El negocio de los fármacos
Publicado: octubre 15, 2020 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
Un hombre al que llamaban fármaco era designado entre los que vivían al amparo del tejido de una ciudad, regida por poderes que se contrapesaban, para que personificara cualquier miasma pública que sus habitantes acusaran, y de la que había que desprenderse para que el orden creado a favor de sus vecinos prosiguiera su curso en paz. Por decreto de su primer magistrado, lo expulsaban de la comunidad, hasta el grado que en ocasiones quienes se atenían a esta manera de proceder podían llevarlo al sacrificio. En los casos extremos, era el recurso más prudente para necrosar la cápsula contaminante que amenazaba la supervivencia de las buenas relaciones, sabiamente constituidas, demasiado vulnerables cuando van envejeciendo quienes las encarnan. En algunas circunstancias lo lapidaban, y creían conjurado el peligro cuando quedaba oculto bajo las piedras, y en otras su muerte estaba tan reconocida como el mejor recurso cívico que daba origen a una fiesta en la que todos los ciudadanos se solazaban.
Con el propósito de que cumpliera con el mismo papel, hubo constituciones urbanas, asimismo magistrales, que eligieron para que personificara aquel deber a un condenado a muerte, que la sentencia de un tribunal designado por su primer juez ya había descontado al censo que cada año sancionaba el origen y la condición ciudadana de cada hombre. Lo arrojaban al mar durante unas solemnes celebraciones en honor de uno de sus dioses, al que la ceremonia se asociaba en reconocimiento de sus propiedades terapéuticas. Las flechas que lanzaba su arco singular, atributo de su poder, además de ultimar la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieren, tenían otra propiedad, asimismo saludable. Cuando las disparaba, en quienes alcanzaran podían inocular cualquiera de las epidemias que exterminan a los hombres. Y, por la misma causa que podía alentar una peste devastadora, a su criterio quedaba remediar los padecimientos humanos, puesto que el agresor era divino, la condición reservada a una parte tan selecta de los seres concebidos por los hombres rectores de los estados que con el recurso limitado de los sentidos no era posible percibir. Solo por gozar de tan inalcanzable condición estaba dentro de sus posibilidades comportarse así, en ocasiones benefactor, otras veces cruel. Para adelantarse a la segunda posibilidad, al ofrecerle el fármaco sus rendidos devotos satisfacían, previo cálculo de su costo, la detracción por enfermedad de la población, como quien salda de antemano una deuda de juego que pudiera contraer.
En un par de colonias promovidas por hombres procedentes de la misma civilización, la iniciativa había sido mejorada en beneficio de la constitución de cada una de ellas, también magistral, cualquiera tan expuesta a las agresiones de los nativos que las circundaban que exigía instituciones de excepción. Allí el fármaco era alimentado a expensas del erario público durante un año, un gasto que no parecía un dispendio del presupuesto, aun en las épocas menos expansivas, que ya entonces eran las que sucedían a la caída de su producto bruto y la deflación de los precios, que sin misericordia arruina a los empresarios, y a tan pocos permite sobrevivir guiados por el designio de crear puestos de trabajo a favor de sus rendidos semejantes, bendiciones tan merecedoras de agradecimiento como las que imparten los ungidos por la gracia intangible que santifica a quienes solo ellos saben que han sido elegidos; porque luego era expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consumaba no era un sacrificio, a decir de las opiniones del momento que recogió Tácito Córnico, el príncipe de los etnógrafos clásicos, aunque tuviera como consecuencia la muerte de un hombre, ejemplar de valor relativo, dada su sobreabundancia en la metrópoli, desde donde no dejaban de exponerse a la travesía del mar, las sirenas que se les atravesaban en su derrota y sus riesgos; sino un rito benefactor que a todos los habitantes de aquellas ciudades purificaba.
En ocasiones, las ingeniosas liturgias ideadas para enaltecer al fármaco que proveía la salud cívica eran de una crueldad a la vez moderada y festiva. En la mejor de las mejores ciudades, según los relatos que convergen en los textos de nuestro etnógrafo, su sacrificio nunca pasaba de ser una alegoría, a un tiempo explícita y estimulante, y por tanto también saludable. Como parte de las fiestas en honor del caprichoso dios que con sus flechas tanto prodigaba su protección como se comportaba de manera cruel, un hombre y una mujer eran flagelados en los genitales, y a continuación, ya tumefacta la parte donde más púrpura aflora, los paseaban desnudos, y luego los expulsaban. El refinamiento de quienes habían sido capaces de idear tan explícitos ritos quedaba patente en su ingenio para verter el exterminio sangriento a una castración alegórica, algo mucho menos cruel que la muerte. Neutralizar los genitales de alguien no lo priva de la vida, aunque sí de ser su autor, y pone al descubierto que en la emigración forzada, cuando estaba inspirada por el radicalismo político, podía ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad, así juzgada un lastre para los que ya vivían.
Pero la institución política destinada a conjurar el desorden, antes que con el fármaco, ganó un estado transitorio con el recurso al chivo expiatorio, que aún durante bastante tiempo muchas ciudades lo mantuvieron. Sobre un animal superlativo, valiéndose de los improperios más sonoros, tanto más depurados cuanto más zafios, eran acumuladas todas las faltas de los hombres. En algunas de ellas ya había sucedido que llamar a alguien cabrón, la voz que representa la potencia excedida para procrear, la más reconocida por la genética veterinaria, que la aparta y la estimula cuando queda a su alcance, hubiera evolucionado a ignominia. Con una abrumadora carga de insultos demoledores, el animal, que para otras ya no tenía que ser un vigoroso macho de retorcidas prominencias óseas, sino que podía ser cualquier ejemplar de las especies que la naturaleza ha distinguido con el alto atributo de los cuernos, que a los animales corona y a los hombres desazona, era enviado al desierto, para que allí muriera sin misericordia. De ese modo delegaban al caos de los orígenes, suprema potestad judicial que retorna cada amanecer, que desaparecieran con él todas las faltas de las que gracias a las más escogidas palabras se le hacía portador.
Población de Valverde. I
Publicado: octubre 8, 2020 Archivado en: Dante Émerson | Tags: población Deja un comentarioDante Émerson
El primer registro del topónimo Valverde del Camino está en un documento de 1492. Es la cuarta confirmación de ciertos derechos sobre una dehesa boyal. Lleva fecha de 24 de enero de ese año y está sancionada por don Enrique Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia y conde de Niebla (Diego Romero, 1956: 13 y 271). De lo que dice su primer receptor contemporáneo se deduce que donde las anteriores confirmaciones, más la concesión inicial, decían Facanías, la de 1492 pone Valverde del Camino. Como precedente que corroboraría este cambio cita antes un documento de 27 de febrero de 1481, por el que el mismo duque confirma al concejo de Facanías la donación de la dehesa boyal (Romero, 1956: 12-13 y 271). De la comparación de ambos documentos deduce que en el transcurso de esos once años ocurrió el cambio de nombre, “de cuyo fenómeno ignoramos hasta el momento las causas concretas” (1956: 13).
Para Romero, el origen de Valverde del Camino se limitaría por tanto al cambio de nombre de una misma población, un mismo lugar en el espacio, decidido entre 1481 y 1492 por razones desconocidas. Para resolver el principio de la población en el lugar que hoy se llama Valverde del Camino bastaría rastrear en los orígenes de Facanías. Desde su punto de vista, la historia de Valverde del Camino sería también la de Facanías.
El tópico del cambio de nombre no es original de Diego Romero. Su precedente más antiguo, por ahora, se remonta a 1630. Extracta Romero (1956: 42-44) unas “adiciones al memorial del pleito del terrazgo que tenía compuesto el Licenciado Gaspar de Alvarado Calderón, Relator del Real Consejo de Su Majestad”, a propósito de las cuales cuenta que “fueron escritas por don Diego Cruzado Caballero, Contador del Cardenal Guz- [/] mán, Arzobispo de Sevilla, y terminadas en Nápoles el 30 de Agosto de 1630” (Romero, 1956: 42-43). El trabajo se conserva en el archivo municipal de Valverde. La Guía-inventario-índice ([1985]: 80, leg. 62) lo describe como “traslado y adiciones hechos por el Escribano Público Diego Cruzado Caballero al memorial del Licenciado Gaspar de Albarado Calderon, relator del Real Consejo de Su Majestad, sobre el pleito del terrazgo (imposición de los terrazgos en las tierras baldías) entre el lugar de Valverde y la villa de Niebla”.
La versión fragmentaria que edita Romero (1956: 44), cuando remite al folio 13 del manuscrito dice: “Que se llamase el lugar Facanías o no, importa poco. Ellos hablan los de la parte de Niebla tan a tiento que no saben si le compró o fundó Duque o Conde, y así todo cuanto dicen y alegan”. No hay duda de que el topónimo Facanías le era familiar a Cruzado Caballero, y ya en su tiempo se manejaba al menos como hipótesis la identidad Facanías/Valverde.
La alusión sarcástica a la poca solidez de los argumentos de Niebla en 1630, juzgada con benevolencia, es una afirmación orgullosa que solo puede hacerse contando con la seguridad de la documentación que tiene en su poder quien la hace. Si nos dejamos llevar por la suficiencia de su autor, podríamos llegar aún más lejos a propósito de la relación entre Facanías y Valverde. También afirma “que ya en 1553, Valverde probó para demostrar sus aprovechamientos la inmemorial de cien años […]” (Cruzado Caballero, 1630; en Romero, 1956: 43). Deja ver la posibilidad de que ya para mediados del siglo XVI la identidad pudo ser cosa hecha, y que el cambio de nombre de aquella población circulaba como lugar común en los expedientes procesales de la primera mitad del siglo XVII.
En una frase de las Antigüedades de Rodrigo Caro, que cita ya Romero (1956: 1-2) y copia por extenso Arroyo Navarro (1989: 18), puede leerse una afirmación tan directa como la siguiente: “[…] Valverde del camino, que se llamava Facanias […]”(1634: 217 v). En las páginas que Caro dedica al Andévalo se hace evidente que recorrió aquellas tierras antes de escribir el texto que imprimió. Lo que hemos copiado es la única alusión a Valverde que encontramos en su obra. Su fuente para aquella afirmación pudo ser una noticia recogida en su visita a estos lugares. Ni examina el dato, ni lo critica, ni declara procedencia. A nosotros solo nos sirve para fijar que en 1634 parece consolidada la teoría de la identidad.
Un texto de 1777, escrito por un visitador del arzobispado de Sevilla, Miguel María de León, cuando informaba de los trabajos a su cargo, recibe el tópico ya elaborado como una leyenda. Lo ha dado a conocer Arroyo Navarro (1989), de quien copiamos su versión tal como la edita: “Valverde del Camino es villa que cuenta poco más de doscientos años de población, cuyos principios fueron unas ventas y herrerías situadas en el valle verde, junto al camino por donde transitaban los pasajeros que caminaban desde Zalamea la Real, a los puertos de Huelva y otros de sus inmediaciones; se nombró en el principio el lugar de Facanías, cuyo nombre tuvo un herrero que fue de sus primeros pobladores […]”.
Localiza el manuscrito original en el archivo del arzobispado de Sevilla, “libro 68 de Visitas, año 1777, folio 4 del segundo cuadernillo”, y añade: “Responda esto a una realidad histórica o, como es más probable, sea simplemente una elaboración más o menos literaria, lo que se deduce es que la historia del ventero (herrero en este caso) Facanías tiene un origen antiguo, y que la importancia que tuvo en el desarrollo del lugar su situación en una vía de comunicación no ha pasado nunca desapercibida” (A. Navarro, 1989: 20 y 28). Si el comentario de A. Navarro alude a un ventero es por salir al paso de una versión más reciente de la misma leyenda.
Collantes, en 1977 (303) innovó la transmisión el tópico intercalando un eslabón del siglo XIX: “[…] según Madoz, a comienzos del siglo XV, [Valverde] no era más que una venta”. Remite a pie de página al conocido Diccionario geográfico (Madrid, 1849, t. 15, p. 503). En el lugar que menciona se puede leer a propósito de Valverde: “Es pobl[ación] moderna. Hacia el año 1400 no era mas que una venta”.
No parece difícil deducir la fuente a la que recurrió Madoz. Aunque se sirviera de la ingente documentación administrativa a su alcance, el procedimiento de encuesta, habitual para completar las enciclopedias durante el siglo XIX, también fue utilizado por él. El informador local que completara la enviada a Valverde debió imponerse sobre las demás fuentes que utilizara para documentar los antecedentes del lugar. Así permite pensarlo que las versiones de Miguel María de León y Madoz concuerdan, salvo la variante de número (el plural ventas de 1777 ha pasado a singular en 1849). El tópico procedería de una leyenda, que ya versionara en 1777 Miguel María de León, y la prevalencia de la vía informativa local contaminó el texto de Madoz con un elemento no lo bastante verificado.
El siguiente momento conocido de la tradición escrita del tópico es 1954, cuando Fernando Esteban Mola presentó sus informes. Redactó su versión en los siguientes términos: “Situada [Valverde] en el camino real de Lisboa a Sevilla, es venta como todas, era lugar de descanso y pienso (los dos elementos que operan en el emplazamiento y construcción de una venta, son la geografía y el transporte o arriería). Equidistaba de la de Campofrío y Los Muros de Tejada, ciudad romana contemporánea de Itálica, cuyos muros se conservan todavía al lado de Escacena, pueblo también de la Provincia. La distancia que separaba estas ventas en [sic] la que recorría una caballería a `paso de andadura´ –paso de bestia cargada– en una jornada, es decir, desde que sale hasta que se oculta el Sol.
“Se cree que esta venta la habitó un hombre llamado Facanías que dió nombre a ese lugar […] [/] Posiblemente data, con Facanías, de fines del siglo XIV. Al `calor´ de esa venta, se forma la calle `cuatro Casas´, la de `Barrio Viejo´ y `Luis Fernández´ (marinero de Colón, según la tradición, y uno de los primeros habitantes de Valverde). […] La venta, conserva en gran parte su primitiva estructura” (Esteban Mola, 1954, en Arroyo Valero, 1963: 128-129).
Esta versión, en lo fundamental, sigue siendo la misma que escribiera Miguel María de León, salvo en lo que se refiere a la ruta a la que sirve la venta, que en el siglo XVIII era norte-sur, mientras que la del siglo XX iba hacia el este. Parte de la información que usa para su texto, según declara, procede de Luis Arroyo Valero, lo que permite suponer, dada la coincidencia literal de bastantes pasos de la leyenda que Valero publicaría después (1963), que la versión de este ya estuviera al menos en parte escrita en 1954, y que por tanto Valero fuera el receptor de la leyenda en el siglo pasado, aun antes de que Diego Romero intentara avalarla con documentación.
Versiones posteriores pueden encontrarse en los textos escritos para el pleito de los baldíos de 1959, en parte desencadenado por el libro de Diego Romero, tres años anterior; no en su forma más descriptiva, pero sí salvando cuando menos los topónimos.
Es cierto que Clavero Arévalo (1957) se aparta algo de la tradición, con la prudencia que exige su posición en el pleito, probablemente por la escasa solidez de las fuentes del tópico. Pero se hace eco de él. En su dictamen dice primero: “No tengo desde luego pruebas de que Facanías fuese en aquellos tiempos [“tiempo inmemorial”, en el párrafo anterior] lo que luego fué y hoy es, Valverde del Camino. Es este un dato que debo dar por supuesto” (Clavero Arévalo, 1957: 8). Más adelante, advierte de nuevo: “[…] damos por supuesto una cuestión no investigada por nosotros, cual es la de que Facanias era la actual Valverde” (Clavero Arévalo, 1957: 36).
En la demanda que inició el proceso, firmada por Luis de Prada Rengel, procurador, aunque inspirada por Ricardo Olivós (1959), puede leerse: “`Facanias´, nombre con el que fue conocido el lugar de Valverde del Camino […]” (Prada Rengel, ha. 1959: [1] de nuestra copia).
La versión más extensa del tópico, hasta donde conocemos su tradición, elaborada ya con ingredientes que lo derivan definitivamente al producto legendario, es la que puede leerse en las primeras páginas de la Breve historia de Valverde, de Luis Arroyo Valero, impresa en 1963. Entre las páginas 6 y 15 su autor la amplifica sobradamente. “Para calcular la fecha en que una venta y tres casas más, forman el embrión de nuestro pueblo, hay que situarse delante del 1.262 […]. Supongo que nuestra venta y casas, existieran antes del año citado […]. Y si una venta supone tránsito: y tránsito comercio, y comercio poblados que la rodean en perímetro más o menos extenso, la existencia de nuestra venta cabe fijarse antes de que Sevilla y Niebla son reconquistadas. [/] Valleverde del Camino, que por corrupción fonética se convierte en Valverde del Camino, se llama en un principio Lugar de Facanías. En este lugar, se levanta una Venta-Mesón y a su lado, se construye un pozo, aún existente. Poco después, a la Venta-Mesón, se unen tres casas más; y todo ello es hoy, la calle Cuatro Casas.
“Para que esta Venta no aparezca como `caída del cielo´, bueno será anotar la razón de su existencia: Ella está situada en un valle y al pie del camino que, milenios antes, fué la Calzada o Vía Romana […] [/] Nace pues nuestra venta, como tantas y tantas más, para servir las necesidades del tráfico entre los pueblos. El instinto primero, y luego la experiencia, determina con verdadero tino, los lugares de sus emplazamientos. Y como el transporte es a lomo sobre caballerías, carros y diligencias; y el esfuerzo de los animales está limitado a una jornada de andaduría, que el caminar de sol a sol, a paso no arreado, es natural que la jornada se rinda donde existe algún refugio, algún acomodo para viajeros [/] y caballerías. Y como nuestra venta es término de jornada; tanto si a ella se viene de las ventas de Campofrío (antiquísimas también) como si se llega desde los Muros de Tejada, porque de ambos lugares está equidistante, de ahí la razón de su existencia como cosa obligada de la geopolítica del viajar de ciertos tiempos. No podía tener otro objeto nuestra venta; ya que la pobreza del suelo de su contorno, no permite otra explotación que la de algún ganado con ausencia de toda labor.
“Esta venta, que a la vista tengo de modo permanente (porque frente a ella, vivo y vivieron mis tatarabuelos) me es tan familiar, que por ella siento como heredada añoranza, de tierna tristeza; de dulce pensar. Su traza (aún se conserva gran parte de su humilde fábrica), nos la pinta, Gonzalo Menéndez Pidal en `Los Caminos de España´. Es idéntica a las figuradas en `Hispaniae Urbe´: `Caserón con tejado a dos aguas con gran canalón´. […].”
Collantes (1977) acepta la duplicidad de nombres sin modificarla. “El nombre originario de esta población fue el de Facanias”, dice refiriéndose a Valverde. Aunque no autoriza esta afirmación, a pie de página, un par de párrafos después, cita la obra de Diego Romero 1956 como su fuente para la historia local. Es suficiente para reconocer que se suma a la tradición del tópico recibida hasta cuando escribe (Collantes, 1977: 303).
Ramírez Moreno (1986: 9) recibe la parte de la leyenda que se refiere a la venta remontándose a las fuentes de Collantes (1977), cuyo texto, como más adelante declara, consultó: “Según Madoz, hacia el año 1400 Facanías no era más que una venta”. Sin embargo, no se resigna a tomarla literalmente. Añade que el lugar en el que hacia 1400 se levantaba la venta era Facanías, lo que no dicen Madoz, que ni siquiera incluye el topónimo en su texto, ni Collantes, aunque sea uno de los que acepta la identidad.
A. Navarro (1989), con discreción, también se incorporó a la cadena de las transmisiones. “Valverde […] existe como lugar ya en el siglo XV y al final de dicho siglo cambia el nombre de Facanías por el de Valverde del Camino”, afirmación que no autoriza con la referencia a fuente alguna (Arroyo Navarro, 1989: 18).
Ladero, en 1992, también se suscribió al tópico. “[…] Facanías, llamado poco después Valverde del Camino […]”. Tampoco autoriza su afirmación pero también cita, a pie de página, el texto de D. Romero (Ladero, 1992: 78).
Puede suponerse un prototipo del texto de Luis Arroyo Valero, anterior a su fecha, que a su vez sería inspirador de la versión sintética, con añadidos documentales, de Diego Romero 1956. De esta, como el autor de la demanda dice al revelar sus fuentes, procede la simple alusión de Prada Rengel-Olivós hacia 1959, y la anterior, marginal y crítica de Clavero Arévalo 1957, quien también cita el texto de Diego Romero como única fuente, aparte el material documental. En 1963 alcanza forma estable el posible prototipo de Arroyo Valero, que en la secuencia cronológica de la transmisión aparece como un punto de llegada sin continuidad, como maldita paradoja que desde el nacimiento lo condenara por su anacronismo. Collantes 1977 sigue literalmente a Diego Romero, y Ladero 1992 parte de Collantes y, según confiesa, también de Diego Romero. Finalmente, A. Navarro 1989 se sitúa discretamente al margen de la tradición, sin desconocerla en lo más esencial, al contrario respetándola hasta donde le ha sido posible.
Así pues, el tópico, cuyo origen escrito hasta ahora conocido es 1777, ha llegado hasta hoy con los mismos elementos, salvo pequeñas variantes. Por lo que se refiere a la sucesión de los topónimos, no ha variado. Está en el mismo lugar que lo dejó Miguel María de León. Facanias o Facanías y Valverde del Camino son dos nombres distintos de un mismo lugar. Su tradición se puede representar con el siguiente estema.
En él notamos el texto de Miguel María de León con una O´, como índice de su provisionalidad respecto al origen literario. El supuesto prototipo de E. Mola/A. Valero lo indicamos con la letra a, que a su vez debe derivar de un material x por completo desconocido. Según la secuencia actual de los testimonios, no habría conexión entre O´ y x dado que el texto de 1777, un documento de la administración eclesiástica, no ha sido rescatado hasta 1989. El resto de los transmisores textuales va notado con siglas que los individualizan sin equívoco, y las relaciones entre ellos, unas en línea continua, las verificables, y las hipotéticas, en línea discontinua. Dejamos abierto el problema de un original único, común a toda la tradición y padre remoto de todo el linaje, porque de la existencia de un epónimo, el único posible en el sentido estricto de la palabra, el que realmente puede existir porque es el texto escrito el que lo realiza, dudamos; aunque es más que posible su existencia (la del original único), dada la proximidad de las dos versiones maestras, las generadoras respectivas de tradiciones que no se contaminan.
El sistema de relaciones confesadas descubre, mejor en el gráfico, el desequilibrio de la tradición que en sentido estricto debemos llamar local, la derivada del supuesto x a través del prototipo a, porque valverdeños son sus principales transmisores. Si se acepta este núcleo particular de testimonios –parte superior y derecha del estema–, resultaría que la versión de A. Valero descargaría su energía, disminuida por el principal cortocircuito de la red –Romero 1956– sobre casi toda la tradición. Reducido el tópico por Romero 1956 a solo la identidad de Facanías-Valverde, contaminaría sin embargo toda la transmisión que desde ese polo llega hasta Ladero. Es cierto que tanto Romero como Collantes y Ladero introducen elementos nuevos en la tradición, y la contaminan a su vez con documentos. Pero ninguno cita texto alguno de donde se deduzca aquella identidad. Luego, si se sigue su confesión de fuentes al pie de la letra, hay que concluir que el tópico solo puede proceder de aquella tradición local recibida por Romero.
Las versiones maestras de la leyenda hasta ahora conocidas, las de Miguel María de León 1777 y Luis Arroyo Valero 1964, de ninguna manera son despreciables, aunque no creemos que su interés esté en su lectura literal, ni tampoco en una disección estilística de sus datos, mucho más forzada, con el fin de abstraer el símbolo que cada recurso pueda esconder, tras el cual se ocultaran los fugitivos hechos. Por ese camino es más probable que termináramos perdidos en el laberinto de las ideas propias, un lugar a resguardo pero inadecuado para esclarecer el origen de una o las dos poblaciones. Puestos a elegir, preferiríamos la aceptación literal de los textos tal como están, con su limitada eficacia literaria. De ellos, en absoluto nos preocupa la “realidad” que puedan contener, lo que de ningún modo no nos aleja de la más problemática verdad.
Su mayor interés, a nuestro juicio, está en que cualquiera de ellos se funda en prejuicios sobre el origen de la población, lo que pudo hacerlos eficaces para el lector de sus momentos. Cuando decimos origen de la población, ahora no nos estamos refiriendo al particular de Facanías o Valverde, sino a las teorías del principio de los lugares habitados, toscas o sutiles, procedentes de la literatura vulgar o de los clásicos, que ha llegado a los dos autores, sus únicos responsables, por cualquier vía, directa o indirecta. La primera estaba vigente en 1777, y la segunda, que no se diferencia tanto de la otra, aún lo estaba en 1964. Con ambas se pueden restaurar los respectivos modelos sobre cómo se originaba una población.
Lo mismo podría decirse de los prejuicios de Madoz. También en él hay una teoría sobre el origen de las poblaciones, la implícita en las conjeturas de quienes escriben, producto de sus propias maneras de ver las cosas. La de Madoz no se aleja de las otras dos porque admite los elementos primordiales de la leyenda. En rigor, tanto él como quienes lo consultan deberían figurar como una etapa de la tradición de la leyenda del origen, y darle su lugar en el estema en el que la resumimos, aunque no podamos relacionarlo con las versiones más antiguas con seguridad.
Pero hemos preferido no incluirlo en el estema porque realmente no se incorpora con entidad propia a la tradición. Madoz reproduce una idea ajena que le llega sin examinarla. El dato espurio que recibe, que multiplica su efecto deformante, es un buen ejemplo de error por simpatía. En quienes toman de sus prejuicios las posibles explicaciones, se puede observar la relación que va desde la idea hasta el texto. En lo que hace Madoz y quienes le siguen, la dirección inversa. Puede ser una buena manera de alcanzar una estación en la carrera tras los problemas de la tradición. Su testimonio revaloriza el error como camino para adquirir certezas. Para alcanzar alguna, no sería tan importante perseguir la verdad. En las tradiciones escritas, para encontrar explicaciones sobre cómo es posible que queden retenidas determinadas afirmaciones, parece más digno de persecución el error.
El texto de Diego Romero acomete la historia de la población por la conquista del reino de Niebla, obra de Alfonso X. Del siglo XIII examina o cita seis documentos (Romero, 1956: 4-9 y 269). Todos se refieren a Niebla. Son la concesión a esta de los fueros real y de Sevilla, de febrero de 1263; una atribución a la misma de franquicias y privilegios indeterminados, de mayo del mismo año; un nuevo privilegio, de julio siguiente; la comunidad de pastos con Sevilla, Gibraleón y Ayamonte, de 1268; la concesión de sus dominios y señorío a Beatriz de Guzmán, hija de Alfonso X, de 1283; y la confirmación y extensión de la comunidad de pastos con Sevilla, Huelva y Gibraleón, de 1284. Romero consulta esta documentación para remontarse cuanto le parece juicioso en la búsqueda de los orígenes de la población llamada Facanías.
Una obra editada a mediados del siglo XX, por iniciativa del propio autor y en un lugar con escasa tradición historiográfica, puede suscitar dudas sobre su rigor cuando selecciona los testimonios que pueden suministrarle los argumentos. De la solidez de la información que nuestro autor manejara es buena prueba que de cuatro de los seis documentos del siglo XIII que cita, pasados los años, localizaron con precisión, describieron y editaron Anasagasti y Rodríguez la versión correspondiente (Anasagasti y Rodríguez, 1984), y que de los cinco del reinado de Alfonso X a los que hace referencia haya edición en el Diplomatario de M. González Jiménez (1991; donde aparecen bajo los números 262, 266, 355 y 508).
Se debe reconocer que quien escribió el texto que nos sirve de pauta trabajaba sobre una base documental sólida. La única carencia de la que podría hacérsele cargo, desde este punto de vista, sería la escasa precisión cuando presenta la procedencia de los testimonios que maneja. Pero, al margen del juicio que merezca su erudición, si el sistema de acumulación de pruebas sostenido sobre documentos se admite como el mejor posible para la plena edad media, estamos obligados a tener en cuenta sus afirmaciones.
En dos ocasiones anota Romero que de los documentos que permiten conocer ciertos hechos no puede deducirse la existencia de Facanías en la fecha correspondiente. La primera vez se está refiriendo al que inicia la secuencia que analiza, el de febrero de 1263, ocasión que aprovecha para deslizar un uso del lenguaje en absoluto desinteresado. “No tenemos constancia documental que existiera entonces Valverde”, dice, cuando en rigor, según él, de Valverde no puede hablarse hasta finales del siglo XV, el momento cuando aparece el topónimo (Romero, 1956: 4). Así como hemos de reconocer su feliz empeño en la exhaustividad, en lo sucesivo también habremos de cargar con su más que consentida laxitud en el uso de cierto léxico. La segunda vez habla de 1283, aprovechando que el privilegio de esta fecha cita algunas de las poblaciones concedidas. En él “[…] no se menciona nominalmente Facanías […]” (Romero, 1956: 9). Por tanto, para Romero no es posible que haya historia de Facanías en el siglo XIII.
Unos sesenta años antes, Antonio Delgado (1891: 538-539) había escrito que tras la conquista del reino de Niebla –que por entonces, de acuerdo con la Crónica de Alfonso X, no fechaban en 1262, sino en 1257, tanto Delgado como Amador de los Ríos, al igual que en el siglo XVII Ortiz de Zúñiga (Anasagasti-Rodríguez, 1984:16)– se delimitaron los términos de las principales villas ganadas, según “resulta de varios privilegios” (Delgado, 1891: 539) que no precisa. Añadía que en el territorio adjudicado a Niebla, que “llevó la mejor parte de esta partición” (ib.), existían una serie de aldeas, de las que citaba veintiuna, entre las que menciona Facanías. Nada aclaraba sobre la fuente que utilizaba para redactar su lista, que parece un combinado compuesto con datos procedentes de pruebas diversas más o menos próximas a 1263.
Cuando casi cien años después Anasagasti y Rodríguez (1984) coleccionaron los documentos del reinado de Alfonso X relacionados con Niebla, en su inmensa mayoría procedente del archivo ducal de Medina Sidonia (Anasagasti-Rodríguez, 1984: 35-59) el esfuerzo que desplegaron no fue suficiente para avalar la afirmación de Delgado. Conscientes del flanco que de esta obra ponían al descubierto, es muy probable que prefirieran soslayar su crítica, como se deduce de que nunca la citen con precisión ni entren a contradecirla de manera explícita.
Pero el tópico estaba creado y a él hubieron de referirse indirectamente. Primero reconocieron que, del documento que crea el concejo de Niebla en 1263, en efecto se deduce que bajo su jurisdicción fue puesta una serie de aldeas, a partir de aquel momento incluidas en su término (Anasagasti-Rodríguez, 1984: 20). Y de inmediato se apresuraron a aclarar que “de estas aldeas tan solo tenemos documentada la de Canbas (Canuas) [que no figura en la relación que diera A. Delgado], cuya localización no hemos podido determinar ni a través de la toponimia, ni a través de la bibliografía especializada” (Anasagasti- Rodríguez, 1984: 20). El documento que les servía de base para esta precisión se cuidaban de editarlo (Anasagasti-Rodríguez, 1984: 35-37; la parte correspondiente al dato de las aldeas en p. 35).
La ambigüedad a la que les obligaba el respeto con el que prefirieron tratar la información procedente del Bosquejo de Delgado parece que la resolvieron poniendo en un lado de la balanza el peso de la tradición. Completaron sus propias ideas reproduciendo lo que aquel dijera, sin añadir comentario alguno, y solo un mapa, bajo el título “Niebla. Aldeas de su término. (Según Delgado Hernández)”, reprodujo en el marco de la actual provincia de Huelva la información sobre las aldeas que se puede copiar del Bosquejo (Anasagasti- Rodríguez, 1984: 21).
Es posible que parte de la información que manejara Delgado quedara fuera del alcance de Anasagasti y Rodríguez. Pero, mientras otros testimonios no demostraran algo en sentido positivo, que la única aldea documentada en el término de Niebla cuando en 1263 se instituye como concejo fuera la de Canbas, que es lo que fijan sin dudas Anasagasti y Rodríguez, era necesario deducir que lo que dijera Delgado no podía ser aceptado.
Uno de esos testimonios llegó con la obra publicada por Ladero en 1992, que aportó a este propósito uno hasta entonces desconocido. Según este, Niebla desde 1262 incluía en su término, y por tanto tenía bajo su jurisdicción, la aldea de Facanías, “asi como lo avia Aben Mafon” (Ladero, 1992: 33). Esto obliga a deducir positivamente dos cosas, primero que la aldea de Facanías tenía que ser anterior a la conquista de Niebla por las tropas castellanas (1262) y que inmediatamente después de esta seguiría existiendo.
El único problema que suscita este nuevo dato es que es cincuenta y tres años posterior a los hechos a los que se refiere. Está deducido de las afirmaciones de un documento fechado en 1315, también procedente del archivo ducal de Medina Sidonia (Ladero, 1992: 34) del que deben conservarse dos versiones, una en el legajo 345 y otra en el 742. Hay que tener en cuenta además que este documento resuelve un traspaso de dominio –ver más adelante–, y que el objeto al que se refiere no es tanto una población real, localizada en el espacio, cuanto un área jurisdiccional que se identifica con un topónimo.
Así pues, a las afirmaciones de 1315 no es posible concederle toda la exactitud que aparentan, de la misma manera que en modo alguno es posible ignorar lo que revelan. El topónimo Facanías procedería de un tiempo anterior a la conquista castellana y habría sobrevivido con una radicación similar, identificando el mismo lugar, entre 1262 y 1315. Parece además que ese topónimo era extensivo a un área, y que por tanto Facanías tendría unos límites propios en el espacio e incluiría un término. Sin embargo, nada se deduce del testimonio de 1315 sobre la supervivencia o no de una población, concentrada o dispersa, asociada al topónimo, durante el periodo comprendido entre 1262 y 1315.
En contra de lo que podría deducirse de la lectura de Romero, parece posible aceptar que el topónimo Facanías, en origen correspondiente a una aldea y probablemente al espacio inmediato a esta, lo hereda la cultura castellana, y es probable que con estas características existiera desde antes de 1262. Pero no está demostrado que en el momento de la transferencia sobreviviera población en aquel lugar.
Soberanía fiscal de los municipios
Publicado: octubre 1, 2020 Archivado en: Junípero Téllez | Tags: economía agraria Deja un comentarioJunípero Téllez
Los municipios que se acogían al régimen de rentas provinciales podían optar entre la administración directa y el encabezamiento. La primera posibilidad dejaba la recaudación en manos de los gestores fiscales de la administración central. La segunda, que fue la elegida por nuestro municipio, recibía por delegación de la central la misma responsabilidad. Pero a cambio de un compromiso, ingresar cada año en las arcas de la hacienda de la corona una cantidad previamente acordada entre las partes.
Tanto en un caso como en otro las rentas provinciales reducían a un todo una parte de las rentas de la corona, aunque no en todas las poblaciones incluirían los mismos conceptos contributivos. Los que por esta causa tenía asignados nuestro municipio eran tres: [a] cuota del aguardiente, [b] servicio ordinario y [c] millones, alcabalas y cientos.
En parte, todas eran rentas que ya en la baja edad media fueron justificadas como recursos para hacer frente al déficit que a las cuentas del rey le generaba el gasto corriente, cuya aprobación había dependido de las decisiones que los súbditos del soberano tomaban cuando se constituían en Cortes. Por eso estas decisiones transaccionales, que regularmente eran votadas a favor de las aspiraciones reales, eran conocidas como rentas del reino. Al principio se resolvían como servicios o aportaciones singulares de los súbditos. Después, lo que se había justificado para hacer frente a un déficit corriente quedaba naturalizado y se perpetuaba recurriendo a distintas composiciones legales.
La primera renta del reino que consiguió consolidarse terminó siendo conocida como servicio ordinario, una imposición directa que repartía entre los obligados al pago una cantidad predeterminada por su órgano representativo. Los millones pretendieron descargar los sucesivos servicios, que inevitablemente hubo que seguir votando, sobre los principales bienes de consumo. Así fue cómo lo que había comenzado como una contribución directa se transformó en combinado de imposiciones indirectas, las menos equitativas, las más rentables. Al principio se hicieron recaer sobre cuatro consumos básicos: aceite, carne, vinagre y vino, y en la práctica empezaron a ejecutarse como sisas que el vendedor trasladaba al comprador. Tal vez al principio se impusieran como una rebaja de la cantidad de producto equivalente al tipo. Pero con el tiempo se consolidaron como un gravamen proporcional sobre el bien adquirido.
La alcabala, que pronto fue la más capaz de las contribuciones vigentes en la baja edad media, probablemente heredada del sistema fiscal andalusí, también comenzó como un servicio extraordinario que cargaba con el cinco por ciento todas las compraventas. Cuando se consolidó, lo que ocurrió en poco tiempo, fue necesario recargarla, primero duplicando el tipo y segundo sumando al nuevo diez por ciento sucesivos puntos o cientos.
La cuota del aguardiente, tras varios intentos fallidos, había evolucionado a contribución indirecta deducida de un estanco o monopolio que el rey se había reservado para sí. Mediante el control exclusivo sobre el mercado del aguardiente, la hacienda real, más que garantizar el abastecimiento de este destilado, que evidentemente no podía considerarse estratégico, pero cuyo consumo era muy popular, perseguía asegurarse un buen ingreso gracias a que podía imponer su precio.
El servicio ordinario era una cantidad decidida por instancias ajenas a la administración fiscal del municipio. No había más que repartirla entre los contribuyentes locales y liquidarla tal como se hubiera acordado. La cuota del aguardiente, como vegetaba en un mercado cerrado, era un pago debido por su administrador. Millones, alcabalas y cientos, porque se habían derivado hacia el consumo, tenían que ser cantidades variables, y aunque tuvieran distinta justificación, habían terminado agregados como un todo. El expediente al que se recurrió en aquel municipio para hacer frente a este triple conglomerado sin desagregarlo fue gravar las principales actividades productivas como si todas alcanzaran la meta del comercio y el consumo. Entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de cada año sus recaudadores se esforzaban por controlar todos los negocios de los que pudieran deducir pagos con semejante justificación. Cuando los identificaban y los aislaban para gravarlos, en el lenguaje fiscal del municipio se les llamaba ramos.
Se gravaba el ramo de las sementeras o explotaciones de cereales mantenidas en el término, dominantes de la economía local, por unidad de superficie; tanto de seculares como de eclesiásticos, así de vecinos como de forasteros. Que no se discriminara por razón de precondición estamental obliga a reconocer que el régimen de rentas provinciales, cuando se ejecutaba en los municipios, al menos para algunos ramos habría abolido el trato fiscal discriminatorio por razón de pertenencia a grupos a los que antes se les hubiera reconocido.
Como debemos suponer que el ingreso se exigía a causa de la comercialización del producto, el recaudador daría por descontado que todo tenía como destino el mercado, independientemente del tamaño de las explotaciones. Lo que tendría que ser un impuesto indirecto, con aquella forma de cargar se convertía en un gravamen directo sobre la renta generada por la agricultura de los cereales.
Aparte, aun siendo un cereal, era recaudado un ramo de cebada, cuyo limitado rendimiento permite sospechar que afectaría solo al alcacel del ruedo. También pudo tratarse de la cebada que, porque se hubiera importado a la población, se comercializaba sin ser producto de las sementeras suyas.
El gravamen sobre el aceite era el más fragmentado y el que daba origen a más situaciones contributivas, consecuencia tanto de la expansión del cultivo del olivar en marcha como de la ramificación de su consumo. Aunque igualmente fuera por razón de venta de aceite, la detracción asimismo se ejecutaba a partir de las explotaciones de olivar tomadas según unidades de superficie, tanto de seculares como de eclesiásticos, así de vecinos como de forasteros. De nuevo el recaudador daba por supuesto que todo el producto del olivar, ya convertido en aceite, iba destinado a su mercado, y de nuevo, en realidad, estaría cargando directamente la renta de los olivares.
Aunque era una parte del mismo producto, las ventas de los aceites que acaparaban los arrendadores de diezmos y excusados, que los obtenían por confrontación especulativa, eran gravadas aparte. Como además el aceite era un abasto o monopolio del municipio, que su abastecedor responsable comercializaba por panillas, la unidad de capacidad con la que se medía el consumo al por menor, en los puestos públicos también generaba ingresos que se cargaban. Si, aparte, hasta ellos algunos eclesiásticos hacían llegar su aceite para que fuera vendido de la misma manera, también este se gravaba independientemente. Hasta cuando un aceite era incautado fuera del circuito al que debía atenerse su venta justo por razón de cobro de las rentas provinciales, era después comercializado al por menor y de él se deducía la contribución debida. Incluso el consumo de aceite que hacían los buñoleros que iban a la feria que se celebraba por el mes de agosto y durante la octava mariana de principios de septiembre, que adquirirían en la ciudad, cumplía con sus obligaciones aparte.
En todos estos casos se trató, además de una imposición sobre el consumo, de una segunda imposición sobre el producto último de los olivares, y no estamos seguros de que fueran los únicos que fueran recargados con este exceso. No diríamos que escapaba a la doble imposición el aceite no producido en el término pero almacenado en él, que a causa de la segunda condición también estaba sujeto al pago local. Pero es seguro que el de los olivares del término cuya aceituna se sacaba del municipio también soportaba la doble imposición.
Nada de esto impedía que todavía estuvieran gravados los molinos aceiteros de seglares y eclesiásticos, de vecinos y forasteros. En el más sencillo de los supuestos, aquel nuevo gravamen daba origen a más situaciones dúplices, como la que afectaba a algunos hacendados forasteros, que tenían que someterse a un pago mixto, suma de aranzadas de olivar y molino. En los más complejos, la producción de aceite podía resultar triplemente gravada, dos sobre las rentas que generaba (olivares y molinos) y una sobre el consumo al por menor.
Y no terminaba ahí la persecución fiscal del rastro del aceite. Como el consumo de productos básicos antes de que llegaran al mercado o autoconsumo era notable, entraría dentro de los objetivos de la recaudación seguirle la pista hasta detectarlo y someterlo. De todos los posibles, el recaudador se concentró en definir fiscalmente el gasto que hacían los sirvientes de las casas empleados en los olivares, en las huertas y en el cuidado del ganado lanar.
Su origen estaba en que sus amos o señores, cuando menos a una parte de ellos, les proporcionaban el alimento diario. Con este fin, se empleaban aceite y vinagre de producción propia para elaborar el potaje, y al aceite y vinagre se agregaba carne de las cabañas de cada explotación durante el beneficio que a los olivares se hacía cada año, concentrado en la cogida de aceituna y la molienda. De manera similar se procedía con quienes trabajaban en las sementeras, así para su alimentación durante todo el año como para la que se creía necesaria mientras era segado el cereal. Pero no consta que cualquiera de los autoconsumos para el trabajo en los cereales, entonces mucho más extendido, estuviera gravado. El objeto fiscal de nuevo era el aceite. Es indudable que la administración fiscal del municipio se ensañaba con él.
La comercialización de productos de consumo alimenticios básicos era bastante menos perseguida. Pagaba la venta del vino de la población y pagaba el vino forastero por la venta que de él se hacía, tanto dentro del perímetro urbano como en las ventas y ventorrillos de su término, y el producto de las huertas, quizás sin distinguir entre hortalizas y frutas. Como por otra parte había solo frutas que también pagaban, tal vez en este caso se tratara de las no producidas en el término y vendidas en él. Y tenían el deber de contribuir el comercio del pescado, el de las tiendas de especias y la venta de los productos de confitería. Para cualquiera de ellos no hay duda de que solo se gravaba cada consumo una vez.
El gravamen sobre el ganado que se comerciaba estaba separado por mercados. La compraventa de las bestias, o ganado conceptuado como de fuerza o trabajo, probablemente una de las primeras que estuvo sujeta al pago de alcabalas, aunque con algunas excepciones por especie, daría sus mejores frutos en las transacciones al por menor. Con la expresión ganado al perneo, por otra parte, el administrador fiscal del municipio hacía referencia al que era destinado al matadero cabeza a cabeza, tanto de seglares como de eclesiásticos. El que así evolucionaba solía ser el bovino de fuerza que sufría accidentes en el transcurso de los trabajos en el campo, que si no tenía síntomas de enfermedad era destinado al consumo de la carne, la piel y el hueso. Como a sus dueños este comercio accidental les proporcionaba un beneficio esporádico, el ingreso que obtenían también podía gravarse.
La mayor contribución que el ganado hacía a los ingresos de las rentas provinciales se concentraba en la comercialización regular de sus carnes y derivados. De los productos que salían del matadero, pagaban tanto las carnes pesadas y que eran vendidas ya en mercado del propio matadero o rastrillo como las que luego se comerciaban en las carnicerías públicas junto con los menudos y las pieles. El control municipal sobre ambos mercados no dejaría margen a que tal manera de circular se tradujera en más gravámenes añadidos. Pero el producto cárnico y las pieles derivadas del ganado al perneo que se comercializaran, fuera en el matadero o en las carnicerías públicas, sí habría resultado doblemente gravado.
El consumo de tocino o carne de cerdo, muy popular, sobre el que también se ejercía un abasto o monopolio, pero cuya matanza solía ser dominio privado, tenía que ser objeto de gravamen aparte, mientras que el producto comercializado del ganado cabrío, conceptuado como ramo de cabreros, pagaría como un todo.
La lana que se vendía una vez esquilada, tanto como la que consumían los sirvientes que guardaban el ganado ovino antes de que llegara al mercado, estaba cargada con su propia obligación contributiva, al margen de cómo fueran consumidos sus productos cárnicos. Pero el aprovechamiento de las pieles podía dar lugar a nuevas imposiciones sobre el producto ganadero. Estaba lo bastante diversificado como para que la venta de cualquiera de sus productos pudiera ser objeto de atención fiscal separada y una nueva oportunidad para las duplicidades. Aunque ya estuvieran sujetos a una obligación contributiva los cabreros, estaban gravados quienes fabricaban envases con la piel de las cabras, los odreros, y aunque los curtidores tenían que dar cuenta de lo que a ellos afectara, también era objeto de tratamiento fiscal aparte la comercialización de la piel de caprino o cordobán. Y todavía quedaba margen para que fuera controlada como una actividad independiente la comercialización de las pieles al pelo. Cuando cualquiera de esos productos procediera de ganado al perneo, además su carga resultaría triple.
También eran gravámenes expuestos a duplicarse los que recaían sobre la actividad apícola. Pagaba por miel y cera y, después, si ese era su posterior manipulación, por la fabricación y comercio de la cera labrada. La carga sobre la venta de jabón, para cuya elaboración de aprovechaban los subproductos oleícolas, todavía era capaz de apurar las deducciones a las rentas que podía generar la manipulación del producto de los olivares.
Gravamen sencillo eran el que afectaba a carbón, madera y talas, una carga integral sobre el aprovechamiento del comunal que se concentraría en la venta de unos productos que serían de consumo energético doméstico, materia prima para la fabricación de utensilios agropecuarios y suministro a la construcción; aunque las actividades directamente relacionadas con la construcción y el equipamiento del hogar serían propiamente cargadas cuando se comercializaban la cal y el yeso obtenidos en modestas canteras y hornos, y cuando era vendido el producto de los barreros, que estaba tan sujeto a esta obligación como el de los herreros. En todos los casos se trataría del estricto gravamen indirecto que estaba en el origen de millones, alcabalas y cientos.
Cuando el objeto era las actividades que en el orden sucesivo atendían el consumo textil e indumentario, a lo largo del cual pagaban los tejedores, los pañeros, los roperos, los cordoneros y los sombrereros, no podemos estar seguros de que ocurriera algo similar. Si la materia prima textil fuera la lana, de nuevo sería gravada como producto derivado generador de rentas, y más aún podría decirse de los zapateros, la última posición del ramificado tronco de las pieles.
El consumo de los arreos de los animales solo estaba sujeto a la obligación fiscal en las tiendas de los maestros albardoneros. Pero, como igualmente pagaban los esparteros, buena parte de cuya actividad estaba destinada al mismo fin, al final la misma materia prima podía dar origen a deducciones sucesivas.
Estaban gravados los puestos callejeros de venta de comestibles conocidos como tabancos, y con más razón la actividad de los mesones, y completaban el control sobre el comercio al por menor indistinto el de las ventas de las tiendas de montañeses. Basta mencionar el vino, en parte consumido en los mesones, para reconocer que este último eslabón del consumo alimenticio tendría que dar lugar en todos los casos a recargas sobre bienes ya gravados como productos previamente comercializados. Con tanta más razón el hecho debe reconocerse cuando se trata del comercio al por mayor de cualquier clase, que era la actividad propia de mercaderes.
La entrada de las mercancías procedentes de fuera, ramo desde antiguo conocido como viento, tendría un alcance semejante, porque hemos deducido que habría productos importados: cebada, frutas, pescado y sobre todo vino, y también debía ser importada la materia prima de los herreros, que carecía de producción local. Por razón de viento, cualquiera de estos suministros estaría previamente gravado, o doblemente cargado: cuando entraba y cuando se consumía.
Bajo la etiqueta común de portazgo, paja y barbechos probablemente quedara comprendido el consumo ocasionado por el ganado que entraba en el término para aprovechar toda clase de pastizales, que solo estaría gravado por este concepto, y también estaba gravada solo una vez la compraventa de bienes inmuebles.
La gestión y ejecución de las rentas provinciales, para los municipios que las aceptaban bajo la responsabilidad de un encabezamiento, equivalía a un reconocimiento de su soberanía fiscal. Con el encabezamiento la compraban, y bajo la cobertura legal que les proporcionaba la definición de las figuras contributivas la ejercían a discreción.
La manera desviada de actuar, que reaparece una y otra vez cuando se observa que unos productos son reiteradamente cargados mientras otros no, en el caso de nuestro municipio es muy evidente cuando se compara la fiscalidad de las sementeras con la del aceite. Mientras que la primera, que es con mucho la actividad patricia dominante, solo se grava una vez, la otra, la actividad agrícola del común en expansión, es triplemente cargada. Sorprenden que a la vez que se grava insistentemente el aceite, el pan, el consumo más común, no estuviera gravado. Aunque, eso sí. Los recaudadores, en ambos casos, se aseguran un gravamen directo sobre la renta de ambas actividades.
Quienes en el municipio administraban el encabezamiento de las rentas provinciales tenían capacidad para decidir qué actividades cargaban y sobre todo de qué modo. Era un reconocimiento tanto más valioso por llegar a través de una transacción limitada en el tiempo y reversible. Que a la vez sobrepasaba y dejaba en evidencia la anticuada y rígida imposición que restringía a unos pocos municipios, los que habían ganado voto en Cortes, la capacidad de decidir sobre las aportaciones del tercer estado a las arcas públicas.
Abel, operario de vanguardia
Publicado: junio 29, 2020 Archivado en: Eliseo Ocampo | Tags: historias Deja un comentarioEliseo Ocampo
Trata la naturaleza con generosidad a quien a ella se enfrenta valeroso, como el imponente ejército romano, que a los temerarios enemigos ignorantes de su poder sometía con benevolencia. El invisible aire seduce a tiernas criaturas, que a él se lanzan convencidas de que las premiará con gloriosa memoria, y efectivamente de él el premio reciben de ser relevados de la condición humana. El esforzado nadador corta dos mares celestes los días soleados, hasta que exhausto el inmenso lecho lo acoge para que descanse indefinidamente. Minas cavan titánicos varones de brillantes torsos de bronce. Generosa madre la tierra, pronto, abrumadora amante, los rescata para que vuelvan a habitar su seno.
Premio similar las madres jóvenes reciben. Su parto es dulce, como insípida es la hierba verde que la gula animal debe desatar; la crianza liviana, como indiferente al apresurado caminante el disparo de un arma que le devuelve el eco; la temprana y espontánea emancipación, simpática, como distante la lucha por abrirse un hueco de aquel desconocido que con silencioso deleite es observado. No ignora la generosa mujer que la vida reserva a los seres trato desordenado, porque en el azar se complace y de la sorpresa extrae su tiránico dominio sobre la existencia. Tampoco olvida que el día más amargo los despojos de aquel que al siglo diera del siglo devueltos le serán inanimados. Será desde entonces serena mujer solitaria que en el silencio debe vivir el placer que le causa sentirse admirada y condolida, reconocida y convenientemente pensionada, tomada en consideración la circunstancia de que el deceso ocurrió en acto de servicio. Aun ahora, cuando solo es proyecto deseado, la naturaleza tiene a bien recompensarla con la idílica imagen de su severa soledad, imponente estampa.
He aquí, para que pueda ser comprobado, el caso de Abel. Nació robusto, tanto que de un salto se plantó sobre la tierra en el acto por el que venía a vivir, impulso tan vehemente que por reacción su madre cayó de la cama. Pareció que un destino se le imponía. Se podría decir que su crianza fue una ordalía, como la que reservó la naturaleza a los héroes más afamados. Buscó por sus medios el alimento, lejos del trato materno encontró en la soledad el estado más seguro, del selvático trato aprendió qué distancias de los demás seres debe tomar el compás propio para trazar la derrota de la vida.
Llegó Abel a la edad adulta escueto de estatura, enjuto, liviano a la balanza, la tez oscura, curtida y muy gruesa, mas pura fibra; de aquel tipo que solo las guerras civiles ocasionalmente decantan como el más depurado producto de la supervivencia; Buenaventura Durruti reencarnado, bravo varón capaz de comer tierra y defecar piedras. No había trabajo que se le resistiera. En un poste del tendido eléctrico la raíz de la escarpia mohosa que debía ser sustituida había quedado empotrada. Nadie era capaz de extraerla con medio alguno. Subía Abel equipado con un grueso cinturón de cuero y las hoces de la escala. Abrazaba el poste con el cinturón y lo tensaba con sus riñones, y con rítmicos y ordenados movimientos, ejecutados con la ceremoniosa lentitud del que está seguro del buen fin, alternaba avances del cinturón sobre el palo con trancos que infaliblemente clavaban en la madera los acerados dientes de las hoces que prolongaban sus pies. Llegado al lugar crítico, unas tenazas le bastaban, aun pequeñas. El diestro giro de su muñeca, la poderosa mano sosteniendo firme la herramienta en un solo gesto ejecutaba el milagro. Como dentista siniestro sostenía en alto la raíz del hierro pinzada, y sonreía satisfecho mostrando a la concurrencia el herrumbroso fruto de su esfuerzo, mientras compañeros y curiosos aplaudían y vitoreaban al héroe proclamando su nombre.
En otra ocasión su virtud fue ungida por el sueño. Extrañaban sus socios descargadores su ausencia, mas también que carga alguna hubiera en el muelle. La impenetrable oscuridad que al amanecer precede explicaba que los perezosos transportistas hubieran desistido de moverse, pero no que Abel faltara. Feroz consigo para que feroz pudiera siempre ser, si por su bien lo necesitara –y con reiterada frecuencia la experiencia le venía enseñando que el bienestar se nutre devorando–, exigía a su cuerpo expectante tensión de cada músculo antes de que reloj alguno las cinco señalara, con preferencia en invierno. Torturaba entonces su anatomía con severos ejercicios de oxigenación, exponía su salud a las bajas temperaturas, brincando desnudo por la desierta azotea de su casa. Friegas de agua gélida tonificaban luego su cuerpo, y una vieja navaja que ya la barba de su abuelo había rasurado en tres pases los rígidos cañones de su barba cerrada, apenas humedecidos con un agua ligeramente jabonosa, cortaba.
Imposible pensar que hubiera descuidado su deber laboral aquel espartano. Murmuraban sus compañeros en corro, pronosticaban la noticia de siniestros acontecimientos ya irreversibles. A punto estaba de cumplirse la primera ronda de anís cuando apareció al fondo del muelle. Silbaba solitario, el diminuto paquete del bocadillo bajo el brazo, dejándose querer por las farolas, que una tras otra le iban tendiendo doradas alfombras para que con su calmoso paso las hollara.
– Buenos días tengan los señores –saludó a los compañeros, que aguardaban mudos a que por fin detuviera su seguro caminar ante las puertas del bar.
Sin esperar respuesta, sabiendo que aquel silencio general lo convertía en el señor absoluto del tiempo que todos estaban viviendo, ya apostado en la barra atacó muy dominador:
– He tenido un sueño. Un cocodrilo me comía el pie. Me veía a mí mismo tal como entonces estaba, tendido en la cama y durmiendo. El cocodrilo se acercaba desde la orilla del río que lindaba con el filo de la cama, abría las fauces y se metía mi pie izquierdo en la boca. Un poco me despabilaba el roce de los dientes en el tobillo, y con un ojo miraba lo que ocurría. Horrorizado, con una violenta sacudida desprendía el cocodrilo del pie. Bastó aquello para que desapareciera, y así pude continuar durmiendo tranquilamente.
– ¿Sabes lo que significa eso? –aventuró un compañero–. Que anoche cenaste demasiado. A mí siempre me pasa. No falla. Como cene carne en caldereta, presa de paleta, solomillo en salsa o cosas así, sueño con lagartos, precisamente con lagartos, muy verdes y muy largos. Con las gambas no me pasa. Puedo comer todas las que quiera que no tengo pesadilla. Se conoce que mi estómago está más por el marisco que por la carne. Pesadilla viene de pesado, y si pesado tienes el estómago pesadilla tienes en la cabeza. Como la sangre no te puede subir bien al cerebro, porque está dale que te dale trabajando en el estómago, pone al cerebro de mala idea, y eso es lo que ocurre. ¿Tú que cenaste anoche?
– Un arenque, Botella –contestó Abel sin dudarlo un instante–, un arenque seco sin pan.
– No me lo puedo creer.
– Tal como lo oyes. A mí mi religión no me permite cenar más que un arenque.
– ¿Tu religión?
– Así es, la religión que todo el mundo lleva aquí –y con el dedo índice se golpeaba la cabeza en la entrada que había dejado al descubierto el pelo–. Todo el mundo lleva una religión dentro. No hablo de curas ni de santos, habla de exigencias. Unos la tienen más rigurosa y otros menos, unos son obedientes y otros siempre están cometiendo pecados. ¿O no? Aquel se compromete a pagar todos los meses trescientos euros del coche, el otro novecientos del piso y este se ha propuesto no fumar más. Viven para eso y cumplirlo les satisface, y cada vez que se gastan diez euros en una copa o echan un cigarro les remuerde la conciencia.
– Este tío es un filósofo –dijo admirado un tercero. Y Abel se creció.
– Yo no puedo cenar fuerte porque no quiero. Relaja el músculo, da sueño, y lo peor de todo: embota la cabeza. Menos todavía si me acuesto tarde.
José, el penúltimo de no se sabe cuántos hermanos, que había observado atentamente cada gesto del seguro orador y ya sospechaba algo, empezó a atar cabos, y ya no quiso permanecer más tiempo en silencio. Porque no le fuera arrebatada la gloria del descubrimiento:
– ¿A qué hora te acostaste anoche?
– A las dos.
– ¿Y eso? ¿Y acaban de dar las seis y ya estás aquí?
Contuvo Abel unos instantes la respuesta, los mismos que invirtió en recorrer uno por uno los rostros del corro, como el jugador seguro de su baza se deleita en aplazar unos segundos el despliegue de sus cartas sobre el tapete. Sus compañeros aguardaban con la respiración contenida sus palabras. Miradas cruzadas habían extendido la sospecha:
– Tuve trabajo –dijo lacónico Abel.
– ¿En el muelle?
– En el muelle.
– ¡Qué tío!
– Tú no fuiste víctima de una pesadilla –completó jubiloso José, excelente pronosticador, seguro del sentido de su interpretación. Porque cuanto tenía que suceder había sucedido.
– El sueño que tuviste evoca tu grandeza, oh César –concluyó–. El cocodrilo que te mordía el pie es el trabajo y la violenta sacudida de tu cuerpo tu fuerza. Tu fuerza puede vencer cualquier trabajo.
– ¡Hurra!
Y rieron todos y bebieron a la salud de Abel.
El poder fiscal en los municipios
Publicado: junio 24, 2020 Archivado en: Junípero Téllez | Tags: economía agraria Deja un comentarioJunípero Téllez
El sistema de rentas provinciales fue uno de los procedimientos que experimentó la administración fiscal del estado absoluto con la intención de racionalizar los ingresos de una de sus coronas, la de Castilla, crónicamente deficitarios durante la época moderna. Nadie como el estado absoluto insistió en explorar las ventajas de convertir en rentas los servicios debidos por los vasallos.
A partir de unas Cuentas formadas de los valores que tuvieron las Rentas Provinciales en el año de 1764, correspondientes a un municipio del sudoeste, es posible reconstruir cómo se recaudaban allí donde la autoridad fiscal del estado las hubiera delegado. Para evaluar hasta dónde se le debe dar crédito a sus informaciones, aparte la concordancia de las cifras, que al menos son prueba de rigor contable, solo disponemos de un testimonio en sentido contrario. En unas cuentas precedentes, las de 1762, constan como gasto el pago a los medidores y peones que tasaron algunos cortijos de labradores forasteros por haber ocultado en la relación parte de su sementera. Es legítimo sospechar que debió haber resistencia al pago y, entre otras reacciones a la presión fiscal, ocultación de las actividades que estuvieran gravadas. Que algo así ocurriera restaría fiabilidad a la relación entre las cantidades ingresadas y el volumen de la actividad cargada, siempre que las cifras resulten inverosímiles. La adversidad no impediría conocer el orden recaudatorio que se creaba ni sus fundamentos económicos.
En la constitución de los municipios meridionales, cuyo origen más reciente se remontaba a la plena edad media, quedaron separadas las responsabilidades ejecutivas y las de gestión. La ejecutiva, para el ejercicio de la soberanía transferida sobre los regímenes fiscales, tal como ocurría con otras materias, en aquel municipio a su vez era delegada a una diputación. Cualquiera de ellas adquiría su legitimidad de la misma forma, como una célula que se desprendiera del regimiento, cámara que concentraba la capacidad para decidir y que desde el siglo XIV había eclipsado al concejo fundacional, nunca formalmente extinguido. Para la mayoría era suficiente con que el regimiento designara a dos de sus miembros. En 1764, de que tomara las decisiones en materia de rentas provinciales fue encargada una diputación extraordinaria formada por cuatro miembros.
Dos de ellos, los caballeros don Juan de Briones Saavedra y don Bartolomé Nieto de Auñón, tal como era común eran regidores de pleno derecho. Ejercían sus cargos porque por vía hereditaria, además de la condición de caballero, como parte de su patrimonio, habían adquirido aquel título, el que confería la exclusiva totalidad política. Familias de la ciudad, por prescripción adquisitiva de la posesión en precario de las regidurías, por usurpación o por compra directa a la corona, desde fines de la edad media habían ido haciendo propios los títulos de regidor.
Cuando la diputación era extraordinaria o ampliada, a los regidores designados se les sumaban miembros que no procedían de órgano de gobierno alguno, aunque nunca eran neutros desde el punto de vista de la constitución local. Lo corriente era, tal como ocurriría en este caso, que esas células discrecionales se nutrieran de más caballeros. Los otros dos miembros de aquella diputación, don Bartolomé de Briones y Saavedra y don Cristóbal Francisco Tamariz, que fueron cooptados a ella e investidos de capacidades ejecutivas por decisión del regimiento, cumplían con esa condición.
Si los cuatro eran caballeros, los cuatro tendrían acreditado que eran herederos de la condición que había dando origen a la constitución aristocrática del municipio, posterior a la concejil o democrática. Algunos de sus antepasados, como miembros reconocidos de la caballería villana, habrían conseguido ser parte de quienes generaron una república local gracias a que combatirían debidamente equipados, o al menos concurrirían con todos sus pertrechos a los alardes prescritos. A partir de entonces, la condición de caballero, convertida en el primer bien político de ciertas familias, la habrían transmitido por vía de linaje a sus respectivos descendientes antes que la de regidor. Cualquiera de los cuatro miembros de la diputación, en pleno siglo XVIII, encarnaba el brote más reciente de la misma rama del arraigado árbol.
Para pleno siglo XVIII ser caballero ya no era la condición que permitía alcanzar la plenitud de los atributos públicos municipales, aunque sí para mantener, al menos aparentemente, el reconocimiento ganado gracias a aquella vieja forma de poder, con el tiempo neutralizada por otras que en la constitución del municipio se habían ido acumulado. Como tantos órganos del estado a fines de la época moderna, cualquier municipio había degenerado a un agregado de instituciones nacidas en momentos sucesivos, en muchas ocasiones redundantes y hasta contradictorias, que se habían ido superponiendo sin que las anteriores, similares en todo o en parte, hubieran sido abolidas.
A los cuatro, la pertenencia a sus respectivos linajes además les otorgaba la condición de patricios o ciudadanos potentados, algo también precedente, aunque no necesariamente anterior. Basta con tomar nota de sus apellidos (Auñón, Briones, Nieto, Saavedra, Tamariz), recurrentes en cualquier documento municipal de fines de la época moderna de la misma ciudad, para reconocer que además tenían aquella condición.
No era el resultado de un reconocimiento legal. En las agrociudades del sudoeste se adquiría, desde hacía siglos, por pertenencia a las familias que persistían en mantenerse como labradores o campesinos de éxito, si eran capaces de aprovechar las ventajas materiales que acumulaban generación tras generación. Las blindaban con decisiones testamentarias y vinculaciones, las transmitían recurriendo a la endogamia y la consanguinidad, en la medida que los rigores de la mortalidad lo permitían, las que tampoco dejaban de servir para renovar las sangres y permitir el acceso al grupo a quienes hubieran triunfado en los negocios agropecuarios sin antes ser parte de ellas.
Recibir como herencia una sangre legal bajo todas aquellas condiciones, para pleno siglo XVIII, era lo que, en muchas de las grandes ciudades rurales del sudoeste, a los más aventajados del patriciado urbano les permitía rentabilizar la supervivencia del municipio de realengo, el constituido por iniciativa regia exclusiva, que se esforzaron por mantener al mismo tiempo que iban enajenando a la corona los títulos de regidor. Se había consolidado gracias al reconocimiento en su favor de buen número de inmunidades, que los hacían señoríos corporativos o colegiados limitados a sus respectivos términos municipales, cuya extensión aun así podía superar a muchos. El ejercicio de la jurisdicción de un señorío singular valiéndose de las regidurías, expandía, por vía ejecutiva, las posibilidades materiales de los patriciados de fundamentos agropecuarios. Había sido en simbiosis con la pertenencia a las casas patricias que aquellas familias habían generado el último producto constitucional de las repúblicas locales modernas, una depurada versión de la plutocracia más genuina, la de este municipio similar a la de buena parte de las grandes agrociudades del sudoeste.
Hombres tan singulares, en tan definida y exclusiva posición, cuyo ennoblecimiento era insignificante, debían ser los que en 1764 tomaran decisiones y rindieran cuentas de los gastos e ingresos de las rentas provinciales.
La gestión estaba bajo la presidencia nominal del superintendente de ellas, que al mismo tiempo era el corregidor, la otra institución de la plenitud jurisdiccional, agregada a la constitución del municipio en los orígenes de la época moderna, en 1764 don Ignacio Retama, designado por la administración central, natural de otra población, sin vínculos de sangre con el patriciado urbano. Se servía de un asesor, también simultáneamente el alcalde mayor, la siguiente responsabilidad en el orden judicial estatuido por el fuero, en otro tiempo la cima de este poder en el municipio, que era don Esteban Marqués.
Pero era el contador, don Francisco Benítez de la Milla, otra cabeza visible del patriciado, nominalmente oficio concejil o funcionario con esta ocupación, quien dirigía el órgano de gestión de las rentas provinciales del municipio. Tenía la responsabilidad exclusiva de validar el registro de cualquier cantidad ingresada. Bajo sus órdenes trabajan dos oficiales, un tesorero, un visitador, un guarda, un escribano, un fiel de carnicerías y panillas, un abogado y un escribano de millones.
Por la manera de identificarlos, se puede asegurar que una parte de ellos se dedicaba a las rentas provinciales parcialmente y otra no. El escribano indiferenciado, además de ocuparse en la administración fiscal, gestionaría en su oficio toda clase de escrituras que requirieran la fe pública. El fiel de carnicerías y panillas, también un oficio municipal, era responsable de la inspección de las compraventas de carne y aceite en los mercados públicos. El escribano de millones, al menos en el ejercicio de las funciones derivadas de este título, desempeñaría un oficio desde su origen asociado en exclusiva a la recaudación fiscal. Las otras especialidades que requería la gestión de las rentas provinciales no pasaban de lo previsible. Estaban relacionadas con la actividad burocrática cotidiana, la inspección y el asesoramiento legal.
Informes de Hilario Carson el retórico
Publicado: mayo 26, 2020 Archivado en: Severo Canseco | Tags: historias Deja un comentarioSevero Canseco, documentalista, ed.
1.
He identificado a Genaro. Es un hombre singular. Desde su nacimiento está cargado de lastres, tantos que le impiden caminar, hablar de manera inteligible, articular las manos, salvo para engarfiar lo que queda al alcance de sus brazos, que hasta hoy mueve bien.
A primera hora de la noche, cada día, a la puerta de una bodega de muchas botas y poco embotellado, celebra su supervivencia, siervo de su soledad, con la mano izquierda parcialmente contraída, los dedos del centro lo bastante ágiles para mantener la copa en una posición que evite la versión de su contenido, un gesto para el que, según he podido averiguar, gracias a la legión de sus compadecientes, pronto se mostró hábil.
Su madre, nacida en Cambados, hija de un minero proveniente de Mieres, fallecido joven a consecuencia de la silicosis, lo que a su viuda le granjeó una peluquería remuneradora de su silencio, aparte la pensión, le entrega la vida. Suple todas sus carencias; las del aseo, cualquiera de las relacionadas con la alimentación, y por supuesto las del movimiento, que satisface y sobrepasa empujando la silla de ruedas durante las horas que sea necesario, incluidas las que dedica a la bodega, sobre las que su juicio es altamente reprobatorio. No cree que deba envenenar su sangre con graduaciones inmoderadas de vinos criados con soleras. Tomar el aire en el parque, observar a los transeúntes ausentes, divertirse con los dueños de perros insensatos que los miman, serían para él, en su opinión, buenos recursos espirituales, suficientes para proporcionarle el equilibrio que la vida sedente necesita, tal como el peso muerto que mantiene su silla recta.
A la tercera copa (apúntamelo, le dicen los parroquianos a Damián, el impasible montañés encargado de la bodega) comienzan las deudas. El crédito que el tabernero les permite parece que le ha revelado a Genaro un mundo tenebroso, más que el fondo de sus perspectivas vitales. “Necesito trescientos”, le proponen al hombre cuando, ya serenos, a primera hora del día siguiente a la penúltima, los deudores vuelven a la bodega con más buena voluntad que algo con que saldar lo que les sigue apuntado. Genaro cree que el bueno de Damián se expone innecesariamente al riesgo de los impagos. “No tendrá otra solución”, ha debido anotar para sí. Se habrá visto en la obligación de actuar así con los morosos si por lo menos quiere mantener la esperanza en ingresar algo, imagino que se dice.
Sin embargo, por lo que comentan sus colegas de la última hora, sus más fieles, ha deducido que traficar con cantidades modestas a Damián le da seguridad, e incluso, para la mayor parte de las veces, que le parece preferible comprometerse confiando en quienes le piden cifras insignificantes. Con todos acuerda plazos para la devolución largos, flexibles y, al mismo tiempo, severos. Nadie pronuncia palabra, ni hay apretón de manos ni interés declarado. Rubrican con los ojos, más rigurosos que la lengua de los hotentotes (que, hasta donde sé, carece de asíndeton, prosopopeya y hasta de la muy excelente macrología, entre otras vanidades contaminantes de las expresiones magmáticas que cada lengua ingenia).
Pero, una vez cerrada la taberna, en la habitación que tras la barra aísla una cortina, por si la palabra que no es posible oír, y las miradas rubrican, no fuera eficaz; por si los plazos comprometidos vencieran, o cualquiera de ellos, sin que el deudor hubiera hecho la devolución del dinero, el tabernero les hace firmar un documento que él acepta trazando al pie un aspa que solo él reconoce como propia.
2.
Ayer enterraron a Tina, una madre consumida por su abnegada entrega a quien veía (y, de haber vivido, mucho tendría que ver) tan restringida su existencia. Todos han lamentado que el pobre Genaro, a partir de ahora, quede expuesto al riesgo de quedar abandonado a una suerte fatal. La maldición con la que debe cargar su vida es suficiente para que, a cambio de su desvalimiento, reciba el reconocimiento de una inagotable conmiseración sin interés.
El desastre al que ha quedado expuesto su fragmento de vida a su hermano Martín, Martín Humano el lógico, lo ha conmovido lo suficiente como para hacerse cargo de él. No lo asea, tampoco le da de comer. Para satisfacer cualquiera de estas urgencias ha decidido contratar a una mujer joven, muy esférica desde cualquiera de sus múltiples puntos de vista, y prodigiosamente rubia, aun así amerindia pura, ante cuya asistencia Genaro, privado del habla, bajo la gorra que lo protege de los rigores del invierno, de las inclemencias del verano, de las miradas indiscretas de los que se sorprenden cuando lo miran sedente e inmóvil y no obstante engarfiando una copa, da muestras de aprobación con una mueca. Quienes lo conocen mejor están seguros de que se trata de una sonrisa.
El hermano se ha impuesto suplir con su esfuerzo sus otras necesidades de hombre inerte. Cada tarde, como su madre ha hecho durante años, empujando la misma incombustible silla de ruedas, lo acompaña hasta donde pueda una vez más alzar, la mano engarfiada, su copa de vino decantado por la bota de amontillado.
A Genaro la reiterada protección, que al mismo tiempo es insistente frecuentación de la misma taberna, la lucidez que le proporcionan los vinos de buena crianza le van permitiendo depurar las virtudes que para él, al tiempo que le ha negado tantas, la naturaleza ha reservado. Como quienes tienen que sobrevivir en la guerra, a los que el destino les otorga el valor como sucedáneo de la lucidez, comprimidos en un orden tan exigente y brutal como el que impone la abstinencia carnal al humillado clero, a Genaro, privado de la vida autómata, le ha conferido, por inspiración imprevista, la virtud del áspid financiero.
Valiéndose de la experiencia adquirida en la barra de la bodega, las horas de su soledad inmaculada, a partir de un momento incierto, al parecer las ha ido invirtiendo en meditar sobre el expansivo y fecundante círculo que pueden trazar las monedas y los billetes, y la inabarcable longitud del radio que llegan a tener sus imprevisibles ondas. De un tiempo a esta parte, concentra su atención en calcular qué podría hacer más rentables los acuerdos que hasta ahora solo ha visto comprometer en la excelente taberna, que por su gama de vinos, generosos y secos, por su colección de botas centenarias, donde escanciar según clase soleras, para que el mundo tenga todos los colores, el futuro, la más prometedoras de las remuneraciones sin proponérselo expresamente, ha ganado virtudes de bolsa, como el ágora o los casinos, el burdel o la timba, que conocen las propiedades del numerario casi tan bien como los bancos.
Para los créditos reservados a la habitación tras la cortina por el tabernero Damián se acuerdan compromisos entre acreedores y deudores, según ha podido saber, que se someten entre sí por razones no siempre racionales, tanto por su origen como por su residencia. El cruce de estos dos términos cierra un círculo peculiar. Aunque la red de relaciones que los compromete la tejen en el lugar donde ahora viven aquí, en el sur del sol, parte de un origen único, en torno a una lejana ciudad, King Candela le dicen, en donde antes de partir cada uno de los comprometidos, sea deudor o acreedor, dispone de la condición de vecino, lo que incluye que cualquiera de ellos dispone allí de patrimonio raíz. Tanto se puede cerrar el bien delimitado círculo del paisanaje concentrado en aquellas transacciones que incluso se puede aherrojar con la consanguinidad.
Ha sido suficiente para que haya presumido que la presión del cerco étnico incrementa el valor de las rentas que los emigrantes de las montañas todavía acumulan cuando vienen a trabajar al sur del sol. Una parte de las que obtengan, ha deducido, la invertirán en el crédito entre ellos. Así, si no aumentan el ingreso adquirido con su trabajo, porque no le consta que unos a otros se cobren intereses, aseguran su preservación, una actitud que tiene mucho de prudencia. El traslado a las montañas de King Candela del dinero ganado en el sur, que debe completar miles de kilómetros, en esta época de inseguridad está expuesto a toda clase de riesgos. Prestarlo a quienes son conocidos, tanto ellos como sus familias, será una buena manera de eludir los peligros y poder recuperarlo cuando lo necesiten.
Pero los originarios de King Candela y su tierra, ha sabido después, en la habitación tras la barra comprometen cláusulas que solo rigen entre ellos. Además de someter a la devolución a sus personas, lo que si las cosas no van bien debe solucionarse a costa de su libertad, algunos deudores arriesgan en la transacción los bienes que llegan a adquirir en el lugar a donde por temporadas vienen, donde residen de manera precaria. Como si los apostaran en una partida de cartas al descubierto. Por eso sus movimientos de ida y retorno, tan inexorables como los de un péndulo, contando con este horizonte, elijarán siempre como punto de destino el sur del sol, tan definido como estable es el de partida, donde cuando menos algún arraigo ganan. Sin embargo, otros se ven forzados a más, hasta verse en el trance de tener que hipotecar todo lo que les pueda corresponder de todos los bienes que en King Candela lleguen a ser herederos, sean tierras o casas.
Al fondo de la red solidaria que cada día urden, aunque lo pretendan, no han podido evitar, al menos para Genaro, que quede al descubierto que sus préstamos son en realidad una aspiración a adquirir derechos sobre el patrimonio del deudor, sea el de su lugar de origen o el ganado en el lugar al que han inmigrado; una táctica tras la que se perfilan unos hombres de medios tan limitados en donde tienen su origen que transitoriamente deben trabajar en el sur, no obstante sólidos, aferrados a esta condición, limitados por la desconfianza y permanentemente armados con astucias tan afiladas como colmillos de serpiente.
Valiéndose de las garantías que unos a otros se dan, a veces los acreedores ingenian e imponen maneras de saldar sorprendentes. Por un deudor, en la taberna, porque lo dijo para que todos lo oyeran, ha sabido que las cantidades que en dos ocasiones su sobrino le había prestado, para hacer frente a algunas urgencias que había tenido, tan perentorias que sumaban una cifra que triplicaba las que habitualmente concede el tabernero, ya se las había devuelto. Y que sin embargo, por el mucho cariño que a su sobrino le tenía, dado el cuidado especial que con él había tenido siempre que lo había necesitado, además de estarle muy agradecido, por su propia voluntad días antes le había donado su participación en el negocio en el que había invertido en donde ahora está residiendo, aquí, en el sur dorado, una tierra sembrada y en plena producción, de la que le correspondería una centésima parte. Aquel mismo día, al sobrino, horas más tarde, en el mismo lugar, otros le oyeron decir que ya se había dado por pagado de las cantidades que le había prestado a su tío, y que le estaba muy agradecido por la donación que le había hecho y el mucho amor que demostraba tenerle. No ha tenido que hacer mucho esfuerzo Genaro para deducir que tan grato regalo, dijera lo que dijese cualquiera de las partes, ha sido el pago de la deuda que el tío había contraído, y que de su cruce con un préstamo nunca devuelto el híbrido ha nacido en realidad es una simple permuta de bien por dinero, como en todas las compraventas.
3.
En secreto, Genaro ha decidido concederse más tiempo para reflexionar sobre los préstamos que entre candelarios, tras la barra de la bodega, acuerdan. La consecuencia ha sido que ha incrementado aún más su presencia en la taberna, tanto que su hermano Martín no ha podido soportar la intensidad de consumo de vino con que las rémoras de Genaro, a consecuencia de una arcana ley de las compensaciones, han sido satisfechas. Ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para equiparar su velocidad de ingestión de manzanilla en rama, brava y masculina, aconsejado por el deseo de que no se sintiera menospreciado. Su corazón ha estallado apenas transcurridas seis semanas desde el momento en que tomó a su cargo la tutoría del incapacitado. Hoy, a esta hora, de nuevo amenaza la supervivencia de Genaro el trágico cuerpo en el que vive encerrado desde el principio de sus días. Pero creo que aún no ha llegado para él el momento en el que le sea dictada la sentencia definitiva.
Uno de los deudores de uno de los créditos entre provenientes de King Candela ha muerto ayer. Era de una población a pocos kilómetros al norte de sus montañas. Él y dos coterráneos al menos habían formado un grupo. Habían venido sin sus familias al sur, para trabajar en la recolección, y tomado una vivienda juntos. Los compañeros del que ha muerto, a través de consulado interpuesto, le han comunicado la noticia a la viuda, quien ha autorizado a uno de ellos para que sea el albacea de su piedad.
Estaba a punto de cumplir con su obligación cuando la autoridad judicial ha intervenido a causa del crédito que el difunto había comprometido, una vez que la contraparte le ha presentado el documento que había firmado en su favor. Han actuado los representantes de la justicia de acuerdo con el procedimiento que en estas circunstancias es obligado. Los compañeros del difunto, previo pacto, han decidido actuar solidariamente. Todos han comparecido ante ella con una declaración idéntica que ha permitido satisfacer las exigencias del procedimiento para resarcir el crédito.
Pero en el transcurso de las averiguaciones judiciales se ha sabido que otro deudor, que se identifica también como trabajador temporalmente venido al sur de los rayos implacables para la recolección, al mismo tiempo es beneficiario de una parcela de tierra cuyos ingresos estaba en trance de perder a causa del impago de la deuda crediticia que por su parte había adquirido. La actividad que lo califica es tan dependiente de los contratos de temporada como todas las que son aludidas con la misma palabra que se aplica a todos los que se empelan en el mismo trabajo, y, por lo que su procedencia permite suponer, la condición personal que para ella lo faculta es semejante a tantas con el mismo origen. A la autoridad judicial le ha aconsejado prolongar sus indagaciones comprobar que había acordado el disfrute de aquella parcela en marzo.
Para fines del invierno el ciclo germinativo de los cultivos en los que había de emplearse estaba ya muy avanzado, si no a punto de concluir. El espacio que se puso a su disposición desborda con creces la más exigente de las expectativas de tierra de quienes llegan al sur. No tendría mucho sentido hacerse cargo de ella entonces. Salvo que el acceso al espacio productivo estuviera siempre abierto para algunos de los que llegan de fuera con el fin de emplearse en la recolección. Si se comprometen a tener una parcela cuando queda poco tiempo para siembra, germinación y madurez del fruto que pudieran proyectar, es obligado pensar que solo estará a su alcance el recurso a cultivos de ciclo tan corto que sean compatibles con la recolección. Tendrán que ajustarse, en el más optimista de los supuestos, al tiempo transcurrido entre fines de la primavera y el verano, un tiempo durante el cual cualquier planta se agostaría. No es verosímil. Solo se podría admitir que la parcela, para ser viable como explotación, tendría sembrarse, como muy tarde, a principios del año natural, en cuyo caso el vínculo con el recolector que la tome tendría que haberse originado como muy tarde a comienzos del invierno, unos tres meses antes de lo que en este caso demuestra. Porque si quien la toma se propusiera prepararla para el año siguiente, porque el tiempo del que dispusiera se lo permitiera, su vínculo con la inmigración contratada para recolectar, que es estacional, tendría que incluir un desplazamiento episódico, de King Candela al sur, de mayor duración que el tiempo máximo que se puede dedicar a la recolección.
Interrogado por el juez un candelario que actúa como encargado de una explotación de frutos, le ha proporcionado una pista más segura. A cambio de su trabajo, como parte de su remuneración, recibe una parcela de dos hectáreas. La población laboral que mantiene el vínculo de temporada con los dueños de los cultivos que recolecta, sus contratantes, también puede intercambiar su trabajo con el cultivo en un trozo de tierra de una especie distinta a la que había justificado que su trabajo fuera requerido. Así pues, las condiciones de su contrato de trabajo, que obligaría a mantenerlo ocupado por encima del máximo de los cuatro meses de la recolección, confirman que a los empleados en aquel cultivo que sean inmigrantes les permiten acceder a la parcela no necesariamente solo en las épocas de mayor oferta de trabajo.
Aunque nada impide que un inmigrante pueda ejercer su trabajo bajo las condiciones de la inestabilidad más alta posible, las limitadas a la recolección, parece, tal como indican este y otros casos más explícitos que el incansable juez sigue instruyendo, que el intercambio de trabajo por una parcela se concentra en la parte de los trabajadores que es más estable, o cuyo vínculo con el amo es más duradero. Todo eso convertiría definitivamente en un contrasentido la posibilidad de que la parcela se utilice para recompensar a los inmigrantes que se ocupan solo en la recolección, los que acuden en masa a la oferta de trabajo corta e intensa concentrada en el momento decisivo del ciclo anual.
4.
El empeño del juez Osborne, severo e incorruptible, sensible y condescendiente con las debilidades, su persistencia en la prosecución del caso del inmigrante difunto, han conseguido encontrar una manera bastante satisfactoria de explicar toda esta extraña concatenación. Tanto el deudor que no había conseguido hacer frente a los impagos como el difunto que había sido protegido por sus compañeros aun después de su muerte, quizás no tanto a su esposa, se habían afincado transitoriamente como mozos de posada, y como tales el juez los ha reconocido.
Al ser aceptados legalmente bajo la condición de mozos, su hospedero ha dado por supuesto que eran solteros o que vivían solos. Desde luego que, aunque no todos fueran solteros, la distancia, y que se desplazaran solos o en grupos solidarios, compuestos exclusivamente por hombres, no solo les permite aparentarlo, sino que a efectos prácticos pueden actuar de manera equivalente sin que nada se lo impida. Y al radicarlos en posada o casa ajena en la manera de declarar su localización ha incluido la condición de que son residentes transeúntes, y por tanto inmigrantes que se alojan temporalmente en el sur acogiéndose a los espacios disponibles en el hogar que les ha ofrecido.
Los mozos de King Candela no dejan mucho margen al juicio que sobre su condición laboral y sus obligaciones pudiera hacerse. Para la práctica totalidad de los que ha descubierto que residen en posada o casa ajena, el juez Osborne ha dejado establecido, por lo se puede averiguar, que su vínculo laboral está más cerca del momento de máxima concentración de trabajo que de la demanda de actividad humana durante todo el ciclo. En su mayor parte son sin duda inmigrantes que acuden al trabajo estacional de la recolección.
Pues bien. Estos mozos de posada también se hacen responsables de pequeñas parcelas de cultivo aun en marzo. La mayoría son pequeñas, de en torno a la media hectárea, a lo sumo una y media o dos. Cuándo y por qué ocurre tan manifiesta anomalía ha podido finalmente desvelarlo el juez gracias a un grupo de recolectores que se aloja en casa de una mujer que a su vez es apodada La Gallega. Las ocho hectáreas que ha acumulado el grupo de candelarios no son una parte de la satisfacción de su trabajo individual, fuera percibido de esta manera o en solo una parcela cuyo espacio es necesario usufructuar mancomunadamente, la forma más primitiva de regentarla, sino que son una parte de las obligaciones que han contraído por efecto de su residencia. Aunque haya quienes disfrutan parcelas, aun siendo inmigrantes, porque las reciben directamente del amo que los contrata, entre los mozos de posada, a partir de este caso Osborne ha podido establecer que es la patrona que los aloja la que se las subarrienda, con el señuelo de que de esta manera podrán expandir todo lo posible la renta que obtienen de su estancia en la tierra de promisión si la invierten contando con todas las facilidades que les proporciona. Así, a la inmigración incentivada por la recolección se le abre la puerta al acceso a la tierra de promisión, no por la vía del intercambio con trabajo, sino por la residencia estacional. Y he aquí lo que ha resultado lo más aleccionador. Para su cultivo, porque llegan apenas provistos con sus ropas, necesitan un crédito, que obtienen en el mercado circunscrito a las afinidades, la residencia y las cesiones de tierra asociadas a ambas.
Si todo ocurre sin incidentes, la recogida del fruto de la parcela que han tomado con su alojamiento, a quienes la han trabajado les permitirá pagar el precio de los dos servicios, el de la tierra y el de la residencia, devolver el préstamo y todavía sacarle algún rendimiento a la venta del producto que de aquella puedan obtener. Pero en caso de impago del crédito que hayan comprometido para cultivarla, el prestamista, tal como está establecido tras la cortina de la taberna, reclama para sí el producto de la parcela, o en su defecto los ingresos obtenidos gracias al trabajo de recolección, como recompensa a los riesgos que ha corrido, que en realidad son ninguno.
5.
Genaro ha meditado sobre todo esto y ha concentrado todos sus saberes en encontrar una posición propia en tan bien urdida red. Ha concluido que para disfrutar la mejor es suficiente con que arriende las tierras para las que La Gallega actúa como intermediaria. Después de que el juez Osborne, una vez sentenciados los sorprendentes casos que había instruido, ha vuelto su atención hacia otros asuntos, así lo ha puesto en práctica.
En condiciones normales, el cobro de la renta a los mozos es más que suficiente para pagar el arrendamiento primitivo de las tierras que Genaro compromete al por mayor para luego dividirlas en parcelas, pagar su comisión a La Gallega y obtener un buen beneficio sin riesgo. El valor de las tierras tomadas al por mayor lo puede multiplicar por cuatro por lo menos al dividirlo en parcelas de poca extensión. Como además Genaro, valiéndose de los fondos del tabernero, que no cobra intereses sino fidelidades, sin dejar de acogerse a la sombra de La Gallega, oferta los préstamos para que los mozos puedan cultivar la parcela, exigiendo a cambio como garantía solo el producto que de ella obtengan, el negocio le está siendo lo suficientemente lucrativo y sin pérdidas como para consolidarlo. Prefiere tan restricto y competitivo mercado porque La Gallega, valiéndose de la inscripción, puede estimar el patrimonio de sus alojados y prever sus comportamientos cuando los acoge.
6.
La defunción del hermano ha convertido la responsabilidad del cuidado de Genaro en una competición entre sus parientes. Ha ganado la partida el sobrino que ha propuesto a los demás una condición que ninguno, salvo él, ha sido capaz de aceptar, la renuncia previa a cualquier legado por razón de parentesco. Ha llevado su abnegación tan lejos que además se ha comprometido ante ellos a ir con Genaro a un santuario en el que tiene puestas todas sus esperanzas. Les ha presagiado que los poderes del lugar harán que camine.
El santuario se llama El Oasis y lo regenta Madame Eleanor, nacida Soledad. Deslumbrado por las virtudes del lugar, al que su sobrino lo ha llevado a diario durante una quincena, cubierto por el vino mediocre que allí sirven, Genaro anoche se levantó de la silla y efectivamente anduvo, entre dos y tres metros, en dirección a Dorita, la estrella del local, a la que solicitó en matrimonio, testamento en mano, antes de desplomarse. La boda entre el sobrino y Dorita se había celebrado sin más testigos que dos camareros la víspera del óbito.
Madame Eleanor ha costeado una inscripción conmemorativa del milagro, para que se conserve en El Oasis para siempre jamás, y el sobrino, para recompensar tan solidario gesto, a su costa ha renovado mesas, sillas y manteles del local, lo que apenas le ha supuesto una diezmilésima parte de las bendiciones que la precaria salud del Genaro ha derramado sobre su vida.
Es todo lo que he podido averiguar.
De color indefinido
Publicado: abril 30, 2020 Archivado en: Reginald Southampton | Tags: historias Deja un comentarioReginald Southampton
(Traducción de A. J. Baines)
Ya en la corte de Constantino VII Porfirogéneta, Perses, el renombrado hermano de Hesiodo, indagando en los anales de la corte alcanzó a saber que Prodes, que hasta entonces pasaba por viejo iconódulo, había colaborado con el archimandrita del lugar donde vivía, iconoclasta oficial, a consecuencia de ciertas deudas que con él había contraído. Hesiodo, amante de las imágenes, años antes había congeniado con el antiguo activista, e incluso había contribuido, en colaboración con el arriesgado militante de otros tiempos, a la difusión de las representaciones con las que simpatizaba. Nunca llegó a saberse con certeza el alcance de las traiciones de Prodes que las crónicas habían registrado, ni menos aún, en el caso de que fueran ciertas, si alguna vez fueron sinceras o habían sido aconsejadas por su instinto de supervivencia. Perses, de cuya cobardía solo él conocía la profundidad, en el relato de la sospechada felonía de Prodes otra vez encontró un medio para vengarse de Hesiodo, y de paso reivindicarse.
Primer manifiesto de los niveladores liberales
Publicado: marzo 14, 2019 Archivado en: Redacción | Tags: economía Deja un comentarioEn memoria de John Lilburne
El disfrute de los bienes materiales solo los justifica el trabajo, frontera biológica de la vida humana. Cada uno se hace acreedor a cuanto su esfuerzo pueda justificar. Toda la energía que agote en la adquisición de bienes debe ser remunerada con ellos. Así queda satisfecha la justicia material, la más elemental de las justicias, la premisa que permite emprender cualquiera de los caminos que pueden llevar a la renuncia a toda clase de bienes, la única que por último libera de la servidumbre biológica.
A quien estas premisas parezcan acertadas, igualmente podrá pensar que cualquiera que se apropie de trabajo ajeno incurre en una injusticia, porque menoscaba las posibilidades de otros para emanciparse de la esclavitud de la supervivencia. Si además se sirve de la ley para consumar su apropiación, que mina el consenso que la ley necesita. Porque la más injusta de las leyes será la que asegure el disfrute de bienes sin que sea necesario trabajo para adquirirlos.
Bastaría examinar cada ley a la luz de este principio para saber cuándo y dónde se habría incurrido en la iniquidad. Pero la norma nada descubriría de la responsabilidad en la que incurren quienes se atienen a ella. Nada permite observar tan bien los límites de la justicia más elemental, dónde los marcan los hombres y cuándo los traspasan, víctimas de apetencias incontenibles, como los testimonios de los que ya no esperan efectos perjudiciales, projudiciales o parajudiciales.
Yo sé que muchos de mis contemporáneos se acogen al anonimato que les garantiza el derecho, o norma universal, para convertirse en cómplices de las injusticias que comparten y les satisfacen. Firman testamentos poseídos por su ambición, tan dueña de su voluntad que se proponen imponerla después de su muerte; compran bienes sin necesidad de ellos, solo por venderlos a un precio superior; contratan a trabajadores en condiciones que para ellos jamás admitirían. Basta oírlos, observar lo que hacen y ver cómo se comportan para tener la certeza de que actúan de este modo. Porque la conjetura, cuando reúne y ajusta las piezas dispersas de la intuición, obtiene resultados más infalibles que el más preciso de los mecanismos lógicos. Pero también sé que jamás me permitirán leer los contratos que firman, ni la declaración de sus últimas voluntades, y que si les pregunto por lo que han decidido sobre el contrato de quienes trabajarán para ellos me mentirán.
Estoy seguro de que lo que decidían bajo la misma cobertura nuestros antepasados de hace trescientos años no estaba aconsejado por nada distinto, y la misma refracción de los hechos que celan sufre el observador de hoy que oye palabras y ve comportamientos, por la insuperable condición de sujeto que se interesa por saber, que el lector de los testimonios escritos hace siglos. La única diferencia entre las palabras y los comportamientos de hoy y los testimonios antiguos conservados es que buena parte de las voluntades que ahora no podemos observar al desnudo, gracias a la mediación de lo que quedó escrito, porque ya nadie cree que puedan tener consecuencias, están disponibles en los archivos, y quedan al descubierto cuando se leen. Podemos servirnos de este medio para saber hasta dónde son capaces de llegar los hombres con los que convivimos con la certeza de que no encontraremos otro mejor.
No tenemos interés especial por lo que ocurrió hace trescientos años, como no podremos tenerlo sobre lo que ocurra dentro de otros trescientos. Solo queremos saber por qué estamos condicionados por las imposiciones de la siempre concupiscente voluntad de quienes pueden decidir. Es posible que las respuestas solo las encontremos revisando nuestro pensamiento, y no tanto lo que los viejos testimonios nos permitan leer. Pero también sabemos que el pensamiento solo deja atrás el lastre de sus apriorismos cuando alcanza al de otros que lo dejaron escrito.
La voluntad, parte decisiva del comportamiento de todos los sujetos a relaciones, en los contratos se representa sometida a la enajenación. Quienes trabajan persisten en tomar decisiones que parecen irreflexivas, tiranizadas por la autoridad de una tradición a la que no son capaces de oponerse. Sea o no así, lo que de ningún modo se sostiene son las explicaciones que llegan al extremo de justificar todos sus comportamientos como el resultado de fuerzas que se imponían a su voluntad, movidas por poderes ocultos que escaparan al control humano. Al contrario, siempre serían resultado de decisiones, tuvieran mayor o menor grado de conciencia, fueran más o menos obra de un pensamiento autónomo o emancipado.
Tal vez no sería necesario recordar algo que parece una obviedad, aunque sus antepasados ya fallecidos descansen en paz. Pero en la mayor parte de las explicaciones sobre sus comportamientos que se encuentran en los textos del género, concluir su lectura con la impresión de que había fuerzas ocultas que se imponían a su voluntad, fuerzas que no emergen al texto nunca, que es imposible discutir porque nunca se hacen explícitas, es casi inevitable. Cuando encuentran algo que escapa al orden de las decisiones impuestas o enajenadas, se les escapan las explicaciones. A sus autores les parece entonces que el azar de ha adueñado de los acontecimientos y que es imposible encontrar argumentos que los justifiquen.
En realidad, están ante las rupturas, las quiebras imprevisibles, sin embargo tan constantes en el curso de los comportamientos que sin ellos no habría movimiento, cambios, retornos a formas de actuar que cuentan con precedentes o conocidas para otras épocas. En estos casos sería suficiente con incluir en las explicaciones de los comportamientos no previstos por su teoría condiciones humanas comprensibles con abstracciones radicales tales como ambición, astucia, felonía o venganza.
En el orden de las decisiones de quienes trabajaban es verdad que hay pautas que se les imponen, que no anulan su voluntad ni su margen de decisiones pero que las limitan severamente. Una parte nada desdeñable de ellas procede de la codicia, que inspiraba la persistente aspiración a la libertad especulativa en el feliz estado del monopolio, que todos desean, al que nadie renuncia. Tomaban forma en el orden contractual, en la economía agropecuaria la fuerza que cargaba con al menos la tradición técnica, que era responsable de buena parte de los comportamientos enajenados, fueran inducidos o no. Por él se fueron descargando determinadas voluntades sobre los comportamientos comunes, sirviéndose en especial de los contratos de uso de la tierra, que lo imponían con un alto grado de coerción.
Redacción (ed.)
Teoría de la renta agrícola
Publicado: marzo 8, 2019 Archivado en: Camilo Terrera | Tags: economía agraria Deja un comentarioCarmelo Terrera
A mediados del siglo décimo octavo los pastos eran tarifados a partir de la estimación del producto espontáneo que la naturaleza proporcionaba sin que mediara trabajo. Las fuentes aceptan que entonces el precio de la unidad de suelo resignado a este aprovechamiento estaba comprendido entre dos y tres reales. Tal manera de hacer el cálculo permite depurar con los hechos el valor neto de la renta de la tierra, tal como las teorías entonces la justificaban. Si deducía al trabajo la porción que correspondía a la providente capacidad creativa de la naturaleza, tendría que ser la diferencia entre su valor y el del trabajo remunerable, puesto que en su generación no había mediado actividad humana.
Supongamos que una unidad de superficie sembrada de trigo produjera 12 de capacidad. Apreciada cada una a 20 reales, su rendimiento, expresado también en dinero, sería 240 reales. Dado que el suelo espontáneamente solo proporciona un máximo de 3 reales, los otros 237 tenían que ser fruto del trabajo pasado o presente descargado sobre la tierra.
El trabajo pasado más remoto era el que se acumulaba como suelo en sentido propio, resultado de un largo proceso que iba desde la roturación a la acumulación cíclica de horizonte orgánico. El trabajo pasado más reciente estaba conservado como ahorro, y se podía activar como capital variable, presto para la inversión. Poseer grano, por ejemplo, era poseer trabajo a precios mínimos o precios de costo. El trabajo presente era la energía que en el curso del tiempo que iba desde cada otoño hasta el siguiente verano creaba las combinaciones del capital que permitían originar toda la renta.
Para valorar el costo neto del trabajo comprado durante cada ciclo, el presente, conviene detenerse en la siguiente reflexión. El dueño de esclavos al menos tenía interés en garantizarles la alimentación. Cuando quien trabaja es libre tiene más complicada la supervivencia. Así como Disraeli vio en la regulación del sufragio universal el mejor medio para perpetuar el dominio político, ellos vieron en la retrocesión del dominio sobre el trabajo el mejor medio para extraerle la mayor cantidad de energía. Con las obligaciones materiales debidas a la servidumbre no detraían tanta renta como cuando adquirían la energía del trabajador autónomo.

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