Valor de la renta de la tierra
Publicado: abril 16, 2015 Archivado en: Redacción | Tags: agraria, economía Deja un comentarioRedacción
Para decidir sobre el precio efectivo que se pagaba por la cesión de las mayores unidades productivas, asunto principal cuando se desea saber cómo alcanzaban el beneficio las empresas agropecuarias dominantes, aun contando con la más favorable disposición de la fuente, es necesario resolver sobre la composición de la renta acordada, pieza clave del modelo de crecimiento moderno. A mediados del siglo décimo octavo no era excesivamente compleja.
1. El pago principal podía ser agregado con especies de distinta clase, entre las que se había impuesto el dinero, hasta el punto que las nueve décimas partes de los cedentes contaban con que fuera una parte o todo su ingreso. Más aún: las cesiones contratadas solo en dinero eran los cuatro quintos de las que tomaban en cuenta esta forma de ingreso.
Las denominaciones de las rentas así acordadas solían expresarse en reales, y excepcionalmente en ducados, en cuyo caso la denominación era alta, 400 o 500 unidades. Tampoco, cuando se fijaba la renta en dinero, se recurría a un ajuste a la moneda superior del sistema vigente. Solo revelan este trasfondo dos denominaciones, 1.100 y 3.300 reales.
Sin embargo, con puntualidad se contrataba la especie monetaria en la que debía efectuarse cada liquidación. En las tres cuartas partes de los casos se aceptaba el pago en moneda corriente, sin entrar en especificaciones. Pero en la otra cuarta parte se precisaba el valor metálico con el que era obligado hacer frente a las cesiones. En casi la mitad de ellos se regulaba que debía efectuarse en moneda de oro o plata, lo que no impedía que se hiciera referencia explícita a sus respectivas condiciones de monedas usuales y corrientes. En poco más de la otra mitad la especie del pago se restringía a la moneda de plata, de la que igualmente se podía precisar que fuera de curso común. Solo excepcionalmente se acordaba que el pago se efectuara en especie de maravedíes.
La décima parte que acordaba el pago principal en una especie distinta al dinero se comprometía por una determinada cantidad del producto que obtuviera del cultivo de la unidad cedida, nunca por una parte de la cosecha recolectada. En todos los casos el acuerdo era una cantidad de unidades de capacidad del producto cereal. Cuando se especificó la clase de cereales que era necesario liquidar siempre se mencionó el trigo, incluido el acuerdo excepcional que contrataba el pago con un combinado de trigo y cebada. En todos los demás, cedente y cedido acordaban que bastaría con trigo para que la renta en especie fuera saldada. Si el pago era regulado con un combinado de cereales, se escrituraba precisamente que el líquido cada año fuera pan terciado, una manera de expresarse que precisaba el deber de sumar dos partes de trigo a una de cebada.
Sobre las características de los cereales que debían pagarse se mostraban muy expresivos los contratos. Para el trigo, la fórmula que ambas partes aceptaban era que fuera bueno, limpio, enjuto y ahechado o zarandeado de dos manos. A la cebada solamente se le exigía que estuviera limpia. Pero lo más característico de los acuerdos del pago en la especie de cereales era que el trigo debía ser macho, una modalidad que se muestra esquiva pero que sin ninguna duda era la preferida. Aunque esta manera de contratar parece más interesada por la reproducción, la percepción de al menos una parte de la renta en cereales permitiría una modestísima participación en los respectivos mercados, de antemano ni positiva ni negativa.
2. Una cuarta parte de los cedentes exigió, y los cedidos aceptaron, complementar el pago principal con las llamadas adehalas, entonces admitida como una remuneración graciosa, a la que cuesta no reconocerle algo de servil.
Su proporción podía ser muy importante cuando los pagos eran acordados en especie, en cuyo caso cuatro de cada cinco acuerdos sumaban al pago de la renta esta contribución. Tal comportamiento solía incluir algo más. Era normal que las adehalas fueran acordadas en especie. Cuatro de cada cinco contratos que las incluían optaban por esta forma. Pero, cuando específicamente el pago principal había sido acordado en especie más adehalas, en tres de cada cuatro casos estas se pedían en dinero.
Los cuatro quintos que aceptaban las adehalas en especie, para satisfacerlas acordaban cerdos, gallinas, garbanzos, paja, pan terciado y terneras, aunque la proporción en la que cada una estaba presente en la composición final del complemento variaba. Lo más común –casi la mitad de los casos– era que se acordara una determinada cantidad de gallinas y un número de carretadas de paja –casi un tercio de los casos–, mientras que cerdos, garbanzos, pan terciado y ternera eran recompensas singulares.
También variaba la composición del lote. Las gallinas estaban siempre presentes, y además eran el único componente del complemento en la mitad de los contratos que lo sumaban. Las carretadas de paja también casi siempre eran una adehala exclusiva, que se imponía en un tercio de los contratos atinentes a esta fórmula. Las soluciones complejas, las que sumaban tres o más componentes, eran siempre singulares. Probablemente ayude a explicar, mejor que cualquiera de los puntos de vista posibles, que la composición más completa de las adehalas solían contratarlas los conventos femeninos.
En cuanto a las calidades de las especies solicitadas, como expresión general que resumía lo acordado para esta parte del contrato, para el conjunto de los pagos en especie se escrituraba que todo fuera de recibo o de dar y recibir.
A la mitad de los acuerdos sobre gallinas no se les exigía ninguna condición, pero para la otra mitad se especificaba que debían entregarse en pluma o incluso vivas, para negar explícitamente la posibilidad de liquidarlas en dinero, tal como se hacía en una parte de los contratos cuyo pago con esta especie estaba previsto. En ocasiones se precisaba que debían ser gordas, o gordas y sanas, y también era frecuente que se les exigiera que fueran de recibo. Excepcionalmente se acordaba que fueran de dar y recibir pero no hicieran pi ni clo, lo que probablemente signifique que habían de llegar ya sacrificadas.
A las carretadas de paja no se les exigía ninguna condición, ni a los garbanzos, pero de la ternera se especificaba que su peso debía sobrepasar las 100 libras y ser sana y de buena calidad, y de los cerdos que debían estar cebados de 70 a 80 libras cada uno. De los cereales que liquidaran como pan terciado se esperaban, además de la proporción ya prevista, las mismas características que cuando eran el objeto del pago principal. Teniendo en cuenta su valor relativo en la composición de la renta, y su interesante precio, cabe en lo posible que lo que proporcionara más posibilidades fuera intervenir en el mercado de la paja.
3. Esta era la composición regular del precio a cambio del cual eran cedidos los cortijos. Pero todavía, en algunos casos, se podían añadir otras compensaciones. Por ejemplo, la retrocesión de un pegujal, o renuncia a favor del cedente de una porción de la tierra cedida. Así, alguien contrató que, en la hoja del cortijo que cada año sembrara, el arrendatario daría un pegujal al monasterio que lo había cedido.
También podía contabilizarse como una parte del precio el mantenimiento de las edificaciones del cortijo, la parte más visible de su capitalización. Estaba obligado el arrendatario a conservar las que hubiera en él, de las que se solían mencionar precisamente casas, graneros y pozos. Cualquier obra o reparo que necesitaran correría por su cuenta, aunque podía ocurrir que la madera que hubiera que emplear la pusiera el cedente. Por esta causa el arrendatario no podría descontar renta, y al vencer el contrato todos los edificios debían estar reparados y compuestos tal como habían sido recibidos. Solo en el caso de que se hubieran deteriorado a causa de los temporales, la reparación sería responsabilidad de los propietarios. Excepcionalmente, se podía acordar que también fuera de costa del arrendatario limpiar y poner corriente la presa del cortijo porque en el momento de firmarse el contrato estuviera perdida, para que fuera usada una vez pasados los años por los que se había acordado el arrendamiento.
Por último, con la cesión del bien al arrendatario se le podía transferir parte de las obligaciones fiscales asociadas al dominio sobre él, de modo que sumaran otro gasto derivado de la cesión, y por tanto otra porción del precio de la transferencia temporal de la unidad. Había arrendatarios que se comprometían a pagar lo que se repartiera al cortijo por utensilios, paja y servicio ordinario, una obligación que regularmente cargaba sobre la propiedad. En ese caso, debían pagar esta parte de las rentas provinciales los cedidos, sin que pudieran descontarlo del pago principal.
4. Las condiciones contratadas en relación con el diezmo pueden confundir cuando lo que se pretende es analizar la composición de la renta.
Lo normal era que la tierra fuera cedida libre de diezmo y rediezmo, un acuerdo que se refería a la renta misma. Estaba libre de diezmo y rediezmo la que no pagaba al cedente cantidad alguna por ninguno de estos conceptos. El pagador de la renta no incurría en la obligación de liquidar diezmo por la que había generado y, lo que era más importante, tampoco tenía que cargar con el rediezmo, la contribución de la renta de la tierra a los ingresos de la iglesia romana a la que estaba obligado quien la percibía, el cedente y no el cedido. En algo más de las cuatro quintas partes de los casos documentados, esta era la única condición contratada en relación con el diezmo.
Pero en poco menos de la quinta parte se reguló el pago de diezmos del producto obtenido en la explotación al cedente, una forma de contratar que era compatible y en modo alguno interfería que la renta se hubiera contratado libre de diezmo y rediezmo. Las modalidades de esta obligación eran dos. En casi la mitad de estos casos el arrendatario debía pagar al cedente todos los diezmos causados en el cortijo. Así ocurría porque el dueño de la tierra había conseguido sumar a su valor, como consecuencia de un acuerdo particular con la iglesia romana, el de esta renta. La expresión utilizada por los textos, para significar que el arrendatario debía hacer frente a este pago, era que el cortijo se arrendaba cautivo de diezmos. En poco más de la otra mitad de estos casos, los arrendatarios se obligaban a pagar solo un tercio de los diezmos de todo lo que se sembrara y cogiera. Normalmente esta condición coincidía con que el cedente fuera un convento, que igualmente, por concordia con el cabildo catedralicio, había ganado este privilegio parcial.
Cuando el arrendamiento se acordaba bajo cualquiera de estas dos modalidades, los arrendatarios podían quedar obligados a comparecer cada año en la contaduría mayor del cabildo, la responsable de la gestión universal de este ingreso en todo el arzobispado, para declarar los diezmos que correspondieran a cada especie producida en el cortijo, y una prevención podía tomarse, que si algún pegujalero de los que sembraren en las tierras del cortijo sacara la mies para levantarla en otro parte, el arrendatario tendría que darle cédula de la cantidad sacada, para que le constara al cedente, acreedor de los diezmos.
Si el contrato descendía a detalles, especificaba que la obligación de estos pagos recaía precisamente sobre el grano o sobre el pan y las semillas de todo lo que se cogiera en el cortijo. Por extensión de lo acordado sobre las calidades del cereal, cuando era utilizado como un pago de la renta, el diezmo también debía entregarse limpio y enjuto, de dar y recibir. Todas estas menciones parecen indicios muy ciertos de que la obligación del pago de los diezmos, en estos casos, quedaba reducida al trigo, la cebada y las leguminosas, e ignoraban el ganado nacido en la explotación, lo que tal vez fuera recompensado con el pago de las adehalas en especie.
Pero lo más importante es que cualquiera de estas decisiones se refería a las obligaciones del cedido derivadas de su relación con el cedente, y no interferían las que todas las empresas, por el hecho de constituirse, adquirían con la iglesia romana, que mantenía sus derechos. Era haciendo uso de ellos que los cedía en todo o en parte a alguna persona o institución, que a su vez podía hacer uso de ellos, como bien propio, por ejemplo justo cuando acordaba un contrato de arrendamiento.
Luego, en el fondo, para la renta que el arrendatario debía liquidar por el uso de la tierra el diezmo, libre o cautivo, fuera a parar al dueño de la tierra o a las arcas de la administración episcopal católica, era indiferente. De cualquier manera había de pagarlo como una renta distinta, fundada en otras obligaciones. Para quienes acometieran empresas agropecuarias lo era por imposición de dominio, en este caso del dominio de la iglesia romana. El cedido, puesta en marcha su empresa, tendría siempre que renunciar a la décima parte de su producto bruto en beneficio de quien fuera el titular del diezmo de cada tierra puesta en cultivo.
Por tanto, el diezmo nunca puede tomarse como un componente de la renta por cesión.
5. El valor nominal de la renta en dinero tenía un amplísimo recorrido en los documentos analizados, entre 290 reales y 8.240, con un total de 30 denominaciones distintas para unas 50 denominaciones coleccionadas. De ninguna de ellas se puede decir que fuera preeminente. A lo sumo, 650 reales, precio en dinero acordado en cinco contratos. Para todos los demás, es tan baja la frecuencia que las dos terceras partes de los valores solo están representados por un caso. Los valores nominales de unidades de capacidad del producto cereal comprometidas como renta oscilaban entre 23 y 104.
El amplio recorrido de las denominaciones, así en dinero como en unidades de capacidad del producto cereal, es suficiente para reconocer que el mercado estaba muy abierto, tanto para quienes ofertaban como para quienes aspiraran a disponer de una unidad de producción de esta clase. Para cualquiera de las modalidades de cesión, son datos que obligan a reconocer que la gama de las cantidades y las clases de unidades que se encontraran con los arrendatarios en el mercado tendría que ser amplia.
Las adehalas pactadas en dinero fueron acordadas siguiendo un principio muy sencillo, una cantidad de reales idéntica a la cifra expresiva de las unidades de capacidad acordadas para el pago en especie. Luego sus valores también oscilan entre los 23 y los 104 por año. A 23 fanegas de trigo, valor de la renta, correspondían 23 reales de vellón como adehalas. La cantidad de gallinas demandada por este mismo concepto osciló entre 2 y 40. Lo más frecuente eran 12 gallinas, cifra fijada en algo más de un tercio de los contratos; la mitad, 6, en una sexta parte de los casos; y lo demás, singular. La cantidad de carretadas de paja, que varió entre 1 y 6, estaba más abierta, porque solo se repite el valor 3 carretadas de paja. Cerdos, garbanzos y ternera son 1 o 2 unidades: 1 ternera que pase de 100 libras, 2 cerdos cebados de 70 a 80 libras cada uno y 2 fanegas de garbanzos. Solo de pan terciado se acuerda una cantidad importante, 36 fanegas de pan terciado.
6. Conocida la composición de cada renta, para obtener valores homologables es necesario reducir la expresión de los componentes de las documentadas al unificador monetario, la medida ideada para cumplir con este fin. Solo decidiendo un precio para cualquiera de las especies distintas a las monetarias, y sumando el producto del volumen de cada una de las contratadas al de la renta en dinero, se puede obtener un valor íntegro del precio anual de cada unidad cedida, y proporcionarle capacidad comparativa a los pagos.
Sería necesario en primer lugar adjudicar un precio a los cereales en los que se acuerda la liquidación de la renta. Podemos tomar 16 reales para el trigo y 7 para la cebada, precios medios que las contabilidades del momento aceptan. Con estos valores, para el pago en pan terciado se obtiene un resultado de 468 reales, similar a otros de la serie que componen los pagos solo en dinero. Para los demás, los valores de las rentas acordadas solo en trigo, las denominaciones oscilarían entre 368 y 1.664 reales, con valores intermedios de 720 y 1.280, tampoco discordantes con las suscritas solo en dinero.
Para calcular el efecto real sobre las rentas debidas de las especies contratadas como adehalas, valores para el momento, tan probables como tentativos, podrían ser: gallina, 5 reales; carretada de paja, 15; pan terciado, calculado a partir de 2/3 de trigo y 1/3 de cebada, 13 reales la unidad de capacidad; ternera que pase de 100 libras, 82; cerdo cebado de 70 a 80 libras, 131; garbanzos, 20 reales la unidad cúbica. Aplicados estos factores a todos los casos que contratan adehalas, el valor acumulado de la renta, sumado tanto su denominación principal como la complementaria, estaría comprendido entre 320 reales y 6.084 reales, con un total de 15 denominaciones distintas.
Si se compara la serie de las rentas acordadas sin adehalas, comprendida entre 290 reales y 8.240, con un total de 30 denominaciones distintas, con las que las tienen previstas para sus pagos, no hay diferencias de recorrido. Por tanto, nada que no se pudiera obtener acordando una renta solo en dinero.
7. En un caso fue acordado que los arrendatarios retrocedieran dos cahíces de pegujal al cedente, lo que equivale al pago duplicado de esa cantidad de superficie, una por ser parte de toda la cesión y otra por la renuncia al uso de esa parte de la tierra. Estimar el efecto que la retrocesión de pegujales tiene sobre el precio del bien cedido conduce a un bucle. Solo sería posible evaluarlo atribuyendo un precio a la unidad de superficie, algo que a su vez depende de la averiguación que tenemos en curso. Si adelantamos valores cuya estimación queda demostrada más adelante, donde se deduce que el precio máximo al que se cotiza entonces la unidad de superficie es 7,2 reales, el costo máximo de la retrocesión, y por tanto el sumando que habría que agregar al precio final de la cesión, sería 7,2 x 2 x 12 = 172,8 reales.
Pero el costo efectivo del pegujal era mayor. También quedó acordado entre las partes que, aunque el cedente se obligara a poner el trigo necesario para la siembra del pegujal, los costos de siega, saca y conducción serían obligación del arrendatario. Por tanto, al precio implícito en la retrocesión de la tierra habría que sumar el costo de la siega de las 24 fanegas, que se puede estimar en 80 reales. Si se duplica este valor, que puede ser una razonable estimación del costo de saca y conducción, el alcance total del valor que sería necesario agregar por pegujal ascendería a 332,8 reales. Evidentemente estas retrocesiones recompensarían valores nominales bajos de la cesión del bien. Luego, aunque nominalmente el valor deducido para esta aportación sea alto, no excedería ninguno de los límites de la renta precedentemente calculados.
8. Tampoco el costo del mantenimiento de las edificaciones era relevante. Para estimarlo no es necesario recurrir a una tabla de los precios de la albañilería. En un caso se estableció que las obligaciones adquiridas al comprometer el mantenimiento de las casas llegaban hasta un los 100 reales. Si el costo de las obras o reparos sobrepasara esta cantidad, se descontaría de la renta. Por tanto, 100 reales puede tomarse como un valor tipo de este factor.
9. Pero todavía, para obtener una expresión satisfactoria del valor de la renta, al montante de su expresión nominal completa es necesario añadirle el costo que originaban los transportes de los bienes de cualquier clase debidos al cedente, quien siempre exigió que le fueran entregados en el lugar donde él designara. Invariablemente recaía sobre el cedido la obligación de que la renta fuera puesta, por su cuenta y a su costa y riesgo, con los gastos de cobranza y salarios que pudiera causar el cobro, en poder del cedente, en donde viviera o, subsidiariamente, en manos de sus administradores o tesoreros.
No era un costo en modo alguno despreciable. Transportar los bienes que materializaban la renta podía llegar a convertirse en un gasto oneroso porque la cotización del transporte de cualquier clase de bienes era siempre alta. Modificaban el precio final de los transportes los medios empleados, si rodados si caballerías. También podía oscilar en función del tipo de bienes transportados. Tenía un precio el transporte del dinero, una forma de pago acordada en la mayor parte de los contratos que podía necesitar custodia y protección. Al trigo pagado como renta se le exigía que fuera puesto y encamarado por cuenta, costa y riesgo del arrendatario en los graneros del cedente, lo mismo que cuando con el grano había que liquidar diezmos; un acuerdo que incluía el ciclo del transporte completo, desde la era donde era depurado hasta la descarga en su almacén. Para las carretadas de paja podía exigirse que fueran llevadas por cuenta del arrendatario a una hacienda o al molino de aceite del cedente, para que allí sirviera a la alimentación de la bestia de él cuando fuera oportuno, o precisamente al comienzo de la molienda de la aceituna.
Pero, sobre todo, cualquiera de los costos del transporte era modificado por las distancias a cubrir. Teniendo en cuenta que la residencia de los cedentes era variable, el valor del traslado de los bienes, que habitualmente se refería al lugar donde vivía quien daba el cortijo en arrendamiento, también lo sería. Mientras que residencia del cedente o de su representante y cortijo estuvieran en la misma jurisdicción, el costo del transporte sería moderado.
Sin embargo, esto solo ocurría en una parte menor de las cesiones, en la sexta parte. Por tanto, en las otras cinco sextas era necesario correr con los gastos que multiplicaban las distancias. La más frecuente, como consecuencia de la concentración de las residencias de los poseedores de patrimonios acumulados, era la que obligaba a trasladar los bienes de los pagos a la capital, donde vivían dos tercios de los cedentes o sus representantes. Eso obligaba a cargar con el gasto que al traslado agregaban las 5,5 leguas que era necesario cubrir.
Todo lo demás era muy secundario, aunque los arrendadores aún se reservaban la posibilidad de indicar al arrendatario, para que efectuara el pago, un lugar distinto al de su residencia o de su representante. En ocasiones la distancia podía ser menor, de un par de leguas, porque bastaba para llegar hasta el lugar donde vivía el administrador. Pero también podía ser la sierra al norte de la región, e incluso Alcántara o Madrid.
10. Tratándose de transportes, no es fácil tomar unos valores tipo que resuman la diversidad de costos, según mercancías, medios y trayectos. Cualquier estimación de los valores antepasados está sometida a tales márgenes de error que siempre será preferible silenciarlas. Pero es obligado hacerlas, si se quiere concluir en algún resultado.
Para las estimaciones en curso podemos aceptar una tarifa tentativa de 10 reales por legua, muy aproximada y que solo justifica la necesidad de obtener una estimación de urgencia. Tomándola en cuenta, podemos ensayar con las distintas distancias marco, concordantes con los datos sobre la residencia de los cedentes que previamente ha sido documentada. El transporte hasta la capital sumaría 55 reales, el destinado a la sierra duplicaría esta cantidad, el de Alcántara lo multiplicaría por diez y el de Madrid por 15. El costo del transporte al lugar a solo dos leguas, según estos mismos patrones, rondaría los 20 reales.
Sobre el gasto personal que estos desplazamientos podían originar se puede juzgar por las recompensas que por esta razón exigía el cedente, en caso de que él fuera el obligado a interesarse por el cobro de la renta que le pertenecía, una cláusula cuya recurrencia en los contratos al principio sorprende. Si para el cobro de la renta, o para cumplir con las condiciones acordadas, fuera necesario que desde el lugar de residencia del cedente o de sus representantes alguien en su nombre tuviera que actuar, y desplazarse al lugar donde vivían los arrendatarios, estos tendrían que pagarle una cantidad como recompensa de los gastos en los que por esta causa incurrieran. Unos acordaron que debían pagarles 12 reales por cada uno de los días en los que se ocuparan en los trámites que fueran necesarios, y cuantos viajes de ida y vuelta hiciere. Otros tarifaron el gasto en 400 maravedíes diarios, más los viajes de ida y vuelta, y otros prefirieron fijar en 22 reales el costo total de los gastos que cada vez que la persona encargada de las gestiones tuviera que desplazarse.
11. Todo el esfuerzo analítico de la renta no sería suficiente para decidir con rigor sobre el precio de la tierra cedida si finalmente no fuera posible operar poniéndolo en relación con el tamaño de cada una de las unidades traspasadas.
Lamentablemente, aunque en todos los casos constan las cantidades que es necesario liquidar, los contratos se muestran especialmente herméticos en la declaración de la superficie de la unidad cedida. De la casi totalidad de los cortijos arrendados no consta su superficie. Más aún. Entre las cláusulas del contrato es común que se haga constar que el cortijo se arrienda sin obligación de medida, y más explícitamente que el arrendatario no está obligado a sanear las medidas del cortijo durante los años de vigencia del contrato.
Aunque es una importante decepción, esta manera de actuar es por sí misma reveladora. Los cortijos se arrendaban, más que como una cantidad de superficie, como la unidad de explotación integral que eran, compleja, cuyas posibilidades de aprovechamiento estaban permanentemente abiertas, tantas que el cedente en modo alguno podría prever de antemano. Incluso habría que admitir que bajo este supuesto el valor de cada unidad de suelo productiva de cereales no sería lo más importante. Y dado que, no obstante, producir cereales era lo que tenía más interés de estas ofertas integrales, no entrar en detalles de medida también puede ser una manera de obtener el suelo a un bajo precio.
Por fortuna, esporádicamente, además de la descripción pormenorizada de los devengos a los que quedaba obligado el arrendatario, que nunca faltaba, se especificó la superficie de la unidad productiva por la que había que pagar aquellas cantidades. Por tanto, en estos casos es posible poner en relación la cantidad de superficie contratada con el valor de la renta demandada a cambio, y cumplir con el principio analítico de rigor.
En la mayor parte de los casos documentados de esta manera, el pago se hacía exclusivamente en dinero. Pero en otros se agregaba al pago en dinero, factor constante, bien determinada cantidad de carretadas de paja bien cierto número de gallinas, las persistentes adehalas. En estos casos todavía sería necesario añadir el costo de los transportes de los bienes debidos, nada más.
Pues bien. Ni aun así obtendríamos unos valores convergentes. La serie de los precios por unidad de superficie que se obtiene es 2,23, 4,42, 5,92, 5,94, 6,63 y 7,2 reales de cuenta por unidad de superficie. Es lo bastante dispersa para reconocer que tuvieron que existir factores sustancialmente modificantes del precio de la cesión distintos a los analizados.
La cantidad de tierra arrendada no es un factor capaz para explicar las diferencias. Uno de los valores más altos corresponde a la mayor cantidad de tierra cedida, y el más bajo a una superficie relativamente alta, de casi 450 fanegas. El tipo de especie monetaria que se exige para el pago de la renta tampoco descubre una causalidad explicativa. Las especies más valiosas, oro y plata, se conciertan para el valor más alto de la renta. No podrían ser una compensación a la demanda de metal. Tampoco el pago de los diezmos recompensa el valor de la renta. El precio pedido por unidad de superficie en uno de los casos en los que el dueño también ingresa el diezmo del producto bruto es casi el doble que en el otro. Las adehalas o el costo de su transporte apenas son modificantes del valor final que se obtiene.
Pudo modificar al alza el precio el cerramiento. Por un cortijo de superficie indeterminada, cerrado y adehesado, el arrendatario debía pagar 5.500 reales, una cifra de las más altas que haya sido posible documentar. Otro, también de superficie indeterminada, igualmente cerrado y adehesado, se contrató por 500 ducados de vellón, es decir, también 5.500 reales. Pero nada garantiza que sus espacios tuvieran idéntica extensión y las mismas posibilidades.
Puede sospecharse además que, como querían los clásicos, la calidad de la tierra decidiría, lo que sin embargo, en modo alguno, está aludido en los contratos de cesión.
12. Ninguno de los elementos descritos por los documentos como formadores de la renta alcanza a explicar las enormes diferencias que se observan. Los factores sustancialmente modificantes del precio de la cesión no quedaron registrados en los contratos. Solo es posible afirmar que lo sustancial, lo realmente significativo de las diferencias de valor, es la cantidad de dinero pedida en unos y otros casos. Solo a esa verdad tan evidente se puede atribuir responsabilidad directa de la oscilación de las cotizaciones; una consecuencia, el efecto esperado de condiciones que operaron más allá de lo que hacen visible los contratos de arrendamiento, no la explicación que es necesario encontrar.
Sin embargo, he aquí algo sorprendente que puede contener parte de la explicación de las diferencias de precio.
Uno de los contratos analizados, después de acordar una renta anual de 4.000 reales por una cantidad de superficie que no especifica, dice que la parte del cortijo a sembrar el primer año debía limitarse a 93 unidades cuadradas, que a 24 reales cada una alcanzaría el valor de 2.232 reales en plata, cantidad a cuya liquidación quedaba obligado el arrendatario. Precisa además que, si se sembraran más de las 93 unidades de superficie, el exceso lo pagaría al mismo precio, 24 reales por cada una.
Por tanto, el precio del suelo tal vez oscilara en función de la cantidad tierra puesta en cultivo cada año, un valor que se encargaban de moderar el sistema y las oportunidades comerciales. Es posible que este fuera el factor que decidía la formación de la renta. Los contratos de arrendamiento se esforzaban en inducir el sistema y sus ciclos, sin duda lo más explícito de su contenido. Su minuciosa regulación pretendería que escapara al cedente la participación idónea en el beneficio más importante, el que proporcionaba la comercialización del trigo.
Amiano Marcelino
Publicado: marzo 29, 2015 Archivado en: Apeles Ernesto | Tags: historiografía Deja un comentarioApeles Ernesto
Oriental de nacimiento, gracias a que su patria era griega pudo utilizar el latín como un objeto, con la misma destreza que el orfebre repuja las hojas de los metales, ya diestro en el manejo de los medios adquiridos durante su aprendizaje. La independencia entre las palabras de su identidad y las que utilizaba para el relato le permitieron manipular la expresión con la destreza de un entallador.
En la parte conservada de su obra, la materia primera para el texto, como ya hicieron los creadores del género, la toma de su experiencia militar. Campañas, guerras o intrigas alrededor del príncipe son, como para sus predecesores, sus mejores asuntos. Hasta la peste que paraliza los combates, feliz tópico de Tucídides, luego replicado por Lucrecio, fue uno de sus temas.
Pero la unidad de su relato no es el resultado de una introspección que le haya permitido crear un discurso exculpatorio. Es un atributo externo garantizado por la sucesión de los hechos, la forma más asequible y segura de ganar la complacencia de cualquier lector del género; quien, partícipe por herencia de las mismas reglas de composición, concede el curso del tiempo como un impulso natural, para el que no es necesaria justificación, de los hechos historiográficos. Quien actúa así delega en la secuencia biológica, inexorable, la causa de la cadena de los comportamientos, sin que se crea obligado a presentar prueba alguna a favor de estas razones.
Juliano, el césar de occidente, luego emperador, protagoniza el relato que se ha conservado. A decir del texto, adornaba sus acciones con elegantes palabras. Así el narrador, que mueve todas sus secuencias como las ruedas, que al desplazar los vehículos no parece que acusen el rozamiento, sobre combinaciones de ingenios textuales encadenadas.
El recurso de procedimiento común al relato consiste en superponer planos, como el pintor que crea un paisaje. Sobre el fondo va disponiendo personajes secundarios, mientras reserva los lugares centrales a los protagonistas. Las oraciones principales son las que ejecutan las posiciones precedentes, y toda la clase de las subordinadas, injertadas con limpieza en aquellas, va creando los sucesivos planos y la profundidad. La nobleza de la narración la garantizan las longitudes de los periodos.
Cuál sea el procedimiento de la historiografía lo explica de la siguiente forma. Una vez narrados en orden y con todo el esmero posible los hechos sucedidos hasta una época inmediata a la actual, no es conveniente adentrarse en asuntos demasiado cercanos, porque así se evitan los peligros que crea decir la verdad, recurso obligado de esta clase de relatos. Descontado que al escribir historia hay que ser totalmente sincero, es compatible con los discursos atribuidos y la reiterada recreación de combates, cuyas múltiples variantes pretende compensar la monotonía del que el autor ha elegido como asunto primero, las acciones bélicas lideradas por los emperadores. En discursos y documentos se puede servir del testimonio apócrifo para ganar en veracidad, tal como el canon antiguo tenía aceptado, y en los excursos geográficos puede insertar breves relatos exóticos, no siempre depurados de elementos fabulosos, al estilo de Herodoto.
Alejándose del presente, el autor elude soportar después las duras críticas de los que examinen los detalles de su obra. Unos, tal vez la descalifiquen por haberles perjudicado, en caso de que hubiera mencionado lo que dijo el protagonista en una cena. Otros, por no explicar la causa por la que unos soldados fueron castigados ante las insignias, o por no ser conveniente que, en la extensa descripción de una zona, se omitiera alguna explicación acerca de unas fortificaciones insignificantes; aquellos porque no se han expresado los nombres de todos los que se habían reunido para presentar sus respetos ante el pretor de la ciudad. Y así otras muchas supuestas faltas, de las que juzgarían que no se atenían a unas supuestas leyes de la historiografía.
Al contrario, el género debe aplicarse a narrar hechos esenciales, y no a escudriñar minucias y acciones insignificantes. Si alguien quisiera conocer eso, es como si pretendiera contar los pequeños corpúsculos que flotan en el vacío, que entre los griegos reciben el nombre de átomos.
Suplica a sus futuros lectores, si es que los tuviera alguna vez, que no le exijan narrar con exactitud lo sucedido, o especificar el número de los muertos, una tarea totalmente imposible. Bastante sería con no ocultar la verdad con mentira alguna y narrar los hechos más importantes.
Campañas
Publicado: febrero 26, 2015 Archivado en: Antón Fagasta | Tags: historias Deja un comentarioAntón Fagasta
Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.
Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.
Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.
La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.
El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.
Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.
Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.
El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.
La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.
Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.
El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.
Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.
Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.
Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.
Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.
Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.
Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.
Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:
–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.
–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´
“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.
“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´
“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.
El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.
Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.
A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.
Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.
Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.
Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.
Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?
Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?
Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?
Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.
Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.
Principios de la vida animal
Publicado: febrero 5, 2015 Archivado en: Arpende Rangún | Tags: historias Deja un comentarioArpende Rangún,
biólogo urbano
Con inapelable exactitud sostenían los fundadores de la teoría política prevalente en la república de los animales que solo puede haber un gobierno perfecto, el aristocrático. Por sus bocas hablaba la razón. Porque es más razonable lo experimentado que cuanto se pueda razonar. Supongamos que usted enuncia que los dedos tocan el piano y a continuación que los pies tienen dedos. Se vería en la obligación de colegir que los pianos se tocan con los pies, un reto que pocos afrontarían y que aun en un circo daría resultados muy dudosos. Sería preferible que proclamara, aunque pareciera contrario a toda lógica, que ha disfrutado de Errol Garner mientras el virtuoso mantenía sus pies dentro de los zapatos. Proclamaban así el principio de la selección como fundamento de la responsabilidad que algunos libremente deciden cargar.
Podrá ser aceptado que en el estado sin libertad no sería necesaria la responsabilidad, porque no habría dominio. Por desgracia la libertad, propiedad adquirida por el pensamiento que en cuanto hay conciencia espontáneamente existe, fue regulada, y así se convirtió en materia para la formación de los estados. A partir de entonces, solo pudo existir en la medida en que era limitada. Es verdad que no es tanta la regla que los legisladores imponen sobre la libertad, con el fin de formar el estado, que a los animales llegue a impedir ser libres para la mayor parte de sus actos. Pero también es cierto que por crear orden la libertad vino a necesitar de administradores. No diré que no es un bien para la civilización el que así fue adquirido. Pero también debo reconocer que es la proclamación de la libertad política el origen del dominio de unos animales sobre otros, de los que se declaran responsables sobre los que no están dispuestos a serlo.
Aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables para sí, de vida franca, que ante sus semejantes se presentan aseados y con corrección, son los idóneos para el gobierno sobre los otros, porque son ellos el ser en el que todos desean encarnarse. Pero cuanto los hace atractivos para los otros se opone a la delegación de responsabilidad. La vida privada, de la que se nutren, es un excelente paraíso porque en la madriguera, lugar que otros llaman hogar, dulce cadena, el rigor está desterrado. Tan radical exclusión permite que allí la libertad absoluta permanezca refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla. Es por esa falta de rigor que los animales propenden a la vida privada, y por eso los más aptos a ella se entregan. Tal es la fuente de la que mana la felicidad que a los demás atrae, tesoro que jamás podrá ser transferido a la vida pública sin que resulte desnaturalizado.
Pero la vida gregaria existe por encima de las mejores voluntades, por más que sea la consecuencia de un error. Las semejanzas que en su aspecto los animales observan muchos, con evidente precipitación, la consideran base para una idéntica percepción de lo que existe, y, lo que es peor, similar conciencia sobre lo que es y lo que debe ser, lo que autorizaría comunes respuestas a los contratiempos más extendidos.
Ningún error es por el hecho de serlo menos real, por lo que es del todo necesaria la administración de la vida constituida en común, más aún porque los mejores a la vida privada replegados están.
De ser todos igualmente partícipes en su ejecución, mal podría ser ordenada en el tiempo de la vida, a fuerza de lentas decisiones. Y de ser cesión de una supuesta jurisdicción previa y alícuota sobre lo público por parte de cada cual, sería degenerada convivencia, porque ya incluiría el engendro llamado poder y su consecuente apropiación. Solo la aceptación reconocida del gobierno aristocrático es legítima, porque tiene su fundamento en la moral.
Por dos razones, porque está basada en la moral y en la selección. La moral es la razón práctica o experiencia convertida en prejuicio admitido, al menos temporalmente. Es la parte estabilizada del pensamiento y la opinión; todo lo estabilizada que son las vidas, es decir, al menos temporalmente, aunque con la garantía de estabilidad y continuidad que le da el imparable encadenamiento de las existencias. La selección se encarga de ejecutar la parte que la naturaleza por necesidad impone, tratándose siempre de la limitada vida.
Los mejores son pues los idóneos para el gobierno de los otros. Pero aquellos que en la vida civil se muestran animales capaces y prudentes, responsables, de franca vida y limpia presencia ante sus semejantes, eluden el gobierno. Estos animales no son la virtud, sino la ausencia de su necesidad, así como los antiguos tenían por libres a los que habían escapado a la previsión de la ley. Porque es que los animales propenden a la vida apartada, sin rigores, excelente paraíso donde la libertad sin adjetivos permanece refugiada a fuerza de ni siquiera invocarla, porque ni aun nombre puede tener. Dulce y perfecta condena la de la madriguera. Solo hay libertad allí donde no hay libertades, donde se puede permanecer al margen de toda regla, y esto solo es posible en el estado de la más absoluta individualidad, en la completa intimidad.
No es que la libertad sea un principio excelente. Es algo que lo supera por distinto y anterior. Es solo el principio, la nada y el origen que puede ser fundamento de cualquier cosa. Es el perfecto estado de la negación. Solo donde no hay algo puede existir todo, comienzo inmejorable porque hace posible hasta lo que ni aún ha sido imaginado. Nada la libertad garantiza. Lo que resulte será consecuencia de los inseparables agentes de la vida, que son la voluntad, el mayor, y el pensamiento, que viene al mundo cuando ya su hermana vive. Es el celo por mantener protegida esta nada de cualquier intromisión lo que aconseja a aquellos animales permanecer fieles al prudente anonimato.
De la entrega exclusiva a la vida privada resultaría un sano desgobierno, quizás mejor la disolución de la vida pública. Al recelar de lo que más allá de lo privado está, porque fuera del control personal de las cosas queda, los animales que son tenidos por los más felices de su especie reducen las libertades regladas a solo representación de la libertad, lo que es a la libertad lo que la proclamación de la inocencia a la certeza del delito, un derecho reconocido a cualquier convicto. El mejor gobierno, por celosa reserva de la vida a la acción del poder, como los que mejor viven con sus actos demuestran, es el que antes de nacer se ha extinguido. Con su elusión del gobierno los animales prudentes instituirían el mejor de los gobiernos posible, que por lo ya dicho bien puede colegirse que es el que no existe.
En un sentido más limitado puede tomarse el axioma que proclama que el gobierno perfecto es el aristocrático. Nadie como cada cual para juzgar sobre la bondad de sus virtudes. Puestos en el deber de elegir a quien represente o explique la opinión ajena, nadie mejor que el elector. Solo tiene un defecto este principio, que en origen, por definición, es cierto nada más que para cada uno, lo que lo hace por completo inútil como medio organizador de la vida colectiva. Sería necesaria la voluntaria renuncia a esta fuente de soberanía autónoma para que la caótica atomización primordial fuera desequilibrada.
Pero la propensión espontánea a la seguridad de la vida privada hace del todo necesaria la administración de una vida constituida en común, aunque probablemente sea solo por consecuencia del miedo a la enormidad que a los ojos enajenados parece lo ajeno, cuando en realidad lo ajeno es exactamente igual a lo propio, aunque repetido hasta cansar. Tal vez también porque esta es una realidad que existe antes de la vida de cada uno, aunque del fondo del que se nutre es del de la enajenación.
¿A quién mejor que a aquellos animales que viven sosegada vida al margen de la libertad podría entregárseles el inevitable gobierno, puesto que es la mejor vida privada la que todos desean que los gobernantes garanticen? Pero lamentablemente no ocurre así.
Aceptar un régimen que administre la vida en común es en consecuencia una desgracia a la que todo animal debe someterse. A todos los animales corresponde sin embargo que sea lo menos oneroso posible, y es su deber esforzarse en que así sea. La magnitud que mejor indica la bondad de un régimen es el tiempo, realidad única e incontestable sobre todas las que a la vida afectan. Porque el tiempo es la vida, vida y tiempo son una y la misma cosa, tiempo intransferible del sujeto a la existencia. Como ese tiempo es por naturaleza limitado, y porque es en el tiempo de la vida en el que todo se realiza, la inversión de tiempo en la vida común es un gasto que solo se justifica por la cantidad de tiempo que la vida privada pueda consumir; porque problema insoslayable es pagar con lo que más estimable resulta, el tiempo de la existencia que es necesario dedicar a lo público. El rendimiento es óptimo cuando el costo está reducido al mínimo imprescindible, sea cual sea la cantidad de inapreciable producto.
El primer pósito
Publicado: enero 31, 2015 Archivado en: Redacción | Tags: crédito, rural Deja un comentarioRedacción
La recuperación del que pretendía ser el primer pósito de la región, al tiempo que enseña hasta dónde llegaban las iniciativas en esta materia, permite completar la idea general del estado de todos sus pósitos públicos a mediados del siglo décimo octavo.
Hasta 1747, en el mercado del cereal de la capital la institución interventora había sido la alhóndiga, anexa a la cual, desde fines de la edad media, se había constituido una reserva de granos y semillas. Pero, con frecuencia, la alhóndiga estaba desabastecida por inhibición de la concurrencia. Para hacer frente a la retracción del grano su mercado había contado, desde tiempo atrás, con un pósito de fondos abundantes, instituido como monte de piedad. En 1720 tenía 35.500 fanegas de trigo y más de 100.000 reales en dinero, gracias a la gestión del asistente de entonces. Pero en 1723 ya no tenía grano ni dinero, y sus fondos se habían perdido por completo. No se sabe si tan sorprendente evolución fue consecuencia del gasto necesario para sostener los mercados de la población o de una mala gestión de los diputados encargados de su manejo. Consta, sin embargo, que aquellos hechos en su momento dieron origen a interminables contenciosos. Posteriormente, hubo un intento de recuperarlo con un arbitrio, al que la fuente se refiere como derecho de las cargas de la alhóndiga. Pero era tan limitado su rendimiento que, ni aun en mucho tiempo, habría satisfecho el fin para el que había sido propuesto. Solo llegó a rentar, tras años de vigencia, unos 21.000 reales.
El nuevo asistente, ya en la década de los cuarenta, concibió también un plan para recuperar el pósito de la capital. La experiencia acumulada gracias al control de los de la región favorecía su proyecto. Su idea era constituirlo de nuevo como un erario o monte de piedad, por iniciativa pública, pero con 50.000 o 60.000 fanegas de trigo. Había estudiado cómo reunir tanto capital inicial. Su responsabilidad sobre estos graneros públicos regionales le había permitido saber que algunos disponían de fondos importantes mientras que sus demandas respectivas eran bajas porque sus poblaciones eran pequeñas. La raíz de tal discordancia era que las labores de quienes de ellos se nutrían habían disminuido, así como las rentas que les proporcionaban, a consecuencia de cómo venían evolucionando sus empresas de producción de cereales. Años atrás, el exceso en la oferta del crédito había incentivado el riesgo. Como los préstamos eran más asequibles, algunos los habían tomado en demasía. Habían sembrado más de lo que aconsejaban los rendimientos previsibles, que dependían de los sistemas de cultivos. Finalmente, según la descripción que contiene el proyecto, las labores de los que más habían arriesgado no habían devuelto las deudas contraídas y se habían arruinado. El efecto de tanta inconsecuencia encadenada había sido que los fondos de buena parte de aquellos pósitos no estaban siendo consumidos cada año, y en la mayoría de sus poblaciones sobraba una cantidad de trigo importante al final de cada ciclo.
Los conocimientos y los cálculos del asistente le permitían afirmar que había hasta 58 municipios en la región donde habían ocurrido hechos como los descritos, a los cuales, en concepto de préstamo, se les podrían tomar los fondos iniciales que necesitaba el erario proyectado. Los 47 más próximos a la capital podían proporcionar 50.000 fanegas y otros 11, más alejados, las 10.000 restantes. (Se creía entonces que a cada población correspondía un tamaño de su pósito porque se aceptaban ciertas premisas para calcular su capital en grano. La eficacia del constituido en cada lugar, según el gobierno de la época, dependía de su adecuación al volumen de los que se dedicaban a la agricultura del cereal, al número de activos en todos los sectores y al número de habitantes según su edad. La falta de ajuste a estos parámetros por exceso podía tener un efecto inverso al que se proponía. Estimando a partir de ellos –asequibles a cualquier autoridad de la época, aunque parezcan difíciles y exigentes– lo que la población pudiera necesitar, había pósitos públicos que concluían que lo más correcto era limitar sus fondos a cantidades fijas de cereal y dinero. A la inversa, se podían arbitrar, mediante real facultad, bienes de propios o del común para hacer frente a las dificultades de liquidez, tanto en grano como en dinero, a las que degenerara un pósito.)
El autor del proyecto esperaba la oportunidad de una buena cosecha para tomar la iniciativa y esta había llegado. La inmediata, correspondiente a la campaña iniciada en el otoño de 1745, se prometía abundante. El momento parecía el más oportuno para recuperar el pósito de la capital. En su opinión, no había tiempo que perder.
En junio de 1746 decidió acometer el plan que había concebido. Lo remitió con fecha del día 21 al Consejo, el que lo examinó, así como los informes que sobre la mejora de los pósitos de la región le había enviado antes. Completaron la documentación las relaciones del responsable de la audiencia regional, de diciembre de 1738, que asimismo fueron tenidas en cuenta por el Consejo para decidir sobre el proyecto. (Aprovechó el asistente para elevar al gobierno una consulta sobre los apremios para el reintegro de los pósitos; si habían de sustanciarse haciendo comparecer a los alcaldes de las poblaciones o poniendo el caso en manos judiciales ejecutivas.) El órgano central de la administración castellana quedó muy satisfecho de la dedicación del asistente, y así se lo hizo saber, y por último decidió aprobar el plan íntegramente. Lamentablemente, cuando llegó a este acuerdo, era ya el 14 de enero de 1747.
Dado lo avanzado del calendario, que ya regía para un ciclo nuevo, solicitó el Consejo al asistente, para antes de la ejecución de la obra concebida, que aún informara explícitamente de los granos que tenían en aquel momento los pósitos afectados por su iniciativa; si parecía buena la cosecha que se esperaba para 1747 –el asistente había avalado su proyecto con las perspectivas de 1746– y si el transporte del grano hasta la capital en la estación corriente –invierno– sería más caro que en verano. En suma, requería su consideración sobre cuestiones de cálculo pertinentes; si, por cualquiera de estas razones, no sería preferible retrasar la ejecución del proyecto a cuando ya estuviera recolectado todo el producto de la cosecha que se esperaba.
Argumentó el asistente que para las poblaciones a las que se refería, de hacer los préstamos del proyecto, no se deduciría ningún perjuicio. Al contrario, obtendrían beneficio. Ellas mismas, en distintas ocasiones, habían solicitado anular el incremento de los capitales de sus pósitos, unas relevando a los prestatarios de las creces o intereses en grano y otras reduciéndolas a la mitad o la cuarta parte. Además, ocurría que a los labradores de la capital, en aquellas poblaciones, les concedían sin dificultad los créditos que solicitaban. La población de los 47 lugares más próximos sumaba un total de 16.340 vecinos y la de los otros 11 hasta 5.711. El capital en grano de los pósitos próximos, hasta fines de julio de 1745, alcanzaba a 282.307 fanegas. Aunque tuvieran que desprenderse de 50.000, aún les quedarían 232.307. El de los otros sumaba 69.017 fanegas. Las 10.000 de las que se desprendieran aún les permitirían disponer de 59.017. El capital remanente era bastante para las necesidades de las poblaciones de las que se trataba, aun sin contar con otras entre 6.000 y 8.000 fanegas que las creces o intereses, cuando fueran devueltos los préstamos que aquellos pósitos para la campaña de 1746 habían hecho, aportarían a sus graneros.
Desde luego era lo justo pagar a aquellas poblaciones el trigo que dieran. Como esto no se podría hacer inmediatamente, cada año, una vez hecho el balance en el pósito proyectado, el superávit disponible se repartiría a prorrata, como bolsa común, en dinero, según los valores del grano corrientes en cada momento, hasta que la deuda fuera liquidada. La fórmula le vendría bien a las poblaciones. Lo que fueran ingresando podrían emplearlo, por ejemplo, en el pago de sus contribuciones. En años anteriores, habían solicitado el recurso a los fondos de sus pósitos con este fin y no se les había autorizado porque carecían de facultad para actuar de tal modo.
El obstáculo mayor al proyecto podía ser el precio del transporte del grano, el componente del valor final del trigo que entonces más dificultaba el intercambio entre mercados. Para el transporte del cereal, que se depositaría en los almacenes de la alhóndiga, de gran capacidad, sin que de su uso derivara costo alguno, en aquel momento la capital podía disponer de los 21.000 reales ingresados por el cobro del derecho de carga de la alhóndiga. Dada la proximidad de las poblaciones, no era previsible que fuera necesario más. Aun así, si no fuera suficiente, asimismo en la bolsa del desempeño de la capital estaba disponible un fondo que sobrepasaba los 90.000 reales. Esta cantidad no tenía aplicación porque correspondía a acreedores que no habían verificado sus créditos desde hacía muchos años. Se podría retirar, en caso de que fuera necesaria, utilizando como garantía las obligaciones de reintegro de los créditos a favor del nuevo pósito.
Concluía el asistente con la declaración de un principio gestor que pretendía resolver todos los reparos a cualquier clase de cálculos. Para que en breve dispusiera de un capital importante, y apto para resolver cualquier urgencia sin su menoscabo, la gestión inmediata del pósito del plan tendría que ajustarse al procedimiento adecuado. Habría de prever cuándo debían vender y cuándo retraerse labradores y panaderos, y todos cuantos estuvieran interesados en el comercio del grano, para que los fondos de la nueva institución no sufrieran pérdidas. Se habría de vender grano al contado y en dinero durante los siguientes meses mayores o de carestía, y comprarlos durante la cosecha, cuando los precios cotizaban a la baja. Si la siguiente fuera tan abundante como la de aquel año, lo ingresado permitiría sobrepasar el fondo previo en más de la mitad. El principio que sostendría el erario proyectado, inspirado por un viejo modelo, sería por tanto tan sencillo como especulativo.
El nuevo pósito tendría que ser independiente del gobierno de la ciudad. Solo lo podría gestionar el asistente, siguiendo el procedimiento que aplicaba a los demás del reino. Se dotaría de un reglamento, para garantizar su erección, su manejo y el intercambio de sus fondos, y de todo al Consejo se rendirían cuentas anualmente.
Fueran cualesquiera los resultados de estas especificaciones, el Consejo creyó conveniente adelantar en la organización de aquel monte de piedad. Decidió encargar al autor del plan la redacción de las ordenanzas correspondientes, para las que habría de tener en cuenta las que habían regido el pósito consumido y ser en la previsión de reglas preciso. Elaborados los informes y las ordenanzas solicitadas, el Asistente debía enviarlos a través de quien se gestionaba la documentación que desde el reino llegaba a la administración central. Cuando dispusiera de todo, el Consejo tomaría la decisión definitiva, especialmente sobre el momento que le pareciera más adecuado para la ejecución del proyecto.
El 28 de marzo de aquel 1747 el asistente envió al Consejo el proyecto de instrucción en el que había concluido el encargo que recibiera. Era la ordenanza que ya aplicaba a la gestión de los pósitos del reino. La aprobación definitiva de su proyecto llegó, con la anuencia a la instrucción que a partir de entonces regiría para todos los pósitos regionales, también de 1 de julio. Tan ambiciosa operación debió dar los resultados apetecidos porque el legislador de 1753 mencionó el montepío de la capital de la región entre los de crecida entrada y salida de granos y harina.
Nicolás Maquiavelo
Publicado: enero 18, 2015 Archivado en: Apeles Ernesto | Tags: historiografía Deja un comentarioApeles Ernesto
En Florencia nació en 1469 y en Florencia murió en 1527. Hijo de familia noble, aunque de escasa fortuna, de su juventud y primera formación, que coinciden con los casi treinta años anteriores a la república democrática que gobernó su ciudad, es poco lo que se sabe. Cuanto de ellas se dice se colige de lo que se conoce de su padre, jurista y autor, quien ya vivió vinculado a la cancillería de la república y a los círculos humanistas de la ciudad. Se supone por tanto que recibiría una buena y extensa educación.
Cuando alcanzó la edad activa primero se dedicó a los negocios, para muchos de sus conciudadanos origen de su bienestar. Pero en 1498 entró al servicio de la administración de Florencia como secretario de la segunda cancillería, cargo desde el que ascendería a otras responsabilidades, que le permitirían una comprometida y brillante carrera política hasta 1512. Durante todo el tiempo que logró sostenerse la república democrática en Florencia, Maquiavelo actuó bajo la condición de secretario, probablemente auspiciado y al servicio directo de su máxima autoridad, Piero Soderini, el gonfaloniero vitalicio de aquella experiencia política.
Actuó Maquiavelo durante sus primeros años de servicio público ateniéndose a una modalidad de representación de los intereses de un estado que con precisión expresa la palabra secretario. Recibía de la autoridad florentina instrucciones sobre cómo debía actuar ante otro estado por vía reservada, la misma que él empleaba para exponer cómo con lealtad había cumplido lo que le ordenaban, sin que en ningún momento dispusiera de poder para actuar. La franqueza con la que entonces los estados preferían comportarse en sus relaciones impide llamar a aquella labor espionaje.
Por su posición social no pudo aspirar a los cargos de embajador o de gobernador. Pero por ser declarado partidario de la república y contrario a la oligarquía desempeñó durante aquel intenso periodo numerosas misiones diplomáticas ante el papa, el emperador y la mayor parte de las cortes europeas. Tuvo importantes responsabilidades y su trabajo fue de reconocida eficacia. Cuando no cumplía encargos diplomáticos, la secretaría de Maquiavelo satisfacía el designio de formar un ejército propio de Florencia, fuerza de la que carecía la ciudad, lo que en opinión de Maquiavelo la hacía fundamentalmente vulnerable.
Cuando en Florencia, tras la victoria de Prato, del año 1512, entraron las tropas españolas, promotoras de la restauración oligárquica, Maquiavelo al instante cayó en desgracia. Los Médicis, de nuevo dueños de la situación, lo destituyeron del cargo que tenía en la cancillería y hasta consiguieron que fuera momentáneamente encarcelado. Pero pronto recupera la libertad, aunque bajo la condición del deber de exiliarse, y se retira a una finca situada en el sereno campo que rodea su ciudad. Fueron aquellos obligados años de inactividad pública, y fue entonces cuando dispuso de mayor sosiego para entregarse a la escritura. Toda la obra extensa de Maquiavelo es posterior a su cese administrativo, aunque en todo fruto de la experiencia adquirida durante su dedicación a esta actividad en los años de su plenitud, pero también del verdadero origen de su erudición, su excelente formación autodidacta.
Así describe Maquiavelo las condiciones que hicieron fecundo su ostracismo: “Llegada la noche, me vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en el umbral me quito la ropa de cada día, llena de barro y de lodo, y me pongo paños reales y curiales. Vestido decentemente entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres, donde –recibido por ellos amistosamente– me nutro con aquel alimento que solum es mío y para el cual nací: no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos con su humanidad me responden; durante cuatro horas no siento pesar alguno, me olvido de toda preocupación, no temo a la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente en ellos. Y como Dante dice que no hay ciencia si no se retiene lo que se ha aprendido, yo he tomado nota de aquello de lo que en mi conversación con ellos he hecho capital.”
Primero emprendió la redacción de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, glosa del comienzo del texto del autor latino con fines analíticos, pero desde la que deduce reflexiones políticas en favor del gobierno republicano y democrático. A continuación redactó la obra que más fama le ha dado, El príncipe, un tratado de teoría política sobre la práctica del gobierno.
Para entonces sus relaciones con los Médicis ya debían haber mejorado notablemente, si es que alguna vez estuvieron seriamente deterioradas, y volvió a ser llamado para que participara en la vida pública, aunque tal vez desde posiciones más discretas. Por encargo de Julio de Médicis, a partir de 1520 emprende la redacción de unas Historias florentinas, a veces conocidas como Historia de Florencia, que no tuvo concluidas hasta 1525. Es su segundo texto historiográfico, quizás no tan estimable como el primero. Su objetivo declarado es interpretar los acontecimientos ocurridos en la ciudad, tomando como referencia la oposición permanente entre los grupos que en ella se enfrentaban y no narrando solo las guerras que Florencia sostuviera con enemigos externos. Pensaba que de esta manera era posible explicar el fracaso de la república que tan de cerca él mismo había vivido. Así resultó un relato histórico igualmente inspirado por su pensamiento político, solo que más directo.
Cuando su personal promotor, Julio de Médicis, consiguió ser el papa Clemente VII lo llamó a Roma para que trabajara a su servicio, y efectivamente allí se estableció en 1524. Pero restaurada la república en Florencia en 1527 todavía aspiró a recuperar su antigua posición en la cancillería. Pero porque unos temían que los despojara de sus bienes y otros porque recelaban que les arrebatase la libertad, por último vio defraudadas sus postreras ambiciones políticas. Decepcionado por este fracaso, ya en plena vejez y en medio de la anarquía, murió aquel mismo año.
Disponía Maquiavelo de un ingenio rápido, y disfrutó de una gran curiosidad, que no le abandonó durante toda su vida. Con estos dos fundamentos, el práctico y el intelectual, fue elaborando su pensamiento político, primera materia de la que todos sus escritos se alimentaron. En el campo historiográfico, donde fue particularmente considerado –sus contemporáneos lo tenían por historiador– la obra de Maquiavelo tiene una importancia excepcional para el progreso de la reflexión sobre la teoría de la historia. Es probablemente el más abierto defensor de la historia como medio para adquirir el arte del buen gobierno. “En el ordenar las repúblicas –dice–, mantener los estados, arreglar la milicia y administrar la guerra, en juzgar a los súbditos y aumentar el imperio no se encuentra príncipe ni república que recurra al ejemplo de los antiguos.” Cree sin embargo que esto no solo es recomendable sino incluso eficaz, porque en su opinión la naturaleza humana es siempre la misma. En cualquier estado a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que puede ocurrir, así como aplicar a los acontecimientos previsibles las soluciones cuya eficacia ya fue comprobada por los antiguos; y si no fueran encontradas, discurrir otras originales por similitud de las circunstancias. En la actuación humana la acción del azar queda limitada por la previsión. Por eso el objetivo al que aspiraba con su trabajo historiográfico era la elaboración de un cuerpo doctrinal a partir del examen de los hechos pasados, semejante a cuanto los juristas podían conseguir gracias a los comentarios de las leyes.
En sus obras de historia Maquiavelo se interesó por las cuestiones sociales, el origen del estado, el papel de la religión y la ley y las consecuencias de la actividad económica de los hombres, si bien para el estudio de cualquiera de estas cuestiones se rigió por el principio clásico de la apropiada selección de los datos que debían ser tratados. De esta manera los argumentos del relato conocieron una notable expansión, así como los objetos de la investigación histórica. Inspirado al tiempo por el objetivo que al estudio de la historia imponía, no solía aplicar el criterio de la división temporal de la materia sino que prefería la sistemática o lógica de los hechos, lo que junto con el abuso de los discursos hermosos y de los detalles novelescos han sido señalados como los mayores defectos del texto de Maquiavelo. Pero lo cierto es que de esta manera de concebirlo deriva su característica división interna de la obra en libros.
Principio de la gravitación universal III
Publicado: enero 11, 2015 Archivado en: Contradictor ocasional, Narrador, Replicante primero, Replicante segundo | Tags: crédito, rural Deja un comentarioNarrador
Replicante primero
Replicante segundo
Contradictor ocasional
El recurso preferido por quienes deseaban sacar el mayor provecho al capital atesorado, hibernándolo con una inyección de derecho canónico, fue la capellanía con sacerdote propio, capellanía por antonomasia, que completaba el blindaje del patrimonio familiar superponiendo tres instituciones. La dogmática de la época subrayaba la complejidad de la fórmula al describirla como un patronato limitado al cumplimiento de una memoria, encomendada a determinada persona, el sacerdote suyo o capellán, titular del vínculo implícito en la iniciativa.
La distancia entre esta y las otras formas de capellanía la marcaba la tercera pieza, el patronato. Porque alguien dotara una institución eclesiástica, con unos bienes que igualmente quedaban inmovilizados, adquiría un poder precedente para decidir quién debía ejercer el sacerdocio en ella, su mantenimiento y su gestión. Tal era el patronato, que podía extenderse a todo un templo y con mucha más frecuencia, porque era mucho más asequible, solo a una memoria. Al emplearlo como una parte de una fórmula compleja haría compatibles, de la manera más fácil y en el grado más satisfactorio, la representación de las creencias y las convicciones morales, el respeto a las instituciones eclesiásticas y la supervivencia de una parte apreciable del negocio generado por los patrimonios de las familias del medio rural.
Aunque cualquier beneficio, para ser efectivo, necesitara de la colación o nombramiento canónico, gracias al patronato su titular se reservaba la capacidad de presentar al sacerdote que había de atender el originado por esta clase de memoria, lo que le garantizaba la elección de su procedencia.
Pero como la intervención canónica, por subordinada que fuera, era siempre una amenaza al ascendiente que sobre los bienes dotales tuvieran quienes los habían adscrito; porque ciertas familias no se resignaban a entregar sus intereses, a las garantías habituales para la inmovilidad del patrimonio acogido al canon eclesiástico el patronato añadía el derecho a la supervisión de la obra fundada, negocio para el que eran designados los patronos, preeminencia justificada por el origen de los bienes transferidos en favor del lugar sagrado. Si el clérigo investido como capellán era al mismo tiempo patrono, o por decisión del fundador tuviera algún poder sobre los designados para este trabajo, podía colmarse el plan que para una obra de este tipo una familia hubiera concebido.
Tanto cálculo también estaba justificado porque el alcance de la capellanía podía ser lejano. La creación de una capellanía llegó a convertirse en algo común no solo porque permitía inmovilizar una parte del patrimonio.
–Invertir en capellanías las rentas netas que proporcionaba la agricultura de los cereales también podía servir a la venta de sus productos.
–En los mercados rurales el gravamen estable del intercambio de grano fue la alcabala y sus cientos. El destinado a la venta entraba en las poblaciones por puntos determinados precisamente para obligar a su pago, aunque, como era habitual cuando se trataba de tal clase de cargas, existían medios para eludir legalmente estas obligaciones. No estaban sujetos a ellas el destinado al consumo personal ni el del pósito, ni tampoco los frutos de las capellanías, puesto que las eclesiásticas eran instituciones exentas de estos servicios. Teniendo creada una fundación de esta clase y un hijo como capellán y patrono de ella, podía ser utilizada para vender como fruto de la misma todo el producto familiar, tanto el obtenido por las tierras de la capellanía del hijo como el procedente de las explotaciones que sostuviera el padre, y en particular su labor. De esta manera la renta bruta anual podía escapar sin dificultad a los deberes fiscales.
La obligación piadosa incluida en cada capellanía de esta clase también era un cargo de misas, de inexcusable cumplimiento a lo largo de un año. Las representaciones del sacrificio, como en las demás fundaciones equiparables, eran celebradas a favor de las almas del fundador y algunos de sus familiares, entre los que con frecuencia se incluían los padres. La diferencia más visible entre las memorias comunes y la capellanía más autónoma era de cantidad, excusa suficiente para justificarla como una obra que necesitaba la máxima atención. Como mínimo, las que analizamos exigían seis misas rezadas al año. Las había que obligaban a nueve, y eran muy comunes las que regulaban doce, una por mes, aunque también, sin justificación aparente, se decidían catorce.
Había fundadores sumamente exigentes, hasta el punto que imponían una dedicación litúrgica exclusiva. Uno obligó a cincuenta misas y otro a todas las de doce de los días festivos del calendario eclesiástico occidental. Luego, cuando dotó otras capellanías en otros templos, el mismo promotor llegó a requerir hasta ciento diez misas al año, incluidas las de doce de los días feriados, y aun ciento veinte, más las consabidas de doce de las mismas jornadas singulares. También hubo quienes instituyeron cinco misas rezadas cada semana o veinticinco cada mes.
Las capellanías que disponían de sacerdote propio, como era preceptivo para todas las fundaciones de esta clase, debían acogerse a un templo parroquial, donde era obligado cumplir con el encargo de las misas. Insistían los promotores en que estas se dijeran donde estaban localizados los enterramientos que las justificaban, porque no había sepultura que fuera ajena al espacio que ocupaban los templos y eran muchos los fundadores que habían concentrado toda su devoción en tan poca superficie.
Para garantizarse una parcela en exclusiva, cuando prescribían las circunstancias que para las celebraciones deseaban, algunos fundadores decidieron que su marco fuera una capilla propia, con preferencia destinada a conservar, ateniéndose al único rito vigente, los cuerpos exánimes de los que iban siendo parte de una misma familia. Su erección sería una obra distinta al origen legal de la fundación que haría uso privado de ella, aunque ambos trabajos fueran paralelos. Al menos obligaría a la compra del espacio que a tal fin se iba a destinar, así como al acondicionamiento del subsuelo, que para satisfacer aquel propósito debía acoger un hipogeo, según el estilo funerario clásico. Se puede suponer que la construcción se completaría con el mobiliario litúrgico necesario, incluidas aras y retablos. Por los documentos manejados se averigua además que todas tenían sus ornamentos y sus vasos consagrados a las celebraciones prescritas, necesarios para la representación de cada misterio.
Aunque hubo capellanías que alcanzaron este nivel, no era frecuente que dispusieran de capilla propia. Fueron más los fundadores que se resignaron a limitar la obra del patronato a la erección de un altar dentro del templo elegido, la modalidad inferior de la autonomía del lugar sagrado por iniciativa civil. A los que eran aún más modestos, tal vez con la pretensión de manifestar al menos sus creencias más íntimas, les bastó con designar como sede de la capellanía determinados altares ya existentes mantenidos por la fábrica del templo. Fueron elegidos, por ejemplo, uno dedicado a San Miguel, frágil alegoría de la integridad moral, o el del sagrario de una parroquia, emulación del debir salomónico, en la versión católica el lugar central del culto al Santísimo. Es probable sin embargo que las referencias a las advocaciones que han quedado registradas en la mayor parte de los documentos sean solo una porción de las múltiples que alentaron aquellos planes, tenidas en cuenta la dimensión de las posibilidades y las causas que podían justificarlas.
Había ofrecido Felipe II 25.000 escudos por la cabeza de Guillermo I, príncipe de Orange, el líder de los rebeldes holandeses, con quien disputaba la soberanía de los Países Bajos. El vizcaíno Jáuregui, alistado en los tercios a causa de su nación, valiente y abnegado, algo presuntuoso, se propuso adjudicárselos. Se batió en el campo contra decenas de enemigos, trepó sobre masas de carne indistinta, mezcla de agonizantes inarticulados y cadáveres que aún palpitaban; buscó entre las filas que combatía una gorguera con puntillas, fiado a un retrato en miniatura que circulaba entre la tropa. Arriesgó tanto que fue prendido. Sus captores, entre los documentos que llevaba, encontraron oraciones pidiendo la gracia divina para su yugulado, a cambio de la cual, obtenida del cielo la muerte del enemigo, prometía: una corona para la virgen de Aránzazu, otra más para la misma imagen, un manto y una lámpara para la de Bayona y un rico velo para determinado cristo, que su inspirado autor talló vivo para que fuera la discreción de sus devotos la que decidiera si era mejor adorarlo mientras aún alentaba, en cuyo caso podían respetarlo tal como de manos del cosario les llegara. Si los estimulara más transido y acabado, bastaría que le cerraran los ojos, hábilmente previstos, y añadieran a las heridas tumefactas, por su localización respetuosas con el texto sagrado, la cantidad de carmín que juzgaran oportuna.
Entre los documentos consultados, apareció una lista de las capellanías de esta clase fundadas en uno de los templos parroquiales de la población testada. Sumadas las que su autor copiaba de un registro a las que según él faltaban, alcanzamos un total de 66. Dado que estaba haciendo mención solo de las que correspondían a la parroquia principal, creímos que esta cifra al menos habría que duplicarla si queríamos estimar el total de las fundaciones de este tipo creadas en la misma población, porque tendría que incluir las que tuvieron su sede en las otras seis parroquias. Como además las notas que reunimos nos permitieron documentar el origen, características y evolución de 45 de ellas, concluimos que ambas pruebas eran una demostración suficiente del alto valor relativo que esta institución tuvo en las poblaciones rurales.
Parece que se difundieron como solución preferida sobre todo en el siglo décimo séptimo, aunque es necesario reconocer que fueron una solución satisfactoria, para determinados patrimonios, nada menos que entre 1479 y 1729, los primeros doscientos cincuenta años de existencia de la monarquía hispánica unitaria. Vivieron su mejor época entre 1581 y 1650, siete décadas durante las cuales fueron creadas casi la mitad de las que pudimos analizar. Teniendo en cuenta que la fuente que sobre este asunto nos informaba centró su atención en la segunda mitad del siglo décimo sexto, nos pareció probable que el valor relativo de la primera mitad del décimo séptimo, cincuenta de los setenta años dorados, estuviera por debajo del que efectivamente tuvo.
–Los estados biológicos que correspondían a la fundación de las capellanías autónomas eran diferentes, como más frecuente era el recurso a este instituto. De la mitad de sus promociones los dos tercios fueron obra de mujeres, aunque de la mitad de ellas también ignoramos en qué estado llegaron a tomar la decisión. Solo una se declaró casada, lo que en consecuencia otorga un alto significado al otro resto, todas felizmente viudas. Entre ellas, dos creyeron conveniente destacar que estuvieron casadas con regidores, los miembros de pleno derecho de las cámaras para el gobierno de las poblaciones. Aquella pudo ser la fuente de las rentas que permitieran el ahorro origen de la fundación.
“Un sexto de estas capellanías fue obra de matrimonios, que las habrían creado mancomunadamente; una consecuencia del régimen económico al que obligaba su unión, a su vez afectado por lo que habían decidido. Solo un hombre confesó que estaba casado y actuaba al margen del matrimonio.
–Pudo llegar la ocasión que su obra no solo descollara por ser extraordinaria, sino porque le fuera recriminada como un acto extraconyugal, condena que a los matrimonios sobreviene a causa de la inconsecuencia de los contrayentes bajo jurisdicción monogámica, que excluyen de sus cálculos el hecho verificado de la poligenesia espontánea que promueve el deseo, capaz para tomar armas en toda clase de montes y valles, páramos y frondas.
–Para esta situación civil la salida pudo ser en parte una consecuencia de que otras hubieran quedado bloqueadas. Una pareja pudo decir expresamente que actuaba así porque no había tenido hijos. Esta circunstancia, más la alta proporción de la iniciativa de las viudas para la otra parte de las fundaciones que ya hemos mencionado, obligan a reconocer que también para este tipo de fundaciones pudieron regir cálculos y decisiones similares a los de las memorias elementales.
“Pero por las características de su marco físico de origen, la principal diferencia de las capellanías autónomas procedía de la condición clerical de sus fundadores, que era dominante. La mitad de estas obras existieron gracias a la iniciativa de hombres, la mitad de los cuales a su vez declaraban algún grado de sacerdocio, siempre del siglo. Conocedores del régimen administrativo de estos institutos, que los podía reducir a la condición de beneficio, para sus familias llegaría a preferirlos el clero. Ninguno de los promotores sacerdotales estaba por debajo del presbiterado, categoría alcanzada cuando se había completado la formación eclesiástica romana, y los hubo beneficiados, canónigos y hasta arcedianos de fama. De aquellas condiciones probablemente lo decisivo para cada fundación fueron las rentas que a sus titulares les permitieron.
–Un presbítero pudo decidirse por esta protección para sus bienes después de administrar un hospital importante, radicado en la primera ciudad del suroeste.
–El promotor de otra capellanía, pionera entre las de esta clase superior, y que con el tiempo sería muy apreciada, habiendo muerto en la capital de la región, donde había ejercido el arcedianato, inerte fue llevado al lugar de su nacimiento para sepultarlo en su capilla, donde había habilitado una cripta para asegurarse el descanso no obstante indeseado. Volvió a su tierra en procesión, más bien romería, acompañado de clérigos y otra gente, a lomos de una mula porque era hombre de mucho peso.
–Del resto de los varones que optaran por esta fundación, porque realmente ignoramos su estado, solo podemos decir que pudo haber entre ellos algún jurado, representante solo con voz, en las cámaras de gobierno de las poblaciones, de quienes tenían limitada su actividad pública al deber de sufragio de los gastos que generaban sus municipios. No obstante, se puede admitir que entre varones pudieron aclimatarse mejor las iniciativas cuyo medio biológico sumara al de una familia el de su explotación agropecuaria habitual. Si una parte de las capellanías estuvo aconsejada por el fraude fiscal que permitía amparar, el cálculo original de la fundación tuvo que ser a un tiempo demográfico y económico.
El patronato se pudo combinar de diversas maneras con las demás instituciones inmovilizadoras, y por tanto ocupar en sus relaciones con ellas una posición variable, en ocasiones decisiva en otras a un margen. Era una pieza del orden de las capellanías de mayor rango, y podía ser también necesaria para regular otras iniciativas civiles acogidas a las mismas ideas religiosas. Es probable que fuera útil a la constitución de las cofradías y hermandades, puesto que también podían disponer de capilla o altar propio en los templos, e igualmente pudo adherirse al germen de hospitales o colegios, buscando asegurar a sus promotores la supervisión de cada uno.
Así como la inmovilización de bienes, siendo un recurso civil común, no siempre era mencionada por los documentos constitutivos de las instituciones que analizamos como lo más característico de ellas, o la declaración de un propósito piadoso; tampoco la referencia al patronato era en todos los casos antepuesta a los otros instrumentos con los que pudiera compartir responsabilidad en una parte de tales obras. Designaba anteponiéndose a los demás hallazgos civiles cuando se refería a una fundación del tipo que con forzada indefinición se llamaba obra pía. Una parte de los institutos de esta clase se justificaba solo por su finalidad litúrgica, en el marco de las católicas; la otra, coartada por el ejercicio de la caridad que avalaba la misma creencia, organizaba asistencias públicas de diverso tipo. Las que pudimos documentar fueron la recogida y atención de ilegítimos y la dotación de mujeres de ciertas familias que, habiendo quedado huérfanas, gracias a su mediación podían disponer de dote.
–Tampoco serían civilmente neutros los servicios que cualquiera de estas decisiones prestaran. Si la iniciativa familiar se empleaba en el control de la población nacida al margen de la ley, aunque su deseo fuera atenuar los riesgos de muerte de quienes entraban al mundo al margen del matrimonio, garantizaba su condición de ilegítimo, como se asegura la del delincuente recluyéndolo en la cárcel.
“El depósito o exposición del neonato, acto clandestino y anónimo, procedimiento que estos institutos tenían aceptado para recibir a los recién nacidos no deseados, bastaba para encubrir la consanguinidad. Por principio quedaban excluidos de cualquier linaje. Con el amparo de la ley, así quedaba regulada la extinción de ramas que podrían en el futuro competir con la legítima, y se conseguía neutralizar los efectos adversos que pudieran tener para los patrimonios de quienes se vieran afectados por esta circunstancia. La inmovilización de una parte del ahorro para atender a los fines de una fundación de esta clase sería una renuncia menor, frente al peligro que cada incremento sucesivo del número de descendientes sería para toda la fortuna familiar.
“Cuando el instituto para dotar estuviera reservado a las descendientes femeninas de ciertas familias actuaría como una válvula capaz para regular la presión que cada una deseara descargar sobre la fecundidad, divisor de las transmisiones de sus bienes, sabiendo que entonces toda la legal estaba vertida al matrimonio.
“En los patronatos para los que pudimos averiguar el plazo que habían prescrito para que las interesadas tomaran estado se estipulaban hasta veinticinco años, a contar desde el momento del nacimiento de cada una de ellas. Si aceptamos como umbral de acceso a la fecundidad los quince, tal como era regular, los patronatos dirigidos a este fin dispondrían de una reserva de la capacidad para tener hijos de diez años, que podrían emplear a discreción.
–Supongamos –argumentó Abel– que una rama de la descendencia que hubiera sido seleccionada para la procreación quedara cercenada por el fallecimiento de la encargada de perpetuarla. Se podría adelantar el acceso al matrimonio de una dotable concluyendo su espera para acceder a los ahorros que tenía asegurados, y de este modo aplicarla a la inmediata reparación del linaje. Al contrario, si la corriente de la descendencia estuviera colmada, la dotación podría demorarse hasta neutralizar diez años de fecundidad, valor máximo de su inversión pasiva a estéril. Incluso se podría derivar a celibato irreversible, o anulación íntegra de la fecundidad, dotando el acceso a un convento y no al matrimonio.
“Cuando un patronato para dotes no restringiera su alcance a una familia, las ondas de sus decisiones, en idénticos términos, alcanzarían a toda la población en la que estuviera establecido. Su utilidad sería reconocible cuando la presión sobre su crecimiento fuera la consecuencia de un exceso de nacimientos, o con mucha más probabilidad cuando las catástrofes que ocasionaba la muerte, provocadas por las brutales epidemias medievales y modernas, obligaran a invertir todas las reservas de fecundidad disponibles, bajo la amenaza de la extinción absoluta.
Nada de esto era declarado en los documentos originales, en los que parece que a los fundadores de los patronatos de cualquiera de las dos clases preocupaba, más que sus efectos diferidos, el control sobre la obra creada que pudiera competerles a consecuencia de su cruce con el canon católico. Por esta razón una parte de los promotores optaba por el llamado patronato de legos, que imponía la autonomía de las decisiones civiles en una iniciativa que se había justificado como piadosa, y en correlato el control sobre los bienes inmovilizados con este fin, a partir de la fundación encargados del suministro de las rentas que la mantuvieran activa.
Menos frecuentes que las fundaciones más populares, que eran las memorias y las capellanías del rango mayor, documentamos la creación de patronatos entre 1572 y 1620. Los dos fundados en 1572 no es seguro que fueran instituidos con la condición expresa de mantenerse bajo control civil, pero otros dos, creados en 1602 y 1620 respectivamente, sí decidieron declararse de la clase de legos.
–Por ser iniciativas singulares en cada población, no parece adecuado defender determinadas razones biológicas para explicar sus orígenes. Un presbítero, también tras haber dedicado una parte de su vida a la administración de un hospital de la capital de la región, fue el promotor de uno de los creados en 1572. El mismo, aquel mismo año, con otra parte de sus bienes había puesto las bases para el otro. Solo estas contingencias podrían servir para sospechar que tales fundaciones tuvieron orígenes similares al de las capellanías autónomas patrocinadas por el clero secular.
Así como de cada tipo de capellanía, según el estatuto de su fundación, se podía discutir si la iniciativa canónica tenía alguna posibilidad para prevalecer sobre la civil, de los conventos, para cada caso, se podía evaluar la responsabilidad eclesiástica en sus orígenes. Las pocas fundaciones conventuales de cada población siempre necesitaron la autorización de su obispo, la máxima autoridad de la provincia eclesiástica de occidente. Pero tampoco permanecieron canónicamente puras, y siempre en algún grado el patrimonio civil y sus rentas les fueron transferidos. En el medio rural la iniciativa fue con más frecuencia de una familia, que depositaba una parte de sus ahorros en la empresa, por lo que para su origen y gestión solían recurrir al patronato. Si se reservaba este derecho, en la práctica adquiría el de presentación de quien debía regir el cenobio, y por tanto dirigir la administración y el uso de los ingresos que los bienes adscritos generasen regularmente. El tercer elemento, la orden que hubiera aceptado participar en la inversión, para lo que aportaba sus reglas, se encargaría de la disciplina cotidiana de los recluidos de cualquier sexo. Incluso las órdenes religiosas que en sus orígenes abjuraron de la posesión de bienes temporales, de buen grado se prestaron a ser mediadoras, atraídas por la participación en las rentas que en este caso se generasen. No fue extraordinario que con este motivo compitieran entre sí, o que abandonaran ciertas iniciativas apostólicas, una vez hechos los primeros balances.
Las reglas de la orden que acogía la iniciativa, porque debían ser cumplidas indefinidamente, a consecuencia de la trascendencia espiritual que las creencias les concedían, además justificaban la inmovilización, y su raíz canónica la retracción fiscal o amortizadora. Por eso al origen de las fundaciones conventuales también pudo contribuir un cálculo económico similar al de la amortización corporativa, la exención de servicios, aunque ahora la presencia ostensible del interés familiar redujera el tamaño y por tanto el alcance de esta parte de las operaciones inmuebles.
–Decidirse por patrocinar conventos podía recomendarlo otra posibilidad, en modo alguno secundaria y sí concordante con iniciativas paralelas, también de interés para una misma familia promotora. Si se incluye en el análisis el alcance material que podía tener el crecimiento biológico de las que deseaban concentrar la inmovilización de su patrimonio, invertir en la creación de un convento podía ser una operación rentable por el ahorro que podía permitir a las siguientes generaciones.
“Cuando una familia había decidido instituir un vínculo o un mayorazgo, con el patrocinio simultáneo de un convento podía inducir la sucesión por la línea que hubiera elegido, porque las que pudieran tener origen en las otras ramas podían ser anuladas a discreción, y reducir el costo de la emancipación de los nuevos miembros a la dote o al capital que la fundación conventual hubiera tarifado. Comprometerse definitivamente con una orden religiosa, en el orden civil era equiparable al matrimonio, y por tanto tenía las mismas consecuencias que este para el reparto del patrimonio familiar.
–Para consolidar una parte de sus ahorros y a la vez limitar su crecimiento biológico, y además redundar en beneficio de las decisiones afectas a la casa a las que les reconocía más trascendencia, nada comparable a la fundación y mantenimiento de un hogar cuyo curso natural estaba reglado tanto como pudiera estarlo un harén, que solo admitía población masculina incapacitada o núlida.
–Si nos atenemos al criterio vegetativo, hemos de reconocer que los conventos prestaban dos servicios a la regulación del crecimiento de las familias. El primero, las garantías para la preservación del celibato de una parte de sus miembros. Como las jaulas de las aves de recreo, en cuyas manipulaciones los antiguos se deleitaban, eran artificios biológicos reglados por sus patronos para limitar el crecimiento de las familias que desviaban una parte de sus miembros a ellos, gracias a que también imponían el deber de la fluencia huera para anular potenciales líneas colaterales de transmisión de los bienes.
“El otro era el margen vital que proporcionaban a la existencia de las mismas líneas, distintas a la derivada de la preeminente. Para profesar en un convento los patronos podían imponer alguna condición del siglo, conveniente a los atributos ya adquiridos por sus familias; y a la vez, gracias a los ingresos que al fundar ellos mismos garantizaban, asegurar una existencia colmada por la abundancia para quienes alcanzaran aquel requisito. La vida en los conventos era cómoda para quienes fueran sus miembros de pleno derecho, los profesos, excelencia que no era incompatible con que las ramas bastardas de las familias asimismo pudieran encontrar acomodo en ellos. A través de la institución secundaria de los legos, que por su condición plebeya se encargaban del servicio del convento, señaladamente en el refectorio, se prolongaba la acción benefactora de todo aquel artificio.
–Teniendo en cuenta que la limitación del crecimiento de las familias inmovilizadoras por el lado masculino podía quedar a cargo del sacerdocio, mediante la fundación de una capellanía, el servicio que a este fin pudieran prestar los conventos era especialmente valioso en el caso de los femeninos.
Cuando de una mujer se decía, con toda la formalidad del documento, cuyo rigor legal era garantía de la disciplinada sumisión de todas las voluntades afectadas por el acto, que había decido apartarse de los tráfagos de este mundo, y vivir en castidad, pobreza y religión, ya había resistido, al menos en el convento de referencia, el año de prueba. A partir de entonces iniciaba su carrera de virgen bajo la condición de novicia de coro y velo negro.
En el mismo momento sus padres quedaban comprometidos a pagar a la institución primero los alimentos, ingreso al que obligaba la ley civil mientras la persona careciera de rentas propias. Tal situación podía prolongarse años, tantos como la novicia tardara en profesar. En concepto de alimentos cada uno se tarifaba en moneda corriente y la cantidad debida se complementaba con cierto volumen de trigo, una prueba más del alto valor cívico que entonces tenían los cereales; cuyos costos de transporte, así como el almacenamiento en las instalaciones conventuales, corrían también a cargo de los progenitores. El año se liquidaba por tercios adelantados a principios de cada cuatrimestre, a razón de una tarifa por mes la parte monetaria, mientras que el trigo (dos fanegas por persona en plena primera mitad del siglo décimo octavo) se apreciaba, por cada unidad de volumen, según un valor equivalente a los dos tercios de la fracción en moneda. Aportaciones tan modestas estaban destinadas al gasto corriente de la institución y a ella iban a consumirse. Se comprometían además a pagar el ajuar conventual, parte sustantiva del ingreso, tarifada en algunas decenas de ducados, las propinas y los otros gastos de la profesión. Por último, se obligaban a la dote de su hija, el gasto más importante; decisión por la que se le transfería del patrimonio familiar la cantidad que el convento tuviera estipulada. La de quienes profesaban en los conventos femeninos convertía en obligación precedente el disfrute de patrimonio por la familia que tomaba esta decisión sobre una de sus descendientes. El ingreso efectivo de la dote se postergaba a la ceremonia de paso llamada profesión, cuando la iniciada hacía sus votos definitivos; acto crucial en la vida de aquellas jóvenes, para las que representaba el fin de su minoría.
–La edad de acceso al noviciado no la precisaron los medios de los que dispusimos, tal vez porque fuera discrecional. Pero es muy probable que en todos los casos incluyera la pubertad, porque sí se sabe positivamente que los 16 años cumplidos, justo la edad tipo que marca el fin del primer climaterio, eran requisito para hacer la profesión.
“Si, una vez activo el convento femenino, difería la profesión de sus vestales, momento en el cual adquiría el derecho al ingreso de la dote comprometida, las posibilidades de las que podía disponer en su favor como regulador del crecimiento eran aún mayores. El gasto quedaba reducido a los alimentos, al tiempo que disponía de una valiosa reserva de fecundidad intacta. Así como limitar el crecimiento era satisfactorio en condiciones regulares, y por eso la profesión era irreversible, recuperar la fecundidad depositada y protegida por los muros del convento podía ser sumamente útil cuando la evolución de alguna de las ramas familiares dejara de ser satisfactoria, lo que era posible porque el noviciado no era un compromiso definitivo.
Las órdenes religiosas interesadas en la enseñanza no estaban menos complicadas con el destino que a su patrimonio daban las familias rurales. A través de algunas de aquellas también fueron patrocinadoras de colegios, una parte de los cuales subsistía anexa al noviciado de los conventos.
–Eran aptos para aportar más flexibilidad a los cálculos sucesorios más complicados.
“La formación escolástica era la parte sustantiva de la iniciación en los conventos masculinos, aunque su propósito práctico era capacitar a los futuros responsables de cada cenobio. Para cualquiera de los descendientes de género masculino de una familia potentada podía ser una satisfactoria dedicación durante la pubertad, tan prolongada después como la evolución de cada una de ellas fuera exigiendo. Cumplidos los plazos que marcaran las conveniencias, dos opciones quedarían a su disposición siempre, condenar al celibato a quien de ninguna manera se le consentía descendencia, para lo que bastaba dar por finalizado su periodo de formación y conducirlo a profesar; o emplear su capacidad reproductiva en la perpetuación del linaje, dando por finalizada su formación antes de que fuera comprometido por los votos definitivos, rescatándolo para la vida civil.
“En los colegios comunes los descendientes de las familias cómplices de la institución podían recibir su educación, de contenidos religiosos, sin por eso arriesgar su porvenir de manera irreversible.
Porque fue más frecuente que los colegios fueran instituciones más tardías que las monásticas, en algunos casos sus orígenes pudieron ser consecuencia de la inversión del ahorro acumulado por la propia orden. Así ocurrió con los colegios de la compañía de Jesús, cuyas casas solían recurrir a los fondos del instituto matriz para proceder a cada fundación local. Si los colegios eran mayores tanto pudieron ser obra de la iniciativa privada como de otras instituciones eclesiásticas a las que asimismo garantizaran su inversión recurriendo a tal régimen administrativo.
El hospital también era una fundación del tipo obra pía que solía estar regido por un patronato. Si en su denominación prevalecía el viejo deber gentilicio, representado como virtud, era porque la acogida y cuidado de enfermos sin renta se había ido convirtiendo en una necesidad durante la época moderna. De ahí que la solidez de estos institutos, muy extendidos, también fuera una consecuencia directa del tamaño de las poblaciones donde estuvieran radicados.
En la creación de los hospitales se observan iniciativas equiparables por origen a las monásticas, y por magnitud a las corporativas o a las capellanías de mayor rango. Solo porque sus propósitos eran específicos pueden parecer semejantes a los colegios, pero mientras que en estos la finalidad era formativa y declaradamente biológica, en los hospitales se trataba además de un proyecto de inspiración piadosa. Fueron familias de la aristocracia nobiliaria, que sostenían su patrimonio sobre potentes vinculaciones, o arzobispos, los mayores partícipes individuales en el diezmo, sus promotores más conocidos, aunque también hubiera inversiones con este fin de origen municipal, de menos importancia.
Como las otras instituciones hasta aquí analizadas, garantizaban sus ingresos inmovilizando el patrimonio inicial que les fuera adjudicado. La dimensión del proyecto, así como el costo de sus actividades, obligaban a importantes retenciones de rentas y bienes. Aunque cualquiera de los patrimonios promotores disponía de otros medios capaces para resolver sus planes materiales, nada impedía que los hospitales transitaran por funciones económicas distintas al fin directo.
Las corporaciones conocidas como cofradías y hermandades, cuya importancia relativa en la vida de las poblaciones modernas suele exagerarse, eran modestas sociedades de socorro mutuo, nutridas por la sociedad civil, apenas encubiertas por una justificación religiosa; en ocasiones dogmática en otras moral, a veces simplemente atraídas por el fausto de la liturgia.
Estuvieron activas las de ánimas y sacramentales, de las llamadas de pasión o de gloria, y en la población de referencia una que podría incluirse entre las instituciones del curato porque la corporación imponía a sus miembros la condición clerical, aunque hemos preferido mantenerla en el orden de las hermandades por su explícito propósito societario, replicante al de las corporaciones de beneficiados.
La frecuencia con la que cofradías y hermandades aparecen, bajo cualquier iniciativa devocional, indica que el ámbito dentro del que operaban se limitó al de la parroquia o al convento en cuyo templo tenían su sede. Su modesta aspiración religiosa apenas es capaz para ocultar una parsimoniosa coalición ciudadana. Pequeñas aportaciones de los consocios de generaciones sucesivas irían acumulando un ahorro discreto, mantenido con dificultades. Para el patrimonio del que disponían igualmente pretendían la protección que la ley reservaba a los bienes cuando los designaba inmóviles, la calificación que con el tiempo fue aplicada a todos los raíces. Como los de otras instituciones en las que se había infiltrado derecho canónico, en este caso a través de sus fines declarados, ganaban además la condición de amortizados, que les valía quedar a salvo de los deberes o servicios fiscales. Sus dimensión y alcance con seguridad nos ponen sobre la pista del orden inferior del sistema regular del ahorro inmovilizado en las poblaciones.
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