El origen de la especie

Daniel Ansón

Narciso Sidmaringen había cursado biología en Érfurt, en cuya universidad contactó con un grupo de pintores de vanguardia que le obligó a revisar su visión del mundo.

     En su mayoría eran rusos jóvenes, unos exiliados por razones de discrepancia, otros convencidos de que solo la savia occidental podría regenerar su cultura, víctima de la autocracia más impasible que haya existido.

     Con las autocracias pasa como con los rayos del sol, que unos se perciben con resignación, otros con entusiasmo y otros sin que quien los padece tenga conciencia de sus perjuicios; mas con una diferencia. Así como para unidades de tiempo algo dilatadas la tolerancia de la piel, o de los ojos, son medianamente estables ante los rayos de sol, la autocracia puede tener efectos dispares aun en un continuo, de modo que quien la recibe puede sin intervalo repudiarla, combatirla, aceptarla con resignación o ignorarla. Tal es porque la emisión de las fuerzas de la autocracia es constante, mientras que la capacidad de resistencia de sus pacientes receptores oscila por el efecto inorgánico de la atención: a lo que ocurre, que absorbe, a las preocupaciones cotidianas, que distraen, o al insomnio, que la eleva a obsesión.

     Los rusos de Érfurt habían decidido romper con todo. No solo donde debían dibujar triángulos trazaban líneas quebradas, donde pirámides, cilindros, o cuando alguien podía esperar de ellos una expresión emotiva, en vez de una rosa, pintaban una chimenea. Propugnaban una dieta desconcertante, sin reglas ni equilibrios, muchos cigarros, ningún alcohol y nada de siesta complementaria. Solo en la música encontraban armonía, por más que fueran incapaces de traducirla a normas que la explicaran.

     Narciso, siguiendo su estela, entre citología y cultivo optó por el trombón. Hacía tiempo que deseaba averiguar la causa de un sonido que vibra en las entrañas, y que desde ese centro sube por las venas hasta la cabeza. Estaba convencido de que parte del secreto lo contenía la manera de meter el aire en los tubos. “Cuando soplan por la boquilla, los trombonistas en realidad cantan, tararean propiamente.”

     Mientras soplaba, de boca de sus admirados contraventores oyó que solo en el Caribe sobrevivían los instrumentos de percusión puros. Desistió del trombón y se pasó a la conga el mismo día que presentó un proyecto de investigación de la malaria en Haití, uno de sus medios endémicos. El propósito de su coartada científica era transcribir a un pentagrama las diferencias tonales entre el bongó y la conga.

     Se estableció en Petionville, emporio subsidiario. No eran su comercio, sus centros de gestión de la urbe, el trazado de sus vías las que la elevaban al orden de los fenómenos urbanos singulares. Eran sus edificios, resueltos con materiales perecederos suministrados por el medio, que permitían renovarlos permanentemente y un permanente reciclaje, más la masa compacta que entre todos, sin intervalos, componían, los que le otorgaba la condición de urbe única en el planeta.

     Tuvo que adentrarse en su montaña. Encontró en una calleja una vivienda que debía compartir con dos familias, una criolla venida a menos y la otra de origen africano. Ni siquiera entre la oriunda de Gambia encontró a nadie que tocara conga o bongó, ni nada parecido, ni nadie, de su generación o de las inmediatas anteriores, había oído hablar jamás ni de bongó ni de conga alguna. Sí de leones, serpientes, marsupiales, gorilas e hipopótamos, más algunas pirañas y caimanes, y hasta de tribus antropófagas.

     Terminó absorbido por ellas. Tuvo que devorar para sobrevivir, y esto le permitió doctorarse en prácticas caribes. Sentó cátedra en Port-au-Prince y de allí jamás volvió.


Fueron a por nosotros

Dante Émerson

Conocí a Gaston Herrault, hispanista tunecino, hijo de un funcionario de la administración colonial francesa, en la Sede de la Fundación, entonces concertada con el gobierno de Burguiba para que acogiera en el continente europeo los trabajos del Institut Tunisien de la Recherche. El marqués del Tranco la había mantenido a su costa durante los años difíciles de la postguerra, a la que llegó en estado ruinoso. Las bombas se habían cebado con el edificio, los milicianos lo habían elegido como fuerte en primera línea de combate. Fue él quien negoció con la administración tunecina la cesión del edificio, que era de su propiedad, por noventa y nueve años. A él lo relevó de un gasto, que ya le resultaba insostenible, y a la Fundación, perdidos sus fondos durante la contienda, le permitió sobrevivir vegetando.

     El Institut era el descendiente de un ingenio anacrónico promovido con más interés estratégico que científico. Las excavaciones de un yacimiento en el extremo meridional del continente, muy cerca de su puerto extremo, con la anuencia del socio con el que se compartía el protectorado sobre el norte de África, fueron el primer proyecto de un Centre pour les Rapports Appropriés, dirigido por su primer director, el prestigioso arqueólogo M. Armagnac, funcionario él mismo de la administración colonial francesa del norte de África; una iniciativa a la que se prestó la Fundación como mediadora legal. Ambos promotores apenas pudieron disimular que se trataba de disponer de una posición estratégica para controlar el estrecho, al margen de quienes fueran sus soberanos. La guerra generalizada que siguió, y las tensiones descolonizadoras posteriores a la paz, más que el valor de los trabajos a los que contribuyera la Fundación, habían devaluado su papel. Tal concurrencia de desequilibrios permitió que una promoción colonial se pusiera al servicio de quienes hacía poco habían conseguido su independencia.

     La señorita Delhorme y yo, con un jersey de lana, con sus propias manos durante el verano tricotado, y una plancha en la maleta, nos habíamos instalado en una de las habitaciones de la Sede para la primera quincena de septiembre. Nos la había cedido el Institut Tunisien sin costo alguno, más para oficializar nuestra relación con sus administradores que para avanzar en el trabajo que con ellos habíamos comprometido. Entonces lo dirigía M. Labiche, otro hijo del mismo empleado de la administración colonial francesa, pródigo en descendencias mixtas, nunca contaminado de racismo. Hombre alto, miraba de través aprovechando las posiciones de flanco de sus interlocutores, inadvertidas por los concernidos. Su envergadura le permitía prescindir de tarima para tomar el punto de vista que desciende por encima del hombro, algo que nunca me ha desconcertado tanto como pretenden sus emisores, tal vez porque desde abajo las imposiciones se reciben con más indiferencia que cuando las caras se enfrentan; puesto que hasta la altura inferior todo llega desde las mismas latitudes.

     Labiche vestía siempre de claro, como buen descendiente del orden colonial, corbata y zapatos negros y un panamá, no un salacot, con banda también negra. Al día siguiente de nuestra llegada nos citó en su despacho, él sentado tras su mesa, un par de sillones al otro lado, en los que a un gesto suyo nos sentamos. Nos dio la bienvenida en nombre de la institución, seguro de que nuestro trabajo sería satisfactorio. Le correspondimos declarando nuestro deseo de estar a la altura de la responsabilidad con la que nos habían distinguido.

     La disciplina diaria de la Sede estaba confiada a una gobernanta dotada, joven y  vigorosa, morena, indiferente a todo lo que no fuera asunto suyo, decidida de gestos, pasos y miradas arrasadores, sin aliados ni contrincantes, autónoma por decisión soberana inapelable. Nos convocaba a la mesa a golpe de cencerro sin badajo; una mesa única, larga, vestida con mantel blanco, en la que todos los alojados, hispanistas y agregados, compartíamos comida y experiencias. Intercambiábamos opiniones sobre lecturas y sus autores, más clásicos que actuales, reservadas por precaución, aclaratorias de interrogaciones directas cuando se expresaban, concesivas a los deslices inadvertidos, condescendientes con las opiniones no compartidas, siempre educadas.

     Eran habituales del convivio a mediodía Armand Lumière, alto, de miembros independientes, que introducía cualquiera frase con un gentil bon, entonces concentrado en recopilar cartografía histórica; o Mlle. Lin, la bibliotecaria de la Sede, excelente catadora del valdepeñas a granel, servido en una frasca que se reservaba como sucedáneo de los postres, heraldos de las siestas. Era dedicación compartida por todos los alojados en la Sede organizar su biblioteca durante sus ratos libres. Los esfuerzos se concentraban en la colección de los miles de trabajos, muchos de ellos inéditos, de quienes hubieran tenido alguna relación con el Institut. A Mlle. Lin solo correspondía dirigir la actividad y gestionar la consulta de los fondos tras el descanso de la tarde.

     Fue en la mesa donde coincidimos con Herrault y su mujer, campesina que no se tomaba demasiado en serio las formalidades del comedor, que apreciaba lo justo el valor de los cubiertos y la servilleta, así se tratara de costillas o de sardinas. Trabajaba con abnegación para él. El segundo día, cuando por el director supo de nuestra presencia y de los contenidos del trabajo que se nos había encomendado, decidió que comeríamos aparte. Siguiendo sus instrucciones, la gobernanta, el tercer día, nos condujo hasta la mesa para cuatro en la que ya nos esperaban ellos.

     Durante la comida nuestra conversación no tuvo más asunto que sus preocupaciones. Hasta sus oídos había llegado que el trabajo que nos habían encomendado debía concluir en una cartografía. Era la oportunidad para hacernos partícipes de una importante novedad científica, la Gráfica, campo del conocimiento desbrozado no mucho antes por el pensamiento francés, del que Jacques Bertin, colega suyo, estaba siendo el padre. Para nuestra cartografía nada sería más oportuno que abrazar aquella innovación, de la que no teníamos noción alguna, como ninguno de nuestros connacionales. Era imprescindible partir de cero con buen pie. El Insititut debía organizar unas jornadas de iniciación a la nueva ciencia. Se podrían celebrar durante las semanas siguientes, una vez pasado el verano. Debían convocarse en el sur, espacio marco de la investigación en curso, donde mayor era el desconocimiento, tanto de esta como de tantas materias que en el África colonial francesa, gracias a los intercambios con la antigua metrópoli, ya eran moneda corriente. Él se encargaría de todo. Buscaría a los especialistas idóneos, negociaría con las instituciones la financiación del gasto que originara su presencia y una sede a la altura. Estaba en buena posición para asegurar el éxito de todas las gestiones. Durante años, había sido Jefe de Estudios del Institut, responsabilidad a un tiempo académica, administrativa y diplomática.

     La administración regional del Sur, en aquel momento, apenas empezaba y buena parte de los fondos a los que aspiraba debían provenir de las instituciones europeas, de las que entonces el estado de nuestras leyes aún no era parte. Para ingresarlos, el Institut, gracias a sus pasadas conexiones coloniales, nunca extinguidas, podía actuar como intermediario. Los estudios que promovía, cuando se trataba de materias con alguna relación con la actividad económica, eran sondeos de las posibilidades de ganancia al servicio de los inversores europeos, que ya deseaban arriesgar sus capitales en los territorios periféricos.

     Entonces estaban particularmente interesados por las posibilidades de la agricultura. Sobre todo les preocupaban las cepas. El objetivo del proyecto para el que trabajábamos era demostrar que la producción vitivinícola meridional era crónicamente excedentaria y de baja calidad, lo que hundía los precios de los caldos. El propósito no declarado de aquel teorema era arrasar con el cultivo de la vid cuanto fuera posible, para a continuación abrir mercado a los vinos continentales.

     Actuaba como pantalla encubridora del plan el secular latifundismo meridional, insostenible por ineficiente, justamente cargado con la mayor condena moral, por todos conocido, cuya secuela más nociva era un crecimiento económico poco saludable. A nosotros nos tocaba cartografiar el fenómeno en los tiempos históricos más recientes.

     En el tiempo que medió entre la decisión de Herrault y la celebración de las jornadas, fue adscrito al proyecto, sección histórica, Santos Máyer, cuyo interés por los problemas que debía resolver se limitaba a las cantidades que podía ingresar con su trabajo. Nunca lo ocultó y su sinceridad lo calificó para defender durante las jornadas la reconstrucción parcelaria que hasta entonces habíamos conseguido. Yo era incapaz de enfrentarme a un público autorizado, del que todo lo temía.

     Además de Gaston Herrault y Jacques Bertin, había decidido inscribirse en las jornadas una tropa de personajes de formación y disciplina académicas, la mayoría docentes en la primera universidad de la región, la Universidad Magistral, con distinto grado de compromiso.

     Jacques Bertin, llamado a ser quien abriera las jornadas, finalmente declinó su asistencia. Su agenda tenía previsiones para aquellas fechas desde hacía tiempo y sus compromisos precedentes eran inexcusables. Envió para que lo representara a Serge Bonin, su colaborador de confianza.

     Después, tuvimos que oír de boca de Sagrario Doncel, de la universidad de Oriente, la defensa del método del puzle para la reconstrucción del parcelario que se documentaba con el catastro de Ensenada. Estaba razonablemente sostenido. Pero extraerle resultados obligaba a disponer de varias vidas, si se quería reconstruir un área razonablemente representativa del mayor número de posibilidades.

     Aquel método permitía restaurar el parcelario de la propiedad, de cuyo supuesto peso todo el mundo tenía insistentes y agotadoras pruebas. No habían tenido que pasar muchas semanas para que descubriéramos que la persistencia en saber de la propiedad latifundista ocultaba una realidad bastante más compleja. Solo la fragmentación que podíamos observar a partir de nuestras reconstrucciones cartográficas tentativas, basadas en la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, lo devaluaban como fenómeno que decidiera.

     Acordamos aprovechar las jornadas dedicadas a la iniciación a la Gráfica para defender nuestro punto de vista, basado en un registro parcelario de 1771 que no se refería a la propiedad, sino a las explotaciones que habían estado activas aquel año. Cuando Santos Máyer expuso las conclusiones a las que habíamos llegado a partir de él, que trascendía la imagen del espacio que se obtenía gracias al catastro de Ensenada, todo se vino abajo. Su contingencia fue lo que nos costó el alud.

     Primero fue Adán Maqueda, entonces aspirante a un puesto en el departamento de Prospectiva Territorial de la universidad magistrante. Ignorar la propiedad, nos dijo, era edificar sin cimientos. La propiedad era determinante, decidía sobre todo lo demás.

     Nadie la ignoraba, le replicamos. Pero reducir la observación a ese factor, o utilizarlo como filtro de los demás, era privarnos del elenco completo de los actores del drama rural, que competían con el protagonista –en el supuesto de que el propietario lo fuera–, cada uno de los cuales se podía identificar gracias a un documento tan directo como el parcelario de 1771.

    Después fue Ramón Contreras, quien estaba preparando su tesis doctoral con el objetivo de ganar una plaza en el departamento de Anacronía Hispánica de la misma universidad. Elevó el tono de la crítica a nuestra posición a partir de un juicio sorprendente, tan sin sentido que fuimos incapaces de replicarle. Pensaba que habíamos incurrido en un abuso al servirnos del catastro de Ensenada como elemento de comparación. Él había recurrido a la misma colección de documentos como la principal informadora para su tesis, y trabajábamos sobre territorios, si no idénticos, sí muy próximos. Como había empezado sus trabajos antes que nosotros, nuestra obligación tendría que haber sido saber que él ya trabajaba a partir de aquella fuente. Con nuestra inmadura forma de proceder estábamos incurriendo en la contravención de una norma no escrita, cuya aceptación académica era universal, según la cual dos no podían trabajar sobre lo mismo. Le estábamos pisando la fuente, nos dijo. Más aún. Incluso se nos podría acusar de cometer un acto de filibusterismo intelectual, expuesto a penas administrativas, teniendo en cuenta que él tenía oficialmente registrado el título de su tesis. Eso nos ocurría por trabajar como francotiradores, concluyó, como gente al margen de las instituciones académicas, las que legítimamente tenían delegada la responsabilidad social de la investigación.

     Aquello no tenía sentido. El catastro de Ensenada se había convertido en el catecismo de todo el que se aproximaba al siglo XVIII, arqueólogo o no, y acusar a alguien de servirse de él era tan absurdo como recriminarle al del asiento vecino que hubiera tomado el mismo autobús que nosotros para ir al trabajo en el que ambos estuviéramos empleados. Definitivamente iban a por nosotros.

     La faena la remató Albino Marchante, ya consolidado profesor del departamento de Anacronía Precedente, colaborador habitual de la publicación científica del Institut y que antes también había trabajado para él. Investido de la mayor autoridad entre los historiadores presentes, se atribuyó la crítica más demoledora. Negó rigor y calidad a nuestro trabajo. Nuestros procedimientos no estaban avalados por precedentes que los autorizaran. Cualquier método debía estar contrastado con reiteradas comprobaciones de su oportunidad. Hasta entonces nadie había demostrado que aquello que llamábamos parcelario fuera una fuente adecuada, mucho menos idónea para el fin que nos proponíamos. ¿Quiénes eran sus autores, cuáles sus procedimientos para recabar la información? ¿Se basaba en declaraciones de parte, disponía de algún medio de control de los datos que recababa? En una palabra, ¿dónde estaban las conclusiones de nuestra crítica? No se podía confiar un trabajo con repercusiones sociales a gente sin experiencia, sin más aval que su buena disposición, que no ponía en duda, pero que no bastaba para enfrentarse a trabajos que tendrían consecuencias para el futuro de la región.

     No tuvimos quien nos defendiera. También Herrault había excusado su asistencia porque ocupaciones inaplazables lo retenían en Montpellier. Derrotados, no nos quedó otra salida que pedir perdón y retirar nuestra ponencia, que, reconocíamos, no merecía ser publicada. Para el consejero representante de las instituciones regionales, que fue el último en tomar la palabra, las jornadas habían colmado sobradamente sus objetivos.


Heliogábalo

Tadeo Coleman

Heliogábalo, uno de los emperadores degenerados que proclamaba el ejército, dueño del poder efectivo, que necesitó servirse de la crueldad sin razón para justificar sus decisiones abusivas, a principios del siglo tercero de la era, para satisfacer su depravación excéntrica restauró en Roma, solo por el tiempo de su imperio, el sacrificio infantil nacido en oriente.

     Su nombre anterior habría sido Vario, a causa de que Simiamira, su madre, sin cuya anuencia nunca tomó decisión alguna, lo había concebido de semen sin identificar, el mismo que mantuvo a su progenitor, ser único entre los candidatos a padre, en el anonimato.

     Según Elio Lampridio, uno de los autores recopilados en la Historia Augusta, el nombre que después lo distinguió era el de un dios solar, originario de Siria (pues los fenicios llaman Heliogábalo al Sol) de donde llevó su culto a Roma y del que antes había sido sacerdote.

     Aún en oriente, se había iniciado en el culto de la Magna Máter según el rito del taurobolio, durante el cual sobre el neófito caía la sangre de un toro mientras lo sacrificaban; imitó sin excederse los ritos de los galos, los sacerdotes de Cibeles que alcanzaban el grado santo una vez que se emasculaban; y tomó cuantas iniciativas rituales convenían al engrandecimiento de su dios. Cuando llegó a Roma para comenzar su gobierno, consagró a Heliogábalo el Palatino y lo hizo templo con la intención de que fuera el del dios único, tanto para judíos como para samaritanos y cristianos.

     Para restaurar el sacrificio infantil con todo su rigor, designó a lo largo de toda la península itálica a hijos de familias nobles mientras aún eran niños y vivían sus progenitores, y recargó el rito con la tortura. Actualizó la verificación del comportamiento de los progenitores durante el sacrificio, tal como se mantenía durante los años en que se había recurrido a la víctima vicaria. Debían estar presentes en el acto, y su entereza frente a la adversidad decidía sobre la satisfacción del pago debido a quienes habían tenido que vender a sus hijos para que fueran primero mantenidos, luego criados tal como correspondía a la condición aristocrática de la familia oferente y finalmente entregado a las llamas. Y todavía lo innovó con el concurso de una suerte de arúspices, que actuaban bajo su dirección cuando el sacrificio, que habría prescindido del holocausto, se había consumado. Examinaban las vísceras del inocente, y si encontraban en su disposición augurios favorables daban las gracias a las divinidades que tan indignamente los habían aconsejado.

     A decir de Lampridio, actuó con tan exacerbada crueldad inspirado por el deseo de multiplicar el padecimiento de quienes tenían que renunciar a ellos después de haberles dado la vida, y antes de que ningún accidente, de salud o por obra de un azar indeseado, los hubiera interferido.

     Los relatos de la Historia Augusta han sobrevivido desprestigiados, y Elio Lampridio pasa por apócrifo. No sería justo que la memoria de Heliogábalo, solo por haber encontrado este camino, no mereciera la condena. Al contrario, la crueldad que el narrador le atribuye la hace más veraz. Quien ingenió la Historia Augusta se habría servido de la cobertura de un intermediario imaginario para deslizar lo que de otro modo rechazarían sus lectores.


Pantocrátor

Daniel Ansón

Albino Casar, el abogado del barrio, ganaba dinero con su negocio. El suyo era el único despacho en aquel confín y allí vivía mucha gente. Pero la fortuna que manejó durante su vida no procedía de sus pleitos. Con su título en puertas, había concurrido al mercado del matrimonio en una posición que él creyó ventajosa. Los hechos vinieron a darle la razón.

     Inés, la hija de un trapero de altura, de gracias contenidas, fue su elección. Del negocio del padre sabía Albino por su abuelo, que liquidó los restos de un antiguo molino, heredado por su mujer, que nada había producido desde que dispusiera de él y que probablemente no producía desde décadas antes. La maquinaria estaba oxidada, los enseres, desvencijados, las telarañas, por todas partes.

     Era un trapero de recia formación iletrada, gordo, con la cara abotargada, los ojos saltones, padre de no sé cuántos hijos, todos varones, con el mismo rostro que el padre, Benítez de apellido, creo; menos Inés. Lo mismo compraba papel que chatarra, lotes enteros de desechos de fabricación, canastos y cestos de palma, la fruta podrida que desechaban los puestos de la plaza de abastos. Su pasión era la lotería, el sumidero por donde se le iba buena parte de los ingresos.

     Valiéndose de un conocido común, concertó las cosas de modo que coincidiera con Inés en las vísperas del carnaval. Apenas un baile, dos o tres paseos después, una merienda en la casa paterna fueron suficientes. El régimen del matrimonio le permitió disponer de la alícuota de los fondos del trapero.

     Los dirigió al mercado inmobiliario. “Los precios de las casas solo suben, nunca bajan”, fue el único principio en el que basó sus firmes decisiones.

     Tanto conocimiento de aquel abigarrado mundo se lo debía al hijo de un tendero, pertinaz depredador de pesos y monedas, invariable inmovilizador de sus ahorros en la calle eje del centro, fuera el edificio de viviendas, de oficinas o apenas un viejo almacén, superviviente de tiempos remotos. “Solo el solar vale más de lo que cuesta la casa”, reiteraba cuando se deshacía del dinero celosamente custodiado en un lugar de la tienda a buen resguardo, detrás del cajón de los garbanzos, entre el de las lentejas y el de las alubias, siempre al alcance de su vista, a medio metro de la caja registradora.

     En sus tiempos de aprendiz, cuando El Almacén era de un montañés, lo había elegido como el lugar más seguro. Entonces dormía bajo el mostrador, con una manta por toda compañía, frente por frente al cajón, a la altura de su vista. Si dormía con un ojo abierto, lo mantenía bajo vigilancia. Tras doce años de alternar la vigilia del ojo derecho con la del izquierdo, pudo tener la certeza de que hasta aquel lugar no llegaría jamás nadie, ni el más paciente de los ladrones, ni el más calculador de los dependientes que se adelantaran a la aurora, ni los ratones con la corte de sus gatos.

     Coincidía con el hijo del tendero en el bar de Casiodoro, a partir de las doce, y hasta las tres, a intervalos de unos veinte minutos, los que discurrían entre la atención a los clientes, el aviso al pasante de que lo iba a dejar solo y los saludos a la puerta del despacho. Eran cervezas, solo cervezas, las que trasegaba el hijo del tendero, ininterrumpidamente, acodado en la barra, durante aquellas tres horas de creciente inspiración mercantil. Albino no se podía permitir nada menos que un rioja, que a razón de veinte minutos por cada copa durante las mismas tres horas le permitían llegar bastante más lejos en sus visiones inmobiliarias.

     No es que despreciara las enseñanzas de su experto iniciador. Pero a base de tomar nota mentalmente de los pronósticos que le oía sobre la evolución de los precios, en aquel o en otro sector de la ciudad, las tácticas a emplear con quienes ofertaban, cómo proceder con los bancos, y analizar el lenguaje de las astucias que desplegaba -con el mismo lenguaje incontestable que emplean en sus afirmaciones los expertos que se presentan impasibles ante los micrófonos y las cámaras- supo dilucidar cuándo le mentía, cuándo estaba indicando con una negación dónde estaba la mejor oportunidad, a quién de los que condenaba como ineptos era necesario acudir para conseguir el precio más ventajoso.

     Consiguió consolidar la propiedad de diez o doce pisos en buenas zonas, y de cada presa esperaba la revaluación segura. Orgulloso de su olfato, saturado de certeza, creyendo a buen recaudo toda la inversión, tras conseguir buenos beneficios de las patatas calientes de las que se había deshecho con mano izquierda, decidió diversificar el negocio, e invertir en ganado. Era bastante más arriesgado porque era un bien perecedero. Pero poseído por la pasión del jugador, encontró en la necesidad de especular con tiempo limitado su nuevo placer. ¿Qué es lo que hay en el fondo de esa pasión? ¿Qué es lo que hay bajo la tierra que es capaz de germinar en colores?, recordaba. No sabría explicarlo.

     Contactó con un veterinario, cuyo título jamás había colgado en la pared de una consulta, especializado en precisar la edad de los ejemplares ovinos que salían al mercado sin tener en cuenta los anticuados métodos de los corredores de ganado, nada fiables, en su opinión la fuente de los engaños de todos conocidos, incomparables con los precisos resultados que proporcionaban condensadores, barímetros y espéculos de alta precisión, refractantes de los rayos que se proyectaban sobre los iris de cada cabeza.

     Para una primera experiencia, con su mediación, Albino compró a un ganadero derrotado por las pérdidas una docena de ejemplares hembra. Las vendió como dotadas de excelentes condiciones orgánicas para la maternidad, de entre uno y dos años certificados científicamente. La comisión del veterinario fue de una cuarta parte del valor neto de la venta, y el riesgo le pareció demasiado alto. Decidió cambiar de campo.

     Un hombre de su formación no se podía permitir no ser culto. Con su pasión por el fútbol, no pasaba de ser uno de tantos. A eso era necesario añadirle algo más, algo que la encubriera o que la relegara a un segundo plano, como una concesión a la clientela, con la que era necesario comentar los resultados de la última jornada. Seguro que en el mundo del arte, que tanto dinero era capaz de cambiar de mano en una sola jugada, podría ensanchar sus horizontes.

     Empezó por abonarse a la programación de ópera. El despliegue de los decorados, los ricos vestuarios y el desfile de los coros, a Inés la entusiasmaron. En los intermedios, en el bar, se codeaban con gente que solo conocían de oídas. Su vecino de localidad se la señalaba. Allí está el pintor Lasalle, aquellos, los modistos que visten a duquesas. Tampoco les importaban demasiado. Pero lo dejaron correr porque el pasatiempo fue suficiente para intimar con Suituberto, que así se llamaba quien ocupaba la localidad a la izquierda de Inés, un hombre simpático, de mundo, aunque nada lo hiciera prever. Era bajo, poco agraciado. Solo su particular elegancia hacía sospechar que su cabeza rondaba por lugares diferentes a los que poblaba la mayoría.

     Para la temporada siguiente, en vista del éxito, amplió el abono, y además de las representaciones de ópera contrató todas las sinfonías de Beethoven. Ahora, los días de concierto, Inés se dormía, y Suituberto, siempre obsequioso con ella, lo comprendía. Ni siquiera completaron la audición de la segunda, y en el descanso decidieron permanecer en el bar. A partir de aquel momento, y hasta que terminó la novena, los coloquios se fueron animando. Albino, que había visto en Suituberto un mediador, fue llevando las conversaciones hacia el terreno que pretendía pisar. ¡Cómo iba a imaginar que Suituberto era un excelente especialista en pintura medieval! Y que, más por pasatiempo que por lucro, en ocasiones, intermediaba en operaciones de un anticuario de prestigio, conectado con los centros de subasta internacionales. “Y ahora, ¿tiene a la venta algo interesante?” “Tiene de todo, y de todos los precios. Depende de lo que cada cual quiera invertir.” “Es que estoy pensando en comprar algo, nada en particular. Solo por no tener parado el dinero.” “Si quieres, te lo presento en su tienda y tú decides.”

     Terminó por comprar por mil quinientos euros una tabla de cuarenta y cinco por treinta, muy colorista, que representaba un Pantocrátor. Suituberto le aseguró que era algo tardía, del siglo XV, pero de muy buena escuela; si no flamenca, de alguno de los territorios hasta los que alcanzó su influencia.

     Albino sabía que lo estaban engañando. Pero su objetivo no era coleccionar arte. Solo trataba de probar si podría vender por más de lo que invertía, tal como había hecho con las ovejas o con los pisos que habían pasado por sus manos.

     Frecuentaba el despacho de Albino, en busca de las armaduras para sus batallas vectoriales, Martín Condestable, vecino, pintor experimentado y con olfato. Entre ellos se había instalado, desde que en el barrio se supo que Albino escalaba hacia las alturas del arte, cierta suspicacia cordial. Conociéndolo, desconfiaba Martín de que Albino llegara a saborear el néctar, y le pronosticaba que antes o después, por su falta de criterio, tendría un desliz, no en materia de arte, que por supuesto jamás quedaría a su alcance, sino en la comercial que perseguía. Aceptaba Albino el reto que así Martín le proponía, y llegaron a formalizarlo poniendo cada parte cierta cantidad de dinero sobre la mesa, cien euros, todo para el que consiguiera demostrar que el otro había errado.

     En cuanto tuvo la tabla en su poder, Albino llamó a Martín. Quedó sorprendido al verla. Era realmente buena. Aunque algún bestia la había barnizado sin contemplaciones, la obra no había perdido calidad, y el barniz, sin proponérselo, había servido de pantalla protectora. Los colores estaban apagados pero aún se podía apreciar que habían sido vivos en origen. Y el dibujo era preciso y muy descriptivo, impecable bajo ese criterio.

     Martín le pidió tiempo a Albino para formarse una opinión definitiva. Tenía que estudiarla con detenimiento. Durante todo el tiempo que quisiera, con la condición de que la pintura no saliera de su casa. Nada temía Albino de Martín. Solo lo hacía con la intención de provocarlo. No podría sacarla, aunque sí fotografiarla cuando estuviera solo.

     Dedicó los días siguientes a estudiar los detalles. Por encima de la cabeza del Pantocrátor había una mancha que parecía… ¡un platillo volante! Qué absurdo. Imposible. “Es mi retina, que interpreta un ovni porque tiene en la memoria la forma que se asimila a ese nombre.” Aunque bien pensado… “igual que se ven ahora pudieron verse en el siglo XV. A lo mejor el pintor no vio nada parecido, pero sí pudo tener en la memoria, como yo ahora, una representación de la forma, vista en algún manuscrito… Tal vez se sirviera de ella como un símbolo místico para asociarlo al Pantocrátor.”

     Era posible. En el halo que enmarcaba la cabeza había formas inidentificables que quizás tuvieran el mismo sentido. Parecían signos, puede que letras. Los amplió. Perdía calidad el fotograma. La forma se difuminaba y no se identificaba nada con sentido.

     Volvió al despacho de Albino decidido a ver aquel detalle mejor. Aprovechó un momento de soledad para levantar en aquel sitio el barniz. Sí…, parecían una jota y una e góticas. ¿Jota y e…?  Volvió sobre el ovni, y allí repitió su restauración de urgencia. Ahora el objeto que sobrevolaba la cabeza del Pantocrátor más que un ovni… ¡parecía un cordero!, un cordero que recogía sus patas bajo su vientre, casi una esfera “¡No es posible! Jan van Eyck firmó algunas de sus obras, y el cordero…” ¡¿Sería aquella tabla un ensayo para el retablo de San Bavón de Gante?!

     Tomó fotografías de los detalles, salió y se despidió en silencio. “¿Qué?”, le lanzó Albino cuando ya estaba en el umbral. “Es bueno, ¿verdad?” “No sé…”

     Los días siguientes Martín evitó aparecer por el despacho. Sufría un inexplicable episodio de abstinencia. Era por culpa de la dichosa tabla, a la que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

     “¿Por cuánto venderías la tabla?”, le preguntó por fin, la semana siguiente, Martín a su dueño. “Mira. No te tengo que explicar lo que tú sabes mejor que yo. Tú has visto la tabla con detalle y sabes que no es buena. Yo también lo sé, lo sé desde el primer momento. Sé que han querido engañarme. Pero también sé que puedo venderla por el doble de lo que me costó.” “Que fue…” “No estoy dispuesto a darla por menos de tres mil euros.” “¿Y tienes quien te la compre?” “Seguro que no falta. Ya lo verás.”

     Indagó Martín y consiguió contactar, esta vez en serio, con un centro de subastas internacional. Les dejó las fotos para que juzgaran. Al cabo de un par de semanas le comunicaron oficialmente que estaban dispuestos a pagar por la tabla, una vez contrastados los juicios de sus expertos, en nombre de un comprador británico, sesenta mil euros. No se podría vender como obra de autor certificada, y por tanto nunca podría alcanzar las máximas cotizaciones, pero tenía las calidades suficientes como para salir al mercado como una obra de buen nivel.

     Fue entonces cuando Martín tuvo la seguridad de que sus sospechas, que no había confesado a nadie, habían sido corroboradas. La casa de subastas, sirviéndose del supuesto comprador británico, estaba decidida a hacer su negocio del año. Para ella, todo consistía en contratar, una vez que la tabla estuviera en sus manos, a un experto que por una comisión regular hiciera público el descubrimiento. Tampoco a la casa, ni al experto, le interesaría que lo que pudieran sostener fuera rigurosamente cierto. Pero la factura de la tabla daría de sí lo suficiente como para atraer la atención y revalorizarla hasta límites que la difusión de la noticia hiciera imprevisibles.

     Una vez en manos de la red, era difícil salir de ella. No lo dejarían. Pero no sería difícil mejorar la oferta del supuesto comprador británico. Podía decirle a los subastadores que el dueño tenía otro coleccionista que estaba dispuesto a pagar más. Aunque la casa de subastas siguiera teniendo la exclusiva sobre la venta, se vería en la necesidad de admitirla, si no quería que quedara al descubierto la jugada con la que estaba maniobrando. Él, Martín, que era el único que tenía el mapa completo, podría servirse de algún testaferro para que representara aquel papel. El problema era disponer en aquel momento de sesenta y cinco mil o setenta mil euros. Cargaba con una hipoteca, tenía que pagar mensualmente alimentos y no vendía un cuadro.

     Se jugó su última carta. “La tabla tiene cierta clase. Es mejor de lo que pensaba. ¿Cuánto me darías de comisión si te encuentro un comprador por treinta mil euros?” Albino calló y en lo sucesivo nunca volvieron a hablar del asunto. El mercado inmobiliario se hundió, Albino tuvo que deshacerse precipitadamente de los pisos que había acumulado, y ni aun así pudo evitar la ruina. Pero de la tabla jamás se deshizo. Una vez muerto, la tabla pasó a manos de uno de sus herederos, quizás de alguno de sus acreedores, pero Martín, a fecha de hoy, ignora quién la tiene en su poder.


Incidente

Desiderio Iparraguirre

Un arriero, al que llamaban Colmillo, en la tarde del ocho de septiembre había dejado los mulos de su recua pastando en un cortinal. Estaba en las inmediaciones de un monasterio, regente de un lugar santo, un manantial de aguas milagrosas, centro para las celebraciones de los días singulares, polo de ocurrentes de toda especie cuando se conmemoraba cualquiera de los ingenios de la astucia religiosa. Aquel día era sagrado para los devotos de la natividad, y a él, devoto radical de la potencia generatriz, porque lo era de la fecundación, se confió Colmillo.

     Al otro lado del camino que pasaba ante la puerta de tan rentable lugar estaba el cortijo que labraba la sociedad Moreno y Escribano, uno de los más cotizados de las inmediaciones de la población, de los llamados de ruedo, donde los días comunes el trabajo los condenaba al infierno.

     Machos y hembras los había dejado su dueño sujetos con una traba, un ingenio para la custodia pasiva que consistía en una cuerda corta, reforzada con un trenzado, que a los animales inmovilizaba las manos. No les impedía desplazarse a saltos, mientras iban cortando con sus dientes el pasto, pero les agotaba cualquier ansia de recorrer distancias. A Colmillo le parecía suficiente para dormir tranquilo, confiado en que no saldrían de la parcela. No contaba con la brisa nocturna de los últimos días del verano, que saturó el aire con el hipómanes de las yeguas estabuladas en el cortijo. Quienes lo explotaban las mantenían para que las elegidas por la fortuna fueran madres de ejemplares para la remonta, y todas contribuyeran, llegada la estación, a los trabajos de la trilla.

     Uno de los machos mulares sin castrar, enardecido por la carga del aire, se deshizo de la traba, se extravió y se fue para las yeguas. Que fuera o no estéril solo los hechos llegarían a demostrarlo, pero desde aquel momento el poderoso mestizo dejó constancia de que la naturaleza no había renunciado a nada cuando fue concebido. No tuvo suficiente con una. Maltrató e hirió a varias, buena parte de las cuales estaban preñadas. Su lujuria llegó a tanto que una de las yeguas, que bien podía haber sido su madre, quedó herida por una mordedura, profunda y sangrante, realmente grave.

     Los regentes del cortijo, cuando a la mañana siguiente vieron los estragos que había causado el monstruo, se temieron graves perjuicios para su capital, mientras que Colmillo, avisado por el hermano portero del cenobio, se apresuraba a recoger al macho yacente, exhausto, sus dientes de bestia a la vista, la lengua colgando, su rostro contraído en una sonrisa sardónica.

     Enseguida dispuso que la yegua herida fuera curada por su cuenta, y el día siguiente las partes, de común acuerdo, designaron a un mariscal, Alceste de nombre, para que evaluara los daños que hubieran sufrido las inocentes ninfas. Sería su certificado el que discerniera si los había causado cualquier desgracia de las que tienen su origen en los accidentes que afectan a los équidos, o en el maltrato y el caldeo padecido a causa de la brega del macho. En el segundo supuesto el arriero tendría que hacer frente al fuego de su ejemplar. Tendría que liquidar a los consocios todos los perjuicios y daños apreciados a las yeguas, más los malos partos que pudieran ocurrir en el transcurso de los dos meses siguientes. Y si durante ese tiempo muriera alguna de ellas, como la que había sufrido la mordedura del mulo, los indemnizaría con su valor. Pero si pasara el plazo convenido sin ningún contratiempo, el arriero quedaría relevado de cualquier obligación.

     Alceste, de palabra, ante las partes, y por escrito para el juez de campo, podría congratularse de que nada había trascendido a mayores, en parte gracias a sus cuidados, salvo que tres de las yeguas habían quedado preñadas. El mariscal, Colmillo, Escribano y Moreno celebrarían el prodigio, y el arriero, como recompensa al mal trago que hubiera hecho pasar a todos, decidiría renunciar a cualquier derecho sobre los potros que nacieran.


Microeconomía

Rosendo Abril

Isaías trabaja en la casa desde siempre. Ha sido nuestro chófer desde que el abuelo de Fernando, otro más de la familia, compró el primer Ford, negro como el dedo del diablo; más que negro, fúnebre; de cuatro puertas, estribo, techo alto y motor delantero; un prodigio de la mecánica contemporánea en serie. Lo compró en el puerto, recién descargado de la bodega del trasatlántico que lo había traído hasta Málaga, a donde su abuelo iba a comerciar en pasas. Fue a causa de una novia que tuvo, antes, durante y después de su matrimonio, natural de Ronda pero afincada desde niña en el litoral. El padre, calculador, consintió la relación en beneficio del capital de la empresa envasadora de la uva moscatel que administraba. Su dueño, establecido en las Molucas, había creado una factoría de especias con la esperanza de monopolizarlas en la península. Invertía en oriente lo que drenaba con la venta de las pasas, lo que descapitalizó alarmantemente la casa matriz. El padre de la novia del abuelo vio en él la oportunidad de arruinar definitivamente al empresario de las pasas y hacerse con el negocio. Todo consistía en que el abuelo, bajo nombre falso, hiciera un pedido ciclópeo de pasas, no las pagara y despareciera, tan incorpóreo como su seudónimo. La empresa quebraría y ambos la comprarían de saldo. El abuelo no tenía un duro para intervenir en el negocio. Vender su firma falsa fue toda su inversión. Un sinvergüenza sin paliativos. Su capital fue su extorsión. Sabía demasiado, y lo fue detrayendo al administrador, periódicamente. Era imprescindible que visitara regularmente Málaga y contrató a Isaías, que entonces conducía un taxi. Para retirar sus beneficios y de paso cumplir con el débito conyugal, según creía el padre, quien había asistido a una boda en Antequera, preparada por el astuto abuelo, en la que el sacristán de la iglesia, que siempre vestía sotana, celebró un solemne enlace de valor nulo. Tan falso como el registro que firmó. Con nutrida concurrencia de acólitos, músicos e invitados, todos figurantes que el padre con gusto pagó, convencido de que liquidaba una dádiva y no la obligación de un contrato. Lamentablemente, el matrimonio no procreaba, la esperanza del padre para concentrar el capital. Solo a un aborto tuvo que arriesgarse la novia, en condiciones temerarias, tras el cual las más depuradas técnicas de contención del disparo seminal, importadas de París, se impusieron. Aquel capital al abuelo, además de una doble vida, que sostenía con naturalidad y constantes viajes inexcusables, con Isaías ya al volante del Ford, le permitió dedicarse al préstamo, con tanta fortuna que fue uno de los socios fundadores de la caja de ahorros. Fue creada como patronato benefactor de la clase obrera, para que los operarios de los nuevos tiempos, del campo y de la construcción, pudieran edificar su casa a bajo interés y largo plazo. De la caja su hijo Ramón fue, desde que tuvo edad para ser responsable de sus actos mercantiles, miembro nato de su consejo de administración. Lo presidió regularmente, en alternancia con el hijo del gerente de la olivarera del Tranco, durante décadas. Cuando Ramón accedió a los cargos ilustres, Isaías aún conducía el Ford, ya contratado en exclusiva. Ahora, siempre vestido con su discreta rebeca, que envuelve una moderada panza, ya está jubilado.


La piedad de los antiguos

Daniel Ansón

Entre los masagetas, según cuenta Herodoto, regía en tiempos arcaicos la feliz costumbre de que, cuando alguien alcanzaba la ancianidad extrema, sus allegados le evitaban terminar sus días a causa de la enfermedad inmolándolo, y con él un buen número de animales de antemano consagrados al sacrificio. A continuación, cocían todas las víctimas, la humana y las bestias juntas, y las sacralizaban ingiriéndolas durante un banquete en honor del difunto, de quien de este modo celebraban que hubiera escapado a una muerte cruel. Este era el modo de conmemorar que alguien hubiera eludido la muerte natural, lo que para ellos era la felicidad extrema.

     Tan singular costumbre ni era exclusiva ni consiguieron mejorarla los indios padeos de tiempos de Darío, que incurrieron en el exceso de la cantidad. Cuando enfermaba alguien de la tribu, también sus allegados resolvían sacrificarlo, el hombre por los de su sexo, la mujer por las del suyo, justificándose con que si la enfermedad lo estragara sus carnes se corromperían. No valía que los afectados protestaran no estar enfermos, tal como solía ocurrir. Nadie los creía, y los parientes, resueltos, sin aguardar a que se manifestaran otros signos del mal, con sus cuerpos se daban un banquete. La consecuencia era que entre los indios padeos la vejez era rara, a pesar de lo cual, si alguien la alcazaba, tal como los masagetas, la conmemoraban inmolándolo y comiéndoselo.

     De los isedones se sabe que cuando a un varón se le moría el padre sus allegados le regalaban reses, que sacrificaban y descuartizaban, tras lo cual también partían en cuatro trozos el cadáver del difunto. Con todas las carnes juntas procedían a celebrar un banquete, pero la cabeza, de la que habían despojado al muerto antes, la depilaban, la lavaban con cuidado y la bañaban en oro. Una vez seca, la veneraban como una imagen sagrada a la que se ofrecían sacrificios todos los años.


La vuelta al mundo

Daniel Ansón

Antonio Pigafetta, nacido en Vicenza, donde Andrea Palladio concentraría su arte, escribió la crónica más divulgada de la travesía que completó la flota de Magallanes. La dirigió a un antepasado de Villiers de l´Isle Adam, el autor de los Cuentos crueles, de nombre Filippo, gran maestre de la orden de Rodas, de la que Pigafetta era caballero.

     Durante los años que consumió la derrota fue tomando nota de hechos singulares, unos vividos, otros conocidos por relatos. De ellos explota el contraste de las costumbres, y abunda en lo anómalo. Parece que su propósito hubiera sido atraer la atención del lector invirtiendo los valores de su mundo.

     Cuenta que en las aguas del Mar del Sur de China quienes vivían en sus poblaciones litorales, cuando salían a navegar encontraban flotando un fruto más grande que una sandía, cuyo origen les era desconocido. Uno de los juncos que habitualmente salían a la ventura, navegando por sus aguas, un día fue arrastrado por el viento hasta unos violentos remolinos. Destrozada la embarcación por la fuerza de los giros, y absorbidos todos sus tripulantes, asido a un madero sobrevivió un niño que los acompañaba. Para ponerse a salvo, subió a un árbol que emergía junto a los vórtices y en él se cobijó, rendido, perdida la noción del tiempo. Al despertar un día después, fue consciente de que había dormido bajo el ala de un gran pájaro. El ave convivía con otros ejemplares de su mismo tamaño en aquel árbol gigantesco, que era el responsable del fruto enorme que atrapaban con sus redes los pescadores del litoral. Los pájaros, de extraordinaria envergadura, estaban dotados de tanta fuerza que eran capaces de llevar hasta sus nidos, para asegurar la manutención de los suyos y la propia, búfalos y hasta elefantes, que transportaban aferrados con sus garras. Fue cuando el pájaro que lo había cobijado voló para hacerse con un búfalo que el niño pudo volver a su tierra.

     De los habitantes de una isla en el área indonesia, próxima a Timor, dice que son muy veloces, y de ellos le llama la atención su voz, que es aguda. Cobijan sus hogares en cuevas subterráneas, se afeitan todo el cuerpo y no emplean indumentaria alguna, y se alimentan de lo que pescan tanto como de una resina blanca, que extraen en forma de bolas de entre la corteza y el tronco de ciertos árboles. No son más altos que un cubo, precisa, y del mismo tamaño que sus cuerpos son sus orejas, propiedad que les proporciona la ventaja de utilizar una para acostarse dentro de ella y la otra para protegerse de la intemperie de la noche.

     De buena parte del relato se tiene la sospecha de que tal vez lo que le pareciera más eficaz, para hacerse con la atención de sus lectores, fueran las escenas de antropofagia. Supo que en la isla de Sulach, también del área indonesia, habitaba gente sin creencias y desprendida, que andaba desnuda por su país, cubría sus compromisos con un trozo de la corteza de un árbol y comía carne humana.

     No le parecen mucho menos peculiares que los hombres que se hacen llamar Los Peludos, que viven en un cabo de la isla de Mindanao, a la orilla de uno de sus cauces fluviales. Son esforzados y felices guerreros que se sirven de arcos y espadas, de solo un palmo de longitud, para enfrentarse a sus oponentes. Cuando en el transcurso de un encuentro se cobran la vida de uno, se comen nada más que su corazón. No lo elaboran, salvo que lo marinan con zumo de limón o de naranja.

     Menos frecuente era lo que ocurría en un lugar de la Tierra de Verzin, actual Brasil. Allí el hijo único de una anciana murió a manos de los jóvenes de una tribu vecina, con la que los suyos se mantenían enemistados. Días después, los consanguíneos del varón que había dejado a su madre desolada, dieron con uno de los que habían participado en su muerte, se hicieron con él y lo llevaron a presencia de la anciana para que decidiera. Le propinó un mordisco en la espalda, a pesar de lo cual, y de su prisión, consiguió huir y volver con su gente, a la que contó que habían querido devorarlo. La réplica no se hizo esperar. A la primera oportunidad, una vez tomados presos algunos de la tribu de la anciana, se los comieron, tras lo cual los deudos de los devorados, como venganza, no tuvieron más que comerse a quienes antes habían sido comensales. Pero cualquiera de ellos, para digerir el cuerpo de la represalia, que guardaban como bien comunal, cada vez que decidía congratularse con la venganza le cortaba del muslo un filete, se lo llevaba a su casa y allí lo ahumaba. A los ocho días, para completar el rito, volvía sobre el cuerpo conservado y se cortaba otra porción, que esta vez asaba y combinaba con los otros manjares que reservaba para su mesa. Todo lo cual lo celebraba en conmemoración de sus enemigos. Bajo aquellas premisas regía en aquellas tierras el derecho de gentes.

     Debió ser el espíritu de emulación lo que condujo a quienes se habían aventurado en la travesía a tomar decisiones equiparables. Estaba la expedición atracada en un islote próximo al cabo de Gaticara, en el extremo sur de la India, cuando se vio sorprendida por un ataque de la población indígena. De resultas de la emboscada, se vieron privados del esquife de la nave capitana, que los atacantes apresaron. Cuando se disponían a desembarcar para recuperarlo, algunos de la tripulación, contaminados por aquellas aguas insanas, encargaron a los ballesteros de la tropa que defendía la flota, responsables del contraataque, que si mataban a alguien, hombre o mujer, les trajeran sus intestinos, porque estaban seguros de que en cuanto se los comieran se curarían.

     Tampoco quiso privarse Pigafetta de relatos que le pudieran ganar la simpatía más espontánea, haciendo concesiones a la fantasía y a la identidad. Si no es posible asegurar que con este recurso consiguiera más aplauso de sus lectores que con el de la antropofagia, se puede conjeturar.

     Refiriéndose a quienes viven en la isla de Mactán, del archipiélago de las Filipinas, revela que sus varones, porque son de escasa potencia, la estimulan con una barrita de oro o de estaño que les atraviesa el miembro. Diversas veces quise que me lo enseñaran muchos, así viejos como jóvenes, pues no lo podía creer, reconoce, y a continuación se recrea en la descripción de los efectos de tan singular costumbre. Y a propósito de los solteros de Java, estos tocados por el don de la poesía, cuenta que con un hilo, cuando se enamoran de una joven, se atan al miembro una campanilla. Al acercarse a la ventana de la pretendida, la campanilla suena entusiasta, y al momento ella acude, y hacen su voluntad. A sus mujeres les causa gran placer escucharlas cómo les resuenan dentro de sí, concluye.


Escasez constituyente

Gastón Barea

Dómaldi había heredado a su padre y gobernaba la primera ciudad de las tierras escandinavas. Pero, al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad, la escasez y el hambre se adueñaron de ella. No era desconocida entre sus habitantes aquella calamidad, y para afrontarla ya tenían previstas soluciones. La medida que convenía tomar primero era organizar grandes sacrificios. Solo se trataba de verificar las aptitudes del rey, entre cuyos atributos exclusivos estaba el ejercicio del sacerdocio.

     La ciudad, a elevada latitud, aislada y fría, decidió que en su ágora se celebraran solemnes los sacrificios. Todos concedían al lugar un gran prestigio en lo que se refería a la comunicación con los dioses, quienes, a pesar de los poderes que tantas veces les han sido reconocidos por las constituciones, siempre se han visto obligados a sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias o los cambios de humor de sus devotos, que tasan el respeto que les deben por los beneficios que de ellos, directamente o por persona interpuesta, reciben.

     Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, más sombrío cuanto más otoño, y más otoño cuanto más abarcado por las sombras que el otoño prolongaba cada día, allí sacrificaron portentosos bueyes de nulos atributos. Querían hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes por razones constitucionales tenían concedido que decidieran por encima de los hombres. Pero el año que siguió persistió en la adversidad.

     No fueron los septentrionales presos por la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que con más probabilidad, por su alcance en el tiempo, harían volver la vida al curso deseado. Las estaciones siguieron su orden y no dejaron de manifestarse estériles. Al llegar al siguiente oscuro otoño con las despensas ya vacías, más drásticos puesto que más acobardados, acordaron un conjuro más cruel. Decidieron sacrificar a un hombre, renuncia que era el siguiente grado de la oblación prescrita para el rito de la crisis por la constitución de fundamentos teocráticos de aquella ciudad. Los poderes oficiantes del monarca debían ponerse a una prueba definitiva con tan extrema ordalía. Prestándose a tan exigente entrega, el monarca celebrante, una vez consumada, si los conservaba debía propiciar la naturaleza.

     Tampoco la consecuencia de una decisión tan radical fue la que todos deseaban. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente. Como en todos los sacrificios, el rey había oficiado como sacerdote supremo en ejercicio de su alta responsabilidad, de su manipulación habían dependido el portentoso holocausto y luego la ofrenda cruenta de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto adverso que ambos ritos habían tenido dejaba al descubierto algo que nadie deseaba mencionar, la posible raíz litúrgica, no tanto del mal, como de la crisis, más grave aún que la peor de las pestes.

     No era una adversidad que juzgaran superficialmente la que los llevaba a aceptar tan rigurosa explicación. La misma especulación teológica que estaba en el origen de la justificación de su orden político había deducido, para las circunstancias extremas, que la adversidad, si persistía la escasez, podía ser atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, incluso cometida por descuido, podía ser castigada por los exigentes dioses del modo más severo. En aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los pensadores políticos, que tanto más se mantienen como consejeros cuanto más atrevidos son cuando deben apresurarse en su trabajo, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos con toda la intensidad propiciatoria, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza, que podía ser inconveniente.

     Reconocido el bloqueo del poder en aquellos términos, no había otra opción constitucional que inmolar al rey. Fue necesario interpelarlo. El único soberano prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso; una réplica gracias a la cual todavía por algún tiempo pudo, en tan crítico estado, contener la descomposición de sus poderes y su persona. Oportunamente, algunos hombres prudentes, conscientes de la gravedad de las situaciones que exigen las decisiones más radicales, al tiempo que ceñidas a la ley, ya entonces habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea.

     Llegado el tercer negro otoño, los septentrionales de nuevo decidieron reunirse en su ágora, más sagrada según se agravaba la crisis y tanto más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en un número desconocido. Incluso los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones únicas. Breves fueron los discursos declamados, contenidos sus argumentos, escuetas las amplificaciones de los expertos oradores que cautivaban a los auditorios. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba. Estuvo concluida la jornada cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un sacrificio definitivo, todo lo solemne que el rito ingeniara, e inmisericorde. Estaban convencidos de que así a las calamidades sucedería por fin un buen año.

     En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión el rey desapareció. Encarnación del estado, había aceptado considerarse inmune, contando con el aval de los años prósperos y su singular prosapia. Mas, discordante con el depurado pensamiento que inspiraba su teología política, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional que lo obligaba a inmolarse, una impugnación a cuya regulación la ley hasta entonces se había resistido. Aquella modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones, luego llamada por los constitucionalistas cambio de dinastía, entonces, entre los pueblos septentrionales, aún carecía de nombre, porque para ellos era una respuesta esporádica.

     La crisis, como la veda, quedó abierta. Los hombres del norte reunidos en tan decisiva asamblea acordaron que era necesario sacrificar al rey en el mismo lugar donde la trágica decisión se estaba tomando, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Aquel rito purgaría la inconveniencia que padecían, el sacrificio solemne del rey haría desaparecer una vida que había sido reputada contraproducente para todos. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, parecía además un imperativo al que ninguna decisión mejoraría.

     Se juramentaron para capturarlo. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, entre las aguas empantanadas y los matorrales, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo refugio de bestias eran, antes de que fuera dada por concluida la magna convocatoria. Finalmente, fue encontrado exhausto y hambriento, las escasas ropas que aún vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta su labio. Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, la liturgia que a continuación debía seguirse fue preparada por los que estaban interesados en la recuperación del equilibrio dictado por sus normas constringentes, solidariamente. La inmolación de la víctima como consecuencia de la voluntad unánime sería suficiente para cerrar el ciclo de la ceremonia constitucional prescrita.

     A diferencia de lo que era habitual entre los septentrionales cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, a la ceremonia de la ofrenda del monarca no debía seguir un banquete a costa de su cuerpo, porque no había necesidad de ensañamiento, ni parecía lo más procedente su reencarnación valiéndose del estómago de sus súbditos. Tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba solo de un acto en favor de un principio constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, y él lo sabía, cualquier monarca estaba expuesto al riesgo de la inmolación por tan justos y arcanos principios políticos.

     Bastó la dispersión de la sangre que el cuerpo del rey había vertido para que todo quedara consumado. Cuanta potencia negativa pudiera contener, a consecuencia de un gesto tan apropiado, quedó pulverizada. Con la muerte del rey a manos de sus súbditos, culminaba la crisis. Más alto no podía dirigirse previsión alguna del orden constitucional. La expulsión por sacrificio de lo que impedía el correcto desarrollo de la vida común a partir de aquel momento permitiría la renovación de la más alta responsabilidad política. Otro linaje reservado para cargar con la realeza estaba presto para servir a todos.


La viuda de Cantor

Daniel Ansón

Cantor, durante años, había preparado a su hijo para la lucha olímpica, en la que antes que naciera habían vencido su abuelo materno y los dos hijos de este, sus tíos. En su casa habilitó todas las dependencias, unas para el descanso, otras para el esfuerzo; aquellas para el aseo, estas como despensa viva al servicio de la dieta adecuada a una complexión atlética, todas ateniéndose a la misma idea. En el corral instaló pesas y tensores, un fardo inerte y compacto pendiente de una cadena, una gruesa cuerda sin nudos que bajaba desde la rama más vigorosa del limonero, y cavó una hoya para que en un estanque, alimentado con el agua del pozo, cupiera un cuerpo tendido.

     Antes de que el sol saliera, lo levantaba. Le obligaba a tomar un baño frío aun en invierno y lo sometía a la primera ingestión de zumos, fibra y proteínas. Las comidas de las mañanas eran pródigas en berenjenas y aceitunas negras, las carnes las dosificaba en fracciones a lo largo de la jornada.

     En el pupilo el hambre se mezclaba con el deseo de ingerir alimentos prohibidos, con los que soñaba. Sonámbulo llegaba hasta la puerta de la alacena de la matanza, asegurada con llaves y travesaños. Volvía de vacío al lecho y se tendía boca abajo, y en sueños volaba.

     Murió el padre. Algunos creyeron que había sido víctima del afán de emulación que había descargado sobre el hijo. Hubo quien pensó que una maldición le había sobrevenido, tal vez un accidente frente al que no pudo reaccionar. Su prestamista fue quien más lo lamentó, a sabiendas de que le había denegado su último requerimiento.

     La viuda no soportó que por aquella causa las aspiraciones al matrimonio de su único varón quedaran insatisfechas. Su pundonor la fortalecía. Lo puso a punto para el siguiente certamen gimnástico conmemorativo del primero de los dioses. A él concurrieron completando el trayecto en jornadas que el púgil hacía a pie, la madre a su lado en una caballería de carga.

     Ya en la ciudad, supo que los entrenadores debían acompañar a los contendientes antes de que comparecieran en público, durante la pelea y después de que hubieran abandonado la palestra, con el fin de auxiliar al pupilo y darle aliento. Pero la presencia de las mujeres en las competiciones olímpicas estaba severamente castigada, tanto que si eran descubiertas las precipitaban a un desfiladero erizado de rocas.

     A sabiendas del peligro al que se exponía, la viuda se vistió como los entrenadores. Camuflando su voz y su anatomía, jadeó al combatiente, desesperó de los ardides del contrincante. Terminado el combate, la recluyeron en el recinto donde los preparadores debían aguardar el veredicto. Los jueces de su arrojo decidieron que otro fuera el vencedor, dictamen que impugnó airadamente. Tanto cargó con su ira los denuestos que la guardia que custodiaba el recinto fue a detenerla. Para evitarlo, saltó la valla del recinto donde había permanecido expectante, con tan mala fortuna que la prenda que la encubría quedó pendiente de la empalizada y su cuerpo desvelado.

     Por reconocimiento a sus evidentes méritos, más que a los de sus antepasados, fue indultada. Pero, en lo sucesivo, los entrenadores debieron entrar desnudos al recinto.