Investigaciones sobre Perses

Reginald Southampton

(Traducción de A. J. Baines)

Fue Hesiodo un hombre paciente y trabajador. Si además fue poeta, la condición que de él admira la posteridad, se debió a que su vida discurrió inspirada por la virtud, transacción que habilita la mejor salida a quien ha quedado, contra su voluntad, atrapado en aquella. Tanto confunde la pasión por la gloria, a los contemporáneos y a los antiguos, que todo se orilla en beneficio de la memoria que es legada, corte cuyos fastos nadie ha podido disfrutar. Viven los hombres urgidos por el inexorable paso de los días, la conciencia de sí mismos los ocupa a todas horas y ante sus ojos transcurre cuanto puede suceder sin que lleguen a tener conciencia de que conservan la vista. Los hechos conocidos de la vida de Hesiodo, al contrario, permiten concebir la esperanza de que su verdadera preocupación fue conocer a sus semejantes, y que al verso llegó cuando se vio incapacitado para decirles lo que de ellos sabía. Si hubiera guardado silencio, hoy habría que decir que fue un hombre de moral íntegra. Como dejó testimonio escrito de su pensamiento, es posible estar seguros de que actuó guiado por la virtud.

     Séanos permitido rescatar una parte de los hábitos cívicos de aquel varón ejemplar, en la medida que lo consienten los testimonios que de su paso por el mundo han quedado. Tantos siglos han transcurrido desde entonces que buena parte de sus hechos se ha extinguido. Pero la diligente iniciativa de quienes por él han mostrado interés, entre los que es obligado mencionar al esforzado Martin L. West, de Oxford, el mejor ejemplo de quienes han llegado a conocerlo, aun estando separados de él por la mayor de las distancias, permite llegar muy lejos con pocos datos.

     Las observaciones que pertenecen a esta indagación parten de una posición negativa, como el escultor que trabaja a partir de la máscara de cera de un difunto. Pretenden añadir a cuanto ya se sabe de él lo que su obra, los actos rescatados de su vida y otros testimonios permiten reconstruir de los de Perses, su hermano. En el rostro de quien se ama quien ama se ve. En alguna porción, los actos de Hesiodo están reflejados en la vida de aquel, como por el repliegue de las tropas es posible observar los movimientos de avance del ejército enemigo. Y, así como por estos las mejores astucias del general pasivo, que se resigna momentáneamente a la deshonra, para envolver a quien amenaza cede la tierra puesta bajo su responsabilidad, pueden ser admiradas, en la distancia que de las infamias de Perses su hermano tomó es posible reconocer el compadecido proceder de Hesiodo.

     El padre de ambos, al menos comerciante por mar, antes de que alguno de sus hijos hubiera nacido se habría establecido en la isla de Samos, inmediata a la Caria. Su procedencia se ignora, así como su origen. Se han reunido datos que lo hacen al menos oriundo del otro lado de la Hélade. Quienes así lo han aceptado, aunque fuera ocasionalmente, se han dejado llevar a un lugar erróneo. Algunos de sus descendientes, con el propósito de atribuirse un pasado ilustre, se entregaron a la innoble pasión del espejismo heroico. Prefirieron satisfacerse con una ampulosa prosapia antes que ceñirse con fidelidad a los datos que sobre la existencia del progenitor subsisten; que, aunque no gloriosos, a los ojos de cualquier persona capaz para distinguir la grandeza de la vida lo harían sobradamente nobles.

     En rigor, solo a partir de Samos es posible iniciar el rastro cierto de esta historia. En la decisión de establecerse en aquel lugar admiran los analistas más juiciosos la iniciativa de un hombre ingenuamente aventurero. Pero, poco antes de que al menos Hesiodo naciera, es probable que antes de que cualquiera de sus hijos hubiera llegado al mundo, llevado por el urgente deseo de disponer de hogar propio, el padre del antagonista del que se trata decidió trasladar la sede de su actividad a Beocia.

     Atribuyen los observadores el traslado de la residencia del animoso progenitor de ambos personajes al deseo de adelantar en su negocio, haciendo compatible la riqueza que del mar traía con la que le pudiera dar la tierra. Como todos los griegos de su tiempo, su dedicación al tráfico mercantil estaba asociada a la vida campesina. Durante el invierno, cuando el viento y las olas impedían dominar el aparejo, las naves permanecían sobre la arena del litoral, aguardando a que los trabajos del campo consintieran la carena. Entonces, mientras el timón colgaba sobre el hogar, responsable de su modesto bienestar era la penosa dedicación a la agricultura y a la ganadería, que sin embargo, con la cordialidad que verlos crecer le valía, alentaba a diario. Cuando había recogido el grano, y ya el tiempo sereno permitía deslizarse sobre el mar sin miedo, cargaba las bodegas con los vasos que contenían sus ahorros y se aventuraba hasta el otro lado del continente, donde el negocio aguardaba.

     Es compartida la opinión a favor de que el lugar elegido en Beocia para radicar su hogar fue la ciudad de Orcómeno, establecida donde el Cefiso desemboca en el lago Copais. Orcómeno era una de las poblaciones de la Hélade que mayor antigüedad atesoraba. El lugar había sido habitado desde que a la agricultura los hombres le  concedieran la preferencia en el suministro de los bienes para la supervivencia. Las murallas que lo protegían, como las líneas de un ejército en formación, se sucedían en terrazas por la pendiente del monte Acontio. Casas con hogar en el centro, y tumbas a las que los arqueólogos dieron el nombre de tesoros, son los mejores indicios que de su pasada grandeza se han conservado.

     En Orcómeno tuvieron su sede los minios, pueblo de leyenda, y Minias pasaba por ser su epónimo, hasta el punto que Estrabón, que siempre se dejó seducir por la observación erudita, a Orcómeno la llama Minias. A la personificación de la ciudad los analistas no tan atraídos por las imágenes, por convención, adjudicaron el principal de los sepulcros que han descubierto los excavadores. Sin que a todos haya que reconocerles atributos extraordinarios, sus habitantes pueden ser admitidos como ejemplo de riqueza entre los primeros griegos. Su bienestar provenía del comercio, sostenido por su posición en el espacio mediterráneo, que les permitía actuar como eslabón en la cadena de intercambios entre el Helesponto, la Propóntide y el Ponto Euxino.

     Por fortuna, su actividad comercial sobrepasó cualquier previsión entre los siglos octavo y sexto, razón por la que su nombre, por los autores más antiguos, fue asociado al oro y dio origen a la leyenda del vellocino; y los argonautas, asimismo en Estrabón, porque su deseo fue siempre explicar evocando, fueron llamados minios. Pero también los textos más remotos admiten que Orcómeno, ya al final de los tiempos arcaicos llegó exhausta y perdida su proverbial riqueza. Su decadencia se precipitó al ritmo que los griegos fundaban colonias en los mares con los que conectaban, atraídos por los bienes de los pueblos bárbaros que alcanzaban hasta sus líneas litorales.

     En parte, se supone que el lugar elegido en Beocia por el padre para radicar el hogar de su familia fue aquella población porque, habiendo sido Beocia la tierra donde tal vez al poco naciera Hesiodo, con el tiempo Orcómeno le concedió el honor de reconocerlo como uno de sus fundadores, con el acertado sentido traslaticio que los antiguos cargaban en sus mitos. Pudo ocurrir que Orcómeno se poblara gracias al buen nombre que Hesiodo, con sus gestas poéticas, le confiriera, aunque hasta aquí no ha sido reconocida la poesía como factor de población. Es más probable que siendo la suya, con el tiempo, familia de activos agricultores, pudo crear población en el lugar apto para la radicación de los hombres, porque la población arraiga en el campo cuando los hombres lo roturan, una vez pasada la gloria comercial, y ser feliz promotora de un lugar en crisis de nuevo habitado por su iniciativa.

     Nacería, pues, Perses en Beocia, región griega vecina del Ática, hacia el 750, el mayor de los hermanos. Se tiene algún indicio sobre la posible supervivencia, de partos previos, de otro hermano aún mayor, probablemente del sexo opuesto. Tan imperceptible es el rastro que en los textos ha dejado este vástago que bien no existió bien su vida fue del todo irrelevante, al menos para los informadores que participaron de sus existencias.

     Poco puede decirse sobre la primera década de la vida de Perses, aunque no faltan indicios de las raíces de su arrogancia. Condenado por su nacimiento a las rutinarias actividades que inmovilizan a los hombres, que aún más monótona harían la sucesión de sus días cuando finalmente se viera reducida a la que exige la crianza del ganado, también dedicaría tiempo de su vida de niño a medir sus fuerzas en el campo, oponiéndolas a las de los otros muchachos, sobre los que a toda costa deseaba prevalecer. Pudo participar en certámenes que le valieran reconocimiento a su fuerza y alentaran su orgullo. De ellos, sin embargo, se conservan pruebas que los testimoniarían no del todo limpios. Ya entonces se admiraba a sí mismo tanto que, de cuanto ocurría a su alrededor, como durante el resto su vida, solo retenía su presencia en la escena, como una instantánea reflejada en un espejo. De los demás jamás tuvo noción, razón por la cual los más radicales, reactivos a su repulsivo proceder, incluso prefieren poner en duda que pasó por el mundo, y en sus testimonios lo ignoran.

     Aunque a ambos la dedicación a los trabajos del campo ocupara la mayor parte del tiempo, además Perses, en su primera juventud, se entregó a la pintura, poseído por la idea de que era el dueño de los secretos del arte. Entonces se mostró muy activo como decorador de vasos. Gracias al método comparativo, se puede presumir que hizo suya la técnica que consistía en trazar, con incisiones, unas siluetas cuya mediación realzaba con una pincelada negra continua, y que después las colmaba con multitud de detalles superfluos y muy elaborados, alusivos a animales que desplegaba en hileras sobre fondos de flores, sin llegar al relato de historia alguna. Ilustraban objetos destinados a la decoración del hogar, parte de los cuales al menos pudo servir para nutrir el comercio del padre, que con generosidad financiaba el dispendioso gasto que originaba aquella actividad.

     Pero fracasó Perses como pintor de vasos. Parece fuera de lo posible calcular qué efecto pudo tener tan desastroso crac en la economía familiar, tanto por la porción de renta absorbida, y en consecuencia negada a otros fines, cuanto sobre los ingresos de los otros proyectos económicos del padre. Pero sí está a nuestro alcance revelar que, con frecuencia, Perses quedaba insatisfecho del acabado de sus obras, y las destruía violentamente sin reparar en el oneroso costo de los soportes.

     Tal vez aconsejado por la prudencia, de cuyo ascendiente sobre su comportamiento habitual no es fácil reunir indicios, simultáneamente se ejercitaba como poeta. De sus conquistas en este campo, pasado el tiempo, solo retuvo y consolidó una personalísima letra, que había llegado a ser muy adulta mucho antes de ser joven.

     Tocó a Hesiodo nacer bajo el signo del gobierno aristocrático. La constitución de su ciudad, apenas extendida hasta las aldeas inmediatas, aseguraba a los terratenientes el poder. Aun favorecido por la fortuna, detestaba que los hombres ganaran su estado antes de que lo merecieran, que las leyes de la herencia perpetuaran la desigualdad que se sostenía sobre la riqueza mal adquirida. Los viejos códigos, que sobre las generaciones descargan su peso, como el fardo sobre la espalda del estibador, a los observadores distantes parecen desprovistos de sentido moral. A decir verdad, bastaba con la afinidad que disuelta en la sangre fluye para que los vástagos recibieran sus obligaciones, sin que su conciencia contara. Los actos de la vida de Hesiodo, y las decisiones del impar Perses, revelan que la conciencia si podía sobrepasar a la obligación, y que el cálculo opera con la cobardía, el margen hábil que la norma jamás anula.

     Llegó la hora de la única guerra justa, la que promovieron las ciudades contra sus tiranos. Combatió Hesiodo en ella, incluso a riesgo de su bienestar. No pudo calcular que la consecuencia de su fervor político, idéntico al de otros jóvenes apasionados con los que convivió, alentara, pasado el tiempo, la injusticia que se nutre de la democracia. Perses, con el pretexto de templar su cuerpo para el anhelado futuro, en momentos tan decisivos permaneció en la retaguardia. Atenazado por su horror a la batalla, aunque se esforzaba por evitar el riesgo de parecer tibio, sobrevivió el tiempo de la contienda a la sombra que Hesiodo, aun siendo menor, le proporcionara.

    Ignoraba Hesiodo, cuando decidió entregarse a esta parte arriesgada de la vida, que entre sus antepasados pudiera contarse héroe alguno. Llegado el día siguiente a la batalla, cuando la aristocracia menos avisada momentáneamente se replegó, y volvió la paz, y el peligro que por la pasión política se podía enfrentar había desaparecido, Hesiodo creyó concluida su obligación civil. Perses, limitado su proceder por sus empresas, calculó que su vecindad al pasado y al riesgo podía valerle algún merecimiento, y ocupó en la primera fila de los desfiles un puesto acreedor a los honores, aval suficiente para que años después se convirtiera en un celebrado biógrafo de los héroes a su pesar antepasados.

      Fue cumpliendo la vida su ciclo, y al padre le llegó la hora de su muerte inesperadamente. Era Hesiodo un hombre piadoso y lloró junto al cuerpo indefenso la pérdida de quien era responsable de su vida, con tan sincero llanto que jamás alguien supo de él, a excepción de Perses, testigo de la escena. Con mirada fría contemplaba la inútil fragilidad de su hermano menor. Hesiodo volvió la vista hacia el lado donde impasible su hermano permanecía. Gracias a las lágrimas, le fue dado ver a un desconocido de una dimensión monstruosa. Celebraban los antiguos la ceremonia lustral adjudicándole la regeneración que la limpieza aparenta. Regeneró la vista de Hesiodo el llanto, y por su causa pudo observar de Perses atributos hasta entonces para él ocultos.

     Paso oscuro de la vida de ambos, habiendo los dos llegado a la plenitud, es el que la tradición narra como disputa por una mujer, la forma más vil que puedan tomar las diferencias entre los hombres. Con seguridad, su origen fue una infidelidad de Hesiodo. De esta manera tan directa se puede hablar porque jamás la ocultó, y tantos y tan explícitos datos, por su voluntad expresa, sobre ella hasta nosotros han llegado que puede decirse, si los ingredientes con que se cocina la infidelidad son la ocultación y la mentira, que otro nombre habría que buscar para aquel comportamiento. Alcanza el deseo un poder tan alto, tanto impone su tiranía al hombre, llegado a la cima de su edad, que comete el imperdonable exceso de creerse capaz para impugnar con sus decisiones todo lo que la experiencia de generaciones ha reglado. Pero no sería tan directa la causa de aquel combate. De la misma manera que, habiendo alcanzado Dios la condición de Ser Supremo, cualquiera que a Él quisiera equipararse a la condición satánica por Él se vería condenado, entre los hombres, que compiten por sus seres complementarios cruzando sus espadas, cualquiera que pise territorios consentidos como propios es objeto de persecución, combatido, al destierro relegado si el genio propio se resigna a permitir la supervivencia del opositor. Tal pudo ocurrir con Perses, que jurara odio eterno a quien se había atrevido a ser tan humano como él, secretamente infiel, y sin embargo no ocultarlo.

     La conservación de los documentos en la antigüedad no era fácil. Había que optar entre la arcilla, suministrada en placas de superficie tan pequeña como frágil, y el papiro, cuya producción estaba reducida a las áreas más meridionales del mundo alfabetizado. El transporte de la arcilla escrita era costoso y arriesgado, aunque fue la gestión administrativa la que descalificó su conservación. La opción gubernamental en favor del papiro convirtió a Perses en un experto burócrata, quien ya en la edad madura había decido emplearse en las oficinas públicas. Viajó, estudió soluciones, encabezó la difusión de los mejores procedimientos para su custodia, y así progresó casi tanto como había ambicionado.

     Afianzado su puesto, meditó sobre los conocimientos que había adquirido gracias a su cargo, y consiguió que le resultaran aún más valiosos. Convenientemente organizada la captación de la materia prima, la expansión del papiro creaba la oportunidad de un lucrativo comercio en exclusiva siempre que fuera explotado hasta su consumo como soporte de obras escritas. Abandonó definitivamente otros proyectos y decidió arriesgar como editor sobre papiro, sin por eso descuidar la actividad que le permitía sostener la economía de su hogar.

     La edición de libros, aunque limitadamente remuneradora, para los antiguos fue por compensación una vía útil para acceder a la fama, de cuya cuota correspondiente  pretendió disponer Perses con esta iniciativa. Lo quisieran o no, por aquella causa los siglos habrían de guardar memoria de su paso por la tierra, porque a la edición de ningún texto prestó más atención que a la de los suyos, de dudoso valor. Para sostener esta actividad quiso contar con Hesiodo. A pesar de que sus diferencias ya eran ostensibles, no le negó su colaboración. Sin embargo, porque Hesiodo, ya celoso de su libertad, rehusó comprometerse con la promoción del negocio, por Perses fue excluido de cualquier participación en el proyecto de entonces en adelante.

     De la animadversión que sin recato Hesiodo manifiesta al que sin disimulo detestó, una parte de la responsabilidad es atribuida a cierta herencia recibida, que unos creen procedente del padre y otros de una línea colateral. La deducción que la crítica ahora acepta sostiene que la recepción de aquellos bienes los distanció porque lamentablemente, cuando menos, hubieron de compartirla. A su favor abogaría el razonable fundamento de haberse visto obligado a dividir por dos un patrimonio que a uno solo, si se hubieran forzado las negociaciones, le habría proporcionado una pasable mediocridad cuando menos. De buen grado, sin embargo, por iniciativa propia, habiendo sido Hesiodo el gestor del traspaso de los bienes, parece que prefirió limitar las exigencias a las impuestas por la ley y compartir la herencia con cuantos legatarios fuera posible.

     En busca de otras respuestas a unos comportamientos tan discordantes se ha especulado también con el origen del tono admonitorio con el que Hesiodo prefirió dirigirse a Perses. Indicios de la intolerancia de este no faltan, ni de la facilidad con la que sus compañeros contra él animaban sentimientos adversos. Severo en sus juicios, despiadado con las faltas ajenas, frío vengador de su vanidad herida, sembró el transcurso de su existencia de guaridas desde las que ser emboscado. Desde cualquiera de ellas pudo sufrir un asalto. La reiterada intención de Hesiodo habría sido advertirlo contra la amenaza de la vanidad. Sin embargo, ninguna de sus previsiones por Perses fueron sido tomadas en consideración. Habría sido la persistencia en su desprecio a las reconvenciones la que habría aconsejado al mitógrafo emplearse contra él en el tono más severo.

     Las últimas investigaciones, sin embargo, han conseguido reunir indicios que van más allá. A Licurgo, héroe civilizador para los suyos, atribuyen los textos la promulgación del severo código que obligó a los lacedemonios a entregar sus hijos a las armas. Las otras ciudades griegas no vivieron bajo la inspiración de un orden menos exigente, aunque descargaran sobre Esparta el colmo del rigor que a los ciudadanos imponía la renuncia al amor filial en beneficio de la patria. Fueron igualmente belicosas y conservadoras, asimismo paralizadas por el temor al asalto por sorpresa y por la forma de coalición entre poderes locales que el analista contemporáneo, con rígida perseverancia, cree justo llamar anfictionía. Hasta Orcómeno también alcanzó la urgencia y la inquietud, y sus hombres, apenas llegados al principio de su edad, se veían en la obligación de entregarse a las armas.

     Se refugiaron en los ejércitos antiguos, porque ya fundaban su poder en el principio jerárquico, las severas costumbres de iniciación en la ruda disciplina ciudadana, y la parte más oscura de la ambigua manera de entender la iniciación sobrevivió en ellos con sorprendente vitalidad incluso más allá de la antigüedad. La iniciación estrictamente militar buscó la resignada obediencia, para constituir de modo incuestionable el mando y dar el mayor grado de eficacia a las órdenes que de él descendían. Brutales prácticas, que usaban la agonística como instrumento, tomaron carta de naturaleza con aquel fin. Valiéndose del rango que tenían conferido, los mandos conseguían la sumisión de sus inferiores forzándolos a una humillante pasividad sodomita.

     Hay indicios suficientes para sospechar que Perses, aún ambos conviviendo acogidos al hogar, ocupaba una parte de los ocios que el trabajo en el campo con generosidad consiente en adelantar a su hermano al menos una parte de una versión elemental de aquellos ejercicios. Del modo en que es mencionada, en aquellos pasajes que aluden a estas situaciones, más que de afirmación alguna, porque esta clase de hechos suele sellarlos el silencio, y con sus protagonistas bajan vírgenes a las tumbas, deduce la crítica que el cuerpo a cuerpo pudo concluir, con la frecuencia que se puede sospechar, con la imposición de las formas más humillantes de la iniciación, destinadas regularmente, aun al margen de la norma, a dejar constancia irrevocable de a quién corresponde la prevalencia, en el ámbito familiar únicamente decidida por la cadena biológica. Perses habría arrastrado a un Hesiodo muy joven a las formas menos confesables de la iniciación. Con el señuelo de la gloria, bajo la justificación de la grandeza de la obra que los ejércitos emprenden, lo humillaría.

     Otros creen que la causa del irrevocable desprecio estuvo en que el curso iniciático habría culminado con la revelación de las artes del homicidio. Llevaría Perses a su hermano a un lugar reservado donde pudo ver cómo con un diestro giro del cuello, impulsado con los pulgares apoyados en la mandíbula, las inocentes víctimas felinas, útiles para el simulacro, en un instante eran abandonadas a su peso, sin un gesto de dolor, sin un gemido, en el más hermético silencio. De esta manera habría pretendido hacerlo a un tiempo cómplice mudo y subordinado a su poder.

     Pudo vivir Perses hasta 675, un total de tres cuartos de siglo de existencia. La exactitud de la cifra algunos la consideran más presagio que sortilegio.


Oportunamente viuda

Carmelo Terrera, becario

La marquesa consorte, no sabemos por qué causa, enviudó el 21 de diciembre de 1749. Quedaba como albacea del difunto, tutora y administradora de los hijos habidos por el matrimonio, y lo que era peor, responsable de una pesada carga. El marqués había dejado deudas que ascendían a la monstruosa cifra de 83.686 reales 21 maravedíes, pendientes de pago a un total de sesenta y dos acreedores.

     Como consecuencia de los gastos de indumentaria en los que había incurrido debía diferentes cantidades a tres sastres y a un zapatero. A causa de sus últimos gastos de representación debía dinero a un maestro de coches, a un frenero y al guarnicionero, y es posible que la deuda pendiente con un vidriero también tuviera relación con el mantenimiento de la flota de coches de la casa. Por si la carga originada por tantos lujos no hubiera sido suficiente, debía dinero por un caballo herido que le había prestado la maestranza de caballería, y también había aceptado un gasto que probablemente creyó insoslayable, el que le había ocasionado la entrada como hermano en una hermandad del santísimo.

     Gastos pendientes de pago, de los causados por el servicio doméstico, eran los salarios de diciembre debidos a una sirviente, al despensero, a la Tía Juana, que era la cocinera, a una familiar y a un clérigo de menores que la casa criaba, y de la atención a la salud de la familia estaba por pagar la cuenta de un boticario. De los gastos ocasionados por el servicio a la labor, el núcleo de los ingresos de la familia, quedaban por liquidar los pagos al yegüerizo y a su zagal, quienes probablemente trabajaban para ella por temporadas, así como los salarios de diciembre al casero de la hacienda de olivar y al mozo de las mulas. De los pagos a los arrieros, se debían tanto el correspondiente a la hija del antiguo como el de quien luego había ocupado su lugar. También debieron ser gastos asociados a la labor los que tenían que satisfacer servicios subsidiarios habituales, como los suministrados por un herrero, un herrador y el cantero que había compuesto las piedras de los molinos de aceite. Un suministro de madera, aún no liquidado, asimismo estaría relacionado con los consumos de la labor.

     Pesaban sobre las rentas de la familia cargas civiles y canónicas. De las primeras estaban pendientes de pago dos repartimientos del vestuario de las milicias, solicitados con apremio militar, y de las segundas, los diezmos, de los que se debían el de menudos de los últimos tres años y el de lana. Hasta un total de dieciocho cantidades pendientes, que solo se identificaban por el nombre del acreedor, se pueden interpretar como deudas personales, y dos por liquidar a sendos mercaderes también pudieron estar relacionados con préstamos, del mismo modo que incluirían operaciones de crédito las rentas debidas por tres tributos. Pudo ser una transferencia financiera destinada a cuadrar cuentas el ingreso a un patronato de la familia que tampoco se había satisfecho. Para mantener activa la defensa legal de los intereses de la casa, asimismo era necesario satisfacer la cuenta presentada por un procurador. La defunción había originado sus propios gastos. Además del funeral, las misas y los lutos, estaban pendientes de liquidación los siete legados que el difunto había dictado a través de su testamento, ineludibles, que ascendían a 2.060 reales.

     El capítulo de gastos originados por el suministro al hogar y no satisfechos era el más importante. Aparte la cuenta que no se había pagado a un refino y algún gasto más, 10.542 reales del total adeudado, más de su décima parte, correspondían a pagos debidos a diferentes personas por la propia marquesa, quienes le habían hecho préstamos para atender la manutención de la casa, una responsabilidad que estaba íntegramente a su cargo y que corría de su cuenta, y que satisfacía con algunas regalías que consideraba justas.

     Tomando en cuenta esta situación, se impuso, a partir del momento en que fue responsable de ella, administrar del mejor modo todos los bienes que habían quedado tras el fallecimiento de su marido. Su objetivo era liquidar los débitos pendientes y sanear las cuentas.

     Para empezar, disponía de impagados en trance de convertirse en efectivo. Los más importantes eran las cantidades por cobrar de una venta de ovejas, que regularmente cada año se hacía para renovar la cabaña, y una cuenta, con fecha de 23 de junio de 1750, que no había satisfecho la casa de la marquesa de la Motilla. Además, hasta cuatro vecinos de poblaciones de los alrededores de la capital debían cantidades. Mientras que uno era deudor de una que probablemente fuera un préstamo privado, a otros se les había obligado a firmar vales por las cifras adelantadas, los mismos que conservaba la caja. Uno de estos había firmado dos, otro, asimismo comprometido por un documento de esta clase, había dado origen a autos ejecutivos para su cobro, y otro más en realidad había liquidado la cuenta que tenía con el difunto después de su fallecimiento. Los impagados pendientes, en total, alcanzaban los 27.550 reales 29 maravedíes. Además, la caja tenía en dinero efectivo 7.635 reales.

     Aquellas cantidades, en el supuesto de que todas fueran ingresadas, no eran suficientes para hacer frente a las deudas. Se veía, pues, obligada a vender bienes de la casa. Lo justificó por lo calamitoso del año. Al invocar así la razón de sus decisiones, sin dejar de aludir con decoro al estado en que había quedado, desvió la atención hacia la situación que se estaba viviendo en el suroeste. Incluso para neutralizar cualquier malentendido, a continuación, en la relación jurada que a este propósito redactó, afirmaba positivamente que la muerte de su marido sucedió el esterilísimo 1750, como lamenta la memoria.

     Para el día de la defunción, 21 de diciembre de 1749, punto de partida de aquel trance, ya era seguro que el año agrícola sería adverso. El otoño había sido seco y al menos una parte de las tierras previstas para sembrar cereales quedaron vacías. Valiéndome de individuos de notoria inteligencia, y mi mayor confianza, me instruí de los legítimos valores que aquella estación les permitía, y con reflexionado examen procedí a vender, dice, exigiendo de cada efecto ciertas cantidades.

     Se resignó primero a descapitalizar la casa deshaciéndose de una parte de los ganados. Reconoce que la situación que vivían conducía al desprecio, y que decidió vender por no perderlo todo, a causa de no tener arbitrio para libertarlos de la próxima mortandad que empezaron a padecer aun antes de formarse inventarios.

     En una de las ferias que cada año se celebraban en la región vendió veintitrés reses yegunas, un potro capón, siete potricos y un burranco. En otra vendió tres burras: la blanca Platera, la negra y la rucia. En una sola operación vendió a un vecino de una población inmediata a la capital una recua de nueve burros, un caballo y un mulo, y a otro del mismo lugar la mulita llamada Churumbela. Además, en diferentes momentos se deshizo de otras cuatro burras, la grande del riego de estacones, la que utilizaba el yegüerizo, la negra de la hacienda y una de la dehesa, así como de un burro que servía la hortaliza, y de los siguientes ejemplares de equino: tres caballos capones, de los cuales uno era careto y dos alazanes, y otros tres enteros, el caballo rucio que utilizaba Andrés Muñoz, el negro Batallón y uno castaño argelino.

     Del ganado bovino, el más valioso como capital, vendió dos novillos e ingresó a favor de la casa el valor de veinte cabezas de vacuno más la sexta parte de otra, cargándoselas en su ha de haber por el mismo precio en que se estaban estimando aquel 1750, seguramente a la baja por la debilidad que padecían a consecuencia de la seca, a pesar del riesgo de pérdidas que de esta manera corría, como efectivamente experimentó en parte.

     Hecho balance, ni la descapitalización había sido tanta ni la venta de ganado fue en absoluto arriesgada. El vendido era solo una parte del que estaba en el inventario, una versión del cual, próxima en el tiempo, cifra la parte estratégica de la cabaña de labor de la casa en setenta y siete bueyes, veintitrés yeguas de vientre y dos mil doscientas ochenta cabezas de ganado lanar. Aunque el patrimonio equino pudo resentirse de las ventas, la parte de vacuno ficticiamente enajenada no habría alcanzado al tercio del total de la cabaña, y el ganado merino, después de que el marqués lo hubiera negociado antes de su muerte, ni se tocó.

     Además, el patrimonio ganadero del que se desprendió no era el mejor, ni parece que su venta fuera desaconsejable. Las veintitrés reses yegunas estaban llenas de sarna y muermo. La primera era una enfermedad que se contagiaba con facilidad entre los animales, a los que se les enrojecía e hinchaba la piel, lo que les provocaba un picor intenso que los hacía inestables y de difícil manejo. La segunda, causada por un virus que les atacaba la mucosa nasal, donde provocaba úlceras y secreciones, se contagiaba con facilidad, incluso al hombre. La primera burra negra vendida tenía galápago, una dolencia del casco de las patas, agente de un crecimiento excesivo de la capa dura que lo recubre, que podía afectar también a caballos y mulos. La burra rucia estaba matada en la cruz, es decir, tenía llagas donde se encontraban los brazos con la columna vertebral, provocadas por el rozamiento de los arneses que se le colocaban para que hiciera cualquiera de sus trabajos, y tanto la burra negra de la hacienda como la burra de la dehesa eran viejas.

     Pero todas las operaciones de venta del ganado solo le proporcionaron un ingreso de 14.791 reales 7 maravedíes, una cantidad muy alejada del montante de las deudas.

     Más arriesgado tal vez fuera deshacerse aquel año de una parte de los recursos para la alimentación del ganado, y más aún en los términos tan extremos en que lo hizo, todo lo inventariado por tres conceptos. De cebada vendió, a precios comprendidos entre catorce y quince reales, trescientas fanegas; de semillas, 72 fanegas de yeros a veinte reales y medio; y de paja, dos almiares; operaciones que le permitieron sumar otros 20.601 reales. Mas, aunque el riesgo se viera recompensado por los interesantes precios conseguidos, ni aun acumuladas todas estas ventas era suficiente para hacer frente a las deudas. Sumando los impagados al efectivo y a la venta de ganado, los 20.601 reales de la cebada, la semilla y los pajares acumulaban la cifra de 70.578 reales 2 maravedíes, que todavía no alcanzaba a cubrir los 83.686 con 21 pendientes de pago.

     Decidió comerciar todo el aceite del que disponía la casa. La táctica que eligió fue concentrar las ventas y optar por la demanda al por mayor. Solo veinte arrobas fueron vendidas a un arriero. Entonces era frecuente que quienes se dedicaban a esta actividad, empresarios regulares del transporte, beneficiaran sus trayectos comprando mercancías que podían vender con ventaja en algún punto de sus rutas habituales. Por aquellas veinte la marquesa obtuvo el mejor precio, veintiún reales por cada una. Otras trescientas cuarenta y nueve fueron vendidas el 14 de julio de 1750 a veinte reales y medio. El comprador fue el Extremeño, un personaje al que no es posible identificar más pero cuya ocupación probablemente no se alejaba mucho de la arriería.

     La gran operación fue la venta el 14 de marzo de 1750 de tres mil seiscientas ochenta y dos arrobas, también a veinte reales y medio, a don Pedro Doye, del comercio, quien debió tomarlas al menos en dos fracciones porque de casi la mitad de ellas consta que fueron medidas aparte. Las dos operaciones se hicieron a través de intermediarios, que obligaron a liquidar corretaje, a razón de un cinco por mil sobre el ingreso bruto. Por la segunda, además, hubo que pagar 100 reales por la medida específica de las 1.700 arrobas y 8 reales al que agenció el despacho de Francos. La magnitud de la operación permite pronosticar, para cualquiera de las dos fracciones, un destino distante, muy probablemente trasatlántico. Gracias a esta iniciativa, el ingreso por el aceite vendido alcanzó los 82.484 reales 11 maravedíes, una cifra que por sí sola era casi suficiente para hacer frente a las necesidades que a su muerte el marqués había dejado al descubierto.

     La operación decisiva, sin embargo, resultó la venta del trigo, también todo el que tenía la casa, hasta un total de dos mil treinta y tres fanegas. Tan notable masa en poder de un solo ofertante era posible porque los labradores de la mayor escala promovían labores extensas. En este caso podemos estimar, sin demasiado riesgo de error, que el año agrícola precedente, durante el que se habría producido el grano y formado este almacén, al menos unas 200 unidades cuadradas habrían sido destinadas a producir trigo. La labor era la empresa central de todas las casas agropecuarias. Sus estrategias giraban en torno a ese producto, que efectivamente, como enseguida se verá, era capaz para proporcionar, llegado el momento, unos ingresos insuperables.

     Probablemente el número de operaciones que lo pusieron en circulación fue muy superior al que había resuelto la venta del aceite, muy concentrada. La información disponible permite discernirlas por precios, lo que es bastante para valorar el alcance que tuvo esta parte de las transacciones. Solo quince fanegas fueron vendidas a treinta y nueve reales, un precio muy interesante para mediados del siglo décimo octavo, cuando la tasa o tarifa legal vigente era de veintiocho reales. Es cierto que para entonces la tasa tenía escasa autoridad, pero no dejó de estar operativa aquel año. A precios comprendidos entre cuarenta y cinco y cuarenta y nueve reales se vendieron otras cuatrocientas setenta y dos fanegas, poco más de la quinta parte de las ventas, y otras quinientas noventa y ocho, poco menos de un tercio del total, a cincuenta y a cincuentaiún reales. Las novecientas cuarenta y ocho restantes, a cincuenta y dos, lo que significa que casi la mitad de las operaciones se concertaron al precio máximo. La marquesa creía justificado y legítimo actuar de modo tan exigente en aquel momento. Deliberé enajenar algunos efectos por conseguir el mayor valor que les proporcionaba la injuria del citado año, declaró. Fue, por tanto, el resultado de una decisión consciente.

     Mientras estas operaciones se consumaban, el comportamiento de los precios del trigo en la región, tal como lo revelan las fuentes administrativas, no debió permitir a todos los vendedores tantas ventajas. El 2 de abril, en un mercado local secundario, todavía se impuso la venta del que había en el pósito al precio de la tasa, los mencionados veintiocho reales. Como era común a los pósitos, establecimientos para la comercialización del grano sujetos a la intervención de los poderes de cada municipio, probablemente llevaba tiempo almacenado, razón que redundaba en la caída de su calidad. Dos días después, en otro mercado similar, localizado en una población de pequeño tamaño, próxima a la capital de la región y comunicada con esta tanto por vía terrestre como fluvial, la fanega de trigo que se había sacado del pósito para el abasto de la población aún se vendía a los mismos veintiocho reales. Sin embargo, aquel mismo día, en el mismo lugar, ya se empezó a comerciar trigo, que se puede suponer más reciente o de mayor calidad, a treinta y cinco reales, el precio que en aquel momento empezaba a pagarse en el mercado libre.

     Un par de días más tarde, 6 de abril, en un núcleo de población no muy grande, localizado en el centro oeste de la región y a gran distancia de la capital, con la que solo se comunicaba por vía terrestre, aunque a una distancia relativamente próxima a la frontera exterior occidental, y con fácil acceso inmediato a los puertos de la costa meridional atlántica, también estaba todavía vigente la tasa, a decir de los responsables de su gobierno, lo que significa que igualmente se pagaba la fanega de trigo a veintiocho reales.

     Algo más de diez días después, el 17 de abril, a algunas leguas al este del centro de la región, en un lugar de población significativa con rango de centro de una comarca, bien comunicado con la capital por vía terrestre, la fanega de trigo todavía se cotizaba a treinta y un reales, mientras que otros diez días después, 27 de abril, en otra población que compartía con la anterior todas las características que la tipificaban como mercado, a excepción de su posición relativa, que declinaba al sureste pero quedaba muy distante de los puertos mediterráneos, la fanega de trigo ya se vendía a treinta y cuatro reales. Pero al día siguiente, 28, en el mismo lugar, empezaron a manifestarse los que resultarían los cambios más significativos del nivel de los precios del trigo admitidos por los registros públicos. La fanega, aun declarándose del pósito, era vendida nada menos que a cuarenta y dos reales. Y el mismo día, en un mercado de menor tamaño, próximo a la capital y bien comunicado con ella, la fanega de trigo, también del pósito se había empezado a vender a treinta y cinco reales, cuando hasta entonces se había estado vendiendo a la tasa. Para la misma fecha y la misma población, hay noticias sobre el precio que allí tenía el trigo libre, que había llegado hasta los cuarenta reales la fanega.

     Dos días después, 30 de abril, en la población de rango comarcal al sureste de la capital, la fanega de trigo del pósito se seguía vendiendo a cuarenta y dos reales. Por contra, en la población de pequeño tamaño próxima a la capital y bien comunicada por las vías terrestre y fluvial, gracias a esta circunstancia el trigo del pósito para el panadeo se mantenía a unos razonables treinta y cinco reales la fanega. Tanto poder para decidir tendría esta posición relativa que casi a mediados del mes siguiente, el día 11 de mayo, en aquel mismo lugar el precio seguía manteniéndose en los treinta y cinco reales, lo que prueba a un tiempo la facilidad del suministro y la estabilidad de la demanda. También en el centro comarcal al este de la capital, quizás asimismo gracias a sus buenas conexiones, se mantenía a treintaiún reales, el mismo precio que casi un mes antes. Pero noticias del día siguiente, 12 de mayo, referidas al mismo lugar, precisan que era la fanega de trigo del vecindario la que aún se vendía a los mencionados treintaiún reales, si bien con portes y otros gastos era preciso, para sacar su coste, venderla a treinta y tres reales y cuartillo. En la misma fecha y en el mismo lugar aquel día el trigo pudo llegar a venderse a treinta y cuatro reales la fanega.

     Las tensiones de su mercado debieron alcanzar su nivel extremo algunos días después, el 18 de mayo. Su junta de granos, órgano gestor de la crisis, aunque el trigo de su pósito se estaba cotizando a poco más de treinta y tres reales, decidió fijar el precio de la fanega de trigo nada menos que en cuarenta y ocho reales, teniendo en cuenta que en la alhóndiga de la capital, el mayor de los mercados intervenidos, se estaba vendiendo a cuarenta. Por tanto, allí, en menos de una semana, el trigo incrementó su precio dos quintos.

     A partir de entonces las tensiones al alza debieron empezar a ceder. Datos referidos a pocos días más tarde, en torno al 23 de mayo, permiten saber que en la capital se estaba vendiendo la fanega de trigo a treinta y nueve reales, leve tendencia a la baja del mercado de la capital que se confirma a comienzos del mes siguiente. Para el día 8 de junio, allí se podía comprar el trigo a treinta y ocho reales la fanega. Tres días después, el 11, en el centro comarcal al este de la capital, cuyos precios mantenían regularmente diferencias con los de aquella, la fanega de trigo se estaba comprando ya a cuarenta y dos reales, seis menos que a mediados de mayo.

     Las últimas noticias de las que disponemos, referidas al mes de agosto, a pesar de su distancia permiten reconstruir con bastante precisión los tramos recorridos por los precios del trigo entre la prolongada crisis de la primavera y el pleno verano. Mientras que el día 8 en la capital todavía se vendía a cuarenta reales la fanega, lo que parece indicar que durante los dos últimos meses habían permanecido estancados a un nivel importante, pocos días después, el 13, también en la capital había irrumpido el llamado trigo ultramarino, que se vendía a precios comprendidos entre veintiocho y treinta y dos reales. No obstante, trigo declarado bajo la misma condición, que habría que suponer de calidad comparable, destinado al abasto del centro comarcal al este de la capital, sorprendentemente se estaba comprando con dinero público a cuarenta reales, un precio que permite suponer que a la condición de trigo ultramarino, subvencionado por las instituciones de gobierno de la región, debió acogerse al menos una parte del de la tierra.

     En resumen, el trigo, según la documentación administrativa, se movió entre los veintiocho reales de la tasa, a comienzos de abril, y los cuarenta y ocho de los mercados libres, máximo que se habría alcanzado en el interior rural de la región, en sus centros comarcales, en pleno mes de mayo, un estado óptimo que se prolongó hasta mediados del verano, cuando por fin se dio vía libre a las importaciones de choque. Basta esta síntesis de las noticias mercuriales de aquel año para comprobar que los comportamientos no eran uniformes ni estables, que las posibilidades de los mercados oscilaban a la vez por razón de tiempo y de lugar, y que las estrategias de  comercio se dirigirían a detectar dónde y cuándo ocurriría el máximo posible durante la circunstancia crítica, un instante capaz para absorber los costos del movimiento y reportar beneficios. El comportamiento de los principales comerciantes de grano, que eran los labradores, que vaciarían sus almacenes durante las crisis, como la marquesa viuda reconoce, estaría explícitamente orientado a alcanzar esa meta.

     Uno de sus medios consolidados al servicio de ese objetivo era el almacenamiento, que se consumaba siempre en lugares muy próximos, cuando no exclusivamente en la misma casa en la que se dormía a diario. Sin embargo, las grandes labores ganarían en su favor las mejores posiciones gracias a una red de corresponsales o de factores, más que gracias a su afán por atesorar. Además de la información sobre sus precios, del trigo vendido por la afortunada viuda solo es posible precisar que casi nueve décimas partes fueron llevadas a la capital, distante del lugar donde era guardado unas cinco leguas. Allí las mil ochocientas nueve fanegas, para cuyo desplazamiento la casa no tuvo inconveniente en cargar con el precio de los portes, a razón de real y medio por cada fanega, encontrarían las mejores oportunidades para el negocio. Sus correspondientes del centro de la región les permitirían detectar los precios máximos, que como las cotizaciones del trigo vendido por la marquesa viuda demuestran estaban por encima de los niveles que la documentación administrativa estuvo dispuesta a reconocer. Para la venta del trigo se preferiría concentrar el riesgo en el mayor mercado, que a su vez actuaría de redistribuidor de la mercancía a través de sus almacenistas y expertos en el gran comercio, los mismos que después operarían con toda la masa atesorada.

     La suma de impagados, efectivo y ventas de ganado, cebada, semilla y pajares había alcanzado los 70.578 reales 2 maravedíes. La venta del aceite le supuso un ingreso de 82.484 reales 11 maravedíes. Solo las operaciones con el trigo a la agraciada marquesa le habían permitido ganar, una vez descontados los portes, 99.237 reales 17 maravedíes. Si las primeras ventas no eran suficientes para cubrir los 83.686 reales 21 maravedíes de las deudas, y la de aceite no conseguía satisfacerlas del todo, la venta del trigo bastaba para enjugarlas y además reportar ingresos netos. Para completar tan felices decisiones, que habían permitido a la casa salir del trance, finalmente decidió vender, por no ser de moda, un reloj de faltriquera, antiguo, con caja de carey, que todavía le valieron otros 270 reales.

     Llamaba A. Coleman beneficio de oportunidad al que se obtenía cuando la mercancía se precipitaba al mercado en el que podía obtener el mejor precio, al tiempo que confesaba que se había visto impulsado a emplearse en el enunciado de esta teoría por reacción al éxito de la que explicaba el llamado coste de oportunidad, mucho más triste y resignada. Harmodius J. Livingstone, del Kenia King College, con menos énfasis, para referirse a la misma encrucijada del comportamiento económico, prefirió hablar de good opportunity. Iacint L. Stanley, de Chicago, trabajando tras su rastro, probablemente más por concesiones a su público que por replicar, prefirió hablar de golden opportunity, sin por ello cambiar la esencia de la propuesta de su predecesor. Y por oposición, la actitud pasiva frente a las oportunidades más favorables han sido condenadas como miss an opportunity, desaprovechar la oportunidad, o lose the opportunity, perder la ocasión.

     Una casa que en un año regular, como consecuencia de la comercialización de todo su producto agropecuario, ingresara 100.000 reales en bruto ya ocupaba un puesto entre las del primer nivel. La suma total que había conseguido la marquesa viuda, gracias a su audaz gestión, alcanzó la muy estimable cifra de 252.569 reales 30 maravedíes. Al margen de las circunstancias que urgieron a la marquesa oportunamente viuda, que le valieron una fortuna, de la feliz ocasión que el paso a su nuevo estado le había proporcionado, su experiencia demuestra que un año de crisis, para las casas de la mayor magnitud, que actuaban de manera coordinada en la mayor cantidad posible de frentes agropecuarios, era una bendición, un año benefactor que según las cifras reveladas les permitiría al menos duplicar las ganancias.


Los recursos humanos de los campesinos

G. Valparaíso

Entre quienes emprendían las explotaciones mínimas, de duración inferior al año, porque participaban de las urgencias que extenuaban a la agricultura de los cereales, en pleno siglo décimo octavo, por lo que puede averiguarse a partir de sus propias declaraciones, se había impuesto el matrimonio. Los casados eran más de las cuatro quintas partes. El otro quinto se lo repartían casi por mitad los viudos, que eran algunos más, y los solteros. Luego casi nueve de cada diez comprometidos con aquellas empresas habían recurrido al matrimonio, estuviera vigente o hubiera existido en el pasado.

     Entre pequeña empresa cíclica y matrimonio la identidad era tan alta que es legítimo pensar en su mutua dependencia. Para confirmarlo tampoco es necesario demorarse en especulaciones, lo que por otra parte podría parecer deseo de violentar la información que sobre el curso espontáneo de cualquiera de los dos hechos, gracias a sus palabras, se obtiene. Buena parte de los declarantes atestiguan las aspiraciones materiales que delegaban en sus matrimonios con más claridad de la que podía esperarse, tanta que a veces las expusieron con un lenguaje desnudo. No tengo más caudal que dos fanegas de pegujal, mi mujer y un niño de un año, explicó uno de ellos, mientras que otro, recurriendo a unos términos aún más radicales, declaró: Mi familia se reduce a mi mujer y una jumenta. Para alimento de ella y mis agencias mantengo a mi mujer.

     Tales modos de hablar no dejan mucho margen para dudar del papel que tenía reservado el convenio matrimonial entre los trabajadores del campo que se hacían cargo de las explotaciones marginales. Los comprometidos con pequeñas explotaciones confiarían sus recursos humanos a los proveídos por el matrimonio y su descendencia directa. Sería esta razón la que entre ellos habría impuesto la familia nuclear, absolutamente, supervivieran o no los dos cónyuges. Era más probable que ambos permanecieran vivos, aunque el matrimonio sin hijos era el más frecuente, en una proporción muy próxima a la cuarta parte. A la familia nuclear sin descendientes le seguían, en el orden de las frecuencias, el matrimonio con un hijo, el matrimonio con dos y el matrimonio con tres, que representaban proporciones muy próximas entre sí, algo por debajo de la quinta parte para cada una de las tres posibilidades. Luego la práctica totalidad de los recursos humanos de las familias campesinas estaban restringidos a estos límites. Las demás que conservaran sus progenitores, el matrimonio con cuatro hijos, el matrimonio con cinco hijos y, sobre todo, el matrimonio con siete hijos, eran hechos excepcionales. Las familias nucleares truncadas por la muerte de uno de los cónyuges, que eran la fracción restante, en torno a la décima parte del total, reproducían, descontada su carencia, el patrón dominante. Era más común la viuda o viudo, mitad por mitad, con un hijo, y de cerca, por orden de importancia, seguían la viuda o, con más frecuencia, viudo con dos hijos y el viudo sin hijos. Era excepcional el viudo con cuatro hijos.

     De estos hechos, positivamente informados por las declaraciones, se sigue que toda la esperanza de obtener la energía humana que se pudiera invertir en una de aquellas modestas empresas a su vez dependería inmediatamente de la fecundidad de la pareja, por su parte efecto, antes que de cualquier otro factor, de la edad de los cónyuges.

     Es posible conocer con datos suficientes la del hombre, ateniéndose a las condiciones bajo las cuales ha sido analizada en una entrega anterior (El riesgo de ser campesino). Pero la que tenía la mujer no se puede documentar de manera similar, dado su papel secundario en la formación de las empresas de las que se trata. Aceptando por supuesto que el matrimonio ocurría dentro de los límites de la fecundidad, porque de lo contrario carecería de sentido para quienes pensaban en los términos deducidos, para aproximarse a su potencia el recurso que permite la fuente es la sintonía entre la edad de los dos cónyuges.

     Solo está declarada en veintiocho ocasiones, y su registro puede estar contaminado por los habituales defectos de las antiguas declaraciones de edades. Tan limitado número de casos apenas permite entrever las raíces biológicas que pudieron alimentar la fundación de la sociedad matrimonial de los trabajadores del campo esporádicos campesinos. Pero consiente plantear en términos razonables el problema. Los datos que se obtienen a partir de aquellas pocas declaraciones, suministrados por los responsables de cada familia, permiten al menos detectar los proyectos de inversión de la fuerza natural que podían decidir el futuro de tan comprometidos matrimonios.

     Un mayor compañerismo matrimonial, o mayor proximidad de la edad entre los casados, significaría primero un reparto solidario del peso biológico que había recaído sobre la entente. Es cierto que la que decidía era la edad de la mujer. Pero igualmente el mayor vigor masculino, y por tanto el mayor aprovechamiento posible de toda la fertilidad, correspondería a su mayor potencia, igualmente razón del tiempo de su vida que hubiera transcurrido. Por tanto, la mayor proximidad entre ambas edades permitiría el óptimo de fecundidad por ajuste a los recursos biológicos hábiles. Al contrario, la mayor distancia entre ambos cursos vitales, fuese el femenino el que se hubiera adelantado al masculino o viceversa, incrementaría la amenaza de quebrar la duración del matrimonio, y sus beneficios fecundos, por efecto de la mortalidad.

     Aunque los valores positivos, obtenidos restando a la edad del varón la de la mujer indican una apuesta a favor de la fecundidad femenina, los frágiles datos insinúan que el compañerismo se imponía. El valor tipo de la diferencia es poco más de tres años, y la dispersión de los casos es igualmente indicativa de que se prefería la afinidad de las edades. Las cuatro quintas partes estaban comprendidos entre los cero y los seis años. Cualquier otra distancia, la mitad positiva, la otra mitad negativa, era singular.

     Sin embargo, si bien estos indicios permiten pensar que los obstáculos impuestos por la sintonía entre los sexos no podían ser muy altos, por desgracia, para quienes se aventuraban en aquella clase de empresas, alcanzar una descendencia que suministrara alta cantidad de energía humana era una aspiración severamente restringida. La escueta energía humana invertible en el compromiso empresarial esporádico la expresa con precisión el tamaño alcanzado por cada familia, tal como ha quedado expuesto. No se pude decir que su formación no se hiciera con la esperanza en el éxito del proyecto. Casi dos tercios de la descendencia de los matrimonios que es posible conocer, los que sumaban los que tenían entre uno y tres hijos, demuestran positivamente el deseo de obtener descendencia del matrimonio. Y del otro tercio, o poco menos, el que sumaban los que no tenían hijos, no se puede afirmar que al menos en una parte no orientaran la regulación de su fecundidad en la misma dirección. Pero los resultados vivos remiten a una alta mortalidad infantil, y por tanto al reducido tamaño de la descendencia superviviente que se puede observar. La inversión de la capacidad biológica en la descendencia con aptitud para contribuir con su fuerza al sostén de la sociedad familiar, completado el plazo de la crianza, era defraudada por el riguroso comportamiento de la mortalidad.

     Tal vez las esperanzas, o quizás el mayor éxito, estaban concentradas en la edad del mayor de sus descendientes masculinos. Así lo insinúa el esfuerzo por referirse a ellos, que a veces se extiende hasta la especificación de la edad de los dos primeros. En tales aclaraciones estaría inscrita una noción, probablemente resultado de una idea gregaria, sobre la edad a partir de la cual los varones habidos empezarían a ser útiles, realmente productivos, para las familias interesadas en las pequeñas explotaciones. Se pueden interpretar como la expresión de la conciencia creada sobre las edades en las que, teniendo ya capacidad para ser útiles, los descendientes aún no se habían emancipado, y por tanto estaban en condiciones de contribuir al trabajo que consumía la pequeña empresa sostenida por la familia.

     De ser ciertos estos supuestos, la edad de la emancipación revelaría el umbral biológico a partir del cual se había alcanzado la posibilidad de aprovechar el trabajo de la descendencia. Aunque se mencionan casos desde los 12 años, y para los sucesivos 14, 15 y 16, creo que la frecuencia de las menciones permite suponer que eran los 17 años la edad que las familias campesinas estaban dispuestas a admitir como apta para desempeñar con plena capacidad los trabajos que eran necesarios en una explotación con las características de las que analizamos. Para otros, tal vez fueran los 18 años, pero a partir de los 19 esa conciencia decaía, no obstante lo cual algunos estaban dispuestos a retrasar la edad de emancipación, gracias a que se hubiera adquirido la plenitud, hasta los 22. Por encima de esa edad nadie hizo mención alguna de descendientes vivos que convivieran con sus progenitores.

     Las edades de los hijos de viudo o viuda que se mantenían viviendo con su padre o con su madre podrían por tanto ser una prueba en el mismo sentido y de signo contrario. Aquellos descendientes se pueden interpretar como hombres que habían sobrepasado la frontera de la emancipación, porque ya usaban la fuerza que les permitiría sostenerse por cuenta propia, y sin embargo permanecían sujetos al hogar paterno a consecuencia  de las obligaciones familiares que habían aceptado, obra fatal de la muerte. Serían hijos sobrepasados los que convivían con viudos o viudas teniendo 19, 22, 23, 28 y hasta 40 años.

     Todo parece indicar que la familia de los trabajadores del campo con posibilidades de disponer de su pequeña explotación, cualquiera que fuera el estado de su evolución, era una célula biológica del tipo más elemental, la de menores costos posibles, concentrada en garantizar la fecundidad. Estando sus iniciativas económicas destinadas al producto de cereales, y siendo cada familia el medio social mínimo de la demanda de aquel bien, el tamaño de las familias sería el de su consumo al tiempo que el de la generación de sus recursos laborales. Fundadas por principio como sociedades, en los asuntos biológicos se comportarían como células destinadas a la creación y el reparto de bienes. Su medio natural sería el hogar, donde convergerían y serían distribuidas las energías que cada una generase.


Último deseo

Epaminondas Álvarez

Examinó con atención la carta, en presencia del maître, y antes de que hubiera pasado un minuto habló. «De entrada tomaré la ensalada de confit de pato, naranja y granada.´´ «Una atractiva propuesta. La mezcla de las frutas y la carne de pato confitada, sobre un fondo de roquette y aderezado con una suave salsa a base de vinagre de manzana, resulta deliciosa.´´ «También este assorti de paté de perdiz, foie de pato trufado y paté de foie con setas.´´ « Correcto. El foie de pato trufado tiene una entrada potente en paladar y una permanencia suave en boca. Y el paté de foie con setas, un sabor exquisito y puro, sin la menor alteración gustativa ni aromática, algo no menos estimable para un paladar exigente.´´ «¿Tienen pudding de cabracho?´´ «Excelente.´´ «¿Y angulas?´´ «Desde luego.´´ «¿Y percebes?´´ «Traídos esta misma mañana.´´ «De acuerdo. ¿Qué carne me recomienda?´´

     Atraído por el movimiento de aquellos labios seductores, mantenía concentrada su mirada en el rostro del que fluían las palabras más colmadas. «Nuestra especialidad es la carne de vacuno. La preferimos tanto por su textura como por su olor.´´ Y el maître, a la vista del efecto que estaba obteniendo su melodía, lo agasajó con su bien sabida lección. «La textura o carnosidad es obra de la configuración de sus fibras musculares. Su calmante aroma, tan característico, se debe a su tejido graso, algo realmente excepcional en los mejores cortes, dando por supuesto que nuestra carne magra solo contiene un tres por ciento de grasas. La confluencia de todas estas condiciones es la que crea la insuperable sensación que convencionalmente llamamos sabor, y un mayor marmoleado, o infiltración de grasa, en los tejidos musculares no es en sentido estricto algo que favorezca una mayor calidad de la carne.´´

     Sus ojos, rendidos a las explicaciones, se le salían de las órbitas, mientras que el deferente servidor, crecido, iba desplegando sus saberes. «No obstante, los gustos oscilan. Si se acepta la nomenclatura establecida en 1927, para referirse a los estándares de calidad de la carne de bovino según su infiltración de grasa, por iniciativa del United States Department of Agriculture, las clases más valiosas del vacuno de mesa serían, de mayor a menor calidad, la prime, que es la que contiene entre diez y trece por ciento de grasa, la choice, con una proporción comprendida entre el cuatro y el diez por ciento, y la select, que es la que solo tiene entre el dos y el cuatro. Ninguna de las demás que la misma nomenclatura reconoce (standard, commercial, utility, cutter y canner), porque a lo sumo solo contienen trazas o hilos de grasa, se consideran culinariamente relevantes. Sin embargo, en Japón sorprendentemente prefieren una infiltración de grasas mayor que las comercializadas habitualmente a un lado y otro del Atlántico. Contando a partir de las proporciones, clasifican sus carnes del cinco al uno. La calificación cinco expresa la mayor densidad de las vetas y uno la menor. La mayoría de las carnes que se evalúan con esta escala poseen al menos dos grados más de infiltración que las de más alta graduación de los Estados Unidos, la USDA prime.´´ «El exceso de grasa de las carnes del Japón, edén del minimalismo, donde con un puñado de arroz hacen un almuerzo, con un papel, un tabique, con un nicho, una habitación de hotel, no me convence´´, replicó por primera vez. «Que admitan para sus productos esos valores tiene su explicación. El vacuno selecto japonés proporciona una carne rigurosamente sana porque posee un elevado porcentaje de ácidos grasos insaturados y polinsaturados, tales como el ácido oleico, linoleico o linoleico conjugado, cualquiera de los cuales ayuda a prevenir las enfermedades más perniciosas.´´ «Me hace usted dudar.´´

     Recuperada su ventaja, reanudó el maître el despliegue de su artillería, prevista para rendir las posiciones de los más irreductibles. «Disponemos de cualquier rango de vacuno que dese. Podemos servirle ternera blanca o lechal, el producto exquisito de un animal sacrificado antes de cumplir los ocho meses, y que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna. Su carne tiene un atractivo color rosáceo, es fácil de digerir, muy tierna y jugosa, y nuestra cocina la elabora en casi nada de tiempo.´´ «No. Alguien podría pensar que induzco al infanticidio, severamente perseguido por el sanguinario Tiberio.´´ «También tenemos a su disposición ternera, tanto macho como hembra. Cualquiera de los cortes que de este origen guarde nuestra despensa ha vivido entre un mínimo de ocho meses y un máximo de doce. Su carne es de sabor suave, y de características similares a la lechal. Fundamentalmente, tiene poca grasa y menos calorías que las de mayor edad, aunque su contenido en agua, es necesario reconocerlo, es relativamente grande.´´ «Suena muy apetitosa. Pero tal vez parezca que le hinco el diente a criaturas demasiado jóvenes.´´ «Si lo desea, podemos prepararle añojo, asimismo macho o hembra. Es verdad que la carne del añojo tiene un sabor algo más intenso. Su masa contiene algo más de grasa, pero aún resulta tierna porque los ejemplares que nos proporcionan los cortes han vivido nada más que entre doce y veinticuatro meses.´´ «Eso suena a trato con adolescentes. Entre mis compañeros, hay quienes lo consideran detestable, hasta aborrecible.´´ «No crea. En Italia, desde hace siglos, sus más expertos comensales siempre han preferido la carne de animales jóvenes, sacrificados entre dieciséis y dieciocho meses.´´ «Oscuras costumbres italianas.´´ «Bien. Si prefiere una carne de color aún más intenso y más sabrosa, aunque tal vez menos tierna que las anteriores, lo que desde luego obligaría a nuestra cocina a una elaboración algo más prolongada, en el novillo, igualmente tanto macho como hembra, cuya edad está comprendida entre los veinticuatro y los cuarenta y ocho meses, tiene la primera posibilidad. También puede optar por nuestro peculiar cebón, un macho que ha sido castrado sin haber cumplido los cuarenta y ocho meses. Es una oferta poco corriente que sin embargo tiene serias ventajas. En esta clase de animales gusto, grasa y textura están muy equilibrados. El resultado es tan sabroso como atractivo su color intenso.´´ «¿No resultará algo arriesgado?´´ «Al contrario. En Gran Bretaña, y aquí mismo, tradicionalmente se han consumido animales a un tiempo jóvenes y de varios años de edad. Siempre hemos creído que un animal de menos de veinticuatro meses es insípido y que el mejor sabor se obtiene de piezas de más de treinta y seis. La costumbre más extendida en Japón es similar. Allí el mejor vacuno se mata entre los veinticuatro y los treinta meses. Incluso después de la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, un contagio que estuvo a punto de acabar con todos nosotros, la política higiénica de occidente redundó en este segmento de edades. A partir de aquellos tristes hechos se extendió por toda Europa la exigencia de que el vacuno fuera sacrificado antes de los treinta y seis meses.´´ «Por fortuna, aquella epidemia es pasado, y se han recuperado los antiguos hábitos, incluso en un grado que tal vez sea excesivo.´´ «Desde luego.´´

     Los esfuerzos del maître por detectar el flanco vulnerable de quien parecía seguro de sus decisiones cargaba con algo de vulgaridad la situación. Pero el buen hombre persistía en el cumplimiento de sus obligaciones. «Si prefiere vacuno mayor, podemos ofrecerle hasta tres posibilidades: el buey, musculado macho castrado que ha vivido más de cuarenta y ocho meses; la vaca, hembra también de más de cuarenta y ocho meses; y sobre todo el potente toro, portento de macho entero con la misma edad. Cualquiera de ellos acumula en sus tejidos una cantidad de grasa mayor que la de todos los ejemplares más jóvenes, pero también más sabor, más color y sobre todo un aroma insuperable. Asimismo, su contenido en proteínas es el más alto. Cualquiera de estas carnes solo tiene el inconveniente de que puede resultar algo más dura que las otras, y que por tanto necesita más tiempo de preparación.´´ «Suena bastante mejor. Sí, definitivamente, buey.´´ «Por supuesto.´´

     Tomaba aún nota nuestro sugestivo amigo cuando le propuso: «Estaría bien probar la carne del país.´´ «Nuestra despensa no solo cuenta con carne local. Cualquiera de las tierras que hayan dedicado atención a las razas de mesa ha obtenido carnes de excelente calidad, y ninguna la ignoramos. Desde luego tenemos Charolais y Limousin. Pero también son exquisitas nuestras inglesas Shorthotn y Hereford, de fibra muy compacta y con grasa en la proporción justa, o la Amberdeen Angus escocesa, igualmente incluida en nuestra carta. Y de Italia importamos la Chianina. De Estados Unidos traemos su Hereford, así como su Black Angus. Allí, para obtener de ellas el mejor producto castran los machos cuando aún son terneros, y sacrifican las vaquillas de entre quince y veinticuatro meses que nunca hayan parido. En cuanto a la calidad de la carne de vacuno japonesa, sin que por esto deje de respetar su opinión, creo que es mi deber recordarle que hoy en día cuenta con reconocimiento mundial. Es muy apreciada su Shimofuri, carne muy veteada que tiene todas las ventajosas infiltraciones de grasa de su vacuno. La Tajima Wagyu, acrónimo de wa, Japón, y gyu, ganado, una raza probablemente originaria de la actual Turquía, de donde emigraría en torno al siglo segundo de nuestra era, es la más demandada entre nuestros comensales más exigentes porque es ideal para los tradicionales sukiyaki y shabushabu. Sus mejores ejemplares se crían en la región de Hyogo, cuya capital es Kobe.´´

     De nuevo decidió tomarse tiempo. Observando su actitud, tuve que admtir que tal vez su fruición alcanzaba los niveles más altos gracias a la acción combinada y simultánea de oído y gusto. ¿Sería posible que hubiera llegado a ser un comensal solo de oídas? «No es fácil decidirse por una.´´ «Todo depende del corte que prefiera. Nosotros, para la mesa, nos limitamos a los más apreciados, sin que por eso despreciemos ninguno. Cualquiera de ellos puede conservar sus excelentes propiedades, si es tratado de la manera adecuada. Hasta de los menos cualificados, que destinamos a meditadas elaboraciones, a nuestros clientes les proporcionamos sus excelentes efectos. El solomillo es nuestra joya, una pieza de gran ternura, que no tiene nervios y apenas grasa. Lo destinamos a preparaciones simples que no distraigan su calidad. A lo sumo, lo servimos acompañado con salsas sutiles. También resulta excelente en nuestras preparaciones en crudo, como el tartare y los carpaccios, aunque sus mejores cortes, en mi opinión, son el chateaubriand, el tournedó y el filet mignon. Del lomo alto extraemos el entrecôte, la porción carnosa que se aloja entre las costillas, que podemos presentarlo con hueso o no, según guste. También sacamos el roast-beef, al que solemos dejar una capa de grasa para cocinarlo como se merece. Al primero le aplicamos las brasas y al segundo el horno, y a cualquiera de los dos elaboraciones muy controladas para evitar que se sequen. También exige mucha atención la preparación de las piezas que se extraen del lomo, todas de primera calidad, de donde sacamos el entrecôte genuino. De la cadera es nuestro rumpsteak, filete muy recomendable. Asado moderadamente, da un producto muy tierno, aunque su aspecto sea menos lucido que el de otros cortes. Las tranches de babilla, también de excelente calidad por su ternura, son un buen sucedáneo del solomillo, aunque sin alcanzar idéntico nivel, lo que por otra parte las hace más asequibles. En cualquier caso, las preparaciones que con ellas podemos ofrecerles son las mismas que elaboramos con el solomillo. Nuestro beefsteak, extraído de la tapa, aunque puede resultar algo seco, tratado a la milanesa es muy aceptable. Con la contratapa preparamos también filetes a la plancha, buenos asados y guisos del tipo fricandeau, una suculenta olla muy recomendable cuando hay que convivir con las bajas temperaturas. El redondo lo ofrecemos braseado con verduras.´´

     El encargado del comedor se movía tras ellos cambiando cubiertos, corrigiendo la posición de los platos, seducido por lo que oía. Apenas daba indicaciones con un giro de ojos a quienes con delantal blanco, que replicaba al del encargado, con el intercambio de sus miradas y su ajetreo complicaban aún más las explicaciones. «Si prefiere descender a las carnes de segunda, podemos servirle  espaldilla, aguja o morcillo. El aspecto de la espaldilla no es muy atractivo, pero cortada a dados nos presta buenos servicios en la elaboración de exquisitos ragoûts y guisos, aunque nada impide que recurramos a ella para un razonable beefsteak de mediana calidad. La presencia de la aguja tampoco es la mejor, pero su parte superior la utilizamos tanto para freír como para guisar. En cuanto al codillo, morcillo o jarrete, estamos convencidos de que sería necesario modificar la opinión que sobre él se ha naturalizado. Proporciona una carne muy gelatinosa, muy recomendable para elaborar caldos densos, poderosamente proteínicos, a la vez que sabrosos. Para hacerse una buena idea de su calidad, basta mencionar que nuestro renombrado ossobuco lo obtenemos de esta pieza.´´

     De su actitud resignada, algo reflexiva, porque a cada tanto bajaba la mirada y jugaba con los cubiertos y la servilleta, podía deducirse que aquellas recomendaciones no estaban obteniendo de él la mejor respuesta, mientras que el maître, visiblemente, se fatigaba. «Las carnes de tercera, en modo alguno despreciables, también nos prestan excelentes servicios. La falda la destinamos a hacer rollitos y rellenarla o a picarla, pero igualmente podemos preparar con ella hamburguesas y aleta al horno con excelentes rellenos, el más apreciado de los cuales es el de quesos, cuyas variedades podría elegir. El pescuezo, carne entreverada de grasa, nos sirve para picar y elaborar mezclas con otras carnes y obtener nuestras exquisitas albóndigas. El pecho lo empleamos en la elaboración de cocidos y caldos, y el rabo es una pieza de enormes posibilidades, aún no del todo exploradas. Desde luego es insustituible para el guiso que regularmente se conoce como rabo de buey, pero sus resultados son sorprendentes en la elaboración de nuestra famosa oxtail soup y nuestros cocidos. El morro es el aliado perfecto para guisar suculentos callos y toda clase de preparaciones de casquería, y la contribución de la pata es insuperable cuando se trata de preparar fondos de salsa gelatinosos.´´

     Agotado su repertorio, el maître se mantuvo expectante, ante lo cual de nuevo se tomó algún tiempo antes de darle alguna indicación. «Es difícil decidirse.´´ «Desde luego, lo fundamental es la preparación por la que se opte.´´ «¿Qué me recomienda?´´ «Sin duda, la mejor manera de saborear el buey es evitar la manipulación excesiva.´´ «¿Brasa?´´ «Perfecto, aunque la elaboración de las carnes a la brasa exige paciencia, distancia y tiempo. La preparación que se atiene con disciplina a estos principios, porque ningún otro procedimiento requiere tanta experiencia ni tanto sentido culinario, es la correcta y marca la diferencia. Para conseguir un resultado que esté a la altura, elegir acertadamente la pieza que se desea disfrutar es lo más importante. Con un corte de segunda o tercera no se pueden pretender ni los mejores sabores ni las mejores texturas. Pero, aun así, perdóneme si insisto en ello, en mi opinión su contenido en grasa es lo primordial. Contribuye de manera decisiva a que el producto quede suave y jugoso. La grasa se derrite en el transcurso de la preparación al calor de las brasas y da como resultado una textura muy suave. Creo que el corte de carne de vacuno ideal para llegar tan lejos, trabajando en la brasa, es sin ninguna duda el entrecôte.´´ «De cuál sea el corte elegido dependen también la temperatura necesaria para preparar la carne y el tiempo que hay que invertir´´, se creció, definitivamente excitado a consecuencia de la batería de estímulos que había recibido, y añadió: «Unos cortes necesitan temperatura alta por poco tiempo, otros exigen temperatura más baja pero durante más tiempo, otros, menos calor, así como no demorarse demasiado cuando se procesan.´´ «También es importante que la pieza tenga un grosor regular, para que se haga de manera uniforme. Creo que nunca debe ser inferior a dos centímetros y medio. Un corte más fino pondría a la carne en el peligro de hacerse de manera imprevista más de lo debido.´´ «No es inexcusable, aunque comprendo su punto de vista. Lo imprescindible es que la fuente de calor sea elegida y preparada con cuidado, porque el poder calorífico de cada combustible varía, y por tanto el tiempo de cada elaboración. He comido en asadores que se deciden por la leña, por ramas sin más cortes que los inevitables, o incluso por sarmientos. Es verdad que cualquiera de ellos da resultados aromáticos a discreción, variables según las preferencias. Pero, además de que, si el combustible elegido desprende un aroma muy poderoso, puede enmascarar el de la carne, que es el primordial, leña y ramas tienen el inconveniente de que exigen su puesta a punto fuera del fogón, un trabajo paralelo que divierte la atención del cocinero, quien debe evitar la vivacidad que estas llamas espontáneamente provocan, lo que podría chamuscar la carne y precipitar su acabado antes de que hubiera alcanzado el punto deseado.´´ «Por eso en nuestra casa hemos decidido que el carbón vegetal, cuyos aromas ha moderado el paso del tiempo, envolviéndolo con otro inconfundible que remite al fuego, es lo más seguro. Permite situar la parrilla a una distancia regular, nunca demasiado cerca de la fuente de calor, y sus brasas duran mucho, y además mantienen una potencia constante. Como, por otra parte, estamos convencidos de que tan importante como el braseado es el ahumado, para completar los aromas que inevitablemente se adhieren a la carne basta con recurrir a un toque evocador del lugar donde pacieron los animales que proporcionan el placer al comensal. En los laterales de la parrilla, mientras se están haciendo las presas, dispersamos ramitas de romero y tomillo.´´ «Ojo que para que pueda ser posada en la parrilla sin riesgo, la carne debe estar expuesta a la temperatura ambiente al menos desde una hora antes de que las brasas sean encendidas; nunca exponerla a su calor recién sacada de la cámara de conservación, en la que ninguna debe permanecer más allá de un par de semanas. Además, una vez encendidas las brasas, mientras van adquiriendo el estado conveniente, y antes de que alcancen toda la potencia prevista, los responsables de manipular las piezas de carne deben mantenerlas cerca de las parrillas durante un tiempo, para que vayan sudando, sin exponerlas aún a la acción directa del fuego. Y todavía, antes de posar la carne frente al carbón, debe ser engrasada la parrilla con aceite de oliva o mantequilla derretida, para evitar que la carne se adhiera al metal y pueda desgarrarse al darle la vuelta o al retirarla, lo que provocaría al menos una pérdida parcial de sus jugos. Debe embadurnarse la parrilla con cuidado, teniendo precaución de que no caiga aceite sobre el carbón, porque este accidente podría incrementar el poder de las brasas hasta ponerlo fuera de control. Para evitar este riesgo puede ser suficiente con engrasar la parrilla con un papel de cocina untado con aceite.´´ «Que el momento de colocar las piezas sobre la parrilla ha llegado lo indica el aspecto de las brasas, aunque reconozco que los juicios sobre cuál es el más adecuado pueden divergir.´´ «Para unos, ha llegado cuando están muy vivas, prácticamente ardientes, mientras que otros creen que lo correcto es aguardar a que estén ya maduras, blanquecinas o grisáceas.´´ «En realidad, la disparidad deriva de la gama de acabados que se ofrezcan al cliente.´´ «Las carnes poco transformadas obviamente no necesitan altas temperaturas, mientras que las más hechas son consecuencia directa de la exposición a más calor.´´ «Para lograr un resultado jugoso, al mismo tiempo que marcado por fuera, el proceso debe desarrollarse completo manteniendo el fuego muy vivo, para que la carne prenda muy rápidamente, tome color y pronto se ponga crujiente por ambos lados. La exposición al calor intenso de las brasas sella la superficie de la carne que lo recibe directamente, no da tiempo a que toda se caliente y mantiene los jugos entre sus fibras. Solo procediendo de esta manera se puede obtener un acabado blue rare.´´ «No, mi paladar prefiere el otro criterio. Permite trabajar con una temperatura no demasiado alta pero durante más tiempo, lo que habilita una moderación del calor más controlada.´´ «Para responder a cualquiera de las posibilidades, basta con esforzarse en mantener dos temperaturas dentro de la parrilla; en un lado, alta y en otro, media. Estamos convencidos que actuar de otro modo, a poco que se incurriera en un error de cálculo, provocaría que la carne se reblandeciera y apareciera la fibra, razones ambas que contribuirían a un producto final muy poco recomendable.´´ «Yo lo veo de otra manera. Como, una vez colocadas las piezas en la parrilla sobre un fogón a cierta temperatura, modifica el resultado que se obtenga el tiempo que se expongan a su calor, la cocina más bien debe esforzarse por controlar el transcurso de los minutos que el proceso consume, que nunca tienen que ser muchos. Todo el que se juzga necesario para poder garantizar un buen resultado puede caber en el que emplee en acabar con los entrantes. Debe ser suficiente para dejar que las piezas se hagan tranquila, lentamente, hasta que alcancen el punto adecuado, que la carne no se queme demasiado por fuera y esté hecha en el centro.´´ «Para un beefsteak delgado puede bastar con un minuto por cada lado, si se quiere muy poco hecho. Si se prefiere hecho, el máximo debe ser tres minutos por una y otra cara, mientras que en dos minutos se obtiene el punto saignat, muy solicitado por nuestros más expertos degustadores del mejor vacuno.´´ «Las piezas de mayor grosor necesitan más tiempo. Para obtener con ellas el mejor resultado, una vez que la carne haya prendido por un lado basta con esforzarse en garantizar que la acción del fuego permanezca estable, para que la carne tome temperatura por dentro. De lo contrario, resultaría un hermoso trozo de carne carbonizada y a la vez casi crudo. A lo largo de todo el proceso, mientras se está haciendo la carne, para regular el orden de la elaboración el cocinero debe permanecer atento a la parrilla, y en las zonas con menos calor, más alejadas de las brasas, ir colocando las piezas siguientes. Las que estén expuestas a su acción no debe tocarlas, ni darles vueltas continuamente. Solamente debe girarlas cuando por la primera cara hayan alcanzado el punto pretendido. Y para manipularlas, en vez de instrumento puntiagudo alguno, porque cualquier orificio en su masa puede provocar pérdidas de sus jugos, tendrá que utilizar pinzas y espátulas. Para que la carne quede jugosa una vez hecha, al retirarla del fuego, por último debe dejarla reposar, como mínimo entre cuatro y cinco minutos. De este modo todos los jugos de nuevo se distribuirán por la pieza y quedará esponjosa y suave. Y no debe cortarla de ninguna manera, porque también en ese caso todo el jugo se saldría.´´ «Correcto, así lo haremos, aunque hay quienes piden que en el transcurso del proceso de preparación la pieza sea salada, una vez que ha prendido por uno de los lados, que le den la vuelta y la salen por encima, y luego procedan de la misma manera por el otro.´´

      Aquella réplica puso al descubierto que su interlocutor estaba rendido, y le proporcionó la certeza de que había ganado la partida. Fue suficiente para que a partir de aquel momento se concediera un creciente tono exaltado. «Creo que al poner la carne en la parrilla nunca debe sazonarse con sal. Si no se comete esta imprudencia, se contribuye a que las carnes conserven sus esencias y queden más sabrosas y crujientes, y a que cada comensal ajuste el sabor de su pieza a su gusto, una vez servidas.´´ «En la mesa podrá disponer de escamas de sal de Maldon, pimienta negra, que puede moler en el momento, ajo en polvo y hierbas aromáticas. También le ofrecemos la posibilidad de obtener un sabor extra proporcionándole aceites de oliva con romero, con tomillo o con ajo.´´ «No, de ningún modo. Para disfrutar del sabor de una carne de buena calidad, es suficiente con sazonarla con algo de sal un instante antes de morderla, para potenciar su sabor, y a lo sumo con un poco de pimienta.´´ «No obstante, con el juego de posibilidades que ponemos a su disposición, además de la degustación de la carne en estado puro, si lo desea puede disfrutarla con distintos sabores, incluso en cada bocado.´´ «Riesgos innecesarios. Si se incurre en excesos al sazonarla, el efecto negativo puede alcanzar hasta el olor. Por lo que a los aromas se refiere, porque complementan el gusto, es suficiente el que debe ser protagonista, producto de la combustión de las grasas, y los que añade el carbón durante el braseado.´´ Definitivamente, se sentía dueño de la situación.

     «¿Y la plancha?´´ «De ningún modo. La plancha prescinde de las mejores posibilidades solo con el propósito de sacar todo el partido a cualquier corte.´´ «No hay procedimiento que no tenga ventaja. Además, últimamente hemos introducido una tercera modalidad, completar la elaboración con la variante que se llama a la piedra.´´ «Me parece la consecuencia de una dudosa aplicación del principio democrático. Sus autores pretenden fomentar la participación en el proceso de las carnes de quienes las disfrutan, así como conceder un mayor margen de libertad al gusto del cliente. Yo prefiero otorgarle todo el protagonismo al chef, el insustituible experto en toda clase de preparaciones culinarias, concederle toda mi confianza. Definitivamente, entrecot de buey charolais.  A la brasa.´´

     El silencio que durante unos segundos mantuvo le sirvió para verificar que el maître, a pesar de toda su ciencia culinaria, finalmente estaba a sus órdenes. «¿Alguna guarnición?´´, le preguntó resignado. «Patatas fritas.´´ «¡¿Patatas fritas?!´´ «Sí, por favor, patatas fritas.´´ Encajado el golpe, enseguida recuperó la compostura. «Bien ¿Qué vino tomará?´´ «¿Qué me recomienda?´´ «¿Cuáles son sus preferencias?´´ «¿Burdeos?´´ «Excelente para la carne”, comentó, no sin cierta frialdad. «Inmejorable un Magnum de Petrus. De Pomerol.´´

     “Dio cuenta de la ensalada y los patés, que trasegó ayudado por reiteradas cervezas, doradas y enturbiadoras como un aura. Después, le sirvieron una fuente con angulas y percebes. Fueron suficientes para que llegara en su punto el plato estrella, el entrecot de buey charolais, que fue pasando con cortos sorbos de burdeos.

     Aún no había terminado su taco de carne cuando de nuevo llamó al maître. «Tomaré para postre brownie al aroma de menta.´´ «Adulto y refrescante. La hojita de menta crece en nuestro huerto de forma espontánea. Una delicia, estos brownies, créame, y aún más deliciosos si se toman acompañados de un té o un café. Si lo prefiere, se los podemos servir como petits-fours.´´ «¿Petits-fours?´´ «Los petits-fours son nuestras especiales preparaciones de repostería. Tienen un tamaño ideal para comerlos de un bocado. Los tenemos frescos, los clásicos, miniaturas de pasteles, creaciones sumamente tentadoras. Nuestra especialidad son los de pasta choux.´´ «¿Pasta choux?´´ «Sí, pasta choux. Es una de las elaboraciones de las que nos enorgullecemos. Tiene muchísimas aplicaciones, sea en postres sencillos o complicados, en recetas dulces o en las saladas. Es muy versátil. Combina agua, harina, mantequilla, huevo, sal y azúcar. El único cuidado que exige su preparación es que la mantequilla, que debe ser de leche de vaca, siempre en nuestro caso vaca local, ordeñada con el tacto que exige el correcto manejo de las ubres con ambas manos a la vez, ha de ser cortada en trozos, y de esa manera, sin fundir, agregarla al resto de los ingredientes.´´ «Admirable.´´ El maître empezaba a recuperar parte de su ánimo. «También tenemos petits-fours blandos glaseados de diferentes formas; con chocolate, fondant, cremas pasteleras, almendras o emborrachados. Pero todos nuestros petits-fours blandos están compuestos con una base de almendra o avellana y bizcocho esponjoso. El más exquisito, a juzgar por las preferencias de nuestros clientes, es el financier.´´ «¿Financier?´´ «Así es. Dicen que hace años se le llamó de este modo porque no mancha las manos.´´ «No me diga…´´ «Tal como lo oye.´´ «Todo un hallazgo.´´ «Si lo prefiere, nuestros petits-fours salados están hechos con masas hojaldradas, y los cubrimos o rellenamos con ingredientes como foie, jamón, queso, semillas de amapola o salmón.´´ «No parece lo más apropiado para postre.´´ «Bueno, también podemos ofrecerle los petits-fours secos. Son galletas pensadas para acompañar cualquier clase de crema, sean heladas o no, y sobre todo los sorbetes.´´ «Ah, sorbetes. Excelente idea. Y en cuanto a lo demás, probaré las especialidades de la casa.´´ «Correcto. Si se opta por agregarle un postre al plato principal, es imprescindible un sorbete. El que voy a sugerirle lo agradecerá.´´ «¿Que es?´´ «Sorbete de limón y champagne. Es un cóctel que ayuda a la digestión y que tiene un sabor extraordinario. Lo servimos en cada copa con un poco de ralladura de limón para darle un buen aroma, más unas hojas de nuestra menta para decorar.´´ Tras comprobar la hora, creí que había llegado el momento de recordarles que para las cinco estaba prevista la ejecución.


El arca de Noé

Venancio Gautier

Era Noé aficionado a coleccionar pájaros, excéntrico pasatiempo de cuya popularidad aún nadie ha dado una buena explicación. Unos creen que es la rara habilidad para crear sonidos fuera del alcance del hombre, que algunas especies tienen, lo que suscita admiración y seduce a ciertas personas, como el canto de las sirenas. Otros, sin embargo, opinan que es la posibilidad de volar, que siempre ha tentado al hombre y lo ha convertido en víctima de un deseo que nunca ha terminado de satisfacer. Por mi parte, creo que es una melancólica manera de ver el mundo. Los trinos de los pájaros emiten recuerdos, tal como el eco devuelve voces. Aunque a mi criterio, en este caso, no se le debe conceder demasiada atención. Para toda esta historia no soy más que un observador distante que habla a partir de lo que otros hablaron, y que no posee más testimonios sobre los hechos de la vida de Noé que algunas leyendas, aventuradas por personas que en su opinión, que ellas mismas avalan, son merecedoras de crédito.

     Tenía Noé una extraña manera de seleccionar sus pájaros. Los elegía por sus nombres. No le importaba que fueran conocidos o raros, que fueran la consecuencia de una onomatopeya o que los hubieran compuesto con poco ingenio. Solo las denominaciones vulgares o malsonantes no entraban en el campo de su interés. Le satisfacía ver palabras de otros significados transformados en pájaros, y pensaba que como todas las maneras de hacer nombres les habían sido aplicadas todo lo que en el mundo puede existir estaba representado por ellos. La modestia y la sencillez eran virtudes de su agrado y en los pájaros que podían considerarse bajo la jurisdicción de alguna de ellas con complacencia las veía inmortalizadas. Filomela, chercán, cañamero eran pájaros que de antemano contaban con su favor, y con la misma complacencia coleccionaba cardelinas, lúganos y copetones, mientras que a través de selectos contactos repartidos por todas las latitudes mantenía abierta la más elocuente correspondencia sobre orioles, turpiales y malvises. Había extendido su afición hasta las aves, porque era de los que pensaba, probablemente con acierto, que en realidad la frontera entre pájaros y aves, tal como la sostenía la ornitología inspirada en Linneo, no se tenía en pie. Suríes, pipos, alciones también merecían atención, así como dardabasíes, esparveles y araniegos. Y hacía años que deseaba hibridar abejas, rama de sus inclinaciones ornitológicas a la que últimamente dedicaba una atención especial. Disponía de una parcela en la que podría sembrar manuka y mandrágora. Sabía que no eran las mismas abejas las que libaban las flores del árbol y las otras. Si consiguiera unificar sus colmenas en una colonia única, antes o después obtendría una miel que entre sus propiedades curativas incluyera unas que al cuerpo humano le proporcionara experiencias singulares con un riesgo moderado. Solo aspiraba a que su ingestión detuviera el tiempo y mostrara la totalidad.

     Pero su gran reto habían terminado siendo grifos, arpías y fénices, de los que toda la información de la que disponía aseguraba que eran pájaros fantásticos. Estaba persuadido de que existían, e incluso conservaba en la memoria un rastro de haberlos visto alguna vez, cerca, frente por frente, ante sus ojos, aunque no podía decir dónde ni cuándo. De los de esta clase su pasión absoluta era el basilisco. Se apoderó de él cuando supo que podía petrificar con la mirada. A partir de aquel momento su hallazgo se había convertido en el primer objetivo de su existencia.

     Aunque a su colección de pájaros, aves e insectos dedicara todo su tiempo libre, la actividad que lo ocupaba la mayor parte del día era certificar defunciones. No examinaba muertos ni visitaba el depósito de cadáveres, aunque con esto hubiera bastado para tener la certeza de que ciertos cuerpos habían cruzado la negra frontera. Su ocupación era más delicada y más útil a la república. Se preocupaba de que ninguna muerte quedara sin verificar por su correspondiente documento. Veía con bastante escepticismo su trabajo, y en el fondo lo consideraba inútil. Pero jamás expresó opinión alguna sobre una actividad que sus semejantes creían necesaria. De la acción de la muerte nada modificaba aquella preocupación, pero le sobraban razones para pensar que aquel gesto a los vivos con los que convivía los tranquilizaba. Se limitaba a cobrar su nómina a mes vencido y estaba seguro de que con tan discreto pasar contribuía a extender la felicidad entre sus semejantes.

     Compartía la existencia con su madre, bajo cuyo gobierno vivía, bien que tiranizado, en opinión de los vecinos. Pensaban que aquella diminuta mujer era la responsable de que ambos llevaran una vida al borde de la miseria, de que la extrema delgadez que los distinguía era la consecuencia de una dieta extenuante, de que si las contraventanas de la casa siempre estaban cerradas era porque ni en visillos había gastado jamás. Con gusto los dos se atenían a aquella opinión, y esto les valía una fortuna que los más observadores calculaban en mucho más de lo que es necesario para vivir varias vidas sin la menor privación. Probablemente ahí estaba el secreto de la costosa inversión que Noé hacía en su colección de pájaros, aves e insectos.

     Un día la madre amaneció con síntomas que la alarmaron. Nada especialmente grave, aunque sí un pulso alterado, algo de mareos, sus fuerzas un poco debilitadas. A su edad, tras casi ochenta años de entrega en decenas de batallas, después de mil y un encuentros, ninguno en las condiciones que favorecen el éxito, o al menos en las que ella hubiera podido elegir, tampoco podía creer que aquellos signos eran un síntoma demasiado sorprendente. Por naturaleza era decidida y se movilizaba al primer indicio. Había llegado a creer que su longevidad era su mejor conquista. Desde que se quedara huérfana, siendo aún niña, convencida de que en tan trágica circunstancia era la única que podía preocuparse por su salud, había mantenido una atención tensa y permanente frente a cualquier síntoma de su quebranto. Es verdad que nunca le faltó el apoyo de un tutor. Pero el buen hombre era un bohemio incorregible para el que solo existía su arte. Vivía al día con lo que sus clientes le entregaban a cuenta de encargos que jamás le saldaban del todo. Se aprovechaban de que había confinado su soledad a los dominios del xinomavro, que consumía en locales que más parecían un desván que una cálida casa de honrados y solidarios bebedores.

     Pero el síntoma más inofensivo puede ser el comienzo de un desenlace trágico. Aquel día, después de verse en el espejo, no se encontraba apta para la batalla. Una vez más era su obligación enfrentarse a los pirriquios, pigmeos que aturdían más por su insistencia que por su tamaño, y no tenía cuerpo para ningún combate. A un elefante asiático, incluso que fuera tracio, traído por los ejércitos de Darío hasta las fronteras de Europa; al más capaz elefante africano, que desconcertaba a las legiones de la orilla mediterránea del continente, era posible enfrentarse a cuerpo descubierto. Pero cuando los enemigos no son uno, sino cientos, y al mismo tiempo ninguno, porque ni alguno es uno y todos son demasiados, no es posible aprestarse al combate, como no puede el hombre perdido en medio de las aguas estancadas del trópico debatirse con los insectos incansables que lo aturden, ninguno de los cuales es bastante para arredrar, cuyas formaciones en nubes dispersan todos los esfuerzos, defraudan las previsiones y desmoralizan a los ejércitos que han acudido a la contienda convencidos de su preeminencia.

     No parecía nada grave, aunque era necesario atenderla. Él sabía que periódicamente lo necesitaba. La llevó adonde prodigaban sus atenciones los médicos sabios de escasos medios, de corazones generosos, resignados a la tragedia que sobre su oficio pesaba, conscientes de que su mayor éxito era aplazar la muerte, de que nada podían hacer para combatirla con alguna posibilidad para la victoria.

     Aguardó a la puerta mientras la examinaban. La espera fue tan eterna como todas las que desean ver satisfechas sus esperanzas. Recapituló las horas que le había dedicado, las estancias que en su beneficio había organizado, los años transcurridos junto a ella, y no pudo evitar que su imaginación, como recompensa, se desbordara. Se representó el mayor de los éxitos para su proyecto más apreciado, una y otra vez pospuesto a causa de la atención que le debía dedicar a las ocupaciones de cada día.

     Hacía años que había prescrito que su cuerpo fuera reducido a cenizas insensibles, pasada la prueba del fuego, mientras que ella había decidido que el suyo fuera inhumado. Se veía en la funeraria, donde a lo largo de una pasillo interminable tenían expuestos los ataúdes, en posición vertical, sin tapa, para que el interesado pudiera evaluar la calidad de las maderas, su lacado, la clavazón de los herrajes, el acolchado de los rasos inmaculados, si la altura sería capaz para contener el rostro prominente del cuerpo previsto, si la distancia entre los ángulos escapulares, suficiente para encajar todas las espaldas. Ninguno de sus empleados, hermanos entre sí, con los que estaba conversando plácidamente, era adicto a ninguna de las necromancias a las que exponía el oficio, siendo muchos los descendientes del fundador y prolífico cada uno de ellos. Los cuatro varones, entonces responsables solidarios del negocio que satisfacía a innúmeras familias, habían sobrepasado con creces la tasa de reposición, un deber que sin que alguno de ellos lo hubiera declarado pesaba sobre sus conciencias, conscientes todos de que el negocio funerario solo puede ser expansivo si se incrementa el número de los vivos. Solo una de las hembras había optado por la enfermería, aunque la experiencia había demostrado que en su decisión estuvo más el deseo de sostener los brazos lesionados, si a consecuencia de una fractura, porque el contacto con la piel masculina satisfacía sus modestas aspiraciones de intercambio, que el de acompañar a sus pacientes hasta el borde del abismo.

     Llegó a satisfacer su encargo, frío y distante, aun así transportado por una atmósfera cargada de buenos augurios, inspirado por un eco de bienestar.

     –Desearía reservar un ataúd.

     –¿Reservar?

     –Reservar.

     –No es la costumbre.

     –Es que la difunta aún vive. Se ha propuesto sobrepasar todas la barreras, y presiento que la que a mí me impedirá el paso está próxima. Y no me gustaría abandonar este mundo sin hacerme esa concesión, sin atender a mis deberes para con mis allegados.

     –En ese caso, será mejor que actúe.

     –¿Eso me permitirá decidir cómo sea?

     –Precisamente. A ese fin se llega por la vía del encargo.

     –El cofre debe estar blindado, para que el cuerpo permanezca intangible hasta que unos arqueólogos venidos de Marte lo rescaten, una vez extinguida la vida en la Tierra.

     Cuando salió la madre, una sonrisa llenaba su cara. La había ido ampliando según transcurría la consulta, tanto que para entonces la apertura de los labios, que dejaba a la vista sus dientes, era la prueba evidente de un diagnóstico favorable. El médico había verificado el pulso, las otras constantes. No tenía dada de cuidado.

     Al oír el diagnóstico, lo paralizó un ataque, probablemente precipitado por un exceso de sangre en el bulbo del cerebro donde se concentran las ensoñaciones. Fueron transeúntes los primeros en agolparse en torno a su cuerpo, tendido sobre la acera, excitados por la vista de la muerte. Ninguno se explicaba el espasmo, nadie había visto nada anormal.

     Afortunadamente no fue fatal. Conjurado el incidente, convenció a su madre para que lo dejara tomarse unos días de descanso. Había decidido ir en busca del basilisco a los Mares del Sur. Desde hacía tiempo le daba vueltas a la posibilidad de aclimatar a la civilización occidental tan práctico animal. Había leído en algún comentarista de los viajes de Cook que de aquel ser extraordinario se habían encontrado indicios suficientes como para pensar que anidaba en el área de las islas Salomón. Gracias a sus especiales contactos, y a unos esfuerzos que si fueran relatados muchos tendrían por poco veraces, halló en ellas un pájaro que juzgó por completo desconocido en el mundo civilizado, no descrito por la literatura ornitológica y que sin embargo se atenía a descripciones de aquel ser extraordinario hasta entonces tenidas por infundadas. Cuando consiguió cazar vivo un ejemplar, sus miradas se cruzaron. Los ojos de ambos las mantuvieron durante algo más que segundos. Se apresuró a enviarlo a su casa en una jaula.

     Cuando volvió, encontró a su madre inerte, tendida en su lecho. El cuerpo tenía toda la apariencia de estar sano. Mostraba buen color, la tez carecía de pliegues morbosos, no tenía bolsas lívidas la piel que hay por debajo del párpado. Y, sin embargo, no respiraba.

Con aquellos signos, no era posible decidir sobre la causa de su muerte. Pero tampoco era necesario. Cuando alguien no espira, está muerto, y no tiene demasiado sentido demorarse en más averiguaciones. Tiempo habría de interrogar a los presentes cuando ocurrió el deceso, si es que los hubo, conjeturar sobre las posibles causas del fallecimiento de la finada. Era evidente que había sucedido la muerte y lo que urgía era deshacerse del cadáver. En poco tiempo daría olor. Aquellas son tierras de temperaturas siempre excesivas, hasta extremas, aunque las crean permanentemente gélidas. Es cierto que, cuando bajan, el frío es prodigioso. Pero en verano suben sin moderación. Aunque la defunción había ocurrido en pleno mes de enero, fatal entre los funestos, las alteraciones que la atmósfera estaba padeciendo aquel año, que la prensa juzgaba anómalas, lo estaban haciendo especialmente cálido, incluso tórrido, si no fuera porque las temperaturas, a pesar de todo lo que se esforzaban por desentonar, no conseguían dejar de ser invernales. Pero era seguro que el cadáver pronto empezaría a evaporar los fluidos de la corrosión, porque está en la naturaleza de la materia corromperse cuando se interrumpe la circulación de la sangre. Aun sin especular con lo que estuviera previsto por las leyes circasianas, era preferible no esperar a que alguna autoridad cumpliera con más formalidades que las imprescindibles. Tanta era la premura por deshacerse de su cuerpo, en otro tiempo un obstáculo frente a quienes se proponían objetivos que buena parte de quienes la conocieron preferían mantener en silencio. Porque los propósitos vitales en pocas ocasiones se benefician del sonido que satisface la curiosidad de los oyentes. Por supuesto que las palabras se lo confieren. Las lenguas no pueden prescindir del sonido, como el aire no puede renunciar al oxígeno. Pero los deseos, los útiles e irrenunciables, suelen limitarse a las palabras que pronuncia en un lugar equidistante a la garganta y a los oídos quien reflexiona, sin abrir la boca, sin que el aire salga de ella. Para que su eco suene alto y claro en la bóveda del cráneo.

     Ignoro dónde pudo estar la causa del desenlace, pero lo cierto es que durante los días siguientes a la llegada del extraño pájaro la vieron merodear al borde de un precipicio, muy apartado, al que entre los circasianos solo se llegaba por voluntad propia, no porque el lugar invitara al paseo, no porque lo sentenciara el estado. Conjeturo que fuera un maleficio cargado por la mirada del basilisco. Las maldiciones las impulsan las palabras. Pero tienen un alcance limitado, el que tiene el sonido. Los maleficios los dispara mucho mejor la vista, de un alcance muy superior en las distancias cortas, sin que apenas sean percibidos, sin que nadie sea consciente de que han sido activados. Como todas las ideas, que toman su energía de las neuronas, los maleficios permanecen flotando en el aire si nadie los consume, por demanda positiva, haya sido o no prescrita su absorción, o por azar consecuente al agotamiento de las defensas propias; solo que con más fuerza, porque vagan cargados con la proteína que les proporciona el odio, la reserva biológica de la ira. Es muy probable que el maleficio del que aquella buena mujer fuera víctima hubiera sido enunciado en los términos que quitan el sueño, y fuera el insomnio el que pudo llevarla al final.

     Del pájaro no quedaba ni rastro. Volaría sin control en un mundo que desconocía. El futuro lo amenazaba con un cataclismo. Tramitó por vía de urgencia su cesantía. Calculando con el tiempo de vida que le quedaría y los ahorros de los que disponía, decidió ponerse a salvo, y de nuevo se lanzó a la mar, solo que esta vez en un arca metió a Pushkin, a Dostoyevski y, sin olvidar a Goncharov, sobre todo a Gogol. Nunca más volvió a interesarse por pájaro alguno.


Contratiempos

Redacción

Las rogativas estaban autorizadas por siglos de cultura. En la época moderna se habían concentrado en la agraria, a la que se habían incorporado como uno de sus recursos, a la misma altura de todos los que se agregaban en el sistema, como cualquiera de ellos resultado de una prolongada tradición. Invariablemente, cuando la adversidad meteorológica se juzgaba extrema, se respondía con rogativas, con el fin expreso de orientar el tiempo atmosférico en favor de las sementeras.

     Mediaba diciembre de 1749 cuando en un templo de la capital, ante un crucifijo que era objeto de especial devoción, se concentraron los primeros inquietos por cómo el tiempo estaba actuando aquel otoño. La misericordia divina quiso que poco después lloviera algo. El ayuntamiento de la ciudad creyó conveniente solicitar del cabildo catedralicio que organizara una procesión de acción de gracias, en vista de que la divinidad parecía atender las oraciones que desde la tierra se le dirigían. Pretendía que la comitiva hiciera estación en lugares donde más devotos de toda clase solían concentrarse, como una ermita localizada en uno de los barrios más habitados, y terminara ante el crucifijo que tan eficaz mediador había sido. Pero el gobierno de la catedral no creyó oportuno proceder de este modo. Pensaba que aún no estaba satisfecha la necesidad, y a su favor señalaba como prueba que en distintos lugares otras rogativas seguían promoviéndose. En modo alguno le parecía aconsejable ignorar una corriente que apenas empezaba a crecer.

     Mientras tanto, en algunas poblaciones de la región también organizaban rogativas bajo idéntica inspiración, aunque en ellas, donde todo ocurría con más severidad y más orden, y las iniciativas no tenían fisuras, al menos aparentes, se concentraban en imágenes de reconocido prestigio en esta materia.

     Hecho el inventario de las calamidades que a fines de 1749 se padecían, porque las lluvias se habían retrasado, una autoridad local dejó constancia de que no tenía en esta ni en otras esterilidades o conflictos otro asilo para su remedio y consuelo que el amparo de la milagrosísima imagen de la Virgen santísima su patrona, de cuya benignidad había merecido siempre la grave intercesión con la divina majestad de su santísimo Hijo para el logro de sus beneficios y el de aplacar su justicia. Para impetrar la soberana intercesión de tan milagrosísima imagen decidió hacer una procesión en rogativa, pasando en la forma acostumbrada al lugar donde recibía culto, extramuros de la población, donde se hallaba depositado tan divino simulacro. Un regidor acordó con el vicario eclesiástico el día de la procesión, y los dos cabildos, el civil y el del clero, encauzaron la participación en ella de las corporaciones ciudadanas. A los pocos días la procesión tuvo lugar. Por el momento, con esto fue suficiente para que quedaran satisfechos los primeros accesos de piedad que el retraso de las lluvias allí provocaba.

     Pero para comienzos de 1750 los responsables del mismo gobierno local se habían convencido de que la rigurosa situación que se vivía convocaba la devoción, que dirigía sus clamores a la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, por lo que decidieron convocar una reunión para que se votara su traslado a la población desde el lugar donde tenía su sede. Cuando ya se estaba confiriendo sobre este asunto, quien presidía la reunión creyó conveniente dejar constancia de que, aun sin haber llegado a tratar que la imagen fuera trasladada, sino solamente con haberlo imaginado, los campos de la población habían conseguido un copioso rocío. El portento había sucedido justo cuando se pensó trasladar la imagen si no se experimentara el alivio que tanto deseaban. Teniendo en cuenta este beneficio, porque no cabía dudar que fuera obra de su poderoso patrocinio, suplicó a la asamblea que demostrara su agradecimiento en acción de gracias por tan singular socorro. La institución, a su vez, le agradeció su celo, y por supuesto, en justa recompensa por el sumo beneficio recibido, gracias a la intercesión de Nuestra Señora, acordó promover la procesión general con la imagen que se había previsto, cuyos gastos correrían a cargo de los capitulares. A ella sería convocado el clero de la población, en la forma que creyera conveniente la primera autoridad local.

     En la capital no ocurrió algo muy diferente. Aunque ni las rogativas de diciembre ni las oraciones de las muchas almas justas que en las públicas calamidades se interesaron por el socorro del cielo pudieron ahora ablandarlo, y había entrado el año con las muestras de esterilidad consiguiente a la falta de lluvias, el efecto no previsto de este impulso de la devoción fue que a fines del mes de enero de 1750 también hubo lluvias, si bien de una intensidad que se equiparó a las precedentes. Por eso, el 23 de enero, en una reunión extraordinaria que celebraba el cabildo de la catedral, también fue necesario reconocer que la majestad divina se había dignado remediar la necesidad que había por la falta de agua, por lo que creyeron debido tributar gracias por tan gran beneficio. Fue del parecer de los reunidos que en el día de la fecha, durante el que, según lo previsto, iba a celebrarse una procesión, se entonase en la última nave un tedeum, y que al tiempo repicara la torre, para luego terminar en el altar mayor, con el fin de que se dijeran allí las oraciones acostumbradas pro gratiarum actione, y de este modo concluyera la rogativa que se hacía todos los días.

Discurrieran con más o menos fortuna las precedentes, en 1750 las rogativas alcanzaron en la capital su grado más alto a fines de febrero, un estado de excitación de la piedad que se mantuvo durante todo el mes de marzo.

     El cabildo catedralicio, terminando febrero, decidió hacer las rogativas que venía celebrando en el altar mayor del primer templo de la región después de la misa de tercia al santísimo. Bastaría con que en la celebración eucarística se dijera la coleta ad petendam pluviam, excepto los días de primera clase. De la misma forma se actuaría en las capillas de la catedral. Esta fue la causa de que a partir de la tarde de la jornada en la que se tomó esta decisión se hiciera rogativa en todas las misas y, en la forma acostumbrada en ocasiones similares, estación a la capilla donde recibía culto una imagen de Santa María que era objeto de particular devoción en estos casos.

     La misma corporación, a renglón seguido, encargó a sus diputados de ceremonias que propusieran, de acuerdo con lo que se había hecho otras veces, qué demostración pública les parecía adecuada para corresponder a la necesidad de lluvias. De todas las precedentes, la diputación de ceremonias prefirió tomar como referencia la más próxima, de la cual con facilidad pudo encontrar la documentación que avalara sus propuestas. Pocos días después, el cabildo catedralicio recibió su informe, en el que proponía que el siguiente lunes por la tarde, con asistencia de la universidad de beneficiados, clero y cruces, se hiciera una procesión general de rogativas con la imagen principal del templo. El desfile debía tener el mismo aparato y acompañamiento que se usaba el 15 de agosto, día de la fiesta anual de la imagen que iba a salir en procesión. Para que todo se mantuviera dentro de lo previsto actuaría como su preste un señor dignidad, asistido por los diáconos de semana, para su gobierno fueron nombrados diputados del cabildo catedralicio y, con el fin de sufragar los gastos, la fábrica decidió librar a la capilla real lo mismo que se empleaba en los actos del 15 de agosto. Acordado que así se procedería, se informó al titular de la sede y a la autoridad civil, por si creyeran oportuno asistir. Al provisor se le notificó el acuerdo, para que convocara a beneficiados, clero y cruces, y el maestro de ceremonias avisó del día y la hora decididos al capellán mayor de la capilla real y a los alcaldes de la hermandad del santísimo, para que también asistieran, como lo hacían en ocasiones semejantes; y a los maestro de capilla, sochantre, comendador, veedor y demás ministros de la catedral.

     Por los mismos días de fines de febrero, la corporación municipal de una de las poblaciones con rango de centro de comarca fue al lugar donde recibía culto la imagen de Santa María en la que había decidido concentrar su iniciativa piadosa. Lo hacía para cumplir con un voto anual precedente, asistir a una misa cantada ante aquella imagen en honor del santo en cuyo día precisamente la población, en una situación similar a la que entonces se estaba viviendo, mereció el beneficio de las aguas. Como la adversidad del tiempo persistía, aprovechando aquel aniversario, por iniciativa del procurador mayor se convocó una reunión del órgano de gobierno del municipio para deliberar sobre la conveniencia de llevar la milagrosísima imagen de Nuestra Señora hasta la población, y así conseguir el socorro del que tanto necesitaban los campos propios y los de la comarca.

     Al día siguiente, durante la reunión prevista, se aceptó que en todas las ocasiones de necesidad que la población había padecido, gracias a la mediación de la imagen de la que se trataba se había experimentado el beneficio de la salud pública y de las aguas necesarias para las mieses de los campos. De ahí que para remediar la necesidad de lluvias que en aquel momento se sufría acordaran que se llevara en procesión general, desde su iglesia a la mayor de la población. Con este fin convocaron al clero, a las órdenes religiosas en ella establecidas y a las hermandades que en ella existían. Era su propósito, una vez colocada la imagen en el altar mayor de la parroquia, que ante ella se celebraran nueve fiestas y rogativas, más cuantas a iniciativa de los piadosos corazones fueran necesarias, para que por su patrocinio e intercesión se alcanzara de la infinita piedad alivio en la extrema necesidad de aguas que se padecía; de la divina misericordia, las lluvias que se deseaban para la fecundidad de los campos. Una vez que hubieran terminado, la imagen se restituiría a su iglesia con la misma solemnidad y con la acostumbrada asistencia de la asamblea de gobierno de la ciudad. Para ver satisfechos sus deseos, de entre sus miembros nombró dos diputados.

     A primeros de marzo el cabildo catedralicio recibió a la diputación de la autoridad civil de la capital que correspondía a la invitación que le había remitido. Se mostró dispuesta a asistir con rueda entera a la procesión en la que se iba a sacar a la imagen elegida por los canónigos, para que por su intercesión se apiadase la divina justicia, usando de sus misericordias, y enviara el rocío general que tanto se necesitaba. El cabildo catedralicio reconoció la cortesía y, como preparación a la solemnidad prevista, durante tres noches, después de maitines, cerradas las puertas de la catedral, organizó procesiones que partían de las últimas naves. A ellas asistieron, además de los fieles que respondían a la convocatoria, el propio cabildo y ministros, que cantaban las letanías de los santos, mientras la torre tocaba a rogativa, pero no mujeres, cuya entrada en el templo para aquellos actos a deshoras fue prohibida. Finalizaron todos aquellos desfiles de clausura ante el altar mayor, descubierto el santísimo, con las preces ad petendam pluviam.

Estaba terminando la primera década de marzo cuando se celebró la procesión prevista por el clero de la catedral. No fue necesario que durante la mañana del día señalado hubiera novedad alguna, si bien, como había de hacerse luego procesión de rogativa, aquel día se omitió la que se estaba haciendo a la imagen a la que se le prestaba una atención especial en aquellas ocasiones.

     La ceremonia, una vez preparado el altar mayor de primera clase y de morado, empezó dadas las doce del día. Primero desde la torre se tocó para convocar a las cruces. A continuación, campana y esquila de la tarde tocaron de dos y media a tres, de modo que, empezada la esquila, se dio un toque de segunda clase para llamar al clero. La procesión obligaba a los capitulares y ministros catedralicios con pena de medio día. Disciplinadamente, los canónigos concurrieron al coro de la catedral vestido con las sobrepellices y dijeron las completas, tras las cuales cantaron los maitines. Concluidos, las campanas tocaron un pino de primera clase para convocar a la ciudad. Antes de salir la procesión, después de las preces, a la imagen se le cantó al menos un motete y una oración, al tiempo que se la turificaba.

     Formaron el desfile, bajo la presidencia de la máxima autoridad episcopal, además del cabildo catedralicio, los capellanes reales, la hermandad del santísimo y representaciones de órdenes religiosas y del clero secular, y es de suponer que a la comitiva se añadirían al menos los delegados por la ciudad. El cabildo, que acompañaba la procesión con las sobrepellices que vestía desde que concurriera a completas, iba cantando las letanías de los santos ateniéndose al estilo con que se cantan en las rogaciones, empezando en el coro y terminando en la capilla real. Para engrosar la salmodia, el sochantre había nombrado ministros que así mismo cantaran las letanías entre el clero en el coro.

     La procesión discurrió por las gradas de la catedral, siguiendo la línea que marcaba su nivel más bajo. Salió y entró por la misma puerta sin hacer estaciones, y mientras duró se tocó en la torre a rogativa. En determinados lugares del trayecto algunos jesuitas se habían apostado con el fin de llamar a los concurrentes a que hicieran penitencia. La severidad de aquel acto resultó más llamativa porque coadministrador y autoridades civiles, de común acuerdo, habían prohibido que en el trayecto de la procesión hubiera puestos de comidas y bebidas. Finalizó el acto en la capilla real con las preces y oraciones del ritual romano ad petendam pluviam, cantadas igualmente por el cabildo catedralicio. Aquella misma noche los jesuitas que habían arengado a los espectadores de la procesión, en uno de los barrios de la ciudad predicaron a los hombres que se habían reunido en sus templos.

En la tarde de un jueves de primeros de marzo, el gobierno de la población aludida, para cumplir con su acuerdo de fines de febrero anterior, salió de su iglesia mayor en procesión general de rogativa. También concurrieron a ella el clero y las hermandades, y se dirigió a la iglesia del monasterio donde estaba la imagen que concentraba la iniciativa piadosa. Ya en ella, su vicario, por ausencia del padre prior, por sí, y en nombre de la comunidad, requirió al gobierno de la población.

     En aquellas circunstancias, tomar posesión de la imagen, tal como este se había propuesto, obligaba a unas formalidades cuya descripción permite reconstruir al menos una parte de los ritos que pudieron sacralizar este tipo de transacciones, así como el celo que despertaba el dominio sobre una imagen en momentos como aquellos. A sus dos comisionados, la corporación había otorgado el poder necesario para que firmaran la escritura que para semejantes transferencias se acostumbraba, llamada de pleito homenaje, un arcaísmo que pretendía asemejar el acto al de fidelidad que se debía a un señor. El vicario del monasterio, al requerir al gobierno de la población tomaba la iniciativa formal para que quienes había diputado el gobierno local la otorgaran.

     La corporación se manifestó dispuesta a cumplir con este requisito. Pasaron a la capilla mayor del monasterio el corregidor y los regidores diputados para el acto y, de rodillas ante la imagen objeto de la transferencia, las manos de los diputados puestas entre las del corregidor, firmaron el documento por el que se obligaban a restituir a la iglesia del monasterio la milagrosa imagen, concluido el novenario. Prometieron, como caballeros hijosdalgo notorios, de casa y solar conocidos, una, dos y tres veces, y las demás en derecho necesarias, según fuero y leyes de España, llevar en procesión general la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, colocarla en el altar mayor de la parroquia primera de la población y en ella celebrar el novenario de fiestas y rogativas que el municipio había decidido, y todas a las que concurriera la devoción. También se obligaron, concluidas estas, a que fuera restituida la imagen a su iglesia con la misma suntuosidad, y entregada al padre vicario y su comunidad. Para el cumplimiento de todo dieron y empeñaron palabra como caballeros hijosdalgo, bajo la pena, en caso de infringirla, de caer e incurrir en la que caen e incurren los caballeros hijosdalgo notorios que no cumplen en todo lo que prometen en las escrituras de pleito homenaje. Satisfecha esta formalidad, el fraile se declaró dispuesto por sí y su comunidad a entregar la milagrosa reliquia.

     La historiografía de las poblaciones de tamaño medio tiene su origen en la época moderna. Muy probablemente sea un producto de la cultura que hizo posible el deseo de rescatar, de manera consciente, la antigüedad. Los textos genuinos agregaron las primeras formas de la arqueología, que en aquella época fueron conocidas con el nombre colectivo de antigüedades, una limitada recepción de narraciones, una recopilación de biografías de varones ilustres de la población y una historia sacra, preocupada sobre todo por el origen de las instituciones religiosas activas en el lugar. Todo el relato estaba inspirado por el principio narrativo sublime, tanto para la detección de los antecedentes más remotos como para explicar las fundaciones piadosas o los singulares actos que probaban la grandeza personal. El comportamiento noble, único capaz de generar cuanto fuera digno de memoria, era el mismo que justificaba la hidalguía. En ese lugar encontraron su medio para propagar su manera de concebir sus obligaciones cívicas quienes actuaron ateniéndose a este tipo de culto a las principales imágenes de una población, objeto de las promociones religiosas con más posibilidades y representación por sí mismas de virtudes singulares.

Un domingo de marzo por la tarde, a punto de terminar la primera década del mes, se celebró otra procesión de rogativa con la milagrosa imagen de un cristo que recibía culto bajo una advocación concentrada en lo que a todos estaba preocupando, desde la ermita donde la tenían colocada hasta la iglesia mayor de su población. Como las demás que aquellos días se organizaban, la razón del traslado era la esterilidad que los campos padecían como consecuencia de la falta de lluvias. En respuesta al convite hecho por una hermandad establecida en la misma ermita, cuya titular era una imagen de Santa María, constituida bajo un título igualmente adecuado a las circunstancias que se estaban viviendo, a ella asistió el gobierno del municipio.

     Una vez el cristo en la población, como varios devotos suyos habían tenido la iniciativa de costear un novenario con misa cantada y sermón diario, fue necesario que permaneciera en la iglesia mayor durante los días siguientes. Actuando así, sus promotores deseaban implorar el auxilio divino, para que concediera la lluvia que tanto se deseaba para el beneficio común. El gobierno municipal, convencido de que la institución debía tratar con preferencia los deseos y afectos de los devotos, más aún en la estación que se vivía, en atención a tan justo y debido culto, acordó, en sesión celebrada después de la procesión, que el último día del novenario se hiciera por su cuenta la fiesta con misa y sermón y lo demás correspondiente. La imagen permaneció en la iglesia mayor durante aquellos días, y el último, asimismo con asistencia de representantes del municipio, otra procesión de rogativa durante la tarde la devolvió a su ermita, donde fue colocada en el lugar donde solía recibir culto.

     Mediado ya marzo, donde para disponer de una imagen de Santa María había sido necesario otorgar escritura de su cesión, una vez trasladada a la iglesia mayor se habían celebrado doce rogativas ante ella, todas las que la devoción municipal y de varios gremios le había ofrecido. Sin embargo, una vez finalizada la función celebrada del que resultó ser último día de rogativas, el gobierno de la población se reunió en la sacristía de la iglesia mayor para constatar que, después de tan repetidos cultos y devotas rogativas, persistía la esterilidad que se padecía en los contornos, y no se había experimentado el beneficio de las aguas, razones por las que aumentaban las fatigas de la población. Admitieron la justa indignación de la majestad suprema, de la que pensaron que se hallaba ofendida con la suma de culpas que incesantemente se cometían por los pecadores. No obstante, tenían entera confianza en la mediación de su divina patrona. Esperaban que teniéndola algún tiempo más en la iglesia mayor, continuando las rogativas y las súplicas de la población, se lograría de la majestad suprema el beneficio tan deseado. Con la aprobación del prior del monasterio depositario de la imagen, que estaba presente, decidieron que continuara el divino simulacro de Nuestra Señora en la iglesia mayor hasta el último día de la pascua de resurrección, que coincidiría con el último día de marzo, tiempo durante el que seguirían sus cultos. El padre prior estuvo de acuerdo con que así se procediera bajo la condición de que se reiterara la escritura de pleito homenaje suscrita a primeros de mes, lo que hubo de ejecutarse de inmediato.

     A punto de concluir la primera parte del ciclo de las rogativas en la capital, en su primer templo se seguían celebrando. Tal como se había propuesto de nuevo, su cabildo organizó actos de penitencia a puerta cerrada, solo para hombres, durante tres noches de mediados de marzo, las de los días 16, 17 y 18. Después de maitines, por las últimas naves del edificio, otra vez se organizaba la procesión. Una dignidad del cabildo llevaba la reliquia del lignum crucis, y junto a ella un coro de canónigos cantaba la letanía de los santos, que los asistentes repetían. Cuando la procesión llegaba al altar mayor, se manifestaba la majestad en el sagrario y se recitaban las preces de rigor, para acabar con el canto del tantum ergo. A juicio del analista de la capital, gracias a aquellos devotísimos actos, desde el primer día, se hizo notar que el tiempo había empezado a moverse.

     A partir del domingo siguiente, la autoridad civil también se prodigó en este tipo de actividades. Además de visitar una imagen de Nuestra Señora, decidió asistir regularmente a las rogativas que en la catedral seguían celebrándose, actitud en la que se mantuvo hasta finales del mes siguiente. De acuerdo con los escribanos públicos, los judiciales y la universidad de corredores de lonja, concurrió a otra de las parroquias de la capital para solicitar la mediación de la patrona del municipio. Allí celebraron misa votiva y fue pronunciado un sermón, en el que el orador llamó a la penitencia y a la devoción a Santa María.

     Pero no toda la actividad piadosa de la capital se daba cita en el primer templo de la región. Por los mismos días de marzo, de uno que era sede parroquial salió en procesión una imagen de Nuestra Señora, venerada bajo una advocación igualmente concordante con la situación que se estaba viviendo. La acompañaban dos hermandades, también fundadas acogiéndose a la advocación mariana, y costeó la cera otra más, y fueron en la procesión los corporativos del santísimo y el clero y cabildo de la parroquia.

     Ya de noche, una cofradía sacó en procesión su imagen del nazareno en un paso de semana santa desde el templo donde tenía su sede. Cuando el desfile alcanzó la plaza ante el edificio del cabildo civil fue pronunciado el sermón correspondiente. Y también por la noche otra hermandad, establecida en otra de las parroquias, llevó su simpecado primero a un convento de monjas y después a otro donde se celebraba rogativa. En el templo de una tercera parroquia, situada en uno de los barrios con mayor población, comenzó una novena de rogativas, y con este motivo los frailes de un convento dominico y una cofradía cuyo titular era un cristo, de nuevo bajo la recurrente advocación concordante con las circunstancias, llevaron en procesión la imagen.

Las rogativas estaban siendo tan estimuladas que llegó el momento en que cobraron un impulso tal que nada pudo detenerlas antes de alcanzar el paroxismo. Aunque alguno de nuestros informantes cree que por la multitud de estas penitencias se viene en conocimiento de lo grave de la calamidad, su frecuencia, según las mismas fuentes, dio motivo a varios desórdenes, no siendo el menor lo extraño y singular de algunas mortificaciones. Durante los días que restaban de marzo las demostraciones de laceración que exhibieron en público quienes por penitencia se humillaban llegaron al exceso. Se puede imaginar parte de aquellas formas radicales de la penitencia gracias a la persistencia de la indumentaria reservada al ejercicio de la mortificación extrema que fue utilizada durante siglos en las procesiones públicas. Permite identificar con certeza al menos dos de sus especies, los disciplinantes y los empalados. Cada uno depurado por su propia tradición, ambos  respondían al tipo genérico llamado penitentes de sangre.

     Los disciplinantes son los más conocidos. En las procesiones públicas cubrían su cabeza con un capirote blanco, que al mismo tiempo les ocultaba la cara, y vestían una túnica, también de color blanco, que dejaba al descubierto la espalda. Formando círculos o filas, unos a otros se azotaban y herían con un látigo normalmente de hilo. Blanco White, atento observador de la especie, quien los sitúa unos veinticinco años después de la fecha de nuestro interés, los refiere como gente bañada en su propia sangre que procedía de lo más abyecto de las clases bajas. Descubre que antes de incorporarse a la procesión se herían la espalda, y ya en ella se azotaban unos a otros con disciplinas hasta hacer que la sangre corriera por sus hábitos. Estaba muy extendida la idea de que este acto de penitencia tenía al mismo tiempo un excelente efecto sobre la constitución física; y mientras por un lado la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión todavía más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las robustas beldades de las clases humildes.

     El empalado, en contra de lo que ocurriera con los disciplinantes, ha sobrevivido, aunque en condiciones endémicas. Fuentes etnográficas permiten identificarlo como un varón que desde la cintura se cubre con una vestidura talar sobre la que sobrepone un faldellín de encajes de las mismas dimensiones. Va descalzo, y sobre el cuello sostiene un palo recto y largo, al que se han fijado sus brazos con una cuerda gruesa y basta que rodea palo y brazos con cuidado, para no dejar ver ni una ni otra cosa, ni siquiera las manos. Con idéntico procedimiento y una cuerda del mismo tipo, el tórax se recubre en toda su superficie hasta la altura de las axilas, directamente sobre la piel. La imagen que así se obtiene es la de un crucificado. Sobre los dos brazos mantenidos en horizontal cae un largo encaje a modo de sudario, que pasa de un lado a otro por la espalda del empalado. De ambos brazos, atados con cuerdas más finas, cuelgan unos instrumentos de hierro, que pueden ser tenazas o similares, evocadores de los atributos de la pasión. Cabeza y rostro del individuo van cubiertas con un velo, también de encaje. Si bien oculta los detalles del rostro, deja apreciar con nitidez sus rasgos esenciales. Sobre el velo, encajada en la cabeza, lleva una guirnalda trenzada con ramos y flores, cerrada sobre sí misma, que recuerda la corona de espinas.

     A fines del primer tercio del siglo décimo séptimo, Arguijo describió un personaje muy similar transitando por las calles de la capital un viernes santo poco antes del sol puesto. Aunque en su indumentaria haya alguna diferencia con respecto al que ha sobrevivido, no puede haber dudas sobre su identidad y sobre su ascendencia. Según aquel, iba desnudo de cintura arriba, con unos calzoncillos de lienzo, una soga de esparto al cuello y amarrados los brazos con ella y una barra de hierro. siglo décimo séptimo, y otras que certifican sus persistencia en pleno siglo vigésimo, se puede presumir que a mediados del siglo décimo octavo estaba vigente, y que, junto con los disciplinantes que impresionaban con sus hemorragias, pudo ser uno de los personajes dramáticos que incrementaron la fuerza de las rogativas de aquel año.

     Probablemente la emulación y las pasiones tendrían una parte de responsabilidad en el giro que estaban dando. Pero lo que consta por las crónicas es que fueron las órdenes religiosas, que compitieron entre sí por rentabilizar la situación que se había creado, las que más contribuyeron a que la pasión piadosa se desbordara. A la vanguardia de esta nueva corriente actuaron los jesuitas. Organizados en misión, y apoyados por el clero de las parroquias, llamaron a la penitencia en los barrios más poblados de la capital, en cuyos templos, pronunciando sermones, prolongaron su actividad durante las tardes de un par de días. Sin embargo, el exceso en las penitencias no parece que fuera responsabilidad directa de esta iniciativa. En la noche del mismo día que los jesuitas habían tomado la decisión de promover sus misiones, los capuchinos salieron con coronas de espinas y sogas al cuello, echando saetas y jaculatorias, y en tono lúgubre cantando los salmos penitenciales. Dos farolitos pequeños abrían su procesión, y otros dos iguales alumbraban al santo cristo con que concluía. Los acompañó mucha gente hasta que se recogieron, ya las dos de la madrugada.

     Los franciscanos del convento casa grande, durante tres noches de aquellos mismos días, organizaron una procesión también presidida por un cristo. En ciertos lugares del trayecto los frailes llamaban a la reforma de las costumbres y amenazaban con un castigo más terrible que el que se padecía, que no estaría lejos. Uno que formaba parte del desfile iba coronado de espinas y llevaba una pesada cruz a cuestas, lo que movía a compasión.

     Desde una de las parroquias de la capital, una cofradía sacó en procesión su imagen de Nuestra Señora, que recorrió el barrio. También en ella iban frailes capuchinos, quienes, tras presentarse con instrumentos de varias penitencias, a lo largo del trayecto pronunciaron sermones. En otra parroquia, otra hermandad de Nuestra Señora sacó en procesión su imagen, esta vez acompañada por los mercedarios descalzos de San José, cuyos individuos se presentaron con distintas mortificaciones. En la parroquia anexa a la catedral, cuando terminaba la segunda década de marzo, y durante seis noches, aprovechando el rosario que allí todos los días se celebraba al atardecer, hubo pláticas y disciplinas. Y todavía tuvieron lugar otras muchas procesiones con penitencias públicas y secretas, algunas de las cuales iban en estación a la Cruz del Campo.

     Aquellas manifestaciones radicales de penitencia fueron razón suficiente para que la máxima autoridad eclesiástica, ya comenzada la primavera de 1750, finalmente decidiera prohibir las procesiones de rogativas, a pesar de lo cual los rosarios de la capital mantuvieron las suyas. Los miembros de uno de ellos, vinculado a la primera casa de los dominicos, durante nueve noches todavía hicieron estación a distintas iglesias, aunque en ellas, una vez que el episcopado romano había tomado aquella decisión, solo fueron pronunciadas pláticas. También la autoridad municipal de la primera ciudad de la región, precedida por los alguaciles de los veinte, y contando de nuevo con los escribanos y los corredores de lonja, como penitencia todavía acordó ir  andando hasta el lugar donde recibía culto cierto cristo. Sin embargo, esta decisión fue modificada por una circunstancia que tal vez facilitó que fuera, antes que otro estímulo a los comportamientos extremos, el catalizador que precipitara la inversión del curso que antes habían tomado. A los pocos días de que el cuerpo civil de la capital acordara ir hasta el mencionado cristo empezó a llover. Fue razón suficiente para que a continuación una hermandad de Nuestra Señora, a la que ahora se adhirieron los frailes agustinos, otra vez promoviera, en vez de más penitencias, funciones de acción de gracias por el beneficio recibido.

En las poblaciones de la región, mientras tanto, todo discurría de manera más sosegada, aunque sin que tampoco en ellas faltara la interferencia de las órdenes del clero regular, que desde mediados del invierno insistentemente refractaban las rogativas.

     Estaba terminando marzo y era domingo de ramos. Para la tarde de aquel día una comunidad de clero masculino había organizado una rogativa a una milagrosa y santa imagen de Nuestra Señora, asimismo objeto de gran devoción, que recibía culto en su convento, situado, tal como era común en estos casos, extramuros de aquella población. Habían previsto un acto en dos partes, primero un sermón y luego el habitual desfile con la imagen. Con el propósito de que asistiera a ambos, habían invitado al cabildo municipal, y este efectivamente acudió. En el transcurso del sermón, aprovechando su presencia, el predicador recordó al municipio que desde antiguo estaba obligado a la mayor veneración, devoción y culto de la santa imagen a la que en aquel momento se le rogaba.

     A la vuelta de la procesión, llegada la hora del toque de la campana para la oración del ave María, el gobierno del municipio se reunió en las casas capitulares. Por experiencia sabía el patrocinio y la protección que concedía la Virgen en aquella milagrosa imagen, como testimoniaban tanto sus fieles de la población como los de todos los reinos de Castilla, e incluso los sujetos a su corona en el Nuevo Mundo. Aceptó por tanto la obligación con la que le había conminado el predicador, y por unanimidad votó corresponder a ella satisfaciendo un deseo concebido días antes, nombrar su compatrona a Nuestra Señora la Virgen María venerada en aquella imagen. En aquel asunto los capitulares actuaban inspirados por la firme esperanza de que por este medio conseguirían, tanto ellos como la población, dulce y eficaz patrocinio para el acierto y el beneficio común y particular, y logro de las consolaciones que tanto necesitaban; especialmente en la aflicción que vivían, ocasionada por la falta de agua que desde hacía tanto tiempo padecían, de tal magnitud que hacía temer que, si no se conseguía pronta y piadosa providencia divina, habría general pérdida de todas las sementeras, ganados y frutos. De este modo, en aquellos excepcionales momentos, se consumó un patronazgo, una forma muy común de alimentar la identidad colectiva en las poblaciones de la época.

     Pocos años después, uno de los regidores de una de ellas teorizó que la condición de verdadero patriota se adquiría aceptando el patronazgo de una imagen mariana. Patria, entonces, ateniéndose al sentido clásico, exclusivamente se refería a la población en la que se había nacido. Luego patriotas serían todos los que compartieran esta condición natural. Ahora bien, según aquel regidor, los habría de al menos dos clases, los verdaderos y los que no lo eran. Serían los primeros los que al mismo tiempo aceptaran el patronazgo de su correspondiente imagen mariana. Quienes no lo aceptaran, sin dejar de ser patriotas, porque esta condición se adquiría por naturaleza, incurrirían en algo aún peor, la de no ser verdaderos.

     Dado que, para entonces, mediados del siglo décimo octavo, aquellas imágenes, especialmente las elegidas para que adquirieran esta condición, contaban con al menos uno o dos siglos de culto, el número de sus devotos, entre los patriotas o nacidos en un mismo lugar, tendrían que ser significativo, en cualquier caso superior al número de los que disponían de derechos políticos. Los regidores, o miembros de pleno derecho de las asambleas de gobierno locales, y los jurados, que solo tenían voz en ellas, eran los únicos elementos de la sociedad civil que al mismo tiempo poseían derechos políticos, en los que se mantenían por vía de apropiación.

     Si nos atenemos a la teoría de aquel regidor, contemporánea de los hechos que estamos analizando, cuando una cámara de gobierno local decidía designar compatrona a una imagen habría decidido compartir su dominio con ella, puesto que este era el contenido del derecho de patronato. Más allá de la apariencia simbólica de aquella decisión, con una decisión como aquella el municipio que así actuara pretendería crear consenso para su exclusiva sociedad política nutriéndose de los devotos de la imagen, quienes, gracias al poder que a esta le reconocieran, automáticamente se lo concederían. La extensión del vínculo de identidad, o condición de verdadero patriota a todos los devotos, que tendría ser automática por el hecho de ser devoto, en la medida en que lo aceptaran los convertiría en sujetos a la exclusiva sociedad política limitada a regidores y jurados, sin que al mismo tiempo dispusieran de los derechos que eran inherentes a quienes formaban parte de ella.

     En aquel estado de calculado fervor, tras insistir en su deseo de servir más a Dios Nuestro Señor y reverenciar a Nuestra Señora la Virgen María, aquel municipio también acordó que, si en toda la santa semana que aquel día empezaba no se conseguía el beneficio de la deseada y congruente lluvia, se continuaría la rogativa comenzada con una procesión que llevara la imagen a la iglesia mayor, en donde se le haría una fiesta con la decencia correspondiente. La procesión tendría lugar el segundo día de la inmediata pascua de resurrección por la tarde, y en el siguiente la fiesta, a costa de todos los miembros del cabildo, según la devoción y facultades de cada uno, considerando no obstante el atraso tan grande y notorio de los propios. Para dar cuenta del voto que se había comprometido, al provincial de la orden en cuyo convento estaba la imagen, que residía en él, a su padre corrector y a toda la comunidad, así como para cuidar de la procesión y fiesta decididas, fueron nombrados como diputados dos regidores.

     Ya a primeros de abril, más de dos semanas después de otorgada la última escritura de pleito homenaje, un domingo por la tarde, el gobierno de la población donde se atenían con disciplina a estas formalidades organizó una procesión general con el clero, las órdenes religiosas y las hermandades. Llevaban en ella la milagrosísima imagen de María santísima madre de Dios y señora nuestra. Salieron de la iglesia parroquial mayor y fueron a la del monasterio extramuros donde se mantenía su culto. En la capilla mayor del monasterio el corregidor y los dos regidores para esto diputados entregaron la imagen a la comunidad que lo regentaba, y, en su nombre, al prior, quien otorgó que la recibía. El corregidor hizo, en forma de cancelación, alza y quita de la obligación contraída por los diputados en las escrituras de pleito homenaje, otorgadas a primeros de mediados de marzo. Declaró las escrituras por ningunas y rotas y que los diputados habían cumplido con la obligación que por ellas habían adquirido.

     Para entonces, las rogativas de 1750 podían darse por concluidas. Todo cuanto de ellas se podía esperar había sucedido.

No se debe precipitar el lector contemporáneo en su juicio sobre la pertinencia de las rogativas, aunque ahora estemos dispuestos a sonreír con benevolencia ante semejantes actuaciones. En años como aquel sobraban razones para comportarse del modo más comprometido, en modo alguno inconsciente, a la hora de la adversidad. Por desgracia, no hay muchos datos sobre los efectos inmediatos que en el transcurso de los meses siguientes, los de la primavera y el verano, la penitencia pública tuviera en el campo sobre el que pretendía incidir, lo que debe considerarse más un descuido de los autores de nuestras fuentes que falta de eficacia de aquellas transacciones. Pero, a pesar de la falta de información positiva, disponemos de indicios suficientes sobre cuáles pudieron ser. Conocidos los reiterados esfuerzos por modificar el discurrir adverso del tiempo, no es posible creer que de tan generosa entrega y tantas movilizaciones los explícitos beneficios temporales que de ellas se esperaban no dejaran rastro.

     En su momento, las rogativas eran percibidas como un hecho que, aparte sus beneficios espirituales, también podía provocarlos de orden económico. Evidentemente no tenían ningún efecto en el campo de la producción. Pero, así como el tiempo atmosférico era causante directo, porque a él está subordinada la supervivencia de las sementeras, las rogativas tenían demostrado que eran factor que modificaba inmediatamente el comportamiento de los precios del grano. Bastaba su convocatoria para que los precios de los cereales panificables subieran.

     Probablemente sería un exceso concederles toda la responsabilidad directa sobre algo que por sí mismo disponía de medios más que suficientes para alentar toda clase de oscilaciones en cualquiera de las direcciones deseadas por quienes participaran en aquellos mercados. En la época todos los interesados en su mercado eran conscientes de que la evolución del precio del trigo cada año se podía estimar con antelación. No hacía falta más que tener en cuenta el curso de las cotizaciones en los tiempos anteriores y corrientes. Perceptores de renta en especie, vendedores de grano, trabajadores agrícolas y consumidores urbanos, todos muy sensibles a todas las oscilaciones de los precios de los cereales, harían sus apuestas sobre el signo y el valor de los siguientes de acuerdo con el comportamiento de los anteriores del ciclo, en el que por experiencia sabían que estaban atrapados. Cada año, porque todos tenían una expectativa sobre el comportamiento futuro de aquellos precios, cada cual utilizaría todos los medios a su alcance para conseguir que su comportamiento le fuera el más favorable.

     Han sido ensayados distintos procedimientos estadísticos para reconstruir estas esforzadas voluntades, y ninguno ha podido ignorar, completada la observación de los precios efectivos, que no hay modo de representar con una sola imagen un único orden armónico que las evoque al menos transitoriamente compatibles. A decir de los observadores más críticos, bastaba, por ejemplo, que trascendieran al público instrucciones gubernamentales sobre el suministro de trigo y cebada al ejército y la armada para que el precio de los cereales subiera, porque al instante se difundía la sospecha de un previsible comportamiento acaparador de los asentistas, que a unos favorecía y a otros defraudaba. Pero sobre todo eran los tempranos anuncios de escasez los que  despertaban la esperanza en los precios mayores, que tampoco a todos satisfacían. La previsible caída de la producción, efecto inmediato de la sequía, era bastante para añadir, aun varios meses antes de que llegara el momento de la cosecha, el factor de incertidumbre que desde la primavera, cuando regularmente los precios del grano conocían sus máximos, los lanzaría de manera extraordinaria.

     Sin que nada de esto dejara de ser efectivo en cualquier ocasión, y todo tuviera sus consecuencias, aun así, nadie le puede negar a las rogativas, que tenían reservado su momento estelar entre el final del invierno y el comienzo de la primavera, el poder para liberar ciertas fuerzas que habían ganado. La autoridad regional, en pleno siglo décimo octavo, las identificó con claridad. Se me acaba de asegurar –dijo– que el ilustrísimo cabildo eclesiástico ha acordado hacer rogativas públicas, para obtener de la divina misericordia la lluvia que considera necesaria. Me ha sorprendido esta noticia, porque siendo tan notoria la influencia que tienen estas determinaciones públicas para alterar el precio del trigo, y demás abastos, creía yo que antes de determinarlas debía ser previa la solicitud del gobierno, y su conformidad. Nada hay más temible, cuando se trata del abasto del pan, que el hambre aprensiva, y esta se suscitará infaliblemente por el mero hecho de ver el pueblo se hacen rogativas públicas, porque suponen estas hallarnos amenazados de una calamidad. Por otra parte, no veo que el estado de las sementeras exija el recurso al medio extraordinario de las rogativas.

     Las previsiones que podían hacerse sobre cómo las rogativas podían repercutir en los mercados del grano, en caso de que fueran convocadas, eran tanto más certeras cuanto que sus programas habían llegado a ser igualmente reiterativos e insistentes. Poco más de diez años antes, durante el trimestre del invierno, en una de tantas poblaciones de rango medio fueron movilizadas las fuerzas necesarias para que todo ocurriera según era habitual. Llegado marzo, se acordó un novenario a un cristo y su procesión, y la corporación pública, experta y previsora, aunque participó de la iniciativa de los devotos de la imagen, decidió prever también, aparte la común rogativa para que lloviera, para el caso de que ocurrieran las deseadas lluvias, una fiesta solemne de gracias, en la que se cantara un tedeum y que se complementara con el sermón a propósito. Como, pasados los días, persistió la sequía, aparte lo que ya había previsto, optó por solicitar al arzobispo que enviara a un capuchino para que predicara una misión por las tardes durante un novenario de rogativas, y creyó conveniente, para preservar la dedicación a la penitencia, que se evitaran licencias para romerías, sobre todo a mujeres que no fueran acompañadas de sus maridos. La misma secuencia de actividades, si bien resumida, con que la que se actuó en 1750.

     Aunque las rogativas puedan reducirse a uno de los recursos agronómicos relacionados con las creencias, servido por una tradición milenaria, en pleno siglo décimo octavo habían conseguido ser algo más. Eran un medio eficaz para extender la conciencia de que los granos se encarecerían, condición que inmediatamente ayudaba a que así ocurriera. No es necesario discutir que, si algo así efectivamente pasaba, solo convenía a los que poseían grano. Pero la convocatoria de las rogativas, más allá de lo que a cada cual interesara, preparaba a todos para enfrentarse a precios altos. Entonces, como luego la publicidad, aquellas movilizaciones de devotos, que aspiraban a comprometer a patrióticas mayorías, preparaban la demanda del grano para un consumo resignado a los precios altos.

     Convocando las rogativas no es seguro que se obtuviera el benéfico efecto, pero cuando menos no era descabellado intentarlo. Allí donde se esperaba recibir los mayores beneficios de la crisis, como en la capital de la región, mercado de primer orden, porque las posibilidades para la venta del trigo eran las más extensas, las rogativas serían más tempranas y más frecuentes. Mientras tanto, en las poblaciones medias de la región, muchas de las cuales actuaban como centros comerciales de alcance comarcal de un tamaño estimable, seguirían aquel rastro, aunque con una actitud más contenida y bajo un mayor control de los medios que ponían en acción. También es probable que fuera el final del invierno el tiempo preferido para desencadenar las rogativas asociadas al comportamiento adverso del tiempo que prometía tiempos expansivos. Era un lugar común de la época que los precios del grano se iban incrementando según se iba agotando el producto precedente, más aún cuando la cosecha próxima se pronosticara deficiente justo como consecuencia de un imprevisto efecto del clima.

     Como las rogativas se habían consolidado como un recurso reservado para momentos excepcionales, el comportamiento adverso del tiempo en 1750 creó la oportunidad para comprometerse con una declaración pública de que un tiempo singular debía comenzar. Poco antes de 1750 todos reconocían la atonía de los precios de los productos de la agricultura de los cereales de la región. Se aceptaba que estaba estancada. Aquel año, ante la oportunidad que ofrecía la naturaleza, a algunos también pudo tentar el estímulo de sus precios al alza, utilizando para ello todos los medios racionales al alcance de las empresas que invertían en aquella agricultura, entre los que sin duda cumplían mejor con esa propiedad, porque tenían demostrados sus servicios, los proporcionados por las devociones. Entre los promotores de las rogativas de 1750 pudo haberlos interesados en extender entre sus semejantes el crecimiento que solo la multiplicación del precio de los abastos básicos podía originar. Su cálculo previo sobre cómo se podían a comportar los precios del trigo, si las rogativas fueran alentadas correctamente, crearía la opinión en favor de la necesidad de recurrir a tales medios estimulantes del precio. Su comportamiento previsible dentro del ciclo anual colmaría tanto fervor.

Todavía a comienzos de septiembre de 1750, cuando ya todo se hubiera consumado, el municipio que en marzo había designado como su compatrona a una imagen de Santa María decidió hacer cada año una fiesta a la imagen, con su misa mayor y su sermón, en la iglesia del convento donde recibía culto. Como el día ocho de aquel mismo mes se celebraba la natividad de la Virgen, y parecía la ocasión más oportuna para satisfacer este propósito, una vez meditadas sus decisiones, vio el gobierno de la población que ese día no era el más adecuado. Aquel día concurrían demasiadas cofradías o hermandades de los devotos al convento, que año tras año asistían primero a la función y luego a la procesión, haciéndola tan larga que terminaba a las cuatro o incluso a las seis de la tarde. Concluyeron que era preferible que el voto se cumpliera una semana más tarde, el siguiente día quince, octavo de la natividad. A la fiesta de ese día asistiría el cabildo, al menos representado por la diputación que para ello tendría que designar. Sería suficiente para que se tuviera por cumplida la fiesta acordada, sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que era la asistencia de toda la corporación, tanto por lo largo de la estación como por la grave incomodidad que en los días de la octava ocasionaban los calores. Pasado el día quince, quedó suficiente constancia de lo penoso de la estación cuando los diputados para el acto presentaron las cuentas de los gastos que la fiesta había ocasionado. Hubieron de asistir, acompañados por el escribano del municipio, durante la mañana de aquel día en un coche que les costó ocho reales. En lo sucesivo, pues, tendría que ser el día octavo de la natividad de Nuestra Señora el que cada año se reservara para que con la asistencia de la corporación se celebrara la fiesta acordada. Por el municipio fueron elegidos como diputados para cuidar y asistir a ella un regidor y el alférez mayor, que al tiempo también era regidor. Al padre principal de la provincia de la orden en la que estaba el convento, a su padre corrector y a la comunidad les entregarían copia del acuerdo, para que les constara lo que la asamblea había decidido, y por ellos fuera aceptado.


Los servicios prestados

G. Valparaíso

Los servicios que a mediados del siglo décimo octavo se prestaban a las actividades agropecuarias se concentraban en los pegujales, denominación entonces compartida por las empresas menores. En su marco el intercambio de los trabajos era el resultado de una  perentoria confluencia de carencias mutuas que estaba bastante extendida.

La roza

En los cortijos cuya superficie de más calidad se había reservado a labor propia, cuando terminaba el año agrícola precedente ya estaban emprendiendo los trabajos preparatorios de la parte de sus tierras que iban a destinar a pegujales durante la campaña que seguiría. A principios de septiembre ya estarían rozando el haza donde serían localizados. Es muy probable que estos trabajos hubieran comenzado terminando agosto, y que transcurrida una semana de actividad se iniciara su segunda fase, que se prolongaría de manera intermitente hasta fines de septiembre al menos.

     Aquel trabajo se proponía eliminar de la parcela de cultivo cualquier competencia que la vegetación espontánea pudiera oponer a la semilla de trigo que, a continuación, debía sembrarse. Aunque para fechas tan avanzadas los rastrojos, que ya habrían sido aprovechados por el ganado, como máximo durante un par de meses, podían ser las primeras víctimas de la roza, el sentido de aquel trabajo ya sería sobre todo eliminar la vegetación espontánea crecida desde la siega, que en el leguaje de la fuente simboliza el cardo silvestre, muy abundante en la zona. Por una de sus alusiones posteriores, se averigua además que del complejo de vegetación espontánea condenada también formaba parte la biznaga, otra planta xerófila, igualmente crecida mientras la tierra permanecía sin cuidados.

     Cuando se emprendía la segunda fase de la roza, consumada ya contra rastrojos, cardos y biznagas, la actividad se concentraba en tierras eriazadas, en otras que directamente eran denominadas eriazos y en parte de los barbechos que habían quedado preparados antes del verano, lo que demuestra que la decisión definitiva sobre las tierras que se pondrían en cultivo para que fueran trabajadas como pegujales, en algunos casos al menos, sobrepasaría el volumen de las que se hubieran barbechado en los meses precedentes, y que se tomaría cuando ya estaba cerca el momento de proceder a la siembra, próximo a colmar la demanda de esta clase de explotaciones. En aquellas vísperas de la nueva campaña, si era consentida la presión de los aspirantes a tierra para obtener cereales, aunque fuera en cantidades modestas, habría casas que aún optarían por la expansión, y sus responsables decidirían que una parte de las tierras mantenidas en reserva pasaran directamente del eriazo a la sementera.

     Para eliminar todo el complejo vegetal indeseado era habitual que se recurriera a un procedimiento muy primitivo, vigente durante siglos en las tierras del sudoeste. Consistía en acabar con él incendiándolo. Era muy barato y se aceptaba que a la vez era fertilizante del cultivo posterior por obra de la ceniza que quedaba sobre la parcela. Probablemente era un sucedáneo del abonado, y más aún una coartada para no invertir en estiércol, un suministro caro, de aplicación selectiva, sobre todo por los gastos a los que obligaba su transporte a la parcela que se quería potenciar. Que tal vez se actuara de esta manera tan expeditiva permite sospecharlo la cantidad de esfuerzo que se invertiría en este trabajo, solo la que sumara a diario una frágil cuadrilla, compuesta por un manijero y entre uno y cuatro jornaleros, durante el tiempo que se prolongara la actividad, aproximadamente un mes.

     Gracias a esta práctica, podemos estar seguros de que la roza era un trabajo que necesitaban los pegujales, pero que no era un servicio que prestaran campesinos a campesinos. No constan documentos que demuestren que fuera contratado entre quienes se hubieran comprometido con medios mínimos. Su roza solo se detecta en los pegujales que estaban alojados en los cortijos que al tiempo mantuvieran labores, donde una parte de las pequeñas explotaciones eran el lote apartado para completar la remuneración del trabajo de los temporiles.

     Como el análisis de los pegujales en los cortijos con labor dominante demuestra que, además de los reservados a estos trabajadores, existirían otros cedidos a campesinos sin esa condición laboral, no se puede excluir que los trabajos de la roza de los pegujales, que se hacían al mismo tiempo que los que demandaba la labor, fueran satisfechos por la casa a todos los que a ella se hubieran acogido, recurriendo a sus abundantes medios y hombres, todos jornaleros en este caso. En la tradición de los servicios llegada a mediados del siglo décimo octavo la roza de los pegujales sería pues un trabajo servido por una labor a los campesinos acogidos a su potencia.

Las obradas

Sí eran servicios objeto de transacción entre campesinos, que ellos se interesaban por  elevar a materia de contrato entre las partes, las que se denominaban genéricamente obradas del pegujal. No todos los pegujales que se emprendieran cada año requerirían el contrato previo del servicio de las obradas, como habría los que no recurrieran a contratar rozas. Pero no caben dudas sobre que el de obradas era uno de los servicios más prestados entre semejantes.

     Obradas, en el sentido más general que autorizan los testimonios, podrían ser todos los trabajos sobre la parcela cultivada distintos y anteriores a la recolección. Este compromiso más propiamente era llamado obligación de siembra, e incluso se suscribían documentos en los que con el mismo contenido se acordaban las obradas de la siembra, lo que efectivamente las concentraba en la primera mitad de las campañas.

     En lo fundamental el servicio consistía en que el dador se comprometía a hacer la arada que necesitara la siembra, origen de la actividad productiva de los cereales, con el apero y el ganado de fuerza que tuviera. Sería la sinergia a la que con más frecuencia se recurriría para acumular, cuando se careciera o se necesitara de ellos, los medios energéticos mínimos necesarios para acometer la explotación.

     Cuando se descendía a mencionar los contenidos de aquellos trabajos se acordaban barbecho y siembra. En ocasiones no hay duda de que esta manera de expresarse hacía referencia al compromiso de satisfacer sucesivamente los trabajos tanto del barbecho como del depósito de la simiente en el surco. Con más exactitud, se comprometía el barbecho de dos hierros y la siembra, y con más aún se decía que las obradas empezarían por barbechar de dos hierros para después sembrar de otro hierro.

     No obstante, los acuerdos más descriptivos permiten saber que las obradas se descomponían, a discreción de las partes, en una prolongada serie de operaciones, cada una de las cuales podía ser objeto de prestación de servicios por separado. El acuerdo podía limitarse al barbecho, e incluso, a la vez que se acordaba barbechar, se podía comprometer solo un hierro, o podían contratarse dos hierros indeterminados. Pero cuando se contrataba de esta forma tan directa, había ocasiones en las que se trazaban con precisión la frontera que separaba las operaciones que debían incluir las obradas. Podían acordarse dos hierros de cohecho, la operación inmediatamente anterior a la siembra, o que toda obrada fuera barbechar de dos hierros de cohecho.

     El problema es que para referirse a este acuerdo a veces se podían utilizar las palabras siembra o sembrar con un sentido impropio, o al menos con una imprecisión que no siempre se puede juzgar como involuntaria, lo que injerta en el proceso de interpretación una dosis de ambigüedad que no siempre es posible resolver. Aparte su sentido preciso, es muy probable que siembra adquiriera entre los contratantes de las obradas un valor sinónimo de trabajos previos que la hacían posible. Parece que tiene este valor genérico, y que no incluye el depósito de la simiente en los surcos, cuando se acuerda que el servicio se limite a sembrar de un hierro o a sembrar el pegujal de un hierro, o que las obradas del pegujal fueran sembrar tierra de barbechos de dos hierros. Con un sentido semejante llegó a comprometerse la siembra con dos hierros en la parte de eriazo y con una en la parte de barbecho, junto y hondo, o barbechar y sembrar de tres hierros, dos de barbecho y el tercero de siembra. Sin embargo, no es posible decidir si la palabra sembrar se está utilizando en el sentido que la limita a los barbechos o en el propio que incluye enterrar la simiente cuando se comprometen dos hierros, uno de cohecho y otro de siembra, o pasar tres hierros, de los cuales dos serían de cohecho y el tercero de siembra.

     Pero, más allá de las dudas que pueda originar la ambigüedad con la que se actuaba en algunos casos, es seguro que también se contrataba por separado la siembra del pegujal en sentido propio. Era posible que el sirviente se comprometiera a las obradas de la siembra o al trabajo de sembrar, expresamente a hacer siembra y todavía más explícitamente a sembrar de trigo el pegujal. Tan interesadamente preciso podía ser este tipo de acuerdos que el servicio debido podía describirse como sembrar el pegujal en tierras que antes de acordar la relación ya han conocido el barbecho, de dos hierros exactamente.

     Cuando se acordaba la siembra, además, se hacía referencia a que era responsabilidad de los servidos aportar el trigo suficiente o poner en la besana el trigo. Cualquiera de estas precisiones parece una referencia directa a la obligación que el servido adquiría en materia de financiación de la simiente, lo que habitualmente, para esta escala de las explotaciones se hacía recurriendo al crédito en grano del pósito. Trazar con precisión la línea que separaba la inversión en materia prima de los trabajos de siembra evitaría diferencias sobre el reparto del producto obtenido, y pudo ser una cláusula derivada de otra modalidad de financiación del grano necesario, que se sumaba a la prestación de los servicios. Aunque excepcionalmente, también fue contratado que el servidor pusiera el trigo para la siembra.

     Se acordaba, en los términos más generales, que las obradas habían de hacerse durante el año en curso o, con algo más de precisión, en tiempo oportuno, aunque para una parcela se contrató que se harían a lo largo del mes de abril siguiente, mientras que en otra el trabajo de barbechar debía realizarse durante el año venidero. Cumplir con las fechas previstas para estas obligaciones, a veces, tenía cargas añadidas. Cuando un acuerdo fue suscrito, 16 de enero, en la parcela de la que se trataba había un pedazo sembrado de habas. El servidor tendría que cosecharlas en el momento que fuera conveniente para luego cumplir con las obradas comprometidas.

     En el orden que regulaba las obradas en las labores el barbecho, primer paso de la organización de la campaña siguiente, se emprendía después de la siembra. Si se trataba de las tierras destinadas a pegujales en un cortijo con labor dominante, el calendario de sus barbechos, parte de los mismos trabajos para toda la unidad de producción, se atenía a la cadencia que imponía aquella, aunque se puede sospechar que serían más ligeros. En un cortijo con labor preferente, transcurridos dos tercios de septiembre, todavía ejecutándose los trabajos de la roza, ya estaban barbechando en el haza de los pegujales. Aquel trabajo se mantuvo hasta diciembre. Sin embargo, en las tierras que serían dedicadas a los cereales en la labor, el barbecho, que podía sumar hasta cinco hierros, se prolongó hasta la primavera.

     Pero si el trabajo de las obradas era más perentorio, como pasar solo un hierro, pudo ser común en los pegujales invertir este orden. Contratadas con premura y de manera tan sucinta, harían el barbecho inmediatamente antes de la siembra, como demuestra una parte de los calendarios acordados. Tanto de apresurado e improvisado pudo tener, en una parte de los pegujales autónomos al menos, acometer la explotación, a consecuencia de que la tierra puesta a su disposición podía ser tomada directamente del espacio que antes una casa había decidido no cultivar.

     Las referencias a las fechas en las que había que cumplir con la obligación de sembrar, sin dejar de ser genéricas, eran siempre idénticamente precisas. Las parcelas había que sembrarlas en otoño, llegado el otoño, durante el otoño o en el otoño próximo. Solo excepcionalmente se hablaba de una manera tan indefinida como sembrar en el tiempo oportuno, o se recurría a una expresión aparentemente tan obvia como que la siembra había de hacerse en la próxima sementera.

     Pero el momento justo para efectuar cualquiera de las obradas que se hubieran acordado, fuera el que quisiera el calendario, era siempre el que le pareciera conveniente al servido, luego que avisara al sirviente. En un plazo de entre tres y cuatro días este debía emprenderlas sin demora alguna. Tan solo en un caso se acordó que podía transcurrir un plazo, antes de poner los arados en las tierras que había que sembrar, a contar a partir del momento del aviso, de entre seis y ocho días.

La escarda

Cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos, que sobrevivían en una posición subsidiaria a la labor prevalente, con abril llegaba la escarda. Solían ejecutarla mujeres, mientras que en otras parcelas del mismo cortijo escardaban hombres o zagalones. A lo largo de la primera mitad del mes, durante la mitad de las jornadas, un grupo de escardadoras, de un tamaño inestable, la realizó en el haza de un cortijo donde estaban concentrados los pegujales. Pero la documentación notarial también guarda silencio sobre este trabajo. En ningún momento los acuerdos para prestar servicios entre campesinos lo mencionan. Luego también sería una parte de los que las labores prestaban a los pegujales que estaban acogidos a sus cortijos.

La saca

El otro servicio que con frecuencia se prestaban los campesinos entre sí, el siguiente en el orden de las actividades que se sucedían cada ciclo, se formalizaba como obligación de sacar el pegujal. Podía estar más o menos ligado a cualquiera de los precedentes. Como los que habitualmente se intercambiaban eran dos –obradas y sacar el pegujal–, y ambos estaban muy separados en el tiempo, era posible que cualquiera contratara los dos servicios, juntos o por separado, o uno sí y otro no. Así, alguien, cuando contrató la saca, quiso que constara que este trabajo había de prestarse en un pegujal donde el barbecho ya se había ejecutado. Viceversa, la libertad de acción también permitía que se dejara constancia en algunos acuerdos de que el pegujal se sacaría por cuenta propia, una precisión que aproxima aún más a las condiciones en las que se desenvolverían los pegujales más autónomos, los que las fuentes insisten en llamar pegujales sueltos.

     Los trabajos de sacar el pegujal, que consistían en hacer todos los que requería la mies que se había recolectado en las tierras servidas, cuando se precisaban descriptivamente eran alzarlas y limpiarlas de la simiente que produjeren hasta entregarla limpia de paja, según costumbre, una secuencia del servicio que podía identificarse de modo resumido con la expresión sacar el pegujal hasta darlo limpio de pala.

     Lo más corriente, en torno a la mitad de los casos documentados, era contratar la saca del pegujal íntegramente. Pero, como ocurría con las obradas, también fueron requeridos como servicios sueltos todas las actividades relacionadas con la recolección. Se cerraron acuerdos solo por la alzada, una faena que consistía en sacar la mies de la parcela, sobre la que podía comprometerse expresamente hacerla de calidad. Otros delegaron solo la trilla del grano, otro, trillarlo y darlo limpio de pala, otro, solo darlo limpio de pala, y otro se limitó a contratar la limpia de la paja. Y objeto particular del contrato de estos servicios podía ser el fiel que se ponía en la era para fiscalizar las cantidades de grano que se fueran alzando, tal como era habitual. Alguna vez fue contratado que el servido le diera de comer.

     El calendario para sacar el pegujal era más ambiguo que el de las obradas. Se debía completar en la próxima sementera, o simplemente a su tiempo, en tiempo oportuno, lo que asimismo se podía concertar en referencia solo a la alzada. Regía también, para la ejecución efectiva del trabajo, la obligación de satisfacerlo sin demora alguna, una vez que al sirviente se le avisara. Lo iniciaría cuatro días después de avisado o, excepcionalmente, también en un plazo comprendido entre seis y ocho días, para que pudiera preparar todo lo necesario.

     Pero cuando se trataba de pegujales alojados en cortijos con labor, los servicios que se les prestaban en relación con la saca eran más completos. Incluían la siega, que comenzaba a primeros de junio y se prolongaba hasta que terminaba el mes. Para ejecutarla podía ser suficiente con un par de cuadrillas, cualquiera de ellas compuesta con un manijero y cuatro destajeros, en total diez segadores, ninguna de las cuales alteraría su composición mientras durase la faena. Ocasionalmente, en ciertos días de aquel mes, con ellas trabajaría otra cuadrilla más, un grupo de refuerzo con responsabilidades especiales, formado con hasta seis destajeros y su manijero, que al mismo tiempo se dispersaba trabajando en otras parcelas de la labor preponderante.

     Según las cuadrillas iban segando, se iban desarrollando los trabajos de la era. Ya casi mediado junio, empezaría la alzada del producto recolectado en los pegujales, de los que sacaría las gavillas una parte de las carretas de la labor, y el mismo día, con los mulos de la casa equipados con trillos, en la era se emprendería la trilla de la mies que las carretas habían transportado.

     Allí los trabajos eran responsabilidad de los moreros, peones de confianza así llamados por el color que adquiría su piel durante los primeros días del verano. Eran los encargados de voltear las gavillas, una vez abiertas y extendidas, para que fueran trilladas, de acopiar el producto de la trilla cuando aún no se había separado el grano de la paja y de aventar y limpiar el grano. Mientras tanto, algunos respigadores se encargaban de rebuscar el grano que las cuadrillas de los segadores hubieran dejado entre los rastrojos.

     Ya adelantada la segunda quincena de junio, las carretadas de gavillas sacadas del haza de los pegujales habrían sumado un tercio de las que en total se transportarían desde ella hasta la era, y cuando empezara julio el trabajo se incrementaría aún más, hasta alcanzar el máximo de intensidad, como prueba que entonces se concentrara el mayor gasto de aperos de cáñamo, pares de frontiles y ahijadas para las carretas, así como de pitones para sostener los sombrajos. El número de carretas que de los pegujales al principio estuvieran sacando gavillas, en aquel momento se multiplicaría por tres, mientras que el número de los hombres que trabajaran como moreros o entre los rastrojos respigando también se incrementaría en la proporción correspondiente, a pesar de lo cual se juzgaría que la cantidad de gente trabajando era escasa.

El acarreo

El último servicio que entre campesinos era acordado se suscribía como obligación de acarreo del pegujal, aunque probablemente fue el que tuvo menos demanda. Fueron pocas las ocasiones en las que un sirviente se comprometió a acarrear un pegujal, y en algún caso este trabajo incluso se contrató potestativo, si le conviniere al servido. Consistía en poner el grano que se hubiera recolectado en la casa del servido con las caballerías del sirviente.

     También las casas lo prestaban a los pegujales en cortijos con labor. A mediados de junio, las fanegas de trigo recolectadas serían las primeras transportadas, y en este caso el trabajo se limitaría a llevarlas hasta la población, el trayecto que sería común a cualquiera de sus compromisos de acarreo.

La colección de informes sobre los servicios que se prestaban a los pegujales permite presumir que, mientras que en los subsidiarios de labores, porque fueran de temporiles que trabajaban para ellas, o de campesinos a su amparo, roza, escarda y siega eran parte de la transacción acordada con el amo de los sirvientes, en los autónomos quedaban a discreción de cada campesino o cuerpo de campesinos, quienes decidirían con mayor independencia lo que para sus explotaciones en esta materia les pareciera conveniente. Es más probable que la roza fuera hecha por cuenta propia por quienes disponían de los llamados pegujales sueltos. Como podía tratarse solo de incendiar vegetación agostada, era una tarea fácil y muy asequible. También se puede sospechar que el trabajo de escarda, paciente, y reservado a un tiempo de transición, tal vez fuera ejecutado por los propios responsables de cada pequeña explotación autónoma. Y sobre cómo resolverían la siega los únicos indicios que proporcionan los testimonios asimismo son negativos. No hay ninguno de que recurrieran a contratar cuadrillas, por lo que igualmente parece más probable que la completaran con su propio esfuerzo.

     Así quedarían marcadas las diferencias entre las dos clases primordiales de pegujal. Mientras que el de temporiles o de acogidos en cortijos con labor incluiría la prestación de todos los servicios, bajo las condiciones acordadas para la compra del trabajo ajeno, para el que explotaran los campesinos autónomos serían contratados servicios sueltos, a discreción de los necesidades de cada cual, aunque habitualmente no incluirían roza ni escarda ni siega. Los servicios que sí se prestaban habitualmente entre campesinos que disponían del mayor grado de independencia, aún a mediados del siglo décimo octavo, se concentraban en dos de las fases del trabajo propio de las tierras dedicadas a la producción de los cereales, las que en los documentos se identificaban respectivamente como las obradas y sacar el pegujal.

     A garantizarlos estaba destinada una parte de las previsiones que se hacían en los contratos. Si el sirviente no cumpliera con lo acordado, el servido podría buscar a quien hiciera cualquiera de los trabajos pactados, a costa de aquel, al precio que convinieran. Del mismo modo le cabría proceder cuando precisamente los incumplimientos correspondieran a cada uno de los trabajos que estuvieran en el origen del pacto. Cuando el sirviente no hiciera la siembra o no sacara el pegujal, el servido podría buscar persona que hiciera el trabajo, y por lo que costare se podría ejecutar al sirviente, quien debía pagarlo, además de devolver la cantidad adelantada para la ejecución de los servicios contratados, en caso de que se hubiera procedido así.

     Pero si los servicios fueran ejecutados y se dirimiera sobre la calidad de sus resultados, para juzgarla los podrían reconocer dos veedores del campo, autoridades públicas equivalentes en el espacio rural a los alcaldes de los gremios en el urbano, cualquiera de ellos investido con el poder judicial que les cedían los señores del municipio. En caso de que decidieran que no se había alcanzado la requerida, la fórmula más general preveía que el sirviente tendría que pagar los daños y menoscabos sufridos por el contratante, tal como los apreciaran, y sus intereses.


El riesgo de ser campesino

G. Valparaíso

No había mujeres que regularmente se comprometieran en actividades agropecuarias. Menos aún parece que su condición fuera una parte de las relaciones que estaban en el origen de las pequeñas explotaciones de cereales, aunque excepcionalmente optaran por ser sus responsables independientes y autónomas. Entonces ocho de cada diez pequeñas explotaciones eran responsabilidad de hombres que al mismo tiempo trabajaban para quienes los empleaban en cualquiera de las actividades rurales. El riesgo de acceder, en pleno siglo décimo octavo, al grupo de quienes disponían de una pequeña explotación a lo largo de su vida se puede evaluar pues a través de las edades de los varones trabajadores del campo, que eran la mitad de quienes conseguían alguna. Hay un documento que permite conocerlas en un número de casos suficiente para satisfacer los rigores de la representatividad.

     En la población de referencia, el responsable de coleccionar las últimas declaraciones para satisfacer el plan de la Única Contribución, el proyecto fiscal al que se opusieron las instituciones garantes de la preeminencia señorial, las presentadas en 1771, recurrió al tópico jornalero para servirse de él con los fines administrativos que le hubieran confiado. Con aquella etiqueta clasificó unas 2.500 de aquellas declaraciones, una proporción muy alta si se tiene en cuenta que la cifra de los habitantes de la ciudad no alcanzaría los 10.000. El tópico tenía la ventaja de ser sintético, y estaba cargado de una sencilla fuerza dramática, que a sus contemporáneos tal vez les pareciera justa. Expresaba con bastante exactitud que había hombres empleados en las actividades agrarias que para ganarse la vida trabajaban por días, sin estabilidad y percibiendo a cambio de su esfuerzo unas cantidades de dinero muy próximas al mínimo de subsistencia. Las denominaciones que a sí mismos se daban quienes la administración unificaba bajo aquella etiqueta variaban. Unos preferían identificarse como trabajadores del campo, ocasionalmente como temporiles y, solo en la menor parte de las veces, como jornaleros. En unos casos contribuían a las actividades que se sucedían en ciclos inexorables, y en otros se empleaban en una casa como ganaderos, de los animales de labor o de los de cría. Y una parte de ellos, a la vez, explotaba una pequeña empresa agropecuaria, de entre dos y cuatro unidades de superficie en la mayoría de los casos.

     Acepté como punto de partida los cuadernos de declaraciones reunidas bajo aquella etiqueta, tal como habían sido coleccionadas por los gestores del proyecto fiscal, una vez comprobado que sus contenidos eran los mencionados, y tomé nota de 1.245 de ellas, todas las comprendidas entre la A y la L según el nombre del concernido, aproximadamente la mitad de las conservadas. Para esta ocasión, me limito a tener en cuenta la edad de quienes cumplían la doble condición, que el declarante fuera clasificado jornalero y tuviera bajo su responsabilidad una pequeña explotación aquel año.

     Las edades declaradas para entrar a, y salir de, la condición de campesino, siendo trabajador del campo, fueron respectivamente 18 y 70 años. Las dos se pueden aceptar como veraces. 18 era una edad concordante con el comienzo de la plenitud de las fuerzas del hombre. Quienes primero consiguieran acceder a una pequeña explotación lo harían una vez cumplido su décimo octavo aniversario. Franqueado aquel paso, en las tierras del sudoeste, para los hombres que hubieran decidido dedicar su vida activa a los trabajos agrarios, se abriría una puerta que daba entrada al mundo de las explotaciones del tamaño menor, condenadas a ser subsidiarias. Los últimos aspirantes a entrar en él tendrían que contratarla antes de cumplir el aniversario septuagésimo de su vida, momento en el que para ellos estaría indicada la salida, o desistimiento de cualquier posibilidad de sostener una. Los 70 serían una frontera infranqueable porque tras ella la decadencia era segura. La permanencia en aquel mercado era dilatada y extendida. Podía prolongarse durante nada menos que 52 años del tiempo de una vida.

     Pero, así como puede merecer crédito la confesión de los límites de la vida activa de los empresarios más modestos de cuantos se comprometían con la producción de cereales, no es tanto el que se le puede conceder a cualquiera de las declaraciones de edad de quienes eran trabajadores del campo y habían tomado posesión de pequeñas explotaciones a cualquier otra edad. A pesar de lo cual es necesario contar con todas las referencias a esta secuencia vital que haga la fuente, si se desea medir las posibilidades biológicas que a quienes aspiraban a ser campesinos alentarían a ofertarse en el mercado de las pequeñas explotaciones, previsiblemente el más importante de todos los rurales relacionados con el trabajo, porque sería el más concurrido, dado el abrumador tamaño que conceden insistentemente a tal clase de hombres las estadísticas de la época.

     Aunque hay declaraciones de edad, para cualquiera de aquellos momentos intermedios, que son explícitas y muy correctas, aparentemente sinceras, como la de quien dijo tener 44 cumplidos, son más las que reconocen haber cedido a un enunciado poco preciso de su edad. Los más relajados dijeron, por ejemplo, que tenían más de 30 años o 50 sobre alguno más o menos. No es algo que deba sorprender. Cuando las personas han de dar cuenta de esta característica, es común que incurran en evasivas, en formas de hablar que enmascaran cuanto pueden la exactitud, o en dudas sobre la conciencia que del tiempo transcurrido desde su nacimiento ha conseguido salvar su memoria.

     Es posible disponer de indicios sobre los momentos en los que el riesgo de la deformación del tiempo vivido pudo verse incrementado por efecto de las condiciones que impuso la fuente, y no tanto por la voluntad de los declarantes. Las edades más jóvenes, que en este caso son las que quedan por debajo de los 25 años, pueden estar representadas en una proporción superior a la real porque una parte de quienes las declararon, porque ya habían entrado en la edad laboral, todavía eran miembros de una familia cuyo titular era el responsable de la modesta empresa que estaba en el origen de las declaraciones, quien, por su parte, dado que su paternidad se había prolongado, era ya de una edad avanzada. Y ambas, como incursas en las premisas de la observación, las hemos debido tener en cuenta.

     Al menos en parte, este efecto puede estar contrapesado por los casos en los efectivamente el responsable declarado de la pequeña empresa era un joven. Uno de ellos pudo llegar a aquel estado a consecuencia de que el padre fuera de edad excesiva, la superior de las observadas, demasiada para tomar a su cargo la parcela, y otro porque su madre era viuda y no estaba comprometida directamente con la explotación.

     La disparidad y el número de tales casos, fuera uno u otro su signo, son suficientes para tener la certeza de que solo son la parte visible del mismo problema.

     Me propuse paliar cualquiera de estas rémoras, las visibles y las que no hubieran podido emerger a la superficie, que con seguridad serían más, con el agrupamiento quinquenal de las edades. Aunque no las absorbería todas, y no podría evitar que una parte de ellas todavía fuera nociva, “quizás pueda valer la pena –pensé– correr el riesgo de cierta desviación si tomo grupos que como los quinquenales permiten a la vez borrar el efecto y salvar la sensibilidad del medio de observación frente al fenómeno, su capacidad para registrar con precisión, al instante, los cambios, las oscilaciones de un ciclo que podía prolongarse durante más de cincuenta años.” La medida que se obtuviera, aunque estaría algo enrarecida, no menoscabaría la percepción de los hechos que deseaba restaurar: cómo evolucionarían a lo largo de la vida de los trabajadores del campo las posibilidades de acceder con éxito al mercado de las pequeñas explotaciones de cereales, a qué edades las incrementarían, a partir de qué momento retrocederían.

     Así pues, con las edades declaradas, sin corrección alguna, con grupos quinquenales compuse sucesivas tablas de entrada al cultivo de las explotaciones menores desde la condición de trabajador del campo. Tomé como efectivos iniciales de ellas, o universo de los expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, todos los trabajadores del campo cuya edad había identificado gracias a la fuente, 456 de los 1.245 cuyas características había podido registrar. Los 456 habían sido supervivientes a los 15 años porque sus edades estaban comprendidas entre 18 y 77 años, límites que por tanto comprendían las de quienes accedían a la condición de campesino. Nada me impedía actuar de este manera, porque nada indicaba que los trabajadores del campo que no entraban a ser campesinos quedaran sujetos a una experiencia biológica distinta a la de quienes conseguían una pequeña explotación.

     Pero para que las tablas fueran acordes con los riesgos vitales que pretendían incorporar, se hacía necesario eliminar de los 456 el efecto que la mortalidad tuviera a partir de los 15 años, un fenómeno paralelo a las aspiraciones a entrar con éxito en aquel mercado, que antes de que aquella posibilidad se consumara deduciría una parte de los efectivos potenciales y aptos para convertirse en responsables de las empresas agropecuarias mínimas. El supuesto me pareció obligado porque los casos positivamente documentados eran los de quienes habían conseguido acceder a una empresa de aquella clase, y por tanto, antes de alcanzar esa meta, habían conseguido vencer el riesgo de morir a cada edad. Así que a los efectivos expuestos a la posibilidad de convertirse en campesinos, antes del cálculo de los cocientes, fue necesario restarle las previsibles defunciones correspondientes a cada edad. Para satisfacer con rigor este objetivo, que solo podía fundarse en supuestos, recurrí a las tablas de mortalidad de la población agrícola que años atrás había elaborado en colaboración con Dante Émerson, después de recorrer decenas de lugares en los que sobrevivía la forma de vida que habíamos decidido llamar agrícola, cuya publicación ha iniciado esta misma página.

     Cuando tomé aquella decisión, daba por descontado que no valía la pena esforzarse en un cálculo del efecto de las migraciones, la otra posibilidad de alteración del tamaño de los grupos de quienes eran susceptibles de disponer de una pequeña explotación. No me parecía que negar esta posibilidad quedara demasiado lejos de los hechos, si las condiciones de la supervivencia no estaban amenazadas por una caída de la producción de los cereales, la circunstancia que en pleno siglo décimo octavo ponía a prueba su radicación, una vez atenuadas las grandes epidemias, que asimismo desencadenaban movimientos de las poblaciones fuera de control. Es verdad que todos los años, cuando caía la demanda regular de trabajo en el medio rural, ocurrían salidas, así como en el momento de la máxima necesidad de fuerza humana las entradas se incrementaban. Sin embargo, cualquiera de los dos movimientos, se contrapesaran o no, eran estacionales y de retorno, y no tendrían efecto sobre los comportamientos estables que deseaba conocer. Y ni aun en el caso de que la frecuencia de las caídas de la producción de los cereales fuera muy alta, e ignorar los movimientos migratorios de cualquier tipo añadiera el riesgo de una observación deformada, tendría demasiado sentido persistir en plantear la posibilidad. La parte de cada población sujeta a los riesgos de las migraciones era siempre la menor. Jugar a poblaciones cerradas, cuando se trata de poblaciones agrícolas, es siempre jugar sobre seguro. La mayor parte de aquellas poblaciones era siempre conservadora y no se movía, salvo en las situaciones excepcionales que se han mencionado. Todos los comportamientos de la masa que pudieran observarse estarían siempre decididos, salvo circunstancias excepcionales, por la parte de la población que había decidido inmovilizarse. Podía pues considerar cerrada la población trabajadora del campo que se enfrentaba a la posibilidad de convertirse en promotora de una empresa menor.

     Pero por otra parte, para reconstruir el flujo constante de los migrantes que opera espontáneamente en todas las poblaciones, disponía de un medio capaz de resolver de manera moderadamente satisfactoria el problema para aquella época, el cruce de datos censales con tablas de mortalidad. Como de estas disponía, la clasificación por edades de los 456 trabajadores del campo, equivalente a datos censales específicos, por completo independiente, no interferida por otros fenómenos, no me suponía un trabajo imposible y me permitía avanzar en una tentativa propia. Por tanto, finalmente me opté por ensayar valores expresivos del obstáculo que el movimiento migratorio podía interponer a esta parte selectiva de la población, masculina y aspirante a campesino, antes de satisfacer su acceso a una pequeña parcela según edades.

     El primer resultado de todos aquellos supuestos fue la conversión del primer juego de tablas en otro de triple extinción, primero por muerte, después por migración y por último por acceso a la pequeña explotación.

     Pero, aunque sus resultados eran convincentemente sensibles a las oscilaciones del fenómeno, en los sucesivos ensayos todavía se dejaban ver los efectos de la agrupación quinquenal que había decidido. Lo podía remediar con poco esfuerzo, con el trazado de una curva, definida con rigores algebraicos, tal como habíamos experimentado con éxito durante la elaboración de las tablas de mortalidad. O sintetizando los valores en una tabla decenal, aunque fuera menos descriptiva de las etapas de la evolución del fenómeno. Opté por la segunda solución, porque efectivamente la agrupación en décadas eliminaba todos los efectos deformantes de las declaraciones que había podido detectar, probablemente porque las desviaciones, como es regular, tendían a concentrarse en los aniversarios terminados en cero.

     Bastó con que incorporara a los cálculos las correcciones que los sucesivos ensayos me habían ido indicando para que finalmente aceptara expresar las posibilidades de disponer de una pequeña explotación en un momento, pleno siglo décimo octavo, una vez alcanzada cierta edad, el supuesto que concuerda con las características de la información disponible, con las que proporciona la fuente, naturalmente sincrónica.

     Entonces la posibilidad de disponer de una pequeña explotación a cualquier edad era realmente muy baja. Solo 1 de cada 15 hombres entre 15 y 74 años podría acceder a una de aquellas empresas. Solo él adquiriría transitoriamente la condición de campesino. Las mayores, con un máximo en torno a 1 de cada 10, coincidían con una plenitud, la de los 45-54 años de edad, quizás más determinada por la experiencia y la capacidad para gestionar una explotación que por la fuerza. El camino hacia aquella cima lo iniciaban los que habían cumplido los 25 años, así como todos los que tenían hasta 34, para quienes ya era posible que uno de cada 13 pudiera llegar a ser campesino. Lo nutrían aún más los que habían cumplido los años comprendidos entre los 35 y los 44, para quienes las posibilidades, resumidas en uno de cada 11, eran ya casi las mismas que habían alcanzado quienes habían cumplido los 45 años y siguientes hasta los 54.

     Para quienes hubieran cumplido los 55, y hasta los 64, las posibilidades retrocedían a la mitad. Solo uno de cada 20 podría entrar en aquel grupo. Y se hundían definitivamente en los extremos de la edad activa, que efectivamente coincidían con la juventud y la vejez. Tanto para quienes tuvieran entre 15 y 24 como para los que ya hubieran cumplido los aniversarios comprendidos entre 65 y 74 las posibilidades estaban algo por encima de uno de cada 30. Las limitadas energías disponibles, al principio por inexperiencia, después por agotamiento, serían las responsables efectivas de la caída de las posibilidades.

     Sin duda, las pequeñas explotaciones representaban el límite inferior del orden de las empresas interesadas en la economía de los cereales, y recíprocamente emprender una pequeña explotación era el escalón más alto al que podía acceder, de manera transitoria, aquella reducida parte de la población. Teniendo en cuenta que las demás actividades de quienes al mismo tiempo se dedicaban a mantener una pequeña explotación no eran cuantitativamente relevantes, esa proporción es muy significativa.

     Quienes se esforzaban por disponer de una pequeña explotación, parte de una nutrida masa de trabajadores del campo que competían por alcanzar aquel estado más rentable, lo alcanzarían tarde, no tanto como consecuencia del momento en el que se adquiere la madurez biológica, porque en el hombre, como calcularían quienes reclutaban los ejércitos, se alcanzaba bastante antes, como de, por una parte, la capacidad para adquirir patrimonio que permitía actuar con alguna solidez en aquel estado, y por otra de la enorme concurrencia que debía concentrarse ante aquella posibilidad, que el tamaño del universo demostraba. Técnicamente, las posibilidades las limitaría disponer de ganado de trabajo, tanto del propio y como del ajeno, lo que convertiría a todos los campesinos en intermediarios energéticos necesarios. Bajo cualquier consideración, el de los trabajadores del campo dispuestos a convertirse en campesinos era un auténtico ejército de reserva de la energía creativa de riqueza, tal como argüían los clásicos; o de al menos una parte de la energía que creaba la riqueza, la que era responsabilidad de las empresas subsidiarias del tamaño menor.


Quiénes eran campesinos

G. Valparaíso

La de campesino, cuando se trataba de obtener el producto agropecuario derivado del cultivo de los cereales, siempre en una parcela de pequeñas dimensiones, raramente era una ocupación exclusiva. Quienes a mediados del siglo décimo octavo se comprometían con ella habitualmente trabajaban en otra actividad. El tránsito era tan fluido y reversible que cuantos lo consumaban, y conseguían ganar la doble condición, a juzgar por cómo se expresaban eran conscientes de que por la de campesino solo estaban pasando. Las rentas que proporcionara al menos una de las dos actividades no serían suficientes para garantizar a las economías respectivas todas las que necesitaran.

     Pero sería imprudente seguir hablando en estos términos si no se especificara de inmediato que, entre las otras actividades de quienes se cargaban con aquella responsabilidad, estaba incluida, más que cualquiera de las otras posibles, otro trabajo agrario. Ocho de cada diez de aquellas modestas iniciativas eran responsabilidad de quienes al mismo tiempo trabajaban en alguna de las demás actividades del campo, y casi cinco de aquellos ocho campesinos ocasionales obtenían la parte más estable de su renta gracias al trabajo que otros les compraban.

     Aquella mitad de los empresarios marginales expresaba su condición más duradera recurriendo a denominaciones muy variadas, tantas que he documentado hasta cuarenta y cinco versiones distintas del modo de identificarse; aunque todos preferían, para referirse a sí mismos, el enunciado descriptivo o el de unas condiciones antes que la síntesis de una etiqueta, y hablar en términos que pareciera que ocupaban una posición lo más cerca posible del límite inferior de aquella forma de sobrevivir. Algunos se declaraban simplemente del campo o del campo jornalero, y otros explicaban que eran del campo y al presente trabajaban a jornal. Otros decían de sí que eran jornalero del campo o escuetamente jornalero. También había quienes se presentaban como bracero o bracero del campo, y los demás decían ejercer como trabajador del campo. Por tanto, en lo fundamental a sí mismos se llamaban de alguna de estas cuatro maneras: bracero, del campo, jornalero y trabajador del campo. Algo menos de la cuarta parte incluyó en su descripción la palabra bracero, un poco por debajo de la quinta parte recurría a denominar su actividad del campo, y aún menos de la quinta parte se presentaba como jornalero, mientras que en casi la mitad de los casos se prefería la expresión neutra trabajador del campo. Luego no era jornalero la forma más común de identificarse que elegían aquellos hombres, a pesar de lo cual la administración del momento insistía en reunirlos bajo esta etiqueta.

     Todas aquellas maneras de enunciar una ocupación rural expresaban algo que sin embargo no era en modo alguno complejo. Se trataba de los contratados al azar para contribuir con su trabajo a alguna de las actividades agrícolas que se sucedían en ciclos regulares, según la cantidad de tierra que una labor, o una explotación mantenida al estilo de cortijos, hubiera puesto a producir, para las que se empleaban como gañanes de la siembra y el barbecho, sembradores, escardadores, cortadores de estiércol o segadores.

     Junto a este grupo mayoritario, apenas dos de aquellos ocho activos agropecuarios que al mismo tiempo disponían de una pequeña explotación se identificaban como temporiles. En el trabajo agropecuario, salvo las actividades directivas y de gestión, que en las casas de más envergadura desempeñaban cuatro o cinco personas a la sumo, no se creaba  ningún vínculo laboral indefinido. La condición que más se le aproximaba era la de temporil. Con este nombre se conocían los que comprometían su trabajo para una empresa del sector durante una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, la de invierno, que duraba los siete meses comprendidos entre octubre y abril, y otra de cinco, que iba de mayo a septiembre, que se podría llamar de verano. Unos eran contratados por una de las dos temporadas y otros por las dos, y nada, a ninguna de las partes, obligaba a renovar el compromiso cada vez que se iniciaba cualquiera de ellas.

     Todas las responsabilidades que en las casas tenían los temporiles podían ser recompensadas con el acceso al producto de una pequeña explotación. Pero no eran muchos los que se hacían acreedores a esta posibilidad. De los temporiles con mayores cargos, con más frecuencia lo ganaban quienes desempeñaban las tareas de dirección. En primer lugar el aperador, el máximo responsable de las actividades de las labores sobre el terreno, quien las organizaba a diario y reglaba la contratación y manejo de la tropa de  trabajadores que aquellas demandaban. Como la cuarta parte de las explotaciones menores de los temporiles la tenían aperadores, se puede creer que esta recompensa era consecuencia de que se juzgaba imprescindible su contribución.

     Pero también eran retribuidos con el producto que diera una pequeña explotación los que tenían altas responsabilidades en cualquiera de las otras actividades en las que estaban interesadas las casas, todos piezas valiosas del único sistema de dirección de sus empresas, aunque por su condición unos y otros fueran naturalmente singulares. Así, la de capataz, una clase de la que un par de especialidades serían las preferidas para conferirles el suplemento de la cesión: capataz de olivares y capataz de las viñas; o el responsable de la administración de la casa que todavía se identificaba como mayordomo.

     Pero bajo la condición de temporil sobre todo era contratado el trabajo de quienes bregaban con las ganaderías, capital que permitía a las labores obtener sus mejores beneficios. En una, de los cincuenta y seis trabajadores del campo que contenía la nómina de sus temporiles, solo nueve desempeñaban funciones directivas, de coordinación o de custodia y vigilancia. Los demás, que sumaban más de cuatro quintas partes de todos los temporiles, eran ganaderos. Podían emplearse como tales quienes cuidaban de los animales de labor o de los de cría; estos del ovino, los otros del vacuno, del equino o del asnal. Pero todas las clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo podían ser recompensadas con la posibilidad de disfrutar de una explotación menor.

     A juzgar por este trato peculiar, era más apreciada la responsabilidad sobre el ganado ovino, rentable complemento de las casas. Se hacían acreedores a él los rabadanes o capataces de esta cabaña –de las merinas se les nombra precisamente–, aunque sin llegar ni a la vigésima parte de las cesiones a favor de los temporiles; y también quienes cuidaban específicamente de los carneros, los carnereros, así como el resto del personal al servicio del ovino, compuesto con pastores y zagales. Aunque su importancia fuera menor, quienes trataban con el ganado de cerda, primero que ninguno el capataz de cerdos, pero también cualquiera de los porqueros, asimismo disfrutaban de esta posibilidad.

     Las otras ramas de la ganadería, sin embargo, no quedaban fuera de la previsión del reparto de las pequeñas explotaciones. Eran sus acreedores quienes se dedicaban al cuidado del ganado de labor. A ellos estaba confiada la custodia y la reproducción de las especies que necesitaban las magnas explotaciones concentradas en el cultivo del trigo. Del trabajo de estos ganaderos, que actuaban ininterrumpidamente sobre las cabañas por necesidad biológica, dependía la permanente disponibilidad de la masa de energía que absorbían constantemente las labores, cuyo imprescindible y mayor capital mecánico era. Tal vez por esta causa en aquella condición, y en la consiguiente cesión del producto de una parcela de dimensiones muy modestas, hibernaba mejor la servidumbre.

     Los ganaderos de labor más apreciados por los labradores eran los especializados en el trato con el boyal, la primera clase de este tipo de ganado. A juzgar por la recompensa de sus responsabilidades era reconocido, en primer lugar, el boyero, aunque la fracción de pequeñas explotaciones que lucraban los hombre con esta ocupación solo representa algo menos de una octava parte de las que obtenían los temporiles. Y también gozaron de este aprecio el conocedor y hasta el zagal del boyero.

     Asimismo, era reconocido el trabajo con el ganado equino, que se dedicaba al transporte de calidad de los señores de la casa y de sus empleados más cualificados, y que cada año proporcionaba una renta estimable gracias a la demanda segura de la remonta, que llegaba cada primavera. El acreedor del producto de una pequeña parcela era en este caso el yegüero, yeguarizo o yegüerizo. Los que desempeñaban este trabajo accedían a una quinta parte de las explotaciones secundarias reservadas a los temporiles.

     Había recompensas del mismo orden para otros temporiles igualmente dedicados a trabajar con el ganado de las grandes explotaciones cuya ocupación específica, no obstante, no es posible determinar, como la de quien, a consecuencia de identificarse como bracero del campo ganadero, quedaba en el limbo del tránsito. Pero de otros sí se puede decir que serían recompensados por su dedicación al transporte en una casa, como quien se declaró arriero de tiempo. En alguna ocasión, con sentido explicativo, a determinados agraciados por esta recompensa desde una posición próxima se les llamaba boyeros carreteros. Tal vez se trataba de los encargados del trabajo de transporte que las casas requerían cuando hacían sus desplazamientos en el espacio rural. Los mandaderos, que también podían ser recompensados con esta renta parcial, se pueden adscribir a este mismo grupo si se les respeta su mitad urbana.

     Pieza valiosa de los sistemas de control de las labores era el casero en un cortijo, quien igualmente disponía de esta posibilidad, y a los trabajos de vigilancia que las casas necesitaban también atendían el guarda, el guarda de una hacienda y el que las fuentes llaman mozo de las noches. Salvo la primera, ninguna de estas denominaciones obliga a pensar que sus trabajos estuvieran destinados al buen fin de la empresa de labor, y todas permiten admitir que vigilaban el patrimonio de las actividades en las que estuvieran interesados los grandes inversores en los negocios rurales. Pero cualquiera de ellas también en el espacio reservado a la producción del cereal obtenía una parcela discreta.

     Hubo quien a sí mismo se refirió como temporil en un cortijo, y otro dijo que estaba al presente de temporil. Por el contrario, un tercero se presentó como jornalero de arador, expresión equivalente a gañán. Aunque el trabajo de arada se reiteraba y se prolongaba durante semanas, al parecer no era fácil que quien lo hacía alcanzara el estado de temporil. Y de un bracero del campo ganadero, aunque esta fuera su manera de emplear los términos, se podía presumir que tampoco había conquistado el estado de temporil, no obstante que fuera habitual que los ganaderos de una labor recibieran aquel trato. Pero nada impidió que los cuatro accedieran a lo que entre los temporiles era una remuneración reservada.

     Para referirse a todos los temporiles, además de la reiteración de la voz amo cuando se mencionaba la otra parte de la relación, es muy frecuente que la documentación de la época también utilice la expresión sirvientes de una labor, y que, reconocidos bajo esta denominación, accedan al cultivo de pequeñas explotaciones. Así, un sirviente de temporil, un sirviente que especifica que estaba sirviendo en un cortijo, otro que declaró sirvo en las casas de su morada a mi señora y otro par de sirvientes de otra señora.

     Aunque la posición de una parte de quienes se declaran maestro de molino podía ser por completo independiente, entra en lo posible que su actividad estable estuviera vinculada a una casa. Tanto es así que otros activos de la misma clase aparecen identificados explícitamente como maestro de molino de pan de cierto amo, con una reiteración que no permite dudar de la interpretación que es correcto hacer. También parecen sirvientes otras personas dedicadas a la fabricación de pan en las grandes casas agropecuarias, para las que trabajarían en exclusiva, como amasadores y horneros. Cualquiera de ellos también podía disponer de su recompensa en forma de explotación subordinada,  en cuyo caso el producto de esta tal vez proviniera del pago a su trabajo.

     Los que mantenían otras empresas agrícolas, y a la vez emprendían una pequeña explotación de cereales, eran el que falta para completar el total de ocho que sumaban quienes al tiempo se dedicaban a cualquiera de las actividades agropecuarias, o la décima parte de todos los activos por los que se interesa este texto. Aunque solo representen la parte menor de los campesinos, son quienes descubren las condiciones que podían inducir la doble actividad con la mayor nitidez.

     Cuando eran otros los que se referían a ellos, generalmente los identificaban como labrantines y hortelanos, y los llamaban labradores pelantrines cuando deseaban referirse a campesinos instalados en un cortijo que se había fragmentado en decenas de aquellas porciones menores del espacio dedicado a producir cereales. Aunque en aquella circunstancia la denominación podía oscilar, primero se los aludía como haceros y pelantrines y luego prevalecía llamarlos solo haceros.

     Sin embargo, cuando hablaban de sí mismos elegían términos más estables o descripciones muy explícitas. Gracias a que actuaban así, se puede decir que quienes con más frecuencia preferían añadir la diversidad a su iniciativa económica, mediante el cultivo de una explotación menor de cereales, eran los hortelanos, simultáneamente poseedores de explotaciones hortofrutícolas intensivas. Aunque uno de sí simplemente decía que era hortelano, otro ilustró muy bien su doble dedicación al explicar que su tráfico es en la huerta y sembrar pegujales y arar olivares.

     Fueron también precisos quienes, desde una posición algo más neutra, dijeron que su trabajo era arar olivares y sembrar pegujales con mis reses, o quien confesó que busco la vida arando olivares, sembrar un pegujal y a lo que sale. Y un declarante, igualmente tentado por el deseo de describir, aunque utilizaba una expresión algo presuntuosa, no dejó de esclarecer el estado que permitía aspirar a campesino. Describió su actividad diciendo algo tan displicente como me entretengo en trabajar en mi caudal. Según deduje del análisis del patrimonio que confesaba, con aquella manera de hablar pretendía hacer referencia a que tenía, además de algún ganado de labor, unas pocas tierras; un estado que compartía, como más adelante averigüé, con otros que por su parte tenían algún cortinal, algo de viña o unas cuantas aranzadas de olivar.

     Los que, dedicándose a trabajos del campo, explotaban una parcela menor y tenían ganado eran más de los que describían su situación en aquellos términos tan expresivos. Entre los que preferían limitarse a declaraciones más ceñidas, probablemente porque su patrimonio era de fuerza y no de tierras, había quien explicaba que era trabajador del campo con reses mías propias, o quien era trabajador del campo con mi ganado, clase en la que incluso podía encuadrarse una mujer soltera, la única empresaria de este rango que descubría la documentación. El más expresivo de los que se movían en este límite fue quien dijo ocuparse en sembrar mi pegujal con mi ganado y después jornalero para mantenerme. El análisis de los bienes de todos los que hablaron en estos términos demuestra que quienes ocupaban estas posiciones solo eran una fracción.

     Cualquiera de ellos probablemente era lo que las fuentes de la época, cuando se expresaban del modo más general, insistían en presentar como pegujaleros; incluso tal vez, con más precisión, fueran los que en la documentación administrativa eran los responsables de la modalidad de parcela dedicada al cultivo de los cereales que ella misma llamaba pegujales sueltos. Pero debe constar que cuando hacían sus declaraciones, aunque todos tenían en cuenta que mantenían una empresa menor, nadie se denominaba a sí mismo pegujalero o pegujarero, lo que demuestra que de todas las formas de actividad agropecuaria que el análisis desde este punto de vista permite observar la más efímera era la que entonces se llamaba pegujalero, en extremo transitoria e inestable.

     Por eso probablemente se homologa con más facilidad su papel efectivo si se les llama campesinos, en cuyo caso representarían el que se puede considerar genuino porque tendría más posibilidades de ser estable. El perfil del tipo vendría dado por que poseía ganado, no tenía tierras de sembradura propias y transitoriamente acometía, porque su patrimonio energético se lo permitía, una pequeña explotación de cereales entre otras. Sería la parte de los activos agropecuarios que, viviendo en el territorio de tránsito entre la condición de trabajador del campo y la de pequeño empresario, efectivamente estaba con más frecuencia en la segunda gracias a su modesto patrimonio.

     Además de los habituales activos del campo, que acumulaban unas ocho décimas partes de las iniciativas que se habían propuesto producir cereales en pequeña escala, se pueden estimar en dos de cada diez –el resto de los campesinos– los que se atrevían con una pequeña empresa con aquel fin sin tener como dedicación preferente las actividades agropecuarias. Componían una lista muy extensa. A las proporciones específicas que se obtendrían tomando todas las menciones no vale la pena concederle alcance cuantitativo. Pero su descripción tiene un enorme valor para averiguar hasta dónde llegaba el deseo de ser campesino.

     Una parte de los que tomaban bajo su responsabilidad pequeñas explotaciones se dedicaba a actividades relacionadas con el sistema de comercio. Los había transportistas y comerciantes indiferenciados, pero sobre todo abundaban los que se empleaban en el tráfico de mercancías bajo el nombre específico de arriero, no obstante lo cual alguno de nuestros documentos prefirió reconocerlo como aljamel. También, entre los de esta clase, constan el carretero, cuya mención reiteran, el carguero y hasta una trajinera. Los había también cuya dedicación al transporte se había especializado, como el aguador, cuya emergencia a los testimonios es frecuente, y el pajero. Igualmente había quien se vinculaba a la red de comunicaciones de manera algo más remota, como un ventero, o muy remota, como un tabernero. Cualquiera de ellos podría justificar su deseo de disponer de una pequeña explotación como el propósito de contener los costos a los que su actividad les obligaba, siempre que se suponga que la parcela a la que dedicaban una parte de su atención la sembraban de cebada, el alimento preferido para los animales de carga.

     Profesionales de actividades urbanas, probablemente regladas por sus respectivos gremios, también aparecen como promotores de pequeñas explotaciones. Un maestro carpintero, que tenía a su cargo un aprendiz; un maestro de herrador, que mantenía un oficial y un aprendiz de dieciséis años; y un sargento de inválidos con dispersos en su casa que efectivamente ejercía como maestro zapatero, tanto que mantiene por tiempos un oficial de zapatero, probablemente tenían en común que estaban muy cerca de las actividades subsidiarias de las labores.

     Mayor autonomía parece que disfrutaban los que se declaran suministradores de servicios igualmente urbanos, tales como los relacionados con el calzado, reunidos bajo las denominaciones de maestro de zapatero, zapatero remendón o zapatero; o con la venta de alimentos, como la especiera, el cortador, el  tablajero, el lechero, el confitero y el chocolatero, todos los cuales, sin embargo, asimismo decidían hacerse con su propia explotación menor. Asimismo, tomaban esta decisión albañiles, aserradores, caldereros, herreros, horneros, plateros o zurradores. Ni siquiera escapaban al deseo de actuar en este frente quienes ejercían actividades marginales, como jabonero y cisquero.

     Pero no quedaban mucho más lejos de esta posición quienes confesaron una dedicación más autónoma, libre o liberal, como las de maestro boticario, médico, cirujano, barbero y maestro de escuela, o los empleados de la administración fiscal, como el administrador de rentas provinciales, y los miembros del ejército, como un sargento de milicias. Incluso los había empleados en actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero, ministro y carcelero La independencia real de cualquiera de aquellas ocupaciones liberales puede ser mejor conceptuada si se recapacita sobre que todos los mencionados igualmente mantenían sus propias pequeñas explotaciones.

     De quienes desempeñaban otras actividades y se interesaban por aquella clase de empresas, por último hay que mencionar al clero, cuya condición aparta su posición de partida al lugar más alejado de las agropecuarias. En el orden de la jerarquía local, cuando se trata del clero secular, no hay rango que deje de tomarse este interés. Aunque algunos de los comprometidos simplemente se presentan como presbíteros, el vicario, el cura y el sacristán estaban entre ellos. En ningún caso consta que alguno de los mencionados, incluso el vicario, gozara de beneficio, como por otra parte era previsible. El beneficio colocaba en un campo de rentas que en absoluto no necesitaba atenerse a la disciplina ordinaria de la iglesia romana, y menos aún recurrir a una pequeña explotación para completar las rentas propias.

     También se interesaban por el cultivo de los cereales a pequeña escala individuos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban para sí de él, como un dominico, otro que consta solo como presbítero fraile y una religiosa. Pero el clero regular prefería solventar este expediente con formas algo más indirectas. Bien eran sus priores quienes se hacían responsables de la explotación, bien era la fundación. Tres priores, el de un convento de la orden de predicadores, el de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el de un convento del carmen calzado, y dos corporaciones conventuales, una de mercedarios y otra de jerónimos, también lo tomaban a su cargo.

     Consta asimismo un ermitaño que, no obstante su existencia solitaria, había decidido acompañarla con el trabajo en una parcela de solo tres cuartos de unidad de superficie.


Composición del gasto de las familias

Redacción

Contra la opinión favorable a la composición de un gasto tipo o cesta de la compra, hay analistas que mantienen que las familias con capacidad media de consumo dispersaban su demanda por muchos bienes, y que tampoco los de las familias de quienes obtenían su renta solo con la venta de su trabajo era muy homogénea. Las leyes de la estadística les quitan la razón, porque ponen al descubierto, sin sobrepasar nunca el límite de la descripción, que el comportamiento de las poblaciones es bastante más gregario de lo que pretenden los defensores de la capacidad individual para decidir y actuar. Alimentación, indumentaria, hogar, iluminación y alquiler de la vivienda eran los componentes regulares del gasto de cualquier familia en cualquier población.

     El alimento básico era el pan. Si se toma como referencia el continente, el menos habitual era el que se elaboraba con trigo candeal. Para la mayor parte de la población, incluso el consumo de trigo estaba limitado por su renta disponible hasta el punto que puede afirmarse que el pan blanco era un lujo. El consumo del pan de centeno, el otro cereal panificable, era bastante mayor. También se recurría a la cebada para satisfacer la necesidad más perentoria del alimento imprescindible, en especial cuando escaseaba el trigo, aunque el pan que con ella se elaboraba era pesado e indigesto.

     No era frecuente que los panes fueran puros. Para su elaboración solía recurrirse en primer lugar a mezclar el trigo con otros cereales, y más aún se frecuentaban combinaciones inferiores. Se consumían más, por este orden, panes de centeno con salvado y de centeno y cebada, e incluso familias en buena posición decidían alimentarse con pan de mezcla después de haber renunciado al de centeno solo.

     Pero ninguna de estas excepciones parece un buen medio para explicar lo que ocurría en la región. No hay constancia de que la cebada fuera panificada en ella, menos aún de que los cereales menores llegaran al mismo fin, lo que en modo alguno obliga a excluirlo. Tal vez sea aconsejable, tal vez solo con fines especulativos, considerar la expresión pan terciado, en la que insisten las fuentes para referirse a todo el producto del cultivo de los cereales, en su sentido literal. Si la cebada era una fracción constante del combinado que se recaudaba cada cosecha, pudo ser la consecuencia de que estuviera admitida como posible agregado a la panificación del trigo. Tampoco parece probable que el consumo de pan de centeno fuera importante, entre otras razones porque su cultivo era marginal en la región.

     Alimentos equiparables al pan eran la torta o las gachas de trigo sarraceno, también conocido como alforfón, los mismos preparados de maíz y la sémola de avena. Igualmente era habitual que el pan se consumiera como ingrediente de una sopa más o menos consistente, elaborada con tocino, legumbre, col, rábano, cebolla y huevo. La avena, aunque como la cebada solía ser alimento animal, podía consumirse en forma de papilla, si bien con bastante menos frecuencia que cualquiera de los alimentos derivados de los otros cereales. Las algarrobas, en caso de que faltaran los cereales panificables, podían sustituirlos, aunque solo en años de extraordinaria carencia, cuando se consumían como un sucedáneo del alimento diario.

     Algunos cálculos sostienen que una libra de grano por persona y día era el umbral alimenticio que permitía mantener la vida y la capacidad de trabajo en la agricultura de las zonas de clima templado. Otros estiman que el consumo de cereal por persona y año oscilaba entre 150 y 200 kilos. Teniendo en cuenta que una libra equivale a 0.46 kilos, el consumo anual estimado se situaría entre 326 y 435 libras, lo que da un valor medio de 380 libras, algo superior al precedente.

     En la armada, hacia 1725, el costo de una ración alimenticia diaria se estimaba en 92 maravedíes. Si se toman en cuenta los precios tipo del trigo en la época, el consumo por persona y día todavía daría un valor algo inferior. Ciertas proyecciones, referidas a los ejércitos de la primera época moderna, llevan a concluir que la ración mínima o de subsistencia por soldado era de 700 gramos al día, que proporcionaban 1.875 calorías; pero que, si no se complementaba con otros alimentos, podía conducir a la inanición. Cuando los ejércitos se desplazaban, para que un soldado pudiera caminar entre seis y ocho horas diarias necesitaba entre 3.400 y 3.600 calorías.

     En Francia, para la plenitud del siglo décimo octavo, una familia de seis miembros que se mantenía con una cantidad modesta de trigo necesitaba cuatro kilos al día. También se estima que una familia de entre cinco y seis miembros consumía al año unos 15 quintales de trigo y centeno. Como el quintal son 46 kilos, el consumo de los 15 equivale a 690 kilos, y por tanto la estimación da un resultado que es la mitad que la anterior, porque 4 por 365 es 1.460. Luego habrá que suponer que la familia citada en primer lugar tendría entre 10 y 12  miembros.  En otra familia rural, compuesta por la pareja y tres hijos de seis a nueve años, el varón adulto consumía entre 2 y 3 libras de pan diarias porque de él obtenía regularmente su energía. Puede afirmarse con exactitud esta cantidad porque esta ración es al mismo tiempo el elemento en especie del salario agrícola. El consumo de la mujer adulta era similar, y el de los niños se deduce del consumo total diario para esta familia tipo, que se estima comprendido entre 8 y 10 libras. Otros creen más realista situar el consumo diario de pan de una familia tipo en un valor comprendido entre 6 y 8 libras. Pero probablemente el cálculo correcto es el inverso, al menos para nuestra región. No es tan factible calcular la cantidad de alimento que cada día se necesita para obtener el suministro energético cuanto averiguar la cantidad de energía que efectivamente es suministrada por día a cada trabajador: una fanega por persona y mes.

     Hacia 1750, para una población de 150.000 habitantes, se calcula un consumo diario de unas 2.000 fanegas de trigo. No parece exagerado porque 2.000 fanegas son unos 111.000 kilos o 241.304 libras. De donde resultaría un consumo por persona de 1,6 libras.

     La carne que se consumía era de cerdo salada. En la región la fresca se llamaba tocino y su suministro a los mercados se aseguraba mediante el sistema de abastos. Lentejas, habas y judías eran las legumbres de consumo preferente. Ajo, cebolla, rábano y col también eran habituales, así como la leche y el queso. Sal, grasa, aceite y manteca eran suministros estables de las cocinas. El vino era una parte estimable de la dieta allí donde se producía.

     El déficit de renta inducía a comer alimentos poco saludables. Ocurre ocasionalmente la sustitución prolongada durante días de la comida de pan por exclusivamente frutas, lo que, en opinión de los observadores contemporáneos, puede ser causa del incremento de la morbilidad de crisis en la región. Probablemente se refieren a sus efectos sobre el tracto intestinal y sus coléricas consecuencias. También puede suceder abstenerse de la dieta de carne durante meses y reiterar la de legumbres, hierbas y frutas poco nutritivas y en cantidades escasas, lo que tiene el mismo efecto, según la misma opinión. La carencia de alimentos llevaba al consumo de hierbas silvestres.

     Para la indumentaria común se utilizan paño grueso o telas de lana del país, y para el trabajo tejido de cáñamo mezclado con lino o con algodón, materias estas últimas a las que también se recurre para la lencería. De lino y de lana se hacen los sombreros y las cofias. Como calzado, en el campo se usan los zuecos de madera o galochas. Los zapatos quedan reservados para las ocasiones. La leña sirve para la calefacción y la lumbre, y las velas de sebo son la base del sistema de iluminación artificial. Gasto común imprescindible era el alquiler, medio corriente de acceso a la vivienda.

     Solo el producto del precio medio del pan por el consumo estimado alcanza a superar el 90% de los ingresos que proporcionan los 200 días de trabajo al año que aportaría el varón adulto cuando se alimenta de pan de centeno. Panes de calidad inferior hacen descender la proporción, pero siempre la mantienen por encima del 60%, aunque también hay quien concede al consumo de pan un valor relativo próximo al 50%.

     Algunas estimaciones, al tiempo que conceden un menor valor relativo al consumo del pan, próximo al 50% del gasto, creen que el total del gasto alimenticio alcanza los dos tercios del gasto total, lo que implícitamente otorga un 16% al agregado vino, hortalizas, legumbres, etc.

     Las mismas estimaciones que conceden al gasto en pan el valor relativo del 50%, y al del agregado vino, hortalizas, legumbres, etc. el 16, a la indumentaria conceden un 15, a la energía doméstica un 5 y al alumbrado un 1. Debemos suponer que el resto (13%) habrá que atribuirlo al alquiler de la vivienda. No obstante, en los analistas que leemos, parece más probable que tal resto se esté concediendo implícitamente al pan. Pero, tratándose de la región, tal vez es más acertado tener en cuenta el alquiler de la vivienda como un gasto general.

     Por su parte, para avalar la escasa diferencia entre el comportamiento diacrónico de un índice de precios aritmético y otro ponderado, uno de los más representativos observadores, partidario de la primera forma, optó por los siguientes valores ponderales para la época de nuestro interés. Trigo, 4; vino y aceite de oliva, 3; cebada, queso, garbanzos, carne de vaca, cordero, azúcar, huevos y arroz, 2; el resto de su larga serie de bienes, 1.