El pan podrido

Redacción

1. Una población a mediados de 1750 había comprado por su cuenta, aunque a expensas del caudal cedido por el rey del importe de sus rentas, mil fanegas de trigo ultramarino para hacer frente a las necesidades que provocara el hundimiento de la producción de los cereales aquel año.

El 11 de septiembre de 1750, en la reunión de su ayuntamiento, uno de sus regidores informó que el cereal, tal como se había decidido en su momento, estaba encamarado en los graneros del pósito. No obstante haberlo movido y apaleado muchas veces, para preservarlo de corrupción, y haber ido a repetir esta operación un par de días antes, el 9, había advertido que comenzaba a calentarse y a criar algún gorgojo, por lo que inmediatamente había ordenado que la mitad del trigo se moviera y se mudara a otro granero. Aligerado de este modo, con los frecuentes apaleos que se le daban, creía posible que se mantuviera.

El ayuntamiento decidió que se siguiera apaleando, así como convocar a cabildo para el lunes siguiente, día 14, con esta justificación. La necesidad de los naturales de la población era tan urgente y notoria, y, como el caudal del pósito era y debía ser para el beneficio común, debía conferirse sobre si sería conveniente distribuir entre los necesitados parte de este trigo en pan amasado.

Cuando el ayuntamiento se reunió el día 14 el orden del día había sido ampliado. Eran dos los asuntos a tratar, el socorro a los pobres mendigos naturales de la población y las mil fanegas de trigo ultramarino que habían comprado y habían empezado a calentarse. El acuerdo al que se llegó sobre lo segundo tenía consecuencias para lo primero, la política de pobres que se estaba aplicando. Se dijo que en aquel momento era superior la necesidad que había en el común de los pobres de la población, cuyo número había aumentado en pocos días a consecuencia de las órdenes que en esta materia había dado la junta de granos del reino, para que cada pueblo mantuviera los que hubieran nacido en él. Para su socorro no alcanzaba, aun en poca cantidad, la limosna que diariamente recogían, pidiéndola todos los días de puerta en puerta, por más que las personas caritativas quisieran ampliarla en aquella situación con esfuerzos superiores a los que hacían en otros tiempos.

El gobierno de la población, para hacer frente a tan importante materia, había propuesto a la junta del reino, como medios para hacer efectiva la limosna que se necesitaba, la imposición de arbitrios sobre frutos y otros géneros, así como el arrendamiento de algunas tierras baldías. Pero no había sido admitida por la junta la imposición de los arbitrios, aunque había permitido el arrendamiento de tierras, que se había intentado bajo las formalidades previstas por la junta, pero que hasta el momento había sido imposible porque no había postor para ellas.

De esto resultaba, no solo el irreparable perjuicio que padecía la multitud de pobres por falta de socorro, sino el gravísimo daño de que muchos, forzados por su necesidad, en los campos término del municipio, atropellaban ganados y ganaderos y habían cometido diferentes excesos criminales, que habían puesto en el mayor cuidado al gobierno municipal y sus justicias. Todas estas circunstancias, por ser dignas de la mayor atención y pedir rápidamente soluciones, habían recomendado al gobierno de la población buscar otras salidas.

Parecía la más oportuna servirse del caudal del pósito, puesto que era propio del común, lo que podía hacerse sin perjuicio de la sementera inmediata, teniendo en cuenta que estaban almacenadas y compradas aproximadamente mil fanegas de trigo ultramarino. Inmediatamente podían servir para hacer frente a la necesidad de que se trataba. Se podrían repartir a los pobres en pan cocido, según un plan de reparto diario.

Para su satisfactoria ejecución sería necesario prever la reposición de las mil fanegas. Para ello, bastaría servirse de las creces del pósito, tarifa de sus créditos en grano que igualmente era obligado liquidar en la misma especie. Serían suficientes las de un año, y esa cantidad sería reservada para venderla en la siguiente sementera. Los ingresos que así se obtuvieran se podrían después aplicar a satisfacer la deuda que se había contraído en su momento con la hacienda real, la que había proporcionado la masa monetaria que en junio se había invertido en la compra del trigo ultramarino.

A la asamblea de gobierno de la población le pareció conveniente consultar a la autoridad regional sobre este plan, adjuntándole testimonio del acuerdo que se había tomado, otro de que el municipio no usaba arbitrio alguno, más un tercero que acreditara la existencia de aquel trigo. Con estos informes, al que aún se añadiría otro del caudal del que disponía el pósito, que también habría de certificarse, haciendo uso de las facultades que le habían sido concedidas por la corona para hacer frente a las necesidades que en aquel momento tenía la región, teniendo por oportuno este providencial acuerdo, podría hacer uso de su autoridad en lo que creyera viable. Acordaron que por el correo inmediato, por medio del propio corregidor, cuya conducta era fiel a la de quien en aquel momento personifica la autoridad regional, fuera ejecutada la decisión antecedente.

2. El 28 siguiente, el ayuntamiento, a través de uno de sus regidores, que había sido nombrado como diputado para el beneficio del trigo ultramarino, tuvo de nuevo noticias sobre el estado del grano. No obstante su continua atención, gracias a la cual cada tres días estaba siendo objeto de grandes apaleos, con grandes costas y gastos, se reconocía en él quebranto y deterioro, que llegarían a lo sumo si el gobierno local en breve no tomaba alguna decisión para que se dispusiera de él.

Pocos días después, el 2 de octubre, fue el medidor público de granos quien informó al ayuntamiento que aquel grano necesitaba ser vendido inmediatamente, porque había empezado a picarse y su daño continuaba, aunque estaba apaleándose diariamente. Como se estaba vendiendo otro en la población con alguna merma, porque estaba húmedo, a 36 reales la fanega, compensando la merma que podía tener el de propiedad pública, que se encontraba completamente seco, por lo picado que estaba, también podría venderse en aquel momento a 36 reales. Si no se vendiera inmediatamente, tanto el daño como la pérdida podrían ser mucho mayores.

A consecuencia de tan alarmante informe, aquel mismo día el ayuntamiento acordó la venta de sus mil fanegas de trigo ultramarino a 36 reales, a pesar de que su adquisición había obligado a un desembolso de cerca de 42.000 reales. Aunque se habían adquirido a 37, acumularon un costo unitario de 40.44, y para resarcirse de todo el gasto incluso hubo un momento en que se pretendió venderlas a 42. Ahora reconocían que, en caso de venderse al precio que le correspondía, se seguiría un grave perjuicio al común, porque como consecuencia el pan elaborado con aquel trigo tendría que venderse a un precio más alto que el que tenía en aquel momento en el mercado local. Para que la venta no se demorara, fueron facultados por el gobierno de la ciudad dos regidores, a quienes se les autorizó a ejecutar lo que creyeran conveniente para que el trigo ultramarino fuera pronto despachado. El déficit que de esta operación iba a resultar para los haberes reales se absorbería con la venta de las mil fanegas de trigo que se ingresaran gracias a las creces del pósito. Según informaba el corregidor, que estaba en la capital tratando el asunto con la máxima autoridad territorial, ocupados ambos en el alivio de la región por orden del rey, se facilitaría esta venta para con su importe restituir los ingresos de la corona.

3. De cómo fueron ejecutadas estas decisiones no tenemos datos, pero el 3 de junio siguiente, ya año 1751, el alcalde mayor, en ejercicio de corregidor, porque aún estaba ausente el titular, formalizó por escrito una denuncia al instante de haberle sido comunicada. Se estaba vendiendo pan amasado con trigo de la mar de muy inferior calidad, el adquirido por el municipio meses antes, comercializado al por menor a través del pósito, y aun perjudicial para quien lo llegara a comer.

Para que no sufriera ningún daño el común, y fuera corregido cualquier desorden en el que pudieran haber incurrido los panaderos, mandó que el alguacil mayor, en compañía de un escribano de cabildo, asistido por los ministros de justicia que tuviera por conveniente, se presentara en los lugares donde habitualmente se vendía el pan. Para proceder tal como correspondía, se haría acompañar asimismo por panaderos inteligentes, que actuarían como peritos y reconocerían las piezas que en aquellos lugares se estuvieran vendiendo. Si efectivamente comprobaren que no eran de buena calidad, que las aprehendieran y las pusieran en depósito seguro.

Tras notificar al alguacil mayor el nombramiento del que le había hecho objeto el alcalde, el escribano requirió a Andrés Tapia y a Francisco Paredes, de 53 y 42 años respectivamente, vecinos del municipio y panaderos de toda inteligencia. Eran, por su continuada práctica, los que más bien conocían la bondad o mala calidad del pan y del trigo que se amasaba. Se mostraron dispuestos a obedecer lo que la autoridad judicial había decidido y se comprometieron a hacer fiel y legalmente el reconocimiento que se les mandaba hacer.

Alguacil mayor, escribano, diferentes ministros de justicia y los dos panaderos peritos para el reconocimiento del pan, se personaron en una de las calles centrales de la población, donde decidieron aprehender tres partidas de pan, amasado con trigo de la mar y comercializado en hogazas de a dos libras: 14 hogazas procedentes de la panadería de Antonio Carballido, 4,5 de la que tenía Francisco Santana, quien las comercializaría por medias hogazas, y 16 de la regentada por Cristóbal Navarro. El alguacil mayor puso las tres partidas en poder y depósito de Juan Gutiérrez, vecino del municipio en la calle aludida, quien se entregó en ellas y se obligó a tenerlas en su poder a disposición de la autoridad que lo había constituido en depositario, así como a no entregarlas a persona alguna sin que el alguacil lo mandara. Ante tres testigos a esta seguridad se sometió con su persona y con sus bienes habidos y por haber.

En la misma calle aprehendieron otras tres partidas de hogazas de pan de a dos libras, de inferior calidad, asimismo hechas con trigo de la mar. En casa de José Roldán, procedentes de Lorenzo González, panadero, 10 hogazas y 3 cuarterones, lo que significa que la hogaza este la comercializaba incluso en octavas partes, porque el cuarterón era la cuarta parte de la libra, si bien es posible que cuarterón se emplee aquí en el sentido más general de cuarto, lo que del mismo modo sería una peculiaridad para la comercialización del pan. En casa de Alonso Rodríguez, de Juan Palomo, panadero, 26 hogazas, y en casa de José Carrera, de María de la O, panadera, 27. Las tres partidas fueron puestas por el alguacil mayor en depósito de Manuel Ibáñez, vecino de la población, en aquella calle, que estaba presente. Se dio por entregado de todo este pan y se obligó con las mismas formalidades que fueron satisfechas en el caso anterior. Se comprometió a no entregarlo a persona alguna sin expreso mandato para ello del alcalde mayor, o en su defecto a pagar su valor

Fue a continuación el grupo judicial a otro lugar céntrico, esta vez en la otra mitad de la población, y allí aprehendieron otras cuatro partidas de pan. También se trataba de hogazas de a dos libras amasadas con trigo de la mar: 4 que se estaban vendiendo como de Javier Rodríguez; 68 en casa de Pedro de Ojeda, quien dijo que eran de Juan Martínez, panadero; y en casa de Cristóbal Gallardo dos partidas, una de 25 hogazas, quien declaró que eran de Sebastián Romero, panadero, y otra de 26 que, según manifestó, eran de don Juan de Valenzuela, quien allí las había enviado a vender. Estas cuatro partidas quedaron en depósito de Fernando de Rueda, que vivía en aquel lugar.

Todavía en casa de Cristóbal Gallardo hicieron una segunda aprehensión, de 91 hogazas de pan. Dijo que eran también de Sebastián Romero. Y aún en el mismo lugar, en casa de Ignacio Fernández fueron incautadas 68 hogazas de un Antonio Carrero, panadero, que más adelante aparece identificado con el nombre de Antonio Rodríguez. Todas eran de a dos libras y habían sido amasadas con trigo de la mar de inferior calidad. Quedaron las dos partidas en depósito de Antonio Gutiérrez, vecino de la población allí mismo.

Por último, la comisión fue desde ese lugar hasta la calle de salida de la población en dirección a la capital. Allí, en casa de Antonio Toranzo, aprehendieron 25 hogazas de pan, también de a dos libras, del que dijeron los peritos que había sido amasado con trigo de la tierra, picado y de muy inferior calidad, motivo por el que olía muy mal. Toranzo explicó que se lo había llevado Alonso Pérez, llamado Zape, panadero, para que lo vendiera, y en efecto ya había vendido algunas hogazas de él a 6 cuartos, es decir, a 24 maravedíes cada una. El alguacil mayor también denunció este pan y lo puso en depósito y poder del propio Toranzo.

Al escribano todavía le quedó tiempo para ir a casa del alcalde mayor y relatarle los autos y diligencias que el alguacil mayor había ejecutado. El alcalde los aprobó e interpuso en ellos su decreto judicial. Le mandó que continuara en el ejercicio de la comisión que le había conferido, ya que él se encontraba indispuesto para hacer aquellas diligencias, y justificara si era o no perjudicial para la salud pública el pan amasado de trigo de la mar que se había aprehendido. Para que lo reconocieran nombró a Andrés Tapia y Francisco Paredes, los mismos panaderos y peritos inteligentes que ya habían actuado en la inspección. Cuando aceptaran y juraran el reconocimiento, una vez que lo hicieran, comparecerían a declarar lo que resultara. Explicarían las razones por la cuales el pan aprehendido era de mala calidad [sic] y de dónde le provenía esta condición.

Hechos el reconocimiento y la declaración de los dos peritos, se presentarían a los médicos don Bernardo Luis Oviedo, de 33 años, y don Bernardo Francisco Oviedo el menor, de 73 años [sic], titular de los reales hospitales y ejércitos, de la familia de la reina, que residían en la población, a quienes el alcalde mayor había decidido nombrar para que, haciendo experimento con el pan aprehendido, depusieran sobre su malignidad, en caso de que la tuvieran, y sobre los perjuicios que pudieran seguirse a la salud pública, si se comiera, con la mayor expresión y claridad. Cuando así fuera ejecutado, los autos deberían llevarse ante él para en su vista proveer.

El escribano, sin que aún hubiera terminado aquel largo 3 de junio, notificó las decisiones del alcalde al alguacil mayor y a los panaderos peritos, quienes aceptaron y juraron, y a don Bernardo Francisco Oviedo y a don Bernardo Luis Oviedo, los médicos, sus nombramientos para el reconocimiento del pan aprehendido, que igualmente admitieron, juraron y firmaron.

El alguacil, acompañado por el escribano y los dos peritos nombrados, asistidos por diferentes ministros de justicia, pasaron a los lugares donde estaba depositado el pan aprehendido. Los peritos lo fueron reconociendo, probando y partiendo en presencia del escribano. Así actuaron con el que habían aprehendido en la segunda inspección, y lo mismo con el que estaba en depósito después de la primera, con expresión de todos los amasijos de cada uno de los panaderos que constaban en los autos. Hicieron el reconocimiento a su buen leal saber y entender. El escribano lo puso por diligencia y los dos peritos no firmaron porque no sabían. El alguacil mayor, ante el escribano, les tomó juramento, y dijeron haber reconocido el pan aprehendido y ofrecieron decir la verdad. Y este fue su dictamen.

Once de las partidas eran de mala calidad. El pan, según su olor y sabor, demostraba que el trigo de la mar con el que se habían amasado las respectivas hogazas era muy inferior, podrido y dañino para quien lo comiere, por lo que no se debía usar de él para la alimentación. La partida de 25 hogazas aprehendida en casa de Antonio Toranzo, durante el último reconocimiento, amasada por Alonso Pérez, alias Zape, con trigo de la tierra de inferior calidad, de aspecto muy añejo, era aun de más mala calidad que el de la mar, como de él se demostraba. Estaba podrido y había sido sacado de silos donde en gran parte se había cargado de humedad.

Solo la partida de 4 hogazas, depositada en casa de Fernando de Rueda, durante la segunda inspección, que se estaban vendiendo como de Javier Rodríguez, no era de mala calidad. En cuanto a la partida de 27 hogazas aprehendida en casa de José Carrera, durante la primera, y depositada en Manuel Ibáñez, que procedía de la panadera María de la O, aunque amasada con el trigo de la mar, no era de tan inferior calidad como las otras. Era cierto que estaba prieto pero no tenía tan mal olor y tan baja calidad como las demás, por lo que se podía comer sin el riesgo que las otras tenían.

Al día siguiente, 4 de junio, ante el alguacil mayor, comparecieron los dos médicos. El alguacil, ante el escribano, les tomó juramento. Lo hicieron y ofrecieron decir la verdad en lo que se les preguntara, y fueron interrogados sobre el reconocimiento del pan aprehendido que habían hecho.

Dijeron que el día anterior habían reconocido una porción de pan cocido de hogazas de a dos libras, y que habían visto el dictamen de los panaderos nombrados para este caso, quienes habían afirmado que el pan estaba amasado con trigo corrompido, tanto el de la tierra como el de la mar, como lo demostraban sus malos olor y sabor, que patentemente se manifestaban. Bajo este supuesto, los médicos afirmaban que el uso de este pan para comer era muy pernicioso. De él podía resultar gravísimo daño, como una epidemia o peste, puesto que el aire y los malos alimentos eran las dos causas principales de semejantes tragedias. Entre los alimentos, la causa más principal, como más común, era el pan. Era cuanto de su parte podían manifestar, en cumplimiento de sus obligaciones, y así lo decían.

Suplicaban, en consecuencia, que se hiciera celar e impedir semejante introducción y uso, en lo que se interesaba la causa de Dios y la común, y la buena administración de justicia por su responsable por dos títulos, como padre de la república y como individuo. Como tal le podía alcanzar como al más pobre, teniendo como tenía a sus puertas los ejemplos de Antequera y Málaga, que podrían haber provenido de la misma causa. Así lo sentían y declaraban, bajo el juramento que tenían hecho, y lo firmaron. A continuación, el escribano fue a las casas del alcalde mayor y le dio cuenta del estado de los autos y diligencias en curso. Los aprobó e interpuso su autoridad y decreto judicial, mandando que se hicieran presentes los autos, para en su vista dar las providencias que correspondieran.

El 7 de junio el alcalde mayor, porque actuaba como juez en estos autos, mandó que por el término de una audiencia, que se les señaló por último y perentorio, se diera traslado de ellos a todos los panaderos a los que constaba habérseles aprehendido pan amasado con trigo de inferior calidad; para proveer con lo que dijeran o no, pasado que fuera el plazo, en vista de los autos.

El escribano lo notificó a cinco de los encausados: Antonio Carballido, Cristóbal Navarro, María de la O, Sebastián Romero -por dos partidas- y don Juan de Valenzuela en sus personas, a quienes apercibió de su efecto. Al día siguiente, 8 de junio, el escribano cumplió con la notificación a otros dos panaderos, Lorenzo González y Juan Palomo, en sus personas. Y al otro día, 9 de junio, el escribano notificó el auto en cuestión a Juan Martínez y Antonio Rodríguez, antes identificado como Antonio Carrero, panaderos, en sus personas, a quienes apercibió de su efecto. Después, el escribano sacó memoria de los panaderos que faltaban por notificar y la entregó a Tomás de la Reguera, portero del cabildo, para que los citara. Entre el 9 y el 10 de junio este cumpliría con el encargo que se le había hecho, y el 10 compareció ante el escribano diciendo que había citado a Francisco Santana, Javier Rodríguez y Alonso Zape en casa de cada uno de ellos. Pero dos días después, el 12 de junio, de nuevo depuso ante el escribano, ahora diciendo que había citado por segunda vez a los panaderos que no habían comparecido y constaban por los autos no haberse notificado. En casa de Javier Rodríguez se le había respondido que este ya no era panadero y que se había ido a trabajar a la Sierra. En la de Francisco Santana, que estaba ausente de la población y no sabían cuándo vendría, y la misma respuesta le habían dado en casa de Alonso Zape.

Decidido a acabar con estas dilaciones, para citar de nuevo a los panaderos incursos en los autos, esta vez el escribano entregó memoria, con expresión de sus nombres y apellidos, a Eusebio Martín, alguacil del municipio. El 14 de junio compareció ante el escribano. Cumpliendo con la diligencia que se le había mandado, había buscado, en primer lugar, a Francisco Santana. Habiéndose informado en la casa donde vivía, se le había dicho que no era natural de la población, de la cual se había ausentado a Guadajoz con su mujer y familia, después que se le hubiera aprehendido el pan que constaba en los autos. Había pruebas, por otra parte, de que Javier Rodríguez estaba ausente en la Sierra cardando, y decían que tardaría en volver de allí entre tres y cuatro meses. La mujer de Alonso Zape, por último, le había dicho que su marido estaba ausente de la población. Pero ofreció, luego que viniera, decirle que compareciera en las casas audiencia o en la escribanía donde se estaban tramitando los autos. Volvió tan pronto que al día siguiente, 15 de junio, el escribano le pudo hacer saber el auto de traslado proveído el día 7 al propio Alonso Pérez, llamado Zape, según y como en él se contiene, en su persona, a quien apercibió de su efecto.

El día 16 el alcalde mayor, en ejercicio de corregidor por ausencia del titular, declaró, vistas las declaraciones hechas por los peritos y los médicos nombrados para el reconocimiento del pan aprehendido a distintos panaderos. Se verificaba, en primer lugar, por las diligencias que los interesados estaban notificados, a excepción de Javier Rodríguez y Francisco Santana, de los que constaba que se habían ausentado y que, aunque había pasado el término, y mucho más del que se les señaló por último y perentorio, no habían dicho o alegado cosa alguna, por lo que estaba visto que no tenían qué responder y conocían su delito. Por lo tanto, declaró todo el pan amasado aprehendido de inferior calidad y hecho con trigo podrido, de mucho gravamen para la salud pública para quien lo comiere, y decretó que para que esto no se experimentara que todo el pan fuera deshecho y se enterrara.

En cuanto a lo que resultaba contra los panaderos, el alcalde mayor los condenó a las costas de los autos, a justa tasación, mancomunándolos en ellas, y apercibiéndoles de que se abstuvieran en adelante de amasar pan de trigo que no fuera de buena calidad, porque, si así ocurriera, serían castigados con el mayor rigor. Las costas fueron 12 reales para el juez, 93 para el escribano, 34 para el alguacil mayor, 24 para los ministros, 8 para los peritos y 1 real y 12 maravedíes de papel. En total, 172 reales y 12 maravedíes, que fueron divididos en solo ocho partes. Si tuviéramos en cuenta que los encausados habían sido doce, que dos estaban ausentes y que el pan de otros dos no se consideró completamente nocivo, estaríamos en condiciones de identificar por sus nombres a cada uno de los ocho penados, cada uno de los cuales tocó a unas costas de 21 reales y 18 maravedíes. Eso fue todo. Un proceso más serio podría haber encausado a quienes fueron los responsables de que aquellos trigos se hubieran comercializado.


El cenicero

D. Ansón

Mantengo sobre la mesa donde trabajo un singular cenicero, recuerdo de un viaje a Grecia que años atrás hizo un amigo. Es de tan buena condición que hasta allí llegó, cargado de maletas, tras horas de espera y trasbordo, llevado por el deseo de traerse en la memoria lo que su pasión por el extinto mundo antiguo le proporcionaba aquí sin causarle molestias.

Venero la pieza en su sentido recíproco. A mí no puede recordarme el país de Homero porque no lo conozco, y hechos cálculos con mis deseos de saber y la vida que me queda pronostico que raro será que alguna vez lo pise. Tampoco es mi atracción por aquella tierra tanta que mi conciencia sucumba a la vívida reiteración de un deseo insatisfecho. Reconozco en este objeto la afortunada circunstancia de que estando mi amigo afanándose en complacerse, lejos de aquí, mi vida fuese traída a su presente en el instante de generosidad de su viaje, seguro que no por enmascarar la venganza.

Es un cuenco de moderado tamaño, regular para cenicero, de la forma que bien pudiera cualquier acompañante de Isadora Duncan haber aprendido como correcta en un manual universitario antes de partir. Ingenioso hombre y emprendedor, uno de ellos abrió al pie de la Acrópolis una próspera tienda que hoy sus herederos de sangre mixta regentan, inapreciable fruto de la tierra que con su vida Lord Byron quiso rescatar para occidente.

Un pequeño pie, con la forma de un trípode, lo mantiene en alto. Bien podría utilizarlo como recogedor del tabaco calcinado o, recurriendo a mi parte más refinada, como quemaperfumes. Nunca faltan hierbas aromáticas que endulzar puedan el ambiente en el que la vida debe continuar.

Pero no es de una o de la otra forma que lo uso. Lo sostengo siempre ardiendo para verdugo. Una imperceptible llama, azul en ocasiones, incandescente roja cuando aguarda, consume con voraz oxígeno las pastillas de carbón con que lo alimento impasible. No tiene prisa. Allí espera que dicte sentencia. ¿Caerá también este papel bajo su jurisdicción?


La renta del aceite en expansión

Dimitrios Stefanopoulos

Los hechos narrados a renglón seguido me permiten perseverar en mis convicciones, sean o no tenidas en cuenta, las cargue la pasión o el resentimiento. Porque demuestran que la producción del aceite, a mediados del siglo décimo octavo, estaba ascendiendo a costa de su mejor edad, antes desconocida, una dirección complementaria a la de quien en poco tiempo resultó irreconocible a causa de las arrugas que en su rostro, marcado por tubérculos inertes, que en nada alteraron su salud, por los que emergía arrogante su aristocrática estirpe, montada sobre su nariz con gafas redondas de carey, como las de cualquiera de los supervivientes de la tragedia inextinguible, trazó el deseo salaz insatisfecho, tener que compartir su tiempo con un copartícipe que prefería entregarse a la erudición antes que a la dilecta lascivia del conyugado, que a los hombres reivindica, a las mujeres engrandece y a las generaciones que crean, por efecto de los cursos impulsados por los embates de las caderas, que con tanto poder concentra el pubis, ariete que en vanguardia acomete durante las excelsas contiendas, satisface con el beneficio alcanzado sin esfuerzo.

Era septiembre y el administrador de la vicaría, en una carta fechada el segundo día del mes, había avisado al cabildo catedralicio, a cuya obediencia quedara obligado desde que fuera investido, que el poseedor de los derechos sobre la casa colindante con la bodega del aceite que aquella institución tenía en el pueblo, por necesidad en la que había incurrido, las quería vender, y que de esta manera se podía ampliar la bodega.

Recordaba en la carta que quien le había precedido en el cargo, no una, sino varias veces había recibido órdenes para que hiciera ofertas por ella, en el supuesto de que su dueño quisiera venderla. Hacía años que el cabildo la solicitaba y ninguno de los poseedores precedentes había querido deshacerse de ella. Después, él mismo había sido distinguido con idéntico encargo, una vez más, una vez que supiera y comunicara que el responsable de la propiedad, don Andrés Bernáldez, deslumbrado por la crítica de plúmbeos libros, falto de rentas a causa del abandono de sus responsabilidades, así conyugales como de la empresa de la familia, quería liquidarla.

Sería de mucha utilidad para la institución. El diezmo del aceite de la población siempre corría riesgo, por carecer el cabildo de una bodega adecuada al volumen del ingreso, que algunos años alcanzaba hasta las 42.000 o 44.000 arrobas. Si algo así ocurría, quienes habían arrendado el cobro de la renta, que eran los que debían usar la bodega, se veían obligados a ir sacando los aceites, porque no encontraban almacenes en la población capaces para tanto volumen. Tenían que llevarlos a otros lugares, incluso a la capital, a más de 80 kilómetros de distancia, aventura itinerante que les exigía un gasto brutal. Aparte el costo de los portes, enormes a causa de las distancias, los derechos que se pagaban en la población por el aceite que se sacaba, a los que incluso estaba obligado el aceite regalado que salía, alcanzaban algo más del medio real: 12 maravedíes de arbitrios y el resto, hasta 20 reales, derechos de cada carga por despachos del escribano y el juez. Tanto podía suponer este gasto que en aquellas ocasiones, cuando el volumen del aceite a recaudar era muy grande, llegaba a disuadir a los arrendadores del empeño en las pujas para hacerse con el cobro. El resultado era que la renta era poco segura y que los afianzadores siempre corrían el riesgo de una quiebra.

En cuanto aquella casa estuviera en poder del cabildo, acabarían los problemas para la recaudación del diezmo del aceite. Derribada la cerca contigua de su bodega, quedaría unida al solar de las casas, y se satisfaría esta oportunidad, que hacía muchos años que no se podía conseguir. La casa en cuestión tenía 19 varas de largo, desde la puerta de la calle a la pared de enfrente, y 15 de ancho, incluidos los gruesos de los muros. Creía el administrador que, aun dejando sitio para un descargadero, en aquel solar se podrían instalar hasta 80 tinajas de 150 arrobas cada una, lo que supondría un total de 12.000. Sumadas a las 19.000 que ya tenía la bodega del cabildo, se dispondría de un almacén de 31.000 arrobas, capacidad que en un año de cosecha media, tal como marchaba la inversión en aquel producto, se podía necesitar.

El cabildo, como primer expediente, le ordenó que obtuviera una copia de los títulos que acreditaban la propiedad sobre la casa; y que sin demora la enviase a su procurador mayor, el hombre que en la administración de aquel episcopado, que dispersaba su empresa en todas las direcciones de la rosa de los vientos, trabajaba sujeto a la obligación de demostrar que las decisiones que había tomado el cuerpo de los sacerdotes, no tan célibes como neutros, eran al menos legales.

Tal como se le ordenara, el administrador de la vicaría remitió al procurador mayor toda documentación que sobre el asunto había coleccionado, para que informara, en caso de que se decidiera comprarlas. Con el envío, le adelantó que no parecía que los derechos sobre la casa plantearan muchos problemas, porque el dueño actual, aunque no tenía títulos de propiedad, disponía de testamentos favorables que se remontaban a más de ciento cincuenta años atrás.

Pero ocurrió algo inesperado. Murió el bueno de don Andrés Bernáldez, hasta aquel momento gestor de unos derechos familiares cuya responsabilidad detestaba, a los que había accedido por la onerosa vía ganancial. Quiso entonces el administrador, que se había apresurado a reiterar su predisposición a la compraventa, precipitar la operación, estimulando las decisiones del cabildo con un cuadro en exceso favorable. Había incrementado su ventaja haciendo que la excelente manzana fuera justipreciada por dos maestros albañiles, quienes como conclusión la habían evaluado en unos tristes 5.152 reales.

Pero lo más interesante, para el aspirante a comprador, era, según había averiguado el administrador, que la casa cargaba con dos créditos, adquiridos con la forma de los censos, uno abierto y otro cerrado, cuyos principales eran cantidades asequibles, respectivamente 1.650 y 333 reales. Como cualquiera de los intereses los cobraba un convento de la población, titulado de San Pablo y Santo Domingo, con el que el cabildo tenía todos los años cuenta y partidas que podían compensarse unas con otras, en las manos del colegio de los sacerdotes de la catedral convergían los hilos que le concedían la posibilidad de manejar la situación como le conviniera. Los cálculos por los que apostaba el administrador mantenían que a la dueña actual solo habría que pagarle 3.169 reales, la cantidad que resultaba de restarle a los tristes 5.152 de la tasación la suma de los 1.650 y los 333 de los principales pendientes, de los que le quedarían menos una vez pagada la alcabala y descontados otros gastos. Incluso contaba con que podría rebajar aún más el costo.

En su opinión, la casa estaba abocada, de todas maneras, a ser vendida porque solo el cuarto de la calle quedaba en pie, aunque amenazaba ruina; mientras que el resto, salas, alcobas, estrados, soberados, corral, cochiqueras, todo estaba asolado.
Nada más lejos de la realidad. Griselda, la viuda, heredera única, estaba más urgida por deshacerse de su pasado, cuyo relato se demoraba en una larga cadena de fracasos, que por el estado del edificio. A la solitaria dueña la atormentaban unos recuerdos que deseaba conjurar consumiendo el tiempo con un guiño por fusión irreversible. Las razones de aquella actitud quedaron al descubierto en pocos días. Según había averiguado el administrador, el poseedor de los derechos de la viuda Griselda, apenas desaparecido Andrés Bernáldez, había pasado a ser Juan Becerra, quien los había desviado en su favor con una maniobra de dudosa legalidad.

Los herederos de Griselda, una nutrida tropa de sobrinos, huérfanos demasiado pronto, tendrían que haber sido consultados para verificar la transferencia de dominio. Pero resultaron defraudados a consecuencia de las gestiones de un hábil mediador legal, de nombre Gerardo Vélez, que, anticipándose, redujo a un vendí, a favor de Juan Becerra, con el visto bueno de la irresponsable tutora berrugada, los derechos sobre el edificio, orillando los correspondientes a los herederos legítimos. Esta razón sin duda haría que el actual titular de los frágiles derechos sobre la casa se viera definitivamente urgido a liquidarla.

El administrador de la vicaría, adelantándose de nuevo a las decisiones previsibles, ya había pactado con Juan Becerra los términos de una salida por los dos deseada, puesto que su esposa, uno de aquellos sobrinos, podría representar la heredera final de aquel patrimonio, para el caso que desapareciera la tía Griselda. Si no, para asegurar el asalto en el estado actual de la transmisión de los derechos, ya había encargado una copia del frágil vendí a partir del libro de registros de la correspondiente escribanía, y había pedido al abogado, el hábil Gerardo Vélez, un informe sobre los censos cargados sobre la casa, efectivamente avalados por los frágiles beneficiarios de los sucesivos testamentos. Todos los papeles que acreditaban cualquier de estos extremos quedaron en poder del administrador, que los remitiría con el propio de rentas, el correo particular que el cabildo mantenía para gestionar sus ingresos, para que en cuanto al cabildo le pareciera conveniente le diera orden para la compra. Porque la venta, tomasen los acontecimientos cualquiera de los derroteros posibles, era cuestión de tiempo.

Era ya el 2 de octubre y para entonces todavía la oportunidad no se había consumado. El experto cabildo, en estas ocasiones, prefería esperar hasta el límite de lo posible para presionar sobre los vendedores, a los que sabía cada vez más necesitados. Para sus intereses aún quedaba tiempo. A principios del otoño la producción del aceite de la campaña en curso aún estaba a unos meses de distancia. No obstante, aquel día el administrador quiso insistir en lo que había comunicado en la carta de 2 de septiembre, y revelaba que efectivamente al dueño ya le urgía conocer la resolución del cabildo, para disponer o no de la casa. Sabía además el administrador, porque con él se entendía, que Gerardo Vélez aún terciaba en la operación, ahora con intención de obtener parte de la necesidad de Juan Becerra, cuya urgencia era más consecuencia de su deseo de trasladarse al norte con su mujer, donde su única descendencia y consuelo había arraigado, razón por la que deseaba liquidarlo todo, cortar sus raíces, abolir el rastro de su memoria. Insistió en el precio y la capacidad en que la bodega se podría incrementar ya comunicados, y ahora añadía que el costo que podía tener el plan, hasta que la casa quedara lista como bodega y en uso, unida a la principal, lo estimaba entre 25.000 y 26.000 reales, incluido el valor del edificio, que tal como había calculado sería como máximo de 5.152 reales.

El cabildo respondió al administrador el día 12 de octubre. Persistía en sus maniobras dilatorias, una vez más le solicitaba confirmación del costo de la casa. No esperó el administrador a que terminara octubre para contestar la carta del 12. De nuevo explicó que la casa había sido justipreciada por dos maestros albañiles en 5.152 reales, y que ahora estimaba que en ella se podrían instalar hasta 70 tinajas, y no las 80 que inicialmente había previsto, aunque persistía en que la capacidad total instalada podría ser de 12.000 arrobas, y arriesgaba que el costo que tendrían tinajas, materiales y mano de obra, hasta dejar la casa unida al antiguo almacén podría ser de solo 20.000 reales, porque si se adquirieran los materiales con conveniencia y comprándolos a su tiempo se podría conseguir alguna equidad. Por último, una vez más, recordaba que tanto en la carta del 2 de septiembre como en la del 2 de octubre había suplicado al cabildo, a repetidas instancias del vendedor, por la mucha necesidad que este tenía, que decidiera si iba a comprar o no.

Por fin, después de aquella carta de fines de octubre, el administrador recibió del cabildo otra del 9 de noviembre, en la que se le ordenaba la compra de la casa para la ampliación del almacén de aceite de la cilla de la población.

Decidida la operación, las preocupaciones del cabildo se concentraron en asegurar la cantidad que tenían que percibir los dueños, los escuetos 3.169 reales, la cantidad que resultaba de restarle a los tristes 5.152 de la tasación la suma de los 1.650 y los 333 de los principales pendientes, de los que por cierto asimismo sería necesario redimir el censo abierto. Con el fin de garantizar el pago de la cantidad comprometida, el cabildo ofreció como hipoteca tres partes de una casa que tenía en la misma calle donde estaba su bodega.

En cuanto a la ejecución de la obra, al cabildo todavía le había parecido mucho los 20.000 reales en los que al administrador la había valorado, aunque reconocía que solo en las tinajas de 12.000 arrobas de capacidad sería necesario gastar 12.000 reales, a real cada arroba, forma entonces regular de tarifar los envases de cerámica. Por eso había decidido que para materiales, mano de obra y madera, que era lo de menos, quedaran los 8.000 reales restantes.

El administrador inmediatamente respondió que efectuaría la compra, y se comprometió a informar sobre cómo se fuera ejecutando el nuevo plan para la ampliación de la bodega.


Segunda batalla de Hímera

Cosme Pettigrew

Tras desembarcar en Sicilia, avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones. Una tras otra marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exigía la prudencia. Amílcar, el comandante de las tropas, protegido por su guardia personal, iba al frente de la primera división. Nada se le oponía a su paso. Se desplazaba por la línea próxima a la costa y, a través de las vías naturales que los lechos de las corrientes abrían, al mes del comienzo de la expedición ya estaba con sus hombres en el valle del Hímera, donde juzgó que las condiciones eran las más favorables a su proyecto, y se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupara podía verse, al otro lado del cauce, la ciudad conocida con el mismo nombre que el río.

Al campamento que había instalado en aquel lugar dos exhaustos soldados llegaron, ambos como los griegos equipados, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron dónde aguardaba a sus adversarios, las armas en pabellón, las caballerías almohazadas, él mismo espectador de todos los movimientos. Los enemigos a los que Amílcar quería derrotar, aseguraron, estaban todavía a unos ciento sesenta kilómetros al este, en las proximidades de Mesina.

Confiando en aquella información, aceptado el desafío de la oportunidad, llevado por el deseo de aprovechar la ventaja que inesperadamente había adquirido, optó el cartaginés por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí, primera entre las de aquella costa. Ordenó que todo el ejército cruzara el río desde una orilla a la otra, sin pérdida de tiempo, sin esperar a que las cuatro divisiones del cuerpo expedicionario que dirigía estuvieran reagrupadas, a pesar de que durante aquella operación cada una de ellas, cuando recorriera el valle, quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos de su ejército debían darse.

Eligió Amílcar Trabia como lugar adecuado para abordar el río, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir, también idónea para instalar al otro lado su campamento. Mientras que la primera división ya atravesaba la llanura más allá de la orilla opuesta, una vez cruzado el vado, la segunda a punto estaba de pasarlo. Las otras dos avanzaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición elegida por el comandante de la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda por momentos próxima recomendaba fue sin embargo preterida.

La primera división se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar. Estaba el general aguardando a que llegaran las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender a continuación el asalto, cuando de nuevo fueron capturados dos espías, esta vez siracusanos, en las proximidades del sitio donde ya se levantaba el campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados y alarmantes. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sureste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.

Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.

Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron el río por otro vado, por debajo del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera envolvieron y cortaron la llegada de la segunda división, a la que atacaron. No estaba preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún sobre las aguas como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.

Observaba Amílcar, desde el alto que había elegido para dirigir los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Ante sus ojos, la segunda división estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar el signo de la contienda. No tuvo más que precipitarse en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que consiguieron abrir brecha.

Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Cuando por fin lo decidieron, un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente de la costa de Panormo, al noroeste, las sorprendió.

En el transcurso de la refriega imprevista se hizo visible a los combatientes un hombre con apariencia y equipo de campesino, al que una parte de ellos, a la que debió parecerle familiar, empezó a llamar Hannón. Carecía de las armas que a los infantes distingue, y en su lugar manejaba con una destreza inusual un arado, tomado por la esteva, ahora trazando círculos a su alrededor, que impedían a los enemigos acercársele, ahora blandiéndolo como una poderosa maza. Tras deshacerse, gracias a tan infrecuente manejo del artefacto, de muchos enemigos, a los que ultimaba hundiéndoles la afilada reja en el pecho, de la misma imprevista manera que había comparecido desapareció.

Tras tan oportuna intervención, aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento cartaginés, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería. Al contrario, la lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados, mientras Gelón contemplaba la escena desde lejos, incapacitado para socorrer a los suyos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido.

Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que la batalla habían iniciado, un buen número pereció ahogado en las aguas del río. Muchos fueron los valientes guerreros de Siracusa que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan abnegados llegaron a ser que tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que su memoria fuera conservada por el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria.

Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Pero los textos han silenciado cualquier nombre distinto al de Hannón, héroe de aquel imprevisto encuentro. Como su comparecencia, su empleo y hasta su desaparición militaban a favor de un prodigio, los cartagineses acordaron consultar a los dioses por tan singular contribución a su victoria. Nada quisieron responderles sobre la portentosa personalidad de quien algunos habían llamado por aquel nombre, el más rudo de los combatientes hasta entonces visto por los cartagineses. Pero les ordenaron que en lo sucesivo, mientras Cartago sobreviviera, lo honraran como héroe.


Canaán

Recopilador

Hay que reconocer que quienes con generosidad inmolan su esforzada vida activa para acrecentar cuanto pueda saberse sobre la antigüedad anterior a la invención de la escritura trabajan con escasísimos medios de enjuiciamiento. El principio de autoridad, en muchas ocasiones, cuando deben conjeturar, se les impone, antes incluso de que estén en condiciones de accionar criterios propios que les permitan llevar a otro lugar sus propias observaciones. La fortuna previsible para las teorías del admirable Gordon Childe puede ser a este propósito una excelente lección. Es el autor de las ideas sobre el neolítico que ya deben ser consideradas patrimonio de la cultura humana en absoluto. Mas están fundadas en principios del comportamiento humano que casi excluyen la inteligencia del ser racional, y en generosas cronologías que ni aun fundadas en los más flexible criterios geológicos pueden ser tan titánicas. Llegará el día, si es que no ha llegado ya, en que tales frágiles principios quiebren, no obstante ser encomiable su resultado teórico, y seductora su lectura.

Pero, sin discutir el fondo de esta teoría, para comienzos del tercer milenio desprendimientos del supuesto tronco común semita ya consumados, así como los movimientos autónomos de los grupos independizados, son dados por seguros dos. Se sostiene aún de modo que en lo fundamental no es discutido que fue el de los acadios el primero, precisamente. Luego también habrían emprendido su inevitable marcha del grupo original, como el hijo que ha crecido y del padre debe separarse, los amorritas, que durante el tercer milenio están ya asentados en Siria, para luego al menos en una parte aventurarse en una incursión por la región de los dos ríos, la misma que les habría llevado nada menos que a innovar su geografía con la fundación de Babilonia, hecho de cuya trascendencia sin embargo no debe juzgarse por lo que tiempo después ocurra. De lo contrario podría incurrirse en abusos como el que justamente perseguimos.

Para proporcionarse estado de certeza, quienes han tratado del origen de estos pueblos y de sus movimientos solo la información escrita han tenido por ahora como autoridad, porque siendo la más precisa ha sido el criterio de la lengua el que hasta aquí se ha usado para aprobar la segregación con identidad propia de unos y otros pueblos. Y ocurre que la información escrita, para aquel momento, y aun para casi todo el tercer milenio, está concentrada en el área cultural sumeria, la zona en general correspondiente a la baja Mesopotamia, porque de allí es originaria la escritura. A lo largo del cuarto milenio había sido creado en Mesopotamia un sistema de contabilidad que terminó dando origen a la escritura. Pictográfica en un primer momento, cuya fecha se puede estimar hacia 3200, a finales de aquel milenio alcanzaría el estadio de la escritura fonética, el que permite que los signos copien la lengua. A partir de entonces fue posible dejar constancia del objeto de una transacción no solo mediante su imagen, sino también mediante su desdoblamiento como nombre; y otros nombres, y verbos, y hasta expresar ideas completas consintió. Cupo también a Uruk la fortuna de ser el lugar donde tuvo su origen la escritura que con el tiempo sería llamada cuneiforme.

Como es indiscutible que la lengua acadia es la primera versión escrita de la lengua sumeria, a su vez la primera que fue puesta en cuneiforme en Mesopotamia, ha sido establecido como algo cierto que los acadios, que sin duda son grupo independiente porque toman su nombre de una ciudad que no puede ser más que un hecho de población separado, como dejan rastro de una lengua con seguridad semita, tuvieron que ser los primeros desprendidos del supuesto tronco común que hasta entonces sería aquel pueblo; imagen del árbol injertada con avisada previsión para la posterior lección demostrativa del parentesco entre las lenguas que genéricamente así son llamadas. Es un orden supuesto para los hechos que está basado en una abusiva aplicación retrospectiva de un acontecimiento, porque la consecuencia extraída no mantiene ninguna relación de necesidad con la premisa. Otro medio para precisar el origen de los semitas en la región de Mesopotamia debiera ser usado, porque el de la escritura, que es cierta cuando es leída, no es por sí concreta precisión del tiempo. Al contrario, es natural propiedad de lo que escrito queda pasar el tiempo.

Una derivación de la existencia del acadio, de cuyo interés habrá ocasión de juzgar según vaya siendo necesario desplegar cada explanación que el dilatado problema de las prácticas del tofet exige, es otro hecho que sí está legítimamente fundamentado. Palestina empezó a ser en parte una porción del mundo semita a fines del tercer milenio porque también fue comunicada con la cultura escrita a través de aquella lengua. Ya sabemos que es probable que estuviera en el mundo de la escritura jeroglífica desde antes, aunque testimonios decisivos, como en el caso de Biblos, no haya. La proximidad lo permitiría y habría que tomarlo por una consecuencia esperable en un mundo en el que mientras las relaciones fueron con preferencia terrestres tenían que ser lentas. Pero probablemente la recepción de la escritura jeroglífica fuera en Palestina más casual y exógena que en este otro caso. En aquella región han sido encontradas tablillas escritas en lengua acadia en estratos con seguridad fechables en los tiempos de los que ahora hablamos, de modo que como juzgamos correcto es el yacimiento el que proporciona la seguridad cronológica y no la escritura.

De ahí han sido extraídas consecuencias sobre el poblamiento semita de Palestina que, si bien tampoco son definitivas, sí están sostenidas sobre la base cierta del testimonio escrito bien datado. La deducción que a continuación presentamos, siempre que se mantenga en los límites de lo posible y no sea argumento al servicio de la exclusión de otras gentes que pudieran haber poblado aquella tierra, es admisible. Puede en consecuencia aceptarse como algo adecuado la denominación Canaán, desde 2100 como muy tarde, para la mayor parte del territorio de Palestina. Aceptar así determinada tradición literaria, si bien puede que no sea del rigor que guste, no estorba al fin propuesto, y tiene la ventaja de que separa con una palabra distinta para el texto, no tanto lo que pudo ser un cambio en los acontecimientos, sino un tiempo nuevo. Por la misma razón también debe ser admitido que para entonces ya allí podían existir habiru o apiru, apelativo étnico que bien podría serle adjudicado a aquella parte semita de la población palestina, y que muy probablemente pudo dar origen a la palabra hebreo de los textos que tienen su origen en la literatura sagrada. El nombre Israel, que por ahora relación cierta ninguna mantiene con cualquiera de los asuntos de los que estoy hablando, solo es conocido como nombre individual durante el tercer milenio en Ebla.


De nuevo sobre Mlk

Calixto Alencar

Aunque los textos de los monumentos funerarios cartagineses sean lacónicos, el análisis filológico se las ha ingeniado para apurar la información que contienen. Entre los estudiosos que han llevado al límite tan hermética colección textual, destaca Paul G. Mosca, especialista en epigrafía púnica. Docente a principios de los noventa en la universidad de la Columbia británica, escribió una tesis, que presentó en Harvard en 1975, a la que puso por título El sacrificio infantil en la religión cananea e israelita: un estudio sobe Molk y MLK. En ella estudió las inscripciones de las estelas de los tofets, aprovechando la feliz circunstancia de que a partir del siglo cuarto el material epigráfico que suministra la arqueología es muy abundante. Una insistente fórmula votiva, asociada al criterio de cantidad, se vuelve así un precioso aliado que permite nuevas conclusiones. Su radical importancia deriva, además, de que por primera vez intentó reunir en un solo análisis todas las tradiciones textuales supervivientes, las clásicas pero también la púnica rescatada, y con él dar respuesta concordada a los principales problemas que plantea la arqueología de Cartago.

En su opinión, lo que tiene mayor interés para avanzar en el conocimiento de los ritos del tófet es la lectura acertada de los tipos de ofrenda, según los nombres que para ellos usan las inscripciones. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, antes de pasar examen a la galería de interpretaciones, que cualquiera de las lecciones que se han ensayado parte de que era un sacrificio el principal acto del rito. Semejante punto de partida no debe considerarse una realidad demostrada, ni por tanto las lecturas de esta parte de los textos definitiva. En conjunto, las fórmulas solo evidencian que existieron ritos privados, cuyo sentido exacto se nos escapa, fijados en monumentos que se presentan como ofrendas individuales y se justifican como don, regalo, promesa o prestación a cambio de una gracia recibida. Pero nada más.

La lectura más llamativa, y de más gravedad en relación con los ritos de los tofets, ha sido la de la palabra molk, leída con un significado muy comprometido. Parece que la palabra solo es usada en el tófet de Cartago, donde aparece con la epigrafía de los monumentos funerarios, aunque la palabra molk es mencionada con frecuencia en el Antiguo Testamento. Por eso fueron los filólogos de la Biblia los que tomaron la iniciativa. Vocalizaron mlk, según la tradición admitida, moloch, y aplicaron a su interpretación, antes de que decidieran sobre el sentido definitivo de la palabra, lo que dice el texto sagrado. Que los judíos antiguos, en ciertas épocas, discontinuas y de distinta duración, adoraban a una divinidad extraña a la religión de Yavé, el dios que en el texto recibido es llamado Moloch. Así impusieron un significado, el que fue durante siglos aceptado por razones únicamente basadas en una autoridad ahora sagrada.

La posibilidad de que mlk no fuera el nombre de un dios fue por primera vez avanzada en los años treinta. Eissfeldt demostró entonces, de modo inapelable, que la lectura moloch era consecuencia de un error de interpretación. Paul G. Mosca recuperó esta idea de Eissfeldt y añadió que, al menos desde el punto de vista púnico, y a juzgar por las inscripciones del tófet, es seguro que la palabra mlk no designa a un dios sino un rito de sacrificio. En su opinión mlk, que ahora vocalizaba molk, había que interpretarla como la expresión reservada al acto del sacrificio. Hay quien ha llegado más allá y ha afirmado que en la lengua de las inscripciones votivas molk es desde luego una modalidad de sacrificio, pero no una modalidad cualquiera, sino el sacrificio por antonomasia, es decir, el sacrificio de la víctima humana. Pero esta conclusión, si nos atenemos a los límites del testimonio filológico, es excesiva. Como réplica hay quien ha interpretado que mlk es sinónimo de mtnt, una palabra que también aparece en las fórmulas de las inscripciones votivas, y que ambas solo significan don u ofrenda.

Lo más aceptable de todo parece que la sola palabra mlk sea raíz indicativa de solo sacrificio, sin nada que denote modalidad, tal como puede conjeturarse por ejemplo a partir de la expresión mlk´mr, que en seguida analizamos. También podría aceptarse como interpretación que en el rito de base mlk la víctima sería sacrificada a la divinidad destruyéndola con fuego. Ese sería el significado estricto de la palabra mlk. La conclusión, tan aceptable como vigencia tenga esta lectura, es obligada: el ritual de los tofets incluía al menos un sacrificio del tipo holocausto.

Parece que la fórmula que se expresa mlk´mr hace referencia a un sacrificio de sustitución en el que la víctima es una oveja, aunque con más exactitud tal vez sea la ofrenda de un cordero. Claro que otros simplemente afirman que en la lengua de las inscripciones mlk´mr es el sacrificio de la víctima de sustitución, sean los que fueren sustituido y sustituto. O ni aun eso, que mlk´mr puede expresar el sacrificio de un cordero con el fin de cumplir un voto.

En todo este laberinto de opiniones parece reflejarse la duda de los arqueólogos, porque también los arqueólogos meditan si había sustitución o no, cómo y cuándo. Puede que por prudencia los filólogos hayan respetado el rastro de sus hermanos más atrevidos, que en estos problemas va marcándoles el camino que deben seguir. Pero también se aprecia la huella de la retrolectura, de estirpe filológica pura. Puede demostrarse que mlk´mr fue vocalizado molchomor en latín.

En las estelas de Ngaous, en Argelia, puede leerse por ejemplo “sacrum magnum nocturnum molchomor”, en una expresión cuya referencia al ritual de sustitución no es puesta en duda por nadie. Del texto se deduce que el sacrificio de sustitución se celebraba de noche y, además, que el molchomor incluía víctimas tales como corderos y cabras. También es seguro que una ofrenda morchomor era lo mismo que una molchomor y que ambas se resumen en la expresión latina agnum pro vicario. Porque también en las inscripciones votivas de Ngaous se alude a la víctima morchomor con expresiones del tipo vita pro vita, sanguine pro sanguine o anima pro anima.

El acierto es en este caso indiscutible. La lengua latina actúa como medio de verificación de la lectura del texto semítico. Pero hay que advertir que el tiempo al que pertenecen las expresiones en latín es posterior al 146 anterior a la era, y que por tanto se refieren a un ambiente que no es propiamente púnico. La retrolectura que alcanza hasta la Cartago de la plenitud incluiría el supuesto de que los ritos sobreviven al arrasamiento romano.

Como también son conocidas las tarifas púnicas de los sacrificios de animales, se pueden leer con la intención de verificar si la interpretación de la palabra compuesta mlk´mr es correcta. Los textos de las tarifas fueron escritos para clavarlos a la entrada de los templos o de los recintos sagrados. Los sacerdotes y los oficiantes del culto informaban con detalle de los precios de cada ofrenda animal, que podía ser de buey, carnero, cordero, pájaro y otras aves, así como de piezas fruto de una cacería. Explicaban los distintos ritos del sacrificio y advertían sobre las normas a tener en cuenta para el reparto del sacrificado animal entre la divinidad, el sacerdote y quien lo ofrecía. El oferente podía consumar el sacrificio por su propia mano. Si ejecutaba el donante, el sacerdote percibía una parte proporcional de la víctima, pero si además intervenía la parte de la ofrenda que recibía era mayor. De este modo se aseguraba la existencia de la clase sacerdotal y de los oficiantes de los santuarios, además de sus rentas y subsistencias. Al mismo tiempo, se conseguía que la comunidad de los creyentes fuera parte activa del culto, si lo deseaba.

Las tarifas conocidas se remontan a los siglos cuarto y tercero anteriores a la era. Lamentablemente nada dice la literatura especializada sobre si en sus textos se recurría, para referirse a ciertos sacrificios de animales, al giro mlk´mr. La llamada tarifa de Marsella seguramente procede de Cartago. Cita por orden de estimación descendente los animales aptos para el sacrificio: bueyes, terneras, ciervos, carneros, machos cabríos, corderos, cabritos, cervatillos y pájaros. También admite las ofrendas de granos y las libaciones de aceite o leche. Se puede fechar hacia el siglo tercero anterior a la era. En ella está prescrita la parte de la víctima que corresponde al sacerdote y la que está a disposición del oferente, y precisa el estipendio que quien hace la ofrenda debe dar por el sacrificio.

Menos seguras son las lecciones de otras palabras que el propio Mosca patrocina, aunque no menos interesantes. Mlk b`l expresaría ofrenda en lugar de un lactante. De ser exacta, habría que aceptar dos cosas: que un lactante podía ser el objeto principal de ciertas ofrendas y que efectivamente se practicaba la sustitución. Mlb´ba´al designaría la ofrenda hecha por un noble, cuyo objeto sería un niño procedente de familia aristocrática, mientras que la expresión mlk adam, que no aparece en Cartago, aunque sí en el tófet de Constantina, en Argelia, designaría el sacrificio de un niño salido del pueblo.

Más allá de las consideraciones sociales, a las que se prestan los dos últimos giros, lo más importante es que concuerdan con los análisis óseos, aunque sea en la parte más obvia. Sobre todo la lectura de la expresión mlk adam sería consecuente y demostrativa de que los niños podían ser sacrificados. Aceptado que la raíz mlk indica holocausto y que lo que aparece enterrado con mayor frecuencia son huesos de niño, lo que por el texto se declara es concluyente. Alguno de los estudiosos de las inscripciones del siglo cuarto anterior a la era descubiertas por Icard y Gielly en el tófet de Cartago reconoce en ellas la declaración de los sacrificios de niños.


El valor del ganado

Dámaso Pérez

1. Un apólogo cuenta que los vecinos de Nauplia, resistiéndose a caer víctimas de innobles prejuicios, ya en la alta antigüedad habían elevado al asno a la condición de héroe civilizador.

Poco después de establecerse donde pudieron crear la colonia, la misma que con el tiempo daría origen a una ciudad, la suya, un animal de esta clase se había comido uno de los sarmientos, por ellos plantados, ateniéndose a las obligaciones que habían aceptado al radicarse.

La consecuencia del meditado acto fue que el fruto que de la vid mordida se obtuvo fue el más abundante, por lo que decidieron tallar un burro en una roca, a una altura que lo hiciera ostensible a cualquiera que se acercara a sus tierras. Así conmemoraron que había sido un sufrido animal de la condición más modesta, y no un hombre, el que les había enseñado el secreto de la poda.

2. En un altar dedicado a Zeus Polieo, levantado en Atenas, haciendo ostentación de una radical renuncia, cada año sacrificaban bueyes; nada extraordinario, porque muchos más, en muchos más lugares, antes y después, prescindían de esta parte del patrimonio del campo solemnizando su gravosa pérdida con el énfasis de los ritos. Lo peculiar de aquel sacrificio era que apacentaban y guardaban los bueyes, desde su nacimiento patrimonio público, solo para destinarlos a tan sagrado y trágico fin. Las ventajas civiles que las antiguas liturgias obtenían de la acertada elección de las piezas que por las representaciones las dramatizaban habían recomendado que al presupuesto de las polis fuera cargado tan extraordinario costo.

Para demostrar que nadie tomaba más responsabilidades que las imprescindibles, habiéndose consolidado tan especial manera de liquidar el capital común, consumaba el sacrificio un sacerdote, por el destino elegido para aquella clase de muertes, sirviéndose de una segur. Tanto era el pesar que sobre su conciencia cargaba el terrible acto que, en cuanto había degollado con un tajo al animal, arrojaba el hacha y huía. Sin pérdida de tiempo, los otros sacerdotes del templo, que por afinidad se creían cómplices de la culpa, secuestraban el arma con la que se había consumado el criminal rito.

Para encubrirlo, puesto que había sido objeto de un fatídico designio, como el que ensombrece la conciencia cuando se extingue la voluntad, la existencia de los derrotados, el valor de la memoria transmitida a los herederos, el de los elegidos para que formen el pelotón que ha de fusilar a Daniel Hidalgo, a continuación, no hallando a quien declarar responsable de la versión de la sangre que sobre las losas fluía incontenible del cuello abierto de la res, delegaban sus responsabilidades al juicio del Pritaneo, el tribunal que los atenienses tenían reservado para sustanciar los procedimientos contra las cosas inanimadas, para que juzgara al hacha con la que se había consumado la dolorosa renuncia a la vida útil.

Con el deseo de autorizar tan sorprendente manera de proceder, explicaban los atenienses que, reinando entre ellos Erecteo, príncipe de la Acrópolis, se había creado el precedente, una vez completado el primer sacrificio de este tipo en el mismo altar. Un sacerdote ejecutor, elegido por sorteo, satisfecho el dispendio, acosado por sus remordimientos, había arrojado tras de sí el hacha, y no solo había desaparecido, sino que había decidido humillarse con el exilio más distante. Abandonada el arma fatal, responsable directa del crimen cometido, había sido juzgada y, a la vista de los hechos, relevada de toda culpa y absuelta.

3. En la Hermíone griega todos los veranos celebraban una fiesta en honor de Deméter Ctonia, dispuesta a representar, con su sorprendente despliegue de medios, la falta de vigor del ganado bovino. Formaban una procesión que llegaba hasta su santuario, a cuya cabeza iban los sacerdotes y los magistrados anuales, y tras ellos mujeres y hombres en abundancia tal que podían representar a toda la ciudadanía. También formaban parte de la procesión inocentes impúberes, vestidos de blanco y coronados con ramas de cosmosándalo entretejidas. Cerraban el cortejo varias vacas jóvenes, elegidas aún bravas y silvestres, a las que unos servidores del templo arrastraban sirviéndose de cuerdas a las astas sujetas. Cuando llegaban al templo, cuyas puertas los aguardaban abiertas, desuncían de sus cuernos las coyundas que dominaban a la primera, y la vaca, al sentirse libre, se precipitaba a la naos. Las puertas del templo se cerraban en cuanto los conductores estaban seguros de que el animal ya no saldría.

Allí, posadas en sus sedes, engalanadas y provistas de los medios para el holocausto, la aguardaban cuatro frágiles ancianas, entre las que durante la víspera ellas mismas habían sorteado la que debía sacrificar la vaca que abría el desfile. La elegida por el destino la recibía con una hoz de bruñido bronce en la mano, versión solemne de la misma afilada hoja que todos los años proporcionaba los frutos cuando ponía fin irreversible a las vidas. Con ella debía cortar la garganta del animal que era decisivo para cobrar una cosecha generosa.

Nadie supo jamás a qué artes recurría la anciana para someter a la vaca. Pero lo cierto es que, a continuación, los servidores del templo de nuevo abrían las puertas, y encontraban sangrante y muerto al animal, las venas del cuello expandidas y aún latiendo, y a la anciana impasible, sentada entre sus semejantes, apenas su vestido marcado por un rastro de la sangre vertida.

Después, del mismo modo procedían con una segunda, una tercera y hasta una cuarta vacas, y del lado que hubiera caído la primera debían caer las demás, cada una irrecuperable, cada una a manos de una de las ancianas, que por turno iban consumando su hado.

En tanto estimaban a las abnegadas sacrificantes, sacerdotisas de las debilidades de los bóvidos, que en su favor erigían estatuas conmemorativas que las retrataban, para que ante el templo conservaran la memoria de sus arrestos. Quienes las consagraban, en los epígrafes que celebraban sus virtudes, reconocían que el objeto más venerado, de los cientos que el recinto sagrado conservaba, raíz de sus poderes, solo las ancianas sabían cuál era.


Redacción

L. Delhore

Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.

El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.

Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.

Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.

Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.

Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.

La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.

De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.

Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.

Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.

Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.

Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.

Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.

Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.

Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.


Biblos

Calixto Alencar

1. En la costa de Levante, durante el tercer milenio, activas ciudades marítimas, pobladas por hombres capaces para el trabajo de cubierta y la carpintería de ribera, cuando el arado permanecía inactivo, a un tiempo aptos para la estiba y el corte de los cedros, una vez almacenados los cereales, tales como Arados, Biblos, Sidón o Tiro, promovieron relaciones sumamente ventajosas para ellas, a juzgar por el largo fruto que les sobrevino, la mediación entre Egipto y Siria. Su común emplazamiento a lo largo de la costa, así como la relativa equidistancia entre ellas, les permitiría reservarse y compartir un papel estratégico en el contacto a distancias largas, el mismo que las convertiría en el centro de una región extensa.

No todas habrían tenido su origen a un tiempo, aunque todas en el curso de aquel milenio pretendieran disfrutar de idéntica fortuna.

Tiro pudo entonces materializar los más recientes experimentos de la población confiada al contacto con el mar. Cuenta Herodoto, que visitó hacia 450 antes de la era el templo que en aquella ciudad habían dedicado al dios que con enunciativa decisión terminaron llamando Melqart (el rey de la ciudad), que sus sacerdotes le habían proporcionado un valioso informe cronológico. El santuario que aún veneraban, decían, había tenido su origen al tiempo que la ciudad era fundada, feliz suceso ocurrido 2300 años antes. En la valoración de este dato la literatura sobre el lugar es unánime. Su relativa precisión permite suponer que los sacerdotes hablaban con fundamento, e incluso es probable que lo hicieran tras haberlo deducido de algún testimonio conservado en los archivos que tuvieran a su cargo. El origen de la ciudad podría fecharse, por tanto, hacia 2750.

Afortunadamente, la síntesis de todo el trabajo arqueológico que en aquel lugar se ha desarrollado, tras décadas de campañas y esfuerzos, permite llegar a una conclusión concordante. Las prospecciones hasta ahora satisfechas en el centro de la Tiro insular, que es la del origen, han descubierto veintisiete niveles, cuyas fechas estarían comprendidas, a juicio de quienes aplican los procedimientos químicos, entre 2900 y 750. Así pues, a lo largo del tercer milenio, la actividad de Tiro, una vez emprendida, no habría hecho más que crecer.

2. Pero la plaza pionera tal vez fuera Biblos. Su nombre actual, Jebail, un lugar a 40 kilómetros al norte de Beirut, aún recuerda su primer nombre escrito, Gubal, topónimo semita citado así por los textos sumerios como por los egipcios desde aquel tercer milenio. Fueron los griegos los que lo transformaron en Biblos, y por la tiránica autoridad que los conocedores de la lengua helénica impusieron entre nosotros, que no es ajena a la que siempre quiso para sí, alentó y sostuvo la iglesia de Roma, este ha prevalecido en castellano, la lengua que imaginara la vida de los sufridos súbditos de dos señores al menos. Algunas estimaciones sobre su origen lo remontan varios milenios atrás, aunque es más probable que su primitiva población ocurriera a fines del cuarto milenio.

De todas aquellas ciudades, por sus sólidas relaciones con Egipto, ya en el tercer milenio bastantemente organizadas, resultaría entonces decisiva, para la estrategia que por el momento se impuso para las ciudades hacia las que la población fluía, porque estaban a orillas del mar, la posición de Biblos. Mantenía relación preferente con Egipto. Su importancia y su bien fundada necesidad de sobra las avalan los restos arqueológicos hallados en la ciudad, testimonio de valor extraordinario para además conocer los vínculos entre el singular reino unificado y todo el Mediterráneo oriental.

Los lugares de hallazgo de los objetos egipcios en Biblos, en una alta proporción, son los templos y sus áreas adyacentes, donde abundan. Resultan identificables en bastantes casos porque reiteran su presencia piezas con los nombres de los faraones de las dinastías del imperio antiguo. Hasta ahora la referencia más remota corresponde a la segunda dinastía, años en torno a 2700. En el templo llamado de la Dama de Biblos fueron encontrados vasos de alabastro enviados por el faraón Khasekhemuy, el último de aquella serie de reyes. De la cuarta dinastía, que tuvo su tiempo a mediados del mismo milenio, fue encontrado sobre soporte similar el cartucho del faraón famoso Keops, de la cuarta dinastía, cuyo reinado los egipcios hubieron de soportar hacia 2550; y también de aquel linaje la imprevisible tierra del próximo Levante ha querido conservar la memoria del nombre del no menos funesto faraón Micerinos, de hacia 2475.

Igualmente valiosa, por ser un documento explícito, es la parte de una estatua que por estilo parece del faraón Niuserre, quinta dinastía, hacia 2400, y de fines de la misma han sido hallados otros restos que pueden fecharse hacia 2350. De tiempos de la sexta son vasos que atestiguan la activa presencia de norteafricanos en el lugar desde que sus monarcas comenzaran a sucederse, en torno a 2300; época de la que también nos ha llegado el cartucho del faraón Pepi I, probablemente el más significado de los de aquella serie, de hacia 2275. Por último, un texto de tiempos de la séptima, crítica época que comienza hacia 2150, confirma con rotunda claridad la permanencia de los vínculos entre Egipto y Biblos a fines del tercer milenio.

A todos estos testimonios precisos pueden añadirse, como prueba más general de las relaciones entre nuestra ciudad y el norte de África, objetos sin inscripción pero de indudable estilo faraónico, tan frecuentes en la zona donde se localiza la población; figuritas de fayenza que representan animales, que han sido coleccionadas en número estimable, más una buena serie de escarabeos, cuentas y otros adornos de poco valor.

Las referencias a contactos con Biblos, para los tiempos del imperio antiguo, en las fuentes egipcias son en comparación escasas. Por la Piedra de Palermo se supo que durante el reinado de Esnofru, faraón que reinó hacia 2550, primero de la cuarta dinastía, fue adquirida la carga de madera que portaban cuarenta barcos procedentes de Biblos. Este nombre aparece citado en una mastaba de Guiza, construida hacia 2500, y también consta en los textos que más tarde un funcionario de Asuán, que visitó Opone con el gobernador de Elefantina, estuvo en Biblos, cuyos barcos parecían adecuados para el viaje hasta aquella región egipcia.

3. No hay margen para mucha especulación sobre las razones del contacto regular entre Egipto y Biblos. El relativo silencio de las fuentes jeroglíficas hace suponer la posición preeminente de la potencia norteafricana, aceptando la escasa mención como prueba de arrogante menosprecio hacia el que era considerado inferior. Basta admitir que se hubiera constituido como reino Egipto todo para por fuerza concederle la posición prevalente en aquella desigual relación.

Pero no parece que la actitud egipcia fuera al principio un excesivo interés por imponer su presencia en la zona, menos aún de control, o incluso de fuerza, en el área de Levante. A diferencia de lo que ocurrirá en tiempos posteriores, para todo el imperio antiguo los datos sobre la influencia directa que hubiera podido ejercer Egipto en toda Asia occidental son muy escasos, y esto ya parece significativo, aunque de ningún modo una demostración. Por lo poco que de ellos puede extraerse, lo más acertado y también lo más prudente parece deducir que la intervención que con sentido estratégico Egipto promoviera en aquella zona prefirió concentrarse en las ciudades del sur de Palestina, no obstante lo cual los datos más explícitos apuntan hacia algo más al norte.

Es cierto que tampoco es mucho lo que sobre esta porción específica del problema puede decirse. Las fuentes egipcias son igualmente pobres en referencias a las relaciones particulares entre el valle del Nilo y Palestina durante el imperio antiguo. Aun así, de algunas expediciones guerreras que partieron de Egipto hay jugosas referencias dispersas.

El dato alusivo al hecho de armas que más puede remontarse en el tiempo, a la vez que excepcionalmente detallado, es el viejo relato que contiene la biografía de Uni, militar que sirvió a Pepi I, faraón de la sexta dinastía, hacia 2250. Registra cómo aquel personaje condujo un ejército egipcio, reforzado con mercenarios nubios, contra la población sedentaria de una zona no especificada de Palestina. Organizó su acción en cinco campañas sucesivas y la culminó con un ataque coordinado por tierra y por mar que tuvo como escenario, para el encuentro con las fuerzas enemigas, las proximidades de un lugar denominado el Hocico de la Gacela, sitio que en ocasiones ha sido identificado con el monte Carmelo; hasta el punto que quizás con excesiva ligereza se ha llegado a afirmar que el ejército egipcio, durante la sexta dinastía, hizo incursiones hasta aquel monte palestino, queriendo encarecer así que esta fue la latitud límite septentrional del avance egipcio por tierras de Asia durante el tercer milenio; lo que no puede tomarse por rigurosamente cierto, por más que sea verosímil e indirectamente indicativo de que Egipto quizás entonces prefiriera ganar con rapidez posiciones en la frontera noreste, sirviéndose de la más fácil incursión costera.

A esta misma época está referida una serie de representaciones de ataques contra plazas fuertes asiáticas que figuran en tumbas de la sexta dinastía, construidas entre 2300 y 2150, más otras que están en enterramientos de finales de la undécima, cuyo tiempo coincide con el final del tercer milenio. No son informes de los que pueda deducirse localización exacta ni alcance de los acontecimientos.

Un último dato ayuda, si no a evaluar con precisión, sí a estimar la magnitud real de aquellas campañas. No es posible relacionarlo con las incursiones mencionadas porque la documentación no es tan explícita, pero resulta valiosísimo puesto en conexión con los escasos hechos que ha sido posible recopilar. Hacia 2200 Jericó fue destruido, así como otros lugares próximos de la misma geografía Palestina, según puede juzgarse por pruebas que aporta la arqueología. Podría admitirse como una de mayor magnitud que los testimonios escritos y gráficos, y vendría a confirmar que los ataques egipcios, al parecer, fueron dirigidos con preferencia contra la zona urbanizada de Palestina, algunas de cuyas ciudades ya poseían importantes fortificaciones. Asimismo indicaría que la destrucción de ciudades al sur de Palestina pudo tener como finalidad crear una banda fronteriza que a Egipto sirviera como protección, al modo de los grandes reyes medievales, que intentaban protegerse con sus anchas marcas.

4. Más que la voluntad de dominio directo sobre las tierras inmediatas, con el concurso de las armas, a los egipcios, a quienes por su agresiva presencia en Asia de antemano debe serles reconocida la iniciativa en estas relaciones, parece que durante el tercer milenio interesaba el comercio. Desde fines del anterior cuando menos, mucho antes de que los faraones decidieran reducirla a la condición de frontera, Palestina había representado otro papel en las relaciones exteriores que a los poderosos vecinos africanos interesaba mantener. Probablemente aquella modesta región fuera entonces una zona muy aislada, a consecuencia de su difícil naturaleza y de su aún más complicada población.

Unos vínculos especiales fueron los que en aquellos tiempos le valió contactar con otros mundos.

Arad, yacimiento en la frontera sur de Palestina, es por ahora el que ha proporcionado información más precisa para observar con la mayor exactitud el contenido de aquellos iniciales contactos, que unos y otros estuvieron interesados en mantener durante toda la primera mitad del tercer milenio. Se trata de un buen número de testimonios referidos a una singular red de intercambio que aúna un hecho decisivo, no inmediatamente visible.

Ya en el cambio de milenio los egipcios decidieron instalar factorías para la depuración del mineral de cobre en la Palestina meridional. La producción de aquellas fábricas serviría para cubrir las necesidades de metal en las ciudades palestinas que lo transformaban. Pero la demanda Palestina de un producto especializado no podía ser grande porque su economía no lo requería. La razón decisiva del orden que allí vino a concentrarse estaba en el más potente mercado próximo que de este abastecimiento necesitara. Seguro que en Egipto el mineral de cobre entonces encontraría a sus más cualificados clientes, la demanda más exigente y de envidiable tamaño, también el mercado más estable en el área que ahora consideramos. Nada hay que pruebe que aquellas factorías fueran el suministrador preferente de Egipto, mucho menos exclusivo. Para los egipcios estas poblaciones solo debieron ser una de las fuentes que los surtía de cobre. Pero, a consecuencia de tan poderoso estímulo, ganó vida una serie de poblaciones en aquel lugar, de las que Arad es el caso más destacado por mejor conocido. Aquellas factorías, según los datos que el excepcional yacimiento palestino proporciona, estarían activas entre los años 3000 y 2700, trescientos años durante los cuales, gracias a ellas, la frontera de la presencia humana llegó a latitudes muy meridionales en las tierras de Levante.

La materia prima para surtir estas factorías venía de lugares inmediatos, aunque a estos alcanzaba desde tierras bastante más remotas. Al norte del Neguev, área inmediata a Arad por el sur y situada entre Palestina y el Sinaí, también había aparecido ya en aquel tiempo una serie de ciudades que mantenían contacto preferente con una zona muy marcada por sus características geográficas, al sur de la península del Sinaí; un lugar en el que cuando comenzaba la cultura del bronce arraigaron poblaciones, gracias a que quienes se aventuraron a la ocupación de aquel remoto solar habían decidido dedicarse a la extracción del mineral de cobre que el país permitía. Observada toda la tierra a la que pertenece este rincón parece el fondo de una bolsa, sitio para el que no es fácil explicar el origen de sus habitantes. Si además del perímetro terrestre se tienen en cuenta la multitud de vías marítimas que podrían converger en aquel vértice, que desde las próximas costas africanas y asiáticas puede sin dificultad ser alcanzado, más bien resulta una compleja encrucijada.

La salida al exterior del producto del trabajo de los sinaítas del mediodía, obligado destino por la escasez del consumo local, si es que entre ellos era utilizado, se podría haber organizado por dos rutas divergentes. La primera, la noroeste, que podría haber llegado hasta el Uadi Tumilat, una de las líneas de comunicación entre Egipto y el Sinaí con el tiempo más frecuentadas, habría tenido unos trescientos kilómetros de longitud. La otra, orientada en la dirección noreste, costeando por su ribera sinaítica el golfo de Aqaba, a través de la Arabá tendría que haber llegado hasta la región de Edom, y por ahí hasta el Neguev y el sur de Palestina. Como la anterior, esta también obligaba a recorrer unos trescientos kilómetros, y su trazado litoral tampoco debía afrontar mayores obstáculos. No había en el espacio razón aparente en favor de una o de otra ruta.

De los dos trazados, el que de antemano puede parecer más probable es el que lleva más cerca de las tierras de Egipto, aceptado que la más potente demanda del mineral estaba entonces allí concentrada. Pero finalmente fue elegida la segunda ruta. El mineral extraído en el Sinaí terminó saliendo al exterior gracias a la mediación de unas ciudades probablemente levantadas en el Neguev septentrional con sentido de la oportunidad. Si era distribuido por toda la región desde esta línea de ciudades en excluyente régimen de monopolio, además de inducidas a la condición de mercado, resultaban decisivas. Quienes lo necesitaran en ellas lo tendrían a su alcance, bien que en las condiciones decididas por las ofertantes. Aquellos por su parte habrían organizado en la limitada región que entre los dos ocupaban un orden no menos excluyente. A los suministradores los habrían mantenido a raya en el sur, reservándose la transformación del producto que le servían al norte. Fue así como una doble frontera económica quedó trazada en aquel lugar. Hasta las ciudades septentrionales del Neguev llegaba el mineral y en las ciudades del sur de Palestina el mineral era transformado en metal.

5. Pero todavía un tercer factor concurrió a tan intensas y concentradas circunstancias. Por el mismo tiempo, y asimismo desde comienzos del tercer milenio al menos, entre Egipto y Palestina también fue sostenido un activo comercio, para cuya continuidad fue necesaria la iniciativa y el sostén del estado más fuerte. Los productos que desde el noreste bajaban hasta el delta fueron el vino y el aceite, de los que Palestina ya pudo poner a disposición del comercio sus excedentes. Iban destinados a los almacenes del faraón y su familia. A cambio, las ciudades palestinas recibían objetos de prestigio, sobre todo las vajillas de piedra, reservadas para las comidas más pesadas.

Demostraciones arqueológicas de este tipo de bienes importados a Palestina las hay para lugares muy distantes entre sí, unas en latitudes muy septentrionales y otras en las extremadamente meridionales, lo que sería manifestación de que el comercio del producto exótico abarcó toda la región. En un lugar actualmente conocido como Quirbet el-Querak, aunque probablemente llamado antes Bet-Yerá o Bet-Yeran, imponente fortaleza situada en la orilla sudoeste del mar de Galilea, enorme balsa de agua, luego conocida como Lago Tiberíades, al norte de Palestina, la excavación ha rescatado un tipo de jarro, alargado y con base achatada, cuyo origen ha sido fechado hacia 2800. El estilo al que corresponde recibe el nombre de Abidos, denominación adquirida por la que distingue a aquella ciudad entre las egipcias, puesto que en su área ha aparecido en mayor abundancia. Piezas de tipo semejante datan el comienzo en aquel lugar del contacto regular con los egipcios que el comercio forzara aún antes, en la época del faraón Menes, afamado nombre y desconocido personaje que son no obstante aceptados como principio de la primera dinastía, años en torno a 2900. Cerámica de características equiparables aparece finalmente también en una amplia y bien distribuida ciudad de las de aquella banda sur de Palestina, situada a unos treinta kilómetros al este de Berseba, justo en el límite de la aludida frontera meridional. Por lo que indican las pruebas extraídas de su solar puede afirmarse que fue destruida hacia 2700.

6. Precisamente esta fecha puede considerarse como el límite en el tiempo de la supervivencia del sistema mantenido por los tres elementos, un equilibrio delicado. Después de 2700 todas las factorías desaparecieron. Las circunstancias del abandono de la actividad metálica en aquellas poblaciones debieron ser críticas. La destrucción de la ciudad al este de Berseba es una consecuencia más violenta de lo que cabe esperar del fin de las actividades comerciales. Lamentablemente no hay más datos que permitan ser más precisos en la descripción del ambiente vivido por aquellos a quienes tocó conocer el final de la fundición del cobre en Palestina. Por alguna razón que aún no está aclarada de manera incontestable, a partir de aquel momento el orden para la producción de metal de cobre que se había organizado resultó inviable. La idea que los observadores aceptan como base sobre la que elaborar un argumento explicativo, para que sea aceptado como un hecho el cese de la actividad, es que Egipto debió compensar esta fuente de abastecimiento del metal estratégico con otras. Tampoco hay fundamento suficiente para afirmar que los sucesos de más al sur sean una consecuencia de este giro de los acontecimientos. Lo cierto es que al colapso de las instalaciones palestinas siguió el de las relaciones entre las ciudades del Neguev y el Sinaí. Poco a poco se fueron extinguiendo, hasta que finalmente desparecieron por completo durante el periodo comprendido entre 2600 y 2500.

Para una apreciación más exacta de lo que pudo interferir en aquel enigmático final, en la medida que los limitados indicios lo permiten, porque las historias remotas sobre frágiles cimientos deben ser sostenidas, al mismo tiempo es importante reconocer que después de 2700, aun así, las relaciones de intercambio ente Egipto y Palestina continuaron. Al final de la transformación del mineral de cobre no acompañó una ruptura de los vínculos entre los dos territorios. La diferencia entre lo que ocurría hasta aquí y lo que durante los siguientes doscientos años ocurrió fue que las relaciones ahora se sostuvieron solo sobre el comercio del producto agrícola.

Pero también a estas llegó su final. Después de 2500 empezaron a ser realmente escasas, y probablemente poco después también desaparecieron del todo. Arad es de nuevo la mejor guía para marcar los tiempos de esta decadencia. La progresiva extinción de la vida en aquel lugar, hasta culminar en su definitivo abandono, está íntegramente comprendida dentro del periodo que va de 2600 a 2500. Los vínculos entre Egipto y Palestina quedaron rotos durante un tiempo, desde luego los comerciales. El veredicto debe ser inequívoco. Para fechas a partir de 2500 la arqueología palestina apenas proporciona objetos egipcios. Es la prueba incontestable del fin de una etapa en aquellas relaciones bilaterales.

7. La explicación sobre por qué el sistema de extracción, beneficio y comercio del cobre fue de aquel modo ordenado en el espacio puede ser ensayada con fundada verosimilitud. Es opinión común que sus orígenes hay que buscarlos en Egipto, si bien no tanto en su posición como en sus movimientos. Fue su potente atractivo el que indujo a organizar aquel sistema precisamente dándole la apariencia de indirecto; el que llevó a la conducción del producto extraído hacia el Neguev, a su oferta en los lugares mencionados y a que allí fuera posible conseguir su más ventajosa captación; el que aconsejó que la decantación del mineral fuera completada en tierras inmediatas.

Pero la explicación no es satisfactoria si queda reducida a los factores relacionados con la economía del metal. Considerados solo estos, aquella combinación de piezas y su sierva localización no resultarían más ventajosas para los egipcios, sino resignada humillación de las gentes del Sinaí, del Neguev y de Palestina al caprichoso dictado de quien estaba en condiciones de imponerlo. Solo esa poderosa razón justificaría que suya fuera su promoción, y no en exclusiva del orden de los hechos que en el espacio habría prevalecido, sino de cuantos pudieran justificarse por dominantes y no por necesidad juiciosas causas no económicas.

Haciendo las cuentas nada más que con los sumandos que en suma dan cobre fundido no convence aquella organización. Para los egipcios no habría ventaja en que con el desplazamiento de la mena planeado descargaran sobe los comerciantes del mineral los altos costos del movimiento del producto sin transformar. Lo mismo podrían haber conseguido induciendo la circulación por la otra ruta. Bien se justifica que para reducir aún más los costos de su comercio prefirieran mover el producto transformado en metal cargando con el mínimo gasto de una radical inversión única, la que necesitó la creación de las factorías donde el metal fuera fundido. Pero también esto podrían haberlo hecho los promotores de la obra industrial a la salida de la línea del Uadi Tumilat, con la ventaja añadida de que el producto estaría más cerca de su lugar de mayor consumo. ¿Por qué entonces la conducción del metal hacia el sur de Palestina, supuesto que todo el movimiento está al servicio de la preponderante demanda egipcia?

Cabe recurrir al argumento de la celosa custodia de las fórmulas para la obtención del producto final. Como a partir de comienzos del milenio tendría alcance estratégico poseer la fórmula de la aleación basada en el cobre, y no tanto la depuración del metal, así reducido a la modesta condición de materia prima secundaria, sus huraños conocedores, los egipcios, podrían haber protegido su reservado conocimiento alejando de su país las factorías de obtención del metal. Mayor beneficio aún obtendrían, solo beneficio económico todavía, de su simultáneo desconocimiento por los explotadores de las minas. Lo último bien puede ser admitido incluso con relación al primer proceso, el de la obtención del cobre. Así quedaría mejor explicado que estos cargasen con el desaforado costo del transporte del mineral; por más que las cantidades de metal que en estos tiempos iniciales del bronce eran necesarias eran muy limitadas, y por tanto la masa de mineral que sería obligado mover no excesivamente voluminosa, en consecuencia el coste del transporte de la piedra no demasiado alto.

Pero, aceptado como cierto el control exclusivo de las técnicas de la transformación por los egipcios, nada hay en lo propuesto que obligue a pensar que la relación entre la obtención del metal y el trazado de la ruta hasta el Neguev fuera necesaria, menos aún la localización de las factorías del cobre en Palestina. Si los egipcios eran poseedores excluyentes de los secretos de la obtención del bronce en aquella región, y en su tierra los mantenían reservados, mayor protección les habrían proporcionado sin arriesgar una parte intermedia de la manufactura completa con una localización en el exterior. Tanto más favorable les habría sido para el buen cuidado del secreto industrial hacia su país conducir el mineral sin más.

¿Qué cabría decir entonces sobre que no lo hicieran así? Quizás sea necesario incluir otros hechos en la especulación, hechos no del todo a nuestro alcance, porque el análisis de las fuentes disponibles no los proporciona, aunque muchos sean los posibles que los conocidos sugieren; porque la asociación de las ideas es más fructífera que la más sacrificada de las excavaciones. Con solo los comprobados, excluida la anterior especulación, tienta la deslumbrante pero poco reflexiva posibilidad de que en consecuencia a las poblaciones del sur de Palestina debería tocar entonces ser las que realmente gozaran del secreto estratégico de la transformación del mineral, y que fuera esto lo que indujera a que las rutas de salida del mineral llegaran hasta allí, y lo que a sus arrogantes vecinos del suroeste obligara a desplazarse hasta sus tierras para obtener el producto que necesitaban. No es buena consecuencia esta, ni idea sostenible por tanto que quien la defienda no llegue a sentir sonrojo. Desconsidera los hechos de que la elaboración fuera parcial y sobre todo que los egipcios fueran los promotores de las factorías. Ambos imperativos excluyen radicalmente la posibilidad por un momento estimada.

Si fuera cierto, para algún momento, que dio pie a que potencias políticas se afianzaran en el próximo oriente el conocimiento reservado de la fabricación del bronce, la comprobada múltiple difusión de la sencilla técnica de obtención del decisivo producto, vigoroso hecho hace tiempo sobradamente demostrado por los viejos prehistoriadores, que con pocos medios con valentía defendieron ideas que el tiempo, y los acontecimientos irreversibles que trae, ha obligado a reconocerles, al alcance de las más toscas tecnologías, pronto eximiría a esta causa de la responsabilidad del orden del sistema de explotación y comercio del mineral descrito. No obstante, de ningún modo excluiría una explicación de su origen tomando en consideración que a comienzos del milenio el conocimiento de la fórmula sí pudo ser excluyente, en cuya valoración temporal podría ser este factor estimado, y así explicar tanto el principio como el fin de aquel ciclo. Durante trescientos años las factorías egipcias del sur de Palestina habrían conseguido mantener una parte importante del monopolio técnico. Luego la difusión de las técnicas pudo ser responsable de la crisis del sistema.

Más futuro debió corresponderle a la creencia en la importancia de la posesión del secreto como simple literatura, y a la suya añadió la simplificación de confundir el saber con la riqueza. Lo más sorprendente es que diera origen a la ridícula tópica de la piedra filosofal, y que tanto embaucado por el conocimiento hermético diera crédito, aun en tiempos contemporáneos, a una manera usuraria de expresar el conocimiento, porque usura es prometer mucho a cambio de poco, previa exigencia de mucho siendo poco lo que realmente se ofrece. La cábala es su producto y es admirable que haya admirado como lenguaje, el perfecto lenguaje; que haya suplantado a la soñada lengua dorada del hombre que tomó por nombre el del lugar de nacimiento del inventor de la literatura sobre el arte. Es sorprendente que el ansia de oro haya dado origen a la idea de que la literatura alcanza su mejor efecto cuando su conocimiento es hermético. Debe ser por eso que con frecuencia el mérito literario es justificado por la posesión de una condición natural a la que sus más apasionados defensores llaman talento. Hay que agradecer a la afortunada certeza que las palabras invariablemente garantizan la devolución de esta reducida manera de ver las cosas al lugar que le corresponde. Seguro recuerda el lector que talento fue aquella medida antigua colmo de la cantidad de peso que los griegos soñaron como idónea moneda y que jamás fueron capaces de acuñar. Nunca pasó de ser moneda de cuenta.

Pero aceptado el argumento de origen, y deducido con fundamento que los egipcios son los dueños del secreto de consecuencias más que económicas, solo una razón quedaría para justificar que fueran las factorías intermedias precisamente localizadas en el sur de Palestina, la existencia en aquel lugar del reactivo necesario para la obtención del metal. Las tierras que en superficie proporcionan cal en cantidades estimables se han mostrado como lugares decisivos para la radicación de la primitiva producción de metal fundido en una extensa geografía, incluso como en este caso imponiéndose sobre el costo del transporte del mineral. Se diría que las cantidades de reactivo calizo que las fórmulas antiguas necesitaban eran, si no mayores, tal vez más costosas, incluyendo entre los factores económicos no solo los contables, sino también los primordiales, que son los que miden en tiempo el gasto más oneroso de la actividad. A este propósito es conveniente tener en cuenta que la idea de minería contemporánea es poco apta para la más remota antigüedad, y aun para la plena y la baja. No eran excavados pozos y galerías. A lo máximo, hoyos de aproximadamente un metro de profundidad, extracciones en secuencia de poco más o menos un metro cúbico de material geológico. Es cierto que en aquella zona las tierras de Palestina podrían aportar este factor, pero no es tan exclusivo allí como para que deba considerarse decisivo.

8. Ninguna propiedad puede por el momento reconocerse a Palestina que justifique convenciendo que la radicación en su solar de factorías para la obtención de cobre fue necesaria. Definitivamente solo queda un indicio seguro para llegar a una explicación sobre cómo pudo ser que estando la demanda al este del mineral extraído en el sur fuera llevado al norte para transformarlo. Es el que proporciona el elemento más estable, el comercio entre Palestina y Egipto cuyo contenido principal es el producto agrícola, que obliga en consecuencia a tomar en consideración causas más allá del metal.

La supervivencia de aquel comercio paralelo durante unos quinientos años del tercer milenio fuerza a reconocer la existencia de una ruta independiente. Esto, que probablemente es lo más acertado que pueda afirmarse en todo este asunto sin abandonar el arriesgado terreno de la especulación, no está sin embargo fundado sobre pruebas documentales que sean concluyentes. Obliga a suponer que Egipto ya habría abierto y frecuentaría la más fácil de las rutas de conexión entre el delta del Nilo y Asia, la septentrional; aquella que terminaría siendo famosa vía y que discurría paralela a la costa del Mediterráneo, evitaba los desiertos del interior del Sinaí y llegaba hasta el sur de Palestina con pasable acomodo. Si esta ruta estaba sostenida antes por el flujo de productos agrícolas desde Palestina es algo que no puede ser demostrado con los datos actuales. Pero que, tras la decadencia de las ciudades dedicadas a la transformación del producto mineral, siguiera siendo frecuentada con ese destino indica al menos que aquel intercambio fue de mayor alcance, cuando menos en el tiempo. Aunque bien pudiera ser que el sueño de esta razón engendrara el moderado monstruo de una figura. Justificada la de los productos agrícolas como una ruta con contenido propio, quien la piensa, sin pensarlo, se vería arrastrado a imaginarla como una línea con distinto trazado en el espacio.

Pero cabe imaginar que la ruta de la costa podría tener más contenidos y encerrar más proyectos que el inmediato del cobre. Bajo las seductoras condiciones de la probabilidad, parece seguro que el contenido comercial de aquella ruta ya debía ser más amplio que el metálico, y que el sistema para el cobre ideado sería la consecuencia de que aquella ya estaba abierta y que desde antes tenía otros contenidos que la hacían útil y hasta necesaria; aunque todavía tienta una posibilidad más ambiciosa, que el cobre fuera solo una calculada pieza más de un más amplio entramado político, y que eso precisamente justificara que con toda intención fuera descargada sobre ella también este producto. En el fondo todo obedecería a un calculado plan meditado por quienes tenían que velar por los intereses egipcios. Sí, tal vez tan segura y cómoda ruta fuera la consecuencia de un planteamiento estratégico para el que se hubiera calculado que el secundario país palestino quedara integrado en el mundo de las influencias egipcias, concediéndole un estimable papel secundario a cambio de su lealtad, o al menos de su alianza. Así resultaría que el potente reino norteafricano habría promovido un sistema de movimiento del mineral que se justificaría porque desde su posición el lugar hacia el que fluía era de este modo para él más accesible, que no es exactamente lo mismo que más económico. Con la relativa certeza de que la afirmación es apropiada, se podría decir, concediendo al enunciado el debido tono diplomático, que los dueños del producto sin elaborar habían ido al encuentro de los egipcios, que por allí pasaban. ¿Sería la ruptura por parte de los palestinos de este sensato buen vivir lo que provocaría que luego se vieran reducidos a frontera militar? 9. Pero que finalmente también el intercambio agrícola fuera abandonado probaría el alcance último que para los egipcios aquel plan tendría. De nuevo para descubrirlo la evidencia decisiva sobre las razones del cambio la proporciona el medio arqueológico. Así como a partir de 2500 los objetos egipcios escasean en Palestina, hacia 2500 empiezan a encontrarse muchos en Biblos y en toda Siria, que es tanto como decir que la relaciones comerciales entre Palestina y Egipto disminuyeron cuando comenzó a utilizarse la vía marítima hacia Biblos.

Eso significaría que tras una tranquila e indecisa fase de tanteo, durante la cual serían probadas distintas rutas para la conexión comercial con el exterior, quien llevaba la iniciativa en el proyecto de expansión, que era Egipto, para sus contactos con Asia renunció durante mucho tiempo a las vicisitudes de la ruta terrestre, siempre más insegura y por comparación con la marítima más costosa, aunque pueda resultar más arriesgada. Porque lo que finalmente resolvió la situación, he aquí lo inesperado, fue que Egipto habría preferido a partir de mediados del tercer milenio servirse de las facilidades de la ruta marítima, que le conducía directamente a Biblos, y desde allí a los centros sirios, entre ellos la decisiva Ebla. Sería la sustitución del modelo de presencia industrial por otro de tipo solo comercial, que también podríamos llamar usando un lenguaje más común modelo colonial.

Así, pues, el sur de Palestina habría sido el área para la penetración de las influencias egipcias en el Asia suroccidental, pero solo durante la primera mitad del tercer milenio. Buscando explicaciones en causas más remotas a este final de la historia del sur de Levante hay quien ha recordado que entre fines del cuarto milenio, y durante toda la primera mitad del tercero, había ocurrido también que Palestina había quedado ligeramente retrasada respecto a Mesopotamia y Egipto, a pesar de la interesada presencia de este en su solar. Es verdad que desde que comenzara el tercer milenio Palestina estuvo en contacto con Siria, región a la que su mayor proximidad a Mesopotamia le hacía beneficiarse de tan poderoso estímulo. Pero el efecto positivo para Palestina no se hizo notar. Todavía durante mucho tiempo desconoció la escritura, al contrario que Mesopotamia y Egipto, que para aquellos siglos poseían ya hasta relatos históricos.

En el fondo de la decisión final egipcia estaría en consecuencia el desconocimiento de la escritura, según esta explicación, lo que sería tanto como atribuir el origen del modelo colonial a necesidades impuestas por innovaciones ocurridas en el campo del uso de las lenguas. Parece excesivo, mas no del todo desorientado. A estas alturas ya resulta indiscutible que es la finalidad contable la que está en el origen del tránsito de la marca del sello sobre arcilla a los signos cuneiformes al menos. No es muy aventurado suponerle un origen derivado de situaciones similares al hierático egipcio. El control escrito del movimiento comercial a larga distancia, responsabilidad que como hemos reiterado fue en origen una parte de las preocupaciones de la administración faraónica, demostraría la rentabilidad de cada relación y obligaría a la selección de los lugares, a la depuración de los procedimientos del contacto económico y de intercambio. De ahí pudo derivar la conclusión de que podría ser más ventajoso concentrar en un lugar la relación, reducir el vínculo al comercio y que era necesario, para un seguro efecto positivo sobre el beneficio, contar con corresponsales permanentes en el lugar elegido, tales que fueran capaces de llevar por escrito el control de las operaciones así como de comunicar sus resultados. Biblos tenía esta ventaja.


Mlk

Calixto Alencar

Para denominar el sacrificio infantil, una parte de la interpretación de los Textos Sagrados utiliza el término con el que la crítica actual suele referirse a él. Admite que molk es el nombre técnico que corresponde al sacrificio infantil que aquellos nos permiten conocer, la misma palabra que se suele utilizar para referirse al sacrificio infantil cartaginés, y que en consecuencia asimismo se podría denominar sacrificio molk.

Está generalmente admitido, desde que Paul G. Mosca lo demostrara, que molk es una palabra que expresa simplemente el acto del sacrificio, aunque en razón de la vía por la que fue documentada, y del análisis al que fueron aplicadas las conclusiones de este filólogo, por antonomasia con ella se denomina el infantil. Tomando fundamento en esta idea, es posible leer entre los intérpretes que la palabra mlk designa un tipo de sacrificio y es de origen fenicio, e incluso hay quien aconsejado por el deseo de ser muy preciso dice que molk, que se puede traducir por ofrenda, era el nombre que solían dar a la modalidad de sacrificio que se le aplicaba a un niño recién nacido.

Pero estas opiniones representan la parte más actual de una corriente que durante mucho tiempo ha ido en otra dirección. Desde hace siglos, el nombre que el sacrificio infantil recibe en el texto sagrado ha sido objeto de una fuerte corrupción tanto para la versión del Texto Sagrado como por parte de sus comentaristas. Cualquiera de las dos intervenciones en el patrimonio escrito ha contribuido, de manera deliberada o accidental, a crear cierta confusión, sobre todo cuando se ha tratado de identificar las divinidades a las que el sacrificio infantil documentado por la Fuente pudiera ser ofrecido.

En la transmisión de los textos el instrumento de la corrupción ha sido la vocalización de la palabra con la que se le denomina. La que tuvo más fortuna durante siglos fue la conversión de mlk en Moloch o Molok. Esta manera de proceder no solo hizo legible la palabra al lector de las lenguas clásicas, sino que incluyó una personificación. La doble coincidencia creó autoridad y tanto ha prevalecido que todavía se lee en su forma original entre algunos intérpretes del Texto Sagrado: que a Moloch eran hechos los sacrificios de niños, que los niños eran quemados en honor de Moloch o que una parte fundamental del culto a Moloch consistía en el sacrificio humano. Dando por sentada la personificación, el argumento se ha prolongado hasta el punto que se afirma que según el Antiguo Testamento Moloch fue un dios fenicio, cuya personalidad se podría identificar con la del clásico Cronos devorador de sus hijos. La supervivencia de toda esta manera de argumentar hay que admitirla como la expresión de la exégesis más sumisa a la condición sagrada del Texto, que también ha sido la más autorizada por la tradición.

Difundidas ya las demostraciones de Mosca, ahora es raro que todavía se mantengan literalmente afirmaciones como las recién reproducidas. Pero, ante la evidencia de que la Fuente afirma que el sacrificio era ofrecido a una divinidad cuyo nombre es una forma derivada de la palabra mlk, el efecto de las tesis de nuestro semitista se ha limitado a las versiones vocálicas, aun en el caso de los exégetas que se han mostrado más atrevidos. La transformación más difundida es la que patrocina que donde antes se leía Moloch ahora debe leerse Mólek. Esto lleva a otra parte de los comentaristas a concluir que la Fuente no deja ninguna duda sobre que el sacrificio de niños era ofrecido en honor de Mólek, que la expresión empleada para referirse a este sacrificio es la de pasar ante Mólek o, en el mejor de los casos, que los textos hablan de sacrificios ofrecidos al dios Mólek; en realidad palabra fenicio-púnica que designa un tipo de sacrificio, porque en la lengua hebrea Mólek fue aceptado como el nombre de un dios.

Una de las teorías más elaboradas a partir de las síntesis de la lectura Mólek con la última de las interpretaciones es la que pretende que la palabra, de indudable origen fenicio, fue divinizada en Ugarit, donde en su opinión aparecería entre la lista de los dioses. Dejando al margen que una palabra de origen fenicio jamás podría haber sido divinizada en Ugarit, porque la cultura fenicia es posterior a la ugarítica, debe constar que en la lista de los dioses de Ugarit no figura divinidad alguna con este nombre.

Mas, de las elaboraciones que sobre esta base se han sostenido, la más atrevida es la que argumenta que en realidad la vocalización Mólek fue hecha por aliteración a partir de la palabra boset, vergüenza, cuya vocalización es idéntica, para así obtener un efecto implícitamente condenatorio. Salvo que se demuestre que la vocalización de bst precede a la de mlk, esta idea carece de sentido, puesto que cualquiera de las dos vocalizaciones es una operación derivada con el objeto de verter la lengua semítica a la clásica. Por tanto, con este cambio de vocalización, por mucha fortuna que haya encontrado en la literatura que lo sigue, en realidad nada ha cambiado respecto de la situación anterior.

Pero admitir una variante a partir de la vocalización ha contribuido a flexibilizar la denominación del dios hasta límites que no han dejado de ser fecundos. Por ejemplo, Mólek es leído por algunos como Mélk, y otros incluso se atreven a interpretarlo como Milkom, un dios ammonita. Para el fin de vincularlo con el holocausto infantil además es presentado por la exégesis como el dios del mundo subterráneo al que eran sacrificados los niños.

Otro de los experimentos provocados por el mismo estímulo ha llevado a un ensayo bastante más complejo, porque pretende que cuando el sacrificio infantil fue objeto de la lengua hebrea habría sido alterado el significado común del término –mlk– probablemente a consecuencia de su semejanza con la palabra hebrea que significa rey –mélek–, que no pocas veces sirve también como epíteto divino y que por tanto con facilidad pudo dar origen a la correspondiente personificación. Presenta como prueba de que las cosas pudieron ocurrir así la singular expresión Puede haber preparado un tofet también para el rey, que puede leerse en el Texto Sagrado. A su parecer, en esta frase la alusión al rey sería solo un juego de palabras, puesto que en el texto original realmente se leería simplemente mlk. El sorprendente sentido que finalmente tendría la expresión en la lectura que hemos copiado, además de su condición extraordinaria, más bien parecen prueba de la forzada interpretación. Resulta más admisible la lectura de la palabra mélek sencillamente como personificación.

En la misma línea, otros han elaborado una tesis aún más comprometida. Parte del principio de que en realidad la vocalización Mélek, el rey, es una deformación de la vocalización que juzga correcta, Mólek, porque pudo entenderse que el sacrificio era ofrecido a Mélek, un epíteto divino que en este caso se pretende relacionado con la cultura yebusea. Lo que sabemos sobre los epítetos de la divinidad de la Jerusalén anterior a la llegada de los hebreos más bien indica que prevaleció el de Adonai, como se averigua a través del nombre conocido del rey yebuseo de Jerusalén. Pero sí es cierto que adonai, mi señor, en su forma singular se aplicó también en el sentido de rey, aunque no estamos seguros de que esto ocurriera entre los yebuseos.

La verdad es que los ensayos inspirados por los cambios en la vocalización resultan en exceso complejos y el balance de los respectivos esfuerzos es cuando menos confuso. Pero cualquiera de ellos comparte una virtud, que salva y respeta la personificación de la palabra, un imponderable dictado por el Texto Sagrado, al que la filología bíblica no renuncia porque gramaticalmente es inapelable. Es una obligación aceptar la personificación de la palabra porque así obliga a deducirlo la forma en que el Texto está redactado.

Gracias a esta conservadora actitud, en nuestra opinión se abre la vía más útil para explicar el uso que de la palabra mlk hacen los Autores Sagrados, el problema que realmente hay que dirimir. Probablemente la crítica está forzando la interpretación cuando quiere que la palabra rey –mélek– identifica a la divinidad a la que era ofrecido el sacrificio infantil. Pero persistiendo en la vía de la evidencia textual devuelve a la vía de la interpretación que la palabra rey efectivamente denomina en la tradición religiosa que desciende de Ugarit una divinidad, Melqart ya en el primer milenio y en la lengua de Tiro, la misma que antes ha sido con preferencia conocida como Señor o Baal. Eso obligaría a aceptar que es muy probable que el Autor Sagrado no fuera muy descaminado cuando identificó mlk con una divinidad, por más que efectivamente nunca existiera dios de nombre Moloch, Mólek o Mélek. Lo correcto sería leer Baal donde en el texto sagrado aparece Mlk.

Nada de esto contradice la conclusión de Mosca. Ninguno de estos argumentos niega que molk designe en la lengua de los cartagineses el acto del sacrificio. Lo que a nuestro parecer ocurrió en términos textuales fue que la peculiaridad del sacrificio infantil, que legítimamente pudo ser denominado con aquella palabra común, fue retenida por el Autor Sagrado justo manteniendo esa palabra, procedente de una lengua distinta a la que utilizaba. Esto, y la conciencia de que aquel acto era ofrecido a una divinidad definida, hicieron que ya él mismo decidiera divinizar la palabra. Actuando así, si nuestras interpretaciones son correctas, el Autor Sagrado habría conseguido expresar de la forma más directa posible que en Palestina en la época a la que nos referimos el sacrificio infantil era ofrecido a un indeterminado Baal, que nosotros hemos de interpretar como la divinidad que representaba el principio masculino en los cultos a la fecundidad.

La verdad es que nuestra conclusión no lleva a ningún lugar desconocido. Aunque pueda sorprender, es un hecho que la mayoría de los intérpretes, por más que hayan recorrido con la palabra mlk otros caminos, aceptan que el sacrificio infantil era ofrecido en honor de ese mismo indeterminado Baal sobre el que hemos descargado toda la tradición. Algunos, haciendo gala de unos recursos de erudición suministrados por medios muy precisos, señalan exactamente que estaban dedicados a Baal Hammón. En el Texto Sagrado hay párrafos que afirman positivamente que los niños eran sacrificados a las imágenes, las cuales eran destinatarias directas o inmediatas de ellos porque para ellas representaban el papel litúrgico de alimento. De manera más general, hay quien interpreta que los inmolaban a los dioses de Canaán, y otros se limitan a señalar que eran ofrecidos a dioses extranjeros. Las conclusiones más indefinidas son las que expresan quienes, queriendo marcar las distancias, hablan en términos negativos. Dicen que los sacrificios infantiles estaban solo dirigidos a divinidades extrañas al dios único o a la religión que distinguía al pueblo elegido. Ninguna de estas inconcretas opiniones es incompatible con que el dios al que preferentemente fueran ofrecidos estos sacrificios, o de cuyo ritual puede proceder, fuera Baal.

Pero en el origen, sobre el destinatario de los sacrificios de niños, la opinión de los intérpretes está dividida. Una parte opina que además los hebreos ofrecían sacrificios infantiles tanto a Baal como a Yavé. En modo alguno resuelve algo útil a nuestros fines entrar en esta polémica, pero no es inconveniente indicar que en el Texto Sagrado puede leerse una justificación dogmática del sacrificio infantil que fuera practicado por los seguidores de la religión del dios único. Que el sacrificio infantil llegara a convertirse en una institución de los elegidos está allí argumentado en los siguientes términos.

Amenazaba Yavé con que si no le servían como dictaba, servirían a los enemigos que contra ellos enviaría, una nación venida de lejos, de los extremos de la tierra, amenazadora desde lo más lejano como el águila que se cierne desde lo alto del cielo; una nación de rostro fiero de la que ni su extraña lengua conocerían. Asediaría todas sus ciudades, en toda la tierra que le hubiera dado Yavé los cercaría.

Tendrían que comer entonces el fruto de sus entrañas, la carne de los hijos y las hijas que Yavé les hubiera dado, a consecuencia del asedio y de la angustia a que les reduciría aquel enemigo. El más delicado y tierno de entre los suyos miraría con malos ojos a su hermano, e incluso a la esposa de su corazón y a los hijos que le quedaran, hasta en el odio extremo de negarse a compartir con todos la carne de sus propios hijos se vería. Porque inevitablemente tendría que comerse a sus hijos, al no quedarle ya nada que llevarse a la boca, a consecuencia del asedio y la angustia a que les reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

La más tierna y delicada de las mujeres tiernas y delicadas mirará con malos ojos al esposo de su corazón, e incluso a su hijo y a su hija, hasta a las secundinas salidas de su seno y a los hijos que dé a luz. Pues inevitablemente los comerá a escondidas, por la privación de todo, durante el asedio y la angustia a que los reduciría el enemigo en todas sus ciudades.

Pusieron sus monstruos abominables en la casa que llaman por mi nombre, profanándola, y fraguaron los altos de Baal que hay en el valle de Ben Hinnom para hacer pasar por el fuego a sus hijos e hijas en honor de Moloc –lo que no les mandé ni me pasó por las mientes–, obrando semejante abominación con el fin de hacer pecar a Judá.

Incluso llegué a darles preceptos que no eran buenos y normas con las que no podrían vivir, y los contaminé con sus propias ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito, a fin de infundirles horror, para que supieran que yo soy Yavé.

Están ensangrentadas sus manos, han cometido adulterio con sus basuras, y hasta a sus hijos, que me habían dado a luz, los han hecho pasar por el fuego como alimento para ellas. Han llegado a hacerme hasta esto: han contaminado mi santuario en este día y han profanado mis sábados; después de haber inmolado sus hijos a sus basuras, el mismo día, han entrado en mi santuario para profanarlo. Esto es lo que han hecho en mi propia casa.

Los Textos Sagrados con frecuencia son producto de añadido de piezas de distinta procedencia. En este caso es evidente que así ocurre, y el resultado es cierta falta de consecuencia en la argumentación. Pero son demasiado terminantes y directos los términos de los últimos párrafos como para ignorarlos. Para imponerse por el horror Yavé habría decidido convertir en precepto la inmolación del primogénito.