Parea

Daniel Ansón

En el promontorio Ténaro, en el extremo meridional de Laconia, cerca de la entrada al Hades había una fuente con propiedades únicas. Al asomarse a sus aguas, a pocas brazas de la superficie, se podían ver los puertos y las naves ancladas; todos los de Fenicia, de norte a sur, Alejandría, aún sin faro, los de Libia y las Sirtes, las radas de las Gadeira, el puerto de Menesteo con trirremes, pentecónteras y barcos de comercio y de pesca y gabarras de fondo plano, y sobre las dársenas más tranquilas, barcas con pescadores solitarios que empuñaban su arte mínima.

     Camellos, elefantes, onagros nacidos en el desierto, gente de color semidesnuda, pálidos semitas solitarios, que con sus astucias alentaban la prosperidad de los negocios, estibadores cargados con ánforas y fardos, sus dueños, armadores y comerciantes, capitanes de fortuna, pilotos sin empleo les daban vida.

     Nunca faltaron en el promontorio peregrinos dispuestos a experimentar el prodigio. Concurrían desde todas las latitudes, y nadie resultaba defraudado. Cuando antes sus ojos se repetía, fascinados bebían de las aguas de la fuente con la unción de un elegido, como los devotos de un lugar santo. Llevados por el transporte fuera del lugar y de su tiempo, pretendían que por sus venas fluyera el genio de la representación, para que, vueltos a sus patrias, quedara a su alcance lo que en silencio celaban sus vecinos.

     Demetrio el remero calculó las posibilidades que para los habitantes del lugar tendría que algo tan inusual siguiera ocurriendo. Epámenes el piloto se asoció con Licurgo el comisionista, Lisias y Baquílides, y Adrasteo el tornero, con sus cuñados, prósperos ceramistas de vasos decorados, todos forzados al servicio por sus carencias.

     En las casas de Leónidas, próximas al puerto, los que llegaban dispuestos a rendirse al misterio encontraban alojamiento. Los mesones de Epámenes y sus asociados les daban de comer, y las tiendas de Adrasteo les proporcionaban reproducciones de la fuente. Parea la hieródula se empleó como lavandera. Iba de una casa a otra, de las pilas a los mesones, de los mesones a las tiendas. Toda la población trabajaba para excitar la fiebre fabulosa, todos encontraron cómo sacarle partido.

     Una madrugada, sobrecargada Parea de ropa para lavar, tuvo que recurrir a la fuente. Por la mañana, el prodigio había terminado. Ahora solo pescadores de aguas someras sobreviven en el lugar. Tristes sardinas, boquerones escuálidos, algunas pingües caballas, de ojos planos y lomos hinchados, los deleitan.

 


Babilonia. 2

Cosme Pettigrew

Las dos zonas en las que estaba repartida la parte monumental de la ciudad interior, una áulica y otra religiosa, quedaron unidas por la vía procesional, el gran eje norte sur de la zona más protegida de Babilonia. También rehecha infinidad de veces, los trabajos arqueológicos han rescatado unos novecientos metros de toda su longitud, lo que es suficiente para saber que su trazado tuvo como fin unir la puerta de Ishtar con el complejo dedicado a Marduk que Esagila y la Etemenanki formaban, por donde pasaba la fracción en la que sus constructores pusieron más atención. Cuando llegaba al zigurat –el primero de los dos recintos sacros– giraba al oeste para terminar en el único puente que cruzaba el Éufrates, situado hacia la mitad de su trayecto incluido dentro del espacio urbano y que unía la parte oriental de la ciudad interior con la occidental.

     Si bien la vía procesional en sentido estricto quedaba comprendida dentro del espacio de la ciudad interior, en realidad es la parte más solemne de una línea cuyo trazado está decidido por los principales cultos que en la ciudad se celebraban, el más importante de los cuales era la fiesta del año nuevo, también conocida como fiesta del Akitu o Bib-akitu, una conmemoración anual que tenía lugar durante el equinoccio de primavera. Era la más concurrida de las fiestas que en Babilonia celebraran en honor de Marduk, y duraba del 1 al 11 de nisan, el primer mes del año babilónico. En su transcurso nadie podía sustraerse a la tiranía del culto a Marduk. El bullicio que provocaba arrastraba a toda la población.

     La fiesta cumplía un papel tan relevante en la vida de la ciudad que la autoridad pública, durante décadas, mantuvo la redacción de una crónica dedicada a consignar su celebración. Explicaba las razones por la cuales ciertos años “Nabu no vino para la salida de Baal [y] Baal no salió”. Nabu, encarnación babilonia de la escritura y del saber, a quien aquella mitología presentaba como hijo de Marduk, era el dios propio de Borsippa, ciudad próxima a Babilonia, desde la que cada año se trasladaba a la capital para allí participar en la fiesta. Razones de seguridad aconsejarían que los años en los que la monarquía estaba empeñada en una guerra la fiesta fuera cancelada.

     Conocemos parte de sus ceremonias gracias a una serie de tabletas que describen elementos de su ritual, aunque con importantes lagunas. Recurriendo a secuencias rituales análogas que han llegado hasta nosotros, así como a las múltiples alusiones que contienen otros textos, se puede reconstruir satisfactoriamente al menos una parte de su desarrollo. La fiesta comenzaba con una oración del sacerdote a Marduk, en la que por antonomasia era apelado como Baal, terminada la cual se abrían los actos rituales con la peregrinación de Nabu desde Borsippa. De lo que ocurría durante los días segundo y tercero no sabemos nada con seguridad, porque el texto que sirve para organizar su calendario, conocido como texto del Louvre, comienza con los actos del cuarto día.

     El momento a partir del cual la relación de los actos festivos es recuperable está señalado con otra oración a Marduk, probablemente recitada tres horas antes del final de la madrugada de aquel cuarto día, en la que se le nombra “Señor del mundo, rey de los dioses, Marduk que determinas los destinos […], que ostentas la realeza, posees la soberanía”. En ella además se le pide por Babilonia, su ciudad, que sea indulgente y que tenga piedad de Esagila, su templo.

     Después, aquel mismo cuarto día por la tarde, el gran sacerdote recitaba de principio a fin la Epopeya de la creación o Poema de la creación babilónico, que narraba los orígenes del mundo, cuando aún no existían ni el cielo ni la tierra, únicamente el abismo primordial. De esta manera se pretendía evocar que la celebración del nuevo año significaba el comienzo del mundo, del que era la renovación. Durante esta declamación las tiaras de Anu y Enlil se cubrían con un velo, como si se quisiera evitar que los que antiguamente eran los grandes dioses del panteón mesopotámico se inquietaran con la promoción conseguida por el pequeño Marduk.

     Al día siguiente, el quinto de la celebración, tenía lugar la ceremonia de purificación del templo, liturgia que exigía que el dios lo abandonara. En el transcurso de esta jornada no solo era necesario el concurso del cuerpo levítico, sino que en la parte del ritual que durante ella se representaba también era indispensable la presencia del rey. El monarca era el encargado de coger la mano del dios para hacerle abandonar provisionalmente su templo. Cada fase de la ceremonia estaba marcada por ritos que  ejecutaba bien el gran sacerdote bien el rey, y en ocasiones era necesario que ambos actuaran a la vez. Pero en el momento de mayor significado de la jornada, ante la multitud asistente, el gran sacerdote despojaba al rey de las insignias de su poder, le abofeteaba y le obligaba a arrodillarse delante del dios. El rey tenía que implorar el favor de Marduk para ser reinvestido de su poder. Tan desconcertante rito concentraba su enorme poder liberador en los minutos durante los cuales los babilonios, atentos espectadores del escarnio, se esforzaban por captar los signos que en su transcurso pudieran revelarse, para interpretarlos y así predecir el porvenir. El código que los súbditos aplicaban a la exégesis de la ceremonia estaba inspirado por el valor político que a la representación se le concedía. Si, como consecuencia de la bofetada, el rey dejaba caer unas lágrimas, había que interpretar que había recibido el favor divino. Por el contrario, si no derramaba lágrimas, no podía caber duda sobre que estaba próxima su caída.

     La fiesta, una vez que era ofrecido un banquete a Marduk, terminaba con los actos comprendidos entre el octavo y el décimo primer día. El octavo se emprendía la procesión hacia el Akitu o Bit-akitu, templo del que sabemos que estaba al norte de la ciudad, con mucha probabilidad en pleno campo, todavía no localizado. En aquel recinto, en los tiempos antiguos, se celebraba uno de los actos más trascendentes de todo el ciclo festivo, el matrimonio sagrado entre el rey, que representaba al dios, y una sacerdotisa, destinado a garantizar la fecundidad del país para el año que empezaba.

     En la época a la que nos referimos la procesión, formada por sacerdotes, tenía como objeto llevar al Akitu las imágenes de los dioses, entre las que el papel protagonista correspondía a la de Marduk, que así emprendía una pequeña excursión por fuera de los muros de la ciudad. La procesión dejaba atrás la Etemenanki, tras una breve parada ante la colina santa y otra en el estrado de los destinos. Después, tomaba la vía procesional para salir por la puerta de Ishtar, y a continuación el dios se embarcaba para llegar por el agua, a través del Éufrates, al Akitu. Llegado a su templo del campo, Marduk pasaba tres días en él y el décimo recibía a los dioses, que le hacían una visita solemne. Al día siguiente, el undécimo, todos juntos regresaban a la ciudad.

     De esta manera, las procesiones, que solo podían celebrarse con plenas garantías cuando se daban todas las condiciones de seguridad, a causa de las multitudes que solo ellas satisfacían, terminaban siendo el elemento ritual que daba unidad narrativa a las fiestas. En el espacio, el medio unificador era la vía a su servicio, la vía procesional, y la puerta de Ishtar su nudo. Marcaba el punto en el que el camino que seguían las procesiones, después de rodear el recinto del zigurat y el palacio, dejaba el interior de la ciudad, o permitía que a través suya se retornara a la vía procesional. Era una marca destinada a representar permanentemente la solemnidad de las celebraciones del año nuevo.

     La importancia del culto a Marduk no ensombrece, en la plenitud del primer milenio antes de la era, las muchas más celebraciones religiosas públicas que en Babilonia había, menos oficiales pero probablemente con mayor audiencia, algunas de las cuales, por su espontaneidad, parecen poco compatibles con las solemnes y un tanto envaradas fiestas del año nuevo. De entre todos esos rituales es interesante detenerse en los de la ancestral Ishtar, ahora revitalizada, muy presentes en Babilonia en los tiempos del nuevo imperio.

     Por desgracia, también en este caso solo nos quedan algunos fragmentos de sus celebraciones. Proceden igualmente de tabletas que proporcionan textos relacionados con los ritos, así como otras que permiten conocer indicios simbólicos interesados. Los textos más explícitos, que por suerte pueden ser concordados con otros registrados en otras tabletas, hacen alusión a los recitativos que se repetían durante las ceremonias. De los documentos astrológicos de época neobabilónica que se conservan en el Louvre, un calendario proporciona la imagen del símbolo de Virgo sosteniendo una espiga. Otros elementos rituales supervivientes y dispersos completan la colección de indicios veraces de sus partes. Combinándolos se puede conseguir una idea, si no completa, sí bastante coherente de las fiestas que celebraban la existencia de la generosa Ishtar.

     En los relatos, que permiten conocer de la manera más directa sus contenidos, está descrito lo que sucede durante el cuarto día de la conmemoración, por la tarde y por la noche, en las calles de Eturkalama y del río. Se trataba de un episodio elaborado de una forma que podía satisfacer el gusto de los creyentes. Probablemente de forma muy exagerada y en ocasiones cómica, se escenificaba una escena de celos, inspirada en la vida privada. La representación tenía lugar en el templo que a la diosa estaba consagrado en la ciudad, durante al menos unos días del mes de tammuz, parte del verano que llevaba el nombre del amante de Ishtar, el pastor Dumuzi o Tammuz. Durante aquel periodo los actos dedicados a la diosa concentraban la atención de los habitantes de Babilonia

     Mientras Zarpanitu, la esposa de Marduk, duerme en su habitación, su esposo se encuentra en el terrado, el lugar que en verano los babilonios preferían para pasar la noche. Están los cónyuges a aquella distancia cuando aparece Ishtar, celebrada por los textos como “la pequeña madre, […] la guapa, la reina de los babilonios”, quien se comporta como rival de Zarpanitu. Su presencia tiene como resultado que Marduk engañe a Zarpanitu. A consecuencia del desaire, esta, furiosa, emprende un largo viaje hacia Kuta, la ciudad del dios de los muertos, a donde con bastante probabilidad llega inspirada por la intención de deshacerse de Ishtar. Lamentablemente, la escena se interrumpe algo después, cuando Zarpanitu, celosa, sube a un zigurat. Subraya la carga histriónica de las actitudes de los personajes que un sacerdote kurgarru, un hombre invertido o de sexo dudoso, se abandone entonces a una demostración escatológica en la que parodia los textos líricos.

     Algunos de los elementos de la antigua historia que Ishtar heredó permanecen en su nueva versión literaria, como las relaciones con el submundo de los muertos. Pero lo más relevante del episodio procede de los gruesos trazos que en el texto dejan algunas de las muy crudas palabras que Zarpanitu le dirige a Ishtar. Tanto la situación como el lenguaje a su servicio permiten concluir que las celebraciones en honor de la diosa, al menos cuando se observan leídas, contenían unos ritos muy sorprendentes, llenos de obscenidades, con un contenido de significado erótico tan explícito y tan frecuente que pasa al lado de la procacidad.


Babilonia. 1

Cosme Pettigrew

La ciudad de principios del siglo VI es conocida gracias a las excavaciones que patrocinaron los alemanes en el lugar que la capital había ocupado. Su espacio arqueológico estaba regido por la línea del Éufrates. Al norte, el que era llamado, cuando llegaron los excavadores, tell del Qasr (El castillo) cubría las ruinas de los palacios y los sistemas defensivos, a un lado y a otro de la muralla. Más al sur, una vasta llanura denominada el-Sahn (La sartén) señalaba el emplazamiento de la extensa zona religiosa que el zigurat y el templo del dios Marduk dominaban.

     Los trabajos de los alemanes se concentraron en el palacio de Nabucodonosor y en el templo de Ishtar, pero eso no impidió que en el centro de la ciudad desenterraran un extenso barrio residencial, de red viaria regular, prueba que permitió conocer algunas peculiaridades de las casas de la Babilonia de entonces. Pudieron concluir quienes las recuperaron que el uso de sus habitaciones no estaba decidido para siempre, sino que casi todas eran utilizadas con fines distintos, dependiendo de circunstancias como la sombra y la luz en ellas proyectadas o el calor o el frío del aire que contuvieran, tal como aún ocurre en las casas rurales de los orientes próximo y medio. Únicamente las escasas actividades que requerían unas instalaciones fijas, como los sistemas de evacuación de aguas, estaban inmovilizadas en una parte de la edificación. Desde finales de la primavera hasta la llegada del otoño en aquellas casas la vida transcurriría en los patios y en las habitaciones bien aireadas, y es muy probable que los techos planos que las cubrían, de tierra batida, fueran lugares cuyo uso igualmente fuera variable y continuo. Además que los cubrieran cuando la atmósfera lo imponía, en verano, porque a la vez eran terrazas, podían ser utilizados como dormitorio, para secado del grano y quizás para ciertas preparaciones culinarias.

     Pero la excavación de las zonas que en su momento concentraron la arquitectura de mayor entidad permitió concluir que en los pocos más de setenta años de la nueva hegemonía babilónica, por iniciativa de sus reyes, en las tierras que fueron el centro de sus dominios fue emprendida una gran cantidad de construcciones. No se trató de importantes obras en piedra, material ajeno a esta época, conocida, por referencia a las precedentes de hegemonía de la ciudad, como neobabilónica. Entonces se prefirió promover edificaciones que respetaran la tradición arquitectónica del sur de Mesopotamia, que durante milenios había preferido el ladrillo. Que el curso de la tradición fuera restaurado se explica porque la iniciativa arquitectónica, en muchas de las ciudades del país, se concentró en la reconstrucción de edificios anteriores, sobre todo templos.

     Desde Nabopalasar, origen de la dinastía, hasta Nabónido, el último rey neobabilónico, las actividades edilicias fueron signo del tiempo de preeminencia que la región vivía. El gran constructor fue Nabucodonosor II, el hijo de Nabopalasar, príncipe de una época de numerosos trabajos. No dejó de intervenir y mejorar ciudades hasta las que alcanzó su poder, como Borsippa, Dilbat, Larsa, Marad, Sippar y las milenarias Ur y Uruk. La expansión del esfuerzo no le impidió destinar la mejor parte de sus medios al embellecimiento de Babilonia, la capital.

     No sería justo adjudicarle en exclusiva su renacimiento arquitectónico. Babilonia, durante la nueva era, fue una gigantesca obra en la que estuvieron interesados todos sus reyes. La época de su mayor esplendor coincide con los celebrados tiempos de Nabucodonosor. Cuando accede al trono, la ciudad, que había sido devastada por las guerras del imperio asirio, aún estaba marcada por las destrucciones. Nabucodonosor la reconstruyó y la hizo más maravillosa que nunca. Quería que la santa Babilonia fuera una rica y gran metrópoli, expresión del poder que había concentrado, y efectivamente durante su reinado volvió a ser la ciudad que desde hacía siglos no había podido ser.

     Los rasgos de la nueva Babilonia se pueden esquematizar. Se extendía por las dos orillas del Éufrates, que marcaba su natural eje norte-sur. Todo su espacio urbano estaba delimitado por largos muros y se calcula que dentro de ellos vivirían, en los momentos de plenitud del imperio, unas ochenta mil personas. Al suroeste de aquel área, a un lado y otro del Éufrates, se encontraba el núcleo de la ciudad o ciudad interior, un rectángulo de unos mil quinientos metros de norte a sur y unos dos mil quinientos de este a oeste, delimitado por muralla propia. Contenía el palacio, los grandes templos y los barrios residenciales con sus santuarios propios. El nexo de esta parte central del espacio urbano interior, que garantizaba su participación en la misma unidad, era la vía procesional, que llevaba desde la puerta de Ishtar, en la cara norte de la muralla, hasta el zigurat, hacia el centro de la extensa área rectangular.

     Al este y al norte de la ciudad interior se extendía un vasto suburbio o ciudad exterior. También delimitado por murallas, las líneas que trazaban y la vertical del río formaban un enorme triángulo, cada uno de cuyos lados medían al menos unos tres mil metros, en el que por el oeste –el lado del Éufrates– quedaba injertado el rectángulo de la ciudad interior. La gran expansión del suburbio o ciudad exterior la había decidido una edificación que marcaba su vértice norte, el palacio de verano de Nabucodonosor, el actual Tell Babil, el lugar que hasta nuestros días ha conservado el nombre de la ciudad.

     Los reyes de esta dinastía levantaron para sí mismos en Babilonia un inmenso palacio al norte de la ciudad interior, cuyos antecedentes se remontan a los orígenes de la dinastía. Sobre el antiguo cauce del río, Nabopalasar había hecho construir un pequeño palacio. Nabucodonosor decidió engrandecerlo, como correspondía a la magnitud de su poder, y todavía lo completó Nabónido. Fue el escenario de todos los actos públicos que los monarcas se reservaban como protagonistas, entre los que destacaban las grandes procesiones celebradas con motivo de las más solemnes conmemoraciones religiosas, y sin duda fue aquí donde murió Alejandro Magno en junio del 323.

     En el momento de su mayor extensión ocupó una enorme parcela, con forma de trapecio, de algo más de trescientos veinte metros de latitud por unos ciento noventa de longitud, situada aproximadamente en medio del lado norte de la muralla de la ciudad interior y comprendida entre el Éufrates, al oeste, y la puerta de Ishtar y su vía procesional, al este. Era una fortificación maciza la que lo cerraba por el oeste sobre el cauce del Éufrates, y al norte lo protegía la muralla interior de la ciudad. En los otros dos lados, espesos muros lo aislaban de la vida urbana.

     Desde la obra de Nabucodonosor lo antecedía una puerta monumental, a la que se llegaba por la vía procesional, tras la cual un total de cinco unidades se sucedían: las salas de guardia, los servicios de la cancillería, las salas de recepción, los apartamentos reales y el harén. Todas tenían idéntica factura. Un gran patio, rodeado al norte por un sector de servicios y al sur por apartamentos oficiales, hacía de centro distribuidor al servicio de cada una de ellas. Por el tercer patio se llegaba al núcleo de las salas de recepción, la gran sala del trono, de poco más de cincuenta metros de longitud y cuya fachada fue decorada con ladrillos esmaltados y animales en marcha, iguales a los de la puerta de Ishtar. Durante mucho tiempo se creyó que las habitaciones que ocupan el ángulo noreste eran la base de los célebres jardines colgantes de la reina Semíramis, que fueron celebrados como una de las siete maravillas del mundo. Pero hoy parece más probable que se trate de almacenes bien guarnecidos.

     Pero el perfil de Babilonia estaba dominado por sus templos, entre los que destacaba el de Marduk, llamado Esagila, palabra compuesta que significa templo que alza la cabeza, emplazado en la misma avenida donde estaba el palacio, más al sur, también en la ciudad interior. Era el principal de la ciudad y su corazón religioso porque albergaba a Marduk, su dios tutelar, al que ritualmente servía como palacio en la tierra, su residencia de techumbre elevada. Marduk era en origen un dios secundario y de principios poco precisos, pero terminó convirtiéndose en un dios importante, hasta el punto que llegó a ser conocido simplemente como Baal, el Señor, o más exactamente Bal, la transcripción usual en acadio; porque Baal es la transliteración de este título al hebreo bíblico y al semítico noroccidental. Como cualquier dios que se preciara, Marduk tenía adjudicada una esposa, Zarpanitu o Beltiya, Señora, cuyos orígenes son aún más oscuros que los de su esposo.

     De las características del templo de Marduk en Babilonia se sabe por una tableta de arcilla, comúnmente conocida como tableta de Esagila, que describe el edificio, así como por cuanto los arqueólogos alemanes pudieron rescatar, que lamentablemente solo permitió trazar sus principales rasgos. La considerable profundidad del nivel arqueológico bajo la superficie actual, que alcanza nada menos que los veintiún metros, ha dificultado el trabajo y ha impedido que haya sido excavado en extensión. Pero, complementándose mutuamente ambos medios, se pueda afirmar con seguridad que el Esagila es el mayor de los santuarios de Babilonia. Ocupó unos seis mil quinientos metros cuadrados de superficie, magnitud que Nabucodonosor nunca dejó de mencionar en los textos que celebran sus trabajos, aunque su intervención en el edificio probablemente no llegara mucho más allá de la restauración de varias capillas del gran templo. La parte del edificio que ha salido a la luz, con muros en muy buen estado de conservación, por comparación con los templos contemporáneos que sí se han excavado completos, permite reconocer que el Esagila se atuvo al plano tipo del templo neobabilónico.

     Al norte de Esagila, en un recinto independiente, se hallaba la Etemenanki (que significa casa o templo de los cimientos o piedra angular del cielo y la tierra), la que ha sido comúnmente conocida como Torre de Babel, que se comunicaba con el templo principal de Marduk a través de doce puertas que conectaban entre sí los respectivos recintos. La finalidad reconocida de la Etemenanki, que también estaba dedicada a Marduk, era alcanzar el cielo, de donde viene su nombre de ziqurat o zigurat, palabra derivada del verbo zaqaru, que significa construir en altura. Era la más monumental y la más alta de estas edificaciones, aunque también la última de su género.

     En realidad la Etemenanki es la versión más reciente del gran zigurat de Ur, originalmente obra de Urnammu, de la tercera dinastía de Ur, dedicado al dios luna. Llegada la recuperación de Babilonia, sus directores creyeron adecuado acometer su réplica. Los trabajos con este fin fueron iniciados durante el reinado de Nabopalasar, pero quedaron inconclusos. Nabucodonosor los reemprendió y pudo ver cómo terminaban. Al cabo de un par de cientos de años debieron sufrir un deterioro notable, porque Alejandro Magno, ya en el siglo IV antes de la era, de nuevo tuvo el propósito de reconstruirlo. Para satisfacer su deseo se vio obligado a desescombrar íntegramente lo que los textos identifican como ruinas. Pero los accidentes de su vida en oriente impidieron que fuera completado un proyecto de restauración que por el momento ha sido el último.

     Para documentarse sobre el resultado de la obra de la época neobabilónica es posible recurrir a un buen conjunto de fuentes directas. En primer lugar está disponible la clásica descripción de Herodoto, quien visitó Babilonia hacia mediados del siglo V y pudo verla todavía intacta. También Estrabón menciona la torre de Babilonia, aunque con toda probabilidad su información es indirecta. Sin embargo, los datos de primera mano obtenidos por otros medios superan cuanto de los textos se obtiene. La misma tableta de arcilla que describe Esagila proporciona detalles muy precisos sobre la Etemenanki, un documento de enorme valor al que además se pueden sumar todos los restos de la edificación que la arqueología ha rescatado y que aún se conservan en su emplazamiento.

     Por desgracia no es mucho lo que de la obra neobabilónica se ha recuperado, tan poco que incluso podría decirse que del zigurat no queda casi nada. Solo sigue en pie el primer piso y los restos de las tres escaleras que llevaban hasta él. Para hacerse una idea más completa de su aspecto es necesario recurrir a los otros documentos, sobre cuya base, sin embargo, los numerosos intentos que se han hecho para representar una reconstrucción admisible permanecen todos en el aire. Ninguno de ellos tiene apoyo material suficiente. Ni por separado ni combinando las fuentes disponibles se resuelven las ambigüedades e incertidumbres que inevitablemente se mantienen.

     Tal vez sea de las dimensiones del edificio de lo que es posible hacerse una idea más exacta. Las excavaciones alemanas, que permitieron al menos conocer directamente sus cimientos, dieron certeza sobre las longitudes de su base cuadrada, algo más de 91 metros de lado. Esta parte de los datos proporcionados por la exhumación afortunadamente está registrada en la tableta de Esagila, porque también da las dimensiones de la base del zigurat.  “Medidas de la base de la Etemenanki –dice–. Estas son la longitud y la anchura a considerar, 3 x 60 es la anchura, medida en codos estándar [un codo equivale a 50 cm aproximadamente]. Sus dimensiones son por lo tanto 3 x 3 = 9, 9 x 2 = 18. Si no conoces el valor de 18, este es: 3 medidas de semilla, superficie medida con el codo pequeño. Base de la Etemenanki: la altura es igual a la longitud y la anchura. Que el sabio iniciado enseñe esto al iniciado. Que el no iniciado no lo vea”.

     El texto de la tableta, cuya interpretación está lejos de ser unánime, porque su lectura aún resulta ambigua, sin embargo ilustra de manera satisfactoria los métodos de cálculo que empleaban los babilonios y cómo procedían a proyectarlo en sus obras. En ocasiones al menos seguían un sistema de cálculo basado en los múltiplos de tres. Cuando nuestra fuente declara que las dimensiones patrón del edificio son tres por tres y nueve por dos está indicando los módulos a partir de los cuales los constructores calculan. Mas la preferencia por el tres, como ella misma enseña, simplemente está decidida porque de antemano tal número ha sido provisto de un valor no numérico, bien místico bien trascendente. Que se proceda así permite pensar que la sencilla identificación de la medida regular con el principio armónico, que nuestra tradición atribuye a las altas culturas de la antigüedad, así como que sea considerada superior la reserva de este saber a los iniciados, por razón de las técnicas que es necesario manipular, eran ideas ya vivas entre los babilonios, de donde la tomarían los posteriores sistemas de pensamiento de la plenitud mediterránea. El plano de un zigurat conservado en el British Museum, que por su parte utiliza como canon la cifra siete, demuestra la regular vigencia de la misma sobrevaloración de los números para los planes arquitectónicos.

     El texto de la tableta también demuestra, sobre la base del procedimiento de cálculo que los caldeos usaran, que el conjunto había sido cuidadosamente planificado. Su manera de explicar las dimensiones permite proyectar para todo el orden vertical del edificio lo que inicialmente solo es información horizontal. Una parte de los lectores de la tableta, cuando analiza cómo el texto expone los valores para la base de la Etemenanki, deduce que los constructores neobabilónicos mantenían un sistema de proporciones muy rígido, consistente, cuando de la obra del zigurat se trataba, en ir superponiendo cubos regulares. Para calcular la dimensión de cada volumen que hubiera que sobreponer, su altura habría de ser una dimensión idéntica a la del lado de la base.

     Si además de los datos proporcionados, tanto por la excavación como por la tableta, se toma la información de los textos, es posible llevar más lejos lo que se ha deducido de los cálculos. La obra estaba erigida sobre un terraplén apisonado, y al contrario que los zigurates de épocas anteriores, construidos superponiendo volúmenes de perfil en talud, parece que nuestra torre estaba contenida por muros verticales en toda su altura. Siguiendo estos principios, como Herodoto cuenta que vio una torre de siete pisos comunicados entre sí por escalinatas, se deduce que en la Etemenanki se superponían siete niveles o cubos de volumen decreciente, hasta alcanzar una altura igual a la longitud del lado de su piso inferior, los poco más de 90 metros que ya han sido calculados. También de Herodoto procede la información de que cada piso se hacía más visible porque tenía un color diferente, uno de los cuales llamó en especial su atención porque era un luminoso azul. Se deduce que los artífices de la reconstrucción de la época de Nabucodonosor, como hicieran en otras obras de la capital, para el revestimiento decidirían emplear ladrillos esmaltados.

     El orden de los siete niveles estaba coronado en su cima por un pequeño templo, cuya planta, en obediencia al principio supersticioso que inspira todos los cálculos de proporciones del edificio, no estaba delimitada por un cuadrado perfecto, como ocurría en las plantas de los sucesivos niveles, sino que había sido recortada para que correspondiera a la raíz cuadrada de la superficie del primer piso. En aquel templo cumbre habían sido habilitados seis santuarios, una habitación con una gran cama y un trono, un patio descubierto con otra cama y una estancia con una escalera para acceder al tejado. Según Herodoto, los caldeos de su tiempo aseguraban que en aquel lugar solo yacía una mujer, escogida de entre todas sus compañeras por el dios, que iba a visitarla por la noche, para de este modo significar que aquí el cielo se encontraba con la tierra.

     El enorme conjunto religioso de Esagila no fue el único templo de la gran Babilonia, donde los lugares de culto eran numerosos. Los textos mencionan hasta cuarenta y tres santuarios urbanos, y nada impide tomar como veraz la cifra, dadas las dimensiones de la ciudad. Algunos de los diseminados por el recinto urbano han sido identificados y excavados, como el templo de Ninmah, al este de la vía procesional, cerca de la puerta de Ishtar de Akad, o los templos de Ninurta o de Nabu-sha-hare. También es necesario mencionar entre los más destacados el templo de Ishtar, llamado Eturkalama, que en sumerio significa la casa que es la majada del país. Los reyes del nuevo imperio babilónico igualmente emprendieron edificaciones de esta clase en las otras ciudades de su inmediato dominio, en las que también construyeron grandes templos.

     Analizando de manera comparada las plantas de todos los edificios rescatados se llega a la conclusión de que todas aquellas obras se atuvieron a un mismo modelo, que en su mejor estado lo representa de manera excelente el mencionado templo de la diosa madre Ninmah. Se trata de un edificio de planta aproximadamente rectangular, de unos treinta metros de ancho por unos cincuenta de longitud. El eje del edificio está dispuesto en el sentido de la profundidad, y a lo largo de él, desde el lado sudoeste al noreste, se suceden sus piezas principales, cuyos vanos de entrada no obstante no están alineados en común.

     Tras la única puerta, jalonada por dos torreones, sigue un vestíbulo de tránsito al gran patio (de unos quince metros por veinte), la pieza que actúa como centro de toda la planta. En los templos neobabilónicos el patio desempeña igual papel que el mismo espacio en las casas comunes: distribuye la circulación, proporciona luz y aire a las habitaciones repartidas a su alrededor y es el paso obligado hacia la zona más apartada del edificio.

     Cruzado el patio en su longitud, se llega al sanctasanctórum, área localizada al extremo opuesto de la entrada. Comprende dos habitaciones que se encuentran aisladas del patio y del resto del edificio mediante una puerta de una sola hoja. La primera en la que se desemboca es la antecella, de idéntica anchura a la del patio; una habitación rectangular, abierta por su lado largo. A través suya se llega a otra habitación del mismo tipo, la cella (que no deja de recordar la habitación principal de las casas), similar en todo a la pieza que le precede, excepto en que el espacio está concentrado en una plataforma. Esta tiene como finalidad señalar la zona reservada a la estatua de la divinidad. En el muro del fondo o testero había un nicho, con un podio de ladrillo cocido, sobre el que se encontraba la estatua de culto. Los ladrillos utilizados en esta parte de las instalaciones tienen gran valor arqueológico. Eran grabados con el nombre del constructor y con el de las divinidades a las que estaba dedicado el templo, para que de esta manera quedara perpetuo recuerdo de la piedad de los soberanos. Completa la obra una red de dependencias anexas adosadas al muro, que aíslan las piezas principales y llenan la planta rectangular por dentro.

     A pesar de las afinidades que la crítica encuentra entre el templo y la edificación doméstica, las respectivas formas de la cella y de la antecella, así como la baja plataforma de aquella, son elementos formales que permiten decidir que estas obras seguían sistemas de ordenación del espacio sagrado que habían sido heredados, y por tanto obligan a aceptar la continuidad de cierta tradición arquitectónica en la región. La planta tipo descrita es más afín a la se siguió para levantar los templos de Tell-Asmar, Eshnunna e Ishchali que a la que rigió los templos asirios.

     Gracias a los relatos contemporáneos de las construcciones sabemos también que los santuarios estaban ricamente acondicionados. Nabucodonosor, que además de Esagila reconstruyó varios templos, a decir de los textos prodigó en todas partes oro, plata, piedras preciosas y maderas exóticas. Por otros informes está atestiguado que para cortar las vigas se hacían llegar desde muy lejos las maderas más preciosas, las que una vez colocadas en su lugar eran recubiertas de oro.

     La falta de excavaciones completas alrededor de estas construcciones impide hacerse una idea precisa de su entorno, en donde, si hemos de creer lo que cuentan los textos, también tenían lugar celebraciones. Así mismo parece que los templos no formaban unidades aisladas del resto de la ciudad, sino que se conectaban con ella a través de las actividades seculares a las que estaban obligados, la más importante de las cuales estaba justificada como sustento de la divinidad, que se hacía presente a sus devotos en la figura de la estatua que en la cella recibía culto. Gracias a este deber, los templos se comportaban como verdaderas unidades de producción, y no solo como lugares de celebraciones rituales. El material encontrado en el espacio donde fueron construidos habla directamente de sus actos más humanos. Con el nombre de erib biti eran conocidas todas las personas que estaban autorizadas a entrar en el templo, un grupo compuesto no solo por los sacerdotes sino también por toda una serie de artesanos filosacerdotales, como canteros, artesanos del cuero y orfebres, más gente dedicada a actividades culinarias, como panaderos, cerveceros, carniceros y prensadores de aceituna, encargados de vestir y alimentar a la divinidad según cada rito.

     En el punto en el que la ciudad interior conectaba con la exterior por el lado norte, junto al palacio, se erigió una puerta singular, llamada de Ishtar, la obra mejor conocida de la época neobabilónica. En lo fundamental se trataba de un arco flanqueado por dos torres, cuya obra inicial ya había sido ejecutada con ladrillos decorados con relieves. Posteriormente, de nuevo en tiempos de Nabucodonosor, el trabajo que hasta entonces había llegado fue enriquecido explotando el valor decorativo que el autor primitivo ya había reservado a los ladrillos. Fueron preparados dos moldes representando animales pasantes, uno de ellos con un toro y el otro con un dragón cornudo. Cocidos y sacados de sus moldes los ladrillos, los animales, que aparecían en relieve, fueron en cada caso tratados con esmaltes de colores vivos muy contrastados. Sobre el brillante fondo azul, los toros fueron vidriados con pasta amarilla, al tiempo que se les hacía ostentar un llamativo pelaje azul, concebido más para crear efecto decorativo que para servir a la descripción naturalista. Por su parte, los dragones, animales consagrados a Marduk, en todo su volumen fueron destacados con esmalte blanco, a la vez que los detalles más significados de su anatomía eran marcados con el amarillo. Expuestos a la luz, los intensos y saturados colores contrapuestos de los esmaltes empleados brillaban, y conseguían que la enorme construcción ganara en grandeza. Así fue completada la intervención de efectos más llamativos en aquella obra, la misma que ya en tiempos de la arqueología occidental fue reconstruida en el museo de Berlín, mientras que en el yacimiento solo permanecería su parte inferior, cuya altura está comprendida entre los siete y los ocho metros.


Reconociendo a Faulkner

Desiderio Iparraguirre

Cuenta Pausanias (V, 27, 1-4) que Formis de Ménalo prosperó tanto al servicio de Gelón, el tirano de Siracusa, y de su hermano y sucesor Hierón, que en agradecimiento a su hado hizo ofrendas en Delfos y Olimpia a sus respectivas divinidades protectoras.

     Para Olimpia mandó fundir dos caballos de bronce, y para cada uno de ellos, su auriga, que debía figurar de pie tomando al suyo de la rienda. A cada uno de los dos grupos se le dio el lugar que merecía en el Altis, el bosque sagrado de Zeus donde se alzaba el santuario, junto a tantas ofrendas de mérito que en él se iban concentrando.

     Sin ser una obra notable, uno de los caballos terminó sobresaliendo entre las más apreciadas por los visitantes. Los caballos machos que pasaban cerca de él entraban en celo cualquier día del año, y no solo en primavera. Escapaban a quienes los llevaban o rompían sus ataduras y saltaban sobre él, con mucha más furia que cuando montaban a las yeguas. Se esforzaban en acometerlo una y otra vez, y una y otra vez sus patas se deslizaban sobre el bronce de la grupa. Presas de un furor, persistían en el fracaso cuantas veces se les consentía, y esto los encelaba aún más. A quienes los manejaban, si querían hacerse con ellos de nuevo, solo les quedaba azotarlos y tirar de las riendas hasta conseguir apartarlos de tan prodigioso ejemplar.

     Nadie encontraba más explicación para aquel comportamiento que la mediación de un mago, quien con sus artes habría infundido en el bronce el hipómanes, un maleficio que volvía locos a los caballos.

     Cuando se indagó en busca del nigromante responsable de tan perversos poderes, se encontró que Zanes, que cuidaba una yeguada vecina, prestaba una atención especial a aquel ejemplar. Periódicamente, volvía al Altis y untaba el bronce con un preparado para que no perdiera su prestancia.

     Nunca quiso confesar la fórmula de la solución de tan brillantes efectos, si bien todos sabían que era el más diestro de los manipuladores de yeguas. Raramente defraudaban el gasto que a su amo le suponía el alquiler de un semental cada año.

     Desaparecido Zanes, el cuidado de aquel caballo, tal como su oficio, quedó a cargo de sus herederos, quienes durante generaciones lo mantuvieron sin que se extinguieran ni el hipómanes ni sus efectos.


Precaución

Bartolomé Desmoulins

Todo el acopio de ganado era poco. Los contemporáneos que se empleaban en los cálculos más precisos, estimaron que para obtener 150.000 kilos de estiércol durante un año era necesario mantener 500 ovejas en régimen de pastoreo, porque creían que cada cabeza por término medio proporcionaba unos 300 kilos. Si la cabaña era bovina, se podían esperar rendimientos más concentrados. 12 vacas y 6 bueyes, según sus estimaciones, proporcionarían unos 50.000 kilos de estiércol al año, a razón de 2.778 kilos por cabeza.

     Para que una hectárea proporcionara 10,6 fanegas de trigo debía consumir los nutrientes que le suministran unos 7.000 kilos de estiércol. Una explotación de 100 fanegas de superficie, si aceptamos que una fanega era aproximadamente media hectárea, para alcanzar ese rendimiento necesitaría unos 350.000 kilos de estiércol. Aspirar a un producto que no dejaba de ser discreto le obligaría al mantenimiento simultáneo de una importante cabaña ganadera, de al menos mil ovejas más el vacuno imprescindible; para la que, con el régimen de pastoreo, necesitaría una enorme cantidad de espacio adicional.

     Emeterio decidió acopiar cuantas vacas y ovejas cupieran en sus tierras, más de la mitad de la comarca, heredadas de un padre pertinaz e incansable y mucho menos longevo de lo que había previsto. Se proponía hacerlas tan feraces que atrajeran un número de colonos que le permitiera vivir sin trabajar. Tanto estiércol acumuló en ellas que al cabo de pocos años la acidez que habían acumulado las hizo estériles. Los colonos desistían de contratarlas.

     Cuando ya había padecido las consecuencias de su exceso, desesperó tanto que, sobreponiéndose a la pasión que lo ataba al patrimonio que había recibido, contrató a Elejalde y compañía el desestercolado de sus tierras a cambio de la mitad de ellas. Confiaba en que, con el abono recibido, la otra mitad, una vez desintoxicada, sobraría para proporcionarle los rendimientos ajenos con los que había soñado.

     Elejalde, cuya compañía era una potente bomba de agua, procedió a cumplir con su parte del trato. Pasaba por las tierras de Emeterio el río Aguión, generoso y corriente, abundante en percas. Elejalde acopló su bomba a la entrada del río en las tierras de Emeterio. Las sometió a un lavado tan intenso que recuperaron su pureza.

     Cuando llegó el momento de saldar las deudas, Emeterio, como Elejalde había empleado en remediar el mal lo que juzgaba un recurso de su hacienda, rehusó pagarle. Domiciano, perspicaz hijo de Elejalde, ya acogido a las tierras de Emeterio como primer colono, lo acusó de injusto, y objetó, como compensación, el pago del canon acordado.

     A Emeterio no le sorprendió la respuesta, y se aprestó a conducir parte de su importante reserva de ganado a las tierras de Domiciano, en las que por derecho podía pastar. Elejalde acabó con su asociado, y padre e hijo decidieron emigrar.


Tiempos de Joram

Gedeón Martos

Esto ocurrió durante el cerco que Ben Hadad, rey de Aram, impuso a Samaria durante el reinado de Joram de Israel, cuyo gobierno ocupó los años comprendidos entre 852 y 841. Cierto día, mientras hombres y mujeres de la ciudad sufrían el cerco, el rey de Israel decidió pasear por la muralla. Al verlo, una mujer en tono de súplica le solicitó: “Sálvame, mi rey, mi señor”. Le respondió el monarca: “Si Yavé no te salva, ¿con qué puedo salvarte yo? ¿Con la era o con el lagar? Mas dime ¿qué te ocurre?”. Ella le respondió: “Esta mujer me dijo: ‘Trae a tu hijo y lo comemos hoy, y el mío lo comeremos mañana’. Cocimos a mi hijo y nos lo comimos, y al otro día le dije: ‘Trae a tu hijo y lo comeremos’. Mas ella lo ha escondido”. Comer carne humana durante los asedios no era infrecuente.

     También ocurrió durante aquel reinado que Mesá, rey de Moab, fue cercado en Quit Jeres por las tropas lideradas por Joram, a las que se habían coaligado para aquella campaña las de Josafat de Judá y las del rey de Edom.

     Viendo Mesá que los ejércitos avanzaban seguros hacia la victoria, porque a punto estaban de someterlo, y que frente a ellos no conseguiría abrirse camino hacia Aram, cogió a su hijo y lo alzó sobre las murallas de la ciudad. Allí lo sacrificó, a la vista de la fuerza que lo amenazaba, quemándolo en holocausto.

     Precisa la mayor parte de las fuentes que se trataba de su único hijo, el primogénito que había de sucederle en el trono, aunque algunos sostienen que el sacrificado fue su hijo pequeño. Obró así a causa del asedio a que estaba siendo sometido, con la pretensión de evitar una derrota a manos de Israel y porque juzgaba que de este modo se conciliaba con Kemós, el dios de Moab.

     Como esperaba, Kemós desató tan gran cólera entre los suyos que hubieron de derramarla contra las tropas de la coalición encabezada por los israelitas. Es posible que el sacrificio del príncipe heredero llenara de tal coraje a los sitiados que estos, en un esfuerzo desesperado, lograran además rechazar a los invasores. Más verosímil es que los aliados levantaran el asedio de Quit Jeres porque quedaran desalentados al ver el coraje del rey de Moab, así como a consecuencia de un miedo supersticioso a los resultados que pudiera tener aquel feroz juramento de Mesá a Kemós. Los sitiadores no tuvieron más que alejarse de allí y volver a sus países, puesto que Mesá había conseguido horrorizarlos con algo extraordinario.


Abelardo y Menesteo

Nicomedes Delgado

1. No garantiza la fraternidad la convivencia feliz. No hay que remontarse al origen de la humanidad para encontrar ejemplos que ilustrarían cómo el vínculo que une a los hermanos más distancia que acerca. Tampoco es la mayor desgracia que la consanguinidad los separe, supuesto que la proximidad, en los casos aludidos, fue circunstancia que permitió que entre los unidos por el destino se consumaran actos reprobables.

     Los hombres equilibrados, serenos, que toman sus decisiones con reflexión, que han organizado su vida contra imprevistos, aunque no son abstemios no se permiten con el alcohol más trato que el justificado por las buenas relaciones. El premio de su envidiable existencia no lo han recibido sin esfuerzo, tanto más digno de admiración si su magnitud a veces les ha costado el pelo.

     Al contrario, otros hombres se abandonan a los sentidos sin fuerza para oponerles un gramo de voluntad. Tiranizan su vida con desórdenes que los someten y los humillan de manera vergonzosa ante sus semejantes, inmisericordes cuando elevan sus dictámenes al inapelable tribunal de las opiniones. Los gestos de su cuerpo llegan a ser inarmónicos, las decisiones que activan los mecanismos, motores inconstantes, la mirada, sin dirección definida, perdida en un lugar vacío. Factores principales de tan degenerada existencia con frecuencia son el vino y toda clase de licores.

2. Un accidente puede ser la causa de un feliz desorden, como una abrumadora deuda el origen de una insolvencia liberadora. La literatura especializada ha difundido el caso de varones que, por detestar el trabajo, por las mañanas, de camino al autobús, reaccionan parando en las peores casas de venta de licor. Acumulan retrasos, descuidos, ausencias durante jornadas enteras que ponen en peligro su vínculo con la empresa. La mediación fraterna consigue detener en el último momento el fulminante despido. Para el hermano, la salvación es un retorno a la condena.

     Pero frecuentar el alcohol de alta graduación, entre otras consecuencias detestables, proporciona el beneficio de la pérdida de la vista. Para quien trabaja en la fabricación de componentes de alta precisión se convierte en un aliado impagable. Actúan como paliativo temporal unas gruesas gafas de pasta negra. Un tribunal médico, inexorablemente, dicta sentencia y condena a olvidarse de cualquier actividad laboral. A partir de aquel momento, el hombre de las gafas de pasta negra, mantenidas con irregular fortuna sobre su ganchuda nariz, es probable que se convierta en un vegetante pensionado, mientras que su hermano, sin un pelo en la cabeza, tal vez haya de acudir todas las mañanas a la pequeña oficina donde, sin límite de tiempo, cuida de las rentas de la familia, de la que todavía puede ser parte principal su anciana madre.

3. Confiar el manejo del numerario a personas que tienen demostrada incapacidad para actos elementales es dilapidar la fortuna. El papel moneda no fue inventado para que el viento lo arrastre, ni su progenitor en metal para que ruede.

     Una persona que ha sido declarada inútil para el trabajo por un tribunal médico no es, desde luego, persona incapaz para los actos cotidianos, el de la compra entre ellos. El accidente que se haya cruzado en su vida solo lo ha invalidado para una función, la determinada que le requirió quien tuvo la iniciativa del contrato laboral. Liberado de la servidumbre del trabajo, la grandeza de la vida elemental se despliega con toda su hermosura ante él, y la percibe con una intensidad que hasta entonces, arrastrado por las prisas y las preocupaciones, no podía sentir.

     Caso distinto es el de quien ha llegado a una situación así degradado por el consumo de alcohol. A él nada se le puede confiar. Está permanentemente al borde de la recaída, del fatal vértigo que le provoca la puerta de una taberna. Hasta tal grado puede llegar la pérdida de control que toda clase de licores le causen pérdida de la noción del valor del dinero. En modo alguno se debe consentir que maneje moneda alguna. Su pensión ha de serle administrada.

     La fortuna, en estas ocasiones, proporciona a los desvalidos agraciados por la inactividad y el subsidio un hermano, útil a tan alto fin tanto si gasta melenas como si es calvo inmisericorde. En el más favorable de los casos, ocurre que ambos sean solteros y en consecuencia la solidaridad entre ellos quede anudada con una fuerza que de otro modo no los favorecería.

4. Cuando se ha incurrido en incapacidad laboral absoluta el estómago no dimite de sus funciones, porque actividad y estómago siguen caminos divergentes. Suceden así las cosas aun cuando el régimen de administración de los bienes domésticos sea muy estricto.

     Tres personas pueden vivir con poco, más aún si una de ellas ha caído irreversiblemente en la ancianidad y las otras dos están instaladas en la edad provecta, aun sin haber abandonado el celibato. Un régimen de comidas equilibrado, cenas ligeras, prescindir por completo del alcohol como una parte de la alimentación, no solo garantiza la salud, sino que satisface el principio de la economía, que se funda en hacer del gasto el menos activo de los factores del intercambio.

     Si una familia, unida y blindada por vínculos primitivos, ha de renunciar a la dirección de su progenitora porque haya rodado hasta la senilidad, y en modo alguno puede confiarse al gobierno de quien un tribunal médico ha declarado inútil, para ver cumplidos a satisfacción los dos fundamentos de la vida doméstica solo puede confiar en el sacrificio del más apto. Sobre sus hombros recae el peso de la reflexión, el cálculo, la elaboración de los planes estratégicos acertados, el plan de comidas.

     Horas habrá de entregar a su deber, días de gestión y preocupaciones, y amargas noches de insomnio le sobrevendrán cuando en la oscuridad, en sofocante secuencia de instantáneas inconexas, ante sus ojos perdidos en las tinieblas se restauren las recriminaciones con las que durante el día el hermano lo abrumara. Son poseídos los declarados inútiles para el trabajo por una voracidad inagotable. La pensión con la que contribuyen al sostén de su espacio doméstico, decenas de veces al día la invocan como si un derecho a obtener trato de favor hubieran consolidado. Tan generoso ingreso, en su opinión, los hace acreedores a un régimen alimenticio regalado, dado que su estómago no ha dimitido de la existencia ni ha sido encontrado en modo alguno defectuoso. No solo debe convivir con esa tortura, sino que ha de mostrarse insensible a tales protestas, si quiere ser leal en la administración de los bienes que el destino ha puestos en sus manos.

5. Ha desarrollado la ciencia cotidiana de la economía la posibilidad de acceder al consumo aunque se carezca de medios de pago. Los grandes hombres de negocio, hace siglos, idearon ingeniosos sistemas de crédito. Mientras tanto, los tenderos, que tampoco dormían, se atuvieron a pizarras y otras modalidades de la anotación.

     Los hombres, aun habiendo sido sentenciados como inútiles, disponen de autonomía; por el bien de su familia, que durante una parte de la jornada, para su descanso, debe quedar liberada de su custodia, y por el del propio carente, que recupera equilibrio en la medida en que se siente libre. Supongamos que a un hombre de esta clase, que disfruta de su tiempo de libertad, le sobreviene, próximas las dos de la tarde, un hambre atroz. Como, aunque pensionado, su estado lo reduce a la condición de administrado, carece de numerario con el que hacer frente a la urgencia. Conocedor de sus límites y sus deseos, de un bar en el centro habrá examinado su oferta, su disimulada situación, la bonhomía de los camareros y hasta la modesta calidad de sus servicios.

     Satisfecho su estómago con algo de comida y algo de vino, explicará a quienes le atienden el estado al que se ve reducido, aun siendo ventajosamente pensionado. Carece de independencia económica, a pesar de lo cual ninguno de sus apremios vegetativos ha desaparecido. Ruega por que le concedan la comprensión y el más compasivo de los camareros la otorga, no sin advertir al demandante que su nombre queda inscrito en lugar por todos visible, bajo el cual habrá de figurar, hasta tanto la deuda contraída a causa de su voracidad se satisfaga, la cifra que ante la humanidad toda lo acusa.

6. Debe quien carga con la tutoría impuesta por sentencia firme actuar con decisión, reprimir el comportamiento desviado, ser cruel en ocasiones, incluso cuando el objeto de las acciones extremas es el propio hermano.

     Si a ocurrir llega, habilitado el cuidado ajeno entre sus preocupaciones, que quien carga con generosidad inapreciable con el deber de custodia sorprende acodado en la barra de un bar al que del mundo debe proteger, aun a su pesar, monta en cólera, descarga en sus palabras ansiedad y desvaríos, insatisfacciones y deseos de poner en fuga a quien es el origen de desazones tan poco deseadas como satisfactorias. En público lo acusa de permitirse relajaciones que en modo alguno le convienen, de actuar contra la razón y el orden, de ser poco sensible con quienes por él se preocupan; artífice maldito de meditada conspiración contra el bien que a la humanidad mantiene alerta y al que dedica su tiempo y sus esfuerzos, el cómputo de sus días de trabajo, la restauración de la aurora cada amanecer para ojos que tal vez prefirieran contemplar la sombra del cuerpo que le habilita la existencia reducida a la isla del cénit.

     Cegado por la cólera, actúa solo para sí y su deber. Desoye las reconvenciones de los más serenos concurrentes, las peticiones de magnanimidad que desde el otro extremo de la barra le llegan, los consejos que los expertos en semejantes estados proponen por su iniciativa. Toda su atención es para la restauración del orden. No repara en que pueda hablar desentonado, desplazar de su lugar a la parte de la clientela que se interpone en su camino o incluso actuar con fuerza, sin disimular complacencia con el objeto cuyos cuidados le valen decidir sobre el fin al que aplicar una sustanciosa pensión. Ni en la ignominiosa declaración pública de una deuda, inscrita en una pizarra, llega a reparar.

7. Porque son las deudas sentencias, como las condenas cargas que han de sobrevenir, el tiempo que media hasta su consumación extrae de la incertidumbre más dolor que el más placentero de los medios que se hayan ideado para causar el mal. Después, hacer frente a deudas que no se han contraído acelera el pulso, comprime el pecho y causa desasosiego.

     El tránsito por la ciudad obliga a buscar atajos, tomar por calles secundarias, recorrer caminos inesperados. Tan movidos por las prisas están los transeúntes que el desorden moral al que conducen puede encerrar en laberintos, conducir a callejones sin salida, llevar ante la puerta de establecimientos de ínfima categoría, agazapados a la vuelta de una esquina, como el asaltante que se vale de la sorpresa para satisfacer sus ansias de causar un atropello.

     Al tiempo, hay camareros que frecuentan la costumbre de aguardar a la puerta de su establecimiento la llegada de la clientela, desde donde la otean, la envuelven con la mirada y, bien asentados los pies en el escalón, de ella tiran haciendo fuerza, como de una red copada que desearan abrir y verter con toda su prometedora abundancia una vez cruzado el umbral del negocio que regentan.

     Puede permitirles la circunstancia avistar el rostro conocido del hermano de un cliente, hombre que frecuenta el lugar desprovisto de todo amparo, arrastrado hasta allí por la incontenible pasión, aferrada como la raíz de la planta, que en el subsuelo de un disciplinado hogar crece. No es para despreciar el momento. El generoso camarero, ágil calculador de los sumandos sobre los que su casa se sostiene, detiene al transeúnte y le informa, sin circunloquios ni tanteos, de la causa de su conversación, los hechos que la alientan y los efectos que de ella espera.

     Conocida por el íntegro varón la magnitud de la reiterada deuda, es víctima de otro acceso de ira. Enrojece hasta la cumbre de la calva, hace aspas con los brazos, patea el lugar sobre el que se posa, y de imprecaciones irrepetibles, inapropiadas para su manera regular de conducirse, se llena su boca.

     De improviso le asalta un sofoco. Le falta el aire, se tambalea, los transeúntes lo sujetan y el mismo camarero que lo avistó en tan mala hora, causa primera de su siniestro, en el instante en que el cuerpo de la víctima se desovilla acierta a interponer entre él y el pavimento una silla de la terraza. Lo asisten con abanicos improvisados y un vaso de agua, de nulo desembolso; y al poco, entre expresiones de agradecimiento y palabras tranquilizadoras, se sobrepone y se marcha.

8. El estado de dependencia corrompe hasta tal grado los comportamientos que inspira decisiones contrarias a la convivencia. Sin que las reglas del buen trato dentro de la familia se vean de algún modo violentadas, los pacientes del mutuo contacto son capaces de sembrar el hogar de trampas veladas, agresiones por medio interpuesto, asaltos de pacíficos objetos que hasta la fecha tenían demostrada su radical condición de inertes.

     Si se es gobernador de la despensa, y al tiempo se ha sufrido una doble agresión –la noticia sobrecogedora y la humillante obligación, tras el inevitable desfallecimiento, de liquidar una deuda contraída por el pariente más próximo, desinhibido insolvente– se está en condiciones de arriesgar los siguientes términos para dictar la ecuación alimenticia. Supuesto que los hombres bastantemente pensionados, armados de sus conmovedoras gafas de pasta negra, acodados en la barra de un bar engullen cuencos de espinacas, platos de boquerones y competente cantidad de copas de tinto, están en condiciones de tolerar como comida principal de la jornada una ligera sopa, ocasionalmente completada con algunos fideos. 

     Que el calzador desaparezca de la mesilla de noche no es un contratiempo mayor. Pero si quien lo sustrae conoce el carácter de quien ha de sufrir las consecuencias, puede meditar esta acción como un procedimiento altamente eficaz para provocar un desastre de incalculables consecuencias. No será el peor que el necesitado del auxilio de tan modesto recurso, se vea en la obligación de utilizar y en consecuencia irritar uno de sus dedos índice. La sofocante búsqueda del objeto, la desesperación que no encontrarlo provoca, las voces a las que por efecto se puede ver abocado a propagar son motivos acumulados para que en la cumbre de una calva, una vez más, se concentren los impulsos del corazón, las corrientes sanguíneas que mantienen palpitante la vida. No siempre accesos de esta clase terminan en los hospitales, aunque en ningún caso se podrá garantizar que no encuentren la ruta que hasta ellos conduzca.   

9. Padecer estados contrarios a la voluntad puede tener los peores efectos, aunque participe una decisión personal en la secuencia de los hechos que los provoquen. Actuar bajo coacción, explícita o inducida, causa una compresión del flujo vital que en el grado más severo puede llevar al colapso del motor que lo impulsa.

     Hay ocasiones en las que el progenitor al que se custodia, que permanece acogido a la protección del hogar durante el invierno, llegado el buen tiempo, demanda el contacto con el trasiego urbano, que vivifica. No pueden sus descendientes negarles tan elemental desahogo, y están en la obligación de colmar el placer que la reanudación al ciclo de la vida dé con su armónica compañía. Saldrán madre e hijos formando grupo con la modesta aspiración de sentarse en la terraza de algún bar, más para complacerse en la observación del tránsito de personas y bultos que por tomar algo.

     Venido camarero que las mesas atiende, ninguno debe sorprenderse, si entre los concurrentes está un pensionado –en otra hora declarado no apto, tanto para el trabajo como para el curso regular de numerario–, de que la ocasión alcance el grado de banquete. Buen número de platos y vino a la altura serán felizmente aprobados por quien origen de la familia fue, inspirada por su despliegue público en el momento adecuado y no por gustar de manjar alguno. Tras las gafas de pasta, sin embargo, sostenidas sobre una amplia sonrisa, se verá la ocasión propicia para no dar a mandíbula y estómago, coordinados según conviene a la salud, tregua ni sosiego.

     Puede ocurrir entonces que otro de los concurrentes, aun calvo y severo administrador, contemple con melancólica mirada la ostentación. Alternará la observación de los platos con las miradas a la imparable boca de quien gafas de pasta comparta con vergonzosa voracidad. Las reflexiones a las que el desolador estado de la humanidad que contempla le lleven le incapacitarán para probar bocado, desconsolado, rendido por último, exhausto tras la dura batalla que por jornadas se prolonga. Amargura e ira contenida, en combinación fatal, podrán provocar la definitiva crisis cardiaca que con su vida concluya.

10. A sobrevivir a la muerte de un hermano, según quienes mejor conocen el alma de los hombres, ayuda participar en su sepelio. La severidad de los actos funerales purifica el espíritu. Los antiguos a la contemplación de los males ajenos ya le reconocían propiedades curativas. Si quien los protagoniza es pariente inmediato, el grado de salud que la muerte ajena puede proporcionar puede llegar al grado del rejuvenecimiento.

     La solemnidad de una ceremonia es parte de su acción profiláctica. Celebrantes de negro y elocuentes, comitivas parsimoniosas que hacen estación en los lugares memorables, contención y mesura ante los dolorosos encuentros que el dilatado recorrido hasta la tumba pone al paso son parte de una asombrosa recuperación, como la disciplina que a las tomas ha de aplicarse permite que la enfermedad sea desterrada. La quebrada voz que rompe el silencio, solitaria, convocando a las últimas preces que circunspectos todos han de secundar, inspirados por la misma conmoción, con la escueta réplica a la que obliga el rezo, es la última fuente de donde la depuración del espíritu se alimenta. Hasta lo más alto vuelan los sentimientos, íntimamente desbordados, cuando la tumba es sellada, si es que era calvo y pariente en primer grado el que en su hermética inviolabilidad yacerá indefinidamente.

     Recibir la expresión de solidaridad de parientes y conocidos reconforta. Pero no es que los actos encadenados a las expresiones más elementales de la vida, que ofrecen la oportunidad en contadas ocasiones, por unas horas conviertan en seres de primer orden a quienes se ven arrastrados a ser sus actores. La íntima satisfacción que un sepelio da procede de que el peso del suceso carga íntegro sobre quien ya, en modo alguno, puede sentirlo. Los dolientes son protagonistas sin costo, como los invitados a un banquete, que desatan sus ansias sin el menor comedimiento, y hasta a costa de su salud están dispuestos a proporcionarse satisfacción.

     El melancólico retorno al hogar, el gesto cotidiano, tras cruzar el umbral, que termina en la percha; el contrapunto del silencio universal que alcanza hasta el último rincón, idos los parientes y amigos, terminadas todas las ceremonias, es descanso y satisfacción, como el guerrero recibe de la amputación del miembro degenerado a causa de la batalla paz; la paz que aún no alcanza a los demás combatientes en el campo, como tampoco llega hasta los congéneres de la misma calle el relevo que la muerte da a quienes cargan con la convivencia con parientes del primer grado.

11. El tinto tiene propiedades curativas. Las opiniones sobre el origen de esta virtud están divididas. Mientras unos la atribuyen al alcohol, capaz de cauterizar úlceras y conservar los cuerpos durante años, otros otorgan al tanino toda la responsabilidad. Carezco de fundamento, tanto como de medios, para comprometer mi opinión en alguna de las dos direcciones. Pero observo en los portadores de gafas de pasta negra que están habituados a su consumo que la piel les cambia de color, potencia su tono y aún alcanza un estado de tensión y dureza que a sus dueños los hace insensibles a los cambios de temperatura y a los moderados golpes a que la vida común cada día expone. Si diera mi voto a favor de quienes piensan en las propiedades curtientes del tanino sería honrado con cuanto he podido discernir por mi propio criterio, aunque debería reconocer que el alcohol, en las circunstancias que imagino, no sería inocuo y actuaría como la colofonia en el arco. No es responsable de la música, pero su concurso puede permitir que sea más melodiosa. Aceptaría, al tiempo, que esta variedad de vino, más que curar, estaciona la enfermedad y para la vida abre un cauce paralelo por el que le permite proseguir sin accidentes graves.      Tinto en abundancia como única atención a los males del cuerpo, más la conciencia reconfortante de haber cumplido con los deberes fraternos que de los sepelios proceden, en la parte que al alma se le debe, pueden tener el sorprendente efecto de rescatar para la vida activa a quien hasta entonces, paciente de un mal crónico irreversible, sobrevivía vegetativo. Podrá recuperarse para la iniciativa y la voluntad, para la administración del hogar y la dirección de la familia, y hasta para el indefinido manejo de numerario. Mas habiendo sido declarado inútil por un tribunal, y convenientemente pensionado, es poco probable que los efectos saludables combinados del vino y un entierro lo devuelvan al trabajo.

 


Zimrí y Jiel

Gedeón Martos

Estando en Tirsá, Zimrí, rey de Israel en el año 885, fue cercado por Omrí. Buscó el acorralado refugio en la ciudadela. Creyéndose acabado, prendió fuego a la casa en donde había sido acogido con generosidad, aun consigo dentro, condición que fue necesaria para encender la hoguera porque había decidido permanecer solo, no tanto para conseguir un efecto destructivo e injustificado. A falta de mejores razones, prefirió morir inmolado por su propia mano.

     No obstante haber actuado como brazo de la lucha contra la abominación y la brevedad de sus días, también en esta ocasión fue causa de su infortunio un pecado. Había hecho el mal a los ojos de Yavé, yendo por el camino de Jeroboam y del pecado que hizo cometer a Israel. Por pocos que sean los días, por justas que sean las intenciones, por grande y generoso el corazón de los más resueltos, pocos escapan a la acción del pecado, como explican los encargados de juzgarlo, no así los que infaliblemente están condenados a incurrir en él. Tuviera o no conciencia de la maldad de sus actos, Zimrí fue un pecador apresurado, fruto impuro de una modalidad de sacrificio que se había impuesto entre los fenicios.

     Algunos años después, Jiel de Betel, un hombre del tiempo de Ajab, el rey de Israel entre 874 y 853, decidió reedificar Jericó, ciudad en ruinas y sin muros desde los tiempos en que Josué la conquistara, y en cuyo abatido estado se había mantenido hasta aquel momento. Es probable que Jiel emprendiera la reconstrucción bajo los auspicios de Ajab y con la idea de completar las defensas de Israel frente a Moab.

     El precio de aquella decisión fueron dos de los hijos de Jiel, Abirón, el primogénito, con el que puso los fundamentos de la reconstrucción, y Segub, su hijo menor, con el que puso las puertas. Procediendo de aquel modo, el promotor de la obra se atuvo a la costumbre que regía para la fundación de las ciudades en su tiempo y donde vivía. Allí entonces en estos casos había que ofrendar sacrificios infantiles, otra infiltración fenicia entre el pueblo elegido consecuencia de los errores diplomáticos. Por efecto de la trastornada creencia la toleró el desordenado rey, quien lo habría justificado entre las gentes de Israel por influencia de Jezabel, la reina consorte, originaria de Tiro.

     Pero piensa el autor sagrado que con este doble sacrificio en realidad Jiel cumplía una premonición de Yavé, quien para que fuera conocida se había valido tiempo atrás de la boca de Josué, el primero de los jueces hebreos, hijo de Nun. Por su inspiración había pronunciado el siguiente juramento: “¡Maldito sea delante de Yavé el hombre que se levante y reconstruya la ciudad de Jericó! ¡Sobre su primogénito echará su cimiento y sobre su pequeño colocará las puertas!”. Quedó así proclamado con una exactitud sobrenatural lo que efectivamente ocurriera luego.

     La maldición inspirada por Yavé estaba auspiciada por malos hábitos precedentes. A comienzos de la primera mitad del segundo milenio, mucho antes de que Josué la conquistara, Jericó apenas si merecía el nombre de ciudad, y no hay muchas razones para pensar que dejara de ser un lugar de escasa población durante los siglos siguientes. Bajo el muro de uno de los pocos edificios entonces construidos los arqueólogos hace años descubrieron los restos de un niño. Lo que tomado de manera aislada pudo parecer un singular incidente escabroso, coincidió con que en los cimientos de los muros de algunas poblaciones sirias, también de escasa entidad, aparecieron vasijas llenas de esqueletos de niños.

     Cuando la prueba arqueológica está refractada por el sesgo de los estratos no siempre es fácil tomar una decisión cronológica rigurosa, y menos aún lo sería cuando las técnicas de las excavaciones no eran tan exigentes y minuciosas como lo son ahora. Tal ha sido el efecto del primitivo trabajo de exhumación de los fósiles, hecho a buen seguro por unos sencillos constructores que debían cimentar un edificio. Los indicios cronológicos de las poblaciones sirias no son tan sólidos como los de Jericó.

     Es posible que la coincidencia entre unas y otra solo sea semejanza de circunstancias y no concordancia temporal. Pero, a la vista de las conexiones que los restos tejen entre sí, una parte de los analistas está dispuesta a tomar por contemporáneos los testimonios, sean atinentes a un edificio en particular o a toda la ciudad. Para ellos, todos los que se atengan a estas modalidades deberían ser fechados en la primera mitad del segundo milenio.

     De ser admitida como posible esta suposición, la reiterada práctica del acto debe ser interpretada como algo más que azar, desde luego como la ejecución de un rito al servicio de una creencia. Los niños enterrados en los fundamentos de los edificios, y en particular en la cimentación de las murallas, serían sacrificados para colocarlos en aquellos lugares. Desde allí debían irradiar efectos benéficos sobre la vida que empezaba, bien fuera en una residencia familiar, bien en una población completa que necesitaba pertrecharse de sus defensas pasivas.

     La vida nueva sacrificada debía actuar como simiente que con el tiempo fructificara en muchas más. Así como el grano que se siembra es la renuncia a una parte de la cosecha destinada al alimento –renuncia por tanto a una fracción de la supervivencia, a cambio de los granos en los que aquel sacrificado germinará– la entrega de un nacido reciente sería la entrega de un germen al que de buen grado se renunciaría a cambio de que arraigara la vida en el lugar decidido para que la población se perpetuara. Más que una feliz comparación, tan explícita similitud debió ser el camino que recorriera el autor de la traslación desde la elaboración alegórica de los hechos litúrgicos hasta las ideas que proporcionaran cobertura moral a los derramamientos de sangre que era inevitable consumar.

     Los de Jericó y las poblaciones sirias serían los primeros casos de esta práctica, y no parece que puedan relacionarse con influencia exterior alguna, sea cual sea la procedencia que se considere. Aunque se supusiera que las primitivas costumbres de los cimentadores de los edificios tuviera por origen una influencia exterior, la coincidencia del rito en la fundación tanto de las defensas urbanas como en el origen de un solo edificio excluiría esa posibilidad.

     Sin que por el momento sea posible precisar un área de concentración original del fenómeno, sí se podría admitir que el supuesto rito habría tenido su origen en el área siriopalestina, y que Jericó pudo ser el centro responsable de la invención. Por la solidez de su cronología estamos obligados a tenerla por original, hasta tanto otra prueba venga a contradecir estos indicios.

     Gracias a la inspiración premonitoria de Yavé, y a la disciplinada colaboración de Jiel, el mal continuaría su sendero más de un milenio después, sin que por eso Yavé dejara de estar con Josué, cuya fama se extendió por toda la tierra.


El negocio de los fármacos

Eladio Conradi

Un hombre al que llamaban fármaco era designado entre los que vivían al amparo del tejido de una ciudad, regida por poderes que se contrapesaban, para que personificara cualquier miasma pública que sus habitantes acusaran, y de la que había que desprenderse para que el orden creado a favor de sus vecinos prosiguiera su curso en paz. Por decreto de su primer magistrado, lo expulsaban de la comunidad, hasta el grado que en ocasiones quienes se atenían a esta manera de proceder podían llevarlo al sacrificio. En los casos extremos, era el recurso más prudente para necrosar la cápsula contaminante que amenazaba la supervivencia de las buenas relaciones, sabiamente constituidas, demasiado vulnerables cuando van envejeciendo quienes las encarnan. En algunas circunstancias lo lapidaban, y creían conjurado el peligro cuando quedaba oculto bajo las piedras, y en otras su muerte estaba tan reconocida como el mejor recurso cívico que daba origen a una fiesta en la que todos los ciudadanos se solazaban.

     Con el propósito de que cumpliera con el mismo papel, hubo constituciones urbanas, asimismo magistrales, que eligieron para que personificara aquel deber a un condenado a muerte, que la sentencia de un tribunal designado por su primer juez ya había descontado al censo que cada año sancionaba el origen y la condición ciudadana de cada hombre. Lo arrojaban al mar durante unas solemnes celebraciones en honor de uno de sus dioses, al que la ceremonia se asociaba en reconocimiento de sus propiedades terapéuticas. Las flechas que lanzaba su arco singular, atributo de su poder, además de ultimar la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieren, tenían otra propiedad, asimismo saludable. Cuando las disparaba, en quienes alcanzaran podían inocular cualquiera de las epidemias que exterminan a los hombres. Y, por la misma causa que podía alentar una peste devastadora, a su criterio quedaba remediar los padecimientos humanos, puesto que el agresor era divino, la condición reservada a una parte tan selecta de los seres concebidos por los hombres rectores de los estados que con el recurso limitado de los sentidos no era posible percibir. Solo por gozar de tan inalcanzable condición estaba dentro de sus posibilidades comportarse así, en ocasiones benefactor, otras veces cruel. Para adelantarse a la segunda posibilidad, al ofrecerle el fármaco sus rendidos devotos satisfacían, previo cálculo de su costo, la detracción por enfermedad de la población, como quien salda de antemano una deuda de juego que pudiera contraer.

     En un par de colonias promovidas por hombres procedentes de la misma civilización, la iniciativa había sido mejorada en beneficio de la constitución de cada una de ellas, también magistral, cualquiera tan expuesta a las agresiones de los nativos que las circundaban que exigía instituciones de excepción. Allí el fármaco era alimentado a expensas del erario público durante un año, un gasto que no parecía un dispendio del presupuesto, aun en las épocas menos expansivas, que ya entonces eran las que sucedían a la caída de su producto bruto y la deflación de los precios, que sin misericordia arruina a los empresarios, y a tan pocos permite sobrevivir guiados por el designio de crear puestos de trabajo a favor de sus rendidos semejantes, bendiciones tan merecedoras de agradecimiento como las que imparten los ungidos por la gracia intangible que santifica a quienes solo ellos saben que han sido elegidos; porque luego era expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consumaba no era un sacrificio, a decir de las opiniones del momento que recogió Tácito Córnico, el príncipe de los etnógrafos clásicos, aunque tuviera como consecuencia la muerte de un hombre, ejemplar de valor relativo, dada su sobreabundancia en la metrópoli, desde donde no dejaban de exponerse a la travesía del mar, las sirenas que se les atravesaban en su derrota y sus riesgos; sino un rito benefactor que a todos los habitantes de aquellas ciudades purificaba.

     En ocasiones, las ingeniosas liturgias ideadas para enaltecer al fármaco que proveía la salud cívica eran de una crueldad a la vez moderada y festiva. En la mejor de las mejores ciudades, según los relatos que convergen en los textos de nuestro etnógrafo, su sacrificio nunca pasaba de ser una alegoría, a un tiempo explícita y estimulante, y por tanto también saludable. Como parte de las fiestas en honor del caprichoso dios que con sus flechas tanto prodigaba su protección como se comportaba de manera cruel, un hombre y una mujer eran flagelados en los genitales, y a continuación, ya tumefacta la parte donde más púrpura aflora, los paseaban desnudos, y luego los expulsaban. El refinamiento de quienes habían sido capaces de idear tan explícitos ritos quedaba patente en su ingenio para verter el exterminio sangriento a una castración alegórica, algo mucho menos cruel que la muerte. Neutralizar los genitales de alguien no lo priva de la vida, aunque sí de ser su autor, y pone al descubierto que en la emigración forzada, cuando estaba inspirada por el radicalismo político, podía ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad, así juzgada un lastre para los que ya vivían.

     Pero la institución política destinada a conjurar el desorden, antes que con el fármaco, ganó un estado transitorio con el recurso al chivo expiatorio, que aún durante bastante tiempo muchas ciudades lo mantuvieron. Sobre un animal superlativo, valiéndose de los improperios más sonoros, tanto más depurados cuanto más zafios, eran acumuladas todas las faltas de los hombres. En algunas de ellas ya había sucedido que llamar a alguien cabrón, la voz que representa la potencia excedida para procrear, la más reconocida por la genética veterinaria, que la aparta y la estimula cuando queda a su alcance, hubiera evolucionado a ignominia. Con una abrumadora carga de insultos demoledores, el animal, que para otras ya no tenía que ser un vigoroso macho de retorcidas prominencias óseas, sino que podía ser cualquier ejemplar de las especies que la naturaleza ha distinguido con el alto atributo de los cuernos, que a los animales corona y a los hombres desazona, era enviado al desierto, para que allí muriera sin misericordia. De ese modo delegaban al caos de los orígenes, suprema potestad judicial que retorna cada amanecer, que desaparecieran con él todas las faltas de las que gracias a las más escogidas palabras se le hacía portador.


Abel, operario de vanguardia

Eliseo Ocampo

Trata la naturaleza con generosidad a quien a ella se enfrenta valeroso, como el imponente ejército romano, que a los temerarios enemigos ignorantes de su poder sometía con benevolencia. El invisible aire seduce a tiernas criaturas, que a él se lanzan convencidas de que las premiará con gloriosa memoria, y efectivamente de él el premio reciben de ser relevados de la condición humana. El esforzado nadador corta dos mares celestes los días soleados, hasta que exhausto el inmenso lecho lo acoge para que descanse indefinidamente. Minas cavan titánicos varones de brillantes torsos de bronce. Generosa madre la tierra, pronto, abrumadora amante, los rescata para que vuelvan a habitar su seno.

Premio similar las madres jóvenes reciben. Su parto es dulce, como insípida es la hierba verde que la gula animal debe desatar; la crianza liviana, como indiferente al apresurado caminante el disparo de un arma que le devuelve el eco; la temprana y espontánea emancipación, simpática, como distante la lucha por abrirse un hueco de aquel desconocido que con silencioso deleite es observado. No ignora la generosa mujer que la vida reserva a los seres trato desordenado, porque en el azar se complace y de la sorpresa extrae su tiránico dominio sobre la existencia. Tampoco olvida que el día más amargo los despojos de aquel que al siglo diera del siglo devueltos le serán inanimados. Será desde entonces serena mujer solitaria que en el silencio debe vivir el placer que le causa sentirse admirada y condolida, reconocida y convenientemente pensionada, tomada en consideración la circunstancia de que el deceso ocurrió en acto de servicio. Aun ahora, cuando solo es proyecto deseado, la naturaleza tiene a bien recompensarla con la idílica imagen de su severa soledad, imponente estampa.

He aquí, para que pueda ser comprobado, el caso de Abel. Nació robusto, tanto que de un salto se plantó sobre la tierra en el acto por el que venía a vivir, impulso tan vehemente que por reacción su madre cayó de la cama. Pareció que un destino se le imponía. Se podría decir que su crianza fue una ordalía, como la que reservó la naturaleza a los héroes más afamados. Buscó por sus medios el alimento, lejos del trato materno encontró en la soledad el estado  más seguro, del selvático trato aprendió qué distancias de los demás seres debe tomar el compás propio para trazar la derrota de la vida.

Llegó Abel a la edad adulta escueto de estatura, enjuto, liviano a la balanza, la tez oscura, curtida y muy gruesa, mas pura fibra; de aquel tipo que solo las guerras civiles ocasionalmente decantan como el más depurado producto de la supervivencia; Buenaventura Durruti reencarnado, bravo varón capaz de comer tierra y defecar piedras. No había trabajo que se le resistiera. En un poste del tendido eléctrico la raíz de la escarpia mohosa que debía ser sustituida había quedado empotrada. Nadie era capaz de extraerla con medio alguno. Subía Abel equipado con un grueso cinturón de cuero y las hoces de la escala. Abrazaba el poste con el cinturón y lo tensaba con sus riñones, y con rítmicos y ordenados movimientos, ejecutados con la ceremoniosa lentitud del que está seguro del buen fin, alternaba avances del cinturón sobre el palo con trancos que infaliblemente clavaban en la madera los acerados dientes de las hoces que prolongaban sus pies. Llegado al lugar crítico, unas tenazas le bastaban, aun pequeñas. El diestro giro de su muñeca, la poderosa mano sosteniendo firme la herramienta en un solo gesto ejecutaba el milagro. Como dentista siniestro sostenía en alto la raíz del hierro pinzada, y sonreía satisfecho mostrando a la concurrencia el herrumbroso fruto de su esfuerzo, mientras compañeros y curiosos aplaudían y vitoreaban al héroe proclamando su nombre.

En otra ocasión su virtud fue ungida por el sueño. Extrañaban sus socios descargadores su ausencia, mas también que carga alguna hubiera en el muelle. La impenetrable oscuridad que al amanecer precede explicaba que los perezosos transportistas hubieran desistido de moverse, pero no que Abel faltara. Feroz consigo para que feroz pudiera siempre ser, si por su bien lo necesitara –y con reiterada frecuencia la experiencia le venía enseñando que el bienestar se nutre devorando–, exigía a su cuerpo expectante tensión de cada músculo antes de que reloj alguno las cinco señalara, con preferencia en invierno. Torturaba entonces su anatomía con severos ejercicios de oxigenación, exponía su salud a las bajas temperaturas, brincando desnudo por la desierta azotea de su casa. Friegas de agua gélida tonificaban luego su cuerpo, y una vieja navaja que ya la barba de su abuelo había rasurado en tres pases los rígidos cañones de su barba cerrada, apenas humedecidos con un agua ligeramente jabonosa, cortaba.

Imposible pensar que hubiera descuidado su deber laboral aquel espartano. Murmuraban sus compañeros en corro, pronosticaban la noticia de siniestros acontecimientos ya irreversibles. A punto estaba de cumplirse la primera ronda de anís cuando apareció al fondo del muelle. Silbaba solitario, el diminuto paquete del bocadillo bajo el brazo, dejándose querer por las farolas, que una tras otra le iban tendiendo doradas alfombras para que con su calmoso paso las hollara.

– Buenos días tengan los señores –saludó a los compañeros, que aguardaban mudos a que por fin detuviera su seguro caminar ante las puertas del bar.

Sin esperar respuesta, sabiendo que aquel silencio general lo convertía en el señor absoluto del tiempo que todos estaban viviendo, ya apostado en la barra atacó muy dominador:

– He tenido un sueño. Un cocodrilo me comía el pie. Me veía a mí mismo tal como entonces estaba, tendido en la cama y durmiendo. El cocodrilo se acercaba desde la orilla del río que lindaba con el filo de la cama, abría las fauces y se metía mi pie izquierdo en la boca. Un poco me despabilaba el roce de los dientes en el tobillo, y con un ojo miraba lo que ocurría. Horrorizado, con una violenta sacudida desprendía el cocodrilo del pie. Bastó aquello para que desapareciera, y así pude continuar durmiendo tranquilamente.

– ¿Sabes lo que significa eso? –aventuró un compañero–. Que anoche cenaste demasiado. A mí siempre me pasa. No falla. Como cene carne en caldereta, presa de paleta, solomillo en salsa o cosas así, sueño con lagartos, precisamente con lagartos, muy verdes y muy largos. Con las gambas no me pasa. Puedo comer todas las que quiera que no tengo pesadilla. Se conoce que mi estómago está más por el marisco que por la carne. Pesadilla viene de pesado, y si pesado tienes el estómago pesadilla tienes en la cabeza. Como la sangre no te puede subir bien al cerebro, porque está dale que te dale trabajando en el estómago, pone al cerebro de mala idea, y eso es lo que ocurre. ¿Tú que cenaste anoche?

– Un arenque, Botella –contestó Abel sin dudarlo un instante–, un arenque seco sin pan.

– No me lo puedo creer.

– Tal como lo oyes. A mí mi religión no me permite cenar más que un arenque.

– ¿Tu religión?

– Así es, la religión que todo el mundo lleva aquí –y con el dedo índice se golpeaba la cabeza en la entrada que había dejado al descubierto el pelo–. Todo el mundo lleva una religión dentro. No hablo de curas ni de santos, habla de exigencias. Unos la tienen más rigurosa y otros menos, unos son obedientes y otros siempre están cometiendo pecados. ¿O no? Aquel se compromete a pagar todos los meses trescientos euros del coche, el otro novecientos del piso y este se ha propuesto no fumar más. Viven para eso y cumplirlo les satisface, y cada vez que se gastan diez euros en una copa o echan un cigarro les remuerde la conciencia.

– Este tío es un filósofo –dijo admirado un tercero. Y Abel se creció.

– Yo no puedo cenar fuerte porque no quiero. Relaja el músculo, da sueño, y lo peor de todo: embota la cabeza. Menos todavía si me acuesto tarde.

José, el penúltimo de no se sabe cuántos hermanos, que había observado atentamente cada gesto del seguro orador y ya sospechaba algo, empezó a atar cabos, y ya no quiso permanecer más tiempo en silencio. Porque no le fuera arrebatada la gloria del descubrimiento:

– ¿A qué hora te acostaste anoche?

– A las dos.

– ¿Y eso? ¿Y acaban de dar las seis y ya estás aquí?

Contuvo Abel unos instantes la respuesta, los mismos que invirtió en recorrer uno por uno los rostros del corro, como el jugador seguro de su baza se deleita en aplazar unos segundos el despliegue de sus cartas sobre el tapete. Sus compañeros aguardaban con la respiración contenida sus palabras. Miradas cruzadas habían extendido la sospecha:

– Tuve trabajo –dijo lacónico Abel.

– ¿En el muelle?

– En el muelle.

– ¡Qué tío!

– Tú no fuiste víctima de una pesadilla –completó jubiloso José, excelente pronosticador, seguro del sentido de su interpretación. Porque cuanto tenía que suceder había sucedido.

– El sueño que tuviste evoca tu grandeza, oh César –concluyó–. El cocodrilo que te mordía el pie es el trabajo y la violenta sacudida de tu cuerpo tu fuerza. Tu fuerza puede vencer cualquier trabajo.

– ¡Hurra!

Y rieron todos y bebieron a la salud de Abel.