Cuidado con la velocidad
Publicado: diciembre 19, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: agraria, economía Deja un comentarioJ. García-Lería
Si se admite que las pequeñas diferencias entre las clases locales de medidas de capacidad las iría aboliendo el comercio del grano, para adelantar en el análisis de los rendimientos es posible soslayar el problema originado por las medidas de superficie. Basta con relacionar el producto con la cantidad de semilla que se invierte en cada cultivo, ambos expresados en las mismas unidades de capacidad, para obtener una versión razonablemente sólida de los rendimientos, no por unidad de superficie, sí por unidad de grano invertido, una forma de expresarlos también utilizada en la época. No sería demostración inmediata del rendimiento del suelo, el objeto que sale al mercado de las cesiones, pero sí de otro factor de costo, tan responsable de los cálculos de la empresa como el precio del suelo; que representa igualmente la capacidad productiva de este, aunque sea a causa de la mediación de otro elemento; y, sobre todo, permite el análisis comparativo necesario. Dados los medios disponibles, parece que es la mejor vía posible para avanzar.
Pero acometer por este frente la experiencia obliga, antes de iniciar los cálculos, a tomar otra precaución. La cantidad de simiente invertida cada año está, en cada explotación, modificada por su sistema de cultivos, expresión con la cual la literatura de las materias objeto de este texto distingue la estrategia productiva que cada empresa agrícola se trazaba. Combinando los elementos primordiales de su capitalización cíclica, que son suelo, simiente y abonado, con la decisión que se hubiera tomado sobre el cultivo o cultivos que en el transcurso de las estaciones le convenían, concebía un plan para ejecutarla.
Al ajuste entre las piezas elegidas se le suele reconocer una precisión difícil de alterar. Sin embargo, es posible contradecir esta idea con las decisiones que las empresas productoras del cereal tomaron en el otoño de 1749, de las que hay disponible información suficiente como para desesperar de leerla, reconocer la incapacidad para anotarla y estimular el espíritu de la contradicción. El sistema, para la cadena de los acontecimientos y las decisiones de cada empresa, era solo un fondo de conocimientos, servidos por una tradición iletrada, a pesar de lo cual pretendía sumar todos los saberes tecnológicos aceptados. Sería un error confundir su aplicación, que también era crítica, con el enunciado de los principios de aquel cuerpo de conocimientos, que la encuesta fuente, consultada en esta parte, también permite analizar. Sobre todo consiente que los sistemas de cultivo sean observados según velocidad.
Esta magnitud, en el orden de las composiciones técnicas reflexivas aplicadas al cultivo de los cereales, puede aislarse como la frecuencia con la que una misma unidad de suelo, objeto con el que se comercia en el mercado de las cesiones, era requerida para que proporcionara una cosecha. Aceptando esta abstracción, solo en el ámbito de la muestra se pueden reconocer hasta dieciséis velocidades distintas.
La más alta era la que permitía obtener cada año, sin interrupción alguna, cosechas de las dos modalidades regulares de producto, verde o alcacer y maduro. Era un recurso técnico asociado a este efecto, que la fuente al menos alude y que si no en todo en parte contribuía a él, la proximidad a la población de la parcela cultivada, una circunstancia descrita de manera sumaria llamándola genéricamente cortinal o localizándola en el área que insistentemente nombra ruedo. Quizás el valor de la distancia fuese menor en el primer caso que en el segundo, pero se puede dar por seguro que en cualquiera de los dos era despreciable como costo, no actuaba como factor que modificara la decisión a favor de esta velocidad, y que el limitado tamaño de la parcela permitía concentrar en ella trabajo. También se puede reconocer responsabilidad en su sostén al cercado, combinado o no con cualquiera de las dos localizaciones identificadas, que capacitaba para poner el suelo a salvo de las servidumbres ganaderas que limitaban su uso. Tras cualquiera de las dos posiciones en el espacio, o del aislamiento del cultivo, operaría además como causante común la posibilidad de recurrir al abonado con garantías de éxito y sin arriesgar un costo insostenible, porque para suministrar la masa orgánica consumida podía ser suficiente el estiércol que proporcionara el ganado que al mismo tiempo aportaba la energía animal requerida por los trabajos del campo; en cuyo caso el precio del fertilizante, que aparentemente sería ninguno, formaría un todo con el de la alimentación del ganado, justamente mejorable con incrementos pequeños de inversión para conseguir más riqueza nutritiva del horizonte orgánico del suelo.
Pero a favor de esta velocidad más aún actuaban, por el orden en que son enunciados, medios como el regadío y la cultura promiscua. Para servirse del primero, habitualmente bastaba con incluir el cultivo de los cereales en el espacio reservado al uso del agua como factor productivo, lo que daba origen al complejo que solía conocerse en las poblaciones del área con el nombre de huerta. Era compatible durante el mismo año, cuando estaba al alcance recurrir a este medio, el cultivo del cereal con el de las hortalizas, aunque también había localizaciones y comunidades que decidían una combinación de cultivos, durante el mismo plazo, con leguminosas, lino o cáñamo. Tanto en una posibilidad como en la otra parece incluida una dimensión de la parcela pequeña, dado que para referirse al tamaño de estos espacios se prefiere la medida con aranzadas, la menor de las unidades cuando el sistema métrico superficial es mixto.
Mayores debían ser las parcelas que daban cabida a los cultivos promiscuos, porque una parte de ellas al menos recurría a la fanega. Un hospedaje regular para los cereales era el espacio vacío entre árboles frutales, a su vez cultivados también en las huertas, lo que por tanto sumaría a la combinación el recurso al agua, entente compleja con la que ni los frutales ni el cereal sufrían menoscabo alguno. Bastante más frecuente era que el cereal ocupara también la parcela ya sembrada con olivos, incluso si estos aún no habían dejado de ser jóvenes estacas y garrotes, momentos del árbol inmaduro tan infructíferos que carecían de valor contable; aunque, si bien no en todas las situaciones, ocurría que esta combinación al producto obtenido del cultivo arbóreo podía causarle detrimento, que algunos cifraban en la cuarta parte de la cosecha anual. El de los cereales, en recompensa, era equiparable al que se deducía de tierras similares en las que se hubiera cultivado solo.
También era posible, aún más que la convivencia con frutales, allí donde se conservaba bosque autóctono, que el cereal fuera sembrado entre sus árboles. Aunque esta fuente no utiliza la expresión, en alguna parte al menos debió tratarse de lo que otras, contemporáneas suya, llaman con naturalidad dehesas de pasto y labor. El bosque había llegado a un estado de degradación controlada contenido en aquella forma de expresarse justo para permitir, entre otros objetivos, la convivencia de frutos referida cuando fuera necesaria. El documento prefiere siempre evocar estos espacios, de la manera más sucinta, llamándolos encinares. Actúa así porque desea que conste que los frutos que dan las dos especies, la bellota y el grano, compatibles, tampoco conocen degeneración alguna porque compartan la misma parcela, como no degenera el texto porque incluya relatos expansivos, amplificaciones no demasiado justificadas o cierta tendencia a la especulación con los hechos demostrados, aun reconociendo que la historiografía realmente debe huir de estas tentaciones, tan atractivas como estériles, porque, de caer en ellas, la única víctima es el autor, que así ve minado su crédito.
Mediante análisis comparativo, tal vez se podría añadir que el producto de cereal, por tratarse de tierras fertilizadas regularmente por el ganado, sería excepcionalmente estimable. Si ocurriera también que el aprovechamiento del fruto de la encina, en cada espacio, se hiciera en montanera, la presencia de los cerdos en la parcela contradiría la incompatibilidad entre esta especie y el ganado de labor, imprescindible para el cultivo del cereal, que pretende una parte del arbitrismo hispánico de mediados del siglo décimo octavo, para el que la tierra en la que hubiera hozado el cerdo, aparte los destrozos que alimentar así causaba al suelo, repelía a los demás animales.
Más de la mitad de las poblaciones de la encuesta, en cierta porción de los espacios que aprovechaban, aplicaban alguna o varias de estas combinaciones de recursos. Para ellas -las poblaciones-, y para los límites y propiedades que contiene la experiencia, era el grado de aprovechamiento del espacio para cereales que hay que admitir intensivo, quizás mejor de intensidad en el grado más alto. Al contrario, porque las combinaciones de recursos, dado que cada uno era un costo, tenían que ocupar los lugares más altos de la escala de los gastos, su valor relativo en el espacio siempre tuvo que ser bajo.
Eran raras las velocidades altas de transición, del tipo cinco cosechas en seis años o dos en tres. La responsable de ellas que menciona la fuente era la formación del suelo catalogado como vega. Porque era un producto observado como la consecuencia del depósito aluvial en las riberas, expresaba una vez más la creencia en la rara fertilidad natural como causante de las altas posibilidades para el cultivo. No llegaba a la conciencia del momento el papel que correspondía al depósito aluvial o al bosque de las orillas de los ríos, tan espontáneo como en otras áreas el autóctono, en la formación de sus horizontes.
Tres de cada cuatro poblaciones, para la fracción mayor de las tierras que regularmente eran cultivadas con cereales, recurrían a la velocidad media: de una misma superficie cada dos años obtenían una cosecha completa. En muchas de ellas, además, a otra parte de las tierras aplicaban la velocidad inmediata inferior, que proporcionaba la cosecha cada tres años; frecuencia que en algunas era única, aparte el concentrado cultivo ininterrumpido, y que en total era utilizada en algo menos de la mitad del área que la muestra representa. Por tanto, una cosecha cada dos años y una cada tres eran las velocidades intermedias, que a mediados del siglo décimo octavo se aplicaban a la obtención de la parte sustantiva de los cereales del suroeste. Podía ocurrir que en algún caso, para extraer el mayor producto a estas velocidades, se recurriera al riego, pero es un matiz técnico insignificante para el conjunto.
No es incorrecto afirmar que para conseguir aquellas masas de producto, dado que las gramíneas absorben disueltos sus alimentos, componentes del suelo requeridos con la siembra, decidía el agua acumulada en los horizontes hasta donde alcanzan las raíces de las plantas herbáceas, cuyo suministro remoto correspondía a los sucesos atmosféricos. Como con el ciclo de estos acontecimientos se compone la abstracción del clima, de cuya vigencia, si es que no de esta denominación, existe plena conciencia hacia 1750; y esta es una constante para la experiencia productiva humana, el valor diferencial de las tierras, cuando se tomara como razón el factor humedad, lo decidiría la capacidad para almacenar agua que los suelos tuvieran.
Cada unidad de explotación atenida a las velocidades dominantes, cuya contribución era decisiva sobre el producto bruto final, solía dividirse en dos partes, que raramente serían dos mitades. Una, la menor, con sentido rotatorio se ponía en cultivo cada año, en la cantidad recomendada por las expectativas que alentaba el ciclo de los precios, como mínimo trienal.
Sobre el empleo de esta fracción, la encuesta para la Única todavía sorprende, desvelando una vertiente de los sistemas de cultivo a la que llama el orden de las sementeras, algo que a otros observadores contemporáneos pasó desapercibido. Los promotores del cuestionario, sirviéndose de aquella expresión, pretendían obtener de los peritos de cada población una idea sintética de cuánta superficie, de la reservada para el cultivo, se dedicaba a trigo y cuánta a grano de cebada cada año. No la podían deducir de otras respuestas, aunque ya dispusieran de información sobre la velocidad de los sistemas o de la porción del espacio cultivado que se destinaba al cultivo de los cereales, porque los dos que cumplían el ciclo vegetativo completo en la mayor parte de los territorios se cultivaban en el transcurso del mismo año por imposición del canon.
La respuesta que obtuvieron fue casi siempre la más general, una fracción expresiva del reparto entre ambos cultivos de todo el espacio cultivado en cada municipio. Los informes sobre las empresas, muy descriptivos y precisos, aunque por naturaleza parciales; más el sistema de cobro que para estos cultivos mantuvieron durante siglos los perceptores del diezmo, rígido, esquemático y grosero pero común a todos los lugares, confirman que esta manera de proceder fue estable y estuvo extendida por todo el suroeste: el cultivo del trigo se combinaba con el de la cebada seca, aquel para satisfacer el consumo humano y el otro para mantener al ganado que suministraba la masa mayor de la energía que las actividades económicas vigentes necesitaban.
La proporción en la que cada cultivo ocupaba el espacio destinado a cereal no era la misma en todas la poblaciones, y en buena parte de ellas en unas tierras era una y en otras otra. La decisión más común, en cada población, era destinar dos terceras partes del espacio cultivado con cereal maduro a trigo y la restante a cebada. En más de la mitad de las tierras esta era la combinación que regulaba tal sementera. En la preeminencia de esta costumbre debió estar el origen de la expresión pan terciado, para referirse a todo el producto que daban estos cultivos, muy habitual en el lenguaje administrativo vigente entre la baja edad media y fines de la moderna. Para una quinta parte, sus promotores optaban por el equilibrio, mitad de trigo mitad de cebada, y para una vigésima preferían apurar las posibilidades del primer producto, bien concediéndole tres cuartos de la superficie bien incluso cuatro quintos. Las demás decisiones -un tercio, cinco sextos y siete octavos de trigo- eran singulares.
Estos valores pueden quedar algo modificados si se complica la observación con todas las combinaciones que se practicaban en cada pueblo. La innovación más importante procedía de cultivar, en algo menos de la vigésima parte de los casos, solamente trigo. La decisión de ocupar solo con cebada el espacio para el ciclo largo del cereal era esporádica, lo que en consecuencia proporcionaba una mayor presencia relativa a las opciones a favor del tercio y de la mitad de este cultivo.
Tampoco sería tan poderosa cualquiera de las normas como para imponer su rigor a todos los comportamientos. Hay indicios que permiten suponer que la porción destinada al cultivo de la cebada pudo ser explotada, aun en las empresas en las que se daba preferencia al cereal maduro, para que produjera alcacer. Nada impediría a una parte de las unidades al menos usar el espacio sembrado de cebada como prado, en caso de que lo estimaran necesario para su ganado. Todos los usos, en la agricultura de los cereales, convivían con excentricidades, fueran de abonado, recurso a herramientas, crianza de animales para labrar o inversión en simiente. La forma que eligieron los declarantes para expresarse, cuando se refirieron a las proporciones reguladoras de esta parte del cálculo empresarial, porque en todos los casos generalizaron demuestran sin embargo que el orden de las sementeras era también una pieza angular de los sistemas.
La otra fracción de las explotaciones permanecía en reserva, también correspondiendo a las expectativas que estimulaban los precios. Probablemente lo más adecuado sería denominarla eriazo, respetando el vocabulario más exigente que entonces fuera utilizado, nombre rigurosamente propio solo al comienzo del ciclo productivo anual, porque la unidad sin cultivar, que tampoco se trabajaba en aquel momento, se nutría en primer lugar del manchón, o espacio sembrado con los cereales durante la campaña anterior, que podía ser utilizado como pastizal exclusivo de la explotación desde el momento de la nueva siembra, porque a partir de este acto quedaba acotada.
Una parte del espacio sin sembrar podía permanecer inactiva en términos agrícolas, y así prolongar su existencia como erial puro. Año tras año podría ser el pastizal de la explotación, también exclusivo durante todo el tiempo que la cosecha del cereal empleara en germinar, crecer y madurar. Llegada la ocasión propicia, que el reloj de los precios marcaba inexorablemente, era un banco de tierras de la mayor capacidad productiva, porque el ganado lo había abonado reiteradamente, aunque la calidad de aquella parte del suelo, a la que recurrir para obtener el beneficio óptimo, fuera la peor. Las piezas se irían combinando a criterio de cada labrador, cada cual a partir de la información de la que dispusiera, cada uno interpretando los signos que el comportamiento de sus competidores dejara al descubierto.
El barbecho en sentido estricto era el área de la reserva acumulada que se había seleccionado para ser puesta en cultivo durante el ciclo siguiente. Es por tanto obligado aceptar que las decisiones tomadas a partir de las expectativas incurrían en el deber de imponerse alcance al menos bienal. Una decisión así exigía, una vez concluida la siembra de la campaña vigente, emprender en esta porción del terreno la secuencia de trabajos preparatorios del suelo, paralelos y subordinados a los que el cultivo en curso iba requiriendo.
Opcionalmente, ya avanzada la campaña, el barbecho podía ocuparse de una manera sumaria y poco exigente con cultivos subsidiarios. Pero esto ocurría en un número de casos bastante limitado aún. Incluso hay un par de lugares en los que se declara sin ambigüedad que sus barbechos, en cualquier clase de suelo, son exclusivamente laborales, no admiten ningún cultivo transitorio.
La nómina de las semillas que ocupaban el barbecho, combinándose con el cereal maduro para completar los ciclos del aprovechamiento del suelo, en los límites de la encuesta alcanza casi la veintena de plantas, aunque la diversidad es solo aparente. En las dos terceras partes de las poblaciones se recurría con preferencia solo a dos leguminosas, habas y garbanzos, y en más de un tercio también a otras dos, arvejones (quizás más exactamente guisantes, en la mayor parte de los casos que prefieren utilizar el arcaísmo) y yeros. Del resto de las decisiones solo suman cantidades algo importantes la linácea tipo (lino), dos gramíneas (centeno y zahína) y las dos cucurbitáceas del verano (melón y sandía). Las demás -tres leguminosas (almorta, judía y lenteja), cuatro gramíneas (avena, escaña, heno y maíz) y una canabínea (cáñamo)- solo aparecen ocasionalmente, en uno o dos casos.
Si se pensara que el producto de estos cultivos estaba decidido por la adscripción de las especies a sus familias se incurriría en un error. Lo sería dar por supuesto, por ejemplo, que un cultivo como el centeno, porque proporciona un fruto gramíneo, estaba condenado a la molturación y a ser tratado como un cereal. Como en casos similares que al hombre bienintencionado atormentan, el prejuicio que incluyen las clasificaciones ensombrecería la observación. El centeno podía ser utilizado como cereal, y con él se fabricó pan en buena parte de Europa, también en la región y durante el tiempo de referencia. Pero, si era un cultivo alternante con los que estaban predestinados a convertirse en los cereales maduros, no es seguro que siempre fuera aplicado a la panificación.
Los principios técnicos que inspiraban el recurso a estos cultivos menores, a los que se refiere la fuente una y otra vez, eran dos. Ocupaban los barbechos en el transcurso de los años que el sistema concebía como descanso, porque el suelo no estaba ocupado por el cultivo principal. Ahí encontraba su razón que su ciclo vegetativo empezara tarde, en la primavera cuando más temprano, tiempo para el que ya al menos una parte de las vueltas a la tierra vacía se había completado. Su intromisión bajo ningún concepto obstaculizaba la siguiente siembra del cultivo preponderante, lo que aplazaba el fin del ciclo vegetativo de los subsidiarios a pleno otoño como máximo.
Melones y sandías, capaces para convertirse en contenedores de agua, no tendrían inconveniente para alcanzar el estado de la madurez. Habas y garbanzos, que eran las leguminosas preferidas, y todas las plantas de esta clase, a un tiempo resistirían el déficit hídrico en los suelos arcillosos y, si se deseaba, comparativamente podían tener una vida corta. El ciclo del centeno, que cabía entre el deshielo y las lluvias del prematuro otoño en las tierras más al interior del continente, en el sur no disponía de las condiciones que en buena parte de Europa le permitían su pleno desarrollo en un intervalo limitado. Es probable que tampoco la avena y el maíz en las mismas condiciones de humedad, y del heno se sabe, porque era el tratamiento habitual que debía recibir este cultivo, que regularmente era segado aún verde.
Seguramente lino y cáñamo suministraban a satisfacción lo que de ellos se esperaba, las fibras de sus tallos, además de las semillas conocidas como linaza y cañamón, de las que hace mención expresa el testimonio cuando se refiere a los rendimientos, útiles respectivamente para fabricar un aceite de uso industrial y proporcionar grano con el que alimentar al ganado avícola; demandadas en la región para fabricar velas y jarcia, el lino para los lienzos, el cáñamo para cabos, cables y maromas, en los tiempos de plenitud de la navegación propulsada por el viento.
Los límites impuestos por el procedimiento, aunque no los impedían en absoluto, acortarían los desarrollos de todas estas plantas en beneficio de sus propiedades herbáceas, las más próximas a la germinación, durante la parte del año que las decaídas reservas de humedad también serían un obstáculo para la plenitud del crecimiento. Las condiciones en las que debían desarrollarse las predestinaban a responsabilidades subsidiarias. Exceptuando las dos mencionadas en último lugar, todas las demás podían converger en utilidades tan sencillas como estimables por el balance de las empresas, sobre todo completar la alimentación del ganado de la explotación que se decidiera por este recurso. Con las gramíneas y las leguminosas, incluso con los tallos de las cucurbitáceas, se podía agenciar forraje, paja y pienso que fueran suministrados a los animales al servicio de la empresa. Para el primero, si se deseaba fresco, cualquiera de los cultivos era apto cumplida su germinación, y había plantas que además, bien almacenadas, permitían disponer del mismo producto seco en la época que el rigor del clima negaba el pasto vivo o la posibilidad de apacentar. Al incremento de la paja disponible, cuyo suministro era responsabilidad directa del cultivo principal, fuera de trigo o de cebada, podía contribuir cualquiera de las plantas cuyos tallos en forma de caña se hubieran secado antes o después de cortarlos, e igualmente hubieran sido almacenados. Con cualquiera de los frutos, si es que a los cultivos se les consentía llegar tan lejos, al margen del grado de madurez que hubieran alcanzado, era posible fabricar pienso, tal como se hubieran obtenido o, en los casos más exigentes, molturándolos y componiendo nutritivas combinaciones. Si además estos cultivos permitían enriquecer la capacidad productiva del horizonte orgánico en beneficio del cultivo del cereal al año siguiente, lo que parece bastante discutible para una parte de ellos si el siguiente iba a ser también gramínea, probablemente era más una consecuencia inopinada que un propósito.
La contribución de estos mediadores al valor diferencial de los precios de la tierra tratada con velocidades intermedias debió ser casi nula, dada su dimensión en el espacio. Los observadores a través de cuyos ojos, aun cegados por los siglos, es posible ver lo que ocurrió entonces advierten, también con insistencia, que no todos los barbechos admitían este requerimiento, que solo en las tierras de más calidad era posible sostenerlo. Calculada la relación entre toda la dedicada a sembrar cereales para obtener una cosecha con estos plazos y la parte que en ella cada año se ocupaba con los cultivos de transición, se deduce que ni aun en los casos más expansivos consumían la décima parte de aquella. Además, en cuatro de cada cinco poblaciones el valor de aquel índice es inferior al tres por ciento de la superficie agraria utilizada bajo las condiciones referidas. Solo se alcanzaban valores comprendidos entre la vigésima y la décima parte del total cuando todo el espacio disponible era poco.
La declaración que desciende a precisar la intensidad con que eran solicitados los suelos, cuando les tocaba aceptar la producción subsidiaria, pone al descubierto otro límite que reduce aún más su alcance. Con estos cultivos solo se ocupaba la octava parte de la tierra en la que eran sembrados, opción local que confirman los datos sobre inversión de simiente de la mayor parte de las poblaciones. Las unidades de capacidad que se empleaban en la siembra podían estar tan por debajo de las invertidas en el cultivo regular, aun tratándose de granos con características semejantes, como uno de seis.
Llegados por voluntad propia a la precisión de cuantificar explícitamente esta forma de actuar, algunos declararon que eran muy pocos los labradores que se esforzaban en estos trabajos, y otros, eligiendo la manera contable de hablar, antes que demorarse en detalles y descripciones, afirmaron que en las poblaciones a cuyos rasgos se estaban refiriendo efectivamente se acometía esta clase de cultivos, pero en tan escasa cantidad y con tan poca trascendencia que su producto no alcanzaba a modificar el que se obtenía con el que daban el trigo y la cebada, una manera taxativa de resolver la aportación de estas especies a la renta. Equivale a declarar que era constante y por tanto irresponsable para las diferencias del precio del suelo. Eran cultivos tan poco serios como inestables, a decir de otro declarante, porque los que un año se decidían por uno en años sucesivos preferían otros. No pueden caber dudas sobre que quienes recurrían a estos cultivos preferían emplearlos de manera marginal.
Así como la altitud se iba incrementando, más aún por el confín norte, y cuanto más periféricos eran los territorios, no solo en el valle sino igualmente por el sudeste, las velocidades, como si acusaran el esfuerzo al que obligaban las pendientes, disminuían ateniéndose a un gradiente definido. Entre una cosecha de cereal maduro cada cuatro años y una cada siete se componía una secuencia de posibilidades que incluía también los valores cinco y seis. Era responsable de una parte de la producción local en un tercio de la región. Tan bajos esfuerzos, más que con la cambiante topografía o con las calidades del suelo, parece que tenía una relación inmediata con la escasez de población. A aquel tercio del espacio solo se puede adscribir la quinta parte de los habitantes. Tal vez la menor cantidad de trabajo humano disponible relajara la presión sobre el suelo hábil, probablemente sin menoscabo sensible de la renta proporcionada por la tierra. Hacen algunos referencia, más indirecta de lo que convendría para una deducción satisfactoria, a la mayor responsabilidad que a los cultivos intermedios corresponde en estos casos, dado que disponen de entre tres y seis años para reiterarse.
En el margen inferior de las velocidades estaba la roza, recurso técnico al que la fuente lo asimila. El procedimiento consistía en quemar el matorral para desbrozar con la menor inversión y aprovechar la ceniza que resultaba, puesto que permanecía en la parcela como fertilizante, costo incluido en el único gasto. Desde la edad media al menos, la legislación del campo amenazaba con penas severas a quienes descuidaran la incineración controlada del bosque bajo, por lo que no parece incorrecto suponer que la parte sustantiva de la inversión necesaria tuviera la forma y el valor del trabajo. Para rozar, además de la vigilancia jurada y la supervisión judicial, en el área de la región donde una parte de la agricultura se resolvía de forma tan sumaria la técnica incluyó otras condiciones jurídicas y administrativas, parte de cuyos detalles es posible conocer gracias a que algunas poblaciones que la utilizaron estaban subordinadas al centro político de toda el área.
La tierra tratada con roza era baldía, calificación que en el lenguaje documental moderno no parece una condición biológica. En cada término o espacio bajo la jurisdicción municipal, baldías eran las tierras en las que con su dominio no se había inmovilizado en su grado más complejo la ficción, de cuantas crearon estas convenciones, que consistió en separarlas por estratos, como si fueran lascas del lomo de un pescado emparedadas por grasa de calmante aroma; para repartirlos y servir a obligaciones, servicios y nexos estables entre las personas interesadas en la perpetuación del mismo ser de las instituciones.
Se presumía separable en eminente, directo y útil. El primero, reservado a la corona, salvaba la unidad de la soberanía, principio doctrinal que cualquier monarquía preservaba como justificación de su existencia. Antes que la capacidad para ejercerlo, o del alcance de su explicación, a este poder le interesaba que fuera universalmente reconocido, y así era aceptado por el sistema de las ideas jurídicas. El directo, admitida la prevalencia legal del eminente, capacitaba para disponer de los bienes, salvado en cada caso aquel límite, con el mayor grado de autonomía permitida por las adquisiciones hechas bajo condición de subordinación o dependencia; que llegado el caso, dada la manera de concebir el primero, ante los tribunales podían ser todas. A mediados del siglo décimo octavo había llegado a equivaler al juro de heredad, o plena capacidad para transmitir los bienes, porque solo excepcionalmente eran interferidas las decisiones que pudieran afectar a su transferencia. El útil, en aplicación del poder reconocido al titular del directo, por decisión de este podía ser traspasado a otro solo para hacer uso del bien sujeto a aquella condición. Aunque había fórmulas que podían enajenarlo, su inclusión en el directo, puesto que la cama ha de estar en el dormitorio para que la habitación se pueda llamar así, siempre fue reconocida por la norma, y por tanto no era fácil que abandonara su refugio y adquiriera independencia.
Rozar un área era hacer uso de ella con fines productivos. Si su condición jurídica era la de baldío, el dominio directo estaba tan degradado que los antiguos analistas, e incluso buena parte de los letrados que durante siglos con ahínco pleitearon ante los jueces, habían llegado a naturalizar una ficción normativa más, la que pretendía que aquellos espacios eran comunales. Más allá de cuantas sentencias, apelaciones y revistas fueran conseguidas ante la magistratura judicial, medios literarios aptos para acoger y patrocinar la idea en cada caso deseada, parece que al menos en el espacio observado los baldíos, de tan bajas posibilidades de aprovechamiento que habían arrinconado la competencia por su dominio, quedaron bajo la jurisdicción del señorío limitado a cada población o municipio, que así quedaría instituido como titular del dominio directo sobre ellos. Si incluso a mediados del siglo décimo octavo los protagonistas de estos hechos los admitieron como comunes, sería más consecuencia de una decisión política acendrada, el uso colectivo de estas áreas, que de un título fundado. Los informes del momento demuestran que era preceptiva la licencia expresa de la autoridad del municipio para que se procediera a rozar.
En la región, incendiar el matorral con aspiraciones productivas creaba circuitos en el espacio semejantes a las posiciones que en el reloj tienen las marcas que indican las horas, la dimensión de cuya circunferencia, enunciada en unidades de equivalencia al tiempo de magnitud mayor, la expresaba un valor comprendido entre los 10 y los 20 años. Por eso la agricultura de las rozas también ha sido llamada itinerante. El tiempo transcurrido entre el momento que una parcela era sembrada y de nuevo conocía esa experiencia, porque ocurría lo segundo estaba justificado sobre todo por el que la misma tierra debía emplear para recuperar la vegetación que otra vez debía ser quemada. Las clases de especies espontáneas que en cada lugar restauraban el monte podían ser responsables de las variaciones en la amplitud de los ciclos.
Pero los valores particulares de aquel transcurso no siempre se resignan a una explicación tan directa. Con más frecuencia habían calculado el tiempo de la recuperación en 10 años, para al décimo cultivar, módulo que a la vez no puede ocultar su condición estimativa ni la interferencia de factores más convencionales. También era habitual, aunque no tanto, que hubieran aceptado el transcurso de hasta 15 años para completar todo el circuito, incluido el que destinaban al producto. Además, todavía en otras poblaciones podían durar los ciclos completos 12, 14 y 16 años.
Otra parte de la responsabilidad sobre la variable amplitud de los retornos, aunque sea menor que la aparentada por la regeneración del matorral, hay que atribuírsela a la clase de los cultivos que cada canon patrocinaba. Aunque era común que en las rozas el año lleno fuese dedicado al cultivo de los cereales maduros que sostenían la economía agrícola, en algunas poblaciones al de la plenitud podía seguir al menos otro más de cultivo, aprovechando que la capacidad productiva ganada por la tierra con tan amplios periodos de recuperación no siempre sería agotada por la sementera principal durante los meses que la ocupaba. En esos casos los cultivos añadidos primero fueron los mismos que actuaban como intermedios en las áreas dominantes de la región, donde se habían impuesto las velocidades tipo de la agricultura moderna. Quizás a consecuencia de las dificultades que pudieran añadir las rozas, o porque donde las practicaban hubieran ajustado sus cálculos a un número restringido de producciones, los cultivos agregados a ellas que se mencionan son pocos.
Esa no era razón para que habas y guisantes también impusieran sus valores, con idéntica justificación que en los otros paisajes. Pero la relación no podría extenderse mucho más allá del lino, que en estos espacios, más próximos y mejor comunicados que otros con el litoral, parece haber ganado una posición que entonces poco se le discute. Solo se le podrían añadir la avena y el centeno, cuyos desarrollos ahora no estaban limitados por los rigores del barbecho. Como en las tierras que antes o después de nuevo iban a ser rozadas nada les impedía que alcanzaran la madurez, allí irían emancipándose de la condición de cultivo subordinado, tanto que: pudieron sumarse a los otros dos cereales que consumaban su ciclo vegetativo hasta ese grado con idéntica responsabilidad; alguno o los dos tuviera a su alcance sustituir con ventaja, en el mismo orden, a la cebada; el centeno pudiera decantar en su favor la competencia con los dos principales, como demuestra que en las rozas de una población efectivamente se había convertido en el cultivo único. Si en las áreas de velocidad alta relativa no tuvo la oportunidad de ganar la posición que había adquirido en latitudes más al norte y longitudes más al este, en los territorios de las rozas del suroeste hispánico, concentrados en su noroeste, el centeno pudo alcanzar la condición de cereal panificable.
Como el argumento del tamaño de las poblaciones servía para justificar las velocidades de transición, igualmente debe admitirse para razonar sobre las causas que pudieron converger para que un estado tan peculiar como el de las rozas se mantuviera. Un tercio de las poblaciones de la muestra, que eran sus practicantes, buena parte de las cuales ya recurría simultáneamente a los ritmos descendentes, acogía algo menos de un cuarto de la población que acumula la misma escala de la experiencia. Podría recordarse otra vez, a este propósito, la regla general que habitualmente se enuncia para admitir la relación entre el espacio y la población que lo emplea. Pero hay rasgos del fenómeno que permiten depurar con más claridad esta conexión. Todas las poblaciones que en la muestra representan el área serrana septentrional recurrían a este procedimiento, y las otras tres que hacían lo mismo, más al sur, se mantenían con predios litorales y próximos a la frontera oeste, de valor estatal; factores que añadirían inestabilidad y riesgos mayores a los que bajo las mismas apreciaciones pudieran afectar a las localizadas más al interior y más al este.
La renta del suelo y su metrología
Publicado: diciembre 18, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: agraria, economía Deja un comentarioJ. García-Lería
La renta del suelo agrícola, para quienes convivieron con ella durante la época moderna, era una deducción al producto justificada por la cesión de su fecundidad, materia de la narración que a los más fervientes lectores desalienta, sea porque de su aridez huyeron ellos, como del Neguev las víctimas del Éxodo, sus padres o sus antepasados; sea por la más frívola razón del interés, un tipo inmoral que en cualquier época ha patrocinado decisiones tenebrosas y beneficios cifrados fuera del alcance del número mayor de los mortales, el mismo que deglute el caos.
Observado con criterio productivo, para los primeros analistas de los principios económicos el patrimonio territorial era la misteriosa fecundidad que acumulaba el suelo agrícola, un secreto guardado por la naturaleza; que prodigaba a su capricho, unos años con generosidad otros tasándolo, pero cuyos origen y control escapaban a los más arriesgados traslados de capital a la empresa y a los más esforzados inversores de trabajo humano. Gracias a esta idea, la fecundidad pudo ser al mismo tiempo una imagen precisa de la Providencia, alud capaz para sepultar las mejores voluntades, las vidas más aguerridas y un buen argumento a favor de la posición económica de la agricultura como actividad, a medio camino entre la depredación controlada y la capacidad creativa del hombre.
Con los siglos, quienes aceptaron la doctrina de la fecundidad terrestre sin encontrar argumentos que oponerle actuaron de una manera que creyeron consecuente.
Sin negar el derecho a la apropiación de la riqueza creada, porque era trabajo personal, cuya acumulación sería legítimo conservar traspasándolo a bienes que lo preservaran del deterioro que causa el transcurso del tiempo, capaz para descamar la piel de los dinosaurios y trasladar el emplazamiento de los montes; creían injustificada la posesión privada de la tierra, puesto que su fecundidad, causa del producto agrícola, no era la obra del esfuerzo de quienes se aplicaban a extraérsela. A lo sumo, como en el caso de las minas, que con buen criterio, como todo el subsuelo, permanecía como un bien público, el trabajo justificaría la apropiación del producto.
Es posible que quienes así se expresaron escribieran cegados por su aversión al modo en que el dominio se había constituido, porque lo creyeran injustificable, porque previeran que la supervivencia del principio limitaría el crecimiento, porque lo calcularan incapaz para vencer el déficit nutritivo de una parte de la demanda en potencia. Entre ellos estuvo Álvaro Flórez Estrada, el esforzado traductor de la primera teoría económica a esta lengua, tal vez el primer economista de la cultura en castellano, quien por tal causa debió afrontar, a pesar de sus honradas convicciones liberales, una injusta difamación, de las que también están naturalizadas en la vertiente escrita de este idioma.
Al principio de fecundidad al servicio de la teoría de la renta se le puede objetar que fuera epidérmico, e ignorara los estratos humanos que en ella se habían acumulado. Pero tampoco sería justo no considerar las posibilidades de documentación que tenían al alcance aquellos pioneros del racionalismo contemporáneo, que ya preferían investigar sobre informaciones estadísticas.
Cuando pretende referirse a las diferencias en los rendimientos de las tierras, cualquier fuente de la época moderna, como máximo, recurre al argumento de sus diferentes calidades, causa inmediata de aquellos para su modo de suministrar la información. Los primeros teóricos, en parte, se habrían resignado a intercambiar su punto de vista con la observación contemporánea, y a continuación acomodar en su marco teórico los datos disponibles.
La posición del observador que pretenda restaurar ahora hechos antiguos no es muy distinta. Aunque su aspiración sea levantar de los acumulados en el yacimiento cuantos niveles pueda, está condenado a servirse de los mismos medios de información que ellos porque, aun en las condiciones óptimas, otros no están a su alcance. Tan útil es discutir el punto de vista de los pensadores modernos como puede ser dejarse llevar por su magisterio, curtido en el trato con las fuentes parciales y defectuosas.
El primer cuestionario al servicio de la Única, circulado a partir de 1749, en la región suroccidental fue respondido, antes de que mediara la sexta década del siglo, por las autoridades de 234 poblaciones y despoblados. Entre otras preguntas, como era habitual en los primeros planes estadísticos, incluía una sobre los rendimientos de las tierras de cada municipio. Habiendo admitido que entre la documentación de la época y la teoría de las clases de suelo tuvo que haber dependencia mutua, y que los datos de rendimiento pueden concentrar las opiniones sobre la renta diferencial, estos informes permiten aspirar a una aproximación paralela al mismo problema, hasta aquí no resuelto de manera satisfactoria para las tierras de cereales que antes concurrían a los mercados del arrendamiento.
Las 234 instituciones respondieron por menos de las tres cuartas partes de las poblaciones de la región, más de 300 lugares distintos. En cambio, describieron lo que hacían, y lo que obtenían con su trabajo, la práctica totalidad de quienes vivían en todo el territorio. En el espacio a cargo de aquellas 234 administraciones mínimas habitaban casi 700.000 personas, más del 95 % de las algo más de 725.000 que sumaba el total estimado.
Una muestra de la décima parte de las poblaciones encuestadas tendría un defecto cuanto menos, dejar la representación pretendida muy por debajo del nivel que debería alcanzar si tuviera que ser imagen de todas las localizaciones admitidas. Elegir de modo que la suma de los tamaños de las poblaciones alcanzara el decidido para la muestra, según su correspondiente total, no sobrepasaría el límite de la representatividad de los territorios, condición primordial para resolver los problemas que hasta aquí no han encontrado respuesta, que seguiría siendo solo del 7 % de las poblaciones. La salida más equilibrada, que hace compatible el reflejo de toda la magnitud de la población y de la mayor gama de clases de territorio dentro de la región con la economía de esfuerzos, porque solo el principio de pereza justifica cualquier muestra, puede ser coleccionar los datos de 31 poblaciones y despoblados elegidos al azar. Esta dimensión de la parte, hecha la selección, habilita una acumulación de informes que representan en torno al 10 % tanto del territorio como de la población.
Para tomar la muestra con el rigor de la premisa ha bastado con elegir todas las poblaciones encuestadas cuyos sustantivos empezaban por A, las dos primeras cuya inicial era B y la que encabezaba la relación correspondiente a la C. Valoradas según su localización, representan bien la diversidad del espacio regional, si es reducida a tres unidades: la sierra que hay al norte, el valle con el litoral que lo corta y el complejo de las cordilleras en posición sureste. La correspondiente distribución de todas las coordenadas sobre el mapa permite una imagen bastante equilibrada, según número de localizaciones: 8 para el norte, 14 para el centro y 9 para el sureste.
Es posible que la unidad intermedia, aun siendo la más relevante en cantidad, no esté bastante representada, porque la parte mayor de las poblaciones de la región había preferido el valle para radicarse. Al contrario, aunque sea la porción más pequeña, es seguro que las del norte han ganado en la muestra una presencia relativa superior a la que tuvieron en el conjunto de los municipios encuestados. Para el análisis, la consecuencia no es exactamente una deformación porque así queda compensada la carencia de la fuente, que con más frecuencia, quizás porque las comunicaciones con ellas eran más complicadas, dejó sin documentar poblaciones de aquella parte.
En el primer cuestionario de la Única, la respuesta a la pregunta sobre los rendimientos, cuando se refiere a las tierras dedicadas al cultivo del cereal, en todos los casos es tan directa y limpia que merece, si se la considera expresión de la conciencia compartida que anima los comportamientos en los mercados, llamada propensión al consumo por el clásico que analizó los elementos que formaban las opiniones necesarias para crearlos, todo el crédito del analista. En un lugar se puede afirmar que las tierras de primera proporcionan cada año el trigo contenido en 12 unidades de capacidad, en otro que las de segunda 5, en otro más que las que se siembran con cebada en las de tercera dan 8 y en otro que de las tierras de quinta incluso se pueden obtener 4 cuando el cereal cultivado es el centeno. Y así en todos, de manera que las clases de tierra, y por tanto de renta diferencial, podrían deducirse con facilidad.
Si se da por buena esta sencilla evidencia, se incurre en la obligación de enunciar un principio, referido a las tierras en las que se cultivaba el cereal. Los rendimientos, porque eran valores dados por la experiencia anterior a la oferta de la tierra que se cedía, debieron actuar como un factor común y constante en la formación del precio que aquella alcanzara al cierre del contrato descargado sobre las expectativas. Cualquier otro elemento que interviniera en este proceso genético, cuya interferencia siempre se debe esperar, solo debería valorarse como parte de las circunstancias, a cualquiera de las cuales nunca hay que concederle papel decisivo. Un aspirante a la producción de estos cultivos podría aventurarse en su proyecto, en dondequiera, confiando en que en el mercado de la tierra podría encontrar unidades de explotación cuyos precios en cesión vendrían decididos por los del cereal en ellas cultivable, versión a la concurrencia específica, donde se evaluaba el bien en moneda corriente, de los rendimientos previsibles.
Pero debía ser cauto, porque la homogeneidad del principio era solo aparente. Entre la unidad de superficie ofrecida y la expresión nominal de su rendimiento mediaban tales cantidades de refractores, y tan diversos, sustantivos, de ninguna manera perieconómicos, que diluían las posibilidades de aplicación práctica de una norma universal. Aunque en una población el rendimiento estimado del trigo en tierras de primera fuera 8 fanegas de capacidad por unidad de superficie y en otra se admitiera exactamente lo mismo, sus respectivos productos, expresados en una moneda común, podían ser diferentes. Solo las unidades monetarias eran universales, lo que, en sentido complementario, derivaba en un estimable número de ramas. La más conocida era la que llevaba al laberinto de las unidades de superficie, un problema que no se resigna a la disciplina de una solución satisfactoria del principio de homogeneidad métrica. Basta el análisis sumario de la muestra para demostrarlo.
Según ella, en la región convivían dos formas distintas de percibir cuantitativamente el espacio agrícola, la simple y la mixta. En la primera era suficiente con un convencionalismo, generalmente la fanega espacial, que no se debe confundir con su homónima de capacidad; aunque el propósito, al adoptar esta denominación, hubiera sido indicar que entre ambas existía una relación necesaria. En la mixta regían dos unidades distintas, cada una de ellas justificada porque medía una superficie con una dedicación diferente. Una solía ser también la fanega, mientras que la otra con preferencia era la aranzada, unidad menor, habitualmente reservada a la medida de las superficies ocupadas por los cultivos hortícolas y arbóreos; sobre la que esta experiencia demuestra, aun así, que también podía aplicarse a los espacios destinados a la producción de cereales.
La diversidad llegaba más allá de las diferencias de nombre. Solo entre las poblaciones que utilizaban la fanega, siempre en el dominio de la muestra, se documentan ocho diferentes, tanto que en su enunciado la mayor comprendía un número de divisores de la superficie que superaba en más de un tercio el valor de la menor (666 2/3 estadales frente a 400). Las distancias se acortaban si al mismo tiempo se incluía en la cuenta el valor de los estadales, presentados de la manera más expresiva como cuadrados con un determinado número de varas de lado; lo que, antes que facilitar la comprensión de la diversidad, la complicaba un poco más. Todas las aranzadas tenían 400 estadales, pero también había tres clases de estos: de 3 2/3, de 4 y de 4 1/8 varas de lado.
El grado de complejidad que alcanzaba este problema, que tanto se resiste a cualquier causalidad directa que se haya simulado, ha sido descrito y analizado reiteradamente, y quien haya empleado algún tiempo en su examen habrá podido detectar tantas inconsecuencias como para renunciar a servirse de un cálculo que pueda desvelar el secreto que las fuentes guardan, los analistas buscan con obstinación y los lectores observan perplejos e insatisfechos. Los argumentos con más capacidad para explicar lo que ahora solo puede parecer un innecesario absurdo, tanto más convincentes cuanto más extraños son a las actividades económicas, hace tiempo fueron recopilados por aquel maestro de la historiografía oriental que los envolvía con un mito. Explicaba que se había naturalizado entre los antiguos la idea de que las medidas las inventó el diablo. No es imprescindible recordarlos, mucho menos exponerse más de lo excusable al trato con los ínferos y los súcubos. Pero sí conviene revisar el origen que la diversidad referida tuvo en el suroeste, donde parece menos hermética que en otros territorios, puesto que es posible restaurarlo de manera bastante precisa.
En Varrón, en pleno siglo primero antes de la era, se lee que dos iugera, medida originada en los campos de Roma, hacían un haeredium, nombre que con toda seriedad admitía como la consecuencia de que a cada ciudadano el legendario Rómulo asignara aquella cantidad de tierra con derecho a su libre transmisión. Aquella dádiva sería un recurso destinado a la abolición definitiva de la tragedia contenida en el rito conocido como ver sacrum, expresión a la que en castellano se le ha dado el significado de primavera sagrada. En tan bárbara celebración, inspirada por la tiranía de la creencia en la divinidad con la que los humanos pervirtieron su concepción de ciertas impresiones, los problemas de población y sus representaciones confluyeron hasta identificarse con el más infantil de los sacrificios.
Dos iugera fue el lote apartado como correspondiente a cada colono cuando, haciendo uso del derecho que daba la conquista, las tierras ganadas eran repartidas. El mismo Varrón explica el valor del iugerum como un área de dos actus cuadrados. Columela, ya en el siglo primero de la era, con el mismo fin elabora una etimología para iugerum que toma como fundamento el verbo iungere, unir. El iugerum sería el resultado de unir dos actus, y así lo acepta literalmente San Isidoro, en el posterior siglo séptimo. Varrón evita la cuestión etimológica y aborda el origen del iugerum desde otra perspectiva, calculando su equivalencia con el patrón scripulum, unidad de peso anterior a la guerra púnica. Columela, además de la filiación que patrocina, no solo respeta este patrón sino que da las correspondencias de cualquiera de las medidas agrarias según un doble criterio, las unidades de longitud y las de peso. Ambos, con esta manera de actuar, estarían pretendiendo que el origen de aquellas medidas habría que buscarlo en el sistema ponderal.
Pero una vez fijado como patrón para los suelos agrícolas, como el actus era una superficie cuadrangular de ciento veinte pies de lado, el iugerum sería un rectángulo de doscientos cuarenta por ciento veinte pies; y dado que el pie romano equivale con seguridad a doscientos noventa y seis milímetros, el iugerum sería finalmente un rectángulo de poco más de setentaiún metros por treinta y cinco y medio. Mantenía la misma dimensión en el siglo primero de la era, según el texto de Columela, y la conservó al menos hasta el siglo séptimo de San Isidoro.
De lo que sigue diciendo Varrón también se deduce que antes de la segunda mitad de su siglo primero ya se entendía por centuria la localización, en un espacio continuo, de cien haeredia, un área cuadrada de dos mil cuatrocientos pies de lado. Es lo mismo que doscientos iugera o un cuadrado de unos setecientos diez metros de latitud y longitud. Al mismo origen se remite Columela, aunque añade, en un descuido impropio de su rigor, que ya en el siglo primero de la era una centuria sumaba doscientos cincuenta iugera porque en su tiempo la centuria había duplicado (sic) su superficie original. San Isidoro recibe esta tradición y precisa, con su elegancia habitual, que centuria ha terminado siendo un campo de doscientos iugera.
Pero Varrón también observa que en la hispana Ulterior la unidad de medida de los campos cultivados es el iugum, unidad distinta a la itálica de nombre parecido que aparenta contaminación por la lengua latina. Lo define como la cantidad de tierra que una yunta de bueyes puede arar en un día. Columela se hace eco de este sistema métrico de los campos cultivados de la Bética, pero no lo conoce en un estado que pueda considerarlo distinto al latinorromano. De la diferencia con este solo anota dos restos, dos nombres, acnua o agnua, término que considera “indígena”, y porca, medida distinta a las itálicas, aunque ya asimilada a los patrones latinos, de ciento ochenta por treinta pies.
Aunque se encuentre ya regulada al estilo itálico, la porca demuestra su independencia porque sus dimensiones no se obtienen por la aplicación de un único divisor a cualquiera de las longitudes de las medidas mayores, lo que sí ocurre con todos los divisores de las medidas latinorromanas, que aplican uno común para obtener a partir de una medida patrón los submúltiplos. Su denominación, que es una palabra que también se aplica a una parte del surco, tal vez indique su relación inmediata con el patrón, el primitivo iugum tal como lo define Varrón, aparte su discutible nombre, del que conservaría la inspiración en la productividad, pero cuyas latitud y longitud nadie transcribe a pies romanos.
Además de las precisiones sobre el nombre de cada tipo, o sobre cuántas sean las unidades que contiene cualquiera de ellos, estos datos permiten aceptar que en la Bética hubo un sistema métrico de la superficie antes de la llegada de los romanos, a la cual sobreviviría y que se transformaría con independencia. Tendría un fundamento distinto al importado. Mientras las explicaciones sobre este se esfuerzan por justificar una relación entre superficie y producto (iría de la medida de peso a la medida de superficie), las referidas al bético se inspiran en la relación entre productividad de las técnicas más comunes -los bueyes y el arado que responden a la resistencia del suelo- medida en unidades de tiempo y la superficie; iría de la medida de la productividad a la medida de superficie.
Hace décadas un arqueólogo creyó ver en la campiña de la región, vertida a una fotografía aérea, por primera vez analizada con los pacíficos propósitos del relato histórico, los restos de una centuriación que suponía hecha dos mil años antes. En el documento que estudió, luego presentado como prueba, son visibles los restos de un trabajo de agrimensores. Lamentablemente en la versión editada los medios habituales no permiten medir las formas regulares que se pueden ver. Si se trasladan a un mapa, tal como él hizo, sobre sus líneas ya es posible deducir que para todas las parcelas descubiertas resulta un módulo aproximado de unos setecientos metros de ancho, quizás algo más, y en algunos lugares cuadrados de la misma longitud de lado; e incluso dentro de estos, a veces, aún pueden verse módulos rectangulares de una vigésima parte.
Las unidades de fragmentación del espacio que se observan en la foto no podrían proceder de una obra agrimensora que solo usara el sistema bético, aunque fuera ejecutada en alguno de los momentos comprendidos entre el siglo primero antes de la era y el séptimo posterior. Como las de mayor dimensión observadas por el arqueólogo se ajustan al concepto de centuria anterior a Varrón, cabe deducir que la obra fuera hecha por agrimensores con cultura latinorromana antes de los años centrales del siglo primero precedente a la era, que en aquel momento más remoto llegaría a la región el correspondiente procedimiento de medida y que a partir de entonces pudo ser uno de sus sistemas aplicados a las tierras usadas con fines agrícolas.
A favor de los órdenes métricos antiguos fueron otra oportunidad los repartos posteriores a la conquista castellana, en el siglo décimo tercero, aunque el silencio sobre los utilizados entre el siglo séptimo y el décimo tercero es demasiado largo. Todo lo que pudiera relacionarse con la llegada de sistemas similares por iniciativa islámica, cuya cultura importaría los suyos para la medida de los campos cultivados, resulta oscuro. No obstante, también es posible recuperar algo sobre su vigencia.
Por los partidores castellanos fueron empleados dos patrones. Donde todo el espacio quedó a disposición del conquistador, se empleó un estadal que la fuente apellida pequeño, y allí donde permaneció población musulmana fue aplicado el que la misma llama grande. Los fundamentos de los dos sistemas permanecen en la sombra. El estadal castellano, con el tiempo, quedó fijado en cuatro varas de longitud o doce pies, y por vía de esta segunda unidad pudo contaminarse del sistema clásico. Incluso cabe suponer que uno de los dos estadales permitiera su versión directa. Es más probable que tal responsabilidad correspondiera al pequeño, porque la población musulmana participó en las operaciones de reparto que utilizaron el grande y por tanto, a través de él, con más facilidad pudo verter a la cultura castellana la metrología islámica.
Por tanto, al menos tres órdenes distintos pudieron llegar al siglo décimo octavo. El anterior a la ocupación romana, aunque tuviera menos posibilidades de supervivencia, pudo mantenerse en algunos lugares. El importado desde Italia ya antes de la era, que pudo servir de inspiración a los posteriores sistemas de medida porque la civilización de los itálicos prevaleció y pudo mantenerse en la misma posición por siglos, se extendió y conviviría con el precedente. A partir del siglo décimo tercero, para la medida de la superficie aprovechada con fines agrarios, es además seguro que dos sistemas distintos tuvieron que convivir. Cada uno de ellos debió heredar una parte de la tradición medieval y es posible que al menos uno, por esta razón, recuperara para el espacio regional uno o los dos sistemas de la antigüedad, mientras que es más probable que el otro recibiera influencia de un estilo musulmán de medir la tierra. Cualquiera pudo reaparecer en las sucesivas operaciones de agrimensura destinadas al reparto del suelo, para la transmisión del patrimonio de las familias, en las contiendas por el derecho a la posesión de los bienes inmuebles que hubieran de resolverse con la intervención de los peritos, que evaluaban las cantidades que debían adjudicarse a las partes.
Las diferencias entre los sistemas que se utilizaron para medir las superficies, porque también tuvieron su origen más reciente en la conquista del siglo décimo tercero, fueron medios que sirvieron a los poderes entonces instituidos. Esta deducción puede postularse además, ya que no como un cálculo decisivo, como el espacio adecuado para dirimir cuantas objeciones se hagan sobre diversidad y paradojas métricas. En términos más convencionales, la misma idea podría expresarse afirmando que fueron parte, aún no extinguida a mediados del siglo décimo octavo, de la jurisdicción que ganaron los dominios o señoríos. Siendo esta la autoridad del hecho disperso, se explica inmediatamente el esfuerzo por mantenerlo, aunque no se concluya en más lógica que la fuerza. Los cambios que afectan a los poderes, con su variable fortuna, pueden arrastrar en su caída a unas medidas y hacer que emerjan otras, e incluso permitir su convivencia, de la misma manera que quienes tuvieron capacidad para decidir retuvieron alguna y quienes aún no la disfrutan alientan esperanzas porque ya les llegan promesas de obediencia. Los poderes, porque los sostiene el ánimo cambiante de las poblaciones, afloran hoy y luego quedan abatidos, con la misma veleidad que cambia el valor del bushel de maíz en la bolsa de Chicago, cuyo movimiento está regido por unas densidades del aire que solo el padre sol decide.
La homogeneidad deseada, y con ella la demolición del primer obstáculo, el que interponen las medidas de superficie, se podría alcanzar si todo se redujera a lo expuesto hasta aquí. Con la vara se llegaría a la medida prácticamente unificadora, aunque todavía se escaparía una población, porque para una de sus fanegas, porque en su caso convivían dos distintas, se prefería la división en peonadas y no en estadales. Bastaría con reducirlas todas a ella.
El problema deriva a irresoluble porque aún queda por incluir en el análisis la última vertiente métrica de las superficies agrarias, la fanega de puño, vigente nada menos que en ocho de las poblaciones incluidas en la encuesta.
Que se utilice como criterio para medir superficies agrarias la unidad de capacidad que se invierte en la producción de cereales facilita el relato que se proponga una secuencia explicativa del origen geométrico de la misma unidad, que por ser más abstracta parece más evolucionada. Porque al genitivo se le pueden reconocer propiedades metonímicas podría ser la figuración expresiva de la técnica común de la siembra, que también de manera muy evocadora era llamada habitualmente siembra a voleo. Acompasando sus movimientos, el sembrador, que marcaba los tiempos con sus pasos, como el infante de la formación cerrada, como el torero cuando destella ante su público, como el hombre que, habiendo entregado parte de sus esfuerzo y voluntad al relajo del alcohol, entusiasta pone a prueba su estabilidad cuando va a comparecer en el hogar; iría rítmicamente cargando su puño en el costal pendiente del hombro opuesto, para abrirlo sobre la parcela y con fuerza batirlo, como el soldado que recurre al machete ante su oponente, como hace el diestro con su arma ante la bestia cuando la desprecia, como el dios creador en su medio doméstico, con airado gesto, animado por fuerzas expansivas, reordena todo el espacio donde vive; con todo el radio de su brazo activo, en todo el arco que le permite su articulación.
Es muy convincente, aunque la experiencia del análisis habilita otro punto de vista, no contradictorio, tampoco un aval de la secuencia genética que facilitan las propiedades de la lengua, no los hechos más visibles. Siete de las ocho poblaciones que utilizaban esta forma de medir estaban localizadas en la sierra del norte, poco habitada, apenas un 15 % de personas para la cuarta parte de las poblaciones. Es más fácil presentar la fanega de puño, que fue contemporánea de la geométrica de otros territorios, como el resultado directo de una baja competencia, entre quienes vivían allí, por el espacio que dedicaban a la producción agrícola.
Una de estas poblaciones tiende un puente hacia el que precipitarse buscando una salida. En su territorio, en las parcelas donde se cultivaban los cereales en cercados, para evitar las agresiones del ganado extensivo, que dominaba, tenían estimado que la fanega de puño equivalía a dos de la marca de la capital de la región, que era de 500 estadales de 4 1/8 varas de lado cada uno, y que en los barbechos y rozas, por lo áspero del país, la misma unidad la hacían equivalente a cuatro fanegas geométricas del mismo marco. Pero una vez más la fatídica ambigüedad lo mina todo por la base. Mientras que en sus tierras de primera y tercera la fanega de puño tenía 12 almudes de capacidad, la que se empleaba en las de segunda solo tenía 8. Ni siquiera la fanega de puño era una unidad estable.
La reflexión sobre los factores que los documentos dejan ver, cuando se refieren a las diferencias que pudo haber entre las unidades de capacidad, última esperanza de alcanzar la homogeneidad métrica que los cálculos necesitan, alerta sobre la importancia que para decidir sobre la diversidad tenían los sistemas de cultivo, una cultura más allá de cualquier razón. Pero si tampoco la fanega de capacidad había llegado a ser exactamente homogénea, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias que subsistieran serían más la consecuencia del uso de unos instrumentos de medida, o de las sisas viciosas que su manipulación permitía, que del hermetismo de los dominios comerciales, tanto menos probable cuanto más se extendían los intercambios.
Sepelio in blue
Publicado: noviembre 22, 2013 Archivado en: Nicomedes Delgado | Tags: historias Deja un comentarioNicomedes Delgado
Todos los días, porque cada uno es idéntico a otro, cuando se vuelve al hogar acecha la monotonía. Cada día pueden suceder encuentros inesperados. Porque no son imprevisibles, castigan con una elaboración de la conciencia que nos resignamos a admitir como sorpresa.
Siempre sale al paso un transeúnte que reconocemos, con el que en algún momento mantuvimos relación, luego extinguida. Se cruza con nosotros y nos corta la mirada en el peor momento. El principio del comportamiento gregario, en parte por herencia biológica, en otra a consecuencia de los hábitos consentidos, faculta para prever en esos casos los diálogos. Jamás he podido imaginar un diálogo en el que yo no dispusiera de la palabra y mi interlocutor, inteligente y aprobatorio, oyera atentamente mis argumentos. Ninguno de los diálogos entre él y nosotros que nos habíamos anticipado ocurre cuando se verifica el encuentro inesperado. Corridos, seguimos nuestro camino.
En aquella ocasión se trataba de un hombre que convivía con alguien que su conocido había conocido. Por una vez, se detuvieron y le dio la trágica noticia, como cumpliendo un encargo. La buena mujer padecía una irreversible y trágica pérdida de memoria. Los buenos sentimientos arrastraron al antiguo amante hasta su puerta. Una visita puede ser consoladora y hasta lenitiva. Quizás le ayudara a recuperar algo del pasado.
Se reiteraron las visitas y hasta el visitante se sintió dispuesto a liberar al varón prominente activo, aunque fuera por unas horas, de la pesada carga que había caído sobre sus hombros. Lo invitó a que saliera, mientras él cuidaba de la enferma.
Fue la enferma hasta la cocina, para beber. Al cabo de unos segundos, el visitante sintió en su espalda el trazo frío de la punta de un cuchillo, la hendidura sangrando. Cuando volvió el rostro, reconoció la dulce sonrisa en la que en tantas ocasiones se había deleitado. No fue necesario dar demasiadas explicaciones al médico que practicó las curas de una herida superficial, poco más que un rasguño.
No desistió el visitante de la obligación que se había impuesto. Volvió a la casa de la enferma, reiteró su ofrecimiento liberador y lo extendió a la administración de las dosis de los medicamentos que durante las ausencias de su compañero, ahora más prolongadas, eran necesarias.
La muerte no fue inmediata. Han pasado semanas y nada indica que deban practicarse pruebas forenses para averiguar su causa.
No conozco cementerio en despoblado, como tampoco tengo noticias de sombras en la oscuridad o de los afamados sonidos del silencio. Carezco de cultura doliente, porque me he impuesto la obligación de no concurrir a entierro en el que no sea imprescindible, un acontecimiento único e inexcusable.
Nadie podrá tomar en serio cuanto digo porque carece del valor del auténtico testimonio. Propiamente es una conjetura, que no obstante juzgo bastante fundada.
Incurriría en un injustificable error el cerebro de las operaciones que interpretara -habiendo calculado peso, posición y declive del cuerpo a cuya apropiación aspira-, a sabiendas de los costos de energía inexcusables, que la circunstancia de concurrentes al hecho, por la que un juez no podría encausarlo, es irrelevante. Así los urbanistas, que se encargan de pensar, e imaginar de manera que los sentidos lo perciban, los predios dotados de servicios a la población, viva o funesta. Aunque el más previsor de los planeadores haya pretendido segregar el campo de los bienaventurados, en previsión de que puedan sufrir el contagio de los cuerpos activos, desterrándolo a lugares apartados donde descarnarse en paz, la población, voraz como los insectos que trituran las maderas, lo cerca, hacia él se dirige y por último lo coloniza.
Terminado el sepelio, al jardinero del cementerio le hice un encargo:
-Por favor, que en esa tumba jamás falten las flores.
La Señora Llamas
Publicado: noviembre 19, 2013 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
1. Preocupaba a los estados la alimentación de sus habitantes. De ella dependía su vigor. Ninguno podría aspirar a constituirse en potencia si careciera de la masa que en las guerras, ocasión para que los pueblos sean grandes, porta los artefactos, sostiene las posiciones, se camufla entre las líneas, ocupa los territorios que serán moneda con la que comprar la paz del día siguiente a los sucesos luctuosos, nutre las conmemoraciones solemnes que después perpetran los vivos en presencia de los muertos. La fuerza frente a los competidores se mide por el número de brazos capaces para la acción, recurso detractor si la energía no los sostiene. Como al amanecer, cuando una lámina de luz rasante secciona los somnolientos cuerpos que han arraigado en la tierra y los recupera para la vida, una benefactora hoja de bisturí que estimula la piel al contacto con la arista, saturando de sangre el músculo en beneficio de su dueño enfermo, el alimento agresivo y poderoso, capaz para separar las células dispuestas de las insanas, apelante a las fuentes de las decisiones para que alineados queden en posición de combate los hombres. En los días de bruma, cuando cada paso es incierto, solo quienes se arriesgan a caer en el vacío encuentran tierra en la que posar sus cuerpos. Si la abstinencia, que nutrió a quienes justificaban por la pasividad contemplativa sus vidas, fue admitida como causa de fuerza fue porque de su valor hicieron juicio jueces inhumanos, seres ingratos poseídos por la barbarie religiosa. En el vacío no hay fuerza ni luz; en la carencia, beneficio ni gloria. La olla colmada, que no es garantía para ningún efecto premeditado, patrocina cualquier función que se proponga que en el escenario, ante el espectador que permanezca atento, expande los cuerpos, satura de alegría, ensancha el horizonte.
Sin política de alimentación ningún gobierno obtendría consenso. Los botes que en el litoral aguardan la llegada del crepúsculo, como a la convocatoria del alba se mantienen atentos los danzantes de ritos más cargados de agradecimiento que de superstición; la siesta que del umbral de las prospecciones en la conciencia cuelga, para que avance por alegorías; el membrillo que ya sin piel, a una compota destinado, del tesón del cocinero pretende su gloria; tienen cifrada su esperanza en los proyectos de los hombres elegidos para que arriesguen en el transcurso de sus vidas la responsabilidad que barcos, sueños y frutos prefieren eludir. Confían en que sus magistrados hayan cooperado con los poderes inmanentes que la naturaleza despliega, garantes de que las hembras submarinas aoven, la temperatura de la tarde deprima la circulación de la sangre y los cinco pétalos de la flor se entreguen abiertos, para que la fuerza de los hombres quede restaurada.
Contó entre las más felices iniciativas de Porfirio Carranza, afamado patrón de sicarios mientras tuvo la responsabilidad de un ejecutivo, su promoción de la siesta. Actuó guiado por convicciones personales, medida infalible de las decisiones públicas. Porque no era tan aplicado gobernante como excelso comensal, entre sus aportaciones a la cultura de occidente, que será la que prevalezca aun bajo los escombros de innumerables edificios, obra y víctima de la barbarie arrasadora del negocio sin orden, deben contarse los almuerzos ejecutivos, nunca degradados por la cantidad, bendecidos por la duración. A su ingenio se debe una fórmula combinada de actos elementales, que con el tiempo se ha recuperado y enaltecido, nexo que unió el buen comer al buen dormir. Contiguo al comedor en el que reunía a quienes con él habían de tomar las decisiones, para eludir las actitudes atrabiliarias mantenía dispuestos dormitorios individuales tras puertas herméticas, donde los agasajados podían recuperar el tono de su reflexión si antes relajaban el músculo. Al buen criterio de su conciencia podían regresar, tras que un mole poblano hubiera sustraído todo el bombeo de su corazón, con autonomía o con solidaridad cómplice. Está probado que la parte más optimista de la generación humana procede de las horas posteriores a la comida principal del día y anteriores a la decadencia de la tarde, cuando el abandono de los códigos expande, más que el vigor, la libertad de los actos, el entusiasmo por el pubis. Los anfitriados de Carranza, si admitían acompañante en la intimidad de sus siestas, calibraban sus proyectos, despedían en silencio las poco calculadas palabras de los verbosos, se mostraban complacientes con las observaciones gubernamentales; entregada su evocación al pasado reciente, para el olfato sostenido por las emanaciones de los cuerpos que aún flotaban en el aire.
Hay cálculos que prefieren ver en las políticas de nutrición el esfuerzo público en beneficio de quienes se lucran con el trabajo, dador de rentas. Tal vez alguno haya decidido dedicar una parte de su esfuerzo a restringir el que los inversores deben hacer para detraer sus beneficios. Porque su iniciativa es caución y purga para todos, reconstituyente público de las acciones de un torneo que nunca concluye, de quienes tienen la responsabilidad de mantener el tono muscular de todo un pueblo ha de esperarse su colaboración subsidiaria.
Si un promotor ha de invertir en banquetes para jueces, árbitro, camilleros, montadores, responsables de propaganda y promoción, estando también obligado a cuidar de la dieta del púgil, quien metaboliza por decenas las libras de carne que ha de registrar la báscula, la bolsa se verá mermada, el incentivo para la contienda decaerá y la sangre que ha de verterse sobre la lona convocará adictos febles. No se formarán largas filas ante las taquillas, los espectadores domésticos optarán por otro plan, y quienes cargan con una parte del gasto que causa la emisión de la señal invisible, que se transmite a través de las ondas por unos impulsos que el hombre no percibe a cambio de la expansión sin control de sus ingresos, desistirán del esfuerzo.
Nadie gana con que se detraiga gasto privado en alimentación, y todos pueden sacar partido de que un costo tan imprescindible quede cargado sobre la deuda pública, elástica y primordial como la materia que dio origen a la vida. La salud ha sido aceptada como un gasto que se debe consentir entre quienes prevén el incremento del tamaño de la actividad que la humanidad necesita. Hasta crean cargas, sostenidas por los contribuyentes, que deben proporcionar al erario una parte de sus satisfacciones.
2. Había en la Bonaerense un manuscrito que el catálogo, a pesar de los escrúpulos de su director, admitió como un diálogo. Realmente es un tratado que se sirvió de los recursos del drama, como Hesiodo prefirió la reconvención para exponer sus conocimientos agropecuarios. Hay sistemas penales que para curar la enfermedad cortan el miembro, padres que educan a sus hijos azotándolos. Menos inapropiado debe parecer que un maestro cocinero instruya con admoniciones sobre las consecuencias nocivas de las cargas de nutrientes saludables.
El lector atento descubre en él muchas maneras de cocinar espárragos, calabacines, pepinos y nabos, sabia y no obstante impostada manera de aludir a las adversas propiedades afrodisíacas de los nutrientes, para una parte de los sexos, de su respectiva frecuentación.
Si está prescrito que deba morderse el espárrago por la punta -dice-, se está limitando el placer que su degustación proporciona. Porque los incisivos, porción del dispositivo dental a cuya merced queda la vanguardia del cilindro cuando alcanza la cavidad bucal, se muestran incapaces para contener la segmentación, dolorosa para el objeto mismo, aun insensible e inanimado, parcial para el paladar. Si con los labios se rodeara, a semejanza de los círculos de cuyo tracto es posible esperar una progresiva penetración hasta el muro que limita el placer, la ingestión completa del vástago aseguraría toda clase de recompensas, fueran o no conseguidas. Para la crítica, la evocación de que pudiera ser fascinante una mordedura en el glande, retenida en la propuesta de sección con los dientes de la punta del espárrago, porque por grosor y resistencia, ya que es la porción más blanda, parece la parte más sabrosa, procede de una época en la que el horror de las torturas se apoderó de la humanidad. En la composición del espárrago, acuoso y flácido, nada seductor hay. Cuando, una vez ingerido, el riñón lo haya destilado, al desalojar el detrito, nadie podrá decir que su efecto haya sido saludable, puesto que huele de manera detestable. Pero en el artificio de sus elaboraciones todas las satisfacciones que se puedan imaginar caben. Sobre el calabacín, el texto es más neutro. Su carencia de sabores no lo patrocina, y hasta lo relega a un orden alejado de cualquier exaltación.
En las subastas que las casas que captan objetos extraordinarios celebran, a las que concurren dispendiosos coleccionistas víctimas de su estupidez, también presentan libros. La Señora Llamas, llevada por su ambición de saberes culinarios, pujó por una copia de aquel venerable texto y lo consiguió.
Al atardecer, cuando los días sin nubes el sol se despide de su monótona jornada, los cuerpos convexos se convierten en focos que iluminan el paisaje. Su aptitud para la reflexión la incrementa la grasa. Ningún instituto capilar, hasta hoy, ha conseguido una explicación que satisfaga el alcance de los comportamientos en materia de calvicie. Estas fundaciones son las que más arriesgan, entre los que arriesgan mucho, invierten sumas que nadie reconoce. Es posible que la higiene pueda resolver más sobre la calvicie del marido de la Señora Llamas.
El cruce de la calvicie con el cabello rubio, sea su pigmentación obra de la naturaleza o responsabilidad de una experimentada obra humana, puede dar frutos muy estimables. Están descritos casos en los que por esta afortunada convergencia fueron deducidos descendientes de cabellera encrespada, crines abundantes, melenas tan procelosas como las que cuelgan entre las ancas de las yeguas.
3. Cierto día el abad de Saint-Germain-des-Prés descubrió que uno de sus tonsurados, hasta aquel momento encargado del archivo, tenía un comportamiento extraño. Otro de los clérigos evadía obligaciones con su connivencia. Indagaron la causa de sus comportamientos y descubrieron que era la frecuentación de la carne pilopitrópica, recurso culinario de cenobios y otras sociedades herméticas. El hermano boyero proveía a la castración de los animales para el tiro del lagar, fuente de los placeres que proporcionaba el sacrificio, con el concurso de los legos que cargaban con los cantorales, engendros de tamaño monstruoso al combate de la presbicia de los profesos al coro asistentes dirigidos.
El varón que aspira al trofeo de sus atributos debe luchar contra los toros. No es importante que sean encastados, ni que respondan con empuje contra el peto del caballo cuando la puya, adelantada de la saña contra las fieras, los desangra. Basta con que sucumban al flujo del acero, que los penetra cuando mortal como el cuchillo en la tarta. El estofado de carne pilopitrópica también es muy apreciado entre gimnastas.
Ha descendido tanto la clase de los artistas en la consideración pública a causa de su conversión en profesionales. De haberse mantenido hombres libres, exentos de cualquier deber aún serían admirados. Así la cocina, que es una arte, según la teoría que defiende la Señora Llamas. Ningún recetario ha colmado las posibilidades de combinación de los elementos nutritivos, como no hay laboratorio que haya podido satisfacer toda la combinatoria de los principios químicos elementales. Sobre las maneras de confitar nadie podrá decir jamás la última palabra. El verbo expresa una idea que está en permanente movimiento. Para descubrir sus arcanos, la Señora Llamas incurre en combinaciones arriesgadas y creativas. Entre ellas, en su opinión, tiene que haberlas de espárragos, calabacines, nabos y pepinos con carne pilopitrópica. Las celebraciones familiares son una ocasión inigualable para exhibir los resultados de la investigación culinaria propia.
En las embarcaciones la demora de las campañas, el tiempo que consumían sus singladuras, causaban escorbuto en los tripulantes. Está demostrado que el escorbuto, causa fatal, entre los indonesios procede de la persistencia en el consumo de la carne pilopitrópica. Su fanatismo, que para ellos veda el consumo de carnes que podrían ser magras y saludables, los mantiene consumiendo aquella casquería, oval y elástica, tarada con la superstición de la potencia, saturada con las toxinas que acumula la excitación. Caen exhaustos de la materia vitamínica que conecta a la salud.
¿Han considerado alguna vez las reacciones que en el mundo occidental, saturado de cámaras para la seguridad, pueden provocar las importaciones de alimentos? Pongamos los langostinos, que llegan de Madagascar o de Ecuador. He adquirido el hábito, desde que me intereso por las cuestiones culinarias, de su disección. El intestino que traen es innombrable, longaniza de heces, sentina de los metales pesados.
Si un langostino, no privado de su colon, entrara en combinación con carne pilopitrópica, el resultado sería fatal. Cuando el antimonio entra en reacción con la testosterona, actuando el vinagre de Jerez como precipitante ácido, quienes ingieran la ensalada pueden darse por obitados.
4. La difusión de las noticias sobre muertes por envenenamiento es una buena oportunidad para sondear la moral. No es fácil encontrar alguien que deponga a favor del placer que la muerte le proporciona. La lectura de un buen texto necrológico es un excelente sucedáneo.
Aunque lo pretendan, los médicos forenses no podrán reunir argumentos suficientes a su favor para arrogarse la última palabra sobre las causas de una muerte. Menos aún un narrador omnisciente. Podríamos considerar la responsabilidad que a la Providencia toca en el acto más decisivo de la vida, siendo muerte. Muchos autores confiesan que gracias a los mundos que ingenian consiguen ser como Dios. Probablemente Dios sea uno de los mayores errores de la humanidad. La perspicacia de los teólogos solo alcanzó a trazar el mapa de su parte inhumana.
No se averigua la causa de la muerte de los comensales que acudieron a la mesa de la Señora Llamas, ni ha sido posible descubrir la responsabilidad de la Señora Llamas en la causa de la muerte de los comensales invitados a su mesa. ¿Actuó la Señora Llamas consciente de sus decisiones sobre el menú de navidad? ¿Descubrió en el tratado de la Bonaerense la receta fatal? Tampoco se deduce con certeza el placer que a la Señora Llamas haya causado la muerte de sus parientes, entre los que se han contado sus descendientes directos, aunque haya sido la consecuencia de su estupidez y no de su deseo. Hay homicidas que han calculado el placer que les proporcionará reducir su mundo a las dimensiones de una celda.
Pronóstico del tiempo I
Publicado: noviembre 8, 2013 Archivado en: C. Baines | Tags: historias Deja un comentarioC. Baines
Al principio transitoriamente, luego con la garantía de estabilidad llamada indefinida, fui empleado en el juzgado del distrito. Apenas empezaba mi juventud y ya disponía de un medio para ganarme el resto de mi vida. Me ocuparon en recibir las denuncias y redactar las declaraciones de quienes pretendían amparo del tribunal. El señor juez me tomó a su cargo y fue instruyéndome en la ciencia del oficio, perfectamente descrita en los manuales, incomprensible para quien jamás haya vivido entre campesinos. Ahora, pasados nueve años, sigo bajo sus órdenes, y aún aprendiendo cada día de él. Es tanta la formación que le debo, tanto lo que tengo que agradecerle, y temo tanto que sus ideas, tan estimadas por mí, a causa de mi olvido pasen sin dejar rastro, porque él jamás se ocupará en perpetuarlas, que me he impuesto como obligación registrar cuantas sea capaz.
-Por naturaleza, el futuro es incertidumbre. Es tan común la ansiedad que despierta que las previsiones de toda clase, porque hacen presente y definido lo que no está en el tiempo ni tiene cuerpo, son informaciones cotidianas que satisfacen y tranquilizan a millones de personas.
“Algo tan elemental como el pronóstico del tiempo, cuando lo sirve -reiteradamente, a lo largo del día- por ejemplo la información de la radio o de la televisión, suspende la conversación, concentra las miradas y, sobre todo, induce decisiones. Los espectadores atentos pretenden adelantarse al futuro, afrontarlo convenientemente provistos. Enorme satisfacción causa volver del trabajo, aun con los pies empapados, la gabardina calada y el paraguas chorreando porque el pronóstico nos permitió adelantarnos a los hechos y equiparnos convenientemente para sufrir una derrota. Nada más perjudicial para la confianza que el previsor necesita que un error en su pronóstico. ¿Usted atiende las previsiones del parte meteorológico?
-Raramente. No es que lo haya desacreditado. Mi horario y el de los informativos no coinciden, ni en la circunstancia de tiempo ni en la de lugar.
-Hace mal. No es solo que se expone a una pulmonía, o al mucho más terrible golpe de calor. Es que desatiende un comportamiento que debe convertirse en hábito.
-Los riesgos que pretende, señor, son extremos, incluso se podría decir que sujetos al azar, y por tanto imprevisibles hasta para el más perspicaz anticipador. Las oscilaciones del tiempo son moderadas y, con pocas alteraciones, se ajustan al calendario.
-Creo, Baines, que descuida lo superfluo en detrimento de lo trascendente. Se deja seducir por las apariencias y les entrega rendida su voluntad. El hábito al que me refiero no tiene nada que ver con su ropero, menos aún con la temperatura o la humedad. Debe saber anticiparse, en beneficio de su salud política. Atender al pronóstico del tiempo es un buen campo para dar tono al músculo de la convivencia.
-He deducido antes, gracias a sus palabras, corríjame si me equivoco, que la ansiedad por representarse el porvenir satisface con poco más que un fantasma de apariencia amable.
-Al principio, a personas poco reflexivas, a quienes interpretan a la letra los pronósticos. Prestarles atención sostenida y continua permite descubrir, en poco tiempo, que se reiteran; con ritmos variables, en secuencias melódicas, cambiantes, en periodos de duración flexible.
-Lo que lleva a concluir que el trabajo de los pronosticadores, salvadas las excepciones que honrarán el oficio, es obra de embaucadores. Solo los incautos quedarán atrapados por su fraude. Siempre ha sido así, para cualquier forma de la previsión.
-Es posible, incluso que ni siquiera se puedan encontrar saludables excepciones.
“Bien. Ya tenemos a todos los arúspices, astrólogos y brujos condenados a la hoguera. ¿Qué hacemos con la enseñanza que puede deducirse de la reiteración? ¿No hay en la reiteración actos? ¿No serían los más trascendentes, puesto que se reproducen obstinadamente? Con sus palabras: para que un fantasma sea admitido entre los vivos, más aún si su apariencia es amable, al menos debe representar con veracidad. ¿No será que bajo la repetición de imágenes actúa la parte de la existencia que más interesa conocer?
“De ser afirmativa la respuesta que merece la última pregunta, deducidas todas las versiones de los pronósticos gracias a la observación paciente, anticiparse equivaldría a desentrañar las causas de la apariencia que el fantasma haya tomado. Estoy persuadido de que este hábito puede ser sumamente útil, al menos a la parte pública de la vida.
“Vengo observando -continuó el señor juez- que el espacio en el que transcurre la vida, porque hemos aprendido a observarlo en un mapa, nos hace sujetos de una obra de la naturaleza que nos abruma, excesiva para nuestra supervivencia; lo que no impide que nos comprometa. En modo alguno por nuestra voluntad, trágicamente por nuestro nacimiento.
“Voy conociéndolo y sé de usted lo bastante para encomiarle, entre otras virtudes, su serenidad, su aplomo en cualquier situación, y que prefiera juzgar a los demás del modo más generoso.
-Gracias, señor.
-No las merece. El dueño de ellas es usted, y no hago más, cuando hablo de este modo, que ser justo. Sé positivamente que perdonaría errores de todo tipo.
“Dígame ¿qué piensa de la precipitación?
-Que las personas atolondradas jamás obran con mala intención. Un comportamiento precipitado es sólo consecuencia de hábitos irreflexivos.
-Póngame un ejemplo de precipitación débil.
-La taza de café sobre la solapa. Lo he visto esta mañana. En la cafetería, cuando todos salen a desayunar, la gente se agolpa en la barra. El camarero va llenando tazas que pasan de mano en mano, hasta la segunda o tercera filas de clientes presos de la impaciencia. Uno, que creía ocupar la última, se ha vuelto apresuradamente, taza en mano, con la intención de ocupar una mesa, y se ha encontrado con alguien que no esperaba.
-¿Usted juzga débil esa precipitación? No sé a qué tintorería manda sus trajes. Todas las que conozco son caras porque limpiar es tan barato como antipático. Supongamos que la mancha de café se ha limitado a la solapa, que no hay salpicaduras en la manga ni en las perneras del pantalón. Aceptemos también que el sujeto alcanzado dispone de más de un traje -cosa poco habitual entre los empleados de banca, carne de cafetería-, y que por tanto no debe pagar un suplemento por servicio exprés. Aun así, el trastorno le habrá resultado algo más que débil.
-No crea. Todo se ha solucionado con una disculpa. El autor de la mancha ha ofrecido a su víctima, anticipándose a cualquier demanda, correr con los gastos de limpieza del traje. Con una sonrisa, quizás algo forzada -es necesario reconocerlo- el afectado prefirió declinar el ofrecimiento y ha dado por supuesto que todo pertenece a los hechos puramente accidentales.
-Bien. Ha sido una suerte que todo haya quedado así. Que se hubieran enredado en una disputa tal vez habría añadido trabajo al que ya tenemos. Pero es evidente que la precipitación no deja de serlo, aun grave, porque su víctima haya preferido resignarse. De esa precipitación, vistos los hechos, lo único débil es su carácter.
“Podría ocurrir que nuestro hombre, eficaz gestor, a juzgar por sus muestras de condescendencia, llevara un expediente de un departamento de la administración a otro; se cruzara con un transeúnte que saliera precipitadamente, sin poner atención a que algo o alguien pudiera cruzarse en su camino, de esa misma cafetería de la que usted habla; que el encuentro tuviera como consecuencia la pérdida del expediente y que nuestro gestor no la advirtiera. En ese caso la precipitación podría suponer que una importante inversión se esfumara, al menos por un tiempo, en detrimento de quienes viven en un lugar. Por débil que hubiera sido la precipitación, hay que admitir que sus efectos serían graves.
“Aún más. Si la precipitación no saliera del departamento administrativo, si tuviera como resultado la omisión de un deber por nuestro funcionario, siendo el mismo el efecto, habría que calificarla de manera todavía más grave.
“Desengáñese, no hay precipitaciones débiles. Una precipitación que alguien califique así, que perfectamente los premonitores del tiempo pronosticarían para el norte, donde son más frecuentes de cuanto fuera deseable, sería interesada; tendrá siempre efectos en todas las direcciones de la rosa de los vientos, dadas las dimensiones de nuestro mapa, el mismo sobre el que se hace el pronóstico y en el que estamos incluidos, aun a costa de nuestra voluntad.
La convivencia con el juez me obliga a reconocer en él, sobre un hombre ecuánime y sereno, lúcido, aunque en ocasiones pueda parecer obtuso. Solo quien no lo conoce, que tuviera alguna referencia de sus ideas, se atrevería a tanto. A una opinión así, todo lo más, se le podría conceder que a veces resulta hermético, tal vez que otras algo oscuro, nunca desviado.
Confieso que esta impresión tuve cuando recapacité sobre su teoría de la precipitación pronosticada, que en días sucesivos, en el transcurso de nuestras muchas horas de convivencia, fue completando.
-¿Qué me diría usted de una precipitación de carácter débil? -vino a decirme-. ¡Ah, las precipitaciones de carácter débil! De un padre se podría admitir que fuera blando, que evitara, cuanto estuviera en su mano, reprender a su hijo, para evitar humillarlo. Nada deja huella tan profunda en la infancia como la severidad de quien se espera cariño. Cualquier reprensión, cuando el carácter aún no ha creado sus medios para la defensa, puede impresionar hasta el extremo de invertir su efecto. Pero nada más inmoral que un padre débil. El padre que desiste de sus deberes es el origen de todas las flaquezas del hijo.
“Con cuánta frecuencia se pronostican, para el norte del país, precipitaciones de carácter débil. No son necesarios mucho criterio, masas de información cualificada, análisis que se demoren en cada circunstancia, para cada momento. Se puede tener la seguridad, con antelación sobrada, que acertarán. La fragilidad del carácter de quienes han de tomar las decisiones, partícipes en sus consecuencias, abre a sus pies un abismo si reflexionan. Se pararían a considerar sus parentescos, sus múltiples y largos vínculos, el peligro al que las ancianitas, de frágiles canillas, podrían verse expuestas por una bajada a toda prisa del autobús, y quedarían incapacitados para tomar una decisión. Prefieren, antes que una acción serena y consecuente, salir del paso. El efecto es que jamás nada se soluciona. Este es el fruto de cualquier precipitación de carácter débil.
– ¿Preferiría que las precipitaciones fueran de carácter tormentoso?
– En modo alguno. Los antiguos encontraban la causa de la ira en la hiel, a la que asemejaban aquella pasión no por sus colores, que pueden resultar atractivos, sino por su sabor. La actuación de los atormentados es siempre causa de amargura, tanto más si se emplean de manera precipitada. También la experiencia desautoriza a quien así procede. ¡Cuántas veces, para aquella misma zona, la del norte, se habrá pronosticado esta reacción, que el ambiente hosco y estancado carga! Las mismas que la previsión ha resultado acertada. Y otra vez, aunque sean otros los heraldos, será anticipada y otra vez ocurrirá, bien que tome cuerpo por otros nombres. El pronóstico tiene asegurado el acierto y los acontecimientos que le corresponden, que el tiempo reproduce; el fracaso, porque igualmente al orden de las precipitaciones pertenece.
-Puesto que los pronósticos son como el conjuro, a juzgar por sus efectos inexorables sería conveniente excluir toda precipitación de las previsiones referidas a aquellas tierras.
-Las precipitaciones son inevitables y hasta imprescindibles, y callar un hecho no lo anula. De sobra lo sabe. Cuando el ambiente se carga de los humores que transpiran los cuerpos de un lugar, si al mismo tiempo su temperatura conoce cierto grado, no hay barrera que las contenga. Por fortuna, en su mayor parte ocurren al azar, con interrupciones, con cierta moderación, en lugares separados entre sí. Mientras así se emplean sus efectos son limitados, y para nuestros tiempo y lugar hasta podría admitirse de consecuencias moderadamente saludables. Así como la lluvia obstaculiza el movimiento en la ciudad, y en el campo la reciben como la corriente que transporta la fortuna, aunque a todos moja, las precipitaciones, idénticamente molestas por igual, que en donde se concentra la población puede tener efectos adversos multiplicados, para ciertos elementos puede ser un arma útil a la descarga del ambiente. Solo bajo esta manera de observar los hechos públicos podría tomarse por imprescindible. ¿Seremos igualmente tolerantes con ellas cuando se generalicen, descarguen en cantidades abrumadoras y se desplacen en tromba? Arrasan todo a su paso. Nadie puede permanecer impasible ante ellas. Cualquiera ve en peligro la vida de los suyos y la propia, su patrimonio amenazado; es la peste, es la guerra.
-Si estamos condenados a vivir con ellas, tendremos que desear las precipitaciones débiles y aisladas. Por la primera condición, aunque en ocasiones adquirida a causa de una injustificable falta de carácter, resultarán las menos violentas. La segunda garantiza el mayor grado de dispersión, que la fuerza que por la suma se adquiere quede excluida.
-Lo deseable es acometer su origen.
-¿Que es?
-Las bajas presiones. Tal es, expresada del modo más directo y resumido, la fuente regular de las inevitables precipitaciones. Quizás le resulte en exceso expeditiva una afirmación como esta, demasiado rotunda, en sí misma condenatoria, apasionada. Creo estar enunciando, antes que un juicio, la parte expositiva del problema, con la misma frialdad que el forense actúa sobre el cadáver, sea deforme, apolíneo, con aromas de almizcle o de vapores deletéreos.
-Cualquier presión es el resultado del acopio de fuerzas sobre un punto. No avanzamos mucho seleccionando de ellas la clase de las bajas, porque el plural aún encubre orígenes y responsables.
-Por su origen, el efecto baja presión es un producto de los que en propiedad debemos llamar centros de bajas presiones.
-¿Cree usted que las bajas presiones son obra de maquinadores, de gente que conspira en la sombra?
-Demasiado novelesco. Los centros de baja presión son visibles para todos, se pueden localizar en el mapa, actúan sin ocultarse. Una baja presión no es un hecho delictivo, no tiene por qué enmascararse. Puede provocar la condena de buena parte de la población, cuya anuencia moral, cargada con este signo, otorga admitiéndola como baja. Nadie podrá declararla responsable de acto alguno. La baja presión puede pasar por inmaterial. El hecho es la precipitación, autora directa de las consecuencias, sean leves, graves o incluso fatales.
-Pero está prevista la responsabilidad que se llama inducción…
-…cuya existencia, para el procedimiento más ecuánime, obliga a demostrar la relación que vincule al inductor con el agente, que el primero puede ser responsable de los actos del segundo y que la causalidad, en determinadas circunstancias, unió una afirmación y un acto. Algo tan complicado como estéril, habitualmente. Si el esfuerzo se saldara con éxito, a lo sumo el inductor sería objeto de una reconvención.
-Permítame que le diga que la responsabilidad del inductor, hasta donde alcanza lo que sé, suele liquidarse con algo más que la reprimenda del tribunal.
-No cuando es una simple presión. Un hombre ha cometido un robo, en circunstancias que añaden gravedad a sus actos. Se enmascaró, portó un arma -de la que no hizo uso, por suerte para él-, rompió cristales, forzó cerraduras, trepó. Apenas hubo premeditación, se movió a un impulso. La noche anterior, entre lágrimas, su mujer dramatizó el estado de sus existencias, amenazó con abandonarlo. El precedente, sin dejar de ser una presión, para el delito puede ser admitido como atenuante, y nadie lo consideraría una razón para inculpar a la mujer.
“¿No recuerda usted, para algún momento de su vida, que fuera arrastrado por la tentación de un comportamiento similar?
-No sé. En mi conciencia no hay rastro de vínculo con ladrón alguno.
-Estoy seguro. ¿Nunca presionó con llanto a su madre?
-La infancia es irresponsable. De nada puede ser culpable un niño.
-Ante la ley.
“La infancia es el reino de la inmoralidad. El desconocimiento de los principios que armonizan, en cuanto pueden, las relaciones, en contra de lo que parece razonable, es justificación de comportamientos desastrosos, hasta brutales. Es altamente cotidiano, mucho más, que las criaturas aprovechen la inconsecuencia de las costumbres (de la que adquieren, gracias a la experiencia, conciencia perfecta) para la permanente extorsión de sus progenitores. ¿O no?
-Son muchas las formas de presión a las que recurren los niños, y no solo en el trato con sus padres. El llanto que les sirve de soporte tal vez no las degrada hasta el orden de bajas.
-Recuerde usted que la infancia toda transcurre en el limbo de la falta de moral.
-La presión, por sí misma, no es causa de las precipitaciones, el nexo que pueda unirlas no es fácil documentarlo, es posible que incluso sea por completo irresponsable. Tanto más necesario es, y hasta urgente, desenmascarar los centros de baja presión.
-No se deje llevar por sus convicciones. Es mucho más útil atenerse a la realidad. Ya le he dicho que los centros de baja presión, antes que invisibles, son manifiestos. No hay nada que poner al descubierto. Al contrario, son tan ostensibles que ellos mismos se proclaman.
-Debe ocurrirme que los tengo tan cerca que no alcanzo a verlos.
-Es posible, y que su tamaño los camufle. Ante la puerta de un rascacielos, en la acera, de su volumen sobrecogedor no tendría una noción distinta de la siguiente, también armónica con la estatura regular del hombre, que da entrada a un edificio de una planta.
“¿Tiene novia, o esposa, Baines?
– Convivo, desde que este trabajo me lo permite, con la mujer a la que amo.
-Bendita condena; la del trabajo, claro está, porque siendo detestable le habilita su secreta felicidad.
-Gracias, señor.
-¿Viste toca su cónyuge?
-¿Toca? ¿En estos tiempos? Déjeme que haga memoria… Sí. Debieron ser las puritanas que se instalaron en Norteamérica, huyendo de la restauración, las últimas que mantuvieron su uso. Como mucho hasta el siglo XIX.
-Creo que confunde usted toca y cofia. No tiene la menor importancia. El error censurable, en su caso, es el anacronismo. La toca convive con nosotros, tras siglos, nunca interrumpidos, de existencia. Es aquella prenda que solo deja al descubierto el rostro. ¿Aún no rescata la imagen de quienes la usan combinada con un velo?
-Y se cubren con vestido talar.
-Exacto, todavía algunas. Está tan consentida su presencia, en cualquier lugar, que apenas reparamos en ella. ¿Le resulta coactiva?
-¿Cómo podría serlo, tratándose de vestales ingenuas y desinteresadas?
-Al menos mientras son jóvenes. Solo que persistir en una indumentaria que las segrega, a iniciativa de la institución que representan, las convierte, sean los que quieran su voluntad y deseo, en un ostensible medio de presión.
-¿Usted cree?
-¿No le parece que lo es el pordiosero desarrapado, pestoso, que lo acosa hasta que consigue arrancarle una moneda?
-Sin duda.
-¿Piensa que está justificada la supervivencia de la vida contemplativa, y aun la levítica, que igualmente se esfuerza, esta vez con alzacuello al menos, por hacerse visible, sin ser más activa? A su juicio dejo si estas formas de presión, cotidianas, ostensibles y sin apariencia causal, son de la clase baja o no.
-Dudo que haya inmoralidad alguna en el origen de estas formas de vida.
-Tal vez en ningún caso. A pesar de lo cual la institución, sobrepasada por las costumbres, pugna, con aquellos y otros medios materiales, por la supervivencia.
-Comprendo.
-¿Es usted lector de prensa?
– De al menos un diario.
-¿Cuál?
-El me resulta más afín.
-Permítame que le diga que su error, a mi parecer, es doble. ¿No le resultaría más provechoso enfrentarse, cada día por la mañana, a opiniones diferentes a la suya?
-Antes necesito disponer de la mía.
-¿Y se la proporciona un periódico? Hasta ahora he creído que el juicio, en cada hombre, se nutre de un filón, no diré que imperecedero, aunque sí persistente. ¿Debo recibir una opinión autorizada, una vez lanzada una bomba nuclear, antes que enjuicie al autor de la orden? No es necesario que responda. La evidente contestación pone al descubierto el segundo error.
“Mi padre, celebrado entre nosotros por sus virtudes, encarnaba entre otras la del excelente catador, condición tan alejada de la ebriedad como el valor del comportamiento temerario. La adquirió ateniéndose a un principio elemental.
“Habiendo vinos buenos -repetía- ¿a qué beber los malos?”. ¿Cuánto tiempo le ocupa la lectura de la prensa?
-No todos los días el mismo, ni todos merece la misma atención.
-Unos con otros.
-Pongamos una hora.
-Sé que es usted un lector regular y con criterio. ¿Compromete la lectura de la prensa la atención que le merecen los clásicos?
-He conseguido garantizarme, sin desatender mi trabajo, entre dos y tres horas diarias íntegramente dedicadas a la lectura, a toda clase de lectura.
-Ahí lo tiene. Cuanto más tiempo dedique a la prensa menos tendrá para consagrar a los sabios. ¡Y qué diferencia! La informativa es literatura de urgencia, concebida y elaborada como el pan, para que sea útil solo un día. Ni los diarios con mayor disciplina de estilo resisten la comparación con cualquiera de las otras lecturas.
-Completamente de acuerdo.
-Y aún nos queda lo sustantivo. En cada información va incluida una parte, solo una parte. Usted y yo bien lo sabemos. Nada habría que objetar a la evidencia, puesto que la escritura es tan limitada como cualquier obra humana. Está en la condición de los enunciados tener principio y fin. Cualquiera que se exprese, por escrito o de palabra, selecciona un escenario, unos personajes, una acción, y nadie toma o desprecia elementos de manera desinteresada. No me cabe la menor duda, en el caso de la prensa, sobre los principios de su natural selección. Son lucrativos. ¿Los clasificaría usted en el orden de los altos o en el de los bajos?
-Nunca la codicia me ha parecido una virtud, ni aun la ambición.
-¿Diría usted que los periódicos no se cuentan entre las presiones obvias, y tan sobrehumanas, por su tamaño, que pueden pasar desapercibidas?
-Tengo que reconocer que a su demostración sobre esta clase de presencias, gracias a los dos ejemplos que ha elegido, nada puedo replicar.
-Baines, debería reflexionar con más tiempo sobre los ejemplos elegidos, tratándose de los centros de baja presión. No creo que puedan mencionarse muchos más. Me consentiré ser más explícito.
“¿Confiaría su dinero a un banco de niebla?
-¿Un banco de niebla? De ningún modo.
-Con enorme frecuencia, el parte meteorológico, para las tierras septentrionales, los pronostica. Hay razones de sobra para que actúe así. La parte más sólida del negocio financiero de nuestra economía, que por volumen y solidez ocupa, en el orden internacional, puestos irrisorios, tiene su origen en aquella región. Estoy persuadido de que la niebla es la clave de su descrédito, de la nutritiva reproducción que el pronóstico del tiempo adelanta, hace presente y avala.
“¿En alguna ocasión se ha perdido en la niebla?
“Afortundamente no conozco la guerra, y no dispongo del término de comparación, avalado por crónicas y memorias, que me permitiría calibrar el tamaño de la angustia. Solo puedo afirmar que la noción, confirmada por un instante pasajero de vértigo e inseguridad, en mí se hizo realidad cierto día, al volante, solo. Era la nada, una cápsula vacía en ninguna parte. En aquel limbo flotaba mi coche y yo dentro de él. Donde solo el vacío es visible caben todos los temores. Tuve la certeza de que mis días terminarían allí, por obra del primer coche en dirección opuesta.
“Nuestros contemporáneos una impresión semejante, no sé si en un grado inferior, la han sentido, al menos una vez, al ver el extracto de su cuenta, bien en estado de conciencia bien por revelación onírica. Una cifra por debajo de la esperada causa un vértigo abismal. Sea consecuencia de un gasto inesperado o de un error, hasta tanto la explicación llega, la angustia se apodera del imponente.
-El banco, incluso, podría hacer y deshacer, aunque fuera por unos segundos, según le resultara oportuno. Un instante de sustracción de una cifra ínfima de miles de cuentas, porque puede sumar una cantidad importante, tal vez sirva para completar una operación que solo al operador beneficia. Al siguiente, las cantidades pueden ser repuestas y quedar justificadas como un error pasajero, sin la menor consecuencia para los depósitos, cometida por un empleado negligente.
-Así puede ser porque el dinero con el que operan los bancos, su dinero, el mío, el de todos los que estamos en la obligación de confiárselo, es ficticio. No la moneda, asimismo convencional pero monopolizada por la autoridad pública, que de este modo adquiere el derecho a perseguir la falsificación, en otro tiempo castigada con las penas más severas. Su dinero, el mío, el de todos, es solo un registro, del que nada más que una porción, que sus gestores compran en la especie de moneda a la autoridad, ponemos en circulación. El resto, que igualmente representa nuestro preciado trabajo, por obra de su alquimia, para nosotros, es solo una pompa de jabón, mientras que para ellos es trabajo ajeno con el que operar a lo grande en donde la luz no llega.
-Luego… ¡todos los bancos son de niebla!
-Veo que he provocado, sin que fuera mi voluntad, el fin de una etapa de su vida. No se preocupe. El dinero no es más convencional que tantas cosas. La civilización toda, conquista tan inapreciable como frágil, también es un enorme globo en equilibrio sobre la punta de una aguja.
“Por esta vez me he propuesto hablar con la mayor claridad. He aquí mi afirmación. El mayor de los centros de bajas presiones; si hay una cima para ellos, tal lugar lo ocupan los bancos de niebla, los máximos responsables, en consecuencia, de todo tipo de precipitación, de uno o de otro carácter.
-Nadie lo diría. Su actitud, al contrario, parece el paradigma del sosiego. Insisten en que el horizonte diáfano, sin asomo de nubes, es el medio conveniente para que crezcan, sobre la abundancia, la paz y la concordia.
-Tendría que analizar más, sin el prejuicio moral, el discurso que reincide en él. A menudo es el más explícitamente adverso. No necesita que rescate, para que sirva como comparación, el proverbial fluido del discurso que usa, para justificar su necesidad, cualquier casta sacerdotal. Condenan el mal como quien formula un conjuro, para desprenderse de él.
“Ha de saber, Baines, que el negocio bancario es el más portentosamente cínico que jamás haya inventado el hombre. Sale de aquí. Se ha hecho tarde. Decide tomar un taxi, auxilio de los urgidos. Monta, el conductor le demanda su destino, que queda en sus manos, y hasta él le traslada, si la fortuna, criatura imprevisible, os favorece. El contador marca la cantidad que hay que cobrar. Antes de bajarse, se la solicita al taxista y espera que se la liquide. ¡El mundo al revés! ¿Cómo cree que reaccionaría el hombre? Gritaría, no le dejaría bajar, demandaría la presencia de un agente de la autoridad, si es templado. Todo hasta conseguir que se resigne, devuelto al juicio, a cumplir con su parte del intercambio.
“El banco no solo maneja el dinero de los depositantes a su antojo, tomando riesgos que a cualquier mortal causarían escalofríos, manipulando asientos contables, entrando en negocios que no siempre el beneficio absuelve. Les concede además del favor de cobrarles por ello, justificándolo, sin que se le mueva un músculo de su verde rostro, como servicio prestado. Claro que sus empleados atienden con obsequiosidad, a cambio de lo cual reciben, tal como está estipulado, el sueldo que les corresponde; obligación contraída por quienes los han contratado. Las ganancias que con nuestro dinero consiguen, en las que no nos dejan participar equitativamente, satisfacen sobradamente, entre otros gastos, este.
-Resulta escandaloso, verdaderamente. Pasa desapercibido, tanto como que puedan estar en el centro de la génesis, por bajas presiones, de toda precipitación.
-Los centros de baja presión no actúan a rostro descubierto. Se sirven de familias de borrascas. Con una eficacia alarmante. ¿No ha observado usted que el deseo es la fuente de toda la norma civil?
-¿El deseo carnal?
-El mismo.
-Francamente, no.
-El derecho de propiedad, que al presente es su columna vertebral, defiende la acumulación de bienes en beneficio de la progenie. ¿Dónde tuvo esta su principio? La supervivencia de la sociedad matrimonial, las garantías a sus partícipes si se disolviera, la acumulación de patrimonio, ¡su transmisión más allá de la vida de quien lo acopió (por increíble que parezca)! ¿tienen una fuente distinta?
-Es un punto de vista.
-Más bien, creo honradamente, la única posición que permite una correcta perspectiva. Tal vez convenga entregarnos más, con el arma de la reflexión, a esta incruenta y saludable batalla. Puedo aceptar que alguien, como recompensa a su esfuerzo, acumule bienes. Si aceptamos que los transmita a su descendencia, le estamos negando a este acto la legitimidad que le conviene, supuesto que es el esfuerzo personal la razón de la reserva personal de los bienes. Quizás en otro momento podamos analizar mejor estas ideas. Ahora, estoy seguro, nos desviaría en exceso del objetivo al que hemos concedido, aun sin decirlo, la precedencia. Olvidémonos, pues, por el momento, del deseo, que vence a la voluntad. Concentremos nuestra atención.
“Sabe usted que la norma civil, exageradamente nutrida por ese magma anterior a la civilización que por costumbre llamamos fuero, por esta causa, no solo varía de lugar a lugar, sino que puede llegar a ser extraordinariamente injusta, lo que es más grave. Supongo que bastará con recordar los derechos acumulados, en la sucesión de los bienes, por razón de primogenitura. Hay territorios donde el factor orden de nacimiento deformaba brutalmente la equidad para con los descendientes, más razonable si no es posible evitar la transmisión de los bienes de la familia a lo largo de la cadena de las generaciones.
“¿Resultado? En algunas regiones las familias, que en cualquiera siguen nutriendo la raíz de todas las instituciones, disponen de una fuerza extraordinaria. Son las mismas que han abastecido, entre otras, las financieras a las que vamos refiriéndonos. Estoy seguro que en este momento a su memoria han retornado viejos casos de identidad entre ambos hechos -denominación de la familia y del banco- como una localización muy precisa.
-Así es.
-Y dígame ¿qué familia está libre de borrascas?
-La mía, al menos, no. Remitía mi padre al hijo de una hermana, en el que se reconocía tan poco que jamás pudo tenerlo por sobrino. Resultó demoledor. Lo adjudicaron a su carácter. Es posible que la educación impartida en su beneficio desde posiciones pragmáticas, por entusiastas profesores de convicciones conservadoras, además lo condujera a menospreciar la vida reglada y el bienestar.
-Exagerada trascendencia conceden las familias a la formación de sus hijos, en descargo de sus conciencias. Una mamá chimpancé que decidiera, por efecto de un trastorno o inusitada desviación de conducta, consentir que su cría fuera secuestrada por un domador, hábil y delicado, de elegida escuela, la veríamos como una criatura desnaturalizada.
-Fueran cualesquiera las infaustas circunstancias, primero fue un significado genio destructor de la paz del hogar. Su expansiva juventud condujo a sus padres a una vejez prematura. Bolchevizó su capital, estalinizó a sus semejantes.
-Comprendo.
-Ignoramos si sus días han terminado. Todo permitía pronosticar que su vida sería breve. Nadie ha arriesgado aún, cuando se refiere a la estela de su existencia, una última palabra. El mundo conoce un rastro, semejante al que el olfato detecta cuando en suspensión el azufre carga el aire, que denuncia su presencia sucesiva, ya en lugares próximos ya en rincones ocultos del planeta.
-No es necesario entonces que haga énfasis, insistiendo en detalles, de cuánto puede esperarse cuando borrascas imprevisibles se concentran por familias. Porque ocurre, por efecto de la peculiar constitución civil de aquellas gentes, que entre ellas sea más alta la frecuencia de borrascas, como usted mismo, a través del pronóstico, puede verificar. Una suerte de matriarcado se ha instalado allí. Borrascas nutren las familias, por ellas se perpetúan, en ellas descansa su identidad y el sustento, el empuje, la iniciativa, el coraje irreducible que blinda aquel estado civil.
-Portentosas hembras.
-Magníficas, amazonas. Linajes enteros hay que solo borrascas, generación a generación, han conocido.
-No es fácil ponerles rostro.
-No combaten en vanguardia, como los más curtidos infantes romanos. Su responsabilidad es alentar bandas nubosas, las inmediatamente responsables de las precipitaciones.
-¿Desea comer algo, señor? Llevamos aquí toda la mañana, apenas nos hemos dado un momento de respiro. Según ha ido creciendo mi atención, los signos de agotamiento se han ido apoderando de mi estómago.
-Aún no tengo hambre. Vaya usted.
-¿No le gustaría acompañarme? Al menos estiraría las piernas.
-Lo que me convendrá. Vayamos.
Sería indiscreto si describiera cómo anda el juez Osborne. Debo, aun así, porque deseo que sus palabras sean rectamente entendidas, hacer determinadas salvedades. Desde antiguo está reconocida una suerte de nexo secreto entre la motilidad y el pensamiento. Siendo esbelto, y hasta flaco, no es todo lo pausado que se podía esperar. Las personas de esta complexión, porque sus proporciones nos inducen, al menos aparentan largos miembros y trancos amplios. El juez más bien camina a la oriental, con impulsos fragmentados en cadenas de pasos de duración desigual. Resulta difícil acompañarlo.
La vida de sus ojos no es más serena. Usa gafas, tal vez más de las recomendables. Cuando lee tantea con un viejo juego las que le convienen a los tipos y las letras. Parpadea, cierra alternativamente uno y otro ojo, a veces los deja en blanco, antes de que por fin tome una decisión y aun después. Mientras habla, alzada la mirada, si no olvida cambiar de par sus ojos se agitan detrás de unos cristales que los realzan. Apenas ven lo que miran sin fijeza. Están examinando ideas. Entonces, dicho sea con todo el respeto, el juez bizquea.
Nada es comparable, siendo todo tan revelador, a la agitación de sus manos. Dividen el espacio, como si bendijeran, cuando acomete el discurso. A un lado desplaza los invisibles argumentos favorables, al otro los adversos, y de uno y otro, más adelante, los va extrayendo, según convenga, a puñadas. Las secuencias lógicas ruedan ante él, sobre la mesa, impulsadas por el índice de su mano derecha. Cuando la idea amenaza con evaporarse la atrapa, por encima de su cabeza, con un gesto decidido y certero, similar al de quien atrapa una mosca.
Nadie crea que alguno de estos hábitos del juez los valoro como falta. Si he decidido mencionarlos es porque los considero la emergencia, cuando menos visible, de un espíritu generoso, que se entrega sin medida. La fuerza de sus ideas, el acierto de sus criterios, las valiosas enseñanzas de sus reflexiones sobrepasan cualquier artificio y neutralizan la materia. En compañía del juez se ingresa en el orden metafísico.
Desnudos de Tell Judeideh
Publicado: noviembre 7, 2013 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
En la llanura de Antioquía, Siria del norte, en una pequeña colina llamada Tell Judeideh, fueron halladas seis estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, todas peculiarmente desnudas. Estaban en estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo protodinástico de Mesopotamia, aproximadamente correspondiente a los años comprendidos entre 2900 y 2600. Se ha supuesto que fueron obras autóctonas, pero por completo consecuencia de la influencia que Súmer tuviera sobre aquella zona. De allí habría sido importado sobre todo el sentido que a estas figurillas se daba, y con él la técnica de fundición de las mismas, que fue la de cera perdida. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar es del mayor interés para conocer la condición original del héroe, porque una parte de la investigación ha defendido que es posible hallar, siguiendo este rastro, uno de los caminos por el que una parte de la cultura que debe ser restaurada, para la correcta precipitación del arrojo fecundante en el matraz transparente de los precios, pudo llegar hasta Levante y sus inmediaciones.
Las figuras de Tell Judeideh son esquemáticas y sumarias y están hechas con recursos primitivos y poca destreza. Pero, gracias a los eficaces medios expresivos que les fueron aplicados, tuvieron fuerza suficiente para crear una imagen que fuera recordada como una manifestación veraz de seres vivos. De cualquiera de ellas sus cabezas son desproporcionadas por exceso, en relación con el tamaño regular del cuerpo. La figura tipo femenina, que representa a una mujer por completo desnuda, cruza sus brazos bajo el seno y con cada una de sus manos levanta la mama del lado opuesto. Un simple rasgo marca de manera muy explícita su sexo prominente. En cuanto a la masculina, aparte el singular gorro de plata que lleva el ejemplar más característico, viste un potente cinturón de siete vueltas con hebilla, que le ciñe y ajusta con fuerza la cintura. Ofrece levantados los antebrazos en la dirección frontal, la única para la que están pensadas todas las composiciones, y dos reducidas semiesferas marcan el lugar de sus pectorales. En contraste, su sexo, ahora en reposo, está ejecutado con una calidad descriptiva solo equiparable a aquellos rasgos del rostro que mejor lo representan, como la barba, los ojos o la boca. Habiendo prosperado la creencia en que la cara es el espejo del alma, a consecuencia de una sólida tradición, algunos teóricos aún suscriben como principio la emergencia del ser a través partes privilegiadas de la anatomía. Del autor de aquella obra, por esta causa, algunos dicen que estaría convencido de otra localización para el reflejo del ser.
Cuando el análisis se detiene algo más en las figuras masculinas, las conclusiones no son muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos sean objeto demostrativo de una influencia cultural llegada de lejos. Por detalles en apariencia insignificantes excelentes analistas dedujeron que estas figuras representan de manera intencionada gente siria. Los hombres, enfatizan, son representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían hititas, cretenses y asirios, y el gorro de plata que distingue al más característico de ellos probablemente represente, en su opinión, el gorro cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de la región, el mismo que aparece en monumentos de aquel país de todas las épocas. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que son habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcan de manera aún más directa las diferencias. Los hombres aparecen con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos sumerios bien se afeitaban rostro y cabeza por completo bien se dejaban crecer cabello y barba. Con tan precisos argumentos no queda lugar para la duda sobre la intención del autor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres del país, lo que parece acabar de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo ha contado con más atención de los especuladores.
Las manos de las figuras masculinas están fundidas de manera que forman un hueco cilíndrico. La intención de este acabado sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema no ha llegado el menor rastro. Tomando este principio, se ha propuesto que pudo tratarse de objetos añadidos fabricados en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo ayudar a que desaparecieran. Pero el verdadero problema está en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes con un significado definido o si eran piezas votivas. En el primer caso los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres deben seguir cuando reconocen la existencia de seres superiores.
Entre los dioses sirios de épocas posteriores los hay de una categoría tal que para permitir que sean reconocidos como pertenecientes a ella son imaginados siempre con un hacha en la mano. Del inmediato Líbano parecen provenir otras figurillas bastante toscas, fundidas en cobre, que también representan dioses, y que llevan una lanza para que como seres de esta condición puedan ser aceptados. Pero, como ocurría con las anteriores, estas, para que sean emparentadas con las analizadas, han de superar antes un obstáculo, que son de una época bastante posterior, probablemente ya del primer tercio del segundo milenio, lo que en términos generales significa que son unos mil años posteriores.
Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portan ofrendas o votos con destino a ser depositados ante un ser superior, basta sin embargo con valorar algo tangible, el aspecto de estas figuras. Que los hombres comparezcan desnudos prueba que se encuentran ante la divinidad. La refrescante sumisión, común a todo el mundo antiguo, sobrevivió con alguna carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Tal circunstancia es tanto más probable cuanto que los que representan las figuras de las que se trata visten un ancho cinturón y su sexo es ostensible. Bien es verdad que lo que hasta aquí se ha comprobado es que tal cosa solo ocurría en Súmer. Tanto mejor. No solo de esta manera se puede reconocer con mayor fundamento que puede tratarse de figurillas de donantes heroicos, sino que se aporta al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen esté próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes. Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos son lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella influencia.
Si parecen convincentes las primeras pruebas a favor de los hilos que pueden unir las figuras masculinas de Tell Judeideh con la cultura sumeria, podrá aceptarse que las tres figuras femeninas están creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se haya dudado entre que sean imagen de diosas o de donantes. Si porque van desnudas y la desnudez está subrayada los ejemplares masculinos pueden ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, como versión de ideas cuyo origen es posible rastrear en Mesopotamia, las femeninas deben ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representan comparecen igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado. No obstante, en este caso hay aún más fundamento para reconocer como posibles los lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecen, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantan la mama del lado opuesto, también puede verse en pequeñas figuras o placas de arcilla mesopotámicas contemporáneas a estas imágenes. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto es tan elaborado, probablemente para convertirlo en signo distintivo de algún rito, que no es fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.
Sobre que parece que puede darse por descontado que se trata de representaciones de fieles íntegros, destinadas a ser colocadas ante los dioses, del análisis de las características de estas figuras parece también desprenderse su más que probable vínculo directo con la baja Mesopotamia contemporánea. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado.
Pero todavía otros hechos que con ellas pueden ser relacionados ponen sobre el rastro de una prueba de mayor envergadura. El primero es una confirmación directa por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indican. En los mismos estratos de Tell Judeideh en que fueron encontradas las seis estatuillas los arqueólogos también encontraron sellos mesopotámicos, unos originales y otros que los imitan. Es una buena demostración de los lazos culturales y de la manera en que estos eran anudados en el lugar de destino. Si los sellos eran importados y al tiempo imitados, es posible que las piezas en cuestión fueran a un tiempo autóctonas y de imitación, solo que en este caso lo conocido es el producto derivado.
Pero el hecho que definitivamente explica el valor de estas piezas es otro. En la misma Mesopotamia, en Tell Agrab, cerca de donde el Diyala se junta al Tigris, fueron rescatadas tres figuras de cobre similares. Una representaba a una mujer enteramente desnuda y las otras dos eran de hombres también desnudos pero con cinturones. Realmente este grado de concordancia entre lo que ocurría en las dos zonas, después de lo que se ha examinado, se podía esperar. Lo que resulta revelador es que las tres estatuillas de Tell Agrab fueron descubiertas en el transcurso de la excavación de un templo, a cuyo cargo hay que suponer un sacerdocio.
No hay por el momento testimonio de templo de Tell Judeideh al que puedan ser vinculadas las valiosas figuras de bronce que su excavación proporciona. Pero, a juzgar por los restos encontrados en Tell Brak, un lugar a unos cuatrocientos kilómetros al este de Tell Judeideh, allí sí hubo pronto un templo y por tanto sacerdotes. Al parecer su edificación fue emprendida en tiempos algo anteriores a los que corresponderían las figurillas en cuestión, aproximadamente entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero. Para los arqueólogos los testimonios proporcionados por la excavación de los restos de aquel edificio fueron suficientes para afirmar que el origen del tipo allí levantado estaba en las tierras sumerias.
Principio de la gravitación universal II
Publicado: noviembre 5, 2013 Archivado en: Contradictor ocasional, Narrador, Replicante primero, Replicante segundo | Tags: crédito, rural Deja un comentarioNarrador
Replicante primero
Replicante segundo
Contradictor ocasional
Cuando el valor de sus bienes disponibles fuera el más alto, en opinión de una familia rural, era más probable que para inmovilizarlo prefiriera instituciones civiles. De todas las previstas, la más frecuentada fue el vínculo, aunque la opción a favor del procedimiento no permaneció invariable a lo largo del tiempo. Por encima de los dos tercios de las iniciativas de esta clase, si nos atenemos como referencia al marco de nuestro análisis, tuvieron su origen en la segunda mitad del siglo décimo sexto. Luego probablemente, en las tierras que se vieron afectadas por la sabana diferida, el vínculo conoció su mejor época entre 1550 y 1600. Las restantes fundaciones de esta clase, con frecuencias casi equiparables, se repartieron entre la primera mitad del décimo séptimo, la segunda y principios del siglo décimo octavo. Es probable que el vínculo, común a toda la época moderna, fuera una institución que en las poblaciones del sur contribuyera al menos durante unos doscientos años a fijar una parte de las posiciones que algunas personas, porque habían atesorado riquezas generadas en sus campos, pretendieron perpetuar.
–Parece inútil demorarse en enunciar cantidades. Todos los cálculos que podamos presentar serán una deformación, alentada por los peores prejuicios. Quien hace cálculos y toma cifras, con la arrogancia de quien no duda de su certeza, selecciona cualquiera de los dos momentos del proceso. Sabiendo que todas las operaciones estarán hechas a partir de una observación premeditadamente limitada, porque restringida tiene que ser cualquier visión, aunque la voz que transforme la imagen proceda de la cofa del carajo, vulgarmente llamado palo mayor, desde donde se hace visible el horizonte en el circuito de la rosa de los vientos, darles alcance mayor que el de las inconsecuencias de quienes residían en una población sería un abuso.
–Polibio, entidad vital no extinta gracias al verbo que lo reencarna en una imagen venerable, en el que su P es robustez, la l claridad y elegancia y la b declaración sincera; garante del relato heroico, detestaba mentir con verosimilitud. Alertaba contra sus contemporáneos que se esforzaban en proporcionar cifras sobre el tamaño de los ejércitos. Instruido por la ingente experiencia de Escipión, a cuya sombra se ennobleció, nunca dudó que cualquiera de los relatos bélicos que cifraban en decenas de miles el número de los combatientes fuera veraz. Ninguna infantería era capaz para imponerse a otra si no extendía su número sobre el territorio que debía ocupar, como no pueden los automóviles adueñarse de la inmensidad de las ciudades si no se acumulan innumerables, como las nubes para la tormenta o las voces para el estruendo. Su desconfianza, y con ella sus advertencias, se concentraban no en quienes defendían magnitudes enormes, sino en aquellos que presentaban cifras tan exactas que evitaban terminar en cero.
“No está al alcance del analista retrospectivo ser preciso, porque el tiempo, como la silenciosa y constante edad, modela y suaviza los contornos de los cuerpos que en su origen pudieron estar delimitados por aristas cortantes. Pero no sería sensato renunciar a los números, por parciales que pudieran ser, por mal que nos sirvan quienes los manipulan. Cualquier proporción reduce a su orden las acciones humanas, y expresa con la exactitud de lo impreciso que nada de ellas es completo, que ninguna lo contiene todo, que no hay decisión, por ambiciosa que sea, que pueda abarcar todo el comportamiento, que ninguna explicación, aunque toda una casta se esfuerce en sostenerla, será universal.
Se conoció con el nombre de vínculo la rigurosa iniciativa, no obstante recogida y amparada por la ley, que permitía designar una parte del patrimonio familiar para que cumpliera con las obligaciones hereditarias comunes y mantener intocada la otra, para que permaneciera siempre sin dividir ni traspasar en forma alguna, salvo la dictada por su promotor y ateniéndose al orden sucesorio por él decidido.
Si había concluido que la cantidad designada para satisfacer las legítimas debía ser un tercio de todos los bienes que la familia bajo su responsabilidad había atesorado, podía hacerlo. Y si quería incrementar en un quinto esta cantidad, nada se lo impedía. Porque sus obligaciones de reparto de la riqueza común entre todos los miembros del grupo podían quedar limitadas por la suma de esas dos proporciones. Si su deseo, en el momento original, era que el beneficiado por la segregación fuera su hija menor, el segundo de sus nietos o el primero de sus sobrinos hijos del cuarto hermano, tampoco había sido dictada exigencia alguna que lo obstaculizara. Para que tuvieran vigencia indefinida, decisiones como estas no necesitaban más requisito que la voluntad de quien las tomaba. Al responsable de los bienes de una familia que incurriera en el deseo de preservar mediante esta fórmula una parte de sus bienes le bastaba como justificación su capricho, como al déspota en sus dominios, que podía decidir sin que lo coaccionara ley alguna; tosca prevalencia que sin dejar de llamarla derecho la norma alentó y mantuvo.
Como los designados para que disfrutaran del lote de bienes originales de un vínculo solían ser los descendientes directos del grupo familiar, medio natural de la existencia de la solución legal, con esta decisión se pretendía conservarlo indefinidamente en su poder. Así manifestaba que para lo sucesivo su propósito era que quedaran garantizados su posición y el reconocimiento que a su parecer merecían, al tiempo que desviaban el curso espontáneo de los linajes, según el cual unos deben ascender y caer otros a impulso de los elementos que exceden a los poderes.
Según avanzaban nuestras indagaciones, fuimos descubriendo que el momento biológico de las familias había decidido sobre la clase de instituto inmovilizador que elegían, lo que nos permitió aislar algunos principios del recurso al vínculo. Cuando de ellas sobrevivía la parte fundacional, compuesta con los cónyuges y al menos una parte de la descendencia, era más probable que lo prefirieran sobre cualquier otro instituto, dado que garantizaba la independencia en la gestión del patrimonio que se quería asegurar. Los registros demostraban que con bastante frecuencia eran matrimonios, actuando de común acuerdo, quienes los fundaban haciendo uso de la porción disponible de sus bienes.
No hay que excluir que la situación biológica fuera similar cuando en los documentos solo emerge un hombre como autor de la fundación de esta clase de obras. La línea masculina podía ser fuerza suficiente para imponer tal decisión en algunos casos.
–Así había ocurrido con un varón que había recibido de su padre, al mismo tiempo que su hermano, unas tierras con la condición de que no fueran divididas, razón por la cual con ellas decidió crear un vínculo.
–Dado que el matrimonio biológicamente activo era el origen regular de estas fundaciones, las familias que prefirieran esta inmovilización, la más exigente, habiéndose propuesto evitar la dispersión de sus patrimonios, se verían en la obligación de ser restrictivas de su crecimiento. Estimularían la perpetuación de una rama, la agraciada con la designación, y cercenarían las demás.
–Aun así, existiendo ya los vínculos, que desearan la concepción de hijos secundarios quienes ya habían tomado tal decisión institucional podría valer como inversión diferida, previsora de una agresión de la muerte, actriz que repudiaba los guiones escritos en las notarías. Su renta se obtendría al cruzar sus vástagos vivos con los de otras familias que hubieran destinado uno de sus descendientes a empleos similares. La dimensión legal que así podrían ganar algunos patrimonios permitiría a una familia acceder a la casa, la empresa civil de mayores dimensiones que conoció la época moderna.
Solo excepcionalmente el origen del vínculo fue obra de una viuda. Aún menos frecuente fue que una mujer casada optara por actuar por cuenta propia de una manera tan comprometida, y entre las singulares fundadoras de aquellos institutos hubo una que previamente lo había sido de un convento femenino.
–Teniendo en cuenta que cuando una mujer tomaba aquella decisión con autonomía era más probable que fuera viuda, creación del vínculo y dotación de un convento femenino pueden parecer dos piezas de una misma obra familiar; una destinada a mantener la rama elegida para que fructificara, la otra para que entibiara la extinción de la generadora ya condenada a desaparecer, después para imponer la disciplina biológica adecuada a las reservas de pubertad de la misma familia.
Bastaba con que los bienes del lote inmovilizado, generalmente raíces y con preferencia rústicos, fueran reservados al primogénito de cada generación incurso en la línea seleccionada para que el vínculo se denominara mayorazgo. Trabajaba a favor de la primogenitura el atavismo que pesaba sobre las creencias inspiradas por la fecundidad, que presuponía más vigor para los concebidos antes, así como el disciplinado comportamiento que imponía la muerte inevitable.
–Los promotores del mayorazgo justificaban los rigores de su fundación pretextando que les parecía necesario proteger su linaje, como en las reservas biológicas había anatomistas que trabajaban en favor de la supervivencia de ciertas especies, aun a costa de la existencia de otras.
A juicio del fundador, su existencia debía ser indefinida.
–Fueron las familias más poderosas las que incurrieron en este exceso. Pretendían garantizar el traspaso de todos los derechos que a quienes ya ocupaban la posición pública más sólida aseguraban preservar su condición y perpetuar su preeminencia.
Es posible que el vocabulario utilizado por los registros, instantáneas circunstanciales de lo que se entendía por cada cosa, no fuera del todo riguroso cuando tenían que distinguir entre esta institución y la precedente. El vínculo, aunque nada obligara a comportarse de este modo, solía transmitirse también dando preferencia a la línea del primer varón nacido. Pudo ocurrir, a quienes convivieran con ambos, que a consecuencia de una simplificación mayorazgo fuera el instituto de este género que había inmovilizado un patrimonio de mayor tamaño.
Pero actuaran los escribanos con más o menos rigor cuando elegían las palabras, pudimos deducir sin ambigüedad que el mayorazgo, en el medio rural moderno, no estuvo entre las instituciones preferidas para confiarle la conservación del lugar público que los más potentados hubieran ganado en cada población. Si alguna vez fue tomada en cuenta esta posibilidad, pronto debió desecharse. Solo la fundación de uno, a iniciativa de un matrimonio, pudimos documentar en la de referencia, y para una época relativamente temprana. Entre 1544 y 1550 había completado el procedimiento que lo mantendría operativo en adelante.
Para avanzar en el análisis de las transmisiones familiares más calculadas, antes es necesario reconocer la vigencia de un hecho primordial, origen entre nosotros de una agria controversia; lo que no obstó para que acordáramos reconocerlo como una invariante, común al tiempo sobre el que extendíamos la observación. El injerto del que tratábamos no fue exclusivo de las coronas hispánicas. La iglesia romana, sin dejar de ser una potencia extraña a ellas, consiguió infiltrar su canon en la constitución de las monarquías europeas, una porción de las cuales aun lo respetaba pasado más de un milenio.
A pesar del acopio de elementos de juicio y la confrontación de argumentos, para el hecho primitivo no pudimos encontrar una explicación satisfactoria. Las decisiones imperiales de principios del siglo cuarto, una vez descalificadas diez siglos después como soporte de los derechos que se arrogaba la iglesia de occidente, no podían avalar la hibridación. Se daba además una circunstancia, que la primera impugnación de aquellas decisiones había sido obra de otro emperador, Juliano, a quien por esta causa la iglesia heredera del imperio se apresuró a denostar como apóstata, juicio que desde entonces lo acompaña y ha conseguido perpetuarse como sobrenombre que lastra su fama.
Dado que no podíamos disponer del mejor relato independiente, autorizado por su proximidad a aquellos hechos, el de Amiano Marcelino, inopinadamente perdido justo en la parte donde se escrutaban, nada ha contribuido a encontrar una explicación satisfactoria de la simbiosis original y sí a sospechar que los fundamentos de la misma en absoluto no eran sólidos. Tal vez los legisladores conciliares, responsables de las iglesias de los reinos en los que se descompuso el imperio de occidente, tuvieron más capacidad para decidir en una obra jurídica que pudo ser colonizadora, del canon sobre la legislación civil, amparados en que una parte de las decisiones que tomaban tenían alcance moral, materia de la que se tenían por responsables exclusivas.
Pero, tras días de examen de una parte de la dogmática, y sobre todo de los documentos disponibles, nos pareció, más probable que cualquiera de las otras causas del extraño fenómeno, que al menos en el medio rural, con el tiempo, el injerto del canon papal en el sistema civil, sin dejar de ser un intercambio de poderes que la ley había naturalizado, fuera la obra cotidiana de los escribanos, juristas locales en cuyas manos las familias ponían la solución legal de sus necesidades materiales. Conocedores de los medios normativos disponibles, recurrían a los productos del ingenio jurídico sin tomar en consideración su pureza, antes su utilidad a los fines deseados verificada.
La consecuencia positiva fue que durante siglos no estuvieron enfrentados el orden eclesiástico y el secular. Desde la edad media, las instituciones eclesiásticas romanas, sin que dejaran de celar su independencia, no se opusieron ni fueron ajenas al orden civil castellano; derecho secular y derecho canónico se mantuvieron independientes con escrúpulo, y el esfuerzo estimuló la hibridación, como del error sobre la prevalencia de la identidad propia nacen los descendientes, tiernas entidades no obstante naturalmente ajenas.
Buena parte de las instituciones por las que debíamos interesarnos, con la anuencia del derecho canónico, que actuaba como la trama sobre la que se tejían las relaciones civiles, fueron creadas, e incluso puestas a su servicio. La documentación persuadía sobre el papel protagonista que al aval eclesiástico correspondió en el reparto de una función económica principal, al menos en el espacio objeto de nuestra experiencia. A la ventaja de la inmovilización de bienes, la conexión con instituciones canónicas añadía la inmunidad de servicios, próxima a lo que hoy entenderíamos por exención fiscal. De efecto para el gasto corriente, era el incremento relativo del beneficio que cualquiera de las adscripciones a aquellas fundaciones proporcionaba cuando se hacía uso productivo del patrimonio inmovilizado, para algunos un motivo suficiente para justificar la generación del híbrido.
Instituciones civiles complicadas con otras eclesiásticas en el medio rural, unas con grandes propósitos y otras más modestas, pero creadas todas para alcanzar el objetivo compartido de inmovilizar bienes, fueron las capellanías, las cofradías y hermandades, los colegios, los conventos, los hospitales y los patronatos, más otras iniciativas piadosas menores que nuestras fuentes también registraban. Algunas eran muy singulares.
–Habiendo sufrido el excesivo costo de la luz, un espíritu generoso decidió correr con el gasto de energía que originara una lámpara, para que su llama, símbolo de la vigilia ininterrumpida, alumbrara siempre el Santísimo, o grado superlativo del sacrificio; acto digno de agradecimiento porque, para quienes compartían la creencia, contribuía a la salvación de las almas.
–También fue promovida una mesa para los pobres de una parroquia, forma figurada de referirse al gasto causado por la alimentación de un grupo de indigentes que, de esta manera, una vez elegidos, podrían sobrevivir sin verse en la obligación de trabajar.
–Asimismo, gracias a otro ingenio extraordinario, pudo prosperar una orden de las llamadas terceras, cuyo objeto de culto era un escapulario, instituida en un convento de orden mendicante y creada para que su credo se extendiera a la sociedad civil. Por desgracia, tan frágil enseña jamás ha podido identificarse.
Para quienes deseaban inmovilizar protegiéndose con la doctrina y el código de la iglesia romana, sin por eso verse obligados a abandonar su posición civil, la capellanía fue el mejor recurso, porque disponían sin esfuerzo de una coartada, la que proporcionaban las decisiones legales de contenido piadoso. De sus modalidades, la más simple, llamada memoria, fue la más frecuentada.
Se denominaba así porque la justificaban con la piedad que inspira la muerte. El fundador de cada una, movido por la pasión de mantener indefinidamente su recuerdo, o el de algún pariente del que ya lo separaba la mayor de las distancias, la creaba para cumplir con los ritos de actualización que prescribía en el documento de origen, justificados a su vez por el deseo de salvación eterna; un espejismo en el que ni aun los autores de los testimonios monumentales incurrieron, una vez adquirida la conciencia de que también las lenguas se extinguen y que por tanto la memoria de su paso por el mundo, en el caso más favorable, se prolongará el tiempo que consiga sobrevivir el medio literal que eligieron para ser imaginados tras su muerte.
Todos los que declaraban la finalidad de su fundación se referían a la misma, que indefinidamente se dijeran misas en determinadas fechas del año, por la salvación de las almas de los parientes próximos, como padres y hermanos, y de la propia, supuesto que el ser estaba depositado en tal esencia, entidad con la que se especulaba desde la antigüedad y que se creía inextinguible. Debían verificarse en determinado altar, dedicado a una advocación, nominativo sacralizado por aquellas creencias, erigido en cierto templo. El número de misas que dejaban encargado era siempre bajo, nunca más de cuatro al año, con frecuencia solo una, si bien preferían que al menos fueran cantadas. Algunos añadían el encargo de una vigilia, el rito creado por la iglesia romana para conmemorar a los difuntos, que también llamaban víspera. Elegían momentos significados para su cumplimiento. Eran señalados, por ejemplo, la festividad en la que se recordaba la alegoría que se personificaba en San José, potente símbolo de la adversidad sufrida con paciencia, o el día de la Natividad que aún celebra occidente.
–El atractivo de esta conmemoración –nos contó Heresias, nuestra mayor reserva de erudición–, entrañable recuerdo para sus melancólicos fundadores, algunos lo han justificado porque recibió viejas celebraciones en trance de extinguirse. En ciertos pueblos, con ocasión de las fiestas del Nacimiento, con la candidez que caracterizaba la vida del campo se recurría a diversiones domésticas muy edificantes. Una de las más frecuentadas fue conocida con el nombre de Boca del dragón.
“En un plato se vertía un licor añejo, decantado de las mejores soleras, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración única. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido se habían sumergido pasas, otra de las obras familiares que la espera del momento enjoyaba. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de la única mesa fraternal, en cuyo centro había sido dispuesto el plato con las pasas, el licor era prendido.
“Bajo la amenaza de las llamas se procedía al banquete; como ahora, en el transcurso de la celebración equivalente, la espada de los parientes pende sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos. Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, era celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaban, fuera en lenguaje directo o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.
La responsabilidad sobre cada memoria solía comprometer a corporaciones. Con preferencia, las elegidas eran el clero del templo más próximo a la residencia del fundador o el que ejercía en donde ordenaba su enterramiento, lugar sagrado en el que actuaban sus celebrantes idóneos. También eran designados con este fin profesos de conventos masculinos, que se identificaban por sus nombres y localizaciones, o una confraternidad, que en la ejecución de la voluntad del fundador actuaría como intermediaria entre la decisión y un clérigo, a quien se le encargaría la liturgia prescrita.
–El estado biológico al que correspondía la fundación de las memorias tal vez fuera uno de los más definidos. Eran menos la iniciativa de un hombre y más la de una mujer, soltera o viuda antes que casada. Como de una parte de las de origen documentado se puede afirmar que fueron creadas por presbíteros, parece que fue la soledad civil la que al menos en parte recomendó aquella consecuencia institucional.
–El recurso a la fórmula también pudo ser inducido por una evolución de la familia que incluyera la prematura extinción de la descendencia. Pudo ser una salida a la que con mayor frecuencia recurrieron sus promotores al final de sus vidas, momento en el que las otras posibilidades inmovilizadoras habían quedado bloqueadas.
La memoria fue el instituto inferior, en el orden del rigor legal, del sistema de transferencia de renta causado por el deseo de inmovilizarla, tal vez preferido en ciertas épocas. Casi todas las que pudimos analizar tuvieron su origen en la segunda mitad del siglo décimo sexto. Pero al margen de quienes fueran los responsables del cumplimiento del mandato, o el volumen de los bienes destinados a él, su fundación, porque se hacía al amparo de las instituciones eclesiásticas que dominaban en occidente, daba origen a un procedimiento de gestión en el que a partir de aquel momento intervenía la autoridad que sobre las ideas religiosas dominantes se había erigido.
Fábrica era el departamento que se encargaba de la gestión económica en una parroquia, segmento de un núcleo habitado cuya población castellana, inmigrada tras la ocupación militar, era asignada por la iglesia de los papas para atraerlo con su actividad religiosa a los templos que en él decidiera mantener abiertos. Los ingresos que obtenía eran los responsables de sostener los edificios, y todos los enseres que para ellos hubiera aportado la administración episcopal.
Pudieron ser las fábricas beneficiarias de donaciones de bienes inmuebles, por vía de limosna, y esto proporcionarle una parte de sus ingresos, transferencias que para la legislación civil seguirían el curso regular e irían ganando las propiedades previstas, de inmovilización y amortización, que les permitieran mantenerse indefinidamente solo como fuentes de rentas. Pudieron también las fábricas ser designadas como responsables del cumplimiento de memorias por vía de manda testamentaria, y de este modo incrementar los medios que les permitían atender el complejo de sus responsabilidades. Pero el ingreso de cada fábrica parroquial estaba sobre todo garantizado por su participación en la primera renta eclesiástica.
Al tiempo que desplegó su red para la gestión de sus creencias, el papado y sus extensiones diocesanas dispusieron, también por cesión legal, de unos ingresos con los que financiarse, la renta conocida con el nombre colectivo de diezmos, el mayor éxito político de la iglesia de occidente durante la edad media y su recurso más importante. Consistía en la detracción de la décima parte del producto bruto agropecuario, que ella misma regentaba. Los diezmos del trigo y la cebada se ingresaban en especie, que se comercializaba o no, en todo o en parte, a voluntad del perceptor. Los demás, que asimismo deducían la décima parte del resto de la producción agropecuaria anual, en la práctica eran bienes financieros porque tanto su cobro como su reparto trasladaban los valores del producto a los signos monetarios vigentes.
Decidió aquella iglesia que el cobro de los diezmos fuera competencia de cada parroquia, la unidad de su orden territorial, aunque en los lugares más habitados esta jurisdicción retributiva mínima con el tiempo había ido cediéndola a otra intermedia, la vicaría, creada para asegurar entre otros el control de la recaudación de tan importantes rentas. Pero solo a la captación de los pagos debidos quedó limitado el trabajo de cualquiera de las dos unidades administrativas, porque a la gestión y reparto de lo ingresado en cada lugar, al menos en la región, nunca renunció el centro del poder episcopal, el cabildo catedralicio de la sede apostólica.
Del diezmo la fábrica deducía el justamente llamado tercio de fábrica. La expresión respondía a que en el momento de su imposición a cada una estaba reservada la tercera parte de la renta obtenida por cada uno de los diezmos cobrados en ella. De esta manera se garantizaba, a la aplicación de medios, el principio de proporcionalidad directa a las necesidades de cada comunidad, puesto que entre el volumen del ingreso y el tamaño de la población, inmigrante en el origen, al mismo tiempo comunidad religiosa, había una relación inmediata. La riqueza de cada fábrica, como la de los beneficios, variaba en función del número de fieles que la nutrían, así con sus limosnas como con sus diezmos, rurales y no urbanos.
Posteriormente, ya en la baja edad media, la iglesia romana creyó oportuno revertir a la corona una parte de lo que esta le había reconocido, abriéndole la puerta a su participación en los excelentes ingresos que proporcionaba el diezmo. Las perjudicadas con esta transacción fueron las fábricas parroquiales, que vieron reducida su detracción de la masa diezmal a una novena parte. Fue sin embargo suficiente para cumplir con su objetivo, como la obra moderna de los templos de la región aún reivindica.
El beneficio eclesiástico, obtenido en competencia con otros aspirantes, era una de las posiciones más sólidas de cuantas quedaran al alcance de un presbítero, la persona que había decidido someterse a la disciplina sacerdotal de la iglesia de occidente, tras completar la formación con este fin prevista por su canon. No tenemos claro cómo se fueron constituyendo los beneficios comunes, cuáles fueron las primeras rentas que los permitieron, aunque sí estamos seguros que fue posible mantenerlos porque la iglesia romana, en su vertiente secular, disponía de un sistema de rentas garantizado por el diezmo, cuyos recaudación y uso consentían mantener en los templos determinadas plazas de sacerdote dotándolas con cantidades importantes. Con otro tercio de los ingresos que en cada parroquia proporcionaba anualmente, el cabildo catedralicio, su inflexible administrador, aseguraba una renta anual a cada hombre que ejercía de beneficiado en ella.
Probablemente segregar estos ingresos regulares y cuantiosos, para que se convirtieran en una renta personal exclusiva, fue posible al ritmo que el trabajo de la parroquia no solo se acumulaba, sino que permitía especialidades. Las fundaciones que obligaban al cumplimiento periódico de encargos litúrgicos proporcionarían una buena oportunidad. Una parte del clero, que ya pudo tener ganada la condición de beneficiado porque percibiera una porción de los diezmos, y por tanto ya disponía de una posición preeminente, se atribuiría esta dedicación. Como todos los encargos de misas creaban capellanías, todas las decisiones de esta clase contribuirían a consolidar la institución beneficial.
La atención cotidiana a los creyentes comunes se limitaba a satisfacer su demanda de sacralización de los actos vitales más sencillos, una actividad justificada como cuidado de las almas, que fue siendo atendida en las parroquias por los sacerdotes conocidos como curas. A pesar de los escrúpulos para eludir cualquier apariencia de simonía, atendían los cultos mediante las limosnas correspondientes, que con el tiempo tuvo que tarifar a la baja. Así obtuvieron los curas su renta personal, así su iglesia justificó que esta función les estuviera reservada y que gracias a ello hubieran adquirido responsabilidad pública como parte de las instituciones del estado. Si actuaba de aquel modo era porque estaba obligada por el deber apostólico permanente que se tenía impuesto. Por haberse comprometido a ser católica, no podía resignarse a no expandirse, tal como las economías quedaban atrapadas por la aspiración permanente al crecimiento.
–De Doménico Contino, alcalde por el estado noble, contemporáneo del emperador Carlos, se contaba que llegó a la primera ciudad del litoral con el propósito de embarcarse, tras sufrir un revés que lo condujo a abandonarlo todo en pocas horas. Mas decidió hacer a nado la travesía hasta la otra orilla, decepcionado por su bolsa, urgido por el deseo, confiado a su fortaleza. Las primeras millas las completó sin gran esfuerzo, sin que su cuerpo le exigiera tener bajo sus pies tierra firme. Flotaba con la gracia de un ser anfibio, con la misma naturalidad que las aves se suspenden en el aire. Cuando ya había perdido de vista la costa, y aún en el horizonte la línea del agua se fundía con la del cielo, hubo de aumentar la tensión de sus músculos y apretar los dientes. Todavía avanzaba con una cadencia aceptable, patadas al agua, abrazando las ondas.
“Empezó a declinar el sol, cuya punción le había acosado rostro, nuca y espalda durante toda la jornada. Cuando se fue enrojeciendo a su derecha, y el agua terminó por ocultarlo, se sintió revitalizado y redobló su esfuerzo. La línea de contacto entre el aire y el mar no había cambiado de lugar. No pasó mucho tiempo antes de que el púrpura del crepúsculo se convirtiera en el gris de las tinieblas. Alentaba por la nariz, evitaba abrir la boca. El choque de los labios con el agua multiplicaba su sed, en la garganta se le abrían grietas. La bruma del amanecer lo sorprendió braceando al margen de su voluntad, como si un automatismo se hubiera apoderado de su cuerpo y le impidiera parar. Durante la noche había perdido la orientación, de su conciencia ya se había apoderado la certeza de que en el momento que dejara de nadar se iría al fondo.
Beneficiados y curas quedaron secularmente antagonistas, y defendieron sus respectivas posiciones a costa de los ingresos de su oponente. Entre las contiendas más conocidas estuvo la que los enfrentó por el derecho a la primicia, que duró toda la época moderna; un modesto ingreso, parásito del diezmo, que los curas solían percibir. En lo fundamental las posiciones quedaron bien definidas. El de beneficiado parroquial se convirtió en el título necesario y suficiente para participar en el reparto de todas las rentas eclesiásticas, la primera de las cuales era el diezmo. Y mientras que el beneficiado retenía los ingresos generados por toda clase de bienes adscritos a esta iglesia, para el cura quedaron los que proporcionaban los servicios parroquiales. De las diferencias de cantidad entre unos y otros resultaron los que convencionalmente se conocen como alto y bajo clero. La condición aristocrática del primero, en la escala local, la demuestra una cifra. La corporación que agrupaba a todos los beneficiados de la población de referencia tuvo siempre en torno a diez miembros.
Habiendo ganado el derecho a participar en las rentas eclesiásticas llamado beneficio, sus más significados poseedores habían recurrido a constituirse en corporación allí donde acumularon un patrimonio común; una sociedad que decidimos denominar, salvando las distancias, y solo porque desde el principio había sido nuestro deseo enunciar el problema en los términos más directos, el gremio de beneficiados, porque como los gremios tenía efectos de monopolio para la percepción de la renta correspondiente y su circulación: aspiraba a imponerse en el área en la que actuaba, hasta el óptimo de la exclusión de la competencia. La ventaja la garantizó que la institución eclesiástica que confería tales títulos consiguió que en aquellos reinos fuera la única activa de cuantas en Europa fueron organizadas. Su poder procedía de la restricción original de la actividad a la que se dedicaban, ejercida por pocos individuos, ninguno de los cuales disponía del suficiente para imponerse a los demás. Entre ellos no había quien fuera dueño de derecho alguno. Asociados en la corporación, adquirieron capacidad para decidir con menos obstáculos, como el señor en su dominio, y hacerse acreedores de privilegios que satisficieron sus objetivos. El grupo todo constituido en colegio fue capaz para inmovilizar, utilizando los reconocimientos ganados, patrimonio propio que generara renta.
Corporaciones tituladas universidad las había constituidas para atender distintos fines. En la época eran poderosas las interesadas en el comercio, aunque las más antiguas eran los colegios de gobierno de los municipios del norte y noreste de la península. La de beneficiados fue una corporación de presbíteros poseedores de título de beneficio de alcance local en algunas poblaciones. La que hemos analizado, con bastante probabilidad, tal vez fuera la primera asociación de hombres dedicados al sacerdocio en la población de referencia, si exceptuamos las que pudieron existir en la antigüedad. Hay indicios fundados de la actividad de un colegio de galos a los comienzos de la era. Al principio, eran hombres que se emasculaban para consagrarse a los cultos de Cibeles y Atis. Tan rigurosa disciplina era común a una parte del sacerdocio más primitivo, y hoy la crítica la reconoce como la fuente que inspiró el celibato. Asociado a la condición clerical en algunas culturas, aun considerándose una parte de la civilización, ha conseguido sobrevivir hasta hoy.
La denominación con la que fue conocida parece que comenzó en el siglo décimo cuarto, aunque ya a fines del décimo tercero el legislador había decidido a favor de un cabildo de clérigos. Es posible que su institución, como otras corporaciones de origen medieval, la adquiriera justo al ser objeto de privilegio y no porque dispusiera de estatuto por iniciativa real o propia. Hasta entonces habría sido un grupo de hecho, distinguido por su destino. El colectivo lo compondrían al principio los sacerdotes a quienes la administración eclesiástica vigente, aliada a la corona para sus planes de expansión, les adjudicaba las rentas de las parroquias.
Además de un gremio de hombres que habían ganado para sí este bien a través de los ingresos parroquiales, fue un gran consorcio de memorias. Por esta causa, a la dedicación y las ganancias de cada beneficio, una vez instituida sumó rentas específicas, que sus miembros pudieron disfrutar a cambio de la provisión de este trabajo extra. Con seguridad, entre 1307 y 1817, fueron promovidas a su favor al menos 134 memorias, que la corporación terminó llamando aniversarios a consecuencia del régimen administrativo que les aplicaba.
Los fundadores, como era regular en este tipo de iniciativas, a través del testamento o de una escritura específica, obligaban al cumplimiento perpetuo de ciertas celebraciones litúrgicas, en su mayor parte las consabidas misas de distintas clases con sus vigilias, pero también procesiones o responsos, en conmemoración de sí mismos y de sus familias. La única peculiaridad común de todos estos encargos fue que legalmente se hizo responsable de su satisfacción aquel cuerpo de clérigos.
A financiar cada memoria, como era obligado, los devotos destinaban al menos un bien, que a partir del momento de la fundación igualmente quedaba apartado y transferido a este colectivo de beneficiados. En su poder debía permanecer indefinidamente, porque perpetua, en la intención de los promotores, debía ser también la celebración de su paso por la tierra.
Casi la mitad de estas fundaciones a favor de la universidad fue medieval, y el siglo décimo quinto, una vez que hicimos balance, resultó el que más iniciativas le atrajo, la cuarta parte del total. Es posible que esta posición le hubiera correspondido al décimo sexto. Apenas había transcurrido su primera mitad y ya se habían acumulado casi tantas fundaciones nuevas como durante toda la centuria anterior. Pero a mediados de ella la corporación de los beneficiados, por alguna razón que decidimos no indagar, dejó de ser atractiva. Entre 1561 y 1645 -casi un siglo- solo pudimos detectar el origen de dos mandatos piadosos, ambos ya del décimo séptimo. Es posible que coincidiendo con los años reales de Felipe II, tiempo crítico para las finanzas, la institución quedara inactiva. Pero también pudo ocurrir que hasta mediados de él la universidad consiguiera mantener su oferta de satisfacción de memorias como un monopolio, y que a partir de entonces el mercado que había organizado ya no fuera sostenible, a consecuencia del incremento de la oferta clerical. Los datos que habíamos reunido sobre las fechas de creación de las memorias, resumidos precedentemente, concordaban con esta conjetura sobre la evolución de un mercado a un tiempo tan especializado y tan extenso.
Pasado el paréntesis, recuperó su presencia entre quienes compraban y vendían la piedad con una buena dosis de sentido práctico, aplicado con rigor a su administración desde el cambio de centuria. Tan eficaz fue el tratamiento que otra vez consiguió atraer, durante los años comprendidos entre 1645 y 1699, la confianza de buen número de personas. Las fundaciones de este periodo, en cantidad al menos, fueron equiparables a las del tiempo que había transcurrido entre 1301 y 1400. Los últimos cien años de su actividad efectiva estuvieron dedicados, antes que a expandir aún más su trabajo, a garantizar la gestión del que ya había acumulado. Entre 1709 y 1817 solo algo más de la décima parte de las fundaciones tuvo su principio.
Para ganar autonomía, algunas familias que habían decidido inmovilizar una parte de sus bienes cruzaron la memoria con el vínculo, un producto que tal vez fuera de transición hacia el medio garante del ahorro que finalmente triunfaría en el campo, la capellanía con sacerdote propio. Parece que la mezcla de memoria con vínculo tuvo cierto éxito entre 1570 y 1599, fechas entre las que fueron ideadas todas las experiencias de esta clase que pudimos identificar. Los encargos que debían atender en bien de las almas eran algo más exigentes que los de una capellanía común, aunque en ningún caso excedían los límites de la misa, fuera o no prolongada con ritos complementarios. Mientras que la fundación mínima obligaba solo a una, y era lo más común, las hubo que instituyeron hasta treinta, pasando por otras que dejaron encargadas cuatro o doce.
Todas eran conmemoraciones anuales y se pretendían tan perpetuas como las memorias, sus hermanas menores. Una parte de ellas también designaba expresamente unas fechas del calendario litúrgico católico para que se consumaran, como sus días de Santo Tomás o de Santiago, o el dedicado a celebrar la Encarnación. En el máximo de las condiciones, más allá de que fuera precisado que los celebrantes rezaran o cantaran, se situaban quienes pedían que el acto tuviera lugar en la capilla donde se enterrarían, o que a cada misa se agregara un responso sobre la sepultura donde estaban depositados los cuerpos de los padres del fundador.
Aunque los promotores de estas fundaciones designaran templos y hasta capillas, generalmente relacionadas con el enterramiento propio, donde precisamente habría de actuar el clero de los misterios, ahora los llamados al cumplimiento de la carga eran familiares. Ahí radicaba la diferencia con la memoria, y a tal designación prestaba su servicio el vínculo injertado. La responsabilidad de los encargos era prevista por el fundador según las reglas de esta institución civil, que se realizaban cuando a cambio los designados disfrutaban las rentas de los bienes que se inmovilizaban con aquella justificación animista.
Tales previsiones no neutralizaban por completo la intromisión de la iglesia romana en aquellos institutos, aunque al hacerlas las familias se propusieran reducirla a lo inevitable. La autoridad episcopal, apurando sus poderes, utilizaba cuanto estaba a su alcance para intervenir en su administración. Justificaba su injerencia en la necesidad de la anuencia canónica para que la obra fuera legítima, dados los fines dictados por los fundadores. Cuando se exigía la formación superior del clero para cumplir con el propósito de la obra, porque era el grado más exigente de la disciplina sacerdotal, la oportunidad para la intervención se incrementaba. De ahí que en la mayoría de estas fundaciones, por decisión inapelable de sus promotores, para que alguien se responsabilizara de cada una era formación eclesiástica suficiente el grado elemental, conocido como órdenes menores, que limitaba el alcance y las exigencias del sacerdocio. Decisiones como esta expresan con bastante fidelidad la función que la parte civil, responsable de que existieran aquellas instituciones, concedía al concurso del canon eclesiástico en la gestión de al menos una parte de sus ahorros.
–Parte de las diferencias humanas que llevaban inscritas las memorias, que tendrían sus causas específicas, se reconocen con más nitidez en las memorias con vínculos, versión de la misma obra efecto de un estado que parece preferente. Dos tercios de las fundaciones de esta clase eran consecuencia de una decisión tomada por mujeres solas, las cuales en la mitad de las ocasiones se declaraban expresamente viudas y en ningún caso mencionaban descendencia directa.
Pasto de las llamas
Publicado: octubre 31, 2013 Archivado en: Nicomedes Delgado | Tags: historias Deja un comentarioNicomedes Delgado
Gracias al esfuerzo de los cronistas modernos, aún podemos recordar que en las alturas que las llamas eligen para vivir crecía una planta tan desconocida en Europa como las llamas mismas, antes de que ambas llegaran a noticia del mundo. No despertó la especie vegetal por su valor botánico mayor interés durante los primeros años de la relación colonial con América, ni por tanto fue mucha la literatura que engendró. Tampoco fue descrito uso útil de la planta, razón por la que algunos juzgan que su memoria degeneró al olvido en poco tiempo. Pero el afortunado Hernán Díaz de Bobadilla, en su Descripción de las excelencias del Perú, alcanzó a registrar uno. Dejó escrito que con ella los indígenas fabricaban una pasta que legítimamente quien observaba los hechos se creía obligado a llamar papel, aunque la composición del producto difiriera de la que ya prevalecía en Occidente.
Cuando se conoció la novedad en la parte del mundo que habitamos los europeos, como otras de su clase provocó la natural polémica sobre si debía aceptarse que oriente había sido el origen de la fórmula que tanto éxito ha tenido, o si por el contrario el mérito de la invención tendría que corresponder a los habitantes de las montañas medias de la América meridional.
La polémica siguiente ya dio origen a una estimable copia de escritos, y el eco que despertó ganó cierta audiencia más allá de los textos. Pero lo que resulta a nuestro propósito más relevante es que de ella se valió un naturalista del siglo décimo octavo para llevar los datos hasta entonces disponibles a un lugar insospechado. Gracias a que rescató lo que se había escrito durante el siglo décimo sexto, todavía alcanzó a observar el sorprendente efecto que aquel producto provocaba en las llamas. Sus extraordinarias observaciones pueden ser resumidas en la más exacta de sus frases. “Cuando la recibían como alimento, las encendía”. Para que el lector pondere el tamaño de su trabajo y el alcance de sus descubrimientos es necesario que conozca el relato de sus esfuerzos.
Siguiendo la pista que le trazaban los citados escritos, el naturalista ilustrado subió hasta las alturas donde habitaban las llamas, donde lamentablemente pudo comprobar que la planta descrita por quienes le habían precedido se había extinguido. El efecto visible de la pérdida era que las llamas languidecían. No se podía decir que la supervivencia de los animales estuviera amenazada, ni que en la complexión de los ejemplares vivos algún indicio hubiera de carencia de algún compuesto vital. Pero la falta de energía de sus movimientos era indudable. Bastaba ver cómo evolucionaban en el prado, cómo cortejaban, con qué espíritu acometían el apareamiento tanto machos como hembras.
Había llegado su experiencia al estado de estancamiento cuando recordó la noticia sobre la pasta de papel que se fabricaba con la hierba que mencionaban sus predecesores. Para su proyecto, tal como lo había concebido a este lado del Atlántico, la discutida pasta no habría de ser uno de los objetos de su exploración. Pero la vía muerta por la que venía avanzando le aconsejaba tantear otras. Indagó entre los indígenas para confirmar las noticias que poseía, y para su satisfacción pudo saber que las cosas eran tal como las había leído. Con la hierba referida se había fabricado entre ellos la pasta de su papel.
La respuesta afirmativa animó su trabajo, siguió investigando en la misma dirección y todavía pudo averiguar más. Si la hierba había desaparecido había sido a causa de una encomiable pasión, la que los jesuitas habían puesto en la infinita tarea de la propaganda de la fe. Aconsejados por su espíritu misionero, habían elaborado unos alfabetos que permitían convertir los toscos signos con los que era transcrita la lengua indígena al latín. Pretendían de este modo tender el puente que les facilitaría el acceso al mejor conocimiento de cuanto trascendente puede saberse.
Llevados por su afán divulgador, los buenos padres de la compañía habían impreso miles de cartillas de alfabetización. Mas la iniciativa editorial de los misioneros había sobrepasado las necesidades. De este modo había agotado los recursos que el monte ofrecía para disponer del soporte de la impresión, y más adelante la febril decisión originado el efecto de inhibir el crecimiento de la planta prima. Desde que los jesuitas mandaran segar todas las matas no había vuelto a salir ninguna en toda la zona, y no se tenían noticias de que en otras subsistiera.
La mayoría de los folletos entonces impresos estaban almacenados a la espera de que fueran solicitados por los nuevos padres. Pero la misión ahora otra vez estaba bajo control de una orden distinta, la misma que extendía su autoridad sobre toda la región. Desde que recuperara el dominio sobre aquellos territorios, los folletos que los jesuitas habían mandado imprimir en ningún momento habían sido solicitados, y permanecían donde habían sido depositados hacía ya más de cincuenta años.
Nuestro analista dedujo con rapidez. Aquel mismo día dio a comer unas cartillas a las llamas, que las recibieron sin señal alguna de rechazo.
Repitió la experiencia al día siguiente, y tampoco entonces los animales repudiaron porción alguna de la letra impresa. Lo mismo ocurrió al tercer día. Mas para entonces nuestro hombre, buen observador, ya apreciaba que no era la misma parte de la manada la que acudía cada día a su reclamo. No dejaba de ser chocante. A su parecer, los animales deberían retornar atraídos por el instinto, si es que el alimento recuperado era idóneo.
Decidió marcar las llamas que acudían cada jornada al reclamo de los libros. Intencionadamente restringió la cantidad de folletos que depositaba en los improvisados comederos, y con más ingenio que habilidad consiguió, con una brocha al extremo de un largo vástago, sirviéndose de elementales pigmentos disueltos en cal, marcar con un color distinto las de cada tanda.
Al cabo de una semana había acabado con sus recursos cromáticos. Ninguno de los días de su experimento había vuelto al lugar donde les proporcionaba el que a su parecer era exquisito alimento ejemplar que ya lo hubiera comido. ¿Lo rechazarían? ¿Habría cambiado su metabolismo? ¿Serían presa de una enfermedad por efecto de la inesperada ingestión? ¿Morirían entre espasmos?
Decidió averiguar qué estaba pasando.
Al octavo día se las compuso para que las llamas entraran en una corraleta, en cuyo suelo había arrojado dos o tres cubos de unos de sus pigmentos. Cuando hubieron comido las llamas el papel, a lo que aguardó paciente tras una roca contigua, todo consistió en seguir las huellas que las criaturas iban dejando. Mientras caminaba siguiendo el rastro de las pisadas, nubes amenazaban con la tormenta del fracaso el experimento de nuestro valiente empirista. Por fortuna no descargaron.
La manada que aquel día se alimentara con las cartillas no se había dispersado. Pero eso no era lo más sorprendente. Habían acudido a un lugar al que estaban acogidas las demás que habían comido papeles. Allí estaban las llamas verdes, las rojas, las amarillas, las celestes, y todas actuaban de manera extraordinaria. Unas cabriolaban, otras piafaban, las había que saltaban y aún en el aire eran capaces para juntar las cuatro patas y adoptar excelentes figuras de levitantes.
No tardó en encontrar la explicación buscada. A partir de aquel momento toda su atención se concentró en aquel lugar, y durante días y días, regulando meditadamente el gasto de papel de aquellos animales, a escondidas, fue observando el extraordinario comportamiento de las llamas, el cual, finalmente, describió en un sorprendente libro que decidió titular Pasto de las llamas. No he conseguido rescatar más que su referencia. No hay rastro del texto en colección literaria que conozca. Solo me queda, como homenaje y reconocimiento a tan extraordinaria obra, imponerme el deber de restaurar aquel título.
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