Contribución del Texto Sagrado
Publicado: diciembre 12, 2014 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Gastón Barea | Tags: constitución |Deja un comentarioGastón Barea
De los estados que compartían frontera con los hebreos ya instalados en Palestina, en primer lugar es posible identificar en el Texto Sagrado el rastro directo de la más característica de las divinidades de Fenicia, fracción de la costa Palestina al norte de la ocupada por los hebreos. Su aparición literaria es digna de la mayor atención, tratándose de la búsqueda de los orígenes de la República. Es una clara referencia al culto al dios que la escritura llama Mélek –literalmente el rey–, un título por el que eran distinguidas bastantes divinidades semíticas, pero que ocasionalmente al menos en el Texto Sagrado parece una referencia a Melqart de Tiro. De Ammón, al este del Jordán, es mencionado Milkom, dios cuyos atributos con facilidad pueden esconder asimilación a Yavé, aunque también se interpreta como una simple variante de Nergal, el dios mesopotámico de la muerte y del mundo inferior. De Moab, la tierra al este del mar Muerto, de cuyos pueblos se sabe que eran politeístas, es mencionado el principal, Kemós, que aparece en la estela de Mesá y que asimismo puede ser una variante del Nergal de Ammón de origen mesopotámico. Testimonia su popularidad que la palabra Kemós está documentada como parte de muchos apelativos moabitas.
Aunque a veces son simples conjeturas, por el Libro segundo de las Crónicas se obtienen pruebas de que en el país de Edom, al sur del mar Muerto, daban culto a varias divinidades. La existencia de distintos nombres que incorporan los de dioses confirma las noticias de su autor. Así, Qos, que quizás esté representado en Qos-Yahu, o en las enumeraciones asirias Qausmalake y Qausgabri. También es posible que hubiera un dios llamado Malik, y otro que llevaría un nombre parecido a Ay. Asimismo, cerca de Borsa se han encontrado figuritas de arcilla, que los arqueólogos han fechado en algún momento de los siglos noveno y octavo, que representan una diosa de la vegetación.
De Filistea, la actual franja palestina en la costa suroeste, todos los dioses de los que hay noticias llevan nombres semíticos. Había templos de Dagón en Gaza y Asdod, otro dedicado a Astoret en Ascalón y otro a Baalzebub en Ecrón. Pero en países más distantes reciben culto divinidades de cuyas liturgias y creencias también se puede esperar testimonio contemporáneo escrito porque el Texto Sagrado también las registra. Keván es el nombre acádico del planeta Saturno, Sikkut es un dios asirio-babilónico, y con la expresión hueste de los cielos son designadas en él las divinidades astrales de Mesopotamia. También hay referencias a los dioses egipcios.
Pero sobre todo constan en el texto los cultos y las divinidades de las tierras donde los hebreos terminaron radicados, el país que la Escritura Sagrada identifica reiteradamente de modo genérico como Canaán. Gracias a estas referencias sabemos con notable satisfacción cuáles eran los dioses que allí recibían culto, de dónde procedían y qué representaban, y cuando van más allá de sencillas menciones es posible deducir el estado hasta el que habían evolucionado en el primero milenio.
Los dioses que recibían culto en aquel espacio, o al menos aquellos a los que la escritura dedica más atención, eran Baal, Astarté y Aserá, divinidades que sin ninguna duda proceden de la cultura de Ugarit, aunque es posible que para entonces hubieran pasado por una reinterpretación fenicia.
Naturalmente el Baal de los Textos Sagrados es Baalu, la divinidad principal de la cultura de Ugarit. A menudo es presentado como el amo del suelo o dueño de la tierra, lo que resulta una abstracción de una idea más elemental. Con preferencia, y sobre todo, entonces representaba el principio masculino divinizado, gracias a lo cual se constituía en un dios de la potencia fecundante, al que los varones debían rendir culto para que los favoreciera.
Seguro se recuerda que baal es una palabra que literalmente significa señor, un sentido muy preciso que esta palabra parece haber adquirido en el momento al que ahora nos referimos. El nombre baal, en el sentido de señor o dueño, que entraba en la composición de muchos nombres de persona, con preferencia se daba al marido. Por eso Baal en aquellas tierras formaba con Astarté o Astarot, la diosa madre, una pareja divina constituida en matrimonio para que diera satisfacción a los cultos de la fecundidad.
Habitualmente el Texto Sagrado se refiere a esta divinidad en plural, los Baales, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, y así como Baal puede ser plural, la pareja que forman Baal y Astarté también en ocasiones es plural, también hay Baales y Astartés. Pero con el recurso al plural el Texto está indicando que en las tierras donde los hebreos se instalaron Baal tenía múltiples títulos, los cuales derivaban a su vez de la multitud de santuarios que a lo largo de aquel país tenía dedicados. Para expresar el grado más alto de dispersión de este culto se podría decir que había tantos Baales como santuarios. El mismo Texto Sagrado precisa que cada ciudad tenía sus dioses, y añade que en Jerusalén llegó a haber tantos altares a Baal como calles había. Aunque sea una deformación hiperbólica, obra de alguno de sus apasionados autores, el indicio al menos puede ser admitido como prueba de las múltiples formas del culto al principal dios de la región, máxime cuando no faltan otras aún más explícitas y más sólidas de la profusión y la diversidad de los baales. Una la proporciona la Sagrada Escritura cuando se refiere al Baal de Siquem, lo que es unánimemente interpretado como que en Siquem hubo un santuario dedicado a Baal. Mambré fue otro lugar que probablemente contó con un santuario de Baal de características similares al de Siquem, e igualmente es probable que en Betel hubiera otro dedicado al mismo dios. El santuario de Lakis, ciudad que estaba al suroeste de Jerusalén y que corresponde al actual Tell al-Duwayr, que fue destruido por el fuego hacia 1200, a la llegada de los hebreos, también es posible que fuera otro de los enclaves del culto de un Baal.
A conocer las causas de la diversidad de estos señores divinos ayuda el testimonio que proporciona el caso de los yebuseos, una peculiaridad que de cualquier forma merece toda nuestra atención. Es uno de los más valiosos sobre las creencias vivas en lo que de manera apresurada se llama religión de Canaán, porque permite entrever que bajo esa denominación genérica en realidad se oculta una mayor diversidad, y en consecuencia rechazar la simplificación en la que se incurre cuando se habla de aquella manera.
Aunque Yebús aparece varias veces en el Texto Sagrado, la crítica se inclina por la posibilidad de que pueda tratarse de una palabra artificiosa o inventada. Es muy probable que el topónimo Yebús sea un simple derivado del gentilicio yebuseo. Pero precisar qué parte es esta gente, entre las demás que habitaran a principios del primer milenio en las tierras entre el Jordán y el Mediterráneo, ya no es tan fácil. En el capítulo 10 del Génesis son citados entre otros supuestos clanes cananeos, en el 15 son colocados junto a los amorreos, los cananeos y los guirgaseos y en el libro de Josué su rey es considerado a un tiempo yebuseo y amorreo. Con seguridad, cuando el Texto Sagrado incluye a su rey entre los amorreos lo hace con el sentido de occidentales que a la palabra amorreos le dan las fuentes acadias, que de esta manera desean identificar de manera genérica a los habitantes de Canaán anteriores a la llegada de los hebreos. Sin embargo, puede que los yebuseos fuesen realmente amorreos, porque esta denominación al mismo tiempo tiene un sentido etnológico muy amplio. De ser esto cierto, yebuseo sería por tanto una designación reservada a los habitantes de cierta área cuya extensión sin embargo no es posible precisar.
De los yebuseos, no obstante, sabemos algo más, que todavía permite llegar algo más lejos. El rey de los yebuseos que el Texto Sagrado menciona tiene por nombre Adoni-Sédeq y Yebús es el nombre que se le adjudica a su principal ciudad fortificada. Esta habría sido adjudicada a la tribu de Benjamín, aunque el límite entre Judá y Benjamín corría paralelo al valle de Ben-Hinnón, justo al sur de un lugar que es llamado hombro yebuseo. Por la falta de precisión con la que es denominado, la localización exacta de este lugar es difícil, y de ahí deriva que no sea posible aventurar la posición que ocupara el grupo yebuseo.
Pero la mención explícita del valle de Ben-Hinnón asociada al topónimo permite deducir sin duda al menos el emplazamiento exacto de la antigua ciudad que fuera su cabecera. Yebús es Jerusalén. Como el nombre Jerusalén, o Urusalim, es un nombre que se remonta por lo menos a la época del Amarna, se puede además tener la seguridad de que el grupo yebuseo, justo porque da origen a una denominación artificiosa del lugar, era una realidad impuesta en aquel lugar cuando los hebreos llegaron allí, la misma que siguió vigente al menos hasta los comienzos de la historia hebrea del lugar. Es de suponer que los yebuseos, o al menos una parte del grupo, siguieran viviendo en la región de Jerusalén, y fuesen absorbidos poco a poco por los hebreos.
La ciudad habría sido un enclave no dominado por estos hasta tiempos de David, quien finalmente la tomaría y haría de ella su capital. No obstante, el rey hebreo hubo de comprar la era de Arauná para construir allí un albergue adecuado donde depositar el arca de la alianza. Los yebuseos son pues un interesante ejemplo de que hubo clanes que fueron capaces, al menos en Yebús, de resistir a la presión de los hebreos durante doscientos años. Y todo esto permite concluir que la diversidad de Baales fue una realidad cuyo origen pudo estar en las fracciones étnicas de la comunidad que genéricamente, e incurriendo en un exceso de simplificación, se llama cananea. Es evidente que cuando los Textos se refieren a la religión cananea están simplificando.
Astarté, que en hebreo es Astarot o Astoret, diosa muy venerada en el antiguo mundo semítico y que con facilidad también entronca con los dioses de Ugarit, entonces, porque había sido asimilada a la tradicional Ishtar, ejercía como diosa de la fecundidad de las plantas, de los animales y de los seres humanos, y por tanto había sido elevada a la condición de diosa del amor. Además, como consorte de Baal, actuaba como diosa madre.
Así como el Texto Sagrado se refiere a Baal en plural, para utilizarlo como denominación general de los dioses de los cananeos, en muchos pasajes el texto sagrado se refiere a las Astarotes o Astartés, también para nombrar en general las diosas de los denominados cananeos. Pero, tal como ocurría en el caso de su consorte, de nuevo el plural es interpretado como indicio de que muchos lugares tenían su propia Astarté. Prueba moderadamente tales extensión y diversidad que las excavaciones hayan exhumado numerosas variantes de amuletos e imágenes de la diosa desnuda.
Aserá era también una divinidad femenina, que igualmente puede ser relacionada con un antecedente directo entre los dioses de Ugarit. Pero la versión que de ella nos presenta el Texto Sagrado es la de una divinidad de similares características a las de Astarté. Como esta, es diosa de la vegetación y de la fecundidad, así como esposa de Baal, y también su culto parece muy difundido por toda Palestina. Tanta es la asimilación que a veces el nombre de Aserá simplemente sustituye al de Astarté. Es probable que en realidad estemos ante una suplantación. Parece que para los autores del Texto Sagrado nunca estuvo claro que Astarté y Aserá fueran divinidades distintas. Como consecuencia, no dispondríamos de un perfil preciso de la Aserá de la primera mitad del milenio anterior a nuestra era que recibiera culto en las tierras de Palestina. Porque, por lo demás, hay pruebas suficientes de que Aserá fue algo más que lo que alcanzaron a retener los autores sagrados. Sus amuletos y estatuitas se han encontrado también en gran cantidad en los yacimientos de la región, no solo en los niveles correspondientes a los tiempos anteriores a la inmigración hebrea, sino también en los posteriores a esta.
Pero más allá del sentido recto, conocido con mayor o menor fortuna por quienes los utilizan, los nombres de Baal, Astarté y Aserá son empleados en el Texto Sagrado de manera tópica. En él estos nombres en muchas ocasiones también cumplen con el trabajo de representar cualquier manifestación de religiones distintas a las instituidas para dar culto al dios único. Su exégesis acepta que estos nombres, aunque aluden a divinidades con significados precisos en sus culturas, en el Texto Sagrado, independientemente del tiempo en que sean situados por el narrador, representan de manera genérica a los dioses de las demás religiones con las que tuvieron que convivir. Los nombres son utilizados como en la magia el objeto sobre el que se pretende descargar el maleficio. Los ejemplos sobre este uso degradado del panteón ajeno podrían multiplicarse. Así, a Baal se le llama la Vergüenza, y en la época más reciente se llegó a considerar impía la mención de la palabra baal. Y lo que ocurre con los nombres de los dioses de aquella tierra ocurre con sus ritos, no exactamente con su descripción, sino con su exclusiva mención. Quienes emplean estos recursos actúan así con la finalidad de condenar genéricamente todo lo que creen un obstáculo para la nueva religión.
Esta manera de recurrir a los nombres de las divinidades vigentes en Palestina y sus cultos no tiene el menor interés para nuestro objeto, y no tendría por qué ocuparnos una vez registrada la reacción. Sin embargo, sí es relevante el deseo de combatir la contaminación que cuando se expresan de este modo descubren los autores sagrados, porque con sus protestas deslizan argumentos que ponen al descubierto un fondo de sincretismo en el que pudieron quedar retenidas algunas manifestaciones de las divinidades que pueden ser muy valiosas para satisfacer los objetivos que nos hemos propuesto. Con sus nombres podemos abrir la puerta al conocimiento de todavía más cultos que a ellas pudieran estar asociados, activos durante la primera mitad del milenio anterior a nuestra era en las tierras de las monarquías hebreas.
Disponemos ya de suficientes testimonios como para aceptar que en el espacio ocupado por esta comunidad étnica convivían diversas creencias. En la constituida sobre él, además de los hebreos, se integraron residentes que no lo eran, los cuales sin embargo debieron formar parte del nuevo estado, al menos desde el punto de vista legal, el cual, en aquel momento de la organización de la convivencia, era el mismo que el religioso. Todos debieron estar obligados por las mismas normas, o al menos eso pretendería el legislador hebreo, el elemento étnico dominador. Las viejas leyes del Levítico, según los analistas, fueron sobre todo motivadas precisamente porque el legislador hebreo era consciente de los peligros que para la religión del dios único procedían de las prácticas de culto vigentes entre sus convecinos.
Cosa distinta sería su fuerza para imponer a todos esas leyes, incluso a los propios hebreos, especialmente en el campo de la religión. Es opinión común que la mayoría de estos, durante el tiempo que es objeto de nuestra observación, practicaban también de forma discrecional la religión o religiones que estuvieran vigentes en las tierras por ellos ocupadas, sin que fuera posible contener con eficacia estas iniciativas autónomas. No debe caber ninguna duda sobre el parentesco directo que hay entre los elementos de aquellas religiones, una parte de los cuales conocemos a través de los textos de Ugarit, y la religión de los hebreos, tal como puede ser analizada en los Textos Sagrados. Menos aún debe mantenerse reserva alguna hacia el uso de esta evidencia. Basta con afirmar las cosas tal como quedaron escritas con la Letra Sagrada para reconocer además que la religión cananea y la religión hebrea que podemos leer gracias a ella son evidentemente dos hechos distintos. Pero es que además ocurrió que la influencia de la demás religiones activas en las tierras de Canaán fue enorme en la del dios único, hasta el punto que muchos de sus elementos pasaron a la religión de los hebreos.
El primer grado de esta contaminación se manifestaría en la aceptación por los hebreos, según el Texto Sagrado, del culto a Baal, la forma divina sin duda más popular en las tierras ocupadas. A decir de la Fuente Sagrada, los hebreos fueron en pos de los Baales, y aludiendo a la atención que se les concedía se dice de manera imaginativa que Baal se comió la lacería de sus padres desde la juventud de sus descendientes, queriendo referir que cuanto esfuerzo por erradicar estos cultos habían hecho generaciones enteras no bastaron para que desapareciera de sus vidas. De la extensión que llegara a alcanzar esta creencia da idea además una secuencia de afirmaciones condenatorias que el Texto Sagrado hace pronunciar a Yavé. La que expresa que quitará de boca de los hebreos los nombres de los Baales y que estos no serán en lo sucesivo por ellos mentados habla de la frecuencia de su invocación, y la que lo hace afirmar que extenderá su mano contra Judá y contra todos los habitantes de Jerusalén, y que extirpará de este lugar lo que queda de Baal, indica el arraigo del culto en la primera ciudad de los hebreos.
Sobre las razones de los diversos grados de intercambio e influencia mutua que florecieran, los propios Autores Sagrados creen que en una parte derivan del intento de atraer la atención de las comunidades con las que tenían que convivir. De esto modo, en su opinión, no solo habrían incumplido uno de los compromisos que con el dios que hasta allí los había guiado habían contraído, exterminar a los pueblos que Yavé les había señalado, sino que se mezclaron con sus gentes y aprendieron sus prácticas. El Texto Sagrado dramatiza esta explicación poniendo en boca del propio Yavé la afirmación de que él los había conducido a la tierra que mano en alto había jurado darles, pero que para su desgracia en ella habían visto toda clase de cultos. Protesta también Yavé de que al conducirse así el pueblo que ha elegido ha actuado doblemente mal, y enfatiza su decepción en los siguientes términos figurados. A él, manantial de aguas vivas, lo habían dejado para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen.
Que la influencia de otras religiones en la del dios único fuera consecuencia de un deseo de atraerse a las comunidades que profesaban aquellas no deja de parecer discutible. Los analistas contemporáneos más bien creen que, en sentido inverso, los hebreos derivaron hacia la síntesis religiosa porque derivaron hacia nuevas actividades materiales, a través de las cuales fueron incurriendo en sus correspondientes prácticas rituales, para ellos en origen extrañas. Así, cuando estaban viviendo la experiencia de la sedentarización, del cambio a nuevas formas de vida, especialmente el cambio a la agricultura, se vieron arrastrados a los cultos a la fecundidad que en las tierras a las que llegaban se celebraban desde tiempo atrás. Ahora el problema práctico para ellos era asegurar la fecundidad y su forma más práctica, la abundancia de las cosechas. Y ocurría que a los métodos de cultivo que habían encontrado en aquellas tierras iba asociado un ritual religioso, que fue imitado.
Iniciarían así una asimilación de la cultura y las formas de vida de Canaán que comprenderían también los baales y las astartés venerados en los numerosos santuarios a ellos dedicados a lo largo de todo el país. Baal, el dueño de la tierra y dios de la fecundidad, asimismo debía ser propiciado por los hebreos. Para estos podría seguir siendo útil hacer alguna que otra vez una peregrinación al santuario de Silo, el principal centro del primtivo culto a Yavé entre los hebreos sedentarizados. Pero los lugares de culto ya consolidados en aquella tierra eran múltiples, estaban más cerca y sus ritos resultaban tan atrayentes como justificados. De este modo los cultos a las fuerzas de la naturaleza, la parte de las religiones de la región que más atrajo la capacidad de escandalizarse de los Autores Sagrados, terminaron contaminando a los hebreos anteriores al exilio.
Buena parte de estos males, en opinión del propio Texto, procedería de la incontinencia, que provocaba alocadas decisiones en los hombres, que preferían vivir ignorando las virtudes de la vida célibe. Casarse con una mujer de otra religión, aparte los deberes descargados por el nuevo estado, inducía a ligarse a sus dioses. El efecto de la influencia religiosa que por vía matrimonial los hebreos recibieron el Texto lo expresa mediante una acusación. Literalmente les recrimina haber profanado el santuario querido de Yavé al casarse con la hija de un dios extranjero.
Pero también fue vía de transmisión de la conducta desviada el vínculo de sangre derivado del conyugado. En otro lugar la Escritura Sagrada afirma que, hasta el momento en que el Autor escribe, los hebreos se contaminan con todas estas basuras suyas porque se conducen como sus padres. Y sobre el efecto de las vías de la consanguinidad es seguro que también se acumuló el de las institucionales. Tales maldades, a decir del Texto, no solo fueron cometidas por los padres, sino también por los reyes de Judá y sus caudillos, por ellos y por sus mujeres.
Pero otras expresiones, al tiempo que reiteran posibles vías por las que los hebreos pudieron recibir las influencias de religiones diversas, aventuran un orden de sucesión de estas influencias. Los Baales que sus padres les enseñaron, expresión que igualmente registra el Texto Sagrado para referirse al origen de las influencias de creencias semitas ajenas a la hebrea, es de un tenor que permite suponer no solo la transmisión por vía familiar de las creencias y los ritos relacionados con la fecundidad, sino que esta es anterior en el tiempo a otras que pudieran haber emergido entre las mismas gentes.
La insistencia en estos hábitos, la frecuencia de la contaminación, vino a parar en la inevitable asimilación, y Yavé adoptó rasgos de Baal, y en la práctica, en muchas ocasiones y en bastantes lugares, terminaron confundidos o identificados. Tan alto pudo ser el grado de confusión que algunos piensan que los elementos del culto a Baal que poco más arriba hemos sintetizado, los mismos que pueden ser rastreados en el Texto Sagrado, en realidad exponen los rasgos más sobresalientes de un culto que igualmente era concedido a Yavé, practicado por los hebreos en los santuarios del culto a la fecundidad que ya estaban consolidados.
Los indicios en favor de esta idea no faltan. Muchos creen que Baal-Berit es una denominación que combina el dios de la alianza o dios único con el Baal de Siquem al que hace poco nos referíamos. El templo de este Baal-Berit se encontraría en Bet-Miló, lugar cuyo otro nombre probablemente sea el de Migdal-Siquem. Ambos designarían la parte fortificada de Siquem, donde además del citado templo estaría el palacio del rey y los edificios públicos más importantes. Además, de Baal de Peor, cuyos antecedentes tal vez puedan rastrearse en Moab, se sabe, sobre que era celebrado con ritos sexuales, que muchos hebreos se sintieron atraídos por ellos.
Por otra parte, parece prueba directa de la conexión entre creencias que Baal sea parte de nombres hebreos registrados en el Texto. Así Isbaal, hijo de Saúl, o Meribaal, hijo de Jonatán, y es bastante probable que Gedeón se llamara originalmente Yerubbaal, denominación compuesta que literalmente quiere decir que el Señor actuará, se sobreentiende que a favor del portador del nombre. Sospechan los analistas que en todas estas denominaciones se está haciendo referencia a un Yavé-baal, no al Baal originario de Ugarit, lo que significaría que los nombres israelitas que terminaban en baal expresaban la convicción de que Yavé era el dueño o Señor.
No obstante, hay quien cree que esta manera de señalar al dios único raramente se aplica a Yavé. El autor del Texto dice que Yavé se niega a que en lo sucesivo sus fieles lo llamen Baal mío. Pero más bien se podría pensar que cuantas veces a Yavé se le denomina Señor en el fondo se está haciendo uso de la palabra Baal y que esto es una prueba tan explícita como frecuente del sincretismo. Que además el texto sagrado hable contra esta confusión puede ser presentado igualmente como demostración de que la identificación entre ambos dioses existió.
Baal es la divinidad que más veces es mencionada en el Texto, evidentemente a excepción de Yavé. Con su uso escrito parece que lo que realmente ocurrió fue que los que escribieron en los tiempos posteriores a los hechos a los que se refieren, cuando Baal pasó a ser sinónimo de idolatría, vieron con malos ojos el uso de la palabra baal en los nombres, y en consecuencia incluso tales nombres fueron cambiados o reinterpretados. Aplicando aquel criterio condenatorio, en sus escritos prefirieron cambiar baal por boset, la palabra que en hebreo significa vergüenza. Así, en el segundo libro de Samuel Isbaal es llamado Isboset y Meribaal Mefiboset, mientras que el otro caso mencionado corrió mejor suerte. El nombre de quien se llamara originalmente Yerubbaal fue cambiado por el de Gedeón, después de su vocación o por la tradición posterior. El recurso a esta modificación es por tanto una buena pista de cómo evolucionaron las actitudes religiosas.
(Continuará)
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