Insomnio

L. Delhore

Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.

Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?

Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.

No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.

A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.

Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.

Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.

No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.

No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.

Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.


El costo del trabajo

Redacción

El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.

El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.

En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.

Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.

Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.

La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.

Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.

Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.

Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.

Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.

Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.

De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.

En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 =  4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.

El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.

El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las los horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.

Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.

Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.

Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.

La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.

En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.

Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.

La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.


Celadas de la tradición. Los tópicos

Cosme Pettigrew

La lectura comparada de todos los textos sobre el sacrificio infantil antiguo, así griegos como latinos, permite ordenar toda la información recibida en los siguientes tópicos.

1. El sacrificio de niños se practicaba entre los fenicios. La primera información conocida es la de Clitarco. La presenta como una costumbre basada en un voto a cierto dios. Si deseaban que este les concediera algún favor, dice, debían consagrarle en holocausto a un hijo. Filón de Biblos, mucho después, reitera por su parte la idea más general, que los fenicios ofrecían sacrificios de niños a cierto dios. Pero a la vez que no alude explícitamente a las condiciones de la celebración que explica Clitarco, añade a la tradición una buena porción de elementos específicos. Según él, los sacrificios son extraordinarios y ya se celebraban entre los fenicios en los tiempos de la guerra de Troya. Su frecuencia venía decidida no tanto por un voto personal, como se deduce de la lectura del texto de Clitarco, como por las circunstancias excepcionales a las que se ven expuestas las poblaciones.

De esta última idea de Filón se hace eco Justino, cuando dice que los sacrificios que se celebran en Cartago son un medio para acabar con la epidemia de peste, y con el tiempo la siguen aún más de cerca primero Porfirio y después Eusebio de Cesarea.

Sigue Filón diciendo que, en esos casos, lo normal es que los príncipes de las ciudades sacrifiquen a algunos de sus hijos más queridos con el fin de conseguir la salvación de todos; una idea que no obstante lo que ya hemos observado más arriba, se aproxima al voto que Clitarco patrocina. Pero de nuevo es Porfirio quien recoge con más fidelidad lo que dice Filón, al afirmar que son hijos de especial valor los sacrificados, aunque él prefiere hablar de los hijos más hermosos de las familias que los entregan al rito.

Los que son elegidos, termina Filón, son sacrificados durante una ceremonia misteriosa, en cuyo transcurso las víctimas son degolladas. Esta es la forma de presentarlas al dios como ofrenda adecuada para calmar los demonios de la venganza, y esta la razón por la cual es tan frecuente encontrar en la historia de los fenicios tales ceremonias; última parte de su información no tuvo seguidores.

A todo esto Plinio el Viejo solo añade que en Tiro, la principal de las ciudades fenicias por su iniciativa política y comercial, aquel sacrificio se hacía con fuego, lo que ni modifica ni añade nada sustancial a la tradición. En cualquier caso, su afirmación también queda aislada

2. La divinidad a la que los fenicios ofrecían estos sacrificios Clitarco la identifica con Cronos, un recurso muy habitual de los escritores clásicos, quienes para hacerse entender entre los lectores de la lengua en la que se expresan asimilan el dios que presentan al que se le asemeja, o al menos en parte lo ha heredado, en la cultura por aquella delimitada. Pero en un esfuerzo por hacerse entender por todos los lectores posibles Filón extiende la identificación a Saturno, al que con más facilidad entenderían quienes procedieran de la cultura en latín, al tiempo que reitera la identidad con Cronos. Adoptando una actitud ya influida por el afán de precisión de los datos que se manejan, como es frecuente en la baja antigüedad, para Porfirio y Eusebio de Cesarea la divinidad a la que los sacrificios son ofrecidos es Baal Hammón, lo que permite llevar al lector con más exactitud a la cultura fenicia. Mas en el fondo todas estas identificaciones son la misma y pueden ser aceptadas como parte de una misma tradición.

Quien de verdad enriquece la idea primitiva es de nuevo Filón, otra vez excelente informador original, quien lleva más allá sus explicaciones. Precisa que en realidad el nombre del dios del que se trata es El, del que explica que en origen fue un rey fenicio tras cuya muerte fue ascendido a dios.

Lo que Filón escribió sobre este asunto también lo escribe Eusebio de Cesarea, con seguridad tomándolo directamente de Filón, mientras que Minucio Félix parece referirse al mito sobre el origen del sacrificio cuando dice, de modo ciertamente poco preciso, que quienes lo practican siguen los precedentes establecidos por los dioses de los cartagineses. A esto se limita toda la fortuna de las sustantivas innovaciones de Filón al ofrecernos cuanto ha podido averiguar sobre el dios al que son ofrecidos los sacrificios.

3. De lo que ocurriera entre los fenicios en alguno de los momentos excepcionales a los que hacen referencia los narradores de aquellas costumbres, solo disponemos de las noticias que nos proporciona Quinto Curcio Rufo sobre lo ocurrido durante el asedio de Tiro por Alejandro. Dice que entonces creyeron los tirios que el momento era adecuado para renovar la antigua costumbre y algunos de ellos propusieron que fuera inmolado a Saturno un niño libre. Tal costumbre los tirios la habían recibido de los fundadores de la ciudad, aunque por lo que supieron los soldados griegos durante el asedio, durante muchos siglos no había sido observada. El consejo de los Ancianos, que era en este caso decisivo, no se opuso y la idea prosperó.

4. El núcleo del tópico del sacrificio de los niños en la antigüedad es que los cartagineses lo practicaron. Esta idea tiene su antecedente más remoto en Platón, quien acusa recibo de ella añadiendo solo que es un hecho conocido. Continúa con Clitarco, y posteriormente la reitera Ennio, quien la presenta como una costumbre. Sigue con Plutarco y con Minucio Félix, aunque, según es habitual en este, alude de manera oscura a la idea cuando dice que en algunas partes de África los niños eran sacrificados por sus padres. San Agustín retorna al enunciado directo de los hechos conocidos y dice que los cartagineses practican el sacrificio de niños. Tras él, termina una de las líneas más concurridas de la tradición Hesiquio de Mileto, quien se aventura a decir que son las mujeres cartaginesas las que deciden sacrificar a sus propios hijos.

5. Uno de los cauces abiertos en paralelo a este principal es el de los que prefieren hablar con más precisión. El propio Ennio vuelve sobre el asunto y completa sus enunciados afirmando que las víctimas del sacrificio que en Cartago se celebraba eran varones. Para Justino son más exactamente varones y jóvenes y para Tertuliano son niños pequeños.

6. Con Cicerón se inicia la trayectoria en la dirección opuesta, la manera más imprecisa de hablar sobre el sacrificio de niños en la antigüedad, con el propósito de enunciar del modo más general el hecho. Se limita a afirmar que los cartagineses están entre los que practican el sacrificio humano. La continúa Dionisio de Halicarnaso, se perpetúa con Plinio el Viejo e insiste en lo mismo Sexto Empírico cuando afirma sin más precisión que en Cartago es sacrificada una víctima humana.

El ciclo de este tópico termina con Silio Itálico, quien resultaría tan extremadamente ambiguo que incurriría en contradicción. Al tiempo que dice de modo genérico que en Cartago se celebran sacrificios humanos, menciona como ofrenda de los sacrificios a niños pequeños, y todavía, más adelante, dice que las víctimas se eligen entre hijos jóvenes.

7. Para hacerse entender, como es habitual, el supuesto Platón declara que el dios al que los cartagineses ofrecen el sacrificio de sus hijos es similar a Cronos, lo que reiteran Clitarco y Diodoro Sículo. Dionisio de Halicarnaso se refiere al mismo sujeto llamándolo Saturno, mientras que Plutarco vuelve a denominarlo Cronos. Minucio Félix adjudica a Saturno la ofrenda de las víctimas infantiles, lo mismo que hace Tertuliano. Para Sexto Empírico el dios en cuyo honor son celebrados los sacrificios en Cartago es Cronos, pero San Agustín de nuevo identifica a Saturno como el dios al que son ofrecidos los sacrificios de niños. Draconcio asimismo señala a Saturno como dios de los sacrificios y Hesiquio de Mileto vuelve a llamarlo Cronos.

8. Sobre las características del rito que se escenifica en Cartago, el primer detalle lo proporciona Clitarco. El procedimiento que siguen los cartagineses, según este, es prometer a un dios la consagración de un hijo en holocausto con el propósito de alcanzar un favor. Para proceder a la elección de las víctimas, según Silio Itálico, se procedía anualmente a un sorteo entre los hijos jóvenes de las familias. Draconcio mantiene la opinión de que en Cartago eran destinados al sacrificio cada año dos personas. A la idea aporta que se trata de dos nobles o aristócratas y que los receptores son los templos, sin más. También algunos hablan de altares. El sacrificio se celebra sobre altares ardientes, según Silio Itálico, y para Draconcio igualmente los niños eran sacrificados en altares.

9. Pero sobre todo está la referencia a cierta estatua de bronce y todo lo que a su alrededor se hace cuando los sacrificios se celebran. El promotor original de ella es de nuevo Clitarco. Explica que en el momento en que hay que cumplir con lo prometido al dios se celebra el sacrificio ante una estatua de bronce que lo representa. Tiene los brazos extendidos sobre un gran brasero en llamas. Sobre ellos depositan al niño, que rueda sobre ellos hasta caer en la hoguera que arde debajo.

En términos similares es descrita por Diodoro Sículo. Dice que está en Cartago y es de bronce, y especifica que es gigantesca y representa a Cronos. También dice que tiene los brazos extendidos, y precisa que están en pendiente y que tiene sus manos con las palmas abiertas, por lo que de la misma forma el niño que es colocado sobre ellos rueda. Igualmente añade que en el momento del sacrificio, debajo de las manos, arde un brasero que está al fondo de un pozo. En una actualización posterior de esta afirmación general, a propósito de ciertos acontecimientos sobre los que más adelante volveremos, reitera que los niños destinados al sacrificio son depositados en los brazos de la estatua y por ellos se deslizan hasta caer en la fosa llena de fuego. Tanto en un paso como en otro de sus textos, cualquiera de las innovaciones del tópico original no son más que deducciones.

10. Continúa Clitarco el relato del sacrificio precisando que las llamas hacen que los miembros del niño se contraigan y que su boca se abra en una mueca, una afirmación a la que se adhirió una tradición particular. Tuvo su origen en una acotación a los versos 299 al 302 del canto XX de la Odisea, en los que el protagonista, agredido con una pata de buey por uno de los pretendientes de Penélope, sonríe en su ánimo con sonrisa sardónica. Uno de los escoliastas de la tradición de Homero anotó que también los cartagineses, que habitan en Cerdeña, sacrifican a Cronos en días establecidos, y que había sido precisamente el topónimo Cerdeña el que estuvo en el origen de la etimología del adjetivo que calificaba aquella clase de sonrisa. Puntualizó que llegó a hablarse de aquel modo porque en Cerdeña existe cierta planta venenosa cuya ingestión provoca unas convulsiones del rostro que degeneran en un desagradable rictus, recuerdo irónico de una sonrisa. Añadió, haciendo ostentación de una erudición tan elaborada como útil para sus explicaciones, que por esta razón cierta sonrisa sarcástica fue llamada sarda o sardónica, y que habría sido esta idea la que degeneró, por lo que se refiere al sacrificio de niños, en la opinión de que morían riendo o que llevaban la cara cubierta con una máscara que representaba una sonrisa.

Aquella cadena de explicaciones resultó la vía de difusión de Clitarco más feliz. Una vez elaborada, sus responsables fueron los escoliastas de la Odisea de Homero, a cuyas aclaraciones a aquel paso del texto se adhirió siempre la parte de la historia del sacrificio infantil que había escrito Clitarco.

A este propósito Diodoro Sículo se muestra menos elocuente y sigue efectivamente una de las ramas de la tradición particular abierta a partir de Clitarco. Dice, todavía actualizando, que en la fosa llena de fuego los niños finalmente se abrasaron y que al caer llevaban la cara cubierta con una máscara sonriente.

11. La explicación más abstracta de la causa del sacrificio corresponde también a los orígenes del tópico. Platón explica que los cartagineses actúan de esto modo porque lo estiman sagrado y lícito y no porque sean bárbaros y sus leyes sean otras.

Pero, para esta parte de los relatos, habitualmente se abren vías de otro tipo que tienen diversa fortuna. La de la religión comparada es la que intenta Silio Itálico, propenso a las generalizaciones, aunque no tiene continuidad. Observa que los sacrificios de niños en Cartago recuerdan los sacrificios ofrecidos a Diana en el reino de Thoas. La expresión es oscura porque no es posible componer una explicación satisfactoria de la comparación. Si bien Diana puede ser identificada con la luna y esta con Tanit, diosa de ascendencia fenicia a la que correspondió efectivamente un importante papel en esta historia, el reino de Thoas no es fácilmente interpretable. La posibilidad más seria es que el mencionado reino tal vez pudo ser Mirina, en la Eólida, Asia Menor, cuyo rey efectivamente se llamó Toas. Si bien el primer elemento parece abrir una vía de interpretación, el segundo no le proporciona ninguna base sobre la que progresar. Probablemente por eso resultó una vía muerta.

Más fortuna tuvo el camino mítico, como se podía esperar. El origen del sacrificio en occidente está en Elisa, según Justino, quien actuó así para salvar Cartago y guardar fidelidad a su marido muerto. Minucio Félix es algo más críptico, y con laconismo sentencia que Saturno no expuso a sus hijos sino que los devoró. Quien lleva las explicaciones míticas más lejos es San Agustín, quien dice que la razón por la que se hace el sacrificio de niños es que la mejor de todas las simientes es la humana. La manera que tanto poetas como filósofos físicos tienen de contar esto es decir que Saturno mató a sus hijos y los devoró. En su opinión, Saturno devoraba a sus hijos porque la simiente volvía al lugar del que había nacido.

12. Quien primero afirma que el sacrificio de niños se mantuvo en Cartago mientras la ciudad existió fue Dionisio de Halicarnaso, una idea que mantiene en términos similares Quinto Curcio Rufo.

13. La primera vez que se habla de que el sacrificio infantil fue perseguido por autoridades extrañas a Cartago fue cuando Justino dijo que Darío, el rey persa, prohibió a los cartagineses celebrar sacrificios humanos y comer carne de perro. La asociación de las dos prácticas en la misma frase es indicativa de que se trata de un elemento recibido sin depurar. La incoherente relación de Darío con Cartago termina de quitar cualquier crédito a esta afirmación.

Tertuliano, por su parte, informa que una vez que los romanos conquistaron y destruyeron la ciudad, las autoridades romanas prohibieron los sacrificios, aunque todavía, durante algún tiempo, continuaron abiertamente. Los niños siguieron siendo inmolados de forma pública, si bien las ceremonias se celebraban en un lugar distinto al que hasta entonces era el regular. Pero cuando Tiberio fue procónsul ordenó prender a los sacerdotes de aquellos ritos y los colgó vivos de los árboles de su templo, a cuya sombra los sacrificios habían sido ejecutados. Usándolos como cruces, allí quedaron suspendidos como las ofrendas votivas. El testimonio procedía de los soldados de su padre, que fueron los que siguieron la orden del procónsul, lo que le da el extraordinario valor de la forma clásica de prueba directa, el testimonio de vista. Todavía después, continúa Tertuliano, el mismo Tiberio, así como otros emperadores posteriores, instituyeron la pena de muerte contra los padres que entregaban sus hijos al sacrificio. No obstante todo esto, todavía informa que aquella práctica fue mantenida en secreto y continuó de forma encubierta, de modo que hacia fines del siglo II o comienzos del III el sacrificio de niños persistía en Cartago, a pesar de su persecución. En su opinión, así sucedía porque el África romana habría heredado esta costumbre de la cultura púnica.

14. El sacrificio de niños es ilustrado con casos conocidos. El que parece más remoto es el que refiere Justino, quien menciona el de un general cartaginés, de nombre Malco. Puede ser identificado como el general que en pleno siglo VI antes de la era lidera la expansión de Cartago en Sicilia y en Cerdeña, isla esta última en la que sufrió una derrota por la que hubo de sufrir destierro. Habiendo sido vencido en una batalla y condenado al exilio, para expiar su culpa mandó matar a su hijo delante de la ciudad.

Siguen en el tiempo los sucesos del año 406 siguiente en la isla de Sicilia, cuyo único relator es Diodoro. En las obras del cerco de Agrigento empleó Aníbal piedras funerarias procedentes de las necrópolis del entorno de la ciudad. Aquel expediente disgustó a una parte del ejército. Al poco una epidemia se desató en el campamento. El propio Aníbal murió víctima de la enfermedad. Se dio por cierto que aquella consecuencia había sido el castigo de los dioses por la sacrílega destrucción de los sepulcros. Tras aquello, algunos de los exploradores del ejército cartaginés volvieron contando que durante la noche alguien había visto espíritus de muertos. Himilcón, sucesor de Aníbal en el mando de las tropas cartaginesas, viendo cómo los soldados eran acosados por un temor supersticioso y que en el campamento el desánimo cundía, acabó con la destrucción de las memorias funerarias. Decidió levantar la moral de los soldados con un holocausto. Solicitó la ayuda de los dioses sacrificando un niño o un muchacho, o un joven soldado según otros, según la costumbre de su pueblo. El sacrificio fue ofrecido a Cronos, junto con una multitud de ganado a Poseidón. El asedio continuó con los ánimos renovados.

El siguiente caso referido es el originado por la expedición de Agatocles del 310, mientras el tirano de Siracusa asediaba Cartago. En este caso la tradición es más rica. El relato también tiene su origen en Diodoro Sículo, pero como ocurre en otras ocasiones es amplificado por Plutarco. Explica Diodoro que aquellos hechos provocaron la resurrección de los ritos de la antigua Cartago porque sus habitantes de nuevo eran víctimas del terror supersticioso. Pensaron que la cadena de adversidades de la que eran víctimas ocurría porque habían descuidado sus deberes hacia los dioses instituidos por sus padres. A estas premisas del relato replica Plutarco diciendo que creyeron en aquella crítica circunstancia que Cronos les había abandonado, molesto porque había decaído la antigua costumbre del sacrificio de los niños más nobles en su honor.

Continúa Diodoro diciendo que mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas y que hacía mucho tiempo que al dios de la ciudad madre no enviaban lo que antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. En los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia, una parte del relato que no la sigue Plutarco.

Diodoro cuenta después que en Cartago pareció que había llegado el mejor momento para reconciliarse con Cronos. Una comisión fue reunida para que el ritual de las ofrendas al dios fuese recuperado de la manera más correcta. La comisión investigó y supo que hasta aquel momento una práctica viciada se había extendido. La antigua costumbre de sacrificar los niños más nobles en su honor había decaído. En su lugar era habitual comprar en secreto niños de familias pobres, que primero alimentaban para que después cumplieran con el papel de víctimas de sustitución. Llegó a ser conocido por todos que quienes debían el sacrificio habían inmolado al dios niños que suplantaban a los ofrecidos.

Plutarco sí aprovecha las posibilidades que este parte del relato le ofrece y dramatiza a su modo. Dice que ahora las grandes familias solían comprar niños a las más pobres para sacrificarlos como víctimas de sustitución. Incluso los que no tenían hijos compraban recién nacidos como si fueran animales y los degollaban, como tantos corderos y pajarillos. En estos casos, durante la ceremonia, la madre del niño sacrificado, que asistía a la celebración, se debía mantener cerca sin llorar ni gemir, para no alertar a la víctima. Si la madre llegaba a verter una sola lágrima o dejaba escapar un solo gemido, se deshonraba y debía renunciar al dinero, aunque el niño era de todas maneras sacrificado. Mucho después, Draconcio, se une a esta corriente y afirma que los padres que por ello se lamentaban tristemente cerca del altar eran afeados.

El hilo del relato de Diodoro se reanuda diciendo que creían por esto los comisionados que Cronos les había abandonado y ahora molesto les era hostil. Considerando estas cosas y viendo el enemigo acampado delante de la ciudad, en compensación decidieron los ciudadanos de Cartago rescatar la vieja costumbre de  manera regular, con el deseo de que Cronos les proporcionara sus favores. De nuevo Plutarco toma esta parte del relato diciendo solo que los ciudadanos decidieron rescatar la vieja costumbre entonces.

Sigue Diodoro diciendo que fueron acordados extraordinarios sacrificios. En su celo por purgar la falta en la que habían incurrido, eligieron doscientos niños de las familias más señaladas de la aristocracia y los destinaron al sacrificio en nombre del estado. Presas del remordimiento, poco después, otras muchas familias, las que eran sospechosas del engaño de la sustitución e incluso habían sido acusadas de comprar víctimas, se declararon dispuestas a compensar al dios. Estas ofrecieron sus hijos para el sacrificio de modo voluntario y trescientos niños más fueron conducidos a la inmolación. De este modo, finalmente fue organizado un gigantesco holocausto público de quinientos niños. Por su parte, Plutarco explica, también de modo sucinto, que se organizó en Cartago un gigantesco holocausto en el que sacrificaron quinientos niños, hijos de nobles y poderosos como en otro tiempo.

Según Diodoro, el holocausto fue celebrado ante la gigantesca estatua de Cronos, una circunstancia que de nuevo aprovecha Plutarco para desplegar todo su aparato conmovedor. En los alrededores de la estatua de Cronos, dice, donde eran inmolados los niños, el ambiente estaba lleno de los sonidos que emitían los que tocaban fuerte flautas, tambores y tímpanos, de modo que los gritos y los llantos fueran ahogados y no llegaran a los oídos del pueblo. También esta parte del relato hizo fortuna, y otra vez hablando en general Minucio Félix dice que los llantos de los sacrificados eran calmados con palabras cariñosas y besos, por miedo a que una víctima fuera inmolada entre lágrimas.

El relato de Diodoro concluye explicando que como en otro tiempo había ocurrido, todas sus víctimas fueron los más distinguidos descendientes de las mejores familias. De esta manera los ciudadanos de Cartago esperaban restaurar los homenajes tradicionales a los dioses y ganar la salvación y el bienestar de la ciudad.

A un momento que el nombre de los personajes, por su frecuencia, no permite precisar, envía su caso el siempre evanescente Silio Itálico cuando refiere que Hannón, rival de Aníbal, intrigó para que una orden obligara a su opositor para que sacrificara su hijo a Baal.

15. Sobre la fortuna del sacrificio de niños cartaginés fuera de la propia Cartago, aparte la tradición derivada del adjetivo sardónico, que permite deducir una línea de narraciones relativas a lo que en esta isla sucediera, que sin embargo debió extinguirse por completo, las referencias más explícitas son las que cuentan lo que en Cádiz fuera organizado. También en este caso la tradición es singular, porque lleva directamente del texto antiguo a la recepción neoclásica contemporánea. El responsable del origen es en este caso Cicerón, quien cuenta que de Cádiz César erradicó cierto residuo bárbaro inveterado de sus costumbres e instituciones. De ellas una eran los sacrificios bárbaros de seres humanos que en Cádiz se celebraban. Sus víctimas eran hombres.

16. No mucho más generosa es la expansión de la otra rama por la que crece el tema, la que vincula el sacrificio procedente de Cartago con ritos equiparables que en Roma fueran celebrados, aunque en este caso los testimonios tienen la virtud de ser concordantes sin incurrir en el servilismo. Tienen además a su favor la proximidad en el tiempo. El primer informador es Dionisio de Halicarnaso, quien cuenta al modo mítico que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia. En ese altar practicó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha e inmoladas en un fuego puro. Para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por abandonar la forma de los sacrificios que habían recibido por tradición, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad a la que estas víctimas eran debidas componiendo imágenes con forma humana, ataviadas del mismo modo que las víctimas vivas, para que fueran lanzadas al río en lugar de los hombres. Plinio el Viejo, sin dejarse contaminar por este relato, refiere que hay una estatua de Hércules, procedente de Cartago, en sus tiempos ya en Roma, y que ante esta estatua cada año eran sacrificados niños. Pero es que todavía San Agustín se esfuerza por dejar escrito que la práctica cartaginesa de sacrificar sus hijos no fue adoptada por los romanos.

17. El último de los tópicos es el que vincula el sacrificio infantil con los primeros cristianos. Su promotor literario, no se explica bien por qué, es Tertuliano, que sin embargo comparece ante el lector como apologista de aquella comunidad original en su región, el norte de África. Explica Tertuliano que con la policía que por aquella causa sostuvieran los gobernadores romanos que perseguían a los cristianos se relaciona cierta opinión sobre los sacrificios infantiles entonces activa en aquella tierra. A los cristianos africanos sus detractores los acusaban de aquella práctica atroz.

La retórica de Tertuliano es generosa. Si los gobernadores descubrían un crimen y el acusado tenía a bien reconocerse homicida, sacrílego, incestuoso, enemigo del estado -estos son los nombres que a los cristianos les daban sus actas de acusación-, esta confesión, según dice, no bastaba para dictaminar. Al contrario investigaban las causas: naturaleza del hecho, número, lugar, modo, momento, confidentes, cómplices. Mas con los cristianos nada parecido, aunque sería preciso igualmente arrancarles por la tortura la confesión de las falsedades que se les lanzan sobre la cabeza, en cuántos infanticidios ha tomado parte cada uno de ellos, qué cocineros los han presidido, qué perros han asistido. Concluye afirmando que sueñan con la gloria de un gobernador si destierra a un cristiano que haya devorado ya a cien niños recién nacidos.

Las ideas de Tertuliano fueron reiteradas por un contemporáneo suyo, Minucio Félix, quien incurre en el exceso de recrearse en los sabores que proporcionan los detalles gruesos en vez de complacerse en los aromas de la retórica. Explica Minucio Félix que lo que entonces se dice sobre la iniciación de los neófitos cristianos es tan detestable como conocido. Se sostiene que les presentan un niño cubierto de harina, para hacerlo irreconocible. Se invita al catecúmeno a clavar puñaladas, que él cree inocentes, en la superficie de harina, hasta que el niño muere por ciegas y ocultas heridas. Entonces lamen ávidamente su sangre y dispersan sus miembros. Quedan ligados por este asesinato, por la complicidad de un crimen, a un mutuo silencio.


Colonización interior

Tadeo Coleman

Un total de sesenta y cuatro solicitudes de tierra de un mismo término, todas de 1700, ayudan a documentar las raíces del extraordinario crecimiento de la agricultura del olivar y su industria derivada, un fenómeno que debió desarrollarse durante la primera mitad del siglo XVIII. Las solicitudes, en todos los casos admitidas, y satisfechas con los títulos que reconocían a los interesados su pleno domino sobre la parcela deseada, sin más condiciones que dejar la vereda desembarazada, tendrían su amparo legal en el derecho de presura. Estaba vigente en tierras castellanas al menos desde la plena edad media, y no dejaría de ser un recurso colonizador desde que en el siglo XIII comenzara la ocupación del término por los conquistadores que procedían del norte. Si dijéramos que era una forma de adquisición gratuita ignoraríamos que requería, para que el derecho de uso con el tiempo se consolidara como dominio, el trabajo del suelo, y que a partir del momento en que fuera puesto a producir redundaría en ingresos del municipio. Pero sí es cierto que al principio las tierras ocupadas estaban al margen de las compraventas a las que era necesario atenerse si se deseaba acceder a las parcelas de la misma clase. Aunque también es verdad que se trataba, cuando aquella modalidad de parcelas llegaba al mercado regular, de unidades de producción con cierto grado de madurez por lo menos, a diferencia de las que estaban en el origen del proceso que vamos a examinar.

Sobre sus atributos legales previos, uno de los casos analizados especifica lo fundamental. De la tierra que se solicita se dice que es de la que está realenga. Probablemente lo más valioso de esta expresión sea su referencia al estado del suelo. Que la tierra en el momento esté realenga especifica que el dominio sobre ella permanece bajo la corona, lo que equivale a decir que no ha sido privatizada de ningún modo, aunque su gestión ha sido delegada al municipio, que sin embargo no puede decidir unilateralmente sobre sus cambios de uso. Modificarlos, y abrir la puerta al cambio de estado, exige la aprobación de la administración real que se conoce con el nombre de facultad, que en este caso debe suponerse concedida para la parcelas de las que se trata. De lo contrario, el municipio no hubiera podido acceder a todas las transferencias demandadas ateniéndose a las condiciones de la presura.

Gracias a la identificación de los lugares solicitados, es posible además reconocerlos como una parte de las zonas no cultivadas, áreas que sobrevivían en cualquiera de los extensos términos de las ciudades del sudoeste, a pesar de la alta ocupación agrícola del suelo que en ellos se había alcanzado. Los territorios bajo su jurisdicción estaban lejos de estar saturados, y por tanto de retornar a cada tanto al riesgo de verse en la necesidad de aprovechar suelos de bajos rendimientos.

En cierto número de casos la parcela solicitada se identifica como un manchón de tierra, una manera de hablar que permite reconstruir el estado del paisaje del que se partía, al tiempo que obliga a ser cauto. Es muy probable que haya que entender el manchón como algo más que un pedazo de tierra en que nacen las plantas muy espesas y juntas, tanto en los sembrados como en los matorrales (Acad.). En lenguaje regional, puede ser terreno erial en un cortijo, una mancha grande de monte y parte de terreno de caza que tiene nombre peculiar y se bate sola (AV). La ventaja que desde este punto de vista tiene la palabra elegida es que todas las descripciones que la definen comparten, aparte matices, que se está refiriendo a áreas ocupadas por la vegetación espontánea, bien porque desde antiguo se haya consolidado en ellas, bien porque allí se ha recuperado recientemente, tras haber conocido el cultivo y haberlo abandonado. Que además el estado previo del espacio a colonizar estaba ocupado por una formación del tipo matorral es algo más que una sospecha. La confirma, al tiempo que la completa, uno de los solicitantes cuando expone la necesidad de desmontar de monte bajo y algunos chaparros. Mientras que la referencia al monte bajo corroboraría la deducción, la supervivencia de chaparros dispersos probaría que la parte arbórea del bosque autóctono, aunque en aquellos lugares se hubiera degradado, se resistía a desaparecer. Ante este paisaje, cualquiera que pretendiese poner en cultivo las parcelas solicitadas necesitaría rozar y desbrozar, y en algunos casos hasta descepar, para después roturar y poner a punto la tierra para la siembra, un proceso largo y costoso como mínimo en tiempo y esfuerzo.

Los solicitantes se pueden dividir en dos grupos. Uno, el de los que tienen apellidos que los identifican como miembros de lo que convencionalmente podemos llamar, para no demorar innecesariamente el análisis, el grupo aristocrático de la ciudad. Su posición está asentada sobre un modo de acceder al dominio de la tierra garantizado por la inmovilización de los bienes, de la que participa, a lo que suma el control directo de las instituciones del municipio. El otro es el de quienes no ponen al descubierto consanguinidad alguna con ese grupo.

La relación de los primeros, que no es larga, vale la pena: don Bartolomé Nieto de Morales, don Manuel Antonio Morillo, don Teodomiro de Briones Quintanilla, don Antonio Eugenio Berrugo de Morales, alcalde de la santa hermandad por el estado de los caballeros hijosdalgo, don Baltasar Barba de Bohórquez, don Cristóbal Roales de Consuegra, don Juan Ignacio Barraza, presbítero, don Bernabé Canelo de Romera, don Bartolomé de Briones Quintanilla, don Juan Caro Tavera, don Bernardo Bravo Navarro, don Marco Antonio de Liñán, don Bartolomé de Mesa Jinete, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, don José Navarro y don Diego López Moreno. Quizás a los dos últimos habría que eliminarlos de esta relación. Pero sobre los demás no caben dudas. Son catorce de los sesenta y cuatro, poco más de la quinta parte. Luego quienes tenían capacidad para tomar la decisión favorable a las concesiones fueron los primeros en utilizarla en su favor.

Las otras cuatro quintas partes de los solicitantes, que pueden representar nombres como los de Juan González de Perea, Blas Gallardo o Jerónimo Rodríguez, todos varones, porque están idénticamente interesados en la adquisición de una parcela tenemos que considerarlos genéricamente campesinos. Cualquiera de los valores o rasgos que a partir de aquí podamos deducir, como característicos del fenómeno que deseamos documentar, salvo indicación expresa, serán representativos de actitudes y decisiones de este grupo, dado su abrumador peso relativo.

La dimensión de la parcela solicitada no siempre se declara. En diecisiete ocasiones se refiere como una suerte de tierra, en once como un pedazo de tierra, en ocho como un manchón de tierra, en cinco como una poca tierra y en una ocasión como un rincón de tierra. La indefinición tiene en algunos casos sus ventajas. Ya hemos visto hasta dónde permite llegar que se hable de manchones. También al hablar de suerte es posible alcanzar alguna conclusión. Puede parecer que se está haciendo referencia a un sistema de acceso a la tierra. No parece que en este caso tenga demasiado sentido. Sin embargo, pudo ser el método para regular las concesiones. Todas las suertes se concentran en un predio, la Cañada del Paraíso. Tal vez los campesinos dispuestos a tomarse aquel trabajo pugnaban por una calidad de las tierras o por la accesibilidad a una parcela, o por las dos cosas porque aquel lugar reuniera ambas ventajas. Las suertes, además, tienen todo el aspecto de responder a un módulo, expresión de la equidad de los repartos. Todas las que además precisan su extensión tienen tres fanegas.

Cuando solo o también se especifica la superficie de la parcela que se solicita los valores oscilan entre media fanega y seis, en este segundo caso expresadas como medio cahíz. Cualquiera de los dos valores, así como uno y cinco, son singulares. Las dimensiones comunes oscilan entre dos (cuatro casos) y cuatro (otros cuatro), y el valor modal es, con diferencia, tres (dieciocho casos). De donde resulta un valor medio de la parcela muy representativo de la regularidad del procedimiento: tres fanegas y dos centésimas. Solo una vez la superficie se expresa en otra unidad, dos aranzadas.

En una ocasión fue concedida más tierra de la solicitada y en otra menos. Pero ninguna de las dos oscilaciones tiene trascendencia ni para cada demanda ni para el fenómeno: un solicitante de dos fanegas recibió tres, y uno de cuatro, también tres. Lo que redunda en que las decisiones se atuvieron a un plan, persistentemente regido por la equidad. Le daría valor político y expresaría el peso que tenía, a la hora de tomar las decisiones públicas, el papel de los beneficiados por ellas. La dimensión de la parcela habría sido su patrón. Pero fuera así o no, creo firmemente que la dimensión tres fanegas, que se impuso, es expresiva de una capacidad energética de la masa de los solicitantes, campesinos con limitados medios.

Como condición añadida, Tomás Machado pidió que la poca de tierra que solicitaba estuviera arrimada a la de Alonso del Trigo. También Cristóbal Baena y José de Aguilera pidieron que sus parcelas estuvieran linde de la que la ciudad tiene dada a Alonso del Trigo y Francisco López. Estos rastros de afinidad pueden ser expresivos de la cooperación solidaria que pudo existir entre quienes se comprometían con aquella iniciativa, un rasgo del grupo que en otros documentos, como los relacionados con el crédito, también se deja ver. En otros casos, el objetivo parece puesto en completar un plan de expansión personal. Alonso Rodríguez, maestro mayor de obras, solicita la suerte de tierra que linda con su heredad de viñas. Que alguien sea maestro mayor de obras y al tiempo aspire a consolidarse como campesino es una buena prueba no solo de ambición. También revela que la condición de campesino entonces estaba abierta y no excluía otras. Por su parte, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, quien solicitó y obtuvo cinco fanegas, una de las dos parcelas mayores, quiso que empezaran desde un pedazo de olivar de don Bartolomé de Mesa, su padre. De una o de otra forma, que existieran lindes consolidadas, las que también se mencionan en cuatro instancias más, indican que el territorio elegido para la experiencia ya estaba ocupado parcialmente.

Durante la primera fase de ejecución del proyecto, las solicitudes se dispersaron por más de diez lugares distintos, todos en una zona no destinada previamente al cultivo de los cereales, a excepción de un manchón de tierra, de extensión indeterminada, solicitado por don Bartolomé de Briones Quintanilla, caballero del orden de Calatrava, para plantarla de olivos. Estaba localizado en un territorio conocido como El Saltillo, en plena depresión del término, donde el cultivo de los cereales estaba consolidado desde hacía siglos, y del que se da la circunstancia de que no hacía mucho había sido objeto de la concesión de un señorío. Pero durante la segunda mitad del proceso, las solicitudes se concentraron en el predio ya mencionado, la Cañada del Paraíso. Puede decirse que de aquella política también tuvo que ser parte un plan de colonización, quizás no del todo ajeno al deseo de contener la expansión señorial que amenazaba los poderes del municipio.

Los cultivos para los que se solicitaron las tierras fueron tres: viñas, olivos y pinos. El deseo de plantar viñas acaparó casi los dos tercios de las peticiones y la dedicación al olivar, solo un tercio. El exiguo resto fue para los pinos. El único caso que falta para completar la suma, el de quien duda dedicar la tierra que obtenga si a viña si a olivar, es insignificante en términos cuantitativos. Sin embargo, aparte que la jurisdicción del municipio alcanzara hasta la ordenación de los cultivos nada menos, un hecho que sería necesario analizar con más reflexión, expresa con nitidez el dilema que se abrió al programa colonizador, al que debieron enfrentarse quienes buscaban una vía de promoción invirtiendo en las concesiones de tierra.

La viña era un cultivo consolidado. Quienes se esfuerzan en conectarse con parcelas con lindes hechas, a las que desean acogerse, en las que quieren apoyarse, optan por la viña. Serían colonos que preferirían jugar sobre seguro. Quienes optan por el olivar aluden al paisaje que tienen ante sí en unos términos consecuentes con el riesgo de la inversión, porque incluye desmonte y plantar estacones. En cualquiera de los casos en los que estas descripciones son más explícitas los promotores son del grupo aristocrático. Uno pretendía desmontar en favor de un olivar del patronato del que era patrono, y otro suplica a la ciudad se sirva demandar ver un pedazo de tierra de su mayorazgo para plantar de olivar.

Con la concesión de parcelas, los que ya dispusieran de medios podrían acceder a la condición campesina más sólida, la que les permitía disponer como propiedad de una unidad de explotación agropecuaria. Los que optaron por no arriesgar demasiado, la mayor parte de ellos, dos de cada tres, prefirieron acogerse al cultivo de la vid. Solo el otro tercio se prestaría a competir con quienes estaban dispuestos a invertir en un cultivo cuya renovada expansión empezaba. Aquellos con los que debían competir ya disfrutaban de una posición sólida, y su opción en favor del olivar no sería ajena al éxito que el cultivo finalmente tuvo. Los datos de cultivos y aprovechamientos de cincuenta años después demuestran que la pugna se resolvería en favor del olivo. Mientras que su cultivo, para entonces, había conseguido ocupar unas tres vigésimas partes de todo el espacio cultivado, en el que el dedicado a cereales abarcaba algo más de los dos tercios, el viñedo prácticamente había desaparecido. No llegaba ni a la centésima parte.


Celadas de la tradición. Método

Cosme Pettigrew

Durante algún tiempo, en estas mismas páginas G. Barea, bajo del título Orígenes de la República, ha ido poniendo a disposición de sus lectores una completa colección de noticias sobre el sacrificio infantil antiguo. En nuestra opinión, su trabajo es merecedor de reconocimiento, aún más que por el orden en que fueron dadas a conocer, por el esfuerzo de síntesis que demuestran. Sin embargo, creemos que el cuadro que compone también es un buen ejemplo de las trampas que ocultan las tradiciones. Para defender este punto de vista, que compromete el valor de las informaciones recibidas, por el momento nos vamos a limitar a una de las que confluyen en tan meritorio trabajo, la clásica antigua, una de sus fuentes.

Cuanto se supo sobre tan peculiares sacrificios durante siglos se mantuvo concentrado en algunos textos. Se pueden organizar en dos tradiciones, una griega y otra latina. La griega se remonta a Platón y Clitarco y la prolongan Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Filón, Sexto Empírico, Porfirio, Eusebio de Cesarea y Hesiquio de Mileto, mientras que los relatos sobre el sacrificio infantil que la antigüedad dejó registrados en latín empiezan con Ennio, continúan con Cicerón y siguen con Quinto Curcio Rufo, Plinio el Viejo, Silio Itálico, Justino, Tertuliano, Minucio Félix, San Agustín y Draconcio.

El origen de la tradición griega es una mención contenida en el diálogo titulado Minos, texto atribuido a Platón, de la primera mitad del siglo IV antes de nuestra era, entre los de dudosa autoría el de más probable autenticidad. Con lo que se adjudica a Platón se relaciona lo que cuenta Clitarco, un hombre probablemente natural de Alejandría, cuya vida conoció la plenitud a fines del siglo IV o principios del III; unos escolios a la República de Platón en los que cuenta lo relacionado con nuestro tema.

Diodoro Sículo nació en Agyrion, la actual Agirone, hacia el año 90 antes de la era y sobrevivió hasta fines del mismo siglo I. Su obra conocida, una Biblioteca histórica, o historia universal, en parte conservada, abunda en informaciones insustituibles sobre este asunto. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso fue contemporáneo de Augusto. Nacido griego, se estableció en Roma justo cuando el primer emperador instituía su dominio sobre la constitución de la república, a principios del último tercio del siglo anterior a la era, y como tantos de sus coterráneos justificó su presencia en la capital del imperio como rétor. Cuando empezaba el nuevo siglo, decidió volver a Grecia y allí murió. Su referencia al sacrificio infantil procede de la principal de las obras suyas que se han conservado, una excelente Historia antigua de Roma, en la que analiza desde los orígenes de la ciudad hasta la guerra púnica.

También son estimables los datos proporcionados por el fecundo Plutarco, hombre ya del primer siglo posterior a la era, cuya vida transcurrió entre aproximadamente los años 50 y 125. El catálogo de su obra auténtica, aun así extenso, ha sido organizado en dos bloques, las Vidas paralelas y las Obras morales. Sobre la superstición es una obra del segundo grupo, la que según la vulgata de toda su producción ocupa el décimo cuarto lugar entre los textos morales, el último de una primera serie, la de los tratados éticos y didácticos. De ahí procede la información que proporciona sobre el sacrificio de niños.

El siguiente informador en lengua griega es Filón, quien murió en Biblos y vivió contemporáneo de Adriano, cuya existencia la cronología de los emperadores romanos encuadra entre los años 76 y 138. Escribió, entre otros asuntos, sobre la historia de Fenicia. El resultado de este trabajo, que se estima como la mejor fuente antigua sobre la materia, lo ordenó en ocho libros, aunque hasta nosotros ha llegado solo en parte y sobre todo por medio de Eusebio de Cesarea, un transmisor muy tardío. Del texto original proceden sus referencias al sacrificio de niños.

Sexto Empírico, quien fundamentalmente se dedicó a la ciencia y a la medicina, vivió entre los siglos II y III. En sus Hipotiposis pirrónicas deslizó una breve referencia al sacrificio infantil.

A Porfirio los menos exigentes lo hacen natural de Tiro, mientras que otros que aparentan estar más documentados precisan que nació en Batanea (Siria). Su primer nombre, sirio como su nacimiento más probable, era Malmos, cuyo significado podemos aceptar como próximo a rey. Pero instalado entre los griegos -entre quienes arraigó su memoria como discípulo de Plotino- prefirió ser conocido con aquel otro nombre, evocador en su lengua de adopción de la púrpura característica del país fenicio. Nació en 233-234 y murió en Roma hacia el 305. Escribió mucho, aunque completas solo se conocen once de sus obras. Lo que cuenta sobre el sacrificio infantil figura en su texto sobre La abstinencia.

A continuación debe figurar la información recogida por Eusebio de Cesarea, en realidad nacido en Palestina hacia el 265 y muerto el año 340, pero sobre todo conocido porque ejerció como obispo en Cesarea y permaneció fiel a Constantino y a la ortodoxia del credo cristiano a partir del 313. Su obra narrativa de más interés está dedicada a la historia de la Iglesia, género del que se le considera creador, pero lo que quiso decir sobre nuestro asunto lo dejó escrito en su Preparación evangélica, una de sus apologías.  

Termina la tradición en griego con la información recogida por Hesiquio de Mileto, quien vivió en Alejandría en el transcurso del siglo VI.

En latín arranca con Ennio, quien nació calabrés en 239 antes de nuestra era. De su biografía es relevante para el texto que nos ha dejado su militancia en el ejército romano durante la segunda guerra púnica. Tan distinguido fue su servicio de armas que, enviado a Roma, prolongó su dedicación a la República. Catón lo avaló entre las nobles familias influyentes, de las que eligió la de Escipión para por fin comprometer su fidelidad. Murió el año 169 y escribió unos Anales, dedicados a Escipión el Africano, en forma de poema épico muy extenso. Cantaba la historia de Roma hasta su edad y en origen tuvo dieciocho libros, pero de él solo se han conservado seiscientos versos.

La continúa Cicerón, de cuya afamada vida, que transcurrió durante la primera mitad del siglo I anterior a la era, siempre será lo más llamativo sus dotes para sobrevivir en un medio feroz sin llegar a estar seriamente amenazado, salvo por él mismo. En sus trabajos hay un par de referencias al sacrificio humano de los antiguos que se relacionan con nuestro tema. La primera está en el Pro Balbo y la segunda procede de Ad familiares, una colección de correspondencia a parientes y amigos reunida en dieciséis libros.

Sigue Quinto Curcio Rufo, quien vivió durante el siglo I posterior a la era, aunque las fechas precisas de los años de su vida se desconocen. Por su estilo y ciertas referencias parece contemporáneo de Claudio, el emperador que disfrutó de la plenitud de sus poderes durante algunos años a mediados de aquel siglo, y como tal es admitido. En su obra conocida, una Vida de Alejandro en diez libros, cuenta lo que sabe sobre el sacrificio infantil.

También proporciona información útil Plinio el Viejo, nacido en Novum Comum el año 23 y muerto el 79 en Stabiae, cuando estaba ocurriendo la colosal erupción del Vesubio. Movido por su curiosidad, fue a observarla, y tanto se acercó a ella que aspiró los gases que manaban de la montaña, que para él resultaron letales. Amigo de Vespasiano, de familia ecuestre, su trabajo diario fue el administrativo, aunque su preocupación fueron las letras. Mas por efecto de su incontinente afán erudito dispersó su actividad literaria en una variada poligrafía del todo desconocida, a excepción de la monumental Historia Natural, obra de treinta y siete libros. La tenía terminada antes del 77, el año en que se la dedica a Tito, en la que extracta unas dos mil lecturas, a decir del propio autor.

El siguiente es Silio Itálico, a quien algunos lo hacen originario de Itálica, donde Escipión asentara una colonia de veteranos tras la guerra contra Aníbal. Pero esta posibilidad se funda solo en el sobrenombre del personaje, si bien hay otro dato que redunda en su origen bético. En su biografía ha quedado establecido que creció en una ciudad amurallada de la Hispania meridional, la misma que había estado bajo el dominio de los Barca antes de la conquista romana. Nació hacia el año 25 y murió en el 101, tras sufrir una enfermedad que le forzaba a rechazar la comida. Vivió como funcionario poco ambicioso y rico que se complacía en la privada dedicación a la literatura. Su obra de interés es el largo poema titulado Púnica, en diecisiete libros, donde hablando de la guerra entre cartagineses y romanos dice lo que sabe sobre este asunto.

El siguiente eslabón de los textos latinos sobre el sacrificio infantil es la información proporcionada por Justino, quien vivió cuando los Antoninos gobernaron, el siglo II. Fue modesto autor de una Historia universal, en realidad largo extracto de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, hoy perdidas.

La información que proporciona Tertuliano es de las más valiosas porque nació en Cartago hacia el 155, la misma ciudad en la que murió en torno al 220. Hijo de un centurión, fue a Roma para estudiar, y allí, durante su primera juventud, ejerció de abogado y se hizo cristiano. Volvió a su África natal hacia el 195, ya entregado a la militancia religiosa, y en los años inmediatos escribió unos veinte textos, los más notables de los cuales dedicó a su nueva creencia, la materia por la que desde hacía tiempo se apasionaba. Su rigorismo moral lo fue apartando de la iglesia cristiana y lo hizo evolucionar hacia posiciones montanistas, por lo que cuantos textos escribiera después del 200 son ya alegatos religiosos radicales y polémicos. Tal vez el mayor honor que le pueda caber sea declararlo el iniciador de la literatura teológica de inspiración cristiana en latín, aunque para otros sea contarlo como el primer padre de aquella iglesia nacido en África. Pero para nosotros tiene más interés que encarne la supervivencia de la cultura púnica en el norte del continente meridional. Es en su obra maestra, la Apología, escrita en 197, donde deja registrado cuanto desea confesar sobre lo mucho que del sacrificio infantil debió saber.

El testimonio de Minucio Félix resulta asimismo apreciable porque se le tiene por un oriundo de África que vivió entre los siglos II y III, fue abogado y rétor y también se convirtió al cristianismo. Con toda probabilidad, fue el autor de una obra titulada Octavio, redactada durante el gobierno de Antonino Pío (138-161), la primera obra cristiana en latín que se conoce. Se trata de una ingenua controversia en defensa del cristianismo, en la que un pagano critica la nueva religión con objeciones vulgares a las que responde un cristiano con argumentos cultos.

Muy estimable es también lo que sobre el tema recibe San Agustín, otro hombre cuya vida, que transcurrió entre el año 354 y el 430, estuvo vinculada a los dominios de la antigua Cartago. En La ciudad de Dios, donde se interesa por destacar cómo han sobrevivido la lengua y los cultos cartagineses en el norte de África, toma nota de la creencia según la cual ciertos pueblos practicaban el sacrificio de niños.

Concluye la serie con Draconcio, también cartaginés de nacimiento, quien siempre vivió en África, en el transcurso del siglo V, cuando ya los vándalos ocupaban la región. Cristiano, redactó una alabanza al emperador de Bizancio tan desafortunada que le costó la cárcel, donde en demanda de piedad escribió al rey vándalo el poema que nos sirve de fuente.

Recopiladas y examinadas, ambas tradiciones resultan dos medios tan valiosos como limitados. Ninguno de los autores proporciona un cuadro completo de aquellos hechos. Tras su lectura, además es inevitable la impresión, más que de parcialidad, de haber conectado con tradiciones indirectas. Cualquiera de ellos se habría servido de informaciones de segunda mano.

Para decidir de la manera más rigurosa sobre el valor de sus contenidos, y poder optar por las afirmaciones contrastadas, he compulsado varias versiones de los textos que de cada autor he aislado. Desafortunada ocurrencia. Añaden un obstáculo preliminar al valor relativo de los contenidos. Las comparaciones llevan a la conclusión de que cualquiera de las dos tradiciones sigue siendo inestable, incluso después de los enormes esfuerzos hechos por las filologías clásicas. Buena parte de los textos está tan lejos de haber sido fijada que, dependiendo de cuál sea la versión que se lea, los contenidos de los relatos oscilan, y no es fácil reconocer como originarios de los mismos lugares párrafos de los cuales sus editores sin embargo confiesan idéntica procedencia.

Ante este cuadro, desconcertante para quien como yo se confía a los especialistas, porque tengo un conocimiento muy limitado de las lenguas en que originalmente fueron escritos, solo me queda optar, frente a la cita literal, que aparenta ser más rigurosa, por la versión del original lo más fiel posible, ya que no a las palabras, a las ideas expuestas.

Aplicando este procedimiento, he llegado a unos textos que respetan todo lo posible la letra de las lecciones recibidas, tal como son aceptadas por las ediciones compulsadas. Tienen sobre las versiones literales la ventaja de la claridad, incluso de la más modesta sensatez en algunos casos. Siempre he hecho prevalecer el texto concordado y con sentido cuando el respetuoso con la letra era más oscuro. He sacrificado la incertidumbre a la interpretación, que por ser siempre una decisión favorable a uno de los caminos posibles, aquel que honradamente se cree el más acertado, incluye naturalmente el riesgo del error, que no solo acepto, sino de cuya segura existencia derivarán reticencias que desde este momento son admitidas con la resignación que debe corresponder a cualquier atrevimiento. En compensación, al menos he podido disponer de una serie de textos cuya lección puedo dar por cerrada y así avanzar en el análisis de ambas secuencias.

Interpretados los textos, persiste la impresión de estar leyendo información poco sólida y muy reiterada, y que la síntesis de los hechos que puede hacerse contiene relatos que sin discusión no merecen confianza alguna. Por tanto, es necesario verificar cuáles son informaciones dignas de crédito, porque procedan de testimonios directos o de fiabilidad contrastada, y cuáles por el contrario son datos secundarios y por tanto merecedores de menos atención.

A partir de aquí, ya solo quedaría enfrentar el inevitable problema de la veracidad. No solo es necesario aceptar que no se puede admitir indiscriminadamente toda la información proporcionada por los testimonios. En este caso hay que aplicar este principio de la manera más exigente porque es necesario resolver hasta qué punto la idea sobre el sacrificio al que en la antigüedad eran entregados algunos niños puede haberse perdido en un pequeño laberinto de lugares comunes, y a cuya salida, finalmente, no hay nada.

Para ello, es imprescindible intentar una reconstrucción del árbol de sus relaciones con la mayor precisión posible. Pero con el estado en el que nos llegan los textos antiguos sostener una demostración de originalidad no es fácil, así como probar que un autor ha leído a otro y lo sigue es tarea en la mayor parte de las ocasiones condenada al fracaso. Solo los más íntegros citan sus fuentes, y no todos los que hoy admitimos como autores dignos de admiración se pueden contar entre estos. Sobre todo los latinos, versionan una y otra vez los textos recibidos sin citar procedencia ni respetar autoría.

Para probar la lectura de uno por otro, sin más medios positivos que unos enunciados todavía inestables, solo hay un indicio en el que se pueda confiar, quizás en apariencia no tan irrefutable como la mención literal, pero de una enorme solidez. Que dos autores digan lo mismo sobre el mismo asunto demostraría directamente que uno está leyendo a otro, si no es posible aportar prueba alguna en cualquier sentido. Las posibilidades que abre la combinación de las palabras son tantas, aun tratándose de la exposición de las mismas ideas, que hay que excluir de antemano que dos frases coincidan en su expresión, cuando quienes escriben no han tenido el menor contacto entre sí. No se trata de la similitud de términos y sintaxis, la cual, aunque se descuidara la mención de la fuente, sería evidente demostración de servilismo. Es sobre todo limitarse a un horizonte de palabras, que demuestra incapacidad para informarse sobre un asunto más allá de lo que ofrece el texto que se está siguiendo.

Aunque no se acostumbre utilizar medios para advertirlo, la reiteración de frases de contenido similar es prueba directa de vínculo literal. Si se da la circunstancia de que un autor escribe lo mismo que otro que es posterior a este en el tiempo, la conclusión obligada debe ser que el más reciente sigue al más antiguo. Esta manera de proceder me parece más segura que la referencia, más aún cuando a nadie puede sorprender que los autores se citen unos a otros sin declararlo, y la demostración de copia que resulta críticamente más exigente. Cuando se expresa la misma idea, aunque se utilicen palabras diferentes, el vínculo entre los textos se puede demostrar. El mejor procedimiento para llegar a conclusiones seguras sobre el parentesco de primer grado entre palabras, o filología, es pues seguir el rastro imborrable que dejan los lugares comunes.


Consecuencias de los errores diplomáticos

Gedeón Martos

Aunque fuera ya en la ancianidad cuando con más facilidad sus mujeres consiguieron que el corazón del rey se inclinara a otros dioses, Salomón, según su contemporáneo Ajías de Silo, finalmente se había postrado ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Kemós, dios de Moab, y ante Mólek, dios de los ammonitas. Para Astarté había construido un alto, mientras que a Kemós y a Mólek, Melek o Milkom había consagrado sendos santuarios mediante la erección de un altar; si bien otras fuentes señalan que a ellos también sendos altos fueron dedicados, y que decisiones similares había tomado para satisfacer a todas las demás esposas extranjeras que quemaban incienso y hacían sacrificios a sus dioses.

De este modo entre los hebreos se impuso la tendencia al sincretismo y a una abierta idolatría, y en Jerusalén los altares a los dioses extranjeros terminaron siendo ciento. El lugar donde se concentraron tantos santuarios o lugares altos fue un monte situado frente a Jerusalén, según el texto sagrado, una elevación que hoy muchos localizan al este de la ciudad primitiva. Para unos todos los indicios aconsejan identificarlo con el monte de los Olivos, mientras que otros prefieren situarlo al sur de este. Pero muchos coinciden con que debe asimilarse a aquel que fue justamente llamado Monte del Escándalo. No obstante, el santuario de Gabaón, erigido antes,  siguió siendo el mayor de los lugares altos en tiempos de Salomón, según el Libro primero de los Reyes. En su capítulo tres hace la primera mención del santuario, que entonces debió tener una notable preeminencia.

Una acusación de infanticidio, tal vez relacionado con la prostitución sagrada, completa el cuadro de las torpes inclinaciones a las que dieron origen tan graves errores diplomáticos. A Salomón acudieron dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de ellas dijo que las dos vivían en la misma casa, y que ella había dado a luz estando ambas en su vivienda. A los tres días del alumbramiento, la otra mujer también había dado a luz. Seguían las dos juntas, solas, sin que ningún extraño hubiera en la casa, y una noche el nacido más reciente murió porque su madre se había acostado sobre él, según declaró la otra mujer.

Se enojó Yavé con Salomón, que había desviado su corazón del dios del pueblo elegido, a quien se le había aparecido dos veces y le había ordenado que no fuera en pos de otros dioses. Para zanjar las diferencias, porque ya no le servía con lealtad le dijo: “Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza ni las leyes que te ordené, voy a arrancarte el reino para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo durante tu vida, en memoria de David, tu padre. Lo arrancaré de mano de tu hijo. Mas no lo desposeeré del todo. Le dejaré una tribu, en atención a David, mi siervo, y porque he elegido Jerusalén”.

Para que la vida pública de la próspera comunidad, constituida por las tribus establecidas en Canaán poco antes, desembocara en tan detestable desastre ocurrió, según la escritura, lo siguiente. Aún reinaba Salomón cuando salió Jeroboam, hijo de Nebat, de Jerusalén, y se encontró a su paso en el camino al profeta Ajías de Silo. Iba este cubierto con un manto nuevo, y junto a él caminó. Ya estaban los dos solos en el campo cuando, sin mediar palabra, sin que hubiera razón aparente para que obrara de aquel modo, tomó Ajías el manto que lo cubría, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboam: “Toma para ti diez jirones, porque así dice Yavé, dios de Israel: ‘Voy a hacer jirones el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará la otra tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus […]. Porque me ha abandonado y se ha postrado ante […] [otros dioses ] […], y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es justo a mis ojos, ni mis decretos, ni mis sentencias como su padre David ’ ”. Para el momento en que hablaba Ajías la tribu de Judá, la que permanecería en la casa de David, ya había absorbido a Simeón, por lo que para obtener el total de tribus que formaban la comunidad en vez de doce habrá que sumar solo hasta once. De este modo el profeta transmitió a Jeroboam las palabras de Yavé que pronosticaban que sería el primer rey de Israel.

A la muerte de Salomón el reino efectivamente quedó dividido en dos, Israel al norte y Judá al sur, y tal como había adelantado Ajías la secesión de Israel arrastró a la mayor parte de las tribus. Esta fue la consecuencia institucional de aquel momento crítico en la historia de los hebreos, cuya consumación se fecha hacia 922. A partir de entonces reinaría Jeroboam entre las gentes que desde aquel momento serían reino de Israel -diez tribus discrepantes con la monarquía que antes se había instituido- hasta 910, por lo que propiamente a partir de ahora tendría que ser conocido como Jeroboam I de Israel. Por su parte, el legítimo Roboam, hijo y heredero de Salomón, sería contra su voluntad el origen del reino de Judá, fracción del pueblo elegido en la que se integraban solo las dos tribus restantes, bajo la hegemonía de la que da nombre al estado, sobre el que reinó también desde 922 hasta 911. Además, con Roboam se iniciaría la costumbre que durante siglos se mantuvo sobre la unción de los reyes. Todos sus sucesores en el reino de Judá fueron ungidos en el patio del templo que Salomón había mandado levantar en Jerusalén.

La crisis fue una consecuencia o, en la más prudente de las explicaciones, parte componente de hechos provocados por las desviaciones religiosas. Por esta causa en 922 la comunidad que Salomón había gobernado sufriría las disensiones que darían origen a los dos reinos. La contaminación de los principios teológicos del reino, a consecuencia de los errores diplomáticos por Salomón, habría justificado una secesión que pudo satisfacer la ambición de poder de hebreos excluidos de la sucesión al trono. Parece que el Ajías que protagoniza el encuentro con Jeroboam fue en realidad un conspirador entregado a la tarea de derrocar a Salomón, o al menos así se ha interpretado su papel en aquellos acontecimientos. Es probable que actuara como representante de cierta corriente antimonárquica, ya muy activa, a la que tantos profetas con el tiempo, por razones muy comprensibles, pertenecieron.

El alcance de la secesión, con ser crítico para los hebreos, se incrementó gracias a que alcanzó a las relaciones internacionales, como consecuencia de la actitud adoptada por Sesonq, el rey egipcio, el primero de la vigésimo segunda dinastía, quien mantuvo la responsabilidad de aquel antiguo gobierno entre aproximadamente 945 y 924. La escritura sagrada ve la iniciativa de Sesonq como un efecto de la infidelidad heredada por Roboam. Rey y Judá habrían hecho el mal a los ojos de Yavé, cuyo celo irritaron más aún que sus padres por tamaños pecados constantemente cometidos. Todas las abominaciones de las gentes que Yavé había arrojado de delante de los israelitas hicieron las gentes de Judá. Aunque lo peor no sería la abominación de Roboam y los suyos, sino aquel castigo que habrían recibido a consecuencia él y el pueblo todo.

Pero esto no explica la intromisión del rey de los egipcios. El antecedente más remoto de la crisis habría sido el apoyo de Sesonq a Jeroboam, una parte de la crisis que sin embargo aún no es posible esclarecer a satisfacción. Hay analistas que sostienen que Jeroboam, defraudada al principio su ambición, se vio obligado a huir de junto a Salomón y habría elegido para refugiarse la corte de Sesonq. Si el faraón no actuó como instigador directo de las decisiones secesionistas, sí parece que acogió de la manera más favorable a Jeroboam. De ahí derivarían unas relaciones entre Sesonq e Israel, cuando este quedó constituido, que serían preferentes. Incluso hay quienes piensan que habría sido a instigación de Jeroboam que Sesonq decidiera atacar el reino de Judá.

Pero aunque las intenciones de Sesonq para con el nuevo reino aparentaran ser amistosas, otros creen que en realidad estaba esperando una oportunidad para apoderarse de su país, muy codiciado por Egipto. Era territorio de cuyo control el gran estado africano nunca había desistido, e incluso es probable que hasta entonces no hubiera escapado del todo a su dominio. Al menos Sesonq llegó más lejos de lo que cualquier relación amistosa permite prever, y decidió actuar por cuenta propia. Abierta la crisis que terminaría con la división del reino de Salomón en dos, Sesonq, para oponer su fuerza a la potencia que con David había aparecido en la región, aprovecharía para invadir sus tierras. A pesar de su previa amistad con Jeroboam, el rey africano no habría dejado pasar la oportunidad que le ofrecía la debilidad militar del pueblo elegido una vez escindido en dos reinos. Sus decisiones, abierto el frente norte, serían el origen de la parte de la crisis que resultó realmente más peligrosa.

Aunque los elementos de juicio disponibles permiten dudar de esta teoría de las causas de la crisis, lo cierto es que todo el territorio de la antigua monarquía unitaria, y aún más, como consecuencia de la mutua debilidad a la que se habían condenado los dos reinos de los hebreos, por igual hubo de sufrir entonces la agresión de Sesonq. De aquella región lo asoló todo, y parece que precisamente fueron Edom, la entrada al sur, e Israel, el nuevo reino de Jeroboam, al norte, los que hubieron de soportar los golpes más duros que la invasión llevó a aquellas tierras.

La fecha en la que ocurrió al menos el momento de mayor empuje de la invasión no es posible precisarla de manera indiscutible. Unas fuentes resuelven refiriéndola al año quinto del rey de Judá. Como una parte de los intérpretes cree que el reinado de Roboam comienza en 931, esto daría como resultado el año 926, cálculo compartido por algunos que proceden a partir de datos diferentes. Pero otros, utilizando aquella misma referencia al quinto año de Roboam, creen que el año de la invasión corresponde a una fecha hacia 930. Mas todavía hay quienes, partidarios de las cronologías bajas, piensan que el faraón Sesonq invadió Palestina en el año 925. De este modo resultaría para la operación bélica una banda cronológica comprendida entre 930 y 925.

Ninguno de estos cálculos haría verosímil el cisma como estímulo de la iniciativa egipcia, supuesto que en general se acepta que aquel hecho decisivo habría ocurrido en torno a 922. Sería por tanto admisible, para estos hechos, pensar primero en una reiteración de campañas que se prolongarían durante más de un año, y segundo que tal vez un quinquenio más adecuado para encuadrar tales acciones fuera el comprendido entre 925 y 920. De lo contrario, y habida cuenta de que los cálculos más autorizados prefieren el anterior, sería necesario rechazar el año 922 como año del cisma, o evitar este como motivo de aquella iniciativa militar. Cualquiera de estas posibilidades, no obstante,  complicaría el análisis hasta ahora admitido, desde las causas sobre las que se ha especulado hasta los costes que para el territorio objeto de nuestro interés pudo tener, hasta un extremo que obligaría a decenas de exposiciones sustitutorias de la que estamos presentando, quizás útiles como ejercicio pero no satisfactoriamente explicativas.

Los movimientos de las tropas egipcias durante aquella campaña, o al menos en el año de mayor actividad, han sido reconstruidos en sus rasgos generales. No solo están autorizados por la escritura sagrada, sino también por la epigrafía egipcia, lo que permite componer un escenario de mayor complejidad, y que corrige bastante la idea que de seguir solo la primera fuente se obtendría.

Una gran escena grabada en el muro sur del templo de Amón en Karnak muestra al faraón como vencedor. Aunque los egipcios no consignaron por escrito los resultados de esta campaña, allí grabaron una lista fragmentaria de las ciudades conquistadas por Sesonq que atestiguan las noticias de estos acontecimientos. No hay duda de que la lista proporcionada por los muros de Karnak, que aun siendo parcial enumera ciento cincuenta ciudades sometidas en Siria y Palestina, exceden lo que realmente ocurrió. Pero los nombres de lugar esculpidos sirven para reconstruir una secuencia de movimientos verosímil.

El objetivo estratégico de aquellas acciones habría sido recuperar el control de la ruta comercial consolidada, la que seguía la costa mediterránea y cruzaba la llanura de Esdrelón hasta alcanzar las tierras fenicias. Habría subido Sesonq por la costa hasta Gaza, y desde allí llegado hasta Gezer, que se convertiría en la base de sus operaciones en Palestina. La primera incursión importante hacia el interior del país alcanzó hasta Gibeon, al este, a donde llegaron dos expediciones paralelas, una siguiendo una ruta más al norte, a través de Aljalon, y la otra pasando por Rabbah. A partir de Gibeon los invasores, de nuevo formando un único cuerpo expedicionario, fueron trazando un amplio circuito por todo el país, de sur a norte por el interior, y luego de norte a sur cerca de la costa. Las principales estaciones de su recorrido fueron Siquem, en pleno Israel; Penuel y Mahanain en la Transjordania; Beth-Shean y Shunem, de nuevo a este lado del Jordán, y sobre todo Megido, a la que llegaron pasando por Taanac y que probablemente fue, por el interior, el límite norte de aquella operación. Desde Megido emprenderían la ruta oeste de descenso, paralela a la costa, que les llevó de nuevo a Gezer. Así resultaría que Sesonq efectivamente habría invadido no solo Judá sino también Israel.

Pero ni israelitas ni judíos permanecerían impasibles ante la agresión egipcia. Es muy probable que Roboam, el rey de Judá, como más inmediatamente concernido, poco después de aquellas acciones fortificara la línea fronteriza del sur, con seguridad como prevención contra las iniciativas de los invasores meridionales. Las quince ciudades que a este propósito cita el Libro segundo de las Crónicas, que habrían sido dotadas de medios de defensa pasiva por entonces, es posible que sean la prueba explícita de las medidas que tomara el reino de Judá para prevenir la amenaza de invasión del monarca egipcio.

Mas ninguna de las iniciativas contra la invasión, ni las que hubieran podido preverse antes de las acciones que Karnak permite reconstruir, ni cualquiera de las posteriores, incluidas todas las labores de fortificación, impidió que las ciudades de primer orden de los hebreos sufrieran aquellas agresiones. La fuente arqueológica contribuye a precisar esta parte de los acontecimientos registrados por los textos. El final del nivel  correspondiente al cambio de milenio en los yacimientos de Palestina aparece con frecuencia señalado por una destrucción violenta, cuya causa principal puede ser atribuida sin dificultad a los acontecimientos de los que tratamos.

Que en las pesas de uno, dos, cuatro y ocho sheqeles, encontradas en la tierra del que fuera reino de Judá por los arqueólogos, los números aparezcan indicados en escritura hierática se tiene por signo de al menos la influencia de Egipto sobre la administración real de Judá entonces. A las invasiones directamente puede ser atribuida la destrucción en aquellas fechas de la ciudad de Dor, en la costa israelí, que correría la misma suerte que otras dos grandes ciudades del mismo reino, Megido y Beth-Shean, aunque ambas,  por máxima lejanía del invasor, creyeran ser más seguras. Por proximidad el mayor grado de devastación tal vez lo sufriera el sur de Judá, así como sus principales núcleos de población, y no hay ninguna duda de que Sesonq fue contra Jerusalén, la capital de aquel reino, e incluso se admite como hecho demostrado que llegó a conquistarla.

El rey egipcio se habría conducido, en esta ocasión cuando menos, de manera aceptablemente magnánima. Aunque gracias a la conquista de Jerusalén consiguiera imponerse a la debilitada monarquía de Judá, finalmente la habría perdonado, porque respetó la ciudad y evitó saquearla. Pero a cambio habría exigido una indemnización tan fuerte que habría sido preciso recurrir a los respectivos tesoros del templo y de la casa del rey o palacio, en una proporción que la crítica estima comprendida entre grandes cantidades y la totalidad. Tal vez sea más exacto decir que Roboam consiguió impedir que Sesonq saqueara Jerusalén entregándole, por completo o parcialmente, los mencionados tesoros. No falta quien, a pesar de todos los indicios, opina que en realidad Sesonq se apoderó de aquellos tesoros sin más contemporización, en todo o en parte, a título de botín.

Gracias a las valiosas palabras de la escritura sagrada se puede al menos obtener, si no una respuesta arbitral, una idea del alcance de aquellas deducciones al patrimonio del templo de Jerusalén. Entre los apreciados bienes de los que Sesonq se apoderó estuvieron con seguridad los famosos escudos de oro mandados hacer por Salomón con destino a su gran obra. Pasadas la ocupación y el saqueo, para sustituirlos Roboam se vio en la precisión de encargar otros de bronce, convencido de la utilidad que aquellos objetos tenían como símbolo de la monarquía. Los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada a la casa del rey; la guardia real, cuyos miembros en ocasiones eran distinguidos con la expresiva denominación de corredores de escolta del carro del rey. Cuando el rey entraba en el templo, la guardia los llevaba y después los devolvía a la sala de armas de aquel cuerpo de protección.

El botín conseguido en estas expediciones militares permitió a Sesonq y a sus sucesores proseguir el ambicioso programa de construcciones que se propusieron. Sin embargo, la impresión de fuerza y poder que dejaron tras de sí sus campañas no se correspondía con un equipamiento militar sólido. Egipto no sería capaz de hacer frente poco después a los ejércitos asirios. Asaltar una debilitada Jerusalén era una cosa, pero resistir a la poderosa Asiria otra muy distinta.


La cantidad de trabajo

Redacción

La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.

     Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.

     Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.

     Las cantidades de trabajo humano que comparaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.

     La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor emisión de calor. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada pero no para referir la unidad de renta percibida.

     El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.

     Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos  casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que tenía quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.

     Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas, para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.

     Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán. De temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores temporales episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.

     Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.

     Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto  grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.

     Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor suyo propio mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.

     En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve  de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.

     Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.

     Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos -los padres del convento de San Jerónimo- cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.

     Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.

     El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre estas, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.

     Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato de la caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediría que fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.

     Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado. Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.

     Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que estas las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.

     Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.

     Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.

     El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.

     No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año, con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos  estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.

     La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.

     Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas; que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.

     La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.

     De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte -y probablemente no la mayor- del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.


Explotaciones mínimas

G. Valparaíso

Las explotaciones mínimas, que sumaban entre las tres cuartas y las cuatro quintas partes de todas las de cada año, eran un sector consolidado de la agricultura de los cereales. Buena parte de los observadores creen que estas empresas solo ambicionaban satisfacer el autoconsumo. Como la mayoría se organizaba sobre parcelas segregadas a las unidades de explotación de mayor tamaño, en otras ocasiones parecen subsidiarias de ellas no solo en el espacio. Por el momento, hasta donde alcanza mi información, no parece que haya sido argumentada de manera convincente ninguna de las dos posibilidades, lo que obliga a mantenerse atentos a los movimientos desde cualquiera de las dos posiciones.

     Su potencia, y por tanto su alcance, lo puede expresar del modo más directo el tamaño de las parcelas que tomaban, y luego el número de parcelas que sumaran para componer cada pegujal; porque pegujal era el nombre que convenía a esta modalidad de empresa, la más modesta. La documentación de la época deja muy claro que pegujal es empresa, y es por tanto una denominación que pertenece al mismo dominio semántico que labor. Labor y pegujal fueron los dos polos del sistema de empresas para producir los cereales, y entre ambos atraían prácticamente la totalidad de las iniciativas. Puede resultar tedioso detenerse en detalles de tamaño, pero es imprescindible si se quiere tener al menos criterio relativo para valorar cualquier de las dos posiciones.

    Sobre el tamaño de las parcelas, es posible reunir testimonios coetáneos desde diferentes puntos de vista. Si aquel universo es observado a partir de las 103 descripciones de trabajadores del campo que alcanzaban a organizar aquellas empresas, registradas en 1771, el tamaño de la parcela tenía como mínimo 1 fanega de superficie y como máximo 10. Las frecuencias de los valores extremos del espectro son escasas, dos en cada caso. Basta con llegar a la segunda posición del rango, la parcela de 2 fanegas, para que se incremente notablemente la frecuencia. El grueso de las parcelas queda comprendido entre las 2 y las 4. De las 103, nada menos que 77 están comprendidas entre esos márgenes tan próximos, tres cuartas partes de los casos. La parcela más representativa en absoluto es la de 3 fanegas, 34 casos, un tercio. No obstante, la superficie de la parcela media (402.5 / 103 = 3,91 fanegas) está más cerca de 4 que de 3. De todo lo demás, comprendido entre los valores enteros 5 y 8, solo las parcelas de 6 y 7 fanegas tienen cierta significación, en torno a la vigésima parte. Los tamaños fraccionarios (2 ¼, 4 ½, 6 ¾ y 8 ½ fanegas) son singulares.

     La superficie de nueve parcelas cedidas en un cortijo a pegujales en 1756 estaba comprendido entre 2.5 y 12 fanegas. Sus valores estaban muy dispersos: 2.5, 3, 6, 6.5, 8, 9, 11 y 12. Solo el valor 8 se repetía. Algunos años después, la superficie de las parcelas cedidas para el mismo fin en el mismo cortijo tuvo como mínimo 1.92 fanegas y un máximo de 12.75. Más de la mitad, hasta un total de 81, estaba comprendida entre 2 y 4 como valores enteros (de entre 2 y 2.99, 21; de entre 3 y 3.99, 27; de entre 4 y 4.99, 33). Si se suman las comprendidas entre 5 y 6 (de entre 5 y 5.99, 16; de entre 6 y 6.99, 24), que eran 40, algo más de una cuarta parte, se llega a proporciones muy altas, casi nueve décimas partes de todas las sorteadas. Luego todas las de mayor tamaño, que fueron 17 (de entre 7 y 7.99, 5; de entre 8 y 8.99, 5; de entre 9 y 9.99, 4; de entre 10 y 10.99, 1; de entre 12 y 12.99, 2), carecían de importancia para el fenómeno. La de 1.92, o 1 fanega y 11 almudes, era por completo anómala, única.

     El tamaño de las parcelas que describen las estadísticas de los cortijos que se cedían a pegujales en todo un término oscilaba entre límites más amplios. Las había que superaban las 20 fanegas y también las había de solo 1, pero las dominantes eran parcelas de 2, 3 y 4 fanegas, aunque quizás sea más acertado decir de 3, 2 y 4, porque este era el orden de la frecuencia con que aparecen. La diferencia que había entre sus valores solo permite afirmar que 3 fanegas, con algo de distancia sobre los otros dos valores, era el tamaño de la parcela preferida para organizar el pegujal. Un segundo grupo de valores elegidos para crearlo lo marcaban las 6 fanegas, y algo por debajo las 5 y las 8. Aparte estos, solo resultaban por último significativas 1 y 12 fanegas.

     Aunque número de parcelas y número de pegujales eran cifras muy próximas, era mayor el primero que el segundo. Lo común era que un pegujal se constituyera sobre una parcela nada más. En plena segunda mitad del siglo décimo octavo, en una proporción que oscilaba entre un 90 y un 95 %, cada parcela daba origen a una empresa personal distinta, a cada parcela correspondía un explotador y solo un explotador; unas  proporciones que corroboran las declaraciones de 1771. Para casi diecinueve de cada veinte trabajadores del campo que se arriesgaban a esta forma de explotación, que eran la masa de quienes emprendían pegujales, bastaba con una parcela para acometer la empresa.

     Pero había personas que tomaban más de una parcela para crear su pegujal. Apenas la décima parte de quienes los emprendían en 1741 se atrevían con más de una, mientras que en años posteriores a 1750 solo para un vigésima parte de las parcelas que se cultivaban el teniente se repetía. Uno de ellos acumulaba tres parcelas; los demás, dos. En 1771 se constituían sobre más de una parcela una proporción algo por encima de la vigésima parte. Para estos casos, las situaciones más documentadas eran dos. Bien había quien tomaba dos parcelas o bien había quien se hacía cargo de tres. Los que tomaban dos eran entre el doble y las dos terceras partes de los que tomaban tres. Muy raramente había quien tomaba cuatro.

     Cuando se trataba de tierras de ruedo las proporciones se desviaban algo del comportamiento común. De los 100 agraciados con las suertes del cortijo a pegujales entre 1767 y 1772, 28 accedieron a más de una parcela, lo que supone una cuarta parte. Sus ventajas quedaron comprendidas entre 2 y 4 parcelas. Tuvieron dos, 21, tres, 3 y cuatro, 4.

     Por tanto, en modo alguno serían significativas las explotaciones sobre más de dos parcelas. No sería característico de este tipo de empresa constituirse sobre más de una, sí excepcional mantenerse sobre dos, y en modo alguno propio del modo simultanear tres o más. Aunque no fuera preciso, y sea preferible evitar que una idea se confunda con la otra, también parece legítimo que en la época se hablara de pegujal para expresar indiferentemente parcela y empresa.

     Consideremos un rendimiento tipo de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, que en más de una ocasión hemos aceptado como representativo de los que se obtenían en pleno siglo décimo octavo. Si tomamos como pauta el pegujal organizado sobre una parcela, que abarca la práctica totalidad del fenómeno, y tomamos como límites representativos del universo de los tamaños los valores 1 y 12, las cosechas obtenidas por los pegujales quedarían comprendidas entre las 10 y las 120 unidades de capacidad. Las más frecuentes serían las cosechas de 20, 30 y 40.

     En esta misma página se han analizado niveles de consumo de hacia 1750, y se ha aceptado como representativo un consumo por persona y día de 1.6 libras de trigo, un valor equivalente a 0.0133 de aquellas unidades de capacidad. Si una persona come al día 0.0133, al cabo de un año consumirá 4.8545 fanegas. Luego el consumo de una familia de dos personas sería 9.7090 y el de una con cuatro, 19.4180. Estos cálculos se pueden mejorar y matizar por edades. Pero para los fines que nos proponemos son una pauta suficiente.

     No se puede concluir con una respuesta simple a si las explotaciones mínimas estaban destinadas al autoconsumo o se podían proponer otros fines. No es necesario prolongar los cálculos para reconocer que casi todas aquellas explotaciones podrían aspirar a cubrir las necesidades de grano de una familia durante un año. Sería un objetivo inmediato especialmente entre quienes acometían pegujales sin ser trabajadores del campo. Para ellos sería una actividad suplementaria que podría garantizar al menos una parte de la defensa que necesitaran frente al desabastecimiento y las carestías.

     Pero estos eran solo una cuarta parte de los promotores de esta clase de empresas. Los otros tres cuartos, que eran los trabajadores del campo, podrían aspirar a otros objetivos. Entre ellos, las partidas se jugarían en el espectro comprendido entre las 20 y las 40 fanegas de producto. Con 40 se podría disponer de un excedente bruto de la mitad del producto, que incluso permitiría aventurarse en ocupar algunas de las posiciones más modestas del mercado del cereal. Con 20 también se podrían cubrir las necesidades de una familia tipo. Pero de ninguna manera se podría hacer frente a los costos de la empresa mínima, entre los cuales los había tan irrenunciables como el pago de la cesión de la parcela, la inversión en simiente, la alimentación del ganado propio y el diezmo. Para obtener un producto de 20 fanegas no tendría sentido invertir en un pegujal.

     Como para organizarlo el recurso previo común era una cabaña de labor propia, empleando este recurso los poseedores de pegujales podían desempeñar un papel subsidiario que les permitiera hacer frente a un tiempo a los costos y a las necesidades del consumo familiar. El suministro de servicios, y en particular el de porciones de la energía que cada año necesitaba la agricultura de los cereales, podía ser una oportunidad que los hiciera razonables. Aun así, los más incautos, que eran la mayoría, solo sembraban en sus pegujales trigo, mientras que otros, los más calculadores, preferían emplearlos en obtener alimento para el ganado de labor, bien cebada bien legumbres.


El tiempo de un año

Redacción

El administrador las primeras lluvias que registró en su diario fueron las del 9 de octubre. En la madrugada había llovido regular. Pero el agua que había caído no le pareció bastante para remediar la necesidad que en aquel momento, a su juicio, tenían los campos, máxime cuando tampoco la lluvia había sido general. No obstante, al día siguiente dio orden para que salieran los mulos con cinco gañanes para el primer cortijo de la casa, centro de su labor, y empezaran la arada. Desde allí irían a la mañana siguiente a sembrar el vicio en otra de las explotaciones que sostenía, por si Dios quisiera enviar temprano el agua.

     El 11 de octubre los trabajadores a su servicio efectivamente sembraron cebada para vicio con la tierra seca, por si Dios quería enviar las lluvias. Esperaba que pudiera nacer pronto y tuviera el despunte temprano, como lo necesitaban todas las ganaderías. Pero el 14 la tierra seguía seca, sin haberse otoñado como necesitaba, porque no había llovido lo bastante para que pudiera declararse la otoñada, lo que tampoco impidió que al día siguiente, 15, sábado, se empezara a sembrar el grano en el cortijo, para no dejarlo de la mano hasta acabar, si el tiempo no lo impedía. El grano se tapa bien -añadió- porque todo tiene, cuando menos, un hierro de cohecho, dado con las tierras flojas, tal como se pusieron con las tormentas de agosto y septiembre, o como lo han estado este año generalmente. Pero, aun así, se lamentaba. Corremos la suerte de todos los años malos o de temporales contrarios, como están viniendo desgraciadamente. Pero no podemos suspender la siembra del grano, ya que ha llegado el tiempo natural para los trabajos, toda vez que hay necesidad de contar con días determinados para hacerlos, por la gente, los ganados, que también están malos, y los temporales que puedan venir, siempre extremosos, según venimos experimentándolos hace años. Dios sobre todas nuestras cosas, y su santísima madre y nuestra señora nos guíe por sus caminos, para que seamos buenos labradores y mejores cristianos. Aquel día, todavía convino con el aperador que sería mejor sembrar primero la cebada y la escaña, para seguir luego con el trigo en los baldíos de uno de los cortijos que explotaba la labor de la casa y en las tierras endebles de la hoja elegida para aquella campaña, dejando las de cuerpo para sembrarlas las últimas, por si mientras tanto lloviera.

     El 17 siguieron sembrando en las tierras barbechadas que estaban completamente secas, con el tiempo caloroso, como de verano, y el 20 estuvieron desarando la tierra que habían sembrado el día anterior. El administrador quiso especificar que la tierra seca no permitía que con el primer hierro se tapara bien el trigo, a pesar de los cohechos y de haber estado la tez tierna durante la sementera. Así que para romperla a una profundidad que permitiera que se tapara bien el trigo era necesario desarar un día lo que se araba el anterior.

     El 21 uno de los empleados de la casa fue con una yunta de mulos desde el cortijo hasta la población, donde la administración tenía su despacho, el centro donde se tomaban las decisiones, para al día siguiente ir a la hacienda que el amo también explotaba, al otro lado del término. Pretendía arar allí la huerta y melgar los olivares trocados, si la tierra lo permitía. Mientras tanto, los demás estuvieron sembrando en el cortijo, con la tierra seca, y entre el 22 y el 24 continuaron el mismo trabajo bajo las mismas condiciones, lo que hizo que el administrador otra vez se lamentara, ahora en términos aún más dramáticos. Dios no quiere enviarnos la lluvia, y esto es ya una ruina para los campos.

     El 26 consignó que la seca tan tenaz nos pierde enteramente, mientras los hombres bajo sus órdenes seguían sembrando con la tierra averanada. Al día siguiente, 27, seguían sembrando en las mismas condiciones. El tiempo se mantenía seco y caluroso de día, causando la ruina de los campos, ganados, etcétera, aunque va sintiéndose el frío de noche.

     El 28, mientras seguían sembrando con la tierra seca y soportando grandes solaneras, reconoció que se había abierto un segundo frente de complicaciones, las consecuencias que la falta de lluvias estaba teniendo para el ganado. En el vacuno que pastaba en un par de dehesas ajenas a la casa se había detectado mal de pezuña. Al día siguiente, el conocedor comunicó que en la dehesa de la casa habían nacido durante la semana dos becerros, uno macho y otro hembra, los primeros de la temporada, endeblitos, como sus madres, porque el tiempo no podía serles más contrario. Le pareció dudoso que los recién nacidos vivieran. Llevamos dos años de pésimas otoñadas y de peores primaveras para las ganaderías, añadió el administrador.

     El 2 de noviembre los mulos de la casa llevaron a la dehesa diez sacas de tornas buenas, aprovechando la abundancia que de ellas hacían los bueyes en la sementera. El propósito del trasiego, que era atender a los muchos animales necesitados que allí había, aunque por supuesto no se había terminado la paja del acopio, se hacía en vista de la calamidad terrible que sufrimos en los campos con la sequía sin término que Dios nuestro señor nos ha enviado, sin duda para castigar nuestra soberbia e incredulidad contagiosas. Los ganados todos amenazan una ruina completa por su endeblez, que la traen desde el mal otoño pasado, y el mal de pezuña se padece en todo el término, a la peor ocasión que podía presentarse con la falta de comida, etc., etc. Dios nuestro señor venga en todo, rogó. Y ordenó que por el momento siguieran los mulos llevando tornas diariamente a razón de diez sacas.

     Durante los días 3 y 4 de noviembre siguieron sembrando trigo con la tierra seca, y el 5, aun con la tierra seca, los paleros empezaron a alumbrar las zanjas para desagüe en las tierras sembradas en el cortijo. El 6 el conocedor llevó la temida mala noticia. Se había presentado el mal de pezuña en dos vacas de la dehesa propia. Es cuanto le hacía falta a los ganados palmareños en un año de tan malísima otoñada, sin tener comida verde ninguna en las dehesas, hallándose amenazados de muerte por el hambre hace días.

     Nada de esto impidió que el 7 acabaran de sembrar trigo en seco en una haza, lo que al administrador le permitió hacer un primer balance de la faena. Todo lo que se ha sembrado hasta ahora ha sido con la tierra seca y en fuerza de no poderse dejar de hacer los trabajos del campo cuando llega su día, pero a la mayor ventura y con perjuicio grande del simiente que va quedando en la tierra, sin saberse cuándo podrá nacer, ni el que dejarán los bichos para que nazca. Dios sobre todo. En el cortijo central de la casa hemos tenido el bien, en medio de tanto mal, que la tierra ha podido ararse regular para tapar la simiente, lo cual no han podido hacerlo en otros terrenos duros y averanados.

     El 8 estuvieron desarando la última haza que se había sembrado, y con aquella operación dieron por concluida la siembra del trigo por el momento, hasta que la tierra pudiera ararse en uno de los cuartos y en otra haza, que no se habían podido sembrar por lo dura que estaba la tierra.

     Al día siguiente empezaron a barbechar, con la tierra seca, aunque no tanto que no pudiera trabajarse, y el 10 siguieron barbechando en las mismas condiciones. La lluvia había amenazado, como el día anterior, pero no acabó de llover según necesitaba el campo desde hacía días. El 11 siguieron barbechando, asimismo con la tierra seca, porque lo que ha llovido no es para remediar tan grande necesidad, a pesar de lo cual los paleros seguían alumbrando desagües, y el 12 siguieron arando de barbecho con la tierra seca como antes, desgraciadamente.

     Pero el 13 amaneció lloviendo, lo que reanimó las esperanzas perdidas, porque para entonces la seca ya se creía calamitosa. Sin embargo, en poco tiempo se retrajeron las nubes, lo que dejó la misma impresión de necesidad.

     El 14 siguieron barbechando con la tierra seca, como antes, y el 15, que amaneció nublado, por fin al mediodía las nubes empezaron a descargar. Siguió lloviendo durante toda la tarde y las primeras horas de la noche. Pareció que la necesidad de los campos al menos quedaría socorrida con el favor de Dios y con la cantidad de lluvia que se había recogido durante la jornada. Era las primeras precipitaciones formales de aquel otoño. La tierra había calado regular, aunque los arados llegaban a lo seco. Le pareció bastante para sembrar las habas, por no esperar otra sazón que no sabemos si vendrá a tiempo.

     Aquel mismo día el conocedor mandó la noticia de que la piara de vacas de la dehesa de la casa se hallaba en muy mal estado, con el mal de pezuña en toda su fuerza, y la falta de comida en el campo y la endeblez de los animales, que no querían la paja que se les echaba. El práctico del ganado que trabajaba para la casa, que hacía las veces de veterinario, le había dicho que no había remedio posible para los animales cerreros, y que la lluvia había venido a empeorar el estado de los que en aquel momento padecían la mala enfermedad. Dios ponga su mano sobre tantos males, invocó una vez más el administrador.

     El 17 noviembre llegaron al cortijo cuatro yuntas de mulos para sembrar los picos de terreno donde no podía entrar el apero de los bueyes sin perder tiempo. Querían aprovechar la lluvia caída un par de días antes y acabar la sementera. A mediodía empezó a llover de nuevo, con señales de temporal fuerte, pero prevaleció la conciencia de la situación contradictoria que se estaba viviendo. Dios ponga su mano en los ganados todos, que están amenazando una ruina espantosa, si el temporal se arraiga, como las señales lo indican.

     Al día siguiente el tiempo se portó de manera apropiada, como de otoño, lloviendo y haciendo sol a ratos, pero sin impedir las faenas del campo, gracias a Dios. Pero el 19, según el conocedor, en la dehesa el mal de pezuña amenazaba con un desastre. Se había ensañado en toda la piara de un modo lamentable, y sin remedio posible para evitarlo. La lluvia, el frío y el cambio de la estación que todos deseábamos ha venido para estas vacas en lo peor del mal, cuando la calentura la tienen en su fuerte, y sin poder comer nada, con la boca y hasta el pulmón hecho una llaga viva. Dios venga en todo.

     El 20 el tiempo seguía lluvioso, pero sin entorpecer el trabajo ni en la tierra campa ni en los olivares, gracias a lo cual el 23 quedó concluida la siembra del trigo con la tierra en buena sazón. El tiempo había mejorado notablemente, gracias a Dios. El trigo sembrado durante la seca va naciendo con buenas disposiciones, y el tiempo sigue lluvioso y caliente, como de una buena otoñada, aunque tardía.

     El 25 de nuevo amaneció lloviendo, después de una noche de temporal fuerte. Como en aquellas condiciones no podían seguir arando, se volvieron del cortijo los gañanes, así como los mulos encargados de rematar la siembra. Mas el 28 hizo un día hermoso de sol, aunque sin retirarse las nubes. Los bueyes de la labor estuvieron paciendo en el monte del cortijo, ahora que el camino está bueno, para que no se cansen atascados, como sucede en los temporales de agua.

     El 29 fue un día de primavera de lo más completo. Sin embargo, se perdió para la siembra de lo poco que faltaba, con disgusto del administrador, porque los jornaleros estaban holgando desde el 26, cuando se liquidó la última dómeda. Pero el 30 de nuevo salieron las cuatro yuntas de mulos para el cortijo con sus gañanes a sembrar los últimos restos de habas gordas y menudas y de cebada, aprovechando la buena sazón que ha venido en estos días.

     El 2 de diciembre el administrador decidió enviar dos jornaleros para contribuir al cuidado del equino y el vacuno enfermos, antes que se vengan los temporales del invierno y tengamos en estos ganados mayores perjuicios. No erró. Las lluvias no volvieron a aparecer hasta el 11 de diciembre. Durante la madrugada llovió bastante, con temporal fuerte, lo que caló bien la tierra. Todavía la necesitaba para que crecieran la hierba, las sementeras y los árboles. La tierra se mantuvo buena para ararla, a pesar de lo que ha llovido anoche.

     El 15 quedó detenida la arada de los barbechos que se estaban haciendo a causa de las lluvias, y el 16 seguían holgando los jornaleros del cortijo por esta misma razón. Esta fase de lluvias se prolongaría algunos días más. El 23 y el 24 el tiempo todavía seguía lluvioso, aunque con temporal templado, pero sin poderse arar con sazón, bastante contrario para que pudieran caminar los bueyes; y desde el mediodía del 24, y hasta la primera hora de la noche, llovió con temporal fuerte y tormentas acompañadas de fuertes vendavales, que amenazaban un largo temporal, el primero del año. Creía el administrador que a los campos le no vendría mal porque la tierra estaba sana. Pero los ganados sufrirán muchos perjuicios en el mal estado que se hallan. Dios sobre todo. Desde la hacienda, a donde habían ido para comenzar la arada de los olivares, volvieron a la población los mulos, ganando solo el mediodía de camino, porque las lluvias no le habían permitido arar nada aquel día. Había razones para tanta precisión. Los que araban con los mulos en los olivares se acogían a un procedimiento de remuneración a seco, es decir, sin comida, un acuerdo que incluía como recompensa, al menos en esta casa, el pago del día de huelga por lluvias.

     El 25 amaneció bueno, aunque con nubes, a pesar del fuerte temporal que había hecho la noche anterior, y el 26 holgaron también los mulos porque el tiempo seguía lluvioso. Durante la tarde y la noche del 27 volvió a llover con temporal deshecho, y se volvieron o tuvieron que volverse a la población los gañanes sacados aquel día. El 28 temprano, a causa de las copiosas lluvias que habían caído la noche anterior, se volvieron del cortijo los jornaleros sacados el día anterior. La tierra quedaba entorpecida para unos días.

     El 29 estuvo claro y bueno, aunque frío, lo que permitió que se oreara el campo y la tierra. Por esta razón, porque estaba la tierra buena para ararla, se acordó sacar al día siguiente otra vez a los jornaleros. El 31, aprovechando que estaban la tierra y el tiempo buenos, salió el arriero de los mulos con cuatro gañanes a continuar las aradas en la hacienda.

     El 1 de enero el administrador anotó que desde el día anterior estaba lloviendo sin parar, aunque templadamente, por lo que se habían tenido que suspender las aradas. Se han reunido a holgar los gañanes del cortijo por causa de las lluvias. Mañana se hará huelga. También los jornaleros estuvieron holgando, y a mediodía, a causa de las lluvias llegaron a la población los mulos que estaban arando en la hacienda.

     El 3 el tiempo seguía entorpecido con las lluvias, y todos los trabajadores estaban en la población. Creía probable que los gañanes no volvieran a salir hasta que pasara la Pascua de Reyes. De todos modos, el 4 de enero no se hubiera podido arar porque la tierra estaba mojada, y el 6 de enero, el día de la Pascua de Reyes, aún siguieron holgando los gañanes del cortijo a causa de las lluvias. Aunque la tierra se podía arar bien, esta vez los habían detenido en la población las elecciones; a propósito de las cuales la casa no se ha entendido con ellos para nada, se apresuró a anotar el administrador el día 3. Pero los trabajos debieron reanudarse alguno de los días inmediatos, ya que el 9 no se siguió sembrando los yeros porque el día había estado lluvioso.

     A partir de aquel momento, cuando los trabajos de la siembra ya estaban casi terminados, la preocupación del administrador por el tiempo comenzó a relajarse. Hasta el 20 enero no volvió a hacer alguna anotación sobre el asunto, y solo para decir que el día estaba crudo y frío y con nubes, y que el 21 los rastros no trabajaron a causa de las nubes y de los chamuscos que habían caído el día anterior por la tarde y durante la noche precedente.

     En realidad, a partir del 27 sus anotaciones volvieron a concentrarse en las lluvias. Pero su actitud estaba cambiando de signo. En la noche de aquel día se habían formalizado, aunque cayendo templadamente, como el campo las necesitaba, pero en cantidad suficiente para impedir que se siguiera arando y haciendo trabajos de tierra por el momento. El 28 continuó lloviendo, aunque templadamente. Primero se volvieron a la población los jornaleros del cortijo porque no se podía seguir arando, y en la tarde dos carretas de la casa que habían ido a la capital el día 24. De sus bueyes dijo que llevaban un día malísimo con las lluvias y el barro del camino.

     El 29 aún se hizo huelga por las lluvias, y los mulos llevaron desde el cortijo a la dehesa once sacas de paja tornas para las malucadas. Era inevitable el viaje porque con el temporal que se había presentado no tenían paja ninguna en la dehesa. Como estaba lloviendo, iban dos hombres con el arriero por temor de los caminos, y a pesar de ir tres con las once sacas, se habían dejado una en el trayecto porque, según el arriero, no pudieron cargarla entre los tres porque iban cortados de frío y calados con las lluvias. Parece que el mulo se cayó en un mal paso, sin poder evitar la pérdida. Además, la dómeda fue interrumpida antes del día de la Candelaria, tal como era costumbre, a causa de las lluvias.

     Ahora el balance de aquellos temporales no era desalentador. El 30 fue el administrador al cortijo a revisar la sementera y este fue su diagnóstico. Aunque chiquita toda ella, no puede estar más sana ni mejor dispuesta. Le ha venido esta lluvia perfectamente bien. Dios le eche su santa bendición y será una cosecha notable, según podemos calcular hasta el día presente.

     El 1 de febrero los gañanes del cortijo continuaron holgando a causa de las lluvias, y el 3 seguían en la población porque no dejaba de llover diariamente y la tierra tenía mucha agua, lo que impedía las aradas tanto en la labor como en los olivares. El 4 amaneció lloviendo. La gente siguió toda en la población por causa de las lluvias. Si no son fuertes, como no cesan, mantienen las tierras mojadas para no poder trabajarlas. Las mulas, aunque tenían preparado desde el día anterior un viaje de habas para seguir moliéndolas, habían llevado cuatro viajes de estiércol desde la casa de campo al otro olivar de la casa, que compartía sus tierras con las viñas. Lo habían descargado en la era y los padrones porque se atollaba el terreno del olivar arado.

     El día 5 había estado regular, aunque sin retirarse del todo las nubes, por lo que el 7 se pensó sacar la gente, que estaba parada desde el 28 de enero, para seguir arando en el cortijo. Pero estaba lloviendo desde el amanecer. Quedaban otra vez los trabajos de tierra entorpecidos por unos días, y los jornaleros en la población pasando necesidades que no tienen número. Por estar lloviendo, otra vez los mulos habían dejado enjardado en el granero el viaje de habas para molerlas.

     El 9 dejó constancia de que tanto el día anterior como este habían llevado los bueyes del cortijo al monte, reacción a la necesidad de tenerlos parados hace días con el motivo de las lluvias. Aunque los bueyes tengan poco que comer en el monte, les basta con aquel desahogo y la huella seca para ganar mucho y economizar la paja.

     El 10 volvió a llover desde el amanecer, aunque poco, pero entorpeciendo la tierra para no poder ararla por el momento. Los jornaleros del cortijo, dispuestos para salir aquel día, otra vez se quedaron en la población pasando necesidades. El día 7 sucedió lo mismo que hoy, la salida de estos entorpecida por las lluvias, anotó retrospectivamente a modo de reflexión. Volvieron los mulos a dejar enjardado el viaje de habas a la espera del buen tiempo.

     El 11 salieron los gañanes para el cortijo, a instancias del aperador, su responsable directo. Había previsto emplearlos en recortar estiércol. Pero desde el mediodía llovió más que durante los días anteriores, causando a la labor el extravío consiguiente. De nada sirve recortar estiércol para empezar a llover desde luego, objetó en su diario el administrador. Como las lluvias sigan, no podremos moler más habas mientras no abone.

     El 12 hizo un día de lluvias fuertes desde el amanecer. Dejó el campo lleno de agua y entorpecidos todos los trabajos por unos días. Los jornaleros sacados el día anterior, con tan mal acierto, en opinión del administrador, estuvieron recortando estiércol, según el aperador, a pesar de tanto llover. Los bueyes continuaron subiendo de día al monte, y la presa del cortijo aquel día acabó de llenarse de agua, por primera vez desde la limpieza que se le había hecho a fines del verano precedente, por San Miguel. Los mulos, que tenían previsto hacer cuatro viajes de estiércol, solo habían llevado tres a la estacada del olivar por las lluvias. Si el temporal de lluvias que hoy tenemos presente continúa, sufriremos grandes pérdidas en todas las ganaderías, que se están sosteniendo milagrosamente, extenuadas de flacas.

     El 13 hizo otro día regular, lo que no se esperaba, sin llover nada, y con tiempo suave y apacible. Para el campo el tiempo resultó buenísimo, aunque los trabajos se entorpecieran y las ganaderías sufrieran mucho por su endeblez y la falta de alimento anticipado. En el cortijo seguían recortando estiércol los jornaleros, más bien por socorrerlos en la presente calamidad que por la necesidad de hacer este trabajo. Pronosticaba el administrador que probablemente el recortado se acabaría antes de que la tierra se pusiera buena para poder ararla, y habría que despedir a los jornaleros si no se habilitaban ocupaciones que, como esta, cedan en provecho de los pobres, y en bien del amo para con Dios, que le agradecerá la buena obra.

     El 15 no llovió nada, aunque las nubes no se habían retirado, lo que fue facilitando los trabajos del campo. Pero el 16 volvió a llover con aguaceros fuertes, aunque salió el sol a ratos. La lluvia una vez más había entorpecido los trabajos de la tierra y había aumentado la angustia de los jornaleros y escardadores del cortijo. Habían tenido que volverse a la población y harían huelga al día siguiente, seis días inútiles de dómeda de trabajo desde el día 11.

     Tal como estaba previsto, el 17 estuvieron holgando los jornaleros, pero sin liquidar cuentas, porque no corría prisa, visto el estado del tiempo. El 19 amaneció lloviendo. De nuevo se detuvo la salida de los gañanes y los escardadores al cortijo, que estaba dispuesta para aquel día. Se prolongó así la necesidad de los pobres y el atraso de los trabajos de la labor. Los bueyes siguieron yendo de día al monte, y otra vez quedó enjardado el viaje de habas que iban a llevar los mulos al molino, hasta el día siguiente, por si no llovía. El 20 estuvo regular, de sol claro, y tampoco pudieron salir los gañanes ni los escardadores del cortijo como consecuencia de las lluvias caídas el día anterior. Se decidió que salieran al día siguiente, incluso si el tiempo seguía lo mismo. Sin embargo, el 21 salieron los gañanes y los escardadores con el día bueno, aunque la tierra húmeda. Los primeros empezaron a arar de tercer hierro, y los escardadores a hacer su trabajo en uno de los cuartillos. Dios conserve el tiempo bonancible por buenos días, como lo necesita el campo, rogó el administrador, que aquel día de nuevo estuvo revisando la sementera, la reserva de agua de la labor y el ganado. Encontré los trigos buenos todos, y la cebada, buenísima, gracias a Dios. La presa está completamente llena de agua clara y hermosa, en cantidad enorme, que parece más bien que presa un lago. Los ganados están regulares, aunque necesitan hierba o verde.

     Cuando ya todo parecía orientarse en la mejor dirección, el 23 volvieron las nubes y las señales de lluvias otra vez a visitarnos, causándonos el disgusto consiguiente. Dios nos libre de tanto perjuicio y trastornos como nos cercan en todos conceptos. Pareció inevitable que el 24 amaneciera lloviendo y se volvieran del cortijo los mulos, así como los gañanes de los bueyes. No podían seguir arando. También se suspendió el trabajo de la escarda por el momento. El administrador, por la tarde, fue al cortijo para evaluar parte de la sementera y el estado de la tierra, por si puede la gente salir pronto, y no hay que liquidar cuentas. Si al día siguiente hiciera bueno, volverían a sacarse los gañanes y las escardadoras, sin hacer huelga para tan pocos días de dómeda. Pero si llovía, habría que pagarles. Los mulos estaban parados por las lluvias, y los bueyes no habían podido ir al monte porque estaba el camino intransitable con los atolladeros. Una piara de ovejas fue llevada el día anterior a las tierras de la labor con la esperanza de comerse la hierba de los barbechos que se estaban arando. Aquel día andaban en los bancales de las laderas de las tierras del cortijo. Su pastor realmente había ido a buscar en las tierras de la labor comida para los borregos. No se sabe qué hacer con las lluvias. Todo será inútil si sigue lloviendo.

     El 25 volvió a llover con temporal deshecho. Se disiparon las nubes a ratos, después de dejar la tierra anegada. Pero los campos seguían buenos con el tiempo húmedo y caliente que les hacía, aunque fastidiara los trabajos. El administrador pagó a los trabajadores del cortijo las peonadas que habían hecho esta dómeda, cortada por las lluvias como la anterior.

      El 27 otra vez llovió mucho, particularmente en los olivares. Reconocía el administrador que por esta causa continúa la angustia de los trabajadores, aunque para el campo venga bien todavía, gracias a Dios, un desliz consecuencia de un descuido sintáctico. Porque no es posible creer que el administrador de la casa pensara que la angustia de los trabajadores le viniera bien al campo gracias a Dios. Y el 28 volvió a llover y continuaron parados los jornaleros, que saldrían al día siguiente si se presentara despejado de nubes, porque en las tierras de la labor había llovido menos que en los olivares y se había oreado la tierra desde media mañana en adelante.

     El 1 de marzo amaneció con el día de sol claro y bueno, gracias a Dios, y salieron los gañanes para el cortijo y las escardadoras. Todo se hizo con el principal objeto de remediar la necesidad de los braceros, que ya es calamitosa, además del atraso que llevaban los trabajos en un mes que estaba lloviendo, sin hacerse nada bueno en el campo. Pero el 2 el tiempo volvió a removerse como para llover de nuevo, que es cuanto nos hace falta para los trabajos y trabajadores, glosó, otra vez descuidadamente, el administrador. En la madrugada del 3 efectivamente llovió, aumentándose la calamidad de los braceros, que ya se hace insoportable. El campo gracias a Dios se sostiene sano y bueno, lo mismo en la labor que en los olivares. Temprano se volvieron a la población los mulos, por no poder arar en el cortijo. Pero se habían quedado allí los gañanes, con los de los bueyes, escardando en los altos de las laderas donde la tierra estaba regular. Aún padecían las ganaderías por la endeblez que traían de antiguo.

     El 4 de marzo el administrador estuvo otra vez en el cortijo viendo la sementera, que al parecer no estaba lastimada todavía por las lluvias, a pesar de haber sido continuas y de haber bastante agua acumulada sobre la tierra en los llanos y en los bajos gredosos, y el 5 otra vez se volvieron los jornaleros y escardadoras del cortijo a causa de las lluvias. El administrador decidió que se haría huelga pagándoles mañana domingo, y el 7 pagó a los jornaleros del cortijo las peonadas que habían hecho en aquella dómeda, una vez más cortada por las lluvias. Habían barbechado y escardado sin que dejara de llover.

     El 8 de marzo salieron a trabajar las escardadoras con el día regular, por la prisa que corría la escarda, pero los jornaleros gañanes no salieron todavía, hasta que se asegurara más el tiempo. El 9 amaneció lloviendo, con gran disgusto de todos, porque a los perjuicios que debía causar en los campos el agua excesiva le seguían los insufribles de los trabajos malísimos que se hacían. Siendo precisos, como la escarda y las aradas, dejaban de hacerse, y la calamidad de los pobres trabajadores y sus agregados ya es insoportable. Dios Nuestro Señor tenga misericordia de nosotros. Dispuesto todo para sacar los jornaleros del cortijo y las escardadoras, fue necesario desistir otra vez, dejándolos en la población. Mas, aunque el día estuvo de lluvias, como era día de hato no se pudo dejar de salir con los caballos, que fueron acompañados con los zagales de yeguas.

     El 11 de marzo volvieron a salir jornaleros para escardar trigo con el tiempo regular, hasta ver si se oreaba más la tierra para poder ararla, aunque había señales de volver a llover pronto. Sin embargo, el 14 continuaba el tiempo bueno y la tierra regular, aunque todavía con bastante humedad. Parecía que por fin terminaba el ciclo del invierno, y así debía pensarlo el administrador, quien el 16 estuvo en los cortijos de la labor dando una vuelta a la sementera ya con el tiempo sereno, gracias a Dios.

     El 21 siguió el tiempo bueno, con el sol claro, aunque corrió un viento solano fuerte, que arrebataría pronto la tez de la tierra, endureciéndola, si continuara algunos días más. Las flores de los habales y frutales sufrirían perjuicio con este viento. A pesar de lo cual valía más el viento que las lluvias para el campo y los trabajos pendientes. Dios sobre todo.

     El 22, tal como había previsto, la tierra se iba poniendo áspera con el viento solano, que corría hacía dos o tres días, y la hierba, escasa todavía, sufría también perjuicio. Aquel tiempo aconsejaría que el 25 se dispusiera el herradero de los becerros para el día siguiente, sábado, antes de que vinieran más las calores y perjudicaran a los animales con las heridas que causaba el hierro.

     El paréntesis de estabilidad al comienzo de la primavera modificó otra vez el valor que se le daba a las lluvias. El 8 de abril amaneció lloviendo gracias a Dios. La lluvia fue escasa, aunque siguió nublado. Si viene en abundancia remediará la gran necesidad de los campos para las hierbas y semillas, y a buenísimo tiempo para todo. Los bueyes en el cortijo estaban comiendo paja y grano por la escasez absoluta de hierba, y en las dehesas aún estaban pasando hambre los ganados, poco menos que en el invierno. Hasta la población no había podido llevarse hierba buena para los caballos. La que gastaban las bestias de la casa de campo era basta y endeble. Además, las escardadoras y los escardadores habían perdido la peonada porque llovía a la hora de su salida.

     El 9 quedó constancia de que la lluvia del día anterior no había sido cosa para mojar la tierra, que continuaba la necesidad de jugos para los campos, y solo algunos días después, el 13, el administrador ya invocó el temporal de seca, que arreciaba más cada día, y sostuvo que la escasez de comida para las ganaderías grandes se iba haciendo imponente, tanto más temible cuanto que recaía sobre la gran miseria que habían sufrido los animales en todo el otoño e invierno precedentes. Dios solamente podrá sacarnos de tanto apuro y necesidad.

     El 14 de abril el tiempo seguía seco y ruinoso para la hierba y los ganados, que se arruinarán si Dios no los remedia. En este año de gracia no salimos de una para entrar en otra calamidad, todas temibles, sentenció, y el 16 el tiempo seguía seco y contrario para la hierba. En la tarde del 17, día de huelga, el administrador volvió al cortijo para una de sus inspecciones. Estuvo viendo el campo y los potros, los ruchos, los bueyes y las burras, que estaban todos a hierba. Habían perdido mucho con las solaneras tan perjudiciales que estaban corriendo.

     El 19 el tiempo seguía seco y aún corrían vientos solanos sumamente dañinos para los campos. Se iba secando todo en agraz y enflaqueciendo los ganados, cuando deberían reponerse para todo el año. Dios nos remedie tantas necesidades y males como sobrevienen en esta época de ruinas. Pero a las siete y media de la mañana del 20 empezó a llover templadamente, cuando menos se esperaba, aunque lo deseábamos todos, como el ciego la vista. Dios nuestro señor quiera enviarla en cantidad bastante para remediar los campos tan necesitados. Estuvo lloviendo hasta mediodía, y por la tarde estuvo nublado. Antes de empezar a llover habían salido para el cortijo los jornaleros destinados a escardar las hierbas, los garbanzos y algunos restos de trigo; para ayudar a los ganaderos en la feria y suplir a los que fueran; y para arar en los barbechos cuando lloviera, lo cual había sucedido, sin esperarlo la noche precedente, antes de reunirse los jornaleros en el cortijo. Se habían ocupado, el primer día de dómeda, en recortar el estiércol que faltaba. Probablemente tendrían que volverse los mulos a la población y salir las piaras de los manchones de hierba donde en aquel momento se hallaban, para no enterrarla cuando tanta falta hacía. Veremos lo que dispone el tiempo.

     El 25 hicieron calor y viento solano, tan fuertes y tan dañinos para el campo, en lugar de la lluvia deseada, y el 26 continuaba el solano y los calores fuertes dañando el campo extraordinariamente. El 27 de nuevo hizo mucho calor, contratiempo de seca tan grande que sufrimos, aunque el 28 la sementera, a pesar del temporal de seca tan contrario que había corrido, no tenía daño. Seguían los trigos en su mayor parte buenos, aunque por momentos necesitaban las lluvias.

     Por la tarde del 29 de abril ha querido Dios que llueva con tormentas. Se remedió en parte la gran necesidad de los campos aunque se ignoraba todavía los puntos del término donde había descargado. Dios quiera que la lluvia sea general y en cantidad bastante para sacarnos de apuros con trigos y hierbas, aunque tan mal lo merezcamos. Pero el balance del tiempo durante el mes de abril, que el administrador hizo casi un mes después, no era positivo. El haber faltado los buenos temporales para los campos en el mes de abril nos ha traído perjuicios incalculables, que se van haciendo sentir cada uno en su día.

     El 4 de mayo llovió con tormentas en las tierras de la labor, pero sin entorpecerlas para ararlas, y el 5 se supo que en una hacienda el ganado se había mojado durante la tarde anterior con la tormenta que había caído. El 6 el administrador celebró que no cayera en el cortijo ni por sus alrededores, donde había llovido poco, como para no entorpecer la arada, la tormenta de granizos que había descargado por los olivares. El 7 suspendieron la esquila y la siega de las habas a causa de las lluvias con tormentas. También en esta ocasión había llovido poco en el cortijo, donde tampoco habían caído granizos, gracias a Dios.

     Cuando estaba terminando el mes, el 24, estuvo el administrador en los tres cortijos de la labor revisando los trigos y el rastrojo de la cebada que estaban segando. El trigo estaba ya casi para segarlo, principalmente en uno de ellos, con el grano regular. Pero, en lo que tenía visto, las espigas generalmente eran cortas y con pocas órdenes. De donde infiero que los trigos acudirán poco en simientes si la granazón no acaba muy perfectamente, de lo cual tampoco hay las mejores señales hasta la fecha. El 26 de nuevo estuvo en dos de los tres cortijos viendo la sementera, que iba granando medianamente, y a los segadores de la cebada, que continuaban segándola. Corroboró sus ideas de un par de días antes. La cebada estaba todo lo mala que cabía, lo mismo de paja que de grano. Está espesa como un linar, y además le faltó la primavera.

     A partir de aquí, una vez que tuvo la cosecha a la vista, la atención que el administrador prestaba al tiempo decayó hasta extinguirse. Hay que esperar hasta el 19 de junio para encontrar otra referencia, de pasada, al tiempo, a propósito del cual invocó una vez más la sequedad que traían consigo los solanos recientes. El 20, ya con tono de balance, el administrador afirmó que el año había sido estéril de aguas como ninguno, sin que conste que se sintiera obligado a dar una explicación por un comentario tan sorprendente.

     Era ya 14 de agosto cuando volvió a hacer referencia al tiempo. Aquel día, un viaje con unas sacas de paja, previsto para la tarde, no se pudo cargar por causa del viento fuerte que había hecho. El ciclo de su preocupación por las lluvias, las que habían sido su objeto de atención preferente, lo reanudó solo tres días después. El 17 de agosto, durante la noche, había llovido bastante como para causar mucho daño en el campo, y principalmente en los ganados. El poco pasto que tenían en las tierras campas quedaba desvirtuado. De seguido tendremos que dar paja a los bueyes en las pesebreras, y grano por consiguiente. Los ganados en piara, que tanto necesitan una buena otoñada para salir del mal estado en que se hallan, han empezado a sufrir este contratiempo, uno de los peores para ellos aun en los buenos años. Dios sobre todo.

     El 19 volvió a llover de tormentas con gran daño para el campo, principalmente en el pasto que comían los ganados, dejándolo sin sustancia, aparte el que enterraban con las patas. En el coto de las tierras de monte anexas a la labor había llovido más que por el cortijo central de la casa. Sin embargo, el 21 el conocedor, que había ido a llevar un becerro perniquebrado, probó la tierra del cercado de la dehesa, y dijo que estaba buena para ararla con dos hierros de cohecho. Al hablar así estaba pensando que se sacaría algún fruto a la mala lluvia que había caído, beneficiando aquella tierra para el vicio, para la que saldrían al día siguiente los mulos con sus aperos.

     El 5 de septiembre se había empezado a moler habas en una tahona para dejar este trabajo hecho antes de que lloviera, el 18 no pudieron cargar paja los mulos porque había corrido vendaval como de tiempo revuelto y el 19 volvió a llover de tormenta regular en la población y por los olivares. El 22 amaneció lloviznando, sin poder cargar paja los mulos como estaba previsto, y el 29 volvió a llover con tormentas que  descargaron algo más en la parte alta del cortijo, hacia su monte, pero en cantidad corta para lo que la tierra en aquel momento necesitaba. El tiempo seguía fresco, pero sin declararse la otoñada como hacía falta.


Una teoría de las crisis de subsistencias

J. García-Lería

A mediados del siglo décimo octavo nadie descubriría nada si reconociera que los precios del grano cada año conocían oscilaciones regulares, tan previsibles como al alcance de quienes pudieran inducirlos. Según cada ciclo avanzaba, y las reservas de grano se agotaban, sus precios crecían en sentido positivo. El valor del incremento lo decidirían, actuando de manera combinada, el volumen de la cosecha precedente, la cantidad de grano almacenado y su capacidad de resistencia a las adversas condiciones que la tesaurización de la especie debía soportar. Si alguien ignoraba este curso cíclico de los hechos económicos, aún no habría sido iniciado en la cultura en la que vivía.

     También formaba parte de ella el postulado que ahora se conoce como ley de King-Davenant. Había sido enunciada a fines del siglo décimo séptimo por Gregory King (1648 o 1650-1710 o 1712) y luego difundida y mejorada por Charles Davenant (1656-1714). Solo pretendía explicar la relación empírica entre una mala cosecha y el precio inmediato de los cereales, cuya vigencia sería activada por el miedo a no disponer de alimento durante las semanas siguientes a tal secuencia de hechos. Aunque cualquier contracción del producto lanzaba al incremento los precios, y viceversa, cuando se trataba de los cereales, según habían observado King y Davenant la covariación no era automáticamente inversa. Una pequeña caída de la producción podía estimular mucho el crecimiento positivo de los precios, así como un limitado exceso de la producción podía hundirlos de manera significativa. Las cosas ocurrían de aquel modo porque, mientras que la oferta del grano podía oscilar, su demanda siempre se comportaba con rigidez.

     Una vez completados los ensayos que a partir de estos hechos hicieron, estimaron más precisamente que cualquier caída de la producción provocaba incrementos de sus precios por encima de sus correspondientes valores proporcionales. A unas caídas del 10, 20, 30, 40 y 50 % de la cosecha corresponderían unos incrementos del 30, 80, 160, 280 y 450 % de los precios respectivamente. Más adelante, quienes revisaron sus propuestas calcularon que cuando las subidas del producto eran del 20, 40, 60, 80 y 100 %, sus precios respectivos perderían aproximadamente 30, 50, 65, 75 y 80 %. De esta manera se pudo cerrar una primera formulación completa de esta particular teoría del comportamiento cíclico del precio del cereal.

     Partiendo de estas ideas, Wilhem Abel, en su ensayo sobre la historia agraria de occidente, propuso el siguiente ejercicio. Sean tres explotaciones (A, B y C) de tamaño creciente. Con una cosecha media tipo y un precio de 20 unidades monetarias por quintal, el producto de cada una de ellas se compondría de la siguiente forma:

A B C
Cosecha 250 500 1.000
Consumo 200 300 400
Venta 50 200 600
Ingresos 1.000 4.000 12.000

Con una mala cosecha, estimada en una caída del 20 %, según la ley de King-Davenant los precios subirían un 80 %, de 20 a 36. Luego los balances de las explotaciones A, B y C serían:

A B C
Cosecha 200 400 800
Consumo 200 300 400
Venta 100 400
Ingresos 3.600 14.000

Con una buena cosecha, que aportara un incremento del 20 % por encima del valor tipo medio, según los mismos principios, en opinión de Abel los precios bajarían un 40 %, de 20 a 12. Para las explotaciones A, B y C los balances respectivos serían:

A B C
Cosecha 300 600 1.200
Consumo 200 300 400
Venta 100 300 800
Ingresos 1.200 3.600 9.600

De donde deduce que una buena cosecha era menos rentable para la explotación de mayor tamaño que una mala. El óptimo de su posición en el mercado sucedería cuando la caída de la producción obligara a sus competidores a consumir todo el producto que obtuvieran en su propio consumo, sin que quedara a su alcance la posibilidad de competir. Fue una lúcida demostración del papel decisivo que en la agricultura de los cereales podía tocarles a las grandes empresas.

     Las correcciones que W. S. Jevons (1835-1882) hizo a los valores calculados por King y Davenant, gracias a las ventajosas posiciones que ganó, fueron doblemente fructíferas. Para la historiografía, sus observaciones sobre el comportamiento de los precios del trigo en condiciones extremas tal vez sean más valiosas que las de T. R. Malthus (1766-1834), aun reconociendo que es difícil mejorar muchas de las opiniones de este referidas a la agricultura de la época moderna, gracias a que aún pudo sufrirla. Jevons observaba desde la segunda mitad del siglo décimo noveno, cuando el ciclo de la economía moderna podía darse por concluido. Pero sobre todo trabajó animado por su infatigable atención a la tesis de la utilidad marginal. Bajo esta inspiración, retornó a la teoría que ya en el siglo décimo séptimo había enunciado una ley sobre el comportamiento de los precios del trigo en respuesta al producto obtenido. Matizó sus resultados y mejoró los principios que se habían enunciado para referirse a los estados de sobreproducción.

     Jevons, tras recordar que el autor original de aquella ley había sido Gregory King, cuyo nombre debería honrarse como uno de los padres de la ciencia estadística en Inglaterra, y repasar sus trabajos y aportaciones al asunto, centró su atención en Charles Davenant. El análisis de sus conclusiones, más el contraste con las opiniones de otros autores, como Thornton o Tooke, a quien cree la máxima autoridad en este tema, le llevaron a ensayar un enunciado de la ley con la forma de una función, de acuerdo con su habitual manera de proceder, sujeta la racionalismo que imponía sus principios al trabajo intelectual en la época en la que escribía. Para expresar con fidelidad las precisas observaciones de quienes habían convivido con la agricultura de los cereales moderna, referidas a la relación que hubiera entre la cosecha de grano y sus precios, finalmente decidió formular p = 0,824 / (q – 0,12)2, donde p es el precio del grano y q la cosecha obtenida. La propuesta conserva en las constantes el inevitable sello empírico de todos los ensayos, los del siglo décimo séptimo y los del décimo noveno. Pero para quien aspira a reconstruir situaciones distantes en el tiempo el lastre empírico no es una desventaja. Al contrario, es el rastro de hechos no del todo identificados pero que de otra manera se habrían perdido. Para la manera historiográfica de observar, tiene el valor de un documento, aunque sus coordenadas no se puedan precisar con el rigor debido. Sin embargo, Jevons, quizás no demasiado preocupado por los problemas del pasado, pero sí aconsejado por su permanente deseo de generalizar, encuadró el resultado al que había llegado en las relaciones del tipo y = a / (x – b)n, y así consiguió legalizar la evidente relación inversa entre las dos variables y la mediación del comportamiento exponencial de la segunda. Un buen hallazgo, porque permitía prescindir de conjeturas sobre lo que era bueno y lo que era malo, sobre si una cosecha era adecuada o no, sobre si los precios se comportaban de manera satisfactoria o adversa.

     Al legalizar las relaciones entre producto y precio, las correcciones de Jevons amplían el horizonte y recomiendan modificar el punto de vista. Permiten suponer que el valor de la producción podía ser un efecto inmediato de la planificación del espacio cultivado, que  una norma del sistema de los cultivos pudo ser la posibilidad de regularlo, y en consecuencia el producto posible, y por tanto los precios que se podrían esperar. Porque ponen en evidencia el incentivo a la contracción del espacio cultivado en las zonas donde estuviera bajo control de las grandes explotaciones.

     Para poner a prueba el acierto de tan reveladoras modificaciones, basta con que supongamos un rendimiento que facilite los cálculos, 10 por 1; que por cada unidad de capacidad sembrada se obtuviera un producto diez veces mayor. Aceptando que por cada unidad de superficie se sembrara una de capacidad, si fueran puestas en cultivo 10.000 unidades cuadradas la cosecha sería de 100.000 unidades cúbicas. Si el precio del grano fuera 10 reales por cada una de estas, el producto bruto nominal que obtendrían aquellas tierras sería de 1.000.000 de reales. De acuerdo con las observaciones de King-Davenant, si se decidiera, por ejemplo, disminuir un 10 % la superficie sembrada el producto descendería a 90.000 unidades cúbicas. A esta caída de la cosecha correspondería un incremento del 30 % del precio, hasta 13 reales. Total, 117.00 reales de producto bruto. Según la formulación de Jevons, si se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, el precio se incrementaría hasta 13,6 reales, y por tanto el producto bruto inmediatamente ascendería a 1.224.000 reales.

     La conciencia de la relación entre producto y precios de los cereales, durante la época moderna pudo actuar en favor de los planes de quienes aspirasen al mayor beneficio. La planificación restrictiva del espacio cultivado, al alcance de quienes conseguían en sus territorios acercar el mercado de las cesiones al orden del monopolio, permitiría mantener el conocido saludable efecto inflacionario, lo que ya sería suficientemente satisfactorio para los planificadores. Pero sobre todo contribuiría a desviar las masas de producto más importantes al almacén, a la espera de la oportunidad óptima, que llegaba de la mano de las crisis de las condiciones productivas, años en los que la pérdida completa de la simiente haría que los precios se dispararan. Como Jevons puntualiza, antes que alcanzaran infinito, valor posible en el marco de su ley, ocurriría que el desabastecimiento del mercado de la primera subsistencia evitaría que el producto disponible dispuesto a concurrir a él alcanzara el valor cero. Almacenistas e importadores, incluso si se propusieran evitar el efecto desastroso de la carencia de alimento, nunca dejarían pasar la circunstancia excepcional del beneficio óptimo posible. Está demostrado, por otra parte, que el efecto más catastrófico de la caída de la producción, consecuencia de la acción de factores que escapaban al control del orden tecnológico, tal como ocurría con las peores epidemias quedaba muy concentrado en unos pocos lugares de una región. Las ondas de las caídas del producto siempre serían concéntricas, y en todos los casos, incluso en los peores, habría grados de sus efectos dentro de un territorio, cuya extensión nunca sería un obstáculo que impidiera cargar con los costos de transporte de la mercancía, si estaban cubiertos por los precios previsibles.

     Mientras tanto, en los ciclos durante los que el control del sistema de los cultivos era eficaz, el peso de la producción que debía llegar regularmente al mercado recaería sobre las empresas de menor tamaño, e incluso marginales, productoras a mayor costo relativo. Serían tanto más útiles: a) si se constituían sobre las tierras secundarias de las explotaciones de mayor rango, cuyo consumo de energía humana al menos parcialmente así podían satisfacer y convertir en un costo absorbido por la renta de la tierra tomada en cesión; y b) porque cargaban con el riesgo de incremento de la producción por efecto de un comportamiento en exceso generoso de los factores fuera del control de los sistemas de cultivos, que inevitablemente provocaría, según la regla formalizada por Jevons, una caída del precio del producto y por tanto de la renta de las empresas comprometidas en el cultivo de los cereales.

     Probablemente la ley de King-Davenant es demasiado grosera, tal vez hasta sus correcciones mejor intencionadas lo son. No han faltado quienes la han descalificado, seguramente con buenos fundamentos. Que se cumpla exige demasiadas constantes. Además de que toma por invariable el tamaño de la población, solo regiría a condición de que no hubiera importación de granos, se careciera de excedentes de cosechas anteriores y no existiera posibilidad de sustituir el déficit de grano por otros bienes alimenticios; que la cosecha y la oferta de un año fueran iguales. En cuanto a las correcciones de Jevons, incluyen que se mantuvieran la inversión en simiente y los rendimientos medios, algo quizás más al alcance.

     Pero probablemente todas son condiciones demasiado exigentes. La rigidez de todas las propuestas pudo ser la consecuencia de la falta de avales cuantitativos más sólidos. Los elementos de los sistemas eran algo más complejos, aunque no parte de un mundo cerrado y de condiciones demasiado excepcionales.

     Pongámonos en el menos probable de los supuestos, que las conclusiones que van de King-Davenant a Jevons sean todas erróneas, aunque no podría decirse lo mismo de las evidencias a partir de las que trabajaban. Sin embargo, nadie podrá negarles poder sobre la opinión, como puede tenerlo la creencia en los fantasmas. Si desde el siglo décimo séptimo pudo existir la conciencia de que la parte más resistente de las empresas obtenía mayor beneficio durante los años en los que la producción caía, ¿a qué evitar adelantarlos? En la medida en que fuera posible, aquellos a cuyo alcance estuviera el beneficio que habilitaba la diferencia de tamaño no se resignarían a contribuir a que la mejor de las situaciones económicas posibles llegara cuantos antes.

     Al margen del acierto de sus teorías, de sus formulaciones lo que más interés tiene es que depura una idea vigente en la agricultura europea moderna, que pudo inducir al menos una parte de las decisiones sobre la conveniencia o no de acometer, cada ciclo, una empresa dedicada a la producción de cereales. Limitar el número de empresas pudo ser una parte de la disciplina impuesta al uso del espacio en cada término, con el propósito de inducir el comportamiento de los precios más favorable para ellas. A una parte de las empresas podría convenirle la creencia en una caída de la producción.

     Aparte otros indicios, su vigencia en la región suroccidental de la península ibérica podría demostrarse sobre todo por el control sobre el mercado de las cesiones. Diez mil unidades de superficie, las que hemos supuesto en el ejercicio que pretendía poner a prueba la formulación de Jevons, es una escala del espacio para la que el orden de monopolio del mercado de las cesiones era factible. Asociado a las técnicas consagradas por los sistemas de cultivos, el control sobre el espacio tenía como efecto la planificación de la superficie que cada año se ponía a producir, el modo más directo de decidir sobre el tamaño de la cosecha siguiente, entre todos los que estuvieran al alcance de las empresas que controlaban el sector.

     Los medios técnicos que desplegaban las grandes explotaciones se esforzaban por permanecer invariables y efectivamente, en buena medida, estaban destinados a moderar el uso del espacio productivo. El sistema no era infalible ni exacto. Pero dadas las dimensiones y la concentración de las grandes explotaciones conseguía aproximarse de manera suficientemente satisfactoria al objetivo. Es bastante para reconocer que la producción podía ser regulada a conveniencia de los grandes productores de grano que eran al mismo tiempo quienes dominaban su mercado, y por tanto disponían de un buen margen para conseguir niveles del precio que les convinieran.

     No sé que se haya demostrado que la ley de King-Davenant fuera conocida en el  sudoeste de la península más occidental del Mediterráneo a mediados del siglo décimo octavo. La experiencia pudo ser suficiente para que en ella existiera, si no un cálculo preciso de los efectos sobre los precios de cada cosecha, conciencia de la relación que podía unir ambos hechos, las ventajas y desventajas de su comportamiento opuesto para las mayores ofertas y la regularidad con que se sucedían los ciclos. La teoría de  King-Davenant ilumina el análisis de la tradición empresarial y desde luego invita a concebir de otro modo el número de explotaciones activas cada año y el efecto que podían tener sobre el mercado de las subsistencias y sus bloqueos cíclicos.