No divago bastante

D. Ansón

Aníbal el inquilino abrió la cancela, el buzón, recogió la correspondencia del día y subió las escaleras. Lo del buzón era un hábito. No esperaba nada de él, aunque sí temía algo: la factura del suministro eléctrico. Tenía que llegar de un día a otro. Efectivamente, allí estaba.

     Abrió el sobre. Un escándalo. Nunca había alcanzado una cifra tan alta.

     Cenó y se acostó pronto. En la cama no dejaba de darle vueltas a los números que había visto en la factura. No dormía bien. A cada tanto despertaba y, de golpe, volvía la idea, violenta, ingrata. La factura tenía el tamaño de un mapa y colgaba de la pared. El oftalmólogo, con bata blanca, a su lado, le pedía que identificara uno por uno los números. Miraba alternativamente al oftalmólogo y a la cifra sin comprender. El oftalmólogo se excusaba y tomaba la puerta, y la cifra desaparecía sorbida por un agujero de la pared.

     Por la mañana, mientras se afeitaba, puso la radio. “Peligra el futuro de las pensiones.” “Llevo años trabajando. Si cuando me jubile no tengo ni para pagar la casa, no sé qué va a ser de mí. Si puedo disponer de un hogar es porque puedo pagar el alquiler. Si dejara de tener dinero, me quedaría en la calle. Horrible. Seguro que habrá un rincón en el que pueda encontrar sosiego y todo el tiempo del mundo para atender las escasas necesidades de mi escueta vida. Y si no lo hubiera, tampoco importaría demasiado. Antes llegaría el final que tiene que llegar. ”

     No había concluido el curso de sus ideas cuando el locutor afirmó: “La nueva guerra en el próximo oriente se cobra decenas de víctimas.” “Qué brutalidad. Otra vez personas inocentes muertas cada día. Sin tener la menor responsabilidad sobre los acontecimientos, sin que puedan hacer nada por detenerlos. Nunca habrá una injusticia mayor. La guerra es la mayor de las tragedias. Ante nada de lo que sea obra de las circunstancias se puede ser tan impotente. Tan imposible como es evitarlas, justo es huir de ellas. No hay otra solución. Si alguna vez fuera víctima de alguna, solo me preocuparía encontrar la puerta de salida cuanto antes, y del modo más ventajoso. Solo cabe confiar en que nada de esto ocurra. Saber que está sucediendo en otros lugares en nada contribuye a que pueda remediar la situación. Solo sirve para incentivar la industria del horror, que en parte fabrica armamento, en otra, noticias.”

     Antes de que pudiera dar por agotado el hilo de sus pensamientos, de nuevo el locutor lo cortó diciendo: “El papa, en una encíclica, aboga por el entendimiento entre las confesiones.” “Está bien. Nunca estará de más la tolerancia. Es bueno que haya quien se interese por acercar posiciones. Yo no tengo nada que ver con la confesión católica, ni con cualquiera de las otras. Es posible que para sus fieles su autoridad tenga gran valor. ¿Debe tenerla también para los demás? No más que la de cualquier hombre, siempre que se trate de asuntos de interés común. Si el problema es el entendimiento entre las confesiones, sus ideas pueden ser completamente gratuitas.”

     Ya en el autobús, una chica se sentó frente a él. No era muy alta, y de complexión frágil. “Qué perfil. ¿Por qué parpadeará tan despacio? Debe ser una criatura muy serena. Me recuerda una bailarina que vi hace años. Ni ella ni yo éramos ni siquiera adolescentes, y asistíamos a un banquete en el que sus padres y los míos, y todos nuestros tíos, vestían de etiqueta.” A punto estaba de reconstruir el salón donde se celebraba el encuentro cuando alguien que estaba de pie a su derecha, agarrado a la barra que colgaba del techo, comentó en voz alta: “Dos a cero. Una injusticia. El segundo, de penalti.” “Los árbitros también están corrompidos”, pensó Aníbal. “¿Cómo será que un deporte se convierte en parte de las vidas? Quizás sea por la violencia que administra. Los espectadores se identifican con los agresores. No está mal como liberación. Claro que tampoco estaría mal reconocerlo. Si se aceptara, tendría que contarse entre las conquistas de la civilización.”

     Cuando se bajó del autobús, reapareció la idea. “Puedo ahorrar si cada día prescindo de la estufa un par de horas. Eso sería reducir un tercio el consumo. También puedo comer más platos fríos. Así evitaría encender tanto la cocina, y seguro que consigo asimilar más vitaminas. La cocción las destruye.”

     Al pasar junto a un quiosco, desde la portada de los periódicos proclamaba el ministro de economía: “Las empresas han incrementado sus ventas un cinco por ciento durante el último mes.” “Eso es bueno. Para todos. Si venden más, necesitarán producir más, y más gente que trabaje. Me queda tan lejos el mundo de las empresas. Para mí, son entes que habitan en una formación gaseosa, por encima de nuestras cabezas, que las hace poco visibles y difíciles de alcanzar. No me pasa lo mismo cuando pienso en los empresarios. Seguro que habré conocido a alguno, a más de uno. Pero no he sabido distinguirlo de otros hombres. Solo soy capaz de representármelos en mi imaginación intrigantes, especuladores, y ambiciosos, poco honrados. Y nunca pienso en mi jefe como un empresario. No es ni un empresario ni un hombre. Es un déspota.”

     Durante la mañana, en el trabajo, tuvo ocasión de recuperar la imagen de la chica del perfil elegante. Le resultaba inevitable, volvía sola, sin que por eso se acumularan en su mesa más papeles. “Los papeles tienen su propia vida, y su manejo, para el que solo hace falta como mucho la mitad de la conciencia, es casi automático. Ahí sigue la instantánea. Tiene más fuerza de la que esperaba.”

     “Nos dejan sin puente”, oyó que comentaba uno de sus compañeros. “¡Cómo! No puede ser. Tenía previsto salir. Tendré que quedarme en casa, recluido con mis historias. Mi idea del tiempo se va diluyendo en beneficio de un continuo en el que cuando me instalo todo ocurre con la mayor armonía que conozco. Probablemente sea el resultado de la reducción de los hechos de mi vida. Cada vez son menos, cada vez, más sencillos. Esto los hace más accesibles, y reiterarlos más seguros. La serenidad que consigo me independiza de las horas, de los días de la semana. Solo su cómputo acumulado me obliga a reconocer que el tiempo va pasando sobre mí y a mi costa; que si es una idea, es de las que se pagan caras.”

     Todo fue salir a comer para que volviera, con una brutalidad seca, como un puñetazo, lo que debía pagar a la compañía eléctrica. “Podría hacer menos vida nocturna. Todos los días me quedo dormido ante la televisión, sin apagar la lámpara y con la estufa encendida. Si me fuera antes a la cama, saldría además ganando en descanso.”

     Con tan prometedoras ideas entró en el bar. Desde la televisión una noticia de urgencia había silenciado a los clientes. “Por el momento, se eleva a más de una decena las víctimas del atentado. Se teme que el número se incremente en el transcurso de las próximas horas.”

     Fue suficiente para que desaparecieran sus planes sobre el consumo eléctrico, y en su lugar se impusieran afirmaciones solemnes. “No es justo. Los tribunales tendrían que actuar con la mayor severidad frente a quienes cometen semejantes barbaridades. No hay conflicto en el que una parte, si es la más débil, no sea acusada de saboteadora. Si fracasa, su recuerdo, que solo puede mantenerse si se escribe, la condenará por los siglos. Si triunfa, sus promotores ganarán el grado de fundadores del nuevo orden. A la inversa, no hay quien no pretenda imponer sus decisiones sirviéndose de la coacción, siempre en algún grado violenta. Solo las víctimas, en cualquiera de los casos, parece difícil justificarlas con algún argumento. En la antigüedad, a los que sobraban, porque no había alimento que darles, se les expulsaba. Eran ofrendados en el altar dedicado a la salvación de los que sí podían comer. A falta de argumentos, lo justificaban con una consagración ritual.”

     Por la noche, al llegar a casa, conectó la radio, mientras todavía lamentaba que la chica del perfil seductor no hiciera la vuelta en el mismo autobús que él. “¿A qué hora volverá? Es posible que haga el trayecto de vuelta a pie. De lo contrario, alguna vez tendría que haber coincidido con ella.” Una tertulia de los líderes de opinión especulaba sobre la acción futura de los partidos del arco parlamentario. “Los conservadores ganarán las elecciones y restringirán el gasto público, y se incrementará la pobreza”, auguraba un cenizo que pretendía argumentar en favor de las políticas humanitarias. “Si la izquierda consiguiera mayoría, se dispararía el presupuesto, sería necesario incrementar los impuestos y la economía padecería una brutal recesión”, amenazaba un agitador de fantasmas que pasaba por ser el analista más serio, incapaz de ocultar a sus fieles oyentes las más crudas verdades. “El voto es una responsabilidad que no se debe rehuir. Hay que votar y hacerlo con meditación, calibrando bien las consecuencias que puede tener una decisión de tanta trascendencia. Me angustia tener que representarme un futuro lleno de amenazas. ¿Es que de verdad tengo que pensar en el futuro? Si por más que me preocupo por el porvenir todos los días empiezo en el mismo lugar que el día anterior.”

     Pasó Aníbal otra madrugada inquieta. El recibo de la luz y la chica de perfil atractivo aparecían y desaparecían, a veces solos, con una fuerza que se imponía sobre las demás imágenes, a veces confundidos, mezclados con la guerra en el oriente próximo, el pago de las pensiones y el papa, que estaba descalzo y se remangaba el hábito blanco para huir de los proyectiles que le disparaban francotiradores orientales, mientras le preguntaba al ministro de hacienda, que corría a su lado, de qué confesión era, a lo que este respondía: “Errabundo.”

     “¿A mí qué me importa lo que diga el papa, qué responsabilidad tengo sobre lo que ocurre en el próximo oriente? ¿Por qué la radio, la televisión, los periódicos estarán empeñados en cortar una vez y otra el curso de las ideas? Incurren en una intromisión brutal e innombrable, violan la más recóndita y sagrada intimidad, no me dejan divagar lo suficiente. A mí lo que de verdad me preocupa es el recibo de la luz y la chica del perfil seductor”, se dijo frente al espejo a la mañana siguiente.

     “La luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su pérdida de peso”, escribió por la tarde, ya de vuelta del trabajo, en su revista virtual, que tenía escasos visitantes, sin esperanza de que tuviera lector alguno, más por sarcasmo que por venganza.

     Le sorprendió oír algunas mañanas después, en el primer boletín de la radio: “Expertos pronostican que la luna no saldrá tal como estaba previsto. Las tendencias del acimut permiten sospechar que cuando entre en fase menguante declinará a causa de su peso.” No era posible. ¿Habría acertado?

     Al bajar del autobús, en el quiosco que encontraba de camino a su trabajo, un par de periódicos, cada uno de los cuales citaba como fuente una agencia de noticias distinta, se hacían eco de la misma noticia, y en unos términos casi iguales a los que había oído en la radio.

     Para salir de dudas, aquella tarde repitió la experiencia. “Es posible que los cauces fluviales de la cuenca del Mediterráneo se evaporen”, escribió con plena conciencia de que su afirmación era insostenible. Por la noche, al volver del trabajo y conectar la radio, una tertulia de expertos especulaba. “La cuenca del Mediterráneo lleva siglos sufriendo un deterioro galopante. Ha llegado el momento de su crisis, previsible por otra parte. Su futuro está en entredicho. El presente estado de cosas es insostenible. Todo dependerá de que la crisis finalmente pueda ser reversible.”

     Cuando comprobó que sus infundios eran reproducidos, y repetidos una y cien veces, como conocía su procedencia, se dedicó a fantasear sin obstáculos con el recibo de la luz y la chica del perfil único. “Con la factura del suministro eléctrico voy a hacer un barco. No sé si de una o de dos carteras. Bueno, es lo bastante grande como para que el barco tenga dos carteras. También podría hacer una pajarita. Pero cuesta más, y casi nunca me salen bien. Además, el barco tiene la ventaja de que navega. Puedo buscar una corriente que lo desplace a gran velocidad, y desearle buen viaje. ¿Y si cargara en él al ministro de hacienda, al secretario de estado norteamericano y a los líderes de opinión; al papa, que es un peregrino, no. También podría encender la chimenea con ella. No estaría mal convertir la electricidad en humo. Podría invitar a mi casa a la chica del perfil único. `Permítame que le moleste. No me importaría compartir con usted la vida. Durante las crudas madrugadas de invierno podríamos darnos calor mutuamente´.”


Tres contratos de trabajo

Alain Marinetti, becario

No es frecuente encontrar en el protocolo notarial, para mediados del siglo dieciocho, el documento llamado destajo, contrato entre un labrador y una cuadrilla de segadores. Los informes siguientes proceden de los tres que hemos podido identificar en una colección de esta clase, correspondiente a un municipio del suroeste, tras un rastreo limitado a la década cuyo año central fue 1750.

      Se ha naturalizado la idea de que las cuadrillas de segadores al final de la época moderna eran forasteras. Las procedencias de las tres, que se conocen positivamente, la corrigen. Una es íntegramente local. En su nombre comparecen al contrato su manijero, que es el hombre que la encabeza y dirige, y once hombres, casi toda la cuadrilla. (De ningún modo la dirección de cada cuadrilla puede justificarse por su alfabetización. Solo se tiene constancia de que supiera firmar uno de los manijeros. De los que actuaron en nombre de la cuadrilla más numerosa además se sabe positivamente que no firmaron porque no sabían.) Otra procede de una población inmediata, a solo diez kilómetros de distancia del lugar donde debía realizar su trabajo. Por ella se comprometen cinco de sus miembros, que actúan en nombre de los demás. Quienes obligan a la tercera, que son solo dos personas, el manijero y otro hombre, son vecinos de Azuaga, al sureste de Extremadura. De al menos otros dieciséis miembros de ella, de los que sus responsables dicen que por su cuenta los buscarían más adelante, no se puede tener la certeza de que tengan la misma procedencia.

     La residencia de quienes firman los contratos en representación de todos completa en un sentido semejante la impresión sobre la frecuencia y el alcance de los movimientos migratorios que originan. Tal como era previsible, los primeros son vecinos de la población donde van a trabajar, como todos los miembros de la cuadrilla, y tanto los naturales próximos como los dos extremeños residen en la población de sus compromisos en el momento de comprometerse.

     El movimiento migratorio de mayor alcance pudo ser el desencadenado por las fechas comprometidas para realizar los trabajos. La cuadrilla más numerosa, que tenía que salir de la población próxima, se comprometió a acudir a segar cuando la llamaran. También los responsables de la extremeña firmaron que empezarían a trabajar cuando se les avisara. Mientras, la cuadrilla local no creyó necesario hacer ninguna precisión en este sentido, tal vez porque a causa del valor nulo de su movimiento previsto le pareciera una obviedad.

     Quizás tengan también algún significado para interpretar las posibilidades de los movimientos migratorios de la siega los adelantos o bonetes que se acuerdan. En el momento de cerrar su compromiso, a los extremeños que formarían una cuadrilla el labrador que los contrataba les dio 75 reales, a cuenta de lo que hubieran de ganar. La cuadrilla próxima, la más numerosa, recibió por adelantado nada menos que 1.200 reales. Al contrario, de la cuadrilla local no consta que percibiera adelanto alguno.

     En el primer caso, el adelanto parece una forma de asegurarse el trabajo. En el otro se podría interpretar que el labrador desea asegurarse los buenos segadores. Pero cualquiera de las dos evidencias positivas podría justificarse como una manera de hacer frente a los gastos del traslado hasta el lugar donde habría que cumplir con lo acordado y de la manutención durante el trayecto.

     La fecha de los contratos, sin embargo, no parecen ir en el mismo sentido. Osciló entre tercera semana de marzo y tercera semana de mayo. Dos meses de diferencia parece demasiado tiempo para solo tres casos. El exceso permite relacionar el momento de los acuerdos con la velocidad prevista para la maduración del fruto, distinta de una campaña a otra, incluso de una explotación a otra, según hubieran actuado los elementos del clima.

     Los contratantes fueron un monasterio, que explotaba uno de los cortijos de la población. Los otros dos eran labradores civiles igualmente a cargo de grandes explotaciones del mismo lugar. Se podría partir del axioma de que el tamaño de las cuadrillas que contrataron oscilaría en función de la extensión de la labor que cada uno tuviera. Pero se correría el riesgo de ocupar una posición inconveniente. Más correcto sería decir que variaría en función de las besanas -unidades de espacio en origen definidas por un mismo sentido de sus surcos- que tuviera capacidad de abarcar cada cuadrilla. Porque las grandes explotaciones solían contratar decenas de aquellos grupos de hombres. Preferían que fuera posible trabajar simultáneamente todo su espacio cultivado. En la siega se imponía la economía de tiempo para evitar en lo posible las adversidades del clima que pudieran sobrevenir.

     La cuadrilla local tenía dieciocho hombres, la extremeña esperaba sumar veintiuno y la que debía partir de la población vecina, treinta y nueve. En las dos ya cerradas, sus representantes ponen cuidado en identificar a sus miembros como buenos segadores. En la menos numerosa, los buenos segadores son catorce, y de los otros cuatro dos eran atadores, que se encargaban de hacer las gavillas, unidades de transporte de la mies hasta la era, y los otros dos zagales, adolescentes o jóvenes cuyo trabajo más importante sería el acarreo del agua hasta el área de la besana en la que en cada momento se estuviera segando. Los que esperaban formar una cuadrilla de veintiuno reservarían tres plazas para atadores. La más numerosa, a cuyos miembros sus representantes solo se refieren como compañeros, y entre los cuales no se hace ninguna distinción jerárquica o de especialidad, parece regida por un principio de solidaridad abnegada.

     El objeto del contrato se podía identificar de la manera más resumida como segar el destajo de un cortijo o el destajo de una sementera. Destajo por tanto habría llegado a ser sinónimo del trabajo de siega. También los responsables de las cuadrillas podían decir que tomaban a su cargo para segarla toda la sementera de trigo y cebada de un cortijo. Con más precisión aún, se podía decir que se trataba de segar la sementera de trigo y cebada que aquel año tenía el contratante en uno de los cortijos de la población. Entonces se acostumbraba que el grueso de las tierras que se sembraban en otoño fueran ocupadas por cebada y sobre todo trigo, en proporciones variables que con seguridad superaban los tres cuartos.

     La cuadrilla más numerosa también se comprometió a hacer buen rastrojo, recogiendo granos, alzando y levantando camas, sin causar en parte alguna perjuicio ni daño. La local se comprometió a segar llevando bien recogida la espiga y la paja, atando bien los haces, llevándolos los gavilleros derechos, y a levantar todas las mañanas las camas, según uso y estilo de esta tierra. Y la dirigida por los extremeños a que, una vez empezado el trabajo, no saldrían de él hasta haberlo terminado.

     En dos de los tres casos se menciona que la unidad de medida del trabajo era el cahíz, y en uno de ellos se especifica que el cahíz del que se habla es el de doce fanegas. Aquella manera se expresarse se presta a equívocos, porque el cahíz, que habitualmente se interpreta como una medida de capacidad, también puede ser una medida de superficie. Sin embargo, no es probable que sea el de capacidad, porque para calcular los resultados del trabajo de los segadores sería necesario esperar a la trilla, una operación posterior que se podía prolongar durante semanas.

     El trabajo de las cuadrillas se pagaba con dinero y con los denominados adherentes. La local admitía que el precio del cahíz de doce fanegas incluiría los maravedíes y las adehalas, nombre que en su documento era intercambiable con el de adherentes. Por lo que se refería al dinero, los que trabajarían para el monasterio, la cuadrilla más numerosa, acordaron que el precio de cada cahíz fuera conforme al que pagara el colegio de los jesuitas. Los otros cobrarían por cada cahíz segado lo que pagaran otros labradores. Unos se remitieron al nombre de dos, asimismo de la población, a los que tomarían como  referencia. Los extremeños admitieron las condiciones a las que se atuvieran otros tres labradores del mismo lugar. Prefirieron elegir como pauta tres porque, si fueran distintos entre sí, podrían atenerse al del medio. Pero cualquiera de estas decisiones, al actuar de aquella manera, reconocía la posición dominante de quienes compraban el trabajo.

     En cuanto a los adherentes, la cuadrilla mayor, que tan igualitaria parecía, se mostró rigurosa. Cuando llegó el momento de acordar su tarifa, para el cuerpo solidario fueron incontenibles las especializaciones y sus jerarquías. Por cada cahíz -cada cahíz segado, según nuestra interpretación- cada segador cobraría como adherentes seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite. Pero los atadores y los zagales como adherentes percibirían la mitad. (Seis arrobas de pan era una cantidad seria. Equivalen a 150 libras. Si damos por bueno que un hombre en la plenitud de sus fuerzas, mientras estaba empleado, admitiera como tarifa diaria de su remuneración en pan una libra, que era algo menos de medio kilo, se puede estimar que aquella cuadrilla tendría previsto emplear entre tres y cuatro días en segar cada cahíz.) Las otras dos, por lo que se refería a los adherentes, asimismo se atendrían: una, a lo que por cada cahíz segado pagaran los dos labradores de referencia; la otra, las mismas a las que se atuvieran sus tres labradores designados y con la misma salvedad, que si estos tres fueran distintos entre sí se atendrían al del medio. La local, en cuanto a atadores y zagales admitiría la misma referencia.

     Una cláusula de garantías preservaba el cumplimiento del contrato. Su inclusión pudo ser inexcusable cuando se daban adelantos, aunque en el único caso que se escribe es justo en el que no consta que hubiera adelanto. Si la siega no se hiciera tal como se había acordado, y al labrador que los contrataba le resultara algún daño, expertos designados para el caso los tasarían y quienes no hubieran cumplido con lo acordado tendrían que correr con los gastos ocasionados.

     Pero, al otro lado del acuerdo, no había cláusulas de garantía que evitaran su fragilidad. Cuando llegó el momento de firmar el contrato previsto con la cuadrilla local, finalmente las partes no se pusieron de acuerdo. Sobre las causas de la poca fuerza de lo acordado antes dan algunas pistas las negociaciones entre el monasterio contratante y la cuadrilla más numerosa.

     Un par de semanas después de cerrar el acuerdo, ya en mayo, el monje responsable del monasterio declaró que cuando había llegado al compromiso precedente estaba enfermo en cama, y tenía algo perturbadas las facultades del entendimiento natural. En donde decía mitad de zagales y atadores, aclaró, tendría que añadir si el colegio así lo pagara. Para que la especificación del monasterio tuviera efecto, fue necesario añadirla al acuerdo que se había firmado. En aquel momento no estaban presentes los segadores.

     La cédula que encargó la redacción del destajo, en este caso enviada por el monasterio ordenante al escribano, también se ha conservado. Es un documento informal que solía preceder a cualquiera de las actuaciones documentales, en el que se resumía el contenido de los acuerdos. Deja en evidencia el comportamiento unilateral del monasterio. En ella literalmente consta que a los segadores se les darían de adherentes por cada cahíz seis arrobas de pan, una oveja y una cuarta de aceite; y a los zagales y atadores, la mitad, sin más precisiones.

     La fragilidad de los contratos podría adjudicarse al exceso de cuadrillas que ofrecieran sus trabajos al mismo tiempo.


Tránsito ordenado

Marino Allende

M. D. recibió la noticia con calma. Donde estaba confinado ofrecen a los reos, en las horas precedentes al desenlace, consuelo espiritual. Parten de una creencia, que la conversación trascendente los reconforta, algo que los empiristas que se han interesado por estos momentos, tan cargados de tensión, aún no dan por demostrado. Nada hasta aquí ha probado que el caos en el que se bate el tránsito, interferido por los informes negativos que los sentidos insisten en mandar, se remanse por efecto de una plática. No son muy distintos a los que sobrecogen a los atletas que combaten los rápidos de los ríos, quienes, apenas piensan que la embarcación puede darse la vuelta, y ellos quedar bajo el agua, en posición invertida, porque van sujetos a la canoa de tal manera que no pueden desembarazarse de ella, atrapados en una naturaleza aviesa, como el anfibio más torpe, son presas de un vértigo desordenado que los anula como prolongación de un sistema motriz, lastrados por su mitad inerte. Por desgracia, también ocurre a las sirenas cuando encallan en un litoral, donde quedan reducidas a humanas y pueden ahogarse.

     Por principio, se la confían a un resignado sacerdote, hombre que prefiere vestirse con severidad, del mejor negro premonitorio del que disponga el sastre, pensando en sí mismo, consciente de lo que le falta. El clérigo, llevado por sus puras intenciones, se esfuerza en prefigurar los beneficios que encontrarán los convictos al otro lado de la muerte, con la misma seguridad que el cómplice de una conspiración, quien siempre habla convencido de que los conjurados pueden conseguir un suculento botín a poco que un golpe de suerte les favorezca. Les garantiza que a cambio de la amarga experiencia algo habrán de encontrar.

     Cuando no sea posible recurrir al lenguaje articulado, porque el reo prescinda de él, puede que la perplejidad se apodere de quienes deben supervisar aquellos momentos. Porque también entre los reos los hay que han desistido del uso de la palabra y se abstraen tras la más impenetrable de las sorderas, absortos por sus reflexiones, por las imágenes precursoras del final que les aguarda. Es raro el sacerdote, cualquiera que sea su confesión, que domina el morse de los sordomudos. El común, hombre de sosegada paz, más bien es elocuente y dado al sermón y la palabra divina. Por esta causa a los reos sordomudos, que aparentan el mismo hermetismo que los más intolerantes y ensimismados agnósticos, no les queda más solución que procurarse la sedación del tránsito acogidos al silencio. Por sus reacciones se sospecha que la privación de la bendita palabra los lleva a transitar durante el tiempo postrero entre insultos, deshaciéndose en improperios procaces y tan brutales que, por su torva naturaleza, no está al alcance de los textos reproducirlos, porque no es cierto que las lenguas estén capacitadas para enfrentarse a cualquier enemigo, dar la batalla con garantías de victoria frente a los peores adversarios. La barrera de la repugnancia repele lo que puede existir como idea, en el desierto del silencio, nunca como una expresión; aunque a quien los transcriba no le tiemble el pulso, en vista de lo que juzgan una inconsecuencia. Padecen torturados por la intuición de un futuro que niega lo que el discurso de aquel santo varón podría patrocinarles a poco que oyeran.

     Mucho más ingobernables son los reos más locuaces, dispuestos a contender con los encargados de proporcionarles la paz espiritual, y no son pocos los que se rebelan ante ellos proponiéndoles, si tan convencidos están de las recompensas que de la muerte es posible detraer, un feliz intercambio de papeles, que a los castos varones que consagran sus vidas al sacerdocio les podría habilitar el más allá del que están tan seguros y al reo garantizarle una gozosa condena a la existencia, colmada de carne y vino, alimentos imprescindibles que aquellos tan bien conocen. Se corre el peligro de que convictos de militancia laicista, severos e intolerantes, se ensañen con el clérigo que los reconforta, le recriminen que no paga impuestos, que se beneficia de unos ingresos que legítimamente no le pertenecen, e intenten adoctrinar con ideas derrotadas por la razón a las generaciones más recientes de los descendientes de la tribu de Leví.

     Muchos creen que es preferible mantener aislado al reo, evitar que tenga comunicación con alguien durante las horas inmediatas a la ejecución. Los que aplican este principio de la manera más radical hasta niegan el contacto con los vigilantes, que les den comida alguna, que les faciliten agua en los momentos que la necesiten porque ya la lengua se les adhiera al paladar. Quizás lo juzguen severo. Al contrario, las opiniones más autorizadas lo valoran como una experiencia ascética, bienaventuranza que puede trasladar a quien se ve sometido a sus rigores a visiones tan ajenas al mundo de los vivos que pueden convertirse en el mejor aliado para facilitar la mejor de las transiciones. Ni comunicación, ni pan, ni agua. Pueden ser las más depuradas negaciones para llegar al trato adecuado de quienes han de someterse a una experiencia singular.

     Cuando hay que consumar la sentencia, el trayecto hasta el lugar de ejecución sus responsables lo dejan expedito. Si es un pasillo en silencio, una cadena de celdas pobladas por convictos, y no una frágil tienda de campaña en la que el reo hubiera sido recluido, bajo severa vigilancia, a la espera del momento de la consumación, prefieren confiarlo al silencio y la soledad. Ningún obstáculo debe interponerse entre el reo y el lugar donde deba ser ejecutado, para que su recogimiento alcance el grado más alto.

     Hay centros penitenciarios que para aplicar la sentencia a muerte del condenado recurren a afeitarle la cabeza. Se hacen con los mejores medios que la mecánica robotizada ha puesto a su alcance. Actualmente están en activo ingenios capaces para ejecutar el rasurado del rostro por enemistad biológica con los cañones de la barba, inscrita en atavismos genéticos que aún escapan a los analistas. Quien circule ante una peluquería decorada con imágenes de varones con largas barbas, establecimientos equipados con los mejores medios, debe permanecer en guardia. Desde el interior, activando el mecanismo de apertura de la puerta, pueden asaltarle navajas barberas inteligentes. Jamás nadie puso en duda la inteligencia de barbero alguno, las ideas que provoca el fluido acelerado de la sangre a su cerebro mientras maneja una navaja de afeitar frente a la yugular de un parroquiano. Las navajas inteligentes, programadas por ellos mismos, a partir de estas experiencias, tienen previsto el procedimiento de recepción de la sangre que puede derramar cualquier desliz provocado por la atravesada idea que se cruce por la cabeza del barbero, aun en contra de su voluntad.

     Pero el hábito de afeitar la cabeza al reo es anterior a la innovación de las navajas inteligentes. Se impuso cuando se extendió el uso de la silla eléctrica. La acción directa de los electrodos sobre un cuero cabelludo sin pelos garantiza que toda la descarga será absorbida por el cuerpo del convicto, como las vitaminas que se administran en ayunas. Aún hoy la costumbre se mantiene, parece que con justificación sobrada. Un pelo que se atraviese en el camino de la muerte puede bastar para que desvíe su curso, estando este justificado por sentencia firme.

     Pero puede que el reo manifieste, como última voluntad, que prefiere morir con todos sus pelos, y hasta se resista a renunciar a ellos. En ese caso, será necesario optar por consentírselo, aunque sin renunciar a la conciencia de los efectos adversos que la condescendencia puede tener.

     Para evitar las interferencias no deseadas, no siempre es necesario servirse del barbero. Puede abogar en favor de las decisiones más acertadas que el reo ya hubiera adquirido el hábito de rasurarse la cabeza. A muchos hombres les parece hermosa la exhibición de su cabeza desnuda. Así como los antiguos se ufanaban de sus cabelleras, manifestación de juventud y fuerza, ahora muchos prefieren, antes que confesar la decadencia de su vigor, hacer ostentación de sus dotes viriles invirtiendo los términos. Comportándose de este modo han pervertido una creencia común, que los hombres que menos pelo tienen en la cabeza son los que más vello acumulan en su torso, pubis incluido, tal como los seres más primitivos de las tribus antiguas, reputados los más aptos para erigir y procrear valiéndose de su potencia porque para ello habrían sido elegidos por la naturaleza, que de este modo les entregaba su signo. Su error proviene de que la raza de los sátiros, a la que pretenden equipararse, actuó como una reserva de sementales que corrió con la responsabilidad de colonizar las tierras que bañaba el Mar Exterior, un territorio ajeno a nuestro mundo, al margen de la práctica de la pena de muerte civilizada.

     Pero también la actuación más expeditiva puede favorecerla una calvicie consolidada, desde hace tiempo conocida por todos. Evita disensiones que podrían parecer frívolas en momentos de tanta importancia. Si el disimulo de la calvicie viniera a coincidir con el hábito de rasurarse la cabeza, se puede decir que la ejecución de la sentencia ha sido bendecida por la naturaleza, que ampara tanto los consecuencias que escapan a la voluntad humana como las que creen justificarse como decisiones libres y emancipadoras. Se conocen casos en los que, habiendo el hombre nacido pelirrojo, el furor de su aspecto fue arrasado en poco tiempo por una inclemente pérdida de todo el cabello, en paralelo a su renuncia al radicalismo.

     Quienes supervisan las últimas horas en el centro penitenciario también se mantienen en guardia frente al llanto. Como reconocidos expertos en lágrimas se han curtido no tanto durante su formación como a lo largo de su experiencia. Permanecen alerta frente a la posibilidad de juzgarlo una prueba de la contrición. El llanto es más placer que pesar, y el mejor es hijo de la emoción, nunca de la pena. Los cocodrilos lloran mientras devoran a sus víctimas, las viudas enjugan sus lágrimas cuando el cuerpo consorte por fin está descendiendo a la tumba, cavada para acercar el ataúd a los infiernos. Así que si un reo suplica, según van transcurriendo las horas previas al desenlace, vertiendo lágrimas, es probable que persiga concederse el placer de embaucar a sus ejecutores. Más aún, si derrama algunas lágrimas, es que ya tiene la certeza de que lo ha embaucado. Nunca no hay oportunidad para el placer, hasta en los estados más desasosegados o en las circunstancias menos propicias. Hasta es probable que haya calculado que por su gracia pueda hacerse acreedor al indulto. Porque el llanto facilita que las imposturas que se verbalizan entrecortando las palabras sean admitidas como una evocación veraz, por ejemplo de la familia más querida, que ya no se verá más, de las fatalidades a las que el reo debió enfrentarse durante su infancia, condenada por unos padres desnaturalizados, de los obstáculos que desviaron su vida por el camino donde solo la compañía de los seres más corrompidos podía encontrar.

     Arrodillarse al mismo tiempo puede no ser una comedia, pero despierta sospechas cuando el reo ha sido persistentemente histriónico. Si en más de una ocasión, valiéndose de buenas palabras, tejió una red con la que envolver a su interlocutor, su sentencia tendrá que reconocer que actuó sirviéndose de las artes que la comedia tiene prohibidas. Puede probarse que defraudó la predisposición en su favor. Suplicar humillándose es una de las más refinadas astucias. A ella recurren quienes han llegado a desviar por el circuito de su conciencia el control de cada músculo de su rostro, una destreza que solo queda al alcance de quienes están habituados a las actuaciones dramáticas frente a los públicos pasivos. Es un arma de doble filo, expuesta a riesgos. Pero cobra buenas presas. Si alguna vez un reo, conocido el alcance de este recurso, lo utilizare, quienes hayan recibido el encargo de cumplir con la sentencia lo neutralizarán con decisiones que para él podrán pasar desapercibidas.

     La indumentaria, en todas las circunstancias, es la máscara que sin embargo fija la retina de los semejantes, la que antes puede facilitar un juicio de su parte, acertado o no. Trasciende hasta la muerte cobijada en el sarcófago protector. Cualquiera sabe que del reo, en el futuro, cuando de él solo quede la memoria, buena parte de sus fragmentos, para que a él la posteridad lo reconstruya, serán el fruto de aquellas instantáneas fosilizadas, y una y cien veces recordadas, de las que el peinado, si estaba rasurado o no, su estatura, y más aún el traje que vestía, los zapatos, si llevaba o no corbata, serán las piezas que lo harán otra vez una parte de la vida. Si alguien, tras haber sido citado antes los tribunales, en más de una ocasión, persiste en presentarse ante sus jueces con indumentaria insignificante ha renunciado a ser recordado. Si, por el contrario, mirando cara a cara a los arrogantes magistrados, recurre a presentarse ante ellos con ropas excéntricas, como de payaso, al escándalo delega su rebeldía. Las que causan mejor efecto son las que asemejan tipos cuyos comportamientos parecen previsibles, y que por tanto fácilmente se pueden contradecir, para sorprender y atraer la atención, si se modifica el lugar donde la indumentaria suele ser habitual, o el momento, la oportunidad en la que debe ser utilizada o las actitudes que debe adoptar quien las lleva.

     Reclutar el pelotón para un fusilamiento, cualesquiera que sean los preparativos que se hayan hecho, los pronósticos o las coacciones prospectivas del reo, puede ser más fácil que comer sentado. Todo depende de quién sea el protagonista. Los hay tan señalados que los voluntarios acuden en masa, incapaces para negarse el deber que les aguarda en el momento de apretar el gatillo. El capitán al mando de un pelotón de fusilamiento está capacitado por el código de la justicia más severa  para dar órdenes precisas sobre el punto al que debe ser dirigidos los disparos. De antemano, el mismo código concede que la muerte puede ser infligida en el lugar que cada uno crea oportuna, causando el daño que antes haya previsto por cuenta propia. Puede haber entre los voluntarios del pelotón quienes prefieran disparar sobre el estómago, para matar el gusano, otros sobre la cabeza, para acabar de una vez con las ideas crueles. La mayor parte de las opiniones registradas expresan como blanco preferente alguno de los pulmones, aunque las preferencias las comparten, prácticamente en pie de igualdad, izquierdo y derecho.

     Mas una viciada costumbre se ha extendido. Afecta a los proyectiles que a los soldados designados para el fusilamiento les entregan. La mitad son de fogueo, y ninguno de ellos sabe la carga efectiva del que le ha sido entregado. Es un sentido moral desorientado el que ha convertido esta manera de actuar en algo correcto. Nadie descarga su responsabilidad sobre el disparo que haga porque antes se haya convencido de que su cartucho contenía un proyectil.

     Entregar el cuerpo del reo a quienes se hagan cargo de él no es potestativo. Las autoridades están sujetas a la voluntad de los allegados. Si hay quienes muestran interés por hacerse responsables de los actos de piedad póstumos, y acreditan sus vínculos con el ejecutado, las autoridades están en la obligación de entregarles el cuerpo para que con él cumplan los ritos que sus estados, sus convicciones o los deseos expresados por el finado, cuando aún dispusiera de sus actos, marquen. Quienes aspiren a interpretar el papel de deudos deben gestionarlo con antelación suficiente.

     Supongamos alguien que desee averiguar, mediante la disección del cuerpo, dónde estaba la causa de, por ejemplo, tanta estupidez, si en el plexo solar o en el bulbo raquídeo. Deseará que se le descuartice, que sobre la losa del instituto anatómico sean separadas las vísceras y luego examinadas, sometidas en el laboratorio a reacciones que detecten qué sustancias destilaba cada parte, cómo de la combinación de secreciones pudo resultar un producto tan sumamente corrosivo e incivil, incapaz de una amistad sincera, de un gesto de cariño; cómo pudo estar tan corroído por la imbecilidad como para ser incapaz de en algún momento, aunque fuera por descuido, echar una mano bondadosamente, prestarse con alguna naturalidad a reconocer sus defectos. Quien tenga estas aspiraciones debe adelantarse a los deudos que demuestren el mejor grado de parentesco, porque, en caso de que no medie solicitud positiva, se hacen acreedores naturales a disponer del cuerpo. Aunque tampoco hay que excluir que entre ellos haya quienes deseen proceder del modo forense, porque es más frecuente que dentro de las familias sean conocidas las peores desviaciones de los comportamientos, que tanto satisfacen a quienes abnegados a ellas se entregan.

     Las leyes tienen establecido que, si alguien, independientemente del grado de parentesco o de la relación que haya mantenido con un convicto, desea disponer de su cuerpo, una vez ejecutada la sentencia, puede solicitarlo y obtener el reconocimiento a su derecho a poco que exponga las agresiones de las que pudo ser víctima, las insensateces que tuvo que soportarle, los sarcasmos con los que pretendió humillarle, las aceradas palabras con las que le abrió las entrañas sin que pudiera replicarle en términos suficientes para contener toda la venganza de la que se había hecho acreedor. De lo contrario, el cuerpo es entregado al depósito de los cadáveres, sobre los que quienes aprenden la medicina se inician en las prácticas cisorias. Ha ocurrido en épocas que el cúmulo de cuerpos almacenados por esta causa, vertiente de los enfrentamientos, así cívicos como bélicos, ha sido tanta que el número de los que llegan a las mesas de las prácticas es solo una parte de los que se amontonan en los patios del depósito. La consecuencia es que aquellos que no tiene la fortuna de ser descuartizados terminan en el osario común de un cementerio cualquiera. Tal puede ocurrir con un fusilado, sobre cuya causa de muerte no quedan dudas. Al contrario, es mucho más reconfortante que quien ha cumplido con todas las decisiones que su aguda piedad le exigía, pueda por último completar su obra con un epitafio. Por ejemplo: Este cuerpo desmembrado entregamos a la tierra con la esperanza de que permanezca incorrupto, para que en él indefinidamente se prolonguen los padecimientos de la corrosión de la carne. STTL, M. D.


La crisis del ganado

Redacción

En 1750 la parálisis agraria no solo tuvo efectos negativos para los granos y las semillas. Las fuentes señalan como otra de sus víctimas al ganado. Su pérdida fue un temor presente al menos desde diciembre, y en él se seguía insistiendo, en términos similares, tres meses después.

     Los que prefirieron hablar sobrecogidos, y no con templanza analítica, tendieron a exagerar los efectos de la sequía para las cabañas. Cuando se hacía balance de la crisis, los más proclives al drama afirmaron que todos los ejemplares de cualquier cabaña, por falta de pasto, habían enflaquecido mucho, y que cabezas de todas las especies habían muerto en una proporción considerable. Un corregidor sostuvo que quienes habían sembrado cereales habían perdido totalmente sus ganados, lo que no le impidió añadir que en el momento en el que hablaba, todavía marzo, seguían pereciendo a causa del hambre y la sed.

     La hipérbole, y tan enfáticas y ambiguas alusiones a los efectos que para el ganado tuvo la sequía, son demasiado desmedidas como para concederles algún crédito. Los hechos que dejaron por escrito los testigos directos son bastante más moderados. A juzgar por los documentos que redactaron a partir del segundo trimestre del año, cuando se vivió la fase más aguda de la crisis, nunca amenazaron con tan extraordinarias consecuencias.

     Cuando llegó la primavera, los dueños de animales de toda clase competían por el aprovechamiento de los pastos disponibles, aunque no parece que su escasez fuera demasiada. Quienes tenían cercadas las tierras que explotaban disponían de pastos en exclusiva, y todos los que emprendían el cultivo de los cereales podían disponer de espacios públicos para mantener su ganado de labor, bien bajo la misma modalidad de dehesa reservada, en este caso separada según el tipo y la dedicación del ganado, bien como tierras abiertas no cultivadas o baldías, que se disfrutaban como espacios comunales.

     Aun así, ya entonces pugnaban por cualquier pasto hábil.

     A fines de marzo, una vez reconocida una dehesa de yeguas, se llegó a la conclusión de que el pasto que había en ella no servía para alimentarlas.

     Mantener una reserva de pastos para las yeguas era doblemente provechoso para los interesados en las actividades del campo. En ellas tenían reservado un par de responsabilidades. Eran el medio de fuerza regular para la trilla, una operación dilatada y laboriosa, no demasiado esforzada pero que demandaba energía durante un buen número de jornadas. Las yeguas también garantizaban una de las inversiones más rentables de las casas agropecuarias, la cría del equino de calidad, porque contaban con el arma de caballería como cliente seguro. Una vez al año, los responsables de la remonta visitaban las cabañas de la región y adquirían los caballos que juzgaban aptos para el servicio.

     Dado que el pasto que había en aquella dehesa de yeguas era inútil para criarlas, un cabildo abierto decidió tolerar su aprovechamiento al ganado vacuno local.

     El cabildo abierto era una forma extraordinaria de la asamblea de gobierno de las poblaciones, a la que solo se recurría en ocasiones singulares. En tiempos, tal vez fuera la expresión soberana de todos los avecindados de manera regular en una población. Para fines de la época moderna, había evolucionado a una reunión de próceres que buscaba más consenso que objeciones.

     Un regidor, miembro de la asamblea ordinaria con plenitud de derechos, después seguido por otros capitulares, decidió oponerse a aquella decisión, que suponía contraria a lo que le parecía justo.

     Para resolver el enfrentamiento, recurrieron a la máxima autoridad ejecutiva de la región, quien el 3 de abril tomó una decisión que pretendía ser equitativa. Mientras no lloviera, no se impediría que las vacas de los vecinos comieran la palma de la dehesa de yeguas. Si alguien se opusiera a esta decisión, desde aquel momento quedaba condenado a las costas del recurso interpuesto.

     El colegio de los regidores acordó no poner impedimento a que las vacas pastaran en el palmar de la dehesa de yeguas mientras que no lloviera, pero reiteró que en cuanto lloviera las vacas debían ser desalojadas de ella. A los comisarios de la cría y raza de yeguas quedó encomendada la ejecución de aquel acuerdo, que muy pronto requirió las decisiones más comprometidas. Durante la madrugada del 15 de abril llovió.

     Los comisarios de las yeguas recordaron al gobierno del municipio que la licencia concedida por el asistente había sido concedida con la condición de que en el momento que lloviera el vacuno saliera. Requirieron de la autoridad que las vacas fueran desalojadas, y la asamblea ordinaria de gobierno de seguida tomó la decisión que le demandaban, e hizo responsables de la ejecución de su acuerdo al alguacil mayor y a cualquiera de los comisarios de las yeguas.

     La paja, en la otra vertiente de la alimentación del ganado, para la que desempeñaba un papel secundario, también empezó a escasear en primavera, hasta el punto que ya en mayo se competía por la que hubiera almacenada, aunque en unos términos igualmente desprovistos de dramatismo. El incremento de su importancia relativa lo había decidido la drástica restricción de los pastizales provocada por la sequía y, desde algún tiempo antes, el creciente recurso al ganado mular, consumidor de mayores cantidades de este suplemento.

     La paja de la que dispusieran las poblaciones también estaba comprometida en sus obligaciones fiscales. Con la contribución llamada de paja y utensilio, relevaban las cargas y molestias que antes soportaban a causa del deber de alojamiento de las tropas que transitaran por ellas; una obligación que incluía el mantenimiento, durante los días que durara del tránsito, de toda la caballería que desplazara el ejército.

     Del suministro de la paja al ejército se hacía cargo un asentista, quien lo contrataba en régimen de monopolio con la superintendencia de los ejércitos regionales. El medio que el intermediario tenía para adquirir sus ingresos podía variar de una población a otra, según permitieran los procedimientos fiscales del momento, si administración directa, si encabezamiento, si rentas provinciales, modalidades de gestión del ingreso  público cuya descripción en este lugar carece de interés. Para ejecutar al menos la recogida de los suministros, el asentista contrataba a factores. En su nombre actuaban y de él recibían los poderes.

     El 4 de mayo un factor de víveres y provisiones para el ejército estaba ocupado en comprar paja en una población. Por lo que se deduce de las palabras de nuestros informantes, allí la contrata del asiento debía gestionarse de la siguiente manera. Al suministro de la paja su responsable accedía en el mercado local, según fuera transitando la tropa. Cuando esta recibiera la que demandara, sus jefes emitirían el correspondiente recibo en favor de quienes hubieran entregado la provisión. El asentista recogía de manos de los suministradores los recibos que tuvieran y los pagaría al precio que con ellos hubieran acordado.

     El factor tenía calculado que para el 12 siguiente la paja que había podido acopiar para subsistencia de la tropa se le habría acabado, y que solo encontraba quien le vendiera más a unos precios que, esforzándose en ser moderado, calificaba de irregulares. El aumento del precio de la paja en los ciclos críticos era previsible, y se tomaba como precedente al inevitable encarecimiento de los cereales destinados a la alimentación humana. Solo un labrador, que decía poseer alguna que podía vender, le pedía diez pesos por la chalupada de treinta a cuarenta arrobas; ciento cincuenta reales de cuenta, lo que elevaba el valor medio de la arroba a más de cuatro reales. Le parecía tanto más irregular cuanto que le constaba que allí había paja más que suficiente.

     Sostenía el factor que el suministro de la necesaria debía garantizarlo cada población, como consecuencia de su obligación de paja y utensilio. El asentista, en su opinión, solo tenía que recoger y pagar los recibos al precio que fuera regular o al que mandara el intendente, responsable administrativo del suministro de las tropas, autoridad que recaía también en el asistente.

     En la población, apenas pasada una semana, la situación a la que se había llegado se observaba con más calma. Las dos o tres últimas cosechas habían sido escasas de paja y durante el año en curso su gasto había sido excesivo. Por la falta de hierbas y pastos, había sido necesario recurrir a ella para el consumo suplementario del ganado de labor, y su demanda se había incrementado aún más porque, para mitigar su mayor exposición a la mortalidad, había sido inexcusable que la consumieran vacas, yeguas y potros jóvenes. A todo esto había que sumar el mayor consumo que durante los meses precedentes habían hecho los ganados que daban servicio dentro del pueblo, para los cuales la paja había suplido asimismo la falta de las hierbas y forrajes con los que habitualmente se mantenían en primavera. Enumerar aquellos hechos era suficiente para reconocer que en modo alguno había paja de sobra, ni había previsión de que pudiera almacenarse mucha más.

     Al contrario, eran bastantes los labradores que no tenían la que necesitaban para mantener sus labores, y muchos, ninguna, y cualquiera de ellos encaraba el porvenir con desazón porque aceptaba que no se cogería ninguna durante la próxima cosecha; un nuevo motivo de inquietud, a sumar a la carestía de granos que ya se vivía. Si la poca paja que pudiera sobrarle a algunos, en el más favorable de los supuestos, se aplicara a usos ajenos a su consumo en el campo aumentaría la preocupación de los labradores. Se les impediría el auxilio al que podrían recurrir, por poco o por mucho precio, según el tiempo fuera decidiendo, cuando se vieran necesitados.

     Ciertamente era una situación poco favorable a la provisión, como el mismo factor reconocía. Si, como aseguraba, en aquel momento había labrador dispuesto a venderle alguna, estaba claro que lo hacía urgido por su necesidad y porque no disponía de otro recurso con que hacer frente a ella. Nadie podría cuestionar que se atuviera al precio más favorable que encontrara en la comarca, porque de otro modo no podría conseguir la venta deseada ni por tanto el socorro que necesitaba. Lo mejor que podría hacer el factor era surtirse a través del labrador que mencionaba sin demorarse demasiado, porque de no hacerlo era muy posible que se le hiciera más difícil la compra que le urgía; antes de que muchos de los que necesitaban paja, en cuanto supieran que tenía alguna para vender, acudieran a aquel labrador. El factor habría podido surtirse de sobra de la cosecha anterior a veinte reales, y aun después de pasado el tiempo de la cosecha, e incluso llegado el tiempo de la sementera siguiente pudo hacer lo mismo a veinticinco reales la carretada corsaria, lo que sin embargo en cualquiera de aquellas ocasiones despreció.

     Le recomendaban que cuando fuera tanta su indigencia que no pudiera comprar la paja que necesitara al precio que corriera en la población, podría proveerse de la que en abundancia tenía un personaje que seguro conocía, el propio asentista que lo había contratado, quien la guardaba en el cortijo de Gallegos, que este labraba, distante de la población solo legua y media.

     Por lo demás, al cabildo civil no le constaba su obligación de suministrar paja a la tropa acuartelada, una precisión nada insignificante. Cuando la tropa no estaba de tránsito, tal como ocurría durante el invierno, satisfacer sus necesidades no entraba dentro de las obligaciones a las que atendía la contribución de paja y utensilio, por cuyo concepto, recordaba, la población pagaba anualmente por los tercios que se le repartían. Por eso estaría bien que el proveedor hiciera constar los términos de la contrata de paja que el asentista había firmado y aprobado el rey.

     Su réplica el factor la concibió en términos evasivos. La contrata de paja aprobada por el rey en aquel momento no estaba en su poder, aunque sí la tenía la superintendencia del sur, por lo que avisaría al asentista para que el intendente se comunicara con el corregidor.

     Cuando llegó el verano, y ya se había consumado la caída de la producción, los problemas para el abastecimiento del ejército no hicieron más que incrementarse. El superintendente, entre los días 4 y 6 de julio, solicitó a otra población nada menos que 24.500 arrobas de paja para la tropa, las que desde la administración central se le habían repartido para atenderla.

     Es posible que en este lugar la gestión de la renta de paja y utensilio fuera directa, porque su gobierno el 10 de julio, acordó remitir a la administración central, además de la petición del superintendente, un certificado de cuánto se pagaba por los repartimientos de paja al asentista. El valor de la contribución de paja y utensilio la repartiría entre los vecinos obligados el municipio y el asentista se encargaría de su recaudación, la que lo remuneraría directamente. En la diferencia que hubiera entre lo que recaudara y el costo que tuviera la adquisición del suministro cifraría sus esperanzas del beneficio que le consentía la administración de los ejércitos al suscribir el asiento con él. Por tanto, sería de cuenta del asentista proveer la caballería.

     Sin embargo, la paja que había en la población, que se había ahorrado gracias a que se habían sacado los ganados para Extremadura y otros lugares, se había reservado para hacer la media sementera del comienzo del otoño, para la que ni siquiera era suficiente. Si la paja que había en reserva saliera de la población, sería imposible emprender aquel trabajo.

     El 21 de julio el gobernador del Consejo adelantó a la población que había escrito al asistente comunicándole que, teniendo en cuenta la escasez de paja que padecían sus labradores, había decidido que la autoridad regional buscara una solución que al tiempo que evitara la ruina de estos atendiera las necesidades inmediatas de la caballería. Como respuesta, el 27 de julio el gobierno de la población designó a un regidor para que en la capital negociara con el asistente un repartimiento de paja equitativo, y un par de días después una clemente resolución de la administración central la dispensaba del repartimiento de las 24.500 arrobas. A cambio autorizó un cargo corto de esta especie, cuyo valor, sin embargo, nuestra fuente no especifica, y ordenó que a los vecinos se les pagara pronto la que suministraran.

     No obstante, hasta el 11 de agosto los responsables de la política local no dieron su autorización para que quienes hubieran suministrado paja conocieran las decisiones de fines de julio y supieran el modo en el que percibirían su importe. En lo que se refería a la reserva que se debía tener a disposición de la tropa durante el tiempo que permaneciera en la población, y de la que transitara por ella, los diputados de guerra cuidarían de que fuera suficiente. Ellos serían los encargados de recoger los recibos y vistos buenos que fueran necesarios para su abono y hacer la justificación de los precios a que corriera cuando se tomara.

     Probablemente aquella decisión se demoró porque no fue hasta el 4 de agosto cuando el intendente comunicó a los gobiernos locales que se había decidido suspender el repartimiento de paja que previamente se había ordenado. Optar por esta solución había sido posible porque se había encontrado un remedio paliativo. Los responsables del ejército habían resuelto que salieran de las provincias de la región para las de Murcia y Extremadura dos regimientos de Caballería, así como dar la vuelta a las tensiones que  las compraventas de la paja para el suministro de la tropa habían provocado. La que ya hubiera ingresado la caballería a consecuencia del reparto, la pagaría el asentista al precio al que valiera. A los recibos emitidos por los responsables de la tropa cuando la tuvieran en su poder debía acompañar la justificación de su valor intervenida por la respectiva máxima autoridad municipal.

     A partir del día 1 de aquel mes de agosto, también se acreditaría a los municipios todo el suministro hecho durante un año, cuyo balance estos completarían descontando el importe de lo que debían satisfacer las poblaciones por concepto de paja y utensilios. Además, debían tomar las medidas que fueran convenientes para que no hubiera falta alguna en la asistencia a la caballería.

     El 6 de agosto un municipio confirió sobre el alcance que pare él tenía esta decisión. El factor del asentista se había retirado cautelosamente de la población a principios del mes de junio, después de haber sacado de ella con el mismo sigilo la paja, la cebada que ya tenía comprada y las camas y lo demás que correspondía al suministro al que estaba obligado. Por eso, desde hacía dos meses el gobierno de la población había atendido al suministro de lo necesario para la subsistencia de la tropa, tanto estante como transeúnte.

     Para que a partir de aquel momento tampoco sufriera el real servicio las faltas a las que le dejara expuesto el factor, el municipio, por el momento, seguiría haciéndose cargo del suministro, del mismo modo que lo había hecho durante los dos meses precedentes. Pero, al mismo tiempo, hizo observar que los perjuicios sufridos podrían provenir de haberle quitado a la población la factoría que siempre había tenido, hubiera sido la provisión de víveres por asiento o por administración. Así se había creído conveniente hasta entonces porque la población era grande y de mucho tránsito. Allí la provisión no podía gestionarse con acierto si no se mantenían un factor y un dependiente que le ayudara. Solicitaron a la administración central que ordenara al asentista que cumpliera las obligaciones de su asiento sin perjuicio de las poblaciones ni de sus gobiernos.

     La escasez de pastos en los espacios abiertos, ya en pleno verano, derivó en problemas para otros cultivos. Varios cosecheros, dueños de viñas, olivares, pinares, garrotales y estacadas se quejaron de los daños que padecían sus explotaciones a consecuencia de la continua entrada en ellas de ganados de todas las especies, y en especial el vacuno, el cabrío y el de cerda. En pleno mes de agosto aquellos abusos, tanto por parte de los ganados como de los ganaderos, parecían más excesivos. Querían que en el plazo de dos días salieran de las heredades todas las especies de ganados, con el apercibimiento que de no hacerlo se daría por decomiso el que en ellas fuera encontrado.

     El 17 de agosto fue discutida aquella queja en la correspondiente asamblea de gobierno, a la que le constaban los hechos que denunciaba. Por las ordenanzas estaba previsto que las viñas, olivares y demás explotaciones permanecieran cerradas a toda clase de ganado en los tiempos de fruto pendiente, que empezaban a contarse el 15 de agosto de cada año, hasta que las cosechas se hubieran alzado por completo. El correspondiente auto de buen gobierno, aprobado y confirmado por la real audiencia, así lo había dispuesto ya para aquel año.

     Probablemente mantener abiertas las explotaciones hasta tan tarde por sí mismo causaba grave daño porque los ganados ya se comían el esquilmo. Pero el año en curso, a causa de la falta de pastos, a pesar de que no había en ninguna de las explotaciones, había sido y seguía siendo muy reiterada la entrada de todo tipo de ganados, que recurrían tanto al esquilmo como a los ramones y los pimpollos de los árboles. A los olivares les restaba fruto, a la cría de pinares, plantones, y a las cercas y vallados, pitas, a consecuencia de la desmedida corta que de ellas se hacía para que sirvieran de pasto a los cerdos.

     El último recurso, para hacer frente a la necesidad de hierbas para el ganado, fue invocar las mancomunidades de pastos, un viejo recurso cuya vigencia, no sin dificultades, había conseguido sobrevivir hasta fines de la época moderna. Ya hemos mencionado que para primeros de julio, una población, queriendo asegurarse su manutención, había organizado por su cuenta la emigración en masa de sus ganados para Extremadura y otros lugares.

     Por una reunión celebrada el 3 de julio sabemos que muchos vecinos de otro lugar habían llevado los suyos a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, tierras hasta las que extendía su jurisdicción la capital, sirviéndose de la mancomunidad de pastos que el municipio mantenía con ella. Pero había ocurrido que las autoridades de aquellas poblaciones a unos les habían entorpecido el uso de los pastos y a otros se lo querían impedir.

      Buena parte de aquellos acuerdos tenían su origen en la plena edad media, cuando contribuyeron a tejer una red de intereses comunes entre poblaciones frágiles que ayudó a consolidar el control y la gestión del territorio conquistado. Como la memoria de aquel origen no se había extinguido, y la oposición al cumplimiento de los acuerdos se había mostrado especialmente intolerante, cuando terminaba el verano en la población se desató un furor anticuario inusual.

     A partir del acuerdo que el municipio había tomado el 3 de julio, un regidor, procurador mayor y alcalde de los hijosdalgo, y un presbítero, abogado del municipio, reconocieron papeles e instrumentos antiguos sobre la mancomunidad de pastos entre el municipio y la capital y la tierra de su jurisdicción. El 14 de septiembre el ayuntamiento vio su informe sobre los documentos y ejecutorias que habían encontrado. Eran favorables a los intereses de la población y acreditaban la mancomunidad, en virtud de la concordia celebrada en uno de sus templos parroquiales, a la que habían concurrido diputados de ella y del cabildo de la capital. Luego, la mancomunidad había sido aprobada por el regente y los oidores de la capital y ejecutoriada por el rey y presidente y oidores de la chancillería del sur. El gobierno de la población acordó que el original se encuadernara en el libro capitular y que se sacaran copias de la concordia y las ejecutorias, las cuales también se encuadernarían a continuación del cabildo, y que los originales fueran diligenciados. Además, fueron cometidos el regidor antes mencionado y otro más para el seguimiento de los pleitos y autos correspondientes.

     Otro problema creado por la crisis, de los derivados de la particular que padeciera aquel año toda clase de ganado, fue el desabastecimiento de carne a los mercados y los problemas que podrían seguirse de su consumo. El analista de la capital dejó escrito que en ella la consecuencia de la escasez de ganado que provocar la crisis había sido que ya durante el mes de noviembre empezó a venderse en las carnicerías carne de macho, cuando antes esto jamás había ocurrido. La ambigüedad del sustantivo no permite resolver si la especie a la que se refiere era mular o cabrío. Hubiera sido mucho más anómalo el consumo del primero. Probablemente en esta manera de expresarse, más que propósito de informar, había deseo de escandalizar a sus lectores.

     Al contrario, el término más grave al que llegara aquella vertiente de la crisis tal vez fuera la duda sobre la calidad de las carnes y las prudentes reservas sobre las consecuencias que pudiera tener para la salud. La exhibición de estas inquietudes al menos inspiró una parte de los argumentos que se utilizaron durante aquellos meses. Pero el único indicio directo de las complicaciones que pudieran derivarse del mal estado de las carnes, asociado a la posible mortalidad catastrófica que el ganado padeciera en aquel momento, es muy tenue. El 13 de abril, en una población, sus diputados para el abasto permanecían vigilantes para que no se pesara en el rastrillo carne alguna de res de la que no se hubiera verificado que había muerto con salud. Querían evitar los perjuicios que, actuando de otro modo, podían derivarse para quienes la consumieran. Nada más.

     Que esta sea toda la información sobre este asunto permite pensar que la mortalidad del ganado no parece que llegara a ser catastrófica, y mucho menos resultado de epizootias, y que la calidad de las carnes que se consumían en ningún momento alcanzaría el rango de amenaza para la salud pública. El testimonio más bien es índice de que nada evitaría que las prevenciones, cuando se trataba del consumo de carnes, fueran las mayores.

     Tal vez el problema práctico fuera que aquellas reticencias se lo crearan al abasto. Aunque el consumo de carnes tenía un alcance muy limitado en la dieta común. Su demanda era tan elástica que con facilidad soportaría las carencias que sufrieran los suministros. En primavera, se trató solo de no bajar la guardia para que no dejara de llegar carne a los mercados.

     El 25 de mayo un ayuntamiento acordó que los diputados del matadero estuvieran muy atentos para que no faltara provisión de carnes, y le bastó con salir al paso dando al corregidor con antelación suficiente los avisos que correspondieran. Pero al llegar el verano mantener el control sobre el ganado disponible empezó ser complicado, como consecuencia de su movilidad. El 20 de julio, en el ayuntamiento de la población en la que muchos de sus vecinos habían llevado sus ganados a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, un regidor explicó que no había carneros para el abasto de las carnicerías, y que solo se encontraba a propósito una partida de 150 cabezas, por las que, dada su calidad, querían 64 maravedíes por libra. La asamblea acordó que el regidor solicitara el abasto de manera más equitativa, sin por eso dejar de plegarse al precio que corriera en el momento.

     Una semana después, 27 de julio, al ayuntamiento el corregidor informó que se estaban pesando en las carnicerías públicas borregos lechales, una carne que, en su opinión, más que salud a los enfermos, que eran quienes la consumían, causaba un daño notable. Para redimir a la población de un tan próximo mal, él había procurado con los mayores desvelos, en caso de proseguirse con este consumo, solicitar entre varias personas alguna cantidad de carneros ya hechos. Entre ellas, había una que había ofrecido para este abasto una cantidad bastante para por el momento relevar a la población de un abasto tan perjudicial. Como estos carneros eran de buena y salutífera calidad, se habrían de pagar a 68 maravedíes la libra, y no a los 60 a los que en aquel momento se vendía la de borrego lechal. En cumplimiento de la obligación aneja a su cargo, y por persistir en los buenos deseos que a él le asistían, lo hacía presente a la asamblea de gobierno, para que deliberase lo que creyera  conveniente. La asamblea, advertida de las justas y celosas expresiones del corregidor, acordó darle las gracias por lo mucho que se había esmerado y aún se esmeraba en beneficio del común, y que en observancia de su cristiano, puro y fiel deseo se pesaran los carneros en la forma que había contratado, con preferencia a cualquier carne que no excediera en calidad a la que tenían tales carneros.

     Aquella amenazante causa, que tan fatales consecuencias podía tener, en realidad podía ser crónica. En otro lugar, todos los años se padecía escasez y falta en las carnicerías públicas del abasto de carne de carnero para el consumo de su vecindario. La razón era justificable. Sus dueños sacaban los que se criaban en su término para venderlos en la feria de Villamartín y otras similares. En el año en curso, tanto por la poca cría que había habido de esta especie como por el buen deseo y necesidad que tendrían sus dueños de vender sus ejemplares, se podía prever que este abasto allí faltaría durante buena parte del año, si no se tomara una decisión que bastara para reparar y precaver los inconvenientes que por su falta se podían ocasionar.

     Así fue como al problema se le terminó aplicando la política más conservadora. El 25 de agosto el gobierno de la población acordó prohibir absolutamente la salida de los carneros que se criaban en su término para venderlos fuera, y suplicar al corregidor que contribuyera con la autoridad de sus providencias para que la prohibición se hiciera efectiva y la observaran todos los criadores y dueños de aquel ganado.

     El 31 de agosto cinco criadores de ganados, entre los que se encontraba uno que además acumulaba la condición de presbítero, presentaron al cabildo de su ayuntamiento un memorial por el que se daban por enterados, por sí y en nombre de los demás, de que no se podían sacar los carneros que pastaban en aquel término para venderlos en una feria ni en otra parte, sino que debían reservarlos para el abasto de las carnicerías. Exponían, sin embargo, que de actuar de aquel modo resultarían perjuicios. La hacienda de la corona no percibiría los derechos que por estas ventas le correspondieran, porque los criadores no podrían valerse de los carneros en los mercados exteriores. Además, como no había dehesa ni dónde poderlos mantener, perecerían muchos. Según su criterio, en vez de la decisión tomada debía guardarse el siguiente estilo: que los criadores dejaran la cuarta parte de los ganados que llevaran a una feria con la obligación de entregarlos para el abasto de las carnicerías locales.

     Se acordó que el fiel del matadero y de las carnicerías públicas redactara un certificado de las cabezas de carnero que se habían sacrificado para el abasto público desde el 1 de septiembre de 1749 hasta el día de la fecha, 31 de agosto de 1750. Y que los criadores de ganado de esta especie presentaran relación jurada, en el plazo de cuatro días, de todos los carneros que tuvieran existentes de la cría del año en curso. Pasado este plazo, se procedería a hacer registro a costa de quien incurriera en la omisión.

     El 7 de septiembre, en la reunión del ayuntamiento, un escribano informó de que solo cuatro criadores de carneros habían presentado en su oficina las relaciones juradas de los que tenían, a pesar de que se había cumplido el plazo fijado. La morosidad de los criadores más bien se reconocía en los mismos que encabezaron el memorial que había dado origen a estas providencias. En ello se conocía el dolo con que procedían, en perjuicio del beneficio común. Se acordó comisionar a los diputados del matadero para que pidieran al alcalde mayor lo que conviniera a este asunto, para que se hiciera registro íntegro de todas las crías de carnero, y asegurar el abasto de la especie.

     Ya en el último trimestre, las discusiones quedaron circunscritas a la calidad de la carne a la venta. El 9 de octubre el informe de un regidor, diputado del matadero, descubría la mala calidad de las reses vacunas que en aquel momento se estaban sacrificando en un matadero local para destinarlas al abasto. A falta de un registro de esta especie, porque se trataba de que no faltara un abasto tan preciso, se había visto en la necesidad de hacer un repartimiento que no excluyera a ninguno de los criadores de este ganado. Eran pocas las reses asignadas, para que sus dueños las entregaran obligadamente al sacrificio, y de muy mala calidad. Por eso se acordó que se publicara que toda persona que quisiera hacer aquel tipo de registro, u obligarse a abastecer de cualquier especie de ganado a la población, lo hiciera, para lo que se le admitirían las posturas que hicieran a los precios que propusieran.

     Aquel mismo 9 de octubre el ayuntamiento recibió un informe del regidor diputado de las carnicerías. Ateniéndose a un acuerdo del gobierno de la población, había optado finalmente por abastecer con cerdo las carnicerías. Pero también había faltado la especie y no había encontrado quien pudiera abastecerla. Tras repetidas diligencias, había encontrado una persona que le facilitara hoja de tocino, mitad de la canal del cerdo partida en el sentido de su longitud. Su condición era que se vendiese en las carnicerías al precio que había tenido el cerdo que se había rematado, que había sido 40 cuartos la libra, y que estos fueran los que hubiera de obtener en cada libra el dueño de la hoja. Se acordó comprar la partida de cerdo para el abasto de las carnicerías y que se vendiera al precio correspondiente, cargándose a los 40 cuartos la libra, que ingresaba el dueño de la hoja, los reales derechos. Los fieles ejecutores celarían que los carniceros no vendieran fuera de la forma que había estado en estilo, arreglándose al gasto diario de cada individuo.


Las teorías de Osborne

C. Baines

Caminaba esta mañana Osborne por la acera, las manos en los bolsillos, la mirada dirigida al pavimento. No hacía caso a transeúntes, ni árboles, ni semáforos, ni señales de tráfico, con grave riesgo para su cabeza, para su integridad si se decidiera a cruzar la calle. Quienes lo conocemos estamos convencidos de que cuando se comporta así está dedicado a elegir palabras con las que construir frases axiomáticas, aptas para sintetizar y a la vez expresar con precisión su pensamiento.

     Por su sonrisa, podía sospechar que se había entregado a las de su peculiar ensoñación, aunque nunca ninguno de nosotros le ha oído encomiar a mujer alguna. Pero por sus lecciones hemos aprendido en cuál de ellas piensa. La llama la mujer para ser amada. Parte del principio del deseo, que le parece incontestable, del que ninguna está dispuesta a prescindir. Buena parte, para buena parte de los hombres, se concentra en apelar a él. Son las mujeres para ser deseadas, algo que considera epidérmico y demasiado evidente. Las mujeres para ser amadas, mientras no se puede saber más de ellas, son menos visibles, de complexión ligera, de no demasiada estatura. No se esfuerzan en cruzar miradas, ni rechazan su intercambio saludable.

     Pero no, no iba pensando en la mujer para ser amada. Pasó a su lado, en la dirección opuesta, casi rozándole, una de las que probablemente satisfarían sus aspiraciones, o al menos atraerían su atención. Siguió adelante con la mirada baja, sin la menor alteración, indiferente a su paso.

     He creído entonces que estaría entregado a sus planes. Hace un par de días le he oído decir que disponía por fin de algún remanente y que estaba dispuesto a renovar el mobiliario del Departamento. No es que las sillas de la biblioteca estén desvencijadas. Pero han sufrido ya demasiadas reparaciones parciales, tantas que las hacen vulnerables por los flancos más imprevistos. Para el menos atento se verifican las supervivientes de más de dos y más de tres remesas, la más reciente decidida en fechas lejanas, tanto como unas de otras. También una parte de las estanterías están vencidas por el peso, a causa de los materiales con que debieron improvisarlas. La urgencia por almacenar intercambios y donaciones, en cantidad incontenible durante los años de bonanza, las impuso sin mayor reflexión.

     El enorme escaparte de una tienda de muebles, especializada en módulos funcionales y a medida, quedó a su izquierda sin que se dignara girar la cabeza.

     Tal vez sea la jubilación lo que concentra sus reflexiones, pensé, un poderoso atractivo al que se orienta sin recato, sin ocultar cada vez más su afán por alcanzarlo. De ningún modo cree que despedir a alguien, una vez agotada su edad, sea dilapidar el saber acumulado, que el pretendido derroche vaya en detrimento de las generaciones que se van incorporando a la vida activa. Nunca ha cometido el error de pensar que posee saberes que en algún sentido sean exclusivos, preciosos, cuya transmisión hubiera que garantizar. Al contrario, sin el menor asomo de modestia, ni de vergüenza, está convencido de que sus conocimientos son de lo más elementales. Repite que con los años ha llegado a descubrir algunas cosas que le parecen certezas pero que son de lo más corriente. Las oyó a sus antecesores, las ha visto impresas una y cien veces en los textos de todo tipo que han pasado por sus manos; algo perfectamente inútil como bien que sea necesario transmitir, precioso para él como conquistas y para ir poco a poco encontrando cierta paz, nunca permanente, porque los imprevistos siempre acechan, y una y cien veces son capaces de devolvernos a la duda y la zozobra.

     Es muy probable que tampoco pensara en la jubilación. Ha pasado ante una agencia de viajes y no se ha parado a estudiar los posibles destinos de su plena libertad recuperada. Ni siquiera ha hecho caso del luminoso que sobresale de su fachada, se atraviesa en la acera y casi le roza la cabeza.

     Pero unos pasos más allá, contra todo pronóstico, se ha detenido ante un gimnasio, un semisótano a un metro por debajo del nivel de la acera. Al llegar a su altura, se ha girado. Ha echado un vistazo al rotulo sobre el dintel y ha leído la oferta de actividades, ha estudiado con detenimiento la entrada y se ha demorado más de un minuto en tomar nota mental de lo que allí estaba viendo.

     ¿El profesor Osborne tentado por pasatiempos hedonistas? Pero si es el último de los estoicos, si su vida está disciplinadamente regida por la más rigurosa parsimonia. Es verdad que para su edad se mantiene moderadamente potable. Quizás le quede alguna posibilidad entre las generaciones más próximas a la suya. Tal vez esté pensando en permitirle a su jubilación expansiones que sus responsabilidades antes no le hayan permitido. ¿Por no comprometer al Departamento? ¿Para no manchar su reputación? Nunca se ha sentido reputado, en ningún sentido, mucho más porque incluso la mayor parte de sus conocidos ignora su nombre completo, y aun su apellido. Y en cuanto a perjudicar al Departamento… Bueno, no es que en sus cálculos haya entrado, en alguna ocasión, cometer un acto de sabotaje en su contra. Pero, de haber sabido que alguien lo había concebido, hubiera guardado silencio.

     Para mantener la distancia y la discreción, y para permitirle que recuperara el movimiento, me he parado delante de una peluquería, simulando que dudaba si entrar o no. En cuanto ha vuelto a caminar, he cruzado la acera. Al ver el vestíbulo que había atraído su atención, por fin he conseguido componerme una explicación satisfactoria sobre su concentrada manera de actuar hoy.

     Desde hace tiempo, el profesor Osborne está entregado a un ingenuo plan. Cree que puede hacer confluir la vertiginosa renovación del relato contemporáneo, que en su opinión ha sido capaz de alcanzar a cualquier forma de expresión escrita, con el género historiográfico. “No puede permanecer indiferente –dice– a los ingeniosos recursos que ha ideado para dar vivacidad a lo que cuenta, para llevar el pensamiento del lector lo más lejos posible. Entre otras razones, porque la narración histórica es su raíz, su germen. Sería una desnaturalizada si se desentendiera de su linaje. De la misma manera que el relato no puede pretender que en el futuro se le acepte sin más, en el estado al que ha llegado. Muchos de sus convencionalismos están agotados. ¡Qué ridículo el narrador que todo lo sabe! ¡No digamos nada del que se atreve a contar lo que ocurre en la cabeza de sus personajes, mientras los reduce al silencio! De la historiografía, con recursos inveterados y sólidos, que cuentan con el beneplácito de la veracidad, puede fluir alguna savia que contribuya a revitalizar el cuento, el mejor procedimiento para exponer las ideas sin necesidad de tomar partido por ellas. Porque permite verterlas a hechos con la mayor naturalidad.”

     Ha debido pensar, mientras caminaba, que el recurso a múltiples puntos de vista, la incorporación de distintos narradores, el manejo flexible del tiempo, la dramatización de las situaciones son medios con capacidad para expandir el relato, y son tan eficaces para neutralizar las explicaciones categóricas y cerradas que han pretendido crear solo una verdad, que no utilizarlos es persistir en la ignorancia; o instalarse en el ridículo relato de segunda categoría, reservado a quienes antes que molestarse en pensar quieren que les garanticen, elaboradas como es debido, las certezas.

     A la izquierda del vestíbulo del gimnasio había un arcón, de buena madera, quizás procedente de un anticuario, quizás durante años arrumbado en el desván de la casa donde nació quien lo dirige. Estaba cubierto por un tapete, de una apariencia no demasiado noble, pero del todo impropia del lugar, al menos de lugares semejantes. Al fondo, un escritorio de los de persiana, sostenido sobre un par de cajoneras a cada lado. Junto al umbral de la puerta que quedaba a la derecha, por donde se entrará a las instalaciones, en el suelo, la reproducción en mármol blanco, en tamaño académico, de una venus anadiomena. Ningún reclamo encarnado en ases del deporte, ninguna atractiva silueta, ningún torso musculado, ningún anuncio de anabolizantes.

     “¿De dónde habrá sacado esta criatura estas tarjetas de presentación? ¿Qué clase de vida habrá llevado para encontrarles sentido en este ambiente? Debe ser de las que crean un mundo rico en aspiraciones, con escasas referencias al que habitan, del que por todos los medios desean escapar, enormemente vulnerables a sus agresiones y sinsabores. Lo que le importarán la gimnasia y sus beneficios. Sus anhelos, que ponen al descubierto  piezas inconexas y sin sentido aparente, van en otra dirección.” Y habrá concluido: “Para prosperar en ideas imprevistas ¿es necesario recurrir a la fantasía, a las alegorías con pretensiones filosóficas, al misterio, a la intriga, al crimen?”

     La relación entre los objetos del vestíbulo del gimnasio y sus teorías sobre el relato historiográfico, en las que persiste, con escaso éxito y solo algunos devotos seguidores, más por aprecio que convencidos, tampoco parece fácil encontrarla. Pero me arriesgo a sostener que en su caso ha existido porque así de disperso e imprevisible es el profesor Osborne, y la huella que ha dejado en nosotros, imborrable. Con él he aprendido, entre otras especulaciones convincentes, que para construir historias ricas en ideas, de las que llevan el pensamiento lejos, puede bastar con abrir los ojos y estar dispuesto a quedarse perplejo.

 


Diplomacia de Salomón

Gedeón Martos

El paso por la tierra de Salomón dejó un rastro imperecedero. Fue el primero de los ungidos, a partir de él la unción representó el don singular de quien encarnaba la Monarquía. El aceite perfumado de aquella primera ceremonia proclamó que era el elegido de su dios, y desde entonces fue el símbolo de la condición sobrehumana de los reyes.

     Con su gobierno el reino único para el pueblo elegido alcanzó su plenitud. Heredero de su padre, el rey David, la posición que de él había recibido era lo bastante sólida como para no recelar de la estabilidad del orden institucional por este creado y que su estirpe encarnaba. Decidió engrandecerla anudando vínculos con quienes representaban la mayor fuerza en la región, una idea que le aconsejó que en las relaciones con las potencias vecinas debía dar preferencia a los lazos con Egipto, al sur. Para satisfacer aquel objetivo tuvo la iniciativa de contraer matrimonio con una hija de su rey, y aceptó las correspondientes responsabilidades.

     Para el reino que gobernaba Salomón eran muchos los beneficios que podían derivar de aquellos lazos. Gracias a ellos, pudo importar el sistema administrativo que daba estabilidad al gobierno vecino. Con el propósito de delegar en ellos la responsabilidad de sus gestiones, mientras concentraba sus esfuerzos en audiencias y consejos, el rey sabio mandó llamar a escribas duchos en el manejo del jeroglífico. También promovió un control del territorio inspirado por el centralismo, que igualmente para la monarquía meridional era un medio eficaz para garantizarse sus dominios. Aunque carecía de tradición entre las tribus de los hebreos, hasta poco antes errabundas, bastó con que el país del que el rey de los hebreos se enseñoreaba fuera ordenado en los doce distritos que las replicaban, y que la identidad que por la sangre adquirían la colmaran con la ocupación de la tierra.

     Incrementada así la confianza entre las partes, pocos años después pudo poseer carros tirados por caballos, ingenio bélico concebido por la potencia egipcia con el fin de asegurarse en las contiendas la victoria. Salomón, consciente de las consecuencias que aquella innovación tenía en el equipamiento de sus tropas, no dudó en adaptar su ejército a las fórmulas orgánicas propias de la eficaz milicia meridional, cuya capacidad ofensiva venía avalada por siglos de sangre y arrasamiento.

     El amistoso gesto abrió las puertas para que las relaciones directas con el sur se cargaran también con la mediación en la venta del armamento procedente de África. La adquisición de carros de combate, comprobadas las ventajas de su posición relativa, al rey sabio le valió también la conciencia del peso que a su reino podía convertir en una potencia regional, y a sus poderes sumó su rédito estratégico. Se convirtió en un puente necesario para el provechoso intercambio del singular medio de guerra entre los territorios que quedaban al sur, donde tenía sus instalaciones el fabricante del ingenio bélico, y los del norte, un comercio que no podía dejar de ser lucrativo para nadie.

     Más adelante, saldada con tan sólidos beneficios su inclinación al sur, Salomón ensayó contrapesar la balanza de sus relaciones exteriores. Sin repudiar lo que ya había convenido, llegó a acuerdos para la cooperación comercial con las activas ciudades de la costa de Levante. Con su peculiar perspicacia, aceptada la consolidada preeminencia que tenían en el campo del comercio por el mar, alternaba con ellas fases de estrechos intercambios con periodos de relativo desinterés, lo que incentivaba la encendida astucia traficante de los calculadores semitas. Contaba en su favor con que siempre sería pacífica, porque los de Levante, frágiles y reducidos a sus playas, habían renunciado a la guerra. La más remuneradora fue la que anudara con Hiram de Tiro, coetáneo y solidario igual de Salomón, rey de la primera de las ciudades del litoral. En aquel tiempo, Hiram  completaba su gran programa político con un gran programa de construcciones, concentrado en la fundación de muchos y sólidos templos, cuyas obras patrocinó cuando ya su dios principal era un trasunto de él, justamente llamado  Melqart, en su lengua el rey de la ciudad, su genial invención, una de las tentaciones que pondría en crisis la condición semidivina de Salomón.

     Al acrecentar sus posibilidades para el movimiento de bienes gracias a las preferentes relaciones acordadas con quienes poseían experimentadas flotas mercantes, el oro y otros géneros preciosos empezaron a llegar a sus territorios desde Arabia. Por sus rutas interiores eran enviados hacia el sur, parte del país de Ofir, desde cuyo centro, en el cuerno de África, con otras mercancías eran reenviadas a Levante a través de vías terrestres, lo que por su posición reportaba toda la ventaja al reino de Salomón. La parte interior de las rutas árabes estaban entonces bajo el control de la seductora reina de Saba, a cuyos encantos, con el fin de sellar sus intercambios, no tuvo inconveniente en rendirse.

     Comprobadas los beneficios de las relaciones que se habían levantado sobre el deseo, Salomón apuró hasta el límite de sus fuerzas el recurso a tan satisfactorio medio. Él, que en todo fue grande, también en esto resultó el más excepcional de los reyes. Después de la hija del rey de Egipto, una vez que había disfrutado las bendiciones de su primera iniciativa matrimonial, y había pasado por la abrasadora relación con la reina de Saba, decidió tomar muchas más esposas. Tan impetuoso fue el impulso dado a una política exterior tan bien concebida que poseyó en total a setecientas mujeres con rango de princesa, aparte sus trescientas concubinas.

     Tal vez pudo aspirar a disponer de un harén tan bien poblado por alcanzar la fama, porque así lo pedía la costumbre impuesta entre los hombres poderosos de su tiempo, para quienes poseer un gran harén era señal de lujo y fuerza. Sin embargo, en favor de su portentoso acopio actuó igualmente aconsejado por razones políticas, a fin de sellar alianzas y consolidar relaciones amistosas con cuantas naciones pudiera entenderse. Sus cientos de esposas eran también mujeres de otros pueblos, de muy distintas procedencias. Unas eran moabitas o amonitas, otras del país de Edom y otras de la justamente afamada ciudad de Sidón. También con mujeres hititas y otras egipcias se desposó.

     El imprevisto fue que Salomón se apegó a sus muchas mujeres extranjeras y las amó, y a causa de aquella inclinación favoreció el culto a dioses extranjeros. Fueron llegando a su palacio al mismo tiempo que las esposas procedentes de otras naciones, según se iban incrementando los éxitos diplomáticos de su reinado, que nadie no admiraba. Y cuando el rey ya había llegado a la ancianidad, parte de la vida en la que todas las fuerzas desisten, con más facilidad sus mujeres conseguían que el corazón del rey se inclinara a otros dioses.

     A partir de entonces ya no fue por entero de su dios, a quien tanto había servido. Solo confusión y sincretismo absurdo derivó de su senil debilidad. Porque no había guardado las leyes que estaban en el origen de su reinado único, las que tenían un inequívoco origen divino, provino una crisis. Un intento de sublevación protagonizado por Jeroboam, justificado por tan sedicioso desvío, aunque finalmente fracasara acabó con la armoniosa convivencia con su aliado preferente. Jeroboam, ya enemigo declarado de Salomón, había elegido para refugiarse, una vez defraudada su ambición, la corte del rey del sur, donde fue bien acogido.

     Lamentablemente ninguno de estos hechos ha sido consignado en documentos escritos en la lengua jeroglífica. Pero los registrados en el texto sagrado, más aquellos que pueden ser corroborados con testimonios de los anticuarios, prestan a cualquiera de las posibilidades con las que hemos especulado la pasable verosimilitud que le otorgan las palabras.


Investigaciones sobre Perses

Reginald Southampton

(Traducción de A. J. Baines)

Fue Hesiodo un hombre paciente y trabajador. Si además fue poeta, la condición que de él admira la posteridad, se debió a que su vida discurrió inspirada por la virtud, transacción que habilita la mejor salida a quien ha quedado, contra su voluntad, atrapado en aquella. Tanto confunde la pasión por la gloria, a los contemporáneos y a los antiguos, que todo se orilla en beneficio de la memoria que es legada, corte cuyos fastos nadie ha podido disfrutar. Viven los hombres urgidos por el inexorable paso de los días, la conciencia de sí mismos los ocupa a todas horas y ante sus ojos transcurre cuanto puede suceder sin que lleguen a tener conciencia de que conservan la vista. Los hechos conocidos de la vida de Hesiodo, al contrario, permiten concebir la esperanza de que su verdadera preocupación fue conocer a sus semejantes, y que al verso llegó cuando se vio incapacitado para decirles lo que de ellos sabía. Si hubiera guardado silencio, hoy habría que decir que fue un hombre de moral íntegra. Como dejó testimonio escrito de su pensamiento, es posible estar seguros de que actuó guiado por la virtud.

     Séanos permitido rescatar una parte de los hábitos cívicos de aquel varón ejemplar, en la medida que lo consienten los testimonios que de su paso por el mundo han quedado. Tantos siglos han transcurrido desde entonces que buena parte de sus hechos se ha extinguido. Pero la diligente iniciativa de quienes por él han mostrado interés, entre los que es obligado mencionar al esforzado Martin L. West, de Oxford, el mejor ejemplo de quienes han llegado a conocerlo, aun estando separados de él por la mayor de las distancias, permite llegar muy lejos con pocos datos.

     Las observaciones que pertenecen a esta indagación parten de una posición negativa, como el escultor que trabaja a partir de la máscara de cera de un difunto. Pretenden añadir a cuanto ya se sabe de él lo que su obra, los actos rescatados de su vida y otros testimonios permiten reconstruir de los de Perses, su hermano. En el rostro de quien se ama quien ama se ve. En alguna porción, los actos de Hesiodo están reflejados en la vida de aquel, como por el repliegue de las tropas es posible observar los movimientos de avance del ejército enemigo. Y, así como por estos las mejores astucias del general pasivo, que se resigna momentáneamente a la deshonra, para envolver a quien amenaza cede la tierra puesta bajo su responsabilidad, pueden ser admiradas, en la distancia que de las infamias de Perses su hermano tomó es posible reconocer el compadecido proceder de Hesiodo.

     El padre de ambos, al menos comerciante por mar, antes de que alguno de sus hijos hubiera nacido se habría establecido en la isla de Samos, inmediata a la Caria. Su procedencia se ignora, así como su origen. Se han reunido datos que lo hacen al menos oriundo del otro lado de la Hélade. Quienes así lo han aceptado, aunque fuera ocasionalmente, se han dejado llevar a un lugar erróneo. Algunos de sus descendientes, con el propósito de atribuirse un pasado ilustre, se entregaron a la innoble pasión del espejismo heroico. Prefirieron satisfacerse con una ampulosa prosapia antes que ceñirse con fidelidad a los datos que sobre la existencia del progenitor subsisten; que, aunque no gloriosos, a los ojos de cualquier persona capaz para distinguir la grandeza de la vida lo harían sobradamente nobles.

     En rigor, solo a partir de Samos es posible iniciar el rastro cierto de esta historia. En la decisión de establecerse en aquel lugar admiran los analistas más juiciosos la iniciativa de un hombre ingenuamente aventurero. Pero, poco antes de que al menos Hesiodo naciera, es probable que antes de que cualquiera de sus hijos hubiera llegado al mundo, llevado por el urgente deseo de disponer de hogar propio, el padre del antagonista del que se trata decidió trasladar la sede de su actividad a Beocia.

     Atribuyen los observadores el traslado de la residencia del animoso progenitor de ambos personajes al deseo de adelantar en su negocio, haciendo compatible la riqueza que del mar traía con la que le pudiera dar la tierra. Como todos los griegos de su tiempo, su dedicación al tráfico mercantil estaba asociada a la vida campesina. Durante el invierno, cuando el viento y las olas impedían dominar el aparejo, las naves permanecían sobre la arena del litoral, aguardando a que los trabajos del campo consintieran la carena. Entonces, mientras el timón colgaba sobre el hogar, responsable de su modesto bienestar era la penosa dedicación a la agricultura y a la ganadería, que sin embargo, con la cordialidad que verlos crecer le valía, alentaba a diario. Cuando había recogido el grano, y ya el tiempo sereno permitía deslizarse sobre el mar sin miedo, cargaba las bodegas con los vasos que contenían sus ahorros y se aventuraba hasta el otro lado del continente, donde el negocio aguardaba.

     Es compartida la opinión a favor de que el lugar elegido en Beocia para radicar su hogar fue la ciudad de Orcómeno, establecida donde el Cefiso desemboca en el lago Copais. Orcómeno era una de las poblaciones de la Hélade que mayor antigüedad atesoraba. El lugar había sido habitado desde que a la agricultura los hombres le  concedieran la preferencia en el suministro de los bienes para la supervivencia. Las murallas que lo protegían, como las líneas de un ejército en formación, se sucedían en terrazas por la pendiente del monte Acontio. Casas con hogar en el centro, y tumbas a las que los arqueólogos dieron el nombre de tesoros, son los mejores indicios que de su pasada grandeza se han conservado.

     En Orcómeno tuvieron su sede los minios, pueblo de leyenda, y Minias pasaba por ser su epónimo, hasta el punto que Estrabón, que siempre se dejó seducir por la observación erudita, a Orcómeno la llama Minias. A la personificación de la ciudad los analistas no tan atraídos por las imágenes, por convención, adjudicaron el principal de los sepulcros que han descubierto los excavadores. Sin que a todos haya que reconocerles atributos extraordinarios, sus habitantes pueden ser admitidos como ejemplo de riqueza entre los primeros griegos. Su bienestar provenía del comercio, sostenido por su posición en el espacio mediterráneo, que les permitía actuar como eslabón en la cadena de intercambios entre el Helesponto, la Propóntide y el Ponto Euxino.

     Por fortuna, su actividad comercial sobrepasó cualquier previsión entre los siglos octavo y sexto, razón por la que su nombre, por los autores más antiguos, fue asociado al oro y dio origen a la leyenda del vellocino; y los argonautas, asimismo en Estrabón, porque su deseo fue siempre explicar evocando, fueron llamados minios. Pero también los textos más remotos admiten que Orcómeno, ya al final de los tiempos arcaicos llegó exhausta y perdida su proverbial riqueza. Su decadencia se precipitó al ritmo que los griegos fundaban colonias en los mares con los que conectaban, atraídos por los bienes de los pueblos bárbaros que alcanzaban hasta sus líneas litorales.

     En parte, se supone que el lugar elegido en Beocia por el padre para radicar el hogar de su familia fue aquella población porque, habiendo sido Beocia la tierra donde tal vez al poco naciera Hesiodo, con el tiempo Orcómeno le concedió el honor de reconocerlo como uno de sus fundadores, con el acertado sentido traslaticio que los antiguos cargaban en sus mitos. Pudo ocurrir que Orcómeno se poblara gracias al buen nombre que Hesiodo, con sus gestas poéticas, le confiriera, aunque hasta aquí no ha sido reconocida la poesía como factor de población. Es más probable que siendo la suya, con el tiempo, familia de activos agricultores, pudo crear población en el lugar apto para la radicación de los hombres, porque la población arraiga en el campo cuando los hombres lo roturan, una vez pasada la gloria comercial, y ser feliz promotora de un lugar en crisis de nuevo habitado por su iniciativa.

     Nacería, pues, Perses en Beocia, región griega vecina del Ática, hacia el 750, el mayor de los hermanos. Se tiene algún indicio sobre la posible supervivencia, de partos previos, de otro hermano aún mayor, probablemente del sexo opuesto. Tan imperceptible es el rastro que en los textos ha dejado este vástago que bien no existió bien su vida fue del todo irrelevante, al menos para los informadores que participaron de sus existencias.

     Poco puede decirse sobre la primera década de la vida de Perses, aunque no faltan indicios de las raíces de su arrogancia. Condenado por su nacimiento a las rutinarias actividades que inmovilizan a los hombres, que aún más monótona harían la sucesión de sus días cuando finalmente se viera reducida a la que exige la crianza del ganado, también dedicaría tiempo de su vida de niño a medir sus fuerzas en el campo, oponiéndolas a las de los otros muchachos, sobre los que a toda costa deseaba prevalecer. Pudo participar en certámenes que le valieran reconocimiento a su fuerza y alentaran su orgullo. De ellos, sin embargo, se conservan pruebas que los testimoniarían no del todo limpios. Ya entonces se admiraba a sí mismo tanto que, de cuanto ocurría a su alrededor, como durante el resto su vida, solo retenía su presencia en la escena, como una instantánea reflejada en un espejo. De los demás jamás tuvo noción, razón por la cual los más radicales, reactivos a su repulsivo proceder, incluso prefieren poner en duda que pasó por el mundo, y en sus testimonios lo ignoran.

     Aunque a ambos la dedicación a los trabajos del campo ocupara la mayor parte del tiempo, además Perses, en su primera juventud, se entregó a la pintura, poseído por la idea de que era el dueño de los secretos del arte. Entonces se mostró muy activo como decorador de vasos. Gracias al método comparativo, se puede presumir que hizo suya la técnica que consistía en trazar, con incisiones, unas siluetas cuya mediación realzaba con una pincelada negra continua, y que después las colmaba con multitud de detalles superfluos y muy elaborados, alusivos a animales que desplegaba en hileras sobre fondos de flores, sin llegar al relato de historia alguna. Ilustraban objetos destinados a la decoración del hogar, parte de los cuales al menos pudo servir para nutrir el comercio del padre, que con generosidad financiaba el dispendioso gasto que originaba aquella actividad.

     Pero fracasó Perses como pintor de vasos. Parece fuera de lo posible calcular qué efecto pudo tener tan desastroso crac en la economía familiar, tanto por la porción de renta absorbida, y en consecuencia negada a otros fines, cuanto sobre los ingresos de los otros proyectos económicos del padre. Pero sí está a nuestro alcance revelar que, con frecuencia, Perses quedaba insatisfecho del acabado de sus obras, y las destruía violentamente sin reparar en el oneroso costo de los soportes.

     Tal vez aconsejado por la prudencia, de cuyo ascendiente sobre su comportamiento habitual no es fácil reunir indicios, simultáneamente se ejercitaba como poeta. De sus conquistas en este campo, pasado el tiempo, solo retuvo y consolidó una personalísima letra, que había llegado a ser muy adulta mucho antes de ser joven.

     Tocó a Hesiodo nacer bajo el signo del gobierno aristocrático. La constitución de su ciudad, apenas extendida hasta las aldeas inmediatas, aseguraba a los terratenientes el poder. Aun favorecido por la fortuna, detestaba que los hombres ganaran su estado antes de que lo merecieran, que las leyes de la herencia perpetuaran la desigualdad que se sostenía sobre la riqueza mal adquirida. Los viejos códigos, que sobre las generaciones descargan su peso, como el fardo sobre la espalda del estibador, a los observadores distantes parecen desprovistos de sentido moral. A decir verdad, bastaba con la afinidad que disuelta en la sangre fluye para que los vástagos recibieran sus obligaciones, sin que su conciencia contara. Los actos de la vida de Hesiodo, y las decisiones del impar Perses, revelan que la conciencia si podía sobrepasar a la obligación, y que el cálculo opera con la cobardía, el margen hábil que la norma jamás anula.

     Llegó la hora de la única guerra justa, la que promovieron las ciudades contra sus tiranos. Combatió Hesiodo en ella, incluso a riesgo de su bienestar. No pudo calcular que la consecuencia de su fervor político, idéntico al de otros jóvenes apasionados con los que convivió, alentara, pasado el tiempo, la injusticia que se nutre de la democracia. Perses, con el pretexto de templar su cuerpo para el anhelado futuro, en momentos tan decisivos permaneció en la retaguardia. Atenazado por su horror a la batalla, aunque se esforzaba por evitar el riesgo de parecer tibio, sobrevivió el tiempo de la contienda a la sombra que Hesiodo, aun siendo menor, le proporcionara.

    Ignoraba Hesiodo, cuando decidió entregarse a esta parte arriesgada de la vida, que entre sus antepasados pudiera contarse héroe alguno. Llegado el día siguiente a la batalla, cuando la aristocracia menos avisada momentáneamente se replegó, y volvió la paz, y el peligro que por la pasión política se podía enfrentar había desaparecido, Hesiodo creyó concluida su obligación civil. Perses, limitado su proceder por sus empresas, calculó que su vecindad al pasado y al riesgo podía valerle algún merecimiento, y ocupó en la primera fila de los desfiles un puesto acreedor a los honores, aval suficiente para que años después se convirtiera en un celebrado biógrafo de los héroes a su pesar antepasados.

      Fue cumpliendo la vida su ciclo, y al padre le llegó la hora de su muerte inesperadamente. Era Hesiodo un hombre piadoso y lloró junto al cuerpo indefenso la pérdida de quien era responsable de su vida, con tan sincero llanto que jamás alguien supo de él, a excepción de Perses, testigo de la escena. Con mirada fría contemplaba la inútil fragilidad de su hermano menor. Hesiodo volvió la vista hacia el lado donde impasible su hermano permanecía. Gracias a las lágrimas, le fue dado ver a un desconocido de una dimensión monstruosa. Celebraban los antiguos la ceremonia lustral adjudicándole la regeneración que la limpieza aparenta. Regeneró la vista de Hesiodo el llanto, y por su causa pudo observar de Perses atributos hasta entonces para él ocultos.

     Paso oscuro de la vida de ambos, habiendo los dos llegado a la plenitud, es el que la tradición narra como disputa por una mujer, la forma más vil que puedan tomar las diferencias entre los hombres. Con seguridad, su origen fue una infidelidad de Hesiodo. De esta manera tan directa se puede hablar porque jamás la ocultó, y tantos y tan explícitos datos, por su voluntad expresa, sobre ella hasta nosotros han llegado que puede decirse, si los ingredientes con que se cocina la infidelidad son la ocultación y la mentira, que otro nombre habría que buscar para aquel comportamiento. Alcanza el deseo un poder tan alto, tanto impone su tiranía al hombre, llegado a la cima de su edad, que comete el imperdonable exceso de creerse capaz para impugnar con sus decisiones todo lo que la experiencia de generaciones ha reglado. Pero no sería tan directa la causa de aquel combate. De la misma manera que, habiendo alcanzado Dios la condición de Ser Supremo, cualquiera que a Él quisiera equipararse a la condición satánica por Él se vería condenado, entre los hombres, que compiten por sus seres complementarios cruzando sus espadas, cualquiera que pise territorios consentidos como propios es objeto de persecución, combatido, al destierro relegado si el genio propio se resigna a permitir la supervivencia del opositor. Tal pudo ocurrir con Perses, que jurara odio eterno a quien se había atrevido a ser tan humano como él, secretamente infiel, y sin embargo no ocultarlo.

     La conservación de los documentos en la antigüedad no era fácil. Había que optar entre la arcilla, suministrada en placas de superficie tan pequeña como frágil, y el papiro, cuya producción estaba reducida a las áreas más meridionales del mundo alfabetizado. El transporte de la arcilla escrita era costoso y arriesgado, aunque fue la gestión administrativa la que descalificó su conservación. La opción gubernamental en favor del papiro convirtió a Perses en un experto burócrata, quien ya en la edad madura había decido emplearse en las oficinas públicas. Viajó, estudió soluciones, encabezó la difusión de los mejores procedimientos para su custodia, y así progresó casi tanto como había ambicionado.

     Afianzado su puesto, meditó sobre los conocimientos que había adquirido gracias a su cargo, y consiguió que le resultaran aún más valiosos. Convenientemente organizada la captación de la materia prima, la expansión del papiro creaba la oportunidad de un lucrativo comercio en exclusiva siempre que fuera explotado hasta su consumo como soporte de obras escritas. Abandonó definitivamente otros proyectos y decidió arriesgar como editor sobre papiro, sin por eso descuidar la actividad que le permitía sostener la economía de su hogar.

     La edición de libros, aunque limitadamente remuneradora, para los antiguos fue por compensación una vía útil para acceder a la fama, de cuya cuota correspondiente  pretendió disponer Perses con esta iniciativa. Lo quisieran o no, por aquella causa los siglos habrían de guardar memoria de su paso por la tierra, porque a la edición de ningún texto prestó más atención que a la de los suyos, de dudoso valor. Para sostener esta actividad quiso contar con Hesiodo. A pesar de que sus diferencias ya eran ostensibles, no le negó su colaboración. Sin embargo, porque Hesiodo, ya celoso de su libertad, rehusó comprometerse con la promoción del negocio, por Perses fue excluido de cualquier participación en el proyecto de entonces en adelante.

     De la animadversión que sin recato Hesiodo manifiesta al que sin disimulo detestó, una parte de la responsabilidad es atribuida a cierta herencia recibida, que unos creen procedente del padre y otros de una línea colateral. La deducción que la crítica ahora acepta sostiene que la recepción de aquellos bienes los distanció porque lamentablemente, cuando menos, hubieron de compartirla. A su favor abogaría el razonable fundamento de haberse visto obligado a dividir por dos un patrimonio que a uno solo, si se hubieran forzado las negociaciones, le habría proporcionado una pasable mediocridad cuando menos. De buen grado, sin embargo, por iniciativa propia, habiendo sido Hesiodo el gestor del traspaso de los bienes, parece que prefirió limitar las exigencias a las impuestas por la ley y compartir la herencia con cuantos legatarios fuera posible.

     En busca de otras respuestas a unos comportamientos tan discordantes se ha especulado también con el origen del tono admonitorio con el que Hesiodo prefirió dirigirse a Perses. Indicios de la intolerancia de este no faltan, ni de la facilidad con la que sus compañeros contra él animaban sentimientos adversos. Severo en sus juicios, despiadado con las faltas ajenas, frío vengador de su vanidad herida, sembró el transcurso de su existencia de guaridas desde las que ser emboscado. Desde cualquiera de ellas pudo sufrir un asalto. La reiterada intención de Hesiodo habría sido advertirlo contra la amenaza de la vanidad. Sin embargo, ninguna de sus previsiones por Perses fueron sido tomadas en consideración. Habría sido la persistencia en su desprecio a las reconvenciones la que habría aconsejado al mitógrafo emplearse contra él en el tono más severo.

     Las últimas investigaciones, sin embargo, han conseguido reunir indicios que van más allá. A Licurgo, héroe civilizador para los suyos, atribuyen los textos la promulgación del severo código que obligó a los lacedemonios a entregar sus hijos a las armas. Las otras ciudades griegas no vivieron bajo la inspiración de un orden menos exigente, aunque descargaran sobre Esparta el colmo del rigor que a los ciudadanos imponía la renuncia al amor filial en beneficio de la patria. Fueron igualmente belicosas y conservadoras, asimismo paralizadas por el temor al asalto por sorpresa y por la forma de coalición entre poderes locales que el analista contemporáneo, con rígida perseverancia, cree justo llamar anfictionía. Hasta Orcómeno también alcanzó la urgencia y la inquietud, y sus hombres, apenas llegados al principio de su edad, se veían en la obligación de entregarse a las armas.

     Se refugiaron en los ejércitos antiguos, porque ya fundaban su poder en el principio jerárquico, las severas costumbres de iniciación en la ruda disciplina ciudadana, y la parte más oscura de la ambigua manera de entender la iniciación sobrevivió en ellos con sorprendente vitalidad incluso más allá de la antigüedad. La iniciación estrictamente militar buscó la resignada obediencia, para constituir de modo incuestionable el mando y dar el mayor grado de eficacia a las órdenes que de él descendían. Brutales prácticas, que usaban la agonística como instrumento, tomaron carta de naturaleza con aquel fin. Valiéndose del rango que tenían conferido, los mandos conseguían la sumisión de sus inferiores forzándolos a una humillante pasividad sodomita.

     Hay indicios suficientes para sospechar que Perses, aún ambos conviviendo acogidos al hogar, ocupaba una parte de los ocios que el trabajo en el campo con generosidad consiente en adelantar a su hermano al menos una parte de una versión elemental de aquellos ejercicios. Del modo en que es mencionada, en aquellos pasajes que aluden a estas situaciones, más que de afirmación alguna, porque esta clase de hechos suele sellarlos el silencio, y con sus protagonistas bajan vírgenes a las tumbas, deduce la crítica que el cuerpo a cuerpo pudo concluir, con la frecuencia que se puede sospechar, con la imposición de las formas más humillantes de la iniciación, destinadas regularmente, aun al margen de la norma, a dejar constancia irrevocable de a quién corresponde la prevalencia, en el ámbito familiar únicamente decidida por la cadena biológica. Perses habría arrastrado a un Hesiodo muy joven a las formas menos confesables de la iniciación. Con el señuelo de la gloria, bajo la justificación de la grandeza de la obra que los ejércitos emprenden, lo humillaría.

     Otros creen que la causa del irrevocable desprecio estuvo en que el curso iniciático habría culminado con la revelación de las artes del homicidio. Llevaría Perses a su hermano a un lugar reservado donde pudo ver cómo con un diestro giro del cuello, impulsado con los pulgares apoyados en la mandíbula, las inocentes víctimas felinas, útiles para el simulacro, en un instante eran abandonadas a su peso, sin un gesto de dolor, sin un gemido, en el más hermético silencio. De esta manera habría pretendido hacerlo a un tiempo cómplice mudo y subordinado a su poder.

     Pudo vivir Perses hasta 675, un total de tres cuartos de siglo de existencia. La exactitud de la cifra algunos la consideran más presagio que sortilegio.


Oportunamente viuda

Carmelo Terrera, becario

La marquesa consorte, no sabemos por qué causa, enviudó el 21 de diciembre de 1749. Quedaba como albacea del difunto, tutora y administradora de los hijos habidos por el matrimonio, y lo que era peor, responsable de una pesada carga. El marqués había dejado deudas que ascendían a la monstruosa cifra de 83.686 reales 21 maravedíes, pendientes de pago a un total de sesenta y dos acreedores.

     Como consecuencia de los gastos de indumentaria en los que había incurrido debía diferentes cantidades a tres sastres y a un zapatero. A causa de sus últimos gastos de representación debía dinero a un maestro de coches, a un frenero y al guarnicionero, y es posible que la deuda pendiente con un vidriero también tuviera relación con el mantenimiento de la flota de coches de la casa. Por si la carga originada por tantos lujos no hubiera sido suficiente, debía dinero por un caballo herido que le había prestado la maestranza de caballería, y también había aceptado un gasto que probablemente creyó insoslayable, el que le había ocasionado la entrada como hermano en una hermandad del santísimo.

     Gastos pendientes de pago, de los causados por el servicio doméstico, eran los salarios de diciembre debidos a una sirviente, al despensero, a la Tía Juana, que era la cocinera, a una familiar y a un clérigo de menores que la casa criaba, y de la atención a la salud de la familia estaba por pagar la cuenta de un boticario. De los gastos ocasionados por el servicio a la labor, el núcleo de los ingresos de la familia, quedaban por liquidar los pagos al yegüerizo y a su zagal, quienes probablemente trabajaban para ella por temporadas, así como los salarios de diciembre al casero de la hacienda de olivar y al mozo de las mulas. De los pagos a los arrieros, se debían tanto el correspondiente a la hija del antiguo como el de quien luego había ocupado su lugar. También debieron ser gastos asociados a la labor los que tenían que satisfacer servicios subsidiarios habituales, como los suministrados por un herrero, un herrador y el cantero que había compuesto las piedras de los molinos de aceite. Un suministro de madera, aún no liquidado, asimismo estaría relacionado con los consumos de la labor.

     Pesaban sobre las rentas de la familia cargas civiles y canónicas. De las primeras estaban pendientes de pago dos repartimientos del vestuario de las milicias, solicitados con apremio militar, y de las segundas, los diezmos, de los que se debían el de menudos de los últimos tres años y el de lana. Hasta un total de dieciocho cantidades pendientes, que solo se identificaban por el nombre del acreedor, se pueden interpretar como deudas personales, y dos por liquidar a sendos mercaderes también pudieron estar relacionados con préstamos, del mismo modo que incluirían operaciones de crédito las rentas debidas por tres tributos. Pudo ser una transferencia financiera destinada a cuadrar cuentas el ingreso a un patronato de la familia que tampoco se había satisfecho. Para mantener activa la defensa legal de los intereses de la casa, asimismo era necesario satisfacer la cuenta presentada por un procurador. La defunción había originado sus propios gastos. Además del funeral, las misas y los lutos, estaban pendientes de liquidación los siete legados que el difunto había dictado a través de su testamento, ineludibles, que ascendían a 2.060 reales.

     El capítulo de gastos originados por el suministro al hogar y no satisfechos era el más importante. Aparte la cuenta que no se había pagado a un refino y algún gasto más, 10.542 reales del total adeudado, más de su décima parte, correspondían a pagos debidos a diferentes personas por la propia marquesa, quienes le habían hecho préstamos para atender la manutención de la casa, una responsabilidad que estaba íntegramente a su cargo y que corría de su cuenta, y que satisfacía con algunas regalías que consideraba justas.

     Tomando en cuenta esta situación, se impuso, a partir del momento en que fue responsable de ella, administrar del mejor modo todos los bienes que habían quedado tras el fallecimiento de su marido. Su objetivo era liquidar los débitos pendientes y sanear las cuentas.

     Para empezar, disponía de impagados en trance de convertirse en efectivo. Los más importantes eran las cantidades por cobrar de una venta de ovejas, que regularmente cada año se hacía para renovar la cabaña, y una cuenta, con fecha de 23 de junio de 1750, que no había satisfecho la casa de la marquesa de la Motilla. Además, hasta cuatro vecinos de poblaciones de los alrededores de la capital debían cantidades. Mientras que uno era deudor de una que probablemente fuera un préstamo privado, a otros se les había obligado a firmar vales por las cifras adelantadas, los mismos que conservaba la caja. Uno de estos había firmado dos, otro, asimismo comprometido por un documento de esta clase, había dado origen a autos ejecutivos para su cobro, y otro más en realidad había liquidado la cuenta que tenía con el difunto después de su fallecimiento. Los impagados pendientes, en total, alcanzaban los 27.550 reales 29 maravedíes. Además, la caja tenía en dinero efectivo 7.635 reales.

     Aquellas cantidades, en el supuesto de que todas fueran ingresadas, no eran suficientes para hacer frente a las deudas. Se veía, pues, obligada a vender bienes de la casa. Lo justificó por lo calamitoso del año. Al invocar así la razón de sus decisiones, sin dejar de aludir con decoro al estado en que había quedado, desvió la atención hacia la situación que se estaba viviendo en el suroeste. Incluso para neutralizar cualquier malentendido, a continuación, en la relación jurada que a este propósito redactó, afirmaba positivamente que la muerte de su marido sucedió el esterilísimo 1750, como lamenta la memoria.

     Para el día de la defunción, 21 de diciembre de 1749, punto de partida de aquel trance, ya era seguro que el año agrícola sería adverso. El otoño había sido seco y al menos una parte de las tierras previstas para sembrar cereales quedaron vacías. Valiéndome de individuos de notoria inteligencia, y mi mayor confianza, me instruí de los legítimos valores que aquella estación les permitía, y con reflexionado examen procedí a vender, dice, exigiendo de cada efecto ciertas cantidades.

     Se resignó primero a descapitalizar la casa deshaciéndose de una parte de los ganados. Reconoce que la situación que vivían conducía al desprecio, y que decidió vender por no perderlo todo, a causa de no tener arbitrio para libertarlos de la próxima mortandad que empezaron a padecer aun antes de formarse inventarios.

     En una de las ferias que cada año se celebraban en la región vendió veintitrés reses yegunas, un potro capón, siete potricos y un burranco. En otra vendió tres burras: la blanca Platera, la negra y la rucia. En una sola operación vendió a un vecino de una población inmediata a la capital una recua de nueve burros, un caballo y un mulo, y a otro del mismo lugar la mulita llamada Churumbela. Además, en diferentes momentos se deshizo de otras cuatro burras, la grande del riego de estacones, la que utilizaba el yegüerizo, la negra de la hacienda y una de la dehesa, así como de un burro que servía la hortaliza, y de los siguientes ejemplares de equino: tres caballos capones, de los cuales uno era careto y dos alazanes, y otros tres enteros, el caballo rucio que utilizaba Andrés Muñoz, el negro Batallón y uno castaño argelino.

     Del ganado bovino, el más valioso como capital, vendió dos novillos e ingresó a favor de la casa el valor de veinte cabezas de vacuno más la sexta parte de otra, cargándoselas en su ha de haber por el mismo precio en que se estaban estimando aquel 1750, seguramente a la baja por la debilidad que padecían a consecuencia de la seca, a pesar del riesgo de pérdidas que de esta manera corría, como efectivamente experimentó en parte.

     Hecho balance, ni la descapitalización había sido tanta ni la venta de ganado fue en absoluto arriesgada. El vendido era solo una parte del que estaba en el inventario, una versión del cual, próxima en el tiempo, cifra la parte estratégica de la cabaña de labor de la casa en setenta y siete bueyes, veintitrés yeguas de vientre y dos mil doscientas ochenta cabezas de ganado lanar. Aunque el patrimonio equino pudo resentirse de las ventas, la parte de vacuno ficticiamente enajenada no habría alcanzado al tercio del total de la cabaña, y el ganado merino, después de que el marqués lo hubiera negociado antes de su muerte, ni se tocó.

     Además, el patrimonio ganadero del que se desprendió no era el mejor, ni parece que su venta fuera desaconsejable. Las veintitrés reses yegunas estaban llenas de sarna y muermo. La primera era una enfermedad que se contagiaba con facilidad entre los animales, a los que se les enrojecía e hinchaba la piel, lo que les provocaba un picor intenso que los hacía inestables y de difícil manejo. La segunda, causada por un virus que les atacaba la mucosa nasal, donde provocaba úlceras y secreciones, se contagiaba con facilidad, incluso al hombre. La primera burra negra vendida tenía galápago, una dolencia del casco de las patas, agente de un crecimiento excesivo de la capa dura que lo recubre, que podía afectar también a caballos y mulos. La burra rucia estaba matada en la cruz, es decir, tenía llagas donde se encontraban los brazos con la columna vertebral, provocadas por el rozamiento de los arneses que se le colocaban para que hiciera cualquiera de sus trabajos, y tanto la burra negra de la hacienda como la burra de la dehesa eran viejas.

     Pero todas las operaciones de venta del ganado solo le proporcionaron un ingreso de 14.791 reales 7 maravedíes, una cantidad muy alejada del montante de las deudas.

     Más arriesgado tal vez fuera deshacerse aquel año de una parte de los recursos para la alimentación del ganado, y más aún en los términos tan extremos en que lo hizo, todo lo inventariado por tres conceptos. De cebada vendió, a precios comprendidos entre catorce y quince reales, trescientas fanegas; de semillas, 72 fanegas de yeros a veinte reales y medio; y de paja, dos almiares; operaciones que le permitieron sumar otros 20.601 reales. Mas, aunque el riesgo se viera recompensado por los interesantes precios conseguidos, ni aun acumuladas todas estas ventas era suficiente para hacer frente a las deudas. Sumando los impagados al efectivo y a la venta de ganado, los 20.601 reales de la cebada, la semilla y los pajares acumulaban la cifra de 70.578 reales 2 maravedíes, que todavía no alcanzaba a cubrir los 83.686 con 21 pendientes de pago.

     Decidió comerciar todo el aceite del que disponía la casa. La táctica que eligió fue concentrar las ventas y optar por la demanda al por mayor. Solo veinte arrobas fueron vendidas a un arriero. Entonces era frecuente que quienes se dedicaban a esta actividad, empresarios regulares del transporte, beneficiaran sus trayectos comprando mercancías que podían vender con ventaja en algún punto de sus rutas habituales. Por aquellas veinte la marquesa obtuvo el mejor precio, veintiún reales por cada una. Otras trescientas cuarenta y nueve fueron vendidas el 14 de julio de 1750 a veinte reales y medio. El comprador fue el Extremeño, un personaje al que no es posible identificar más pero cuya ocupación probablemente no se alejaba mucho de la arriería.

     La gran operación fue la venta el 14 de marzo de 1750 de tres mil seiscientas ochenta y dos arrobas, también a veinte reales y medio, a don Pedro Doye, del comercio, quien debió tomarlas al menos en dos fracciones porque de casi la mitad de ellas consta que fueron medidas aparte. Las dos operaciones se hicieron a través de intermediarios, que obligaron a liquidar corretaje, a razón de un cinco por mil sobre el ingreso bruto. Por la segunda, además, hubo que pagar 100 reales por la medida específica de las 1.700 arrobas y 8 reales al que agenció el despacho de Francos. La magnitud de la operación permite pronosticar, para cualquiera de las dos fracciones, un destino distante, muy probablemente trasatlántico. Gracias a esta iniciativa, el ingreso por el aceite vendido alcanzó los 82.484 reales 11 maravedíes, una cifra que por sí sola era casi suficiente para hacer frente a las necesidades que a su muerte el marqués había dejado al descubierto.

     La operación decisiva, sin embargo, resultó la venta del trigo, también todo el que tenía la casa, hasta un total de dos mil treinta y tres fanegas. Tan notable masa en poder de un solo ofertante era posible porque los labradores de la mayor escala promovían labores extensas. En este caso podemos estimar, sin demasiado riesgo de error, que el año agrícola precedente, durante el que se habría producido el grano y formado este almacén, al menos unas 200 unidades cuadradas habrían sido destinadas a producir trigo. La labor era la empresa central de todas las casas agropecuarias. Sus estrategias giraban en torno a ese producto, que efectivamente, como enseguida se verá, era capaz para proporcionar, llegado el momento, unos ingresos insuperables.

     Probablemente el número de operaciones que lo pusieron en circulación fue muy superior al que había resuelto la venta del aceite, muy concentrada. La información disponible permite discernirlas por precios, lo que es bastante para valorar el alcance que tuvo esta parte de las transacciones. Solo quince fanegas fueron vendidas a treinta y nueve reales, un precio muy interesante para mediados del siglo décimo octavo, cuando la tasa o tarifa legal vigente era de veintiocho reales. Es cierto que para entonces la tasa tenía escasa autoridad, pero no dejó de estar operativa aquel año. A precios comprendidos entre cuarenta y cinco y cuarenta y nueve reales se vendieron otras cuatrocientas setenta y dos fanegas, poco más de la quinta parte de las ventas, y otras quinientas noventa y ocho, poco menos de un tercio del total, a cincuenta y a cincuentaiún reales. Las novecientas cuarenta y ocho restantes, a cincuenta y dos, lo que significa que casi la mitad de las operaciones se concertaron al precio máximo. La marquesa creía justificado y legítimo actuar de modo tan exigente en aquel momento. Deliberé enajenar algunos efectos por conseguir el mayor valor que les proporcionaba la injuria del citado año, declaró. Fue, por tanto, el resultado de una decisión consciente.

     Mientras estas operaciones se consumaban, el comportamiento de los precios del trigo en la región, tal como lo revelan las fuentes administrativas, no debió permitir a todos los vendedores tantas ventajas. El 2 de abril, en un mercado local secundario, todavía se impuso la venta del que había en el pósito al precio de la tasa, los mencionados veintiocho reales. Como era común a los pósitos, establecimientos para la comercialización del grano sujetos a la intervención de los poderes de cada municipio, probablemente llevaba tiempo almacenado, razón que redundaba en la caída de su calidad. Dos días después, en otro mercado similar, localizado en una población de pequeño tamaño, próxima a la capital de la región y comunicada con esta tanto por vía terrestre como fluvial, la fanega de trigo que se había sacado del pósito para el abasto de la población aún se vendía a los mismos veintiocho reales. Sin embargo, aquel mismo día, en el mismo lugar, ya se empezó a comerciar trigo, que se puede suponer más reciente o de mayor calidad, a treinta y cinco reales, el precio que en aquel momento empezaba a pagarse en el mercado libre.

     Un par de días más tarde, 6 de abril, en un núcleo de población no muy grande, localizado en el centro oeste de la región y a gran distancia de la capital, con la que solo se comunicaba por vía terrestre, aunque a una distancia relativamente próxima a la frontera exterior occidental, y con fácil acceso inmediato a los puertos de la costa meridional atlántica, también estaba todavía vigente la tasa, a decir de los responsables de su gobierno, lo que significa que igualmente se pagaba la fanega de trigo a veintiocho reales.

     Algo más de diez días después, el 17 de abril, a algunas leguas al este del centro de la región, en un lugar de población significativa con rango de centro de una comarca, bien comunicado con la capital por vía terrestre, la fanega de trigo todavía se cotizaba a treinta y un reales, mientras que otros diez días después, 27 de abril, en otra población que compartía con la anterior todas las características que la tipificaban como mercado, a excepción de su posición relativa, que declinaba al sureste pero quedaba muy distante de los puertos mediterráneos, la fanega de trigo ya se vendía a treinta y cuatro reales. Pero al día siguiente, 28, en el mismo lugar, empezaron a manifestarse los que resultarían los cambios más significativos del nivel de los precios del trigo admitidos por los registros públicos. La fanega, aun declarándose del pósito, era vendida nada menos que a cuarenta y dos reales. Y el mismo día, en un mercado de menor tamaño, próximo a la capital y bien comunicado con ella, la fanega de trigo, también del pósito se había empezado a vender a treinta y cinco reales, cuando hasta entonces se había estado vendiendo a la tasa. Para la misma fecha y la misma población, hay noticias sobre el precio que allí tenía el trigo libre, que había llegado hasta los cuarenta reales la fanega.

     Dos días después, 30 de abril, en la población de rango comarcal al sureste de la capital, la fanega de trigo del pósito se seguía vendiendo a cuarenta y dos reales. Por contra, en la población de pequeño tamaño próxima a la capital y bien comunicada por las vías terrestre y fluvial, gracias a esta circunstancia el trigo del pósito para el panadeo se mantenía a unos razonables treinta y cinco reales la fanega. Tanto poder para decidir tendría esta posición relativa que casi a mediados del mes siguiente, el día 11 de mayo, en aquel mismo lugar el precio seguía manteniéndose en los treinta y cinco reales, lo que prueba a un tiempo la facilidad del suministro y la estabilidad de la demanda. También en el centro comarcal al este de la capital, quizás asimismo gracias a sus buenas conexiones, se mantenía a treintaiún reales, el mismo precio que casi un mes antes. Pero noticias del día siguiente, 12 de mayo, referidas al mismo lugar, precisan que era la fanega de trigo del vecindario la que aún se vendía a los mencionados treintaiún reales, si bien con portes y otros gastos era preciso, para sacar su coste, venderla a treinta y tres reales y cuartillo. En la misma fecha y en el mismo lugar aquel día el trigo pudo llegar a venderse a treinta y cuatro reales la fanega.

     Las tensiones de su mercado debieron alcanzar su nivel extremo algunos días después, el 18 de mayo. Su junta de granos, órgano gestor de la crisis, aunque el trigo de su pósito se estaba cotizando a poco más de treinta y tres reales, decidió fijar el precio de la fanega de trigo nada menos que en cuarenta y ocho reales, teniendo en cuenta que en la alhóndiga de la capital, el mayor de los mercados intervenidos, se estaba vendiendo a cuarenta. Por tanto, allí, en menos de una semana, el trigo incrementó su precio dos quintos.

     A partir de entonces las tensiones al alza debieron empezar a ceder. Datos referidos a pocos días más tarde, en torno al 23 de mayo, permiten saber que en la capital se estaba vendiendo la fanega de trigo a treinta y nueve reales, leve tendencia a la baja del mercado de la capital que se confirma a comienzos del mes siguiente. Para el día 8 de junio, allí se podía comprar el trigo a treinta y ocho reales la fanega. Tres días después, el 11, en el centro comarcal al este de la capital, cuyos precios mantenían regularmente diferencias con los de aquella, la fanega de trigo se estaba comprando ya a cuarenta y dos reales, seis menos que a mediados de mayo.

     Las últimas noticias de las que disponemos, referidas al mes de agosto, a pesar de su distancia permiten reconstruir con bastante precisión los tramos recorridos por los precios del trigo entre la prolongada crisis de la primavera y el pleno verano. Mientras que el día 8 en la capital todavía se vendía a cuarenta reales la fanega, lo que parece indicar que durante los dos últimos meses habían permanecido estancados a un nivel importante, pocos días después, el 13, también en la capital había irrumpido el llamado trigo ultramarino, que se vendía a precios comprendidos entre veintiocho y treinta y dos reales. No obstante, trigo declarado bajo la misma condición, que habría que suponer de calidad comparable, destinado al abasto del centro comarcal al este de la capital, sorprendentemente se estaba comprando con dinero público a cuarenta reales, un precio que permite suponer que a la condición de trigo ultramarino, subvencionado por las instituciones de gobierno de la región, debió acogerse al menos una parte del de la tierra.

     En resumen, el trigo, según la documentación administrativa, se movió entre los veintiocho reales de la tasa, a comienzos de abril, y los cuarenta y ocho de los mercados libres, máximo que se habría alcanzado en el interior rural de la región, en sus centros comarcales, en pleno mes de mayo, un estado óptimo que se prolongó hasta mediados del verano, cuando por fin se dio vía libre a las importaciones de choque. Basta esta síntesis de las noticias mercuriales de aquel año para comprobar que los comportamientos no eran uniformes ni estables, que las posibilidades de los mercados oscilaban a la vez por razón de tiempo y de lugar, y que las estrategias de  comercio se dirigirían a detectar dónde y cuándo ocurriría el máximo posible durante la circunstancia crítica, un instante capaz para absorber los costos del movimiento y reportar beneficios. El comportamiento de los principales comerciantes de grano, que eran los labradores, que vaciarían sus almacenes durante las crisis, como la marquesa viuda reconoce, estaría explícitamente orientado a alcanzar esa meta.

     Uno de sus medios consolidados al servicio de ese objetivo era el almacenamiento, que se consumaba siempre en lugares muy próximos, cuando no exclusivamente en la misma casa en la que se dormía a diario. Sin embargo, las grandes labores ganarían en su favor las mejores posiciones gracias a una red de corresponsales o de factores, más que gracias a su afán por atesorar. Además de la información sobre sus precios, del trigo vendido por la afortunada viuda solo es posible precisar que casi nueve décimas partes fueron llevadas a la capital, distante del lugar donde era guardado unas cinco leguas. Allí las mil ochocientas nueve fanegas, para cuyo desplazamiento la casa no tuvo inconveniente en cargar con el precio de los portes, a razón de real y medio por cada fanega, encontrarían las mejores oportunidades para el negocio. Sus correspondientes del centro de la región les permitirían detectar los precios máximos, que como las cotizaciones del trigo vendido por la marquesa viuda demuestran estaban por encima de los niveles que la documentación administrativa estuvo dispuesta a reconocer. Para la venta del trigo se preferiría concentrar el riesgo en el mayor mercado, que a su vez actuaría de redistribuidor de la mercancía a través de sus almacenistas y expertos en el gran comercio, los mismos que después operarían con toda la masa atesorada.

     La suma de impagados, efectivo y ventas de ganado, cebada, semilla y pajares había alcanzado los 70.578 reales 2 maravedíes. La venta del aceite le supuso un ingreso de 82.484 reales 11 maravedíes. Solo las operaciones con el trigo a la agraciada marquesa le habían permitido ganar, una vez descontados los portes, 99.237 reales 17 maravedíes. Si las primeras ventas no eran suficientes para cubrir los 83.686 reales 21 maravedíes de las deudas, y la de aceite no conseguía satisfacerlas del todo, la venta del trigo bastaba para enjugarlas y además reportar ingresos netos. Para completar tan felices decisiones, que habían permitido a la casa salir del trance, finalmente decidió vender, por no ser de moda, un reloj de faltriquera, antiguo, con caja de carey, que todavía le valieron otros 270 reales.

     Llamaba A. Coleman beneficio de oportunidad al que se obtenía cuando la mercancía se precipitaba al mercado en el que podía obtener el mejor precio, al tiempo que confesaba que se había visto impulsado a emplearse en el enunciado de esta teoría por reacción al éxito de la que explicaba el llamado coste de oportunidad, mucho más triste y resignada. Harmodius J. Livingstone, del Kenia King College, con menos énfasis, para referirse a la misma encrucijada del comportamiento económico, prefirió hablar de good opportunity. Iacint L. Stanley, de Chicago, trabajando tras su rastro, probablemente más por concesiones a su público que por replicar, prefirió hablar de golden opportunity, sin por ello cambiar la esencia de la propuesta de su predecesor. Y por oposición, la actitud pasiva frente a las oportunidades más favorables han sido condenadas como miss an opportunity, desaprovechar la oportunidad, o lose the opportunity, perder la ocasión.

     Una casa que en un año regular, como consecuencia de la comercialización de todo su producto agropecuario, ingresara 100.000 reales en bruto ya ocupaba un puesto entre las del primer nivel. La suma total que había conseguido la marquesa viuda, gracias a su audaz gestión, alcanzó la muy estimable cifra de 252.569 reales 30 maravedíes. Al margen de las circunstancias que urgieron a la marquesa oportunamente viuda, que le valieron una fortuna, de la feliz ocasión que el paso a su nuevo estado le había proporcionado, su experiencia demuestra que un año de crisis, para las casas de la mayor magnitud, que actuaban de manera coordinada en la mayor cantidad posible de frentes agropecuarios, era una bendición, un año benefactor que según las cifras reveladas les permitiría al menos duplicar las ganancias.


Los recursos humanos de los campesinos

G. Valparaíso

Entre quienes emprendían las explotaciones mínimas, de duración inferior al año, porque participaban de las urgencias que extenuaban a la agricultura de los cereales, en pleno siglo décimo octavo, por lo que puede averiguarse a partir de sus propias declaraciones, se había impuesto el matrimonio. Los casados eran más de las cuatro quintas partes. El otro quinto se lo repartían casi por mitad los viudos, que eran algunos más, y los solteros. Luego casi nueve de cada diez comprometidos con aquellas empresas habían recurrido al matrimonio, estuviera vigente o hubiera existido en el pasado.

     Entre pequeña empresa cíclica y matrimonio la identidad era tan alta que es legítimo pensar en su mutua dependencia. Para confirmarlo tampoco es necesario demorarse en especulaciones, lo que por otra parte podría parecer deseo de violentar la información que sobre el curso espontáneo de cualquiera de los dos hechos, gracias a sus palabras, se obtiene. Buena parte de los declarantes atestiguan las aspiraciones materiales que delegaban en sus matrimonios con más claridad de la que podía esperarse, tanta que a veces las expusieron con un lenguaje desnudo. No tengo más caudal que dos fanegas de pegujal, mi mujer y un niño de un año, explicó uno de ellos, mientras que otro, recurriendo a unos términos aún más radicales, declaró: Mi familia se reduce a mi mujer y una jumenta. Para alimento de ella y mis agencias mantengo a mi mujer.

     Tales modos de hablar no dejan mucho margen para dudar del papel que tenía reservado el convenio matrimonial entre los trabajadores del campo que se hacían cargo de las explotaciones marginales. Los comprometidos con pequeñas explotaciones confiarían sus recursos humanos a los proveídos por el matrimonio y su descendencia directa. Sería esta razón la que entre ellos habría impuesto la familia nuclear, absolutamente, supervivieran o no los dos cónyuges. Era más probable que ambos permanecieran vivos, aunque el matrimonio sin hijos era el más frecuente, en una proporción muy próxima a la cuarta parte. A la familia nuclear sin descendientes le seguían, en el orden de las frecuencias, el matrimonio con un hijo, el matrimonio con dos y el matrimonio con tres, que representaban proporciones muy próximas entre sí, algo por debajo de la quinta parte para cada una de las tres posibilidades. Luego la práctica totalidad de los recursos humanos de las familias campesinas estaban restringidos a estos límites. Las demás que conservaran sus progenitores, el matrimonio con cuatro hijos, el matrimonio con cinco hijos y, sobre todo, el matrimonio con siete hijos, eran hechos excepcionales. Las familias nucleares truncadas por la muerte de uno de los cónyuges, que eran la fracción restante, en torno a la décima parte del total, reproducían, descontada su carencia, el patrón dominante. Era más común la viuda o viudo, mitad por mitad, con un hijo, y de cerca, por orden de importancia, seguían la viuda o, con más frecuencia, viudo con dos hijos y el viudo sin hijos. Era excepcional el viudo con cuatro hijos.

     De estos hechos, positivamente informados por las declaraciones, se sigue que toda la esperanza de obtener la energía humana que se pudiera invertir en una de aquellas modestas empresas a su vez dependería inmediatamente de la fecundidad de la pareja, por su parte efecto, antes que de cualquier otro factor, de la edad de los cónyuges.

     Es posible conocer con datos suficientes la del hombre, ateniéndose a las condiciones bajo las cuales ha sido analizada en una entrega anterior (El riesgo de ser campesino). Pero la que tenía la mujer no se puede documentar de manera similar, dado su papel secundario en la formación de las empresas de las que se trata. Aceptando por supuesto que el matrimonio ocurría dentro de los límites de la fecundidad, porque de lo contrario carecería de sentido para quienes pensaban en los términos deducidos, para aproximarse a su potencia el recurso que permite la fuente es la sintonía entre la edad de los dos cónyuges.

     Solo está declarada en veintiocho ocasiones, y su registro puede estar contaminado por los habituales defectos de las antiguas declaraciones de edades. Tan limitado número de casos apenas permite entrever las raíces biológicas que pudieron alimentar la fundación de la sociedad matrimonial de los trabajadores del campo esporádicos campesinos. Pero consiente plantear en términos razonables el problema. Los datos que se obtienen a partir de aquellas pocas declaraciones, suministrados por los responsables de cada familia, permiten al menos detectar los proyectos de inversión de la fuerza natural que podían decidir el futuro de tan comprometidos matrimonios.

     Un mayor compañerismo matrimonial, o mayor proximidad de la edad entre los casados, significaría primero un reparto solidario del peso biológico que había recaído sobre la entente. Es cierto que la que decidía era la edad de la mujer. Pero igualmente el mayor vigor masculino, y por tanto el mayor aprovechamiento posible de toda la fertilidad, correspondería a su mayor potencia, igualmente razón del tiempo de su vida que hubiera transcurrido. Por tanto, la mayor proximidad entre ambas edades permitiría el óptimo de fecundidad por ajuste a los recursos biológicos hábiles. Al contrario, la mayor distancia entre ambos cursos vitales, fuese el femenino el que se hubiera adelantado al masculino o viceversa, incrementaría la amenaza de quebrar la duración del matrimonio, y sus beneficios fecundos, por efecto de la mortalidad.

     Aunque los valores positivos, obtenidos restando a la edad del varón la de la mujer indican una apuesta a favor de la fecundidad femenina, los frágiles datos insinúan que el compañerismo se imponía. El valor tipo de la diferencia es poco más de tres años, y la dispersión de los casos es igualmente indicativa de que se prefería la afinidad de las edades. Las cuatro quintas partes estaban comprendidos entre los cero y los seis años. Cualquier otra distancia, la mitad positiva, la otra mitad negativa, era singular.

     Sin embargo, si bien estos indicios permiten pensar que los obstáculos impuestos por la sintonía entre los sexos no podían ser muy altos, por desgracia, para quienes se aventuraban en aquella clase de empresas, alcanzar una descendencia que suministrara alta cantidad de energía humana era una aspiración severamente restringida. La escueta energía humana invertible en el compromiso empresarial esporádico la expresa con precisión el tamaño alcanzado por cada familia, tal como ha quedado expuesto. No se pude decir que su formación no se hiciera con la esperanza en el éxito del proyecto. Casi dos tercios de la descendencia de los matrimonios que es posible conocer, los que sumaban los que tenían entre uno y tres hijos, demuestran positivamente el deseo de obtener descendencia del matrimonio. Y del otro tercio, o poco menos, el que sumaban los que no tenían hijos, no se puede afirmar que al menos en una parte no orientaran la regulación de su fecundidad en la misma dirección. Pero los resultados vivos remiten a una alta mortalidad infantil, y por tanto al reducido tamaño de la descendencia superviviente que se puede observar. La inversión de la capacidad biológica en la descendencia con aptitud para contribuir con su fuerza al sostén de la sociedad familiar, completado el plazo de la crianza, era defraudada por el riguroso comportamiento de la mortalidad.

     Tal vez las esperanzas, o quizás el mayor éxito, estaban concentradas en la edad del mayor de sus descendientes masculinos. Así lo insinúa el esfuerzo por referirse a ellos, que a veces se extiende hasta la especificación de la edad de los dos primeros. En tales aclaraciones estaría inscrita una noción, probablemente resultado de una idea gregaria, sobre la edad a partir de la cual los varones habidos empezarían a ser útiles, realmente productivos, para las familias interesadas en las pequeñas explotaciones. Se pueden interpretar como la expresión de la conciencia creada sobre las edades en las que, teniendo ya capacidad para ser útiles, los descendientes aún no se habían emancipado, y por tanto estaban en condiciones de contribuir al trabajo que consumía la pequeña empresa sostenida por la familia.

     De ser ciertos estos supuestos, la edad de la emancipación revelaría el umbral biológico a partir del cual se había alcanzado la posibilidad de aprovechar el trabajo de la descendencia. Aunque se mencionan casos desde los 12 años, y para los sucesivos 14, 15 y 16, creo que la frecuencia de las menciones permite suponer que eran los 17 años la edad que las familias campesinas estaban dispuestas a admitir como apta para desempeñar con plena capacidad los trabajos que eran necesarios en una explotación con las características de las que analizamos. Para otros, tal vez fueran los 18 años, pero a partir de los 19 esa conciencia decaía, no obstante lo cual algunos estaban dispuestos a retrasar la edad de emancipación, gracias a que se hubiera adquirido la plenitud, hasta los 22. Por encima de esa edad nadie hizo mención alguna de descendientes vivos que convivieran con sus progenitores.

     Las edades de los hijos de viudo o viuda que se mantenían viviendo con su padre o con su madre podrían por tanto ser una prueba en el mismo sentido y de signo contrario. Aquellos descendientes se pueden interpretar como hombres que habían sobrepasado la frontera de la emancipación, porque ya usaban la fuerza que les permitiría sostenerse por cuenta propia, y sin embargo permanecían sujetos al hogar paterno a consecuencia  de las obligaciones familiares que habían aceptado, obra fatal de la muerte. Serían hijos sobrepasados los que convivían con viudos o viudas teniendo 19, 22, 23, 28 y hasta 40 años.

     Todo parece indicar que la familia de los trabajadores del campo con posibilidades de disponer de su pequeña explotación, cualquiera que fuera el estado de su evolución, era una célula biológica del tipo más elemental, la de menores costos posibles, concentrada en garantizar la fecundidad. Estando sus iniciativas económicas destinadas al producto de cereales, y siendo cada familia el medio social mínimo de la demanda de aquel bien, el tamaño de las familias sería el de su consumo al tiempo que el de la generación de sus recursos laborales. Fundadas por principio como sociedades, en los asuntos biológicos se comportarían como células destinadas a la creación y el reparto de bienes. Su medio natural sería el hogar, donde convergerían y serían distribuidas las energías que cada una generase.


Último deseo

Epaminondas Álvarez

Examinó con atención la carta, en presencia del maître, y antes de que hubiera pasado un minuto habló. «De entrada tomaré la ensalada de confit de pato, naranja y granada.´´ «Una atractiva propuesta. La mezcla de las frutas y la carne de pato confitada, sobre un fondo de roquette y aderezado con una suave salsa a base de vinagre de manzana, resulta deliciosa.´´ «También este assorti de paté de perdiz, foie de pato trufado y paté de foie con setas.´´ « Correcto. El foie de pato trufado tiene una entrada potente en paladar y una permanencia suave en boca. Y el paté de foie con setas, un sabor exquisito y puro, sin la menor alteración gustativa ni aromática, algo no menos estimable para un paladar exigente.´´ «¿Tienen pudding de cabracho?´´ «Excelente.´´ «¿Y angulas?´´ «Desde luego.´´ «¿Y percebes?´´ «Traídos esta misma mañana.´´ «De acuerdo. ¿Qué carne me recomienda?´´

     Atraído por el movimiento de aquellos labios seductores, mantenía concentrada su mirada en el rostro del que fluían las palabras más colmadas. «Nuestra especialidad es la carne de vacuno. La preferimos tanto por su textura como por su olor.´´ Y el maître, a la vista del efecto que estaba obteniendo su melodía, lo agasajó con su bien sabida lección. «La textura o carnosidad es obra de la configuración de sus fibras musculares. Su calmante aroma, tan característico, se debe a su tejido graso, algo realmente excepcional en los mejores cortes, dando por supuesto que nuestra carne magra solo contiene un tres por ciento de grasas. La confluencia de todas estas condiciones es la que crea la insuperable sensación que convencionalmente llamamos sabor, y un mayor marmoleado, o infiltración de grasa, en los tejidos musculares no es en sentido estricto algo que favorezca una mayor calidad de la carne.´´

     Sus ojos, rendidos a las explicaciones, se le salían de las órbitas, mientras que el deferente servidor, crecido, iba desplegando sus saberes. «No obstante, los gustos oscilan. Si se acepta la nomenclatura establecida en 1927, para referirse a los estándares de calidad de la carne de bovino según su infiltración de grasa, por iniciativa del United States Department of Agriculture, las clases más valiosas del vacuno de mesa serían, de mayor a menor calidad, la prime, que es la que contiene entre diez y trece por ciento de grasa, la choice, con una proporción comprendida entre el cuatro y el diez por ciento, y la select, que es la que solo tiene entre el dos y el cuatro. Ninguna de las demás que la misma nomenclatura reconoce (standard, commercial, utility, cutter y canner), porque a lo sumo solo contienen trazas o hilos de grasa, se consideran culinariamente relevantes. Sin embargo, en Japón sorprendentemente prefieren una infiltración de grasas mayor que las comercializadas habitualmente a un lado y otro del Atlántico. Contando a partir de las proporciones, clasifican sus carnes del cinco al uno. La calificación cinco expresa la mayor densidad de las vetas y uno la menor. La mayoría de las carnes que se evalúan con esta escala poseen al menos dos grados más de infiltración que las de más alta graduación de los Estados Unidos, la USDA prime.´´ «El exceso de grasa de las carnes del Japón, edén del minimalismo, donde con un puñado de arroz hacen un almuerzo, con un papel, un tabique, con un nicho, una habitación de hotel, no me convence´´, replicó por primera vez. «Que admitan para sus productos esos valores tiene su explicación. El vacuno selecto japonés proporciona una carne rigurosamente sana porque posee un elevado porcentaje de ácidos grasos insaturados y polinsaturados, tales como el ácido oleico, linoleico o linoleico conjugado, cualquiera de los cuales ayuda a prevenir las enfermedades más perniciosas.´´ «Me hace usted dudar.´´

     Recuperada su ventaja, reanudó el maître el despliegue de su artillería, prevista para rendir las posiciones de los más irreductibles. «Disponemos de cualquier rango de vacuno que dese. Podemos servirle ternera blanca o lechal, el producto exquisito de un animal sacrificado antes de cumplir los ocho meses, y que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna. Su carne tiene un atractivo color rosáceo, es fácil de digerir, muy tierna y jugosa, y nuestra cocina la elabora en casi nada de tiempo.´´ «No. Alguien podría pensar que induzco al infanticidio, severamente perseguido por el sanguinario Tiberio.´´ «También tenemos a su disposición ternera, tanto macho como hembra. Cualquiera de los cortes que de este origen guarde nuestra despensa ha vivido entre un mínimo de ocho meses y un máximo de doce. Su carne es de sabor suave, y de características similares a la lechal. Fundamentalmente, tiene poca grasa y menos calorías que las de mayor edad, aunque su contenido en agua, es necesario reconocerlo, es relativamente grande.´´ «Suena muy apetitosa. Pero tal vez parezca que le hinco el diente a criaturas demasiado jóvenes.´´ «Si lo desea, podemos prepararle añojo, asimismo macho o hembra. Es verdad que la carne del añojo tiene un sabor algo más intenso. Su masa contiene algo más de grasa, pero aún resulta tierna porque los ejemplares que nos proporcionan los cortes han vivido nada más que entre doce y veinticuatro meses.´´ «Eso suena a trato con adolescentes. Entre mis compañeros, hay quienes lo consideran detestable, hasta aborrecible.´´ «No crea. En Italia, desde hace siglos, sus más expertos comensales siempre han preferido la carne de animales jóvenes, sacrificados entre dieciséis y dieciocho meses.´´ «Oscuras costumbres italianas.´´ «Bien. Si prefiere una carne de color aún más intenso y más sabrosa, aunque tal vez menos tierna que las anteriores, lo que desde luego obligaría a nuestra cocina a una elaboración algo más prolongada, en el novillo, igualmente tanto macho como hembra, cuya edad está comprendida entre los veinticuatro y los cuarenta y ocho meses, tiene la primera posibilidad. También puede optar por nuestro peculiar cebón, un macho que ha sido castrado sin haber cumplido los cuarenta y ocho meses. Es una oferta poco corriente que sin embargo tiene serias ventajas. En esta clase de animales gusto, grasa y textura están muy equilibrados. El resultado es tan sabroso como atractivo su color intenso.´´ «¿No resultará algo arriesgado?´´ «Al contrario. En Gran Bretaña, y aquí mismo, tradicionalmente se han consumido animales a un tiempo jóvenes y de varios años de edad. Siempre hemos creído que un animal de menos de veinticuatro meses es insípido y que el mejor sabor se obtiene de piezas de más de treinta y seis. La costumbre más extendida en Japón es similar. Allí el mejor vacuno se mata entre los veinticuatro y los treinta meses. Incluso después de la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, un contagio que estuvo a punto de acabar con todos nosotros, la política higiénica de occidente redundó en este segmento de edades. A partir de aquellos tristes hechos se extendió por toda Europa la exigencia de que el vacuno fuera sacrificado antes de los treinta y seis meses.´´ «Por fortuna, aquella epidemia es pasado, y se han recuperado los antiguos hábitos, incluso en un grado que tal vez sea excesivo.´´ «Desde luego.´´

     Los esfuerzos del maître por detectar el flanco vulnerable de quien parecía seguro de sus decisiones cargaba con algo de vulgaridad la situación. Pero el buen hombre persistía en el cumplimiento de sus obligaciones. «Si prefiere vacuno mayor, podemos ofrecerle hasta tres posibilidades: el buey, musculado macho castrado que ha vivido más de cuarenta y ocho meses; la vaca, hembra también de más de cuarenta y ocho meses; y sobre todo el potente toro, portento de macho entero con la misma edad. Cualquiera de ellos acumula en sus tejidos una cantidad de grasa mayor que la de todos los ejemplares más jóvenes, pero también más sabor, más color y sobre todo un aroma insuperable. Asimismo, su contenido en proteínas es el más alto. Cualquiera de estas carnes solo tiene el inconveniente de que puede resultar algo más dura que las otras, y que por tanto necesita más tiempo de preparación.´´ «Suena bastante mejor. Sí, definitivamente, buey.´´ «Por supuesto.´´

     Tomaba aún nota nuestro sugestivo amigo cuando le propuso: «Estaría bien probar la carne del país.´´ «Nuestra despensa no solo cuenta con carne local. Cualquiera de las tierras que hayan dedicado atención a las razas de mesa ha obtenido carnes de excelente calidad, y ninguna la ignoramos. Desde luego tenemos Charolais y Limousin. Pero también son exquisitas nuestras inglesas Shorthotn y Hereford, de fibra muy compacta y con grasa en la proporción justa, o la Amberdeen Angus escocesa, igualmente incluida en nuestra carta. Y de Italia importamos la Chianina. De Estados Unidos traemos su Hereford, así como su Black Angus. Allí, para obtener de ellas el mejor producto castran los machos cuando aún son terneros, y sacrifican las vaquillas de entre quince y veinticuatro meses que nunca hayan parido. En cuanto a la calidad de la carne de vacuno japonesa, sin que por esto deje de respetar su opinión, creo que es mi deber recordarle que hoy en día cuenta con reconocimiento mundial. Es muy apreciada su Shimofuri, carne muy veteada que tiene todas las ventajosas infiltraciones de grasa de su vacuno. La Tajima Wagyu, acrónimo de wa, Japón, y gyu, ganado, una raza probablemente originaria de la actual Turquía, de donde emigraría en torno al siglo segundo de nuestra era, es la más demandada entre nuestros comensales más exigentes porque es ideal para los tradicionales sukiyaki y shabushabu. Sus mejores ejemplares se crían en la región de Hyogo, cuya capital es Kobe.´´

     De nuevo decidió tomarse tiempo. Observando su actitud, tuve que admtir que tal vez su fruición alcanzaba los niveles más altos gracias a la acción combinada y simultánea de oído y gusto. ¿Sería posible que hubiera llegado a ser un comensal solo de oídas? «No es fácil decidirse por una.´´ «Todo depende del corte que prefiera. Nosotros, para la mesa, nos limitamos a los más apreciados, sin que por eso despreciemos ninguno. Cualquiera de ellos puede conservar sus excelentes propiedades, si es tratado de la manera adecuada. Hasta de los menos cualificados, que destinamos a meditadas elaboraciones, a nuestros clientes les proporcionamos sus excelentes efectos. El solomillo es nuestra joya, una pieza de gran ternura, que no tiene nervios y apenas grasa. Lo destinamos a preparaciones simples que no distraigan su calidad. A lo sumo, lo servimos acompañado con salsas sutiles. También resulta excelente en nuestras preparaciones en crudo, como el tartare y los carpaccios, aunque sus mejores cortes, en mi opinión, son el chateaubriand, el tournedó y el filet mignon. Del lomo alto extraemos el entrecôte, la porción carnosa que se aloja entre las costillas, que podemos presentarlo con hueso o no, según guste. También sacamos el roast-beef, al que solemos dejar una capa de grasa para cocinarlo como se merece. Al primero le aplicamos las brasas y al segundo el horno, y a cualquiera de los dos elaboraciones muy controladas para evitar que se sequen. También exige mucha atención la preparación de las piezas que se extraen del lomo, todas de primera calidad, de donde sacamos el entrecôte genuino. De la cadera es nuestro rumpsteak, filete muy recomendable. Asado moderadamente, da un producto muy tierno, aunque su aspecto sea menos lucido que el de otros cortes. Las tranches de babilla, también de excelente calidad por su ternura, son un buen sucedáneo del solomillo, aunque sin alcanzar idéntico nivel, lo que por otra parte las hace más asequibles. En cualquier caso, las preparaciones que con ellas podemos ofrecerles son las mismas que elaboramos con el solomillo. Nuestro beefsteak, extraído de la tapa, aunque puede resultar algo seco, tratado a la milanesa es muy aceptable. Con la contratapa preparamos también filetes a la plancha, buenos asados y guisos del tipo fricandeau, una suculenta olla muy recomendable cuando hay que convivir con las bajas temperaturas. El redondo lo ofrecemos braseado con verduras.´´

     El encargado del comedor se movía tras ellos cambiando cubiertos, corrigiendo la posición de los platos, seducido por lo que oía. Apenas daba indicaciones con un giro de ojos a quienes con delantal blanco, que replicaba al del encargado, con el intercambio de sus miradas y su ajetreo complicaban aún más las explicaciones. «Si prefiere descender a las carnes de segunda, podemos servirle  espaldilla, aguja o morcillo. El aspecto de la espaldilla no es muy atractivo, pero cortada a dados nos presta buenos servicios en la elaboración de exquisitos ragoûts y guisos, aunque nada impide que recurramos a ella para un razonable beefsteak de mediana calidad. La presencia de la aguja tampoco es la mejor, pero su parte superior la utilizamos tanto para freír como para guisar. En cuanto al codillo, morcillo o jarrete, estamos convencidos de que sería necesario modificar la opinión que sobre él se ha naturalizado. Proporciona una carne muy gelatinosa, muy recomendable para elaborar caldos densos, poderosamente proteínicos, a la vez que sabrosos. Para hacerse una buena idea de su calidad, basta mencionar que nuestro renombrado ossobuco lo obtenemos de esta pieza.´´

     De su actitud resignada, algo reflexiva, porque a cada tanto bajaba la mirada y jugaba con los cubiertos y la servilleta, podía deducirse que aquellas recomendaciones no estaban obteniendo de él la mejor respuesta, mientras que el maître, visiblemente, se fatigaba. «Las carnes de tercera, en modo alguno despreciables, también nos prestan excelentes servicios. La falda la destinamos a hacer rollitos y rellenarla o a picarla, pero igualmente podemos preparar con ella hamburguesas y aleta al horno con excelentes rellenos, el más apreciado de los cuales es el de quesos, cuyas variedades podría elegir. El pescuezo, carne entreverada de grasa, nos sirve para picar y elaborar mezclas con otras carnes y obtener nuestras exquisitas albóndigas. El pecho lo empleamos en la elaboración de cocidos y caldos, y el rabo es una pieza de enormes posibilidades, aún no del todo exploradas. Desde luego es insustituible para el guiso que regularmente se conoce como rabo de buey, pero sus resultados son sorprendentes en la elaboración de nuestra famosa oxtail soup y nuestros cocidos. El morro es el aliado perfecto para guisar suculentos callos y toda clase de preparaciones de casquería, y la contribución de la pata es insuperable cuando se trata de preparar fondos de salsa gelatinosos.´´

     Agotado su repertorio, el maître se mantuvo expectante, ante lo cual de nuevo se tomó algún tiempo antes de darle alguna indicación. «Es difícil decidirse.´´ «Desde luego, lo fundamental es la preparación por la que se opte.´´ «¿Qué me recomienda?´´ «Sin duda, la mejor manera de saborear el buey es evitar la manipulación excesiva.´´ «¿Brasa?´´ «Perfecto, aunque la elaboración de las carnes a la brasa exige paciencia, distancia y tiempo. La preparación que se atiene con disciplina a estos principios, porque ningún otro procedimiento requiere tanta experiencia ni tanto sentido culinario, es la correcta y marca la diferencia. Para conseguir un resultado que esté a la altura, elegir acertadamente la pieza que se desea disfrutar es lo más importante. Con un corte de segunda o tercera no se pueden pretender ni los mejores sabores ni las mejores texturas. Pero, aun así, perdóneme si insisto en ello, en mi opinión su contenido en grasa es lo primordial. Contribuye de manera decisiva a que el producto quede suave y jugoso. La grasa se derrite en el transcurso de la preparación al calor de las brasas y da como resultado una textura muy suave. Creo que el corte de carne de vacuno ideal para llegar tan lejos, trabajando en la brasa, es sin ninguna duda el entrecôte.´´ «De cuál sea el corte elegido dependen también la temperatura necesaria para preparar la carne y el tiempo que hay que invertir´´, se creció, definitivamente excitado a consecuencia de la batería de estímulos que había recibido, y añadió: «Unos cortes necesitan temperatura alta por poco tiempo, otros exigen temperatura más baja pero durante más tiempo, otros, menos calor, así como no demorarse demasiado cuando se procesan.´´ «También es importante que la pieza tenga un grosor regular, para que se haga de manera uniforme. Creo que nunca debe ser inferior a dos centímetros y medio. Un corte más fino pondría a la carne en el peligro de hacerse de manera imprevista más de lo debido.´´ «No es inexcusable, aunque comprendo su punto de vista. Lo imprescindible es que la fuente de calor sea elegida y preparada con cuidado, porque el poder calorífico de cada combustible varía, y por tanto el tiempo de cada elaboración. He comido en asadores que se deciden por la leña, por ramas sin más cortes que los inevitables, o incluso por sarmientos. Es verdad que cualquiera de ellos da resultados aromáticos a discreción, variables según las preferencias. Pero, además de que, si el combustible elegido desprende un aroma muy poderoso, puede enmascarar el de la carne, que es el primordial, leña y ramas tienen el inconveniente de que exigen su puesta a punto fuera del fogón, un trabajo paralelo que divierte la atención del cocinero, quien debe evitar la vivacidad que estas llamas espontáneamente provocan, lo que podría chamuscar la carne y precipitar su acabado antes de que hubiera alcanzado el punto deseado.´´ «Por eso en nuestra casa hemos decidido que el carbón vegetal, cuyos aromas ha moderado el paso del tiempo, envolviéndolo con otro inconfundible que remite al fuego, es lo más seguro. Permite situar la parrilla a una distancia regular, nunca demasiado cerca de la fuente de calor, y sus brasas duran mucho, y además mantienen una potencia constante. Como, por otra parte, estamos convencidos de que tan importante como el braseado es el ahumado, para completar los aromas que inevitablemente se adhieren a la carne basta con recurrir a un toque evocador del lugar donde pacieron los animales que proporcionan el placer al comensal. En los laterales de la parrilla, mientras se están haciendo las presas, dispersamos ramitas de romero y tomillo.´´ «Ojo que para que pueda ser posada en la parrilla sin riesgo, la carne debe estar expuesta a la temperatura ambiente al menos desde una hora antes de que las brasas sean encendidas; nunca exponerla a su calor recién sacada de la cámara de conservación, en la que ninguna debe permanecer más allá de un par de semanas. Además, una vez encendidas las brasas, mientras van adquiriendo el estado conveniente, y antes de que alcancen toda la potencia prevista, los responsables de manipular las piezas de carne deben mantenerlas cerca de las parrillas durante un tiempo, para que vayan sudando, sin exponerlas aún a la acción directa del fuego. Y todavía, antes de posar la carne frente al carbón, debe ser engrasada la parrilla con aceite de oliva o mantequilla derretida, para evitar que la carne se adhiera al metal y pueda desgarrarse al darle la vuelta o al retirarla, lo que provocaría al menos una pérdida parcial de sus jugos. Debe embadurnarse la parrilla con cuidado, teniendo precaución de que no caiga aceite sobre el carbón, porque este accidente podría incrementar el poder de las brasas hasta ponerlo fuera de control. Para evitar este riesgo puede ser suficiente con engrasar la parrilla con un papel de cocina untado con aceite.´´ «Que el momento de colocar las piezas sobre la parrilla ha llegado lo indica el aspecto de las brasas, aunque reconozco que los juicios sobre cuál es el más adecuado pueden divergir.´´ «Para unos, ha llegado cuando están muy vivas, prácticamente ardientes, mientras que otros creen que lo correcto es aguardar a que estén ya maduras, blanquecinas o grisáceas.´´ «En realidad, la disparidad deriva de la gama de acabados que se ofrezcan al cliente.´´ «Las carnes poco transformadas obviamente no necesitan altas temperaturas, mientras que las más hechas son consecuencia directa de la exposición a más calor.´´ «Para lograr un resultado jugoso, al mismo tiempo que marcado por fuera, el proceso debe desarrollarse completo manteniendo el fuego muy vivo, para que la carne prenda muy rápidamente, tome color y pronto se ponga crujiente por ambos lados. La exposición al calor intenso de las brasas sella la superficie de la carne que lo recibe directamente, no da tiempo a que toda se caliente y mantiene los jugos entre sus fibras. Solo procediendo de esta manera se puede obtener un acabado blue rare.´´ «No, mi paladar prefiere el otro criterio. Permite trabajar con una temperatura no demasiado alta pero durante más tiempo, lo que habilita una moderación del calor más controlada.´´ «Para responder a cualquiera de las posibilidades, basta con esforzarse en mantener dos temperaturas dentro de la parrilla; en un lado, alta y en otro, media. Estamos convencidos que actuar de otro modo, a poco que se incurriera en un error de cálculo, provocaría que la carne se reblandeciera y apareciera la fibra, razones ambas que contribuirían a un producto final muy poco recomendable.´´ «Yo lo veo de otra manera. Como, una vez colocadas las piezas en la parrilla sobre un fogón a cierta temperatura, modifica el resultado que se obtenga el tiempo que se expongan a su calor, la cocina más bien debe esforzarse por controlar el transcurso de los minutos que el proceso consume, que nunca tienen que ser muchos. Todo el que se juzga necesario para poder garantizar un buen resultado puede caber en el que emplee en acabar con los entrantes. Debe ser suficiente para dejar que las piezas se hagan tranquila, lentamente, hasta que alcancen el punto adecuado, que la carne no se queme demasiado por fuera y esté hecha en el centro.´´ «Para un beefsteak delgado puede bastar con un minuto por cada lado, si se quiere muy poco hecho. Si se prefiere hecho, el máximo debe ser tres minutos por una y otra cara, mientras que en dos minutos se obtiene el punto saignat, muy solicitado por nuestros más expertos degustadores del mejor vacuno.´´ «Las piezas de mayor grosor necesitan más tiempo. Para obtener con ellas el mejor resultado, una vez que la carne haya prendido por un lado basta con esforzarse en garantizar que la acción del fuego permanezca estable, para que la carne tome temperatura por dentro. De lo contrario, resultaría un hermoso trozo de carne carbonizada y a la vez casi crudo. A lo largo de todo el proceso, mientras se está haciendo la carne, para regular el orden de la elaboración el cocinero debe permanecer atento a la parrilla, y en las zonas con menos calor, más alejadas de las brasas, ir colocando las piezas siguientes. Las que estén expuestas a su acción no debe tocarlas, ni darles vueltas continuamente. Solamente debe girarlas cuando por la primera cara hayan alcanzado el punto pretendido. Y para manipularlas, en vez de instrumento puntiagudo alguno, porque cualquier orificio en su masa puede provocar pérdidas de sus jugos, tendrá que utilizar pinzas y espátulas. Para que la carne quede jugosa una vez hecha, al retirarla del fuego, por último debe dejarla reposar, como mínimo entre cuatro y cinco minutos. De este modo todos los jugos de nuevo se distribuirán por la pieza y quedará esponjosa y suave. Y no debe cortarla de ninguna manera, porque también en ese caso todo el jugo se saldría.´´ «Correcto, así lo haremos, aunque hay quienes piden que en el transcurso del proceso de preparación la pieza sea salada, una vez que ha prendido por uno de los lados, que le den la vuelta y la salen por encima, y luego procedan de la misma manera por el otro.´´

      Aquella réplica puso al descubierto que su interlocutor estaba rendido, y le proporcionó la certeza de que había ganado la partida. Fue suficiente para que a partir de aquel momento se concediera un creciente tono exaltado. «Creo que al poner la carne en la parrilla nunca debe sazonarse con sal. Si no se comete esta imprudencia, se contribuye a que las carnes conserven sus esencias y queden más sabrosas y crujientes, y a que cada comensal ajuste el sabor de su pieza a su gusto, una vez servidas.´´ «En la mesa podrá disponer de escamas de sal de Maldon, pimienta negra, que puede moler en el momento, ajo en polvo y hierbas aromáticas. También le ofrecemos la posibilidad de obtener un sabor extra proporcionándole aceites de oliva con romero, con tomillo o con ajo.´´ «No, de ningún modo. Para disfrutar del sabor de una carne de buena calidad, es suficiente con sazonarla con algo de sal un instante antes de morderla, para potenciar su sabor, y a lo sumo con un poco de pimienta.´´ «No obstante, con el juego de posibilidades que ponemos a su disposición, además de la degustación de la carne en estado puro, si lo desea puede disfrutarla con distintos sabores, incluso en cada bocado.´´ «Riesgos innecesarios. Si se incurre en excesos al sazonarla, el efecto negativo puede alcanzar hasta el olor. Por lo que a los aromas se refiere, porque complementan el gusto, es suficiente el que debe ser protagonista, producto de la combustión de las grasas, y los que añade el carbón durante el braseado.´´ Definitivamente, se sentía dueño de la situación.

     «¿Y la plancha?´´ «De ningún modo. La plancha prescinde de las mejores posibilidades solo con el propósito de sacar todo el partido a cualquier corte.´´ «No hay procedimiento que no tenga ventaja. Además, últimamente hemos introducido una tercera modalidad, completar la elaboración con la variante que se llama a la piedra.´´ «Me parece la consecuencia de una dudosa aplicación del principio democrático. Sus autores pretenden fomentar la participación en el proceso de las carnes de quienes las disfrutan, así como conceder un mayor margen de libertad al gusto del cliente. Yo prefiero otorgarle todo el protagonismo al chef, el insustituible experto en toda clase de preparaciones culinarias, concederle toda mi confianza. Definitivamente, entrecot de buey charolais.  A la brasa.´´

     El silencio que durante unos segundos mantuvo le sirvió para verificar que el maître, a pesar de toda su ciencia culinaria, finalmente estaba a sus órdenes. «¿Alguna guarnición?´´, le preguntó resignado. «Patatas fritas.´´ «¡¿Patatas fritas?!´´ «Sí, por favor, patatas fritas.´´ Encajado el golpe, enseguida recuperó la compostura. «Bien ¿Qué vino tomará?´´ «¿Qué me recomienda?´´ «¿Cuáles son sus preferencias?´´ «¿Burdeos?´´ «Excelente para la carne”, comentó, no sin cierta frialdad. «Inmejorable un Magnum de Petrus. De Pomerol.´´

     “Dio cuenta de la ensalada y los patés, que trasegó ayudado por reiteradas cervezas, doradas y enturbiadoras como un aura. Después, le sirvieron una fuente con angulas y percebes. Fueron suficientes para que llegara en su punto el plato estrella, el entrecot de buey charolais, que fue pasando con cortos sorbos de burdeos.

     Aún no había terminado su taco de carne cuando de nuevo llamó al maître. «Tomaré para postre brownie al aroma de menta.´´ «Adulto y refrescante. La hojita de menta crece en nuestro huerto de forma espontánea. Una delicia, estos brownies, créame, y aún más deliciosos si se toman acompañados de un té o un café. Si lo prefiere, se los podemos servir como petits-fours.´´ «¿Petits-fours?´´ «Los petits-fours son nuestras especiales preparaciones de repostería. Tienen un tamaño ideal para comerlos de un bocado. Los tenemos frescos, los clásicos, miniaturas de pasteles, creaciones sumamente tentadoras. Nuestra especialidad son los de pasta choux.´´ «¿Pasta choux?´´ «Sí, pasta choux. Es una de las elaboraciones de las que nos enorgullecemos. Tiene muchísimas aplicaciones, sea en postres sencillos o complicados, en recetas dulces o en las saladas. Es muy versátil. Combina agua, harina, mantequilla, huevo, sal y azúcar. El único cuidado que exige su preparación es que la mantequilla, que debe ser de leche de vaca, siempre en nuestro caso vaca local, ordeñada con el tacto que exige el correcto manejo de las ubres con ambas manos a la vez, ha de ser cortada en trozos, y de esa manera, sin fundir, agregarla al resto de los ingredientes.´´ «Admirable.´´ El maître empezaba a recuperar parte de su ánimo. «También tenemos petits-fours blandos glaseados de diferentes formas; con chocolate, fondant, cremas pasteleras, almendras o emborrachados. Pero todos nuestros petits-fours blandos están compuestos con una base de almendra o avellana y bizcocho esponjoso. El más exquisito, a juzgar por las preferencias de nuestros clientes, es el financier.´´ «¿Financier?´´ «Así es. Dicen que hace años se le llamó de este modo porque no mancha las manos.´´ «No me diga…´´ «Tal como lo oye.´´ «Todo un hallazgo.´´ «Si lo prefiere, nuestros petits-fours salados están hechos con masas hojaldradas, y los cubrimos o rellenamos con ingredientes como foie, jamón, queso, semillas de amapola o salmón.´´ «No parece lo más apropiado para postre.´´ «Bueno, también podemos ofrecerle los petits-fours secos. Son galletas pensadas para acompañar cualquier clase de crema, sean heladas o no, y sobre todo los sorbetes.´´ «Ah, sorbetes. Excelente idea. Y en cuanto a lo demás, probaré las especialidades de la casa.´´ «Correcto. Si se opta por agregarle un postre al plato principal, es imprescindible un sorbete. El que voy a sugerirle lo agradecerá.´´ «¿Que es?´´ «Sorbete de limón y champagne. Es un cóctel que ayuda a la digestión y que tiene un sabor extraordinario. Lo servimos en cada copa con un poco de ralladura de limón para darle un buen aroma, más unas hojas de nuestra menta para decorar.´´ Tras comprobar la hora, creí que había llegado el momento de recordarles que para las cinco estaba prevista la ejecución.