Explotaciones mínimas
Publicado: febrero 24, 2017 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agraria, economía Deja un comentarioG. Valparaíso
Las explotaciones mínimas, que sumaban entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todas las de cada año, eran un sector consolidado de la agricultura de los cereales. Buena parte de los observadores creen que estas empresas solo ambicionaban satisfacer el autoconsumo. Como la mayoría se organizaba sobre parcelas segregadas a las unidades de explotación de mayor tamaño, en otras ocasiones parecen subsidiarias de ellas no solo en el espacio. Por el momento, hasta donde alcanza mi información, no parece que haya sido argumentada de manera convincente ninguna de las dos posibilidades, lo que obliga a mantenerse atentos a los movimientos desde cualquiera de las dos posiciones.
Su potencia, y por tanto su alcance, lo puede expresar del modo más directo el tamaño de las parcelas que tomaban, y luego el número de parcelas que sumaran para componer cada pegujal; porque pegujal era el nombre que convenía a esta modalidad de empresa, la más modesta. La documentación de la época deja muy claro que pegujal es empresa, y es por tanto una denominación que pertenece al mismo dominio semántico que labor. Labor y pegujal fueron los dos polos del sistema de empresas para producir los cereales, y entre ambos atraían prácticamente la totalidad de las iniciativas. Puede resultar tedioso detenerse en detalles de tamaño, pero es imprescindible si se quiere tener al menos criterio relativo para valorar cualquier de las dos posiciones.
Sobre el tamaño de las parcelas, es posible reunir testimonios coetáneos desde diferentes puntos de vista. Si aquel universo es observado a partir de las 103 descripciones de trabajadores del campo que alcanzaban a organizar aquellas empresas, registradas en 1771, el tamaño de la parcela tenía como mínimo 1 fanega de superficie y como máximo 10. Las frecuencias de los valores extremos del espectro son escasas, dos en cada caso. Basta con llegar a la segunda posición del rango, la parcela de 2 fanegas, para que se incremente notablemente la frecuencia. El grueso de las parcelas queda comprendido entre las 2 y las 4. De las 103, nada menos que 77 están comprendidas entre esos márgenes tan próximos, tres cuartas partes de los casos. La parcela más representativa en absoluto es la de 3 fanegas, 34 casos, un tercio. No obstante, la superficie de la parcela media (402.5 / 103 = 3,91 fanegas) está más cerca de 4 que de 3. De todo lo demás, comprendido entre los valores enteros 5 y 8, solo las parcelas de 6 y 7 fanegas tienen cierta significación, en torno a la vigésima parte. Los tamaños fraccionarios (2 ¼, 4 ½, 6 ¾ y 8 ½ fanegas) son singulares.
La superficie de nueve parcelas cedidas en un cortijo a pegujales en 1756 estaba comprendido entre 2.5 y 12 fanegas. Sus valores estaban muy dispersos: 2.5, 3, 6, 6.5, 8, 9, 11 y 12. Solo el valor 8 se repetía. Algunos años después, la superficie de las parcelas cedidas para el mismo fin en el mismo cortijo tuvo como mínimo 1.92 fanegas y un máximo de 12.75. Más de la mitad, hasta un total de 81, estaba comprendida entre 2 y 4 como valores enteros (de entre 2 y 2.99, 21; de entre 3 y 3.99, 27; de entre 4 y 4.99, 33). Si se suman las comprendidas entre 5 y 6 (de entre 5 y 5.99, 16; de entre 6 y 6.99, 24), que eran 40, algo más de una cuarta parte, se llega a proporciones muy altas, casi nueve décimas partes de todas las sorteadas. Luego todas las de mayor tamaño, que fueron 17 (de entre 7 y 7.99, 5; de entre 8 y 8.99, 5; de entre 9 y 9.99, 4; de entre 10 y 10.99, 1; de entre 12 y 12.99, 2), carecían de importancia para el fenómeno. La de 1.92, o 1 fanega y 11 almudes, era por completo anómala, única.
El tamaño de las parcelas que describen las estadísticas de los cortijos que se cedían a pegujales en todo un término oscilaba entre límites más amplios. Las había que superaban las 20 fanegas y también las había de solo 1, pero las dominantes eran parcelas de 2, 3 y 4 fanegas, aunque quizás sea más acertado decir de 3, 2 y 4, porque este era el orden de la frecuencia con que aparecen. La diferencia que había entre sus valores solo permite afirmar que 3 fanegas, con algo de distancia sobre los otros dos valores, era el tamaño de la parcela preferida para organizar el pegujal. Un segundo grupo de valores elegidos para crearlo lo marcaban las 6 fanegas, y algo por debajo las 5 y las 8. Aparte estos, solo resultaban por último significativas 1 y 12 fanegas.
Aunque número de parcelas y número de pegujales eran cifras muy próximas, era mayor el primero que el segundo. Lo común era que un pegujal se constituyera sobre una parcela nada más. En plena segunda mitad del siglo décimo octavo, en una proporción que oscilaba entre un 90 y un 95 %, cada parcela daba origen a una empresa personal distinta, a cada parcela correspondía un explotador y solo un explotador; unas proporciones que corroboran las declaraciones de 1771. Para casi diecinueve de cada veinte trabajadores del campo que se arriesgaban a esta forma de explotación, que eran la masa de quienes emprendían pegujales, bastaba con una parcela para acometer la empresa.
Pero había personas que tomaban más de una parcela para crear su pegujal. Apenas la décima parte de quienes los emprendían en 1741 se atrevían con más de una, mientras que en años posteriores a 1750 solo para un vigésima parte de las parcelas que se cultivaban el teniente se repetía. Uno de ellos acumulaba tres parcelas; los demás, dos. En 1771 se constituían sobre más de una parcela una proporción algo por encima de la vigésima parte. Para estos casos, las situaciones más documentadas eran dos. Bien había quien tomaba dos parcelas o bien había quien se hacía cargo de tres. Los que tomaban dos eran entre el doble y las dos terceras partes de los que tomaban tres. Muy raramente había quien tomaba cuatro.
Cuando se trataba de tierras de ruedo las proporciones se desviaban algo del comportamiento común. De los 100 agraciados con las suertes del cortijo a pegujales entre 1767 y 1772, 28 accedieron a más de una parcela, lo que supone una cuarta parte. Sus ventajas quedaron comprendidas entre 2 y 4 parcelas. Tuvieron dos, 21, tres, 3 y cuatro, 4.
Por tanto, en modo alguno serían significativas las explotaciones sobre más de dos parcelas. No sería característico de este tipo de empresa constituirse sobre más de una, sí excepcional mantenerse sobre dos, y en modo alguno propio del modo simultanear tres o más. Aunque no fuera preciso, y sea preferible evitar que una idea se confunda con la otra, también parece legítimo que en la época se hablara de pegujal para expresar indiferentemente parcela y empresa.
Consideremos un rendimiento tipo de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, que en más de una ocasión hemos aceptado como representativo de los que se obtenían en pleno siglo décimo octavo. Si tomamos como pauta el pegujal organizado sobre una parcela, que abarca la práctica totalidad del fenómeno, y tomamos como límites representativos del universo de los tamaños los valores 1 y 12, las cosechas obtenidas por los pegujales quedarían comprendidas entre las 10 y las 120 unidades de capacidad. Las más frecuentes serían las cosechas de 20, 30 y 40.
En esta misma página se han analizado niveles de consumo de hacia 1750, y se ha aceptado como representativo un consumo por persona y día de 1.6 libras de trigo, un valor equivalente a 0.0133 de aquellas unidades de capacidad. Si una persona come al día 0.0133, al cabo de un año consumirá 4.8545 fanegas. Luego el consumo de una familia de dos personas sería 9.7090 y el de una con cuatro, 19.4180. Estos cálculos se pueden mejorar y matizar por edades. Pero para los fines que nos proponemos son una pauta suficiente.
No se puede concluir con una respuesta simple a si las explotaciones mínimas estaban destinadas al autoconsumo o se podían proponer otros fines. No es necesario prolongar los cálculos para reconocer que casi todas aquellas explotaciones podrían aspirar a cubrir las necesidades de grano de una familia durante un año. Sería un objetivo inmediato especialmente entre quienes acometían pegujales sin ser trabajadores del campo. Para ellos sería una actividad suplementaria que podría garantizar al menos una parte de la defensa que necesitaran frente al desabastecimiento y las carestías.
Pero estos eran solo una cuarta parte de los promotores de esta clase de empresas. Los otros tres cuartos, que eran los trabajadores del campo, podrían aspirar a otros objetivos. Entre ellos, las partidas se jugarían en el espectro comprendido entre las 20 y las 40 fanegas de producto. Con 40 se podría disponer de un excedente bruto de la mitad del producto, que incluso permitiría aventurarse en ocupar algunas de las posiciones más modestas del mercado del cereal. Con 20 también se podrían cubrir las necesidades de una familia tipo. Pero de ninguna manera se podría hacer frente a los costos de la empresa mínima, entre los cuales los había tan irrenunciables como el pago de la cesión de la parcela, la inversión en simiente, la alimentación del ganado propio y el diezmo. Para obtener un producto de 20 fanegas no tendría sentido invertir en un pegujal.
Como para organizarlo el recurso previo común era una cabaña de labor propia, empleando este recurso los poseedores de pegujales podían desempeñar un papel subsidiario que les permitiera hacer frente a un tiempo a los costos y a las necesidades del consumo familiar. El suministro de servicios, y en particular el de porciones de la energía que cada año necesitaba la agricultura de los cereales, podía ser una oportunidad que los hiciera razonables. Aun así, los más incautos, que eran la mayoría, solo sembraban en sus pegujales trigo, mientras que otros, los más calculadores, preferían emplearlos en obtener alimento para el ganado de labor, bien cebada bien legumbres.
El tiempo de un año
Publicado: febrero 17, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían a la mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía, por si Dios quisiera enviar temprano el agua.
El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien -añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas, tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día, todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.
El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.
El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo, con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara, ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.
El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.
El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras, reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.
El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó. Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.
Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas de la dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.
Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.
El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.
Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días. El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.
Pero el 13 amaneció lloviendo, lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.
El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño. La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.
Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas de la dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario, le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.
El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.
Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada, como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.
El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios. El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.
El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.
El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.
El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos, antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios. No erró. Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.
El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón. Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado, pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo. Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día. Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.
El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.
El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros. El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.
El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía, a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.
El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes. De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3. Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos, ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.
A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse. Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.
En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo. En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento. El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.
El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo a la dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida. Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.
Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador. El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.
El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares. El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas. Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.
El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.
El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.
El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.
El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.
El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior, con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente, por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias. Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.
El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado. En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.
El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.
Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo. El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía. El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.
Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos. Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento. El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas de las tierras del cortijo. Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos. No se sabe qué hacer con las lluvias. Todo será inútil si sigue lloviendo.
El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos. El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.
El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.
El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo. Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador. En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.
El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante agua acumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.
El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo. El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población. Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.
El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.
El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte, que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.
El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.
El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias. El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios. La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado. Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble. Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.
El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.
El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.
El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados, cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba, aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.
El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente. El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.
Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.
El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares. El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.
Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha. El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.
A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes. El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.
Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día, un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente, lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado. De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.
El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto a la mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.
El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares. El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.
Una teoría de las crisis de subsistencias
Publicado: febrero 10, 2017 Archivado en: J. García-Lería | Tags: crisis, económica Deja un comentarioJ. García-Lería
A mediados del siglo décimo octavo nadie descubriría nada si reconociera que los precios del grano cada año conocían oscilaciones regulares, tan previsibles como al alcance de quienes pudieran inducirlos. Según cada ciclo avanzaba, y las reservas de grano se agotaban, sus precios crecían en sentido positivo. El valor del incremento lo decidirían, actuando de manera combinada, el volumen de la cosecha precedente, la cantidad de grano almacenado y su capacidad de resistencia a las adversas condiciones que la tesaurización de la especie debía soportar. Si alguien ignoraba este curso cíclico de los hechos económicos, aún no habría sido iniciado en la cultura en la que vivía.
También formaba parte de ella el postulado que ahora se conoce como ley de King-Davenant. Había sido enunciada a fines del siglo décimo séptimo por Gregory King (1648 o 1650-1710 o 1712) y luego difundida y mejorada por Charles Davenant (1656-1714). Solo pretendía explicar la relación empírica entre una mala cosecha y el precio inmediato de los cereales, cuya vigencia sería activada por el miedo a no disponer de alimento durante las semanas siguientes a tal secuencia de hechos. Aunque cualquier contracción del producto lanzaba al incremento los precios, y viceversa, cuando se trataba de los cereales, según habían observado King y Davenant la covariación no era automáticamente inversa. Una pequeña caída de la producción podía estimular mucho el crecimiento positivo de los precios, así como un limitado exceso de la producción podía hundirlos de manera significativa. Las cosas ocurrían de aquel modo porque, mientras que la oferta del grano podía oscilar, su demanda siempre se comportaba con rigidez.
Una vez completados los ensayos que a partir de estos hechos hicieron, estimaron más precisamente que cualquier caída de la producción provocaba incrementos de sus precios por encima de sus correspondientes valores proporcionales. A unas caídas del 10, 20, 30, 40 y 50 % de la cosecha corresponderían unos incrementos del 30, 80, 160, 280 y 450 % de los precios respectivamente. Más adelante, quienes revisaron sus propuestas calcularon que cuando las subidas del producto eran del 20, 40, 60, 80 y 100 %, sus precios respectivos perderían aproximadamente 30, 50, 65, 75 y 80 %. De esta manera se pudo cerrar una primera formulación completa de esta particular teoría del comportamiento cíclico del precio del cereal.
Partiendo de estas ideas, Wilhem Abel, en su ensayo sobre la historia agraria de occidente, propuso el siguiente ejercicio. Sean tres explotaciones (A, B y C) de tamaño creciente. Con una cosecha media tipo y un precio de 20 unidades monetarias por quintal, el producto de cada una de ellas se compondría de la siguiente forma:
| A | B | C | |
| Cosecha | 250 | 500 | 1.000 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | 50 | 200 | 600 |
| Ingresos | 1.000 | 4.000 | 12.000 |
Con una mala cosecha, estimada en una caída del 20 %, según la ley de King-Davenant los precios subirían un 80 %, de 20 a 36. Luego los balances de las explotaciones A, B y C serían:
| A | B | C | |
| Cosecha | 200 | 400 | 800 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | – | 100 | 400 |
| Ingresos | – | 3.600 | 14.000 |
Con una buena cosecha, que aportara un incremento del 20 % por encima del valor tipo medio, según los mismos principios, en opinión de Abel los precios bajarían un 40 %, de 20 a 12. Para las explotaciones A, B y C los balances respectivos serían:
| A | B | C | |
| Cosecha | 300 | 600 | 1.200 |
| Consumo | 200 | 300 | 400 |
| Venta | 100 | 300 | 800 |
| Ingresos | 1.200 | 3.600 | 9.600 |
De donde deduce que una buena cosecha era menos rentable para la explotación de mayor tamaño que una mala. El óptimo de su posición en el mercado sucedería cuando la caída de la producción obligara a sus competidores a consumir todo el producto que obtuvieran en su propio consumo, sin que quedara a su alcance la posibilidad de competir. Fue una lúcida demostración del papel decisivo que en la agricultura de los cereales podía tocarles a las grandes empresas.
Las correcciones que W. S. Jevons (1835-1882) hizo a los valores calculados por King y Davenant, gracias a las ventajosas posiciones que ganó, fueron doblemente fructíferas. Para la historiografía, sus observaciones sobre el comportamiento de los precios del trigo en condiciones extremas tal vez sean más valiosas que las de T. R. Malthus (1766-1834), aun reconociendo que es difícil mejorar muchas de las opiniones de este referidas a la agricultura de la época moderna, gracias a que aún pudo sufrirla. Jevons observaba desde la segunda mitad del siglo décimo noveno, cuando el ciclo de la economía moderna podía darse por concluido. Pero sobre todo trabajó animado por su infatigable atención a la tesis de la utilidad marginal. Bajo esta inspiración, retornó a la teoría que ya en el siglo décimo séptimo había enunciado una ley sobre el comportamiento de los precios del trigo en respuesta al producto obtenido. Matizó sus resultados y mejoró los principios que se habían enunciado para referirse a los estados de sobreproducción.
Jevons, tras recordar que el autor original de aquella ley había sido Gregory King, cuyo nombre debería honrarse como uno de los padres de la ciencia estadística en Inglaterra, y repasar sus trabajos y aportaciones al asunto, centró su atención en Charles Davenant. El análisis de sus conclusiones, más el contraste con las opiniones de otros autores, como Thornton o Tooke, a quien cree la máxima autoridad en este tema, le llevaron a ensayar un enunciado de la ley con la forma de una función, de acuerdo con su habitual manera de proceder, sujeta la racionalismo que imponía sus principios al trabajo intelectual en la época en la que escribía. Para expresar con fidelidad las precisas observaciones de quienes habían convivido con la agricultura de los cereales moderna, referidas a la relación que hubiera entre la cosecha de grano y sus precios, finalmente decidió formular p = 0,824 / (q – 0,12)2, donde p es el precio del grano y q la cosecha obtenida. La propuesta conserva en las constantes el inevitable sello empírico de todos los ensayos, los del siglo décimo séptimo y los del décimo noveno. Pero para quien aspira a reconstruir situaciones distantes en el tiempo el lastre empírico no es una desventaja. Al contrario, es el rastro de hechos no del todo identificados pero que de otra manera se habrían perdido. Para la manera historiográfica de observar, tiene el valor de un documento, aunque sus coordenadas no se puedan precisar con el rigor debido. Sin embargo, Jevons, quizás no demasiado preocupado por los problemas del pasado, pero sí aconsejado por su permanente deseo de generalizar, encuadró el resultado al que había llegado en las relaciones del tipo y = a / (x – b)n, y así consiguió legalizar la evidente relación inversa entre las dos variables y la mediación del comportamiento exponencial de la segunda. Un buen hallazgo, porque permitía prescindir de conjeturas sobre lo que era bueno y lo que era malo, sobre si una cosecha era adecuada o no, sobre si los precios se comportaban de manera satisfactoria o adversa.
Al legalizar las relaciones entre producto y precio, las correcciones de Jevons amplían el horizonte y recomiendan modificar el punto de vista. Permiten suponer que el valor de la producción podía ser un efecto inmediato de la planificación del espacio cultivado, que una norma del sistema de los cultivos pudo ser la posibilidad de regularlo, y en consecuencia el producto posible, y por tanto los precios que se podrían esperar. Porque ponen en evidencia el incentivo a la contracción del espacio cultivado en las zonas donde estuviera bajo control de las grandes explotaciones.
Para poner a prueba el acierto de tan reveladoras modificaciones, basta con que supongamos un rendimiento que facilite los cálculos, 10 por 1; que por cada unidad de capacidad sembrada se obtuviera un producto diez veces mayor. Aceptando que por cada unidad de superficie se sembrara una de capacidad, si fueran puestas en cultivo 10.000 unidades cuadradas la cosecha sería de 100.000 unidades cúbicas. Si el precio del grano fuera 10 reales por cada una de estas, el producto bruto nominal que obtendrían aquellas tierras sería de 1.000.000 de reales. De acuerdo con las observaciones de King-Davenant, si se decidiera, por ejemplo, disminuir un 10 % la superficie sembrada el producto descendería a 90.000 unidades cúbicas. A esta caída de la cosecha correspondería un incremento del 30 % del precio, hasta 13 reales. Total, 117.00 reales de producto bruto. Según la formulación de Jevons, si se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, el precio se incrementaría hasta 13,6 reales, y por tanto el producto bruto inmediatamente ascendería a 1.224.000 reales.
La conciencia de la relación entre producto y precios de los cereales, durante la época moderna pudo actuar en favor de los planes de quienes aspirasen al mayor beneficio. La planificación restrictiva del espacio cultivado, al alcance de quienes conseguían en sus territorios acercar el mercado de las cesiones al orden del monopolio, permitiría mantener el conocido saludable efecto inflacionario, lo que ya sería suficientemente satisfactorio para los planificadores. Pero sobre todo contribuiría a desviar las masas de producto más importantes al almacén, a la espera de la oportunidad óptima, que llegaba de la mano de las crisis de las condiciones productivas, años en los que la pérdida completa de la simiente haría que los precios se dispararan. Como Jevons puntualiza, antes que alcanzaran infinito, valor posible en el marco de su ley, ocurriría que el desabastecimiento del mercado de la primera subsistencia evitaría que el producto disponible dispuesto a concurrir a él alcanzara el valor cero. Almacenistas e importadores, incluso si se propusieran evitar el efecto desastroso de la carencia de alimento, nunca dejarían pasar la circunstancia excepcional del beneficio óptimo posible. Está demostrado, por otra parte, que el efecto más catastrófico de la caída de la producción, consecuencia de la acción de factores que escapaban al control del orden tecnológico, tal como ocurría con las peores epidemias quedaba muy concentrado en unos pocos lugares de una región. Las ondas de las caídas del producto siempre serían concéntricas, y en todos los casos, incluso en los peores, habría grados de sus efectos dentro de un territorio, cuya extensión nunca sería un obstáculo que impidiera cargar con los costos de transporte de la mercancía, si estaban cubiertos por los precios previsibles.
Mientras tanto, en los ciclos durante los que el control del sistema de los cultivos era eficaz, el peso de la producción que debía llegar regularmente al mercado recaería sobre las empresas de menor tamaño, e incluso marginales, productoras a mayor costo relativo. Serían tanto más útiles: a) si se constituían sobre las tierras secundarias de las explotaciones de mayor rango, cuyo consumo de energía humana al menos parcialmente así podían satisfacer y convertir en un costo absorbido por la renta de la tierra tomada en cesión; y b) porque cargaban con el riesgo de incremento de la producción por efecto de un comportamiento en exceso generoso de los factores fuera del control de los sistemas de cultivos, que inevitablemente provocaría, según la regla formalizada por Jevons, una caída del precio del producto y por tanto de la renta de las empresas comprometidas en el cultivo de los cereales.
Probablemente la ley de King-Davenant es demasiado grosera, tal vez hasta sus correcciones mejor intencionadas lo son. No han faltado quienes la han descalificado, seguramente con buenos fundamentos. Que se cumpla exige demasiadas constantes. Además de que toma por invariable el tamaño de la población, solo regiría a condición de que no hubiera importación de granos, se careciera de excedentes de cosechas anteriores y no existiera posibilidad de sustituir el déficit de grano por otros bienes alimenticios; que la cosecha y la oferta de un año fueran iguales. En cuanto a las correcciones de Jevons, incluyen que se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, algo quizás más al alcance.
Pero probablemente todas son condiciones demasiado exigentes. La rigidez de todas las propuestas pudo ser la consecuencia de la falta de avales cuantitativos más sólidos. Los elementos de los sistemas eran algo más complejos, aunque no parte de un mundo cerrado y de condiciones demasiado excepcionales.
Pongámonos en el menos probable de los supuestos, que las conclusiones que van de King-Davenant a Jevons sean todas erróneas, aunque no podría decirse lo mismo de las evidencias a partir de las que trabajaban. Sin embargo, nadie podrá negarles poder sobre la opinión, como puede tenerlo la creencia en los fantasmas. Si desde el siglo décimo séptimo pudo existir la conciencia de que la parte más resistente de las empresas obtenía mayor beneficio durante los años en los que la producción caía, ¿a qué evitar adelantarlos? En la medida en que fuera posible, aquellos a cuyo alcance estuviera el beneficio que habilitaba la diferencia de tamaño no se resignarían a contribuir a que la mejor de las situaciones económicas posibles llegara cuantos antes.
Al margen del acierto de sus teorías, de sus formulaciones lo que más interés tiene es que depura una idea vigente en la agricultura europea moderna, que pudo inducir al menos una parte de las decisiones sobre la conveniencia o no de acometer, cada ciclo, una empresa dedicada a la producción de cereales. Limitar el número de empresas pudo ser una parte de la disciplina impuesta al uso del espacio en cada término, con el propósito de inducir el comportamiento de los precios más favorable para ellas. A una parte de las empresas podría convenirle la creencia en una caída de la producción.
Aparte otros indicios, su vigencia en la región suroccidental de la península ibérica podría demostrarse sobre todo por el control sobre el mercado de las cesiones. Diez mil unidades de superficie, las que hemos supuesto en el ejercicio que pretendía poner a prueba la formulación de Jevons, es una escala del espacio para la que el orden de monopolio del mercado de las cesiones era factible. Asociado a las técnicas consagradas por los sistemas de cultivos, el control sobre el espacio tenía como efecto la planificación de la superficie que cada año se ponía a producir, el modo más directo de decidir sobre el tamaño de la cosecha siguiente, entre todos los que estuvieran al alcance de las empresas que controlaban el sector.
Los medios técnicos que desplegaban las grandes explotaciones se esforzaban por permanecer invariables y efectivamente, en buena medida, estaban destinados a moderar el uso del espacio productivo. El sistema no era infalible ni exacto. Pero dadas las dimensiones y la concentración de las grandes explotaciones conseguía aproximarse de manera suficientemente satisfactoria al objetivo. Es bastante para reconocer que la producción podía ser regulada a conveniencia de los grandes productores de grano que eran al mismo tiempo quienes dominaban su mercado, y por tanto disponían de un buen margen para conseguir niveles del precio que les convinieran.
No sé que se haya demostrado que la ley de King-Davenant fuera conocida en el sudoeste de la península más occidental del Mediterráneo a mediados del siglo décimo octavo. La experiencia pudo ser suficiente para que en ella existiera, si no un cálculo preciso de los efectos sobre los precios de cada cosecha, conciencia de la relación que podía unir ambos hechos, las ventajas y desventajas de su comportamiento opuesto para las mayores ofertas y la regularidad con que se sucedían los ciclos. La teoría de King-Davenant ilumina el análisis de la tradición empresarial y desde luego invita a concebir de otro modo el número de explotaciones activas cada año y el efecto que podían tener sobre el mercado de las subsistencias y sus bloqueos cíclicos.
La paloma de bronce
Publicado: enero 27, 2017 Archivado en: Ángela Herodias | Tags: historias Deja un comentarioÁngela Herodias
No todas las palomas son blancas, como no todas las paces son fecundas o todos los ciegos invidentes. Las hay de las más variadas pintas, y últimamente viene ocurriendo que la desvergonzada costumbre de secuestrar por unos minutos a las de las plazas y los parques, para realzarlas con vistosos y variados colores, progresa. No hace mucho he visto una paloma de pechuga dorada, alas azules y certero toque de pincel sobre la cabeza que simulaba una cresta de vivísimo rojo.
Acude Mánchester, viejo marino afincado tierra adentro, por motivos que algún día habrá que contar, a practicar su diaria gimnasia a aquella plaza. Frías mañanas del más gélido de los meses del año, allá por las latitudes del Gran Sol, ha mantenido sus espartanos hábitos en la oscilante cubierta del barco de pesca. Costumbres adquiridas en el desierto africano, mientras permaneció en las filas de la legión extranjera. Mas le gusta ser discreto, como en él siempre ha sido la virtud. No recurre, como tanta gente hoy, a la indumentaria específica del deportista. Ni aun por el calzado pronostica que es de los que se imponen la disciplina de los ejercicios saludables. Se limita a calzar unos zapatos de tela y goma, loneta sintética con una razonable capacidad de transpiración, adornada con una vistosa tira blanca y banda azul con el tema del timón, sobre una suela flexible sacada de un molde.
Recorre la plaza de un lado a otro hasta acumular la distancia prescrita. Para luego para hacer flexiones y torsiones, y por último hace ejercicios de distensión.
Se ha detenido y ha tomado asiento. Por la dirección de sus miradas, el tiempo que se demoraba en cada una, parecía reflexionar. “Es posible que hoy haya visto la plaza por última vez, por más que no haya nada de lo que deba alarmarme. Por el momento, gozo de buena salud. Sentado en un banco, serenamente, me despido de aquel hombre que tantas veces he visto ir de un lado a otro; de la vendedora de loterías, que sentada en su sillón espera que los transeúntes se acerquen a comprarle; de la mujer que pasa no sé cuántas veces durante el día camino y de vuelta del supermercado; de los ajetreados camareros del bar de la esquina, que se citan junto a la palmera inmediata hasta que el jefe llega con la llave; del guardia que permanece como ausente a la puerta de las oficinas de la administración.
“Nunca he hablado con ninguno. Pero hace tiempo, en una ocasión similar a la de hoy, mientras permanecía sin prisas sentado en uno de los bancos, a fuerza de observar sus movimientos y sus expresiones pude saber con certeza que el hombre que deambula está preocupado por su salud, sin que enfermedad alguna lo intimide, sino solo por aquella suerte de superstición que consiste en creer que anticipándose al mal con la conciencia de que existe se le detiene; que la vendedora concentra toda la ilusión de su existencia en emplearse con astucia con sus clientes sin que estos lo adviertan, sin maldad alguna, solo porque para ella representa el colmo de sus capacidades; que la mujer que va y viene del supermercado vive sola; que los camareros son tan parecidos unos a otros porque apenas han tenido tiempo de ser algo más que camareros; y que el guardia, que es quien más horas pasa en la plaza, no obstante tiene ocasión para moverse por cientos de lugares.
“No sé si podré volver. Tendrá que ocurrir que yo no vuelva nunca más a la plaza, y que de mí no quede la menor memoria, ni aun en el hombre que deambula, la vendedora, la mujer que va y viene, los camareros o el guardia, que sin embargo en muchas ocasiones, como yo a ellos, me han visto. Pero aun en el caso de que alguna memoria en alguno de ellos de mi persona quedara, y que incluso a alguno de sus descendientes uno de ellos le hiciera llegar alguna noticia de mi vida, a lo sumo en un par de generaciones toda prueba de mi existencia quedará extinguida, porque todos y cada uno de ellos, y sus descendientes, también desaparecerán; como desaparecerán el bar, el edificio de la administración, las palmeras, los bancos y el pavimento, hasta la plaza misma, antes o después.
“De lo que estoy seguro es de que mientras haya hombres en el mundo no se extinguirá la soledad, la superstición, la evasión íntima, el vivir enajenado o la astucia. Por la observación, con mis ideas, conozco lo que puede ser eterno, acierte o no. ¿Es necesario prolongar la existencia? No, en absoluto. No es necesario que vuelva a la plaza, porque si en el más favorable de los casos consiguiera prolongar mi existencia hasta que la vida de los hombres se extinguiera, incurriría en la nada, estado en el que la supervivencia sería por completo absurda, si nada nuevo averiguara.
“Ahora bien. Si volviera a la plaza, y observando y estudiando los movimientos consiguiera imaginar la pasión permitida, la concordia silenciosa, el deseo más infantil, la magnitud de los falsos juicios, bien por los seres que aquí son habituales, bien por la gente que por allí solo pasa ocasionalmente, habría valido la pena volver a sentarse en el banco, aunque de ninguna manera así remediara el problema del límite. Sé con toda seguridad que ha de llegar el día en que no podré volver a la plaza. Creo entonces que la mejor manera de corresponder al tiempo del que pueda disponer para venir hasta aquí es no permitirme pasar por ella insensiblemente, sino sentarme en un banco, y no consentirme jamás dejar de observar, y con cuanto vea componer ideas que sean absolutas certezas, sean correctas o no. Como la pasión permitida, la concordia silenciosa, el deseo más infantil, la magnitud de los falsos juicios. Si así consigo permanentemente conocer lo que es eterno, no hay duda de que mientras viva viviré eternamente. No sé que se pueda conseguir más.”
Ha observado después Mánchester que al pie de la estatua que sobre un gigantesco pedestal hay en medio de la plaza se ha posado una paloma, justo al pie del heroico soldado, en la cornisa de la disminuida arquitectura levantada para sostener al hombre monumental. Le ha debido llamar la atención que era algo gris. Aunque conservaba algún reflejo del blanco que debió tener antes, el tono de todo su plumaje era algo más oscuro, y en su cuerpo tenía pintas definitivamente grises, de un tono muy parecido al de la bota de bronce que sobresale del pedestal inmediata a ella. Se ha levantado y la ha observado fijando la vista. Era realmente extraordinaria: no se movía.
Aunque había terminado con sus idas y venidas, ha decidido reemprenderlas. Estaba algo amoscado. Aquel animal parecía fundido en el mismo bronce que la estatua. Sin embargo, ayer no estaba. Cualquiera podría certificarlo. Él más que nadie, que todas las mañanas acude a la plaza.
Ha debido caer entonces que ayer se celebró la fiesta nacional. Todos los años desfilan ante el héroe los soldados y le rinden homenaje. “Este año le han ofrecido una paloma de bronce, en vez de un ramo de flores”, es probable que haya pensado.
Ignora Mánchester que las palomas manejan un conjuro que les permite la metamorfosis en bronce. Está descrito en la literatura especializada, y solo quienes la frecuentan pueden dar cuenta de tan llamativo fenómeno. A nadie debe extrañar que al alcance de las palomas esté el viejo procedimiento conocido como conjuro. Al contrario, lo sorprendente es que siendo tan evidente haya escapado durante milenios a la observación humana.
El arte del enroque
Publicado: enero 20, 2017 Archivado en: Jasón Quesada | Tags: crédito, rural Deja un comentarioJasón Quesada
Don Tiburcio Benítez de la Milla se formó como sacerdote de la iglesia católica. Sobre el origen de su profesión no tenemos noticias directas, ni de sus allegados ni de sus confesores, muchos de los cuales, cuando vivían la experiencia de comunicar con almas elegidas dejaban testimonio fehaciente de los sucesos memorables de las vidas santas. No todos eran portentosos, pero sí edificantes muchos. Quizás la suya no fuera la respuesta a un impulso. Tal vez había seguido la carrera eclesiástica porque las condiciones de su familia lo exigieran. Había familias que decidían inmolar una parte de su patrimonio destinándolo a un fin piadoso, aconsejadas por sus creencias, tan poderosas que las obligaban al cuidado de las almas ajenas con una entrega a la que no les resultaba fácil negarse. Cuando actuaban de esta manera, los bienes que asignaban a la obra pía debían permanecer adscritos a ella para siempre, para que con su renta garantizaran el cumplimiento del fin que se habían propuesto sus fundadores. La capellanía con capellán exclusivo fue el medio más popular para satisfacerlo. Esta clase de fundación tenía como destino propio celar la salvación de las almas de los difuntos de la familia responsable de la iniciativa, mediante la perpetua celebración de toda clase de sufragios en su favor, así como perseverar en la memoria de sus antepasados. La administración del patrimonio adjudicado a este fin, cuyas rentas debían garantizar el cumplimiento regular de los sufragios -porque el ejercicio de la piedad, por desgracia, tenía unos costos-, cuando se optaba por la capellanía con capellán propio, que regularmente era un miembro de la familia, quien por tanto rescataría los costos como renta durante las sucesivas generaciones, podía imponer deberes tan exigentes como los que llevaban incluido nada menos que el celibato.
A don Tiburcio le había tocado esta responsabilidad, y había invertido toda su formación eclesiástica en profesar como capellán. Por esta razón tal vez pueda incurrirse en el exceso de dudar de su vocación. Nada de cuanto se sabe de la vida de don Tiburcio permite poner en duda la integridad de cualquiera de sus decisiones, menos aún su sensatez o su equilibrio. La capellanía de la que había llegado a ser heredero, adscrita a la parroquia mayor de la población, la había fundado siglos antes don Roque de Villalobos. Es fácil identificar los apellidos, tanto del fundador como de don Tiburcio, como parte de un mismo círculo aristocrático. Tal vez don Roque fuera uno de sus antepasados remotos, a juzgar por la discordancia, que sin embargo en absoluto prueba que durante las generaciones intermedias no se hubieran tendido puentes entre Villalobos y De la Milla. De no ser así, dotados genealogistas, singulares eruditos autónomos, los primeros que fueron capaces de vivir gracias al trabajo de documentación histórica, tanta era su demanda, se encargaban de documentarlos. ¿Es que acaso, en un pasado más o menos distante, no tenía, cada generación de presentes, parientes comunes; directos, colaterales, en tercero o en quinto grado? Si los genealogistas no eran capaces de probar la consanguinidad, siempre quedaba la atenta vigilancia de los tribunales eclesiásticos, que demoraban los procesos que dirimían las diferencias sobre el acceso a las capellanías cuanto estaba en sus manos, para garantizar la más justa de las sentencias. Encontraban con el tiempo una solución que no siempre satisfacía a todos, incluidos entre los posibles discrepantes ellos mismos, y mientras tanto sus magistrados se esforzaban en que las capellanías vacantes sobre las que se competía fueran tan bien administradas por la sede episcopal que sus rentas, para mayor seguridad, engrosaran los depósitos de las arcas financieras bajo su jurisdicción.
O don Roque no fue generoso a la hora de la fundación, y los bienes que le adjudicó fueron escasos, o los bienes dotales de la obra, a consecuencia de una administración irregular y poco prudente, se habían ido reduciendo. El caso es que en la primavera de 1749 el único bien del que podía disfrutar la capellanía era un capital de 5.232 reales 29 maravedíes de vellón, una cantidad que se venía cediendo como principal de un crédito. Gracias a que regularmente se prestaba, se obtenían de él cada año 156 reales 32 maravedíes, un tres por ciento de acuerdo con lo previsto por la pragmática de 1705, la que había fijado aquella tarifa para los intereses de los créditos censales. Durante la época moderna los préstamos habituales eran conocidos por el lenguaje corriente como censos porque a cambio del capital justificaban los intereses, correspondientes al tipo aplicado, como el ingreso de una pensión, con más frecuencia llamada censo, pagadera en cantidades fijas anuales mientras duraba la cesión del capital. La suma prestada debía garantizarse con un bien, que a partir de aquel momento cargaba con la hipoteca de satisfacer las cantidades comprometidas, tanto el principal como los réditos.
Pero en 1749, cuando don Tiburcio se vio en la necesidad de tomar las que tal vez fueran las decisiones más comprometidas de su vida, aquel principal ya hacía dos años que se había redimido. La fórmula crediticia censal elegida para la última cesión fue la llamada redimible o al quitar, tal vez la que mejor se adaptó a los cambios en el mercado del crédito. Si el acreditado estaba al día en el pago de las cuotas periódicas, bastaba la devolución íntegra del principal para que el compromiso terminara.
Cumpliendo con las obligaciones crediticias previstas por las normas de la iglesia romana, a las que estaban sujetas al menos parcialmente las fundaciones piadosas, en 1747, una vez devuelto, aquel dinero se había entregado a las arcas del depósito eclesiástico de la ciudad, cuya gestión proporcionaba a la vicaría un poder considerable. Los capitales de los que disponía, gracias a aquella base legal, concentraban el mercado del crédito censal eclesiástico, el más vigoroso de los procedimientos de préstamo que se usaban en el medio rural, casi un monopolio gracias a las frecuentes obras pías. Sin menoscabo de su carga espiritual, la más exigente e ineludible de las que inspiraban las creencias que estaban tras ellas, habían abierto el espacio legal que el negocio financiero necesitaba, muy adecuado al medio rural porque lo descargaba de los juicios que durante siglos habían pesado sobre la usura, proscrita por el canon religioso, penada por su código moral, durante mucho tiempo en el limbo legal civil. A través de las fundaciones piadosas, que cedían a cambio de censos sus capitales, la usura había sido amorosamente acogida por su santa madre iglesia. El depósito eclesiástico bajo el poder de una vicaría, la máxima autoridad religiosa en el rango comarcal, gracias a la suma de aquellas condiciones en la práctica actuaba como el banco rector de los capitales de las fundaciones piadosas, probablemente el más capaz en aquella dimensión del mercado de los capitales, porque encauzaba la masa más importante de los créditos sujetos a censo.
Don Tiburcio se paró a pensar. Habían pasado dos años sin que nadie pretendiera el principal único patrimonio de su capellanía. A causa de tan rigurosa retracción, tal vez resultado de la atonía del mercado del crédito, o por fatal coincidencia, quizás por simple mala suerte, el dinero estaba ocioso, a la espera de una nueva imposición, y no había podido disponer de sus rentas durante todo ese tiempo, ni por tanto satisfacer cumplidamente sus fines piadosos. Él mismo podría tomarlo. Tenía suficientes fincas para garantizarlo: dos parcelas de olivar, una de siete aranzadas y ocho pies y otra de cuatro aranzadas y siete pies; en total, once aranzadas y cuarta. Estaban una junto a la otra, reunidas bajo una misma cerca y eran suyas en propiedad, lo que le permitía disponer libremente de ellas. Así podría ganar lo que le correspondiera al pago de los intereses del principal, la renta que durante dos años había dejado de percibir, y con estos ingresos podría restaurar el decoro que requería atender al sufragio de sus ineludibles ocupaciones. Claro que el proyecto tenía un inconveniente. Para que cobrara los intereses, tendría que ser él mismo quien se los pagara, lo que entregara una mano tendría que recogerlo la otra. Tal vez no fuera la mejor de las salidas, pero la situación no le dejaba muchas más posibilidades. Podía servirse de un testaferro que actuara en su nombre, que le permitiera permanecer en la sombra sin dejar de ser él quien tomara las decisiones. Pero esto, además de que era poco ortodoxo, no solo no resolvería el fondo del problema, sino que además generaría un gasto nuevo, la comisión que sería necesario pagar a quien se prestara a desempeñar el papel de hombre de paja.
De seguir adelante con su plan, ¿se encontraría con algún impedimento legal? Se apresuró a averiguarlo. Sirviéndose de Martín Pérez Muñoz, procurador de los tribunales de la iglesia romana, acudió al provisor de su episcopado, el juez que velaba por el cumplimiento del canon eclesiástico en aquella jurisdicción, con sede en la capital. Martín Pérez compareció ante la alta instancia y le expuso el proyecto de don Tiburcio. Sin emplear demasiado tiempo en cuestiones preliminares, le hizo saber que estaba dispuesto a imponer el principal de su capellanía, para su garantía hipotecaria, sobre once aranzadas y cuarta de olivar que tenía en propiedad.
El provisor se tomó tiempo para responder. Comisionó al vicario de la población, el responsable de la gestión del arca de los depósitos, para que el notario de la vicaría, que actuaba bajo su autoridad, cumpliera con los trámites que en aquel caso parecían convenientes. Tendría que nombrar peritos de su plena confianza para que reconocieran los olivares y apreciaran el valor que podrían tener si se vendieran, así como el correspondiente en el caso de que fueran arrendados. Asimismo, le encargaba que los títulos de propiedad de aquellas tierras fueran revisados por abogados expertos e íntegros, para que comprobaran su vigencia y averiguaran si tenían ya sobre sí alguna obligación.
Las tasaciones de los peritos no nos han llegado, y nada objetaron a los títulos los abogados, quienes averiguaron que sobre los dos pedazos de olivar la única hipoteca que había era una causada por un crédito redimible de 550 reales de principal, que don Tiburcio había tomado al convento de franciscanas de la población. No debió parecer un obstáculo insalvable porque, hechas todas las diligencias, y vistos sus correspondientes informes, el provisor, el 27 de junio de 1749, decidió dar licencia para que a nuestro capellán le fueran cedidos los 5.232 reales 29 maravedíes de vellón patrimonio de su capellanía.
A partir de aquel momento, nadie tan dispuesto a prestar obediencia a sus superiores como don Tiburcio; una sumisión a la jerarquía eclesiástica que era compatible con las obligaciones civiles a las que, por razón de origen, estaban sujetos todos los capellanes. Don Tiburcio, en pocos días, formalizó una venta real con la fundación de la que él era titular, por la que a esta le vendía una renta de 156 reales 32 maravedíes de vellón cada año, cantidad correspondiente al tres por ciento de los 5.232 reales 29 maravedíes de vellón del principal, tal como la pragmática de 1705 había fijado. El acuerdo quedaría sujeto a la fórmula que para entonces se había impuesto sobre las demás, el censo redimible.
Redactar los contratos de crédito como una compraventa con los papeles invertidos era regular en este campo del negocio financiero. Para quien los lee, pasado el tiempo, es la parte más llamativa de la trama que se había urdido para enmascarar la usura. Presentaban como venta lo que tenía más sentido como compra, un sofisma del que todavía no se ha desprendido el negocio bancario. En el texto, el comprador nominal era el dador del crédito, y el vendedor quien lo tomaba y pagaba los intereses; cuando el perceptor del crédito era quien compraba el dinero, y pagaba por él el interés o censo al que lo vendía quien lo prestaba. Así el prestamista ganaba la posición pasiva en la operación de compraventa y sobre el prestatario cargaba toda la responsabilidad de la iniciativa de un negocio que cuando menos, como consecuencia de la práctica financiera secular, estaba moralmente contaminado por el interés.
Don Tiburcio se pagaría a sí mismo los 156 reales 32 maravedíes de vellón de los réditos acordados, que por tanto de nuevo serían la renta anual de su capellanía, por tercios de año, al final de cada cuatro meses. Con incuestionable sentido práctico, se comprometió a liquidárselos en la población donde vivía, a cuya jurisdicción se sometería. El efectivo se lo entregaría en la moneda usual y corriente, llanamente, sin pleito ni contradicción alguna, y correría con las costas del cobro. Empezaría a satisfacérselos justo a partir del día en que le fueran entregados los 5.232 reales 29 maravedíes del principal depositado en las arcas de la vicaría.
Cargó la deuda, como había previsto, sobre los dos pedazos de olivar de los que era pleno propietario. Mientras no la redimiera, tendrían que permanecer como la garantía hipotecaria estable e indefinida del crédito, y serían los materialmente obligados a su paga, así como a la de sus réditos. Por pesar sobre ellos aquella carga, no los podría partir ni dividir, y debía mantenerlos bien labrados y trabajados con todas las labores que necesitaran, de manera que más bien fueran en aumento que en disminución. Para asegurarse que eran mantenidos en las condiciones acordadas, don Tiburcio además los haría inspeccionar cada tres años por peritos. Si encontraran que él no había cumplido con lo previsto, como responsable de la capellanía, por cuyas rentas debía velar, se podría demandar a sí mismo por lo que importara el beneficio que necesitaran.
Don Tiburcio, un hombre exigente, no estaba dispuesto a concederse la menor tolerancia. Tan riguroso y estricto se mostró consigo que se hizo firmar además que, aunque los olivares no fructificaran, por razón de esterilidad, poca o mucha agua, langosta u otro caso fortuito, sabido o inopinado, que sobre ellos ocurriera, debía pagarse los réditos que le correspondían como capellán. Tampoco podría justificar que no los pagara que los olivares estuvieran arrendados a personas extrañas, de cualquier estado, fuero o calidad; al contrario, podría denunciar el impago y así emprender su ejecución judicial, la de los olivares y la de sus frutos, para que la liquidación de los réditos fuera satisfecha. Como prestatario, además de cumplir con todas estas obligaciones, a la capellanía de la que era titular no podría pedir nada, nada podría pedirse a sí mismo.
Llegado el momento en el que quisiera levantar la carga del principal podría hacerlo, aunque debía contar con la autorización expresa del provisor, que una vez obtenida tendría que presentarse a sí. A continuación, tendría que avisarse, porque él era el capellán titular, con cuatro meses de antelación, para que tuviera tiempo de buscar y decidir dónde imponer o en qué emplear de nuevo el dinero que con la redención quedaría sin uso.
Para que la redención fuera efectiva, una vez que se hubiera consumado la devolución del capital, la parte que debía percibirlo, el arca de los depósitos eclesiásticos, otorgaría la correspondiente escritura de redención y cancelación del crédito a favor de quien lo redimiera, algo que a don Tiburcio le convenía como prestatario, porque se podía presumir, como táctica habitual para dilatar la vigencia de los préstamos, cuando no se tuviera otra posibilidad del colocar el principal, que el prestamista no se resignara a consumar de seguida la redención, y así prolongar cuanto estuviera a su alcance el cobro de los réditos. Era el síntoma más visible de la saturación del mercado rural de los préstamos. La oferta de dinero, sostenida por las fundaciones piadosas con capitales aptos para ser colocados en el mercado del crédito, se enfrentaba a una restringida capacidad para enfrentarle bienes raíces como garantía. Los patrimonios inmobiliarios no eran tan populares como los patrimonios ganaderos de labor, el destino preferente para la inversión del ahorro modesto, y el ganado no era admitido como bien para garantizar los créditos censales. Un tipo de interés legal al tres por ciento, bastante asequible, era suficiente demostración del agotamiento al que había llegado aquel mercado ya a principios del siglo décimo octavo. Así que estaba establecido que si pasaban los cuatro meses del plazo previsto para la redención y esta no se formalizaba, el prestatario habría cumplido con sus obligaciones depositando el principal en las arcas de donde lo había tomado. El testimonio del depósito, que se lo entregaría el vicario, sería prueba suficiente de que el capital había vuelto a las arcas.
La única condición que en este caso limitaba las actuaciones de la autoridad eclesiástica era que hubieran sido pagados todos los réditos que se debían hasta el día en el que se hubiera efectuado el depósito. Porque, al otro lado, ocurría que el impago de los intereses también era habitual, la mayor amenaza que pesaba sobre aquel mercado. Por tanto, también don Tiburcio aceptó para su contrato con él mismo que por lapso tiempo, bajo ningún concepto, prescribiría la vía ejecutiva para la cobranza de los réditos. Para el prestatario no pagar nunca podría ser motivo de prescripción adquisitiva, aunque se hubiera consumado una demora de diez años de la paga, el plazo que podía conferir tan abusiva ventaja. Aceptaban las partes que siempre sería posible actuar contra los bienes hipotecados por la vía ejecutiva, cualquiera que fuese el tiempo acumulado por los impagos, y apremiarlos al pago de todos los réditos que se estuvieran debiendo.
Esto fue lo acordado por don Tiburcio consigo el 2 de julio de 1749. Si se atiende a las razones que dio aquel día, antes de llegar a ninguna conclusión, para evitar juicios injustificados es necesario reconocer que su intención nunca fue complicar innecesariamente las cosas. Según declaró, había tomado aquellas decisiones porque le preocupaba el porvenir. Actuando como finalmente lo había hecho, a los siguientes capellanes les quedaría garantizada la percepción de la renta de la capellanía, que cuanto más se prolongara el depósito de su capital tanto más en peligro estaría. En aquel momento era él quien estaba a los dos lados del contrato. Pero podía ocurrir que los titulares de la capellanía y de los olivares fueran distintos, a consecuencia de las rigurosas leyes de la herencia, y por tanto acreedor y deudor de los réditos de aquel préstamo quedaran cada uno a un lado. No hay indicio que permita pensar que con todo aquello don Tiburcio pretendiera hacerse, del único modo a su alcance, de la forma más sencilla y directa y sin costo alguno, con los inmovilizados 5.232 reales 29 maravedíes de principal, y disponer de ellos indefinidamente por la módica renta anual de 156 reales 32 maravedíes de vellón. Ni de que, en caso de que el negocio en el que tuviera pensado hacer aquella sustanciosa inversión, o el gasto suntuario que lo tentara, resultara fallido o inútil, hubiera calculado que la parte contraria fuera él mismo, y que por tanto el peor de los fracasos pudiera quedar en nada.
Los responsables de los trabajos
Publicado: enero 6, 2017 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Aunque la sucesión de los trabajos agrícolas limitaba la especialización y, en consecuencia, su productividad, el trabajo humano que necesitaba acumular el producto de los cereales, a consecuencia tanto del orden decidido como de su calendario daba origen a cierta división.
Quien personificaba la labor, y hasta le daba su nombre, se reservaba la parte estratégica del trabajo, que era la capacidad para decidir. Se le llamaba comúnmente labrador, si bien asimismo era frecuente que se le conociera como amo y como señor. Al optar por un orden para los cultivos, además de iniciar con su decisión el ciclo de los trabajos, inducía y dirigía todos los demás, aunque quizás su responsabilidad directa no fuera mucha. Según un observador contemporáneo, era habitual que los labradores solo fueran al cortijo para andar detrás de los aperos por diversión.
Tal vez por eso era necesario que hubiera quien tomara como ocupación permanente el gobierno económico de los trabajos y los supervisara. Su responsable fue conocido como administrador, con quien se relacionaba el encargado de dirigir la explotación sobre el terreno, primero de los empleados de una casa en su parte estrictamente rural que al mismo tiempo podía ser el responsable de contratar la mano de obra necesaria. Con esta función las fuentes citan el mayordomo de campo, el aperador y los capataces. Una de ellas, con una intención que no puede ocultar, afirma, refiriéndose a estos empleados, que la labor estaba delegada en hombres mercenarios. Lo cierto es que el aperador, la figura más común de todas las mencionadas, asistía continuamente a los trabajos en el campo.
Las responsabilidades estables del cortijo no eran muchas. La función básica era la guarda de la casería, núcleo de la anémica población rural que originaba esta agricultura, para la que podía ser necesaria ayuda, más aún porque podía hacerse extensiva a toda la explotación de manera indiferenciada. De esta clase se citan el casero o ayudador, el mozo de casero y el guarda del cortijo y su zagal, todos los cuales, tal como estaba organizado el trabajo de los ciclos, eran residentes episódicos, transeúntes en el grado más bajo. Sirva como ejemplo de la escasa necesidad de personal residente en aquellas poblaciones que el 31 de marzo de 1750 un casero era la única persona que había en un cortijo. Tal estado de aquellas mínimas poblaciones no era extraordinario. Como este, se podrían citar otros casos.
Aparte quienes cargaban con la custodia de las labores, los inmigrantes que residían durante más tiempo en los cortijos eran sus ganaderos. Mucho trabajo continuo requería cualquier clase de ganado que se mantuviera en ellos. El más importante era la atención al vacuno de labor, algo común a la mayoría. Durante todo el año necesitaba, por un lado, la conservación, guarda y guía de los bueyes, y por otro apacentarlos, lo que requería a su vez ayuda. A todo esto había que sumar la dirección de todos los que participaban en el cuidado de ganado tan estratégico. Pero como el equino también podía hacer estos trabajos, en este apartado asimismo entraba el cuidado de las yeguas, y si además el cortijo tenía dehesa para mantener todo el ganado de labor, también necesitaba quien la vigilara.
Los ganaderos que se citan como responsables de todas estas actividades son el conocedor o mayoral, el boyero, que alguna vez puede cumplir con el trabajo mixto de boyero y vaquero, el vaquero y su zagal, el guarda del ganado de labor y su zagal, el pensador o mozo que le daba los piensos y el yegüerizo, que en parte al menos también se justificaría por la necesidad de mantener la sección hembra del equino de fuerza. El trabajo de los zagales, tal vez porque fuera el más barato, podía llegar a ser muy especializado cuando se trataba de emplearlo en el cuidado del ganado de labor. De este tipo de adolescentes se citan los destinados a la guarda de los ejemplares cerriles: becerros, caballos y mulos sin domar. Finalmente, otra función relacionada con el ganado de trabajo era el manejo de las bestias de carga ocupadas en cualquier clase de tráfico que necesitara la gran explotación. Los bueyes, además de en la labranza, se utilizaban como medio de transporte, al menos dentro de ella, lo que hacía necesario guiarlos uncidos al carro. El arriero, que se ocuparía de la conducción del ganado mular, también se limitaría a las necesidades de transporte interior. Aunque a veces se contrataba a un borriquero, de edad indeterminada, los zagales igualmente eran preferidos para la atención al ganado asnal. Los empleaban en su cuidado y en la conducción de las provisiones de víveres y lo demás que hiciera falta al cortijo.
Pero, si además del ganado de labor en la gran explotación se mantenía otro ganado, era necesario guardar, guiar y apacentar cualquiera que fuese. Los documentos de 1750 citan a este propósito, en un extremo del trabajo ganadero especializado, el cuidado de las yeguas destinadas a la cría caballar selecta; en el otro, el de los puercos, a cuyo frente estaban el porquero o el ganadero de ganado de cerda. Igualmente podían necesitar atenciones las cabras, cuyo responsable era el cabrero, aunque un zagal, que tenía entre catorce y quince años, era suficiente para conducir una piara de cabras. Pero, sobre todo, las ovejas, que necesitaban un buen número de pastores que trabajaban bajo la autoridad del rabadán. El guarda del ganado en general y el guarda de la dehesa se limitarían a la vigilancia de toda la cabaña y del área de pastos reservada de la explotación.
Las tareas de temporada no originaban muchos trabajos especializados. En los casos para los que disponemos de información directa, parece que el sembrador era único por explotación. Como empleados para la siembra, además se mencionan los gañanes, trabajadores que manejaban el arado. Sin embargo, sería durante los barbechos cuando serían empleados en masa, aunque no deja de ser sorprendente que las faenas específicas de aquella prolongada fase de la actividad en los cortijos en las fuentes no sean identificadas con trabajador alguno. Algo similar ocurre cuando mencionan los empleados en la escarda. A lo sumo, en alguna ocasión, a los escardadores se los identifica como gente que trae arrancando.
Solo en los agostos se emplean tres especialistas distintos: los segadores, que manejan la hoz, los gavilleros y la gente de era, que bien usa el mayal bien recurre a que el ganado pise la mies, como es habitual en las grandes explotaciones. Es una costumbre documentada que entonces además se recurra, porque es necesario disponer de grandes cantidades de trabajo, a los llamados manijeros, ocupación exclusivamente ligada a esa circunstancia. Durante los trabajos de los agostos encarnarían el grado más alto de especialización y el más transitorio de los estados. Su actividad consistía en organizar cuadrillas de trabajadores, con el propósito de contabilizar su tiempo de trabajo y evaluar, con la toda la exactitud que les fuera posible, el gasto que originaban, que ellos mismos liquidaban a tan esforzados acreedores. Los aguadores, que también contribuían con su trabajo a los agostos, solían ser niños.
El resto de funciones que pudieran ser precisas carecía de especialización. Para referirse a ellas las fuentes, una vez más personificando, emplean las voces de jornalero, bracero y peón del campo. Los reducidos a esta condición serían los responsables de suministrar las masas de trabajo que se necesitaran para las tareas temporales indiferenciadas.
En las explotaciones de menor tamaño la división del trabajo apenas tuvo oportunidades. Algunas necesitaban servirse de ayuda durante todo el año, y otras, tratándose de los trabajos temporales, contratan por separado los de siega y los de era. Solo tenemos constancia de una en la que fuera necesario mantener personificadas, y durante todo el año, las funciones relacionadas con la atención al ganado de labor. Se trataba de guardar los bueyes y demás ganado de fuerza propio de quien la promovía. Para mantener otra, en este caso dispersa, que también se aproximaba a la economía de los campesinos, se enuncian como necesarias las funciones de cuidado de la casa en la que está centrada la explotación, la ayuda a esta función y sobre todo el trabajo de labranza, que no se discrimina del temporal.
En el caso de las del tamaño inferior es aún más común la afirmación en el sentido contrario a la división de las tareas. Un maestro herrador, que tenía preparadas para sembrar seis fanegas de tierra, mantenía su explotación sin dividir o compartir trabajo alguno, y un maestro cirujano, con plaza de sangrador en el hospital de la Sangre -afortunadamente- cuando en 1748 sembró una pequeña parcela con trigo y cebada lo hizo también sin dividir o compartir tarea alguna.
Pero no es mucho más lo que a este respecto se puede decir. Aunque sí se puede afirmar con seguridad, porque en ello insisten las fuentes, que los responsables de las explotaciones menores en ningún caso se hacían ayudar por sus mujeres e hijos.
El calendario de los trabajos
Publicado: diciembre 31, 2016 Archivado en: Redacción | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioRedacción
Las actividades que el sistema para el cultivo de los cereales tenía previstas eran sembrar, barbechar, escardar y recolectar. Para cualquiera de ellas, a mediados del siglo décimo octavo se actuaba con una conciencia cuya versión escrita es posible rescatar en parte. Como a todas las describían ateniéndose al calendario, las llamaban faenas de por tiempos o faenas del año. La duración de cada una era variable, aunque las ordenanzas de los municipios, vigentes en sus términos, por cualquiera de los medios señoriales podían obligar a que cada trabajo agrícola se realizara por cantidades de tiempo limitadas.
En algunos lugares los trabajos del año agrícola empezaban dando con el arado dos labores abiertas y superficiales, que con sentido proverbial también llamaban rejas; en otros, más, tres o cuatro, para desmenuzar la tierra antes de sembrarla. A veces las confundían con lo que abiertamente llamaban cohecho, un nombre demasiado comprometido que cedía ante una justa expresión sinónima, alzar los barbechos, modo de hablar que recordaba que en el origen de la aptitud de las tierras para recibir la semilla estaba la roturación de las segadas al final de la campaña precedente. Cualquiera de los cohechos, quedara o no al descubierto, consistía en pasar sobre el espacio barbechado, llegado el otoño, la última reja, justo antes de proceder a la siembra.
Esta se hacía dentro de unos límites cronológicos a los que sin embargo se ajustaban con flexibilidad los trabajos imprescindibles. El trimestre comprendido entre octubre y diciembre era el adecuado para que prevalecieran, además del trigo, la cebada, el centeno y las habas. En cuanto a su comienzo, invocando la experiencia, unos pensaban que sembrar cuanto antes, una vez llegado el otoño, proporcionaría una cosecha mayor; otros, más rigurosos, prescribían que el mes de noviembre era el más a propósito, tanto para completar la siembra como para hacer las labores que necesitara, mientras que también había quienes creían que a primeros de diciembre aún se estaba a tiempo de consumar la siembra.
Además, todavía circulaba con naturalidad la idea de que era preferible sembrar en luna nueva, bajo la certeza de que así la simiente germinaría antes. Para cumplir con este precepto, el tiempo de la ejecución tenía que ser el comprendido entre la luna nueva de septiembre y la de noviembre, un ajuste tan exigente que a él solo podrían restringirse quienes sembraran una cantidad de tierra modesta.
Más allá de viejas creencias, asociadas a cualquiera de los calendarios, solar o lunar, que se remontaban a más de dos milenios, el mejor tiempo para las faenas de la siembra, según dictaban los guardianes de la ortodoxia del sistema, era cuando el suelo estaba seco o, mejor aún, ligeramente húmedo. El idóneo quedaba al alcance en cuanto cayera la primera agua del otoño, momento a partir del cual ya no sería posible retrasarla; de lo contrario, el arado no se deslizaría bien y el gasto en fuerza se multiplicaría innecesariamente.
En las grandes explotaciones, que dominaban el sector e impondrían el pensamiento que se codificaba como sistema, no se sembraba todo lo que se preparaba o se preveía. En una, de más de mil unidades de superficie, para el año que empezaría en el otoño de 1750, finalmente se sembraría toda la tierra que el tiempo permitiera. A la vez, había cortijos en los que se había previsto, para la mitad que se sembraba cada año, que cuando llegara la sementera, por lo vicioso de las tierras, sería necesario hacer dos siembras porque su calidad las hacía especialmente aptas para dar fruto. Entre uno y otro límite, cuando las lluvias postergaban las decisiones, las posibilidades tampoco eran tantas.
La campaña de siembra, en las grandes explotaciones, podía prolongarse durante un par de meses, una estimación de su duración más real que la que se hiciera a partir de cualquier especulación sobre lo que cada día se pudiera trabajar; aunque, una vez concluida, en la tierra sembrada en todos los casos sería necesario abrir surcos para desalojar el exceso de agua que pudiera sobrevenir durante la estación posterior al depósito de la simiente y anterior a la germinación.
Al barbecho, que consistía en arar el espacio vacío que cada labrador hubiera seleccionado con el deseo de ponerlo en cultivo durante la campaña siguiente, los labradores solían referirse en plural porque el número de rejas, tanto las necesarias como las posibles, podía ser variable. El número de rejas sobre las tierras barbechadas siempre era discreto y oscilaba de una explotación a otra a causa de los medios de los que cada cual dispusiera. Cada una se iba distinguiendo, a partir de la primera, con una denominación que simplemente indicaba orden. La operación completa, por tanto, al menos comprendería dos labores, alzar y binar, nombres que tradicionalmente recibían los primeros pases de reja sobre la elegida parte de las tierras de cada explotación. Más probable era que el barbecho, tal como algunos lo describen, comprendiera tres de aquellas operaciones, en cuyo caso las denominarían alzar, binar y terciar. A veces, la última, al margen de cuantas le hubieran precedido, porque no siempre tendría que ser la tercera, o incluso la posterior, se asociaba a la siembra del grano, lo que en la práctica la convertiría en cohecho.
Los barbechos podían tomarse todo el tiempo de los seis primeros meses del año, aunque su duración dependía del que se empleaba en la sementera. Pero cualquiera que fuese su duración, cada jornada destinada a arar, a quienes tenían que completarla, les parecía larga porque las labores había que darlas en sazón. Esta manera de identificar la oportunidad incluía un cálculo sobre el peso de las tierras. Una vez que se había terminado la siembra, si las aguas y el frío lo permitían, se alzaban los rastrojos, primera vuelta con las rejas a los restos de la cosecha precedente. Lluvia y frío eran necesarios para que la tierra expuesta a la intemperie se pudriera y el sol, en los meses siguientes, la cociera y penetrara. Las otras dos, tres o más vueltas del barbecho se daban durante el tiempo restante de los primeros seis meses del año, siempre que la tierra no estuviera demasiado húmeda y por tanto con una carga añadida innecesaria.
Especulaban sus involucrados con los límites naturales que marcaban el tiempo idóneo del barbecho. Aunque durante enero en algunos lugares se araban bien las tierras designadas para dar el producto siguiente, en las zonas más templadas era posible removerlas entre febrero y marzo. Desde luego, no todos se decidirían por el mismo calendario, pero con seguridad había poblaciones que preferían que una de las fases del barbecho al menos fuera completada ya durante el último mes del primer trimestre del año.
Además de la insistente arada, durante el primer semestre, al tiempo que pasaban una y otra vez las rejas por la tierra huera, que solo con el tiempo, cuando fuera favorable, sería fecundada, se sembraban las semillas tremesinas, entre las que podía estar el trigo de ciclo corto, si las circunstancias lo impusieran, los yeros, los alcaceles o cebada que era segada mientras aún estuviera verde, la cebada que se dejaba crecer hasta que estuviera madura y los garbanzos.
La escarda era una faena imprescindible, tanto más cuanto más coincidían ciertas condiciones atmosféricas. En lugares o tiempos húmedos y fríos, espontáneamente nacían plantas, tales como cardos y otras especies silvestres, juzgadas tan nocivas que sobre todas caía el anatema de malas hierbas. Aquella amenaza debía eliminarse absolutamente. En torno al cereal naciente toda la vegetación que pudiera competir con él, si se deseaba que prosperase, porque podía mermarlo y hasta asfixiar su crecimiento debía desaparecer.
Regularmente la escarda se hacía al menos durante el mes de marzo. Por tanto, en condiciones normales, también podía acometerse a la vez que alguna de las fases del barbecho. Pero sobre su duración no se podía prever nada fijo. Unas veces había más y otras menos, y en unos años había mucha escarda, y en otros, poca. Donde concurrían las condiciones más adversas de humedad y frío, había años en los que las escardas necesarias podían ser hasta cuatro, un retorno que las convertía en las faenas más costosas y decisivas de todo el año.
El estercolado, que no era universal, también podía compatibilizarse con las faenas que se hicieran entre el invierno y principios de la primavera. Consistía en cortar el estiércol que en la explotación se había acumulado, para después esparcirlo sobre la parcela que se hubiera decidido abonar, siempre una fracción de toda la que se fuera a cultivar, aquella en la que se juzgara que sería más útil invertir un recurso limitado no tanto por la cantidad de excremento de la que se pudiera disponer como por la extensión de las explotaciones. Del resto del abonado se encargaba el ganado estante en la explotación cuando aprovechaba los pastos espontáneos que crecieran en los lugares que luego serían elegidos para el barbecho y la siembra.
La recolección era una faena que en algunos lugares llamaban agostos, mientras que para otros era la cogida. Su entidad era la recompensa al esfuerzo acumulado durante los dos años que consumían todos los trabajos que, según estos cánones, necesitaba cada espacio cultivado. Cuanto más eficaces hubieran sido barbecho y siembra, tanto más se podían complicar los agostos, porque tanto mayor sería el volumen del producto.
Se descomponía en cuatro tareas sucesivas, de las cuales la primera era la siega, que se ejecutaba durante el mes de junio. Consistía en cortar por la caña el cereal ya maduro. Para su ejecución, confiada a los mejores manipuladores de la hoz, se imponía la rapidez, urgidas las explotaciones por los vertiginosos cambios del clima que se sucedían entre fines de la primavera y comienzos del verano. Por eso era necesario disponer al mismo tiempo de importantes masas de trabajo, las más mayores del año.
Según iba progresando la siega, debían hacerse las gavillas o racimos atados de las plantas de cereal ya segadas, con las que se formaban las unidades para el transporte del producto desde la besana, o parcela donde se hubiera cortado, hasta la era, un área de trabajo que tendría que formarse en un trozo de tierra accesible a la explotación y que antes se habría limpiado y comprimido bien, incluso empedrado en algunos casos.
Nada se puede afirmar de modo categórico sobre su localización, si cerca de los caseríos de las unidades de producción o de las poblaciones, aunque por razones de seguridad en la custodia del producto parezca lo regular lo segundo. No obstante, en 1750 había quien confesaba que en el cortijo que llevaba, cuando llegara el momento de segar, le sería necesario poner era. Porque también era costumbre hacer las eras, llegado el verano, en el ejido, un espacio comunal inmediato a las poblaciones; una manera de actuar que no excluía la posibilidad de que se actuara de manera similar en el ejido del cortijo, zona próxima a su caserío, residencia tanto de hombres como de animales, acotada como un corral.
Cualquiera que fuese su localización, allí comenzaban las actividades paralelas a la siega conocidas entonces como trabajos de la era. De ellos el inmediato debía ser trillar. Consistía en extender sobre la superficie preparada el cereal maduro, el producto del trabajo de los segadores, para a continuación fracturar la espiga con el objetivo de que se desprendiera el grano. La separación la aseguraban las pisadas de los animales que en la era trabajaran, el trillo y, en las explotaciones más modestas, el mayal; porque, si el trillo era un instrumento elemental a propósito, aún más lo era el mayal. Junto a la era, por último, el producto de la trilla se aventaba, para separar el grano de los restos de paja que todavía se mezclaran con él.
Los trabajos de la era ocupaban una buena cantidad de tiempo. En condiciones regulares, se prolongaban durante tres meses poco más o menos. En las grandes explotaciones, que aspiraban a determinar el comportamiento de los precios en el mercado de los cereales, se esforzaban por disponer del producto pronto, lo que no impedía que debieran prolongarlos, después de concluida la siega, durante los largos días del verano. La pequeña empresa no tenía inconveniente en acometer los trabajos posteriores a la siega en invierno, en los intervalos de trabajo impuestos por el calendario, siempre que dispusiera de almacenes para su mies.
Los días que no se ocupaban en trabajos directos sobre el cultivo, bien porque fueran intercalares o porque el tiempo lo impidiera, se podían emplear en actividades paralelas; más aún en las casas agropecuarias, empresas complejas que, aunque daban preferencia al cultivo del trigo, acumulaban el de otras especies y el cuidado de los ganados de labor y de cría. Así, arreglar los arados, reparar la vivienda, restaurar y limpiar los establos, levantar cercas, hacer setos de zarzas, cañas o cambrones, valladares, zanjas, desviar arroyos, limpiar el cereal y las semillas, acarrear el grano al molino, acopiar leña, limpiar tinajas, trasegar vino, etcétera. Nada de esto era perentorio y todo podía ser útil.
No divago bastante
Publicado: diciembre 16, 2016 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioD. Ansón
Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.
Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.
Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.
Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”
No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”
Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”
Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”
Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”
Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”
Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”
“Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”
Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”
Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”
Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”
Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”
Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”
“¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.
“La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.
Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?
Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.
Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”
Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”
Tres contratos de trabajo
Publicado: diciembre 9, 2016 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioAlain Marinetti, becario
No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.
Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar uno de los manijeros. De los que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.
La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.
El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.
Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.
En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.
La fecha de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.
Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas -unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos- que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.
La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.
El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.
La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra. Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.
En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.
El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedíes y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.
En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz -cada cahíz segado, según nuestra interpretación- cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.
Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.
Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.
Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.
La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.
La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.
Tránsito ordenado
Publicado: noviembre 25, 2016 Archivado en: Marino Allende | Tags: historias Deja un comentarioMarino Allende
M. D. recibió la noticia con calma. Donde estaba confinado ofrecen a los reos, en las horas precedentes al desenlace, consuelo espiritual. Parten de una creencia, que la conversación trascendente los reconforta, algo que los empiristas que se han interesado por estos momentos, tan cargados de tensión, aún no dan por demostrado. Nada hasta aquí ha probado que el caos en el que se bate el tránsito, interferido por los informes negativos que los sentidos insisten en mandar, se remanse por efecto de una plática. No son muy distintos a los que sobrecogen a los atletas que combaten los rápidos de los ríos, quienes, apenas piensan que la embarcación puede darse la vuelta, y ellos quedar bajo el agua, en posición invertida, porque van sujetos a la canoa de tal manera que no pueden desembarazarse de ella, atrapados en una naturaleza aviesa, como el anfibio más torpe, son presas de un vértigo desordenado que los anula como prolongación de un sistema motriz, lastrados por su mitad inerte. Por desgracia, también ocurre a las sirenas cuando encallan en un litoral, donde quedan reducidas a humanas y pueden ahogarse.
Por principio, se la confían a un resignado sacerdote, hombre que prefiere vestirse con severidad, del mejor negro premonitorio del que disponga el sastre, pensando en sí mismo, consciente de lo que le falta. El clérigo, llevado por sus puras intenciones, se esfuerza en prefigurar los beneficios que encontrarán los convictos al otro lado de la muerte, con la misma seguridad que el cómplice de una conspiración, quien siempre habla convencido de que los conjurados pueden conseguir un suculento botín a poco que un golpe de suerte les favorezca. Les garantiza que a cambio de la amarga experiencia algo habrán de encontrar.
Cuando no sea posible recurrir al lenguaje articulado, porque el reo prescinda de él, puede que la perplejidad se apodere de quienes deben supervisar aquellos momentos. Porque también entre los reos los hay que han desistido del uso de la palabra y se abstraen tras la más impenetrable de las sorderas, absortos por sus reflexiones, por las imágenes precursoras del final que les aguarda. Es raro el sacerdote, cualquiera que sea su confesión, que domina el morse de los sordomudos. El común, hombre de sosegada paz, más bien es elocuente y dado al sermón y la palabra divina. Por esta causa a los reos sordomudos, que aparentan el mismo hermetismo que los más intolerantes y ensimismados agnósticos, no les queda más solución que procurarse la sedación del tránsito acogidos al silencio. Por sus reacciones se sospecha que la privación de la bendita palabra los lleva a transitar durante el tiempo postrero entre insultos, deshaciéndose en improperios procaces y tan brutales que, por su torva naturaleza, no está al alcance de los textos reproducirlos, porque no es cierto que las lenguas estén capacitadas para enfrentarse a cualquier enemigo, dar la batalla con garantías de victoria frente a los peores adversarios. La barrera de la repugnancia repele lo que puede existir como idea, en el desierto del silencio, nunca como una expresión; aunque a quien los transcriba no le tiemble el pulso, en vista de lo que juzgan una inconsecuencia. Padecen torturados por la intuición de un futuro que niega lo que el discurso de aquel santo varón podría patrocinarles a poco que oyeran.
Mucho más ingobernables son los reos más locuaces, dispuestos a contender con los encargados de proporcionarles la paz espiritual, y no son pocos los que se rebelan ante ellos proponiéndoles, si tan convencidos están de las recompensas que de la muerte es posible detraer, un feliz intercambio de papeles, que a los castos varones que consagran sus vidas al sacerdocio les podría habilitar el más allá del que están tan seguros y al reo garantizarle una gozosa condena a la existencia, colmada de carne y vino, alimentos imprescindibles que aquellos tan bien conocen. Se corre el peligro de que convictos de militancia laicista, severos e intolerantes, se ensañen con el clérigo que los reconforta, le recriminen que no paga impuestos, que se beneficia de unos ingresos que legítimamente no le pertenecen, e intenten adoctrinar con ideas derrotadas por la razón a las generaciones más recientes de los descendientes de la tribu de Leví.
Muchos creen que es preferible mantener aislado al reo, evitar que tenga comunicación con alguien durante las horas inmediatas a la ejecución. Los que aplican este principio de la manera más radical hasta niegan el contacto con los vigilantes, que les den comida alguna, que les faciliten agua en los momentos que la necesiten porque ya la lengua se les adhiera al paladar. Quizás lo juzguen severo. Al contrario, las opiniones más autorizadas lo valoran como una experiencia ascética, bienaventuranza que puede trasladar a quien se ve sometido a sus rigores a visiones tan ajenas al mundo de los vivos que pueden convertirse en el mejor aliado para facilitar la mejor de las transiciones. Ni comunicación, ni pan, ni agua. Pueden ser las más depuradas negaciones para llegar al trato adecuado de quienes han de someterse a una experiencia singular.
Cuando hay que consumar la sentencia, el trayecto hasta el lugar de ejecución sus responsables lo dejan expedito. Si es un pasillo en silencio, una cadena de celdas pobladas por convictos, y no una frágil tienda de campaña en la que el reo hubiera sido recluido, bajo severa vigilancia, a la espera del momento de la consumación, prefieren confiarlo al silencio y la soledad. Ningún obstáculo debe interponerse entre el reo y el lugar donde deba ser ejecutado, para que su recogimiento alcance el grado más alto.
Hay centros penitenciarios que para aplicar la sentencia a muerte del condenado recurren a afeitarle la cabeza. Se hacen con los mejores medios que la mecánica robotizada ha puesto a su alcance. Actualmente están en activo ingenios capaces para ejecutar el rasurado del rostro por enemistad biológica con los cañones de la barba, inscrita en atavismos genéticos que aún escapan a los analistas. Quien circule ante una peluquería decorada con imágenes de varones con largas barbas, establecimientos equipados con los mejores medios, debe permanecer en guardia. Desde el interior, activando el mecanismo de apertura de la puerta, pueden asaltarle navajas barberas inteligentes. Jamás nadie puso en duda la inteligencia de barbero alguno, las ideas que provoca el fluido acelerado de la sangre a su cerebro mientras maneja una navaja de afeitar frente a la yugular de un parroquiano. Las navajas inteligentes, programadas por ellos mismos, a partir de estas experiencias, tienen previsto el procedimiento de recepción de la sangre que puede derramar cualquier desliz provocado por la atravesada idea que se cruce por la cabeza del barbero, aun en contra de su voluntad.
Pero el hábito de afeitar la cabeza al reo es anterior a la innovación de las navajas inteligentes. Se impuso cuando se extendió el uso de la silla eléctrica. La acción directa de los electrodos sobre un cuero cabelludo sin pelos garantiza que toda la descarga será absorbida por el cuerpo del convicto, como las vitaminas que se administran en ayunas. Aún hoy la costumbre se mantiene, parece que con justificación sobrada. Un pelo que se atraviese en el camino de la muerte puede bastar para que desvíe su curso, estando este justificado por sentencia firme.
Pero puede que el reo manifieste, como última voluntad, que prefiere morir con todos sus pelos, y hasta se resista a renunciar a ellos. En ese caso, será necesario optar por consentírselo, aunque sin renunciar a la conciencia de los efectos adversos que la condescendencia puede tener.
Para evitar las interferencias no deseadas, no siempre es necesario servirse del barbero. Puede abogar en favor de las decisiones más acertadas que el reo ya hubiera adquirido el hábito de rasurarse la cabeza. A muchos hombres les parece hermosa la exhibición de su cabeza desnuda. Así como los antiguos se ufanaban de sus cabelleras, manifestación de juventud y fuerza, ahora muchos prefieren, antes que confesar la decadencia de su vigor, hacer ostentación de sus dotes viriles invirtiendo los términos. Comportándose de este modo han pervertido una creencia común, que los hombres que menos pelo tienen en la cabeza son los que más vello acumulan en su torso, pubis incluido, tal como los seres más primitivos de las tribus antiguas, reputados los más aptos para erigir y procrear valiéndose de su potencia porque para ello habrían sido elegidos por la naturaleza, que de este modo les entregaba su signo. Su error proviene de que la raza de los sátiros, a la que pretenden equipararse, actuó como una reserva de sementales que corrió con la responsabilidad de colonizar las tierras que bañaba el Mar Exterior, un territorio ajeno a nuestro mundo, al margen de la práctica de la pena de muerte civilizada.
Pero también la actuación más expeditiva puede favorecerla una calvicie consolidada, desde hace tiempo conocida por todos. Evita disensiones que podrían parecer frívolas en momentos de tanta importancia. Si el disimulo de la calvicie viniera a coincidir con el hábito de rasurarse la cabeza, se puede decir que la ejecución de la sentencia ha sido bendecida por la naturaleza, que ampara tanto los consecuencias que escapan a la voluntad humana como las que creen justificarse como decisiones libres y emancipadoras. Se conocen casos en los que, habiendo el hombre nacido pelirrojo, el furor de su aspecto fue arrasado en poco tiempo por una inclemente pérdida de todo el cabello, en paralelo a su renuncia al radicalismo.
Quienes supervisan las últimas horas en el centro penitenciario también se mantienen en guardia frente al llanto. Como reconocidos expertos en lágrimas se han curtido no tanto durante su formación como a lo largo de su experiencia. Permanecen alerta frente a la posibilidad de juzgarlo una prueba de la contrición. El llanto es más placer que pesar, y el mejor es hijo de la emoción, nunca de la pena. Los cocodrilos lloran mientras devoran a sus víctimas, las viudas enjugan sus lágrimas cuando el cuerpo consorte por fin está descendiendo a la tumba, cavada para acercar el ataúd a los infiernos. Así que si un reo suplica, según van transcurriendo las horas previas al desenlace, vertiendo lágrimas, es probable que persiga concederse el placer de embaucar a sus ejecutores. Más aún, si derrama algunas lágrimas, es que ya tiene la certeza de que lo ha embaucado. Nunca no hay oportunidad para el placer, hasta en los estados más desasosegados o en las circunstancias menos propicias. Hasta es probable que haya calculado que por su gracia pueda hacerse acreedor al indulto. Porque el llanto facilita que las imposturas que se verbalizan entrecortando las palabras sean admitidas como una evocación veraz, por ejemplo de la familia más querida, que ya no se verá más, de las fatalidades a las que el reo debió enfrentarse durante su infancia, condenada por unos padres desnaturalizados, de los obstáculos que desviaron su vida por el camino donde solo la compañía de los seres más corrompidos podía encontrar.
Arrodillarse al mismo tiempo puede no ser una comedia, pero despierta sospechas cuando el reo ha sido persistentemente histriónico. Si en más de una ocasión, valiéndose de buenas palabras, tejió una red con la que envolver a su interlocutor, su sentencia tendrá que reconocer que actuó sirviéndose de las artes que la comedia tiene prohibidas. Puede probarse que defraudó la predisposición en su favor. Suplicar humillándose es una de las más refinadas astucias. A ella recurren quienes han llegado a desviar por el circuito de su conciencia el control de cada músculo de su rostro, una destreza que solo queda al alcance de quienes están habituados a las actuaciones dramáticas frente a los públicos pasivos. Es un arma de doble filo, expuesta a riesgos. Pero cobra buenas presas. Si alguna vez un reo, conocido el alcance de este recurso, lo utilizare, quienes hayan recibido el encargo de cumplir con la sentencia lo neutralizarán con decisiones que para él podrán pasar desapercibidas.
La indumentaria, en todas las circunstancias, es la máscara que sin embargo fija la retina de los semejantes, la que antes puede facilitar un juicio de su parte, acertado o no. Trasciende hasta la muerte cobijada en el sarcófago protector. Cualquiera sabe que del reo, en el futuro, cuando de él solo quede la memoria, buena parte de sus fragmentos, para que a él la posteridad lo reconstruya, serán el fruto de aquellas instantáneas fosilizadas, y una y cien veces recordadas, de las que el peinado, si estaba rasurado o no, su estatura, y más aún el traje que vestía, los zapatos, si llevaba o no corbata, serán las piezas que lo harán otra vez una parte de la vida. Si alguien, tras haber sido citado antes los tribunales, en más de una ocasión, persiste en presentarse ante sus jueces con indumentaria insignificante ha renunciado a ser recordado. Si, por el contrario, mirando cara a cara a los arrogantes magistrados, recurre a presentarse ante ellos con ropas excéntricas, como de payaso, al escándalo delega su rebeldía. Las que causan mejor efecto son las que asemejan tipos cuyos comportamientos parecen previsibles, y que por tanto fácilmente se pueden contradecir, para sorprender y atraer la atención, si se modifica el lugar donde la indumentaria suele ser habitual, o el momento, la oportunidad en la que debe ser utilizada o las actitudes que debe adoptar quien las lleva.
Reclutar el pelotón para un fusilamiento, cualesquiera que sean los preparativos que se hayan hecho, los pronósticos o las coacciones prospectivas del reo, puede ser más fácil que comer sentado. Todo depende de quién sea el protagonista. Los hay tan señalados que los voluntarios acuden en masa, incapaces para negarse el deber que les aguarda en el momento de apretar el gatillo. El capitán al mando de un pelotón de fusilamiento está capacitado por el código de la justicia más severa para dar órdenes precisas sobre el punto al que debe ser dirigidos los disparos. De antemano, el mismo código concede que la muerte puede ser infligida en el lugar que cada uno crea oportuna, causando el daño que antes haya previsto por cuenta propia. Puede haber entre los voluntarios del pelotón quienes prefieran disparar sobre el estómago, para matar el gusano, otros sobre la cabeza, para acabar de una vez con las ideas crueles. La mayor parte de las opiniones registradas expresan como blanco preferente alguno de los pulmones, aunque las preferencias las comparten, prácticamente en pie de igualdad, izquierdo y derecho.
Mas una viciada costumbre se ha extendido. Afecta a los proyectiles que a los soldados designados para el fusilamiento les entregan. La mitad son de fogueo, y ninguno de ellos sabe la carga efectiva del que le ha sido entregado. Es un sentido moral desorientado el que ha convertido esta manera de actuar en algo correcto. Nadie descarga su responsabilidad sobre el disparo que haga porque antes se haya convencido de que su cartucho contenía un proyectil.
Entregar el cuerpo del reo a quienes se hagan cargo de él no es potestativo. Las autoridades están sujetas a la voluntad de los allegados. Si hay quienes muestran interés por hacerse responsables de los actos de piedad póstumos, y acreditan sus vínculos con el ejecutado, las autoridades están en la obligación de entregarles el cuerpo para que con él cumplan los ritos que sus estados, sus convicciones o los deseos expresados por el finado, cuando aún dispusiera de sus actos, marquen. Quienes aspiren a interpretar el papel de deudos deben gestionarlo con antelación suficiente.
Supongamos alguien que desee averiguar, mediante la disección del cuerpo, dónde estaba la causa de, por ejemplo, tanta estupidez, si en el plexo solar o en el bulbo raquídeo. Deseará que se le descuartice, que sobre la losa del instituto anatómico sean separadas las vísceras y luego examinadas, sometidas en el laboratorio a reacciones que detecten qué sustancias destilaba cada parte, cómo de la combinación de secreciones pudo resultar un producto tan sumamente corrosivo e incivil, incapaz de una amistad sincera, de un gesto de cariño; cómo pudo estar tan corroído por la imbecilidad como para ser incapaz de en algún momento, aunque fuera por descuido, echar una mano bondadosamente, prestarse con alguna naturalidad a reconocer sus defectos. Quien tenga estas aspiraciones debe adelantarse a los deudos que demuestren el mejor grado de parentesco, porque, en caso de que no medie solicitud positiva, se hacen acreedores naturales a disponer del cuerpo. Aunque tampoco hay que excluir que entre ellos haya quienes deseen proceder del modo forense, porque es más frecuente que dentro de las familias sean conocidas las peores desviaciones de los comportamientos, que tanto satisfacen a quienes abnegados a ellas se entregan.
Las leyes tienen establecido que, si alguien, independientemente del grado de parentesco o de la relación que haya mantenido con un convicto, desea disponer de su cuerpo, una vez ejecutada la sentencia, puede solicitarlo y obtener el reconocimiento a su derecho a poco que exponga las agresiones de las que pudo ser víctima, las insensateces que tuvo que soportarle, los sarcasmos con los que pretendió humillarle, las aceradas palabras con las que le abrió las entrañas sin que pudiera replicarle en términos suficientes para contener toda la venganza de la que se había hecho acreedor. De lo contrario, el cuerpo es entregado al depósito de los cadáveres, sobre los que quienes aprenden la medicina se inician en las prácticas cisorias. Ha ocurrido en épocas que el cúmulo de cuerpos almacenados por esta causa, vertiente de los enfrentamientos, así cívicos como bélicos, ha sido tanta que el número de los que llegan a las mesas de las prácticas es solo una parte de los que se amontonan en los patios del depósito. La consecuencia es que aquellos que no tiene la fortuna de ser descuartizados terminan en el osario común de un cementerio cualquiera. Tal puede ocurrir con un fusilado, sobre cuya causa de muerte no quedan dudas. Al contrario, es mucho más reconfortante que quien ha cumplido con todas las decisiones que su aguda piedad le exigía, pueda por último completar su obra con un epitafio. Por ejemplo: Este cuerpo desmembrado entregamos a la tierra con la esperanza de que permanezca incorrupto, para que en él indefinidamente se prolonguen los padecimientos de la corrosión de la carne. STTL, M. D.
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