Informes de Hilario Carson el retórico

Severo Canseco, documentalista, ed.

1.

He identificado a Genaro. Es un hombre singular. Desde su nacimiento está cargado de lastres, tantos que le impiden caminar, hablar de manera inteligible, articular las manos, salvo para engarfiar lo que queda al alcance de sus brazos, que hasta hoy mueve bien.

A primera hora de la noche, cada día, a la puerta de una bodega de muchas botas y poco embotellado, celebra su supervivencia, siervo de su soledad, con la mano izquierda parcialmente contraída, los dedos del centro lo bastante ágiles para mantener la copa en una posición que evite la versión de su contenido, un gesto para el que, según he podido averiguar, gracias a la legión de sus compadecientes, pronto se mostró hábil.

Su madre, nacida en Cambados, hija de un minero proveniente de Mieres, fallecido joven a consecuencia de la silicosis, lo que a su viuda le granjeó una peluquería remuneradora de su silencio, aparte la pensión, le entrega la vida. Suple todas sus carencias; las del aseo, cualquiera de las relacionadas con la alimentación, y por supuesto las del movimiento, que satisface y sobrepasa empujando la silla de ruedas durante las horas que sea necesario, incluidas las que dedica a la bodega, sobre las que su juicio es altamente reprobatorio. No cree que deba envenenar su sangre con graduaciones inmoderadas de vinos criados con soleras. Tomar el aire en el parque, observar a los transeúntes ausentes, divertirse con los dueños de perros insensatos que los miman, serían para él, en su opinión, buenos recursos espirituales, suficientes para proporcionarle el equilibrio que la vida sedente necesita, tal como el peso muerto que mantiene su silla recta.

A la tercera copa (apúntamelo, le dicen los parroquianos a Damián, el impasible montañés encargado de la bodega) comienzan las deudas. El crédito que el tabernero les permite parece que le ha revelado a Genaro un mundo tenebroso, más que el fondo de sus perspectivas vitales. “Necesito trescientos”, le proponen al hombre cuando, ya serenos, a primera hora del día siguiente a la penúltima, los deudores vuelven a la bodega con más buena voluntad que algo con que saldar lo que les sigue apuntado. Genaro cree que el bueno de Damián se expone innecesariamente al riesgo de los impagos. “No tendrá otra solución”, ha debido anotar para sí. Se habrá visto en la obligación de actuar así con los morosos si por lo menos quiere mantener la esperanza en ingresar algo, imagino que se dice.

Sin embargo, por lo que comentan sus colegas de la última hora, sus más fieles, ha deducido que traficar con cantidades modestas a Damián le da seguridad, e incluso, para la mayor parte de las veces, que le parece preferible comprometerse confiando en quienes le piden cifras insignificantes. Con todos acuerda plazos para la devolución largos, flexibles y, al mismo tiempo, severos. Nadie pronuncia palabra, ni hay apretón de manos ni interés declarado. Rubrican con los ojos, más rigurosos que la lengua de los hotentotes (que, hasta donde sé, carece de asíndeton, prosopopeya y hasta de la muy excelente macrología, entre otras vanidades contaminantes de las expresiones magmáticas que cada lengua ingenia).

Pero, una vez cerrada la taberna, en la habitación que tras la barra aísla una cortina, por si la palabra que no es posible oír, y las miradas rubrican, no fuera eficaz; por si los plazos comprometidos vencieran, o cualquiera de ellos, sin que el deudor hubiera hecho la devolución del dinero, el tabernero les hace firmar un documento que él acepta trazando al pie un aspa que solo él reconoce como propia.

2.

Ayer enterraron a Tina, una madre consumida por su abnegada entrega a quien veía (y, de haber vivido, mucho tendría que ver) tan restringida su existencia. Todos han lamentado que el pobre Genaro, a partir de ahora, quede expuesto al riesgo de quedar abandonado a una suerte fatal. La maldición con la que debe cargar su vida es suficiente para que, a cambio de su desvalimiento, reciba el reconocimiento de una inagotable conmiseración sin interés.

El desastre al que ha quedado expuesto su fragmento de vida a su hermano Martín, Martín Humano el lógico, lo ha conmovido lo suficiente como para hacerse cargo de él. No lo asea, tampoco le da de comer. Para satisfacer cualquiera de estas urgencias ha decidido contratar a una mujer joven, muy esférica desde cualquiera de sus múltiples puntos de vista, y prodigiosamente rubia, aun así amerindia pura, ante cuya asistencia Genaro, privado del habla, bajo la gorra que lo protege de los rigores del invierno, de las inclemencias del verano, de las miradas indiscretas de los que se sorprenden cuando lo miran sedente e inmóvil y no obstante engarfiando una copa, da muestras de aprobación con una mueca. Quienes lo conocen mejor están seguros de que se trata de una sonrisa.

El hermano se ha impuesto suplir con su esfuerzo sus otras necesidades de hombre inerte. Cada tarde, como su madre ha hecho durante años, empujando la misma incombustible silla de ruedas, lo acompaña hasta donde pueda una vez más alzar, la mano engarfiada, su copa de vino decantado por la bota de amontillado.

A Genaro la reiterada protección, que al mismo tiempo es insistente frecuentación de la misma taberna, la lucidez que le proporcionan los vinos de buena crianza le van permitiendo depurar las virtudes que para él, al tiempo que le ha negado tantas, la naturaleza ha reservado. Como quienes tienen que sobrevivir en la guerra, a los que el destino les otorga el valor como sucedáneo de la lucidez, comprimidos en un orden tan exigente y brutal como el que impone la abstinencia carnal al humillado clero, a Genaro, privado de la vida autómata, le ha conferido, por inspiración imprevista, la virtud del áspid financiero.

Valiéndose de la experiencia adquirida en la barra de la bodega, las horas de su soledad inmaculada, a partir de un momento incierto, al parecer las ha ido invirtiendo en meditar sobre el expansivo y fecundante círculo que pueden trazar las monedas y los billetes, y la inabarcable longitud del radio que llegan a tener sus imprevisibles ondas. De un tiempo a esta parte, concentra su atención en calcular qué podría hacer más rentables los acuerdos que hasta ahora solo ha visto comprometer en la excelente taberna, que por su gama de vinos, generosos y secos, por su colección de botas centenarias, donde escanciar según clase soleras, para que el mundo tenga todos los colores, el futuro, la más prometedoras de las remuneraciones sin proponérselo expresamente, ha ganado virtudes de bolsa, como el ágora o los casinos, el burdel o la timba, que conocen las propiedades del numerario casi tan bien como los bancos.

Para los créditos reservados a la habitación tras la cortina por el tabernero Damián se acuerdan compromisos entre acreedores y deudores, según ha podido saber, que se someten entre sí por razones no siempre racionales, tanto por su origen como por su residencia. El cruce de estos dos términos cierra un círculo peculiar. Aunque la red de relaciones que los compromete la tejen en el lugar donde ahora viven aquí, en el sur del sol, parte de un origen único, en torno a una lejana ciudad, King Candela le dicen, en donde antes de partir cada uno de los comprometidos, sea deudor o acreedor, dispone de la condición de vecino, lo que incluye que cualquiera de ellos dispone allí de patrimonio raíz. Tanto se puede cerrar el bien delimitado círculo del paisanaje concentrado en aquellas transacciones que incluso se puede aherrojar con la consanguinidad.

Ha sido suficiente para que haya presumido que la presión del cerco étnico incrementa el valor de las rentas que los emigrantes de las montañas todavía acumulan cuando vienen a trabajar al sur del sol. Una parte de las que obtengan, ha deducido, la invertirán en el crédito entre ellos. Así, si no aumentan el ingreso adquirido con su trabajo, porque no le consta que unos a otros se cobren intereses, aseguran su preservación, una actitud que tiene mucho de prudencia. El traslado a las montañas de King Candela del dinero ganado en el sur, que debe completar miles de kilómetros, en esta época de inseguridad está expuesto a toda clase de riesgos. Prestarlo a quienes son conocidos, tanto ellos como sus familias, será una buena manera de eludir los peligros y poder recuperarlo cuando lo necesiten.

Pero los originarios de King Candela y su tierra, ha sabido después, en la habitación tras la barra comprometen cláusulas que solo rigen entre ellos. Además de someter a la devolución a sus personas, lo que si las cosas no van bien debe solucionarse a costa de su libertad, algunos deudores arriesgan en la transacción los bienes que llegan a adquirir en el lugar a donde por temporadas vienen, donde residen de manera precaria. Como si los apostaran en una partida de cartas al descubierto. Por eso sus movimientos de ida y retorno, tan inexorables como los de un péndulo, contando con este horizonte, elijarán siempre como punto de destino el sur del sol, tan definido como estable es el de partida, donde cuando menos algún arraigo ganan. Sin embargo, otros se ven forzados a más, hasta verse en el trance de tener que hipotecar todo lo que les pueda corresponder de todos los bienes que en King Candela lleguen a ser herederos, sean tierras o casas.

Al fondo de la red solidaria que cada día urden, aunque lo pretendan, no han podido  evitar, al menos para Genaro, que quede al descubierto que sus préstamos son en realidad una aspiración a adquirir derechos sobre el patrimonio del deudor, sea el de su lugar de origen o el ganado en el lugar al que han inmigrado; una táctica tras la que se perfilan unos hombres de medios tan limitados en donde tienen su origen que transitoriamente deben trabajar en el sur, no obstante sólidos, aferrados a esta condición, limitados por la desconfianza y permanentemente armados con astucias tan afiladas como colmillos de serpiente.

Valiéndose de las garantías que unos a otros se dan, a veces los acreedores ingenian e imponen maneras de saldar sorprendentes. Por un deudor, en la taberna, porque lo dijo para que todos lo oyeran, ha sabido que las cantidades que en dos ocasiones su sobrino le había prestado, para hacer frente a algunas urgencias que había tenido, tan perentorias que sumaban una cifra que triplicaba las que habitualmente concede el tabernero, ya se las había devuelto. Y que sin embargo, por el mucho cariño que a su sobrino le tenía, dado el cuidado especial que con él había tenido siempre que lo había necesitado, además de estarle muy agradecido, por su propia voluntad días antes le había donado su participación en el negocio en el que había invertido en donde ahora está residiendo, aquí, en el sur dorado, una tierra sembrada y en plena producción, de la que le correspondería una centésima parte. Aquel mismo día, al sobrino, horas más tarde, en el mismo lugar, otros le oyeron decir que ya se había dado por pagado de las cantidades que le había prestado a su tío, y que le estaba muy agradecido por la donación que le había hecho y el mucho amor que demostraba tenerle. No ha tenido que hacer mucho esfuerzo Genaro para deducir que tan grato regalo, dijera lo que dijese cualquiera de las partes, ha sido el pago de la deuda que el tío había contraído, y que de su cruce con un préstamo nunca devuelto el híbrido ha nacido en realidad es una simple permuta de bien por dinero, como en todas las compraventas.

3.

En secreto, Genaro ha decidido concederse más tiempo para reflexionar sobre los préstamos que entre candelarios, tras la barra de la bodega, acuerdan. La consecuencia ha sido que ha incrementado aún más su presencia en la taberna, tanto que su hermano Martín no ha podido soportar la intensidad de consumo de vino con que las rémoras de Genaro, a consecuencia de una arcana ley de las compensaciones, han sido satisfechas. Ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para equiparar su velocidad de ingestión de manzanilla en rama, brava y masculina, aconsejado por el deseo de que no se sintiera menospreciado. Su corazón ha estallado apenas transcurridas seis semanas desde el momento en que tomó a su cargo la tutoría del incapacitado. Hoy, a esta hora, de nuevo amenaza la supervivencia de Genaro el trágico cuerpo en el que vive encerrado desde el principio de sus días. Pero creo que aún no ha llegado para él el momento en el que le sea dictada la sentencia definitiva.

Uno de los deudores de uno de los créditos entre provenientes de King Candela ha muerto ayer. Era de una población a pocos kilómetros al norte de sus montañas. Él y dos coterráneos al menos habían formado un grupo. Habían venido sin sus familias al sur, para trabajar en la recolección, y tomado una vivienda juntos. Los compañeros del que ha muerto, a través de consulado interpuesto, le han comunicado la noticia a la viuda, quien ha autorizado a uno de ellos para que sea el albacea de su piedad.

Estaba a punto de cumplir con su obligación cuando la autoridad judicial ha intervenido a causa del crédito que el difunto había comprometido, una vez que la contraparte le ha presentado el documento que había firmado en su favor. Han actuado los representantes de la justicia de acuerdo con el procedimiento que en estas circunstancias es obligado. Los compañeros del difunto, previo pacto, han decidido actuar solidariamente. Todos han comparecido ante ella con una declaración idéntica que ha permitido satisfacer las exigencias del procedimiento para resarcir el crédito.

Pero en el transcurso de las averiguaciones judiciales se ha sabido que otro deudor, que se identifica también como trabajador temporalmente venido al sur de los rayos implacables para la recolección, al mismo tiempo es beneficiario de una parcela de tierra cuyos ingresos estaba en trance de perder a causa del impago de la deuda crediticia que por su parte había adquirido. La actividad que lo califica es tan dependiente de los contratos de temporada como todas las que son aludidas con la misma palabra que se aplica a todos los que se empelan en el mismo trabajo, y, por lo que su procedencia permite suponer, la condición personal que para ella lo faculta es semejante a tantas con el mismo origen. A la autoridad judicial le ha aconsejado prolongar sus indagaciones comprobar que había acordado el disfrute de aquella parcela en marzo.

Para fines del invierno el ciclo germinativo de los cultivos en los que había de emplearse estaba ya muy avanzado, si no a punto de concluir. El espacio que se puso a su disposición desborda con creces la más exigente de las expectativas de tierra de quienes llegan al sur. No tendría mucho sentido hacerse cargo de ella entonces. Salvo que el acceso al espacio productivo estuviera siempre abierto para algunos de los que llegan de fuera con el fin de emplearse en la recolección. Si se comprometen a tener una parcela cuando queda poco tiempo para siembra, germinación y madurez del fruto que pudieran proyectar, es obligado pensar que solo estará a su alcance el recurso a cultivos de ciclo tan corto que sean compatibles con la recolección. Tendrán que ajustarse, en el más optimista de los supuestos, al tiempo transcurrido entre fines de la primavera y el verano, un tiempo durante el cual cualquier planta se agostaría. No es verosímil. Solo se podría admitir que la parcela, para ser viable como explotación, tendría sembrarse, como muy tarde, a principios del año natural, en cuyo caso el vínculo con el recolector que la tome tendría que haberse originado como muy tarde a comienzos del invierno, unos tres meses antes de lo que en este caso demuestra. Porque si quien la toma se propusiera prepararla para el año siguiente, porque el tiempo del que dispusiera se lo permitiera, su vínculo con la inmigración contratada para recolectar, que es estacional, tendría que incluir un desplazamiento episódico, de King Candela al sur, de mayor duración que el tiempo máximo que se puede dedicar a la recolección.

Interrogado por el juez un candelario que actúa como encargado de una explotación de frutos, le ha proporcionado una pista más segura. A cambio de su trabajo, como parte de su remuneración, recibe una parcela de dos hectáreas. La población laboral que mantiene el vínculo de temporada con los dueños de los cultivos que recolecta, sus contratantes, también puede intercambiar su trabajo con el cultivo en un trozo de tierra de una especie distinta a la que había justificado que su trabajo fuera requerido. Así pues, las condiciones de su contrato de trabajo, que obligaría a mantenerlo ocupado por encima del máximo de los cuatro meses de la recolección, confirman que a los empleados en aquel cultivo que sean inmigrantes les permiten acceder a la parcela no necesariamente solo en las épocas de mayor oferta de trabajo.

Aunque nada impide que un inmigrante pueda ejercer su trabajo bajo las condiciones de la inestabilidad más alta posible, las limitadas a la recolección, parece, tal como indican este y otros casos más explícitos que el incansable juez sigue instruyendo, que el intercambio de trabajo por una parcela se concentra en la parte de los trabajadores que es más estable, o cuyo vínculo con el amo es más duradero. Todo eso convertiría definitivamente en un contrasentido la posibilidad de que la parcela se utilice para recompensar a los inmigrantes que se ocupan solo en la recolección, los que acuden en masa a la oferta de trabajo corta e intensa concentrada en el momento decisivo del ciclo anual.

4.

El empeño del juez Osborne, severo e incorruptible, sensible y condescendiente con las debilidades, su persistencia en la prosecución del caso del inmigrante difunto, han conseguido encontrar una manera bastante satisfactoria de explicar toda esta extraña concatenación. Tanto el deudor que no había conseguido hacer frente a los impagos como el difunto que había sido protegido por sus compañeros aun después de su muerte, quizás no tanto a su esposa, se habían afincado transitoriamente como mozos de posada, y como tales el juez los ha reconocido.

Al ser aceptados legalmente bajo la condición de mozos, su hospedero ha dado por supuesto que eran solteros o que vivían solos. Desde luego que, aunque no todos fueran solteros, la distancia, y que se desplazaran solos o en grupos solidarios, compuestos exclusivamente por hombres, no solo les permite aparentarlo, sino que a efectos prácticos pueden actuar de manera equivalente sin que nada se lo impida. Y al radicarlos en posada o casa ajena en la manera de declarar su localización ha incluido la condición de que son residentes transeúntes, y por tanto inmigrantes que se alojan temporalmente en el sur acogiéndose a los espacios disponibles en el hogar que les ha ofrecido.

Los mozos de King Candela no dejan mucho margen al juicio que sobre su condición laboral y sus obligaciones pudiera hacerse. Para la práctica totalidad de los que ha descubierto que residen en posada o casa ajena, el juez Osborne ha dejado establecido, por lo se puede averiguar, que su vínculo laboral está más cerca del momento de máxima concentración de trabajo que de la demanda de actividad humana durante todo el ciclo. En su mayor parte son sin duda inmigrantes que acuden al trabajo estacional de la recolección.

Pues bien. Estos mozos de posada también se hacen responsables de pequeñas parcelas de cultivo aun en marzo. La mayoría son pequeñas, de en torno a la media hectárea, a lo sumo una y media o dos. Cuándo y por qué ocurre tan manifiesta anomalía ha podido finalmente desvelarlo el juez gracias a un grupo de recolectores que se aloja en casa de una mujer que a su vez es apodada La Gallega. Las ocho hectáreas que ha acumulado el grupo de candelarios no son una parte de la satisfacción de su trabajo individual, fuera percibido de esta manera o en solo una parcela cuyo espacio es necesario usufructuar mancomunadamente, la forma más primitiva de regentarla, sino que son una parte de las obligaciones que han contraído por efecto de su residencia. Aunque haya quienes disfrutan parcelas, aun siendo inmigrantes, porque las reciben directamente del amo que los contrata, entre los mozos de posada, a partir de este caso Osborne ha podido establecer que es la patrona que los aloja la que se las subarrienda, con el señuelo de que de esta manera podrán expandir todo lo posible la renta que obtienen de su estancia en la tierra de promisión si la invierten contando con todas las facilidades que les proporciona. Así, a la inmigración incentivada por la recolección se le abre la puerta al acceso a la tierra de promisión, no por la vía del intercambio con trabajo, sino por la residencia estacional. Y he aquí lo que ha resultado lo más aleccionador. Para su cultivo, porque llegan apenas provistos con sus ropas, necesitan un crédito, que obtienen en el mercado circunscrito a las afinidades, la residencia y las cesiones de tierra asociadas a ambas.

Si todo ocurre sin incidentes, la recogida del fruto de la parcela que han tomado con su alojamiento, a quienes la han trabajado les permitirá pagar el precio de los dos servicios, el de la tierra y el de la residencia, devolver el préstamo y todavía sacarle algún rendimiento a la venta del producto que de aquella puedan obtener. Pero en caso de impago del crédito que hayan comprometido para cultivarla, el prestamista, tal como está establecido tras la cortina de la taberna, reclama para sí el producto de la parcela, o en su defecto los ingresos obtenidos gracias al trabajo de recolección, como recompensa a los riesgos que ha corrido, que en realidad son ninguno.

5.

Genaro ha meditado sobre todo esto y ha concentrado todos sus saberes en encontrar una posición propia en tan bien urdida red. Ha concluido que para disfrutar la mejor es suficiente con que arriende las tierras para las que La Gallega actúa como intermediaria. Después de que el juez Osborne, una vez sentenciados los sorprendentes casos que había instruido, ha vuelto su atención hacia otros asuntos, así lo ha puesto en práctica.

En condiciones normales, el cobro de la renta a los mozos es más que suficiente para pagar el arrendamiento primitivo de las tierras que Genaro compromete al por mayor para luego dividirlas en parcelas, pagar su comisión a La Gallega y obtener un buen beneficio sin riesgo. El valor de las tierras tomadas al por mayor lo puede multiplicar por cuatro por lo menos al dividirlo en parcelas de poca extensión. Como además Genaro, valiéndose de los fondos del tabernero, que no cobra intereses sino fidelidades, sin dejar de acogerse a la sombra de La Gallega, oferta los préstamos para que los mozos puedan cultivar la parcela, exigiendo a cambio como garantía solo el producto que de ella obtengan, el negocio le está siendo lo suficientemente lucrativo y sin pérdidas como para consolidarlo. Prefiere tan restricto y competitivo mercado porque La Gallega, valiéndose de la inscripción, puede estimar el patrimonio de sus alojados y prever sus comportamientos cuando los acoge.

6.

La defunción del hermano ha convertido la responsabilidad del cuidado de Genaro en una competición entre sus parientes. Ha ganado la partida el sobrino que ha propuesto a los demás una condición que ninguno, salvo él, ha sido capaz de aceptar, la renuncia previa a cualquier legado por razón de parentesco. Ha llevado su abnegación tan lejos que además se ha comprometido ante ellos a ir con Genaro a un santuario en el que tiene puestas todas sus esperanzas. Les ha presagiado que los poderes del lugar harán que camine.

El santuario se llama El Oasis y lo regenta Madame Eleanor, nacida Soledad. Deslumbrado por las virtudes del lugar, al que su sobrino lo ha llevado a diario durante una quincena, cubierto por el vino mediocre que allí sirven, Genaro anoche se levantó de la silla y efectivamente anduvo, entre dos y tres metros, en dirección a Dorita, la estrella del local, a la que solicitó en matrimonio, testamento en mano, antes de desplomarse. La boda entre el sobrino y Dorita se había celebrado sin más testigos que dos camareros la víspera del óbito.

Madame Eleanor ha costeado una inscripción conmemorativa del milagro, para que se conserve en El Oasis para siempre jamás, y el sobrino, para recompensar tan solidario gesto, a su costa ha renovado mesas, sillas y manteles del local, lo que apenas le ha supuesto una diezmilésima parte de las bendiciones que la precaria salud del Genaro ha derramado sobre su vida.

Es todo lo que he podido averiguar.


De color indefinido

Reginald Southampton

(Traducción de A. J. Baines)

Ya en la corte de Constantino VII Porfirogéneta, Perses, el renombrado hermano de Hesiodo, indagando en los anales de la corte alcanzó a saber que Prodes, que hasta entonces pasaba por viejo iconódulo, había colaborado con el archimandrita del lugar donde vivía, iconoclasta oficial, a consecuencia de ciertas deudas que con él había contraído. Hesiodo, amante de las imágenes, años antes había congeniado con el antiguo activista, e incluso había contribuido, en colaboración con el arriesgado militante de otros tiempos, a la difusión de las representaciones con las que simpatizaba. Nunca llegó a saberse con certeza el alcance de las traiciones de Prodes que las crónicas habían registrado, ni menos aún, en el caso de que fueran ciertas, si alguna vez fueron sinceras o habían sido aconsejadas por su instinto de supervivencia. Perses, de cuya cobardía solo él conocía la profundidad, en el relato de la sospechada felonía de Prodes otra vez encontró un medio para vengarse de Hesiodo, y de paso reivindicarse.


Variaciones

L. Delhore

Íbamos a completar la información que necesitábamos. Días antes habíamos agotado una estancia que creímos sería suficiente. Pero alguien nos pasó la confidencia. En el archivo de los servicios centrales había algo que podía ser muy revelador, decisivo para el punto de vista desde el que habíamos acordado tratar el asunto. Creímos que con una visita de poco más de veinticuatro horas sería suficiente.

Volvimos al hotel donde nos habíamos alojado la vez anterior. Cuando cruzábamos el primer paso de peatones, ya pudimos ver que en su fachada había algo anormal. Al llegar ante la puerta, la persiana metálica estaba casi por completo bajada. Nos asomamos por debajo y vimos que en los escalones se amontonaban objetos de todas clases, y en el vestíbulo los empleados celebraban una reunión.

Él decidió pasar por debajo de la persiana, aprovechando la franja que había quedado abierta, mientras que yo permanecí fuera, incapaz de pasar entre los objetos dispersos por los escalones. Cuando percibieron su presencia, algunos volvieron la cara. El que parecía el responsable de la reunión se levantó, se atravesó en su camino y le denegó el paso. Él insistía, le explicaba la urgencia de nuestro plan. El responsable cedió.

Se perdieron en dirección a los ascensores, mientras yo aún hacía esfuerzos por entrar. Pude por fin pasar. El hotel estaba más concurrido de lo que esperaba. Más que cerrado parecía reservado para alguna asamblea, para la que sin embargo los muebles no serían imprescindibles.

Pregunté por mi acompañante a un hombre alto, vestido con levita y corbata de lazo, sin duda empleado del hotel. Me dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar, que él solo era el encargado de las habitaciones; que fuera a preguntar a la recepción, que estaba en la segunda planta.

Alcancé el patio central, cubierto por una montera. Era realmente suntuoso. Gigantescas columnas clásicas, dispuestas en círculo, unificaban las cuatro plantas, cada una de las cuales se asomaba al patio por las barandas que ponían límite a sus pasillos principales.

Subí a la segunda planta. Del anillo central que distribuía la circulación partían pasillos que llevaban hasta las habitaciones, cuyas puertas estaban alineadas en otros secundarios trazados ya a base de perpendiculares. El orden de su arquitectura era radicalmente distinto al del patio central. Habían dejado a la vista pilares y vigas de hormigón, y el gris de las telas que tapizaban el techo y las paredes, y el de las moquetas que cubrían el suelo, creaban una sedante penumbra, nada que ver con la luminosidad del patio.

Buscaba en cada puerta la que pudiera darme alguna señal de la presencia de mi acompañante cuando tropecé con una expedición de estudiantes. Eran decenas, apenas podía pasar entre ellos. El encargado de las habitaciones se esforzaba por separarlos y dejar libre el espacio suficiente cuando giró inesperadamente el cuello, miró al techo, lo señaló con un dedo y nos puso sobre aviso. Una de las vigas maestras de hormigón, la que atravesaba el pasillo en sentido transversal, estaba cediendo.

Corrí hacia la escalera de incendios, que estaba a mi izquierda, junto a los ascensores, al fondo de la última rama de las galerías, la más estrecha. El suelo empezó a ceder y el tramo en el que yo estaba fue cerrándose. Las vigas y los pilares dejaron de formar ángulo recto, el plano del pasillo perdía la horizontal, el techo descendía sobre nosotros. Cuatro o cinco estudiantes y yo estábamos atrapados en la asfixiante jaula asimétrica sin salida que se iba formando mientras empezó a oírse una música. Un violonchelo tocaba las variaciones Goldberg, y por debajo a sí mismo se replicaba con una versión del concierto italiano.

Al compás de la música la armadura del edificio se fue recomponiendo, tal como ocurre con las secuencias de las demoliciones que filman las agencias de noticias cuando las proyectan en retroceso. En poco tiempo pudimos bajar por las escaleras, cada vez más regulares, y salir indemnes por nuestro propio pie.


Naufragio

Daniel Ansón

Era el náufrago de una embarcación enorme, de aquellas que cuesta mantener a flote; tal es su volumen, tanto su peso. Apenas disponen de capacidad para seguir navegando, parásitas de sí mismas. Imposible que se propongan empresas ambiciosas que sobrepasen el gasto necesario para seguir sosteniéndose sobre el agua. Se diría que solo navegan para evitar que las lleven al dique seco.

Antes había servido en otras, y simultaneaba su trabajo en la gran embarcación con viajes menores en barcos de menor calado. Eran empresas a las que no concedía la menor importancia, en ocasiones hasta aventuras algo insensatas que incluso su ocupación más delicada habían puesto en peligro. Mantenía sin embargo de manera estable cierta actividad que con la tierra lo unía siempre, y que le aseguraba la subsistencia. No era aquel ligero deber incompatible con ninguna de sus arrojadas travesías, ni con las más ambiciosas, ni con las más atolondradas.

Tras el naufragio, había navegado en solitario durante años y sin rumbo. Se alimentaba de milagro. De la catástrofe había conseguido salvar por azar algunas reservas de la nave; que no pone la mar embravecida al alcance lo que es de necesidad para seguir existiendo, sino aquello que nada a la vida añade y hasta le resta y la entorpece. Era no obstante su principal aliado en aquellos primeros días de lucha por seguir en la vida su particular reserva alimenticia, que más que algo era nada, y por eso resta de necesidad, gramos de menos para el consumo que al depósito del gasto a cada momento sumaba. Porque hay alguna química ni siquiera imaginada que transforma la voluntad de negarse el alimento en energía y coraje, y ayuda al ingenio y a la búsqueda de medios para seguir procurándose la ración cotidiana. Aprendió así artes de supervivencia altamente económicas y muy productivas.

En la balsa donde sobrevivía una tienda se construyó. Poco más que la tienda con la que los desterrados protegieron su tesoro más preciado cuando se vieron en el trabajo de atravesar el desierto. Apenas los vientos resistía, el agua la mantenía siempre húmeda y por ella pasaba sin que hubiera medio de impedirlo, y el sol más tibio sería solo nube que la envolviera.

Ahora desde allí veía pasar los barcos que cruzan el mar de un lado a otro, las naves aventureras, y sobre que ninguna reparaba en su presencia él las dejaba seguir adelante con una sonrisa en los labios. Le bastaba verlas para que supiera cómo eran por dentro, quiénes sus tripulantes, del aparejo y las provisiones; también del capitán y de sus gentes, y de todo cuanto unos y otros pensaban. Sin querer se había convertido en una gozoso faro errante cuya luz solo para él iluminaba. Bien sabía que aquel era su destino y que en ningún lugar, de ningún modo, encontraría más equilibrio.


Pérdida funesta

Telmo Dubonet

Habían pasado una de sus jornadas festivas, luego de que cuando amanecía, aún los dos amándose bajo las sábanas, su hija saltara sobre ellos y los interrumpiera cuando ella ya se disponía a cabalgar sobre él. Fueron de compras, comieron en la calle, celebraron que al día siguiente no había que ir a trabajar. Nadie sabe cómo terminaron en una casa de apuestas, las filas de butacas como las de los antros donde los chinos juegan a la bolsa. En la pizarra, un responsable, que tenía todo el aspecto de un profesor de latín al que nunca quiso, exponía los resultados de la quiniela de fútbol, de la que ellos tenían su resguardo. Explicaba que la apuesta que ellos tenían en la mano había sido múltiple y combinada, y sobre la pizarra especulaba con los resultados, e invitaba a los asistentes a que los siguieran cada uno con su resguardo.

No entendían nada de lo que aquel hombre decía, tal como si estuvieran oyendo a un profesor de latín. Pero se confiaron a sus deducciones. Resultó que la apuesta colectiva había ingresado una importante cantidad. El responsable, sobre la misma pizarra donde había presentado los resultados, hizo los cálculos de lo que tocaba a cada uno de los que habían jugado el mismo boleto. Tocaban a poco más de dos euros cada uno. Se levantaron decepcionados y se fueron.

Tampoco se sabe cómo se hicieron con un lote de figuras de un belén, completo, suficiente para montarlo. Perfecto para deleitar a su hija. Lo metieron en una caja y se encaminaron a casa.

Cuando llegaron a la plazoleta que formaban los tres bloques de la urbanización donde vivían, les avisaron que en la parte de atrás había desechos de madera, restos de muebles, que bien podrían servirles para soportar y decorar el belén. Pidió a su mujer que lo aguardara y fue a verlos. Eran listones lo bastante escuadrados y tablas bien conservadas. Eligió una, no demasiado larga, robusta y ancha, que podría servirle como soporte de la escena, aunque tenía un defecto. Aún mantenía una buena porción de puntillas clavadas, unas retorcidas, otras sobresalientes y amenazantes.

Soltó la caja con la figuras y se puso a la tarea de sacar de la tabla las puntillas. Un martillo que había en una caja de herramientas abierta junto a las maderas le facilitó la tarea. Otros dos hombres habían llegado y se ocupaban en lo mismo que él. La tarea era complicada. Unas puntillas se habían mantenido rectas y se podían extraer con facilidad golpeándolas por la punta, en el sentido inverso al de los golpes que las habían embutido en la madera. Pero otras, con el ir y venir de las maderas, su acumulación desordenada, se habían retorcido. Era necesario levantarlas con las orejeras del martillo, enderezarlas y, una vez medianamente recompuestas, golpearlas con cuidado de que no volvieran a torcerse.

Pero todo el tiempo que se tomó en completar aquel trabajo valió la pena. Consiguió dejar limpia la madera, aunque mantuviera algunas de las huellas más hondas que las puntillas habían dejado.

Con el tablón bajo el brazo, fue a recuperar su caja de figuras. Había desaparecido. Preguntó a los otros dos hombres que se movían entre los restos de maderas. “Ah, ¿era de usted la caja?”, preguntó uno de ellos, el del pelo cano, mientras el otro, moreno, los miraba. “Claro”, le respondió. “Pues está en uno de los coches. Venga.”

Reparó entonces que ambos vestían levitas negras y chisteras. Quien le había respondido lo llevó hasta los coches, los dos grises, del tipo ranchera, y abrió la puerta trasera de ambos, mientras el otro los acompañaba expectante.

Cuando Odescalchi volvió su mirada a lo que contenían los dos coches encontró que no tenían asientos traseros, que estaban tapizados en gris y que cada uno contenía un ataúd. “No recuerdo en cuál de los dos lo puse”, le dijo el hombre del pelo cano. “Lo que sí recuerdo es que quedó cerca de la mano. Busque, busque usted mismo.”

Renunció al belén aquel año, y en los sucesivos tampoco los habría en su casa. Bastaría con un árbol de navidad.


Seducciones y espejismos

D. Ansón

I

He aquí que Dante seducía con su palabra. Nadie podría decir que era buen orador. Sus discursos eran improvisados, y cualquier oyente, oyéndolos, podía deducir sin demasiado esfuerzo que carecía de guión u orden alguno para prever cuanto pensaba. Al hilo de la sugerencia del interlocutor, un movimiento observado, la circunstancia más insignificante, hasta un recuerdo llamado por uno de los sentidos podían sugerirlos, y a partir de cualquiera de estos accidentes los creaba. Todo consistía en alumbrar una idea, la idea, como gustaba llamarla para sí, que bien podía ser lo visto simplemente descrito con delectación, o lo sugerido en cualquiera de los infinitos órdenes de la asociación de las ideas, debidamente velada en origen, cercada luego, por fin descubierta con pompa y aparato; o confesada desde un principio, como quien declara un secreto, y luego descompuesta en piezas, y de nuevo montada como una arquitectura que haga que parezca por completo nueva.

II

Si, mirando hacia el este, en alguna ocasión han podido sentarse a contemplar el horizonte en el momento en que empieza a subir la luz anaranjada, mientras sobre la cabeza todavía un último azul permite ver la última estrella, seguro habrán pensado, como yo en algunas ocasiones (que tengo la oportunidad de ver este paisaje con la frecuencia a la que me obliga el trabajo), que el sol es un alto horno. Ninguna propiedad hay en las cosas visibles que permita pensar así, y puede parecer que solo la idea previa sobre la magnitud de la energía que el sol libera justifica la conclusión. Si creen esto, y así se explican lo que está ocurriendo en su cabeza, la repetida experiencia me dicta que están sufriendo un espejismo. Hay algo más que el ojo admirado, si no interpreta, sí recibe y hace bueno, y cómodamente lo lleva instalado sobre una sencilla historia hasta el pensamiento. La luz es tan limpia que permite creer que todo está recién hecho. La arrasadora potencia del sol que avanza como la lava del volcán una vez más ha fundido todo lo que sobrevivió hasta la negra noche, y por su obra renace.

III

¿Ves aquel paisaje? Supón que ante tu mirada despierta, atenta, en la plenitud de tu conciencia, sin artificio alguno desaparece. ¿Admiras el esbelto edificio? Imagina que ante tus ojos, sin que ni siquiera haya un parpadeo de paréntesis, se esfuma. ¿Observas y confirmas con serena ingenuidad que tus pies pisan el suelo? Piensa que de golpe el pavimento de este piso te abandona en el aire a tu peso. Que montes y valles, cauces, árboles, imprescindibles matorrales, poblaciones vistas a lo lejos, el tránsito por las carreteras, el amable ferrocarril, los grandes bloques de viviendas y la arquitectura regia, la obra inferior de la casa común, el aire mismo, hasta aquellas deliciosas criaturas que son el mayor placer que a los ojos toca juzgar, todo de golpe desapareciera, por obra del más catastrófico de los seísmos, el más violento acontecimiento que imaginarse pueda. Eso sería la muerte. Como fácilmente podrás deducir, algo imposible.


Honras fúnebres

Eusebio Queralt

El estado de enajenación, en ocasiones al menos, puede exponer a riesgos fuera de control para quien le corresponde ser el otro en la convivencia, como a menudo le ocurría al profesor Duhamel a causa de Dorita Lorenzo, madre de siete hijos que tenía que compartir su vida con un desequilibrado, a veces presente, a rachas ausente, y siempre desentendido de las obligaciones del hogar, aun siendo corresponsable de tanta criatura superviviente, de tanto parto por su plétora desencadenado. De jóvenes, habían desistido del matrimonio por razones divergentes, él por su falta de talla y ella por el exceso de longitud de una de sus piernas. Alcanzada la edad de la desidia, que a los humanos embosca tras cualquiera de los cumpleaños, ambos habían derivado al consumo de alcohol, lo que les pareció coincidencia angular para cimentar su sociedad. Partían de que tampoco las mercantiles tienen mejores fundamentos.

     En la casa que a ella su madre le dejara abrieron una droguería, en la que pasaban los días y las horas atendiendo esporádicos clientes, la botella bajo el mostrador. Cuando los lazos de la nueva mancomunidad estaban más anudados, sus orgías completaban el sueño de sus vecinos con tal complacencia mutua que tanto unos como otros, presas del mismo entusiasmo, hubieran preferido que los metros fueran kilómetros. Liquidaban con tal desenfreno su patrimonio que un caritativo pariente de ella, aconsejado por su esposa, una mujer con todo su cuerpo cubierto de vello, versión degenerada de la hembra de los orangutanes, que se esforzaba en pasar por humana, decidió permutarles el que les quedaba por la reparación de su modesta vivienda.

     La convivencia del matrimonio, levantada sobre los desórdenes del alcohol, impulsada por la caridad conquistó su siguiente dominio en las disputas sobre el mal empleo de sus bienes menguantes. Si se felicitaban por anudar estos nuevos lazos nunca fue sabido, porque preferían materializar el estado de sus respectivos ánimos con el recíproco lanzamiento de improperios. La intensidad que alcanzaron permite aventurar que probablemente su bienestar creciera con la combinación de engaño y ruina en la que habían incurrido. Extremaron tanto la explotación de esta fuente de su felicidad que depuraban la satisfacción de sus deseos como odio radical, humor que solo los sentimientos más intensos destilan en las inteligencias más despiertas.

     Llegaron a no soportarse, razón por la que él se ausentaba. Cuando llegaban los días de la soledad, el copartícipe en fuga, porque la asociaba con la persistente falta de lluvias, Dorita imaginaba un desierto tan inagotable que prefería concederse la muerte moderada, previo anuncio reiterado, con suficiente antelación, del fin a sus días por obra de su voluntad. Aprovechando que las corrientes subterráneas se habían interrumpido, se bajaba al pozo de la casa sirviéndose de los mechinales previstos para trepar sus muros, y se sentaba en la piedra que había en el fondo, los pies enjutos, la cabeza baja, en una sobrecogedora penumbra que dramatizaba la luz cenital, como la que alumbra El sueño de Constantino; con la esperanza de despertar compasión y atraer los corazones solidarios.

     Sus hijos la llamaban asomados al brocal, mientras los vecinos le rogaban que depusiera su desasosiego. Todos la reclamaban, nadie arriesgaba su vida. Había que esperar a que el profesor Duhamel, su vecino de al lado, regresara de su trabajo, concluida su jornada. Le bastaba ver la expectación a la entrada de la casa, según se aproximaba a la puerta, para saber que de nuevo tendría que arriesgarse en un rescate. La abnegación de Duhamel, la angustia que le cerraba las vías respiratorias cuando debía descender por la boca de entrada a los infiernos, jamás mereció otro reconocimiento que el silencio, dándose por descontado que la digna de conmiseración era la prudente y calculadora enferma mental. Cuando llegaban los bomberos, Dorita ya había vuelto a la superficie. Sentada, envuelta en una manta, con la mirada fija en el pavimento, contaba las losas de la habitación; una cifra que, terminada su absorta meditación, verificaba una vez más, y con precisión infalible reiteraba a todos los presentes, innumerables, entre familia, vecinos y transeúntes.

     Llegó a tanto la desazón del profesor Duhamel que los fantasmas que cercaban la entrada al inframundo lo asediaban durante la noche. Despertaba sobresaltado y consumía en insomnio horas enteras. En una de las encrucijadas entre el sueño y la vigilia concibió un proyecto liberador, presentar un plan de reforma del edificio donde trabajaba, de cuya gestión era responsable. Acordó con el contratista presupuestarlo. La mansión que mientras tanto se construyó, lejos de Dorita Lorenzo, y en la que refugió a su familia, nació maldita, aislada y oscura, amenazada por desprendimientos y garrapatas. Pero para él fue la primera etapa de su liberación. Deshacerse de ella fue el siguiente paso, y gracias a su venta, por una cantidad inferior a unos costos con los que nunca tuvo nada que ver, pudo buscar refugio en el lugar donde había nacido, algo que para él fue como volver a la paz del seno materno.

     Vino la enfermedad a proveer un nuevo lugar de encuentro para Dorita y su  cónyuge, quienes ya recelaban del porvenir de su convivencia. No era el estado del varón tan distinto al que trajera adquirido a la sociedad por ambos con tanto acierto creada. Invitó sin embargo la mujer al hombre a la consulta de cierto médico, con quien en común habían iniciado una fluida relación en la barra de un bar, mientras se castigaban con un paréntesis a sus gratas desavenencias. Desprovisto de fonendoscopio, de cualquier medio de diagnóstico, solo observando a distancia a su paciente, sentenció que para que la salud del marido fuera preservada era perentorio su ingreso en una institución de graves especialistas. Aquel ensalmo no solo permitió mayor intensidad al vínculo, sino que tuvo el inesperado y feliz desenlace del fallecimiento del hombre.

     Había oído Dorita que la desaparición de quien ha sido el compañero de los días y las noches lo santifica, que todos los errores que cometiera en vida se esfuman en el mismo instante que la muerte lo bendice, que la pérdida irreparable lo convierte en un ser insustituible. Durante los días de convivencia que habían compartido jamás había tenido la oportunidad de reconocerlo como alguien con el que valiera la pena convivir. No por su estatura, por su torpeza en la gestión del negocio o por su falta de templanza, sino porque no es fácil que alguien vuele tan alto teniendo que hacer frente a las impertinencias de los clientes, a las miserias de los recibos, a los avisos del banco. Cómo desaprovechar aquella oportunidad única en la vida. Era la primera vez que estaba a su alcance amar intensamente a un hombre, aunque fuera solo con el pensamiento, nada menos que solo con el pensamiento.

     Dorita deseó intensamente experimentar con la bendición de la muerte, y la buscó con deleite. Muchas veces había imaginado la defunción de su difunto, sobre todo en las ocasiones en las que más la añoraba. Verse a sí misma viuda la complacía, condolida por todos, objeto de sus atenciones. Si la muerte ajena imaginada la enaltecía, ¿conseguiría por el mismo medio reivindicar a su marido? Pronosticaba que su ausencia efectiva seguro que lo dignificaría. Quería averiguar si así como a ella la muerte lo engrandecería. Daba por seguro que, habiendo desaparecido, las miserias de la convivencia también se habrían evaporado, y ya no lo afearían. Jugaba en su favor con la ventaja que por duración de la vida le había ganado.

     A las pocas semanas de la defunción todavía quiso complacerse en el mal de ausencia. Se sentó tras la ventana, mientras miraba el trasiego de la calle. Recordaba que en una ocasión, tras la tercera o cuarta copas, allí los dos se habían emocionado imaginando las vidas de quienes circulaban, filtradas por los visillos blancos. El hombre del cuello del gabán levantado detestaría su trabajo, a pesar de lo cual volvía a su casa con la mirada alta, seguro de que al día siguiente haría la misma ruta, repetiría los mismos lamentos. La anciana que se servía de un bastón viviría sola, huiría de su casa mientras hubiera alguien circulando por las calles, la única compañía que le quedaba al alcance. Las ramas del árbol se agitaban a causa del viento. ¿Se rompería alguna? ¿Caería sobre algún transeúnte? Podría ser mortal. Evocar la ambulancia la apartaba de su objetivo. No conseguía concentrarse en el placer de la melancolía.

     Probó a viajar en tren a un lugar no demasiado alejado, lo suficiente para que durante el trayecto su imaginación colocara en los mejores lugares del paisaje al difunto, calculara qué podría haber sido de su vida de haber vivido en cualquiera, lo distinta que podría haber sido su vida en cada uno. Cada uno habría sido una oportunidad de vida distinta que había quedado inédita y que sin embargo podría haber sucedido, porque todos aquellos lugares quedaban a su alcance.

     Se esforzó en imaginarlo en cien situaciones distintas y siempre se le aparecía distante, más cerca del horizonte que de donde ella estaba, imposible de alcanzar. Hubiera preferido tenerlo más cerca. No para tocarlo, sino solo por conversar. Pero se resistía a aproximarse. Se empeñaba en aparecer angélico, envuelto en auras, levitando, aquel diablo inquieto e ingobernable que ni un solo día de su vida estuvo sobrio. Para conjurarlo, probó a organizarle un día de campo, a sabiendas que una buena comida fría acompañada con tercios de cerveza sería de su agrado. Los filetes empanados eran otra de sus debilidades, la morcilla de arroz, incluso los huevos duros. Nadie podrá imaginar lo que ella imaginó para sentarlo a su lado junto a un mantel tendido sobre la hierba. Tampoco resultó. Al cabo de una hora estuvo convencida de que un viaje juntos, a alguna ciudad con buenas bodegas, tendría mejores efectos. Menos aún. Quizás un día de compras, con mezcla de copas y tiendas. Nada. Una y otra vez se empeñaba en alejarse, mantenerse en silencio y mirar al vacío. Tuvo que resignarse. Nada de lo que se representaba permitía que lo viera sin cojera, sobrio o amable.

     Derrotada, en poco más de veinticuatro horas volvió al orden ganancial y juzgó que las circunstancias en las que había desaparecido su marido eran oscuras y habían sido insatisfactoriamente explicadas. Decidió prolongar su amor ordenando la autopsia del cadáver, por si al consorte aún le quedara aliento alguno. Verificado que nada desconocido había provocado la ya irreversible muerte, todavía se negó a resignarse. Dispuso que el cadáver fuera carbonizado. Cuando le entregaron las cenizas, aún tibias, presa de intensa emoción, las tomó, y en estado de oscura conciencia se dirigió a la calle más transitada de la ciudad. Allí a su alma le proporcionó la paz definitiva esparciéndolas bajo los pies de los transeúntes.


La boca del dragón

Daniel Ansón

Las fiestas del Nacimiento han sobrevivido porque satisfacen la convivencia. El atractivo de su conmemoración, entrañable recuerdo para sus melancólicos promotores, algunos lo han justificado porque acogió celebraciones que están en trance de extinguirse. En algunos pueblos, con ocasión de ellas, con la candidez que caracteriza la vida del campo se recurre a diversiones domésticas que fomentan la convivencia entre familiares, una vez terminada la cena, motivo de encuentro y aprecio mutuo. La señora Llamas ideó una a la que llamó Boca del dragón.

En un plato la anfitriona vertió un licor añejo, decantado a partir de las mejores soleras que se conservaban en su casa, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración singular. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido había sumergido pasas, otra de las obras de la vida en el campo cuya espera del momento de disfrutarlas en familia las convierte en joyas de un valor incalculable. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de su única mesa fraternal, en cuyo centro dispuso el plato con las pasas, prendió el licor.

Bajo la amenaza de las llamas culminó el banquete que había ofrecido a sus invitados; como en el transcurso de la celebración precedente la espada de los parientes había pendido sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos.

Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, fue celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaron, fuera en el lenguaje directo que se emplea en los mercados o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.

 


Un tipo me tiene desconcertado

Segismundo Raya

Volví a verlo ayer después de no sé cuánto tiempo. Cruzaba la avenida a la ventura, acompañado por su padre, o tal vez un tío, quizás algún vecino, o simplemente un conocido que lo acompañaba por casualidad, porque se hubieran encontrado, o porque fueran compañeros de trabajo e hicieran juntos una parte del trayecto. Puede que fuera su día de descanso, o que viva una fase de incapacidad laboral, impuesta por una enfermedad, si bien leve, al menos en apariencia, o por una cesantía, espero que transitoria, a la vista de como está el mercado laboral, que devora a sus hijos con la crueldad de un dios antiguo. Vestía una cazadora negra y los inevitables vaqueros, se había dejado algo de barba y ocultaba los ojos bajo unas gafas oscuras. Nada que sirviera para identificarlo.

     Lo he colocado en el autobús, en la parada haciendo cola, en los últimos asientos, asido a una barra; como cualquier condenado a la cadena perpetua del trabajo, una pena que jamás redimen quienes, como él, tienen que utilizar el transporte público. Si tuviera dinero, quizás se consintiera la frivolidad de viajar algún día en el autobús urbano. Pero su indumentaria lo denunciaría. No, no; no es un potentado. Viste ropa corriente, de la que se compra en rebajas en las tiendas o incluso en los puestos de ocasión que montan los domingos en las afueras. Además, soy yo el que no frecuento el autobús. Solo lo uso cuando tengo que ir a la imprenta o al hospital. No tengo justificación para imaginarlo en ese lugar, rico o pobre, comprimido entre cuerpos sacudidos por los vaivenes.

     Tal vez sea alguien que frecuenta las calles del barrio, una de las caras transeúntes que cada día se cruzan sin que la atención encuentre nada digno de elección. Las de esa clase se van sedimentando en el fondo de la memoria indistintamente, transportadas por las corrientes del trasiego de cuerpos. No, no, desde luego que no. No puede ser un vecino. De ser un vecino, lo tendría identificado, aunque solo fuera por frecuencia, la más probable cuando se trata de los encuentros fortuitos. En el barrio hasta las caras indigestas terminan entrando en la conciencia, donde vegetan en reserva.

     En el ambulatorio. Es posible, últimamente lo frecuento mucho, demasiado quizás. Cosas de la edad de piedra. Para rescatarlo tendría que imaginarlo con una bata blanca, con un fonendoscopio al cuello; algo envarado, distante, frío en el saludo, si se digna saludar, insensible para la enfermedad, ante la que actúa como si no hubiera más medicina que la forense. Pero, no; no tiene pinta de médico. Ni siquiera de enfermero. Para ser médico le falta algo de altura, y para ser enfermero, corpulencia. Los médicos son todos altos, independientemente de su talla, y la bonhomía y tacto de los enfermeros se expande como se expande su cuerpo. No es que no tenga cara de buena persona. Pero casi todos los enfermeros son enfermeras.

     ¿Será empleado del banco? Puede ser. Es inevitable que lo visite. La frecuencia con que ahora lo piso va creciendo tanto como disminuyen sus atenciones. Ya casi todo lo que tramito en el banco lo hago yo mismo, no obstante lo cual tiene la deferencia de cobrarme por ello; a pesar de lo cual retiene codiciosamente todo mi dinero y lo emplea como le parece conveniente, sin contar con mi voluntad, en los negocios que cree más lucrativos, sin pagarme réditos dignos de este nombre. No, no. Este hombre no tiene cara de cínico. Además, solo raramente paso más allá del cajero automático, y ahora en los bancos solo atienden chicas con las faldas ceñidas y tacones muy altos.

     En un bar. Sí, es más probable. Los establecimientos de esta clase los frecuento más que los ambulatorios y los bancos. Por mi causa, no por la suya. Ahí lo veo más claro, vestido de negro, bien afeitado, correcto sin excederse. Como hombre sencillo, bien educado, que ha nacido en un barrio de la periferia, que ha tenido que ganarse la vida desde muy joven, al que nunca le han asustado los trabajos por difíciles y duros que sean. Antes que consentir la miseria de su familia, de su madre especialmente, que desde muy joven tuvo que hacer frente a la vida, con él a cuestas, sin padre. Todo lo reivindica como un buen hijo circunstancialmente camarero. Hasta las bolsas bajo los ojos que oculta tras las gafas oscuras. Debe trasnochar. Tal vez por algo más que las exigencias de su trabajo. ¿Qué hará la madre, mientras lo espera? ¿Contará las horas, supondrá toda clase de contratiempos? Durante un rato, él pretenderá que no hace caso a nada de esto. Mediada la madrugada, detestará su comportamiento.

     Renuncio. No consigo darme la satisfacción de la certeza del recuerdo, la que hace que al superponer dos imágenes, la que está a la vista y la que guarda la memoria, encajen como una evidencia y ganen la gloria de la tercera dimensión, la de la profundidad, como si se contemplaran a través de un estereoscopio. Nadie como él hasta ahora me había torturado la memoria, y creo que por primera vez la he llevado al límite del fracaso. Ya puedo estar seguro de que más allá, aunque me esfuerce, no hay nada más que pensamiento y especulación.


Gloria al conde de Tendilla

Sergei Granville

El punto de vista inmóvil lo modifica todo. Lo tengo comprobado. Si alguien se deja arrastrar por las oleadas de transeúntes, las que desbordan la línea de espera de los semáforos por ejemplo, porque lleve prisa, ve muy reducida su perspectiva. Yo diría que queda sujeto a una visión miope, incluso que el vértigo del movimiento caótico lo ciega. En cambio, si consigue escapar a la corriente, se aparta a un lado, se acoda en una ventana o sobre un zócalo, y se entrega a contemplar el tránsito de los viandantes, su imaginación se dispara, y es capaz de conocer causas eficientes capaces para accionar la palanca que puede cambiar cualquier noción, algo que de ningún modo podría alcanzar si se mantuviera en movimiento.

     Hay todavía bares con ventanas que tienen la ventaja de su cierre de guillotina. Permiten tomar una mesa en su interior, correr hacia arriba el cristal que separa al cliente de la calle y contemplar en vivo el tránsito sin dejar de estar en reposo. Puede desde allí observarse que en la calle peatonal, donde el desorden de las corrientes humanas ha conquistado todo el espacio, el movimiento incesante no es solo de personas apresuradas. Las hay que se detienen. Unos conversan con un conocido, por el que se interesan demorándose en detalles, de su salud, de la que conservan sus ascendientes, no obstante su avanzada edad, de sus acertadas adquisiciones inmobiliarias. Otros contemplan la oferta de los establecimientos, protegida por el cristal de los escaparates que refleja el rostro absorto de aspirantes a poseer bienes inalcanzables. También circulan reposadamente quienes llevan animales de compañía, cuyos hábitos y comportamientos no están por completo bajo control de quienes los pasean. Ni la disciplina adquirida por los perros es tanta que obedezcan siempre a las severas reconvenciones de sus dueños cuando actúan contraviniendo toda norma cívica, por ellos deseada, defendida y cien veces encomiada, ni las suelas de quienes se detienen a conversar o mirar invariablemente permanecen limpias.

     La observación reposada puede llevar al transporte cuando depara visiones singulares, únicas en ocasiones por su elevado valor nominal. “Gloria eterna al conde de Tendilla -canta entonces la conciencia-, feliz precursor del papel moneda. Bendito sea que en 1483 los Reyes Católicos le responsabilizaran de la defensa de Alhama, donde cercado por los enemigos le faltó el oro y la plata amonedados. Por esta causa cesaba entre ellos el trato necesario a la vida, dijo el cronista, y careció de medios para pagar a las tropas el sueldo que les debía.

     “Para salir al paso, mandó escribir en papeles monedas de distintos precios y los reprodujo en la cantidad que creyó necesaria, al tiempo que se cuidó de poner en juego sus poderes. Ordenó que entre quienes estaban en la ciudad aquellas palabras escritas valiesen tanto como decían y no fueran rehusadas. Para darle crédito todo el crédito que necesitaban además aseguró que cuando salieran de aquella situación, así como cada uno le devolviera los papeles en moneda escrita que tuviera, le daría su correspondiente valor en moneda de oro o de plata. Conociendo la fidelidad del conde, todos confiaron en su palabra y aceptaron que se les pagara de aquella manera. Así pudo satisfacer a los combatientes el sueldo que les debía.

     “A partir de aquel momento, la moneda de papel, sin que nadie la rechazara, circuló para contratar los mantenimientos y fue un buen remedio para la necesidad en la que estaban, y cuando el conde fue relevado de sus responsabilidades en la ciudad, antes de irse, pagó a cuantos le presentaban los papeles amonedados su correspondiente valor en oro o plata, tal como estaba autorizado por su propia firma en cada uno.” De no haber sido por aquel hallazgo, la circulación de bienes se habría bloqueado. Lamentablemente, tardarían más de dos siglos en reconocer las ventajas de su hallazgo.

     A cambio, el ingenio de los medios de control del papel moneda contemporáneo es admirable. La celulosa seleccionada para fabricar la pasta de papel, las tintas elegidas, el tema de la ilustración, los hologramas y las marcas de agua, todo converge a hacerlos únicos, insustituibles como medio de satisfacción. Hasta una impronta electrónica invisible que detecta la autenticidad contribuye a colmar las aspiraciones de los compradores.

     Pero lavar un billete de cien euros tiene sus riesgos. La resistencia de la celulosa elegida para prensarla como papel moneda puede esponjarse, las tintas, decolorarse, las líneas que delimitan el torso de los atlantes que sostienen la fabulosa cornisa, desdibujarse, el holograma perder brillo, la marca de agua disolverse. ¡De la carga eléctrica del billete pueden saltar chispas al contacto con el agua¡ Los medios de control de los billetes que imprime el banco central europeo son un riesgo para quien encuentre un billete sucio. Pueden no ser suficientes para asegurarle el crédito, a diferencia de la palabra del conde de Tendilla, que fue capaz para resistir cualquier cantidad de tiempo, toda clase de agentes adversos.

     Sin embargo, quien lo limpie someramente, pongamos con un pañuelo de papel, tiene a su favor el mercado de frutas y verduras, pescados y carnes, colmado de olores. Allí los billetes circulan sin que nadie pregunte por su procedencia, sin que haya quien  impugne su origen inmediato, se recurra al que sea de los medios organolépticos.