Breve historia de la servidumbre
Publicado: junio 2, 2022 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: economía agraria Deja un comentarioTadeo Coleman
No había pan en todo el país. En todos los lugares el hambre era gravísima, todos estaban muertos de hambre. En aquel estado, un hombre, el único que poseía grano, tuvo una feliz ocurrencia, cambiar una parte del grano que tenía y que los demás necesitaban, convertido en pan, por toda la plata que en el país hubiera. De esta manera consiguió para su casa toda la plata que había.
Agotada toda la plata del país, en masa acudieron los necesitados ante aquel hombre, diciendo: “Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, ahora que se ha agotado la plata?” Les respondió: “Entregad vuestros ganados y os daré pan por vuestros ganados, ya que la plata se ha agotado.” Trajeron sus ganados quienes deseaban comer, y aquel hombre les dio pan a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos. Los abasteció de pan por aquel año a cambio de todos sus ganados.
Cumplido el año, acudieron de nuevo ante él y le dijeron: “No disimularemos a nuestro señor que se ha agotado la plata, y tampoco que los ganados le pertenecen. No nos queda a disposición de nuestro señor nada, salvo nuestros cuerpos y nuestras tierras. ¿Por qué hemos de morir delante de tus ojos, así nosotros como nuestras tierras?” Armados de valor, le propusieron por fin: “Aprópiate de nosotros y de nuestras tierras a cambio de pan, y nosotros con nuestras tierras pasaremos a ser tus esclavos. Pero danos simiente para que vivamos y no muramos, y el suelo no quede desolado.”
De este modo pasó a manos de aquel hombre todo el suelo del país, cada uno vendió su campo porque el hambre le apretaba: toda la tierra vino a ser suya. En cuanto a las personas, las redujo a servidumbre, de cabo a cabo de las fronteras del país. Pero las tierras de los sacerdotes no se las apropió, tan solo el territorio de los sacerdotes no pasó a su jurisdicción. Los elegidos no se vieron en la precisión de vender sus tierras. Tuvieron tal privilegio de su parte y comieron del privilegio que el señor les había concedido.
Dijo aquel hombre al pueblo para terminar: “He aquí que os he adquirido hoy a vosotros y a vuestras tierras. Ahí tenéis simiente: sembrad la tierra. Y luego, cuando llegue la cosecha, me daréis el quinto, y las otras cuatro partes serán para vosotros, para siembra del campo y para alimento vuestro y de vuestras familias, para alimento de vuestras criaturas.” Contestaron ellos: “Nos has salvado la vida. Hallemos gracia a los ojos de nuestro señor y seamos sus siervos.” Y aquel hombre les impuso por norma, vigente hasta la fecha para todo el campo del país, entregar el quinto. El nombre de aquel benefactor era José.
Fuente: Génesis, 47, 13-26.
Los campesinos dispersos. II
Publicado: mayo 21, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Para el municipio, las posibilidades de ser parte activa de estas relaciones eran mayores cuando se trataba de los baldíos, las tierras marginadas en el grado más alto, a donde también iban a parar pegujales centrifugados. Es cierto que una tierra que fuera al mismo tiempo baldío y estuviera cultivada incurriría en una paradoja insostenible, tanto como que el estado regular de estas tierras particulares sería un aprovechamiento limitado a los usos comunales, que excluían el cultivo. Pero su estado de indefinida y segura reserva podía aconsejar que una parte de las baldías saliera al mercado de los pegujales cuando todavía la demanda de tierras bajo las condiciones del pegujal se mantuviera, siempre que se contara con que hubiera quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Reservados los baldíos al dominio de la corona, más por la inhibición de cualquier otro que por iniciativa de parte, los administraban los municipios. Para adjudicar algunas áreas de ellos como pegujales recurrían al sorteo, como también hacían los amos o señores personales cuando ofertaban las unidades de producción más codiciadas.
Las dos localizaciones que se identifican como baldíos y concentran pegujales ponen sobre la pista de baldíos sacados al mercado por sus dueños. En el primer caso se ceden 36 y en el segundo solo 9, y entre los dos consiguen colocar en dos manchas un total de 230 fanegas, de las cuales cuatro quintas partes son del primero. Solo dos pegujales (17 y 12) están por encima de las 10 fanegas, y el resto entre 10 y 2.
En los baldíos del mayor cedente parece que se trata del dueño de unas tierras que tal vez haya que entender como de escaso rendimiento, en una zona de suelo pobre, que las cede en tamaños también variables, probablemente respondiendo a las peticiones de los demandantes. En el otro caso también se trata de tierras de baja calidad. El estado precedente de cualquiera de ellas sería que sus dueños no las labraban por sus bajos rendimientos. La demanda de tierras aconsejaría a algunos dueños a sacarlas al mercado de los pegujales contando con la posibilidad de que hubiera quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas.
La prevalencia de las parcelas de menor tamaño, sin por eso cerrar posibilidades a demandas con más aspiraciones, pone al descubierto la usura en este mercado. El mayor cedente es la mejor encarnación de esta otra modalidad de usurero de la tierra. En los dos casos los cedentes son hombres del patriciado.
Si la distancia era el factor que se imponía, los pegujales quedaban subordinados a tierras que no dependían de su calidad o de su aprovechamiento, sino de su accesibilidad. Por una parte, eran atraídos por las inmediaciones de cauces fluviales de cualquier rango, las vías de comunicación naturales. Daban origen a la situación más diversa dentro de un universo que hasta ahora hayamos observado.
Arroyos, corrientes, fuentes y hasta molinos de pan localizados en el río concentraban pegujales. En un arroyo que transcurre en un lugar marginal de una zona de olivar los pegujales son minúsculos. Puede además favorecer su localización la proximidad al ruedo, aunque en zona de terrazas, o que la fuente, que también debe estar en zona de terrazas, quede próxima al primer cauce fluvial de la región. En otros casos, la toponimia indica tierras marginales; un topónimo, además, localización en el ruedo. Los dos subordinados combinan cauce fluvial con tierras de monte y vías de comunicación. En los molinos de pan del río debe tratarse de franjas de tierra a lo largo de la ribera.
Solo acumulan 200,5 fanegas para 48 pegujales en 6 manchas que localizan 18 pegujales como máximo y 3 como mínimo. El espectro es muy amplio, hasta 17 tipos distintos, como corresponde a la diversidad. Hay uno de 16 fanegas y también los hay de solo 1. Con dificultad se imponen los tipos menores, a pesar de que se trate de los tamaños que están en la naturaleza del pegujal. Y cuando lo logran, dominan los tamaños minúsculos, a veces con una frecuencia de módulos singulares extraordinaria (los cinco casos de la parcela 1,5 fanegas), otra consecuencia de la competencia esta clase de localizaciones. A pesar de todo, la correlación entre cantidad de pegujales y tierra consumida por ellos es casi inmediata.
Cuando los pegujales eran atraídos por las vías de comunicación que trazaba el desplazamiento humano, preferían las cañadas, que nominalmente estaban reservadas a las migraciones de las cabañas ganaderas. Probablemente las hacía aptas para atraerlos su amplia imposición en el espacio y su anchura, así como que las fecundara el ganado. Es posible que ocuparan parte de la vía de comunicación pecuaria como consecuencia de su excesiva anchura o de su caída en desuso.
La mayor concentración en cañadas se localiza en un lugar marginal, al mismo tiempo de ruedo y en dirección a un cauce fluvial estable. Otra cañada que concentra pegujales pasa por tierras de olivar, y su ocupación pudo tener las mismas causas. En el caso de otra cañada podría tratarse de una mancha a base de una labor muy modesta y de pegujales asociados. Pero el epígrafe, que no hace referencia a ninguna de las unidades territoriales tipo, obliga a tomar el grupo como una mancha de pegujales aislada.
Tanto como las vías pecuarias, eran atractivos los espacios contiguos a los caminos de primer orden, asimismo espacios en los que el amo o señor al que apelar sería el municipio. Un camino está en dirección al río principal, zona de terrazas, otro también en las terrazas, cerca del escarpe, y la de otro camino tiene que ser una mancha alargada, y tal vez también discontinua, porque se prolonga un par de leguas. También puede atraer pegujales una venta en zona de haciendas descarriadas.
En 7 manchas desiguales que acumulan 497 fanegas repartidas entre 102 pegujales reaparece la diversidad. Hay sitios que pueden concentrar hasta 30 pegujales, y otros que solo localizan 1, aunque predominan las concentraciones por encima de 18. Dos órdenes contrastados: mucha concentración de pegujales, manchas escasas.
De acuerdo con lo que se observa en la otra serie de vías de comunicación, la de las vías de comunicación naturales, otra vez el espectro de los tamaños es muy abierto. Hay un pegujal de 30 fanegas y dos de 0,5. Quizás hasta más, al menos si se tienen en cuenta los valores extremos. Permanecen los tipos fraccionarios y las parcelas de tamaños minúsculos, aunque recuperan posiciones los tamaños de siempre, sobre todo los valores pares, a partir del módulo 2. La amplitud de los tamaños pudo ser consecuencia de la diferente capacidad de medios de quienes emprendían la explotación; o de su decisión, su mayor o menor atrevimiento.
La razón que aconsejara la localización junto a vías de comunicación con más probabilidades actuaría en los lugares donde la ventaja era el ruedo. En cinco zonas de los alrededores de la población, probablemente buena parte de ellas separadas en manchas discontinuas, se concentran para los pegujales otras 247,5 fanegas.
Son 54 pegujales, de los cuales en unos lugares se concentran 22 y en otros, como mínimo, 4. La covariación entre número de pegujales y cantidad de superficie consumida es inmediata. El alto número de pegujales en los casos superiores, sobre todo en el primero, indica que, no obstante la relativa intensidad del fenómeno, no deja de haber concentración de la demanda en estas zonas.
Como suele ocurrir en estas situaciones marginales, el espectro tiene un recorrido amplio y los valores singulares, fraccionarios, ganan relativa presencia. El pegujal más extenso tiene 32 fanegas, que duplica sobradamente al siguiente, que tiene 14; el menor, 0,75 fanegas. Pero es aún más relevante el avance del valor 2.
Un lugar relacionado con un espacio adehesado, si bien se clasifica como tierra de ruedo, puede no ser ruedo urbano. Pero como sabemos que el lugar, una dehesilla, está cerca de la población, podemos aceptar que así fuera. Sin embargo, que se tipifique como dehesilla abre un margen a la ambigüedad. Sabemos de dos. Contando con que se deduce que es un lugar de ruedo, debe tratarse de la más próxima a la población. La mancha parece abierta; sus piezas, separadas, según se deduce de las localizaciones específicas. Hasta la oferta parece diversa.
En otro caso, el topónimo rector, que es el relacionado con las comunicaciones, para cohonestarlo con los otros habría que interpretarlo con bastante laxitud. Quizás el sentido que tenga este uso sea que se trata en todos los casos de tierras próximas al escarpe.
Algún significado debe tener que en buena parte, además de concentrarse en sitios marcados por su relación con otros factores a los que ya les hemos reconocido capacidad para localizar pegujales sueltos, como las vías de comunicación o el espacio adehesado, que al tratarse del ruedo se concentraran en lugares marcados por santuarios. Debe estar relacionado con su ancestral humanización, lo que espontáneamente lo convierte en un polo de atracción. Su persistente uso puede ser el responsable de una concentración limitada de suelos con alta potencia.
En uno de los santuarios, donde se concentra la mayor cantidad de pegujales del tipo, es seguro que estamos en tierras de ruedo inmediatas a la tierra campa. Su pegujal de 32 fanegas quizás sea una pista de que ya hemos entrado en las tierras de vega. Otra mancha asociada a un santuario es ruedo y escarpe, la otra, que al santuario suma la proximidad de las tenerías, también es de tierras a la vez próximas y marginales.
Se podía esperar que la intensidad del fenómeno en el ruedo fuera mayor, pero es posible que el aprovechamiento más intenso en el ruedo fuera en forma de cortinal. Tal vez el fenómeno esté oculto en parte bajo otras denominaciones del espacio. Pero estos son todos los casos en los que podemos afirmar con certeza que en conjunto se encuentran localizados en el ruedo.
Podemos sospechar que la localización aventajada, tanto por razones de vías de comunicación como de ruedo, no solo ocurre cuando cualquiera de ellas se menciona expresamente, sino también cuando el documento solo nos permite conocer la denominación del sitio donde está un pegujal. Para el registrador, sería suficiente con que se inscribiera el topónimo para asignarle un lugar en el orden del espacio cultivado. Administrativamente, tendría que equivaler a las otras identificaciones. Por tanto, incluso es posible que se trate de cualquiera de las situaciones marginales ya identificadas.
Se trata de un mundo con capacidad para suministrar una importante cantidad de superficie al servicio de los pegujales. Esta clase es muy popular, con una alta concentración relativa de iniciativas campesinas; una reserva, se podría decir. En 8 lugares, en manchas más o menos continuas, los pegujales ocupan otras 630,25 fanegas. Son 116 pegujales. La concentración mayor es de 29 pegujales y la menor de 6. Aunque no es absoluta, la correspondencia directa entre número de pegujales y superficie acumulada por cada zona es casi inmediata.
Los tamaños de los pegujales van de 24 fanegas a 0,5. El alto recorrido de los tipos se podía esperar, y también la presencia de los valores fraccionarios, pero sobre todo la alta presencia del módulo 2 y sus múltiplos, en parte consecuencia de los sorteos. El éxito del 8 puede estar relacionado con el tamaño del pegujal que se cree adecuado desde la administración, que pudo intervenir en el orden creado en alguno de los lugares.
Para decidir sobre la diversidad de las razones que la dispersión del fenómeno prefigura, no hay otra que examinar los casos. 10 pegujales, en un lugar que tiene Arjona, están al borde del escarpe en tierras pésimas. Puede tratarse de don Alonso de Arjona, que explota un cortijo, en cuyo caso, habría que tomarlos como pegujales subordinados a una labor, solo que en condiciones peculiares. El amo del cortijo mantiene su labor y los pegujales que por cualquier causa ceda los localiza en un lugar distinto. Otro sitio con 10 pegujales está en plenas terrazas, zona de olivares. La reiteración de los módulos, esta vez con el tamaño 2 fanegas, permite pensar en un reparto de pegujales que remuneran algún servicio que no es posible deducir.
En otro, a cuyo disfrute se accede por sorteo, la irregularidad de los tamaños, sea o no la iniciativa pública, podría ser consecuencia de que la oferta de tierras se adapta a la demanda que concurre. Hay uno de 24 fanegas y la mitad se atiene al módulo 8 fanegas. Probables pelantrines, pues. La demanda puede ser baja a causa de la calidad de las tierras. Es también posible que en ese mismo lugar, en lo de Montenegro, un pegujal de 3,5 fanegas sea un subarrendado a partir de una suerte.
También de la mención del método de suertes para la adjudicación de otros 13 pegujales en otro lugar puede dudarse si se trata de parcelas cedidas en tierras de dominio público. La regularidad de los módulos y la razón entre múltiplos de un mismo patrón lo avalaría, y el epígrafe, obra de un registro administrativo. Pero hay casos singulares que apuntan en otro sentido. El cedente, sin ser público, ni las tierras de esta clase, pudo crear módulos y valerse del sorteo como medio de adjudicación.
Otra mancha, la de 29 pegujales está al norte, en el límite entre el olivar y la sembradura. Posible área de monte bajo en la época en la que también sobresale el módulo 8, indicio de mediación en la formación de unidades, probablemente a iniciativa pública. En otra mancha que está en las terrazas, zona de huertas, cerca del escarpe, los módulos, regulares y como máximo de 8, hacen pensar en solo una oferta. En un lugar con 20 pegujales de tamaño irregular podría tratarse de áreas de libre acceso.
Los campesinos dispersos. I
Publicado: abril 27, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Tampoco el acaparamiento de toda la unidad de producción, para fragmentarla en parcelas asequibles, colmaba las aspiraciones de todos los que en una población habían decidido tener su propia explotación de cereales sin salir de su término, por más modesta que fuera. Los campesinos que no se podían acoger a labores o a grandes unidades productivas eran centrifugados en todas las direcciones, y tomaban tierra en zonas dispersas por toda clase de lugares distintos a los cortijos o sus hazas.
A las parcelas donde paraban la documentación suele llamarlas pegujales sueltos. Las posibilidades de que la tenencia directa sea una parte de los atributos de sus explotaciones, no especificada al inscribirlos, son las mayores. En caso de que se hubieran consumado, el registro les habría aplicado la denominación pegujal por extensión, si bien al clasificarlo como suelto, a pesar de la aparente paradoja, esta manera de proceder ganaría sentido. Campesino suelto significaría que no había nadie al otro lado de la relación que daba origen al pegujal, que no habría amo o señor porque el señor de la parcela era el mismo que la ponía en explotación. Habrá que admitir además que quienes los constituyeran, porque se reducían a las condiciones del pegujal, no se quedarían al margen de la prestación de servicios, quizás no de manera estable, ni siquiera a partir de un compromiso formal, sino solo como predisposición hacia quien estuviera interesado en ella.
Esta quinta clase de campesinos es la más extensa y diversa, y expresa en el orden marginal la presión sobre la tierra de los términos de sus poblaciones laborales. A veces se concentran en manchas discontinuas localizadas en áreas con tierras ya ocupadas por otros aprovechamientos, en las marginales del término por razón de calidad y en las periféricas a causa de la distancia, tres factores que se pueden combinar de todos los modos posibles. Otras veces están aislados, tal vez porque no tienen opción a encontrar un espacio regular, o porque en una casa se ocupan de un trabajo distinto a la labor, a pesar de lo cual el señor de la casa cree conveniente recompensarlo con un pegujal en una de sus explotaciones, aun estando dedicadas a otros cultivos.
Son huéspedes sobre todo de olivares, con diferencia el primer cultivo alternativo al cereal en las vegas interiores. El dominio prolongado sobre espacios con una dedicación acendrada pudo facilitar estas iniciativas. Buena parte de ellos se localizan en haciendas descarriadas, una clase de las explotaciones de olivar que de nuevo debemos interpretar alejadas, menos accesibles. De otros se dice, sin dejar de advertir que están en tierras dedicadas al cultivo de los olivos, que se sitúan en un cortijuelo, en cuyo caso una mancha de tierra de labor estaría localizada en un territorio anómalo para esta clase de uso.
Para 16 localizaciones en tierras de olivar, a veces contiguas, en las que se constituyen 45 pegujales que acumulan 245,25 fanegas, predomina la dispersión sobre las concentraciones. Solo en un lugar hay 19 de aquellos pegujales, y en otro 7, mientras que en los demás solo hay entre 3 y sobre todo 1. El espectro de los tamaños de las parcelas se extiende en términos relativos, y hasta se extrema con algo de paradoja: la mayor tiene 30 fanegas y la mínima 0,75.
Aunque se siguen imponiendo los valores más bajos que se esfuerzan por aproximarse al tipo común, el pegujal de 30 fanegas es uno de los localizados en las haciendas descarriadas. De quien tiene un pegujal de 24 fanegas, equiparable, se dice además que está en su hacienda, un pronombre que eliminaría la cesión, salvo que se hubiera accedido a él por trabajo. Para otro de 4 fanegas tampoco habría cesión más allá de las relaciones laborales. El primero de los del área con 7 pegujales abarca 18 fanegas.
Esta confluencia de rasgos, que separa estos casos de los demás, permite pensar en explotaciones a cargo de los que en la documentación del momento se llaman pelantrines, el tipo de transición entre el labrador y el pegujalero, uno de cuyos rasgos pudo ser la promiscuidad del cultivo cíclico en tierras con otro estable. El aprovechamiento intensivo con un cultivo intercalar de una tierra secundaria o subordinada lo facilitaría que el campesino hubiera conseguido garantizarse con la propiedad la posesión de las tierras que hubiera destinado a olivares, mucho más accesibles para cualquiera que las destinadas al cultivo de los cereales.
Los pegujales sueltos también podían ser huéspedes de una viña, cultivo en retroceso en beneficio del olivar. De ahí su escasa presencia, su casi nula significación. En las tierras de las haciendas descarriadas también hay una viña en la que se ha abierto sitio un pegujal de 1,5 fanegas. Aunque sea un caso aislado, vale sin embargo como testimonio de que los pegujales se buscaban un lugar donde sobrevivir en cualquier parte.
En las huertas, que por naturaleza eran explotaciones consolidadas y estables, debieron ser un fenómeno no solo ceñido a la proporción que corresponde a la limitada presencia de este tipo de aprovechamiento. Su valor relativo parece más consecuencia de la alta productividad del cultivo más intensivo que de la presión de los pegujales. No dejarían de presionar en estos lugares, pero las huertas los tolerarían mal.
Solo en dos zonas de huertas se abren paso 11 pegujales que ocupan 38 fanegas. Las localizaciones en la primera se remiten a una zona donde se han impuesto las huertas. Es posible que sus pegujales estén dentro de huertas, sobre todo en el caso de los más pequeños. Están comprendidos entre 4 y 1, con presencia de tipos fraccionarios, lo que debe significar intensidad del aprovechamiento del suelo. No es frecuente que tengan un tamaño tan exiguo. Pero no hay que dar por supuesto que sean una parte de los cultivos de las huertas.
Los otros 7 pegujales se concentran en un lugar que se identifica como ruedo de la Huerta de la Reina. Es posible que el topónimo rector no aluda a un aprovechamiento presente, sino a otro anterior que quedó fijado al lugar. El mayor de los pegujales, de 12 fanegas, está en el ruedo de la huerta en sus olivares. El pronombre de la localización derivada puede ser un buen corrector del uso prevalente del espacio; el posesivo, de las relaciones a partir de las cuales se crea el orden de las cesiones. Los demás son muy regulares, de entre 2 y 3,5 fanegas.
Las tierras marginales persistentes eran las dehesas, que para llegar al margen seguían así la trayectoria del defecto como la del exceso. Espacio adehesado podía ser el de escaso suelo, solo apto para que su vegetación fuera aprovechada como pastizal, o el tan frecuentado por el ganado que disponía de un horizonte orgánico muy potente. En ningún caso la condición dehesa tenía relación necesaria con usos ni calidades, por más que se insistiera en determinadas formas de ambas, sino solo con la reserva del espacio frente a las demandas comunales. De ahí que fuera frecuente su uso como dehesas a pasto y labor. A cualquiera le sobraban posibilidades para ser susceptibles de alojar con facilidad los pegujales centrifugados desde las labores y los cortijos. El horizonte de los amos y señores que podían activar la relación se ampliaba con la concurrencia de los poderes municipales, que disponían de las dehesas públicas, las más efectivas. Las privadas solían ser un atributo a sumar a las unidades de producción ya consolidadas como cortijos.
Porque en 7 lugares de dehesas, de muy desigual implantación, conviven dos mundos, el de los pegujales públicos homogéneos, sorteados probablemente, y el de los habituales, que se distinguen por la disparidad de los valores de las series. El espectro de los tamaños de los 66 pegujales, que ocupan un total de 285 fanegas, es limitado y bajo, siempre por debajo de 10.
Un tercio se localiza en una dehesilla del monte, unos concentrados (23 pegujales) y el resto (3) dispersos. El topónimo dehesilla del monte puede ser expresivo de dos cosas: tierra acotada y sin roturar o de monte recuperado. Hasta donde el registro permite deducirlo, se trata de tierras accesibles desde la población, una parte de ellas quizás también conectadas con zonas dedicadas a labor.
Los otros dos tercios están en una dehesilla localizada en el área de las tierras de labor. Salvo un par de casos, todos son parcelas de 4 fanegas, por probables razones de concesión pública. Debe ser indicativo de la parcela que el municipio considera suficiente para que se mantenga durante un año un campesino común. Puede tratarse de un espacio público, además de acotado, que al menos transitoriamente se utiliza para el cultivo. El rigor del módulo indica equidad, sorteo e intervención pública en el mercado de los pegujales. La dimensión del caso es lo bastante elocuente respecto al alcance y las intenciones de la autoridad. Los casos singulares harían referencia: el menor, que la dehesilla está ocupada de manera similar a la de los cortijos, porque incluye huerta; y los dos, la posible remuneración de servicios públicos.
El siguiente valor en importancia, aunque muy alejando, es el 8. Expresaría el siguiente grado, en orden ascendente, de las posibilidades del campesinado común acogido a la oferta pública. Estos pegujales de mayor tamaño, localizados en lugares que no están uno junto a otro, en parte están en tierras campas, inmediatamente debajo del escarpe, en un lugar muy accesible desde la población. Otra parte es posible que esté en la zona de terrazas. Pero también comparte su condición de suelos de dominio público porque todos están reunidos bajo el epígrafe de suertes. Por eso, encuadrarlos en la categoría dehesa no sería desorientado del todo. La condición de suertes de las parcelas se hace visible en la homogeneidad de los módulos.
La financiación de la agroindustria
Publicado: febrero 26, 2022 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Don Cristóbal, como patrimonio personal, solo poseía una cochera, una parcela y algún ganado. De la cochera no es mucho lo que se puede decir, salvo lo evidente, que nuestro don Cristóbal pudo disponer de un medio de transporte rodado. La parcela abarcaba solo 7 unidades de superficie. Estaba destinada a la producción de cereales en secano, y tenía la particularidad de que en ella había plantado 42 olivos que aún no producían. Su patrimonio ganadero era insignificante. Era dueño de un mulo, probablemente para tirar de su coche, y cuatro asnos, que utilizaría para los portes que entre el campo y la ciudad necesitaran sus actividades. Pero ninguno de ellos, ni el mulo ni los asnos, se consideraron fiscalmente útiles. Las dieciocho colmenas que además tenía, localizadas en algún lugar de sus posesiones, serían las únicas que le proporcionaran algún producto exclusivo.
Pero, además, hacia 1750 era el poseedor de un vínculo, el que en su momento habían fundado su antepasado don Bartolomé y su esposa doña Leonor. Gracias a esta fundación, disponía, en primer lugar, del oficio de regidor, el que le permitía ejercer como miembro de pleno derecho del patriciado local. Estaba dotado además con una casa solariega con dos plantas, donde residiría, en la que había una bodega con una capacidad de 700 arrobas y cuya utilidad estimada era 750 reales. Además, poseía otras dos casas que arrendaría, cuya calidad, muy inferior a la de la casa principal, la expresaban sus respectivas utilidades: 190 y 132 reales.
El vínculo, sobre todo, era el titular de un importante complejo productor de aceite, que se sostenía sobre unos olivares cuyo núcleo, en plena producción, se localizaba en el lugar llamado Pozo del Ángel, donde ocupaban 96 aranzadas (30 de primera, 40 de segunda y 26 de tercera). En el sitio que se conocía como Usagre tenía otras 11 1/6 aranzadas, de las cuales 3 eran de tercera y estaban en plena producción, 3 2/3, también de tercera, de olivar nuevo que aún no producía y 4 ½, aún sin cultivar, destinadas a plantar olivos.
En el Cerro Label poseía otras 8 7/12 aranzadas de tercera, en tres parcelas desiguales. La mayor (6) la declaró como olivar nuevo que no producía, y las otras dos (1 ¾ y 5/6) estaban en plena producción. En la Huerta Sancha tenía 6 11/12 aranzadas de segunda en plena producción repartidas en dos parcelas (5 1/6 y 1 ¾). Y en cuatro lugares distintos poseía otras 11 1/6 aranzadas, todas de olivar productivo: 3 2/3 de tercera en La Carvajala, 2 ½ de primera en la Huerta de Abajo, 2 1/3 de segunda en El Saladillo y 2 2/3 de segunda en La Ladrillera.
Tanto las calificaciones de calidad como las precisiones métricas estaban destinadas a aminorar el efecto impositivo que pudiera tener el cálculo de utilidad de cada parcela. Por tanto, lo relevante de su descripción pormenorizada no es el detalle, sino que tenía en su poder casi 134 aranzadas, de las cuales poco menos de 120 estaban en plena producción, lo que no era obstáculo para que tuviera en marcha un plan de expansión del cultivo sobre otras 14 1/6 unidades de superficie (9 2/3 ya plantadas de olivar pero que aún no producía y 4 ½ destinadas a plantar olivos). Tal tamaño corresponde a una explotación de olivares propia de casa agropecuaria de primer nivel, lo que refrenda que los cimientos del patriciado de las agrociudades meridionales del interior se levantaron sobre la economía del aceite.
Para extremar la potencia que la posesión de los olivares le otorgaba al vínculo, en el pago del Pozo del Ángel tenía una casa de campo, llamada Nuestra Señora del Rosario, que contaba con habitaciones y un molino de aceite dotado con un almacén de 1.300 arrobas. De estar colmado, a los 12 reales la arroba que a renglón seguido reconocen los registros del mismo vínculo, la venta del producto almacenado le reportaría unos ingresos por cosecha de 15.600 reales. Sin embargo, su utilidad se estimaba en 800 reales.
Para el tratamiento del producto del extenso patrimonio de olivares contaba además con otro molino de aceite, esta vez localizado en la población, cuyo almacén, con capacidad para 600 arrobas, le podría proporcionar, bajo las mismas condiciones, 7.200 reales, a pesar de lo cual su utilidad fue estimada en 800 reales. Es posible que el molino localizado en el campo estuviera reservado a la producción propia, mientras que el lugar donde se encontraba el segundo, a la entrada de la población desde donde estaban concentradas las explotaciones de olivar, estuviera orientado a satisfacer la demanda de prensas de los pequeños productores de aceituna que carecían de medios para la molturación.
En el Pozo del Ángel, centro de la parte consolidada o estable de la casa agropecuaria, el vínculo poseía además 11 aranzadas para viña de segunda. Pudieron ser una reliquia de las dedicaciones preferentes de un espacio evolucionado hacia el cultivo del olivo, que habría preferido ir dejando a un lado la competencia en el sector vitivinícola.
Tal vez la producción de las viñas del Pozo del Ángel fuera razonable. En ellas se mantenía un lagar equipado con recipientes para almacenar 400 arrobas de producto elaborado. Sin embargo, su baja utilidad estimada, 60 reales, no habla de lo mismo. El lagar sería un superviviente de la pasada gloria vitivinícola de la casa. Para mediados del siglo XVIII es más probable que su actividad se sostuviera con la compra de uva procedente de otros pagos o de mosto para su crianza. La bodega con capacidad para 700 arrobas que había en la casa principal contribuiría a absorber la producción del lagar, y estaría en mejor posición para comercializar el producto.
También había en el Pozo del Ángel una huerta, sobre tres unidades de superficie. En dos, de primera calidad, dotada con el regadío que abastecía una noria de sangre, se producía hortaliza permanentemente, y en sus márgenes y regaderas había 70 frutales, de los cuales 20 eran naranjos. La tercera, también de primera, estaba dedicada exclusivamente a frutales.
Por último, el vínculo estaba dotado con un cortinal de 1,5 unidades de superficie en las inmediaciones de la población. Era de primera calidad y estaba destinado a producir cebada en régimen de secano sin descanso. No tenía más tierras para sembrar cereales. Si alguna vez su titular decidiera emprender una labor, tendría que recurrir a las cesiones que se contrataban en el mercado de los arrendamientos. Pero el casi nulo patrimonio ganadero de don Cristóbal no deja lugar a muchas dudas. Las generaciones de este linaje, acogidas por tan sólido vínculo, habrían renunciado a emplearse como labradores. Habrían preferido concentrarse en la producción de aceite y eludir las tensiones que sufría la de cereales.
Llevar hasta la frontera de la agroindustria sus negocios debió exigirles un importante esfuerzo de financiación. Todos los bienes del vínculo, siempre tomados como una masa única, a mediados del siglo XVIII estaban hipotecados con 22 gravámenes. Solo del primero se declaró expresamente que se trataba de una memoria.
El silencio de la fuente se presta a la interpretación especulativa. De los 72 reales en los que se valoraron las 6 arrobas de aceite, calculando cada una a 12 reales, para que fueran ingresados a una fábrica parroquial con el fin de que mantuviera encendida su lámpara votiva a San Cristóbal, hay que reconocer que tienen el aspecto de una memoria propia. Claro que también pudo ser el resultado nominal de un crédito recibido en dinero que se pagaba en especie de aceite. Como se acepta un precio corriente para la arroba de aceite, de la que se deduciría la cantidad a pagar cada año, el crédito pudo ser reciente. Pero, entre los perceptores de otra de las cantidades que gravan el mismo patrimonio, aparece otro vínculo, y no parece que sea una institución capacitada para atender una memoria.
También es cierto que se dejan ver, aunque sea a través de las escuetas cifras, algunas iniciativas que podían estar cerca de lo caritativo. Si exceptuamos el gravamen a pagar una capellanía de la capital, adscrita a una institución de los jesuitas, que sin duda es el pago anual de los intereses de un crédito, y además el crédito más importante de todos, las demás perciben cantidades muy modestas.
El probable sentido de estos modestos gravámenes lo pone al descubierto el caso de la capellanía de la que era titular en aquel momento don Bartolomé Navarro. Era el capellán de la que había fundado Cristóbal Martín Bravo en una de las parroquias de la población. Del vínculo del que era poseedor nuestro don Cristóbal percibía anualmente 90 reales 6 maravedíes, una cantidad estimable.
Don Bartolomé, simultáneamente, también mantenía el estatuto de patricio gracias a que era el titular del oficio de alcalde mayor honorífico con voz y voto de regidor. Pero solo poseía un tercio de una casa, proindivisa con Francisco Alfonso y Teresa Rodríguez, que debía ser modesta, porque su utilidad estimada es 88 reales, más 2 vacas, 1 burra y 4 colmenas. Además, sobre la casa estaba hipotecada por un crédito cuyos intereses se pagaban anualmente al convento del carmen calzado de la población. Por su tercera parte, don Bartolomé debía liquidar 38 reales 17 maravedíes, de donde se deduce que los intereses ascendían a 115 reales 17 maravedíes y que muy probablemente correspondían a un préstamo de 3.850 reales al 3 %.
Don Bartolomé sobrevivía en el margen del patriciado. No redimir un crédito del que era el prestamista, originalmente denominado en maravedíes, tal como expresa la cantidad que don Cristóbal debía pagarle anualmente, era una manera de contribuir a su supervivencia.
Podemos interpretar el silencio de la fuente como que toda la carga financiera sobre los bienes del vínculo estuviera causada por memorias, que es la posibilidad más extrema, consecuencia de una piedad promiscua. Como no es incompatible la institución de una memoria con la contratación de un crédito, y además todos los gravámenes responden al tratamiento cuantitativo como intereses, podemos contar con la apariencia de los 22, aun siendo errónea la otra interpretación extrema, la que los considere todos como formas de crédito, para reconstruir el marco dentro del cual pudo operar la demanda de crédito de las agroindustrias, en especial la del aceite, para mantener su actividad a fines de la época moderna. Se da la afortunada circunstancia de que tenemos la certeza de que el poseedor de nuestro vínculo, que le faculta para ser patricio, no se compromete como labrador y concentra su patrimonio en la explotación del cultivo del olivar, para la que posee los medios de transformación que lleven al límite el beneficio que de él se pueda obtener. Gracias a ella, estaríamos en condiciones de llegar hasta los medios de financiación de la agroindustria a fines de la época moderna.
Los capitales ingresados por el vínculo, si partimos de esa premisa, habrían sumado una cantidad comprendida entre 62.727 y 66.756 reales. Con seguridad, estas cifras solo resumirían una parte de la historia financiera del vínculo. Una parte de los créditos que se compraran entre el momento probable de la fundación (siglo XVI) y el momento desde el que observamos su trayectoria (mediados del siglo XVIII) debió liquidarse; aunque si tenemos en cuenta que pagar los intereses de un crédito indefinidamente podía ser muy barato, las posibilidades de su extinción siempre serían menores que las de la supervivencia.
Más reveladoras que las cantidades, son las vías de financiación que prefirió la casa y la proporción que representa cada una. Según instituciones prestamistas, la demanda del crédito estaría todo lo diversificada que permitía aquel mercado. Habrían sido corporaciones de beneficiados parroquiales, conventos, capellanías, una fábrica parroquial, un vínculo, un patronato, una cofradía del Santísimo de una parroquia y un hospital también adscrito a una parroquia.
Cada préstamo habría sido conseguido de una institución financiera distinta. O los sucesivos poseedores del vínculo no quisieron poner en manos de solo una parte de las instituciones accesibles el riesgo con el que debía cargar su patrimonio, o los fondos de estas no eran tan abundantes como para atender insistentemente la demanda de crédito de una gran empresa agropecuaria. Es más probable la atomización del mercado del crédito rural, en el que las relaciones familiares, que llevaban desde un linaje demandante de crédito hasta una de las instituciones creadas por el patriciado para que le sirvieran a estos fines, se imponían sobre la vigorosa oferta que pudieran hacer grandes fundaciones, que desde luego existían.
Pero también es cierto que el linaje de don Cristóbal preferiría determinadas líneas de crédito. Los siete conventos –de clero masculino y femenino, de la población y de la capital; de clarisas, dominicos y dominicas, mercedarios, carmelitas descalzos– percibían un 40 % de las rentas circuladas en concepto de gravámenes, casi lo mismo que las siete capellanías, una de ellas de ellas de la capital y las otras seis radicadas en las parroquias de la población. Los beneficiados de tres parroquias locales, una vigésima parte, lo mismo que el hospital. Algo por debajo, la fábrica parroquial, y todavía menos la cofradía del Santísimo. Y una centésima parte o menos el vínculo y el patronato.
Sin embargo, es en la posible tipología financiera de los créditos que se pagaban a mediados del siglo XVIII donde estaría inscrita la historia de la financiación de la agroindustria de entonces. Una parte de los posibles préstamos sería negociada en maravedíes a un tipo por encima del 3 %. Supondrían poco más de una décima parte de las cantidades obtenidas por vía de préstamo y corresponderían a los préstamos más antiguos. Los negociados en maravedíes a un tipo entre un 3 y un 5 %, poco menos de una vigésima parte de los dineros ingresados, también serían préstamos supervivientes de tiempos precedentes, pero que ya habrían podido negociarse en tiempos más recientes.
Aún más al margen quedarían los préstamos negociados en reales a un tipo por encima del 3 %, poco más de una quincuagésima parte de las cantidades ingresadas. En origen pudieron ser resto de un tiempo de transición de los tipos de interés comprendido entre los siglos XVI y XVII. Los suscritos en reales al 3 %, casi la mitad de los capitales, serían los préstamos relacionados con el mercado corriente, y los acordados en ducados también al 3 %, que eran algo menos que los negociados en reales, serían los préstamos fuertes contemporáneos. Entre uno y otro sumarían casi las tres cuartas partes de todas las cantidades prestadas.
La preponderancia de estos cinco modelos de financiación, más que de una trayectoria lineal, como la que se deduce a groso modo de la evolución secular de los tipos de interés, dependería de la situación real de los mercados locales, que oscilarían y se modificarían en función de los factores que se pueden prever (dinero disponible en los depósitos, devaluación, crédito de los demandantes, urgencias a las que se vieran expuestos), lo que queda fuera del alcance de las cifras que nos proporcionan los testimonios.
Lo que parece más seguro es que, sobre la carga crediticia heredada de tiempos anteriores, las posibilidades de financiarse en el mercado corriente eran las mayores. Por tanto, a mediados del siglo XVIII las instituciones promovidas para servir a la usura agropecuaria, con la pertinente cobertura moral, todavía cumplían sobradamente con sus fines. Otra cosa es su debilidad, visible en la dispersión de la oferta, precursora de su crisis, que provendría de la excesiva oferta. Tanta concurrencia cada vez abarataría más el dinero en el medio rural. A quienes habían patrocinado con aquel fin las instituciones que la sostenían les vendría muy bien, pero eso inevitablemente las llevaría a la quiebra.
Molinos harineros
Publicado: febrero 16, 2022 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
El primer ingenio para la transformación de los cereales era el molino de harina, con diferencia la máquina más compleja de cuantas entonces se relacionaban con la agricultura del cereal. Dado que no carecían de importancia las condiciones adecuadas para disponer de las energías que utilizaba, las instalaciones de esta clase tendían a separarse de las poblaciones.
A los molinos harineros se les podía aplicar la energía de los animales de fuerza, pero la producción estable e interferida por los monopolios prefería la que proporcionaban los cauces fluviales o el viento. Tanto dependían del agua y del aire que la producción de harina se interrumpía si faltaba cualquiera de los dos. Cuando la fuerza era fluvial, debían adaptarse al régimen de cada río, el estiaje podía detener la molienda tres o cuatro meses al año. De ahí que la fabricación de harina, en estas instalaciones, se concentrara en los meses comprendidos entre noviembre y febrero. Y los regímenes de vientos, aunque dominantes para cada lugar, nunca eran constantes. Pero la situación crítica que se estaba viviendo en 1750 también trastornó estas industrias, y puso al descubierto que arriesgarse en el frente de las energías eólica y fluvial, a pesar de todo, podía ser oportuno para quien deseara hacer buenos negocios.
A mediados de julio, como por la falta de agua faltaba el suministro de harina en una población próxima al confín occidental de la región, y la escasez la incrementaba que en ella molieran muchos forasteros, anteponiéndolos a los vecinos, su autoridad municipal mandó que ningún molinero de agua o de viento moliera a forastero alguno siempre que tuviera trigo de vecinos.
Pero a principios de agosto empezaron a cambiar aquellas condiciones. A un vecino, que quería fabricar una molinilla en las corrientes del cauce que pasaba cerca, en la que se proponía servirse de sus aguas y de las que le llegaban de un arroyo, el síndico procurador del común le advirtió que su entusiasmo no podría impedir que se opusieran al proyecto los interesados en otro molino que estaba en el mismo río, ni ir en detrimento de la regalía de la casa del señor de la población, a quien correspondía dar o negar la licencia para la construcción pretendida.
Para que con más conocimiento de causa el señor resolviera lo que fuera de su agrado, el municipio diputó a un regidor, al que asistirían dos maestros alarifes entendidos en la fábrica de molinos y dos molineros, vecinos de la población, para que inspeccionaran el sitio donde se pretendía construir la instalación proyectada. Debían medir las distancias a los otros dos molinos que ya había en el mismo cauce y pesar la corriente de las aguas nivelándolas, así como reconocer por todos los medios a su alcance si se deduciría perjuicio a las instalaciones previas y por tanto al común de la población.
No conocemos el dictamen ni sabemos en qué paró el proyecto, pero sí que el encadenamiento de las circunstancias dio un impulso a las iniciativas de aquella clase. A finales del mismo mes de agosto, las instalaciones para la molienda de la población que estaban actuando al margen del orden condal quedaron reguladas. La autoridad municipal solicitó al señor que aprobara y confirmara los permisos que desde 1742 el municipio había ido dando a algunos vecinos para fabricar en el término siete molinos de viento y uno de agua. Era consciente de que había actuado sin la autoridad necesaria, como las advertencias del síndico demuestran, pero sorprendentemente alegó ignorancia, y se excusó ante el conde diciendo que solo ahora estaba informada de que los permisos para que actuaran correspondían en exclusiva a quien poseía su casa, estados y mayorazgos, como señor único del dominio solariego de la villa, término y jurisdicción.
Como primera respuesta, el conde solicitó, a través de su cámara, que le enviaran un informe de los acuerdos tomados por el ayuntamiento que había consentido las obras, en el que tendrían que constar los sitios donde estaban los molinos, los nombres de las personas a quienes se les había permitido su construcción y los de sus dueños en aquel momento. Los de viento, según la información recogida, estaban situados en una cabezada y tres cabezos contiguos a la población, en uno de los cuales se concentraban cuatro de ellos. Cada uno pertenecía a un propietario distinto, entre los que había un presbítero, todos vecinos del lugar. El de agua estaba en el vado de la pasada del río y también lo había construido un vecino.
A fines de septiembre, el municipio remitió la documentación que se le solicitaba y un testimonio por el que dejaba constancia de que no causaban perjuicio a terceros la construcción de la molinilla ni la supervivencia de los molinos que ya estaban activos. Un mes después, el señor, desde la corte, que en aquel momento estaba en el real sitio de San Lorenzo, consintió en lo que el municipio le había pedido, y en admitir que para las licencias de las obras de los molinos quienes regían la población habían procedido sin maldad, ignorando que su concesión fuera una regalía privativa de su casa.
Reconoció además que de actuar de manera tan benigna el común obtendría beneficios y el vecindario podría moler más fácilmente sus granos, y quienes habían invertido en la construcción de los molinos sin las licencias legítimas obtendrían la seguridad que hasta aquel momento no tenían. A partir de aquel momento, ellos y sus herederos los podrían disfrutar y poseer gracias a la facultad que para su erección y uso les concedía. En lo sucesivo, podrían servirse de ellos, bien administrándolos por sí, bien arrendándolos a las personas que quisieran, y podrían enajenarlos cuando les conviniera, con la condición de que ni unos ni otros hicieran fraude en las harinas que molieran, que tendrían que ser de buena calidad.
Si alguno de los molinos no se usara durante un tiempo, porque estuviera descompuesto o porque no hubiera quien lo administrara o lo arrendase, su dueño tendría la obligación de tenerlo cerrado con puertas y llaves, para evitar que algún reo se ocultara en él o que sirviera de refugio para malos fines. Pero debía quedar claro que las justicias de la población, en lo sucesivo, no podrían dar permiso para nuevas construcciones de este tipo sin el consentimiento expreso del señor, bajo la pena de 20.000 maravedíes para su cámara y la demolición de las obras sin permiso. A principios de noviembre, el municipio, en una de sus sesiones capitulares, dejó constancia de esta decisión, y a fines de diciembre los propios se hicieron cargo de todos los gastos ocasionados a la secretaría de la casa señorial por estos trámites.
Pero, no sabemos con qué intenciones, una anotación aclaró a propósito de todo este asunto que los molinos que servían para el abasto de la población no era ninguno de los concedidos, sino los de otro arroyo, e inadvertidamente además se afirmó que las licencias para construir los molinos las había dado el municipio el año anterior, 1749, en cuyo último trimestre se había iniciado el ciclo agrícola que había degenerado en la pérdida de las cosechas de 1750 en el sudoeste; cuando hasta aquí se había mantenido que habían comenzado en 1742.
Para el último trimestre del año, la autoridad regional ya había consumado la magna operación comercial de entrada de grano concordante con la caída de la producción. Por su iniciativa se habían importado 15.000 fanegas de trigo, 10.000 procedentes de Inglaterra y las otras 5.000 de Cerdeña y Sicilia, a las que se sumaron, para cubrir la demanda ya comprometida, otras 5.000 del fondo de tercias reales, la primera participación de la corona en el diezmo.
La molienda de 20.000 fanegas de trigo daría como producto 1.700.000 libras de harina aproximadamente, equivalentes a 782.153 kilos, algo menos de 800 toneladas. Si calculamos el beneficio que pudiera proporcionar la molturación a partir de la maquila común, porción que el molinero detraía de la harina obtenida como pago a su trabajo, que era 1/24 de fanega, tendríamos que aceptar que alcanzaría algo menos de 30.000 reales, siempre que aceptemos como referencia para el cálculo los 35 reales la fanega de trigo que se impondrían en los mercados tras aquella importación de choque; todo esto sin tener en cuenta el posible producto local y el almacenado en cualquier lugar a la espera del negocio en perspectiva, sin duda la masa más importante.
No parece sin embargo un beneficio que aliente a invertir en la construcción de molinos en la periferia. La molturación de la masa de grano importada se concentraría alrededor del epicentro de la crisis, localizado en la capital de la región. Pero el lugar en el que se había desatado la fiebre de los molinos era el discreto centro de una zona que actuaba, seguro desde el siglo XIV, como intermediara comercial entre las poblaciones deficitarias de la sierra al norte y el grano que entraba por los puertos del litoral al sur; aunque nada le impedía conectarlos en la dirección inversa cuando las circunstancias y las mercancías lo aconsejaran. 1750 pudo ser un momento adecuado para que las dos direcciones del mismo tráfico convivieran, más aún cuando en todo aquel confín oeste, de norte a sur, la producción relativa ni siquiera había llegado a ser deficitaria.
El transporte del producto que se hubiera obtenido en la zona, ya convertido en harina, sí reportaría beneficios nada despreciables, si se tiene en cuenta que el producto se había hundido en todo el territorio al este. Es cierto que no era frecuente cubrir grandes radios con el transporte de la harina. El incremento del precio justificado por la molienda apenas podría competir con el del transporte de la materia prima. Pero, ante la escasez de grano, la oferta del producto molturado podía ser una imposición del vendedor que no admitiera réplica.
Por cada 100 fanegas de harina que se transportaran a solo 5 leguas, aproximadamente unos 30 kilómetros, un radio abarcable en una jornada sirviéndose de una recua de animales de carga, se podría obtener un beneficio añadido de poco más de 220 reales, dado que 15 maravedíes por legua y fanega era el precio vigente para los portes de estos bienes; a sumar a los 146 que se hubieran ingresado por la molienda, lo que incrementaba en dos tercios el ingreso bruto. Si el vendedor de la harina actuara asociado al dueño del grano, la tasa de beneficio que solo el transporte del producto molturado agregara al consorcio alcanzaría el 6 %.
Sería absurdo dejar pasar la oportunidad de negocio que la contracción del producto ofrecía en aquellos meses posteriores a la pérdida de la cosecha en el valle, y desde luego hay que suponer que la inversión en molinos confiaría en que la crisis levantara la losa que pesaba sobre la inversión agrícola desde hacía décadas, expandiera el producto y consolidara el papel intermediario de la población. El negocio que gracias a la crisis se perfilaba en el horizonte habría alentado la iniciativa industrial, cuyos beneficios podrían expandirse por la comarca.
Con estas ganancias en perspectiva poco importa que nadie fuera sincero, ni que no se mencionara lo que tendría que pagar por la molienda el común, que en el condado vivía bajo el estatuto de morador y que no se reconoce como dueño de granos, ni los vecinos de pleno derecho que molieran los suyos. Sí era de agradecer que la benefactora y magnánima mano del conde se esforzara por dejar constancia de su preocupación por la calidad de la harina y porque se convirtiera en una fuente de beneficio.
Toda la tierra para campesinos
Publicado: febrero 10, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
Dado que solo una parte de los trabajadores del campo conseguía acceder a una cesión de tierras asociándose a una labor, siempre se generaba un excedente de los dispuestos a tomar una parcela, por lo que el fenómeno campesino se desbordaba en el espacio, y daba origen a un estado de transición, tanto desde el punto de vista de la tenencia como desde el punto de vista del uso del suelo agrícola. Los más atentos a captar este exceso accedían a la unidad de producción a la que pudieran optar, fuera cortijo o haza, renunciaban a organizar una labor en ella y fragmentaban su superficie en parcelas hábiles para cederlas a cambio de las prestaciones que en cada caso se acordaran. Aunque los campesinos cedentes sostuvieran su explotación con sus propios medios, eso no excluiría la prestación de los huéspedes en beneficio del espacio que se hubiera reservado quien por aquel procedimiento se había constituido en señor o amo.
Parece un fenómeno bastante marginal. Solo afecta expresamente a 5 cortijos, 1 cortijuelo –único en su género– y 8 hazas. Aunque carecemos de datos sobre su orden interno, al grupo podemos adscribir por conjetura otras 4 hazas, de las cuales solo conocemos su extensión total, que las acerca al tipo. Serían en total 18 unidades de producción que acumulaban 766,5 fanegas.
A pesar de que una parte de ellas se presente como cortijo, las 18 debieron ser fragmentos, de hecho o de derecho, de otras mayores. Es muy posible que en la mayor parte de los casos se trate de unidades en estado de transición, por descanso de una parte de su espacio o en trance de agotar sus posibilidades para un tiempo. En el registro expresaría la dominante condición transitoria de cada una de las situaciones que se suelan identificar antes por el nombre de sus poseedores que por algún topónimo.
Se dispersan en un rango de amplio recorrido. Las de mayores dimensiones, por encima de las cien unidades de superficie útiles, solo son dos, un cortijo y el cortijuelo. Otro par de cortijos y un haza recuren a extensiones comprendidas entre 40 y 70 unidades de superficie, diez, la mayoría, usan entre 20 y 40, y solo dos entre 14 y 20, y la que resta se reduce a 9 unidades de superficie.
Las parcelas descritas son 108, que acumulan 660,5 fanegas, lo que daría una explotación tipo relativamente grande, 6,12 fanegas. Es la consecuencia de que haya parcelas anormalmente extensas para no tratarse de labores. El cortijo de mayor extensión utilizada reservó una de nada menos que 48 unidades de superficie, que la fuente clasifica expresamente como pegujal. Su tamaño es anómalo para este hecho, pero nada impide aceptar su clasificación. El pegujal es una relación, cualquiera que sea su tamaño.
También hay parcelas cuyo tamaño está comprendido entre 13 y 20 unidades de superficie. La alta frecuencia de los tamaños pares entre 6 y 12, relativamente altos para estas situaciones, más los casos singulares de los impares intercalados, da como resultado la concentración en este grupo de 33 casos, un tercio del total. Sin embargo, como es regular en el tipo, la mayoría de las parcelas, 57, la mitad, como es habitual se agota con los tamaños 2, 3 y 4, con una frecuencia de casos casi idéntica. Tanta diversidad y tan alta frecuencia relativa de tamaños altos son señal de adaptación a la demanda y prueban la proximidad material entre cedente y cedido
La relación entre número de parcelas en las que se fragmenta el espacio de cada unidad de producción y su extensión es directa. Por eso son más frecuentes las unidades divididas entre 4 y 6 parcelas, y solo hay un par de casos de relativa importancia, las dos unidades mayores, que dan origen a 18 y 17.
Como poseedores de estas unidades de producción aparecen tres apellidos relacionables con el patriciado, que por tanto en aquel momento no serían labradores. Es posible que lo fueran en año de espera, que nunca lo hubieran sido o que hubieran retrocedido a la posición campesina.
El caso de don Diego Martínez parece el más expresivo del labrador en transición. Posee un cortijo, identificado por su topónimo, a partir del cual compone once parcelas de entre 15 y 2 unidades de superficie, hasta sumar un total de 58. La mayor, a cierta distancia de las demás, pudo ser la que se reservara para sí, y el resto las que cediera. Que no se jerarquice el enunciado de las parcelas y que el número de las que tendrían otros sea alto excluye la posibilidad de que se trate de parcelas remuneradoras de trabajadores en su posible explotación.
Los otros dos pudieron ser patricios en un estado distinto al de labrador. De las dos hazas que poseen, ninguna de las cuales llega a las 40 unidades de superficie, solo constan parcelas de tamaños por debajo de 10. No parece que alguno se hubiera reservado una extensión por encima de las otras, si es que se reservara alguna. Los dos habrían preferido la cesión de toda la tierra disponible a cambio de prestaciones. Si hubieran explotado alguna de aquellas parcelas, serían campesinos, a pesar de las relaciones familiares que le hubieran valido el acceso a lo que parecen dos desprendimientos de cortijo; y si no, se habrían instalado en la condición de rentistas.
Directamente relacionado con la plenitud del patriciado está el cortiujelo, un bien patrimonio del municipio, del tipo que se solía llamar de propios. Parcelado, daba origen a otra forma de acceder a las mismas relaciones. Su espacio era repartido entre los aspirantes al suelo agrícola municipal valiéndose del sorteo. Así se representaba la ecuanimidad de quienes se reservaban el poder público más inmediato. Pero en 1771 este ejercicio de justicia distributiva tuvo un alcance muy limitado. Nada más que en 17 parcelas se dividió su espacio, y en módulos en desiguales: de 18, 10, 9 (en dos pedazos), 8 (3 parcelas), 6, 5 (2), 4 (6), 3 y 2.5 unidades de superficie. El municipio, antes que ser rigurosamente igualitario, ofertando las 106,5 unidades de superficie del cortijuelo en parcelas de extensión única, habría preferido adaptarse a una demanda dependiente de la capacidad de sus medios para cultivar la tierra.
Quienes permanecían en la condición de campesinos del común y se decidieron por aprovechar el suelo útil parcelándolo ingeniaron otras relaciones. En el cortijo que se aprovechan 161 unidades de superficie, el extraordinario tamaño de la parcela que alcanza las 48 unidades convivía con otras 17, buena parte de ellas (5) de 12 unidades de superficie, pero otras de 10, 8, 7, 4 o 2. El cortijo además tenía su propia huerta, y en ella un fenómeno que no es singular: otra de las parcelas dedicadas a cereal, de solo una unidad de superficie de extensión.
Diversas situaciones podrían haber convergido en aquel estado complejo. La existencia de la huerta nos pone sobre la pista de al menos una cesión prolongada en el tiempo, algo ya infrecuente en la segunda mitad del siglo XVIII. Tendríamos que admitir por tanto como más probable que la posesión de todo el espacio útil aquel año pudiera estar sostenida por la tenencia directa, a partir de la cual el cedente de las parcelas contaría con la garantía de reservarse una explotación propia, que en este caso sería la parcela de 48 unidades de superficie. Su convivencia con una oferta de fragmentos de espacio adaptada a una demanda diversa es una invitación a tomar las combinaciones que en otro lugar hemos llamado labor secundaria más pegujales autónomos como un hecho muy próximo a este, si no idéntico.
En el cortijo que poseen los que suponemos hermanos Juan y José Ortiz, el espacio útil es de 66 fanegas y está fragmentado en diez parcelas. La mayor, de 20 unidades de superficie, de casi el doble que la siguiente de mayor tamaño, puede interpretarse como la que explotan los Ortiz, en el límite entre pegujal y labor modesta. La oscilación del tamaño de los otros y que no se atengan a jerarquía es indicio de mercado abierto que apela al espectro completo de los campesinos, desde los que en la documentación se llaman pelantrines y haceros (parcelas de 11 y 12 unidades) hasta los pegujaleros en sentido estricto (parcelas de 2, 3, 4 y 6).
El haza de San Bartolomé en La Palmilla parece el desprendimiento de un cortijo que también tiene su origen en la propiedad, no en la cesión transitoria. Pero la situación aparenta ser más compleja. Cinco de las seis parcelas están en el haza, en tierras que tenía Alonso Alcalá, quien se habría quedado para sí con una de 10 unidades de superficie y habría cedido las otras cuatro, de entre 2 y 4. La otra, de 12, está en el cuartillo de La Palmilla, que sería una fracción del haza. Alcalá pudo tener dividida su pequeña labor en dos parcelas, o una de las de mayor tamaño dio origen a un pelantrín.
El haza de Francisco Esteban, de la que se utilizan 33 unidades de superficie, divide su espacio en 7 parcelas de una manera muy equilibrada: cuatro de 6 unidades de superficie, una de 5 y dos de 2. Tal vez no sea desacertado pensar que pudo tratarse de una iniciativa solidaria o cooperativa. Francisco Esteban sería la cabeza legalmente comprometida de un grupo de campesinos que hacen frente en común a los costos y las posibilidades de una cesión de tierras.
Las parcelas que son denominadas en conjunto como hazas descarriadas son cuatro que suman poco más de 30 unidades de superficie, dos del tamaño que tentativamente hemos tomado como propio de pelantrín (15, 10) y otras dos del característico de los pegujales (de 4 unidades). Por la manera de identificar el conjunto se puede pensar que fueran parcelas dispersas. Pero, en ese caso, no tendría sentido reunirlos en esta parte del registro. Es más probable que se trate de un topónimo que alude a un grupo de hazas alejadas.
En el haza de los Abades se ocuparon 31 unidades de superficie útil para dar origen a 5 parcelas, dos de 8 y tres de 5. Es posible que se trate de un haza identificada por el nombre de su propietario institucional, y no por su topónimo. Se puede pensar que el dueño hubiera decidido ceder en parcelas regulares al mejor postor una tierra que no había encontrado acomodo entre los que la pudieran necesitar para completar una labor. Las parcelas son de un tamaño algo superior al común. Sus ocupantes pudieron ser campesinos de los más capaces, dotados de los medios que les permitieran pagar más renta.
En el cortijo de Rojas, con 27 unidades de superficie útil dividida en 4 parcelas, la primera (de 19 unidades) mucho mayor que las otras, podría tomarse también por una labor modesta, sobre todo por su relación cuantitativa con las otras tres, que son pequeñas (3 y 2). También en un haza de Juan Mozo, con 4 parcelas que aprovechan 24 unidades de superficie, la primera de 14, cuyo tamaño más que duplica al siguiente, puede interpretarse como la discreta labor de quien le da nombre, y las demás como cesiones de entre 6 y 2 unidades condicionadas por renta o por trabajo. Y es similar el cortijo de Conejo (4 parcelas, la mayor de 13, y las demás pequeñas, de 4, 3 y 2). La suma da un tamaño de superficie utilizada (22 fanegas) que no contradice el aprovechamiento parcial del cortijo.
El caso de Antonio Salgado, que posee el haza de Los Borriqueros, parece algo distinto. Se puede pensar que Salgado, que la tiene por cesión (el haza está en Antonio Salgado, dice la inscripción), ha decidido explotarla fragmentando las 19 unidades de superficie útil de las que dispone, que tal vez no han podido sumarse a una labor o que se ha decidido no barbechar, en 5 parcelas de 1, 3 (2) y 6 (2) unidades, estas de un tamaño algo superior al común cuando se trata de pegujales. Si el haza está identificada primero por el nombre de su poseedor presente, y no por su topónimo, Los Borriqueros identificaría a un grupo dedicado a otra actividad que recurre a la tierra para disponer de un suministro de energía.
El haza de José Villarín solo recurre a 9 unidades de superficie útil, que se fragmentan en cuatro parcelas de entre 1 y 3 unidades. El poseedor identificado puede ser uno de los que tiene una de las cuatro parcelas y el responsable de la adquisición del haza. De la de Quebrantavigas y Las Lagunillas solo podemos decir que en 1771 se pusieron en cultivo 40 unidades de su espacio, y de la que se conoce como haza de la Gallega, de 24 fanegas, la personificación permite identificar a un personaje cuyas tácticas son lo bastante conocidas como para que la administración de la décima no se vea en la necesidad de especificar nada más. Ofrecía alojamiento a inmigrantes de temporada, incluyendo la cesión de parcelas bajo las condiciones de los pegujales.
En el paraje conocido como Cortes, donde se concentraban unidades de producción de distinto tipo, todas probablemente provenientes de un primitivo donadío, cuya propiedad se habría ido dividiendo, se aprovechan en dos hazas 14 unidades de superficie, que dieron origen a dos parcelas, una de 9 unidades de superficie, y la otra en el cercado de la Fuente del Álamo, de solo 5. El cercado obliga a pensar en un área donde la presencia del ganado era regular. Pudo tratarse de tierras con esta dedicación preferente, si bien asociadas a una explotación agropecuaria compleja.
Las deudas de una casa
Publicado: enero 30, 2022 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Un patricio, llamado don Andrés de Medina y Figueroa, poseía todos sus bienes en comunidad, sin posibilidad de dividirlos, con otros dos, estos a su vez relacionados entre sí, tal como permite reconocer el apellido que comparten (Roales). Se trataba de un patrimonio interesante. El inmobiliario era una casa, unos olivares, un molino, una huerta y un cortinal.
De la casa solo podemos pensar que era de cierta entidad, porque su utilidad estimada, 750 reales, era alta. Si era la que habitaba, lo que es probable porque se trataba de la única sobre la que tenía propiedad, tal vez la disfrutara con sus consocios, en cuyo caso sería legítimo suponer que el origen de la sociedad patrimonial pudo ser algún parentesco común, que los habría constituido en herederos con idénticos derechos sobre un lote de bienes que debía permanecer inalterado, lo que, a primera vista, la nula coincidencia de los apellidos de nuestro patricio con el de los dos hermanos no permite afirmar.
El núcleo de los bienes eran los olivares, 44 6/8 aranzadas, repartidas en 28 1/8 en el pago llamado El Retamoso, repartidas en cinco parcelas, 12 ½ en La Platera en tres y 4 ¼ en Valsequillo en una. Todo el olivar era de primera y estaba en plena producción, a excepción de una de las parcelas en La Platera, de 5 aranzadas, cuyos olivos eran nuevos y aún no producían, y en la que además había dispersos 12 pinos.
La explotación de los olivares la complementaba un molino, con almacén de 3.000 arrobas, levantado en las tierras de El Retamoso, que serían el centro de las unidades de producción de este cultivo. En las mismas tierras además habían habilitado una huerta de 2 fanegas, regada con noria de sangre, que producía hortaliza ininterrumpidamente y en la que había dispersos 75 frutales indeterminados y 9 naranjos.
Completaba el lote de los bienes inmobiliarios el cortinal, suelo de uso agrícola hurtado al espacio urbano, de 4 ½ celemines de superficie, que, como era habitual, se dedicaba a producir cebada ininterrumpidamente en las inmediaciones de la población donde vivían.
A todo esto sumaban una importante cabaña ganadera. La de trabajo estaba formada por 147 bueyes y becerros y 33 vacas madre en la parte bovina, la que cargaba con la masa de trabajo de la explotación, el de arada; 6 machos mulares, que solo podrían contribuir a trabajos suplementarios y 24 jumentos, reservados para el transporte de proximidad. Para la cría caballar disponían de 24 yeguas, que se aplicaban también a trillar cuando llegaban los agostos, y 6 caballos padre. Solo las hembra de ambas especies se evaluaban como fiscalmente útiles porque cada año podían concebir y sumar ejemplares a sus respectivas cabañas, aunque los machos, reservados exclusivamente para el trabajo o la procreación, fueran los más productivos.
Su cabaña de cría era ovina y disponía de 1.200 ovejas de vientre, 150 carneros padre y 375 borregos. Cuando se traba de ovino de cría, además de las madres, eran fiscalmente útiles los borregos porque su destino era la renovación de la cabaña productora de lana, lo que a su vez los convertía en un bien fácilmente comercializable. El suplemento ganadero doméstico, destinado al autoconsumo y al pago de las adehalas, lo proporcionaban 9 puercas de vientre y 36 puercos, en su mayor parte de cebo. Y como explotación subsidiaria, probablemente instalada en las tierras de olivar, mantenían 33 colmenas.
Pero simultáneamente se vieron obligados a importantes endeudamientos. En 1750 estaban pagando ocho créditos que se atenían a la fórmula reglada, la censal, respetada para los créditos que se acordaban sin subterfugios. Lo certifica que fueron declarados expresamente bajo esta modalidad y que todos se ajustaron al 3 % legal entonces vigente. El tipo de interés también los aparenta próximos en el tiempo, en cualquier caso suscritos entre 1700 y 1750. Es por tanto posible que todas estas deudas fueran contraídas en hacía poco para mantener las actividades que permitían el patrimonio heredado bajo las condiciones de indivisibilidad.
Seis de los ocho créditos se negociarían en ducados, la unidad mayor del sistema monetario contable. Las cantidades ingresadas estuvieron entre 9.900 reales, o 900 ducados y 1.100 reales, o 100 ducados. Los préstamos menores, de 1.100 y 2.200 reales, se reiteraron, y los intermedios fueron de 8.250, 4.400 y 3.500 reales. En total proporcionaron a la casa 32.650 reales. A cambio, debía pagar anualmente un total de 909,5 reales de intereses, una cantidad asequible para los ingresos que pudieran proporcionar los bienes que poseían si eran puestos a producir.
Los prestamistas fueron tres conventos (el de carmelitas calzados, casa grande de la capital, 8.250 reales; el de carmelitas descalzos del lugar donde vivían, 4.400 reales; y uno de clarisas, también de la población, 1.100 reales); dos patronatos (el de Alonso de Lora, 2.200 reales; el de don Juan de Romera Montesdeoca, 1.100 reales); un hospital (de San Pedro, 3.500 reales); una cofradía (del Santísimo de San Pedro, 2.200 reales); y un prestamista, don Pedro Girón, vecino de Ronda, de quien se obtuvo el crédito más importante, 9.900 reales.
Los bienes hipotecados fueron la casa para dos de ellos (9.900 y 2.200 reales), una parcela de 9 ½ aranzadas de olivar para tres (2.200 y dos de 1.100 reales), otra de 4 ¼ para uno (4.400 reales) y todos los bienes para otro (8.250 reales). El crédito de 3.500 reales recayó solo sobre la tercera parte del molino y la huerta que correspondían a don Andrés. Debió tratarse de un crédito personal, que por tanto podemos relacionar antes con el gasto suntuario que con el productivo.
Como gravamen cuya modalidad no se especifica consta además un pago anual de 27 ½ reales a un convento de agustinas descalzas, cargado sobre la casa. Tal vez fuera una carga piadosa, aunque su denominación se ajusta a la adquisición al 5 % de 550 reales o 50 ducados. La fórmula piadosa pudo encubrir un crédito comprado a un precio por encima del legal.
El registro atribuye además a nuestro patricio un oficio de regidor, el bien que permitía acceder al gobierno de una población. No es suficiente para afirmar con certeza que era una propiedad exclusivamente suya. Pero aunque no la compartiera con los dos hermanos, tal como los demás bienes, sería igualmente útil a los fines de la casa común.
La coincidencia de la indivisibilidad del patrimonio heredado con la dedicación preferente a la labor de estos patricios, permite trazar el perfil de las casas que se veían obligadas a endeudarse para mantenerlas ocupando las primeras posiciones de la actividad y de la preeminencia pública.
La base de la actividad de la casa que lideraban sería una labor, para cuya puesta en cultivo disponían de una importante cabaña ganadera. Con unos 150 animales de fuerza podrían aspirar a unas 900 unidades de superficie, que tendrían que obtener por vía de cesión porque entre las heredadas no las había campas. Para alcanzar tan alta potencia, exclusiva de las primeras casas agropecuarias, tendrían que tomarlas en arrendamiento.
La industria agroalimenticia podría sostenerse a sí misma sin dificultad, y la explotación del ovino, cuando el acceso a la tierra no cultivada estaba garantizado por los derechos de la comunidad campesina que habían logrado sobrevivir, siempre sería en alguna medida rentable. Pero el azar de la producción de los cereales, que coincidía con la más alta competencia del sector agrícola, no siempre les garantizaría la rentabilidad que la continuidad necesitara. La financiación, vía crédito, sería para ellos inevitable.
Era sobre todo el olivar heredado el que les proporcionaba el aval que necesitaban para endeudarse. A su alcance tenían instituciones de crédito promovidas por la red de las familias patricias, justamente promovidas para que actuaran como el amortiguador financiero que la continuidad de sus actividades necesitaba.
Control de los mercados
Publicado: enero 25, 2022 Archivado en: Felipe Orellana | Tags: economía agraria Deja un comentarioFelipe Orellana
A primeros de marzo de 1750 se tomaron las primeras decisiones aconsejadas por el estado de las sementeras. Según la instrucción para el gobierno de los pósitos, en aquel momento debía comenzar la segunda fase de su actividad anual. Había que repartir la mitad del trigo que hubiera en los graneros para contribuir a las faenas de escarda y barbecho, siempre que el tiempo estuviera siendo regular y las sementeras se encontraran en sazón y de buena calidad, así como que el trigo almacenado no se necesitara para el abasto diario de los pueblos.
El año anterior, en uno de los municipios desde los que observamos estos hechos, a principios de marzo habían emprendido las gestiones para repartir la mitad del trigo que había en el pósito, el que había sobrado del reparto para la sementera del otoño, y así se había ejecutado. Sin embargo, el 7 de marzo de 1750, después de invocar la instrucción para los pósitos, su cámara de gobierno argumentó que por el momento lo que se constataba era que las sementeras, a causa de la falta de agua que se estaba sufriendo, estaban en peligro, hasta el punto que creían que si no llovía era posible que se perdiera todo lo sembrado. Por esto, y previendo las consecuencias que esto podría tener más adelante, y mientras no lloviera lo suficiente para que las sementeras se pusieran en sazón, de modo que hubiera esperanza de cosecha, se suspendía el obligado reparto del trigo del pósito.
En otro lugar se prefirió ignorar la dirección en la que iba apuntando la fenología, o quizás no fue posible contener la presión para que se procediera al reparto de escarda y barbechera. Para el 12 de marzo, algunos de los interesados en él ya habían instado a que no se retrasara más, contando con que el juzgado de los pósitos, anexo a la primera autoridad de la región, que también habría preferido atenerse a la rutina, ya había promulgado el decreto que lo ordenaba. Los más urgidos incluso habían presentado memoriales demandándolo, y en respuesta a tan apresurados solicitantes ya se les había adelantado una cantidad, estimada con prudencia por conjetura, a cuenta tanto del repartimiento que se iba a hacer como del que habría de hacerse en mayo siguiente.
El corregidor, sin oponerse a estas decisiones, aunque previendo sus consecuencias, quiso que las circunstancias se tuvieran presentes cuando más adelante se hiciera la cuenta del trigo del pósito que habría que completar, para que la distribución fuera correcta, tras lo cual aquel mismo día 12 dio su aprobación al reparto. De su ejecución tendrían que ocuparse los dos regidores que había diputado el gobierno de la ciudad que ya habían hecho el de la sementera.
Pero poco después, el 17 de marzo, los directores de rentas provinciales, los más atentos desde la administración central a lo que estaba ocurriendo en el sudoeste durante aquellos meses, dictaron un amplio programa de inspiración mercantilista con injertos de librecambio, destinado a sacar partido a la situación que se viviría a partir del momento en el que los hechos cambiaran radicalmente de dirección. Empezó a ser conocido oficialmente en las poblaciones meridionales una semana después, y vino a completar las órdenes del gobernador del consejo de Castilla de 31 de marzo, que luego, los días 7 y 14 de abril fijaron definitivamente la nueva posición del poder central sobre la circulación de los granos.
En síntesis, valiéndose de la necesidad de hacer frente a la pérdida de las cosechas en perspectiva, mandaban que a los granos no se les diese precio fijo, sino que se vendieran a lo que el tiempo diere; que no se impidiera el tránsito de los granos de un pueblo a otro, para que mutuamente se socorrieran; que no era conveniente que se hicieran registros de granos; que, siendo justo el derecho de tanteo que cada pueblo tenía a los frutos cogidos en su territorio, pagándolos en contado, no lo era ni se debía permitir que los de fuera parte que se condujeran de unos pueblos a otros se detuvieran ni entorpecieran en los tránsitos, porque los que estuvieran distantes perecerían.
La recepción de este programa en los municipios del sur no fue inmediata. El 24 de marzo, en una reunión de gobierno de uno de ellos, se tomaron por cuenta propia las primeras decisiones que afectaban al control de sus mercados del grano. Pretendían contener en todo lo posible los efectos negativos de lo que ya estaba ocurriendo, la contracción de la venta de la materia prima para la fabricación del alimento básico. Para impedir los daños y perjuicios que de la situación que se vivía se podían derivar para la población común, o por lo menos conseguir que sus pobres habitantes jornaleros encontraran socorro, se propusieron dos cosas: moderar los precios del pan y demás semillas que servían como alimento humano y garantizar que ambos abastecimientos no faltaran diariamente.
El fuerte control público del mercado del pan, que alcanzaba hasta sus menores detalles, pretendía alentar cuanta concurrencia fuera posible. En el centro de esta estrategia estaba el control de su precio, cuya formación desde antiguo se podía controlar porque la ley tarifaba el rendimiento del cereal panificable en harina, masa y pan, por este orden y en unidades de peso. Calculados sus costos, se les añadían gastos diversos, los más importantes los salarios o los beneficios del molinero, y los de cocción, este último derivado del precio de la madera. Además, se consentía un beneficio modesto a los panaderos.
Cualquiera de estos cálculos partía de que en los mercados se ofertaban distintos tipos de pan, cada uno de los cuales tenía una composición, y por tanto un precio ya consolidado. De ahí que en el fondo las oscilaciones dependieran del precio del grano, y que la iniciativa política se concentrara en lograr que el grano fuera barato para que también lo fuera el pan.
Pero no era fácil conseguir que las cosas ocurrieran según esta secuencia causal. El cambio de precio de la materia prima escapaba a cualquier control administrativo, y no siempre que el grano era barato también lo era el pan. Y nada impedía que invariablemente la escasez de granos impulsara al alza los precios de los productos de la panadería.
Para evitar los efectos de todas estas fatídicas razones, una de las iniciativas habituales de las administraciones era que el cambio en el precio de la materia prima fuese compensado con un cambio de peso en el tipo de pan correspondiente, por lo que el precio podía permanecer nominalmente invariable. No dejaba de ser una componenda grosera, pero podía evitar tensiones y protestas.
Otra era tarifarlo, lo que era factible allí donde, como en Castilla, estaba dentro de lo posible imponer la tasa del precio de la fanega de cereal, el viejo instrumento de intervención en el mercado del grano cuya vigencia no se revisaba desde principios de siglo XVIII y que a mediados ya nadie respetaba. La tarifa para la libra de pan que fijaban los municipios la tomaba como referencia para hacer las deducciones de rendimiento en harina, masa y pan, y regulaba el margen para el beneficio del panadero aplicando la regla del maravedí por real: por cada real que el precio del trigo aumentara, el panadero podía incrementar un maravedí para asegurarse su tasa de beneficio, 1/34 o 2,94 %. Como el pan se cotizaba en cuartos por libra, según calidades, con la tarifa del maravedí por real, que al parecer fue estable y duradera, las diferencias de precio entre las calidades del pan no podían ser grandes.
Pero la fuerza del precio del cereal era tanta que se imponía por encima de la tasa. Entonces las autoridades locales debían recurrir al control de la compraventa del pan, su arma exclusiva, justo para contener la libre concurrencia de abastecedores que pretendía. Su preocupación no se dirigía solo a contener el precio. Sobre todo pensaba en su capacidad para financiar sus oscilaciones.
En 1734, año de escasez de grano, una población había contratado con un comerciante de la capital un suministro de trigo de la mar, eufemismo destinado a referirse al trigo almacenado por los grandes comerciantes. Había alcanzado el precio de 42 a 43 reales cada fanega, muy por encima de la tasa, y su rendimiento fue estimado de 21 a 24 hogazas de pan de a tres libras. Las autoridades, que habían comprometido el dinero público en la compra, directamente obligaron a modificar el precio del pan. Hasta entonces se había vendido a 40 maravedíes la hogaza. De mantenerse este precio, calculó el gobierno local, solo se ingresarían por cada fanega unos 22 reales (en realidad, entre 24,7 y 28,24 reales). Temía que por esta casusa se originara en las arcas públicas una quiebra tan grande que los arbitrios que pudieran imponerse para enjugarla no podrían resanarla. Para salir al paso de la amenaza, decidió que a partir del 14 de julio siguiente se vendiera a 60 maravedíes la hogaza de pan blanco y a 30 la de bazo, el pan que se elaboraba con salvado. Con los rendimientos que así se podían conseguir, los panaderos obtendrían un ingreso de entre 42 y 43 reales por fanega, correspondientes al precio de la fanega de trigo de la mar que se había contratado con el comerciante de la capital que lo había suministrado. Para esta ocasión, el margen de beneficio del pandero quedaría por tanto relegado.
Una vez que se decidía ejercer el poder municipal sobre el mercado de una manera tan directa, tampoco era infrecuente que el precio del pan fuera la consecuencia inmediata de la posición de monopolio que la autoridad local llegaba a ocupar en el mercado local del trigo en las situaciones críticas. El instrumento permanente del que disponía para conquistarla eran los pósitos municipales. El procedimiento que se seguía para su formación, que les daba preferencia en la adquisición del grano, les garantizaba esa posición cada vez que la oferta de grano se contrajera. Estaba entre las funciones previstas para la institución que cuando había problemas para el abasto de pan a las poblaciones se recurriera a su trigo para destinarlo al consumo público antes que repartirlo entre las explotaciones para que lo invirtieran en sus trabajos; un monopolio podía complementar con otro que no era del todo ajeno al del pósito, el del peso de la harina, que en las poblaciones meridionales podía ser un bien de propios.
Tan drástica intervención, sin embargo, podía ser paradójica. En condiciones de alza de precios, el pósito debía concurrir a las compras ateniéndose a los del mercado, aun habiendo tasa. En contra de lo que proclamaban las autoridades públicas, el ejercicio de su monopolio podía contribuir al incremento del precio del pan y la consiguiente contracción de la demanda, y si optaba por sostener la demanda de pan a bajo precio podía llevar la institución a la ruina.
Cualquiera que fuese la táctica de las administraciones, o la situación que se viviera, el ingenio ya las acosaba con sumarias composiciones teóricas, alguna de ellas germen del primer pensamiento liberal hispánico y otras precursoras de Malthus. Había quienes pensaban que si se conseguía que el grano fuera barato para que también lo fuera el pan sería perjudicial al fin que se perseguía. La reducción del precio del pan causaría desempleo agrícola y emigración de trabajadores de la agricultura, que en las grandes ciudades se convertirían en mendigos y vagabundos. Y si la solución por la que se optaba era subvencionar el pan mediante cualquiera de las formas de intervención en su mercado, se provocaría un incremento excesivo de la población, en especial de la inmigrante.
Tal como estaba transcurriendo la estación, era obligado actuar en algún sentido. Aquel mismo 24 de marzo el órgano de gobierno del municipio, por iniciativa de su corregidor, para orientar las primeras decisiones complicadas, comisionó a uno de los regidores que iban a formar parte de su junta de granos local (el órgano, de acuerdo con los propósitos declarados en su formación, cuyas acciones debían abarcar todo el campo del comercio sin dispersarse) para que se ocupara de que el abasto de pan no faltara a su población. Se le encargó que hiciera una lista con los panaderos que diariamente la abastecían de grano y cuidara de que se proveyeran de trigo, para que no hubiera falta alguna al menos hasta el siguiente sábado. También acordó la búsqueda de suministros de trigo, y para el caso de que no se encontrara, que se sacara del pósito el que fuera necesario, teniendo en cuenta que se debía evitar que sus fondos se agotaran.
Al imponer unas condiciones legales a la compraventa del trigo, y a la vez irrumpir en el mercado con la reserva del pósito, quedaría en manos del municipio el mercado local de los granos. Así conseguiría garantizar el abasto de pan, el problema político inaplazable al que debía hacer frente cada autoridad local. Antes o sobre cualquier creencia, idea o iniciativa, le preocupaba que la opinión sobre la esterilidad, prejuicio común que las rogativas elevaban a verdad categórica, al tiempo que contribuían al alza de los precios del trigo, provocara también el encarecimiento del alimento primario, lo que sería un justificado motivo de inquietud. La cámara de gobierno dio las gracias a su corregidor por lo mucho que se había esmerado y esmeraba en el alivio de la población.
Aquellas decisiones fueron completadas con las que tomó el 28 siguiente su junta de granos durante el primer consejo que celebró. Acordó hacer la lista de los panaderos, la que el ayuntamiento ya había encargado a su diputado. Los comisionados para que la ejecutaran debían emplearse en ajustar y controlar el trigo que recibiera cada día cada uno y en llevar un registro del pan que cada cual pusiera en venta. Tendrían además que vigilar que ofertaran pan en correspondencia a la cantidad de fanegas de trigo que cada uno adquiriese, para que, en caso de que observaran algún defecto, dieran cuenta a la junta, que entonces debía actuar. Para facilitarles el trabajo, además decidió restringir los lugares de venta del pan a dos, la plaza central de la ciudad y la que había en la zona hacia la que se había expandido la población.
Pegujales autónomos asociados a labores
Publicado: enero 7, 2022 Archivado en: Alain Marinetti | Tags: economía agraria Deja un comentarioAlain Marinetti
También había labores de todos los tamaños, emprendidas sobre cortijos y hazas, cuyos pegujales huéspedes se constituían exclusivamente como explotaciones autónomas. En el registro se deducen porque el número de los adscritos a cada labor suele superar la decena, son de un tamaño superior al característico de otras condiciones y nunca se enuncian jerarquizados.
Se atienen a este tipo 3 labores dominantes. Los 75 pegujales que ceden probablemente estén localizados en 4 áreas de sus 6 unidades de producción. Suman 418,5 fanegas, menos de la mitad del espacio que entre todas dedican a sus labores.
Según nos adentramos en el campo de los pegujales autónomos, el valor relativo de los tamaños mayores se va incrementando hasta alcanzar el límite de la rentabilidad óptima. También se amplía el espectro de los tamaños de las explotaciones menores, de donde se deduce que los cedentes se adaptan a la demanda, pero nada vence a las más características, sobre todo a las de 3 fanegas.
No hay duda de que un pegujal de 30 fanegas corresponde a la iniciativa de uno de estos tres labradores. Podría parecer inadecuado considerarlo un pegujal, y que tal vez tendría que pasar a la categoría de las labores menores. Cuando se trata de pegujales el problema no es de tamaño, sino de relación. Si la tierra se toma de quien a su vez la ha conseguido por arrendamiento, el cedido está incurriendo en una condición subordinada que si por escrúpulos parece inadecuado llamarlo pegujalero, por consideración al tamaño de su explotación podría tomarse por pelantrín o, circunstancialmente, porque la parcela se localice en el eriazo, por la de manchonero. Pero cualquiera de estas otras dos posibilidades contaminaría la relación que da origen a la pequeña explotación con factores modificantes ajenos a ella, como la tenencia directa en el caso del pelantrín, que de existir negaría la condición que está en el origen del pegujal, o una excepción al sistema, la que toleraba que al manchón se le requiriera una cosecha. Solo se podría tomar por labor del último rango en caso de que el labrador origen de la relación hubiera constituido su explotación por tenencia directa. Pero ni aun así se extinguiría del todo el rastro de las relaciones que origina el pegujal. La explotación menor estaría incluida en un espacio en el que domina una labor, a la que de alguna manera quedaría subordinada, aunque solo sea porque la explotación menor debe alojarse en las tierras que haya decidido quien tiene la unidad de explotación.
Solo una de estas tres labores está regentada por un patricio, don Juan de Briones Saavedra, cuyo cortijo mantenía una labor de 480 fanegas. Es, entre los de esta clase, quien menos pegujales cede, 17, y quien concede un mayor peso relativo a la labor. Su comportamiento es anómalo. De acuerdo con el estilo patricio, tendría que haberse servido de la cesión de pegujales por trabajo. Pero la secuencia de los valores que se refieren a los que cede no deja lugar a dudas: su descripción no se atiene a la jerarquía regular de los pegujales por trabajo.
Pudo recurrir a la fórmula más servil, ceder pegujales y obtener al menos parte del trabajo estable que necesitara su labor, el que habitualmente proporcionaban los temporiles cualificados, a cambio de la cesión de pegujales. Quienes los trabajaran mantendrían su explotación y prestarían los servicios que les demandara el señor de la labor cuando juzgara oportuno. Aunque se situara al margen del buen estilo de cortijos, se esforzaría por mantener la apariencia patricia.
Las otras dos labores de este grupo, probablemente, más que en manos de campesinos en expansión, que en parte tendrían que serlo, son iniciativa de dos negociantes de fortuna o aventureros.
La Miñana mantiene una labor de 270 fanegas en una unidad de producción, y cede 19 pegujales que suman justo 99 fanegas. Tal vez tenga sentido especulativo que La Miñana ceda exactamente esa cantidad de superficie, aunque también se puede pensar que ceder en torno a 100 fanegas sea un patrón cuando se trata de grandes unidades de producción en las que se emprenden grandes labores. Ya hemos visto otros casos que detienen su declaración de superficie justo en las inmediaciones de esa cifra.
La posición de La Miñana en el mercado de los pegujales es probable que esté cerca de la que personifica La Gallega y su haza, una mujer que captaba tierras para cederlas asociadas al alojamiento de los inmigrantes que procedían del norte de la península. Del vínculo que pudiera haber entre ambas tal vez haya quedado retenido algo en sus respectivos epítetos. En Corominas, voz meñique, miñona tiene como antecedente inmediato el menino del portugués, en el que ha conservado el sentido de persona pequeña.
Juan Rodríguez Colmillo parece aún más entregado a la manera hábil de emprender el negocio. El registro inscribe como suyos cuatro cortijos, de los cuales quizás solo uno lo tomó íntegramente, mientras que de los otros tres solo tendría hazas. Su labor más racional sería la que sumara las cuatro unidades porque estuvieran contiguas, una posibilidad a la que se opone el número de las tomadas, excepcionalmente alto.
Del mismo modo que localizaría en distintas áreas su labor, también separa en por lo menos dos zonas los pegujales, a propósito de los cuales también es desmesurado. Cede casi 40. De ahí que se pueda pensar que su acaparamiento expansivo de tierras quede fiado a la ventura de su complejo empresarial, que tendría que contar tanto con el producto de una labor grande, de 359 fanegas, como con el beneficio que pudiera proporcionarle la fragmentación del espacio disponible para ceder casi 40 pegujales.
Indica el triunfo de la captación de renta a través de los pegujales que la suma de su labor dé una cifra que no es redonda, en contra de lo habitual. Es más, se podía esperar de Colmillo que descargara el peso de sus proyectos sobre la cesión de pegujales. Si no admitió más, tal vez fuera porque no hubiera más candidatos a tomarlos.
Como simultáneamente mantenía una labor de gran tamaño, su rentabilidad pudo obtenerla ateniéndose al espectro más amplio de posibilidades, dada la magnitud de las cesiones de pegujales. El dador de parcelas pudo ingresar por trabajo a cambio de tierra, por intercambio de servicios entre labor dominante y pegujal, por prestación de servicios a los pegujales y por el pago de una renta en el caso de la relación más expeditiva. En cualquiera de los casos, es seguro que el de Juan Rodríguez Colmillo es uno de los casos más definidos del comportamiento especulativo en el mercado de los pegujales.
4 labores secundarias que se atienen a este patrón. Nos falta el nombre de uno de sus labradores, y el apellido de otro (Caro) podría tomarse como propio del patriciado. Pero como carece de tratamiento parece que se trata del miembro de una rama familiar sin conexión con la patricia. Como solo uno de los cuatro ostenta esta condición, parece que definitivamente vamos abandonando escalas y dominios en los que el patriciado prefiere comprometer sus relaciones mediante la tierra.
Dos se sirven de tres unidades de producción distintas repartiéndolas de manera bastante equilibrada, y todos ceden 10 o más pegujales, hasta sumar 81 y 454 fanegas, y parece que no están tan dispersos como en las tres situaciones precedentes, sino que ocupan de manera continua sus respectivas áreas en cada cortijo.
El tamaño 3 fanegas pierde posiciones y continúan incrementándose los valores algo superiores, sobre todo el inmediato superior, el 4, y el 6, que lo duplica. Los campesinos autónomos, según se descendía en la escala de la relación, cada vez arriesgarían más confiados a sus medios, y de esa manera empezarían a destacar los aspirantes a ocupar las posiciones superiores en el orden del campesinado.
A tanto llega su concentración en esta escala que por primera vez los términos están invertidos. Hay complejos en los que el tamaño de las labores queda por debajo del acumulado por los pegujales subsidiarios. El promovido por Francisco Díaz, aun siendo notable, es un buen ejemplo de este comportamiento. Mantiene 120 fanegas de labor y cede 241 para 44 pegujales. Está claro que prefirió ampliar todo lo posible el horizonte de la renta que se podía extraer a los campesinos más activos.
Por la forma en la que se presentan los valores del complejo de Francisco Caro se puede pensar que mantenía una labor con pegujales por trabajo. Pero son muchos los que cede y de tamaños oscilantes, algo que no es habitual cuando se trata de los reservados a los temporiles. Más bien parece que de antemano optó por el equilibrio. La cantidad de tierra reservada para labor está prácticamente en paridad con la cedida para pegujales.
Además hay 16 promotores de labores autónomas que toman la decisión de asociar a sus explotaciones pegujales que deben mantenerse con independencia, una cifra que más que duplica a la acumulada de labradores dominantes y secundarios de este orden, prueba directa de que en esta escala se concentra el tipo. Es verdad que la relativa abundancia de casos se beneficia de la separación convencional entre el grupo medio y el inferior a partir de la frontera 100 fanegas. Pero, aun así, la diferencia de frecuencias entre este nivel y los dos anteriores es manifiesta.
Aunque el patriciado, con una fuerza desigual, recupera algunas posiciones con tres de sus miembros, es la iniciativa de gentes del común que actúan como labradores, también con desigual compromiso, la que se impone según vamos descendiendo en la escala del acceso a las tierras. Conocemos por su nombre a once de los mínimos labradores del común que asocian pegujales a su labor: Francisco Blanco, Cristóbal Buiza, Juan Caballos, Juan Carvajales, Francisco de Castro, Juan García Matahambres, Pedro González Palmares, Juan Peña, José Pulido, José Rodríguez y Antonio Rojas.
Las 16 labores están comprendidas entre 90 y 21 fanegas, y las reiteraciones de un mismo tamaño para una parte de ellas puede ser indicio de un módulo (36, 30 = 6·6, 6·5). Según declaran sus responsables, ponen a producir 14 cortijos y 2 hazas, aunque por la extensión total que de ellos llega hasta el cultivo (labor + pegujales) una parte de las unidades no parece que entren dentro de lo que convencionalmente se llama cortijo.
El autor del registro suele utilizar esta palabra por antonomasia, aunque su sentido sea el de labor. También pudo ocurrir que fueran los propios declarantes quienes en busca de prestigio recurrieran al énfasis que espontáneamente se obtiene de la palabra cortijo. Es por tanto posible que en bastantes casos se trate solo de fracciones de ellos o hazas. No cabe duda de que era sí en el caso del haza de La Sancha, en su cortijo de La Mata de Uceda. También es seguro que José Rodríguez promovió su labor en una parte del cortijo de Los Sacristanes, y resulta aún más expresivo que una de las unidades que tuvo Juan García Matahambres se localizara en un cuartillo. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que se tratase de unidades de producción que, sin dejar de ser cortijos, se hubieran plegado al principio de las hojas de cultivo con disciplina, y que las sembradas el año en curso fueran las de menores dimensiones, lo que a su vez redundaría en beneficio de la tierra disponible para pegujales.
Quienes llevan las labores más modestas ceden 206 parcelas que acumulan 827 fanegas. Aunque todos busquen lucrarse cuanto puedan de las cesiones, no todos actúan de la misma manera. Pero cualquiera de ellos tiene que encontrar su lugar en un campo de fuerzas marcado por dos polos, uno que podríamos llamar estilo de cortijos moderado, en la medida en que no ha lugar a pegujales por trabajo, y el que ya hemos llamado estilo especulativo. Ninguno atrae en exclusiva a patricios frente a campesinos ascendidos a labradores o viceversa, y entre ambos extremos las posiciones que se ocupan difieren.
Los más próximos al polo moderado apenas se proponen intervenir en este mercado y prefieren confiarse a sus labores. Solo ceden uno o dos pegujales. Una labor de 40 fanegas con solo un pegujal de 16 en realidad podría componer una labor en dos parcelas separadas, aunque en el mismo cortijo. Y como una labor de 32 convive con otra de 20 más dos pegujales pequeños, es probable que el titular cediera una parte del espacio a un semejante, y además, por otro lado, los dos pegujales.
Juan Caballos era un labrador de una población contigua que aquel año emprendió una labor de 80 fanegas y cedió 10 pegujales. Además, otros vecinos de la misma población, quizás manchoneros, tomaron tierras en un cortijo que también había labrado el año precedente Juan Caballos, quien aún lo tenía y que para el año en curso al menos en parte lo cedió para dar origen a dos pequeñas labores y un pegujal.
Juan Carvajales actuó con una moderación tan modélica que cabría pensar que, aun siendo modesto labrador, cedió pegujales por trabajo, y la mención de unas tierras que solo son identificadas por su topónimo quizás sean una prueba de que se acometían proyectos circunstanciales, en una parte de un cortijo, que no encontraban la demanda de pegujales esperada.
La mayor parte estos labradores del último nivel se instala en una cómoda zona templada. La registran bien los valores en torno a 1,5 fanegas de labor por cada una de las de pegujal, donde igualmente se mezclan campesinos y patricios, estos algo más tendentes a la especulación. Como don Fernando Barba, quien tenía, por una parte, un cortijo, La Mata de Uceda, y por otra El Mármol, que eran lugares contiguos.
Por alguna razón prefirió organizar la explotación del cortijo del Mármol y La Mata de Uceda como empresas independientes; quizás, de nuevo, por no acumular las 100 unidades de superficie expresivas de un tipo. No las alcanzaría toda su labor junta. En el cortijo emprendió una labor modesta, de 28 fanegas, y en la mata otra de 58. Pero las sobrepasaría si a ambas le sumara la superficie cedida en pegujales, otras 86 fanegas.
También los 13 pegujales que cediera los dividió en dos series, una de 7 y otra de 6, todos en el haza de La Sancha, que estaba en su cortijo de La Mata de Uceda. La denominación del producto, Haza de La Sancha, y la identificación por separado de las dos áreas de pegujales, resultan equívocas. Si el hecho integrador fuera una persona, ni siquiera la unidad tendría que ser un lugar continuo en el espacio. Sería una unidad ficticia a la que le daba sentido que una mujer tuviera el control de todas las parcelas. En ese caso, estaríamos ante un caso semejante al de La Gallega.
Pero además de que sería concederle un papel efímero a la toponimia, que no suele tener, en el registro está bien identificada como una parte de un cortijo que poseía don Fernando, quien no trataría de evitar el límite de las 100 fanegas, sino de repartir el riesgo. Cuando organizara su empresa se atendría a un cálculo riguroso en paridad: mitad de la tierra disponible para labor, la otra mitad para pegujales.
Si su cálculo hubiera sido este, se puede conjeturar que la relación con los campesinos estaría sostenida por la prestación de servicios que no tuvieran relación directa con el producto obtenido, sino con el trabajo que a cambio de la tierra pudiera demandarles o con la renta que debieran pagarle, en todos los casos calculada a partir de un precio de la unidad de superficie. De ese modo, si la cosecha de la labor defraudaba, se aseguraba la rentabilidad de la mitad de sus posesiones.
Tampoco en un cortijo con labor de 21 fanegas tendría sentido que sus 6 pegujales, que no aparecen jerarquizados, fueran pegujales por trabajo siendo la labor tan corta, salvo que el trabajo de los cedidos se invirtiera en la labor. En un haza con labor de la misma extensión y 4 pegujales la distribución es compatible con que el titular tomara, además de la parcela que hemos clasificado como labor, alguna de las que interpretamos como pegujales. Juan García Matahambres, además de su labor de 36 fanegas en un cortijo en el que cede 7 pegujales, en un cuartillo pudo organizar una ampliación de su labor valiéndose de un espacio limítrofe con el del cortijo.
Hay casos que si no podemos tomarlos como labor más pegujales por trabajo, aun cumpliendo el principio de jerarquía, es porque la razón entre el tamaño de la labor (46 fanegas) y el número de pegujales (10) lo niega. Puede tratarse de otra versión del vínculo en el que el intercambio de trabajo por parcela se realiza como prestación en la labor del cedente.
Los que ceden más pegujales son de una generosidad en la oferta que no es nueva. El responsable de un cortijo con una labor de 30 fanegas y 13 pegujales, el de otro con labor de 36 fanegas y 15 pegujales y el de un tercero con labor de 30 fanegas y 16 pegujales, en cualquiera de los cuales se impone con mucho éxito el módulo 3 fanegas, para tomar sus decisiones parece que se atienen a una ley directa: cuanto más limitada la labor más posibilidades de alojar pegujales. Cualquiera de ellos se esfuerza por captar cuantos campesinos del rango menor sea posible. Quizás, en el orden de los hechos, primero sería la oferta del espacio para ser aprovechado en pegujales y luego, con el resto no adjudicado, decidir la labor propia, lo que la relegaría a las tierras marginales del cortijo.
Y aún quedan algunos campesinos con ambiciones de labrador que se rinden con menos resistencia a la fuerza del polo especulativo. En un cortijo del Señor Vicario, con labor de 60 fanegas, se ceden hasta 25 pegujales. Mientras que la mayor parte de ellos tiene entre 2 y 6 fanegas, uno es de 24 y otro de 14. El afán por captar tenientes a su poseedor le recomendaría plegarse a la demanda ampliando la oferta con enorme flexibilidad.
Pero es Pedro González Palmares quien pone al descubierto el comportamiento especulativo en su grado extremo. Con casi la misma superficie que el poseedor de las tierras del Señor Vicario cede para pegujales, duplica su número. Poseedor de un cortijo en el que promovió una labor de solo 36 fanegas, cedió 51 de entre 6 y 1 fanega, que segregaron de la unidad de producción un total de 127 explotaciones distintas. Es decir, que solo dedicó a su labor 0,28 fanegas por cada una de las cedidas.
Las de dimensiones comprendidas entre 4 y 6 fanegas apenas son la quinta parte de las que cede. Las otras cuatro quintas partes las abarcan las que tienen entre 1 y 3, y son sobre todo las de 2, la mitad de las de esta fracción, las que más cede. Ninguno de los otros labradores del grupo desciende tan bajo. Es suficiente para reconocer que la oferta de este módulo se impuso en el negocio que emprendió Palmares, y que al otro lado encontró a campesinos dispuestos a aceptarla.
La oferta de parcelas de poca extensión haría muy asequible el acceso a ellas, porque con cantidades relativamente pequeñas (de dinero, de producto o de trabajo) sería fácil pagarlas. Al mismo tiempo, al cedente le permitiría extremar el precio de cada unidad de superficie. Cuanto más pequeñas las parcelas, tanto mayor valor relativo podría tener la renta que de ellas pudiera deducir. La preferencia por aquel módulo sería por tanto una expresión directa del deseo de obtener la máxima rentabilidad de las cesiones. Así como había usureros del dinero, los había de la tierra. Este Pedro González Palmares, en su tiempo, pudo ser el que más.
Pero aunque lo suyo fuera el exceso, lo obscenamente especulativo, lo desaforado y mayúsculo, no tenía nada de singular. Tomando el tamaño de todas las parcelas cedidas por los labradores autónomos para alumbrar pegujales subsidiarios, desde luego el empuje de las 2 fanegas es previsible por el peso relativo de la oferta de Palmares. Pero si lo descontamos, tenemos que reconocer, aun así, la recuperación de los valores menores cuando se llega a este orden inferior, seguramente por las mismas razones que hacen triunfar al 2 en manos de Palmares.
En resumen. No había labor que prescindiera de asociar pegujales a sus explotaciones, para lo que les bastaba con servirse de una parte del espacio del que disponían. Tan universal es este principio que pone al descubierto el origen de la posición aventajada de la que partían los amos o señores cuando se atenían a aquella relación. Como todos los que promueven labores captan con este recurso a gente que les puede servir, están en condiciones de elegir a los dispuestos a contraer el compromiso, campesinos de una población centrada en su término para los que sería preferente alojar sus pegujales en los cortijos y hazas cuya superficie de más calidad estuviera reservada a labor.
La suerte de los vínculos. III
Publicado: diciembre 31, 2021 Archivado en: Heliodoro Hernández | Tags: economía agraria Deja un comentarioHeliodoro Hernández
Estimar la rentabilidad anual de los diez vínculos obliga a especular con algunas cifras supuestas.
Don Diego Luis ingresaría por la tenencia directa de las tierras de secano, tal como era regular en las casas de quienes preferentemente se dedicaban a labores. Si aceptamos literalmente su registro, según el cual cada dos años se obtenía una cosecha completa de trigo, y suponemos que como labrador activo no las cedía, las 449 ½ fanegas, calculando a partir de un rendimiento de 8 fanegas de producto por cada una de superficie, dado que se trata de tierras en las que domina la baja calidad, darían 1.798 fanegas de producto anual. A un precio de 15 reales la fanega, le proporcionarían 26.970 reales al año. Tal sería el resultado sin tener en cuenta otros productos. A poco que el sistema de cultivos y aprovechamientos fuera algo más complejo que el simple que toma en cuenta el registro, o que la familia tomara otras tierras para labor en arrendamiento, se incrementaría.
Los cortinales, dedicados al cultivo permanente de la cebada, suman 6 ¼ fanegas de superficie. Considerando un rendimiento de 12 fanegas por unidad de superficie, el producto anual alcanzaría las 75 fanegas de capacidad, que a un precio de 8 reales cada una proporcionarían un ingreso de 600 reales.
Para estimar la rentabilidad de los olivares podemos tomar como referencia la capacidad de los almacenes habilitados en los molinos. Sumados los productos estimados para cada uno de los dos de la casa, su valor nominal serían 60.000 reales.
Para las casas tendremos que aceptar la utilidad estimada por el registro de la Única, 2.041 reales en total, dado que no tenemos dimensiones de ninguna, ni por tanto podemos deducir a partir de un precio para el que sea de los módulos indicativos del valor de un edificio urbano. Del crédito que en este sentido hay que concederle a las utilidades se puede juzgar por lo que se deduce de la comparación entre las registradas y el producto estimado para los molinos. Mientras que, según hemos aceptado, 60.000 reales es una expresión correcta de su producto anual, la utilidad que el registro fiscal les adjudica es 2.400.
Es probable que sea una estimación del producto por debajo de lo que realmente se pudiera ingresar explotándolas. Pero si tenemos en cuenta que no sería acertado adjudicar a la utilidad de las casas el 5 % que aproximadamente representa la de los molinos en relación a su producto, y que la que cotiza más, con diferencia, es la residencia de primera orden en la que vive don Diego Luis, es posible que la utilidad acumulada de todo el patrimonio inmobiliario urbano sea una cifra moderadamente representativa de lo que se podía obtener cada año por la cesión de los demás edificios.
Los juros anualmente rentaban 1.060 reales, y los censos a favor, 323 reales 13 maravedíes. Por el contrario, los gravámenes restaban 768 reales 15 maravedíes. De modo que si el total de los ingresos puede estimarse en 90.994 reales 13 maravedíes, el balance bruto sería 90.225 reales 32 maravedíes.
Ninguno de los gastos de cualquiera de las explotaciones está deducido. Para estimarlos, aplicar una tasa de beneficio a los ingresos no arreglaría demasiado las cosas, pero como tentativa se puede aceptar que para las economías agropecuarias de la época el gasto anual equivalía a la mitad del ingreso bruto. Luego el ingreso neto anual que don Diego Luis obtuviera cada año tal vez se aproximara a los 45.000 reales.
El oficio de regidor, bien exclusivo entre los de todos los vínculos, los redactores de los registros, sin que se sintieran obligados a dar una explicación, lo consideraron sin utilidad fiscal, a pesar de que a su titular le valía el privilegio gubernativo. No es solo que el ejercicio de una regiduría podía proporcionar ingresos, aunque solo fueran los relacionados con las ayudas de costa que complementaban cualquiera de las diputaciones a las que un regidor se podía ver obligado. Es sobre todo que la regiduría permitía tomar decisiones cuyo efecto podía ser lucrativo para las empresas familiares.
Si el vínculo de don Pedro de Rueda era el baluarte del poder político de la familia, el que fundara Diego de Rueda, quizás anterior, a los descendientes de la familia le permitiría afianzarse como labradores por tiempo indefinido. No hay que dar por supuesta la precedencia. La adquisición del título de regidor pudo ser el vehículo que llevara a la familia a su destino agropecuario, aunque también pudo ser que la ganancia fuera el tesoro que permitió comprar aquella posición. Pero lo cierto es que si un fundador no tiene tratamiento y el otro sí es posible que Diego de Rueda fuera anterior en el tiempo.
La clave del ascenso del linaje pudo ser la economía del aceite. La acumulación de parcelas de olivar, que se podían adquirir a costos muy bajos cuando la expansión de su cultivo fue alentada por la apertura de nuevos mercados, pudo recomendar invertir el primer beneficio en molinos. Era compatible con la condición campesina básica, la que se concentraba en el cultivo de las tierras de cereales por cesión.
Más adelante, tomara o no la familia tierras de labor en arrendamiento, sus 449 ½ fanegas de tierra de secano en La Cascajosa le asegurarían una posición dominante en la producción de los cereales. Cualquiera de las características de aquellas tierras, tal como las describe el registro, no tiene más valor que el convencional, salvo una.
Como se podía esperar, la fracción menor de aquellas tierras se clasifica como tierra de primera calidad, y la mayor, con mucha diferencia, como de tercera. Tampoco descubre nada que se describan como tierras de secano que producen con un año de descanso. Si lo primero es poco más que una alusión a que se dedican a la producción de trigo y que son el centro de toda una trama de iniciativas agropecuarias, lo segundo solo refleja, de manera muy grosera, la organización del trabajo de aquellas complejas explotaciones.
Pero la localización en la zona conocida como La Cascajosa sí pone al descubierto la posición que durante la época moderna pudieron conquistar las familias de campesinos enriquecidas gracias a la especulación con el trigo. La Cascajosa, un área al norte de la población, durante siglos se habría mantenido como baldío de aprovechamiento comunal. No era tanto este estatuto el que garantizaba su perpetuación en aquel estado cuanto la calidad de sus tierras, por debajo de las que se habían consolidado como áreas reservadas a la producción en masa de los cereales. Estas las habían monopolizado los agraciados por la infeudación de plena edad media (órdenes militares, cabildo catedralicio, conventos, fábricas parroquiales, hospitales, corporaciones de beneficiados) directamente o por transmisión. A ellas había que acudir, de ellas las tomaban en arrendamiento los campesinos más capaces para ponerlas a producir cada año. Los Rueda pudieron ser parte de ese grupo.
La Cascajosa, en más de una ocasión, había sido arbitrada por el municipio para hacer frente a necesidades públicas. Su condición de tierra adehesada le daba ventajas cuando se creía necesario hacerla concurrir al mercado inmobiliario. Se podía vender bien a precios razonables. Solo que se ofertaba en cantidades tan altas que solo las instituciones con más capacidad financiera podían concurrir con una iniciativa de compra, lo que reforzaba aún más la posición dominante de las instituciones que ya la disfrutaban.
Los Rueda pudieron aprovechar simultáneamente las condiciones de aquellas tierras, en un momento en el que su ahorro hubiera alcanzado un volumen importante, con el puesto que habían conquistado en el gobierno de la población, el regimiento, encargado de arbitrar las tierras del municipio. Así, conseguirían consolidarse como una familia enriquecida que se había abierto un hueco entre los aristocráticos titulares de la infeudación, núcleo del régimen monárquico moderno, y la masa de campesinos que pugnaba cada año por salir adelante.
Era el germen de un nuevo y sólido grupo que convencionalmente se ha venido llamando burguesía agraria. Tal vez sea preferible llamarlo de los labradores. La primera denominación da idea de bienestar urbano y estabilidad, y la otra, porque incluye una referencia a la renovación anual de la condición empresarial, expresa con más precisión el permanente flujo de un grupo en el que los éxitos especulativos son la única garantía de la continuidad, y cuya única conquista a favor de la estabilidad son justamente las inmovilizaciones de bienes, emulación de la seguridad jurídica de la que gozan los grandes patrimonios procedentes de la infeudación medieval.
Gracias a los vínculos, esta familia fue abandonando la inseguridad del campesino alodial, de la que apenas le quedan algunos rasgos (unos pocos olivares y una huerta), que ni siquiera tienen que ser originales pero que pueden servir para evocar unas raíces. La obsesiva insistencia en acumular los vínculos es el signo de su emancipación. La enorme distancia entre la propiedad libre de bienes y el patrimonio vinculado es una buena medida del papel que se le atribuyó a la inmovilización de bienes en la consolidación de la preeminencia que los labradores iban conquistando.
La innovación atajó en dirección al retroceso. La inmovilización o amortización de bienes fue ideada para perpetuar la posición dominante de quienes se habían beneficiado de la infeudación, muro que se atravesaba en las aspiraciones de los labradores, quienes se veían obligados a compartir con aquellos la renta que obtenían del aprovechamiento de los bienes inmovilizados por las instituciones más poderosas. De no haber tenido que renunciar a esa parte de la renta que ingresaban, su posición hubiera sido más sólida, mayores sus aspiraciones.
Que tuvieran necesidad de endeudarse cuando adquirieron las tierras sería un hecho concordante con la condición campesina de partida. Para poner en cultivo las tierras adquiridas, agotado el ahorro, al principio les sería necesario recurrir al crédito. Y la adquisición de juros, la prueba del éxito instantáneo que podía obtener la empresa de cereales consolidada desde la condición de labrador, o de toda la iniciativa agropecuaria de la casa, de la que la producción de aceite era una parte primordial. Parte de la posibilidad tuvo que proporcionarla la regiduría. La adquisición de juros no estaba al alcance del común y estaba mediatizada por los municipios. Proclamaría la fortuna de la familia, cuando ya disponía de tratamiento y sus negocios fueran bien, por ejemplo como consecuencia de beneficios extraordinarios obtenidos en momentos cruciales.
La devoción a la imagen de Nuestra Señora de Belén en la iglesia mayor estaría relacionada con su representación pública. El interés por manifestar su preeminencia en el espacio del primer templo de la población lo perpetuaba la bóveda de la familia, que estaba localizada en medio de él. En el origen del interés por adquirir bienes destinados a la representación de la familia (casas de primer orden, casas balcón, memorias en la iglesia mayor, panteón) estaba el ejercicio público de la regiduría.
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