Variaciones
Publicado: enero 28, 2019 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Íbamos a completar la información que necesitábamos. Días antes habíamos agotado una estancia que creímos sería suficiente. Pero alguien nos pasó la confidencia. En el archivo de los servicios centrales había algo que podía ser muy revelador, decisivo para el punto de vista desde el que habíamos acordado tratar el asunto. Creímos que con una visita de poco más de veinticuatro horas sería suficiente.
Volvimos al hotel donde nos habíamos alojado la vez anterior. Cuando cruzábamos el primer paso de peatones, ya pudimos ver que en su fachada había algo anormal. Al llegar ante la puerta, la persiana metálica estaba casi por completo bajada. Nos asomamos por debajo y vimos que en los escalones se amontonaban objetos de todas clases, y en el vestíbulo los empleados celebraban una reunión.
Él decidió pasar por debajo de la persiana, aprovechando la franja que había quedado abierta, mientras que yo permanecí fuera, incapaz de pasar entre los objetos dispersos por los escalones. Cuando percibieron su presencia, algunos volvieron la cara. El que parecía el responsable de la reunión se levantó, se atravesó en su camino y le denegó el paso. Él insistía, le explicaba la urgencia de nuestro plan. El responsable cedió.
Se perdieron en dirección a los ascensores, mientras yo aún hacía esfuerzos por entrar. Pude por fin pasar. El hotel estaba más concurrido de lo que esperaba. Más que cerrado parecía reservado para alguna asamblea, para la que sin embargo los muebles no serían imprescindibles.
Pregunté por mi acompañante a un hombre alto, vestido con levita y corbata de lazo, sin duda empleado del hotel. Me dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar, que él solo era el encargado de las habitaciones; que fuera a preguntar a la recepción, que estaba en la segunda planta.
Alcancé el patio central, cubierto por una montera. Era realmente suntuoso. Gigantescas columnas clásicas, dispuestas en círculo, unificaban las cuatro plantas, cada una de las cuales se asomaba al patio por las barandas que ponían límite a sus pasillos principales.
Subí a la segunda planta. Del anillo central que distribuía la circulación partían pasillos que llevaban hasta las habitaciones, cuyas puertas estaban alineadas en otros secundarios trazados ya a base de perpendiculares. El orden de su arquitectura era radicalmente distinto al del patio central. Habían dejado a la vista pilares y vigas de hormigón, y el gris de las telas que tapizaban el techo y las paredes, y el de las moquetas que cubrían el suelo, creaban una sedante penumbra, nada que ver con la luminosidad del patio.
Buscaba en cada puerta la que pudiera darme alguna señal de la presencia de mi acompañante cuando tropecé con una expedición de estudiantes. Eran decenas, apenas podía pasar entre ellos. El encargado de las habitaciones se esforzaba por separarlos y dejar libre el espacio suficiente cuando giró inesperadamente el cuello, miró al techo, lo señaló con un dedo y nos puso sobre aviso. Una de las vigas maestras de hormigón, la que atravesaba el pasillo en sentido transversal, estaba cediendo.
Corrí hacia la escalera de incendios, que estaba a mi izquierda, junto a los ascensores, al fondo de la última rama de las galerías, la más estrecha. El suelo empezó a ceder y el tramo en el que yo estaba fue cerrándose. Las vigas y los pilares dejaron de formar ángulo recto, el plano del pasillo perdía la horizontal, el techo descendía sobre nosotros. Cuatro o cinco estudiantes y yo estábamos atrapados en la asfixiante jaula asimétrica sin salida que se iba formando mientras empezó a oírse una música. Un violonchelo tocaba las variaciones Goldberg, y por debajo a sí mismo se replicaba con una versión del concierto italiano.
Al compás de la música la armadura del edificio se fue recomponiendo, tal como ocurre con las secuencias de las demoliciones que filman las agencias de noticias cuando las proyectan en retroceso. En poco tiempo pudimos bajar por las escaleras, cada vez más regulares, y salir indemnes por nuestro propio pie.
La defraudación del diezmo
Publicado: enero 21, 2019 Archivado en: J. García-Lería | Tags: economía agraria Deja un comentarioJ. García-Lería
Aunque las previsiones de la administración eclesiástica meridional sobre el cobro de los diezmos se cuidaban sobre todo del tramo que iba del arrendatario a los partícipes, no por eso dejaban de interesarse por la recaudación, quizás en términos demasiado generales.
Como reconocimiento de la autoridad adquirida para demandar las rentas, al recaudador se le entregaba un documento específico, llamado recudimiento, que iba firmado por el administrador de la vicaría y el escribano de la renta de la que se tratara. El vicario estaba obligado a publicarlo en la iglesia de donde era la renta, y ningún recaudador podía cobrar diezmo de ningún contribuyente si no disponía de aquella autorización. Si cobraba algo sin ella, se le podía demandar criminalmente lo que hubiera ingresado, y, si era arrendatario, además de que perdía las pujas hechas, que cobraría el cabildo a favor de quien debiera haberlas, quedaba obligado a pagar cuatro veces lo que hubiera recaudado. Recíprocamente, nadie debía pagar diezmo a ningún recaudador antes de que el recudimiento se publicara, y si alguien pagaba a quien no lo tuviera, se arriesgaba a verse en la obligación de pagar otra vez el diezmo que ya hubiera satisfecho.
A pesar de todas las advertencias, había diezmadores que se adelantaban a pagarlo incluso antes de que la renta se le hubiera adjudicado definitivamente a quien debía recaudarla. Lo prueba que de un trigo que se estaba recaudando, el administrador de la vicaría de referencia, al tiempo que remitió el resultado de las posturas en la población, dijo que era muy bueno, y para demostrarlo remitió una muestra del que ya estaba almacenado en la cilla, que, según explicó, procedía de los diezmos que ya habían enviado los labradores; en un momento en el que todavía estaban por concluir las subastas.
Los plazos previstos para que quienes tuvieran que recaudar los diezmos los cobraran también estaban reglados. Los del pan, por ejemplo, podían demandarlos hasta el último día de diciembre del año al que correspondieran las rentas. Pero si no los cobraban en ese plazo, quedaba a elección de quienes debían pagarlos liquidarlos en especie o en metálico, en este caso ateniéndose al precio común que valiera aquel mismo día en la población donde se debían las rentas, una tarifa bastante más realista que la tasa. Como recompensa, estaba reconocido que en caso de que fuera necesario, los recaudadores estaban facultados para demandar los diezmos a los contribuyentes ante la justicia eclesiástica, porque los responsables de impartirla eran personas que sabían las maneras y las formas de dezmar. Ahora bien, si los recaudadores se precipitaban a demandarlos ante otro juez, que en la práctica era cualquiera de los seculares, podían dar por perdidos los diezmos que demandaran. Además, que un recaudador se hubiera decidido por aquella vía no sería justificación para que, en caso de que fuera arrendatario, dejara de pagar todo el precio en el que se le había rematado la renta, ni obstaría para que se aplicaran a las partes que debían percibirlas las rentas correspondientes, a la vez que incurriría en que a partir de aquel momento no volvería a ser admitido en diezmo alguno.
Pero tanto una correcta gestión contable que asegurase a los partícipes sus cuotas como las previsiones legales para garantizar la recaudación de los diezmos eran solo la epidermis del mayor problema al que tiene que hacer frente el procedimiento para estimar el producto. Cualquier cifra que se refiera a alguno de los momentos de la detracción, sea mediante fieldad o mediante arrendamiento, está en alguna medida interferida por las relaciones, naturalmente antagónicas, propias de la deducción de cualquier renta. Entre lo efectivamente producido y lo realmente cobrado se interpondría la coacción, ya fuera bajo la forma de coerción jurídica, ya como disuasión desde los púlpitos; o como coerción desde los púlpitos o disuasión desde los tribunales; o como las cuatro cosas a la vez o prudentemente combinadas y dosificadas. Por efecto de estas refracciones, el contribuyente se sentiría legitimado para pagar por debajo del tipo impositivo, mientras que el recaudador, en uso de su fuerza legal, forcejearía por alcanzar esa frontera.
La secular resistencia al pago del diezmo está sobradamente documentada por la historiografía occidental. El resumen del relato de los procedimientos que para eludirlo ha publicado aun así puede ser largo. La ocultación de lo producido era el fraude directo o simple, pero también estaban entre sus formas más comunes el levantamiento precipitado de las cosechas, pagar en casa y no en el campo o la manipulación de las medidas con las que había que pagar. También eran frecuentes el cálculo grosero de lo recogido, no pagar diezmo de las granzas o producto de la segunda trilla, pagar diezmo de lo propio pero no de lo arrendado, no pagar cuando el producto es muy pequeño o alegar la dificultad para controlar una producción. Los cultivos dedicados al autoconsumo, tanto humano como animal, quienes los practicaban los presuponían al margen del diezmo, lo que no carecía de base legal, aunque, valiéndose de esta premisa, se podían exagerar las necesidades del autoconsumo. Que una tierra antes no estuviera sometida a la obligación de contribuir con su diezmo podía parecer justificación suficiente para no pagarlo en adelante, aun habiendo entrado en producción. Un cultivo, porque fuera nuevo, como hasta entonces no estaba sometido a la obligación del pago del diezmo, podía escapar a su carga. El cultivo intercalar asimismo podía escapar al control del producto creado, y el cerramiento o cercado también podía ser una frontera que detuviera a los recaudadores. Asimismo eran formas habituales del fraude los cobros discrecionales, fuera por debajo del tipo o por debajo de la magnitud del bien sometido a gravamen. Tanto los arrendatarios del diezmo como la administración que los cedía, podían tener suficiente con ingresar lo que los grandes productores, fácilmente identificables en cada población, les satisfacían, sin esforzarse en un control del fraude en el que pudiera incurrir el productor marginal, que probablemente causaría un costo mayor que el posible ingreso que proporcionara.
En el arzobispado del sudoeste, la resistencia al pago del diezmo no se documenta con menos facilidad, aun sin que quien se interese por él se lo proponga. Está en el origen de la prestación. En 1255, en el privilegio que concede la renta a la iglesia romana, es precisamente este argumento la causa que justifica su regulación. Es cierto que para entonces era ya un tópico normativo, y que mucho después, en 1410, se sigue aludiendo al mismo problema en términos muy parecidos a los de siglo y medio antes.
Parece que en la baja edad media los comportamientos abiertamente opuestos al diezmo llegaron a ser más activos que el fraude espontáneo. Una parte de ellos al menos se puede interpretar como una parte de la competencia entre poderes que caracterizó aquella época en región. En 1404, los diezmos de las villas y lugares de un señor no encontraban quien se hiciera cargo de su arrendamiento porque quienes podrían hacerlo le tenían miedo. Los candidatos a la recaudación, dicen los testimonios, temen que los maten, los acuchillen o los deshonren. Por la misma razón, el cabildo igualmente tenía dificultades para encontrar fieles que los cogieran, cillas para el pan, lagares o tinajas para el vino.
No obstante, los diezmos de menudos de la primera de las villas de aquel señor pudieron arrendarse, lo que degeneró a las consecuencias que se habían previsto. A quienes estaban recaudándolos algunos hombres que estaban en la población los acuchillaron e hirieron de tal manera que les rompieron el cuero y les sacaron sangre. La razón de tan violenta oposición a los diezmos a principios del siglo XV, según el cabildo, era que había señores que pretendían para sí los diezmos de sus señoríos -que algunos de vos queredes las rentas para vos, son sus palabras-, y para conseguirlo se valían de la acción violenta de hombres a su servicio.
La resistencia al pago desde posiciones de fuerza iría extendiéndose en línea descendente en la escala de los poderes. En 1423 fue un veinticuatro, título que distinguía a los regidores vitalicios del regimiento de la capital, quien puso dificultades para pagar los diezmos de los frutos que Dios le ha dado, mientras que todavía en 1441 los vecinos y moradores de las principales villas de un señor se resistían a dezmar bien y derechamente; aunque afortunadamente, para entonces, la oposición ya solo daba origen a debate y contienda entre el cabildo y el señor sobre fraudes y colusiones y encubiertas.
En 1547 la oposición al diezmo se habría naturalizado como defraudación: “[…] Juan Ortiz, en nombre del deán y cabildo de la santa iglesia de la ciudad […] dice que los diezmeros, y personas que son obligados a diezmar […] sin pagar el dicho diezmo de lo que cogen, llevan el pan a sus casas, y lo venden, y hacen de ello lo que quieren; y cuando el arrendador de los dichos diezmos lo va a recibir, no le pagan lo que deben, y lo que le dan, es de lo postrero que cogen, y de las granzas que hacen; y caso que por justicia les quieren [sic] medir sus trojes, para que paguen bien el diezmo, como lo tienen ya vendido, y comido, no lo pagan […].” Aunque se acepte cierta deformación interesada de los hechos por parte del declarante, parece que las prisas por comercializar a mediados del siglo XVI saltaban por encima de las leyes de diezmos y las insistentes amenazas de excomunión.
Para 1568, cuando Juan de Mal Lara publicó en la capital de la región su Filosofía vulgar, la resistencia se había instalado en liquidar el diezmo debido con el producto de más baja calidad. En la centuria segunda de su obra, registra en estos términos el refrán 17: Los diezmos de Dios, de tres blancas sisar dos, y añade que, a pesar de que el Evangelio dice que Lo que es de Dios daldo a Dios, y lo de César a César, no lo tenían en cuentan los que habían de pagar los diezmos de todo lo que estaba santificado a Dios, y procuran dar lo peor que tienen, porque no consideran ser aquello presente para Dios, sino para personas.
A partir de la segunda mitad del XVI, la defraudación se concentraría en acciones que no contravinieran abiertamente las leyes de diezmos. De 1589 es una relación de vecinos originarios de la capital que habían dejado de pagar en ella su mitad con la justificación de que en 1580 el hacedor que fue a una población a poner las rentas había dicho que todos habían de pagar sus diezmos en donde vivieran, lo que solo era parcialmente cierto según las leyes de diezmos vigentes. Y aquel mismo 1589 el cabildo se vio obligado a cobrar en fieldad los diezmos de un cortijo que sus dueños habían arrendado con la condición de que no habían de pagarlos, para lo que de ningún modo disponían de títulos.
Pero todavía en 1590 sobrevivía buena parte de las fragilidades de los sistemas de recaudación. Para dejar de pagar los diezmos de aquel año, ciertos diezmadores no declararían lo que debían pagar, aun habiendo llegado el tiempo en el que debían hacerlo. El cabildo estaba seguro que muchas veces se perdía su hacienda por no acudir con tiempo para cobrar, reflexionó, y que si con alguna hacienda se había de tener puntualidad era con los diezmos. Después de alzados y cogidos, a quienes debían liquidarlos se les hacía de más el pagarlo, y aunque para lo pasado la demora ya no tenía remedio, la experiencia debía servir para que aquel año se acudiera al cobro sin retraso. Dando por descontado que habría algunas personas que con poco temor de Dios y de sus conciencias no declaren lo que cogieren, creyó conveniente adelantarse e instruir a uno de sus vicarios para que avisara en caso de que algo así sucediera con el diezmo del vino. Si fuera necesario, estaba dispuesto a enviarle desde la capital una comisión del juez eclesiástico para que procediera contra los que no quisieran declarar, al tiempo que visitaba las bodegas y por los afueros ver lo que debieren de diezmo.
Aun así, a pesar de que se esforzara por aparentar severidad frente a la ocultación, tuvo que conceder a los recaudadores que en ocasiones actuaran con flexibilidad. A quienes debían recaudar unos diezmos de pan administrados en fieldad instruyó que procuraran cobrarlos en grano, y que, si no fuera posible, en moneda, que los tarifaran a la tasa, el precio máximo legal, de escasa autoridad en los mercados; y, si ni aún así consiguieran cobrarlos, que hicieran que los deudores al menos se obligaran por escrito a pagar en el futuro los que debieran. Al mismo tiempo, de ciertas fieldades, para dos lugares diferentes, tenía que reconocer que muchas personas habían quedado debiendo sus diezmos, así por no haberlos declarado como porque los que declararon no los pagaron enteramente.
Pero según avanzara la época moderna, la resistencia se iría resolviendo a través de pleitos en los que era necesario acreditar documentalmente los derechos a la exención o a la rebaja que se pretendieran. Una de las iniciativas que era motivo de controversia jurídica, incluso de jurisprudencia contradictoria, era la que afectaba a las tierras que, habiendo estado dedicadas al cultivo, se convertían en pastizal. Para más complicación, solía ocurrir que las decisiones arbitradas por los tribunales en estos casos oscilaban según lugares.
Se puede pues interpretar que con el paso del tiempo la resistencia al pago de los diezmos se iría civilizando y reduciendo el margen de sus posibilidades, aunque todavía en 1604 la administración episcopal se lamentaba de su supervivencia, y en 1661 el labrador de un cortijo se resistía a pagar el diezmo del ganado que Dios nuestro señor le ha dado. Cabe pensar que, según fuera avanzando la época moderna, las formas de la resistencia al pago del diezmo quizás no causaran un daño serio al ingreso de la renta, tanto menos cuanto más la renta diezmal y sus medios de coerción se fueran consolidando, e incluso podrían considerase pruebas de las escasas posibilidades de defraudación que tenía a su alcance el obligado al pago. Claro que también es posible conjeturar que la resistencia al pago de los diezmos pudo civilizarse gracias a una corrupción secular persistente, naturalizada y tolerada, resultado del equilibrio que se hubiera alcanzado entre quienes podían imponer un pago reducido de sus productos, porque la fuerza de la concentración como labradores se hubiera ido imponiendo en la producción agropecuaria, y los perceptores de unos ingresos que eran lo suficientemente grandes como para satisfacer una holgada supervivencia del beneficio.
Sean unas u otras las razones de la defraudación, o el grado y el alcance que conociera en cada momento, para el valor que el diezmo tenga como medio para conocer el tamaño del producto basta sospechar que el pago se defraudaba para anular su valor como indicador. La permanente amenaza de fraude que revelan los testimonios es suficiente para que, al menos tratándose del procedimiento, se admita que en todas las cifras que se relacionen con la recaudación hay un vicio de origen que las invalida.
Edward Gibbon
Publicado: enero 14, 2019 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Nació en Londres en 1737 y murió en la misma ciudad en 1794. Por ser de familia con patrimonio suficiente, pudo dedicarse al estudio. Ingresó en Oxford, y allí empezó su formación superior. Pero su momentánea conversión al catolicismo le valió la expulsión de la universidad. De inmediato dio muestras de su peculiar inteligencia. Decidió que a partir de entonces mantendría una actitud crítica ante la religión, y durante el resto de su vida se mantuvo fiel al principio que la necesidad le había dictado.
Decidió su padre enviarlo al continente para que completara su formación, y efectivamente, gracias a sus viajes, a los conocimientos que adquirió, pero sobre todo a su pasión por la lectura, que hizo compatible con su inquietud, consiguió colmar su juventud con una excelente educación. Fue un rendido lector de los clásicos griegos y latinos, de la literatura histórica que se escribía en su tiempo y de modernos como Locke, Montesquieu, Hume y Voltaire. Llegó a establecerse en Lausana, Suiza, donde pudo conocer al Voltaire más estable, sereno y admirado, y posteriormente se introdujo en los círculos ilustrados del continente, que con el tiempo serían los que de manera decisiva marcarían su obra. No obstante, en 1790, ya al final de su vida, se mostró abiertamente enemigo de la revolución francesa. Consideraba a los revolucionarios los nuevos bárbaros, y se opuso a la idea de un gobierno popular y a las “locas ideas sobre los derechos y la igualdad natural del hombre.”
Fruto de sus viajes es el proyecto original de su gran obra, que rememora así: “Fue en Roma, el 15 de octubre de 1764, meditando entre las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando me vino por primera vez a la imaginación la idea de escribir la decadencia y la caída de la ciudad.”
De vuelta ya en Inglaterra, a partir de 1768 emprende la redacción de aquel proyecto. Pero hasta 1776 no sería publicado su primer volumen, que apareció ya con el título definitivo que mantendría toda la obra, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, denominación que declara el deseo de emulación de la obra de Montesquieu, de quien sobre todo estima la energía de su estilo – es su propia expresión – y la audacia de sus hipótesis, de la que sin embargo por muchas razones debe ser distinguida.
La obra tuvo un gran éxito inmediatamente, y en poco tiempo se vendieron tres ediciones de ella. Admirador de Hume, y reconociéndose discípulo suyo, hizo llegar a este el primer tomo que se publicara. Hume lo leyó, y lo apreció tanto que honró a Gibbon con una visita a su casa de Londres poco antes de morir. Fue el impulso definitivo para el fecundo narrador, quien finalmente entregaría un total de seis volúmenes de la obra, cuya publicación se prolongaría hasta 1788.
La Historia de Gibbon es una enorme historia del imperio romano entre 180 y 641, más una síntesis de la historia bizantina, en relación con toda la historia medieval, que alcanza hasta su final, en 1453. Está basada en un excelente conocimiento de las narraciones antiguas y toda la historiografía sobre el tema aparecida hasta su tiempo, circunstancias ambas que le permiten manejar muchos datos que, aunque no sean de primera mano, pueden ser tan precisos como poco conocidos. Solo por esta virtud su obra debe ser reconocida como una gran investigación y, para algunos, la auténtica primera obra moderna de historia. Considera la decadencia romana independiente de los progresos acumulados hasta entonces por la humanidad, porque mientras el poder de la ciudad desapareció estos no se perdieron. Cree que la causa de la caída del imperio romano fue el cristianismo, que lo habría desnaturalizado y corroído.
Tan ingente obra tuvo enorme valor para el desarrollo de la manera de pensar que puede ser más adecuada para crear un relato histórico. Está sostenida sobre un fondo teórico que procede de los grandes pensadores del siglo XVIII, y es un excelente ejemplo de cómo es posible conseguir un relato completo del pasado, en todas sus manifestaciones, gracias al apoyo de un sólido sistema de ideas. Inspirado por este impulso, enuncia el siguiente juego de palabras que sin embargo puede ser tomado por un principio. Ya que los filósofos no siempre son historiadores, que al menos los historiadores sean filósofos. Por eso su manera de ver el trabajo historiográfico, como en el caso de Montesquieu, ha sido también llamada historia filosófica. En su opinión la historia humana es un proceso de constante progreso acumulativo, aunque puedan ocurrir retrocesos accidentales. Cree que el progreso humano está unido a las actividades que el hombre despliega para garantizarse la subsistencia.
En realidad, lo que ocurre con su procedimiento es que igualmente quiere explicaciones sobre los hechos que, al tiempo que puedan descubrir los factores de los comportamientos, satisfagan la condición de ser racionales. Por eso sigue a Montesquieu y se propone un tema gigantesco, e intenta encontrarle una explicación satisfactoria. Como aquel, ordena con sentido jerárquico las razones en las que debe ser fundada la secuencia explicativa, deduciendo la causa general de las parciales que tras el examen de cada circunstancia hayan sido extraídas.
Pero sobre todo la obra de Gibbon debe ser apreciada por su calidad literaria. Lo que a Gibbon le valió el éxito fue su alta capacidad como escritor. Irónico y racionalista a un tiempo, en el fondo lo mueve que siempre está dispuesto a elaborar una frase brillante, fruto genuino de su admirable e infinita elocuencia. Por eso su obra se estima como una de las cumbres de la lengua inglesa y una de las primeras de cualquier época.
Supervivencia de la servidumbre
Publicado: enero 7, 2019 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: ensayo Deja un comentarioG. Valparaíso
Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.
Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.
Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.
Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.
La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.
Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.
Naufragio
Publicado: diciembre 31, 2018 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Era el náufrago de una embarcación enorme, de aquellas que cuesta mantener a flote; tal es su volumen, tanto su peso. Apenas disponen de capacidad para seguir navegando, parásitas de sí mismas. Imposible que se propongan empresas ambiciosas que sobrepasen el gasto necesario para seguir sosteniéndose sobre el agua. Se diría que solo navegan para evitar que las lleven al dique seco.
Antes había servido en otras, y simultaneaba su trabajo en la gran embarcación con viajes menores en barcos de menor calado. Eran empresas a las que no concedía la menor importancia, en ocasiones hasta aventuras algo insensatas que incluso su ocupación más delicada habían puesto en peligro. Mantenía sin embargo de manera estable cierta actividad que con la tierra lo unía siempre, y que le aseguraba la subsistencia. No era aquel ligero deber incompatible con ninguna de sus arrojadas travesías, ni con las más ambiciosas, ni con las más atolondradas.
Tras el naufragio, había navegado en solitario durante años y sin rumbo. Se alimentaba de milagro. De la catástrofe había conseguido salvar por azar algunas reservas de la nave; que no pone la mar embravecida al alcance lo que es de necesidad para seguir existiendo, sino aquello que nada a la vida añade y hasta le resta y la entorpece. Era no obstante su principal aliado en aquellos primeros días de lucha por seguir en la vida su particular reserva alimenticia, que más que algo era nada, y por eso resta de necesidad, gramos de menos para el consumo que al depósito del gasto a cada momento sumaba. Porque hay alguna química ni siquiera imaginada que transforma la voluntad de negarse el alimento en energía y coraje, y ayuda al ingenio y a la búsqueda de medios para seguir procurándose la ración cotidiana. Aprendió así artes de supervivencia altamente económicas y muy productivas.
En la balsa donde sobrevivía una tienda se construyó. Poco más que la tienda con la que los desterrados protegieron su tesoro más preciado cuando se vieron en el trabajo de atravesar el desierto. Apenas los vientos resistía, el agua la mantenía siempre húmeda y por ella pasaba sin que hubiera medio de impedirlo, y el sol más tibio sería solo nube que la envolviera.
Ahora desde allí veía pasar los barcos que cruzan el mar de un lado a otro, las naves aventureras, y sobre que ninguna reparaba en su presencia él las dejaba seguir adelante con una sonrisa en los labios. Le bastaba verlas para que supiera cómo eran por dentro, quiénes sus tripulantes, del aparejo y las provisiones; también del capitán y de sus gentes, y de todo cuanto unos y otros pensaban. Sin querer se había convertido en una gozoso faro errante cuya luz solo para él iluminaba. Bien sabía que aquel era su destino y que en ningún lugar, de ningún modo, encontraría más equilibrio.
Polibio
Publicado: diciembre 24, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Nació en Megalópolis, de la Arcadia, hacia el 208 según unos o en torno al 200 para otros. Hijo de militar y educado por militares, su juventud estuvo marcada por la dedicación a la política desde muy joven. Su actividad tuvo como escenario la Liga Aquea, y ya en 181 fue enviado como embajador a la corte de Alejandría. En el año 168, concluida la batalla de Pidna con la derrota de los griegos por los romanos, Polibio, con otros vencidos, incurrió en la sospecha de no haber mantenido una actitud favorable hacia los vencedores, comportamiento que parece inapropiado solo entre los derrotados. Aquellos decidieron como represalia que mil aqueos serían objeto de investigación, para que pudieran ser esclarecidas las circunstancias que llevaron a la citada batalla. Con este fin fueron deportados a Roma en calidad de rehenes. Entre ellos llegó Polibio.
Instalados en Roma, contra los pretendidos desafectos no fue formulada acusación precisa ni abierto juicio alguno, y al contrario durante años pudieron disfrutar de absoluta libertad de movimientos. El juicio que a los analistas merece aquel trato es que con aquellos hombres por primera vez se habría experimentado la política de desarraigo que terminó siendo tan característica de la política exterior romana. Pero la sorprendente posición en la que por esta causa quedó Polibio fue el origen del curso de los acontecimientos que decidieron la parte principal de su vida. El vencedor de Pidna, Emilio Paulo, se lo reservó para que actuara como preceptor de sus hijos, entre los que estaba el adoptado Publio Escipión. Así surgió una fructífera amistad que a Polibio le permitió adquirir una privilegiada posición. De Escipión Emiliano procedería el motivo que terminaría justificando su obra, por efecto de la relación con tan selecto núcleo político quedó convertido en utilísimo mediador diplomático entre Grecia y Roma, y, gracias a aquella fortuna, vivió en inmejorable posición entre dieciséis y dieciocho años en la que ya era la capital del Mediterráneo. Pero lo que en el fondo tal vez tuviera consecuencias más prolongadas en su caso, juzgando por la obra que hasta nosotros ha llegado, es que por vivir entre aquellos hombres entró en contacto con el estoicismo, la doctrina defensora del esfuerzo y del dominio sobre los sentidos.
Volvió a Grecia cuando la ficción creada tras la batalla de Pidna ya fue insostenible, y protagonizó al poco su más conocida iniciativa mediadora entre sus compatriotas y Roma, necesaria tras el saqueo de Corinto de 146. Viajó por Galia y por Hispania, y periódicamente retornó a Roma, ya convertida en su segunda patria. Pero el viaje que terminaría teniendo las consecuencias más relevantes para su obra fue el que realizó en compañía de Escipión hasta Cartago entre los años 147 y 146. El militar había recibido el encargo de terminar definitivamente con la oposición púnica y puso sitio a la ciudad. En su compañía Polibio pudo asistir al final de la historia de la única potencia que llegó a competir con Roma por el dominio del Mediterráneo occidental. Es probable que todavía realizara otro viaje de alto contenido político y militar, igualmente acompañando a Escipión al sitio de Numancia en el año 133.
Aunque la fecha más probable de su muerte los analistas la creen comprendida entre el año 125 y el 120, según una leyenda le habría sobrevenido poco después del año 118 a consecuencia de la caída de un caballo. Sea una u otra la causa cierta, de lo que no cabe duda es de que disfrutó de una larga y fecunda existencia, hecho que la leyenda pretende enfatizar explicando que el final de su existencia fue accidental.
Algunos pretenden que llegó a escribir un texto sobre el sitio de Numancia del año 133. Sobre que no ha dejado rastro, en su contra actúa que tal probabilidad está sostenida por la semejanza con el origen de su obra conocida, unas Historias al parecer inspiradas por su asistencia al fin de Cartago. De aquella colosal visión habría recibido el mayor estímulo para escribir en su lengua natal, el griego, un ambicioso texto al que dedicaría los últimos años de su vida. El resultado de cuanto escribió quedó organizado en cuarenta libros con el propósito declarado de contar cómo Roma había llegado a ser la gran potencia del Mediterráneo. Relata la extensión del poder de la ciudad sobre tierras cada vez más alejadas de ella entre 221 y 146, una cronología a la que da unidad la secuencia bélica que va del comienzo de la segunda guerra púnica hasta el final de la tercera, aunque la exposición de los antecedentes incluye el relato de la primera, iniciada el año 265.
Que la línea argumental de su relato estuviera definida con precisión no le impidió detenerse a cada tanto en especulaciones y teorías, entre otras las específicamente dedicadas a problemas de método, muy directas. Es también de interés su relación paralela de todos los pueblos que hasta su tiempo habían entrado en relaciones con Roma, que va presentando según el mismo riguroso orden cronológico que guía el relato. A este propósito hace excursos geográficos y da noticias exóticas de países lejanos. Pero, de ellos, el que con razón ha sido más comentado es el de la evolución cíclica de las formas de gobierno, una teoría de la civilización probable efecto de la influencia que sobre él tuvieron las ideas estoicas.
Dice que las formas de gobierno son tres, monarquía, aristocracia y democracia, las cuales describe y a favor de cuya respectiva solidez argumenta razones. Pero sostiene que se suceden sin remedio porque también inevitablemente se corrompen y degeneran. En su opinión, el origen del gobierno es producto de una catástrofe natural. Porque los hombres viven como animales se agrupan en torno a los más valerosos y fuertes con el fin de crear la primitiva monarquía. Esta se convierte en realeza cuando la adhesión al que ha sido admitido como primero es consecuencia del reconocimiento de su superioridad intelectual. La realeza a su vez degenera a causa de la tiranía, contra la cual ciertos grupos reaccionan para dar origen a la aristocracia, que por su parte se degrada como oligarquía. El enfrentamiento a la oligarquía da origen a la democracia, que finalmente puede descender hasta oclocracia o gobierno de las masas, momento a partir del cual la existencia de las sociedades humanas de nuevo se desliza hacia la vida animal, para así abrir otro ciclo político.
Su decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas para obtener información veraz está inducida por otra previa, más general, aunque quizás las cosas podrían justificarse en el sentido inverso. De sus especulaciones, a pesar de todo frecuentes en su texto, la más valiosa para la teoría historiográfica es la que enuncia las que considera las tres cualidades necesarias para escribir la que denomina historia pragmática, directamente relacionadas con las fuentes que el historiador en su opinión debe manejar. Dice que para escribirla en primer lugar es necesario haber estudiado la obra de otros, después conocer los países de los que se desea tratar y por último tener experiencia en la vida política y militar. Se limita a la historia de la que es contemporáneo, porque de este modo es posible interrogar a los testigos de los hechos sobre los que escribe. A su vez eso podría vincularse con otro de los principios que sostiene: el historiador debe ser un hombre de acción, lo que es tanto como decir político y militar. Esta sería la condición previa que justificaría que alguien se dedicara a escribir historia.
De todo esto se deduce que el texto histórico, también para Polibio, estaría cerca de lo que actualmente entendemos por memorias. El relato debe estar basado en hechos, si no vividos, sí al menos por contemporáneos que para él puedan actuar como testigos oculares que los recuerden. El conocimiento directo de los hombres relacionados con los hechos es necesario. Pero siendo esta la fuente principal o preferente no es la única a la que Polibio recurre. La visita a los lugares que el relato debe presentar tendrá que convertirse en escenario de los hechos, sobre todo los que fueron campos de batallas, que analiza con detenimiento como experto militar. También basa su relato en fuentes narrativas, que ocasionalmente discute y rechaza, así como recurre a la indagación de documentos. De Polibio podría decirse por tanto que usa todos los medios de información a su alcance y que nunca los utiliza sin criticarlos.
El modo de presentar al lector su historia es más abierto que el de sus predecesores en lengua griega. Tiene el propósito de contar los sucesos militares y políticos tal como sucedieron, eludiendo emociones y sentimentalismos. Si llegara a rendirse a alguna pasión, solo podría justificar el historiador su pasión por la verdad. Su método prevé con rigor esa posibilidad. El objetivo que pretende alcanzar es doble, enseñar cómo fueron encadenándose las causas que dieron origen al hecho que estudia y deducir de ahí las reglas convenientes para la acción política y militar. Pretende que la historia sea un medio de formación política. Quiere dar consejo a los políticos y enseñar a los lectores por ejemplos cómo soportar las vicisitudes de la fortuna. Está poseído por un fuerte sentido moral de la vida, razón por la cual llena su relato de juicios sobre los comportamientos. Se complace en narrar a un tiempo conquistas y virtudes.
Por su obra conservada se le reconoce gran capacidad para comprender los acontecimientos que vivió. Desea aclarar cómo, cuándo y por qué ocurrieron los grandes hechos. Los analiza e indaga sus causas, a las que llega interpretando los antecedentes. Nada, sea probable o improbable, sucede sin una causa, y busca de manera sistemática las responsables de los acontecimientos. Las aísla con buen sentido y las encuentra en los dirigentes, pero sobre todo en la organización política y en las instituciones de gobierno de cada país. Solo cuando no encuentra mediante la investigación antecedentes que permitan explicar las causas, estas son atribuidas a la fortuna, que a veces parece azar y otras providencia. Admirador confeso de Roma, reconoce que la fortuna tuvo una significada responsabilidad en su éxito. Pero por otra parte es un decidido partidario de eliminar de la explicación causal la intervención de los dioses. Pensaba Polibio que cuando un autor recurre a explicar sucesos como consecuencias de factores sobrenaturales solo intenta ocultar su ignorancia.
Fundamentalmente interesado por la veracidad, pospone el valor literario de su obra, lo que es una excepción entre los historiadores de la antigüedad, aunque no puede oponerse de manera radical al principio de composición de la obra según las normas de la correcta expresión escrita. Se esfuerza por ser claro y ordenado, y su narración es sencilla, sin artificios retóricos. No es partidario de la dramatización del relato histórico, pero tampoco del puro encadenamiento de datos. Carece de la estimada elegancia de los prosistas que antes que él se habían expresado en la lengua que a él le sirvió para escribir. Para unos su lectura es agradable por fácil, mientras que para otros resulta finalmente monótono. Ya entre los antiguos tuvo fama de ser incapaz de mantener la atención del lector hasta concluir cada paso del relato. Su obra fue desconocida durante la edad media.
Jeroboam I de Israel
Publicado: diciembre 17, 2018 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
Enfrentados ya Jeroboam I, el primer rey de la Israel secesionista, y el heredero de Salomón, Roboam, temió aquel, casi tanto como que lo mataran que su enemigo volviera a poseer todo el reino, si el pueblo continuaba subiendo a ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. Tomó entonces el titubeante reciente rey consejo sobre qué hacer, y decidió que, para evitar que la parte del pueblo sobre la que proyectaba su dominio se volviera a Roboam, debía hacer dos becerros, que efectivamente por un artífice fueron ejecutados como imágenes de madera chapadas de oro, a imitación del becerro que encontró Moisés tras su ausencia a causa de la epifanía de Yavé que lo sedujo.
Dijo a continuación a su pueblo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. No estaba falto de sentido lo que el rey nuevo decía, aunque puedan parecer sus palabras una condenable caída en la idolatría. En absoluto pretendía su patrocinador que los becerros fueran representaciones de Yavé. Los toros alados, que la escritura llama querubines, eran símbolo legítimo de la presencia del dios único. Al igual que el arca, que constituía el trono de Yavé en el templo de Jerusalén, y más aún los querubines que allí había, que extendían sus alas sobre el arca custodiada en el primer santuario de la monarquía hebrea, estas figuras fueron concebidas no en calidad de dioses, sino como peana o pedestal sobre el que se entronizaría el invisible Yavé en los nuevos templos que Jeroboam había previsto promover, ateniéndose a una antigua tradición que ya hemos aludido.
Si se hubiera pretendido representar a Yavé en los dos becerros, los profetas del norte no habrían dejado de alzar su voz en contra. Pero por aquella primitiva ascendencia no fueron atacados ni por Elías ni por Eliseo, tampoco por Jehú ni por Amós, aunque rindiéndose al argumento de la ambigüedad el profeta Ajías, el contemporáneo de Jeroboam que le había adelantado su poder, los condenó, tanto como el autor del Deuteronomio. No falta tampoco una tradición, a la que es menos fácil identificar porque nos ha llegado anónima por efecto de reserva del nombre que la autoría original decidiera, aunque en apariencia sea asequible sospechar su procedencia, que niega que los becerros pudieran ser interpretados en modo alguno por imágenes de Yavé.
Pero el problema que de esta decisión podría derivar, precisamente a causa de la ambigüedad, era que para aquel momento desgraciadamente el becerro, en ocasiones para las que el tiempo modifica el ser toro, era utilizado ya como la representación y símbolo popular del dios Baal, e iba asociado a los cultos a la fecundidad a los que sus adeptos se entregaban con tanta pasión. De ahí venía el peligro de que aquellas imágenes pudieran inducir a error y hacer que los israelitas más superfluos se deslizaran hacia una grosera confusión de Yavé con el becerro, y por tanto con Baal. Era muy cierto el riesgo de sincretismo rayano con la idolatría que incluía esta decisión. El fenómeno venía haciendo estragos en las tierras de Judá incluso desde tiempos de Salomón, y los hechos posteriores se encargarían de confirmarlo. Las violentas reacciones de los profetas llegaron a Israel, por supuesto en tiempos de Elías, en el siglo IX, pero quizás ya en tiempos del mismo Jeroboam. En términos teológicos, la responsabilidad en la que habría incurrido Jeroboam al hacer los dos becerros, estaría en haber duplicado un culto hasta entonces concentrado en el arca, símbolo legítimo de la presencia divina. El Libro primero de los Reyes expresamente la reconoce en la semejanza entre los dos medios elegidos para expresar un mismo símbolo.
El proyecto de Jeroboam, sin embargo, en modo alguno era rechazar a Yavé y orientarse hacia otros cultos, sino que estaba dictado por motivos políticos. Con una decisión como esta pretendía neutralizar la atracción que el templo de Jerusalén, el centro del que a partir de ahora sería reino de Judá, pudiera seguir ejerciendo sobre su pueblo. Se esforzaba Jeroboam en guardar dentro de su reino las manifestaciones de fidelidad religiosa de los israelitas, a través de las cuales podría dar unidad a las tribus del norte y asegurarse su lealtad, al paso que podría sumar a sus ingresos los beneficios derivados de las peregrinaciones.
Mientras fundaba el reino separado de Israel, Jeroboam promovió centros religiosos propios, para que actuaran como rivales de Jerusalén, aunque aquella iniciativa, más allá de sus intenciones, llevó a los hebreos al borde del cisma religioso, una vez consumada la ruptura política.
Para acometer con éxito su proyecto nacional, se concentró en la recuperación de los santuarios de las tribus. Berseba, Guilgal y otros cuyo nombre desconocemos, fueron lugares elegidos con aquel fin, y de los hechos del santuario de Lais, a la que sus conquistadores pusieron por nombre Dan, conocemos la historia de sus accidentados orígenes.
Un hombre llamado Miká, que habitaba en la montaña de Efraim, quitó a su madre cierta cantidad de plata que sin embargo más tarde le devolvió, por lo que Yavé lo bendijo. Decidió entonces la madre destinar parte del metal a la fabricación de un ídolo, el mismo que Miká puso luego en un santuario que tenía, junto con un efod y algunos terafim, a los que entonces consideraban, según parte de la exégesis, ídolos domésticos. Completó el hombre su fundación haciendo sacerdote del santuario a un hijo suyo, lo que desde luego convenía a la recta administración del patrimonio de la familia. Pero acertó a pasar por allí un joven levita, y en conciencia Miká, que sabía que el sacerdocio de este origen era más aceptable para Yavé, decidió ofrecer a tan autorizado hombre el puesto santo y diez siclos de plata al año, el vestido y la comida. No está claro que el levita dudara y es seguro que aceptó.
Mientras tanto, cinco hombres de la tribu de Dan, que emigraba hacia el norte, hombres valientes de Sorá y Estaol, se adelantaron para explorar tierras libres donde su gente pudiera establecerse, pues hasta aquel día a Dan no le había tocado heredad entre las tribus hebreas. Llegaron a la montaña de Efraim y pasaron en ella la noche. Como estaban cerca de la casa de Miká, recurrieron al joven levita, al que conocían, para que consultara a Yavé y saber si su exploración llegaría a buen fin. “Id en paz -les dijo el sacerdote-, el viaje que hacéis está bajo la mirada de Yavé”.
Partieron y llegaron a Lais, ciudad situada en el valle que se extiende hacia Bet Rejob, donde vieron que allí las gentes vivían seguras, tranquilas y confiadas, según las costumbres de los sidonios, aunque lejos de ellos quedara Sidón, y que nada les faltaba de cuanto la tierra produce. Volvieron a donde estaban sus hermanos y les comunicaron tan felices noticias, al tiempo que los apuraban para que cuanto antes todos pudieran tomar posesión de aquel país.
Seiscientos danitas bien armados emprendieron la expedición definitiva. En su viaje hacia la que había de ser su tierra de promisión acamparon la primera noche en Quiryat Yearim y luego llegaron hasta la montaña de Efraim. Ya en la casa de Miká, los cinco exploradores informaron a sus compañeros que allí había un efod, unos terafim y un ídolo de metal fundido. Aguardaron los seiscientos con sus armas de guerra en el umbral de la puerta, donde asimismo quedó a la expectativa el levita que allí encontrara empleo, y en la casa entraron los cinco y cogieron el efod, los terafim y el ídolo de fundición. “¿Qué estáis haciendo?”, les reprendió el sacerdote. “Calla -le contestaron-, pon la mano en tu boca y ven con nosotros. Serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Prefieres ser sacerdote de la casa de un particular a ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?”. Se alegró con la invitación el corazón del levita, tomó el efod, los terafim y la imagen y se abrió un hueco en medio de la tropa. Así todos tomaron el camino definitivo a Lais, colocando en la cabeza de la expedición a las mujeres, los niños, los rebaños y los objetos preciosos.
Estaban ya los danitas lejos de la casa de Miká cuando sus vecinos le dieron noticia de cuanto acababa de suceder en ella y salieron todos en persecución de aquellos. Logró Miká alcanzarlos y les apeló: “Me habéis quitado a mi dios, el que yo me había hecho, y a mi sacerdote, al que yo había investido. Vosotros os marcháis y a mí ¿qué me queda?”. Los danitas le respondieron: “Calla de una vez, no sea que irrites a algunos, caigan sobre vosotros y pierdas tu vida y la de tu casa”. Los danitas siguieron su camino y Miká, viendo que eran más fuertes, se volvió a su casa.
Tomaron pues los danitas el dios que Miká había fabricado y al sacerdote que le servía y marcharon contra Lais, pueblo tranquilo y confiado. Pasaron a cuchillo a la población e incendiaron la ciudad. Nadie vino en su ayuda porque estaba lejos de Sidón y no tenía relaciones con los arameos. Reconstruyeron después los danitas la ciudad y se establecieron en ella, y erigieron para sí la imagen que había hecho Miká, y allí permaneció mientras estuvo en Silo la casa de Dios.
Pero los santuarios que recibieron la mayor atención del nuevo reino del norte fueron los localizados en Dan y Betel, centros de culto famosos desde antiguo. Creados, levantados y organizados como santuarios reales, marcaban los límites del nuevo reino, y mientras que el establecido en Dan debía actuar como el centro religioso del norte, el de Betel debía serlo del sur. El acto de consagración de cada uno de los dos santuarios como los principales del nuevo reino estuvo marcado por el destino dado a los dos becerros que Jeroboam mandara hacer, que de este modo adquirieron todo su sentido. Puso Jeroboam uno de los becerros en Betel, y el pueblo fue con el otro hasta Dan. Además, para estimular su respectivo desarrollo, Dan y Betel fueron concebidos como santuarios rivales.
Poco más que el detalle de la erección del becerro en el santuario conocemos sobre el culto practicado en Dan durante la monarquía. Sí es seguro que en el viejo santuario de Lais se consiguió rendir culto a Yavé, pero parece que en un estilo poco ortodoxo, porque los danitas se sirvieron del efod para consultar a Dios y pretendieron que por este procedimiento de él recibían respuesta. Pero sobre lo ocurrido en Betel es más lo que sabemos, gracias a que cumple de manera muy satisfactoria los objetivos políticos que con esta iniciativa se había marcado el nuevo rey. Betel era un lugar idóneo para erigir un santuario por su situación, que podía atraer con facilidad a los peregrinos que marcharan hacia el sur en busca de Jerusalén. Además, podía presentar como credencial a su favor, frente a la capital de Judá, que durante siglos había sido ciudad sagrada, debido a su asociación con los patriarcas, y que por tanto había sido meta de peregrinaciones antes de que Jerusalén fuera una ciudad controlada por los hebreos. Por eso Betel se convirtió en el santuario nacional del reino del norte.
Los cambios patrocinados por el advenido monarca al principio quedaron restringidos al símbolo, porque por lo demás mantuvo que su pueblo debía seguir en la práctica de la religión que ya le era propia. Pero luego fueron tomadas ciertas decisiones en relación con el culto que modificaron aquella decisión inicial. Todo indica que en Betel fueron instituidos los primeros altos a los que rindieron culto los hebreos, porque este tipo de lugar santo por primera vez es mencionado como original del reinado de Jeroboam. Los altos levantados en Betel fueron completados con la construcción de un templo y con al menos un altar con cuernos. A partir de aquí, empezaron las complicaciones para el nuevo monarca de Israel.
Subió Jeroboam con ocasión de sus cambios al altar que había hecho en aquellos altos. Para celebrar la dedicación del nuevo templo iba a ofrecer sacrificios al único becerro que junto a sí había mantenido, y sobre el altar quemar incienso, un día quince del mes octavo. Coincidía la fecha elegida con la fiesta de las Tiendas, que seguro el lector recordará por haber sido la misma en que fue celebrada la dedicación del templo construido por el rey sabio y rijoso. Ensoberbecido Jeroboam, había discurrido por su cuenta instituir aquel mismo día de la dedicación una nueva fiesta para los israelitas, aunque parecida a la fiesta de Judá, lo que de inmediato por algunos fue juzgado como intencionada confusión.
Así las cosas, un hombre de Dios llegó a Betel procedente de Judá por orden de Yavé. Encontró a Jeroboam de pie sobre el altar, dispuesto a quemar el incienso. Siguiendo la orden que de Yavé había recibido, aquel hombre se dirigió al altar en estos peculiares términos: “Altar, altar, Yavé te anuncia que ha nacido en la casa de David un hijo de nombre Josías que sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los altos, a quienes queman incienso sobre ti, y que huesos humanos quemará sobre ti. Esta señal de que así ocurrirá Yavé te adelanta: te romperás y la ceniza que hay sobre ti será derramada”.
Cuando Jeroboam hubo oído lo que el hombre de Dios decía al altar de Betel, desde encima del altar, extendiendo su mano, ordenó prenderle. Mas la mano que había levantado contra el profeta quedó seca y no pudo volverla hacia sí. Al instante el altar se rompió y toda la ceniza que sobre él había quedó esparcida, según la señal pronosticada de orden de Yavé por aquel hombre de Dios.
Le pidió entonces Jeroboam, sobrecogido por su poder, que aplacara el rostro de Yavé para que su mano pudiera volver sobre él. Y eso fue lo que hizo el hombre de Dios. Aplacó el rostro de Yavé y retornó la vida a la mano del rey, quien quedó tan bien como estaba antes de que la maldición le hubiera anticipado la muerte a una parte de su cuerpo, una de las que por más móvil puede parecer de las más vivas.
Invitó el impresionado Jeroboam a aquel misterioso hombre a que entrara en su casa, con el ofrecimiento de que lo reconfortaría y le haría un regalo. Sin embargo, con orgulloso desprecio hacia la modesta hospitalidad generosa -reacción que con frecuencia provoca manejar las palabras divinas, que es algo muy parecido a jugar con las cartas marcadas- le replicó el hombre de Dios: “Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar, porque así me lo ha ordenado la palabra de Yavé: `No comerás pan, ni beberás agua, ni volverás por el camino por el que has ido´”. Y se marchó por un camino distinto al que lo había conducido hasta Betel, dejando a Jeroboam caviloso aunque reconfortado por la íntima satisfacción que produce declarar la sincera generosidad en el extremo de la desolación.
Pero Jeroboam por nada de esto retornó de su desviado camino. A los altos de Betel adscribió sacerdotes a su iniciativa investidos que constituyeron un clero propio también para su templo, sacerdotes del común del pueblo, tales que no habían sido tomados de entre los hijos de Leví. Ellos serían los que encargados de ocuparse del culto al becerro que allí había entronizado. Persistió en esta manera de nombrarlos y a todo el que lo deseaba lo investía, favor que solo la casta sacerdotal debería dispensar. A tanto llegó el desorden en este campo que en Betel hubo profeta que se ocupó del culto, con lo que invadía el terreno de los sacerdotes, una actitud a la que se opuso Amós, el primero de los profetas escritores. Y todavía algún texto añade a modo de acusación, sin duda rayando con sus alegaciones en el exceso, que hizo sátiros para los nuevos cultos. No queda del todo claro por la lectura si fueron hombres que esta particular forma sagrada representaron o solo imágenes. Más probable parece lo segundo, aunque no por eso deba admitirse como más cierto, porque sí es segura la interpretación que lee que para servicio de los sátiros habrían sido adscritos los mismos sacerdotes que innovaban la composición regular del clero por promoción exclusiva del rey.
A decir del texto sagrado también para los altos habrían hecho cipos. Pero este es un rasgo de los cultos promocionados por Jeroboam sobre el que se duda. No hay más pruebas de que Jeroboam introdujera esta versión del culto a la fecundidad en Israel que la que aporta el autor del Libro primero de los Reyes, cuando alude a los cipos en el transcurso de la exposición de los hechos de aquel reinado. Es muy probable que quien esta parte del texto escribiera lo hiciera a mucha distancia, desde el año 560 o más tarde aún.
Toda esta manera de actuar hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam, y esta fue la causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra. Con toda certeza, se cumpliría la palabra que por orden de Yavé aquel hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que había en las ciudades de Samaria. Visitaría Yavé el altar de Betel, sus cuernos serían derribados y caerían por tierra, y castigaría a Jeroboam y su descendencia. Sacudiría la casa de invierno con la casa de verano, se acabarían las casas con mobiliario o paredes adornados con incrustaciones de marfil y muchas más casas desaparecerían.
El arrendamiento de los diezmos
Publicado: diciembre 3, 2018 Archivado en: J. García-Lería | Tags: economía agraria Deja un comentarioJ. García-Lería
Aforado el producto en perspectiva, en el arzobispado superpuesto sobre la región suroccidental los procedimientos para proseguir con la recaudación del diezmo en lo fundamental eran dos, el arrendamiento y la fieldad.
El arrendamiento consistía en transferir temporalmente el derecho a la percepción de una renta a un interesado en su recaudación, ajeno a la administración eclesiástica, mediante subasta pública. No faltaban aspirantes a disponer de la posibilidad, y para los titulares de la prestación tenía la ventaja de que los descargaba de costos y les aseguraba su ingreso. La confluencia de ambos propósitos fue la responsable de que se convirtiera en el procedimiento preferido para la recaudación de los diezmos y de que este rindiera regularmente.
El Libro de casa de cuentas es la fuente más directa para desentrañar cómo se arrendaban las rentas. El recopilador que redactó estas ordenanzas, que fueron el código para la gestión de los diezmos regionales desde fines de la edad media hasta su extinción, se concentró en prever y poner a punto las posibilidades de tal método, tanto que casi todo está dedicado a regularlo, aunque lo fundamental sobre él se encuentra en las cincuenta primeras normas. Basta leer su encabezamiento para reconocerlo: Leyes y condiciones con que se arriendan y cogen las rentas de los diezmos de esta ciudad y su arzobispado.
De este texto hemos localizado cuatro versiones. La más antigua, a juzgar por su escritura, tal vez esté cerca del original no solo por razones de precedencia. La segunda es una copia solemne, iluminada, ya de pleno siglo XVI, aunque con los rasgos de arcaísmo que se pueden esperar de los trabajos con pretensiones. Una nota suelta en su interior lo data en 1572, a la vez que cerca la fecha de redacción del ejemplar más antiguo al afirmar que esta recopilación se hizo por decisión del cabildo en 1495. La tercera es ya una copia del último tercio del siglo XVII. Difiere de los anteriores en que incluye como addenda normas nuevas, de los siglos XVI y XVII. La cuarta, que parece de principios del siglo XIX, es una transcripción del texto más antiguo. No obstante, el valor de esta fuente, aun desde su perspectiva, es limitado. Si hay que juzgar por los ejemplares conocidos, es necesario reconocer que es muy válida como una instantánea del momento en que fue recopilada, fines del siglo XV, aunque solo parcial para la época moderna. Las decisiones que modificaron o ampliaron su contenido, que nada pudo evitar que fueran necesarias, tomadas por el cabildo en uso de su autoridad, aunque se lo propusieran los receptores de las versiones más recientes nunca fueron refundidas con lo que ya se había recopilado.
En plena época moderna, para arrendar un diezmo se partía del nombramiento de un prebendado que se trasladaba a la población sede de la vicaría cuyas rentas se iban a ceder. A partir de aquel momento, era llamado hacedor por la propia administración de las rentas diezmales. Llevaba consigo una carta general que lo acreditaba y le otorgaba poder para dirigir las subastas. El administrador de la vicaría a la que llegaba debía publicarla y fijarla después a la puerta de cada una de sus iglesias.
Antes de partir, al hacedor se le advertía de que el cabildo había decidido que debía seguir al pie de la letra las órdenes que se le daban en el cuaderno que le entregaban. Redactado en la capital, primero recopilaba el valor que hubiera alcanzado el año anterior en el último remate cualquiera de las rentas de la vicaría parroquia a parroquia. La relación del valor que las rentas hubieran alcanzado cuando definitivamente se adjudicaba debía proporcionarle, junto con las tazmías, los criterios con los que tasar las rentas del año en curso cuando salieran al mercado de las subastas.
Además, se le recordaba que, antes de ofrecerlas, debía hacer públicas las instrucciones para actuar, así como las condiciones bajo las cuales se podía aspirar al arrendamiento. Con este fin, se le entregaban por escrito dos pliegos de normas, uno impreso y otro manuscrito. El impreso, en cuyo encabezamiento deán y cabildo de la catedral insistían en declararse administradores únicos y perpetuos de los diezmos del arzobispado, contenía las instrucciones más generales. Actualizaba y resumía las leyes de diezmos recopiladas a fines del siglo XV por lo que se refería al arrendamiento. Debía leerlas para que se supiera lo que preveían, y de haberlas publicado tenía que devolver testimonio, mientras que más adelante el notario de la vicaría dejaría constancia de que las condiciones ordinarias, las nuevamente añadidas y las prevenidas en el cuaderno del hacedor habían sido publicadas en el lugar donde se iban a celebrar las subastas, y que se habían hecho saber por dos veces en los sitios públicos de la población. Las manuscritas eran específicas y tenían un contenido muy práctico. También se le encargaba que cuando los arrendadores plantearan alguna discrepancia no tomara decisión alguna sobre cualquiera de ellas, sino que los remitiera a la contaduría mayor. Terminaba el cuaderno con otra relación, bajo el título de diezmos exceptuados, a la que precedía la última orden. Antes de ofertar las rentas, el hacedor haría publicar que se exceptuaban los diezmos cuya relación seguía, de lo que también debía devolver testimonio.
La concurrencia a las subastas era abierta, tanto que el hacedor publicaba, además de un mandato para que no prendieran a los aspirantes a arrendatarios que aún debieran diezmos, que igualmente podían estar seguros en la capital el día del último remate, un día antes y otro después. Pero había vetos a la concurrencia, derivados de las responsabilidades públicas, fueran civiles o eclesiásticas, y de las que se tuvieran en la gestión de los diezmos. Ningún alcalde mayor, corregidor, alcalde ordinario, alguacil, veinticuatro, jurado, caballero, escribano de concejo o de justicia, notario del consistorio o de rentas, oficial de la mesa arzobispal, capitular o de la fábrica de la catedral podía pujar ni ser admitido a las rentas, ni otros por ellos. Además, el cabildo, por auto capitular del 17 de enero de 1731, había mandado que en ningún caso pudieran arrendar administradores, notarios de rentas diezmales ni tazmeadores, directa ni indirectamente. Si lo hacían, quedaban de inmediato desposeídos de sus respectivos empleos.
El arrendamiento efectivo de cada diezmo empezaba por las ofertas que hicieran los interesados en hacerse con su recaudación. Las leyes de diezmos, para ponérselo fácil a los licitadores, incluían un calendario para la subasta de las rentas que coincidía con el de la maduración previsible de los frutos, cuando el monto de las cosechas y los esquilmos era evidente. Entre el 15 de junio y el 1 de julio para los cereales, según las zonas, entre el 1 y el 8 de septiembre para el vino, el 30 de octubre para el aceite o el 1 de mayo para corderos, queso y lana eran las fechas principales.
Las fases regulares de la subasta eran dos, una de primera adjudicación y otra de último remate. Para evitar equívocos, sus plazos y los lugares donde se desarrollaría cada una, desde las instrucciones que llevaba consigo y hacía públicas el hacedor quedaba claro que en primera adjudicación se rematarían un día en la población sede de la vicaría, y que algunos después, en la capital de la región, se completarían los remates finales. Pero no era necesario que todas las rentas agotaran este circuito. Porque unas podían adquirir un valor satisfactorio sin salir del mercado local, y otras cuando iban a la capital no conocían mejoras. También podía ocurrir que la primera adjudicación ocurriera en la capital, que las pocas que no se adjudicaran en la capital se remitieran a la población, donde se remataban en la primera fase, o que las subastas finales ocurrieran en la población y no fuera necesario ultimarlas en la capital. Pero todas, invariablemente, concluían su circuito administrativo en el marco de los mercados de venta de las rentas diezmales de la población que las generaba, donde siempre se cerraban formalmente.
A la primera fase de la subasta la documentación suele llamarla poner en estrados, en alusión a la formalidad legal del acto. Por mandato del hacedor y orden del administrador, y a consecuencia de otra de los contadores mayores del cabildo, los estrados se publicaban dos veces en los sitios públicos de la población sede de la vicaría, para que llegaran a noticia de los posibles arrendatarios y saber si habría alguien que deseara hacer postura en la renta. Si no aparecía quien hiciese alguna, ni en poca ni en mucha cantidad, el administrador ordenaba diferir los estrados para la mañana del día siguiente. Si tampoco al día siguiente comparecía en ellos quien hiciera alguna postura, ordenaba entonces que los estrados quedaran para la tarde del mismo día, y en caso de que tampoco compareciera nadie, la subasta quedaría desierta, y sería necesario devolverla a la capital y tomar las decisiones que, si se consumara definitivamente la imposibilidad de la cesión, desembocaban en la fieldad.
Calculado el producto con mucha aproximación, gracias al ajuste del calendario de las subastas a la maduración de los frutos, y para lo que le sobraban datos y experiencia, al licitador solo le quedaría ofrecer una cantidad por debajo del diezmo que se esperaba obtener, de manera que pudiera extremar su beneficio. Era dando por segura esta táctica como se incentivaba la puesta en marcha del mecanismo de la subasta. En su desarrollo, al valor tasado, híbrido del último remate del año precedente y la tazmía, a su vez excepcionalmente modificado por cambios de valor de última hora, se le irían deduciendo cantidades, por ejemplo de 5 en 5 o de 10 en 10 unidades, hasta encontrar un postor. A partir del momento que lo encontraba, su postura era ya una renta cierta, la primera cifra que estaba dispuesto a pagar por un diezmo un arrendatario. Reiteradamente, el notario de diezmos de la vicaría, cuando dejaba constancia de que se había puesto estrados una renta de acuerdo con las formalidades exigidas, a aquella adjudicación la llamaba remate a la vara. Así concluía esta primera fase y la cifra de la postura se convertía en la cantidad generatriz del resto del proceso.
El licitador que aspiraba a arrendatario, en caso de que consiguiera hacerse con la renta en primera instancia, se aseguraba pagar al cabildo una cantidad desconectada del producto estimado, en la medida en que a lo largo de la primera fase de la subasta el nivel que se había creído que podía alcanzar la renta iba descendiendo según se demoraba la licitación. Al tiempo, pretendería cobrar a los obligados a la prestación todo lo que le permitiera el tipo que correspondiera. El cabildo, como responsable de los intereses de todos los partícipes, no renunciaría a ingresar el óptimo correspondiente al tipo, y, por su parte, el diezmador siempre aspiraría a pagar por debajo del tipo, un deseo que lo enfrentaría con el licitador y el cabildo. La adjudicación de la postura fijaba pues el momento de máxima divergencia entre los intereses que se enfrentaban en el diezmo arrendado. Como consecuencia de este trance, las fuerzas en pugna contaminaban el procedimiento de subasta con unos intereses que lo cargaban con el mayor grado de complejidad.
Para amortiguar los efectos de la subasta a la baja, gracias a la cual solo se había conseguido captar a un arrendatario potencial, el cabildo catedralicio, que era juez y parte, arrebataba la iniciativa a quienes ya se habían adjudicado la renta. El medio del que se servía era la apertura, en el mismo momento en que quedaba fijada la postura, de una segunda fase de la subasta, durante la que solo se admitían ofertas para modificar al alza el valor ya consolidado, las que el lenguaje de la gestión de los diezmos llamaba pujas o mejoras, una vez que en la vicaría se había hecho público que el último remate de cualquier renta se haría en la capital el día previsto para cada una en las leyes de diezmos, y que quien quisiera mejorar con una puja una renta podía hacerlo incluso el día señalado para el remate hasta media noche.
Cualquier puja debía hacerse ante los hacedores o los administradores de las vicarías, tanto si estaban los hacedores en las poblaciones como si no, y solo era válida y se admitía si se presentaba por escrito ante el escribano o el notario de rentas, quienes mantenían al día sus registros de este proceso, y la relación y memoria de las mejoras que en las rentas se hacían, así como del estado en el que cada una se encontraba, y si alguna vez dos personas pujaban ante el hacedor o el administrador con presencia del escribano o notario, la puja que valía era primera. Pero el gestor de los diezmos, aun actuando con todo su rigor, para asegurarse la mejor opción todavía se reservaba concluir esta fase decisiva con discrecionalidad. Si el cabildo, o los contadores en su nombre, creían conveniente prorrogar el plazo del último remate que se hubiera publicado, siempre que no pasara de ocho días, lo podían hacer, sin que por ello los arrendatarios que hubieran pujado la renta quedaran liberados de las posturas o pujas que hubieran hecho. Asimismo, el cabildo, por alguna causa o solo por su libre voluntad, aunque una renta se hubiera pujado, podía decidir que de ella no se consumara el último remate, lo que equivalía a detener la subasta en el valor que creyera conveniente. En ese caso, como se daba por ninguno lo que en la renta se hubiera hecho, los que hubieran pujado no podían pedir la remuneración de las pujas que hubieran ganado. Gracias a estas excepciones, en la práctica, el cabildo, por último, disponía de todo el poder para adjudicar el arrendamiento de una renta según su criterio.
Para estimular la concurrencia de licitadores a esta fase definitiva, e incentivar sus pujas, se consentían los prometidos, un beneficio de la décima parte del montante de cada mejora que conociera la postura, que sería reconocido como beneficio legal del arrendador al que finalmente se le adjudicara la renta. Era un expediente habitual durante la época moderna, reconocido por las leyes que regulaban el arrendamiento de todas las rentas que se adjudicaban mediante subasta.
Las mejoras de la postura que podían hacer los licitadores habrían de ser siempre 1/3 (tercio), 1/5 (quinto) o 1/10 (diezmo) de su valor y de las sucesivas pujas que se fueran acumulando, siempre que no alcanzaran los 75 cahíces o 900 fanegas en las rentas de los cereales y los 9.500 maravedíes en las que se ingresaban en dinero. En el supuesto de que estas barreras se sobrepasaran, la postura y las pujas agregadas se podrían además mejorar en solo 1/20 (medio diezmo), así como ofertar cantidades de dinero hasta alcanzar un valor redondo, como dos mil reales o tres mil trescientos, que era lo mismo que trescientos ducados de cuenta. Cada uno de los tipos de puja, a excepción del primero, que mejoraba la postura, incrementaba el valor de la mejora antecedente en la cantidad que expresaba su denominación. Así, por ejemplo, se podía ofertar un diezmo o mejora del 10 % del valor de la postura, y a partir de aquí medio diezmo o 5 % del diezmo anterior, mejorar el diezmo y medio antecedente en un quinto y el quinto antecedente en un tercio.
Las pujas terminaban cuando nadie mejoraba la última, lo que automáticamente adjudicaba la recaudación de la renta al último postor y situaba el diezmo a un nivel que, aritméticamente, era el resultado de sumar a la postura el monto de cada una de las pujas que se hubieran ofrecido. Como consecuencia de las circunstancias que en cada caso modificaran las ofertas, los resultados de la acumulación de las pujas podían ser muy diferentes. En una renta poco competida, en el primer remate la postura había sido adjudicada en 44.642 maravedíes, y solo fue mejorada en un tercio, 14.880, de manera que el total quedó fijado en 59.522, un cálculo que tenía en cuenta que la administración de los diezmos siempre redondeaba despreciando los decimales. Pero en otra, muy competida, ocurrió que la postura había quedado rematada en 17.000 reales. La primera mejora fue de un tercio, y las siguientes un diezmo, otro diezmo, otro diezmo, medio diezmo, un diezmo, otro diezmo, medio diezmo, otro diezmo y otro diezmo, de modo que el total ascendió a 48.692 reales. Todos estos hechos, en cada caso, los registraba el notario de los diezmos de la vicaría en un cuaderno de pujas y remates, y finalmente certificaba el valor alcanzado por cada renta en los últimos remates.
Tanto de las posturas comprometidas como de todas las pujas que se hacían, cada concurrente debía otorgar contrato ejecutivo con las condiciones, renuncias y sumisiones que eran regulares en cualquier escritura de obligación. Al suscribirlo se comprometía a someterse expresamente a la jurisdicción de la capital, tanto eclesiástica como seglar, y a renunciar a cualquier fuero al que pudiera acogerse, a la pragmática de sumisiones más reciente y a cualquier privilegio o exención que tuviera. También aceptaba que, si actuara sin tener autorización acreditada para el cobro de la renta, la cobrara como suya y la cogiera, podía ser preso, prendado y ejecutado por la jurisdicción de la capital, fuera eclesiástica o seglar. Y aunque, de acuerdo con el compromiso antecedente, no podía oponerse a la ejecución, si por derecho debía serle admitida su oposición a ella, debía presentar a su costa el contrato original. De lo contrario, su oposición sería ninguna y no podía ser oída.
Pero, sobre todo, para su garantía, quienes pusieran en precio cualquier diezmo debían afianzarlo tal como estaba previsto en las leyes de la casa de cuentas. Ni el administrador ni el notario apostólico de la vicaría en modo alguno podían dar rentas a una persona sin que con ella se obligaran otras, y todas como principales y de mancomún. Tanto si fueran de primera adjudicación como por cada puja de mejora, para que fueran admitidas las fianzas debían ser de al menos dos personas. Luego todos los arrendamientos quedaban encomendados a sociedades.
Las que se constituían podían ser inestables y fluctuantes. Es más probable que estuvieran anudadas por el principio de fidelidad y resultaran estables y cerradas. Pero no era infrecuente que uno de los asociados, cuando subían las pujas, abandonara a su consocio, quizás presa del vértigo, y este tomara a otro que al menos dotara a la sociedad de la solvencia, cuando menos aparente, que necesitara para prosperar. El empeño al que la mayor competencia conducía restringía el número de rentas al que una sociedad podía aspirar, y era menos probable que una sociedad monopolizara todas las locales de un mismo bien, aunque esta siguiera siendo una posibilidad al alcance de una parte de las iniciativas. Sin embargo, para la solidez de las sociedades que los arrendatarios constituían ningún factor parece tan decisivo como el horizonte de rentabilidad que se podía abrir ante ellos si dispusieran de la décima parte del producto.
Si todo ocurría según lo previsto, con la verificación de las fianzas concluía el procedimiento de la cesión de las rentas. El notario de los diezmos de la vicaría las certificaba, y toda la documentación del arrendamiento, por último, quedaba en su poder. Pero todavía la aplicación de una norma podía provocar la repetición de la segunda fase de la subasta.
Cuando las rentas no se afianzaban, los postores y pujadores incurrían en quiebra, instrumento punitivo dirigido a imponer seriedad y rigor a las mejoras ofertadas por quienes pujaran. Tendría la virtud de poner al descubierto lo que hubiera de ficticio en las posturas y las cadenas de pujas, y cuáles eran los arrendatarios transitorios o testaferros que actuaban solo con fines especulativos, fundados en la esperanza de recompensar su intervención al menos con los prometidos. Por la misma razón, sería lo más adecuado para anudar bien, antes de intervenir en una subasta, las alianzas societarias.
Consumadas las quiebras, las rentas eran adjudicadas al licitador antecedente. Así, llegado el momento de afianzar una, un adjudicatario del último remate no la afianzó en el plazo que se le había concedido. Fue publicada la quiebra y la renta recayó en el pujador inmediato anterior, responsable de la mejora más alta precedente, quien tampoco la afianzó. De nuevo fue publicada la quiebra y se actuó, tal como estaba previsto, igual que en la quiebra previa. Tampoco el tercer pujador en orden descendente, que resultó ser asimismo el primer quebrado, pudo afianzar la renta. Otra vez publicada, finalmente fue afianzada por el que seguía en el mismo orden, que resultó ser el primer pujador en la segunda fase de la subasta.
Cada uno de los pretendidos arrendatarios que incurría en quiebra quedaba obligado a pagar a los partícipes la mejora que había ofrecido, en el mismo plazo y en los mismos términos que las rentas principales. Si eran quiebras en la renta del pan, debían pagarlas en grano, como se debía pagar la renta principal, sin que se pudiera alegar que no se había tenido intervención en la renta o que se pagarían a la tasa porque esta era la costumbre. Quienes así argumentaban no eran oídos en juicio ni fuera de él, y podían ser presos, prendados y ejecutados por la cuantía de la quiebra tal como se procedía por la renta principal y en los mismos plazos, tanto por un juez eclesiástico como por uno civil de la capital, de la misma manera que si hubieran suscrito uno de los contratos requeridos.
La secuencia descendiente de las quiebras a veces podía ser tan larga que no solo hiciera caer la renta hasta el primer pujador del último remate. Porque no hubiera mucho margen para retroceder –por no haber ponedor antecedente-, el resultado podía ser que el arrendamiento quedara al descubierto, sin que hubiera posibilidad de adjudicarlo a algún responsable. En ese caso, la renta recaía al torno de la almoneda, es decir, retornaba al mercado de las subastas, y de nuevo en estrados, a partir de un precio inferior, era pujada y adjudicada según estaba reglado.
La vuelta al mercado normalmente debía emprenderla una renta por la falta de fianza, de manera que el retorno a estrados sería un drástico ajuste a su demanda efectiva. Pero también podía estar causada por incumplimiento de la abstención. Si una vez rematada una renta se sospechaba que cualquiera de los que tenían prohibido arrendar había participado en la adjudicación, podía ser nulo el remate, quebrar la renta y quienes hubieran incurrido en aquella irregularidad debían pagar la puja o pujas que hubieran hecho, tras lo cual se consumaría la vuelta al mercado. Así ocurriría, por ejemplo, cuando el administrador de los diezmos de una vicaría consiguió adjudicarse una renta valiéndose de un traspaso como subterfugio.
El retorno también podía ser consecuencia de que alguna renta fuera sospechosa de colusión entre los arrendatarios, y así lo comprobaran los contadores del cabildo. Un excusado, a través de una sociedad formada por vecinos de otra población, participó en la subasta del arrendamiento de su propia renta, y consiguió que se rematara en él, en sociedad con su hijo, aunque finalmente una fuerte pugna por hacerse con ella se la arrebató. En casos así, bastaba la declaración de los contadores del cabildo para que a continuación abrieran de nuevo la renta, la devolvieran al mercado y admitieran las pujas que se hicieran. Podían hacerlo fundados en su propia autoridad, sin citar, llamar ni oír a los arrendatarios, quienes no podrían ir contra ella, ni por habérseles quitado la renta podrían apelar, suplicar ni reclamar por vía alguna, aunque fuera de fuerza. Además, los adjudicados perdían los prometidos y las pujas que hubieran ganado, y debían devolver sin pleito ni debate los frutos que de la renta ya hubieran cobrado.
Pero la vuelta al mercado de una renta no siempre tenía que ajustarse a los planes del cabildo como precursor de los intereses de los partícipes. De ahí que en la respuesta a estos contratiempos también se reservara la última decisión. No solo quedaba sujeta a su voluntad cuando afectara al incumplimiento del veto a participar en el arrendamiento de las rentas, tal como se afirma expresamente. En todos los casos, si una renta que hubiera vuelto al mercado de las subastas era adjudicada a su último nuevo pujador, mientras este o los que hubieran pujado en ella no hubieran sacado el documento que los autorizaba al cobro, quienes en el anterior remate frustrado la hubieran pujado, aunque en su momento no lo hubieran hecho, ahora de nuevo tenían la oportunidad de afianzarla y sacar el documento acreditativo que les permitiera cobrarla si el cabildo lo creía conveniente, sin que los que hubieran pujado en la vuelta al mercado ganaran las pujas que hubieran hecho.
La consecuencia de tanta discreción era que se podían provocar situaciones tan singulares que el cabildo, paradójicamente, actuara contra lo que formalmente estaba cumpliendo la norma. Rentas que se pujaban siguiendo el procedimiento regular y eran afianzadas por los adjudicatarios del último remate, sin embargo eran recogidas en administración a consecuencia de una orden del cabildo. Por las anotaciones de los contadores en algunos casos se deduce que todo había ocurrido de manera tan regular que incluso los pujadores ganaban las mejoras que habían licitado. Debió tratarse de decisiones del último momento, en las que el cabildo se viera en la necesidad de no defraudar ninguna de las expectativas creadas, sin perjuicio de que su actuación resultara contraria a los intereses del adjudicatario del arrendamiento.
Tucídides
Publicado: noviembre 26, 2018 Archivado en: Redacción | Tags: historiografía Deja un comentarioRedacción
Nació entre 460 y 455 y murió hacia el 400 antes de la era, aunque algunos hacen ostentación de ser más precisos diciendo que la muerte le llegó poco después del 399. A otros les basta con retrasarla hasta el 395. Aristócrata ateniense por su cuna, la posición económica de su familia cuando su vida empezaba era muy satisfactoria, porque sus miembros al menos participaban en la administración de unas minas de oro en Tracia, la tierra que más resolvería sobre su vida. Su educación estuvo guiada por sofistas, aquellos denostados maestros que anteponían la brillantez al rigor de sus enseñanzas. De lo que aprendiera durante su infancia se ha conservado una forzada leyenda, que siendo aún niño lloró de emoción cuando tuvo la oportunidad de oír a Herodoto recitar pasajes de su obra, manera mítica de responsabilizar de sus actos al prodigio.
Durante el año 431 empezaron las sangrientas hostilidades entre Atenas y Esparta, las principales ciudades griegas entonces, las que decidirían la suerte de las tierras helénicas para lo sucesivo. La guerra que así se iniciaba también marcaría el resto de la vida de Tucídides. En parte por consecuencia natural de su nacimiento, en otra por voluntad, parece que desde muy joven tuvo una decidida vocación política. Desencadenada la guerra, por fin el año 424 alcanzó el deseado nombramiento de estratego en Atenas, poder delegado por vía constitucional que había de ejercerse con medios y fines militares. Pero lamentablemente fracasó en el desempeño del encargo recibido. Aquel mismo año fue derrotado en la siniestra Tracia.
Pero aún habría de sufrir la humillación, porque el desastre que lo había hundido fue acrecentado con el inmisericorde escándalo. El demagogo Cleón lo acusó de traidor. No solo tuvo que dejar la política, sino que por efecto de aquella acusación fue condenado a un severo destierro de Atenas. No podría volver a la ciudad hasta que la guerra en la que tan estrepitosamente había fracasado no hubiera concluido. Veinte años tardaría aún en volver la paz a las tierras griegas, los mismos que Tucídides hubo de permanecer exiliado precisamente en Tracia.
Fue a consecuencia de aquella derrota personal, con el triste ánimo que se le puede suponer, desolado y resentido, que decidió hacerse historiador. El objeto de su relato sería aquella guerra que enfrentaba a Esparta con Atenas. En ella se había visto envuelto y de ella había sido actor, por ella había de sufrir el peso de una cruel ley durante los mejores años de su vida. Como aquel azar adverso lo había convertido en forzado espectador de ella, aprovecharía su excelente punto de vista sobre todo con el fin de rehabilitarse.
Inició este proyecto en la tierra de su ostracismo y a él se dedicó durante algún tiempo, hasta que por fin pudo volver a Atenas. Es muy probable que a ella retornase el mismo 404, cuando terminó el conflicto, cumpliendo así escrupulosamente la pena que se le había impuesto. Pero una parte de los que han estudiado su vida piensan que antes recibió la reparación de la amnistía, y que esta debió corresponderle en un momento que no son capaces de precisar, aunque con seguridad estiman comprendido entre 406 y 403.
Instalado por fin otra vez en su ciudad, el trabajo que se había convertido en el objeto principal de su existencia colmó lo que le quedaba de vida. De nuevo en el centro del conflicto recién concluido, porque este era su asunto, en poco tiempo adelantó mucho su obra, que incluso tuvo ocasión de revisar. Mas no pudo concluirla en los términos que precisamente se había impuesto, aunque por el resultado conocido, como en el caso de Herodoto, se puede decir que la condujo a plena satisfacción hasta el objetivo que se había propuesto al iniciarla, propósito por entero a su alcance. Murió en opinión de algunos asesinado, dudoso testimonio que tal vez solo sea la forma a la que llegó la idea que algunos concibieron, que lo más adecuado era simbolizar en un llamativo acto, al tiempo irreversible y resolutivo, su trágico destino.
El texto que dejó es comúnmente conocido con el nombre de Historia de la guerra del Peloponeso, el mismo que la siempre devota tradición ha conservado junto a su reverenciado nombre. Así se ha aceptado porque es conocido como Guerra del Peloponeso el conflicto que enfrentara a Esparta con Atenas entre 431 y 404, el objeto de sus preocupaciones. Este es el asunto único del que trata.
La organización del texto con relación al tiempo parece desordenada, pero está fundada en razones. Empieza por anunciar las nefastas consecuencias que habría de tener aquella guerra, para de inmediato emprender una evocación de sus antecedentes, que remonta al pasado más lejano del que tiene noticia, la evolución de Grecia desde la prehistoria hasta fines del siglo VI. A continuación estudia la crisis de los años del 435 al 432, lo que le obliga a volver atrás de nuevo para contar la formación de la potencia ateniense entre 479 y 435. Por fin, tras este excurso, comienza el relato de la guerra año por año hasta 411, momento en que el texto quedó interrumpido. En suma, se podría decir que donde acaban las Historias de Herodoto comienzan las de Tucídides.
Por cómo la narración está justificada algunos defienden que la Historia de la guerra del Peloponeso en realidad pertenece al subgénero que hoy se llama de memorias, más apreciado por su condición de testimonio directo o primario que por su valor historiográfico. Siendo acertada la observación, sin embargo no sería correcto reducir esta obra a una exposición de opiniones. Bajo cualquier consideración su alcance ha sido mucho mayor. El rigor del relato de Tucídides, que ha terminado siendo su atributo mejor valorado pasado el tiempo, está fundado sobre la selección de sus fuentes. Su elenco es más restringido que el de Herodoto, con el que sin embargo comparte la admisión de determinados medios, pero del que lo separa en este asunto una actitud más exigente.
Sin duda su observación personal, así como su experiencia, fueron los medios principales por los que obtuvo su información. Así puede ser deducido de la lectura de su texto. Pero en su caso esta personal manera de presentar los hechos puede ser motivo suficiente para sospechar una interesada deformación de los acontecimientos. No es esta su opinión. Por observar las cosas desde la lejana posición de un desterrado, equidistante de los bandos que se enfrentaban en la guerra, Tucídides se consideraba a sí mismo en idóneo puesto de observador del objeto que se propuso. Pero por la causa de aquel lamentable estado es más probable que fuera inspirado por el resentimiento cegador.
Hay que reconocer en su favor que su exposición está sujeta a la ecuanimidad y la serena actitud ante los hechos que relata, e incluso por la fría presentación de hechos en bastantes ocasiones, lo que da crédito al principio de crítica que propugna para depurar la información proporcionada por personas. Dice que como fuente no vale cualquier opinión, ni siquiera la opinión propia, sino el hecho de que el narrador en determinadas situaciones hubiera estado presente, y que para otros haya podido conocer e interrogar a testigos con la mayor exactitud. Obtenida así la principal información, aún sería necesario contrastar las declaraciones obtenidas mediante distintos testimonios.
Hay quien cree que en el fondo de este proceder pudo estar su propio diario. Es probable que en cuanto estallara el conflicto ente Esparta y Atenas empezara a tomar notas, ya con la idea de escribir sobre sus causas, y que incluso acometiera la redacción de algunos episodios. La precisión del relato permite pensar así. La estimación personal de aquellas anotaciones pudo ser una razón más que suficiente para sostener que la información de testigos debe ser la prioritaria para la reconstrucción escrita de hechos políticos y militares. Desde luego puede ser cierto en muchos casos que el interés personal alcance el grado de regla o principio, bajo el cual puede quedar protegido. Pero fuera o no el impulso que recibiera la generalización de Tucídides, debe serle reconocido que así funda la teoría del procedimiento de crítica de las fuentes, conquista suficiente para concederle que en este momento sería improcedente cualquier juicio sobre su sinceridad. Tampoco es posible llegar más allá. Lamentablemente la valoración del texto de Tucídides por este parámetro no puede ser hecha con el rigor que con seguridad a su autor le hubiera complacido. La exactitud de sus testimonios se nos escapa por completo porque sobre la Guerra del Peloponeso no se ha conservado otra narración directa que no sea la suya.
Para presentar las demás fuentes a las que recurre no es necesario extenderse tanto, porque a su relato contribuyen en menor medida que la información que los testigos le proporcionan. Es como Herodoto partidario de la visita a los lugares de la acción, en su caso con preferencia los escenarios de batallas, para situarlos y describirlos, y también como aquel recurre al análisis de algunos monumentos. Consulta también documentación de archivo, que ocasionalmente analiza y cita. Pero lo que en su caso marca la mayor distancia de Herodoto es que excluye cuanto pueda derivar de mitos o de creencias populares. Como Herodoto, investiga a partir de sus fuentes, pero su esfuerzo por resolver las contradicciones entre los testimonios es mayor. No expone hecho que no esté apoyado en al menos uno.
Es característica peculiar del texto de Tucídides que los personajes protagonistas declamen ocasionalmente extensos discursos, que detienen la narración. Los críticos han contado hasta cuarenta y cuatro piezas de esta clase insertas en su vulgata. No son copia literal de exposiciones o arengas, sino materia apócrifa, textos que el propio autor reconoce ficticios si se toman literalmente, algo sorprendente en un hombre que tan severo se muestra en el uso de las fuentes.
Sin embargo para todo puede componerse una explicación, y quien no lo haga es que ha sido víctima de la pereza, nunca de la inmoralidad. También para estos textos a veces cita Tucídides su procedencia, que suele ser documental, de donde es legítimo deducir que la base de los discursos de Tucídides la habrían proporcionado indirectamente sus autores. Con excelente criterio, para no devaluar la prosa con el expeditivo lenguaje de la administración, una parte de los documentos escritos que estuvieron a su alcance no fueron literalmente recogidos en el texto, sino preferentemente vertidos a la forma del discurso. Por este procedimiento los documentos fueron sometidos a las reglas de la oratoria, lo que equivale a ponerlos a la altura de la mejor prosodia. Por boca de los protagonistas el lector podía conocer ciertos hechos debidamente contados. El lector, beneficiado por este artificio, debe tolerar la invención del procedimiento, y relevar al autor del pecado de ingenuidad. Así la oratoria quedó autorizada como recurso del relato a partir de entonces, hasta el punto que llegó a ser característica de la narración clásica. Ocurriría en consecuencia que los discursos nunca son auténticos, pero sí veraces.
Mas el análisis de las declamaciones intercaladas en el texto de Tucídides permite descubrir que todavía fueron útiles a otros fines. Sirvieron también para que el lector dedujera la personalidad de los protagonistas, y también para que el autor pudiera retratarlos. Muchas veces es notorio que por el discurso el autor tiene la intención de presentar de la manera más viva actitudes que podrían explicar las decisiones tomadas por los responsables de la acción, destacarlas y así extremar la posibilidad de su comprensión. Pero a veces a esto añade, aunque de la forma más sobria, reflexiones mediante las que expone de modo directo sus criterios, sus opiniones y hasta su posición política sobre los hechos que son presentados. Los discursos, que suponen que el lector conoce e interpreta que son un artificio literario, están pues al servicio de la indagación de las causas.
Su concepción de la historia se desvía de la que inspira a Herodoto. Tucídides llama al pasado arqueología, culta manera de conducir el problema hacia el irresoluto nominalismo. Lo que él entiende por historia es una materia que debe ocuparse de narrar acontecimientos vividos por el autor. Busca en los hechos de su tiempo lecciones útiles. Más allá del valor de su testimonio le induce a escribir una convicción pedagógica. Para él, conocer el pasado es útil para tomar decisiones en el futuro. Estaba convencido de que el estudio del pasado proporcionaba las reglas para actuar en el presente. Habla de la ley de los sucesos humanos como garante de la igualdad o semejanza entre lo sucedido y lo que pueda ocurrir. Cree que la historia de la humanidad es un proceso constante, un camino abierto a una mayor perfección y hacia el bienestar; que los actos humanos deben estar inspirados por la fuerza y el espíritu de justicia.
Finalmente, descubre la fuente que inspira el más lúcido cinismo que pueda leerse en la historiografía antigua. Centró su atención en la Guerra del Peloponeso porque creía que era la mejor guerra hasta entonces ocurrida, juicio que solo puede proceder de quien está convencido de la virtud que oculta la pasión militar. Además pensaba que el conocimiento de aquel conflicto podía ser más seguro que el de las guerras antiguas. A partir de ella él se había dedicado a investigar las leyes que hacen que unos estados sean dominantes y a interpretar con la mayor frialdad la política. Así se pudo concentrar en el estudio de la guerra y la política y excluir todo lo demás, y así consigue admirar por su acertado análisis en ambas materias.
Se le considera el creador de la corriente racionalista en la historiografía y el definidor del primer método para escribir historia, porque además de criticar las fuentes según un procedimiento investiga mediante la razón. Para una parte de la crítica, intuía que la historia era explicable dentro de los límites humanos, sin que para convencer al lector de lo que por la narración se expone fuera necesario recurrir a la intervención de los dioses. Por eso su historia es exclusivamente humana, renuncia a las narraciones legendarias y no toma en consideración las fábulas. Sus interpretaciones se distancian de las creencias religiosas, lo que favorece su enorme proximidad al tema. Declara además que en absoluto no tiene el propósito de agradar. Realmente lo que desea, cuando de este modo habla, es alejar de sí la sospecha de logógrafo o narrador que pudiera seguir el fácil curso de aquel tipo de escritor antiguo. Su criterio es que la belleza de la prosa debe estar subordinada al relato riguroso de la verdad. Sus principales objetivos son relatar con certeza y rigor los hechos que conoce y buscar su explicación. Dejaba constancia con voluntad de ser imparcial de lo que le parecía cierto. A partir de ahí buscaba las causas y sus encadenamientos. Por eso se esfuerza en disponer de documentación exacta.
Separa las causas en inmediatas o pretextos y auténticas, o entre próximas y remotas, y así las identifica en el relato. Propone investigarlas, tratando de las que afectan a la guerra, desde las más inmediatas hasta las más lejanas, lo que en consecuencia significa que no sin cierto atrevimiento es partidario de un método regresivo.
Al servicio de esta estrategia causal está su permanente preocupación por la cronología, lo que a su vez explica que el texto definitivo fuera organizado de la manera que ha quedado expuesta. Su gran precisión cronológica puede reconocerse como otra consecuencia de su proximidad al tema. Pero que delimite con gran precisión el tiempo de su relato también se considera fruto de una obra que apareció al tiempo que él se preparaba para intervenir en la guerra. En el año 425 fue dada a conocer una Cronología de las sacerdotisas de Argos, elaborada por Helánico de Mitilene, fecundo escritor de muy amplio registro del que sin embargo el tiempo no ha perdonado obra alguna, quien vivió entre aproximadamente 479 y 395. Helánico fijó aquella cronología con satisfactoria precisión por referencia a los juegos espartiatas, lo que le permitió después a Tucídides la ajustada medida del tiempo que su relato necesitaba. Pero la investigación de los orígenes de la guerra hace que su relato rebase los límites de la crónica. No obstante, desde Tucídides en adelante, durante toda la antigüedad y toda la edad media, los anales fueron el armazón en el que intercalaron sus noticias la mayor parte de los autores al escribir sus obras históricas. Tucídides puede por tanto ser valorado como el receptor de la analística para la historiografía.
También empleó Tucídides el método analógico, que consiste en conocer por supuesta semejanza. Cerrada la posibilidad de saber sobre asuntos que sin embargo son de interés porque las fuentes directas faltan, conocida una situación que se considera equiparable a la desconocida parece legítimo sospechar de esta determinadas características que de aquella pueden saberse. Su descripción de la Grecia arcaica está apoyada en la situación de las ciudades griegas menos evolucionadas tal como habían alcanzado el siglo V.
Riguroso orden cronológico y razonamiento son las piezas básicas del método de Tucídides. Como evita por completo las digresiones y no presenta las distintas versiones recibidas sobre un mismo hecho, a diferencia de Herodoto, porque considera que una vez depuradas mediante su procedimiento de examen las fuentes no necesitan tal demora, el relato se desarrolla de manera lineal. No se permite desviaciones hacia anécdotas, oráculos o cualquier otra expansión momentánea. Solo se concede graduar el interés del relato por la sucesión de hechos al estilo del drama, intercalando sugestivos cuadros.
El efecto es una indiscutible apariencia de imparcialidad, lo que sin dificultad puede ser identificado con la observación de los hechos narrados como si fueran objetos, sin el menor apasionamiento. Por su lectura puede comprobarse que fue obsesivo con la precisión y el rigor, hasta un límite hasta su tiempo desconocido, actitud solo atribuible a una decisión propia, al margen de cualquier influencia anterior o contemporánea. Semejante disciplina se funda sobre la confianza en poder explicar lo ocurrido dentro de los límites humanos.
A Tucídides se le tiene por el creador de la prosa ática, por lo que también ha despertado siempre interés más allá del campo historiográfico. Su manera de escribir puede resultar a un tiempo brillante y artificiosa, enfática pero útil para la presentación de grandes acontecimientos. Es probable que esto sea consecuencia del interés que tiene por enseñar con su texto qué decisiones deben ser tomadas en la política. Pero también es posible afirmar que Tucídides despliega dos maneras de escribir conscientemente separadas. Durante su lectura se pueden distinguir sin esfuerzo la que le parece correcta para la exposición de hechos y la que juzga más apropiada para los discursos. En la narración directa, la frase, aunque dilatada, es sencilla. Su lenguaje se atiene con eficacia al análisis y a la reflexión, de lo que resulta una forma de expresarse austera y concisa. Eso no significa que se niegue al adorno retórico. Exhibe un ligero sentido poético en la elección de las palabras, aunque inspirado por un criterio arcaizante. Pero por esta vía solo busca una mayor expresividad.
Pero también solo con el medio de la escritura distingue los discursos. Suelen los que declaman emplear de forma muy característica sustantivos abstractos, hasta un grado de invención que hace muy distinto el texto de Tucídides, si se le compara con los de sus contemporáneos, para finalmente concentrar la exposición de sus pensamientos en ciertas palabras estratégicas.
Pérdida funesta
Publicado: noviembre 19, 2018 Archivado en: Telmo Dubonet | Tags: historias Deja un comentarioTelmo Dubonet
Habían pasado una de sus jornadas festivas, luego de que cuando amanecía, aún los dos amándose bajo las sábanas, su hija saltara sobre ellos y los interrumpiera cuando ella ya se disponía a cabalgar sobre él. Fueron de compras, comieron en la calle, celebraron que al día siguiente no había que ir a trabajar. Nadie sabe cómo terminaron en una casa de apuestas, las filas de butacas como las de los antros donde los chinos juegan a la bolsa. En la pizarra, un responsable, que tenía todo el aspecto de un profesor de latín al que nunca quiso, exponía los resultados de la quiniela de fútbol, de la que ellos tenían su resguardo. Explicaba que la apuesta que ellos tenían en la mano había sido múltiple y combinada, y sobre la pizarra especulaba con los resultados, e invitaba a los asistentes a que los siguieran cada uno con su resguardo.
No entendían nada de lo que aquel hombre decía, tal como si estuvieran oyendo a un profesor de latín. Pero se confiaron a sus deducciones. Resultó que la apuesta colectiva había ingresado una importante cantidad. El responsable, sobre la misma pizarra donde había presentado los resultados, hizo los cálculos de lo que tocaba a cada uno de los que habían jugado el mismo boleto. Tocaban a poco más de dos euros cada uno. Se levantaron decepcionados y se fueron.
Tampoco se sabe cómo se hicieron con un lote de figuras de un belén, completo, suficiente para montarlo. Perfecto para deleitar a su hija. Lo metieron en una caja y se encaminaron a casa.
Cuando llegaron a la plazoleta que formaban los tres bloques de la urbanización donde vivían, les avisaron que en la parte de atrás había desechos de madera, restos de muebles, que bien podrían servirles para soportar y decorar el belén. Pidió a su mujer que lo aguardara y fue a verlos. Eran listones lo bastante escuadrados y tablas bien conservadas. Eligió una, no demasiado larga, robusta y ancha, que podría servirle como soporte de la escena, aunque tenía un defecto. Aún mantenía una buena porción de puntillas clavadas, unas retorcidas, otras sobresalientes y amenazantes.
Soltó la caja con la figuras y se puso a la tarea de sacar de la tabla las puntillas. Un martillo que había en una caja de herramientas abierta junto a las maderas le facilitó la tarea. Otros dos hombres habían llegado y se ocupaban en lo mismo que él. La tarea era complicada. Unas puntillas se habían mantenido rectas y se podían extraer con facilidad golpeándolas por la punta, en el sentido inverso al de los golpes que las habían embutido en la madera. Pero otras, con el ir y venir de las maderas, su acumulación desordenada, se habían retorcido. Era necesario levantarlas con las orejeras del martillo, enderezarlas y, una vez medianamente recompuestas, golpearlas con cuidado de que no volvieran a torcerse.
Pero todo el tiempo que se tomó en completar aquel trabajo valió la pena. Consiguió dejar limpia la madera, aunque mantuviera algunas de las huellas más hondas que las puntillas habían dejado.
Con el tablón bajo el brazo, fue a recuperar su caja de figuras. Había desaparecido. Preguntó a los otros dos hombres que se movían entre los restos de maderas. “Ah, ¿era de usted la caja?”, preguntó uno de ellos, el del pelo cano, mientras el otro, moreno, los miraba. “Claro”, le respondió. “Pues está en uno de los coches. Venga.”
Reparó entonces que ambos vestían levitas negras y chisteras. Quien le había respondido lo llevó hasta los coches, los dos grises, del tipo ranchera, y abrió la puerta trasera de ambos, mientras el otro los acompañaba expectante.
Cuando Odescalchi volvió su mirada a lo que contenían los dos coches encontró que no tenían asientos traseros, que estaban tapizados en gris y que cada uno contenía un ataúd. “No recuerdo en cuál de los dos lo puse”, le dijo el hombre del pelo cano. “Lo que sí recuerdo es que quedó cerca de la mano. Busque, busque usted mismo.”
Renunció al belén aquel año, y en los sucesivos tampoco los habría en su casa. Bastaría con un árbol de navidad.
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