El dióxido de nitrógeno y la belladona
Publicado: octubre 21, 2017 Archivado en: Sergei Granville | Tags: historias Deja un comentarioSergei Granville
El parque del oeste es pequeño, si se compara con los espacios que dedican al esparcimiento en la periferia. Las autoridades, que conocen por estadísticas veraces las densidades de vecinos, concentran las inversiones públicas para jardines y áreas de recreo en zonas donde más demanda hay, y en las que se da la feliz coincidencia del mejor precio del suelo, tanto para el empleo del presupuesto, que no repara en gastos, como para los vendedores, cuya dedicación exclusiva a la compraventa les permite tarifar las superficies con un acierto que nunca alcanzará ningún instrumento de medida. Pero el parque del oeste, cercado por avenidas, es suficiente para que se solacen en él los vecinos del barrio donde vive Élder Condestable, oftalmólogo titulado en excedencia. La mayoría de los ellos habita en solitario su vivienda y dispone de suficiente tiempo de ocio en dimensión equivalente a la de sus rentas; bienestar que todavía prolonga el espacio de sus apartamentos, inversamente proporcional a sus aspiraciones a moverse. Mas el pánico que provoca la sospecha de la falta de aire para ellos tiene efectos expansivos. Aunque Élder, más que del espacio, es celoso de su tiempo, tanto más cuanto que le parece que no puede ser mucho del que pueda servirse una vez descontada a su vida la edad que ya acumula. Lo emplea con método, y del procedimiento que para su consumo se aplica cada día una parte es el paseo, que activa la circulación, entona las articulaciones y oxigena los pulmones en la medida que el aire de la ciudad lo permite. El aire de la ciudad os hará libres, recuerda, y reconoce que la libertad al servicio de las necesidades encuentra caminos inesperados. La proporción de dióxido de nitrógeno es una parte genuina de la atmósfera urbana, tan inexcusable como el encuentro con conocidos a los que no se desea saludar. Su consumo tiene ventajas para la libertad. Concede propiedades extáticas. Lo experimenta todos los días cuando el paseo está llegando a su límite, el que le imponen sus dos piernas, no siempre en el mismo orden. Cuando sale de su casa, apenas es capaz para depurar ideas e hilvanar una frase. Su cabeza se bate en un caos del que son responsables tanto el insomnio como la falta de cafeína, ya casi por completo excluida de su dieta. Según camina, empieza a fijar su atención en edificios, en encrucijadas, en personas singulares por exceso o por defecto. Son las únicas que a horas tan tempranas le estimulan algún enunciado moderadamente concluyente. Al cumplirse las dos horas del paseo, es capaz de las visiones más complejas, y, lo que es más afortunado, puede convertirlas en frases completas. Debe ser porque en la lengua tiene que haber algún principio tóxico que al entrar en contacto con el dióxido de nitrógeno consigue resultados textuales dignos de ser escritos.
En septiembre ya acude al parque. No hay en él plantas que lo atraigan, ni un quiosco en el que pueda acodarse si le urge. Solo busca bancos donde descargar el esfuerzo de las dos horas invertidas en caminar a paso sostenido. Allí su única compañía, a primera hora de la mañana, son tres perros, que corren de arriba abajo, de abajo arriba, una y cien veces. Alentados por sus amos, compiten entre sí en velocidad y destreza. Infaliblemente unos y otros vuelven cada mañana. A los perros los tiene encuadrados en el orden superior. Mientras permanecen atentos a los estímulos de sus dueños, estos conversan con indiferencia siempre sobre los mismos temas, y a lo sumo les lanzan un palito para que vayan a buscarlo y lo devuelvan. Así como la carrera de los perros es certera, y sin dudar un instante corren raudos al lugar en el que ha caído el palo, el tiro de los amos es errático, inseguro, y en ocasiones su disparo termina entre las uñas de león, junto a los urinarios, a su lado, encima del banco en el que está sentado. No es que sea un inconveniente que un perro babeante, con una enorme lengua colgándole por el lado de una boca llena de amenazantes caninos, pose sus patas delanteras justo a su lado. Es que entre los ejemplares que nunca faltan a la cita hay un gran danés negro, de casi un metro de altura sin contar la cabeza, que nunca mira con ojos de amigo. Cuando planta las dos patas sobre el banco, sobrepasa la estatura de un hombre sentado. Tampoco es que es por esta causa decida cambiar de asiento. Pero nunca espera a que sea el gran danés el que decida que desea compartir con él el banco, una posibilidad que el azar que gobierna los lanzamientos de los amos, esporádicamente racionales, hace que se repita con una frecuencia que prefiere no medir. Solo sus dudas sobre los efectos de su secreción de adrenalina lo retienen tras ver los caninos. El olfato de los perros la distingue en cuanto fluye con intensidad por la venas, y a poco que la huelan los impulsa a hincar sus dientes en la masa de carne de la que tienen la certeza que pertenece al responsable de la emanación de los vapores que perciben, carentes de conciencia como viven, seres irracionales. Deben resultarles estupefacientes.
Entre sus recuerdos imborrables está la atropina, de propiedades únicas. Dilata la pupila y permite estudiar el fondo del ojo, su estado, cómo ha evolucionado desde la última revisión, decidir si será necesaria alguna intervención en el globo para detener su deterioro, para revertir sus funciones en el caso de que fuera posible. Pero tiene un defecto. Es letal. Si una gota de atropina de una concentración inconveniente, por descuido de quien la aplica, rodara del ojo del paciente a su boca, moriría al instante. Claro que las concentraciones en las que se encuentra en el mercado del que se surten los oftalmólogos no tienen tanto poder. La belladona, su agente, tiene sobre la atropina la ventaja de una alta concentración de los principios activos tóxicos si es debidamente tratada. Sus semillas se pueden conseguir en cualquier herbolario, y a un precio muy asequible. Es preferible sembrarlas en laboratorio, donde se les saca el mayor partido. Para prepararlas sin renunciar a ese resultado, la víspera del día que se haya elegido para sembrarlas se echan en agua caliente, a la que se le añade una cantidad de agua oxigenada que en peso sea el doble que el de las semillas. Ayuda a que la germinación se acelere y bastan veinticuatro horas de inmersión para que estén en su punto en el momento previsto. Luego, se dejan secar durante otras veinticuatro horas y ya están listas para sembrarlas. Si se quiere obtener de ellas los resultados óptimos, que es la más alta concentración de activos tóxicos, es suficiente con sembrarlas en un semillero doméstico a mediados de septiembre. Para semillero puede convenir un cajón de algo más de medio metro de profundidad en el que antes se haya compactado una cantidad equivalente de tierra fértil mezclada con estiércol y recubierta con ocho o diez centímetros de mantillo de hoja, por ejemplo de la alameda. Una vez protegido el preparado con una pleita de paja de centeno, se espera a que hayan pasado diez o doce días para sembrar a voleo en aquella tierra las simientes preparadas, que deben protegerse con otra capa de mantillo. No hay que precipitarse, ni intentar acortar los plazos. La paciencia, en este caso, como en tantos otros, es el mejor aliado. Una vez hundidas en la tierra, se riegan con una regadera de alcachofa fina durante otros diez días, y después, cada vez que sea necesario, para que el semillero se mantenga húmedo. A partir de entonces ya todo es cuestión de perseverar en la espera, puesto que la semilla germina lenta e irregularmente. Pero la naturaleza de la belladona es generosa y recompensa. En veinte o veinticinco días nacen aproximadamente la mitad de las simientes esparcidas. Como luego empiezan los fríos, y los brotes son aún jóvenes y débiles, el cajón se debe cubrir por las noches, y avanzada la mañana destaparlo hasta que a media tarde de nuevo las temperaturas desciendan. Es posible que en ese tiempo también la humedad propia de la época incremente a causa de las lluvias la carga de agua que transpiran las plantas. Conviene entonces, para contribuir a su ventilación, regar el semillero con caldo bordelés al 0.5 %. Combate los hongos que inevitablemente parasitan los brotes al transpirar. El riesgo de que el sulfato de cobre que contiene el caldo, aun en tan baja solución, contamine y envenene la planta, es indiferente, dado el fin al que se dirige el cultivo. Por fin, cuando llegue la segunda quincena de marzo las matas tendrán el tamaño apto para el trasplante. Debe hacerse a primera hora de la mañana, con cuidado, y luego observar su evolución durante algunos días. Para evitar que el vigor de los más fuertes decaiga, se eliminarán los plantones que se vayan malogrando. De los otros se sabrá que han arraigado irreversiblemente cuando se formen nuevas hojas en la yema de sus tallos. Como el parque lo riegan cada día a partir de la primavera, puede confiarse el progreso posterior de las plantas a los servicios municipales de parques y jardines. El resultado de su trabajo está asegurado porque de antemano queda a cargo de una nómina. La flor de la belladona, de tonos rosáceos, abre sus pétalos como una estrella, y sus bayas, cuando la primavera ha llegado a la sazón, son como una cereza. Verdes al principio, cuando están maduras van cambiando del violeta al negro, y siempre se ofrecen redondas y brillantes. Su cuidado tiene además la impagable ventaja de que cada planta produce unos mil frutos, que suelen pesar en torno a los tres cuartos kilos, cantidad sobrada para los fines pretendidos.
Sobre la alimentación de los perros las opiniones difieren, pero solo en los matices menos comprometidos. Cualquiera de sus experimentados criadores parte de que el agua en abundancia es primordial, y acepta que los perros son predominantemente carnívoros. Su musculación necesita grandes dosis de proteínas, y deben consumir una cantidad importante de grasas si se quiere que sean activos. Para incrementar la masa corporal no son nada fiables los preparados proteínicos que comercializan actualmente. Están hechos con sobras de nombres que es preferible no reproducir. Por eso la mejor alimentación es la que se elabora en casa, aunque puede ser necesario completarla con algún complejo vitamínico, cuya prescripción sin embargo debe quedar a criterio del veterinario. Pero para suplementar la dieta, para que el desarrollo del animal sea equilibrado e irreversible, son necesarios alimentos ricos en fibras. Cualquiera de los cereales, mejor aún si son mezclados, puede valer. Sin embargo, ninguna fuente de fibra es más saludable que la vegetal, a cuyo consumo propenden los animales por instinto. Ni la carne más roja y fresca, ni la cabeza de cefalópodo más desarrollada los atrae tanto como una flor, como un fruto esférico que refleje los rayos del sol. Cuando se trata de la flor, por medios experimentales se ha comprobado que los responsables del estímulo no son los colores sino estambres y pistilos, que actúan como atrayentes según un azar que la ciencia aún no ha podido desentrañar. Siendo habitual que los musculados ejemplares de los parques sean machos, sus carreras pueden verse interferidas, inopinadamente, tanto por vigorosos estambres, como el de la cala, como por potentes pistilos, como el de la orquídea. Pero en el caso de la belladona el fruto se impone sobre la flor porque atrae por su forma. Aunque el dueño se desvele por sostener la disciplina alimenticia de su ejemplar, es inevitable que el perro picotee, como su propio dueño. Cuando se siente libre, si disfruta de sus minutos de expansión, es tan incontenible como voraz. Las consecuencias que estos actos causan son responsabilidad de los animales, aunque esté demostrado que la relación entre la lucidez que provoca el dióxido de nitrógeno urbano y la dedicación al cultivo de la belladona, aun en lugares públicos, necesita de la mediación de la voluntad como reactivo.
Insomnio
Publicado: abril 28, 2017 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.
Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?
Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.
No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.
A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.
Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.
Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.
No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.
No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.
Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.
La paloma de bronce
Publicado: enero 27, 2017 Archivado en: Ángela Herodias | Tags: historias Deja un comentarioÁngela Herodias
No todas las palomas son blancas, como no todas las paces son fecundas o todos los ciegos invidentes. Las hay de las más variadas pintas, y últimamente viene ocurriendo que la desvergonzada costumbre de secuestrar por unos minutos a las de las plazas y los parques, para realzarlas con vistosos y variados colores, progresa. No hace mucho he visto una paloma de pechuga dorada, alas azules y certero toque de pincel sobre la cabeza que simulaba una cresta de vivísimo rojo.
Acude Mánchester, viejo marino afincado tierra adentro, por motivos que algún día habrá que contar, a practicar su diaria gimnasia a aquella plaza. Frías mañanas del más gélido de los meses del año, allá por las latitudes del Gran Sol, ha mantenido sus espartanos hábitos en la oscilante cubierta del barco de pesca. Costumbres adquiridas en el desierto africano, mientras permaneció en las filas de la legión extranjera. Mas le gusta ser discreto, como en él siempre ha sido la virtud. No recurre, como tanta gente hoy, a la indumentaria específica del deportista. Ni aun por el calzado pronostica que es de los que se imponen la disciplina de los ejercicios saludables. Se limita a calzar unos zapatos de tela y goma, loneta sintética con una razonable capacidad de transpiración, adornada con una vistosa tira blanca y banda azul con el tema del timón, sobre una suela flexible sacada de un molde.
Recorre la plaza de un lado a otro hasta acumular la distancia prescrita. Para luego para hacer flexiones y torsiones, y por último hace ejercicios de distensión.
Se ha detenido y ha tomado asiento. Por la dirección de sus miradas, el tiempo que se demoraba en cada una, parecía reflexionar. “Es posible que hoy haya visto la plaza por última vez, por más que no haya nada de lo que deba alarmarme. Por el momento, gozo de buena salud. Sentado en un banco, serenamente, me despido de aquel hombre que tantas veces he visto ir de un lado a otro; de la vendedora de loterías, que sentada en su sillón espera que los transeúntes se acerquen a comprarle; de la mujer que pasa no sé cuántas veces durante el día camino y de vuelta del supermercado; de los ajetreados camareros del bar de la esquina, que se citan junto a la palmera inmediata hasta que el jefe llega con la llave; del guardia que permanece como ausente a la puerta de las oficinas de la administración.
“Nunca he hablado con ninguno. Pero hace tiempo, en una ocasión similar a la de hoy, mientras permanecía sin prisas sentado en uno de los bancos, a fuerza de observar sus movimientos y sus expresiones pude saber con certeza que el hombre que deambula está preocupado por su salud, sin que enfermedad alguna lo intimide, sino solo por aquella suerte de superstición que consiste en creer que anticipándose al mal con la conciencia de que existe se le detiene; que la vendedora concentra toda la ilusión de su existencia en emplearse con astucia con sus clientes sin que estos lo adviertan, sin maldad alguna, solo porque para ella representa el colmo de sus capacidades; que la mujer que va y viene del supermercado vive sola; que los camareros son tan parecidos unos a otros porque apenas han tenido tiempo de ser algo más que camareros; y que el guardia, que es quien más horas pasa en la plaza, no obstante tiene ocasión para moverse por cientos de lugares.
“No sé si podré volver. Tendrá que ocurrir que yo no vuelva nunca más a la plaza, y que de mí no quede la menor memoria, ni aun en el hombre que deambula, la vendedora, la mujer que va y viene, los camareros o el guardia, que sin embargo en muchas ocasiones, como yo a ellos, me han visto. Pero aun en el caso de que alguna memoria en alguno de ellos de mi persona quedara, y que incluso a alguno de sus descendientes uno de ellos le hiciera llegar alguna noticia de mi vida, a lo sumo en un par de generaciones toda prueba de mi existencia quedará extinguida, porque todos y cada uno de ellos, y sus descendientes, también desaparecerán; como desaparecerán el bar, el edificio de la administración, las palmeras, los bancos y el pavimento, hasta la plaza misma, antes o después.
“De lo que estoy seguro es de que mientras haya hombres en el mundo no se extinguirá la soledad, la superstición, la evasión íntima, el vivir enajenado o la astucia. Por la observación, con mis ideas, conozco lo que puede ser eterno, acierte o no. ¿Es necesario prolongar la existencia? No, en absoluto. No es necesario que vuelva a la plaza, porque si en el más favorable de los casos consiguiera prolongar mi existencia hasta que la vida de los hombres se extinguiera, incurriría en la nada, estado en el que la supervivencia sería por completo absurda, si nada nuevo averiguara.
“Ahora bien. Si volviera a la plaza, y observando y estudiando los movimientos consiguiera imaginar la pasión permitida, la concordia silenciosa, el deseo más infantil, la magnitud de los falsos juicios, bien por los seres que aquí son habituales, bien por la gente que por allí solo pasa ocasionalmente, habría valido la pena volver a sentarse en el banco, aunque de ninguna manera así remediara el problema del límite. Sé con toda seguridad que ha de llegar el día en que no podré volver a la plaza. Creo entonces que la mejor manera de corresponder al tiempo del que pueda disponer para venir hasta aquí es no permitirme pasar por ella insensiblemente, sino sentarme en un banco, y no consentirme jamás dejar de observar, y con cuanto vea componer ideas que sean absolutas certezas, sean correctas o no. Como la pasión permitida, la concordia silenciosa, el deseo más infantil, la magnitud de los falsos juicios. Si así consigo permanentemente conocer lo que es eterno, no hay duda de que mientras viva viviré eternamente. No sé que se pueda conseguir más.”
Ha observado después Mánchester que al pie de la estatua que sobre un gigantesco pedestal hay en medio de la plaza se ha posado una paloma, justo al pie del heroico soldado, en la cornisa de la disminuida arquitectura levantada para sostener al hombre monumental. Le ha debido llamar la atención que era algo gris. Aunque conservaba algún reflejo del blanco que debió tener antes, el tono de todo su plumaje era algo más oscuro, y en su cuerpo tenía pintas definitivamente grises, de un tono muy parecido al de la bota de bronce que sobresale del pedestal inmediata a ella. Se ha levantado y la ha observado fijando la vista. Era realmente extraordinaria: no se movía.
Aunque había terminado con sus idas y venidas, ha decidido reemprenderlas. Estaba algo amoscado. Aquel animal parecía fundido en el mismo bronce que la estatua. Sin embargo, ayer no estaba. Cualquiera podría certificarlo. Él más que nadie, que todas las mañanas acude a la plaza.
Ha debido caer entonces que ayer se celebró la fiesta nacional. Todos los años desfilan ante el héroe los soldados y le rinden homenaje. “Este año le han ofrecido una paloma de bronce, en vez de un ramo de flores”, es probable que haya pensado.
Ignora Mánchester que las palomas manejan un conjuro que les permite la metamorfosis en bronce. Está descrito en la literatura especializada, y solo quienes la frecuentan pueden dar cuenta de tan llamativo fenómeno. A nadie debe extrañar que al alcance de las palomas esté el viejo procedimiento conocido como conjuro. Al contrario, lo sorprendente es que siendo tan evidente haya escapado durante milenios a la observación humana.
No divago bastante
Publicado: diciembre 16, 2016 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.
Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.
Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.
Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”
No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”
Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”
Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”
Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”
Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”
Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”
“Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”
Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”
Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”
Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”
Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”
Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”
“¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.
“La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.
Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?
Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.
Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”
Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”
Tránsito ordenado
Publicado: noviembre 25, 2016 Archivado en: Marino Allende | Tags: historias Deja un comentarioMarino Allende
M. D. recibió la noticia con calma. Donde estaba confinado ofrecen a los reos, en las horas precedentes al desenlace, consuelo espiritual. Parten de una creencia, que la conversación trascendente los reconforta, algo que los empiristas que se han interesado por estos momentos, tan cargados de tensión, aún no dan por demostrado. Nada hasta aquí ha probado que el caos en el que se bate el tránsito, interferido por los informes negativos que los sentidos insisten en mandar, se remanse por efecto de una plática. No son muy distintos a los que sobrecogen a los atletas que combaten los rápidos de los ríos, quienes, apenas piensan que la embarcación puede darse la vuelta, y ellos quedar bajo el agua, en posición invertida, porque van sujetos a la canoa de tal manera que no pueden desembarazarse de ella, atrapados en una naturaleza aviesa, como el anfibio más torpe, son presas de un vértigo desordenado que los anula como prolongación de un sistema motriz, lastrados por su mitad inerte. Por desgracia, también ocurre a las sirenas cuando encallan en un litoral, donde quedan reducidas a humanas y pueden ahogarse.
Por principio, se la confían a un resignado sacerdote, hombre que prefiere vestirse con severidad, del mejor negro premonitorio del que disponga el sastre, pensando en sí mismo, consciente de lo que le falta. El clérigo, llevado por sus puras intenciones, se esfuerza en prefigurar los beneficios que encontrarán los convictos al otro lado de la muerte, con la misma seguridad que el cómplice de una conspiración, quien siempre habla convencido de que los conjurados pueden conseguir un suculento botín a poco que un golpe de suerte les favorezca. Les garantiza que a cambio de la amarga experiencia algo habrán de encontrar.
Cuando no sea posible recurrir al lenguaje articulado, porque el reo prescinda de él, puede que la perplejidad se apodere de quienes deben supervisar aquellos momentos. Porque también entre los reos los hay que han desistido del uso de la palabra y se abstraen tras la más impenetrable de las sorderas, absortos por sus reflexiones, por las imágenes precursoras del final que les aguarda. Es raro el sacerdote, cualquiera que sea su confesión, que domina el morse de los sordomudos. El común, hombre de sosegada paz, más bien es elocuente y dado al sermón y la palabra divina. Por esta causa a los reos sordomudos, que aparentan el mismo hermetismo que los más intolerantes y ensimismados agnósticos, no les queda más solución que procurarse la sedación del tránsito acogidos al silencio. Por sus reacciones se sospecha que la privación de la bendita palabra los lleva a transitar durante el tiempo postrero entre insultos, deshaciéndose en improperios procaces y tan brutales que, por su torva naturaleza, no está al alcance de los textos reproducirlos, porque no es cierto que las lenguas estén capacitadas para enfrentarse a cualquier enemigo, dar la batalla con garantías de victoria frente a los peores adversarios. La barrera de la repugnancia repele lo que puede existir como idea, en el desierto del silencio, nunca como una expresión; aunque a quien los transcriba no le tiemble el pulso, en vista de lo que juzgan una inconsecuencia. Padecen torturados por la intuición de un futuro que niega lo que el discurso de aquel santo varón podría patrocinarles a poco que oyeran.
Mucho más ingobernables son los reos más locuaces, dispuestos a contender con los encargados de proporcionarles la paz espiritual, y no son pocos los que se rebelan ante ellos proponiéndoles, si tan convencidos están de las recompensas que de la muerte es posible detraer, un feliz intercambio de papeles, que a los castos varones que consagran sus vidas al sacerdocio les podría habilitar el más allá del que están tan seguros y al reo garantizarle una gozosa condena a la existencia, colmada de carne y vino, alimentos imprescindibles que aquellos tan bien conocen. Se corre el peligro de que convictos de militancia laicista, severos e intolerantes, se ensañen con el clérigo que los reconforta, le recriminen que no paga impuestos, que se beneficia de unos ingresos que legítimamente no le pertenecen, e intenten adoctrinar con ideas derrotadas por la razón a las generaciones más recientes de los descendientes de la tribu de Leví.
Muchos creen que es preferible mantener aislado al reo, evitar que tenga comunicación con alguien durante las horas inmediatas a la ejecución. Los que aplican este principio de la manera más radical hasta niegan el contacto con los vigilantes, que les den comida alguna, que les faciliten agua en los momentos que la necesiten porque ya la lengua se les adhiera al paladar. Quizás lo juzguen severo. Al contrario, las opiniones más autorizadas lo valoran como una experiencia ascética, bienaventuranza que puede trasladar a quien se ve sometido a sus rigores a visiones tan ajenas al mundo de los vivos que pueden convertirse en el mejor aliado para facilitar la mejor de las transiciones. Ni comunicación, ni pan, ni agua. Pueden ser las más depuradas negaciones para llegar al trato adecuado de quienes han de someterse a una experiencia singular.
Cuando hay que consumar la sentencia, el trayecto hasta el lugar de ejecución sus responsables lo dejan expedito. Si es un pasillo en silencio, una cadena de celdas pobladas por convictos, y no una frágil tienda de campaña en la que el reo hubiera sido recluido, bajo severa vigilancia, a la espera del momento de la consumación, prefieren confiarlo al silencio y la soledad. Ningún obstáculo debe interponerse entre el reo y el lugar donde deba ser ejecutado, para que su recogimiento alcance el grado más alto.
Hay centros penitenciarios que para aplicar la sentencia a muerte del condenado recurren a afeitarle la cabeza. Se hacen con los mejores medios que la mecánica robotizada ha puesto a su alcance. Actualmente están en activo ingenios capaces para ejecutar el rasurado del rostro por enemistad biológica con los cañones de la barba, inscrita en atavismos genéticos que aún escapan a los analistas. Quien circule ante una peluquería decorada con imágenes de varones con largas barbas, establecimientos equipados con los mejores medios, debe permanecer en guardia. Desde el interior, activando el mecanismo de apertura de la puerta, pueden asaltarle navajas barberas inteligentes. Jamás nadie puso en duda la inteligencia de barbero alguno, las ideas que provoca el fluido acelerado de la sangre a su cerebro mientras maneja una navaja de afeitar frente a la yugular de un parroquiano. Las navajas inteligentes, programadas por ellos mismos, a partir de estas experiencias, tienen previsto el procedimiento de recepción de la sangre que puede derramar cualquier desliz provocado por la atravesada idea que se cruce por la cabeza del barbero, aun en contra de su voluntad.
Pero el hábito de afeitar la cabeza al reo es anterior a la innovación de las navajas inteligentes. Se impuso cuando se extendió el uso de la silla eléctrica. La acción directa de los electrodos sobre un cuero cabelludo sin pelos garantiza que toda la descarga será absorbida por el cuerpo del convicto, como las vitaminas que se administran en ayunas. Aún hoy la costumbre se mantiene, parece que con justificación sobrada. Un pelo que se atraviese en el camino de la muerte puede bastar para que desvíe su curso, estando este justificado por sentencia firme.
Pero puede que el reo manifieste, como última voluntad, que prefiere morir con todos sus pelos, y hasta se resista a renunciar a ellos. En ese caso, será necesario optar por consentírselo, aunque sin renunciar a la conciencia de los efectos adversos que la condescendencia puede tener.
Para evitar las interferencias no deseadas, no siempre es necesario servirse del barbero. Puede abogar en favor de las decisiones más acertadas que el reo ya hubiera adquirido el hábito de rasurarse la cabeza. A muchos hombres les parece hermosa la exhibición de su cabeza desnuda. Así como los antiguos se ufanaban de sus cabelleras, manifestación de juventud y fuerza, ahora muchos prefieren, antes que confesar la decadencia de su vigor, hacer ostentación de sus dotes viriles invirtiendo los términos. Comportándose de este modo han pervertido una creencia común, que los hombres que menos pelo tienen en la cabeza son los que más vello acumulan en su torso, pubis incluido, tal como los seres más primitivos de las tribus antiguas, reputados los más aptos para erigir y procrear valiéndose de su potencia porque para ello habrían sido elegidos por la naturaleza, que de este modo les entregaba su signo. Su error proviene de que la raza de los sátiros, a la que pretenden equipararse, actuó como una reserva de sementales que corrió con la responsabilidad de colonizar las tierras que bañaba el Mar Exterior, un territorio ajeno a nuestro mundo, al margen de la práctica de la pena de muerte civilizada.
Pero también la actuación más expeditiva puede favorecerla una calvicie consolidada, desde hace tiempo conocida por todos. Evita disensiones que podrían parecer frívolas en momentos de tanta importancia. Si el disimulo de la calvicie viniera a coincidir con el hábito de rasurarse la cabeza, se puede decir que la ejecución de la sentencia ha sido bendecida por la naturaleza, que ampara tanto los consecuencias que escapan a la voluntad humana como las que creen justificarse como decisiones libres y emancipadoras. Se conocen casos en los que, habiendo el hombre nacido pelirrojo, el furor de su aspecto fue arrasado en poco tiempo por una inclemente pérdida de todo el cabello, en paralelo a su renuncia al radicalismo.
Quienes supervisan las últimas horas en el centro penitenciario también se mantienen en guardia frente al llanto. Como reconocidos expertos en lágrimas se han curtido no tanto durante su formación como a lo largo de su experiencia. Permanecen alerta frente a la posibilidad de juzgarlo una prueba de la contrición. El llanto es más placer que pesar, y el mejor es hijo de la emoción, nunca de la pena. Los cocodrilos lloran mientras devoran a sus víctimas, las viudas enjugan sus lágrimas cuando el cuerpo consorte por fin está descendiendo a la tumba, cavada para acercar el ataúd a los infiernos. Así que si un reo suplica, según van transcurriendo las horas previas al desenlace, vertiendo lágrimas, es probable que persiga concederse el placer de embaucar a sus ejecutores. Más aún, si derrama algunas lágrimas, es que ya tiene la certeza de que lo ha embaucado. Nunca no hay oportunidad para el placer, hasta en los estados más desasosegados o en las circunstancias menos propicias. Hasta es probable que haya calculado que por su gracia pueda hacerse acreedor al indulto. Porque el llanto facilita que las imposturas que se verbalizan entrecortando las palabras sean admitidas como una evocación veraz, por ejemplo de la familia más querida, que ya no se verá más, de las fatalidades a las que el reo debió enfrentarse durante su infancia, condenada por unos padres desnaturalizados, de los obstáculos que desviaron su vida por el camino donde solo la compañía de los seres más corrompidos podía encontrar.
Arrodillarse al mismo tiempo puede no ser una comedia, pero despierta sospechas cuando el reo ha sido persistentemente histriónico. Si en más de una ocasión, valiéndose de buenas palabras, tejió una red con la que envolver a su interlocutor, su sentencia tendrá que reconocer que actuó sirviéndose de las artes que la comedia tiene prohibidas. Puede probarse que defraudó la predisposición en su favor. Suplicar humillándose es una de las más refinadas astucias. A ella recurren quienes han llegado a desviar por el circuito de su conciencia el control de cada músculo de su rostro, una destreza que solo queda al alcance de quienes están habituados a las actuaciones dramáticas frente a los públicos pasivos. Es un arma de doble filo, expuesta a riesgos. Pero cobra buenas presas. Si alguna vez un reo, conocido el alcance de este recurso, lo utilizare, quienes hayan recibido el encargo de cumplir con la sentencia lo neutralizarán con decisiones que para él podrán pasar desapercibidas.
La indumentaria, en todas las circunstancias, es la máscara que sin embargo fija la retina de los semejantes, la que antes puede facilitar un juicio de su parte, acertado o no. Trasciende hasta la muerte cobijada en el sarcófago protector. Cualquiera sabe que del reo, en el futuro, cuando de él solo quede la memoria, buena parte de sus fragmentos, para que a él la posteridad lo reconstruya, serán el fruto de aquellas instantáneas fosilizadas, y una y cien veces recordadas, de las que el peinado, si estaba rasurado o no, su estatura, y más aún el traje que vestía, los zapatos, si llevaba o no corbata, serán las piezas que lo harán otra vez una parte de la vida. Si alguien, tras haber sido citado antes los tribunales, en más de una ocasión, persiste en presentarse ante sus jueces con indumentaria insignificante ha renunciado a ser recordado. Si, por el contrario, mirando cara a cara a los arrogantes magistrados, recurre a presentarse ante ellos con ropas excéntricas, como de payaso, al escándalo delega su rebeldía. Las que causan mejor efecto son las que asemejan tipos cuyos comportamientos parecen previsibles, y que por tanto fácilmente se pueden contradecir, para sorprender y atraer la atención, si se modifica el lugar donde la indumentaria suele ser habitual, o el momento, la oportunidad en la que debe ser utilizada o las actitudes que debe adoptar quien las lleva.
Reclutar el pelotón para un fusilamiento, cualesquiera que sean los preparativos que se hayan hecho, los pronósticos o las coacciones prospectivas del reo, puede ser más fácil que comer sentado. Todo depende de quién sea el protagonista. Los hay tan señalados que los voluntarios acuden en masa, incapaces para negarse el deber que les aguarda en el momento de apretar el gatillo. El capitán al mando de un pelotón de fusilamiento está capacitado por el código de la justicia más severa para dar órdenes precisas sobre el punto al que debe ser dirigidos los disparos. De antemano, el mismo código concede que la muerte puede ser infligida en el lugar que cada uno crea oportuna, causando el daño que antes haya previsto por cuenta propia. Puede haber entre los voluntarios del pelotón quienes prefieran disparar sobre el estómago, para matar el gusano, otros sobre la cabeza, para acabar de una vez con las ideas crueles. La mayor parte de las opiniones registradas expresan como blanco preferente alguno de los pulmones, aunque las preferencias las comparten, prácticamente en pie de igualdad, izquierdo y derecho.
Mas una viciada costumbre se ha extendido. Afecta a los proyectiles que a los soldados designados para el fusilamiento les entregan. La mitad son de fogueo, y ninguno de ellos sabe la carga efectiva del que le ha sido entregado. Es un sentido moral desorientado el que ha convertido esta manera de actuar en algo correcto. Nadie descarga su responsabilidad sobre el disparo que haga porque antes se haya convencido de que su cartucho contenía un proyectil.
Entregar el cuerpo del reo a quienes se hagan cargo de él no es potestativo. Las autoridades están sujetas a la voluntad de los allegados. Si hay quienes muestran interés por hacerse responsables de los actos de piedad póstumos, y acreditan sus vínculos con el ejecutado, las autoridades están en la obligación de entregarles el cuerpo para que con él cumplan los ritos que sus estados, sus convicciones o los deseos expresados por el finado, cuando aún dispusiera de sus actos, marquen. Quienes aspiren a interpretar el papel de deudos deben gestionarlo con antelación suficiente.
Supongamos alguien que desee averiguar, mediante la disección del cuerpo, dónde estaba la causa de, por ejemplo, tanta estupidez, si en el plexo solar o en el bulbo raquídeo. Deseará que se le descuartice, que sobre la losa del instituto anatómico sean separadas las vísceras y luego examinadas, sometidas en el laboratorio a reacciones que detecten qué sustancias destilaba cada parte, cómo de la combinación de secreciones pudo resultar un producto tan sumamente corrosivo e incivil, incapaz de una amistad sincera, de un gesto de cariño; cómo pudo estar tan corroído por la imbecilidad como para ser incapaz de en algún momento, aunque fuera por descuido, echar una mano bondadosamente, prestarse con alguna naturalidad a reconocer sus defectos. Quien tenga estas aspiraciones debe adelantarse a los deudos que demuestren el mejor grado de parentesco, porque, en caso de que no medie solicitud positiva, se hacen acreedores naturales a disponer del cuerpo. Aunque tampoco hay que excluir que entre ellos haya quienes deseen proceder del modo forense, porque es más frecuente que dentro de las familias sean conocidas las peores desviaciones de los comportamientos, que tanto satisfacen a quienes abnegados a ellas se entregan.
Las leyes tienen establecido que, si alguien, independientemente del grado de parentesco o de la relación que haya mantenido con un convicto, desea disponer de su cuerpo, una vez ejecutada la sentencia, puede solicitarlo y obtener el reconocimiento a su derecho a poco que exponga las agresiones de las que pudo ser víctima, las insensateces que tuvo que soportarle, los sarcasmos con los que pretendió humillarle, las aceradas palabras con las que le abrió las entrañas sin que pudiera replicarle en términos suficientes para contener toda la venganza de la que se había hecho acreedor. De lo contrario, el cuerpo es entregado al depósito de los cadáveres, sobre los que quienes aprenden la medicina se inician en las prácticas cisorias. Ha ocurrido en épocas que el cúmulo de cuerpos almacenados por esta causa, vertiente de los enfrentamientos, así cívicos como bélicos, ha sido tanta que el número de los que llegan a las mesas de las prácticas es solo una parte de los que se amontonan en los patios del depósito. La consecuencia es que aquellos que no tiene la fortuna de ser descuartizados terminan en el osario común de un cementerio cualquiera. Tal puede ocurrir con un fusilado, sobre cuya causa de muerte no quedan dudas. Al contrario, es mucho más reconfortante que quien ha cumplido con todas las decisiones que su aguda piedad le exigía, pueda por último completar su obra con un epitafio. Por ejemplo: Este cuerpo desmembrado entregamos a la tierra con la esperanza de que permanezca incorrupto, para que en él indefinidamente se prolonguen los padecimientos de la corrosión de la carne. STTL, M. D.
Las teorías de Osborne
Publicado: noviembre 4, 2016 Archivado en: C. Baines | Tags: historias Deja un comentarioC. Baines
Caminaba esta mañana Osborne por la acera, las manos en los bolsillos, la mirada dirigida al pavimento. No hacía caso a transeúntes, ni árboles, ni semáforos, ni señales de tráfico, con grave riesgo para su cabeza, para su integridad si se decidiera a cruzar la calle. Quienes lo conocemos estamos convencidos de que cuando se comporta así está dedicado a elegir palabras con las que construir frases axiomáticas, aptas para sintetizar y a la vez expresar con precisión su pensamiento.
Por su sonrisa, podía sospechar que se había entregado a las de su peculiar ensoñación, aunque nunca ninguno de nosotros le ha oído encomiar a mujer alguna. Pero por sus lecciones hemos aprendido en cuál de ellas piensa. La llama la mujer para ser amada. Parte del principio del deseo, que le parece incontestable, del que ninguna está dispuesta a prescindir. Buena parte, para buena parte de los hombres, se concentra en apelar a él. Son las mujeres para ser deseadas, algo que considera epidérmico y demasiado evidente. Las mujeres para ser amadas, mientras no se puede saber más de ellas, son menos visibles, de complexión ligera, de no demasiada estatura. No se esfuerzan en cruzar miradas, ni rechazan su intercambio saludable.
Pero no, no iba pensando en la mujer para ser amada. Pasó a su lado, en la dirección opuesta, casi rozándole, una de las que probablemente satisfarían sus aspiraciones, o al menos atraerían su atención. Siguió adelante con la mirada baja, sin la menor alteración, indiferente a su paso.
He creído entonces que estaría entregado a sus planes. Hace un par de días le he oído decir que disponía por fin de algún remanente y que estaba dispuesto a renovar el mobiliario del Departamento. No es que las sillas de la biblioteca estén desvencijadas. Pero han sufrido ya demasiadas reparaciones parciales, tantas que las hacen vulnerables por los flancos más imprevistos. Para el menos atento se verifican las supervivientes de más de dos y más de tres remesas, la más reciente decidida en fechas lejanas, tanto como unas de otras. También una parte de las estanterías están vencidas por el peso, a causa de los materiales con que debieron improvisarlas. La urgencia por almacenar intercambios y donaciones, en cantidad incontenible durante los años de bonanza, las impuso sin mayor reflexión.
El enorme escaparte de una tienda de muebles, especializada en módulos funcionales y a medida, quedó a su izquierda sin que se dignara girar la cabeza.
Tal vez sea la jubilación lo que concentra sus reflexiones, pensé, un poderoso atractivo al que se orienta sin recato, sin ocultar cada vez más su afán por alcanzarlo. De ningún modo cree que despedir a alguien, una vez agotada su edad, sea dilapidar el saber acumulado, que el pretendido derroche vaya en detrimento de las generaciones que se van incorporando a la vida activa. Nunca ha cometido el error de pensar que posee saberes que en algún sentido sean exclusivos, preciosos, cuya transmisión hubiera que garantizar. Al contrario, sin el menor asomo de modestia, ni de vergüenza, está convencido de que sus conocimientos son de lo más elementales. Repite que con los años ha llegado a descubrir algunas cosas que le parecen certezas pero que son de lo más corriente. Las oyó a sus antecesores, las ha visto impresas una y cien veces en los textos de todo tipo que han pasado por sus manos; algo perfectamente inútil como bien que sea necesario transmitir, precioso para él como conquistas y para ir poco a poco encontrando cierta paz, nunca permanente, porque los imprevistos siempre acechan, y una y cien veces son capaces de devolvernos a la duda y la zozobra.
Es muy probable que tampoco pensara en la jubilación. Ha pasado ante una agencia de viajes y no se ha parado a estudiar los posibles destinos de su plena libertad recuperada. Ni siquiera ha hecho caso del luminoso que sobresale de su fachada, se atraviesa en la acera y casi le roza la cabeza.
Pero unos pasos más allá, contra todo pronóstico, se ha detenido ante un gimnasio, un semisótano a un metro por debajo del nivel de la acera. Al llegar a su altura, se ha girado. Ha echado un vistazo al rotulo sobre el dintel y ha leído la oferta de actividades, ha estudiado con detenimiento la entrada y se ha demorado más de un minuto en tomar nota mental de lo que allí estaba viendo.
¿El profesor Osborne tentado por pasatiempos hedonistas? Pero si es el último de los estoicos, si su vida está disciplinadamente regida por la más rigurosa parsimonia. Es verdad que para su edad se mantiene moderadamente potable. Quizás le quede alguna posibilidad entre las generaciones más próximas a la suya. Tal vez esté pensando en permitirle a su jubilación expansiones que sus responsabilidades antes no le hayan permitido. ¿Por no comprometer al Departamento? ¿Para no manchar su reputación? Nunca se ha sentido reputado, en ningún sentido, mucho más porque incluso la mayor parte de sus conocidos ignora su nombre completo, y aun su apellido. Y en cuanto a perjudicar al Departamento… Bueno, no es que en sus cálculos haya entrado, en alguna ocasión, cometer un acto de sabotaje en su contra. Pero, de haber sabido que alguien lo había concebido, hubiera guardado silencio.
Para mantener la distancia y la discreción, y para permitirle que recuperara el movimiento, me he parado delante de una peluquería, simulando que dudaba si entrar o no. En cuanto ha vuelto a caminar, he cruzado la acera. Al ver el vestíbulo que había atraído su atención, por fin he conseguido componerme una explicación satisfactoria sobre su concentrada manera de actuar hoy.
Desde hace tiempo, el profesor Osborne está entregado a un ingenuo plan. Cree que puede hacer confluir la vertiginosa renovación del relato contemporáneo, que en su opinión ha sido capaz de alcanzar a cualquier forma de expresión escrita, con el género historiográfico. “No puede permanecer indiferente –dice– a los ingeniosos recursos que ha ideado para dar vivacidad a lo que cuenta, para llevar el pensamiento del lector lo más lejos posible. Entre otras razones, porque la narración histórica es su raíz, su germen. Sería una desnaturalizada si se desentendiera de su linaje. De la misma manera que el relato no puede pretender que en el futuro se le acepte sin más, en el estado al que ha llegado. Muchos de sus convencionalismos están agotados. ¡Qué ridículo el narrador que todo lo sabe! ¡No digamos nada del que se atreve a contar lo que ocurre en la cabeza de sus personajes, mientras los reduce al silencio! De la historiografía, con recursos inveterados y sólidos, que cuentan con el beneplácito de la veracidad, puede fluir alguna savia que contribuya a revitalizar el cuento, el mejor procedimiento para exponer las ideas sin necesidad de tomar partido por ellas. Porque permite verterlas a hechos con la mayor naturalidad.”
Ha debido pensar, mientras caminaba, que el recurso a múltiples puntos de vista, la incorporación de distintos narradores, el manejo flexible del tiempo, la dramatización de las situaciones son medios con capacidad para expandir el relato, y son tan eficaces para neutralizar las explicaciones categóricas y cerradas que han pretendido crear solo una verdad, que no utilizarlos es persistir en la ignorancia; o instalarse en el ridículo relato de segunda categoría, reservado a quienes antes que molestarse en pensar quieren que les garanticen, elaboradas como es debido, las certezas.
A la izquierda del vestíbulo del gimnasio había un arcón, de buena madera, quizás procedente de un anticuario, quizás durante años arrumbado en el desván de la casa donde nació quien lo dirige. Estaba cubierto por un tapete, de una apariencia no demasiado noble, pero del todo impropia del lugar, al menos de lugares semejantes. Al fondo, un escritorio de los de persiana, sostenido sobre un par de cajoneras a cada lado. Junto al umbral de la puerta que quedaba a la derecha, por donde se entrará a las instalaciones, en el suelo, la reproducción en mármol blanco, en tamaño académico, de una venus anadiomena. Ningún reclamo encarnado en ases del deporte, ninguna atractiva silueta, ningún torso musculado, ningún anuncio de anabolizantes.
“¿De dónde habrá sacado esta criatura estas tarjetas de presentación? ¿Qué clase de vida habrá llevado para encontrarles sentido en este ambiente? Debe ser de las que crean un mundo rico en aspiraciones, con escasas referencias al que habitan, del que por todos los medios desean escapar, enormemente vulnerables a sus agresiones y sinsabores. Lo que le importarán la gimnasia y sus beneficios. Sus anhelos, que ponen al descubierto piezas inconexas y sin sentido aparente, van en otra dirección.” Y habrá concluido: “Para prosperar en ideas imprevistas ¿es necesario recurrir a la fantasía, a las alegorías con pretensiones filosóficas, al misterio, a la intriga, al crimen?”
La relación entre los objetos del vestíbulo del gimnasio y sus teorías sobre el relato historiográfico, en las que persiste, con escaso éxito y solo algunos devotos seguidores, más por aprecio que convencidos, tampoco parece fácil encontrarla. Pero me arriesgo a sostener que en su caso ha existido porque así de disperso e imprevisible es el profesor Osborne, y la huella que ha dejado en nosotros, imborrable. Con él he aprendido, entre otras especulaciones convincentes, que para construir historias ricas en ideas, de las que llevan el pensamiento lejos, puede bastar con abrir los ojos y estar dispuesto a quedarse perplejo.
Investigaciones sobre Perses
Publicado: octubre 7, 2016 Archivado en: Reginald Southampton | Tags: historias Deja un comentarioReginald Southampton
(Traducción de A. J. Baines)
Fue Hesiodo un hombre paciente y trabajador. Si además fue poeta, la condición que de él admira la posteridad, se debió a que su vida discurrió inspirada por la virtud, transacción que habilita la mejor salida a quien ha quedado, contra su voluntad, atrapado en aquella. Tanto confunde la pasión por la gloria, a los contemporáneos y a los antiguos, que todo se orilla en beneficio de la memoria que es legada, corte cuyos fastos nadie ha podido disfrutar. Viven los hombres urgidos por el inexorable paso de los días, la conciencia de sí mismos los ocupa a todas horas y ante sus ojos transcurre cuanto puede suceder sin que lleguen a tener conciencia de que conservan la vista. Los hechos conocidos de la vida de Hesiodo, al contrario, permiten concebir la esperanza de que su verdadera preocupación fue conocer a sus semejantes, y que al verso llegó cuando se vio incapacitado para decirles lo que de ellos sabía. Si hubiera guardado silencio, hoy habría que decir que fue un hombre de moral íntegra. Como dejó testimonio escrito de su pensamiento, es posible estar seguros de que actuó guiado por la virtud.
Séanos permitido rescatar una parte de los hábitos cívicos de aquel varón ejemplar, en la medida que lo consienten los testimonios que de su paso por el mundo han quedado. Tantos siglos han transcurrido desde entonces que buena parte de sus hechos se ha extinguido. Pero la diligente iniciativa de quienes por él han mostrado interés, entre los que es obligado mencionar al esforzado Martin L. West, de Oxford, el mejor ejemplo de quienes han llegado a conocerlo, aun estando separados de él por la mayor de las distancias, permite llegar muy lejos con pocos datos.
Las observaciones que pertenecen a esta indagación parten de una posición negativa, como el escultor que trabaja a partir de la máscara de cera de un difunto. Pretenden añadir a cuanto ya se sabe de él lo que su obra, los actos rescatados de su vida y otros testimonios permiten reconstruir de los de Perses, su hermano. En el rostro de quien se ama quien ama se ve. En alguna porción, los actos de Hesiodo están reflejados en la vida de aquel, como por el repliegue de las tropas es posible observar los movimientos de avance del ejército enemigo. Y, así como por estos las mejores astucias del general pasivo, que se resigna momentáneamente a la deshonra, para envolver a quien amenaza cede la tierra puesta bajo su responsabilidad, pueden ser admiradas, en la distancia que de las infamias de Perses su hermano tomó es posible reconocer el compadecido proceder de Hesiodo.
El padre de ambos, al menos comerciante por mar, antes de que alguno de sus hijos hubiera nacido se habría establecido en la isla de Samos, inmediata a la Caria. Su procedencia se ignora, así como su origen. Se han reunido datos que lo hacen al menos oriundo del otro lado de la Hélade. Quienes así lo han aceptado, aunque fuera ocasionalmente, se han dejado llevar a un lugar erróneo. Algunos de sus descendientes, con el propósito de atribuirse un pasado ilustre, se entregaron a la innoble pasión del espejismo heroico. Prefirieron satisfacerse con una ampulosa prosapia antes que ceñirse con fidelidad a los datos que sobre la existencia del progenitor subsisten; que, aunque no gloriosos, a los ojos de cualquier persona capaz para distinguir la grandeza de la vida lo harían sobradamente nobles.
En rigor, solo a partir de Samos es posible iniciar el rastro cierto de esta historia. En la decisión de establecerse en aquel lugar admiran los analistas más juiciosos la iniciativa de un hombre ingenuamente aventurero. Pero, poco antes de que al menos Hesiodo naciera, es probable que antes de que cualquiera de sus hijos hubiera llegado al mundo, llevado por el urgente deseo de disponer de hogar propio, el padre del antagonista del que se trata decidió trasladar la sede de su actividad a Beocia.
Atribuyen los observadores el traslado de la residencia del animoso progenitor de ambos personajes al deseo de adelantar en su negocio, haciendo compatible la riqueza que del mar traía con la que le pudiera dar la tierra. Como todos los griegos de su tiempo, su dedicación al tráfico mercantil estaba asociada a la vida campesina. Durante el invierno, cuando el viento y las olas impedían dominar el aparejo, las naves permanecían sobre la arena del litoral, aguardando a que los trabajos del campo consintieran la carena. Entonces, mientras el timón colgaba sobre el hogar, responsable de su modesto bienestar era la penosa dedicación a la agricultura y a la ganadería, que sin embargo, con la cordialidad que verlos crecer le valía, alentaba a diario. Cuando había recogido el grano, y ya el tiempo sereno permitía deslizarse sobre el mar sin miedo, cargaba las bodegas con los vasos que contenían sus ahorros y se aventuraba hasta el otro lado del continente, donde el negocio aguardaba.
Es compartida la opinión a favor de que el lugar elegido en Beocia para radicar su hogar fue la ciudad de Orcómeno, establecida donde el Cefiso desemboca en el lago Copais. Orcómeno era una de las poblaciones de la Hélade que mayor antigüedad atesoraba. El lugar había sido habitado desde que a la agricultura los hombres le concedieran la preferencia en el suministro de los bienes para la supervivencia. Las murallas que lo protegían, como las líneas de un ejército en formación, se sucedían en terrazas por la pendiente del monte Acontio. Casas con hogar en el centro, y tumbas a las que los arqueólogos dieron el nombre de tesoros, son los mejores indicios que de su pasada grandeza se han conservado.
En Orcómeno tuvieron su sede los minios, pueblo de leyenda, y Minias pasaba por ser su epónimo, hasta el punto que Estrabón, que siempre se dejó seducir por la observación erudita, a Orcómeno la llama Minias. A la personificación de la ciudad los analistas no tan atraídos por las imágenes, por convención, adjudicaron el principal de los sepulcros que han descubierto los excavadores. Sin que a todos haya que reconocerles atributos extraordinarios, sus habitantes pueden ser admitidos como ejemplo de riqueza entre los primeros griegos. Su bienestar provenía del comercio, sostenido por su posición en el espacio mediterráneo, que les permitía actuar como eslabón en la cadena de intercambios entre el Helesponto, la Propóntide y el Ponto Euxino.
Por fortuna, su actividad comercial sobrepasó cualquier previsión entre los siglos octavo y sexto, razón por la que su nombre, por los autores más antiguos, fue asociado al oro y dio origen a la leyenda del vellocino; y los argonautas, asimismo en Estrabón, porque su deseo fue siempre explicar evocando, fueron llamados minios. Pero también los textos más remotos admiten que Orcómeno, ya al final de los tiempos arcaicos llegó exhausta y perdida su proverbial riqueza. Su decadencia se precipitó al ritmo que los griegos fundaban colonias en los mares con los que conectaban, atraídos por los bienes de los pueblos bárbaros que alcanzaban hasta sus líneas litorales.
En parte, se supone que el lugar elegido en Beocia por el padre para radicar el hogar de su familia fue aquella población porque, habiendo sido Beocia la tierra donde tal vez al poco naciera Hesiodo, con el tiempo Orcómeno le concedió el honor de reconocerlo como uno de sus fundadores, con el acertado sentido traslaticio que los antiguos cargaban en sus mitos. Pudo ocurrir que Orcómeno se poblara gracias al buen nombre que Hesiodo, con sus gestas poéticas, le confiriera, aunque hasta aquí no ha sido reconocida la poesía como factor de población. Es más probable que siendo la suya, con el tiempo, familia de activos agricultores, pudo crear población en el lugar apto para la radicación de los hombres, porque la población arraiga en el campo cuando los hombres lo roturan, una vez pasada la gloria comercial, y ser feliz promotora de un lugar en crisis de nuevo habitado por su iniciativa.
Nacería, pues, Perses en Beocia, región griega vecina del Ática, hacia el 750, el mayor de los hermanos. Se tiene algún indicio sobre la posible supervivencia, de partos previos, de otro hermano aún mayor, probablemente del sexo opuesto. Tan imperceptible es el rastro que en los textos ha dejado este vástago que bien no existió bien su vida fue del todo irrelevante, al menos para los informadores que participaron de sus existencias.
Poco puede decirse sobre la primera década de la vida de Perses, aunque no faltan indicios de las raíces de su arrogancia. Condenado por su nacimiento a las rutinarias actividades que inmovilizan a los hombres, que aún más monótona harían la sucesión de sus días cuando finalmente se viera reducida a la que exige la crianza del ganado, también dedicaría tiempo de su vida de niño a medir sus fuerzas en el campo, oponiéndolas a las de los otros muchachos, sobre los que a toda costa deseaba prevalecer. Pudo participar en certámenes que le valieran reconocimiento a su fuerza y alentaran su orgullo. De ellos, sin embargo, se conservan pruebas que los testimoniarían no del todo limpios. Ya entonces se admiraba a sí mismo tanto que, de cuanto ocurría a su alrededor, como durante el resto su vida, solo retenía su presencia en la escena, como una instantánea reflejada en un espejo. De los demás jamás tuvo noción, razón por la cual los más radicales, reactivos a su repulsivo proceder, incluso prefieren poner en duda que pasó por el mundo, y en sus testimonios lo ignoran.
Aunque a ambos la dedicación a los trabajos del campo ocupara la mayor parte del tiempo, además Perses, en su primera juventud, se entregó a la pintura, poseído por la idea de que era el dueño de los secretos del arte. Entonces se mostró muy activo como decorador de vasos. Gracias al método comparativo, se puede presumir que hizo suya la técnica que consistía en trazar, con incisiones, unas siluetas cuya mediación realzaba con una pincelada negra continua, y que después las colmaba con multitud de detalles superfluos y muy elaborados, alusivos a animales que desplegaba en hileras sobre fondos de flores, sin llegar al relato de historia alguna. Ilustraban objetos destinados a la decoración del hogar, parte de los cuales al menos pudo servir para nutrir el comercio del padre, que con generosidad financiaba el dispendioso gasto que originaba aquella actividad.
Pero fracasó Perses como pintor de vasos. Parece fuera de lo posible calcular qué efecto pudo tener tan desastroso crac en la economía familiar, tanto por la porción de renta absorbida, y en consecuencia negada a otros fines, cuanto sobre los ingresos de los otros proyectos económicos del padre. Pero sí está a nuestro alcance revelar que, con frecuencia, Perses quedaba insatisfecho del acabado de sus obras, y las destruía violentamente sin reparar en el oneroso costo de los soportes.
Tal vez aconsejado por la prudencia, de cuyo ascendiente sobre su comportamiento habitual no es fácil reunir indicios, simultáneamente se ejercitaba como poeta. De sus conquistas en este campo, pasado el tiempo, solo retuvo y consolidó una personalísima letra, que había llegado a ser muy adulta mucho antes de ser joven.
Tocó a Hesiodo nacer bajo el signo del gobierno aristocrático. La constitución de su ciudad, apenas extendida hasta las aldeas inmediatas, aseguraba a los terratenientes el poder. Aun favorecido por la fortuna, detestaba que los hombres ganaran su estado antes de que lo merecieran, que las leyes de la herencia perpetuaran la desigualdad que se sostenía sobre la riqueza mal adquirida. Los viejos códigos, que sobre las generaciones descargan su peso, como el fardo sobre la espalda del estibador, a los observadores distantes parecen desprovistos de sentido moral. A decir verdad, bastaba con la afinidad que disuelta en la sangre fluye para que los vástagos recibieran sus obligaciones, sin que su conciencia contara. Los actos de la vida de Hesiodo, y las decisiones del impar Perses, revelan que la conciencia si podía sobrepasar a la obligación, y que el cálculo opera con la cobardía, el margen hábil que la norma jamás anula.
Llegó la hora de la única guerra justa, la que promovieron las ciudades contra sus tiranos. Combatió Hesiodo en ella, incluso a riesgo de su bienestar. No pudo calcular que la consecuencia de su fervor político, idéntico al de otros jóvenes apasionados con los que convivió, alentara, pasado el tiempo, la injusticia que se nutre de la democracia. Perses, con el pretexto de templar su cuerpo para el anhelado futuro, en momentos tan decisivos permaneció en la retaguardia. Atenazado por su horror a la batalla, aunque se esforzaba por evitar el riesgo de parecer tibio, sobrevivió el tiempo de la contienda a la sombra que Hesiodo, aun siendo menor, le proporcionara.
Ignoraba Hesiodo, cuando decidió entregarse a esta parte arriesgada de la vida, que entre sus antepasados pudiera contarse héroe alguno. Llegado el día siguiente a la batalla, cuando la aristocracia menos avisada momentáneamente se replegó, y volvió la paz, y el peligro que por la pasión política se podía enfrentar había desaparecido, Hesiodo creyó concluida su obligación civil. Perses, limitado su proceder por sus empresas, calculó que su vecindad al pasado y al riesgo podía valerle algún merecimiento, y ocupó en la primera fila de los desfiles un puesto acreedor a los honores, aval suficiente para que años después se convirtiera en un celebrado biógrafo de los héroes a su pesar antepasados.
Fue cumpliendo la vida su ciclo, y al padre le llegó la hora de su muerte inesperadamente. Era Hesiodo un hombre piadoso y lloró junto al cuerpo indefenso la pérdida de quien era responsable de su vida, con tan sincero llanto que jamás alguien supo de él, a excepción de Perses, testigo de la escena. Con mirada fría contemplaba la inútil fragilidad de su hermano menor. Hesiodo volvió la vista hacia el lado donde impasible su hermano permanecía. Gracias a las lágrimas, le fue dado ver a un desconocido de una dimensión monstruosa. Celebraban los antiguos la ceremonia lustral adjudicándole la regeneración que la limpieza aparenta. Regeneró la vista de Hesiodo el llanto, y por su causa pudo observar de Perses atributos hasta entonces para él ocultos.
Paso oscuro de la vida de ambos, habiendo los dos llegado a la plenitud, es el que la tradición narra como disputa por una mujer, la forma más vil que puedan tomar las diferencias entre los hombres. Con seguridad, su origen fue una infidelidad de Hesiodo. De esta manera tan directa se puede hablar porque jamás la ocultó, y tantos y tan explícitos datos, por su voluntad expresa, sobre ella hasta nosotros han llegado que puede decirse, si los ingredientes con que se cocina la infidelidad son la ocultación y la mentira, que otro nombre habría que buscar para aquel comportamiento. Alcanza el deseo un poder tan alto, tanto impone su tiranía al hombre, llegado a la cima de su edad, que comete el imperdonable exceso de creerse capaz para impugnar con sus decisiones todo lo que la experiencia de generaciones ha reglado. Pero no sería tan directa la causa de aquel combate. De la misma manera que, habiendo alcanzado Dios la condición de Ser Supremo, cualquiera que a Él quisiera equipararse a la condición satánica por Él se vería condenado, entre los hombres, que compiten por sus seres complementarios cruzando sus espadas, cualquiera que pise territorios consentidos como propios es objeto de persecución, combatido, al destierro relegado si el genio propio se resigna a permitir la supervivencia del opositor. Tal pudo ocurrir con Perses, que jurara odio eterno a quien se había atrevido a ser tan humano como él, secretamente infiel, y sin embargo no ocultarlo.
La conservación de los documentos en la antigüedad no era fácil. Había que optar entre la arcilla, suministrada en placas de superficie tan pequeña como frágil, y el papiro, cuya producción estaba reducida a las áreas más meridionales del mundo alfabetizado. El transporte de la arcilla escrita era costoso y arriesgado, aunque fue la gestión administrativa la que descalificó su conservación. La opción gubernamental en favor del papiro convirtió a Perses en un experto burócrata, quien ya en la edad madura había decido emplearse en las oficinas públicas. Viajó, estudió soluciones, encabezó la difusión de los mejores procedimientos para su custodia, y así progresó casi tanto como había ambicionado.
Afianzado su puesto, meditó sobre los conocimientos que había adquirido gracias a su cargo, y consiguió que le resultaran aún más valiosos. Convenientemente organizada la captación de la materia prima, la expansión del papiro creaba la oportunidad de un lucrativo comercio en exclusiva siempre que fuera explotado hasta su consumo como soporte de obras escritas. Abandonó definitivamente otros proyectos y decidió arriesgar como editor sobre papiro, sin por eso descuidar la actividad que le permitía sostener la economía de su hogar.
La edición de libros, aunque limitadamente remuneradora, para los antiguos fue por compensación una vía útil para acceder a la fama, de cuya cuota correspondiente pretendió disponer Perses con esta iniciativa. Lo quisieran o no, por aquella causa los siglos habrían de guardar memoria de su paso por la tierra, porque a la edición de ningún texto prestó más atención que a la de los suyos, de dudoso valor. Para sostener esta actividad quiso contar con Hesiodo. A pesar de que sus diferencias ya eran ostensibles, no le negó su colaboración. Sin embargo, porque Hesiodo, ya celoso de su libertad, rehusó comprometerse con la promoción del negocio, por Perses fue excluido de cualquier participación en el proyecto de entonces en adelante.
De la animadversión que sin recato Hesiodo manifiesta al que sin disimulo detestó, una parte de la responsabilidad es atribuida a cierta herencia recibida, que unos creen procedente del padre y otros de una línea colateral. La deducción que la crítica ahora acepta sostiene que la recepción de aquellos bienes los distanció porque lamentablemente, cuando menos, hubieron de compartirla. A su favor abogaría el razonable fundamento de haberse visto obligado a dividir por dos un patrimonio que a uno solo, si se hubieran forzado las negociaciones, le habría proporcionado una pasable mediocridad cuando menos. De buen grado, sin embargo, por iniciativa propia, habiendo sido Hesiodo el gestor del traspaso de los bienes, parece que prefirió limitar las exigencias a las impuestas por la ley y compartir la herencia con cuantos legatarios fuera posible.
En busca de otras respuestas a unos comportamientos tan discordantes se ha especulado también con el origen del tono admonitorio con el que Hesiodo prefirió dirigirse a Perses. Indicios de la intolerancia de este no faltan, ni de la facilidad con la que sus compañeros contra él animaban sentimientos adversos. Severo en sus juicios, despiadado con las faltas ajenas, frío vengador de su vanidad herida, sembró el transcurso de su existencia de guaridas desde las que ser emboscado. Desde cualquiera de ellas pudo sufrir un asalto. La reiterada intención de Hesiodo habría sido advertirlo contra la amenaza de la vanidad. Sin embargo, ninguna de sus previsiones por Perses fueron sido tomadas en consideración. Habría sido la persistencia en su desprecio a las reconvenciones la que habría aconsejado al mitógrafo emplearse contra él en el tono más severo.
Las últimas investigaciones, sin embargo, han conseguido reunir indicios que van más allá. A Licurgo, héroe civilizador para los suyos, atribuyen los textos la promulgación del severo código que obligó a los lacedemonios a entregar sus hijos a las armas. Las otras ciudades griegas no vivieron bajo la inspiración de un orden menos exigente, aunque descargaran sobre Esparta el colmo del rigor que a los ciudadanos imponía la renuncia al amor filial en beneficio de la patria. Fueron igualmente belicosas y conservadoras, asimismo paralizadas por el temor al asalto por sorpresa y por la forma de coalición entre poderes locales que el analista contemporáneo, con rígida perseverancia, cree justo llamar anfictionía. Hasta Orcómeno también alcanzó la urgencia y la inquietud, y sus hombres, apenas llegados al principio de su edad, se veían en la obligación de entregarse a las armas.
Se refugiaron en los ejércitos antiguos, porque ya fundaban su poder en el principio jerárquico, las severas costumbres de iniciación en la ruda disciplina ciudadana, y la parte más oscura de la ambigua manera de entender la iniciación sobrevivió en ellos con sorprendente vitalidad incluso más allá de la antigüedad. La iniciación estrictamente militar buscó la resignada obediencia, para constituir de modo incuestionable el mando y dar el mayor grado de eficacia a las órdenes que de él descendían. Brutales prácticas, que usaban la agonística como instrumento, tomaron carta de naturaleza con aquel fin. Valiéndose del rango que tenían conferido, los mandos conseguían la sumisión de sus inferiores forzándolos a una humillante pasividad sodomita.
Hay indicios suficientes para sospechar que Perses, aún ambos conviviendo acogidos al hogar, ocupaba una parte de los ocios que el trabajo en el campo con generosidad consiente en adelantar a su hermano al menos una parte de una versión elemental de aquellos ejercicios. Del modo en que es mencionada, en aquellos pasajes que aluden a estas situaciones, más que de afirmación alguna, porque esta clase de hechos suele sellarlos el silencio, y con sus protagonistas bajan vírgenes a las tumbas, deduce la crítica que el cuerpo a cuerpo pudo concluir, con la frecuencia que se puede sospechar, con la imposición de las formas más humillantes de la iniciación, destinadas regularmente, aun al margen de la norma, a dejar constancia irrevocable de a quién corresponde la prevalencia, en el ámbito familiar únicamente decidida por la cadena biológica. Perses habría arrastrado a un Hesiodo muy joven a las formas menos confesables de la iniciación. Con el señuelo de la gloria, bajo la justificación de la grandeza de la obra que los ejércitos emprenden, lo humillaría.
Otros creen que la causa del irrevocable desprecio estuvo en que el curso iniciático habría culminado con la revelación de las artes del homicidio. Llevaría Perses a su hermano a un lugar reservado donde pudo ver cómo con un diestro giro del cuello, impulsado con los pulgares apoyados en la mandíbula, las inocentes víctimas felinas, útiles para el simulacro, en un instante eran abandonadas a su peso, sin un gesto de dolor, sin un gemido, en el más hermético silencio. De esta manera habría pretendido hacerlo a un tiempo cómplice mudo y subordinado a su poder.
Pudo vivir Perses hasta 675, un total de tres cuartos de siglo de existencia. La exactitud de la cifra algunos la consideran más presagio que sortilegio.
Último deseo
Publicado: junio 16, 2016 Archivado en: Epaminondas Álvarez | Tags: historias Deja un comentarioEpaminondas Álvarez
Examinó con atención la carta, en presencia del maître, y antes de que hubiera pasado un minuto habló. «De entrada tomaré la ensalada de confit de pato, naranja y granada.´´ «Una atractiva propuesta. La mezcla de las frutas y la carne de pato confitada, sobre un fondo de roquette y aderezado con una suave salsa a base de vinagre de manzana, resulta deliciosa.´´ «También este assorti de paté de perdiz, foie de pato trufado y paté de foie con setas.´´ « Correcto. El foie de pato trufado tiene una entrada potente en paladar y una permanencia suave en boca. Y el paté de foie con setas, un sabor exquisito y puro, sin la menor alteración gustativa ni aromática, algo no menos estimable para un paladar exigente.´´ «¿Tienen pudding de cabracho?´´ «Excelente.´´ «¿Y angulas?´´ «Desde luego.´´ «¿Y percebes?´´ «Traídos esta misma mañana.´´ «De acuerdo. ¿Qué carne me recomienda?´´
Atraído por el movimiento de aquellos labios seductores, mantenía concentrada su mirada en el rostro del que fluían las palabras más colmadas. «Nuestra especialidad es la carne de vacuno. La preferimos tanto por su textura como por su olor.´´ Y el maître, a la vista del efecto que estaba obteniendo su melodía, lo agasajó con su bien sabida lección. «La textura o carnosidad es obra de la configuración de sus fibras musculares. Su calmante aroma, tan característico, se debe a su tejido graso, algo realmente excepcional en los mejores cortes, dando por supuesto que nuestra carne magra solo contiene un tres por ciento de grasas. La confluencia de todas estas condiciones es la que crea la insuperable sensación que convencionalmente llamamos sabor, y un mayor marmoleado, o infiltración de grasa, en los tejidos musculares no es en sentido estricto algo que favorezca una mayor calidad de la carne.´´
Sus ojos, rendidos a las explicaciones, se le salían de las órbitas, mientras que el deferente servidor, crecido, iba desplegando sus saberes. «No obstante, los gustos oscilan. Si se acepta la nomenclatura establecida en 1927, para referirse a los estándares de calidad de la carne de bovino según su infiltración de grasa, por iniciativa del United States Department of Agriculture, las clases más valiosas del vacuno de mesa serían, de mayor a menor calidad, la prime, que es la que contiene entre diez y trece por ciento de grasa, la choice, con una proporción comprendida entre el cuatro y el diez por ciento, y la select, que es la que solo tiene entre el dos y el cuatro. Ninguna de las demás que la misma nomenclatura reconoce (standard, commercial, utility, cutter y canner), porque a lo sumo solo contienen trazas o hilos de grasa, se consideran culinariamente relevantes. Sin embargo, en Japón sorprendentemente prefieren una infiltración de grasas mayor que las comercializadas habitualmente a un lado y otro del Atlántico. Contando a partir de las proporciones, clasifican sus carnes del cinco al uno. La calificación cinco expresa la mayor densidad de las vetas y uno la menor. La mayoría de las carnes que se evalúan con esta escala poseen al menos dos grados más de infiltración que las de más alta graduación de los Estados Unidos, la USDA prime.´´ «El exceso de grasa de las carnes del Japón, edén del minimalismo, donde con un puñado de arroz hacen un almuerzo, con un papel, un tabique, con un nicho, una habitación de hotel, no me convence´´, replicó por primera vez. «Que admitan para sus productos esos valores tiene su explicación. El vacuno selecto japonés proporciona una carne rigurosamente sana porque posee un elevado porcentaje de ácidos grasos insaturados y polinsaturados, tales como el ácido oleico, linoleico o linoleico conjugado, cualquiera de los cuales ayuda a prevenir las enfermedades más perniciosas.´´ «Me hace usted dudar.´´
Recuperada su ventaja, reanudó el maître el despliegue de su artillería, prevista para rendir las posiciones de los más irreductibles. «Disponemos de cualquier rango de vacuno que dese. Podemos servirle ternera blanca o lechal, el producto exquisito de un animal sacrificado antes de cumplir los ocho meses, y que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna. Su carne tiene un atractivo color rosáceo, es fácil de digerir, muy tierna y jugosa, y nuestra cocina la elabora en casi nada de tiempo.´´ «No. Alguien podría pensar que induzco al infanticidio, severamente perseguido por el sanguinario Tiberio.´´ «También tenemos a su disposición ternera, tanto macho como hembra. Cualquiera de los cortes que de este origen guarde nuestra despensa ha vivido entre un mínimo de ocho meses y un máximo de doce. Su carne es de sabor suave, y de características similares a la lechal. Fundamentalmente, tiene poca grasa y menos calorías que las de mayor edad, aunque su contenido en agua, es necesario reconocerlo, es relativamente grande.´´ «Suena muy apetitosa. Pero tal vez parezca que le hinco el diente a criaturas demasiado jóvenes.´´ «Si lo desea, podemos prepararle añojo, asimismo macho o hembra. Es verdad que la carne del añojo tiene un sabor algo más intenso. Su masa contiene algo más de grasa, pero aún resulta tierna porque los ejemplares que nos proporcionan los cortes han vivido nada más que entre doce y veinticuatro meses.´´ «Eso suena a trato con adolescentes. Entre mis compañeros, hay quienes lo consideran detestable, hasta aborrecible.´´ «No crea. En Italia, desde hace siglos, sus más expertos comensales siempre han preferido la carne de animales jóvenes, sacrificados entre dieciséis y dieciocho meses.´´ «Oscuras costumbres italianas.´´ «Bien. Si prefiere una carne de color aún más intenso y más sabrosa, aunque tal vez menos tierna que las anteriores, lo que desde luego obligaría a nuestra cocina a una elaboración algo más prolongada, en el novillo, igualmente tanto macho como hembra, cuya edad está comprendida entre los veinticuatro y los cuarenta y ocho meses, tiene la primera posibilidad. También puede optar por nuestro peculiar cebón, un macho que ha sido castrado sin haber cumplido los cuarenta y ocho meses. Es una oferta poco corriente que sin embargo tiene serias ventajas. En esta clase de animales gusto, grasa y textura están muy equilibrados. El resultado es tan sabroso como atractivo su color intenso.´´ «¿No resultará algo arriesgado?´´ «Al contrario. En Gran Bretaña, y aquí mismo, tradicionalmente se han consumido animales a un tiempo jóvenes y de varios años de edad. Siempre hemos creído que un animal de menos de veinticuatro meses es insípido y que el mejor sabor se obtiene de piezas de más de treinta y seis. La costumbre más extendida en Japón es similar. Allí el mejor vacuno se mata entre los veinticuatro y los treinta meses. Incluso después de la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, un contagio que estuvo a punto de acabar con todos nosotros, la política higiénica de occidente redundó en este segmento de edades. A partir de aquellos tristes hechos se extendió por toda Europa la exigencia de que el vacuno fuera sacrificado antes de los treinta y seis meses.´´ «Por fortuna, aquella epidemia es pasado, y se han recuperado los antiguos hábitos, incluso en un grado que tal vez sea excesivo.´´ «Desde luego.´´
Los esfuerzos del maître por detectar el flanco vulnerable de quien parecía seguro de sus decisiones cargaba con algo de vulgaridad la situación. Pero el buen hombre persistía en el cumplimiento de sus obligaciones. «Si prefiere vacuno mayor, podemos ofrecerle hasta tres posibilidades: el buey, musculado macho castrado que ha vivido más de cuarenta y ocho meses; la vaca, hembra también de más de cuarenta y ocho meses; y sobre todo el potente toro, portento de macho entero con la misma edad. Cualquiera de ellos acumula en sus tejidos una cantidad de grasa mayor que la de todos los ejemplares más jóvenes, pero también más sabor, más color y sobre todo un aroma insuperable. Asimismo, su contenido en proteínas es el más alto. Cualquiera de estas carnes solo tiene el inconveniente de que puede resultar algo más dura que las otras, y que por tanto necesita más tiempo de preparación.´´ «Suena bastante mejor. Sí, definitivamente, buey.´´ «Por supuesto.´´
Tomaba aún nota nuestro sugestivo amigo cuando le propuso: «Estaría bien probar la carne del país.´´ «Nuestra despensa no solo cuenta con carne local. Cualquiera de las tierras que hayan dedicado atención a las razas de mesa ha obtenido carnes de excelente calidad, y ninguna la ignoramos. Desde luego tenemos Charolais y Limousin. Pero también son exquisitas nuestras inglesas Shorthotn y Hereford, de fibra muy compacta y con grasa en la proporción justa, o la Amberdeen Angus escocesa, igualmente incluida en nuestra carta. Y de Italia importamos la Chianina. De Estados Unidos traemos su Hereford, así como su Black Angus. Allí, para obtener de ellas el mejor producto castran los machos cuando aún son terneros, y sacrifican las vaquillas de entre quince y veinticuatro meses que nunca hayan parido. En cuanto a la calidad de la carne de vacuno japonesa, sin que por esto deje de respetar su opinión, creo que es mi deber recordarle que hoy en día cuenta con reconocimiento mundial. Es muy apreciada su Shimofuri, carne muy veteada que tiene todas las ventajosas infiltraciones de grasa de su vacuno. La Tajima Wagyu, acrónimo de wa, Japón, y gyu, ganado, una raza probablemente originaria de la actual Turquía, de donde emigraría en torno al siglo segundo de nuestra era, es la más demandada entre nuestros comensales más exigentes porque es ideal para los tradicionales sukiyaki y shabushabu. Sus mejores ejemplares se crían en la región de Hyogo, cuya capital es Kobe.´´
De nuevo decidió tomarse tiempo. Observando su actitud, tuve que admtir que tal vez su fruición alcanzaba los niveles más altos gracias a la acción combinada y simultánea de oído y gusto. ¿Sería posible que hubiera llegado a ser un comensal solo de oídas? «No es fácil decidirse por una.´´ «Todo depende del corte que prefiera. Nosotros, para la mesa, nos limitamos a los más apreciados, sin que por eso despreciemos ninguno. Cualquiera de ellos puede conservar sus excelentes propiedades, si es tratado de la manera adecuada. Hasta de los menos cualificados, que destinamos a meditadas elaboraciones, a nuestros clientes les proporcionamos sus excelentes efectos. El solomillo es nuestra joya, una pieza de gran ternura, que no tiene nervios y apenas grasa. Lo destinamos a preparaciones simples que no distraigan su calidad. A lo sumo, lo servimos acompañado con salsas sutiles. También resulta excelente en nuestras preparaciones en crudo, como el tartare y los carpaccios, aunque sus mejores cortes, en mi opinión, son el chateaubriand, el tournedó y el filet mignon. Del lomo alto extraemos el entrecôte, la porción carnosa que se aloja entre las costillas, que podemos presentarlo con hueso o no, según guste. También sacamos el roast-beef, al que solemos dejar una capa de grasa para cocinarlo como se merece. Al primero le aplicamos las brasas y al segundo el horno, y a cualquiera de los dos elaboraciones muy controladas para evitar que se sequen. También exige mucha atención la preparación de las piezas que se extraen del lomo, todas de primera calidad, de donde sacamos el entrecôte genuino. De la cadera es nuestro rumpsteak, filete muy recomendable. Asado moderadamente, da un producto muy tierno, aunque su aspecto sea menos lucido que el de otros cortes. Las tranches de babilla, también de excelente calidad por su ternura, son un buen sucedáneo del solomillo, aunque sin alcanzar idéntico nivel, lo que por otra parte las hace más asequibles. En cualquier caso, las preparaciones que con ellas podemos ofrecerles son las mismas que elaboramos con el solomillo. Nuestro beefsteak, extraído de la tapa, aunque puede resultar algo seco, tratado a la milanesa es muy aceptable. Con la contratapa preparamos también filetes a la plancha, buenos asados y guisos del tipo fricandeau, una suculenta olla muy recomendable cuando hay que convivir con las bajas temperaturas. El redondo lo ofrecemos braseado con verduras.´´
El encargado del comedor se movía tras ellos cambiando cubiertos, corrigiendo la posición de los platos, seducido por lo que oía. Apenas daba indicaciones con un giro de ojos a quienes con delantal blanco, que replicaba al del encargado, con el intercambio de sus miradas y su ajetreo complicaban aún más las explicaciones. «Si prefiere descender a las carnes de segunda, podemos servirle espaldilla, aguja o morcillo. El aspecto de la espaldilla no es muy atractivo, pero cortada a dados nos presta buenos servicios en la elaboración de exquisitos ragoûts y guisos, aunque nada impide que recurramos a ella para un razonable beefsteak de mediana calidad. La presencia de la aguja tampoco es la mejor, pero su parte superior la utilizamos tanto para freír como para guisar. En cuanto al codillo, morcillo o jarrete, estamos convencidos de que sería necesario modificar la opinión que sobre él se ha naturalizado. Proporciona una carne muy gelatinosa, muy recomendable para elaborar caldos densos, poderosamente proteínicos, a la vez que sabrosos. Para hacerse una buena idea de su calidad, basta mencionar que nuestro renombrado ossobuco lo obtenemos de esta pieza.´´
De su actitud resignada, algo reflexiva, porque a cada tanto bajaba la mirada y jugaba con los cubiertos y la servilleta, podía deducirse que aquellas recomendaciones no estaban obteniendo de él la mejor respuesta, mientras que el maître, visiblemente, se fatigaba. «Las carnes de tercera, en modo alguno despreciables, también nos prestan excelentes servicios. La falda la destinamos a hacer rollitos y rellenarla o a picarla, pero igualmente podemos preparar con ella hamburguesas y aleta al horno con excelentes rellenos, el más apreciado de los cuales es el de quesos, cuyas variedades podría elegir. El pescuezo, carne entreverada de grasa, nos sirve para picar y elaborar mezclas con otras carnes y obtener nuestras exquisitas albóndigas. El pecho lo empleamos en la elaboración de cocidos y caldos, y el rabo es una pieza de enormes posibilidades, aún no del todo exploradas. Desde luego es insustituible para el guiso que regularmente se conoce como rabo de buey, pero sus resultados son sorprendentes en la elaboración de nuestra famosa oxtail soup y nuestros cocidos. El morro es el aliado perfecto para guisar suculentos callos y toda clase de preparaciones de casquería, y la contribución de la pata es insuperable cuando se trata de preparar fondos de salsa gelatinosos.´´
Agotado su repertorio, el maître se mantuvo expectante, ante lo cual de nuevo se tomó algún tiempo antes de darle alguna indicación. «Es difícil decidirse.´´ «Desde luego, lo fundamental es la preparación por la que se opte.´´ «¿Qué me recomienda?´´ «Sin duda, la mejor manera de saborear el buey es evitar la manipulación excesiva.´´ «¿Brasa?´´ «Perfecto, aunque la elaboración de las carnes a la brasa exige paciencia, distancia y tiempo. La preparación que se atiene con disciplina a estos principios, porque ningún otro procedimiento requiere tanta experiencia ni tanto sentido culinario, es la correcta y marca la diferencia. Para conseguir un resultado que esté a la altura, elegir acertadamente la pieza que se desea disfrutar es lo más importante. Con un corte de segunda o tercera no se pueden pretender ni los mejores sabores ni las mejores texturas. Pero, aun así, perdóneme si insisto en ello, en mi opinión su contenido en grasa es lo primordial. Contribuye de manera decisiva a que el producto quede suave y jugoso. La grasa se derrite en el transcurso de la preparación al calor de las brasas y da como resultado una textura muy suave. Creo que el corte de carne de vacuno ideal para llegar tan lejos, trabajando en la brasa, es sin ninguna duda el entrecôte.´´ «De cuál sea el corte elegido dependen también la temperatura necesaria para preparar la carne y el tiempo que hay que invertir´´, se creció, definitivamente excitado a consecuencia de la batería de estímulos que había recibido, y añadió: «Unos cortes necesitan temperatura alta por poco tiempo, otros exigen temperatura más baja pero durante más tiempo, otros, menos calor, así como no demorarse demasiado cuando se procesan.´´ «También es importante que la pieza tenga un grosor regular, para que se haga de manera uniforme. Creo que nunca debe ser inferior a dos centímetros y medio. Un corte más fino pondría a la carne en el peligro de hacerse de manera imprevista más de lo debido.´´ «No es inexcusable, aunque comprendo su punto de vista. Lo imprescindible es que la fuente de calor sea elegida y preparada con cuidado, porque el poder calorífico de cada combustible varía, y por tanto el tiempo de cada elaboración. He comido en asadores que se deciden por la leña, por ramas sin más cortes que los inevitables, o incluso por sarmientos. Es verdad que cualquiera de ellos da resultados aromáticos a discreción, variables según las preferencias. Pero, además de que, si el combustible elegido desprende un aroma muy poderoso, puede enmascarar el de la carne, que es el primordial, leña y ramas tienen el inconveniente de que exigen su puesta a punto fuera del fogón, un trabajo paralelo que divierte la atención del cocinero, quien debe evitar la vivacidad que estas llamas espontáneamente provocan, lo que podría chamuscar la carne y precipitar su acabado antes de que hubiera alcanzado el punto deseado.´´ «Por eso en nuestra casa hemos decidido que el carbón vegetal, cuyos aromas ha moderado el paso del tiempo, envolviéndolo con otro inconfundible que remite al fuego, es lo más seguro. Permite situar la parrilla a una distancia regular, nunca demasiado cerca de la fuente de calor, y sus brasas duran mucho, y además mantienen una potencia constante. Como, por otra parte, estamos convencidos de que tan importante como el braseado es el ahumado, para completar los aromas que inevitablemente se adhieren a la carne basta con recurrir a un toque evocador del lugar donde pacieron los animales que proporcionan el placer al comensal. En los laterales de la parrilla, mientras se están haciendo las presas, dispersamos ramitas de romero y tomillo.´´ «Ojo que para que pueda ser posada en la parrilla sin riesgo, la carne debe estar expuesta a la temperatura ambiente al menos desde una hora antes de que las brasas sean encendidas; nunca exponerla a su calor recién sacada de la cámara de conservación, en la que ninguna debe permanecer más allá de un par de semanas. Además, una vez encendidas las brasas, mientras van adquiriendo el estado conveniente, y antes de que alcancen toda la potencia prevista, los responsables de manipular las piezas de carne deben mantenerlas cerca de las parrillas durante un tiempo, para que vayan sudando, sin exponerlas aún a la acción directa del fuego. Y todavía, antes de posar la carne frente al carbón, debe ser engrasada la parrilla con aceite de oliva o mantequilla derretida, para evitar que la carne se adhiera al metal y pueda desgarrarse al darle la vuelta o al retirarla, lo que provocaría al menos una pérdida parcial de sus jugos. Debe embadurnarse la parrilla con cuidado, teniendo precaución de que no caiga aceite sobre el carbón, porque este accidente podría incrementar el poder de las brasas hasta ponerlo fuera de control. Para evitar este riesgo puede ser suficiente con engrasar la parrilla con un papel de cocina untado con aceite.´´ «Que el momento de colocar las piezas sobre la parrilla ha llegado lo indica el aspecto de las brasas, aunque reconozco que los juicios sobre cuál es el más adecuado pueden divergir.´´ «Para unos, ha llegado cuando están muy vivas, prácticamente ardientes, mientras que otros creen que lo correcto es aguardar a que estén ya maduras, blanquecinas o grisáceas.´´ «En realidad, la disparidad deriva de la gama de acabados que se ofrezcan al cliente.´´ «Las carnes poco transformadas obviamente no necesitan altas temperaturas, mientras que las más hechas son consecuencia directa de la exposición a más calor.´´ «Para lograr un resultado jugoso, al mismo tiempo que marcado por fuera, el proceso debe desarrollarse completo manteniendo el fuego muy vivo, para que la carne prenda muy rápidamente, tome color y pronto se ponga crujiente por ambos lados. La exposición al calor intenso de las brasas sella la superficie de la carne que lo recibe directamente, no da tiempo a que toda se caliente y mantiene los jugos entre sus fibras. Solo procediendo de esta manera se puede obtener un acabado blue rare.´´ «No, mi paladar prefiere el otro criterio. Permite trabajar con una temperatura no demasiado alta pero durante más tiempo, lo que habilita una moderación del calor más controlada.´´ «Para responder a cualquiera de las posibilidades, basta con esforzarse en mantener dos temperaturas dentro de la parrilla; en un lado, alta y en otro, media. Estamos convencidos que actuar de otro modo, a poco que se incurriera en un error de cálculo, provocaría que la carne se reblandeciera y apareciera la fibra, razones ambas que contribuirían a un producto final muy poco recomendable.´´ «Yo lo veo de otra manera. Como, una vez colocadas las piezas en la parrilla sobre un fogón a cierta temperatura, modifica el resultado que se obtenga el tiempo que se expongan a su calor, la cocina más bien debe esforzarse por controlar el transcurso de los minutos que el proceso consume, que nunca tienen que ser muchos. Todo el que se juzga necesario para poder garantizar un buen resultado puede caber en el que emplee en acabar con los entrantes. Debe ser suficiente para dejar que las piezas se hagan tranquila, lentamente, hasta que alcancen el punto adecuado, que la carne no se queme demasiado por fuera y esté hecha en el centro.´´ «Para un beefsteak delgado puede bastar con un minuto por cada lado, si se quiere muy poco hecho. Si se prefiere hecho, el máximo debe ser tres minutos por una y otra cara, mientras que en dos minutos se obtiene el punto saignat, muy solicitado por nuestros más expertos degustadores del mejor vacuno.´´ «Las piezas de mayor grosor necesitan más tiempo. Para obtener con ellas el mejor resultado, una vez que la carne haya prendido por un lado basta con esforzarse en garantizar que la acción del fuego permanezca estable, para que la carne tome temperatura por dentro. De lo contrario, resultaría un hermoso trozo de carne carbonizada y a la vez casi crudo. A lo largo de todo el proceso, mientras se está haciendo la carne, para regular el orden de la elaboración el cocinero debe permanecer atento a la parrilla, y en las zonas con menos calor, más alejadas de las brasas, ir colocando las piezas siguientes. Las que estén expuestas a su acción no debe tocarlas, ni darles vueltas continuamente. Solamente debe girarlas cuando por la primera cara hayan alcanzado el punto pretendido. Y para manipularlas, en vez de instrumento puntiagudo alguno, porque cualquier orificio en su masa puede provocar pérdidas de sus jugos, tendrá que utilizar pinzas y espátulas. Para que la carne quede jugosa una vez hecha, al retirarla del fuego, por último debe dejarla reposar, como mínimo entre cuatro y cinco minutos. De este modo todos los jugos de nuevo se distribuirán por la pieza y quedará esponjosa y suave. Y no debe cortarla de ninguna manera, porque también en ese caso todo el jugo se saldría.´´ «Correcto, así lo haremos, aunque hay quienes piden que en el transcurso del proceso de preparación la pieza sea salada, una vez que ha prendido por uno de los lados, que le den la vuelta y la salen por encima, y luego procedan de la misma manera por el otro.´´
Aquella réplica puso al descubierto que su interlocutor estaba rendido, y le proporcionó la certeza de que había ganado la partida. Fue suficiente para que a partir de aquel momento se concediera un creciente tono exaltado. «Creo que al poner la carne en la parrilla nunca debe sazonarse con sal. Si no se comete esta imprudencia, se contribuye a que las carnes conserven sus esencias y queden más sabrosas y crujientes, y a que cada comensal ajuste el sabor de su pieza a su gusto, una vez servidas.´´ «En la mesa podrá disponer de escamas de sal de Maldon, pimienta negra, que puede moler en el momento, ajo en polvo y hierbas aromáticas. También le ofrecemos la posibilidad de obtener un sabor extra proporcionándole aceites de oliva con romero, con tomillo o con ajo.´´ «No, de ningún modo. Para disfrutar del sabor de una carne de buena calidad, es suficiente con sazonarla con algo de sal un instante antes de morderla, para potenciar su sabor, y a lo sumo con un poco de pimienta.´´ «No obstante, con el juego de posibilidades que ponemos a su disposición, además de la degustación de la carne en estado puro, si lo desea puede disfrutarla con distintos sabores, incluso en cada bocado.´´ «Riesgos innecesarios. Si se incurre en excesos al sazonarla, el efecto negativo puede alcanzar hasta el olor. Por lo que a los aromas se refiere, porque complementan el gusto, es suficiente el que debe ser protagonista, producto de la combustión de las grasas, y los que añade el carbón durante el braseado.´´ Definitivamente, se sentía dueño de la situación.
«¿Y la plancha?´´ «De ningún modo. La plancha prescinde de las mejores posibilidades solo con el propósito de sacar todo el partido a cualquier corte.´´ «No hay procedimiento que no tenga ventaja. Además, últimamente hemos introducido una tercera modalidad, completar la elaboración con la variante que se llama a la piedra.´´ «Me parece la consecuencia de una dudosa aplicación del principio democrático. Sus autores pretenden fomentar la participación en el proceso de las carnes de quienes las disfrutan, así como conceder un mayor margen de libertad al gusto del cliente. Yo prefiero otorgarle todo el protagonismo al chef, el insustituible experto en toda clase de preparaciones culinarias, concederle toda mi confianza. Definitivamente, entrecot de buey charolais. A la brasa.´´
El silencio que durante unos segundos mantuvo le sirvió para verificar que el maître, a pesar de toda su ciencia culinaria, finalmente estaba a sus órdenes. «¿Alguna guarnición?´´, le preguntó resignado. «Patatas fritas.´´ «¡¿Patatas fritas?!´´ «Sí, por favor, patatas fritas.´´ Encajado el golpe, enseguida recuperó la compostura. «Bien ¿Qué vino tomará?´´ «¿Qué me recomienda?´´ «¿Cuáles son sus preferencias?´´ «¿Burdeos?´´ «Excelente para la carne”, comentó, no sin cierta frialdad. «Inmejorable un Magnum de Petrus. De Pomerol.´´
“Dio cuenta de la ensalada y los patés, que trasegó ayudado por reiteradas cervezas, doradas y enturbiadoras como un aura. Después, le sirvieron una fuente con angulas y percebes. Fueron suficientes para que llegara en su punto el plato estrella, el entrecot de buey charolais, que fue pasando con cortos sorbos de burdeos.
Aún no había terminado su taco de carne cuando de nuevo llamó al maître. «Tomaré para postre brownie al aroma de menta.´´ «Adulto y refrescante. La hojita de menta crece en nuestro huerto de forma espontánea. Una delicia, estos brownies, créame, y aún más deliciosos si se toman acompañados de un té o un café. Si lo prefiere, se los podemos servir como petits-fours.´´ «¿Petits-fours?´´ «Los petits-fours son nuestras especiales preparaciones de repostería. Tienen un tamaño ideal para comerlos de un bocado. Los tenemos frescos, los clásicos, miniaturas de pasteles, creaciones sumamente tentadoras. Nuestra especialidad son los de pasta choux.´´ «¿Pasta choux?´´ «Sí, pasta choux. Es una de las elaboraciones de las que nos enorgullecemos. Tiene muchísimas aplicaciones, sea en postres sencillos o complicados, en recetas dulces o en las saladas. Es muy versátil. Combina agua, harina, mantequilla, huevo, sal y azúcar. El único cuidado que exige su preparación es que la mantequilla, que debe ser de leche de vaca, siempre en nuestro caso vaca local, ordeñada con el tacto que exige el correcto manejo de las ubres con ambas manos a la vez, ha de ser cortada en trozos, y de esa manera, sin fundir, agregarla al resto de los ingredientes.´´ «Admirable.´´ El maître empezaba a recuperar parte de su ánimo. «También tenemos petits-fours blandos glaseados de diferentes formas; con chocolate, fondant, cremas pasteleras, almendras o emborrachados. Pero todos nuestros petits-fours blandos están compuestos con una base de almendra o avellana y bizcocho esponjoso. El más exquisito, a juzgar por las preferencias de nuestros clientes, es el financier.´´ «¿Financier?´´ «Así es. Dicen que hace años se le llamó de este modo porque no mancha las manos.´´ «No me diga…´´ «Tal como lo oye.´´ «Todo un hallazgo.´´ «Si lo prefiere, nuestros petits-fours salados están hechos con masas hojaldradas, y los cubrimos o rellenamos con ingredientes como foie, jamón, queso, semillas de amapola o salmón.´´ «No parece lo más apropiado para postre.´´ «Bueno, también podemos ofrecerle los petits-fours secos. Son galletas pensadas para acompañar cualquier clase de crema, sean heladas o no, y sobre todo los sorbetes.´´ «Ah, sorbetes. Excelente idea. Y en cuanto a lo demás, probaré las especialidades de la casa.´´ «Correcto. Si se opta por agregarle un postre al plato principal, es imprescindible un sorbete. El que voy a sugerirle lo agradecerá.´´ «¿Que es?´´ «Sorbete de limón y champagne. Es un cóctel que ayuda a la digestión y que tiene un sabor extraordinario. Lo servimos en cada copa con un poco de ralladura de limón para darle un buen aroma, más unas hojas de nuestra menta para decorar.´´ Tras comprobar la hora, creí que había llegado el momento de recordarles que para las cinco estaba prevista la ejecución.
El arca de Noé
Publicado: junio 10, 2016 Archivado en: Venancio Gautier | Tags: historias Deja un comentarioVenancio Gautier
Era Noé aficionado a coleccionar pájaros, excéntrico pasatiempo de cuya popularidad aún nadie ha dado una buena explicación. Unos creen que es la rara habilidad para crear sonidos fuera del alcance del hombre, que algunas especies tienen, lo que suscita admiración y seduce a ciertas personas, como el canto de las sirenas. Otros, sin embargo, opinan que es la posibilidad de volar, que siempre ha tentado al hombre y lo ha convertido en víctima de un deseo que nunca ha terminado de satisfacer. Por mi parte, creo que es una melancólica manera de ver el mundo. Los trinos de los pájaros emiten recuerdos, tal como el eco devuelve voces. Aunque a mi criterio, en este caso, no se le debe conceder demasiada atención. Para toda esta historia no soy más que un observador distante que habla a partir de lo que otros hablaron, y que no posee más testimonios sobre los hechos de la vida de Noé que algunas leyendas, aventuradas por personas que en su opinión, que ellas mismas avalan, son merecedoras de crédito.
Tenía Noé una extraña manera de seleccionar sus pájaros. Los elegía por sus nombres. No le importaba que fueran conocidos o raros, que fueran la consecuencia de una onomatopeya o que los hubieran compuesto con poco ingenio. Solo las denominaciones vulgares o malsonantes no entraban en el campo de su interés. Le satisfacía ver palabras de otros significados transformados en pájaros, y pensaba que como todas las maneras de hacer nombres les habían sido aplicadas todo lo que en el mundo puede existir estaba representado por ellos. La modestia y la sencillez eran virtudes de su agrado y en los pájaros que podían considerarse bajo la jurisdicción de alguna de ellas con complacencia las veía inmortalizadas. Filomela, chercán, cañamero eran pájaros que de antemano contaban con su favor, y con la misma complacencia coleccionaba cardelinas, lúganos y copetones, mientras que a través de selectos contactos repartidos por todas las latitudes mantenía abierta la más elocuente correspondencia sobre orioles, turpiales y malvises. Había extendido su afición hasta las aves, porque era de los que pensaba, probablemente con acierto, que en realidad la frontera entre pájaros y aves, tal como la sostenía la ornitología inspirada en Linneo, no se tenía en pie. Suríes, pipos, alciones también merecían atención, así como dardabasíes, esparveles y araniegos. Y hacía años que deseaba hibridar abejas, rama de sus inclinaciones ornitológicas a la que últimamente dedicaba una atención especial. Disponía de una parcela en la que podría sembrar manuka y mandrágora. Sabía que no eran las mismas abejas las que libaban las flores del árbol y las otras. Si consiguiera unificar sus colmenas en una colonia única, antes o después obtendría una miel que entre sus propiedades curativas incluyera unas que al cuerpo humano le proporcionara experiencias singulares con un riesgo moderado. Solo aspiraba a que su ingestión detuviera el tiempo y mostrara la totalidad.
Pero su gran reto habían terminado siendo grifos, arpías y fénices, de los que toda la información de la que disponía aseguraba que eran pájaros fantásticos. Estaba persuadido de que existían, e incluso conservaba en la memoria un rastro de haberlos visto alguna vez, cerca, frente por frente, ante sus ojos, aunque no podía decir dónde ni cuándo. De los de esta clase su pasión absoluta era el basilisco. Se apoderó de él cuando supo que podía petrificar con la mirada. A partir de aquel momento su hallazgo se había convertido en el primer objetivo de su existencia.
Aunque a su colección de pájaros, aves e insectos dedicara todo su tiempo libre, la actividad que lo ocupaba la mayor parte del día era certificar defunciones. No examinaba muertos ni visitaba el depósito de cadáveres, aunque con esto hubiera bastado para tener la certeza de que ciertos cuerpos habían cruzado la negra frontera. Su ocupación era más delicada y más útil a la república. Se preocupaba de que ninguna muerte quedara sin verificar por su correspondiente documento. Veía con bastante escepticismo su trabajo, y en el fondo lo consideraba inútil. Pero jamás expresó opinión alguna sobre una actividad que sus semejantes creían necesaria. De la acción de la muerte nada modificaba aquella preocupación, pero le sobraban razones para pensar que aquel gesto a los vivos con los que convivía los tranquilizaba. Se limitaba a cobrar su nómina a mes vencido y estaba seguro de que con tan discreto pasar contribuía a extender la felicidad entre sus semejantes.
Compartía la existencia con su madre, bajo cuyo gobierno vivía, bien que tiranizado, en opinión de los vecinos. Pensaban que aquella diminuta mujer era la responsable de que ambos llevaran una vida al borde de la miseria, de que la extrema delgadez que los distinguía era la consecuencia de una dieta extenuante, de que si las contraventanas de la casa siempre estaban cerradas era porque ni en visillos había gastado jamás. Con gusto los dos se atenían a aquella opinión, y esto les valía una fortuna que los más observadores calculaban en mucho más de lo que es necesario para vivir varias vidas sin la menor privación. Probablemente ahí estaba el secreto de la costosa inversión que Noé hacía en su colección de pájaros, aves e insectos.
Un día la madre amaneció con síntomas que la alarmaron. Nada especialmente grave, aunque sí un pulso alterado, algo de mareos, sus fuerzas un poco debilitadas. A su edad, tras casi ochenta años de entrega en decenas de batallas, después de mil y un encuentros, ninguno en las condiciones que favorecen el éxito, o al menos en las que ella hubiera podido elegir, tampoco podía creer que aquellos signos eran un síntoma demasiado sorprendente. Por naturaleza era decidida y se movilizaba al primer indicio. Había llegado a creer que su longevidad era su mejor conquista. Desde que se quedara huérfana, siendo aún niña, convencida de que en tan trágica circunstancia era la única que podía preocuparse por su salud, había mantenido una atención tensa y permanente frente a cualquier síntoma de su quebranto. Es verdad que nunca le faltó el apoyo de un tutor. Pero el buen hombre era un bohemio incorregible para el que solo existía su arte. Vivía al día con lo que sus clientes le entregaban a cuenta de encargos que jamás le saldaban del todo. Se aprovechaban de que había confinado su soledad a los dominios del xinomavro, que consumía en locales que más parecían un desván que una cálida casa de honrados y solidarios bebedores.
Pero el síntoma más inofensivo puede ser el comienzo de un desenlace trágico. Aquel día, después de verse en el espejo, no se encontraba apta para la batalla. Una vez más era su obligación enfrentarse a los pirriquios, pigmeos que aturdían más por su insistencia que por su tamaño, y no tenía cuerpo para ningún combate. A un elefante asiático, incluso que fuera tracio, traído por los ejércitos de Darío hasta las fronteras de Europa; al más capaz elefante africano, que desconcertaba a las legiones de la orilla mediterránea del continente, era posible enfrentarse a cuerpo descubierto. Pero cuando los enemigos no son uno, sino cientos, y al mismo tiempo ninguno, porque ni alguno es uno y todos son demasiados, no es posible aprestarse al combate, como no puede el hombre perdido en medio de las aguas estancadas del trópico debatirse con los insectos incansables que lo aturden, ninguno de los cuales es bastante para arredrar, cuyas formaciones en nubes dispersan todos los esfuerzos, defraudan las previsiones y desmoralizan a los ejércitos que han acudido a la contienda convencidos de su preeminencia.
No parecía nada grave, aunque era necesario atenderla. Él sabía que periódicamente lo necesitaba. La llevó adonde prodigaban sus atenciones los médicos sabios de escasos medios, de corazones generosos, resignados a la tragedia que sobre su oficio pesaba, conscientes de que su mayor éxito era aplazar la muerte, de que nada podían hacer para combatirla con alguna posibilidad para la victoria.
Aguardó a la puerta mientras la examinaban. La espera fue tan eterna como todas las que desean ver satisfechas sus esperanzas. Recapituló las horas que le había dedicado, las estancias que en su beneficio había organizado, los años transcurridos junto a ella, y no pudo evitar que su imaginación, como recompensa, se desbordara. Se representó el mayor de los éxitos para su proyecto más apreciado, una y otra vez pospuesto a causa de la atención que le debía dedicar a las ocupaciones de cada día.
Hacía años que había prescrito que su cuerpo fuera reducido a cenizas insensibles, pasada la prueba del fuego, mientras que ella había decidido que el suyo fuera inhumado. Se veía en la funeraria, donde a lo largo de una pasillo interminable tenían expuestos los ataúdes, en posición vertical, sin tapa, para que el interesado pudiera evaluar la calidad de las maderas, su lacado, la clavazón de los herrajes, el acolchado de los rasos inmaculados, si la altura sería capaz para contener el rostro prominente del cuerpo previsto, si la distancia entre los ángulos escapulares, suficiente para encajar todas las espaldas. Ninguno de sus empleados, hermanos entre sí, con los que estaba conversando plácidamente, era adicto a ninguna de las necromancias a las que exponía el oficio, siendo muchos los descendientes del fundador y prolífico cada uno de ellos. Los cuatro varones, entonces responsables solidarios del negocio que satisfacía a innúmeras familias, habían sobrepasado con creces la tasa de reposición, un deber que sin que alguno de ellos lo hubiera declarado pesaba sobre sus conciencias, conscientes todos de que el negocio funerario solo puede ser expansivo si se incrementa el número de los vivos. Solo una de las hembras había optado por la enfermería, aunque la experiencia había demostrado que en su decisión estuvo más el deseo de sostener los brazos lesionados, si a consecuencia de una fractura, porque el contacto con la piel masculina satisfacía sus modestas aspiraciones de intercambio, que el de acompañar a sus pacientes hasta el borde del abismo.
Llegó a satisfacer su encargo, frío y distante, aun así transportado por una atmósfera cargada de buenos augurios, inspirado por un eco de bienestar.
–Desearía reservar un ataúd.
–¿Reservar?
–Reservar.
–No es la costumbre.
–Es que la difunta aún vive. Se ha propuesto sobrepasar todas la barreras, y presiento que la que a mí me impedirá el paso está próxima. Y no me gustaría abandonar este mundo sin hacerme esa concesión, sin atender a mis deberes para con mis allegados.
–En ese caso, será mejor que actúe.
–¿Eso me permitirá decidir cómo sea?
–Precisamente. A ese fin se llega por la vía del encargo.
–El cofre debe estar blindado, para que el cuerpo permanezca intangible hasta que unos arqueólogos venidos de Marte lo rescaten, una vez extinguida la vida en la Tierra.
Cuando salió la madre, una sonrisa llenaba su cara. La había ido ampliando según transcurría la consulta, tanto que para entonces la apertura de los labios, que dejaba a la vista sus dientes, era la prueba evidente de un diagnóstico favorable. El médico había verificado el pulso, las otras constantes. No tenía dada de cuidado.
Al oír el diagnóstico, lo paralizó un ataque, probablemente precipitado por un exceso de sangre en el bulbo del cerebro donde se concentran las ensoñaciones. Fueron transeúntes los primeros en agolparse en torno a su cuerpo, tendido sobre la acera, excitados por la vista de la muerte. Ninguno se explicaba el espasmo, nadie había visto nada anormal.
Afortunadamente no fue fatal. Conjurado el incidente, convenció a su madre para que lo dejara tomarse unos días de descanso. Había decidido ir en busca del basilisco a los Mares del Sur. Desde hacía tiempo le daba vueltas a la posibilidad de aclimatar a la civilización occidental tan práctico animal. Había leído en algún comentarista de los viajes de Cook que de aquel ser extraordinario se habían encontrado indicios suficientes como para pensar que anidaba en el área de las islas Salomón. Gracias a sus especiales contactos, y a unos esfuerzos que si fueran relatados muchos tendrían por poco veraces, halló en ellas un pájaro que juzgó por completo desconocido en el mundo civilizado, no descrito por la literatura ornitológica y que sin embargo se atenía a descripciones de aquel ser extraordinario hasta entonces tenidas por infundadas. Cuando consiguió cazar vivo un ejemplar, sus miradas se cruzaron. Los ojos de ambos las mantuvieron durante algo más que segundos. Se apresuró a enviarlo a su casa en una jaula.
Cuando volvió, encontró a su madre inerte, tendida en su lecho. El cuerpo tenía toda la apariencia de estar sano. Mostraba buen color, la tez carecía de pliegues morbosos, no tenía bolsas lívidas la piel que hay por debajo del párpado. Y, sin embargo, no respiraba.
Con aquellos signos, no era posible decidir sobre la causa de su muerte. Pero tampoco era necesario. Cuando alguien no espira, está muerto, y no tiene demasiado sentido demorarse en más averiguaciones. Tiempo habría de interrogar a los presentes cuando ocurrió el deceso, si es que los hubo, conjeturar sobre las posibles causas del fallecimiento de la finada. Era evidente que había sucedido la muerte y lo que urgía era deshacerse del cadáver. En poco tiempo daría olor. Aquellas son tierras de temperaturas siempre excesivas, hasta extremas, aunque las crean permanentemente gélidas. Es cierto que, cuando bajan, el frío es prodigioso. Pero en verano suben sin moderación. Aunque la defunción había ocurrido en pleno mes de enero, fatal entre los funestos, las alteraciones que la atmósfera estaba padeciendo aquel año, que la prensa juzgaba anómalas, lo estaban haciendo especialmente cálido, incluso tórrido, si no fuera porque las temperaturas, a pesar de todo lo que se esforzaban por desentonar, no conseguían dejar de ser invernales. Pero era seguro que el cadáver pronto empezaría a evaporar los fluidos de la corrosión, porque está en la naturaleza de la materia corromperse cuando se interrumpe la circulación de la sangre. Aun sin especular con lo que estuviera previsto por las leyes circasianas, era preferible no esperar a que alguna autoridad cumpliera con más formalidades que las imprescindibles. Tanta era la premura por deshacerse de su cuerpo, en otro tiempo un obstáculo frente a quienes se proponían objetivos que buena parte de quienes la conocieron preferían mantener en silencio. Porque los propósitos vitales en pocas ocasiones se benefician del sonido que satisface la curiosidad de los oyentes. Por supuesto que las palabras se lo confieren. Las lenguas no pueden prescindir del sonido, como el aire no puede renunciar al oxígeno. Pero los deseos, los útiles e irrenunciables, suelen limitarse a las palabras que pronuncia en un lugar equidistante a la garganta y a los oídos quien reflexiona, sin abrir la boca, sin que el aire salga de ella. Para que su eco suene alto y claro en la bóveda del cráneo.
Ignoro dónde pudo estar la causa del desenlace, pero lo cierto es que durante los días siguientes a la llegada del extraño pájaro la vieron merodear al borde de un precipicio, muy apartado, al que entre los circasianos solo se llegaba por voluntad propia, no porque el lugar invitara al paseo, no porque lo sentenciara el estado. Conjeturo que fuera un maleficio cargado por la mirada del basilisco. Las maldiciones las impulsan las palabras. Pero tienen un alcance limitado, el que tiene el sonido. Los maleficios los dispara mucho mejor la vista, de un alcance muy superior en las distancias cortas, sin que apenas sean percibidos, sin que nadie sea consciente de que han sido activados. Como todas las ideas, que toman su energía de las neuronas, los maleficios permanecen flotando en el aire si nadie los consume, por demanda positiva, haya sido o no prescrita su absorción, o por azar consecuente al agotamiento de las defensas propias; solo que con más fuerza, porque vagan cargados con la proteína que les proporciona el odio, la reserva biológica de la ira. Es muy probable que el maleficio del que aquella buena mujer fuera víctima hubiera sido enunciado en los términos que quitan el sueño, y fuera el insomnio el que pudo llevarla al final.
Del pájaro no quedaba ni rastro. Volaría sin control en un mundo que desconocía. El futuro lo amenazaba con un cataclismo. Tramitó por vía de urgencia su cesantía. Calculando con el tiempo de vida que le quedaría y los ahorros de los que disponía, decidió ponerse a salvo, y de nuevo se lanzó a la mar, solo que esta vez en un arca metió a Pushkin, a Dostoyevski y, sin olvidar a Goncharov, sobre todo a Gogol. Nunca más volvió a interesarse por pájaro alguno.
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