Amiano Marcelino

Apeles Ernesto

Oriental de nacimiento, gracias a que su patria era griega pudo utilizar el latín como un objeto, con la misma destreza que el orfebre repuja las hojas de los metales, ya diestro en el manejo de los medios adquiridos durante su aprendizaje. La independencia entre las palabras de su identidad y las que utilizaba para el relato le permitieron manipular la expresión con la destreza de un entallador.

En la parte conservada de su obra, la materia primera para el texto, como ya hicieron los creadores del género, la toma de su experiencia militar. Campañas, guerras o intrigas alrededor del príncipe son, como para sus predecesores, sus mejores asuntos. Hasta la peste que paraliza los combates, feliz tópico de Tucídides, luego replicado por Lucrecio, fue uno de sus temas.

Pero la unidad de su relato no es el resultado de una introspección que le haya permitido crear un discurso exculpatorio. Es un atributo externo garantizado por la sucesión de los hechos, la forma más asequible y segura de ganar la complacencia de cualquier lector del género; quien, partícipe por herencia de las mismas reglas de composición, concede el curso del tiempo como un impulso natural, para el que no es necesaria justificación, de los hechos historiográficos. Quien actúa así delega en la secuencia biológica, inexorable, la causa de la cadena de los comportamientos, sin que se crea obligado a presentar prueba alguna a favor de estas razones.

Juliano, el césar de occidente, luego emperador, protagoniza el relato que se ha conservado. A decir del texto, adornaba sus acciones con elegantes palabras. Así el narrador, que mueve todas sus secuencias como las ruedas, que al desplazar los vehículos no parece que acusen el rozamiento, sobre combinaciones de ingenios textuales encadenadas.

El recurso de procedimiento común al relato consiste en superponer planos, como el pintor que crea un paisaje. Sobre el fondo va disponiendo personajes secundarios, mientras reserva los lugares centrales a los protagonistas. Las oraciones principales son las que ejecutan las posiciones precedentes, y toda la clase de las subordinadas, injertadas con limpieza en aquellas, va creando los sucesivos planos y la profundidad. La nobleza de la narración la garantizan las longitudes de los periodos.

Cuál sea el procedimiento de la historiografía lo explica de la siguiente forma. Una vez narrados en orden y con todo el esmero posible los hechos sucedidos hasta una época inmediata a la actual, no es conveniente adentrarse en asuntos demasiado cercanos, porque así se evitan los peligros que crea decir la verdad, recurso obligado de esta clase de relatos. Descontado que al escribir historia hay que ser totalmente sincero, es compatible con los discursos atribuidos y la reiterada recreación de combates, cuyas múltiples variantes pretende compensar la monotonía del que el autor ha elegido como asunto primero, las acciones bélicas lideradas por los emperadores. En discursos y documentos se puede servir del testimonio apócrifo para ganar en veracidad, tal como el canon antiguo tenía aceptado, y en los excursos geográficos puede insertar breves relatos exóticos, no siempre depurados de elementos fabulosos, al estilo de Herodoto.

Alejándose del presente, el autor elude soportar después las duras críticas de los que examinen los detalles de su obra. Unos, tal vez la descalifiquen por haberles perjudicado, en caso de que hubiera mencionado lo que dijo el protagonista en una cena. Otros, por no explicar la causa por la que unos soldados fueron castigados ante las insignias, o por no ser conveniente que, en la extensa descripción de una zona, se omitiera alguna explicación acerca de unas fortificaciones insignificantes; aquellos porque no se han expresado los nombres de todos los que se habían reunido para presentar sus respetos ante el pretor de la ciudad. Y así otras muchas supuestas faltas, de las que juzgarían que no se atenían a unas supuestas leyes de la historiografía.

Al contrario, el género debe aplicarse a narrar hechos esenciales, y no a escudriñar minucias y acciones insignificantes. Si alguien quisiera conocer eso, es como si pretendiera contar los pequeños corpúsculos que flotan en el vacío, que entre los griegos reciben el nombre de átomos.

Suplica a sus futuros lectores, si es que los tuviera alguna vez, que no le exijan narrar con exactitud lo sucedido, o especificar el número de los muertos, una tarea totalmente imposible. Bastante sería con no ocultar la verdad con mentira alguna y narrar los hechos más importantes.


Jefté

Gastón Barea

He aquí las consecuencias que los cultos a dioses distintos a Yavé trajeron para el sucesor de Yaír, el valiente guerrero Jefté, también galaadita, hijo de una prostituta; aun después de que hubiera venido sobre él el espíritu de Yavé, hubiera recorrido Galaad y Manasés, y pasado por Mispá de Galaad.

Estando ante los ammonitas hizo el siguiente voto a Yavé:

–Si entregas en mis manos a los ammonitas, el primero que salga por las puertas de mi casa a mi encuentro, cuando vuelva victorioso de los ammonitas, será para Yavé y lo ofreceré en holocausto.

Era dueño Jefté de un buen número de esclavos, y cuando hizo aquel voto, sin que pensara del todo en lo que decía, convencido estaba de que un esclavo sería la encarnación de su ofrenda.

Fue Jefté al encuentro de los ammonitas, los atacó y Yavé los puso en sus manos. Los derrotó desde Aroer hasta cerca de Minnit, en total veinte ciudades, y hasta Abel Keramim. Completa fue la derrota y humillados resultaron los ammonitas ante los hijos de Israel.

Volvió radiante Jefté a Mispá, su casa, y cuando a ella se acercaba he aquí que su hija salió a su encuentro, bailando al son de las panderetas, también llena de júbilo, sabedora ya de la victoria conseguida por su padre. Era su única hija; fuera de ella no tenía hijo ni hija alguna.

Al verla, Jefté rasgó sus vestiduras y gritó:

–¡Ay, hija mía! ¡Me has destrozado! ¿Habías de ser tú la causa de mi desgracia? Abrí la boca ante Yavé y no puedo volverme atrás.

Ella le respondió:

–Padre mío, has abierto tu boca ante Yavé. Haz conmigo lo que salió de tu boca, ya que Yavé te ha concedido vengarte de tus enemigos los ammonitas.

Cuando supo cuál había sido el voto de su padre, la hija de Jefté le dijo:

–Que se me conceda esta gracia. Déjame dos meses para ir a vagar por las montañas y llorar con mis compañeras mi virginidad –porque la joven no había conocido varón y quedar sin descendencia era una desgracia y una deshonra para cualquier mujer hebrea.

Consintió su padre en lo que le pedía y la dejó marchar dos meses, sin que su potestad la vigilara, ciego a la vista de sus tratos. Fue con sus compañeras y estuvo llorando su virginidad por los montes, mundo de satíricos pastores. Al cabo de los dos meses volvió junto a su padre, sin que hubiera conocido varón, y él cumplió en ella el voto que había hecho.

Se hizo así costumbre que las hebreas fueran a lamentarse con cánticos cuatro días cada año por la hija de Jefté el galaadita.

Hay quien colige de esta historia, sin que en el texto lo permita de inmediato, que Jefté en realidad habría ofrecido a Yavé quemar a su hija en su honor, a cambio de la victoria sobre sus enemigos, y que de cualquier modo el holocausto fue la forma del sacrificio. También, con algo más de verosimilitud –porque concluye juzgando por el caso, que así es tomado por ejemplo–, que en el tiempo de los Jueces, antes de una batalla, la ofrenda en sacrificio a Yavé de los hijos de los combatientes era habitual. Sin embargo, hay quien cree que cuando Jefté sacrificó a su propia hija el hecho se narró como algo extraordinario y horrible.


Campañas

Antón Fagasta

Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.

Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.

Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.

La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.

El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.

Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.

Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.

El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.

La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.

Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.

El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.

Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.

Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.

Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.

Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.

Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.

Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.

Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:

–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.

–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´

“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.

“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´

“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.

El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.

Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.

A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.

Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.

Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.

Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.

Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?

Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?

Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?

Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.

Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.


Política para una crisis

Bartolomé Desmoulins

Aún no había terminado marzo –tres meses antes de la sazón del grano– y la pérdida de la cosecha de cereales ya se daba por segura. Al error en el pronóstico no le quedaba demasiado margen. Sentado por el procedimiento que la sementera tenía que seguir a las lluvias del otoño, como estas habían faltado durante el precedente buena parte de la superficie prevista para el cultivo quedaría sin sembrar. La consecuencia, por completo previsible, sería una bajísima producción, aun cuando el tiempo actuara a favor de quienes sobrepasando los prejuicios hubieran aventurado la inversión de su grano semental en la tierra.

Dos consecuencias, que asimismo podían preverse, tendría una decisión como esta. La primera en el tiempo, que propagaría el beneficio de la caída del producto hasta donde hubiera población, porque el alimento universal era el trigo, el desabastecimiento de los mercados locales del pan. La segunda, que comprometía el futuro del orden productivo que se nutría del estado crítico al que podía llevar la falta de cosecha, urgente cuando el ciclo retornara al otoño, la falta de simiente para la siguiente inversión, que permitiría la necesaria recuperación de las explotaciones a los costos menores.

Puede evaluarse el alcance económico de una previsión como la primera, o caída del producto agrícola en perspectiva, tomando como criterio el costo mínimo del trabajo, que a consecuencia de la alta concurrencia de los oferentes capaces para dispensarlo equivaldría a la alimentación diaria de un varón adulto. En la región vivían entonces unas 725.000 personas. Si su composición por edades fuera la que registra el más prestigioso de los censos del siglo (32 % jóvenes, quizás algo más; 54 % adultos y 14 % ancianos, tal vez algo menos) y a la vez se da por bueno que un adulto, para reponer la energía que sostenía su actividad, necesitaba consumir un par de libras de pan de trigo al día; así como que a cualquiera de los otros elementos al margen de la plenitud biológica le bastaría con la mitad, el inexorable consumo de trigo en el sur puede estimarse en la nada despreciable cifra de casi 14.000 fanegas (13.956,25 exactamente) cada día. Aun aceptando, solo por obtener una cifra indicativa, que todo este volumen fuera comercializado a la tasa, o precio máximo legal entonces vigente, de 28 reales de vellón, probabilidad inferior de las posibles, eso supondría como mínimo una benefactora lluvia diaria de 390.775 reales; un valor superior al que obtendrían como renta de su trabajo, para la misma unidad de tiempo, 100.000 personas que se emplearan como trabajadores asalariados en la agricultura de los cereales, casi tres vigésimos de toda la población. Como hasta la cosecha siguiente quedaba más de un año, el volumen de negocio posible se podría estimar en torno a los 150 millones de reales contables. Si además se tuviera en cuenta la alimentación del ganado de labor, igualmente comprometida por la caída de la producción de la cebada, el otro cereal regularmente cultivado, el volumen del negocio previsible evidentemente habría que recalcularlo al alza.

Estas oportunidades de negocio se jugaban en primavera porque era entonces cuando se creaban, en modo alguno porque fueran una consecuencia espontánea. Las administraciones de la época, con el mejor criterio, no se demoraban en ponerse al servicio de un futuro tan próximo y tan excelente, conscientes de que tendrían que afrontar un problema colateral. La caída de la producción, porque era al mismo tiempo caída de todas las rentas, para propagar el beneficio potencial necesitaba importantes recursos financieros. Aun admitiendo que la mayor parte del gasto estimado pudiera nutrirse del autoconsumo, que en la región, como es regular, convivía con una economía de los cereales que había consolidado la producción para el mercado, los recursos necesarios para una operación de esta envergadura todavía superarían la capacidad de inversión de cualquier iniciativa. Los problemas tras el horizonte quedaban para otro día. Los responsables políticos más altos sus preocupaciones inmediatas no las dirigían hacia la captación de fondos, un asunto que no podían descuidar del todo. Con excelentes previsión y sentido del orden, primero se concentraron en regular los mercados de manera que permitieran la magna operación comercial.

Los máximos gestores de la política interior actuantes fueron tanto los cuadros del consejo de Castilla como los directores de rentas provinciales, integrados en el consejo de Hacienda, quienes seguían las órdenes del marqués de la Ensenada. Aunque en la forma la iniciativa parece que correspondió al consejo de Castilla, los hombres del marqués, que actuaban en consecuencia de las primeras decisiones, se perfilan como los responsables remotos de las órdenes que se cursaban a las autoridades regionales y locales. Así se deduce de la primera decisión del gobierno relacionada con el negocio que se estaba gestando en el sur, que fue tomada el 17 de marzo en Madrid por los directores generales de rentas provinciales, el sistema de recaudación, entonces en fase expansiva, de la porción más importante de los ingresos correspondientes a la hacienda real.

A consecuencia de la cortedad de las cosechas que se padecía en la zona -así se hablaba ya a mediados de marzo-, resolvieron decretar la prohibición de extraer todo tipo de granos y semillas de los cuatro reinos del mediodía. Pero, al tiempo que anulaban la conexión de la economía meridional con el exterior por la vía de salida, decidieron no restringir ni la de entrada ni la circulación interna. Al contrario, ampliaron el marco legal de la importación y ordenaron que cereales y legumbres que llegaran al confín austral de la península, bien procedentes de los dominios de la corona bien de los extranjeros, por mar o por tierra, quedaran libres de todos los derechos que gravaban el tráfico, incluidos alcabala y cientos de las primeras ventas. Gestores al mismo tiempo de los ingresos de la corona, pusieron cuidado en especificar que esta exención debía entenderse como una medida transitoria.

El control de la monarquía hispánica sobre la balanza comercial del grano siempre se había pretendido muy estricto. Algunos de los teóricos creían que era una de las materias más graves y delicadas de cuantas concurrían en el gobierno económico, y que por esa razón estaba justificado que su dirección fuera una responsabilidad del consejo de Castilla. Fuera o no consecuencia de tan graves reflexiones, la iniciativa pública centró su interés en conseguir que el grano fuera barato y por tanto el pan que se elaboraba con él.

Esperaba conseguir ambos objetivos ateniéndose al principio de autarquía, que se ejecutaba en primer lugar prohibiendo la exportación de los granos. En pleno siglo décimo sexto, para los territorios del sur, el código vigente prohibía sacar de sus reinos cereales y legumbres, e incluso prescribía con más exactitud que de ellos no saliera grano por vía marítima, en especial del área suroccidental. Además, para evitar la dependencia del exterior en un suministro tan estratégico, le parecía necesario el trasvase de los excedentes de unos territorios a otros. También entonces, igualmente refiriéndose a las tierras del suroeste, el mismo código había establecido que no pudiera prohibirse la salida de pan ni otros productos alimenticios de ninguna población, estuviera en realengo o en señorío, si el propósito era llevarlos de una a otra sin salir de la región.

Pero el comercio interior, parte decisiva de la estrategia autárquica, se enfrentaba a importantes límites. Los más significados eran, por un lado, las leyes contra acaparadores, revendedores y especuladores y, por otro, los privilegios a favor de ferias y mercados.

Aquellas habían impuesto que el único comercio legal fuera el de los trajineros o recueros, nombres que indistintamente les eran adjudicados a los comerciantes al por menor o finales. Con la primera denominación se hacía referencia al movimiento, mientras que la segunda tomaba por característico de la actividad el medio de transporte más sencillo de los utilizados por quienes a ella se dedicaban, los animales que con la mercancía a sus lomos se desplazaban agregados en recuas o manadas. Los arrendadores de rentas, mercaderes capaces para movilizar enormes cantidades de grano, durante la primera mitad del siglo décimo sexto tuvieron prohibido el comercio del cereal que por aquel procedimiento adquirían, y cuando ya en la segunda mitad del mismo siglo fueron autorizados a comerciar con su grano debieron someterse a la tasa. Sin embargo, cualquier grado de sucesivas operaciones comerciales o reventa, se mantuvo prohibida por la ley, exclusión perseguida con más facilidad dentro de las poblaciones. Las ordenanzas locales reiteraban ufanas la prohibición de comprar cereal para volver a venderlo en ella.

Para regular el funcionamiento de los mercados también se intervino restringiendo, aunque una parte de esta política se propusiera adelantarse a las necesidades. Al principio del reinado del emperador Carlos, aún activa la sedición de las Comunidades, se legisló por primera vez la posibilidad de comprar grano por adelantado. Se pagaba al precio vigente en la población de compra durante los treinta días que la fiesta de Santa María de septiembre dividía en dos periodos de quince, fechas del ciclo estacional en las que los precios habitualmente estaban bajos. Buscando favorecer la demanda, en realidad quedaron legalizados los que se consideraron buenos momentos para captar grano barato, si el objetivo era almacenarlos, y financiar la empresa, por parte de quien la hubiera acometido. La consecuencia sería que durante el resto del año los mercados locales sobrevivirían en estado de letargo y propendiendo los precios a subir.

Siendo estas las premisas de la autarquía hispánica, ya en la época hubo quien pensó que si lograra sus dos objetivos, que a un tiempo fueran baratos el grano y el pan con él elaborado, se daría origen a un ciclo que terminaría siendo perjudicial al fin público que se perseguía. Mientras que las restricciones a la participación en el comercio del grano disuadirían a quienes podían aportar contingentes mayores, a pesar de que su concurrencia a los mercados provocaría el efecto de la caída de los precios, y reducirían progresivamente la concurrencia de quienes tenían limitada su capacidad de financiación al débil tráfico de mercancía que podían sostener, aunque la adquisición del grano a un precio asequible pudiera limitar los costos de la panadería, la vigencia de precios bajos también para el producto elaborado asimismo reduciría el atractivo de esta industria. La retracción de las inversiones que efectivamente se habría impuesto en el sector, que una parte de los observadores supieron adjudicar explícitamente a la prohibición de exportar y a los límites al comercio interior, fue que efectivamente, a pesar de la presión de la demanda, la expansión del cultivo matriz fue limitada.

Las condiciones cambiaron algo entre 1651 y 1756. Durante aquel siglo ya todos los interesados pudieron practicar legalmente el comercio interior de cereales. Sin embargo, la circulación interior del grano se mantuvo limitada por la decisión de exigir licencias de saca o exportación, controladas por sus guías y tornaguías, filtros solo justificables porque podían ser utilizados como medios con los que generar ingresos a las haciendas. Para evitar que los derechos reales fueran defraudados, cualquiera que extrajera de su población mercancía para su venta iba provisto de su correspondiente guía. Si conseguía venderla debía traerla consigo la vuelta, lo que permitiría cobrar los derechos debidos. Solo a partir de 1756 desapareció esta obligación legal.

En cuanto al comercio exterior, aunque siguió estando prohibido, órdenes circunstanciales modificaron transitoriamente la rigidez de la norma consolidada. Por una instrucción a los intendentes, de 4 de julio de 1718, quedó regulada la exportación parcial de las cosechas de granos desde los territorios de la monarquía hispánica, durante los años de abundancia y bajo la supervisión de la administración central. Para asegurar la correcta ejecución de esta política, se organizó un sistema de información por quincenas del estado de las cosechas, los precios de los principales frutos, el valor estimado de las siguientes recolecciones, los volúmenes de grano que se preveían necesarios para el consumo y los remanentes que podrían quedar para la exportación. Su efecto fue que durante la primera mitad del siglo esporádicamente, según convenía a la recuperación o a la contención de los precios, el gobierno central abrió las fronteras de la península al comercio de granos.

En pleno siglo la teoría ya aceptaba que la exportación de granos bajo control estimulaba el cultivo de los cereales, e indirectamente era un medio de abundancia, así como de lucha contra la escasez de los años de caída de la producción. También la opinión que se había ido formando en el continente era favorable al estímulo de la libertad de comercio, y expresamente a la exportación, sobre todo porque entre los productores se aspiraba a una recuperación de los precios de los cereales, en caída desde el siglo anterior, un mal que durante la primera mitad del décimo octavo había contagiado a toda la economía del continente.

En Inglaterra los precios de los cereales no se habían comportado de manera distinta, pero su política para combatir su caída se había convertido ya en un modelo. Consistía en ajustarse cada año a lo que el producto permitiera. Si había generado excedente sobre la demanda interior, desde mediados del siglo anterior, el de sus revoluciones y guerras civiles, se subvencionaba la exportación de cereales, un incentivo que se prolongó durante toda la primera mitad del décimo octavo. Regularmente se primaba la exportación de trigo con dos reales y medio de plata por fanega, siempre que el precio no excediera cierto límite, una señal de alarma que automáticamente bloqueaba la salida del grano, y así evitar carestías injustificables y desabastecimiento en el interior. Así se conseguía a un tiempo dar una lucrativa salida al excedente los años de alta producción, combatir la caída de los precios consecuente a la abundancia de la oferta y por tanto acelerar la recuperación del sistema productivo de los cereales.

Los incentivos a la exportación efectivamente favorecieron la tensión al alza de los precios de manera estable y se convirtieron en los fundamentos de las que, ya a principios del siglo décimo noveno, serían conocidas como corn laws, aunque el estímulo a la sobreproducción, según pasaron los años, también había tenidos efectos contagiosos en otro sentido. Habitualmente las exportaciones inglesas de cereales fueron suficientes para saturar el mercado internacional. Las economías receptoras de sus agresivas exportaciones tendieron a reaccionar protegiéndose. En el área cantábrica, en 1750, se decidió que el cereal importado incurriera en la obligación de venderse en solo treinta y seis horas, a precio de coste. Se justificaba la decisión por la necesidad de mitigar la escasez en sus mercados. La consecuencia fue que los comerciantes se retrajeron de intervenir y los barcos ingleses, cargados con el cereal, prefirieron retirarse del litoral antes que confiarse a una venta al por menor.

El indudable éxito para la balanza comercial del grano inglés, aunque circunstancialmente tuviera que hacer frente a imprevistos, hizo que este modelo fuera deseado por las administraciones continentales. Sería Francia la siguiente que permitiría la exportación de cereales. Dada la verificada interconexión entre los mercados, la iniciativa francesa indujo a Inglaterra a prohibir circunstancialmente la exportación, decisión a partir de la cual los movimientos tácticos se impusieron en las políticas interventoras de la balanza comercial del grano en todo el continente, que evolucionaron a contradictorias y erráticas. Pero eso no impidió que a mediados del siglo décimo octavo el modelo de origen inglés inspirara al responsable de la hacienda castellana.

La premisa que entonces alentaba su política comercial era que la libertad de comercio del cereal panificable podía resolver al menos los problemas de desabastecimiento. En opinión de una parte de sus coterráneos, extender la libertad del comercio del trigo específicamente al sur, dada la capacidad de sus explotaciones, abría la posibilidad de sacar por sus puertos todo el que se produjera en la región, con destino al extranjero o a los otros nudos litorales de la península. Creían, prolongando miméticamente los principios del modelo británico, que el efecto de tal política sería el alza constante de su precio, y que solo cuando fuera muy alto dentro de los límites de aquel espacio evitaría por sí mismo que el trigo se exportara.

Es necesario reconocer que aquella política, que los acontecimientos de mediados del siglo décimo octavo permitieron aplicar, tuvo efectos expansivos. Los hechos vendrían a darle cierta razón. Antes de 1750 la caída del precio de los granos había provocado una disminución notable del número de los labradores. Como consecuencia de la expansión económica de la agricultura del cereal, obra del alza de los precios, posterior a 1750, ocurrió que faltaron tierras y sobraron labradores. Los acontecimientos de 1750, como crearon la primera oportunidad para la política de libertad de comercio de grano, fueron un impulso para la economía del cereal. Por tanto, el objetivo de la libertad de comercio sería el incremento de los precios en el mercado regional, para expandir el beneficio cuanto fuera posible.

No obstante, examinadas de cerca, las decisiones del 17 de marzo sobre movimiento de granos podían, a la vez que aproximarse al procedimiento que estaba extendiéndose por el continente, parecer conservadoras. La receta que aplicaban, en modo alguno a la vanguardia de las iniciativas europeas, respondía fielmente a los principios de la política comercial consolidada, que se concentraba en la intervención de la balanza, fuera por medios directos o por la vía fiscal.

Además de las guías y las posturas, gravaban tradicionalmente el intercambio de grano la alcabala y sus cientos. El destinado a la venta entraba en las poblaciones por puntos determinados precisamente para obligar a su pago. No estaban sujetos a él el destinado al consumo personal y el del pósito, y existían medios para eludir legalmente estas obligaciones fiscales. Una forma común de inversión del beneficio que proporcionaba la agricultura de los cereales al pequeño labrador, una vez atesorado como patrimonio, fue la creación de una capellanía. Con ello no solo trataba de inmovilizar un patrimonio. También pretendía conducir la venta de sus productos para eludir la alcabala, porque los frutos de las capellanías estaban exentos de su pago. Teniendo creada esta fundación y un hijo como responsable de ella, era utilizada para vender como fruto de la misma todo el producto que obtuvieran tanto las tierras de la capellanía del hijo como las explotaciones que sostuviera el padre, y en particular su labor, con lo que su renta bruta anual podía escapar sin dificultad al pago de las alcabalas.

Pero estas fundaciones, siendo muy populares, solo estaban al alcance de una parte mínima de la población rural, aquella que había conseguido retener como ahorro una parte de sus rentas. Como la traída desde el exterior de los cereales tampoco estaba obligada al pago de las alcabalas, con seguridad tenía efectos mucho más visibles sobre el ciclo económico estimular su importación, mediante las suspensión temporal de las obligaciones fiscales de frontera que convinieran, que para esta dirección del comercio exterior estaban reguladas por el arancel.

La fiscalidad del comercio del grano había sido utilizada, siguiendo una pauta habitual, como un instrumento inductor de su comercio. Cuando las cosechas eran escasas y el precio del cereal subía mucho se podían liberar del pago de cualquier clase de impuestos las transacciones de trigo y cebada durante un año. Que el 17 de marzo se optara por relajar solo la fiscalidad interior, y limitar la decisión a las primeras transacciones, podría significar que en aquel momento la situación que se pretendía corregir aún no se juzgaba lo bastante alentadora. (Algunas semanas después fue necesario salir al paso de posibles abusos de esta decisión de choque.) Hay quien opina que aquella decisión del gobierno central, eximiendo de los impuestos sobre el primer comercio los cereales conducidos a la región, tanto desde los mercados interiores como importados, fue solo una reacción inmediata a la baja cosecha del año anterior, y no a la previsible falta de producto durante el verano siguiente. Aun quedaba por explotar, si se mantenía la fidelidad al modelo inglés, la posibilidad de subvencionar directamente la importación de cereales.

Durante los días inmediatos al 17, los máximos responsables de la corona en política interior todavía se revelaron explícitos promotores de la parte de las fórmulas liberalizadoras que estaba a su alcance. El 31 de marzo el gobernador del consejo de Castilla formalizó unas instrucciones que se apresuró en difundir, tanto que consta que ya habían llegado a las poblaciones de la región el 7 de abril siguiente. Empezaban por reiterar la desgravación de los cereales importados. Muy de antemano –decía– ha concedido la piedad del rey el considerable alivio de libertar absolutamente de todos los derechos de rentas generales de cientos y alcabalas de las primeras ventas de granos de los que entren y se conduzcan de dentro y fuera del reino, cuyas reales órdenes se hallan comunicadas a los puertos y demás partes. Con esta primera medida, recordaba el consejo de Castilla, se trataba de conseguir los precios más bajos posibles para el grano. Pero para evitar, aun así, que reaccionaran de manera inversa, creía que debían utilizarse simultáneamente otros dos instrumentos, abolir la tasa y evitar los registros. De ambas decisiones esperaba consecuencias precisas en la misma dirección.

El corazón de la política comercial aplicada a los cereales había sido la tasa, o precio máximo legal, fijado por última vez en 1699 para el trigo, la cebada y el centeno. Pero durante décadas se había experimentado que la del trigo provocaba que se vendiera como mercancía de contrabando, y que en las transacciones efectivas raramente fuera respetada. En opinión del gobernador del consejo de Castilla, a mediados del siglo desde el que observamos los comportamientos la tasa solo ocasionaba la ocultación y el retraimiento de los granos, mientras que si se evitara se conseguiría su emergencia, y por consiguiente la mayor abundancia para su concurrencia. Conforme a la voluntad real, por lo que se refería a los reinos del sur a partir de aquel 31 de marzo debía disimularse y ser tolerado el exceso de los precios del grano sobre la tasa, porque se esperaba que espontáneamente la arreglara, e incluso la disminuyera, la abundancia que facilitaba la libertad, como decían que se había experimentado en otras ocasiones cuando se había consentido el disimulado permiso de los precios. De este modo, al menos transitoriamente, quedaba abolida de derecho la tasa de los granos en el sur, aunque lo cierto era que para entonces ya había perdido toda su eficacia real.

Pero la tasa, en términos legales, era una red de obligaciones entrecruzadas. Las normas que restringían el comercio del grano a los trajineros o recueros en su momento fueron una parte de la misma legislación, asimismo destinada a contribuir a que la vigencia del precio máximo fuera efectiva. Acopios, registros y requisas del grano eran otra parte de la misma política de intervención, igualmente procedimientos consecuentes a su aplicación. Quien registrara previamente los granos que poseía quedaba autorizado para su movimiento legal, siempre que fuera justificado como aprovisionamiento propio. Pero el registro tenía un efecto legal derivado. Los granos que se hubieran declarado, en caso de necesidad, podían ser requisados al precio de la tasa. Por tanto el procedimiento, que inmediatamente tenía efectos inmovilizadores, podía alcanzar hasta la incautación de todo el grano almacenado por cualquiera de sus poseedores. Así había ocurrido en 1737, cuando la administración central decidió que el registro general de trigo y cebada entonces ordenado tuviera como consecuencia que todo lo que se encontrara quedara embargado y en depósito para la sementera, con prohibición de que se amasara. Por eso, inevitablemente las declaraciones obligatorias de grano a las que daban origen estas operaciones solían ser fraudulentas.

Tomando su justificación de este hecho, el gobernador del consejo de Castilla no creía oportunos los registros. Además de que en aquel momento, para verificarlos, no se reconocía que existiera aquella necesidad que podía hacer conveniente el uso de este medio, que a su parecer siempre surtía poco o ningún efecto, el motivo de practicarlos desaparecería por completo. Como era la tasa la que ocasionaba la ocultación de granos, habiéndose decidido suspenderla se conseguiría su manifestación, y por consiguiente su mayor abundancia. La libertad del precio alejaba mucho cualquier razón para ocultar los cereales y retraerlos a la circulación. En su opinión, en síntesis, la tasa causaba almacenamiento y la libertad lo evitaba. Decidía pues que debían excusarse en todos los pueblos todos los acopios y registros, a excepción de los casos en los que hubiera particulares motivos para practicarlos. Como era habitual, la excepción no dejaría de ser aprovechada para, a pesar de lo decidido, recurrir a ellos.

Con estas premisas, la iniciativa del 31 de marzo se concentró en la circulación terrestre o fluvial de los granos dentro de los límites de los reinos del sur. Observada desde esta posición la evolución de las decisiones, la anterior, la del 17, parece la primera pieza de un orden meditado y que apuntaba en la dirección deseada para la satisfacción del modelo en boga. La mayor libertad posible en la circulación de los granos dentro de la región se concebía como medio principal para conseguir el objetivo de un comportamiento satisfactorio de los precios. En consecuencia, el gobernador del consejo de Castilla, en aquella misma carta del 31, declaró solemnemente la libertad de circulación de los granos.

Una decisión como esta le obligó a aclarar precisamente, al mismo tiempo, que se excluía la posibilidad de retracto, otro recurso de política comercial, en este caso de aplicación en el ámbito local, que asimismo podía completarse con la incautación. Cuando faltaba grano en una población, si esta se encontraba en una ruta comercial activa, la autoridad local, por miedo a la protesta, podía requisar el que transitara con destino a otros mercados y ejercer sobre él derecho de tanteo. La autoridad municipal también tenía el mismo derecho sobre las ventas a plazo, y todavía estaba en vigor una ley que reconocía a los municipios la posibilidad de incautarse de la mitad del grano almacenado en la población por los arrendadores de rentas en especie, pagándolo al precio implícito en las condiciones del arrendamiento.

Según la decisión del 31 de marzo, cuando se llevaran efectivamente vendidos los granos que se encargaran, en los pueblos por donde transitaran los arrieros que los condujeran no podrían retenerlos ni tantearlos con el pretexto de no estar abastecidos. El derecho de retención y tanteo sobre el producto cereal solo lo podría practicar cada población por lo que se refiriera a sus frutos y a las cosechas de su respectivo territorio. El gobernador del consejo de Castilla declaraba, en consecuencia, la libertad de circulación pública de cereales. Para que también contribuyera a moderar los precios el más libre comercio y tráfico de los granos, podrían las ciudades y los pueblos de los reinos del sur conducir, de los lugares donde lo encontraran, sin necesidad de acudir por licencia para ellos, los granos que estimaran necesarios para la manutención de sus vecinos.

No obstante, pretendía que la libertad de la circulación interna de los granos fuera compatible con la más estricta prohibición de las exportaciones. Una vez más el legislador ejecutivo prohibía absolutamente la exportación de cereales. Al tiempo que optaba por la libertad para el mercado interior, renovaba de manera inequívoca las órdenes que en todos los tiempos se habían dado para prohibir la exportación de cereales fuera de los reinos del sur.

En síntesis, las órdenes del gobernador del consejo de Castilla sobre la circulación de los granos mandaban que a estos no se les diera precio fijo, sino que se vendieran a lo que el tiempo diere; que no se impidiera el tránsito de los granos de un pueblo a otro, para que mutuamente se socorrieran; que no era conveniente que se hicieran registros de granos por varias razones; que, siendo justo el derecho de tanteo que cada pueblo tenía a los frutos cogidos en su territorio, pagándolos en contado, no lo era ni se debía permitir que los que de fuera parte se condujeran de unos pueblos a otros se detuvieran ni entorpecieran en los tránsitos, porque los que estuvieran distantes perecerían.

Las decisiones del 31 de marzo trazaron en lo fundamental las líneas políticas que en la administración central inspiraron todas las decisiones que a partir de este momento pretendieron salir al paso de la crisis de producto. En los meses inmediatos, cuando se jugarían las posibilidades del negocio, poco más se decidió en materia de regulación del marco estatal para el comercio interior de los cereales. Tan solo el 7 de abril, por la administración central, de nuevo coordinados los consejos de Castilla y de Hacienda, fueron precisados los límites de la política liberalizadora. La dirección de rentas provinciales comunicó que el marqués de la Ensenada, en aviso de aquel día, le había advertido sobre la siguiente circunstancia. La franquicia de derechos concedida a los que condujeran granos a los cuatro reinos del sur, desde fuera de los reinos de España o desde otras provincias, sus habitantes querían extenderla a los que interiormente comerciaran o retuvieran. Se aclaraba que este no era el sentido de la decisión. De actuar de este modo, se frustraría el objetivo de que tuvieran beneficio los que surtían en condiciones de carestía, al tiempo que los codiciosos que guardaban los granos se emplearían a fondo, aprovechándose de los derechos concedidos, sin que por eso llegaran a venderlos más baratos. En este concepto deberían darse las órdenes correspondientes a su cumplimiento.

A esto quedó limitada la intervención de la administración central durante aquella primavera. A partir de entonces dejó a su suerte la aventura del beneficio que pudiera proporcionar la previsible caída de la producción. Prefirió no inmiscuirse en negocios cuyos límites prefirió no conocer.


Lugares altos

Gastón Barea

El valle del pequeño río Quisón, que desemboca en el Mediterráneo al sur de la bahía de Haifa, penetra desde el noroeste hacia el sudeste en dirección al indomable eje de Palestina, el río Jordán, que es capaz de sobrevivir teniendo privada la posibilidad de rendir sus aguas a un mar solidario, para que comparta con él el inagotable circuito de la existencia al que están condenados los seres en ocasiones líquidos, en otras sólidos y en las más evanescentes gaseosos. Los observadores más favorables a la presencia estable de los egipcios en la zona señalan que por allí pasaba la ruta principal de las comunicaciones entre Egipto y Siria. Los ejércitos o las caravanas que, subiendo desde el delta del Nilo, bordearan la costa al aproximarse a este estratégico lugar tendrían que utilizar uno de los cuatro pasos que franqueaban la cadena del Carmelo, alto muro alzado al sur del valle del río Quisón e imponente masa que se les cruzaba en el camino. Fue para guardar aquellos pasos que fueron edificadas cuatro fortalezas, una de las cuales la levantada en Megido, centro vital de la población que allí permaneció por siglos. La ruta que pasara por aquel lugar sería decisiva, porque, a decir de una antigua noticia egipcia, “la toma de Megido equivale a la toma de mil ciudades”.

Todas estas valiosas referencias están en exceso elaboradas con la forma de la leyenda, y solo por ellas es difícil precisar la fecha de los testimonios que seguro incluyen y que así parecen coincidentes.

Al margen de relatos indefinibles en el tiempo, la Megido arqueológica, para la primera mitad del segundo milenio ha proporcionado también valiosos indicios que podrán ser relacionados con el principio de la República. A nuestro juicio, el de mayor interés es la primera prueba material de un lugar alto, denominación de un tipo de arquitectura que por ahora resulta algo imprecisa pero que más adelante se verá que, al menos literalmente, es por tópica tan extraordinariamente fecunda como apropiada. El hecho material es un asombroso monumento milagrosamente conservado aún en pie en su localización original, un enorme altar o plataforma de planta ovalada, de unos seis metros de diámetro, hecho de piedras sin labrar y al que se llegaba subiendo unos escalones. En la época en que fue construido, que según estiman los arqueólogos fue principios del segundo milenio, aunque alguno de ellos cree que pudo ser hecho algunos siglos antes, lo que sin embargo parece excesivo, debió ser ya un lugar alto porque el conjunto fue elevado sobre la cumbre de un montículo.

En el emplazamiento de este sobre elevado altar también fue edificado un complejo de templos cuyo origen no es fácil precisar en relación con el lugar alto, si anterior, simultáneo o posterior. Pero con seguridad tanto altar como templos se mantuvieron en uso, si bien con algunos ajustes, hasta fines del segundo milenio.

De nuevo la fuente sagrada es el mejor medio para dilucidar lo que la arqueología no permite resolver. La explicación más comprometida sostiene que, cuando el Texto menciona lo que denomina un lugar alto, quiere decir que en determinado sitio hay un edificio levantado sobre una meseta. Altos y templos sobre podio serían en las tierras de Palestina hechos asociados. Como argumento a favor de esta interpretación se presenta el caso de Petra, la sorprendente capital de los nabateos, pueblo establecido en el país de Edom, llamado Idumea en el tiempo al que ahora nos referimos, donde algunos restos han sido identificados como un lugar alto. El sitio donde se encuentran está marcado con obeliscos y cerca de él hay un altar con cuernos en alto relieve, del mismo tipo exento que puede verse en Megido o Luxor.

La mayor parte de la llamativa arquitectura excavada de Petra fue hecha en torno al reinado del conocido Herodes el Grande, cuyo tiempo se puede delimitar entre el par de siglos a un lado y al otro de la era. De esta época es el ejemplar mencionado. Si bien resultaría anacrónico, para algunos no es por eso menos significativo, pues se supone una demostración física y fehaciente de los lugares de culto que con reiteración señalan los textos sagrados.

Sin despreciar esta prueba, para llegar a conclusiones más satisfactorias sería más valioso presentar las arqueológicas procedentes del territorio de nuestro interés, y para momentos incluidos en la primera mitad del primer milenio, lugar y tiempo para los que no faltan medios de documentación de esta clase. Ninguna ha sido presentada hasta el momento que se atenga a esta idea de lugar alto. De haber sido localizada alguna, no habría dejado de ser referida. El silencio, que nunca es una demostración, en este caso no está desprovisto de significado. Se opone también a esta interpretación un dato llamativo y que no puede ser ignorado. Con enorme frecuencia los protagonistas de las historias del Texto donde aparecen los altos los derriban, lo que no parece que pueda ser probable si realmente se trataba de edificios.

Sí ha podido coleccionarse en esta región otra clase de testimonios arqueológicos de enorme valor, porque la crítica ha terminado admitiéndolos como prueba directa de los que el Texto llama lugares altos. Se trata de obras artificiales construidas en forma de montículo cónico, de poco menos de dos metros de altura y con un diámetro que adquirió, según los casos, una longitud comprendida entre siete y veinte metros. El rasgo topográfico más característico de estas construcciones es que eran levantadas precisamente en los valles, lugares en los que podían hacerse visibles. La cronología en la que pueden ser encuadradas abarca desde fines del segundo milenio hasta los tiempos de la cautividad.

Junto a esta, ha sido abierta otra vía de interpretación por quienes se atienen con rigor al procedimiento filológico. Toma como argumento la palabra empleada por el Texto para expresar reiteradamente la idea de lugar alto y admiten un significado también literal para la expresión. No todo el mundo lee de la misma manera, y por tanto también las interpretaciones derivadas de las diversas lecturas difieren, aunque entre sí no de manera tan radical como en relación con las otras interpretaciones. Por esta vía la exégesis nos lleva a evidencias más satisfactorias.

En la mayor parte de los pasos del texto en los que aparece la expresión, el lugar alto es identificado con la palabra hebrea bamah, cuya forma plural es bamot. Según la línea de interpretación más rigurosa, bamah habría que leerla literalmente como lugar alto. Recurriendo a las descripciones y referencias a las que los pasos del Texto donde se hace uso de estas palabras están habitualmente asociadas, de su lectura habrían derivado primero la más elaborada idea de que lugar alto es una elevación utilizada normalmente como recinto para el culto, así como la fecunda serie de sus amplificaciones, elaboradas con la intención de hacer más comprensible una expresión que, por su insistente rigidez, no deja de parecer hermética: los lugares altos serían áreas que por lo común estarían situadas en la cima de alguna colina, aunque no siempre; con la expresión lugar alto se haría referencia a que los santuarios generalmente estaban situados en alturas; los lugares altos serían lugares de culto, normalmente asociados a las cumbres de los montes; lo que para ciertas creencias tenía valor sagrado era toda clase de colinas elevadas y la cima de todos los montes.

Hay quien opina que en realidad bamah y bamot, independientemente de su respectivo sentido literal, son palabras con las que en origen en el Texto sus autores quieren distinguir todos los santuarios, con la excepción del templo de Jerusalén, fueran fieles a la religión de Yavé o no, e independientemente de su situación topográfica o de su organización arquitectónica. Este modo de leer no parece por completo ajeno al anterior, con cuyas formas derivadas o de mayor sentido evocador con facilidad conecta.

Al parecer, elaborada por los propios autores bíblicos la idea de lugar alto como sede de un culto con más o menos rasgos formales y litúrgicos, y consolidado en este sentido su uso, más adelante se recurrió a ella sin atenerse a su inicial raíz etimológica, y en el propio texto sagrado fue empleada con la orientación eufemística que antes adelantábamos. Quien mejor representa esta manera de actuar es Jeremías, autor del último momento, quien prefiere recurrir, para referirse a aquellos lugares, a la palabra hebrea sepayîm, que significa propiamente alturas peladas.

De manera similar, aunque con una intención teológica más ambiciosa, habría actuado Ezequiel, quien elabora un rico eufemismo a base de un adornado juego de palabras, procedimiento de amplificación del sentido original de las palabras aprendido de la lengua egipcia. Ezequiel, en sus construcciones alusivas a estos sitios, juega simultáneamente con dos palabras hebreas parónimas, habbamah, que es la forma que en este momento puede significar lugar alto, y habba`im, que significa frecuentar. Asociando a la primera la segunda, que puede evocar depravación o vicio, se sugiere una calificación despectiva para el lugar de culto. Luego eran mentira los altos, la barahúnda de los montes, concluye de manera rotunda.

Algún intérprete, guiado por la más generosa de las intenciones conciliadoras, al tiempo que acepta que la suplantación de términos está recomendada por una reorientación del propósito teológico de quien la hace, está convencido de que este modo de designar los lugares altos se inspiró en la imagen de las colinas yermas de Judá. El origen escrito de esta ecléctica manera de actuar estaría en el capítulo 4 de Oseas, cuya referencia a toda colina alta se convirtió en la designación clásica de los lugares altos.

La opinión más arriesgada, que ve en las bamot unos santuarios rudimentarios, situados en la cima de las colinas y con unas plataformas artificiales, sobre las que hay un edificio levantado, no parece corresponder a la realidad. Sí parece muy probable que los lugares altos fueran efectivamente colinas y montes, ya naturales ya construidos a iniciativa de los devotos, quienes los consideraban manifestación de un hecho trascendente. Estas explicaciones se pueden aceptar como una realidad porque el monte primitivamente estaba asociado a la divinidad en Mesopotamia, un sentido que en los mitos supervivientes en Canaán prolonga la montaña santa. También de los dioses de Moab se dice que recibían culto en altos.

Esta clase de santuario fue admitida como legítima en los primeros tiempos de la Monarquía hebrea, e incluso, según una parte de los analistas, fue originalmente la más apropiada para ofrecer sacrificios a Yavé. Entonces el culto en los lugares altos era dedicado a este dios, y probablemente durante mucho tiempo siguió siéndolo, al menos nominalmente. Por esa razón al principio los lugares altos no serían condenados por los guardianes de la ortodoxia de la religión de los hebreos.

Más tarde, a ellos quedaría asociado el culto a los dioses que procedían de la cultura ugarítica, sobre todos Baal. A partir de entonces, el lugar alto, para la religión del dios único, empezó a ser manifestación de santuario ajeno y abiertamente opuesto al templo de Jerusalén. Aunque no todos eran heterodoxos en este sentido, tendían a la asimilación de los ritos característicos de las creencias vigentes en las tierras ocupadas por los hebreos desde antes de su llegada, con las que seguían conviviendo, especialmente en el caso de que tales santuarios hubieran sido lugares de culto antes de que los hebreos los usaran como propios. A pesar de los sucesivos esfuerzos de centralización del culto, en especial bajo Ezequías y Josías, los lugares altos habrían persistido y seguirían siendo numerosos durante el reinado de los primeros reyes, y no desaparecieron definitivamente hasta el final de la Monarquía. Por esto, y porque eran una fuerte tentación de sincretismo, los profetas se opusieron enérgicamente a los cultos que en ellos se celebraban.

Nada de esto significa que la obra de mampostería a la que se llama templo no hubiera sido admitida entre los hebreos como marca adecuada para significar el lugar sagrado. El templo también era una manifestación religiosa vigente en el área de Palestina que vinieron a ocupar los hebreos, y familiar a la cultura semítica.

El que allí se había consolidado tenía algunas peculiaridades. Construido en medio de un recinto sagrado, rodeado de patios o atrios, el edificio era la casa del dios, como Bethel demuestra de manera expresiva, porque bethel significa casa de dios, su residencia o mishkan. Su estatua se alzaba en un lugar retirado, poco accesible a los devotos. Si además se trataba de una divinidad de rango elevado, podía disponer en aquel recinto de su propio trono.

El templo estaba levantado para el bienestar de todos los dioses, a quienes allí recibía el titular, así como para el de los hombres, cuyas aspiraciones, en el lugar central del complejo, debía colmar. Con las ofrendas que le traían los fieles, que podían tener la seguridad de presentarse allí ante él porque en aquel lugar serían bien recibidos, y de él obtendrían sus favores, el dios ofrecía banquetes tanto a los demás dioses como a los hombres. Para este fin en el templo había también mesas de ofrendas, reservas de agua y bosquecillos sagrados, símbolos de la fecundidad que el dios concedía a sus fieles. Siguiendo el ritmo de los años y las estaciones, en el templo se sucedían liturgias con las que toda la comunidad honraba al dios local esperando sus favores.

Los lugares altos disponían de señales que permitían identificarlos como sitios sagrados. Las más específicas eran las estelas, cuyas clases conocidas por la escritura son dos, aserá y masebá. La palabra hebrea aserah, ashera, `asera o, definitivamente castellanizada, aserá, en singular, y en plural asherim, asherot o aserot, que no solo se documenta con mucha frecuencia en el Texto, tanto en su forma singular como en la plural, sino también en la epigrafía extrabíblica, de procedencia arqueológica, designa un cipo o poste sagrado.

Las aserás estaban hechas de madera porque, sobre los testimonios que así lo indican, una forma de condenarlas, a la que recurren los autores sagrados, es invitar a su destrucción quemándolas. En su forma más común serían un simple tronco sin desbastar, aunque podían ser erigidas con otro aspecto. Una estaca, un poste liso o tallado, una pértiga o incluso una cruz podían ser aserás. También era posible que todo un árbol vivo fuera una forma adecuada para representarla.

Cualquier árbol podía cumplir con este papel a condición únicamente de que se mostrara en buen estado. A toda suerte de árboles frondosos y a todo árbol verde se refieren con insistencia las Escrituras como seres vegetales con capacidad para representar lo mismo que la aserá manipulada. Por la mención expresa que de ellas hace el Texto se puede afirmar que determinadas especies estaban asociadas a este fin.

Los terebintos son los citados con más frecuencia, e incluso llega a señalarse algún ejemplar específico que estuvo cargado de todo el valor de lo sagrado. Del santuario que hubo en Siquem dedicado a Baal se dice que en él se levantaba el llamado terebinto de Moré, apellido del impar Beny. Las propiedades aromáticas de esta planta, porque como los pinos exhala esencia de trementina, son suficientes para admitir que le valieran una opinión favorable y le fuera concedida una condición superior. Una parte de los exegetas, convencidos de que el terebinto es en exceso poético, prefiere pensar que el árbol de Moré era una encina. A favor de esta manera de argumentar está que en el Texto, en otras ocasiones, se admite por igualmente válida, como manifestación del mismo hecho sagrado, cualquier encina frondosa. En algún lugar se menciona además el chopo como árbol útil al fin con el que cumplen las estelas de madera.

Aparte otras propiedades, las tres especies que la escritura cita precisamente son valoradas por una misma razón. Es buena su sombra. Lo que les confiere estima no es distinto a lo que permite que sirva al mismo destino todo árbol frondoso o todo árbol verde. Así retornaríamos al principio de que cualquier árbol que se manifieste vigoroso puede valer para cumplir con esta representación. Además, el Texto, en cierto paso, pone al descubierto una redundancia en modo alguno insignificante. Junto a los árboles frondosos, sobre los oteros altos, podía haber aserás. Luego el árbol vigoroso y las aserás no vivas eran compatibles.

Nunca estuvo claro entre los autores sagrados que Aserá y Astarté fueran divinidades distintas, y el nombre de Astarté en hebreo es Astarot o Astoret. Ambos serían los principales motivos para que en las escrituras se creara cierta confusión en el recurso a todas estas palabras. Para ellas parece que terminó fijado que Aserá era la divinidad que representaba la fecundidad, y que con su mismo nombre debía ser conocida aquella modalidad de estela, porque la aserá actuaba como símbolo de la diosa de la fecundidad de los cultos de raíz ugarítica, la consorte de Baal o representación del principio femenino, a cuya presencia aludía directamente. Porque era objeto de culto estaba erigida en los santuarios donde la mencionada diosa era reconocida por sus devotos.

La palabra hebrea para denominar la otra modalidad de estela sagrada es massebah o massebâ, procedente de la raíz nsb, elevar, erigir. Por lo que dicen las fuentes, se deduce que era de piedra y probablemente tenía la forma de una pilastra. Para los cultos a la fecundidad simbolizaba el principio masculino y, por tanto, representaba la divinidad de este sexo. Actuaba como objeto digno de reconocimiento litúrgico y también como memorial o monumento. Tal como ocurrió con las aserás, por influencia de las prácticas religiosas que les antecedieron, las estelas sagradas de piedra igualmente fueron erigidas por los hebreos.

El Texto habla asimismo de cipos y estelas solares, o cipos y estelas del sol, expresiones que se podrían aceptar como otra forma de referirse a las massebot. La expresa referencia al sol hace pensar en un elemento litúrgico relacionado con otras creencias. El resto de la serie de formas que el Texto califica como idolátricas, que más adelante analizamos, permite llevar más lejos este primer indicio.

Además de los testimonios escritos, cualquiera de estos objetos está documentado por la arqueología. Los ejemplares más destacados proceden de recintos destinados al culto en Guézer, ciudad de Palestina, y en la antigua Biblos, y también han sido encontrados muchos en el templo de Arad. Se trata de betilos o postes que presentan formas que van desde una semejanza natural con un tronco de árbol, alisado por la exposición a la intemperie, hasta la figura de un obelisco en piedra. Un detalle que proporciona la documentación material, que no consta por la vía literaria, es que el obelisco de piedra fue trasladado a una versión en metal.

A veces las estelas presentan toscas indicaciones de rasgos humanos, faciales o fálicos. Más frecuente es que carezcan de forma, más aún en el caso de las asherim, en las que no se documentan los rasgos sexuales de las populares figuritas palestinas. Tienden a ser afinadas y largas, aproximadamente rectangulares, aunque de perfil no del todo regular. Aparecen ordenadas en hilera, aunque es aún más llamativa su rigurosa verticalidad, rasgo común a las asherim y las massebot. La datación arqueológica permite concluir que objetos de este tipo fueron visibles en Palestina desde el siglo décimo al sexto.

En el mundo hebreo antiguo las estelas podían cumplir diferentes funciones. Podían representar a un personaje o a un grupo humano, conmemorar un acontecimiento o ser el testigo de un compromiso contraído. De los lugares de culto que los hebreos encontraron activos en Canaán cuando llegaron, tomaron otro uso, la representación de la divinidad. Símbolos de vida y fecundidad, las estelas fueron durante mucho tiempo elementos característicos de los sitios donde se mantenía determinado culto, de la misma manera que venían siéndolo de los santuarios de las tierras que ocuparon. De ahí vino a suceder que los santuarios hebreos igualmente adoptaran las estelas para representar ciertos significados del hecho divino. Para los analistas, de haberse procedido así, no debe caber duda alguna de que se pretendía representar o señalar la presencia de Yavé de manera no figurada.

Es probable que entre los hebreos se mantuviera con este significado primitivo, durante un tiempo, con la mayor naturalidad. A tal grado de aceptación pudo llegar el uso simbólico de las estelas entre ellos que es posible que las columnas del templo de Jerusalén, Yakín y Boaz, fueran de esta clase. Además, casi seguro que la aserá estaba presente en el mismísimo templo de Jerusalén en los tiempos de Asá, comprendidos entre fines del siglo décimo y el primer tercio del noveno, y su presencia en aquel lugar se menciona en tiempos de Manasés y durante la reforma de Josías.

Sobre el origen del culto a la fecundidad por los hebreos pocas dudas caben. Es el resultado de su incorporación a la vida sedentaria y a la práctica de la agricultura. De manera algo hermética, el Texto descubre que el hábito de levantar estelas está relacionado con las más sencillas creencias sobre el comportamiento reproductivo de la naturaleza. Cuanto mejor era su tierra, mejores hacía las estelas, dice. Habida cuenta que las estelas son parte del culto a la fecundidad, una afirmación como esta permite suponer que aquel quedó al cuidado de quienes practicaban la agricultura. Aceptadas las creencias generales sobre la fecundidad, sus medios litúrgicos fueron igualmente naturalizados entre ellos.

En ese estado de pacífico sincretismo se habría vivido al menos hasta mediados del siglo octavo, cuando es probable que por primera vez fuera puesta en duda la legitimidad de las estelas. La posición que mejor permite observar este declive, que termina en un juicio condenatorio, es la que proporcionan las asherim, mejor documentadas en el texto que las massebot.

En el Texto, en muchas ocasiones, resulta difícil decidir si la palabra aserá se refiere a un objeto de culto o a una diosa, los dos significados de ella que es posible distinguir leyéndolo. Afortunadamente faculta para decidir que el primero es el más antiguo y con mucho el más frecuente, lo que con bastante probabilidad corrobora la epigrafía contemporánea. Las inscripciones de Kuntillet Ajrud y de Kirbet el-Qom mencionan la ashera de Yavé, asociada por tanto al dios único, mediante la cual se bendice. Tal asimilación pudo ser la que llevara a la idea de una divinidad contrapartida femenina de Yavé, de modo que en el texto sagrado la Ashera terminaría siendo una personificación divina de lo que en origen era un objeto de culto.

Ocurrida esta metamorfosis, sus autores se esforzarían por evitar la identificación de Ashera con su homónima, la consorte de El y creadora o generatriz de los dioses, según los textos ugaríticos. Alcanzado este punto de sincretismo, las Asherim representarían para la ortodoxia del dios único un peligro más grave que las estelas. Su condena tendría que ser más violenta que la circunstancial de las estelas. Proscritas por primera vez en el Deuteronomio, las Asherim nunca aparecerán mencionadas en un contexto favorable, ni siquiera neutral, y en los relatos antiguos sus menciones serían reemplazadas por nombres de árbol.

A partir de aquí, mediante un fenómeno censor, en los textos se reemplazó la palabra estela por la palabra piedra, más neutra, una solución que no fue suficiente para eliminar todos los rastros de los anteriores estilos. Sorprendentemente, en el capítulo 19 de Isaías, un pasaje cuya redacción se fecha en un momento posterior al exilio, se anuncia en términos muy positivos la erección de una estela consagrada a Yavé cerca de la frontera de Egipto.

Las estelas no fueron el único objeto que el Texto estimó idolátrico. En él también se emplea la palabra hebrea pesel, que es la que esta lengua reserva para designar las imágenes. Significa más precisamente imagen esculpida, por oposición a las que se obtenían utilizando un molde, y se aplicaba a obras de piedra, madera o metal.

Es seguro que los hebreos también hicieron imágenes de oro y de plata. La técnica que se empleaba para fabricarlas era la fundición, aunque el artesano que se ocupaba de esta clase de actividad, en alguna ocasión, es identificado como forjador que ejecuta su duro trabajo a fuerza de brazo y lo configura a golpe de martillo, desplegando un esfuerzo que produce agotamiento y lleva hasta la extenuación. Bien fueron empleadas otras técnicas para obtener productos similares bien una técnica mixta, e incluso materias primas metálicas distintas a las mencionadas. Hay en el Texto lugares en los que se hace referencia a las imágenes de bronce, que eran más frecuentes que las que se hacían con otros metales. Los indicios permiten conjeturar que, mientras que al oro se aplicaba exclusivamente la fundición, a la plata, además de la fundición, se le aplicaba la forja. El acabado de las imágenes era distinto según su materia prima. Cuando eran de plata las revestían y cuando habían sido fundidas en oro simplemente las adornaban. Los ídolos de metal noble eran obra de la inventiva de quienes los ejecutaban, aunque Baal era el tema preferente cuando se utilizaba oro.

De la dispersión del culto a este tipo de imágenes podemos juzgar por las únicas menciones explícitas de santuarios en los que con seguridad existieran. La primera hace referencia al de Samaria, de cuyos ídolos se pronostica que serán machacados. El Texto permite además precisar que en aquel lugar, casi con toda seguridad, tales imágenes eran ritualmente compatibles con los cipos.

La otra mención se refiere al que es conocido como santuario de Miká. En el capítulo 17 del libro de los Jueces están combinados dos relatos sobre este santuario, uno referido a un ídolo de plata y otro que habla del efod, distintivo del sacerdocio hebreo, y los ídolos domésticos o terafim. Es posible que el primero sea una versión de la historia de aquel ídolo dirigida a mostrar que el ídolo de Miká tenía un origen poco edificante. El texto ha sido perturbado, probablemente por un escriba posterior empeñado en explicar una redacción que para él carecía de sentido. El relato original contaría que Miká se apoderó de un dinero de su madre, quien maldice el dinero en presencia de su hijo dedicándolo a Dios para un ídolo. Si el hijo lo hubiera destinado entonces para sí habría incurrido en la ira de la divinidad. Por eso se vio obligado a devolver el dinero, y su madre revoca la maldición con una bendición. El orden en el texto sería pues primero la maldición y luego lo demás. El ídolo era posiblemente un becerro que hacía de símbolo de Yavé. En el segundo relato solo se habla de efod e ídolos domésticos.

Los ídolos de mayor acogida tal vez fueran los hechos de madera. Los textos sagrados no dejan dudas sobre que entre los hebreos también tuvieron vigencia. Sobre su talla y usos proporcionan preciosa información.

Presentan las imágenes de madera como un trabajo derivado del recurso práctico a ella. Quien se encarga de hacerlas es el mismo que entre los hebreos, según tienen organizada la actividad laboral, se emplea en su aprovechamiento completo, un personaje que el texto identifica como leñador. Este, en un acto que parece que justifica su especialidad, por lo que indica la denominación, es quien elige los árboles que son convenientes para proporcionar la madera adecuada para su posterior uso, los corta con una sierra y se encarga de despojarlos de toda su corteza. Después, es él mismo quien trabaja con habilidad el tablón obtenido y fabrica cualquier objeto útil a las necesidades de la vida, el fin primordial de su actividad

Los restos de su trabajo son aprovechados como combustible, con el que se hacía el fuego que se utilizaba para calentarse, mientras contemplaban el resplandor, y para encender una lumbre cuyas brasas servían para sobre ellas cocer pan o para preparar la comida que deja satisfecho, sobre todo para asar la carne que se comía hasta hartarse.

El resto del árbol, el que para nada servía y que sin embargo todavía quedaba, un tronco torcido y lleno de nudos, era el objeto a partir del cual se fabricaban las imágenes. Aprovechando la destreza adquirida en los ratos libres, para llenar su tiempo de ocio el mismo leñador lo tomaba, lo labraba y le daba forma. Una vez que había tallado lo que hubiera decidido, lo pintaba con bermellón. Con la pasta de color rojo que cubría la superficie de la imagen, sobre darle mejor aspecto, salvaba todos sus defectos subsistentes, tanto por no haberlos soslayado la talla como porque ésta los hubiera originado.

Con mucha probabilidad, más adelante, entre los hebreos el trabajo de la talla en madera para obtener imágenes llegó a convertirse en actividad de especialista, por encima de la escultura espontánea de quienes dominaran las destrezas del trabajo general de la madera. El texto sagrado habla de un escultor tallista, al que en algún momento califica como maestro y cuyo nombre propio, sin vocalizar, sería dz. De algunas expresiones que utiliza se puede deducir que son admirados, aun de forma inconsciente, y que las obras de algunos de ellos, probablemente poseídos por cierta vanidad, llegaron a ser estimadas tanto que sus autores pudieron parecer a sus semejantes sobrehumanos, más aún a sus descendientes.

Las maderas que el escultor especializado prefiere para ejecutar su obra son cedro, roble y encina, cuyos ejemplares los elige y los deja hacerse grandes entre los árboles del bosque. También puede plantarlos él mismo para que la lluvia los haga crecer a su entera satisfacción. Luego, se ocupa personalmente en talar con el hacha los árboles que considera aptos para atender sus encargos. Toma la medida del tronco que va a tallar, hace un dibujo con el lápiz, traslada a la madera sus cálculos con el compás de puntos, trabaja con la gubia y de un madero del bosque resulta una obra de sus manos.

Todavía, siendo una obra de madera, acaban recubriéndola con plata y con oro para embellecerla; plata laminada, de Tarsis importada, y oro de Ofir. Por esto se puede decir que su hechura es a un tiempo de maestro y de manos de platero. Posiblemente también emplearan procedimientos de acabado similares a los que utilizan los tallistas espontáneos, porque de sus obras también se dice que el vestido de los personajes que representan es de púrpura violeta y escarlata. Tal vez para el acabado, a semejanza de los recursos que consolidó la talla de la madera en época moderna, utilizaba un procedimiento para lo que clásicamente se llamó la encarnadura, o parte desnuda de las representaciones, que consistiría en aplicar en esas áreas láminas de metal precioso, y otro para la parte de indumentaria, que recurriría a las técnicas de fijación del color característico de la cultura semítica.

Las fuentes también dicen que hay quienes modelan imágenes, pero sobre esta técnica nada más cuentan. Se puede pensar que se trataría de procedimientos muy elementales al servicio de sencillas representaciones.

Los temas que prefieren, tanto los autores espontáneos de imágenes como quienes se dedican a este trabajo como especialistas, son la figura humana, así como la de algún animal, en especial si se trata de un animal vil. Los escultores tallistas hacen con preferencia imágenes de dioses, a los que dan figura varonil y belleza humana, hasta tal punto que podían representarlos desnudos. La arqueología ha exhumado numerosas figuras de la diosa de la fecundidad, la Astarté que simbolizan las asherim, indicio de que se trataba de un producto de la escultura espontánea.

En cuanto a los animales, bóvidos y serpientes parecen los preferidos. Hay pruebas que permiten afirmar que la imagen del toro llegó a ser familiar para los habitantes de Palestina en la época de la monarquía hebrea. Era un símbolo admitido de Baal y también representación consolidada del Apis del panteón egipcio. Del becerro no se puede decir que fuera desde el principio un tema para las imágenes con valor sagrado. Ya en tiempos anteriores a Oseas, se le tributó culto entre los hebreos, para quienes terminó siendo un equivalente del monte sobre el que se suponía que moraba un Yavé invisible. Una de las alusiones del texto más valiosas, a propósito de este animal, es la que hace al que denomina becerro de Bet Aven, por el que, según dice, tiemblan los habitantes de Samaria. Permite suponer que aquella denominación hace referencia a un santuario inmediato a esta ciudad. Precisa que en Aven hay unos altos. Esta manera de expresarse de manera positiva asocia las imágenes a los cultos que se desarrollaran en tan característicos lugares.

El culto a la serpiente allí fue tomado del mundo religioso de raíz ugarítica, o puede que de los madianitas, culturas en las que la serpiente era un símbolo del poder de curación y de la renovación de la vida, sentidos con los que fue adoptada entre los hebreos. La presencia de imágenes de la serpiente en los cultos que en Judá hubiera ha quedado retenida por una pieza descubierta en Tell es-Seba, la antigua Beersheba. Allí apareció una porción de un altar con cuernos en una de cuyas caras aparece una serpiente grabada.

La imagen de la serpiente fue incorporada a la cultura hebrea gracias a la de bronce que recibió el nombre de Nejustán, porque nejoset es bronce y najas serpiente, aunque en ocasiones se la identifica con la mayor precisión como dragón alado de bronce, ardiente y erguido sobre su vientre. Se trataba de un antiguo objeto de culto que se suponía había tenido su origen en tiempos de Moisés, hasta el punto que incluso fue relacionado con su persona. Cierto o no, aquella creencia fue suficiente para que quedara admitida con naturalidad en Judá. No hay duda de que llegó a ser objeto de veneración en la Jerusalén judía, donde era la forma que tomaba la serpiente para ser consentida en el marco de los cultos del templo. Al igual que las asherim, la serpiente Nejustán fue condenada como un ídolo, y por este motivo Ezequías la destruyó.

El destino de las imágenes no era siempre el mismo. Las de metal precioso las hacían para postrarse ante ellas y para ofrecerles dones, mientras que las sencillas imágenes de madera que los escultores espontáneos tallaban fueron, antes que otra cosa, objetos privados de la devoción familiar. A estas más modestas en las casas les rogaban por la hacienda doméstica, por sus empresas, por el éxito en el trabajo de sus manos y les pedían ganancias. También les pedían salud, vida y auxilio, les demandaban un viaje feliz y les rogaban por las bodas y por sus hijos. Acumulando sobre todas la obligación de servir como memorial o monumento, aunque no esté bien definido en los textos en relación con qué hechos, su uso debió extenderse entre toda la población. Las imágenes modeladas probablemente cumplían con estos mismos modestos fines.

La imagen doméstica se ponía detrás de la puerta o detrás de la jamba de la entrada principal, donde en la pared se le preparaba un alojamiento digno y, como era sólo una imagen inerte a la que había que cuidar para que no se cayera, era asegurada con un hierro.

Las imágenes que hacen los escultores tallistas son de dioses, con el fin de que sean cobijadas en un templo, donde con clavos y a martillazos se las sujeta para que no se muevan. Tales imágenes tienen sus devotos, que acuden a los lugares donde se custodian, de entre los cuales se puede mencionar con seguridad el caso del santuario de Siquem dedicado a Baal, donde debió darse culto a más de una de ellas.

El modo más frecuente de manifestar de modo individual el reconocimiento a cualquiera de las presencias materiales del dios es adorarla inclinándose ante su imagen, pero también le suplican y le piden la salvación, porque es un hábito que con esta clase de formas sus devotos hablen. A las imágenes se las bendecía, en un gesto que equivaldría a un saludo, y a los becerros les enviaban besos en señal de adoración.

La entrega o abandono al poder reconocido a las imágenes debió ser notable. Según los más cualificados testimonios, ante ellas sus devotos renunciaban a su capacidad de saber y entender. No reflexionaban, ni ejercían ciencia alguna, sino que en su presencia cerraban los ojos, renunciaban a ver y no permitían que su corazón comprendiera.

Aunque de la descripción precedente se pueda deducir que las imágenes con las que convivían los hebreos difícilmente podrían ser móviles, es probable que las mismas que recibían culto en los santuarios fueran llevadas en procesión. De lo contrario, tendrían que existir otras versiones suyas aplicadas a este fin, porque la escritura declara de manera taxativa que con estas representaciones se celebraban ceremonias de aquella clase.

El tipo de imágenes que de estos testimonios se deduce es distinto a las estelas, símbolo abstracto de dioses con significado definido. Tienen un origen religioso diferente al de éstas. Sobre su procedencia, el texto sagrado no es explícito. Se limita a señalar que los hebreos sirvieron a ídolos de pueblos que Yavé les había señalado para que los exterminaran, y que sin embargo actuaron como un lazo para ellos. La crítica apunta a que es posible que se trate del resultado de influencias mesopotámicas, probablemente neobabilónicas.

Las imágenes fueron objeto de culto regular entre los hebreos. En su lugar han sido mencionados casos representativos de las diversas modalidades. Tal vez por eso el Texto rara vez, o nunca, sostiene que los ídolos no son dioses en absoluto, ni que por el contrario sólo Yavé sea dios. Como ocurre en otras ocasiones, muy explícita llega a ser la oposición en el texto de las prácticas litúrgicas clasificadas legítimas, por la rigurosa ortodoxia de los tardíos interventores de las escrituras, a las que tienen por ilegítimas, cuando de la relación con las imágenes se trata. Los autores sagrados afirman que, a partir de un momento que no precisan, el descubrimiento de los ídolos fue la corrupción de la vida de la comunidad. Para los devotos de las imágenes pronostican que quedarán abochornados, porque sus testigos nada ven y nada saben. Se reunirán todos y comparecerán y todos temblarán avergonzados.


Principios de la vida animal

Arpende Rangún,
biólogo urbano

Con inapelable exactitud sostenían los fundadores de la teoría política prevalente en la república de los animales que solo puede haber un gobierno perfecto, el aristocrático. Por sus bocas hablaba la razón. Porque es más razonable lo experimentado que cuanto se pueda razonar. Supongamos que usted enuncia que los dedos tocan el piano y a continuación que los pies tienen dedos. Se vería en la obligación de colegir que los pianos se tocan con los pies, un reto que pocos afrontarían y que aun en un circo daría resultados muy dudosos. Sería preferible que proclamara, aunque pareciera contrario a toda lógica, que ha disfrutado de Errol Garner mientras el virtuoso mantenía sus pies dentro de los zapatos. Proclamaban así el principio de la selección como fundamento de la responsabilidad que algunos libremente deciden cargar.

Podrá ser aceptado que en el estado sin libertad no sería necesaria la responsabilidad, porque no habría dominio. Por desgracia la libertad, propiedad adquirida por el pensamiento que en cuanto hay conciencia espontáneamente existe, fue regulada, y así se convirtió en materia para la formación de los estados. A partir de entonces, solo pudo existir en la medida en que era limitada. Es verdad que no es tanta la regla que los legisladores imponen sobre la libertad, con el fin de formar el estado, que a los animales llegue a impedir ser libres para la mayor parte de sus actos. Pero también es cierto que por crear orden la libertad vino a necesitar de administradores. No diré que no es un bien para la civilización el que así fue adquirido. Pero también debo reconocer que es la proclamación de la libertad política el origen del dominio de unos animales sobre otros, de los que se declaran responsables sobre los que no están dispuestos a serlo.

Aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables para sí, de vida franca, que ante sus semejantes se presentan aseados y con corrección, son los idóneos para el gobierno sobre los otros, porque son ellos el ser en el que todos desean encarnarse. Pero cuanto los hace atractivos para los otros se opone a la delegación de responsabilidad. La vida privada, de la que se nutren, es un excelente paraíso porque en la madriguera, lugar que otros llaman hogar, dulce cadena, el rigor está desterrado. Tan radical exclusión permite que allí la libertad absoluta permanezca refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla. Es por esa falta de rigor que los animales propenden a la vida privada, y por eso los más aptos a ella se entregan. Tal es la fuente de la que mana la felicidad que a los demás atrae, tesoro que jamás podrá ser transferido a la vida pública sin que resulte desnaturalizado.

Pero la vida gregaria existe por encima de las mejores voluntades, por más que sea la consecuencia de un error. Las semejanzas que en su aspecto los animales observan muchos, con evidente precipitación, la consideran base para una idéntica percepción de lo que existe, y, lo que es peor, similar conciencia sobre lo que es y lo que debe ser, lo que autorizaría comunes respuestas a los contratiempos más extendidos.

Ningún error es por el hecho de serlo menos real, por lo que es del todo necesaria la administración de la vida constituida en común, más aún porque los mejores a la vida privada replegados están.

De ser todos igualmente partícipes en su ejecución, mal podría ser ordenada en el tiempo de la vida, a fuerza de lentas decisiones. Y de ser cesión de una supuesta jurisdicción previa y alícuota sobre lo público por parte de cada cual, sería degenerada convivencia, porque ya incluiría el engendro llamado poder y su consecuente apropiación. Solo la aceptación reconocida del gobierno aristocrático es legítima, porque tiene su fundamento en la moral.

Por dos razones, porque está basada en la moral y en la selección. La moral es la razón práctica o experiencia convertida en prejuicio admitido, al menos temporalmente. Es la parte estabilizada del pensamiento y la opinión; todo lo estabilizada que son las vidas, es decir, al menos temporalmente, aunque con la garantía de estabilidad y continuidad que le da el imparable encadenamiento de las existencias. La selección se encarga de ejecutar la parte que la naturaleza por necesidad impone, tratándose siempre de la limitada vida.

Los mejores son pues los idóneos para el gobierno de los otros. Pero aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables, de franca vida y limpia presencia ante sus semejantes, eluden el gobierno. Estos animales no son la virtud, sino la ausencia de su necesidad, así como los antiguos tenían por libres a los que habían escapado a la previsión de la ley. Porque es que los animales propenden a la vida apartada, sin rigores, excelente paraíso donde la libertad sin adjetivos permanece refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla, porque ni aun nombre puede tener. Dulce y perfecta condena la de la madriguera. Solo hay libertad allí donde no hay libertades, donde se puede permanecer al margen de toda regla, y esto solo es posible en el estado de la más absoluta individualidad, en la completa intimidad.

No es que la libertad sea un principio excelente. Es algo que lo supera por distinto y anterior. Es solo el principio, la nada y el origen que puede ser fundamento de cualquier cosa. Es el perfecto estado de la negación. Solo donde no hay algo puede existir todo, comienzo inmejorable porque hace posible hasta lo que ni aún ha sido imaginado. Nada la libertad garantiza. Lo que resulte será consecuencia de los inseparables agentes de la vida, que son la voluntad, el mayor, y el pensamiento, que viene al mundo cuando ya su hermana vive. Es el celo por mantener protegida esta nada de cualquier intromisión lo que aconseja a aquellos animales permanecer fieles al prudente anonimato.

De la entrega exclusiva a la vida privada resultaría un sano desgobierno, quizás mejor la disolución de la vida pública. Al recelar de lo que más allá de lo privado está, porque fuera del control personal de las cosas queda, los animales que son tenidos por los más felices de su especie reducen las libertades regladas a solo representación de la libertad, lo que es a la libertad lo que la proclamación de la inocencia a la certeza del delito, un derecho reconocido a cualquier convicto. El mejor gobierno, por celosa reserva de la vida a la acción del poder, como los que mejor viven con sus actos demuestran, es el que antes de nacer se ha extinguido. Con su elusión del gobierno los animales prudentes instituirían el mejor de los gobiernos posible, que por lo ya dicho bien puede colegirse que es el que no existe.

En un sentido más limitado puede tomarse el axioma que proclama que el gobierno perfecto es el aristocrático. Nadie como cada cual para juzgar sobre la bondad de sus virtudes. Puestos en el deber de elegir a quien represente o explique la opinión ajena, nadie mejor que el elector. Solo tiene un defecto este principio, que en origen, por definición, es cierto nada más que para cada uno, lo que lo hace por completo inútil como medio organizador de la vida colectiva. Sería necesaria la voluntaria renuncia a esta fuente de soberanía autónoma para que la caótica atomización primordial fuera desequilibrada.

Pero la propensión espontánea a la seguridad de la vida privada hace del todo necesaria la administración de una vida constituida en común, aunque probablemente sea solo por consecuencia del miedo a la enormidad que a los ojos enajenados parece lo ajeno, cuando en realidad lo ajeno es exactamente igual a lo propio, aunque repetido hasta cansar. Tal vez también porque esta es una realidad que existe antes de la vida de cada uno, aunque del fondo del que se nutre es del de la enajenación.

¿A quién mejor que a aquellos animales que viven sosegada vida al margen de la libertad podría entregárseles el inevitable gobierno, puesto que es la mejor vida privada la que todos desean que los gobernantes garanticen? Pero lamentablemente no ocurre así.

Aceptar un régimen que administre la vida en común es en consecuencia una desgracia a la que todo animal debe someterse. A todos los animales corresponde sin embargo que sea lo menos oneroso posible, y es su deber esforzarse en que así sea. La magnitud que mejor indica la bondad de un régimen es el tiempo, realidad única e incontestable sobre todas las que a la vida afectan. Porque el tiempo es la vida, vida y tiempo son una y la misma cosa, tiempo intransferible del sujeto a la existencia. Como ese tiempo es por naturaleza limitado, y porque es en el tiempo de la vida en el que todo se realiza, la inversión de tiempo en la vida común es un gasto que solo se justifica por la cantidad de tiempo que la vida privada pueda consumir; porque problema insoslayable es pagar con lo que más estimable resulta, el tiempo de la existencia que es necesario dedicar a lo público. El rendimiento es óptimo cuando el costo está reducido al mínimo imprescindible, sea cual sea la cantidad de inapreciable producto.


El primer pósito

Redacción

La recuperación del que pretendía ser el primer pósito de la región, al tiempo que enseña hasta dónde llegaban las iniciativas en esta materia, permite completar la idea general del estado de todos sus pósitos públicos a mediados del siglo décimo octavo.

Hasta 1747, en el mercado del cereal de la capital la institución interventora había sido la alhóndiga, anexa a la cual, desde fines de la edad media, se había constituido una reserva de granos y semillas. Pero, con frecuencia, la alhóndiga estaba desabastecida por inhibición de la concurrencia. Para hacer frente a la retracción del grano su mercado había contado, desde tiempo atrás, con un pósito de fondos abundantes, instituido como monte de piedad. En 1720 tenía 35.500 fanegas de trigo y más de 100.000 reales en dinero, gracias a la gestión del asistente de entonces. Pero en 1723 ya no tenía grano ni dinero, y sus fondos se habían perdido por completo. No se sabe si tan sorprendente evolución fue consecuencia del gasto necesario para sostener los mercados de la población o de una mala gestión de los diputados encargados de su manejo. Consta, sin embargo, que aquellos hechos en su momento dieron origen a interminables contenciosos. Posteriormente, hubo un intento de recuperarlo con un arbitrio, al que la fuente se refiere como derecho de las cargas de la alhóndiga. Pero era tan limitado su rendimiento que, ni aun en mucho tiempo, habría satisfecho el fin para el que había sido propuesto. Solo llegó a rentar, tras años de vigencia, unos 21.000 reales.

El nuevo asistente, ya en la década de los cuarenta, concibió también un plan para recuperar el pósito de la capital. La experiencia acumulada gracias al control de los de la región favorecía su proyecto. Su idea era constituirlo de nuevo como un erario o monte de piedad, por iniciativa pública, pero con 50.000 o 60.000 fanegas de trigo. Había estudiado cómo reunir tanto capital inicial. Su responsabilidad sobre estos graneros públicos regionales le había permitido saber que algunos disponían de fondos importantes mientras que sus demandas respectivas eran bajas porque sus poblaciones eran pequeñas. La raíz de tal discordancia era que las labores de quienes de ellos se nutrían habían disminuido, así como las rentas que les proporcionaban, a consecuencia de cómo venían evolucionando sus empresas de producción de cereales. Años atrás, el exceso en la oferta del crédito había incentivado el riesgo. Como los préstamos eran más asequibles, algunos los habían tomado en demasía. Habían sembrado más de lo que aconsejaban los rendimientos previsibles, que dependían de los sistemas de cultivos. Finalmente, según la descripción que contiene el proyecto, las labores de los que más habían arriesgado no habían devuelto las deudas contraídas y se habían arruinado. El efecto de tanta inconsecuencia encadenada había sido que los fondos de buena parte de aquellos pósitos no estaban siendo consumidos cada año, y en la mayoría de sus poblaciones sobraba una cantidad de trigo importante al final de cada ciclo.

Los conocimientos y los cálculos del asistente le permitían afirmar que había hasta 58 municipios en la región donde habían ocurrido hechos como los descritos, a los cuales, en concepto de préstamo, se les podrían tomar los fondos iniciales que necesitaba el erario proyectado. Los 47 más próximos a la capital podían proporcionar 50.000 fanegas y otros 11, más alejados, las 10.000 restantes. (Se creía entonces que a cada población correspondía un tamaño de su pósito porque se aceptaban ciertas premisas para calcular su capital en grano. La eficacia del constituido en cada lugar, según el gobierno de la época, dependía de su adecuación al volumen de los que se dedicaban a la agricultura del cereal, al número de activos en todos los sectores y al número de habitantes según su edad. La falta de ajuste a estos parámetros por exceso podía tener un efecto inverso al que se proponía. Estimando a partir de ellos –asequibles a cualquier autoridad de la época, aunque parezcan difíciles y exigentes– lo que la población pudiera necesitar, había pósitos públicos que concluían que lo más correcto era limitar sus fondos a cantidades fijas de cereal y dinero. A la inversa, se podían arbitrar, mediante real facultad, bienes de propios o del común para hacer frente a las dificultades de liquidez, tanto en grano como en dinero, a las que degenerara un pósito.)

El autor del proyecto esperaba la oportunidad de una buena cosecha para tomar la iniciativa y esta había llegado. La inmediata, correspondiente a la campaña iniciada en el otoño de 1745, se prometía abundante. El momento parecía el más oportuno para recuperar el pósito de la capital. En su opinión, no había tiempo que perder.

En junio de 1746 decidió acometer el plan que había concebido. Lo remitió con fecha del día 21 al Consejo, el que lo examinó, así como los informes que sobre la mejora de los pósitos de la región le había enviado antes. Completaron la documentación las relaciones del responsable de la audiencia regional, de diciembre de 1738, que asimismo fueron tenidas en cuenta por el Consejo para decidir sobre el proyecto. (Aprovechó el asistente para elevar al gobierno una consulta sobre los apremios para el reintegro de los pósitos; si habían de sustanciarse haciendo comparecer a los alcaldes de las poblaciones o poniendo el caso en manos judiciales ejecutivas.) El órgano central de la administración castellana quedó muy satisfecho de la dedicación del asistente, y así se lo hizo saber, y por último decidió aprobar el plan íntegramente. Lamentablemente, cuando llegó a este acuerdo, era ya el 14 de enero de 1747.

Dado lo avanzado del calendario, que ya regía para un ciclo nuevo, solicitó el Consejo al asistente, para antes de la ejecución de la obra concebida, que aún informara explícitamente de los granos que tenían en aquel momento los pósitos afectados por su iniciativa; si parecía buena la cosecha que se esperaba para 1747 –el asistente había avalado su proyecto con las perspectivas de 1746– y si el transporte del grano hasta la capital en la estación corriente –invierno– sería más caro que en verano. En suma, requería su consideración sobre cuestiones de cálculo pertinentes; si, por cualquiera de estas razones, no sería preferible retrasar la ejecución del proyecto a cuando ya estuviera recolectado todo el producto de la cosecha que se esperaba.

Argumentó el asistente que para las poblaciones a las que se refería, de hacer los préstamos del proyecto, no se deduciría ningún perjuicio. Al contrario, obtendrían beneficio. Ellas mismas, en distintas ocasiones, habían solicitado anular el incremento de los capitales de sus pósitos, unas relevando a los prestatarios de las creces o intereses en grano y otras reduciéndolas a la mitad o la cuarta parte. Además, ocurría que a los labradores de la capital, en aquellas poblaciones, les concedían sin dificultad los créditos que solicitaban. La población de los 47 lugares más próximos sumaba un total de 16.340 vecinos y la de los otros 11 hasta 5.711. El capital en grano de los pósitos próximos, hasta fines de julio de 1745, alcanzaba a 282.307 fanegas. Aunque tuvieran que desprenderse de 50.000, aún les quedarían 232.307. El de los otros sumaba 69.017 fanegas. Las 10.000 de las que se desprendieran aún les permitirían disponer de 59.017. El capital remanente era bastante para las necesidades de las poblaciones de las que se trataba, aun sin contar con otras entre 6.000 y 8.000 fanegas que las creces o intereses, cuando fueran devueltos los préstamos que aquellos pósitos para la campaña de 1746 habían hecho, aportarían a sus graneros.

Desde luego era lo justo pagar a aquellas poblaciones el trigo que dieran. Como esto no se podría hacer inmediatamente, cada año, una vez hecho el balance en el pósito proyectado, el superávit disponible se repartiría a prorrata, como bolsa común, en dinero, según los valores del grano corrientes en cada momento, hasta que la deuda fuera liquidada. La fórmula le vendría bien a las poblaciones. Lo que fueran ingresando podrían emplearlo, por ejemplo, en el pago de sus contribuciones. En años anteriores, habían solicitado el recurso a los fondos de sus pósitos con este fin y no se les había autorizado porque carecían de facultad para actuar de tal modo.

El obstáculo mayor al proyecto podía ser el precio del transporte del grano, el componente del valor final del trigo que entonces más dificultaba el intercambio entre mercados. Para el transporte del cereal, que se depositaría en los almacenes de la alhóndiga, de gran capacidad, sin que de su uso derivara costo alguno, en aquel momento la capital podía disponer de los 21.000 reales ingresados por el cobro del derecho de carga de la alhóndiga. Dada la proximidad de las poblaciones, no era previsible que fuera necesario más. Aun así, si no fuera suficiente, asimismo en la bolsa del desempeño de la capital estaba disponible un fondo que sobrepasaba los 90.000 reales. Esta cantidad no tenía aplicación porque correspondía a acreedores que no habían verificado sus créditos desde hacía muchos años. Se podría retirar, en caso de que fuera necesaria, utilizando como garantía las obligaciones de reintegro de los créditos a favor del nuevo pósito.

Concluía el asistente con la declaración de un principio gestor que pretendía resolver todos los reparos a cualquier clase de cálculos. Para que en breve dispusiera de un capital importante, y apto para resolver cualquier urgencia sin su menoscabo, la gestión inmediata del pósito del plan tendría que ajustarse al procedimiento adecuado. Habría de prever cuándo debían vender y cuándo retraerse labradores y panaderos, y todos cuantos estuvieran interesados en el comercio del grano, para que los fondos de la nueva institución no sufrieran pérdidas. Se habría de vender grano al contado y en dinero durante los siguientes meses mayores o de carestía, y comprarlos durante la cosecha, cuando los precios cotizaban a la baja. Si la siguiente fuera tan abundante como la de aquel año, lo ingresado permitiría sobrepasar el fondo previo en más de la mitad. El principio que sostendría el erario proyectado, inspirado por un viejo modelo, sería por tanto tan sencillo como especulativo.

El nuevo pósito tendría que ser independiente del gobierno de la ciudad. Solo lo podría gestionar el asistente, siguiendo el procedimiento que aplicaba a los demás del reino. Se dotaría de un reglamento, para garantizar su erección, su manejo y el intercambio de sus fondos, y de todo al Consejo se rendirían cuentas anualmente.

Fueran cualesquiera los resultados de estas especificaciones, el Consejo creyó conveniente adelantar en la organización de aquel monte de piedad. Decidió encargar al autor del plan la redacción de las ordenanzas correspondientes, para las que habría de tener en cuenta las que habían regido el pósito consumido y ser en la previsión de reglas preciso. Elaborados los informes y las ordenanzas solicitadas, el Asistente debía enviarlos a través de quien se gestionaba la documentación que desde el reino llegaba a la administración central. Cuando dispusiera de todo, el Consejo tomaría la decisión definitiva, especialmente sobre el momento que le pareciera más adecuado para la ejecución del proyecto.

El 28 de marzo de aquel 1747 el asistente envió al Consejo el proyecto de instrucción en el que había concluido el encargo que recibiera. Era la ordenanza que ya aplicaba a la gestión de los pósitos del reino. La aprobación definitiva de su proyecto llegó, con la anuencia a la instrucción que a partir de entonces regiría para todos los pósitos regionales, también de 1 de julio. Tan ambiciosa operación debió dar los resultados apetecidos porque el legislador de 1753 mencionó el montepío de la capital de la región entre los de crecida entrada y salida de granos y harina.


Nicolás Maquiavelo

Apeles Ernesto

En Florencia nació en 1469 y en Florencia murió en 1527. Hijo de familia noble, aunque de escasa fortuna, de su juventud y primera formación, que coinciden con los casi treinta años anteriores a la república democrática que gobernó su ciudad, es poco lo que se sabe. Cuanto de ellas se dice se colige de lo que se conoce de su padre, jurista y autor, quien ya vivió vinculado a la cancillería de la república y a los círculos humanistas de la ciudad. Se supone por tanto que recibiría una buena y extensa educación.

Cuando alcanzó la edad activa primero se dedicó a los negocios, para muchos de sus conciudadanos origen de su bienestar. Pero en 1498 entró al servicio de la administración de Florencia como secretario de la segunda cancillería, cargo desde el que ascendería a otras responsabilidades, que le permitirían una comprometida y brillante carrera política hasta 1512. Durante todo el tiempo que logró sostenerse la república democrática en Florencia, Maquiavelo actuó bajo la condición de secretario, probablemente auspiciado y al servicio directo de su máxima autoridad, Piero Soderini, el gonfaloniero vitalicio de aquella experiencia política.

Actuó Maquiavelo durante sus primeros años de servicio público ateniéndose a una modalidad de representación de los intereses de un estado que con precisión expresa la palabra secretario. Recibía de la autoridad florentina instrucciones sobre cómo debía actuar ante otro estado por vía reservada, la misma que él empleaba para exponer cómo con lealtad había cumplido lo que le ordenaban, sin que en ningún momento dispusiera de poder para actuar. La franqueza con la que entonces los estados preferían comportarse en sus relaciones impide llamar a aquella labor espionaje.

Por su posición social no pudo aspirar a los cargos de embajador o de gobernador. Pero por ser declarado partidario de la república y contrario a la oligarquía desempeñó durante aquel intenso periodo numerosas misiones diplomáticas ante el papa, el emperador y la mayor parte de las cortes europeas. Tuvo importantes responsabilidades y su trabajo fue de reconocida eficacia. Cuando no cumplía encargos diplomáticos, la secretaría de Maquiavelo satisfacía el designio de formar un ejército propio de Florencia, fuerza de la que carecía la ciudad, lo que en opinión de Maquiavelo la hacía fundamentalmente vulnerable.

Cuando en Florencia, tras la victoria de Prato, del año 1512, entraron las tropas españolas, promotoras de la restauración oligárquica, Maquiavelo al instante cayó en desgracia. Los Médicis, de nuevo dueños de la situación, lo destituyeron del cargo que tenía en la cancillería y hasta consiguieron que fuera momentáneamente encarcelado. Pero pronto recupera la libertad, aunque bajo la condición del deber de exiliarse, y se retira a una finca situada en el sereno campo que rodea su ciudad. Fueron aquellos obligados años de inactividad pública, y fue entonces cuando dispuso de mayor sosiego para entregarse a la escritura. Toda la obra extensa de Maquiavelo es posterior a su cese administrativo, aunque en todo fruto de la experiencia adquirida durante su dedicación a esta actividad en los años de su plenitud, pero también del verdadero origen de su erudición, su excelente formación autodidacta.

Así describe Maquiavelo las condiciones que hicieron fecundo su ostracismo: “Llegada la noche, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en el umbral me quito la ropa de cada día, llena de barro y de lodo, y me pongo paños reales y curiales. Vestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde –recibido por ellos amistosamente– me nutro con aquel alimento que solum es mío y para el cual nací: no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos con su humanidad me responden; durante cuatro horas no siento pesar alguno, me olvido de toda preocupación, no temo a la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente en ellos. Y como Dante dice que no hay ciencia si no se retiene lo que se ha aprendido, yo he tomado nota de aquello de lo que en mi conversación con ellos he hecho capital.”

Primero emprendió la redacción de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, glosa del comienzo del texto del autor latino con fines analíticos, pero desde la que deduce reflexiones políticas en favor del gobierno republicano y democrático. A continuación redactó la obra que más fama le ha dado, El príncipe, un tratado de teoría política sobre la práctica del gobierno.

Para entonces sus relaciones con los Médicis ya debían haber mejorado notablemente, si es que alguna vez estuvieron seriamente deterioradas, y volvió a ser llamado para que participara en la vida pública, aunque tal vez desde posiciones más discretas. Por encargo de Julio de Médicis, a partir de 1520 emprende la redacción de unas Historias florentinas, a veces conocidas como Historia de Florencia, que no tuvo concluidas hasta 1525. Es su segundo texto historiográfico, quizás no tan estimable como el primero. Su objetivo declarado es interpretar los acontecimientos ocurridos en la ciudad, tomando como referencia la oposición permanente entre los grupos que en ella se enfrentaban y no narrando solo las guerras que Florencia sostuviera con enemigos externos. Pensaba que de esta manera era posible explicar el fracaso de la república que tan de cerca él mismo había vivido. Así resultó un relato histórico igualmente inspirado por su pensamiento político, solo que más directo.

Cuando su personal promotor, Julio de Médicis, consiguió ser el papa Clemente VII lo llamó a Roma para que trabajara a su servicio, y efectivamente allí se estableció en 1524. Pero restaurada la república en Florencia en 1527 todavía aspiró a recuperar su antigua posición en la cancillería. Pero porque unos temían que los despojara de sus bienes y otros porque recelaban que les arrebatase la libertad, por último vio defraudadas sus postreras ambiciones políticas. Decepcionado por este fracaso, ya en plena vejez y en medio de la anarquía, murió aquel mismo año.

Disponía Maquiavelo de un ingenio rápido, y disfrutó de una gran curiosidad, que no le abandonó durante toda su vida. Con estos dos fundamentos, el práctico y el intelectual, fue elaborando su pensamiento político, primera materia de la que todos sus escritos se alimentaron. En el campo historiográfico, donde fue particularmente considerado –sus contemporáneos lo tenían por historiador– la obra de Maquiavelo tiene una importancia excepcional para el progreso de la reflexión sobre la teoría de la historia. Es probablemente el más abierto defensor de la historia como medio para adquirir el arte del buen gobierno. “En el ordenar las repúblicas –dice–, mantener los estados, arreglar la milicia y administrar la guerra, en juzgar a los súbditos y aumentar el imperio no se encuentra príncipe ni república que recurra al ejemplo de los antiguos.” Cree sin embargo que esto no solo es recomendable sino incluso eficaz, porque en su opinión la naturaleza humana es siempre la misma. En cualquier estado a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que puede ocurrir, así como aplicar a los acontecimientos previsibles las soluciones cuya eficacia ya fue comprobada por los antiguos; y si no fueran encontradas, discurrir otras originales por similitud de las circunstancias. En la actuación humana la acción del azar queda limitada por la previsión. Por eso el objetivo al que aspiraba con su trabajo historiográfico era la elaboración de un cuerpo doctrinal a partir del examen de los hechos pasados, semejante a cuanto los juristas podían conseguir gracias a los comentarios de las leyes.

En sus obras de historia Maquiavelo se interesó por las cuestiones sociales, el origen del estado, el papel de la religión y la ley y las consecuencias de la actividad económica de los hombres, si bien para el estudio de cualquiera de estas cuestiones se rigió por el principio clásico de la apropiada selección de los datos que debían ser tratados. De esta manera los argumentos del relato conocieron una notable expansión, así como los objetos de la investigación histórica. Inspirado al tiempo por el objetivo que al estudio de la historia imponía, no solía aplicar el criterio de la división temporal de la materia sino que prefería la sistemática o lógica de los hechos, lo que junto con el abuso de los discursos hermosos y de los detalles novelescos han sido señalados como los mayores defectos del texto de Maquiavelo. Pero lo cierto es que de esta manera de concebirlo deriva su característica división interna de la obra en libros.


Principio de la gravitación universal III

Narrador
Replicante primero
Replicante segundo
Contradictor ocasional

El recurso preferido por quienes deseaban sacar el mayor provecho al capital atesorado, hibernándolo con una inyección de derecho canónico, fue la capellanía con sacerdote propio, capellanía por antonomasia, que completaba el blindaje del patrimonio familiar superponiendo tres instituciones. La dogmática de la época subrayaba la complejidad de la fórmula al describirla como un patronato limitado al cumplimiento de una memoria, encomendada a determinada persona, el sacerdote suyo o capellán, titular del vínculo implícito en la iniciativa.

La distancia entre esta y las otras formas de capellanía la marcaba la tercera pieza, el patronato. Porque alguien dotara una institución eclesiástica, con unos bienes que igualmente quedaban inmovilizados, adquiría un poder precedente para decidir quién debía ejercer el sacerdocio en ella, su mantenimiento y su gestión. Tal era el patronato, que podía extenderse a todo un templo y con mucha más frecuencia, porque era mucho más asequible, solo a una memoria. Al emplearlo como una parte de una fórmula compleja haría compatibles, de la manera más fácil y en el grado más satisfactorio, la representación de las creencias y las convicciones morales, el respeto a las instituciones eclesiásticas y la supervivencia de una parte apreciable del negocio generado por los patrimonios de las familias del medio rural.

Aunque cualquier beneficio, para ser efectivo, necesitara de la colación o nombramiento canónico, gracias al patronato su titular se reservaba la capacidad de presentar al sacerdote que había de atender el originado por esta clase de memoria, lo que le garantizaba la elección de su procedencia.

Pero como la intervención canónica, por subordinada que fuera, era siempre una amenaza al ascendiente que sobre los bienes dotales tuvieran quienes los habían adscrito; porque ciertas familias no se resignaban a entregar sus intereses, a las garantías habituales para la inmovilidad del patrimonio acogido al canon eclesiástico el patronato añadía el derecho a la supervisión de la obra fundada, negocio para el que eran designados los patronos, preeminencia justificada por el origen de los bienes transferidos en favor del lugar sagrado. Si el clérigo investido como capellán era al mismo tiempo patrono, o por decisión del fundador tuviera algún poder sobre los designados para este trabajo, podía colmarse el plan que para una obra de este tipo una familia hubiera concebido.

Tanto cálculo también estaba justificado porque el alcance de la capellanía podía ser lejano. La creación de una capellanía llegó a convertirse en algo común no solo porque permitía inmovilizar una parte del patrimonio.

–Invertir en capellanías las rentas netas que proporcionaba la agricultura de los cereales también podía servir a la venta de sus productos.

–En los mercados rurales el gravamen estable del intercambio de grano fue la alcabala y sus cientos. El destinado a la venta entraba en las poblaciones por puntos determinados precisamente para obligar a su pago, aunque, como era habitual cuando se trataba de tal clase de cargas, existían medios para eludir legalmente estas obligaciones. No estaban sujetos a ellas el destinado al consumo personal ni el del pósito, ni tampoco los frutos de las capellanías, puesto que las eclesiásticas eran instituciones exentas de estos servicios. Teniendo creada una fundación de esta clase y un hijo como capellán y patrono de ella, podía ser utilizada para vender como fruto de la misma todo el producto familiar, tanto el obtenido por las tierras de la capellanía del hijo como el procedente de las explotaciones que sostuviera el padre, y en particular su labor. De esta manera la renta bruta anual podía escapar sin dificultad a los deberes fiscales.

La obligación piadosa incluida en cada capellanía de esta clase también era un cargo de misas, de inexcusable cumplimiento a lo largo de un año. Las representaciones del sacrificio, como en las demás fundaciones equiparables, eran celebradas a favor de las almas del fundador y algunos de sus familiares, entre los que con frecuencia se incluían los padres. La diferencia más visible entre las memorias comunes y la capellanía más autónoma era de cantidad, excusa suficiente para justificarla como una obra que necesitaba la máxima atención. Como mínimo, las que analizamos exigían seis misas rezadas al año. Las había que obligaban a nueve, y eran muy comunes las que regulaban doce, una por mes, aunque también, sin justificación aparente, se decidían catorce.

Había fundadores sumamente exigentes, hasta el punto que imponían una dedicación litúrgica exclusiva. Uno obligó a cincuenta misas y otro a todas las de doce de los días festivos del calendario eclesiástico occidental. Luego, cuando dotó otras capellanías en otros templos, el mismo promotor llegó a requerir hasta ciento diez misas al año, incluidas las de doce de los días feriados, y aun ciento veinte, más las consabidas de doce de las mismas jornadas singulares. También hubo quienes instituyeron cinco misas rezadas cada semana o veinticinco cada mes.

Las capellanías que disponían de sacerdote propio, como era preceptivo para todas las fundaciones de esta clase, debían acogerse a un templo parroquial, donde era obligado cumplir con el encargo de las misas. Insistían los promotores en que estas se dijeran donde estaban localizados los enterramientos que las justificaban, porque no había sepultura que fuera ajena al espacio que ocupaban los templos y eran muchos los fundadores que habían concentrado toda su devoción en tan poca superficie.

Para garantizarse una parcela en exclusiva, cuando prescribían las circunstancias que para las celebraciones deseaban, algunos fundadores decidieron que su marco fuera una capilla propia, con preferencia destinada a conservar, ateniéndose al único rito vigente, los cuerpos exánimes de los que iban siendo parte de una misma familia. Su erección sería una obra distinta al origen legal de la fundación que haría uso privado de ella, aunque ambos trabajos fueran paralelos. Al menos obligaría a la compra del espacio que a tal fin se iba a destinar, así como al acondicionamiento del subsuelo, que para satisfacer aquel propósito debía acoger un hipogeo, según el estilo funerario clásico. Se puede suponer que la construcción se completaría con el mobiliario litúrgico necesario, incluidas aras y retablos. Por los documentos manejados se averigua además que todas tenían sus ornamentos y sus vasos consagrados a las celebraciones prescritas, necesarios para la representación de cada misterio.

Aunque hubo capellanías que alcanzaron este nivel, no era frecuente que dispusieran de capilla propia. Fueron más los fundadores que se resignaron a limitar la obra del patronato a la erección de un altar dentro del templo elegido, la modalidad inferior de la autonomía del lugar sagrado por iniciativa civil. A los que eran aún más modestos, tal vez con la pretensión de manifestar al menos sus creencias más íntimas, les bastó con designar como sede de la capellanía determinados altares ya existentes mantenidos por la fábrica del templo. Fueron elegidos, por ejemplo, uno dedicado a San Miguel, frágil alegoría de la integridad moral, o el del sagrario de una parroquia, emulación del debir salomónico, en la versión católica el lugar central del culto al Santísimo. Es probable sin embargo que las referencias a las advocaciones que han quedado registradas en la mayor parte de los documentos sean solo una porción de las múltiples que alentaron aquellos planes, tenidas en cuenta la dimensión de las posibilidades y las causas que podían justificarlas.

Había ofrecido Felipe II 25.000 escudos por la cabeza de Guillermo I, príncipe de Orange, el líder de los rebeldes holandeses, con quien disputaba la soberanía de los Países Bajos. El vizcaíno Jáuregui, alistado en los tercios a causa de su nación, valiente y abnegado, algo presuntuoso, se propuso adjudicárselos. Se batió en el campo contra decenas de enemigos, trepó sobre masas de carne indistinta, mezcla de agonizantes inarticulados y cadáveres que aún palpitaban; buscó entre las filas que combatía una gorguera con puntillas, fiado a un retrato en miniatura que circulaba entre la tropa. Arriesgó tanto que fue prendido. Sus captores, entre los documentos que llevaba, encontraron oraciones pidiendo la gracia divina para su yugulado, a cambio de la cual, obtenida del cielo la muerte del enemigo, prometía: una corona para la virgen de Aránzazu, otra más para la misma imagen, un manto y una lámpara para la de Bayona y un rico velo para determinado cristo, que su inspirado autor talló vivo para que fuera la discreción de sus devotos la que decidiera si era mejor adorarlo mientras aún alentaba, en cuyo caso podían respetarlo tal como de manos del cosario les llegara. Si los estimulara más transido y acabado, bastaría que le cerraran los ojos, hábilmente previstos, y añadieran a las heridas tumefactas, por su localización respetuosas con el texto sagrado, la cantidad de carmín que juzgaran oportuna.

Entre los documentos consultados, apareció una lista de las capellanías de esta clase fundadas en uno de los templos parroquiales de la población testada. Sumadas las que su autor copiaba de un registro a las que según él faltaban, alcanzamos un total de 66. Dado que estaba haciendo mención solo de las que correspondían a la parroquia principal, creímos que esta cifra al menos habría que duplicarla si queríamos estimar el total de las fundaciones de este tipo creadas en la misma población, porque tendría que incluir las que tuvieron su sede en las otras seis parroquias. Como además las notas que reunimos nos permitieron documentar el origen, características y evolución de 45 de ellas, concluimos que ambas pruebas eran una demostración suficiente del alto valor relativo que esta institución tuvo en las poblaciones rurales.

Parece que se difundieron como solución preferida sobre todo en el siglo décimo séptimo, aunque es necesario reconocer que fueron una solución satisfactoria, para determinados patrimonios, nada menos que entre 1479 y 1729, los primeros doscientos cincuenta años de existencia de la monarquía hispánica unitaria. Vivieron su mejor época entre 1581 y 1650, siete décadas durante las cuales fueron creadas casi la mitad de las que pudimos analizar. Teniendo en cuenta que la fuente que sobre este asunto nos informaba centró su atención en la segunda mitad del siglo décimo sexto, nos pareció probable que el valor relativo de la primera mitad del décimo séptimo, cincuenta de los setenta años dorados, estuviera por debajo del que efectivamente tuvo.

–Los estados biológicos que correspondían a la fundación de las capellanías autónomas eran diferentes, como más frecuente era el recurso a este instituto. De la mitad de sus promociones los dos tercios fueron obra de mujeres, aunque de la mitad de ellas también ignoramos en qué estado llegaron a tomar la decisión. Solo una se declaró casada, lo que en consecuencia otorga un alto significado al otro resto, todas felizmente viudas. Entre ellas, dos creyeron conveniente destacar que estuvieron casadas con regidores, los miembros de pleno derecho de las cámaras para el gobierno de las poblaciones. Aquella pudo ser la fuente de las rentas que permitieran el ahorro origen de la fundación.

“Un sexto de estas capellanías fue obra de matrimonios, que las habrían creado mancomunadamente; una consecuencia del régimen económico al que obligaba su unión, a su vez afectado por lo que habían decidido. Solo un hombre confesó que estaba casado y actuaba al margen del matrimonio.

–Pudo llegar la ocasión que su obra no solo descollara por ser extraordinaria, sino porque le fuera recriminada como un acto extraconyugal, condena que a los matrimonios sobreviene a causa de la inconsecuencia de los contrayentes bajo jurisdicción monogámica, que excluyen de sus cálculos el hecho verificado de la poligenesia espontánea que promueve el deseo, capaz para tomar armas en toda clase de montes y valles, páramos y frondas.

–Para esta situación civil la salida pudo ser en parte una consecuencia de que otras hubieran quedado bloqueadas. Una pareja pudo decir expresamente que actuaba así porque no había tenido hijos. Esta circunstancia, más la alta proporción de la iniciativa de las viudas para la otra parte de las fundaciones que ya hemos mencionado, obligan a reconocer que también para este tipo de fundaciones pudieron regir cálculos y decisiones similares a los de las memorias elementales.

“Pero por las características de su marco físico de origen, la principal diferencia de las capellanías autónomas procedía de la condición clerical de sus fundadores, que era dominante. La mitad de estas obras existieron gracias a la iniciativa de hombres, la mitad de los cuales a su vez declaraban algún grado de sacerdocio, siempre del siglo. Conocedores del régimen administrativo de estos institutos, que los podía reducir a la condición de beneficio, para sus familias llegaría a preferirlos el clero. Ninguno de los promotores sacerdotales estaba por debajo del presbiterado, categoría alcanzada cuando se había completado la formación eclesiástica romana, y los hubo beneficiados, canónigos y hasta arcedianos de fama. De aquellas condiciones probablemente lo decisivo para cada fundación fueron las rentas que a sus titulares les permitieron.

–Un presbítero pudo decidirse por esta protección para sus bienes después de administrar un hospital importante, radicado en la primera ciudad del suroeste.

–El promotor de otra capellanía, pionera entre las de esta clase superior, y que con el tiempo sería muy apreciada, habiendo muerto en la capital de la región, donde había ejercido el arcedianato, inerte fue llevado al lugar de su nacimiento para sepultarlo en su capilla, donde había habilitado una cripta para asegurarse el descanso no obstante indeseado. Volvió a su tierra en procesión, más bien romería, acompañado de clérigos y otra gente, a lomos de una mula porque era hombre de mucho peso.

–Del resto de los varones que optaran por esta fundación, porque realmente ignoramos su estado, solo podemos decir que pudo haber entre ellos algún jurado, representante solo con voz, en las cámaras de gobierno de las poblaciones, de quienes tenían limitada su actividad pública al deber de sufragio de los gastos que generaban sus municipios. No obstante, se puede admitir que entre varones pudieron aclimatarse mejor las iniciativas cuyo medio biológico sumara al de una familia el de su explotación agropecuaria habitual. Si una parte de las capellanías estuvo aconsejada por el fraude fiscal que permitía amparar, el cálculo original de la fundación tuvo que ser a un tiempo demográfico y económico.

El patronato se pudo combinar de diversas maneras con las demás instituciones inmovilizadoras, y por tanto ocupar en sus relaciones con ellas una posición variable, en ocasiones decisiva en otras a un margen. Era una pieza del orden de las capellanías de mayor rango, y podía ser también necesaria para regular otras iniciativas civiles acogidas a las mismas ideas religiosas. Es probable que fuera útil a la constitución de las cofradías y hermandades, puesto que también podían disponer de capilla o altar propio en los templos, e igualmente pudo adherirse al germen de hospitales o colegios, buscando asegurar a sus promotores la supervisión de cada uno.

Así como la inmovilización de bienes, siendo un recurso civil común, no siempre era mencionada por los documentos constitutivos de las instituciones que analizamos como lo más característico de ellas, o la declaración de un propósito piadoso; tampoco la referencia al patronato era en todos los casos antepuesta a los otros instrumentos con los que pudiera compartir responsabilidad en una parte de tales obras. Designaba anteponiéndose a los demás hallazgos civiles cuando se refería a una fundación del tipo que con forzada indefinición se llamaba obra pía. Una parte de los institutos de esta clase se justificaba solo por su finalidad litúrgica, en el marco de las católicas; la otra, coartada por el ejercicio de la caridad que avalaba la misma creencia, organizaba asistencias públicas de diverso tipo. Las que pudimos documentar fueron la recogida y atención de ilegítimos y la dotación de mujeres de ciertas familias que, habiendo quedado huérfanas, gracias a su mediación podían disponer de dote.

–Tampoco serían civilmente neutros los servicios que cualquiera de estas decisiones prestaran. Si la iniciativa familiar se empleaba en el control de la población nacida al margen de la ley, aunque su deseo fuera atenuar los riesgos de muerte de quienes entraban al mundo al margen del matrimonio, garantizaba su condición de ilegítimo, como se asegura la del delincuente recluyéndolo en la cárcel.

“El depósito o exposición del neonato, acto clandestino y anónimo, procedimiento que estos institutos tenían aceptado para recibir a los recién nacidos no deseados, bastaba para encubrir la consanguinidad. Por principio quedaban excluidos de cualquier linaje. Con el amparo de la ley, así quedaba regulada la extinción de ramas que podrían en el futuro competir con la legítima, y se conseguía neutralizar los efectos adversos que pudieran tener para los patrimonios de quienes se vieran afectados por esta circunstancia. La inmovilización de una parte del ahorro para atender a los fines de una fundación de esta clase sería una renuncia menor, frente al peligro que cada incremento sucesivo del número de descendientes sería para toda la fortuna familiar.

“Cuando el instituto para dotar estuviera reservado a las descendientes femeninas de ciertas familias actuaría como una válvula capaz para regular la presión que cada una deseara descargar sobre la fecundidad, divisor de las transmisiones de sus bienes, sabiendo que entonces toda la legal estaba vertida al matrimonio.

“En los patronatos para los que pudimos averiguar el plazo que habían prescrito para que las interesadas tomaran estado se estipulaban hasta veinticinco años, a contar desde el momento del nacimiento de cada una de ellas. Si aceptamos como umbral de acceso a la fecundidad los quince, tal como era regular, los patronatos dirigidos a este fin dispondrían de una reserva de la capacidad para tener hijos de diez años, que podrían emplear a discreción.

–Supongamos –argumentó Abel– que una rama de la descendencia que hubiera sido seleccionada para la procreación quedara cercenada por el fallecimiento de la encargada de perpetuarla. Se podría adelantar el acceso al matrimonio de una dotable concluyendo su espera para acceder a los ahorros que tenía asegurados, y de este modo aplicarla a la inmediata reparación del linaje. Al contrario, si la corriente de la descendencia estuviera colmada, la dotación podría demorarse hasta neutralizar diez años de fecundidad, valor máximo de su inversión pasiva a estéril. Incluso se podría derivar a celibato irreversible, o anulación íntegra de la fecundidad, dotando el acceso a un convento y no al matrimonio.

“Cuando un patronato para dotes no restringiera su alcance a una familia, las ondas de sus decisiones, en idénticos términos, alcanzarían a toda la población en la que estuviera establecido. Su utilidad sería reconocible cuando la presión sobre su crecimiento fuera la consecuencia de un exceso de nacimientos, o con mucha más probabilidad cuando las catástrofes que ocasionaba la muerte, provocadas por las brutales epidemias medievales y modernas, obligaran a invertir todas las reservas de fecundidad disponibles, bajo la amenaza de la extinción absoluta.

Nada de esto era declarado en los documentos originales, en los que parece que a los fundadores de los patronatos de cualquiera de las dos clases preocupaba, más que sus efectos diferidos, el control sobre la obra creada que pudiera competerles a consecuencia de su cruce con el canon católico. Por esta razón una parte de los promotores optaba por el llamado patronato de legos, que imponía la autonomía de las decisiones civiles en una iniciativa que se había justificado como piadosa, y en correlato el control sobre los bienes inmovilizados con este fin, a partir de la fundación encargados del suministro de las rentas que la mantuvieran activa.

Menos frecuentes que las fundaciones más populares, que eran las memorias y las capellanías del rango mayor, documentamos la creación de patronatos entre 1572 y 1620. Los dos fundados en 1572 no es seguro que fueran instituidos con la condición expresa de mantenerse bajo control civil, pero otros dos, creados en 1602 y 1620 respectivamente, sí decidieron declararse de la clase de legos.

–Por ser iniciativas singulares en cada población, no parece adecuado defender determinadas razones biológicas para explicar sus orígenes. Un presbítero, también tras haber dedicado una parte de su vida a la administración de un hospital de la capital de la región, fue el promotor de uno de los creados en 1572. El mismo, aquel mismo año, con otra parte de sus bienes había puesto las bases para el otro. Solo estas contingencias podrían servir para sospechar que tales fundaciones tuvieron orígenes similares al de las capellanías autónomas patrocinadas por el clero secular.

Así como de cada tipo de capellanía, según el estatuto de su fundación, se podía discutir si la iniciativa canónica tenía alguna posibilidad para prevalecer sobre la civil, de los conventos, para cada caso, se podía evaluar la responsabilidad eclesiástica en sus orígenes. Las pocas fundaciones conventuales de cada población siempre necesitaron la autorización de su obispo, la máxima autoridad de la provincia eclesiástica de occidente. Pero tampoco permanecieron canónicamente puras, y siempre en algún grado el patrimonio civil y sus rentas les fueron transferidos. En el medio rural la iniciativa fue con más frecuencia de una familia, que depositaba una parte de sus ahorros en la empresa, por lo que para su origen y gestión solían recurrir al patronato. Si se reservaba este derecho, en la práctica adquiría el de presentación de quien debía regir el cenobio, y por tanto dirigir la administración y el uso de los ingresos que los bienes adscritos generasen regularmente. El tercer elemento, la orden que hubiera aceptado participar en la inversión, para lo que aportaba sus reglas, se encargaría de la disciplina cotidiana de los recluidos de cualquier sexo. Incluso las órdenes religiosas que en sus orígenes abjuraron de la posesión de bienes temporales, de buen grado se prestaron a ser mediadoras, atraídas por la participación en las rentas que en este caso se generasen. No fue extraordinario que con este motivo compitieran entre sí, o que abandonaran ciertas iniciativas apostólicas, una vez hechos los primeros balances.

Las reglas de la orden que acogía la iniciativa, porque debían ser cumplidas indefinidamente, a consecuencia de la trascendencia espiritual que las creencias les concedían, además justificaban la inmovilización, y su raíz canónica la retracción fiscal o amortizadora. Por eso al origen de las fundaciones conventuales también pudo contribuir un cálculo económico similar al de la amortización corporativa, la exención de servicios, aunque ahora la presencia ostensible del interés familiar redujera el tamaño y por tanto el alcance de esta parte de las operaciones inmuebles.

–Decidirse por patrocinar conventos podía recomendarlo otra posibilidad, en modo alguno secundaria y sí concordante con iniciativas paralelas, también de interés para una misma familia promotora. Si se incluye en el análisis el alcance material que podía tener el crecimiento biológico de las que deseaban concentrar la inmovilización de su patrimonio, invertir en la creación de un convento podía ser una operación rentable por el ahorro que podía permitir a las siguientes generaciones.

“Cuando una familia había decidido instituir un vínculo o un mayorazgo, con el patrocinio simultáneo de un convento podía inducir la sucesión por la línea que hubiera elegido, porque las que pudieran tener origen en las otras ramas podían ser anuladas a discreción, y reducir el costo de la emancipación de los nuevos miembros a la dote o al capital que la fundación conventual hubiera tarifado. Comprometerse definitivamente con una orden religiosa, en el orden civil era equiparable al matrimonio, y por tanto tenía las mismas consecuencias que este para el reparto del patrimonio familiar.

–Para consolidar una parte de sus ahorros y a la vez limitar su crecimiento biológico, y además redundar en beneficio de las decisiones afectas a la casa a las que les reconocía más trascendencia, nada comparable a la fundación y mantenimiento de un hogar cuyo curso natural estaba reglado tanto como pudiera estarlo un harén, que solo admitía población masculina incapacitada o núlida.

–Si nos atenemos al criterio vegetativo, hemos de reconocer que los conventos prestaban dos servicios a la regulación del crecimiento de las familias. El primero, las garantías para la preservación del celibato de una parte de sus miembros. Como las jaulas de las aves de recreo, en cuyas manipulaciones los antiguos se deleitaban, eran artificios biológicos reglados por sus patronos para limitar el crecimiento de las familias que desviaban una parte de sus miembros a ellos, gracias a que también imponían el deber de la fluencia huera para anular potenciales líneas colaterales de transmisión de los bienes.

“El otro era el margen vital que proporcionaban a la existencia de las mismas líneas, distintas a la derivada de la preeminente. Para profesar en un convento los patronos podían imponer alguna condición del siglo, conveniente a los atributos ya adquiridos por sus familias; y a la vez, gracias a los ingresos que al fundar ellos mismos garantizaban, asegurar una existencia colmada por la abundancia para quienes alcanzaran aquel requisito. La vida en los conventos era cómoda para quienes fueran sus miembros de pleno derecho, los profesos, excelencia que no era incompatible con que las ramas bastardas de las familias asimismo pudieran encontrar acomodo en ellos. A través de la institución secundaria de los legos, que por su condición plebeya se encargaban del servicio del convento, señaladamente en el refectorio, se prolongaba la acción benefactora de todo aquel artificio.

–Teniendo en cuenta que la limitación del crecimiento de las familias inmovilizadoras por el lado masculino podía quedar a cargo del sacerdocio, mediante la fundación de una capellanía, el servicio que a este fin pudieran prestar los conventos era especialmente valioso en el caso de los femeninos.

Cuando de una mujer se decía, con toda la formalidad del documento, cuyo rigor legal era garantía de la disciplinada sumisión de todas las voluntades afectadas por el acto, que había decido apartarse de los tráfagos de este mundo, y vivir en castidad, pobreza y religión, ya había resistido, al menos en el convento de referencia, el año de prueba. A partir de entonces iniciaba su carrera de virgen bajo la condición de novicia de coro y velo negro.

En el mismo momento sus padres quedaban comprometidos a pagar a la institución primero los alimentos, ingreso al que obligaba la ley civil mientras la persona careciera de rentas propias. Tal situación podía prolongarse años, tantos como la novicia tardara en profesar. En concepto de alimentos cada uno se tarifaba en moneda corriente y la cantidad debida se complementaba con cierto volumen de trigo, una prueba más del alto valor cívico que entonces tenían los cereales; cuyos costos de transporte, así como el almacenamiento en las instalaciones conventuales, corrían también a cargo de los progenitores. El año se liquidaba por tercios adelantados a principios de cada cuatrimestre, a razón de una tarifa por mes la parte monetaria, mientras que el trigo (dos fanegas por persona en plena primera mitad del siglo décimo octavo) se apreciaba, por cada unidad de volumen, según un valor equivalente a los dos tercios de la fracción en moneda. Aportaciones tan modestas estaban destinadas al gasto corriente de la institución y a ella iban a consumirse. Se comprometían además a pagar el ajuar conventual, parte sustantiva del ingreso, tarifada en algunas decenas de ducados, las propinas y los otros gastos de la profesión. Por último, se obligaban a la dote de su hija, el gasto más importante; decisión por la que se le transfería del patrimonio familiar la cantidad que el convento tuviera estipulada. La de quienes profesaban en los conventos femeninos convertía en obligación precedente el disfrute de patrimonio por la familia que tomaba esta decisión sobre una de sus descendientes. El ingreso efectivo de la dote se postergaba a la ceremonia de paso llamada profesión, cuando la iniciada hacía sus votos definitivos; acto crucial en la vida de aquellas jóvenes, para las que representaba el fin de su minoría.

–La edad de acceso al noviciado no la precisaron los medios de los que dispusimos, tal vez porque fuera discrecional. Pero es muy probable que en todos los casos incluyera la pubertad, porque sí se sabe positivamente que los 16 años cumplidos, justo la edad tipo que marca el fin del primer climaterio, eran requisito para hacer la profesión.

“Si, una vez activo el convento femenino, difería la profesión de sus vestales, momento en el cual adquiría el derecho al ingreso de la dote comprometida, las posibilidades de las que podía disponer en su favor como regulador del crecimiento eran aún mayores. El gasto quedaba reducido a los alimentos, al tiempo que disponía de una valiosa reserva de fecundidad intacta. Así como limitar el crecimiento era satisfactorio en condiciones regulares, y por eso la profesión era irreversible, recuperar la fecundidad depositada y protegida por los muros del convento podía ser sumamente útil cuando la evolución de alguna de las ramas familiares dejara de ser satisfactoria, lo que era posible porque el noviciado no era un compromiso definitivo.

Las órdenes religiosas interesadas en la enseñanza no estaban menos complicadas con el destino que a su patrimonio daban las familias rurales. A través de algunas de aquellas también fueron patrocinadoras de colegios, una parte de los cuales subsistía anexa al noviciado de los conventos.

–Eran aptos para aportar más flexibilidad a los cálculos sucesorios más complicados.

“La formación escolástica era la parte sustantiva de la iniciación en los conventos masculinos, aunque su propósito práctico era capacitar a los futuros responsables de cada cenobio. Para cualquiera de los descendientes de género masculino de una familia potentada podía ser una satisfactoria dedicación durante la pubertad, tan prolongada después como la evolución de cada una de ellas fuera exigiendo. Cumplidos los plazos que marcaran las conveniencias, dos opciones quedarían a su disposición siempre, condenar al celibato a quien de ninguna manera se le consentía descendencia, para lo que bastaba dar por finalizado su periodo de formación y conducirlo a profesar; o emplear su capacidad reproductiva en la perpetuación del linaje, dando por finalizada su formación antes de que fuera comprometido por los votos definitivos, rescatándolo para la vida civil.

“En los colegios comunes los descendientes de las familias cómplices de la institución podían recibir su educación, de contenidos religiosos, sin por eso arriesgar su porvenir de manera irreversible.

Porque fue más frecuente que los colegios fueran instituciones más tardías que las monásticas, en algunos casos sus orígenes pudieron ser consecuencia de la inversión del ahorro acumulado por la propia orden. Así ocurrió con los colegios de la compañía de Jesús, cuyas casas solían recurrir a los fondos del instituto matriz para proceder a cada fundación local. Si los colegios eran mayores tanto pudieron ser obra de la iniciativa privada como de otras instituciones eclesiásticas a las que asimismo garantizaran su inversión recurriendo a tal régimen administrativo.

El hospital también era una fundación del tipo obra pía que solía estar regido por un patronato. Si en su denominación prevalecía el viejo deber gentilicio, representado como virtud, era porque la acogida y cuidado de enfermos sin renta se había ido convirtiendo en una necesidad durante la época moderna. De ahí que la solidez de estos institutos, muy extendidos, también fuera una consecuencia directa del tamaño de las poblaciones donde estuvieran radicados.

En la creación de los hospitales se observan iniciativas equiparables por origen a las monásticas, y por magnitud a las corporativas o a las capellanías de mayor rango. Solo porque sus propósitos eran específicos pueden parecer semejantes a los colegios, pero mientras que en estos la finalidad era formativa y declaradamente biológica, en los hospitales se trataba además de un proyecto de inspiración piadosa. Fueron familias de la aristocracia nobiliaria, que sostenían su patrimonio sobre potentes vinculaciones, o arzobispos, los mayores partícipes individuales en el diezmo, sus promotores más conocidos, aunque también hubiera inversiones con este fin de origen municipal, de menos importancia.

Como las otras instituciones hasta aquí analizadas, garantizaban sus ingresos inmovilizando el patrimonio inicial que les fuera adjudicado. La dimensión del proyecto, así como el costo de sus actividades, obligaban a importantes retenciones de rentas y bienes. Aunque cualquiera de los patrimonios promotores disponía de otros medios capaces para resolver sus planes materiales, nada impedía que los hospitales transitaran por funciones económicas distintas al fin directo.

Las corporaciones conocidas como cofradías y hermandades, cuya importancia relativa en la vida de las poblaciones modernas suele exagerarse, eran modestas sociedades de socorro mutuo, nutridas por la sociedad civil, apenas encubiertas por una justificación religiosa; en ocasiones dogmática en otras moral, a veces simplemente atraídas por el fausto de la liturgia.

Estuvieron activas las de ánimas y sacramentales, de las llamadas de pasión o de gloria, y en la población de referencia una que podría incluirse entre las instituciones del curato porque la corporación imponía a sus miembros la condición clerical, aunque hemos preferido mantenerla en el orden de las hermandades por su explícito propósito societario, replicante al de las corporaciones de beneficiados.

La frecuencia con la que cofradías y hermandades aparecen, bajo cualquier iniciativa devocional, indica que el ámbito dentro del que operaban se limitó al de la parroquia o al convento en cuyo templo tenían su sede. Su modesta aspiración religiosa apenas es capaz para ocultar una parsimoniosa coalición ciudadana. Pequeñas aportaciones de los consocios de generaciones sucesivas irían acumulando un ahorro discreto, mantenido con dificultades. Para el patrimonio del que disponían igualmente pretendían la protección que la ley reservaba a los bienes cuando los designaba inmóviles, la calificación que con el tiempo fue aplicada a todos los raíces. Como los de otras instituciones en las que se había infiltrado derecho canónico, en este caso a través de sus fines declarados, ganaban además la condición de amortizados, que les valía quedar a salvo de los deberes o servicios fiscales. Sus dimensión y alcance con seguridad nos ponen sobre la pista del orden inferior del sistema regular del ahorro inmovilizado en las poblaciones.


Orígenes de los pósitos

Redacción

Lo que hacía más extraordinario el negocio financiero rural, durante la época y en la región –el antiguo reino o provincia que abarcaba el sudoeste de la parte española de la península– probablemente era que para el mismo fin convivían dos sistemas, uno que operaba con dinero y otro que utilizaba como instrumento el trigo. En el segundo los principales cedidos al menos estaban denominados en cereal. La obra humana que negociaba con este intermediario del valor se llamaba pósito, nombre quizás no demasiado feliz que aun así permite aislar un hecho. Actualizando la denominación, hay quien prefiere llamar depósitos a los pósitos.

La promoción de este tipo de instrumentos como medios de política económica debieron meditarla otras economías de la época. Con nombre distinto instituciones similares al pósito hispánico las hubo en Italia y Portugal. Un plan de la administración francesa, que se conoce con el pretencioso galicismo de granero de la abundancia, destinado a recoger en beneficio público el cereal que se recaudara a través de un impuesto en especie, iba en la misma dirección. Pero la persistencia de los pósitos hispánicos de promoción pública, sobre todo cuando actuaban como intermediarios para la financiación, los convirtió en un singular atributo de la agricultura peninsular, y en particular de la que se había naturalizado en el sudoeste. Es útil exponer cuanto sea posible de los que a mediados del siglo décimo octavo existían en las poblaciones de esta zona. Tratar con la información que proporcionan no solo permite completar el conocimiento de una de las vertientes más herméticas del sistema financiero antiguo. También habilita uno de los puntos de vista más adecuados a la observación de todas las empresas dedicadas al cultivo de los cereales a mediados del siglo décimo octavo.

Tanto la literatura como la legislación de la época, refiriéndose a los institutos dedicados al mismo fin, recurren a un vocabulario que nunca deja al descubierto que alguno de ellos pudiera ser prestamista, aunque basta su contradictoria mención para reconocer que a lo largo de los tiempos modernos hubo toda una gama de iniciativas interesadas por el crédito en especie; fueran o no la misma cosa, se superpusieran o cruzaran sus actividades. Una parte del trigo que concurriera a las alhóndigas, mercados públicos del grano, entraría en ellas con intención crediticia, y efectivamente conseguiría salir de su estancamiento cuando encontrara un comprador dispuesto a satisfacer por él intereses. Como el objetivo de los alfolíes era almacenar para garantizar la provisión de un lugar, dado que tal manera de proceder también terminaba invariablemente en la venta del bien retenido, es posible que fuera aceptada como una de sus formas de transferencia la que cediera solo el uso temporal del bien. Cambra era ya un arcaísmo que se utilizaba precisamente como sinónimo de cilla, el depósito del grano donde los recaudadores de los derechos cobrados en esta especie los acumulaban. No es imposible que hicieran uso con fines lucrativos del contingente que atesoraban, por el procedimiento del crédito, hasta tanto no fuera obligado su reparto o su aplicación al fin que estuviera predestinado.

Del medio institucional en el que actuaban estas iniciativas se sabe positivamente porque se ha informado, haciendo un uso generoso de la voz reservada para referirse a las fundaciones que no ocultaban su presencia en el mercado de los créditos, que existieron pósitos privados, unos de iniciativa señorial, otros dependientes de instituciones eclesiásticas, además de los organizados por los poderes públicos. Tal vez ha sido reductora esta manera de hablar porque asemeja la diversidad de hechos a un tipo. Aunque clasificarlos por la condición de su titular puede ser útil para obtener un balance estadístico del fenómeno, quizás tampoco sea lo más eficaz para explicar las variantes de las fundaciones a las que hacen referencia las fuentes. Pero permite recordar algo primordial, que durante la época moderna también esta rama de las instituciones civiles pudo mantenerse porque en buena medida se nutrió de la savia que le inyectaba el privilegio canónico. Aunque los fines prácticos a los que con este recurso aspiraban los fundadores probablemente estén por desvelar, parece que actuando así sobre todo deseaban evitar el drenaje impositivo. La exención de servicios de la que disfrutaba la iglesia romana, ampliamente recompensada por esta, hacía atractivos a la iniciativa privada sus medios legales. Sirviéndose de instituciones acogidas a la iglesia, que por justificarse por sus fines caritativos podían ser denominadas obras pías, una forma del comercio de los granos de las fundaciones pudo ser su venta a crédito. Es muy probable que aquí deba buscarse la raíz de los llamados pósitos piadosos, a los que en ocasiones también hacen referencia los relatos de los hechos crediticios modernos, todos los cuales entrarían en la categoría que se ha denominado privada. Como cuerpos prestamistas de grano a labradores amparados por el canon los textos también citan las arcas o casas de misericordia y otras fundaciones igualmente calificadas pías, forma de hablar que una parte de la historiografía ha mantenido para asimismo referirse a institutos de crédito equiparables a los pósitos de promoción pública. Su modalidad más definida es la que se reconoce en los que específicamente llamaban montes de piedad o montepíos de labradores, clasificación que por sus expresiones no quedaba lejos de la que se empleaba cuando se decidía que algunos pósitos públicos también debían conceptuarse montepíos. Bajo la misma cobertura moral, pudieron formarse fondos comunes entre interesados en la agricultura de los cereales para con ellos socorrer a quienes entre sus asociados los necesitaran, según práctica de erarios, las instituciones crediticias que ingresaban comprando a un precio y cediendo a otro mayor. Pudo ocurrir igualmente que la actividad de estos se expandiera en la dirección de los que más adelante comúnmente fueron conocidos como montes de piedad, tipo también citado por las fuentes, de modo que el fondo en grano dedicado a préstamos fuese entregado a cambio de bienes de uso ofrecidos como garantía.

Basta el repaso de los tipos representados por el vocabulario que ha sobrevivido para sospechar que el mundo del crédito en grano fue extenso y que de él, a través de los pósitos en sentido restringido o propio, solo una parte del crédito legal en especie a la agricultura de los cereales puede empezar a conocerse. Para el fin propuesto, no es obstáculo aceptar la denominación más general ni mantener la clasificación básica consolidada.

La frecuencia de estos institutos en las poblaciones de la península es más característica de la vertiente atlántica que de la mediterránea, y proporcionalmente más intensa cuanto más al sur. En toda el área noroccidental y banda cantábrica, abastecidas de grano por el tráfico litoral, no existían. Las poblaciones de la región suroeste acumularían en el mayor grado la acción combinada de las condiciones atlánticas y meridionales, lo que convertiría su espacio agrícola en el más propenso al pósito o negocio financiero con el cereal de los cereales. Los de iniciativa privada, en el momento en el que debe concentrarse la atención, eran muchos pero, por las estadísticas hasta ahora difundidas, se puede estimar que la relación que había entre los de promoción pública y los de instituciones piadosas era aproximadamente de dos pósitos públicos por cada uno de obra pía.

A los pósitos públicos más antiguos hasta ahora descritos también se les llamaba reales. La institución recuperó, probablemente en el siglo décimo sexto del humanismo, una parte de los fines de la antigua anona romana, una de sus fuentes. Regulada por Felipe II para que existiera y se mantuviera activa en los pueblos, primero se limitó a la intervención en el consumo y excluyó el préstamo, que solo toleraba cuando había excedente en los almacenes y el grano amenazaba con degradarse. Para actuar así, los pósitos ya se acogían, como era regular para el negocio del crédito moderno, a instituciones que lo enmascaraban. Posteriormente entraron en decadencia. Parece que sus recursos, durante aquel mismo reinado, cercado por las deudas, eran escasos y estaban administrados con poca integridad.

En 1693 los pósitos de la región estaban defraudados en cantidades importantes, tanto de cereal como de maravedíes, prestados a personas poderosas que no las habían reintegrado. Aprovechando que aquel año había sido de buena cosecha, a la administración le pareció el momento adecuado para que reembolsaran lo que debían. No prosperaría la iniciativa. De 1699 se sabe que importantes pósitos de la región se habían consumido, y de 1708 sigue habiendo noticias sobre pósitos fracasados, informes que todavía se reiteran en 1719. Es probable que fuera en torno a 1735 cuando la administración central decidiera orientarlos hacia la función crediticia, el objeto que reclama mayor atención en este lugar. Solo en caso de extrema necesidad podrían utilizar una parte de sus fondos para el abastecimiento.

Parece pues que para averiguar el origen de los pósitos lo más correcto sea indagarlo de acuerdo con el comportamiento del mercado de los cereales. Las violentas oscilaciones que conoce, al menos durante la época moderna, recomiendan hablar, más que del origen, de los orígenes de los pósitos, porque probablemente aparecen y desaparecen al ritmo que marca la inestable producción de cereales. En plena época moderna parecían naturalmente discontinuos. Según afirmaban los que con ellos convivían, unos años se hacía pósito y otros no. Para ensayar lo que al siglo décimo octavo se refiere, sin negar los rastros que permiten detectarlos en la legislación, puede valer la reconstrucción de un pósito, al que a partir de aquí se puede identificar como pósito de referencia.

Aunque no conste su refundación formal, a partir de 1735, en la administración local se habla del pósito como una entidad activa cuando se describe la reserva de grano del municipio. Se había constituido con el remanente del comprado el año anterior para hacer frente a la caída de la producción de cereales entonces sucedida, un origen circunstancial que había derivado del siguiente encadenamiento de los hechos. A fines de 1734 el municipio había comprado 3.000 fanegas de trigo para atender al consumo de la población durante el siguiente mes de noviembre, dando por supuesto que aquella cantidad equivalía a la demanda pública de cada mes. Se portó el tiempo de manera tan favorable que, a partir de entonces, empezó a bajar el precio del trigo. A primeros de marzo siguiente había descendido hasta 32 reales la fanega, cuando durante el verano anterior se había pagado a 42 y a 43 reales. Ante este comportamiento de los mercados, los panaderos prefirieron ir a abastecerse a la capital y el precio del pan empezó a bajar en correspondencia con el retroceso del precio del trigo.

Las autoridades públicas, en los días inmediatamente posteriores, hubieran podido vender el trigo que habían comprado, para limitar el alcance de la pérdida. Prefirieron no hacerlo. En abasto tan delicado y preciso –decían– no podían dejar de tener alguna prevención, por las contingencias y casualidades del tiempo; más aún durante la invernada, cuando quedaban incapaces para el tráfico caminos y mares. En sus cálculos, la quiebra que para la población iba a resultar la pagaría insensiblemente, a través de los arbitrios sobre el consumo que con este fin se habían concedido al municipio. Como a comienzos de marzo, por las lluvias, el tiempo resultaba favorable, decidió el concejo ayudar a algunos labradores con préstamos del trigo del que disponía, para que mantuvieran a los jornaleros y adelantaran en las labores de la sementera siguiente, previa autorización del consejo de Castilla. Los tomadores de los créditos se obligarían, con fiadores que no gozaran de privilegio, y por tanto pudieran ser requeridos ante la jurisdicción ordinaria, en caso necesario, a satisfacerlos en dinero al precio que con ellos se acordara a primeros de agosto siguiente. Todo hacía prever que la cosecha sería abundante y que los precios, en pleno verano, en consecuencia serían bajos.

Una decisión como esta hubiera sido un medio para hacer más asequibles los créditos en especie en lo sucesivo. Pero aquel ensayo no prosperó porque el municipio prefirió recuperar el crédito en moneda, para con ella liquidar la deuda acumulada por la compra de las 3.000 fanegas de trigo. En abril de 1737 todavía se juzgaba que la falta de pósito era causa de las necesidades, menoscabos y atrasos que experimentaban la mayoría de las labores. Meses después, en julio de aquel mismo 1737, la administración municipal todavía llegó a una conclusión alarmante. Si no había medios que ayudaran a emprender la sementera del otoño siguiente, sería imposible que fuera sembrada incluso la décima parte de lo sembrado el año precedente. Impulsados por tan inquietante estado, a fines de septiembre, un grupo de significados labradores de la población proyectó vender 1.000 fanegas de tierra pública, previa facultad que autorizara el arbitrio, con el propósito de invertir el ingreso que se obtuviera en la compra de trigo y cebada de la tierra con destino a la sementera inmediata, así como de granos ultramarinos para mantener a los sirvientes de las labores y la fabricación de pan. El objetivo final perseguido era alentar otro pósito, que se deseaba solo de trigo, cuya erección estable, en el plan trazado, quedaba fiado a la cosecha de 1738. Siendo buena, se podría organizar la institución, tras muchos años de inexistencia de aquel mediador financiero. A la cabeza de los labradores que al mismo tiempo manifestaban sus atrasos y necesidades, y la imposibilidad de hacer sus sementeras por falta de granos y medios, aparecía el colegio de la compañía de Jesús.

En noviembre, aunque los fondos aún no estaban disponibles, se habilitó el primer plazo para los préstamos del grano del nuevo banco, para que en cuanto llegaran fuera posible emprender los cultivos del año agrícola que empezaba. Hasta tal punto el proyecto alentado prosperaba. En los memoriales que los solicitantes de crédito presentaran tendrían que constar, además de la cantidad pedida por cada uno, la obligación que otorgaran de las fanegas que fueran a sembrar, los fiadores que los avalaban y las fincas que hipotecaban como garantía del préstamo, de las que tendrían que mostrar sus títulos de propiedad.

Las solicitudes llegaron a buen fin. A primeros de diciembre el proyecto despegó. El municipio ingresó 270.000 reales de vellón, importe de la venta de las 1.000 fanegas de tierra que había decidido. El efectivo se puso a disposición de labradores y pegujaleros, para que pudieran utilizarlo, de acuerdo con las solicitudes de préstamo que ya habían presentado, para reiniciar sus labores. El argumento de los promotores a favor de la preferencia por el préstamo en dinero, para que cada cual lo invirtiera en la compra de grano de la tierra, que se podía encontrar en el mercado local, fue lo avanzado de la estación. A los vecinos labradores fueron cedidos por este procedimiento hasta 188.950 reales, por completo invertidos en la sementera de 1737. El crédito en dinero sobre todo permitió a los que tenían grano de la tierra, no tenían ganado y acostumbraban sembrar por obradas y a jornal, es decir, contratando animales, medios de trabajo y a quienes los manejaban, a los que pagaban por día de trabajo, que eran una gran porción, acometer sus empresas. Una parte de la agricultura de los cereales, en aquel momento, había separado la inversión en capital energético de la capitalización corriente de las empresas productoras.

Otra parte del dinero ingresado con la venta se invirtió en la compra de grano en la capital de la región, en donde fueron adquiridas 1.923 fanegas de trigo ultramarino. Sus transporte y almacenamiento, que dedujeron una merma de 20 fanegas, sumados al costo del grano, ascendieron a 68.232 reales y 18 maravedíes. Las 1.903 fanegas netas de la operación, para cuyo almacenamiento el nuevo pósito hubo de usar como graneros los del peso de la harina, un monopolio detentado por el municipio como bien de sus propios, fueron asimismo prestadas con un almud de creces, un interés equivalente al 8,33 %. Más adelante, ya en 1738, con el fondo aún disponible se comprarían para aumento del pósito otras 3.536 fanegas y 11 almudes de trigo, por un total de 88.422 reales y 31 maravedíes. A todo el desembolso solo hubo que añadir el gasto ocasionado por la venta de las tierras y el de la gestión regular del nuevo pósito (obras en los graneros, apaleo del trigo, etc.). Así sería posible que en lo sucesivo siguiera activo el banco de grano en la población de referencia.