El veredicto de la arqueología

Gastón Barea

Es inevitable recurrir a la arqueología para decidir sobre el alcance político que tuviera la pujanza de quienes actuaban a favor de la república democrática a partir de mediados del milenio anterior a la era. Los procedimientos conquistados por esta fórmula permiten deducciones, si no indiscutiblemente acertadas, al menos independientes de lo que otras vías de información suministren, si el recopilador consigue mantener a salvo de contaminaciones mutuas sus fuentes.

     Frente a las afirmaciones de los textos que cuentan aquellos hechos, la arqueología se ha impuesto un deber de independencia. Para quienes trabajan ateniéndose a su método, se trata de saber con exactitud lo que pasaba en el perímetro extraño y sagrado del tofet, al margen de las seculares controversias de las que ha sido siempre objeto. Todo el mundo está de acuerdo en reconocer que el yacimiento que en su lenguaje se conoce con aquel nombre estaba reservado a incineraciones infantiles y que por eso era un recinto sagrado. Pero para los escépticos arqueólogos la cuestión está en saber si la cremación de los niños incluía su sacrificio o no, tal como pretenden los textos.

     Los arqueólogos creen que cualquier intento de reconstrucción del ritual del tofet a partir de sus procedimientos debe rehuir de la certeza de que consistía en un sacrificio humano, tal como los textos más explícitos sostienen. Así actúan convencidos de dar la mayor oportunidad posible a la crítica de las que juzga evidentes exageraciones de los textos. Además, como cuestión previa de método, en su opinión en modo alguno sería correcto refundir unos con otros dándoles un orden, el que suponían para los hechos imaginados, e insertar en el combinado, en la medida de lo posible, los materiales provenientes de las excavaciones. Ajustar las deducciones de los yacimientos a las afirmaciones de los textos antiguos, dando preferencia a estos solo porque ya estaban escritos, como durante un tiempo se hizo, sería negar el valor específico que pueda tener el registro arqueológico. Las reconstrucciones dominadas por los textos son una globalización acrítica de datos heterogéneos. Recomponen un cuadro siniestro, muy vivo y vibrante, de marcado tono oriental, que se han prolongado hasta el siglo XX. Así resultarían unas evocaciones del pretendido sacrificio infantil tan esquemáticas como demasiado simplificadoras.

     Para sacar todo el partido a la información arqueológica hay que recuperar las reconstrucciones desde una posición algo distinta. Para equiparar el valor de la información arqueológica al de la escrita, se trata sobre todo de cargar la responsabilidad sobre el material fósil que ha sido posible rescatar. El procedimiento de evocación ha consistido en combinar el análisis minucioso del registro con deducciones propias de una arqueología que ha dado en llamar experimental. Afortunadamente, los hechos probados por las excavaciones son suficientes para intentar una amplia reconstrucción de este tipo que, si no es del todo convincente, al menos sí es todo lo minuciosa en la descripción de los sucesos asociados al tofet que las excavaciones consienten.

     El tipo de yacimiento en el que hay que concentrar la atención, el que los arqueólogos llaman tofet, es una formación compleja. El de Cartago es sin duda el más sorprendente de todos, aun descontando la importancia de la ciudad, y también el mayor de cuantos se conocen. Como estuvo en uso de manera ininterrumpida durante mucho tiempo, ha proporcionado una información portentosa. Fue descubierto en 1921. Pero para entonces ya eran conocidos otros diez, unos en Tunicia y Argelia, otros en Sicilia y Cerdeña, y algunos incluso ya habían sido excavados. Hoy los tofetes están bien documentados, además de en Cartago, en Cádiz, Cagliari, Es Cuyram,  Hadrumeto, Marsala, Monte Sirai, Motya, Nora, Sfaz, Sulcis y Tharros. Los más interesantes, aparte el de Cartago, han resultado el de Hadrumeto, el de Motya y el de Tharros, que son también los conocidos desde hace más tiempo.

     El conocimiento de los tofetes está limitado por los azares y desventuras de sus excavaciones. Hace un siglo la investigación arqueológica todavía era una actividad algo marginal, muy probablemente por voluntad propia, porque en ella se mezclaban el deseo de saber y un difuso y lucrativo mercado extralegal al servicio del coleccionismo privado. En cualquier lugar la legislación sobre objetos antiguos encontrados en el subsuelo era ambigua o no existía, y en el África colonial francesa la situación no era menos indefinida. En estas circunstancias era frecuente que los hallazgos arqueológicos fueran resultado del azar, y no del método ni del acertado juicio de un equipo de especialistas.

     Hadrumeto, en el territorio de la actual Tunicia, está a unos doscientos kilómetros al sudeste de la capital, Túnez. Ocupó en el antiguo litoral una parcela que ahora cubre el solar de Susa. Su tofet fue descubierto en 1884 por azar. Luego fue alcanzado por los bombardeos de la segunda guerra mundial, circunstancia que ayudó a poner de actualidad el lugar. Terminada la guerra, fue estudiado por Pierre Cintas, uno de los clásicos expertos en este tipo de yacimientos, quien publicó los resultados de su trabajo en 1947.

     Motya es el nombre que ha dado origen al de Mozia, que denomina ahora una población de Sicilia. Su tofet es el más importante de cuantos la isla ha proporcionado. Fue descubierto en 1920 por Joseph Whitaker, quien publicó los resultados de su excavación al año siguiente en Londres. La primitiva población fue destruida por Siracusa en el año 397 aC. Para que sirviera a los mismos fines sus desolados vecinos construyeron otra ciudad, la portuaria Lilibeo, cuyo lugar hoy recibe el nombre de Marsala. Aquellos hombres siguieron frecuentando los ritos del tofet, por lo que el de Lilibeo resulta la natural prolongación del que sirviera a la ciudad de Motya.

     El tofet de Tharros es el más importante de cuantos hubo en la isla de Cerdeña, aunque también tienen allí interés los de Monte Sirai y Sulcis. El de Tharros ha sido definitivamente excavado durante los últimos años ochenta. Dirigió su exhumación el profesor Enrico Acquaro, de la universidad de Bolonia, uno de los mejores especialistas en las arqueologías púnica y fenicia. Los restos proporcionados por el trabajo de campo luego han sido estudiados con sumo cuidado. En el análisis al detalle del material han colaborado con el profesor Acquaro otros especialistas italianos. Algunas de sus conclusiones fueron publicadas en 1988.

     La irregular trayectoria del conocimiento de los tofetes con mucha exactitud la resume la historia de la excavación del tofet de Cartago, cuyo descubrimiento fue obra de unos aficionados tenaces, rendidos a la pasión por la arqueología. Ocurrió  tras la puesta de sol de la víspera de la feliz Navidad del año 1921, horas para la que es difícil sustraerse a la tentación de tomarlas como precedentes a una Nochebuena. La versión más exacta del acontecimiento la cuenta el principal inventor del sitio, François Icard.

     Era suboficial de fusileros de la administración colonial, una ocupación que le permitía sobrevivir sin verse en la obligación de empuñar un arma. Alcanzado el grado de vejez que la burocracia exige para la promoción, fue después nombrado inspector de la policía de Túnez, cargo del que se enorgullecía, ya con las prendas civiles, a fines de aquel año.

     Cualquier policía colonial, mientras conservara su inclinación a la supervivencia, debía trazar una frontera entre los intereses de la metrópoli y la actividad de los indígenas. Si esta no interfería aquellos, la policía del colonizador podía recrearse en los atractivos del país. En el tiempo al que nos referimos en Túnez se vivía el estimulante estado del trabajo de utilidad limitada que activa aquella frontera, lo que a Icard le permitió alimentar su amistad con un franco Paul Gielly, modesto funcionario municipal con quien cada día compartía poco antes del almuerzo los excelentes aperitivos llegados de Sicilia .

     Las hierbas que se agregan al vermut pueden originar trastornos no del todo previsibles, según consta en viejos códices piamonteses. Mas no debe adjudicarse a su descontrolada acción que a consecuencia de sus habituales encuentros Icard y Gielly dieran en dedicar sus ratos libres a la arqueología, y que ocio y citas la convirtieran en la pasión de ambos. En aquella época las indígenas actuaban ocultándose en los dominios de la vida privada. Gracias a que al mismo tiempo para ellos era posible la frecuente incursión en campos fuera de todo control, consiguieron desarrollar un olfato particularmente sensible a las antigüedades, criatura adaptada a las circunstancias y a los tiempos.

     Con demasiada ligereza este tipo de personajes ha sido condenado por los más rigurosos promotores del método arqueológico. Sería un error descalificarlos sirviéndose del anacronismo, mucho más acusarlos de alguna intención desviada. Las publicaciones que alimentaron, y sobre todo las fichas elaboradas por Icard, demuestran que cualquier interés innoble quedó al margen de la búsqueda febril que aquellos pioneros abnegados protagonizaron en el tofet de Cartago.

     Las circunstancias del hallazgo demuestran la exactitud de estos juicios. Averiguó el leal Gielly que un indígena astuto, buscador de piedras -como tantos que desde hacía siglos esquilmaban el fértil subsuelo de Cartago- vendía en el mercado negro ciertas estelas funerarias. Eran ejemplares de un tipo muy conocido desde que empezaron a descubrirse, en diversos puntos de la región, a mediados del siglo XIX. La pareja de aficionados, que podía actuar a satisfacción en los círculos periféricos, respondió positivamente a la iniciativa de aquel hombre, quien a partir de entonces empezó a ofrecerle, con frecuencia creciente, las estelas en cuestión. Sorprendidos por la prodigalidad del vendedor, y arrastrados al deseo de saber hasta dónde se atrevería a llegar, en vez de retraerse, decidieron solicitarle más. Quedaron estupefactos cuando comprobaron que el traficante era capaz de suministrarle lotes enteros. Como la capacidad de oferta del tunecino era inagotable, los dos amigos tuvieron que rendirse a la obligación de satisfacer su intriga llegando hasta el fondo del asunto.

     Una peculiar entrega del especulador, la que ahora es conocida como estela del sacerdote, hoy en el museo del Bardo de Túnez, fue el afortunado medio que permitió que los acontecimientos se precipitaran. La estela parecía un emblema cuya interpretación creyeron inequívoca. Un hombre, vestido con una túnica, tocado con un gorro, aparecía con la mano derecha levantada, en un gesto que para ellos era propio de un orante, y con un niño de pañales en su brazo izquierdo, recogido sobre el cuerpo. El destino de aquel niño bien podía sospecharse. No les cupo duda, aquella estela procedía de un lugar donde eran practicados ciertos sacrificios. Era urgente dar con él antes de que el traficante lo destruyera por completo.

     Para alcanzar su objetivo idearon un plan sencillo. Sabedores de que las excavaciones que alimentaban aquel mercado se practicaban de noche, como de noche vegetan los tahúres o hacen sus balances los usureros, bastaría con mantener vigilado al suministrador durante la parte oscura de la jornada. No fue necesario que estrecharan demasiado el cerco, una vez reunidos los indicios suficientes. Una noche clara de fines de diciembre Icard y Gielly siguieron al tunecino. Consiguieron sorprenderle. Con la complicidad del dueño del terreno -una parcela cercana a la dársena rectangular del puerto antiguo-, más la ayuda de algunos obreros, en aquel momento extraía estelas del fondo de una zanja que habían abierto.

     Una vez hechas, no tenía sentido llevar las averiguaciones al fastidioso terreno penal. Al contrario, para ganar la mejor posición, lo sensato era colmar las expectativas mercantiles de los traficantes. Bastó con que Icard y Gielly juntaran sus ahorros, y con ellos adquirieran el terreno de donde procedían las estelas, para que todos los que con ellas especulaban se sintieran satisfechos y nuestros hombres exultantes. Con el trofeo en su poder, se apresuraron a demandar para sí el ingreso en el anhelado círculo de los arqueólogos, al que entonces accedía con más facilidad quien estaba provisto del aval que otorga el patrimonio inmobiliario. En una carta, fechada el 31 de diciembre de 1921, Icard informaba de su descubrimiento. Iba dirigida el presidente de la Comisión para África del Norte del Comité de trabajos históricos y científicos, E. Babelon, conservador del Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Babelon, como respuesta, pidió a Icard que redactara un informe para el director de Antigüedades, L. Poinssot. Era una manera distante y algo arrogante, pero inequívocamente positiva, de dar  respuesta a la demanda de ingreso hecha.

     Los dos amigos, entusiasmados por su éxito, para nutrir con la mejor materia su comunicación, se entregaron a un febril trabajo de campo. Dedicaron a las excavaciones los domingos y todo el tiempo libre de que disponían, acordada entre ellos una relación que concedía la responsabilidad de los trabajos a Icard, hombre por demás prudente y que desde el principio supo dirigirlos con inmejorable método para su época y para su formación. Pero fue inevitable que al poco de emprender el trabajo, ya a comienzos de 1922, la endiablada arqueología del tofet de Cartago asomara, la misma que desconcertó a generaciones de excavadores, y que finalmente, presa de la inseguridad, le faltara la seguridad que da la precisión del registro.

     En una conocida carta que el 7 de febrero de 1922 Icard dirigió a E. Babelon cumplía con el compromiso adquirido. Describía sus avances y sus incertidumbres, a la vez que dejaba ver con ingenuidad sus limitaciones: “Al efectuar un sondeo más completo a 5,50 m de profundidad, hemos encontrado una capa uniforme de tierra arcillosa amarilla de tres centímetros de espesor. Esta capa, que se extiende horizontalmente bajo tierra, es muy compacta y está perforada en diversos puntos por bloques de toba en bruto que asoman como pequeños menhires. Bajo estos bloques de toba hemos realizado un hallazgo muy curioso. Al sacar uno de estos menhires, encontramos una especie de dolmen subterráneo bajo el cual había una urna con dos asas, con formas elegantes y pintadas con círculos rojizos. Este pequeño dolmen, que puede medir 0,50 m de altura, está formado con placas de toba procedentes seguramente de los alrededores de Cartago, posiblemente de las orillas del lago”. Impresionado por la sencillez de los restos aparecidos en el fondo de la excavación, concluía que podían ser de “una época tan lejana que podrían atribuirse a una colonia egipcia”.

     A la sesión del Comité celebrada solo una semana después, el 14 de febrero, L. Poinssot presentó un informe que se sostenía sobre aquella comunicación, al poco publicado en el Boletín Arqueológico del instituto, en el que sobre todo enfatizaba las ingenuidades contenidas en la carta de Icard. En cambio, omitía las juiciosas observaciones estratigráficas del generoso excavador, quien, enfrentado a la complejidad del yacimiento, rescataba sus característicos conjuntos votivos de unos niveles desiguales, en los que aparecían superpuestos. Es muy probable que su trabajo terminara por concentrarse en el estrato inferior, a juzgar por las alusiones que los textos hacen, donde las fases se superponían encabalgadas, razón que le aconsejaría finalmente evitar la propuesta de una estratigrafía rígida.

     Por desgracia, al tiempo que las prudentes apreciaciones que la correspondencia de Icard suministraba no fueron recogidas por el informe redactado por Poinssot, este se atrevió a proponer una estratigrafía de cuatro niveles, a la que añadió un intento de cronología absoluta, lo que le valió el mérito de crear  las primeras confusiones sobre el tofet adecuadamente enmascaradas bajo la apariencia del rigor. Por suerte, las excavaciones posteriores modificaron mucho su precipitada visión de las capas y de las fechas. Así quedó ejecutada, en este caso, aquella especie de justicia histórica que consiste en destruir lo que sobre el abuso se había levantado. Pero nada pudo evitar que el informe de Poinssot, revisado y con mayor extensión, se convirtiera un año después (1923) en el primer texto de inspiración arqueológica que sobre el tofet de Cartago fuera difundido. Lo firmó junto a su colaborador R. Lantier, y fue presentado al público en la francesa Revista de historia de las religiones con el título “Un santuario de Tanit en Cartago”.

     Las excavaciones de Icard y Gielly quedaron suspendidas el 4 de noviembre de 1922. Sobre las razones que llevaron a la interrupción aún se duda. Es cierto que les faltaron fondos para continuarlas. Su capacidad de financiación de los trabajos quedó seriamente mermada con la adquisición del solar, y no disponían de más medios para reponerla que el resto de sus ahorros y las severas economías que imponían a sus ingresos regulares. En menos de un año todas aquellas fuentes habían dado de sí cuanto estaba a su alcance. Pero también es verdad que entre los dos amigos y la Dirección de Antigüedades surgieron desacuerdos más que justificados. Icard, como responsable de la excavación, proporcionaba los datos a Poinssot, y con ellos este y Lantier redactaban sus comunicaciones, de mayor prestancia académica que los textos originales, aunque de discutible exactitud. Aquella manera de relacionarse fue motivo de enfrentamientos crecientes, en parte consecuencia de la distorsión que padecían  los datos obtenidos a pie de excavación, en otra, efecto de la ira que acumula quien se ve reducido a una posición subordinada porque trabaja en beneficio de otro. Icard no pudo más que ir detestando tan desigual colaboración y finalmente, tomando la iniciativa, acabar con ella. Sin apoyo oficial y sin medios propios para sacar adelante el proyecto, fue inevitable que renunciara a él, y así como quedaron interrumpidas las relaciones oficiales que daban aval al trabajo la excavación quedó en suspenso.

     El balance no podía ser muy satisfactorio. Se habían rescatado cientos de estelas y de urnas, pero la mayoría no podían proporcionar toda la información que en potencia contuvieran porque las tensiones en medio de las que hubo que trabajar habían originado una desalentadora falta de precisión del registro. Tampoco la primera publicación de resultados hacía justicia a la importancia del hallazgo, a causa de los excesos y los abusos de los que se había alimentado. Para colmo, mal vallado, poco después de que los trabajos se suspendieran, el recinto del que Icard y Gielly eran dueños fue objeto de pillajes.

     Pero aquella primera experiencia tampoco fue un fracaso completo. Había transcurrido menos de un año desde el descubrimiento y en tan poco tiempo algunas características del yacimiento podían ser enunciadas con suficiente justificación. Aunque las excavaciones se habían limitado a una pequeña superficie en los niveles más profundos, era suficiente para aislar con seguridad el lecho del yacimiento y el depósito que sobre él solía hacerse, entre otros descubrimientos de interés, observaciones ambas que con el tiempo han resultado esenciales para la interpretación correcta del tofet de Cartago.

     Con el tiempo, sin embargo, circuló otra versión de su hallazgo, la ofrecida por el que a sí mismo se presentaba con el llamativo título de conde Byron Khun de Prorock, tan convincente como el de marqués de Carabás. La contó en un breve texto, publicado en 1926 en forma de libro, bajo un enfático título, En busca de los extintos dioses africanos, un expansivo reportaje de los trabajos que aquel singular aristócrata desarrollara en Tunicia. Para hacerse una idea justa de su personalidad ayuda saber que lo que en este texto relata suele estar tocado por un grueso gusto por lo sensacional y por lo insólito. Se podrían multiplicar las referencias a los lugares de su obra que ilustran tal manera de proceder. Con el propósito de evocar su estado de excitación inmediato al descubrimiento del tofet, dice, por ejemplo, que “el virus de la excavación” se ha apoderado de él. En otro momento, incurre en tan fácil asimilación de su relato a los textos de Conan Doyle, afirmando que “el modo en que hemos descubierto el templo no está muy lejos de las proezas de Sherlock Holmes”, que el lector no sabe de qué admirarse más, si de su ingenuidad o de su atrevimiento. Pero, de cuanto de él se ha difundido, tal vez lo más evocador de su manera de proceder sea el relato de lo ocurrido tras descubrir, en el transcurso de las exhumaciones, una estela con una inscripción. Quienes pudieron leérsela le informaron que amenazaba a quien la derribara con que sería “aplastado por Baal”. Pretendió que la maldición había caído sobre quien se había responsabilizado de su conservación porque, al ir a mover la piedra, le hirió en la frente e hizo que cayera en un pozo del campo de excavaciones.

     Refiere Prorock que supo de la existencia del lugar del tofet gracias a la información que le proporcionara Paul Gielly, quien había trabado interesada amistad con cierto árabe astuto, el mismo del que sabemos que proveía el mercado negro de las consabidas estelas. Siguiéndolo hasta su escondite -no está claro si una antigua cisterna romana o un depósito municipal de agua-, Gielly, Icard y Prorock se hicieron los encontradizos y consiguieron congraciarse con él dándole de beber. Cuando a juicio de sus embaucadores estuvo lo bastante ebrio, lo interrogaron de tal modo que hicieron que admitiera su fechoría. Sirviéndose de la efusión de amistad del momento, le pidieron que al menos algún indicio les diera del lugar de donde sacaba las estelas. A fuerza de insistir le arrancaron una confesión.

     Entusiasmados, los tres amigos partieron en dirección a las montañas, algún lugar en los alrededores de Túnez. Pero volvieron con las manos vacías. La información que el taimado les había dado resultó falsa. El saqueador había conseguido burlarse de la policía, de la administración civil y hasta de la ciencia y beberse el vino sin pagar un franco, y todavía continuó su comercio con toda impunidad.

     Pero otro día Prorock, Gielly e Icard decidieron seguirlo, una vez caída la noche. Por la luz de la luna vieron al expoliador cavar. Era definitivo. Estaba en una zona que después sería identificada como recinto acotado para el tofet. El conde describe así el momento decisivo de la pesquisa: “Fue sorprendido con las manos en la masa, con diez piedras votivas a su alrededor. El lugar donde había trabajado necesitaba ser excavado de arriba abajo, así que compramos el área y nos pusimos al trabajo. Así fue cómo se descubrió el santuario de Tanit”.

     El relato de Prorock es el responsable de que los hechos que contó Icard degenerasen a una historia de misterio de opereta, y que haya sido esta, y no la primitiva, la aceptada como verdadera historia del hallazgo del tofet de Cartago, forma de venganza de los defraudados contra la que nada puede hacer la sinceridad.

     En realidad, el conde Byron Khun de Prorock, tan arqueólogo como millonario, entró en escena, de forma inesperada, después del 4 de noviembre de 1922, cuando Icard y Gielly suspendieron su excavación. Al parecer era de origen húngaro, aunque para entonces tenía nacionalidad norteamericana, o al menos con pasaporte de los Estados Unidos viajaba. En las fotos tiene el aspecto del dandi atildado de los años veinte. Vestido de blanco impecable, se hacía retratar en el lugar de las excavaciones encorbatado y tocado por un gorro colonial, razones suficientes para que algunos hayan opinado que gustaba tanto de la arqueología como de la vanidad.

     Pero en él coincidía otro rasgo de carácter que en aquellas circunstancias resultó feliz. A la debilidad por la arqueología sumaba otras virtudes, como el sentido práctico y el espíritu de empresa americanos, de modo que actuó como promotor arqueológico. Ese fue su verdadero papel en esta historia.

     Con una hábil política de relaciones públicas y propaganda, basada en conferencias, cursos y publicaciones, buscó ayuda financiera y científica para sacar adelante la empresa del tofet de Cartago. Con un entusiasmo similar al de los asociados para la protección de los animales, castigaba con una muletilla a los sufridos oyentes y lectores que necesitaban la cultura que él difundía. Era alarmante -venía a decir- la velocidad con que avanzaban las horribles construcciones nuevas en la nueva Cartago. Aquella voraz arquitectura era una inquietante amenaza para los verdaderos amantes de la arqueología. Era urgente salvar el sitio del tofet antes de que fuera definitivamente devorado y sepultado.

     Empezó por recomprar el terreno a Icard y Gielly y acondicionarlo. Pero su mayor éxito fue comprometer a un sólido equipo internacional para que continuara con las excavaciones, y tuvo finalmente el mérito de convertir su espíritu emprendedor en entusiasmo. Suscitó en aquel equipo un interés por las excavaciones no igualado, hasta el punto que lo esencial de la excavación del tofet fue resuelto entonces.

     En el grupo promovido por el conde coincidieron algunos de los mejores especialistas en la cultura púnica del momento, pioneros de esta disciplina de la arqueología y de la historia de la civilización. A su frente estuvo Francis W. Kelsey, de la universidad de Michigan, quien actuó como director del proyecto y jefe de la misión enviada por aquella universidad; encabezaba además la parte americana del grupo y fue el responsable de los trabajos de campo.

     El segundo pilar del sólido equipo fue el abate J. B. Chabot, en 1922 presidente de la Academia de Inscripciones y Buenas Letras francesa. Para entonces ya había participado en la formación del Corpus Inscriptionum Semiticarum (CIS), del que fue editor. Era la mayor autoridad de su época en la lectura de la lengua púnica. En aquel grupo representaba el aval científico francés.

     Con Chabot colaboró el profesor Stéphane Gsell, epigrafista, historiador e infatigable arqueólogo, y completaba la parte francesa del equipo Alfred Merlin, del Louvre, experto arqueólogo que había dirigido, en la costa oriental de Tunicia, la excavación del pecio del siglo I anterior a la era que contenía los bronces Mahdia.

     George R. Swain, fotógrafo asociado a la universidad de Michigan, fue el encargado de tomar las instantáneas de los trabajos. Sus clichés, muy precisos, con el tiempo se convirtieron en documentos de excepción para conocer el método que en las exhumaciones se fue usando y los descubrimientos que fueron sucediéndose.

     Por último, también era miembro del equipo el británico Donald B. Harden, joven adjunto en la universiad de Aberdeen, Escocia, cuando fue reclutado para esta misión. También era arqueólogo. Sus conocimientos serían tan preciosos para la comprensión del tofet que gracias a ellos dedujo una estratigrafía que, en lo esencial, aún sigue vigente, y dio el nombre que ha prevalecido a sus secuencias culturales, a las que también adjudicó fecha. Pasado el tiempo, sería uno de los que mejor conocieron los mundos fenicio y púnico, y acabó su carrera como conservador jefe del Museo Británico.

     Durante 1925 el equipo de Prorock completó su campaña de excavaciones. Se concentró en una parcela al norte del área que Icard había trabajado, bastante más extensa que esta. De sus descubrimientos Kelsey solo dio una breve explicación bajo el título Un informe preliminar de las excavaciones de Cartago, 1925. Apareció como suplemento de la Revista Americana de Arqueología en 1926, cuando McMillan la editaba en Nueva York. Kelsey quedaba muy agradecido a Prorock por no haberse lanzado sin reflexión a excavar, y por no haber revuelto la zona de arriba abajo, tal como amenazara después de comprarla. Prometía además un informe más elaborado de cuatrocientas cincuenta páginas que, por desgracia, jamás fue publicado, porque Kelsey murió antes de completarlo, en 1927. Afortunadamente, con el tiempo, otros participantes en aquella aventura irían ampliando sus deducciones.

     A partir de este momento la excavación del tofet quedó abandonada durante casi una década. Pero el doctor Carton, un personaje de especial interés por Cartago -cuyos méritos estaban acreditados desde fines del siglo XIX-, excavador de la ciudad antigua en otros terrenos, unos años después de la muerte de Kelsey decidió comprar una parcela al sur de la zona ya levantada, de mayor extensión aún. Se había propuesto emprender el trabajo de inmediato. Pero también murió antes de que pudiera satisfacer su deseo.

     Por iniciativa de la viuda de Carton, el padre blanco G. G. Lapeyre sería quien a continuación investigara en aquella parcela. La excavó entre 1934 y 1936. Para hacer frente a la empresa contó con alguna ayuda del Instituto de Francia. Los resultados de sus tres años de actividad los resumió Lapeyre en dos brevísimos trabajos, ambos aparecidos como actas de la Academia de Inscripciones. El primero, publicado en 1935, lo tituló simplemente “Recientes excavaciones en Cartago”, y el otro, ya de 1939, fue presentado como “Excavaciones del museo Lavigerie en Cartago”. A esto quedó limitada la explicación pública de sus actividades.

     Las campañas de Lapeyre proporcionaron miles de cipos, estelas y urnas. Por su medio mucho material epigráfico y para el análisis de las memorias funerarias se acumuló en los museos. Pero por desgracia todo este material también fue suministrado en bruto, porque tampoco Lapeyre se cuidó de la necesaria relación entre los restos y su estrato. El conocimiento del tofet como área de sacrificio no había avanzado nada durante los años treinta y estaba a punto de estallar la segunda guerra mundial.

     Como consecuencia de esta, el lugar permaneció en el mismo estado durante los siguientes años. Fue Pierre Cintas, un funcionario del cuerpo de aduanas, quien reemprendió las excavaciones del tofet tras la segunda guerra mundial. Trabajó acogido a la Dirección de Antigüedades, ya bajo la responsabilidad de G. Ch. Picard.

     Cintas fue el último y el mejor arqueólogo autodidacta de la serie salida de entre los funcionarios de las colonias francesas, arqueólogos de vocación que compensaban la falta de preparación con plena dedicación al trabajo, lo que les permitía dominar con rapidez el terreno. En Túnez estuvieron entre los que más contribuyeron al método y al conocimiento de la antigüedad.

     Cintas hizo sus prácticas de campo con el doctor Gobert, hombre experimentado y exigente que dominaba la arqueología de la prehistoria y de la protohistoria de Túnez. Gobert, para el tiempo de la postguerra, era autoridad equiparable a la del doctor Carton en su época, y además terminó siéndolo en los campos más extensos de las arqueologías púnica y romana. Considerando la situación de entonces allí, más lo que se acostumbraba hacer para formar arqueólogos en aquellos momentos, la escuela de Cintas fue buena, y fue un excavador con olfato y con suerte, mezcla poco habitual que dio origen a sospechas y recelos, y hasta dudas sobre la autenticidad de algunos de sus descubrimientos suscitó.

     A partir de julio de 1944 Cintas excavó en el llamado terreno Hervé, una extensa parcela al sur de las ya estudiadas en el tofet. Estaba separada de estas por la calle Numidia, que atraviesa de oeste a este desde la avenida Aníbal hasta la calle Yugurta. La parcela tenía forma trapezoidal y unos dos mil metros cuadrados de superficie. Pero su particularidad no solo procedía de que estaba algo separada de todo lo que ya del tofet se había excavado. El subsuelo también era distinto. Estaba repleto de muros en los niveles más inmediatos, y a más profundidad los cimientos romanos habían alterado los estratos originales. Esto empezó por complicar los trabajos, no obstante lo cual los muros fueron aprovechados como referencias para el sistema de coordenadas de las tres dimensiones que gustan respetar los arqueólogos más metódicos. Además, uno de ellos, un grueso muro curvado de radio muy amplio, orientado poco más o menos de este a oeste, fue utilizado para dividir la excavación en dos sectores, el norte y el sur.

     La excavación empezó por el sector norte. Cintas abrió una zanja en la dirección dominante de la parcela -la este-oeste- de unos ocho a diez metros de longitud. Partió del límite oeste, la avenida Aníbal. La exploración inicial fue decepcionante. Solo proporcionó estelas y cerámicas púnicas tardías, incluso a cuatro o cinco metros de profundidad. Pero más hacia el este los estratos parecían más consistentes. Aparecieron cipos de gres estucado a unos cinco o seis metros. Sin embargo, el nivel arcaico no daba la menor señal, aun a tanta distancia del suelo actual. La explicación a esta anomalía la encontró poco después. Aún más al este, Cintas y Feuille, su colaborador, hallaron una hilera de losas verticales que formaban un muro, orientado en dirección norte-sur. Parecía que estaban en uno de los límites del recinto. Dedujeron que podría tratarse del lado oeste del primer trazado, anterior en el tiempo a una masa de conjuntos votivos, la superior -correspondiente a una época poco precisa, quizás el siglo IV-, que se vio en la necesidad de rebasar aquel límite.

     En el área oriental de la zanja, más allá de las losas hincadas en posición vertical, ya pudieron identificar los estratos que los excavadores anteriores habían descrito. A una profundidad entre seis y siete metros descubrieron los más antiguos depósitos rituales. A tanta profundidad la excavación terminó en el agua. El mar, muy próximo por el lado este, de la antigüedad acá había subido medio metro su nivel.

     La primera campaña de Cintas en la zona norte del terreno Hervé levantó unos ochenta metros cuadrados de la superficie de la parcela. Fue muy útil para la descripción precisa del nivel más profundo. Después, desde 1946, y durante casi dos años, excavó la mitad al sur del muro curvo. Allí la obra romana, levantada sobre los restos de la ciudad cartaginesa, de nuevo apareció primero. Eran grandes pilares de cimentación de planta cuadrada, levantados en orden triangular. El punto más alto de los pilares romanos, numerados uno por uno, sirvió otra vez como referencia de partida para medir la profundidad de los niveles. La otra referencia, la opuesta, fue el nivel del agua, anotado día a día.

     El mejor descubrimiento, tanto de la carrera de Cintas como de toda la excavación del tofet, ocurrió en la primavera de 1947. Bajo los primeros niveles de urnas apareció un depósito y una pequeña y sorprendente arquitectura. Supuso que todo correspondía a un lugar sagrado dentro del recinto, por lo que el conjunto luego sería conocido, no sin sarcasmo, como capilla de Cintas. Su primera descripción la publicó en la Revista tunecina de 1948 con el título “Un santuario precartaginés en el arenal de Salambó”.

     Estaba localizada en un área rectangular de poca extensión, delimitada por las estacas V, VI, XIII y XIV del lado sur del terreno Hervé. El centro era un hueco en el suelo primitivo, al parecer un pozo natural. A su alrededor había restos de muros derrumbados, algunos en paralelo entre sí, formando estrechos pasillos.

     Según la reconstrucción de Cintas, en una primera fase, anterior a cualquier instalación en el lugar, solo había existido la cavidad natural. Después se había levantado la pequeña obra cuyos restos aún podían tocarse, una modesta cámara, cubierta con una bóveda rebajada que descansaría sobre los muros paralelos interiores. El minúsculo espacio así cubierto habría sido lo que Cintas suponía el santuario precartaginés. La obra de arquitectura estaría destinada a proteger un depósito, el que se habría hecho al principio en el pozo espontáneo, y podía suponerse la prueba material de la solemnidad concedida a aquel acto.

     En una fase siguiente -tercera de su teoría- el monumento degeneró a un montón de ruinas, con solo los fundamentos de los muros en su sitio. Solo en otra posterior -cuarta fase- el lugar sería ya centro de la actividad propia de un tofet púnico, en este caso todavía en su época primera. Así lo demostraban para Cintas los agujeros en los muros derrumbados, donde aparecían depositadas innumerables ofrendas de la primera fase.

     La responsabilidad de toda esta reconstrucción recaía sobre la excepcional cerámica encontrada en aquel sitio, en cuyo análisis Cintas concentró toda su atención. Podía separarse en tres conjuntos. Una lucerna de dos mechas y un ánfora era el primero, que apareció por encima del pozo central. Para su descubridor era una prueba de que en época posterior a la de su origen hubo un relleno de tierras. El segundo era más homogéneo en apariencia y más abundante. Estaba cubierto por el lodo endurecido que había llenado el hueco natural, donde estaba depositado. Sus piezas mejores eran un askos en forma de pájaro, tres oinochoes y dos kotyles con decoración geométrica. Porque no cabía duda de que se trataba de cerámica griega. Pero el tercero era el más atractivo. Estaba metido en la base de uno de los muros y por eso pronto lo interpretó su descubridor como un depósito de fundación, dos objetos que además sugerían una fecha muy remota. Uno, una lucerna escudilla de una sola mecha, lo podía relacionar con la tradición fenicia. Para decidir que podía proceder de la fecha más remota, el indicio más alentador era que las lucernas encontradas en las tumbas de época arcaica tenían dos mechas. La otra pieza era aún más cautivadora, una hermosa ánfora ovoide con asas retorcidas y decoración geométrica. Cintas interpretó que tenía características micénicas.

     Creyó que el supuesto depósito de fundación y lo que había en el pozo era todo de fines del segundo milenio y así lo declaró en su texto de 1948. Estaba convencido que había descubierto, en la misma playa que pisaron los navegantes que vinieron de oriente, una prueba arqueológica de la leyenda de la fundación de Cartago. Según esta, en las versiones paralelas del siglo IV antes de nuestra era, Cartago habría sido fundada muy a fines del precedente siglo XIII. Con aquellos materiales, Cintas se creía en condiciones de avalar la certeza de la fecha que la leyenda hasta entonces había sostenido.

     Desde que explicara sus deducciones, la cronología de Cintas fue el aval de la supuesta fundación de Cartago en el segundo milenio. Él mismo se entregó con entusiasmo a desarrollar una teoría con la mediación de más piezas. Pero en 1951 P. Demargue, en un trabajo que tituló “La cerámica púnica”, aparecido en la Revista arqueológica, corrigió las fechas de Cintas de manera convincente. Era la primera réplica seria a las autorizadas ideas del apasionado excavador.

     Con el tiempo se ha demostrado que las cerámicas fechadas por Cintas en el segundo milenio eran efectivamente griegas y uno de los primeros depósitos del tofet. También que habían sido puestas en aquel lugar en dos momentos, próximos en el tiempo. Pero la cronología absoluta debía variar. La fecha del conjunto quedó primero fijada en mediados del siglo VIII, aunque luego con más flexibilidad se atribuyeron a los años que van del 760 al 680. Eran objetos euboico-cicládicos y corintios, tal vez procedentes de la colonia de Pithecusa, promovida desde Eubea y fundada en la italiana isla de Ischia.

     La bibliografía de Cintas es extensa y del mayor interés para conocer con rigor el tofet de Cartago. Pero de ella destacan dos obras, una de 1950 y otra de 1970. En 1950 publicó un grueso volumen de Cerámica púnica. Recogía los importantes trabajos sobre la materia anteriores a él, y aun así sentaba nuevas bases para esta ceramología, que así quedaba convertida en un conocimiento especializado. Pero sobre todo esta obra contiene lo mejor de sus teorías sobre la Cartago del segundo milenio. En 1970, ya al final de su vida, publicó el primer tomo de su Manual de arqueología púnica. A pesar de las correcciones, es aún un manifiesto en favor de las dataciones arcaicas para Cartago. Pero en él, deliberadamente, destruye de una vez la teoría propia sobre la pretendida capilla que fue conocida con su nombre. Para redactar el Manual Cintas recuperó las notas de sus excavaciones de los años cuarenta. A su vista relativizó el valor y el significado de su hallazgo de 1947. Revivió ahora situaciones arqueológicas, si no similares a las de la capilla, por lo menos comparables. Existieron otras pequeñas cámaras, poco analizadas antes, que también tenían sus pozos sin depósitos óseos pero asociados a objetos votivos como betilos, cipos y cerámicas.

     Pero en 1970 todavía pensaba que la cerámica hallada en la primavera de 1947 era excepcional. Por eso da la impresión que en su obra definitiva, decepcionado por tener que admitir que la cerámica griega que había encontrado no tenía la antigüedad que pretendiera, prefirió banalizar el medio arqueológico de este descubrimiento con argumentos no muy sólidos. Sin embargo, la razón no le faltaba por completo. Aún hay detalles que este excavador tan singular observara que subsisten sin contradicción, o al menos sin explicar de manera satisfactoria. El más importante es la evidencia de los muros en el nivel inferior del tofet, arquitectura anterior a por lo menos una parte de los primeros depósitos en aquel recinto. Solo el reiterado uso de un mismo lugar para sucesivos depósitos, con la obligada remoción del estrato también en el nivel más bajo -circunstancia no descrita en la literatura del lugar-, explicaría lo que en apariencia sigue siendo, si no anómalo, algo poco frecuente.

     Cintas trabajaba en la publicación exhaustiva de sus actividades en el tofet cuando una muerte prematura lo sorprendió. Su obra quedó sin terminar. Los archivos que dejara, por desgracia incompletos y casi insondables sin él, demuestran su excelente dominio del método. Había deducido, por ejemplo, que era necesaria la reconstrucción gráfica cuando las situaciones arqueológicas son muy complejas o muy ricas, algo que hoy el procedimiento considera normativo pero que entonces no era todavía regular. Sus excepcionales cualidades como dibujante le permitían registrar los datos del terreno en tres dimensiones, aunque con la fidelidad asequible a las técnicas manuales. Se proponía convertir muchos de estos apuntes en gráficos analíticos, completando las reconstrucciones en alzado y planta con una serie de cortes que bien podrían llamarse histológicos.

     En los años setenta del siglo XX Cartago ya se había convertido en la temida ciudad balnearia. Las casas se habían multiplicado en los alrededores del tofet, tal como había previsto Prorock. El estudio de campo del sitio del tofet estaba detenido desde los cuarenta. Pero por suerte el mismo año de la muerte de Cintas empezó una campaña internacional, patrocinada por la Unesco, para la salvaguarda del sitio. Aprovechando este impulso, un equipo norteamericano, de la Escuela de Investigaciones Orientales de Chicago, reemprendió las excavaciones del tofet en 1974. Su proyecto aspiraba a objetivos muy amplios. Pretendía delimitar con la mayor exactitud posible los periodos y las fases del tofet, analizar los restos humanos y animales que las urnas del recinto contenían, clasificar las estelas y los cipos funerarios y estudiar las inscripciones; un programa ambicioso que abarcaba todo lo que del tofet tiene interés.

     Lawrence Stager fue el director de este equipo, y entre sus componentes destacó Jeffrey Schwartz, especialista en antropología médica de la universidad de Pittsburg, encargado del estudio de los restos contenidos en las urnas que se fueron encontrando. Los descubrimientos de Schwartz han sido importantes y a menudo sorprendentes. Los resultados de sus análisis son conocidos a través de los textos de Stager.

     Durante los años de 1975 a 1979 Stager y los suyos excavaron en el tofet. Retomaron el trabajo donde lo había dejado medio siglo antes otro grupo dirigido por un norteamericano. Porque el equipo de Chicago levantó una parcela contigua a la que excavara el dirigido por Kelsey, casi de la misma superficie, en dirección este. Las excavaciones fueron difíciles porque el terreno se volvió pantanoso, a consecuencia de la profundidad que las zanjas abiertas alcanzaron.

     Para 1990 el equipo de Stager aún no había publicado el conjunto de su excavación. No obstante, algunos informes parciales y unos cuantos artículos permitieron conocer sus conclusiones provisionales. Además, un estudio notable se relaciona con las campañas de los setenta, el de Susanna Shelby Brown. Participó en el equipo y luego escribió una tesis a la que puso el título de Sacrificio infantil tardío y monumentos de sacrificio en su contexto mediterráneo. Fue presentada en la universidad de Chicago en 1986.

 


Historiografía metafísica

P. Martín Vázquez

El alcance que como vía de conocimiento Arthur Schopenhauer reconoció a lo que en su tiempo se llamaba historia osciló. Entre la primera y la segunda edición de su obra mayor, El mundo como voluntad y representación, un lapso comprendido entre 1819 y 1844, pasó de especular con que fuera una ciencia a negarlo, a reducirla a la condición de saber y a convertirla en el principio de la razón colectiva. Él mismo hizo el balance de la evolución de su pensamiento. “Recapitulando -dice en 1844-, hemos reconocido que la historia, considerada como medio para conocer la esencia de la humanidad, es inferior a la poesía, para luego constatar que tampoco es una ciencia en sentido estricto y, por último, que el empeño por construirla como una totalidad con principio, intermedio y final, junto a una conexión llena de sentido, descansa sobre un malentendido. Así las cosas, parecería que queremos despojarla de todo valor propio, si no mostráramos en qué consiste el suyo. Sin embargo, una vez superada por el arte y apartada de la ciencia, le queda un dominio muy distinto de ambos y enteramente peculiar, en el que se mantiene con todos los honores.” Y sentencia: “Lo que la razón es al individuo es la historia al género humano” (II, complementos III, cap. 38).

     Quizás no fuera una salida demasiado feliz a un problema que él mismo había examinado con tanto detenimiento. No es fácil defender una razón para el imposible ser llamado género humano. Pero sí son valiosas muchas de sus reflexiones. Si nos servimos de sus ideas sobre los géneros creativos, así como de otras piezas de su sistema, es posible llevar sus propuestas más allá de unas especulaciones cuyo balance se reduce a una transacción. Nada hay que obligue a buscarles una salida, ni el propio Schopenhauer se la propuso, ni en esta ni en cualquiera de sus investigaciones. Pero basta con servirse de su sagacidad y de su lucidez para colocar la historiografía en un lugar que al menos sea más satisfactorio que el devaluado al que se ve reducida ahora.

 

Apartada de la ciencia

Según Schopenhauer, cualquier ciencia es un sistema de verdades universales abstractas, leyes y reglas respecto de su objeto. Se compone con el principio de razón como órgano y con su objeto particular como problema. Bajo estas condiciones, está al alcance de la historia ensayar la posibilidad de convertirse en ciencia. Basta con que se atenga con disciplina a los hechos humanos como problema y utilice como órgano la ley de la motivación.

     En busca de su objeto la historia rastrea el hilo de los acontecimientos. Los acontecimientos son letras a partir de las cuales leer la idea del hombre. Los hechos humanos, los acontecimientos, el cambio, etc., son la azarosa forma del fenómeno de la idea, que es cada nivel de objetivación de la voluntad en la medida en que la voluntad es cosa en sí, no mero fenómeno sujeto a los apriorismos a partir de los cuales actúa el principio de razón (tiempo, espacio y causalidad). En los acontecimientos solo es estable y esencial a la idea la voluntad de vivir, que se muestra en las propiedades, pasiones, errores y méritos humanos.

     La ley de motivación es su órgano porque el motivo es la causalidad tamizada por el entendimiento o percepción de los fenómenos. Solo el fenómeno de la voluntad está determinado por la motivación. La voluntad se hace visible ante los motivos. Prometen continuamente con una satisfacción que la apague, y en cuanto se alcanza reaparecen bajo otra forma. Los motivos determinan la expresión de la voluntad en cada momento, lo que se quiere en cada momento.

     La historia es pragmática en la medida que deduce los acontecimientos según las leyes de la motivación, que determinan la ley de la voluntad que se manifiesta donde es iluminada por el conocimiento. Por eso puede ser una ciencia. Si los hechos humanos son la azarosa forma del fenómeno de la idea, el conocimiento de la idea a través de ellos, por ser fenómenos, está sujeto a los apriorismos a partir de los cuales actúa el principio de razón (tiempo, espacio y causalidad). Es verdad que la posibilidad de explicar la cosa en sí, el dominio de la metafísica que hace único al ser humano, queda al margen del principio de razón y que las explicaciones a partir del principio de razón son relativas, dejan sin explicar lo que se presupone; en el caso de la historia, “el género humano y todas sus singularidades relativas al pensar o al querer” (I, I, 15). Lo que no niega la posibilidad de ciencia. De los fenómenos se deducen conceptos y con estos se construyen las demostraciones racionales, y tampoco está al alcance de ninguna de las ciencias llegar hasta la idea.

     Pero las ciencias se clasifican según que sus principios universales tiendan a la subordinación o a la coordinación, de modo que unas seducen más al discernimiento y las otras a la memoria. A la historia le está negada la subordinación porque para ella lo universal es “la panorámica de los periodos principales” (I, I, 14). A partir de estos no es posible deducir lo que ocurrirá en particular, porque los hechos solo están subordinados a los periodos según el tiempo y coordinados de acuerdo al concepto. Los asuntos históricos no tienen ninguna ventaja sobre los de la mera posibilidad. Lo significativo de estos no es lo individual, sino lo universal, la idea de la humanidad que se expresa por ellos. Las posibilidades que la historiografía tiene de dar origen a una ciencia están pues limitadas a causa de su objeto.

Superada por el arte

Solo el arte es el tipo de conocimiento que examina las ideas. El arte reproduce las ideas eternas capturadas a través de la contemplación pura. Es la contemplación de las cosas independientemente del principio de razón. Se opone al examen al que lleva la experiencia y la ciencia. Saca del curso del mundo el objeto singular que contempla, en el que ve el todo, y se detiene ante él. Así para la rueda del tiempo y hace que desaparezcan las relaciones causales. Mas la creación solo se ve fecundada por el mundo y la vida mismos, la impronta de lo intuitivo.

     El objeto del arte es una idea, el fin de todo arte es comunicar la idea captada. La comunicación de la idea es la obra de arte. El material con que la reproduzca depende del género. El que llega más lejos es la música, que es trasunto de la voluntad misma. En ella la melodía, que con agudas notas altas dirige el conjunto, narra la historia de la voluntad iluminada por la reflexión.

     En el arte escrito la palabra, que es lo inmediato, es el concepto, obra de la razón, y la palabra lleva desde el concepto a lo intuitivo, que es la idea, cuya representación se confía a la fantasía del lector porque los objetos reales son casi siempre ejemplares deficientes de las ideas. De ahí que sea necesaria la mediación de la fantasía, para suplir esa carencia con lo que la naturaleza no ha podido completar. Eso aproxima la creación a la locura, porque en la locura la fantasía es la encargada de suplantar los intervalos de demencia o pérdida de memoria.

     A recorrer el trecho que media entre la abstracción o concepto y la intuición ayuda toda clase de tropos. Sus posibilidades son inagotables porque se conceden la licencia del uso de las reglas de la lengua. El cinismo, por ejemplo, aun sin estar reconocido como tropo, puede ser un recurso retórico de valor semejante a la ironía. Quien lo utiliza lo hace en beneficio de lo que intuye. En cuanto al ritmo, en el texto trasciende su elaboración porque “nuestras fuerzas representativas tienen la peculiaridad de hallarse esencialmente vinculadas al tiempo y en virtud de dicha peculiaridad seguimos interiormente todo ruido que se repita con regularidad” (I, III, 51, 287). Gracias al ritmo, queda al alcance del texto la historia de la voluntad, que de otra manera quedaría reservada a la música.

     La poesía es la encargada, en competencia con la historia, de presentar la idea de humanidad. En los géneros de poesía más objetivos la revelación de la idea de humanidad se consigue mediante la presentación de caracteres significativos o por la invención de situaciones sintomáticas. Todo lo que conmueve el corazón humano, lo que incita al hombre, lo que anida e incuba en su pecho, es el material del poeta, el hombre universal. El estado poético libera del querer y adentra en el puro conocer. Sujeto del conocer y sujeto del querer se identifican.

     El drama es el género de poesía más objetivo, más perfecto y más difícil. La tragedia, cima del arte poético, presenta un gran infortunio, siempre disenso de voluntades, por obra de la extraordinaria maldad, del ciego destino o por las relaciones que obligan a los hombres a enfrentarse. Esta última forma se desprende de los caracteres humanos.

     Mientras tanto la historia, encargada, en competencia con la poesía, de presentar la idea de humanidad, solo proporciona datos empíricos del comportamiento humano, lo que permite extraer reglas de conducta antes que sondear la esencia del hombre. En la historia el azar raramente propicia la presentación de caracteres significativos que permitan revelar la idea de humanidad. “La historia es a la poesía lo que el retrato a la pintura histórica; la historia ofrece lo verdadero en particular y la poesía en general”. Una larga comparación entre ambos géneros (I, III, 51, 288-293) permite negarle a la historia idénticas posibilidades. La historia pues tampoco entra en el campo del arte.

Revisión del objeto: la moral, la injusticia y el derecho

La voluntad en sí es absolutamente libre y no hay ninguna ley para ella, si bien la libertad es la mera negación de la necesidad, porque necesidad es la consecuencia obligada de un fundamento o causa dada. Los niveles de objetivación de la voluntad son las ideas, en el objeto se conoce la idea, y para conocer la idea en el objeto la consideración del objeto debe descansar sobre el objeto mismo.

     El conocimiento, sea intuitivo o racional, tiene su origen en la voluntad, a cuyo servicio actúa. El conocimiento es el medio en el que residen los motivos y la eficacia de los motivos requiere que sean conocidos. El conocimiento de las ideas es necesariamente intuitivo, no abstracto, y puede emanciparse y liberarse del querer. El tránsito desde el conocimiento común al conocimiento de la idea ocurre cuando se emancipa el conocimiento del servicio a la voluntad. El sujeto deja de ser sujeto individual y queda absorto en la contemplación del objeto al margen de su conexión con otros. Para ello todo el poder del espíritu debe consagrarse a la intuición. Afirmación y negación de la vida, que es la voluntad misma, proceden del conocimiento vital, que se expresa por los hechos y la conducta.

     La voluntad es lo primero y el conocimiento un instrumento suyo, y en el conocer el carácter encuentra todos sus motivos. Gracias al influjo del conocimiento sobre el obrar se desarrolla el carácter, que es la manifestación inmediata de la voluntad. Representa la voluntad en los niveles más altos de objetivación. El carácter inteligible, o abstracción de la forma temporal del carácter empírico, coincide con la idea o con el acto originario de la voluntad.

     Además del carácter inteligible y el carácter empírico existe el carácter adquirido, por cuya mediación se dice que un hombre tiene o no carácter. Se adquiere a lo largo de la vida por el trato con el mundo. Es el conocimiento más exacto de la individualidad propia, de las posibilidades inalterables del carácter empírico propio. “Cada acción individual se sigue con la más estricta necesidad del efecto del motivo sobre el carácter” (I, II, 23). Al carácter, que en cada hombre representa una idea distinta, van aproximándose cada una con sus medios las expresiones artísticas.

     La decisión electiva del hombre es la posibilidad de un conflicto entre motivos que toman la forma de pensamientos abstractos. Aunque la voluntad en sí misma y al margen de todo fenómeno es libre y omnipotente, en sus fenómenos individuales iluminados por el conocimiento se ve determinada por motivos frente a los cuales el carácter siempre reacciona del mismo modo. Como el conocimiento es variable, el modo de obrar de un hombre puede modificarse, aunque no se modifique su carácter. Solo puede actuarse sobre la voluntad mediante motivos, aunque no la modifiquen. Dado que la voluntad, en cuanto cosa en sí, está fuera del tiempo y de toda forma del principio de razón, el individuo ha de obrar siempre del mismo modo en iguales circunstancias, y si se conocieran exhaustivamente el carácter empírico y los motivos la conducta del hombre se podría calcular.

     La injusticia y el derecho son meras determinaciones morales. No tienen validez para considerar el obrar humano en cuanto tal. Casi nunca podemos enjuiciar correctamente la moralidad del comportamiento ajeno y raramente nuestros propios hechos. La moral genuina nace del conocimiento intuitivo. Es el comportamiento no egoísta o conocimiento emancipado del querer. La auténtica bondad, que es compasión, proviene de un conocimiento inmediato e intuitivo que encuentra su expresión en los hechos, no en las palabras. El significado puramente moral es el único que tienen lo justo y lo injusto para los hombres en cuanto hombres, no en cuanto ciudadanos de un estado. Es lo que se ha llamado derecho natural, que sería más adecuado llamar derecho moral.

     Cualquiera que haya hurgado en la historia del pasado reconocerá que este mundo humano es el reino del azar y del error, alentados por la maldad y la necedad. A ello se debe que lo malvado y lo pérfido afirmen su dominio en los hechos. Canibalismo, asesinato, mutilación, esclavitud y atentar contra la propiedad fruto del trabajo son grados descendentes de la injusticia, o imposición de una voluntad individual sobre otra. La razón reconoce que para disminuir el sufrimiento de la injusticia lo mejor es que todos renuncien a conseguir por el obrar injusto. Esto es el contrato social o la ley. Este es el origen del estado, que puede ser más o menos perfecto.

     Cuando la legislación está determinada por la teoría de lo justo y lo injusto es un auténtico derecho positivo y el estado una lícita institución moral. De lo contrario, la legislación positiva es una injusticia positiva. Así el despotismo, la esclavitud o la servidumbre.

Revisión del medio: el género historiográfico

Si lo significativo de los asuntos de la mera posibilidad no es lo individual sino lo universal, la idea de la humanidad que se expresa por ellos; y los asuntos históricos se equiparan en ventajas a los de la mera posibilidad, queda al alcance de los asuntos históricos deducir lo significativo, lo universal, la idea de la humanidad que se expresa en ellos.

     Historia y poesía compiten en el encargo de presentar la idea de humanidad. La esencia del hombre no es inaccesible desde la historia. A menudo la esencia del hombre se hace patente en la historia siempre que esta se examine con ojos artísticos o poéticos, es decir, siempre que se intente captar la idea y no el fenómeno, la esencia y no las relaciones. De ese parentesco entre historia y poesía (I, III, 51, 288-293) proviene “que los grandes historiadores de la antigüedad sean poetas en los detalles cuando les faltan los datos, como por ejemplo en el discurso de sus héroes. Toda su manera de tratar los materiales históricos se aproxima a lo épico, pero esto da unidad a sus crónicas y les permite conservar la verdad interna incluso allí donde la verdad externa les era inaccesible o estaba falsificada”. (I, III, 51, 290).

     En historia, que solo existe como historiografía, no se trata de perseguir el hilo de los fenómenos en el tiempo, sino de indagar el significado ético de las acciones. Seguramente la épica, con la rigidez de sus valores, no se considere ahora entre los mejores medios de expresión. Para alcanzar resultados comparables, basta incorporarse a la caudalosa corriente abierta por el género narrativo contemporáneo, del que espontáneamente, por su naturaleza, forma parte la historiografía. Nada le impide al texto de historia la invención de situaciones sintomáticas, tal como hacen los géneros de poesía más objetivos cuando se trata de revelar la idea de humanidad. Sería necesario disciplinar la fantasía, que no puede salirse de los hechos ni incluir la falsedad o la mentira. Puede encontrar su territorio natural en la conjetura, a la que si se da rienda suelta lleva por vía de intuición hasta la idea.

     La historiografía, si renuncia a ser una ciencia de la historia, solo pierde peso. Es una ventaja que de antemano puede contar en su favor con que la expresión escrita, que es su medio natural, es ya y por completo razón.


Trabajo pagado con tierra

Bartolomé Desmoulins

Cuando el trabajo ajeno se obtiene valiéndose del salario, el comprador se apropia de una fracción de su capacidad productiva, que se mide por unidades de tiempo o por actividad completada. De todas las modalidades de detracción de trabajo, la que más se le asemeja es la prestación de servicios a cambio de una parcela. En ambos casos se trata de entregar a otro tiempo dedicado a la actividad productiva. Hay, sin embargo, algo primordial que las separa, y no es la cantidad de tiempo; una parte, en el caso de quien recibe a cambio una parcela; todo el que estén dispuestos a comprarle sus demandantes, en el caso del que recibe un salario.

     Como la detracción de servicios tiene como remuneración el acceso a la tierra, y el tiempo de trabajo que se vende a otro siempre es a cambio de una renta, ha ocurrido una mutación radical. El asalariado no tiene ninguna capacidad para decidir sobre el uso del suelo, y por lo tanto sobre la cantidad de producto que de él se pueda obtener. Su remuneración se ha independizado de los rendimientos que puedan obtenerse. El contratante, invirtiendo los términos, es ahora quien le transfiere una parte del ingreso bruto que obtiene, calculada en función de su capacidad para trabajar, tal como hace para el resto de la energía que consume una labor. Es probable que esto nunca dejara de tomarlo en cuenta quien demandaba cualquier forma de trabajo ajeno porque está en el origen de la actividad humana.

     Pero ¿qué decir cuando el salario es una parcela de tierra? Entonces el fenómeno alcanza un grado de complejidad poco frecuente, que necesita análisis y reflexión. Sabemos positivamente que esto solo ocurre cuando la parcela se suma a otros medios de pago. Supongamos que fuera toda la remuneración; si era una parte de ella, es porque también podría ser toda. Sería algo similar, si no idéntico, a la muy remota relación que conectaba corveas con manso. Aunque no por eso dejaría de ser trabajo asalariado. El tiempo de trabajo vendido a otro, más aún en el caso de que sea todo, se compra entregando a cambio otro bien. Podríamos decir que es un pago en especie. Es cierto que se trata de una especie con propiedades peculiares, pero no mucho más que otras. Si en vez de recibir como pago tierra se percibiera por ejemplo lana, convertirlo en renta final propia también podría exigir añadir trabajo al trabajo ya hecho, el que ha sido pagado de aquel modo. Es verdad que se podría vender la lana, sin más, y así ya se obtendría un ingreso; como se ganaría cediendo la parcela percibida como pago a cambio de una renta, sin más. Pero extraerle a cualquiera de las dos formas de pago toda su renta posible exigiría efectivamente añadir trabajo al trabajo ya hecho: lavar, cardar, tundir, hilar, en el caso de la lana; sembrar, escardar, recolectar, en el caso del suelo.

     Probablemente, la explicación, en el caso de la remuneración mediante suelo esté en la renta que sus cualidades pueden generar, la que podría obtener el pagado con él solo a condición de que se la cediera a otro. Cuando quien compra el trabajo paga con una parcela está cediendo un valor que se expresa con la idea de renta de la tierra. Es la consecuencia de la enorme cantidad de trabajo acumulado en la que tiene utilidad agropecuaria, y sobre todo de la alta demanda de suelo fraccionado, hábil para el trabajo campesino, que provoca la concentración de su mercado. Las parcelas de pequeñas dimensiones son las que alcanzan la más alta cotización por unidad de superficie, a base de pasar de unas manos a otras, de arriendo a subarriendos, cadena de transmisiones o intermediarios, cada uno de los cuales espera su parte. Quien las tomara a ese precio tendría que disponer de unos medios y arriesgar unas inversiones imprescindibles, según el procedimiento o sistema al que se atuviera, para lo que disponía de una gama de posibilidades, siempre limitadas por las condiciones de la cesión, sobre todo por el tiempo para el que se hubiera previsto. Si dispone de todos los medios necesarios, o se resigna a los que tenga, bastará con que cuente con ellos y su trabajo. De lo contrario, tendrá que recurrir a contratar servicios que cubran sus carencias. El inventario de unos y otros, de los medios propios y de los servicios que pueden ser necesarios, sería la relación de los trabajos campesinos más completa, y a renglón seguido de las posibilidades que al trabajo ajeno se le abren.

     Si volvemos ahora a nuestro asalariado cuyo trabajo se paga con una parcela, se liquide de este modo todo o solo una parte, parece razonable pensar que el bien tierra que percibe, aunque podría trasladarlo a otro, es más probable que prefiera mantenerlo bajo su control y ponerlo a producir. A partir de aquel momento, su condición sería doble, asalariado y campesino; asalariado para otro, campesino para sí. Si además de trabajar para otro dispusiera de medios para actuar como campesino, todo consistiría en compatibilizar su compromiso laboral con el trabajo en la parcela cedida. Claro que en ese caso no podría dedicar todo su tiempo de trabajo a quien lo contrata, quien habitualmente exigía esta condición. De ser así, solo le quedaría una salida. Que los medios que necesitara para poner a producir la parcela con la que se le pagaba los adquiriera comprando los servicios que su explotación fuera necesitando.

     Nadie estaba en mejor posición para proporcionárselos que el labrador para el que trabajaba, que los tenía en abundancia, desde la simiente hasta los destajistas que segaban las mieses. Por supuesto, porque la tierra en cesión parcelada era un bien que cotizaba en alza en su mercado, además de pagarle los servicios que le prestara, como se los tendría que pagar a otro, quienquiera que los completara, tendría que pagarle a su contratante la renta de la tierra con que lo había remunerado. Pagar el trabajo asalariado con la cesión de una parcela, para quien lo adquiría tendría una doble ventaja, asegurarse la actividad del contratado a lo largo de todo el ciclo, tiempo durante el que trabajador, porque había sido anclado como campesino, tendría que asegurarse la extracción del producto a la parcela de su paga, y la percepción de rentas exigibles por la prestación de servicios y la cesión del suelo.


Tipo de interés y control del crédito

Jasón Quesada

El marco legal que regía el crédito a mediados del siglo décimo octavo lo había fijado el legislador en 1705, decidido a detener la imparable caída del precio del dinero durante la época moderna. El emperador Carlos, entre 1534 y 1539, atendiendo a sucesivas peticiones de Cortes, había reiterado que en los contratos de censo que hasta entonces se hubieran hecho, así como en los que se hicieran en lo sucesivo, el dinero que se diera a título de censo debía cobrarse a razón de 14.000 al millar, es decir, al precio de mil maravedíes por cada 14.000, que es lo mismo que un 7,14 %. Decidió además que ningún censo o tributo al quitar (el préstamo que se podía cancelar en el momento que se devolviera el principal) se pudiera pagar en especie (pan, vino, aceite, leña, carbón, miel, cera, jabón, lino, gallinas, tocino) ni género que no sea dinero. Liquidar créditos con bienes de consumo se consideraba abusivo porque los precios de cada uno inevitablemente, en un medio de fuertes oscilaciones de los precios, con el tiempo modificaban el nominal de los principales. Lo que en modo alguno desterró la costumbre. A mediados del siglo décimo octavo aún era una de las fórmulas más frecuentadas por el crédito rural común o espontáneo.

     En 1563, Felipe II mandó que no se pudieran imponer censos por menos de 14.000 al millar y que los contratos censales acordados hasta aquel momento se ajustaran a este precio, bajo la pena de que los que no se atuvieran a esta tasa fueran nulos, así como de privación del oficio de escribano a quien autorizase otro acuerdo. Esta decisión, tal como puede leerse en los códigos, es en el mejor de los casos ambigua, y como veremos su interpretación puede oscilar. Menos, en este lenguaje, puede ser más, porque cualquier tipo nominal menor que 14.000 al millar significaría un incremento del precio. Si 14.000 al millar es lo mismo que 7,14 %, 13.000 al millar, por ejemplo, sería 7,69 %, y así sucesivamente.

     Lo cierto es que cualquiera de estas decisiones legislativas del siglo décimo sexto tendría como consecuencia la pérdida o el estancamiento de los ingresos que proporcionaran los réditos. La presión financiera consecuente sería la responsable de que en 1586, de acuerdo con una decisión que ya se había tomado en 1548, también en respuesta a peticiones de Cortes, se distinguiera entre los censos de a 14.000 al millar, al quitar, y los censos de por vida, cuyos rendimientos, aunque tan indefinidos en el tiempo como los censos al quitar, contaban a su favor con la posibilidad de prolongar más la deducción de intereses.

     Pero pragmáticas de 1573, 1574 y 1580 revelaron que se contrataban censos bajo la modalidad de perpetuos, es decir, no cancelables nunca, cuyo precio, porque su cobro se prolongaba indefinidamente, estaba por debajo de 14.000 al millar. El medio en el que esto ocurría lo ponía al descubierto la complementaria regulación específica de los que seguían contratándose en especie (pan, vino, garbanzos, aceite, leña, carbón, miel, cera, jabón, lino, gallinas, tocino y cualquier otro género que no sea dinero), a pesar de lo regulado en 1534. Se ordenó que los censos contratados bajo esta condición, calculados al precio corriente que tenían las respectivas especies cuando y donde se contrató el censo y resultaran por debajo de 14.000 al millar, que se regularan a este precio; que los que se hubieran contratado como perpetuos se consideraran redimibles y se pudieran quitar pagando el principal, y que por tanto todos se consolidaran como redimibles; y que los perpetuos que tuvieran precio por debajo de 14.000 al millar, si no llegaban a 20.000 o 5 %, si el deudor quisiera, podría reducirlos a redimibles y pagarlos a 14.000 al millar.

     Sin embargo, todavía una pragmática de 1583, que prohibió que se contrataran censos por dos, tres o más vidas, se plegaba a regular que los que se acordaran por una vida tuvieran por precio 7.000 al millar (14,29 %), y no menos precio, y que su principal no se pudiera transferir a plata labrada, oro labrado, tapices, ni otras alhajas o joyas, sino todo el dinero de contado. Los que antes se hubieran concedido por dos vidas debían reducirse a 8.000 al millar (12,5 %), y los acordados por más de dos vidas, que se redujeran a dos vidas y por tanto a 8.000 al millar.

     Pero la circulación efectiva se impuso. Las pragmáticas de los años 1608 y 1621 mandaron que no se pudieran imponer ni censos ni juros al quitar a un precio inferior de 20.000 al millar. También ordenaron que los censos impuestos hasta aquel momento, incluso los que estaban constituidos con un precio más bajo, quedaran reducidos al mismo precio, y que a este, y no a más, se pagaran en lo sucesivo. Fue el primer ajuste severo de los tipos de interés modernos, más resignado que complaciente. La pena, en caso de que no se respetara la tarifa, sería solo la nulidad del acuerdo.

     Posteriormente, según expone la pragmática de 1705 a la que se remiten todos nuestros documentos, al legislador se le habrían solicitado reiteradamente nuevas bajadas de los réditos de los censos. Muchos de sus acreedores, porque creían que obtenían más beneficio en conservar a su deudor tal como cultiva y administra sus bienes que en su desistimiento de los bienes hipotecados, por su cuenta habían decidido disminuir los réditos de los censos que ingresaban. Porque con la moderación se aseguran su paga. De ahí que el legislador de aquel año, para procurar el alivio posible, teniendo en cuenta que la necesidad obligaba a pedir nuevas ayudas y que la calamidad de los tiempos había disminuido el valor de los patrimonios rentables, porque no había ninguno que produjera los réditos que antes hizo ajustado el interés de 20.000 al millar, mandó que en lo sucesivo no se pudiera imponer censo al quitar a menos precio que 33.000 y 1/3 al millar (3,03 %), que tampoco se pudiera pedir más por ellos, ni en juicio ni fuera de él, y que los contratos que se hicieran de otra manera carecerían de valor. Ningún escribano podría hacerlos por debajo de este precio, pena de perder el oficio. Los censos que antes se hubieran suscrito a un precio inferior, a partir de aquel momento, quedarían reducidos a 33.000 1/3 al millar, y los réditos que en adelante corrieran se reducirían al mismo precio, que se ha de entender y practicar a tres por ciento.

     En una pragmática de 6 de julio de 1750, finalmente, la administración de Fernando VI recapituló los antecedentes de esta evolución del mercado del crédito censal y el medio en el que se había decidido la última tarifa. Han sido distintos los réditos de los censos que se han permitido y prescrito por mis antecesores en estos reinos, alterándolos según lo iba pidiendo la conveniencia común de los vasallos; de modo que en tiempos no muy remotos se pagaba un crecido interés, después se fue moderando conforme la variación de las cosas, como ha sucedido a poco diferencia en todos los países de Europa, y aun del mundo, en donde hay censos; y últimamente el rey mi señor y padre, por su pragmática sanción de 12 de febrero de 1705, mandó que se redujese en los reinos de Castilla y León a tres por ciento el rédito de los censos que era de cinco, con los efectos ventajosos al público que acredita su observancia.

     Así pues, entre el primer tercio del siglo décimo sexto y mediados del décimo octavo el crédito censatario que se sujetaba a la ley, una vez reducido a una sola modalidad, la cancelable, bajó del 7 al 3 %, es decir, redujo a menos de la mitad su precio. La primera etapa del recorrido descendente tal vez fuera consecuencia, sobre todo, de la inflación monetaria, pero después la caída del precio, al menos en el medio rural, quizás fuera más el efecto del exceso de oferta de rentas dispuestas a participar en este mercado.

     El control judicial sobre el mercado de los censos era sin embargo más antiguo. Desde mediados del siglo décimo cuarto al menos estaba previsto que los jueces designaran en cada población una persona llana y abonada para que se hiciera cargo como depositario de los bienes sobre los que se litigara mientras transcurriera el proceso. En 1586, se afianzó la vigencia de esta figura en el ámbito rural mandando que los depósitos de los pueblos no se pudieran trasladar a las audiencias ni a las chancillerías, sucesivas instancias de los procesos judiciales, cuyas sedes estaban localizadas en los centros regionales, aunque hubiera apelación en las causas, salvo que lo consintieran los litigantes. De esta manera, se daban garantías parciales para la supervivencia local de los depósitos que habían tenido aquel origen. En los documentos de mediados del siglo décimo octavo positivamente es identificado el depositario de un capital redimido, sobre cuya titularidad se dirimía, como el depositario general de esta ciudad, lo que prueba la vigencia de aquella institución.

     En cuanto a su control, en 1583 se ordenó que en cada población donde se hubiera constituido depositario, el escribano del ayuntamiento debía llevar un libro en el que registrara los bienes que le fueran entregados al depositario. Diez años después, para incrementar las garantías de aquel control, precisó que en poder del depositario no podían entrar más depósitos que los que asentara en su libro y que el escribano del ayuntamiento debía cotejar cada cuatro meses su libro con el del depositario, tras lo cual el escribano le daría el visto bueno. Desde su promulgación, estas normas estuvieron vigentes ininterrumpidamente, y el depositario judicial quedó constituido en las poblaciones como un fondo estable bajo control del gobierno de los municipios.

     Sobre su vigencia y forma de proceder en el mercado del dinero en el siglo décimo octavo se puede discutir a partir del disenso sobre un tributo, cuyo principal eran 100 ducados, acordado en 1701. Las partes que por él se enfrentaban aceptaron como condición que el principal se había de depositar por la justicia real de la ciudad. La expresión no es lo suficientemente precisa como para afirmar que la intervención judicial la reducía a mediadora en la operación, actuando como depositaria transitoria de la cantidad prestada, o si tendría que ser la receptora del principal cuando el censo fuera redimido. El caso es que el 11 de febrero de 1701 fue firmado el compromiso entre las partes bajo esta condición.

     Resulta llamativo que la institución que prestaba era una cofradía del santísimo sacramento de una parroquia. Conociendo el control que imponía la administración eclesiástica romana sobre todas las instituciones que en algún grado dependieran de ella, y más cuando se trataba de operaciones como las que tratamos, no parece muy justificada la mediación de una jurisdicción distinta a la canónica. En cuanto a la condición de los deudores, un matrimonio común, nada había que invite a pensar en la necesidad de un tratamiento legal extraordinario.

     Tampoco una última precisión que hace el documento ayuda a resolver las dudas. El 9 de septiembre siguiente el tributo fue registrado en el libro de censos del cabildo de la ciudad. Debe referirse al libro registro de los depósitos que desde el siglo décimo sexto debía llevar la escribanía del municipio. El gobierno de la población, tal como estaba previsto, mantenía el registro de las operaciones de compraventa legal del dinero cuando se dirimía sobre ellas.

     Lo que en 1701 resulta nebuloso medio siglo después parece algo más claro. En 1749 el heredero del bien sobre el que pesaba la carga de aquellos 100 ducados de principal, el colegio de la compañía de Jesús, quiso redimirlos. Presentó su solicitud al alcalde mayor de la ciudad, la primera instancia judicial, quien ordenó examinar la escritura de imposición del tributo. Y solo una vez que la había consultado, permitió que la cofradía recibiera el principal. Fue un procurador quien hizo efectivos el principal y los réditos pendientes. De la redención, así como de la cancelación que habitualmente se hacía constar en el contrato original, se tomó nota en el libro de censos de la ciudad.

     Esta institución pública habría ido ganando posiciones a favor de la preeminencia de la jurisdicción civil sobre la canónica cuando se trataba de créditos. Al redimirse un principal de los vicebeneficiados de una parroquia, para lo que el deudor tuvo que cumplir con todas las formalidades exigidas por la jurisdicción eclesiástica (comparecer ante el provisor y vicario general del arzobispado, ganar despacho para la redención y seguir autos ante el vicario), el procedimiento hubo de completarse con una orden, que la redención se pusiera en los libros del cabildo de la ciudad donde estaba registrado el tributo. Es importante que conste que en este caso no mediaba disputa alguna de derechos. Se trataba solo de la devolución de un principal. Parece que la inscripción en aquel libro, si no en todos los casos, fue siendo el límite máximo del rigor formal cuando se cancelaba un crédito.

     Pero hay más. Decisiones igualmente al margen de litigios, en otras ocasiones se encuentran referidas no a la cancelación del crédito si no a su primer compromiso. En 1731, un clérigo de menores se obligó a pagar a un convento de carmelitas descalzos los réditos de 2.000 reales de principal. La escritura de este segundo crédito, a petición del convento, fue anotada en el libro de tributos de la ciudad ocho años después, en 1739. Otro censo, comprometido el 29 de abril de 1751, cuya principal era de una capellanía, y en cuya gestión intervino, con todas las formalidades de rigor, la vicaría, incluyó entre sus cláusulas una que prescribía que el registro del censo habían de hacerlo los censatarios en la escribanía de cabildo de la ciudad. También a veces se ordenaba que las redenciones de principales de capellanías se inscribieran en los libros del cabildo de la ciudad donde estaban registrados los tributos.

     Así pues, el control público sobre el mercado de los créditos, con el tiempo, no se limitaría a los principales y sus correspondientes réditos cuando se litigaban. Al menos en materia de redención de créditos e inscripción de los acuerdos fue ganando poder. Parece que las condiciones contractuales fueron parte decisiva para que unos créditos sí y otros no quedaran inscritos en el libro del cabildo. Al parecer se fue convirtiendo en un registro de los censos que explícitamente se contrataban con una cláusula que obligaba a esta formalidad. Desde luego la inscripción de estas operaciones en aquel registro, más aún si explícitamente estaba asociada a las condiciones del contrato, incrementaría sus garantías legales.


El dióxido de nitrógeno y la belladona

Sergei Granville

El parque del oeste es pequeño, si se compara con los espacios que dedican al esparcimiento en la periferia. Las autoridades, que conocen por estadísticas veraces las densidades de vecinos, concentran las inversiones públicas para jardines y áreas de recreo en zonas donde más demanda hay, y en las que se da la feliz coincidencia del mejor precio del suelo, tanto para el empleo del presupuesto, que no repara en gastos, como para los vendedores, cuya dedicación exclusiva a la compraventa les permite tarifar las superficies con un acierto que nunca alcanzará ningún instrumento de medida. Pero el parque del oeste, cercado por avenidas, es suficiente para que se solacen en él los vecinos del barrio donde vive Élder Condestable, oftalmólogo titulado en excedencia. La mayoría de los ellos habita en solitario su vivienda y dispone de suficiente tiempo de ocio en dimensión equivalente a la de sus rentas; bienestar que todavía prolonga el espacio de sus apartamentos, inversamente proporcional a sus aspiraciones a moverse. Mas el pánico que provoca la sospecha de la falta de aire para ellos tiene efectos expansivos. Aunque Élder, más que del espacio, es celoso de su tiempo, tanto más cuanto que le parece que no puede ser mucho del que pueda servirse una vez descontada a su vida la edad que ya acumula. Lo emplea con método, y del procedimiento que para su consumo se aplica cada día una parte es el paseo, que activa la circulación, entona las articulaciones y oxigena los pulmones en la medida que el aire de la ciudad lo permite. El aire de la ciudad os hará libres, recuerda, y reconoce que la libertad al servicio de las necesidades encuentra caminos inesperados. La proporción de dióxido de nitrógeno es una parte genuina de la atmósfera urbana, tan inexcusable como el encuentro con conocidos a los que no se desea saludar. Su consumo tiene ventajas para la libertad. Concede propiedades extáticas. Lo experimenta todos los días cuando el paseo está llegando a su límite, el que le imponen sus dos piernas, no siempre en el mismo orden. Cuando sale de su casa, apenas es capaz para depurar ideas e hilvanar una frase. Su cabeza se bate en un caos del que son responsables tanto el insomnio como la falta de cafeína, ya casi por completo excluida de su dieta. Según camina, empieza a fijar su atención en edificios, en encrucijadas, en personas singulares por exceso o por defecto. Son las únicas que a horas tan tempranas le estimulan algún enunciado moderadamente concluyente. Al cumplirse las dos horas del paseo, es capaz de las visiones más complejas, y, lo que es más afortunado, puede convertirlas en frases completas. Debe ser porque en la lengua tiene que haber algún principio tóxico que al entrar en contacto con el dióxido de nitrógeno consigue resultados textuales dignos de ser escritos.

     En septiembre ya acude al parque. No hay en él plantas que lo atraigan, ni un quiosco en el que pueda acodarse si le urge. Solo busca bancos donde descargar el esfuerzo de las dos horas invertidas en caminar a paso sostenido. Allí su única compañía, a primera hora de la mañana, son tres perros, que corren de arriba abajo, de abajo arriba, una y cien veces. Alentados por sus amos, compiten entre sí en velocidad y destreza. Infaliblemente unos y otros vuelven cada mañana. A los perros los tiene encuadrados en el orden superior. Mientras permanecen atentos a los estímulos de sus dueños, estos conversan con indiferencia siempre sobre los mismos temas, y a lo sumo les lanzan un palito para que vayan a buscarlo y lo devuelvan. Así como la carrera de los perros es certera, y sin dudar un instante corren raudos al lugar en el que ha caído el palo, el tiro de los amos es errático, inseguro, y en ocasiones su disparo termina entre las uñas de león, junto a los urinarios, a su lado, encima del banco en el que está sentado. No es que sea un inconveniente que un perro babeante, con una enorme lengua colgándole por el lado de una boca llena de amenazantes caninos, pose sus patas delanteras justo a su lado. Es que entre los ejemplares que nunca faltan a la cita hay un gran danés negro, de casi un metro de altura sin contar la cabeza, que nunca mira con ojos de amigo. Cuando planta las dos patas sobre el banco, sobrepasa la estatura de un hombre sentado. Tampoco es que es por esta causa decida cambiar de asiento. Pero nunca espera a que sea el gran danés el que decida que desea compartir con él el banco, una posibilidad que el azar que gobierna los lanzamientos de los amos, esporádicamente racionales, hace que se repita con una frecuencia que prefiere no medir. Solo sus dudas sobre los efectos de su secreción de adrenalina lo retienen tras ver los caninos. El olfato de los perros la distingue en cuanto fluye con intensidad por la venas, y a poco que la huelan los impulsa a hincar sus dientes en la masa de carne de la que tienen la certeza que pertenece al responsable de la emanación de los vapores que perciben, carentes de conciencia como viven, seres irracionales. Deben resultarles estupefacientes.

     Entre sus recuerdos imborrables está la atropina, de propiedades únicas. Dilata la pupila y permite estudiar el fondo del ojo, su estado, cómo ha evolucionado desde la última revisión, decidir si será necesaria alguna intervención en el globo para detener su deterioro, para revertir sus funciones en el caso de que fuera posible. Pero tiene un defecto. Es letal. Si una gota de atropina de una concentración inconveniente, por descuido de quien la aplica, rodara del ojo del paciente a su boca, moriría al instante. Claro que las concentraciones en las que se encuentra en el mercado del que se surten los oftalmólogos no tienen tanto poder. La belladona, su agente, tiene sobre la atropina la ventaja de una alta concentración de los principios activos tóxicos si es debidamente tratada. Sus semillas se pueden conseguir en cualquier herbolario, y a un precio muy asequible. Es preferible sembrarlas en laboratorio, donde se les saca el mayor partido. Para prepararlas sin renunciar a ese resultado, la víspera del día que se haya elegido para sembrarlas se echan en agua caliente, a la que se le añade una cantidad de agua oxigenada que en peso sea el doble que el de las semillas. Ayuda a que la germinación se acelere y bastan veinticuatro horas de inmersión para que estén en su punto en el momento previsto. Luego, se dejan secar durante otras veinticuatro horas y ya están listas para sembrarlas. Si se quiere obtener de ellas los resultados óptimos, que es la más alta concentración de activos tóxicos, es suficiente con sembrarlas en un semillero doméstico a mediados de septiembre. Para semillero puede convenir un cajón de algo más de medio metro de profundidad en el que antes se haya compactado una cantidad equivalente de tierra fértil mezclada con estiércol y recubierta con ocho o diez centímetros de mantillo de hoja, por ejemplo de la alameda. Una vez protegido el preparado con una pleita de paja de centeno, se espera a que hayan pasado diez o doce días para sembrar a voleo en aquella tierra las simientes preparadas, que deben protegerse con otra capa de mantillo. No hay que precipitarse, ni intentar acortar los plazos. La paciencia, en este caso, como en tantos otros, es el mejor aliado. Una vez hundidas en la tierra, se riegan con una regadera de alcachofa fina durante otros diez días, y después, cada vez que sea necesario, para que el semillero se mantenga húmedo. A partir de entonces ya todo es cuestión de perseverar en la espera, puesto que la semilla germina lenta e irregularmente. Pero la naturaleza de la belladona es generosa y recompensa. En veinte o veinticinco días nacen aproximadamente la mitad de las simientes esparcidas. Como luego empiezan los fríos, y los brotes son aún jóvenes y débiles, el cajón se debe cubrir por las noches, y avanzada la mañana destaparlo hasta que a media tarde de nuevo las temperaturas desciendan. Es posible que en ese tiempo también la humedad propia de la época incremente a causa de las lluvias la carga de agua que transpiran las plantas. Conviene entonces, para contribuir a su ventilación, regar el semillero con caldo bordelés al 0.5 %. Combate los hongos que inevitablemente parasitan los brotes al transpirar. El riesgo de que el sulfato de cobre que contiene el caldo, aun en tan baja solución, contamine y envenene la planta, es indiferente, dado el fin al que se dirige el cultivo. Por fin, cuando llegue la segunda quincena de marzo las matas tendrán el tamaño apto para el trasplante. Debe hacerse a primera hora de la mañana, con cuidado, y luego observar su evolución durante algunos días. Para evitar que el vigor de los más fuertes decaiga, se eliminarán los plantones que se vayan malogrando. De los otros se sabrá que han arraigado irreversiblemente cuando se formen nuevas hojas en la yema de sus tallos. Como el parque lo riegan cada día a partir de la primavera, puede confiarse el progreso posterior de las plantas a los servicios municipales de parques y jardines. El resultado de su trabajo está asegurado porque de antemano queda a cargo de una nómina. La flor de la belladona, de tonos rosáceos, abre sus pétalos como una estrella, y sus bayas, cuando la primavera ha llegado a la sazón, son como una cereza. Verdes al principio, cuando están maduras van cambiando del violeta al negro, y siempre se ofrecen redondas y brillantes. Su cuidado tiene además la impagable ventaja de que cada planta produce unos mil frutos, que suelen pesar en torno a los tres cuartos kilos, cantidad sobrada para los fines pretendidos.

     Sobre la alimentación de los perros las opiniones difieren, pero solo en los matices menos comprometidos. Cualquiera de sus experimentados criadores parte de que el agua en abundancia es primordial, y acepta que los perros son predominantemente carnívoros. Su musculación necesita grandes dosis de proteínas, y deben consumir una cantidad importante de grasas si se quiere que sean activos. Para incrementar la masa corporal no son nada fiables los preparados proteínicos que comercializan actualmente. Están hechos con sobras de nombres que es preferible no reproducir. Por eso la mejor alimentación es la que se elabora en casa, aunque puede ser necesario completarla con algún complejo vitamínico, cuya prescripción sin embargo debe quedar a criterio del veterinario. Pero para suplementar la dieta, para que el desarrollo del animal sea equilibrado e irreversible, son necesarios alimentos ricos en fibras. Cualquiera de los cereales, mejor aún si son mezclados, puede valer. Sin embargo, ninguna fuente de fibra es más saludable que la vegetal, a cuyo consumo propenden los animales por instinto. Ni la carne más roja y fresca, ni la cabeza de cefalópodo más desarrollada los atrae tanto como una flor, como un fruto esférico que refleje los rayos del sol. Cuando se trata de la flor, por medios experimentales se ha comprobado que los responsables del estímulo no son los colores sino estambres y pistilos, que actúan como atrayentes según un azar que la ciencia aún no ha podido desentrañar. Siendo habitual que los musculados ejemplares de los parques sean machos, sus carreras pueden verse interferidas, inopinadamente, tanto por vigorosos estambres, como el de la cala, como por potentes pistilos, como el de la orquídea. Pero en el caso de la belladona el fruto se impone sobre la flor porque atrae por su forma. Aunque el dueño se desvele por sostener la disciplina alimenticia de su ejemplar, es inevitable que el perro picotee, como su propio dueño. Cuando se siente libre, si disfruta de sus minutos de expansión, es tan incontenible como voraz. Las consecuencias que estos actos causan son responsabilidad de los animales, aunque esté demostrado que la relación entre la lucidez que provoca el dióxido de nitrógeno urbano y la dedicación al cultivo de la belladona, aun en lugares públicos, necesita de la mediación de la voluntad como reactivo.


Espacio cultivado

Alain Marinetti

La tierra cultivada de la región se dedicaba preferentemente al trigo y sus especies subsidiarias. Según estimaciones contemporáneas muy sintéticas, absorbía como mínimo dos tercios de ese espacio. Tan alto consumo de tierra para un fin tan restringido sería permanente como consecuencia de la presión que originaba sobre ella el tamaño de la población, factor constante de cuyo signo había convencido ya la literatura económica que circulaba a mediados del siglo décimo octavo. Aparte la presunción de causalidad que contiene esta propuesta, el análisis de los valores del tamaño de la población no lleva a la misma conclusión. La preferencia por el cultivo del trigo parece más relacionada con la peculiar integración de los trabajadores en la empresa agrícola. Estos, según otros contemporáneos, siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, para así resolver la parte de sus ingresos destinada a la subsistencia, una posición económica que no siempre coincidiría con el autoconsumo.

     Para comprobar en favor de qué afirmaciones está la veracidad que permiten los testimonios escritos, cuando se desciende a la escala de las poblaciones hay medios suficientes, los que consienten analizar el espacio cultivado con el trigo, que no obstante necesitan un examen atento.

     Un auto de fines de agosto de 1741, que abre un expediente, descubre los propósitos y los límites del documento llamado registro de sementeras. Dicta que todos los vecinos de una población que hayan sembrado durante aquel año, sea en poco o en mucha cantidad, registren ante el escribano de cabildo de su municipio la superficie que hayan cultivado, para lo que disponen de un plazo de tres días. Cada labrador y cada campesino, sin excepción de secular que sea vecino, habrá de proceder con toda claridad y justificación, porque se trata de repartir la décima en función de lo que cada cual haya sembrado.

     La fecha en la que se publica el auto no deja dudas sobre el momento en el que se exige el registro. Estaría justificado porque la contribución que se pretende recaería sobre el producto obtenido. Al tratarse de un repartimiento, es seguro que el pago que se espera es uno de los conceptos del sistema de administración de las obligaciones fiscales que en su tiempo se conoció como rentas provinciales. Excluyo que haya que interpretar décima en el sentido de diezmo, la primera renta de la iglesia romana. En modo alguno esta renunciaría entonces a otra parte del ingreso que le proporcionaba, menos aún al de toda una población y a favor de los ayuntamientos. Rechazada esta posibilidad, puede tratarse bien de un ingreso de la corona relacionado con el comercio interior, bien de un derecho deducido por el municipio para hacer frente a los pagos a los que obligue el encabezamiento. En el primer caso sería el equivalente al almojarifazgo; en el segundo, podría ser la décima parte de cada real de vellón del producto. Ninguna de las dos posibilidades me parece del todo convincente, pero estoy más inclinado a pensar que se trata de una contribución municipal que grava ligeramente las sementeras, dado el régimen administrativo de las rentas provinciales.

     Es necesario reconocer que la fecha en la que se exige la contribución, posterior a la cosecha, actúa contra la veracidad del testimonio. Una cosecha deficiente llevaría a ocultar parte de la superficie sembrada. Además, en estos registros la ocultación debía ser endémica, puesto que son los propios interesados quienes tienen la iniciativa de su redacción. Que el plazo concedido para declarar sea solo tres días va en contra de su alcance. Una parte de los concernidos, por ser tan perentorio, ha de quedar fuera, y que los eclesiásticos estén excluidos del procedimiento fiscal, que no es una excepción, desde luego altera el punto de vista, que queda limitado a la población secular.

     Pero no todos estos obstáculos parecen insuperables por los hechos que retienen los textos. Concordado el auto que lo inicia con el registro efectivamente completado, se comprueba que en realidad las declaraciones fueron presentadas entre el 23 de agosto y el 1 de septiembre. Como es habitual en estos casos, los límites que al principio se decidieron luego fueron ampliados. En cuanto a que no incluya a los eclesiásticos, probablemente no sea un defecto que modifique en lo fundamental la idea que sobre el fenómeno que me propongo observar, el que expresa el título, permite obtener el documento. Sin acumular un error significativo, creo que la parte secular se puede aceptar como representación de la totalidad de los casos. No hay indicios positivos que hagan suponer que, de organizar empresas de cereal, los eclesiásticos las acometerían de una manera distinta a como lo hace el común de quienes participan en el sector, a excepción quizás de los procedimientos que aplicaran los jesuitas. La población eclesiástica que emprendiera directamente sementeras sería escasa, salvada la regular. Pero sobre todo el número de situaciones que el registro de las sementeras permite conocer, que se mide por centenares, es suficiente para obtener una descripción fiable de la diversidad de casos y de sus tamaños relativos. Frente a todos los previsibles límites del documento, hay que aceptar que el hecho de que los declarantes sean vecinos es concordante con el punto de vista que deseo, y en especial carga favorablemente su capacidad para retener características significativas de la agricultura del cereal del momento que los dos tipos humanos a los que el auto se refiera sean solo labrador y campesino.

     Con una información similar a la del registro de sementeras de 1741, es posible disponer de apeos de sementeras y asientos de pegujales. Mientras que los primeros son en todo similares al registro, los otros eran documentos complementarios que anotaban el cobro de los pegujales sueltos, tanto de vecinos como de forasteros. Y aún se puede completar la información de registros, apeos y asientos con la colección de los papeles destinados a elaborar una estadística de las rentas provinciales ingresadas por aranzada de olivar y fanega de sementera, cuya información referida a los cereales sin duda procedía de sus primitivos apeos. Por lo tanto, a todos podemos conceder las mismas carencias y propiedades que le hemos reconocido al registro de 1741.

     He conseguido disponer de dieciséis apeos para el periodo comprendido entre 1766 y 1781. Su cronología permite pensar en la crisis conocida como motín de Esquilache como la razón inmediata de las fidelidades en la redacción y la custodia del tipo. De la serie paralela de los asientos de pequeñas explotaciones estaban disponibles los ejemplares correspondientes a los años 1763-1781, y los papeles de rentas provinciales estaban referidos a los quince años comprendidos entre 1764 y 1778.

     En el examen de toda la colección he empleado algún tiempo. Exploté primero el documento de 1741 de manera sintética, y redacté las correspondientes notas de los registros de sementeras de todos los vecinos de aquel año. Luego, elaboré copia íntegra de los apeos de sementeras correspondientes a 1766, 1767 y 1768 con relativo provecho. La transcripción del documento correspondiente al año 1767, porque cuando se transcribe es cuando se lee mejor, me sugirió las primeras ideas propias sobre este problema, que fijé en forma de notas entre el 21 y el 22 de enero de 1993 con el título Arqueología del apeo de sementeras, las que han dado origen a este texto. También hice copia del apeo de 1771, y por último elaboré con la estadística para las rentas provinciales de 1764-1778 un cuadro que expresaba en fanegas la superficie sembrada de cereal cada año.

     Una vez comparados someramente los contenidos de todos los informes seleccionados, aun a riesgo de equivocarme decidí trabajar bajo la convicción de que lo que observara para un año, porque mi atención se dirigía a la parte estable de los comportamientos, podría ser equivalente a lo que ocurría otros años de la misma época. De acuerdo con esa premisa, de todos los apeos de sementeras que estaban a mi disposición preferí el de 1771 porque me permitía cruzar sus datos con unas relaciones juradas del mismo año relacionadas con el proyecto de única contribución. Cualquiera que las conozca podrá reconocer las ventajas que para operaciones derivadas tiene esta manera de proceder. Su elaboración estadística, a partir de otro impreso de la información contenida en soporte electrónico, ya producto de una elaboración intermedia, me permitió hacer cálculos y admitir sus resultados como la referencia de lo que era regular, aunque sobre las posibilidades de su explotación estadística no me engañé.

     No usé los datos de 1741 con la misma intensidad que los de 1771 porque, a pesar de que eran los más próximos en el tiempo a 1750, no me parecieron tan ricos como los de 1771, aunque no puedo negar que las notas del registro de 1741 también adelantaban algunas conclusiones válidas. El documento de 1768 permitía completar algunas ideas y avanzar en otras antes no descritas, especialmente en tres: los cultivos a los que eran dedicadas las pequeñas explotaciones, las otras actividades de quienes las emprendían y qué era mozo de posada. Aunque su autor se propone averiguar idénticas cosas sobre todas las personas de su objeto, carece de la disciplina necesaria para obtener de cada una información sobre las mismas características. Reconoce en unas que es sugerente registrarlas, aparte los datos básicos de la identificación, y en otras le parece más útil una precisa descripción particular. Puede actuar así porque los tamaños de la población encuestada no son tan grandes que le impidan reconocer individualmente a cada una de las personas que somete a observación. Con tal flexibilidad de su sistema de registro se asegura ese resultado. Pero su rigor actúa por circunstancias. Aun siendo frecuente la información que sobre cada uno de ellos da, para la mayoría de los asientos la información que correspondiera no consta. La consecuencia es que cualquiera de los tres hechos aparece esporádicamente y no admite análisis cuantitativo. El análisis solo permite descubrir que existen. Además, la revisión detenida de la copia del documento de 1768 me autorizó a sostener con seguridad que las deducciones que el documento de 1771 me había permitido, de ser analizado el de 1768 de la misma forma, llevaría a otras similares. Hecha compulsa entre los asientos de pequeñas parcelas y el apeo de sementeras, sus contenidos permitían saber que eran similares a los de 1771. Por tanto, podía estar seguro de que la idea que me había proporcionado el apeo de este año no sería modificada en ninguno de sus sentidos fundamentales. Lo podía tomar como referencia y nada impedía generalizar las conclusiones a las que se llegara con él.

     Sobre la superficie sembrada, el balance del registro de 1741 no es bueno. Mientras que inscribe algo menos de 1.500 parcelas, una cifra que por comparación con los otros asientos puede ser admitida como veraz, toda la superficie declarada por los tenientes de esas tierras no alcanza las 11.000 unidades de superficie. Por su parte, la dedicada a este cultivo en 1771 fue 32.600,75 de las mismas unidades. Basta comparar esta cifra con las correspondientes a los otros años incluidos en el cuadro que aparece más adelante para aceptarla como la más veraz de las dos. En la población a la que están referidos estos documentos la superficie registrada como apta para el cultivo del cereal era poco más de 93.000 unidades según las informaciones de la Única. Las 11.000 de 1741 apenas superarían la décima parte del espacio apto para ser cultivado con cereales. Ni aun teniendo en cuenta que en este registro la superficie sembrada por forasteros no queda inscrita y que esta, según los datos de 1771, es poco más del tercio de la totalidad de la superficie sembrada, se alcanzaría una cifra convincente de toda la superficie que en 1741 fuera sembrada para obtener cereal. Siendo el número de parcelas declaradas muy aceptable, solo cabe concluir que quienes hicieron los registros expresaron menos superficie de la que habían sembrado. Como se observa un número anormalmente bajo de grandes parcelas, las unidades de producción de las empresas de más envergadura, y estas unidades suman una cantidad pequeña, de escaso valor relativo para el total de parcelas, a la vez que acaparan las mayores cantidades de superficie, puede sospecharse una ocultación concentrada en la declaración de las unidades productivas de mayor tamaño.

     Podemos aceptar pues como cánones básicos del espacio cultivado, para aquella población, que cada año se decidían por sembrar cereal unas 1.500 explotaciones y que solo empleaban para este fin algo más de unas 30.000 unidades de superficie, la tercera parte de las posibilidades del espacio apto para producirlo. Así se demuestra que la capacidad para la producción de trigo y cebada era restringida de manera severa regularmente. Los propósitos de esta restricción, que tiene toda la apariencia del imperio de lo que se viene llamando sistema trienal, podrían ser monopolísticos. Pequeños cambios proporcionales de las explotaciones, en espacios de la magnitud de los que tratamos, pueden tener como consecuencia notables aumentos de la producción. El efecto que el crecimiento de la oferta de grano puede tener para su precio pude ser adverso para el deseado orden de monopolio, aspiración común a cualquier posición de dominio en el mercado. El aumento de la superficie cultivada, por otra parte, no conduciría inevitablemente a la caída de los rendimientos. La reserva de suelo de alta productividad es con seguridad más que suficiente para mantener en el nivel consolidado los rendimientos, y por tanto que los beneficios quedan a salvo.

     Pero, más allá de las cifras sintéticas, si se recurre a los datos del cuadro de rentas provinciales de 1764-1778 es posible encontrar ideas más próximas a la resolución de las dudas planteadas al comienzo. He preferido anotarlos en valores relativos para cada caso porque son los más expresivos y los que permiten generalizar con más facilidad. Se pueden reproducir divididos en dos series básicas, la referida a los vecinos y la correspondiente a los forasteros, un orden de la información que estaría justificado por el plan de cobro del derecho que gravaba la actividad que es objeto de nuestro interés. La serie de vecinos se abre por su parte en otras dos, la de labores y la de pequeñas explotaciones, de la primera de las cuales se puede presentar a su vez una subdivisión en seculares y eclesiásticos. Aunque las pequeñas explotaciones son denominadas específicamente pegujales sueltos, no cabe duda sobre que bajo esta entrada están agrupadas todas las pequeñas empresas de vecinos. La comparación con los datos de los años estudiados con detalle, en particular 1771, así permite afirmarlo. Tratándose en el origen de un documento redactado por quien pretende recaudar a cada contribuyente lo que le corresponde, no sería probable que cuando las pequeñas explotaciones se hubieran alojado en otras de mayor tamaño el señor de esta incluyera, en el espacio cuyo costo final él debe liquidar, el que hubiera cedido de cualquier modo a otros. De aquí podemos deducir que las series separan en lo fundamental los hechos que pretendemos conocer. Las entradas vecinos y eclesiásticos contendrían labores, al tiempo que en la columna pegujales estarían todas las explotaciones de esta modalidad. No obstante, mantengo reservas sobre que la entrada eclesiásticos se refiera realmente a labores, aunque en absoluto no hay que excluirlo. Sabemos positivamente que eclesiásticos también emprendían pequeñas explotaciones. Pero es tan escasa la intervención de los eclesiásticos en la producción de cereales que un error de interpretación, en cualquier sentido, no tendría la menor repercusión sobre los resultados de cualquiera de los análisis que interpretaciones divergentes indujeran. Aun así, es necesario reconocer que en 1741 en el apeo de sementeras solo constaban los pegujales de vecinos seculares. Que aparezcan elementos del clero disfrutándolos ya en el registro de 1768 permite deducir que los registros posteriores a 1741 también inscribirían eclesiásticos, y efectivamente, tal como desde el principio conjeturamos, son pocos los que finalmente pueden identificarse.

     En el caso de los forasteros, es posible desplegar otras dos series, una de labores y la segunda de pequeñas empresas. Para la primera mitad, solo el valor global de la primera se consigna. Mediada la secuencia, aparece además el dato de pequeñas explotaciones. Esto abre varias posibilidades de interpretación, que en lo fundamental ya hemos adelantado en los análisis de los documentos precedentes, por lo que especular con ellas tampoco tiene mucho sentido. Los pegujales de forasteros son aún más insignificantes que las empresas de cereal de eclesiásticos. Nada que defendiéramos tendría consecuencia alguna para el hecho observado en toda su dimensión. Son tan erráticos los valores que la fuente nos proporciona a este propósito que es preferible ignorarlos. Suponemos que, así como la cesión de tierras a forasteros, mediante contratos regulares, se puede controlar con relativa facilidad, tener noticia de quienes toman pequeñas parcelas en todas las poblaciones circundantes sería bastante más complicado. Los pegujales de forasteros registrados tendrían tan poca entidad porque serían externos a las unidades de explotación de los labradores. Afortunadamente, el punto de vista adecuado para analizar esta parte del fenómeno, que como enseguida se verá es observar la parte de tierras periféricas que es segregada al uso de una población, en modo alguno se ve interferido por este defecto del medio informativo.

     Completan el cuadro, al principio, la columna del tiempo y al final las de totales. Solo la que expresa toda la superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se ocupa va expresada en valores absolutos, en las unidades de superficie más comunes. A su lado, una columna de cierre expresa ese mismo valor en términos relativos. Recuérdese que el valor absoluto de la superficie disponible que admitiría el cultivo de cereales se estima en poco más de 93.000 [93.287,78] unidades de superficie.

 

Años Vecinos Vecinos Vecinos Forasteros Forasteros Total Total
Labores Labores Pegujales Labores Pegujales En fanegas %
Seculares Eclesiasts.
1764 46 5 14 34 Nc 31.962,50 34
1765 49 5 15 31 Nc 32.013,83 34
1766 49 5 16 31 Nc 34.084,33 37
1767 46 4 18 32 Nc 29.681,00 32
1768 45 3 19 33 Nc 31.036,25 33
1769 46 2 17 34 Nc 32.345,25 35
1770 45 3 17 35 Nc 31.666,50 34
1771 41 3 19 35 1 30.685,25 33
1772 42 3 16 38 1 31.497,67 34
1773 39 3 17 40 0,4 31.155,83 33
1774 40 3 16 39 2 31.955,50 34
1775 Nc Nc Nc 42 Nc 36.015,50 39
1776 36 2 21 43 0,1 35.943,75 39
1777 34 2 20 42 2 38.086,75 41
1778 34 2 18 45 1 36.707,83 39

 

    La serie demuestra la enorme estabilidad de la composición del fenómeno, tal como puede observarse a través de las características que el documento registra. Comparado con los demás años de la serie, el de 1771, si se observa desde la columna de los valores proporcionales, definitivamente parece representativo de los comportamientos estables. La fracción de superficie apta para el cultivo de cereales que cada año se invierte se mantiene en torno al tercio, algo por encima si se quiere ser algo más preciso. Pero aunque la estabilidad del fenómeno es lo más notable, y por tanto lo que debe ser retenido por encima de todo, para cualquiera de sus componentes es posible observar matizadas evoluciones.

     En la cantidad de tierra cada año sembrada se reconocen dos fases, la primera, con valores en torno al 34 % de la superficie disponible, y la segunda claramente por encima del 38. La primera abarca de 1764 a 1774 y la segunda corresponde al periodo 1775-1778. No sería exacto decir que la cantidad de tierra cultivable tiende a crecer. Más exacto sería afirmar que acontecimientos comprendidos entre 1774 y 1775 darían como resultado un perceptible crecimiento positivo de la cantidad de tierra que cada año se dedicaba al cultivo de los cereales. Dando por supuesto que tales factores debieron actuar, lo que obliga a una demostración positiva, podríamos decir, utilizando un vocabulario evasivo que es frecuente cuando se observan cambios como el descrito, que el mercado de la tierra cultivable, entendido como mercado anual de las cesiones, ha conocido una presión ante la que no ha podido resistir y ha decidido aumentar la oferta. Siendo los resultados los que recoge la tabla, habría ocurrido que la demanda de tierras para la sementera presionara sobre la oferta.

     Los efectos de esta dirección de las actitudes podían ser adversos. Cualquier incremento de la cesión podría redundar en un no deseado crecimiento positivo del producto de cereales, según hemos reconocido más arriba. La sucesión de las cantidades de superficie sembrada, observada año a año, que demuestra una cadencia cíclica muy regular y muy corta, confirma el poder de la contención. A cada pequeña expansión anual relativa, bianual como máximo, sucede una contracción. No es imprudente pensar que el orden creado reaccionaría con sensibilidad, y solo necesitaría pequeños ajustes para mantener el rumbo del producto. Cada año pretendería satisfacer el óptimo que el deseado monopolio promete y cualquier exceso que se cometiera era inmediatamente corregido.

     Pero si la presión sobre el mercado de las cesiones se resolviera con ese movimiento oscilatorio constante, las causas del fenómeno quedarían encerradas en un círculo que agotaría las posibilidades sin encontrar explicaciones para los problemas que nos hemos propuesto; quedarían descargadas sobre el precio del producto, un factor que en este momento queda fuera de nuestro campo de observación, y no resolvería nada sobre el papel que corresponde a las poblaciones. Afortunadamente, todos los valores de la estadística precedente no se resignan a esa razón. El valor mínimo para toda la superficie cultivada suma 29.681 unidades de superficie y el máximo 38.086,75. La diferencia entre uno y otro es casi 10.000, equivalente a una cantidad comprendida entre un cuarto y un tercio de toda la superficie cultivable. La oscilación, de año a año, también podía ser tan flexible y amplia como para decidir, en una fracción nada despreciable, sobre el monto del producto total obtenido. Es necesario especular con calma sobre las razones de tanto margen y sus consecuencias. Aunque el documento obliga a restringir las aspiraciones, su manera de interesarse por los hechos deja al descubierto factores del mercado de las cesiones de tierra comprendidos en nuestras hipótesis.

     Las oscilaciones de mayor envergadura en parte pueden ser consecuencia de las presiones periféricas sobre el espacio cultivable. Los desplazamientos desde una población a la parcela cultivada, y por tanto los costos en tiempo de trabajo, decidirían sobre el espacio que se podía cultivar. Se puede precisar con bastante exactitud el radio máximo del que se ocupaba para el cultivo desde ella a partir de la información sobre arrendamientos de la Única. Incluso se podrían trazar las sucesivas coronas del movimiento por frecuencia de lugares según distancia. Pero su explotación con este propósito, porque los valores que aquellos proporcionan se refieren a una población, llevaría a conclusiones poco relevantes, y tampoco lo son las diferencias en las distancias a recorrer. Averiguar cuál es el límite racional de los desplazamientos es un ejercicio que con más facilidad se resuelve desde otro principio axiomático: las tierras periféricas de un término pueden quedar más próximas a poblaciones limítrofes, y por tanto ser explotadas con menos costo de tiempo por ellas. Aunque la presión de estas poblaciones sobre el espacio agrario disponible al otro lado del término esté modificada por las clases de límite que compartan.

     En la estadística la superficie dedicada a labor por los vecinos declina inexorablemente a lo largo del periodo, mientras que la que ponen en cultivo bajo la misma modalidad los forasteros se comporta exactamente en el sentido inverso. (Las iniciativas de los eclesiásticos, poco relevantes, se atienen al comportamiento de los vecinos seculares, y lo siguen con absoluta fidelidad.) Si además se observa cada par de valores de cada año, el de los vecinos y el de los forasteros, es necesario reconocer el intercambio que hay entre ambos. Casi con todo rigor se cumple la regla de que cuando uno crece el otro disminuye. Es necesario reconocer la actuación consciente de ambas partes en la creación de este orden. Los labradores de la población y los de las poblaciones periféricas actúan coordinadamente para hacer uso del espacio dedicado a cereal.

     Cualquiera de las situaciones tendría que admitir un factor constante. Vecinos y forasteros son cualidades que se refieren precisamente a la condición de residencia. Describen con precisión, aunque en términos relativos, el lugar donde se radica. Si las cosas ocurren así, es necesario afirmar, limitados como estamos a los términos de la propia estadística, que una de las presiones que conoce el mercado de la tierra, en el mismo sentido en el que antes hablábamos, es efectivamente la de las poblaciones. Si entre poblaciones de distinta radicación hay intercambio de tierra para sembrar el factor población es responsable directo, o inmediato, de la cantidad de tierra sembrada cada año; más exactamente, de la cantidad de tierra cultivada bajo la condición de labor.

     Pero la presión no proviene de una población ni de su crecimiento, sino de varias y por su posición respecto de la tierra cultivable. Por la forma en que nos viene suministrado el dato aparenta ser la presión de todas las periféricas sobre una central, aunque el sentido de la evolución observable no debe engañarnos sobre el comportamiento del factor. Pudieron ser unas las que presionaran y otras no, y si decimos que las periféricas presionan sobe la central es porque al final del periodo la superficie acaparada por los vecinos cede en beneficio de los forasteros. Si trasladamos en el tiempo el punto de vista, al principio ocurriría que la presión desde fuera sería baja. En realidad, por tanto, estaríamos ante una especie de ley de la ósmosis inversa que aprovecha que los límites entre términos son membranas semipermeables. Cuando la presión crece de un lado, se incrementa el espacio acaparado por un lado y disminuye el que abarca el otro, y viceversa.

     Si la masa de tierra sobre la que se ejerce la presión fuera constante, esta explicación podría bastar. Pero no es así. Hemos reconocido dos masas tipo diferentes, una anterior, menor, y otra posterior. A la variación de la masa corresponde, siempre en los términos de la estadística proporcionada por el archivo, además del intercambio de responsabilidades entre vecinos y forasteros, o factor población radicada, el trasvase entre formas de explotación, entre labores y pegujales. Si a partir de la tabla se deducen los valores de este trasvase correspondientes a las dos masas tipo, en el primero tramo, el de 1764 a 1774, el valor de la superficie puesta en cultivo por los pegujales oscila entre unas 4.500 unidades de superficie y 6.000, mientras que en el siguiente, el más breve, de 1775 a 1778, se sitúa entre unas 7.000 y casi 8.500.

     Sería pues la presión de las pequeñas explotaciones de vecinos, la presión de quienes están dispuestos a arriesgar una en el interior del término, sin tener que completar largas distancias ni por tanto consumir tiempo de trabajo en los desplazamientos, la que incrementaría la cantidad de espacio puesto a producir. El aumento de la presión interna sobre el mercado de las cesiones de tierra permitiría simultáneamente liberar el especio periférico e incrementar el espacio cultivado, relevando de parte de sus responsabilidades a los vecinos labradores. A la vez que las labores locales descargaran el peso de la producción sobre las periféricas, otra parte se trasladaría a las explotaciones de menor tamaño. Si aceptamos que los pegujales de forasteros que aparecen registrados en la estadística serían externos a las unidades de explotación de los labradores radicados en las poblaciones circundantes, la liberación de espacio periférico pudo ser invertida de la misma manera en él. Al contrario, cuando esa presión disminuye, la superficie cultivada disminuye, el papel de las cesiones periféricas sería menor y también menor el de las pequeñas explotaciones interiores. Luego los labradores vecinos cargarían con una mayor responsabilidad sobre el tamaño del producto, incluidos sus riesgos. Sobre los forasteros, en la medida en que restringieran la presencia de pegujales, recaería una carga similar.

     En el consumo de espacio para el cultivo de los cereales a fines de la época moderna la actividad agropecuaria se ajustaría por tanto al menos a dos patrones. Uno de contención del espacio cultivado y otro de expansión. La diferencia entre uno y otro la marcaría la iniciativa campesina, que desde dentro de las poblaciones haría oscilar el producto, cuya masa dominante y más estable no obstante permanecería bajo control de los labradores de cada una de ellas.

     Así que la responsabilidad inmediata o causal directa sobre el espacio puesto a producir cargaría sobre el tamaño de las parcelas y la superficie que acumularan. Luego la presión cuyo resultado sería el incremento de la superficie puesta en cultivo cada año provendría, al menos en idéntica medida, de aquellos que siempre estaban dispuestos a cultivar algo de tierra, fueran o no trabajadores para otros. Si esta iniciativa tenía la intención de favorecer el autoconsumo o descargar los costos del producto sobre las pequeñas explotaciones es algo que no es posible resolver con los datos que suministran las fuentes tenidas en cuenta para esta ocasión. Pero sí es posible concluir que los comportamientos que inducen hablan en contra de una progresiva proletarización del campesinado, efecto a su vez de un crecimiento absoluto del tamaño de las poblaciones. Al contrario, exige utilizar en su favor la razón del incremento periódico del campesinado. Los hechos registrados, que no demuestran el aumento de su número, sí avalan la expansión de las posibilidades de sobrevivir bajo tan asequible y consolidada condición.


Valor del crédito en grano

Tadeo Coleman

Los pósitos, mercados públicos del grano, primero se limitaron a la intervención en el consumo y excluyeron el préstamo, que solo toleraban cuando había excedente en los almacenes y amenazaba con degradarse. Cuando actuaban así se acogían, como era regular para el negocio del crédito moderno, a instituciones civiles que lo encubrían. Posteriormente entraron en decadencia. En plena época moderna parecían naturalmente discontinuos. Según afirmaban los que con ellos convivían, unos años se hacía pósito y otros no. Pero en torno a 1735 fueron reorientados desde la administración central hacia la función crediticia. Solo en caso de necesidad podrían utilizar una parte de sus fondos para el abastecimiento público. Todavía hacia 1750, los del territorio al que circunscribimos nuestra observación, el área suroccidental de la península ibérica, estaban saliendo de su letargo y tenían una actividad limitada. Para algunos analistas, lo más apropiado sería aceptar que se consolidaron a partir de entonces como un intermediario comercial de extraordinaria capacidad, comparable a los grandes mercaderes interesados en el tráfico del grano, antes que como un instituto de crédito. Según otros, formaban el frente civil que actuaba contra la usura consolidada. Para resolver esta antinomia, hay quienes prefieren simplificar y clasifican los pósitos en dos clases, urbanos o rurales, según se dediquen al abastecimiento o al crédito. Creo que lo más acertado, al menos para la región mencionada, es reconocer que a mediados del siglo décimo octavo daban preferencia al crédito en grano como forma específica de comerciar, así como que la mayoría actuaba en los dos frentes, porque no quedaba a su alcance negar que en el origen de su fundación estaba el hecho mercantil.

Como cualquier banco, aunque sus aspiraciones lucrativas las hubiera contenido su origen, el pósito sobre todo se proponía vender con interés la semilla del cereal necesaria para la siembra y para los trabajos que el cultivo necesitaba, así como contribuir al abastecimiento de grano en su población. Para cualquiera de estos fines utilizaba indistintamente los fondos de los que disponía, preferentemente en la especie que lo justificaba pero también en metálico. La orientación la decidía el producto disponible en cada mercado. Había años en los que a los fondos de los pósitos los ciudadanos de los municipios recurrían para hacer frente a toda clase de urgencias. Sacaban trigo para elaborar pan, para cualquier otra asistencia de la población o para sufragar gastos de gran envergadura. También les sirvieron como instrumento con el que afrontar las arriesgadas consecuencias de la caída de la producción. En cualquiera de estas ocasiones, el recurso extraordinario era solicitado al asistente, entonces el primer poder civil de la región.

A los pósitos los préstamos en grano que hacían les eran devueltos en la misma especie, más sus correspondientes intereses o creces, dentro de un plazo que cada autoridad municipal, responsable de su gestión, daba a conocer. Esta parte del procedimiento era la que se llamaba reintegro o reintegración, aunque también denominaban de la misma manera la recuperación de la masa de trigo, al final de cada ciclo, de la que cada uno debía disponer. La devolución del trigo debido era la que contribuía a renovar su capital en especie, una necesidad insoslayable, dado el deterioro que permanentemente lo amenazaba.

El reintegro se iniciaba en un momento tan imprevisible como preciso, cuando comenzaba la recolección. Cualquiera que fuese la duración de las deudas en grano, así de la campaña actual como de las precedentes, tanto del principal como de las creces, la cantidad que los deudores pudieran devolver la llevaban por su cuenta al pósito, el mismo lugar de donde también cargando con los costos de transporte habían retirado el préstamo. El trigo que devolvieran había de ser nuevo, seco y de dar y tomar, mientras que los encargados de la recepción no podían admitir el que no fuera de muy buena calidad y no estuviera ahechado, porque cada quiebra en la categoría y limpieza del trigo reintegrado era responsabilidad de quienes lo recibían. En muchas poblaciones, a los medidores del grano que ejecutaban esta operación se les pagaba, a costa del capital del pósito, a razón de cuatro maravedíes de cuenta por cada unidad de capacidad medida durante el reintegro. Juzgando el asistente que esta costumbre iba en detrimento de los pósitos, en aplicación de su ordenanza fue necesario que todo el costo de medidores, tanto el del reparto como el del reintegro, recayese sobre los prestatarios.

Cuando aceptaban su deuda, los acreditados admitían una fecha para su vencimiento, siempre posterior a la cosecha, que marcaba el límite máximo dentro del cual debían liquidarla. En el pósito de referencia esta fecha osciló durante el periodo 1743-1746. Para las dos ofertas de 1743 y para la de 1744 fue el 15 de agosto siguiente, pero a partir de la sementera de 1744 la devolución de todos los préstamos, independientemente del momento del año en que se hubieran concedido, se adelantó al 25 de julio, probablemente con el deseo de recuperar el grano en los momentos inmediatos a la cosecha, y así evitar que los deudores dispersaran su producto en la liquidación de otros costos. Hasta 1746 las justicias locales se mantuvieron responsables de que aquel plazo se cumpliera. A quienes no se atenían a él los hacían comparecer ante la autoridad regional, o debían someterse a los ejecutores que les eran enviados. Pero en la nueva ordenanza de la asistencia, vigente ya en 1749, este plazo fue ampliado hasta el último día de agosto. Gracias a esta innovación, también sería posible completar el reintegro en los lugares donde, porque sus condiciones climatológicas retrasaban la maduración, la recolección se hacía más tarde.

El efectivo en trigo de los almacenes de los pósitos era por tanto, en su mayor parte, resultado de un flujo cíclico, espiral de repartos y reintegros. Pero esta no era su única fuente. También era habitual que a principios del otoño cualquier pósito invirtiera de una parte de su capital en moneda, caudal del que igualmente disponían tan peculiares bancos, en la compra de trigo de buena calidad para recuperar el fondo en grano que le correspondía. El ingreso en dinero se obtenía por diversos medios. Uno de los regulares era la venta de trigo de los fondos para que se fabricara pan en la población. Por las mismas fechas en las que se hacía el balance del negocio crediticio en grano de la campaña anterior, los pósitos compulsaban el trigo que habían vendido para hacer pan durante la que terminaba. Uno, por este concepto, había ingresado en moneda de cuenta 5.735 reales. El dinero también podía proceder de los créditos en metálico que asimismo hacía el pósito, aunque solo en ocasiones se permitiera competir con las instituciones que actuaban en este mercado. Cuando se tomara, con más probabilidad esta decisión se consumaría al comienzo de los ciclos, cuando circunstancialmente pudo ser necesario prestarlo sin más dilación a quienes emprendían el cultivo del cereal. Aunque no fueran la fuente más importante, porque tampoco era su actividad preferente, como las cantidades que hubieran sido cedidas en efectivo, llegado el otoño, también debían reintegrarse, asimismo podían emplearse en la compra de trigo de calidad.

Aunque los medios regulares de financiación de los pósitos fueran los que proporcionaban la compraventa y el préstamo del trigo, algunos municipios, cuando lo necesitaban, además sostenían el suyo con aportaciones extraordinarias. En el transcurso de la campaña 1748-49 hubo pósitos que sembraron con sus fondos una pequeña explotación dedicada a obtener trigo, la que en aquel momento se conocía como pegujal, y la recolectaron con el objeto de incrementarlos, una fórmula solidaria tan primitiva como la voz que la distingue. El pegujal público venía siendo un recurso avalado por principios consuetudinarios para regular una parte del uso de los espacios y los trabajos comunales de las poblaciones. Acotada un área cuyo dominio había sido adjudicado al común, condición política mínima de los vecinos, estos se solidarizaban en la prestación del trabajo que exigía obtener de él una cosecha procomunal, con preferencia de cereales. Si no había sobrevivido en tan primitivo estado, a mediados del siglo décimo octavo era rescatada con ocasión de las dificultades que entonces gravaran el gasto de algunos pósitos. La gestión de estos pegujales estuvo a cargo, en cada población que recurrió a ellos, de un regidor, antes nombrado su diputado. Nuestras fuentes, así como descubren que el trigo invertido en la operación era del pósito, no desvelan de dónde procedió el trabajo que lo multiplicara. Se podría conjeturar que lo aportaron quienes fueran deudores del instituto de crédito.

Terminado agosto, los municipios tenían que enviar a la capital, a la escribanía general de los pósitos, el certificado de haber completado su reintegro. Delegaban en quienes en su momento habían sido responsables del reparto, a los que también se les hacía responsables de la recepción del trigo cuando llegaba el momento de su devolución. Después, pero aún durante la primera mitad del mes de septiembre, como síntesis de todas estas operaciones, las cámaras que gobernaban los municipios, llamadas regimientos, recibían del responsable del pósito la cuenta correspondiente al ciclo precedente, una vez verificada por la autoridad regional. Se tenía ya la suficiente experiencia en la gestión de estos fondos como para sostener que la supervivencia de la institución dependía sobre todo de la pulcritud contable. Cuando resultaban alcances o déficits, fueran en grano o en dinero, las justicias actuaban contra los diputados, los llaveros y los depositarios responsables de la gestión material, para que repusieran el valor negativo, e informaban del procedimiento, en el plazo de ocho días, al asistente. Para los responsables estaba pues justificado el esfuerzo por presentar balances positivos. Un depositario que había recibido, al tomar bajo su responsabilidad el caudal de uno de los pósitos, 4.127 fanegas y 1 cuartillo de trigo, al cerrar la campaña de 1749 había ingresado, gracias a las devoluciones de préstamos con sus intereses o creces, 4.154 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos de la misma especie. De ahí se dedujo un saldo favorable al depositario, 27 fanegas, 2 almudes y 3 cuartillos. Remedido ante la intendencia de la región, al tiempo que se obtuvieron las llamadas creces naturales, fue aprobada la gestión sometida a su juicio. En recompensa, el depositario cesante, por acuerdo de su gobierno municipal, recibió ocho fanegas de trigo, porque entonces aún era normal que las creces naturales no fueran agregadas al fondo del pósito.

Pero nada de lo previsto ocurriría siempre con la regularidad de un mecanismo, y los imprevistos dejaban al descubierto a principios del otoño, momento decisivo para las economías agropecuarias más frágiles, el alcance efectivo de aquella vía de financiación. Durante la primera mitad de septiembre de 1749, a pesar de lo que estuviera legislado, todavía estuvo abierto el reintegro del grano en una parte de los pósitos de la región. Había empezado, como todos los años, una vez recogida la cosecha, y no en todos los lugares se habían liquidado todos los préstamos solicitados durante aquella campaña. Unos deudores habían hecho frente a aquel gasto inmediatamente, pero otros, por diversas razones, habían demorado su pago a sucesivas convocatorias de la misma clase, para lo cual debían afianzar de nuevo el préstamo que en su momento recibieran. Si las deudas adquiridas no las liquidaban en el plazo comprometido, los clientes del pósito ratificaban en la parte o en el todo pendientes sus obligaciones anteriores, mediante un procedimiento que se llamaba reobligación; aunque las reobligaciones que formalizaban la refinanciación de la deuda solo eran concedidas por un motivo legítimo e inevitable, y si la reobligación no bastaba para liquidar los préstamos, contra los deudores morosos se procedía por apremio.

Quizás fuera tanto más probable que las deudas se prorrogaran cuanto menor fuera el producto obtenido en la campaña recién terminada, pero no parece que siempre fuera así. No es seguro que quienes durante aquellos quince días recurrieron a tácticas evasivas de la devolución se encontraran, en todos los casos, apremiados por sus deudas. Septiembre, para la mayor parte de quienes podían contar con grano, era mes de venta del producto de la campaña que había terminado entre julio y agosto. En las poblaciones tanto deudores de grano al pósito como otros que no lo eran hacían todo lo posible por conducir el trigo que habían recolectado hacia donde pudieran venderlo con ventaja. Esta iniciativa incluía la posibilidad de sacarlo de la población en la que vivían, sin que se hiciera constar la exportación ante el municipio, señor de las poblaciones que en la época se arrogaba la intervención unilateral en los mercados locales. Actitudes de este tipo, según su criterio, iban en detrimento del reintegro del trigo del pósito y contribuían a que no se hiciera dentro del plazo que estaba marcado para este fin. El trigo que salía de cualquier población, mantenían los gobiernos municipales, no podía agregarse a la masa con la que hacer frente a las necesidades que sobrevinieran. Por el contrario, que no se consumaran todas las compraventas de trigo deseadas contribuiría a que el reintegro fuera completo, un argumento no demasiado satisfactorio para quien estuviera necesitado de liquidez.

Con la pretensión de salir al paso de este problema, en septiembre de 1749 se fijaron edictos que hicieron saber que nadie que fuera deudor del pósito podía usar libremente, o para un fin distinto que el de completar su capital a invertir en la siguiente siembra, el trigo que hubiera cogido, y que ningún vecino pudiera vender cantidad alguna de trigo, ni sacarlo de la población, sin que cualquiera de estas operaciones fuera notificada antes a la justicia ordinaria. Tanto rigor se amplificaba con la imposición del retracto. Como podía hacer falta cualquier trigo para las adquisiciones del pósito, se podría aplicar a este fin cualquier cantidad que se pusiera en venta. Si se hacía otra cosa, el trigo que la autoridad encontrara quedaría incautado sin posibilidad de rescate.

La drástica intervención municipal sin embargo no podía ignorar la situación en la que se encontraban algunos poseedores de una cosecha de grano, la que cada cual habían obtenido en su explotación. Sumado el compromiso extremo que para ellos era arriesgar en la campaña que estaba en sus comienzos a las pérdidas de simiente que acumulaban, y que en lo sucesivo pudieran padecer, replicaron algunos regidores algo más flexibles, una parte de los deudores no tendrían medio alguno para satisfacer las cantidades que habían sacado del pósito con el objetivo de emprender su explotación al comienzo del ciclo que había terminado, menos aún para volver a sembrar.

El cuadro que pintaron aquellos ciudadanos tal vez fuera melodramático, pero no era irreal. El origen del problema que planteaban estaba en quiénes eran los que acudían habitualmente al pósito para conseguir un préstamo con interés de su trigo, hasta aquí la única especie de la que es posible asegurar que fuera objeto de este tráfico en la región. En los de las poblaciones que concentraban su actividad en la producción de cereales, cada ciclo anual aquel mercado se abría con la llegada del otoño. Repartimiento era el nombre con el que habitualmente la gestión de los pósitos identificaba cada uno de los periodos durante los que admitían y atendían demandas de crédito en grano, aunque en su manera de hablar también se llamaba data. Con uno o con otro nombre, siempre coincidían con los comienzos de las fases de trabajo que marcaban las actividades regladas del cereal: la sementera, las barbechera y escarda y la recolección de frutos. Con estas mismas denominaciones eran conocidas las tres datas o repartos que cada año cada pósito podía hacer, para cuyas respectivas devoluciones, ya en la segunda mitad del siglo, los legisladores dispusieron diez, cinco y tres meses de plazo respectivamente. El observador externo, si presupone que la data de sementera estaba destinada a conceder grano para sembrarlo, podría pensar que la de barbechera, por las fechas en las que ocurría, necesariamente posteriores, estaba destinada a complementar con una resiembra la parcela ocupada con el cereal, o con el cultivo de un cereal de ciclo corto (trigo tremés). Es una posibilidad que no es posible excluir por completo con los datos disponibles. Pero en modo alguno puede admitirse siembra de trigo durante la recolección. Es una aporía tan absoluta que obliga a deducir que los préstamos de recolección, donde se hicieran, eran aplicados a financiar costos distintos en aquella circunstancia, con mucha diferencia la que más inversión exigía. Efectivamente, cuando el legislador es más descriptivo precisa que los créditos de los pósitos podían ser aplicados a las siguientes necesidades: proporcionar la simiente para emprender el cultivo del grano, el consumo familiar de quienes tomaban esta iniciativa y los gastos de manutención de quienes eran contratados para el trabajo en las labores. Luego al menos una parte de los créditos, fueran de sementera, barbechera o recolección, igualmente, podría emplearse en cualquiera de los fines previstos. Por tanto, no todo el trigo que el pósito prestara, ni aun en la data de sementera, sería sembrado, y la reserva que después de la siembra quedaba en sus almacenes estaría destinada a los momentos de mayor necesidad de grano, que eran abril y mayo y, sobre todo, desde junio hasta el final del verano, cuando buena parte de las existencias de cereal eran aplicadas a garantizar el alimento de los trabajadores que participaban en los trabajos de la recogida.

Pero aunque las posibilidades fueran tres, sería un error pensar que la inversión del crédito en grano se dispersaba. No todos los años se concedían préstamos al comienzo de todas las fracciones del ciclo de los trabajos. En el pósito de referencia, cuando las condiciones son las ordinarias, solo se documentan los dos repartimientos que las solicitudes prueban con insistencia, los que respectivamente eran conocidos como data de sementera y data de barbechera. Más aún, siempre que el pósito se abría para los vecinos, al menos organizaba la data de sementera. En correspondencia, las solicitudes de los interesados se concentraban en esta fase, y basta recurrir a sus palabras para comprobar que la demanda estaba aconsejada por satisfacer las necesidades de la siembra en el sentido estricto de la palabra. Cuando pedían su crédito al pósito, al fin al que pretendían destinar el grano los demandantes preferían referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en el sentido traslaticio que aún conserva. A veces lo sustituyen por sembrar o cubrir, o por expresiones como empanar la sementera, sembrar su sementera, sembrar de trigo. Es cierto que también recurren a otras más ambiguas, como hacer la sementera, o incluso al sustantivo sementera, y que en dos ocasiones los solicitantes fueron excepcionalmente genéricos: en una el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otra para concluir la sementera. Pero incluso en el caso de que cualquiera de estas voces y expresiones pudiera interpretarse como algo más que invertir el trigo en la tierra, cuando se trataba del préstamo de sementera sin ninguna duda este era su destino casi exclusivo.

Puede concluirse que el crédito en grano, que el legislador ya reconocía apto para la siembra, el consumo familiar y el suministro alimenticio al trabajo contratado, se ordenaba a lo sumo en tres plazos durante el ciclo, de los cuales a la mayor parte de los demandantes bastaría el primero o data de sementera, con el que cubrirían todas las necesidades que hubieran previsto al alcance de su capacidad de endeudamiento. La de barbechera y, si la hubiera, la de recolección atenderían las estimaciones de financiación con grano que hubieran sido más imprecisas. Con toda probabilidad, estarían aconsejadas por el gasto previsible en el consumo alimenticio propio y del trabajo ajeno empleado en las explotaciones.

Habitualmente, en la segunda mitad de septiembre, cuando llegaba el tiempo de acometer de nuevo el cultivo, se activaba el procedimiento administrativo que correspondía a cada campaña. Hasta 1746 las autoridades municipales de las poblaciones solicitaban a la regional la correspondiente licencia para el primer reparto del trigo de cada pósito, el de sementera. La solía conceder para la mitad del grano que hubiera efectivo en sus almacenes. Pero en algunas poblaciones era posible que sus responsables creyeran más acertado, por razones propias, liberar para la primera data más de la mitad de aquel capital. Entonces, el gobierno municipal, constituido en capítulo, tomaba el acuerdo y lo elevaba al asistente, quien decidía según su criterio. En ningún caso, a la vez que limitaba la cantidad que podía repartirse, permitía que el fondo de trigo se consumiera del todo. Los testimonios indican que rigió y predominó en las actuaciones de todos los responsables ofrecer para este reparto la mitad del trigo del que cada pósito dispusiera, tal como era regular. Pero probablemente es una idea más acertada, para restituir mejor lo que ocurrió efectivamente, que la mayoría de las veces no se llegaba a tanto, que la fracción ofrecida osciló entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorado.

Concedida la licencia, para iniciar el reparto la primera decisión requerida por el reglamento (capítulo tercero de la norma para la administración de los pósitos que el asistente había concebido), que también el tiempo venía avalando, era el acuerdo municipal para que el plazo de solicitud de los préstamos destinados a la sementera siguiente fuera abierto. No obstante, a partir de 1747, si las autoridades habían remitido el certificado de reintegro, desde el 25 de septiembre podían iniciar el reparto de la mitad del capital en grano de sus respectivos pósitos sin necesidad de licencia.

Para que concurrieran quienes aspiraban a los préstamos, la administración de cada municipio, según su población, fijaba un plazo, el que le pareciera suficiente para cumplir con todas las formalidades del reparto sin que se atrasaran los trabajos. Normalmente habilitaba en la primera quincena de octubre un día, o a lo sumo dos, durante los que podían presentar sus solicitudes, llamadas memoriales por el lenguaje administrativo del momento. Excepcionalmente, algunos años aquel plazo fue retrasado a finales del otoño, o fueron señalados determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas hábiles podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Solo en una ocasión se pospusieron a diciembre, a principios y a finales del mes, y en otra el periodo de tramitación se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete días, cinco de ellos en noviembre.

Cualquiera de los solicitantes, dentro del plazo marcado, debía comparecer ante los alcaldes o cualquiera de los diputados elegidos para el reparto y dejar constancia, ante el escribano que había de estar presente, de la superficie que tuviera preparada para sembrar, fuese en barbechos, en rozas, en eriazos o en rastrojos. Estaban obligados a declarar expresamente el lugar donde la tenían y el trigo que necesitaban, y tenían que hacer constar el nombre de sus fiadores. Como por codicia, aun teniendo, algunos pretendían que el pósito les concediera crédito en grano, en cada declaración de la tierra prevenida también tenía que constar la cantidad de trigo propio que cada uno tuviera, de modo que los préstamos pudieran ser concedidos en proporción a las necesidades reales.

Para los registros de tierra preparada y trigo disponible al principio no se creyó necesario exigir juramento. No parecía probable que se faltara al compromiso moral incluido en la fórmula común. Parecía bastante, para salir al paso de la codicia, con las penas previstas. A todos se les prevenía, si en algo faltaban a la verdad, que el trigo que les correspondiera lo perderían, aparte el procedimiento judicial por dolo que contra ellos debía seguirse. Pero, para ganar en seguridad, el Consejo, por su decisión del 1 de julio de 1747, terminó ordenando que las declaraciones sobre las superficies preparadas para la siembra, en tierras propias o cedidas, y del trigo que cada cual tuviera, fueran hechas bajo juramento. Sin embargo, para los registros rigurosos, que eran los que se hacían en las épocas de alza de precios y escasez de grano, no se exigía juramento alguno.

En 1749 en las poblaciones más urgidas el plazo se abrió ya en el transcurso de la última semana de septiembre, mientras que en otras se prefirió demorarlo al final de la segunda de octubre. Tanto los primeros como los que contaron a partir del 14 de octubre habilitaron para la presentación plazos excepcionalmente largos, de entre ocho y nueve días, a contar desde el siguiente a las respectivas convocatorias, tiempo que a todos parecía suficiente para cumplir con el trámite.

El 25 de septiembre, para iniciar el reparto, se pregonó en una parte de las poblaciones más madrugadoras un edicto en la forma prevista, que asimismo se expuso en los lugares públicos, en el que constaba la decisión tomada y que al reparto se iba a proceder ateniéndose a los principios de justificación, proporción e igualdad, tal como exigía la norma. Convocaba a todos los vecinos para que tramitaran, sí así lo deseaban, las relaciones juradas de las tierras que tuvieran preparadas para sembrar, anunciaba la fecha a partir de la cual podían presentarlas y el plazo durante el que serían admitidas sus demandas de grano. No obstante, el 2 de octubre de 1749, en uno de estos lugares, se reconocía que en los ocho días señalados para presentar las solicitudes habían acudido muy pocos vecinos, por lo que decidieron prorrogar el plazo otros cuatro. En realidad, el número de los que concurrían a la oferta de trigo ateniéndose al primer plazo estaba siendo escaso en más de un lugar.

Entre los que no actuaron con idéntica celeridad algunas situaciones no fueron menos paradójicas. Era ya 13 de octubre cuando una asamblea municipal reconoció que el tiempo estaba adelantado, y que por tanto había llegado el momento para proceder sin demora al reparto del trigo que había en el pósito municipal, de manera que pudiera ser utilizado en la próxima sementera, tal como se hacía regularmente. Cuando hablaban del tiempo, estaban invocando el comportamiento de los agentes meteorológicos, que imponían su rigor a las técnicas de las que disponía el campo. Un principio de método atenazaba entonces la agricultura de los cereales. La siembra del grano debía hacerse una vez caídas las primeras lluvias del otoño. Es probable que en aquel momento del otoño de 1749 algunos signos del aire fueran interpretados como precursores de las primeras lluvias, y que en aquel lugar hubieran preferido esperar a que aquellos síntomas aparecieran para poner en marcha el procedimiento de los préstamos. Sin embargo, los que prefirieron retrasar hasta aquel momento la convocatoria en poco tiempo se vieron en la necesidad de urgir a los interesados para que acudieran al departamento municipal que gestionaba el crédito público de grano con su registro de las tierras que tuvieran preparadas para la siembra, así como del trigo que poseyeran para empanarlas.

Una explicación probable de las oscilaciones de los comportamientos tal vez sea el de las lluvias de otoño, que quizás aquel año fueran tan imprevisibles como la impaciencia las representaba. Otra, que una parte de los pósitos pudieron demorarse en la reposición de sus depósitos de grano, y que por tanto la masa apta para la oferta de créditos no fuera en todos los casos la suficiente, una vez llegado el momento de iniciar el ciclo. Y también pudo ocurrir que algunas ofertas no fueran demasiado atractivas, lo que tal vez se podría relacionar más con el producto obtenido en la cosecha anterior, que a muchos permitiría disponer del grano necesario para la nueva campaña, que con el recurso a otros medios de financiación.

Las solicitudes de sementera eran presentadas por una persona, a excepción también de las pocas que eran suscritas por el aperador y los demás temporiles, asalariados contratados por una o las dos temporadas en las que se dividía el año de trabajo en los cereales, de sendos cortijos, que actuaban mancomunadamente. Solo en algo menos de la vigésima parte de los casos las mujeres eran las solicitantes. De los varones habitualmente no se especificaba el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos de cada tres se decía que eran viudas y en el otro soltera. Una parte de las solicitudes a la identificación del solicitante no solían añadir palabras que permitan completar la idea que de ellos nos pudiéramos hacer. Apenas enunciaban el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecían a lo sumo acompaña su condición civil. En algo más de la décima parte de los casos los solicitantes tampoco hicieron constar su profesión. Sin embargo, con el tiempo, entre quienes cumplimentaban sus demandas, se fue extendiendo la costumbre de añadir al nombre referencias a su actividad. He aquí los resultados que se obtienen tomando todas las menciones de esta clase que hemos podido recopilar, aunque a la porción no sea prudente concederle el alcance que a las muestras los análisis cuantitativos dan cuando las ejecutan en regla.

Se identifican como solicitantes de créditos, con más frecuencia, las distintas clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo, en primer lugar los boyeros, pero también los porqueros, los capataces de cerdos o los rabadanes, que asimismo pueden ser citados sin especificar a qué amo prestan sus servicios. También, indicando su vinculación a un amo, son mencionados los arrieros, los maestros de molino, específicamente de pan de manera esporádica, los caseros, el guarda de una hacienda o los que simplemente son llamados temporiles. A quien se dedica al transporte nuestros documentos prefieren llamarlo en algún caso aljamel. Todos, igualmente, pueden ser aludidos también sin que sea necesario referir su vínculo con alguien, y en los casos de los arrieros o de los maestros de molino es posible admitir las dos posibilidades, la dependiente y la independiente. Los aperadores también son referidos como empleados de un amo, pero prefieren ser identificados como aperadores de un cortijo, lo que tal vez haya que admitir como la instantánea no del todo consciente de la posición pública a la que aspiraban. De los casos colectivos ya sabemos que se trataba de aperadores y temporiles de cortijos. También se presentan labrantines y hortelanos.

Pero, aunque el número de casos no sea mayor, es más extensa la relación de gente cuya dedicación primordial no es agrícola, no obstante lo cual solicitan créditos del pósito para actuar como cultivadores de cereal. Son aguadores, albañiles, aserradores, carretero, especiera, hornero, maestro de zapatero, zapatero o zurrador. Incluso aparecen actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero y ministro. Se mencionan además presbíteros, y tienen interés identificaciones de eclesiásticos aún más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de san Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado. Y, por último, se cita como condición de un solicitante de grano la de gallego, indicativa, aunque no exactamente de una actividad, de migración por causa laboral. La lectura de los memoriales, y este análisis, sugiriere además la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no es posible obtener ningún testimonio que permita demostrar su presencia en algún caso.

La residencia común observada para los solicitantes era efectivamente la población donde estaba radicado el pósito, aunque con frecuencia los demandantes de crédito por encima de las 20 fanegas de grano no mencionaban su domicilio. Pero es cierto que había algunas excepciones, concordantes con lo previsto por la norma. En algunos lugares se habían suscitado controversias sobre qué municipio debía conceder el crédito de trigo cuando los labradores tenían su labor en un término del que no eran vecinos, y en los casos más complejos había quienes tenían una parte de su labor en un término y otra en alguno de los contiguos. A partir de 1747 este contencioso se resolvió satisfaciendo la concesión donde cultivaran y por tanto pagaban las contribuciones extraordinarias, origen de un documento de alto valor. En cada uno de los municipios se les concedía la porción que les correspondía según la superficie sembrada en cada cual. De este modo, para erigirse en acreedores de concesión alguna, no tenían que pretender razón de vecindad. Los que se identificaron como vecinos de municipios colindantes, y justificaron su solicitud porque al menos una de las unidades de explotación que componían las instalaciones de su empresa estaba en el término al que servía el pósito, vivían en poblaciones a la vez próximas, a unos veinte kilómetros de distancia como máximo. Pero son casos tan irrelevantes que tomarlos en consideración deformaría inútilmente el análisis.

Concluidos los plazos para la presentación de solicitudes, tal como por la instrucción estaba previsto, el momento para el reparto efectivo del grano que había de ser empleado en la sementera llegaba cuando, terminando octubre, un escribano de cabildo, entonces la personificación de la ley que supervisaba las decisiones públicas, leía, ante el órgano de gobierno de su población, un documento taxativo que descendía desde el asistente. Estaba ejecutando una operación que simultáneamente repetirían todos los municipios de la región que habían decidido abrir sus pósitos. Por su providencia daba las instrucciones necesarias para proceder al reparto del trigo de la primera data, así como algunas indicaciones todavía atinentes al cobro de los reintegros que a los pósitos aún les fueran adeudados. En su cumplimiento se redactaría en cada lugar el repartimiento del trigo, para el que eran diputados algunos regidores, miembros de pleno derecho de las cámaras locales de gobierno, quienes debían ser asistidos por labradores prácticos e inteligentes de cada población y atenerse a las siguientes reglas.

Los que tuvieran trigo suficiente para atender la sementera de sus barbechos, su manutención y la de sus familias, así como los gastos necesarios de su labor, según la norma, no podían ser admitidos como aspirantes a estos préstamos ni objeto de reparto de trigo alguno. Los privilegiados tampoco podían aspirar a los créditos del pósito, salvo que expresamente se sometieran a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Quienes tuvieran algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad que les pudiera corresponder. Los deudores de parte de lo que hubieran recibido en repartos anteriores también podían recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se habían endeudado. Al que debiera una parte solo del crédito ya recibido se le podía conceder, en la nueva campaña, la mitad de lo que hubiera reintegrado. Pero especialmente el Consejo tenía ordenado que no se diera trigo a quien fuese deudor de todo el crédito precedente. Sus órdenes insistían en ello. Los insolventes absolutos bajo ningún concepto podían participar en los repartos. Debían quedar al margen del derecho a postularse quienes debieran todo lo que anteriormente hubieran recibido.

Es posible admitir, de acuerdo con lo previsto en la norma, que en la práctica no todos los solicitantes dependerían por completo del trigo del pósito, si querían hacer una sementera a su satisfacción. Pero solo en dos, de las 626 solicitudes de grano para la sementera analizadas, los aspirantes declaraban poseer ya algo de trigo. La extraordinaria frecuencia de este aval, en reciprocidad, autoriza a pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito, con más probabilidad, se contarían entre la parte más descapitalizada de quienes se comprometían en la producción de los cereales.

Para resolver con la mayor transparencia, y en justicia adjudicar a cada solicitante lo que le correspondiera, se hacían dos prorrateos de la mitad del capital en grano de cada pósito, calculada como si estuviera por completo reintegrado. No obstante, donde había estilo del reparto a jornaleros, siempre que hubiera capital bastante para no perjudicar las labores, antes era separada, de la mitad para el primer reparto la fracción que a la autoridad le pareciera adecuada a este fin, de la que a cada jornalero, mediante un reparto propio, se le repartía en proporción a lo que necesitaba. La excepción, sin embargo, no dificulta el análisis. De esta modalidad de reparto no hemos encontrado rastro alguno.

El primer prorrateo se hacía entre todos los solicitantes comunes, identificados en los términos más descriptivos como labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros, así deudores como solventes, según las tierras registradas por cada uno. El trigo se repartía por unidad de superficie preparada. A todos se les concedía en la proporción que aritméticamente les correspondiera. Si, efectuada esta operación, a cada unidad tocaba un valor fraccionario, de la mitad del capital en reserva se tomaba lo necesario para completar cada lote hasta celemines o cuartillos. Pero los deudores, así como quienes no necesitaban trigo, o solo una porción, no podían ser tratados de la misma manera que quienes estaban al corriente en la devolución de sus créditos al pósito. Los que dispusieran de trigo, en caso de que aún necesitaran, siendo solventes solo podían recibir la porción que les hiciera falta, de acuerdo con el mismo valor tipo. En cuanto a los deudores, desde tiempo atrás estaban previstas las bajas que les correspondían, lo que la nueva instrucción reguló con más precisión. A los deudores nada se les repartía si antes no habían asegurado sus deudas. A los absolutos no podía repartírseles nada, y a quienes adeudaban una parte se les deducía de la cantidad que les hubiera correspondido la porción que debían. Estas deducciones generaban un excedente circunstancial. En la instrucción precedente se había previsto ya que no se quedara en el granero del pósito, así como el incremento que, en compensación, podía corresponderle a los solventes. La nueva reguló que fuera en beneficio de quienes dependían por completo de estos créditos.

Ajustados los lotes que realmente se podían conceder, se hacía el segundo prorrateo con el trigo excedente, entre los que no tenían ninguno o no les sobraba del que les había tocado en el primero. A los deudores parciales, deducida de la cantidad que les había correspondido la porción que debían, de esta se les concedía una mitad. En los sucesivos repartos, mientras mantuvieran sus deudas, se procedía con ellos de la misma manera, con la intención de estimular el reintegro. Los solventes eran los principales beneficiados. El tamaño de sus créditos se incrementaba, con la cantidad aún remanente, en proporción a las tierras que tuvieran preparadas. De ese modo a cada cual se le concedía según la tierra prevista y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se hubiera podido repartir.

El curso que llevaba desde la presentación de las relaciones juradas, con el registro de las sementeras de cada interesado en los préstamos, al reparto efectivo de estos no estaba a salvo de incidentes. Las impugnaciones y controversias, que la impaciencia alentaba, fueron habituales durante el tiempo transcurrido entre uno y otro momento.

A fines de octubre, en las poblaciones observadas para documentar el ciclo 1749/50, los más impacientes apelaban a la urgencia del cohecho, que no había podido completarse. Cuando las tierras que se iban a sembrar habían sido preparadas según las conocidas reglas de la barbechera, cohecho era la última labor dada a la superficie dispuesta para la siembra, razón por la que también solían llamarla alzar el barbecho. Tal vez pudo ocurrir que no hubieran terminado el cohecho de sus explotaciones, al menos una parte de quienes se habían atenido al rigor de la tradición, porque estuvieran faltando las lluvias. Para no atrasarlo más, presionados por la necesidad de disponer de trigo, porque no tenían qué sembrar aunque hubieran hecho sus respectivos registros de tierras, y bajo la convicción de que al menos podrían esperarlo para la parte de la explotación ya preparada, y porque creían urgente sembrarlo, pretendían que al menos les fuera proporcionada una parte del trigo que habían pedido al pósito, a cuenta de lo que les pudiera tocar en el repartimiento. Si aceptamos que quienes hubieran sembrado el año anterior podrían disponer de simiente, es probable que quienes así argumentaran podrían ser promotores de empresas que comenzaban, bien porque hubieran liquidado todo su capital circulante, tentados por la oportunidad, bien porque se aventuraban a esta experiencia por primera vez. En contra de su impaciencia se volvía la prórroga de los plazos concedidos para hacer los registros, decisión que obstaculizaba siquiera evaluar el lote que en el reparto pudiera corresponderles. Aun así, eran socorridos con discreción por la autoridad judicial, la misma que era parte del gobierno de los municipios.

También generaba tensiones el método para el control de las adjudicaciones. Del reparto efectivo se hacían copias para exponerlas en los lugares públicos. Las justicias debían vigilar la ecuanimidad de los repartos, y castigar, en caso necesario, de manera ejemplarizante los que no fueran los debidos. La copia del reparto, y su correspondiente edicto, permanecían expuestos durante tres días. Expresaba el capital en trigo del pósito, la mitad de este valor, lo que se debía deducir por las deudas no liquidadas y la cantidad que se apartaba para los jornaleros. Calculando con estos factores, se obtenía el capital líquido que podía repartirse entre las explotaciones demandantes. De cada una, constaba la cantidad de tierra preparada que había declarado su promotor, lo que permitía expresar lo que en bruto correspondía a cada unidad de superficie prevista. A continuación aparecían los solicitantes, uno por uno, separados en cuatro clases: los que no debían nada y habían incrementado el préstamo medio por unidad de superficie con los remanentes de las otras clases; los deudores parciales, a quienes se había deducido lo que les tocaba por valor medio en proporción al débito que mantenían; los que tenían trigo propio, con las deducciones del tipo que les correspondían, totales o parciales; y los deudores de todas sus partidas precedentes, que no percibían trigo alguno.

Pero el control de la veracidad del procedimiento, además de los medios coactivos mencionados, se completaba con la admisión de las denuncias espontáneas. A la vez que el reparto, se publicaba un edicto, apelando a los vecinos de la población, para que quienes observaran que algún labrador, pelantrín, pegujalero o manchonero hubiera declarado una superficie distinta a la que tenía preparada, ocultado trigo o incurrido en algún acuerdo previo en detrimento de otros, o en cualquier otra clase de engaño, lo notificaran. Los denunciantes podían comparecer ante el asistente, bien de manera abierta bien en secreto, personalmente, por medio de representante o por escrito. Pero el procedimiento podía sustanciarse también ante las justicias o los gobiernos locales, asimismo garantizando el secreto de quien denunciaba. De verificarse la contradicción, el denunciante recibía la tercera parte del trigo que el denunciado hubiera recibido, en especie o en dinero, una eficaz manera de estimular las iniciativas y favorecer la veracidad de los documentos redactados.

Entre otros hechos reiterados, también era habitual que en las demandas de reparto se incurriera en determinados abusos. Los solicitantes solían pedir cantidades que podían interpretarse como excesivas. No les faltaba justificación. Esperaban que lo que pudiera ser valorado como demasiada confianza en la productividad de la tierra, porque aparentaran invertir en ella en una proporción por encima de la que era aceptada para las tierras de mayor calidad, incluso cultivadas de manera extensa, fuera suplido con una sobrecarga de trabajo. Afrontando esta actitud, la autoridad rectora de los pósitos de antemano descontaba el exceso hasta de las menores ilusiones, concediendo siempre cantidades por debajo de las solicitadas. Pero como consecuencia de estos hábitos, a veces era necesario, antes de la conclusión de la campaña, depurar los excesos verificables. Un juez de comisión nombrado por el asistente, que también actuaba como juez regional de los pósitos, ya en plena primavera de 1750 pudo proceder contra pelantrines, pegujaleros y manchoneros de una población, así como contra algunos de sus labradores, que habían cometido excesos en los registros de tierra cursados el otoño anterior. Para beneficiarse del reparto del trigo, habían declarado como porciones destinadas a la sementera más de las que tenían preparadas. Sin pararse en demasiadas consideraciones, el juez dictó auto de prisión para quienes habían incurrido en el exceso. El gobierno de la población donde residían, alarmado, creyó que, de actuarse así, se provocarían perjuicios y conflictos innecesarios. Los encausados estaban muy empeñados y padecían muchos atrasos a consecuencia de la consabida esterilidad de los tiempos, causa que los responsables del municipio creían que pudo aconsejar a aquellas personas excederse en sus registros. Además, pensaban que en aquel caso no había lugar a fuero o competencia del tribunal actuante, dada la cortedad del pósito; tanta que en los repartos en cuestión a los solicitantes no les llegó a tocar ni la mitad del trigo que necesitaban para sembrar. En la práctica esto significaba, aun reconociendo que se habían excedido en la declaración de las superficies preparadas, que ni siquiera habían alcanzado a cubrir las necesidades de la sementera que realmente proyectaban, lo que en los hechos, por tanto, no contenía abuso alguno. El municipio propuso al juez, no solo que actuara con benevolencia, sino una transacción, que los encausados pagaran a prorrata las costas del proceso.

Tampoco ningún reparto del trigo del pósito quedaba al margen de la permanente pugna política, y como otros asuntos públicos siempre estaba expuesto al riesgo de convertirse en motivo de enfrentamiento. Un aspirante a alcalde por el estado noble, que compartía la jurisdicción de su municipio con el alcalde por el estado general, más conocido como alcalde ordinario, pretendía que se le admitiera en el empleo sin dar fianzas. Había sido nombrado para el cargo acatando una provisión de la audiencia regional, institución judicial que más aún era ejecutiva. Pero su nombramiento fue contradicho por su colega, el alcalde del estado general, quien no creía que aquel reuniera las condiciones requeridas para el desempeño. Pensaba que el aspirante, así como los demás vecinos de la población que se pretendían nobles, excepto dos, eran notoriamente pobres de solemnidad, sin ropa de una mediana decencia, ni noticia en dependencia, por no haberse versado en ellas, a causa de haber andado siempre retirados del concurso y tráfico de sujetos inteligentes y principales. Como el alcalde por el estado noble debía ser responsable en la distribución del trigo del pósito, el alcalde ordinario insistió en que, antes de tomar posesión el pretendiente, para prever su posible descubierto tendría que dar fianza para el empleo al que aspiraba. Le parecía indispensable proceder de este modo, tanto más cuanto creía que el propuesto por el estado noble, sin perjuicio de lo que de él pensaba, era el más apto bajo aquellas condiciones.

Puede suponerse que los pósitos recurrían al aval paralelo de financieros para garantizar su actividad. Sabemos que los mayordomos que se hacían cargo de la gestión de los ingresos y gastos de otras instituciones, o los administradores de las rentas de las casas, podían constituir sociedad con personas solventes para ser legalmente fiables. Lo peculiar del acceso al control del capital público en grano sería que la función gestora quedaba reservada a una parte de quienes de antemano disponían de algún poder en la jurisdicción local, que así se verían favorecidos por una regla que los convertía en lo que podríamos llamar financieros natos, aun cuando su capital apto para este negocio fuera limitado. Muy significativo resulta además que un hidalgo, en este caso, careciera del patrimonio que le permitiera beneficiarse de esta posición. Su estado lo convertiría automáticamente en testaferro.

Llegado a aquel punto el enfrentamiento, elevó su tono el problema que bajo él latía, el financiero que hemos detectado, hasta cobijarse bajo una controversia institucional. Se discutió nada menos que sobre la conveniencia de mantener en aquel ayuntamiento la vara del estado noble, algo realmente innovador, y si no sería adecuado hacer que despareciera en beneficio de la alcaldía del estado general, aprovechando que habían de hacerse nuevas propuestas de oficios de justicia en propiedad, asuntos sobre los cuales la audiencia, aunque sorprenda, ya se había manifestado favorablemente. Para resolver, se decidió consultar de nuevo a esta y que fuera la que decidiera. No hemos encontrado noticia de qué respondió el tribunal de la región a la consulta, ni siquiera se puede afirmar que la consulta llegara a formalizarse. Pero es seguro que el aspirante al empleo de alcalde por el estado noble, sin necesidad de fianza, cuatro días después de que la polémica pusiera al descubierto sus raíces políticas, tomó posesión y el pósito pudo seguir adelante con sus actividades.

Pero no era frecuente que el procedimiento de los pósitos, en aquel momento decisivo, se viera especialmente interferido por querellas. Al contrario, en la mayoría todo era resuelto de forma previsible. Completado el repartimiento, el procedimiento se culminaba con la firma de la obligación correspondiente a la partida que a cada uno hubiera tocado. Para formalizarla los prestatarios disponían de tiempo suficiente. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, el reconocimiento de la deuda de sementera solía firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre, y solo excepcionalmente se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Todas las obligaciones debían incluir avales o fianzas que satisficieran a los responsables locales de los pósitos, que eran sus justicias, gobiernos y diputados, quienes, para que actuaran con el mayor rigor, en este momento procedían por su cuenta y a su riesgo. Ningún privilegiado, por la vía que lo fuese, si había sobrepasado el filtro del reparto, era admitido sin haber presentado ya en el momento de la solicitud fiadores legos, llanos y abonados que estuvieran bajo jurisdicción ordinaria, a satisfacción y por cuenta y riesgo de los repartidores. También los jornaleros beneficiarios de los préstamos del pósito, si querían disponer de ellos, tenían que asegurarlos con fianzas suficientes. Cada uno de los fiadores, previo acuerdo mutuo, se debía obligar a la liquidación de toda la deuda, como si fuera el acreditado.

La mayoría de los deudores formalizaba su obligación en el libro donde el escribano al servicio del pósito registraba los créditos que no superaban las 20 fanegas. Tales asientos eran suficientes para que los concedidos fueran requeridos por las justicias a su cumplimiento. Cada uno debía ir firmado por los prestatarios y sus avalistas o fiadores, y por testigos en caso de que no supieran firmar, y el escribano, que no cobraba por este acto derecho alguno, los autorizaba. Cuando las partidas sobrepasaban las 20 fanegas debían otorgarse escrituras de obligación en forma. En ellas se hacían constar el plazo para la liquidación del crédito y las creces o interés vigente para los préstamos de esta clase.

Algunos reconocimientos de las deudas quedaban sin formalizar, y si faltaban sus firmas, los deudores podían no admitir que en su momento habían recibido los créditos. Las complicaciones que en consecuencia surgían terminaban siendo una carga para los pósitos. La responsabilidad de este descuido se hacía recaer sobre los escribanos que actuaban para la institución, a quienes por esta causa se les penaba. A partir de 1747 se quiso limitar el efecto de la falta exigiendo, junto a la copia del reparto que debía enviarse a la asistencia, un certificado que afirmara en forma que todas las escrituras de reconocimiento de las deudas habían quedado íntegramente cumplimentadas.

La relación de los firmantes permite identificar como única sociedad para financiar la explotación la que formaban el aperador y los demás temporiles de algunos cortijos, en un caso constituida solo por aquel y uno de los temporiles de los que trabajan bajo su mando. De las tres cuartas partes [61 de los 81] de los avalistas que constan en los memoriales analizados solo se puede deducir que son personas distintas al prestatario. Del enunciado de sus respectivos nombres, así como de otros rasgos que de ambos pueda mencionar el documento, no se deducen vínculos entre ellos que puedan justificar la relación. Pero el otro cuarto [los otros 19 casos] proporciona algunos indicios que permiten aislar al menos parte de los medios de donde proceden, así como de las relaciones que los conducen a actuar comprometiéndose.

En unos casos observamos que prestatario y avalista comparten el apellido, vínculo que en dos más es corroborado por la declaración positiva de la condición de hijo o madre de los fiadores. Por comparación con los de la data de sementera, una novedad se observa entre los de una data de barbechera, cuando se admite como fiadora la esposa del demandante del crédito. En otros casos la persona que sale a favor del acreditado es a la vez el amo -voz que hay que interpretar como teniente- del cortijo donde se va a sembrar. La relación permite pensar que el señor principal de la labor puede ser parte interesada en la inversión en grano que se pretende.

Puede ser indicativo de una sociedad previa, responsable de un tipo muy sencillo de empresa de cereal que está en el origen de una parte de los préstamos, que un memorial sea presentado por quien tiene preparadas 6 fanegas de tierra en el cortijo de su amo, tres de ellas de tiempo [sic] y las otras tres a dinero, lo que tal vez signifique que estas eran subarrendadas y aquellas obtenidas a cambio de trabajo. En dos casos coinciden ambos nombres, el del prestatario y el del fiador. Avalarían los créditos por sí mismos los demandantes, valiéndose de fórmulas hipotecarias que merecen un grado de crédito extraordinario, supuesto que la hipoteca de todos los bienes es una parte inexcusable de la obligación que más adelante firma el prestatario, la que formaliza definitivamente el crédito recibido. Dedujimos, por último, la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Para este comportamiento sí disponemos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No es posible explorar más la posibilidad porque no tiene más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no es relevante. Como posibilidad más verosímil, consideramos que pudo tratarse de arrendatarios de cortijos que luego los subcedían en parcelas a interesados en explotaciones de dimensiones menores.

Todos los incursos en el reparto tenían que retirar del pósito el trigo que les hubiera correspondido dentro del plazo que cada autoridad local decidiera, cuya duración correspondía al número de habitantes de cada población y a la cantidad de trigo que se iba a transferir. Pero en ningún caso la entrega efectiva se iniciaba antes del 15 de octubre. Con esta condición se pretendía inducir que los labradores no aplicaran el trigo a un gasto distinto a la siembra. Para salir al paso de su posible desviación, además estaba prohibido que las autoridades admitieran los créditos en trigo concedidos a labradores, pelantrines, pegujaleros y manchoneros para cobrar padrones, repartimientos o cualquiera de los servicios a los que aquellos pudieran estar obligados; incluso si los afectados quisieran emplearlos con este fin. La autoridad estaba conminada a velar por que los granos del pósito se invirtieran exclusivamente en la sementera, lo que, recuérdese, no era lo mismo que sembrarlos.

Hacer efectivos los créditos concedidos era responsabilidad directa de los diputados para la entrega, los llaveros y los depositarios. Para verificarla con garantías, a quienes se les había concedido crédito en el reparto, es probable que al tiempo de formalizar la obligación, se les daba una cédula, que debían presentar al depositario de los graneros del pósito, acreditativa de la partida que a cada cual se le hubiera adjudicado. Debía ir firmada por los diputados y el escribano, y no era admitida la que estaba firmada solo por el escribano. En algunas poblaciones, se habían aceptado cédulas que llegaban solo con la firma del escribano y, sirviéndose de este ardid, se habían sacado cantidades no concedidas. Si los diputados de entrega descuidaban su deber de suscripción eran penados. Tampoco a los depositarios se les aceptaban en la data de su contabilidad las partidas que no cumplían la condición de las firmas.

Había ocurrido con frecuencia, años atrás, que los agraciados iban todos a la vez a retirar su trigo. A veces, en el acto mismo de la entrega, unas partidas se mezclaban con otras. Desde 1747 los responsables de los repartos quedaron comprometidos a no comenzar una entrega sin que estuviera completada la precedente. Para que pudiera actuarse de este modo, era necesario que todos los responsables de la operación estuvieran presentes, lo que les obligaba a evitar el vicio de procedimiento que consistía en que unos tuvieran las llaves que eran responsabilidad de otros. Los almacenes estaban asegurados por varias cerraduras, la custodia de cada una de las cuales era una parte de los deberes de un cargo.

En los pósitos, para proceder a esta operación, había medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Las que se describen eran de álamo, de nogal o de otra madera que no menguara. Estaban barreteadas con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que era redondo, lo estaba con sus chapas correspondientes. Con ellas se repartía y luego se ingresaba el trigo. Era costumbre, extendida por un buen número de poblaciones, que en el momento del reparto los acreditados pagaran a los medidores del grano 4 maravedíes de cuenta por unidad de capacidad medida para la entrega de cada partida. La costumbre fue refrendada por la ordenanza de 1747.

Concluido el plazo de la entrega, la actividad del pósito entraba en un paréntesis y sus graneros se cerraban. Los responsables de la institución, hasta el último día de enero, a la vez que testimoniaban que se había hecho en tiempo y que a los interesados se les había entregado en la proporción que estaba regulada, enviaban al asistente una copia literal del reparto del trigo para la sementera. Era el momento para hacer balance del costo que había tenido la parte más relevante de su actividad. En los municipios cuyos términos eran extensos las cifras eran de cierto relieve. Un pósito activo en un espacio de tales características repartió en el otoño de 1749, entre los vecinos que habían decidido cultivar cereales recurriendo a esta vía de financiación, nada menos que 6.248 fanegas de trigo. El cálculo que recurra a los factores más elementales permite estimar que pudo sembrarse, con aquel grano, en torno a una cantidad de superficie similar. Pero del alcance real de la mediación del pósito en la financiación de las explotaciones de cereal puede dar una idea más acertada que en esa misma población, en plena primera mitad del siglo décimo octavo, contando con todo el grano que el registro público había conseguido localizar en toda clase de almacenes, 14.901 fanegas de trigo y cebada, creían necesarias para la siguiente sementera 25.099 fanegas más. Así se completaban 40.000, que en las estimaciones del momento sumaban las dos terceras partes de las sementeras que se podrían hacer. Luego se aceptaba que el espacio cultivado posible consumiría un total de 60.000 fanegas. Por informaciones posteriores, se averigua que aquel año fueron 50.000 las fanegas de cuerda sembradas, aunque tres años antes se había estimado en el mismo lugar que para sembrar eran necesarias 32.000 fanegas de trigo. Podemos, en conclusión, aceptar que entonces se sembrarían, regularmente, en aquellas tierras, unas 36.000 fanegas de capacidad.

En 1750, avanzado el año, cuando ya se había impuesto como opinión que se estaba viviendo el momento de inflexión de un ciclo, en la misma población se estimó que quienes habían sembrado habían invertido más de 150.000 fanegas de trigo y cebada. Dadas las circunstancias, que alimentaban la simplificación interesada, es más que probable que esta cifra fuera exagerada. Basta comparar con las precedentes. La autoridad, apasionadamente confesional, se expresaba entonces recurriendo a los elementales principios éticos a los que se habían habituado las creencias, dictados por la hipérbole y el exceso de dramatización, tal como hacía para cualquiera de las circunstancias que concurrían en la crisis que marcaba la cima para la secuencia del beneficio. En esta ocasión afirmaba además, dando por supuesto que no habría cosecha, que el resultado de tan importante inversión sería que quienes habían sembrado quedarían muy empeñados con el pósito local, que para la mayor parte de las sementeras había sido el suministrador del grano. Descontando, asimismo, que la cifra referida a la inversión en el cultivo hubiese sido doblada, gracias a la suma de la cebada, lo que probablemente sea excesivo, sin mucho riesgo de error podemos deducir que la fracción habitualmente proporcionada por el pósito oscilaría en torno a la quinta parte del trigo sembrado, y a veces ni siquiera alcanzaría la décima parte.


Población estacionaria con inmigrantes

Redacción

Durante el siglo XVIII el crecimiento de la población regional parece estancado. Las tasas que lo expresan coinciden en este punto: oscilan entre 0,15 y -0,19 %. Su composición por edades, observada a partir de los mejores censos de aquel siglo, no cambia de manera significativa. Si aceptamos literalmente lo que expresan estos dos parámetros, su mortalidad sería constante, tal como lo es su composición por edades, y dado que la mortalidad es constante, para avanzar en el análisis de los factores del crecimiento de aquella población es legítimo recurrir a una tabla de mortalidad que complete con sus descripciones lo que permiten los indicadores sintéticos.

Hemos preferido una de elaboración propia, basada en unos veinte mil registros de las defunciones ocurridas en el mismo universo, complementados por la necesaria observación directa de los nacimientos; casi cuarenta mil asientos, fondo suficiente para llegar a conclusiones fiables. Proceden del primer registro civil, que empezó a funcionar de manera regular en este extremo de occidente a partir de 1841. Aceptarla, a pesar de su desplazamiento cronológico, incluye reconocer que entonces la población regional no había conocido aún la primera fase de la transición demográfica. Para admitir esta premisa basta comparar sus valores con los cálculos típicos de la mortalidad, ya clásicos, de Naciones Unidas y Princeton, desarrollados a partir del procedimiento de estabilidad. Los que más se aproximan a la mortalidad observada son los niveles 4 y 5, masculinos y femeninos, con tasa de crecimiento 0, del modelo sur de Princeton. Con estos medios, más algunos cálculos parciales, es suficiente para ensayar una descripción de los límites a la población del sudoeste en pleno siglo XVIII.

De todos los sucesos vitales, el matrimonio era el más próximo a la voluntad humana antes de la transición demográfica. Como entonces la concepción de hijos fuera del matrimonio carecía de relevancia, la descendencia final de las mujeres de cualquier población dependía de si contraían nupcias, y en caso de que así fuera de la edad a la que lo hicieran; de la medida en que sintonizara con la fertilidad femenina. La población regional, antes de la transición demográfica, estaría alimentada por un matrimonio temprano e intenso. La edad media de acceso al matrimonio de las mujeres adquiere un valor entre los 21,5 y los 22 años, lo que significa que las que se casaban invertían en el matrimonio entre el 77 y el 79 % de su fertilidad. El nivel de la soltería definitiva femenina (solteras de 50 años y más, edad que asimismo se acepta como límite superior de la fertilidad) estaba comprendido entre el 20 y el 30 %, lo que en términos positivos o intensidad del matrimonio se traduce en valores entre el 73 y el 82 %. Combinando ambos indicadores, resultaría en resumen que en realidad aquella población solo ponía en juego entre el 60 y el 64 % de su capacidad reproductiva.

Claro que no toda la potencia procreadora invertida en el matrimonio se traduciría en nacimientos. El número de los de cada año, que se puede estimar comprendido entre unos 26.500 y poco más de 29.000, permite suponer que las tasas de natalidad se situaban entre el 36 y el 39 por mil. Si se acepta que el 95 % de los nacidos eran legítimos, de la anterior estimación se deduce una colección de valores de la fecundidad matrimonial en torno a 0,750, levemente por encima de los calculados para todo el país, situados entre 0,745 y 0,735. Indica que las mujeres casadas de la región procreaban al 75 % de como lo harían las mujeres de máxima fecundidad matrimonial observada, las hutteritas de 1921-1930. En el supuesto de que la fecundidad matrimonial hutterita fuese el techo biológico de la fecundidad femenina -y por el momento sí que es el máximo observado para cualquier lugar y para cualquier momento-, del valor del índice se deduce que el conjunto de los recursos reproductivos de toda la población regional funcionarían a poco más del 45 % de su capacidad. (Si en vez de aplicar la tabla modelo de mortalidad aceptamos que el registro de población en los censos es perfecto al menos para la población infantil masculina (varones de 0-6 años), tendríamos que hacer dos cálculos alternativos mediante ajuste a relación de masculinidad tolerable de acuerdo con el tamaño de población. Es decir, el valor real de la población infantil femenina quedaría comprendido entre un máximo y un mínimo. Si a las dos nuevas sumas resultantes se les aplica el mismo índice, resultaría otra fecundidad, no tan exagerada como en el primer supuesto, aunque aún seguiría siendo muy alta.)

Si se casan en torno al 80 % de las mujeres a una edad media temprana y realizan las tres cuartas partes de su fertilidad, el aporte de sumandos al crecimiento es sin duda alto, aunque parezca que la población funciona a medio gas porque solo aprovecha algo menos de la mitad de sus potencialidades reproductivas. Se estaría cerca de un supuesto máximo biológico posible que sin embargo no se agotaba.

Un lugar común de la historiografía demográfica es que durante el siglo XVIII las poblaciones peninsulares no estuvieron sometidas a los rigores de la mortalidad catastrófica, a excepción quizás del paludismo de fines de los ochenta. En el caso de la región al menos, no hay indicios de que se produjeran crisis de mortalidad graves. En cuanto a la mortalidad ordinaria, que sería por tanto la reguladora del crecimiento, las fuentes y sus estimaciones asociadas proporcionan datos precisos. Las evaluaciones posibles de la mortalidad adulta (de 20 a 55 años) son suficientes para marcar un límite por debajo del cual es difícil que se situara la mortalidad ordinaria. Con la más optimista se pueden calcular unas tasas anuales en torno al 40 por mil, lo que implicaría una esperanza de vida al nacer próxima a los 35 años. Es un nivel bajo de mortalidad regular a juzgar por los cálculos más autorizados referidos al conjunto del país (esperanza de vida al nacer 26,8 años), y que tampoco concuerda con la mortalidad implícitamente aceptada en los niveles 4 y 5 del modelo sur de Princeton, que corresponde a una esperanza de vida al nacer entre 27 y 30 años.

Pero, al tiempo que la mortalidad catastrófica ha desaparecido, al menos por el momento, y la adulta se muestra relativamente moderada, es alta la mortalidad infantil. Nuestra estimación de natalidad obliga a aceptar que su nivel estaba comprendido entre un 230 y un 270 por mil, lo que encaja más con los modelos de mortalidad de referencia; más aún si se tienen en cuenta las experiencias de las mortalidades infantil y postinfantil acumuladas, que se aproximarían al 50 % de los nacimientos. Así pues, sobre todo la muerte de los recién nacidos vendría a corregir severamente el comportamiento de la fecundidad: del orden de la mitad de los nacimientos acabarían en muerte antes de terminar la lactancia.

Con unas tasas de natalidad que como máximo alcanzarían el 39 por mil, y con una mortalidad que desde luego no bajaría del 40 por mil en los años en los que no hubiera repunte de la mortalidad, se deduce que el crecimiento ordinario, al menos el crecimiento natural, tendería a ser negativo. Los analistas más reconocidos, resistiéndose a admitir que en el saludable siglo XVIII hubiera alguna población que no se incrementara, optan por defender un débil crecimiento positivo, estimado en un 0,1 % anual. Si se aceptan con lealtad los valores de natalidad y mortalidad demostrados, parece más correcto admitir que el crecimiento se situaría como mínimo bastante más cerca de cero. Corroboran la sospecha de tan ajustado margen de crecimiento las tasas de reproducción que pueden deducirse de los censos, que son en este sentido claras: a una tasa bruta algo por encima de 2, con las condiciones de mortalidad estimadas y el perfil del matrimonio femenino deducido corresponde una tasa neta en torno a 1, lo que significa que cada mujer fecunda era sustituida por otra con las mismas posibilidades de realizar su fecundidad.

La selección de los hechos demográficos que pueden ser más pertinentes para una explicación del crecimiento en el pasado, combinados de una de las múltiples formas posibles, da como resultado lo que los especialistas llaman un sistema de la población, tan simplificador y tópico como útil para aislar algunas de las razones no demográficas del comportamiento biológico de una población a fines de la época moderna. En el  caso de la regional, nos encontraríamos ante lo que clasifican como sistema de alta presión. La imagen que evoca esta expresión es coherente con lo que por el momento parecen hechos demostrados. El crecimiento regional estaría regulado por dos mecanismos de signo opuesto, un matrimonio femenino precoz e intenso, responsable de una fecundidad alta, contrapesado por el riguroso freno positivo de la mortalidad, especialmente descargada sobre la rigurosa mortalidad anterior al quinto aniversario.

La explicación de unos comportamientos aparentemente tan conservadores en el terreno de la reproducción habría que buscarla en el poder de la mortalidad, un factor que puede considerarse exógeno porque escapa a cualquier control. Con la reserva de fecundidad se pretendería hacer frente a los imponderables de la mortalidad catastrófica, en cuyo caso sería oportuno recurrir a ella para reequilibrar el sistema. Es probable que no fuera del todo así, entre otras razones porque la conciencia de la contención de la mortalidad extraordinaria solo puede existir cuando ha pasado una cantidad de tiempo que trasciende los comportamientos biológicos de cada año, los que miden las tasas. Tal vez sea necesario plantear en otros términos el problema.

Concebir la población como un todo homogéneo, cuando se trata de comportamientos biológicos, por más gregarios que sean, es un error que contagian al análisis histórico los procedimientos estadísticos. Si aceptamos que el matrimonio es el origen remoto de los factores del crecimiento natural al alcance de las voluntades, tenemos que aceptar también que las posibilidades de concertar un matrimonio, y en mayor grado sus consecuencias para la localización del hogar y la formación de la familia, tienen que ser dispares. No todo el mundo puede dotar del mismo modo a su descendencia femenina, ni con el mismo alcance, si la dote es una parte del curso consuetudinario que lleva al matrimonio; ni tiene la misma capacidad para transferir un capital al varón que desea contraer matrimonio para que haga frente a la creación de su hogar, cuando esta forma de resolverla sea la regular. Con los medios estadísticos solo es posible detectar lo más grosero, el comportamiento en masa.

Por suerte -solo bajo esta condición tan restringida- legitima tan sintética manera de proceder que las formas de obtener la renta las familias del siglo XVIII estuvieran muy polarizadas en el medio rural, el que por cantidad de actividades imponía sus pautas a las poblaciones. Bien un grupo restringido obtiene sus rentas detrayéndolas del trabajo ajeno, bien otro grupo, el mayoritario, las consigue concediendo que una parte del suyo tiene que venderlo a aquel. Las posibilidades de que el comportamiento biológico de los segundos deje rastro en las cantidades que registran los censos y los registros son casi todas, mientras que las que tendría el de los otros serían casi nulas, dada la magnitud de las diferencias.

La manifestación más visible de esta doble circunstancia, cuyas piezas no solo no se oponen sino que se complementan, es que la mayor parte de la población regional, bajo criterio laboral, en las estadísticas del momento se clasifica bajo la condición de jornalero, aunque en unas proporciones tan abrumadoras que resultan demasiado groseras. Es cierto que en la región el jornalero agrícola parece un hecho permanente, y que probablemente es parte de la población regional al menos desde la plena edad media. Con seguridad, su presencia ininterrumpida en la región se documenta desde el siglo XV. De estos testimonios habitualmente se deduce una proletarización progresiva y lineal del mercado de trabajo agropecuario. Cuesta creer en la presencia inalterable de una población jornalera cuyo tamaño crece inexorablemente. Si las casas agropecuarias, a las que sirven quienes trabajan en el campo, presentan como rasgo más estable su alta capacidad de adaptación a la coyuntura comercial, así interior como exterior, es poco probable que en la población jornalera, en su tamaño, y en su función económica, no se reproduzcan, previamente o como consecuencia, las oscilaciones de la coyuntura mercantil.

Aquella manera expeditiva de clasificar las profesiones sería una traslación del fenómeno de fondo al punto de vista; una consecuencia estadística, obra del procedimiento de las administraciones, de la que no obstante podemos congratularnos, porque abre una posibilidad de encontrar explicaciones. Bajo la voz jornalero de las estadísticas se esconde no tanto la diversidad como una situación compleja. Sus protagonistas, aunque no rechazaban aquella denominación, o la de bracero, preferían llamarse a sí mismos trabajadores del campo, una forma de identificarse que los unificaba y los arraigaba al fondo campesino del que provenían. En pleno siglo XVIII la mayor parte de la población rural aún no había renunciado a permanecer sujeta a ese fondo.

La demanda de trabajo, para a cambio detraer la renta a la que por este medio se aspiraba, se personificaba de cuatro formas: pegujalero, temporil, asalariado episódico y destajero. Temporil era el que se empleaba por una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola en las grandes explotaciones, las que dominaban e imponían sus principios al sector, la primera de octubre a abril y la segunda de mayo a septiembre. Era lo más próximo al trabajo asalariado estable. Quienes ocuparan puestos de responsabilidad y guardia o quienes tuvieran a su cargo el complejo ganadero de aquellas empresas, tanto el de trabajo como el de cría, tendrían las mayores posibilidades para ser contratados como temporiles.

Asalariado episódico o jornalero en sentido propio era el que se empleaba para faenas determinadas, llamado por los aperadores, en las mismas explotaciones. Puede trabajar durante secuencias que va imponiendo el comportamiento del tiempo, habitualmente menores al mes pero superiores a la semana, en los trabajos sucesivos del cultivo del trigo, o de los que le están sometidos, incluido entre estos los del olivo y la vid. Iban desde la siembra hasta la recolección del cereal y sus legumbres asociadas, pasando por la escarda o el abonado.

Bajo las condiciones del destajo solo eran contratados los trabajos de siega del cereal y sus legumbres, así como la vendimia y la recolección  de la aceituna. Son tan intensos como concentrados en el tiempo, y por eso los mejor remunerados, aunque ni mucho menos los más rentables.

El pegujal era una pequeña explotación campesina, de ciclo anual, que no solo no se oponía a las dominantes sino que se desarrollaba dentro de sus unidades de explotación, de dimensiones tales que podían acoger un buen número de quienes estaban dispuestos a hacerse cargo de uno. Su convivencia en el espacio con las tierras destinadas a cumplir con los objetivos dominantes está justificada por los posibles intercambios de servicios entre las dos células del sistema, la gran empresa y el pegujal. A quien lo trabajara le permitía sobrepasar la renta que se obtuviera como asalariado de cualquier tipo (temporil, jornalero o destajero), no tanto por la cantidad líquida que ingresara como porque lo capacitaba para disponer con independencia sobre todo de trigo, aunque también de cebada o legumbres, y así escapar a la tiranía de los precios del suministro alimenticio básico, o subsidiariamente del que necesitara el ganado de trabajo que había que poseer para aspirar a ejercer como campesino.

El mecanismo que regulara la oscilación entre tener y no tener un pegujal se originaría por tanto desde el mercado del trigo. Tan inestable como eran los precios del cereal básico sería la condición anual de campesino, y serían las violentas oscilaciones de aquellos las que convertirían el recurso al pegujal en un mecanismo regulador del mercado de trabajo rural. La consecuencia era que la posibilidad de acceder a pequeñas explotaciones anuales contribuiría a tensarlo constantemente. Y, paradójicamente, la posibilidad de convertirse en pequeño cultivador anual contendría el germen de la proletarización.

Para que el suministro de mano de obra contara con una importante reserva sería suficiente con que el número de los trabajadores del campo dispuestos a explotar aquellas unidades mínimas superara la oferta de parcelas aptas para convertirse en aquella forma de actividad campesina, lo que empujaría a los trabajadores del campo a emplearse en toda faena a cambio de un salario. Su proletarización tendría todas las posibilidades para progresar (=> aumento de la oferta de trabajo => estancamiento de los salarios) porque ya estaban abiertos tres frentes secundarios para la obtención de renta, los que cada año encarnaban los temporiles, los asalariados episódicos y los destajeros.

Esta dirección de los acontecimientos no era irreversible. Bastaría con que los precios del trigo invirtieran su comportamiento, y abrieran de nuevo oportunidades a la promoción de pegujales, para que otra vez se incentivara el riesgo a tener una pequeña empresa autónoma. Aunque las expectativas para acceder a una explotación de esta clase eran razonablemente cortas, inferiores siempre a cinco años, si se toman como pauta las oscilaciones de la producción de trigo hasta ahora conocidas, eran las que alentaban la vacilante condición campesina de los trabajadores del campo.

La representatividad de estas afirmaciones es aún muy limitada, hasta tanto no se pueda calibrar su extensión y su valor relativo. Pero obliga a recuperar, profundizar y completar el análisis del papel que a las explotaciones subsidiarias tocaba en aquel orden biológico.

Sobre la formación del hogar asociada al matrimonio, lo que de momento se deduce del análisis de los padrones es que rige el principio de neolocalidad, o erección del hogar en un lugar distinto al de procedencia de cualquiera de los contrayentes. En cuanto a la formación de la familia, parece que se impone la disciplina de la nuclear, la que se limita a los vínculos que unen a padres con hijos. Aquellas costumbres quizás fueran más consecuencia que causa, y su responsable podría ser la expectativa, constante, renovable año tras año, de adquirir una renta autónoma gracias al acceso a una pequeña parcela.

Si las expectativas de independencia familiar vía matrimonio, la parte del comportamiento biológico emancipada o autónoma, dependían de la disponibilidad de renta de los candidatos, en poblaciones donde para la mayoría el acceso a la renta no estaba subordinada a la transmisión del patrimonio agrario territorial dentro de la familia, como ocurría en zonas con predominio de población campesina propietaria, las aspiraciones y las prisas por contraer matrimonio serían mayores. No tanto porque los contrayentes se apuraran en ahorrar para casarse, simultaneando el trabajo agrícola autónomo con el servicio a una casa, independientemente del sexo, sino más bien porque una temprana salida a la fecundidad posibilitaría un mayor éxito en la obtención de hijos vivos y por tanto aptos para el trabajo en poco tiempo -contando con una edad de concurrencia al mercado de trabajo muy temprana-, de forma que pudieran acaparar con la pareja la cuota óptima de trabajo; tanto el dependiente, cuando fuera ofertado en masa en forma de trabajo estable en las explotaciones (temporiles, jornaleros, destajeros), como el independiente, el que permitía el pegujal, para sumar una renta total de la unidad familiar suficiente para vivir todo el año, objetivo que probablemente costaría alcanzar. Así, serían las expectativas de acceso al matrimonio las que dependerían inmediatamente de la coyuntura triguera.

Las consecuencias biológicas de estas pautas podrían ser las responsables de la alta presión. En la medida en que la renta de las familias que trabajaban de manera estable como asalariados y en las explotaciones subsidiarias creciera menos que los precios del trigo, las prisas por obtener el mayor número de hijos en poco tiempo, además de invitar a casarse y pronto, una vez constituida la familia trabajadora daría origen a una loca carrera de concepciones que inevitablemente se traduciría en un alto nivel de fracasos. La muerte de los recién nacidos durante el periodo de lactancia, más frecuente en los meses de verano a causa de la incorporación de la familia completa al trabajo (lo que alteraba la alimentación infantil y facilitaba las infecciones gastrointestinales, de efectos fatales), vendría a corregir severamente el crecimiento; lo que aún estimularía más la búsqueda de nuevos hijos. La experiencia tenía demostrado que arriesgar más fecundidad significaba alimentar más la presión de la mortalidad, inevitablemente.

La alta mortalidad durante los primeros cinco años de vida enfrentaría de nuevo al riesgo de estimular aún más la búsqueda de nuevos hijos, así como el previo acceso al matrimonio. Por este medio, dadas las pautas de la mortalidad ordinaria, por desgracia lo que se conseguiría sería, antes que acelerar el crecimiento positivo, alimentar la alta presión de la mortalidad. Al mismo tiempo, este incremento de la mortalidad -en particular, los altos niveles de mortalidad infantil- reduciría la mediata capacidad reproductiva en reserva, lo que en realidad limitaría las posibilidades de reequilibrio del sistema.

La alta presión sería pues la aportación biológica a la búsqueda de un equilibrio: disponer del máximo posible de descendientes vivos adultos para poder sostener una empresa familiar autónoma, y al tiempo, en caso necesario, optar a los otros mercados de trabajo, para así complementar las rentas. El crecimiento de la población cerrada, la que solo creciera por vía vegetativa, sería limitado porque limitado era el acceso a las parcelas que cada año permitían ser campesino.

Pero que la severidad de la mortalidad ordinaria probable corrigiera el sistema induciendo una importante contención de la fertilidad para mantener el difícil equilibrio de la familia campesina, al tiempo que invitaría a no recurrir a su reserva de capacidad reproductiva y extremar el control sobre las posibilidades biológicas, y aun así condujera hacia la máxima presión posible, en otra parte quizás fuera la reacción a un aporte inmigratorio constante.

El débil crecimiento positivo por el que opta una parte de los observadores quizás no esté del todo forzado. Los niveles de crecimiento próximos a cero o negativos de la población cerrada podrían estar compensados por un saldo migratorio oscilante y modesto. Cruzando las clasificaciones por sexo y edad que proporcionan los censos con las tablas de mortalidad de referencia, se deducen invariablemente saldos migratorios positivos para la población masculina adulta. El corrector inmigratorio, concentrado en la oferta de trabajo bajo las condiciones del destajo, sería el encargado de anular definitivamente las tentaciones y los excesos del crecimiento natural positivo. El aporte inmigratorio regular era necesario para mantener un sistema laboral colapsado por una demanda de trabajo superior a la oferta en muy poco tiempo (siega, vendimia, recolección de la aceituna), desde luego por encima de la capacidad de trabajo de la población autóctona.

De ocurrir así el movimiento, el comportamiento biológico juicioso partiría de que acelerar el crecimiento, equivaldría a incentivar la proletarización, puesto que el excedente sobre el número de parcelas posibles tendría la necesidad de competir en los otros mercados de trabajo, donde se enfrentaría a la cotización a la baja a la que necesariamente conduciría la concurrencia de la oferta de temporiles, episódicos y sobre todo destajeros. Contener el crecimiento no sería tanto una estrategia de reserva para caso de mortalidad catastrófica como un medio para evitar la proletarización acelerada.

Los intentos por ajustarse a la oscilante supervivencia bajo estas condiciones se traducirían en una alta presión probablemente límite. Pero el severo crecimiento biológico no satisfaría las modalidades de demanda de trabajo de cada año, y el aporte inmigratorio resultaría inevitable para satisfacerla, específicamente la del asalariado episódico en el grado más alto, el destajero. Así la demanda de trabajo actuaría como factor exógeno del crecimiento de la población.

Así pues, el sistema realmente sería dual, y las razones que obligaran a un crecimiento bicéfalo habría que buscarlas en las características del mercado regional de trabajo, a su vez dependiente del mercado del trigo. La población autóctona se esforzaría en mantenerse campesina, para escapar de la proletarización, gracias al pegujal. El proceso llamado proletarización estaría pautado, al ritmo que impusiera la economía mercantil del trigo, por un incremento de quienes se vieran excluidos de las posibilidades de actuar como campesino independiente cada año o como asalariado de una gran empresa, y quedaran a los pies del mercado estacional del trabajo, especialmente el relacionado con las recolecciones, sobre todo la del trigo, pero con el tiempo también de la aceituna, y algo menos de la uva.

Los elementos descritos serían los responsables del régimen demográfico regional, que en términos relativos está en buena posición para tipificar la imagen de alta presión demográfica. Pudo tratarse de un sistema de alta presión bien ajustado a la demanda de población del mercado ordinario de trabajo por un mecanismo incontrolado, la mortalidad, y dos complementarios y dependientes, la fecundidad matrimonial y la inmigración.

De ser correcta, esta deducción permitiría por último concluir además sobre el alcance del procedimiento. El sistema al que asimilar la población regional no solo puede concordarse con fundamento con una población estable, cuyas propiedades analíticas hemos aceptado implícitamente desde el principio. Con los hechos deducidos sería posible argumentar a favor de su variante más sencilla, la estacionaria, la estable que  además cumple una condición restringida, que la tasa de crecimiento tiende a ser cero. Nada nos impediría admitir que la poblaciones estacionarias, a fines de la época moderna, eran un fenómeno común, y que su vigencia estuviera garantizada por las correcciones cíclicas a las que las sometían los movimientos migratorios estacionales.

Puede que atenerse al modelo estacionario sea arriesgado, precipitado, incluso improcedente. Pero, aparte que los síntomas sean suficientes como para pensar que la regional fueran una población estancada, y no siempre por síntomas cuantitativos, es el más consecuente con lo que se sabe. Dada su simplicidad, también es el más económico, el que antes puede llevar a unas propuestas; y el más fácilmente criticable y corregible por cualquiera en caso necesario.


Una gran explotación

Silas Roberto

El siguiente documento describe con una precisión poco habitual una gran explotación moderna.

No está fechado. Pero hay una versión simplificada de la misma imagen, de 1751.

(Corresponde a la microfilmación realizada por el CECOMi sobre las Respuestas Generales depositadas en Simancas e individualizada por pueblos según el Catastro)

El autor de esta versión, al igual que el del primer documento, afirma que la dimensión de ese espacio era, de levante a poniente, media legua; de norte a sur, un cuarto; y de circunferencia, legua y media. La concordancia de forma y dimensiones es suficiente para fechar la primera imagen, la descriptiva, con bastante precisión. Es muy probable que corresponda a mediados del siglo XVIII.

Las descripciones que contiene, así como la información que las complementa, invitan a revisar algunas de las características que entonces distinguían a las mayores unidades de producción, las más codiciadas, las que cargaban con la responsabilidad del crecimiento económico, una ingeniosa manera de explicar las conquistas del trabajo. Para quienes la aceptan, tiene la gran ventaja de que centrifuga el remanente de la riqueza sin perjudicar al beneficio y satisface a quienes lo rentabilizan.

En la zona donde estaba localizada, inmediatamente al oeste de la capital de la región, a la gran explotación preferían llamarla hacienda. Cuando se trata de unidades producción del rango más alto, es una denominación intercambiable con la de cortijo, más frecuente cuanto más al este se observe el fenómeno. Ninguna de las dos afecta a su contenido genuino, la tierra y su compleja dedicación, aunque es cierto que se prefirió llamar hacienda a las explotaciones cuya dedicación preferente terminó siendo la producción de aceituna y cortijo a la que se destinaba en primer lugar a la producción de trigo.

Como la imagen permite saber, en este caso la voz hacienda además tiene un sentido restringido. Se refiere precisamente al edificio principal de las tierras concentradas, de la cual a la derecha se traza su planta y abajo la vista del alzado de su mejor fachada, la del lado sur. Situado en el centro de la explotación, era un complejo organizado en torno a un par de patios, uno anterior, tal vez relacionado con las actividades productivas, y otro posterior, quizás doméstico. Anexas, tenía acotadas tres áreas, quizás corrales, y en la fachada principal se levantaban dos torres que jalonaban la entrada, muy probablemente concebidas para que contribuyeran a los contrapesos de las prensas de los dos molinos construidos en el cuerpo del complejo que reproduce el dibujo del alzado.

Los dueños no residían en la explotación. Vivían en la capital, aunque dadas las características del edificio es posible que lo ocuparan durante una época del año, como residencia para el descanso. Es posible además que en el cuerpo anterior estuviese concentrado todo el hábitat de la explotación, en la que residían de manera permanente al menos cuatro familias, aunque las casas disponibles eran nueve, todas del dueño de la explotación. Tal vez una de ellas fuera la de don Juan Bruno de Ortega, quien en la información escrita se identifica como labrador. Es posible que la explotación, en aquel momento, le hubiera sido cedida en arrendamiento y que hubiera decidido residir en ella. La proximidad de un buen número de pequeñas poblaciones, hasta siete, no haría muy diferente la residencia en un núcleo de la plenamente rural. Otra debió ser la del hortelano, Andrés García, y otra, la de José Jiménez, quien se declara trabajador del campo. Por otra parte, un mayordomo gestionaba la hacienda y en ella había un guarda.

Sus amos la poseían como heredamiento, según una parte de la información escrita, mientras otra dice que se trataba de un donadío. Sin entrar a discutir el valor que para la residencia de ellos pudo tener cualquiera de estos atributos, cuyo origen legal se remontaba a quinientos años antes, lo que da sentido a cualquiera de las dos calificaciones en el momento del que se trata es que disponen del bien como juro de heredad. Habían ganado la capacidad de transmitirlo sin renunciar al dominio que hubieran acumulado sobre él desde que estuviera bajo su poder.

Como era habitual entre las familias de su rango, el mayorazgo se había encargado de perpetuar la cadena de las transmisiones. Pero los atributos que, con el paso de los años, habían añadido al poder sobre la tierra elevaban su calidad y hacían más codiciable el derecho a transmitirla. Del señorío de la corona habían obtenido para ella las jurisdicciones civil y criminal, en tales condiciones que les permitían imponer penas a los delitos cometidos dentro de sus lindes, y en las causas civiles ejecutar las sentencias. Este poder judicial se ejecutaba mediante la tolerancia o capacidad para nombrar directamente los cargos de la administración de justicia. Con un alcalde ordinario era suficiente, porque no se trataba tanto de asegurar la justicia entre una población elástica, dependiente de las fases del trabajo agropecuario, cuanto un medio que permitía, una vez reguladas unilateralmente las penas pecuniarias por el titular del dominio, ingresar unas rentas más estables y extensas que las que permitía la servidumbre personal. No obstante, como esta no se había extinguido, el vasallaje tal vez sobreviviera en los derechos cobrados a cambio de la ocupación de las casas que los activos del campo ocuparan en el edificio de la explotación. Aunque  lo que en sus límites tal vez les proporcionaran los mejores ingresos fueran las alcabalas, otro derecho sobre vasallos adquirido al señorío la corona para sumarlo a los ya rentables atributos que había ido acumulando aquella tierra. Entonces las alcabalas, o rentas deducidas a la circulación de bienes, sería un ingreso nada despreciable en una explotación como aquella, del primer rango, dada la gama de productos comercializables que proporcionaba. Además, había ganado el derecho de cerramiento para una parte de las tierras de la explotación, lo que al tiempo que incrementaba su valor limitaba los derechos comunales.

Era una unidad de explotación extensa. Su tamaño, según los testimonios escritos, alcanzaba las 1.550 unidades de superficie. Su dedicación productiva principal, tal como era regular en estas grandes unidades, era lo que en el lenguaje del momento se llamaba sementera o sembradura de secano. Ocupaba 240 de aquellas 1.550 unidades de superficie. La instantánea permite deducir algunas de sus características, tanto de localización relativa como de calidad. Eran las tierras a un lado de la hacienda entendida como edificio central de la unidad de explotación, el oeste. El río era su eje, y hasta sus dos orillas llegaban las tierras de mayor calidad, que el autor del plano, aludiendo a su topografía y a la categoría de su suelo, identifica como vega. Pensando en su dedicación las llama tierras de labor. Tanto su emplazamiento como su extensión, marcada en el dibujo por una línea discontinua, las tenía claras el dueño. Su régimen de producción sería relativamente intenso. Es probable que esta fracción se cultivara solo con trigo y cebada según una frecuencia que se podría resumir con dos tipos. Las más potentes tal vez se cultivaran interrumpidamente, año tras año, y las demás producirían dos de cada tres años.

Hacia levante, el resto del espacio de labor en el plano se identifica con el regionalismo tierra calma, deformación de la expresión castellana tierra campa, el nombre que se daba a la tierra roturada que se había desprovisto de cualquier vegetación que pudiera competir con el cultivo al que, una vez preparada, se dedicara. La denominación regional tierra calma había ganado un matiz valioso para identificar el régimen de cultivo de esta parte de las tierras. Se aplicaba específicamente a la tierra que se barbechaba. En esta explotación era la tierra de menor calidad relativa, dentro de las de cultivo herbáceo regular. Actuaba como reserva cíclica, a la que se recurría con un periodicidad bienal, para obtener una cosecha en dos años, en cualquier caso en una cantidad dictada por las oportunidades de hacer negocio con el grano. Cuando la tierra calma era de la mejor posible, además de sembrar trigo y cebada en la parte activa, en el barbecho se sembraban de manera muy flexible arvejones, garbanzos, habas y yeros. En las de menor calidad solo se sembraba trigo.

El olivar era el otro gran cultivo de la explotación, al otro lado del edificio central, el este, donde ocupaba un espacio continuo, una superficie que se puede estimar en otras casi 200 unidades. Se trataba de olivar hecho, en plena producción, a excepción de una modesta parcela al norte, ganada a la tierra de labor, que el autor del plano llama estacada, lo que permite interpretar que había sido plantada recientemente y aún no era productiva. El estaconal se habría plantado siguiendo algún método, ortogonal o al tresbolillo, mientras que el olivar consolidado, más antiguo, estaría desordenado. La proximidad de esta decisión es una buena prueba de la fase expansiva que estaría conociendo el cultivo.

Inmediata al camino, en el límite oeste del área ocupada por los olivares, sobrevivía una parcela de viña, cuya superficie la imagen amplía, probablemente con el deseo de enfatizar su presencia en la explotación, junto a la hacienda. La información paralela estima que ocupaba solo una fanega. En ella había una pequeña edificación, a la que se podía entrar desde el camino, probable resto de la entidad que en otro tiempo pudo tener la explotación de las viñas en aquellas tierras. Pudo ser el centro de los trabajos de aquella parcela.

Al sur del área de los olivares estaba localizada la parcela de huerta, despensa viva, algo habitual en esta clase de unidades de producción, reservada al consumo de quienes trabajaban en ella. Si se compara con la que representa la viña, se llega a la conclusión de que en este caso la imagen deben ser solo tópica, localizadora de la superficie considerada genéricamente huerta. Según la evaluación escrita, ocupaba algo menos de doce fanegas, sumando el espacio ocupado por hortalizas y el de los frutales, que se dispersarían al azar por toda ella, por no ser regular plantarlos a los márgenes. Las especies frutales que tenía plantadas eran almendro, ciruelo, damasco, encina de huerta, granado, higuera, membrillo y peral. Era la única área regada de la explotación. Observada la distancia que la separaba del río, se puede pensar que aprovechaba un alumbramiento subterráneo de aguas, con pozo, noria y alberca reguladora del consumo diario de agua.

El resto del espacio de la explotación, en la imagen, son las dehesas, una en el extremo de levante, y la otra, la mayor, en el confín de poniente. Las dos eran un espacio ocupado por montes y pastos, un complejo vegetal que hay que suponer formado con áreas de bosque integral, otras del llamado monte bajo y otras en las que predominaría la vegetación herbácea, en proporciones que no es posible precisar. Ni el estado en que se encontraran sería irreversible ni su evolución sería lineal. El bosque tanto podría degenerar como recuperarse, según evolucionaran los planes del señor, que solía reservarse los derechos sobre el bosque, o los intereses de la casa que explotara las tierras, si tuviera capacidad para roturar. En aquel momento, según la información escrita, se había segregado una parcela para crear un pequeño bosque alóctono de pinar, que ocuparía unas 50 unidades de superficie. La demanda de la madera de pino para la carpintería de ribera incentivaba estas decisiones.

Aunque en la imagen su dimensión relativa parece menor, si hacemos los cálculos, y seguimos el rastro de la información escrita, las dehesas ocuparían algo más de 1.100 unidades de superficie, unos dos tercios de toda la explotación. Al autor del plano debió parecerle poco oportuno expresar con más exactitud sus dimensiones. Su idea de lo que tenía que contener un plano parece más inspirada por el trasunto del valor relativo de cada área, de manera que el dibujo fuera más expresivo del peso específico que la renta de cada uso del suelo podía proporcionar a quien lo explotaba.

De toda la superficie de las dehesas, algo más de dos tercios estaban acotados o cerrados, en ejercicio del derecho adquirido por el dominio. En aquellas casi 800 unidades de superficie la reserva de pastos era absoluta, y efectivamente de ellas solo se explotaban los pastos, un aprovechamiento ganadero que estaba reservado con preferencia a la cría del ganado vacuno, la única especie que las dehesas de aquella explotación mantenían. De las algo más de 300 fanegas restantes se obtenía bellota, el subproducto que se sacaba del escamondo o limpieza de los árboles y leña, y en alguna parte de ellas habría colmenas, porque a través de los textos se documenta positivamente que la explotación producía miel y cera.

Las grandes unidades de explotación de la época eran complejas. Acumulaban grandes cantidades de tierra y la gama más amplia posible de aprovechamientos del suelo con los procedimientos agropecuarios vigentes. No eran brutales plantaciones sometidas a un estricto régimen de monocultivo. Su producto era todo lo diverso que las demandas del producto alimenticio aconsejaban, pero en ellas regía un claro orden jerárquico del destino que había que dar al suelo, a cuya cabeza estaba la dedicación al trigo, que dictaba un tiránico orden de aprovechamientos en su beneficio, porque el beneficio que proporcionaba inmediatamente era el más alto posible. Cualquier otra iniciativa, que no estaba excluida de antemano, le estaba sometida.

Su orden interior expresaba esa prevalencia. Así como el río, vía de comunicación natural que conectaba los espacios más allá de los límites que impusiera el dominio, hacía de eje de las tierras de labor; la  totalidad del espacio analizado estaba integrado por una línea artificial propia, perpendicular al río, el camino que la atravesaba en sentido longitudinal, de este a oeste. Su trazado y su posición, como un eje vertebral, ordenaban sus movimientos interiores. Gracias a él, el edificio de la hacienda, tal como lo localiza el plano, tiene una posición, aunque algo escorada a favor de los cultivos arbóreos y arbustivos, matizadamente central con respecto a todo el espacio que ocupaba la explotación, una posición decisiva sobre todas las tierras, la que equilibraría los movimientos internos.

Aquel orden del espacio pone al descubierto el papel que le estaba reservado a las dehesas. Basta observar su posición relativa para considerarlas la parte marginal del complejo productivo. Pero el tamaño relativo que en este caso tienen, unos dos tercios de la explotación, revela a qué grado llegaba la marginación de las tierras en las grandes unidades de explotación y qué importancia podían llegar a tener. Como la imagen demuestra, el fenómeno no parece determinado por la calidad del suelo, sino por su posición respecto del centro de los movimientos dentro de aquella unidad de trabajos. Serían la reserva marginal interna organizada. Sobre ellas no cargaban más límites que las obligaciones comunales, las mismas que recaían sobre cualquiera clase de tierras, cualquiera que fuese su titularidad.

Las grandes unidades de explotación trabajaban a favor del desierto. Las poblaciones radicadas en ellas eran las imprescindibles para mantener, por cesión vía arrendamiento, el dominio sobre el espacio. Esas decisiones, que dependían de quienes eran sus titulares, dejaban un amplio margen de libertad a quienes decidían hacerse responsables de su empleo productivo. De ellos dependía el empleo anual de suelo, la generación del producto, el consumo de trabajo y el reparto de la renta entre todos los interesados en que aquel orden sobreviviera.


Insomnio

L. Delhore

Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.

Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?

Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.

No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.

A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.

Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.

Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.

No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.

No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.

Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.