De campesino a monje y viceversa
Publicado: junio 30, 2022 Archivado en: Andrés Ramón Páez | Tags: economía agraria Deja un comentarioAndrés Ramón Páez
Isidoro Martín, atrapado por la fortuna en el mismo lugar donde había nacido, poseía cuatro vacas de vientre, un novillo de cuatro años, otro de dos, dos yugos, tres rejas, dos teleras y un arado aperado, más un pegujal de seis fanegas de superficie sembrado de trigo, otro de solo una sembrado con cebada y otro más, también de una fanega, con habas. De su descripción, tanto como de sus circunstancias, se deduce que era el patrimonio que había conseguido retener después de un número indeterminado de años dedicados a progresar como campesino.
No era mucho. Solo del ganado y de los aperos podía disponer como bienes propios, porque el dominio sobre los pegujales era transitorio, limitado al ciclo anual que llevaba hasta la maduración de cualquiera de los cultivos que hubiera decidido, una vez arrendados a cambio de los costos más altos, unos pagaderos en dinero, otros en servicios. Ninguna posesión actual de tierra bajo aquellas condiciones la aseguraba para el futuro.
El 22 de mayo de 1749 decidió darle un giro definitivo a su vida. Donó al monasterio de San Jerónimo, a las afueras del lugar del que era vecino, todos los bienes que tenía; con ciertas condiciones: que los monjes lo sustentaran, lo vistieran y lo calzaran durante el resto de sus días, le concedieran el hábito de donado del monasterio y lo enterrasen en su templo con el rito que obligaba a que asistieran a las exequias todos los monjes de la casa, para que en su transcurso rezaran los mismos sufragios de los que sería acreedor cualquiera de ellos si falleciera.
Vivir bajo la disciplina monástica no era una gran exigencia, y a la condición de donado, que obligaba a servir a los profesos –los monjes que disfrutaban de la plenitud de los derechos que proporcionaba el voto definitivo–, se podía acceder sin ningún requisito previo, salvo el de sexo. Las exequias que proponía, incluso concediendo que fueran las más solemnes que la regla tuviera previstas, eran, tal como el propio demandante declara, las regulares de la casa.
Los monjes, apenas media docena en aquel momento, estuvieron de acuerdo con todo. El monasterio no vivía sus mejores tiempos, lo que no impidió que se mostraran moderadamente dignos, lo suficiente como para dejar constancia de que ellos eran la otra parte de una transacción. Isidoro Martín les había propuesto también que le dieran, para redondear su donación, cuatro ducados al año para sus necesidades, unos modestos cuarenta y cuatro reales. Los monjes solo se avinieron a darle tres ducados para que los empleara en sus religiosas necesidades, lo que aquel finalmente decidió aceptar.
Desde la segunda mitad del siglo décimo octavo, se lamentaban los primeros liberales, los que luego aprovecharían la debacle del estado desencadenada por la ocupación francesa, de la absurda inflación del clero regular, que ofrecía a los más desvergonzados la oportunidad de una indigna emancipación del trabajo; con la consiguiente lamentable e injustificable pérdida de fuerza laboral, germen del beneficio nutritivo.
No sabemos la edad de Isidoro Martín, pero sí se puede presumir próximo su final, dadas sus preocupaciones funerarias. Tampoco consta que hubiera experimentado algún estado civil distinto al natural, pero sí que era completamente analfabeto. Sin acceso a la tierra garantizado, con un patrimonio exiguo cuyo único destino posible era el trabajo en el campo, su porvenir, como el de quienes llegaran a la última fase de su vida en iguales condiciones, no era muy prometedor. Si su capacidad para el trabajo ya declinaba, no le quedaban muchas posibilidades para sobrevivir en un estado semejante al que en el bajo imperio romano indujo a encomendarse a muchos de los que vivían el declive de sus instituciones.
Los monjes, a consecuencia del pacto, se verían obligados a ser campesinos, al menos hasta que terminara la recolección de los pegujales; o tal vez Isidoro Martín, ya asistido por el monasterio, pudo convertirse en el parsimonioso hermano donado que se ocupaba de los pegujales de la casa, mientras esperaba reconfortado su final. Cualquiera de las dos situaciones, de ninguna de las cuales podríamos decir que fuera deshonesta sin arriesgar un juicio poco compasivo, sería algo bastante alejado del prejuicio de aquellos críticos contemporáneos.
La viuda de Cantor
Publicado: junio 29, 2022 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Cantor, durante años, había preparado a su hijo para la lucha olímpica, en la que antes que naciera habían vencido su abuelo materno y los dos hijos de este, sus tíos. En su casa habilitó todas las dependencias, unas para el descanso, otras para el esfuerzo; aquellas para el aseo, estas como despensa viva al servicio de la dieta adecuada a una complexión atlética, todas ateniéndose a la misma idea. En el corral instaló pesas y tensores, un fardo inerte y compacto pendiente de una cadena, una gruesa cuerda sin nudos que bajaba desde la rama más vigorosa del limonero, y cavó una hoya para que en un estanque, alimentado con el agua del pozo, cupiera un cuerpo tendido.
Antes de que el sol saliera, lo levantaba. Le obligaba a tomar un baño frío aun en invierno y lo sometía a la primera ingestión de zumos, fibra y proteínas. Las comidas de las mañanas eran pródigas en berenjenas y aceitunas negras, las carnes las dosificaba en fracciones a lo largo de la jornada.
En el pupilo el hambre se mezclaba con el deseo de ingerir alimentos prohibidos, con los que soñaba. Sonámbulo llegaba hasta la puerta de la alacena de la matanza, asegurada con llaves y travesaños. Volvía de vacío al lecho y se tendía boca abajo, y en sueños volaba.
Murió el padre. Algunos creyeron que había sido víctima del afán de emulación que había descargado sobre el hijo. Hubo quien pensó que una maldición le había sobrevenido, tal vez un accidente frente al que no pudo reaccionar. Su prestamista fue quien más lo lamentó, a sabiendas de que le había denegado su último requerimiento.
La viuda no soportó que por aquella causa las aspiraciones al matrimonio de su único varón quedaran insatisfechas. Su pundonor la fortalecía. Lo puso a punto para el siguiente certamen gimnástico conmemorativo del primero de los dioses. A él concurrieron completando el trayecto en jornadas que el púgil hacía a pie, la madre a su lado en una caballería de carga.
Ya en la ciudad, supo que los entrenadores debían acompañar a los contendientes antes de que comparecieran en público, durante la pelea y después de que hubieran abandonado la palestra, con el fin de auxiliar al pupilo y darle aliento. Pero la presencia de las mujeres en las competiciones olímpicas estaba severamente castigada, tanto que si eran descubiertas las precipitaban a un desfiladero erizado de rocas.
A sabiendas del peligro al que se exponía, la viuda se vistió como los entrenadores. Camuflando su voz y su anatomía, jadeó al combatiente, desesperó de los ardides del contrincante. Terminado el combate, la recluyeron en el recinto donde los preparadores debían aguardar el veredicto. Los jueces de su arrojo decidieron que otro fuera el vencedor, dictamen que impugnó airadamente. Tanto cargó con su ira los denuestos que la guardia que custodiaba el recinto fue a detenerla. Para evitarlo, saltó la valla del recinto donde había permanecido expectante, con tan mala fortuna que la prenda que la encubría quedó pendiente de la empalizada y su cuerpo desvelado.
Por reconocimiento a sus evidentes méritos, más que a los de sus antepasados, fue indultada. Pero, en lo sucesivo, los entrenadores debieron entrar desnudos al recinto.
Clases de campesino
Publicado: junio 10, 2022 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: economía agraria Deja un comentarioGeneviève Valparaíso
La promoción de una labor, la empresa para la producción de cereales de orden superior, según quienes en 1768 escribieron Informes para el Expediente de la ley agraria, en el sudoeste exigía una inversión alta. Creían que para iniciar una no solo era necesario mucho caudal, sino que además hacía falta otra actividad que la sostuviera, si quien había tomado la iniciativa pretendiera además mantenerse como productor de cereales.
Muy pocos eran los capacitados para hacer la economía que permitiera disponer del fondo con el que iniciar una labor. Cualquiera que trabajara en el campo, si quería prosperar, tenía que seguir un cursus penoso y lleno de dificultades. Adquirir la condición de labrador le obligaba a subir, peldaño a peldaño, desde la condición campesina más modesta. Tenía que empezar como pegujalero; si la fortuna le favorecía, pasaría a pelantrín o ranchero y, por último, si era previsor y actuaba con toda la templanza que sobrevivir en la selva de los negocios exigía, alcanzaría la condición de labrador. A quien lo intentaba desde abajo no le cabía mucho más que resignarse a las normas para la promoción personal que el comportamiento rural había impuesto.
Es probable que todos los que opinaban de aquel modo partieran de prejuicios cargados con la habitual desconfianza hacia quienes aspiraban a destacar sobre sus semejantes. Pero también todos, cuando tomaron casos para demostrar que la escala campesina realmente operaba en los pueblos, ilustraron el penoso curso de la experiencia con la descripción de estados, un principio de método que supone que el análisis transversal puede ser suficiente para dar cuenta de hechos cuya observación necesitaría reunir una secuencia de años.
De un lugar de la región, cuyo patrón era la abundancia de aspirantes a emprender cada año una explotación propia de cereales, para estimar su demanda de tierra uno de aquellos informadores partió de que en ella había un labrador de seis yuntas, dos labriegos de cinco, cuatro de cuatro, seis de tres, ocho de dos, trece de un par de bueyes o mulas, cuatro de dos cangas de jumentos, veintiocho de solo una canga también de jumentos, doce pegujaleros sin yunta y noventa y siete jornaleros, braceros y vecinos asimismo sin ganado de labor. En total, ciento setenta y cinco demandantes de tierra para sembrar cereales.
Los escalones superiores de aquel orden campesino estarían marcados por diferencias que las cifras no siempre sostienen de manera convincente. La que hay entre labrador y labriego la define la posesión de una sola yunta de bueyes, mientras que el recorrido de la escala de los labriegos va desde las cinco yuntas hasta una canga de asnos.
Pero el criterio para segregarlos está claro. Transitar de una clase a otra sería solo una cuestión de clase y cantidad de animales de los que dispusiera cada cual. En los primeros escalones de la jerarquía las diferencias las marcaba la posesión por pares de animales de labor de tres especies de potencia decreciente, lo que a su vez fijaba la jerarquía campesina en tres grupos sustantivos: labrador y labriegos que poseen bueyes, labriegos que poseen mulas y labriegos que solo poseen asnos.
Como quien poseía seis yuntas de bueyes ya estaba capacitado para ser considerado labrador, completar el curso que permitía llegar hasta esa cima en aquella población sería tan fácil como acumular entre una y cuatro yuntas de bueyes. No obstante, según proponen como principio los autores de los Informes, antes habría que empezar por poseer una yunta de asnos, luego dos, y de ahí saltar a la yunta de mulos o bueyes. Sería cuestión de ahorro y paciencia.
La permanencia en el estado intermedio, el de labriego, a juzgar por la nomenclatura a la que se recurre, en aquel lugar haría largo y competido el trayecto ascendente, mientras que perder la condición de labrador sería fácil. Podía ser obra del azar. Bastaría con que a quien ya poseyera cinco yuntas se le muriera un buey.
La inclusión de los pegujaleros entre los campesinos necesita una explicación, dado que carecen de ganado. La fuente añade que son los negociantes los que disponen de dinero bastante para invertirlo como pegujaleros en el cultivo de los cereales. De donde podemos deducir que los pegujaleros de aquel lugar, que no serían solo negociantes, porque la voz era compatible con la que los distinguía, en una parte eran campesinos transitorios provenientes de la actividad comercial. Como carecían de ganado propio, se verían obligados a servirse del ganado de fuerza ajeno para mantener sus explotaciones.
Al margen, aspirarían a campesinos otros que tampoco poseían ganado de labor, y que por tanto también tendrían que actuar como pegujaleros. Una parte de ellos serían activos agrícolas, los jornaleros y braceros, pero también había vecinos que aspiraban a disponer de tierra para sembrar cereales sin ser activos agrícolas, entre los cuales, según sus relaciones, había pastores, artistas y arrieros. En otras ocasiones, los Informes también citan como aspirantes a pequeñas cantidades de tierra un sacristán, un cirujano, sastres, zapateros y otros artesanos. Para ellos sus respectivas actividades no eran una fuente de renta satisfactoria, por lo que aspirarían a la agrícola como complemento. Cualquiera de ellos, si conseguía abrirse un hueco entre las explotaciones de cereales de un año, como también carecía de ganado, ascendería momentáneamente al escalón campesino inferior, el de los pegujaleros, tal como los negociantes.
Entre todos componen los estratos del campesinado de aquella población, que se ordenan, a partir de tres tipos de campesino, en una estrecha franja de labradores, una de tránsito, bastante más dilatada, de labriegos y la más concurrida y heterogénea, la de pegujaleros.
En otra población del sudoeste, de poco más de doscientos habitantes, también elegida como paradigma, el redactor de uno de los Informes, para ponderar el valor relativo de las empresas dedicadas a producir cereales, a todos los campesinos los identifica como labradores, solo que de cuatro clases. De cuatro arados o yuntas hay dos, dice, de tres uno, de dos seis y de uno veinte. En total, veintinueve, mientras que los jornaleros son solo diecinueve.
La condición de jornalero, en este lugar, parece excluyente de quienes forman el campesinado, a diferencia de lo que ocurría en el otro. Pero los criterios para jerarquizar a quienes forman parte de él son los mismos, solo que aplicados de manera sintética. También aquí, para ordenar su jerarquía, era suficiente con tomar como criterio la posesión de una cantidad de parejas de animales de labor, presumiblemente bueyes.
Los tránsitos desde una posición a otra, aunque marcaran de manera muy definida cada estrato, serían muy abiertos y estarían al alcance de cualquiera de los campesinos porque solo dependían de cantidades de fuerza. Lo facilitaría aún más la equivalencia de yuntas y arados que acepta el informante.
Es verdad que la identidad estanca el método. El ganado de labor es más sensible a los cambios porque es perecedero, aunque amenace permanentemente con desestabilizar el criterio yunta como referente de clase. Pero el arado, un elemento obligadamente estable del capital campesino, amplía las posibilidades analíticas. Permite reconocer la adquisición de un lugar en la jerarquía como un hecho consolidado.
Si arado y yunta son intercambiables o se sustituyen mutuamente, como la descripción permite suponer, la jerarquía campesina en este caso incluiría la posibilidad de un flujo de posiciones adquiridas que pasaría por tres estados posibles: el labrador que posee yuntas y arados, el labrador que solo posee yuntas y no ha consolidado un número de arados y el que solo posee arados. No todos los estados parecen igual de probables, pero concebidos sucesivamente podrían ser expresivos de pasos en dirección a la decadencia del estado de labrador que se hubiera adquirido, y que sin embargo permitiría mantenerse aún en posición campesina.
Además de estas dos descripciones integrales, se encuentran dispersas en los Informes afirmaciones ocasionales expresivas de las aptitudes requeridas a los aspirantes a agricultor. Hablando en los términos más generales, hay quien se emplea en precisar un cálculo del número óptimo de labradores a partir del tamaño de la población. Estima que, si una es de trescientos vecinos, la proporción racional correspondiente es que haya en su término entre cuarenta y cincuenta labradores. Puede ser un índice útil para cualquier comparación. Pero al referirse a la totalidad campesina como labradores, tal como en la segunda población que hemos analizado, nada descubre sobre sus clases.
Otro afirma que la multitud de labrantines y pegujaleros no puede incluirse en la clase de los labradores porque los que más, a lo sumo, tendrán entre seis y ocho yuntas. Luego, según su criterio, el intervalo de seis a ocho yuntas marcaría el tránsito entre la condición de labrador, por un lado, y las de labrantín y pegujalero juntas, por otro, lo que sitúa el escalón de acceso al nivel superior del campesinado en un lugar algo más alto que el adjudicado por cualquiera de los dos estados precedentes.
Pero es al otro extremo de la jerarquía donde se concentra el interés por marcar el límite de las aptitudes de los que se esfuerzan por ser agricultores. Unos precisan que pequeño labrador es el que tiene entre dos y cuatro yuntas, y añaden que el número de labradores de entre dos y cuatro yuntas no es significativo en la región. Este intervalo sería el dominio pleno de los que en otro lugar se llamaban labriegos, quienes según este criterio no serían algo muy distinto a los que en otros sitios llaman pelantrines, de los cuales se dice que son los disponen de dos o tres yuntas.
Quienes se aplican a la definición más precisa del límite inferior de esta clase campesina insisten en que las dos yuntas de bueyes marcan el acceso a la condición de pelantrín porque imponen el límite admisible para una labor suficiente. Para quienes poseyeran yuntas, dos, insisten, era el número sobre el que se podía sostener la autonomía económica.
También hay quienes se concentran en llamar la atención sobre lo que aparenta ser paradójico, que haya empresas sin tierra cuyo único capital es el ganado, algo que en realidad, como hemos comprobado, es denominador común para la definición de cualquiera clase campesina antes de tener en cuenta el acceso a la tierra de cultivo.
Es un hecho consolidado en la región, según reiteran en sus textos, que haya campesinos cuyo único patrimonio es una, dos o tres yuntas, y entre ellos la inmensa mayoría solo tiene una y es de ganado menor. Quienes acceden a ese estado se esforzarían para que su capital mínimo fuera un par de cabezas porque así lo exige el arrastre de los arados y el tiro de los carros.
Todavía alguien decidió definir la categoría inferior de los que aspiran a poseer una yunta. La integran, según dice, quienes tienen media yunta, cuya capacidad de cultivo, aun siendo la mitad de quienes disfrutan de yuntas enteras, puntualiza que es superior a la del pegujalero, una consideración que redundaría en la idea de que pegujalero era el campesino que carecía de ganado de labor y aun así se interesaba en la producción de cereales.
Para estimar el número de empresas de cereal y discriminarlas por tamaño, los arbitristas de 1768 recurrían insistentemente a un criterio muy definido, el número de yuntas o su correspondiente arado, que concentraban el valor de los medios o capital mínimo del que disponía cualquier proyecto de explotación. A partir de este método, se concentraron en examinar las condiciones y marcar las etapas del curso campesino en sus orígenes, en los escalones más bajos. Como propuesta para abordar el problema del flujo, es algo bastante más asequible que dirigir el análisis a la capitalización fuerte que argumentaron los que hablaron en los términos más generales. Al método que estos arbitristas aplicaban a la definición de las clases campesinas se le podría objetar, sin embargo, que para ilustrar algo que ellos mismos reconocen como lleno de obstáculos y complejo, simplifican en exceso al recurrir como casos ilustrativos a poblaciones demasiado simples.
Breve historia de la servidumbre
Publicado: junio 2, 2022 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
No había pan en todo el país. En todos los lugares el hambre era gravísima, todos estaban muertos de hambre. En aquel estado, un hombre, el único que poseía grano, tuvo una feliz ocurrencia, cambiar una parte del grano que tenía y que los demás necesitaban, convertido en pan, por toda la plata que en el país hubiera. De esta manera consiguió para su casa toda la plata que había.
Agotada toda la plata del país, en masa acudieron los necesitados ante aquel hombre, diciendo: “Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, ahora que se ha agotado la plata?” Les respondió: “Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que la plata se ha agotado.” Trajeron sus ganados quienes deseaban comer, y aquel hombre les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos. Los abasteció de pan por aquel año a cambio de todos sus ganados.
Cumplido el año, acudieron de nuevo ante él y le dijeron: “No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y tampoco que los ganados le pertenecen. No nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras. ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos, así nosotros como nuestras tierras?” Armados de valor, le propusieron por fin: “Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser tus esclavos. Pero danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.”
De este modo pasó a manos de aquel hombre todo el suelo del país, cada uno vendió su campo porque el hambre le apretaba: toda la tierra vino a ser suya. En cuanto a las personas, las redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras del país. Pero las tierras de los sacerdotes no se las apropió, tan solo el territorio de los sacerdotes no pasó a su jurisdicción. Los elegidos no se vieron en la precisión de vender sus tierras. Tuvieron tal privilegio de su parte y comieron del privilegio que el señor les había concedido.
Dijo aquel hombre al pueblo para terminar: “He aquí que os he adquirido hoy a vosotros y a vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra. Y luego, cuando llegue la cosecha, me daréis el quinto, y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo y para alimento vuestro y de vuestras familias, para alimento de vuestras criaturas.” Contestaron ellos: “Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de nuestro señor y seamos sus siervos.” Y aquel hombre les impuso por norma, vigente hasta la fecha para todo el campo del país, entregar el quinto. El nombre de aquel benefactor era José.
Fuente: Génesis, 47, 13-26.
Los campesinos dispersos. II
Publicado: mayo 21, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.
En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.
La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.
Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.
Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.
Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.
Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.
La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.
Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.
En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.
De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.
Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.
Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.
Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.
En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.
Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.
En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.
Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.
Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.
Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.
Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.
En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.
También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.
Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.
El relato y su sentido
Publicado: mayo 17, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
La conciencia historiográfica es bastante asequible. El relato histórico es una experiencia común. Cualquiera tiene conciencia de su pasado y a sí mismo se lo cuenta. Con sus recuerdos cada cual crea para sí un relato de la parte de su existencia que ya ha transcurrido. Cuando esta conciencia se dirige a sucesos distintos a los de la vida propia, las posibilidades del relato crecen hasta dimensiones colosales, pero a la vez pueden convertirse en un objeto para cuya manipulación quien así actúe podrá sentirse más libre. Lo que en modo alguno podrá soslayarse será el punto de vista particular o personal desde el que los acontecimientos que sean son observados, porque la conciencia no puede existir sin quien la personifique. Por tanto se puede concluir que la historia alcanza la condición de relato en el instante en el que la conciencia adquiere noción de pasado, más aún si esa adquisición se extiende fuera del sujeto que la alcanza. Ganada esa condición discursiva, su existencia solo depende de la voluntad que los hombres puedan aplicar a ese fin, de que los hombres cuenten cosas que han ocurrido.
Después de dos mil quinientos años de existencia del género, más tal vez otros tantos anteriores de ensayo y definición, sería ingenuo pensar que esta clase de relatos se emprenden sin propósito alguno. Desde luego cabe dentro de lo posible que así se haga una vez más, porque la tradición nunca es coactiva, y quizás el enunciado más ambicioso de este principio que pudiera hacerse sería el que defendiera que el relato histórico no debe estar inducido o inspirado por prejuicio alguno. Es más. Entre los clásicos hay quien teoriza a partir de esta premisa, y la lleva lo bastante lejos como para dar la impresión de que por esta vía no es necesario avanzar más. Su posición se podría presentar en términos algo paradójicos diciendo que siente aversión a teorizar con los argumentos del relato. Partiendo de la idea de que las cosas humanas son por naturaleza inestables, piensa que los hechos a los que el relato debe enfrentarse son por naturaleza accidentales. El relato histórico no debe enunciar leyes ni proponerse deducir causa general alguna, porque dada aquella condición es imposible prefigurar en modo alguno la regularidad de las cosas de los hombres, mucho menos, como algunos pretenden, predecir el futuro. Si del relato no pueden ser deducidas causas, reglas ni leyes, quien lo emprenda no podrá disponer de cuerpo teórico alguno que lo marque o induzca con determinados prejuicios, sino que podrá actuar con absoluta libertad de cronista. El relato puede por tanto tener como propósito único contar los hechos con exactitud.
Este punto de vista está aconsejado más por el escepticismo que por demostración alguna, y es de todas maneras un modo de afrontar esta parte del problema historiográfico muy parcial. Desde la antigüedad ha sido mucho más frecuente relatar con la convicción de que en la acción humana puede ser observada cierta regularidad, o al menos que con este rigor puede ser presentada al lector muy satisfactoriamente. Es probable que esto sea un espejismo originado porque el medio en el que el género vive, el de la lengua escrita, confiere a todo lo que da forma la propiedad de lo racional. Pero, al margen de que este sea el origen de la propensión a normalizar la actuación de los hombres, no hay por qué dudar de que desde esta convicción se ha alimentado la parte teórica del trabajo historiográfico, y que ésta a su vez haya sido la que ha estimulado o inspirado la mayor parte de los textos del género. Así pues, para la mayoría de quienes escriben relatos históricos no es suficiente con el puro encadenamiento de los datos obtenidos sobre lo ocurrido antes. El relato permite deducir normas del comportamiento humano. Con ellas puede ser enunciada una teoría sobre este, y tal teoría a su vez orientaría o inspiraría nuevos relatos, que así serían guiados por ese fin al que se dirigen. El principio del que ahora tratamos podría enunciarse en este punto, bajo esta otra consideración previa, a partir de la sumisión al hecho real de la elaboración teórica a base de la observación del pasado. Puesto que semejante teoría existe o puede ser deducida del propio relato y esta impondrá unos límites racionales al desarrollo de la narración, más vale de antemano enunciar el fin o el objetivo que cada relato particular quiere alcanzar, y así trabajar en todo momento a favor de él. Porque por otra parte conviene despertar de un sueño que durante algún tiempo se ha pretendido realizado. La literatura no puede ocurrir con absoluta libertad. Se engañan quienes así piensan. Las palabras son ideas, y estas o gobiernan el texto o no llevan a lugar alguno.
Los marcos de referencia que pueden ser elegidos para situar los propósitos teóricos personales son varios, y aún podrían inventarse muchos más. Tal vez el más clásico sea el que cree inevitable la dirección política del relato histórico, de donde deduce una fecunda definición del objetivo general que esta debe proponerse, la que en su grado más elaborado fue enunciada en los siguientes términos: la historia es un medio de adquirir el arte del buen gobierno. Es cierto que esta forma incluye en germen la idea de soberano único o príncipe. Como aquella fórmula de gobierno es finita, podría ser enunciada de manera más general afirmando que el relato enseña a tomar decisiones y proporciona reglas para actuar a quienes tienen responsabilidades de gobierno, o de forma aún más general diciendo que la historia puede ser una ciencia al servicio de la política. Saber cómo ocurrieron las cosas en el pasado es la mejor escuela para la acción pública.
No pueden creerse homogéneas sin embargo todas las interpretaciones de estos sencillos axiomas, y hay a partir de ellos deducciones realmente ingeniosas. Entre estas hay que recordar especialmente a los que de entre los antiguos con particular sensibilidad entendían lo político como algo matizadamente distinto a la acción pública, y por tanto creían que el relato histórico cumplía sus fines si era encomio para los amigos y denuesto para los enemigos.
También hay quien cree que el relato está justificado si sirve para enseñar cuáles son los comportamientos adecuados y cuáles los incorrectos, cuáles las actitudes nobles y cuáles las degeneradas. El relato tendría que ser un teatro en el que presentar la moral correcta.
Pero la teoría más ambiciosa es la que sostiene que de lo que se trata es de alcanzar una explicación causal de los hechos o esclarecer sus factores. El relato debe estar dirigido a indagar las causas de los hechos que son observados. El lugar más distante al que esta idea se ha conducido es el de las leyes. Algunos han pretendido demostrar que entre los hechos siempre hay relación regular, y que tales reglas en todos los casos deben ser deducidas para explicar la sucesión de los hechos mediante demostraciones. En opinión de ciertos autores, enunciar leyes del comportamiento público de los hombres queda al alcance de la historiografía porque creen que la naturaleza humana es siempre la misma.
No es desacertada esta manera de observar, si bien a este propósito habría que tener en cuenta otra corriente de opinión. Para algunos el principio dogmático del que debe partir el relato es que la existencia de la humanidad está caracterizada por un progreso acumulado constante, aunque ocurran accidentalmente retrocesos. El progreso sería una derivación de las actividades destinadas a garantizar la subsistencia.
Esta manera de concebir el relato parece incompatible con la de quienes en algún momento han elaborado teorías sobre los ciclos que regularmente conoce cualquier sociedad. Habiendo sido observado por algunos que en los grupos humanos se van sucediendo los hechos hasta completar ciclos, y que retornados a determinada situación suceden los hechos otra vez de forma similar, es posible generalizar y por tanto enunciar leyes, bien solo para la sucesión de las instituciones públicas o bien sobre la constitución de la sociedad.
Para hacer compatible la idea sobre el progreso con la idea de la constante regularidad y sus consecuentes ciclos tal vez se podría distinguir entre actividades encaminadas a la obtención de las subsistencias e instituciones o incluso constitución de la sociedad toda. Mientras que a la actividad más inmediata o elemental habría ido afectando el progreso, las más elaboradas formas de la vida civil estarían sometidas al inexorable retorno. Habría entonces que dilucidar si es que a este otro estadio de la actividad humana aún no habría alcanzado el bien del progreso que al orden de la vida material ya ha llegado. Pero este ejercicio sería muy artificioso. No parece muy admisible separar las condiciones en las que los hombres obtienen sus medios de supervivencia de su organización y de las instituciones políticas que de ellas derivan o a su servicio son puestas.
La propiedad más útil que de la posible regularidad de la actuación de los hombres puede derivarse es que a partir de la atenta observación del pasado sería posible prever lo que pueda ocurrir en circunstancias cuyos factores hayan sido estudiados con este fin. Es necesario reconocer sin embargo que aún queda muy lejos siquiera un cuadro de circunstancias tipificadas. Pero hay quien con excelente juicio insiste en que el trabajo historiográfico debe permitir al menos elaborar un cuerpo doctrinal. La posibilidad de enunciar normas del comportamiento ha sido sometida a un sencillo principio de método. Para extraer lecciones de la historia será necesario antes recopilar analogías. Es necesario terminar en la historia comparada si se pretende llegar a la deducción de normas sobre la actuación de los hombres.
Pero todavía debemos añadir algo sobre este problema, relacionado con afirmaciones precedentes. Son dos cosas distintas el comportamiento humano y las propiedades de la lengua. Del comportamiento humano no cabe esperar que siempre sea racional, y tal vez sea más acertado partir del principio de que lo único regular de que antemano de él se puede esperar, considerados los comportamientos de los grupos, es el comportamiento irracional. De la lengua, que es la materia con la que el relato es compuesto, su propiedad natural es la lógica. Por la correcta construcción del texto podrá ser presentada una cadena racional de hechos o comportamientos, cuando de la materia de la que se trata es la histórica. El relato histórico está condenado, porque es texto, a desembocar en una presentación racional o explicativa de los asuntos de que trata. Cosa distinta es que habiéndose propuesto el relato observar todos los comportamientos se obligue en todos los casos a presentarlos de manera racional. Entre los comportamientos dominan los que no son razonables, y con estos a lo máximo que se puede aspirar es a la descripción.
Así pues, para resolver el problema teórico inicial, o premisa a partir de la cual organizar la materia para el relato, es conveniente plantear antes el objeto que se desea tratar. De ciertos hombres, en particular los admirables, cabe esperar un comportamiento racional, digno de ser conocido. Cuando se siguen las reglas de la explicación causal puede proporcionar un excelente producto escrito exponer su vida ateniéndose a las reglas del género biográfico. De todos los sucesos y comportamientos de la revolución francesa no cabe esperar una cadena razonable, y es tanto más probable la sinrazón cuanto mayor es la cantidad de personas que fueron protagonistas de los asuntos de que se trate. El relato de los hechos como una crónica puede ser el mejor producto escrito que de cuanto entonces sucediera puede ser elaborado.
La historia solo existe como texto
Publicado: mayo 9, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
Sobre qué sea la historia los clásicos no están de acuerdo, hasta el punto que algunas maneras de concebir esta materia parecen incompatibles con otras. Reduciendo todas las posiciones a sus rasgos generales, se podría decir que todas parecen inspirarse en al menos una de dos premisas. Para unos la historia es una materia artificial que quienes la escriben van creando justo por el hecho de poner por escrito determinados sucesos. Por razones que ahora no es necesario considerar, ciertas personas deciden dedicarse a crear estos objetos. Para ellas la historia por su origen no sería distinta a una escultura o una máquina. Otros creen que la historia existe más allá de la voluntad de quienes la escriben, como si fuese un arcano que poco a poco se va revelando a los hombres que dedican su esfuerzo a su descubrimiento, quienes con la investigación le van arrancando sus secretos. También hay quienes creen que esa materia es un cuerpo de conocimientos que trasciende el esfuerzo y la capacidad de cada hombre que con él se las ve, y quienes parten de que es un orden de los hechos humanos ya previsto hacia el que los comportamientos invariablemente deben dirigirse
Cualquiera de ellos olvida que al exponer sus principios solo enuncia como pensamiento sus propósitos, lo que es tan legítimo como humano. El pensamiento es aquella faceta del comportamiento que pretende justificar cuanto los hombres son y hacen recurriendo a los medios que proporcionan las lenguas; propiedad que porque deriva de la existencia de estas, que son en cualquier caso invención humana, puede tenerse por expansión previsible de la vida de esta clase de seres. Puede discutirse sobre la dirección regular de la corriente que desemboca en pensamiento, aunque resulta casi una evidencia que son las palabras la fuente que alimenta las ideas. Pero de lo que no cabe dudar es de que el pensamiento se vierte en la conciencia, el medio natural que le permite existir, en forma de palabras.
Como la forma de expresar el pensamiento por escrito es el texto, y como la historia alcanza el idóneo estado de materia cuando se pone por escrito, se puede afirmar que cualquiera que sea la idea que se tenga sobre lo que es historia necesita ser vertida a la forma de texto. Se podría expresar esta idea con mayor rotundidad y de forma lapidaria: la historia solo puede existir como texto, en modo alguno podría ser algo distinto a un texto.
De aquí se debe deducir que la creación de historia es algo al alcance de cualquiera. La única condición previa que exige es que se conozca un sistema de escritura que permita expresar el pensamiento.
Aprender de los clásicos
Publicado: abril 30, 2022 Archivado en: Dante Émerson | Tags: historiografía Deja un comentarioDante Émerson
He elegido los autores cuya actividad he estudiado por una razón. Según iba sabiendo de ellos, en mi opinión en todos había algo que aprender. Esa es la condición que define y separa a los clásicos, conservar pasado el tiempo la capacidad para proporcionar enseñanzas; ese es su destino cuando alcanzan semejante categoría, aunque tal vez eso mismo estaría mejor enunciado en sentido inverso: porque pueden proporcionar enseñanzas deben ser apartados al selecto lugar de los clásicos. Con este criterio podría elegir un buen número, quizás no muchos con verdadero interés historiográfico, hablando siempre dentro de los límites de la capacidad personal de conocer y valorar los autores. Pero como cualquiera que tenga alguna experiencia sabe, una severa selección de la materia siempre se impone, porque el tiempo actúa con inexorable rigor sobre la existencia de tan marginal realidad.
Puede quedar justificada una antología solo por el placer de conocer y recuperar la palabra de quienes siendo poseedores de las virtudes historiográficas ya no viven. A ese fin puede contribuir. Pero suele ocurrir con incontenible frecuencia que la lectura provoca el sano deseo de la emulación. En previsión de que esto ocurra, a sabiendas también de que quien lo defienda puede encontrarse ante la feliz coincidencia de que quienes hasta aquí lo hayan seguido muestren ellos mismos deseos de convertirse en autores de relatos de la clase que ha sido objeto de su discurso, llega el momento en que parece conveniente enunciar principios de procedimiento que pueden contribuir a la elaboración de un relato histórico propio.
En modo alguno el juicio debe precipitarse a deducir del enunciado de los principios consecuencias para la calidad del relato que pueda crearse. La calidad de los textos es responsabilidad exclusiva de quien se compromete en generarlos y es por fortuna una propiedad intransferible. Pero habiendo tratado con los clásicos, después de haberlos conocido por separado, este momento puede ser aprovechado para deducir de sus ideas enseñanzas que inspiren tales principios. Las enseñanzas extraídas pueden ser enunciadas como una colección de reglas en las que confiar si se desea conseguir el beneficio de un buen relato.
Puede ser enunciado uno previo, muy general y hasta algo impreciso, solo en apariencia reiterativo. Quien aspire a crear sus propios relatos históricos deberá volver permanentemente a los clásicos. Con una vez que se hayan estudiado no es suficiente para extraer de ellos las enseñanzas que pueden proporcionar. Las limitadas lecciones de una antología, y otras similares que puedan hacerse, siempre presentarán solo una parte del pensamiento de cada autor. Aunque la intención de quien ha tenido que seleccionar haya sido la mejor (y no hay que dudar que no haya deseo de acertar en cualquier elección del material presentado, incluido el caso en que la idea que se obtenga parezca excesiva o deformada), con seguridad a lo máximo que podrá aspirar quien utilice este medio para conocer a los clásicos es a tener un conocimiento parcial de ellos. El conocimiento directo de los autores a través de sus textos, sin más mediaciones que las ineludibles, sobre todo las relacionadas con su transmisión hasta el presente, no puede ser sustituido por nada. Por la observación directa, cuantas veces se recurra a ella, incluso cuando una y otra vez se vuelve sobre los mismos pasajes, es posible deducir multitud de características. Cualquier autor puede ser todo lo diverso que cualquier otro pueda ser porque todos los textos, solo por tener esta forma, admiten múltiples interpretaciones. Cuanta mayor elaboración tengan las obras escritas, incluida la que añaden y acumulan sobre los anteriores los sucesivos transmisores que generación tras generación se agregan a la cadena; cuanto más alto sea el cuidado puesto en ellas, cuanto mayor sea su calidad, tanto mayor juego de interpretación admiten. Los clásicos siempre son el más alto grado de calidad de los textos de su modalidad. Son por tanto una escuela permanente, a la que se puede retornar cuantas veces se desee con la seguridad de encontrar enseñanzas. Tal escuela tiene además la enorme ventaja de que está siempre abierta. Basta con tener al alcance una biblioteca de clásicos.
Los campesinos dispersos. I
Publicado: abril 27, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Tampoco el acaparamiento de toda la unidad de producción, para fragmentarla en parcelas asequibles, colmaba las aspiraciones de todos los que en una población habían decidido tener su propia explotación de cereales sin salir de su término, por más modesta que fuera. Los campesinos que no se podían acoger a labores o a grandes unidades productivas eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos o sus hazas.
A las parcelas donde paraban la documentación suele llamarlas pegujales sueltos. Las posibilidades de que la tenencia directa sea una parte de los atributos de sus explotaciones, no especificada al inscribirlos, son las mayores. En caso de que se hubieran consumado, el registro les habría aplicado la denominación pegujal por extensión, si bien al clasificarlo como suelto, a pesar de la aparente paradoja, esta manera de proceder ganaría sentido. Campesino suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era el mismo que la ponía en explotación. Habrá que admitir además que quienes los constituyeran, porque se reducían a las condiciones del pegujal, no se quedarían al margen de la prestación de servicios, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formal, sino solo como predisposición hacia quien estuviera interesado en ella.
Esta quinta clase de campesinos es la más extensa y diversa, y expresa en el orden marginal la presión sobre la tierra de los términos de sus poblaciones laborales. A veces se concentran en manchas discontinuas localizadas en áreas con tierras ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Otras veces están aislados, tal vez porque no tienen opción a encontrar un espacio regular, o porque en una casa se ocupan de un trabajo distinto a la labor, a pesar de lo cual el señor de la casa cree conveniente recompensarlo con un pegujal en una de sus explotaciones, aun estando dedicadas a otros cultivos.
Son huéspedes sobre todo de olivares, con diferencia el primer cultivo alternativo al cereal en las vegas interiores. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas. Buena parte de ellos se localizan en haciendas descarriadas, una clase de las explotaciones de olivar que de nuevo debemos interpretar alejadas, menos accesibles. De otros se dice, sin dejar de advertir que están en tierras dedicadas al cultivo de los olivos, que se sitúan en un cortijuelo, en cuyo caso una mancha de tierra de labor estaría localizada en un territorio anómalo para esta clase de uso.
Para 16 localizaciones en tierras de olivar, a veces contiguas, en las que se constituyen 45 pegujales que acumulan 245,25 fanegas, predomina la dispersión sobre las concentraciones. Solo en un lugar hay 19 de aquellos pegujales, y en otro 7, mientras que en los demás solo hay entre 3 y sobre todo 1. El espectro de los tamaños de las parcelas se extiende en términos relativos, y hasta se extrema con algo de paradoja: la mayor tiene 30 fanegas y la mínima 0,75.
Aunque se siguen imponiendo los valores más bajos que se esfuerzan por aproximarse al tipo común, el pegujal de 30 fanegas es uno de los localizados en las haciendas descarriadas. De quien tiene un pegujal de 24 fanegas, equiparable, se dice además que está en su hacienda, un pronombre que eliminaría la cesión, salvo que se hubiera accedido a él por trabajo. Para otro de 4 fanegas tampoco habría cesión más allá de las relaciones laborales. El primero de los del área con 7 pegujales abarca 18 fanegas.
Esta confluencia de rasgos, que separa estos casos de los demás, permite pensar en explotaciones a cargo de los que en la documentación del momento se llaman pelantrines, el tipo de transición entre el labrador y el pegujalero, uno de cuyos rasgos pudo ser la promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro estable. El aprovechamiento intensivo con un cultivo intercalar de una tierra secundaria o subordinada lo facilitaría que el campesino hubiera conseguido garantizarse con la propiedad la posesión de las tierras que hubiera destinado a olivares, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales.
Los pegujales sueltos también podían ser huéspedes de una viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. De ahí su escasa presencia, su casi nula significación. En las tierras de las haciendas descarriadas también hay una viña en la que se ha abierto sitio un pegujal de 1,5 fanegas. Aunque sea un caso aislado, vale sin embargo como testimonio de que los pegujales se buscaban un lugar donde sobrevivir en cualquier parte.
En las huertas, que por naturaleza eran explotaciones consolidadas y estables, debieron ser un fenómeno no solo ceñido a la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. Su valor relativo parece más consecuencia de la alta productividad del cultivo más intensivo que de la presión de los pegujales. No dejarían de presionar en estos lugares, pero las huertas los tolerarían mal.
Solo en dos zonas de huertas se abren paso 11 pegujales que ocupan 38 fanegas. Las localizaciones en la primera se remiten a una zona donde se han impuesto las huertas. Es posible que sus pegujales estén dentro de huertas, sobre todo en el caso de los más pequeños. Están comprendidos entre 4 y 1, con presencia de tipos fraccionarios, lo que debe significar intensidad del aprovechamiento del suelo. No es frecuente que tengan un tamaño tan exiguo. Pero no hay que dar por supuesto que sean una parte de los cultivos de las huertas.
Los otros 7 pegujales se concentran en un lugar que se identifica como ruedo de la Huerta de la Reina. Es posible que el topónimo rector no aluda a un aprovechamiento presente, sino a otro anterior que quedó fijado al lugar. El mayor de los pegujales, de 12 fanegas, está en el ruedo de la huerta en sus olivares. El pronombre de la localización derivada puede ser un buen corrector del uso prevalente del espacio; el posesivo, de las relaciones a partir de las cuales se crea el orden de las cesiones. Los demás son muy regulares, de entre 2 y 3,5 fanegas.
Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían así la trayectoria del defecto como la del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. El horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.
Porque en 7 lugares de dehesas, de muy desigual implantación, conviven dos mundos, el de los pegujales públicos homogéneos, sorteados probablemente, y el de los habituales, que se distinguen por la disparidad de los valores de las series. El espectro de los tamaños de los 66 pegujales, que ocupan un total de 285 fanegas, es limitado y bajo, siempre por debajo de 10.
Un tercio se localiza en una dehesilla del monte, unos concentrados (23 pegujales) y el resto (3) dispersos. El topónimo dehesilla del monte puede ser expresivo de dos cosas: tierra acotada y sin roturar o de monte recuperado. Hasta donde el registro permite deducirlo, se trata de tierras accesibles desde la población, una parte de ellas quizás también conectadas con zonas dedicadas a labor.
Los otros dos tercios están en una dehesilla localizada en el área de las tierras de labor. Salvo un par de casos, todos son parcelas de 4 fanegas, por probables razones de concesión pública. Debe ser indicativo de la parcela que el municipio considera suficiente para que se mantenga durante un año un campesino común. Puede tratarse de un espacio público, además de acotado, que al menos transitoriamente se utiliza para el cultivo. El rigor del módulo indica equidad, sorteo e intervención pública en el mercado de los pegujales. La dimensión del caso es lo bastante elocuente respecto al alcance y las intenciones de la autoridad. Los casos singulares harían referencia: el menor, que la dehesilla está ocupada de manera similar a la de los cortijos, porque incluye huerta; y los dos, la posible remuneración de servicios públicos.
El siguiente valor en importancia, aunque muy alejando, es el 8. Expresaría el siguiente grado, en orden ascendente, de las posibilidades del campesinado común acogido a la oferta pública. Estos pegujales de mayor tamaño, localizados en lugares que no están uno junto a otro, en parte están en tierras campas, inmediatamente debajo del escarpe, en un lugar muy accesible desde la población. Otra parte es posible que esté en la zona de terrazas. Pero también comparte su condición de suelos de dominio público porque todos están reunidos bajo el epígrafe de suertes. Por eso, encuadrarlos en la categoría dehesa no sería desorientado del todo. La condición de suertes de las parcelas se hace visible en la homogeneidad de los módulos.
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