Cesión de la tierra para labores

Carmelo Terrera

Es segura la parcialidad del arrendamiento como forma de cesión de las tierras para labores, incluso admitiendo, sin por ello incurrir en paradoja, que su tamaño puede identificarse con el del universo que cada sucesión de las estaciones contenía toda aquella máquina productiva. Otras formas de la cesión estaban vigentes y regían la fundación de una buena parte de las empresas acometidas cada año. Pero el arrendamiento estaba en la base del orden de las cesiones y es por tanto capaz para contener completo el primer orden de la cesión de la tierra, que también se puede concebir como origen, de la generación de las rentas de la tierra de los cereales. En cada población, las cesiones se ordenaban en constelaciones de valor y alcance descendentes. El círculo primordial lo trazaban quienes se batían por la cesión de las unidades productivas de mayor tamaño. Los proyectos más ambiciosos, para una parte de los casos, podían ser satisfechos por los cortijos, unidades de uso del suelo de la región que parecían inmensas en la época.

 

Los contratos de arrendamiento de las grandes unidades de producción a mediados del siglo XVIII se refieren a la cesión de los cortijos generalmente sin caracterizarlos, pero en una buena proporción de casos se adjetivan. Entonces casi todos se apellidan temporales, mientras que en bastantes menos el arrendamiento se tipifica como vitalicio, o simplemente como cesión de por vida, y solo se firmó un contrato por los días de la vida del arrendatario. Referirse a la tenencia de por vida es desde luego una forma indefinida de hablar, lo que no es un obstáculo para que ocurra. La posesión de por vida de un bien no excluye la posibilidad de someterla al marco del arrendamiento temporal, aunque la expresión haga pensar en formas más complejas de la cesión del uso del bien. Como por otra parte se podría presentar alguna prueba de afirmación explícita del arrendamiento vitalicio, no sería un exceso adjudicar la indeterminada cesión de por vida al arrendamiento vitalicio.

     Creemos, por otra parte, que no debe caber ninguna duda sobre que cuando nuestras fuentes hablan del arrendamiento temporal están haciendo referencia al llamado arrendamiento corto. Los propietarios lo prefieren, y es un hecho sobradamente conocido que para fines de la época moderna se había impuesto como fórmula de cesión de la tierra. Las ventajas que tenía para los cedentes también fueron en su momento suficientemente explicadas. La cesión corta pretendía evitar que adquiriese derechos sobre el bien quien lo tomara. Ciertas clases de propietario, tal como en parte hemos podido comprobar, incluso tenían prohibido arrendar sus fincas por mucho tiempo, darlas a censo y transmitir los efectos de cualquier acuerdo de este tipo a sus sucesores. En el caso de las tierras de mayorazgos, se impuso que el sucesor no heredase la obligación de los arrendamientos. Pero, sobre todo, para el drenaje de la parte de la renta que detrae la propiedad, el arrendamiento corto permitía actualizar permanentemente los precios del suelo, un objetivo al que se oponía el arrendamiento vitalicio, evidente desventaja que lo condenaba a ser la fórmula menos usada. Cuanto más beneficio permita el mercado, tanto más la propiedad podrá participar en él por medio de la renta o precio de la cesión, y tanto más probable será, por tanto, que la empresa de cereal se organice por arrendamiento. A estas ventajas tan parciales se oponía el argumento de que la limitación del arrendamiento de tierras por el propietario era causa de la despoblación.

     Es posible, sin embargo, que hacia 1750 todavía se viva una época de transición al arrendamiento corto. Habitualmente se clasifican como arrendamientos cortos los que nunca superan los tres años, y efectivamente se observa como duración de las cesiones de los cortijos que sobre todo fue pactado el trienio. En torno a la mitad de los acuerdos fue suscrita por tres años, tres cosechas alzadas y cogidas en tiempo y sazón. La siguiente duración por orden de frecuencias es cuatro años, para sembrar y levantar cuatro cosechas, con casi un quinto de los casos. La duración regular de los contratos temporales oscila pues entre tres y cuatro años en el caso de los cortijos. Hacia 1750 el arrendamiento corto, sin duda, ha ganado bastante terreno.

     Aun así, hay quien cree que es exagerado decir que son raros los contratos de arrendamiento por más de tres años, y que en algunos lugares se habían impuesto los de seis años de duración, una práctica que corroboran los acuerdos del término del que se trata, donde los contratos por seis años tampoco eran excepcionales; eran poco más de la décima parte. La siguiente duración por orden de relevancia, cinco años, cinco cosechas alzadas y cogidas en tiempo y sazón, tampoco era exactamente marginal; afecta a poco menos de una décima parte de los casos. A partir de aquí, sí habría que admitir que cuando un arrendamiento alcanza hasta los seis años ha llegado a un máximo. Son excepcionales los que pasan de este límite y en general los llamados arrendamientos largos. Los de ocho y nueve años solo se dan esporádicamente, así como, en el otro extremo, los de dos. No obstante, por razones que luego convendrá examinar con más detalle, se recurría con cierta frecuencia a los arrendamientos por un año, sin duda los que con más eficacia permitirían actualizar los precios del suelo.

     El arrendamiento corto, vista la relación desde el otro polo, tampoco es ajeno a los intereses de los labradores. Para decidir sobre el momento oportuno para acometer la gran empresa de cereal el comportamiento irregular de la producción suministra los indicios. Así como el valor que la cosecha alcance cada año no es previsible con toda la exactitud que se quisiera, que el ciclo inexorablemente se completará se puede tener por seguro. Solo a los menos previsores puede sorprender. La duración total del ciclo tipo de la economía de los cereales, según admite la cultura agronómica del momento, es de cinco años. Cuando los buenos calculadores saben que el mínimo se aproxima, que es lo mismo que el máximo beneficio, porque coincide con los máximos precios, aunque a la vez sean los peores rendimientos y la peor calidad del grano, arriesgan en la gran empresa. Pero ningún buen calculador está dispuesto a comprometerse con un riesgo más allá del imprescindible. Tres años es una excelente duración para tentar la suerte del momento óptimo del ciclo.

     Que el arrendamiento fuera tan corto no significaba inestabilidad de la empresa, ni que los tres años obligaran a una determinada organización del cultivo de las parcelas en las que la tierra pudiera ser subdividida. La tierra se puede llevar en manos del mismo arrendatario mucho tiempo y este puede actuar con bastante libertad en la organización de sus labores, aunque normalmente se comprometa a entrar barbechando. Las cesiones cortas son compatibles con las permanencias prolongadas en el uso de una misma unidad de producción. El arrendamiento corto significa simplemente actualización de la renta que percibe la propiedad que conviene a las dos partes.

     Sí es cierto que el arrendamiento corto limitaba la inversión en capital constante. Para cubrir la satisfacción de la renta más allá de la renta diferencial, derivada de la propiedad, es necesario el incremento de valor que permite la mayor cantidad de capital circulante. Las cesiones por tiempo muy limitado dificultan la capitalización regular de la empresa por parte del cedido, sobre todo si ha de ir en beneficio de las instalaciones de las que debe servirse.

 

Los acuerdos de cesión se cerraban con la firma de los correspondientes contratos, que podía concertarse en cualquier mes del año. Ahora bien. Si se observan las frecuencias previa desestacionalización de los valores, es necesario reconocer que había momentos del ciclo preferidos para formalizar los acuerdos. La mayor parte de los contratos se concentraba en los cinco últimos meses del año, una vez que había concluido la recolección del grano correspondiente al ciclo agrícola precedente. Ya en agosto se acumulaba un máximo relativo, mientras que el absoluto se concentraba en octubre, el primer mes del otoño, con la quinta parte de todos los contratos del año. En los otros siete meses la frecuencia descendía ostensiblemente, a excepción del mes de febrero, en pleno invierno, cuando ocurría el otro máximo relativo, incluso superior al de agosto.

     A veces concurrían circunstancias especiales que diferían la firma. Una escritura no pudo formalizarse en su momento a causa de las enfermedades padecidas por el arrendatario, quien no obstante había sembrado y cogido en el cortijo dos cosechas, una en el verano precedente y la otra, la que esperaba coger en el que corría. El cedente le había pedido que se obligara a pagar la renta de estos dos años. Como inopinadamente persistían sus achaques, el 31 de marzo anterior, en la población de su residencia, inmediata a las tierras del cortijo, el arrendatario se había obligado ante el cura de la parroquia a falta de escribano. Esta obligación no fue admitida por la contaduría del cedente, que insistió en que el arrendatario otorgara escritura de obligación en forma, la que finalmente otorgó.

 

Para la reproducción del primer círculo de las cesiones, resultó decisiva la regulación de su prórroga. En el último año de arrendamiento previsto por el contrato vigente tocaba reconsiderarlo. Lo normal era que por octubre los arrendatarios estuvieran obligados a avisar si continuarían o no, bajo la pena de pagar un año más de arrendamiento. A veces se aceptó un plazo más amplio; que lo que decidiera el arrendatario sobre su continuidad lo avisara entre el veinticinco de julio (Santiago) y fin de diciembre. Y solo se reguló una fecha más temprana para el caso de que la decisión fuera negativa. Si el veinticinco de julio del último año de vigencia del contrato el arrendatario había decidido no proseguir bajo las condiciones acordadas, debía despedir las tierras. Cuando los textos se conceden ser más descriptivos, en ocasiones además presentan un marco para la renovación en el que los arrendatarios que estaban labrando los cortijos parecen sumisos a los cedentes. Acudían desde sus poblaciones a la capital para negociar un nuevo arrendamiento con su administrador o su apoderado.

     Descender al detalle de los procedimientos que se seguían para la renovación, que queda a nuestro alcance en más de un caso, no creemos que sea un exceso porque permite reconsiderar la actitud de los cedidos. En enero del año que ya corría un arrendatario había cumplido con los últimos barbechos que había comprometido en el contrato que estaba manteniendo. El mayordomo del cedente ordenó a un escribano, porque la escribanía, en estos casos, actuaría como el mercado idóneo para el orden superior de las transacciones, que sacara a pregón las tierras, por si había quien las arrendara por tres años a contar desde el uno de enero. Pero no se presentó ningún postor. El cedido que aún aprovechaba el cortijo trató con el mayordomo la posibilidad de entrar de nuevo en él beneficiando y sembrando por 800 reales cada uno de los tres años pretendidos, pagaderos en los plazos de costumbre, puestos en la capital. Pocos días después, el cedente ordenó a su administrador que admitiera que el arrendatario actual continuara labrando las tierras, por el mismo precio que venía pagando, los 800 reales al año, y con las mismas condiciones del contrato precedente, que se había firmado trece años antes.

     De modo similar tuvo que actuar un dueño con un arrendatario que había estado labrando un cortijo cuyo arrendamiento igualmente había sido contratado con el mayordomo del cedente. También en su caso en enero del año en curso había cumplido con los últimos barbechos previstos, y el nuevo mayordomo había dado orden al escribano para que pregonara la cesión del cortijo por seis años, y a continuación admitiera las posturas y pujas que se hicieran. Una vez que el escribano había sacado al pregón el arrendamiento, el arrendatario actual no había tenido inconveniente en ponerlo en las condiciones ofrecidas, lo que fue suficiente para que le fuera rematado bajo ellas. En cualquiera de los dos casos, la posición de los cedentes a lo sumo se habría visto favorecida por la imposición de los plazos por ellos decididos, una vez debidamente recompensados los arrendatarios con la aceptación de las condiciones que ofrecían.

     Algunas de las instituciones que ofertaban excelentes unidades de producción, como por ejemplo el cabildo catedralicio de la capital, habían decidido anticiparse a las demoras innecesarias que resultaban de los intentos infructuosos de encontrar nuevos arrendatarios. Preferían dejar en sus manos la iniciativa de la reproducción de las cesiones. Ateniéndose a lo que era habitual, tenían previsto que en octubre del último año de cada arrendamiento los arrendatarios debían pasar por su contaduría mayor para gestionar el futuro del arrendamiento, aunque en un caso se aceptó que fuera por el mes de enero [sic] del último año del arrendamiento. Allí debían avisar si dejarían el cortijo, para que el cabildo buscara un nuevo arrendatario, o si continuarían en él bajo las condiciones de un nuevo arrendamiento. Alguna vez, con un sentido algo más restrictivo, se habla de solicitar un nuevo arrendamiento del cortijo obtenido del cabildo. Cualquiera de ellos había contratado que debía pagar, de no cumplir con cualquiera de estos compromisos, las rentas de los años sucesivos, hasta tanto no cumplieran con el aviso, lo que en la práctica equivaldría a una prórroga automática del contrato, una sencilla fórmula de reproducción de las cesiones a la que también se atuvieron otras instituciones; tal como ocurrió con unos arrendatarios de un cortijo vinculado. En el penúltimo año del arrendamiento debían avisar al cedente si lo continuarían o no, porque de lo contrario, tendrían que pagar un año más de renta, incluidos el tercio de diezmos y la paja. En estos casos el cedente solo se reservaba la iniciativa para el caso de que surgiera una oferta de arrendamiento vitalicio. Así se deduce de una cláusula, que en términos idénticos se lee en más de un caso, por la que se estableció que si mientras estuviera vigente el arrendamiento apareciera alguien que quisiera arrendar el cortijo de por vida, el cedente podría hacerlo si avisaba en tiempo oportuno a los actuales arrendatarios, para que pudieran proveerse de otra tierra de labor.

     Probablemente como consecuencia de la autoridad proveniente de estas decisiones, la prórroga de los contratos terminó siendo la mejor solución, como le ocurrió a un arrendatario que había tomado un cortijo por tres años cuya cesión renovó por nueve más en las mismas condiciones del contrato anterior sin más obstáculos ni demoras. En parte, este automatismo pudo ser consecuencia de hechos consumados. Una arrendataria también estaba ya labrando un cortijo gracias a un contrato de arrendamiento precedente. Como ya había completado los barbechos, el nuevo contrato empezaría a regir desde el primero de enero anterior. La fecha del nuevo acuerdo fue once de septiembre. Otro arrendamiento cumplía a fines del año en curso, y el arrendatario había completado los barbechos para sembrar aquel otoño, que ya había comenzado. Acudió al administrador del cedente, para que le permitiera hacer una nueva escritura de la cesión, y le fue concedida. También en el momento de formalizar un contrato el arrendatario ya estaba labrando el cortijo. Las condiciones bajo las cuales había reanudado su ciclo eran las mismas que las que habían sido contratadas entre ambas partes en 1733 ocho años antes, reiteradas otros ocho años después. Solo variaban los plazos y el precio, que había bajado. Así se actuó porque lo había ordenado el cedente a su mayordomo.

     En otros casos no habrían decidido los hechos consumados, sino de la voluntad expresa del cedente. Dos hermanos que estaban labrando un cortijo habían tratado la renovación de su arrendamiento con el mayordomo de la cedente. Un par de días antes de la firma del nuevo acuerdo, el mayordomo había reconocido que tenía orden de la dueña, de quince días antes, para que los actuales arrendatarios renovaran con cargo a sus gastos el arrendamiento, con las mismas condiciones que el contrato vigente; y que por tanto no sería necesario sacar a pregón el cortijo. Parece pues que había llegado a ser dominante la posición que en estas relaciones habían ido ganando los arrendatarios.


Estimación del producto. 1

Redacción

La correspondencia conservada en el archivo catedralicio del arzobispado suroccidental, más los documentos que la acompañan, porque registran procedimientos que cada año se reiteraban, son un buen medio para restaurar, con la exactitud que solo descender hasta la gestión cotidiana permite, la secuencia completa de la recaudación de todos los diezmos. Observarlos desde pleno siglo XVIII permite presumir además que el punto de vista incluye el mayor grado de complejidad que alcanzara aquel sistema.

     Con setenta y dos documentos contables y ocho minutas de la misma clase, anexos a la correspondencia coleccionada por la contaduría del cabildo catedralicio, fechados entre 1744 y 1749, hemos compuesto una serie ficticia comprensiva del tiempo transcurrido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre, un año administrativo completo. Legitima el artificio que todos los documentos que forman la colección, de la clase que sean, fueron enviados por los gestores de una vicaría, sobre todo por su responsable, un presbítero llamado Antonio Borrego Villalba, a la administración central de los diezmos de la región, el cabildo catedralicio de la iglesia de occidente con sede en la única capital. La temblorosa y no obstante regular caligrafía del clérigo ha permitido la segura identificación de todos los ejemplares, mientras que a su disciplina informativa debemos agradecer la estimación del producto, la parte sustantiva del proyecto que nos hemos impuesto. Pretendemos que este fondo documental, que el azar de la conservación de las fuentes nos ha designado, actúe como el banco de pruebas a partir del cual aislar y activar de manera controlada los hechos y las decisiones que llevaban desde cada producto a cada renta, para que luego sea posible recorrer ese camino a la inversa. Hemos creído que era la mejor manera de hacer que cada parte del procedimiento volviera al lugar donde había tenido su origen; para observarlo en su orden natural, tan cíclico como cíclica era la economía primaria que por su medio se puede conocer.

     Aquella vicaría se limitaba a las parroquias de una población más el fuera parte, y extendía su jurisdicción sobre el término municipal que marcaba uno de los confines orientales del arzobispado, al mismo tiempo uno de los más definidos y consolidados, por entidad y por características, de la economía agraria de la región. Concentrar la observación en una vicaría con una población permite disponer de las condiciones más favorables para experimentar: reduce a un lugar homogéneo el determinante territorial, elimina factores de distorsión derivados del número de lugares poblados y su posible disparidad de jurisdicciones, y aísla los factores del diezmo en las condiciones de menor contaminación posible, sin dejar de ser al mismo tiempo un hecho positivo y no una abstracción.

El documento que estaba en el origen de toda la gestión de los diezmos era la tazmía, nombre con el que eran conocidas, en nuestra colección de documentos, las previsiones sobre el valor que alcanzarían las rentas de cada producto gravado. Estaba elaborada a partir de informes de sujetos con conocimiento de la economía rural, y en particular de los dados por el tazmeador, el especialista en esta clase de operaciones, un grado de especialización del trabajo al que permitirían llegar las sustanciosas rentas de toda clase que se recaudaban. A sus informes se sumaban los proporcionados por los hacedores de campo de la vicaría, empleados con este fin, así como los elaborados por expertos en la producción de la que en cada caso se tratara.

     Su finalidad administrativa era proporcionar una base a los aprecios del administrador, cuya regulación era su responsabilidad. A partir de ellos debía estimar las rentas cuya adjudicación a quienes fueran a recaudarla estaba prevista para el mismo mes en el que la tazmía era fechada. El resultado era un expediente con formato contable que estaba dividido en tantas piezas como rentas se había previsto recaudar, al final del cual una cuenta resumen agregaba los valores totales tazmeados. Para el deducir el producto, su contenido más valioso es el aforo que está en su origen, primera colección de los valores presupuestos para cada renta. Es su lectura la que descubre afirmaciones que invitan a ensayar un procedimiento para su cálculo. Pueden valer las que contiene uno para reconocer su utilidad en relación con el fin propuesto.

     Las referidas a la producción de cereales de las tierras de la vicaría en 1746 están fechadas el 4 de julio. Para las rentas de pan de esta vicaría en este año, dicen, se deben considerar hasta 36.000 fanegas de tierra de cuerda de tercio empanadas de trigo y cebada en los cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos del término de esta ciudad. Al expresarse en términos tan descriptivos, el administrador estaría advirtiendo que aquella cifra, multiplicada por tres (sistema al tercio), expresaba la superficie de todas las tierras que el trabajo había capitalizado y mantenía en aquel término susceptibles de ser sembradas con cereales: 108.000 fanegas. Ateniéndonos a su vocabulario debemos llamarlas de cuerda o superficie, para evitar la confusión con las de capacidad, una precisión que no es inoportuna en un texto como este, que está obligado a expresarse en las dos unidades. Tantas habrían llegado hasta el mercado de aquella clase de tierras, y de ellas, sin embargo, invariablemente, por imposición del sistema, anualmente solo se explotaba una tercera parte, un dictado tecnológico que era la limitación más severa a la expansión del producto que pesaba sobre la economía de los cereales. La relación de espacios de producción (cortijos, hazas, manchones, islas y baldíos), por extensa, pretendería aludir a todas las explotaciones que positivamente habían activado la parte puesta a producir aquel año o suma de superficies dedicadas al cultivo de trigo y cebada. Podemos estar seguros de que es así porque la secuencia descriptiva recorre el espectro de las unidades de uso de un mismo suelo, desde el cortijo al manchón.

     Según sus informes, se podía admitir que el rendimiento medio previsible de las distintas calidades de tierra sería de 13 fanegas de capacidad por cada fanega de superficie. Las razones para tomar como referencia el rendimiento 13, y no otro, no las argumenta. Es un rendimiento verosímil para el momento y el lugar, si bien se puede suponer aconsejado por llevar al máximo la estimación del producto. Con este factor, toda la cosecha posible, cuando ya era 4 de julio, se podía estimar en 468.000 fanegas de pan terciado.

     Todo cálculo que a partir de este valor, que se declara medio, se haga, desde este momento cargará por tanto con el lastre de la estimación. Así debemos aceptarlo para cuanto sigue. Si se quiere llegar hasta una expresión cuantitativa de cada producto para los tiempos medievales y modernos, hay que resignarse a la estimación; de lo contrario, sería mejor abandonar en este momento. De proseguir, nada impide atenerse, también desde el principio, a la disciplina crítica.

     Pasar de la expresión en fanegas a la nominal en moneda de cuenta es, más que una transformación aconsejada por las posteriores necesidades de cálculo, una versión insoslayable, porque una misma medida de capacidad para trigo y cebada o pan terciado es cuando menos distorsionadora. La misma tazmía proporciona los valores necesarios. El documento acepta, para deducir la renta de los segundos excusados, que como sabemos se expresaba íntegramente en moneda de cuenta, que el pan no sería terciado sino cuarteado. Aproximadamente ¾ del producto en medidas de capacidad corresponderían al trigo y solo ¼ a la cebada. Como los precios que la propia tazmía estima correctos para hacer en aquel momento sus cálculos son 15 reales para la fanega de trigo y 7 reales para la de cebada, el producto nominal de las 468.000 fanegas de pan terciado que como máximo aquel año se podían esperar de aquellas tierras sería de 6.084.000 reales, también un valor grosero, y a la vez deducido de una manera directa; al que con fundamento le podemos conceder crédito como la expresión más ajustada al límite superior posible del producto al alcance de las fuentes diezmales.

Pero de las 36.000 unidades de superficie de aquel año, prosigue la tazmía, se deben bajar hasta 9.000 fanegas de cuerda de tierra por las que [a] están adehesadas y se han quedado por sembrar y [b] por la tierra de los seis excusados de las seis collaciones y [c] por las de los cortijos y tierras del convento de santa Inés orden de santa Clara y por la de los cortijos de la encomienda de san Juan. Las razones para el descuento, tal como las expone, solo pueden ser adjudicadas, desde el punto de vista de la administración diezmal, a situaciones especiales. La mayor parte de las tierras enumeradas tienen en común que estaban al margen del régimen contributivo regular.

     Las tierras de labor de los excusados [b], que ya hemos supuesto que deben ser los excusados menores (los únicos que se seguirían recaudando aparte, porque los mayores habían quedado absorbidos por el régimen administrativo de las rentas de la corona), aunque no estaban sometidas a un tipo contributivo distinto al común, sí se atenían a un procedimiento recaudatorio propio, del que además conocemos el valor de su contribución a la producción de cereales. El mismo documento, poco más adelante, reconoce que aquel año las labores de los excusados sumaban 1.848 fanegas de superficie. Si a estas les aplicamos los mismos criterios de estimación que a las precedentes, se deduce que su producto alcanzaría el valor nominal de 312.312 reales.

     El administrador no hace mención expresa de la superficie de los cortijos y tierras del convento de santa Inés, orden de santa Clara, ni de los cortijos de la encomienda de san Juan [c]. Aunque en ambos casos se trate de instituciones más o menos eclesiásticas, lo que tuvieran de singular no tendría ninguna relación con la renta de exceptuados o renta de monjas y frailes, a propósito de la cual sabremos más adelante que aquel año hubo otras instituciones del clero, en la misma vicaría, que fueron parte activa en la producción de cereales. Como con ellas se procedió del modo que en su caso era regular, tenemos que aceptar que las tierras que expusieran a la explotación los otros conventos estarían incluidas en las que no se deducen. Esto permite presumir que las dos que se mencionan expresamente serían tierras concordadas, que bien han ganado para sí la prestación diezmal o han acordado con el cabildo una contribución fija que liquidan sin mediación alguna de recaudador. Cuando el diezmo de unas tierras está concordado, porque cada año se liquida con una cantidad fija que las partes han suscrito, aun en el caso de que conociéramos su expresión de ninguna manera podríamos llegar hasta el producto estimado que lo hubiera generado. Cualquier concordia, como ya hemos explicado, rompía el vínculo entre el diezmo y el producto, el único supuesto en el que la posibilidad de conectarlos está absolutamente negada por los documentos contables del archivo catedralicio.

     La tazmía consiente una conjetura razonable para estimar el tamaño de las tierras que aquel año explotaron por sí o por cesión los concordados. Podemos conceder que los cortijos y tierras del convento de santa Inés y de la encomienda de san Juan tuvieran una extensión similar a las labores de los excusados, un supuesto que aparenta tan poca certeza como veracidad. Si para resolver momentáneamente aceptamos la segunda posibilidad por razón de magnitudes, podemos considerar la posibilidad de que el valor del producto acumulado de los contribuyente [b] y [c] pudo ser 624.624 reales.

     Del cuarto que sería necesario descontar (9.000/36.000) solo nos quedaría por estimar el tamaño de las tierras adehesadas [a], la referencia más hermética del texto que nos sirve de fuente, de las que el administrador dice que al mismo tiempo que forman parte de las tierras empanadas se han quedado por sembrar aquel año, una oposición de términos literalmente insostenible.

     Al reconocerlas como adehesadas, se trataría de una porción de tierras que habían ganado el estatuto de exentas de la obligación de la derrota de mieses, lo que incrementaba sensiblemente su valor. Su explotación regular era a pasto y labor, es decir, sembrándolas con cereales y al tiempo sosteniendo una importante cabaña excluyente. De esta clase existían en todos los términos de mayores dimensiones, donde iban acumulando la mayor reserva de tierras, con más frecuencia de localización periférica.

     A pesar de su atractivo, una parte de las tierras adehesadas no habría encontrado quienes la explotaran aquel año. Así podía ocurrir porque quienes eran dueños de las mayores unidades de producción, fueran personas o instituciones, del clero o civiles, para asegurarse sus ganancias pasivas preferían su cesión íntegra a quienes las tomaban para ponerlas en cultivo, los labradores. En caso de no disponer de esta demanda, podían fragmentarlas en hazas, nombre reservado bajo aquellas coordenadas a las unidades de producción de tamaño inmediatamente inferior al cortijo. Estaba de su parte que los trabajadores del campo que no se resignaban a quedar reducidos a la condición de asalariados, siempre dispuestos a sembrar alguna parcela, podían ser el último recurso en caso necesario. Para aquel tipo de tierras podían ser idóneos porque estaban dispuestos a pagar más por unidad de superficie, a la vez que ellos podían preferirlas, puesto que, al no soportar la obligación de la derrota de mieses, podían aprovecharlas con más intensidad. Si finalmente no fueron cedidas, a pesar de que estuvieran en el circuito de la producción, sería porque sus dueños preferían restringir la oferta. Con más probabilidad actuarían así quienes temieran la bajada del precio del cereal que tuvieran almacenado, especialmente los que ingresaban en cantidad de producto las rentas que detraían de las explotaciones cedidas. Al hurtar al mercado las tierras propias, evitaban en la medida de sus posibilidades un incremento inconveniente del siguiente producto, del que recelarían el hundimiento definitivo de los precios.

     Deducimos entonces que la explicación de la paradoja en la que incurre el administrador cuando se refiere a las tierras adehesadas estaría en una manera sobreentendida de expresarse. El cálculo inicial (36.000 fanegas) provendría de las que el sistema hubiera decidido que eran las adecuadas aquel año para la siembra. La deducción de las 9.000 sería el ajuste a las que efectivamente, una vez sembradas, correspondieran al régimen contributivo común. Una parte de ellas estaría sujeta a obligaciones contributivas especiales, y otra simplemente no se sembró por último, a pesar de estar en condiciones de ser puesta en producción de acuerdo con el procedimiento. Las tierras que quedaran por sembrar habrían actuado como ajuste límite al tamaño del producto aspirante a llegar al mercado, o encaje comercial, a sumar al tecnológico que imponían los sistemas de cultivos.

     Las tierras adehesadas que aquel año quedaron por sembrar también son una fracción que desconocemos. Podemos recurrir, para resolver por ahora una operación que tampoco está inmediatamente a nuestro alcance, a otra simple deducción de su tamaño, tan decisivo para estimar el volumen que el producto alcanzara. Sería suficiente con restarle al cuarto que 9.000 es respecto de 36.000 el valor de las labores de los excusados y las de eclesiásticos o filoeclesiásticos en régimen diezmal concordado. Si a estas 9.000 fanegas les aplicamos los mismos medios de deducción que al total, el valor nominal de lo que habría que quitar al máximo estimado, para ajustarnos al producto efectivo, ascendería a 1.521.000 reales. Y si al valor nominal del cuarto que rebaja el administrador (1.521.000 reales) le deducimos el del producto acumulado que hemos estimado para las otras dos clases de contribuyentes (624.624), obtenemos un resto de 896.376 reales, que expresa el producto que las tierras del cuarto que se dejaron de sembrar habría dado en caso contrario.

     De este modo, dispondríamos además de una estimación, aunque sea solo orientativa, muy valiosa para juzgar las oscilaciones el producto de un año para otro. Las tierras que quedaban por sembrar podrían llegar a suponer hasta unos 6/10 del cuarto, o 3/20 de todas las que el sistema estaba en condiciones de explotar cada año para obtener un producto reglado del cultivo de los cereales. Si tenemos en cuenta que nuestra estimación correspondería solo a tierras adehesadas, las únicas que en los términos de la tazmía cargan con la responsabilidad de explicar la causa inmediata de la oscilación del producto de cereales de un año para otro, el valor efectivo de aquella fracción podría ser más alto, y por tanto las aspiraciones a la restricción del producto mayores.

     Para obrar en consecuencia de estos cálculos, y aproximarnos con más exactitud al producto efectivo, sería por último necesario descontar al producto máximo el que correspondiera a las tierras que, siendo parte del cupo de las sembradas, quedaron por sembrar. Restados los 896.376 reales al valor máximo del producto según la tazmía (6.084.000), la estimación más ajustada del producto (q) ascendería, también a juzgar por la misma tazmía, a 5.187.624 reales.

     El procedimiento del administrador para la estimación del producto se podría resumir en los siguientes términos. A las tierras previstas por el sistema se deducen las que han quedado sin sembrar y al resultado se le aplica como coeficiente un rendimiento tipo. Aunque sea aproximado, no es arbitrario, porque procede de informes cuya veracidad, en el documento, avala la identificación precisa de todas las tierras que puedan ser una excepción, se hayan o no sembrado.


Formas recientes de la servidumbre

Bartolomé Desmoulins

Contaban quienes mejor conocían la vida agraria del suroeste que ya en nuestro siglo vigésimo, para aprovechar la mitad de los cortijos que por convención aún se llamaba de barbecho, puesto que ahora las grandes unidades al servicio de las labores eran cultivadas en toda su extensión, gracias a la decisiva contribución del abonado químico, fue introducida una serie de cultivos alternantes. Entre principios de siglo y los años setenta, la fórmula fue sucesivamente aplicada con éxito a los cultivos de maíz, algodón y girasol, según el mercado fue aconsejando.

    Lo más relevante de aquella manera de actuar, para nuestro punto de vista, era que la primera mitad del cortijo, que seguía reservándose al cultivo del trigo, era explotada directamente por el dueño, mientras que la destinada al cultivo alternante era cedida en lotes a campesinos que aún eran llamados pegujaleros, para que se hicieran cargo de él. La forma de la cesión no era ni un arrendamiento ni una aparcería, sino un híbrido muy extraño que llegó a denominarse reparto. El tiempo de la cesión se limitaba a un total de siete meses, y los pegujaleros, por ella, debían pagar una cantidad, liquidable en dinero o en especie, que habían de entregar por adelantado. ¿Podía encontrarse mejor ejemplo de la supervivencia, o tal vez regeneración, aprovechando un medio político favorable, de lo que entonces la dogmática llamaba renta feudal, puesto que era detraída a partir de condiciones no inmediatamente económicas? El cedido pagaba una cantidad sin relación directa con el producto obtenido, como demostraba el hecho de que fuera liquidada por adelantado, y además al dueño de la tierra el pegujalero le prestaba el servicio de trabajar el barbecho del suelo que al año siguiente sería sembrado por aquel con cereales.


Repartimiento de barbechera

Tadeo Coleman

En años regulares, en plena primavera el pósito debía repartir trigo para la barbechera. Si en el tiempo que correspondía necesitaban los labradores algún socorro para beneficiar sus tierras, y el pósito disponía de fondos, se consideraba qué hacer, a tenor de lo que prometiera la cosecha, o si era más útil emplear los fondos en el panadeo, como se hacía en los años de crisis. El resultado era que los pósitos, aunque en menor proporción, también podían abrir un plazo de préstamos, bien en dinero bien en grano, en primavera. Si se decidía repartir grano, se procedía de la misma manera que para la sementera. Para admitir las solicitudes correspondientes, la autoridad municipal también abría un plazo y señalaba ciertos días para que pudieran presentarse.

     Aunque según la historiografía la data de barbechera se abría en febrero o marzo, los memoriales enseñan que los límites cronológicos máximos de la data de barbechera estaban comprendidos entre marzo y mayo. De una serie compuesta con 7 años, también de fines del siglo XVIII, se deduce que la data se abría uno o, excepcionalmente, dos días, y que las fechas se distribuyen de una manera bastante homogénea entre marzo (dos), abril (tres) y mayo (dos).

     En la descripción del fin para el que el préstamo de barbechera de 1781 es solicitado las maneras de expresarse de los autores de la serie A son distintas de las utilizadas por los demandantes de la serie B. Los primeros describen un fin doble: beneficiar la sementera y hacer los barbechos o escardar la sementera y beneficiar los barbechos. Los otros suscriptores de los memoriales son mucho más directos y restringidos. En 26 de los casos mencionan las escarda o simplemente invocan el verbo escardar, nada más. Casi siempre que habla de esta manera, el aspirante explota una superficie de 10 fanegas o menos; la inmensa mayoría, entre dos y seis. En los otros ocho casos la superficie no es declarada, o, con más frecuencia, se trata de parcelas en el límite superior de la pequeña explotación (6-10 fanegas). Se habla de acabar de beneficiar, escardar y beneficiar o escardar y demás beneficios, escarda y barbechera y escardar la sementera y hacer los barbechos.

     A la data de barbechera los demás memoriales empiezan por referirse, con preferencia y de manera abreviada, empleando la palabra escarda y más raramente barbechera. Pero, como hemos explicado, desde el principio se empleaban expresiones más descriptivas como escarda y barbechera, escarda y barbechos, escarda y hacer la barbechera o escarda de su sementera y beneficiar sus tierras. La retórica de las descripciones podría enriquecerse aún con palabras y expresiones como beneficio y beneficiar las tierras, que cuando se utilizan exclusivamente resultan tan abiertas como ambiguas. Pero, según pasan los años, se van imponiendo expresiones como escarda y recolección, escarda y recolección de su sementera, barbechera y recolección o beneficio y recolección, para al mismo tiempo dar paso a palabras y expresiones tan francas como recolección, recolección de su sementera y ayuda a levantar su sementera.

     Parece, pues, que las situaciones tipo son tres. Las explotaciones más pequeñas, en su porción más importante, porque con mucha probabilidad carecieran de capacidad para sostener un plan de cultivo que se prolongara más de un ciclo, renunciarían a barbechar, al tiempo que practicarían sistemáticamente la escarda. La dimensión de su parcela y la cantidad de trabajo de la que podían disponer así lo permitirían. Para hacer frente a los gastos de la escarda solicitaban su modesto préstamo. La escarda pura, en su parcela, porque podía practicarse con la intensidad que en un jardín, con seguridad les permitiría impulsar los rendimientos. Es una prueba directa sobre cómo responderían, o compensarían, el límite a la inversión que imponía el pósito (ver después). Queda por demostrar, porque la fuente no lo permite, si una escarda intensiva del cereal, en estos casos, consentía, una vez entresacada la sementera, requerirla con un trigo tremés. En caso de que se probara positivamente, el préstamo solicitado podía tener esa aplicación directa.

     Las explotaciones de mayor tamaño, las grandes productoras del cereal, a las que el pósito solo permite asomarse parcialmente, porque necesitan menos de este medio de financiación, en plena primavera con preferencia atendían los barbechos. La continuidad de las labores las obligaba a actuar así. Se puede deducir que la especie solicitada, en esta parte de su aplicación, estaba destinada al pago del trabajo, y no a siembra, puesto que se trata de trigo y no de cualquier otro grano o semilla.

     Ahora bien. Al tiempo que se acometía el barbecho, en las grandes explotaciones, con el crédito en trigo, se financiaban otras actividades de primavera, a las que genéricamente llaman beneficios, pero a las que también sus promotores explícitamente se refieren llamándola con el nombre propio de la faena correspondiente a la estación. En caso de que la escarda fuera la regularmente practicada, las posibilidades que hemos deducido para las pequeñas explotaciones son admisibles en este otro tamaño de la actividad, siempre que se considere que la cantidad de trabajo que puede aplicarse a él, si quiere ser fuente para el incremento del producto, exigiría fuertes inversiones; lo que puede ser un propósito, a la vista de las cantidades solicitadas, y una frontera que se aleja, si se observa la cantidad que el pósito procura (ver más adelante).

     La tercera posibilidad es la mixta, localizada en la franja de contacto entre las dos modalidades de explotación. En unos casos, aun tratándose de pequeñas parcelas (4 fanegas, por ejemplo), se podrá aspirar al barbecho porque entre en la escala del pegujal; mientras que en otros, aun tratándose de parcelas de cierta entidad (24 fanegas, por ejemplo), que admitirían el recurso al barbecho, precisamente porque se trata de pegujales, no incluyen en su horizonte laboral más que la escarda.

     De todo esto se deduce que la data de primavera del pósito, conocida de muchas maneras, consistía, en los términos más generales, en la concesión de créditos en grano para acometer, quienes los necesitaran, el final de la producción de los cereales, marcado por las actividades comprendidas entre la escarda y la recolección, y que incluyen, en su caso, las faenas de barbecho. Son actividades que ocasionan un alto gasto en personal. Se fuera a contratar mucha o poca mano de obra para estos trabajos, una parte de quienes habían emprendido el cultivo aprovechaban para ampliar su crédito en especie de la campaña en caso de que lo necesitaran. Esta deducción permite excluir, con bastante probabilidad de acierto, la posibilidad de que una parte del grano de primavera fuera destinado a la resiembra. Los préstamos en grano de la primavera están destinados, si no de manera exclusiva sí con absoluta preferencia, a pagar gastos de personal, así como los de la data de sementera se invierten como materia prima. La data de barbechera es para mantener a quienes trabajan en ella. En la medida en que el pegujal pueda utilizarse como medio de pago del trabajo fijo, posibilidad restringida pero real, todo el préstamo del pósito, tanto el de otoño como el de primavera, estaría en el fondo destinado a sufragar los gastos de trabajo

     En consonancia con la amplia gama de aplicaciones del préstamo de primavera, durante el periodo 1743-1765 se comprueba que la firma de las escrituras de obligación de barbechera ha podido dilatarse durante el periodo comprendido entre enero y junio, y solo algunos años quedar restringida a periodos delimitados por el transcurso de la primavera.

     El volumen de los préstamos de barbechera se analiza en los cuadros siguientes, que sintetizan, con el mismo lenguaje que se utiliza en los cuadros que corresponden a la sementera, los datos que lo permiten. Para la data de barbechera de 1781 fueron presentadas 20 solicitudes de la serie A, 651 de la B.

     Cantidades de trigo solicitadas para la escarda y barbechera de 1781:

Clase de préstamo  (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades  (en %) [% a·b ]

1

1

1

3

0,3

2

8

16

22

5

3

5

15

14

4

4

6

24

17

6,7

5

3

15

8

4

6

5

30

14

8

8

2

16

5

5

12

1

12

3

3

25

1

25

3

7

34

1

34

3

9

50

1

50

3

14

60

2

120

5

34

Totales

36

358

   

     Cantidades de trigo concedidas en la data de escarda y barbechera de 1781:

Clase de préstamo (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades

(en %)

[% a·b]

1

4

4

11

3

2

21

42

58

32

3

4

12

11

9

4

1

4

3

3

6

1

6

3

5

8

1

8

3

6

10

1

10

3

8

12

2

24

5

19

20

1

20

3

15

Total

36

130

   

     Relación entre superficie sembrada y cantidad solicitada:

Cantidad solicitada por unidad de superficie sembrada

Número de casos

Valores acumulados

Solicitaron entre 0,33 y 0,5 fanegas por fanega

4

 

0,66

8

 

Entre 0,75 y 0,8

3

15

1

7

 

Entre 1,25 y 1,5

5

 

1,66

1

 

2

3

9

     Relación entre cantidad solicitada y cantidad recibida:

Cantidad recibida

Número de casos

Recibieron entre el 16,6 y el 20 %

4

El 25 %

2

El 33,3 %

3

Entre el 37,5  y el 40

3

El 50 %

8

El 60

1

El 66,6

6

El 80

1

El 100 %

8

     Para casi la totalidad de los casos de la serie B de la data de barbechera de 1781 se describe el tipo de empresa que sostiene el solicitante. La precisión de la referencia a esta característica es tanta que se puede afirmar que, cuando no consta, no es del tipo generalmente mencionado, como de la superficie declarada o de la cantidad de grano solicitado se puede deducir.

     Las treinta empresas que se denominan por su tipo son pegujales, de los cuales uno se combina con un haza, para componer una explotación de una extensión total de 24 fanegas, mientras que los otros veintinueve son puros. Las condiciones en las que están constituidas estas empresas que necesitan crédito en primavera se define de manera sumaria, a la vez que precisa, indicando que están en un cortijo, del que se menciona bien el nombre de su amo bien su topónimo, generalmente conocido. Así ocurre en veintitrés de los veintinueve casos. En los otros seis o la expresión es de una ambigüedad tan consentida que con facilidad se pueden atribuir al caso general, o extraordinariamente se trata de una suerte.

     Las superficies sobre las que están organizados estos veintinueve pegujales están resumidas en este cuadro:

Superficie

(en fanegas)

Frecuencia

2

6

3

6

4

6

5

2

6

6

8

1

10

2

     De aquí se deduce un pegujal tipo, de los demandantes del trigo del pósito en primavera, de algo más de 4 fanegas de superficie (128 fanegas / 29 pegujales).

Comparación sementera/barbechera

Analizada cada secuencia continua de escrituras de obligación, se llega a la conclusión, para el periodo 1743-1746, que el alcance cuantitativo de cada una de las datas conocidas fue el que resume el siguiente cuadro:

Data

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

1743, barbechera

16

146

9,125

1743, sementera

40

510

12,75

1744, barbechera

10

92

9,2

1744, sementera

73

700

9,589

1745, barbechera

28

286

10,214

1745, sementera

118

1.044

8,847

1746, barbechera

63

455

7,222

     Si, de un lado, acumulamos todas las sementeras y de otro todas las barbecheras, obtenemos los valores síntesis:

Data

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

Sementeras, 3

231

2.254

9,757

Barbecheras, 4

117

979

8,367

     Afirmar que una modalidad de data estimula más el crédito que otra no sería correcto. Aunque es cierto que la data de sementera exige más concesiones y que el volumen tipo del crédito concedido es más alto en las mismas circunstancias, los préstamos tipo, porque oscilan ente más de 12 fanegas y algo más de 7, no parecen depender tanto de la época del ciclo cuanto de la cantidad de grano disponible en el pósito. Pero sí es una medida directa de la diferencia entre ambos momentos que el número medio de préstamos por data sea de 77 cuando se trata de sementeras, mientras que solo se conceden 29,25 por término medio cuando se trata de la barbechera. Como estos modestos valores son compatibles con altos préstamos tipo (entre 7 y 12 fanegas), habrá que reconocer que en el tiempo al que precisamente nos referimos, por comparación con lo que en otros periodos ocurre, la demanda de préstamos probablemente sea baja.

     Un análisis del volumen de créditos según los años contables del pósito, en vez de segregar sementera de barbechera, tendría que asociarlas según ciclos, o años cosecha, como prefiere llamarlos la historiografía especializada. Si aplicamos este criterio, con la serie de la que disponemos, podemos componer tres ciclos completos (sementera + barbechera), que nos permiten observar el volumen total de los préstamos del pósito por año contable, según impone la economía del cereal, así como su incremento a lo largo del periodo analizable:

Ciclo

Número de créditos [a]

Trigo prestado (en fanegas) [b]

Préstamos tipo (en fanegas) [b/a]

1743-1744

50

602

12,04

1744-1745

101

986

9,762

1745-1746

181

1.499

8,281

     Observando de esta forma el comportamiento del pósito, se deducen principios bastante claros. Expande el pósito su mercado concediendo un mayor número de créditos, aunque el volumen de trigo arriesgado no se incremente en la misma proporción. El resultado es una progresiva disminución del tamaño del crédito, lo que equivale a decir del pegujal, la empresa cuya viabilidad depende en el mayor grado del trigo del pósito.

     El crecimiento de la demanda del crédito público de granos, porque es al mismo tiempo incremento de los pegujales, puede parecer indicio del estancamiento de la agricultura de los cereales que invierte en la producción para el mercado. Como la posibilidad de ingresar por venta es modesta, el aprovechamiento del espacio se rentabiliza cuanto es posible por cesión, y así se permite que al grano se acceda más por autoabastecimiento.

     Pero, si la proporción del pegujal que es forma de pago del trabajo conociera un incremento mayor que el resto de los pegujales, podría esta modalidad ser declarada responsable de la presión sobre la demanda del crédito en grano. La empresa para la producción comercial del grano, habitualmente llamada labor, porque ve posibilidades para su producto y en consecuencia aumenta el espacio cultivado, demanda mayor cantidad de mano de obra, cuyo costo en parte descarga sobre la superficie que domina.

     De 1759-1760 en apariencia tenemos el ciclo íntegro, sementera y barbechera, pero nuestra información sobre el tamaño de los préstamos no es comparable con otras. El de sementera, que incluye 75 escrituras y un total de 877 fanegas concedidas, solo registra los créditos por debajo de las 20 fanegas (serie B). Pero las escrituras de la data de barbechera, que mezcla los créditos de la serie A con los de la serie B, acumula 140 préstamos y un volumen cedido de 4.204,5 fanegas. De 1763 solo disponemos de información sobre los créditos de la data de sementera (312 préstamos por un total de 2.854,5 fanegas), mientras que de 1765 solo conocemos los de la data de barbechera (127 préstamos para 965 fanegas), ambas de serie B.

     Para el periodo 1781-1799, aparte las datas que son analizadas como tipo (sementera de 1780 y barbechera de 1781), el número de memoriales presentados a cada una fue el que registra el cuadro:

Data

De la serie A

De la serie B

De las dos series

Sementera 1781

116

919

Escarda 1782

9

60

Sementera 1783

87

287

Sementera 1784

127

829

Sementera 1786

82

635

Escarda 1787

12

26

Sementera 1787

41

761

Escarda 1788

22

246

Sementera 1788

100

967

Sementera 1796

63

840

Escarda 1797

173

Sementera 1797

879

Escarda 1798

264

Sementera 1798

654

Escarda 1799

84

Sementera 1799

393

     Separadas las dos fases de préstamo, se obtienen las dos versiones de la misma tabla.

     Para las sementeras:

Años

A

B

A+B

1781

116

919

1783

87

287

1784

127

829

1786

82

635

1787

41

761

1788

100

967

1796

63

840

1797

879

1798

654

1799

393

Totales

616

5.238

1.926

     Para las escardas:

Años

A

B

A+B

1782

9

60

1787

12

26

1788

22

246

1797

173

1798

264

1799

84

Totales

43

332

521

     Lo que hace un total de 7.780 memoriales de sementera y 896 de escarda, y que ambas series sumen 8.676 memoriales.

     Que el demandante más frecuente de los créditos fuera pegujalero, y que esta empresa no cuente, por la condición que la origina, con una duración superior al ciclo biológico, explica que la proporción de los préstamos de primavera sea muy inferior a los de otoño, e incluso, salvo pérdida de documentos, que, así como la data se sementera sea inexcusable, la de escarda puede no ser imprescindible. Los préstamos de primavera apenas son la décima parte de todos los préstamos conocidos a través de los memoriales.

     Pensando en la empresas que pueden continuar de un año para otro, que son de mayor tamaño y tienen por tanto más gastos de personal a partir de la primavera, habría que aceptar, dado tanto desequilibrio entre una y otra data, que el endeudamiento para adquirir la materia prima es más irrenunciable que el que obligaría a sufragar los gastos de personal de la segunda mitad del ciclo. El precio del crédito de sementera, relativamente barato, la certeza de que es una inversión productiva directa o que los gastos de la segunda parte del ciclo pueden ser inmediatamente absorbidos por el producto, pueden ser factores que retraigan del endeudamiento en la fase final del proceso. Asimismo, se podría considerar la posibilidad de que el ahorro de grano fuera con preferencia invertido en gastos de personal, del mismo modo que por encima de todo es guardado para la alimentación doméstica.

     También pueden ser razones que retraigan del segundo préstamo en grano de la campaña el fondo del que disponga el pósito y la marcha de cada empresa. Si el pósito, en el transcurso del ciclo, va consumiendo sus fondos, la oferta que haga en primavera siempre será más restringida que la anterior. Los datos que hemos podido analizar indican, sin embargo, que la demanda de los créditos se retrae antes que su oferta. Y, en el caso de que fuera la evolución de las empresas durante el año la que recomendara renunciar a mayores compromisos de crédito, tendríamos que suponer que para la mayoría las cosas habrían de marchar mal, lo que no puede ser admitido como principio activo todos los años.


Repartimiento de sementera

Tadeo Coleman

La actividad regular de los pósitos la decide el alcance de sus préstamos, que pueden analizarse a través de los repartimientos o datas. Para analizar los de trigo recurrimos a los dos tipos de documento que nos han demostrado mayor capacidad de informarnos sobre ellos, los memoriales y las escrituras de obligación. Memorial, en los pósitos, se llamaba durante el siglo XVIII a las instancias con las que los demandantes de crédito formalizaban su solicitud. Escritura de obligación era el siguiente en el procedimiento. Por ella, el demandante de cada crédito, al que finalmente se le había concedido al menos una parte de lo que había solicitado, reconocía, con el aval de sus fiadores, su deuda. 

En el pósito al que nos hemos atenido la serie completa de los memoriales abarca el periodo 1775-1824. Suma un total de 11.222 documentos. Sabiendo por otras series que la vida de la institución se prolongaba, de manera ininterrumpida, al menos entre 1765 y principios del siglo XIX, aun siendo enorme el tamaño del universo, podíamos tener la certeza de que los memoriales solo se conservaban para algunos de esos años, a pesar de lo cual no podíamos abarcarlos todos. Decidimos explotarlos por muestreo. Nos pareció que una muestra del 5 %, que daba un tamaño de 561 casos, proporcionaba un universo suficiente para ensayar deducciones con criterio estadístico.

     Los memoriales se presentaban para cada una de las datas o repartimientos, los nombres con los que la gestión de estas entidades identificaba cada uno de los periodos de cada año durante los que admitían y atendían las solicitudes de crédito. Se ordenaban en dos series independientes, la que decidimos llamar serie A, identificable por su numeración correlativa corta, y la serie B, que se formaba siguiendo una numeración larga. Tal como prescribía la norma, la que habíamos llamado serie A se podía además separar con seguridad a partir de la magnitud de las cantidades de grano solicitadas. Era la colección de las demandas de grandes cantidades, mientras que la B recopilaba las peticiones de poco grano.

     Para cada data tomamos el primer y el último documento de sus respectivas series y todos los casos terminados en 0 cuya decena fuera par (números 20, 40, 60, etcétera de cada secuencia). En caso de que faltaran o fueran ilegibles los documentos seleccionados, recurrimos a los anteriores o posteriores alternativamente. Aplicando estos criterios, resultó una muestra final de 626 casos, lo que suponía un valor relativo de 5,56 %, ligeramente superior al que inicialmente nos habíamos propuesto, al tiempo que útil para hacer frente a cualquier imprevisto. Para esta ocasión nos ha parecido conveniente detener el análisis en los memoriales de 1799, entre otras razones porque después de esa fecha solo están disponibles los de 1823 y 1824. No obstante, en caso necesario, no se prescinde de la información que estos últimos puedan proporcionar.

     De cada instancia tomamos los siguientes datos: un número de orden atribuido por nosotros, la fecha del documento, el número de la instancia en su serie, nombre y apellidos del solicitante, residencia en calidad de vecino, domicilio, fin para el que se solicitaba el préstamo, cantidad y tipo de grano solicitado, la cantidad de grano concedida, que ya se anotaba en la solicitud, el nombre del fiador, otros datos relativos a la fianza y cualquier observación de interés no prevista. Además, la calidad descriptiva del fin para el que se solicitaba el préstamo permitía conocer para buen número de casos, aparte su argumento, la superficie cultivada por el solicitante, el tipo de explotación o empresa, bajo qué régimen accedía a la tierra, quién era su propietario y dónde estaba. De nuevo el tipo diplomático que se denomina a sí mismo memorial se muestra como uno de los más fecundos de los depósitos municipales.

     Para analizar con el mayor detalle las características de las datas, para esta ocasión hemos analizado los memoriales de las más próximas a mediados de siglo que permite la colección. La primera de sementera es la de 1780 y la de 1781 es la primera de escarda y barbechera. La muestra extraída para la de sementera de 1780 suma 80 casos (5,15 %), mientras que la muestra de la barbechera de 1781 alcanza los 36 casos (5,4 %). Así como la primera ha sido la base para deducir las características generales de las demandas de crédito, de la data de barbechera hemos retenido solo la parte del análisis que permite conocer rasgos peculiares de esta segunda fase de los préstamos de cada ciclo.

En el pósito de referencia se conservaban dos colecciones de escrituras de obligación con interés para el periodo por el que se interesa este texto. La primera, con forma de expedientes, reunía documentos del periodo 1743-1765, mientras que la segunda, encuadernada en 27 libros, comprendía los años entre 1765 y 1816. Decidimos explotarlas todas, aunque tomando solo su parte cuantitativa. Como los memoriales nos permitían conocer con mucho detalle las circunstancias de cada crédito, ahora se trataba de reunir la secuencia más completa del tamaño de la actividad del pósito. Las escrituras de obligación eran las únicas que permitían averiguar el volumen total de los créditos de cada año.

     Para completar la parte analítica de este texto, hemos decidido estudiar por partes solo la colección de escrituras más antigua. La formaban cinco expedientes o cuadernos, que al principio también a sí mismos se llamaban libros, con desigual contenido cronológico. De un lado, los tres primeros contenían escrituras firmadas entre los años 1743 y 1746; los otros dos, aunque comprendían los años de 1759 a 1765, tenían escrituras de 1759 y 1760 y otras de 1763-1765. Todas las del periodo 1743-1746 comprometían créditos de la serie B, los inferiores a 20 fanegas. Afortunadamente se trataba de una serie continua, aunque corta, muy útil para analizar la actividad regular del pósito, tras su refundación, durante la primera mitad del siglo XVIII. De las escrituras de 1759-1760, 1763 y 1765, de muy limitado valor por su discontinuidad, solo algunas de sus menciones pueden tener interés. El análisis de las escrituras de obligación a partir de 1765 sobrepasa lo que en este momento necesitamos.

     Tratar con la información del pósito permite por tanto, a través de la serie B, la observación directa de las empresas menores dedicadas a la explotación del cultivo de los cereales.

Según la ley, podía haber hasta tres repartimientos, el de sementera, el de barbechera y escarda y el de recolección de frutos. En el pósito de referencia solo se documentan los dos que los memoriales prueban con insistencia, porque efectivamente se presentaban solo en dos ocasiones cada año como máximo. Respectivamente son conocidos como data de sementera y data de barbechera. Hasta donde la muestra de los memoriales permite observar el fenómeno, se puede afirmar categóricamente que al pósito el único grano que se le pide es trigo y el pósito el único grano que presta es trigo.

     Los préstamos en grano de los pósitos eran solicitados sobre todo para la sementera.  La licencia para el repartimiento de sementera, que la concede la autoridad regional a cada población, limita la cantidad de trigo que del fondo del pósito puede repartirse. Normalmente la fracción oscila entre un tercio y la mitad de la masa total de grano atesorada. Los solicitantes, dentro del plazo marcado por su autoridad municipal, presentan declaración de la superficie que tienen prevista para la sementera, dónde está y el trigo que necesitan, y hacen constar el nombre de sus fiadores.

     Para quienes aspiraban a este crédito, la administración del municipio habilitaba solo un día, o a lo sumo dos, normalmente de la primera mitad del mes de noviembre, para que presentaran su solicitud. Excepcionalmente los retrasan a primeros de diciembre o señalan determinados días, separados entre sí a intervalos crecientes, en cuyo caso las fechas podían prolongarse entre primeros de noviembre y primeros de enero. Para estos casos, la explicación probable es el retraso de las lluvias de otoño, aunque también podría atribuirse a que la entidad se demorara en la reposición de su depósito de grano.

     Para 11 años de finales del siglo XVIII, habitualmente la fecha para admitir las solicitudes del reparto de sementera osciló entre el 4 y el 17 de noviembre (nueve de los once casos). Solo en uno se pospuso a diciembre, habilitando fechas a principios y a finales del mes, y en otro el periodo se prolongó nada menos que entre comienzos de noviembre y comienzos de enero siguiente, con un calendario que habilitó siete fechas (cinco de ellas en noviembre).

     La norma no admitía como aspirantes a préstamo a quienes tuvieran trigo bastante para mantener a su familia y para sembrar sus barbechos. Cualquier privilegiado inicialmente tampoco puede aspirar a ellos, salvo que expresamente se someta a la jurisdicción real, la vía para el apremio en caso necesario. Asimismo, quedan al margen del derecho a postularse quienes deban todo lo que anteriormente hubieran recibido, aunque los deudores parciales pueden recibir préstamos parciales, hasta completar la cantidad total por la que antes se endeudaron, y quienes tienen algo de trigo, pero no suficiente para completar su sementera, con quienes se procede de manera similar.

     La lectura de los memoriales nos sugirió la posibilidad de que entre los peticionarios hubiera testaferros, pero no pudimos reunir ningún testimonio que permitiera sospechar su presencia en algún caso. Dedujimos también la posibilidad de que entre los fiadores o avalistas los hubiera que intervenían en el negocio exclusivamente con este papel, y evidentemente buscando obtener beneficio de esta modalidad de participación. Porque en este caso sí disponíamos de una prueba. Ciertos nombres de avalistas se repiten. No exploramos más la posibilidad porque no tenía más fundamento que este y porque su frecuencia, en el universo de la muestra, no era relevante.

     La autoridad municipal, asistida por labradores prácticos e inteligentes de la población, hace el reparto, cumplido el plazo de presentación de las solicitudes. A cada cual se le concede según la tierra preparada y a proporción del prorrateo de la cantidad total que se haya podido repartir.

     Para un tercio de los casos no se menciona tipo de explotación en el que tienen previstas las tierras para las que se solicita el crédito en grano, pero para los otros dos tercios se mencionan cuatro: cortijo, haza, suerte y pegujal. El cortijo se identifica en el 85 % de los casos en los que consta la mención, la suerte en el 9, el haza en el 4 y el pegujal en el 2. Excepcionalmente se menciona también un manchón como parte de un cortijo. El pegujal, que en realidad es una modalidad de explotación, no es incompatible con el cortijo, la unidad de producción tipo. Se menciona como el pegujal que se tiene en un cortijo, con lo que la lectura correcta, dada la extensión dominante, debe ser la inversa: es probable que al menos unas tres cuartas partes de las solicitudes estén destinadas a la siembra de un pegujal organizado en las tierras de un cortijo.

     Las superficies que dicen tener preparadas para sembrar los solicitantes de la data de otoño de 1780 así lo demuestran. Se sintetizan, en valores relativos, en la siguiente tabla.

Tamaños

(en fanegas)

Frecuencia

(en %)

Frecuencias acumuladas

De 2 a 5

38

 

De 6 a 10

35

73

De 11 a  15

11

84

De 16 a  20

5

16 / 89

De 30 a 100

8

 

Más de 100

3

 

     Al fin al que pretenden destinar el grano solicitado para la sementera de 1780 los demandantes prefieren referirse, en más de nueve de cada diez casos, recurriendo al verbo empanar, usado en un sentido traslaticio que aún conserva. También hablan de hacer la sementera, sembrar su sementera, sembrar, sembrar de trigo o cubrir. De la misma manera, en los demás memoriales prefieren emplear de manera resumida, y en una proporción abrumadora, el verbo empanar. Solo en algún caso lo sustituyen por sembrar, por el sustantivo sementera o por la expresión empanar la sementera. En dos ocasiones los memoriales fueron excepcionalmente explícitos: en un caso el trigo se pedía para acabar de sembrar y en otro para concluir la sementera.

     Desde el principio podíamos sospechar que no todos los solicitantes dependerían del trigo del pósito por completo, si querían hacer una sementera a su satisfacción. La extraordinaria frecuencia de estas menciones (solo dos casos, entre 626), en reciprocidad, autoriza pensar que pudo ser condición para acudir al pósito, en demanda del crédito primordial para acometer la empresa de los cereales, carecer por completo de grano. Los clientes del pósito podrían ser la parte más descapitalizada de materia prima de la economía de los cereales.

     Hay tres mujeres solicitantes, frente a 77 hombres. De los varones no se especifica el estado civil, mientras que de las mujeres en dos casos se dice que son viudas. Para 75 de los solicitantes no consta la profesión, y de los dos casos colectivos sabemos que se trata de aperadores y temporiles de cortijos, que actúan mancomunadamente. Se mencionan además dos presbíteros y el maestro de molino de pan de cierto amo. La residencia de los solicitantes es la ciudad, aunque hay una excepción, tan irrelevante que tomarla en consideración deformaría inútilmente el análisis. Con frecuencia, los demandantes de la serie A no mencionan su domicilio.

     En los otros memoriales, a la identificación del solicitante no suelen acompañar palabras que permitan completar la idea que de ellos pudiéramos hacernos. Apenas se enuncia el nombre de cada uno de ellos, y al de las mujeres que esporádicamente aparecen a lo sumo acompaña su condición de soltera o viuda. Tienen interés, no obstante, tres identificaciones más explícitas: el prior de un convento de la orden de predicadores, el prior de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el prior de un convento del carmen calzado.

     Para la data de sementera de 1780 fueron presentadas 80 solicitudes de la serie A y 1.472 de la serie B. En todos los casos el trigo que se solicita para la sementera de 1780 se corresponde con la superficie preparada, pero no siempre el cálculo del que se necesita se hace en paridad. Al contrario, lo más frecuente es solicitar por encima de la cantidad de superficie preparada. Esto permite deducir que los clientes del pósito proyectaban dos tipos de inversión de simiente por unidad de superficie. En el siguiente cuadro quedan resumidos en términos relativos.

Inversión

en simiente

%

Por debajo de la paridad

3

En paridad

6

1,1 fanegas / fanega

3

1,2

6

1,25

13

1,33

13

1,4

3

1,5

31

1,66

11

1,8

1

2

8

2,1

1

2,5

1

     La cantidad de simiente invertida por unidad de superficie, en la explicación habitual, parece consecuencia directa de la calidad del suelo. Los suelos más aptos serían susceptibles de una mayor inversión porque tendrían que responder con una mayor cantidad de producto. Sin que pueda impugnarse este principio con estos datos –y puede esperarse que en parte las oscilaciones de los tipos planeados respondan a una gama quizás amplia de calidades del suelo–, la frecuencia con que la inversión se sitúa por encima de la paridad, que rebasa las 9/10 partes, permite deducir otro factor agente de una decisión de tanta trascendencia como es la que afecta a las cantidades invertidas como materia prima en cada empresa. Cuando se trata de pequeñas cantidades de tierra, el límite de la productividad que imponga la tierra puede ser compensado con la cantidad de trabajo, agente directo de la mayor intensidad. Se desea invertir cantidades relativamente altas porque se da por supuesta la disponibilidad de altas cantidades de trabajo.

     También es posible que solo fuera una táctica. En la siguiente tabla se recoge toda la información que los memoriales dan sobre las cantidades por último prestadas por el pósito. La primera columna expresa la clase de préstamo concedido, reducida a su cantidad tipo; la segunda, el número de préstamos de cada tipo que se concedió; la tercera, el producto de la primera por la segunda, de modo que la suma expresa el volumen íntegro de los préstamos concedidos, dentro de los límites de la muestra; la cuarta, el valor relativo de cada clase de préstamo (valores relativos de la columna segunda, b); y la última, el valor relativo de cada cantidad prestada (valores relativos del producto a·b).

Clase de préstamo (en fanegas) [a]

Número de préstamos [b]

Volumen de los préstamos [a·b]

Valor relativo de los préstamos

(en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades prestadas

(en %) [% a·b ]

2

18

36

23

6

3

25

75

31

12

4

8

32

10

5

5

4

20

5

3

6

7

42

9

7

8

5

40

6

6

9

1

9

1

1

10

3

30

4

5

12

2

24

3

4

14

1

14

1

2

18

1

18

1

3

30

1

30

1

5

50

3

150

4

24

110

1

110

1

17

Totales

80

630

   

     Las cantidades solicitadas pueden tratarse con el mismo criterio. A continuación se resume, también en forma de tabla, toda la información sobre las cantidades que los demandantes de préstamo inscribieron en sus memoriales como expresión de sus deseos. La primera columna es, también en esta ocasión, para los tipos de préstamo a los que aspiraba; la segunda, para su correspondiente frecuencia; la tercera, para la cantidad que por cada tipo se acumularía (producto de la primera por la segunda columna); la cuarta, para los valores relativos de las frecuencias de los tipos; y la última, para el valor relativo de las cantidades que el pósito hubiera tenido que desembolsar por tipo.

Clase de préstamo solicitado (en fanegas) [a]

Número de préstamos solicitados [b]

Volumen de los préstamos demandados [a·b]

Valor relativo de los préstamos  solicitados (en %) [% b]

Valor relativo de las cantidades demandadas (en %) [% a·b]

2

1

2

1

0,12

3

2

6

3

0,36

4

4

16

5

0,97

5

3

15

4

0,91

6

15

90

19

5,44

8

9

72

11

4,35

9

1

9

1

0,54

10

11

110

14

6,65

12

9

108

11

6,53

14

1

14

1

0,85

15

4

60

5

3,63

16

2

32

3

1,93

17

1

17

1

1,03

20

5

100

6

6,05

24

2

48

3

2,90

30

2

60

3

3,63

45

1

45

1

2,72

50

1

50

1

3,02

60

2

120

3

7,25

80

1

80

1

4,84

100

1

100

1

6,05

200

1

200

1

12,09

300

1

300

1

18,14

Totales

80

1.654

   

     Podríamos detenernos en el análisis de las diferencias entre este cuadro y el que le precede. Pero creemos que es suficiente un dato que las aísla, a la vez que las resume. Mientras que los peticionarios aspiraban a 1.654 fanegas de trigo, el pósito solo les concedió 630, poco más de la tercera parte de los deseos. Hubo de ser recurso del procedimiento, cuando se solicitaba crédito, una táctica que cualquiera está dispuesto a admitir como justificada, pedir por encima de lo que realmente se necesitara.

     Es posible que así fuera, e incluso que la institución de crédito dispusiera de información sobre quienes, aun disponiendo de fondos propios, recurrían a ella, y en qué medida; o, con mucha probabilidad también, sobre el crédito que merecían las solvencias comprobadas, tanto del solicitante como de su valedor. Nada de esto queda a nuestro alcance, porque los memoriales no llegan tan lejos. Pero sí permiten averiguar que el pósito discrimina sin equidad. No limita el crédito de manera homogénea, aunque hemos de admitir que a nadie lo deniega absolutamente, al menos dentro de los límites de la muestra.

     El siguiente cuadro describe la distancia entre las cantidades pedidas y las concedidas. La primera columna se refiere a la proporción de la cantidad solicitada que fue correspondida y la segunda a la cantidad de casos que fueron atendidos con cada clase de respuesta. La tercera reduce los valores de la segunda a base 100.

Proporción correspondida

Casos atendidos

Valor relativo de los casos (%)

Recibieron más del 10 % y menos del 20 %

6

7,5

El 20 % de lo solicitado

7

9

El 25 %

8

10

Entre el 30 y el 39 %

13

16

Entre el 40 y el 49 %

10

12,5

El 50 %

18

22,5

Entre el 55 y el 66 %

5

6

El 66,6 %

7

9

Entre el 75 y el 84 %

3

4

El 100 %

1

1

Entre el 120 y el 125 %

2

2,5

     Nadie podría recriminarle al pósito que tuviera sus criterios para discriminar, menos aún si estaba aconsejado por la prudencia, que en las instituciones de crédito es la garantía de su estabilidad. A lo sumo se le podrá objetar tenerla localizada in media res. Es cierto que la equidistancia no garantiza la mayor verdad, aunque sí ganar la posición más segura.

     Sí podría ser sometido a juicio en materia de rendimientos. Si un solicitante al pósito no dispusiera de reserva de grano, ni más medio de financiación en especie que este, toda su inversión dependería del crédito que se le concediera. No hay que desautorizarlo porque prefiriera suponer lo contrario, muy probablemente de manera justificada. Pero de su parte no hubo esfuerzo para permitir que los rendimientos se acrecentaran entre todos, porque también actuó con parcialidad cuando se trató de atender la demanda. El pósito disponía de información sobre la cantidad de superficie que cada solicitante había preparado. Esto sí que lo sabemos con seguridad porque consta en los memoriales.

     El siguiente cuadro demuestra que para la mayor parte de los casos su posición de partida estuvo en la limitación activa de los rendimientos de las explotaciones de poca superficie. Registra en qué medida fue colmada con grano del pósito la superficie preparada para la sementera. La columna de entrada expresa, en valores proporcionales, cuántas fanegas pudieron sembrarse por fanega de superficie con la cantidad de grano prestado por el pósito. La segunda refiere el número de casos incursos en cada uno de los tipos previstos en la columna anterior, y la tercera, como es ya norma, reproduce los valores de la segunda en términos relativos, con la intención de generalizar lo que esta experiencia enseña.

Trigo del pósito sembrado por unidad de superficie

Número de casos

Valor relativo de los casos (%)

Sembraron entre 0,14 y 0,18 fanegas de trigo del pósito por fanega

3

4

Entre 0,20 y 0,26

5

6

Entre 0,33 y 0,375

11

14

Entre 0,40 y 0,45

2

2,5

0,50

15

19

Entre 0,54 y 0,64

8

10

0,66

10

13

0,75

9

12

Entre 0,77 y 0,80

4

5

1

6

8

1,25

2

2,5

1,5

2

2,5

1,66

1

1,5

     Para valorar el alcance de estas decisiones basta comparar estos datos con los que recoge el cuadro sobre la inversión proyectada por los peticionarios. Si los solicitantes se resignaron a sembrar menos superficie de la que habían preparado, el tamaño real de las pequeñas empresas el pósito, por inducción, con sus créditos lo reduciría. Conocido que el pósito actuaría con restricciones, es posible que la táctica de los demandantes de créditos por debajo de veinte fanegas fuese declarar más superficie de la que realmente tenían preparada. Aun aceptando que la reducción fuera proporcional a las superficies declaradas (aunque, como hemos demostrado, en absoluto no es así), el efecto sería el mismo: reducción del tamaño tipo de la empresa organizada como pegujal que depende del crédito del pósito.

     Una vez concedido, para formalizar el préstamo, los prestatarios disponían de tiempo. A mediados de siglo, durante el periodo comprendido entre 1743 y 1765, las escrituras de obligación de sementera solían firmarse en días hábiles comprendidos entre noviembre y diciembre de cada año, y solo excepcionalmente su firma se adelantaba a octubre o se prolongaba hasta enero. Es probable que fuera al tiempo de formalizar la obligación cuando los solicitantes retirasen su trigo. En los pósitos hay medidas ajustadas al sistema métrico de cada población. Son de álamo, de nogal o de otra madera que no disminuya. Están barreteados con cantoneras y abrazaderas de hierro, así como el rasero, que es redondo, lo está con sus chapas correspondientes. Con ellas se reparte y luego se ingresa trigo.


Composición de las rentas del trabajo. 2

Andrés Ramón Páez

Evidentemente no son ni el hambre ni la despoblación los que necesariamente siguen a la composición y magnitud de la renta efectiva de la mayor parte de los trabajadores en los cereales. Si así hubiera sido, no hubiera prosperado durante generaciones en centenares de poblaciones. La iniciativa humana no es en modo alguno resignada. Las rentas suplementarias son también una parte del orden. Cuando declaran su actividad, los que estadísticamente luego son clasificados como jornaleros, se presentan a sí mismos, de la manera más expresiva, como activos a todo tráfico del campo. La renta que con mayor naturalidad se integra en el sistema, como si fuera una rama nacida del tronco, es la que proporciona el transporte. Ya sabemos que disponer de una bestia de labor es, de todos los que exige esta agricultura, el capital más asequible, mucho más si es de ganado menor. Ninguna inversión del excedente tan útil como esta, que se puede verificar razonablemente por pequeña que sea, mucho más imponiéndose una moderada privación. Un rucho se puede comprar con poco más de lo que valen un par de fanegas de trigo, y a evitar que su manutención sea un costo se puede aspirar con fundamento porque todas las poblaciones disponen de pastos públicos. Porque su aplicación al transporte de cereales tuvo que ser su dedicación inmediata, el orden del que se alimentaba esta agricultura cerraba con importantes límites económicos la exportación del cereal, mucho más efectivos que los dictados por el legislador. Pero no corresponde a este lugar continuar en esa dirección.

     Los costos relativos del trabajo, como es previsible, se incrementan en razón inversa al tamaño de las explotaciones. Es la consecuencia que se puede esperar de un hecho que no admite modificación, que la unidad trabajador no sea fraccionable. Pero tampoco está en los propósitos de este ensayo fijar los diferentes costos del trabajo según tipo de iniciativa productora. Por el momento, de lo que se trata es de retener un modelo lo más preciso posible de los costos tipo que para cualquier empresa puede tener cada modalidad de trabajo, con el deseo de enunciarlos en la misma unidad métrica que el salario y poder, por tanto, medir con la mayor precisión su alcance económico.

     Todo el tiempo de trabajo que acumulaba a lo largo de un año una fanega de tierra destinada al cultivo de los cereales, se ha estimado en solo 72 horas. Tan poco exigentes eran las técnicas aplicadas, tan generosa la naturaleza. Fragmentado el trabajo en unidades diarias, o tiempo mínimo de uso, de seis horas efectivas, en cada fanega sería necesario invertir 12 jornadas (72/6). Si reunimos las actividades que el cultivo requiere en tres series según duración y especialidad, resultaría la siguiente distribución parcial de las 12 jornadas. La gestión, que incluye gobierno y guarda y el cuidado de la ganadería de labor, necesarios durante todo el año para cada unidad de superficie, serían responsables de una cantidad de trabajo equivalente a 1,44 jornadas. Los trabajos de la parte del ciclo comprendida entre el otoño y la primavera, que son sementera, escarda y barbecho, consumen por unidad de superficie un tiempo casi igual, estimado en 1,56 jornadas. Por último, todos los trabajos de recolección (segar, agavillar y trillar) absorben las 9 jornadas restantes.

     Para el de todo el año, la cantidad de trabajo que cada explotación demanda está en relación directa con el tamaño de la ganadería de labor que emplea. Este valor, a su vez, viene decidido por el número de arados reveceros que cada iniciativa pone en acción. Pero en el cálculo del tamaño idóneo de la cabaña de labor sus promotores afrontan con más o menos prudencia el problema de su tasa de reposición. Los más previsores, bien por quedar a cubierto de las epizootias bien porque están persuadidos de la continuidad de su empresa, acumulan y mantienen un mayor ahorro de capital ganadero vivo. El resultado es que necesitan disponer de una cantidad de ganaderos mayor, y por tanto incrementar su gasto en esta clase de trabajo. Otros, sean menos prudentes o se vean en la necesidad de sostener su empresa sobre cimientos más frágiles y menos duraderos, pueden salir al paso de la misma inversión con una cabaña menor, lo que también mantendrá su costo del trabajo correspondiente resignado a la moderación.

     La documentación permite detectar estas dos tácticas como dos tamaños relativos de la plantilla que permanece trabajando para la explotación durante todo el año. Las vamos a llamar, sin abandonar las relativas posiciones, intensiva y extensiva. La primera se puede aislar con bastante precisión en el intervalo comprendido entre las 20 y las 25 fanegas de superficie puestas en explotación por cada trabajador de esta clase. La táctica extensiva, asimismo, queda definida con satisfactoria nitidez por los valores entre 30 y 35 fanegas por trabajador.

     De la aplicación al cálculo de la cantidad de trabajo que demanda cada uno de estos dos comportamientos resultan, respectivamente, dos valores que expresan la cantidad de energía humana necesaria, expresada en unidades de trabajador, por cada fanega de superficie puesta en cultivo: 0,0444 para la modalidad intensiva y 0,0308 para la extensiva. Para el ensayo que en este momento deseamos puede bastar con el valor medio. Por cada fanega tipo puesta en cultivo sería necesario disponer de 0,0376 trabajadores de la clase que hay que mantener en activo durante todo el año.

     Para las demás actividades el recorrido de los hechos que las fuentes permiten observar es mayor. Habiendo procedido de manera similar para su tratamiento, evitamos la descripción detallada de cada secuencia de cálculos, que está justificada por razones equiparables, y concentramos el texto en la presentación de los valores que son necesarios para llegar hasta la deducción de los costos unitarios.

     El trabajo necesario para la sementera, en la que confluyen como factores inmediatos el tipo de ganado que se emplea y las condiciones físicas del suelo labrado, nuestras fuentes lo calculan entre 1,6667 hombres por fanega y día y 4. La mayor frecuencia de valores en torno a 2 (2,1505 y 2,3810) obliga a fijar el tipo para el cálculo en 2,5496.

     La demanda para los barbechos, porque en ambas operan los mismos medios y las mismas condiciones, se valora en casi idénticos términos que la sementera, hasta el punto que buena parte de las explotaciones ni se detiene a separar el esfuerzo empleado en cada una. Como la profundidad de la reja es en alguna de las fases del barbecho mayor que en la sementera, los cálculos más detallados registran una demanda de trabajo algo más elevada para aquellas. El tipo que parece convenirles e 2,9138 hombres por unidad de superficie y día.

     No es fácil fijar un valor para la demanda de trabajo de la escarda por las razones que ya han sido expuestas. Operando con sus elementos más regulares, que son los que nos han servido para atribuir un salario al peón que la hace (calificación y duración media de la faena), puede ser un índice orientador de su valor 0,5179 trabajadores por día y fanega.

     Por el contrario, para conocer el trabajo que la siega consume la información disponible es la más abundante y la de mayor concordancia. La banda de valores que expresan el invertido en media docena de situaciones está comprendida entre 1,25 y 3,2258 hombres por fanega y día. El tamaño de la cosecha, que oscila con facilidad, sería responsable de las diferencias, mientras que la habitual coordinación de la capacidad productiva dentro de cada cuadrilla podría explicar que las diferencias entre los valores extremos no fuera tan acusada como en otras operaciones. Aunque el valor medio que los casos permiten calcular es 2,1684, los más próximos a la realidad del territorio que analizamos aconsejan preferir 2,8177 segador por fanega y día.

     Las estimaciones del trabajo que se espera de los gavilleros durante la recolección de las que disponemos son demasiado groseras. Afirman, en términos que juzgamos simplificadores en exceso, que su rendimiento es la mitad que el de los segadores. Eso nos obligaría a multiplicar por dos el número de hombres que cada día trabajaran al recaudo de los cortadores del cereal de una fanega (5,6354). Tendríamos que aceptar una baja velocidad en la ejecución del trabajo. No contradiría este cálculo que fuera el ganado de labor, en una alta proporción vacuno, el habitualmente utilizado para el transporte que esta actividad incluye.

     No faltan tampoco aproximaciones muy generales a la magnitud del trabajo combinado de los gavilleros y la gente de la era, aunque sus conclusiones son bastante más moderadas. Se describen explotaciones en las que por cada segador se calcula que son necesarios 1,1 hombres de era y gavilleros. La estimación concuerda moderadamente con la valoración que se hace del rendimiento de la trilla por otra parte. Es muy probable que la forma más común de ejecutarla fuera conducir a los ejemplares de equino de labor sobre la mies esparcida en la era, para que la pisaran reiteradamente, aunque la calidad del producto fuera inferior a la obtenida con el trillo o con el mayal, mucho menos probable. Por este procedimiento se conseguiría, según los cálculos que la fuente permite hacer, que cada hombre aplicado a trillar obtuviera al día un producto de 11,17 fanegas de capacidad. Este volumen puede aceptarse, con algo de optimismo, como el beneficio bruto proporcionado por cada fanega de superficie. Como la siega de cada una de estas consume el trabajo de 2,8177 hombres en la misma cantidad de tiempo, con una proporción como la indicada (1:1,1) estaríamos admitiendo que para gavillar y trabajar en la era son necesarios, en correspondencia, 3,0995. Si descontamos lo que el procedimiento de trilla consume, solo nos quedarían 2,0995 gavilleros. Habiendo aceptado que el trabajo de estos es lento, aunque no tanto como pretende la estimación más general (5,6354), un cálculo como el que antecede, probablemente más cerca de lo que ocurriera, ahora aparentemente sobrevaloraría el trabajo de los gavilleros.

     Pero el procedimiento debemos retenerlo porque nuestras fuentes se muestran más sólidas cuando se refieren al trabajo conjunto de quienes arraciman y transportan los haces de mies y quienes le extraen el grano. Proporcionan para todo el trabajo datos que permiten evaluarlo dentro de una banda que por restringida resulta satisfactoria: entre 2,8571 hombres por unidad de superficie y día y 3,6364. El valor medio, 3,2468, nos permite concluir que para la trilla se emplea al día aproximadamente un hombre por unidad de superficie segada, y que este trabajo consume la actividad intermedia de 2,2468 gavilleros. No obstante, la decisión más acertada, para proceder a posteriores cálculos, creo que será, si los elementos del análisis lo permiten, el tipo conjunto (3,2468) antes que los separados.

     Podemos experimentar ya con el cálculo de los costos del trabajo. En el siguiente cuadro, de las denominaciones del costo de cada día de trabajo, nos hemos limitado a verter a esta unidad de tiempo el primero que elaboramos, referido a las denominaciones salariales.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero
Aperador o mayordomo 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 4,25 rs
Casero o guarda 15 fs / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda 1 / 30 fs 1,75
Conocedor o mayoral 15 fs / 280 ds 1 / 30 fs 3
Boyero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Vaquero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Yegüerizo 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 3
Guarda del ganado 25 js / 365 ds 1 / 30 fs 2,625
Zagal del guarda del g. 1 / 30 fs 1,75
Borriquero o arriero 25 js / 280 ds 1 / 30 fs 2,625
Gañán 25 js / 160 ds 1,5 / 30 fs 2,625
Sembrador 1 / 30 fs 2,625
Bracero o peón 1 / 30 fs 2,625
Capataz 1 / 27,6 fs 5,25
Segador 1 / 27,6 fs 5,25
Gavillero 1 / 27,6 fs 2,625
Gente de era 1 / 27,6 fs 2,625

     Nada hay diferente de uno a otro, excepto las reducciones a que obliga el respeto a la unidad métrica común elegida. La decisión la justifica que el día es el tiempo mínimo para el que efectivamente se anudan relaciones laborales.

     En el siguiente, del valor nominal y en unidades de salario de cada día de trabajo, hemos reproducido su correspondiente anterior, bien que ateniéndonos a la nueva unidad de tiempo.

Trabajador Pegujal Alimento Dinero Total nominal Total en unidades de salario
Aperador o mayordomo 0,85714 0,53333 4,25 5,64047 0,02938
Casero o guarda 0,65753 0,53333 2,625 3,81586 0,01987
Zagal del guarda 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Conocedor o mayoral 0,85714 0,53333 3 4,39047 0,02287
Boyero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Vaquero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Yegüerizo 0,26786 0,53333 3 3,80119 0,01980
Guarda del ganado 0,17979 0,53333 2,625 3,33812 0,01739
Zagal del guarda del g. 0,53333 1,75 2,28333 0,01189
Borriquero o arriero 0,23438 0,53333 2,625 3,39271 0,01767
Gañán 0,41016 0,80000 2,625 3,83516 0,01997
Sembrador 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Bracero o peón 0,53333 2,625 3,15833 0,01645
Capataz 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Segador 0,57971 5,25 5,82971 0,03036
Gavillero 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
Gente de era 0,57971 2,625 3,20471 0,01669
63,95156 0,33307
3,76186 0,01959

     Como en aquel, hemos decidido convertir todas las denominaciones en moneda de cuenta, primero, para por agregación expresar el valor íntegro de cada día de trabajo. Después, cada valor nominal del costo del trabajo lo hemos convertido en unidades de salario. Como para esta experiencia hemos tomado 12 fanegas de trigo como unidad de salario, su valor nominal (12·16 = 192 reales) nos ha permitido la operación.

     Así como el ingreso anual amplía las diferencias entre las clases de trabajador, la percepción tipo diaria que cada uno puede conseguir las reduce a una secuencia muy corta; tan reducida que casi podemos afirmar que el desembolso diario en dinero se atiene universalmente a un valor muy próximo a 3 reales. Si al costo diario medio (3,76186) le deducimos los valores del alimento mínimo (0,53333) obtenemos una cifra muy próxima a aquella frontera (3,22853). Legitima la deducción, en relación con los hechos, que el alimento es un costo absorbido por el almacén de la explotación. En condiciones normales, procede de la reserva de grano de la cosecha del año precedente como mínimo. Es capital en forma de mercancía que con esta ocasión encuentra su oportunidad para la venta. Cada trabajador la compra pagándola con su trabajo, del mismo modo que adquiere especie monetaria a cambio de este. El peculio solo se distingue del alimento en que carga, al menos en la forma, sobre el producto presente y no sobre el pasado. Pero igualmente se adquiere comprando la mercancía con trabajo, que necesita de la mediación del capital fijo cuando toma la forma de pegujal. El costo del trabajo efectivamente desembolsado cada día sería por tanto una cantidad muy próxima a 3 reales por trabajador, liquidable en la moneda corriente.

Volvamos sobre el costo en tiempo que el cultivo de cada fanega tiene. Más arriba lo agrupábamos en tres bloques: el de gestión y ganadería, que consumiría un total de 1,44 jornadas; el de sementera, barbecho y escarda, a los que habría que dedicar 1,56, y el de recolección, que necesita el esfuerzo de 9 jornales.

     Hemos reducido los salarios nominales de cada especialidad, utilizando una media aritmética simple, a un valor concordante con los tres grupos que la información de la que disponemos nos obliga a mantener. Para obtener el salario medio del primer grupo, el de gestión y ganadería (3,57309), hemos tenido en cuenta los diez primeros de nuestros cuadros (de aperador a arriero). Para el segundo (3,38394), los tres siguientes, y para el tercero (4,51721) los cuatro últimos.

     El producto de la cantidad de tiempo que requiere el trabajo de cada bloque por su salario medio nominal nos proporciona el costo del capital variable por cada uno: 5,14525, 5,27895 y 40,65489 reales. La suma de los tres, 51,07909 reales, sería la expresión nominal del costo, en concepto de trabajo, de cada unidad de superficie puesta en cultivo. En unidades de salario el costo sería de 0,26604 (51,07909 / 192).

     Puede ser más eficaz expresarse en términos prácticos. Para cubrir el gasto originado por el trabajo serían necesarias 3,19244 fanegas del producto bruto (51,07909 / 16). Con un rendimiento de 8 fanegas por unidad de superficie, como hemos supuesto en otras ocasiones, el costo del trabajo absorbería casi el 40 % de la cosecha obtenida.

     El costo del trabajo por unidad de superficie, que nos remite de un salto al costo de toda la campaña, puede ser una medida demasiado grosera. Nos obliga a tantas síntesis que dejamos en el trayecto los pesos específicos de los tipos reales. Como disponemos también de la demanda de tipos de trabajo por unidad de superficie y día, podemos ensayar otro cálculo del gasto que origina este factor. A la vez que puede ser más preciso, nos permitirá, por concordancia, verificar hasta dónde alcanza la precisión del otro procedimiento que las fuentes toleran.

     A continuación sintetizamos las piezas que permiten comprobar la utilidad de esta segunda solución. Junto a la relación de las actividades para las que podemos contar con los factores que facultan para el cálculo, en la primera columna de valores figura el número de trabajadores del tipo correspondiente que cada fanega demanda. Para la segunda, tomamos del último de los cuadros anteriores el valor nominal del salario por día que a cada actividad debe adjudicársele.

Trabajos Trabajadores /fanega Salario / día Producto
Trabajos anuales
Gestión y ganadería 0,0376 3,57309 0,13435
Trabajos de temporada
Sementera 2,5496 3,49675 8,91531
Barbecho 2,9138 3,83516 11,17489
Escarda 0,5179 3,15833 1,63570
Siega 2,8177 5,82971 16,42637
Gavillas y era 3,2468 3,20471 10,40505
Total 48,69167

     También en este caso estamos obligados a algunas síntesis. La que se refiere a los trabajos anuales, que ya antes decidimos, no es la más trascendente. Aunque es la que incluye el mayor número de actividades, el escaso valor relativo de este grupo de costos tiene una incidencia muy limitada en el resultado final. Un cálculo equivalente, trabajo a trabajo, que las fuentes nos permitirían intentar, apenas cambiaría el valor síntesis, al que ahora concedemos prioridad. De los demás, solo para la sementera y los trabajos posteriores a la siega tenemos que aunar valores. En cualquiera de los casos se trata de una media aritmética simple, tal como antes, de solo dos valores específicos.

     El resultado es satisfactorio. Según este análisis, sería necesario afrontar, por cada fanega puesta en cultivo, un gasto nominal de 48,69167 reales en concepto de trabajo. Su valor en unidades de salario sería 0,2536, también muy próximo al obtenido con el procedimiento anterior.

     Aunque los dos están evidentemente emparentados, porque utilizan los mismos factores, dada la mayor fidelidad al detalle del segundo, estamos en la obligación de concederle más crédito a su resultado. Es cierto que seguir la otra vía de cálculo, más rápida, en modo alguno nos conduciría, no ya a resultados erráticos, sino ni siquiera imprecisos. La comparación entre ambos aísla como principal diferencia la sobrevaloración del tiempo dedicado a los trabajos de gestión y ganadería, en la que se incurre con el primer procedimiento, en relación con el segundo. Ahí parece estar la mayor responsabilidad de la diferencia de los 2,38742 reales (51,07909 – 48,69167) que se observa en el valor nominal de todo el costo.

No es necesario recurrir a nuevos argumentos para aceptar que el salario denominado solo en dinero, el de los destajistas, sería mucho más estable que el regulado incluyendo la comida, que debía satisfacer la actividad que era necesario sostener a lo largo de todo el año si se pretendía aspirar al producto. Cualesquiera que fuesen las variantes del menú, si el pan era su constante, el costo del trabajo contratado sería función directa de las oscilaciones del precio del trigo, la materia prima a partir de la cual se fabricaba el pan con el que se atendía el consumo de trabajo en el campo. Sabiendo que el precio del grano podía alcanzar, en situaciones críticas, precios desorbitados, el costo de esta modalidad de trabajo, la estable e imprescindible para obtener el producto del año, podría llegar a ser insostenible.


Composición de las rentas del trabajo. 1

                       Andrés Ramón Páez

La remuneración que regía para todas las actividades de la agricultura del cereal, a mediados del siglo XVIII, era mixta. Con el salario, la comida y el pegujal, combinados de un modo para cada persona resignada a la venta de su fuerza, se componía su renta por trabajo. Al menos dos de los tres medios de pago se sumaban para proporcionarle la suya.

     La combinación en la que insisten una y otra vez las fuentes es la que se llamaba estilo de cortijos, que integraba jornal y alimento, aunque la literatura de la época, por abuso, consagró salario como sinónimo de remuneración. Pero el abuso del lenguaje no debe llevar al error de creer que la remuneración quedó en algunos casos reducida a solo el elemento monetario. Aunque es una posibilidad que no se puede excluir, además de que no ha entrado en nuestro campo de observación, frente a ella se podría presentar un buen número de casos en los que si se incurre en la antonomasia es para a continuación especificar cuáles son las otras fuentes de ingreso que el trabajo añade. Es probable pues que el estilo de cortijos, por muy extendido que estuviera, no resolvía la totalidad de las combinaciones que a partir de ahora, aceptando el lenguaje de las fuentes, llamaremos salariales dado que expresamente es uno de los modos de hablar.

     Nos proponemos, en esta ocasión, llegar a una denominación de la renta que proporciona el trabajo en la agricultura de los cereales. Deseamos expresarla en unidades de trigo para obtener la medida del valor que corresponde a la riqueza creada por esta economía y, eventualmente, expresar otras magnitudes en unidades de salario. Si conseguimos este objetivo, su primera aplicación, todavía dentro de los límites de este ensayo, puede ser el cálculo del costo del factor trabajo, en las mismas unidades, para las explotaciones dedicadas a aquella actividad.

     Para dotar de la homogeneidad debida al cálculo de los salarios es necesario precisar el tiempo durante el que cada actividad era demandada. No tenemos fundamento para suponer que la duración de la unidad de tiempo de trabajo, la jornada, cambiara en la región durante la época moderna. Era un asunto que había fijado, quizás no resuelto, cada legislación local ya en tiempos medievales, según fuera sucediendo a las estimaciones de la renta con criterios serviles la necesaria ponderación de la especialidad y el producto por cada una obtenido. Lo que de esta clase de normas se conoce garantiza primero que el tiempo que hay que emplear en el traslado a la explotación quede incluido en el tiempo total de trabajo. No se trata tanto de que esta cargue con el costo de desplazamiento, aunque esta sea la consecuencia económica que consiente, cuanto que el trabajador esté ya en el lugar de trabajo a la salida del sol, con el propósito de optimizar el uso de la luz durante la jornada. En algunos casos se ha documentado un sistema de iluminación rural compuesto con una red de torres en cuyas terrazas se encendían hogueras para orientar en el tránsito por los caminos durante las horas precedentes al orto. En la época del año durante la que el calor que el sol descarga es mayor, que coincide con la de máxima actividad laboral de la agricultura de los cereales, el final de la jornada coincide con su cenit o mediodía solar. Esto nos obliga a pensar en una jornada de una duración media aproximada de seis horas para los trabajadores que deben desplazarse a la explotación.

     El número de días no laborables del calendario moderno no era muy diferente del actual. Se estima en unos cien. El ajuste a jornadas completas por semana deduce en consecuencia un valor de 5 días de trabajo por cada semana. Pero se admite que durante los tres meses de los agostos, tanto por el vínculo habitual que activa la obligación como por la urgencia con que las faenas se acometen, es necesario sumar un día más a la semana laboral. 40 semanas a 5 jornadas alcanzarían 200 días de trabajo, mientras que las otras 12 a 6 supondrían 72, lo que acumularía un total anual de 272. Por concesión a las variantes locales y a cualquier otra circunstancia no prevista, se admite convencionalmente un máximo, para el calendario de trabajo de la agricultura de los cereales, de 280 días al año.

     No todas las actividades que demandan trabajo se ajustan con idéntica precisión a este marco. El ciclo biológico de la actividad productiva se ajusta a los nueve meses que transcurren entre fines del otoño y fines del verano. Seis meses a 5 días por semana y otros tres a 6, acumularían un total máximo para toda la campaña de 192 días. También en este caso habitualmente se admite un ajuste a 180 días, por considerarlo un valor que puede estar más próximo a los límites reales del ciclo.

     Las actividades de guarda de la explotación y del ganado, porque por naturaleza son de constante vigilancia, no admiten interrupción. Para ellas siempre será necesaria una dedicación absoluta, de modo que el año laboral de ambos guardas y sus correspondientes zagales tendrá que ser un valor muy próximo al máximo natural de 365 jornadas, con residencia obligada en la explotación.

     Algo similar puede afirmarse del resto del personal de servicio, tanto del destinado al gobierno de la explotación como de todos los que atienden a cualquier clase de ganado de labor, que no toleraría bien las interrupciones en su atención. Pero a ninguna de estas dedicaciones está asociada la residencia obligatoria, e incluso de algunas podría decirse que obliga al movimiento continuo. Como las cuentas de mediados del XVIII enseñan que este personal también se mantiene durante los doce meses del año, estamos obligados a atribuirle el máximo laboral posible, 280 jornadas de trabajo.

     El trabajo del gañán, que se reparte entre la sementera y el barbecho, puede prolongarse hasta ocho de los nueve meses del ciclo. Así lo corrobora el pan que por término medio hay que suministrarle. Si cobra a razón de 1,5 fanegas por mes, al cabo de ocho obtiene el equivalente al máximo posible, 12 fanegas. Más allá de este límite temporal tampoco tendría justificación sufragar su especialidad, puesto que la última fracción de la campaña laboral es obligado concentrarla en exclusiva en los trabajos de recolección.

     Tanto la siembra como la escarda son actividades que hemos adjudicado a braceros. El número de oportunidades para ganar un jornal a lo largo del año biológico que al trabajo agrícola no cualificado concede la historiografía oscila entre un mínimo de 15 y un máximo de 50. Así como su empleo como sembrador puede regularse contando con factores constantes, las posibilidades de trabajo que crea la escarda es, a decir de nuestros informantes, muy variable, porque dependen inmediatamente de los valores acumulados en el suelo por la humedad que aporta la atmósfera. Hay años en los que apenas puede ser necesaria, y otros en los que puede hasta cuadruplicarse la que en un año regular se necesita. Si aceptamos una demanda de trabajo no cualificado antes de la recolección de 32,5 días (15+50/2) probablemente solo estemos cometiendo el error más pequeño posible.

     Aunque el tiempo total disponible para el trabajo durante el trimestre de la recolección sea de 72 días (12 semanas de 6 días laborables), los ajustes al máximo disponible en el ciclo aconsejan limitar a unos 69 los efectivos. Esa cifra marcaría la duración máxima del trabajo de los capataces, los segadores, los agavilladores y la gente de era.

     Cualquiera de estas deducciones sobre el tiempo que cada trabajo puede ser requerido admite cálculos diferentes e igualmente aceptables. Todos los propuestos, como se habrá observado, aplican un criterio que pretende ser equivalente, el máximo al que cada oferente puede aspirar a lo largo de un año bajo las condiciones de la demanda de la agricultura de los cereales regional. Así conviene al fin que nos hemos propuesto. De esta manera podemos precisar el límite superior de la capacidad de intercambio de bienes originado por su renta salarial. El otro límite, el inferior, no necesita cálculos. El paro lo convierte en un axioma.

     En el siguiente cuadro, que reúne las denominaciones por trabajador y medio de pago, están relacionados todos los trabajos personificados que hemos podido aislar.

Trabajador

Pegujal

Alimento

Dinero: jornal

Dinero: destajo

Aperador o mayordomo

45 fs / 3

1 fs x 12

4.25 rs x 280

Casero o guarda 

45 fs / 3

1 fs x 12

2,625 rs x 365

Zagal del guarda

1 fs x 12

1,75 rs x 365

         

Conocedor o mayoral

45 fs / 3

1 fs x 12

3 rs x 280

Boyero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

Vaquero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

Yegüerizo

25 js

1 fs x 12

3 rs x 280

Guarda del ganado

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 365

Zagal del guarda del ganado

1 fs x 12

1,75 rs x 365

Borriquero o arriero

25 js

1 fs x 12

2,625 rs x 280

         

Gañán

25 js

1,5 fs x 8

2,625 rs x 160

Sembrador

1/30 fs x 32,5

2,625 rs x 32,5

Bracero o peon

1/30 fs x 32,5

2,625 rs x 32,5

         

Capataces

2,5 fs

5,25 rs x 69

Segadores

2,5 fs

5,25 rs x 69

Gavilleros

2,5 fs

2,625 rs x 69

Gente de era

2,5 fs

2,625 rs x 69

     A cada uno le hemos adjudicado los conceptos por los que obtiene renta, de modo que el resultado es lo más próximo que hemos podido conseguir a lo que podríamos llamar una nómina del momento. De su enunciado íntegro es posible deducir que el llamado estilo de cortijos, versión básica del salario mixto, efectivamente es el fundamento de este sistema de rentas. Todas las actividades obtienen al menos alimento y dinero simultáneamente. Pero también tenemos que reconocer que solo la parte más frágil, por más inestable y menos duradera, de los vínculos laborales, es la que dispone solo de estos medios de ingreso. El pegujal enriquece la renta de la otra fracción de trabajadores. Pero así como esta separa las posiciones más sólidas de las que lo son menos, el destajo, consecuencia del esfuerzo de cada trabajador, crea diferencias entre los peor dotados.

     En cada intersección están anotados los valores que corresponden, con las mismas denominaciones que las fuentes nos han permitido fijar, para evitar deformaciones tan innecesarias como abusivas. Que un salario sea mixto significa, antes que otra cosa, que se percibe en especies diferentes, dos en nuestro caso, trigo, en un grado u otro de transformación, y los metales con valor monetario corrientes. Cuando ha sido necesario, a la cantidad de especie acompaña su factor temporal, que permite enunciar su valor completo. En todos los casos nos hemos atenido a las deducciones sobre las unidades de tiempo que convienen a la ejecución óptima de cada uno de los trabajos.

     El cuadro que satisface, a la vez íntegra y sintéticamente, el primer objetivo que nos hemos propuesto es el de los valores nominal y en trigo.

Trabajador

Pegujal (rs)

Alimento (rs)

Jornal (rs)

Destajo (rs)

Total nominal (rs)

Total equivalente en trigo (fs)

Aperador o mayordomo

240

192

1.190

1.622

101,375

Casero o guarda .

240

192

958,125

1.390,125

86,88

Zagal del guarda .

192

638,75

830,75

51,92

             

Conocedor o mayoral

240

192

840

1.272

79,5

Boyero

65,625

192

735

992,625

62,04

Vaquero

65,625

192

735

992,625

62,04

Yegüerizo

65,625

192

840

1.097,625

68,6

Guarda del ganado

65,625

192

958,125

1.215,75

75,98

Zagal del guarda del g.

192

638,75

830,75

51,92

Borriquero o arriero

65,625

192

735

992,625

62,04

             

Gañán

65,625

192

420

677,625

42,35

Sembrador

17,3

85,3125

102,6125

6,41

Bracero o peón

17,3

85,3125

102,6125

6,41

             

Capataces

40

362,25

402,25

25,14

Segadores

40

362,25

402,25

25,14

Gavilleros

40

181,125

221,125

13,82

Gente de era

40

181,125

221,125

13,82

             

Totales

1.113,75

2.306,6

9.946,125

13.366,475

 
 

8,3

17,3

74,4

     

     Corresponde al precedente, pero ejecutando así las operaciones como las conversiones métricas necesarias para llegar a resultados homologables. Tanto daba, para operar con la obligada unidad común, reducirlo todo a fanegas como a reales de cuenta. El alcance analítico que para este ensayo nos hemos propuesto nos recomendaba, para unificar, primero la reducción a la moneda y, una vez conseguido el valor del salario acumulado, expresar su correspondiente valor en las unidades de capacidad con las que se mide el trigo.

     No es necesario sobrecargar el análisis con su expresión complementaria en valores relativos. A mediados del siglo XVIII, si no entramos en detalles por tipo de trabajo, que poco modificarían la idea general, las tres cuartas partes del salario se cobraban en dinero. Salvo que los precios del trigo cambiaran. En este caso, la expresión de su valor en moneda modificaría el valor relativo de cada especie en la composición del salario. Este supuesto, antes que una salvedad, es una norma. Si algo caracteriza, al menos para el lector contemporáneo, la agricultura de los cereales de la época moderna es la permanente oscilación del precio del trigo.

     Aunque al trabajo evidentemente sí, al salario, si analizamos su composición, no toca casi responsabilidad como causa de tales cambios. La demanda para el alimento es estable. Ya hemos visto cómo se estimaba de antemano. Nunca actuaría sobre el producto obtenido, definidor directo de los ciclos de los precios en los mercados. Tampoco el peculio percibido en grano, que asimismo no modifica el valor del producto que se pueda obtener en cada cosecha. Solo si es percibido en forma de pegujal el volumen de la producción de cada uno contribuye a la formación de la oferta de grano en cada mercado. Al tratarse de unidades que están deliberadamente en el margen inferior de las unidades de producción, a consecuencia de su escaso tamaño, aun cuando consigan alta productividad y, en cualquiera de los casos, colocar una parte de su producto en el mercado, el valor relativo de su concurrencia reduce a dimensiones ínfimas su posibilidad de incidir en la formación del precio del trigo. Solo si la gran oferta se retrae, porque así se lo recomiende el exceso de producción, su margen de interferencia aumenta. Bajo esas condiciones, que son al mismo tiempo las de sus máximas posibilidades, el ciclo consecuente de los precios será depresivo, lo que hará que el valor del grano en la formación del salario con más probabilidad disminuya.

     Podemos, por tanto, aceptar, admitiendo que el precio del trigo que hemos tomado para nuestros cálculos es muy moderado, como estancado se muestra con insistencia durante la primera mitad del siglo XVIII, que la proporción que la parte del salario que se percibe en moneda representa, cuando se estima en tres cuartos, está más cerca del mínimo efectivo que del máximo.

     Si el consumo alimenticio de un trabajador adulto la economía del momento lo ha consolidado en una fanega de trigo por mes, los aperadores y los mayordomos de campo, gracias a la renta que su trabajo les proporciona, disponen de unas 7,5 unidades de salario para acceder al disfrute de otros bienes. Su ingreso bruto, en aquella unidad alimenticia, es casi 8,5 (101,375 fanegas de trigo/12 meses). Una de ellas la tiene que consumir en su manutención. Como el consumo alimenticio de cualquier otro adulto, en términos medios, no tiene razón para ser distinto, con las 7,5 posibilidades de alimentar a otros adultos de que dispone puede acceder, mediante intercambio, al equivalente en bienes y servicios generados por las actividades distintas a la producción de cereales. El mayor nivel de riqueza generado por la renta salarial de este sector vendrá dado por esa magnitud.

     Con este modo de calcular estamos aceptando, de acuerdo con los atentos observadores contemporáneos que se propusieron generalizaciones teóricas, que el valor que para el cambio adquieren los bienes se origina a partir del excedente sobre la necesidad. Y, en consecuencia, que cualquier incremento del excedente, porque es incremento en calidad o en cantidad del trabajo, expande la capacidad de cambio. Al expresar una renta en unidades de consumo alimenticio universal estamos por tanto separando con exactitud la necesidad del excedente y expresamos la capacidad para el cambio, no solo para el trabajo agrícola, sino para cualquier actividad.

     Tomando estos criterios, y vueltos a nuestro cuadro de valores, es posible concluir con algunas consideraciones útiles. Las de mayor interés están al otro extremo, reconociendo que no es necesario detenerse a describir la posición de bienestar que disfruta el resto de los criados o sirvientes, cuyos excedentes oscilan, en números enteros, entre 6 y 3. El trabajo no cualificado que obtiene sus rentas de las faenas anteriores a la recolección está por debajo del umbral de la subsistencia, que solo conseguiría satisfacer a medias, y el de los gavilleros y la gente de era está al límite de lo biológicamente sostenible, y apenas puede disponer de excedente que le permita acceder a bienes distintos a los alimenticios. No es mucho mejor la posición de capataces y segadores, a pesar de emplearse con la mayor intensidad, quienes solo consiguen una unidad de excedente. Solo los gañanes, que cargan con la parte sustancial del trabajo de temporada, consiguen aproximarse al estado material del servicio de labor.

     Estas observaciones son tanto más trascendentes cuanto que afectan al menos a las tres cuartas partes de la población que trabaja en los cereales. Quizás parezca exagerada la afirmación, pero enseguida tendremos ocasión para descubrir y analizar con más detalle esa cifra. Los tres cuartos del trabajo que absorbe esta agricultura se concentran en la demanda para la recolección.

     Siendo esto así, estamos obligados a añadir un matiz. El trabajo no cualificado de temporada puede retornar al mercado de trabajo con ocasión de los trabajos asociados a la cosecha. Quien consiguiera trabajar en la escarda, por ejemplo, y luego como gavillero, conseguiría al menos un excedente de casi 0,7. El alcance social de la renta disponible sería, por tanto, más atenuado. Se puede suponer que una parte de los que trabajen en la recolección han trabajado también, sin cualificación, entre el otoño y la primavera. Incluso se puede aceptar que todos como mínimo trabajan en la recolección. Es conocido que durante esta fase la demanda de trabajo crece tanto que provoca una fuerte inmigración. El verdadero límite inferior del espectro de la renta del trabajo estaría, por tanto, representado por la que perciben los gavilleros y quienes trabajan en la era.

     De todas las consecuencias que el tamaño del excedente disponible pudiera tener, lo más trascendente, para el orden que sostiene la agricultura de los cereales, es la biológica. Convengamos, para reducir a los elementos básicos el análisis, que un adulto de cualquier sexo consume idéntica cantidad de trigo, mientras que un niño solo necesita la mitad. Quienes solo obtuvieran su renta como gavilleros y gente de era tendrían que permanecer solteros, aunque trabajaran como peones otra época del año, porque no tendrían cómo alimentar a la cónyuge, si esta carecía de renta propia. Capataces y segadores sí podrían casarse, pero no podrían tener descendencia, porque no tendrían cómo alimentar ni al primer hijo. Tan solo el gañán, seleccionado por la naturaleza, podría aspirar al menos a mantener una familia con tres descendientes vivos, si al tiempo renunciara a cualquier empleo de su excedente distinto al alimenticio.

     Son condiciones demasiado restrictivas, para más de los tres cuartos de la población activa ocupada en los cereales, como para permitir su reproducción. Cualquier población que viviera realmente bajo estas condiciones estaría condenada a la extinción en lo que dura como máximo una vida. A la vuelta de un siglo no dispondría del trabajo que la producción de los cereales necesita.


Patrimonio de los campesinos. 2

Jasón Quesada

Cualquiera de las otras especies, si es que los trabajadores del campo interesados en disponer de una explotación le dedica alguna atención, no pasa de lo circunstancial, y no tiene más significado para cada modesta empresa que la posibilidad de complementar discretamente sus ingresos.

     Solo siete hombres de esta clase poseen cincuenta ejemplares de ganado porcino en cantidades diversas, tanto que en algún caso se diría que forman piara. Hay quien tiene hasta veintiocho ejemplares, y otro diez. Pero el resto solo dispone de cinco, tres y dos cerdos, y dos solo uno. Excepto seis, todos los declarados son machos. Si se tiene en cuenta que las seis hembras son de un mismo dueño, que cuatro de ellas están capadas y que solo las otras dos se declaran de vientre, es necesario reconocer que, si la cría de cerdos tiene cierta presencia entre este grupo de trabajadores, no la tiene el interés por su producción. Sus cerdos los adquirirían por compra, para que formaran parte de su despensa viva. Ese sentido debe tener que uno de ellos diga poseer el cerdo que crío todos los años, y que otro mencione los tres que estoy criando.

     De los machos se declara la edad con más o menos precisión, lo que habría que tomar como una expresión voluntaria del estado de las crías. Las edades registradas son dos años, año y medio y un mes. De manera menos precisa, de un cerdo simplemente se dice que es pequeño, o se habla excepcionalmente de lechones que aún maman, dependencia en la que se mantenían durante un tiempo variable, aunque habitualmente comprendido dentro de los tres primeros meses de vida.

     Seis trabajadores de esta clase peculiar tienen colmenas o pies de colmena, hasta un total de cincuenta y seis, el que más veinte y el que menos cuatro, y tanto los valores diez como seis se repiten. Salvo uno, todos se aplican a declarar el lugar donde las tienen. La colección de los topónimos por sí misma no soluciona gran cosa, salvo cuando es denotativa. El grupo más numeroso está en la dehesa de yeguas del municipio, otras seis en una huerta y otras cuatro en un lugar que se llama El Cerrado. Parece que es condición necesaria, para mantener esta actividad, restringirse a un área acotada, así como que los frutos favorecerían su desarrollo. El poseedor del grupo más numeroso también aclara que sus colmenas están en el colmenar que tiene don José Ignacio Domínguez, lo que podría significar bien la formación de grandes unidades, como se podía hacer con las piaras de ganado para disminuir costos, bien que es una explotación alojada en otra, bien las dos cosas.

     Cinco declarantes también poseen caballos de distintas clases. Cada uno tiene solo un ejemplar, a excepción de quien mantiene dos potras. Excepto estas, que indicarían cierta propensión a la cría, y cuya edad declarada –que van a tres años– efectivamente se atiene al tipo, el resto son machos. De uno se dice que es jaca y de otro que es capón, lo que viene a significar lo mismo, que se trata de caballos desbravados para facilitar su manejo. La jaca me sirve para ir al campo y el capón para mi trabajo. De un tercero también se dice que es un caballo de trabajo. Aunque esta última denominación no excluye la aplicación a las tareas de la arada, es más probable que el uso preferido para el equino puro fuera el que declara muy explícitamente el primero. Los caballos solían utilizarse como medio de transporte, de más calidad que el asnal, visiblemente más restringido.

El análisis del patrimonio del que disponían los trabajadores del campo decididos a promover sus propias explotaciones permite perfilar instantáneas de la condición de campesino. Cada una, si se empleara como un estado necesario, podría propugnarse como una etapa del tránsito a su permanencia en ella, habiendo salido desde el piélago de los asalariados dependientes, y con todas componer la secuencia de la promoción personal desde las posiciones inferiores de la actividad rural, tal como defendían los reformadores de la época.

     La posibilidad mínima la tendrían quienes solo explotaban un pegujal. Para mantenerlo, probaban valerse solo de la energía que les proporcionaba su trabajo. Nada impediría que una parte de ellos, o en algunas ocasiones, se vieran obligados a contratar cuando menos alguno de los medios para su cultivo. Disponer de la simiente, inversión ineludible o primer capital variable, los conduciría bien al pósito bien al mercado negro del crédito, en su caso una dependencia que no podrían eludir.

     En un grado menor de dependencia se encontrarían aquellos cuyo único medio para sostener su pegujal fuera el jornal que ingresaran como trabajadores asalariados episódicos. En parte trabajarían para su explotación, en parte para otros. Su adquisición discontinua de la condición de campesino sería frágil, permanentemente amenazada por el retroceso a la condición de trabajador del campo dependiente, aun disponiendo de pegujal. Su recurso a medios de cultivo que otros pudieran proporcionarles no sería mucho menos obligado que si no tuvieran ocasión de trabajar para otros y al mismo tiempo estuvieran urgidos a mantener su propio pegujal. La matizada ventaja se la proporcionaría el ingreso de pudieran obtener de su trabajo episódico, en la medida en que pudiera ser empleado en la explotación que su hubieran propuesto.

     Mejor posición habrían ganado quienes hubieran obtenido algún éxito, o dispusieran de algunos ahorros, y ensayaran la continuidad de la condición campesina con la adquisición de ganado en pequeñas cantidades. Decidirían primero a favor del asnal, cálculo aconsejado por el ahorro del tiempo que era necesario consumir hasta llegar al lugar donde se debía invertir el trabajo, y por la necesidad de portear hasta él los medios de trabajo y desde él el producto obtenido. Sería un recurso con el que dosificar energía y tiempo. Quien poseyera solo asnal, para los trabajos primordiales de la tierra, los de arada, podría aplicarlo también a esta tarea, o de lo contrario dependería de la fuerza que pudiera adquirir a otros. También le podía servir para expandir las actividades complementarias de los que necesitaran completar sus rentas. El asnal sería el mejor suplemento para quienes, porque son trabajadores del campo y emprendedores de un pegujal, y por tanto ya decididos a diversificar sus actividades cuanto fuera necesario, desearan servirse de las oportunidades para el transporte ajeno que se le ofrecieran. Solo con la adquisición de este capital ya habrían dado un paso firme hacia la consolidación de la condición campesina.

     El siguiente paso hacia la autonomía campesina, el más serio, lo proporcionaría la adquisición de vacuno, que permitiría disponer de fuerza de labor propia. Cuando se alcanzaba el vacuno la apuesta a favor de la condición de campesino ya se pretendería irreversible. Así lo demuestra que se le preste mucha más atención que a cualquiera de los otros bienes. Los trabajadores del campo con opción para explotar pegujales, cuando disponían de ganado bovino, preferirían las vacas porque tenían la ventaja del máximo aprovechamiento múltiple. Podían asegurar la fuerza de labor necesaria, la renovación de la manada y el suministro de leche, aunque este capital era bastante vulnerable.

     Los 48 descendientes vivos entre cero y tres años declarados [18 + 20 + 5 + 5 = 48], que tienen que ser producto de las 87 vacas documentadas, dan una relación inverosímil de 0,5 ternero por vaca. Aun descontando la ocultación, porque los terneros estaban sujetos al pago del diezmo, el resultado quedaría muy lejos de los descendientes finales por vaca que se obtiene de una observación efectiva [1070 partos/216 vacas ~= 5].

     Al contrario, si el intervalo tipo entre partos de las vacas es de unos 400 días, teniendo en cuenta que una hembra ya es fecunda a los 2,5 años, a lo largo de los 9,5 máximos de la experiencia de fecundidad, que resultarían de aceptar, de acuerdo con nuestros testimonios, que el límite biológico de las hembras vacunas es 12 años, que son 3.467,5 días, se obtendría un máximo entre 8 y 9 descendientes a lo largo de toda la vida fecunda de cada hembra.

     Descontando una mortalidad de los terneros, que se puede aceptar comprendida entre un 5 y un 6 %, en el más desfavorable de los casos la descendencia final sería superior a 7 terneros.

     Todavía se podría descontar la vejez, que es tanto como aceptar que el número de las vacas tenido en cuenta sea excesivo, porque en él estén incluidas las que han salido de la edad fecunda, lo que muy probablemente aproximaría los valores a los 5 terneros de descendencia final que demuestra la observación experimental, y aún quedaríamos muy lejos de las cifras que proporciona el análisis.

     La baja fecundidad final que resulta de la relación entre vacas y descendencia alcanzada demuestra que el ganado vacuno, para quienes son trabajadores del campo y están interesados en explotar pegujales, al tiempo que un recurso energético muy útil para mantenerse en esa posición, se concebía como una fuente suplementaria de ingresos. Parte de los ejemplares obtenidos por la reproducción serían comercializados, quizás con más frecuencia los ejemplares machos. Y viceversa. Que a los ejemplares vacunos adultos se accedía a través del mercado cuando se tomaba la decisión de arriesgarse a experimentar con una modesta explotación propia.

     La inversión en ganado era por tanto perecedera, limitada a la esperanza de vida de cada especie, corta si se sometía al estrés laboral. Era por sí misma expresiva de los horizontes a los que quienes trabajaban en el campo, de antemano, estaban dispuestos a limitar su aventura como campesinos. Si en el plazo de la vida de los animales que proporcionaban trabajo no se consolidara la posición, se retornaría al lugar de partida. Los doce años que se deducen del análisis del vacuno podían ser una duración probable de ese plazo. Las edades máximas observadas oscilan en torno a los dieciséis años.

     La frontera de los doce años al mismo tiempo sería indicativa de la rentabilidad y de la masa total de la energía deducible de un ejemplar vacuno. Si el trabajo de 8 unidades de superficie podía ser la expresión del rendimiento anual de un ejemplar vacuno, como acreditan testimonios contemporáneos, admitiendo 8 años de plenitud, el límite superior de la energía que pretendieran extraerle sus dueños lo podría expresar el trabajo necesario de 64 unidades de superficie. Tan bajos serían los rendimientos del pastueño bovino de los trabajadores del campo.

     Solo podrían dar un paso más hacia la consolidación los pocos que tuvieran capacidad para endeudarse en el mercado del crédito, y mediante la inversión del capital cedido expandir sus posibilidades. La casa que se hubiera adquirido como propia sería el recurso hipotecario menos frecuente para endeudarse. Sería más fácil servirse de los olivares, adquiridos por prescripción.

     Pero, aunque cualquiera de estas instantáneas pudiera admitirse como la conquista de una posición irreversible, no era la consolidación de cualquiera de estos patrimonios como capital agropecuario la que permitiría afianzar el tránsito de forma que la condición de campesino se prolongara en el tiempo. En contra de lo que opinaban los reformistas, ninguna las posiciones que por vía de capital se adquiriera la garantizaba de manera estable. Si el medio para disfrutarla era el pegujal, por su naturaleza solo facilitaba un estado que se alcanzaba cada año, y de la misma manera que uno se adquiría, al siguiente se podía perder. Teniendo ante sí solo la posibilidad de acceder a la tierra a través de la fórmula del pegujal, a lo máximo que se podía aspirar era a estar de campesino, nunca a serlo.


Patrimonio de los campesinos. 1

Jasón Quesada

De los 1.245 declarantes que cumplimentaron, bajo la etiqueta jornalero, en pleno siglo XVIII, los últimos memoriales para la Única, los que expresaron su estado con la mayor exactitud fueron quienes dijeron, en estos términos o en otros similares, que no poseían bienes algunos ni otro tráfico de pegujal o trato. Solo una décima parte de ellos, que a sí mismos prefirieron identificarse como trabajadores del campo, admitió que había emprendido un pegujal, la explotación agropecuaria menor, cuya duración invariable era inferior a un año, limitada justo al tiempo que convenía al desarrollo vegetativo completo de un cultivo, el elegido para la parcela de la que se dispusiera, cuya trascendencia atenuaron diciendo que solo abarcaba, en la mayor parte de los casos, entre dos y cuatro unidades de superficie.

     El estatuto del pegujal, así como su trascendencia para la formación del campesinado, lo delimitó con satisfactoria precisión el escribano que, tras preguntarle por su patrimonio, puso en boca de un declarante que no tenía bienes raíces ni semovientes ni pegujal. Gracias a esta manera de expresarse, desveló para el pegujal la condición jurídica de bien, a la misma altura que los otros dos, así como que la tercera clase no estaría caracterizada por los rasgos que distinguían a las demás. Aunque nuestro testigo se emplee en términos negativos, y ahí terminen todas sus caracterizaciones, no carecen de precisión, ni excluyen que sus fundamentos sean de los más antiguos. Dada la inestabilidad característica de aquella clase de empresas, las peculiares relaciones que la hacían posible no estarían tan garantizadas por la norma como los bienes raíces o los semovientes, que contaban con el atributo de la propiedad. Necesariamente limitarían su disfrute a la posesión temporal. Tan bajas defensas, mediado el siglo XVIII, lo harían más vulnerable que cualquiera de los otros.

     Semejante inestabilidad del acceso al bien provocaría que la condición del trabajador del campo que se aventuraba a emprender un pegujal fuera abierta. Viviría en un permanente estado de tránsito que se opondría a que se consolidara como campesino, la condición mediante cuya adquisición abandonaría la de trabajador del campo dependiente. Sus esfuerzos, año tras año, tendrían que dirigirse a sobrevivir en un medio que insistía en orientar los contratos y las obligaciones en la dirección favorable a la adquisición de los bienes raíces y semovientes bajo las seguras condiciones de la plena propiedad. En retornar a ese camino tendría que persistir quien pretendiera adquirir la condición de campesino de manera duradera, estable si fuera posible. El patrimonio que fuera adquiriendo bajo las condiciones de la propiedad hablaría de sus éxitos parciales y de sus posibilidades de progresar.

     Una parte de los trabajadores del campo que aquel año emprende un pegujal, cuando declara, guarda silencio sobre el patrimonio que posee. El silencio siempre suscita dudas, aunque no es bastante para concederle el papel decisivo. Quienes tomaron la decisión de callar, que ni afirma ni niega, no suman ni la cuarta parte de los declarantes. En torno a otro cuarto, sobreponiéndose al silencio que inspira la presión fiscal, actuó con decisión negadora, y dijo no tengo bienes algunos, bienes muebles ni raíces o industria alguna, manera esta de negar que tiene en cuenta que por industria entonces se entendía cualquier iniciativa económica; o se cuidó de ser preciso, y se limitó a decir, en previsión de los semovientes a los que en algún momento tuviera que referirse que no tenía bienes raíces de ninguna clase. Pero todavía hubo quienes especificaron que no poseían, pegujal aparte, más haberes que los que les proporcionaba su trabajo, en términos tales como no tengo bienes algunos más que mi jornal el día que lo gano, lo que obliga a pensar que había quienes compatibilizaban la explotación de un pegujal con la condición de trabajador asalariado episódico, la que comprometía la relación laboral agrícola mínima.

     Los que adoptaron la actitud más explícita, que todavía son la mitad restante, dijeron poseer algún bien. De ellos, la mayor parte afirmó que el pegujal era el único que tenían, sin más caudal o bienes. Los que reconocieron poseer además otra riqueza, en casi todos los casos de distinto tipo y en combinaciones no demasiado complejas, eran la proporción más pequeña, menos de una cuarta parte. La base de sus patrimonios eran el ganado y las casas, únicos bienes para algunos. Era excepcional quien había adquirido nada más que olivares, y era algo más común que a las casas sumaran olivares, viñas y, sobre todo, ganado; mientras que otros solo poseían olivares o viñas más ganado.

     Los bienes inmobiliarios de los que eran dueños los trabajadores del campo eran muy limitados. Unos solo poseían la cuarta parte de una casa, y otros, media, aunque era más frecuente que se poseyera una casa entera, meta que a veces se alcanzaba porque se sumaban dos medias. Y eran casos únicos los dueños de casa y media, dos casas o una casa que dentro tenía un horno de pan.

     Los olivares adquiridos también eran posesiones muy modestas, comprendidas entre una y media y cinco aranzadas, que algunos expresaron recurriendo al procedimiento métrico más descriptivo, seguramente como consecuencia de su reciente adquisición por uso de las tierras públicas. De un cercado con veintiocho pies de olivo su dueño dijo que tenía fanega y media, y de dos aranzadas de estacada, que tenían cinco fanegas de cabida. En este mismo estado del cultivo, el del estaconal de reciente plantación que aún no producía, estaba un tercio de los olivares declarados, y sus valores más frecuentes, expresados en unidades de siembra, estaban comprendidos entre dos y media y tres y tres cuartos de aranzada. Normalmente la parcela de olivar de cada cual era única, pero uno poseía dos suertes de tierra, una junto a la otra, que sin duda habrían satisfecho sus aspiraciones a apropiarse el espacio común por el procedimiento mencionado. El caso extraordinario era el de quien poseía cinco aranzadas de estacada de olivar más otra aranzada de olivar ya hecho. No parece que el objetivo de estas posesiones fuera adelantar en la producción de aceite, dados los tamaños y los estados de las plantaciones. Es más probable que la pretensión de sus dueños fuera disponer, con el mínimo costo –el de la presura, que solo era de tiempo–, de bienes que en el futuro pudieran otorgar alguna solidez patrimonial.

     Las viñas eran una parte aún más insignificante del patrimonio de los trabajadores del campo con posibilidades de acceder a un pegujal. Solo sabemos que algunos poseían cinco parcelas, dos de las cuales, una de viña hecha y otra de majuelo, eran propiedades compartidas, poseídas en tres cuartas partes. De las otras, la mayor era un cercado de tres aranzadas de majuelo y la más pequeña de dos aranzadas. Si las plantaciones de viña tenían un horizonte tan limitado era porque en la zona de referencia el cultivo de la vid estaba en retroceso en beneficio del olivar. Pero, aunque las opusiera la ley de los vasos comunicantes, ninguna característica de las parcelas de viña permite pensar que su fin fuera distinto al que destinaban sus olivares los trabajadores del campo interesados en explotar pegujales.

     Los que poseían solo ganado eran, con diferencia, la porción más significativa. Si a ellos se suman los que teniendo otros bienes también disponían de ganado, que habrían tomado decisiones parecidas, se aísla el hecho que merece más atención cuando se trata del patrimonio de los trabajadores del campo que se aplican a la explotación de los pegujales. Alcanza hasta casi la mitad de los casos de campesinos de ciclo observados. Indica por tanto un comportamiento y una inversión preferentes. Para el empleo del ahorro que consiguieran, nada facultaría tanto para transitar entre la condición de trabajador del campo y la explotación de un pegujal como poseer ganado destinado al trabajo agrícola.

     Los comportamientos más elementales son dos, los que optan por criar solo ganado asnal y los que prefieren decidirse solo por el vacuno. Los que concentran su inversión en el asnal son el doble de los que se deciden por el vacuno. Sin embargo, la mayor parte, en una proporción semejante a la de quienes optaban solo por los asnos, encontraba el equilibrio en una combinación de ambas opciones, más esforzada y costosa. A su capacidad para gastar simultáneamente en vacuno y en asnal se opondría el esfuerzo inversor, que restringía las cantidades pero permitía hacer frente a un tiempo a las necesidades que satisficiera cada una de las especies, que habrá que suponer distintas si eran gastos compatibles.

     Cualquiera de las otras posibilidades de combinar la inversión en ganado era muy circunstancial y secundaria. Dos quisieron mantener a un tiempo vacuno, asnal y cerda; uno, a la vez vacuno y equino; y otro, vacuno y cerda. Entre los que de antemano hubieran dado preferencia al asnal eran esfuerzos únicos el de asnal con cerda, asnal con cerda y ovino, y asnal con cerda y apícola. Algo más probable era el asnal con solo apícola, que se observa en un par de ocasiones. En los márgenes, fueron tres los que se decidieron por solo equino, dos por apícola y uno por mular. El caso más extraordinario es el de quien combinó vacuno con asnal, cerda, equino y apícola. Nada más que uno de estos trabajadores mantenía una oveja con su cría.

     Solo tres declarantes, de los treinta y dos que dicen poseer ganado asnal, mantienen dos ejemplares. Todos los demás solo tienen uno. Quienes los mencionan eligen entre varias formas de presentarlos. Hay quien prefiere referirse a uno llamándolo bestia asnal. Es anecdótico. Otros los llaman bestias menores, una manera de expresarse algo más relevante que se explica si se pone en relación con las especies similares de más envergadura, las dos equinas, la mular y la caballar. No faltan quienes hablan abiertamente de burras, una manera tosca de expresarse que no obstante estaba algo más extendida. Pero sobre todo los declarantes prefieren referirse a sus animales llamándolos jumentas.

     A causa de esta evidencia procede resolver lo que se refiere a la declaración de los sexos de los ejemplares. Quien menciona la bestia asnal o los que deciden hablar de bestias menores, se instalan, bajo este punto de vista, en el terreno de la ambigüedad, lo que lamentablemente, para estos pocos casos, obliga a admitir que no es posible tomar una decisión. Pero si la palabra elegida es la que prefiere la mayor parte de los declarantes no parece que pueda persistir la duda. Solo un declarante reconoce que su ejemplar es un jumento. Todos los demás, cuando opta por esta manera de especificar, hablan inequívocamente de jumentas.

     Algo tan comprometido aconseja adelantar a este lugar el casi inapreciable papel que al mular concedían los trabajadores del campo dedicados a pequeñas explotaciones. Solo uno reconoce disponer de una mula vieja para su tráfico, una prueba directa de la importancia relativa que entre los trabajadores que optaban por el pegujal había adquirido el otro animal de trabajo de la época. La opción a favor de las hembras asnales, tan abrumadora, no parece que buscara procrear los discutidos híbridos equinos, que la tradición venía considerando animales con menos potencia, consecuencia visible en su diferencia de masa con el vacuno, el animal de fuerza consolidado.

     Los datos que las declaraciones proporcionan sobre las aptitudes de las jumentas para tener descendencia son muy limitados, y es un camino casi sin salida si el que se elige es el de la edad de las madres. Solo de una se dice que es nueva, y de otra que es vieja, mientras que de una tercera, con más juicio, se afirma que está cerrada, queriendo expresar que ha cumplido los dos años y por tanto ha pasado el umbral del primer climaterio.

     Las referencias a la descendencia son algo más frecuentes, aunque tampoco mucho más expresivas: solo seis ejemplares que habría que sumar a las madres respectivas para componer las familias asnales que podemos percibir. De una madre sabemos que tiene una cría al pie. Y de las demás de las que disponemos de alguna referencia, en todos los casos se remite a la edad de sus descendientes. Uno es simplemente una cría pequeña. Pero, de los otros cuatro, uno es una cría de seis meses, dos son crías de un año y el último una cría de dos años, edades que indirectamente serían expresivas del acceso a la edad fecunda de las madres.

     Truncadas las familias asnales comunes por carencia de progenitor, según se deduce de estos testimonios, es necesario reconocer, porque se trata de madres con descendencia viva, que para la procreación habían de recurrir al servicio de un garañón externo. De las que no se asocian con cría alguna, se puede sospechar tanto que han sido adquiridas en ferias como que sus descendencias han podido ser comerciadas por el mismo procedimiento.

     Descubre todavía otra parte del alcance de la decisión en favor de tan modesto y exiguo patrimonio la manera directa de expresarse de una parte de los declarantes sobre el destino que le tienen reservado. Un tercio aproximadamente lo señala. En dos casos, para referirse al que se dedica el asnal, se emplea una expresión ambigua. De sus ejemplares se dice que son animales de trabajo, lo que si no excluyera la posibilidad de que fueran utilizados para arar en modo alguno sería extemporáneo. Las cangas propiamente eran las unidades de trabajo que agregaban arado y asno. Pero la mayor parte de las manifestaciones son mucho más expresivas de un uso determinado, incluso descriptivas de una gama de actividades que alejan esta posibilidad. Uno utiliza su ejemplar para mis agencias, y otro para servicio de mi trabajo, modos de hablar que indican lo versátiles que para ellos podían ser. Los hay que hablan genéricamente de cualquiera de sus desplazamientos, porque cada uno de ellos, dicen, recurre al asnal para mi tráfico. Semejantes a ellos, los más expresivos de los que utilizan estas fórmulas precisan que recurren a aquellos animales para mi tráfico del campo o para el tráfico del campo, y otro, de modo aún  más directo, dice que lo usa para ir a trabajar. Por último, uno de los que posee dos jumentas afirma que las usa para traficar con ellas a las fuentes, es decir, acarrear agua a las casas.

No puede decirse que los ciento sesenta y tres ejemplares de vacuno declarados, aun en el caso del tamaño superior, compusieran manadas importantes. La más grande, con diecinueve ejemplares de cinco tipos distintos, era tan singular como las de quince, catorce, doce y once, la primera y la última de las cuales también se componían con cinco tipos diferentes, mientras que las otra dos, en orden decreciente, contaban respectivamente con tres y dos tipos. A partir de aquí todo era mucho más modesto, y la mayor complejidad, que alcanzaba como máximo hasta los tres tipos, se limitaba a los valores más altos. De diez ejemplares había tres manadas, mientras que las de ocho, siete y seis eran únicas. Las manadas de cinco ejemplares eran cuatro, una de las de mayor frecuencia relativa, si bien eran las seis de tres las que se imponían, la mitad de ellas reducida a la mínima complejidad de los dos tipos. Las posesiones de dos y un ejemplar eran casos únicos.

     Las vacas eran las preferidas, algo más de la mitad de los ejemplares reconocidos, hasta el punto que a excepción de dos, sobre las que no tenemos seguridad, las manadas siempre se componían con vacas. En la mitad de los casos eran el tipo único, y en la otra mitad se combinaban con otros de la especie, en cuyo caso, para componer la manada compleja, se agregaban en tres series o tercios de implantación prácticamente idéntica: solo con su descendencia, solo con bueyes o con su descendencia y bueyes.

     Es frecuente que se declaren simplemente como vacas, de manera indiferenciada. Pero más aún se declaraban como vacas de trabajo o, sobre todo, como reses vacunas de trabajo, lo que no deja dudas sobre el destino preferido para este patrimonio. Algunos declarantes deciden referirse a él hablando de reses vacunas de hierro, donde la que mención del metal es metonimia que remite a la reja del arado.

     Fueron consideradas con idéntico criterio, aunque desde otro punto de vista, seis vacas, de las que se dijo que estaban domadas, lo que habrá que interpretar como que ya se prestaban al trabajo, algunas desde hacía bastantes años; mientras que otras cinco aún no estaban sometidas a la disciplina del arado porque sus dueños las llamaron cerriles. Es probable que vivieran un estado de tránsito, de destino aún no decidido, quizás porque en su caso se estuviera pensando en reservarlas para la reproducción. Un declarante dijo que sus cuatro vacas cerriles eran de vientre, y otro más no dijo que la suya fuera cerril, pero sí que era de vientre. Tal vez a una decisión similar correspondiera la referencia a dos vacas de las que únicamente se explicó que eran paridas.

     En la declaración de las edades de las vacas los deponentes no se imponían la obligación de ser rigurosos. Como se trataba de ejemplares adultos, casi todas eran presentadas sin hacer referencia a esta característica o se aludía a ella de manera imprecisa. El extremo de la aproximación grosera lo representa la vaca de la que se dice que es vieja, probablemente con el deseo de obtener algún beneficio fiscal a cambio de tan penoso reconocimiento. Pero esporádicamente se encuentran referencias a la edad, las más precisas las que mencionan, de un grupo de cinco, que la mayor es de seis años y que dos tienen doce años cada una, edad máxima positivamente declarada. No tenemos ninguna seguridad sobre que fuera el límite de la supervivencia de los ejemplares explotados por los campesinos inestables, pero sí es seguro que no estamos muy lejos de él.

     Por orden de importancia, a las vacas seguían bueyes, unas indiferenciadas reses de trabajo, novillos, becerros, erales y crías o terneros. En ningún caso se menciona toro alguno, de donde hay que deducir que para fecundar sus vacas los trabajadores del campo siempre recurrirían a contratar sementales.

     Los quince bueyes no alcanzan a ser la décima parte de los ejemplares de vacuno declarados, lo que indica un comportamiento muy selectivo. Eran mencionados en la mitad de los casos simplemente como bueyes, lo que no resulta una indefinición. La condición de buey incluye la completa dedicación al trabajo mientras el animal conserva fuerzas. Se pone tanto interés en ser preciso al hablar de bueyes sin más que la descripción de la otra mitad incurre en la redundancia, al presentarlos como bueyes de trabajo, si bien no es del todo inapropiado que de las tres cuartas partes de estos se diga que han sido domados a todo trabajo, o que los restantes son bueyes de trabajo viejos, es decir, a punto de agotar sus fuerzas. De dos solo se dice que son viejos en la misma declaración que otorga este atributo a una vaca, lo que resulta redundante de la misma indisimulada intención.

     Si bien la mención de los trece ejemplares que sus dueños definen de la manera más inconcreta como reses de trabajo no deja dudas sobre el destino elegido para ellos, la manera de presentarlos no ayuda a tomar una decisión sobre su sexo. Afortunadamente, su proporción está aún más lejos de la décima parte de los casos, lo que simplemente los anula desde este punto de vista. En cuanto a su edad, de un grupo de siete se afirma que la mayor tiene doce años. La insistencia en este límite redunda en la idea de que esa cifra tal vez exprese la conciencia de una frontera biológica.

     A partir de los novillos, y hasta identificar a los ejemplares menores, se ponía especial cuidado en discriminar por edad. El interés por declararla se incrementaba y era preferente cuando se trataba de los descendientes hasta el punto de invertir los términos. Mientras que el interés por precisar el sexo es algo menor, raro era el descendiente del que no se declaraba la edad. Esta preocupación expresaría la actitud selectiva que debió dominar el cuidado de la primera fase de la vida del vacuno destinado a satisfacer las aspiraciones más modestas. En parte pudo estar relacionado con que los ejemplares que estaban viviendo su primer año de vida eran los que estaban sujetos a la ineludible renuncia que imponía el diezmo, y en parte puede expresar las esperanzas de mantener activo este capital, cuya supervivencia se veía especialmente amenazada durante sus primeros meses.

     Los dieciocho novillos descritos implícitamente son los ejemplares de dos a tres años. Es normal que las declaraciones, en estos casos, se esforzaran en ser precisas. Seis ejemplares se declararon de dos años, cuatro de entre dos y tres y ocho de tres. Solo de uno de los ejemplares de tres años se dijo que era una novilla. Teniendo en cuenta que la capacidad generativa las hembras de bovino la alcanzaban entre el segundo y el tercer aniversarios, la escasez de novillas puede estar indicando que buena parte de los ejemplares hembra a la edad correspondiente a esta condición ya habían pasado a convertirse propiamente en vacas. Por eso en este estado o tránsito de edad casi exclusivamente hay novillos en sentido estricto.

     De un novillo también de tres años se precisa es que es cerril, lo que tal vez sea indicativo del momento en el que se tomaba la decisión irreversible de dedicarlo a una de dos funciones, padrear o buey, si es que no se destinaba al matadero. Como la primera posibilidad no está documentada entre los ejemplares poseídos por estos dueños, las vías, es más probable, quedarían reducidas a las otras dos, la castración o el sacrificio.

     Los veinte becerros identificados implícitamente son los descendientes de entre uno y dos años de edad cumplida, aunque lo común es que sean llamados becerros los que tienen dos años, catorce en total. Solo de un becerro se dice algo próximo a la edad exacta, que va a los dos años, y de otros tres que tienen edades de un año y de dos. Lamentablemente de cinco de estos ejemplares solo se dice que son reses de dos años, lo que no permite discriminar por sexo, aunque al menos de ellas se especifica que son cerriles, lo que es una prueba bastante sólida, dado el tamaño de la muestra, de que la frontera de edad a partir de la cual empezaba la doma probablemente era superior. Con este dato, se puede pensar que primero se tomaban las decisiones favorables al destino para la reproducción, dado el rápido desarrollo de la función genital de la hembra, y luego las relacionadas con el trabajo. Fuera cualquiera la que se tomara, se concentraba en esta edad crucial, la que va del segundo al tercer aniversarios, una idea que la tradición había acogido con la palabra becerro.

     Por suerte, del resto de los casos podemos deducir que se cuida más la declaración del sexo, lo que nos pone sobre la pista del momento a partir del cual podía comenzar el proceso selectivo según este criterio. Si lo que se observa en esos quince ejemplares es normativo, habría que pensar que la selección según sexo durante este intervalo se concentraba en las hembras, solo seis, frente a los nueve becerros positivamente identificados. Creemos que esa interpretación no se aleja demasiado de los comportamientos, a pesar de que la cantidad de casos sea limitada, porque mientras que la edad declarada de los becerros oscila entre uno y dos años, la de las becerras, en todos los casos, es dos años, lo que indicaría una selección previa vía mercado o sacrificio.

     De una de las becerras se dice que es herrona, una voz que solo indicaría que ya ha sido herrada. De acuerdo con la disyuntiva observada, decisiva a esta edad, este adjetivo bien puede hacer referencia a sus aptitudes para el parto, para lo que no encontramos ningún indicio en la voz; bien para el trabajo, si es que el barbarismo también hiciera referencia a hierro en el sentido traslaticio de reja o arado, tal como quedó documentado más arriba.

     Los declarantes no se cuidan mucho de la pulcritud léxica que conviene a la identificación de los escasos cinco erales inscritos. Solo dos ejemplares son denominados con la palabra adecuada, expresiva de los descendientes de vacuno vivo de más de un año que no pasan de dos. Más frecuente es que se diga que se trata de reses pequeñas de un año o de una cría de un año. También desciende la atención al sexo de los ejemplares cuando se desciende a esta franja de edad. Solo de uno tenemos la certeza de que se trata de una hembra. Los criterios de selección tal vez estuvieran más relacionados con la aptitud para la supervivencia de los descendientes, independientemente de su sexo. Que sean solo cinco los registrados, en cualquier caso, indica a las claras que la exigencia selectiva era alta pronto.

     La identificación de los diez terneros es algo más importante, algo por encima de la vigésima parte. Tampoco para referirse a ellos la palabra precisa nunca la utilizan los declarantes. La que prefirieron para referirse a la edad mínima de los ejemplares de vacuno vivos, probablemente un eufemismo, fue cría, utilizada en casi todos los casos. Que se eluda la palabra ternero redunda en la sospecha de que se evitaría hablar en sus términos para eludir en lo posible la obligación de la carga diezmal, que recaía sobre los ejemplares nacidos en el transcurso del año.

     Teniendo en cuenta que los terneros se podían destetar a los seis meses, los incluidos en este apartado serían los comprendidos entre el nacimiento y esa edad. Pero, como la siguiente edad declarada implícitamente es la que incluye la mención de los erales, es muy probable que haya que prolongar la de los ejemplares que hemos reunido en este apartado. Sea de una forma o de otra, hemos incluido en él cuatro crías de las que se dice que no llegan a un año y una res de la que solo dice que es pequeña.

     Tal como ocurriera con los erales, y por tanto por razones similares, la atención al sexo de los ejemplares recientes ha decaído casi por completo. Solo de uno podemos tener la certeza de que es hembra. Pero es de mucho interés otra característica que afecta a casi la mitad de los casos documentados. De cuatro crías que no llegan a un año se dice que cada una es hija de una vaca de trabajo, una demostración directa de que el trabajo y la maternidad no eran en modo alguno incompatibles, y que demuestra el sentido que tenía preferir las hembras adultas.


Ingenio ilimitado. 2

Felipe Orellana

La sustitución del grano con dinero estaba descartada, aunque contaba con muchas posibilidades para alcanzar el grado de la tolerancia, y hasta el de la norma no escrita, en un buen número de casos. Esta manera de resolver, considerada con criterio racional, ni favorecía ni perjudicaba a ninguna de las partes. Como consecuencia de los avatares comerciales que la circulación del grano habilitaba, una vez que se había decidido llevar el negocio a este terreno, tanto arrendatarios como contribuyentes podían representar en ocasiones el papel de vendedor, en otras el de comprador.

     Que la iniciativa tuviera un signo para unos y el opuesto para otros, si nos reducimos a los términos lógicos, sería consecuencia directa del precio que para el grano se acordara, que debía ser común a todos los incursos en la operación. Un criterio para decidirlo que parece neutral sería el de las calidades del trigo y la cebada, con cuya suma terciada se componían los pagos. No era, sin embargo, el que con más frecuencia se imponía. La fecha elegida para acordarlo estaba en mejores condiciones para atribuir un signo a cada operación. En superficie, los precios del grano se dejaban llevar por una inercia cíclica asociada al cultivo de los cereales. Como el diezmo debía recaudarse en la era, justo cuando terminaba su recolección, tasar después de la siega, si el año era regular, permitía dirigir las estrategias hacia los precios favorables a quienes debían la prestación, gracias a que era el momento de la mayor disponibilidad de grano. No era fácil que el arrendatario aceptara dinero a cambio de grano cuando los precios anuales estaban bajos, mientras que la tasación no se discutía cuando los precios estaban altos.

     Cuando la relación entre las partes era la propia, si los agricultores obligados a deshacerse de la décima parte de su producto demandaran la sustitución de su grano por una cantidad de dinero correspondiente, y el arrendatario la aceptaba, el pacto podía ser atenuante de abusos. Quienes debían pagar buscarían no deshacerse de tan importante fracción de su grano aconsejados por su fácil venta, evitar costos de transporte o garantizarse el grano semental. El arrendatario podía verse forzado a dar su beneplácito a un precio de composición por cualquier circunstancia coactiva también derivada de los comportamientos comerciales. Aceptar un precio incluso por debajo del prevalente en el mercado, si este amenazara con descender, para el arrendatario podía ser una manera de apresurarse a colocar la mercancía antes de incurrir en pérdidas. Su negocio, en este caso, podía quedar reducido a su menor dimensión.

     Más probable era que la sustitución del grano por el dinero fuera consecuencia de una propuesta o una imposición de quien ocupaba la posición de fuerza, el arrendatario, que haría inviable cualquier otra solución. Entonces, el negocio alcanzaría hasta donde le aconsejara su arbitrariedad, y era más probable que se emplease con violencia y amenazas para conseguir cuanto antes el cobro de la cantidad que se propusiera percibir. Imponer una tasación alta, si los precios del mercado libre fueran prometedores, sería el precio a pagar por los agricultores que quisieran disponer de la mercancía en un momento favorable. Al arrendatario podía proporcionarle importantes ingresos, mientras que los agricultores estarían dispuestos a no deshacerse de su trigo a cualquier precio.

     Adjudicado el diezmo en una cantidad de la especie, podía forzar un precio alto, difícil de alcanzar para los interesados en retenerlo, hasta ingresar en dinero una cantidad que superase el valor del diezmo en especie. Supongamos que hubiera sido adjudicado en tres mil fanegas de la mixtura regular conocida como pan terciado, mientras la fanega de trigo cotizara, por ejemplo, a veintiocho reales y la de cebada a catorce. Su valor equivalente, setenta mil reales, podían superarlo los noventa mil que obligara a pagar el arrendatario a quienes desearan retener el grano de su contribución. Para llevar hasta ese límite la tasación podía tomar como referencia el concepto  imponible, el de pan terciado, de manera que le permitiera dar vida a su valor incluso al margen de los precios que rigieran en el mercado abierto. Todo consistiría en tasar la masa agregada a partir del valor del trigo. Si se forzara como referencia, por ejemplo, un trigo a treinta reales, el valor del rescate alcanzaría los noventa mil reales. Para contribuir a que precios así fueran aceptados, los arrendatarios podían designar para la entrega del grano un lugar hasta donde el transporte fuera más complicado.

     Con abusos tan rudimentarios se aseguraban los negocios más forzados. Consumaban, sin embargo, los mejores con recursos más refinados, menos despóticos, más apropiados al comercio de raigambre.

     Como los obligados a la prestación, para consumar la compra del grano del que debían deshacerse, tendrían que disponer de liquidez, su capacidad para financiarla podía depender del crédito que  consiguieran. Tendrían que obtenerlo de una institución o de un prestamista, cada uno o como grupo solidario, fuera en el mercado regulado o en el marginal. No solo habrían de reponer las cantidades, sino que hasta tanto no se completara la devolución estarían obligados a atender los intereses correspondientes. La vía al crédito más accesible podía ser el propio arrendatario del cobro. Podía ser quien proporcionara el dinero, o incluso quien, ante la demanda de trueque por los contribuyentes, lo impusiera como condición. En tal caso, percibiría, además del valor acordado para el grano, los intereses debidos.

     El negocio de los arrendatarios también podía estar aconsejado por rentabilizar el flujo de su liquidez. Si admitían dinero a cambio del grano, disponían de un capital que les permitía acometer cualquiera de sus negocios, entre los que podía ser oportuno invertirlo en comprar el grano con el que satisfacer su compromiso con el cedente del derecho al diezmo. Aun cuando el arrendatario renunciara a ingresar grano, al titular de la prestación, en el marco normativo regular, salvo acuerdo en otro sentido, debía liquidar la cantidad de grano comprometida por la adjudicación del arrendamiento, que debía obtener por algún medio. Con el dinero ingresado en un lugar podía adquirirlo en otro, y con la diferencia de precios entre poblaciones distantes, tanto más si las separaba el mar, que reducía los costos de transporte, asegurar el negocio. La distancia entre el precio del vendido a los obligados al pago y el entregado a los titulares sería la encargada de garantizar la ganancia. Ahora comprador, pero igualmente en posición de fuerza, de nuevo podía explotar el recurso al pan terciado para que la tasación cobrara vida al margen de los precios que rigieran en el mercado, e impondría el precio único para la masa agregada en el sentido que ahora le convenía, más próximo al valor al de la cebada. Cuando el arrendatario compraba grano además podía deducir de su precio costos de gestión como su medida o el transporte, o el monetario que podían ocasionar los cambios entre los tipos nobles y el vellón.

     La liquidez, para los arrendatarios, también podía ser conducida hacia la oportunidad de adquirir grano de baja calidad para suplantar al debido. Además de los granos ingresados en otro lugar, podía contar con los almacenados, propios o de un comerciante al por mayor. Los depósitos de quienes los retenían estaban en condiciones de proporcionar el grano llamado ultramarino, el de peor calidad, consecuencia de su tránsito por el mar, que lo cargaba de humedad.

     Diferente sería si el arrendatario tuviera que recurrir al crédito para comprar el grano que necesitara. En ese caso, el prestamista que aceptara el riesgo podía ser quien impusiera el precio al que se debía pagar el grano, lo que repercutiría en las cantidades que tuvieran que desembolsar los obligados al pago. Del mismo modo que el prestamista, al imponer un precio que le asegurase el beneficio, el arrendatario se procuraría el suyo recargándolo.

     También podía ocurrir que los contribuyentes, por efecto del cúmulo de situaciones adversas a las que estaban expuestos, podían no disponer del grano necesario para hacer frente a la obligación diezmal que se les hubiera adjudicado, y verse forzados a comprarlo. El arrendatario entonces podía vender a los contribuyentes el que debían liquidarle. Su calidad quedaba a su merced, el precio consecuente le favorecería y de vuelta recibiría un grano que no se había movido de sus almacenes y que por último quedaba bajo su poder. Así su lucro era doble, el que deducía del precio impuesto al grano vendido y el que podía permitirle el grano antes de liquidarlo al cedente del cobro. Si el grano vendido a los contribuyentes procedía del ingresado en otro lugar, el negocio además podía encadenarse: se detraía la décima parte del producto en un lugar, se vendía en otro, se ingresaba dinero, se invertía el dinero en otra operación, y así sucesivamente, sin que el arrendatario desembolsara nada. Solo en caso de que decidiera, con el fin de sostener esta espiral, comprar grano, para así conectar operaciones, arriesgaría algún capital. A su alcance quedaría acordar que el pago del grano comprado se aplazara, o mantener la deuda indefinidamente para evitar gasto y reducirlo todo a beneficio inmediato.

     Parte del negocio del arrendatario podía ser también retener el grano, cuando no el dinero equivalente, para lo que podía ofrecerlo a un precio al titular de la prestación, de cuya voluntad dependería que se consumara la colusión. El arrendatario podía forzarla. El grano ofrecido, por ser impostor, sería rechazado por el titular o cualquiera de los partícipes, quienes decidirían como mal menor que era preferible el ingreso en dinero; él como administrador y cualquiera de los partícipes como acreedores suyos. La situación favorecía que el arrendatario impusiera, para la sustitución del grano, un precio que le asegurase el beneficio.

     El amplio círculo de los negocios que la imaginación especulativa fue urdiendo se cerraría de manera idónea si cualquiera de los que permitía el arrendamiento era confiado a un testaferro del cabildo catedralicio, único juez  cuando se trataba de diezmo, y única parte bajo este supuesto.

     Para los bienes sujetos a la carga diezmal distintos al grano, lo regular era el pago con dinero, salvo que el arrendatario optara, tal como la norma le permitía, por recaudar el bien. Analizadas las posibilidades de corrupción cuando el dinero sustituía al grano, no es necesario añadir nada a lo que enseña la múltiple conmutación, salvo que para cualquiera de los negocios derivados del diezmo del aceite, del vino o del ganado, por citar solo los más relevantes, los arrendatarios podían emplearse a placer en cualquiera de los frentes del producto agropecuario.