la impresión, y más adelante la febril decisión originado el efecto de inhibir el crecimiento de la planta prima. Desde que los jesuitas mandaran segar todas las matas no había vuelto a salir ninguna en toda la zona, y no se tenían noticias de que en otras subsistiera.

La mayoría de los folletos entonces impresos estaban almacenados a la espera de que fueran solicitados por los nuevos padres. Pero la misión ahora otra vez estaba bajo control de una orden distinta, la misma que extendía su autoridad sobre toda la región. Desde que recuperara el dominio sobre aquellos territorios, los folletos que los jesuitas habían mandado imprimir en ningún momento habían sido solicitados, y permanecían donde habían sido depositados hacía ya más de cincuenta años.

Nuestro analista dedujo con rapidez. Aquel mismo día dio a comer unas cartillas a las llamas, que las recibieron sin señal alguna de rechazo.

Repitió la experiencia al día siguiente, y tampoco entonces los animales repudiaron porción alguna de la letra impresa. Lo mismo ocurrió al tercer día. Mas para entonces nuestro hombre, buen observador, ya apreciaba que no era la misma parte de la manada la que acudía cada día a su reclamo. No dejaba de ser chocante. A su parecer, los animales deberían retornar atraídos por el instinto, si es que el alimento recuperado era idóneo.

Decidió marcar las llamas que acudían cada jornada al reclamo de los libros. Intencionadamente restringió la cantidad de folletos que depositaba en los improvisados comederos, y con más ingenio que habilidad consiguió, con una brocha al extremo de un largo vástago, sirviéndose de elementales pigmentos disueltos en cal, marcar con un color distinto las de cada tanda.

Al cabo de una semana había acabado con sus recursos cromáticos. Ninguno de los días de su experimento había vuelto al lugar donde les proporcionaba el que a su parecer era exquisito alimento ejemplar que ya lo hubiera comido. ¿Lo rechazarían? ¿Habría cambiado su metabolismo? ¿Serían presa de una enfermedad por efecto de la inesperada ingestión? ¿Morirían entre espasmos?

Decidió averiguar qué estaba pasando.

Al octavo día se las compuso para que las llamas entraran en una corraleta, en cuyo suelo había arrojado dos o tres cubos de unos de sus pigmentos. Cuando hubieron comido las llamas el papel, a lo que aguardó paciente tras una roca contigua, todo consistió en seguir las huellas que las criaturas iban dejando. Mientras caminaba siguiendo el rastro de las pisadas, nubes amenazaban con la tormenta del fracaso el experimento de nuestro valiente empirista. Por fortuna no descargaron.

La manada que aquel día se alimentara con las cartillas no se había dispersado. Pero eso no era lo más sorprendente. Habían acudido a un lugar al que estaban acogidas las demás que habían comido papeles. Allí estaban las llamas verdes, las rojas, las amarillas, las celestes, y todas actuaban de manera extraordinaria. Unas cabriolaban, otras piafaban, las había que saltaban y aún en el aire eran capaces para juntar las cuatro patas y adoptar excelentes figuras de levitantes.

No tardó en encontrar la explicación buscada. A partir de aquel momento toda su atención se concentró en aquel lugar, y durante días y días, regulando meditadamente el gasto de papel de aquellos animales, a escondidas, fue observando el extraordinario comportamiento de las llamas, el cual, finalmente, describió en un sorprendente libro que decidió titular Pasto de las llamas. No he conseguido rescatar más que su referencia. No hay rastro del texto en colección literaria que conozca. Solo me queda, como homenaje y reconocimiento a tan extraordinaria obra, imponerme el deber de restaurar aquel título.


Otra estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio.
Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía
de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos.
Ha debido ser en los momentos precedentes
cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón.
Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos,
más la ambulancia y los patrulleros,
ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido.
Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente
los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo
que de golpe corta el curso de cada vida,
y hace que en unos pocos instantes todas confluyan,
es preferible observar a los espectadores
antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena,
con seguridad marcado por el horror, nada instructivo
y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas
que hacen que las personas queden disueltas en la masa.
Creo que estaban sobrecogidos
porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia
alguna vez considerada.
La violencia de la escena les hacía recapacitar,
no por imprevisible, sí por inesperada.
Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian
ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé.
Lo vi en los efectos como en un espejo
y por eso ahora puedo escribirlo.


Estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio. Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos. Ha debido ser en los momentos precedentes cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón. Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos, más la ambulancia y los patrulleros, ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido. Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo que de golpe corta el curso de cada vida, y hace que en unos pocos instantes todas confluyan, es preferible observar a los espectadores antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena, con seguridad marcado por el horror, nada instructivo y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas que hacen que las personas queden disueltas en la masa. Creo que estaban sobrecogidos porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia alguna vez considerada. La violencia de la escena les hacía recapacitar, no por imprevisible, sí por inesperada. Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé. Lo vi en los efectos como en un espejo y por eso ahora puedo escribirlo.


Excursión, también llamada Trip

José Daniel Ansón

En sueños viajo en una bicicleta elemental. Es de aquellas que tienen las ruedas pequeñas y a las que el manillar y el asiento se les pueden subir o bajar, según convenga al tamaño del ciclista. En ocasiones he visto sus ruedas con pocos radios, y esta noche la delantera llevaba sujeta la cubierta a la llanta con una correa de cuero, idéntica a la negra que uso para mantener los pantalones a la altura de la cintura aproximadamente.

Con seguridad en mi sueño esta bicicleta representa el milagro del transporte. Me permite trasladarme de un lugar a otro casi con la misma facilidad que el sueño mismo, me admira que con su ingravidez pueda competir con el pesado coche aventajándolo.

Esta noche he llevado a mi novia en esta amable bicicleta hasta Villanueva del Ariscal. Salimos de madrugada y temíamos encontrar en el camino a la policía, porque estábamos seguros que vería mal que dos personas fueran subidas en tan frágil medio de transporte. El camino se hacía largo y las luces de los coches nos sobrecogían. Pero encontramos gentiles caminantes que venían andando en la dirección opuesta. Nos dieron seguras noticias que acabaron con nuestros temores. Esto nos permitió pedalear algo más tranquilos hasta alcanzar la última curva. Cuando giramos a la derecha la ciudad apareció luminosa, radiante bajo el sol. El amanecer era la contemplación de la ciudad. Giré la cabeza para observar el efecto que el admirable acontecimiento causaba en mi novia, y en su rostro vi aquella inmensa sonrisa que tan bien conozco y que solo en las ocasiones en las que está poseída por su más completa dicha me está permitido ver.


Resistencia de materiales

Daniel Ansón

No atrae la resistencia de materiales la atención de los hombres, estando presente en cualquier circunstancia, a la que cualquier acto está sujeto, por encima de la voluntad. El pavimento, condenado a acatar el trasiego de un número indefinido de viandantes; la lámpara del alumbrado público, que pasa la noche, y aun en ocasiones los días, en atenta vigilancia; el anónimo pasamanos, imperturbable planta que sembraron hace décadas hombres de la ciudad y que ha renunciado a crecer; delegan su presencia a su respectiva capacidad para afrontar el efecto de los agentes detractores con razonable entereza. El cuerpo mismo debe adecuar sus gestos y estados al modo en que sobre la piel repercuten el sol y el aire, la violencia con que ambos en ocasiones se emplean, el decreto que contra él dictan las autoridades que calculan la capacidad de los vagones del metro. Por fortuna solo en apariencia es frágil. Por su aspecto protege la elasticidad, que es su principal virtud, capaz para soportar la punta de un afilado abrecartas sin que penetre los tejidos o el electrodo a alta temperatura sin que sobre ella levante ampolla alguna.

Todo el saber sobre la resistencia de los materiales ha de tener como objeto primordial el cuerpo del hombre. Debe tratar de la medida en la que cada objeto, ya de espontánea existencia, porque así la naturaleza haya decidido ponerlo a nuestro alcance, ya deducido del deseo de hacer el bien o atender a la necesidad a la que voluntariamente se entregan los pensadores, se le puede oponer sin dañarlo, cómo pueden todos entre sí convivir y en qué modo los pasivos elevan al grado de bienestar la monotonía de la existencia.

Dos en mi opinión son materiales de trascendental efecto sobre la felicidad humana, el hormigón armado y el acero.

Pocos productos del ingenio podrán ser equiparados en grandeza al hormigón. Quienes lo inventaron no actuaban aconsejados por cálculos de costos, aunque consiguieran hallar un suministro que apenas gasto generaba, en un tiempo sobre el que existe la falsa creencia de que el cálculo del monto de la inversión no era parte tenida en cuenta por quienes las obras promovían. Más bien trabajaron dirigidos por el deseo de hallar material al que en cualquier lugar pudiera recurrirse y que cualquier forma, de cuantas la arquitectura propone, fuera con él ejecutable. Además, como ocurrió con el hallazgo de la electricidad, de la que nadie esperaba tanto poder, obtuvieron una masa de una dureza imprevista.

Cierto fabricante de bollos a principios del siglo vigésimo se aventuró a experimentar con una harina que importaban de la Pampa. Estaba decidido a fabricar cantidades ingentes, en la dimensión industrial, de una pieza única con el propósito de acaparar el mercado de los desayunos en París. El ardid de su plan lo satisfacía la compra a un precio bajísimo de un producto, pagado en una moneda muy débil e importado a costos irrisorios. Puestas en venta las primeras elaboraciones, a las que para enfatizar la diferencia había dotado de la característica forma circular con agujero que luego ha sido tan reconocida, fueron denunciados algunos casos de ingestión accidentada, levemente trágicos. El más grave fue la obstrucción de un esófago, que hubieron de remediar con chorros de café au lait a presión, administrados en la trastienda de un bistrot durante una cura de urgencia, precedente al ingreso en el hospital. Fueron denunciadas varias fracturas de molares y un número indeterminado de irritaciones de la cavidad bucal.

Pero la producción de bollos a gran escala había sido acometida. Era imparable. El curso de los acontecimientos amenazaba, aparte la estabilidad del negocio, que era al mismo tiempo empresa y por eso fuente de riqueza y bienestar, trabajo y rentas para quienes lo ejecutaban y el estado, la vida misma de su promotor, quien al segundo mes de estancamiento de las ventas acariciaba ante la apacible chimenea de su hogar unas pistolas de cañón con trazo helicoidal, fabricadas por encargo de su esposa; iniciativa inspirada por el deseo de colmar la sucesión imparable de los cumpleaños de quien con ella había compartido nada menos que una vida.

Por suerte para el entusiasta emprendedor estalló la gran guerra, incierta por bélica, cargada de esperanzas por tamaño. El futuro que los disparos originan cuando los gobiernos dan la orden de fuego rescató su porvenir para los años inmediatos. Podría ensayar convertirse en abastecedor del ejército. Buscó medios para entrar en buenas relaciones con los servicios de intendencia, y los encontró; y en cuestión de días contrató la venta exclusiva de sus bollos para el abasto de las tropas instaladas en el frente. Nadie pudo comerlos, ni en la primera línea ni en la retaguardia, pero la producción de su fábrica no solo no decayó sino que mes tras mes, mientras la guerra duró, fue creciendo.

Como el enfrentamiento había degenerado a conflicto de posiciones, el hostigamiento mutuo consistió en destruir cada día las trincheras del enemigo, que invariablemente durante la noche eran reconstruidas. Los bollos, ensartados en recias varas de abedul, el preferido desde la antigüedad para la fajina, y amalgamados con mortero del país, formaban altos y seguros parapetos frente a las balas que peinaban los sacos terreros. No eran invulnerables a la acción de la artillería, pero permitían mantener posiciones cuando las partes cruzaban el fuego de sus fusiles.

Nunca cada contendiente supo que también la otra parte recibía aquel suministro, que nuestro hombre había conspirado para vender su producto, definitivamente presentado como equipamiento poliorcético, a quien estuviera dispuesto a pagarlo. Los que hayan recorrido los campos de Verdún a pie, como visitantes de uno de los memoriales más sobrecogedores que se hayan erigido a las metas ganadas por las civilizaciones, con el propósito declarado de que nunca en lo sucesivo, ninguna de las generaciones que nazcan, las conquisten, habrán podido comprobarlo. A pesar del tiempo transcurrido aún pueden verse a ambas orillas del río restos, razonablemente conservados, del legendario engrudo.

La empresa no pudo sobrevivir a la guerra, ni era necesario en opinión del fiel contable de la casa, quien prefirió cobrar un sueldo modesto antes que ceder su responsabilidad a cualquier advenedizo. Con la liquidación que preparara al año de finalizar el conflicto, habiendo quedado detenida la producción meses atrás, terminó la afamada historia de la manufactura que empezó llamándose L´épi d´or y terminó siendo conocida bajo el nombre de Fournitures Dunquerque.

Algo equiparable ocurrió con el hormigón. Quienes en los venerables tiempos antiguos acometieron sus obras confiados en su mansa plasticidad jamás llegaron a imaginar que los siglos verían sobrevivir hormigón allí donde los ejércitos romanos habían llegado. Puede que nada de cuanto hace cientos de años fuera construido haya podido mantenerse en pie, que de aquellas atrevidas cadenas de cuerpos suspendidos a gran altura alguno haya conseguido seguir levitando. De la obra tiempo atrás concluida con seguridad hasta aquí ha llegado la compacta masa de hormigón que vertebró las elegantes combinaciones, las aspiraciones más altas de los divinos arquitectos; aunque aparezca derrotada, informe y a ras de suelo.

Recibió el beneficio del alma de hierro la fornida masa después. No parece sin embargo que deba ser admitida como una bendición para los que con tan poderosa combinación conviven. Nada nocivo hay en el inofensivo acto del juego. Quienes lo mezclan con la ambición lo convierten en un pertinaz ejercicio de la peor de las pasiones.

Han sido practicadas pruebas sobre la resistencia de esta combinación ante las más variadas embestidas. Moles mecánicas accionando voraces arcas dentadas, que actuaran contra compactas bandas de mezcla en las que el metal hubiera sido embutido; infatigables martillos neumáticos, cargas explosivas colocadas en los puntos concebidos para mantener la integridad, batallones enteros de obreros provistos de felices medios minadores, como si oleadas de voraces e infatigables animales que carcomen fueran. Hay productos que resisten a la iniciativa de tan eficaces agentes de la destrucción, aun actuando de manera combinada y simultánea.

No debe llegarse a tanto, no puede ser bueno para la humanidad. La obra del hombre debe ser perecedera, como perecedera es su existencia. Así como a los grandes varones, de magnitud tan alta cuando están en la edad plena que parecen a sus semejantes seres superiores, y es bueno que seres superiores parezcan; les llega el tiempo en que todos creen que la más alta condición de la especie en lo sucesivo será inalcanzable, porque degeneran y decaen; y sin embargo son sucedidos por otros vigorosos varones que renuevan la raza y la esperanza; a un edificio debe suceder otro, el puente un día debe llegar que por la corriente sea arrastrado, para que otro puente de nuevo una lo que no debe estar separado. Hasta la imponente fábrica que al subsuelo está confinada debe desaparecer de la vista para que toda la obra humana pueda ser una y otra vez de nuevo fundada. Nada debe permanecer, menos aún pretenderlo.

Alcanzados lugares donde el riesgo para lo que el hombre vivifica es tan alto, el pensamiento debe dirigirse a recuperar el espacio para su esencia, que es la desaparición. En el orden de la resistencia de los materiales los esfuerzos deben ser orientados a encontrar el fin de los que pretendan ser imperecederos.

De la resistencia del hormigón reforzado con gruesas barras de hierro para el porvenir del bienestar del hombre interesa investigar su capacidad de oponerse pasivamente cuando ha sido fijado como masa en posición vertical, no en horizontal. En ambos casos los agentes que activan el movimiento sobre la esfera que habitamos son los mismos, y actúan de idéntica manera, pero su efecto sobre la masa tiene que ser distinto.

Compongan conmigo la imagen para que el análisis sea tan preciso como las deducciones acertadas necesitan. En estos casos, como en todos en los que la física es responsable de la evocación lógica que el interesado vaya componiendo para sí, cualquier error puede tener consecuencias desagradables.

Una previsora corporación, supongamos, decide blindar hasta el extremo que esté a su alcance un lugar, porque en él pretende depositar la mejor parte de su patrimonio. ¿Qué cota elegirán para localizar aquella extraordinaria dependencia? Los antiguos colegios funerarios, cuyo patrimonio más valioso eran cadáveres, para cuya supervivencia debían ser conservados, patrocinaban criptas para depositarlos, para que allí permanecieran serena e indefinidamente y a salvo de cualquier accidente. Así las modernas previsoras corporaciones, que igualmente decidirán habilitar el lugar que desean por debajo del nivel del suelo, con el acertado convencimiento de que el tránsito de los cuerpos en el orden vertical es más esforzado, y en consecuencia menos probable, que el horizontal.

Elegido el lugar donde debe ser localizada la cámara, comprobada la consistencia del subsuelo y excavado el hueco donde debe ser alojada, ¿cómo harán para blindar el lugar que desean? Es más probable que habiliten un volumen cúbico con hormigón armado. Un potente lecho homogéneo sin fisuras, asentado sobre el cimiento, hará de suelo; cuatro gruesos muros, también sin vano alguno, serán los cuatro lados; y una masa similar a la que sirve de base cerrará la cripta por arriba. Durante la forja de esta última, su autor habrá tenido una precaución, habilitar un vacío, para que se convierta durante la vida activa del búnker en el único lugar que permita acceder a él.

¿Qué dirán ahora del programa previsto por el artífice para resistir de manera pasiva la iniciativa minadora de su obra? De sus decisiones habrá dependido que la greda envuelva el cubo, para evitar en lo posible la acción corrosiva de la humedad; que más allá de la masa construida, a calculada distancia, muros de contención eviten corrimientos de tierra que presionen en exceso cuerpo tan bien concertado.

Son las tres menos diez. No queda nadie en las mesas.