Colosos de Coptos

Gastón Barea

En Coptos, ciudad próxima a Tebas, en pleno Alto Egipto, excavando en la zona del templo, el famoso Flinders Petrie encontró en 1894, entre otras piezas de alto valor, los fragmentos de tres estatuas gigantescas talladas en piedra caliza. Lo sorprendente del hallazgo aconsejó a su descubridor especular con aquellos seres monstruosos. Dedujo que eran imágenes de uno o más dioses de la fecundidad, conclusión para la que se vio obligado a desplegar su singular perspicacia.

Representaba cualquiera de ellas un cuerpo de varón desnudo, incluso más que desnudo. Cada imagen solo estaba vestida con el consabido ceñidor, la prenda que la imaginería más antigua tenía reservada para subrayar el contraste con lo que al desnudo pudiera quedar, algo de lo que las buenas costumbres enseñan que conviene no exhibir aun en la mejor edad. Sostenían aquellos extraordinarios hombres con una mano una vara de madera, o un objeto similar, hoy desaparecido, y con la otra con seguridad su propio pene erecto, fabulosa pieza tallada aparte en piedra y que desgraciadamente en todos los casos también había desaparecido, pero de tal manera alojada en la imagen cuando se talló que representaba sin duda ser propio, porque el ánima donde encajaba el cilindro ha quedado como mudo testimonio, horadado en el lugar correspondiente al pubis, de la grandeza del miembro.

Aquí paró todo su análisis, e incluso se podría decir que inopinadamente en aquel estado quedaron detenidas las investigaciones sobre estas piezas. Quienes conocen bien el asunto creen que cualquier iniciativa en otro sentido hubiera sido vetada. A Petrie, o a quien patrocinaba sus trabajos, no debió parecer correcto que fuera incluida en la correspondiente memoria de la generosa excavación de aquel año imagen alguna de los restos de tales seres portentosos, como su publicación demuestra efectivamente.

Gracias a una feliz concurrencia, que afecta al tráfico de esta clase de tesoros, fotografías satisfactorias de las dos piezas que llegaron al museo Ashmolean, de Oxford, donde aún son conservadas, más el encuadre de la cabeza de una de ellas, cuyo rostro se ha perdido, sí fueron poco después difundidas. De la tercera pieza, guardada en El Cairo, jamás han sido dados a conocer ni dibujo ni fotografía. En este caso proceder así habría sido la consecuencia de una forma de pensar que los menos juiciosos calificarían de primitiva, pero que otros reconocen prudente y sabia. El temor a que los que aún mantienen fe en las fabulosas creencias que provocan estas imágenes la pierdan, al verse sorprendidos por la evidencia, más que la aún más supersticiosa persecución de cualquier clase de imagen de los dioses, habría aconsejado mantener oculta tan insolente representación de la divinidad.

Lo más sorprendente de todo es que, hasta la fecha en que recogimos nuestras notas, no había sido publicado un estudio que hiciera justicia a estas excepcionales piezas, un fatal estancamiento que nos deja en un incómodo estado de desamparo. Llegados a este punto, nos creemos en la obligación de sacar todo el partido posible a la escasa información hasta aquí circulada. Aunque pueda parecer remoto, estas imágenes contienen el germen de una parte nada despreciable de las explicaciones que buscamos cuando investigamos sobre el poder. El principal obstáculo que hay que vencer para avanzar, si queremos apurar los seguros indicios que proporcionan tan sorprendentes figuras, está en trabajar casi exclusivamente sobre lo que sus formas indican, aunque puedan hacerse algunas deducciones complementarias por concordancia con los materiales obtenidos con fundamento estratigráfico.

Ciertos detalles de estas figuras han permitido a los arqueólogos deducir ideas útiles. De una de las que hoy están en el Ashmolean la parte que se conserva corresponde aproximadamente al torso, o más exactamente solo al trozo de pectorales hacia abajo, más las piernas hasta las rodillas. Todo su volumen puede ser inscrito en un cilindro algo aplanado, de una longitud total de casi dos metros. Contando con esta porción y sus proporciones, es posible restituir tentativamente el estado original de toda la figura. Debió representar un cuerpo que tendría poco más de cuatro metros de altura, tamaño al que correspondería un peso de casi dos toneladas. Extendiendo esta reconstrucción a los tres ejemplares conocidos, se podría afirmar que en todos los casos se trató de representaciones verdaderamente colosales. Es casi imposible que estas estatuas estuviesen en el interior de un edificio cubierto.

La pieza de Oxford tiene todavía otros detalles de interés, unos referidos a la calidad de su acabado y otros a ciertas formas que pretenden ser muy descriptivas. En la fabricación de los colosos casi ni se empleó un segundo tallado, después del sumario desbastado que ya proporcionó las imprescindibles referencias anatómicas. Tan es así que en muchas partes ni siquiera fueron pulidas las irregularidades que dejara la primera cinceladura. Que fueran deliberadamente toscas pudo ser intencionado. Tal vez se quiso, con este medio expresivo, darles un sentido o significado no inmediato.

Pero tan sumario acabado es compatible con un concentrado interés por ciertos detalles. Aunque tenía la cabeza completamente calva, el rostro del personaje estaba cubierto por una barba poblada, y su amplio ceñidor figuraba estar plisado. La relativa minuciosidad llegaba aún más lejos. Al costado derecho, sobre el muslo, inscritos en un panel algo sobreelevado, fue esculpida en relieve la siguiente colección de símbolos: la cabeza de un venado, conchas de un molusco endémico del mar Rojo, un rayo en la parte superior de una vara, un elefante, una hiena y un toro con las patas apoyadas sobre unas colinas.

Conocida la evolución de la escritura de la lengua egipcia, aquella serie de precisas imágenes, que además aparecían en lugar destacado, inicialmente hizo pensar en un epígrafe, aunque aún en un estado muy elemental. La fácil identificación de alguna de aquellas imágenes con otras que más adelante serían símbolos asociados a determinadas divinidades, como el rayo sobre una vara, emblema del dios Min, hicieron excluir esta posibilidad. Pero posteriormente, un examen más detallado de la mayor parte de aquellos símbolos ha llevado a concluir que debían corresponder a un sistema de escritura distinto al que terminó imponiéndose en la escritura jeroglífica.

Estos son cuantos datos que puedan ser relacionados con el momento de su creación el análisis formal de estas imágenes proporciona. Con ellos es difícil decidir sobre la fecha, dentro de unos límites cronológicos medianamente ajustados, o siquiera aproximados, en la que fueron concebidas. Son lo suficientemente diversos e imprecisos como para desconcertar. Menos aún sirven para pronunciarse sobre el sentido de aquellas esculturas y las creencias con las que pudieron estar relacionadas.

Está justificado el esfuerzo por precisar cuanto sea posible el tiempo en que fueron hechas aquellas obras. Supuesto que tales imágenes eran las de un dios de la fecundidad -lo que parece muy aceptable-, la exactitud en el análisis destinado a ponerles fecha es en realidad un trabajo dirigido a localizar con la mayor precisión el principio de uno de los más reveladores hechos de cuantos confluyen en la formación de la República. Las pasiones que pudieran haber inspirado la conversión original, de manifestaciones elementales de la naturaleza del hombre en fuente de creencia en fuerzas que a su dominio escapan, no tienen por qué ser descubiertas en los tiempos de las primeras expresiones de un hecho. Puede haber suficiente indicación del origen de las ideas en posteriores actos a propósito de las mismas creencias, y eso es lo que pudo ocurrir en este caso, o al menos ciertas pruebas hay que aconsejan reflexionar en aquella dirección sobre ellas.

Los mismos juiciosos expertos de aquella cultura que han organizado por primera vez toda esta información han llamado la atención sobre un hecho, tan evidente como escasamente valorado desde este punto de vista, tal vez porque afecta al conjunto y no a los detalles. Las formas toscas de aquellos colosos son evidentemente anteriores a lo que ellos mismos denominan la regulación, aquellas reducciones geométricas que un aspecto tan inconfundible y estable dieron siempre al arte egipcio antiguo. Parece correcto pensar que pudieron hacerse por los tiempos durante los que la monarquía unitaria tuvo su principio, entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero, y porque entonces aquella iniciativa estatal uniformadora todavía no había sido tomada. Dados los criterios que sirven de justificación a estas fechas, deberíamos tener presente que son tentativas y provisionales. Como más arriba quedó indicado, hay indicios paralelos que resultan concordantes. Algunos de los materiales que fueron descubiertos al tiempo que los gigantes de piedra pueden ser clasificados de manera bastante aceptable como productos elaborados a comienzos de la primera dinastía egipcia.

Con razón, otra parte de los analistas ha hecho notar que las técnicas de extracción y labrado de la piedra prima solo pueden ser equiparadas a las habituales a fines de la segunda dinastía, lo que desplazaría la ejecución de estas piezas unos doscientos años como mínimo. Incluso todavía hay quienes enfatizan que algunos de los recursos formales que han sido observados en nuestras esculturas aún están vigentes durante la tercera dinastía, es decir, todavía otros cien años después, aunque este último argumento es menos sólido. Para entonces el lenguaje formal ya se había transformado sustancialmente, ya estaba dentro de lo que más arriba se ha denominado regulación, y aunque nada impediría que sobreviviera la antigua manera de dar forma a las ideas, también es cierto que las posibilidades de que tal cosa ocurriera en los tiempos de la tercera dinastía serían menores. Desde esta última posición, una inquietante duda contamina todo el análisis precedente: la tosquedad de las formas no tiene por qué ser indicio de mayor antigüedad.

Pero finalmente se ha impuesto un análisis. Sobre el figurado cuerpo de los colosos de Coptos, sus insistentes estudiosos han observado unas pequeñas cuencas, que no obstante no podrían pasar desapercibidas. Son esporádicos rehundimientos de la superficie regular del cilindro en el que los volúmenes se inscriben, hechos por frotación, por lo que aparecen muy pulimentados y con una clara tendencia a formar esferas. Distintas explicaciones han querido darse a estas dispersas abolladuras que de ningún modo pueden ser atribuidas al azar. La que tiene mayor aceptación parte de una deducción incontrovertible. Por la zona donde algunas están localizadas, es imposible que hubieran sido hechas antes de que aquellas colosales estatuas estuvieran en posición horizontal, aceptada su altura original.

Tan certera observación ha dado origen a una sensata y fundada secuencia especulativa. Habiendo recibido culto aquellas imágenes en un lugar secundario del Alto Egipto, como era Coptos, durante siglos debieron mantenerse sostenidas y veneradas en su estado original. Unas creencias serían favorables a la pervivencia de unos primitivos ritos, que por otra parte desconocemos, aun cuando el paso del tiempo hubiera ido arrinconando aquellas elementales ideas. Probablemente en algún momento del llamado imperio antiguo, o segunda mitad del tercer milenio, la autoridad pública debió decidir que aquellas vulgares imágenes debían ser reemplazadas. El efecto de la decisión oficial pudo ser que los colosos fueran derribados. Pero es posible que por efecto de las acendradas y provincianas creencias, incluso después de que el culto a aquellas imágenes fuera abandonado, la gente de Coptos siguiera considerándolas una extraordinaria fuente de poder. Derribadas las estatuas, sus devotos aún acudían a ellas, y entonces las frotaban para conseguir unas partículas de su materia, a la que suponían propiedades vigorizantes. Qué aplicación culinaria tenía aquel cuerpo pulverizado del dios, que tendría que se digerido, se desconoce. Pero a juzgar por la cantidad de marcas de esta clase sobre los trozos conservados, aquellos supersticiosos hábitos debieron prolongarse durante cientos de años. Aquellas imágenes debieron ser objeto de marginal veneración durante mucho tiempo.

No obstante desconocer los ritos que de todo esto pudieran derivar, los hechos demostrables son lo bastante precisos como para permitir alguna deducción, en el sentido que es de interés para el asunto que perseguimos con ahínco. Disponer de la materia de la imagen de colosales proporciones es un acto que indica deseo de identidad. En el origen de aquella manera de concebir la divinidad pudo estar el deseo de infinita virilidad, que no es exactamente lo mismo que la estable fecundidad. Es muy probable que en Coptos ya hubiera germinado un primer núcleo de fieles republicanos. En favor de su potencia depone que los gigantescos bloques de piedra sobre los que hubieron de tallarse los colosos tuvieron que ser llevados a Coptos desde muy lejos. Incluso opinan algunos que las pesadas rocas fueron transportadas hasta allí desde las canteras de Turah, en las afueras del Cairo, lo que significaría un penoso desplazamiento de unos quinientos kilómetros río arriba. Como la demolición de los colosos habría coincidido con el principio de la Monarquía unitaria, el lector tendrá que denostar, entre los excesos de los que tal forma de dominio se nutrió, que combatiera que el poder espontáneamente emergente entre los iguales estaba justificado por el tamaño, un hecho preternatural.


Pronóstico del tiempo I

C. Baines

Al principio transitoriamente, luego con la garantía de estabilidad llamada indefinida, fui empleado en el juzgado del distrito. Apenas empezaba mi juventud y ya disponía de un medio para ganarme el resto de mi vida. Me ocuparon en recibir las denuncias y redactar las declaraciones de quienes pretendían amparo del tribunal. El señor juez me tomó a su cargo y fue instruyéndome en la ciencia del oficio, perfectamente descrita en los manuales, incomprensible para quien jamás haya vivido entre campesinos. Ahora, pasados nueve años, sigo bajo sus órdenes, y aún aprendiendo cada día de él. Es tanta la formación que le debo, tanto lo que tengo que agradecerle, y temo tanto que sus ideas, tan estimadas por mí, a causa de mi olvido pasen sin dejar rastro, porque él jamás se ocupará en perpetuarlas, que me he impuesto como obligación registrar cuantas sea capaz.

-Por naturaleza, el futuro es incertidumbre. Es tan común la ansiedad que despierta que las previsiones de toda clase, porque hacen presente y definido lo que no está en el tiempo ni tiene cuerpo, son informaciones cotidianas que satisfacen y tranquilizan a millones de personas.

“Algo tan elemental como el pronóstico del tiempo, cuando lo sirve -reiteradamente, a lo largo del día- por ejemplo la información de la radio o de la televisión, suspende la conversación, concentra las miradas y, sobre todo, induce decisiones. Los espectadores atentos pretenden adelantarse al futuro, afrontarlo convenientemente provistos. Enorme satisfacción causa volver del trabajo, aun con los pies empapados, la gabardina calada y el paraguas chorreando porque el pronóstico nos permitió adelantarnos a los hechos y equiparnos convenientemente para sufrir una derrota. Nada más perjudicial para la confianza que el previsor necesita que un error en su pronóstico. ¿Usted atiende las previsiones del parte meteorológico?

-Raramente. No es que lo haya desacreditado. Mi horario y el de los informativos no coinciden, ni en la circunstancia de tiempo ni en la de lugar.

-Hace mal. No es solo que se expone a una pulmonía, o al mucho más terrible golpe de calor. Es que desatiende un comportamiento que debe convertirse en hábito.

-Los riesgos que pretende, señor, son extremos, incluso se podría decir que sujetos al azar, y por tanto imprevisibles hasta para el más perspicaz anticipador. Las oscilaciones del tiempo son moderadas y, con pocas alteraciones, se ajustan al calendario.

-Creo, Baines, que descuida lo superfluo en detrimento de lo trascendente. Se deja seducir por las apariencias y les entrega rendida su voluntad. El hábito al que me refiero no tiene nada que ver con su ropero, menos aún con la temperatura o la humedad. Debe saber anticiparse, en beneficio de su salud política. Atender al pronóstico del tiempo es un buen campo para dar tono al músculo de la convivencia.

-He deducido antes, gracias a sus palabras, corríjame si me equivoco, que la ansiedad por representarse el porvenir satisface con poco más que un fantasma de apariencia amable.

-Al principio, a personas poco reflexivas, a quienes interpretan a la letra los pronósticos. Prestarles atención sostenida y continua permite descubrir, en poco tiempo, que se reiteran; con ritmos variables, en secuencias melódicas, cambiantes, en periodos de duración flexible.

-Lo que lleva a concluir que el trabajo de los pronosticadores, salvadas las excepciones que honrarán el oficio, es obra de embaucadores. Solo los incautos quedarán atrapados por su fraude. Siempre ha sido así, para cualquier forma de la previsión.

-Es posible, incluso que ni siquiera se puedan encontrar saludables excepciones.

“Bien. Ya tenemos a todos los arúspices, astrólogos y brujos condenados a la hoguera. ¿Qué hacemos con la enseñanza que puede deducirse de la reiteración? ¿No hay en la reiteración actos? ¿No serían los más trascendentes, puesto que se reproducen obstinadamente? Con sus palabras: para que un fantasma sea admitido entre los vivos, más aún si su apariencia es amable, al menos debe representar con veracidad. ¿No será que bajo la repetición de imágenes actúa la parte de la existencia que más interesa conocer?

“De ser afirmativa la respuesta que merece la última pregunta, deducidas todas las versiones de los pronósticos gracias a la observación paciente, anticiparse equivaldría a desentrañar las causas de la apariencia que el fantasma haya tomado. Estoy persuadido de que este hábito puede ser sumamente útil, al menos a la parte pública de la vida.

“Vengo observando -continuó el señor juez- que el espacio en el que transcurre la vida, porque hemos aprendido a observarlo en un mapa, nos hace sujetos de una obra de la naturaleza que nos abruma, excesiva para nuestra supervivencia; lo que no impide que nos comprometa. En modo alguno por nuestra voluntad, trágicamente por nuestro nacimiento.

“Voy conociéndolo y sé de usted lo bastante para encomiarle, entre otras virtudes, su serenidad, su aplomo en cualquier situación, y que prefiera juzgar a los demás del modo más generoso.

-Gracias, señor.

-No las merece. El dueño de ellas es usted, y no hago más, cuando hablo de este modo, que ser justo. Sé positivamente que perdonaría errores de todo tipo.

“Dígame ¿qué piensa de la precipitación?

-Que las personas atolondradas jamás obran con mala intención. Un comportamiento precipitado es sólo consecuencia de hábitos irreflexivos.

-Póngame un ejemplo de precipitación débil.

-La taza de café sobre la solapa. Lo he visto esta mañana. En la cafetería, cuando todos salen a desayunar, la gente se agolpa en la barra. El camarero va llenando tazas que pasan de mano en mano, hasta la segunda o tercera filas de clientes presos de la impaciencia. Uno, que creía ocupar la última, se ha vuelto apresuradamente, taza en mano, con la intención de ocupar una mesa, y se ha encontrado con alguien que no esperaba.

-¿Usted juzga débil esa precipitación? No sé a qué tintorería manda sus trajes. Todas las que conozco son caras porque limpiar es tan barato como antipático. Supongamos que la mancha de café se ha limitado a la solapa, que no hay salpicaduras en la manga ni en las perneras del pantalón. Aceptemos también que el sujeto alcanzado dispone de más de un traje -cosa poco habitual entre los empleados de banca, carne de cafetería-, y que por tanto no debe pagar un suplemento por servicio exprés. Aun así, el trastorno le habrá resultado algo más que débil.

-No crea. Todo se ha solucionado con una disculpa. El autor de la mancha ha ofrecido a su víctima, anticipándose a cualquier demanda, correr con los gastos de limpieza del traje. Con una sonrisa, quizás algo forzada -es necesario reconocerlo- el afectado prefirió declinar el ofrecimiento y ha dado por supuesto que todo pertenece a los hechos puramente accidentales.

-Bien. Ha sido una suerte que todo haya quedado así. Que se hubieran enredado en una disputa tal vez habría añadido trabajo al que ya tenemos. Pero es evidente que la precipitación no deja de serlo, aun grave, porque su víctima haya preferido resignarse. De esa precipitación, vistos los hechos, lo único débil es su carácter.

“Podría ocurrir que nuestro hombre, eficaz gestor, a juzgar por sus muestras de condescendencia, llevara un expediente de un departamento de la administración a otro; se cruzara con un transeúnte que saliera precipitadamente, sin poner atención a que algo o alguien pudiera cruzarse en su camino, de esa misma cafetería de la que usted habla; que el encuentro tuviera como consecuencia la pérdida del expediente y que nuestro gestor no la advirtiera. En ese caso la precipitación podría suponer que una importante inversión se esfumara, al menos por un tiempo, en detrimento de quienes viven en un lugar. Por débil que hubiera sido la precipitación, hay que admitir que sus efectos serían graves.

“Aún más. Si la precipitación no saliera del departamento administrativo, si tuviera como resultado la omisión de un deber por nuestro funcionario, siendo el mismo el efecto, habría que calificarla de manera todavía más grave.

“Desengáñese, no hay precipitaciones débiles. Una precipitación que alguien califique así, que perfectamente los premonitores del tiempo pronosticarían para el norte, donde son más frecuentes de cuanto fuera deseable, sería interesada; tendrá siempre efectos en todas las direcciones de la rosa de los vientos, dadas las dimensiones de nuestro mapa, el mismo sobre el que se hace el pronóstico y en el que estamos incluidos, aun a costa de nuestra voluntad.

La convivencia con el juez me obliga a reconocer en él, sobre un hombre ecuánime y sereno, lúcido, aunque en ocasiones pueda parecer obtuso. Solo quien no lo conoce, que tuviera alguna referencia de sus ideas, se atrevería a tanto. A una opinión así, todo lo más, se le podría conceder que a veces resulta hermético, tal vez que otras algo oscuro, nunca desviado.

Confieso que esta impresión tuve cuando recapacité sobre su teoría de la precipitación pronosticada, que en días sucesivos, en el transcurso de nuestras muchas horas de convivencia, fue completando.

-¿Qué me diría usted de una precipitación de carácter débil? -vino a decirme-. ¡Ah, las precipitaciones de carácter débil! De un padre se podría admitir que fuera blando, que evitara, cuanto estuviera en su mano, reprender a su hijo, para evitar humillarlo. Nada deja huella tan profunda en la infancia como la severidad de quien se espera cariño. Cualquier reprensión, cuando el carácter aún no ha creado sus medios para la defensa, puede impresionar hasta el extremo de invertir su efecto. Pero nada más inmoral que un padre débil. El padre que desiste de sus deberes es el origen de todas las flaquezas del hijo.

“Con cuánta frecuencia se pronostican, para el norte del país, precipitaciones de carácter débil. No son necesarios mucho criterio, masas de información cualificada, análisis que se demoren en cada circunstancia, para cada momento. Se puede tener la seguridad, con antelación sobrada, que acertarán. La fragilidad del carácter de quienes han de tomar las decisiones, partícipes en sus consecuencias, abre a sus pies un abismo si reflexionan. Se pararían a considerar sus parentescos, sus múltiples y largos vínculos, el peligro al que las ancianitas, de frágiles canillas, podrían verse expuestas por una bajada a toda prisa del autobús, y quedarían incapacitados para tomar una decisión. Prefieren, antes que una acción serena y consecuente, salir del paso. El efecto es que jamás nada se soluciona. Este es el fruto de cualquier precipitación de carácter débil.

– ¿Preferiría que las precipitaciones fueran de carácter tormentoso?

– En modo alguno. Los antiguos encontraban la causa de la ira en la hiel, a la que asemejaban aquella pasión no por sus colores, que pueden resultar atractivos, sino por su sabor. La actuación de los atormentados es siempre causa de amargura, tanto más si se emplean de manera precipitada. También la experiencia desautoriza a quien así procede. ¡Cuántas veces, para aquella misma zona, la del norte, se habrá pronosticado esta reacción, que el ambiente hosco y estancado carga! Las mismas que la previsión ha resultado acertada. Y otra vez, aunque sean otros los heraldos, será anticipada y otra vez ocurrirá, bien que tome cuerpo por otros nombres. El pronóstico tiene asegurado el acierto y los acontecimientos que le corresponden, que el tiempo reproduce; el fracaso, porque igualmente al orden de las precipitaciones pertenece.

-Puesto que los pronósticos son como el conjuro, a juzgar por sus efectos inexorables sería conveniente excluir toda precipitación de las previsiones referidas a aquellas tierras.

-Las precipitaciones son inevitables y hasta imprescindibles, y callar un hecho no lo anula. De sobra lo sabe. Cuando el ambiente se carga de los humores que transpiran los cuerpos de un lugar, si al mismo tiempo su temperatura conoce cierto grado, no hay barrera que las contenga. Por fortuna, en su mayor parte ocurren al azar, con interrupciones, con cierta moderación, en lugares separados entre sí. Mientras así se emplean sus efectos son limitados, y para nuestros tiempo y lugar hasta podría admitirse de consecuencias moderadamente saludables. Así como la lluvia obstaculiza el movimiento en la ciudad, y en el campo la reciben como la corriente que transporta la fortuna, aunque a todos moja, las precipitaciones, idénticamente molestas por igual, que en donde se concentra la población puede tener efectos adversos multiplicados, para ciertos elementos puede ser un arma útil a la descarga del ambiente. Solo bajo esta manera de observar los hechos públicos podría tomarse por imprescindible. ¿Seremos igualmente tolerantes con ellas cuando se generalicen, descarguen en cantidades abrumadoras y se desplacen en tromba? Arrasan todo a su paso. Nadie puede permanecer impasible ante ellas. Cualquiera ve en peligro la vida de los suyos y la propia, su patrimonio amenazado; es la peste, es la guerra.

-Si estamos condenados a vivir con ellas, tendremos que desear las precipitaciones débiles y aisladas. Por la primera condición, aunque en ocasiones adquirida a causa de una injustificable falta de carácter, resultarán las menos violentas. La segunda garantiza el mayor grado de dispersión, que la fuerza que por la suma se adquiere quede excluida.

-Lo deseable es acometer su origen.

-¿Que es?

-Las bajas presiones. Tal es, expresada del modo más directo y resumido, la fuente regular de las inevitables precipitaciones. Quizás le resulte en exceso expeditiva una afirmación como esta, demasiado rotunda, en sí misma condenatoria, apasionada. Creo estar enunciando, antes que un juicio, la parte expositiva del problema, con la misma frialdad que el forense actúa sobre el cadáver, sea deforme, apolíneo, con aromas de almizcle o de vapores deletéreos.

-Cualquier presión es el resultado del acopio de fuerzas sobre un punto. No avanzamos mucho seleccionando de ellas la clase de las bajas, porque el plural aún encubre orígenes y responsables.

-Por su origen, el efecto baja presión es un producto de los que en propiedad debemos llamar centros de bajas presiones.

-¿Cree usted que las bajas presiones son obra de maquinadores, de gente que conspira en la sombra?

-Demasiado novelesco. Los centros de baja presión son visibles para todos, se pueden localizar en el mapa, actúan sin ocultarse. Una baja presión no es un hecho delictivo, no tiene por qué enmascararse. Puede provocar la condena de buena parte de la población, cuya anuencia moral, cargada con este signo, otorga admitiéndola como baja. Nadie podrá declararla responsable de acto alguno. La baja presión puede pasar por inmaterial. El hecho es la precipitación, autora directa de las consecuencias, sean leves, graves o incluso fatales.

-Pero está prevista la responsabilidad que se llama inducción…

-…cuya existencia, para el procedimiento más ecuánime, obliga a demostrar la relación que vincule al inductor con el agente, que el primero puede ser responsable de los actos del segundo y que la causalidad, en determinadas circunstancias, unió una afirmación y un acto. Algo tan complicado como estéril, habitualmente. Si el esfuerzo se saldara con éxito, a lo sumo el inductor sería objeto de una reconvención.

-Permítame que le diga que la responsabilidad del inductor, hasta donde alcanza lo que sé, suele liquidarse con algo más que la reprimenda del tribunal.

-No cuando es una simple presión. Un hombre ha cometido un robo, en circunstancias que añaden gravedad a sus actos. Se enmascaró, portó un arma -de la que no hizo uso, por suerte para él-, rompió cristales, forzó cerraduras, trepó. Apenas hubo premeditación, se movió a un impulso. La noche anterior, entre lágrimas, su mujer dramatizó el estado de sus existencias, amenazó con abandonarlo. El precedente, sin dejar de ser una presión, para el delito puede ser admitido como atenuante, y nadie lo consideraría una razón para inculpar a la mujer.

“¿No recuerda usted, para algún momento de su vida, que fuera arrastrado por la tentación de un comportamiento similar?

-No sé. En mi conciencia no hay rastro de vínculo con ladrón alguno.

-Estoy seguro. ¿Nunca presionó con llanto a su madre?

-La infancia es irresponsable. De nada puede ser culpable un niño.

-Ante la ley.

“La infancia es el reino de la inmoralidad. El desconocimiento de los principios que armonizan, en cuanto pueden, las relaciones, en contra de lo que parece razonable, es justificación de comportamientos desastrosos, hasta brutales. Es altamente cotidiano, mucho más, que las criaturas aprovechen la inconsecuencia de las costumbres (de la que adquieren, gracias a la experiencia, conciencia perfecta) para la permanente extorsión de sus progenitores. ¿O no?

-Son muchas las formas de presión a las que recurren los niños, y no solo en el trato con sus padres. El llanto que les sirve de soporte tal vez no las degrada hasta el orden de bajas.

-Recuerde usted que la infancia toda transcurre en el limbo de la falta de moral.

-La presión, por sí misma, no es causa de las precipitaciones, el nexo que pueda unirlas no es fácil documentarlo, es posible que incluso sea por completo irresponsable. Tanto más necesario es, y hasta urgente, desenmascarar los centros de baja presión.

-No se deje llevar por sus convicciones. Es mucho más útil atenerse a la realidad. Ya le he dicho que los centros de baja presión, antes que invisibles, son manifiestos. No hay nada que poner al descubierto. Al contrario, son tan ostensibles que ellos mismos se proclaman.

-Debe ocurrirme que los tengo tan cerca que no alcanzo a verlos.

-Es posible, y que su tamaño los camufle. Ante la puerta de un rascacielos, en la acera, de su volumen sobrecogedor no tendría una noción distinta de la siguiente, también armónica con la estatura regular del hombre, que da entrada a un edificio de una planta.

“¿Tiene novia, o esposa, Baines?

– Convivo, desde que este trabajo me lo permite, con la mujer a la que amo.

-Bendita condena; la del trabajo, claro está, porque siendo detestable le habilita su secreta felicidad.

-Gracias, señor.

-¿Viste toca su cónyuge?

-¿Toca? ¿En estos tiempos? Déjeme que haga memoria… Sí. Debieron ser las puritanas que se instalaron en Norteamérica, huyendo de la restauración, las últimas que mantuvieron su uso. Como mucho hasta el siglo XIX.

-Creo que confunde usted toca y cofia. No tiene la menor importancia. El error censurable, en su caso, es el anacronismo. La toca convive con nosotros, tras siglos, nunca interrumpidos, de existencia. Es aquella prenda que solo deja al descubierto el rostro. ¿Aún no rescata la imagen de quienes la usan combinada con un velo?

-Y se cubren con vestido talar.

-Exacto, todavía algunas. Está tan consentida su presencia, en cualquier lugar, que apenas reparamos en ella. ¿Le resulta coactiva?

-¿Cómo podría serlo, tratándose de vestales ingenuas y desinteresadas?

-Al menos mientras son jóvenes. Solo que persistir en una indumentaria que las segrega, a iniciativa de la institución que representan, las convierte, sean los que quieran su voluntad y deseo, en un ostensible medio de presión.

-¿Usted cree?

-¿No le parece que lo es el pordiosero desarrapado, pestoso, que lo acosa hasta que consigue arrancarle una moneda?

-Sin duda.

-¿Piensa que está justificada la supervivencia de la vida contemplativa, y aun la levítica, que igualmente se esfuerza, esta vez con alzacuello al menos, por hacerse visible, sin ser más activa? A su juicio dejo si estas formas de presión, cotidianas, ostensibles y sin apariencia causal, son de la clase baja o no.

-Dudo que haya inmoralidad alguna en el origen de estas formas de vida.

-Tal vez en ningún caso. A pesar de lo cual la institución, sobrepasada por las costumbres, pugna, con aquellos y otros medios materiales, por la supervivencia.

-Comprendo.

-¿Es usted lector de prensa?

– De al menos un diario.

-¿Cuál?

-El me resulta más afín.

-Permítame que le diga que su error, a mi parecer, es doble. ¿No le resultaría más provechoso enfrentarse, cada día por la mañana, a opiniones diferentes a la suya?

-Antes necesito disponer de la mía.

-¿Y se la proporciona un periódico? Hasta ahora he creído que el juicio, en cada hombre, se nutre de un filón, no diré que imperecedero, aunque sí persistente. ¿Debo recibir una opinión autorizada, una vez lanzada una bomba nuclear, antes que enjuicie al autor de la orden? No es necesario que responda. La evidente contestación pone al descubierto el segundo error.

“Mi padre, celebrado entre nosotros por sus virtudes, encarnaba entre otras la del excelente catador, condición tan alejada de la ebriedad como el valor del comportamiento temerario. La adquirió ateniéndose a un principio elemental.

“Habiendo vinos buenos -repetía- ¿a qué beber los malos?”. ¿Cuánto tiempo le ocupa la lectura de la prensa?

-No todos los días el mismo, ni todos merece la misma atención.

-Unos con otros.

-Pongamos una hora.

-Sé que es usted un lector regular y con criterio. ¿Compromete la lectura de la prensa la atención que le merecen los clásicos?

-He conseguido garantizarme, sin desatender mi trabajo, entre dos y tres horas diarias íntegramente dedicadas a la lectura, a toda clase de lectura.

-Ahí lo tiene. Cuanto más tiempo dedique a la prensa menos tendrá para consagrar a los sabios. ¡Y qué diferencia! La informativa es literatura de urgencia, concebida y elaborada como el pan, para que sea útil solo un día. Ni los diarios con mayor disciplina de estilo resisten la comparación con cualquiera de las otras lecturas.

-Completamente de acuerdo.

-Y aún nos queda lo sustantivo. En cada información va incluida una parte, solo una parte. Usted y yo bien lo sabemos. Nada habría que objetar a la evidencia, puesto que la escritura es tan limitada como cualquier obra humana. Está en la condición de los enunciados tener principio y fin. Cualquiera que se exprese, por escrito o de palabra, selecciona un escenario, unos personajes, una acción, y nadie toma o desprecia elementos de manera desinteresada. No me cabe la menor duda, en el caso de la prensa, sobre los principios de su natural selección. Son lucrativos. ¿Los clasificaría usted en el orden de los altos o en el de los bajos?

-Nunca la codicia me ha parecido una virtud, ni aun la ambición.

-¿Diría usted que los periódicos no se cuentan entre las presiones obvias, y tan sobrehumanas, por su tamaño, que pueden pasar desapercibidas?

-Tengo que reconocer que a su demostración sobre esta clase de presencias, gracias a los dos ejemplos que ha elegido, nada puedo replicar.

-Baines, debería reflexionar con más tiempo sobre los ejemplos elegidos, tratándose de los centros de baja presión. No creo que puedan mencionarse muchos más. Me consentiré ser más explícito.

“¿Confiaría su dinero a un banco de niebla?

-¿Un banco de niebla? De ningún modo.

-Con enorme frecuencia, el parte meteorológico, para las tierras septentrionales, los pronostica. Hay razones de sobra para que actúe así. La parte más sólida del negocio financiero de nuestra economía, que por volumen y solidez ocupa, en el orden internacional, puestos irrisorios, tiene su origen en aquella región. Estoy persuadido de que la niebla es la clave de su descrédito, de la nutritiva reproducción que el pronóstico del tiempo adelanta, hace presente y avala.

“¿En alguna ocasión se ha perdido en la niebla?

“Afortundamente no conozco la guerra, y no dispongo del término de comparación, avalado por crónicas y memorias, que me permitiría calibrar el tamaño de la angustia. Solo puedo afirmar que la noción, confirmada por un instante pasajero de vértigo e inseguridad, en mí se hizo realidad cierto día, al volante, solo. Era la nada, una cápsula vacía en ninguna parte. En aquel limbo flotaba mi coche y yo dentro de él. Donde solo el vacío es visible caben todos los temores. Tuve la certeza de que mis días terminarían allí, por obra del primer coche en dirección opuesta.

“Nuestros contemporáneos una impresión semejante, no sé si en un grado inferior, la han sentido, al menos una vez, al ver el extracto de su cuenta, bien en estado de conciencia bien por revelación onírica. Una cifra por debajo de la esperada causa un vértigo abismal. Sea consecuencia de un gasto inesperado o de un error, hasta tanto la explicación llega, la angustia se apodera del imponente.
-El banco, incluso, podría hacer y deshacer, aunque fuera por unos segundos, según le resultara oportuno. Un instante de sustracción de una cifra ínfima de miles de cuentas, porque puede sumar una cantidad importante, tal vez sirva para completar una operación que solo al operador beneficia. Al siguiente, las cantidades pueden ser repuestas y quedar justificadas como un error pasajero, sin la menor consecuencia para los depósitos, cometida por un empleado negligente.

-Así puede ser porque el dinero con el que operan los bancos, su dinero, el mío, el de todos los que estamos en la obligación de confiárselo, es ficticio. No la moneda, asimismo convencional pero monopolizada por la autoridad pública, que de este modo adquiere el derecho a perseguir la falsificación, en otro tiempo castigada con las penas más severas. Su dinero, el mío, el de todos, es solo un registro, del que nada más que una porción, que sus gestores compran en la especie de moneda a la autoridad, ponemos en circulación. El resto, que igualmente representa nuestro preciado trabajo, por obra de su alquimia, para nosotros, es solo una pompa de jabón, mientras que para ellos es trabajo ajeno con el que operar a lo grande en donde la luz no llega.

-Luego… ¡todos los bancos son de niebla!

-Veo que he provocado, sin que fuera mi voluntad, el fin de una etapa de su vida. No se preocupe. El dinero no es más convencional que tantas cosas. La civilización toda, conquista tan inapreciable como frágil, también es un enorme globo en equilibrio sobre la punta de una aguja.

“Por esta vez me he propuesto hablar con la mayor claridad. He aquí mi afirmación. El mayor de los centros de bajas presiones; si hay una cima para ellos, tal lugar lo ocupan los bancos de niebla, los máximos responsables, en consecuencia, de todo tipo de precipitación, de uno o de otro carácter.

-Nadie lo diría. Su actitud, al contrario, parece el paradigma del sosiego. Insisten en que el horizonte diáfano, sin asomo de nubes, es el medio conveniente para que crezcan, sobre la abundancia, la paz y la concordia.

-Tendría que analizar más, sin el prejuicio moral, el discurso que reincide en él. A menudo es el más explícitamente adverso. No necesita que rescate, para que sirva como comparación, el proverbial fluido del discurso que usa, para justificar su necesidad, cualquier casta sacerdotal. Condenan el mal como quien formula un conjuro, para desprenderse de él.

“Ha de saber, Baines, que el negocio bancario es el más portentosamente cínico que jamás haya inventado el hombre. Sale de aquí. Se ha hecho tarde. Decide tomar un taxi, auxilio de los urgidos. Monta, el conductor le demanda su destino, que queda en sus manos, y hasta él le traslada, si la fortuna, criatura imprevisible, os favorece. El contador marca la cantidad que hay que cobrar. Antes de bajarse, se la solicita al taxista y espera que se la liquide. ¡El mundo al revés! ¿Cómo cree que reaccionaría el hombre? Gritaría, no le dejaría bajar, demandaría la presencia de un agente de la autoridad, si es templado. Todo hasta conseguir que se resigne, devuelto al juicio, a cumplir con su parte del intercambio.

“El banco no solo maneja el dinero de los depositantes a su antojo, tomando riesgos que a cualquier mortal causarían escalofríos, manipulando asientos contables, entrando en negocios que no siempre el beneficio absuelve. Les concede además del favor de cobrarles por ello, justificándolo, sin que se le mueva un músculo de su verde rostro, como servicio prestado. Claro que sus empleados atienden con obsequiosidad, a cambio de lo cual reciben, tal como está estipulado, el sueldo que les corresponde; obligación contraída por quienes los han contratado. Las ganancias que con nuestro dinero consiguen, en las que no nos dejan participar equitativamente, satisfacen sobradamente, entre otros gastos, este.
-Resulta escandaloso, verdaderamente. Pasa desapercibido, tanto como que puedan estar en el centro de la génesis, por bajas presiones, de toda precipitación.

-Los centros de baja presión no actúan a rostro descubierto. Se sirven de familias de borrascas. Con una eficacia alarmante. ¿No ha observado usted que el deseo es la fuente de toda la norma civil?

-¿El deseo carnal?

-El mismo.

-Francamente, no.

-El derecho de propiedad, que al presente es su columna vertebral, defiende la acumulación de bienes en beneficio de la progenie. ¿Dónde tuvo esta su principio? La supervivencia de la sociedad matrimonial, las garantías a sus partícipes si se disolviera, la acumulación de patrimonio, ¡su transmisión más allá de la vida de quien lo acopió (por increíble que parezca)! ¿tienen una fuente distinta?

-Es un punto de vista.

-Más bien, creo honradamente, la única posición que permite una correcta perspectiva. Tal vez convenga entregarnos más, con el arma de la reflexión, a esta incruenta y saludable batalla. Puedo aceptar que alguien, como recompensa a su esfuerzo, acumule bienes. Si aceptamos que los transmita a su descendencia, le estamos negando a este acto la legitimidad que le conviene, supuesto que es el esfuerzo personal la razón de la reserva personal de los bienes. Quizás en otro momento podamos analizar mejor estas ideas. Ahora, estoy seguro, nos desviaría en exceso del objetivo al que hemos concedido, aun sin decirlo, la precedencia. Olvidémonos, pues, por el momento, del deseo, que vence a la voluntad. Concentremos nuestra atención.

“Sabe usted que la norma civil, exageradamente nutrida por ese magma anterior a la civilización que por costumbre llamamos fuero, por esta causa, no solo varía de lugar a lugar, sino que puede llegar a ser extraordinariamente injusta, lo que es más grave. Supongo que bastará con recordar los derechos acumulados, en la sucesión de los bienes, por razón de primogenitura. Hay territorios donde el factor orden de nacimiento deformaba brutalmente la equidad para con los descendientes, más razonable si no es posible evitar la transmisión de los bienes de la familia a lo largo de la cadena de las generaciones.

“¿Resultado? En algunas regiones las familias, que en cualquiera siguen nutriendo la raíz de todas las instituciones, disponen de una fuerza extraordinaria. Son las mismas que han abastecido, entre otras, las financieras a las que vamos refiriéndonos. Estoy seguro que en este momento a su memoria han retornado viejos casos de identidad entre ambos hechos -denominación de la familia y del banco- como una localización muy precisa.

-Así es.

-Y dígame ¿qué familia está libre de borrascas?

-La mía, al menos, no. Remitía mi padre al hijo de una hermana, en el que se reconocía tan poco que jamás pudo tenerlo por sobrino. Resultó demoledor. Lo adjudicaron a su carácter. Es posible que la educación impartida en su beneficio desde posiciones pragmáticas, por entusiastas profesores de convicciones conservadoras, además lo condujera a menospreciar la vida reglada y el bienestar.

-Exagerada trascendencia conceden las familias a la formación de sus hijos, en descargo de sus conciencias. Una mamá chimpancé que decidiera, por efecto de un trastorno o inusitada desviación de conducta, consentir que su cría fuera secuestrada por un domador, hábil y delicado, de elegida escuela, la veríamos como una criatura desnaturalizada.

-Fueran cualesquiera las infaustas circunstancias, primero fue un significado genio destructor de la paz del hogar. Su expansiva juventud condujo a sus padres a una vejez prematura. Bolchevizó su capital, estalinizó a sus semejantes.

-Comprendo.

-Ignoramos si sus días han terminado. Todo permitía pronosticar que su vida sería breve. Nadie ha arriesgado aún, cuando se refiere a la estela de su existencia, una última palabra. El mundo conoce un rastro, semejante al que el olfato detecta cuando en suspensión el azufre carga el aire, que denuncia su presencia sucesiva, ya en lugares próximos ya en rincones ocultos del planeta.

-No es necesario entonces que haga énfasis, insistiendo en detalles, de cuánto puede esperarse cuando borrascas imprevisibles se concentran por familias. Porque ocurre, por efecto de la peculiar constitución civil de aquellas gentes, que entre ellas sea más alta la frecuencia de borrascas, como usted mismo, a través del pronóstico, puede verificar. Una suerte de matriarcado se ha instalado allí. Borrascas nutren las familias, por ellas se perpetúan, en ellas descansa su identidad y el sustento, el empuje, la iniciativa, el coraje irreducible que blinda aquel estado civil.

-Portentosas hembras.

-Magníficas, amazonas. Linajes enteros hay que solo borrascas, generación a generación, han conocido.

-No es fácil ponerles rostro.

-No combaten en vanguardia, como los más curtidos infantes romanos. Su responsabilidad es alentar bandas nubosas, las inmediatamente responsables de las precipitaciones.

-¿Desea comer algo, señor? Llevamos aquí toda la mañana, apenas nos hemos dado un momento de respiro. Según ha ido creciendo mi atención, los signos de agotamiento se han ido apoderando de mi estómago.

-Aún no tengo hambre. Vaya usted.

-¿No le gustaría acompañarme? Al menos estiraría las piernas.

-Lo que me convendrá. Vayamos.

Sería indiscreto si describiera cómo anda el juez Osborne. Debo, aun así, porque deseo que sus palabras sean rectamente entendidas, hacer determinadas salvedades. Desde antiguo está reconocida una suerte de nexo secreto entre la motilidad y el pensamiento. Siendo esbelto, y hasta flaco, no es todo lo pausado que se podía esperar. Las personas de esta complexión, porque sus proporciones nos inducen, al menos aparentan largos miembros y trancos amplios. El juez más bien camina a la oriental, con impulsos fragmentados en cadenas de pasos de duración desigual. Resulta difícil acompañarlo.

La vida de sus ojos no es más serena. Usa gafas, tal vez más de las recomendables. Cuando lee tantea con un viejo juego las que le convienen a los tipos y las letras. Parpadea, cierra alternativamente uno y otro ojo, a veces los deja en blanco, antes de que por fin tome una decisión y aun después. Mientras habla, alzada la mirada, si no olvida cambiar de par sus ojos se agitan detrás de unos cristales que los realzan. Apenas ven lo que miran sin fijeza. Están examinando ideas. Entonces, dicho sea con todo el respeto, el juez bizquea.

Nada es comparable, siendo todo tan revelador, a la agitación de sus manos. Dividen el espacio, como si bendijeran, cuando acomete el discurso. A un lado desplaza los invisibles argumentos favorables, al otro los adversos, y de uno y otro, más adelante, los va extrayendo, según convenga, a puñadas. Las secuencias lógicas ruedan ante él, sobre la mesa, impulsadas por el índice de su mano derecha. Cuando la idea amenaza con evaporarse la atrapa, por encima de su cabeza, con un gesto decidido y certero, similar al de quien atrapa una mosca.

Nadie crea que alguno de estos hábitos del juez los valoro como falta. Si he decidido mencionarlos es porque los considero la emergencia, cuando menos visible, de un espíritu generoso, que se entrega sin medida. La fuerza de sus ideas, el acierto de sus criterios, las valiosas enseñanzas de sus reflexiones sobrepasan cualquier artificio y neutralizan la materia. En compañía del juez se ingresa en el orden metafísico.


Desnudos de Tell Judeideh

Cosme Pettigrew

En la llanura de Antioquía, Siria del norte, en una pequeña colina llamada Tell Judeideh, fueron halladas seis estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, todas peculiarmente desnudas. Estaban en estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo protodinástico de Mesopotamia, aproximadamente correspondiente a los años comprendidos entre 2900 y 2600. Se ha supuesto que fueron obras autóctonas, pero por completo consecuencia de la influencia que Súmer tuviera sobre aquella zona. De allí habría sido importado sobre todo el sentido que a estas figurillas se daba, y con él la técnica de fundición de las mismas, que fue la de cera perdida. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar es del mayor interés para conocer la condición original del héroe, porque una parte de la investigación ha defendido que es posible hallar, siguiendo este rastro, uno de los caminos por el que una parte de la cultura que debe ser restaurada, para la correcta precipitación del arrojo fecundante en el matraz transparente de los precios, pudo llegar hasta Levante y sus inmediaciones.

Las figuras de Tell Judeideh son esquemáticas y sumarias y están hechas con recursos primitivos y poca destreza. Pero, gracias a los eficaces medios expresivos que les fueron aplicados, tuvieron fuerza suficiente para crear una imagen que fuera recordada como una manifestación veraz de seres vivos. De cualquiera de ellas sus cabezas son desproporcionadas por exceso, en relación con el tamaño regular del cuerpo. La figura tipo femenina, que representa a una mujer por completo desnuda, cruza sus brazos bajo el seno y con cada una de sus manos levanta la mama del lado opuesto. Un simple rasgo marca de manera muy explícita su sexo prominente. En cuanto a la masculina, aparte el singular gorro de plata que lleva el ejemplar más característico, viste un potente cinturón de siete vueltas con hebilla, que le ciñe y ajusta con fuerza la cintura. Ofrece levantados los antebrazos en la dirección frontal, la única para la que están pensadas todas las composiciones, y dos reducidas semiesferas marcan el lugar de sus pectorales. En contraste, su sexo, ahora en reposo, está ejecutado con una calidad descriptiva solo equiparable a aquellos rasgos del rostro que mejor lo representan, como la barba, los ojos o la boca. Habiendo prosperado la creencia en que la cara es el espejo del alma, a consecuencia de una sólida tradición, algunos teóricos aún suscriben como principio la emergencia del ser a través partes privilegiadas de la anatomía. Del autor de aquella obra, por esta causa, algunos dicen que estaría convencido de otra localización para el reflejo del ser.

Cuando el análisis se detiene algo más en las figuras masculinas, las conclusiones no son muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos sean objeto demostrativo de una influencia cultural llegada de lejos. Por detalles en apariencia insignificantes excelentes analistas dedujeron que estas figuras representan de manera intencionada gente siria. Los hombres, enfatizan, son representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían hititas, cretenses y asirios, y el gorro de plata que distingue al más característico de ellos probablemente represente, en su opinión, el gorro cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de la región, el mismo que aparece en monumentos de aquel país de todas las épocas. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que son habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcan de manera aún más directa las diferencias. Los hombres aparecen con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos sumerios bien se afeitaban rostro y cabeza por completo bien se dejaban crecer cabello y barba. Con tan precisos argumentos no queda lugar para la duda sobre la intención del autor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres del país, lo que parece acabar de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo ha contado con más atención de los especuladores.

Las manos de las figuras masculinas están fundidas de manera que forman un hueco cilíndrico. La intención de este acabado sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema no ha llegado el menor rastro. Tomando este principio, se ha propuesto que pudo tratarse de objetos añadidos fabricados en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo ayudar a que desaparecieran. Pero el verdadero problema está en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes con un significado definido o si eran piezas votivas. En el primer caso los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres deben seguir cuando reconocen la existencia de seres superiores.

Entre los dioses sirios de épocas posteriores los hay de una categoría tal que para permitir que sean reconocidos como pertenecientes a ella son imaginados siempre con un hacha en la mano. Del inmediato Líbano parecen provenir otras figurillas bastante toscas, fundidas en cobre, que también representan dioses, y que llevan una lanza para que como seres de esta condición puedan ser aceptados. Pero, como ocurría con las anteriores, estas, para que sean emparentadas con las analizadas, han de superar antes un obstáculo, que son de una época bastante posterior, probablemente ya del primer tercio del segundo milenio, lo que en términos generales significa que son unos mil años posteriores.

Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portan ofrendas o votos con destino a ser depositados ante un ser superior, basta sin embargo con valorar algo tangible, el aspecto de estas figuras. Que los hombres comparezcan desnudos prueba que se encuentran ante la divinidad. La refrescante sumisión, común a todo el mundo antiguo, sobrevivió con alguna carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Tal circunstancia es tanto más probable cuanto que los que representan las figuras de las que se trata visten un ancho cinturón y su sexo es ostensible. Bien es verdad que lo que hasta aquí se ha comprobado es que tal cosa solo ocurría en Súmer. Tanto mejor. No solo de esta manera se puede reconocer con mayor fundamento que puede tratarse de figurillas de donantes heroicos, sino que se aporta al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen esté próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes. Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos son lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella influencia.

Si parecen convincentes las primeras pruebas a favor de los hilos que pueden unir las figuras masculinas de Tell Judeideh con la cultura sumeria, podrá aceptarse que las tres figuras femeninas están creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se haya dudado entre que sean imagen de diosas o de donantes. Si porque van desnudas y la desnudez está subrayada los ejemplares masculinos pueden ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, como versión de ideas cuyo origen es posible rastrear en Mesopotamia, las femeninas deben ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representan comparecen igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado. No obstante, en este caso hay aún más fundamento para reconocer como posibles los lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecen, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantan la mama del lado opuesto, también puede verse en pequeñas figuras o placas de arcilla mesopotámicas contemporáneas a estas imágenes. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto es tan elaborado, probablemente para convertirlo en signo distintivo de algún rito, que no es fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.

Sobre que parece que puede darse por descontado que se trata de representaciones de fieles íntegros, destinadas a ser colocadas ante los dioses, del análisis de las características de estas figuras parece también desprenderse su más que probable vínculo directo con la baja Mesopotamia contemporánea. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado.

Pero todavía otros hechos que con ellas pueden ser relacionados ponen sobre el rastro de una prueba de mayor envergadura. El primero es una confirmación directa por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indican. En los mismos estratos de Tell Judeideh en que fueron encontradas las seis estatuillas los arqueólogos también encontraron sellos mesopotámicos, unos originales y otros que los imitan. Es una buena demostración de los lazos culturales y de la manera en que estos eran anudados en el lugar de destino. Si los sellos eran importados y al tiempo imitados, es posible que las piezas en cuestión fueran a un tiempo autóctonas y de imitación, solo que en este caso lo conocido es el producto derivado.

Pero el hecho que definitivamente explica el valor de estas piezas es otro. En la misma Mesopotamia, en Tell Agrab, cerca de donde el Diyala se junta al Tigris, fueron rescatadas tres figuras de cobre similares. Una representaba a una mujer enteramente desnuda y las otras dos eran de hombres también desnudos pero con cinturones. Realmente este grado de concordancia entre lo que ocurría en las dos zonas, después de lo que se ha examinado, se podía esperar. Lo que resulta revelador es que las tres estatuillas de Tell Agrab fueron descubiertas en el transcurso de la excavación de un templo, a cuyo cargo hay que suponer un sacerdocio.

No hay por el momento testimonio de templo de Tell Judeideh al que puedan ser vinculadas las valiosas figuras de bronce que su excavación proporciona. Pero, a juzgar por los restos encontrados en Tell Brak, un lugar a unos cuatrocientos kilómetros al este de Tell Judeideh, allí sí hubo pronto un templo y por tanto sacerdotes. Al parecer su edificación fue emprendida en tiempos algo anteriores a los que corresponderían las figurillas en cuestión, aproximadamente entre fines del cuarto milenio y comienzos del tercero. Para los arqueólogos los testimonios proporcionados por la excavación de los restos de aquel edificio fueron suficientes para afirmar que el origen del tipo allí levantado estaba en las tierras sumerias.


Principio de la gravitación universal II

Narrador
Replicante primero
Replicante segundo
Contradictor ocasional

Cuando el valor de sus bienes disponibles fuera el más alto, en opinión de una familia rural, era más probable que para inmovilizarlo prefiriera instituciones civiles. De todas las previstas, la más frecuentada fue el vínculo, aunque la opción a favor del procedimiento no permaneció invariable a lo largo del tiempo. Por encima de los dos tercios de las iniciativas de esta clase, si nos atenemos como referencia al marco de nuestro análisis, tuvieron su origen en la segunda mitad del siglo décimo sexto. Luego probablemente, en las tierras que se vieron afectadas por la sabana diferida, el vínculo conoció su mejor época entre 1550 y 1600. Las restantes fundaciones de esta clase, con frecuencias casi equiparables, se repartieron entre la primera mitad del décimo séptimo, la segunda y principios del siglo décimo octavo. Es probable que el vínculo, común a toda la época moderna, fuera una institución que en las poblaciones del sur contribuyera al menos durante unos doscientos años a fijar una parte de las posiciones que algunas personas, porque habían atesorado riquezas generadas en sus campos, pretendieron perpetuar.

–Parece inútil demorarse en enunciar cantidades. Todos los cálculos que podamos presentar serán una deformación, alentada por los peores prejuicios. Quien hace cálculos y toma cifras, con la arrogancia de quien no duda de su certeza, selecciona cualquiera de los dos momentos del proceso. Sabiendo que todas las operaciones estarán hechas a partir de una observación premeditadamente limitada, porque restringida tiene que ser cualquier visión, aunque la voz que transforme la imagen proceda de la cofa del carajo, vulgarmente llamado palo mayor, desde donde se hace visible el horizonte en el circuito de la rosa de los vientos, darles alcance mayor que el de las inconsecuencias de quienes residían en una población sería un abuso.

–Polibio, entidad vital no extinta gracias al verbo que lo reencarna en una imagen venerable, en el que su P es robustez, la l claridad y elegancia y la b declaración sincera; garante del relato heroico, detestaba mentir con verosimilitud. Alertaba contra sus contemporáneos que se esforzaban en proporcionar cifras sobre el tamaño de los ejércitos. Instruido por la ingente experiencia de Escipión, a cuya sombra se ennobleció, nunca dudó que cualquiera de los relatos bélicos que cifraban en decenas de miles el número de los combatientes fuera veraz. Ninguna infantería era capaz para imponerse a otra si no extendía su número sobre el territorio que debía ocupar, como no pueden los automóviles adueñarse de la inmensidad de las ciudades si no se acumulan innumerables, como las nubes para la tormenta o las voces para el estruendo. Su desconfianza, y con ella sus advertencias, se concentraban no en quienes defendían magnitudes enormes, sino en aquellos que presentaban cifras tan exactas que evitaban terminar en cero.

“No está al alcance del analista retrospectivo ser preciso, porque el tiempo, como la silenciosa y constante edad, modela y suaviza los contornos de los cuerpos que en su origen pudieron estar delimitados por aristas cortantes. Pero no sería sensato renunciar a los números, por parciales que pudieran ser, por mal que nos sirvan quienes los manipulan. Cualquier proporción reduce a su orden las acciones humanas, y expresa con la exactitud de lo impreciso que nada de ellas es completo, que ninguna lo contiene todo, que no hay decisión, por ambiciosa que sea, que pueda abarcar todo el comportamiento, que ninguna explicación, aunque toda una casta se esfuerce en sostenerla, será universal.

Se conoció con el nombre de vínculo la rigurosa iniciativa, no obstante recogida y amparada por la ley, que permitía designar una parte del patrimonio familiar para que cumpliera con las obligaciones hereditarias comunes y mantener intocada la otra, para que permaneciera siempre sin dividir ni traspasar en forma alguna, salvo la dictada por su promotor y ateniéndose al orden sucesorio por él decidido.

Si había concluido que la cantidad designada para satisfacer las legítimas debía ser un tercio de todos los bienes que la familia bajo su responsabilidad había atesorado, podía hacerlo. Y si quería incrementar en un quinto esta cantidad, nada se lo impedía. Porque sus obligaciones de reparto de la riqueza común entre todos los miembros del grupo podían quedar limitadas por la suma de esas dos proporciones. Si su deseo, en el momento original, era que el beneficiado por la segregación fuera su hija menor, el segundo de sus nietos o el primero de sus sobrinos hijos del cuarto hermano, tampoco había sido dictada exigencia alguna que lo obstaculizara. Para que tuvieran vigencia indefinida, decisiones como estas no necesitaban más requisito que la voluntad de quien las tomaba. Al responsable de los bienes de una familia que incurriera en el deseo de preservar mediante esta fórmula una parte de sus bienes le bastaba como justificación su capricho, como al déspota en sus dominios, que podía decidir sin que lo coaccionara ley alguna; tosca prevalencia que sin dejar de llamarla derecho la norma alentó y mantuvo.

Como los designados para que disfrutaran del lote de bienes originales de un vínculo solían ser los descendientes directos del grupo familiar, medio natural de la existencia de la solución legal, con esta decisión se pretendía conservarlo indefinidamente en su poder. Así manifestaba que para lo sucesivo su propósito era que quedaran garantizados su posición y el reconocimiento que a su parecer merecían, al tiempo que desviaban el curso espontáneo de los linajes, según el cual unos deben ascender y caer otros a impulso de los elementos que exceden a los poderes.

Según avanzaban nuestras indagaciones, fuimos descubriendo que el momento biológico de las familias había decidido sobre la clase de instituto inmovilizador que elegían, lo que nos permitió aislar algunos principios del recurso al vínculo. Cuando de ellas sobrevivía la parte fundacional, compuesta con los cónyuges y al menos una parte de la descendencia, era más probable que lo prefirieran sobre cualquier otro instituto, dado que garantizaba la independencia en la gestión del patrimonio que se quería asegurar. Los registros demostraban que con bastante frecuencia eran matrimonios, actuando de común acuerdo, quienes los fundaban haciendo uso de la porción disponible de sus bienes.

No hay que excluir que la situación biológica fuera similar cuando en los documentos solo emerge un hombre como autor de la fundación de esta clase de obras. La línea masculina podía ser fuerza suficiente para imponer tal decisión en algunos casos.

–Así había ocurrido con un varón que había recibido de su padre, al mismo tiempo que su hermano, unas tierras con la condición de que no fueran divididas, razón por la cual con ellas decidió crear un vínculo.

–Dado que el matrimonio biológicamente activo era el origen regular de estas fundaciones, las familias que prefirieran esta inmovilización, la más exigente, habiéndose propuesto evitar la dispersión de sus patrimonios, se verían en la obligación de ser restrictivas de su crecimiento. Estimularían la perpetuación de una rama, la agraciada con la designación, y cercenarían las demás.

–Aun así, existiendo ya los vínculos, que desearan la concepción de hijos secundarios quienes ya habían tomado tal decisión institucional podría valer como inversión diferida, previsora de una agresión de la muerte, actriz que repudiaba los guiones escritos en las notarías. Su renta se obtendría al cruzar sus vástagos vivos con los de otras familias que hubieran destinado uno de sus descendientes a empleos similares. La dimensión legal que así podrían ganar algunos patrimonios permitiría a una familia acceder a la casa, la empresa civil de mayores dimensiones que conoció la época moderna.

Solo excepcionalmente el origen del vínculo fue obra de una viuda. Aún menos frecuente fue que una mujer casada optara por actuar por cuenta propia de una manera tan comprometida, y entre las singulares fundadoras de aquellos institutos hubo una que previamente lo había sido de un convento femenino.

–Teniendo en cuenta que cuando una mujer tomaba aquella decisión con autonomía era más probable que fuera viuda, creación del vínculo y dotación de un convento femenino pueden parecer dos piezas de una misma obra familiar; una destinada a mantener la rama elegida para que fructificara, la otra para que entibiara la extinción de la generadora ya condenada a desaparecer, después para imponer la disciplina biológica adecuada a las reservas de pubertad de la misma familia.

Bastaba con que los bienes del lote inmovilizado, generalmente raíces y con preferencia rústicos, fueran reservados al primogénito de cada generación incurso en la línea seleccionada para que el vínculo se denominara mayorazgo. Trabajaba a favor de la primogenitura el atavismo que pesaba sobre las creencias inspiradas por la fecundidad, que presuponía más vigor para los concebidos antes, así como el disciplinado comportamiento que imponía la muerte inevitable.

–Los promotores del mayorazgo justificaban los rigores de su fundación pretextando que les parecía necesario proteger su linaje, como en las reservas biológicas había anatomistas que trabajaban en favor de la supervivencia de ciertas especies, aun a costa de la existencia de otras.

A juicio del fundador, su existencia debía ser indefinida.

–Fueron las familias más poderosas las que incurrieron en este exceso. Pretendían garantizar el traspaso de todos los derechos que a quienes ya ocupaban la posición pública más sólida aseguraban preservar su condición y perpetuar su preeminencia.

Es posible que el vocabulario utilizado por los registros, instantáneas circunstanciales de lo que se entendía por cada cosa, no fuera del todo riguroso cuando tenían que distinguir entre esta institución y la precedente. El vínculo, aunque nada obligara a comportarse de este modo, solía transmitirse también dando preferencia a la línea del primer varón nacido. Pudo ocurrir, a quienes convivieran con ambos, que a consecuencia de una simplificación mayorazgo fuera el instituto de este género que había inmovilizado un patrimonio de mayor tamaño.

Pero actuaran los escribanos con más o menos rigor cuando elegían las palabras, pudimos deducir sin ambigüedad que el mayorazgo, en el medio rural moderno, no estuvo entre las instituciones preferidas para confiarle la conservación del lugar público que los más potentados hubieran ganado en cada población. Si alguna vez fue tomada en cuenta esta posibilidad, pronto debió desecharse. Solo la fundación de uno, a iniciativa de un matrimonio, pudimos documentar en la de referencia, y para una época relativamente temprana. Entre 1544 y 1550 había completado el procedimiento que lo mantendría operativo en adelante.

Para avanzar en el análisis de las transmisiones familiares más calculadas, antes es necesario reconocer la vigencia de un hecho primordial, origen entre nosotros de una agria controversia; lo que no obstó para que acordáramos reconocerlo como una invariante, común al tiempo sobre el que extendíamos la observación. El injerto del que tratábamos no fue exclusivo de las coronas hispánicas. La iglesia romana, sin dejar de ser una potencia extraña a ellas, consiguió infiltrar su canon en la constitución de las monarquías europeas, una porción de las cuales aun lo respetaba pasado más de un milenio.

A pesar del acopio de elementos de juicio y la confrontación de argumentos, para el hecho primitivo no pudimos encontrar una explicación satisfactoria. Las decisiones imperiales de principios del siglo cuarto, una vez descalificadas diez siglos después como soporte de los derechos que se arrogaba la iglesia de occidente, no podían avalar la hibridación. Se daba además una circunstancia, que la primera impugnación de aquellas decisiones había sido obra de otro emperador, Juliano, a quien por esta causa la iglesia heredera del imperio se apresuró a denostar como apóstata, juicio que desde entonces lo acompaña y ha conseguido perpetuarse como sobrenombre que lastra su fama.

Dado que no podíamos disponer del mejor relato independiente, autorizado por su proximidad a aquellos hechos, el de Amiano Marcelino, inopinadamente perdido justo en la parte donde se escrutaban, nada ha contribuido a encontrar una explicación satisfactoria de la simbiosis original y sí a sospechar que los fundamentos de la misma en absoluto no eran sólidos. Tal vez los legisladores conciliares, responsables de las iglesias de los reinos en los que se descompuso el imperio de occidente, tuvieron más capacidad para decidir en una obra jurídica que pudo ser colonizadora, del canon sobre la legislación civil, amparados en que una parte de las decisiones que tomaban tenían alcance moral, materia de la que se tenían por responsables exclusivas.

Pero, tras días de examen de una parte de la dogmática, y sobre todo de los documentos disponibles, nos pareció, más probable que cualquiera de las otras causas del extraño fenómeno, que al menos en el medio rural, con el tiempo, el injerto del canon papal en el sistema civil, sin dejar de ser un intercambio de poderes que la ley había naturalizado, fuera la obra cotidiana de los escribanos, juristas locales en cuyas manos las familias ponían la solución legal de sus necesidades materiales. Conocedores de los medios normativos disponibles, recurrían a los productos del ingenio jurídico sin tomar en consideración su pureza, antes su utilidad a los fines deseados verificada.

La consecuencia positiva fue que durante siglos no estuvieron enfrentados el orden eclesiástico y el secular. Desde la edad media, las instituciones eclesiásticas romanas, sin que dejaran de celar su independencia, no se opusieron ni fueron ajenas al orden civil castellano; derecho secular y derecho canónico se mantuvieron independientes con escrúpulo, y el esfuerzo estimuló la hibridación, como del error sobre la prevalencia de la identidad propia nacen los descendientes, tiernas entidades no obstante naturalmente ajenas.

Buena parte de las instituciones por las que debíamos interesarnos, con la anuencia del derecho canónico, que actuaba como la trama sobre la que se tejían las relaciones civiles, fueron creadas, e incluso puestas a su servicio. La documentación persuadía sobre el papel protagonista que al aval eclesiástico correspondió en el reparto de una función económica principal, al menos en el espacio objeto de nuestra experiencia. A la ventaja de la inmovilización de bienes, la conexión con instituciones canónicas añadía la inmunidad de servicios, próxima a lo que hoy entenderíamos por exención fiscal. De efecto para el gasto corriente, era el incremento relativo del beneficio que cualquiera de las adscripciones a aquellas fundaciones proporcionaba cuando se hacía uso productivo del patrimonio inmovilizado, para algunos un motivo suficiente para justificar la generación del híbrido.

Instituciones civiles complicadas con otras eclesiásticas en el medio rural, unas con grandes propósitos y otras más modestas, pero creadas todas para alcanzar el objetivo compartido de inmovilizar bienes, fueron las capellanías, las cofradías y hermandades, los colegios, los conventos, los hospitales y los patronatos, más otras iniciativas piadosas menores que nuestras fuentes también registraban. Algunas eran muy singulares.

–Habiendo sufrido el excesivo costo de la luz, un espíritu generoso decidió correr con el gasto de energía que originara una lámpara, para que su llama, símbolo de la vigilia ininterrumpida, alumbrara siempre el Santísimo, o grado superlativo del sacrificio; acto digno de agradecimiento porque, para quienes compartían la creencia, contribuía a la salvación de las almas.

–También fue promovida una mesa para los pobres de una parroquia, forma figurada de referirse al gasto causado por la alimentación de un grupo de indigentes que, de esta manera, una vez elegidos, podrían sobrevivir sin verse en la obligación de trabajar.

–Asimismo, gracias a otro ingenio extraordinario, pudo prosperar una orden de las llamadas terceras, cuyo objeto de culto era un escapulario, instituida en un convento de orden mendicante y creada para que su credo se extendiera a la sociedad civil. Por desgracia, tan frágil enseña jamás ha podido identificarse.

Para quienes deseaban inmovilizar protegiéndose con la doctrina y el código de la iglesia romana, sin por eso verse obligados a abandonar su posición civil, la capellanía fue el mejor recurso, porque disponían sin esfuerzo de una coartada, la que proporcionaban las decisiones legales de contenido piadoso. De sus modalidades, la más simple, llamada memoria, fue la más frecuentada.

Se denominaba así porque la justificaban con la piedad que inspira la muerte. El fundador de cada una, movido por la pasión de mantener indefinidamente su recuerdo, o el de algún pariente del que ya lo separaba la mayor de las distancias, la creaba para cumplir con los ritos de actualización que prescribía en el documento de origen, justificados a su vez por el deseo de salvación eterna; un espejismo en el que ni aun los autores de los testimonios monumentales incurrieron, una vez adquirida la conciencia de que también las lenguas se extinguen y que por tanto la memoria de su paso por el mundo, en el caso más favorable, se prolongará el tiempo que consiga sobrevivir el medio literal que eligieron para ser imaginados tras su muerte.

Todos los que declaraban la finalidad de su fundación se referían a la misma, que indefinidamente se dijeran misas en determinadas fechas del año, por la salvación de las almas de los parientes próximos, como padres y hermanos, y de la propia, supuesto que el ser estaba depositado en tal esencia, entidad con la que se especulaba desde la antigüedad y que se creía inextinguible. Debían verificarse en determinado altar, dedicado a una advocación, nominativo sacralizado por aquellas creencias, erigido en cierto templo. El número de misas que dejaban encargado era siempre bajo, nunca más de cuatro al año, con frecuencia solo una, si bien preferían que al menos fueran cantadas. Algunos añadían el encargo de una vigilia, el rito creado por la iglesia romana para conmemorar a los difuntos, que también llamaban víspera. Elegían momentos significados para su cumplimiento. Eran señalados, por ejemplo, la festividad en la que se recordaba la alegoría que se personificaba en San José, potente símbolo de la adversidad sufrida con paciencia, o el día de la Natividad que aún celebra occidente.

–El atractivo de esta conmemoración –nos contó Heresias, nuestra mayor reserva de erudición–, entrañable recuerdo para sus melancólicos fundadores, algunos lo han justificado porque recibió viejas celebraciones en trance de extinguirse. En ciertos pueblos, con ocasión de las fiestas del Nacimiento, con la candidez que caracterizaba la vida del campo se recurría a diversiones domésticas muy edificantes. Una de las más frecuentadas fue conocida con el nombre de Boca del dragón.

“En un plato se vertía un licor añejo, decantado de las mejores soleras, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración única. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido se habían sumergido pasas, otra de las obras familiares que la espera del momento enjoyaba. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de la única mesa fraternal, en cuyo centro había sido dispuesto el plato con las pasas, el licor era prendido.

“Bajo la amenaza de las llamas se procedía al banquete; como ahora, en el transcurso de la celebración equivalente, la espada de los parientes pende sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos. Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, era celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaban, fuera en lenguaje directo o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.

La responsabilidad sobre cada memoria solía comprometer a corporaciones. Con preferencia, las elegidas eran el clero del templo más próximo a la residencia del fundador o el que ejercía en donde ordenaba su enterramiento, lugar sagrado en el que actuaban sus celebrantes idóneos. También eran designados con este fin profesos de conventos masculinos, que se identificaban por sus nombres y localizaciones, o una confraternidad, que en la ejecución de la voluntad del fundador actuaría como intermediaria entre la decisión y un clérigo, a quien se le encargaría la liturgia prescrita.

–El estado biológico al que correspondía la fundación de las memorias tal vez fuera uno de los más definidos. Eran menos la iniciativa de un hombre y más la de una mujer, soltera o viuda antes que casada. Como de una parte de las de origen documentado se puede afirmar que fueron creadas por presbíteros, parece que fue la soledad civil la que al menos en parte recomendó aquella consecuencia institucional.

–El recurso a la fórmula también pudo ser inducido por una evolución de la familia que incluyera la prematura extinción de la descendencia. Pudo ser una salida a la que con mayor frecuencia recurrieron sus promotores al final de sus vidas, momento en el que las otras posibilidades inmovilizadoras habían quedado bloqueadas.

La memoria fue el instituto inferior, en el orden del rigor legal, del sistema de transferencia de renta causado por el deseo de inmovilizarla, tal vez preferido en ciertas épocas. Casi todas las que pudimos analizar tuvieron su origen en la segunda mitad del siglo décimo sexto. Pero al margen de quienes fueran los responsables del cumplimiento del mandato, o el volumen de los bienes destinados a él, su fundación, porque se hacía al amparo de las instituciones eclesiásticas que dominaban en occidente, daba origen a un procedimiento de gestión en el que a partir de aquel momento intervenía la autoridad que sobre las ideas religiosas dominantes se había erigido.

Fábrica era el departamento que se encargaba de la gestión económica en una parroquia, segmento de un núcleo habitado cuya población castellana, inmigrada tras la ocupación militar, era asignada por la iglesia de los papas para atraerlo con su actividad religiosa a los templos que en él decidiera mantener abiertos. Los ingresos que obtenía eran los responsables de sostener los edificios, y todos los enseres que para ellos hubiera aportado la administración episcopal.

Pudieron ser las fábricas beneficiarias de donaciones de bienes inmuebles, por vía de limosna, y esto proporcionarle una parte de sus ingresos, transferencias que para la legislación civil seguirían el curso regular e irían ganando las propiedades previstas, de inmovilización y amortización, que les permitieran mantenerse indefinidamente solo como fuentes de rentas. Pudieron también las fábricas ser designadas como responsables del cumplimiento de memorias por vía de manda testamentaria, y de este modo incrementar los medios que les permitían atender el complejo de sus responsabilidades. Pero el ingreso de cada fábrica parroquial estaba sobre todo garantizado por su participación en la primera renta eclesiástica.

Al tiempo que desplegó su red para la gestión de sus creencias, el papado y sus extensiones diocesanas dispusieron, también por cesión legal, de unos ingresos con los que financiarse, la renta conocida con el nombre colectivo de diezmos, el mayor éxito político de la iglesia de occidente durante la edad media y su recurso más importante. Consistía en la detracción de la décima parte del producto bruto agropecuario, que ella misma regentaba. Los diezmos del trigo y la cebada se ingresaban en especie, que se comercializaba o no, en todo o en parte, a voluntad del perceptor. Los demás, que asimismo deducían la décima parte del resto de la producción agropecuaria anual, en la práctica eran bienes financieros porque tanto su cobro como su reparto trasladaban los valores del producto a los signos monetarios vigentes.

Decidió aquella iglesia que el cobro de los diezmos fuera competencia de cada parroquia, la unidad de su orden territorial, aunque en los lugares más habitados esta jurisdicción retributiva mínima con el tiempo había ido cediéndola a otra intermedia, la vicaría, creada para asegurar entre otros el control de la recaudación de tan importantes rentas. Pero solo a la captación de los pagos debidos quedó limitado el trabajo de cualquiera de las dos unidades administrativas, porque a la gestión y reparto de lo ingresado en cada lugar, al menos en la región, nunca renunció el centro del poder episcopal, el cabildo catedralicio de la sede apostólica.

Del diezmo la fábrica deducía el justamente llamado tercio de fábrica. La expresión respondía a que en el momento de su imposición a cada una estaba reservada la tercera parte de la renta obtenida por cada uno de los diezmos cobrados en ella. De esta manera se garantizaba, a la aplicación de medios, el principio de proporcionalidad directa a las necesidades de cada comunidad, puesto que entre el volumen del ingreso y el tamaño de la población, inmigrante en el origen, al mismo tiempo comunidad religiosa, había una relación inmediata. La riqueza de cada fábrica, como la de los beneficios, variaba en función del número de fieles que la nutrían, así con sus limosnas como con sus diezmos, rurales y no urbanos.

Posteriormente, ya en la baja edad media, la iglesia romana creyó oportuno revertir a la corona una parte de lo que esta le había reconocido, abriéndole la puerta a su participación en los excelentes ingresos que proporcionaba el diezmo. Las perjudicadas con esta transacción fueron las fábricas parroquiales, que vieron reducida su detracción de la masa diezmal a una novena parte. Fue sin embargo suficiente para cumplir con su objetivo, como la obra moderna de los templos de la región aún reivindica.

El beneficio eclesiástico, obtenido en competencia con otros aspirantes, era una de las posiciones más sólidas de cuantas quedaran al alcance de un presbítero, la persona que había decidido someterse a la disciplina sacerdotal de la iglesia de occidente, tras completar la formación con este fin prevista por su canon. No tenemos claro cómo se fueron constituyendo los beneficios comunes, cuáles fueron las primeras rentas que los permitieron, aunque sí estamos seguros que fue posible mantenerlos porque la iglesia romana, en su vertiente secular, disponía de un sistema de rentas garantizado por el diezmo, cuyos recaudación y uso consentían mantener en los templos determinadas plazas de sacerdote dotándolas con cantidades importantes. Con otro tercio de los ingresos que en cada parroquia proporcionaba anualmente, el cabildo catedralicio, su inflexible administrador, aseguraba una renta anual a cada hombre que ejercía de beneficiado en ella.

Probablemente segregar estos ingresos regulares y cuantiosos, para que se convirtieran en una renta personal exclusiva, fue posible al ritmo que el trabajo de la parroquia no solo se acumulaba, sino que permitía especialidades. Las fundaciones que obligaban al cumplimiento periódico de encargos litúrgicos proporcionarían una buena oportunidad. Una parte del clero, que ya pudo tener ganada la condición de beneficiado porque percibiera una porción de los diezmos, y por tanto ya disponía de una posición preeminente, se atribuiría esta dedicación. Como todos los encargos de misas creaban capellanías, todas las decisiones de esta clase contribuirían a consolidar la institución beneficial.

La atención cotidiana a los creyentes comunes se limitaba a satisfacer su demanda de sacralización de los actos vitales más sencillos, una actividad justificada como cuidado de las almas, que fue siendo atendida en las parroquias por los sacerdotes conocidos como curas. A pesar de los escrúpulos para eludir cualquier apariencia de simonía, atendían los cultos mediante las limosnas correspondientes, que con el tiempo tuvo que tarifar a la baja. Así obtuvieron los curas su renta personal, así su iglesia justificó que esta función les estuviera reservada y que gracias a ello hubieran adquirido responsabilidad pública como parte de las instituciones del estado. Si actuaba de aquel modo era porque estaba obligada por el deber apostólico permanente que se tenía impuesto. Por haberse comprometido a ser católica, no podía resignarse a no expandirse, tal como las economías quedaban atrapadas por la aspiración permanente al crecimiento.

–De Doménico Contino, alcalde por el estado noble, contemporáneo del emperador Carlos, se contaba que llegó a la primera ciudad del litoral con el propósito de embarcarse, tras sufrir un revés que lo condujo a abandonarlo todo en pocas horas. Mas decidió hacer a nado la travesía hasta la otra orilla, decepcionado por su bolsa, urgido por el deseo, confiado a su fortaleza. Las primeras millas las completó sin gran esfuerzo, sin que su cuerpo le exigiera tener bajo sus pies tierra firme. Flotaba con la gracia de un ser anfibio, con la misma naturalidad que las aves se suspenden en el aire. Cuando ya había perdido de vista la costa, y aún en el horizonte la línea del agua se fundía con la del cielo, hubo de aumentar la tensión de sus músculos y apretar los dientes. Todavía avanzaba con una cadencia aceptable, patadas al agua, abrazando las ondas.

“Empezó a declinar el sol, cuya punción le había acosado rostro, nuca y espalda durante toda la jornada. Cuando se fue enrojeciendo a su derecha, y el agua terminó por ocultarlo, se sintió revitalizado y redobló su esfuerzo. La línea de contacto entre el aire y el mar no había cambiado de lugar. No pasó mucho tiempo antes de que el púrpura del crepúsculo se convirtiera en el gris de las tinieblas. Alentaba por la nariz, evitaba abrir la boca. El choque de los labios con el agua multiplicaba su sed, en la garganta se le abrían grietas. La bruma del amanecer lo sorprendió braceando al margen de su voluntad, como si un automatismo se hubiera apoderado de su cuerpo y le impidiera parar. Durante la noche había perdido la orientación, de su conciencia ya se había apoderado la certeza de que en el momento que dejara de nadar se iría al fondo.

Beneficiados y curas quedaron secularmente antagonistas, y defendieron sus respectivas posiciones a costa de los ingresos de su oponente. Entre las contiendas más conocidas estuvo la que los enfrentó por el derecho a la primicia, que duró toda la época moderna; un modesto ingreso, parásito del diezmo, que los curas solían percibir. En lo fundamental las posiciones quedaron bien definidas. El de beneficiado parroquial se convirtió en el título necesario y suficiente para participar en el reparto de todas las rentas eclesiásticas, la primera de las cuales era el diezmo. Y mientras que el beneficiado retenía los ingresos generados por toda clase de bienes adscritos a esta iglesia, para el cura quedaron los que proporcionaban los servicios parroquiales. De las diferencias de cantidad entre unos y otros resultaron los que convencionalmente se conocen como alto y bajo clero. La condición aristocrática del primero, en la escala local, la demuestra una cifra. La corporación que agrupaba a todos los beneficiados de la población de referencia tuvo siempre en torno a diez miembros.

Habiendo ganado el derecho a participar en las rentas eclesiásticas llamado beneficio, sus más significados poseedores habían recurrido a constituirse en corporación allí donde acumularon un patrimonio común; una sociedad que decidimos denominar, salvando las distancias, y solo porque desde el principio había sido nuestro deseo enunciar el problema en los términos más directos, el gremio de beneficiados, porque como los gremios tenía efectos de monopolio para la percepción de la renta correspondiente y su circulación: aspiraba a imponerse en el área en la que actuaba, hasta el óptimo de la exclusión de la competencia. La ventaja la garantizó que la institución eclesiástica que confería tales títulos consiguió que en aquellos reinos fuera la única activa de cuantas en Europa fueron organizadas. Su poder procedía de la restricción original de la actividad a la que se dedicaban, ejercida por pocos individuos, ninguno de los cuales disponía del suficiente para imponerse a los demás. Entre ellos no había quien fuera dueño de derecho alguno. Asociados en la corporación, adquirieron capacidad para decidir con menos obstáculos, como el señor en su dominio, y hacerse acreedores de privilegios que satisficieron sus objetivos. El grupo todo constituido en colegio fue capaz para inmovilizar, utilizando los reconocimientos ganados, patrimonio propio que generara renta.

Corporaciones tituladas universidad las había constituidas para atender distintos fines. En la época eran poderosas las interesadas en el comercio, aunque las más antiguas eran los colegios de gobierno de los municipios del norte y noreste de la península. La de beneficiados fue una corporación de presbíteros poseedores de título de beneficio de alcance local en algunas poblaciones. La que hemos analizado, con bastante probabilidad, tal vez fuera la primera asociación de hombres dedicados al sacerdocio en la población de referencia, si exceptuamos las que pudieron existir en la antigüedad. Hay indicios fundados de la actividad de un colegio de galos a los comienzos de la era. Al principio, eran hombres que se emasculaban para consagrarse a los cultos de Cibeles y Atis. Tan rigurosa disciplina era común a una parte del sacerdocio más primitivo, y hoy la crítica la reconoce como la fuente que inspiró el celibato. Asociado a la condición clerical en algunas culturas, aun considerándose una parte de la civilización, ha conseguido sobrevivir hasta hoy.

La denominación con la que fue conocida parece que comenzó en el siglo décimo cuarto, aunque ya a fines del décimo tercero el legislador había decidido a favor de un cabildo de clérigos. Es posible que su institución, como otras corporaciones de origen medieval, la adquiriera justo al ser objeto de privilegio y no porque dispusiera de estatuto por iniciativa real o propia. Hasta entonces habría sido un grupo de hecho, distinguido por su destino. El colectivo lo compondrían al principio los sacerdotes a quienes la administración eclesiástica vigente, aliada a la corona para sus planes de expansión, les adjudicaba las rentas de las parroquias.

Además de un gremio de hombres que habían ganado para sí este bien a través de los ingresos parroquiales, fue un gran consorcio de memorias. Por esta causa, a la dedicación y las ganancias de cada beneficio, una vez instituida sumó rentas específicas, que sus miembros pudieron disfrutar a cambio de la provisión de este trabajo extra. Con seguridad, entre 1307 y 1817, fueron promovidas a su favor al menos 134 memorias, que la corporación terminó llamando aniversarios a consecuencia del régimen administrativo que les aplicaba.

Los fundadores, como era regular en este tipo de iniciativas, a través del testamento o de una escritura específica, obligaban al cumplimiento perpetuo de ciertas celebraciones litúrgicas, en su mayor parte las consabidas misas de distintas clases con sus vigilias, pero también procesiones o responsos, en conmemoración de sí mismos y de sus familias. La única peculiaridad común de todos estos encargos fue que legalmente se hizo responsable de su satisfacción aquel cuerpo de clérigos.

A financiar cada memoria, como era obligado, los devotos destinaban al menos un bien, que a partir del momento de la fundación igualmente quedaba apartado y transferido a este colectivo de beneficiados. En su poder debía permanecer indefinidamente, porque perpetua, en la intención de los promotores, debía ser también la celebración de su paso por la tierra.

Casi la mitad de estas fundaciones a favor de la universidad fue medieval, y el siglo décimo quinto, una vez que hicimos balance, resultó el que más iniciativas le atrajo, la cuarta parte del total. Es posible que esta posición le hubiera correspondido al décimo sexto. Apenas había transcurrido su primera mitad y ya se habían acumulado casi tantas fundaciones nuevas como durante toda la centuria anterior. Pero a mediados de ella la corporación de los beneficiados, por alguna razón que decidimos no indagar, dejó de ser atractiva. Entre 1561 y 1645 -casi un siglo- solo pudimos detectar el origen de dos mandatos piadosos, ambos ya del décimo séptimo. Es posible que coincidiendo con los años reales de Felipe II, tiempo crítico para las finanzas, la institución quedara inactiva. Pero también pudo ocurrir que hasta mediados de él la universidad consiguiera mantener su oferta de satisfacción de memorias como un monopolio, y que a partir de entonces el mercado que había organizado ya no fuera sostenible, a consecuencia del incremento de la oferta clerical. Los datos que habíamos reunido sobre las fechas de creación de las memorias, resumidos precedentemente, concordaban con esta conjetura sobre la evolución de un mercado a un tiempo tan especializado y tan extenso.

Pasado el paréntesis, recuperó su presencia entre quienes compraban y vendían la piedad con una buena dosis de sentido práctico, aplicado con rigor a su administración desde el cambio de centuria. Tan eficaz fue el tratamiento que otra vez consiguió atraer, durante los años comprendidos entre 1645 y 1699, la confianza de buen número de personas. Las fundaciones de este periodo, en cantidad al menos, fueron equiparables a las del tiempo que había transcurrido entre 1301 y 1400. Los últimos cien años de su actividad efectiva estuvieron dedicados, antes que a expandir aún más su trabajo, a garantizar la gestión del que ya había acumulado. Entre 1709 y 1817 solo algo más de la décima parte de las fundaciones tuvo su principio.

Para ganar autonomía, algunas familias que habían decidido inmovilizar una parte de sus bienes cruzaron la memoria con el vínculo, un producto que tal vez fuera de transición hacia el medio garante del ahorro que finalmente triunfaría en el campo, la capellanía con sacerdote propio. Parece que la mezcla de memoria con vínculo tuvo cierto éxito entre 1570 y 1599, fechas entre las que fueron ideadas todas las experiencias de esta clase que pudimos identificar. Los encargos que debían atender en bien de las almas eran algo más exigentes que los de una capellanía común, aunque en ningún caso excedían los límites de la misa, fuera o no prolongada con ritos complementarios. Mientras que la fundación mínima obligaba solo a una, y era lo más común, las hubo que instituyeron hasta treinta, pasando por otras que dejaron encargadas cuatro o doce.

Todas eran conmemoraciones anuales y se pretendían tan perpetuas como las memorias, sus hermanas menores. Una parte de ellas también designaba expresamente unas fechas del calendario litúrgico católico para que se consumaran, como sus días de Santo Tomás o de Santiago, o el dedicado a celebrar la Encarnación. En el máximo de las condiciones, más allá de que fuera precisado que los celebrantes rezaran o cantaran, se situaban quienes pedían que el acto tuviera lugar en la capilla donde se enterrarían, o que a cada misa se agregara un responso sobre la sepultura donde estaban depositados los cuerpos de los padres del fundador.

Aunque los promotores de estas fundaciones designaran templos y hasta capillas, generalmente relacionadas con el enterramiento propio, donde precisamente habría de actuar el clero de los misterios, ahora los llamados al cumplimiento de la carga eran familiares. Ahí radicaba la diferencia con la memoria, y a tal designación prestaba su servicio el vínculo injertado. La responsabilidad de los encargos era prevista por el fundador según las reglas de esta institución civil, que se realizaban cuando a cambio los designados disfrutaban las rentas de los bienes que se inmovilizaban con aquella justificación animista.

Tales previsiones no neutralizaban por completo la intromisión de la iglesia romana en aquellos institutos, aunque al hacerlas las familias se propusieran reducirla a lo inevitable. La autoridad episcopal, apurando sus poderes, utilizaba cuanto estaba a su alcance para intervenir en su administración. Justificaba su injerencia en la necesidad de la anuencia canónica para que la obra fuera legítima, dados los fines dictados por los fundadores. Cuando se exigía la formación superior del clero para cumplir con el propósito de la obra, porque era el grado más exigente de la disciplina sacerdotal, la oportunidad para la intervención se incrementaba. De ahí que en la mayoría de estas fundaciones, por decisión inapelable de sus promotores, para que alguien se responsabilizara de cada una era formación eclesiástica suficiente el grado elemental, conocido como órdenes menores, que limitaba el alcance y las exigencias del sacerdocio. Decisiones como esta expresan con bastante fidelidad la función que la parte civil, responsable de que existieran aquellas instituciones, concedía al concurso del canon eclesiástico en la gestión de al menos una parte de sus ahorros.

–Parte de las diferencias humanas que llevaban inscritas las memorias, que tendrían sus causas específicas, se reconocen con más nitidez en las memorias con vínculos, versión de la misma obra efecto de un estado que parece preferente. Dos tercios de las fundaciones de esta clase eran consecuencia de una decisión tomada por mujeres solas, las cuales en la mitad de las ocasiones se declaraban expresamente viudas y en ningún caso mencionaban descendencia directa.


Pasto de las llamas

Nicomedes Delgado

Gracias al esfuerzo de los cronistas modernos, aún podemos recordar que en las alturas que las llamas eligen para vivir crecía una planta tan desconocida en Europa como las llamas mismas, antes de que ambas llegaran a noticia del mundo. No despertó la especie vegetal por su valor botánico mayor interés durante los primeros años de la relación colonial con América, ni por tanto fue mucha la literatura que engendró. Tampoco fue descrito uso útil de la planta, razón por la que algunos juzgan que su memoria degeneró al olvido en poco tiempo. Pero el afortunado Hernán Díaz de Bobadilla, en su Descripción de las excelencias del Perú, alcanzó a registrar uno. Dejó escrito que con ella los indígenas fabricaban una pasta que legítimamente quien observaba los hechos se creía obligado a llamar papel, aunque la composición del producto difiriera de la que ya prevalecía en Occidente.

Cuando se conoció la novedad en la parte del mundo que habitamos los europeos, como otras de su clase provocó la natural polémica sobre si debía aceptarse que oriente había sido el origen de la fórmula que tanto éxito ha tenido, o si por el contrario el mérito de la invención tendría que corresponder a los habitantes de las montañas medias de la América meridional.

La polémica siguiente ya dio origen a una estimable copia de escritos, y el eco que despertó ganó cierta audiencia más allá de los textos. Pero lo que resulta a nuestro propósito más relevante es que de ella se valió un naturalista del siglo décimo octavo para llevar los datos hasta entonces disponibles a un lugar insospechado. Gracias a que rescató lo que se había escrito durante el siglo décimo sexto, todavía alcanzó a observar el sorprendente efecto que aquel producto provocaba en las llamas. Sus extraordinarias observaciones pueden ser resumidas en la más exacta de sus frases. “Cuando la recibían como alimento, las encendía”. Para que el lector pondere el tamaño de su trabajo y el alcance de sus descubrimientos es necesario que conozca el relato de sus esfuerzos.

Siguiendo la pista que le trazaban los citados escritos, el naturalista ilustrado subió hasta las alturas donde habitaban las llamas, donde lamentablemente pudo comprobar que la planta descrita por quienes le habían precedido se había extinguido. El efecto visible de la pérdida era que las llamas languidecían. No se podía decir que la supervivencia de los animales estuviera amenazada, ni que en la complexión de los ejemplares vivos algún indicio hubiera de carencia de algún compuesto vital. Pero la falta de energía de sus movimientos era indudable. Bastaba ver cómo evolucionaban en el prado, cómo cortejaban, con qué espíritu acometían el apareamiento tanto machos como hembras.

Había llegado su experiencia al estado de estancamiento cuando recordó la noticia sobre la pasta de papel que se fabricaba con la hierba que mencionaban sus predecesores. Para su proyecto, tal como lo había concebido a este lado del Atlántico, la discutida pasta no habría de ser uno de los objetos de su exploración. Pero la vía muerta por la que venía avanzando le aconsejaba tantear otras. Indagó entre los indígenas para confirmar las noticias que poseía, y para su satisfacción pudo saber que las cosas eran tal como las había leído. Con la hierba referida se había fabricado entre ellos la pasta de su papel.

La respuesta afirmativa animó su trabajo, siguió investigando en la misma dirección y todavía pudo averiguar más. Si la hierba había desaparecido había sido a causa de una encomiable pasión, la que los jesuitas habían puesto en la infinita tarea de la propaganda de la fe. Aconsejados por su espíritu misionero, habían elaborado unos alfabetos que permitían convertir los toscos signos con los que era transcrita la lengua indígena al latín. Pretendían de este modo tender el puente que les facilitaría el acceso al mejor conocimiento de cuanto trascendente puede saberse.

Llevados por su afán divulgador, los buenos padres de la compañía habían impreso miles de cartillas de alfabetización. Mas la iniciativa editorial de los misioneros había sobrepasado las necesidades. De este modo había agotado los recursos que el monte ofrecía para disponer del soporte de la impresión, y más adelante la febril decisión originado el efecto de inhibir el crecimiento de la planta prima. Desde que los jesuitas mandaran segar todas las matas no había vuelto a salir ninguna en toda la zona, y no se tenían noticias de que en otras subsistiera.

La mayoría de los folletos entonces impresos estaban almacenados a la espera de que fueran solicitados por los nuevos padres. Pero la misión ahora otra vez estaba bajo control de una orden distinta, la misma que extendía su autoridad sobre toda la región. Desde que recuperara el dominio sobre aquellos territorios, los folletos que los jesuitas habían mandado imprimir en ningún momento habían sido solicitados, y permanecían donde habían sido depositados hacía ya más de cincuenta años.

Nuestro analista dedujo con rapidez. Aquel mismo día dio a comer unas cartillas a las llamas, que las recibieron sin señal alguna de rechazo.

Repitió la experiencia al día siguiente, y tampoco entonces los animales repudiaron porción alguna de la letra impresa. Lo mismo ocurrió al tercer día. Mas para entonces nuestro hombre, buen observador, ya apreciaba que no era la misma parte de la manada la que acudía cada día a su reclamo. No dejaba de ser chocante. A su parecer, los animales deberían retornar atraídos por el instinto, si es que el alimento recuperado era idóneo.

Decidió marcar las llamas que acudían cada jornada al reclamo de los libros. Intencionadamente restringió la cantidad de folletos que depositaba en los improvisados comederos, y con más ingenio que habilidad consiguió, con una brocha al extremo de un largo vástago, sirviéndose de elementales pigmentos disueltos en cal, marcar con un color distinto las de cada tanda.

Al cabo de una semana había acabado con sus recursos cromáticos. Ninguno de los días de su experimento había vuelto al lugar donde les proporcionaba el que a su parecer era exquisito alimento ejemplar que ya lo hubiera comido. ¿Lo rechazarían? ¿Habría cambiado su metabolismo? ¿Serían presa de una enfermedad por efecto de la inesperada ingestión? ¿Morirían entre espasmos?

Decidió averiguar qué estaba pasando.

Al octavo día se las compuso para que las llamas entraran en una corraleta, en cuyo suelo había arrojado dos o tres cubos de unos de sus pigmentos. Cuando hubieron comido las llamas el papel, a lo que aguardó paciente tras una roca contigua, todo consistió en seguir las huellas que las criaturas iban dejando. Mientras caminaba siguiendo el rastro de las pisadas, nubes amenazaban con la tormenta del fracaso el experimento de nuestro valiente empirista. Por fortuna no descargaron.

La manada que aquel día se alimentara con las cartillas no se había dispersado. Pero eso no era lo más sorprendente. Habían acudido a un lugar al que estaban acogidas las demás que habían comido papeles. Allí estaban las llamas verdes, las rojas, las amarillas, las celestes, y todas actuaban de manera extraordinaria. Unas cabriolaban, otras piafaban, las había que saltaban y aún en el aire eran capaces para juntar las cuatro patas y adoptar excelentes figuras de levitantes.

No tardó en encontrar la explicación buscada. A partir de aquel momento toda su atención se concentró en aquel lugar, y durante días y días, regulando meditadamente el gasto de papel de aquellos animales, a escondidas, fue observando el extraordinario comportamiento de las llamas, el cual, finalmente, describió en un sorprendente libro que decidió titular Pasto de las llamas. No he conseguido rescatar más que su referencia. No hay rastro del texto en colección literaria que conozca. Solo me queda, como homenaje y reconocimiento a tan extraordinaria obra, imponerme el deber de restaurar aquel título.


Orígenes de la República I.3

Gastón Barea

La mejor creación de Hiram Abí no debe buscarse en alguna de las piezas por él fundidas. No es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar o la tribuna, las basas, las columnas o el mar. De las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que dio con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a ellas, consiguió representar las cuatro sustancias elementales: la tierra, el agua, el fuego y el aire.

La tribuna, asentada sobre un sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres resignados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que confían sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe y el abismo al que todo finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.

Así fue teorizado por Hiram Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que sigo procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primigenia, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.

Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la evocación de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado, no obstante su buena formación, podría juzgar.

Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.

Creo que es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles he podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.

La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de Justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había recibido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianzas, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.

De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.

Pero Seguier prefirió concentrarse sobre todo en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y productiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.

En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprendía con mano decidida -él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas- todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado, como el negro nimbo que distingue al del diablo, de una sórdida y absorbente sonoridad. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.

No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que tiene que ganar un cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, el odio cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, dicta sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta hasta la existencia misma; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.

A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito.

Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Ruedas y estacas preparadas hubo con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de sacerdotes, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.

Pero la notable reputación de Seguier, pasado el tiempo de su vida, no fue solo consecuencia de su fervorosa entrega a la persecución y a la tortura. Siguiendo cierta inclinación simultánea, y no obstante paralela, a menudo una virtud que a esta clase de hombres completa tanto como sorprende, diose a la colección de obras antiguas impresas y manuscritos de desigual valor literario. Pudo parecer en algún momento que su ingestión voraz de creaciones del ingenio humano tenía su origen en un lugar común a las dos incitaciones que daban fe de su alma única, la sanguinaria y la letrada, aquel donde arraigó la legítima convicción de la extraordinaria naturaleza de su ser. Sin embargo, ahora resulta más plausible la posibilidad de que en su caso las letras fueran almacenadas para que actuaran como el agua, para que limpiaran las manchas de sangre de sus manos. Tanta vida ajena dejó la última señal de su existencia, a borbotones arrojada fuera del cuerpo que la contenía, sobre las manos del canciller, que la colección de libros, más que un arroyo, hubo de ser un río caudaloso.

Pero el marcado contraste de los actos de su vida, relatados a su iniciativa, invita a pensar en otra dirección, más elevada. En el transcurso de su tiránica expedición a Normandía, en medio del terror y de las ejecuciones que durante el día daban luz a su vida, encontraba tiempo para visitar a los más oscuros libreros de viejo, para buscar en lugares apartados del trato con los mortales preciosos manuscritos. Así lo quiere su diario de aquel viaje, escrito por un funcionario bajo sus órdenes, el dócil y leal Verthamont, para quien la cesión de su nombre fue toda su gloria.

No hay por qué dudar de que Seguier llegara a ser un hombre refinado y de alta formación. Los más grandes aman lo más grande. Son conocidas sus inclinaciones hacia la filosofía y por lo que entonces llamaban antigüedades, y hasta sintió atracción por la seductora paleografía, un juego inofensivo para adultos discretos. Fue un significado amante de la nueva ciencia, entonces apenas brotando del racionalismo restaurado, y por eso cofundador, con Richelieu, de la Academia Francesa, de la que además fue un calificado protector oficial, munificencia que no impidió que fuera uno de sus más activos miembros de los orígenes.

La deliberada ostentación que durante toda su vida hizo del deseo de formar una gran biblioteca personal tuvo su más alta expresión en el acopio de raros manuscritos, tanto más apreciados cuanto más raros, libros extraños para todos, no tanto para él, que los hizo encuadernar con cuidado y lujo. Tanto los amó que para ellos hizo construir una galería, que a la vista de quienes tan alto y tan cerca de él lograban llegar no ocultara la que podía ser la mejor prueba de sus pasiones. Según el inventario redactado a un mes de su muerte, aunque todavía en 1672, luego, en 1686, publicado como repertorio con vistas a la venta de los volúmenes, en la misma París, tras el título Catálogo de los manuscritos de la biblioteca del difunto monseñor el canciller Seguier; solo la colección de los manuscritos estuvo organizada en cuatro series: contemporáneos, latinos, griegos y orientales.

La parte de los contemporáneos estaba formada con los que en origen habían sido los archivos personales de quien ejerciera los cargos de ministro de justicia y canciller. De su clasificación según el criterio de la lengua, porque de su condición temporal, no obstante destacada, porque así pronto son percibidos su contenido especial y su relevancia, se deduce que todos utilizan el francés como medio de expresión. El resto es la colección que su dueño había ido formando mediante adquisiciones hechas en los lugares más escondidos, y cuya procedencia no siempre es posible decidir. Que hubiera en ella secciones griega y latina parece obligado en un hombre de su cultura, y que hiciera colección separada con los manuscritos orientales tampoco debe sorprender. Era algo hasta cierto punto frecuente en las mejores colecciones de aquel siglo. Pero en este último caso el criterio de segregación es solo temático. Casi nulo era entonces el conocimiento que Europa había elaborado de las antiguas lenguas de oriente. De hasta dónde había llegado una prueba había entre aquellos manuscritos, un ejemplar del que parece el primer relato occidental de la escritura cuneiforme de Persépolis, copia del texto en origen escrito en latín por García Silva Figueroa, embajador español en Persia. Una primera edición de aquel texto, con el título De rerum persicarum epistola, había aparecido impresa en Amberes el año 1620. Pero Seguier debió hacerse con el texto conectando con una tradición paralela, manuscrita, aun así estimable. Incluso entre quienes han estudiado el retroceso los hay que consideran que volver al manuscrito fue, en su caso, una decisión inmejorable, porque quien la tomó optó por un diseño sin concesiones a la inspiración innovadora. Cada vino tiene su botella… y cada libro su formato, sentencia uno de los admiradores de rarezas bibliográficas como esta.

Muerto el canciller, la viuda conservó durante años la biblioteca que había heredado en el estado en que su dueño la había legado. Rige en los tiempos inmediatos a la muerte la dictadura de los objetos que fueron pertenencia del difunto. Su posición inalterada sirve a la idea de que prolongan su presencia, y sin duda son origen de retornos fantasmagóricos de quien ya ha desaparecido. El deseo ferviente de quien no se resigna a la pérdida vivifica los objetos inertes, a base de expectante contemplarlos con la mirada concentrada en ellos horas y horas, hasta que la fatiga los vence. Cuando al fin a la conciencia retorna la certeza de que los cuerpos inanimados son por naturaleza inmóviles, ha pasado el plazo de respeto a la memoria del difunto que impone la costumbre. Para la viuda de Seguier también cumplió este plazo, pasado un tiempo, y sus libros empezaron a peligrar.

Había crecido entre los herederos la idea de vender la colección completa de los manuscritos a un solo comprador, no tanto por encontrar una oferta más lucrativa cuanto por convertir todo aquel patrimonio, de una vez, sin más especulaciones, en dinero contante. La Biblioteca Real francesa ya había mostrado interés por ellos, por razones similares a las que al canciller lo habían llevado a juntarlos. Inmejorable oferta, imposible mejor comprador. Pero las cuarenta mil libras en las que los herederos, urgidos por sus deudas, valoraron entonces toda la colección parecieron un precio excesivo a la Casa del Rey y el traspaso no se consumó.

Quiso la suerte sin embargo, aun después de este primer fracaso, que la biblioteca de manuscritos del canciller no fuera disgregada en lotes ni dispersada por pequeñas colecciones. Gracias a un azar favorable, pasado algún tiempo, correspondió toda su herencia a uno de los nietos de Seguier, el ilustre Henri-Charles du Cambout de Coislin, obispo de Metz entre 1697 y 1732. Mientras estuvo en su poder, atendió a la conservación y al cuidado que merecía el patrimonio recibido, velando en especial porque los preciosos libros de raro origen se mantuvieran reunidos. Tan firme voluntad obligó al obispo a serios dispendios en obras de estantería, así como para cubrir la nómina del personal experto que debía sostenerla en uso. Nada de eso fue obstáculo para que mientras viviera su propósito no sufriera desviación alguna.

Con ser muchos sus méritos, el mayor de ellos lo reservó para el último momento. Hombre en extremo previsor, guiado por el encomiable deseo de prolongar más allá de su muerte su virtud, antes de su fallecimiento, por medio de su testamento, tomó una decisión irrevocable. Acordó legar todo el tesoro bibliográfico que había recibido a la afamada congregación benedictina de Saint Maur, la institución entonces más cualificada para ser su dueña. Desde que la condujera Jean Mabillon, considerado por Richelieu el hombre más capaz de su tiempo, los mauristas llevaban décadas atesorando pacientemente en el monasterio de Saint Germain des Pres, en París, inestimables tesoros manuscritos de todas las épocas. Para 1732, esta congregación ya era un instituto de prestigio, más que por su esforzada religión por su virtuosa consagración a la búsqueda, estudio y publicación de documentos de alto valor histórico. El establecimiento encabezado por Mabillon, durante el siglo décimo séptimo y primeros años del décimo octavo, ya había contribuido de manera decisiva a proporcionar sólidos cimientos al análisis crítico, fundamento del conocimiento histórico, al tiempo que piedra angular de la filología, la herramienta más estimable de los nuevos procedimientos. Tan decisiva fue aquella contribución que el tiempo ha venido a demostrar que el camino abierto por Mabillon fue trazado por las únicas cotas por donde el tránsito era posible, y jamás desde entonces ha sido necesario retornar al origen del que se hubiera partido, ni aun volver la vista añorándolo.

A las estanterías habilitadas en Saint Germain des Pres fue llevada la colección de manuscritos del canciller Seguier durante 1735, a excepción de un pequeño lote previamente desprendido y de escaso valor, insignificante para el asunto que nos ocupa. Y allí, durante años, fue conservada con la dedicación y el cuidado que merecía.

Pero estalló la revolución, frívola criatura de voracidad imprevisible, que tanto puede deglutir cualquier patrimonio como morir de inanición, como la amante caprichosa dotada de un criterio tan inestable como su humor. Por esta vez, por suerte, los manuscritos de los mauristas escaparon a sus ansias. Entre 1795 y 1796, pasados ya los tiempos terribles de la Convención, la biblioteca entera de Saint Germain des Pres pudo ser trasladada a la Biblioteca Nacional francesa sin novedad.

En apariencia, el mal momento se había superado y todo había quedado a salvo. Pero un buen día vino a descubrirse algo no exactamente sorprendente. Durante los años inmediatamente anteriores, en aquella época de desorden que luego pudo acotarse entre 1789 y 1794, la valiosa biblioteca benedictina había sufrido pérdidas. Algunos de los manuscritos procedentes del viejo monasterio de Corbie, el más valioso de los legados acumulados por los mauristas, habían desaparecido, y, lo que para nuestro caso es más notable, también había perdido la mayor parte de la colección procedente de Seguier.

Pasa con las amantes de fábula que satisfacen su capricho con un licor exótico, alguna joya, entre risas estentóreas que nada fáciles de explicar. Antes, por insidiosa recomendación de un casi desconocido, de las manos del insensato habrá arrancado un documento de nulo valor para ella, que entre sí los bancos en cadena descontarán. El hombre sin seso terminará arruinado, ella cargará con la culpa del desastre y en la sombra permanecerán los que de cualquier forma habrían ganado, sonriendo satisfechos porque en un tiempo récord lo consiguieron todo, simplemente trastocando las apariencias y dejando que los hombres fueran embaucados por sus prejuicios. Así ocurre en las circunstancias en las que el desorden social seduce a los apasionados revolucionarios. Nunca faltará quien disuelva en la estupidez hasta su sombra, y acogido a los rincones fuera de la luz del caos haga a la humanidad el gran favor de salvarse, llevando consigo cuanto es digno de ser conservado.

Hasta ahora la historia completa de la desaparición de los manuscritos de Saint Germain no es que haya dejado de ser escrita. Pero una versión de efectos convincentes aún no ha sido leída. Solo se ha aceptado, como transacción de alguna certeza, que aquel expolio tuvo lugar durante el año 1791, tercer año de la revolución, celebrado por ser el primero constitucional.

El hecho de que muchos de los manuscritos antes pertenecientes al fondo abacial hayan conservado huellas de fuego para algunos es indicio incuestionable de que las circunstancias de aquella desaparición fueron violentas. No es un testimonio suficiente. Antes parece una forzada insinuación circunstancial para desalentar los deseos de los indagadores poco exigentes. Muchos estarían dispuestos a admitir la prueba por concordancia de las apariencias, y muchos también han sido los que achacaron al desorden y a la ira de la gente sin control cuanto se podía adjudicar a su descuido, al estado de abandono en que mantuvieron tan frágiles bienes llevados hasta su tiempo por una pesada cadena de siglos.

Sea o no acertada la valoración de la circunstancia, para explicar el extraño circuito recorrido por muchos de ellos desde el momento de su desaparición y su paradero final hace falta más. Por los más perspicaces alguna vez se ha revelado, por desgracia en textos aparecidos en revistas de escasa difusión, y aun así de forma anónima, que otros manuscritos procedentes de lo de Seguier y que habían estado en Saint Germain, sin rastro alguno de fuego, habían sido encontrados en lugares poco edificantes, desde luego sorprendentes. Con seguridad, ya en el siglo pasado fueron identificados seis, arrumbados en un almacén de los muelles de El Havre. Hecha averiguación por su perplejo descubridor, cuya descendencia ha conseguido conservarlos hasta hoy como precioso patrimonio de la familia, supo que hasta allí habían llegado calzando un envío de ricos tapices, igualmente extraviados con ocasión de los acontecimientos revolucionarios.

Pero la mayor parte de los manuscritos desaparecidos al parecer se movió poco, ni siquiera llegó a salir de París, y pasó los desasosegados días de las revueltas en un tranquilo y apartado rincón, a recaudo de las desbordadas calles sin gobierno. Adonde los rayos del sol no alcanzaban ya estaban en 1792 y, he aquí lo que es más difícil demostrar, aunque no sorprendente ni inexplicable, no se sabe bien cómo, muy poco después, casi todos estaban en manos del secretario de la embajada rusa en la capital francesa, el intrigante y astuto Pedro Dubrovski, algo más que un diplomático.

Representaba este Dubrovski, como una parte de la protección que era debida a la delicada posición en la que el gobierno ruso lo había colocado, y aun mantenía, para el desempeño de encargos tan preciosos que obligaban a que en él fuera depositada toda la confianza, incluso ignorando sus actos, ser otro insaciable y voraz coleccionista, especialísimo apasionado por los manuscritos antiguos. Fue su inagotable capacidad de maniobra, unida a sus proclamadas inclinaciones, las que le valieron, en aquellas desordenadas circunstancias, la parte más valiosa de los manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Pres, entre los que estaban los de incalculable valor procedentes del viejo monasterio de Corbie que también momentáneamente habían desaparecido, la base sobre la que los benedictinos pensaban consolidar sus ambiciosos proyectos historiológicos.

Para completar tan preciosa coartada, así como el premio material a sus ocultas excelentes gestiones, todavía sumó al patrimonio documental adquirido en París una parte de los archivos de la Bastilla, también arrojados a la calle por las gentes enloquecidas que asaltaron la fortaleza de la festiva revolución y destrozaron sus instalaciones.

Dubrovski concluyó sus servicios inestimables de representación diplomática antes de que terminara el siglo, y regresó a San Petersburgo en 1800. Por entonces empezaba la Biblioteca Pública e Imperial de aquel sueño urbano, como en sus inicios estaba la ciudad misma, tan joven que aún no había alcanzado el siglo de existencia, un tiempo que para la ciudad que aspiraba a ser una capital apenas equivaldría al de la infancia. En 1800 allí todo era reciente, y la colección de libros iniciada en ella lo era aún más. Los comienzos de aquella institución, la que debía conservarla, habían ocurrido a finales del siglo décimo octavo, cuando Catalina la Grande quiso fundarla con un lote inicial procedente de Varsovia, donde los hermanos Zaluskie habían creado una importante biblioteca. Habían conseguido reunir unos 250.000 libros hasta el momento en el que les fueron incautados por las tropas rusas, que finalmente los trasladaron desde Varsovia a San Petersburgo en 1796, el mismo año de la muerte de la emperatriz.

La mayor virtud de aquel enorme lote fundacional era que reunía fondos ricos en textos escritos con las lenguas de los países de Europa occidental -aparte los libros polacos, naturalmente los más numerosos-, algo especialmente estimado en la Rusia de aquellos primeros días de aquella capital. Con los textos en francés, y aún más si habían sido escritos por franceses, vino a desencadenarse en el más melancólico y alejado observatorio del mundo civilizado un apasionado universo imaginario más vigoroso que cualquier realidad, similar al que pasados los siglos ha originado en tantos lugares el inglés. Pero la pobreza en libros rusos de que adolecía en origen la biblioteca imperial causaba sonrojo; y, si bien estos podían ocupar entonces un lugar secundario en la estimación de los rectores de aquellas tierras enormes de fronteras imprecisas, con buen criterio consideraron que no era justo que lo más inmediato fuese por un injustificable desprecio alejado tanto que fuera perdido de vista.

Para compensar el defecto de libros, manuscritos o impresos, escritos con la lengua evangelizadora de los eslavos, ya en Rusia la biblioteca Zaluskie, fueron utilizados dos procedimientos. El primero, común y muy eficaz, pero que para que rinda beneficios necesita décadas y décadas, fue concederle a la que ahora empezaba el depósito legal. Pero para conseguir pronto los efectos deseados sobre todo le fueron agregadas colecciones personales, la mayoría adquirida por medio de compra en el interior del país. Fue este último el medio más eficaz para incrementar en poco tiempo los fondos en lengua vernácula.

Sin embargo, para elevar la nueva biblioteca al alto lugar desde donde quería exhibirse, hacia el que tendría que levantar su rostro el que tuviera que admirarla, juzgaron sus promotores imprescindible engrosar sus fondos con obras procedentes del exterior occidental. La colección más estimable de cuantas pudieran representar tan exclusivo papel era, sin ninguna duda, la formada por Dubrovski. Había viajado con él desde París a San Petersburgo, no sin sufrir algunos contratiempos en el largo trayecto, entonces interceptado por innumerables fronteras y un número mayor de sables. Inicialmente, su poseedor había planeado un sereno traslado de todo el lote desde los muelles del Sena, que efectivamente habría resultado más ventajoso y  cualquiera habría creído regular. Pero las amenazas del bloqueo, más las azarosas oscilaciones de la guerra, que entonces había tomado el mar como campo de batalla, le obligaron a optar por un penoso viaje por tierra. Tuvo que eludir vías de primer orden, descender hasta latitudes poco prácticas pero sosegadas, sobornar y mentir, engañar, en ocasiones afrontar el asalto de los ladrones que eran mantenidos por los bagajes. Gracias a esta estrategia, la peregrina caravana de los manuscritos pudo arribar a las orillas del Neva sin más novedad que algunos animales muertos, otros seriamente estragados, desperfectos en lanzas, ruedas y piezas menores de los carros, y algún herido entre los soldados de confianza, que sobornados con largueza en traje de civil hubieron de cruzar Europa, más de norte a sur y de sur a norte que de oeste a este; pero sin que daño alguno hubiera alcanzado a los preciados materiales que transportaba.

Amagó Dubrovski entonces con la institución de un gabinete de lectura abierto al público, para su beneficio exclusivo y deleite de sus usuarios, sostenido a sus expensas, donde la valiosa copia de ingenio por él acumulada pudiera ser admirada. Era el penúltimo monólogo del papel que debía representar, el forzado epílogo previo al final apoteósico que del fiel servidor había de esperarse. En los planes de Catalina jamás hubo lugar  para que a los ojos rusos la grandeza hubiera de ser representada más allá de donde su poder alcanzaba. Tampoco es obligado coronar la ambición con el desprecio cuando el apetito puede ser colmado si se sabe mantener la boca cerrada. Al contrario, conoce quien gana poder mayor deleite en el ejercicio de la magnanimidad, virtud que le es exclusiva. Y con la cuidada elegancia que adorna las más ordenadas cortes dejó la administración rusa que las cosas terminaran por parecer lo que debían, que fuera el apreciable y querido Dubrovski el exclusivo encargado de redondear y rematar sus muchos, valiosísimos e impagables servicios.

En 1805, en un acto de generosidad que a todos sorprendió, el antiguo secretario de embajada decidió donar al gobierno ruso toda la colección de los manuscritos que había reunido; con una sola condición, en realidad casi un modesto y sentimental parecer: que fuera depositada en la biblioteca imperial que se estaba formando, para contribuir a su engrandecimiento y así a perpetuar la memoria de quien la promovía. Así fue aceptado por la administración del momento, en nada quedó modificada su voluntad.

En reconocimiento a tan especial donación, todos los valiosos manuscritos serían marcados con la inscripción Ex museo Petri Dubrovski. Pidió ser él quien con su propia mano así los identificara, para de este modo unir su caligrafía, como colofón testamentario, a los rasgos salidos de las manos más cotizadas de la cultura occidental. Así le fue concedido y han conservado el delicado gesto de su mano generosa, como reliquia de la más noble lealtad, distintivo que a los ojos de cualquier lector no solo los identifica sino que los engrandece.

Además, Dubrovski obtuvo del gobierno, como justa compensación a sus inestimables servicios literarios, un nombramiento vitalicio como conservador de la soberbia biblioteca donde su colección había quedado depositada, y que aquel abnegado cargo estuviese dotado con una modesta pensión, que sin embargo le permitiría vivir con desahogo el resto de sus días; un merecido colofón y recompensa justa a una vida dedicada al servicio de la administración rusa en sus más delicadas y secretas vertientes. De este modo tan imprevisible las equívocas letras fueron el mejor premio para quien debía permanecer en silencio hasta el fin de sus días.

La Biblioteca Pública e Imperial de San Petersburgo fue por fin abierta al público en 1814, bastante después de muerta su feliz promotora. Gracias al sereno y meditado plan de acopio y gestión del que se había beneficiado, durante todo aquel siglo, y hasta la revolución de 1917, fue la mayor biblioteca de todas las Rusias, la que podía pasar por biblioteca nacional, y aun pudo ser considerada, entre 1850 y 1900, por la cantidad de volúmenes que en ella estaban depositados, la segunda biblioteca del mundo, tras la Nacional de París.

Pasada la revolución soviética, por razones administrativas, dejó de ser la primera biblioteca rusa. Pero no fue el cambio obstáculo para que la autoridad de su ya sedimentada organización se impusiera, y la vieja institución hiciera de centro que gestionara el patrimonio bibliográfico que a consecuencia de los nuevos tiempos iba siendo acumulado. En ella ingresaron millones de obras, procedentes de las colecciones privadas que habían sido confiscadas durante la más frívola de las aventuras políticas que puedan recodarse, y de otras públicas que por distintas razones desintegradas habían quedado. Como culminación de aquella ola de innovaciones, en 1932 la ya centenaria biblioteca imperial fue rebautizada con el nombre del escritor Mijaíl Yevgráfovich Saltikov, más conocido por su semipseudónimo Saltikov-Chtedrine, cambio sobre cuya responsabilidad no debe buscarse razón alguna en la biblioteca misma. En la actualidad, restaurada como Biblioteca Nacional de San Petersburgo, este depósito gigantesco ha sobrepasado el tamaño de los veinte millones de piezas y conserva la colección más completa de obras rusas anteriores a la revolución, así como de obras extranjeras sobre Rusia.

Desde el momento de su donación hasta hoy, la colección Dubrovski ha sido conservada allí con tanto cuidado como escasos lectores. No deja de sorprender, habiendo sido el francés una lengua tan fundamental para la cultura rusa más occidentalizada. Habrá que responsabilizar a las dificultades para la lectura que lo escrito a mano a cada signo plantea que durante décadas y décadas aquellos fondos casi nunca fueran leídos.

Después de la revolución de 1917, algunos estudiosos repararon en ella con cierto desistimiento pero con sistema; a pesar de que durante la etapa que a partir de aquel momento comenzara, y que ha durado hasta tiempos recientes, el acceso a estos fondos, para cualquier lector no ruso, estuvo muy limitado, si no excluido. Pero durante el siglo precedente a la revolución, algún lector francés fue hasta allí arrastrado por la curiosidad, tras una penosa peregrinación, réplica de la sufrida marcha de los papeles de Seguier hasta Rusia que lo preparaba para tan alto conocimiento. Entre los pocos que esta aventura emprendieron estuvo, antes que muchos, Héctor de la Ferriere, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido.

Tras sus fracasos políticos, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, por los años sesenta del siglo décimo noveno, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender un viaje que lo llevó a San Petersburgo, donde pasó una larga temporada. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador infatigable, buena parte de sus esfuerzos intelectuales los concentró en la biblioteca imperial, con el propósito de conocer cuál era el contenido de los manuscritos que hasta ella habían llegado procedentes de Francia.

A su regreso, refugiado en su castillo de Ronfeugerai, en la baja Normandía, preparó el balance de sus indagaciones. Apareció en París en el año 1867 bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789. Contenía la noticia circunstanciada de cuanto había podido revisar de la colección Dubrovski, descripción que en bastantes casos alcanzaba hasta la copia literal de buen número de piezas, tal como entonces era común en los todavía indefinidos instrumentos descriptivos de las colecciones documentales, en los que convivían simples referencias propias de inventarios con descripciones catalográficas o ediciones escasamente regladas.

Con ser prolongada la estancia de Héctor de la Ferriere en San Petersburgo, y muchas las horas que dedicara al trabajo que se había impuesto, el balance de su trabajo pareció corto a sus críticos, una opinión que ha prevalecido. La masa de manuscritos que pasó por su mesa fue tanta, por efecto de su insaciable deseo de ver y ver, que resultó excesiva, y en apariencia desigual y dispersa. Tan poco fue el tiempo que pudo dedicar a cada pieza que en muchas ocasiones leyó con precipitación; de donde vendrían a veces a derivar imprecisiones, en otras indudables errores y en tantas tanta superficialidad en la interpretación que el contenido del manuscrito, conocido por el asiento que en su informe aparece, no puede saberse a ciencia cierta. Añádase que la conciencia de su limitada capacidad de consulta, certeza desde el principio de que sería imposible conocer el contenido completo de la colección, angustia que abrumó y ofuscó su trabajo en el origen, le obligó a trabajar siempre seleccionando, y los criterios que para ello aplicó no fueron estables, definidos a partir de principios rigurosos, inspirados en ideas luminosas, explícitos siempre, y sí esquivos para el lector actual.

Por reconocimiento al trabajo esforzado de la Ferriere, y su deseo de servir a la verdad, debe quedar escrito sin embargo que por su palabra aquel pionero reveló el límite de su ajuste humano. No creía que su campaña de lecturas fuera la culminación de empresa alguna, sino una apertura de puertas que otros lectores tendrían que franquear, el comienzo de una vida cuya muerte a él le estaba negada como consecuencia de la propia, como es común que al padre con el hijo le ocurra. Allá hay -decía, refiriéndose a los depósitos de la biblioteca imperial- maravillosos yacimientos de oro que esperan ser explotados; basta tener buena mano, voluntad y paciencia para buscar.

Pero el mayor mérito del conde, para quienes del primer templo de los tirios quieran saber, es haber rescatado, no sé si por la voluntad que le dictara su conciencia, la única versión por ahora conocida de los textos de Hiram Abí. No estaba entre los manuscritos orientales, sino formando parte del archivo personal que Seguier fue haciéndose, a consecuencia de su eficiente y leal gestión como administrador de la grandeza francesa; entre aquellos fondos de Seguier que genéricamente han venido siendo conocidos como manuscritos contemporáneos, simplemente porque utilizan como lengua el francés, aunque algo de híbrido deba reconocerse en ella. Héctor de la Ferriere la descubrió en el legajo 107/I-III, descrito en su inventario como Colección de cartas originales de hombres ilustres del siglo XVII para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669.

La correspondencia recibida por Seguier en su tiempo, en la parte ahora conservada en San Petersburgo, es una colección de entre dos mil quinientas y tres mil piezas, algo relativamente pequeño y abarcable, si se compara con los muchos millares que habiendo pertenecido a las series guardadas por el canciller fueron a parar en la biblioteca imperial. Es lógico que el conde fijara en ella su atención y se propusiera revisarla dentro de los límites de su campaña de pesquisa, más aún porque es una materia seductora, sabrosa y variada, ligera en ocasiones, sorprendente con bastante frecuencia, buena muestra de la dispersa apertura a temas imprevistos que puede llegar a convertir en reconfortantes las tediosas y áridas horas que es obligado dedicar a la investigación sobre documentos para cada jornada poder acumular, como recompensa a tantos esfuerzos, algunos gramos de oro.

Las cartas enviadas desde las provincias al que fuera férreo responsable de la política interior francesa le informaban de todo cuanto los funcionarios, a su criterio, juzgaban de interés. Los había lacónicos, a la vez que estrictos cumplidores de su deber, corresponsales monótonos que periódicamente informaban sobre los mismos vagos asuntos con reiteradas palabras oscuras. También los había burocráticos y farragosos, extensos casuistas con aspiraciones a redactar los tratados de jurisprudencia que por fin dieran asiento a la ciencia de la recta administración de la justicia. No faltaban aquellos inevitables amantes del detalle irrelevante que casi a diario comunicaban al superior las sospechas que una palabra oída al paso, o un gesto visto en un instante, desencadenaban en quien permanentemente vivía sintiéndose perseguido por el odio que el delator merece.

Pero igualmente los había perezosos y descuidados, frívolos funcionarios que solo en alguna ocasión descendían a contar en tono adulatorio asuntos con los que ganar la simpatía del que debía benevolente perdonar su irresponsabilidad y de este modo quedar redimidos. Nada en este caso como que el empleado provincial, la institución delegada por boca de su gestor o el señor intendente, con mayor frecuencia redactor de los textos que estaban reservados a un tiempo al trato discreto y personal mas de alta etiqueta administrativa, regalasen a Seguier con un comunicado de interés intelectual, por completo privado, para satisfacer el exigente paladar del canciller en materia científica, y así ganar pronto su favor.

Fue François Bosquet, juez real en Provenza y Languedoc, luego obispo de Lodeve y Montpellier, uno de los que eligió el recto y ancho camino que sin distracciones llega directo al corazón. Deslizó, como por casualidad, en una larga carta que escribiera a Seguier en 1644, ciertos pliegos, de procedencia desconocida, que a sus manos habían llegado por azar. Sabedor del interés que el canciller mantenía por aquel tipo de piezas, se complacía en adelantárselos en depurada copia. Se tomaba por lo demás la libertad de presentarlos bajo el título colectivo de Textos conservados de Hiram Abí, el broncista de Tiro.

Toda aquella calculada trama de circunstancias, sabiamente culminada con tan directa declaración del contenido, como directo es finalmente el golpe del noble boxeador que antes amagó, y con desviados ademanes ha fintado, para encantar al contrincante y llevarlo hacia el lugar erróneo, donde primero lo atornilla y luego lo sucumbe; debió estar conducida al deseo que no debía ser declarado, colocarle a Seguier los pliegos que Bosquet reservaba en pro de sus favores. Fuera que el canciller desconfiara de que fueran auténticos los documentos que de manera indirecta le eran ofrecidos, fuera si no que bastó al curioso iniciador de la academia la lectura hecha por aquel medio para desecharlos; fuera aún que a su atención, entre tanta correspondencia recibida, escapara aquella novedad, el caso es que queda aquí interrumpido mi conocimiento de la procedencia de los textos de Hiram Abí. De lo que Bosquet pudiera haber poseído no he encontrado rastro alguno por ahora. A la colección de manuscritos orientales que Seguier hiciera desde luego no llegaron, por lo que, de ser cierta mi suposición de la enmascarada operación de venta, habrá que considerarla fallida. Solo me queda la transcripción que a mediados del siglo décimo noveno el conde Héctor de la Ferriere hiciera. Por medio de su lectura, exclusivamente, tendrá que formarse el lector cualquier juicio sobre su fiabilidad y su valor.

Para su forjador, por el mar de bronce estaba representada el agua. Antes de que encontrara su destino en el orden de los sacrificios del clero organizado, es posible que el mar fuera la imagen de un lago, como lagos sagrados que tenían los egipcios, símbolo a favor de la teoría que sostiene que representaban el océano primordial. Cuando la naturaleza la restringe, el agua nunca debe suponerse -dice Hiram Abí-. Aunque no haya quien de forma consciente se lo dicte ni quien lo declare, es otra cosa, y a ella es dedicada atención aparte. Por eso responde sacralizando a quien de ella hace uso; es siempre agua lustral. Por ella los hombres prorrumpen en oraciones que la demandan como don a la divinidad.

El altar de los sacrificios tenía la responsabilidad de ser el que al fuego representara. Para Hiram Abí justificaba su presencia en aquel lugar que el fuego contiene potencias capaces para fundir la roca. Llegado el verano, quizás movidos por una pasión que los arrastra a confiar en los ritos, quienes trabajan la tierra, a la luz del crepúsculo del atardecer, queman los rastrojos con la creencia que cauterizan las heridas que ellos mismos, durante el año, abrieron en la epidermis de quien les asegura la vida. Agitadas cabelleras de llamas coronan el horizonte, entonces apenas una línea ondulada que se desdibuja donde la vista se pierde. Mientras transcurre la noche, la incandescencia de los campos se refleja en la bóveda celeste y tiñe la primera luz del día. Amanecido, ya consumado el sacrificio, el aire recibe el producto de la metamorfosis y lo traslada a las alturas. Vírgulas flotantes pautan el mensaje hermético y lo llevan hasta el patio de las casas, donde es interpretado como la rúbrica de un deber satisfecho.

Por último, con el más acertado criterio el cuarto elemento decidió el broncista que fuera inmaterial, y que sin embargo, siempre que el templo tuviera vida, su presencia estuviera garantizada. Por las palabras de los ritos quedaba asegurada la región etérea, a la que sacerdotes y ministros, con sus votos y ofrendas, con sus cánticos, como si volaran, pretendían elevarse. Así dejó escritas algunas reflexiones sobre el papel que al aire tocaba. Todo lo que es puede contenerse en lo que no se ve. Pero así como en los espacios abiertos las masas inasibles son una promesa, una expansión sin límites de la aptitud sensible, se tornan huidizas y misteriosas, inexpresivas, incapaces para una explicación cuando los edificios las conducen. En el templo, más aún que en las calles o en las plazas, más que en cualquier clase de construcción, son el flujo que hasta los humanos llega desde lugares más allá de sus posibilidades de percepción.

No resistiría esta versión de los textos atribuidos a Hiram Abí la crítica más benevolente. Están plagados de anacronismos. ¿Cómo un escrito en la lengua fenicia, original de los comienzos del primer milenio antes de nuestra era, puede expresar conceptos tales como telúrico, convivencia, identidad o nutricio? No es admisible que sean palabras fijadas por el autor primitivo. Imposible. Tanto en la forma como en la idea abstraída corresponden a elaboraciones recientes de lenguas vivas. De alguna de ellas sería fácil deducir la filiación exacta por reciente. Es probable que en tal caso nos sorprendiera que su vida es aún más corta que la nuestra. Bien la tradición que convergió en el escogido regalo a Seguier fue fatalmente contaminada por algún halagador sin escrúpulos, fuera el ambicioso Bosquet o con más probabilidad cualquiera de sus aduladores clientes; bien la edición de Héctor de la Ferriere fue descuidada, tal vez antológica y versionante, en unos tiempos en los que aún no regían con autoridad absoluta unas normas estables de edición leal; o bien cualquiera de las sucesivas reproducciones de lo que Ferriere publicara ha llevado el fervor arcaizante del transcriptor a extralimitarse en sus retoques a la traducción, como ocurre con los excesivos atuendos de los actores que representan óperas de asunto histórico. Y todo esto aun sin hablar del sinfín de expresiones cuya elaboración es sin ninguna duda posterior a la fecha pretendida para el original.

Subsisten también en la crítica reservas sobre la autoría hasta aquí aceptada. Los más atentos analistas sostienen que Hiram Abí, para este texto, es un seudónimo que oculta un doble autor, aludido con un nombre compuesto. No le falta fundamento a esta conjetura. Así como Hiram es un nombre que con facilidad puede admitirse como fenicio, Abí es una sencilla forma que igualmente sin mayor objeción puede aceptarse por nombre de origen árabe. Lo que de ningún modo parece sostenible es que en el tiempo al que pretende remitirse la forma compuesta fuera de uso ese estilo en la denominación de las personas, y menos aún que Abí ocupara posición y aparentara función de patronímico.

Más probable parece que por el primer nombre autores posteriores asociados intentaran expresar la fortaleza, la entereza de carácter, la sólida y valiente voluntad de ejecución, rasgos que corresponderían a la parte dominante de la entente literaria para aquel caso acordada. Por contraste, con Abí quedaría evocada la vertiente más dúctil y sensible de aquella comunión, el elemento que acompaña y se amolda a las aristas del dominante para presentarlas como dulces curvas.

Ignora no obstante esta posibilidad el hecho incontrovertible de que el nombre compuesto procede de las fuentes. El fundamento de sus observaciones alcanzaría hasta ella, y obligaría a un examen más profundo del problema. Nada impide, sin embargo, contaminado o no en este punto el texto, cuestión que bien merecería tratamiento pormenorizado, pero que desde luego es caso aparte, el uso oportunista del nombre compuesto que el análisis más serio explica, por más que sus conjeturas no sean en rigor deducciones del análisis. Bien pudieron un par de autores aprovechar la oportunidad que les brindaba la forma en que nos ha llegado el nombre de aquel antiguo broncista, para representar con apariencia de fundamento y esencia del ser de las cosas su particular manera de verlas.

Al menos un principio de solución a toda esta serie de incertidumbre ofrecería la consulta directa de los fondos aportados por Dubrovski a la Biblioteca Pública de San Petersburgo. Pero primero fue el hermetismo de la institución durante casi todo el siglo pasado, representación de la desconfianza que servía de justificación al ancestral estancamiento de cualquier gestión en donde Europa había quedado reducida a una isla enorme. Y luego ha sido el manifiesto desorden que a cualquier institución desequilibra, que al descubierto ahora sin pudor cualquiera de las rusas deja ver. Cuantos han intentado el contacto con aquellos venerables escritos, bien directo o bien por medios de comunicación de cualquier índole, entre los que cuenta el autor que ahora puede leerse, hasta ahora han fracasado. Imprecisión de las referencias, obras en la techumbre, cesantía del oficial encargado del departamento, pérdida de la llave del estante y silencio, impenetrable e infinito silencio, han sido parte de la amplia colección de respuestas servidas por los servicios exteriores de la vieja institución.

Por el momento, pues, no queda más, por lo que a este asunto se refiere, que dejar las cosas en este punto. Hasta aquí alcanza cuanto ha llegado servido por la tradición. Desde Herodoto hasta Voltaire se ha sostenido que el narrador que pretende ser veraz debe limitarse a escribir en beneficio del atento lector cuantos datos haya obtenido, con independencia del juicio que le merezcan, para que sea finalmente el afanoso indagador de las letras ajenas quien decida.


Otra estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio.
Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía
de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos.
Ha debido ser en los momentos precedentes
cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón.
Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos,
más la ambulancia y los patrulleros,
ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido.
Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente
los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo
que de golpe corta el curso de cada vida,
y hace que en unos pocos instantes todas confluyan,
es preferible observar a los espectadores
antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena,
con seguridad marcado por el horror, nada instructivo
y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas
que hacen que las personas queden disueltas en la masa.
Creo que estaban sobrecogidos
porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia
alguna vez considerada.
La violencia de la escena les hacía recapacitar,
no por imprevisible, sí por inesperada.
Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian
ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé.
Lo vi en los efectos como en un espejo
y por eso ahora puedo escribirlo.


Estupefacción

José D. Ansón

Esta mañana, mientras paseaba, he pasado por la escena de un suicidio. Segundos antes, en la calle perpendicular, un coche de policía de improviso alarmaba a los escasos viandantes de los domingos. Ha debido ser en los momentos precedentes cuando la mujer se ha precipitado desde su balcón. Al volver la esquina, la aglomeración de curiosos, más la ambulancia y los patrulleros, ya hacían evidente cuál era el lugar donde los hechos habían ocurrido. Desde las terrazas de las casas de la acera de enfrente los vecinos contemplaban, aún en bata, el acontecimiento.

Cuando la atención está concentrada en algo que de golpe corta el curso de cada vida, y hace que en unos pocos instantes todas confluyan, es preferible observar a los espectadores antes que el de sobra conocido, y ya inalterable, centro de la escena, con seguridad marcado por el horror, nada instructivo y al que las miradas confluyentes solo pueden añadir indecencia.

Nunca había observado tanto silencio en una de las espontáneas asambleas que hacen que las personas queden disueltas en la masa. Creo que estaban sobrecogidos porque cada uno veía en aquel efecto una posibilidad para el fin de la existencia alguna vez considerada. La violencia de la escena les hacía recapacitar, no por imprevisible, sí por inesperada. Fue en ese momento, cuando el pensamiento que los reunidos se contagian ha alcanzado su estado sensible, cuando pasé. Lo vi en los efectos como en un espejo y por eso ahora puedo escribirlo.


Excursión, también llamada Trip

José Daniel Ansón

En sueños viajo en una bicicleta elemental. Es de aquellas que tienen las ruedas pequeñas y a las que el manillar y el asiento se les pueden subir o bajar, según convenga al tamaño del ciclista. En ocasiones he visto sus ruedas con pocos radios, y esta noche la delantera llevaba sujeta la cubierta a la llanta con una correa de cuero, idéntica a la negra que uso para mantener los pantalones a la altura de la cintura aproximadamente.

Con seguridad en mi sueño esta bicicleta representa el milagro del transporte. Me permite trasladarme de un lugar a otro casi con la misma facilidad que el sueño mismo, me admira que con su ingravidez pueda competir con el pesado coche aventajándolo.

Esta noche he llevado a mi novia en esta amable bicicleta hasta Villanueva del Ariscal. Salimos de madrugada y temíamos encontrar en el camino a la policía, porque estábamos seguros que vería mal que dos personas fueran subidas en tan frágil medio de transporte. El camino se hacía largo y las luces de los coches nos sobrecogían. Pero encontramos gentiles caminantes que venían andando en la dirección opuesta. Nos dieron seguras noticias que acabaron con nuestros temores. Esto nos permitió pedalear algo más tranquilos hasta alcanzar la última curva. Cuando giramos a la derecha la ciudad apareció luminosa, radiante bajo el sol. El amanecer era la contemplación de la ciudad. Giré la cabeza para observar el efecto que el admirable acontecimiento causaba en mi novia, y en su rostro vi aquella inmensa sonrisa que tan bien conozco y que solo en las ocasiones en las que está poseída por su más completa dicha me está permitido ver.


Orígenes de la República. I.2

Gastón Barea

La obra de fundición que por encargo del rey hizo para su templo de Melqart un hombre llamado Hiram Abí fue la siguiente: las dos estelas o columnas, las molduras de los dos capiteles que debían ir sobre las columnas, los dos trenzados para cubrir las molduras de los capiteles y las cuatrocientas granadas para adornar los trenzados; los diez carros de las ceremonias y los diez depósitos que debían colocarse sobre los carros; el altar, el estrado, tribuna o dosel y el mar con los doce bueyes para que lo sustentaran; y las jofainas, discutidas como ceniceros, las paletas y los acetres, que algunos textos identifican, de manera más precipitada, simplemente como recipientes, vasijas, palas y otros instrumentos necesarios para el culto. Tanta fue la copia de bienes ofrendada por el rey Hiram I a la primera casa de Melqart. Los fundió con tan enorme cantidad de bronce que no puede calcularse su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que el Viejo Rey había atesorado para proveer a la fábrica del templo. El obrador que debía fundirlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos identifican en un yacimiento al este de la Tiro superviviente, entre las poblaciones actuales de Borj al-Chmali y Bazouriye, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación.

Fundidas las dos estelas o columnas, y los dos capiteles con forma de azucena que debían montar sobre sus cimas, porque era deseo de su creador adornarlos profusamente, para que fueran colocados alrededor de cada uno fabricó primero dos trenzados a modo de cadena. Después, para enriquecer aún más uno y otro trenzado, tomando como punto de apoyo las prominencias que había por debajo de cada cadena, fueron colocadas cuatrocientas granadas, las mismas que habían sido fundidas sueltas. Fueron ordenadas en dos filas, doscientas para ponerlas alrededor de un capitel y las otras doscientas sobre el otro.

Dos tradiciones se enfrentan cuando, al mencionar el suyo, reconocen la memoria del autor de los nombres puestos a las columnas, si bien ambas están de acuerdo en que fueron distinguidas con los nombres de La Sólida y La Fuerte. Dicen algunos que fue el rey Hiram quien a la columna situada a la derecha le puso por nombre La Sólida, y a la que había sido emplazada a la izquierda, La Fuerte. Pero otros afirman que fue el mismo broncista, una vez erigida la columna de la derecha, quien la llamó con el nombre que la tradición ha conservado y puso el correspondiente a la que estaba colocada a la izquierda. Fuera Hiram I o Hiram Abí quien decidiera las denominaciones, con ellas el trabajo de las columnas quedó acabado, tal como Adán concluyera su parte de la creación.

Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes fueron fundidos un altar de bronce, al centro, en el ángulo sureste el mar y en el inmediato en la dirección septentrional, el noreste, el dosel de las celebraciones.

El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa al edificio principal era el lado oeste, frente al pórtico de aquel, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que al patrio daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce que soportaba tanto el peso como la sangre de las víctimas, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental. Así consiguió que el altar, por el lado en el que estaban sus gradas, quedara mirando al este.

En la parte más alta fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era un mecanismo mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar en su parte más baja, donde había sido practicada una fosa, para que recogiera la sangre que manaba de las víctimas. La parrilla cubría el ara. Debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo, donde eran recogidos los restos que caían desde arriba, que luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Ergasto, hecho a propósito para guardarlas.

Fue la segunda obra de Hiram el broncista el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral necesaria para las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios debían representar. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos literarios por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.

No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquilizaría al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se traslade. Es tan indeterminada su referencia que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre tantas veces con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia con sus lectores, con apariencia más favorable cuando tratan medidas. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando el misterio aparente además está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue teniendo una estima extraordinaria, a causa del grado de concentración que la lógica cuantitativa exige.

Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, enfatizó las dificultades que se interponían en el que solo podía ser tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era inaccesible. Lo haría atraído por la tentación de la lengua dorada, la que se propone llevar al límite la expresión de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Porque todo lo que había quedado oculto era inservible. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene, y el fundamento de la oscuridad en la que se había encallado, cuyo origen puede ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto; y luego una copia cada vez más alejada del sentido original de las palabras; porque es rigurosamente humana, hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.

El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Hiram Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema el buey, el holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Hiram hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas también en una sola pieza. Las calabazas daban también toda la vuelta al mar, a lo largo de los largos diez o doce metros del perímetro.

Descansaba el mar sobre otros doce bueyes o toros, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio que ocupa la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios de los tirios: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden de todo el espacio descubierto del santuario.

En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto.

Aunque la tradición no lo reconoce como obra del excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. El rey Hiram mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada apagogia. No incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Hiram Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.

Para satisfacer las necesidades de los ritos lustrales por todo el atrio interior había dispersos diez carros, que para describirlos mejor hay que llamar carros de las ceremonias lustrales del holocausto. Añadían magnificencia y suntuosidad al lugar, e incluso a todo el templo, por sus dimensiones, su hechura y su sorprendente delicadeza.

Aunque los textos insisten en utilizar la palabra basa para distinguir cada una de las piezas de esta obra de fundición, evoca mejor el sentido de este trabajo que a cada una  se la nombre carro de las ceremonias. La razón es la siguiente. En cada uno de aquellos cubos ambulantes encajaba una pila cóncava muy abierta, de tal modo que su destino final era servir de asiento al recipiente; de los que por cierto también Hiram Abí hubo de fundir en bronce diez, de un metro y sesenta centímetros de altura cada uno y una capacidad de cuarenta medidas. Aquellos lavaderos o pilas sobre los carros deambulaban por el atrio durante las ceremonias porque estaban destinados a las abluciones de todo lo que  fuera ofrecido en holocausto.

Para cada carro fundió Hiram por separado su armazón y las placas o paneles que los adornaran. El cuerpo del armazón, de forma cúbica, tenía un metro y sesenta centímetros de largo, idéntica longitud en el sentido del ancho y un metro y veinte centímetros de alto. Cuatro vástagos de bronce, de sección cuadrada de veinte centímetros de lado, delimitaban en vertical su volumen. En la misma dirección, lo completaban los cuatro paneles cuadrados que eran sostenidos por cada dos vástagos. Cruzando los vértices de sus cuatro ángulos exteriores, a sesenta centímetros por debajo del borde superior de la obra, tenía cada carro cuatro asas, que parecían apliques, aunque formaban un todo con su carro porque también con él estaban fundidas.

Cada uno de estos cuerpos cúbicos descargaba su peso sobre dos ejes, colocados en paralelo por debajo de los paneles, aunque unidos al armazón. Ambos transmitían todo el peso de la obra a cuatro ruedas, que fue necesario fundir aparte. La altura de cada una era sesenta centímetros y su forma era similar a las de un carro común, con iguales llantas, radios y cubos, todo también de fundición, como de fundición eran los ejes. (Aunque sería más apropiado evocar la similitud invirtiendo los términos, puesto que de esta modesta obra derivó luego, entre los fenicios, la carpintería de los carros, y sabios, por esta causa, también fueron los que de aquí tomando ejemplo la ejecutaron.)

El receptáculo contenido por cada armazón, que excedía la altura de su volumen cúbico, hasta sobresalir veinte centímetros por encima de los paneles, era completamente cilíndrico. Cada uno era sostenido por un ánima, también cilíndrica, de cuarenta centímetros de altura, comprendidos entre un lugar correspondiente al que por fuera ocupaban las asas y el borde del cuerpo cúbico. Por debajo de este soporte todavía dispusieron otro de sesenta centímetros de altura, embutido en el volumen del carro. Así quedó completada la altura total de un metro y veinte centímetros de la obra, si bien, observado solo, ya terminado, el armazón cúbico tenía nada más que un metro de altura; metro al que el receptáculo cilíndrico, una vez embutido, sumaba los últimos veinte centímetros.

Cada panel de los carros estaba decorado con grabados de leones, palmeras, bueyes o toros y grifos, y por encima y por debajo de los leones y de los toros el diestro broncista puso volutas. De manera similar estaban decorados los vástagos que sostenían los paneles, a lo largo de la banda de veinte centímetros con que cada uno, por cada cara, los enmarcaba. También sobre la boca del armazón, en el panel con hueco circular donde encajaba el receptáculo, y que cerraba por arriba el carro, había obra de grabado.

Así fueron concluidos los diez carros, todos iguales, una misma fundición y un mismo tamaño para cada uno. Cinco carros fueron colocados al lado derecho de la casa, a decir de los textos primitivos, y otros cinco al izquierdo. La interpretación literal debería obligar a situarlos en la nave. Pero como el altar para los holocaustos estaba fuera, ante el templo en sentido propio, el lugar litúrgicamente correcto, presidiendo el atrio de los sacerdotes, puede ser más acertado decidir que los lados norte y sur del lugar que era manchado por la sangre de las víctimas, antes purificadas, donde los carros eran de verdad útiles, eran el derecho y el izquierdo del atrio de los sacerdotes que las fuentes citan como local de los carros.

Hizo también Hiram el broncista los ceniceros, según algunos manuscritos de la versión griega y del Cronicón, o jofainas, según el arquetipo de Sancouniatón, tal como puede restituirse a través de Filón de Biblos, las paletas y los acetres. Así como los dos últimos nombres, porque no hay variantes que los hagan inestables, no están cercados por la necesidad de examen crítico, apartado a un lado el deseo de la especulación; la equipolencia entre lo que puede leerse en griego y por tanto en latín, y lo que en fenicio quedó escrito, obliga a una examen más detenido de lo que en castellano, al final, son voces que entre sí se excluyen, atendiendo al servicio al que estuvieron destinados en sus días aquellos objetos.

La interpretación concordante con cuanto hemos recopilado parece que sería la que acepta la lección jofaina, y por tanto excluye cenicero. De dos órdenes son los argumentos que la palabra proporciona, uno extraído del canon de lo consecuente o concordante, y el otro inspirado por la regla de aquel espacio, también localizado en el dominio de la comparación, que como circuito con dispositivo de seguridad llamamos contradictorio.

No parece necesaria la existencia separada de ceniceros. El único lugar litúrgico en el que habría cenizas con regularidad era el altar de los holocaustos, que contaba con un calculado dispositivo para desalojarlas inmediatamente de donde el fuego las generaba, sin que pudieran manchar el pavimento del atrio de los sacerdotes. Jofainas sí eran necesarias, las que completaban la obra de los carros de las ceremonias, recipientes del agua de los lavatorios que siempre debía estar a mano. Si vuelve a leerse lo que ha quedado escrito sobre aquellas piezas, también llamadas basas, se podrá concluir que su descripción ha sido minuciosa, y completa para la lógica del lector que fuera ensamblando las piezas en su imaginación. Y que faltaban los envases donde el agua debía ser trasvasada, que por fin dieran sentido a toda aquella obra.

Fueron además fundidos en metales preciosos, por deseo del rey Hiram, otros objetos, para que luego fueran puestos en el templo. El primero pudo ser el altar de oro que los testimonios localizan en la nave. Como de él también afirman que era para quemar el incienso, y del altar de cedro destinado a ese fin el texto fenicio dice que fue revestido de oro, puede tomarse como una certeza que altar de cedro, altar del incienso y altar de oro de la nave son todos una cosa, unas veces aludida por la materia que estaba oculta, otra por su dedicación y otra vez nada más que por su revestimiento. De donde puede concluirse que del altar del incienso en oro solo fue hecho su adorno exterior. Con un procedimiento similar debieron fabricarse las mesas que en la nave había, incluida la mesa sobre la que eran puestos los panes de la presencia.

Pero sin duda solo de oro, de oro fino, fueron hechos los diez candelabros con sus lámparas. Los fundieron según la forma prescrita, tal vez preocupada por garantizar la obligación de que tuvieran siete brazos. Y aparte cuantas lámparas tuvieran, eran también de oro purísimo las despabiladeras de los candelabros y las flores que los adornaban. De oro fino o puro fueron hechas asimismo las cucharas, los cuchillos, las copas o vasos, los braseros y otros cien acetres. Y con oro fundieron los goznes para las puertas de la cámara interior, que era la cella, para las puertas del vestíbulo y para las de la nave, así como el revestimiento de las planchas de madera de las interiores, las de entrada al santo de los santos.

Fue la nave la más favorecida por toda la obra de metal noble. Pudo así representar aquel espacio el segundo cielo, porque en él estaban al menos las siete velas del candelabro fundido para sostener estas luces, tantas como las estrellas errantes, y los doce panes de la mesa el número de los signos del zodiaco. Todas las demás estrellas del firmamento quedaban en aquel lugar indicadas por medio de las perlas incrustadas en oro que allí hubiera.

Además, todo lo consagrado por el Viejo Rey, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años, fueron traídos por Hiram I al templo y puestos en sus tesoros.

Así quedó concluida la grandiosa obra de un monarca memorable, no obstante ser predecesor de la República.