Valor del crédito en grano

Tadeo Coleman

Los pósitos, mercados públicos del grano, primero se limitaron a la intervención en el consumo y excluyeron el préstamo, que solo toleraban cuando había excedente en los almacenes y amenazaba con degradarse. Cuando actuaban así se acogían, como era regular para el negocio del crédito moderno, a instituciones civiles que lo encubrían. Posteriormente entraron en decadencia. En plena época moderna parecían naturalmente discontinuos. Según afirmaban los que con ellos convivían, unos años se hacía pósito y otros no. Pero en torno a 1735 fueron reorientados desde la administración central hacia la función crediticia. Solo en caso de necesidad podrían utilizar una parte de sus fondos para el abastecimiento público. Todavía hacia 1750, los del territorio al que circunscribimos nuestra observación, el área suroccidental de la península ibérica, estaban saliendo de su letargo y tenían una actividad limitada. Para algunos analistas, lo más apropiado sería aceptar que se consolidaron a partir de entonces como un intermediario comercial de extraordinaria capacidad, comparable a los grandes mercaderes interesados en el tráfico del grano, antes que como un instituto de crédito. Según otros, formaban el frente civil que actuaba contra la usura consolidada. Para resolver esta antinomia, hay quienes prefieren simplificar y clasifican los pósitos en dos clases, urbanos o rurales, según se dediquen al abastecimiento o al crédito. Creo que lo más acertado, al menos para la región mencionada, es reconocer que a mediados del siglo décimo octavo daban preferencia al crédito en grano como forma específica de comerciar, así como que la mayoría actuaba en los dos frentes, porque no quedaba a su alcance negar que en el origen de su fundación estaba el hecho mercantil.

Como cualquier banco, aunque sus aspiraciones lucrativas las hubiera contenido su origen, el pósito sobre todo se proponía vender con interés la semilla del cereal necesaria para la siembra y para los trabajos que el cultivo necesitaba, así como contribuir al abastecimiento de grano en su población. Para cualquiera de estos fines utilizaba indistintamente los fondos de los que disponía, preferentemente en la especie que lo justificaba pero también en metálico. La orientación la decidía el producto disponible en cada mercado. Había años en los que a los fondos de los pósitos los ciudadanos de los municipios recurrían para hacer frente a toda clase de urgencias. Sacaban trigo para elaborar pan, para cualquier otra asistencia de la población o para sufragar gastos de gran envergadura. También les sirvieron como instrumento con el que afrontar las arriesgadas consecuencias de la caída de la producción. En cualquiera de estas ocasiones, el recurso extraordinario era solicitado al asistente, entonces el primer poder civil de la región.

A los pósitos los préstamos en grano que hacían les eran devueltos en la misma especie, más sus correspondientes intereses o creces, dentro de un plazo que cada autoridad municipal, responsable de su gestión, daba a conocer. Esta parte del procedimiento era la que se llamaba reintegro o reintegración, aunque también denominaban de la misma manera la recuperación de la masa de trigo, al final de cada ciclo, de la que cada uno debía disponer. La devolución del trigo debido era la que contribuía a renovar su capital en especie, una necesidad insoslayable, dado el deterioro que permanentemente lo amenazaba.

El reintegro se iniciaba en un momento tan imprevisible como preciso, cuando comenzaba la recolección. Cualquiera que fuese la duración de las deudas en grano, así de la campaña actual como de las precedentes, tanto del principal como de las creces, la cantidad que los deudores pudieran devolver la llevaban por su cuenta al pósito, el mismo lugar de donde también cargando con los costos de transporte habían retirado el préstamo. El trigo que devolvieran había de ser nuevo, seco y de dar y tomar, mientras que los encargados de la recepción no podían admitir el que no fuera de muy buena calidad y no estuviera ahechado, porque cada quiebra en la categoría y limpieza del trigo reintegrado era responsabilidad de quienes lo recibían. En muchas poblaciones, a los medidores del grano que ejecutaban esta operación se les pagaba, a costa del capital del pósito, a razón de cuatro maravedíes de cuenta por cada unidad de capacidad medida durante el reintegro. Juzgando el asistente que esta costumbre iba en detrimento de los pósitos, en aplicación de su ordenanza fue necesario que todo el costo de medidores, tanto el del reparto como el del reintegro, recayese sobre los prestatarios.

Cuando aceptaban su deuda, los acreditados admitían una fecha para su vencimiento, siempre posterior a la cosecha, que marcaba el límite máximo dentro del cual debían liquidarla. En el pósito de referencia esta fecha osciló durante el periodo 1743-1746. Para las dos ofertas de 1743 y para la de 1744 fue el 15 de agosto siguiente, pero a partir de la sementera de 1744 la devolución de todos los préstamos, independientemente del momento del año en que se hubieran concedido, se adelantó al 25 de julio, probablemente con el deseo de recuperar el grano en los momentos inmediatos a la cosecha, y así evitar que los deudores dispersaran su producto en la liquidación de otros costos. Hasta 1746 las justicias locales se mantuvieron responsables de que aquel plazo se cumpliera. A quienes no se atenían a él los hacían comparecer ante la autoridad regional, o debían someterse a los ejecutores que les eran enviados. Pero en la nueva ordenanza de la asistencia, vigente ya en 1749, este plazo fue ampliado hasta el último día de agosto. Gracias a esta innovación, también sería posible completar el reintegro en los lugares donde, porque sus condiciones climatológicas retrasaban la maduración, la recolección se hacía más tarde.

El efectivo en trigo de los almacenes de los pósitos era por tanto, en su mayor parte, resultado de un flujo cíclico, espiral de repartos y reintegros. Pero esta no era su única fuente. También era habitual que a principios del otoño cualquier pósito invirtiera de una parte de su capital en moneda, caudal del que igualmente disponían tan peculiares bancos, en la compra de trigo de buena calidad para recuperar el fondo en grano que le correspondía. El ingreso en dinero se obtenía por diversos medios. Uno de los regulares era la venta de trigo de los fondos para que se fabricara pan en la población. Por las mismas fechas en las que se hacía el balance del negocio crediticio en grano de la campaña anterior, los pósitos compulsaban el trigo que habían vendido para hacer pan durante la que terminaba. Uno, por este concepto, había ingresado en moneda de cuenta 5.735 reales. El dinero también podía proceder de los créditos en metálico que asimismo hacía el pósito, aunque solo en ocasiones se permitiera competir con las instituciones que actuaban en este mercado. Cuando se tomara, con más probabilidad esta decisión se consumaría al comienzo de los ciclos, cuando circunstancialmente pudo ser necesario prestarlo sin más dilación a quienes emprendían el cultivo del cereal. Aunque no fueran la fuente más importante, porque tampoco era su actividad preferente, como las cantidades que hubieran sido cedidas en efectivo, llegado el otoño, también debían reintegrarse, asimismo podían emplearse en la compra de trigo de calidad.

Aunque los medios regulares de financiación de los pósitos fueran los que proporcionaban la compraventa y el préstamo del trigo, algunos municipios, cuando lo necesitaban, además sostenían el suyo con aportaciones extraordinarias. En el transcurso de la campaña 1748-49 hubo pósitos que sembraron con sus fondos una pequeña explotación dedicada a obtener trigo, la que en aquel momento se conocía como pegujal, y la recolectaron con el objeto de incrementarlos, una fórmula solidaria tan primitiva como la voz que la distingue. El pegujal público venía siendo un recurso avalado por principios consuetudinarios para regular una parte del uso de los espacios y los trabajos comunales de las poblaciones. Acotada un área cuyo dominio había sido adjudicado al común, condición política mínima de los vecinos, estos se solidarizaban en la prestación del trabajo que exigía obtener de él una cosecha procomunal, con preferencia de cereales. Si no había sobrevivido en tan primitivo estado, a mediados del siglo décimo octavo era rescatada con ocasión de las dificultades que entonces gravaran el gasto de algunos pósitos. La gestión de estos pegujales estuvo a cargo, en cada población que recurrió a ellos, de un regidor, antes nombrado su diputado. Nuestras fuentes, así como descubren que el trigo invertido en la operación era del pósito, no desvelan de dónde procedió el trabajo que lo multiplicara. Se podría conjeturar que lo aportaron quienes fueran deudores del instituto de crédito.

Terminado agosto, los municipios tenían que enviar a la capital, a la escribanía general de los pósitos, el certificado de haber completado su reintegro. Delegaban en quienes en su momento habían sido responsables del reparto, a los que también se les hacía responsables de la recepción del trigo cuando llegaba el momento de su devolución. Después, pero aún durante la primera mitad del mes de septiembre, como síntesis de todas estas operaciones, las cámaras que gobernaban los municipios, llamadas regimientos, recibían del responsable del pósito la cuenta correspondiente al ciclo precedente, una vez verificada por la autoridad regional. Se tenía ya la suficiente experiencia en la gestión de estos fondos como para sostener que la supervivencia de la institución dependía sobre todo de la pulcritud contable. Cuando resultaban alcances o déficits, fueran en grano o en dinero, las justicias actuaban contra los diputados, los llaveros y los depositarios responsables de la gestión material, para que repusieran el valor negativo, e informaban del procedimiento, en el plazo de ocho días, al asistente. Para los responsables estaba pues justificado el esfuerzo por presentar balances positivos. Un depositario que había recibido, al tomar bajo su responsabilidad el caudal de uno de los pósitos, 4.127 fanegas y 1 cuartillo de trigo, al cerrar la campaña de 1749 había ingresado, gracias a las devoluciones de préstamos con sus intereses o creces, 4.154 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos de la misma especie. De ahí se dedujo un saldo favorable al depositario, 27 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos. Remedido ante la intendencia de la región, al tiempo que se obtuvieron las llamadas creces naturales, fue aprobada la gestión sometida a su juicio. En recompensa, el depositario cesante, por acuerdo de su gobierno municipal, recibió ocho fanegas de trigo, porque entonces aún era normal que las creces naturales no fueran agregadas al fondo del pósito.

Pero nada de lo previsto ocurriría siempre con la regularidad de un mecanismo, y los imprevistos dejaban al descubierto a principios del otoño, momento decisivo para las economías agropecuarias más frágiles, el alcance efectivo de aquella vía de financiación. Durante la primera mitad de septiembre de 1749, a pesar de lo que estuviera legislado, todavía estuvo abierto el reintegro del grano en una parte de los pósitos de la región. Había empezado, como todos los años, una vez recogida la cosecha, y no en todos los lugares se habían liquidado todos los préstamos solicitados durante aquella campaña. Unos deudores habían hecho frente a aquel gasto inmediatamente, pero otros, por diversas razones, habían demorado su pago a sucesivas convocatorias de la misma clase, para lo cual debían afianzar de nuevo el préstamo que en su momento recibieran. Si las deudas adquiridas no las liquidaban en el plazo comprometido, los clientes del pósito ratificaban en la parte o en el todo pendientes sus obligaciones anteriores, mediante un procedimiento que se llamaba reobligación; aunque las reobligaciones que formalizaban la refinanciación de la deuda solo eran concedidas por un motivo legítimo e inevitable, y si la reobligación no bastaba para liquidar los préstamos, contra los deudores morosos se procedía por apremio.

Quizás fuera tanto más probable que las deudas se prorrogaran cuanto menor fuera el producto obtenido en la campaña recién terminada, pero no parece que siempre fuera así. No es seguro que quienes durante aquellos quince días recurrieron a tácticas evasivas de la devolución se encontraran, en todos los casos, apremiados por sus deudas. Septiembre, para la mayor parte de quienes podían contar con grano, era mes de venta del producto de la campaña que había terminado entre julio y agosto. En las poblaciones tanto deudores de grano al pósito como otros que no lo eran hacían todo lo posible por conducir el trigo que habían recolectado hacia donde pudieran venderlo con ventaja. Esta iniciativa incluía la posibilidad de sacarlo de la población en la que vivían, sin que se hiciera constar la exportación ante el municipio, señor de las poblaciones que en la época se arrogaba la intervención unilateral en los mercados locales. Actitudes de este tipo, según su criterio, iban en detrimento del reintegro del trigo del pósito y contribuían a que no se hiciera dentro del plazo que estaba marcado para este fin. El trigo que salía de cualquier población, mantenían los gobiernos municipales, no podía agregarse a la masa con la que hacer frente a las necesidades que sobrevinieran. Por el contrario, que no se consumaran todas las compraventas de trigo deseadas contribuiría a que el reintegro fuera completo, un argumento no demasiado satisfactorio para quien estuviera necesitado de liquidez.

Con la pretensión de salir al paso de este problema, en septiembre de 1749 se fijaron edictos que hicieron saber que nadie que fuera deudor del pósito podía usar libremente, o para un fin distinto que el de completar su capital a invertir en la siguiente siembra, el trigo que hubiera cogido, y que ningún vecino pudiera vender cantidad alguna de trigo, ni sacarlo de la población, sin que cualquiera de estas operaciones fuera notificada antes a la justicia ordinaria. Tanto rigor se amplificaba con la imposición del retracto. Como podía hacer falta cualquier trigo para las adquisiciones del pósito, se podría aplicar a este fin cualquier cantidad que se pusiera en venta. Si se hacía otra cosa, el trigo que la autoridad encontrara quedaría incautado sin posibilidad de rescate.

La drástica intervención municipal sin embargo no podía ignorar la situación en la que se encontraban algunos poseedores de una cosecha de grano, la que cada cual habían obtenido en su explotación. Sumado el compromiso extremo que para ellos era arriesgar en la campaña que estaba en sus comienzos a las pérdidas de simiente que acumulaban, y que en lo sucesivo pudieran padecer, replicaron algunos regidores algo más flexibles, una parte de los deudores no tendrían medio alguno para satisfacer las cantidades que habían sacado del pósito con el objetivo de emprender su explotación al comienzo del ciclo que había terminado, menos aún para volver a sembrar.

El cuadro que pintaron aquellos ciudadanos tal vez fuera melodramático, pero no era irreal. El origen del problema que planteaban estaba en quiénes eran los que acudían habitualmente al pósito para conseguir un préstamo con interés de su trigo, hasta aquí la única especie de la que es posible asegurar que fuera objeto de este tráfico en la región. En los de las poblaciones que concentraban su actividad en la producción de cereales, cada ciclo anual aquel mercado se abría con la llegada del otoño. Repartimiento era el nombre con el que habitualmente la gestión de los pósitos identificaba cada uno de los periodos durante los que admitían y atendían demandas de crédito en grano, aunque en su manera de hablar también se llamaba data. Con uno o con otro nombre, siempre coincidían con los comienzos de las fases de trabajo que marcaban las actividades regladas del cereal: la sementera, las barbechera y escarda y la recolección de frutos. Con estas mismas denominaciones eran conocidas las tres datas o repartos que cada año cada pósito podía hacer, para cuyas respectivas devoluciones, ya en la segunda mitad del siglo, los legisladores dispusieron diez, cinco y tres meses de plazo respectivamente. El observador externo, si presupone que la data de sementera estaba destinada a conceder grano para sembrarlo, podría pensar que la de barbechera, por las fechas en las que ocurría, necesariamente posteriores, estaba destinada a complementar con una resiembra la parcela ocupada con el cereal, o con el cultivo de un cereal de ciclo corto (trigo tremés). Es una posibilidad que no es posible excluir por completo con los datos disponibles. Pero en modo alguno puede admitirse siembra de trigo durante la recolección. Es una aporía tan absoluta que obliga a deducir que los préstamos de recolección, donde se hicieran, eran aplicados a financiar costos distintos en aquella circunstancia, con mucha diferencia la que más inversión exigía. Efectivamente, cuando el legislador es más descriptivo precisa que los créditos de los pósitos podían ser aplicados a las siguientes necesidades: proporcionar la simiente para emprender el cultivo del grano, el consumo familiar de quienes tomaban esta iniciativa y los gastos de manutención de quienes eran contratados para el trabajo en las labores. Luego al menos una parte de los créditos, fueran de sementera, barbechera o recolección, igualmente, podría emplearse en cualquiera de los fines previstos. Por tanto, no todo el trigo que el pósito prestara, ni aun en la data de sementera, sería sembrado, y la reserva que después de la siembra quedaba en sus almacenes estaría destinada a los momentos de mayor necesidad de grano, que eran abril y mayo y, sobre todo, desde junio hasta el final del verano, cuando buena parte de las existencias de cereal eran aplicadas a garantizar el alimento de los trabajadores que participaban en los trabajos de la recogida.

Pero aunque las posibilidades fueran tres, sería un error pensar que la inversión del crédito en grano se dispersaba. No todos los años se concedían préstamos al comienzo de todas las fracciones del ciclo de los trabajos. En el pósito de referencia, cuando las condiciones son las ordinarias, solo se documentan los dos repartimientos que las solicitudes prueban con insistencia, los que respectivamente eran conocidos como data de sementera y data de barbechera. Más aún, siempre que el pósito se abría para los vecinos, al menos organizaba la data de sementera. En correspondencia, las solicitudes de los interesados se concentraban en esta fase, y basta recurrir a sus palabras para comprobar que la demanda estaba aconsejada por satisfacer las necesidades de la siembra en el sentido estricto de la palabra. Cuando pedían su crédito al pósito, al fin al que pretendían destinar el grano los demandantes preferían referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en el sentido traslaticio que aún conserva. A veces lo sustituyen por sembrar o cubrir, o por expresiones como empanar la sementera, sembrar su sementera, sembrar de trigo. Es cierto que también recurren a otras más ambiguas, como hacer la sementera, o incluso al sustantivo sementera, y que en dos ocasiones los solicitantes fueron excepcionalmente genéricos: en una el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otra para concluir la sementera. Pero incluso en el caso de que cualquiera de estas voces y expresiones pudiera interpretarse como algo más que invertir el trigo en la tierra, cuando se trataba del préstamo de sementera sin ninguna duda este era su destino casi exclusivo.

Puede concluirse que el crédito en grano, que el legislador ya reconocía apto para la siembra, el consumo familiar y el suministro alimenticio al trabajo contratado, se ordenaba a lo sumo en tres plazos durante el ciclo, de los cuales a la mayor parte de los demandantes bastaría el primero o data de sementera, con el que cubrirían todas las necesidades que hubieran previsto al alcance de su capacidad de endeudamiento. La de barbechera y, si la hubiera, la de recolección atenderían las estimaciones de financiación con grano que hubieran sido más imprecisas. Con toda probabilidad, estarían aconsejadas por el gasto previsible en el consumo alimenticio propio y del trabajo ajeno empleado en las explotaciones.

Habitualmente, en la segunda mitad de septiembre, cuando llegaba el tiempo de acometer de nuevo el cultivo, se activaba el procedimiento administrativo que correspondía a cada campaña. Hasta 1746 las autoridades municipales de las poblaciones solicitaban a la regional la correspondiente licencia para el primer reparto del trigo de cada pósito, el de sementera. La solía conceder para la mitad del grano que hubiera efectivo en sus almacenes. Pero en algunas poblaciones era posible que sus responsables creyeran más acertado, por razones propias, liberar para la primera data más de la mitad de aquel capital. Entonces, el gobierno municipal, constituido en capítulo, tomaba el acuerdo y lo elevaba al asistente, quien decidía según su criterio. En ningún caso, a la vez que limitaba la cantidad que podía repartirse, permitía que el fondo de trigo se consumiera del todo. Los testimonios indican que rigió y predominó en las actuaciones de todos los responsables ofrecer para este reparto la mitad del trigo del que cada pósito dispusiera, tal como era regular. Pero probablemente es una idea más acertada, para restituir mejor lo que ocurrió efectivamente, que la mayoría de las veces no se llegaba a tanto, que la fracción ofrecida osciló entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorado.

Concedida la licencia, para iniciar el reparto la primera decisión requerida por el reglamento (capítulo tercero de la norma para la administración de los pósitos que el asistente había concebido), que también el tiempo venía avalando, era el acuerdo municipal para que el plazo de solicitud de los préstamos destinados a la sementera siguiente fuera abierto. No obstante, a partir de 1747, si las autoridades habían remitido el certificado de reintegro, desde el 25 de septiembre podían iniciar el reparto de la mitad del capital en grano de sus respectivos pósitos sin necesidad de licencia.

Para que concurrieran quienes aspiraban a los préstamos, la administración de cada municipio, según su población, fijaba un plazo, el que le pareciera suficiente para cumplir con todas las formalidades del reparto sin que se atrasaran los trabajos. Normalmente habilitaba en la primera quincena de octubre un día, o a lo sumo dos, durante los que podían presentar sus solicitudes, llamadas memoriales por el lenguaje administrativo del momento. Excepcionalmente, algunos años aquel plazo fue retrasado a finales del otoño, o fueron señalados determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas hábiles podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Solo en una ocasión se pospusieron a diciembre, a principios y a finales del mes, y en otra el periodo de tramitación se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete días, cinco de ellos en noviembre.

Cualquiera de los solicitantes, dentro del plazo marcado, debía comparecer ante los alcaldes o cualquiera de los diputados elegidos para el reparto y dejar constancia, ante el escribano que había de estar presente, de la superficie que tuviera preparada para sembrar, fuese en barbechos, en rozas, en eriazos o en rastrojos. Estaban obligados a declarar expresamente el lugar donde la tenían y el trigo que necesitaban, y tenían que hacer constar el nombre de sus fiadores. Como por codicia, aun teniendo, algunos pretendían que el pósito les concediera crédito en grano, en cada declaración de la tierra prevenida también tenía que constar la cantidad de trigo propio que cada uno tuviera, de modo que los préstamos pudieran ser concedidos en proporción a las necesidades reales.

Para los registros de tierra preparada y trigo disponible al principio no se creyó necesario exigir juramento. No parecía probable que se faltara al compromiso moral incluido en la fórmula común. Parecía bastante, para salir al paso de la codicia, con las penas previstas. A todos se les prevenía, si en algo faltaban a la verdad, que el trigo que les correspondiera lo perderían, aparte el procedimiento judicial por dolo que contra ellos debía seguirse. Pero, para ganar en seguridad, el Consejo, por su decisión del 1 de julio de 1747, terminó ordenando que las declaraciones sobre las superficies preparadas para la siembra, en tierras propias o cedidas, y del trigo que cada cual tuviera, fueran hechas bajo juramento. Sin embargo, para los registros rigurosos, que eran los que se hacían en las épocas de alza de precios y escasez de grano, no se exigía juramento alguno.

En 1749 en las poblaciones más urgidas el plazo se abrió ya en el transcurso de la última semana de septiembre, mientras que en otras se prefirió demorarlo al final de la segunda de octubre. Tanto los primeros como los que contaron a partir del 14 de octubre habilitaron para la presentación plazos excepcionalmente largos, de entre ocho y nueve días, a contar desde el siguiente a las respectivas convocatorias, tiempo que a todos parecía suficiente para cumplir con el trámite.

El 25 de septiembre, para iniciar el reparto, se pregonó en una parte de las poblaciones más madrugadoras un edicto en la forma prevista, que asimismo se expuso en los lugares públicos, en el que constaba la decisión tomada y que al reparto se iba a proceder ateniéndose a los principios de justificación, proporción e igualdad, tal como exigía la norma. Convocaba a todos los vecinos para que tramitaran, sí así lo deseaban, las relaciones juradas de las tierras que tuvieran preparadas para sembrar, anunciaba la fecha a partir de la cual podían presentarlas y el plazo durante el que serían admitidas sus demandas de grano. No obstante, el 2 de octubre de 1749, en uno de estos lugares, se reconocía que en los ocho días señalados para presentar las solicitudes habían acudido muy pocos vecinos, por lo que decidieron prorrogar el plazo otros cuatro. En realidad, el número de los que concurrían a la oferta de trigo ateniéndose al primer plazo estaba siendo escaso en más de un lugar.

Entre los que no actuaron con idéntica celeridad algunas situaciones no fueron menos paradójicas. Era ya 13 de octubre cuando una asamblea municipal reconoció que el tiempo estaba adelantado, y que por tanto había llegado el momento para proceder sin demora al reparto del trigo que había en el pósito municipal, de manera que pudiera ser utilizado en la próxima sementera, tal como se hacía regularmente. Cuando hablaban del tiempo, estaban invocando el comportamiento de los agentes meteorológicos, que imponían su rigor a las técnicas de las que disponía el campo. Un principio de método atenazaba entonces la agricultura de los cereales. La siembra del grano debía hacerse una vez caídas las primeras lluvias del otoño. Es probable que en aquel momento del otoño de 1749 algunos signos del aire fueran interpretados como precursores de las primeras lluvias, y que en aquel lugar hubieran preferido esperar a que aquellos síntomas aparecieran para poner en marcha el procedimiento de los préstamos. Sin embargo, los que prefirieron retrasar hasta aquel momento la convocatoria en poco tiempo se vieron en la necesidad de urgir a los interesados para que acudieran al departamento municipal que gestionaba el crédito público de grano con su registro de las tierras que tuvieran preparadas para la siembra, así como del trigo que poseyeran para empanarlas.

Una explicación probable de las oscilaciones de los comportamientos tal vez sea el de las lluvias de otoño, que quizás aquel año fueran tan imprevisibles como la impaciencia las representaba. Otra, que una parte de los pósitos pudieron demorarse en la reposición de sus depósitos de grano, y que por tanto la masa apta para la oferta de créditos no fuera en todos los casos la suficiente, una vez llegado el momento de iniciar el ciclo. Y también pudo ocurrir que algunas ofertas no fueran demasiado atractivas, lo que tal vez se podría relacionar más con el producto obtenido en la cosecha anterior, que a muchos permitiría disponer del grano necesario para la nueva campaña, que con el recurso a otros medios de financiación.

Las solicitudes de sementera eran presentadas por una persona, a excepción también de las pocas que eran suscritas por el aperador y los demás temporiles, asalariados contratados por una o las dos temporadas en las que se dividía el año de trabajo en los cereales, de sendos cortijos, que actuaban mancomunadamente. Solo en algo menos de la vigésima parte de los casos las mujeres eran las solicitantes. De los varones habitualmente no se especificaba el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos de cada tres se decía que eran viudas y en el otro soltera. Una parte de las solicitudes a la identificación del solicitante no solían añadir palabras que permitan completar la idea que de ellos nos pudiéramos hacer. Apenas enunciaban el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecían a lo sumo acompaña su condición civil. En algo más de la décima parte de los casos los solicitantes tampoco hicieron constar su profesión. Sin embargo, con el tiempo, entre quienes cumplimentaban sus demandas, se fue extendiendo la costumbre de añadir al nombre referencias a su actividad. He aquí los resultados que se obtienen tomando todas las menciones de esta clase que hemos podido recopilar, aunque a la porción no sea prudente concederle el alcance que a las muestras los análisis cuantitativos dan cuando las ejecutan en regla.

Se identifican como solicitantes de créditos, con más frecuencia, las distintas clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo, en primer lugar los boyeros, pero también los porqueros, los capataces de cerdos o los rabadanes, que asimismo pueden ser citados sin especificar a qué amo prestan sus servicios. También, indicando su vinculación a un amo, son mencionados los arrieros, los maestros de molino, específicamente de pan de manera esporádica, los caseros, el guarda de una hacienda o los que simplemente son llamados temporiles. A quien se dedica al transporte nuestros documentos prefieren llamarlo en algún caso aljamel. Todos, igualmente, pueden ser aludidos también sin que sea necesario referir su vínculo con alguien, y en los casos de los arrieros o de los maestros de molino es posible admitir las dos posibilidades, la dependiente y la independiente. Los aperadores también son referidos como empleados de un amo, pero prefieren ser identificados como aperadores de un cortijo, lo que tal vez haya que admitir como la instantánea no del todo consciente de la posición pública a la que aspiraban. De los casos colectivos ya sabemos que se trataba de aperadores y temporiles de cortijos. También se presentan labrantines y hortelanos.

Pero, aunque el número de casos no sea mayor, es más extensa la relación de gente cuya dedicación primordial no es agrícola, no obstante lo cual solicitan créditos del pósito para actuar como cultivadores de cereal. Son aguadores, albañiles, aserradores, carretero, especiera, hornero, maestro de zapatero, zapatero o zurrador. Incluso aparecen actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero y ministro. Se mencionan además presbíteros, y tienen interés identificaciones de eclesiásticos aún más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de san Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado. Y, por último, se cita como condición de un solicitante de grano la de gallego, indicativa, aunque no exactamente de una actividad, de migración por causa laboral. La lectura de los memoriales, y este análisis, sugiriere además la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no es posible obtener ningún testimonio que permita demostrar su presencia en algún caso.

La residencia común observada para los solicitantes era efectivamente la población donde estaba radicado el pósito, aunque con frecuencia los demandantes de crédito por encima de las 20 fanegas de grano no mencionaban su domicilio. Pero es cierto que había algunas excepciones, concordantes con lo previsto por la norma. En algunos lugares se habían suscitado controversias sobre qué municipio debía conceder el crédito de trigo cuando los labradores tenían su labor en un término del que no eran vecinos, y en los casos más complejos había quienes tenían una parte de su labor en un término y otra en alguno de los contiguos. A partir de 1747 este contencioso se resolvió satisfaciendo la concesión donde cultivaran y por tanto pagaban las contribuciones extraordinarias, origen de un documento de alto valor. En cada uno de los municipios se les concedía la porción que les correspondía según la superficie sembrada en cada cual. De este modo, para erigirse en acreedores de concesión alguna, no tenían que pretender razón de vecindad. Los que se identificaron como vecinos de municipios colindantes, y justificaron su solicitud porque al menos una de las unidades de explotación que componían las instalaciones de su empresa estaba en el término al que servía el pósito, vivían en poblaciones a la vez próximas, a unos veinte kilómetros de distancia como máximo. Pero son casos tan irrelevantes que tomarlos en consideración deformaría inútilmente el análisis.

Concluidos los plazos para la presentación de solicitudes, tal como por la instrucción estaba previsto, el momento para el reparto efectivo del grano que había de ser empleado en la sementera llegaba cuando, terminando octubre, un escribano de cabildo, entonces la personificación de la ley que supervisaba las decisiones públicas, leía, ante el órgano de gobierno de su población, un documento taxativo que descendía desde el asistente. Estaba ejecutando una operación que simultáneamente repetirían todos los municipios de la región que habían decidido abrir sus pósitos. Por su providencia daba las instrucciones necesarias para proceder al reparto del trigo de la primera data, así como algunas indicaciones todavía atinentes al cobro de los reintegros que a los pósitos aún les fueran adeudados. En su cumplimiento se redactaría en cada lugar el repartimiento del trigo, para el que eran diputados algunos regidores, miembros de pleno derecho de las cámaras locales de gobierno, quienes debían ser asistidos por labradores prácticos e inteligentes de cada población y atenerse a las siguientes reglas.

Los que tuvieran trigo suficiente para atender la sementera de sus barbechos, su manutención y la de sus familias, así como los gastos necesarios de su labor, según la norma, no podían ser admitidos como aspirantes a estos préstamos ni objeto de reparto de trigo alguno. Los privilegiados tampoco podían aspirar a los créditos del pósito, salvo que expresamente se sometieran a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Quienes tuvieran algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad que les pudiera corresponder. Los deudores de parte de lo que hubieran recibido en repartos anteriores también podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se habían endeudado. Al que debiera una parte solo del crédito ya recibido se le podía conceder, en la nueva campaña, la mitad de lo que hubiera reintegrado. Pero especialmente el Consejo tenía ordenado que no se diera trigo a quien fuese deudor de todo el crédito precedente. Sus órdenes insistían en ello. Los insolventes absolutos bajo ningún concepto podían participar en los repartos. Debían quedar al margen del derecho a postularse quienes debieran todo lo que anteriormente hubieran recibido.

Es posible admitir, de acuerdo con lo previsto en la norma, que en la práctica no todos los solicitantes dependerían por completo del trigo del pósito, si querían hacer una sementera a su satisfacción. Pero solo en dos, de las 626 solicitudes de grano para la sementera analizadas, los aspirantes declaraban poseer ya algo de trigo. La extraordinaria frecuencia de este aval, en reciprocidad, autoriza a pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito, con más probabilidad, se contarían entre la parte más descapitalizada de quienes se comprometían en la producción de los cereales.

Para resolver con la mayor transparencia, y en justicia adjudicar a cada solicitante lo que le correspondiera, se hacían dos prorrateos de la mitad del capital en grano de cada pósito, calculada como si estuviera por completo reintegrado. No obstante, donde había estilo del reparto a jornaleros, siempre que hubiera capital bastante para no perjudicar las labores, antes era separada, de la mitad para el primer reparto la fracción que a la autoridad le pareciera adecuada a este fin, de la que a cada jornalero, mediante un reparto propio, se le repartía en proporción a lo que necesitaba. La excepción, sin embargo, no dificulta el análisis. De esta modalidad de reparto no hemos encontrado rastro alguno.

El primer prorrateo se hacía entre todos los solicitantes comunes, identificados en los términos más descriptivos como labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros, así deudores como solventes, según las tierras registradas por cada uno. El trigo se repartía por unidad de superficie preparada. A todos se les concedía en la proporción que aritméticamente les correspondiera. Si, efectuada esta operación, a cada unidad tocaba un valor fraccionario, de la mitad del capital en reserva se tomaba lo necesario para completar cada lote hasta celemines o cuartillos. Pero los deudores, así como quienes no necesitaban trigo, o solo una porción, no podían ser tratados de la misma manera que quienes estaban al corriente en la devolución de sus créditos al pósito. Los que dispusieran de trigo, en caso de que aún necesitaran, siendo solventes solo podían recibir la porción que les hiciera falta, de acuerdo con el mismo valor tipo. En cuanto a los deudores, desde tiempo atrás estaban previstas las bajas que les correspondían, lo que la nueva instrucción reguló con más precisión. A los deudores nada se les repartía si antes no habían asegurado sus deudas. A los absolutos no podía repartírseles nada, y a quienes adeudaban una parte se les deducía de la cantidad que les hubiera correspondido la porción que debían. Estas deducciones generaban un excedente circunstancial. En la instrucción precedente se había previsto ya que no se quedara en el granero del pósito, así como el incremento que, en compensación, podía corresponderle a los solventes. La nueva reguló que fuera en beneficio de quienes dependían por completo de estos créditos.

Ajustados los lotes que realmente se podían conceder, se hacía el segundo prorrateo con el trigo excedente, entre los que no tenían ninguno o no les sobraba del que les había tocado en el primero. A los deudores parciales, deducida de la cantidad que les había correspondido la porción que debían, de esta se les concedía una mitad. En los sucesivos repartos, mientras mantuvieran sus deudas, se procedía con ellos de la misma manera, con la intención de estimular el reintegro. Los solventes eran los principales beneficiados. El tamaño de sus créditos se incrementaba, con la cantidad aún remanente, en proporción a las tierras que tuvieran preparadas. De ese modo a cada cual se le concedía según la tierra prevista y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se hubiera podido repartir.

El curso que llevaba desde la presentación de las relaciones juradas, con el registro de las sementeras de cada interesado en los préstamos, al reparto efectivo de estos no estaba a salvo de incidentes. Las impugnaciones y controversias, que la impaciencia alentaba, fueron habituales durante el tiempo transcurrido entre uno y otro momento.

A fines de octubre, en las poblaciones observadas para documentar el ciclo 1749/50, los más impacientes apelaban a la urgencia del cohecho, que no había podido completarse. Cuando las tierras que se iban a sembrar habían sido preparadas según las conocidas reglas de la barbechera, cohecho era la última labor dada a la superficie dispuesta para la siembra, razón por la que también solían llamarla alzar el barbecho. Tal vez pudo ocurrir que no hubieran terminado el cohecho de sus explotaciones, al menos una parte de quienes se habían atenido al rigor de la tradición, porque estuvieran faltando las lluvias. Para no atrasarlo más, presionados por la necesidad de disponer de trigo, porque no tenían qué sembrar aunque hubieran hecho sus respectivos registros de tierras, y bajo la convicción de que al menos podrían esperarlo para la parte de la explotación ya preparada, y porque creían urgente sembrarlo, pretendían que al menos les fuera proporcionada una parte del trigo que habían pedido al pósito, a cuenta de lo que les pudiera tocar en el repartimiento. Si aceptamos que quienes hubieran sembrado el año anterior podrían disponer de simiente, es probable que quienes así argumentaran podrían ser promotores de empresas que comenzaban, bien porque hubieran liquidado todo su capital circulante, tentados por la oportunidad, bien porque se aventuraban a esta experiencia por primera vez. En contra de su impaciencia se volvía la prórroga de los plazos concedidos para hacer los registros, decisión que obstaculizaba siquiera evaluar el lote que en el reparto pudiera corresponderles. Aun así, eran socorridos con discreción por la autoridad judicial, la misma que era parte del gobierno de los municipios.

También generaba tensiones el método para el control de las adjudicaciones. Del reparto efectivo se hacían copias para exponerlas en los lugares públicos. Las justicias debían vigilar la ecuanimidad de los repartos, y castigar, en caso necesario, de manera ejemplarizante los que no fueran los debidos. La copia del reparto, y su correspondiente edicto, permanecían expuestos durante tres días. Expresaba el capital en trigo del pósito, la mitad de este valor, lo que se debía deducir por las deudas no liquidadas y la cantidad que se apartaba para los jornaleros. Calculando con estos factores, se obtenía el capital líquido que podía repartirse entre las explotaciones demandantes. De cada una, constaba la cantidad de tierra preparada que había declarado su promotor, lo que permitía expresar lo que en bruto correspondía a cada unidad de superficie prevista. A continuación aparecían los solicitantes, uno por uno, separados en cuatro clases: los que no debían nada y habían incrementado el préstamo medio por unidad de superficie con los remanentes de las otras clases; los deudores parciales, a quienes se había deducido lo que les tocaba por valor medio en proporción al débito que mantenían; los que tenían trigo propio, con las deducciones del tipo que les correspondían, totales o parciales; y los deudores de todas sus partidas precedentes, que no percibían trigo alguno.

Pero el control de la veracidad del procedimiento, además de los medios coactivos mencionados, se completaba con la admisión de las denuncias espontáneas. A la vez que el reparto, se publicaba un edicto, apelando a los vecinos de la población, para que quienes observaran que algún labrador, pelantrín, pegujalero o manchonero hubiera declarado una superficie distinta a la que tenía preparada, ocultado trigo o incurrido en algún acuerdo previo en detrimento de otros, o en cualquier otra clase de engaño, lo notificaran. Los denunciantes podían comparecer ante el asistente, bien de manera abierta bien en secreto, personalmente, por medio de representante o por escrito. Pero el procedimiento podía sustanciarse también ante las justicias o los gobiernos locales, asimismo garantizando el secreto de quien denunciaba. De verificarse la contradicción, el denunciante recibía la tercera parte del trigo que el denunciado hubiera recibido, en especie o en dinero, una eficaz manera de estimular las iniciativas y favorecer la veracidad de los documentos redactados.

Entre otros hechos reiterados, también era habitual que en las demandas de reparto se incurriera en determinados abusos. Los solicitantes solían pedir cantidades que podían interpretarse como excesivas. No les faltaba justificación. Esperaban que lo que pudiera ser valorado como demasiada confianza en la productividad de la tierra, porque aparentaran invertir en ella en una proporción por encima de la que era aceptada para las tierras de mayor calidad, incluso cultivadas de manera extensa, fuera suplido con una sobrecarga de trabajo. Afrontando esta actitud, la autoridad rectora de los pósitos de antemano descontaba el exceso hasta de las menores ilusiones, concediendo siempre cantidades por debajo de las solicitadas. Pero como consecuencia de estos hábitos, a veces era necesario, antes de la conclusión de la campaña, depurar los excesos verificables. Un juez de comisión nombrado por el asistente, que también actuaba como juez regional de los pósitos, ya en plena primavera de 1750 pudo proceder contra pelantrines, pegujaleros y manchoneros de una población, así como contra algunos de sus labradores, que habían cometido excesos en los registros de tierra cursados el otoño anterior. Para beneficiarse del reparto del trigo, habían declarado como porciones destinadas a la sementera más de las que tenían preparadas. Sin pararse en demasiadas consideraciones, el juez dictó auto de prisión para quienes habían incurrido en el exceso. El gobierno de la población donde residían, alarmado, creyó que, de actuarse así, se provocarían perjuicios y conflictos innecesarios. Los encausados estaban muy empeñados y padecían muchos atrasos a consecuencia de la consabida esterilidad de los tiempos, causa que los responsables del municipio creían que pudo aconsejar a aquellas personas excederse en sus registros. Además, pensaban que en aquel caso no había lugar a fuero o competencia del tribunal actuante, dada la cortedad del pósito; tanta que en los repartos en cuestión a los solicitantes no les llegó a tocar ni la mitad del trigo que necesitaban para sembrar. En la práctica esto significaba, aun reconociendo que se habían excedido en la declaración de las superficies preparadas, que ni siquiera habían alcanzado a cubrir las necesidades de la sementera que realmente proyectaban, lo que en los hechos, por tanto, no contenía abuso alguno. El municipio propuso al juez, no solo que actuara con benevolencia, sino una transacción, que los encausados pagaran a prorrata las costas del proceso.

Tampoco ningún reparto del trigo del pósito quedaba al margen de la permanente pugna política, y como otros asuntos públicos siempre estaba expuesto al riesgo de convertirse en motivo de enfrentamiento. Un aspirante a alcalde por el estado noble, que compartía la jurisdicción de su municipio con el alcalde por el estado general, más conocido como alcalde ordinario, pretendía que se le admitiera en el empleo sin dar fianzas. Había sido nombrado para el cargo acatando una provisión de la audiencia regional, institución judicial que más aún era ejecutiva. Pero su nombramiento fue contradicho por su colega, el alcalde del estado general, quien no creía que aquel reuniera las condiciones requeridas para el desempeño. Pensaba que el aspirante, así como los demás vecinos de la población que se pretendían nobles, excepto dos, eran notoriamente pobres de solemnidad, sin ropa de una mediana decencia, ni noticia en dependencia, por no haberse versado en ellas, a causa de haber andado siempre retirados del concurso y tráfico de sujetos inteligentes y principales. Como el alcalde por el estado noble debía ser responsable en la distribución del trigo del pósito, el alcalde ordinario insistió en que, antes de tomar posesión el pretendiente, para prever su posible descubierto tendría que dar fianza para el empleo al que aspiraba. Le parecía indispensable proceder de este modo, tanto más cuanto creía que el propuesto por el estado noble, sin perjuicio de lo que de él pensaba, era el más apto bajo aquellas condiciones.

Puede suponerse que los pósitos recurrían al aval paralelo de financieros para garantizar su actividad. Sabemos que los mayordomos que se hacían cargo de la gestión de los ingresos y gastos de otras instituciones, o los administradores de las rentas de las casas, podían constituir sociedad con personas solventes para ser legalmente fiables. Lo peculiar del acceso al control del capital público en grano sería que la función gestora quedaba reservada a una parte de quienes de antemano disponían de algún poder en la jurisdicción local, que así se verían favorecidos por una regla que los convertía en lo que podríamos llamar financieros natos, aun cuando su capital apto para este negocio fuera limitado. Muy significativo resulta además que un hidalgo, en este caso, careciera del patrimonio que le permitiera beneficiarse de esta posición. Su estado lo convertiría automáticamente en testaferro.

Llegado a aquel punto el enfrentamiento, elevó su tono el problema que bajo él latía, el financiero que hemos detectado, hasta cobijarse bajo una controversia institucional. Se discutió nada menos que sobre la conveniencia de mantener en aquel ayuntamiento la vara del estado noble, algo realmente innovador, y si no sería adecuado hacer que despareciera en beneficio de la alcaldía del estado general, aprovechando que habían de hacerse nuevas propuestas de oficios de justicia en propiedad, asuntos sobre los cuales la audiencia, aunque sorprenda, ya se había manifestado favorablemente. Para resolver, se decidió consultar de nuevo a esta y que fuera la que decidiera. No hemos encontrado noticia de qué respondió el tribunal de la región a la consulta, ni siquiera se puede afirmar que la consulta llegara a formalizarse. Pero es seguro que el aspirante al empleo de alcalde por el estado noble, sin necesidad de fianza, cuatro días después de que la polémica pusiera al descubierto sus raíces políticas, tomó posesión y el pósito pudo seguir adelante con sus actividades.

Pero no era frecuente que el procedimiento de los pósitos, en aquel momento decisivo, se viera especialmente interferido por querellas. Al contrario, en la mayoría todo era resuelto de forma previsible. Completado el repartimiento, el procedimiento se culminaba con la firma de la obligación correspondiente a la partida que a cada uno hubiera tocado. Para formalizarla los prestatarios disponían de tiempo suficiente. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, el reconocimiento de la deuda de sementera solía firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre, y solo excepcionalmente se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Todas las obligaciones debían incluir avales o fianzas que satisficieran a los responsables locales de los pósitos, que eran sus justicias, gobiernos y diputados, quienes, para que actuaran con el mayor rigor, en este momento procedían por su cuenta y a su riesgo. Ningún privilegiado, por la vía que lo fuese, si había sobrepasado el filtro del reparto, era admitido sin haber presentado ya en el momento de la solicitud fiadores legos, llanos y abonados que estuvieran bajo jurisdicción ordinaria, a satisfacción y por cuenta y riesgo de los repartidores. También los jornaleros beneficiarios de los préstamos del pósito, si querían disponer de ellos, tenían que asegurarlos con fianzas suficientes. Cada uno de los fiadores, previo acuerdo mutuo, se debía obligar a la liquidación de toda la deuda, como si fuera el acreditado.

La mayoría de los deudores formalizaba su obligación en el libro donde el escribano al servicio del pósito registraba los créditos que no superaban las 20 fanegas. Tales asientos eran suficientes para que los concedidos fueran requeridos por las justicias a su cumplimiento. Cada uno debía ir firmado por los prestatarios y sus avalistas o fiadores, y por testigos en caso de que no supieran firmar, y el escribano, que no cobraba por este acto derecho alguno, los autorizaba. Cuando las partidas sobrepasaban las 20 fanegas debían otorgarse escrituras de obligación en forma. En ellas se hacían constar el plazo para la liquidación del crédito y las creces o interés vigente para los préstamos de esta clase.

Algunos reconocimientos de las deudas quedaban sin formalizar, y si faltaban sus firmas, los deudores podían no admitir que en su momento habían recibido los créditos. Las complicaciones que en consecuencia surgían terminaban siendo una carga para los pósitos. La responsabilidad de este descuido se hacía recaer sobre los escribanos que actuaban para la institución, a quienes por esta causa se les penaba. A partir de 1747 se quiso limitar el efecto de la falta exigiendo, junto a la copia del reparto que debía enviarse a la asistencia, un certificado que afirmara en forma que todas las escrituras de reconocimiento de las deudas habían quedado íntegramente cumplimentadas.

La relación de los firmantes permite identificar como única sociedad para financiar la explotación la que formaban el aperador y los demás temporiles de algunos cortijos, en un caso constituida solo por aquel y uno de los temporiles de los que trabajan bajo su mando. De las tres cuartas partes [61 de los 81] de los avalistas que constan en los memoriales analizados solo se puede deducir que son personas distintas al prestatario. Del enunciado de sus respectivos nombres, así como de otros rasgos que de ambos pueda mencionar el documento, no se deducen vínculos entre ellos que puedan justificar la relación. Pero el otro cuarto [los otros 19 casos] proporciona algunos indicios que permiten aislar al menos parte de los medios de donde proceden, así como de las relaciones que los conducen a actuar comprometiéndose.

En unos casos observamos que prestatario y avalista comparten el apellido, vínculo que en dos más es corroborado por la declaración positiva de la condición de hijo o madre de los fiadores. Por comparación con los de la data de sementera, una novedad se observa entre los de una data de barbechera, cuando se admite como fiadora la esposa del demandante del crédito. En otros casos la persona que sale a favor del acreditado es a la vez el amo -voz que hay que interpretar como teniente- del cortijo donde se va a sembrar. La relación permite pensar que el señor principal de la labor puede ser parte interesada en la inversión en grano que se pretende.

Puede ser indicativo de una sociedad previa, responsable de un tipo muy sencillo de empresa de cereal que está en el origen de una parte de los préstamos, que un memorial sea presentado por quien tiene preparadas 6 fanegas de tierra en el cortijo de su amo, tres de ellas de tiempo [sic] y las otras tres a dinero, lo que tal vez signifique que estas eran subarrendadas y aquellas obtenidas a cambio de trabajo. En dos casos coinciden ambos nombres, el del prestatario y el del fiador. Avalarían los créditos por sí mismos los demandantes, valiéndose de fórmulas hipotecarias que merecen un grado de crédito extraordinario, supuesto que la hipoteca de todos los bienes es una parte inexcusable de la obligación que más adelante firma el prestatario, la que formaliza definitivamente el crédito recibido. Dedujimos, por último, la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Para este comportamiento sí disponemos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No es posible explorar más la posibilidad porque no tiene más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no es relevante. Como posibilidad más verosímil, consideramos que pudo tratarse de arrendatarios de cortijos que luego los subcedían en parcelas a interesados en explotaciones de dimensiones menores.

Todos los incursos en el reparto tenían que retirar del pósito el trigo que les hubiera correspondido dentro del plazo que cada autoridad local decidiera, cuya duración correspondía al número de habitantes de cada población y a la cantidad de trigo que se iba a transferir. Pero en ningún caso la entrega efectiva se iniciaba antes del 15 de octubre. Con esta condición se pretendía inducir que los labradores no aplicaran el trigo a un gasto distinto a la siembra. Para salir al paso de su posible desviación, además estaba prohibido que las autoridades admitieran los créditos en trigo concedidos a labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros para cobrar padrones, repartimientos o cualquiera de los servicios a los que aquellos pudieran estar obligados; incluso si los afectados quisieran emplearlos con este fin. La autoridad estaba conminada a velar por que los granos del pósito se invirtieran exclusivamente en la sementera, lo que, recuérdese, no era lo mismo que sembrarlos.

Hacer efectivos los créditos concedidos era responsabilidad directa de los diputados para la entrega, los llaveros y los depositarios. Para verificarla con garantías, a quienes se les había concedido crédito en el reparto, es probable que al tiempo de formalizar la obligación, se les daba una cédula, que debían presentar al depositario de los graneros del pósito, acreditativa de la partida que a cada cual se le hubiera adjudicado. Debía ir firmada por los diputados y el escribano, y no era admitida la que estaba firmada solo por el escribano. En algunas poblaciones, se habían aceptado cédulas que llegaban solo con la firma del escribano y, sirviéndose de este ardid, se habían sacado cantidades no concedidas. Si los diputados de entrega descuidaban su deber de suscripción eran penados. Tampoco a los depositarios se les aceptaban en la data de su contabilidad las partidas que no cumplían la condición de las firmas.

Había ocurrido con frecuencia, años atrás, que los agraciados iban todos a la vez a retirar su trigo. A veces, en el acto mismo de la entrega, unas partidas se mezclaban con otras. Desde 1747 los responsables de los repartos quedaron comprometidos a no comenzar una entrega sin que estuviera completada la precedente. Para que pudiera actuarse de este modo, era necesario que todos los responsables de la operación estuvieran presentes, lo que les obligaba a evitar el vicio de procedimiento que consistía en que unos tuvieran las llaves que eran responsabilidad de otros. Los almacenes estaban asegurados por varias cerraduras, la custodia de cada una de las cuales era una parte de los deberes de un cargo.

En los pósitos, para proceder a esta operación, había medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Las que se describen eran de álamo, de nogal o de otra madera que no menguara. Estaban barreteadas con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que era redondo, lo estaba con sus chapas correspondientes. Con ellas se repartía y luego se ingresaba el trigo. Era costumbre, extendida por un buen número de poblaciones, que en el momento del reparto los acreditados pagaran a los medidores del grano 4 maravedíes de cuenta por unidad de capacidad medida para la entrega de cada partida. La costumbre fue refrendada por la ordenanza de 1747.

Concluido el plazo de la entrega, la actividad del pósito entraba en un paréntesis y sus graneros se cerraban. Los responsables de la institución, hasta el último día de enero, a la vez que testimoniaban que se había hecho en tiempo y que a los interesados se les había entregado en la proporción que estaba regulada, enviaban al asistente una copia literal del reparto del trigo para la sementera. Era el momento para hacer balance del costo que había tenido la parte más relevante de su actividad. En los municipios cuyos términos eran extensos las cifras eran de cierto relieve. Un pósito activo en un espacio de tales características repartió en el otoño de 1749, entre los vecinos que habían decidido cultivar cereales recurriendo a esta vía de financiación, nada menos que 6.248 fanegas de trigo. El cálculo que recurra a los factores más elementales permite estimar que pudo sembrarse, con aquel grano, en torno a una cantidad de superficie similar. Pero del alcance real de la mediación del pósito en la financiación de las explotaciones de cereal puede dar una idea más acertada que en esa misma población, en plena primera mitad del siglo décimo octavo, contando con todo el grano que el registro público había conseguido localizar en toda clase de almacenes, 14.901 fanegas de trigo y cebada, creían necesarias para la siguiente sementera 25.099 fanegas más. Así se completaban 40.000, que en las estimaciones del momento sumaban las dos terceras partes de las sementeras que se podrían hacer. Luego se aceptaba que el espacio cultivado posible consumiría un total de 60.000 fanegas. Por informaciones posteriores, se averigua que aquel año fueron 50.000 las fanegas de cuerda sembradas, aunque tres años antes se había estimado en el mismo lugar que para sembrar eran necesarias 32.000 fanegas de trigo. Podemos, en conclusión, aceptar que entonces se sembrarían, regularmente, en aquellas tierras, unas 36.000 fanegas de capacidad.

En 1750, avanzado el año, cuando ya se había impuesto como opinión que se estaba viviendo el momento de inflexión de un ciclo, en la misma población se estimó que quienes habían sembrado habían invertido más de 150.000 fanegas de trigo y cebada. Dadas las circunstancias, que alimentaban la simplificación interesada, es más que probable que esta cifra fuera exagerada. Basta comparar con las precedentes. La autoridad, apasionadamente confesional, se expresaba entonces recurriendo a los elementales principios éticos a los que se habían habituado las creencias, dictados por la hipérbole y el exceso de dramatización, tal como hacía para cualquiera de las circunstancias que concurrían en la crisis que marcaba la cima para la secuencia del beneficio. En esta ocasión afirmaba además, dando por supuesto que no habría cosecha, que el resultado de tan importante inversión sería que quienes habían sembrado quedarían muy empeñados con el pósito local, que para la mayor parte de las sementeras había sido el suministrador del grano. Descontando, asimismo, que la cifra referida a la inversión en el cultivo hubiese sido doblada, gracias a la suma de la cebada, lo que probablemente sea excesivo, sin mucho riesgo de error podemos deducir que la fracción habitualmente proporcionada por el pósito oscilaría en torno a la quinta parte del trigo sembrado, y a veces ni siquiera alcanzaría la décima parte.


Población estacionaria con inmigrantes

Redacción

Durante el siglo XVIII el crecimiento de la población regional parece estancado. Las tasas que lo expresan coinciden en este punto: oscilan entre 0,15 y -0,19 %. Su composición por edades, observada a partir de los mejores censos de aquel siglo, no cambia de manera significativa. Si aceptamos literalmente lo que expresan estos dos parámetros, su mortalidad sería constante, tal como lo es su composición por edades, y dado que la mortalidad es constante, para avanzar en el análisis de los factores del crecimiento de aquella población es legítimo recurrir a una tabla de mortalidad que complete con sus descripciones lo que permiten los indicadores sintéticos.

Hemos preferido una de elaboración propia, basada en unos veinte mil registros de las defunciones ocurridas en el mismo universo, complementados por la necesaria observación directa de los nacimientos; casi cuarenta mil asientos, fondo suficiente para llegar a conclusiones fiables. Proceden del primer registro civil, que empezó a funcionar de manera regular en este extremo de occidente a partir de 1841. Aceptarla, a pesar de su desplazamiento cronológico, incluye reconocer que entonces la población regional no había conocido aún la primera fase de la transición demográfica. Para admitir esta premisa basta comparar sus valores con los cálculos típicos de la mortalidad, ya clásicos, de Naciones Unidas y Princeton, desarrollados a partir del procedimiento de estabilidad. Los que más se aproximan a la mortalidad observada son los niveles 4 y 5, masculinos y femeninos, con tasa de crecimiento 0, del modelo sur de Princeton. Con estos medios, más algunos cálculos parciales, es suficiente para ensayar una descripción de los límites a la población del sudoeste en pleno siglo XVIII.

De todos los sucesos vitales, el matrimonio era el más próximo a la voluntad humana antes de la transición demográfica. Como entonces la concepción de hijos fuera del matrimonio carecía de relevancia, la descendencia final de las mujeres de cualquier población dependía de si contraían nupcias, y en caso de que así fuera de la edad a la que lo hicieran; de la medida en que sintonizara con la fertilidad femenina. La población regional, antes de la transición demográfica, estaría alimentada por un matrimonio temprano e intenso. La edad media de acceso al matrimonio de las mujeres adquiere un valor entre los 21,5 y los 22 años, lo que significa que las que se casaban invertían en el matrimonio entre el 77 y el 79 % de su fertilidad. El nivel de la soltería definitiva femenina (solteras de 50 años y más, edad que asimismo se acepta como límite superior de la fertilidad) estaba comprendido entre el 20 y el 30 %, lo que en términos positivos o intensidad del matrimonio se traduce en valores entre el 73 y el 82 %. Combinando ambos indicadores, resultaría en resumen que en realidad aquella población solo ponía en juego entre el 60 y el 64 % de su capacidad reproductiva.

Claro que no toda la potencia procreadora invertida en el matrimonio se traduciría en nacimientos. El número de los de cada año, que se puede estimar comprendido entre unos 26.500 y poco más de 29.000, permite suponer que las tasas de natalidad se situaban entre el 36 y el 39 por mil. Si se acepta que el 95 % de los nacidos eran legítimos, de la anterior estimación se deduce una colección de valores de la fecundidad matrimonial en torno a 0,750, levemente por encima de los calculados para todo el país, situados entre 0,745 y 0,735. Indica que las mujeres casadas de la región procreaban al 75 % de como lo harían las mujeres de máxima fecundidad matrimonial observada, las hutteritas de 1921-1930. En el supuesto de que la fecundidad matrimonial hutterita fuese el techo biológico de la fecundidad femenina -y por el momento sí que es el máximo observado para cualquier lugar y para cualquier momento-, del valor del índice se deduce que el conjunto de los recursos reproductivos de toda la población regional funcionarían a poco más del 45 % de su capacidad. (Si en vez de aplicar la tabla modelo de mortalidad aceptamos que el registro de población en los censos es perfecto al menos para la población infantil masculina (varones de 0-6 años), tendríamos que hacer dos cálculos alternativos mediante ajuste a relación de masculinidad tolerable de acuerdo con el tamaño de población. Es decir, el valor real de la población infantil femenina quedaría comprendido entre un máximo y un mínimo. Si a las dos nuevas sumas resultantes se les aplica el mismo índice, resultaría otra fecundidad, no tan exagerada como en el primer supuesto, aunque aún seguiría siendo muy alta.)

Si se casan en torno al 80 % de las mujeres a una edad media temprana y realizan las tres cuartas partes de su fertilidad, el aporte de sumandos al crecimiento es sin duda alto, aunque parezca que la población funciona a medio gas porque solo aprovecha algo menos de la mitad de sus potencialidades reproductivas. Se estaría cerca de un supuesto máximo biológico posible que sin embargo no se agotaba.

Un lugar común de la historiografía demográfica es que durante el siglo XVIII las poblaciones peninsulares no estuvieron sometidas a los rigores de la mortalidad catastrófica, a excepción quizás del paludismo de fines de los ochenta. En el caso de la región al menos, no hay indicios de que se produjeran crisis de mortalidad graves. En cuanto a la mortalidad ordinaria, que sería por tanto la reguladora del crecimiento, las fuentes y sus estimaciones asociadas proporcionan datos precisos. Las evaluaciones posibles de la mortalidad adulta (de 20 a 55 años) son suficientes para marcar un límite por debajo del cual es difícil que se situara la mortalidad ordinaria. Con la más optimista se pueden calcular unas tasas anuales en torno al 40 por mil, lo que implicaría una esperanza de vida al nacer próxima a los 35 años. Es un nivel bajo de mortalidad regular a juzgar por los cálculos más autorizados referidos al conjunto del país (esperanza de vida al nacer 26,8 años), y que tampoco concuerda con la mortalidad implícitamente aceptada en los niveles 4 y 5 del modelo sur de Princeton, que corresponde a una esperanza de vida al nacer entre 27 y 30 años.

Pero, al tiempo que la mortalidad catastrófica ha desaparecido, al menos por el momento, y la adulta se muestra relativamente moderada, es alta la mortalidad infantil. Nuestra estimación de natalidad obliga a aceptar que su nivel estaba comprendido entre un 230 y un 270 por mil, lo que encaja más con los modelos de mortalidad de referencia; más aún si se tienen en cuenta las experiencias de las mortalidades infantil y postinfantil acumuladas, que se aproximarían al 50 % de los nacimientos. Así pues, sobre todo la muerte de los recién nacidos vendría a corregir severamente el comportamiento de la fecundidad: del orden de la mitad de los nacimientos acabarían en muerte antes de terminar la lactancia.

Con unas tasas de natalidad que como máximo alcanzarían el 39 por mil, y con una mortalidad que desde luego no bajaría del 40 por mil en los años en los que no hubiera repunte de la mortalidad, se deduce que el crecimiento ordinario, al menos el crecimiento natural, tendería a ser negativo. Los analistas más reconocidos, resistiéndose a admitir que en el saludable siglo XVIII hubiera alguna población que no se incrementara, optan por defender un débil crecimiento positivo, estimado en un 0,1 % anual. Si se aceptan con lealtad los valores de natalidad y mortalidad demostrados, parece más correcto admitir que el crecimiento se situaría como mínimo bastante más cerca de cero. Corroboran la sospecha de tan ajustado margen de crecimiento las tasas de reproducción que pueden deducirse de los censos, que son en este sentido claras: a una tasa bruta algo por encima de 2, con las condiciones de mortalidad estimadas y el perfil del matrimonio femenino deducido corresponde una tasa neta en torno a 1, lo que significa que cada mujer fecunda era sustituida por otra con las mismas posibilidades de realizar su fecundidad.

La selección de los hechos demográficos que pueden ser más pertinentes para una explicación del crecimiento en el pasado, combinados de una de las múltiples formas posibles, da como resultado lo que los especialistas llaman un sistema de la población, tan simplificador y tópico como útil para aislar algunas de las razones no demográficas del comportamiento biológico de una población a fines de la época moderna. En el  caso de la regional, nos encontraríamos ante lo que clasifican como sistema de alta presión. La imagen que evoca esta expresión es coherente con lo que por el momento parecen hechos demostrados. El crecimiento regional estaría regulado por dos mecanismos de signo opuesto, un matrimonio femenino precoz e intenso, responsable de una fecundidad alta, contrapesado por el riguroso freno positivo de la mortalidad, especialmente descargada sobre la rigurosa mortalidad anterior al quinto aniversario.

La explicación de unos comportamientos aparentemente tan conservadores en el terreno de la reproducción habría que buscarla en el poder de la mortalidad, un factor que puede considerarse exógeno porque escapa a cualquier control. Con la reserva de fecundidad se pretendería hacer frente a los imponderables de la mortalidad catastrófica, en cuyo caso sería oportuno recurrir a ella para reequilibrar el sistema. Es probable que no fuera del todo así, entre otras razones porque la conciencia de la contención de la mortalidad extraordinaria solo puede existir cuando ha pasado una cantidad de tiempo que trasciende los comportamientos biológicos de cada año, los que miden las tasas. Tal vez sea necesario plantear en otros términos el problema.

Concebir la población como un todo homogéneo, cuando se trata de comportamientos biológicos, por más gregarios que sean, es un error que contagian al análisis histórico los procedimientos estadísticos. Si aceptamos que el matrimonio es el origen remoto de los factores del crecimiento natural al alcance de las voluntades, tenemos que aceptar también que las posibilidades de concertar un matrimonio, y en mayor grado sus consecuencias para la localización del hogar y la formación de la familia, tienen que ser dispares. No todo el mundo puede dotar del mismo modo a su descendencia femenina, ni con el mismo alcance, si la dote es una parte del curso consuetudinario que lleva al matrimonio; ni tiene la misma capacidad para transferir un capital al varón que desea contraer matrimonio para que haga frente a la creación de su hogar, cuando esta forma de resolverla sea la regular. Con los medios estadísticos solo es posible detectar lo más grosero, el comportamiento en masa.

Por suerte -solo bajo esta condición tan restringida- legitima tan sintética manera de proceder que las formas de obtener la renta las familias del siglo XVIII estuvieran muy polarizadas en el medio rural, el que por cantidad de actividades imponía sus pautas a las poblaciones. Bien un grupo restringido obtiene sus rentas detrayéndolas del trabajo ajeno, bien otro grupo, el mayoritario, las consigue concediendo que una parte del suyo tiene que venderlo a aquel. Las posibilidades de que el comportamiento biológico de los segundos deje rastro en las cantidades que registran los censos y los registros son casi todas, mientras que las que tendría el de los otros serían casi nulas, dada la magnitud de las diferencias.

La manifestación más visible de esta doble circunstancia, cuyas piezas no solo no se oponen sino que se complementan, es que la mayor parte de la población regional, bajo criterio laboral, en las estadísticas del momento se clasifica bajo la condición de jornalero, aunque en unas proporciones tan abrumadoras que resultan demasiado groseras. Es cierto que en la región el jornalero agrícola parece un hecho permanente, y que probablemente es parte de la población regional al menos desde la plena edad media. Con seguridad, su presencia ininterrumpida en la región se documenta desde el siglo XV. De estos testimonios habitualmente se deduce una proletarización progresiva y lineal del mercado de trabajo agropecuario. Cuesta creer en la presencia inalterable de una población jornalera cuyo tamaño crece inexorablemente. Si las casas agropecuarias, a las que sirven quienes trabajan en el campo, presentan como rasgo más estable su alta capacidad de adaptación a la coyuntura comercial, así interior como exterior, es poco probable que en la población jornalera, en su tamaño, y en su función económica, no se reproduzcan, previamente o como consecuencia, las oscilaciones de la coyuntura mercantil.

Aquella manera expeditiva de clasificar las profesiones sería una traslación del fenómeno de fondo al punto de vista; una consecuencia estadística, obra del procedimiento de las administraciones, de la que no obstante podemos congratularnos, porque abre una posibilidad de encontrar explicaciones. Bajo la voz jornalero de las estadísticas se esconde no tanto la diversidad como una situación compleja. Sus protagonistas, aunque no rechazaban aquella denominación, o la de bracero, preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo, una forma de identificarse que los unificaba y los arraigaba al fondo campesino del que provenían. En pleno siglo XVIII la mayor parte de la población rural aún no había renunciado a permanecer sujeta a ese fondo.

La demanda de trabajo, para a cambio detraer la renta a la que por este medio se aspiraba, se personificaba de cuatro formas: pegujalero, temporil, asalariado episódico y destajero. Temporil era el que se empleaba por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola en las grandes explotaciones, las que dominaban e imponían sus principios al sector, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Era lo más próximo al trabajo asalariado estable. Quienes ocuparan puestos de responsabilidad y guardia o quienes tuvieran a su cargo el complejo ganadero de aquellas empresas, tanto el de trabajo como el de cría, tendrían las mayores posibilidades para ser contratados como temporiles.

Asalariado episódico o jornalero en sentido propio era el que se empleaba para faenas determinadas, llamado por los aperadores, en las mismas explotaciones. Puede trabajar durante secuencias que va imponiendo el comportamiento del tiempo, habitualmente menores al mes pero superiores a la semana, en los trabajos sucesivos del cultivo del trigo, o de los que le están sometidos, incluido entre estos los del olivo y la vid. Iban desde la siembra hasta la recolección del cereal y sus legumbres asociadas, pasando por la escarda o el abonado.

Bajo las condiciones del destajo solo eran contratados los trabajos de siega del cereal y sus legumbres, así como la vendimia y la recolección  de la aceituna. Son tan intensos como concentrados en el tiempo, y por eso los mejor remunerados, aunque ni mucho menos los más rentables.

El pegujal era una pequeña explotación campesina, de ciclo anual, que no solo no se oponía a las dominantes sino que se desarrollaba dentro de sus unidades de explotación, de dimensiones tales que podían acoger un buen número de quienes estaban dispuestos a hacerse cargo de uno. Su convivencia en el espacio con las tierras destinadas a cumplir con los objetivos dominantes está justificada por los posibles intercambios de servicios entre las dos células del sistema, la gran empresa y el pegujal. A quien lo trabajara le permitía sobrepasar la renta que se obtuviera como asalariado de cualquier tipo (temporil, jornalero o destajero), no tanto por la cantidad líquida que ingresara como porque lo capacitaba para disponer con independencia sobre todo de trigo, aunque también de cebada o legumbres, y así escapar a la tiranía de los precios del suministro alimenticio básico, o subsidiariamente del que necesitara el ganado de trabajo que había que poseer para aspirar a ejercer como campesino.

El mecanismo que regulara la oscilación entre tener y no tener un pegujal se originaría por tanto desde el mercado del trigo. Tan inestable como eran los precios del cereal básico sería la condición anual de campesino, y serían las violentas oscilaciones de aquellos las que convertirían el recurso al pegujal en un mecanismo regulador del mercado de trabajo rural. La consecuencia era que la posibilidad de acceder a pequeñas explotaciones anuales contribuiría a tensarlo constantemente. Y, paradójicamente, la posibilidad de convertirse en pequeño cultivador anual contendría el germen de la proletarización.

Para que el suministro de mano de obra contara con una importante reserva sería suficiente con que el número de los trabajadores del campo dispuestos a explotar aquellas unidades mínimas superara la oferta de parcelas aptas para convertirse en aquella forma de actividad campesina, lo que empujaría a los trabajadores del campo a emplearse en toda faena a cambio de un salario. Su proletarización tendría todas las posibilidades para progresar (=> aumento de la oferta de trabajo => estancamiento de los salarios) porque ya estaban abiertos tres frentes secundarios para la obtención de renta, los que cada año encarnaban los temporiles, los asalariados episódicos y los destajeros.

Esta dirección de los acontecimientos no era irreversible. Bastaría con que los precios del trigo invirtieran su comportamiento, y abrieran de nuevo oportunidades a la promoción de pegujales, para que otra vez se incentivara el riesgo a tener una pequeña empresa autónoma. Aunque las expectativas para acceder a una explotación de esta clase eran razonablemente cortas, inferiores siempre a cinco años, si se toman como pauta las oscilaciones de la producción de trigo hasta ahora conocidas, eran las que alentaban la vacilante condición campesina de los trabajadores del campo.

La representatividad de estas afirmaciones es aún muy limitada, hasta tanto no se pueda calibrar su extensión y su valor relativo. Pero obliga a recuperar, profundizar y completar el análisis del papel que a las explotaciones subsidiarias tocaba en aquel orden biológico.

Sobre la formación del hogar asociada al matrimonio, lo que de momento se deduce del análisis de los padrones es que rige el principio de neolocalidad, o erección del hogar en un lugar distinto al de procedencia de cualquiera de los contrayentes. En cuanto a la formación de la familia, parece que se impone la disciplina de la nuclear, la que se limita a los vínculos que unen a padres con hijos. Aquellas costumbres quizás fueran más consecuencia que causa, y su responsable podría ser la expectativa, constante, renovable año tras año, de adquirir una renta autónoma gracias al acceso a una pequeña parcela.

Si las expectativas de independencia familiar vía matrimonio, la parte del comportamiento biológico emancipada o autónoma, dependían de la disponibilidad de renta de los candidatos, en poblaciones donde para la mayoría el acceso a la renta no estaba subordinada a la transmisión del patrimonio agrario territorial dentro de la familia, como ocurría en zonas con predominio de población campesina propietaria, las aspiraciones y las prisas por contraer matrimonio serían mayores. No tanto porque los contrayentes se apuraran en ahorrar para casarse, simultaneando el trabajo agrícola autónomo con el servicio a una casa, independientemente del sexo, sino más bien porque una temprana salida a la fecundidad posibilitaría un mayor éxito en la obtención de hijos vivos y por tanto aptos para el trabajo en poco tiempo -contando con una edad de concurrencia al mercado de trabajo muy temprana-, de forma que pudieran acaparar con la pareja la cuota óptima de trabajo; tanto el dependiente, cuando fuera ofertado en masa en forma de trabajo estable en las explotaciones (temporiles, jornaleros, destajeros), como el independiente, el que permitía el pegujal, para sumar una renta total de la unidad familiar suficiente para vivir todo el año, objetivo que probablemente costaría alcanzar. Así, serían las expectativas de acceso al matrimonio las que dependerían inmediatamente de la coyuntura triguera.

Las consecuencias biológicas de estas pautas podrían ser las responsables de la alta presión. En la medida en que la renta de las familias que trabajaban de manera estable como asalariados y en las explotaciones subsidiarias creciera menos que los precios del trigo, las prisas por obtener el mayor número de hijos en poco tiempo, además de invitar a casarse y pronto, una vez constituida la familia trabajadora daría origen a una loca carrera de concepciones que inevitablemente se traduciría en un alto nivel de fracasos. La muerte de los recién nacidos durante el periodo de lactancia, más frecuente en los meses de verano a causa de la incorporación de la familia completa al trabajo (lo que alteraba la alimentación infantil y facilitaba las infecciones gastrointestinales, de efectos fatales), vendría a corregir severamente el crecimiento; lo que aún estimularía más la búsqueda de nuevos hijos. La experiencia tenía demostrado que arriesgar más fecundidad significaba alimentar más la presión de la mortalidad, inevitablemente.

La alta mortalidad durante los primeros cinco años de vida enfrentaría de nuevo al riesgo de estimular aún más la búsqueda de nuevos hijos, así como el previo acceso al matrimonio. Por este medio, dadas las pautas de la mortalidad ordinaria, por desgracia lo que se conseguiría sería, antes que acelerar el crecimiento positivo, alimentar la alta presión de la mortalidad. Al mismo tiempo, este incremento de la mortalidad -en particular, los altos niveles de mortalidad infantil- reduciría la mediata capacidad reproductiva en reserva, lo que en realidad limitaría las posibilidades de reequilibrio del sistema.

La alta presión sería pues la aportación biológica a la búsqueda de un equilibrio: disponer del máximo posible de descendientes vivos adultos para poder sostener una empresa familiar autónoma, y al tiempo, en caso necesario, optar a los otros mercados de trabajo, para así complementar las rentas. El crecimiento de la población cerrada, la que solo creciera por vía vegetativa, sería limitado porque limitado era el acceso a las parcelas que cada año permitían ser campesino.

Pero que la severidad de la mortalidad ordinaria probable corrigiera el sistema induciendo una importante contención de la fertilidad para mantener el difícil equilibrio de la familia campesina, al tiempo que invitaría a no recurrir a su reserva de capacidad reproductiva y extremar el control sobre las posibilidades biológicas, y aun así condujera hacia la máxima presión posible, en otra parte quizás fuera la reacción a un aporte inmigratorio constante.

El débil crecimiento positivo por el que opta una parte de los observadores quizás no esté del todo forzado. Los niveles de crecimiento próximos a cero o negativos de la población cerrada podrían estar compensados por un saldo migratorio oscilante y modesto. Cruzando las clasificaciones por sexo y edad que proporcionan los censos con las tablas de mortalidad de referencia, se deducen invariablemente saldos migratorios positivos para la población masculina adulta. El corrector inmigratorio, concentrado en la oferta de trabajo bajo las condiciones del destajo, sería el encargado de anular definitivamente las tentaciones y los excesos del crecimiento natural positivo. El aporte inmigratorio regular era necesario para mantener un sistema laboral colapsado por una demanda de trabajo superior a la oferta en muy poco tiempo (siega, vendimia, recolección de la aceituna), desde luego por encima de la capacidad de trabajo de la población autóctona.

De ocurrir así el movimiento, el comportamiento biológico juicioso partiría de que acelerar el crecimiento, equivaldría a incentivar la proletarización, puesto que el excedente sobre el número de parcelas posibles tendría la necesidad de competir en los otros mercados de trabajo, donde se enfrentaría a la cotización a la baja a la que necesariamente conduciría la concurrencia de la oferta de temporiles, episódicos y sobre todo destajeros. Contener el crecimiento no sería tanto una estrategia de reserva para caso de mortalidad catastrófica como un medio para evitar la proletarización acelerada.

Los intentos por ajustarse a la oscilante supervivencia bajo estas condiciones se traducirían en una alta presión probablemente límite. Pero el severo crecimiento biológico no satisfaría las modalidades de demanda de trabajo de cada año, y el aporte inmigratorio resultaría inevitable para satisfacerla, específicamente la del asalariado episódico en el grado más alto, el destajero. Así la demanda de trabajo actuaría como factor exógeno del crecimiento de la población.

Así pues, el sistema realmente sería dual, y las razones que obligaran a un crecimiento bicéfalo habría que buscarlas en las características del mercado regional de trabajo, a su vez dependiente del mercado del trigo. La población autóctona se esforzaría en mantenerse campesina, para escapar de la proletarización, gracias al pegujal. El proceso llamado proletarización estaría pautado, al ritmo que impusiera la economía mercantil del trigo, por un incremento de quienes se vieran excluidos de las posibilidades de actuar como campesino independiente cada año o como asalariado de una gran empresa, y quedaran a los pies del mercado estacional del trabajo, especialmente el relacionado con las recolecciones, sobre todo la del trigo, pero con el tiempo también de la aceituna, y algo menos de la uva.

Los elementos descritos serían los responsables del régimen demográfico regional, que en términos relativos está en buena posición para tipificar la imagen de alta presión demográfica. Pudo tratarse de un sistema de alta presión bien ajustado a la demanda de población del mercado ordinario de trabajo por un mecanismo incontrolado, la mortalidad, y dos complementarios y dependientes, la fecundidad matrimonial y la inmigración.

De ser correcta, esta deducción permitiría por último concluir además sobre el alcance del procedimiento. El sistema al que asimilar la población regional no solo puede concordarse con fundamento con una población estable, cuyas propiedades analíticas hemos aceptado implícitamente desde el principio. Con los hechos deducidos sería posible argumentar a favor de su variante más sencilla, la estacionaria, la estable que  además cumple una condición restringida, que la tasa de crecimiento tiende a ser cero. Nada nos impediría admitir que la poblaciones estacionarias, a fines de la época moderna, eran un fenómeno común, y que su vigencia estuviera garantizada por las correcciones cíclicas a las que las sometían los movimientos migratorios estacionales.

Puede que atenerse al modelo estacionario sea arriesgado, precipitado, incluso improcedente. Pero, aparte que los síntomas sean suficientes como para pensar que la regional fueran una población estancada, y no siempre por síntomas cuantitativos, es el más consecuente con lo que se sabe. Dada su simplicidad, también es el más económico, el que antes puede llevar a unas propuestas; y el más fácilmente criticable y corregible por cualquiera en caso necesario.


Una gran explotación

Silas Roberto

El siguiente documento describe con una precisión poco habitual una gran explotación moderna.

No está fechado. Pero hay una versión simplificada de la misma imagen, de 1751.

(Corresponde a la microfilmación realizada por el CECOMi sobre las Respuestas Generales depositadas en Simancas e individualizada por pueblos según el Catastro)

El autor de esta versión, al igual que el del primer documento, afirma que la dimensión de ese espacio era, de levante a poniente, media legua; de norte a sur, un cuarto; y de circunferencia, legua y media. La concordancia de forma y dimensiones es suficiente para fechar la primera imagen, la descriptiva, con bastante precisión. Es muy probable que corresponda a mediados del siglo XVIII.

Las descripciones que contiene, así como la información que las complementa, invitan a revisar algunas de las características que entonces distinguían a las mayores unidades de producción, las más codiciadas, las que cargaban con la responsabilidad del crecimiento económico, una ingeniosa manera de explicar las conquistas del trabajo. Para quienes la aceptan, tiene la gran ventaja de que centrifuga el remanente de la riqueza sin perjudicar al beneficio y satisface a quienes lo rentabilizan.

En la zona donde estaba localizada, inmediatamente al oeste de la capital de la región, a la gran explotación preferían llamarla hacienda. Cuando se trata de unidades producción del rango más alto, es una denominación intercambiable con la de cortijo, más frecuente cuanto más al este se observe el fenómeno. Ninguna de las dos afecta a su contenido genuino, la tierra y su compleja dedicación, aunque es cierto que se prefirió llamar hacienda a las explotaciones cuya dedicación preferente terminó siendo la producción de aceituna y cortijo a la que se destinaba en primer lugar a la producción de trigo.

Como la imagen permite saber, en este caso la voz hacienda además tiene un sentido restringido. Se refiere precisamente al edificio principal de las tierras concentradas, de la cual a la derecha se traza su planta y abajo la vista del alzado de su mejor fachada, la del lado sur. Situado en el centro de la explotación, era un complejo organizado en torno a un par de patios, uno anterior, tal vez relacionado con las actividades productivas, y otro posterior, quizás doméstico. Anexas, tenía acotadas tres áreas, quizás corrales, y en la fachada principal se levantaban dos torres que jalonaban la entrada, muy probablemente concebidas para que contribuyeran a los contrapesos de las prensas de los dos molinos construidos en el cuerpo del complejo que reproduce el dibujo del alzado.

Los dueños no residían en la explotación. Vivían en la capital, aunque dadas las características del edificio es posible que lo ocuparan durante una época del año, como residencia para el descanso. Es posible además que en el cuerpo anterior estuviese concentrado todo el hábitat de la explotación, en la que residían de manera permanente al menos cuatro familias, aunque las casas disponibles eran nueve, todas del dueño de la explotación. Tal vez una de ellas fuera la de don Juan Bruno de Ortega, quien en la información escrita se identifica como labrador. Es posible que la explotación, en aquel momento, le hubiera sido cedida en arrendamiento y que hubiera decidido residir en ella. La proximidad de un buen número de pequeñas poblaciones, hasta siete, no haría muy diferente la residencia en un núcleo de la plenamente rural. Otra debió ser la del hortelano, Andrés García, y otra, la de José Jiménez, quien se declara trabajador del campo. Por otra parte, un mayordomo gestionaba la hacienda y en ella había un guarda.

Sus amos la poseían como heredamiento, según una parte de la información escrita, mientras otra dice que se trataba de un donadío. Sin entrar a discutir el valor que para la residencia de ellos pudo tener cualquiera de estos atributos, cuyo origen legal se remontaba a quinientos años antes, lo que da sentido a cualquiera de las dos calificaciones en el momento del que se trata es que disponen del bien como juro de heredad. Habían ganado la capacidad de transmitirlo sin renunciar al dominio que hubieran acumulado sobre él desde que estuviera bajo su poder.

Como era habitual entre las familias de su rango, el mayorazgo se había encargado de perpetuar la cadena de las transmisiones. Pero los atributos que, con el paso de los años, habían añadido al poder sobre la tierra elevaban su calidad y hacían más codiciable el derecho a transmitirla. Del señorío de la corona habían obtenido para ella las jurisdicciones civil y criminal, en tales condiciones que les permitían imponer penas a los delitos cometidos dentro de sus lindes, y en las causas civiles ejecutar las sentencias. Este poder judicial se ejecutaba mediante la tolerancia o capacidad para nombrar directamente los cargos de la administración de justicia. Con un alcalde ordinario era suficiente, porque no se trataba tanto de asegurar la justicia entre una población elástica, dependiente de las fases del trabajo agropecuario, cuanto un medio que permitía, una vez reguladas unilateralmente las penas pecuniarias por el titular del dominio, ingresar unas rentas más estables y extensas que las que permitía la servidumbre personal. No obstante, como esta no se había extinguido, el vasallaje tal vez sobreviviera en los derechos cobrados a cambio de la ocupación de las casas que los activos del campo ocuparan en el edificio de la explotación. Aunque  lo que en sus límites tal vez les proporcionaran los mejores ingresos fueran las alcabalas, otro derecho sobre vasallos adquirido al señorío la corona para sumarlo a los ya rentables atributos que había ido acumulando aquella tierra. Entonces las alcabalas, o rentas deducidas a la circulación de bienes, sería un ingreso nada despreciable en una explotación como aquella, del primer rango, dada la gama de productos comercializables que proporcionaba. Además, había ganado el derecho de cerramiento para una parte de las tierras de la explotación, lo que al tiempo que incrementaba su valor limitaba los derechos comunales.

Era una unidad de explotación extensa. Su tamaño, según los testimonios escritos, alcanzaba las 1.550 unidades de superficie. Su dedicación productiva principal, tal como era regular en estas grandes unidades, era lo que en el lenguaje del momento se llamaba sementera o sembradura de secano. Ocupaba 240 de aquellas 1.550 unidades de superficie. La instantánea permite deducir algunas de sus características, tanto de localización relativa como de calidad. Eran las tierras a un lado de la hacienda entendida como edificio central de la unidad de explotación, el oeste. El río era su eje, y hasta sus dos orillas llegaban las tierras de mayor calidad, que el autor del plano, aludiendo a su topografía y a la categoría de su suelo, identifica como vega. Pensando en su dedicación las llama tierras de labor. Tanto su emplazamiento como su extensión, marcada en el dibujo por una línea discontinua, las tenía claras el dueño. Su régimen de producción sería relativamente intenso. Es probable que esta fracción se cultivara solo con trigo y cebada según una frecuencia que se podría resumir con dos tipos. Las más potentes tal vez se cultivaran interrumpidamente, año tras año, y las demás producirían dos de cada tres años.

Hacia levante, el resto del espacio de labor en el plano se identifica con el regionalismo tierra calma, deformación de la expresión castellana tierra campa, el nombre que se daba a la tierra roturada que se había desprovisto de cualquier vegetación que pudiera competir con el cultivo al que, una vez preparada, se dedicara. La denominación regional tierra calma había ganado un matiz valioso para identificar el régimen de cultivo de esta parte de las tierras. Se aplicaba específicamente a la tierra que se barbechaba. En esta explotación era la tierra de menor calidad relativa, dentro de las de cultivo herbáceo regular. Actuaba como reserva cíclica, a la que se recurría con un periodicidad bienal, para obtener una cosecha en dos años, en cualquier caso en una cantidad dictada por las oportunidades de hacer negocio con el grano. Cuando la tierra calma era de la mejor posible, además de sembrar trigo y cebada en la parte activa, en el barbecho se sembraban de manera muy flexible arvejones, garbanzos, habas y yeros. En las de menor calidad solo se sembraba trigo.

El olivar era el otro gran cultivo de la explotación, al otro lado del edificio central, el este, donde ocupaba un espacio continuo, una superficie que se puede estimar en otras casi 200 unidades. Se trataba de olivar hecho, en plena producción, a excepción de una modesta parcela al norte, ganada a la tierra de labor, que el autor del plano llama estacada, lo que permite interpretar que había sido plantada recientemente y aún no era productiva. El estaconal se habría plantado siguiendo algún método, ortogonal o al tresbolillo, mientras que el olivar consolidado, más antiguo, estaría desordenado. La proximidad de esta decisión es una buena prueba de la fase expansiva que estaría conociendo el cultivo.

Inmediata al camino, en el límite oeste del área ocupada por los olivares, sobrevivía una parcela de viña, cuya superficie la imagen amplía, probablemente con el deseo de enfatizar su presencia en la explotación, junto a la hacienda. La información paralela estima que ocupaba solo una fanega. En ella había una pequeña edificación, a la que se podía entrar desde el camino, probable resto de la entidad que en otro tiempo pudo tener la explotación de las viñas en aquellas tierras. Pudo ser el centro de los trabajos de aquella parcela.

Al sur del área de los olivares estaba localizada la parcela de huerta, despensa viva, algo habitual en esta clase de unidades de producción, reservada al consumo de quienes trabajaban en ella. Si se compara con la que representa la viña, se llega a la conclusión de que en este caso la imagen deben ser solo tópica, localizadora de la superficie considerada genéricamente huerta. Según la evaluación escrita, ocupaba algo menos de doce fanegas, sumando el espacio ocupado por hortalizas y el de los frutales, que se dispersarían al azar por toda ella, por no ser regular plantarlos a los márgenes. Las especies frutales que tenía plantadas eran almendro, ciruelo, damasco, encina de huerta, granado, higuera, membrillo y peral. Era la única área regada de la explotación. Observada la distancia que la separaba del río, se puede pensar que aprovechaba un alumbramiento subterráneo de aguas, con pozo, noria y alberca reguladora del consumo diario de agua.

El resto del espacio de la explotación, en la imagen, son las dehesas, una en el extremo de levante, y la otra, la mayor, en el confín de poniente. Las dos eran un espacio ocupado por montes y pastos, un complejo vegetal que hay que suponer formado con áreas de bosque integral, otras del llamado monte bajo y otras en las que predominaría la vegetación herbácea, en proporciones que no es posible precisar. Ni el estado en que se encontraran sería irreversible ni su evolución sería lineal. El bosque tanto podría degenerar como recuperarse, según evolucionaran los planes del señor, que solía reservarse los derechos sobre el bosque, o los intereses de la casa que explotara las tierras, si tuviera capacidad para roturar. En aquel momento, según la información escrita, se había segregado una parcela para crear un pequeño bosque alóctono de pinar, que ocuparía unas 50 unidades de superficie. La demanda de la madera de pino para la carpintería de ribera incentivaba estas decisiones.

Aunque en la imagen su dimensión relativa parece menor, si hacemos los cálculos, y seguimos el rastro de la información escrita, las dehesas ocuparían algo más de 1.100 unidades de superficie, unos dos tercios de toda la explotación. Al autor del plano debió parecerle poco oportuno expresar con más exactitud sus dimensiones. Su idea de lo que tenía que contener un plano parece más inspirada por el trasunto del valor relativo de cada área, de manera que el dibujo fuera más expresivo del peso específico que la renta de cada uso del suelo podía proporcionar a quien lo explotaba.

De toda la superficie de las dehesas, algo más de dos tercios estaban acotados o cerrados, en ejercicio del derecho adquirido por el dominio. En aquellas casi 800 unidades de superficie la reserva de pastos era absoluta, y efectivamente de ellas solo se explotaban los pastos, un aprovechamiento ganadero que estaba reservado con preferencia a la cría del ganado vacuno, la única especie que las dehesas de aquella explotación mantenían. De las algo más de 300 fanegas restantes se obtenía bellota, el subproducto que se sacaba del escamondo o limpieza de los árboles y leña, y en alguna parte de ellas habría colmenas, porque a través de los textos se documenta positivamente que la explotación producía miel y cera.

Las grandes unidades de explotación de la época eran complejas. Acumulaban grandes cantidades de tierra y la gama más amplia posible de aprovechamientos del suelo con los procedimientos agropecuarios vigentes. No eran brutales plantaciones sometidas a un estricto régimen de monocultivo. Su producto era todo lo diverso que las demandas del producto alimenticio aconsejaban, pero en ellas regía un claro orden jerárquico del destino que había que dar al suelo, a cuya cabeza estaba la dedicación al trigo, que dictaba un tiránico orden de aprovechamientos en su beneficio, porque el beneficio que proporcionaba inmediatamente era el más alto posible. Cualquier otra iniciativa, que no estaba excluida de antemano, le estaba sometida.

Su orden interior expresaba esa prevalencia. Así como el río, vía de comunicación natural que conectaba los espacios más allá de los límites que impusiera el dominio, hacía de eje de las tierras de labor; la  totalidad del espacio analizado estaba integrado por una línea artificial propia, perpendicular al río, el camino que la atravesaba en sentido longitudinal, de este a oeste. Su trazado y su posición, como un eje vertebral, ordenaban sus movimientos interiores. Gracias a él, el edificio de la hacienda, tal como lo localiza el plano, tiene una posición, aunque algo escorada a favor de los cultivos arbóreos y arbustivos, matizadamente central con respecto a todo el espacio que ocupaba la explotación, una posición decisiva sobre todas las tierras, la que equilibraría los movimientos internos.

Aquel orden del espacio pone al descubierto el papel que le estaba reservado a las dehesas. Basta observar su posición relativa para considerarlas la parte marginal del complejo productivo. Pero el tamaño relativo que en este caso tienen, unos dos tercios de la explotación, revela a qué grado llegaba la marginación de las tierras en las grandes unidades de explotación y qué importancia podían llegar a tener. Como la imagen demuestra, el fenómeno no parece determinado por la calidad del suelo, sino por su posición respecto del centro de los movimientos dentro de aquella unidad de trabajos. Serían la reserva marginal interna organizada. Sobre ellas no cargaban más límites que las obligaciones comunales, las mismas que recaían sobre cualquiera clase de tierras, cualquiera que fuese su titularidad.

Las grandes unidades de explotación trabajaban a favor del desierto. Las poblaciones radicadas en ellas eran las imprescindibles para mantener, por cesión vía arrendamiento, el dominio sobre el espacio. Esas decisiones, que dependían de quienes eran sus titulares, dejaban un amplio margen de libertad a quienes decidían hacerse responsables de su empleo productivo. De ellos dependía el empleo anual de suelo, la generación del producto, el consumo de trabajo y el reparto de la renta entre todos los interesados en que aquel orden sobreviviera.


Insomnio

L. Delhore

Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.

Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?

Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.

No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.

A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.

Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.

Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.

No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.

No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.

Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.


El costo del trabajo

Redacción

El salario, para casi todos los que trabajaban en las labores, se componía con dos piezas independientes, jornal y comida. La primera era una cantidad de dinero que remuneraba el tiempo que cada día se empleaba en el trabajo. La comida era el alimento que también por jornada el empleador proporcionaba a los trabajadores. Los siguientes valores, que describen unos gastos salariales, están referidos a una explotación de cereales de gran tamaño, de unas setecientas unidades de superficie llevadas a dos hojas. Corresponden a los días trabajados durante un mes de octubre, en plena campaña de siembra del grano.

El trabajo por día y hombre se medía en peonadas. Las hechas durante aquel mes se repartieron entre los trabajos del barbecho y los de la siembra. Cualquiera de los dos en lo fundamental era pasar el arado una y otra vez sobre la tierra, y en la práctica serían piezas encadenadas de una misma actividad, preparar el suelo para depositar la semilla y a continuación sembrar. El barbecho que se hacía asociado a la siembra era el cohecho. Con esta operación concluyente se trataba de oxigenar las tierras a última hora, aunque también podía aprovecharse para preparar las parcelas que se hubiera decidido sembrar poco antes, porque su aptitud lo permitiera o porque así lo recomendaran hechos no previstos.

En aquella explotación, durante el mes de octubre, se hicieron 577 ½ peonadas de barbecho, cada una de las cuales se pagó a 2 ½ reales, lo que ascendió a 1.443,75 reales, más 986 ½ de arada sembrando, que se pagaron a 3 reales, lo que obligó a gastar otros 2.959,5 reales. Además, los trabajos especializados propios de aquella fase del cultivo recibieron una remuneración extra. Los mejor pagados fueron los de los sembradores, que hicieron 81 peonadas, a quienes se les liquidaron 3 reales más por cada una, lo que sumó otros 243. Los muleros hicieron 119, que a ½ real más agregaron al gasto otros 59,5 reales. Un amelgador, que se encargó de trazar a una distancia regular los surcos que finalmente iban a recibir la semilla, para que toda el área sembrada resultara homogénea, hizo 25 peonadas, que se le gratificaron con 1 real más, lo que añadió al costo de los trabajos otros 25 reales. El rejero, que se encargaría de mantener a punto los arados, se ocupó 28 días de aquel mes, y su trabajo se gratificó con ½ real más, en total otros 14. Y durante 9 días se recurrió a un zagal de arriero, cuyo auxilio se complementó con un 1 real más, lo que sumó otros 9. El gasto total en jornales alcanzó pues los 4.753 reales 75 céntimos.

Estas cantidades se liquidaban al corriente con la mediación del aperador, quien recibía de la administración de la casa, a cuenta del gasto, una cantidad de dinero. Tal depósito estaría justificado por la necesidad de adelantar sus ingresos a los trabajadores, quienes solo alcanzaban a cobrar la totalidad de sus jornales una vez concluido cada periodo de trabajo, en el leguaje de aquella labor, cada dómeda. Durante aquella, que equivalió a un mes, los días 12, 19 y 24 al aperador la administración de la casa le entregó hasta 1.500 reales. Con aquella cantidad, la suma de la que le hizo depositario ascendió a 2.413,5. Según el cuaderno antiguo, el aperador había saldado la dómeda anterior, pagada el 2 de octubre, día de nuestra señora del Rosario, con 913,5 reales en su contra. El total que había desembolsado a lo largo de octubre a la gente en el cortijo, en entregas que hay que presumir discrecionales, como adelanto de lo que habrían de cobrar al final, fue de 1.659 reales. Restados al total de los 4.753,75 a los que ascendieron los jornales de los trabajos de barbecho y siembra, resultó un balance de 3.094 reales 75 céntimos, que les fueron pagados a los trabajadores en la población, en el despacho que en ella tenía la administración de la casa. Así quedó debiendo a esta el aperador 754,5 reales, una cantidad anotada a su cargo en el cuaderno nuevo del corriente año agrícola.

Con la comida, la otra parte de la remuneración de los asalariados, en aquella labor era alimentado a diario, a costa de la casa, todo el que trabajaba sobre el terreno, salvo que expresamente se hubiera comprometido a seco, es decir, sin comida. Así como con ella hubo que completar durante aquel octubre las 1.564 peonadas de los jornaleros que habían servido para atender los trabajos de barbecho y siembra, fue necesario atender la manutención diaria del personal estable de la labor y la de algunos esporádicos. Los estables a los que también hubo que alimentar fueron, durante aquel mes, de un lado los temporiles, trabajadores por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, quienes consumieron por sus 270 peonadas un total de raciones diarias idéntico. Se puede suponer que eran 9, dado que los días de trabajo de aquel periodo habían sido 30. El guarda, también parte estable de los trabajos de la labor, comió con los demás 22 días, y el grullero, solo 16. Unos esquiladores, que en aquella parte del año habrían sido empleados en cortar el pelo a los mulos, fueron atendidos con otras 11 raciones. Por tanto, para todos durante aquel octubre fue necesario suministrar 1.883 raciones diarias, equivalentes a la suma de las peonadas de todos los trabajadores.

La alimentación de cada día, en términos contables, era el gasto del pan y demás comestibles. La división no solo tenía sentido administrativo. De pan, que en este caso se llevaba al cortijo ya elaborado, durante aquel mes se consumieron 2.040 hogazas de 3 libras de peso cada una. Si tenemos en cuenta que el consumo por cabeza que resulta es 1,08 hogazas, la ración diaria de pan sería de 3,24 libras. Dando por bueno que cada libra equivaliera a 0,46 kilos, el consumo diario de pan por trabajador podríamos estimarlo en 1,49 kilos.

Con los demás comestibles, que eran garbanzos, aceite, vinagre y sal, se cocinaba el potaje. Durante aquel octubre, para el potaje, además de las 1.883 raciones correspondientes a las peonadas ya descritas, fue necesario elaborar otras 240 para 6 boyeros y 2 borriqueros, que igualmente lo comieron con la gente en el cortijo todos los días. Ambos empleados, que también trabajaban por temporadas, como ganaderos que eran podían consumir sus raciones diarias de una de dos maneras, en el cortijo, si el ganado que cuidaban se mantuviera estante, o como cabañería que llevaban consigo cuando el ganado se hubiera desplazado en busca de pastos. Por tanto, el total de raciones de potaje consumidas fue 2.123.

Para formar la cuenta de estos valores, los de los alimentos con los que componía la ración diaria, se mantuvieron en todo el año, desde san Miguel del año anterior hasta igual día del siguiente, estos precios: 54 reales la fanega de trigo, 72 reales la fanega rasa de garbanzos, 52 reales la arroba de aceite, 20 reales la de vinagre y 6 ¾ la de sal.

Como de la fanega de trigo se obtenían 35 hogazas de pan de a 3 libras, cada libra de pan costó, solo en materia prima, sin tener en cuenta la remuneración del panadero que trabajaba para el cortijo, 0,514 reales. Si se consumieron 2.040 hogazas de a 3 libras, el costo sin transformar de las 6.120 libras resultantes fue de 3.145,68 reales. Dado que las raciones de pan fueron 1.883, alimentar con pan a cada trabajador costó cada día 1,671 reales.

Para elaborar las 2.123 raciones de potaje se consumieron en total 336 cuartillos de garbanzos, 38 cuartas de aceite, 36 cuartas de vinagre y 48 cuartillos de sal. Luego en cada ración fue necesario gastar 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,018 cuarta de aceite, 0,017 cuarta de vinagre y 0,023 cuartillo de sal.

Como la fanega de garbanzos tenía 48 cuartillos, la arroba de aceite 4 cuartas, la arroba de vinagre también 4 cuartas y la arroba de sal 8 cuartillos, los precios que fueron tomados en cuenta para los cálculos contables, una vez reducidos a sus divisores, fueron: el cuartillo de garbanzos, 1,5 reales; la cuarta de aceite, 13; la cuarta de vinagre, 5; y el cuartillo de sal, 0,844 reales. De modo que el costo de cada ingrediente de la ración fue: por el 0,158 cuartillo de garbanzos, 0,237 reales; por la 0,018 cuarta de aceite, 0,234; por la 0,017 cuarta de vinagre, 0,085; y por el 0,023 cuartillo de sal, 0,019 reales. Sumados, el de cada ración de potaje sería 0,575 reales.

De todo esto resulta que el costo diario de la comida por cada trabajador que recibiera pan y potaje sería 2,246 reales, suma de los 1,671 reales en concepto de pan y el 0,575 de potaje. En los cálculos de los costos totales de cada peonada de esta dómeda hechos por el administrador, que con toda seguridad serían más precisos que los nuestros, porque los suyos tenían ante sí los hechos, la misma cifra da como resultado 2,157 reales. La diferencia, no obstante, se podría adjudicar a las oscilaciones efectivas de los precios, mes a mes, y al redondeo de las cifras en el que nosotros hemos incurrido.

En síntesis, el costo diario del trabajo sería, como mínimo, sin tener en cuenta, los complementos de los especialistas, que tenían un escaso alcance, para las peonadas de barbecho 2,5 + 2,246 =  4,746 reales, y para las de arada sembrando 3 + 2,246 = 5,246 reales.

El costo del salario es siempre relativo. Con estos números sería poco juicioso sostener que era caro o que era barato. Sin más medios que los que hemos puesto sobre la mesa, no tendríamos modo de aseverar una cosa o la contraria. Para resolver con afirmaciones tan comprometidas sería necesario analizar la composición de la renta de quien debe hacer frente a este gasto, no tanto en la parte que analizara cada uno de los conceptos de compra cuanto en el tamaño del ingreso y la rentabilidad de las inversiones, algo que queda muy lejos de las posibilidades de esta discreta observación de hechos simples. Nuestro análisis solo es capaz para poner al descubierto algo sobre lo que aun así nos parece conveniente llamar la atención, convencidos de que una reflexión consecuente tal vez conduzca a incluir en el juicio de la economía de fines de la época moderna criterios que quizás puedan ahorrar mucho del tiempo que tantas veces hay que emplear en conjeturas y especulaciones.

El costo del trabajo, con aquella manera de componer el salario, la más elemental de las que remuneraban su venta a quienes estaban interesados en la actividad agropecuaria, era exigente. No bastaba con liquidar una cantidad de tiempo con una cantidad de dinero. Era necesario además, si no garantizarlo, dejar lo suficientemente acotado el margen del mínimo de supervivencia como para que no se convirtiera en un obstáculo; el que, cuando se franqueaba en la dirección descendente, ponía en peligro la posibilidad de contar con la energía humana necesaria. Si es cierto que cargar sobre el salario la alimentación de los trabajadores provenía de cierta responsabilidad adquirida por los demandantes de trabajo ajeno en tiempos precedentes, es algo que tampoco podemos resolver en los límites de este ensayo. Pero al menos nos permite tener la certeza de que quienes trabajaran por días podían estar cerca de asegurarse la subsistencia, siquiera durante las los horas inmediatas de las jornadas que consiguieran trabajar.

Sin embargo, a la eficacia de esta manera de satisfacer el salario se le oponía su fuerte dependencia de los precios del trigo, los garbanzos, el aceite, el vinagre y la sal, los cinco bienes que decidían su costo. Sus valores estaban sujetos a oscilaciones que podemos ponderar tomando en cuenta la composición cada ración diaria.

Como cada libra de pan equivale a 0,460 kilo, cada cuartillo de garbanzos a 1,156 litros, la cuarta de aceite a 3,141 litros, la de vinagre también a 3,141 litros y un cuartillo de sal a 1,438 kilos, si aceptamos la equivalencia entre litro y kilo (lo que admitiría discusión, más por el alcance los pesos específicos de cada uno de los productos que por el alcance comercial del criterio) podríamos afirmar que por cada unidad de pan se utilizaban 2,513 de garbanzos, 6,828 de aceite, otras 6,828 de vinagre y 3,126 de sal, cifras que expresarían el valor ponderal de cada ingrediente si de todos se utilizara en cada ración la respectiva unidad.

Pero como el valor proporcional de cada ingrediente en cada ración no era su unidad, sino una cantidad que ya hemos calculado durante el análisis de su composición, el valor relativo de cada precio se podría expresar con los siguientes números: 3,24 para el pan, 0,397 para los garbanzos, 0,123 para el aceite, 0,116 para el vinagre y 0,072 para la sal, que reducidos a sus correspondientes valores ponderales serían 82, 10, 3, 3 y 2.

La conclusión es evidente. El precio del trabajo cargaba sobre el precio del grano. La remuneración en dinero, apenas conocía alteraciones nominales. Había medios suficientes para conseguirlo. Para calcular con qué dinero se pagarían los jornales, los que trabajaban acordaban el precio con sus contratantes conforme al que pagaran otros. Unos elegían determinadas autoridades, como el colegio de los jesuitas, otros tomaban como referencia a dos labradores de la misma población y otros admitían las condiciones a las que se atuvieran otros tres del mismo lugar, quizás porque, si pagaran cantidades distintas, podrían atenerse al valor central. Pero fueran los referentes uno, dos o tres, cuando se actuaba de aquella manera se reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo y el monopsonio que imponían en el mercado de trabajo, como indican las limitadas cifras. Durante décadas, con aquel procedimiento, los labradores consiguieron que la denominación en moneda corriente de los jornales se mantuviera estable, cuando no invariable.

En cuanto a la alimentación de los trabajadores, cualquier ingrediente es irrelevante en comparación con el pan. Las oscilaciones de sus respectivos precios, por muy violentas que fueran, apenas tendrían repercusión sobre el costo del trabajo. Incluso en términos absolutos, la alimentación estaba descargada sobre el suministro diario de masas de hidratos de carbono, la fuente de la energía humana. Lo que de verdad podía hacer cambiar el precio del trabajo era el valor del grano panificable. Cualquier incremento, era incremento de los costos del trabajo; cualquier caída, disminución.

Al hacer estas afirmaciones, tal vez parezca que caemos en los brazos de la escuela de Mánchester, e incluso que el mismísimo Richard Cobden nos hubiera recibido con un abrazo. No estamos seguros que sea una desgracia esta afectuosa manera de concluir. Pero hay una diferencia entre sus planteamientos y lo que enseña el análisis contable. No es la capacidad adquisitiva del asalariado, y su relación con los hábitos alimenticios, la que carga con la responsabilidad salarial que tiene el precio del grano, sino directamente el modo de satisfacer el trabajo que mantenían los labradores.

La agricultura de los cereales a fines de la época moderna estaría permanentemente amenazada por una trampa. Cualquier incremento de los precios del cereal satisfacía las expectativas de renta que tenía creadas aquel orden. Pero esto, tal como acabamos de comprobar, podía encarecer su producción. Encontrar el equilibrio no era fácil. Habría que ingeniar mecanismos que descomprimieran la tensión que aquellas fuerzas divergentes creaban. La salida al exterior del grano en busca del precio óptimo, compleja, que costó organizar, y no siempre con éxito, de haberla conocido sería saludada por Cobden. Otro, más seguro, fue trasladar una parte de la responsabilidad en la creación del producto a pequeñas explotaciones, bajo control de las de mayor tamaño, que podían regular tanto el volumen deseado para la cosecha, y evitar el hundimiento de los precios, como el consumo interno, liberador de una masa equivalente apta para la posible salida al exterior. No sabemos si esta manera de atajar el problema alcanzó el rigor de las más estoicas, pero desde luego terminó con la inmolación consciente de quienes se aferraron a ser campesinos.


Celadas de la tradición. Los tópicos

Cosme Pettigrew

La lectura comparada de todos los textos sobre el sacrificio infantil antiguo, así griegos como latinos, permite ordenar toda la información recibida en los siguientes tópicos.

1. El sacrificio de niños se practicaba entre los fenicios. La primera información conocida es la de Clitarco. La presenta como una costumbre basada en un voto a cierto dios. Si deseaban que este les concediera algún favor, dice, debían consagrarle en holocausto a un hijo. Filón de Biblos, mucho después, reitera por su parte la idea más general, que los fenicios ofrecían sacrificios de niños a cierto dios. Pero a la vez que no alude explícitamente a las condiciones de la celebración que explica Clitarco, añade a la tradición una buena porción de elementos específicos. Según él, los sacrificios son extraordinarios y ya se celebraban entre los fenicios en los tiempos de la guerra de Troya. Su frecuencia venía decidida no tanto por un voto personal, como se deduce de la lectura del texto de Clitarco, como por las circunstancias excepcionales a las que se ven expuestas las poblaciones.

De esta última idea de Filón se hace eco Justino, cuando dice que los sacrificios que se celebran en Cartago son un medio para acabar con la epidemia de peste, y con el tiempo la siguen aún más de cerca primero Porfirio y después Eusebio de Cesarea.

Sigue Filón diciendo que, en esos casos, lo normal es que los príncipes de las ciudades sacrifiquen a algunos de sus hijos más queridos con el fin de conseguir la salvación de todos; una idea que no obstante lo que ya hemos observado más arriba, se aproxima al voto que Clitarco patrocina. Pero de nuevo es Porfirio quien recoge con más fidelidad lo que dice Filón, al afirmar que son hijos de especial valor los sacrificados, aunque él prefiere hablar de los hijos más hermosos de las familias que los entregan al rito.

Los que son elegidos, termina Filón, son sacrificados durante una ceremonia misteriosa, en cuyo transcurso las víctimas son degolladas. Esta es la forma de presentarlas al dios como ofrenda adecuada para calmar los demonios de la venganza, y esta la razón por la cual es tan frecuente encontrar en la historia de los fenicios tales ceremonias; última parte de su información no tuvo seguidores.

A todo esto Plinio el Viejo solo añade que en Tiro, la principal de las ciudades fenicias por su iniciativa política y comercial, aquel sacrificio se hacía con fuego, lo que ni modifica ni añade nada sustancial a la tradición. En cualquier caso, su afirmación también queda aislada

2. La divinidad a la que los fenicios ofrecían estos sacrificios Clitarco la identifica con Cronos, un recurso muy habitual de los escritores clásicos, quienes para hacerse entender entre los lectores de la lengua en la que se expresan asimilan el dios que presentan al que se le asemeja, o al menos en parte lo ha heredado, en la cultura por aquella delimitada. Pero en un esfuerzo por hacerse entender por todos los lectores posibles Filón extiende la identificación a Saturno, al que con más facilidad entenderían quienes procedieran de la cultura en latín, al tiempo que reitera la identidad con Cronos. Adoptando una actitud ya influida por el afán de precisión de los datos que se manejan, como es frecuente en la baja antigüedad, para Porfirio y Eusebio de Cesarea la divinidad a la que los sacrificios son ofrecidos es Baal Hammón, lo que permite llevar al lector con más exactitud a la cultura fenicia. Mas en el fondo todas estas identificaciones son la misma y pueden ser aceptadas como parte de una misma tradición.

Quien de verdad enriquece la idea primitiva es de nuevo Filón, otra vez excelente informador original, quien lleva más allá sus explicaciones. Precisa que en realidad el nombre del dios del que se trata es El, del que explica que en origen fue un rey fenicio tras cuya muerte fue ascendido a dios.

Lo que Filón escribió sobre este asunto también lo escribe Eusebio de Cesarea, con seguridad tomándolo directamente de Filón, mientras que Minucio Félix parece referirse al mito sobre el origen del sacrificio cuando dice, de modo ciertamente poco preciso, que quienes lo practican siguen los precedentes establecidos por los dioses de los cartagineses. A esto se limita toda la fortuna de las sustantivas innovaciones de Filón al ofrecernos cuanto ha podido averiguar sobre el dios al que son ofrecidos los sacrificios.

3. De lo que ocurriera entre los fenicios en alguno de los momentos excepcionales a los que hacen referencia los narradores de aquellas costumbres, solo disponemos de las noticias que nos proporciona Quinto Curcio Rufo sobre lo ocurrido durante el asedio de Tiro por Alejandro. Dice que entonces creyeron los tirios que el momento era adecuado para renovar la antigua costumbre y algunos de ellos propusieron que fuera inmolado a Saturno un niño libre. Tal costumbre los tirios la habían recibido de los fundadores de la ciudad, aunque por lo que supieron los soldados griegos durante el asedio, durante muchos siglos no había sido observada. El consejo de los Ancianos, que era en este caso decisivo, no se opuso y la idea prosperó.

4. El núcleo del tópico del sacrificio de los niños en la antigüedad es que los cartagineses lo practicaron. Esta idea tiene su antecedente más remoto en Platón, quien acusa recibo de ella añadiendo solo que es un hecho conocido. Continúa con Clitarco, y posteriormente la reitera Ennio, quien la presenta como una costumbre. Sigue con Plutarco y con Minucio Félix, aunque, según es habitual en este, alude de manera oscura a la idea cuando dice que en algunas partes de África los niños eran sacrificados por sus padres. San Agustín retorna al enunciado directo de los hechos conocidos y dice que los cartagineses practican el sacrificio de niños. Tras él, termina una de las líneas más concurridas de la tradición Hesiquio de Mileto, quien se aventura a decir que son las mujeres cartaginesas las que deciden sacrificar a sus propios hijos.

5. Uno de los cauces abiertos en paralelo a este principal es el de los que prefieren hablar con más precisión. El propio Ennio vuelve sobre el asunto y completa sus enunciados afirmando que las víctimas del sacrificio que en Cartago se celebraba eran varones. Para Justino son más exactamente varones y jóvenes y para Tertuliano son niños pequeños.

6. Con Cicerón se inicia la trayectoria en la dirección opuesta, la manera más imprecisa de hablar sobre el sacrificio de niños en la antigüedad, con el propósito de enunciar del modo más general el hecho. Se limita a afirmar que los cartagineses están entre los que practican el sacrificio humano. La continúa Dionisio de Halicarnaso, se perpetúa con Plinio el Viejo e insiste en lo mismo Sexto Empírico cuando afirma sin más precisión que en Cartago es sacrificada una víctima humana.

El ciclo de este tópico termina con Silio Itálico, quien resultaría tan extremadamente ambiguo que incurriría en contradicción. Al tiempo que dice de modo genérico que en Cartago se celebran sacrificios humanos, menciona como ofrenda de los sacrificios a niños pequeños, y todavía, más adelante, dice que las víctimas se eligen entre hijos jóvenes.

7. Para hacerse entender, como es habitual, el supuesto Platón declara que el dios al que los cartagineses ofrecen el sacrificio de sus hijos es similar a Cronos, lo que reiteran Clitarco y Diodoro Sículo. Dionisio de Halicarnaso se refiere al mismo sujeto llamándolo Saturno, mientras que Plutarco vuelve a denominarlo Cronos. Minucio Félix adjudica a Saturno la ofrenda de las víctimas infantiles, lo mismo que hace Tertuliano. Para Sexto Empírico el dios en cuyo honor son celebrados los sacrificios en Cartago es Cronos, pero San Agustín de nuevo identifica a Saturno como el dios al que son ofrecidos los sacrificios de niños. Draconcio asimismo señala a Saturno como dios de los sacrificios y Hesiquio de Mileto vuelve a llamarlo Cronos.

8. Sobre las características del rito que se escenifica en Cartago, el primer detalle lo proporciona Clitarco. El procedimiento que siguen los cartagineses, según este, es prometer a un dios la consagración de un hijo en holocausto con el propósito de alcanzar un favor. Para proceder a la elección de las víctimas, según Silio Itálico, se procedía anualmente a un sorteo entre los hijos jóvenes de las familias. Draconcio mantiene la opinión de que en Cartago eran destinados al sacrificio cada año dos personas. A la idea aporta que se trata de dos nobles o aristócratas y que los receptores son los templos, sin más. También algunos hablan de altares. El sacrificio se celebra sobre altares ardientes, según Silio Itálico, y para Draconcio igualmente los niños eran sacrificados en altares.

9. Pero sobre todo está la referencia a cierta estatua de bronce y todo lo que a su alrededor se hace cuando los sacrificios se celebran. El promotor original de ella es de nuevo Clitarco. Explica que en el momento en que hay que cumplir con lo prometido al dios se celebra el sacrificio ante una estatua de bronce que lo representa. Tiene los brazos extendidos sobre un gran brasero en llamas. Sobre ellos depositan al niño, que rueda sobre ellos hasta caer en la hoguera que arde debajo.

En términos similares es descrita por Diodoro Sículo. Dice que está en Cartago y es de bronce, y especifica que es gigantesca y representa a Cronos. También dice que tiene los brazos extendidos, y precisa que están en pendiente y que tiene sus manos con las palmas abiertas, por lo que de la misma forma el niño que es colocado sobre ellos rueda. Igualmente añade que en el momento del sacrificio, debajo de las manos, arde un brasero que está al fondo de un pozo. En una actualización posterior de esta afirmación general, a propósito de ciertos acontecimientos sobre los que más adelante volveremos, reitera que los niños destinados al sacrificio son depositados en los brazos de la estatua y por ellos se deslizan hasta caer en la fosa llena de fuego. Tanto en un paso como en otro de sus textos, cualquiera de las innovaciones del tópico original no son más que deducciones.

10. Continúa Clitarco el relato del sacrificio precisando que las llamas hacen que los miembros del niño se contraigan y que su boca se abra en una mueca, una afirmación a la que se adhirió una tradición particular. Tuvo su origen en una acotación a los versos 299 al 302 del canto XX de la Odisea, en los que el protagonista, agredido con una pata de buey por uno de los pretendientes de Penélope, sonríe en su ánimo con sonrisa sardónica. Uno de los escoliastas de la tradición de Homero anotó que también los cartagineses, que habitan en Cerdeña, sacrifican a Cronos en días establecidos, y que había sido precisamente el topónimo Cerdeña el que estuvo en el origen de la etimología del adjetivo que calificaba aquella clase de sonrisa. Puntualizó que llegó a hablarse de aquel modo porque en Cerdeña existe cierta planta venenosa cuya ingestión provoca unas convulsiones del rostro que degeneran en un desagradable rictus, recuerdo irónico de una sonrisa. Añadió, haciendo ostentación de una erudición tan elaborada como útil para sus explicaciones, que por esta razón cierta sonrisa sarcástica fue llamada sarda o sardónica, y que habría sido esta idea la que degeneró, por lo que se refiere al sacrificio de niños, en la opinión de que morían riendo o que llevaban la cara cubierta con una máscara que representaba una sonrisa.

Aquella cadena de explicaciones resultó la vía de difusión de Clitarco más feliz. Una vez elaborada, sus responsables fueron los escoliastas de la Odisea de Homero, a cuyas aclaraciones a aquel paso del texto se adhirió siempre la parte de la historia del sacrificio infantil que había escrito Clitarco.

A este propósito Diodoro Sículo se muestra menos elocuente y sigue efectivamente una de las ramas de la tradición particular abierta a partir de Clitarco. Dice, todavía actualizando, que en la fosa llena de fuego los niños finalmente se abrasaron y que al caer llevaban la cara cubierta con una máscara sonriente.

11. La explicación más abstracta de la causa del sacrificio corresponde también a los orígenes del tópico. Platón explica que los cartagineses actúan de esto modo porque lo estiman sagrado y lícito y no porque sean bárbaros y sus leyes sean otras.

Pero, para esta parte de los relatos, habitualmente se abren vías de otro tipo que tienen diversa fortuna. La de la religión comparada es la que intenta Silio Itálico, propenso a las generalizaciones, aunque no tiene continuidad. Observa que los sacrificios de niños en Cartago recuerdan los sacrificios ofrecidos a Diana en el reino de Thoas. La expresión es oscura porque no es posible componer una explicación satisfactoria de la comparación. Si bien Diana puede ser identificada con la luna y esta con Tanit, diosa de ascendencia fenicia a la que correspondió efectivamente un importante papel en esta historia, el reino de Thoas no es fácilmente interpretable. La posibilidad más seria es que el mencionado reino tal vez pudo ser Mirina, en la Eólida, Asia Menor, cuyo rey efectivamente se llamó Toas. Si bien el primer elemento parece abrir una vía de interpretación, el segundo no le proporciona ninguna base sobre la que progresar. Probablemente por eso resultó una vía muerta.

Más fortuna tuvo el camino mítico, como se podía esperar. El origen del sacrificio en occidente está en Elisa, según Justino, quien actuó así para salvar Cartago y guardar fidelidad a su marido muerto. Minucio Félix es algo más críptico, y con laconismo sentencia que Saturno no expuso a sus hijos sino que los devoró. Quien lleva las explicaciones míticas más lejos es San Agustín, quien dice que la razón por la que se hace el sacrificio de niños es que la mejor de todas las simientes es la humana. La manera que tanto poetas como filósofos físicos tienen de contar esto es decir que Saturno mató a sus hijos y los devoró. En su opinión, Saturno devoraba a sus hijos porque la simiente volvía al lugar del que había nacido.

12. Quien primero afirma que el sacrificio de niños se mantuvo en Cartago mientras la ciudad existió fue Dionisio de Halicarnaso, una idea que mantiene en términos similares Quinto Curcio Rufo.

13. La primera vez que se habla de que el sacrificio infantil fue perseguido por autoridades extrañas a Cartago fue cuando Justino dijo que Darío, el rey persa, prohibió a los cartagineses celebrar sacrificios humanos y comer carne de perro. La asociación de las dos prácticas en la misma frase es indicativa de que se trata de un elemento recibido sin depurar. La incoherente relación de Darío con Cartago termina de quitar cualquier crédito a esta afirmación.

Tertuliano, por su parte, informa que una vez que los romanos conquistaron y destruyeron la ciudad, las autoridades romanas prohibieron los sacrificios, aunque todavía, durante algún tiempo, continuaron abiertamente. Los niños siguieron siendo inmolados de forma pública, si bien las ceremonias se celebraban en un lugar distinto al que hasta entonces era el regular. Pero cuando Tiberio fue procónsul ordenó prender a los sacerdotes de aquellos ritos y los colgó vivos de los árboles de su templo, a cuya sombra los sacrificios habían sido ejecutados. Usándolos como cruces, allí quedaron suspendidos como las ofrendas votivas. El testimonio procedía de los soldados de su padre, que fueron los que siguieron la orden del procónsul, lo que le da el extraordinario valor de la forma clásica de prueba directa, el testimonio de vista. Todavía después, continúa Tertuliano, el mismo Tiberio, así como otros emperadores posteriores, instituyeron la pena de muerte contra los padres que entregaban sus hijos al sacrificio. No obstante todo esto, todavía informa que aquella práctica fue mantenida en secreto y continuó de forma encubierta, de modo que hacia fines del siglo II o comienzos del III el sacrificio de niños persistía en Cartago, a pesar de su persecución. En su opinión, así sucedía porque el África romana habría heredado esta costumbre de la cultura púnica.

14. El sacrificio de niños es ilustrado con casos conocidos. El que parece más remoto es el que refiere Justino, quien menciona el de un general cartaginés, de nombre Malco. Puede ser identificado como el general que en pleno siglo VI antes de la era lidera la expansión de Cartago en Sicilia y en Cerdeña, isla esta última en la que sufrió una derrota por la que hubo de sufrir destierro. Habiendo sido vencido en una batalla y condenado al exilio, para expiar su culpa mandó matar a su hijo delante de la ciudad.

Siguen en el tiempo los sucesos del año 406 siguiente en la isla de Sicilia, cuyo único relator es Diodoro. En las obras del cerco de Agrigento empleó Aníbal piedras funerarias procedentes de las necrópolis del entorno de la ciudad. Aquel expediente disgustó a una parte del ejército. Al poco una epidemia se desató en el campamento. El propio Aníbal murió víctima de la enfermedad. Se dio por cierto que aquella consecuencia había sido el castigo de los dioses por la sacrílega destrucción de los sepulcros. Tras aquello, algunos de los exploradores del ejército cartaginés volvieron contando que durante la noche alguien había visto espíritus de muertos. Himilcón, sucesor de Aníbal en el mando de las tropas cartaginesas, viendo cómo los soldados eran acosados por un temor supersticioso y que en el campamento el desánimo cundía, acabó con la destrucción de las memorias funerarias. Decidió levantar la moral de los soldados con un holocausto. Solicitó la ayuda de los dioses sacrificando un niño o un muchacho, o un joven soldado según otros, según la costumbre de su pueblo. El sacrificio fue ofrecido a Cronos, junto con una multitud de ganado a Poseidón. El asedio continuó con los ánimos renovados.

El siguiente caso referido es el originado por la expedición de Agatocles del 310, mientras el tirano de Siracusa asediaba Cartago. En este caso la tradición es más rica. El relato también tiene su origen en Diodoro Sículo, pero como ocurre en otras ocasiones es amplificado por Plutarco. Explica Diodoro que aquellos hechos provocaron la resurrección de los ritos de la antigua Cartago porque sus habitantes de nuevo eran víctimas del terror supersticioso. Pensaron que la cadena de adversidades de la que eran víctimas ocurría porque habían descuidado sus deberes hacia los dioses instituidos por sus padres. A estas premisas del relato replica Plutarco diciendo que creyeron en aquella crítica circunstancia que Cronos les había abandonado, molesto porque había decaído la antigua costumbre del sacrificio de los niños más nobles en su honor.

Continúa Diodoro diciendo que mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas y que hacía mucho tiempo que al dios de la ciudad madre no enviaban lo que antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. En los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia, una parte del relato que no la sigue Plutarco.

Diodoro cuenta después que en Cartago pareció que había llegado el mejor momento para reconciliarse con Cronos. Una comisión fue reunida para que el ritual de las ofrendas al dios fuese recuperado de la manera más correcta. La comisión investigó y supo que hasta aquel momento una práctica viciada se había extendido. La antigua costumbre de sacrificar los niños más nobles en su honor había decaído. En su lugar era habitual comprar en secreto niños de familias pobres, que primero alimentaban para que después cumplieran con el papel de víctimas de sustitución. Llegó a ser conocido por todos que quienes debían el sacrificio habían inmolado al dios niños que suplantaban a los ofrecidos.

Plutarco sí aprovecha las posibilidades que este parte del relato le ofrece y dramatiza a su modo. Dice que ahora las grandes familias solían comprar niños a las más pobres para sacrificarlos como víctimas de sustitución. Incluso los que no tenían hijos compraban recién nacidos como si fueran animales y los degollaban, como tantos corderos y pajarillos. En estos casos, durante la ceremonia, la madre del niño sacrificado, que asistía a la celebración, se debía mantener cerca sin llorar ni gemir, para no alertar a la víctima. Si la madre llegaba a verter una sola lágrima o dejaba escapar un solo gemido, se deshonraba y debía renunciar al dinero, aunque el niño era de todas maneras sacrificado. Mucho después, Draconcio, se une a esta corriente y afirma que los padres que por ello se lamentaban tristemente cerca del altar eran afeados.

El hilo del relato de Diodoro se reanuda diciendo que creían por esto los comisionados que Cronos les había abandonado y ahora molesto les era hostil. Considerando estas cosas y viendo el enemigo acampado delante de la ciudad, en compensación decidieron los ciudadanos de Cartago rescatar la vieja costumbre de  manera regular, con el deseo de que Cronos les proporcionara sus favores. De nuevo Plutarco toma esta parte del relato diciendo solo que los ciudadanos decidieron rescatar la vieja costumbre entonces.

Sigue Diodoro diciendo que fueron acordados extraordinarios sacrificios. En su celo por purgar la falta en la que habían incurrido, eligieron doscientos niños de las familias más señaladas de la aristocracia y los destinaron al sacrificio en nombre del estado. Presas del remordimiento, poco después, otras muchas familias, las que eran sospechosas del engaño de la sustitución e incluso habían sido acusadas de comprar víctimas, se declararon dispuestas a compensar al dios. Estas ofrecieron sus hijos para el sacrificio de modo voluntario y trescientos niños más fueron conducidos a la inmolación. De este modo, finalmente fue organizado un gigantesco holocausto público de quinientos niños. Por su parte, Plutarco explica, también de modo sucinto, que se organizó en Cartago un gigantesco holocausto en el que sacrificaron quinientos niños, hijos de nobles y poderosos como en otro tiempo.

Según Diodoro, el holocausto fue celebrado ante la gigantesca estatua de Cronos, una circunstancia que de nuevo aprovecha Plutarco para desplegar todo su aparato conmovedor. En los alrededores de la estatua de Cronos, dice, donde eran inmolados los niños, el ambiente estaba lleno de los sonidos que emitían los que tocaban fuerte flautas, tambores y tímpanos, de modo que los gritos y los llantos fueran ahogados y no llegaran a los oídos del pueblo. También esta parte del relato hizo fortuna, y otra vez hablando en general Minucio Félix dice que los llantos de los sacrificados eran calmados con palabras cariñosas y besos, por miedo a que una víctima fuera inmolada entre lágrimas.

El relato de Diodoro concluye explicando que como en otro tiempo había ocurrido, todas sus víctimas fueron los más distinguidos descendientes de las mejores familias. De esta manera los ciudadanos de Cartago esperaban restaurar los homenajes tradicionales a los dioses y ganar la salvación y el bienestar de la ciudad.

A un momento que el nombre de los personajes, por su frecuencia, no permite precisar, envía su caso el siempre evanescente Silio Itálico cuando refiere que Hannón, rival de Aníbal, intrigó para que una orden obligara a su opositor para que sacrificara su hijo a Baal.

15. Sobre la fortuna del sacrificio de niños cartaginés fuera de la propia Cartago, aparte la tradición derivada del adjetivo sardónico, que permite deducir una línea de narraciones relativas a lo que en esta isla sucediera, que sin embargo debió extinguirse por completo, las referencias más explícitas son las que cuentan lo que en Cádiz fuera organizado. También en este caso la tradición es singular, porque lleva directamente del texto antiguo a la recepción neoclásica contemporánea. El responsable del origen es en este caso Cicerón, quien cuenta que de Cádiz César erradicó cierto residuo bárbaro inveterado de sus costumbres e instituciones. De ellas una eran los sacrificios bárbaros de seres humanos que en Cádiz se celebraban. Sus víctimas eran hombres.

16. No mucho más generosa es la expansión de la otra rama por la que crece el tema, la que vincula el sacrificio procedente de Cartago con ritos equiparables que en Roma fueran celebrados, aunque en este caso los testimonios tienen la virtud de ser concordantes sin incurrir en el servilismo. Tienen además a su favor la proximidad en el tiempo. El primer informador es Dionisio de Halicarnaso, quien cuenta al modo mítico que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia. En ese altar practicó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha e inmoladas en un fuego puro. Para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por abandonar la forma de los sacrificios que habían recibido por tradición, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad a la que estas víctimas eran debidas componiendo imágenes con forma humana, ataviadas del mismo modo que las víctimas vivas, para que fueran lanzadas al río en lugar de los hombres. Plinio el Viejo, sin dejarse contaminar por este relato, refiere que hay una estatua de Hércules, procedente de Cartago, en sus tiempos ya en Roma, y que ante esta estatua cada año eran sacrificados niños. Pero es que todavía San Agustín se esfuerza por dejar escrito que la práctica cartaginesa de sacrificar sus hijos no fue adoptada por los romanos.

17. El último de los tópicos es el que vincula el sacrificio infantil con los primeros cristianos. Su promotor literario, no se explica bien por qué, es Tertuliano, que sin embargo comparece ante el lector como apologista de aquella comunidad original en su región, el norte de África. Explica Tertuliano que con la policía que por aquella causa sostuvieran los gobernadores romanos que perseguían a los cristianos se relaciona cierta opinión sobre los sacrificios infantiles entonces activa en aquella tierra. A los cristianos africanos sus detractores los acusaban de aquella práctica atroz.

La retórica de Tertuliano es generosa. Si los gobernadores descubrían un crimen y el acusado tenía a bien reconocerse homicida, sacrílego, incestuoso, enemigo del estado -estos son los nombres que a los cristianos les daban sus actas de acusación-, esta confesión, según dice, no bastaba para dictaminar. Al contrario investigaban las causas: naturaleza del hecho, número, lugar, modo, momento, confidentes, cómplices. Mas con los cristianos nada parecido, aunque sería preciso igualmente arrancarles por la tortura la confesión de las falsedades que se les lanzan sobre la cabeza, en cuántos infanticidios ha tomado parte cada uno de ellos, qué cocineros los han presidido, qué perros han asistido. Concluye afirmando que sueñan con la gloria de un gobernador si destierra a un cristiano que haya devorado ya a cien niños recién nacidos.

Las ideas de Tertuliano fueron reiteradas por un contemporáneo suyo, Minucio Félix, quien incurre en el exceso de recrearse en los sabores que proporcionan los detalles gruesos en vez de complacerse en los aromas de la retórica. Explica Minucio Félix que lo que entonces se dice sobre la iniciación de los neófitos cristianos es tan detestable como conocido. Se sostiene que les presentan un niño cubierto de harina, para hacerlo irreconocible. Se invita al catecúmeno a clavar puñaladas, que él cree inocentes, en la superficie de harina, hasta que el niño muere por ciegas y ocultas heridas. Entonces lamen ávidamente su sangre y dispersan sus miembros. Quedan ligados por este asesinato, por la complicidad de un crimen, a un mutuo silencio.


Colonización interior

Tadeo Coleman

Un total de sesenta y cuatro solicitudes de tierra de un mismo término, todas de 1700, ayudan a documentar las raíces del extraordinario crecimiento de la agricultura del olivar y su industria derivada, un fenómeno que debió desarrollarse durante la primera mitad del siglo XVIII. Las solicitudes, en todos los casos admitidas, y satisfechas con los títulos que reconocían a los interesados su pleno domino sobre la parcela deseada, sin más condiciones que dejar la vereda desembarazada, tendrían su amparo legal en el derecho de presura. Estaba vigente en tierras castellanas al menos desde la plena edad media, y no dejaría de ser un recurso colonizador desde que en el siglo XIII comenzara la ocupación del término por los conquistadores que procedían del norte. Si dijéramos que era una forma de adquisición gratuita ignoraríamos que requería, para que el derecho de uso con el tiempo se consolidara como dominio, el trabajo del suelo, y que a partir del momento en que fuera puesto a producir redundaría en ingresos del municipio. Pero sí es cierto que al principio las tierras ocupadas estaban al margen de las compraventas a las que era necesario atenerse si se deseaba acceder a las parcelas de la misma clase. Aunque también es verdad que se trataba, cuando aquella modalidad de parcelas llegaba al mercado regular, de unidades de producción con cierto grado de madurez por lo menos, a diferencia de las que estaban en el origen del proceso que vamos a examinar.

Sobre sus atributos legales previos, uno de los casos analizados especifica lo fundamental. De la tierra que se solicita se dice que es de la que está realenga. Probablemente lo más valioso de esta expresión sea su referencia al estado del suelo. Que la tierra en el momento esté realenga especifica que el dominio sobre ella permanece bajo la corona, lo que equivale a decir que no ha sido privatizada de ningún modo, aunque su gestión ha sido delegada al municipio, que sin embargo no puede decidir unilateralmente sobre sus cambios de uso. Modificarlos, y abrir la puerta al cambio de estado, exige la aprobación de la administración real que se conoce con el nombre de facultad, que en este caso debe suponerse concedida para la parcelas de las que se trata. De lo contrario, el municipio no hubiera podido acceder a todas las transferencias demandadas ateniéndose a las condiciones de la presura.

Gracias a la identificación de los lugares solicitados, es posible además reconocerlos como una parte de las zonas no cultivadas, áreas que sobrevivían en cualquiera de los extensos términos de las ciudades del sudoeste, a pesar de la alta ocupación agrícola del suelo que en ellos se había alcanzado. Los territorios bajo su jurisdicción estaban lejos de estar saturados, y por tanto de retornar a cada tanto al riesgo de verse en la necesidad de aprovechar suelos de bajos rendimientos.

En cierto número de casos la parcela solicitada se identifica como un manchón de tierra, una manera de hablar que permite reconstruir el estado del paisaje del que se partía, al tiempo que obliga a ser cauto. Es muy probable que haya que entender el manchón como algo más que un pedazo de tierra en que nacen las plantas muy espesas y juntas, tanto en los sembrados como en los matorrales (Acad.). En lenguaje regional, puede ser terreno erial en un cortijo, una mancha grande de monte y parte de terreno de caza que tiene nombre peculiar y se bate sola (AV). La ventaja que desde este punto de vista tiene la palabra elegida es que todas las descripciones que la definen comparten, aparte matices, que se está refiriendo a áreas ocupadas por la vegetación espontánea, bien porque desde antiguo se haya consolidado en ellas, bien porque allí se ha recuperado recientemente, tras haber conocido el cultivo y haberlo abandonado. Que además el estado previo del espacio a colonizar estaba ocupado por una formación del tipo matorral es algo más que una sospecha. La confirma, al tiempo que la completa, uno de los solicitantes cuando expone la necesidad de desmontar de monte bajo y algunos chaparros. Mientras que la referencia al monte bajo corroboraría la deducción, la supervivencia de chaparros dispersos probaría que la parte arbórea del bosque autóctono, aunque en aquellos lugares se hubiera degradado, se resistía a desaparecer. Ante este paisaje, cualquiera que pretendiese poner en cultivo las parcelas solicitadas necesitaría rozar y desbrozar, y en algunos casos hasta descepar, para después roturar y poner a punto la tierra para la siembra, un proceso largo y costoso como mínimo en tiempo y esfuerzo.

Los solicitantes se pueden dividir en dos grupos. Uno, el de los que tienen apellidos que los identifican como miembros de lo que convencionalmente podemos llamar, para no demorar innecesariamente el análisis, el grupo aristocrático de la ciudad. Su posición está asentada sobre un modo de acceder al dominio de la tierra garantizado por la inmovilización de los bienes, de la que participa, a lo que suma el control directo de las instituciones del municipio. El otro es el de quienes no ponen al descubierto consanguinidad alguna con ese grupo.

La relación de los primeros, que no es larga, vale la pena: don Bartolomé Nieto de Morales, don Manuel Antonio Morillo, don Teodomiro de Briones Quintanilla, don Antonio Eugenio Berrugo de Morales, alcalde de la santa hermandad por el estado de los caballeros hijosdalgo, don Baltasar Barba de Bohórquez, don Cristóbal Roales de Consuegra, don Juan Ignacio Barraza, presbítero, don Bernabé Canelo de Romera, don Bartolomé de Briones Quintanilla, don Juan Caro Tavera, don Bernardo Bravo Navarro, don Marco Antonio de Liñán, don Bartolomé de Mesa Jinete, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, don José Navarro y don Diego López Moreno. Quizás a los dos últimos habría que eliminarlos de esta relación. Pero sobre los demás no caben dudas. Son catorce de los sesenta y cuatro, poco más de la quinta parte. Luego quienes tenían capacidad para tomar la decisión favorable a las concesiones fueron los primeros en utilizarla en su favor.

Las otras cuatro quintas partes de los solicitantes, que pueden representar nombres como los de Juan González de Perea, Blas Gallardo o Jerónimo Rodríguez, todos varones, porque están idénticamente interesados en la adquisición de una parcela tenemos que considerarlos genéricamente campesinos. Cualquiera de los valores o rasgos que a partir de aquí podamos deducir, como característicos del fenómeno que deseamos documentar, salvo indicación expresa, serán representativos de actitudes y decisiones de este grupo, dado su abrumador peso relativo.

La dimensión de la parcela solicitada no siempre se declara. En diecisiete ocasiones se refiere como una suerte de tierra, en once como un pedazo de tierra, en ocho como un manchón de tierra, en cinco como una poca tierra y en una ocasión como un rincón de tierra. La indefinición tiene en algunos casos sus ventajas. Ya hemos visto hasta dónde permite llegar que se hable de manchones. También al hablar de suerte es posible alcanzar alguna conclusión. Puede parecer que se está haciendo referencia a un sistema de acceso a la tierra. No parece que en este caso tenga demasiado sentido. Sin embargo, pudo ser el método para regular las concesiones. Todas las suertes se concentran en un predio, la Cañada del Paraíso. Tal vez los campesinos dispuestos a tomarse aquel trabajo pugnaban por una calidad de las tierras o por la accesibilidad a una parcela, o por las dos cosas porque aquel lugar reuniera ambas ventajas. Las suertes, además, tienen todo el aspecto de responder a un módulo, expresión de la equidad de los repartos. Todas las que además precisan su extensión tienen tres fanegas.

Cuando solo o también se especifica la superficie de la parcela que se solicita los valores oscilan entre media fanega y seis, en este segundo caso expresadas como medio cahíz. Cualquiera de los dos valores, así como uno y cinco, son singulares. Las dimensiones comunes oscilan entre dos (cuatro casos) y cuatro (otros cuatro), y el valor modal es, con diferencia, tres (dieciocho casos). De donde resulta un valor medio de la parcela muy representativo de la regularidad del procedimiento: tres fanegas y dos centésimas. Solo una vez la superficie se expresa en otra unidad, dos aranzadas.

En una ocasión fue concedida más tierra de la solicitada y en otra menos. Pero ninguna de las dos oscilaciones tiene trascendencia ni para cada demanda ni para el fenómeno: un solicitante de dos fanegas recibió tres, y uno de cuatro, también tres. Lo que redunda en que las decisiones se atuvieron a un plan, persistentemente regido por la equidad. Le daría valor político y expresaría el peso que tenía, a la hora de tomar las decisiones públicas, el papel de los beneficiados por ellas. La dimensión de la parcela habría sido su patrón. Pero fuera así o no, creo firmemente que la dimensión tres fanegas, que se impuso, es expresiva de una capacidad energética de la masa de los solicitantes, campesinos con limitados medios.

Como condición añadida, Tomás Machado pidió que la poca de tierra que solicitaba estuviera arrimada a la de Alonso del Trigo. También Cristóbal Baena y José de Aguilera pidieron que sus parcelas estuvieran linde de la que la ciudad tiene dada a Alonso del Trigo y Francisco López. Estos rastros de afinidad pueden ser expresivos de la cooperación solidaria que pudo existir entre quienes se comprometían con aquella iniciativa, un rasgo del grupo que en otros documentos, como los relacionados con el crédito, también se deja ver. En otros casos, el objetivo parece puesto en completar un plan de expansión personal. Alonso Rodríguez, maestro mayor de obras, solicita la suerte de tierra que linda con su heredad de viñas. Que alguien sea maestro mayor de obras y al tiempo aspire a consolidarse como campesino es una buena prueba no solo de ambición. También revela que la condición de campesino entonces estaba abierta y no excluía otras. Por su parte, don Cristóbal Félix Cirilo de Mesa, quien solicitó y obtuvo cinco fanegas, una de las dos parcelas mayores, quiso que empezaran desde un pedazo de olivar de don Bartolomé de Mesa, su padre. De una o de otra forma, que existieran lindes consolidadas, las que también se mencionan en cuatro instancias más, indican que el territorio elegido para la experiencia ya estaba ocupado parcialmente.

Durante la primera fase de ejecución del proyecto, las solicitudes se dispersaron por más de diez lugares distintos, todos en una zona no destinada previamente al cultivo de los cereales, a excepción de un manchón de tierra, de extensión indeterminada, solicitado por don Bartolomé de Briones Quintanilla, caballero del orden de Calatrava, para plantarla de olivos. Estaba localizado en un territorio conocido como El Saltillo, en plena depresión del término, donde el cultivo de los cereales estaba consolidado desde hacía siglos, y del que se da la circunstancia de que no hacía mucho había sido objeto de la concesión de un señorío. Pero durante la segunda mitad del proceso, las solicitudes se concentraron en el predio ya mencionado, la Cañada del Paraíso. Puede decirse que de aquella política también tuvo que ser parte un plan de colonización, quizás no del todo ajeno al deseo de contener la expansión señorial que amenazaba los poderes del municipio.

Los cultivos para los que se solicitaron las tierras fueron tres: viñas, olivos y pinos. El deseo de plantar viñas acaparó casi los dos tercios de las peticiones y la dedicación al olivar, solo un tercio. El exiguo resto fue para los pinos. El único caso que falta para completar la suma, el de quien duda dedicar la tierra que obtenga si a viña si a olivar, es insignificante en términos cuantitativos. Sin embargo, aparte que la jurisdicción del municipio alcanzara hasta la ordenación de los cultivos nada menos, un hecho que sería necesario analizar con más reflexión, expresa con nitidez el dilema que se abrió al programa colonizador, al que debieron enfrentarse quienes buscaban una vía de promoción invirtiendo en las concesiones de tierra.

La viña era un cultivo consolidado. Quienes se esfuerzan en conectarse con parcelas con lindes hechas, a las que desean acogerse, en las que quieren apoyarse, optan por la viña. Serían colonos que preferirían jugar sobre seguro. Quienes optan por el olivar aluden al paisaje que tienen ante sí en unos términos consecuentes con el riesgo de la inversión, porque incluye desmonte y plantar estacones. En cualquiera de los casos en los que estas descripciones son más explícitas los promotores son del grupo aristocrático. Uno pretendía desmontar en favor de un olivar del patronato del que era patrono, y otro suplica a la ciudad se sirva demandar ver un pedazo de tierra de su mayorazgo para plantar de olivar.

Con la concesión de parcelas, los que ya dispusieran de medios podrían acceder a la condición campesina más sólida, la que les permitía disponer como propiedad de una unidad de explotación agropecuaria. Los que optaron por no arriesgar demasiado, la mayor parte de ellos, dos de cada tres, prefirieron acogerse al cultivo de la vid. Solo el otro tercio se prestaría a competir con quienes estaban dispuestos a invertir en un cultivo cuya renovada expansión empezaba. Aquellos con los que debían competir ya disfrutaban de una posición sólida, y su opción en favor del olivar no sería ajena al éxito que el cultivo finalmente tuvo. Los datos de cultivos y aprovechamientos de cincuenta años después demuestran que la pugna se resolvería en favor del olivo. Mientras que su cultivo, para entonces, había conseguido ocupar unas tres vigésimas partes de todo el espacio cultivado, en el que el dedicado a cereales abarcaba algo más de los dos tercios, el viñedo prácticamente había desaparecido. No llegaba ni a la centésima parte.


Celadas de la tradición. Método

Cosme Pettigrew

Durante algún tiempo, en estas mismas páginas G. Barea, bajo del título Orígenes de la República, ha ido poniendo a disposición de sus lectores una completa colección de noticias sobre el sacrificio infantil antiguo. En nuestra opinión, su trabajo es merecedor de reconocimiento, aún más que por el orden en que fueron dadas a conocer, por el esfuerzo de síntesis que demuestran. Sin embargo, creemos que el cuadro que compone también es un buen ejemplo de las trampas que ocultan las tradiciones. Para defender este punto de vista, que compromete el valor de las informaciones recibidas, por el momento nos vamos a limitar a una de las que confluyen en tan meritorio trabajo, la clásica antigua, una de sus fuentes.

Cuanto se supo sobre tan peculiares sacrificios durante siglos se mantuvo concentrado en algunos textos. Se pueden organizar en dos tradiciones, una griega y otra latina. La griega se remonta a Platón y Clitarco y la prolongan Diodoro Sículo, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Filón, Sexto Empírico, Porfirio, Eusebio de Cesarea y Hesiquio de Mileto, mientras que los relatos sobre el sacrificio infantil que la antigüedad dejó registrados en latín empiezan con Ennio, continúan con Cicerón y siguen con Quinto Curcio Rufo, Plinio el Viejo, Silio Itálico, Justino, Tertuliano, Minucio Félix, San Agustín y Draconcio.

El origen de la tradición griega es una mención contenida en el diálogo titulado Minos, texto atribuido a Platón, de la primera mitad del siglo IV antes de nuestra era, entre los de dudosa autoría el de más probable autenticidad. Con lo que se adjudica a Platón se relaciona lo que cuenta Clitarco, un hombre probablemente natural de Alejandría, cuya vida conoció la plenitud a fines del siglo IV o principios del III; unos escolios a la República de Platón en los que cuenta lo relacionado con nuestro tema.

Diodoro Sículo nació en Agyrion, la actual Agirone, hacia el año 90 antes de la era y sobrevivió hasta fines del mismo siglo I. Su obra conocida, una Biblioteca histórica, o historia universal, en parte conservada, abunda en informaciones insustituibles sobre este asunto. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso fue contemporáneo de Augusto. Nacido griego, se estableció en Roma justo cuando el primer emperador instituía su dominio sobre la constitución de la república, a principios del último tercio del siglo anterior a la era, y como tantos de sus coterráneos justificó su presencia en la capital del imperio como rétor. Cuando empezaba el nuevo siglo, decidió volver a Grecia y allí murió. Su referencia al sacrificio infantil procede de la principal de las obras suyas que se han conservado, una excelente Historia antigua de Roma, en la que analiza desde los orígenes de la ciudad hasta la guerra púnica.

También son estimables los datos proporcionados por el fecundo Plutarco, hombre ya del primer siglo posterior a la era, cuya vida transcurrió entre aproximadamente los años 50 y 125. El catálogo de su obra auténtica, aun así extenso, ha sido organizado en dos bloques, las Vidas paralelas y las Obras morales. Sobre la superstición es una obra del segundo grupo, la que según la vulgata de toda su producción ocupa el décimo cuarto lugar entre los textos morales, el último de una primera serie, la de los tratados éticos y didácticos. De ahí procede la información que proporciona sobre el sacrificio de niños.

El siguiente informador en lengua griega es Filón, quien murió en Biblos y vivió contemporáneo de Adriano, cuya existencia la cronología de los emperadores romanos encuadra entre los años 76 y 138. Escribió, entre otros asuntos, sobre la historia de Fenicia. El resultado de este trabajo, que se estima como la mejor fuente antigua sobre la materia, lo ordenó en ocho libros, aunque hasta nosotros ha llegado solo en parte y sobre todo por medio de Eusebio de Cesarea, un transmisor muy tardío. Del texto original proceden sus referencias al sacrificio de niños.

Sexto Empírico, quien fundamentalmente se dedicó a la ciencia y a la medicina, vivió entre los siglos II y III. En sus Hipotiposis pirrónicas deslizó una breve referencia al sacrificio infantil.

A Porfirio los menos exigentes lo hacen natural de Tiro, mientras que otros que aparentan estar más documentados precisan que nació en Batanea (Siria). Su primer nombre, sirio como su nacimiento más probable, era Malmos, cuyo significado podemos aceptar como próximo a rey. Pero instalado entre los griegos -entre quienes arraigó su memoria como discípulo de Plotino- prefirió ser conocido con aquel otro nombre, evocador en su lengua de adopción de la púrpura característica del país fenicio. Nació en 233-234 y murió en Roma hacia el 305. Escribió mucho, aunque completas solo se conocen once de sus obras. Lo que cuenta sobre el sacrificio infantil figura en su texto sobre La abstinencia.

A continuación debe figurar la información recogida por Eusebio de Cesarea, en realidad nacido en Palestina hacia el 265 y muerto el año 340, pero sobre todo conocido porque ejerció como obispo en Cesarea y permaneció fiel a Constantino y a la ortodoxia del credo cristiano a partir del 313. Su obra narrativa de más interés está dedicada a la historia de la Iglesia, género del que se le considera creador, pero lo que quiso decir sobre nuestro asunto lo dejó escrito en su Preparación evangélica, una de sus apologías.  

Termina la tradición en griego con la información recogida por Hesiquio de Mileto, quien vivió en Alejandría en el transcurso del siglo VI.

En latín arranca con Ennio, quien nació calabrés en 239 antes de nuestra era. De su biografía es relevante para el texto que nos ha dejado su militancia en el ejército romano durante la segunda guerra púnica. Tan distinguido fue su servicio de armas que, enviado a Roma, prolongó su dedicación a la República. Catón lo avaló entre las nobles familias influyentes, de las que eligió la de Escipión para por fin comprometer su fidelidad. Murió el año 169 y escribió unos Anales, dedicados a Escipión el Africano, en forma de poema épico muy extenso. Cantaba la historia de Roma hasta su edad y en origen tuvo dieciocho libros, pero de él solo se han conservado seiscientos versos.

La continúa Cicerón, de cuya afamada vida, que transcurrió durante la primera mitad del siglo I anterior a la era, siempre será lo más llamativo sus dotes para sobrevivir en un medio feroz sin llegar a estar seriamente amenazado, salvo por él mismo. En sus trabajos hay un par de referencias al sacrificio humano de los antiguos que se relacionan con nuestro tema. La primera está en el Pro Balbo y la segunda procede de Ad familiares, una colección de correspondencia a parientes y amigos reunida en dieciséis libros.

Sigue Quinto Curcio Rufo, quien vivió durante el siglo I posterior a la era, aunque las fechas precisas de los años de su vida se desconocen. Por su estilo y ciertas referencias parece contemporáneo de Claudio, el emperador que disfrutó de la plenitud de sus poderes durante algunos años a mediados de aquel siglo, y como tal es admitido. En su obra conocida, una Vida de Alejandro en diez libros, cuenta lo que sabe sobre el sacrificio infantil.

También proporciona información útil Plinio el Viejo, nacido en Novum Comum el año 23 y muerto el 79 en Stabiae, cuando estaba ocurriendo la colosal erupción del Vesubio. Movido por su curiosidad, fue a observarla, y tanto se acercó a ella que aspiró los gases que manaban de la montaña, que para él resultaron letales. Amigo de Vespasiano, de familia ecuestre, su trabajo diario fue el administrativo, aunque su preocupación fueron las letras. Mas por efecto de su incontinente afán erudito dispersó su actividad literaria en una variada poligrafía del todo desconocida, a excepción de la monumental Historia Natural, obra de treinta y siete libros. La tenía terminada antes del 77, el año en que se la dedica a Tito, en la que extracta unas dos mil lecturas, a decir del propio autor.

El siguiente es Silio Itálico, a quien algunos lo hacen originario de Itálica, donde Escipión asentara una colonia de veteranos tras la guerra contra Aníbal. Pero esta posibilidad se funda solo en el sobrenombre del personaje, si bien hay otro dato que redunda en su origen bético. En su biografía ha quedado establecido que creció en una ciudad amurallada de la Hispania meridional, la misma que había estado bajo el dominio de los Barca antes de la conquista romana. Nació hacia el año 25 y murió en el 101, tras sufrir una enfermedad que le forzaba a rechazar la comida. Vivió como funcionario poco ambicioso y rico que se complacía en la privada dedicación a la literatura. Su obra de interés es el largo poema titulado Púnica, en diecisiete libros, donde hablando de la guerra entre cartagineses y romanos dice lo que sabe sobre este asunto.

El siguiente eslabón de los textos latinos sobre el sacrificio infantil es la información proporcionada por Justino, quien vivió cuando los Antoninos gobernaron, el siglo II. Fue modesto autor de una Historia universal, en realidad largo extracto de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, hoy perdidas.

La información que proporciona Tertuliano es de las más valiosas porque nació en Cartago hacia el 155, la misma ciudad en la que murió en torno al 220. Hijo de un centurión, fue a Roma para estudiar, y allí, durante su primera juventud, ejerció de abogado y se hizo cristiano. Volvió a su África natal hacia el 195, ya entregado a la militancia religiosa, y en los años inmediatos escribió unos veinte textos, los más notables de los cuales dedicó a su nueva creencia, la materia por la que desde hacía tiempo se apasionaba. Su rigorismo moral lo fue apartando de la iglesia cristiana y lo hizo evolucionar hacia posiciones montanistas, por lo que cuantos textos escribiera después del 200 son ya alegatos religiosos radicales y polémicos. Tal vez el mayor honor que le pueda caber sea declararlo el iniciador de la literatura teológica de inspiración cristiana en latín, aunque para otros sea contarlo como el primer padre de aquella iglesia nacido en África. Pero para nosotros tiene más interés que encarne la supervivencia de la cultura púnica en el norte del continente meridional. Es en su obra maestra, la Apología, escrita en 197, donde deja registrado cuanto desea confesar sobre lo mucho que del sacrificio infantil debió saber.

El testimonio de Minucio Félix resulta asimismo apreciable porque se le tiene por un oriundo de África que vivió entre los siglos II y III, fue abogado y rétor y también se convirtió al cristianismo. Con toda probabilidad, fue el autor de una obra titulada Octavio, redactada durante el gobierno de Antonino Pío (138-161), la primera obra cristiana en latín que se conoce. Se trata de una ingenua controversia en defensa del cristianismo, en la que un pagano critica la nueva religión con objeciones vulgares a las que responde un cristiano con argumentos cultos.

Muy estimable es también lo que sobre el tema recibe San Agustín, otro hombre cuya vida, que transcurrió entre el año 354 y el 430, estuvo vinculada a los dominios de la antigua Cartago. En La ciudad de Dios, donde se interesa por destacar cómo han sobrevivido la lengua y los cultos cartagineses en el norte de África, toma nota de la creencia según la cual ciertos pueblos practicaban el sacrificio de niños.

Concluye la serie con Draconcio, también cartaginés de nacimiento, quien siempre vivió en África, en el transcurso del siglo V, cuando ya los vándalos ocupaban la región. Cristiano, redactó una alabanza al emperador de Bizancio tan desafortunada que le costó la cárcel, donde en demanda de piedad escribió al rey vándalo el poema que nos sirve de fuente.

Recopiladas y examinadas, ambas tradiciones resultan dos medios tan valiosos como limitados. Ninguno de los autores proporciona un cuadro completo de aquellos hechos. Tras su lectura, además es inevitable la impresión, más que de parcialidad, de haber conectado con tradiciones indirectas. Cualquiera de ellos se habría servido de informaciones de segunda mano.

Para decidir de la manera más rigurosa sobre el valor de sus contenidos, y poder optar por las afirmaciones contrastadas, he compulsado varias versiones de los textos que de cada autor he aislado. Desafortunada ocurrencia. Añaden un obstáculo preliminar al valor relativo de los contenidos. Las comparaciones llevan a la conclusión de que cualquiera de las dos tradiciones sigue siendo inestable, incluso después de los enormes esfuerzos hechos por las filologías clásicas. Buena parte de los textos está tan lejos de haber sido fijada que, dependiendo de cuál sea la versión que se lea, los contenidos de los relatos oscilan, y no es fácil reconocer como originarios de los mismos lugares párrafos de los cuales sus editores sin embargo confiesan idéntica procedencia.

Ante este cuadro, desconcertante para quien como yo se confía a los especialistas, porque tengo un conocimiento muy limitado de las lenguas en que originalmente fueron escritos, solo me queda optar, frente a la cita literal, que aparenta ser más rigurosa, por la versión del original lo más fiel posible, ya que no a las palabras, a las ideas expuestas.

Aplicando este procedimiento, he llegado a unos textos que respetan todo lo posible la letra de las lecciones recibidas, tal como son aceptadas por las ediciones compulsadas. Tienen sobre las versiones literales la ventaja de la claridad, incluso de la más modesta sensatez en algunos casos. Siempre he hecho prevalecer el texto concordado y con sentido cuando el respetuoso con la letra era más oscuro. He sacrificado la incertidumbre a la interpretación, que por ser siempre una decisión favorable a uno de los caminos posibles, aquel que honradamente se cree el más acertado, incluye naturalmente el riesgo del error, que no solo acepto, sino de cuya segura existencia derivarán reticencias que desde este momento son admitidas con la resignación que debe corresponder a cualquier atrevimiento. En compensación, al menos he podido disponer de una serie de textos cuya lección puedo dar por cerrada y así avanzar en el análisis de ambas secuencias.

Interpretados los textos, persiste la impresión de estar leyendo información poco sólida y muy reiterada, y que la síntesis de los hechos que puede hacerse contiene relatos que sin discusión no merecen confianza alguna. Por tanto, es necesario verificar cuáles son informaciones dignas de crédito, porque procedan de testimonios directos o de fiabilidad contrastada, y cuáles por el contrario son datos secundarios y por tanto merecedores de menos atención.

A partir de aquí, ya solo quedaría enfrentar el inevitable problema de la veracidad. No solo es necesario aceptar que no se puede admitir indiscriminadamente toda la información proporcionada por los testimonios. En este caso hay que aplicar este principio de la manera más exigente porque es necesario resolver hasta qué punto la idea sobre el sacrificio al que en la antigüedad eran entregados algunos niños puede haberse perdido en un pequeño laberinto de lugares comunes, y a cuya salida, finalmente, no hay nada.

Para ello, es imprescindible intentar una reconstrucción del árbol de sus relaciones con la mayor precisión posible. Pero con el estado en el que nos llegan los textos antiguos sostener una demostración de originalidad no es fácil, así como probar que un autor ha leído a otro y lo sigue es tarea en la mayor parte de las ocasiones condenada al fracaso. Solo los más íntegros citan sus fuentes, y no todos los que hoy admitimos como autores dignos de admiración se pueden contar entre estos. Sobre todo los latinos, versionan una y otra vez los textos recibidos sin citar procedencia ni respetar autoría.

Para probar la lectura de uno por otro, sin más medios positivos que unos enunciados todavía inestables, solo hay un indicio en el que se pueda confiar, quizás en apariencia no tan irrefutable como la mención literal, pero de una enorme solidez. Que dos autores digan lo mismo sobre el mismo asunto demostraría directamente que uno está leyendo a otro, si no es posible aportar prueba alguna en cualquier sentido. Las posibilidades que abre la combinación de las palabras son tantas, aun tratándose de la exposición de las mismas ideas, que hay que excluir de antemano que dos frases coincidan en su expresión, cuando quienes escriben no han tenido el menor contacto entre sí. No se trata de la similitud de términos y sintaxis, la cual, aunque se descuidara la mención de la fuente, sería evidente demostración de servilismo. Es sobre todo limitarse a un horizonte de palabras, que demuestra incapacidad para informarse sobre un asunto más allá de lo que ofrece el texto que se está siguiendo.

Aunque no se acostumbre utilizar medios para advertirlo, la reiteración de frases de contenido similar es prueba directa de vínculo literal. Si se da la circunstancia de que un autor escribe lo mismo que otro que es posterior a este en el tiempo, la conclusión obligada debe ser que el más reciente sigue al más antiguo. Esta manera de proceder me parece más segura que la referencia, más aún cuando a nadie puede sorprender que los autores se citen unos a otros sin declararlo, y la demostración de copia que resulta críticamente más exigente. Cuando se expresa la misma idea, aunque se utilicen palabras diferentes, el vínculo entre los textos se puede demostrar. El mejor procedimiento para llegar a conclusiones seguras sobre el parentesco de primer grado entre palabras, o filología, es pues seguir el rastro imborrable que dejan los lugares comunes.


Consecuencias de los errores diplomáticos

Gedeón Martos

Aunque fuera ya en la ancianidad cuando con más facilidad sus mujeres consiguieron que el corazón del rey se inclinara a otros dioses, Salomón, según su contemporáneo Ajías de Silo, finalmente se había postrado ante Astarté, diosa de los sidonios, ante Kemós, dios de Moab, y ante Mólek, dios de los ammonitas. Para Astarté había construido un alto, mientras que a Kemós y a Mólek, Melek o Milkom había consagrado sendos santuarios mediante la erección de un altar; si bien otras fuentes señalan que a ellos también sendos altos fueron dedicados, y que decisiones similares había tomado para satisfacer a todas las demás esposas extranjeras que quemaban incienso y hacían sacrificios a sus dioses.

De este modo entre los hebreos se impuso la tendencia al sincretismo y a una abierta idolatría, y en Jerusalén los altares a los dioses extranjeros terminaron siendo ciento. El lugar donde se concentraron tantos santuarios o lugares altos fue un monte situado frente a Jerusalén, según el texto sagrado, una elevación que hoy muchos localizan al este de la ciudad primitiva. Para unos todos los indicios aconsejan identificarlo con el monte de los Olivos, mientras que otros prefieren situarlo al sur de este. Pero muchos coinciden con que debe asimilarse a aquel que fue justamente llamado Monte del Escándalo. No obstante, el santuario de Gabaón, erigido antes,  siguió siendo el mayor de los lugares altos en tiempos de Salomón, según el Libro primero de los Reyes. En su capítulo tres hace la primera mención del santuario, que entonces debió tener una notable preeminencia.

Una acusación de infanticidio, tal vez relacionado con la prostitución sagrada, completa el cuadro de las torpes inclinaciones a las que dieron origen tan graves errores diplomáticos. A Salomón acudieron dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de ellas dijo que las dos vivían en la misma casa, y que ella había dado a luz estando ambas en su vivienda. A los tres días del alumbramiento, la otra mujer también había dado a luz. Seguían las dos juntas, solas, sin que ningún extraño hubiera en la casa, y una noche el nacido más reciente murió porque su madre se había acostado sobre él, según declaró la otra mujer.

Se enojó Yavé con Salomón, que había desviado su corazón del dios del pueblo elegido, a quien se le había aparecido dos veces y le había ordenado que no fuera en pos de otros dioses. Para zanjar las diferencias, porque ya no le servía con lealtad le dijo: “Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza ni las leyes que te ordené, voy a arrancarte el reino para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo durante tu vida, en memoria de David, tu padre. Lo arrancaré de mano de tu hijo. Mas no lo desposeeré del todo. Le dejaré una tribu, en atención a David, mi siervo, y porque he elegido Jerusalén”.

Para que la vida pública de la próspera comunidad, constituida por las tribus establecidas en Canaán poco antes, desembocara en tan detestable desastre ocurrió, según la escritura, lo siguiente. Aún reinaba Salomón cuando salió Jeroboam, hijo de Nebat, de Jerusalén, y se encontró a su paso en el camino al profeta Ajías de Silo. Iba este cubierto con un manto nuevo, y junto a él caminó. Ya estaban los dos solos en el campo cuando, sin mediar palabra, sin que hubiera razón aparente para que obrara de aquel modo, tomó Ajías el manto que lo cubría, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboam: “Toma para ti diez jirones, porque así dice Yavé, dios de Israel: ‘Voy a hacer jirones el reino de manos de Salomón y te voy a dar diez tribus. Le quedará la otra tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas las tribus […]. Porque me ha abandonado y se ha postrado ante […] [otros dioses ] […], y no ha seguido mis caminos, haciendo lo que es justo a mis ojos, ni mis decretos, ni mis sentencias como su padre David ’ ”. Para el momento en que hablaba Ajías la tribu de Judá, la que permanecería en la casa de David, ya había absorbido a Simeón, por lo que para obtener el total de tribus que formaban la comunidad en vez de doce habrá que sumar solo hasta once. De este modo el profeta transmitió a Jeroboam las palabras de Yavé que pronosticaban que sería el primer rey de Israel.

A la muerte de Salomón el reino efectivamente quedó dividido en dos, Israel al norte y Judá al sur, y tal como había adelantado Ajías la secesión de Israel arrastró a la mayor parte de las tribus. Esta fue la consecuencia institucional de aquel momento crítico en la historia de los hebreos, cuya consumación se fecha hacia 922. A partir de entonces reinaría Jeroboam entre las gentes que desde aquel momento serían reino de Israel -diez tribus discrepantes con la monarquía que antes se había instituido- hasta 910, por lo que propiamente a partir de ahora tendría que ser conocido como Jeroboam I de Israel. Por su parte, el legítimo Roboam, hijo y heredero de Salomón, sería contra su voluntad el origen del reino de Judá, fracción del pueblo elegido en la que se integraban solo las dos tribus restantes, bajo la hegemonía de la que da nombre al estado, sobre el que reinó también desde 922 hasta 911. Además, con Roboam se iniciaría la costumbre que durante siglos se mantuvo sobre la unción de los reyes. Todos sus sucesores en el reino de Judá fueron ungidos en el patio del templo que Salomón había mandado levantar en Jerusalén.

La crisis fue una consecuencia o, en la más prudente de las explicaciones, parte componente de hechos provocados por las desviaciones religiosas. Por esta causa en 922 la comunidad que Salomón había gobernado sufriría las disensiones que darían origen a los dos reinos. La contaminación de los principios teológicos del reino, a consecuencia de los errores diplomáticos por Salomón, habría justificado una secesión que pudo satisfacer la ambición de poder de hebreos excluidos de la sucesión al trono. Parece que el Ajías que protagoniza el encuentro con Jeroboam fue en realidad un conspirador entregado a la tarea de derrocar a Salomón, o al menos así se ha interpretado su papel en aquellos acontecimientos. Es probable que actuara como representante de cierta corriente antimonárquica, ya muy activa, a la que tantos profetas con el tiempo, por razones muy comprensibles, pertenecieron.

El alcance de la secesión, con ser crítico para los hebreos, se incrementó gracias a que alcanzó a las relaciones internacionales, como consecuencia de la actitud adoptada por Sesonq, el rey egipcio, el primero de la vigésimo segunda dinastía, quien mantuvo la responsabilidad de aquel antiguo gobierno entre aproximadamente 945 y 924. La escritura sagrada ve la iniciativa de Sesonq como un efecto de la infidelidad heredada por Roboam. Rey y Judá habrían hecho el mal a los ojos de Yavé, cuyo celo irritaron más aún que sus padres por tamaños pecados constantemente cometidos. Todas las abominaciones de las gentes que Yavé había arrojado de delante de los israelitas hicieron las gentes de Judá. Aunque lo peor no sería la abominación de Roboam y los suyos, sino aquel castigo que habrían recibido a consecuencia él y el pueblo todo.

Pero esto no explica la intromisión del rey de los egipcios. El antecedente más remoto de la crisis habría sido el apoyo de Sesonq a Jeroboam, una parte de la crisis que sin embargo aún no es posible esclarecer a satisfacción. Hay analistas que sostienen que Jeroboam, defraudada al principio su ambición, se vio obligado a huir de junto a Salomón y habría elegido para refugiarse la corte de Sesonq. Si el faraón no actuó como instigador directo de las decisiones secesionistas, sí parece que acogió de la manera más favorable a Jeroboam. De ahí derivarían unas relaciones entre Sesonq e Israel, cuando este quedó constituido, que serían preferentes. Incluso hay quienes piensan que habría sido a instigación de Jeroboam que Sesonq decidiera atacar el reino de Judá.

Pero aunque las intenciones de Sesonq para con el nuevo reino aparentaran ser amistosas, otros creen que en realidad estaba esperando una oportunidad para apoderarse de su país, muy codiciado por Egipto. Era territorio de cuyo control el gran estado africano nunca había desistido, e incluso es probable que hasta entonces no hubiera escapado del todo a su dominio. Al menos Sesonq llegó más lejos de lo que cualquier relación amistosa permite prever, y decidió actuar por cuenta propia. Abierta la crisis que terminaría con la división del reino de Salomón en dos, Sesonq, para oponer su fuerza a la potencia que con David había aparecido en la región, aprovecharía para invadir sus tierras. A pesar de su previa amistad con Jeroboam, el rey africano no habría dejado pasar la oportunidad que le ofrecía la debilidad militar del pueblo elegido una vez escindido en dos reinos. Sus decisiones, abierto el frente norte, serían el origen de la parte de la crisis que resultó realmente más peligrosa.

Aunque los elementos de juicio disponibles permiten dudar de esta teoría de las causas de la crisis, lo cierto es que todo el territorio de la antigua monarquía unitaria, y aún más, como consecuencia de la mutua debilidad a la que se habían condenado los dos reinos de los hebreos, por igual hubo de sufrir entonces la agresión de Sesonq. De aquella región lo asoló todo, y parece que precisamente fueron Edom, la entrada al sur, e Israel, el nuevo reino de Jeroboam, al norte, los que hubieron de soportar los golpes más duros que la invasión llevó a aquellas tierras.

La fecha en la que ocurrió al menos el momento de mayor empuje de la invasión no es posible precisarla de manera indiscutible. Unas fuentes resuelven refiriéndola al año quinto del rey de Judá. Como una parte de los intérpretes cree que el reinado de Roboam comienza en 931, esto daría como resultado el año 926, cálculo compartido por algunos que proceden a partir de datos diferentes. Pero otros, utilizando aquella misma referencia al quinto año de Roboam, creen que el año de la invasión corresponde a una fecha hacia 930. Mas todavía hay quienes, partidarios de las cronologías bajas, piensan que el faraón Sesonq invadió Palestina en el año 925. De este modo resultaría para la operación bélica una banda cronológica comprendida entre 930 y 925.

Ninguno de estos cálculos haría verosímil el cisma como estímulo de la iniciativa egipcia, supuesto que en general se acepta que aquel hecho decisivo habría ocurrido en torno a 922. Sería por tanto admisible, para estos hechos, pensar primero en una reiteración de campañas que se prolongarían durante más de un año, y segundo que tal vez un quinquenio más adecuado para encuadrar tales acciones fuera el comprendido entre 925 y 920. De lo contrario, y habida cuenta de que los cálculos más autorizados prefieren el anterior, sería necesario rechazar el año 922 como año del cisma, o evitar este como motivo de aquella iniciativa militar. Cualquiera de estas posibilidades, no obstante,  complicaría el análisis hasta ahora admitido, desde las causas sobre las que se ha especulado hasta los costes que para el territorio objeto de nuestro interés pudo tener, hasta un extremo que obligaría a decenas de exposiciones sustitutorias de la que estamos presentando, quizás útiles como ejercicio pero no satisfactoriamente explicativas.

Los movimientos de las tropas egipcias durante aquella campaña, o al menos en el año de mayor actividad, han sido reconstruidos en sus rasgos generales. No solo están autorizados por la escritura sagrada, sino también por la epigrafía egipcia, lo que permite componer un escenario de mayor complejidad, y que corrige bastante la idea que de seguir solo la primera fuente se obtendría.

Una gran escena grabada en el muro sur del templo de Amón en Karnak muestra al faraón como vencedor. Aunque los egipcios no consignaron por escrito los resultados de esta campaña, allí grabaron una lista fragmentaria de las ciudades conquistadas por Sesonq que atestiguan las noticias de estos acontecimientos. No hay duda de que la lista proporcionada por los muros de Karnak, que aun siendo parcial enumera ciento cincuenta ciudades sometidas en Siria y Palestina, exceden lo que realmente ocurrió. Pero los nombres de lugar esculpidos sirven para reconstruir una secuencia de movimientos verosímil.

El objetivo estratégico de aquellas acciones habría sido recuperar el control de la ruta comercial consolidada, la que seguía la costa mediterránea y cruzaba la llanura de Esdrelón hasta alcanzar las tierras fenicias. Habría subido Sesonq por la costa hasta Gaza, y desde allí llegado hasta Gezer, que se convertiría en la base de sus operaciones en Palestina. La primera incursión importante hacia el interior del país alcanzó hasta Gibeon, al este, a donde llegaron dos expediciones paralelas, una siguiendo una ruta más al norte, a través de Aljalon, y la otra pasando por Rabbah. A partir de Gibeon los invasores, de nuevo formando un único cuerpo expedicionario, fueron trazando un amplio circuito por todo el país, de sur a norte por el interior, y luego de norte a sur cerca de la costa. Las principales estaciones de su recorrido fueron Siquem, en pleno Israel; Penuel y Mahanain en la Transjordania; Beth-Shean y Shunem, de nuevo a este lado del Jordán, y sobre todo Megido, a la que llegaron pasando por Taanac y que probablemente fue, por el interior, el límite norte de aquella operación. Desde Megido emprenderían la ruta oeste de descenso, paralela a la costa, que les llevó de nuevo a Gezer. Así resultaría que Sesonq efectivamente habría invadido no solo Judá sino también Israel.

Pero ni israelitas ni judíos permanecerían impasibles ante la agresión egipcia. Es muy probable que Roboam, el rey de Judá, como más inmediatamente concernido, poco después de aquellas acciones fortificara la línea fronteriza del sur, con seguridad como prevención contra las iniciativas de los invasores meridionales. Las quince ciudades que a este propósito cita el Libro segundo de las Crónicas, que habrían sido dotadas de medios de defensa pasiva por entonces, es posible que sean la prueba explícita de las medidas que tomara el reino de Judá para prevenir la amenaza de invasión del monarca egipcio.

Mas ninguna de las iniciativas contra la invasión, ni las que hubieran podido preverse antes de las acciones que Karnak permite reconstruir, ni cualquiera de las posteriores, incluidas todas las labores de fortificación, impidió que las ciudades de primer orden de los hebreos sufrieran aquellas agresiones. La fuente arqueológica contribuye a precisar esta parte de los acontecimientos registrados por los textos. El final del nivel  correspondiente al cambio de milenio en los yacimientos de Palestina aparece con frecuencia señalado por una destrucción violenta, cuya causa principal puede ser atribuida sin dificultad a los acontecimientos de los que tratamos.

Que en las pesas de uno, dos, cuatro y ocho sheqeles, encontradas en la tierra del que fuera reino de Judá por los arqueólogos, los números aparezcan indicados en escritura hierática se tiene por signo de al menos la influencia de Egipto sobre la administración real de Judá entonces. A las invasiones directamente puede ser atribuida la destrucción en aquellas fechas de la ciudad de Dor, en la costa israelí, que correría la misma suerte que otras dos grandes ciudades del mismo reino, Megido y Beth-Shean, aunque ambas,  por máxima lejanía del invasor, creyeran ser más seguras. Por proximidad el mayor grado de devastación tal vez lo sufriera el sur de Judá, así como sus principales núcleos de población, y no hay ninguna duda de que Sesonq fue contra Jerusalén, la capital de aquel reino, e incluso se admite como hecho demostrado que llegó a conquistarla.

El rey egipcio se habría conducido, en esta ocasión cuando menos, de manera aceptablemente magnánima. Aunque gracias a la conquista de Jerusalén consiguiera imponerse a la debilitada monarquía de Judá, finalmente la habría perdonado, porque respetó la ciudad y evitó saquearla. Pero a cambio habría exigido una indemnización tan fuerte que habría sido preciso recurrir a los respectivos tesoros del templo y de la casa del rey o palacio, en una proporción que la crítica estima comprendida entre grandes cantidades y la totalidad. Tal vez sea más exacto decir que Roboam consiguió impedir que Sesonq saqueara Jerusalén entregándole, por completo o parcialmente, los mencionados tesoros. No falta quien, a pesar de todos los indicios, opina que en realidad Sesonq se apoderó de aquellos tesoros sin más contemporización, en todo o en parte, a título de botín.

Gracias a las valiosas palabras de la escritura sagrada se puede al menos obtener, si no una respuesta arbitral, una idea del alcance de aquellas deducciones al patrimonio del templo de Jerusalén. Entre los apreciados bienes de los que Sesonq se apoderó estuvieron con seguridad los famosos escudos de oro mandados hacer por Salomón con destino a su gran obra. Pasadas la ocupación y el saqueo, para sustituirlos Roboam se vio en la precisión de encargar otros de bronce, convencido de la utilidad que aquellos objetos tenían como símbolo de la monarquía. Los confió a los jefes de la guardia que custodiaban la entrada a la casa del rey; la guardia real, cuyos miembros en ocasiones eran distinguidos con la expresiva denominación de corredores de escolta del carro del rey. Cuando el rey entraba en el templo, la guardia los llevaba y después los devolvía a la sala de armas de aquel cuerpo de protección.

El botín conseguido en estas expediciones militares permitió a Sesonq y a sus sucesores proseguir el ambicioso programa de construcciones que se propusieron. Sin embargo, la impresión de fuerza y poder que dejaron tras de sí sus campañas no se correspondía con un equipamiento militar sólido. Egipto no sería capaz de hacer frente poco después a los ejércitos asirios. Asaltar una debilitada Jerusalén era una cosa, pero resistir a la poderosa Asiria otra muy distinta.


La cantidad de trabajo

Redacción

La energía aportada a la tierra, que se realizaba como trabajo, conseguía refractar, en beneficio de quienes decidían obtener cereales, la conexión secreta que unía la capacidad productiva del suelo y los agentes atmosféricos. Con mucha diferencia, su cultivo era el que demandaba mayores masas de energía. La proporcionaban los hombres y los animales que habían sido seleccionados con este fin, en cantidades tales que necesitaban contratarlas por lotes.

     Para la agronomía arbitrista, el recurso al trabajo humano proporcionado por personas ajenas a las grandes explotaciones tenía como consecuencia que las faenas no se hicieran bien, que se ejecutaran de manera tumultuaria, forzada y con atropello. Pero debía reconocer que los operarios mercenarios son muy necesarios, que sin ellos a los labradores al menos les sería imposible hacer sus sementeras y recoger sus frutos.

     Por suerte, la cantidad de trabajo que necesitaba una explotación tanto se podía invertir en unidades de energía humana como en unidades animales. En algunos lugares, para calcular los costos energéticos del trabajo agrícola, estaba aceptada la siguiente equivalencia entre ambas. Un día de trabajo de un par de animales, fuera con arado o con carro, conducidos por su dueño, equivalían a cuatro jornadas de trabajo de un hombre. Probablemente no sea un cálculo demasiado acertado, ni mucho menos aplicable a cualquier lugar. Pero da una idea de la distancia que había entre una y otra capacidad energética, así como del alcance que tenía la energía animal; también de las posibilidades del intercambio entre las dos clases de energía que la prudencia pudiera aconsejar. La ampliación de la cabaña de labor tendría que ser al mismo tiempo disminución de trabajo humano y viceversa. Es verdad que algunas técnicas podían imponer límites a la aplicación de las respectivas energías, así como que había faenas en las que la energía animal podía ser desplazada por el trabajo humano, si era necesario. Para las parcelas de pequeñas dimensiones, donde el trabajo con el arado podía ser sustituido por el azadón, era una posibilidad que podía reducir notablemente los costos aunque incrementara el trabajo humano. Y no era del todo paradójico que para las grandes explotaciones, las que consumían las grandes masas de energía, disponer en lugares próximos de aquellas modestas unidades de producción, si tuvieran ganado de trabajo, no era una competencia; antes, un útil complemento para llegar por la vía más económica a la energía animal que en aquellas sustituyera a la humana.

     Las cantidades de trabajo humano que comparaban las grandes explotaciones se fragmentaban en unidades de tiempo que los acuerdos entre partes regulaban. No se sabe que se hicieran por horas, y sí por días, semanas y temporadas.

     La jornada laboral estaba naturalmente limitada por el día solar. Aunque su duración a su vez variaba con las estaciones, algo más que una evidencia si se tiene en cuenta la sucesión de los trabajos a lo largo del año, parece que se había consolidado como una cantidad de tiempo. Cuando se trataba de dedicarse a arar, según decían en la época, las jornadas eran largas. Pero las destinadas a las otras actividades no tendrían una duración muy distinta, y no hay indicios de su modificación real a lo largo de toda la época moderna. Una misma duración de la jornada de trabajo en la empresa agrícola, que tenía previsto que las horas de ida y vuelta al trabajo fueran computadas como parte de ella, regiría en todo el continente desde la edad media. Empezaba a la salida del sol y terminaba a las doce de la mañana, cuando el sol alcanza el cénit, el momento de mayor emisión de calor. En la región, están documentados esta medida de la jornada y el cómputo a favor de la suma del tiempo empleado en los desplazamientos. El trabajo de la siega positivamente se regía por esta duración. Que los segadores o jornaleros vayan de ante noche o de tal madrugada a los segadores que estén allí, para que en señalando que se viene el alba, comiencen a segar, y que sieguen hasta que sea visto ser mediodía, dicen unas ordenanzas de la primera mitad del siglo décimo sexto. Tal vez parezca inapropiada esta medida del día laborable, tanto más cuanto que se ha naturalizado la idea de que la expresión de sol a sol, cuando va referida a su duración, debe interpretarse referida a los crepúsculos y no al tramo que va del alba al cénit. No parece que tuviera aquel sentido durante la época moderna. En cualquier caso, si la unidad mínima de compraventa del trabajo era el día, que la jornada durase más o menos solo tendría consecuencias para la cantidad de energía empleada pero no para referir la unidad de renta percibida.

     El número de días de trabajo por semana en la empresa agrícola podía oscilar entre cuatro y seis, y cualquiera que fuese el tamaño de la semana laboral, cuando llegaba la recolección se trabajaba al menos un día más. Así se acusaría en primer lugar la innovación que inducían las estaciones al ciclo de los trabajos. Hay quienes además creen que para una completa evaluación de los días de trabajo, cuando se trataba del trabajo agrícola, habría que incluir no solo los días destinados a faenas en el campo sino también los reservados a todas las actividades domésticas que invertía la unidad familiar con él relacionado, como la trilla de invierno o el hilado, tan característico del trabajo femenino rural.

     Pero cualquiera que fuese el cómputo, el volumen del trabajo requerido oscilaba a lo largo del año, irregularidad que es posible precisar para 1750 a partir de algunos  casos. Una labor, que aquel año tenía de ciento cincuenta y seis a ciento sesenta y ocho fanegas de barbechos, más los rastrojos que resultaran de la campaña en curso, en el momento en que su responsable describió su explotación mantenía durante todo el año como sirvientes ocho hombres. Pero añadió que si hubiera más o menos faena variaría el número de sus sirvientes. Otra, que aquel 1750 estaba organizada en un cortijo que tenía quinientas fanegas, mantenía en total cuarenta y dos sirvientes, aunque necesitaría más cuando llegara el momento de segar, poner era y otras faenas que su amo no especificó.

     Un labrador que tenía un cortijo, en el que además criaba ganado, decía que la oscilación del número de sus empleados dependía de que las faenas del cortijo aumentaran o disminuyeran. Decidían la oportunidad de las estaciones y las condiciones de las montaneras, cuando conducían y vigilaban la estancia del ganado de cerda en las dehesas, para cebarlo con bellotas, y otros pastoríos, como sacar los ganados todos los días a pastar, lo que en aquel momento necesitaban.

     Una cuarta explotación estaba organizada sobre dos cortijos, con cuyos espacios en total su promotor aquel año había creado una labor de setecientas fanegas de puño, de las cuales cuatrocientas estaban sembradas de trigo y trescientas de cebada. Para uno de ellos, cuya labor a lo largo del año necesitaba la sementera, la escarda, los barbechos y la siega, mantenía hasta setenta y cinco personas entre ganaderos, temporiles y escardadores. Entre los estables, con seguridad, estaban el aperador, el guarda, el yegüero y el rabadán. De temporiles, en el momento en que declara, por lo menos tenía veintisiete. El resto del personal, cuarenta y ocho personas, eran los trabajadores temporales episódicos de aquel momento, sobre cuya permanencia en el trabajo su responsable nada podía asegurar.

     Quien tenía un par de cortijos, tres haciendas y once manadas de ganado lanar necesitaba personal para poner en marcha los treinta arados reveceros con los que sostenía toda su labor, más los ganaderos que correspondían a las once manadas de ovino. Destinados como ganaderos, casero, guardas y otros sirvientes de su labor tenía cincuenta y cinco hombres. Pero advirtió que los trabajadores que empleaba aumentaban y disminuían según los tiempos, tal como fueran llegando la escarda, la sementera o el parto de los ganados.

     Las mayores diferencias de volumen del trabajo no eran, sin embargo, solo estacionales, sino que derivaban además del tipo de explotación. Para mantener cualquiera, el trabajo personal necesario, en lo esencial, era el mismo. Pero en las empresas de menor tamaño la energía humana modificaba su valor relativo. Cuando las tierras eran de peor calidad, algo frecuente en este rango de las explotaciones, exigían más cantidad de trabajo, si se deseaba obtener la misma cantidad de producto. Si una explotación estaba dispersa en varias parcelas, lo que igualmente era más probable cuando se trataba de empresas modestas, una vez sobrepasado cierto  grado, estimable en función de la cantidad de tiempo que consumían los desplazamientos, necesitaba trabajo ajeno. La cantidad de trabajo humano invertido en ellas, se contratara o no el trabajo de otro, estaba modificada por el tamaño de la familia y su contribución a los rendimientos de la empresa.

     Las explotaciones menores, por sí mismas, no eran incompatibles con el empleo de personal para que las trabajara, incluso todas las condiciones mencionadas lo facilitaban. Sabemos positivamente de algunas explotaciones menores en las que en 1750 se empleaba personal estable. En una su aplicación no está aclarada por la fuente. Se trataba de un labrador que además tenía un cortijo. Había preparado para la siguiente campaña cincuenta aranzadas para las que tenía que mantener dos personas durante el año. En otra, se especifica que se trataba de personal para atender al ganado de labor. La viuda que tenía en arrendamiento una explotación menor de tierra calma de setenta y dos fanegas, para la guarda de los bueyes y demás ganado de labor suyo propio mantenía anualmente un conocedor, un boyero, dos vaqueros y un yegüerizo, que en total sumaban cinco sirvientes.

     En una explotación dispersa de treinta y tres aranzadas de trigo y cuarenta y nueve  de cebada, una labor que estaba cerca de la modalidad intermedia o de tránsito entre las de mayor cuantía y la pequeña explotación, se necesitaban por una parte un casero, un zagal y tres gañanes. Eso significa que su promotor había separado el trabajo estable de vigilancia del que se hacía con el arado. El primero se puede considerar a todos los efectos permanente o fijo y el segundo, que se aplicaba a la siembra y al barbecho, estacional o temporal. De los gastos de siega y era, a los que alude, no es posible deducir si empleaba o no personal para estas faenas.

     Un hortelano, que en su huerta tenía una sementera de cincuenta y cuatro fanegas, tenía que emplear segadores para recolectarlas. El número probable de segadores se puede estimar en cuatro. El dueño de una pequeña explotación en más de seis sitios, aunque dentro del mismo término, debía emplear personal. Otro empleaba personal para el servicio de la pequeña explotación con los mismos criterios que en los cortijos, separando con claridad entre el trabajo fijo y el temporal.

     Un hombre que tenía diecinueve aranzadas y media en tres parcelas tenía que mantener un sirviente, probablemente durante todo el año, y otro hay que considerarlo desde todo punto de vista extraordinario. Acostumbraba sembrar una pequeña parcela, que aquel 1750 tenía sembradas diez fanegas de trigo, y que además de su salario recibía de sus amos -los padres del convento de San Jerónimo- cuarenta fanegas de trigo en grano como pegujal, todavía por su cuenta estaba echando todos los años una manada de carneros para el abasto de la capital, para cuyo cuidado necesitaba emplear ganaderos. Por tanto, recurrir al trabajo ajeno en las explotaciones menores era una excepción que puede justificarse por un anómalo crecimiento o por la dispersión de la fórmula.

     Si nos restringimos a las explotaciones mínimas, son muy pocas las referencias que los textos hacen al empleo de personal en ellas. Es muy raro que recurran al trabajo ajeno. No obstante, tampoco en este caso faltan algunas situaciones que, como siempre, obligan a admitir que ninguna de estas modalidades de iniciativa económica ha de ser concebida con rigidez. En los casos en que son más claras se trata de explotaciones que forman parte de una labor en la que también, simultáneamente, se mantiene la misma actividad. Como con más frecuencia está relacionado con el cuidado del ganado de labor, parece que lo que se busca es suplir la carencia de esta energía en la explotación que la necesita.

     El empleo que se hacía del trabajo ajeno en aquel rango del espacio explotado quedaba muy lejos por tanto del que se hacía en los cortijos. Aparte las funciones de dirección y responsabilidad universal, no había característica que como el consumo de trabajo humano marcara con tanta claridad la frontera entre las grandes explotaciones y las pequeñas. Desde este punto de vista se abre el mayor abismo entre estas, entendidas en el sentido estricto de explotaciones autónomas o independientes, y el cortijo, la unidad de producción sobre la que se sostiene la parte sustantiva de las empresas dedicadas a la producción de cereales. Mientras que los cortijos no podían prescindir del trabajo ajeno, las explotaciones de dimensión menor pocas veces recurrían a él, lo que tal vez proporcione el mejor índice de la relevancia de estas otras modalidades de empresas de cereal.

     Pero, cualquiera que fuera el tamaño de la explotación o el grado o la modalidad de la dependencia del trabajo ajeno, es indudable que una consecuencia directa de la situación que se estaba viviendo en 1750 sería la caída de la oferta de trabajo, efecto inmediato de la caída de la actividad en el campo. Primero, el retraso de las lluvias a principios del otoño impediría que fuera requerido el trabajo de quienes obtuvieran su renta empleándose en la siembra. Más adelante, durante los llamados meses de invierno, que eran de seis a siete, cuando se realizaban los barbechos y la escarda, la necesidad de trabajo se hundiría. Aquel año las tareas de la invernada no se emprenderían en buena parte de las grandes explotaciones.

     Hay datos positivos que confirman que efectivamente los trabajos de invierno no se emprendieron a consecuencia de la retracción que se había desencadenado. Un hombre que llevaba dos cortijos, que en total sumaban una labor de setecientas fanegas, por lo que se refería a los barbechos y demás tierras que tendría que sembrar confesó que no podía hacer los barbechos que regularmente hacía, como le había sucedido a los demás labradores, por la imposibilidad del ganado, lo que hay que interpretar como falta de hierbas con que alimentarlo. Otro, que mantenía una labor en tres cortijos en el año en curso, se expresó en términos casi idénticos.

     Aquella situación, sobre todo a través del barbecho, pudo modificar la organización del trabajo y los medios de los que dispusieran las explotaciones, de manera que la crisis llegara a convertirse en inductora de importantes modificaciones técnicas. Con nuestras fuentes se puede documentar un recurso que se proponía hacer frente a la adversidad productiva que originaba la falta de lluvias. En un cortijo el 31 de marzo de 1750 se constató que su ama había mandado mantener una reserva de trigo en grano con la intención de sembrarlo, porque la sementera que se había hecho estaba seca. El recurso, inducido por la sequía, consistiría en requerir tierras ya sembradas con otra sementera tardía o de ciclo corto. La solución no tenía nada de extemporánea. Según otro testimonio, esta vez de 1735, un año que fue tan complicado como 1750, como en marzo era regular que se acometieran las labores de preparación de las tierras que se iban a sembrar al año siguiente, se aprovechó para la que podemos denominar segunda siembra o siembra extra. Y de los plazos para la devolución de los préstamos a los pósitos, ya en la segunda mitad del siglo décimo octavo, se deduce que estas las labores asociadas al barbecho algunos años se concentraban en los meses de abril y mayo.

     Serían las faenas que habitualmente ocupaban a los trabajadores asalariados episódicos, los que comúnmente eran conocidos con los nombres de braceros y jornaleros, que eran la mayor parte de la población que trabajaba por cuenta ajena en la agricultura de los cereales, las que verían seriamente limitadas sus posibilidades. Sus protagonistas quedarían expuestos al riesgo de quedar sin trabajo no solo durante la invernada. A principios de abril, en las grandes poblaciones de la campiña, había preocupación por los braceros. La razón que señalan quienes así se manifiestan es que habían sido despedidos de sus respectivos trabajos en los cortijos, porque la seca que desde hacía tanto tiempo se venía padeciendo impedía toda clase de actividades.

     Dado que la producción se hundió, la recolección asimismo se vería muy limitada. Hay testimonios, ya de septiembre, que confirman que efectivamente la demanda de trabajo relacionada con aquella actividad había caído. Probablemente este era el mayor problema, desde el punto de vista del consumo de trabajo, y desde luego su efecto expansivo sobre las rentas se multiplicaría.

     El contraste entre el consumo de trabajo regular y el de la recolección era muy grande. Sin que fuera necesario contar con crisis alguna, convivían en el ciclo anual una escasa demanda de trabajo con una circunstancial demanda gigantesca. De la escasa demanda regular son buena prueba las explicaciones del labrador que en 1750 sostenía su labor con veinte yuntas reveceras. Había decidido explotar mil fanegas de tierra reunidas en un cortijo que mantenía a tres hojas, una para sementera, otra para el cultivo y preparación de la sementera del año siguiente y la tercera de descanso. De las trescientas treinta y tres fanegas que para la sementera necesitaba cada año, doscientas eran para trigo y ciento treinta y tres para cebada. Empleaba como sirvientes de la labor cada año, desde la sementera hasta la recolección en la era, un capataz o aperador, un pensador, un ayudador o casero y dos zagales, uno para la guarda de los ganados cerril y asnal y otro para conducir la provisión de víveres al cortijo y lo demás que en él hacía falta, y diez gañanes, que trabajan en el arado. La demanda regular de mano de obra dejaba a un lado el trabajo agrícola episódico, más aún si, como en este caso, el espacio dedicado al cultivo se mantenía constante. Aquel amo con solo quince sirvientes mantenía en estado latente mil unidades de superficie.

     No se debe pues confundir la alta demanda de trabajo concentrada en una época del año, con la demanda efectiva de trabajo. El tiempo neto que se dedicaba a todo el trabajo de los cereales estaba muy descompensado. Observadores contemporáneos  estimaron que una persona distribuía el trabajo en la empresa de cereal de cada ciclo del siguiente modo: arado y siembra, doce días; cosecha, veintiocho; siega de los cultivos secundarios, veinticuatro; trilla, ciento treinta; otras actividades, doce. Total, doscientos seis días de trabajo por año. Aunque no esté declarada la superficie a la que era necesario destinar este esfuerzo, es posible generalizar calculando proporciones: arado y siembra, seis por ciento de todo el tiempo de trabajo; cosecha, trece; siega de los cultivos secundarios, doce; trilla, sesenta y tres; otras actividades, seis. La distancia entre las necesidades de trabajo para la sementera y para la siega sería enorme. Según estos cálculos, consumía casi dos tercios de todo el tiempo. En términos complementarios, algunos han calculado cifras más moderadas, y explican que en años de crisis del producto agrícola la contracción de la oferta de trabajo podía afectar a un tercio de las jornadas de cosecha y trilla.

     La diferencia se puede medir de otro modo. Mientras que una yunta de caballos solo necesitaba un gañán para sembrar el cereal de otoño de unas quince hectáreas, un buen segador apenas conseguía segar unas veinte áreas en un día. La relación que había entre el trabajo que necesitaba la siembra y el que necesitaba la siega era la que hay entre cuatro y trescientos: por cada cuatro unidades de trabajo que se emplearan en la siembra, en la siega serían necesarias trescientas. Jean Meuvret llamó la atención sobre este abismo en unos términos aún más precisos: había una gran desproporción entre el poco personal habitualmente necesario, gracias al concurso de la energía del ganado de labor para las faenas y el desplazamiento de cualquier clase, y las enormes cantidades de trabajo que eran necesarias para la siega y la trilla, faenas para las que la energía animal apenas contaba.

     Otros cálculos son aún más demoledores. Estiman que todo el trabajo humano (con arado común, rastrillo, hoz y mayal) que requería una hectárea (aproximadamente algo menos dos fanegas cortas) durante un ciclo completo era ciento cuarenta y cuatro horas, ¡que es lo mismo que seis días o menos de veinte jornadas laborales! Cultivar por ejemplo cinco fanegas, según este cálculo, solo exigiría el trabajo de cincuenta días netos como máximo. Eran cientos las explotaciones –al menos tres cuartas partes, según una estimación moderada– las que cada año estaban comprendidas en el rango inferior de los tamaños, el que quedaba por debajo de las cinco fanegas de superficie. Por tanto, quien cultivara aquella superficie tipo aún dispondría de más de trescientos días de energía durante cada ciclo, para que pudiera aplicarlos al destino que prefiriera. Mientras tanto, cuando comenzaba el siglo décimo octavo, en el continente, en cualquiera de las otras ramas de actividad, se trabajaban, según algunas estimaciones, unos ciento ochenta días al año; mientras que otras, tal vez más fiables gracias a la condición fiscal de sus fuentes, estiman que ascendían a doscientos. Cualquiera que fuese la actividad o el tipo de relación que la proporcionaba, las cantidades de energía humana que necesitaba el cultivo de los cereales, medidas en las unidades de tiempo básicas, las jornadas; que por tanto permitían estimar el tamaño del trabajo en sentido restringido, eran escandalosamente bajas.

     La enorme masa de trabajo liberada por el cultivo de los cereales, si era campesino quien la creaba, podía consumirla en su modesta explotación, y por incremento del trabajo aumentar su rendimiento. También, cuando en la explotación, porque por el sistema de cultivos decidido así sucediera, la podía emplear en cuidados a distintas plantas, de modo que los intervalos sin actividad se fueran reduciendo. Es posible que los medios de trabajo disponibles no pudieran responder satisfactoriamente a un ritmo creciente de actividad. Mas inevitablemente el esfuerzo llegaría al límite tras el cual cada inversión de trabajo, sujeta a los límites técnicos decididos, no sería incremento de la productividad de la tierra. Alcanzado, su mejor opción, si deseaba seguir consumiendo su energía para acumular renta, sería invertirla en otra actividad; o quizás en otra parcela, mejor si era contigua, en relación con la cual su trabajo podía ser subsidiario, tanto más cuanto mayor fuera la otra explotación.

     De todo el trabajo humano, el asalariado episódico era solo una parte -y probablemente no la mayor- del trabajo ajeno que necesitaba la agricultura de los cereales, a su vez una fracción sin duda menor de la energía que consumía. Más aún. De todo el trabajo, el humano, aunque fuera el decisivo, era la parte menor. Sin embargo, el asalariado episódico se convirtió, a partir de abril de 1750, en el primer motivo de preocupación durante la crisis, el que concentró las iniciativas políticas en materia laboral.