Publicado: diciembre 24, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
Aun contando con que la actitud oficial de la magna administración romana era perseguir un crimen, pocas cosas de su historia son tan conocidas como su capacidad para absorber cualquiera de las creencias con las que fue teniendo comunicación. Fue peculiar de Roma, mientras se nutrió de un imperio, acoger toda clase de prácticas religiosas, antes de que fuera monopolizada por una.
Nuestras fuentes afirman que la costumbre cartaginesa que consistió en celebrar sacrificios infantiles jamás fue adoptada por los romanos, aun cuando hasta aquí no hubiera razón alguna que a cualquier lector hubiera inducido a sospechar que algo parecido podría haber ocurrido, y que por tanto algo como esto hubiera de decirse. A renglón seguido nos informan de algo sorprendente. En el siglo I de nuestra era había en Roma una estatua que representaba a Hércules. Hasta allí había llegado procedente de Cartago y de ella se sabía que había recibido culto mediante la ofrenda en holocausto de niños.
La asimilación del dios de los sacrificios infantiles a Hércules es fácil. El Heracles griego tiene al menos buena parte de su origen en el fenicio Melqart, dios que a su vez, ya en la plena antigüedad, había heredado atributos del que, desde el principio, había requerido tales sacrificios. Probaría asimismo la semejanza entre Hércules y el primitivo dios lo que, situándolo al final del siglo I de nuestra era, por su palabra, algún autor se propone mantener en la memoria. Durante una representación teatral, en Cartago, como parte del drama, ante el público, un actor que llevaba una máscara que lo identificaba como Hércules fue quemado, aun estando vivo. Tan desproporcionado recurso dramático habría pretendido recrear con extrema veracidad los pasos del mito que sobre la primitiva divinidad se habían conservado en el norte de África.
La mención de la poderosa máquina de bronce de los sacrificios desaparece de las fuentes a partir del momento en que Cartago es arrasada por su conquistador, a mediados del siglo II. Cabe dentro de lo posible que entre este momento y el siglo I de nuestra era, incluso como parte de la política de erradicación de las brutales vueltas a la versión de sangre humana, el objeto que las hacía colosales fuera arrancado de manos de sus devotos, de los cuales sabemos además que, para entonces, habían renunciado a prolongar sus prácticas ante él. Se trataría de una pieza que no dejaría de ser excepcional, y por tanto digna de ser conservada, y hasta admirada, aunque fuera solo por su tamaño.
El hecho que las fuentes colocan en el siglo I no es una demostración de que la vieja estatua de bronce, a la que aluden repetidamente nuestros documentos, fuera preservada y por último llevada a Roma; aunque la deliberada ambigüedad que en ocasiones utilizan, refiriéndose a ella, permita pensar que en su presencia cada año eran sacrificados niños. En exceso alguno incurriríamos si lo aceptáramos así. Prueba al menos que una semejante existió, y que, junto con la conciencia de su significado y fin, llegó hasta Roma. Que las fuentes la citen a propósito del sacrifico infantil parece además un indicio de que aquellos ritos tal vez fueran importados a la capital del imperio, sin necesidad de que las creencias que sus correspondientes actos representaban tuvieran allí extraordinaria solidez.
Es posible, además, que las prácticas cartagineses pudieran enlazar con tradiciones específicas de Roma. El apologista que nos abre la vía de acceso a este mundo en sombra se propone justificar un cambio de rito. Como empieza por referir que Hércules, el responsable de aquella iniciativa, se habría impuesto acabar con el hábito del sacrificio infantil mediante su reforma litúrgica, hay que aceptar que esta práctica antes pudo existir entre los romanos.
Según fabula, el gesto de Hércules habría consistido en levantar un altar hacia el que atraer el culto. Tal altar actúa como nexo entre el relato y los hechos que lo hacen verosímil. Existía en aquel momento y sería testimonio fehaciente de ritos ligados a creencias de la clase que investigamos. Estaba en la colina justamente llamada Saturnia, un topónimo que hace referencia explícita al dios que entre los romanos fue asimilado al antiguo demandante fenicio de la muerte de los hijos de las mejores familias. El acto de reforma habría consistido en que en aquel altar Hércules habría ejecutado, con sentido pedagógico, los principios por los que tendría que regirse a partir de aquel momento la liturgia reformada del sacrificio hasta entonces vigente. Sus víctimas no tendrían que dejar mancha alguna y el fuego en el que fueran inmoladas, solo con atenerse a la primera condición, no habría de quedar expuesto a impureza alguna. Estaríamos autorizados a deducir de aquí que la versión de sangre y la posterior incineración de la víctima pudieron ser dos características de la hipotética modalidad de sacrificio infantil que antes se celebrara en Roma.
Probablemente todos estos no son más que artificiosos medios de conexión del rito procedente del norte de África con los que tal vez sirvieran para atraerlos hacia otros locales, que por ósmosis serían los encargados de desactivarlos. La parte sustantiva del relato cuenta que Hércules instruyó a los devotos de la divinidad que recibía culto en aquel lugar sobre cómo atemperar sus coléricas exigencias de víctimas humanas sin incurrir en crimen alguno. Tendrían que crear con sus manos imágenes de hombres que vistieran tal como era habitual entre quienes habían sido destinados al sacrificio. Las imágenes debían ser lanzadas al río en sustitución de los hombres que en su momento eran sacrificados con el agua. Pretendía de este modo Hércules relevarlos del remordimiento en que podrían incurrir si pensaran que dejar de frecuentar la manera de proceder en la inmolación que de sus mayores descendía era una falta litúrgica grave.
No hay duda de que la modalidad romana del sacrificio humano a la que hace referencia este paso del relato tuvo en algún tiempo, como piezas que la caracterizaban, que las víctimas vestían un traje ritual y que el sacrificio se consumaba en las aguas del Tíber, que actuaba como ejecutor designado por la naturaleza. Más evidente es que en el texto recibido esta es una segunda pieza, bien que soldada por el receptor que nos informa con la anterior a través de la referencia al altar. Tan ajenas son que los elementos que componen cada una de ellas no necesitan de la justificación que los paralelos puedan proporcionarle.
No es fácil otorgar un momento preciso a los relatos por imaginación. Su pretensión es precisamente retraerlos de momento alguno, y de esta manera ponerlos en disposición de sobrepasar el tiempo. Si recordamos que la ley romana había declarado crimen el sacrificio de niños alrededor del cambio de era, este apólogo puede ser admitido como obra posterior a aquel momento, lo que permitiría suponer que los cultos que pudieron ser el objeto de su preocupación, en su estado anterior al de la reforma que pudo permitirles sobrevivir, pudieron estar activos al menos hasta momentos muy próximos al cambio de era.
Algún dato positivo hay a favor de esta posibilidad. Un célebre personaje de fines de la república, de nombre Vatinio, fue acusado de sacrificar niños para apaciguar a los dioses infernales, práctica que fue calificada de nefaria sacra y perseguida por la ley. La vía por la que se salió de aquel difícil territorio fue la traslación simbólica de los ritos cruentos a sus correspondientes representaciones incruentas. La coartada la proporcionaron la condena de los sacrificios al estilo cartaginés, y tal vez la estatua que se había traído del norte de África.
Disponemos, sin embargo, de un testimonio más directo de las celebraciones de esta clase. Lo proporciona un expediente judicial que permite reconstruir una escena de magia negra. Tuvo lugar en Roma en fechas poco posteriores a los hechos con los que Vatinio estuvo relacionado. Unas brujas llevaron a sacrificar a un niño como parte de un rito cuyo fin era la elaboración de un filtro amoroso. La víctima inocente fue un varón que apenas había completado su infancia.
La bruja directora, tras convocar a los poderes que obligaban a que fueran secretos aquellos ritos, de los que solicitó que dejaran caer su ira y su fuerza sobre las casas hostiles, invitó al enamorado a que durmiera en una cama rociada con los perfumes que producen el olvido de todas sus rivales, y a que caminara libremente, confiado en los encantamientos que le iba a proporcionar. No serían filtros habituales los que harían que satisficiera sus deseos. Sería tan fuerte y activo el bebedizo que le daría que el cielo llegaría a ponerse debajo de la mar y sobre ella la tierra, antes de que él dejara de arder de amor.
Ordenó que se preparara una hoguera con higueras arrancadas de sepulcros, ramas de ciprés procedentes de un cementerio y hierbas traídas de la Cólquida, con frecuencia venenosas, de las que no habría de olvidarse alguna, ni siquiera las raíces ocultas en lugares abruptos. Ardieron en ella un huevo y plumas de un ave nocturna, previamente untados con la sangre de una rana, así como huesos arrancados de la boca de una perra famélica. Por último, con la médula y el hígado de una víctima humana, la que próximamente sería sacrificada, una vez que hubieran perdido su humedad, se completaría la elaboración del filtro amoroso.
Al muchacho que mantenía aherrojado con este fin lo pusieron desnudo en medio de la junta, que formaban el hombre que había recurrido a los poderes mágicos y las hechiceras, que alborotaban y volvían sus caras hacia él. Tras lamentarse con voz temblorosa, se había quedado inmóvil. Al ver los estúpidos preparativos, supo que su suerte estaba decidida. Maldijo a las brujas para que el peso de sus palabras las persiguiera mientras vivieran, les pronosticó que no habría víctima con la cual pudieran expiar una maldición tan solemne y les anunció que, cuando hubiera muerto, correría hacia ellas como un furor nocturno. Siendo ya un espectro, les atacaría el rostro con sus uñas y se sentaría en sus pechos agitados, para alejarles el sueño con el miedo. Las gentes, a pedradas, correrían tras ellas por las calles hasta aplastarlas, y sus miembros, insepultos, serían dispersados por lobos y por aves. Mientras tanto, sus padres, que le sobrevivirían, no se iban a privar del placer de tal espectáculo.
Ninguna maldición detuvo el cruel designio. Otra de las brujas asperjó la casa con agua del Averno, el lago que daba entrada al infierno, y una tercera con sus conjuros convocó a los astros y la luna para que bajaran del cielo. Por último, la cuarta con un azadón cavó un hoyo. Cuando a viva fuerza entre todos hubieron conseguido meter en él al niño, dejaron que solo asomara el rostro, para que a su vista quedaran expuestos los manjares que durante cada día le presentaban y cambiaban entre dos y tres veces. Sometido a este tormento, la mirada fija en la comida inalcanzable, a los pocos días sucumbió. Extraídos y secados su médula y su hígado, tal como estaba previsto completaron la elaboración del filtro amoroso, tras cuya ingestión el trastornado amante murió carbonizado al pasar junto a una antorcha. Fue la desaparición del adulto la que motivó la intervención de la justicia.
Cuando estaba terminando el siglo II y comenzando el III, los cristianos del norte de África eran acusados, por quienes se oponían a ellos, de mantener el condenado hábito del sacrificio de niños. Algunos detalles de la variante del rito de la que se les hacía responsables eran contados allí y han podido llegar hasta nosotros con bastante fidelidad.
Su renovación era ahora justificada como una ceremonia de introducción de los catecúmenos en la comunidad, aunque en lo fundamental, a decir de los promotores de la especie, todo en realidad quedaba reducido a un simple infanticidio. La ceremonia comenzaba cuando la víctima que iba a ser sacrificada, un niño recién nacido, era preparada. Había que recubrirlo de harina. Como se actuaba de este modo, alguien inspirado por el espíritu de la precisión, patrocinó la pintoresca idea de que estas ceremonias estaban presididas por cocineros, en lugar de sacerdotes. Con algo más de seriedad, los textos explican que se actuaría de este modo con el ingenuo propósito, no solo de que la víctima no fuera reconocida, sino para que ni siquiera pudiera ser identificada como un ser humano.
Preparado con deleite culinario el recién nacido, era llevado ante el neófito, quien previamente había sido instruido para que cumpliera con el deber de iniciación que se le había impuesto, asestar puñaladas al cuerpo que se le presentara. El catecúmeno clavaba las puñaladas a las que había sido inducido, que él no obstante creía inocentes, en lo que él solo podía identificar como una superficie enharinada. Alguna alusión de los textos recomienda sospechar (si se quieren leer con algún grado de sensatez todos estos despropósitos) que el catecúmeno actuaría durante la ceremonia con los ojos vendados. Pretenden además las fuentes que las heridas infligidas de este modo no eran percibidas inicialmente por quien las causaba, o al menos que no sería consciente de que habían sido letales hasta que la muerte se había consumado, momento en el que por fin sabía que su víctima había sido un niño recién nacido. Para entonces, ya se le habría consentido desprenderse de la venda que lo cegaba.
Consumado el crimen, los asistentes, que hay que suponer miembros iniciados de la comunidad y que concurrirían reiteradamente a estos actos, junto con el propio catecúmeno, ya del todo consciente de hasta donde había llegado, se entregarían a degustar con deleite la sangre vertida, y a continuación a descuartizar el cuerpo muerto, el mismo que finalmente sería por todos devorado. Con tanta frecuencia reiterarían aquellos actos, y tan adictos a ellos terminarían siendo quienes ya alguna vez se habían deleitado con la sangre humana, que se fantasea con la posibilidad de que un mismo militante de la comunidad cristiana primitiva bien podría haber desgarrado con sus mandíbulas el cuerpo de un centenar de niños. Satisfechos y hastiados, conscientes por fin de la atrocidad cometida, tanto quienes actuaban como autores como quienes instigaban, quedaban vinculados por el crimen colectivo como por el mutuo silencio al que la participación en él les obligaba, si deseaban escapar a las actuaciones de la justicia.
No sería ajena a toda esta historia la autoridad provincial romana, según quien nos sirve de informador. La creía capaz de inventarla porque la acusa de actuar sin respetar las debidas garantías cuando debía sustanciar acusaciones como aquellas. En su opinión, estas especies derivaban de que los cristianos eran de antemano considerados homicidas, sacrílegos, incestuosos y enemigos del estado, y tales crímenes, en su caso, no eran investigados con las mismas garantías que cuando el acusado no era cristiano. Estaba convencido de que solo mediante la tortura sería posible hacer confesar a un cristiano la comisión de acciones tan despreciables. Se trataría de acusaciones infundadas, propaladas con el deliberado interés de convertir a los miembros de la nueva comunidad en objeto de persecución por la potestad judicial de la región, que desde siglos atrás contaría a su favor, para satisfacer ese objetivo, con todo lo legislado contra la frecuentación del sacrificio de niños allí.
Una versión atenuada de estas mismas insensateces cuenta que entre las sociedades cristianas primitivas, porque competían entre sí por la perfección, los montanistas, tan rigurosos en moral que hacían exhibición de la posesión divina, fueron acusados de mezclar sangre de niños de un año con la harina de los misterios. En el cuerpo del niño clavaban alfileres y con la sangre que vertía amasaban el pan. Si le provocaban la muerte, lo admitían como mártir. La acusación alcanzó a todos los cristianos y justificó que se les persiguiera.
Son tan inverosímiles los detalles de toda esta parte de la tradición que no encuentro manera de hacer admisible con argumentos analógicos la forma ritual que describen las fuentes. Sabemos con seguridad que en lo fundamental son la obra de un apologista y no de un detractor de la comunidad cristiana primitiva, que pretende combatir los argumentos que contra ella fueran utilizados ridiculizándolos.
El suicidio espontáneo, activo en cualquier época, actúa sin requerir vínculo alguno con unas creencias. Un relato que pertenece a la pasión de las santas Perpetua y Felicitas, martirizadas probablemente en Cartago el año 203-204, y que en ocasiones ha sido invocado como prueba de la supervivencia del suicidio ritual, así parece indicarlo. Santa Perpetua fue condenada a muerte por sus creencias bajo el imperio de Septimio Severo, emperador que ya recelaba la decadencia romana. Solo tenía la santa veintidós años y, mientras aguardaba su martirio, escribió un diario de lo que les sucedía en la prisión a ella, a su amiga santa Felicitas y a varios cristianos más que hubieron de sufrir la misma suerte que las dos muchachas. El texto de la mártir es tan conmovedor como explícito.
Llevaron sus verdugos a Perpetua y a Felicitas al centro de la arena del anfiteatro, cercada por gradas repletas de espectadores. Allí las despojaron de sus vestiduras y, aunque envueltas en una red, de tan elocuente forma las expusieron a las miradas de quienes habían previsto el espectáculo. El público no reprimió su complacido horror por tan precipitada infamia, y se desbordó en gritos que complicaron a los ejecutores en una más detenida representación del trance final, por lo que consintieron en devolver sus vestidos a las dos íntegras criaturas de piel de bronce.
Hicieron entrar en la arena una vaca furiosa, cuyas fuerza y rabia eran ya conocidas por los espectadores. Se arrojó la fiera sobre Perpetua. La izó con sus cuernos, la arrojó al suelo y cayó sobre su espalda. Se levantó, y al ver que el vestido que le habían devuelto estaba desgarrado, unió los trozos con calma, inspirada por su sentido del pudor. Los espectadores se sintieron enternecidos por aquel gesto, y de nuevo se mostraron favorables a quienes en aquella representación había tocado el papel de víctimas. Tan acosados se vieron, como consecuencia, quienes cumplían con la ejecución que hubieron de salir, junto con los condenados, hacia la puerta de la ciudad llamada Sana Vivaria.
Llegaron a tal lugar. Antes de comparecer otra vez en público, Perpetua había pedido un instante para anudar sus largos cabellos, que estaban sueltos, justificando su gesto con la explicación, según propias palabras, de que no se debe llevar el traje de la aflicción cuando se marcha al triunfo. A continuación, pareció despertar de un profundo sueño, sin que sea dable explicar nada más de su extraño estado. Miró a su alrededor, como alguien que retorna a la conciencia y no sabe de dónde ni a dónde llega. Por sus gestos pudo saberse con certeza que hasta entonces había estado sumida en un éxtasis. Con gran asombro de todos cuantos la oían, preguntó cuándo por fin la expondrían a aquella fiera vaca, cuya furia tanto era temida y de la que en prisión le habían asegurado que tendría que soportar sus embestidas.
Estaban presentes en aquel lugar, aparte los ajusticiados y sus guardianes, algunos de los espectadores, que se habían apresurado para contemplar la continuación de aquel variado espectáculo. Tienen otros relatores de los hechos por personas en exceso activas, porque en su opinión seguramente estaban pagadas por la autoridad, a la parte de los concurrentes que entonces otra vez pidió a gritos que de nuevo fueran llevadas al anfiteatro las cristianas y sus compañeros.
Pareció justo al promotor que así se hiciera, pero también que la creciente excitación fuera por fin colmada con sangre. Los condenados fueron devueltos al lugar de donde habían venido y efectivamente allí fueron ejecutados de la manera más expeditiva. Cada cual recibió el golpe definitivo sin decir palabra ni temblar. Solo Santa Perpetua, que antes no había sentido dolor alguno ni temor, gracias al éxtasis con que había sido protegida, se abandonó a quejas y llantos. Un gladiador poco hábil, o que tal vez sintiera horror de herir de muerte a la frágil criatura, fue el encargado de ultimarla. Tanta fue su torpeza que, aun habiéndola traspasado con su espada, no la mató, y todavía con nuevos golpes le hizo proferir grandes gritos de lamento.
Cuentan por último las crónicas que los condenados a muerte, en aquella ocasión expuestos a las más variadas formas de tortura, dentro y fuera del anfiteatro, vestían hábitos rituales, de los que el masculino era precisamente el de los sacerdotes de Saturno. Dado que era en aquellas tierras el heredero directo del dios al que eran ofrecidos los sacrificios infantiles, la exhibición pública de aquella indumentaria resulta una referencia directa a tan vieja tradición, ahora a cubierto de la protección legal que le daba la condición de quienes así vestían.
De la lectura del relato de Santa Perpetua se deduce que sufrir por la fe cristiana, así como morir con alegría sin pensar en la muerte, era atractivo para los jóvenes africanos de principios del siglo III. La referencia al detalle de la indumentaria ha hecho pensar que en el norte de África, bajo aquellas formas, el sacrificio de víctimas humanas, a fines de la antigüedad, era actualizado. Algunos de los intérpretes del relato mencionan precisamente la fórmula conocida como sacrificio molchomor, o sacrificio con víctima interpuesta, probablemente inspirados por la inocencia de quienes son entregados a la muerte solo por razón de creencias. En este caso se podría admitir que de la confluencia de la voluntaria entrega al martirio con formas que, aunque sea solo en manifestaciones externas, recuerdan el viejo sacrificio, está en condiciones de surgir un híbrido tardío de los viejos hábitos que investigamos, que con preferencia podrían manifestarse bajo el aspecto paralelo de suicidio ritual. Avala esta manera de observar el singular hecho del siglo III que extrañas epidemias de sacrificios casi rituales, sobre todo en Numidia, afectaran a los circunceliones, cristianos refractarios al orden eclesiástico, a mediados del siglo IV de la era.
Publicado: diciembre 17, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
La confusión no solo alcanzó a las formas de la divinidad unívoca, sino que también llegó hasta sus metamorfosis derivadas. Al igual que el Baal autóctono, Yavé adquirió títulos diferentes, inspirados por los lugares en los que se le rendía culto. En las inscripciones de Kuntillet Ajrud se puede leer Yavé de Teman y Yavé de Samaria, evidencias de las que en el Texto Sagrado también se han conservado restos. Las expresiones Yavé en Hebrón y Yavé en Sión, que en Él pueden leerse, con facilidad se pueden interpretar como equivalentes a Yavé de Hebrón y Yavé de Sión.
Durante siglos los hebreos rendirían culto a Yavé en numerosos santuarios, la mayor parte de los cuales, ya consolidados como lugares de afluencia de fieles, los habrían heredado de sus predecesores en Canaán. Este hubo de ser el caso del templo de Arad y seguro el de las ciudades de Siquén, Bethel y Dan, que poseían santuarios dedicados a Yavé, y sin duda también del templo de Jerusalén tuvo su origen en cultos anteriores. La diferencia que tuvo a su favor fue que contó con radicales defensores del culto exclusivo a Yavé en el templo que debía ser único y que finalmente estos consiguieron imponer su criterio. Pero incluso quienes se comportaban con aquel rigor excluyente, cuando se manifiestan como Autores, reconocen que el propósito del culto centralizado se satisfizo en muy pocas ocasiones. Algunos de los santuarios mencionados eran más venerables que el de la propia Jerusalén, ciudad con rasgos culturales propios, especialmente resistentes a la penetración hebrea y conquistada relativamente tarde. Hay por tanto que concluir que los hebreos fueron contaminados por el hecho de que cada ciudad tuviera sus dioses. También entre ellos llegó a haber, si no tantos dioses como ciudades, sí buen número de identidades locales del dios único consecuencia directa de una costumbre consolidada en la región antes de que sus nuevos dominadores a ella llegaran.
Aceptadas todas estas evidencias de intercambio y sincretismo, se ha admitido como muy probable que también pueden estar contenidos dioses anteriores al único, pero vigentes en las tierras palestinas cuando su religión emerge, en los epítetos que la divinidad hebrea terminó polarizando. En tales denominaciones se habrían refugiado nombres de diversa procedencia que podrían corresponder a divinidades precedentes, lo que por sí mismo facilitaría que cada sincretismo se infiltrara a través de la palabra como si por capilaridad hubiera ascendido. Para la mayoría de estas formas nominales no es fácil decidir si pueden estar relacionadas con las identificaciones de santuarios de Baal que ya hemos hecho, aunque algunas coincidencias en el espacio permiten aventurar que es muy probable que así fuera. Sin embargo, más allá de que la superposición pueda ocurrir o no, observar la posible supervivencia de la diversidad en el Texto Sagrado desde esta otra atalaya permite acceder de modo directo a significados divinos vigentes en el tiempo por el que nos interesamos, que de no ser así habrían quedado ocultos.
Para tomar la posición relativa que ahora puede ser más fecunda tal vez lo más pertinente sea partir del nombre de la divinidad hebrea. Aunque Ugarit proporciona testimonios que permiten sostener la idea de que ya en aquel lugar Yavé había alcanzado el grado de dios, una teoría defiende que probablemente fue entre los quenitas donde la palabra Yavé alcanzó la categoría divina que sería regular en la región. Quenitas habrían sido los primeros que tuvieron a Yavé por dios y gracias a su iniciativa habría resultado que el Yavé que prevaleció fuera una divinidad originaria de este pueblo.
La comunidad que se conoce con este nombre, hasta donde su existencia puede ser restaurada, parece una tribu de herreros que normalmente vivía en las pendientes occidentales de la Arabá, territorio rico en minerales. Dueños de tan alta tecnología, como sin embargo aún su demanda era baja y dispersa en nuestra zona de referencia, se veían en la obligación de llevar un régimen de vida nómada o seminómada. Mas, para ser rigurosos, quenita parece que era originariamente la palabra que designaba un oficio y no una etnia. Eso significaría que en realidad la comunidad quenita pudo estar formada por cualquiera de los pueblos de aquella región. Buscados en ella los posibles candidatos que encarnen a la comunidad de herreros, la posibilidad que ha sido presentada con más éxito es la que pretende que los quenitas eran al mismo tiempo madianitas, habitantes de la misma zona que los quenitas ya consolidados tendrían como centro, quizás un poco más al este, en los límites del desierto arábigo que llega hasta Siria, al noroeste de Arabia, el este del golfo de Aqaba. No obstante, su régimen de vida sería efectivamente nómada y pastoril, así como familiar a las rutas de las caravanas del desierto, porque se les documenta en el Sinaí, en Moab, en Ammón, al este del Jordán y en Canaán.
Para decidir sobre el significado de esta forma primitiva de la que terminaría siendo divinidad característica de los hebreos la crítica señala precisos indicios que el Texto ofrece. El único fenómeno natural con el que Yavé aparece asociado frecuentemente es la tempestad, de donde se dedujo que Yavé pudo ser originalmente un dios de las tormentas, como Adad o Hadad. Lo que más solidez dio a esta idea fue que los pasajes poéticos del Texto Sagrado en los que es representado como señor de la tempestad contienen evidentes afinidades con la literatura y el arte de otros pueblos del Próximo Oriente antiguo, los cuales pudieron servir de fuente teogónica del dios de los quenitas. La abundancia y el vivo colorido de estas alusiones a Yavé en relación con la tempestad persuadieron a numerosos investigadores de que efectivamente Yavé era en un principio un dios de las tormentas.
Aunque esta opinión haya sido rechazada después, las conexiones entre Yavé y la tempestad son tan abundantes que no pueden responder a mera coincidencia. Incluso podría tomarse como una confirmación indirecta de esta posibilidad que las creencias en las divinidades relacionadas con los ritos de la fecundidad, de cuya vigencia en la misma región donde Yavé terminará naturalizándose no cabe ninguna duda, sean anteriores entre las mismas gentes.
Pero lo que permite descubrir dimensiones del mismo dios que alcanzan a profundidades que de otro modo no es posible ver es una incursión en la etimología de la palabra Yavé, sobre cuyos significado y origen, como se puede suponer, se han elaborado muchas teorías.
Para una de ellas Yavé es una parte de un título litúrgico aplicado a El, nombre personal del dios principal del panteón ugarítico, a su vez el primitivo acreedor del sacrificio de primogénitos entre los fenicios.
Del uso simultáneo de las palabras El y Yavé, que confirmaría esta opinión, se pueden aportar las pruebas directas que suministra el Texto Sagrado. Probablemente la expresión más ilustrativa de esta manera de enunciar la posible identidad es la conocida `el aser yahweh seba`ôt, que los gramáticos traducen por El, que hace existir las huestes. En el Texto esta fórmula fue quedando reducida a un título aplicado al dios único, Yavé Sebaot o Yavé de las huestes, manera de identificar que no aparece desde el Génesis hasta el libro de los Jueces pero que es utilizada con frecuencia por los profetas. Con más probabilidad se asocia al santuario construido para el arca en Silo, desde donde era llevada a las batallas. La adscripción preferente de un título a un lugar abogaría en favor de la idea de que cada centro de culto superviviente fuera en su origen un lugar dedicado a una divinidad específica. Con todos estos limitados elementos, aunque el fruto sea una especulación, se puede admitir sin embargo que yahweh podría traducirse por algo así como quien hace existir o ser, lo que por lo demás tiene a su favor que ya se aproxima bastante a lo que acepta la mayor parte de quienes se proponen explicar el nombre del dios hebreo.
Pero, de no haber dificultad en aceptar que este es el sentido primero de la palabra Yavé, habría que admitir también la posibilidad de que Yavé fuera el resultado de una forma de El, puesto que la abstacción quien hace existir o ser deriva de una propiedad inicialmente reconocida a quien la aplica a la presencia de las huestes.
En sentido directo El es una transliteración del nombre común que para designar a la divinidad tienen las lenguas semíticas. El es la voz que se aplica a un miembro de la especie divina, lo mismo que hombre es la palabra que se aplica a cada individuo de la especie humana. Es posible que el uso de El como nombre personal divino en Ugarit sea el único resto que sobrevivió de una teología anterior, probablemente extendida por la región, en la que el nombre El era propio de cierto dios, el mismo que por representar la divinidad en su grado más alto o principal en una cultura preponderante posteriormente se convertiría en nombre común.
Afortunadamente, la palabra El llegó en buen estado al Texto Sagrado, donde sin embargo ya se empleó con el significado de Dios en sentido genérico y siempre referido a Yavé, a cuya personalidad de dios único se ajusta a la perfección. Pero al mismo tiempo el Texto Sagrado, siempre ávido de erudición, sirviéndose de ella como nombre propio, dejó registrado que en Canaán sus habitantes adoraban a este dios supremo en diferentes santuarios y con distintos títulos. Así, menciona a El Berit, que puede traducirse por dios de la alianza, que recibía culto en Siquem; a El Elyón, o dios altísimo, que recibía culto en Jerusalén; y a El Olam, o dios eterno, que recibía culto en Berseba.
El significado de El Sadday, a quien también menciona y que sólo en esta fuente aparece, es oscuro. Este es el que los LXX traducen por pantocrátor, el que todo lo puede, aunque en ocasiones prefieren leer Dios del cielo, al tiempo que en el Génesis pone el Dios de tu Padre en paralelismo con El Sadday. Muchos aceptan hoy la sugerencia de que este nombre significa el de la Montaña. Así interpretado, este nombre reflejaría la creencia común entre los antiguos semitas de que la morada de los dioses se sitúa en la montaña norte, mencionada en varios pasajes del Texto Sagrado. En cualquier caso, tampoco está claro cuál pudo ser la residencia de El Sadday.
Esta ruta del culto a El, aunque sea muy parcial, pone de nuevo al descubierto de manera explícita la relación que hay entre la diversidad de las denominaciones y la geografía de los santuarios. En la forma en que el Texto Sagrado tiene de presentar los epítetos de El pudieron quedar retenidas, aparte una porción de la red de los santuarios del área, ideas sobre la justificación del hecho divino que no se habrían extinguido del todo en Palestina cuando aquél fue escrito.
Aún más lejos se puede llegar a través del análisis del epíteto Elohim, el que más fortuna tiene en el Texto de todos los que aplica a Yavé. Aunque `elohîm no tiene términos correlativos en las demás lenguas semíticas, se identifica con seguridad como un plural hebreo y se acepta como plural de El.
En la Escritura Sagrada elohim se aplica unas veces al dios al que dan culto los hebreos y otras a los dioses de los otros pueblos. Cuando se aplica a éstos es tan plural por el significado como lo es ya por la forma. Pero cuando se aplica al dios de los hebreos, a pesar de su forma plural, es singular por el significado, lo que corroboran las concordancias gramaticales. Aplicándole el epíteto Elohim a Yavé los autores sagrados pretenderían expresar frente a sus vecinos, que se atienen a culturas religiosas politeístas que conocen qué idea de la divinidad se expresa con la palabra El, que el dios único es dios de dioses y por tanto abarca la totalidad del hecho divino.
Pero también rastreando el empleo de la palabra elohim la crítica detecta en la Escritura unos pocos pasajes que dejarían ver los restos de politeísmo del relato en el que pudo inspirarse. Hay quien supone que en ellos están reflejadas las creencias en un panteón múltiple que entre los hebreos pudiera haber antes de que entre ellos fuera aceptada la cultura del dios único. Los exégetas señalan precisamente pruebas textuales que las demostrarían, no todas del mismo valor. Así, puede parecer forzado subrayar que en el primer capítulo del Génesis, cuando dice Dios Hagamos, está hablando una forma múltiple de la divinidad. Sin embargo, resulta mucho más explícita la expresión a imagen de Dios los creó macho y hembra, una referencia que puede ser admitida como el resto de un panteón celeste de elohim masculinos y femeninos.
Además es posible rastrear la evolución de elohim en el propio texto. Un momento intermedio de las transformaciones que conociera la palabra en manos de los Autores Sagrados es el que queda reflejado en los LXX, donde `elohîm se suele traducir por ángeles. Para los observadores más atentos, que la palabra alcanzara tal estado es consecuencia de la búsqueda del siempre difícil equilibrio diplomático. No debió resultar fácil de formular el verdadero estatuto de cualquier otro El cuando se estaba en relaciones con alguna de las potencias vecinas, cada una de las cuales rendía culto a su propio El; más aún cuando el devoto hebreo pensaba que cualquier otro El estaba reducido a la condición de escabel de los pies de Yavé. Para salir al paso, en la medida en que eran más o menos seres supraterrestres o celestes, su condición se pudo asimilar gradualmente a la de los ángeles.
No hay una explicación etimológica universalmente aceptada de las formas sustantivas El y Elohim, aunque muchos investigadores las relacionan con una palabra que significa poder. No es inverosímil que la idea de poder suministrara la esencia de la divinidad en la cultura semítica antigua. El mundo de El-Elohim sería el del ser y del poder superiores a todo lo humano. Si bien el dios de los hebreos es fundamentalmente espíritu, es cierto que la cualidad que más resalta en este espíritu es su abrumadora potencia. Cuando en la Biblia Yavé es llamado El o Elohim se lo eleva incluso por encima del mundo sobrehumano hasta otro nivel que sólo a él le pertenece.
Dos denominaciones aplicadas a Yavé que corroboran la posible justificación de sus relaciones con El son las de Adonai y Mélek, ambas muy próximas a la idea de Baal. Adonai o `adonay significa mi señor, y hasta en su forma es similar al `adonî que se emplea para referirse al rey. En el Texto Sagrado Adonay solo se usa para aludir a Yavé, mientras que Mélek, que como ya sabemos significa rey, también se aplica frecuentemente al dios único. Para encontrar sentido al recurso a ambos epítetos habría que aceptar que los hebreos reconocieron en su dios condiciones de rey. De sobra sabemos que la Monarquía es una fuente común a muchos de los dioses de los antiguos pueblos semitas. La condición real en la antigüedad estaba justificada sobre todo porque la dirección del ejército debía ser responsabilidad personal y porque la autoridad de la ley era sostenida por idéntica fuerza. Yavé ejerce ambas funciones entre los hebreos. Es el salvador que pelea en las batallas del pueblo elegido y el legislador que impone un código de conducta, al tiempo que el juez que sanciona el incumplimiento del código que ha impuesto. No obstante, hay que reconocer que en este caso, como en tantos otros, la idea de los hebreos siguió unos caminos de evolución peculiares.
Publicado: diciembre 12, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
De los estados que compartían frontera con los hebreos ya instalados en Palestina, en primer lugar es posible identificar en el Texto Sagrado el rastro directo de la más característica de las divinidades de Fenicia, fracción de la costa Palestina al norte de la ocupada por los hebreos. Su aparición literaria es digna de la mayor atención, tratándose de la búsqueda de los orígenes de la República. Es una clara referencia al culto al dios que la escritura llama Mélek –literalmente el rey–, un título por el que eran distinguidas bastantes divinidades semíticas, pero que ocasionalmente al menos en el Texto Sagrado parece una referencia a Melqart de Tiro. De Ammón, al este del Jordán, es mencionado Milkom, dios cuyos atributos con facilidad pueden esconder asimilación a Yavé, aunque también se interpreta como una simple variante de Nergal, el dios mesopotámico de la muerte y del mundo inferior. De Moab, la tierra al este del mar Muerto, de cuyos pueblos se sabe que eran politeístas, es mencionado el principal, Kemós, que aparece en la estela de Mesá y que asimismo puede ser una variante del Nergal de Ammón de origen mesopotámico. Testimonia su popularidad que la palabra Kemós está documentada como parte de muchos apelativos moabitas.
Aunque a veces son simples conjeturas, por el Libro segundo de las Crónicas se obtienen pruebas de que en el país de Edom, al sur del mar Muerto, daban culto a varias divinidades. La existencia de distintos nombres que incorporan los de dioses confirma las noticias de su autor. Así, Qos, que quizás esté representado en Qos-Yahu, o en las enumeraciones asirias Qausmalake y Qausgabri. También es posible que hubiera un dios llamado Malik, y otro que llevaría un nombre parecido a Ay. Asimismo, cerca de Borsa se han encontrado figuritas de arcilla, que los arqueólogos han fechado en algún momento de los siglos noveno y octavo, que representan una diosa de la vegetación.
De Filistea, la actual franja palestina en la costa suroeste, todos los dioses de los que hay noticias llevan nombres semíticos. Había templos de Dagón en Gaza y Asdod, otro dedicado a Astoret en Ascalón y otro a Baalzebub en Ecrón. Pero en países más distantes reciben culto divinidades de cuyas liturgias y creencias también se puede esperar testimonio contemporáneo escrito porque el Texto Sagrado también las registra. Keván es el nombre acádico del planeta Saturno, Sikkut es un dios asirio-babilónico, y con la expresión hueste de los cielos son designadas en él las divinidades astrales de Mesopotamia. También hay referencias a los dioses egipcios.
Pero sobre todo constan en el texto los cultos y las divinidades de las tierras donde los hebreos terminaron radicados, el país que la Escritura Sagrada identifica reiteradamente de modo genérico como Canaán. Gracias a estas referencias sabemos con notable satisfacción cuáles eran los dioses que allí recibían culto, de dónde procedían y qué representaban, y cuando van más allá de sencillas menciones es posible deducir el estado hasta el que habían evolucionado en el primero milenio.
Los dioses que recibían culto en aquel espacio, o al menos aquellos a los que la escritura dedica más atención, eran Baal, Astarté y Aserá, divinidades que sin ninguna duda proceden de la cultura de Ugarit, aunque es posible que para entonces hubieran pasado por una reinterpretación fenicia.
Naturalmente el Baal de los Textos Sagrados es Baalu, la divinidad principal de la cultura de Ugarit. A menudo es presentado como el amo del suelo o dueño de la tierra, lo que resulta una abstracción de una idea más elemental. Con preferencia, y sobre todo, entonces representaba el principio masculino divinizado, gracias a lo cual se constituía en un dios de la potencia fecundante, al que los varones debían rendir culto para que los favoreciera.
Seguro se recuerda que baal es una palabra que literalmente significa señor, un sentido muy preciso que esta palabra parece haber adquirido en el momento al que ahora nos referimos. El nombre baal, en el sentido de señor o dueño, que entraba en la composición de muchos nombres de persona, con preferencia se daba al marido. Por eso Baal en aquellas tierras formaba con Astarté o Astarot, la diosa madre, una pareja divina constituida en matrimonio para que diera satisfacción a los cultos de la fecundidad.
Habitualmente el Texto Sagrado se refiere a esta divinidad en plural, los Baales, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, y así como Baal puede ser plural, la pareja que forman Baal y Astarté también en ocasiones es plural, también hay Baales y Astartés. Pero con el recurso al plural el Texto está indicando que en las tierras donde los hebreos se instalaron Baal tenía múltiples títulos, los cuales derivaban a su vez de la multitud de santuarios que a lo largo de aquel país tenía dedicados. Para expresar el grado más alto de dispersión de este culto se podría decir que había tantos Baales como santuarios. El mismo Texto Sagrado precisa que cada ciudad tenía sus dioses, y añade que en Jerusalén llegó a haber tantos altares a Baal como calles había. Aunque sea una deformación hiperbólica, obra de alguno de sus apasionados autores, el indicio al menos puede ser admitido como prueba de las múltiples formas del culto al principal dios de la región, máxime cuando no faltan otras aún más explícitas y más sólidas de la profusión y la diversidad de los baales. Una la proporciona la Sagrada Escritura cuando se refiere al Baal de Siquem, lo que es unánimemente interpretado como que en Siquem hubo un santuario dedicado a Baal. Mambré fue otro lugar que probablemente contó con un santuario de Baal de características similares al de Siquem, e igualmente es probable que en Betel hubiera otro dedicado al mismo dios. El santuario de Lakis, ciudad que estaba al suroeste de Jerusalén y que corresponde al actual Tell al-Duwayr, que fue destruido por el fuego hacia 1200, a la llegada de los hebreos, también es posible que fuera otro de los enclaves del culto de un Baal.
A conocer las causas de la diversidad de estos señores divinos ayuda el testimonio que proporciona el caso de los yebuseos, una peculiaridad que de cualquier forma merece toda nuestra atención. Es uno de los más valiosos sobre las creencias vivas en lo que de manera apresurada se llama religión de Canaán, porque permite entrever que bajo esa denominación genérica en realidad se oculta una mayor diversidad, y en consecuencia rechazar la simplificación en la que se incurre cuando se habla de aquella manera.
Aunque Yebús aparece varias veces en el Texto Sagrado, la crítica se inclina por la posibilidad de que pueda tratarse de una palabra artificiosa o inventada. Es muy probable que el topónimo Yebús sea un simple derivado del gentilicio yebuseo. Pero precisar qué parte es esta gente, entre las demás que habitaran a principios del primer milenio en las tierras entre el Jordán y el Mediterráneo, ya no es tan fácil. En el capítulo 10 del Génesis son citados entre otros supuestos clanes cananeos, en el 15 son colocados junto a los amorreos, los cananeos y los guirgaseos y en el libro de Josué su rey es considerado a un tiempo yebuseo y amorreo. Con seguridad, cuando el Texto Sagrado incluye a su rey entre los amorreos lo hace con el sentido de occidentales que a la palabra amorreos le dan las fuentes acadias, que de esta manera desean identificar de manera genérica a los habitantes de Canaán anteriores a la llegada de los hebreos. Sin embargo, puede que los yebuseos fuesen realmente amorreos, porque esta denominación al mismo tiempo tiene un sentido etnológico muy amplio. De ser esto cierto, yebuseo sería por tanto una designación reservada a los habitantes de cierta área cuya extensión sin embargo no es posible precisar.
De los yebuseos, no obstante, sabemos algo más, que todavía permite llegar algo más lejos. El rey de los yebuseos que el Texto Sagrado menciona tiene por nombre Adoni-Sédeq y Yebús es el nombre que se le adjudica a su principal ciudad fortificada. Esta habría sido adjudicada a la tribu de Benjamín, aunque el límite entre Judá y Benjamín corría paralelo al valle de Ben-Hinnón, justo al sur de un lugar que es llamado hombro yebuseo. Por la falta de precisión con la que es denominado, la localización exacta de este lugar es difícil, y de ahí deriva que no sea posible aventurar la posición que ocupara el grupo yebuseo.
Pero la mención explícita del valle de Ben-Hinnón asociada al topónimo permite deducir sin duda al menos el emplazamiento exacto de la antigua ciudad que fuera su cabecera. Yebús es Jerusalén. Como el nombre Jerusalén, o Urusalim, es un nombre que se remonta por lo menos a la época del Amarna, se puede además tener la seguridad de que el grupo yebuseo, justo porque da origen a una denominación artificiosa del lugar, era una realidad impuesta en aquel lugar cuando los hebreos llegaron allí, la misma que siguió vigente al menos hasta los comienzos de la historia hebrea del lugar. Es de suponer que los yebuseos, o al menos una parte del grupo, siguieran viviendo en la región de Jerusalén, y fuesen absorbidos poco a poco por los hebreos.
La ciudad habría sido un enclave no dominado por estos hasta tiempos de David, quien finalmente la tomaría y haría de ella su capital. No obstante, el rey hebreo hubo de comprar la era de Arauná para construir allí un albergue adecuado donde depositar el arca de la alianza. Los yebuseos son pues un interesante ejemplo de que hubo clanes que fueron capaces, al menos en Yebús, de resistir a la presión de los hebreos durante doscientos años. Y todo esto permite concluir que la diversidad de Baales fue una realidad cuyo origen pudo estar en las fracciones étnicas de la comunidad que genéricamente, e incurriendo en un exceso de simplificación, se llama cananea. Es evidente que cuando los Textos se refieren a la religión cananea están simplificando.
Astarté, que en hebreo es Astarot o Astoret, diosa muy venerada en el antiguo mundo semítico y que con facilidad también entronca con los dioses de Ugarit, entonces, porque había sido asimilada a la tradicional Ishtar, ejercía como diosa de la fecundidad de las plantas, de los animales y de los seres humanos, y por tanto había sido elevada a la condición de diosa del amor. Además, como consorte de Baal, actuaba como diosa madre.
Así como el Texto Sagrado se refiere a Baal en plural, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, en muchos pasajes el texto sagrado se refiere a las Astarotes o Astartés, también para nombrar en general las diosas de los denominados cananeos. Pero, tal como ocurría en el caso de su consorte, de nuevo el plural es interpretado como indicio de que muchos lugares tenían su propia Astarté. Prueba moderadamente tales extensión y diversidad que las excavaciones hayan exhumado numerosas variantes de amuletos e imágenes de la diosa desnuda.
Aserá era también una divinidad femenina, que igualmente puede ser relacionada con un antecedente directo entre los dioses de Ugarit. Pero la versión que de ella nos presenta el Texto Sagrado es la de una divinidad de similares características a las de Astarté. Como esta, es diosa de la vegetación y de la fecundidad, así como esposa de Baal, y también su culto parece muy difundido por toda Palestina. Tanta es la asimilación que a veces el nombre de Aserá simplemente sustituye al de Astarté. Es probable que en realidad estemos ante una suplantación. Parece que para los autores del Texto Sagrado nunca estuvo claro que Astarté y Aserá fueran divinidades distintas. Como consecuencia, no dispondríamos de un perfil preciso de la Aserá de la primera mitad del milenio anterior a nuestra era que recibiera culto en las tierras de Palestina. Porque, por lo demás, hay pruebas suficientes de que Aserá fue algo más que lo que alcanzaron a retener los autores sagrados. Sus amuletos y estatuitas se han encontrado también en gran cantidad en los yacimientos de la región, no solo en los niveles correspondientes a los tiempos anteriores a la inmigración hebrea, sino también en los posteriores a esta.
Pero más allá del sentido recto, conocido con mayor o menor fortuna por quienes los utilizan, los nombres de Baal, Astarté y Aserá son empleados en el Texto Sagrado de manera tópica. En él estos nombres en muchas ocasiones también cumplen con el trabajo de representar cualquier manifestación de religiones distintas a las instituidas para dar culto al dios único. Su exégesis acepta que estos nombres, aunque aluden a divinidades con significados precisos en sus culturas, en el Texto Sagrado, independientemente del tiempo en que sean situados por el narrador, representan de manera genérica a los dioses de las demás religiones con las que tuvieron que convivir. Los nombres son utilizados como en la magia el objeto sobre el que se pretende descargar el maleficio. Los ejemplos sobre este uso degradado del panteón ajeno podrían multiplicarse. Así, a Baal se le llama la Vergüenza, y en la época más reciente se llegó a considerar impía la mención de la palabra baal. Y lo que ocurre con los nombres de los dioses de aquella tierra ocurre con sus ritos, no exactamente con su descripción, sino con su exclusiva mención. Quienes emplean estos recursos actúan así con la finalidad de condenar genéricamente todo lo que creen un obstáculo para la nueva religión.
Esta manera de recurrir a los nombres de las divinidades vigentes en Palestina y sus cultos no tiene el menor interés para nuestro objeto, y no tendría por qué ocuparnos una vez registrada la reacción. Sin embargo, sí es relevante el deseo de combatir la contaminación que cuando se expresan de este modo descubren los autores sagrados, porque con sus protestas deslizan argumentos que ponen al descubierto un fondo de sincretismo en el que pudieron quedar retenidas algunas manifestaciones de las divinidades que pueden ser muy valiosas para satisfacer los objetivos que nos hemos propuesto. Con sus nombres podemos abrir la puerta al conocimiento de todavía más cultos que a ellas pudieran estar asociados, activos durante la primera mitad del milenio anterior a nuestra era en las tierras de las monarquías hebreas.
Disponemos ya de suficientes testimonios como para aceptar que en el espacio ocupado por esta comunidad étnica convivían diversas creencias. En la constituida sobre él, además de los hebreos, se integraron residentes que no lo eran, los cuales sin embargo debieron formar parte del nuevo estado, al menos desde el punto de vista legal, el cual, en aquel momento de la organización de la convivencia, era el mismo que el religioso. Todos debieron estar obligados por las mismas normas, o al menos eso pretendería el legislador hebreo, el elemento étnico dominador. Las viejas leyes del Levítico, según los analistas, fueron sobre todo motivadas precisamente porque el legislador hebreo era consciente de los peligros que para la religión del dios único procedían de las prácticas de culto vigentes entre sus convecinos.
Cosa distinta sería su fuerza para imponer a todos esas leyes, incluso a los propios hebreos, especialmente en el campo de la religión. Es opinión común que la mayoría de estos, durante el tiempo que es objeto de nuestra observación, practicaban también de forma discrecional la religión o religiones que estuvieran vigentes en las tierras por ellos ocupadas, sin que fuera posible contener con eficacia estas iniciativas autónomas. No debe caber ninguna duda sobre el parentesco directo que hay entre los elementos de aquellas religiones, una parte de los cuales conocemos a través de los textos de Ugarit, y la religión de los hebreos, tal como puede ser analizada en los Textos Sagrados. Menos aún debe mantenerse reserva alguna hacia el uso de esta evidencia. Basta con afirmar las cosas tal como quedaron escritas con la Letra Sagrada para reconocer además que la religión cananea y la religión hebrea que podemos leer gracias a ella son evidentemente dos hechos distintos. Pero es que además ocurrió que la influencia de la demás religiones activas en las tierras de Canaán fue enorme en la del dios único, hasta el punto que muchos de sus elementos pasaron a la religión de los hebreos.
El primer grado de esta contaminación se manifestaría en la aceptación por los hebreos, según el Texto Sagrado, del culto a Baal, la forma divina sin duda más popular en las tierras ocupadas. A decir de la Fuente Sagrada, los hebreos fueron en pos de los Baales, y aludiendo a la atención que se les concedía se dice de manera imaginativa que Baal se comió la lacería de sus padres desde la juventud de sus descendientes, queriendo referir que cuanto esfuerzo por erradicar estos cultos habían hecho generaciones enteras no bastaron para que desapareciera de sus vidas. De la extensión que llegara a alcanzar esta creencia da idea además una secuencia de afirmaciones condenatorias que el Texto Sagrado hace pronunciar a Yavé. La que expresa que quitará de boca de los hebreos los nombres de los Baales y que estos no serán en lo sucesivo por ellos mentados habla de la frecuencia de su invocación, y la que lo hace afirmar que extenderá su mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén, y que extirpará de este lugar lo que queda de Baal, indica el arraigo del culto en la primera ciudad de los hebreos.
Sobre las razones de los diversos grados de intercambio e influencia mutua que florecieran, los propios Autores Sagrados creen que en una parte derivan del intento de atraer la atención de las comunidades con las que tenían que convivir. De esto modo, en su opinión, no solo habrían incumplido uno de los compromisos que con el dios que hasta allí los había guiado habían contraído, exterminar a los pueblos que Yavé les había señalado, sino que se mezclaron con sus gentes y aprendieron sus prácticas. El Texto Sagrado dramatiza esta explicación poniendo en boca del propio Yavé la afirmación de que él los había conducido a la tierra que mano en alto había jurado darles, pero que para su desgracia en ella habían visto toda clase de cultos. Protesta también Yavé de que al conducirse así el pueblo que ha elegido ha actuado doblemente mal, y enfatiza su decepción en los siguientes términos figurados. A él, manantial de aguas vivas, lo habían dejado para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen.
Que la influencia de otras religiones en la del dios único fuera consecuencia de un deseo de atraerse a las comunidades que profesaban aquellas no deja de parecer discutible. Los analistas contemporáneos más bien creen que, en sentido inverso, los hebreos derivaron hacia la síntesis religiosa porque derivaron hacia nuevas actividades materiales, a través de las cuales fueron incurriendo en sus correspondientes prácticas rituales, para ellos en origen extrañas. Así, cuando estaban viviendo la experiencia de la sedentarización, del cambio a nuevas formas de vida, especialmente el cambio a la agricultura, se vieron arrastrados a los cultos a la fecundidad que en las tierras a las que llegaban se celebraban desde tiempo atrás. Ahora el problema práctico para ellos era asegurar la fecundidad y su forma más práctica, la abundancia de las cosechas. Y ocurría que a los métodos de cultivo que habían encontrado en aquellas tierras iba asociado un ritual religioso, que fue imitado.
Iniciarían así una asimilación de la cultura y las formas de vida de Canaán que comprenderían también los baales y las astartés venerados en los numerosos santuarios a ellos dedicados a lo largo de todo el país. Baal, el dueño de la tierra y dios de la fecundidad, asimismo debía ser propiciado por los hebreos. Para estos podría seguir siendo útil hacer alguna que otra vez una peregrinación al santuario de Silo, el principal centro del primtivo culto a Yavé entre los hebreos sedentarizados. Pero los lugares de culto ya consolidados en aquella tierra eran múltiples, estaban más cerca y sus ritos resultaban tan atrayentes como justificados. De este modo los cultos a las fuerzas de la naturaleza, la parte de las religiones de la región que más atrajo la capacidad de escandalizarse de los Autores Sagrados, terminaron contaminando a los hebreos anteriores al exilio.
Buena parte de estos males, en opinión del propio Texto, procedería de la incontinencia, que provocaba alocadas decisiones en los hombres, que preferían vivir ignorando las virtudes de la vida célibe. Casarse con una mujer de otra religión, aparte los deberes descargados por el nuevo estado, inducía a ligarse a sus dioses. El efecto de la influencia religiosa que por vía matrimonial los hebreos recibieron el Texto lo expresa mediante una acusación. Literalmente les recrimina haber profanado el santuario querido de Yavé al casarse con la hija de un dios extranjero.
Pero también fue vía de transmisión de la conducta desviada el vínculo de sangre derivado del conyugado. En otro lugar la Escritura Sagrada afirma que, hasta el momento en que el Autor escribe, los hebreos se contaminan con todas estas basuras suyas porque se conducen como sus padres. Y sobre el efecto de las vías de la consanguinidad es seguro que también se acumuló el de las institucionales. Tales maldades, a decir del Texto, no solo fueron cometidas por los padres, sino también por los reyes de Judá y sus caudillos, por ellos y por sus mujeres.
Pero otras expresiones, al tiempo que reiteran posibles vías por las que los hebreos pudieron recibir las influencias de religiones diversas, aventuran un orden de sucesión de estas influencias. Los Baales que sus padres les enseñaron, expresión que igualmente registra el Texto Sagrado para referirse al origen de las influencias de creencias semitas ajenas a la hebrea, es de un tenor que permite suponer no solo la transmisión por vía familiar de las creencias y los ritos relacionados con la fecundidad, sino que esta es anterior en el tiempo a otras que pudieran haber emergido entre las mismas gentes.
La insistencia en estos hábitos, la frecuencia de la contaminación, vino a parar en la inevitable asimilación, y Yavé adoptó rasgos de Baal, y en la práctica, en muchas ocasiones y en bastantes lugares, terminaron confundidos o identificados. Tan alto pudo ser el grado de confusión que algunos piensan que los elementos del culto a Baal que poco más arriba hemos sintetizado, los mismos que pueden ser rastreados en el Texto Sagrado, en realidad exponen los rasgos más sobresalientes de un culto que igualmente era concedido a Yavé, practicado por los hebreos en los santuarios del culto a la fecundidad que ya estaban consolidados.
Los indicios en favor de esta idea no faltan. Muchos creen que Baal-Berit es una denominación que combina el dios de la alianza o dios único con el Baal de Siquem al que hace poco nos referíamos. El templo de este Baal-Berit se encontraría en Bet-Miló, lugar cuyo otro nombre probablemente sea el de Migdal-Siquem. Ambos designarían la parte fortificada de Siquem, donde además del citado templo estaría el palacio del rey y los edificios públicos más importantes. Además, de Baal de Peor, cuyos antecedentes tal vez puedan rastrearse en Moab, se sabe, sobre que era celebrado con ritos sexuales, que muchos hebreos se sintieron atraídos por ellos.
Por otra parte, parece prueba directa de la conexión entre creencias que Baal sea parte de nombres hebreos registrados en el Texto. Así Isbaal, hijo de Saúl, o Meribaal, hijo de Jonatán, y es bastante probable que Gedeón se llamara originalmente Yerubbaal, denominación compuesta que literalmente quiere decir que el Señor actuará, se sobreentiende que a favor del portador del nombre. Sospechan los analistas que en todas estas denominaciones se está haciendo referencia a un Yavé-baal, no al Baal originario de Ugarit, lo que significaría que los nombres israelitas que terminaban en baal expresaban la convicción de que Yavé era el dueño o Señor.
No obstante, hay quien cree que esta manera de señalar al dios único raramente se aplica a Yavé. El autor del Texto dice que Yavé se niega a que en lo sucesivo sus fieles lo llamen Baal mío. Pero más bien se podría pensar que cuantas veces a Yavé se le denomina Señor en el fondo se está haciendo uso de la palabra Baal y que esto es una prueba tan explícita como frecuente del sincretismo. Que además el texto sagrado hable contra esta confusión puede ser presentado igualmente como demostración de que la identificación entre ambos dioses existió.
Baal es la divinidad que más veces es mencionada en el Texto, evidentemente a excepción de Yavé. Con su uso escrito parece que lo que realmente ocurrió fue que los que escribieron en los tiempos posteriores a los hechos a los que se refieren, cuando Baal pasó a ser sinónimo de idolatría, vieron con malos ojos el uso de la palabra baal en los nombres, y en consecuencia incluso tales nombres fueron cambiados o reinterpretados. Aplicando aquel criterio condenatorio, en sus escritos prefirieron cambiar baal por boset, la palabra que en hebreo significa vergüenza. Así, en el segundo libro de Samuel Isbaal es llamado Isboset y Meribaal Mefiboset, mientras que el otro caso mencionado corrió mejor suerte. El nombre de quien se llamara originalmente Yerubbaal fue cambiado por el de Gedeón, después de su vocación o por la tradición posterior. El recurso a esta modificación es por tanto una buena pista de cómo evolucionaron las actitudes religiosas.
(Continuará)
Publicado: diciembre 7, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Carmelo Terrera | Tags: crédito, rural |
Carmelo Terrera, becario
El fundador de cada institución inmovilizadora creaba un régimen específico para su herencia, un asunto para el que se mostraba extraordinariamente previsor. Estaba justificada su actitud. Porque el deseo, o pasión derivada del uso discreto del sexo propio, estaba en el origen de tan torpes decisiones, habiendo dado por supuesto que los beneficiarios directos de la institución debían ser los miembros de la familia legal, se creía en el deber de garantizarle la conservación del dominio sobre el ahorro protegido, para el que ambicionaba desde el principio una existencia indefinida. La sorprendente minuciosidad de sus decisiones en parte se puede adjudicar a que cada uno actuaba a partir de la realidad biológica que tenía ante ellos. Descendientes y ascendientes eran unos determinados, y ellos, en cada caso, porque estaban vivos naturalmente le imponían unos límites. Llamados a disfrutar la fundación con sus bienes y sus rentas desde un linaje, manando en exclusiva de la voluntad del fundador, admitida no obstante como fundamento legítimo, aunque pueda parecer abusivo y escasamente civilizado, el resultado más trascendente, para el punto de vista que se adopta en este texto, era que con tales decisiones quedaba cerrada una tupida red para la circulación de la parte consolidada del ahorro, para este efecto inmovilizada.
Los fundadores se mostraban especialmente preocupados por la designación del primer heredero. Se imponía la línea recta de descenso cuando quienes tenían la iniciativa habían tenido la fortuna de que sobreviviera. Bajo las condiciones biológicas regulares, eran los hijos del primer beneficiario, y los hijos de sus hijos, y así sucesivamente, quienes debían conservar y transmitir la obra que recibirían. Así los vínculos, para los que lo normal era que uno de los hijos fuera el seleccionado y a él quedara sujeto automáticamente. Solía ser hombre, pero también podía ser una mujer la elegida en primer lugar. En la memoria que se embridaba con un vínculo también el envío directo a la siguiente generación solía ser inmediato. Aunque excepcionalmente había quien se investía primer capellán a sí mismo, en una tercera parte de los casos los elegidos para primeros capellanes, cuando se trataba de las capellanías más autónomas, también eran hijos de los fundadores.
Para inducir cuanto les fuera posible la transferencia en la dirección decidida, los fundadores añadían una serie de condiciones a la descripción de la línea elegida. Las comunes eran la preferencia del mayor, en caso de que hubiera más de un hijo aspirante, y del varón a la hembra. Como a los agraciados sucederían sus hijos, y a estos los suyos, y así en lo sucesivo, para cada transmisión igualmente sería preferible, a idéntico grado, el mayor al menor y el varón a la hembra, y en algún caso se añadía otra condición, que antecediera el legítimo al ilegítimo. Tales designaciones a los fundadores les parecían suficientes para aislar al agraciado.
Había instituciones que por su naturaleza no podían atenerse al rigor de las líneas directas, como los patronatos creados para conceder dotes a parientas, que tenían que prever el orden sucesorio para su disfrute sometiéndose al objeto de la fundación. En su lugar dictaban otras condiciones, no menos biológicas pero más abiertas. Fueran las parientas del promotor a contraer matrimonio o a profesar como religiosas, habiendo demostrado determinado grado o pertenencia a una línea más o menos próxima al fundador, las agraciadas por la elección debían cumplir con la condición de ser solteras y comprometerse a tomar estado. Más aún. Si, cumplidos los veinticinco años, estuvieran enfermas o lisiadas, o no se hubieran decidido por la dirección del cambio que podía reorientar cada vida, les asistía el derecho a disfrutar de la dote. Entre el momento de una fundación de esta clase y 1598 cuatro mujeres, en documentos distintos, afirmaron haber recibido para casarse una dote de un patronato, previa demostración de su parentesco. Más allá de las condiciones generales, sería preferida, en igual grado, la que fuera elegida por los patronos.
Pero para salir al paso de las adversidades que de partida pudieran atravesarse contra las primeras previsiones, al crear cada instituto los fundadores a continuación se demoraban en el relato de una larga serie de líneas alternativas a la directa, realmente existentes en el momento inicial, por orden de prelación. Al faltar la descendencia directa, primero las opciones se abrían moderadamente hacia las líneas colaterales preferentes de los parientes en segundo grado. Así, el hombre que había recibido de su padre unas tierras con la condición de que no fueran divididas, y que con su parte decidiera fundar un vínculo, como compartiría con su hermano el patrimonio lo llamaría a la primera sucesión en el instituto que había creado. También hubo casos en los que hermanos del fundador fueron designados primeros capellanes.
El recurso que agotaba las previsiones ante estas primeras adversidades habitualmente era la línea colateral preferente de los parientes en tercer grado. Para que en su caso disfrutaran vínculos fueron elegidos sobrinos. Así, por ejemplo, eran llamados a la sucesión de un vínculo, tras la línea directa, un sobrino del fundador, la hermana de este, otra hermana, otro sobrino, el hijo de otro sobrino, este sobrino, otro sobrino más, los hijos de otra sobrina y los hijos de una sobrina más, todos de la rama materna del fundador; tras los cuales, si aun así llegara el caso que las nueve posibilidades se agotaran, todavía sería posible, según dejaba mandado el promotor, recurrir a la rama paterna. Pero, sobre todo, en una tercera parte de las fundaciones de capellanías autónomas los designados para primer capellán finalmente fueron parientes de esta clase. Sobre ellos recaía la elección, como algunos casos permiten deducir, cuando la aspiración a la supervivencia de los hijos propios no había sido satisfecha por el destino.
Excepcionalmente, había entusiastas cuyas previsiones pretendían aspirar a metas más alejadas, pero igualmente delimitadas por el canon de la familia y atenidas a las condiciones biológicas. Querían actuar como promotores de la regeneración de una familia en trance de extinción, aportando una parte de su patrimonio al origen de un nuevo linaje. Una viuda, porque no tenía hijos, designaría como primera titular de un vínculo a una sobrina, con la condición de que no entrara en la posesión de los bienes mientras no se casara. Tampoco en esta situación límite los fundadores podían sustraerse por completo a la fuerza de la sangre, que nunca dejaba de presionar, en ocasiones hasta llevar al límite de la supervivencia la capacidad de resistir que tuvieran las membranas familiares.
Pero todavía, para el caso de que todas las posibilidades precedentes quedaran bloqueadas por la evolución biológica, se elegían otras salidas, aún dentro de la familia. Así persistía el rastro de la sangre, la línea por la que se orienta la voracidad de las fieras.
La identificación precisa de las líneas sustitutivas podía ser tan especiosa como la pasión calculadora obsesionara al fundador, hasta agotar la paciencia de cualquier lector, presente o futuro. Las relaciones más dilatadas correspondían naturalmente con las familias que mantuvieran mayor número de miembros vivos, de cualesquiera líneas o grados, en el momento de redactar el documento del origen. Tendrían que hacer el trabajo de reemplazar las líneas agotadas y poner a salvo el objeto primordial del instituto, mantenerse inalterado generación tras generación. Pero ninguna podía llegar más allá, tampoco en este caso, de la realidad viva de los parientes, y ninguna de ellas tuvo nunca más relevancia que la circunstancial.
Hay que reconocer, no obstante, que aunque en los textos las previsiones para la transmisión del papel protagonista eran similares a las descritas, ahora el enunciado de las sucesivas líneas solía ser más breve. Alcanzaban como máximo hasta la cuarta línea, incluso si se acepta que fueran señalados como sucesores, en última posición, los descendientes de una mujer que la fundadora hubiera criado en su casa, lo que equivaldría a recurrir a la adopción de hecho, o admitiendo el parentesco de un hombre designado cuya relación con una fundadora no consta.
Podía ser útil a un caso decidirse a favor de la línea colateral ordinaria, y designar para primeros titulares a primos. Para que disfrutaran de vínculos fueron designados los hijos de un pariente, y para que cumplieran por primera vez con las obligaciones de las capellanías fueron seleccionados consanguíneos con los que se tenía una relación indefinida. Habiendo sido el promotor un matrimonio, prescribió que serían preferibles para ser el origen personal de una obra, si fallaran todas las previsiones específicas, los descendientes del fundador a los de la fundadora. Pero igualmente pudo servir la línea de mujer, aunque es cierto que se trataba de una solución excepcional, puesto que por consanguinidad podían actuar como titulares y nexos de los derechos de una fundación de esta clase.
Llegados a esta situación extrema, estaba más justificado que se deseara contribuir a la creación de una familia nueva al fundar los institutos inmovilizadores. Hubo una mujer, acomodada en el estado de viuda, que pudo excluir expresamente a los presbíteros de la sucesión primera de una memoria con vínculo, incluso tratándose de una fundación piadosa cuya función inmediata era litúrgica católica; porque quiso que quienes disfrutaran su creación fueran aptos para casarse, lo que en rigor, tratándose de la formalidad de una escritura, obliga a pensar en condiciones legales, antes que en atributos físicos, de mucha menor relevancia para el buen fin tanto de las capellanías como de los matrimonios. Si el designado por ella en primer lugar se ordenara sacerdote tendría que ser sustituido por su hermano, tal como ocurría con la primitiva institución del levirato, porque al mismo tiempo se trataría de transmitir al margen del clero, relegado en estas circunstancias, previo contrato, a su exclusiva dedicación a los misterios.
Pudo ser un criterio para elegir a quien empezara a disfrutar capellanías algo tan genérico como la varonía de los parientes, y se puede demostrar además que eran primeros capellanes presbíteros, fueran de la familia o no, simplemente porque esta condición los facultaba para servir el instituto y al mismo tiempo se habían cerrado otras vías. Un matrimonio dejó constancia de que con este fin se había decidido por el cura de una parroquia porque sus cinco hijos murieron pequeños. Si el más aciago de los azares llegara a permitir que se extinguieran todas las líneas previstas, podría aspirar a la sucesión quien demostrara ser el pariente más cercano al fundador.
Pero todavía los redactores de los planes, porque aspiraban a prever más allá del horizonte, se esforzaban por generalizar todo lo posible. Como en el caso de las líneas preferentes, para inducir por último cuanto fuera posible la transferencia familiar, una vez más los fundadores prescribían una serie de condiciones a la descripción de las líneas elegidas. Todas eran también inequívocamente biológicas o servidas por la naturaleza; animales se podría decir, si se permite el abuso del lenguaje en el que ya se ha incurrido, únicamente justificado por nuestro deseo de evocar. A cada una de las vías alternativas de sucesión también se aplicarían la preferencia del mayor, en caso de que hubiera más de un hermano aspirante, y del varón a la hembra, idénticas condiciones que a la primera, y a los agraciados sucederían sus hijos, y a estos los suyos, y así en lo sucesivo, e igualmente entre ellos sería preferible, a idéntico grado, el mayor al menor y el varón a la hembra, e incluso se precisaba que antecediera el legítimo al ilegítimo. Excepcionalmente, un fundador pudo imponer alguna condición más, como que quien poseyera el vínculo no se casara con persona de mala raza, en alusión a descendientes de etnias, segregadas y aun así endémicas, que pudieran invalidar las decisiones legales.
Para la selección del pariente agraciado, el último recurso de las previsiones sobre las líneas sucesorias a las cuales podía corresponder una capellanía, se arbitraban condiciones que no siempre se combinaban del mismo modo. Para unos, si hubiera dos con idéntico grado, además del mayor al menor y del varón a la hembra, sería preferible el más pobre, y si uno fuera presbítero y otro no, el que estuviera por ordenar. Y los había que combinaban piezas dispares a discreción, como el que más supiera, fuera más pobre y estuviera por ordenar, probablemente convencidos de que una coincidencia automáticamente singular evitaría cualquier controversia sobre el derecho.
Las cláusulas que regulaban el acceso a cada capellanía podían asimismo ser extremadamente previsoras cuando se trataba de asegurar el servicio a la fundación. Desde el momento que recibía el derecho, el titular estaba obligado a mantener en buen estado el cáliz, los ornamentos y los demás enseres de la capilla, pero también se extendían en condiciones para la preservación del buen nombre de la familia, resultado inmediato de otra variante biológica, el yugo que el celibato cargaba sobre los capellanes presbíteros. Si un capellán era notado de concubinato o cualquier pecado detestable, circunloquio de los documentos que apenas alcanza a ocultar la sodomía, se le requería por dos veces ante notario en nombre de los patronos. Si no renunciaba a sus costumbres, era separado de la capellanía, a continuación transferida a quien fuera idóneo. Sobre cuáles fueran las condiciones de idoneidad, tratándose del uso del miembro denotativo del cuerpo masculino, los autores de los documentos de fundación prefirieron guardar silencio.
El llamamiento a los sucesivos beneficiarios de los patronatos fundados para conceder dotes, cuando se referían a las últimas beneficiarias posibles, admitía que podía ser una mujer que no fuera deuda del fundador y, extinguido este linaje, una doncella nacida en determinada parroquia.
Como se daba por supuesto que los beneficiarios directos de la institución serían consanguíneos, parece que además era obligado combatir la desviación legal cuando este principio fuera defraudado. Un matrimonio que hubiera fundado un vínculo podía designar sus herederos a un hombre y sus hijos, quienes, sin serlo, debían decir que eran sus deudos. Luego pudieron ser excluidos porque no tenían con ellos parentesco alguno, y así habría que hacerlo constar en el documento de origen. La expresión que eligen las fuentes para relatar este tipo de casos no resuelve definitivamente si el fraude de ley provenía del abuso del instituto o de la mentira.
* * *
De manera similar se actuaba con el patronazgo de los patronatos, mecanismo anexo para la supervisión externa de buena parte de las fundaciones inmovilizadoras, responsable de la gestión de los bienes garantes del ahorro. Era una institución autónoma, pero no menos consanguínea.
Para ser los primeros responsables de cumplir con esta obligación, era raro que fuera designado solo un patrono, porque, como los desequilibrados, podría actuar sin control, y tampoco era frecuente que el patronato quedara constituido con tres personas distintas, aunque esta fórmula facilitara las decisiones que podían quedar protegidas por el misterio. Se prefirió, sobre todo, la clásica dualidad de las magistraturas, apta para una gestión práctica y equilibrada.
Pero las decisiones que se tomaron sobre quienes debían ser los primeros en desempeñar ese papel indican que este cuerpo anexo a las instituciones, cuyas propiedades son ahora el objeto de esta breve recapitulación, también estuvo lejos de ser en su origen un comité independiente. El gobierno de las células primitivas de supervisión de las fundaciones que optaron por este procedimiento de garantía igualmente se solía reservar a una familia. La opción que esta prefería para designar a los primeros patronos, con mucha diferencia –casi dos de cada tres casos– fue la autocrática, aunque los coaligados sobre esta base formaban grupos de gestión de tamaños irregulares. El gobierno de los propios fundadores en solitario fue la primera opción. Puesto a elegir un supervisor, al promotor nadie le parecería tan de fiar como él mismo. Su responsabilidad directa sobre el origen de los ahorros desviados al buen recaudo, el fruto más preciado de sus esfuerzos, lo justificaría. En el acto original de las capellanías, la obra que con más frecuencia se completaba con la designación de esta clase de supervisores, los promotores mismos se autonombraban como primeros patronos exclusivos en buen número de casos. Así como era raro que alguien se designara a sí mismo capellán, porque podía obligarlo a decisiones vitales no del todo deseadas, no lo era que se designara patrono de la capellanía que fundara.
Los promotores de las capellanías, para constituir los primeros patronatos que las gobernarían, también formaron colegios con sus descendientes. Muchos forzaron la colaboración de sus hijos, de modo que la familia nuclear por línea de varón fue bastante para crear este primer gobierno de la institución por la que se habían decidido. En otros casos, con toda probabilidad a consecuencia de la falta de la otra vía directa, la solución autocrática se encontró uniéndose los promotores a los ascendientes. Así, en unos se pudieron constituir como patronos los fundadores que podían contar con la colaboración de su madre. Con menos frecuencia, esta línea solucionó por completo la necesidad, por lo que los únicos patronos fueron los padres, aún supervivientes. De todas estas decisiones, que a un tiempo satisfacían los acuerdos y la capacidad para tomarlos, podría decirse que pretendían, sin mencionarlo, asemejarse al patronato de legos.
Otra posibilidad que las familias explotaron, cuando desearon reservarse algún control sobre la administración de la capellanía gobernada por un patronato, fue nombrar como primer patrono al que ya había sido designado el primero de los capellanes. Simplificaba el orden de la obra, a la vez que eludía cualquier medio de control externo, así de la gestión y uso de los bienes como de la satisfacción del cargo.
Las demás decisiones para satisfacer el mismo fin, al menos formalmente, prefirieron situarse en una posición opuesta, y tomaron la mayor distancia de la familia para aparentar la mayor independencia. Cualquiera de los patronatos de legos en sentido propio, en la designación de los primeros supervisores o patronos, era tan exigente al menos como en la convocatoria de los acreedores al instituto que regían. Optaban por conceder el primer poder a cargos institucionales.
En cuanto a los patronatos que no es seguro que fueran instituidos con la condición expresa de mantenerse bajo el control de la familia promotora, de la administración de uno de los creados en 1572, que probablemente llegó a convertirse en uno de los que tuvo más medios, desde el principio fue responsable la fábrica de una parroquia. El otro creado por el mismo presbítero también en 1572 asimismo estaba muy intervenido por las instituciones eclesiásticas ordinarias.
Para adquirir la condición de patrono, ya para la segunda generación, los fundadores que se decidían por este procedimiento de supervisión preferían la vía a un tiempo civil y familiar. En el siglo décimo séptimo, una mujer hizo valer su aspiración al control de un patronato creado en el siglo anterior porque era bisnieta de alguien que había sido patrono y tercera nieta de un hermano del padre del fundador. En la designación de los sucesivos patronos de las capellanías se actuaba igual que para la designación del capellán. Habiendo elegido al primero, los fundadores aún debían describir la correspondiente secuencia de líneas y generaciones, inducida como siempre por reglas que se proponían la conservación del instituto bajo el dominio familiar. También en este caso las secuencias se acortaban. Cuando se había decidido reservar a la familia el patronato de las capellanías, el último eslabón era asimismo el pariente más cercano. La responsabilidad financiera adquirida a causa de una designación podía ser el origen de cláusulas en modo alguno irrelevantes para el objetivo que nos hemos propuesto. En un caso se prescribió que cualquier patrono, si deseaba tener la responsabilidad que sobre él había recaído, debía dar fianza de dos mil ducados, a satisfacción de la justicia.
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El deseo de sujeción de las instituciones inmovilizadoras a las familias estaba subordinado a la verificación de las existencias. Así como los actos vitales básicos decidían sobre la oportunidad de los medios institucionales adecuados para proteger el ahorro, la satisfacción de los proyectos concebidos para las fundaciones al servicio de este deseo dependía de cómo respondiera la salud de sus miembros. Una falta de cálculo sobre las leyes de la supervivencia podía tener la fatal consecuencia de que el instituto escapara al control inmediatamente deseado, una vez desaparecida la generación generatriz.
Pero la rigidez legal, que hacía inamovibles las últimas voluntades, obligaba a aspirar a lo imposible. En un instante supremo, el del principio de cada instituto, había que hacer íntegro un cálculo para todo el futuro por imposición del testamento, que la muerte sacralizaba intangible. Habiendo optado por determinado grupo humano, se trataba de prever su evolución; en la medida que el conocimiento del futuro lo permitiera, un asunto para el que la entidad que se deposita en la conciencia bajo la denominación de porvenir suele mostrarse celosamente hermética, absurdamente imprevisible.
No obstante, porque el propósito de los fundadores de estas instituciones fue en todos los casos que resistieran el paso del tiempo, en su afán por ser eternos todavía se esforzaron en dictar reglas sucesorias para la posibilidad más remota, el mundo desconocido y ni siquiera previsible, que ni aun así se negaron y al que sin embargo creían alcanzar con su imaginación. Aceptaron el reto concibiendo soluciones que deseaban resolver en términos universales y definitivos cualquier contingencia. Lo más sorprendente es que para la supervivencia de sus obras tales previsiones sobre quiénes tendrían que ser los herederos desconocidos efectivamente resultaron las verdaderamente decisivas.
Aunque las últimas previsiones sucesorias aspiraran a cortar el paso a las adversidades naturales, no había muchas más posibilidades que proceder de la manera más genérica. Si desaparecieran todas las líneas y personas proyectadas sobre el futuro, invariablemente las fundaciones tendrían que ir a parar en otra institución que designaban precisamente, bajo la convicción de que las instituciones, cuyas existencias se pronosticaban indefinidas, eran más duraderas que los hombres. La institución final, paradójicamente la más concreta de todos los llamados existentes, era la única que tenía alguna posibilidad de mantenerse indefinidamente en el tiempo, como pretendía el fundador. El transcurso de los años actuaba a favor de ellas. El llamamiento último a la sucesión redundó en su beneficio.
Si los vínculos, por ejemplo, habían sido fundados con preferencia en la segunda mitad del siglo décimo sexto, a la vuelta de doscientos años el número de los que tuvieron que parar en estas instituciones necesariamente habría aumentado en razón directa a los riesgos de muerte, dado que la revolución que acabaría con ellas aún no había sucedido. Cierto que el vínculo era una obra estrictamente civil, para cuya perpetuación en absoluto no era necesario el concurso del derecho canónico. Sin embargo, ya el azar de las sucesiones podía llevar a manos de un clérigo de cualquier clase los derechos correspondientes, razón de más para que no solo las combinaciones imprevisibles llevaran a aquella salida. Era regular que los fundadores de esta clase de institutos indicaran expresamente como sucesores extremos y todavía veraces las fábricas de las parroquias donde vivieran. Con la decisión a favor de esta institución eclesiástica podía resultar defraudado el propósito inmediato del creador del vínculo, mantener indefinidamente bajo el dominio de una familia un lote de bienes. El otro, que su ahorro permaneciera inalterado, no, aunque su beneficiario terminara siendo una institución de la clase de las eclesiásticas, que podía pugnar por un poder que una familia había deseado reservarse.
Un convento femenino y, con insistencia, también las fábricas de las parroquias donde los fundadores elegían enterrarse fueron designados para que se hicieran cargo de memorias con vínculo cuando faltaran todos los descendientes familiares. Si llegara el caso que una de las parroquias se alzara con el patrimonio inmovilizado, al que estaba anexa su carga litúrgica, esta, por voluntad de un promotor, había de modificarse. Frente a la misa anual del principio, cuando la fábrica fuera la responsable de todo, si su deseo era mantenerla en su poder, tendría que satisfacer cada mes diez misas rezadas por el alma de aquel varón, presbítero durante su vida activa.
También a una parte de los promotores de capellanías, aun habiendo previsto con detalle las posibilidades sucesorias, los tranquilizaba añadir el perfil del candidato institucional extremo, en cuyas características comunes igualmente solían coincidir; una consecuencia previsible de las culturas, fenómeno estable habilitado por la circulación de la parte gregaria del pensamiento, en ocasiones tan degenerado que alcanzaba hasta el grado de la estupidez, forma de enajenación que ignora la capacidad individual para concebir ideas, sea de acuerdo con intereses, con deseos, con atracciones espontáneas, con cálculos indefendibles, con aspiraciones a las peores pasiones. Si faltara toda clase de parientes, el capellán habría de elegirse entre un clérigo de la población de buenas vida y costumbres, el más pobre bien de la parroquia bien de toda la vecindad. Otros preferían al cura más antiguo de la misma demarcación eclesiástica, cálculo que se beneficiaba de las escasas posibilidades de la longevidad. El más independiente de nuestros fundadores optó por el sacerdote más docto y más virtuoso que se encontrara entre todo el vecindario, para cuya verificación los aspirantes debían ser examinados por la autoridad episcopal, lo que le proporcionaba una excelente oportunidad para su intromisión en estos institutos. No está claro que se tratara de un sarcasmo que se hubiera de llevar a un callejón sin salida la pretendida solución final. Quien actuó de este modo todavía añadió una excepción igualmente manchada de sangre. Si, una vez atribuida la capellanía al clérigo que cumpliera con tan excelentes condiciones, apareciera algún pariente, la adjudicación debía respetársele al hombre singular hasta que muriera, momento a partir del cual el curso de las sucesiones debía retornar a su origen familiar. Pero cualquiera de las soluciones beneficiaba a la jurisdicción eclesiástica ordinaria, que por último se alzaría con el ahorro familiar.
Los fundadores de patronatos, como último recurso, apelaban al regidor más antiguo del municipio, y expresamente eran excluidos los eclesiásticos, a excepción de los iniciales. Pero los dos patronatos de legos que primero designaron como patronos cargos institucionales señalaron un clérigo: un presbítero, cura de una parroquia, y el guardián de un convento franciscano. El patronato que no se declaró de legos directamente se puso bajo la administración de una fábrica parroquial.
Para evitar una agotadora periestasis, muchas capellanías –unas dos terceras partes– desde el principio optaban por designar patronos institucionales, de modo que para estas ya era innecesario hacer más previsiones sucesorias. Pero para las que hubieran optado por otra clase de responsable también el último eslabón solía ser un cargo institucional, con lo que se concluía en la fórmula más utilizada. Solo en un caso se evitó terminar en este principio. De todos los cargos institucionales, el designado como más frecuencia, para que estuviera presente en cualquiera de las combinaciones para formar el patronato de las capellanías, fue el mayordomo de la fábrica de la parroquia elegida como sede. Casi un tercio de las nominaciones se hicieron en su favor. Una posición relativa muy próxima correspondía al prior de un convento masculino y, a continuación, al guardián de otro. Las demás designaciones institucionales eran poco frecuentes. Las había que se decantaban por las combinaciones eclesiásticas puras, incluyendo cargos como un cura de la parroquia, el vicario, que era la autoridad eclesiástica de la comarca episcopal, y el abad, cabeza de la corporación exclusiva de los beneficiados parroquiales. En ocasiones otros prefirieron contar para el restringido colegio con alguna autoridad civil, como un alcalde ordinario o, en 1529, cuando la institución aún conservaba algo de su fuerza, el jurado más antiguo de la población.
También cuando el patronato de las capellanías era familiar los elegidos para el último eslabón de la cadena sucesoria solían ser los que ya conocemos, incluso con una frecuencia similar: el mayordomo de la fábrica donde se fundaba, el prior de un convento masculino, un cura de la parroquia o uno de sus beneficiados, con preferencia el más antiguo. La única novedad era que en ocasiones aparecía, en aquella posición definitiva, otra institución, una hermandad o cofradía. Eran designados expresamente como últimos patronos posibles el prioste de una bajo la advocación de la Santa Veracruz, en un caso, y el prioste y alcaldes de la cofradía de Santa Bárbara, una asociación sacerdotal, en otro.
En resumen, las instituciones civiles eran elegidas con poca frecuencia. Solo son mencionados un alcalde ordinario, el regidor decano del municipio o el jurado más antiguo de la población. La partida la tenían ganada las eclesiásticas, tal vez porque sus fundadores legales se habían encargado de darles apariencia de eternidad. Entre las del clero regular, prior y guardián de los conventos de las órdenes mendicantes, porque eran responsables de sus respectivos cenobios, fueron designados en bastantes ocasiones, y un convento femenino. Un par de veces, haciendo responsables expresamente a sus respectivos priostes y alcaldes, fueron elegidas hermandades o cofradías. Los cargos propios del clero regular fueron designados en más ocasiones, sobre todo presbíteros que ejercieran como curas de una parroquia. Expresamente fueron llamados clérigos de la población que cumplían determinadas condiciones o el cura más antiguo de la misma demarcación eclesiástica. También fueron designados beneficiados, el vicario y el abad del colegio beneficial de toda la población; lo que no fue incompatible con que a veces expresamente fueran excluidos los eclesiásticos. Pero sobre todo fueron depositarias últimas de las instituciones inmovilizadoras las fábricas parroquiales, bien de la parroquia donde viviera el fundador bien de la que hubiera elegido para enterrarse. En un buen número de casos, se hacía responsable explícito de la obligación al mayordomo de la fábrica.
Por deseo de los promotores, la dependencia del tamaño de la familia viva en el momento de la institución, incluso extendiendo los grados de parentesco, era enorme y por tanto muy arriesgada. Porque el orden creado por los fundadores, aunque pretendiera atravesar el tiempo, era naturalmente plano, no podía desprenderse de su condición de presente. Era fácil que todas las previsiones fueran inútiles, que todas las líneas anticipadas quedaran interrumpidas.
Una familia de pocos hermanos y escasos descendientes tenía muy limitadas las posibilidades de mantener bajo su control los bienes inmovilizados a la vuelta de pocas generaciones. El riesgo de extinción de cualquier descendencia era muy alto, a consecuencia de los obstáculos que interponía la alta mortalidad que regía el crecimiento de estas poblaciones. La muerte regularmente se cobraba la vida de uno de cada cuatro nacidos antes de que hubiera cumplido un año, de otro antes de los cinco. En consecuencia, la mitad de las familias que hubieran optado por la línea descendente, con el objetivo de inmovilizar bajo su dominio sus ahorros, quedaba expuesta al riesgo de ver defraudados sus propósitos por causas naturales insuperables. Bastaba con que un matrimonio que hubiera recibido el patrimonio inmovilizado no consiguiera que le sobrevivieran hijos para que tales bienes corrieran el riesgo de caer en un limbo. Dado que a todos alcanzaban las cortas posibilidades de supervivencia, la perspectiva de falta de herederos por extinción de la familia podía verificarse mucho más por la línea de los ascendientes, llamados a la sucesión en el disfrute de los bienes cuando faltaban los hijos.
No es necesario demorarse en demasiados cálculos para admitir que las instituciones eclesiásticas, pacientes espectadoras de los cortejos que se dolían por el final de las vidas, oficiantes en las exequias cuando se las solicitaba, contaban con las posibilidades más favorables para acumular el ahorro blindado. En el transcurso de cinco siglos, los que suman los que van del décimo cuarto al décimo octavo, gracias a la solución final preferida, fueron atesorando porciones significativas de los bienes inmovilizados por las familias, aunque estuvieran limitados por las servidumbres impuestas por sus respectivos principios. De este modo fue ampliándose, y haciéndose cada vez más sólido, el fenómeno que ha sido conocido como amortización; algo más que un medio de evasión fiscal, o de sustracción al mercado de bienes inmobiliarios, puntos de vista parciales que prefirió el análisis liberal y del que todavía no se ha desprendido la literatura sobre el tema. Para los fines que se propone este texto es más oportuno reconocer que la designación de ciertas instituciones como últimos titulares posibles, para una parte de las fundaciones familiares, situaba a aquellas en la posición de excelente acumulador de ahorros, crecientes al paso de los siglos.
Publicado: noviembre 28, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Bartolomé Desmoulins | Tags: historias |
Bartolomé Desmoulins
Manejan quienes pescan cerca de esta costa un arte parecido a la nasa, cuya denominación, oscilante a lo largo de todo este litoral, no termina de quedar consolidada. Algunos lo llaman rémora y otros huércano, si bien entre los marineros de los poblados más lejanos rige el excesivo nombre de vampira. Con acierto la duda en la elección es juzgada como prueba de la incertidumbre que su uso engendra, implícita confesión de la conciencia de que con ella se está recurriendo a medios en alguna medida reprobables.
Pero sirve al deseo de asegurar a los que a ella recurren excelentes rendimientos con nulos riesgos, un cálculo que siempre inspirará el trabajo de quienes se adentran en el mar justo hasta donde se está a punto de perder de vista la costa; temerarios aventureros de litoral que puede distinguirlos el curioso con algo de atención y un poco de la perspicacia que deben poseer quienes dotados de aquella condición pasean por la orilla del mar. Suelen llevar barba de varios días, aun recién afeitados, pipa curva y la característica gorra con la que el frívolo revolucionario continental subía a la tribuna de la arenga. Algunos están tan poseídos por estos caracteres que no necesitan mojarse las manos. Les basta con exhibirlos durante todo el día a la puerta de algún establecimiento público. Los demás embarcan a la hora a la que los veraneantes aún tienen la oportunidad de admirar su porte, la nobleza con la que soportan el rigor de la vida que les ha tocado. Su entereza les lleva a tolerar la injusta distancia que los separa de quienes entregados a una vida regalada los miran ignorando absolutamente su presencia.
El arte consiste en una red cónica, reforzada con aros de junco o madera muy flexible. Tejen el largo cono previendo que una vez echado quede sumergido en la posición normal de esta figura geométrica, la base siempre por delante avanzando hacia las profundidades. La longitud que para él juzgan apropiada es la que permita llegar hasta el fondo, siempre próximo en las cotas del litoral.
Calculan el perímetro de la circunferencia principal tan extensa como la combinación de calado y eslora que cada embarcación permite, porque del punto de equilibrio de esas dos dimensiones depende la estabilidad de la nave desde la que se opera cuando se levanta el copo. Su extensión es llevada al límite para abarcar la mayor cantidad de presa posible. El uso correcto del arte consiste en ir soltando los pliegues de la red a trechos, según marcan los aros que la circundan de tramo en tramo.
Las especies que conviven acogidas a los lugares donde se sienten más seguras son primero abarcadas, y según va descendiendo el ingenio acosadas. Los más despiadados manipuladores del arte cuelgan del aro inferior fantoches y caretas, con el fin de sobrecoger a los desvalidos peces. Bajo la convicción de que las especies que deben ser devoradas sobre la mesa temen la presencia de otras que tienen por superiores y abrumadoras, los pescadores deforman con desbordado patetismo medusas y congrios fabulosos, o seres inexistentes que juzgan pavorosos por su tamaño o por su color. No está demostrado que las criaturas que han preferido sobrevivir aun hundidas en el agua sean receptivas a las misma insensateces que desconciertan a las que viven sobre la tierra. Sí ha podido comprobarse sin embargo que una reacción nerviosa de los seres sumergidos sigue a la aparición de aquellas fatalidades. Pero los analistas opinan que el hecho de que los peces, una vez sustraídos al medio marino, invariablemente aparezcan con los ojos exorbitados y aparentando pasmo no se debe adjudicar al estupor que pueda causarles la fealdad de engendros mal concebidos y peor ejecutados, y sí tal vez a que sean conscientes de la inminencia de la muerte.
Lo cierto es que quienes utilizan el arte convencidos de que es el arma más eficaz sostienen, fundados en unos principios que no pueden ser rebatidos, que proporciona sus mejores beneficios cuando consigue que los peces se vean obligados a invertir la dirección que siguen mientras van escapando. Ante el acoso de la red huyen, bien sea por instinto o bien dominados por el pavor que pueda provocarles, hacia las profundidades. Descender más y más en dirección al centro de la tierra es cavar la tumba. Si ya no pueden bajar más porque encuentran el fondo, y al tiempo el aro del arte lo toca, invariablemente todos los ejemplares cercados se convierten en presa, y ya atrapados ascienden en loca carrera por un embudo en el que finalmente quedan inmovilizados.
Cuando los activos pescadores consideran que han embolsado presa bastante, con un cabo que llega hasta la boca del arte lo cierran. Lo arrastran hasta ganar la posición más favorable, protegida del viento y de la marejada, y entonces lo elevan y lo descargan sobre la cubierta. El trabajo de selección y reparto lo completan los servidores de la nave antes de llegar a puerto, acosados por las voraces gaviotas de pico narigudo.
Los viejos y expertos marineros de esta costa enuncian así el principio de eficacia de la despiadada vampira. Quien por su uso desee los mayores beneficios debe localizar el lugar donde el fondo está exactamente a la distancia que la longitud de red prevista es capaz de cubrir. A esto los pescadores más expertos llaman dar con el fondo de inversión correcto.
Publicado: noviembre 22, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Narrador | Tags: crédito, rural |
Narrador
Apartados por las familias rurales, protegidos con todos los medios que a su disposición ponía la norma civil, los bienes que tendrían que ser los responsables de la generación de la renta de cada fundación solo excepcionalmente eran de gran valor. Había muchas fundaciones conventuales realmente potentadas, cualquiera de ellas disponía de patrimonios raíces importantes. También acumularon riquezas sobresalientes las corporaciones de los beneficiados. La que nos había servido como campo para la experimentación recibió tierras, casas y dinero en cantidades que sumaron cifras significativas. Pero en el medio rural era más frecuente, porque era más probable el ahorro modesto, que las operaciones inmovilizadoras fueran aplicadas a la protección de patrimonios moderados.
Un hombre dotó su vínculo con una mata de olivar de 40 aranzadas y tres cuartas partes de un molino, y una viuda desvió con el mismo fin una casa, 10 aranzadas de olivar en cuatro pedazos, 4 fanegas de tierra campa o desmontada y dos créditos, concedidos ateniéndose a las condiciones de los censos, uno de 700 ducados de principal, que hipotecaba unas viñas, y otro de 100 ducados sobre un olivar. Quizás los vínculos algo más valiosos fueron los que se habían propuesto proteger la tierra dedicada al cultivo de los cereales. Así, el que recayó sobre 54 fanegas de tierra o el que afectó a otras 280 de tierra de labor equipadas con instalaciones, entre las que se enfatizaba un pozo de agua dulce con sus pilas porque los estanques eran un medio para alimentar la cabaña al servicio de la explotación que se radicaba en ella.
Las capellanías más elementales o memorias obtenían sus rentas de una casa, la que había servido de residencia a la familia o cualquier otra, o de una parcela de olivar que no excedía, en los casos en los que fue descrita, las 5 aranzadas de extensión. Solo un fundador destinó a este fin una cantidad en efectivo, para que con ella se comprara una posesión que sufragara la manda piadosa.
También los bienes inmovilizados por las iniciativas de este tipo cruzadas con vínculos eran equiparables a los que sostenían las memorias más sencillas. Consistían en la casa que se habitaba y olivares de una extensión máxima de 5 aranzadas. Hasta reaparece en ocasiones el encargo de comprar un olivar, con el remanente que se dedujera del cumplimiento de las obligaciones testamentarias, aunque un matiz negativo devaluara algunos de tales bienes relativamente. Tanto la casa como el olivar de mayor extensión garantizaban sendos créditos de 200 ducados de principal. Excepcionalmente, una iniciativa sobrepasó estos límites. Estuvo fundada sobre 24 aranzadas de olivar, 8 de las cuales ya pagaban una memoria de 5 reales a un convento, dispersas en seis parcelas, y 16 fanegas de tierra para cereales, en las que había sembrados algunos frutales.
El inventario más completo de los bienes inmovilizados a partir de las iniciativas civiles lo proporcionaron los documentos que describían las fundaciones de las capellanías autónomas, el instituto destinado a tal fin preferido por las familias del medio rural. Eran, a mucha distancia de los demás, olivares. En sus dos terceras partes los fundadores apartaron al menos alguna parcela de esta clase. Esta porción de sus patrimonios, sobre su frecuencia, era notablemente dispersa y pequeña. El valor tipo del número de parcelas que se elegían para contener el ahorro era casi tres y la superficie media que ocupaba cada una no alcanzaba las cinco aranzadas (4,7).
Del exceso, tanto de la división del espacio dedicado a este cultivo como de la fragmentación en la que se incurrió al dotar las capellanías, puede ser una muestra la descripción de un lote inicial. Fue compuesto con una parcela de ¾ de aranzada y 11 estadales, otra de 1 aranzada 1 ochava y 7 estadales, otra de 3 ¼ aranzadas y 15 estadales, otra de 3 aranzadas y 1 ochava, otra de 7 ¾ aranzadas y 20 estadales, otra de 1 ½ aranzada y 30 estadales y otra de 1 aranzada 1 ochava y 32 estadales de olivar. Considerando una aranzada de 400 estadales, que es admisible y facilita los cálculos, las siete parcelas apartadas para formar un lote solo sumarían poco más de 18 aranzadas (18 ¼ aranzadas, 5 ochavas y 15 estadales).
Casi la quinta parte de las iniciativas se concentró en las viñas, en unas condiciones similares al olivar, aunque para este cultivo nuestras informaciones no se detenían a registrar cuántas parcelas, en cada caso, eran transferidas. Aun admitiendo, en el menos favorable de los supuestos, que a cada extensión declarada correspondiera un espacio continuo, la parcela tipo solo tendría una superficie de poco más de 6 aranzadas (6,3).
Por número de casos, el valor relativo de las hazas, unidades espaciales de la explotación dedicada al cultivo del cereal, era solo algo inferior al de las viñas. La extensión normalizada de cada una, algo por encima de las 100 fanegas (105,25), admitida como representativa, a la tierra más preciada le concedería una falsa relevancia en la inmovilización del patrimonio de las familias. Si apartábamos un caso, de extensión anómala, la parcela tipo baja a las 20 fanegas (20,3), más descriptiva, aunque en síntesis, de lo que era común.
Extraordinariamente las familias desviaban su plan para asegurar el ahorro a una huerta, tanto que este tipo aparecía en una proporción inferior a la décima parte de los casos. Nada podíamos saber de sus cultivos o de sus extensiones, lo que no obstaba para que los documentos se esforzaran en destacar las condiciones que las convertían en valores apreciables. De una de ellas fue especificado que contaba con agua que manaba de la roca, con el tono que corresponde a la descripción de los fenómenos singulares.
Los edificios destinados a vivienda, con preferencia el que habitaba la familia cuando tomaba esta decisión, eran objetos que fácilmente absorbían el remanente disponible. Casi la mitad de las iniciativas incluyó al menos uno, aunque fueron raras las que acumularon dos o más. El límite superior lo fijó la retención de cuatro casas completas más una parte de otra.
Al contrario, era raro que una familia contara entre sus bienes atesorados con instalaciones productivas localizadas en la población. La mayor frecuencia de los casos, algo por encima de la décima parte de los analizados, nominalmente correspondió al molino para la producción de aceite, aunque solo en uno fue adquirido uno completo. En los demás el bien fue una participación en su propiedad, que osciló entre un sexto y tres cuartos. Aunque era algo menos frecuente, cuando se trataba de hornos destinados a la cocción de pan el número total de instalaciones completas adquiridas por las capellanías fue ligeramente superior porque se incorporaban íntegros al patrimonio segregado. A esta relación hay que sumar, como hechos en absoluto sí excepcionales, la adquisición de una tienda, cuya especialidad no se declaró, y la de un mesón. La participación en un tejar fue desviada a su renta, que al menos en parte estaba acordada en especie, de la que en un caso, a favor de la capellanía, se dedujeron 1.200 tejas y labores.
El traspaso de ganado tampoco era frecuente. Fue una porción de los bienes fundacionales en menos de la décima parte de las adquisiciones, y su estimación llegó a ser tan marginal que en las escrituras no se identificaban la especie ni el número de cabezas. Solo en una ocasión pudieron ser mencionadas expresamente 300 ovejas.
Una de las capellanías analizadas fue conocida, durante toda su existencia, como la prestamera. El informador no se ocupaba en la descripción de sus bienes, quizás porque le pareciera innecesario. En el arzobispado, a la clase de las prestameras pertenecían las participaciones personales en el diezmo, deducidas del tercio de los beneficiados, que la autoridad episcopal, con al menos algún grado de autonomía, solo con su decisión podía adjudicar. No parece probable que una renta transferida bajo estas condiciones fuera inmovilizada para siempre. En la naturaleza del beneficio eclesiástico estaba, además del disfrute vitalicio, su adjudicación mediante concurrencia de aspirantes, que hacían valer sus méritos personales ante la justicia canónica. Pero también es cierto que una parte de las rentas diezmales, con tanta más probabilidad cuanto más específicas eran, fueron sustraídas, mediante concordia con su primitivo titular y gestor, el cabildo catedralicio, al régimen general de las asignaciones.
Valiéndose de su puesto en la administración de la iglesia romana, la astucia del arcediano fundador de la capellanía conocida como la prestamera pudo emplearse en adjudicar un beneficio de libre provisión, que se disfrutaba en vida, a una memoria, cuyo cumplimiento era obligado indefinidamente, una vez consumada la muerte del testador. Si estábamos en lo cierto, una porción del tercio de beneficiados de la parroquia donde se fundara sería el bien dotal inmovilizado. El capellán, al adjudicársela, adquiriría la condición de titular de la prestamera, lo que proporcionaría a esta iniciativa, además de una singularidad absoluta, una doble preeminencia: era ya renta neta, sin que fuera necesaria otra mediación que la correspondiente a la gestión anual y al cobro de la generalidad de los diezmos, y garantizaba unos ingresos extraordinariamente sólidos.
Los créditos, también valorados como forma de retención del ahorro, asimismo tuvieron alguna importancia en la constitución de los patrimonios fundacionales. De ellos se hizo uso con este fin en una proporción de casos comprendida entre la décima y la quinta parte. El crédito tipo inmovilizado fue 385 ducados nominales. Solo en un caso se recurrió sencillamente a preservar el dinero líquido para mantener el excedente que la renta había permitido, pero tampoco en este se fio a su conservación la supervivencia del valor ganado. Las cantidades que en su caso fueron desviadas, que tampoco siempre se especificaron, con más frecuencia debían ser empleadas en la adquisición de una finca, para con ella incrementar el patrimonio de la obra.
Tan excepcional fue, y la misma justificación tendría, añadir al lote unos bienes muebles, identificados como parte del ajuar doméstico. Quien los mencionara como objeto patrimonial encargaría que fueran vendidos y comprar, con la cantidad obtenida, entre 48 y 60 fanegas de tierra (4 o 5 cahíces) para añadirlas a los bienes ya asignados.
Había pues dos tipos de inmovilizaciones familiares. La común dio origen a una célula económica muy sencilla, cuyo tesoro principal era la agricultura del olivo, dependiente de una explotación dispersa en varias parcelas, cada una de escasa dimensión, de un valor acumulado, en el mejor de los casos, que apenas superaba la decena de aranzadas. A los olivares era probable que se le sumara una vivienda, así como algún otro bien quizás más sustancioso, activo en cualquiera de los sectores comprendidos entre la producción de cereales y el negocio financiero. La otra, excepcional, era más potente en términos económicos. Reunía bienes con una alta capacidad para generar renta cada año, como los ingresos deducidos de la participación en el diezmo o una explotación para producir cereales de una extensión importante (360 fanegas), a la que se sumaba una buena serie de bienes inmobiliarios urbanos (molino, tienda, tejar y casas).
El análisis del patrimonio acumulado por una de las instituciones inmovilizadoras del segundo tipo permitía además, gracias a su tamaño, generalizar sobre la importancia de los bienes inmovilizados en relación con las épocas en las que precedió cada forma. Llegó a acumular 2.732 fanegas y 2 almudes de tierra de labor en 45 parcelas, lo que daba el estimable valor medio de 60,7 fanegas por parcela; 4 aranzadas y 15 pies de olivar en dos unidades de explotación, una huerta de 4 fanegas, 15 casas y 62 capitales que al final de su existencia sumaban un valor nominal de 111.196 reales 28 1/3 maravedíes.
Las tierras se impusieron como bien garante de la inmovilización en la baja edad media, más en el siglo décimo cuarto que en el décimo quinto, y apenas fueron elegidas para este fin en la época moderna. Aparte los fines declarados o solo inspirados por la última pasión a sus promotores, cualquier adscripción de bienes a un destino permitía al menos atesorar los ingresos detraídos por cualquier medio con preferencia transformados en esta clase de bienes territoriales, ya entonces los de menor costo de mantenimiento si en el espacio se había consumado su capitalización roturándolo.
Las casas fueron siempre un recurso discreto y estable. El menos seleccionado –no llegaban a la quinta parte de las inmovilizaciones en el momento de la fundación– satisfacía, a lo largo de los siglos, un número similar de proyectos, si se exceptuaba el décimo sexto, cuando el retroceso se podría explicar por razones que trascienden el tipo de bien. El dinero, en cualquier cuantía, fue el elegido con mayor frecuencia. La mitad de las inmovilizaciones se decidieron por una cantidad denominada en la moneda circulante en cada momento. Más de un tercio de tales decisiones se tomaron en la primera mitad del siglo décimo sexto, tiempo origen de las tensiones inflacionarias que marcaron la administración Austria.
Mediante acumulación, una parte de los patrimonios de las obras además pudo ser incrementada. En 1492 una madre habría creado una capellanía con todos los elementos habituales. Su hija pudo instituir una agregación a la misma, que en origen actuaría como capellanía independiente, también fundada con todos los requisitos comunes. Cuando muriera el capellán designado por la hija, por decisión de esta, la fundación original y su agregación quedarían reunidas en el mismo instituto. Un padre pudo fundar en 1519 también una capellanía y por un codicilo, de 1556, su hijo le haría una agregación. En 1586 sería un canónigo quien decidiera aumentar el patrimonio de otra que ya existía, mientras que a una tercera, fundada en 1630, le sería añadido posteriormente otro bien.
Aprovecharon los fundadores de cualquier clase de instituto, al describir algunos de los bienes que desviaron hacia ellos, para aludir a cómo los habían adquirido, y a las exigencias legales que podían limitar su uso. Todas las referencias que las fuentes consignaron sobre los medios de acceso al dominio remiten a las dos vías previsibles, la compraventa unos años antes y la transmisión del patrimonio familiar.
Más valor tienen las reiteradas protestas sobre las condiciones con que los bienes llegaron a poder de las familias. Siempre que eran una parte de los argumentos, dejaban claro que estaban libres de toda carga, de donde se deducía que invariablemente pasaron de la plena disponibilidad a la inmovilización.
Para la evolución del medio rural del sudoeste entre la edad media y la moderna la constatación de un hecho como este; en especial, que afectara a todos los casos que mencionaban la circunstancia bastaba para reconocer a las decisiones inmovilizadoras una responsabilidad primordial en los sucesos antiguos. La progresiva reducción de los bienes disponibles, obra simultánea y en secuencia de un número significativo de familias, que para determinadas decisiones que afectaban a la transmisión de sus patrimonios contaban con respaldo legal, estuvo en el origen de la disminución de posibilidades de acceso a las fuentes de renta, correspondiente a aquella.
En la misma medida fueron incrementándose los depósitos de ahorros, extraordinariamente garantizados por las exigencias legales de la inmovilización, pero en potencia útiles para sostener toda clase de inversiones.
Publicado: noviembre 13, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Redacción | Tags: crisis, económica |
Redacción
Los tumultos causados por el traslado de una partida de cereal, justificado porque había sido vendida a un comprador que residía en otra población, eran habituales en la época. Según algunos observadores, de ellos solían ser protagonistas mujeres, porque por su condición no se las podía contener, una observación que silencia la parte de la condición femenina que les valía el papel protagonista.
Además, eran causas de tumulto reconocidas por los contemporáneos la escasez de granos en los mercados, la subida excesiva tanto de sus precios como del pan, o elaboración regular del trigo, y el hambre física. Ninguna de ellas es defendida por ninguno de los polemistas que deben leerse, desapasionados cuando argumentan sobre estos hechos, como un mecanismo iniciador de una relación causal inmediata, sino como razón que podía avalar la gestación y el desarrollo de la protesta.
Probablemente los alentados a partir del exceso de los precios fueron los más frecuentes.
Una forma moderada de expresar el descontento por el alza que afectaba al del pan, así como de emerger del modo más prudente la actividad de sus promotores, era fijar pasquines impugnándola. A propósito de una de estas situaciones, una de las más conocidas, podían ser difundidas letras anónimas como esta: “Señor, si Usía celara / que del pan corriese el trato / Usía, y más barato / ¿quién su celo no ensalzara? / Mas, si nos sale a la cara / lo que nos cuesta congojas, / venirse con esas flojas / de querernos descapar, / diga Usía: ¿no es tomar / el rábano por las hojas?”
No es difícil reconocer en tan inspirados versos la coincidencia del factor aceptado por la opinión del momento como causa justificada de la protesta, la manipulación de los hechos a la que propenden los autores, partícipes de la trama clandestina de la conspiración, y el comportamiento irracional al que se pretende arrastrar a las poblaciones con esta manera de argumentar.
El comportamiento gregario de hombres y mujeres, durante los tumultos a los que con facilidad, a consecuencia de tal manera de actuar de los inversores a los desórdenes, evolucionaba el malestar causado por el incremento de los precios de las subsistencias era más probable y menos previsible. Para pleno siglo décimo octavo se ha descrito un buen número de excesos asociados al alza del precio de los bienes que utilizaban las poblaciones para alimentarse. Eran posibles el asalto y pillaje de los almacenes donde sus dueños guardaban el cereal, que las poblaciones sabían reconocer, a pesar de los esfuerzos por ocultarlos que se habían impuesto los actores de la cultura rural. Cuando la autoridad judicial quería actuar para salir al paso de los excesos, sirviéndose de alguaciles y otros ministros de la justicia, se la cercaba y se la insultaba, ante lo cual reaccionaba retirándose.
Una masa en acción también podía optar por el secuestro de personas significadas, lo fueran por su dedicación al comercio o porque estuvieran investidas de alguna autoridad; forma de extorsión que se proponía tener un efecto inmediato sobre el comportamiento de las cotizaciones en el mercado de los bienes con los que se sobrevivía. Para inmovilizarlas se utilizaban las cárceles de las poblaciones, previamente asaltadas. Podían ser apedreadas las ventanas de las casas de los comerciantes, saqueadas sus tiendas, asaltadas y destruidas sus propiedades. Se llegaba hasta el incendio de las residencias objeto de la ira, incluso de otras cualesquiera, y el homicidio de las personas secuestradas. Acciones cargadas con idéntica ira, también descritas por los documentos, eran el asalto, pillaje y quema de panaderías, porque quienes las regentaban podían personificar, para la parte de los exaltados que juzgaba por las apariencias, la responsabilidad de la carestía.
Los promotores de los tumultos coaccionaban a los colaboracionistas con amenazas de lesiones. En una, cursada a través de un libelo anónimo, fueron mencionados como instrumentos de agresión, esperando de la nómina que fuera bastante para disuadir a quienes se sintieran concernidos por ella, escopetas, trabucos, sables y espadas, lanzas y rejones, hachas, porras y palos y piedras, así como, con celebrada ironía, la buena voluntad. De ahí que la administración de justicia, como medio represivo universal, a salvo de actuaciones más rigurosas, cuando cada caso las hiciera necesarias, castigara la participación en los tumultos con la cárcel y el embargo de los bienes de quienes resultaran encausados.
Después de los acontecimientos de la tensa mañana del 9 de mayo, la asamblea de gobierno de la población se reunió, mientras los peores presagios alentaban el pesimismo entre los concurrentes. La situación había escapado de las manos de quienes parecían llevar la iniciativa, y lo que finalmente había ocurrido con el proyectado transporte de trigo a la capital era una derrota completa para ellos. El corregidor, quien mejor la personificaba, a decir del relato contemporáneo puso a consideración del senado local lo ocurrido, aunque a cada uno de sus miembros ya le constaba. Su objetivo era que el colegio de los próceres decidiera, cumpliendo con su obligación y de acuerdo con su parecer, qué podía remediar la situación.
Las poblaciones habían sido constituidas en municipios por la corona, a cuya expansión sirvieron. Pero, a diferencia de lo ocurrido en las periféricas del imperio germánico, que vieron crecer su poder, en la medida en que el imperio se debilitaba, tanto que alcanzaron el estado de repúblicas independientes, las repúblicas urbanas hispánicas a lo sumo consiguieron una autonomía limitada, más fruto de la necesidad de servicios, de los que la corona jamás pudo prescindir, que de la pujanza de las instituciones locales. Cuando el imperio coincidió con el dominio de Castilla, al contrario la tentación autonómica a la que cedieron aquellas repúblicas, por atracción de las más brillantes del continente, que durante un tiempo habían sido capaces de recuperar parte del equilibrio político que garantiza la constitución igualitaria, fue radicalmente defraudada. La sumisión al poder central marcó la historia de las repúblicas urbanas de Castilla durante la época moderna, y los cambios que el modelo francés introdujera, que alentó su existencia, no fueron bastantes para modificar el sentido de aquella relación. Pero ni dejaron de ser repúblicas ni un poder, que durante todo este tiempo compitió con los otros, y que en ocasiones ponía al descubierto las diferencias que de los demás lo distanciaban.
La asamblea de gobierno urbano, a mediados del siglo décimo octavo, era llamada ciudad, no porque abusando del lenguaje se tomara la parte por el todo sino porque era la única institución en la que se alcanzaba la plenitud de los derechos políticos. Formada por un par de docenas de regidores y jurados, solo los primeros tenían voz y voto, mientras que los segundos a lo sumo habían alcanzado, tiempo atrás, la condición de tribunos. Cuando al referirse a la asamblea el corregidor la llamaba ciudad empleaba con rigor el lenguaje, porque solo allí estaban presentes quienes podían disponer de la plenitud de los derechos de ciudadanía, realmente existentes antes de la revolución que pretendiera extenderlos pero restringidos porque a ellos se había accedido por compra.
Un escribano público ya había redactado diligencias y autos sobre lo sucedido, ordenados por la autoridad judicial de municipio. Entró el relator en la sesión para leer todo lo que había escrito, que se concentraba en los acontecimientos del día, sobrecogido e impresionado por ellos. Por el momento, la asamblea acordó que se copiara todo el texto a continuación del acta del capítulo que se estaba celebrando, tras lo cual el escribano salió de la sala donde se celebraba la reunión.
Una vez oído lo expuesto por el corregidor y lo que había leído el escribano, los ciudadanos primero se hicieron cargo del desasosiego ocurrido en la población por segunda vez, aunque ahora con otro énfasis. No había bastado a contenerlo, dijeron, la autoridad del corregidor, ni la de los caballeros que le habían ayudado, ni tampoco la acertada persuasión con la que todos habían acudido a desvanecer las fantásticas ideas de la plebe, por completo inquieta.
Tal como estaban las cosas en aquel momento, no le era posible al gobierno de la población, ni al corregidor, hacer efectiva la conducción del trigo a la capital; como, de acuerdo con su legítimo deseo, con los mayores esfuerzos, esta había solicitado. En aquellas circunstancias, lo único que podían hacer era acordar que se diera cuenta por el posta, mediante copia legalizada, de los autos de cuanto había ocurrido, que ya estaban registrados, al gobernador del Consejo, máxima autoridad de gobierno para esta parte de los territorios de la corona. Sabiendo que todos estos hechos provenían de la necesidad que padecían las poblaciones, comunicaría las órdenes que creyera convenientes.
A partir de aquel momento, tristemente marcado por la derrota, una actitud algo más magnánima inspiró las decisiones. La ciudad diputó a un regidor que desde el principio había actuado como hombre bueno, proponiendo iniciativas a un tiempo valientes y abnegadas, un trabajo comprometido, ir a la capital e informar al asistente y a los miembros de la junta de granos de lo que había ocurrido. Habiéndolo puesto en sus manos, el poder de la ciudad dependía de sus palabras.
El acuerdo se extendió en consideraciones tan explícitas que delimitó con exactitud los términos en los que debía presentarle al intendente el informe. Primero había de enfatizar el insuperable obstáculo que a la ciudad y a su corregidor se les oponía en esta ocasión para atender a la capital con sus medios, como había hecho gustosamente en las demás oportunidades que se le habían ofrecido. Que lamentablemente lo dificultaba la invasión y el mal fundado juicio de las gentes que temían la salida del grano, pero que contaban con que, una vez que fueran informados, estimulados por su comprensión, prudencia y benignidad, sabrían elegir el medio más oportuno para serenar los bulliciosos ánimos de la plebe. Así conseguiría la inocencia del resto del vecindario la tranquilidad que convenía. Por último, para completar las decisiones que en aquel momento parecían oportunas, también se acordó escribir al arzobispo coadministrador, responsable efectivo de la administración religiosa católica organizada para la región.
La situación que se había creado era lo bastante delicada como para que todo ocurriera deprisa, y también para que la mutua desconfianza a la que degenera el fracaso empezara a desviar las relaciones por tránsitos imprevistos.
No obstante el acuerdo del día 9, por el que se comisionaba al hombre bueno con cargo de regidor, por una razón que no dejan a la vista los medios para reconstruir aquellos hechos, entre aquel día y el 11 siguiente a la institución de gobierno de la ciudad finalmente le pareció necesario, aunque pueda parecer reiterativo o incluso contradictorio, escribir al asistente, informándole de los sucesos que el 9 habían impedido que el trigo del labrador llegara a la capital.
Los términos de la carta no eran exactamente los del informe del que era portador el regidor comisionado, al menos hasta donde es posible conocerlos. Al asistente, en la misiva que a su nombre se cursó, se le informaba que llevar el trigo hasta la capital había sido imposible por la oposición encontrada; que el corregidor y varios caballeros seculares y eclesiásticos habían hecho eficaces diligencias para contener el ímpetu de la plebe, y que de todo habían dado cuenta al gobernador del Consejo. Probablemente resultó un texto más ceñido a la formalidad administrativa que los informes que pudo presentar la diputación enviada.
Poco debió tardar la autoridad regional en contestar aquella carta, porque ya el 11 de mayo acusó su respuesta el ayuntamiento, nombre que ya entonces habían dado a la reunión de la ciudad para evitar hablar de cabildo, una institución que incluía la posibilidad de la concurrencia abierta a todos los vecinos en las ocasiones más comprometidas. Se desconocen las palabras con las que iba redactada la contestación del asistente, pero sí se sabe que ante ellas la autoridad municipal reaccionó a un tiempo con escrúpulo administrativo y tomando distancias. Se declaró dispuesta a cumplir cuanto se le ordenara, pero también, hasta que el Consejo resolviera sobre cómo conducir el trigo, a no tomar otra decisión sobre el asunto. Negó además lo que inmediatamente antes había afirmado, ignorando la autoridad del intendente. Tal vez de los informes que al tiempo enviaba el regidor diputado, que aquel mismo día informaba por carta de las gestiones que ya había hecho en la capital, se dedujeran algunos indicios que recomendaran fijar de aquel modo la posición de la autoridad municipal.
Paralelamente, aquel mismo 11 de mayo, en la junta de granos de la capital, se reunieron el teniente primero de asistente, en representación del titular, que estaba fuera de la ciudad, el jurado y el individuo del comercio. Recibieron informe de las posibilidades que en la población a Domingo García le habían ofrecido, tras la oposición de su vecindario a la salida de trigo, impedimento del que ya sabía la junta por haberlo informado el propio asistente. Como asimismo eran conscientes de que el asunto ya era conocido por el gobernador del Consejo, también creyeron conveniente aguardar a su decisión. Así la junta de la capital reconocía la preeminencia de la autoridad estatal. La distancia que del asistente el corregidor había decidido tomar poco antes había sido un cálculo correcto, en la medida en que la situación la permitiera favorable a lo que de independencia le pudiera quedar.
El 13 de mayo, desde Madrid, el gobernador del Consejo respondió a la información que se le había enviado sobre los levantamientos de los días 5 y 9. El Consejo y el gobernador se dieron por enterados de todo lo que les contaba la carta enviada el 9, en la que se les relataba lo ocurrido durante aquellas dos jornadas, mientras se intentaba sacar de la población una parte de las 2.000 fanegas de trigo que a un labrador le habían sido compradas de orden del asistente para el abasto de la capital. Los términos en los que hablaba el gobernador no eran del todo exactos. Por su parte hubiera sido más correcto afirmar que las 2.000 fanegas eran compradas para Manuel de la Calle, para que fueran vendidas al por menor, con la aprobación del asistente, a panaderos comprometidos con la elaboración de pan para el suministro de la capital.
Pero, si sus palabras no satisfacen por su calidad descriptiva, son lo bastante sintéticas como para no dejar dudas sobre el tono expeditivo de quien habla. Sobre este asunto ya se había tomado otra decisión conveniente, de cuyo contenido se limitaba a adelantar que el corregidor ya sabría cómo proceder por el juez que había de ir a la población.
A los jueces de residencia o comisión desde la baja edad media se recurría al menos en situaciones de excepcionalidad. Actuaban sobre las instituciones locales para investigar y resolver asuntos determinados. Solo por lo que se le adelantaba, el corregidor ya podía deducir que su actuación administrativa estaba siendo objeto de expediente, del que tendría que derivar la correspondiente resolución. Ya podía estar seguro de que su posición había llegado a su momento más delicado. El gobernador prescribía además que al juez que iba a llegar se le debía prestar el auxilio correspondiente, y se le había de asistir en cuanto pudiera contribuir a los fines de su comisión, cuyo propósito era recuperar la quietud pública y el respeto a la justicia, por lo demás obligaciones del corregidor y de los miembros del concejo, justicia y regimiento de la población.
Aquel mismo 13 de mayo, desde Madrid, por efecto de una provisión del Consejo, Juan Palanco, el teniente segundo del asistente, era enviado a la población. El máximo órgano de gobierno del territorio le comunicaba que convenía que se trasladara a ella para que se hiciera cargo de la jurisdicción ordinaria, al tiempo que ordenaba al corregidor y al alcalde mayor que le entregaran sus varas sin más dilación, y al concejo y ayuntamiento que lo admitieran en aquel ejercicio. El alguacil mayor también había sido destituido de su cargo transitoriamente. Es muy probable que asimismo lo hubiera decidido el Consejo. Palanco tendría que ejecutar lo que se le ordenaba en una instrucción específica, a él dirigida por su gobernador. Debía investigar quiénes habían sido los culpables de los alborotos ocurridos durante los días 5 y 9 de mayo. Tendría que emprender cuantos autos y diligencias creyera convenientes a este fin, sin excusa ni dilación alguna.
Mientras tanto, también el 13 de mayo, en la junta de granos de la capital, se hacían las recomendaciones que parecían más prudentes en aquellas circunstancias. La autoridad de una población a la margen izquierda del primer río de la región, así como cercana a la capital, había consultado a la junta sobre la posibilidad de abastecerse de trigo en el mismo mercado objeto de las tensiones, donde cómodamente podría hacerlo porque le constaba que allí era abundante. La junta creía conveniente evitar el riesgo de sucesos similares a los que habían ocurrido, al menos hasta que se decidiera lo más conveniente en esta materia. Sería mejor que la población necesitada de trigo acudiera a la capital, o a otra parte donde se vendiera, y por sí o por medio de un corredor hiciera por el momento el ajuste de unas 100 fanegas con las que hacer frente a sus urgencias. La inestabilidad que provocaban las tensiones en el mercado de los granos modificaba las direcciones de su comercio. Sin que se interpusieran en sus políticas más pragmáticas las convicciones librecambistas, la junta todavía recomendó a las autoridades de la población que la consultaba que, si le pedían un precio exorbitante, se lo comunicara para ver qué medidas tomar; expeditivo proceder al que solo se le ocurrió añadir que acudiera, si la urgencia fuera tanta que no diera tiempo a gestiones dilatorias, al teniente primero de asistente para que socorriera a la población de la forma que estuviera a su alcance.
La fase más sombría de la crisis abierta con los acontecimientos del 5 de mayo comenzó el 16 siguiente. Aquel día fue conocida en la población teatro de las tensiones la respuesta del gobernador del Consejo, fechada el 13. Vista la comunicación, el ayuntamiento acordó cumplir lo que aquel había decidido, y que en nombre de la ciudad se diera escolta al juez enviado. Con ese encargo fueron designados dos de sus regidores, quienes además habrían de asistir al juez en todo lo que necesitara.
En cuanto tuvo noticia de que había llegado a la población Juan Palanco, teniente segundo del asistente, el corregidor había ido a visitarlo a casa de Francisco Javier de la Portilla, un ministro de rentas provinciales, donde durante el tiempo que permanecería en la población vivió. En su encuentro con el corregidor el juez comisionado le explicó que venía con despacho del Consejo, y que para cumplirlo era preciso que el corregidor convocara a la ciudad a cabildo, para que con su asistencia y la del alcalde mayor pudiera presentar el despacho del que era portador. En vista de aquellas credenciales, el corregidor mandó citar a los capitulares para celebrar ayuntamiento inmediatamente.
El traspaso de poderes tuvo lugar el día siguiente, 17 de mayo, domingo. Cuando ya la asamblea que institucionalizaba la ciudad estaba junta, el todavía corregidor informó de su entrevista con Palanco. Luego se avisó a los diputados que habían sido encargados de cumplimentar a este, que aguardaban la decisión que les ordenara cumplir con su encargo, para que fuesen con él hasta las casas capitulares. Así lo hicieron. El enviado, por el momento, no entró en la sala donde se estaba celebrando la reunión. Un escribano de la audiencia regional solicitó licencia para entrar en ella, anunciando que traía despacho del Consejo. Su intención era leerlo. Entró, se sentó entre los escribanos y leyó el fechado en Madrid el 13 de mayo. La asamblea, oído su contenido, declaró obedecerlo. El corregidor y el alcalde mayor lo tomaron en sus manos, lo besaron y lo pusieron sobre sus cabezas, y lo mismo hicieron quienes estaban junto a ellos, en señal de obediencia, tal como era de rigor.
Después se mandó entrar a Juan Palanco, que fue acompañado hasta la sala capitular por los dos regidores que habían sido designados diputados con aquel fin. Dentro ya de la sala, se procedió a la transferencia de la jurisdicción, necesaria para que el enviado pudiera proceder con plenos poderes. Juan Palanco juró por Dios y la señal de la cruz usar el empleo de corregidor de la ciudad bien y fielmente, defender sus privilegios, guardar sus buenos usos y costumbres, administrar justicia a las partes y defender el misterio de la concepción purísima de Nuestra Señora la Virgen María, así como valerse de la protección del arcángel San Miguel. El corregidor y el alcalde mayor le entregaron la vara alta de justicia que tenían en sus manos, en señal de posesión del corregimiento, en la que Palanco quedó, sentándose en el asiento correspondiente. A continuación, se despidieron el corregidor y el alcalde mayor y ambos salieron de la sala, igualmente acompañados de los dos caballeros diputados que anteriormente habían asistido a Palanco.
Así el 17 de mayo, domingo, Juan Palanco se hizo cargo a un tiempo de las jurisdicciones de corregidor y alcalde mayor, y a partir de aquel momento actuó como máxima autoridad interina de la ciudad.
No demoró el juez su comisión y empezó a actuar al instante. Aquel mismo domingo, día 17 de mayo, declaró que la primera razón por la que se hacía cargo de la jurisdicción comarcal, alcance del corregimiento, era atender al abasto de pan. Sabiendo que para este fin había formada junta en la población, ordenó que sus miembros fueran citados para las nueve de la mañana del día siguiente.
El día siguiente, ya bajo la presidencia de Palanco, la junta local de granos tomó unas decisiones que cambiaron su rumbo. Primero modificó su composición. Uno de los regidores que formaba parte de ella, según se esfuerzan por justificar las fuentes, estaba indispuesto. En la práctica, había sido sustituido por otro mucho más activo, que había presentado los documentos que lo acreditaban solo unos días antes, el 9 de mayo, en plena crisis. A la reunión del día 18 acudieron tanto el titular como el suplente, quien a partir de entonces fue admitido como un miembro más. Por tanto, aquella decisión supuso la ampliación de la junta, quizás el refuerzo de alguna de las posiciones enfrentadas en ella. Además de la toma de posesión formal del nuevo miembro del gabinete de crisis, se acordó que a partir de aquella fecha celebraría al menos reunión ordinaria los miércoles de cada semana a las nueve de la mañana. Pero sobre todo revisó una decisión anterior que resultaba primordial, al menos por su contenido político, dado el curso de los acontecimientos. A iniciativa del juez, decidió respetar la plena libertad del comercio del trigo, a la que anteriormente había sido reacia. La opción política del corregidor, contraria a aquel principio, quedaba definitivamente desautorizada.
Pero de la población la calma aún estaba lejos. Para pregonar los acuerdos que la junta había tomado, aquel mismo 18 de mayo fue necesario que en la plaza pública, en presencia de muchas personas, estuviera formada la tropa de caballería con la espada desenvainada. La tensión que acompañaba al conocimiento de las decisiones de la junta fue prólogo de acontecimientos que de nuevo escaparon al control del gobierno local, ahora en manos de un gestor de excepción.
Se desarrollaron durante la tarde del día siguiente, 19 de mayo. En las inmediaciones, y en la propia calle que se prolongaba en el camino hacia la capital, de nuevo hubo tumultos, en este caso en presencia del mismísimo Palanco. No puede dilucidarse si se trató de un acto hostil hacia su persona o de una reproducción de las protestas vividas durante los días precedentes. Pero, aunque no conozcamos el por menor de la nueva agitación, se puede creer que no degeneró a un estado de tensión comparable al del día 9, a juzgar por los indicios conservados. No obstante, permiten saber que el juez debió verse en una situación complicada, y que aun así en su auxilio solo acudió un caballero capitular.
Pero ocurrieron en un estado especialmente sensible a este tipo de hechos. Quizás no fuera casual que tuvieran lugar cuando ya el corregidor había sido destituido y vinieran a demostrar que tampoco la autoridad de Palanco era tan sólida como pretendía.
No perdió la calma el juez a consecuencia de lo ocurrido aquel día. Pero el 25 siguiente, en la reunión que celebró el ayuntamiento, recordó que el día que se hizo cargo de la jurisdicción señaló a la ciudad que estaba obligada a contribuir a la preservación de la paz y a mantener la autoridad real, no obstante lo cual se había visto solo en el transcurso de la agitación ocurrida durante la tarde del 19.
La ciudad le respondió con énfasis que obedecía ciegamente al rey y juraba mil veces su obediencia, si fuera necesario. Nunca había sido su intención incumplir sus obligaciones y consideraba grave el cargo que el juez le hacía. Replicó que el lugar donde habían ocurrido los hechos estaba muy retirado de las viviendas de los capitulares y de sus negocios, y que muchos de ellos, en el momento en el que sucedieron, estaban en el campo, ocupados en cumplir encargos del corregidor y de los propios o en sus casas. Por estas razones no pudieron conocer lo sucedido ni supieron nada del asunto hasta muy a deshoras de aquella noche o al día siguiente, y aun ni siquiera entonces todos lo supieron por sí mismos. De haberlo sabido, habrían estado dispuestos a asistirlo, acudir en defensa de la real y suprema majestad y, en caso necesario, perder sus vidas. Creían firmemente que los demás caballeros y gente principal de la población harían lo mismo. Todos siempre habían demostrado celo, amor y obediencia a cuanto fuera del real servicio.
Por todo eso creyeron necesario que el procurador mayor escribiera con expresiones de sumisión al gobernador del consejo de Castilla, para que su piedad se sirviera poner a los pies del rey el deseo del municipio, que era verse libre de los trabajos que lo amenazaban, especialmente en aquel año de calamidad. Afirmaban además algo que resulta de enorme valor para rescatar con la mayor integridad posible la evolución de los acontecimientos: que todos los promotores de los tumultos se habían ausentado, y que entre ellos no había persona principal alguna, ni aun de mediana calidad. De esta manera de hablar tenemos que colegir que estaban identificados y que contarían con al menos algún auxilio que les habría permitido evadirse. La ciudad acordó que esta misma decisión se hiciera saber al asistente y suplicó al corregidor interino que avalara estas representaciones.
El juez y la corporación, en aquel momento, ocupaban posiciones distintas. Palanco pretendía aprovechar el incidente del 19 para imponer su autoridad y los promotores de los tumultos cuando menos se habían escondido. La inquietud sin embargo no se había extinguido del todo. Aquel mismo 25 de mayo, para que ayudaran a los diputados de guerra en la distribución de la tropa y lo demás necesario para su inspección, fueron nombrados dos regidores y tres jurados.
La acción de Palanco contra los promotores de los tumultos, el objetivo judicial de su comisión, pronto dio con algunos a los que inculpar. Fue hecho prisionero un número indeterminado de personas, contra una parte de las cuales el juez comisionado se encargó de incoar las instrucciones correspondientes. Uno de los encausados se llamaba Bartolomé Gamero y otro Juan Manta. También fueron detenidos Cristóbal Jiménez y José Lara, y sin mencionar sus nombres las fuentes se refieren a otros diez hombres que se vieron reducidos a idéntica condición.
Se sabe algo de las condiciones a las que estuvieron sujetos los detenidos. Al menos entre el 21 y el 28 de mayo estuvo activo en la población el que las fuentes primero llaman ejecutor de la justicia y después abiertamente verdugo. Durante aquella semana paró en la posada de cierto mesonero. La crónica local permite pensar que al menos fue empleado para templar las actitudes más rebeldes con azotes. De sus víctimas solo menciona a un indeterminado hombre de baja esfera, promotor de otros de su clase, alguien que no habría conseguido ocultarse a tiempo.
Para hacer frente a las responsabilidades judiciales, al menos una parte de los bienes de los reos fue embargada. Hecho el balance de su valor en el transcurso del procedimiento, Palanco creyó que de los catorce encausados solo cuatro podrían hacer frente a las obligaciones pecuniarias a las que diera lugar la información abierta. A Bartolomé Gamero se le despojó de su capital personal líquido: 26 fanegas de garbanzos raídas, 52 fanegas y media de trigo y 600 reales en dinero. Pero a Juan Manta le fue embargada al menos una parte de sus bienes domésticos: una cama de barandilla, un colchón, dos sábanas, dos almohadas, una cubierta, dos sillones, un arca de pino, otra más pequeña, tres cuadros de a dos varas, tres de a media vara, cuatro de una vara y media, una tarima de copa con su cazoleja de cobre, una mesita, una tinaja de agua, un cubo, un carrillo, 18 fanegas de trigo en grano, una artesa, una fanega de harina, dos jumentos y un caballo; modesto patrimonio que sin embargo tenía salida en los mercados.
Cristóbal Jiménez otorgó fianza de cárcel segura. Palanco ordenó, en razón de lo que tenía entregado, y porque según sus investigaciones no estaba mancomunado con los demás, así como porque le constaban sus cortos posibles, que no se le cargara cantidad alguna. También quedó constancia de que José de Lara igualmente tenía posibles cortos, así como de que los otros diez reos tenían cortos embargos.
La historiografía especuló con la posibilidad de que los movimientos que llamaba motín hubieran alcanzado el grado de la organización, adelantándose a posteriores formas de acción pública. El rigor analítico que conviene a su procedimiento reduce a elementos poco compatibles motín y organización. Si según sus premisas el motín es una forma elemental del comportamiento gregario, asegura este efecto que carece de organización alguna. No es fácil por tanto sostener que este tipo de actuaciones dispusieron de algo parecido a una conspiración. Aparte evidencias precedentes, la última prueba que la fuente proporciona aboga sin embargo a favor de una abolición de tales fronteras. La mayor parte de los encausados fueron declarados cómplices. Como además se estableció que Cristóbal Jiménez y José Lara no estaban mancomunados con los demás, se debe deducir que pudo haber cierto grado de organización de los tumultos. Pero no es posible pasar del indicio. No hay nada más sobre tan fundamental asunto, ni tampoco prueba alguna que permita excluir que la acusación de complicidad sea un argumento que proporciona al juez un agravante.
Las actuaciones contra los reos de los tumultos pudieron prolongarse, como muy tarde, hasta el 18 de junio. Para esta fecha los catorce encausados ya habían sido sentenciados por la justicia local y conducidos como presos desde la cárcel de la población al centro de reclusión de la capital. Sobre las condenas que sobre ellos cayeron no hay información precisa, pero sí se sabe que las penas pecuniarias accesorias en ningún caso fueron graves.
Las sanciones materiales fueron reducidas a las costas originadas por el procedimiento, el gasto ocasionado a Palanco a consecuencia de su traslado y residencia transitoria en la población, que fue estimado en 6.000 reales de vellón, y el valor del caballo muerto durante las protestas, valorado en 14 doblones. El gobernador del consejo de Castilla, en carta de 23 de junio, comunicó que el gobierno había decidido mostrarse magnánimo con los condenados. Dio instrucciones para que de los bienes de los cuatro reos que podían hacer frente a algún costo se tomara con este fin una moderada parte, la que Palanco estimara que no los arruinaría ni incomodaría mucho. El resto de los gastos procesales tendría que cubrirse con el sobrante del derecho que el municipio cobraba sobre el aguardiente, un expediente habitual para hacer frente a los gastos públicos.
En aplicación de estas instrucciones, de los bienes de Bartolomé Gamero fueron deducidos 700 reales y de los de Juan Manta 300. A Cristóbal Jiménez y a José de Lara, por las razones ya conocidas, no les fue cargada cantidad alguna, ni al resto de los encausados. Sirviéndose de este fondo, se pagaron los salarios del escribano de la comisión, el alguacil, el portero y el escribiente. Liquidados estos, quedaron aún por pagar los 14 doblones del caballo del sargento y el gasto ocasionado a Palanco. Tal como se había ordenado, fueron cargados sobre el derecho del aguardiente. Después fueron desembargados los bienes de todos los reos y se cancelaron las fianzas.
Palanco además inhabilitó a José González de Lara, uno de los dos escribanos de cabildo. Días después fue condenado a una suspensión de su oficio durante seis meses y al pago de 20 ducados para la cámara del rey. El motivo invocado para las sanciones fue lo ocurrido durante los alborotos. No está claro qué clase de responsabilidad contrajo en su transcurso. La coincidencia entre su nombre y el de uno de los encausados permite admitir la completa identidad, dada la flexibilidad con que habitualmente usaban los nombres las fuentes del momento, o en el parentesco. De ser cierta la primera posibilidad, la inhabilitación habría que interpretarla como una pena accesoria.
El escribano de cabildo pudo ser la vía de conexión entre el corregidor y los alborotadores. El procedimiento judicial pudo sustanciar la inocencia de Cristóbal Jiménez y José de Lara. Es legítimo pensar que durante la investigación pudo descubrirse que se trató de agitadores, a su vez inducidos por la opción política que en el momento en que se desató el primero tumulto estaba interesada en que ocurriera. Por eso el castigo añadido tampoco llegaría demasiado lejos. Solo un mes después de que Palanco hubiera sentenciado, el gobierno de la población solicitaría al presidente del consejo de Castilla que levantara la suspensión del ejercicio de su oficio de escribano a José González de Lara. El presidente del consejo accedió a la petición siempre que el encausado liquidara la multa que se le había impuesto. Poco después se verificaría su solvencia y el pago, e inmediatamente se le readmitiría en su puesto.
El 9 de junio el gobernador del consejo de Castilla ordenó a Palanco, previas instrucciones sobre la conclusión del proceso judicial que había sido motivo para su nombramiento como juez especial, que se retirara de la población en la que había actuado transitoriamente como corregidor. Asimismo le mandó que llamara al corregidor titular, al alcalde mayor y al alguacil mayor para reintegrarlos en sus poderes, una vez que había cumplido la comisión sobre los alborotos ocurridos los días 5, 9 y 19 de mayo.
La retirada de Palanco empezó por la junta de granos local. Al día siguiente, 10 de junio, la reunión se limitó a admitir la sustitución de uno de sus miembros más activos, regidor, que estaba ocupado en la compra de granos en la capital, por otro de su misma clase sin la menor objeción. A partir de entonces la actividad de aquella junta decayó, y fue habitual que faltara a sus convocatorias un número significativo de sus miembros, cuando hasta entonces había sido extraordinario que alguno no concurriese. Así, vista la experiencia, comenzaría la decadencia de las juntas de granos locales, constituidas para hacer frente a las urgencias derivadas de la caída del producto, en beneficio de la junta regional.
Días después, el 16 de junio, Palanco envió respuesta al gobernador del consejo de Castilla, al tiempo que tomaba las decisiones dirigidas a que la normalidad jurisdiccional fuera restablecida. Comunicaba a la administración central que había escrito a los tres interesados para que volvieran a la población. Solo había recibido respuesta del corregidor, quien le había adelantado que en la tarde de aquel día llegaría. Como podría ocurrir que él tuviera fletada su vuelta a la capital antes de que llegara el corregidor titular, decidió poner la jurisdicción restituida en el regidor decano de los que estaban presentes en el cabildo. Entregó y puso en sus manos el bastón que la simbolizaba y el regidor lo recibió y lo retuvo en su poder. A continuación Palanco se fue.
El día siguiente, 17 de junio, la crisis más grave conocida por aquella población durante la época moderna estaba a punto de cerrarse. Aquel día, miércoles, a las nueve de la mañana, tenía intención de reunirse, como lo tenía por costumbre, la junta local de granos. Acudieron a la convocatoria una parte de sus miembros. No comparecieron el vicario, el abad de la universidad de los beneficiados, dos de los regidores ni el caballero labrador que estuvo en el origen de la operación comercial que en su momento había causado los tumultos. Tampoco estaba presente el corregidor. Quienes habían concurrido con este fin a las casas capitulares decidieron enviar recado a su casa para que acudiera. Respondió el corregidor que por sus ocupaciones y las visitas que había de recibir no le era posible dejar su casa. Si los señores de la junta deseaban reunirse, podían hacerlo bajo la presidencia del regidor decano, corregidor interino. Ante tal respuesta, los miembros de la junta decidieron retirarse sin celebrar la reunión.
Aquel mismo día, en la reunión del ayuntamiento, el corregidor interino notificó que el día anterior había recibido como testimonio de restitución la vara que Palanco, por orden del consejo de Castilla, había tomado al titular del corregimiento para que se la entregara a este, al alcalde mayor y al alguacil mayor. Dos de los reunidos fueron comisionados para que acudieran a la casa del corregidor y lo acompañaran hasta el lugar donde la reunión de la cámara ciudadana se estaba celebrando. Así lo hicieron y el regidor decano repuso al corregidor titular en la jurisdicción que antes tenía. También hizo entrega de su jurisdicción al alcalde mayor y los reunidos acordaron que asimismo el alguacil mayor usara su empleo tal como estaba previsto en la orden del consejo de Castilla.
El enfrentamiento concluyó con una representación de la armonía restaurada. A fines del mes de junio, el ayuntamiento corrió con los gastos de una cena en honor de Juan Palanco, juez pesquisidor que había actuado en la ciudad para depurar las responsabilidades adquiridas por quienes habían protagonizado los acontecimientos de mayo.
Publicado: noviembre 5, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Bartolomé Desmoulins | Tags: agraria, economía |
Bartolomé Desmoulins
La mejor encuesta moderna también acredita valor digno de encomio al suministrar informes sobre los precios que regían los mercados de cada especie cultivada por cada población. Aunque la información no es tan depurada como la que proporcionaría un cuadro de cotizaciones, o la contabilidad que registrara unos gastos efectivos, porque los declarantes hablaron, cuando les tocó expresarse sobre este asunto, de manera muy grosera, promediando con unas exigencias que se pueden presumir relajadas los valores, según dicen, de nada menos que un quinquenio, con ajuste a determinadas cifras, que más parecen obra de los redactores del documento que de sus informantes, no impide, además del cálculo propuesto, reconstruir la conciencia que de la fragmentación de los mercados de los productos agrarios, el mayor lastre del crecimiento económico antiguo hasta aquí admitido por la teoría, tuvieran entonces quienes convivieran con ella. La atención que ahora es obligado dedicarle puede ser útil, llegado el momento, para alentar argumentaciones de distinto alcance. El análisis de los precios sobre un fondo geográfico, a consecuencia de que sea necesario tomar este punto de vista, descubre factores que pueden revelar ideas que de otro modo quedarían ocultas, caudal de información secundario o derivado, en modo alguno de menos valor. A su favor se podría afirmar, en sentido opuesto, que tienen toda la solidez de los juicios, capaces para imponerse sobre opiniones y apariencias. Con los datos del análisis de los precios que suministra la encuesta, aun actuando con las precauciones que recomiendan las salvedades adelantadas como advertencia, a la clase de los hechos inapelables podrían enviarse las habituales observaciones sobre la fragmentación de los mercados.
Si se toman como testimonio más revelador los precios de los dos cultivos principales cuando alcanzan a convertirse en mercancías, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias de cotización entre mercados locales serían de órdenes muy distintos a los que pudiéramos observar entre bienes de similar estimación para la misma escala de concurrencia ahora. En el marco de las 31 poblaciones de la muestra el precio de la cebada, donde se cotiza más es más de la mitad mayor del que tiene donde se paga menos por ella, y el del trigo casi se duplica. No pueden caber dudas sobre que existía conciencia del valor que tenían las distancias para el comportamiento de los mercados, ni de las oportunidades que para el negocio comercial por esta razón estaban siempre al alcance, aun partiendo del supuesto de la estabilidad de los precios que las declaraciones incluyen porque promedian, el menos probable de las economías que son objeto de observación en estos análisis. Avanzar en el esclarecimiento de lo que justificaba que pudieran los contemporáneos concebir esperanzas de lucro por esta causa, porque el documento es desabridamente hermético cuando debiera afrontar estas explicaciones, es lo que permiten moderadamente, mediante aproximaciones de flanco, los juicios que se pueden fundar sobre un mapa, más aún si se combinan con otros instrumentos de cerco asequibles.
En el dominio de la dispersión la sierra septentrional, otra vez, parece un mundo tan equilibrado y homogéneo, tan constantes se presentan sus cadenas de circunstancias, que alienta el enunciado tentativo de algunas como si fueran las reguladoras de los fenómenos que ahora se aspira a desvelar. Si se exceptúa por el momento un caso, que igualmente es el más aislado, sus poblaciones son las que a un tiempo descubren los precios regulares más altos y con menor distancia entre sí. Mientras que el trecho entre la cotización más alta y la menor era en los mercados del trigo de dos unidades monetarias de cuenta, equivalentes a una décima parte de la base o precio más bajo, en los de cebada la diferencia se reducía a sólo un real contable, también décima parte del valor de la cifra menor. La mayor cantidad de tiempo que consume el movimiento en tierras con mayores pendientes relativas, porque el análisis topográfico enseña que es un hecho generalizado en la zona, es el factor común que cuenta con mayores posibilidades explicativas, dados los medios disponibles para restituir ahora la época. Si se añade a esta posibilidad una conclusión precedente, que se trata del dominio natural de las rozas o agricultura itinerante, que aquí los precios sean regularmente algo más altos habría que atribuírselo al costo añadido que en tiempo exige la producción de los cereales. Y aunque se trate de tierras con reserva de espacio, la práctica de las rozas, que consume grandes cantidades de tierra expuestas permanentemente a la pérdida de suelo a causa de las pendientes, incrementa el valor relativo del espacio cultivado con cereales hasta límites equiparables a los de otras zonas, en la mayor parte de los casos; a límites muy altos en los términos, o dominios disponibles para la población radicada, más pequeños. No sería correcto sin embargo alentar, con afirmaciones como las precedentes, la idea de que la satisfactoria correspondencia entre las dos constantes, pendientes y rozas, y un modo de agotar las posibilidades agrícolas del suelo disponible para cada población es capaz para dar cuenta de la homogeneidad de los mercados de los que se trata. A similares comportamientos de los precios podían corresponder estados opuestos del aprovechamiento del suelo: cuatro quintas partes de todo el posible frente a poco más de la quinta. Sólo el caso que antes quedó apartado, por comparación con los otros observados, parece indicar cierta consecuencia entre precios de los cereales y espacio dedicado a su cultivo. A un bajo aprovechamiento del suelo con este fin, algo superior a la décima parte, correspondían los precios más bajos de la zona. Si se recurre a un cuarto factor, el tamaño de las respectivas poblaciones, también disponible, no se avanza mucho en el aislamiento tentativo de razones que permitan construir un relato plausible del comportamiento en el espacio de los mercados básicos. Sin salir del ámbito de la población moderada (poco más de 2.500 habitantes es el tamaño de la mayor y algo más de 500 el de la menor) tampoco es posible descubrir dependencia directa entre cantidad de habitantes de un lugar y los precios de sus cereales. Justo los dos casos extremos mencionados se atenían a las mismas cotizaciones medias de los cereales. Teniendo en cuenta, por lo que se refiere a los precios, que se trata de cifras groseras, depuestas por interesados, solo queda retornar al punto de partida y reconocer, aunque falten buenas razones para explicarlo, que los contemporáneos al fenómeno en la sierra del norte vivían conscientes de que en sus mercados del trigo y de la cebada regía la conexión mutua. Es lo que significa el hecho del que ha quedado constancia al principio. Si entre los precios de los mercados de la zona, tanto en los que se comerciaba con trigo como en los que cotizaba la cebada, la diferencia mayor era de la décima parte del menor, en la sierra septentrional al menos a mediados del siglo décimo octavo sus mercados habían creado ya un área estable de intercambios por encima de la dimensión local.
Cuando algo así ocurre deben existir, según enseñan los principios generales, una red de comunicaciones, un sistema de transportes y comerciantes interesados en el beneficio que proporcione colocar en otro las mercancías captadas en un lugar. Sobre la red de comunicaciones entonces hábil en la zona hace unos años fue ensayada una experiencia para recuperar sus itinerarios con resultado satisfactorio. Aunque preocupada por sus conexiones con el sistema de primer orden de la región, que localizaba su nudo en latitudes más al sur, pudo demostrar su densidad en el confín occidental y sobre todo cuál era su trazado. No había rincón del espacio regional, por lateral que fuera, que estuviera aislado, aunque sus vías, como cualquiera entonces, solo fueran transitables durante una parte del año a lomos de caballerías. Tampoco en ninguna población faltaban arrieros que sostuvieran la fracción regular del sistema de transportes, a los que se sumaban, cuando los trabajos agrícolas lo permitían, quienes disponiendo de ganado de labor apto para el transporte deseaban complementar con el comercio sus ingresos anuales. Es posible perfilar los rasgos del comerciante interesado en el grano de aquella sierra porque se han difundido pruebas de su existencia. A mediados del siglo décimo octavo el arzobispo, que cuando menos detraía para sí una cantidad algo por debajo de la sexta parte de los diezmos, prefería liquidar los de la sierra del norte cobrados en especie -precisamente los que cargaban las cosechas de los cereales con la décima parte de su volumen- en el lugar donde eran recaudados, antes que transportarlos a su sede, localizada en la capital de la región. El costo de una operación así, porque el precio del transporte, calculado por unidad itineraria, era entonces muy alto, hubiera sobrepasado la mejor compensación que pudiera permitir su venta, en las condiciones de comercio habituales en los mercados con demanda más a favor del comerciante que operaba en la región. Siendo regular esta decisión, si se recapitula se puede obtener una secuencia explicativa de la peculiaridad de aquellos mercados a poco que se inviertan los términos. Pudiendo contar las poblaciones de la zona con la salida a la venta de esta fracción del producto, su captación por quienes estuvieran interesados en su posterior expedición, que actuarían en todos los mercados locales, podrían ser los responsables directos de una primitiva homogeneidad de los precios que al final podría dar origen también a los precios medios más altos y generalizados de la región. La pendiente, que puede proponerse como responsable del incremento de los costos de la producción de las rozas, con más probabilidad pudo actuar como el estimulante al alza de los precios de transporte, al menos en el interior de la zona, que repercutió en el valor final que el grano alcanzaba en los mercados locales. Todo esto sería satisfactorio si las demandas locales, expresadas por el tamaño de sus poblaciones, fueran correspondientes al comportamiento de los precios, o si el estímulo al espacio cultivado con cereales pudiera reconocerse como obra inmediata de cualquiera de estos dos factores. Ya se sabe que los hechos no ocurrieron así. Es probable que el comportamiento del arzobispo fuera más consecuencia que causa.
La experiencia que permitió restaurar parte de la red de comunicaciones de aquellos territorios, cruzada con informes que enlazaban con decisiones estratégicas tomadas en la baja edad media, puso al descubierto la vigencia continuada de un eje de comunicaciones norte-sur, que partía del pie de la sierra septentrional para ganar en línea recta la costa, por donde se drenaba el cereal. Su captación por comerciantes, similares a los que se pueden detectar en las compraventas episcopales, tendría la ventaja, como origen de las explicaciones sobre el comportamiento de los precios, que podría dar cuenta de la reacción de todo el producto, y no sólo de la décima parte, y podría emancipar definitivamente los precios de las demandas locales, estimadas por el tamaño de las respectivas poblaciones, y de la diversa respuesta de los espacios dedicados por cada una al cultivo de los cereales. Incluso tal atracción podría explicar, con una dosis mayor de flexibilidad, una gama de iniciativas sobre el uso del suelo útil tan abierta, siendo las poblaciones a la vez modestas y divergentes en tamaño, que podía aconsejar a más de la mitad de ellas emplear en la siembra de cereales en torno a la mitad de sus espacios cultivables. Hasta las rozas, que todas practicaban, casi exclusivas de las tierras comunicadas con el eje referido, podrían ser concebidas como recurso límite, próximo al agotamiento de las posibilidades biológicas, al servicio de una atractiva economía comercial.
En el área del gran valle central, donde los precios, tomados como un todo, son más moderados que en la sierra del norte, los comportamientos mercantiles que se pueden observar por medio de las cotizaciones eran al mismo tiempo muy distintos, tanto que coincidían en el mismo espacio máximo y mínimo absolutos del trigo. Parece aconsejable, para esta parte de la geografía de los precios, antes que una explicación única, frente a la cual los datos se muestran celosamente herméticos por contradictorios, aproximaciones a los argumentos más capaces para representar buenas razones con los datos disponibles en cada situación, estrategia que puede permitir por acumulación depurar las ideas a las que se conceden las mayores posibilidades para dar cuenta de las divergencias de aquellos comportamientos de los precios de los cereales. Las esperanzas del analista pueden ser tan legítimamente ambiciosas cuanto quieran, a condición de que sepan resignarse a los medios disponibles. El desgaste, el acoso paciente, la dosificación de las fuerzas propias sin agotar nunca la reserva, que alimenta la perseverancia, no son reconocidos como grandes virtudes, las que elevan a los hombres hasta el grado de la admiración, los hace dignos de la confianza de sus semejantes, hasta el punto que lo gratifiquen con la capacidad para decidir por ellos, en héroes pueden convertirlos, cumplido todo este tránsito sin ser sorprendidos en actos indignos, a horas inapropiadas, en brazos no tan cálidos como los que tonifican el contacto cotidiano en el lecho del hogar.
Debe ser una meta moral, exigible a cualquiera, aspirar a una condición tan alta. Pero en las maniobras de aproximación actuar siempre con espíritu aventurero puede ser contradictorio, porque el precio a pagar por el esfuerzo, aun tratándose de una operación secundaria, puede equivaler al aliento. Cuando debe ser tan largo y amplio que ha de pasar por teorías de la dehesa, cálculos sobre inversiones en simiente y hasta discusiones sobre unidades métricas, aspirar a cada vuelta de página a que las ideas desfilen deslumbrantes, como el alférez al mando de su sección, el camarero que sirve en convenciones o las olas que se suceden ante la mirada átona de los veraneantes, puede ser, aún más que agotador para quien se esfuerza en maniobras con argumentos seductores, bandera bajo la cual se vayan reuniendo los desertores.
Dejar constancia de que allí donde se pagaban los precios más altos, tanto de la cebada como del trigo, para producirlos la población aprovechaba su unidad territorial sólo en una quinta parte puede ser suficiente aunque resulte modesto, porque identifica una relación inmediata entre factores que parece posible. Si disponiendo de espacio, para satisfacer el consumo de dos bienes básicos no se incrementaba su producción, fuera porque el suelo que se hubiera formado no fuera capaz o porque no se había invertido en prepararlo, los hombres se exponían a sus precios altos, porque la oferta del producto local podía quedar por debajo de la necesidad que de él hubiera. Concurría además una circunstancia que hace aún más verosímil esta afirmación. El número de habitantes del lugar donde se observan estos fenómenos era el mayor de los analizados, dentro de los límites de la encuesta, entre los de su tercio de la región. Pudiendo con legitimidad identificar tamaño de la población con dimensión de la demanda, al menos por lo que se refiere al trigo, porque su harina panificada era el alimento común, tanto más la presión de los compradores del producto local pudo estimular al alza los precios de su mercado. Solo una objeción podría oponérsele a esta cadena de sucesos que parece tan real. Se trataba de una población litoral, clase de posición para la que se reconoce una mayor capacidad para abastecerse de grano, dado que su transporte en masa entonces lo absorbía la vía marítima. Esta otra circunstancia podría explicar que sus hombres volvieran la espalda al uso agrícola del suelo, que prefirieran obtener por el comercio lo que tendrían que aguardar del cultivo, pero no que los precios fueran altos. Al contrario, la llegada de mercancía a través del mar tendría que facilitar su moderación. Pero ocurría que el lugar observado como punto de encuentro mercantil, además de localizarse a orillas del mar, era fronterizo. Por esta circunstancia su tamaño, el del mercado, crecería con la afluencia de transeúntes en busca de la oportunidad que les pudiera ofrecer situar la mercancía al otro lado de la línea, donde el valor lo medía otra moneda cuyo manejo para el cambio, porque era otra operación de compraventa, que cuando coincidía con la precedente era apodíctica, podría añadir incentivo y beneficio.
Analizar a esta escala quizás reduzca los hallazgos a las causalidades directas, distantes de la brillantez de las abstracciones, las responsables de los enunciados legales más sólidos, de eficacia apreciable; tanto más si una parte de las ideas ya argumentadas, habiendo resistido razonablemente la confrontación con los hechos, pueden ser útiles para entender lo que ocurría en otros lugares. Una pequeña población, que no disponía de mucho espacio que aprovechar, casi lo había agotado dedicándolo al cultivo de los dos cereales básicos. Tal como era presumible, sus precios, en su mercado, eran altos, en un orden de magnitud inmediato tras el mayor. Su localización lejos de la costa, en un área bien comunicada pero con una de las frecuencias más altas de lugares habitados, junto con su débil población, casi la menor absoluta, comprimía sus posibilidades de abastecimiento exterior hasta los límites que causaban el efecto observado.
Que en un lugar deshabitado hubiera un mercado de cereales parece un contrasentido, a pesar de lo cual la fuente insiste en que tal cosa ocurría. Durante décadas se discutió sobre el significado que había de atribuirse a la clasificación por este documento de un lugar como deshabitado, y no obstante lo registrara. Cuando se aplica a la región, es muy probable que el primitivo sea legal y no biológico, aunque tenga que incluir el segundo, porque, como para identificarlo en todos los casos recurre a un topónimo, siempre designará -con la misma precisión que el enunciado de unas coordenadas- la posición discreta de una célula humana. Aunque la palabra elegida para expresar la categoría de la presencia de los hombres en el espacio, que fue la voz despoblado, con el tiempo consagrada por los trabajos censales hispánicos, parece incluir una precisa historia de cada uno de tales lugares, a pesar de lo cual invariablemente hubiera concluido con la extinción de una comunidad precedente, se puede demostrar que el objeto primitivo de ese modo de enunciar fue dejar constancia de que el lugar así designado disponía de jurisdicción propia, distinta a la de todo el espacio que lo envolvía, cuando aquel no disponía de término propio y por tanto estaba incluido en otro municipio, un asunto, el del señorío jurisdiccional, que preocupaba especialmente a los promotores de aquella encuesta y que con la distorsión, a quien después la utiliza como medio para restaurar la plenitud del siglo décimo octavo, amenaza constantemente.
Para muchas unidades de explotación agropecuaria sus dueños compraron a la corona, con servicios de toda clase, tanto más útiles si habían sido vertidos al instrumento que regulaba la medida del valor, en el siglo décimo séptimo más que en épocas precedentes, la jurisdicción completa sobre ellas, lo que, si les permitía la esporádica administración de justicia, incluía habitualmente el mucho más cotidiano derecho de cerramiento, que también pudo adquirirse por separado, aunque no tuviera tan altas consecuencias institucionales, por el cual aquellas tierras quedaban exentas del costo, en modo alguno despreciable, que solía llamarse derrota de mieses, interesante para el aprovechamiento comunal de al menos los rastrojos propios. La vertiente agraria de esta composición legal obliga por tanto a impugnar el prejuicio sobre la población al que condena el sentido administrativo de la voz elegida para designar el tipo, cuyo propósito literal pudo ser que no cupieran dudas sobre la inexistencia de siervos en aquella clase de señoríos. Ya se ha reconocido, en otro lugar, que en las instalaciones que eran comunes en el sudoeste, a la descripción de cuyos atributos a mediados del siglo décimo octavo también se dirige este texto, si estaban activas tenían que sostenerse sobre un ciclo biológico humano pautado por el movimiento. No eran en ella probables los nacimientos, las defunciones eran esporádicas, pero las migraciones eran constantes; desde las llamadas pendulares, si la explotación soportaba los costos del desplazamiento cotidiano hasta el hogar estable, hasta las que el análisis clasifica, aun con las escalas contemporáneas, entre regiones. El flujo permanente de personas hasta aquellos nódulos de la población, a falta del crecimiento vegetativo, garantizaba que ninguno de estos lugares, si permanecía activo, estuviera en momento alguno despoblado. El tamaño de sus poblaciones, si bien que toda fuera transeúnte, conocía un ciclo anual cuyo máximo coincidía con la plenitud del verano, cuando la mies era segada y la parva separada del grano, actividades que consumían la mayor cantidad de trabajo del año, absoluta y en relación con el tiempo que exigían, y cuyo mínimo venía con el invierno durmiente, cuando en las instalaciones de la explotación solo tenían que asistir quienes habían cargado con la servidumbre al ganado de labor, cuya alimentación diaria era insoslayable. En algunas instalaciones rurales había días de invierno (es conocido porque se han conservado testimonios documentales que lo relatan con la debida puntualidad) tan sonámbulos que toda la actividad que en ellas hubiera podía quedar a cargo de una persona, a lo sumo auxiliada por su familia. Bajo su responsabilidad había quedado la guarda y vigilancia de la empresa, lo que en modo alguno le impedía proveer a las necesidades del ganado.
Es suficiente reconocer la existencia de este núcleo mínimo de población para aceptar que en las instalaciones rurales pudieron mantenerse mercados de cereales, imposibles sin la presencia humana. Pudieron actuar como lugares comerciales pasivos. Cualquier instalación rural servía como almacén del producto. Las denominaciones de sus espacios, subdivisiones del volumen único, porque eran funcionales demuestran que cobijaban grano. Colindantes se encontraban los pajares. Un comprador podía acudir a ella con la esperanza fundada de una oferta de grano, y con la certeza del monopolio, porque en sus coordenadas era única entre las de una escala que agotaba todo el espacio disponible en los cultivos del trigo y la cebada. Como el caso de la muestra enseña, tendría que pagar por cualquiera de los dos granos un precio relativamente alto.
En el orden siguiente, el de las poblaciones radicadas con idénticos comportamientos de los mercados, tal como expresan los mismos precios que se pagan en la explotación, el análisis debe reconocerse incapaz para elegir causas posibles que ayuden a explicarlos. Los elementos puestos a su disposición para esta experiencia –vías de comunicación, tamaño de las poblaciones (porque son, en este caso, de los mercados en potencia) y proporción del suelo dedicado por cada una al cultivo de los cereales– se muestran erráticos en los tres casos que lo representan. Solo es posible reconocer, como argumento común, que la aproximación a los comportamientos más frecuentes durante las compraventas, muy probablemente porque son por naturaleza los más gregarios, bien son de una complejidad que desborda la provisión de elementos bien tienen su origen en otro orden de razones, que podrían ser menos previsibles por más elementales. Habiendo preferido que el esfuerzo se dirigiera al aislamiento de las raíces del fenómeno, de nuevo se corre el peligro de no tomar en consideración lo que es una evidencia en la superficie. Los tres casos a los que se ha hecho referencia no estarían en la obligación de explicar variaciones de los precios en el espacio de clase alguna, puesto que son idénticos. Al contrario, son otra prueba de que entre los mercados locales podía haber conexión, de la que se encargaban comerciantes y arrieros y a cuya actividad, en este análisis, aun así no se le ha concedido papel alguno. Tampoco es inconveniente para seguir poniendo a prueba el plan previsto, que como todos los experimentos está en la obligación de consumarse ateniéndose al principio de ensayo y error. Además de la justificación de método, a su favor militan las covariaciones que es posible seguir observando.
Una población próxima al centro regional, de las que habían descargado una parte de su actividad económica sobre su abastecimiento de pan, el de la capital, aprovechando a la vez su posición y la norma que se preocupaba desde antiguo por que no faltara un suministro al que también desde siglos atrás se le había concedido un alto valor político, proporcional a los poderes concentrados en los lugares, que empleaba la mitad de su espacio en el cultivo de los cereales y que concentraba algo menos de 5.000 habitantes, un tamaño poco más que medio para los tiempo y lugar, mantenía los precios de su mercado local en una posición muy próxima a los valores centrales. Puede pensarse, con estos datos, que había conseguido un estado de equilibrio. Contando con que la molturación del grano y su panificación, así como el transporte a la capital del producto elaborado, para el que era suministro energético útil la cebada, no saldrían del dominio de la población, a la que le permitirían obtener el valor más alto de una línea productiva única, que se hubiera mantenido una reserva muy importante de espacio, gracias a un cálculo ajustado a la doble demanda, la local, importante, y la externa inmediata, de dimensiones tales que no era capaz para satisfacerla por completo, había permitido nivelar los precios del cereal de tal modo que no fueran un costo que asfixiara tan próspera industria y su comercio. La importación de granos hacia el lugar, si en su caso pudiera verificarse, aunque sería responsable de una parte de la contención de los precios, sólo reduciría el alcance de la explicación que ha sido posible imaginar con los datos usados, de total a parcial, pero no la invalidaría.
Como asimismo se pueden presentar como razón unos hechos, aunque se asemejan a los descritos precedentemente para un nivel de los precios próximo algo superior, se someten con relativa disciplina a cierta lógica. Eran los mismos para el trigo en tres poblaciones, descendientes, una unidad monetaria tras otra, para la cebada si se ordenan con el criterio del comprador optimista. Casi en el mismo orden eran descendentes los espacios que cada una de las poblaciones destinaba al cultivo de los cereales. El incremento relativo del espacio dedicado a la cebada, en el limitado campo de observación ganado gracias al descenso de su precio, tensaba las cotizaciones del trigo para mantenerlas a un nivel tonificante, para que pudieran aprovechar las demandas locales, cuyos tamaños, de las poblaciones respectivas, una vez más, en dos de los tres casos eran casi idénticos. Podrían ser buenas demostraciones de las agriculturas de los cereales sostenidas sobre el ajuste a una demanda local modesta y cerrada a consecuencia de su limitado tamaño, aunque pudieran recurrir a ejes de las comunicaciones, factor, tratando de las interiores, que parece del todo relegado cuando se desciende por debajo de cierto grado de uso del espacio. Si al cultivo de los cereales solo se le dedicaba la cuarta parte del disponible o menos, aun siendo las que tomaban tales iniciativas poblaciones de un tamaño notable, por encima de mil, los precios de los dos cereales se hundían idénticamente. De ahí que sea obligado deducir que la demanda local, porque el espacio disponible era todavía mucho, estaba satisfecha por la producción propia, y aún sería capaz para cubrir más si aquélla se incrementara.
Al contrario, el orden más bajo observado era una obra directa de las comunicaciones fluviales, un clásico del comportamiento de las variaciones de los precios del cereal en el espacio. Una población con casi dos mil habitantes a orillas del primer cauce de la región, río arriba de la capital, tenía más de la mitad de su espacio agotado por los cultivos dominantes, a pesar de lo cual el precio del trigo que en ella se comerciaba era menos de la mitad que el de donde se pagaba más, mientras que el de la cebada, en relación con el más alto, solo perdía la mitad de su valor. El grano que descendiera por el río, para alcanzar el codiciable mercado de la capital, en parte derivaría a la población para satisfacer desde fuera sus necesidades. Llegaría a una cotización tan capaz para competir, porque aún una parte de la población lo demandaría, que esta prefería aceptar el precio que finalmente fijara el mercado local antes que invertir en su producción sobre la reserva todavía disponible, así liberada para otros usos; gracias a que el transporte fluvial, rápido y al que se oponían menos barreras fiscales, cargaba el precio definitivo con unos costos muy inferiores a los que soportaba el terrestre.
Así como se identifican ciclos en el tiempo parece que los hubiera en el espacio, como si la sección transversal del valle fuera igualmente la representación simplificada del movimiento de las cosas según pasan días o meses, las horas y las vidas enteras. Porque los precios antiguos, que en las estribaciones del norte se portaban de una manera tan homogénea, una vez completada la experiencia de su paso por el valle, que los aproximaba al abismo del desorden, de nuevo ganaban una apariencia de equilibrio cuando ascendían las primeras pendientes de la alta muralla suroriental. Allí las cotizaciones más altas, que para el trigo lo eran en el mismo grado que en su par del norte, algo menos para la cebada, parecían directamente estimuladas por el tamaño de las poblaciones. La del mayor absoluto que haya entrado en el campo de observación permitido por la muestra, que reunía poco menos de 27.000 personas, localizada muy cerca del límite este de esta tercera porción del espacio regional, es también la de los precios del trigo más altos. Con la mitad de su espacio local dedicado a cultivar cereales, también parece materializar cierto equilibrio. Permite descomponer al detalle el mayor grado de diversidad en el uso del espacio agrícola cuya observación haya sido posible. Del mismo modo que cualquier división del trabajo era inevitablemente germen de mercados, la apertura de la producción agrícola a bienes distintos al cereal obligaba a quienes así decidían a convertirse en demandantes de trigo, si se atenían a las reglas de consumo alimenticio que se reconocen como habituales. La dedicación de la mitad del espacio disponible al cultivo de los cereales, porque es la cifra en torno a la cual puede reunirse un tercio de los casos de la muestra, al tiempo que cualquiera de las demás proporciones posibles significaría, para todos los analizados, frecuencias muy inferiores, representaba para aquellas agriculturas una frontera consciente, a la que decidían atenerse para de este modo desactivar en parte el alto riesgo económico cargado en la concentración en un producto, el cereal de consumo común, cuyo valor conocía fuertes oscilaciones. Podría tratarse de una frontera correspondiente al tamaño de la población que tomara una decisión así, por la vía intelectual convencionalmente llamada sistema de cultivos, si a su vez todo el espacio del que pudieran disponer sus hombres se hubiera constituido, bajo el estatuto de término, proporcionado a un número de habitantes. Está demostrado que las poblaciones de la época son estables, cuando no estacionarias, lo que añadiría verosimilitud al supuesto, y convendría a reconocer que causa directa de cierta tensión al alza de los precios, como ocurre en este caso, pudo ser un incremento positivo reciente del crecimiento de la población.
Hay otras dos, de un total de tres que inmovilizan el escalón inmediato inferior del nivel de los precios, que podrían avalar este cuadro de circunstancias. Aunque una de ellas parece haber agotado algo más su reserva de espacio, las dos, en la jerarquía de las poblaciones según tamaño, ocupan las posiciones segunda y tercera, quedándoles la frontera de los 6.000 habitantes por debajo. Dar por bueno que cierta tensión al alza de los precios del cereal, tanto mayor cuanto más grande es el tamaño de las poblaciones, es consecuencia de alguna propensión a su incremento, sostenida durante algún tiempo y simultánea a un estancamiento en el uso del espacio, es también reconocer el aislamiento relativo de las comunidades humanas que pasan por esta experiencia. A ellas no llegaría del exterior la masa de grano suficiente para contrarrestar la presión añadida a los mercados por el incremento del número de personas que alimentar. Es una razón que de nuevo puede parecer adecuada a las pendientes que tendrían que vencer las acémilas, que incrementan el precio del grano en razón directa a la cantidad de tiempo que necesitaban consumir en el esfuerzo para vencerlas. En la otra población cuyos precios eran altos este factor pudo actuar porque estaba localizada donde la sierra era más severa. Pero es más probable que fuera un sumando disuasorio absoluto, al margen de todas las decisiones. Una concentración humana moderadamente alta, como respuesta a los obstáculos al movimiento, y una aplicación al cultivo de los cereales por debajo de la cuarta parte del espacio del que dispusiera, consecuente con las dificultades para conservar el suelo que añaden las pendientes, cuya demolición obligaría a invertir cantidades fuera del alcance de los beneficios que reportan los ciclos productivos, son bastantes para explicar de manera convincente, en aquel medio, tal comportamiento del precio, como no es necesario mucho más argumento que el del sistema de transportes para dar cuenta del último comportamiento de los precios en el espacio.
El primer puerto del Mediterráneo en el litoral del sur, a solo unos 20 kilómetros del límite este de la región, se había convertido en un importante polo hacia el que fluían bienes desde el valle. Es probable que empresas de arriería consolidadas se hubieran constituido en las poblaciones que jalonaban otro de los ejes del sistema de comunicaciones meridional, que unía el centro de la región con el mencionado puerto a través del tercio de su espacio en el que ahora la atención debe concentrarse. Tres de las poblaciones de esa ruta, una parte de cuyos habitantes se declaraba dedicada de manera estable a la modalidad de comercio referida, han quedado incluidas en la muestra. Sus precios de los cereales son los más bajos de la zona, tanto para el trigo como para la cebada. El tránsito sostenido de recuas por sus calles, habitadas por comunidades de menos de 2.000 personas, permitiría que se beneficiaran de precios asequibles, aun teniendo los recursos agrícolas de sus espacios casi agotados. Una de las poblaciones había conseguido hacer compatible la dedicación de casi todo su suelo a la producción de los cereales, la mayor presión de un grupo humano sobre el espacio que permite documentar la muestra, con la bonanza de las cotizaciones, coincidencia singular.
Aún queda por mencionar un par de mercados locales, cuyos precios son en un caso casi idénticos a los que se relacionan con la primera ruta del comercio oriental, en otro solo algo más altos. Las poblaciones que nutren sus demandas eran muy similares en tamaño, poco menos de 3.000. Del uso del espacio que en una de ellas hacían no hay buena información, y del que hicieran en la otra se puede afirmar que se aproximaba al que ha quedado reconocido como comportamiento más probable, el que prefiere limitar a la mitad del espacio disponible su empleo en el cultivo de cereales. Su respectiva vecindad al primer puerto mediterráneo del sur, aunque no fueran nudos del eje de comunicaciones terrestres que conducía hasta él, permite presumir que pudieron beneficiarse también, en sus mercados de cereales, del tránsito por sus caminos de quienes estaban interesados en la actividad comercial que atrajeran las línea secundarias que llevaban al eje de la red.
Publicado: octubre 27, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
Melqart no permaneció invariable mientras fue reconocido como dios. Como le ocurre al tronco del árbol, que año tras año responde al tiempo, una vez que le ha tocado arraigarse, y lo fija, sobre su nombre fueron acumulándose los epítetos que para él sus fieles fueron imaginando, los mismos que han retenido los hechos de su historia.
Sin dejar de ser un exigente dios solar, que se crecía con la egersis, ya en plena primera mitad del milenio anterior a la era sería venerado como dios del mar, protector de las grandes empresas marítimas y del comercio de los tirios, más arrojados que los troyanos, y fundador de colonias.
Pero aunque el símbolo fuera el mismo, y para ambas hubiera de ser reconocido como dios marino, no está claro qué responsabilidad tocó en esta innovación a Tiro, la metrópoli de donde era originario, y cuál se debe atribuir a sus fecundas colonias, porque tanto las razones que aconsejaran su promoción marítima, como las consecuencias de alentarlo, serían distintas para una y las otras.
El problema incrementa su dificultad si los mitos referidos a este cambio, que siguen siendo el principal medio para conocer tan remotos tiempos, se entrecruzan con los hechos informados por las otras fuentes, mucho más parcas. Según estas, gracias a las enormes posibilidades que el comercio ofrecía, en Tiro se había formado entonces un poderoso grupo de mercaderes, con fuertes intereses en las empresas que arriesgaban en la navegación a lo largo del Mediterráneo, actividad a la que casi exclusivamente estaban dedicados.
Avanzado ya el primer milenio, aquellos pujantes hombres, para satisfacer sus ambiciosos proyectos, alentaron la idea de un gobierno de la ciudad nuevo, sostenido sobre el consenso de los comerciantes más ricos, una iniciativa que colisionaba con el principio de la Monarquía. La disyuntiva con el tiempo sería el germen de la crisis política más importante que conociera Tiro a lo largo de toda su historia. Pero lo más valioso de ella, y lo que por tanto obliga a llevar tan lejos como sea posible el análisis, es que estaba llamada a convertirse en el primer impulso en favor de la República, un arrojado proyecto que antecedería en siglos a cualquiera similar concebido en las afamadas tierras helénicas, que con tanta dificultad, desde el comienzo de los tiempos geométricos, sostenían sus penosos negocios, injustamente consagradas como sus promotoras.
La profundidad de la pionera pugna es reconocida por todos en la leyenda de la invención de la púrpura, una de las que ilustran la condición marítima de Melqart y la de mayor interés de las referidas al dios, a la que se le supone una transliteración del combate abierto entre ambas opciones.
Según la versión canónica, la amante a la que Melqart siempre se mantuvo fiel, la seductora ninfa Tyros, que lo abrumaba con exigencias que al dios agotaban, provocó el descubrimiento de la púrpura, una manufactura cuya fórmula hermética la convertiría en producto único y monopolio de la ciudad. Por efecto del vehemente deseo de la ninfa, fecundado por el ingenio del dios, a partir de tan singular obra, ya en la primera época colonial, porque sería usada para teñir el hilo con el que se bordaba la indumentaria, la púrpura sería muy estimada y pagada a buen precio.
Como la condición política está en el origen de esta divinidad, y, si se prescindiera de ella, o desapareciera ese alma, el dios mismo desaparecería, porque está escrita en su nombre, y es la razón de su existencia, no obstante la breve versión de la leyenda, de acuerdo con la premisa de la que parte la crítica se ha discutido cuál de las dos partes en conflicto pudo ser su creadora, y por tanto defensora de su proyecto político, o si pudo ser la representación del equilibrio que entre las dos fuerzas momentáneamente se alcanzara. O, si fuera elaboración posterior al momento en el que la disensión entre la nueva aristocracia de los negocios mercantiles a larga distancia y la primitiva Monarquía quedó abierto, porque la versión conocida del texto es tardía, explanación alegórica a la que se entregara algún autor posterior a los hechos, interesado en dejar constancia del triunfo de una de las partes enfrentadas.
Legítimamente, tomando a la letra sus términos, se puede pensar que la fábula fuera la expresión de una agresiva respuesta monárquica a la crisis política abierta por la ambiciosa aristocracia, que habría permitido que Melqart, que en ningún momento había abandonado su condición de señor y epónimo de Tiro, extendiera su dominio hacia la riqueza y la prosperidad que alcanzaban más allá del mar sus ciudadanos, de las que sería su principal benefactor y protector. Así se manifestaría lo que una parte de la crítica ha llamado peculiar nacionalismo religioso. Como Tiro era la metrópoli promotora, su monarquía habría convertido a Melqart en dios patrocinador del ambicioso proyecto de expansión comercial en el que la aristocracia mercantil invertía, con el deseo de imponerse sobre sus aventurados planes constitucionales.
Esta manera de pensar estaría justificada por un hecho que al mismo tiempo pondría a salvo de cualquier discusión la preeminencia que siempre Tiro mantuvo sobre sus colonias, un principio político que no admite discusión. Aun en los tiempos en los que dominó en la metrópoli la aristocracia gestada y crecida gracias al comercio exterior, en Tiro Melqart siguió siendo reconocido como señor de la ciudad, y su ascendiente sobre las colonias fue explícitamente aceptado por estas. El principio irrenunciable de su Monarquía, que allí, aun después de la crisis política de plena primera mitad del milenio anterior a la era, no se había extinguido, alcanzaría hasta la constitución de las colonias.
Otra interpretación posible, que no violenta los términos en los que se expresa la fuente legendaria, aunque es más neutra en sus términos políticos, podría ser la que reconociera que Tiro, la metrópoli personificada en ninfa, pudo conducir a Melqart a actuar como promotor de su primer producto de exportación, y a la larga como divinidad marinera, porque debía proteger las empresas de emancipación de su población. La misma riqueza que el comercio exterior estaba permitiendo habría estimulado el crecimiento biológico, al que la ciudad, justo como consecuencia de que aquel negocio se mantuviera sobre un orden aristocrático, no podía proporcionar espacio vital. El excedente de población que así se generaría, que en Tiro ya no podía sobrevivir, habría nutrido la migración colonial.
En cualquiera de los supuestos, hay razones suficientes para que una tercera interpretación deduzca que la lectura correcta de la leyenda sería que la púrpura había sido inventada por el Señor de Tiro pero por demanda de su amante ciudad. Si Melqart, Señor de la ciudad, había sido una invención del rey de Tiro, Melqart dios del mar pudo ser el uso aristocrático de aquella primitiva divinidad.
A la expansión de Melqart como divinidad marina habría contribuido no solo la primera de las ciudades fenicias, sino asimismo las demás. Por contagio de lo que ocurría en Tiro, también dedicadas pronto al comercio colonial, usaron de Melqart como dios del mar, y contribuirían a que terminara siendo reconocido como el protector del comercio y de la expansión de los fenicios en el Mediterráneo, un fenómeno muy posterior a los orígenes de la monarquía en Tiro y a la invención del dios.
Es cierto que fue en las colonias de Tiro donde, de todos los atributos y significados de Melqart, cuando en ellas recibió culto, desde el principio, por encima de cualquiera de ellos, fue apelado como divinidad marina. Pero la historia y la suerte de Melqart, a partir de cierto momento de la primera mitad del milenio anterior a la era, se nutrió de la historia y la suerte de las colonias que todos los fenicios fundaron en occidente. Hasta tal punto que se puede sostener que Melqart tutor del comercio y los mercados y protector de sus actividades económicas sería algo genuino de la colonia, y lo que en cualquier caso dio origen a un dios conocido fuera de Tiro con estos rasgos particulares. Estos significados, que encajan con el sentido que tenían las empresas fenicias, ultramarinas y comerciales, desde el origen de cada una sostenidas gracias al comercio a larga distancia, fueron más inmediatos en las colonias, ciudades preferentemente marineras, que en cualquier otra parte. En pocos lugares pudo estar tan justificado como en ellas.
Pero para descubrir el fondo político que siempre tiene que haber en Melqart, en el caso de las colonias estas explicaciones no son suficientes. Si se buscaran en los términos de la leyenda, dando por supuesto que es un relato para legitimar la ascensión de la aristocracia republicana, al mismo tiempo habría que reconocer que se pretendería reivindicando en su favor la legitimidad de un dios de fundamentos monárquicos. No sería válida esta legitimación de la esencia política del dios en el origen de las constituciones inspiradas por el comercio que sostenía la aristocracia mercantil. Sin embargo, cualquier premisa que pretenda alcanzar una explicación satisfactoria debe aceptar que, al menos en las colonias tirias de mayor rango, el vínculo entre Monarquía y Melqart fue completamente desconocido.
Así como en la ciudad primitiva Melqart era indisociable de su origen, y su antigüedad era la de la metrópoli, tal como explicaba Herodoto, y en el lugar donde tuvo su origen el dios podía tomarse por epónimo de Tiro, en el principio de cualquier colonia debió desempeñar un papel similar. Es obligado suponer que también en cada una Melqart y el régimen político que en ella fuera instituido debieron estar unidos.
Por las fábulas particulares que documentan su actuación como dios principal del comienzo de una colonia se sabe que actuó como fundador del asentamiento, creador y señor de la ciudad también en sentido literal, en cuyo caso se convertía en su patrono y protector, y por esa razón era representado con atributos humanos. Pero estos símbolos no resuelven el problema del origen de su poder en las colonias.
Si consideramos la situación original preferida para estas, la isla próxima a la costa, es fácil imaginar que su primer problema público tuvo que ser garantizar las relaciones, de manera duradera y pacífica, con las poblaciones indígenas. Al intercambio permanente y satisfactorio con ellas estaba dirigida la empresa colonial. A quienes se arriesgaban a permanecer en el extremo opuesto del mundo interesaba, por razones vitales, más que a nadie, que perpetuamente se dieran las más favorables condiciones de seguridad. El problema constitucional de los orígenes tuvo que ser dar un orden a la ciudad, entre los colonos estables, en beneficio de las mayores garantías para las relaciones con las poblaciones indígenas. No parece probable que existieran en las primitivas colonias fuerzas civiles lo bastante sólidas para garantizar cualquier clase de relaciones. El tamaño de la comunidad primitiva no haría posible contar con la fuerza como medio de imposición o de defensa, ni el desconocido y variado mundo indígena permitiría que una forma institucional importada fuese universalmente eficaz.
En esta situación, la instancia en la que todos podían confiar para acreditar sus relaciones, instancia única, podía ser la divina, idea fácil de extender y compartir, tanto entre los inmigrantes como entre los colonizados. El dios, y todo el aparato que lo rodeara, neutralizaría la desconfianza inicial de los habitantes primeros de la ciudad entre sí, cuando se asociaran para emprender un negocio; la de estos hacia los de fuera y, lo que es más importante, la de los indígenas hacia los recién llegados.
Melqart en la colonia pudo ser algo más que un dios. Allí su peso pudo ser excepcionalmente considerable. Pudo representar, más allá de lo religioso, pero bajo la protección fundamental de las creencias religiosas, papeles comerciales y civiles.
La institución que representara, entre los símbolos alegóricos de las creencias, la ciudad en las colonias, de la que sin duda el dios era la principal personificación y su símbolo, no está del todo clara. Desde luego no sería nítidamente política, porque de las de esta clase, para buena parte de ellas, en su población más antigua no hay ni rastro.
Pero he aquí una costumbre, mantenida en una antigua colonia de estirpe tiria, que parece representarla, una versión de la ordalía aplicada al comercio.
Se celebraba en el templo principal de la ciudad, dedicado a Melqart, aunque el contenido ritual del acto, su forma litúrgica precisa, no está descrito en las fuentes con la precisión deseable. Solo sabemos que tenía el aspecto de una ofrenda religiosa, y con toda probabilidad cualquier transacción comercial estaría sometida a ella. Así formalizaban las partes que se atenían en los tratos al arbitraje del dios. Su auspicio lo atraían por la ofrenda. Los bienes donados eran la escritura y la condición divina del ser supremo el derecho en el que se asentaría el convenio.
Así el templo de Melqart haría las veces de una cámara de comercio, donde propios y extraños acordarían sus compraventas, amparados por el dios tutelar del comercio y la ciudad; actuaría como garante de la buena fe de las partes, como fiel de la balanza en los litigios. En las colonias, Melqart sería el dios mercantil a cuyo cuidado quedaba la justicia de los intercambios entre las naves comerciantes y la población indígena. El templo de Melqart se ofrecería como un medio cierto de relación entre la colonia y las poblaciones previas del área, relación sobre todo comercial, por necesidad pacífica.
Tal pudo ser el germen de la republicana constitución colonial, primera de las de esta clase.
No obstante, todos los argumentos que aducen cualquiera de las interpretaciones de las leyendas, tanto la de la púrpura como las que aluden a la fundación de las colonias, son lo bastante frágiles como para no concederle a ninguno todo el crédito, y solo con estos medios tomar una decisión sobre este momento crucial del origen de la República. Para dilucidar, una pista mucho más sólida sobre tan importante tránsito la crítica la ha encontrado en el mito de Elisa.
Publicado: octubre 20, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |
Gastón Barea
1. En el último tercio del siglo IV, mientras Alejandro asediaba Tiro, sus habitantes creyeron llegada la ocasión para renovar los ritos purificadores que habían heredado de los fundadores de la ciudad, cuya memoria no se había perdido.
Había el rey de Macedonia atacado y sometido las principales ciudades fenicias, y Tiro, también por su obra, sufría un prolongado cerco. Durante el asedio, para evitar las humillaciones de la toma, embajadores de los cercados se dirigieron al sitiador para que les informara sobre qué debían hacer con el fin de protegerla. Alejandro les respondió que su propósito era celebrar un sacrificio a Heracles en el primer templo de Melqart, el que en tiempos remotos había sido levantado en Tiro.
Oída por la asamblea de los tirios la pretensión de quien estrechaba el cerco, su propósito le resultó inaceptable y a él se opuso con el arrojo que solo los desesperados arrostran. Probablemente fue argumentado por algunos que sería el ultraje de un lugar sagrado, y con seguridad hubo quien así lo interpretó. Pero estando próximo el fin de la libertad, esta objeción, dictada por un inútil exceso de orgullo, sería superflua. A la asamblea de los tirios le pareció inaceptable el propósito de Alejandro porque, siendo Melqart símbolo de la autonomía de la ciudad y de su independencia, sobre todo de su identidad, aquella exigencia podía tomarse por un insulto. Pretendía hacer algo que solo al rey de la ciudad correspondía. En Tiro era el rey, personalmente o por medio de otros, como el clero de Melqart, quien ordenaba y regía toda la vida de la ciudad, incluida la religiosa. El sitiador lo sabría. Su propósito, pues, era decididamente político.
En tan crítico estado, como airada respuesta a la soberbia de Alejandro, algunos de sus habitantes propusieron la inmolación en el fuego de un niño de condición libre, en honor del viejo dios de los exigentes sacrificios. Sin la oposición de los ancianos, cuyo consejo era decisivo en todos los asuntos públicos, el plan se impuso sobre otras consideraciones menos severas, y fue consumado.
Pero fue completada la conquista, y la ciudad sufrió una dura sumisión. El cerco había costado la muerte a miles de tirios y la ocupación convirtió en esclavos a los supervivientes. De aquellos trágicos sucesos solo salieron indemnes quienes se habían acogido al templo de Melqart.
Más adelante, entre fines del siglo IV o principios del III, la recuperación de la antigua costumbre se vio favorecida por la difusión del hábito de prometerle al exigente dios la consagración de un hijo en holocausto, aunque no para el beneficio público, sino cuando para su vida privada los agraciados por este derecho deseaban que les concediera un favor o correspondiera a un voto. De este modo, el viejo rito consiguió extenderse aún más y ser más frecuente que nunca en Tiro.
2. Mientras tanto, en occidente, el rescate de los principios rituales del sacrificio, que de modo tan portentoso había sido avalado décadas antes, debió conferirle tanto prestigio que entre fines del siglo IV y principios del III en Cartago, para la piedad común, fue recuperado lo que antes había sido espurio o extraordinario. Los ciudadanos, con su insistente reiteración del hábito, instituyeron el sacrificio de sus descendientes como una transacción. Al viejo dios que exigía víctimas infantiles, sin que hubiera de mediar alguna circunstancia excepcional, le proponían la concesión de uno de sus hijos cuando de él querían obtener algún beneficio.
Con esta manera de proceder pudo abrirse la puerta para que actuaran de la misma manera todos, al margen de los derechos políticos que los distinguieran y los autorizaran. En consecuencia, renunciando a uno de sus descendientes, a lo mismo todos aspiraron. En el sangriento intercambio la iniciativa debía corresponder al proponente de la compensación, mientras que al dios era reservado el papel de inmaculado benefactor pasivo. Si una transacción de aquella clase era propuesta por quien esperaba granjearse alguna ventaja a costa de sus hijos, bastaba con que acudiera al lugar donde debió permanecer la escultura en bronce del dios. Ante ella el sacrificio se consumaba según estaba prescrito.
Aprovechando el ímpetu de la corriente que le era favorable, la ceremonia consiguió expandirse aún más. Aparte cuanto la iniciativa de las familias esperara de la renuncia a uno de sus descendientes, la autoridad pública adquirió el compromiso de sortear cada año, entre las casas que por razón de estirpe estaban obligadas a la ofrenda, el sacrificio de dos de sus hijos que ya hubieran alcanzado la juventud.
De aquella decisión se alimentó la intriga política. En el tiempo comprendido entre las dos guerras con los romanos, Hannón, que competía con Aníbal por los más altos poderes magistrales de Cartago, hizo cuanto estuvo a su alcance para que sobre su oponente recayera la obligación de entregar al sacrificio a uno de sus hijos. Los designados por sus vínculos de sangre serían confiados a templos que las fuentes no precisan, los mismos que serían cómplices de la consumación del acto; aunque es más probable que, cuando creyeran llegado el instante, los encargados de la ejecución acudirían ante la abrumadora estatua de bronce.
Fue así como el primer estado republicano contribuyó a sostener aquel rito y a que fuera corroborada la idea de que actuar de aquel modo era inevitable. Por estos actos cualquier amenaza pública era conjurada; con ellos, cuando las inevitables ofensas de los hombres causaban la ira de los dioses, se tenía garantizada su misericordia. Entre los habitantes de la ciudad se había extendido la convicción de que la ofrenda de los descendientes era el pago que en concepto de rescate los hombres tenían que hacer a los dioses, que para con ellos se conducían de manera vengativa cuando sus actos no les satisfacían. Así habían sido alentadas las fórmulas espontáneas de consumación de la renuncia, y al dios que tenía acreditada aquella exigencia fueron ofrendadas víctimas infantiles en altares distintos al levantado ante la gigantesca representación en bronce del poderoso dios, profusión de lugares sagrados donde aquel rito podría alcanzar el grado más alto de intensidad.
3. Entre los siglos IV y II, sobre todo durante el III y el II, y es probable que hasta más tarde, un rápido proceso democratizador abrió a todos los cartagineses el rito del sacrificio de niños. Pudo extenderse de la misma forma que los atributos políticos de la personas cambiaron con la extinción de la Monarquía y la consolidación del sistema aristocrático que llamamos República. Curiosamente, la libertad acrecentada al final significaría que cualquiera, o poco menos, podía matar a sus hijos, a condición de que el acto quedara encubierto por el sacrificio que hasta entonces era ofrendado a Melqart.
Era aún comienzos del siglo II cuando todavía en Cartago se mantenía, si no todo lo que las circunstancias de fines del siglo IV habían provocado, lo esencial de los hábitos adquiridos. Los descendientes de las familias, que ahora precisamente debían ser varones, eran sacrificados. Según una corriente interpretativa, aquel acto había dejado de ser patrimonio de una divinidad, antes se consumaba en honor de todo el panteón. Durante el siglo III se habría extendido la idea de que con los sacrificios panteístas se atendía una demanda que todos los dioses hacían.
No todos los indicios disponibles permiten opinar del mismo modo, mientras que sí es indiscutible que reiteró la tradición el comportamiento de la mujer de Asdrúbal el último día de Cartago, primavera del año 146 antes de la era. Tan infausto día, ante los ojos de Escipión, habría decidido arrojarse a las llamas, en vista del trágico final que se avecinaba tanto para la ciudad como para sus responsables. La insistencia de los textos en estos hechos revela el propósito de significar que estas costumbres fueron mantenidas mientras la ciudad conservó su independencia.
4. La historia del sacrificio de niños concluyó una de sus fases a mediados del siglo II, a consecuencia de la conquista y destrucción de Cartago por los romanos.
Que la cultura cartaginesa quedara bajo el control de Roma tuvo, entre otros efectos civilizadores, aparte el arrasamiento de la ciudad, que terminara la celebración política de aquel rito antiguo. Los legados de la república latina, tras los hechos bélicos que decidieron el futuro del Mediterráneo para el resto de la antigüedad, dictaron a la nueva Cartago la prohibición de los viejos sacrificios, conscientes de que así minaban el consenso de su sistema.
Con aquella habría ocurrido lo que con tantas imposiciones. Aunque los nuevos responsables del gobierno de la ciudad se esforzaran en perseguir el hábito adquirido, los sacrificios al dios que los requería continuaron celebrándose, incluso sin ocultarse de quienes tendrían que haberlos castigado. Los devotos que los frecuentaban solo se tomaron la molestia de cambiar el lugar donde preferían consumarlos, aquel en el que la afamada estatua de bronce estuvo durante siglos erigida. El sitio al que la ceremonia decidió trasladarse fue un templo, lo que le otorgaría reserva y, en concesión recíproca, tolerancia de la nueva autoridad. La zona quedó marcada con árboles plantados en un jardín, en los cuales los fieles que a él acudían colgaban los testimonios de los votos que a la divinidad a la que se entregaban hacían.
Y aún pasó algún tiempo antes de que las cosas dejaran de suceder de este modo.
Cuando, casi coincidiendo con el cambio de era, Tiberio ejerció el proconsulado, siendo aún Octavio el emperador, actuó de manera mucho más decidida contra aquellos hábitos. Ordenó detener a los sacerdotes que ostentaran la máxima autoridad de aquella iglesia cada vez que un sacrificio de este tipo fuera celebrado. Gracias a uno de los pocos testimonios directos que sobre aquellas prácticas están a nuestra disposición, proporcionado por los soldados que actuaron siguiendo las órdenes del procónsul, sabemos que se procedió, cuando algunos de los sacerdotes celebrantes incurrieron en la circunstancia prevista por el legislador romano, con el mayor rigor, y fueron sentenciados a la crucifixión. Los mismos árboles que en el templo servían para que los fieles prendieran los objetos que representaban sus votos, para ellos fueron utilizados como cruces. De sus ramas fueron suspendidos vivos, aunque ninguna de las noticias disponibles permite afirmar que allí quedaran expuestos hasta que sus vidas terminaran.
El escarmiento no fue suficiente para provocar el efecto deseado por el nuevo poder, o al menos no tuvo eficacia definitiva. Más adelante, el propio Tiberio, ya emperador, y aun otros de los que le sucedieron, por castigar la contumacia en lo que ya la ley romana calificaba como crimen; por perseguir con la mayor severidad a quienes en él perseveraban, o simplemente por persuadirlos atemorizándolos, decidieron instituir la pena de muerte para los padres cartagineses que voluntariamente entregaran a sus descendientes, aún niños, para que fueran sacrificados.
Tampoco tan drástica decisión bastó para erradicar las convicciones sobre la eficacia de las antiguas prácticas y acabar con ellas. Los ritos del sacrificio infantil, aunque finalizarían en el templo en el que se habían refugiado, tras la persecución y castigo de sus sacerdotes, continuaron celebrándose. Para protegerlos de la policía criminal romana se practicaron de forma secreta en algún lugar reservado, y gracias a que eran disimulados pudieron continuar por más tiempo.
Como consecuencia, sobre sus características la información que podemos seguir empieza a ser frágil. Refiriéndose a pleno siglo I de nuestra era, algunos textos hablan ya de manera imprecisa. Unos simplemente identifican como víctima humana el objeto de cierto sacrificio que todavía en Cartago tenía lugar, y otros, que hacen afirmaciones más comprometidas, no dejan de añadir una referencia genérica al sacrificio humano como práctica arraigada entre los cartagineses. Se propondrían invitar al lector a que comparara las referidas con prácticas similares, igualmente frecuentadas en otras culturas, que para entonces también, porque ya hubieran sido difundidas sus noticias escritas, se habrían convertido en un asunto de obligada mención por los autores cuando trataban esta materia.
No obstante, es posible saber que en el transcurso de aquel siglo, en Cartago, el objeto ofrecido durante el peculiar sacrificio que se acostumbraba celebrar era precisamente un niño pequeño, y que sus destinatarios, según la práctica entonces lo autoriza, y tal como ocurriera en los momentos más próximos a los tiempos romanos, serían unos indeterminados dioses, a quienes se intentaría satisfacer con aquellas ofrendas. Y, como también nos enseñó la última versión del procedimiento, el sacrificio aún se celebraba sobre altares. Además, para que el rito que sobre ellos se desplegaba fuera correcto, era necesario mantenerlos alimentados con el fuego destinado a consumarlo.
Igualmente, aún se mantenía un principio que en la época de expansión del sacrificio infantil se había promovido desde el estado. El deber de cumplir con las obligaciones contraídas por quienes tenían depositada su confianza en aquella manera de actuar era sorteado cada año. El objeto preciso del sorteo eran los jóvenes de las familias, si bien no sabemos con exactitud en qué número preciso, ni entre qué estirpes eran seleccionados. Ni siquiera nuestros medios de información aclaran si en esta nueva fase el sorteo estuvo restringido a ciudadanos. Sometidas las instituciones de la Cartago independiente a la autoridad de quien había sido su principal competidor en occidente, los antiguos derechos, si no extinguidos, tendrían vigencia secundaria, de modo que la representación de las diferencias mediante un rito exclusivo tendría una relevancia muy limitada. Si además las actividades que las hacían visibles estaban perseguidas, sus fieles habrían quedado efectivamente reducidos por primera vez a una sociedad de iguales, dentro de la cual sería innecesario discriminar.
5. Para lo sucesivo, la información sobre la fortuna de la política romana en materia de sacrificios infantiles se extingue, así como la referida a las iniciativas legales conducentes a erradicar las antiguas costumbres. Ningún silencio puede ser admitido como indicio de que la convicción de los administradores romanos, y la fuerza que las ideas políticas proporcionan, decayeran.
Frente a este silencio, nuestros textos se esfuerzan por reiterar las afirmaciones a favor de la supervivencia del hábito cruento. Tomándolos como referencia, se puede admitir que a fines del siglo II todavía continuaba, de manera indiscriminada, entre quienes vivían en Cartago, la práctica de un sacrificio que se consideraba sagrado, que seguía celebrándose en secreto, cuyas víctimas eran niños pequeños; aún se consumaba en honor de un dios determinado, el mismo que había sido su destinatario desde que tuviera su origen, y que tal hábito había permanecido en la región, aun estando bajo control romano, porque procedía de los tiempos en los que la hegemonía sobre aquel territorio correspondía a la ciudad independiente.
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